II, 5
A quienes no distingan cuidadosamente las diversas proposiciones del pasaje, el evangelista puede parecerles repetitivo. "Él estaba en el principio con Dios" quizá no parezca añadir nada a "Y el Verbo estaba con Dios". Debemos observarlo con mayor atención. En la afirmación "El Verbo estaba con Dios" no se nos dice nada acerca de cuándo ni de dónde; eso se añade en la cuarta proposición.
Hay cuatro proposiciones, o, como algunos las llaman, axiomas, y la cuarta es "Él estaba en el principio con Dios". Ahora bien, "El Verbo estaba con Dios" no es lo mismo que "Él estaba", etcétera; pues aquí se nos dice no solo que estaba con Dios, sino cuándo y dónde estaba así: "Él estaba en el principio con Dios". También el "Él", empleado con valor demostrativo, se considerará referido al Verbo o, por parte de quien indague con menos cuidado, a Dios. Lo señalado antes queda ahora reunido en esta designación, "Él": la noción de Logos y la de Dios; y, a medida que avanza el argumento, las distintas nociones se recogen en una, pues la noción de Dios no está incluida en la de Logos, ni la de Logos en la de Dios. Y quizá la proposición que examinamos reúna en una sola las tres precedentes. Si tomamos la afirmación de que el Verbo estaba en el principio, aún no hemos aprendido que estaba con Dios; si tomamos la afirmación de que el Verbo estaba con Dios, aún no nos resulta claro que estuviera con Dios en el principio; y si tomamos la afirmación de que el Verbo era Dios, no se ha mostrado ni que estuviera en el principio ni que estuviera con Dios.
Ahora bien, cuando el evangelista dice "Él estaba en el principio con Dios", si aplicamos el pronombre "Él" al Verbo y a Dios —en cuanto el Verbo es Dios—, y consideramos que "en el principio" va unido a ese pronombre y que "con Dios" se le añade, no queda nada de las tres proposiciones que no esté resumido y reunido en esta. Y puesto que se ha dicho dos veces "en el principio", podemos considerar si no hay dos enseñanzas que extraer: primero, que el Verbo estaba en el principio, como si estuviera por sí mismo y no con nadie; y segundo, que estaba en el principio con Dios. A mi juicio, no hay falsedad alguna en decir de Él tanto que estaba en el principio como que estaba en el principio con Dios; pues ni estaba solo con Dios, ya que estaba también en el principio, ni estaba solo en el principio y no con Dios, puesto que "Él estaba en el principio con Dios".
6. Cómo el Verbo es hacedor de todas las cosas, y cómo incluso el Espíritu Santo fue hecho por medio de él
II, 6
"Todas las cosas fueron hechas por medio de Él". La expresión "por medio de quien" nunca aparece en primer lugar, sino siempre en segundo, como en la Epístola a los Romanos: "Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el Evangelio de Dios, que Él había prometido de antemano por sus profetas en las Sagradas Escrituras acerca de su Hijo, nacido del linaje de David según la carne, constituido Hijo de Dios con potestad según el Espíritu de santidad por la resurrección de los muertos, Jesucristo nuestro Señor, por medio de quien recibimos la gracia y el apostolado para la obediencia de la fe entre todas las naciones, por amor de su nombre". Pues Dios prometió de antemano por los profetas su propio Evangelio, siendo los profetas sus servidores y correspondiéndoles hablar de aquel "por medio de quien". Y también Dios concedió a Pablo y a los demás la gracia y el apostolado para la obediencia de la fe entre todas las naciones, y se los concedió por medio de Jesucristo, el Salvador, pues a Él correspondía la expresión "por medio de quien". Y dice el apóstol Pablo en la Epístola a los Hebreos: "Al final de los días nos habló en su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas, "por medio de quien" hizo también las eras"; con ello nos muestra que Dios hizo las eras por medio de su Hijo y que, cuando estas eran hechas, al Unigénito correspondía aquel "por medio de quien". Así pues, si todas las cosas fueron hechas, como dice también este pasaje, por medio del Logos, no fueron hechas por el Logos como autor primero, sino por alguien más poderoso y mayor que Él. ¿Y quién podría ser sino el Padre? Ahora bien, si, como hemos visto, todas las cosas fueron hechas por medio de Él, hemos de indagar si también el Espíritu Santo fue hecho por medio de Él. Me parece que quienes sostienen que el Espíritu Santo es creado y admiten asimismo que "todas las cosas fueron hechas por medio de Él" deben necesariamente suponer que el Espíritu Santo fue hecho por medio del Logos y que, por consiguiente, el Logos es anterior a Él. Y quien se resista a admitir que el Espíritu Santo fue hecho por medio de Cristo deberá suponer, si acepta la verdad de las afirmaciones de este Evangelio, que el Espíritu es increado. Además de estas dos posibilidades —admitir que el Espíritu fue hecho por el Verbo o considerarlo increado—, hay una tercera: afirmar que el Espíritu Santo no tiene esencia propia distinta del Padre y del Hijo. Pero, pensándolo mejor, quizá se advierta alguna razón para considerar que el Hijo ocupa el segundo lugar junto al Padre, siendo el mismo que el Padre, mientras que en este pasaje se establece manifiestamente una distinción entre el Espíritu y el Hijo: "A quien diga una palabra contra el Hijo del Hombre, se le perdonará; pero a quien blasfeme contra el Espíritu Santo no se le perdonará, ni en este mundo ni en el venidero". Consideramos, por tanto, que hay tres hipóstasis: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y al mismo tiempo creemos que nada es increado salvo el Padre. Admitimos, pues, como postura más piadosa y más verdadera, que todas las cosas fueron hechas por medio del Logos y que el Espíritu Santo es el más excelente y el primero en orden de todo cuanto fue hecho por el Padre por medio de Cristo.
