II, 19
En cuanto a quienes elaboran una mitología acerca de los eones y los disponen en sizigias —yugos o parejas—, y consideran que el Logos y la Vida fueron emanados del Intelecto y la Verdad, quizá no esté fuera de lugar exponer las siguientes dificultades. ¿Cómo puede la vida, que en su sistema forma pareja con el Verbo, recibir su origen de su compañero? Pues dice: "Lo que fue hecho en él" —refiriéndose evidentemente al Verbo, mencionado inmediatamente antes— "era vida". ¿Nos dirán cómo la vida, compañera, según ellos, del Verbo, llegó a existir en el Verbo, y por qué es la vida, antes que el Verbo, la luz de los hombres? Sería muy natural que personas de mente racional, desconcertadas por tales preguntas y a quienes resulte difícil resolver la cuestión que hemos planteado, se volvieran hacia nosotros y nos invitaran a examinar por qué no se dice que el Verbo es la luz de los hombres, sino que lo es la vida originada en el Verbo. A tal pregunta responderemos que la vida de la que aquí se habla no es la común a los seres racionales y a los irracionales, sino aquella que se añade a nosotros cuando la razón alcanza su plenitud en nuestro interior, y nuestra participación en esa vida procede de la razón primera (Logos). Es cuando nos apartamos de la vida que solo en apariencia, y no en verdad, es vida, y anhelamos ser colmados de la vida verdadera, cuando llegamos a participar de ella; y, una vez que surge en nosotros, se convierte en el fundamento de la luz del conocimiento superior (gnosis). En algunos, los que no se esfuerzan por investigar las cosas propias del conocimiento superior, puede ser que esta vida sea luz solo en potencia y no en acto; en otros, en cambio, es luz en acto. Así sucede manifiestamente con quienes siguen la exhortación de Pablo: "Aspirad con empeño a los mejores dones"; y entre los mayores dones se encuentra aquel que todos son exhortados a buscar, a saber, la palabra de sabiduría, a la que sigue la palabra de conocimiento. Esta sabiduría y este conocimiento se hallan uno junto al otro; no es esta la ocasión adecuada para indagar en qué se diferencian.
II, 20
"Y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han alcanzado". Seguimos indagando acerca de la luz de los hombres, pues de ella se hablaba en el versículo anterior, y también, a mi juicio, acerca de las tinieblas, nombradas como su adversario, que son asimismo, si es correcta su definición, las tinieblas de los hombres. La luz de los hombres es una noción general que comprende dos cosas particulares; y lo mismo ocurre con las tinieblas de los hombres. Quien ha obtenido la luz de los hombres y participa de sus rayos realizará las obras de la luz y conocerá en el sentido superior, iluminado por la luz del conocimiento superior. Y debemos reconocer el caso análogo de quienes se hallan del otro lado, de sus malas acciones y de aquello que se tiene por conocimiento sin serlo en realidad, puesto que quienes lo ejercen poseen la razón (Logos), no de la luz, sino de las tinieblas. Y porque la palabra sagrada conoce las cosas que producen luz, Isaías dice: "Porque tus mandamientos son una luz sobre la tierra", y David dice en el salmo: "El precepto del Señor es claro e ilumina los ojos". Pero, puesto que además de los mandamientos y los preceptos existe una luz de conocimiento superior, leemos en uno de los doce profetas: "Sembrad para vosotros justicia, cosechad para vosotros el fruto de la vida, encended para vosotros la luz del conocimiento". Hay una luz de conocimiento añadida a los mandamientos; por eso leemos "Encended para vosotros", no simplemente una luz, sino ¿qué luz? La luz del conocimiento. Pues si cualquier luz que un hombre enciende para sí mismo fuera luz de conocimiento, las palabras añadidas "Encended para vosotros la luz del conocimiento" carecerían de sentido. Y que las tinieblas caen sobre los hombres a causa de sus malas acciones lo aprendemos del propio Juan, cuando dice en su epístola: "Si decimos que tenemos comunión con él y caminamos en tinieblas, mentimos y no practicamos la verdad"; y también: "El que dice estar en la luz y odia a su hermano está todavía en tinieblas"; y, de nuevo: "El que odia a su hermano está en tinieblas, camina en tinieblas y no sabe adónde va, porque las tinieblas le han cegado los ojos". Caminar en tinieblas significa obrar mal; y odiar al propio hermano, ¿no es apartarse de lo que propiamente se llama conocimiento? Pero también quien ignora las cosas divinas camina en tinieblas, precisamente por esa ignorancia; como dice David: "No supieron, no entendieron; caminan en tinieblas".
Considerad, sin embargo, este pasaje: "Dios es luz y en él no hay tiniebla alguna", y ved si la razón de esta expresión no será que las tinieblas no son una sola cosa, sino dos, porque hay dos clases de ellas, o muchas, porque se consideran distributivamente, una por una, en relación con las numerosas malas acciones y las numerosas doctrinas falsas; de modo que hay muchas tinieblas, ninguna de las cuales se encuentra en Dios. No podrían decirse del Santo las palabras del Salvador "Vosotros sois la luz del mundo", pues el Santo es luz del mundo —en sentido absoluto, no particular— y en él no hay tiniebla alguna.
II, 21
Ahora bien, alguien preguntará cómo puede considerarse peculiar de Él la afirmación de que no hay tinieblas en Él, si tenemos en cuenta que tampoco el Salvador tuvo pecado alguno. ¿No podría decirse también de Él que "es luz y que no hay tinieblas en Él"? La diferencia entre ambos casos ha quedado expuesta en parte más arriba. Sin embargo, iremos ahora un paso más allá y añadiremos que, si Dios hizo pecado por nosotros a Cristo, que no conoció pecado, no podría decirse de Él que no hubiera tinieblas en Él. Pues si Jesús vino en semejanza de carne de pecado y por causa del pecado, y condenó el pecado al asumir la semejanza de la carne de pecado, no puede afirmarse de Él, de manera absoluta y directa, que no hubiera tinieblas en Él. Podemos añadir que "tomó nuestras flaquezas y cargó con nuestras enfermedades", tanto las flaquezas del alma como las enfermedades del hombre oculto de nuestro corazón. A causa de esas flaquezas y enfermedades que apartó de nosotros al cargarlas sobre sí, declara que su alma está triste y profundamente turbada; y en Zacarías se dice que se vistió con ropas sucias, de las cuales, cuando estaba a punto de quitárselas, se dice que son pecados: "Mira, se dice, he quitado tus pecados". Porque había tomado sobre sí los pecados del pueblo, de quienes creían en Él, emplea muchas expresiones como estas: "Lejos de mi salvación están las palabras de mis transgresiones", y "Tú conoces mi insensatez, y mis pecados no se te ocultaron". Y que nadie suponga que decimos esto por falta de piedad hacia el Cristo de Dios; pues, así como solo el Padre tiene inmortalidad y nuestro Señor asumió, por amor a los hombres, la muerte que por nosotros murió, así también solo al Padre se aplican las palabras "En Él no hay tinieblas", puesto que Cristo asumió, por su benevolencia hacia los hombres, nuestras tinieblas. Lo hizo para destruir con su potestad nuestra muerte y disipar las tinieblas que hay en nuestra alma, de modo que se cumpliera lo dicho en Isaías: "El pueblo que estaba sentado en tinieblas vio una gran luz". Esta luz, que llegó a existir en el Logos y es también vida, resplandece en las tinieblas de nuestras almas; y ha llegado allí donde los gobernantes de estas tinieblas combaten contra el género humano y procuran someter a las tinieblas a quienes no se mantienen firmes con todas sus fuerzas. Para que fueran iluminados ha llegado tan lejos la luz, y para que fueran llamados hijos de la luz. Y, al resplandecer en las tinieblas, esta luz es perseguida por ellas, pero no alcanzada.
