I, 17
Hay, asimismo, un principio en lo que atañe al origen, como podría parecer en la sentencia: "En el principio creó Dios el cielo y la tierra". Este sentido, sin embargo, aparece con mayor claridad en un pasaje del libro de Job: "Este es el principio de la creación de Dios, hecho para que sus ángeles se burlen de él". Cabría suponer que el cielo y la tierra fueron lo primero que se hizo al crearse el mundo. Pero el segundo pasaje sugiere una interpretación mejor: que, entre los muchos seres formados con cuerpo, el primero fue la criatura llamada dragón, denominada en otro pasaje la gran ballena —el leviatán— que el Señor sometió. Debemos preguntarnos si, mientras los santos vivían una vida bienaventurada, apartados de la materia y de todo cuerpo, el dragón, al caer de la vida pura, pasó a ser digno de quedar sujeto a la materia y a un cuerpo, de modo que el Señor pudiera decir, hablando desde la tempestad y las nubes: "Este es el principio de la creación de Dios, hecho para que sus ángeles se burlen de él". Es posible, sin embargo, que el dragón no sea, en sentido absoluto, el principio de la creación del Señor, sino que muchas criaturas fueran hechas con cuerpo para que los ángeles se burlasen de ellas, y que el dragón fuese la primera, mientras que otras podrían subsistir en un cuerpo sin merecer tal reproche. Pero no es así. Pues el alma del sol está situada en un cuerpo, y también toda la creación, de la que dice el Apóstol: "Toda la creación gime a una y sufre dolores de parto hasta ahora"; y quizá a lo mismo se refieran estas palabras: "La creación fue sujetada a la vanidad, no por su voluntad, sino a causa de aquel que la sujetó, con esperanza"; de modo que los cuerpos estuvieran en la vanidad e hicieran las cosas propias del cuerpo, como quien está en el cuerpo debe... Quien está en el cuerpo hace las cosas propias del cuerpo, aunque no quiera. Por eso la creación fue sujetada a la vanidad, no por su voluntad; pero quien hace involuntariamente las cosas del cuerpo las hace por razón de la esperanza, como si dijéramos que Pablo deseaba permanecer en la carne, no por su voluntad, sino por causa de la esperanza. Pues, aunque consideraba mejor partir y estar con Cristo, no era irrazonable que quisiera permanecer en la carne para beneficio de otros y para el progreso en aquello que esperaban, no solo él, sino también aquellos a quienes beneficiaba. Este sentido de "principio", entendido como origen, nos servirá asimismo para el pasaje en que habla la Sabiduría en los Proverbios. Leemos: "Dios me creó como principio de sus caminos, para sus obras". Aquí el término también podría interpretarse conforme a su primera acepción, la del camino: "El Señor —dice— me creó como principio de sus caminos". Alguien podría afirmar, y con razón, que Dios mismo es el principio de todas las cosas, y añadir, como resulta evidente, que el Padre es el principio del Hijo; el Demiurgo, el principio de las obras del Demiurgo; y, en una palabra, Dios, el principio de todo cuanto existe. Esta interpretación encuentra apoyo en nuestro pasaje: "En el principio era el Verbo". En el Verbo puede verse al Hijo y, puesto que está en el Padre, puede decirse que está en el principio.
I, 18
En tercer lugar, un principio puede ser aquello de lo que procede una cosa: la materia subyacente a partir de la cual se forman las cosas. Esta, sin embargo, es la opinión de quienes sostienen que la materia misma es increada, opinión que nosotros, los creyentes, no podemos compartir, pues creemos que Dios hizo las cosas que son a partir de las que no son, como enseña la madre de los siete mártires en los Macabeos y como inculcó el ángel del arrepentimiento en El Pastor.
I, 19
Además de estos sentidos, hay aquel en que hablamos de una arjé según la forma: así, si el primogénito de toda criatura es la imagen del Dios invisible, el Padre es su arjé. Del mismo modo, Cristo es la arjé de quienes son hechos según la imagen de Dios. Pues si los hombres son hechos según la imagen, y la imagen, según el Padre, en el primer caso el Padre es la arjé de Cristo y, en el segundo, Cristo es la arjé de los hombres; y los hombres no son hechos según aquel de quien él es imagen, sino según la imagen. Con este ejemplo concuerda nuestro pasaje: "En la arjé era el Verbo".
I, 20
Hay también una arjé en materia de aprendizaje, como cuando decimos que las letras son la arjé de la gramática. Por ello dice el Apóstol: "Debiendo ser ya maestros por razón del tiempo transcurrido, necesitáis de nuevo que alguien os enseñe cuáles son los elementos de la arjé de los oráculos de Dios". Ahora bien, la arjé de que hablamos con respecto al aprendizaje es doble: una por naturaleza y otra por su relación con nosotros. Así podríamos decir de Cristo que, por naturaleza, su arjé es la divinidad, pero que, para nosotros, incapaces por su misma grandeza de abarcar toda la verdad acerca de él, su arjé es su humanidad, tal como se predica a los pequeños: "Jesucristo, y este crucificado". Según esta interpretación, Cristo es por naturaleza la arjé del aprendizaje, porque es la sabiduría y la potestad de Dios; pero, para nosotros, el Verbo se hizo carne, a fin de habitar entre quienes al principio solo así podíamos recibirlo. Y quizá sea esta la razón de que no solo sea el primogénito de toda la creación, sino que también reciba el nombre de hombre, Adán. Pues Pablo dice que él es Adán: "El último Adán fue hecho espíritu vivificante".
I, 21
Hablamos, asimismo, de la arjé de una acción en la que hay un designio que se manifiesta después de su comienzo. Cabe considerar si la sabiduría debe tenerse por la arjé de las obras de Dios porque es, en este sentido, su principio.
