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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre el alma y su origen

    Texto base: versión inglesa de Peter Holmes (según el índice del volumen), «A Treatise on the Soul and its Origin», revisada en A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff · cuatro libros, 120 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 267 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿De dónde viene el alma de cada hombre: de la de sus padres, como el cuerpo, o la crea Dios de nuevo en cada nacimiento? Agustín había escrito que no lo sabía, y que sí estaba seguro de que el alma no es un cuerpo, sino espíritu. Un joven laico, Vicencio Víctor, convertido hacía poco de la facción rogatista, le reprochó las dos cosas: su duda, y su certeza. Escribió dos libros dirigidos al presbítero Pedro y, además de dar la cuestión por resuelta, sostuvo cosas que Agustín juzga incompatibles con la fe: que el alma es corpórea, que merece ser pecadora antes de nacer, que los niños que mueren sin bautizar pueden alcanzar el reino de los cielos.
    Los dos libros llegaron a Agustín por medio del monje Renato, y Agustín les respondió en cuatro escritos, que el NPNF reúne en uno: el libro I, a Renato (35 capítulos), muestra los errores de Víctor y que los pasajes de la Escritura que aduce no prueban que las almas no se propaguen; el libro II, una carta a Pedro (23 capítulos), le advierte de su responsabilidad como amigo y presbítero; el libro III, a Víctor (23 capítulos), enumera once errores que debe corregir si quiere ser católico; y el libro IV, a Víctor (39 capítulos), contesta las dos objeciones que el joven había hecho contra Agustín. Es la sinopsis del NPNF (la advertencia al lector y la introducción de Warfield), con los capítulos de esta edición. La pregunta de origen queda sin respuesta; lo que Agustín fija son los límites dentro de los cuales cualquier respuesta debe moverse.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre el alma y su origen (en latín, De anima et eius origine; en inglés, On the Soul and its Origin)
    FechaFinales de 419 según el NPNF, cuya advertencia añade «o comienzos de 420»; 419/21 según la lista de obras de Wikipedia (que cita a Fitzgerald, 1999)
    DestinatariosRenato, monje; Pedro, presbítero; Vicencio Víctor, el joven al que contestan los libros III y IV
    GéneroCuatro escritos de controversia, de los cuales el segundo es una carta; el propio Agustín lo cuenta así en sus Retractaciones (II, 56)
    Extensión120 capítulos (35, 23, 23 y 39), unas 50 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés del NPNF; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, dirigida por Philip Schaff (Christian Literature Publishing Co.). New Advent da la edición como Buffalo, 1887; CCEL se basa en un ejemplar de Nueva York, 1886. La portada del volumen nombra a Peter Holmes y a Robert Ernest Wallis como traductores y a Benjamin B. Warfield, profesor en Princeton, como revisor de la traducción y autor de la introducción; New Advent atribuye así todo el volumen. El índice, sin embargo, añade una nota: los tratados marcados con un asterisco los tradujo Wallis y los demás Holmes. Sobre el alma y su origen no lleva asterisco en ese índice, de modo que su traductor inglés sería Holmes; New Advent lo da, sin más, como obra de Holmes y Wallis revisada por Warfield.
    Según el prefacio americano, la traducción es la inglesa que publicó T. y T. Clark en Edimburgo, cotejada con el latín y corregida página a página, y a la que se añadieron títulos de capítulo y algunas notas del editor, las largas entre corchetes y firmadas «W.». El inglés de partida abre cada libro con un argumento y cada capítulo con un sumario; los dos son de la edición, no de Agustín. Los números romanos entre corchetes que acompañan a algunos capítulos («Capítulo 1 [I.]») parecen ser los de los capítulos de la edición latina de los benedictinos; el NPNF no lo explica. El epub de partida no trae las notas al pie del NPNF; las que se citan en los comentarios de esta edición están tomadas de CCEL. Los pasajes llevan un localizador «libro, capítulo» (por ejemplo, «II, 14»). Las referencias bíblicas entre corchetes son del NPNF y se conservan; una de ellas, «2 Timoteo 1:7» (libro I, Cap. 26), no corresponde al texto que cita Agustín («deseando ser maestros de la ley», que está en 1 Timoteo 1:7) y queda como texto, sin enlazar a la Escritura, para no mostrar al lector un versículo distinto.

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, argumento
    Dirigido a Renato, el monje.
    Al recibir de Renato los dos libros de Vicencio Víctor, quien desaprobaba la opinión de Agustín tocante a la naturaleza del alma y su vacilación respecto de su origen, Agustín señala cómo el joven objetor, en su presunción de decidir sobre un tema tan abstruso, había caído en errores insufribles. Luego procede a mostrar que aquellos pasajes de la Escritura con los que Víctor creía poder probar que las almas humanas no se derivan por propagación, sino que son insufladas por Dios de nuevo en cada hombre al nacer, son ambiguos e inadecuados para la confirmación de su opinión.
    Comentario editorial · Los cuatro escritos, por extensión
    Los cuatro libros no pesan lo mismo ni van al mismo lector: el IV, a Víctor, es el más largo; el II, dirigido al presbítero Pedro, es una carta del tamaño de un libro, como dice el propio Agustín en sus Retractaciones. La barra mide cada capítulo por las palabras del texto de Agustín en esta edición, sin los sumarios del NPNF.
    Barra horizontal con los 120 capítulos de la obra, cada uno con la anchura de su extensión y coloreados por libro: el libro I (a Renato), el II (carta a Pedro), el III y el IV (a Víctor); con cinco marcas numeradas y su leyenda debajo
    Los 120 capítulos por extensión, con los cinco puntos que se comentan en esta edición · Elaboración propia para Eusebeia · palabras contadas en esta edición; destinatarios y lista de los once errores según el NPNF

    Capítulo 1 [I.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 1, sumario
    Renato le había hecho un favor enviándole los libros que le habían sido dirigidos.

    I, 1

    Tu sinceridad para con nosotros, queridísimo hermano Renato, y tu bondad fraternal, y el afecto de amor mutuo entre nosotros, ya los teníamos claramente probados; pero ahora nos has dado una prueba aún más clara, enviándome dos libros escritos por una persona a quien yo, en verdad, nada conocía— aunque no por eso debía ser despreciado,— llamado Vicencio Víctor (pues en tal forma hallé su nombre colocado al frente de su obra): esto lo hiciste en el verano del año pasado; pero debido a mi ausencia de casa, fue a fines del otoño antes de que llegaran a mis manos. ¿Cómo, en efecto, con tu grandísimo afecto por mí, ibas a ser propenso a dejar de hacerme llegar o de inclinarte a traer a mi conocimiento cualesquiera escritos de esta clase, por quienquiera que fuesen compuestos, si caían en tus manos, aunque estuvieran dirigidos a otra persona? ¿Cuánto menos probable, cuando mi propio nombre era mencionado y leído— y eso en un contexto de contradecir algunas palabras mías, que yo había publicado en ciertos pequeños tratados? Ahora has hecho todo esto en la forma en que seguramente actuarías como mi amigo muy sincero y amado.

    Capítulo 2 [II.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 2, sumario
    Recibe con sentimiento bondadoso y paciente los libros de un joven inexperto que escribió contra él en tono de arrogancia. Vicencio Víctor convertido de la secta de los rogatistas.

    I, 2

    Sin embargo, me siento algo apenado de ser hasta aquí menos comprendido por tu Santidad de lo que quisiera; por cuanto supusiste que yo recibiría tu comunicación como si me hicieras una injuria, al darme a conocer lo que otro había hecho. Puedes ver, en verdad, cuán lejos está este sentimiento de mi mente, pues no tengo queja alguna de haber sufrido agravio ni siquiera de parte de él. Porque, cuando él sostenía opiniones diferentes de las mías, ¿estaba obligado a guardar silencio? Debe, sin duda, serme incluso agradable que él rompiera el silencio de tal manera que nos diera la oportunidad de leer lo que tenía que decir. Ciertamente, pienso que debió haberme escrito a mí simplemente, en vez de a otro acerca de mí; pero como era desconocido para mí, no se atrevió a dirigirse personalmente a mí refutando mis palabras. Pensó que no había necesidad de acudir a mí en un asunto sobre el cual parecía a sí mismo no ser en absoluto susceptible de ser puesto en duda, sino estar sosteniendo una opinión perfectamente conocida y cierta. Además, obró en obediencia a un amigo suyo por quien, según nos dice, fue compelido a escribir. Y si expresó algún sentimiento durante la controversia que fuera contumelioso para mí, preferiría suponer que lo hizo, no con deseo alguno de tratarme con descortesía, sino por la necesidad de pensar de modo diferente al mío. Pues en todos los casos en que el ánimo de una persona hacia uno es indeterminado y desconocido, pienso que es mejor suponer la existencia del motivo más bondadoso, que hallar falta en uno no descubierto. Quizá, también, obró por amor hacia mí, sabiendo que lo que había escrito podría posiblemente llegar a mí; no queriendo al mismo tiempo que yo estuviera en error sobre puntos tales en los que él especialmente piensa estar libre de error. Debo, por tanto, estarle agradecido por su bondad, aunque me siento obligado a desaprobar su opinión. En consecuencia, en cuanto a los puntos sobre los cuales no alberga opiniones rectas, me parece que merece corrección suave antes que desaprobación severa; más especialmente porque, si estoy bien informado, últimamente se ha hecho católico— asunto en el cual debe ser felicitado. Pues se ha liberado del cisma y de los errores de los donatistas (o más bien rogatistas) en los que antes estaba implicado; y si entiende la verdad católica como debe, realmente podemos regocijarnos de su conversión.
    Comentario editorial · Víctor y los rogatistas
    Los rogatistas fueron una facción que se separó de los donatistas en el siglo IV, bajo Rogato, obispo de Cartenna, en la Mauritania Cesariense; propugnaban una línea menos extrema y pacifista, y a Rogato lo sucedió Vicencio (Wikipedia). Según el NPNF, Víctor tenía tan alta opinión de ese Vicencio que tomó su nombre. Agustín cuenta lo que le dijeron: que Víctor quería llevar ese nombre por estima al sucesor de Rogato y que presumía de que Vicencio se le había aparecido en una visión y le había ayudado a componer sus libros (libro III, Cap. 2). Wikipedia presenta además a «Vincent Victor» como discípulo de Vicencio y le atribuye una carta a Agustín de 407; el texto de Agustín y el NPNF distinguen al joven del obispo cuyo nombre adoptó, de modo que esa carta no puede darse por suya sin más.

    Capítulo 3 [III]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 3, sumario
    La elocuencia de Vicencio, sus peligros y su tolerabilidad.

