38. Se dice que el mundo cuyo pecado es quitado es la Iglesia. Razones para no compartir esta opinión
VI, 38
Hará bien el lector en considerar lo dicho antes e ilustrado desde diversos puntos de vista acerca de qué significa en la Escritura la palabra "mundo"; y juzgo oportuno repetirlo. Sé que cierto erudito entiende por mundo únicamente la Iglesia, puesto que la Iglesia es el ornamento del mundo y es llamada luz del mundo. "Vosotros", dice, "sois la luz del mundo". Ahora bien, el ornamento del mundo es la Iglesia, y su ornamento es Cristo, que es la primera luz del mundo. Debemos considerar si se dice que Cristo es luz del mismo mundo del que lo son sus discípulos. Cuando Cristo es la luz del mundo, quizá se quiere decir que es la luz de la Iglesia; pero, cuando sus discípulos son la luz del mundo, quizá son la luz de otros que invocan al Señor, distintos de los que integran la Iglesia, como dice Pablo a este respecto al comienzo de su primera Epístola a los corintios, donde escribe: "A la Iglesia de Dios, con todos los que invocan el nombre del Señor Jesucristo". Si alguien considera que se llama a la Iglesia luz del mundo, entendiendo por este al resto del género humano, incluidos los incrédulos, esto puede ser cierto si se toma la afirmación en sentido profético y teológico; pero, si ha de referirse al presente, le recordamos que la luz de una cosa ilumina esa cosa y le pedimos que muestre de qué modo el resto del género humano queda iluminado por la presencia de la Iglesia en el mundo. Si quienes sostienen tal opinión no pueden mostrarlo, que consideren entonces si no es acertada nuestra interpretación: que la luz es la Iglesia y el mundo, esos otros que invocan el Nombre.
Las palabras que siguen a las anteriores en Mateo indicarán al investigador atento la interpretación correcta. "Vosotros —se dice— sois la sal de la tierra": se concibe al resto de la humanidad como la tierra, y a los creyentes como su sal; por ellos, que creen, se conserva la tierra. Pues el fin llegará si la sal pierde su sabor y deja de salar y preservar la tierra; ya que está claro que, si se multiplica la iniquidad y se enfría el amor sobre la tierra —como el propio Salvador expresó sus dudas acerca de quienes presenciarían su venida al decir: "Cuando venga el Hijo del Hombre, ¿hallará fe sobre la tierra?"—, llegará entonces el fin de la era. Si, pues, suponemos que a la Iglesia se la llama "mundo" porque sobre ella resplandece la luz del Salvador, debemos preguntarnos, a propósito del pasaje "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo", si aquí el mundo debe entenderse, en sentido inteligible, como la Iglesia, y si la acción de quitar el pecado se limita a ella. En tal caso, ¿qué hemos de hacer con las palabras del mismo discípulo acerca del Salvador como propiciación por el pecado? "Si alguno peca —leemos—, tenemos un abogado ante el Padre, Jesucristo el justo; y él es la propiciación por nuestros pecados, y no solo por los nuestros, sino también por los de todo el mundo". Me parece que la afirmación de Pablo tiene el mismo sentido cuando dice: "El cual es el Salvador de todos los hombres, especialmente de los fieles". Por otra parte, Heracleón, al tratar nuestro pasaje, declara, sin aportar prueba alguna ni citar testimonios en su favor, que las palabras "Cordero de Dios" las pronuncia Juan como profeta, pero las palabras "que quita el pecado del mundo", como algo más que un profeta. Considera que la primera expresión se refiere a su cuerpo, y la segunda, a quien habitaba en ese cuerpo, porque el cordero es un miembro imperfecto del género de las ovejas; y lo mismo ocurre con el cuerpo en comparación con quien habita en él. Si hubiera querido atribuir perfección al cuerpo, habría hablado de un carnero destinado al sacrificio. Después de las detenidas consideraciones precedentes, no creo necesario repetirme acerca de este pasaje ni refutar las afirmaciones descuidadas de Heracleón. Cabe señalar tan solo una cosa: puesto que el mundo apenas podía contener a aquel que se había despojado de sí mismo, necesitaba un cordero y no un carnero para que le fuera quitado su pecado.
X, 1
"Después de esto, Jesús bajó a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos; y allí permanecieron no muchos días. Estaba cerca la Pascua de los judíos, y Jesús subió a Jerusalén. Encontró en el templo a los que vendían bueyes, ovejas y palomas, y a los cambistas sentados; hizo una especie de látigo de cuerdas y los expulsó a todos del templo, junto con las ovejas y los bueyes; desparramó las monedas de los cambistas y volcó sus mesas. A los que vendían las palomas les dijo: Llevad esto de aquí; no hagáis de la casa de mi Padre una casa de comercio. Entonces sus discípulos recordaron que estaba escrito: El celo por tu casa me consumirá. Los judíos, por tanto, le respondieron: ¿Qué señal nos muestras para hacer estas cosas? Jesús les respondió: Destruid este templo y en tres días lo levantaré. Los judíos dijeron entonces: Cuarenta y seis años se tardó en construir este templo, ¿y tú lo levantarás en tres días? Pero él hablaba del templo de su cuerpo. Cuando resucitó de entre los muertos, sus discípulos recordaron que había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que Jesús había pronunciado. Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su nombre al ver las señales que hacía. Pero Jesús mismo no se confiaba a ellos, porque conocía a todos los hombres y no necesitaba que nadie diera testimonio acerca del hombre. Pues él mismo sabía lo que había en el hombre".
