Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 8 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minCarta a Africano
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCarta a Africano
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCarta a Africano
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta a Africano
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta a Gregorio (primera versión)
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 7 minCarta a Gregorio (segunda versión)
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 3 minLlamamiento personal

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — ORÍGENES DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

    Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Orígenes · Julio Africano

    Cartas (a Africano y a Gregorio)

    Texto base: versión inglesa de Frederick Crombie, Ante-Nicene Fathers, vol. 4 (1885), para la carta de Africano, la de Orígenes a Africano y la primera versión de la carta a Gregorio; segunda versión, de Allan Menzies, Ante-Nicene Fathers, vol. 9

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés; no del griego, y sin traductor humano

    Consultar la fuente de esta edición ↗

    Lectura continua · ≈ 55 min · Comentarios editoriales opcionales

    Comenzar la obra
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Puede ser una falsificación un libro que las iglesias leen, solo porque no está en hebreo? A esa pregunta responden las dos primeras piezas de este volumen: la carta con que el historiador Julio Africano dice a Orígenes que la historia de Susana, en el libro de Daniel, es un añadido reciente, y la respuesta de Orígenes, que concede que el griego y el hebreo difieren pero niega que eso baste para desechar lo que las iglesias han recibido. Las otras dos son la carta de Orígenes a Gregorio, el futuro Taumaturgo, sobre cómo poner la filosofía griega al servicio de la Escritura, que el volumen trae en dos versiones inglesas.
    Africano tiene seis objeciones: Daniel no profetiza así en el resto del libro; el juego de palabras entre los árboles y los castigos solo funciona en griego; unos cautivos no podían dictar sentencias de muerte ni tener un jardín; la sección no está en el Daniel que usan los judíos; los profetas no se citan unos a otros palabra por palabra; y el estilo es distinto. Orígenes las contesta una por una, con ejemplos de otros libros y con lo que dice haber oído a maestros hebreos. La carta a Gregorio es otra cosa: un consejo de maestro a discípulo, con una imagen, la de los vasos de los egipcios. Para el marco de las cartas véanse el perfil de Orígenes y los otros escritos suyos que Eusebeia publica: Sobre la oración, Contra Celso y el Comentario al Evangelio de Juan.

    Ficha de la obra

    AutoresOrígenes (la carta a Africano y las dos versiones de la carta a Gregorio) y Julio Africano (la carta a Orígenes)
    ContenidoCuatro textos: Carta a Orígenes (Africano), Carta a Africano (Orígenes) y dos versiones de la Carta a Gregorio
    FechaLa edición no fecha ninguna. Wikipedia sitúa hacia 240 el mensaje a Africano, que dice escribirse desde Nicomedia; Menzies fecha la carta a Gregorio hacia 235 y Wikipedia da otros márgenes (véanse las notas)
    GéneroCartas de erudición: una objeción y su respuesta, y un consejo de maestro a discípulo
    ExtensiónUnas 8 900 palabras: la carta de Africano, 500; la respuesta, unas 6 100; las dos versiones de la carta a Gregorio, unas 1 000 y 1 300
    Lengua originalGriego; Wikipedia señala que las dos cartas, la de Africano y la respuesta de Orígenes, se conservan en griego
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de las Ante-Nicene Fathers; no del griego
    FuenteAnte-Nicene Fathers, vol. 4 (Crombie) y vol. 9 (Menzies), tal como los recoge CCEL

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de las versiones inglesas de la serie Ante-Nicene Fathers, la colección editada por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe, de la que el volumen 4 se imprimió en Buffalo en 1885 (según New Advent). Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. La carta de Africano, la respuesta de Orígenes y la primera versión de la carta a Gregorio forman parte de la sección «Origen» de ese volumen, que CCEL encabeza con «Translated by the Rev. Frederick Crombie, D.D.»; New Advent atribuye a Crombie las dos cartas de Orígenes, y no aloja la de Africano. La segunda versión de la carta a Gregorio, con su introducción y sus epígrafes, es la del volumen 9 de la serie, editado por Allan Menzies (T&T Clark, Edimburgo), cuyo encabezado en CCEL reza «Epistle to Gregory and Origen's Commentary on the Gospel of John, by Allan Menzies, D.D.». La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano. Antes de citarla conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final) y con el griego.
    Lo que viene de la edición. La numeración de los apartados, los epígrafes «1. Se exhorta a Gregorio…», «2. Este proceder…» y «3. Llamamiento personal» y la introducción de la segunda versión son de la edición inglesa, no de Orígenes. Los encabezados «Carta a Orígenes» y «Carta a Africano» son los del epub; a los dos de Gregorio esta edición les añade «(primera versión)» y «(segunda versión)» para distinguirlos. La carta a Africano tiene catorce apartados numerados; el primero no lleva número en el epub y, en varios, siguen párrafos sin número que se leen dentro de él. El «[Orígenes]» entre corchetes con que empieza esa carta es del epub. Las referencias bíblicas entre corchetes de la segunda versión se conservan en su lugar y las resuelve el lector.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano y el inglés tienen los mismos siete encabezados y los mismos 41 párrafos, y el largo del castellano es 0,996 veces el del inglés; no hay párrafos en inglés ni omitidos. Las transliteraciones del hebreo y del griego (prinos, prisein, essa, aïs…) llegan tal como las da el inglés.

    Carta a Orígenes

    Carta de Africano, encabezado

    Sobre la Historia de Susana.

    Carta de Africano, § 1

    Salud, mi señor e hijo, dignísimo Orígenes, de Africano. En tu sagrada discusión con Agnomon te referiste a aquella profecía de Daniel que se relata de su juventud. Esto, en aquel momento, como era justo, lo acepté como genuino. Ahora, sin embargo, no puedo entender cómo se te escapó que esta parte del libro es espuria. Pues, en verdad, esta sección, aunque aparte de esto está elegantemente escrita, es claramente una falsificación más moderna. Hay muchas pruebas de ello. Cuando Susana es condenada a muerte, el profeta es arrebatado por el Espíritu y clama que la sentencia es injusta. Ahora bien, en primer lugar, Daniel profetiza siempre de alguna otra manera — mediante visiones, sueños y un ángel que se le aparece, nunca por inspiración profética. Luego, después de clamar de un modo tan extraordinario, los desenmascara de una manera no menos increíble, a la que ni siquiera Filistión, el autor de comedias, habría recurrido. Pues, no contento con reprenderlos por el Espíritu, los puso aparte y les preguntó por separado dónde la habían visto cometer adulterio. Y cuando uno dijo: «Debajo de una encina» ([prinos]), respondió que el ángel lo aserraría ([prisein]); y de modo semejante amenazó al otro, que dijo: «Debajo de un lentisco» ([schinos]), con ser despedazado ([schisthenai]). Ahora bien, en griego sucede que «encina» y «aserrar», y «despedazar» y «lentisco» suenan de manera semejante; pero en hebreo son del todo distintos. Pero todos los libros del Antiguo Testamento han sido traducidos del hebreo al griego.