Y quizá esta sea la razón por la que no se dice que el Espíritu sea el propio Hijo de Dios. Solo el Unigénito es Hijo por naturaleza y desde el principio, y el Espíritu Santo parece necesitar del Hijo para que este le comunique su esencia, de modo que no solo pueda existir, sino también ser sabio, racional y justo, y todo cuanto debemos concebir que es. Todo ello lo posee por participación en el carácter de Cristo, del que hemos hablado antes. Y considero que el Espíritu Santo proporciona a quienes, por medio de Él y de su participación en Él, son llamados santos, la materia de los dones que proceden de Dios; de modo que dicha materia de los dones recibe su potestad de Dios, es comunicada por Cristo y debe su existencia efectiva en los hombres al Espíritu Santo. Me llevan a esta interpretación de los carismas las palabras que Pablo escribe en cierto lugar: "Hay diversidad de dones, pero el Espíritu es el mismo; hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Y hay diversidad de operaciones, pero es el mismo Dios quien obra todo en todos". La afirmación de que todas las cosas fueron hechas por medio de Él y su aparente consecuencia, que el Espíritu debió de recibir la existencia por el Verbo, pueden suscitar, ciertamente, alguna dificultad. Hay pasajes en los que el Espíritu es situado por encima de Cristo; en Isaías, por ejemplo, Cristo declara que ha sido enviado no solo por el Padre, sino también por el Espíritu Santo. "Ahora el Señor me ha enviado", dice, "y su Espíritu". Y en el Evangelio declara que hay perdón para el pecado cometido contra Él mismo, pero que para la blasfemia contra el Espíritu Santo no hay perdón, ni en esta era ni en la venidera. ¿Cuál es la razón? ¿Acaso es porque el Espíritu Santo tiene más valor que Cristo por lo que el pecado contra Él no puede perdonarse? ¿No será más bien que todos los seres racionales participan de Cristo y reciben el perdón cuando se arrepienten de sus pecados, mientras que solo participan del Espíritu Santo quienes han sido hallados dignos de ello, y que difícilmente puede haber perdón para quienes, pese a una cooperación tan grande y poderosa, caen en el mal y frustran los consejos del Espíritu que está en ellos? Cuando hallamos al Señor diciendo, como lo hace en Isaías, que ha sido enviado por el Padre y por su Espíritu, debemos señalar también aquí que el Espíritu no es originalmente superior al Salvador, sino que el Salvador ocupa un lugar inferior al suyo para llevar a cabo el designio conforme al cual el Hijo de Dios había de hacerse hombre.
Si alguien tropezara con nuestra afirmación de que el Salvador, al hacerse hombre, llegó a ser inferior al Espíritu Santo, le pedimos que considere las palabras de la Epístola a los Hebreos, donde Pablo muestra que Jesús fue hecho inferior a los ángeles a causa del padecimiento de la muerte. "Contemplamos", dice, "a aquel que fue hecho un poco inferior a los ángeles, Jesús, coronado de gloria y honor a causa del padecimiento de la muerte". Y sin duda debe añadirse también que la creación, para ser liberada de la esclavitud de la corrupción, y muy especialmente el género humano, necesitaba que se introdujera en la naturaleza humana una potestad dichosa y divina que enderezara lo que estaba torcido sobre la tierra; y que esta tarea correspondió, por así decirlo, al Espíritu Santo. Pero el Espíritu, incapaz de sostener tal empresa, presenta al Salvador como el único capaz de soportar semejante combate. Por tanto, el Padre, que ocupa el primer lugar, envía al Hijo; pero también el Espíritu Santo lo envía y le indica que vaya por delante, prometiendo descender, cuando llegue el momento, sobre el Hijo de Dios y obrar con Él por la salvación de los hombres. Así lo hizo cuando, en forma corporal semejante a una paloma, voló hacia Él después del bautismo. Permaneció sobre Él y no pasó de largo, como podría haber hecho con hombres incapaces de soportar continuamente su gloria. Por eso Juan, al explicar cómo supo quién era Cristo, habló no solo del descenso del Espíritu sobre Jesús, sino también de su permanencia sobre Él. Pues está escrito que Juan dijo: "El que me envió a bautizar me dijo: Sobre aquel a quien veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo y con fuego". No se dice solamente "Sobre aquel a quien veas descender el Espíritu", pues sin duda el Espíritu descendió también sobre otros, sino "descender y permanecer sobre Él". Nuestro examen de este punto se ha prolongado un tanto porque queríamos dejar claro que, si todas las cosas fueron hechas por medio de Él, también el Espíritu fue hecho por medio del Verbo y resulta ser una de "todas las cosas" inferiores a su Hacedor. Esta interpretación está demasiado firmemente asentada para que la conmuevan unas pocas palabras que puedan aducirse en sentido contrario. Si alguien diera crédito al Evangelio según los Hebreos, donde el propio Salvador dice: "Mi madre, el Espíritu Santo, me tomó hace un momento por uno de mis cabellos y me llevó al gran monte Tabor", tendrá que afrontar la dificultad de explicar cómo puede el Espíritu Santo ser madre de Cristo si Él mismo recibió la existencia por medio del Verbo.
Pero ni el pasaje ni esta dificultad son difíciles de explicar. Pues si quien hace la voluntad del Padre que está en los cielos es hermano, hermana y madre de Cristo, y si el nombre de hermano de Cristo puede aplicarse no solo al género humano, sino también a seres de rango más divino que los hombres, nada tiene de absurdo que el Espíritu Santo sea su madre, puesto que todo aquel que hace la voluntad del Padre que está en los cielos es su madre.