Los números consignados en el libro que lleva ese nombre obtuvieron un lugar en la Escritura conforme a algún principio que determina su proporción con cada cosa. Debemos, por tanto, indagar si el libro de Moisés llamado Números nos enseña, en caso de que logremos descubrirlo, el principio que rige esta cuestión de un modo particular. Te hago esta observación al comienzo de mi décimo libro porque he advertido que, en muchos pasajes de la Escritura, el número diez goza de un privilegio singular; considera atentamente si está justificada la esperanza de que este volumen te procure algún beneficio especial de parte de Dios. Para que así sea, procuraremos entregarnos cuanto podamos a Dios, que se complace en conceder sus dones más escogidos. El libro comienza con estas palabras: "Después de esto bajó a Cafarnaúm con su madre, sus hermanos y sus discípulos; y allí permanecieron no muchos días". Los otros tres evangelistas dicen que el Señor, tras su enfrentamiento con el Diablo, se retiró a Galilea. Mateo y Lucas refieren que primero estuvo en Nazaret y que después partió de allí y vino a establecerse en Cafarnaúm. Mateo y Marcos señalan también una razón concreta por la que se retiró allá: había oído que Juan había sido encarcelado. Estas son sus palabras. Mateo dice: "Entonces el Diablo lo dejó y, he aquí, se acercaron unos ángeles y lo servían. Pero, al oír que Juan había sido entregado, se retiró a Galilea; y, dejando Nazaret, vino a establecerse en Cafarnaúm, junto al mar, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo dicho por el Profeta Isaías: Tierra de Zabulón y tierra de Neftalí"; y, después de la cita de Isaías: "Desde entonces comenzó Jesús a predicar y a decir: Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca". Marcos dice lo siguiente: "Y estuvo en el desierto cuarenta días y cuarenta noches, tentado por Satanás; estaba con las fieras, y los ángeles lo servían. Pero, después de que Juan fuera entregado, Jesús vino a Galilea proclamando el Evangelio de Dios: Se ha cumplido el tiempo y el reino de Dios está cerca; arrepentíos y creed en el Evangelio". Luego, tras el relato acerca de Andrés, Pedro, Santiago y Juan, Marcos escribe: "Y entraron en Cafarnaúm, y enseguida, en sábado, él enseñaba en la sinagoga". Lucas dice: "Y, terminada la tentación, el Diablo se apartó de él por un tiempo. Jesús volvió a Galilea con la potestad del Espíritu, y su fama se extendió por toda la región circundante; enseñaba en sus sinagogas y todos lo glorificaban. Y vino a Nazaret, donde se había criado, y entró, según su costumbre, en la sinagoga el día de sábado". A continuación, Lucas cuenta lo que dijo en Nazaret y cómo los que estaban en la sinagoga se enfurecieron contra él, lo expulsaron de la ciudad y lo llevaron hasta la cima del monte sobre el que estaban edificadas sus ciudades para despeñarlo; y cómo el Señor, pasando por en medio de ellos, siguió su camino. Con ello enlaza esta afirmación: "Y bajó a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y les enseñaba en sábado".
Leídos literalmente, los relatos no pueden conciliarse: han de interpretarse espiritualmente.
X, 2
La verdad de estas cosas ha de hallarse en aquello que contempla el entendimiento. Si no se resuelve la discrepancia entre los Evangelios, tendremos que renunciar a confiar en ellos como escritos verdaderos y compuestos por un espíritu divino, o como testimonios dignos de crédito, pues ambas cualidades se atribuyen a estas obras. Quienes aceptan los cuatro Evangelios, pero no consideran que su aparente discrepancia deba resolverse anagógicamente —mediante una interpretación mística—, tendrán que esclarecer la dificultad antes señalada acerca de los cuarenta días de la tentación, período al que de ningún modo puede hacerse lugar en el relato de Juan; también tendrán que decirnos cuándo llegó el Señor a Cafarnaúm. Si fue después de los seis días del período de su bautismo, siendo el sexto el de las bodas de Caná de Galilea, entonces está claro que la tentación nunca tuvo lugar, que él nunca estuvo en Nazaret y que Juan aún no había sido entregado. Ahora bien, después de Cafarnaúm, donde permaneció no muchos días, estaba cerca la Pascua de los judíos, y subió a Jerusalén, donde expulsó del templo a las ovejas y los bueyes y desparramó las monedas de los cambistas. Parece, además, que en Jerusalén Nicodemo, el gobernante y fariseo, acudió a él por primera vez de noche y escuchó lo que podemos leer en el Evangelio. "Después de estas cosas, Jesús fue con sus discípulos a la tierra de Judea, y allí permaneció con ellos y bautizaba, al mismo tiempo que Juan bautizaba también en Enón, cerca de Salim, porque allí había muchas aguas; y acudían y eran bautizados, pues Juan aún no había sido encarcelado". En aquella ocasión surgió también una discusión entre los discípulos de Juan y los judíos acerca de la purificación, y aquellos acudieron a Juan diciendo, en referencia al Salvador: "He aquí que él bautiza y todos acuden a él". Habían oído unas palabras del Bautista cuyo tenor exacto conviene tomar de la Escritura misma. Pues bien, si preguntamos cuándo estuvo Cristo por primera vez en Cafarnaúm, quienes nos respondan, si siguen las palabras de Mateo y de los otros dos, dirán: después de la tentación, cuando, "dejando Nazaret, vino a establecerse en Cafarnaúm, junto al mar". Pero ¿cómo pueden demostrar que son ciertas ambas afirmaciones: la de Mateo y Marcos, según la cual se retiró a Galilea porque había oído que Juan había sido entregado, y la de Juan, que, después de otros muchos acontecimientos posteriores a su estancia en Cafarnaúm, a su subida a Jerusalén y a su viaje de allí a Judea, afirma que Juan aún no había sido encarcelado, sino que bautizaba en Enón, cerca de Salim? Hay muchos otros puntos en los que quien estudie atentamente los Evangelios descubrirá que sus relatos no concuerdan; los expondremos al lector, en la medida de nuestras posibilidades, según vayan presentándose. El estudioso, desconcertado ante estas cuestiones, o bien renunciará a intentar tener por verdaderos todos los Evangelios y, sin atreverse a concluir que toda la información que poseemos acerca de nuestro Señor es indigna de confianza, elegirá uno de ellos al azar para que le sirva de guía; o bien aceptará los cuatro y considerará que su verdad no debe buscarse en la letra exterior y material.
