Vuelve a emprenderla dando gracias por su liberación y pidiendo que se le guíe.
VI, 1
Cuando se construye una casa que ha de ser lo más sólida posible, se edifica con buen tiempo y en calma, para que nada impida a la estructura adquirir la firmeza necesaria. Así llega a ser tan fuerte y estable que puede resistir la embestida de la inundación, el ímpetu del río y todas las fuerzas que acompañan a una tormenta, capaces de descubrir lo que hay de endeble en un edificio y poner de manifiesto qué partes han sido debidamente ensambladas. Con mayor razón, aquella casa capaz de albergar las reflexiones sobre la verdad —la casa de la razón, por así decirlo, ya se conciba en proyecto o se plasme por escrito— debe edificarse en un momento en que Dios pueda prestar libremente su concurso a quien emprende una obra tan noble: cuando el alma está sosegada y goza de esa paz que supera todo entendimiento, apartada de toda perturbación y sin sufrir el embate de las olas. Esto, me parece, lo comprendieron bien los servidores del espíritu profético y los ministros del mensaje evangélico: se hicieron dignos de recibir aquella paz que, en lo secreto, les concede quien siempre la da a los que son dignos de ella y dijo: "La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo". Y veamos si el relato del templo no encierra, bajo su superficie, una enseñanza semejante acerca de David y Salomón. David, que libró las guerras del Señor y se mantuvo firme frente a muchos enemigos, tanto suyos como de Israel, deseaba edificar un templo para Dios. Pero Dios, por medio de Natán, se lo impide, y Natán le dice: "No me edificarás una casa, porque eres un hombre de sangre". Salomón, en cambio, vio a Dios en sueños y en sueños recibió la sabiduría, pues la realidad de aquella visión estaba reservada para quien dijo: "He aquí que hay aquí uno mayor que Salomón". Reinaba entonces una paz profundísima, de modo que cada cual podía descansar bajo su propia vid y su propia higuera; y hasta el nombre de Salomón expresaba la paz de sus días, pues Salomón significa "pacífico". Por eso pudo edificar el célebre templo de Dios. También en tiempos de Esdras, cuando "la verdad vence al vino, al rey enemigo y a las mujeres", el templo de Dios vuelve a ser restaurado. Digo todo esto a modo de disculpa ante ti, venerable Ambrosio. Animado por tu santa exhortación, me he resuelto a levantar por escrito la torre del Evangelio; por eso me he sentado a calcular el costo y a ver si tengo con qué acabarla, no sea que quienes la contemplen se burlen de mí porque puse los cimientos y no pude concluir la obra. Es cierto que, al hacer mis cálculos, he comprobado que no poseo lo necesario para terminarla; sin embargo, he puesto mi confianza en Dios, que nos enriquece con toda sabiduría y todo conocimiento. Si nos esforzamos por guardar sus leyes espirituales, creemos que Él nos enriquecerá: nos proporcionará lo necesario para que avancemos en la construcción y lleguemos incluso al pretil del edificio. Ese pretil impide que caigan quienes suben a la casa del Verbo; pues solo se cae de las casas que carecen de pretil, de modo que los propios edificios son responsables de la caída y la muerte de quienes caen. Llegamos hasta el quinto volumen a pesar de los obstáculos que nos opuso la tormenta en Alejandría, y dijimos lo que se nos concedió decir, pues Jesús reprendió los vientos y las olas del mar. Salimos de la tormenta, fuimos sacados de Egipto por aquel Dios que condujo fuera de allí a su pueblo. Después, cuando el enemigo nos atacó con toda saña mediante sus nuevos escritos, tan abiertamente hostiles al Evangelio, y levantó contra nosotros todos los vientos de maldad de Egipto, juzgué más razonable mantenerme firme en la lucha y preservar lo más elevado que hay en mí, no fuera que los malos consejos consiguieran dirigir la tormenta hasta anegar mi alma; preferí esto a concluir mi obra en un momento inoportuno, antes de que mi mente recobrara la calma. De hecho, los escribientes que solían asistir a mi dictado detuvieron mi trabajo al no presentarse para recoger mis palabras. Pero ahora que los numerosos dardos encendidos lanzados contra mí han perdido su filo, pues Dios los ha extinguido; ahora que mi alma se ha habituado a la economía divina que me fue deparada por causa de la palabra celestial y ha aprendido por necesidad a no hacer caso de las asechanzas de mis enemigos, es como si una gran calma hubiera descendido sobre mí, y no aplazo ya la continuación de esta obra. Ruego a Dios que esté conmigo y hable como maestro en el pórtico de mi alma, para que el edificio que he comenzado a levantar con la exposición del Evangelio de Juan llegue a término. Que Dios escuche mi oración y conceda que ahora pueda componerse el cuerpo de la obra entera, sin que sobrevenga ninguna interrupción que me impida seguir el orden de la Escritura. Y ten por cierto que emprendo con gran disposición este segundo comienzo y entro en mi sexto volumen, porque lo que escribí antes en Alejandría, no sé por qué azar, no ha llegado conmigo. Temía desatender esta obra si no me ocupaba de ella de inmediato; por eso he juzgado preferible aprovechar el momento presente y comenzar sin demora la parte que falta. No estoy seguro de que aparezca lo escrito anteriormente, y me desagradaría mucho perder el tiempo esperando a ver si aparece. Baste este preámbulo; atendamos ahora a nuestro texto.
Comentario editorial · La tormenta en Alejandría y el traslado a Cesarea
Orígenes cuenta aquí que llegó hasta el quinto libro a pesar de «la tormenta en Alejandría» y que Dios lo sacó «de Egipto». Según Wikipedia, hacia 231, de camino a Atenas, el obispo Teoctisto de Cesarea lo ordenó presbítero; el obispo Demetrio de Alejandría lo condenó y Orígenes se quedó en Cesarea, donde fundó una escuela. Menzies añade que el libro VI se había empezado en Alejandría, pero el manuscrito quedó allí y hubo que comenzarlo de nuevo. El mapa sitúa las dos ciudades y, de paso, Cafarnaúm y Jerusalén, que aparecen en el libro X.

