Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
«En el principio era el Verbo»: Orígenes dedica el primer libro de su comentario a esa sola frase y no la agota. Antes de llegar a ella se pregunta qué es un Evangelio, por qué el de Juan es la primicia de los cuatro y qué cualidades necesita quien quiera interpretarlo. Después recorre uno por uno los títulos de Cristo —luz, camino, verdad, vida, puerta, pastor, Logos—, discute con el gnóstico Heracleón, el primer comentarista de Juan que se conoce, y en el libro X se enfrenta a las discrepancias entre el cuarto Evangelio y los otros tres. Es, según su traductor inglés, la obra de exégesis cristiana más antigua que se conserva. Esta edición recoge la parte que él tradujo.
| Autor | Orígenes de Alejandría (c. 185 – c. 253, según Wikipedia) |
| Título | Comentario al Evangelio de Juan (en inglés, Commentary on the Gospel of John) |
| Fecha | Los libros I a V, en Alejandría antes del traslado de Orígenes a Cesarea en 231; el VI se comenzó allí y se rehízo en Cesarea, según Menzies. Wikipedia sitúa en Cesarea al menos los libros VI a X |
| Género | Comentario exegético por tomos (libros), que avanza frase a frase por el texto de Juan |
| Transmisión | Según Menzies, en tiempos de Eusebio quedaban 22 libros de los que parece que hubo 39; se conservan los libros I, II, VI, X, XIII, XIX, XX, XXVIII y XXXII, algunos incompletos, y fragmentos |
| Lo que contiene esta edición | Los libros I, II, VI y X y fragmentos de los libros IV y V que conserva la Filocalia. Los libros XIII, XIX, XX, XXVIII y XXXII no los tradujo Menzies y no están aquí |
| Extensión | Seis libros (dos de ellos, fragmentos), unas 90 000 palabras |
| Traducción | Castellana y directa, del inglés de Allan Menzies; no del griego |
| Fuente | Ante-Nicene Fathers, vol. 9, editado por Allan Menzies |
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Allan Menzies, que la publicó en el volumen 9 de los Ante-Nicene Fathers, del que fue también editor. New Advent lo fecha en Buffalo, 1896; Wikipedia, al describir la serie, dice que ese volumen salió en 1897 como volumen adicional, con traducciones nuevas, en la editorial T. & T. Clark de Edimburgo. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
En su introducción, Menzies explica que tradujo del texto griego publicado por Lommatzsch en 1831, que en muchos lugares juzga muy defectuoso, y que la edición revisada de A. E. Brooke (Cambridge) llegó demasiado tarde para usarla. Cuenta también cómo se escribió la obra: los cinco primeros libros en Alejandría, antes del traslado a Cesarea en 231; el sexto, empezado en Alejandría y vuelto a empezar en Cesarea porque el manuscrito se había quedado atrás; y una nueva interrupción con la persecución de 238. El último libro conservado, el 32, llega a Juan 13:33.
Lo que viene de la edición. La división en libros y en capítulos numerados, y los títulos de cada capítulo, que resumen su contenido, son de la edición inglesa, no de Orígenes. Cuando un título es muy largo, se deja su primera frase como encabezado y el resto debajo, en cursiva. El epub omite el número del capítulo 8 del libro II (el que empieza «Opinión de Heracleón…»), que la edición inglesa sí numera; aquí se le da ese número en el localizador. Los libros IV y V solo se conservan en fragmentos tomados de la Filocalia. Las frases en cursiva que los unen («Luego, tras hablar de la tosquedad del estilo del Evangelio, prosigue…») no son de Orígenes: resumen lo que la antología omite. La nota que abre el libro IV es de la edición.
Citas bíblicas. Se conservan tal como llegan, sin referencias añadidas. Menzies advierte que los traductores de su volumen vertieron las citas tal como las leía Orígenes: el Antiguo Testamento, por la Septuaginta, y el Nuevo, en un texto muy distinto del que después prevaleció en la Iglesia. Por eso una cita puede no coincidir con la Biblia que tenga el lector.
| Libro | Capítulos | Asunto |
|---|---|---|
| I | 1–42 | Qué es un Evangelio y por qué el de Juan es su primicia; qué es el «principio»; los títulos de Cristo |
| II | 1–30 | «El Verbo estaba con Dios»: el Logos, la vida y la luz; Juan el Bautista, enviado como testigo |
| IV | fragmentos | El estilo llano de los Evangelios |
| V | fragmentos | Prefacio a Ambrosio: por qué escribir tanto, si la Escritura advierte contra los muchos libros |
| VI | 1–38 | Juan el Bautista: su testimonio, el bautismo, el Jordán, el Cordero de Dios |
| X | 1–30 | Jesús en Cafarnaúm, la Pascua y la purificación del templo; las discrepancias entre los evangelistas |
I, 1
Aquel pueblo que antiguamente era llamado pueblo de Dios estaba dividido en doce tribus y, además de las otras tribus, contaba con el orden levítico, que a su vez desempeñaba el servicio de Dios en diversas categorías sacerdotales y levíticas. Del mismo modo, me parece que el pueblo entero de Cristo, si lo consideramos desde la perspectiva del hombre oculto del corazón —ese pueblo al que se llama "judío en lo interior" y que está circuncidado en el espíritu—, posee de una manera más mística las características de las tribus. Esto puede deducirse con mayor claridad del Apocalipsis de Juan, aunque los demás profetas tampoco ocultan de ningún modo este estado de cosas a quienes tienen la facultad de escucharlos. Juan habla así:
Y vi a otro ángel que subía desde el oriente, con el sello del Dios vivo; y clamó con gran voz a los cuatro ángeles a quienes se había dado poder para dañar la tierra y el mar, diciendo: "No dañéis la tierra, ni el mar, ni los árboles, hasta que hayamos sellado en la frente a los siervos de nuestro Dios". Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil, sellados de todas las tribus de los hijos de Israel; de la tribu de Judá fueron sellados doce mil; de la tribu de Rubén, doce mil.
