Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
Un tratado sobre la paciencia que empieza confesando que su autor no la tiene: «siempre enfermo con los ardores de la impaciencia», Tertuliano escribe sobre ella como los enfermos hablan de la salud que les falta. De ahí pasa a la tesis: la paciencia es de Dios, que hace salir el sol sobre justos e injustos; Cristo la practicó en su nacimiento, su bautismo y su pasión; la impaciencia, en cambio, tiene al diablo por autor. Siguen los casos en que se pone a prueba —el dinero perdido, la injuria, el duelo, la venganza— y la paciencia del cuerpo, que llega hasta el martirio.
Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa del Rev. S. Thelwall, publicada en 1885 en el volumen 3 de las Ante-Nicene Fathers (Latin Christianity: Its Founder, Tertullian, editado por Alexander Roberts, James Donaldson y A. Cleveland Coxe; Christian Literature Publishing Co., Buffalo, según New Advent). La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no ha sido revisada por un traductor humano. No se tradujo del latín de Tertuliano, sino del inglés de Thelwall.
| Autor | Tertuliano (Quinto Septimio Florente Tertuliano), de Cartago, c. 155 – c. 220 (Wikipedia) |
| Título | Sobre la paciencia (latín De patientia; en el ANF, Of Patience) |
| Fecha | No consta en el texto; el ANF la sitúa «posiblemente tan tarde como» el 202 |
| Género | Tratado moral breve |
| Estructura | 16 capítulos, con los títulos de la edición inglesa |
| Extensión | Unas 8 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana, automática y directa del inglés de Thelwall; no del latín |
| Fuente | Ante-Nicene Fathers, vol. 3 (1885), tal como lo recogen CCEL y New Advent |
CCEL da el texto con las notas de Thelwall y del editor; New Advent, el mismo texto revisado por Kevin Knight. Las notas de Thelwall indican que sigue en general la lectura del editor alemán Franz Oehler y que a veces se aparta de ella; avisa en nota de los pasajes que considera difíciles o discutidos. El ANF añade, entre corchetes, que la obra fue escrita «posiblemente tan tarde como» el 202 y que Neander y Kaye la tienen por ortodoxa en sentido católico; en el capítulo 13, Kaye compara su lenguaje con el del De fuga como indicio de que el autor estaba libre del montanismo cuando la escribió. Es la lectura de esos estudiosos recogida por el editor, no un dato del texto.
Lo que viene de la edición. Los títulos de los capítulos, su numeración y las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición inglesa. El epub de partida no trae las notas de Thelwall ni del editor. Los capítulos no se dividen en secciones numeradas, de modo que los localizadores son «Cap. N».
Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 16 capítulos y los mismos 17 párrafos que su inglés de partida, con un largo parecido, y no quedó ningún párrafo sin traducir. Al ser traducción automática, conviene cotejarla con el inglés antes de citarla.
Cap. 1
Confieso plenamente al Señor Dios que ha sido bastante temerario, si no incluso desvergonzado, en mí haberme atrevido a componer un tratado sobre la paciencia, para cuya práctica soy del todo inepto, siendo hombre sin bondad alguna; mientras que correspondería que aquellos que se han dedicado a demostrar y encomiar alguna cosa particular, fueran ellos mismos los primeros en destacarse en la práctica de esa cosa, y regularan la constancia de su amonestación por la autoridad de su conducta personal, no sea que sus palabras se ruboricen ante la deficiencia de sus obras. Y ojalá este «rubor» trajera remedio, de modo que la vergüenza de no exhibir lo que vamos a sugerir a otros resultara tutela para exhibirlo; salvo que la magnitud de ciertos bienes —como también de ciertos males— es insoportable, de suerte que sólo la gracia de la inspiración divina es eficaz para alcanzarlos y practicarlos. Pues lo que es sumamente bueno descansa sumamente en Dios; y ningún otro sino Aquel que lo posee lo dispensa, según lo juzga conveniente a cada uno. Y así, discurrir sobre aquello que no se nos concede gozar será, por así decirlo, un consuelo; a la manera de los enfermos, que, careciendo de salud, no saben callar acerca de sus bienes. Así yo, miserable en extremo, siempre enfermo con los ardores de la impaciencia, debo necesariamente suspirar por, invocar y pedir con insistencia aquella salud de la paciencia que no poseo; mientras recuerdo y, en la contemplación de mi propia debilidad, asimilo la verdad, a saber, que la buena salud de la fe y la solidez de la disciplina del Señor no se acrecientan fácilmente en nadie si la paciencia no se sienta a su lado. De tal modo está la paciencia puesta sobre las cosas de Dios, que nadie puede obedecer precepto alguno ni cumplir obra alguna agradable al Señor si está alejado de ella. El bien de ella, aun quienes viven fuera de ella, lo honran con el nombre de suma virtud. Los filósofos, en verdad, tenidos por animales de considerable sabiduría, le asignan tan alto lugar que, mientras discrepan mutuamente con las varias fantasías de sus sectas y las rivalidades de sus sentimientos, sin embargo, teniendo comunidad de estima por la sola paciencia, a esta sola de sus búsquedas han consentido en conceder la paz: por ella conspiran; por ella se alían; a ella, en su afectación de virtud, persiguen unánimemente; acerca de la paciencia exhiben toda su ostentación de sabiduría. ¡Grande testimonio es éste para ella, en tanto que incita incluso a las vanas escuelas del mundo a la alabanza y a la gloria! ¿O es más bien una injuria, en cuanto que una cosa divina es manoseada entre ciencias mundanas? Mas atiendan a eso quienes pronto se avergonzarán de su sabiduría, destruida y deshonrada juntamente con el mundo (en que vive).
Cap. 2
A nosotros ninguna afectación humana de ecuanimidad canina, modelada por la insensibilidad, nos da garantía para ejercer la paciencia; sino la disposición divina de una disciplina viva y celestial, que nos pone delante a Dios mismo en primer lugar como ejemplo de paciencia; el cual esparce por igual sobre justos e injustos el brillo de esta luz; el cual permite que los buenos oficios de las estaciones, los servicios de los elementos, los tributos de toda la naturaleza, se acumulen a la vez para dignos e indignos; soportando a las naciones más ingratas, que adoran como hacen los juguetes de las artes y las obras de sus propias manos, persiguiendo su Nombre junto con su familia; soportando la lujuria, la avaricia, la iniquidad, la malignidad, insolentándose cada día: de modo que por su propia paciencia se menosprecia a sí mismo; pues la causa por la que muchos no creen en el Señor es que están tanto tiempo sin saber que Él está airado contra el mundo.