Para ampliar: Origen (Wikipedia (en)) · Introducción de Menzies (ANF, vol. 9)
VI, 2
"Y este es el testimonio de Juan". Este es el segundo testimonio de Juan el Bautista acerca de Cristo que ha quedado consignado. El primero comienza con "Este es aquel de quien dije: el que viene después de mí" y llega hasta "El Hijo unigénito de Dios, que está en el seno del Padre, lo ha dado a conocer". Heracleón supone que las palabras "Nadie ha visto jamás a Dios", y las que siguen, no fueron pronunciadas por el Bautista, sino por el discípulo. Pero en esto no acierta. Él mismo admite que el Bautista dijo: "De su plenitud recibimos todos, y gracia por gracia; pues la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo". ¿Y no se sigue de ello que quien recibió de la plenitud de Cristo, y una segunda gracia además de la que antes tenía, y declaró que la ley fue dada por medio de Moisés, pero que la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo, fue también quien, gracias a lo recibido de la plenitud de Cristo, comprendió que "nadie ha visto jamás a Dios" y que "el Unigénito, que está en el seno del Padre", le había comunicado lo relativo a Dios tanto a él como a todos los que habían recibido de su plenitud? No daba Él entonces a conocer por primera vez a aquel que está en el seno del Padre, como si nunca antes hubiese habido nadie capaz de recibir lo que dijo a sus apóstoles. ¿Acaso no nos enseña que Él existía antes que Abrahán y que Abrahán se regocijó y se alegró de ver su día? Las palabras "De su plenitud recibimos todos" y "gracia por gracia" muestran, como ya hemos aclarado, que también los profetas recibieron su don de la plenitud de Cristo y una segunda gracia en lugar de la que tenían antes; pues ellos también, guiados por el Espíritu, avanzaron desde la iniciación que habían recibido mediante los tipos hasta la visión de la verdad. Por eso no todos los profetas, sino muchos de ellos, desearon ver las cosas que vieron los apóstoles. Pues, si había diferencias entre los profetas, los más perfectos e insignes no desearon ver lo que vieron los apóstoles, sino que lo contemplaron realmente, mientras que aquellos que se elevaron menos plenamente que ellos hasta la altura del Verbo anhelaron las cosas que los apóstoles conocieron por medio de Cristo. No hemos tomado la palabra "vieron" en sentido corporal, y hemos entendido "oyeron" como referencia a una comunicación espiritual; solo quien tiene oídos está dispuesto a escuchar las palabras de Jesús, cosa que no sucede con demasiada frecuencia. Hay, además, otro punto: los santos anteriores a la venida corporal de Jesús aventajaban a la mayoría de los creyentes en su comprensión de los misterios divinos, puesto que el Verbo de Dios fue su maestro antes de hacerse carne; pues siempre obraba, a imitación de su Padre, de quien dice: "Mi Padre obra hasta ahora". A este respecto podemos aducir las palabras que dirige a los saduceos, que no creen en la doctrina de la resurrección: "¿No habéis leído —dice— lo que dijo Dios en la zarza: Yo soy el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? No es Dios de muertos, sino de vivos". Si, pues, Dios no se avergüenza de ser llamado Dios de estos hombres, y si Cristo los cuenta entre los vivos, y si todos los creyentes son hijos de Abrahán, ya que todos los gentiles son bendecidos con el fiel Abrahán, a quien Dios constituyó padre de los gentiles, ¿podemos vacilar en admitir que aquellas personas vivas conocieron las enseñanzas destinadas a los vivos y fueron instruidas por Cristo, nacido antes del lucero de la mañana, antes de que se hiciera carne? Y por eso vivían: porque participaban de aquel que dijo "Yo soy la vida" y, como herederos de tan grandes promesas, recibieron la visión no solo de ángeles, sino de Dios en Cristo. Pues vieron, quizá, la imagen del Dios invisible, ya que quien ha visto al Hijo ha visto al Padre; y así consta que conocieron a Dios y oyeron dignamente sus palabras y, por consiguiente, que vieron a Dios y lo oyeron. Ahora bien, considero que quienes son plena y verdaderamente hijos de Abrahán lo son de sus obras, entendidas espiritualmente, y del conocimiento que le fue manifestado. Lo que él conoció e hizo vuelve a aparecer en quienes son sus hijos, como enseña la Escritura a los que tienen oídos para oír: "Si fuerais hijos de Abrahán, haríais las obras de Abrahán". Y si es verdadero el proverbio que dice: "El sabio comprenderá lo que sale de su propia boca y llevará la prudencia en sus labios", debemos rechazar sin demora ciertas afirmaciones acerca de los profetas, como si no hubieran sido sabios ni hubieran comprendido lo que salía de sus propias bocas. Debemos creer lo que es bueno y verdadero acerca de los profetas: que eran sabios, que comprendían lo que salía de sus bocas y que llevaban la prudencia en sus labios. Está claro, en efecto, que Moisés comprendía en su mente la verdad —el sentido verdadero— de la ley y las interpretaciones más elevadas de los relatos consignados en sus libros. También Josué comprendía el significado del reparto de la tierra tras la destrucción de los veintinueve reyes, y podía ver mejor que nosotros las realidades de las que sus hazañas eran sombras. Está claro asimismo que Isaías vio el misterio de aquel que estaba sentado en el trono, de los dos serafines, del velo que cubría sus rostros y sus pies, de sus alas, del altar y de las tenazas. También Ezequiel comprendió el verdadero significado de los querubines y de sus movimientos, del firmamento que estaba sobre ellos y de aquel que se sentaba en el trono: ¿qué podría haber más elevado o espléndido que todo ello? No necesito entrar en más pormenores; ya está suficientemente claro el punto que me propongo establecer, a saber, que los que alcanzaron la perfección en generaciones anteriores no conocían menos que los apóstoles acerca de lo que Cristo les reveló, puesto que tenían por maestro al