Y mencionó una por una todas las tribus, con excepción de Dan. Luego, algo más adelante, prosigue:
Y miré, y he aquí que el Cordero estaba de pie sobre el monte Sion, y con Él ciento cuarenta y cuatro mil, que llevaban escrito en la frente su nombre y el nombre de su Padre. Y oí una voz del cielo como voz de muchas aguas y como voz de un gran trueno.
Y la voz que oí era como la de arpistas que tañían sus arpas; y cantan un cántico nuevo delante del trono, delante de los cuatro seres vivientes y de los ancianos, y nadie podía aprender el cántico sino los ciento cuarenta y cuatro mil que habían sido rescatados de la tierra. Estos son los que no se contaminaron con mujeres, pues son vírgenes. Estos son los que siguen al Cordero adondequiera que va. Fueron rescatados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y en su boca no se halló mentira, pues son irreprochables.
Ahora bien, esto se dice en Juan con respecto a quienes han creído en Cristo, pues también ellos, aunque por su linaje corporal no puedan remontarse a la descendencia de los patriarcas, son reunidos de entre las tribus. Que así es podemos deducirlo de lo que se dice a continuación sobre ellos: "No dañéis —dice— la tierra, ni el mar, ni los árboles, hasta que hayamos sellado en la frente a los siervos de nuestro Dios. Y oí el número de los sellados: ciento cuarenta y cuatro mil, sellados de todas las tribus de los hijos de Israel".
2. Los ciento cuarenta y cuatro mil sellados en el Apocalipsis son conversos a Cristo procedentes del mundo gentil
I, 2
Así pues, los sellados en la frente de todas las tribus de los hijos de Israel suman ciento cuarenta y cuatro mil; y de estos ciento cuarenta y cuatro mil se dice después en Juan que llevan escrito en la frente el nombre del Cordero y el de su Padre, y que son vírgenes, pues no se han contaminado con mujeres. ¿Qué otra cosa podría ser el sello de sus frentes sino el nombre del Cordero y el nombre de su Padre? En ambos pasajes se dice que sus frentes llevan el sello: en uno se habla del sello; en el otro, este parece contener las letras que forman el nombre del Cordero y el nombre de su Padre. Ahora bien, los tomados de las tribus son, como mostramos antes, las mismas personas que los vírgenes. Pero es pequeño el número de creyentes que pertenecen a Israel según la carne; cabría aventurarse a afirmar que ni de lejos alcanzarían los ciento cuarenta y cuatro mil. Es evidente, por tanto, que los ciento cuarenta y cuatro mil que no se han contaminado con mujeres deben contarse entre quienes han llegado a la palabra divina procedentes del mundo gentil. De este modo puede sostenerse la verdad de la afirmación de que las primicias de cada tribu son sus vírgenes. Pues el pasaje continúa: "Estos fueron tomados de entre los hombres como primicias para Dios y para el Cordero; y en su boca no se halló engaño, pues son irreprochables". La afirmación relativa a los ciento cuarenta y cuatro mil admite sin duda una interpretación mística; pero no es necesario en este punto, y nos apartaría de nuestro propósito, compararla con aquellos pasajes de los profetas en los que se enseña lo mismo acerca de quienes son llamados de entre los gentiles.
3. En el Israel espiritual, los sumos sacerdotes son quienes se consagran al estudio de la Escritura
I, 3
Pero ¿qué importancia tiene todo esto para nosotros? Así preguntarás al leer estas palabras, Ambrosio, tú que eres verdaderamente un hombre de Dios, un hombre en Cristo, y que aspiras a ser no solo hombre, sino hombre espiritual. Su importancia es esta: los miembros de las tribus ofrecen a Dios, por medio de los levitas y los sacerdotes, diezmos y primicias; no consideran diezmo o primicia todo cuanto poseen. Los levitas y los sacerdotes, en cambio, no tienen otras posesiones que los diezmos y las primicias; sin embargo, también ellos ofrecen a su vez diezmos a Dios por medio de los sumos sacerdotes y, creo yo, también primicias. Lo mismo ocurre con quienes se dedican a los estudios cristianos. La mayoría de nosotros consagramos la mayor parte de nuestro tiempo a los asuntos de esta vida y dedicamos a Dios solo unos pocos actos especiales; nos asemejamos así a los miembros de las tribus que tenían escaso trato con el sacerdote y cumplían sus deberes religiosos sin dedicarles mucho tiempo. Pero a quienes se consagran a la palabra divina y no tienen otra ocupación que el servicio de Dios bien se les puede llamar, si se tiene en cuenta la diferencia entre ambas ocupaciones, nuestros levitas y sacerdotes. Y quienes desempeñan un oficio más distinguido que el de sus hermanos quizá sean sumos sacerdotes según el orden de Aarón, no según el de Melquisedec. Aquí alguien podría objetar que es demasiado atrevido dar a los hombres el nombre de sumos sacerdotes, cuando en numerosos pasajes proféticos se habla del propio Jesús como el único gran sacerdote, como en este: "Tenemos un gran sumo sacerdote que atravesó los cielos, Jesús, el Hijo de Dios". Pero a esto respondemos que el Apóstol precisó claramente su sentido y declaró que el profeta había dicho acerca del Cristo: "Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec", y no según el orden de Aarón. Decimos, por consiguiente, que los hombres pueden ser sumos sacerdotes según el orden de Aarón, pero que, según el orden de Melquisedec, solo puede serlo el Cristo de Dios.
Comentario editorial · Ambrosio, a quien se dirige el comentario
El Ambrosio al que Orígenes interpela aquí es su amigo y protector. Según Wikipedia, había sido valentiniano y marcionita hasta que Orígenes lo ganó para la fe de la Iglesia; fue ordenado diácono y, como hombre rico, le proporcionaba libros y secretarios que copiaban al dictado. Le dedicó, entre otras obras, este comentario, Sobre la oración y Contra Celso. En el prefacio del libro V, Orígenes lo llama su «capataz». Sufrió la persecución de Maximino en 235 y murió como confesor.