En relación con las palabras "Todas las cosas fueron hechas por medio de Él", queda aún un punto por examinar. La "palabra", en cuanto noción, es distinta de la "vida", y, sin embargo, leemos: "Lo que fue hecho en el Verbo era vida, y la vida era la luz de los hombres". Ahora bien, puesto que todas las cosas fueron hechas por medio de Él, ¿fue hecha por medio de Él la vida, que es la luz de los hombres, así como las demás nociones bajo las cuales se nos presenta al Salvador? ¿O debemos entender que "todas las cosas fueron hechas por medio de Él" exceptúa las cosas que están en Él mismo? Este último camino parece preferible. Pues aun si concediéramos que la vida que es la luz de los hombres fue hecha por medio de Él, dado que se dice que la vida "fue hecha" luz de los hombres, ¿qué habríamos de decir de la sabiduría, concebida como anterior al Verbo? Por tanto, lo que pertenece al Verbo —sus relaciones o condiciones— no fue hecho por el Verbo; de ello se sigue que, exceptuadas las nociones bajo las cuales se presenta a Cristo, todas las cosas fueron hechas por medio del Verbo de Dios, haciéndolas el Padre en sabiduría. "En sabiduría las hiciste todas", dice la Escritura: no "por medio de", sino "en" sabiduría.
II, 7
Veamos, sin embargo, por qué se añaden las palabras: "Y sin él no se hizo nada" (en griego, "ni una sola cosa"). Algunos podrían considerar superfluo añadir a "Todas las cosas fueron hechas por medio de él" la frase "Sin él no se hizo nada". Pues si absolutamente todo fue hecho por medio del Logos, nada se hizo sin él. Sin embargo, de la proposición de que nada se hizo sin el Logos no se sigue que todas las cosas fueran hechas por medio del Logos. Es posible que, aunque nada se hiciera sin el Logos, todas las cosas fueran hechas no solo por medio de él, sino que algunas fueran hechas por él. Debemos, por tanto, asegurarnos de en qué sentido han de entenderse "todas las cosas" y en qué sentido "nada". Pues, sin una definición previa y clara de estos términos, podría sostenerse que, si todas las cosas fueron hechas por medio del Logos y el mal forma parte de todas las cosas, entonces también toda la materia del pecado y cuanto es perverso fueron hechos por medio del Logos. Pero esto debemos tenerlo por falso. Nada tiene de absurdo pensar que las criaturas fueron hechas por medio del Logos y que también por medio de él se realizaron las acciones valerosas de los hombres y todos los actos provechosos de quienes ahora gozan de la bienaventuranza; pero con los pecados y las desgracias de los hombres sucede de otro modo.
Ahora bien, algunos han sostenido que, puesto que el mal no tiene fundamento en la constitución de las cosas —pues no existía en el principio y al final habrá dejado de existir—, los males de que hablábamos son, por tanto, la nada. Y así como algunos griegos dicen que los géneros y las formas, tales como el animal en general y el hombre, pertenecen a la categoría de las cosas que no son, así también se ha supuesto que cuanto no procede de Dios es nada y que ni siquiera ha obtenido por medio del Verbo la subsistencia que parece tener. Nos preguntamos si es posible demostrar de manera convincente, a partir de la Escritura, que esto es así. En cuanto a los significados de "nada" y "no ser", parecen ser sinónimos, pues de la nada puede decirse que es no ser, y el no ser puede describirse como nada. El Apóstol, sin embargo, no parece contar las cosas que no son entre las que carecen por completo de existencia, sino más bien entre las cosas malas. Para él, el no ser es el mal; dice: "Dios llamó a las cosas que no son como si fueran". También Mardoqueo, en el libro de Ester de los Setenta, llama "los que no son" a los enemigos de Israel, cuando dice: "No entregues, Señor, tu cetro a los que no son". Podemos observar asimismo que se dice de los hombres malos que no son a causa de su perversidad, según el nombre que se atribuye a Dios en el Éxodo: "Pues el Señor dijo a Moisés: "Yo soy; ese es mi nombre"". El Dios bueno dice esto también con respecto a nosotros, que rogamos formar parte de su congregación. El Salvador lo alaba al decir: "Nadie es bueno sino uno solo, Dios Padre". El bien, por tanto, es lo mismo que Aquel que es. Frente al bien se hallan el mal o la perversidad, y frente a Aquel que es, lo que no es; de ello se sigue que el mal y la perversidad son lo que no es. Tal vez sea esto lo que ha llevado a algunos a afirmar que el diablo no fue creado por Dios. En cuanto diablo, no es obra de Dios; pero aquel que es el diablo es un ser creado y, como no hay otro creador que nuestro Dios, es obra de Dios. Es como si dijéramos que un asesino no es obra de Dios, aunque podemos decir que, en cuanto hombre, Dios lo hizo. Su ser de hombre lo recibió de Dios; no afirmamos que recibiera de Dios su condición de asesino. Todos, pues, los que participan de Aquel que es —y los santos participan de él— pueden llamarse propiamente seres; pero quienes han renunciado a su participación en el Ser, privándose a sí mismos del ser, se han convertido en no seres. Dijimos, al comenzar esta discusión, que "no ser" y "nada" son sinónimos; por consiguiente, quienes no son seres son nada, y todo mal es nada, puesto que es no ser. Así, aquello que se llama no ser llegó a existir sin el Logos, sin contarse entre todas las cosas que fueron hechas por medio de él. De este modo hemos mostrado, en la medida de nuestras posibilidades, cuáles son "todas las cosas" hechas por medio del Logos y qué llegó a existir sin él, puesto que en ningún momento es ser y, por ello, recibe el nombre de "nada".
