21. Cómo el Padre resucitó al Hijo. La acusación formulada contra Jesús en su proceso se basó en el episodio que ahora examinamos
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Lo que he dicho no es ajeno al pasaje que nos ocupa, pues trata del templo y de los expulsados de él, a propósito de los cuales dice el Salvador: "El celo de tu casa me devorará"; trata también de los judíos que pidieron que se les mostrara una señal y de la respuesta del Salvador, en la que une lo dicho sobre el templo con lo referente a su propio cuerpo: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré". Pues de este templo, que es el cuerpo de Cristo, debe expulsarse todo lo irracional y cuanto tenga sabor a comercio, para que no siga siendo una casa de comercio. Y este templo ha de ser destruido por quienes conspiran contra el Verbo de Dios y, tras su destrucción, levantado de nuevo en aquel tercer día del que hemos hablado; entonces también los discípulos recordarán lo que él, el Verbo, dijo antes de que fuera destruido el templo de Dios, y creerán, perfeccionadas ya no solo su comprensión, sino también su fe, por la palabra que Jesús pronunció. Y a cada uno de tal condición, Jesús, al purificarlo, le aparta las cosas irracionales y cuanto tiene sabor a compraventa, para que todo ello sea destruido por el celo del Logos que está en él. Pero son destruidos para que Jesús los levante de nuevo, no al tercer día, si atendemos a las palabras exactas que tenemos delante, sino "en tres días". Pues el levantamiento del templo tiene lugar el primer día después de su destrucción y el segundo día, y su resurrección se cumple a lo largo de los tres días. Por eso la resurrección, a la vez, ya ha tenido lugar y está por venir, si en verdad fuimos sepultados con Cristo y resucitamos con él. Y puesto que las palabras "Resucitamos con él" no abarcan la resurrección entera, "en Cristo todos serán vivificados, pero cada uno según su orden: Cristo, las primicias; luego, los que son de Cristo, en su venida; y después, el fin". Corresponde a la resurrección que alguien esté el primer día en el paraíso de Dios; y corresponde a la resurrección el momento en que Jesús se aparece y dice: "No me toques, pues todavía no he subido a mi Padre"; pero la perfección de la resurrección tuvo lugar cuando llegó al Padre. Ahora bien, hay quienes caen en confusión a propósito del Padre y del Hijo, y debemos dedicarles unas palabras. Citan el texto: "Y aun resultamos ser falsos testigos contra Dios, porque hemos testificado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó", y otros semejantes que muestran que quien resucita es una persona distinta de aquel que fue resucitado; y citan también "Destruid este templo y en tres días lo levantaré", como si de ello se desprendiera que el Hijo no difiere numéricamente del Padre, sino que ambos son uno no solo en cuanto a la sustancia, sino también en cuanto al sujeto, y que se dice que el Padre y el Hijo son distintos en algunos aspectos, pero no en sus hipóstasis. Contra tales opiniones debemos aducir, en primer lugar, los textos principales que prueban que el Hijo es distinto del Padre y que, necesariamente, el Hijo ha de ser hijo de un Padre, y el Padre, padre de un Hijo. Después podemos remitirnos, con toda propiedad, a la declaración de Cristo de que no puede hacer nada sino lo que ve hacer y decir al Padre, porque todo lo que hace el Padre lo hace igualmente el Hijo; y a que resucitó a los muertos, es decir, al cuerpo, porque se lo concedió el Padre, a quien debe atribuirse la acción principal en la resurrección de Cristo de entre los muertos. Pero Heracleón dice "En tres días", en vez de "Al tercer día", sin haber examinado esta cuestión —aunque sí haya reparado en las palabras "en tres"—: que la resurrección se realiza a lo largo de tres días. Llama, además, espiritual al tercer día, en el que, según ellos, se indica la resurrección de la Iglesia. De ello se sigue que al primer día habría que llamarlo "terrenal", y al segundo, psíquico, pues la resurrección de la Iglesia no se habría producido en ellos. Ahora bien, las declaraciones de los falsos testigos que se recogen hacia el final de los Evangelios según Mateo y Marcos, así como la acusación que formularon contra nuestro Señor Jesucristo, parecen referirse a estas palabras suyas: "Destruid este templo y en tres días lo levantaré". Pues él hablaba del templo de su cuerpo, pero ellos supusieron que se refería al templo de piedra; por eso dijeron al acusarlo: "Este hombre dijo: "Puedo destruir el templo de Dios y levantarlo en tres días""; o, según Marcos: "Lo oímos decir: "Yo destruiré este templo hecho por manos humanas y en tres días levantaré otro no hecho por manos humanas"". Entonces el sumo sacerdote se levantó y le dijo: "¿No respondes nada? ¿De qué testifican estos contra ti?". Pero Jesús guardó silencio. O, como dice Marcos: "Y el sumo sacerdote se levantó en medio y preguntó a Jesús: "¿No respondes nada? ¿De qué testifican estos contra ti?". Pero él guardó silencio y no respondió nada". Creo que estas palabras tienen que referirse necesariamente al texto que ahora tenemos delante.