Para ampliar: Ambrose of Alexandria (Wikipedia (en))
I, 4
Ahora bien, toda nuestra actividad está dedicada a Dios, y también toda nuestra vida, puesto que estamos resueltos a progresar en las cosas divinas. Si, pues, deseamos poseer el conjunto de aquellas primicias de las que antes hablamos, compuesto de muchas primicias, si no nos equivocamos en esta apreciación, ¿en qué han de consistir nuestras primicias, después de la separación corporal que se ha producido entre nosotros, sino en el estudio del Evangelio? Pues podemos aventurarnos a decir que el Evangelio es la primicia de todas las Escrituras. ¿Dónde podrían hallarse, entonces, las primicias de nuestra actividad desde que llegamos a Alejandría, sino en las primicias de las Escrituras? No debemos olvidar, sin embargo, que las primicias no son lo mismo que el primer brote. Pues las primicias se ofrecen una vez que todos los frutos están maduros, mientras que el primer brote precede a todos ellos. Ahora bien, entre las Escrituras que circulan y que se consideran divinas en todas las iglesias, no erraría quien dijera que el primer brote es la ley de Moisés, pero que las primicias son el Evangelio. Pues fue después de todos los frutos de los profetas que profetizaron hasta el Señor Jesús cuando brotó la palabra perfecta.
Comentario editorial · Las «primicias» de Orígenes
Cuando Orígenes habla de «las primicias de nuestra actividad desde que llegamos a Alejandría», se refiere a este mismo comentario. Menzies lo lee así: en los capítulos 4 y 8 del libro I, Orígenes presenta la obra como las primicias de su trabajo de escritor sobre la Escritura. El juego entre «primicias» y «primer brote» le sirve para decir que el Evangelio es lo más maduro de las Escrituras, y el de Juan, lo más maduro de los Evangelios.
Para ampliar: Introducción de Menzies (ANF, vol. 9)
5. Toda la Escritura es Evangelio; pero los Evangelios se distinguen por encima de las demás Escrituras
I, 5
Aquí, sin embargo, alguien podría objetar, apelando a la idea que acabamos de exponer de que las primicias aparecen al final, que los Hechos y las cartas de los apóstoles vinieron después de los Evangelios, y que esto destruye nuestro argumento según el cual el Evangelio es la primicia de toda la Escritura. A esto debemos responder que, a juicio de los hombres sabios en Cristo que han sacado provecho de las epístolas que circulan y ven que estas están avaladas por los testimonios conservados en la ley y los profetas, los escritos apostólicos deben considerarse sabios y dignos de fe, y poseen gran autoridad, pero no están al mismo nivel que aquel "Así dice el Señor todopoderoso". Consideremos a este respecto las palabras de san Pablo. Cuando declara que "toda Escritura es inspirada por Dios y provechosa", ¿incluye sus propios escritos? ¿O acaso no incluye afirmaciones suyas como "Digo yo, no el Señor", "Así lo dispongo en todas las iglesias" y "Lo que padecí en Antioquía, en Iconio y en Listra", y otras cosas semejantes que escribe en virtud de su propia autoridad y que no poseen del todo el carácter de palabras emanadas de la inspiración divina? Debemos mostrar asimismo que la antigua Escritura no es Evangelio, puesto que no señala al que ha venido, sino que únicamente lo anuncia de antemano y proclama su venida futura; en cambio, toda la nueva Escritura es Evangelio. No se limita a decir, como al comienzo del Evangelio: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo"; contiene también muchas alabanzas de Él y muchas de sus enseñanzas, por las cuales el Evangelio es Evangelio. Además, si Dios estableció en la Iglesia apóstoles, profetas, evangelistas, pastores y maestros, debemos indagar primero cuál era el oficio del evangelista y advertir que no consiste solo en narrar cómo el Salvador curó a un hombre ciego de nacimiento o resucitó a un muerto que ya hedía, ni en referir las obras extraordinarias que realizó; y, una vez definido así el oficio del evangelista, no vacilaremos en encontrar Evangelio también en discursos que no son narrativos, sino exhortativos y destinados a fortalecer la fe en la misión de Jesús. Llegaremos así a la conclusión de que cuanto escribieron los apóstoles es Evangelio. Contra esta segunda definición podría objetarse que las epístolas no llevan el título de "Evangelio" y que nos equivocamos al aplicar ese nombre a todo el Nuevo Testamento. Pero a esto respondemos que no es infrecuente en la Escritura que, cuando dos o más personas o cosas reciben un mismo nombre, este corresponda de manera más señalada a una de ellas.
Así, el Salvador dice: "No llaméis maestro a nadie en la tierra"; mientras que el Apóstol afirma que en la Iglesia han sido establecidos maestros. Estos últimos, por consiguiente, no serán maestros en el sentido estricto de lo dicho en el Evangelio. Del mismo modo, si se lo compara con la narración de los hechos, padecimientos y discursos de Jesús, el carácter de Evangelio de las epístolas no se extenderá a todas sus palabras. No: el Evangelio es la primicia de toda la Escritura, y a estas primicias de las Escrituras dedicamos las primicias de todas aquellas acciones nuestras que esperamos ver culminar según nuestro deseo.