X, 3
Debemos, sin embargo, procurar hacernos alguna idea de la intención de los evangelistas en estas cuestiones, y a ello dirigimos nuestra atención. Supongamos que varios hombres ven a Dios por el espíritu y conocen las palabras que dirige a sus santos, así como la presencia con que se digna favorecerlos al aparecérseles en momentos escogidos para su progreso. Hay varios hombres así, se hallan en lugares diferentes y los beneficios que reciben de lo alto difieren en forma y carácter. Supongamos que cada uno de ellos refiere por separado lo que ve en espíritu acerca de Dios, de sus palabras y de sus apariciones a los santos: uno habla de las apariciones, palabras y actos de Dios con respecto a cierto justo en determinado lugar; otro, de otros oráculos y grandes obras del Señor; y un tercero, de algo distinto de lo tratado por los dos anteriores. Supongamos también un cuarto que, en relación con algún asunto particular, haga algo semejante a lo que hacen esos tres. Que los cuatro concuerden en algo que el Espíritu les ha sugerido a todos, pero que ofrezcan además breves relatos de otras cosas; entonces sus narraciones vendrán a ser de este tenor: Dios se apareció a cierta persona en determinado momento y lugar e hizo con ella esto y aquello, como si se le hubiera aparecido bajo determinada forma, la hubiera llevado de la mano a cierto sitio y luego hubiera hecho con ella esto y aquello. El segundo contará que Dios se apareció en el mismo momento de los sucesos antedichos, en cierta ciudad, a otra persona cuyo nombre dará, en un lugar muy alejado del mencionado en el primer relato, y referirá otras palabras dirigidas entonces a esta segunda persona. Supongamos lo mismo en cuanto al tercero y al cuarto. Y supongamos que, como hemos dicho, estos testigos que refieren cosas verdaderas acerca de Dios y de los beneficios que concedió a ciertos hombres coinciden entre sí en algunos de sus relatos. Pues bien, quien tome los escritos de estos hombres por historia, o por una representación de hechos reales mediante una imagen histórica, y suponga que Dios está circunscrito por ciertos límites espaciales, de suerte que no puede mostrar simultáneamente distintas visiones de sí mismo a varias personas situadas en lugares diferentes, ni pronunciar varios discursos al mismo tiempo, juzgará imposible que nuestros cuatro escritores digan todos la verdad. A su entender, es imposible que Dios, circunscrito por ciertos límites espaciales, pueda decir en un mismo momento una cosa a un hombre y otra a otro, o realizar una acción y también la contraria; por decirlo sin rodeos, que pueda estar sentado y de pie a la vez, si uno de los escritores lo presenta de pie en ese momento, dirigiendo cierto discurso a determinado hombre en determinado lugar, mientras que otro escritor dice que está sentado.
4. La Escritura contiene muchas contradicciones y muchas afirmaciones que no son literalmente verdaderas, sino que deben leerse espiritual y místicamente
X, 4
En el caso que he supuesto, en que los historiadores desean enseñarnos mediante una imagen lo que han contemplado en su entendimiento, se descubriría que su sentido, si los cuatro fueran sabios, no presenta discrepancia alguna; y debemos entender que no sucede de otro modo con los cuatro evangelistas. Para sus fines se sirvieron ampliamente de los actos realizados por Jesús en el ejercicio de su potestad maravillosa y extraordinaria; del mismo modo se sirven de sus dichos y, en algunos lugares, incorporan a sus escritos, con palabras que parecen referirse a cosas sensibles, realidades que se les manifestaron de un modo puramente intelectual. No los censuro si en ocasiones trataron incluso con libertad hechos que, a los ojos de la historia, sucedieron de otra manera, y los modificaron para ponerlos al servicio de los fines místicos que perseguían: hablando de algo ocurrido en cierto lugar como si hubiera sucedido en otro, o de algo acontecido en determinado momento como si hubiera tenido lugar en otro, e introduciendo cambios propios en lo dicho de cierta manera. Se propusieron decir la verdad tanto en el plano material como en el espiritual cuando ello fuera posible; y, cuando no lo era, su intención fue preferir lo espiritual a lo material. La verdad espiritual se conservaba a menudo, por así decirlo, en una falsedad material. Así podríamos juzgar, por ejemplo, el relato de Jacob y Esaú. Jacob dice a Isaac: "Soy Esaú, tu hijo primogénito", y espiritualmente dijo la verdad, pues ya participaba de los derechos de primogenitura que su hermano estaba perdiendo; al cubrirse con las pieles de cabrito adoptó la apariencia exterior de Esaú y fue Esaú en todo salvo en la voz que alababa a Dios, para que Esaú pudiera hallar después ocasión de recibir una bendición. Pues, si Jacob no hubiera sido bendecido como Esaú, quizá Esaú tampoco habría podido recibir una bendición propia. También Jesús es muchas cosas, según las concepciones que de él se tengan, y es muy probable que los evangelistas acogieran concepciones diferentes; sin embargo, concordaban entre sí en las distintas cosas que escribieron. Acerca de nuestro Señor se hacen afirmaciones verbalmente opuestas: que descendía de David y que no descendía de David. La afirmación "descendía de David" es verdadera, como dice el Apóstol —"nacido de la descendencia de David según la carne"—, si la aplicamos a su parte corporal; pero esa misma afirmación es falsa si entendemos que el haber nacido de la descendencia de David se refiere a su potestad más divina, pues fue declarado Hijo de Dios con potestad. Y quizá por eso también las santas profecías hablan de él unas veces como siervo y otras como Hijo. Lo llaman siervo por la forma de siervo que asumió y porque era de la descendencia de David; pero lo llaman Hijo de Dios conforme a su condición de primogénito. Así pues, es verdadero llamarlo hombre y llamarlo no hombre: hombre, porque era capaz de morir; no hombre, porque era más divino que el hombre. Supongo que Marción entendió erróneamente unas palabras acertadas cuando rechazó su nacimiento de María y declaró que, en cuanto a su naturaleza divina, no había nacido de ella; de ahí que se atreviera a suprimir del Evangelio los pasajes que daban a entender lo contrario. Una suerte semejante parece haber corrido entre quienes eliminan su humanidad y admiten únicamente su divinidad; y también entre sus opuestos, que anulan su divinidad y lo reconocen como hombre, un hombre santo y el más justo de todos los hombres. Y quienes sostienen la doctrina de la apariencia, sin recordar que se humilló hasta la muerte y se hizo obediente incluso hasta la cruz, sino imaginando en él únicamente la ausencia de sufrimiento y la superioridad frente a todas esas contingencias, hacen cuanto pueden por privarnos del hombre más justo que todos los hombres; les queda una figura incapaz de salvarlos, pues, así como por un hombre vino la muerte, también por un hombre viene la justificación de la vida. No habríamos podido recibir del Logos el beneficio que hemos recibido si él no hubiera asumido al hombre; si hubiera permanecido tal como era en el principio con Dios Padre y no hubiera asumido al hombre, al primer hombre entre todos, más precioso y más puro que todos los demás, y capaz de recibirlo. Pero, después de aquel hombre, también nosotros podremos recibirlo, recibirlo con toda su grandeza y tal como era, si preparamos en nuestra alma un lugar proporcionado a él. Esto es cuanto he dicho acerca de las aparentes discrepancias entre los Evangelios y de mi deseo de que sean tratadas mediante la interpretación espiritual.