22. El Verbo estaba en el principio, es decir, en la sabiduría, que contenía todas las cosas en idea antes de que existieran
La condición de Cristo como sabiduría precede a sus demás condiciones.
I, 22
Tantos son los significados de la palabra arjé que se nos presentan a la vez. Hemos de preguntar ahora cuál de ellos debemos adoptar para nuestro texto: "En el principio era el Verbo". Es evidente que podemos descartar de inmediato el sentido que la relaciona con un recorrido, o con un camino y su longitud. Tampoco parece que nos sirva el sentido relativo al origen. Cabría pensar, no obstante, en la acepción que señala al autor, a aquello que produce el efecto, si, como leemos, "Dios lo ordenó y fueron creados". Pues Cristo es, en cierto modo, el Demiurgo a quien el Padre dice: "Hágase la luz" y "Haya un firmamento". Pero Cristo es Demiurgo como principio —arjé—, en cuanto es sabiduría. En virtud de ser sabiduría se le llama arjé. Pues dice la Sabiduría en Salomón: "Dios me creó como principio de sus caminos, para sus obras", de modo que el Verbo estuviera en una arjé, es decir, en la sabiduría. Considerado con relación a la estructura de la contemplación y a los pensamientos acerca de la totalidad de las cosas, se le tiene por sabiduría; pero con relación al aspecto por el cual los seres racionales captan los objetos del pensamiento, se le considera el Verbo. Y no es de extrañar, puesto que, como ya dijimos, el Salvador es muchos bienes, que reúna en sí pensamientos de primer, segundo y tercer orden. Esto es lo que sugirió Juan cuando dijo acerca del Verbo: "Lo que fue hecho era vida en él". La vida, pues, vino a existir en el Verbo. Por una parte, el Verbo no es otro que Cristo, el Verbo que estaba con el Padre y por quien todo fue hecho; por otra, la Vida no es otra que el Hijo de Dios, que dice: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Así pues, como la vida llegó a existir en el Verbo, también el Verbo llegó a existir en la arjé. Consideremos, sin embargo, si nos es lícito atribuir este sentido de arjé a nuestro texto, "En el principio era el Verbo", de manera que signifique que todas las cosas llegaron a existir conforme a la sabiduría y a los modelos del conjunto ordenado presentes en sus pensamientos. Pues considero que, así como una casa o un barco se construye y configura de acuerdo con los planos del constructor o del proyectista, y la casa o el barco tienen su principio —arjé— en los planos y cálculos de su mente, también todas las cosas llegaron a existir conforme a los designios de lo que había de ser, claramente establecidos por Dios en la sabiduría. Y habríamos de añadir que, tras crear, por así decirlo, una sabiduría animada, dejó que ella transmitiera desde los tipos que contenía a las cosas existentes y a la materia su efectiva aparición, su configuración y sus formas. Pero considero, si se permite decirlo, que el principio —arjé— de la existencia real fue el Hijo de Dios, que dice: "Yo soy el principio y el fin, el Alfa y la Omega, el primero y el último". Debemos recordar, sin embargo, que no es la arjé con respecto a todos los nombres que se le aplican. Pues ¿cómo puede ser el principio en cuanto vida, si la vida llegó a existir en el Verbo y el Verbo es manifiestamente la arjé de la vida? También resulta bastante evidente que no puede ser la arjé en cuanto primogénito de entre los muertos. Y, si examinamos cuidadosamente todos sus títulos, hallaremos que solo es la arjé en cuanto sabiduría. Ni siquiera en cuanto Verbo es la arjé, pues el Verbo estaba en la arjé. Así, alguien podría aventurarse a decir que la sabiduría es anterior a todos los pensamientos expresados en los títulos del primogénito de toda criatura. Ahora bien, Dios es enteramente uno y simple; pero nuestro Salvador, por muchas razones, puesto que Dios lo dispuso como propiciación y primicias de toda la creación, llega a ser muchas cosas, o quizá todas ellas: toda la creación, en la medida en que es capaz de redención, tiene necesidad de él. De ahí que llegue a ser la luz de los hombres, porque los hombres, entenebrecidos por la maldad, necesitan la luz que brilla en las tinieblas sin ser vencida por ellas; si los hombres no hubieran estado en tinieblas, él no habría llegado a ser la luz de los hombres. Lo mismo puede observarse con respecto a su condición de primogénito de entre los muertos. Pues, suponiendo que la mujer no hubiera sido engañada, que Adán no hubiera caído y que el hombre, creado para la incorrupción, la hubiera alcanzado, él no habría descendido al sepulcro ni habría muerto, ya que no habría pecado; tampoco su amor por los hombres habría exigido que muriese y, de no haber muerto, no podría haber sido el primogénito de entre los muertos. También podemos preguntar si habría llegado a ser pastor en caso de que el hombre no hubiera sido puesto entre las bestias carentes de razón y hecho semejante a ellas. Pues, si Dios salva a hombres y bestias, salva a las bestias que salva dándoles un pastor, ya que no pueden tener rey. Así, si reunimos los títulos de Jesús, surge la pregunta de cuáles le fueron conferidos después y nunca habrían adquirido tal importancia si los santos hubieran comenzado su existencia en la bienaventuranza y hubieran perseverado en ella. Quizá la Sabiduría sería el único que permanecería; o quizá permanecería también el Verbo, o acaso la Vida, o la Verdad, pero no los demás, que asumió por nosotros. Y verdaderamente dichosos son quienes, aun necesitando al Hijo de Dios, han llegado a ser tales que no lo necesitan como médico que cura a los enfermos, ni como pastor, ni como redención, sino solo como sabiduría, como Verbo y como justicia, o bajo cualquier otro título apropiado para quienes son tan perfectos que pueden recibirlo en sus condiciones más hermosas. Baste esto sobre la expresión "En el principio".