En cuanto al de Esdras, no podemos determinar cuánto tiempo llevó. Significado del número cuarenta y seis.
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Los judíos dijeron, pues: "Cuarenta y seis años tardó en construirse este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días?". No podemos explicar cómo pudieron decir los judíos que la construcción del templo había durado cuarenta y seis años, si nos atenemos a la historia. Pues está escrito en el tercer Libro de los Reyes que prepararon las piedras y la madera durante tres años y que, en el cuarto año, en el segundo mes, siendo Salomón rey de Israel, el rey dio la orden y trajeron grandes piedras preciosas para los cimientos de la casa, y piedras sin labrar. Los hijos de Salomón y los hijos de Hiram labraron las piedras y las colocaron en el cuarto año, y echaron los cimientos de la casa del Señor en el mes de Nisán, el segundo mes; en el décimo año, en el mes de Baal, que era el octavo, la casa quedó terminada en todos sus detalles y conforme a todo su proyecto. Así, al comparar la fecha de su terminación con el período de construcción, se ve que esta ocupó menos de once años. ¿Cómo, entonces, llegan los judíos a decir que el templo tardó cuarenta y seis años en construirse? Ciertamente, alguien podría forzar las palabras y obtener a toda costa un período de cuarenta y seis años contando desde el momento en que David, después de concebir el proyecto de construir el templo, dijo al profeta Natán: "Mira, yo habito en una casa de cedro, mientras que el arca de Dios habita en medio de la tienda"; pues, aunque es verdad que, por ser un hombre de sangre, se le impidió llevar a cabo la construcción, parece haberse ocupado de reunir los materiales para ella. En el primer Libro de las Crónicas, en efecto, el rey David dice a toda la asamblea: "Salomón, mi hijo, a quien el Señor ha elegido, es joven y delicado, y grande es la obra, porque no ha de construir para un hombre, sino para el Señor Dios. Conforme a todas mis fuerzas he preparado para la casa de mi Dios oro, plata, bronce y hierro, madera, piedras de Soom, piedras para rellenar, piedras preciosas de muchas clases, toda suerte de maderas valiosas y gran cantidad de mármol de Paria. Y, además de esto, por el deleite que encuentro en la casa de mi Dios, he aquí que he entregado para la casa de mi Señor todo el oro y la plata que poseo; de tales provisiones preparé para la casa de los santos tres mil talentos de oro de Sufir y siete mil talentos de plata acuñada, para que los artesanos revistan con ellos las casas de Dios". Pues David reinó siete años en Hebrón y treinta y tres en Jerusalén; de modo que, si pudiera demostrarse que los preparativos para el templo y la reunión de los materiales necesarios por parte de David comenzaron en el quinto año de su reinado, entonces, forzando un poco las cosas, podría sostenerse lo dicho acerca de los cuarenta y seis años. Pero otro dirá que el templo del que se habla no fue el construido por Salomón, pues este quedó destruido en tiempos del cautiverio, sino el que se edificó en tiempos de Esdras, con respecto al cual puede demostrarse que los cuarenta y seis años son una cifra exacta. Sin embargo, durante este período de los Macabeos la situación del pueblo y del templo fue muy inestable, y no sé si el templo se construyó realmente en ese número de años. Heracleón no presta atención a la historia, sino que afirma que Salomón fue imagen del Salvador porque dedicó cuarenta y seis años a preparar el templo.