mismo que reveló a los apóstoles los inefables misterios de la piedad. Añadiré solo unas pocas consideraciones y dejaré luego al lector que juzgue y adopte sobre este asunto la opinión que prefiera. Pablo dice en su Epístola a los romanos: "Y a aquel que puede afirmaros conforme a mi Evangelio, conforme a la revelación del misterio que permaneció en silencio durante tiempos eternos, pero que ahora ha sido manifestado por las Escrituras proféticas y la aparición de nuestro Señor Jesucristo". Pues si el misterio oculto desde antiguo se manifiesta a los apóstoles mediante los escritos proféticos, y si los profetas, por ser sabios, comprendían lo que salía de sus propias bocas, entonces los profetas conocían lo que se manifestó a los apóstoles. Pero a muchos no les fue revelado, como dice Pablo: "En otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres como ahora ha sido revelado por el Espíritu a sus santos apóstoles y profetas: que los gentiles son coherederos y miembros de un mismo cuerpo". Aquí pueden plantear una objeción quienes no comparten la opinión que hemos expuesto; por eso importa precisar qué se entiende por "revelado". La palabra admite dos sentidos: primero, que se comprende aquello de lo que se trata; segundo, si se habla de una profecía, que esta se cumple. Ahora bien, los profetas sabían que los gentiles habían de ser coherederos, miembros de un mismo cuerpo y partícipes de la promesa: sabían que lo serían en Cristo. Cuándo sucedería esto, por qué, de qué gentiles se hablaba y cómo, pese a ser ajenos a las alianzas y extraños a las promesas, llegarían a ser miembros de un solo cuerpo y a compartir las bendiciones: todo ello les fue revelado y lo conocían. Pero las cosas profetizadas pertenecen al futuro, y no se revelan a quienes las conocen sin presenciar su cumplimiento del mismo modo que a quienes tienen el acontecimiento ante los ojos. Y esta era la situación de los apóstoles. Así pues, entiendo que no conocían los acontecimientos más que los padres y los profetas; y, sin embargo, se dice con verdad de ellos que "lo que no había sido revelado a otras generaciones fue revelado ahora a los apóstoles y profetas: que los gentiles eran coherederos, miembros de un mismo cuerpo y partícipes de la promesa de Cristo". Pues, además de conocer estos misterios, vieron la potestad obrando en el hecho consumado. El pasaje "Muchos profetas y justos desearon ver las cosas que vosotros veis y no las vieron, y oír las cosas que vosotros oís y no las oyeron" puede interpretarse del mismo modo. También ellos deseaban ver el misterio de la encarnación del Hijo de Dios y de su descenso para llevar a efecto, mediante su padecimiento, el designio de salvar a muchos. Podemos ilustrarlo desde otro ángulo. Supongamos que uno de los apóstoles hubiera comprendido las "palabras inefables que no le es lícito al hombre pronunciar", pero no hubiera presenciado la gloriosa aparición corporal de Jesús, prometida a los fieles, aunque deseara verla; y supongamos que otra persona no solo no hubiera advertido ni visto lo que aquel apóstol advirtió y vio, sino que comprendiera mucho menos la esperanza divina y, sin embargo, estuviera presente en la segunda venida de nuestro Salvador, que el apóstol, como en el caso anterior, había deseado ver sin conseguirlo. No nos apartaremos de la verdad si decimos que ambas personas han visto lo que aquel apóstol, o incluso los apóstoles, desearon ver, y que, no obstante, no por ello deben ser consideradas más sabias ni más bienaventuradas que los apóstoles. Del mismo modo, tampoco se debe considerar a los apóstoles más sabios que los padres, ni que Moisés y los profetas, es decir, que aquellos a quienes su virtud hizo dignos de epifanías, manifestaciones divinas y revelaciones de misterios.
Estas palabras pertenecen al Bautista, no al evangelista. Qué atestigua con ellas el Bautista.
VI, 3
Nos hemos detenido bastante en estas cuestiones, pero hay una razón para ello. Son muchos los que, con el pretexto de ensalzar la venida de Cristo, declaran que los apóstoles fueron más sabios que los padres o los profetas; y entre tales maestros, unos han inventado un Dios mayor para la época posterior, mientras que otros, sin aventurarse tan lejos, pero movidos, según su propia explicación, por la dificultad doctrinal, anulan por entero el don que Dios concedió a los padres y a los profetas por medio de Cristo, por quien fueron hechas todas las cosas. Si todas las cosas fueron hechas por medio de Él, es evidente que también lo fueron las espléndidas revelaciones concedidas a los padres y profetas, que se convirtieron para ellos en símbolos de los sagrados misterios de la religión.
Ahora bien, los verdaderos soldados de Cristo deben estar siempre dispuestos a combatir por la verdad y nunca, en la medida en que dependa de ellos, permitir que se insinúen falsas creencias. No debemos, por tanto, descuidar esta cuestión. Podría decirse que el primer testimonio de Juan acerca de Cristo se encuentra en las palabras "El que viene después de mí existe antes que yo, porque era antes que yo", y que las palabras "Pues de su plenitud recibimos todos, y gracia por gracia" las pronuncia Juan el discípulo. Ahora bien, debemos mostrar que esta interpretación es forzada y violenta el contexto; resulta muy atrevido suponer que el discurso del Bautista se interrumpe tan súbita y, por así decirlo, inoportunamente para dar paso al del discípulo. A cualquiera que sea capaz de juzgar, siquiera en pequeña medida, la continuidad de un pasaje le resultará evidente que el discurso prosigue sin interrupción después de las palabras "Este es aquel de quien hablé: el que viene después de mí existe antes que yo, porque era antes que yo". El Bautista aporta una prueba de que Jesús existía antes que él, porque era antes que él, puesto que es el primogénito de toda la creación; dice: "Pues de su plenitud recibimos todos".