Cap. 3
Y esta especie de la divina paciencia, estando, por así decirlo, a distancia, quizá pueda ser estimada como entre «cosas demasiado altas para nosotros;» pero ¿qué es aquello que, en cierto modo, ha sido palpado con la mano [] entre los hombres abiertamente en la tierra? Dios se deja concebir en el seno de una madre, y aguarda el tiempo del nacimiento; y, nacido, soporta la demora del crecimiento; y, crecido, no se apresura a ser reconocido, sino que además es contumelioso consigo mismo, y es bautizado por su propio siervo; y rechaza con solas palabras los acometimientos del tentador; mientras que de ser «Señor» se convierte en «Maestro,» enseñando al hombre a escapar de la muerte, habiendo sido adiestrado en el ejercicio de la total tolerancia de la paciencia ofendida. No riñó; no gritó; ni nadie oyó su voz en las calles. No quebró la caña cascada; el pábilo humeante no lo apagó: pues el profeta— más aún, el testimonio de Dios mismo, que puso su propio Espíritu, juntamente con la paciencia en su integridad, en su Hijo— no había hablado en falso. No hubo nadie deseoso de adherirse a Él a quien Él no recibiera. Mesa o techo de nadie despreció: es más, Él mismo sirvió en el lavatorio de los pies de los discípulos; ni a pecadores, ni a publicanos, rechazó; ni siquiera contra aquella ciudad que había rehusado recibirlo se airó [], cuando incluso los discípulos habían deseado que los fuegos celestiales fueran lanzados de inmediato sobre ciudad tan contumeliosa. Cuidó de los ingratos; cedió a sus asechadores. Esto sería poca cosa, si no hubiera tenido en su compañía incluso a su propio traidor, y se hubiera abstenido firmemente de señalarlo. Además, mientras es entregado, mientras es llevado «como oveja para el sacrificio,» (pues «así no abre más su boca que un cordero bajo el poder del esquilador,») Aquel a quien, si lo hubiera querido, legiones de ángeles se le habrían presentado con una sola palabra desde los cielos, no aprobó la espada vengadora de ni siquiera un discípulo. La paciencia del Señor fue herida en (la herida de) Malco. Y así también maldijo para el tiempo venidero las obras de la espada; y, mediante la restauración de la salud, dio satisfacción a aquel a quien Él mismo no había dañado, por medio de la Paciencia, madre de la Misericordia. Paso por alto en silencio (el hecho de) que es crucificado, pues éste era el fin para el cual había venido; sin embargo, ¿acaso la muerte que debía padecerse necesitaba también de contumelias? No, más bien, cuando estaba a punto de partir, quiso saciarse con el placer de la paciencia. Es escupido, azotado, escarnecido, vestido vilmente, más vilmente coronado. ¡Admirable es la fe de la ecuanimidad! Aquel que había puesto ante Él el ocultarse en forma de hombre, ¡no imitó nada de la impaciencia del hombre! Por tanto, más que por cualquier otro rasgo, vosotros, fariseos, debisteis haber reconocido al Señor. Paciencia de esta clase ningún hombre alcanzaría. Evidencias tan grandes y tan poderosas— cuya misma magnitud demuestra ser entre las naciones ciertamente causa de rechazo de la fe, pero entre nosotros su razón y su crianza— demuestran de manera bastante manifiesta (no sólo por los sermones, al mandar, sino igualmente por los padecimientos del Señor al soportar) a aquellos a quienes es dado creer, que, como efecto y excelencia de una propiedad inherente, la paciencia es naturaleza de Dios.
Incluso las bestias. La imitación obediente se funda en la paciencia
Cap. 4
Por tanto, si vemos a todos los siervos de probidad y recto sentir modelar su conducta de modo adecuado a la disposición de su señor; si, esto es, el arte de merecer favor es la obediencia, mientras que la regla de la obediencia es una sujeción complaciente: ¿cuánto más nos conviene a nosotros ser hallados con un carácter conforme a nuestro Señor,— siervos como somos del Dios vivo, cuyo juicio sobre sus siervos no versa sobre un grillete o un gorro de libertad, sino sobre una eternidad ya de pena ya de salvación; para cuyo rigor rehuir o cuya liberalidad cortejar se necesita una diligencia en la obediencia tan grande como lo son las conminaciones mismas que el rigor profiere, o las promesas que la liberalidad hace gratuitamente? Y sin embargo exigimos obediencia no sólo de hombres, que tienen el vínculo de su esclavitud bajo su barbilla, o que por cualquier otra vía legal son deudores de obediencia, sino incluso del ganado, incluso de las bestias; entendiendo que han sido provistos y entregados para nuestros usos por el Señor. ¿Acaso, entonces, criaturas a las que Dios somete a nosotros serán mejores que nosotros en la disciplina de la obediencia? Finalmente, (las criaturas) que obedecen, reconocen a sus amos. ¿Vacilamos nosotros en escuchar con diligencia a Aquel a quien únicamente estamos sujetos— esto es, el Señor? ¡Pero cuán injusto es, cuán ingrato igualmente, no devolver de ti mismo lo mismo que, por la indulgencia de tu prójimo, obtienes de otros, a aquel por medio de quien lo obtienes! Ni hacen falta más palabras sobre la exhibición de la obediencia debida por nosotros al Señor Dios; pues el reconocimiento de Dios entiende lo que le incumbe. Para que, sin embargo, no parezca que hemos insertado observaciones sobre la obediencia como algo irrelevante, (recordemos) que la obediencia misma se deriva de la paciencia. Nunca un hombre impaciente la rinde, ni un paciente deja de hallar placer en ella. ¿Quién, entonces, podría tratar largamente (bastante) del bien de aquella paciencia que el Señor Dios, Demostrador y Aceptador de todos los bienes, llevaba en su propio ser? ¿A quién, además, le sería dudoso que todo bien debe, porque pertenece a Dios, ser perseguido con toda el alma por quienes pertenecen a Dios? Por medio de las cuales (consideraciones) tanto la recomendación como la exhortación sobre el tema de la paciencia quedan establecidas brevemente, y como en el compendio de una regla prescriptiva.
Cap. 5
No obstante, el proceder de una discusión sobre lo necesario de la fe no es ocioso, porque no es infructuoso. En la edificación ninguna locuacidad es vil, si es que es vil en algún momento. Y así, si el discurso versa sobre algún bien particular, el asunto exige que revisemos también lo contrario de ese bien. Pues arrojarás más luz sobre lo que ha de perseguirse, si primero das un compendio de lo que ha de evitarse.