Relaciona el número seis con la materia, es decir, con la imagen, y el número cuarenta —que, según dice, es la tétrada, que no admite combinación— con la inspiración y con la semilla contenida en ella. Considera si no cabe atribuir el cuarenta a los cuatro elementos del mundo dispuestos en la construcción del templo en los puntos de que se trata, y el seis al hecho de que el hombre fue creado en el sexto día.
Aplicación a la Iglesia de lo dicho sobre la construcción del templo de Salomón y de las cifras que figuran en ese relato.
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"Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Por eso, cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos recordaron que había dicho esto y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había pronunciado". Esto se refiere a la afirmación de que el cuerpo del Hijo es su templo. Cabe preguntar si debe entenderse en su sentido llano o si hemos de intentar relacionar cada cosa que se cuenta del templo con la interpretación que damos al cuerpo de Jesús, ya se trate del cuerpo que recibió de la Virgen o de aquel cuerpo de Cristo que, según se dice, es la Iglesia, pues el Apóstol afirma que todos somos miembros de su cuerpo. Por una parte, puede juzgarse imposible relacionar debidamente con el cuerpo todo lo que se dice del templo, cualquiera que sea el sentido en que se tome "cuerpo"; y puede recurrirse a una explicación más sencilla, diciendo que el cuerpo, en cualquiera de esos dos sentidos, recibe el nombre de templo porque, así como en el templo habitaba la gloria de Dios, también aquel que era imagen y gloria de Dios, el primogénito de toda la creación, podía ser llamado con razón, respecto de su cuerpo o de la Iglesia, templo que contiene la imagen. Por nuestra parte, vemos que exponer cada detalle de lo que se dice acerca del templo en el tercer Libro de los Reyes es una tarea ardua, muy superior a nuestras posibilidades de expresión, y por ahora la aplazamos, pues excede las dimensiones de la presente obra. Estamos también firmemente convencidos de que, en asuntos como estos, que trascienden la naturaleza humana, corresponde a la sabiduría divina esclarecer el significado de la Escritura inspirada: a aquella sabiduría escondida en un misterio que ninguno de los gobernantes de este mundo conoció. Somos muy conscientes, asimismo, de que necesitamos la ayuda de aquel excelso Espíritu de sabiduría para comprender tales asuntos como deben comprenderlos los servidores de las cosas sagradas; y, a este respecto, intentaremos exponer con la mayor brevedad posible nuestra interpretación de lo que atañe a este tema. El cuerpo es la Iglesia, y por Pedro sabemos que es una casa de Dios edificada con piedras vivas, una casa espiritual para un sacerdocio santo. Así, el hijo de David que construye esta casa es un tipo de Cristo. La edifica cuando han terminado sus guerras y ha llegado un período de paz profunda; construye el templo para gloria de Dios en la Jerusalén terrenal, de modo que el culto ya no se celebre en una estructura móvil como el tabernáculo. Procuremos hallar en la Iglesia la verdad de cuanto se afirma sobre el templo. Si todos los enemigos de Cristo son puestos por escabel de sus pies y la Muerte, el último enemigo, es destruida, habrá entonces una paz perfectísima. Cristo será Salomón, nombre que significa "Pacífico", y en él se cumplirá la profecía que dice: "Con quienes odiaban la paz, yo era pacífico". Y entonces cada una de las piedras vivas será una piedra de ese templo según la obra de su vida aquí: una, en los cimientos, será apóstol o profeta y sostendrá a quienes se coloquen sobre ella; otra, situada después de las de los cimientos y sostenida por los apóstoles, ayudará a su vez, junto con ellos, a sostener a quienes más lo necesiten. Una será piedra de las partes más interiores, donde se encuentran el arca, los querubines y el propiciatorio; otra estará en el muro exterior; y otra incluso fuera del muro exterior de los levitas y sacerdotes, como piedra del altar de los holocaustos. Y el gobierno y servicio de estas cosas se confiará a potestades santas, ángeles de Dios que serán, respectivamente, señoríos, tronos, dominaciones o potestades; habrá otros sujetos a ellos, representados por los tres mil seiscientos capataces nombrados para dirigir las obras de Salomón, por los setenta mil cargadores y por los ochenta mil canteros de la montaña, que trabajaban en la obra y preparaban las piedras y la madera. Hay que señalar que los mencionados como cargadores guardan relación con la hébdomada. Los que extraen y labran las piedras para hacerlas aptas