Comentario editorial · Discrepancias entre los Evangelios: el mismo principio que en Sobre los principios
Orígenes no disimula que el relato de Juan choca con el de los otros tres —los cuarenta días de la tentación, la llegada a Cafarnaúm, el momento de la purificación del templo—, y concluye que, tomados a la letra, no pueden conciliarse. Su salida es leerlos espiritualmente. Es el principio que formula en el libro IV de Sobre los principios: toda la Escritura tiene un sentido espiritual, pero no toda tiene un sentido corporal, porque en algunos lugares la letra es imposible. Menzies subraya que Orígenes conoce bien cómo choca la narración de los sinópticos con la de Juan.
Para ampliar: Sobre los principios, IV, 3 · Introducción de Menzies (ANF, vol. 9)
5. Pablo también hace afirmaciones contradictorias sobre sí mismo y actúa de maneras opuestas en distintos momentos
X, 5
A propósito del mismo pasaje puede aducirse también un ejemplo como el de Pablo, quien en un lugar dice que es carnal, vendido al pecado, y que por ello no podía juzgar nada, mientras que en otro es el hombre espiritual que puede juzgar todas las cosas sin ser él mismo juzgado por nadie. Al hombre carnal corresponden estas palabras: "No hago lo que quiero, sino lo que aborrezco". Y el Pablo que fue arrebatado hasta el tercer cielo y oyó palabras inefables es también distinto del que dice: "De uno así me gloriaré, pero de mí mismo no me gloriaré". Si se hace judío con los judíos para ganar a los judíos, y con los que están bajo la ley se hace como quien está bajo la ley para ganar a los que están bajo la ley; si con los que están sin ley se hace como quien está sin ley —no estando sin ley para Dios, sino bajo la ley de Cristo— para ganar a los que están sin ley; y si con los débiles se hace débil para ganar a los débiles, está claro que cada una de estas afirmaciones ha de examinarse por separado: que se hace judío, que unas veces está bajo la ley y otras sin ley, y que en ocasiones es débil. Allí donde, por ejemplo, dice algo a modo de concesión y no como mandamiento, podemos reconocer que es débil; pues, dice él: "¿Quién es débil sin que yo sea débil?".
Cuando se afeita la cabeza y presenta una ofrenda, o cuando circuncida a Timoteo, es judío; pero cuando dice a los atenienses: "Encontré un altar con esta inscripción: Al Dios desconocido. Eso que adoráis sin conocerlo, es lo que yo os anuncio", y también: "Como han dicho algunos de vuestros propios poetas: Porque también nosotros somos linaje suyo", entonces se hace como quien está sin ley con los que están sin ley, exhortando a los hombres menos religiosos a abrazar la religión y aprovechando para sus propios fines el dicho del poeta: "Por Amor comenzamos; de su linaje somos". Y quizá podrían encontrarse casos en que se hace como quien está bajo la ley para hombres que no son judíos y, sin embargo, están bajo la ley.
6. Distintos relatos de la llamada de Pedro y del encarcelamiento del Bautista. El significado de "Cafarnaúm"
X, 6
Estos ejemplos pueden servir para ilustrar afirmaciones no solo acerca del Salvador, sino también acerca de los discípulos, pues también aquí existe cierta discrepancia. Quizá haya, en efecto, una diferencia de sentido entre el Simón a quien encuentra su propio hermano Andrés y a quien se le dice "Tú serás llamado Cefas", y aquel a quien Jesús ve mientras camina junto al mar de Galilea con su hermano y a quien, dirigiéndose a ambos, dice: "Venid en pos de mí y os haré pescadores de hombres". Era apropiado que el escritor que va más a la raíz de la cuestión y cuenta que el Verbo se hizo carne, y que por eso no relata la generación humana del Verbo que estaba en el principio con Dios, no nos dijera que Simón fue encontrado a la orilla del mar y llamado desde allí, sino que lo encontró su hermano, que había permanecido con Jesús a la hora décima, y que, en relación con ese encuentro, recibió el nombre de Cefas. Si Jesús lo vio mientras caminaba junto al mar de Galilea, difícilmente sería en una ocasión posterior cuando le dirigió estas palabras: "Tú eres Pedro y sobre esta roca edificaré mi Iglesia". En Juan, además, los fariseos saben que Jesús bautiza con sus discípulos, sumando esta actividad a sus otras grandes obras; pero el Jesús de los otros tres no bautiza en absoluto. También Juan el Bautista, en el Evangelio del evangelista de su mismo nombre, permanece largo tiempo sin ser encarcelado. En Mateo, por el contrario, es encarcelado casi en tiempos de la tentación de Jesús, y esa es la ocasión en que Jesús se retira a Galilea para evitar ser encarcelado. Pero en Juan no se dice absolutamente nada del encarcelamiento de Juan. ¿Quién es tan sabio y capaz de conocer todo lo que los cuatro evangelistas cuentan acerca de Jesús, de comprender cada episodio por separado y, a la vez, formarse una visión conjunta de todos los lugares en que estuvo y de sus palabras y actos en cada uno de ellos? En cuanto al pasaje que ahora nos ocupa, presenta los acontecimientos en este orden: el sexto día, después de lo sucedido en las bodas de Caná de Galilea, el Salvador bajó con su madre, sus hermanos y sus discípulos a Cafarnaúm, nombre que significa "campo de consolación". Pues, después del banquete y del vino, convenía que el Salvador llegara al campo de consolación con su madre y sus discípulos, para consolar a quienes formaba como discípulos y al alma que lo había concebido por el Espíritu Santo, con los frutos que habrían de crecer en aquel campo colmado.
7. Por qué sus hermanos no son invitados a las bodas y por qué permanece en Cafarnaúm no muchos días
X, 7
Pero debemos preguntar por qué sus hermanos no son invitados a las bodas: no estaban allí, pues no se dice que estuvieran; sin embargo, bajan con él, con su madre y con sus discípulos a Cafarnaúm. Debemos examinar también por qué en esta ocasión no "entran en" Cafarnaúm ni "suben a" ella, sino que "bajan a" ella. Considera si por sus hermanos no hemos de entender aquí las potestades que bajaron junto con él, sin haber sido invitadas a las bodas conforme a las explicaciones dadas más arriba, puesto que estos hermanos reciben ayuda en lugares más bajos y humildes que aquellos en que se hallan los llamados discípulos de Cristo, y de otra manera. Pues, si su madre es llamada, hay entonces algunos que dan fruto, y aun a estos baja el Señor con los servidores y discípulos del Verbo para ayudarlos, estando también su madre con él. Aquellos a quienes se llama Cafarnaúm no parecen, ciertamente, capaces de permitir que Jesús y quienes bajaron con él permanezcan más tiempo entre ellos; por eso se quedan con ellos no muchos días. Pues el campo inferior de consolación no admite la iluminación de muchas doctrinas, sino que solo es capaz de acoger unas pocas. Para comprender claramente la diferencia entre quienes reciben a Jesús por más tiempo y quienes lo reciben por menos, podemos comparar la expresión "Allí permanecieron no muchos días" con las palabras que, según consta en Mateo, Cristo resucitado dirigió a sus discípulos al enviarlos a enseñar a todas las naciones: "He aquí que estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo". A quienes han de conocer todo lo que la naturaleza humana puede conocer mientras todavía se halla aquí se les dice con énfasis: "Estoy con vosotros"; y, puesto que el nacimiento de cada nuevo día sobre el campo de la contemplación presenta más días ante los ojos de los bienaventurados, añade: "Todos los días hasta el fin del mundo". En cambio, en cuanto a los de Cafarnaúm, a quienes bajan por ser más necesitados, no solo Jesús, sino también su madre, sus hermanos y sus discípulos "permanecieron allí no muchos días".