    Carta de Africano, § 2

    2. Además, ¿cómo es que aquellos que fueron cautivos entre los caldeos, perdidos y ganados como en un juego, arrojados sin sepultura a las calles, como fue profetizado acerca de la cautividad anterior, con sus hijos arrancados de ellos para ser eunucos y sus hijas para ser concubinas, como había sido profetizado; cómo es que tales hombres podían dictar sentencia de muerte, y precisamente contra la esposa de su rey Joakim, a quien el rey de los babilonios había hecho copartícipe de su trono? Y si no era este Joakim, sino algún otro del pueblo común, ¿de dónde tenía un cautivo semejante mansión y un jardín tan espacioso? Pero una objeción más grave es que esta sección, junto con las otras dos que hay al final de ella, no está contenida en el Daniel recibido entre los judíos. Y añade que, entre todos los muchos profetas que hubo antes, no hay ninguno que haya citado a otro palabra por palabra. Pues no tenían necesidad de andar mendigando palabras, ya que las suyas eran verdaderas; pero éste, al reprender a uno de aquellos hombres, cita las palabras del Señor: «Al inocente y al justo no matarás.» De todo esto deduzco que esta sección es una adición posterior. Además, el estilo es distinto. Yo he asestado el golpe; da tú el eco; responde e instrúyeme. Saluda a todos mis maestros. Todos los doctos te saludan. Con todo mi corazón pido por tu salud y la de los tuyos.
    Comentario editorial · Un juego de palabras que solo funciona en griego
    Africano sostiene que el episodio de los dos árboles no pudo escribirse en hebreo: en griego, prinos (encina) suena como prisein (aserrar) y schinos (lentisco) como schisthenai (ser partido), pero en hebreo las palabras no se parecen. Wikipedia añade que el texto griego de Susana se conserva en dos formas —la recibida, de Teodoción, y la de los Setenta, que sobrevive en siríaco, en el papiro 967 y en un solo manuscrito medieval— y que algunos investigadores proponen parejas de palabras semíticas que sonarían igual. El orden de los árboles que da la carta (primero la encina) es el contrario del que resume Wikipedia para el texto griego recibido (primero el lentisco); esta edición no lo resuelve. Eusebio conoce la carta y la respuesta (Historia eclesiástica VI, 31, 1).

    Carta a Africano

    Carta a Africano, § 1

    [Orígenes] a Africano, amado hermano en Dios Padre, por medio de Jesucristo, su santo Hijo, salud. Tu carta, por la que sé lo que piensas de la Susana del Libro de Daniel, que se usa en las iglesias, aunque aparentemente algo breve, presenta en sus pocas palabras muchos problemas, cada uno de los cuales exige un tratamiento nada común, sino tal que sobrepasa el carácter de una carta y alcanza los límites de un discurso. Y yo, cuando considero, lo mejor que puedo, la medida de mi entendimiento, para conocerme a mí mismo, me doy cuenta de que me falta la exactitud necesaria para responder a tu carta; y tanto más cuanto que los pocos días que he pasado en Nicomedia distan mucho de ser suficientes para enviarte respuesta a todas tus exigencias y preguntas, ni siquiera a la manera de la presente epístola. Por lo cual, perdona mi corto talento y el poco tiempo que he tenido, y lee esta carta con toda indulgencia, supliendo tú lo que yo pudiere omitir.

    Carta a Africano, § 2

    2. Comienzas diciendo que, cuando en mi discusión con nuestro amigo Basso usé la Escritura que contiene la profecía de Daniel, todavía joven, en el asunto de Susana, lo hice como si se me hubiera escapado que esta parte del libro es espuria. Dices que alabas este pasaje por estar elegantemente escrito, pero lo censuras como composición más moderna y una falsificación; y añades que el falsificador ha recurrido a algo que ni siquiera Filistión, el autor de comedias, habría empleado en sus juegos de palabras entre prinos y prisein, schinos y schisis, palabras que, según suenan en griego, pueden usarse de ese modo, pero no en hebreo. En respuesta a esto, tengo que decirte lo que conviene que hagamos no sólo en los casos de la Historia de Susana, que se encuentra en toda Iglesia de Cristo en aquella copia griega que usan los griegos, pero no está en hebreo, ni en los de los otros dos pasajes que mencionas al final del libro que contiene la historia de Bel y el Dragón, que tampoco están en la copia hebrea de Daniel, sino también en miles de otros pasajes que hallé en muchos lugares cuando, con mis pocas fuerzas, cotejaba las copias hebreas con las nuestras. Porque en el propio Daniel hallé la palabra «atados» seguida en nuestras versiones de muchísimos versículos que no se hallan en absoluto en hebreo, que comienzan (según una de las copias que circulan por las Iglesias) así: «Ananías, Azarías y Misael oraron y cantaron a Dios,» hasta «Oh, todos los que adoráis al Señor, bendecid al Dios de los dioses. Alabadle y decid que su misericordia permanece para siempre jamás. Y aconteció que, cuando el rey los oyó cantar y vio que estaban vivos.» O, como en otra copia, desde «Y andaban en medio del fuego, alabando a Dios y bendiciendo al Señor,» hasta «Oh, todos los que adoráis al Señor, bendecid al Dios de los dioses. Alabadle y decid que su misericordia permanece por todas las generaciones.» Pero en las copias hebreas las palabras «Y estos tres varones, Sedrac, Misac y Abednego, cayeron atados en medio del fuego,» van seguidas inmediatamente por el versículo «El rey Nabucodonosor se asombró, y se levantó a toda prisa, y habló y dijo a sus consejeros.» Pues así lo da Aquila, siguiendo la lectura hebrea; el cual ha alcanzado entre los judíos el crédito de haber interpretado las Escrituras con no ordinario cuidado, y cuya versión es la más comúnmente usada por quienes no saben hebreo, por ser la que ha tenido más éxito. De las copias en mi poder cuyas lecturas he dado, una sigue a los Setenta y la otra a Teodoción; y así como la Historia de Susana, que tú llamas falsificación, se halla en ambas, junto con los pasajes del final de Daniel, así dan también estos pasajes, que suman, a bulto, más de doscientos versículos.

    Carta a Africano, § 3

    3. Y en muchos otros de los libros sagrados hallé a veces más en nuestras copias que en las hebreas, a veces menos. Aduciré algunos ejemplos, ya que es imposible darlos todos. Del Libro de Ester ni la oración de Mardoqueo ni la de Ester, ambas propias para edificar al lector, se halla en hebreo. Tampoco se hallan las cartas; ni la escrita a Amán sobre el exterminio de la nación judía, ni la de Mardoqueo en nombre de Artajerjes, que libra a la nación de la muerte. Luego, en Job, las palabras desde «Escrito está que resucitará con aquellos a quienes el Señor resucita,» hasta el final, no están en hebreo, y por tanto no están en la edición de Aquila; mientras que se hallan en la Septuaginta y en la versión de Teodoción, que concuerdan entre sí al menos en el sentido. Y hallé en Job muchos otros lugares donde nuestras copias tienen más que las hebreas, a veces un poco más y a veces mucho más: un poco más, como cuando a las palabras «Levantándose de mañana, ofrecía holocaustos por ellos conforme a su número,» añaden «un becerro por el pecado de su alma;» y a las palabras «Vinieron los ángeles de Dios a presentarse delante de Dios, y el diablo vino con ellos,» añaden «de ir y venir por la tierra, y de pasearse por ella.» Asimismo, después de «El Señor dio, el Señor quitó,» el hebreo no tiene «Así fue, como pareció bien al Señor.» Luego nuestras copias son mucho más copiosas que las hebreas, cuando la mujer de Job le habla, desde «¿Hasta cuándo resistirás? Y él dijo: He aquí, espero todavía un poco, aguardando la esperanza de mi salvación,» hasta «para que cese yo de mis trabajos y de mis dolores que me rodean.» Pues ellos sólo tienen estas palabras de la mujer: «Di una palabra contra Dios, y muere.»