II, 22
Si alguien considera que añadimos algo que no está escrito, a saber, que las tinieblas persiguieron la luz, piense que, de no haberla perseguido, las palabras "Las tinieblas no la alcanzaron" carecerían de sentido. Juan escribe para quienes tienen discernimiento suficiente para advertir lo que se omite y suplirlo según lo exige el contexto; por eso escribió: "Las tinieblas no la alcanzaron". Si no la alcanzaron, necesariamente tuvieron que perseguirla primero; y que las tinieblas persiguieron la luz resulta claro por lo que padeció el Salvador y también quienes recibieron sus enseñanzas, sus propios hijos, cuando las tinieblas hacían cuanto podían contra los hijos de la luz y pretendían apartar la luz de los hombres. Pero, puesto que, si Dios está por nosotros, nadie, por mucho que lo pretenda, puede estar contra nosotros, cuanto más se humillaban ellos, más crecían, y prevalecían sobremanera. De dos maneras no alcanzaron las tinieblas la luz: o bien quedaron muy atrás y eran tan lentas, mientras que la luz avanzaba con tanta agudeza y rapidez, que ni siquiera pudieron seguirla; o bien, si la luz quiso tender una celada a las tinieblas y, conforme al designio que había concebido, las aguardó, entonces las tinieblas, al acercarse a la luz, llegaron a su fin. En cualquiera de los dos casos, las tinieblas no alcanzaron la luz.
II, 23
En relación con este asunto, es necesario señalar que las tinieblas no deben entenderse en mal sentido cada vez que se las menciona; la Escritura habla a veces de ellas en buen sentido. Quienes sostienen doctrinas heterodoxas no han observado esta distinción y, en consecuencia, han adoptado doctrinas vergonzosísimas acerca del Hacedor del mundo; más aún, se han apartado de Él y se han entregado a ficciones y mitos. Debemos mostrar, por tanto, cómo y cuándo se toma en buen sentido el nombre de tinieblas. En el Éxodo se dice que tinieblas, nubes y tempestad rodean a Dios; y en el salmo decimoséptimo: "Hizo de las tinieblas su escondrijo, su tienda en torno a Él: aguas oscuras en las nubes del aire". En efecto, si uno considera la multitud de reflexiones y conocimientos acerca de Dios que exceden la capacidad de comprensión de la naturaleza humana y acaso la de todos los seres creados, salvo Cristo y el Espíritu Santo, podrá entender por qué Dios está rodeado de tinieblas: porque permanece oculta, en una ignorancia que no sabemos disipar, la explicación de las tinieblas en las que hizo su escondrijo al disponer que cuanto se refiere a Él fuese desconocido e inaccesible al conocimiento. Si alguien se siente desconcertado por estas explicaciones, quizá pueda aceptarlas atendiendo tanto a los "dichos oscuros" como a los "tesoros de las tinieblas", ocultos e invisibles, que Dios entrega a Cristo. A mi juicio, los tesoros de las tinieblas ocultos en Cristo no difieren en absoluto de aquello de lo que se habla en el pasaje "Dios hizo de las tinieblas su escondrijo", ni de lo que se dice del santo: "comprenderá la parábola y el dicho oscuro". Considera si no encontramos aquí la razón de que el Salvador dijera a sus discípulos: "Lo que habéis oído en tinieblas, decidlo a la luz". Los misterios que les confió en secreto, donde pocos podían oírlos, difíciles de conocer y oscuros, les manda darlos a conocer, una vez iluminados y, por ello, situados en la luz, a todo aquel que llegue a ser luz. Podría añadir un rasgo aún más extraño de estas tinieblas que reciben alabanza: se apresuran hacia la luz y la alcanzan; y así, al fin, después de haber sido desconocidas en cuanto tinieblas, experimentan, para quien no percibía su potestad, tal transformación que este llega a conocerlas y a declarar que lo que antes conocía como tinieblas se ha convertido ahora en luz.