8. Cómo permanece Cristo con los creyentes hasta el fin de la era y si permanece con ellos después de esa consumación
X, 8
Algunos quizá pregunten, con no poca razón, si, una vez transcurridos todos los días de esta era, ya no habrá nadie que diga "He aquí que estoy con vosotros" a aquellos que lo recibieron hasta el cumplimiento de la era, pues la palabra "hasta" parece indicar cierto límite temporal. A esto debemos responder que la expresión "Estoy con vosotros" no es lo mismo que "Estoy en vosotros". Más propiamente podríamos decir que el Salvador no estaba en sus discípulos, sino con ellos, mientras no hubieran llegado en su entendimiento a la consumación de la era. Pero cuando vean que se acerca, en la medida en que de su esfuerzo depende, la consumación del mundo que está crucificado para ellos, Jesús ya no estará con ellos, sino en ellos, y dirán: "Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí", y "Si buscáis una prueba de que Cristo habla en mí". Al decir esto, también nosotros nos atenemos a la interpretación ordinaria que entiende por "todos los días" el tiempo que llega hasta la consumación de la era, y no exigimos más de lo que la naturaleza humana puede alcanzar mientras se halla aquí. Cabe mantener esa interpretación y, sin embargo, hacer justicia al "yo". Aquel que está con sus discípulos enviados a enseñar a todas las naciones hasta la consumación puede ser quien se despojó de sí mismo y tomó forma de siervo, y, no obstante, después puede hallarse en un estado distinto; después puede ser tal como era antes de despojarse de sí mismo, hasta que el Padre haga de todos sus enemigos el estrado de sus pies; y, después de eso, cuando el Hijo haya entregado el reino a Dios y Padre, puede ser el Padre quien les diga: "He aquí que estoy con vosotros". Pero cualquiera que lo desee puede considerar si se trata de "todos los días" hasta aquel momento, o sencillamente de "todos los días", o no de "todos los días", sino de "cada día". Nuestro propósito no nos permite ahora apartarnos tanto del asunto.
9. Heracleón afirma que no se dice que Jesús hiciera nada en Cafarnaúm. Pero en los otros Evangelios hace allí muchas cosas
X, 9
Heracleón, al tratar las palabras "Después de esto bajó a Cafarnaúm", declara que indican el comienzo de otro episodio y que el verbo "bajó" no carece de significado. "Cafarnaúm —dice— significa estas regiones más extremas del mundo, estas regiones de la materia a las que descendió; y, como el lugar no era apropiado, no se refiere que hiciera ni dijera nada en él". Ahora bien, si los otros Evangelios tampoco refirieran que el Señor hizo o dijo algo en Cafarnaúm, quizá vacilaríamos acerca de si esta interpretación debe aceptarse. Pero dista mucho de ser así. Mateo dice que nuestro Señor dejó Nazaret y vino a establecerse en Cafarnaúm, junto al mar, y que desde entonces comenzó a predicar diciendo: "Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca". Y Marcos, que comienza su relato por la tentación del Diablo, refiere que, después de que Juan fuera encarcelado, Jesús vino a Galilea proclamando el Evangelio de Dios y que, tras llamar al apostolado a los cuatro pescadores, "entran en Cafarnaúm; y enseguida, en sábado, enseñó en la sinagoga, y estaban asombrados de su doctrina". Marcos consigna asimismo un acto de Jesús ocurrido en Cafarnaúm, pues prosigue así: "En su sinagoga había un hombre con un espíritu impuro, que gritó: ¡Ah! ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sabemos quién eres: el Hijo de Dios. Y Jesús lo reprendió diciendo: Calla y sal de él. Y el espíritu impuro, sacudiéndolo y dando un fuerte grito, salió de él. Y todos quedaron asombrados". También en Cafarnaúm es curada de la fiebre la suegra de Simón. Y Marcos añade que, al llegar la tarde, fueron curados todos los enfermos y los poseídos por demonios. El relato de Lucas acerca de Cafarnaúm se asemeja mucho al de Marcos. Dice: "Y vino a Cafarnaúm, ciudad de Galilea, y les enseñaba en sábado; y estaban asombrados de su enseñanza, porque su palabra tenía potestad. En la sinagoga había un hombre que tenía el espíritu de un demonio impuro, y gritó con fuerza: ¡Ah! ¿Qué tenemos que ver contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién eres: el Santo de Dios. Y Jesús lo reprendió diciendo: Calla y sal de él. Entonces el demonio, tras arrojarlo al suelo en medio de todos, salió de él sin hacerle daño". Luego Lucas relata cómo el Señor se levantó de la sinagoga y entró en la casa de Simón, reprendió la fiebre de su suegra y la curó de su enfermedad; y después de esta curación, dice: "Cuando se ponía el sol, todos los que tenían enfermos con diversas dolencias se los llevaban, y él imponía las manos a cada uno y los curaba. También salían demonios de muchos, gritando: Tú eres el Hijo de Dios; y él los reprendía y no les permitía hablar, porque sabían que él era el Cristo". Hemos presentado todos estos testimonios acerca de las palabras y los actos del Salvador en Cafarnaúm para refutar la interpretación que Heracleón da de nuestro pasaje: "Por eso no se dice que hiciera ni dijera nada allí". O bien tendrá que atribuir dos significados a Cafarnaúm y mostrarnos sus razones para ello, o bien, si no puede hacerlo, deberá dejar de afirmar que el Salvador visitó algún lugar sin propósito alguno. Por nuestra parte, si encontramos pasajes en los que ni siquiera la comparación con los otros Evangelios permita mostrar que la visita de Jesús a este o aquel lugar produjo algún resultado, procuraremos, con la ayuda divina, poner de manifiesto que su venida no fue en vano.