Consideremos, pues, respecto de la Impaciencia, si, así como la paciencia en Dios, así también su cualidad adversaria ha nacido y sido hallada en nuestro adversario, para que de esta consideración aparezca cuán primariamente es adversa a la fe. Pues aquello que ha sido concebido por el rival de Dios, ciertamente no es amigo de las cosas de Dios. La discordia de las cosas es la misma que la discordia de sus autores. Además, puesto que Dios es el mejor de los seres, y el diablo, por el contrario, el peor de los seres, por su propia diversidad misma testifican que ninguno obra para el otro; de modo que nada bueno puede parecer que sea efectuado para nosotros por el Maligno, así como nada malo por el Bueno. Por tanto, detecto el nacimiento de la impaciencia en el diablo mismo, en aquel mismo tiempo en que soportó impacientemente que el Señor Dios sometiera las obras universales que había hecho a su propia imagen, esto es, al hombre. Pues si hubiera soportado (aquello), no se habría afligido; ni habría envidiado al hombre si no se hubiera afligido. En consecuencia, lo engañó porque lo había envidiado; pero había envidiado porque se había afligido: se había afligido porque, naturalmente, no lo había soportado con paciencia. Qué fue primero aquel ángel de perdición— malicioso o impaciente— me desdeño de inquirirlo: puesto que es manifiesto que o bien la impaciencia tuvo su origen junto con la malicia, o bien la malicia de la impaciencia; que después conspiraron entre sí; y que crecieron indivisibles en un solo seno paternal. Mas, sin embargo, habiendo sido instruido, por su propia experiencia, de cuánta ayuda para pecar era aquello que él había sido el primero en sentir, y por medio de lo cual había entrado en su curso de delincuencia, llamó a lo mismo en su auxilio para empujar al hombre al crimen. La mujer, inmediatamente al ser hallada por él— puedo decirlo sin temeridad— fue, por su misma habla con ella, soplada por un espíritu infectado de impaciencia: tan cierto es que jamás habría pecado en absoluto, si hubiera honrado el divino edicto manteniendo su paciencia hasta el fin. ¿Qué (del hecho) de que no soportó haber sido hallada sola; sino que en presencia de Adán, aún no su marido, aún no obligado a prestarle sus oídos, está impaciente por guardar silencio, y lo hace transmisor de aquello que ella había bebido del Maligno? Por tanto, otro ser humano perece también por la impaciencia de la una; luego también perece por sí mismo, por su propia impaciencia cometida en ambos respectos, tanto en lo que atañe a la premonición de Dios como en lo que atañe al engaño del diablo; no soportando observar la primera ni refutar el segundo. De ahí, de donde (el origen) de la delincuencia, surgió el primer origen del juicio; de ahí, de donde el hombre fue inducido a ofender, comenzó Dios a airarse. De donde (vino) la primera indignación en Dios, de allí (vino) su primera paciencia; quien, contento por entonces con la sola maldición, se abstuvo en el caso del diablo de la inmediata imposición del castigo. Si no, ¿qué crimen, antes de esta culpa de impaciencia, se imputa al hombre? Inocente era, y en íntima amistad con Dios, y labrador del paraíso. Pero una vez que sucumbió a la impaciencia, cesó por completo de ser de suave olor para Dios; cesó por completo de poder soportar las cosas celestiales. Desde entonces, criatura entregada a la tierra, y expulsada de la vista de Dios, comienza a ser fácilmente movida por la impaciencia a todo uso ofensivo para Dios. Pues enseguida aquella impaciencia concebida de la semilla del diablo, produjo, en la fecundidad de la malicia, a la ira como hija suya; y una vez dada a luz, la adiestró en sus propias artes. Pues aquello mismo que había sumergido a Adán y Eva en la muerte, enseñó también a su hijo a comenzar con el homicidio. Ocioso me sería atribuir esto a la impaciencia, si Caín, aquel primer homicida y primer fratricida, hubiera soportado con ecuanimidad y no impacientemente el rechazo por el Señor de sus propias oblaciones— si no se aira contra su propio hermano— si, finalmente, no hubiera quitado la vida a nadie. Puesto que, entonces, no pudo matar a menos que estuviera airado, ni estar airado a menos que estuviera impaciente, demuestra que lo que hizo por la ira debe referirse a aquello por lo cual la ira fue sugerida durante este tiempo de cuna de la impaciencia, entonces (en cierto sentido) en su infancia. ¡Pero cuán grandes fueron pronto sus aumentos! Y no es de extrañar. Si ella ha sido la primera delincuente, es consecuencia que, porque ella ha sido la primera, es también el único tronco paterno de toda delincuencia, derramando desde su propia fuente diversas venas de crímenes. Del homicidio hemos hablado; mas, siendo desde el mismo comienzo el resultado de la ira, cualesquiera causas además que poco después halló para sí, las carga colectivamente sobre la cuenta de la impaciencia, en cuanto a su propio origen. Pues ya sea por enemistades privadas, o por causa de botín, si alguno perpetra aquella maldad, el paso anterior es volverse impaciente de o el odio o la avaricia. Lo que sea que obliga a un hombre, no es posible que sin impaciencia de sí mismo pueda perfeccionarse en acto. ¿Quién jamás cometió adulterio sin impaciencia de la lujuria? Además, si en las mujeres la venta de su pudor es forzada por el precio, ciertamente es por la impaciencia de despreciar la ganancia como esta venta es regulada. Éstas (menciono) como las principales delincuencias a la vista del Señor, pues, para hablar compendiosamente, todo pecado es atribuible a la impaciencia. «El mal» es «impaciencia del bien.» Ningún inmodesto deja de ser impaciente de la modestia; deshonesto de la honestidad; impío de la piedad; inquieto de la quietud. Para que cada individuo pueda volverse malo, será incapaz de perseverar en ser bueno. ¿Cómo, pues, puede tal hidra de delincuencias dejar de ofender al Señor, Reprobador de los males? ¿No es manifiesto que fue por la impaciencia por lo que el propio Israel falló también siempre en su deber para con Dios, desde aquel tiempo en que, olvidado del brazo celestial por el cual había sido sacado de su aflicción egipcia, exige de Aarón «dioses como guías;» cuando derrama para un ídolo las contribuciones de su oro: pues las demoras tan necesarias de Moisés, mientras se encontraba con Dios, las había soportado con impaciencia. Después de la lluvia comestible del maná, después del seguimiento acuoso de la roca, desesperan del Señor al no soportar una sed de tres días; pues esto también les es imputado por el Señor como impaciencia. Y— para no divagar por casos individuales— no hubo instancia en la que no fuera por faltar al deber mediante la impaciencia como perecieron. ¿Cómo, además, pusieron manos sobre los profetas, sino por impaciencia de oírlos? ¿Y sobre el Señor mismo, asimismo por impaciencia de verlo? Mas si hubieran entrado en la senda de la paciencia, habrían sido liberados.