II, 24
"Hubo un hombre enviado por Dios, cuyo nombre era Juan". Quien es enviado lo es de algún lugar a otro; por tanto, el estudioso atento indagará desde dónde fue enviado Juan y adónde. El "adónde" resulta patente en el relato: fue enviado a Israel y a quienes estaban dispuestos a escucharlo mientras permanecía en el desierto de Judea y bautizaba a orillas del Jordán. Sin embargo, según el sentido más profundo, fue enviado al mundo, entendiendo por mundo este lugar terrestre donde habitan los hombres; y el estudioso atento tendrá esto presente al indagar desde dónde fue enviado Juan. Si examina más de cerca las palabras, quizá declare que, así como está escrito de Adán: "Y el Señor lo envió fuera del paraíso de delicias para labrar la tierra de la que había sido tomado", también Juan fue enviado desde el cielo, desde el paraíso o desde alguna otra región a este lugar de la tierra. Fue enviado para dar testimonio de la luz. Hay, no obstante, una objeción a esta interpretación que no debe desecharse a la ligera. Está escrito en Isaías: "¿A quién enviaré y quién irá al pueblo?". El Profeta responde: "Aquí estoy; envíame". Quien objete la interpretación de nuestro pasaje que parece más profunda podrá decir, entonces, que Isaías no fue enviado desde otro lugar a este mundo, sino que, después de haber visto "al Señor sentado en un trono alto y elevado", fue enviado al pueblo para decirle: "Oiréis y no entenderéis", y lo que sigue; y que, del mismo modo, Juan, aunque no se narre el comienzo de su misión, es enviado a semejanza de Isaías para bautizar, preparar para el Señor un pueblo dispuesto a recibirlo y dar testimonio de la luz. Esto es cuanto hemos dicho acerca del primer sentido; aduciremos ahora algunas consideraciones que ayudan a confirmar el significado más profundo relativo a Juan. En el mismo pasaje se añade: "Vino para dar testimonio, para dar testimonio de la luz". Ahora bien, si vino, ¿de dónde vino? A quienes les resulte difícil seguirnos, les señalamos lo que Juan dice después acerca de haber visto al Espíritu Santo descender como una paloma sobre el Salvador. "El que me envió —dice— a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas descender y permanecer al Espíritu Santo, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo y con fuego". ¿Cuándo lo envió y le dio esta instrucción? Probablemente se responderá que, cuando lo envió a comenzar a bautizar, aquel que trataba con él le dirigió estas palabras. Pero de la narración de su nacimiento puede extraerse un argumento más convincente en favor de que Juan fue enviado desde otra región cuando entró en el cuerpo, y de que el único fin de su entrada en esta vida era dar testimonio de la verdad. Gabriel, al anunciar a Zacarías el nacimiento de Juan y a María la venida de nuestro Salvador entre los hombres, dice que Juan estará "lleno del Espíritu Santo aun desde el vientre de su madre". Tenemos asimismo estas palabras: "Pues mira, cuando la voz de tu saludo llegó a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi vientre". Quien se guarda escrupulosamente de proceder de manera forzada, casual o caprichosa en su trato con la Escritura debe admitir necesariamente que el alma de Juan era anterior a su cuerpo y subsistía por sí misma antes de ser enviada al ministerio de dar testimonio de la luz. Tampoco debemos pasar por alto el pasaje "Este es Elías, el que ha de venir". Pues si se acepta aquella doctrina general acerca del alma, según la cual esta no es sembrada al mismo tiempo que el cuerpo, sino que existe antes que él y, por diversas causas, es luego revestida de carne y sangre, entonces las palabras "enviado por Dios" no parecerán aplicables solo a Juan. Del más malvado de todos, el hombre de pecado, el hijo de perdición, dice Pablo que es enviado por Dios: "Dios les envía una fuerza de error para que crean la mentira, a fin de que sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacieron en la injusticia". Pero quizá nuestra presente cuestión pueda resolverse así: del mismo modo que todo hombre es hombre de Dios por el mero hecho de que Dios lo creó, aunque no todo hombre recibe el nombre de hombre de Dios, sino solo quien se ha consagrado a Él, como Elías y aquellos a quienes las Escrituras llaman hombres de Dios, también de todo hombre podría decirse, en el lenguaje corriente, que ha sido enviado por Dios; pero, en sentido absoluto, no debe hablarse así de nadie que no haya entrado en esta vida para ejercer un ministerio divino y servir a la salvación de la humanidad. No encontramos que se diga de nadie, salvo de los santos, que ha sido enviado por Dios. Se dice de Isaías, como mostramos antes; también de Jeremías: "A quienquiera que yo te envíe, irás"; y de Ezequiel: "Te envío a naciones rebeldes que no han creído en mí". Sin embargo, estos ejemplos no hablan expresamente de un envío desde una región exterior a la vida hacia la vida y, puesto que indagamos acerca de un envío a la vida, pueden parecer poco pertinentes para nuestro asunto.
Pero nada tiene de absurdo trasladar a nuestra cuestión el argumento que de ellos se deriva. Nos enseñan que solo de los santos —y de ellos hablábamos— se dice que Dios los envía; en este sentido, pueden aplicarse al caso de quienes son enviados a esta vida.
25. Argumento tomado de la oración de José para mostrar que el Bautista pudo haber sido un ángel que se hizo hombre
II, 25
Ya que nos ocupamos de lo que se dice de Juan e indagamos acerca de su misión, puedo aprovechar la ocasión para exponer la opinión que tengo sobre él. Hemos leído esta profecía acerca de él: "Mira, envío a mi mensajero (ángel) delante de tu rostro, el cual preparará tu camino ante ti"; y, al leerla, nos preguntamos si no será uno de los santos ángeles enviado a cumplir este ministerio como precursor de nuestro Salvador. Nada tendría de extraño que, cuando el primogénito de toda la creación asumía un cuerpo humano, algunos de ellos se llenaran de amor por el hombre y, admiradores y seguidores de Cristo, juzgaran bueno servir a su bondad para con los hombres tomando un cuerpo semejante al de estos. ¿Y quién no se conmovería al pensar que saltó de alegría cuando aún estaba en el vientre, sobrepasando así la naturaleza común del hombre? Si se juzga digno de crédito el escrito titulado "La oración de José", una de las obras apócrifas que circulan entre los hebreos, se encontrará en él expresada con claridad esta doctrina. Se presenta a los primeros como poseedores de una distinción señalada por encima de los hombres y muy superiores a las demás almas, porque eran ángeles que descendieron a la naturaleza humana. Así dice Jacob: "Yo, Jacob, que os hablo, e Israel, soy un ángel de Dios, un espíritu rector; Abrahán e Isaac fueron creados antes de toda obra de Dios. Yo soy Jacob, llamado Jacob por los hombres, pero mi nombre es Israel, llamado Israel por Dios, hombre que ve a Dios, porque soy el primogénito de toda criatura a la que Dios dio vida". Y añade: "Cuando venía de Mesopotamia de Siria, Uriel, el ángel de Dios, salió a mi encuentro y dijo: He descendido a la tierra y he establecido mi morada entre los hombres, y por nombre me llaman Jacob. Se encolerizó conmigo y luchó y forcejeó contra mí, diciendo que su nombre y el nombre de Aquel que está antes que todo ángel debían preceder al mío. Y yo le dije su nombre y cuán grande era entre los hijos de Dios: ¿No eres tú Uriel, el octavo después de mí, mientras que yo soy Israel, arcángel de la potestad del Señor y jefe principal entre los hijos de Dios? ¿No soy yo Israel, el primer servidor ante Dios, que invoqué a mi Dios por el nombre inextinguible?". Es probable que Jacob dijera esto realmente y que por ello se pusiera por escrito; y que también haya un significado más profundo en lo que se nos cuenta: "Suplantó a su hermano en el vientre". Considera si puede resolverse la célebre cuestión acerca de Jacob y Esaú. Leemos: "No habiendo nacido aún los hijos ni hecho nada bueno o malo, para que permaneciera el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras, sino por el que llama, se dijo: "El mayor servirá al menor"". Como también está escrito: "Amé a Jacob, pero aborrecí a Esaú".
¿Qué diremos, pues? ¿Hay injusticia en Dios? De ningún modo". Si, por tanto, cuando aún no habían nacido ni hecho nada bueno o malo, para que permaneciera el propósito de Dios conforme a la elección, no por las obras, sino por el que llama, se dijo esto en aquel momento, ¿cómo, si no nos remontamos a las obras realizadas antes de esta vida, puede afirmarse que no hay injusticia en Dios cuando el mayor sirve al menor y es aborrecido por Dios antes de haber hecho nada que merezca servidumbre u odio? Nos hemos desviado un tanto al introducir este relato sobre Jacob y apelar a un escrito que difícilmente podemos despreciar; pero sin duda añade peso a nuestro argumento acerca de Juan: que, según declara la voz de Isaías, es un ángel que asumió un cuerpo para dar testimonio de la luz. Baste esto acerca de Juan considerado como hombre.