X, 10
Mateo, por su parte, añade que, cuando el Señor entró en Cafarnaúm, se le acercó el centurión diciendo: "Mi muchacho yace en casa paralítico, gravemente atormentado", y que, tras decirle algo más acerca de él, recibió esta respuesta: "Ve, y que se haga conforme a lo que has creído". Mateo nos ofrece luego el relato de la suegra de Pedro, en estrecha concordancia con los otros dos. Considero que sería un trabajo estimable, digno de quien desea saber acerca de Cristo, reunir de los cuatro Evangelios todo lo que se cuenta sobre Cafarnaúm: los discursos allí pronunciados, las obras allí realizadas, cuántas veces visitó el Señor el lugar, por qué unas veces se dice que bajó a él y otras que entró en él, y de dónde venía cuando lo hizo. Si examinamos conjuntamente todos estos puntos, no nos equivocaremos al atribuir un significado a Cafarnaúm. Por una parte, allí son sanados los enfermos y se realizan otras obras de potestad; por otra, allí comienza la predicación "Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca". Esto parece ser señal, como mostramos al comenzar a tratar el asunto, de un lugar de consolación más necesitado, hecho tal vez lugar de consolación por Jesús, que confortó a los hombres mediante lo que allí enseñó e hizo. Pues sabemos que los nombres de los lugares concuerdan en su significado con los sucesos relacionados con Jesús: así, Gergesa, donde los habitantes de la comarca le rogaron que se alejara de su territorio, significa "morada de los que expulsan". Y también hemos observado esto acerca de Cafarnaúm: no solo comenzó allí la predicación "Arrepentíos, porque el reino de los cielos está cerca", sino que, según los tres evangelistas, Jesús realizó allí sus primeros milagros. Ninguno de los tres, sin embargo, añadió a los primeros prodigios que relata como realizados en Cafarnaúm la observación que Juan, el discípulo, vinculó a la primera obra de Jesús: "Este principio de sus señales lo hizo Jesús en Caná de Galilea". Pues lo realizado en Cafarnaúm no fue el principio de las señales, ya que la señal principal del Hijo de Dios fue la alegría y, a la luz de la experiencia humana, es también la que mejor lo representa. En efecto, el Verbo de Dios no manifiesta su propia belleza tanto al sanar a los enfermos como al ofrecer una bebida moderada para alegrar a quienes gozan de buena salud y pueden participar en el banquete.
Su institución y la distinción entre las "fiestas del Señor" y las fiestas a las que no se llama así.
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"Y estaba cerca la Pascua de los judíos". Al indagar la precisión del sapientísimo Juan en este pasaje, me pregunto: ¿qué indica el añadido "de los judíos"? ¿De qué otra nación era fiesta la Pascua? ¿No habría bastado con decir "Y estaba cerca la Pascua"? Puede ser, sin embargo, que la pascua humana sea una cosa cuando los hombres la celebran de un modo distinto del que pretendía la Escritura, y otra la Pascua divina, la Pascua verdadera que observan en espíritu y en verdad quienes adoran a Dios en espíritu y en verdad; en tal caso, la distinción indicada en el texto sería la existente entre la Pascua divina y la llamada Pascua de los judíos. Debemos prestar atención a la ley de la Pascua y observar qué dice el Señor de ella cuando se menciona por primera vez en la Escritura: "Y el Señor habló a Moisés y a Aarón en la tierra de Egipto, diciendo: Este mes será para vosotros el principio de los meses; será para vosotros el primero entre los meses del año. Habla a toda la congregación de los hijos de Israel y diles: El día diez de este mes tomará cada uno una oveja, según las casas de vuestras familias". Después de algunas instrucciones en las que no vuelve a aparecer la palabra "Pascua", añade: "Así la comeréis: con los lomos ceñidos, el calzado en los pies y los bastones en las manos; la comeréis deprisa. Es la Pascua del Señor". No dice: "Es vuestra Pascua". Y poco más adelante vuelve a llamar a la fiesta del mismo modo: "Y sucederá que, cuando vuestros hijos os pregunten: ¿Qué significa este rito?, les diréis: Es el sacrificio, la Pascua del Señor, cuando protegió las casas de los hijos de Israel". Y de nuevo, un poco más adelante: "Y el Señor habló a Moisés y a Aarón, diciendo: Esta es la ley de la Pascua. Ningún extranjero comerá de ella". Y poco después: "Pero, si viene a ti un prosélito y celebra la Pascua del Señor, todos sus varones serán circuncidados". Observa que en la ley nunca encontramos la expresión "vuestra Pascua"; en los pasajes citados aparece una vez sin añadido alguno, mientras que tres veces figura "la Pascua del Señor". Para cerciorarnos de que existe tal distinción entre la Pascua del Señor y la Pascua de los judíos, podemos considerar cómo habla Isaías de esta cuestión: "Vuestras lunas nuevas, vuestros sábados y vuestro gran día no los puedo soportar; mi alma aborrece vuestro ayuno, vuestra festividad, vuestras lunas nuevas y vuestras fiestas". El Señor no llama suyas esas celebraciones de los pecadores —que su alma aborrece, si es que tales celebraciones existen—: ni las lunas nuevas, ni los sábados, ni el gran día, ni el ayuno, ni las festividades. Y en la legislación del Éxodo acerca del sábado leemos: "Y Moisés les dijo: Esta es la palabra que habló el Señor: El sábado es un descanso santo para el Señor". Y poco después: "Y Moisés dijo: Comed, porque hoy es sábado para el Señor". Y en Números, antes de los sacrificios que se ofrecen en cada fiesta, como si todas las fiestas estuvieran comprendidas en la ley del sacrificio perpetuo y diario, encontramos escrito: "Y el Señor habló a Moisés: Anuncia a los hijos de Israel y diles así: Mis dones, mis ofrendas, mis frutos de olor grato, cuidaréis de ofrecérmelos en mis fiestas. Y les dirás: Estas son las ofrendas que ofreceréis al Señor". A la fiesta establecida en la Escritura la llama suya, no del pueblo que recibe la ley; habla de sus dones y de sus ofrendas. Una manera semejante de hablar se encuentra en el Éxodo con respecto al pueblo: Dios lo llama pueblo suyo cuando no peca; pero en el pasaje sobre el becerro reniega de él y lo llama pueblo de Moisés. Por una parte dice: "Dirás al faraón: Así dice el Señor: Deja marchar a mi pueblo para que me sirva en el desierto. Pero, si no dejas marchar a mi pueblo, he aquí que enviaré contra ti, contra tus servidores, contra tu pueblo y contra tus casas el tábano; las casas de los egipcios se llenarán de tábanos, y