    I, 3

    Pues tiene una elocuencia con la cual es capaz de explicar lo que piensa. Debe, por tanto, ser tratado en consecuencia; y debemos esperar que abrigue sentimientos rectos, y que no convierta cosas inútiles en objetos de deseo; que no parezca haber propuesto como verdadero cualquier cosa que haya expresado con elocuencia. Pero en su misma franqueza puede tener mucho que corregir, y que podar de verborrea redundante. Y esta característica suya te ha ofendido de hecho a ti, que eres persona de gravedad, como lo indican tus propios escritos. Esta falta, sin embargo, o se corrige fácilmente, o, si se recurre a ella con afición por mentes ligeras, y se soporta por las serias, no va acompañada de perjuicio alguno para su fe. Pues ya tenemos entre nosotros hombres que son espumosos en el hablar, pero sanos en la fe. No necesitamos, pues, desesperar de que esta cualidad, incluso en él (aunque podría ser soportable, incluso si resultara permanente), pueda ser templada y purificada— de hecho, pueda ser o bien extendida o bien reducida a un criterio entero y sólido; especialmente porque se dice que es joven, de modo que la diligencia pueda suplir en él cualquier defecto que su inexperiencia posea, y la madurez de la edad pueda digerir lo que la locuacidad cruda encuentra indigesto. Lo problemático, peligroso y pernicioso es cuando la necedad se realza con la alabanza que se concede a la elocuencia, y cuando un brebaje venenoso se bebe en una copa preciosa.

    Capítulo 4 [IV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 4, sumario
    Los errores contenidos en los libros de Vicencio Víctor. Dice que el alma proviene de Dios, pero que no fue hecha ni de la nada ni de ninguna cosa creada.

    I, 4

    Procederé ahora a señalar qué cosas deben evitarse principalmente en su declaración contenciosa. Dice que el alma fue hecha, ciertamente, por Dios, pero que no es una porción de Dios ni de la naturaleza de Dios— lo cual es una afirmación enteramente verdadera. Sin embargo, cuando se niega a admitir que fue hecha de la nada, y no menciona ninguna otra cosa creada de la cual fue hecha; y hace a Dios su autor, en un sentido tal que debe suponerse que Él la hizo, ni de cosas no existentes, es decir, de la nada, ni de cosa alguna que exista distinta de Dios, sino de su mismísimo ser: poco se da cuenta de que en el giro de sus pensamientos ha vuelto a la posición que cree haber evitado, a saber, que el alma no es otra cosa que la naturaleza de Dios; y por consiguiente que hay algo real hecho de la naturaleza de Dios por el mismísimo Dios, para cuya hechura el material del cual Él la hace es su propio ser mismo que la hace; y que así la naturaleza de Dios es mutable, y al ser cambiada para peor, ¡la propia naturaleza de Dios incurre en condenación a manos del mismísimo Dios! Cuán lejos está todo esto de ser apto para que tu fe inteligente lo suponga, cuán ajeno es del corazón de un católico, y cuánto debe evitarse, puedes verlo fácilmente. Pues el alma o es hecha del soplo, o el soplo de Dios es hecho en ella de tal manera, que no fue creada de Él mismo, sino por Él mismo de la nada. No es, ciertamente, como el caso de un ser humano cuando respira: no puede formar un soplo de la nada, sino que devuelve al aire el soplo que inhaló de él. De algún modo semejante podríamos suponer que ciertos aires rodeaban al Ser Divino, y que Él inhaló una partícula de él al respirar, y la exhaló de nuevo al respirar, cuando sopló en el rostro del hombre, y así formó para él un alma. Si este fuera el proceso, no podría haber surgido de su mismísimo ser, sino de la materia aérea circundante, lo que Él exhaló. Lejos esté de nosotros, sin embargo, decir que el Todopoderoso no pudo hacer el soplo de vida de la nada, por el cual el hombre pudiera llegar a ser alma viviente; y meternos en tales estrecheces, que tengamos que pensar o bien que ya existía algo distinto de Él, de lo cual formó el soplo, o bien suponer que formó de sí mismo aquello que vemos que fue hecho sujeto a cambio. Ahora bien, lo que sea de sí mismo, debe necesariamente ser de la misma naturaleza que Él, y por tanto inmutable: pero el alma (como todos admiten) es mutable. Por tanto, no es de Él, porque no es inmutable, como Él lo es. Si, sin embargo, no fue hecha de ninguna otra cosa, indudablemente fue hecha de la nada— pero por Él.

    Capítulo 5 [V.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 5, sumario
    Otro error de Víctor, que el alma es corpórea.

    I, 5

    Pero en cuanto a su afirmación, «que el alma no es espíritu, sino cuerpo,» ¿qué otra cosa puede pretender dar a entender, sino que estamos compuestos, no de alma y cuerpo, sino de dos o incluso tres cuerpos? Pues por cuanto dice que consistimos de espíritu, alma y cuerpo, y afirma que los tres son cuerpos; se sigue que supone que estamos hechos de tres cuerpos. Cuán absurda es esta conclusión, pienso que más bien debería demostrársele a él que a ti. Pero este no es un error intolerable por parte de una persona que aún no ha descubierto que existe algo, lo cual, aunque no sea corpóreo, puede sin embargo llevar algo de la semejanza de un cuerpo.

    Capítulo 6 [VI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 6, sumario
    Otro error de su segundo libro, en el sentido de que el alma mereció ser contaminada por el cuerpo.

    I, 6

    Pero es claramente insoportable en lo que dice en su segundo libro, cuando se esfuerza por resolver una cuestión muy difícil sobre el pecado original, cómo pertenece al cuerpo y al alma, si el alma no se deriva por descendencia paternal sino que es insuflada de nuevo por Dios en un hombre. Esforzándose por explicar este punto tan arduo y profundo, expresa así su opinión: «Por la carne recobra convenientemente el alma su primitiva condición, que parecía haber perdido gradualmente a través de la carne, para que pueda comenzar a ser regenerada por la misma carne por la que había merecido ser contaminada.» Ya ves cómo este hombre, habiendo osado acometer lo que excede sus fuerzas, ha caído por un precipicio tal, que llegó a decir que el alma mereció ser contaminada por el cuerpo; aunque de ningún modo pudo declarar de dónde atrajo sobre sí este merecimiento, antes de revestirse de carne. Pues si primero tuvo de la carne su merecimiento de pecado, que nos diga (si puede) de dónde (antes del pecado) derivó su merecimiento de ser contaminada por la carne. Pues este merecimiento, que la proyectó a la carne pecadora para ser contaminada por ella, por supuesto lo tuvo o de sí misma, o, lo que es mucho más ofensivo para nuestra mente, de Dios. Ciertamente no pudo, antes de ser investida con la carne, haber recibido de aquella carne ese mal merecimiento por razón del cual fue proyectada a la carne, para ser contaminada por ella. Ahora bien, si tenía el mal merecimiento de sí misma, ¿cómo lo consiguió, viendo que no cometió pecado alguno antes de su asunción de la carne? Pero si se alega que tenía el mal merecimiento de Dios, entonces, pregunto, ¿quién podría escuchar tal blasfemia? ¿Quién podría soportarla? ¿Quién podría permitir que se alegara con impunidad? Pues la cuestión que surge aquí, recuerda, no es cuál fue el mal merecimiento que adjudicó al alma ser condenada después de hacerse carne, sino cuál fue su mal merecimiento antes de la carne, que la condenó a la investidura de la carne, para que pudiera ser así contaminada. Que nos explique esto, si puede, visto que se ha atrevido a decir que el alma mereció ser contaminada por la carne.

    Capítulo 7 [VII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 7, sumario
    Víctor se enreda en una cuestión sumamente difícil. La presciencia de Dios no es causa del pecado.

    I, 7

    En otro pasaje, también, al proponer para su explicación la mismísima cuestión en la que se había enredado, dice, hablando en la persona de ciertos objetores: «¿Por qué, preguntan, infligió Dios al alma un castigo tan injusto como el de querer relegarla a un cuerpo, cuando, por razón de su asociación con la carne, comienza a ser pecaminoso lo que no pudo haber sido pecaminoso?» Ahora bien, en medio del mar de arrecifes de tal cuestión, era ciertamente su deber precaverse del naufragio; no entregarse a peligros que no podía esperar escapar pasando sobre ellos, y donde su única posibilidad de seguridad estaba en volver atrás— en una palabra, por el arrepentimiento. Trata de liberarse por medio de la presciencia de Dios, pero en vano. Pues la presciencia de Dios sólo marca de antemano a aquellos pecadores a quienes Él se propone sanar. Porque si Él libera del pecado a aquellas almas que Él mismo involucró en pecado cuando eran inocentes y puras, entonces cura una herida que Él mismo nos infligió, no que encontró en nosotros. Que Dios, sin embargo, lo prohíba, y esté completamente lejos de nosotros decir, que cuando Dios limpia las almas de los infantes por el lavacro de la regeneración, entonces corrige males que Él mismo hizo para ellos, cuando los mezcló, que no tenían pecado antes, con carne pecadora, para que fueran contaminados por su pecado original. En cuanto, sin embargo, a las almas que este calumniador alega que merecieron la contaminación por la carne, es totalmente incapaz de decirnos cómo es que merecieron tan vasto mal, antes de su conexión con la carne.

    Capítulo 8 [VIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 8, sumario
    La opinión errónea de Víctor, que el alma mereció llegar a ser pecadora.

    I, 8

    Suponiendo vanamente, entonces, que era capaz de resolver esta cuestión a partir de la presciencia de Dios, sigue revolcándose, y dice: «Si el alma mereció ser pecaminosa lo que no pudo haber sido pecaminoso, sin embargo tampoco permaneció en pecado, porque, como prefigurada en Cristo, no estaba destinada a estar en pecado, así como fue incapaz de estarlo.» Ahora bien, ¿qué puede querer decir cuando dice, «lo que no pudo haber sido pecaminoso,» o «fue incapaz de estar en pecado,» sino, según supongo, esto, si no hubiera venido a la carne? Pues, por supuesto, no pudo haber sido pecaminosa por el pecado original, ni haber estado involucrada en absoluto en el pecado original, excepto a través de la carne, si no se deriva del progenitor. La vemos, pues, liberada del pecado por la gracia, pero no vemos cómo mereció estar involucrada en el pecado. ¿Cuál es, pues, el significado de estas palabras suyas, «Si el alma mereció ser pecaminosa, sin embargo tampoco permaneció en pecado»? Pues si yo le preguntara, por qué no permaneció en pecado, respondería muy apropiadamente: Porque la gracia de Cristo la libró de ello. Puesto que, entonces, nos dice cómo ocurrió que el alma de un infante fue liberada de su pecaminosidad, que nos diga además cómo ocurrió que mereció ser pecaminosa.