II, 8
Considero que Heracleón, amigo, según se dice, de Valentín, procedió de manera violenta e injustificada al examinar esta frase: "Todas las cosas fueron hechas por medio de él". Exceptuó el mundo entero y cuanto contiene, excluyendo de "todas las cosas", en la medida en que se lo permite su hipótesis, lo mejor del mundo y de cuanto hay en él. Pues dice que el eón y las cosas que hay en él no fueron hechos por el Logos; considera que llegaron a existir antes que el Logos. Trata la afirmación "Sin él no se hizo nada" con no poca audacia, y tampoco teme la advertencia: "No añadas nada a sus palabras, no sea que te descubra y quedes por mentiroso", pues a "nada" añade: "De cuanto hay en el mundo y en la creación". Y puesto que sus afirmaciones acerca de este pasaje son manifiestamente forzadas y contrarias a la evidencia —ya que excluye de la totalidad lo que considera divino, mientras que aquello que juzga enteramente malo constituye, y solo ello, "todas las cosas"—, no es necesario perder tiempo refutando algo absurdo a primera vista: que, sin fundamento alguno en la Escritura, añada a "Sin él no se hizo nada" las palabras "De cuanto hay en la tierra y en la creación". Con esta propuesta, que no posee verosimilitud intrínseca alguna que la recomiende, nos pide en realidad que confiemos en él como confiamos en los profetas o en los Apóstoles, quienes tenían autoridad y no debían responder ante los hombres por los escritos relativos a la salvación humana que transmitieron a quienes los rodeaban y a quienes vendrían después. También ofreció una interpretación particular de las palabras "Todas las cosas fueron hechas por medio de él", al decir que fue el Logos quien hizo que el Demiurgo creara el mundo: no, sin embargo, el Logos del cual o por el cual, sino aquel por medio del cual; entendía así las palabras escritas en un sentido distinto del que tienen en el habla corriente. Pues si las cosas fueran como él supone, el autor habría debido decir que todas las cosas fueron hechas por medio del Demiurgo mediante el Verbo, y no por medio del Verbo mediante el Demiurgo. Nosotros aceptamos "por medio del cual" en su sentido habitual y hemos aportado pruebas en apoyo de nuestra interpretación; él, en cambio, no solo propone una nueva interpretación propia, sin respaldo de la Sagrada Escritura, sino que incluso parece despreciar la verdad y oponerse a ella abierta y desvergonzadamente. Pues dice: "No fue el Logos quien hizo todas las cosas bajo la dirección de otro que actuaba como agente", entendiendo así "por medio del cual", "sino que otro las hizo, siendo el propio Logos el agente". No es esta la ocasión adecuada para demostrar que no fue el Demiurgo quien se puso al servicio del Logos e hizo el mundo, sino que fue el Logos quien se puso al servicio del Demiurgo y formó el mundo. Pues, según el profeta David, "Dios habló y llegaron a existir; él mandó y fueron creadas". Dios ingénito mandó, en efecto, al primogénito de toda la creación, y fueron creados no solo el mundo y cuanto hay en él, sino también todas las demás cosas, ya sean tronos, dominaciones, principados o potestades; porque todas las cosas fueron hechas por medio de él y para él, y él es anterior a todas las cosas".
Comentario editorial · Heracleón, el primer comentarista de Juan
Heracleón era un gnóstico de la escuela de Valentín que floreció hacia 175, probablemente en el sur de Italia, según Wikipedia. Escribió el comentario más antiguo que se conoce a un libro del Nuevo Testamento, precisamente al Evangelio de Juan, y solo se conservan los fragmentos que cita Orígenes en esta obra. Clemente de Alejandría lo llama el más estimado de la escuela de Valentín. Orígenes lo discute a menudo, aquí y en los libros VI y X. El epub omite el número de este capítulo; la edición inglesa lo numera 8.
Para ampliar: Heracleon (Wikipedia (en))
II, 9
Un punto más acerca de las palabras "Sin él no se hizo nada". La cuestión del mal debe recibir un examen suficiente; lo dicho sobre ella no parece, es cierto, muy verosímil y, sin embargo, me parece que no debe pasarse por alto sin más. La cuestión es si también el mal fue hecho por medio del Logos, entendiendo ahora el Logos —adviértase bien— en el sentido de aquella razón que está en cada uno, de modo que el mal habría llegado a existir por obra de la razón que era desde el principio. El Apóstol dice: "Sin la ley, el pecado estaba muerto", y añade: "Pero, cuando llegó el mandamiento, el pecado revivió"; enseña así, en general, que el pecado carece de potestad antes de la ley y del mandamiento —pero el Logos es, en cierto sentido, ley y mandamiento—, y que no habría pecado si no hubiera ley, pues "no se imputa el pecado donde no hay ley". Y tampoco habría pecado si no fuera por el Logos, pues Cristo dice: "Si no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado". Porque a quien pretende excusar su pecado se le arrebata toda excusa si, aun estando en él el Verbo y mostrándole