Esa es la razón por la que dice: "Existe antes que yo, porque era antes que yo". Así sé que Él es el primero y goza de mayor honor ante el Padre: porque de su plenitud tanto yo como los profetas que me precedieron recibimos la gracia profética, más divina, en lugar de la gracia que antes habíamos recibido de sus manos por nuestra elección. Por eso digo: "Existe antes que yo, porque era antes que yo", pues sabemos lo que hemos recibido de su plenitud: a saber, que la ley fue dada por medio de Moisés, no por Moisés, mientras que la gracia y la verdad no solo fueron dadas, sino que llegaron a existir por medio de Jesucristo. Pues su Dios y Padre dio la ley por medio de Moisés e hizo, por medio de Jesucristo, la gracia y la verdad que llegaron al hombre. Si damos una interpretación razonable a las palabras "La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo", no nos inquietará su posible discrepancia con aquella otra afirmación: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". Si es Jesús quien dice "Yo soy la verdad", ¿cómo viene la verdad por medio de Jesucristo, si nadie llega a existir por medio de sí mismo? Debemos reconocer que esa verdad misma, la verdad esencial, que es, por así decirlo, el prototipo de la verdad existente en las almas dotadas de razón y de la cual se imprimen como imágenes en quienes aman la verdad, no fue hecha por medio de Jesucristo ni, en realidad, por medio de nadie, sino por Dios; del mismo modo que el Verbo, que estaba en el principio con el Padre, no fue hecho por medio de nadie; y así como la sabiduría, que Dios creó como principio de sus caminos, no fue hecha por medio de nadie, tampoco la verdad fue hecha por medio de nadie. Sin embargo, la verdad que está en los hombres vino por medio de Jesucristo, como por medio de Jesucristo vino la verdad que está en Pablo y en los apóstoles. Y no es de extrañar que, siendo una la verdad, de ella fluyan muchas verdades. El profeta David conocía, ciertamente, muchas verdades, como dice: "El Señor busca las verdades"; pues el Padre de la verdad no busca una sola verdad, sino las muchas verdades mediante las cuales se salvan quienes las poseen. Y lo mismo que sucede con una verdad y muchas verdades sucede con la justicia y las justicias. Pues la justicia esencial misma es Cristo, "a quien Dios hizo para nosotros sabiduría, justicia, santificación y redención". Pero de esa justicia se forma la justicia que hay en cada individuo, de modo que en los salvados hay muchas justicias; por eso también está escrito: "Pues el Señor es justo y amó las justicias". Esta es la lectura de los ejemplares exactos, así como de las versiones distintas de la Septuaginta y del hebreo. Considera si las demás cosas que se dice que Cristo es en singular admiten multiplicarse del mismo modo y expresarse en plural. Por ejemplo, Cristo es nuestra vida, como dice el propio Salvador: "Yo soy el camino, la verdad y la vida". También el Apóstol dice: "Cuando Cristo, nuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros os manifestaréis con Él en gloria". Y en los Salmos encontramos asimismo: "Tu misericordia es mejor que la vida"; pues porque Cristo es vida en cada uno hay muchas vidas. Esta es quizá también la clave del pasaje: "Si buscáis una prueba de que Cristo habla en mí". Pues Cristo se encuentra en cada santo, y así del único Cristo proceden muchos Cristos, imitadores suyos y conformados a Él, que es la imagen de Dios; por eso dice Dios por medio del profeta: "No toquéis a mis Cristos". Hemos explicado así, de paso, el pasaje que parecía haber quedado fuera de nuestra exposición, a saber, "La gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo"; y también hemos mostrado que las palabras pertenecen a Juan el Bautista y forman parte de su testimonio acerca del Hijo de Dios.
VI, 4
Consideremos ahora el segundo testimonio de Juan. Unos judíos de Jerusalén, emparentados con Juan el Bautista, puesto que también él pertenecía a un linaje sacerdotal, envían sacerdotes y levitas a preguntarle quién es. Al decir "Yo no soy el Cristo", hizo una confesión de la verdad. Estas palabras no son, como podría suponerse, una negación; pues decir, en honor de Cristo, que uno no es el Cristo no constituye una negación. Los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén, tras oír en primer lugar que él no era el Mesías esperado, le preguntan si es el segundo gran personaje al que aguardaban, esto es, Elías. Juan responde que no es Elías y, al decir "No lo soy", hace una segunda confesión de la verdad. Y como en Israel habían aparecido muchos profetas, pero se esperaba en particular a uno conforme a la profecía de Moisés, que dijo: "El Señor, vuestro Dios, os suscitará de entre vuestros hermanos un profeta como yo; a él escucharéis. Y sucederá que toda alma que no escuche a ese profeta será eliminada de entre el pueblo", le hacen una tercera pregunta: no si es un profeta, sino si es el Profeta. Ahora bien, no aplicaban este nombre al Cristo, sino que suponían que el Profeta era una figura distinta del Cristo. Juan, por el contrario, que sabía que aquel de quien era precursor era a la vez el Cristo y el Profeta anunciado de ese modo, respondió "No"; mientras que, si le hubieran preguntado si era un profeta, habría respondido "Sí", pues sabía muy bien que lo era. Con todas estas respuestas aún no había concluido el segundo testimonio de Juan acerca de Cristo: todavía debía dar a sus interrogadores la respuesta que llevarían a quienes los habían enviado y declararse mediante los términos de la profecía de Isaías, que dice: "Voz de uno que clama en el desierto: preparad el camino del Señor".