El Verbo de Dios no es un mero atributo de Dios, sino una persona distinta. Qué significa que se le llame Verbo.
I, 23
Consideremos, sin embargo, con algo más de atención qué es el Verbo que está en el principio. A menudo me veo llevado al asombro cuando examino lo que se dice acerca de Cristo, incluso entre quienes creen sinceramente en él. Aunque son innumerables los nombres que pueden aplicarse a nuestro Salvador, omiten la mayoría y, si acaso los recuerdan, declaran que esos títulos no deben entenderse en sentido propio, sino figurado. Pero cuando llegan al título de Logos —Verbo— y repiten que solo Cristo es el Verbo de Dios, no son consecuentes ni indagan, como hacen con los demás títulos, qué se encierra tras el significado de "Verbo". Me asombra la necedad de la generalidad de los cristianos en este asunto. No ando con rodeos: no es sino necedad. El Hijo de Dios dice en un pasaje: "Yo soy la luz del mundo"; en otro: "Yo soy la resurrección"; y también: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Asimismo está escrito: "Yo soy la puerta"; tenemos además la sentencia: "Yo soy el buen pastor"; y cuando la mujer de Samaría dice: "Sabemos que viene el Mesías, llamado Cristo; cuando venga, nos lo dirá todo", Jesús responde: "Yo soy, el que habla contigo". También, cuando lavó los pies a los discípulos, se declaró Maestro y Señor de ellos con estas palabras: "Me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy". Anuncia igualmente, de manera expresa, que es el Hijo de Dios cuando dice: "A aquel a quien el Padre santificó y envió al mundo, ¿le decís: "Blasfemas", porque dije: "Soy el Hijo de Dios"?", y: "Padre, ha llegado la hora; glorifica a tu Hijo, para que también el Hijo te glorifique a ti". Lo encontramos asimismo declarándose rey, como cuando responde a la pregunta de Pilato: "¿Eres tú el rey de los judíos?", diciendo: "Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores lucharían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí". Hemos leído también: "Yo soy la vid verdadera y mi Padre es el viñador"; y asimismo: "Yo soy la vid; vosotros, los sarmientos". Añádase a estos testimonios la sentencia: "Yo soy el pan de vida, que bajó del cielo y da vida al mundo". Bastarán por ahora estos textos, que hemos tomado del tesoro de los Evangelios y en todos los cuales afirma ser el Hijo de Dios. Pero también en el Apocalipsis de Juan dice: "Yo soy el primero y el último, y el Viviente; estuve muerto y he aquí que vivo por los siglos de los siglos". Y también: "Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin". El estudioso atento de los libros sagrados puede, además, reunir no pocos pasajes semejantes de los profetas, como aquellos en que él se llama saeta escogida, siervo de Dios y luz de los gentiles. Isaías dice también: "Desde el vientre de mi madre me llamó por mi nombre; hizo de mi boca una espada afilada y me ocultó bajo la sombra de su mano, y me dijo: "Tú eres mi siervo, Israel, y en ti seré glorificado"". Y poco después: "Mi Dios será mi fortaleza, y me dijo: "Gran cosa es para ti ser llamado siervo mío, levantar las tribus de Jacob y hacer volver a los dispersos de Israel. He aquí que te he puesto como luz de los gentiles, para que seas salvación hasta los confines de la tierra"". También en Jeremías se compara con un cordero: "Yo era como un cordero manso llevado al matadero". Estas y otras sentencias semejantes se las aplica a sí mismo. Además, podrían reunirse en los Evangelios, en los escritos de los Apóstoles y en los profetas innumerables títulos aplicados al Hijo de Dios, según los evangelistas exponen su propia visión de lo que él es, los Apóstoles lo ensalzan conforme a lo que han aprendido, o los profetas proclaman de antemano su venida y anuncian lo que le concierne bajo diversos nombres. Así, Juan lo llama Cordero de Dios cuando dice: "He aquí el Cordero de Dios que quita los pecados del mundo", y con estas palabras lo presenta como hombre: "Este es aquel de quien dije que viene después de mí un hombre que está por delante de mí, porque existía antes que yo". Y en su Epístola católica Juan dice que es un Paráclito ante el Padre para nuestras almas: "Y si alguno peca, tenemos un Paráclito ante el Padre, Jesucristo el justo"; y añade que es propiciación por nuestros pecados. De manera semejante, Pablo dice que es propiciación: "A quien Dios dispuso como propiciación mediante la fe en su sangre, para el perdón de los pecados cometidos anteriormente, en virtud de la paciencia de Dios". Según Pablo, asimismo, se declara que es la sabiduría y la potestad de Dios, como en la Epístola a los corintios: "Cristo, potestad de Dios y sabiduría de Dios". Se añade que es también santificación y redención: "Por obra de Dios —dice— llegó a ser para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención". Y, escribiendo a los hebreos, nos enseña también que Cristo es sumo sacerdote: "Teniendo, pues, un gran sumo sacerdote que ha atravesado los cielos, Jesús, el Hijo de Dios, mantengamos firme nuestra profesión de fe". Los profetas le dan, además de estos, otros nombres. Jacob, al bendecir a sus hijos, dice: "Judá, tus hermanos te ensalzarán; tus manos estarán sobre la cerviz de tus enemigos. Cachorro de león es Judá; de un retoño, hijo mío, has brotado. Te has echado y dormido como un león; ¿quién lo despertará?". No podemos detenernos ahora en estas expresiones para mostrar que lo dicho de Judá se aplica a Cristo. Lo que podría citarse contra esta interpretación, a saber: "No se apartará de Judá un gobernante ni de sus lomos un caudillo hasta que venga aquel a quien está reservado", podrá aclararse mejor en otra ocasión. Pero Isaías sabe que se habla de Cristo bajo los nombres de Jacob e Israel cuando dice: "Jacob es mi siervo, yo lo ayudaré; Israel es mi elegido, mi alma lo ha acogido. Anunciará el juicio a los gentiles.