para el templo tienen cierta afinidad con la ogdóada. Y los capataces, que son seiscientos, se relacionan con el número perfecto seis multiplicado por sí mismo. La preparación de las piedras, desde que se extraen hasta que se ajustan para la construcción, se prolonga durante tres años; esto me parece aludir únicamente al tiempo del intervalo eterno, afín a la tríada. Sucederá esto cuando se consume la paz, después del número de años correspondiente a los acontecimientos relacionados con el éxodo de Egipto, a saber, trescientos cuarenta, y a lo que tuvo lugar en Egipto cuatrocientos treinta años después de la alianza establecida por Dios con Abrahán. Así, desde Abrahán hasta el comienzo de la construcción del templo hay dos números sabáticos, setecientos y setenta; y también entonces nuestro Rey Cristo ordenará a los setenta mil cargadores que no tomen piedras cualesquiera para los cimientos del templo, sino piedras grandes, preciosas y sin labrar, para que no las labren obreros cualesquiera, sino los hijos de Salomón; pues así lo hallamos escrito en el tercer Libro de los Reyes. Entonces también, gracias a la paz profunda, Hiram, rey de Tiro, coopera en la construcción del templo y entrega a sus propios hijos a los hijos de Salomón para que, junto con ellos, labren las piedras grandes y preciosas destinadas al lugar santo, que en el cuarto año se colocan en los cimientos de la casa del Señor. Pero la casa queda terminada en una ogdóada de años, en el octavo mes del octavo año después de echar sus cimientos.
24. El relato de la construcción del templo de Salomón presenta graves dificultades y debe interpretarse espiritualmente
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Sin embargo, por consideración a quienes juzgan que estas palabras no indican nada más allá del relato mismo, quizá no sea inoportuno introducir aquí algunas reflexiones a las que difícilmente podrán oponerse, para mostrar que las palabras deben tenerse por palabras del Espíritu y que en ellas debe buscarse el pensamiento del Espíritu. ¿Pasaban realmente los hijos de los reyes su tiempo labrando las piedras grandes y preciosas, y practicaban un oficio tan poco acorde con su linaje real? Y el número de los cargadores, de los canteros y de los capataces, así como el tiempo dedicado a preparar y marcar las piedras, ¿se consignó todo ello tal como sucedió? También la casa santa fue preparada en paz y debía edificarse para Dios sin martillo, hacha ni instrumento alguno de hierro, para que no hubiera perturbación en la casa de Dios. Y preguntaría de nuevo a quienes están sujetos a la letra: ¿cómo es posible que hubiera ochenta mil canteros y que la casa de Dios se edificara con duras piedras blancas sin que, mientras se construía, se oyera en ella el ruido de un martillo, un hacha o cualquier instrumento de hierro? ¿No son piedras vivas las que se labran sin ruido ni tumulto en algún lugar fuera del templo, para llevarlas ya preparadas al sitio que las espera en el edificio? Y el templo de Dios tiene una especie de escalera ascendente, no formada por ángulos, sino por líneas rectas que se curvan. Pues está escrito: "Había una escalera de caracol hasta el piso intermedio, y desde el intermedio hasta el tercero"; porque la escalera de la casa de Dios debía ser espiral, imitando así en su ascenso el círculo, que es la figura más perfecta. Para dar firmeza a esta casa se construyen en ella cinco trabazones, tan hermosas como sea posible, de un codo de alto, de modo que, al alzar la mirada, se nos sugiera cómo ascendemos de las cosas sensibles a las llamadas percepciones divinas y llegamos así a percibir aquello que solo el entendimiento puede ver. Pero el lugar de las piedras más dichosas parece ser el llamado Dabir, donde estaba el arca de la alianza del Señor y, por así decirlo, la escritura de Dios: las tablas escritas con su propio dedo. Y toda la casa está revestida de oro; leemos: "Revistió de oro toda la casa, hasta que quedó acabada toda ella". Había, además, dos querubines en el Dabir, palabra que los traductores de la Biblia hebrea al griego no lograron verter satisfactoriamente. Algunos, sin hacer justicia a la lengua, la traducen por "templo"; pero designa un lugar más sagrado que el templo. Ahora bien, todo cuanto había en la casa fue hecho de oro, en señal de que el entendimiento plenamente perfeccionado juzga con exactitud las cosas que percibe intelectualmente. Pero no a todos les es dado acercarse a ellas y conocerlas; por eso se levanta el velo del atrio, pues a la mayoría de los sacerdotes y levitas no les son reveladas las cosas que se hallan en lo más recóndito del templo.