lo que debe hacer, no lo obedece. Parece, pues, que todas las cosas, sin exceptuar las peores, fueron hechas por el Logos y que sin él, tomando aquí "nada" en su sentido más sencillo, nada se hizo. Tampoco debemos culpar al Logos de que todas las cosas fueran hechas por él y de que sin él nada se hiciera, como tampoco culpamos al maestro que ha enseñado al discípulo su deber cuando la enseñanza ha sido tal que, si el discípulo peca, no le deja excusa ni posibilidad de alegar que erró por ignorancia. Esto se hace aún más patente si consideramos que maestro y discípulo son inseparables. Pues así como maestro y discípulo son términos correlativos y van unidos, también el Logos está presente en la naturaleza de los seres racionales en cuanto tales y les indica siempre lo que deben hacer, aunque no prestemos atención a sus mandatos, nos entreguemos al placer y dejemos pasar inadvertidos sus mejores consejos. Así como el ojo es un servidor que se nos ha dado para los mejores fines y, sin embargo, lo usamos para mirar cosas que no debemos mirar, y así como hacemos mal uso del oído cuando pasamos el tiempo escuchando certámenes de canto y otros sonidos prohibidos, también ultrajamos al Logos que está en nosotros y lo empleamos de un modo indebido cuando lo hacemos intervenir en nuestras transgresiones. Pues está presente entre quienes pecan para condenarlos, y condena al hombre que no lo prefiere a todo lo demás. Por eso hallamos escrito: "La palabra que os he hablado, esa os juzgará". Es como si dijera: "Yo, el Verbo, que siempre alzo mi voz en vosotros, yo mismo os juzgaré, y entonces no os quedará refugio ni excusa". Esta interpretación, sin embargo, puede parecer algo forzada, pues hemos tomado el Verbo en un sentido como el Verbo que era en el principio, que estaba con Dios, Dios Verbo, y ahora lo hemos tomado en otro sentido, refiriéndonos a él no solo con relación a las obras principales de la creación, como en las palabras "Todas las cosas fueron hechas por medio de él", sino también con relación a todos los actos de los seres racionales: en este último caso se trata del Logos (razón), sin cuya presencia no se comete ninguno de nuestros pecados. Surge la pregunta de si debe afirmarse que el Logos que está en nosotros es el mismo ser que era en el principio y estaba con Dios, Dios Verbo. Ciertamente, el Apóstol no parece hacer del Logos que está en nosotros un ser distinto del Logos que estaba en el principio con Dios. Dice: "No digas en tu corazón: "¿Quién subirá al cielo?", esto es, para hacer bajar a Cristo; o "¿Quién descenderá al abismo?", esto es, para hacer subir a Cristo de entre los muertos. Pero ¿qué dice la Escritura? El Logos está muy cerca de ti, en tu boca y en tu corazón".
Esto entraña la paradoja de que aquello que no recibe la vida del Logos no vive en absoluto.
II, 10
Los griegos tienen ciertas sentencias, llamadas paradojas, en las que la sabiduría de sus sabios se presenta en su grado más alto y se ofrece alguna prueba, o lo que parece ser una prueba. Así se dice que solo el sabio, y todo sabio, es sacerdote, porque solo el sabio posee conocimiento acerca del culto de Dios. Se dice asimismo que solo el sabio, y todo sabio, es libre y ha recibido de la ley divina autoridad para hacer lo que él mismo se propone; a esa autoridad la llaman potestad legítima de decisión. ¿Para qué seguir hablando de estas llamadas paradojas? Se les dedica una extensa discusión, y requieren que comparemos el sentido de la Escritura con la doctrina que transmiten, para poder determinar dónde concuerda con ellas la doctrina religiosa y dónde difiere. Esta reflexión nos la ha sugerido el examen de las palabras "Lo que fue hecho era vida en él", pues parece posible seguir aquí las palabras de la Escritura y deducir una serie de cosas que participan del carácter de las paradojas y son aún más paradójicas que aquellas sentencias de los griegos. Si consideramos al Logos que era en el principio, que estaba con Dios, Dios Verbo, tal vez podamos declarar que solo quien participa de este ser, considerado bajo ese aspecto, debe ser llamado racional ("lógico"), y demostrar así que solo el santo es racional. Asimismo, si comprendemos que la vida surgió en el Logos, en aquel que dijo "Yo soy la vida", diremos que nadie vive si está fuera de la fe de Cristo, que todos los que no viven para Dios están muertos, que su vida es una vida para el pecado y, por tanto, si se me permite expresarlo así, una vida de muerte. Considerad, sin embargo, si la Sagrada Escritura no enseña esto en muchos lugares, como cuando el Salvador dice: "¿O no habéis leído lo que se dijo junto a la zarza: "Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob"? No es Dios de muertos, sino de vivos". Y también: "Ante ti no será justificado ningún viviente". Pero ¿por qué hemos de hablar de Dios mismo o del Salvador? Pues se discute a cuál de los dos pertenece la voz que dice en los profetas: "Vivo yo, dice el Señor".