    Carta a Africano, § 4

    4. Además, a lo largo de todo Job hay muchos pasajes en hebreo que faltan en nuestras copias, generalmente cuatro o cinco versículos, aunque a veces incluso catorce, diecinueve y dieciséis. Pero ¿para qué enumerar todos los casos que recogí con tanto trabajo, para probar que no se me escapó la diferencia entre nuestras copias y las de los judíos? En Jeremías noté muchos casos, y en verdad en ese libro hallé mucha transposición y variación en las lecturas de las profecías. Además, en el Génesis, las palabras «Vio Dios que era bueno,» cuando fue hecho el firmamento, no se hallan en hebreo, y no hay entre ellos pequeña disputa acerca de esto; y en el Génesis se hallan otros casos, que marqué, para distinguirlos, con el signo que los griegos llaman obelisco, así como, por otra parte, marqué con un asterisco aquellos pasajes de nuestras copias que no se hallan en hebreo. ¿Qué necesidad hay de hablar del Éxodo, donde hay tal diversidad en lo que se dice sobre el tabernáculo y su atrio, el arca, y las vestiduras del sumo sacerdote y de los sacerdotes, que a veces ni siquiera el sentido parece ser afín? Y, en verdad, cuando notamos tales cosas, ¿hemos de rechazar de inmediato como espurias las copias en uso en nuestras iglesias, y mandar a la hermandad que aparte los libros sagrados que circulan entre ellos, y halagar a los judíos, y persuadirlos para que nos den copias que no estén alteradas y estén libres de falsificación! ¿Hemos de suponer que aquella Providencia que en las sagradas Escrituras ha servido para edificación de todas las iglesias de Cristo no tuvo pensamiento para los comprados a precio, por quienes Cristo murió; a quien, aunque era su Hijo, Dios, que es amor, no perdonó, sino que lo entregó por todos nosotros, para que con él nos dé también gratuitamente todas las cosas?
    Comentario editorial · Obelos y asteriscos: una frase que choca con la Hexapla
    Orígenes cuenta que cotejaba los ejemplares griegos con los hebreos y señalaba las diferencias con signos. La versión inglesa de la que parte esta edición dice que marcó con un obelo ciertos casos del Génesis y «con un asterisco aquellos pasajes de nuestras copias que no se hallan en el hebreo». Wikipedia, en su artículo sobre la Hexapla, resume el uso contrario: el obelo señala lo que está en los Setenta sin correspondencia en el hebreo, y el asterisco lo añadido porque el hebreo lo tenía y los Setenta no, según lo explica el propio Orígenes en su Comentario a Mateo. La frase del § 4 queda, pues, en tensión con esa descripción; resolverla exigiría el griego, que esta edición no tiene. El mismo artículo fecha la Hexapla antes de 240 y cita este mensaje a Africano (hacia 240) como descripción de su método.

    Carta a Africano, § 5

    5. En todos estos casos considera si no sería bueno recordar las palabras: «No removerás los linderos antiguos que tus padres pusieron.» Ni digo esto porque rehúya el trabajo de investigar las Escrituras judías, y compararlas con las nuestras, y notar sus diversas lecturas. Esto, si no es arrogancia decirlo, ya lo he hecho en gran medida según mi capacidad, trabajando con empeño para alcanzar el sentido en todas las ediciones y diversas lecturas; mientras prestaba particular atención a la interpretación de los Setenta, para no ser hallado acreditando falsificación alguna a las iglesias que están bajo el cielo, y para no dar ocasión a quienes buscan tal punto de partida para satisfacer su deseo de calumniar a los hermanos comunes y traer alguna acusación contra los que resplandecen en nuestra comunidad. Y pongo mi empeño en no ignorar sus diversas lecturas, no sea que en mis controversias con los judíos les cite lo que no se halla en sus copias, y para poder hacer algún uso de lo que allí se halla, aunque no esté en nuestras Escrituras. Pues si estamos así preparados para ellos en nuestras discusiones, no se burlarán, como acostumbran, con risa despectiva de los creyentes gentiles por su ignorancia de la verdadera lectura tal como ellos la tienen. Hasta aquí acerca de que la Historia de Susana no se halla en hebreo.

    Carta a Africano, § 6

    6. Contemplemos ahora las cosas que censuras en la historia misma. Y comencemos aquí por lo que probablemente haría a cualquiera reacio a recibir la historia: me refiero al juego de palabras entre prinos y prisis, schinos y schisis. Dices que puedes ver cómo esto puede ser en griego, pero que en hebreo las palabras son del todo distintas. Sobre este punto, sin embargo, todavía estoy en duda; porque, cuando estaba considerando este pasaje (pues yo mismo vi esta dificultad), consulté a no pocos judíos acerca de ello, preguntándoles las palabras hebreas para prinos y prisein, y cómo traducirían schinos, el árbol, y cómo schisis. Y dijeron que no conocían esas palabras griegas prinos y schinos, y me pidieron que les mostrara los árboles, para ver cómo los llamaban. Y yo, al punto (por amor de la verdad), puse ante ellos trozos de los distintos árboles. Entonces uno de ellos dijo que no podía afirmar con certeza el nombre hebreo de cosa que no se mencionara en la Escritura, pues, si andaba a oscuras, era propenso a emplear la palabra siríaca en lugar de la hebrea; y continuó diciendo que algunas palabras ni los más sabios podían traducir. «Si, pues,» dijo, «puedes aducir un pasaje en alguna Escritura donde se mencione el schinos, o el prinos, hallarás allí las palabras que buscas, junto con las palabras que tienen el mismo sonido; pero si no se menciona en ninguna parte, nosotros tampoco lo conocemos.» Esto, pues, siendo lo que dijeron los hebreos a quienes recurrí, y que conocían la historia, soy cauto en afirmar si hay o no alguna correspondencia con este juego de palabras en hebreo. La razón por la que tú afirmas que no la hay, probablemente la conoces tú mismo.

    Carta a Africano, § 7

    7. Además, recuerdo haber oído de un hebreo docto, del que se decía entre los suyos que era hijo de un sabio y que había sido especialmente educado para suceder a su padre, con quien traté sobre muchos asuntos, los nombres de estos ancianos, tal como si no rechazara la Historia de Susana, según aparecen en Jeremías como sigue: «El Señor te haga como a Sedequías y a Acab, a quienes el rey de Babilonia asó al fuego, por la iniquidad que cometieron en Israel.» ¿Cómo, entonces, podía el uno ser aserrado por un ángel, y el otro despedazado? La respuesta es que estas cosas no fueron profetizadas de este mundo, sino del juicio de Dios, después de la partida de este mundo. Pues así como el señor de aquel siervo malo que dice «Mi señor tarda en venir,» y así se entrega a la embriaguez, comiendo y bebiendo con borrachos, y golpeando a sus consiervos, a su venida lo «cortará en dos, y pondrá su parte con los incrédulos,» así también los ángeles destinados a castigar cumplirán estas cosas (del mismo modo que cortarán en dos al malvado administrador de aquel pasaje) sobre estos hombres, que ciertamente eran llamados ancianos, pero que administraron su mayordomía inicuamente. Uno aserrará a aquel que se había envejecido en días malos, que había pronunciado falso juicio, condenando al inocente y dejando libre al culpable; y otro despedazará a aquel de la simiente de Canaán, y no de Judá, a quien la hermosura había engañado y cuyo corazón la concupiscencia había pervertido.

    Carta a Africano, § 8

    8. Y conocí a otro hebreo, que contaba acerca de estos ancianos tradiciones como las siguientes: que pretendían ante los judíos en cautividad, que esperaban ser librados del yugo de sus enemigos por la venida de Cristo, que podían explicar claramente las cosas concernientes a Cristo,... y que así engañaban a las esposas de sus compatriotas. Por lo cual el profeta Daniel llama al uno «envejecido en días malos,» y dice al otro: «Así has tratado a los hijos de Israel; pero las hijas de Judá no soportaron tu maldad.»
    Comentario editorial · Los dos ancianos y Jeremías 29
    El «hebreo docto» del § 7 identifica a los dos ancianos con Sedequías y Acab, los falsos profetas de , a quienes el rey de Babilonia «asó al fuego» y que, según el v. 23, «adulteraron con la mujer del prójimo». Orígenes salva la dificultad de que uno deba ser aserrado y el otro partido diciendo que esos castigos son los del juicio de Dios, no los de este mundo. Wikipedia resume que Orígenes toma esa identificación como suya y que, cuando dice que los judíos «ocultaron» el pasaje (§ 9), recuerda la acusación de Justino en el Diálogo con Trifón (71–73) de que los escribas habían quitado versículos de sus Escrituras.