los enviaré también contra la tierra en que habitan. Y en aquel día distinguiré la tierra de Gesem, donde está mi pueblo: no habrá allí tábanos, para que sepas que yo soy el Señor, Señor de toda la tierra. Y estableceré una distinción entre mi pueblo y tu pueblo". A Moisés, en cambio, le dice: "Ve, baja pronto, porque tu pueblo, al que sacaste de la tierra de Egipto, ha transgredido". Así pues, del mismo modo que, cuando no peca, el pueblo es el pueblo de Dios, pero, cuando peca, ya no se habla de él como pueblo suyo, también las fiestas, cuando las aborrece el alma del Señor, son llamadas fiestas de los pecadores; pero, cuando se establece la ley que las rige, reciben el nombre de fiestas del Señor. Una de esas fiestas es la Pascua, que en el pasaje que nos ocupa no es llamada del Señor, sino de los judíos. También en otro pasaje encontramos estas palabras: "Estas son las fiestas del Señor, que proclamaréis escogidas y santas". Vemos, por tanto, que la propia boca del Señor no deja lugar a que se impugne lo que afirmamos sobre este punto. Sin duda, alguien preguntará por las palabras del Apóstol a los corintios: "Porque también nuestra Pascua ha sido sacrificada por nosotros, a saber, Cristo"; no dice: "La Pascua del Señor ha sido sacrificada, esto es, Cristo". A esto debemos responder, o bien que el Apóstol llama a la Pascua "nuestra" sencillamente porque fue sacrificada por nosotros, o bien que todo sacrificio que pertenece verdaderamente al Señor —y la Pascua es uno de ellos— aguarda su consumación no en esta era ni en la tierra, sino en la era venidera y en el cielo, cuando se manifieste el reino de los cielos. En cuanto a esas fiestas, uno de los doce profetas dice: "¿Qué haréis en los días de asamblea y en los días de la fiesta del Señor?". Pero Pablo dice en la Epístola a los Hebreos: "Os habéis acercado al monte Sion, a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, a miríadas de ángeles, a la asamblea y la Iglesia de los primogénitos, cuyos nombres están escritos en el cielo". Y en la Epístola a los Colosenses: "Que nadie os juzgue por la comida o la bebida, ni por un día de fiesta, una luna nueva o un sábado; estas cosas son sombra de las venideras".
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Ahora bien, de qué manera celebrarán fiestas, en aquellas realidades celestiales cuya sombra estuvo presente para los judíos en la tierra, quienes primero hayan sido formados por tutores y gobernadores bajo la ley verdadera hasta que llegue la plenitud del tiempo —allá arriba, cuando seamos capaces de recibir en nosotros la medida perfecta del Hijo de Dios—: aclarar esto es tarea de aquella sabiduría que ha permanecido oculta en un misterio. Ella puede asimismo mostrar a nuestro entendimiento cómo las leyes relativas a los alimentos simbolizan las cosas que allí nutrirán y fortalecerán nuestra alma. Pero es vano pensar que quien desee explorar con la imaginación el vasto mar de tales ideas, aunque quisiera mostrar que el culto celebrado en un lugar sigue siendo figura y sombra de las realidades celestiales y que los sacrificios y las ovejas están llenos de significado, pueda avanzar más allá del Apóstol. Este procura, en efecto, elevar nuestro entendimiento por encima de las concepciones terrenales de la ley, pero no nos muestra con detalle cómo habrán de ser esas cosas. Incluso si contemplamos las fiestas, entre ellas la Pascua, desde la perspectiva de la era venidera, todavía hemos de preguntar cómo es que nuestra Pascua, es decir, Cristo, es sacrificada ahora y, además, habrá de ser sacrificada en el futuro.
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Podemos añadir algunas observaciones en relación con las doctrinas que ahora examinamos, aunque para tratar todas las afirmaciones místicas acerca de la ley, y en especial las relativas a las fiestas, más particularmente aún a la Pascua, haría falta una discusión aparte en muchos volúmenes. La Pascua de los judíos consiste en una oveja que se sacrifica, tomando cada cual una según su casa paterna; y la Pascua va acompañada de la matanza de millares de carneros y machos cabríos, en proporción al número de casas del pueblo. Pero nuestra Pascua, a saber, Cristo, ha sido sacrificada por nosotros. Otro rasgo de la fiesta judía es el pan ácimo: se hace desaparecer toda levadura de sus casas; pero "celebramos la fiesta no con la vieja levadura, ni con la levadura de la malicia y la perversidad, sino con los panes ácimos de la sinceridad y la verdad". Si hay alguna otra Pascua y alguna otra fiesta de los ácimos además de las dos que hemos mencionado, es cuestión que debemos examinar con más cuidado, pues estas sirven de tipo y sombra de aquellas realidades celestiales de las que hablábamos; y no solo cosas tales como la comida, la bebida, los novilunios y los sábados, sino también las fiestas, son sombra de lo venidero. En primer lugar, cuando el Apóstol dice: "Nuestra Pascua, Cristo, ha sido sacrificada", pueden surgir a este respecto dudas como las siguientes. Si la oveja de los judíos es un tipo del sacrificio de Cristo, debería haberse ofrecido una sola y no una multitud, puesto que Cristo es uno; o bien, si se ofrecían muchas ovejas, habría que llevar el tipo hasta sus últimas consecuencias, como si se sacrificara a muchos Cristos. Pero, sin detenernos en esto, podemos preguntar cómo la oveja, que era la víctima, contiene una imagen de Cristo, siendo así que la sacrificaban hombres que observaban la ley, mientras que a Cristo lo mataron transgresores de la ley; y qué aplicación puede hallarse en Cristo para la prescripción: "Comerán la carne esta noche, asada al fuego, y la comerán con panes ácimos y hierbas amargas"; y también: "No comeréis de ella nada crudo ni cocido en agua, sino asado al fuego: la cabeza con las patas y las entrañas. No guardaréis nada de ella hasta la mañana y no le quebraréis ningún hueso. Pero lo que de ella quede hasta la mañana lo quemaréis". La frase "No le quebraréis ningún hueso" parece haberla empleado Juan en su Evangelio, aplicándola a los acontecimientos relativos a Cristo y vinculándolos con la ocasión de la que habla la ley, cuando se manda a quienes comen la oveja que no le quiebren ningún hueso. Escribe así: "Vinieron, pues, los soldados y quebraron las piernas al primero y al otro que había sido crucificado con él; pero, cuando llegaron a Jesús y vieron que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza, y