    Capítulo 9

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 9, sumario
    Víctor absolutamente incapaz de explicar cómo el alma sin pecado mereció ser hecha pecadora.

    I, 9

    Pero ¿qué quiere decir con aquello que en su introducción dice que le ha acontecido? Pues antes de proponer aquella cuestión suya, y como introduciéndola, afirma: «Hay otras expresiones oprobiosas subyacentes a los murmullos quejumbrosos de quienes nos injurian; y, sacudidos como en un huracán, somos una y otra vez estrellados contra enormes rocas.» Ahora bien, si yo me expresara acerca de él en este estilo, probablemente se enojaría. Las palabras son suyas; y tras haberlas premisado, propuso su cuestión, a modo de mostrarnos las mismas rocas contra las cuales chocó y naufragó. Pues a tales extremos fue llevado, y contra tales arrecifes espantosos fue arrastrado, a la deriva, y golpeado, que su escape era una imposibilidad perfecta sin una retirada— una corrección, en fin, de lo que había dicho; puesto que fue incapaz de mostrar por qué merecimiento el alma fue hecha pecaminosa; aunque no tuvo miedo de decir, que antes de cualquier pecado propio había merecido llegar a ser pecaminosa. Ahora bien, ¿quién merece, sin cometer pecado alguno, un castigo tan inmenso como ser concebido en el pecado de otro, antes de salir del vientre de su madre, y luego no estar ya libre de pecado? Pero de este castigo la gracia gratuita de Dios libra a las almas de los infantes que son regenerados en Cristo, sin méritos previos propios— de lo contrario la gracia no es gracia. [] Con respecto, pues, a esta persona, que es tan vastamente inteligente, y que en la gran profundidad de su sabiduría está disgustada con nuestra vacilación, la cual, si no está bien informada, al menos es circunspecta, que nos diga, si puede, cuál fue el mérito que trajo al alma a tal castigo, del cual la gracia la libra sin mérito alguno. Que hable, y, si puede, defienda su afirmación con alguna apariencia de razón. No exigiría, ciertamente, tanto de él, si él mismo no hubiera declarado que el alma mereció llegar a ser pecaminosa. Que nos diga cuál fue el merecimiento— ¿buen merecimiento o malo? Si bueno, ¿cómo pudo el merecer bien conducir al mal? Si malo, ¿de dónde pudo surgir mal merecimiento alguno antes de la comisión de pecado alguno? También he de señalar, que si hay buen merecimiento, entonces la liberación del alma no sería de gracia gratuita, sino que se debería al mérito previo, y así «la gracia no sería más gracia.» Si hay, sin embargo, mal merecimiento, entonces pregunto cuál es. ¿Es verdad que el alma ha venido a la carne; y que no habría venido a menos que Aquel en quien no hay pecado la hubiera enviado Él mismo? Nunca, por tanto, excepto revolcándose peor y peor, logrará sostener esta opinión suya, en la que predica del alma que mereció ser pecaminosa. En el caso de los infantes, también, en cuyo bautismo el pecado original es lavado, encontró algo que decir a su manera— a saber, que estar involucrado en el pecado de otro no pudo posiblemente haber sido perjudicial para ellos, predestinados como estaban a la vida eterna en la presciencia de Dios. Esto podría admitir un sentido tolerablemente bueno, si no se hubiera enredado en aquella fórmula suya, en la que afirma que el alma mereció ser pecaminosa: de esta dificultad sólo puede liberarse revocando sus palabras, con pesar por haberlas expresado.

    Capítulo 10 [IX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 10, sumario
    Otro error de Víctor: que los infantes que mueren sin bautizar pueden alcanzar el reino de los cielos. Otro: que el sacrificio del cuerpo de Cristo debe ofrecerse por los infantes que mueren antes de ser bautizados.

    I, 10

    Pero cuando quiso responder con respecto a aquellos infantes a quienes la muerte impide ser bautizados primero en Cristo, se atrevió a prometerles no sólo el paraíso, sino también el reino de los cielos— no hallando otro modo de evitar la necesidad de decir que Dios condena a muerte eterna a almas inocentes que, sin merecimiento previo de pecado, Él introduce en carne pecaminosa. Vio, sin embargo, hasta cierto punto qué mal estaba profiriendo, al dar a entender que sin gracia alguna de Cristo las almas de los infantes son redimidas para la vida eterna y el reino de los cielos, y que en su caso el pecado original puede ser cancelado sin el bautismo de Cristo, en el cual se efectúa el perdón de los pecados: observando todo esto, y en qué profundidad se había hundido en su mar de naufragio, dice: «Soy de opinión de que, en verdad, por ellos deben ofrecerse continuamente oblaciones y sacrificios constantes por los santos sacerdotes.» Puedes contemplar aquí otro peligro, del cual nunca escapará sino por el arrepentimiento y la retractación de sus palabras. Porque ¿quién puede ofrecer el cuerpo de Cristo sino por aquellos que son miembros de Cristo? Además, desde el tiempo en que Él dijo: «Si uno no nace del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de los cielos;» [] y de nuevo: «El que pierda su vida por causa de mí, la hallará;» [] nadie se hace miembro de Cristo sino por el bautismo en Cristo, o la muerte por Cristo.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 11, sumario
    El martirio por Cristo suple el lugar del bautismo. La fe del ladrón que fue crucificado junto con Cristo considerada martirio y, por tanto, bautismo.

    I, 11

    En consecuencia, el ladrón, que no fue seguidor del Señor antes de la cruz, sino su confesor en la cruz, de cuyo caso a veces se toma, o se intenta tomar, una presunción contra el sacramento del bautismo, es contado por san Cipriano entre los mártires que son bautizados en su propia sangre, como sucede con muchas personas no bautizadas en tiempos de ardiente persecución. Pues al hecho de que confesó al Señor crucificado se le atribuye tanto peso y se le asigna tanto valor eficaz por Aquel que sabe pesar y valorar tales pruebas, como si hubiera sido crucificado por el Señor. Entonces, en verdad, su fe en la cruz floreció cuando la de los discípulos desfalleció, y eso sin recuperación si no hubiera vuelto a florecer por la resurrección de Aquel ante el terror de cuya muerte se había marchitado. Ellos desesperaron de Él al morir— él esperó cuando se unió a Él en la muerte; ellos huyeron del autor de la vida— él oró a su compañero en el castigo; ellos se entristecieron como por la muerte de un hombre— él creyó que después de la muerte había de ser rey; ellos abandonaron al fiador de su salvación— él honró al compañero de su cruz. Se descubrió en él la medida plena de un mártir, que entonces creyó en Cristo cuando cayeron los que estaban destinados a ser mártires. Todo esto, ciertamente, fue manifiesto a los ojos del Señor, que al instante concedió tan gran felicidad a uno que, aunque no bautizado, fue sin embargo lavado y limpio en la sangre, por así decirlo, del martirio. Pero aun de nosotros mismos, ¿quién puede reflexionar con cuánta fe, cuánta esperanza, cuánta caridad podría haber sufrido la muerte por Cristo en vida, quien pidió la vida a Él al morir? Además de todo esto, está la circunstancia, que no se relata como increíble, de que el ladrón que entonces creyó mientras colgaba al lado del Señor crucificado fue rociado, como en un bautismo sacratísimo, con el agua que brotó de la herida del costado del Salvador. Nada digo del hecho de que nadie puede probar, puesto que ninguno de nosotros sabe, que no hubiera sido bautizado antes de su condenación. Sin embargo, que cada uno tome esto en el sentido que prefiera; sólo que no se tome de este ejemplo del ladrón regla alguna acerca del bautismo que afecte al precepto mismo del Salvador; y que nadie prometa para el caso de los infantes no bautizados, entre la condenación y el reino de los cielos, algún lugar intermedio de descanso y felicidad, tal como le plazca y donde le plazca. Pues esto es lo que les prometió la herejía de Pelagio: éste ni teme la condenación para los infantes, a quienes no considera que tengan pecado original alguno, ni les da esperanza del reino de los cielos, puesto que no se acercan al sacramento del bautismo. En cuanto a este hombre, sin embargo, aunque reconoce que los infantes están implicados en el pecado original, con todo les promete audazmente, aun sin bautismo, el reino de los cielos. Esto ni siquiera los pelagianos tuvieron la osadía de hacerlo, aunque afirmaban que los infantes estaban absolutamente sin pecado. Mira, pues, qué red de opinión presuntuosa enreda, a menos que se arrepienta de haber consignado tales ideas por escrito.
    Comentario editorial · El martirio en lugar del bautismo
    Agustín dice en el Cap. 10 que nadie se hace miembro de Cristo sino por el bautismo o por la muerte por Cristo, y en este capítulo que el martirio suple el bautismo. Una nota del editor americano, firmada «W.», observa que Agustín confiesa aquí la validez del «bautismo de sangre» y remite a este capítulo y al libro II, Cap. 17. Otra nota señala, como pasajes paralelos, la carta de Cipriano a Jubaiano, el Contra los donatistas IV, 29, las Cuestiones sobre el Levítico 84 y las Retractaciones II, 18 y 55. Lo que Agustín discute a Víctor no es esa excepción, sino que se extienda a quienes no han sido bautizados ni han muerto por Cristo.

    Capítulo 12 [X.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 12, sumario
    Se dice que Dinócrates, hermano de la mártir santa Perpetua, fue librado del estado de condenación por las oraciones de la santa.

    I, 12

    Ahora bien, acerca de Dinócrates, el hermano de santa Perpetua, no hay registro en la Escritura canónica; ni la santa misma, o quienquiera que haya escrito el relato, dice que el niño, que había muerto a la edad de siete años, murió sin bautismo; en favor suyo se cree que ella tuvo, cuando su martirio era inminente, sus oraciones eficazmente escuchadas para que él fuera trasladado de las penas de los perdidos al descanso. Porque los niños de esa edad son capaces tanto de mentir como, diciendo la verdad, tanto de confesar como de negar. Por tanto, cuando son bautizados, dicen el Credo, y responden en su nombre a las preguntas que se les proponen en el examen. ¿Quién puede decir, entonces, si aquel niño, después del bautismo, en tiempo de persecución fue apartado de Cristo hacia la idolatría por un padre impío, y por esa razón incurrió en condenación mortal, de la que sólo fue librado por causa de Cristo, entregado a las oraciones de su hermana cuando ella estaba a punto de morir?
    Comentario editorial · Dinócrates, el hermano de Perpetua
    En la Pasión de Perpetua y Felicidad (VII–VIII), Perpetua ve en una visión a su hermano Dinócrates, muerto a los siete años de cáncer; reza por él y más tarde lo ve sano, con la deformidad del rostro reducida a una cicatriz (Wikipedia). Víctor invocaba el caso, junto con el del ladrón de la cruz, para decir que un niño no bautizado puede recibir el paraíso (libro II, Cap. 14; libro III, Cap. 12). Agustín no niega la visión: observa que el relato no dice que el niño muriera sin bautizar y que, a los siete años, pudo haber sido bautizado y luego apartado de Cristo por un padre impío. Vuelve sobre Dinócrates en el libro IV (Cap. 26–27) para otro argumento: que la herida que Perpetua ve en el niño muerto es una semejanza de cuerpo, no un cuerpo. La Pasión puede leerse en Pasión de las santas mártires Perpetua y Felicidad.