    Carta a Africano, § 9

    9. Pero probablemente a esto dirás: ¿Por qué, entonces, no está la «Historia» en su Daniel, si, como dices, sus sabios transmiten por tradición tales relatos? La respuesta es que ocultaron del conocimiento del pueblo cuantos pasajes contenían algún escándalo contra los ancianos, gobernantes y jueces pudieron, algunos de los cuales se han conservado en escritos no canónicos (Apócrifos). Como ejemplo, tómese la historia que se cuenta acerca de Isaías; y garantizada por la Epístola a los Hebreos, que no se halla en ninguno de sus libros públicos. Pues el autor de la Epístola a los Hebreos, al hablar de los profetas y de lo que padecieron, dice: «Fueron apedreados, fueron aserrados, fueron muertos a espada.» ¿A quién, pregunto, se refiere lo de «aserrados» (pues por un antiguo modismo, no propio del hebreo, sino que se halla también en griego, se dice en plural, aunque se refiere a una sola persona)? Ahora bien, sabemos muy bien que la tradición dice que el profeta Isaías fue aserrado; y esto se halla en alguna obra apócrifa, que probablemente los judíos han alterado a propósito, introduciendo algunas frases manifiestamente incorrectas, para que se arrojara descrédito sobre el todo.
    Sin embargo, alguien acosado por este argumento puede recurrir a la opinión de quienes rechazan esta Epístola por no ser de Pablo; contra los cuales debo en algún otro momento emplear otros argumentos para probar que es de Pablo. Por ahora aduciré del Evangelio lo que Jesucristo testifica acerca de los profetas, junto con una historia a la que Él se refiere, pero que no se halla en el Antiguo Testamento, pues en ella también hay un escándalo contra jueces injustos en Israel. Las palabras de nuestro Salvador son así: «¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!, porque edificáis los sepulcros de los profetas, y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiéramos estado en los días de nuestros padres, no habríamos participado con ellos en la sangre de los profetas. Por tanto, dad testimonio contra vosotros mismos, de que sois hijos de aquellos que mataron a los profetas. Llenad, pues, la medida de vuestros padres. ¡Serpientes, raza de víboras! ¿cómo escaparéis de la condenación del Gehena? Por tanto, he aquí, yo os envío profetas, y sabios, y escribas; y a algunos de ellos mataréis y crucificaréis; y a algunos de ellos azotaréis en vuestras sinagogas, y los perseguiréis de ciudad en ciudad; para que venga sobre vosotros toda la sangre justa derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien matasteis entre el templo y el altar. De cierto os digo que todo esto vendrá sobre esta generación.» Y lo que sigue es del mismo tenor: «¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de sus alas, y no quisiste! He aquí, vuestra casa os es dejada desierta.»
    Veamos ahora si en estos casos no nos vemos forzados a la conclusión de que, aunque el Salvador da un relato verdadero de ellos, no se ha de hallar ninguna de las Escrituras que pudiera probar lo que Él dice. Pues los que edifican los sepulcros de los profetas y adornan los monumentos de los justos, condenando los crímenes que sus padres cometieron contra los justos y los profetas, dicen: «Si hubiéramos estado en los días de nuestros padres, no habríamos participado con ellos en la sangre de los profetas.» ¿En la sangre de qué profetas, puede alguien decirme? Porque ¿dónde hallamos algo semejante escrito de Isaías, o de Jeremías, o de cualquiera de los doce, o de Daniel? Luego, acerca de Zacarías hijo de Baraquías, que fue muerto entre el templo y el altar, lo sabemos solo por Jesús, no conociéndolo de otra manera por ninguna Escritura. Por lo cual pienso que no cabe otra suposición, sino que los que tenían reputación de sabiduría, y los príncipes y los ancianos, quitaron del pueblo todo pasaje que pudiera acarrearles descrédito entre el pueblo. No debemos admirarnos, pues, de que esta historia de la malvada treta de los ancianos licenciosos contra Susana sea verdadera, sino de que fuera ocultada y quitada de las Escrituras por hombres que no estaban muy lejos del consejo de esos ancianos.
    En los Hechos de los Apóstoles también, Esteban, en su otro testimonio, dice: «¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo; de quien vosotros habéis sido ahora traidores y asesinos.» Que Esteban habla la verdad, lo admitirá todo el que reciba los Hechos de los Apóstoles; pero es imposible demostrar por los libros existentes del Antiguo Testamento con cuánta justicia echa la culpa de haber perseguido y matado a los profetas sobre los padres de aquellos que no creyeron en Cristo. Y Pablo, en la primera Epístola a los Tesalonicenses, testifica esto acerca de los judíos: «Porque vosotros, hermanos, vinisteis a ser imitadores de las iglesias de Dios que en Judea están en Cristo Jesús: pues también vosotros habéis padecido cosas semejantes de vuestros propios compatriotas, como ellos de los judíos; los cuales mataron al Señor Jesús y a sus propios profetas, y nos han perseguido a nosotros; y no agradan a Dios, y son contrarios a todos los hombres.» Lo que he dicho es, creo, suficiente para probar que no sería nada maravilloso si esta historia fuera verdadera, y el ataque licencioso y cruel se hubiera hecho realmente contra Susana por aquellos que eran entonces ancianos, y escrito por la sabiduría del Espíritu, pero quitado por estos príncipes de Sodoma, como los llamaría el Espíritu.

    Carta a Africano, § 10

    10. Tu siguiente objeción es que, en este escrito, se dice que Daniel fue arrebatado por el Espíritu y gritó que la sentencia era injusta; mientras que en aquel escrito suyo que es universalmente recibido se le representa profetizando de una manera muy distinta, por visiones y sueños, y por un ángel que se le aparecía, pero nunca por inspiración profética. Me parece que prestas demasiado poca atención a las palabras: «En muchas ocasiones y de muchas maneras habló Dios en otro tiempo a los padres por los profetas.» Esto es verdad no solo en general, sino también en los individuos. Porque si adviertes, hallarás que los mismos santos han sido favorecidos con sueños divinos y apariciones angélicas e inspiraciones (directas). Por ahora bastará citar lo que se testifica acerca de Jacob. De los sueños de parte de Dios habla él así: «Y aconteció que, en el tiempo en que el ganado concebía, que los vi delante de mis ojos en un sueño, y he aquí, los carneros y los machos cabríos que saltaban sobre las ovejas y las cabras, eran listados, pintados y salpicados. Y el ángel de Dios me habló en un sueño, diciendo: Jacob. Y yo dije: ¿Qué es? Y él dijo: Alza tus ojos y mira; las cabras y los carneros que saltan sobre las cabras y las ovejas son listados, pintados y salpicados; porque he visto todo lo que Labán te hace. Yo soy Dios, que se te apareció en el lugar de Dios, donde me ungiste allí una columna, y me hiciste allí un voto: ahora levántate, sal de esta tierra, y vuélvete a la tierra de tu parentela.»
    Y en cuanto a una aparición (que es mejor que un sueño), habla de sí mismo como sigue: «Y Jacob se quedó solo; y un varón luchó con él hasta que rayaba el alba. Y vio que no podía contra él, y tocó el ancho de su muslo; y el ancho del muslo de Jacob se entumeció mientras luchaba con él. Y le dijo: Déjame, porque raya el alba. Y él dijo: No te dejaré, si no me bendices. Y le dijo: ¿Cuál es tu nombre? Y él dijo: Jacob. Y le dijo: Ya no te llamarás Jacob, sino Israel será tu nombre; porque has vencido a Dios, y con los hombres eres poderoso. Y Jacob le preguntó, y dijo: Dime tu nombre. Y él dijo: ¿Por qué preguntas por mi nombre? Y lo bendijo allí. Y Jacob llamó el nombre de aquel lugar Visión de Dios: porque he visto a Dios cara a cara, y mi vida ha sido preservada. Y salió el sol, cuando la visión de Dios pasó.» Y que también profetizó por inspiración, es evidente por este pasaje: «Y Jacob llamó a sus hijos, y dijo: Juntaos, para que os anuncie lo que os ha de acontecer en los postreros días. Juntaos y oíd, hijos de Jacob; y escuchad a Israel vuestro padre. Rubén, primogénito mío, fortaleza mía, y principio de mis hijos, duro de nacer, duro y obstinado. Fuiste desenfrenado, no hiervas como agua; porque subiste al lecho de tu padre; entonces profanaste la cama a la que subiste.» Y así con lo demás: fue por inspiración que se pronunciaron las bendiciones proféticas. No debemos admirarnos, pues, de que Daniel a veces profetizara por inspiración, como cuando reprendió a los ancianos; a veces, como dices, por sueños y visiones, y en otras ocasiones por un ángel que se le aparecía.