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Vale la pena indagar cómo se dice, por una parte, que el rey Salomón construyó el templo y, por otra, que intervino el maestro de obras a quien Salomón mandó buscar: "Hiram de Tiro, hijo de una mujer viuda; era de la tribu de Neftalí, y su padre era un hombre de Tiro, artesano del bronce; estaba lleno de sabiduría y entendimiento para realizar toda clase de trabajos en bronce. Fue llevado ante el rey Salomón y ejecutó todas sus obras". Pregunto aquí si podemos entender por Salomón al primogénito de toda la creación, y por Hiram al hombre que aquel asumió de entre el apremio de los hombres —pues la palabra "tirios" significa "los que constriñen"—: un hombre nacido conforme a la naturaleza que, lleno de toda clase de destreza, sabiduría y entendimiento, fue llevado a colaborar con el primogénito de toda la creación y a construir el templo. En este templo hay también ventanas, dispuestas oblicuamente y fuera de la vista, para que la iluminación de la luz divina penetre en él para salvación; y, ¿por qué habría de entrar en pormenores?, para que se vea que el cuerpo de Cristo, la Iglesia, responde al plan de la casa espiritual y del templo de Dios. Como he dicho antes, necesitamos aquella sabiduría escondida en un misterio, que solo puede comprender quien es capaz de decir: "Pero nosotros tenemos el pensamiento de Cristo"; necesitamos esa sabiduría para interpretar espiritualmente cada detalle de lo dicho, conforme a la voluntad de Aquel que hizo que se escribiera. Examinar esos detalles no corresponde a nuestro presente asunto. Baste lo dicho para que entendamos cómo "hablaba del templo de su cuerpo".
26. Las promesas dirigidas a Jerusalén en los profetas se refieren a la Iglesia y aún han de cumplirse
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Después de todo esto, conviene preguntar si lo que se narra acerca del templo ha sucedido alguna vez, o sucederá alguna vez, en la casa espiritual. El argumento puede ponernos en aprietos, cualquiera que sea la respuesta. Si decimos que es posible que algo semejante a lo referido sobre el templo suceda, o haya sucedido ya, en la casa espiritual, difícilmente lograremos que quienes nos oyen admitan que pueda producirse un cambio en bienes como estos: en primer lugar, porque no desean que así sea y, en segundo lugar, porque les parece incongruente pensar que tales bienes admitan cambio. Si, por otra parte, procuramos sostener que los bienes concedidos una vez a los santos son inmutables, no podremos aplicarles lo que hallamos en el relato y parecerá que hacemos lo mismo que los seguidores de las herejías, que no mantienen la unidad del relato de la Escritura de principio a fin. Si no hemos de entender a la manera de las viejas o de los judíos las promesas consignadas en los profetas, especialmente en Isaías; es decir, si no hemos de buscar su cumplimiento en la Jerusalén terrenal, entonces, puesto que se habla de ciertos hechos notables relativos a la construcción del templo y al regreso del pueblo del cautiverio como acontecimientos posteriores al cautiverio y a la destrucción del templo, debemos decir que nosotros somos ahora el templo y el pueblo que fue llevado cautivo, pero que ha de subir de nuevo a Judea y Jerusalén y ser edificado con las piedras preciosas de Jerusalén. No sabría decir, sin embargo, si es posible que, tras el giro de largos períodos de tiempo, vuelvan a suceder cosas de la misma índole, aunque de peor manera. Las profecías de Isaías a las que nos hemos referido son las siguientes: "He aquí que preparo para tus piedras el carbunclo y para tus cimientos el zafiro; haré de jaspe tus almenas, de cristal tus puertas y de piedras escogidas tu muralla exterior. Todos tus hijos serán enseñados por el Señor; grande será la paz de tus hijos, y en justicia serás edificada". Y, un poco más adelante, se dice a esa misma Jerusalén: "La gloria del Líbano vendrá a ti con el ciprés, el pino y el cedro, junto con quienes glorificarán mi lugar santo. Los hijos de quienes te humillaron e injuriaron vendrán a ti con temor; y serás llamada ciudad del Señor, Sion del santo Israel, porque estabas desolada y aborrecida, y no había quien te ayudase. Haré de ti una delicia eterna, alegría de generaciones y generaciones. Mamarás la leche de los gentiles y comerás las riquezas de los reyes, y sabrás que yo soy el Señor que te salva y el Dios de Israel que te escoge. En