VI, 5
Aquí se plantea la cuestión de si el segundo testimonio concluye en ese punto y hay un tercero, dirigido a quienes fueron enviados por los fariseos. Estos querían saber por qué bautizaba si no era ni el Cristo, ni Elías, ni el Profeta; y él respondió: "Yo bautizo con agua; pero entre vosotros está uno a quien no conocéis, el que viene después de mí, a quien no soy digno de desatar la correa del calzado". ¿Es este un tercer testimonio, o lo que debían comunicar a los fariseos forma parte del segundo? En la medida en que las palabras me permiten conjeturarlo, diría que lo dicho a los emisarios de los fariseos constituye un tercer testimonio. Conviene observar, sin embargo, que el primero afirma la divinidad del Salvador; el segundo despeja las sospechas de quienes dudaban si Juan podía ser el Cristo; y el tercero declara que ya estaba entre los hombres alguien a quien ellos no veían y cuya venida ya no era futura. Antes de pasar a los testimonios siguientes, en los que señala a Cristo y da testimonio de Él, examinemos palabra por palabra el segundo y el tercero, y observemos, en primer lugar, que se envían dos embajadas al Bautista: una "desde Jerusalén", por parte de los judíos, que mandan sacerdotes y levitas a preguntarle "¿Quién eres?"; la segunda, enviada por los fariseos, que dudaban de la respuesta dada a los sacerdotes y levitas. Observa cómo lo que dicen los primeros enviados concuerda con la condición de sacerdotes y levitas, y manifiesta mansedumbre y disposición a aprender. "¿Quién eres?", preguntan; luego: "¿Qué, pues? ¿Eres Elías?" y "¿Eres tú el Profeta?"; y finalmente: "¿Quién eres, para que demos una respuesta a quienes nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo?". Nada hay de áspero ni arrogante en sus preguntas; todo corresponde al carácter de verdaderos y diligentes servidores de Dios, y no ponen reparos a las respuestas que reciben. En cambio, los enviados por los fariseos arremeten, por así decirlo, contra el Bautista con palabras arrogantes y faltas de comprensión: "¿Por qué, pues, bautizas, si no eres el Cristo, ni Elías, ni el Profeta?". Esta misión apenas parece enviada para obtener información, como la anterior de los sacerdotes y levitas, sino más bien para impedir que el Bautista bautizara, como si se pensara que nadie salvo el Cristo, Elías o el Profeta tenía derecho a hacerlo. Quien desee comprender la Escritura debe proceder siempre con este cuidado: ha de preguntarse, respecto de cada intervención, quién habla y en qué ocasión. Solo así podemos discernir cómo concuerdan las palabras con el carácter de quien las pronuncia, como sucede a lo largo de los libros sagrados.
VI, 6
Entonces los judíos enviaron desde Jerusalén sacerdotes y levitas a preguntarle: "¿Quién eres?". Y él confesó y no negó; confesó: "Yo no soy el Cristo". ¿Qué emisarios debían enviar los judíos a Juan y desde dónde debían enviarlos? ¿No debían ser hombres a quienes se consideraba elevados por elección de Dios sobre sus semejantes, y no debían proceder del lugar elegido entre toda la tierra, aunque toda ella sea llamada buena, de Jerusalén, donde estaba el templo de Dios? Con tal honor, pues, interrogan a Juan. No se refiere que los judíos hicieran nada semejante con Cristo; pero lo que los judíos hacen con Juan, Juan lo hace con Cristo, al enviar a sus propios discípulos a preguntarle: "¿Eres tú el que ha de venir, o esperamos a otro?". Juan confiesa ante los enviados y no niega; después declara: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto"; pero Cristo, que cuenta con un testimonio mayor que el de Juan el Bautista, responde con palabras y obras, diciendo: "Id y contad a Juan lo que oís y veis: los ciegos recobran la vista, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los sordos oyen y a los pobres se les anuncia el Evangelio". Sobre este pasaje me extenderé, si Dios lo permite, en el lugar oportuno. Aquí, sin embargo, cabría preguntar con toda razón por qué Juan responde de ese modo a la pregunta que se le hace. Los sacerdotes y levitas no le preguntan "¿Eres tú el Cristo?", sino "¿Quién eres?", y la respuesta del Bautista a esta pregunta debería haber sido "Soy la voz de uno que clama en el desierto". La respuesta apropiada a "¿Eres tú el Cristo?" es "Yo no soy el Cristo"; y a "¿Quién eres?", "La voz de uno que clama en el desierto". A esto podemos responder que probablemente percibió en la pregunta de los sacerdotes y levitas una cautelosa reverencia: esta los llevó a insinuar la idea que tenían en mente, que quien bautizaba podía ser el Cristo, pero les impidió decirlo abiertamente, lo que habría podido parecer presuntuoso. Así pues, es natural que comience por disipar cualquier falsa impresión que se hubieran formado acerca de él y declare públicamente la verdad del asunto: "Yo no soy el Cristo". Su segunda pregunta, y también la tercera, muestran que habían concebido alguna sospecha de ese género. Suponían que podía ser aquel otro personaje al que apuntaban sus esperanzas, el segundo en dignidad, es decir, Elías, a quien atribuían el lugar inmediatamente posterior al Cristo; por eso, cuando Juan respondió "Yo no soy el Cristo", preguntaron: "¿Qué, pues? ¿Eres Elías?". Y él dijo: "No lo soy". Quieren saber, en tercer lugar, si es el Profeta y, ante su respuesta "No", ya no les queda ningún nombre que dar al personaje cuya venida esperaban, y dicen: "¿Quién eres, pues, para que demos una respuesta a quienes nos enviaron? ¿Qué dices de ti mismo?". Quieren decir: "Afirmas que no eres ninguno de los personajes cuya venida Israel espera y aguarda, y no sabemos quién eres para bautizar como lo haces; dínoslo, por tanto, para que podamos informar a quienes nos enviaron a aclarar este punto". Añadamos, puesto que guarda cierta relación con el contexto, que al pueblo lo movía la idea de que se acercaba el tiempo de la venida de Cristo. En cierto modo, esta era inminente en los años que van desde el nacimiento de Jesús, e incluso desde poco antes, hasta el comienzo de la predicación. De ahí, con toda probabilidad, que, mientras los escribas y los expertos en la ley deducían el tiempo a partir de la Sagrada Escritura y esperaban al que había de venir, Teudas adoptara aquella idea, se presentara como el Mesías y congregara a una multitud considerable; y que, después de él, hiciera lo mismo el célebre Judas de Galilea en los días del censo. Así, la venida del Mesías se esperaba y discutía con mayor fervor, y era natural que los judíos enviaran desde Jerusalén sacerdotes y levitas a Juan para preguntarle "¿Quién eres?" y saber si se declaraba el Cristo.