II, 26
Sabemos, ahora bien, que la voz y la palabra son cosas distintas. La voz puede producirse sin significado alguno y sin contener palabra; asimismo, la palabra puede presentarse a la mente sin voz, como sucede cuando discurrimos mentalmente en nuestro interior. Así, el Salvador, bajo uno de sus aspectos, es palabra, y Juan se distingue de Él: pues, así como el Salvador es palabra, Juan es voz. El propio Juan me invita a considerarlo de este modo, ya que, a quienes le preguntaron quién era, respondió: "Yo soy la voz de uno que clama en el desierto: ¡Preparad el camino del Señor! ¡Enderezad sus sendas!". Esto explica quizá por qué Zacarías perdió la voz al anunciarse el nacimiento de la voz que señala al Verbo de Dios, y solo la recobró cuando nació la voz precursora del Verbo. La voz debe ser percibida por los oídos para que después la mente reciba la palabra que aquella expresa. Por ello, Juan es, en cuanto a su nacimiento, un poco mayor que Cristo, pues nuestra voz nos llega antes que nuestra palabra. Pero Juan también señala a Cristo, ya que la voz da expresión a la palabra. Y Cristo es bautizado por Juan, aunque Juan declara que necesita ser bautizado por Cristo; pues entre los hombres la palabra es purificada por la voz, aunque el orden natural es que la palabra purifique la voz que la expresa. En suma, cuando Juan señala a Cristo, es el hombre quien señala a Dios; es la voz la que señala al Salvador incorpóreo, al Verbo.
II, 27
La fuerza que reside en los nombres puede aplicarse a muchas cuestiones, y quizá valga la pena preguntarnos aquí qué significan los nombres de Juan y Zacarías. Los parientes, puesto que la imposición de un nombre no es cosa que deba decidirse a la ligera, desean llamar Zacarías al niño, y les sorprende que Isabel quiera que se llame Juan. Entonces Zacarías escribe: "Su nombre es Juan", y al instante queda libre de su penoso silencio. Al examinar los nombres, encontramos que "Joannes" es "Joa" sin "nes". El Nuevo Testamento da forma griega a los nombres hebreos y los trata como palabras griegas: Jacob se convierte en Jacobus, Symeon en Simon, y Joannes equivale a Joa. Se dice que Zacarías significa "memoria", e Isabel, "juramento de mi Dios" o "fortaleza de mi Dios". Juan vino, pues, al mundo por la gracia de Dios (=Joa=Joannes), y sus padres fueron la Memoria, acerca de Dios, y el Juramento de nuestro Dios, acerca de los padres. Así nació para preparar al Señor un pueblo apto para Él, al término de la Alianza, ya envejecida, que es el término del período sabático. Por ello, no es posible que el descanso posterior al sábado haya tenido su origen en el séptimo día de nuestro Dios; por el contrario, es nuestro Salvador quien, conforme al modelo de su propio descanso, hizo que fuéramos configurados a semejanza de su muerte y, por consiguiente, también de su resurrección.
II, 28
"Vino como testigo para dar testimonio de la luz, a fin de que todos creyeran por medio de él". Algunos disidentes de la doctrina de la Iglesia, hombres que profesan creer en Cristo, han querido afirmar la existencia de otro ser además del Creador, como en efecto lo exige su sistema; por ello, no pueden admitir que los profetas anunciaran su venida al mundo. Procuran, pues, deshacerse de los testimonios de los profetas acerca de Cristo y dicen que el Hijo de Dios no necesita testigos, sino que trae consigo sus propias pruebas: por una parte, las palabras certeras y llenas de potestad que proclamó y, por otra, las obras maravillosas que realizó, suficientes para convencer de inmediato a cualquiera. Dicen entonces: Si se cree a Moisés por su palabra y por sus obras, sin que necesite testigos que lo anuncien de antemano, y si aquellas gentes recibieron a cada uno de los profetas como mensajero de Dios, ¿cómo no habría de cumplir su misión y beneficiar al género humano, sin profetas que dieran testimonio de Él, quien es mucho mayor que Moisés y los profetas? Consideran superfluo que los profetas lo hubieran anunciado, pues, según dirían estos adversarios, los profetas estaban preocupados de que quienes creyeran en Cristo no lo recibieran como a un Dios nuevo, y por eso hicieron cuanto pudieron para conducirlos a aquel mismo Dios del que Moisés y los profetas habían enseñado antes de Jesús. A esto debemos responder que, así como son muchas las causas que pueden llevar a los hombres a creer, pues a quienes no mueve un argumento puede moverlos otro, también Dios puede ofrecerles diversas ocasiones, cualquiera de las cuales puede abrir sus mentes a la verdad de que Dios, que está por encima de todo, ha asumido la naturaleza humana. Para todos resulta manifiesto que algunos llegan, por los escritos proféticos, a admirar a Cristo. Quedan asombrados ante las voces de tantos profetas anteriores a Él, que establecen el lugar de su nacimiento, la región donde se crió, la potestad de su enseñanza, la realización de obras maravillosas y su pasión humana, que culminó en su resurrección. Debemos observar también que los portentos de Cristo pudieron llevar a la fe a quienes vivían en su tiempo, pero que, con el paso de los años, perdieron su fuerza probatoria y comenzaron a ser tenidos por míticos. Mayor valor probatorio que el de los milagros realizados entonces tiene la comparación que hoy hacemos entre esos milagros y las profecías que los anunciaron; esta comparación impide al estudioso poner en duda los primeros. Los testimonios proféticos no anuncian solamente la venida del Mesías: de ningún modo enseñan eso y nada más. Enseñan mucho acerca de Dios. La relación del Padre con el Hijo y del Hijo con el Padre puede conocerse por lo que los profetas anuncian acerca de Cristo no menos que por el relato que hacen los apóstoles de las glorias del Hijo de Dios. Un caso paralelo que podemos aventurarnos a aducir es el de los mártires: fueron honrados por el testimonio que dieron de Él, y de ningún modo le hicieron favor alguno al testificar en favor del Hijo de Dios. ¿Y si, así como muchos verdaderos discípulos de Cristo fueron honrados al tener que dar testimonio de Él de ese modo, también los profetas recibieron de Dios, como don especial, el de comprender a Cristo y anunciarlo de antemano, y enseñaron cómo debían considerar al Hijo de Dios no solo a quienes vivieron después de su venida, sino también a quienes vivieron en las generaciones anteriores? Así como en nuestros tiempos quien no conoce al Hijo tampoco tiene al Padre, así debemos entender que sucedía en aquellos tiempos antiguos. De ahí que "Abrahán se alegró de ver el día de Cristo; lo vio y se regocijó". Por tanto, quien afirma que los profetas no deben dar testimonio acerca de Cristo pretende privar al coro de los profetas del mayor don que poseen; pues ¿qué función de igual importancia le quedaría a la profecía, inspirada como está por el Espíritu Santo, si se le quitara toda relación con la economía divina de nuestro Señor y Maestro? Así como tienen bien ordenada su fe quienes se acercan al Dios del universo por medio del Mediador, Sumo Sacerdote y Paráclito, mientras que es imperfecta la religión de quien no entra al Padre por la puerta, así sucedía también con los hombres de antaño. Su religión era santificada y hecha agradable a Dios por su conocimiento, su fe y su espera de Cristo. Pues hemos observado que Dios se declara testigo y los exhorta a todos a declarar lo mismo acerca de Cristo y a imitarlo, dando testimonio de Él ante cuantos lo requieran. Dice, en efecto: "Sed testigos míos, y yo soy testigo, dice el Señor Dios, y también mi siervo, a quien he escogido". Ahora bien, a todo el que da testimonio de la verdad, ya sea que la sostenga con palabras o con obras, o de cualquier otro modo, puede llamársele propiamente testigo (mártir); pero, como los hermanos admiran a quienes han luchado hasta la muerte por la verdad y con valentía, se ha establecido entre ellos la costumbre de reservar más propiamente el nombre de mártir para quienes han dado testimonio del misterio de la piedad derramando por él su sangre. El Salvador da el nombre de mártir a todo el que da testimonio de la verdad que Él proclama; así, en la Ascensión dice a sus discípulos: "Seréis mis testigos en Jerusalén, en Judea, en Samaria y hasta los confines de la tierra". El leproso que fue purificado todavía tenía que presentar la ofrenda prescrita por Moisés, como testimonio para quienes no creían en Cristo. Del mismo modo, los mártires dan testimonio ante los incrédulos, y también lo dan todos los santos cuyas obras resplandecen ante los hombres. Pasan la vida regocijándose en la cruz de Cristo y dando testimonio de la luz verdadera.