II, 11
Consideremos primero las palabras "No es el Dios de los muertos, sino de los vivos". Esto equivale a decir que no es el Dios de los pecadores, sino de los santos. Pues fue un gran don concedido a los patriarcas que Dios añadiera sus nombres a su propia designación como Dios, tal como dice Pablo: "Por eso Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de ellos". Es, por tanto, el Dios de los padres y de todos los santos; sería difícil encontrar un pasaje que dijera que Dios es el Dios de alguno de los perversos. Si, pues, es el Dios de los santos y se dice que es el Dios de los vivos, los santos son los vivos y los vivos son santos; no hay santo alguno fuera de los vivos y, cuando se llama vivo a alguien, se da a entender además que, junto con la vida, posee la santidad. Muy próxima a esta enseñanza está la que se desprende de las palabras "Seré grato al Señor en la tierra de los vivos". Parece decir que el beneplácito del Señor se halla entre los santos, o en el lugar de los santos, y que allí espera estar él. Nadie agrada plenamente a Dios si no ha entrado en el número de los santos o en el lugar de los santos; y a ese lugar ha de llegar todo aquel que, ya en esta vida, ha asumido, por así decirlo, la sombra y la imagen de lo que verdaderamente agrada a Dios. El pasaje que declara que ante Dios ningún viviente será justificado muestra que, en comparación con Dios y con la justicia que hay en él, nadie, ni siquiera entre los santos más perfectos, será justificado. Podríamos tomar una comparación de otro ámbito y decir que ninguna vela puede alumbrar ante el sol; no porque la vela no alumbre, sino porque no lo hace cuando el sol eclipsa su luz. De igual modo, todo "viviente" será justificado, aunque no ante Dios, cuando se lo compare con quienes están por debajo de él y se hallan bajo la potestad de las tinieblas. Ante ellos brillará la luz de los santos. Tal vez tengamos aquí la clave del significado de aquel versículo: "Brille vuestra luz delante de los hombres". No dice: "Brille vuestra luz delante de Dios"; si lo hubiera dicho, habría impuesto un mandamiento imposible de cumplir, como si hubiera ordenado a unas luces dotadas de alma que hicieran brillar su luz delante del sol. No es, por tanto, solo la multitud ordinaria de los vivos la que no será justificada ante Dios, sino incluso aquellos vivos que sobresalen por encima de los demás; o, para expresarlo con mayor exactitud, toda la justicia de los vivos quedará sin justificar ante Dios si se la compara con la justicia de Dios, como si yo reuniera todas las luces que brillan en la tierra durante la noche y dijera que no pueden alumbrar en comparación con los rayos del sol. Nos elevamos desde estas consideraciones a un plano superior cuando tenemos presentes las palabras "Vivo yo, dice el Señor". La vida en el pleno sentido de la palabra, especialmente después de lo que hemos dicho sobre el asunto, quizá corresponda a Dios y a nadie más. ¿Es esta la razón por la que el Apóstol, tras hablar de la excelencia suprema de la vida de Dios y llegar a la expresión más elevada acerca de ella, dice de Dios —mostrando así una verdadera comprensión de las palabras "Vivo yo, dice el Señor"— que es "el único que posee la inmortalidad"? Ningún ser viviente aparte de Dios tiene una vida libre de cambios y variaciones. ¿Por qué habríamos de seguir dudando? Ni siquiera Cristo compartió la inmortalidad del Padre, pues "gustó la muerte por todos".
II, 12
Hemos indagado, pues, acerca de la vida de Dios, de la vida que es Cristo y de los vivos que ocupan un lugar propio; hemos visto cómo los vivos no son justificados ante Dios y hemos observado la afirmación afín: "El único que posee la inmortalidad". Podemos examinar ahora una suposición que parece estar implícita en ello, a saber, que ningún ser dotado de razón posee la bienaventuranza como parte de su esencia ni como elemento inseparable de su naturaleza. Pues si la bienaventuranza y la vida suprema fueran una característica inseparable del ser racional, ¿cómo podría decirse con verdad que solo Dios posee la inmortalidad? Debemos observar, por tanto, que el Salvador es algunas cosas no para sí mismo, sino para otros, y otras tanto para sí mismo como para otros; e indagar si hay cosas que sea para sí mismo y para nadie más. Está claro que es Pastor para otros, aunque no un pastor como los hombres que obtienen provecho de su oficio; a menos que, por su amor a los hombres, pudiera considerarse que el beneficio concedido a las ovejas lo beneficia también a él. Del mismo modo, es para otros el Camino y la Puerta y, como todos admitirán, la Vara. Para sí mismo y para otros es Sabiduría y quizá también Razón (Logos). Cabe preguntar si, puesto que posee en sí un conjunto de conocimientos especulativos, en cuanto es Sabiduría, hay entre ellos algunos que ninguna naturaleza engendrada puede recibir, sino únicamente la suya, y que solo él conoce para sí mismo. Tampoco el respeto que debemos al Espíritu Santo debe impedirnos buscar una respuesta a esta pregunta. Pues el propio Espíritu Santo recibe enseñanza, como se desprende de lo dicho acerca del Paráclito y del Espíritu Santo: "Tomará de lo mío y os lo anunciará". ¿Recibe, entonces, mediante estas enseñanzas, todo lo que el Hijo mismo conoce al contemplar al Padre desde el principio? Esto exigiría un examen más detenido. Y si el Salvador es algunas cosas para otros y otras quizá para sí mismo y para nadie más, o solo para uno o para unos pocos, preguntamos si, en cuanto es la vida que surgió en el Logos, es vida para sí mismo y para otros, o solo para otros, y, en este caso, para quiénes. ¿Son la vida y la luz de los hombres una misma cosa? Pues el texto dice: "Lo que fue hecho era vida en él, y la vida era la luz de los hombres". Pero la luz de los hombres es la luz solo de algunos seres racionales, no de todos; así lo muestra la palabra "hombres", que se añade. Ahora bien, él es la luz de los hombres y, por tanto, también es la vida de aquellos de quienes es luz. Y en cuanto es vida, puede llamarse Salvador, no para sí mismo, sino por ser vida para otros, de quienes es también luz. Y esta vida llega al Logos y, una vez que ha llegado a él, es inseparable de él. Pero el Logos, que purifica el alma, debe haber estado primero en ella; después de él y de la purificación que de él procede, una vez eliminado cuanto en ella está muerto o débil, la vida pura llega a todo aquel que se ha hecho morada digna del Logos, considerado como Dios.