6. El Evangelio cuádruple. El de Juan, primicia de los cuatro. Cualidades necesarias para interpretarlo
I, 6
Ahora bien, los Evangelios son cuatro. Estos cuatro son, por así decirlo, los elementos de la fe de la Iglesia, elementos de los que se compone el mundo entero reconciliado con Dios en Cristo; como dice Pablo: "Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo". De este mundo cargó Jesús con el pecado, pues del mundo de la Iglesia está escrito: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo". Siendo, pues, cuatro los Evangelios, considero que su primicia es aquel que me has encomendado examinar en la medida de mis posibilidades: el Evangelio de Juan, que habla de aquel cuya genealogía ya había sido expuesta, pero que comienza a hablar de Él en un punto anterior a toda genealogía suya. Pues Mateo, escribiendo para los hebreos que aguardaban a quien habría de venir del linaje de Abrahán y de David, dice: "Libro de la genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abrahán". Y Marcos, sabedor de lo que escribe, narra el comienzo del Evangelio; quizá podamos descubrir su propósito en Juan: en el principio, el Verbo, Dios Verbo. Lucas, por su parte, aunque dice al comienzo de los Hechos: "El primer tratado lo compuse acerca de todo lo que Jesús comenzó a hacer y a enseñar", deja a quien reposó sobre el pecho de Jesús los discursos más excelsos y completos acerca de Él. Pues ninguno de los otros declaró abiertamente su divinidad como Juan, cuando lo hace decir: "Yo soy la luz del mundo", "Yo soy el camino, la verdad y la vida", "Yo soy la resurrección", "Yo soy la puerta", "Yo soy el buen pastor"; y, en el Apocalipsis: "Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin, el primero y el último". Podemos, por tanto, atrevernos a decir que los Evangelios son las primicias de todas las Escrituras, pero que, entre los Evangelios, el de Juan es la primicia. Nadie puede comprender su sentido si no ha reposado sobre el pecho de Jesús y no ha recibido de Jesús a María como madre también suya. En alguien así ha de convertirse quien aspire a ser otro Juan y a que Jesús mismo le muestre, como a Juan, a Jesús tal como Él es. Pues si María, como afirman quienes la ensalzan con recto juicio, no tuvo otro hijo que Jesús, y sin embargo Jesús dice a su madre: "Mujer, he ahí a tu hijo", y no: "He ahí que tienes también a este hijo", entonces, en efecto, le dijo: "Mira, este es Jesús, a quien tú diste a luz". ¿Acaso no es verdad que todo aquel que es perfecto ya no vive él mismo, sino que Cristo vive en él? Y, si Cristo vive en él, se dice de él a María: "He ahí a tu hijo, Cristo". ¡Qué entendimiento debemos tener, entonces, para poder interpretar dignamente esta obra, aunque haya sido confiada al tesoro terrenal del habla común, a una escritura que cualquier transeúnte puede leer y que, leída en voz alta, puede oír cualquiera que le preste sus oídos corporales! ¿Qué diremos de esta obra? Quien haya de comprender con exactitud lo que contiene debería poder decir con verdad: "Tenemos el entendimiento de Cristo para conocer lo que Dios nos ha concedido". Es posible citar una afirmación de Pablo en apoyo de la tesis de que todo el Nuevo Testamento es Evangelio. En cierto lugar escribe: "Según mi Evangelio". Ahora bien, no tenemos ningún escrito de Pablo que comúnmente se llame Evangelio. Pero todo lo que predicaba y decía era Evangelio; y solía también escribir lo que predicaba y decía, de modo que cuanto escribió era Evangelio. Y si lo que escribió Pablo era Evangelio, de ello se sigue que también lo que escribió Pedro era Evangelio y, en suma, todo cuanto se dijo o escribió para perpetuar el conocimiento de la estancia de Cristo en la tierra, preparar su segunda venida o hacerla presente ya en aquellas almas dispuestas a recibir a la Palabra de Dios cuando estaba a la puerta, llamaba y procuraba entrar en ellas.
I, 7
Pero ya es hora de que indaguemos qué significa la denominación "Evangelio" y por qué estos libros llevan tal título. Ahora bien, el Evangelio es un discurso que contiene la promesa de cosas que, por su propia naturaleza y por los beneficios que reportan, alegran al oyente en cuanto escucha la promesa y cree en ella. Y tal discurso no deja de ser Evangelio porque lo definamos atendiendo a la situación del oyente. Evangelio es, o bien una palabra que implica la presencia efectiva de algo bueno para quien cree, o bien una palabra que promete la llegada de un bien esperado. Todas estas definiciones se aplican a los libros llamados Evangelios. Pues cada uno de ellos reúne anuncios provechosos para quien cree en ellos y no los interpreta erróneamente: le aporta un beneficio y, naturalmente, lo llena de alegría, porque refiere la estancia entre los hombres, por amor a ellos y para su salvación, del primogénito de toda la creación, Cristo Jesús. Asimismo, cada Evangelio habla de la estancia del buen Padre en el Hijo entre quienes están dispuestos a recibirlo, como resulta evidente para todo creyente; y, además, estos libros anuncian un bien que antes se esperaba, cosa que no es de ningún modo difícil de advertir. Pues Juan el Bautista habló casi en nombre de todo el pueblo cuando envió a preguntar a Jesús: "¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?". Para el pueblo, en efecto, el Mesías era un bien esperado que los profetas habían anunciado; y todos por igual, aunque se hallaban bajo la ley y los profetas, ponían en Él sus esperanzas, como atestigua la mujer samaritana cuando dice: "Sé que viene el Mesías, al que llaman Cristo; cuando venga, nos lo dirá todo". También Simón y Cleofás, al hablar entre sí de cuanto le había sucedido al propio Jesucristo, entonces ya resucitado de entre los muertos aunque ellos no lo sabían, dicen: "¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha ocurrido allí estos días?". Y cuando Él preguntó: "¿Qué cosas?", respondieron: "Lo de Jesús de Nazaret, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras ante Dios y ante todo el pueblo; y cómo los sumos sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para que fuera condenado a muerte y lo crucificaron. Pero nosotros esperábamos que fuera Él quien redimiera a Israel". Asimismo, Andrés, el hermano de Simón Pedro, encontró a su hermano Simón y le dijo: "Hemos hallado al Mesías", que, traducido, quiere decir "Cristo". Y un poco más adelante Felipe encuentra a Natanael y le dice: "Hemos hallado a aquel de quien escribieron Moisés en la ley y los profetas: Jesús, hijo de José, de Nazaret".