29. Enumeración de los seis testimonios del Bautista. El "venid y ved" de Jesús. Significado de la hora décima
II, 29
Así pues, Juan vino a dar testimonio de la luz y, al darlo, exclamó: "El que viene después de mí existe antes que yo, porque era antes que yo; pues de su plenitud todos hemos recibido, y gracia por gracia, porque la ley fue dada por medio de Moisés, pero la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo. A Dios nadie lo ha visto jamás; el Dios unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer". Todo este discurso procede de la boca del Bautista, que da testimonio de Cristo. Algunos lo entienden de otro modo y consideran que las palabras comprendidas entre "pues de su plenitud" y "Él lo ha dado a conocer" pertenecen al autor, el apóstol Juan. Lo cierto es que el primer testimonio de Juan comienza, como dijimos antes, con "El que viene después de mí" y termina con "Él lo ha dado a conocer"; su segundo testimonio es el que dio a los sacerdotes y levitas enviados desde Jerusalén por los judíos. Ante ellos confiesa, sin negar la verdad, que no es el Cristo, ni Elías, ni el Profeta, sino "la voz de uno que clama en el desierto: Enderezad el camino del Señor, como dice el Profeta Isaías". Después viene otro testimonio del mismo Bautista acerca de Cristo, en el que sigue enseñando su naturaleza superior, que se extiende por el mundo entero y penetra en las almas racionales. Dice: "En medio de vosotros está uno a quien no conocéis: el que viene después de mí, de cuya sandalia no soy digno de desatar la correa". Considera si, puesto que el corazón se encuentra en medio de todo el cuerpo y el principio rector está en el corazón, las palabras "En medio de vosotros está uno a quien no conocéis" pueden entenderse referidas a la razón que hay en cada hombre. El cuarto testimonio de Juan acerca de Cristo, después de estos, señala sus padecimientos humanos. Dice: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquel de quien dije: Después de mí viene un hombre que existe antes que yo, porque era antes que yo. Y yo no lo conocía; pero para que fuese manifestado a Israel he venido bautizando con agua". Y el quinto testimonio está recogido en estas palabras: "Vi al Espíritu descender del cielo como una paloma, y permaneció sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: Aquel sobre quien veas descender y permanecer al Espíritu, ese es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo lo he visto y he dado testimonio de que este es el Hijo de Dios". En sexto lugar, Juan da testimonio de Cristo ante los dos discípulos: "Miró a Jesús mientras caminaba y dijo: He aquí el Cordero de Dios". Después de este testimonio, los dos discípulos que lo oyeron siguieron a Jesús; y Jesús se volvió, los vio siguiéndolo y les dijo: "¿Qué buscáis?". Quizá no carezca de significado que, después de seis testimonios, Juan cese de dar testimonio y Jesús pronuncie, en séptimo lugar, su "¿Qué buscáis?". Muy apropiadas son, en quienes han recibido la ayuda del testimonio de Juan, las palabras con que se dirigen a Cristo como a su Maestro y expresan su deseo de ver la morada del Hijo de Dios; pues le dicen: "Rabí", que en nuestra lengua equivale a "Maestro", "¿dónde moras?". Y como todo el que busca encuentra, cuando los discípulos de Juan buscan la morada de Jesús, Jesús se la muestra diciéndoles: "Venid y ved". Con la palabra "Venid" quizá los exhorta a la parte práctica de la vida, mientras que "ved" les indica que a quienes la deseen les será concedida esa contemplación que sigue a la recta conducta; la hallarán en la morada de Jesús. Después de preguntar dónde moraba Jesús, de seguir al Maestro y de ver, desearon quedarse con Él y pasar aquel día con el Hijo de Dios. Ahora bien, el número diez es sagrado, y no son pocos los misterios que indica; por eso hemos de entender que no carece de significado la mención de la hora décima como aquella en que los discípulos se quedaron con Jesús. Uno de estos discípulos es Andrés, el hermano de Simón Pedro; y este, después de aprovechar aquel día con Jesús y de encontrar a su propio hermano Simón —acaso no lo había encontrado antes—, le dijo que había encontrado al Mesías, que, traducido, es Cristo. Está escrito que "el que busca encuentra". Él había buscado dónde moraba Jesús, lo había seguido y había visto su morada; permanece con el Señor "a la hora décima" y encuentra al Hijo de Dios, al Verbo y a la Sabiduría, y se deja regir por Él como por un Rey. Por eso dice: "Hemos encontrado al Mesías", cosa que puede decir todo el que ha encontrado a este Verbo de Dios y es regido por su divinidad como por un rey. Como fruto de ello, lleva enseguida a su hermano ante Cristo, y Cristo se dignó mirar a Simón, es decir, visitó e iluminó su principio rector al mirarlo; y esa mirada de Jesús permitió a Simón cobrar fortaleza, hasta merecer, por aquella firmeza y fortaleza, un nombre nuevo: Pedro.