7. Del nacimiento de Juan y de su supuesta identidad con Elías. De la doctrina de la transcorporación
VI, 7
"Y le preguntaron: ¿Qué, pues? ¿Eres Elías? Y él dijo: No lo soy". Nadie puede dejar de recordar a este respecto lo que Jesús dice de Juan: "Si queréis aceptarlo, este es Elías, el que ha de venir". ¿Cómo, entonces, puede Juan responder "No lo soy" a quienes le preguntan "¿Eres Elías?"? ¿Y cómo puede ser verdad al mismo tiempo que Juan sea Elías, el que ha de venir, según las palabras de Malaquías: "Y he aquí que os envío a Elías el tesbita antes de que llegue el día grande y señalado del Señor; él hará volver el corazón del padre hacia el hijo y el corazón del hombre hacia su prójimo, no sea que yo venga y hiera por completo la tierra"? También las palabras del ángel del Señor que se apareció a Zacarías, cuando este estaba a la derecha del altar del incienso, tienen un sentido semejante al de la profecía de Malaquías: "Tu esposa Isabel te dará un hijo y le pondrás por nombre Juan". Y poco después: "Irá delante de Él con el espíritu y la potestad de Elías, para volver los corazones de los padres hacia los hijos y a los desobedientes hacia la sabiduría de los justos, a fin de preparar para el Señor un pueblo dispuesto para Él". Respecto del primer punto, podría decirse que Juan no sabía que era Elías. Esta será la explicación de quienes encuentran en nuestro pasaje apoyo para su doctrina de la transcorporación, según la cual el alma se reviste de un cuerpo nuevo y no recuerda del todo sus vidas anteriores. Estos pensadores señalarán también que algunos judíos daban su asentimiento a tal doctrina cuando hablaban del Salvador como si fuera uno de los antiguos profetas y hubiera resucitado, no saliendo de la tumba, sino al nacer. Su madre María era bien conocida, y se suponía que José, el carpintero, era su padre; aun así, fácilmente podía suponerse que era uno de los antiguos profetas resucitado de entre los muertos.
Quien sostenga esa posición aducirá asimismo el texto del Génesis: "Destruiré toda la resurrección", y con ello pondrá en grandes dificultades, respecto de esta doctrina, a quienes se dedican a buscar en la Escritura soluciones para argumentos falsos pero verosímiles. Otro, sin embargo, un hombre de la Iglesia que rechaza por falsa la doctrina de la transcorporación y no admite que el alma de Juan fuera alguna vez la de Elías, podrá apelar a las palabras del ángel antes citadas y señalar que, al hablar del nacimiento de Juan, no se menciona el alma de Elías, sino su espíritu y su potestad. "Irá delante de Él —se dice— con el espíritu y la potestad de Elías, para volver los corazones de los padres hacia los hijos". Ahora bien, puede demostrarse mediante millares de textos que el espíritu es cosa distinta del alma y que lo que se llama potestad es distinto tanto del alma como del espíritu. No puedo extenderme ahora sobre estas cuestiones; no conviene que esta obra se dilate en exceso. Para establecer que la potestad es distinta del espíritu, bastará citar el texto: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la potestad del Altísimo te cubrirá con su sombra". En cuanto a los espíritus de los profetas, Dios se los concede y se habla de ellos como si fueran, en cierto modo, propiedad suya —siervos suyos—, como en "Los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas" y "El espíritu de Elías reposó sobre Eliseo". Así pues, se dirá que no hay nada absurdo en suponer que Juan, "con el espíritu y la potestad de Elías", volvió los corazones de los padres hacia los hijos y que, por causa de ese espíritu, fue llamado "Elías, el que había de venir". Y, para reforzar esta opinión, puede argumentarse que, si el Dios del universo se identificó con sus santos hasta tal punto que fue llamado Dios de Abrahán, Dios de Isaac y Dios de Jacob, con mayor razón podría el Espíritu Santo identificarse con los profetas hasta ser llamado espíritu de ellos, de modo que, cuando se habla del espíritu, pueda tratarse del espíritu de Elías o del espíritu de Isaías. Nuestro hombre de la Iglesia, prosiguiendo su razonamiento, podrá decir además que quienes supusieron que Jesús era uno de los profetas resucitados de entre los muertos probablemente fueron inducidos a error, en parte por la doctrina mencionada y en parte por suponer que Él era uno de los profetas; y que, en cuanto a esta idea equivocada, probablemente incurrieron en ella por desconocer quiénes eran el supuesto padre de Jesús y su verdadera madre, y por creer que se había levantado de las tumbas. En cuanto al texto del Génesis sobre la resurrección, el hombre de la Iglesia replicará con otro texto de sentido contrario: "Dios me ha suscitado otra descendencia en lugar de Abel, a quien mató Caín", mostrando así que en el Génesis aparece la resurrección. Respecto de la primera dificultad planteada, responderá a quienes creen en la transcorporación diciendo que Juan es sin duda, en cierto sentido, como ya ha mostrado, Elías, el que ha de venir; y que respondió "No lo soy" a la pregunta de los sacerdotes y levitas porque adivinó qué pretendían al formularla. Pues la pregunta que los sacerdotes y levitas hicieron a Juan no buscaba averiguar si ambos tenían el mismo espíritu, sino si Juan era aquel mismo Elías que había sido arrebatado y que ahora aparecía conforme a la expectativa