    Capítulo 13 [XI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 13, sumario
    El sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo no aprovechará a las personas no bautizadas, y no puede ofrecerse por la mayoría de los que mueren sin bautizar.

    I, 13

    Pero aun si se le concede a este hombre (lo que de ningún modo puede permitirse con seguridad a la fe católica y a la regla de la Iglesia), que el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo pueda ofrecerse por personas no bautizadas de toda edad, como si hubieran de ser ayudadas por esta clase de piedad de parte de sus amigos para alcanzar el reino de los cielos: ¿qué tendrá que decir a nuestras objeciones respecto de los miles de infantes que nacen de padres impíos y nunca caen, por misericordia alguna de Dios o del hombre, en manos de amigos piadosos, y que parten de esta miserable vida suya en su más tierna edad sin el lavacro de la regeneración? Que nos diga, si puede, cómo es que esas almas merecieron ser hechas pecaminosas en tal grado que ciertamente nunca después habrían de ser libradas del pecado. Pues si le pregunto por qué merecen ser condenadas si no son bautizadas, me responderá con razón: A causa del pecado original. Si luego pregunto de dónde derivaron el pecado original, responderá: De la carne pecaminosa, por supuesto. Si continúo preguntando por qué merecieron ser condenadas a una carne pecaminosa, viendo que no habían hecho mal alguno antes de venir a la carne, y ser condenadas de tal modo a sufrir el contagio del pecado de otro, que ni el bautismo los regenerará, nacidos como están en pecado, ni los sacrificios los expiarán en su contaminación: ¡que encuentre algo que responder a esto! Porque en tales circunstancias y de tales padres han nacido o aún están naciendo estos infantes, de modo que no es posible que sean alcanzados por tal ayuda. Aquí, en todo caso, falta todo argumento. Nuestra cuestión no es por qué las almas han merecido ser condenadas después de su consorcio con la carne pecaminosa; sino que preguntamos cómo es que las almas han merecido ser condenadas a sufrir en absoluto esta asociación con la carne pecaminosa, viendo que no tienen pecado alguno previo a esta asociación. No hay lugar para que diga: «No fue ningún detrimento para ellos el compartir por un tiempo el contagio del pecado de otro, puesto que en la presciencia de Dios se había provisto redención para ellos.» Porque ahora estamos hablando de aquellos a quienes ninguna redención trae ayuda, puesto que parten del cuerpo antes de ser bautizados. Ni hay propiedad alguna en que diga: «Las almas que el bautismo no limpia, los muchos sacrificios que se ofrecen por ellas las limpiarán. Dios previó esto, y quiso que por un poco de tiempo estuvieran implicadas en los pecados de otro sin incurrir en condenación eterna, y con esperanza de felicidad eterna.» Porque ahora estamos hablando de aquellos cuyo nacimiento entre personas impías y de padres impíos de ningún modo pudo hallar tales defensas y ayudas. E incluso si éstas pudieran aplicarse, es cierto que no podrían beneficiar a ninguno que no esté bautizado; así como los sacrificios que ha mencionado del libro de los Macabeos de nada pudieron servir a los muertos pecadores por quienes se ofrecían, puesto que no habían sido circuncidados. []

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 14, sumario
    El dilema de Víctor: debe decir o que todos los infantes se salvan, o que Dios mata a los inocentes.

    I, 14

    Que encuentre, pues, una respuesta, si puede, cuando se le pregunta por qué el alma, sin pecado alguno, ni original ni personal, mereció ser condenada a sufrir el pecado original de otro de tal modo que no pudiera ser librada de él; que vea cuál de dos alternativas elegirá: o decir que aun las almas de los infantes moribundos que parten de aquí sin el lavacro de la regeneración, y por quienes no se ofrece sacrificio alguno del cuerpo del Señor, son absueltas del vínculo del pecado original— aunque el Apóstol enseña que «de uno todos van a la condenación» [] — todos, es decir, por supuesto, aquellos a quienes la gracia no halla camino para ayudar, a fin de que por Uno todos pudieran escapar a la redención. O bien decir que las almas que no tienen pecado, ni propio ni original, y que son en todo respecto inocentes, simples y puras, son castigadas con condenación eterna por el Dios justo cuando Él mismo las inserta en carne pecaminosa sin liberación alguna de ella.

    Capítulo 15 [XII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 15, sumario
    Dios no juzga a nadie por lo que podría haber hecho si su vida se hubiera prolongado, sino simplemente por los hechos que realmente comete.

    I, 15

    Por mi parte, ciertamente, afirmo que ninguno de los dos casos alternativos debe admitirse, ni tampoco aquella tercera opinión que sostendría que las almas pecaron en algún otro estado anterior a la carne, y así merecieron ser condenadas a la carne; pues el Apóstol ha declarado con toda claridad que «los niños, no habiendo nacido aún, no habían hecho ni bien ni mal» []. Así es evidente que los infantes no pueden haber contraído sino el pecado original para requerir remisión de los pecados. Ni tampoco aquella cuarta posición: que las almas de los infantes que morirán sin bautismo son desterradas y condenadas a carne pecaminosa por el Dios justo, puesto que Él previó que llevarían vidas malas si llegaran a la edad suficiente para el uso del libre albedrío. Pero esto ni siquiera él se ha atrevido a afirmarlo, aunque avergonzado en tales perplejidades. Por el contrario, ha declarado, brevemente en verdad, pero manifiestamente, contra esta vana opinión en estas palabras: «Dios habría sido injusto si hubiera querido juzgar a un hombre aún no nacido, que nada hubiera hecho en absoluto por su libre albedrío.» Ésta fue su respuesta al tratar una cuestión en oposición a aquellas personas que preguntan por qué Dios hizo al hombre, cuando en su presciencia sabía que no sería bueno. Estaría juzgando a un hombre antes de que naciera si no hubiera querido crearlo porque sabía de antemano que no resultaría bueno. Y no puede haber duda, aun como este mismo pensó, de que el curso apropiado para el Todopoderoso sería juzgar al hombre por sus obras cuando están realizadas, no por las que pudieran preverse, ni por las que pudiera permitirse que se hicieran en algún momento. Pues si los pecados que un hombre habría cometido si estuviera vivo son condenados en él cuando está muerto, aun cuando no hayan sido cometidos, no se le confiere beneficio alguno al ser arrebatado para que ninguna maldad cambie su mente; desde el momento en que se le dará juicio según la maldad que podría haberse desarrollado en él, no según la rectitud que realmente se halló en él. Ni estará seguro hombre alguno que muera después del bautismo, porque aun después del bautismo los hombres pueden, no diré pecar de un modo u otro, sino llegar incluso a cometer apostasía. ¿Entonces qué? Supongamos que un hombre que ha sido arrebatado después del bautismo, si hubiera vivido, se habría vuelto apóstata, ¿hemos de pensar que no se le confirió beneficio alguno incluso a él en que fue removido y salvado de la miseria de que su mente fuera cambiada por la maldad? ¿Y hemos de imaginar que tendrá que ser juzgado, por razón de la presciencia de Dios, como apóstata, y no como miembro fiel de Cristo? ¡Cuánto mejor, ciertamente, habría sido— si los pecados son castigados no como han sido cometidos o contemplados por el agente humano, sino como preconocidos y que han de suceder en el conocimiento del Todopoderoso— si el primer par hubiera sido arrojado del paraíso antes de su caída, y así se hubiera evitado el pecado en un lugar tan santo y bendito! ¿Qué se dirá, además, de la anulación total de la presciencia misma, cuando lo que es preconocido no ha de suceder? ¿Cómo, en efecto, puede llamarse con razón presciencia de algo que ha de ser, lo que de hecho no sucederá? ¿Y cómo se castigan pecados que no existen, es decir, que no son cometidos antes de la asunción de la carne, puesto que la vida misma aún no ha comenzado; ni después de la asunción, puesto que la muerte lo ha impedido?

    Capítulo 16 [XIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 16, sumario
    Dificultad en la opinión que sostiene que las almas no proceden por propagación.

    I, 16

    Este medio, pues, de resolver el punto por el cual el alma fue enviada a la carne hasta el tiempo en que debía ser librada de la carne— viendo que el alma de un infante, que no ha crecido lo bastante para que la voluntad llegue a ser libre, es el caso supuesto— no descubre la razón por la cual la condenación deba sobrevenirle sin la recepción del bautismo, excepto la razón del pecado original. Debido a este pecado, no negamos que el alma sea justamente condenada, porque para el pecado la ley justa de Dios ha señalado castigo. Pero entonces preguntamos por qué el alma ha sido hecha para sufrir este estado pecaminoso, si no deriva de aquella única alma primordial que pecó en el primer padre del género humano. Por lo cual, si Dios no condena al inocente— si no hace culpables a aquellos a quienes ve inocentes— y si nada libera a las almas ni de los pecados originales ni de los personales sino el bautismo de Cristo en la Iglesia de Cristo,— y si los pecados, antes de ser cometidos, y mucho más cuando nunca han sido cometidos, no pueden ser condenados por ley justa alguna: entonces este escritor no puede aducir ninguno de estos cuatro casos; debe, si puede, explicar, respecto de las almas de los infantes, las cuales, al dejar la vida sin bautismo, son enviadas a condenación, por qué merecimiento suyo es que, sin haber pecado jamás, sean consignadas a una carne pecaminosa, para hallar allí el pecado que ha de asegurar su justa condenación. Además, si retrocede ante estos cuatro casos que la sana doctrina condena— es decir, si no tiene el valor de sostener que las almas, aun cuando están sin pecado, son hechas pecaminosas por Dios, o que son libradas del pecado original que hay en ellas sin el sacramento de Cristo, o que cometieron pecado en algún otro estado antes de ser enviadas a la carne, o que pecados que nunca cometieron son condenados en ellas— si, digo, no tiene el valor de decirnos estas cosas porque en realidad no merecen ser mencionadas, sino que afirma que los infantes no heredan el pecado original, y no tienen razón para ser condenados si parten de aquí sin recibir el sacramento de la regeneración, sin duda, para su propia condenación, incurrirá en la herejía condenable de Pelagio. Para evitar esto, ¡cuánto mejor es para él compartir mi vacilación acerca del origen del alma, sin atreverse a afirmar lo que no puede comprender por la razón humana ni defender por la autoridad divina! Así no se verá obligado a proferir necedades, mientras teme confesar su ignorancia.