II, 30
Cabe preguntar por qué hemos recorrido todo esto si el versículo que tenemos ante nosotros dice: "Vino como testigo para dar testimonio de la luz". Pero era necesario presentar los testimonios de Juan acerca de la luz, mostrar el orden en que tuvieron lugar y, asimismo, para mostrar cuán eficaz resultó su testimonio, exponer la ayuda que este proporcionó después a aquellos ante quienes lo dio. Antes de todos esos testimonios hubo, sin embargo, uno anterior, cuando el Bautista saltó en el vientre de Isabel al oír el saludo de María. Fue un testimonio de Cristo, que atestiguaba su concepción y nacimiento divinos. ¿Y qué más necesito decir? Juan es en todo momento testigo y precursor de Cristo.
Se adelanta a su nacimiento y muere poco antes de la muerte del Hijo de Dios; así, da testimonio no solo para quienes vivían en el momento del nacimiento, sino también para quienes esperaban la liberación que habría de llegar al hombre por la muerte de Cristo. De este modo, durante toda su vida, va un poco por delante de Cristo y en todas partes prepara para el Señor un pueblo dispuesto a recibirlo. Y el testimonio de Juan precede también a la segunda venida de Cristo, más divina, pues leemos: "Si queréis aceptarlo, este es Elías, el que ha de venir. Quien tenga oídos para oír, que oiga". Ahora bien, hubo un principio, en el cual estaba el Verbo —y vimos por los Proverbios que ese principio era la Sabiduría—; el Verbo existía, y en el Verbo llegó a existir la vida, y la vida era la luz de los hombres. Siendo todo esto así, pregunto por qué aquel hombre que vino, enviado por Dios, cuyo nombre era Juan, vino como testigo a dar testimonio especialmente de la luz. ¿Por qué no vino a dar testimonio de la vida, o del Verbo, o del principio, o de cualquiera de los muchos otros aspectos bajo los cuales se presenta Cristo?
Considera aquí los pasajes "El pueblo que estaba sentado en tinieblas vio una gran luz" y "La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la alcanzaron"; y considera cuánto necesitan la luz quienes se hallan en tinieblas, es decir, los hombres. Pues si la luz de los hombres resplandece en las tinieblas y no hay en las tinieblas potestad activa capaz de alcanzarla, entonces debemos participar de otros aspectos de Cristo; por ahora no participamos realmente de Él en absoluto. Pues ¿qué participación tenemos de la vida nosotros, que aún estamos en el cuerpo de muerte y cuya vida está escondida con Cristo en Dios? "Porque cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste, entonces también nosotros nos manifestaremos con Él en gloria". Por tanto, no era posible que quien vino diera testimonio de una vida que aún está escondida con Cristo en Dios. Tampoco vino como testigo para dar testimonio del Verbo, pues conocemos al Verbo que estaba en el principio con Dios y que es Dios Verbo: el Verbo se hizo carne en la tierra. Y aunque el testimonio hubiera versado sobre el Verbo, al menos en apariencia, en realidad habría versado sobre el Verbo hecho carne y no sobre el Verbo de Dios. No vino, por tanto, a dar testimonio del Verbo. ¿Y cómo podría darse testimonio de la Sabiduría ante quienes, aun cuando parezcan saber algo, no pueden comprender la verdad pura, sino que la contemplan a través de un espejo y en un enigma? Es probable, sin embargo, que antes de la segunda venida de Cristo, más divina, Juan o Elías venga a dar testimonio de la vida poco antes de que Cristo, nuestra vida, se manifieste, y que entonces den testimonio del Verbo y ofrezcan también su testimonio acerca de la Sabiduría. Conviene indagar si un testimonio como el de Juan ha de preceder a cada uno de los aspectos de Cristo. Baste esto acerca de las palabras "Vino como testigo para dar testimonio de la luz". Lo que debemos entender por las palabras siguientes, "Para que todos creyeran por medio de él", podrá examinarse más adelante.
Nota: Libro IV solo se conserva en fragmentos; las tres hojas que siguen pertenecen al comienzo.
IV, 1
1. Quien distinga en sí mismo la voz, el significado y las cosas a las que este se refiere no se ofenderá por la tosquedad del lenguaje si, al examinarlo, encuentra que lo dicho es sólido. Tanto más será así si recordamos que los santos varones reconocen que su palabra y su predicación no se apoyan en la persuasión de la sabiduría de las palabras, sino en la demostración del Espíritu y de potestad . . . .
Comentario editorial · De dónde vienen estos fragmentos
Los libros IV y V se perdieron; lo que queda son extractos de la Filocalia, la antología de textos de Orígenes. Según el índice de la traducción inglesa de George Lewis (1911), su capítulo 4 trata «de los solecismos y del estilo pobre de la Escritura», como este fragmento, y el 5, de los «muchos libros», como el del libro V. Las fuentes no coinciden en los compiladores: Wikipedia la atribuye a Basilio el Grande y Gregorio Nacianceno (y recoge que la atribución se discute), mientras que Menzies nombra a Basilio y a Gregorio de Nisa. Las frases en cursiva que unen los fragmentos resumen lo omitido.
Luego, tras hablar de la tosquedad del estilo del Evangelio, prosigue . . . .
IV, 2
2. Los apóstoles no ignoran que en algunas cosas causan escándalo y que, en ciertos aspectos, su formación es deficiente; por eso se confiesan rudos en el hablar, pero no en el conocimiento, pues hemos de considerar que los demás apóstoles también habrían dicho esto, al igual que Pablo. En cuanto a las palabras "Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia de la potestad sea de Dios y no de nosotros", las interpretamos del siguiente modo. Por "tesoros" entendemos aquí, como en otros pasajes, el tesoro del conocimiento (gnosis) y de la sabiduría oculta. Por "vasos de barro" entendemos la humilde expresión de las Escrituras, que el griego tan fácilmente podría llegar a despreciar y en la que tan claramente se manifiesta la excelencia de la potestad de Dios. La humilde expresión no impidió que el misterio de la verdad y la potestad de lo dicho llegaran hasta los confines de la tierra, ni que sometieran a la palabra de Cristo no solo las cosas necias del mundo, sino a veces también las sabias. Pues vemos cuál es nuestra vocación: no es que no haya ningún sabio según la carne, sino que no hay muchos sabios según la carne. Pero Pablo, al predicar el Evangelio, tiene el deber de anunciar la palabra no solo a los bárbaros, sino también a los griegos, y no solo a los faltos de sabiduría, que fácilmente estarían de acuerdo con él, sino también a los sabios. Pues Dios lo hizo idóneo para ser ministro de la Nueva Alianza, valiéndose de la demostración del Espíritu y de potestad, a fin de que, cuando los creyentes le dieran su asentimiento, su fe no se fundara en la sabiduría de los hombres, sino en la potestad de Dios. Porque quizá, si la Escritura poseyera, como las obras que admiran los griegos, elegancia y dominio de la expresión, podría suponerse que no fue su verdad la que se apoderó de los hombres, sino que la aparente coherencia y el esplendor del lenguaje arrebataron a los oyentes, y los arrebataron mediante engaño.