Cap. 6
Por consiguiente, es la paciencia la que es a la vez subsiguiente y antecedente a la fe. En suma, Abraham creyó a Dios, y le fue acreditada por Él la justicia; mas fue la paciencia la que probó su fe, cuando se le ordenó inmolar a su hijo, con miras a (no diré la tentación, sino) la atestación típica de su fe. Pero Dios sabía a quién había acreditado con justicia. Tan pesado precepto, cuya perfecta ejecución ni siquiera era agradable al Señor, él lo oyó con paciencia y (si Dios lo hubiera querido) lo habría cumplido. Merecidamente, pues, fue «bendito,» porque fue «fiel;» merecidamente «fiel,» porque «paciente.» Así la fe, iluminada por la paciencia, cuando comenzaba a propagarse entre las naciones por medio de «la simiente de Abraham, que es Cristo,» [] e inducía la gracia por encima de la ley, hizo de la paciencia su preeminente coadjutora para ampliar y cumplir la ley, porque sólo esto había faltado a la doctrina de la justicia. Pues los hombres acostumbraban antiguamente a exigir «ojo por ojo, y diente por diente» y a pagar con usura «mal por mal;» porque, todavía, la paciencia no estaba en la tierra, puesto que la fe tampoco lo estaba. Por supuesto, entretanto, la impaciencia solía gozar de las ocasiones que la ley le daba. Eso era fácil, mientras el Señor y Maestro de la paciencia estaba ausente. Pero después que Él ha sobrevenido, y ha unido la gracia de la fe con la paciencia, ahora ya no es lícito atacar ni siquiera con palabra, ni decir «necio» siquiera, sin «peligro del juicio.» La ira ha sido prohibida, nuestros espíritus retenidos, la petulancia de la mano reprimida, el veneno de la lengua extraído. La ley ha hallado más de lo que ha perdido, mientras Cristo dice: «Amad a vuestros enemigos personales, y bendecid a los que os maldicen, y orad por los que os persiguen, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial.» [] ¿Veis a quién nos gana la paciencia como Padre? En este precepto principal se comprende sucintamente la disciplina universal de la paciencia, puesto que no se concede el mal obrar ni siquiera cuando es merecido.
Cap. 7
Ahora, empero, mientras recorremos las causas de la impaciencia, todos los demás preceptos responderán también en sus lugares propios. Si nuestro espíritu se inquieta por la pérdida de bienes, es amonestado por las Escrituras del Señor, en casi todo lugar, a un desprecio del mundo; ni se nos presenta exhortación más poderosa al desprecio del dinero que (el hecho de) que el Señor mismo se halla en medio de ninguna riqueza. Él justifica siempre a los pobres, condena de antemano a los ricos. Así Él asignó de antemano a la paciencia «la pérdida,» y a la opulencia «el desprecio» (como porción); demostrando, por medio de su propio repudio de las riquezas, que los daños hechos a ellas tampoco han de ser muy considerados. De aquello, por tanto, que no tenemos la menor necesidad de buscar, porque el Señor tampoco lo buscó, debemos soportar sin angustia de corazón el recorte o la sustracción. «La codicia,» el Espíritu del Señor ha declarado por medio del apóstol «raíz de todos los males.» No interpretemos esa codicia como consistente meramente en la concupiscencia de lo ajeno: pues incluso lo que parece nuestro es ajeno; porque nada es nuestro, ya que todas las cosas son de Dios, de quien también nosotros mismos somos. Y así, si, al sufrir una pérdida, nos sentimos impacientes, afligiéndonos por lo que se pierde de lo que no es nuestro, seremos descubiertos como rayando en la codicia: buscamos lo ajeno cuando mal toleramos perder lo ajeno. El que se agita grandemente con impaciencia por una pérdida, al anteponer las cosas terrenas a las celestiales, peca directamente contra Dios; pues al Espíritu, que ha recibido del Señor, lo contrista grandemente por causa de un asunto mundano. De buena gana, por tanto, perdamos lo terreno, guardemos lo celestial. ¡Perezca el mundo entero, con tal que yo haga de la paciencia mi ganancia! En verdad, no sé si aquel que no se ha propuesto soportar con constancia la pérdida de algo suyo, sea por hurto, sea por fuerza, o incluso por descuido, pondría él mismo de buen grado y de corazón mano sobre su propia hacienda en la causa de la limosna: pues ¿quién que no soporta en absoluto ser cortado por otro, desenvaina él mismo la espada contra su propio cuerpo? La paciencia en las pérdidas es un ejercicio en dar y comunicar. Quien no teme perder, no halla gravoso dar. De otro modo, ¿cómo podrá uno, cuando tiene dos túnicas, dar la una al desnudo, [] a menos que sea un hombre que asimismo ofrezca su manto a quien le quita la túnica? ¿Cómo nos haremos amigos con el mamón, [] si lo amamos tanto que no toleramos su pérdida? Pereceremos juntamente con el mamón perdido. ¿Por qué hallamos aquí, donde nuestro negocio es perder? Mostrar impaciencia ante todas las pérdidas es asunto de los gentiles, que anteponen el dinero quizá a su alma; pues así lo hacen, cuando, en sus codicias de lucro, afrontan los peligros gananciosos del comercio en el mar; cuando, por causa del dinero, aun en el foro, no hay nada que la condenación misma temería que vacilen en intentar; cuando se alquilan para el deporte y el campamento; cuando, a la manera de las bestias salvajes, hacen de salteadores a lo largo del camino. Pero a nosotros, según la diversidad por la que nos distinguimos de ellos, nos conviene entregar no nuestra alma por dinero, sino dinero por nuestra alma, ya espontáneamente al dar, ya pacientemente al perder.