I, 8
Ahora bien, podría objetarse a nuestra primera definición que abarcaría libros que no llevan el título de Evangelios. Pues, a nuestros ojos, también la ley y los profetas son libros que contienen la promesa de cosas que, por el beneficio que han de reportarle, alegran naturalmente al oyente en cuanto recibe su mensaje. A esto puede responderse que, antes de la estancia de Cristo entre los hombres, la ley y los profetas, al no haber venido todavía quien interpretara los misterios que encerraban, no transmitían una promesa como la comprendida en nuestra definición de Evangelio; pero el Salvador, al habitar entre los hombres y hacer que el Evangelio apareciera en forma corporal, hizo por medio del Evangelio que todas las cosas apareciesen como Evangelio. No consideraría ajeno a nuestro propósito citar aquí el ejemplo de aquel que... unas pocas cosas... y, sin embargo, todas. Pues cuando quitó el velo que cubría la ley y los profetas y, por su divinidad, mostró a los hijos de los hombres que la divinidad obraba, abrió el camino para que cuantos lo desearan fueran discípulos de su sabiduría y comprendieran qué cosas eran verdaderas y reales en la ley de Moisés —cosas de las cuales los antiguos veneraban el tipo y la sombra— y qué había de real en los acontecimientos narrados en las historias, que "les sucedieron a modo de tipo", pero "fueron escritos para nosotros, a quienes han alcanzado los fines de las eras". Así pues, quienquiera que haya recibido la estancia de Cristo no adora a Dios ni en Jerusalén ni en el monte de los samaritanos; sabe que Dios es espíritu y lo adora espiritualmente, en espíritu y en verdad; ya no adora por medio de tipos al Padre y Hacedor de todas las cosas. Antes de aquel Evangelio que vino a existir por la estancia de Cristo entre los hombres, por tanto, ninguna de las obras antiguas era Evangelio. Pero el Evangelio, que es la Nueva Alianza, al librarnos de la vejez de la letra, ilumina para nosotros, con la luz del conocimiento, la novedad del espíritu, que nunca envejece, tiene su morada en el Nuevo Testamento y está presente también en todas las Escrituras. Convenía, por tanto, que ese Evangelio, que nos permite descubrir la presencia del Evangelio incluso en el Antiguo Testamento, recibiera él mismo, en un sentido especial, el nombre de Evangelio.
I, 9
No debemos olvidar, sin embargo, que la estancia de Cristo entre los hombres tuvo lugar, antes de su estancia corporal, de manera inteligible entre quienes eran más perfectos, no eran niños y no estaban bajo la tutela de ayos y administradores. Estos veían en su entendimiento que se acercaba la plenitud del tiempo: los patriarcas, Moisés el siervo y los profetas que contemplaron la gloria de Cristo. Y así como antes de su venida manifiesta y corporal vino a quienes eran perfectos, también después de que su venida haya sido anunciada a todos han venido a habitar entre quienes todavía son niños —pues siguen bajo la tutela de ayos y administradores y aún no han llegado a la plenitud del tiempo— precursores de Cristo: discursos (logoi) apropiados para entendimientos todavía infantiles, y llamados, por ello, con razón, ayos. Pero el Hijo mismo, el Dios glorificado, el Verbo, todavía no ha venido: espera la preparación que debe darse en los hombres de Dios que han de acoger su divinidad. Y hemos de tener presente asimismo que, así como la ley contiene una sombra de los bienes futuros, señalados por aquella ley que se anuncia según la verdad, también el Evangelio que se cree al alcance de la comprensión de cualquiera enseña una sombra de los misterios de Cristo. Lo que Juan llama Evangelio eterno, y que propiamente puede llamarse Evangelio espiritual, presenta claramente a quienes tienen voluntad de comprenderlo todo lo relativo al propio Hijo de Dios: tanto los misterios expuestos en sus discursos como las realidades de las que sus actos fueron enigmas. Conforme a esto, podemos concluir que lo que sucede con quien es judío exteriormente y está circuncidado en la carne sucede también con el cristiano y con el bautismo. Pablo y Pedro fueron, en otro tiempo, judíos exteriormente y circuncidados, pero después recibieron de Cristo la gracia de serlo también en lo secreto; de modo que, por la salvación de muchos, eran judíos exteriormente y, conforme a una economía divina, no solo confesaban de palabra que eran judíos, sino que lo mostraban con sus obras. Y lo mismo ha de decirse de su cristianismo. Así como Pablo no podía beneficiar a los que eran judíos según la carne sin circuncidar a Timoteo cuando la razón mostraba que era necesario, ni sin raparse la cabeza y hacer un voto cuando aquello parecía lo natural y, en suma, sin hacerse judío con los judíos para ganarlos, tampoco quien es responsable del bien de muchos puede actuar como debe valiéndose únicamente de aquel cristianismo que permanece en lo secreto. Este nunca le permitirá hacer progresar a quienes siguen el cristianismo exterior ni conducirlos a cosas mejores y más elevadas. Debemos, por tanto, ser cristianos tanto somática como espiritualmente; y, cuando se requiera el Evangelio somático, es decir, corporal, en el que uno dice a quienes son carnales que no sabe nada sino a Jesucristo, y a este crucificado, así hemos de proceder. Pero si encontramos a quienes han alcanzado la perfección en el espíritu, dan fruto en él y están prendados de la sabiduría celestial, debemos hacerlos partícipes de aquel Verbo que, después de hacerse carne, volvió a lo que era en el principio, con Dios.
I, 10
La investigación precedente acerca de la naturaleza del Evangelio no puede considerarse inútil: nos ha permitido ver qué distinción existe entre un Evangelio sensible y uno inteligible y espiritual. Lo que ahora debemos hacer es transformar el Evangelio sensible en uno espiritual. Pues ¿qué valor tendría el relato del Evangelio sensible si no se desarrollara hasta alcanzar el espiritual? Muy poco, o ninguno: cualquiera puede leerlo y cerciorarse de los hechos que refiere, y nada más. Pero ahora hemos de dedicar toda nuestra energía al empeño de penetrar en las profundidades del sentido del Evangelio y buscar la verdad que hay en él una vez despojado de los tipos.