II, 13
Aquí debemos observar atentamente que tenemos dos cosas que son una, y hemos de definir la diferencia entre ellas. Primero, lo que se nos presenta en "El Verbo en el principio"; después, lo que está implícito en "La vida en el Verbo". El Verbo no fue hecho en el principio; nunca hubo un tiempo en que el principio estuviera privado del Verbo, y por ello se dice: "En el principio era el Verbo". De la vida, en cambio, no leemos que fuera como el Verbo, sino que fue hecha, si es que la vida es la luz de los hombres. Pues cuando aún no existía el hombre, no había luz de los hombres, ya que la luz de los hombres solo se concibe en relación con ellos. Y que nadie nos importune objetando que hemos situado esto en la categoría del tiempo, aunque sea el orden de las cosas mismas el que las hace primeras, segundas y así sucesivamente, e incluso aunque nunca haya habido un tiempo en que no existieran las cosas situadas por el Logos en tercer y cuarto lugar. Así pues, del mismo modo que todas las cosas fueron hechas por medio de él, pero no todas las cosas eran por medio de él, y que sin él nada fue hecho, pero no que sin él nada existiera, también lo que fue hecho en él, y no lo que estaba en él, era vida. Y, asimismo, no fue lo hecho en el principio lo que era el Verbo, sino que el Verbo era lo que estaba en el principio. Es cierto que algunos ejemplares ofrecen una lectura que no carece de verosimilitud: "Lo que fue hecho es vida en él". Pero si la vida es lo mismo que la luz de los hombres, entonces nadie que esté en tinieblas vive, ni ninguno de los vivos está en tinieblas; por el contrario, todo el que vive está también en la luz, y todo el que está en la luz vive, de modo que no solo este o aquel viviente, sino todo viviente es hijo de la luz; y es hijo de la luz aquel cuyas obras brillan delante de los hombres.
14. Cómo las naturalezas de los hombres no están tan fijadas desde el principio que no puedan pasar de las tinieblas a la luz
II, 14
Hemos examinado ciertas cosas que son opuestas, y lo dicho sobre ellas puede servir para sugerir lo que hemos omitido. Hablamos de la vida y de la luz de los hombres; lo opuesto a la vida es la muerte, y lo opuesto a la luz de los hombres, las tinieblas de los hombres. Es, pues, evidente que quien está en las tinieblas de los hombres está en la muerte, y que quien realiza las obras de la muerte no se encuentra sino en las tinieblas. Pero quien se acuerda de Dios, si consideramos qué significa acordarse de él, no está en la muerte, según las palabras: "En la muerte no hay quien se acuerde de ti". ¿Son por naturaleza tales las tinieblas de los hombres y la muerte? Sobre este punto tenemos otro pasaje: "En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos luz en el Señor", aun si ahora somos santos y personas espirituales en el sentido más pleno. Así, quien en otro tiempo era tinieblas se ha vuelto capaz, como Pablo, de ser luz en el Señor. Algunos consideran que ciertas naturalezas son espirituales desde el principio, como las de Pablo y los santos Apóstoles; pero apenas veo cómo conciliar con esa opinión lo que nos dice el texto citado: que la persona espiritual fue en otro tiempo tinieblas y después se convirtió en luz. Pues si la persona espiritual fue en otro tiempo tinieblas, ¿qué pudo haber sido la terrenal? Pero si es verdad que las tinieblas se convirtieron en luz, como dice el texto, ¿por qué sería irrazonable suponer que todas las tinieblas pueden convertirse en luz? Si Pablo no hubiera dicho "En otro tiempo éramos tinieblas, pero ahora somos luz en el Señor", dando así a entender que aquellos a quienes algunos consideran perdidos por naturaleza eran tinieblas, o todavía lo son, podría admitirse la hipótesis de las distintas naturalezas. Pero Pablo dice expresamente que él había sido tinieblas y que ahora era luz en el Señor, lo cual implica la posibilidad de que las tinieblas se transformen en luz. Y a quien comprenda la posibilidad de un cambio, en uno u otro sentido, hacia lo mejor o hacia lo peor, no le resultará difícil penetrar en la naturaleza de todas las tinieblas de los hombres, o de aquella muerte que consiste en las tinieblas de los hombres.
15. Opinión de Heracleón según la cual el Señor solo trajo la vida a los espirituales. Refutación de esta opinión
II, 15
Heracleón procede de manera algo violenta al llegar a este pasaje: "Lo que fue hecho en él era vida". En lugar del "en él" del texto entiende "en aquellos hombres que son espirituales", como si considerara idénticos al Logos y a los espirituales, aunque no lo dice claramente. Luego pasa a ofrecer, por así decirlo, una explicación del origen de la materia y afirma: "Él —el Logos— les dio su primera forma al nacer, desarrollando y haciendo manifiesto lo que otro había sembrado, hasta darle forma, iluminación y contornos propios". No advirtió cómo habla Pablo de los espirituales y cómo evita llamarlos hombres: "El hombre natural no recibe las cosas del Espíritu de Dios, porque para él son necedad; pero el espiritual juzga todas las cosas". Sostenemos que no carece de significado el hecho de que no añadiera "hombres" a "espirituales". Lo espiritual es algo superior al hombre, pues el hombre recibe su forma en el alma, en el cuerpo o en ambos a la vez, no en aquello que es más divino que estos, a saber, en el espíritu; y solo después de alcanzar una participación predominante en este se le llama "espiritual". Además, al presentar semejante hipótesis, Heracleón no ofrece ni siquiera una apariencia de prueba y demuestra ser incapaz de dar a su argumento sobre este asunto un grado siquiera moderado de verosimilitud. Baste esto, pues, acerca de él.