al instante salieron sangre y agua. Y el que lo ha visto ha dado testimonio, y su testimonio es verdadero, y sabe que dice la verdad, para que también vosotros creáis. Y estas cosas sucedieron para que se cumpliera la Escritura: "No le quebraréis ningún hueso"". Hay, además de este, innumerables puntos en las palabras del Apóstol que exigirían una indagación, tanto acerca de la Pascua como de los panes ácimos; pero habría que tratarlos, como dijimos antes, en una obra especial de gran extensión. Por ahora solo podemos ofrecer un compendio de ellos en cuanto atañen al texto que tenemos delante, y procurar una breve solución de la cuestión principal. Recordemos las palabras: "Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo", pues de la Pascua se dice: "Lo tomaréis de entre los corderos o de entre los cabritos". El Evangelista concuerda aquí con Pablo, y ambos se ven envueltos en las dificultades de las que hablamos antes. Por otra parte, sin embargo, debemos decir que, si el Verbo se hizo carne y el Señor dice: "Si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él", entonces la carne de la que se habla es la del Cordero que quita el pecado del mundo; y esta es la sangre de la que había que poner una parte en las dos jambas y en los dinteles de las casas donde comemos la Pascua. Es necesario que comamos la carne de este Cordero durante el tiempo de este mundo, que es noche; y la carne ha de asarse al fuego y comerse con pan ácimo, pues el Verbo de Dios no es carne y nada más que carne. Él mismo dice, en efecto: "Yo soy el pan de vida", y: "Este es el pan de vida que bajó del cielo, para que el hombre coma de él y no muera. Yo soy el pan de vida que bajó del cielo; si alguno come de este pan, vivirá para siempre". No debemos pasar por alto, sin embargo, que, en un uso amplio del término, se llama pan a cualquier alimento, como leemos en Moisés, en el Deuteronomio: "Durante cuarenta días no comió pan ni bebió agua", en vez de decir que no tomó alimento alguno, ni sólido ni líquido. Me lleva a hacer esta observación lo que dice Juan: "Y el pan que yo daré es mi carne, para la vida del mundo". Asimismo, comemos la carne del Cordero con hierbas amargas y panes ácimos cuando nos arrepentimos de nuestros pecados y nos afligimos con la tristeza que es según Dios, un arrepentimiento que obra nuestra salvación y del que no hay que arrepentirse; o cuando, a causa de nuestras pruebas, nos volvemos hacia las reflexiones que resultan verdaderas y nos alimentamos de ellas. No debemos, sin embargo, comer cruda la carne del Cordero, como hacen quienes son esclavos de la letra, semejantes a animales irracionales, y quienes se enfurecen contra los hombres verdaderamente racionales porque desean comprender las cosas espirituales; ciertamente, comparten la naturaleza de las fieras. Antes bien, debemos esforzarnos por transformar la crudeza de la Escritura en alimento bien cocido, sin dejar que lo escrito se vuelva blando, aguado y desabrido, como hacen quienes tienen comezón de oír y apartan sus oídos de la verdad; sus métodos conducen a una vida disoluta y sin firmeza. Seamos, por el contrario, fervientes de espíritu y aferrémonos a las palabras de fuego que Dios nos ha dado, como las que Jeremías recibió de aquel que le dijo: "He aquí que he puesto mis palabras en tu boca como fuego"; y cuidemos de que la carne del Cordero esté bien cocida, para que quienes participen de ella puedan decir, como habla Cristo en nosotros: "¿No ardía nuestro corazón por el camino cuando nos abría las Escrituras?". Además, si hemos de indagar en una cuestión como la de asar al fuego la carne del Cordero, no debemos olvidar el paralelo de lo que padeció Jeremías a causa de las palabras de Dios, según dice: "Y era como un fuego ardiente que quemaba mis huesos; me quedé sin fuerzas y no podía soportarlo". Pero, al comer, debemos comenzar por la cabeza, es decir, por las doctrinas principales y más esenciales acerca de las cosas celestiales, y terminar por las patas, las últimas ramas del saber que indagan acerca de la naturaleza última de las cosas, o de las cosas más materiales, o de lo que hay bajo la tierra, o de los espíritus malignos y los demonios impuros. Pues puede ser que la explicación de estas cosas no sea evidente, como tampoco lo son ellas mismas, sino que esté depositada entre los misterios de la Escritura, de modo que, figuradamente, pueda llamarse las patas del Cordero. Tampoco debemos dejar de ocuparnos de las entrañas, que están dentro y ocultas a nuestra vista: hemos de abordar la Escritura entera como un solo cuerpo, sin desgarrar ni romper los vínculos sólidos y bien trabados que mantienen la armonía de toda su composición, como hacen quienes desgarran, en la medida en que pueden, la unidad del Espíritu presente en todas las Escrituras. Pero esta profecía del Cordero que acabamos de exponer ha de ser nuestro alimento únicamente durante la noche de esta vida nuestra, sumida en tinieblas; lo que viene después de esta vida es, por así decirlo, el alba, y ¿por qué habríamos de reservar hasta entonces un alimento que solo ahora puede sernos útil? En cambio, una vez pasada la noche y cuando esté próximo el día que la sigue, tendremos para comer un pan que nada tiene que ver con el pan fermentado del estado anterior e inferior de las cosas, sino que es ácimo; y este nos bastará hasta que se nos dé lo que viene después de los panes ácimos: el maná, alimento más propio de ángeles que de hombres. Así pues, cada uno de nosotros puede sacrificar su cordero en cada una de las casas de nuestros padres; y, mientras uno quebranta la ley al no sacrificar cordero alguno, otro puede guardar íntegramente el mandamiento, ofreciendo su sacrificio, preparándolo como es debido y sin quebrarle ningún hueso. Esta es, en suma, la interpretación de la Pascua sacrificada por nosotros, que es Cristo, conforme al modo en que la entienden los Apóstoles y a lo dicho del Cordero en el Evangelio. Pues no debemos suponer que los hechos históricos sean tipos de hechos históricos ni las cosas materiales, de cosas materiales, sino que las cosas materiales son tipos de las espirituales y los hechos históricos, de las realidades intelectuales. No es necesario que nuestro discurso ascienda ahora a esa tercera Pascua que habrá de celebrarse con miríadas de ángeles en el éxodo más perfecto y bienaventurado; ya hemos hablado de estas cosas más de lo que exige el pasaje.