Cap. 8
Nosotros, que llevamos de aquí para allá nuestra propia alma, nuestro propio cuerpo, expuestos en este mundo a la injuria de todos, y mostramos paciencia bajo esa injuria, ¿habremos de sentirnos heridos por la pérdida de cosas menos importantes? Lejos de un siervo de Cristo esté tal mancha como que la paciencia que ha sido preparada para las mayores tentaciones lo abandone en las frívolas. Si alguien intenta provocarte con violencia manual, la admonición del Señor está a la mano: «Al que», dice, «te abofetee en la mejilla, vuélvele también la otra.» [] Que el ultraje se canse con tu paciencia. Cualquiera que sea ese golpe, unido con dolor y contumelia, recibirá otro más pesado del Señor. Tú hieres más a ese ultrajador soportando: pues él será golpeado por Aquel por cuya causa tú soportas. Si la amargura de la lengua estalla en maldición o reproche, mira de nuevo la sentencia: «Cuando os maldigan, regocijaos.» El Señor mismo fue «maldito» a los ojos de la ley; y sin embargo es Él el único Bienaventurado. Sigamos, pues, los siervos a nuestro Señor de cerca; y seamos maldecidos con paciencia, para que podamos ser bendecidos. Si oigo con demasiado poca ecuanimidad alguna palabra lasciva o malvada proferida contra mí, de necesidad debo o bien yo mismo devolver la amargura, o bien seré atormentado con muda impaciencia. Cuando, pues, al ser maldecido, golpeo (con mi lengua), ¿cómo se hallará que he seguido la doctrina del Señor, en la cual se ha entregado que «el hombre se contamina, no por las impurezas de los vasos, sino de las cosas que salen de su boca.» Además, se dice que «nos aguarda juicio por toda palabra vana y ociosa.» Se sigue que, de aquello de que el Señor nos guarda, eso mismo nos amonesta a soportarlo con paciencia de otro. Añadiré (algo) tocante al placer de la paciencia. Pues toda injuria, ya sea infligida por la lengua o por la mano, cuando ha caído sobre la paciencia, será despedida con la misma suerte que un arma lanzada contra una roca de durísima firmeza y embotada en ella. Pues caerá enteramente allí mismo con trabajo inútil y sin fruto; y a veces retrocederá y gastará su furia sobre quien la lanzó, con ímpetu retorcido. Sin duda, la razón por la que alguien te hiere es que tú seas afligido; porque el goce del que hiere consiste en el dolor del herido. Cuando, pues, tú has trastornado su goce al no ser afligido, él necesariamente ha de ser afligido por la pérdida de su goce. Entonces no sólo te vas ileso, lo cual aun solo te basta; sino además gratificado, de añadidura, por el desengaño de tu adversario, y vengado por su dolor. Ésta es la utilidad y el placer de la paciencia.
Cap. 9
Ni siquiera se excusa aquella especie de impaciencia bajo la pérdida de nuestros seres queridos, donde alguna afirmación de un derecho al duelo le sirve de patrono. Pues debe ponerse ante nosotros la consideración de la declaración del apóstol, que dice: «No os abruméis de tristeza por el dormirse de alguno, así como las naciones que no tienen esperanza.» Y con justicia; pues, creyendo la resurrección de Cristo, creemos también en la nuestra, por cuya causa Él murió y resucitó. Puesto que, entonces, hay certeza respecto de la resurrección de los muertos, el duelo por la muerte es innecesario, y la impaciencia del duelo es innecesaria. Pues ¿por qué habrías de afligirte, si crees que (tu ser querido) no ha perecido? ¿Por qué habrías de soportar con impaciencia la retirada temporal de aquel que crees que volverá? Lo que piensas que es muerte es partida. El que se nos adelanta no ha de ser lamentado, aunque ciertamente ha de ser anhelado. Ese anhelo también debe ser templado con paciencia. Pues ¿por qué habrías de soportar sin moderación el hecho de que se haya ido aquel a quien pronto seguirás? Además, la impaciencia en asuntos de esta clase presagia mal para nuestra esperanza, y es tratar con insinceridad a la fe. Y herimos a Cristo cuando no aceptamos con ecuanimidad el llamamiento fuera de este mundo de alguno por Él, como si fueran dignos de compasión. «Deseo», dice el apóstol, «ser recibido ya, y estar con Cristo.» ¡Cuánto mejor deseo exhibe él! Si, pues, nos afligimos con impaciencia por aquellos que han alcanzado el deseo de los cristianos, mostramos nosotros mismos desgana de alcanzarlo.
Cap. 10
Hay también otro principal aguijón de la impaciencia, la codicia de venganza, que trata del negocio o de la gloria o de la malicia. Pero la «gloria», por una parte, es en todas partes «vana;» y la malicia, por otra, es siempre odiosa al Señor; en este caso ciertamente sobre todo, cuando, provocada por la malicia de un prójimo, se constituye superior en proseguir la venganza, y al pagar la maldad duplica aquella que una vez se ha cometido. La venganza, en la estimación del error, parece un consuelo del dolor; en la estimación de la verdad, por el contrario, es convicta de malignidad. Pues ¿qué diferencia hay entre el provocador y el provocado, excepto que el primero es descubierto como anterior en el mal obrar, y el segundo como posterior? Sin embargo, cada uno queda acusado de herir a un hombre a los ojos del Señor, el cual prohíbe y condena toda maldad. En el mal obrar no se tiene cuenta del orden, ni el lugar separa lo que la semejanza une. Y el precepto es absoluto: que no se devuelva mal por mal. [] Semejante acción entraña semejante mérito. ¿Cómo observaremos ese principio, si en nuestro aborrecimiento no aborrecemos la venganza? ¿Qué honor, además, ofreceremos al Señor Dios, si nos arrogamos el arbitrio de la venganza? Somos corruptos [], vasos de barro. Con nuestros propios siervos, si asumen para sí el derecho de venganza sobre sus consiervos, nos ofendemos gravemente; mientras que a aquellos que nos hacen ofrenda de su paciencia no sólo los aprobamos como conscientes de humildad, de servidumbre, celosos afectuosamente del derecho del honor de su señor; sino que les damos una satisfacción más amplia que la que habrían pre-exigido para sí mismos. ¿Hay acaso riesgo de un resultado diferente en el caso de un Señor tan justo al estimar, tan potente al ejecutar? ¿Por qué, pues, lo creemos Juez, si no también Vengador? Esto promete que Él será para nosotros en retorno, diciendo: «La venganza pertenece a mí, y yo vengaré;» es decir, Deja la paciencia a mí, y yo recompensaré la paciencia. Pues cuando dice: «No juzguéis, para que no seáis juzgados,» ¿no exige paciencia? Pues ¿quién se abstendrá de juzgar a otro, sino aquel que sea paciente en no vengarse a sí mismo? ¿Quién juzga para perdonar? Y si perdona, aun así ha cuidado de complacer la impaciencia de un juzgador, y ha quitado el honor del único Juez, es decir, Dios. ¡En cuántos infortunios ha solido incurrir la impaciencia de esta clase! ¡Cuán a menudo se ha arrepentido de su venganza! ¡Cuán a menudo se ha hallado su vehemencia peor que las causas que a ella condujeron!— y es que nada emprendido con impaciencia puede efectuarse sin ímpetu: nada hecho con ímpetu deja de tropezar, o caer del todo, o desvanecerse de cabeza. Además, si te vengas con demasiada pequeñez, estarás furioso; si con demasiada amplitud, habrás de soportar la carga. ¿Qué tengo yo que ver con la venganza, cuya medida, por impaciencia del dolor, soy incapaz de regular? Mientras que, si reposo en la paciencia, no sentiré dolor; si no siento dolor, no desearé vengarme.