    Capítulo 17 [XIV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 17, sumario
    Demuestra que los pasajes de la Escritura aducidos por Víctor no prueban que las almas sean hechas por Dios de tal modo que no se deriven por propagación: Primer pasaje.

    I, 17

    Aquí, quizá, dirá que su opinión está respaldada por la autoridad divina, puesto que supone probar con pasajes de las Sagradas Escrituras que las almas no son hechas por Dios por vía de propagación, sino que son, por actos distintos de creación, insufladas de nuevo en cada individuo. Que lo pruebe, si puede, y concederé que he aprendido de él lo que con gran empeño trataba de averiguar. Pero debe ir en busca de otras defensas, que quizá no encontrará, pues no ha probado su punto con los pasajes que hasta ahora ha aducido. Porque todo lo que ha aplicado al asunto es, sin duda, en cierta medida adecuado, pero sólo ofrece una demostración dudosa del punto que plantea acerca del origen del alma. Pues es cierto que Dios ha dado al hombre el soplo y el espíritu, como atestigua el profeta: «Así dice el Señor, que hizo el cielo, y fundó la tierra, y todo lo que hay en ella; que da soplo al pueblo que está sobre ella, y espíritu a los que caminan sobre ella.» [] Este pasaje quiere él que se tome en su propio sentido, el cual defiende; de modo que las palabras, «que da soplo al pueblo,» se entiendan como que implican que Él crea las almas para los hombres no por propagación, sino por insuflación de almas nuevas en cada caso. Que mantenga, pues, audazmente, a este tenor, que Él no nos da la carne, sobre la base de que nuestra carne deriva su origen de nuestros padres. En el caso, también, que aduce el apóstol, «Dios le da un cuerpo como le ha placido,» [] que niegue, si se atreve, que el grano brota del grano, y la hierba de la hierba, de la semilla, cada uno según su especie. Y si no se atreve a negar esto, ¿cómo sabe en qué sentido se dice, «Él da soplo al pueblo»?— ¿acaso por derivación de los padres, o por soplo nuevo en cada individuo?

    Capítulo 18

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 18, sumario
    Por «Soplo» se significa a veces el Espíritu Santo.

    I, 18

    ¿Cómo, además, sabe él si la repetición de la idea en la frase, «que da soplo al pueblo que está sobre ella, y espíritu a los que caminan sobre ella,» no puede entenderse de una sola cosa bajo dos expresiones, y puede no significar, no la vida o el espíritu por el cual vive la naturaleza humana, sino el Espíritu Santo? Pues si por el «soplo» no pudiera significarse el Espíritu Santo, el Señor no habría, cuando «sopló sobre» sus discípulos después de su resurrección, dicho, «Recibid el Espíritu Santo.» [] Ni se habría escrito así en los Hechos de los Apóstoles, «De repente vino del cielo un estruendo, como si un soplo poderoso se precipitara sobre ellos; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, y se posó sobre cada uno de ellos, y fueron todos llenos del Espíritu Santo.» [] Supongamos, ahora, que fue esto lo que el profeta predijo en las palabras, «que da soplo al pueblo que está sobre ella;» y luego, como explicación de lo que había designado «soplo,» prosiguió diciendo, «y espíritu a los que caminan sobre ella.» Ciertamente, esta predicción se cumplió de manera manifiesta cuando todos fueron llenos del Espíritu Santo. Si, sin embargo, el término «pueblo» no es todavía aplicable a las ciento veinte personas que estaban entonces reunidas en un solo lugar, en todo caso, cuando el número de creyentes ascendió a cuatro o cinco mil, quienes cuando fueron bautizados recibieron el Espíritu Santo, [] ¿puede alguien dudar de que los que recibieron el Espíritu Santo eran entonces «el pueblo,» incluso «los hombres que caminan sobre la tierra»? Pues ese espíritu que se da al hombre como perteneciente a su naturaleza, ya sea que se dé por propagación o que sea insuflado como algo nuevo a los individuos (y no determino cuál de estos dos modos debe afirmarse, al menos hasta que uno de los dos pueda ser claramente averiguado sin lugar a duda), no se da a los hombres cuando «caminan sobre la tierra,» sino mientras están todavía encerrados en el vientre de su madre. «Él dio, por tanto, soplo al pueblo sobre la tierra, y espíritu a los que caminan sobre ella,» cuando muchos se hicieron creyentes juntos, y juntos fueron llenos del Espíritu Santo. Y Él se lo da a su pueblo, aunque no a todos al mismo tiempo, sino a cada uno en su propio tiempo, hasta que, al partir de esta vida, y al venir a ella, se cumpla el número entero de su pueblo. En este pasaje de la Sagrada Escritura, por tanto, soplo no es una cosa, y espíritu otra cosa; sino que hay una repetición de una y la misma idea. Así como «El que se sienta en los cielos» no es uno, y «el Señor» no es otro; ni, de nuevo, es una cosa «reír,» y otra cosa «tener en escarnio;» sino que hay sólo una repetición del mismo significado en el pasaje donde leemos, «El que se sienta en los cielos reirá: el Señor los tendrá en escarnio.» Así, exactamente del mismo modo, en el pasaje, «Te daré las naciones por herencia tuya, y los confines de la tierra por posesión tuya,» ciertamente no se quiere decir que «herencia» sea una cosa, y «posesión» otra cosa; ni que «las naciones» signifiquen una cosa, y «los confines de la tierra» otra; hay sólo una repetición de la misma cosa. Descubrirá, en efecto, innumerables expresiones de este género en las sagradas escrituras, si tan sólo considera atentamente lo que lee.

    Capítulo 19

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 19, sumario
    El significado de «Soplo» en la Escritura.

    I, 19

    El término, sin embargo, que se usa en la versión griega, [πνοή], se traduce de diversos modos en latín: a veces por flatus, soplo; a veces por spiritus, espíritu; a veces por inspiratio, inspiración. Este término aparece en las ediciones griegas del pasaje que ahora examinamos, «Quien da soplo al pueblo que está sobre ella,» siendo la palabra para soplo [πνοή]. La misma palabra se usa en el relato donde el hombre fue dotado de vida: «Y Dios sopló sobre su rostro el soplo de vida.» De nuevo, en el salmo aparece el mismo término: «Todo cuanto tiene espíritu alabe al Señor.» Es la misma palabra también en el Libro de Job: «La inspiración del Todopoderoso es la que enseña.» El traductor rechazó la palabra flatus, soplo, por adspiratio, inspiración, aunque tenía ante sí el mismísimo término [πνοή], que aparece en el texto del profeta que estamos considerando. Difícilmente podemos dudar, creo, de que en este pasaje de Job se significa el Espíritu Santo. La cuestión discutida era acerca de la sabiduría, de dónde viene a los hombres: «No viene del número de los años; sino que el Espíritu está en los mortales, y la inspiración del Todopoderoso es la que enseña.» [] Por esta repetición de términos se puede entender muy bien que no hablaba del espíritu propio del hombre en la cláusula, «El Espíritu está en los mortales.» Quería mostrar de dónde tienen los hombres la sabiduría— que no es de sí mismos; de modo que, usando una expresión duplicada, explica su idea; «La inspiración del Todopoderoso es la que enseña.» De manera similar, en otro pasaje del mismo libro, dice, «El entendimiento de mis labios meditará la pureza. El Espíritu divino es el que me formó, y el soplo del Todopoderoso es el que me enseña.» Aquí, igualmente, lo que llama adspiratio, o «inspiración,» es en griego [πνοή], la misma palabra que se traduce flatus, «soplo,» en el pasaje citado del profeta. Por tanto, aunque es temerario negar que el pasaje, «Quien da soplo al pueblo que está sobre ella, y espíritu a los que caminan sobre ella,» tenga referencia al alma o espíritu del hombre—aunque el Espíritu Santo pueda con mayor credibilidad entenderse como referido en el pasaje: sin embargo, pregunto con qué fundamento puede alguien determinar audazmente que el profeta quiso en estas palabras dar a entender que el alma o espíritu por el cual nuestra naturaleza posee vitalidad [¿no nos es dado por Dios mediante el proceso de propagación?] Por supuesto, si el profeta hubiera dicho muy claramente, «Quien da alma al pueblo sobre la tierra,» todavía quedaría por preguntar si Dios mismo la da desde un origen en la generación precedente, así como da el cuerpo de tal material previo, y eso no sólo a los hombres o al ganado, sino también a la semilla del grano, o a cualquier otro cuerpo cualquiera, según le place; o si la otorga insuflándola como don nuevo a cada individuo, ¿como la recibió de Él el primer hombre?
    Comentario editorial · Soplo, espíritu, inspiración: el griego «pnoe»
    Al examinar los pasajes de Víctor sobre el soplo, Agustín se atiene al griego de la Septuaginta, donde la palabra es pnoe (πνοή) y el latín la vierte unas veces como flatus (soplo), otras como spiritus y otras como inspiratio. Las notas del NPNF dan los textos griegos que están detrás de sus citas: «el que da soplo al pueblo que está sobre ella» (Isaías 42:5) dice en la Septuaginta kai didous pnoen to lao, y Génesis 2:7, kai enephusesen eis to prosopon autou pnoen zoes; la cita de Job viene también de la versión griega. Quien compare estas citas con una Biblia castellana debe tener en cuenta que Agustín cita la versión griega, según esas notas.

    Capítulo 20

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 20, sumario
    Otros modos de tomar el pasaje.