Ahora bien, lo que dicen los Evangelios debe considerarse a la luz de las promesas de bienes; y hemos de decir que los bienes que los apóstoles anuncian en este Evangelio son, sencillamente, Jesús. Uno de los bienes que se dice que anuncian es la resurrección; pero la resurrección es, en cierto modo, Jesús, pues Jesús dice: "Yo soy la resurrección". Jesús anuncia a los pobres los bienes reservados para los santos y los llama a las promesas divinas. Y las Sagradas Escrituras dan testimonio tanto de los anuncios evangélicos de los apóstoles como del que hizo nuestro Salvador. David dice de los apóstoles, y quizá también de los evangelistas: "El Señor dará la palabra a quienes anuncian con gran potestad; el Rey de las potestades del amado"; enseña así, al mismo tiempo, que no es un discurso hábilmente compuesto, ni la manera de pronunciarlo, ni una elocuencia muy ejercitada lo que engendra convicción, sino la comunicación de la potestad divina. Por eso dice también Pablo: "Conoceré no la palabra de los engreídos, sino su potestad; pues el reino de Dios no consiste en palabras, sino en potestad". Y en otro pasaje: "Mi palabra y mi predicación no consistieron en persuasivas palabras de sabiduría, sino en demostración de espíritu y de potestad". De esta potestad dan testimonio Simón y Cleofás cuando dicen: "¿No ardía nuestro corazón dentro de nosotros por el camino mientras nos abría las Escrituras?". Y los apóstoles, puesto que grande es la potestad que Dios concede a quienes hablan, tenían gran potestad, conforme a las palabras de David: "El Señor dará la palabra a los predicadores con gran potestad". También Isaías dice: "¡Qué hermosos son los pies de quienes anuncian buenas nuevas!". Ve cuán hermoso y oportuno fue el anuncio de los apóstoles que caminaban en aquel que dijo: "Yo soy el camino", y alaba los pies de quienes andan por el camino inteligible de Cristo Jesús y, a través de esa puerta, entran hasta Dios. Anuncian buenas nuevas aquellos cuyos pies son hermosos: a saber, Jesús.
I, 11
Que nadie se sorprenda de que hayamos entendido que Jesús es anunciado en el Evangelio bajo una pluralidad de nombres de bienes. Si examinamos las cosas cuyos nombres recibe el Hijo de Dios, comprenderemos cuántos bienes es Jesús, a quien predican aquellos cuyos pies son hermosos. Un bien es la vida; pero Jesús es la vida. Otro bien es la luz del mundo, cuando es luz verdadera y luz de los hombres; y se dice que el Hijo de Dios es todas estas cosas. Otro bien que puede concebirse además de la vida y de la luz es la verdad. Y un cuarto bien, además de estos, es el camino que conduce a la verdad. Nuestro Salvador enseña que Él es todas estas cosas cuando dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Ah, ¿no es un bien sacudirse la tierra y la mortalidad y resucitar, recibiendo este don del Señor, puesto que Él es la resurrección, como dice: "Yo soy la resurrección"? También es un bien la puerta por la que se entra en la suprema bienaventuranza. Ahora bien, Cristo dice: "Yo soy la puerta". ¿Y qué necesidad hay de hablar de la sabiduría, que "el Señor creó como principio de sus caminos, para sus obras", aquella en quien se regocijaba su Padre, deleitándose en su múltiple belleza inteligible, visible solo a los ojos del entendimiento, y que mueve a amarla a quien distingue su encanto divino y celestial? Un bien es, sin duda, la sabiduría de Dios, proclamada junto con los otros bienes mencionados por aquellos cuyos pies son hermosos. Y la potestad de Dios es el octavo bien que enumeramos, y es Cristo. Tampoco debemos omitir al Verbo, que es Dios después del Padre de todos. Pues también Él es un bien no inferior a ningún otro. Dichosos, por tanto, quienes acogen estos bienes y los reciben de aquellos cuyos pies son hermosos, que anuncian sus buenas nuevas. Incluso uno de los corintios a quienes Pablo declaró que no sabía nada sino a Jesucristo, y a este crucificado, si conociera a aquel que se hizo hombre por nosotros y así lo recibiera, se uniría al principio de los bienes de que hemos hablado: por el hombre Jesús sería hecho hombre de Dios, y por su muerte moriría al pecado. Pues "Cristo, al morir, murió al pecado de una vez para siempre". Y de su vida, puesto que "al vivir, vive para Dios", recibe ese vivir para Dios todo aquel que se hace conforme a su resurrección.
Pero ¿quién negará que son bienes la justicia en sí misma, la santificación en sí misma y la redención en sí misma? Estas cosas anuncian quienes predican a Jesús, diciendo que Él ha sido hecho por Dios justicia, santificación y redención. De ahí que haya innumerables escritos acerca de Él que muestran que Jesús es una multitud de bienes; pues, a partir de las cosas casi incontables que se han escrito, podemos conjeturar algo de las que realmente existen en aquel en quien "quiso Dios que habitara corporalmente toda la plenitud de la divinidad", y que no están contenidas en los escritos. Mas ¿por qué digo "no están contenidas en los escritos"? Juan habla a este respecto del mundo entero y dice: "Pienso que ni el mundo mismo podría contener los libros que se escribirían". Así pues, decir que los apóstoles predican al Salvador equivale a decir que predican estos bienes. Pues Él es quien recibió del buen Padre ser Él mismo esos bienes, de manera que cada cual, al recibir de Jesús el bien o los bienes que es capaz de recibir, pueda gozar de ellos. Pero los apóstoles, cuyos pies eran hermosos, y quienes los imitaron procurando anunciar las buenas nuevas, no habrían podido hacerlo si Jesús mismo no les hubiera anunciado primero las buenas nuevas, como dice Isaías: "Yo mismo, el que habla, estoy aquí, como la ocasión propicia sobre los montes, como los pies de quien anuncia nuevas de paz, de quien anuncia bienes; pues haré oír mi salvación, diciendo: ¡Dios reinará sobre ti, oh Sion!". Pues ¿qué son los montes en los que el que habla declara estar presente, sino aquellos que no son inferiores a ninguno de los más elevados y grandes de la tierra?