No disputará ni gritará, ni oirá nadie su voz en las calles. No quebrará la caña cascada ni apagará la mecha humeante hasta que lleve el juicio a la victoria, y en su nombre esperarán las naciones". Que estas profecías se refieren a Cristo lo muestra Mateo en su Evangelio, donde cita de memoria y dice: "Para que se cumpliera lo dicho: "No disputará ni gritará"", etcétera. También se llama Cristo a David, como cuando Ezequiel añade en su profecía a los pastores, hablando en nombre de Dios: "Haré surgir a David, mi siervo, que será su pastor". Pues no es el patriarca David quien ha de levantarse para ser pastor de los santos, sino Cristo. Isaías llamó también a Cristo vara y flor: "Saldrá una vara de la raíz de Jesé y brotará una flor de su raíz, y reposará sobre él el espíritu de Dios: espíritu de sabiduría y entendimiento, espíritu de consejo y fortaleza, espíritu de conocimiento y piedad; y estará lleno del espíritu del temor del Señor". Y en los Salmos se llama piedra a nuestro Señor: "La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser cabeza del ángulo. Esto viene del Señor y es maravilloso a nuestros ojos". El Evangelio muestra, al igual que Lucas en los Hechos, que la piedra no es otro que Cristo. Dice el Evangelio: "¿Nunca habéis leído: "La piedra que desecharon los constructores ha llegado a ser cabeza del ángulo"? Quien caiga sobre esta piedra quedará quebrantado; pero a aquel sobre quien ella caiga lo reducirá a polvo". Y Lucas escribe en los Hechos: "Esta es la piedra desechada por vosotros, los constructores, que ha llegado a ser cabeza del ángulo". Y uno de los nombres que se aplican al Salvador, que él mismo no pronuncia pero que Juan consigna, es el Verbo que estaba en el principio con Dios: Dios Verbo.
Vale la pena detenernos un momento en aquellos estudiosos que omiten considerar la mayoría de los grandes nombres que hemos mencionado y tienen este por el más importante. Para los títulos anteriores buscan cualquier explicación que alguien pueda ofrecer, pero en este caso proceden de otro modo y preguntan: ¿qué es el Hijo de Dios cuando se le llama Verbo? El pasaje que más utilizan es el de los Salmos: "Mi corazón ha producido un buen Verbo"; e imaginan que el Hijo de Dios es una expresión del Padre depositada, por así decirlo, en sílabas y, en consecuencia, si seguimos examinando su postura, no le reconocen una hipóstasis independiente ni tienen claridad acerca de su esencia. No quiero decir que confundan sus cualidades, sino que no tienen claridad sobre el hecho mismo de que posea una esencia propia. Pues nadie puede comprender cómo aquello a lo que se llama "Verbo" puede ser un Hijo. Y un Verbo animado de esa índole, que no sea una entidad distinta del Padre y que, por tanto, carezca de subsistencia propia, no es un Hijo; o bien, si es un Hijo, que digan que Dios Verbo es un ser distinto y posee una esencia propia. Sostenemos, por consiguiente, que, así como con cada uno de los títulos mencionados pasamos del nombre al concepto que sugiere y mostramos cómo describe apropiadamente al Hijo de Dios, debemos proceder del mismo modo cuando se le llama Verbo. ¡Qué arbitrariedad no atenerse al término empleado en todos los demás casos, sino indagar en qué sentido debe entenderse que Cristo es la puerta, de qué modo es la vid y por qué es el camino, para luego seguir un método distinto solo cuando se le llama Verbo! A fin, pues, de dar mayor fundamento a lo que hemos de decir acerca de cómo el Hijo de Dios es el Verbo, debemos comenzar por los primeros nombres que mencionamos como aplicados a él. No podemos negar que a algunos esto les parecerá superfluo y una digresión; pero el lector reflexivo no juzgará inútil indagar los conceptos designados por esos títulos: prestarles atención allanará el camino a lo que sigue. Y, una vez que hemos entrado en la reflexión teológica acerca del Salvador, al investigar con toda la diligencia de que somos capaces y descubrir las diversas cosas que se enseñan sobre él, comprenderemos necesariamente más acerca de él, no solo en cuanto Verbo, sino también en sus demás condiciones.