lugar de bronce te traeré oro; en lugar de hierro, plata; en lugar de madera, bronce; y en lugar de piedras, hierro. Estableceré a tus gobernantes en paz y a tus supervisores en justicia. Ya no se oirá hablar de maldad en tu tierra, ni de aflicción y angustia dentro de tus fronteras; tus murallas se llamarán salvación, y tus puertas, escultura. El sol ya no te servirá de luz durante el día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que Cristo será para ti luz eterna, y tu Dios, tu gloria. Porque tu sol ya no se pondrá ni faltará tu luna, pues tu Señor será para ti luz eterna y se habrán cumplido los días de tu duelo". Estas profecías se refieren claramente a la era aún venidera y están dirigidas a los hijos de Israel en su cautiverio, a quienes fue enviado y vino aquel que dijo: "No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel". Tales bienes han de recibirlos en su propia tierra, aunque estén cautivos; y también los prosélitos acudirán entonces a ellos por medio de Cristo y se apresurarán a buscar refugio entre ellos, según estas palabras: "He aquí que los prosélitos vendrán a ti por medio de mí y huirán a ti en busca de refugio". Y si todo esto ha de suceder a los cautivos, es evidente que deberán estar junto a su templo y subir de nuevo allí para ser edificados, convertidos en las más preciosas de las piedras. Pues hallamos en el Apocalipsis de Juan la promesa hecha al que venza: será una columna en el templo de Dios y nunca más saldrá de él. He dicho todo esto con el fin de que obtengamos al menos una visión somera de las cuestiones relativas al templo, a la casa de Dios, a la Iglesia y a Jerusalén, que ahora no podemos tratar de manera sistemática. Quienes, sin embargo, al leer a los profetas no rehúyen el trabajo de buscar su sentido espiritual, deben indagar estas cuestiones con el mayor detenimiento y tomar en cuenta todas las posibilidades. Hasta aquí, pues, acerca del "templo de su cuerpo".
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"Cuando fue levantado de entre los muertos, sus discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había dicho". Esto nos indica que, después de la resurrección de Jesús de entre los muertos, sus discípulos comprendieron que lo que había dicho acerca del templo tenía una aplicación más elevada a su pasión y su resurrección; recordaron que las palabras "En tres días lo levantaré" apuntaban a la resurrección; "y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había dicho". No se nos dice que antes creyeran en la Escritura ni en la palabra que Jesús dijo. Pues la fe, en su pleno sentido, es el acto de quien acepta con toda su alma lo que se profesa en el bautismo. En cuanto al sentido más elevado, puesto que ya hemos hablado de la resurrección de entre los muertos de todo el cuerpo del Señor, debemos señalar ahora que el cumplimiento de la Escritura les hizo recordar aquello que, en vida, no habían comprendido plenamente; su significado se hizo entonces patente ante sus ojos y les quedó del todo claro, y supieron de qué realidades celestiales era figura y sombra. Entonces creyeron en la Escritura quienes antes no creían en ella, y creyeron en la palabra de Jesús que, según da a entender quien lo refiere, no habían creído antes de la resurrección. Pues ¿cómo puede decirse que alguien cree en la Escritura en su pleno sentido si no descubre en ella el pensamiento del Espíritu Santo, en el que Dios quiere que creamos antes que en el significado literal? Desde este punto de vista, debemos decir que ninguno de los que caminan según la carne cree en las realidades espirituales de la ley, de cuyos mismos comienzos no tiene noción alguna. Pero, dicen ellos, son más bienaventurados quienes, sin haber visto, creen que quienes han visto y han creído; y para sostenerlo citan las palabras dirigidas a Tomás al final del Evangelio de Juan: "Bienaventurados los que no han visto y, sin embargo, han creído". Pero aquí no se dice que quienes no han visto y han creído sean más bienaventurados que quienes han visto y han creído. Según su parecer, los que vinieron después de los apóstoles son más bienaventurados que los propios apóstoles, y nada podría ser más insensato. Quien ha de ser bienaventurado debe ver en su entendimiento las cosas en las que cree y poder oír, junto con los apóstoles, las palabras que se le dirigen: "Bienaventurados vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen", y "Muchos profetas y justos desearon ver lo que vosotros veis y no lo vieron, y oír lo que vosotros oís y no lo oyeron". Con todo, puede darse por satisfecho quien solo recibe la bienaventuranza inferior, que dice: "Bienaventurados los que no han visto y, sin embargo, han creído". Pero ¡cuánto más bienaventurados son los ojos que Jesús llama bienaventurados por lo que han visto que aquellos que no han alcanzado semejante visión! Simeón se contenta con tomar en sus brazos la salvación de Dios y, después de verla, dice: "Ahora, Señor, dejas partir en paz a tu siervo, conforme a tu palabra, porque mis ojos han visto tu salvación". Debemos esforzarnos, pues, como dice Salomón, por abrir los ojos para saciarnos de pan; "Abre tus ojos —dice— y sacíate de pan". Lo que he dicho sobre el pasaje "Creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús les había dicho" puede llevarnos a entender, después de tratar la cuestión de la fe, que la perfección de nuestra fe nos será dada en la gran resurrección de entre los muertos de todo el cuerpo de Jesús, que es su santa Iglesia. Pues lo que se dice del conocimiento, "Ahora conozco en parte", creo que puede decirse del mismo modo de cualquier otro bien, y uno de ellos es la fe. "Ahora creo en parte —podemos decir—, pero cuando llegue lo perfecto, desaparecerá la fe que es en parte". Como sucede con el conocimiento, así también con la fe: la que procede de la visión es muy superior, si se me permite decirlo, a la que se obtiene por medio de un espejo y en un enigma.
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"Cuando estaba en Jerusalén, durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús no se confiaba a ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que nadie diera testimonio acerca del hombre, pues él mismo sabía lo que había en el hombre". Cabría preguntar cómo Jesús no se confió a aquellos de quienes se nos dice que creyeron. A esto debemos responder que no fue a los que creyeron en él a quienes Jesús no se confió, sino a los que creyeron en su nombre; pues creer en su nombre es cosa distinta de creer en él. Quien, por su fe, no ha de ser juzgado queda exento del juicio no por creer en su nombre, sino por creer en él; pues el Señor dice: "El que cree en mí no es juzgado", y no: "El que cree en mi nombre no es juzgado". Este último cree y, por tanto, no merece ser condenado ya, pero es inferior al otro, que cree en él. Por eso Jesús no se confía a quien cree en su nombre. Debemos, pues, adherirnos a él antes que a su nombre, no sea que, después de haber hecho prodigios en su nombre, oigamos dirigidas a nosotros las palabras que él dirá a quienes solo se glorían de su nombre. Procuremos decir jubilosamente con el apóstol Pablo: "Todo lo puedo en Cristo Jesús, que me fortalece". Debemos observar también que, en un pasaje anterior, el evangelista llama a la Pascua "la de los judíos", mientras que aquí no dice que Jesús estuviera en la Pascua de los judíos, sino en la Pascua en Jerusalén; y, en el primer caso, cuando se la llama Pascua de los judíos, no se dice que sea una fiesta. Aquí, en cambio, se cuenta que Jesús estaba en la fiesta: cuando estuvo en Jerusalén, se encontraba allí durante la fiesta de la Pascua, y muchos creyeron, aunque solo en su nombre. Ciertamente, debemos reparar en que se dice que "muchos" creyeron, no en él, sino en su nombre. Ahora bien, quienes creen en él son los que caminan por el camino recto y estrecho que conduce a la vida y que pocos encuentran. Sin embargo, bien puede ser que muchos de los que creen en su nombre se sienten con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los cielos, la casa del Padre, en la que hay muchas moradas. Y debe observarse que los muchos que creen en su nombre no creen del mismo modo que Andrés, Pedro, Natanael y Felipe. Estos creen el testimonio de Juan cuando dice: "He aquí el Cordero de Dios"; o creen en Cristo cuando Andrés lo encuentra; o a Jesús cuando dice a Felipe: "Sígueme"; o a Felipe cuando dice: "Hemos encontrado a aquel de quien escribieron Moisés y los profetas: Jesús, el hijo de José, de Nazaret". Aquellos de quienes ahora hablamos, en cambio, "creyeron en su nombre al ver las señales que hacía". Y como creen por las señales y no en él, sino en su nombre, Jesús "no se confiaba a ellos, porque conocía a todos los hombres y no necesitaba que nadie diera testimonio acerca del hombre, pues sabía lo que hay en cada hombre".