    Carta a Africano, § 11

    11. Tus otras objeciones están formuladas, según me parece, de un modo algo irreverente, y sin el debido espíritu de piedad. No puedo hacer nada mejor que citar tus mismas palabras: «Entonces, tras gritar de ese modo tan extraordinario, los desenmascara de una manera no menos increíble, a la que ni siquiera habría recurrido Filistión, el autor de comedias. Pues, no contento con reprenderlos por el Espíritu, los puso aparte y les preguntó por separado dónde la habían visto cometer adulterio; y cuando el uno dijo: 'Debajo de una encina' ( prinos ), respondió que el ángel lo aserraría ( prisein ); y de modo semejante amenazó al otro, que dijo: 'Debajo de un lentisco' ( schinos ), con ser desgarrado.»
    Con la misma razón podrías comparar a Filistión, el autor de comedias, una historia algo semejante a esta, que se halla en el tercer libro de los Reyes, que tú mismo admitirás estar bien escrita. Esto es lo que leemos en Reyes:—
    Entonces se presentaron dos mujeres que eran rameras delante del rey, y estuvieron delante de él. Y la una mujer dijo: A mí, señor mío, yo y esta mujer habitamos en una misma casa; y dimos a luz en la casa. Y aconteció que al tercer día después que yo di a luz, esta mujer también dio a luz: y estábamos juntas; no hay nadie en nuestra casa fuera de nosotras dos. Y el hijo de esta mujer murió de noche; porque ella se acostó sobre él. Y se levantó a medianoche, y tomó a mi hijo de mis brazos, mientras tu sierva dormía. Y lo puso en su seno, y puso a su hijo muerto en mi seno. Y yo me levanté de mañana para dar de mamar a mi hijo, y he aquí que estaba muerto; pero cuando lo examiné de mañana, vi que no era mi hijo, el que yo había dado a luz. Y la otra mujer dijo: No; el muerto es tu hijo, y el vivo es mi hijo. Y la otra dijo: No; el vivo es mi hijo, y el muerto es tu hijo. Así hablaron delante del rey. Entonces dijo el rey: Tú dices: Este es mi hijo que vive, y tu hijo es el muerto; y tú dices: No; más bien tu hijo es el muerto, y mi hijo es el vivo. Y dijo el rey: Traedme una espada. Y trajeron una espada delante del rey. Y dijo el rey: Partid al niño vivo en dos, y dad la mitad a la una, y la mitad a la otra. Entonces la mujer cuyo era el niño vivo habló al rey (porque sus entrañas se le conmovieron por su hijo), y dijo: A mí, señor mío, dadme a ella el niño vivo, y no lo matéis de ninguna manera. Mas la otra dijo: Que no sea ni mío ni tuyo; partidlo. Entonces el rey respondió y dijo: Dad el niño a la que dijo: Dadle a ella el niño vivo, y no lo matéis de ninguna manera; porque ella es su madre. Y todo Israel oyó del juicio que había juzgado el rey; y temieron el rostro del rey, porque vieron que la sabiduría de Dios estaba en él para hacer juicio.
    Porque si tuviéramos libertad para hablar de este modo burlón de las Escrituras en uso en las iglesias, más bien compararíamos esta historia de las dos rameras a la comedia de Filistión que la de la casta Susana. Y así como el pueblo no habría sido persuadido si Salomón hubiera dicho meramente: «Dad a esta el niño vivo, porque ella es su madre;» así el ataque de Daniel contra los ancianos no habría sido suficiente si no se hubiera añadido la condena de su propia boca, cuando ambos dijeron que la habían visto acostada con el joven debajo de un árbol, pero no estuvieron de acuerdo en qué clase de árbol era. Y puesto que has afirmado, como si lo supieras con certeza, que Daniel en este asunto juzgó por inspiración (lo cual pudo haber sido o no el caso), quiero que adviertas que me parece que hay algunas analogías en la historia de Daniel con el juicio de Salomón, acerca de quien la Escritura testifica que el pueblo vio que la sabiduría de Dios estaba en él para hacer juicio. Esto podría decirse también de Daniel, pues fue porque la sabiduría estaba en él para hacer juicio que los ancianos fueron juzgados de la manera descrita.

    Carta a Africano, § 12

    12. Casi había olvidado una observación adicional que debo hacer acerca de la dificultad del prino-prisein y del schino-schisein; es decir, que en nuestras Escrituras hay muchas fantasías etimológicas, por así llamarlas, que en hebreo son perfectamente apropiadas, pero no en griego. No ha de sorprendernos, pues, si los traductores de la Historia de Susana lo dispusieron de tal modo que hallaron algunas palabras griegas, derivadas de la misma raíz, que o bien correspondían exactamente a la forma hebrea (aunque esto apenas lo creo posible), o bien presentaban alguna analogía con ella. He aquí un ejemplo de esto en nuestra Escritura. Cuando la mujer fue hecha por Dios de la costilla del hombre, Adán dice: «Esta será llamada varona, porque del varón fue tomada.» Ahora bien, los judíos dicen que la mujer fue llamada «Essa,» y que «tomada» es una traducción de esta palabra, como es evidente por «chos isouoth essa,» que significa: «He tomado la copa de la salvación;» y que «is» significa «varón,» como vemos por «Hesre aïs,» que es: «Bienaventurado el varón.» Según los judíos, entonces, «is» es «varón,» y «essa,» «varona,» porque fue tomada de su varón ( is ). No ha de sorprendernos, entonces, si algunos intérpretes de la «Susana» hebrea, la cual había estado oculta entre ellos desde época muy remota, y había sido preservada solo por los más doctos y honestos, hubieran dado la palabra hebrea palabra por palabra, o hubieran hallado alguna analogía con las formas hebreas, para que los griegos pudieran seguirlos. Pues en muchos otros pasajes podemos hallar huellas de esta clase de ingenio por parte de los traductores, lo cual noté cuando estaba cotejando las diversas ediciones.

    Carta a Africano, § 13

    13. Planteas otra objeción, que doy en tus propias palabras: «Además, ¿cómo es que ellos, que eran cautivos entre los caldeos, perdidos y ganados al juego, arrojados insepultos por las calles, como se profetizó de la cautividad anterior, sus hijos arrancados de ellos para ser eunucos, y sus hijas para ser concubinas, como había sido profetizado; cómo es que tales pudieron dictar sentencia de muerte, y además sobre la mujer de su rey Joacim, a quien el rey de los babilonios había hecho partícipe de su trono? Luego, si no fue este Joacim, sino algún otro del pueblo común, ¿de dónde tenía un cautivo tal mansión y espacioso jardín?»
    De dónde sacas tu «perdidos y ganados al juego, y arrojados insepultos por las calles,» no lo sé, a menos que sea de Tobías; y Tobías (como también Judit), conviene notar, los judíos no lo usan. No se hallan siquiera en los Apócrifos hebreos, como aprendí de los judíos mismos. Sin embargo, puesto que las iglesias usan Tobías, debes saber que aun en la cautividad algunos de los cautivos eran ricos y acomodados. El mismo Tobías dice: «Porque me acordé de Dios con todo mi corazón; y el Altísimo me dio gracia y belleza a los ojos de Nemessarus, y yo fui su proveedor; y fui a Media, y dejé en depósito a Gabael, hermano de Gabrías, en Ragi, ciudad de Media, diez talentos de plata.» Y añade, como si fuera rico: «En los días de Nemessarus di muchas limosnas a mis hermanos. Di mi pan a los hambrientos, y mis vestidos a los desnudos; y si veía a alguno de mi nación muerto y arrojado fuera de los muros de Nínive, lo enterraba; y si el rey Senaquerib había matado a alguno cuando vino huyendo de Judea, lo enterraba a escondidas (porque en su ira mató a muchos).» Considera si este gran catálogo de las buenas obras de Tobías no indica gran riqueza y muchas posesiones, especialmente cuando añade: «Entendiendo que se me buscaba para matarme, me retiré por miedo, y todos mis bienes me fueron arrebatados por la fuerza.»
    Y otro cautivo, Dachiacharus, hijo de Ananiel, hermano de Tobías, fue puesto sobre todo el tesoro del reino del rey Acherdon; y leemos: «Ahora bien, Achiacharus era copero y guarda del sello, y mayordomo y sobrestante de las cuentas.»
    Mardoqueo también frecuentaba la corte del rey, y tuvo tanta osadía delante de él, que fue inscrito entre los bienhechores de Artajerjes.
    También leemos en Esdras que Neemías, copero y eunuco del rey, de raza hebrea, hizo una petición acerca de la reedificación del templo, y la obtuvo; de modo que se le concedió a él, con muchos más, volver y edificar de nuevo el templo. ¿Por qué, pues, habríamos de admirarnos de que un Joacim tuviera jardín, casa y propiedades, ya fueran estas muy costosas o solo moderadas, pues esto no se nos dice claramente en el escrito?