    I, 20

    Hay también algunas personas que entienden las palabras del profeta, «Él dio soplo al pueblo que está sobre ella,» es decir, sobre la tierra, como si la palabra «soplo,» flatus, fuera simplemente equivalente a «alma,» anima; mientras que interpretan la cláusula siguiente, «y espíritu a los que caminan sobre ella,» como referida al Espíritu Santo; y suponen que el profeta observa el mismo orden que menciona el apóstol: «No es primero lo espiritual, sino lo natural; y después lo espiritual.» [] Ahora bien, desde este punto de vista de las palabras del profeta puede formarse, sin duda, una interpretación elegante, consistente con el sentido del apóstol. La frase, «a los que caminan sobre ella,» es en latín, «calcantibus eam;» y como el significado literal de estas palabras es «pisándola,» podemos entender que se implica la idea de desprecio de ella. Pues quienes reciben el Espíritu Santo desprecian las cosas terrenas en su amor por las celestiales. Ninguna de estas opiniones, sin embargo, es contraria a la fe, ya se considere que los dos términos, soplo y espíritu, pertenecen a la naturaleza humana, o ambos al Espíritu Santo, o uno de ellos, soplo, al alma, y el otro, espíritu, al Espíritu Santo. Si, sin embargo, el alma y el espíritu del ser humano son el significado aquí, puesto que indudablemente debe ser, como don de Dios para él, entonces debemos indagar más: ¿de qué modo otorga Dios este don? ¿Es por propagación, como nos da nuestros miembros corporales por este proceso? ¿O se otorga a cada persona por separado por el soplo de Dios, no por propagación, sino como siempre una creación fresca? Estas cuestiones no son ambiguas, como este hombre las haría; pero deseamos que sean defendidas con la garantía certísima de las divinas Escrituras.

    Capítulo 21

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 21, sumario
    El segundo pasaje citado por Víctor.

    I, 21

    Sobre el mismo principio tratamos el pasaje en el que Dios dice: «Porque mi Espíritu saldrá de mí; y yo he creado todo soplo.» Aquí la cláusula anterior, Mi Espíritu saldrá de mí, debe tomarse como referida al Espíritu Santo, del cual dice de manera similar el Salvador, «Él procede del Padre.» [] Pero la otra cláusula, «Yo he creado todo soplo,» se dice innegablemente de cada alma individual. Bien; pero Dios también crea el cuerpo entero del hombre; y, como nadie duda, hace el cuerpo humano por el proceso de propagación: por tanto, queda, por supuesto, abierta la indagación acerca del alma (puesto que es evidentemente obra de Dios), si la crea como hace el cuerpo; por propagación, o por insuflación, como hizo la primera alma.

    Capítulo 22

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 22, sumario
    La tercera cita de Víctor.

    I, 22

    Procede a favorecernos con un tercer pasaje, en el que está escrito: «Quien forma el espíritu del hombre dentro de él.» ¡Como si alguien negara esto! No; toda nuestra cuestión es acerca del modo de la formación. Ahora tomemos el ojo del cuerpo, y preguntemos, ¿quién sino Dios lo forma? Supongo que Él no lo forma externamente, sino en sí mismo, y sin embargo, muy ciertamente, por propagación. Puesto que, pues, Él también forma «el espíritu humano en él,» la cuestión sigue en pie: ¿se deriva por una insuflación fresca en cada caso, o por propagación?

    Capítulo 23

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 23, sumario
    Su cuarta cita.

    I, 23

    Hemos leído todo acerca de la madre de los jóvenes macabeos, que fue realmente más fecunda en virtudes cuando sus hijos sufrieron que de hijos cuando nacieron; cómo los exhortó a la constancia, hablando de este modo: «No puedo deciros, hijos míos, cómo vinisteis a mi vientre. Pues no fui yo quien os dio el espíritu y el alma, ni fui yo quien formó los miembros de cada uno de vosotros; sino que fue Dios, que también hizo el mundo, y todas las cosas que hay en él; que, además, formó la generación de los hombres; y escudriña la acción de todos; y que Él mismo, de su gran misericordia, os devolverá vuestro espíritu y vuestra alma.» [] Todo esto lo sabemos; pero cómo apoya la afirmación de este hombre no lo vemos. Pues ¿qué cristiano negaría que Dios da a los hombres el alma y el espíritu? Pero de manera similar, supongo que no puede negar que Dios da a los hombres su lengua, y su oído, y su mano, y su pie, y todas sus sensaciones corporales, y la forma y naturaleza de todos sus miembros. Pues ¿cómo va a negar que todas estas cosas son dones de Dios, a menos que olvide que es cristiano? Como, sin embargo, es evidente que éstas fueron hechas por Él, y otorgadas al hombre por propagación; así también debe surgir la cuestión: ¿por qué medios forma Él el espíritu y el alma del hombre?; ¿con qué eficiencia se dan al hombre— de los padres, o de la nada, o (como este hombre afirma, en un sentido contra el cual debemos guardarnos por todos los medios) de alguna naturaleza existente del soplo divino, no creada de la nada, sino de su propio ser?

    Capítulo 24 [XV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 24, sumario
    Si el alma se deriva o no por descendencia natural (Ex Traduce), sus pasajes citados no logran mostrarlo.

    I, 24

    Por cuanto, pues, los pasajes de la Escritura que menciona de ningún modo muestran lo que se esfuerza por imponer (puesto que, en efecto, no expresan nada en absoluto sobre la cuestión inmediata que nos ocupa), ¿cuál puede ser el significado de estas palabras suyas: «Sostenemos firmemente que el alma viene del soplo de Dios, no de la generación natural, porque es dada por Dios»? Como si, por cierto, el cuerpo pudiera ser dado por otro, que no sea Aquel por quien es creado, «De quien son todas las cosas, por quien son todas las cosas, en quien son todas las cosas;» [] no porque sean de su naturaleza, sino de su hechura. «Ni es de la nada,» dice él, «porque proviene de Dios.» Si esto es así, es (debemos decirlo) no la cuestión que aquí debe tratarse. Al mismo tiempo, no dudamos en afirmar que la proposición que avanza, que el alma viene al hombre ni por descendencia ni de la nada, ciertamente no es verdadera: esto, digo, lo afirmamos sin duda como no verdadero. Pues es una de dos cosas: si el alma no se deriva por descendencia natural del padre, viene de la nada. Pretender que se deriva de Dios de tal manera que sea una porción de su naturaleza, es simplemente blasfemia sacrílega. Pero solicitamos y buscamos hasta el presente algunos pasajes claros de la Escritura que tengan relación con el punto, si el alma no viene por descendencia parental; pero no queremos pasajes como los que él ha aducido, que no arrojan luz alguna sobre la cuestión que ahora nos ocupa.
    Comentario editorial · Creacionismo y traducianismo
    Ex traduce es la fórmula del traducianismo: el alma de cada hijo se deriva de la de uno o de los dos padres, como el cuerpo, y solo la de Adán fue creada directamente por Dios. Tertuliano fue su primer defensor (puede verse en Sobre el alma) y, entre los griegos, Gregorio de Nisa se inclinó hacia él. El creacionismo sostiene que Dios crea el alma de cada cuerpo; Jerónimo condenó el traducianismo y dijo que el creacionismo era la opinión de la Iglesia. Agustín, según Wikipedia, no se decidió entre las dos; en el Cap. 27 dice que no se atrevió a definir nada sobre la propagación del alma. Los capítulos 17 a 30 examinan los pasajes que Víctor aduce y concluyen que no prueban nada sobre la propagación, sin que Agustín tome partido por una u otra respuesta.

    Capítulo 25

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 25, sumario
    Así como la madre no sabe de dónde viene su hijo dentro de ella, así nosotros no sabemos de dónde viene el alma.

    I, 25

    ¡Cómo desearía que, en una cuestión tan profunda, mientras ignora lo que debería decir, imitara a la madre de los jóvenes macabeos! Aunque sabía muy bien que había concebido hijos de su marido, y que habían sido creados para ella por el Creador de todo, tanto en cuerpo como en alma y espíritu, sin embargo dice, «No puedo deciros, hijos míos, cómo vinisteis a mi vientre.» Ahora bien, ¡sólo desearía que este hombre nos dijera aquello que ella ignoraba! Ella, por supuesto, sabía (en los puntos que he mencionado) cómo vinieron a su vientre en cuanto a su sustancia corporal, porque no podía dudar de que los había concebido de su marido. Confesó además— porque esto también lo sabía, desde luego, muy bien— que fue Dios quien les dio su alma y su espíritu, y que fue Él también quien formó para ellos sus rasgos y sus miembros. ¿Qué era, entonces, lo que ella ignoraba tanto? ¿No era probablemente (lo que nosotros igualmente somos incapaces de determinar) si el alma y el espíritu, que Dios sin duda les otorgó, les fueron derivados de sus padres, o insuflados en ellos por separado como lo había sido en el primer hombre? Pero ya fuera esto, o algún otro particular respecto de la constitución de la naturaleza humana, lo que ella ignoraba, confesó francamente su ignorancia; y no se aventuró a defender al azar lo que no sabía. Ni le diría este hombre a ella, lo que no se ha avergonzado de decirnos a nosotros: «El hombre que está en honra no entiende; es comparado al ganado insensato, y es semejante a ellos.» Mirad cómo aquella mujer dijo de sus hijos, «No puedo deciros cómo vinisteis a mi vientre,» y sin embargo no es comparada con las bestias insensatas. «No puedo deciros,» dijo; luego, como si ellos le preguntaran por qué era ignorante, prosiguió diciendo, «Pues no fui yo quien os dio el espíritu y el alma.» Aquel, por tanto, que les dio ese don, sabe de dónde hizo lo que dio, si lo comunicó por propagación, o lo insufló como creación fresca,— punto que (dice este hombre) yo por mi parte ignoro. «Ni fui yo quien formó los rasgos y miembros de cada uno de vosotros.» Aquel, sin embargo, que los formó, sabe si los formó con el alma, o les dio el alma después de haber sido formados. Ella no tenía idea del modo, éste o aquél, en que sus hijos vinieron a su vientre; una sola cosa estaba segura: que Aquel que le dio todo lo que tenía le devolvería lo que le dio. Pero este hombre escogería aquello que aquella mujer ignoraba, sobre un hecho tan profundo y abstruso de nuestra naturaleza; sólo que no la juzgaría, si estuviera en error; ni la compararía, si fuera ignorante, con el ganado insensato. Cualquiera que fuera el punto que ella ignoraba, ciertamente pertenecía a la naturaleza del hombre; y sin embargo, cualquiera sería irreprensible por tal ignorancia. Por lo cual, yo también, por mi parte, digo acerca de mi alma: no tengo conocimiento cierto de cómo vino a mi cuerpo; pues no fui yo quien me la dio a mí mismo. Aquel que me la dio sabe si me la impartió de mi padre, o la creó de nuevo para mí, como hizo para el primer hombre. Pero aun yo lo sabré, cuando Él mismo me lo enseñe, en su propio momento oportuno. Ahora, sin embargo, no lo sé; ni me avergüenzo, como él, de confesar mi ignorancia de lo que no sé.

    Capítulo 26 [XVI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 26, sumario
    El quinto pasaje de la Escritura citado por Víctor.