I, 24
Dijo, pues, que era la luz del mundo; y debemos examinar, junto con este título, los que le son paralelos y que algunos consideran, en verdad, no solo paralelos, sino idénticos. Él es la luz verdadera y la luz de los gentiles. Al comienzo del Evangelio que tenemos ante nosotros es la luz de los hombres: "Lo que fue hecho —dice— era vida en él, y la vida era la luz de los hombres; y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron". Poco después, en el mismo pasaje, se le llama la luz verdadera: "La luz verdadera, que ilumina a todo hombre, venía al mundo". En Isaías es la luz de los gentiles, como dijimos antes: "He aquí que te he puesto como luz de los gentiles, para que seas salvación hasta los confines de la tierra". Ahora bien, la luz sensible del mundo es el sol; después viene, muy dignamente, la luna, y el mismo título puede aplicarse a las estrellas. Pero Moisés dice que esas luces del mundo llegaron a existir el cuarto día y, puesto que iluminan las cosas de la tierra, no son la luz verdadera. El Salvador, en cambio, resplandece sobre las criaturas dotadas de entendimiento y razón soberana para que sus mentes contemplen los objetos que les son propios; por eso es la luz del mundo inteligible, es decir, de las almas racionales que están en el mundo sensible, y también de cualesquiera otros seres que, más allá de ellas, existan en el mundo del que él se declara nuestro Salvador. Él es, en efecto, la parte más decisiva y eminente de ese mundo y, por así decirlo, el sol que hace surgir el gran día del Señor. Con vistas a ese día dice a quienes participan de su luz: "Trabajad mientras es de día; viene la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo". Luego dice a sus discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo" y "Brille vuestra luz ante los hombres". Así vemos que la Iglesia, la esposa, guarda analogía con la luna y las estrellas, y que los discípulos poseen una luz, propia o recibida del sol verdadero, gracias a la cual pueden iluminar a quienes no disponen en sí mismos de fuente alguna de luz. Podemos decir que Pablo y Pedro son la luz del mundo, y que aquellos discípulos suyos que están iluminados, pero no pueden iluminar a otros, son el mundo del que los Apóstoles eran la luz. Pero el Salvador, por ser la luz del mundo, no ilumina los cuerpos, sino, mediante su potestad incorpórea, el entendimiento incorpóreo, para que cada uno de nosotros, iluminado como por el sol, pueda discernir las demás cosas inteligibles. Y así como, cuando brilla el sol, la luna y las estrellas pierden su capacidad de alumbrar, quienes son irradiados por Cristo y reciben sus rayos no necesitan el ministerio de los apóstoles ni de los profetas —debemos tener el valor de declarar esta verdad—, ni tampoco el de los ángeles; añadiré que ni siquiera necesitan el de las potestades superiores cuando son discípulos de aquella luz primogénita. A quienes no reciben los rayos solares de Cristo, los santos que ejercen ese ministerio les proporcionan una iluminación mucho menor que aquella; es toda la que esas personas pueden recibir, y las colma por entero. Cristo, asimismo, luz del mundo, es la luz verdadera, a diferencia de la luz sensible: nada sensible es verdadero. Sin embargo, aunque lo sensible sea distinto de lo verdadero, de ello no se sigue que sea falso, pues puede guardar analogía con lo inteligible, y no todo lo que no es verdadero puede llamarse propiamente falso. Pregunto ahora si la luz del mundo es lo mismo que la luz de los hombres, y considero que la primera expresión indica una potestad luminosa mayor que la segunda, pues el mundo, en cierto sentido, no comprende solo a los hombres. Pablo muestra que el mundo es algo más que los hombres cuando escribe a los corintios en su primera Epístola: "Hemos llegado a ser espectáculo para el mundo, para los ángeles y para los hombres". También puede considerarse que, en un sentido, el mundo es la creación que está siendo liberada de la esclavitud de la corrupción para alcanzar la libertad de la gloria de los hijos de Dios, y que aguarda con viva expectación la manifestación de los hijos de Dios. Señalamos asimismo la comparación que puede establecerse entre la afirmación "Yo soy la luz del mundo" y las palabras dirigidas a los discípulos: "Vosotros sois la luz del mundo". Algunos suponen que los verdaderos discípulos de Jesús son superiores a las demás criaturas: unos buscan la razón de ello en el desarrollo natural de esos discípulos; otros la infieren de la dureza de su combate. Pues los seres de carne y sangre soportan mayores trabajos y una vida más llena de peligros que los dotados de un cuerpo etéreo, y acaso las luces del cielo, de haber revestido cuerpos terrestres, no habrían atravesado nuestra vida libres de peligro y de error. Quienes se inclinan por este argumento pueden apelar a los textos de la Escritura que dicen las cosas más excelsas acerca de los hombres y al hecho de que el Evangelio se dirige directamente a ellos; no se dice otro tanto de la creación o, según la entendemos nosotros, del mundo. Leemos: "Como tú y yo somos uno, que también ellos sean uno en nosotros" y "Donde yo esté, allí estará también mi servidor". Estas palabras se refieren claramente a los hombres; de la creación, en cambio, se dice que es liberada de la esclavitud de la corrupción para alcanzar la libertad de la gloria de los hijos de Dios. Podría añadirse que ni siquiera después de ser liberada participará de la gloria de los hijos de Dios. Tampoco olvidarán quienes sostienen esta opinión que el primogénito de toda criatura, al honrar al hombre por encima de todo, se hizo hombre; y que la Estrella de Oriente destinada a ser señal de aquel que es el más excelso de todos no fue ninguna de las constelaciones existentes en el cielo, sino una estrella de otro orden, designada para ese fin y puesta al servicio del conocimiento de Jesús, ya fuese semejante a las demás estrellas o acaso superior a ellas. Y si los santos se glorían en sus tribulaciones, puesto que "la tribulación produce paciencia; la paciencia, virtud probada; la virtud probada, esperanza; y la esperanza no defrauda", la creación afligida no puede tener la misma paciencia que el hombre, ni la misma virtud probada, ni la misma esperanza, sino otro grado de ellas, pues "la creación fue sujetada a la vanidad, no por su voluntad, sino a causa de aquel que la sujetó, con esperanza". Ahora bien, quien se resista a atribuir al hombre cualidades tan grandes tomará otro camino y dirá que la criatura, sujeta a la vanidad, gime y padece una aflicción mayor que quienes gimen en esta morada terrena, pues ¿no ha sufrido durante todo ese larguísimo tiempo al servicio de la vanidad, más aún, durante un tiempo muchas veces superior al de la vida humana? Y si lo hace sin querer, ¿no es porque estar sujeta a la vanidad contraría su naturaleza y la priva de la mejor disposición de su vida, aquella que recibirá cuando sea liberada, al ser destruido el mundo y quedar libre incluso de la vanidad de los cuerpos? Aquí, sin embargo, podríamos dar la impresión de llevar el razonamiento demasiado lejos y aspirar a más de lo que exige la cuestión que ahora nos ocupa. Volvamos, pues, al punto de partida y preguntemos por qué se llama al Salvador luz del mundo, luz verdadera y luz de los hombres. Hemos visto que se le llama luz verdadera por contraposición a la luz sensible del mundo, y que la luz del mundo es lo mismo que la luz de los hombres, o al menos que podemos indagar si ambas son lo mismo. Esta discusión no es superflua. Algunos estudiosos no extraen nada en absoluto de la afirmación de que el Salvador es el Verbo; y nos importa asegurarnos de que no se nos pueda acusar de arbitrariedad por fijar nuestra atención en ese concepto. Si admite un sentido metafórico, no debemos tomarlo literalmente. Si aplicamos el método místico y alegórico a la expresión "luz del mundo" y a los muchos términos análogos antes mencionados, sin duda debemos aplicarlo también a esta expresión.