    Carta a Africano, § 14

    14. Pero dices: «¿Cómo podían los que estaban en cautividad dictar sentencia de muerte?» afirmando, no sé sobre qué fundamentos, que Susana era esposa de un rey, a causa del nombre Joacim. La respuesta es que no es cosa rara, cuando grandes naciones se someten, que el rey permita a los cautivos usar sus propias leyes y tribunales de justicia. Ahora, por ejemplo, cuando los romanos gobiernan, y los judíos les pagan el medio siclo, cuán grande poder tiene el etnarca por concesión de César; de modo que nosotros, que hemos tenido experiencia de ello, sabemos que difiere poco de un verdadero rey. Los juicios privados se celebran según la ley, y algunos son condenados a muerte. Y aunque no hay plena licencia para esto, sin embargo no se hace sin conocimiento del gobernante, como aprendimos y nos convencimos cuando pasamos mucho tiempo en el país de aquel pueblo. Y, sin embargo, los romanos solo toman en cuenta a dos tribus, mientras que en aquel tiempo, además de Judá, estaban las diez tribus de Israel. Probablemente los asirios se contentaron con tenerlos en sujeción, y les concedieron sus propios procesos judiciales.
    Hallo en tu carta aún otra objeción, expresada en estos términos: «Y añade que, entre todos los muchos profetas que hubo antes, no hay ninguno que haya citado a otro palabra por palabra. Pues no tenían necesidad de andar mendigando palabras, ya que las suyas eran verdaderas. Mas éste, al reprender a uno de esos hombres, cita las palabras del Señor: "No matarás al inocente y al justo." No alcanzo a comprender cómo, con todo tu ejercicio en investigar y meditar las Escrituras, no has advertido que los profetas se citan continuamente unos a otros casi palabra por palabra. Pues ¿quién de todos los creyentes no conoce las palabras de Isaías? «Y en los postreros días el monte del Señor será manifiesto, y la casa del Señor sobre la cumbre de los montes, y será ensalzado sobre los collados; y todas las naciones correrán a él. Y muchos pueblos irán y dirán: Venid, y subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob; y Él nos enseñará su camino, y andaremos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor. Y Él juzgará entre las naciones, y reprenderá a muchos pueblos; y convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.»
    Pero en Miqueas hallamos un pasaje paralelo, que es casi palabra por palabra: «Y en los postreros días el monte del Señor será manifiesto, establecido sobre la cumbre de los montes, y será ensalzado sobre los collados; y los pueblos correrán a él. Y muchas naciones vendrán y dirán: Venid, subamos al monte del Señor, a la casa del Dios de Jacob; y nos enseñarán su camino, y andaremos por sus sendas; porque de Sión saldrá la ley, y de Jerusalén la palabra del Señor. Y Él juzgará entre muchos pueblos, y reprenderá a naciones fuertes; y convertirán sus espadas en rejas de arado, y sus lanzas en hoces; no alzará espada nación contra nación, ni se adiestrarán más para la guerra.»
    Además, en el Primer Libro de las Crónicas, el salmo que se pone en manos de Asaf y de sus hermanos para alabar al Señor, que comienza: «Dad gracias al Señor, invocad su nombre,» es en su comienzo casi idéntico al Salmo CV, hasta «y no hagáis daño a mis profetas;» y después de eso es el mismo que el Salmo XCVI, desde el comienzo de ese salmo, que es algo así: «Alabad al Señor, toda la tierra,» hasta «Porque Él viene a juzgar la tierra.» (Habría tomado demasiado tiempo citar más por extenso; de modo que he dado estas breves referencias, que bastan para la materia que nos ocupa.) Y hallarás la ley de no llevar carga en el día de reposo en Jeremías, lo mismo que en Moisés. Y las reglas sobre la Pascua, y las reglas para los sacerdotes, no están sólo en Moisés, sino también al final de Ezequiel. Habría citado éstas, y muchas más, de no haber hallado que, por la brevedad de mi estancia en Nicomedia, el tiempo para escribirte se me había ya restringido demasiado.
    Tu última objeción es que el estilo es distinto. Esto no alcanzo a verlo.
    Esta es, pues, mi defensa. Podría, sobre todo después de todas estas acusaciones, hablar en alabanza de esta historia de Susana, deteniéndome en ella palabra por palabra y exponiendo la índole exquisita de sus pensamientos. Tal encomio quizá lo compongan en otra ocasión algunos de los eruditos y capaces estudiosos de las cosas divinas. Esta es, sin embargo, mi respuesta a tus golpes, como tú los llamas. ¡Ojalá pudiera yo instruirte! Pero no me arrogo ahora eso. Mi señor y amadísimo hermano Ambrosio, que ha escrito esto a mi dictado y, al repasarlo, lo ha corregido a su antojo, te saluda. Su fiel esposa, Marcela, y sus hijos, también te saludan. También Aniceto. Saluda tú a nuestro amado padre Apolinar y a todos nuestros amigos.

    Carta a Gregorio (primera versión)

    Carta a Gregorio (1), § 1

    1. Salud en Dios, mi excelentísimo señor y venerable hijo Gregorio, de parte de Orígenes. La natural prontitud de comprensión, como bien sabes, puede, si se le añade ejercicio, contribuir en algo al fin contingente, si me es lícito llamarlo así, de aquello que uno desea practicar. Así, tus buenas dotes naturales podrían hacer de ti un consumado jurisconsulto romano o un filósofo griego, por así decirlo, de una de las escuelas de gran reputación. Mas me afano por que consagres toda la fuerza de tus buenas dotes naturales al cristianismo como fin tuyo; y, para ello, deseo pedirte que tomes de la filosofía de los griegos lo que pueda servir como curso de estudios o preparación para el cristianismo, y de la geometría y de la astronomía lo que sirva para explicar las sagradas Escrituras, a fin de que todo lo que los hijos de los filósofos suelen decir de la geometría, de la música, de la gramática, de la retórica y de la astronomía, como auxiliares de la filosofía, lo digamos nosotros de la filosofía misma, en relación con el cristianismo.