de los judíos, sin haber nacido —pues quizá los emisarios no sabían nada del nacimiento de Juan—; a una pregunta semejante respondió, como era natural, "No lo soy", porque el llamado Juan no era Elías, el que había sido arrebatado, ni había cambiado de cuerpo para aparecer ahora. Nuestro primer estudioso, cuya interpretación del pasaje en favor de la transcorporación hemos visto, puede seguir examinando atentamente el texto y objetar a su adversario que, si Juan era hijo de un hombre como el sacerdote Zacarías y nació cuando sus padres eran ya ancianos, contra toda expectativa humana, no es probable que tantos judíos de Jerusalén lo ignoraran, ni que los sacerdotes y levitas enviados por ellos desconocieran las circunstancias de su nacimiento. ¿No declara Lucas que "el temor se apoderó de todos los que vivían en los alrededores" —evidentemente, en los alrededores de Zacarías e Isabel— y que "todas estas cosas se divulgaron por toda la región montañosa de Judea"? Y si el nacimiento de Juan, hijo de Zacarías, era de conocimiento común y, pese a ello, los judíos de Jerusalén enviaron sacerdotes y levitas a preguntarle "¿Eres Elías?", queda claro que, al hacerlo, daban por verdadera la doctrina de la transcorporación, que era una doctrina corriente en su país y no ajena a sus enseñanzas reservadas.
Juan dice, por tanto, "No soy Elías", porque no sabe nada de su propia vida anterior. Estos pensadores sostienen, en consecuencia, una opinión que de ningún modo debe despreciarse. Nuestro defensor de la Iglesia, sin embargo, puede volver a la carga y preguntar si sería digno de un profeta iluminado por el Espíritu Santo, anunciado por Isaías y cuyo nacimiento fue predicho antes de que tuviera lugar por un ángel tan insigne; de alguien que ha recibido de la plenitud de Cristo, participa de semejante gracia, sabe que la verdad ha venido por Jesucristo y ha enseñado cosas tan profundas acerca de Dios y del Unigénito, que está en el seno del Padre: ¿sería digno de alguien así mentir o siquiera vacilar por ignorar quién era? Pues, con respecto a lo que le resultaba oscuro, debería haberse abstenido de confesarlo, sin afirmar ni negar la proposición que se le planteaba. Si la doctrina de que hablamos estaba realmente muy difundida, ¿no debería Juan haber vacilado antes de pronunciarse sobre ella, por si su alma hubiese estado efectivamente en Elías? Y aquí nuestro defensor de la Iglesia apelará a la historia y pedirá a sus adversarios que pregunten a los conocedores de las doctrinas secretas de los hebreos si de veras profesan tal creencia. Pues, si resulta que no la profesan, quedará demostrado que el argumento fundado en esa suposición carece por completo de base. Nuestro defensor de la Iglesia, no obstante, aún puede recurrir a la solución antes propuesta e insistir en que se atienda al sentido con que se formuló la pregunta. Porque, si, como he mostrado, quienes los enviaron sabían que Juan era hijo de Zacarías e Isabel, y si los mensajeros, más aún, por pertenecer a una estirpe sacerdotal, no podían ignorar el modo extraordinario en que su pariente Zacarías había recibido a su hijo, ¿qué sentido podía tener su pregunta: "¿Eres tú Elías?"? ¿Acaso no habían leído que Elías había sido arrebatado al cielo, y no esperaban que apareciese? Así pues, dado que esperan que Elías venga en la consumación antes que Cristo, y que Cristo lo siga, tal vez su pregunta tuviera un sentido menos literal que figurado: ¿Eres tú quien anuncia de antemano la palabra que ha de venir antes de Cristo, en la consumación? A esto responde él, con toda propiedad: "No lo soy". El adversario, sin embargo, intenta demostrar que los sacerdotes no podían ignorar que el nacimiento de Juan había ocurrido de manera tan extraordinaria, porque "de todas estas cosas se había hablado mucho en la región montañosa de Judea"; y nuestro defensor de la Iglesia ha de responder a ello. Lo hace mostrando que también circulaba un error semejante acerca del propio Salvador, pues "unos decían que era Juan el Bautista; otros, Elías; otros, Jeremías o uno de los profetas". Así se lo dijeron los discípulos al Señor cuando se encontraba en la región de Cesarea de Filipo y les preguntó por el asunto. También Herodes dijo: "Juan, a quien yo decapité, ha resucitado de entre los muertos"; de modo que parece no haber sabido lo que se decía de Cristo, según refiere el Evangelio: "¿No es este el hijo del carpintero? ¿No se llama María su madre, y sus hermanos Santiago, José, Simón y Judas? Y sus hermanas, ¿no están todas entre nosotros?". Así, en el caso del Salvador, mientras muchos sabían que había nacido de María, otros estaban equivocados acerca de él; y, del mismo modo, en el caso de Juan, nada tiene de extraño que, mientras unos sabían que había nacido de Zacarías, otros dudasen si el esperado Elías había aparecido en él o no. No había más motivo para dudar si Juan era Elías que para dudar si el Salvador era Juan. De las dos cuestiones, la relativa al aspecto exterior de Elías podía resolverse por las palabras de la Escritura, aunque no por observación directa, pues leemos: "Era un hombre cubierto de pelo y ceñido a la cintura con un cinturón de cuero". El aspecto exterior de Juan, por el contrario, era bien conocido y no se parecía al de Jesús; y, sin embargo, hubo quienes conjeturaron que Juan había