I, 25
Se le llama luz de los hombres, luz verdadera y luz del mundo porque esclarece e ilumina las facultades superiores de los hombres o, en una palabra, de todos los seres racionales. De manera semejante, se le llama resurrección por la energía con que hace que se abandone el antiguo estado de muerte y se revista aquello que es vida por excelencia, de suerte que quienes verdaderamente lo han recibido resucitan de entre los muertos. Y no obra esto únicamente en el momento en que alguien dice: "Fuimos sepultados con Cristo por el bautismo y resucitamos con él", sino mucho más cuando, habiéndose despojado de todo cuanto en él pertenece a la muerte, camina, ya aquí, en la novedad de vida propia de él, el Hijo. Siempre "llevamos en nuestro cuerpo la muerte del Señor Jesús" y así obtenemos el inmenso beneficio de que "la vida del Señor Jesús se manifieste en nuestros cuerpos".
I, 26
También aquel progreso que se da en la sabiduría, y en el cual quienes buscan su salvación encuentran lo que necesitan tanto para la exposición de la verdad en la palabra divina como para una conducta conforme a la verdadera justicia, nos permite comprender de qué modo Cristo es el camino. Por este camino no debemos llevar nada, ni bolsa ni túnica; hemos de viajar incluso sin bastón y sin calzado en los pies. Pues el propio camino basta para proveernos de cuanto requiere nuestro viaje, y a quien anda por él nada le falta. Va vestido con el traje adecuado para quien parte en respuesta a una invitación de bodas, y en este camino no puede encontrar nada que lo moleste. "Nadie —dice Salomón— puede descubrir el rastro de una serpiente sobre una roca". Yo añadiría: ni el de ninguna otra bestia. De ahí que no se necesite bastón en este camino, donde no hay huella de criatura hostil y cuya dureza, por la que también se llama roca —petra—, impide que albergue nada dañino.
I, 27
Además, el Unigénito es la verdad porque, según la voluntad del Padre, abarca en sí toda la razón de todas las cosas, y ello con perfecta claridad; y, siendo la verdad, la comunica a cada criatura en la medida en que es digna de recibirla. Y si alguien preguntase si nuestro Salvador conoce también todo cuanto conoce el Padre conforme a la profundidad de sus riquezas, de su sabiduría y de su conocimiento, y, creyendo glorificar así al Padre, sostuviese que algunas cosas conocidas por el Padre son desconocidas para el Hijo, aunque este pudiera participar por igual del conocimiento del Dios ingénito, debemos recordarle que es Salvador por ser la verdad, y añadir que, si es la verdad completa, no hay nada verdadero que no conozca: la verdad no debe quedar incompleta por faltarle aquellas cosas que, según esas personas, solo conoce el Padre. O bien que se demuestre que hay cosas conocidas a las que no corresponde el nombre de verdad, sino que están por encima de la verdad.
I, 28
Es evidente también que el principio de aquella vida pura y no mezclada con ningún otro elemento reside en quien es el primogénito de toda la creación: de él reciben quienes participan de Cristo la vida que es verdadera vida, mientras que todos aquellos de quienes se piensa que viven al margen de ella, así como no poseen la luz verdadera, tampoco poseen la vida verdadera.
I, 29
Pero, puesto que nadie puede estar en el Padre ni con el Padre sin ascender desde abajo y llegar primero a la divinidad del Hijo, por medio de la cual puede ser conducido de la mano hasta la bienaventuranza del Padre mismo, el Salvador lleva el título de "la Puerta". Y, puesto que ama a los hombres y aprueba el impulso de las almas humanas hacia las cosas mejores, incluso el de aquellas que no se apresuran hacia la razón —el Logos—, sino que, como ovejas, poseen una debilidad y mansedumbre ajenas a toda precisión y razón, es también el Pastor. Pues el Señor salva a hombres y bestias, e Israel y Judá son sembrados no solo con simiente de hombres, sino también de bestias.