Y a estos han de buscar los ministros capaces de la Nueva Alianza, para cumplir el mandato que dice: "Sube a un monte alto, tú que anuncias buenas nuevas a Sion; tú que anuncias buenas nuevas a Jerusalén, alza con fuerza tu voz". Ahora bien, no es extraño que Jesús mismo anuncie a quienes han de anunciar las buenas nuevas unos bienes que no son otros que Él mismo; pues el Hijo de Dios anuncia las buenas nuevas de sí mismo a quienes no pueden llegar a conocerlo por medio de otros. Y aquel que sube a los montes y les anuncia bienes, instruido a su vez por su buen Padre, que "hace salir su sol sobre malos y buenos, y envía la lluvia sobre justos e injustos", no desprecia a los pobres de alma. A ellos les anuncia buenas nuevas, como Él mismo nos atestigua cuando toma a Isaías y lee: "El espíritu del Señor está sobre mí, porque el Señor me ha ungido para anunciar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a proclamar la libertad a los cautivos y la vista a los ciegos". Entonces cerró el libro, se lo devolvió al servidor y se sentó. Y cuando todos tenían los ojos fijos en Él, dijo: "Hoy se ha cumplido esta Escritura que acabáis de oír".
I, 12
No debemos olvidar que un Evangelio como este comprende toda buena acción realizada en favor de Jesús; por ejemplo, el relato de la mujer que había sido pecadora y se había arrepentido, y que, después de experimentar una verdadera curación de su mal estado, recibió la gracia de derramar su perfume sobre Jesús, de suerte que cuantos estaban en la casa percibieron su dulce fragancia. De ahí también estas palabras: "Dondequiera que se predique este Evangelio entre todas las naciones, se hablará asimismo de lo que ella hizo, en memoria suya". Y es evidente que cuanto se hace a los discípulos de Jesús se hace a Él. Señalando a aquellos que recibieron un trato bondadoso, dice a quienes los trataron así: "Lo que hicisteis a estos, a mí me lo hicisteis". De modo que toda buena acción que realizamos en favor del prójimo queda inscrita en el Evangelio, ese Evangelio escrito en las tablas celestiales y leído por todos los que son dignos de conocer la totalidad de las cosas. Pero, por otra parte, hay también una sección del Evangelio destinada a condenar a los autores de las malas acciones cometidas contra Jesús. La traición de Judas, los gritos de la multitud impía cuando decía "¡Quita de la tierra a ese hombre!" y "¡Crucifícalo, crucifícalo!", las burlas de quienes lo coronaron de espinas y todo lo semejante están incluidos en los Evangelios. Y, como consecuencia de ello, vemos que todo el que entrega a los discípulos de Jesús es tenido por traidor al propio Jesús. A Saulo, cuando aún era perseguidor, se le dice: "Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?" y "Yo soy Jesús, a quien tú persigues". Hay quienes todavía tienen espinas con las que coronan y deshonran a Jesús: aquellos que quedan ahogados por las preocupaciones, las riquezas y los placeres de la vida y que, aunque han recibido la palabra de Dios, no la llevan a su plenitud. Debemos cuidarnos, por tanto, de no quedar inscritos también nosotros en el Evangelio como quienes coronan a Jesús con sus propias espinas, ni de ser leídos bajo ese carácter por quienes conocen a Jesús, presente en todas las vidas racionales y santas, y aprenden cómo es ungido con perfume, acogido y glorificado o, por el contrario, cómo es deshonrado, escarnecido y golpeado. Era necesario decir todo esto: forma parte de nuestra demostración de que nuestras buenas acciones, y también los pecados de quienes tropiezan, quedan incorporados al Evangelio, ya sea para vida eterna, ya para oprobio y vergüenza eternos.
I, 13
Ahora bien, si entre los hombres hay quienes reciben el honor del ministerio de evangelistas, y si Jesús mismo trae nuevas de bienes y predica el Evangelio a los pobres, sin duda aquellos mensajeros a quienes Dios hizo espíritus, aquellos que son llama de fuego, ministros del Padre de todos, no pueden haber sido excluidos de ser también evangelistas. Así, un ángel que se presentó ante los pastores hizo brillar una intensa luz a su alrededor y dijo: "No temáis; he aquí que os traigo buenas nuevas de gran alegría, que será para todo el pueblo: hoy os ha nacido, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor". Y en un tiempo en que los hombres no conocían el misterio del Evangelio, quienes eran superiores a los hombres y habitaban el cielo, el ejército de Dios, alabaron a Dios diciendo: "Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad entre los hombres". Dicho esto, los ángeles se alejan de los pastores hacia el cielo y nos dejan deducir que la alegría que se nos anuncia por el nacimiento de Jesucristo es gloria para Dios en las alturas: se humillaron hasta llegar a la tierra y luego regresaron a su lugar de reposo para glorificar a Dios en las alturas por medio de Jesucristo. Pero los ángeles se maravillan también ante la paz que, por causa de Jesús, ha de establecerse en la tierra, ese escenario de guerra al que cayó del cielo Lucifer, estrella de la mañana, para que Jesús combatiera contra él y lo destruyera.