Cap. 11
Después de estas principales causas materiales de la impaciencia, registradas lo mejor que hemos podido, ¿por qué habríamos de extraviarnos entre las demás— las que se hallan en casa, las que fuera? Amplia y difusiva es la operación del Maligno, que arroja múltiples irritaciones de nuestro espíritu, a veces insignificantes, a veces muy grandes. Pero las insignificantes puedes despreciarlas por su misma pequeñez; a las muy grandes puedes ceder en consideración de su poder abrumador. Donde la injuria es menor, no hay necesidad de impaciencia; pero donde la injuria es mayor, más necesario es el remedio de la injuria: la paciencia. Esforcémonos, por tanto, por soportar las aflicciones del Maligno, para que el celo contrario de nuestra ecuanimidad se burle del celo del enemigo. Si, empero, nosotros mismos, sea por imprudencia o voluntariamente, atraemos sobre nosotros algo, afrontemos con igual paciencia aquello de lo que hemos de culparnos. Además, si creemos que algunas aflicciones nos son enviadas por el Señor, ¿a quién habríamos de mostrar más paciencia que al Señor? Antes bien, Él nos enseña a dar gracias y regocijarnos, por añadidura, al ser tenidos por dignos del castigo divino. «A quien amo», dice, «castigo.» ¡Oh siervo bienaventurado, en cuya enmienda el Señor está atento! ¡Con quien Él se digna airarse! ¡A quien no engaña disimulando sus reproches! Por todas partes, por tanto, estamos obligados al deber de ejercitar la paciencia, de cualquier lado que, sea por nuestros propios errores o por las asechanzas del Maligno, incurramos en los reproches del Señor. De ese deber grande es la recompensa— a saber, la felicidad. Pues ¿a quién, sino al paciente, ha llamado el Señor feliz, al decir: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos?» [] Nadie, ciertamente, es «pobre en espíritu» sino es humilde. Ahora bien, ¿quién es humilde, sino es paciente? Pues nadie puede abajarse sin paciencia, en primer lugar, para soportar el acto de abajamiento. «Bienaventurados», dice, «los que lloran y se lamentan.» [] ¿Quién, sin paciencia, es tolerante de tales infelicidades? Y así a tales, «consolación» y «risa» son prometidas. «Bienaventurados los mansos:» [] bajo este término, ciertamente, los impacientes no pueden en modo alguno ser clasificados. De nuevo, cuando Él marca a «los pacificadores» [] con el mismo título de felicidad, y los nombra «hijos de Dios,» decid, ¿tienen los impacientes alguna afinidad con «la paz?» Hasta un necio puede percibirlo. Cuando, empero, dice: «Gozaos y alegraos, cuantas veces os maldigan y persigan; porque muy grande es vuestra recompensa en el cielo,» ciertamente no es a la impaciencia de la exultación a la que hace esa promesa; porque nadie querrá «alegrarse» en las adversidades a menos que primero haya aprendido a despreciarlas; nadie las despreciará a menos que haya aprendido a practicar la paciencia.
Capítulo 12. De otros preceptos divinos. La descripción apostólica de la caridad. Su conexión con la paciencia
Cap. 12
En cuanto a la regla de la paz, que tanto place a Dios, ¿quién en el mundo, propenso a la impaciencia, perdonará a su hermano siquiera una vez, no digo «siete veces,» o «setenta y siete veces?» ¿Quién, meditando un pleito contra su adversario, arreglará el asunto por acuerdo, [] si no comienza por podar el desabrimiento, la dureza de corazón y la amargura, que son en verdad los retoños venenosos de la impaciencia? ¿Cómo «perdonarás, y se te concederá el perdón» [] si la ausencia de paciencia te hace tenaz en la injuria? Nadie que esté en desacuerdo interior con su hermano terminará de ofrecer su «debida ofrenda en el altar,» si antes, con el propósito de «reconciliarse con su hermano,» no vuelve a la paciencia. [] Si «el sol se pone sobre nuestra ira,» estamos en peligro: no se nos permite permanecer un solo día sin paciencia. Pero, sin embargo, como la Paciencia va delante en toda especie de disciplina saludable, ¿qué hay de extraño en que ella asista también a la Penitencia (acostumbrada como está la Penitencia a acudir en auxilio de los caídos), cuando, en una disolución del matrimonio (por aquella causa, quiero decir, que lo hace lícito, ya sea al marido o a la mujer, persistir en la observancia perpetua de la viudez), ella aguarda, ella anhela, ella persuade con sus ruegos la penitencia en todos los que un día han de entrar en la salvación? ¡Cuán grande bendición confiere a cada uno! A uno le impide convertirse en adúltero; al otro lo enmienda. Así también se la halla en aquellos santos ejemplos de paciencia en las parábolas del Señor. La paciencia del pastor busca y halla la oveja descarriada: [] pues la Impaciencia fácilmente despreciaría a una oveja; pero la Paciencia emprende el trabajo de la búsqueda, y el paciente portador de la carga lleva a casa sobre sus hombros al pecador abandonado. También a aquel hijo pródigo lo recibe, lo viste, lo alimenta y lo excusa la paciencia del padre, delante de la impaciencia del hermano enojado. [] Por tanto, aquel que «había perecido» es salvado, porque entró en el camino de la penitencia. La Penitencia no perece, porque halla a la Paciencia (que la acoge). Pues ¿por las enseñanzas de quién, sino por las de la Paciencia, es instruida la Caridad — sacramento supremo de la fe, tesoro del nombre cristiano, que el apóstol encomia con toda la fuerza del Espíritu Santo—? «La caridad,» dice, «es sufrida;» así aplica la paciencia: «es benigna;» la Paciencia no hace mal: «no es envidiosa;» esto ciertamente es señal peculiar de la paciencia: «no sabe de violencia:» ha sacado su dominio propio de la paciencia: «no se envanece; no es violenta;» pues eso no pertenece a la paciencia: «ni busca lo suyo» si ella ofrece lo suyo, con tal de beneficiar a sus prójimos: «ni es irritable;» si lo fuera, ¿qué habría dejado a la Impaciencia? Por eso dice: «La caridad todo lo soporta; todo lo tolera;» por supuesto, porque es paciente. Con razón, pues, «nunca dejará de ser;» porque todas las demás cosas serán abolidas, tendrán su consumación. «Las lenguas, las ciencias, las profecías, se agotan; la fe, la esperanza, la caridad, permanecen:» la Fe, que la paciencia de Cristo introdujo; la Esperanza, que la paciencia del hombre aguarda; la Caridad, a la que la Paciencia acompaña, con Dios por Maestro.