    I, 26

    «Aprende,» dice él, «pues he aquí que el apóstol te enseña.» Sí, en verdad aprenderé, si el apóstol enseña, puesto que es Dios solo quien enseña por medio del apóstol. Pero, dime, ¿qué es lo que enseña el apóstol? «He aquí,» añade, «cómo, hablando a los atenienses, expuso con fuerza esta verdad, diciendo: 'Viéndolo, Él da a todos vida y espíritu'.» Pues bien, ¿quién piensa en negar esto? «Pero entiende,» dice, «lo que afirma el apóstol: Él da; no dice Él ha dado. Nos remite a un tiempo continuo e indefinido, y no proclama un tiempo pasado y acabado. Ahora bien, eso que da sin cesar lo está dando siempre; así como Aquel que da es Él mismo siempre existente.» He citado sus palabras exactamente como las encontré en el segundo de los libros que me enviaste. Primero, te ruego que adviertas hasta dónde ha llegado, al esforzarse por afirmar lo que no conoce. Porque se ha atrevido a decir que Dios, sin cesación alguna, y no sólo en el tiempo presente, sino por siempre jamás, da almas a las personas cuando nacen. «Él está dando siempre,» dice, «así como Aquel que da es Él mismo siempre existente.» Lejos esté de mí decir que no entiendo lo que dijo el apóstol, pues es bastante claro. Pero lo que este hombre dice, aun él mismo debería saber que es contrario a la fe cristiana; y debería guardarse de ir más lejos en tales afirmaciones. Pues, por supuesto, cuando los muertos resuciten, ya no habrá más personas que nazcan; por tanto, Dios ya no otorgará almas en nacimiento alguno; sino que juzgará a aquellas que ahora está dando a los hombres junto con sus cuerpos. De manera que no está dando siempre, aunque es siempre existente Aquel que actualmente está dando. Ni tampoco se deduce en absoluto de la expresión del apóstol, quien da (no ha dado), lo que este escritor quiere deducir, a saber, que Dios no da las almas a los hombres por propagación. Porque las almas todavía son dadas por Él, incluso si es por propagación; así como las dotes corporales, como los miembros, los sentidos, la figura y, de hecho, toda la sustancia, son dadas por Dios mismo a los seres humanos, aunque sea por propagación como Él las da. Ni tampoco, porque el Señor dice [] «Si Dios viste así la hierba del campo, que hoy es y mañana es echada al horno» (no usando el tiempo pretérito, ha vestido, como cuando formó por primera vez la materia; sino empleando la forma presente, viste, lo cual, en efecto, todavía está haciendo), ¿diremos por eso que los lirios no se producen a partir de la fuente original de su propia especie? ¿Qué, por tanto, si el alma y el espíritu del ser humano son dados de manera semejante por Dios mismo, cada vez que son dados; y dados, además, por propagación de su propia especie? Ahora bien, esta es una posición que ni mantengo ni refuto. Sin embargo, si debe ser defendida o confutada, ciertamente recomiendo que se haga con pruebas claras y no dudosas. Ni merezco ser comparado con ganado insensato porque confieso que soy aún incapaz de determinar la cuestión, sino más bien con personas cautelosas, porque no enseño temerariamente lo que ignoro. Pero no estoy dispuesto, por mi parte, a devolver ultraje por ultraje y comparar a este hombre con bestias; sino que le advierto como a un hijo que reconozca que es realmente ignorante de aquello que no sabe; y que no intente enseñar lo que aún no ha aprendido, para que no merezca ser comparado con aquellas personas a las que el apóstol menciona como «deseando ser maestros de la ley, sin entender ni lo que dicen ni lo que afirman.» [2 Timoteo 1:7]

    Capítulo 27 [XVII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 27, sumario
    Agustín no se atrevió a definir nada acerca de la propagación del alma.

    I, 27

    Pues, ¿de dónde proviene que sea tan descuidado con las Escrituras de las que habla, que no advierte que cuando lee que los seres humanos proceden de Dios, no es solamente, como él sostiene, respecto de su alma y espíritu, sino también en cuanto a su cuerpo? Porque la afirmación del apóstol, «Somos linaje suyo» [], este hombre supone que no debe referirse al cuerpo, sino sólo al alma y al espíritu. Si, en verdad, nuestros cuerpos humanos no son de Dios, entonces es falso lo que dice la Escritura: «Porque de Él son todas las cosas, por Él son todas las cosas y en Él son todas las cosas.» []. Además, con referencia a la misma afirmación del apóstol, «Porque así como la mujer procede del varón, así también el varón nace por la mujer» [], que nos explique qué propagación querría que se entendiera en ese proceso: la del alma, la del cuerpo, o la de ambos. Pero él no admitirá que las almas vengan por propagación: queda, por tanto, que, según él y todos los que niegan la propagación de las almas, el apóstol significó sólo el cuerpo masculino y femenino, cuando dijo: «Así como la mujer procede del varón, así también el varón nace por la mujer;» habiendo sido hecha la mujer a partir del varón, para que el varón pudiera después, por el proceso del nacimiento, salir de la mujer. Por tanto, si el apóstol, al decir esto, no quiso que se entendiera también el alma y el espíritu, sino sólo los cuerpos de los dos sexos, ¿por qué añade inmediatamente: «Pero todas las cosas proceden de Dios» [], a no ser que también los cuerpos procedan de Dios? Pues así reza su declaración completa: «Así como la mujer procede del varón, así también el varón nace por la mujer; pero todas las cosas proceden de Dios.» Que determine, pues, nuestro contendiente de qué se dice esto. Si de los cuerpos de los hombres, entonces, por supuesto, aun los cuerpos son de Dios. ¿Cómo sucede, por tanto, que cada vez que esta persona lee en la Escritura la frase «de Dios», cuando se trata del hombre, quiere que las palabras se entiendan, no en referencia a los cuerpos de los hombres, sino sólo en lo que concierne a sus almas y espíritus? Pero si la expresión «Todas las cosas proceden de Dios» fue dicha tanto del cuerpo de los dos sexos como de su alma y espíritu, se sigue que en todas las cosas la mujer procede del varón, pues la mujer sale del varón, y el varón nace por la mujer; pero todas las cosas proceden de Dios. ¿Qué «todas las cosas» se refieren, excepto aquellas de las que estaba hablando, a saber, el varón del cual salió la mujer, y la mujer que procedía del varón, y también el varón que vino por la mujer? Porque aquel varón no vino por mujer, del cual salió la mujer; sino solamente aquel que después nació del varón por la mujer, así como ahora nacen los hombres. De aquí se sigue que si el apóstol, al decir las palabras que de él hemos citado, habló de los cuerpos de los hombres, indudablemente los cuerpos de las personas de ambos sexos son de Dios. Además, si insiste en que nada en el hombre procede de Dios excepto sus almas y espíritus, entonces, por supuesto, la mujer es del varón aun en cuanto a su alma y espíritu; de modo que nada queda a aquellos que disputan contra la propagación de las almas. Pero si es partidario de dividir el asunto de tal manera que diga que la mujer es del varón en cuanto a su cuerpo, pero que es de Dios en cuanto a su alma y espíritu, ¿cómo, entonces, será verdadero lo que dice el apóstol: «Todas las cosas proceden de Dios», si el cuerpo de la mujer es del varón en un sentido tal que no es de Dios? Por lo cual, admitiendo que es más probable que el apóstol diga la verdad antes que esta persona deba ser preferida como autoridad al apóstol, la mujer es del varón, ya sea respecto de su cuerpo solamente, o en referencia al todo completo del que consta la naturaleza humana (pero nada afirmamos sobre estos puntos como certeza absoluta, sino que aún indagamos su verdad); y el varón es por la mujer, ya sea que toda su naturaleza de hombre le sea derivada de su padre y haya nacido en él por la mujer, o solamente la carne; sobre cuyos puntos la cuestión está aún indecisa. «Todas las cosas, sin embargo, proceden de Dios,» y sobre esto no hay cuestión; y en esta frase quedan incluidos el cuerpo, el alma y el espíritu, tanto del varón como de la mujer. Pues aunque no hayan nacido o no se hayan derivado de Dios, ni emanado de Él como porciones de su naturaleza, sin embargo son de Dios, en cuanto que todo lo que es criado, formado y hecho por Él, tiene de Él la realidad de su existencia.

    Capítulo 28

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 28, sumario
    No se debe forzar literalmente una figura natural del lenguaje.

    I, 28

    Prosigue observando: «Pero el apóstol, al decir 'Y Él mismo da vida y espíritu a todos', y añadir luego las palabras 'Y ha hecho de una sola sangre todo el linaje de los hombres' [], ha referido esta alma y espíritu al Creador en cuanto a su origen, y el cuerpo a la propagación.» Ahora bien, ciertamente quien no quiera negar al azar la propagación de las almas, antes de averiguar con claridad si la opinión es correcta o no, tiene fundamento para entender, de las palabras del apóstol, que quiso decir la expresión de una sola sangre como equivalente a de un solo hombre, por la figura del lenguaje que entiende el todo por la parte. Pues bien, si a este hombre le es lícito tomar el todo por la parte en el pasaje «Y el hombre vino a ser alma viviente» [], como si se entendiera que también el espíritu quedaba implicado, acerca del cual la Escritura nada dijo allí, ¿por qué no es lícito a otros atribuir un sentido igualmente comprehensivo a la expresión de una sola sangre, de modo que el alma y el espíritu se consideren incluidos en ella, puesto que el ser humano significado por el término «sangre» no consta de cuerpo solo, sino también de alma y espíritu? Pues así como el polemista que mantiene la propagación de las almas no debe, por una parte, apremiar demasiado a este hombre, porque la Escritura dice acerca del primer hombre: «En quien todos pecaron» [] (pues la expresión no es: En quien la carne de todos pecó, sino «todos», es decir, «todos los hombres», ya que el hombre no es sólo carne) —así, repito, no debe él ser apremiado con demasiada dureza, porque sucede que está escrito «todos los hombres» de tal manera que pudieran entenderse simplemente respecto de la carne; así, por otra parte, tampoco debe él abrumar a los que sostienen la propagación de las almas, a causa de la frase «El linaje entero de los hombres de una sola sangre», como si este pasaje probara que sólo la carne fue transmitida por propagación. Porque si es verdad, como ellos afirman, que el alma no desciende del alma, sino sólo la carne de la carne, entonces la expresión «de una sola sangre» no significa el ser humano entero, según el principio de la parte por el todo, sino meramente la carne de una sola persona; mientras que aquella otra expresión «En quien todos pecaron» debe entenderse de modo que indique meramente la carne de todos los hombres, que ha sido transmitida desde el primer hombre, significando la Escritura una parte por el todo. Si, por otra parte, es verdad que el ser humano entero es propagado de cada hombre, él mismo también entero, compuesto de cuerpo, alma y espíritu, entonces el pasaje «En quien todos pecaron» debe tomarse en su sentido propio y literal; y la otra frase «de una sola sangre» se usa metafóricamente, siendo significado el todo por una parte, es decir, el hombre entero que consta de alma y carne; o más bien (como esta persona gusta decirlo) de alma, espíritu y carne. Pues de ambos modos de expresión suele servirse la Sagrada Escritura, poniendo tanto la parte por el todo como el todo por la parte. Por ejemplo, la parte implica el todo, en el lugar donde se dice: «A ti vendrá toda carne»; entendiéndose el hombre entero por el término carne. Y el todo implica a veces una parte, como cuando se dice que Cristo fue sepultado, siendo en realidad sólo su carne lo que fue sepultado. Ahora bien, en cuanto a la afirmación que se hace en el testimonio del apóstol, en el sentido de que «Él da vida y espíritu a todos», supongo que nadie, después de la discusión precedente, se conmoverá por ella. Sin duda «Él da»; el hecho no está en disputa; nuestra cuestión es: ¿Cómo lo da? ¿Por una nueva insuflación en cada caso, o por propagación? Pues con toda propiedad se dice que Él da la sustancia de la carne al ser humano, aunque al mismo tiempo no se niega que la da por medio de la propagación.