Del prefacio.
V, 1
No os conformáis con hacer de capataz cuando estoy con vos, para obligarme a trabajar en teología; incluso cuando estoy ausente, exigís que dedique la mayor parte de mi tiempo a vos y a la tarea que debo realizar para vos. Yo, por mi parte, me inclino a rehuir el esfuerzo y a evitar el peligro con que Dios amenaza a quienes se entregan a escribir sobre las cosas divinas; por eso, para abstenerme de hacer muchos libros, buscaría amparo en la Escritura. Pues Salomón dice en el Eclesiastés: "Hijo mío, guárdate de hacer muchos libros: no hay fin para ello, y mucho estudio fatiga la carne". Porque nosotros, a menos que ese pasaje tenga algún sentido oculto que aún no percibimos, hemos transgredido directamente el mandato: no nos hemos guardado de hacer muchos libros.
Después de señalar que el examen de apenas unas frases del Evangelio ha ocupado cuatro volúmenes, continúa...
V, 2
Pues, a juzgar por las palabras "Hijo mío, guárdate de hacer muchos libros", parecen indicarse dos cosas: en primer lugar, que no debemos poseer muchos libros, y, en segundo lugar, que no debemos componer muchos libros. Si lo primero no es su sentido, ha de serlo lo segundo; y si lo segundo es su sentido, lo primero no se sigue necesariamente de ello. En cualquier caso, parece que se nos dice que no debemos hacer muchos libros. Podría apoyarme en esta sentencia que ahora se alza ante nosotros, enviárosla como excusa y aducir en defensa de mi postura el hecho de que ni siquiera los santos hallaron tiempo para componer muchos libros; así podría desligarme del acuerdo que establecimos y renunciar a escribir lo que había de enviaros. Vos, por vuestra parte, sin duda reconoceríais la fuerza del pasaje que he citado y podríais excusarme en adelante. Pero debemos tratar la Escritura con escrúpulo, y no felicitarnos por haber comprendido un pasaje por entero solo porque advertimos su sentido primero. Por eso no rehúyo exponer la justificación que creo poder ofrecer en mi defensa ni señalar los argumentos que, con toda seguridad, esgrimiríais contra mí si obrase en contra de nuestro acuerdo. Y, en primer lugar, la historia sagrada parece concordar con el pasaje en cuestión, por cuanto ninguno de los santos compuso varias obras ni expuso sus opiniones en numerosos libros. Examinaré este punto: cuando me disponga a escribir varios libros, el crítico me recordará que incluso alguien como Moisés dejó tras de sí solo cinco.
V, 3
Pero Pablo, hecho apto para ser ministro de la Nueva Alianza, no de la letra, sino del espíritu, y que difundió el Evangelio desde Jerusalén y sus alrededores hasta el Ilírico, no escribió epístolas a todas las iglesias a las que enseñó; y a aquellas a las que sí escribió no les envió más que unas pocas líneas. Y Pedro, sobre quien está edificada la Iglesia de Cristo, contra la cual no prevalecerán las puertas del infierno, dejó una sola epístola de autenticidad reconocida. Supongamos que dejó una segunda, pues esto es dudoso. ¿Qué diremos de aquel que se reclinó sobre el pecho de Jesús, es decir, de Juan, que dejó un solo Evangelio, aunque confesó que podría escribir tantos que el mundo no sería capaz de contenerlos? Escribió también el Apocalipsis, aunque se le ordenó callar y no poner por escrito las voces de los siete truenos. Dejó asimismo una epístola de muy pocas líneas. Supongamos que también dejó una segunda y una tercera, ya que no todos las tienen por auténticas; pero las dos juntas no llegan a cien líneas.
Después de enumerar a los profetas y a los apóstoles, y de mostrar que cada uno escribió poco, o ni siquiera eso, continúa...
V, 4
4. Todo esto me produce vértigo, y me pregunto si, al obedeceros, no habré desobedecido a Dios ni dejado de seguir las huellas de los santos; a menos que mi excesivo afecto por vos y mi deseo de no causaros pena me hayan extraviado y llevado a pensar en todas estas excusas. Partimos de las palabras del Predicador, cuando dice: "Hijo mío, guárdate de hacer muchos libros". Con ellas comparo un dicho de los Proverbios del mismo Salomón: "En la multitud de palabras no escaparás del pecado; pero si refrenas tus labios serás sabio". Pregunto aquí si pronunciar muchas palabras, sean de la índole que sean, constituye una multitud de palabras en el sentido del Predicador, aun cuando las muchas palabras que pronuncie un hombre sean sagradas y se refieran a la salvación. Si así fuera, y si quien emplea muchas palabras saludables incurriera en "multitud de palabras", entonces el propio Salomón no escapó de ese pecado, pues "pronunció tres mil proverbios y cinco mil cánticos, y habló de los árboles, desde el cedro que está en el Líbano hasta el hisopo que brota del muro; habló también de las bestias, las aves, los reptiles y los peces". ¿Cómo, pregunto yo, puede alguien impartir enseñanza alguna sin emplear una multitud de palabras, si entendemos la expresión en su sentido más sencillo? ¿No dice la propia Sabiduría a quienes perecen: "Extendí mis palabras, y no prestasteis atención"? ¿No vemos también a Pablo prolongar su discurso desde la mañana hasta la medianoche, cuando Eutico, vencido por el sueño, cayó, para consternación de los oyentes, que lo creyeron muerto? Si, por tanto, son verdaderas las palabras "En el mucho hablar no escaparás del pecado", y, sin embargo, Salomón no incurrió en grave pecado al discurrir sobre los asuntos mencionados, ni Pablo al prolongar su discurso hasta la medianoche, surge entonces la pregunta: ¿cuál es ese mucho hablar al que se alude? Después podremos pasar a considerar cuáles son los muchos libros. Ahora bien, el Verbo de Dios en su totalidad, que en el principio estaba con Dios, no es un hablar prolijo ni una pluralidad de palabras; pues el Verbo es uno, aunque está compuesto de muchas consideraciones (theoremata), cada una de las cuales es una parte del Verbo en su totalidad. Cuantas palabras haya fuera de este Verbo único que prometan ofrecer alguna descripción y explicación, aunque traten de la verdad, ninguna de ellas, por expresarlo de un modo un tanto paradójico, es Verbo ni Razón: todas son palabras o razones. Lejos de ser la mónada, no poseen esa concordia que hace que algo sea uno en sí mismo; por sus divisiones y conflictos internos han perdido la unidad y se han convertido en números, quizá en números infinitos. Nos vemos obligados, por tanto, a decir que quien habla de lo ajeno a la religión emplea muchas palabras, mientras que quien pronuncia las palabras de la verdad, aunque recorra todo su campo sin omitir nada, pronuncia siempre una sola palabra. Tampoco los santos incurren en el mucho hablar, puesto que tienen siempre a la vista el fin vinculado