I, 30
Además de estos títulos, debemos considerar, al comienzo de nuestra obra, el de Cristo; y debemos considerar también el de Rey y comparar ambos para descubrir la diferencia entre ellos. Ahora bien, en el salmo cuarenta y cuatro se dice: "Has amado la justicia y odiado la iniquidad; por eso has sido ungido (Cristo) por encima de tus compañeros". Su amor a la justicia y su odio a la iniquidad constituían, pues, títulos añadidos en Él; su unción no era contemporánea de su ser ni la había heredado desde el principio. La unción simboliza el acceso a la realeza y, a veces, también al sacerdocio; ¿debemos concluir, por tanto, que la realeza del Hijo de Dios no le pertenece por herencia ni le es connatural? Pero ¿cómo concebir que el primogénito de toda la creación no fuera rey y llegara a serlo después por haber amado la justicia, cuando, además, Él mismo era justicia? No podemos dejar de ver que es Cristo en cuanto hombre, con respecto a su alma, que era humana y podía turbarse y afligirse profundamente, pero que se le concibe como rey con respecto a lo divino que hay en Él. Hallo apoyo para esto en el salmo setenta y uno, que dice: "Da al rey tu juicio, oh Dios, y tu justicia al hijo del rey, para que juzgue a tu pueblo con justicia y a tus pobres con rectitud". Este salmo, aunque dirigido a Salomón, es evidentemente una profecía acerca de Cristo, y vale la pena preguntar a qué rey se desea que Dios dé el juicio, a qué hijo del rey y de qué justicia del rey se habla. Considero, pues, que aquel a quien se llama Rey es la naturaleza rectora del primogénito de toda la creación, a la cual se confía el juicio por su eminencia; y que el hombre que Él asumió, formado y modelado por esa naturaleza conforme a la justicia, es el Hijo del Rey. Tanto más me inclino a pensar así cuanto que ambos seres aparecen reunidos aquí en una sola frase y se habla de ellos como si no fueran dos, sino uno. Pues el Salvador hizo de ambos uno solo; es decir, los hizo conforme al prototipo de los dos que habían sido hechos uno en Él antes de todas las cosas. Los dos a los que me refiero pertenecen a la naturaleza humana, puesto que el alma de cada hombre está unida al Espíritu Santo, y así cada uno de los que se salvan se hace espiritual. Ahora bien, así como hay algunos para quienes Cristo es pastor, según dijimos antes, por su carácter manso y sosegado, aunque se guíen menos por la razón, también hay otros para quienes es rey: aquellos, a saber, que se acercan a la religión guiados más bien por la parte racional de su naturaleza. Y entre los que están bajo un rey hay diferencias: unos experimentan su gobierno de un modo más místico, oculto y divino; otros, de una manera menos perfecta. Diría que quienes, guiados por la razón y prescindiendo de toda mediación de los sentidos, han contemplado las realidades incorpóreas, aquellas de las que Pablo habla como "invisibles" o "que no se ven", son gobernados por la naturaleza rectora del Unigénito; pero quienes solo han avanzado hasta la razón que se ocupa de las cosas sensibles y, por ellas, glorifican a su Hacedor, también son gobernados por el Verbo, por Cristo. No hay por qué ofenderse de que distingamos estas nociones en el Salvador: hacemos las mismas distinciones en su sustancia.
I, 31
Es manifiesto para todos que nuestro Señor es maestro e intérprete de quienes se esfuerzan por alcanzar la piedad y, por otra parte, señor de aquellos siervos que tienen espíritu de servidumbre para vivir en el temor, que progresan y se apresuran hacia la sabiduría, y son hallados dignos de poseerla. Pues "el siervo no sabe lo que quiere su señor"; pero aquel ya no es su señor, porque se ha convertido en su amigo. El Señor mismo lo enseña cuando dice a quienes lo escuchaban siendo todavía siervos: "Me llamáis Maestro y Señor, y decís bien, porque lo soy"; pero en otro pasaje: "Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe cuál es la voluntad de su señor; os llamo amigos", porque "habéis permanecido conmigo en todas mis pruebas". Así pues, quienes viven conforme al temor que Dios exige de los que no son buenos siervos, según leemos en Malaquías: "Si soy Señor, ¿dónde está el temor que se me debe?", son siervos de un señor al que llaman su Salvador.
I, 32
Ninguno de estos testimonios, sin embargo, expone claramente el excelso nacimiento del Salvador; pero cuando se le dirigen las palabras "Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy", es Dios quien se las dice, y para Él todo tiempo es hoy, pues en Dios no hay tarde, a mi juicio, ni hay mañana, sino tan solo un tiempo que se extiende junto con su vida sin comienzo e invisible. Para Él es hoy el día en que fue engendrado el Hijo; por eso no se encuentra el comienzo de su nacimiento, como tampoco el día en que ocurrió.
I, 33
A lo dicho debemos añadir de qué manera el Hijo es la vid verdadera. No tendrán dificultad para comprenderlo quienes entiendan, de un modo digno de la gracia profética, las palabras: "El vino alegra el corazón del hombre". Pues si el corazón es la parte intelectual, y lo que la alegra es el Verbo, la más grata de todas las bebidas, que nos aparta de las cosas humanas, nos hace sentir inspirados y nos embriaga con una embriaguez no irracional, sino divina —aquella, creo yo, con la que José alegró a sus hermanos—, entonces resulta muy claro de qué modo aquel que trae el vino para alegrar así el corazón del hombre es la vid verdadera. Es la vid verdadera porque las uvas que produce son la verdad; los discípulos son sus sarmientos y también ellos dan la verdad como fruto. Es algo difícil mostrar la diferencia entre la vid y el pan, pues Él dice no solo que es la vid, sino también que es el pan de vida. ¿Será acaso que, así como el pan nutre y da fuerzas, y se dice que fortalece el corazón del hombre, mientras que el vino, por el contrario, lo complace, lo alegra y lo enternece, los estudios relativos a la conducta, que dan vida a quien los aprende y los pone en práctica, son el pan de vida, pero no pueden llamarse propiamente fruto de la vid; mientras que las especulaciones secretas y místicas, que alegran el corazón e infunden inspiración en quienes las acogen, se deleitan en el Señor y desean no solo ser alimentados, sino también alcanzar la dicha, se llaman jugo de la vid verdadera porque de ella fluyen?