Comentario editorial · La causa que hace lícita la separación (Cap. 12)
En el pasaje sobre la paciencia que espera la penitencia, Tertuliano habla de una disolución del matrimonio «por aquella causa» que permite a marido o mujer permanecer en la viudez. Thelwall anota en la edición inglesa que cuál sea esa causa es discutido: o bien el matrimonio con un pagano, que Tertuliano llama «adulterio» en A su esposa (II, 3), o bien el caso en que el Señor permitió el divorcio (Mateo 19:9). El editor del volumen añade, entre corchetes, que Neander señala cómo Tertuliano da otra lectura de la misma parábola en Sobre el pudor (cap. 9). Aquí el texto no resuelve la cuestión.
Cap. 13
Hasta aquí, finalmente, de la paciencia simple y uniforme, y tal como existe meramente en la mente: aunque también en muchas formas me afano por ella en el cuerpo, con el propósito de «ganar al Señor;» [] por cuanto es una cualidad que ha sido mostrada por el Señor mismo también en la virtud corporal; si es verdad que la mente rectora comunica fácilmente los dones del Espíritu con su corporal morada. ¿Cuál es, pues, el quehacer de la Paciencia en el cuerpo? En primer lugar, es la aflicción de la carne — una víctima capaz de aplacar al Señor por medio del sacrificio de la humillación— al hacer una libación al Señor de vestidura sórdida, junto con escasez de alimento, contenta con dieta sencilla y la pura bebida de agua, al añadir ayunos a todo esto; al habituarse al cilicio y a la ceniza. Esta corporal paciencia añade gracia a nuestras oraciones por el bien, fuerza a nuestras oraciones contra el mal; ésta abre los oídos de Cristo nuestro Dios, disipa la severidad, obtiene la clemencia. Así aquel rey babilónico, después de ser desterrado de la forma humana en su miseria y abandono de siete años, porque había ofendido al Señor, por la inmolación corporal de la paciencia no sólo recobró su reino, sino — lo que es más deseable para un hombre— dio satisfacción a Dios. Además, si ordenamos los grados más altos y felices de la paciencia corporal, (hallamos que) es ella a quien la santidad confía el cuidado de la continencia de la carne: ella guarda a la viuda, y pone a la virgen el sello [] y eleva al eunuco hecho a sí mismo a los reinos del cielo. [] Lo que brota de una virtud de la mente se perfecciona en la carne; y, finalmente, por la paciencia de la carne, combate bajo la persecución. Si la huida apremia, la carne guerrea contra la incomodidad de la huida; si la prisión nos alcanza, la carne (aún estaba) en cadenas, la carne en el grillete, la carne en la soledad, y en aquella falta de luz, y en aquella paciencia del maltrato del mundo. Cuando, empero, es llevada a la prueba final de la felicidad, a la ocasión del segundo bautismo, [] al acto de ascender al asiento divino, no se necesita más paciencia allí que la corporal. Si el «espíritu está dispuesto, pero la carne,» sin paciencia, «débil,» [] ¿dónde, sino en la paciencia, está la seguridad del espíritu, y de la carne misma? Pero cuando el Señor dice esto acerca de la carne, declarándola «débil,» muestra cuánta necesidad hay de fortalecerla — es decir, por la paciencia — para afrontar todo preparativo de subvertir o castigar la fe; para que soporte con toda constancia azotes, fuego, cruz, bestias, espada; todo lo cual, soportándolo, vencieron los profetas y los apóstoles.
Capítulo 14. El poder de esta doble paciencia, espiritual y corporal. Ejemplificada en los santos de antaño
Cap. 14
Con esta fuerza de paciencia, Isaías es cortado en dos, y no cesa de hablar del Señor; Esteban es apedreado, y ruega por el perdón de sus enemigos. [] ¡Oh, feliz también aquel que hizo frente a toda la violencia del diablo mediante el ejercicio de toda especie de paciencia! — a quien ni la expulsión de sus ganados ni aquellas riquezas suyas en ovejas, ni el arrebato de sus hijos en un solo golpe de ruina, ni, finalmente, la agonía de su propio cuerpo en una (única y universal) llaga, apartaron de la paciencia y de la fe que había empeñado al Señor; a quien el diablo golpeó con toda su fuerza en vano. Pues por todos sus dolores no fue apartado de su reverencia a Dios; sino que fue puesto como ejemplo y testimonio para nosotros, para el acabado cumplimiento de la paciencia tanto en espíritu como en carne, tanto en mente como en cuerpo; para que no sucumbamos ni a daños de nuestros bienes mundanos, ni a pérdidas de los que nos son más queridos, ni siquiera a aflicciones corporales. ¡Qué féretro para el diablo erigió Dios en la persona de aquel héroe! ¡Qué estandarte alzó sobre el enemigo de su gloria, cuando, ante cada amargo mensaje, aquel hombre no profirió de su boca sino gracias a Dios, mientras denunciaba a su mujer, ya harto fatigada por los males, y que le instaba a recurrir a remedios torcidos! ¡Cómo sonrió Dios, cómo fue despedazado el maligno, mientras Job con poderosa ecuanimidad seguía raspando [] el inmundo desbordamiento de su propia úlcera, mientras él, juguetonamente, devolvía los gusanos que de allí brotaban a las mismas cavernas y lugares de alimentación de su carne llagada! Y así, cuando todos los dardos de las tentaciones se habían embotado contra la coraza y el escudo de su paciencia, aquel instrumento de la victoria de Dios no sólo recobró al punto de Dios la salud de su cuerpo, sino que poseyó en medida duplicada lo que había perdido. Y si hubiese deseado también que se le restituyeran sus hijos, habría podido ser llamado padre de nuevo; pero prefirió que se le restituyeran «en aquel día.» Una alegría como aquélla — tan segura enteramente respecto del Señor— la difirió; entre tanto soportó un duelo voluntario, para no vivir sin algún (ejercicio de) paciencia.