II, 16
Planteemos otra cuestión: si la vida era solo la luz de los hombres y no también la de todo ser que goza de bienaventuranza. Pues si la vida fuera lo mismo que la luz de los hombres, y si la luz de Cristo estuviera destinada exclusivamente a los hombres, también la vida sería solo para los hombres. Pero tal opinión es necia e impía a la vez, ya que otros pasajes de la Escritura dan testimonio contra esta interpretación y declaran que, cuando hayamos avanzado algo más, seremos iguales a los ángeles. La cuestión debe resolverse conforme al principio de que, cuando un predicado se aplica a ciertas personas, no ha de entenderse de inmediato que solo se aplica a ellas. Así, cuando se habla de la luz de los hombres, no se trata de la luz únicamente de los hombres; de haber sido ese el sentido, se habría añadido una palabra para expresarlo: se leería que la vida era la luz únicamente de los hombres. Pues es posible que la luz de los hombres sea también la luz de otros seres, del mismo modo que ciertos animales y ciertas plantas pueden servir de alimento a los hombres, y esos mismos animales y plantas pueden alimentar asimismo a otras criaturas. Este es un ejemplo tomado de la vida ordinaria; conviene aducir otra analogía de los libros inspirados. Ahora bien, la cuestión que tenemos ante nosotros es por qué la luz de los hombres no habría de ser también la luz de otras criaturas; y hemos visto que hablar de la luz de los hombres de ningún modo excluye la posibilidad de que sea la luz de otros seres además del hombre, sean inferiores a él o semejantes a él. Por otra parte, se da a Dios un nombre: se dice que es el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob. Quien, por tanto, infiera de "La vida era la luz de los hombres" que la luz no es para nadie más que para los hombres, deberá concluir también que el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob no es Dios de nadie más que de esos tres patriarcas. Pero es también el Dios de Elías y, como dice Judit, de su padre Simeón, y el Dios de los hebreos. Por analogía, pues, si nada impide que sea el Dios de otros, nada impide que la luz de los hombres sea también la luz de otros seres.
II, 17
Otro, a su vez, apela al texto "Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" y sostiene que todo cuanto es hecho a imagen y semejanza de Dios es hombre. En apoyo de esto se aducen innumerables ejemplos que muestran que, en la Escritura, "hombre" y "ángel" se emplean indistintamente y que a un mismo ser se lo llama tanto ángel como hombre. Así ocurre con los tres a quienes Abrahán dio hospitalidad y con los dos que llegaron a Sodoma; a lo largo de toda la Escritura, unos mismos seres son llamados unas veces hombres y otras ángeles. Quienes sostienen esta opinión dirán que, puesto que se llama ángeles a personas que manifiestamente son hombres, como cuando Zacarías dice: "El mensajero del Señor: "Yo estoy con vosotros", dice el Señor todopoderoso", y como está escrito acerca de Juan el Bautista: "He aquí que envío a mi mensajero delante de tu rostro", los ángeles —mensajeros— de Dios reciben ese nombre por su oficio, y aquí no son llamados hombres por razón de su naturaleza. Confirma esta opinión que los nombres aplicados a las potestades superiores no designan especies de seres vivos, sino los órdenes asignados por Dios a unos y otros seres racionales. "Trono" no es una especie de ser vivo, ni tampoco "dominación", "principado" o "potestad"; son nombres de las funciones para las que han sido designados quienes los llevan. Los seres mismos no son sino hombres, pero cada uno ha llegado a ser un trono, una dominación, un principado o una potestad. En el libro de Josué, hijo de Nun, leemos que en Jericó se apareció a Josué un hombre que dijo: "Yo soy el jefe del ejército del Señor; ahora he venido". De ello resulta que la luz de los hombres debe considerarse la misma que la luz de todo ser dotado de razón; pues todo ser racional es hombre, ya que existe según la imagen y semejanza de Dios. Se habla de ella de tres maneras distintas: "la luz de los hombres", simplemente "la luz" y "la luz verdadera". Es la luz de los hombres bien porque, como mostramos antes, nada nos impide considerarla también la luz de otros seres, bien porque a todos los seres dotados de razón se los llama hombres por haber sido hechos a imagen de Dios.
II, 18
Aquí se llama al Salvador simplemente luz. Pero en la Epístola Católica de este mismo Juan leemos que Dios es luz. Se ha sostenido que esto prueba que el Hijo no es distinto del Padre en cuanto a la sustancia. Otro estudioso, sin embargo, al examinar el asunto más de cerca y con juicio más acertado, dirá que la luz que brilla en las tinieblas sin que estas la alcancen no es la misma que la luz en la cual no hay tinieblas en absoluto. La luz que brilla en las tinieblas se encuentra con ellas, por así decirlo, y es perseguida por ellas, pero no la alcanzan pese a sus intentos. En cambio, la luz en la que no hay tinieblas en absoluto ni brilla sobre las tinieblas ni es perseguida inicialmente por ellas, de manera que haya de resultar vencedora y quede consignado que su perseguidora no la alcanzó. La tercera designación era "la luz verdadera". Pero en la misma medida en que Dios, por ser el Padre de la verdad, es mayor que la verdad, y por ser el Padre de la sabiduría, es mayor y más excelente que la sabiduría, en esa misma medida es más que la luz verdadera. Tal vez podamos aprender de un modo más sugerente cómo el Padre y el Hijo son dos luces por David, que dice en el salmo treinta y cinco: "En tu luz veremos la luz". Esta misma luz de los hombres que brilla en las tinieblas, la luz verdadera, recibe más adelante en el Evangelio el nombre de luz del mundo; Jesús dice: "Yo soy la luz del mundo". Tampoco debemos dejar de observar que, si bien el pasaje podría haber dicho "Lo que fue hecho era en él la luz de los hombres, y la luz de los hombres era vida", eligió el orden contrario. Sitúa la vida antes de la luz de los hombres, aunque la vida y la luz de los hombres sean una misma cosa: al pensar en quienes participan de la vida, aunque esa vida sea también la luz de los hombres, debemos considerar primero que viven la vida divina de la que antes hablamos, y después su iluminación. Pues la vida debe venir primero para que el viviente sea iluminado; no sería un buen orden hablar de la iluminación de alguien a quien aún no se concibe como viviente y situar la vida después de la iluminación. Porque, aunque "vida" y "luz" de los hombres sean una misma cosa, sus nociones se consideran por separado. Isaías llama también a esta luz de los hombres "luz de los gentiles", cuando dice: "He aquí que te he puesto como alianza del pueblo, como luz de los gentiles"; y David, depositando su confianza en esta luz, dice en el salmo veintiséis: "El Señor es mi iluminación y mi Salvador; ¿a quién temeré?".