    Carta a Gregorio (1), § 2

    2. Quizá algo de esta índole se insinúa en lo que está escrito en el Éxodo, de boca de Dios: que a los hijos de Israel se les mandó pedir a sus vecinos y a quienes moraban con ellos vasos de plata y de oro y vestidos, para que, despojando a los egipcios, tuvieran material para la preparación de las cosas pertenecientes al servicio de Dios. Pues de las cosas que los hijos de Israel tomaron de los egipcios se hicieron los vasos del Santo de los Santos: el arca con su tapa, los querubines, el propiciatorio y el cofre de oro, donde estaba el maná, el pan de los ángeles. Estas cosas probablemente se hicieron con el mejor de los oros egipcios. De una clase inferior se haría el candelero de oro macizo cerca del velo interior, con sus brazos, y la mesa de oro sobre la cual estaban los panes de la proposición, y el incensario de oro entre ellos. Y si había una tercera y una cuarta calidad de oro, de ella se harían los vasos sagrados; y las demás cosas se harían de plata egipcia. Pues cuando los hijos de Israel habitaron en Egipto, ganaron con su morada allí esto: que no carecieron de tan precioso material para los utensilios del servicio de Dios. Y de los vestidos egipcios probablemente se hicieron todas aquellas cosas que, como menciona la Escritura, necesitaban obra cosida y recamada, cosida con la sabiduría de Dios, una con otra, para que se hicieran los velos y los atrios interior y exterior. ¿Y a qué continuar, en esta digresión inoportuna, exponiendo cuán útiles fueron para los hijos de Israel las cosas traídas de Egipto, a las que los egipcios no habían dado un uso adecuado, pero que los hebreos, guiados por la sabiduría de Dios, emplearon para el servicio de Dios? Ahora bien, la sagrada Escritura suele representar como un mal el descender de la tierra de los hijos de Israel a Egipto, indicando que ciertas personas reciben daño de morar entre los egipcios, es decir, de entrometerse con el conocimiento de este mundo, después de haberse adscrito a la ley de Dios y al culto israelita que se le tributa. Ador, al menos, el idumeo, mientras estuvo en la tierra de Israel y no probó el pan de los egipcios, no hizo ídolos. Fue cuando huyó del sabio Salomón y descendió a Egipto, como huyendo de la sabiduría de Dios, y se hizo pariente de Faraón al casarse con la hermana de su mujer y engendrar un hijo, que fue criado con los hijos de Faraón, cuando hizo esto. Por lo cual, aunque volvió a la tierra de Israel, volvió sólo para dividir al pueblo de Dios y hacerles decir al becerro de oro: «Estos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto.» Y puedo decirte por experiencia que no son muchos los que toman de Egipto sólo lo útil, se van y lo emplean para el servicio de Dios; mientras que Ador el idumeo tiene muchos hermanos. Éstos son los que, a partir de sus estudios griegos, producen nociones heréticas y las erigen, como el becerro de oro, en Betel, que significa «casa de Dios.» En estas palabras me parece ver también una indicación de que han erigido sus propias imaginaciones en las Escrituras, donde mora la palabra de Dios, a la que en figura se llama Betel. La otra figura, dice la palabra, fue erigida en Dan. Ahora bien, los confines de Dan son los más extremos y los más cercanos a las fronteras de los gentiles, como resulta claro de lo escrito en Josué, hijo de Nun. Ahora bien, algunas de las invenciones de estos hermanos de Ador, como los llamamos, están también muy cerca de las fronteras de los gentiles.
    Comentario editorial · El botín de los egipcios y el «Ader» que no es Ader
    La imagen viene del Éxodo: los israelitas pidieron a los egipcios objetos de plata, de oro y vestidos, y «así despojaron a los egipcios» (). Orígenes la lee como un programa de estudio: lo útil de la filosofía y de las ciencias griegas se ha de poner al servicio de la Escritura, mientras que quienes sacan de los estudios griegos ideas heréticas las alzan como el becerro de oro. Wikipedia resume la carta en esos términos: llevar los tesoros intelectuales de los griegos a la filosofía cristiana. Una nota del traductor inglés (Crombie) advierte que Orígenes confunde aquí a Hadad el edomita (), que huyó a Egipto y casó con la hermana de la reina, con Jeroboam, que se refugió en Egipto y hizo los dos becerros de oro ().

    Carta a Gregorio (1), § 3

    3. Aplícate, pues, hijo mío, con diligencia a la lectura de las sagradas Escrituras. Aplícate, digo. Pues nosotros, que leemos las cosas de Dios, necesitamos mucha aplicación, no sea que digamos o pensemos algo demasiado temerario acerca de ellas. Y aplicándote así al estudio de las cosas de Dios, con juicios previos fieles, tales como agradan a Dios, llama a su puerta cerrada, y te la abrirá el portero, de quien Jesús dice: «A él le abre el portero.» Y aplicándote así al estudio divino, busca rectamente, y con confianza inquebrantable en Dios, el sentido de las santas Escrituras, que tantos no han hallado. No te contentes con llamar y buscar; porque la oración es, entre todas las cosas, indispensable para el conocimiento de las cosas de Dios. Pues a esto exhortó el Salvador, y dijo no sólo: «Llamad, y se os abrirá; buscad, y hallaréis,» sino también: «Pedid, y se os dará.» Mi amor paterno hacia ti me ha hecho tan osado; pero si mi osadía es buena, Dios lo sabrá, y su Cristo, y todos los partícipes del Espíritu de Dios y del Espíritu de Cristo. ¡Ojalá seas también tú partícipe, y vayas siempre acrecentando tu herencia, para que puedas decir no sólo: «Hemos sido hechos partícipes de Cristo,» sino también partícipes de Dios!

    Carta a Gregorio (segunda versión)

    Texto de la fuenteAllan Menzies (introducción de la edición) · Introducción a la carta a Gregorio · Carta a Gregorio (2), introducción
    Cuándo y para quién puede ser de servicio la erudición derivada de la filosofía para la exposición de las Santas Escrituras; con una viva exhortación personal.
    Esta carta a Gregorio, después obispo de Cesarea y llamado Taumaturgo, se conservó en la Filocalia, o colección de extractos de las obras de Orígenes compilada por Gregorio de Nisa y Basilio de Cesarea. Está impresa por Delarue y Lommatzsch al frente de sus ediciones de las obras. Constituye un buen prefacio a los comentarios, pues muestra cómo Orígenes consideraba el estudio de la Escritura el más alto de todos los estudios, y cómo tenía la erudición científica, en la que él mismo era un maestro, por meramente preparatoria para este saber supremo. Dräseke ha demostrado que fue escrita hacia 235, cuando Orígenes, después de haber tenido a Gregorio como discípulo suyo en Cesarea durante algunos años, había huido ante la persecución bajo Maximino el Tracio a Capadocia; mientras que Gregorio, a juzgar por el tenor de esta epístola, había ido a Egipto. El Panegírico de Orígenes, pronunciado por Gregorio en Cesarea hacia 239, cuando la escuela se había reunido de nuevo allí tras la persecución, muestra que la solicitud del maestro por el verdadero adelanto de su discípulo no se vio defraudada.
    Comentario editorial · La misma carta, dos traducciones inglesas
    La carta a Gregorio aparece dos veces porque el texto de partida recoge dos versiones inglesas de la misma pieza: la de Frederick Crombie (Ante-Nicene Fathers, vol. 4) y la de Allan Menzies, con su introducción y sus epígrafes, en el vol. 9. Menzies y Wikipedia sitúan la carta en la Filocalia, la antología de textos de Orígenes. Sobre quién la compiló las dos introducciones no coinciden: la de Crombie dice Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno; la de Menzies, Gregorio de Nisa y Basilio de Cesarea. Según Wikipedia, el propio texto griego los llama compiladores a Basilio y a Gregorio (Nacianceno), la atribución se acepta en general y algunos editores la discuten.
    Comentario editorial · ¿Cuándo, y tras cuántos años de estudio?
    Menzies, que sigue a Dräseke, fecha la carta hacia 235: Orígenes habría huido de la persecución de Maximino a Capadocia mientras Gregorio, a juzgar por la carta, se había ido a Egipto. Wikipedia da para los estudios de Gregorio con Orígenes los años 231 a 238 o 239, tiene ese viaje por dudoso y probablemente inexistente, y dice que no es fácil saber si la carta es anterior o posterior al discurso de despedida de Gregorio. También difieren en la duración del discipulado: cinco años, según Eusebio (Historia eclesiástica VI, 30) y la introducción de Crombie; siete, según Wikipedia. La edición de Crombie no fecha su versión.