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Las palabras "No necesitaba que nadie diera testimonio acerca del hombre" pueden aducirse con razón para mostrar que el Hijo de Dios es capaz de conocer por sí mismo la verdad acerca de cada hombre y no necesita un testimonio que otro pudiera ofrecerle. Sin embargo, "No necesitaba que nadie diera testimonio acerca del hombre" no equivale a "No necesitaba testimonio acerca de ningún ser". Si entendemos que la palabra "hombre" comprende a todo ser hecho a imagen de Dios, o a toda criatura racional, entonces no necesitará que nadie le dé testimonio de criatura racional alguna, puesto que él mismo, por la potestad que le ha dado el Padre, las conoce a todas. Pero si el término "hombre" se restringe a los seres racionales mortales dotados de alma, podría decirse, por una parte, que sí necesitaba testimonio acerca de los seres superiores al hombre y que, si bien su conocimiento era suficiente con respecto al hombre, no se extendía a esos otros seres. Por otra parte, sin embargo, podría decirse que aquel que se humilló no necesitaba que nadie le diera testimonio acerca del hombre, pero sí tenía tal necesidad con respecto a los seres superiores a los hombres.
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También cabe preguntar qué señales le vieron hacer aquellos muchos que creyeron en él, pues no consta que hiciera ninguna en Jerusalén, aunque bien pudo haber hecho algunas que no quedaron consignadas. Puede considerarse, sin embargo, si no cabe llamar señales a sus actos cuando hizo un azote de cuerdas, los expulsó a todos del templo, así como a las ovejas y los bueyes, derramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. A quienes suponen que solo acerca de los hombres no necesitaba testigos, hay que decirles que el evangelista le atribuye dos cosas: que conocía a todos los seres y que no necesitaba que nadie diera testimonio acerca del hombre. Si conocía a todos los seres, conocía no solo a los hombres, sino también a los seres superiores a los hombres, a todos los seres que no poseen cuerpos como los nuestros; y sabía lo que había en el hombre, pues era superior a quienes reprendían y juzgaban mediante la profecía y sacaban a la luz los secretos de los corazones de aquellos respecto de los cuales el Espíritu les indicaba que así obraran. Las palabras "Sabía lo que había en el hombre" también podrían entenderse referidas a las potestades, mejores o peores, que obran en los hombres. Pues si alguien da cabida al Diablo, Satanás entra en él; así le dio cabida Judas, y así puso el Diablo en su corazón que traicionara a Jesús; por eso, "después del bocado", "el Diablo entró en él". Pero si alguien da cabida a Dios, se vuelve bienaventurado; pues bienaventurado es el hombre cuyo auxilio viene de Dios y que lleva en su corazón el ascenso que procede de Dios. Tú sabes lo que hay en el hombre, tú que todo lo sabes, ¡oh Hijo de Dios! Y ahora que nuestro décimo libro ha alcanzado suficiente extensión, haremos aquí una pausa en nuestro asunto.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Menzies presentaba estos libros como la obra de exégesis cristiana más antigua que ha llegado hasta nosotros. Lo que se lee aquí es una parte: de los libros que se conservan en griego faltan el XIII, el XIX, el XX, el XXVIII y el XXXII, que su volumen no tradujo. Aun así, en estas páginas está casi todo lo que define el método de Orígenes: la convicción de que la Escritura tiene un sentido espiritual bajo la letra, que el libro IV de Sobre los principios expone como teoría; el oficio de crítico del texto, que compara ejemplares y visita los lugares (VI, 24); y la discusión constante con otros intérpretes.
Uno de esos intérpretes solo se conoce gracias a este comentario. De Heracleón, el primer comentarista de Juan del que se tiene noticia, quedan los fragmentos que cita Orígenes, según Wikipedia. Orígenes lo discute con dureza, pero lo trata como a un exégeta digno de respuesta, y Menzies observa que muchos de sus comentarios son justos y agudos.
Para seguir leyendo en Eusebeia: Sobre los principios, la vida y el pensamiento de Orígenes y la lectura de la Escritura en los Padres.