I, 34
Además, hemos de preguntar en qué sentido se le llama en el Apocalipsis el Primero y el Último, y por qué, en cuanto Primero, no es lo mismo que el Alfa y el principio, mientras que, en cuanto Último, no es lo mismo que la Omega y el fin. Me parece, pues, que los seres racionales existentes se distinguen por muchas formas, y que unos son los primeros, otros los segundos, otros los terceros, y así sucesivamente hasta los últimos. Determinar con exactitud cuál es el primero, qué clase de ser es el segundo, cuál puede llamarse verdaderamente tercero y continuar así hasta el fin de la serie no es, sin embargo, tarea humana, sino algo que excede nuestra naturaleza. No obstante, nos atreveremos, tal como somos, a detenernos un poco en este punto y a hacer algunas observaciones al respecto. Hay dioses de quienes Dios es dios, como oímos en la profecía: "Dad gracias al Dios de los dioses" y "El Dios de los dioses ha hablado y ha convocado a la tierra". Ahora bien, Dios, según el Evangelio, "no es Dios de muertos, sino de vivos". Por tanto, aquellos dioses de quienes Dios es dios están vivos. También el Apóstol, al escribir a los corintios, dice: "Así como hay muchos dioses y muchos señores"; por eso hemos hablado de estos dioses como seres que existen realmente. Ahora bien, además de los dioses de quienes Dios es dios, hay otros a los que se llama tronos, otros llamados dominaciones y, además de estos, señoríos y potestades. La expresión "por encima de todo nombre que se nombra, no solo en este mundo, sino también en el venidero" nos lleva a creer que hay aún otros, aparte de estos, que nos son menos conocidos; a una clase de ellos los hebreos la llamaban Sabai, de donde se formó Sabaoth, que es su gobernante y no es otro que Dios. Añadamos a todos estos el ser racional mortal: el hombre. Ahora bien, el Dios de todas las cosas creó primero, para ocupar el lugar de honor, cierta estirpe de seres racionales; considero que son los llamados dioses, y digamos por ahora que el segundo orden es el de los tronos y el tercero, sin duda, el de las dominaciones. Y así descendemos ordenadamente hasta la última estirpe racional, que quizá no pueda ser otra que el hombre. Por consiguiente, el Salvador se hizo, de un modo más divino que Pablo, todo para todos, a fin de ganarlos o perfeccionarlos a todos; está claro que para los hombres se hizo hombre, y para los ángeles, ángel. Ningún creyente duda de que se hizo hombre; pero en cuanto a que se hiciera ángel, hallaremos motivos para creerlo si observamos atentamente las apariciones y las palabras de los ángeles, en algunas de las cuales las potestades angélicas parecen pertenecerle a Él. En varios pasajes los ángeles hablan de un modo que lo sugiere, como cuando "el ángel del Señor se apareció en una llama de fuego. Y dijo: Yo soy el Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob". Pero también Isaías dice: "Su nombre será llamado Ángel del Gran Consejo". El Salvador, pues, es el primero y el último, no porque no sea también lo que hay entre ambos, sino porque se nombran los extremos para mostrar que llegó a ser todas las cosas. Considerad, sin embargo, si el último es el hombre o si lo son las cosas que se dice que están bajo la tierra, entre las cuales se cuentan los demonios, todos ellos o algunos. Debemos preguntar también por aquellas realidades en que se convirtió el Salvador y de las que habla por medio del profeta David: "Y llegué a ser como un hombre sin nadie que lo ayude, libre entre los muertos". Su nacimiento de la Virgen y la vida tan admirable que llevó mostraron que era más que un hombre, y lo mismo sucedió entre los muertos. Allí era el único libre, y su alma no fue abandonada en el infierno. Así pues, es el primero y el último. Además, si existen letras de Dios, como en efecto existen, mediante cuya lectura los santos pueden decir que han leído lo escrito en las tablas del cielo, esas letras por las que han de leerse las cosas celestiales son las nociones, divididas en pequeñas partes, desde el Alfa hasta la Omega: el Hijo de Dios. Asimismo, es el principio y el fin, pero no lo es por igual en todos sus aspectos. Pues es el principio en cuanto es Sabiduría, como nos enseñan los Proverbios; está escrito: "El Señor me fundó en el principio de sus caminos, para sus obras". En cuanto Logos, no es el principio. "El Verbo estaba en el principio". Así, entre sus aspectos hay uno que viene primero y es el principio, un segundo después del principio, un tercero y así sucesivamente hasta el fin, como si dijera: "Soy el principio en cuanto soy Sabiduría; el segundo, quizá, en cuanto soy invisible; y el tercero, en cuanto soy vida", pues "lo que fue hecho era vida en Él". Quien estuviera capacitado para examinar y discernir el sentido de la Escritura podría, sin duda, encontrar muchos miembros de la serie; no sé si podría encontrarlos todos. "El principio y el fin" es una expresión que solemos aplicar a una cosa que constituye una unidad completa: el principio de una casa es su cimiento, y el fin, su pretil. No podemos dejar de pensar en esta figura, puesto que Cristo es la piedra que ocupa la cabeza del ángulo, en relación con la gran unidad del cuerpo de los salvados. Pues Cristo, el Hijo unigénito, es todo y está en todos: está como principio en el hombre que asumió, se halla presente como fin en el último de los santos y está también en los que median entre ambos; o bien está presente como principio en Adán y como fin en su vida terrena, según el dicho: "El último Adán fue hecho espíritu vivificante". Estas palabras concuerdan bien con la interpretación que hemos dado del primero y el último.