resucitado de entre los muertos y adoptado el nombre de Jesús. En cuanto al cambio de nombre, asunto que nos recuerda ciertos misterios, no sé cómo llegaron los hebreos a contar acerca de Finees, hijo de Eleazar —quien, según se admite, prolongó su vida hasta la época de muchos de los jueces, como leemos en el Libro de los Jueces—, lo que ahora voy a mencionar. Dicen que era Elías, porque se le había prometido la inmortalidad —en Números— en virtud de la alianza de paz que se le concedió por haber mostrado un celo divino y haber atravesado, movido por la ira, a la mujer madianita y al israelita, deteniendo así lo que se llama la ira de Dios, como está escrito: "Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, ha apartado mi ira de los hijos de Israel, porque ha tenido entre ellos el mismo celo que yo". No es extraño, pues, que quienes consideraban que Finees y Elías eran una misma persona —juzgasen en ello acertadamente o no, pues esa no es ahora la cuestión— considerasen también que Juan y Jesús eran la misma persona. Esto, por tanto, era lo que les suscitaba dudas, y deseaban saber si Juan y Elías eran el mismo. En otro momento, esta cuestión exigiría sin duda una investigación detenida, y habría que sopesar cuidadosamente los argumentos acerca de la esencia del alma, del principio de su composición y de su entrada en este cuerpo de tierra. Tendríamos también que indagar cómo se distribuye la vida de cada alma, cómo parte de esta vida, si le es posible entrar o no en una segunda vida en un cuerpo, y si ello sucede en todos los casos en el mismo período y conforme a la misma disposición; asimismo, si entra en el mismo cuerpo o en otro distinto y, si es el mismo, si el sujeto permanece idéntico mientras cambian las cualidades, o si permanecen idénticos tanto el sujeto como las cualidades, y si el alma se servirá siempre del mismo cuerpo o lo cambiará. Junto con estas preguntas, sería necesario examinar qué es la transcorporación, en qué difiere de la incorporación y si quien sostiene la transcorporación debe necesariamente sostener que el mundo es eterno. También han de tenerse en cuenta las opiniones de los estudiosos que consideran que, según las Escrituras, el alma es sembrada junto con el cuerpo, y examinar las consecuencias de tal parecer. En efecto, el asunto del alma es vasto y difícil de desenredar, y debe reconstruirse a partir de expresiones dispersas de la Escritura. Requiere, por tanto, un tratamiento aparte. Baste ahora la breve consideración del problema a la que nos ha llevado la relación entre Elías y Juan; pasemos a lo que sigue en el Evangelio.
VI, 8
"¿Eres tú el profeta? Y él respondió: No". Si la ley y los profetas llegaron hasta Juan, ¿qué podemos decir que era Juan sino un profeta? Su padre Zacarías, en efecto, lleno del Espíritu Santo y profetizando, dice: "Y tú, niño, serás llamado profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor para preparar sus caminos". (Ciertamente, se podría eludir este pasaje haciendo hincapié en la palabra "llamado": se dice que será llamado profeta, no que lo será). Y tiene aún mayor peso que el Salvador dijera a quienes tenían a Juan por profeta: "Pero ¿qué salisteis a ver? ¿A un profeta? Sí, os digo, y a más que un profeta". Las palabras "Sí, os digo" afirman manifiestamente que Juan es profeta, y esto no se niega después en ninguna parte. Si, pues, el Salvador dice que no es solo profeta, sino "más que un profeta", ¿cómo es que, cuando vienen los sacerdotes y levitas y le preguntan "¿Eres tú el Profeta?", responde que no? Sobre esto debemos señalar que no es lo mismo decir "¿Eres tú el Profeta?" que "¿Eres tú un profeta?". Ya hemos observado la distinción entre ambas expresiones al preguntarnos cuál era la diferencia entre "el Dios" y "Dios", y entre "el Logos" y "Logos". Ahora bien, está escrito en el Deuteronomio: "El Señor vuestro Dios os suscitará un profeta semejante a mí; a él escucharéis, y toda alma que no escuche a ese profeta será excluida de su pueblo". Se esperaba, por tanto, a un profeta en particular que se asemejara a Moisés por mediar entre Dios y el pueblo y por recibir de Dios una nueva alianza para entregarla a quienes aceptasen su enseñanza; y, ante cada uno de los profetas, el pueblo de Israel reconocía que no era aquel de quien había hablado Moisés. Así pues, del mismo modo que dudaban si Juan sería el Cristo, dudaban si podría ser el profeta. Y no es extraño que quienes dudaban si Juan era el Cristo no comprendieran que el Cristo y el profeta son la misma persona; su duda acerca de Juan implicaba necesariamente que no tenían claro este punto. Ahora bien, la diferencia entre "el profeta" y "un profeta" ha escapado a la atención de la mayoría de los estudiosos; tal es el caso de Heracleón, quien dice, con estas mismas palabras: "Así pues, Juan confesó que no era el Cristo, ni siquiera un profeta, ni Elías". Si interpretaba así las palabras que tenemos delante, debería haber examinado los diversos pasajes para ver si, al decir que no es profeta ni Elías, dice o no la verdad. Sin embargo, no presta atención a esos pasajes y, en el resto de sus comentarios, pasa por alto tales cuestiones sin investigarlas. También más adelante sus observaciones, de las que enseguida tendremos que hablar, son muy escasas y no dan testimonio de un estudio cuidadoso.