a esa única palabra. Parece, pues, que el mucho hablar condenado recibe tal nombre más por la índole de las opiniones expuestas que por el número de palabras pronunciadas. Veamos si podemos concluir del mismo modo que todos los libros sagrados son un solo libro, mientras que los ajenos a ellos son los "muchos libros" del Predicador. La prueba de esto debe extraerse de la Sagrada Escritura, y quedará establecida de la manera más satisfactoria si logro mostrar que no encontramos un solo libro —tomando ahora la palabra en su sentido más corriente— que hable de Cristo. De Cristo se escribe incluso en el Pentateuco; de Él se habla en cada uno de los Profetas y en los Salmos y, en una palabra, como dice el propio Salvador, en todas las Escrituras. A todas ellas nos remite cuando dice: "Escudriñad las Escrituras, porque pensáis que en ellas tenéis vida eterna, y ellas son las que dan testimonio de mí". Y si nos remite a las Escrituras como testigos suyos, no nos envía a una de ellas con exclusión de las demás, sino a todas las que hablan de Él, a las que en los Salmos llama el capítulo del libro, diciendo: "En el capítulo del libro está escrito de mí". Si alguien se propone tomar literalmente estas palabras, "En el capítulo del libro está escrito de mí", y aplicarlas a este o aquel pasaje concreto donde se habla de Cristo, que nos diga con qué criterio justifica su preferencia por un libro frente a otro. Si alguien supone que nosotros mismos hacemos algo semejante al aplicar esas palabras al libro de los Salmos, negamos que sea así, y señalamos que, en tal caso, debería haberse dicho: "En este libro está escrito de mí". Pero Él habla de todos los libros como de un solo capítulo, reuniendo así en uno cuanto se dice de Cristo para nuestra instrucción. En efecto, Juan vio el libro "escrito por dentro y por fuera, y sellado; y nadie podía abrirlo para leerlo ni desatar sus sellos, sino el León de la tribu de Judá, la raíz de David, que tiene la llave de David, el que abre y nadie cerrará, y cierra y nadie abrirá". Pues el libro del que aquí se habla es la Escritura entera; y está escrito por dentro (literalmente, por delante) a causa del sentido manifiesto, y por detrás, a causa de su sentido más remoto y espiritual. Considerad, además, si no puede hallarse una prueba de que los escritos sagrados son un solo libro, y los de carácter opuesto muchos, en el hecho de que existe un solo libro de los vivientes, del cual son borrados quienes se han mostrado indignos de figurar en él, según está escrito: "Sean borrados del libro de los vivientes"; mientras que, para quienes han de someterse al juicio, se habla de libros en plural, como dice Daniel: "Se celebró el juicio y se abrieron los libros". También Moisés da testimonio de la unidad del libro sagrado cuando dice: "Si perdonas al pueblo sus pecados, perdónalos; pero, si no, bórrame del libro que has escrito". Del mismo modo leo el pasaje de Isaías. No es algo privativo de su profecía que las palabras del libro estén selladas y no puedan leerlas ni quien no conoce las letras, por desconocerlas, ni quien es instruido, porque el libro está sellado. Esto vale para todo escrito, pues toda obra escrita necesita que la razón (Logos) que la cerró la abra. "Él cerrará, y nadie abrirá"; y, cuando Él abre, nadie puede poner en duda la interpretación que ofrece. De ahí que se diga que Él abrirá y nadie cerrará. Extraigo una enseñanza semejante del libro del que se habla en Ezequiel, en el cual estaban escritos una lamentación, un cántico y un ay. Pues el libro entero está lleno del ay de los perdidos, del cántico de los salvados y de la lamentación de quienes se hallan entre unos y otros. También Juan, cuando habla de comerse el único rollo, escrito por delante y por detrás, se refiere a la Escritura entera: un solo libro que, al principio, resulta dulcísimo cuando uno comienza, por así decirlo, a masticarlo, pero que se vuelve amargo por lo que revela sobre sí mismo a la conciencia de cada cual que llega a conocerlo. Añadiré a esta demostración una expresión apostólica que los discípulos de Marción han entendido de manera completamente errónea y por ello desprecian los Evangelios. Dice el Apóstol: "Según mi Evangelio en Cristo Jesús"; no habla de Evangelios en plural, y de ahí deducen ellos que, puesto que el Apóstol habla de un solo Evangelio en singular, solo existía uno. Pero no advierten que, así como aquel de quien escriben todos los evangelistas es uno, también el Evangelio, aunque escrito por varias manos, es en realidad uno. Y, en efecto, el Evangelio, aunque escrito por cuatro, es uno. De estas consideraciones aprendemos, pues, qué es el libro único y cuáles son los muchos libros; y lo que ahora me preocupa no es cuánto pueda escribir, sino el efecto de lo que digo, no sea que, si fallo en este punto y expongo algo contrario a la verdad misma, aunque sea en uno solo de mis escritos, resulte haber transgredido el mandamiento y ser autor de "muchos libros". Sin embargo, veo que en nuestros días los heterodoxos atacan a la santa Iglesia de Dios so pretexto de una sabiduría superior y presentan obras de muchos volúmenes en las que ofrecen explicaciones de los escritos evangélicos y apostólicos; y temo que, si guardo silencio y no expongo a los nuestros las doctrinas verdaderas y salvadoras, esos maestros puedan atraerse a las almas deseosas de saber, las cuales, faltas de alimento saludable, podrían ir en busca de un manjar prohibido y, en realidad, impuro y horrible. Me parece necesario, por tanto, que quien sea capaz de exponer fielmente la doctrina de la Iglesia y de refutar a esos traficantes del conocimiento falsamente llamado así se enfrente a las ficciones históricas y les oponga el verdadero y sublime mensaje evangélico, en el que aparece con tanta claridad y plenitud la concordancia de las doctrinas contenidas tanto en el llamado Antiguo Testamento como en el llamado Nuevo Testamento. Vos mismo sentisteis en otro tiempo la falta de buenos defensores de la mejor causa y no podíais soportar una fe contraria a la razón y absurda; entonces, por el amor que profesabais al Señor, os entregasteis a escribir, aunque después desististeis de ello haciendo uso del discernimiento de que estáis dotado. Esta es la defensa que, a mi juicio, cabe ofrecer en favor de quienes poseen la facultad de hablar y escribir. Pero también defiendo mi propia causa, pues ahora me dedico, con la osadía de que soy capaz, a la tarea de la exposición; ya que acaso no posea el hábito ni la disposición que debe tener quien ha sido hecho apto por Dios para ser ministro de la Nueva Alianza, no de la letra, sino del espíritu.