I, 14
A lo dicho debemos añadir otra consideración acerca del Evangelio: en primer lugar, es el Evangelio de Cristo Jesús, cabeza de todo el cuerpo de los salvados, como dice Marcos: "Principio del Evangelio de Jesucristo". Es también el Evangelio de los apóstoles; por eso dice Pablo: "Según mi Evangelio". Pero el principio del Evangelio —pues, considerada su extensión, tiene un comienzo, una continuación, un medio y un fin— no es sino el Antiguo Testamento entero. Juan es, a este respecto, un tipo del Antiguo Testamento o, si atendemos a la relación del Nuevo Testamento con el Antiguo, Juan representa el término de este último. Pues el mismo Marcos dice: "Principio del Evangelio de Jesucristo, como está escrito en Isaías el Profeta: He aquí que envío a mi mensajero delante de ti, para que prepare tu camino. Voz de uno que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, enderezad sus sendas". Y aquí he de preguntarme con asombro cómo pueden los disidentes atribuir los dos Testamentos a dos Dioses distintos. Estas palabras, aunque no hubiera otras, bastan para mostrarles su error. Pues ¿cómo puede Juan ser el principio del Evangelio si suponen que pertenece a un Dios diferente, si pertenece al Demiurgo y, según sostienen, no conoce a la nueva divinidad? Y a los ángeles no se les encomienda un solo ministerio evangélico, ni uno de breve duración: no únicamente el dirigido a los pastores. Pues al final un ángel encumbrado que vuela, portador del Evangelio, lo predicará a toda nación, porque el buen Padre no ha abandonado por completo a quienes se han apartado de Él. Juan, hijo de Zebedeo, dice en su Apocalipsis: "Y vi a un ángel que volaba por en medio del cielo, llevando el Evangelio eterno para predicarlo a los habitantes de la tierra, a toda nación, tribu, lengua y pueblo, y decía con gran voz: Temed a Dios y dadle gloria, porque ha llegado la hora de su juicio; y adorad a aquel que hizo el cielo, la tierra, el mar y las fuentes de las aguas".
Oración para recibir ayuda a fin de comprender el sentido místico de la obra que nos ocupa.
I, 15
Así pues, habiendo mostrado que el principio del Evangelio, según una interpretación, es todo el Antiguo Testamento y está representado por la persona de Juan, añadiremos, para que no se considere una mera afirmación sin fundamento, lo que se dice en los Hechos acerca del eunuco de la reina de los etíopes y de Felipe. Se dice que Felipe comenzó por el pasaje de Isaías: "Fue llevado como cordero al matadero, y como cordero mudo ante quien lo esquila", y desde allí le predicó al Señor Jesús. ¿Cómo puede comenzar por el Profeta y predicar a Jesús, si Isaías no formaba parte del principio del Evangelio? De ello podemos obtener una prueba de la afirmación hecha al comienzo: que toda Escritura divina es Evangelio. Si quien predica el Evangelio anuncia cosas buenas, y todos los que hablaron antes de la estancia de Jesús entre los hombres según la carne predican a Cristo, que, como vimos, es esas cosas buenas, entonces las palabras de todos ellos forman, en cierto sentido, parte del Evangelio. Y cuando se dice que el Evangelio se proclama por todo el mundo, inferimos que se predica efectivamente en el mundo entero; es decir, no solo en esta región terrenal, sino en todo el conjunto del cielo y la tierra, o desde el cielo y la tierra. ¿Y por qué habríamos de seguir discutiendo qué es el Evangelio? Basta con lo dicho. Además de los pasajes que hemos aducido —pasajes de ningún modo improcedentes ni ajenos a nuestro propósito—, podrían reunirse en las Escrituras muchos otros de sentido semejante, de modo que se viera claramente cuál es la gloria de los bienes que hay en Jesucristo y que el Evangelio difunde: el Evangelio servido por hombres y ángeles y, creo yo, también por autoridades y potestades, por tronos y dominaciones y por todo nombre que se nombra, no solo en este mundo, sino también en el venidero; más aún, por Cristo mismo. Concluyamos aquí, pues, lo que había que decir antes de proceder a la lectura de la obra misma. Y pidamos ahora a Dios que nos asista, por Jesucristo y mediante el Espíritu Santo, para que podamos desvelar el sentido místico atesorado en las palabras que tenemos delante.
I, 16
"En el principio era el Verbo". No son solo los griegos quienes consideran que la palabra "principio" tiene muchos significados. Reúna cualquiera los pasajes de la Escritura en que aparece y, con miras a interpretarla con exactitud, observe qué designa en cada uno: descubrirá que también en el lenguaje sagrado tiene muchos sentidos. Hablamos de un principio con referencia a un recorrido. En este caso se trata de un camino y de su longitud. Así se ve en la sentencia: "El principio de un buen camino es practicar la justicia". Pues, dado que el buen camino es largo, primero han de considerarse, con relación a él, las cuestiones relativas a la acción, y este aspecto se expresa con las palabras "practicar la justicia"; el aspecto contemplativo viene después. En este último, el camino llega finalmente a su término en la llamada restauración de todas las cosas, ya que no les queda enemigo alguno contra quien luchar, si es verdad lo que se dice: "Pues es preciso que él reine hasta que haya puesto a sus enemigos bajo sus pies. Y el último enemigo en ser destruido es la muerte". Entonces a quienes hayan llegado a Dios por causa de su Verbo, que está con él, solo les quedará una actividad: conocer a Dios, a fin de que, hallados por el conocimiento del Padre, sean todos su Hijo, puesto que ahora nadie sino el Hijo conoce al Padre. Pues si alguien indagara cuidadosamente cuándo conocerán al Padre aquellos a quienes lo revela quien conoce al Padre, y considerase que ahora el hombre solo ve por medio de un espejo y en enigma, sin haber aprendido aún a conocer como debe, estaría justificado al decir que nadie, ni siquiera un apóstol o un profeta, ha conocido al Padre antes de hacerse uno con él, como un hijo y un padre son uno. Y si alguien dice que nuestra consideración de este significado de "principio" nos ha llevado a una digresión, hemos de mostrar que esta es necesaria y útil para el fin que perseguimos. Porque, si hablamos de un principio en el caso de un recorrido, de un camino y de su longitud, y se nos dice que el principio de un buen camino es practicar la justicia, nos importa saber de qué manera todo buen camino tiene por principio la práctica de la justicia, cómo llega después de tal comienzo a la contemplación y de qué manera llega así a ella.