Cap. 15
Tan sobradamente suficiente Depositario de la paciencia es Dios. Si es una injuria lo que depositas en su cuidado, Él es Vengador; si una pérdida, Restaurador; si dolor, Sanador; si muerte, Resucitador. ¡Qué honor se concede a la Paciencia, tener a Dios por Deudor! Y no sin razón: porque ella guarda todos sus decretos; ella tiene que ver con todos sus mandatos. Ella fortifica la fe; es piloto de la paz; asiste a la caridad; establece la humildad; espera largo tiempo la penitencia; pone su sello a la confesión; rige la carne; preserva el espíritu; enfrena la lengua; refrena la mano; pisotea las tentaciones; ahuyenta los escándalos; da su gracia culminante a los martirios; consuela a los pobres; enseña moderación a los ricos; no agobia al débil; no agota al fuerte; es delicia del creyente; invita al gentil; recomienda el siervo a su señor, y a su señor a Dios; adorna a la mujer; hace aprobado al hombre; es amada en la niñez, loada en la juventud, admirada en la vejez; es hermosa en uno y otro sexo, en toda edad de la vida. Ven, ahora, mira si tenemos una idea general de su semblante y atavío. Su rostro es tranquilo y apacible; su frente serena, contraída por ninguna arruga de tristeza o de ira; sus cejas uniformemente relajadas en modo gozoso, con ojos bajos en humildad, no en infelicidad; su boca sellada con la honrosa marca del silencio; su color como el de quienes están sin cuidado y sin culpa; el movimiento de su cabeza frecuente contra el diablo, y amenazadora su risa; su vestidura, además, alrededor de su pecho blanca y bien ceñida a su persona, como no estando ni inflada ni turbada. Porque la Paciencia se sienta en el trono de aquel Espíritu serenísimo y apacibilísimo, que no se halla en el torbellino, ni en el color plomizo de la nube, sino que es de suave serenidad, abierto y sencillo, a quien Elías vio a su tercer intento. Pues donde está Dios, allí está también su hija adoptiva, a saber, la Paciencia. Cuando el Espíritu de Dios desciende, entonces la Paciencia lo acompaña inseparablemente. Si no le damos admisión a ella junto con el Espíritu, ¿permanecerá (Él) siempre con nosotros? Más aún, no sé si permanecería más tiempo. Sin su compañera y sierva, Él por necesidad ha de verse estrechado en todo lugar y en todo tiempo. Cualquier golpe que su enemigo le inflija, no podrá soportarlo solo, estando sin el medio instrumental de soportar.
Comentario editorial · ¿La tercera visión de Elías? (Cap. 15)
Tertuliano describe a la paciencia sentada junto al Espíritu «apacible y sereno», a quien Elías vio «a su tercer intento». Según Rigaltius, citado por Oehler y recogido en una nota de Thelwall, la expresión se entiende después de las dos apariciones del ángel que le dice «levántate y come» (1 Reyes 19:4-13). El editor del volumen anota en cambio que fue la cuarta y que Tertuliano, habiendo mencionado dos, la llama tercera por descuido, refiriéndose a la «voz apacible y delicada». Son dos lecturas de un mismo número; el texto traducido conserva «tercero».
La suya destinada a la perdición. La nuestra destinada a la salvación
Cap. 16
Ésta es la regla, ésta la disciplina, éstas las obras de la paciencia que es celestial y verdadera; es decir, de la paciencia cristiana, no falsa y vergonzosa, como lo es aquella paciencia de las naciones de la tierra. Pues para que también en esto el diablo rivalizara con el Señor, ha, por así decirlo, en un todo igual (salvo que la diversidad misma del mal y del bien es exactamente igual en cuanto a su magnitud), enseñado a sus discípulos también una paciencia suya; aquella, quiero decir, que, haciendo venales a los maridos por la dote, y enseñándoles a traficar en alcahueterías, los somete al poder de sus esposas; que, con afecto fingido, soporta toda fatiga de complacencia forzada, con miras a atrapar a los que no tienen hijos; que hace a los esclavos del vientre someterse a un patronazgo contumelioso, en la sujeción de su libertad a su gaznate. Tales afanes de paciencia conocen los gentiles; y ávidamente arrebatan un nombre de tan gran bondad para aplicarlo a prácticas torpes: pacientes viven de rivales, y de ricos, y de quienes les extienden invitaciones; impacientes sólo para con Dios. Pero mire por sí misma la paciencia de ellos y de su jefe — una paciencia a la que aguarda el fuego subterráneo! Nosotros, por el contrario, amemos la paciencia de Dios, la paciencia de Cristo; ¡devolvámosle la paciencia que Él ha pagado por nosotros! Ofrezcámosle a Él la paciencia del espíritu, la paciencia de la carne, creyendo como creemos en la resurrección de la carne y del espíritu.
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
El tratado va de la paciencia de Dios (cap. 2) a la de Cristo (cap. 3) y de ahí a la del cristiano, y termina con una vuelta: la paciencia que los gentiles practican por interés es, dice Tertuliano, la imitación diabólica de la verdadera (cap. 16). Entre un extremo y otro ofrece una especie de casuística: qué hacer ante la pérdida de bienes (cap. 7), la injuria (cap. 8), la muerte de un ser querido (cap. 9) y el deseo de venganza (cap. 10), y cómo la paciencia sostiene la continencia y el martirio (cap. 13–14).
Para seguir leyendo en Eusebeia: el perfil de Tertuliano; el tratado de Cipriano Sobre la ventaja de la paciencia, en los Tratados de Cipriano, sobre el mismo asunto; y la Pasión de Perpetua y Felicidad, donde la paciencia del cuerpo se pone a prueba.
Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; no se ha cotejado con el latín. La fecha de composición no consta en el texto.