    1. Se exhorta a Gregorio a aplicar su erudición gentil al estudio de la Escritura

    Carta a Gregorio (2), § 1

    Toda salud a ti en Dios, excelentísimo y reverendo señor, hijo Gregorio, de parte de Orígenes. La natural agudeza de entendimiento es apta, como bien sabes, si se la ejercita con diligencia, para producir una obra que puede llevar a su poseedor, hasta donde es posible, si se me permite expresarme así, a la consumación del arte que desea practicar; y tu aptitud natural basta para hacer de ti un consumado jurisconsulto romano y también un filósofo griego de las escuelas más famosas. Pero mi deseo para ti ha sido que dirigieras toda la fuerza de tu inteligencia al cristianismo como fin tuyo, y esto de un modo productivo. Y querría que llevaras contigo, por una parte, aquellas partes de la filosofía de los griegos que son aptas, por así decirlo, para servir como estudios generales o preparatorios para el cristianismo, y, por otra, tanta Geometría y Astronomía cuanta pueda ser útil para la interpretación de las Santas Escrituras. Los hijos de los filósofos hablan de la geometría, de la música, de la gramática, de la retórica y de la astronomía como auxiliares de la filosofía; y del mismo modo podríamos hablar de la filosofía misma como auxiliar del cristianismo.

    2. Este proceder está prefigurado en la historia del despojo de los egipcios

    Carta a Gregorio (2), § 2

    Es algo de esta índole, quizá, lo que se indica enigmáticamente en las instrucciones que se representa a Dios dando en el Libro del Éxodo a los hijos de Israel. Se les manda pedir a sus vecinos y a quienes moran en sus tiendas vasos de plata y de oro, y vestidos; así han de despojar a los egipcios y obtener materiales para hacer las cosas que se les dice que provean en relación con el culto de Dios. Pues con las cosas de que los hijos de Israel despojaron a los egipcios se hizo el ajuar del Santo de los Santos: el arca con su cubierta, los querubines, el propiciatorio y la jarra de oro en la que se guardaba el maná, aquel pan de los ángeles. Éstas probablemente se hicieron con el oro más fino de los egipcios; y de una segunda calidad, quizá, el candelero de oro macizo que estaba cerca del velo interior, y las lámparas que en él había, y la mesa de oro sobre la cual estaban los panes de la proposición, y entre estos dos el altar de oro del incienso. Y si había oro de una tercera y de una cuarta calidad, con él se hicieron los vasos sagrados. Y de la plata egipcia también se hicieron otras cosas; pues fue de su estancia en Egipto de donde los hijos de Israel sacaron la gran ventaja de verse provistos de tal cantidad de materiales preciosos para el uso del servicio de Dios. De los vestidos egipcios probablemente se hicieron todos aquellos objetos nombrados en la Escritura en obra recamada; los bordadores que trabajaban con la sabiduría de Dios, tales vestiduras para tales fines, para hacer las colgaduras y los atrios interior y exterior. Ésta no es ocasión adecuada para extenderse sobre tal tema ni para mostrar de cuántas maneras les resultaron útiles a los hijos de Israel las cosas que obtuvieron de los egipcios. Los egipcios no habían hecho de ellas un uso adecuado; pero los hebreos las usaron con fines religiosos, pues la sabiduría de Dios estaba con ellos. La Sagrada Escritura sabe, sin embargo, que era cosa mala descender de la tierra de los hijos de Israel a Egipto, y en esto se encierra una gran verdad. Para algunos es cosa mala morar con los egipcios, es decir, con la erudición del mundo, después de haberse alistado en la ley de Dios y en el culto israelita que se le tributa. Ador el edomita, mientras estuvo en la tierra de Israel y no probó el pan de los egipcios, no hizo ídolos; pero cuando huyó del sabio Salomón y descendió a Egipto, como quien había huido de la sabiduría de Dios, se unió a Faraón, casándose con la hermana de su mujer y engendrando un hijo que se crió entre los hijos de Faraón. Por tanto, aunque volvió a la tierra de Israel, volvió a ella para introducir división en el pueblo de Dios y hacerles decir al becerro de oro: «Éstos son tus dioses, oh Israel, que te sacaron de la tierra de Egipto.» He aprendido por experiencia y puedo decirte que son pocos los que han tomado de lo útil de Egipto y han salido de allí, y han preparado luego lo que se requiere para el servicio de Dios; pero Ador el edomita, por el contrario, tiene muchos hermanos. Me refiero a quienes, fundándose en algún trozo de erudición griega, han dado a luz ideas heréticas y, por así decirlo, han hecho becerros de oro en Betel, que, interpretado, es la casa de Dios. Esto me parece que quiere dar a entender que tales personas erigen sus propias imágenes en las Escrituras en las que mora la Palabra de Dios, y que por eso son llamadas trópicamente Betel. La otra imagen, se dice en la palabra, fue erigida en Dan. Ahora bien, los confines de Dan están en los extremos y son contiguos al país de los gentiles, como se registra claramente en el Libro de Jesús, hijo de Navé. Algunas de estas imágenes, pues, están cerca de las fronteras de los gentiles, las cuales han inventado los hermanos, como hemos mostrado, de Ador.

    3. Llamamiento personal

    Carta a Gregorio (2), § 3

    Estudia, pues, tú, mi señor e hijo, ante todo las divinas Escrituras. Estúdialas, te digo. Porque hemos menester estudiar profundamente los divinos escritos, no sea que hablemos de ellos más aprisa de lo que pensamos; y mientras estudias estas divinas obras con intención creyente y agradable a Dios, llama a lo que en ellas está cerrado, y te lo abrirá el portero, de quien dice Jesús, [] «A él abre el portero.» Mientras atiendes a esta divina lectura, busca rectamente y con fe inquebrantable en Dios el sentido oculto que está presente en la mayor parte de los pasajes de las divinas Escrituras. Y no te contentes con llamar y buscar, porque lo más necesario para entender las cosas divinas es la oración, y, al exhortarnos a esto, el Salvador dice no sólo, [] «Llamad, y se os abrirá,» y «Buscad, y hallaréis,» sino también «Pedid, y se os dará.» Esto me he atrevido a decir por mi amor paternal hacia ti. Si me he atrevido bien o no, Dios lo sabe, y su Cristo, y el que tiene parte del Espíritu de Dios y del Espíritu de Cristo. Ojalá participes de estas cosas; ojalá tengas de ellas una participación siempre creciente, de modo que puedas decir no sólo, «Somos participantes de Cristo,» [] sino también «Somos participantes de Dios.»
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejaron las cartas

    La polémica sobre Susana no se zanjó con estas dos cartas. Según Wikipedia, Jerónimo, al traducir la Vulgata, trató la historia como una fábula no canónica y dijo en su prólogo que no estaba en el texto hebreo de Daniel; hoy la incluyen como capítulo 13 la Biblia católica y las ortodoxas, y los protestantes la cuentan entre los apócrifos. Lo que ponen en juego las cartas es un criterio: para Africano, lo que no está en el hebreo no es de Daniel; para Orígenes, las iglesias leen la copia griega y hay que juzgar cada pasaje con el conjunto de ejemplares que él dice haber cotejado (§§ 2–4). En cuanto a la carta a Gregorio, la introducción de Menzies dice que Delarue y Lommatzsch la imprimieron al frente de sus ediciones de Orígenes y que sirve de buen prefacio a los comentarios.
    Límites. Ninguna de las cuatro piezas lleva fecha en la edición de base; las que aparecen aquí (c. 240 para el mensaje a Africano, 238–244 para la visita a Nicomedia, c. 235 o 231–238/239 para la carta a Gregorio) son las de Wikipedia o las de Menzies, que se citan, y discrepan entre sí. La identificación de personas y los datos de las notas proceden de las fuentes que se enlazan, no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué. La traducción castellana es automática y parte del inglés: la comparación de pasajes con el griego queda fuera de esta edición.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la obra