    Capítulo 29 [XVIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 29, sumario
    El sexto pasaje de la Escritura citado por Víctor.

    I, 29

    Veamos ahora la cita del Génesis donde la mujer fue creada del costado del varón y fue llevada ante él, y él dijo: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne.» Nuestro adversario piensa que «Adán debería haber dicho: 'Alma de mi alma, o espíritu de mi espíritu', si también esto se hubiera derivado de él.» Pero, de hecho, quienes mantienen la opinión de la propagación de las almas sienten que poseen una defensa más inexpugnable de su posición en el hecho de que en el relato de la Escritura, que nos informa que Dios tomó una costilla del costado del varón y la formó en mujer, no se añade que Él soplara en su rostro el aliento de vida; por esta razón, según dicen, porque ella ya había sido animada a partir del varón. Si, en efecto, no lo hubiera sido, dicen, la Sagrada Escritura ciertamente no nos habría dejado en la ignorancia de tal circunstancia. En cuanto al hecho de que Adán dice: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne» [], sin añadir: 'Espíritu o alma de mi espíritu o de mi alma', pueden responder, tal como ya se ha mostrado, que la expresión «mi carne y mi hueso» puede entenderse como indicando el todo por la parte; con la salvedad de que la porción que fue tomada del varón no estaba muerta, sino animada; pues no hay buen fundamento para negar que el Todopoderoso era capaz de hacer todo esto, por el hecho de que no se pudiera encontrar un ser humano capaz de cortar una parte de la carne de un hombre junto con el alma. Adán, no obstante, continuó diciendo: «Será llamada mujer, porque fue tomada del varón.» []. Ahora bien, ¿por qué no dice más bien (y así confirmaría la opinión de nuestros adversarios) «Puesto que su carne fue tomada del varón»? Tal como están las cosas, en verdad, quienes sostienen la opinión contraria bien pueden argumentar, a partir del hecho de que está escrito, no que la carne de la mujer, sino la mujer misma fue tomada del varón, que ha de ser considerada en su naturaleza entera dotada de alma y espíritu. Pues aunque el alma no se distingue por el sexo, sin embargo cuando se menciona a las mujeres no es necesario considerarlas aparte del alma. De no ser por este principio no se les amonestaría así respecto del adorno personal. «No con cabellos trenzados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos; sino con lo que (dice el apóstol) conviene a mujeres que profesan piedad, por medio de buenas obras.» []. Ahora bien, «la piedad», por supuesto, es un principio interior en el alma o en el espíritu; y sin embargo se las llama mujeres, aunque el adorno concierne a aquella porción interior de su naturaleza que no tiene sexo.

    Capítulo 30

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 30, sumario
    El peligro de argumentar a partir del silencio.

    I, 30

    Ahora bien, mientras los contendientes están así luchando entre sí con argumentos alternados, yo juzgo entre ellos de modo que no deben apoyarse en pruebas inciertas, ni hacer afirmaciones temerarias sobre puntos que ignoran. Porque si la Escritura hubiera dicho: «Dios sopló en el rostro de la mujer el aliento de vida, y ella vino a ser alma viviente», no se seguiría ni aun entonces que el alma humana no se deriva por propagación de los padres, a menos que se hiciera la misma afirmación también respecto de su hijo. Pues podría haber sucedido que, mientras un miembro no animado tomado del cuerpo requeriría ser animado, no obstante el alma del hijo pudiera derivarse del padre, transfundida por propagación a través de la madre. Hay, sin embargo, un silencio absoluto sobre este punto; está enteramente oculto a nuestra vista. Nada se niega, pero al mismo tiempo nada se afirma. Y así, si en algún lugar la Escritura posiblemente no guarda silencio del todo, el punto requiere ser apoyado con pruebas más claras. De donde se sigue que ni quienes mantienen la propagación de las almas reciben ayuda alguna de la circunstancia de que Dios no sopló en el rostro de la mujer; ni quienes niegan esta doctrina basándose en que Adán no dijo: «Esto es alma de mi alma», deben persuadirse a creer lo que no saben. Pues así como ha sido posible que la Escritura guarde silencio sobre el punto de que la mujer recibió su alma, como el varón, por la insuflación de Dios, sin que la cuestión que nos ocupa quede resuelta, sino, por el contrario, permanezca abierta; así ha sido posible que la misma cuestión permanezca abierta y sin resolver, a pesar del silencio de la Escritura, en cuanto a si Adán dijo o no: Esto es alma de mi alma. Y por tanto, si el alma de la primera mujer proviene del varón, una parte significa el todo en su exclamación: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne;» en cuanto que no su carne sola, sino la mujer entera, fue tomada del varón. Si, sin embargo, no proviene del varón, sino que vino por la insuflación de Dios en ella, como al principio en el varón, entonces el todo significa una parte en el pasaje: «Fue tomada del varón;» ya que, según la suposición, no fue su ser entero, sino su carne, lo que fue tomado.

    Capítulo 31

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 31, sumario
    El argumento de los apolinaristas para probar que Cristo careció de alma humana de esta misma clase.

    I, 31

    Aunque, pues, esta cuestión queda sin resolver por estos pasajes de la Escritura, que ciertamente no son decisivos en lo que atañe al punto que nos ocupa, estoy sin embargo muy seguro de esto: que aquellas personas que piensan que el alma de la primera mujer no provino del alma de su marido, basándose en que sólo se dijo, «Carne de mi carne,» y no, «Alma de mi alma,» argumentan, de hecho, exactamente del mismo modo que argumentan los apolinaristas y todos los contradictores semejantes, contra el alma humana del Señor, la cual niegan por ninguna otra razón sino porque leen en la Escritura, «El Verbo se hizo carne.» [] Porque si, dicen, había también en Él un alma, debió decirse, «El Verbo se hizo hombre.» Pero la razón por la que la gran verdad se expresa en los términos en cuestión realmente es que, bajo la denominación carne, la Sagrada Escritura acostumbra describir al ser humano entero, como en el pasaje, «Y toda carne verá la salvación de Dios.» Pues la carne sola, sin el alma, no puede ver nada. Además, muchos otros pasajes de las Sagradas Escrituras manifiestan, sin ambigüedad alguna, que en el hombre Cristo no hay sólo carne, sino también un alma humana, es decir, racional. De donde quienes mantienen la propagación de las almas podrían también entender que se emplea la parte por el todo en el pasaje, «Hueso de mis huesos y carne de mi carne,» de tal modo que también se entienda implicada el alma en las palabras, de la misma manera que creemos que el Verbo se hizo carne, no sin el alma. Todo lo que se requiere es que apoyen su opinión de la propagación de las almas en pasajes que sean inequívocos; así como otros pasajes de la Escritura nos muestran que Cristo posee un alma humana. Sobre exactamente el mismo principio aconsejamos también a la otra parte, que eliminan la opinión de la propagación de las almas, que produzcan ciertas pruebas para su afirmación de que las almas son creadas por Dios en cada caso nuevo por insuflación, y que mantengan luego la posición de que el dicho, «Esto es hueso de mis huesos y carne de mi carne,» no fue dicho figurativamente como la parte por el todo, incluyendo el alma en su significación, sino en un sentido meramente literal de la sola carne.
    Comentario editorial · Los apolinaristas y el alma de Cristo
    Apolinar de Laodicea sostenía que Cristo tuvo cuerpo y alma sensitiva, pero no mente racional humana, porque el Logos ocupaba su lugar; el concilio de Constantinopla de 381 declaró herética esa doctrina (Wikipedia). Agustín la usa como paralelo: los apolinaristas deducen de «el Verbo se hizo carne» que Cristo no tuvo alma, y de la misma manera concluyen quienes, por «carne de mi carne», niegan que el alma de la primera mujer procediera de la de Adán. En ambos casos, dice, «carne» designa en la Escritura al hombre entero; lo que se requiere, a un lado y al otro, es un texto que no admita dos sentidos.

    Capítulo 32 [XIX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 32, sumario
    La autocontradicción de Víctor en cuanto al origen del alma.

    I, 32

    En estas circunstancias, encuentro que este tratado mío debe cerrarse ahora. Contiene, de hecho, todo lo que me pareció principalmente necesario para el asunto en discusión. Quienes lean su contenido sabrán cómo guardarse de concordar con la persona cuyos dos libros me enviaste, para no creer con él que las almas son producidas por el soplo de Dios de tal manera que no sean hechas de la nada. El hombre, en efecto, que supone esto, por mucho que niegue de palabra la conclusión, en realidad afirma que las almas tienen la sustancia de Dios, y son su prole, no por donación, sino por naturaleza. Pues de quienquiera que un hombre deriva el origen de su naturaleza, de él, con toda seriedad, debe necesariamente admitirse que deriva también el género de su naturaleza. Pero este autor es, después de todo, contradictorio consigo mismo: en un momento dice que «las almas son prole de Dios— no, ciertamente, por naturaleza, sino por donación;» y en otro momento dice, que «no son hechas de la nada, sino que derivan su origen de Dios.» Así, no duda en referirlas a la naturaleza de Dios, posición que antes había negado.

    Capítulo 33

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 33, sumario
    Agustín no tiene objeción a que la opinión sobre la propagación de las almas sea refutada, y a que la de su insuflación sea mantenida.

    I, 33

    En cuanto a la opinión de que las almas nuevas son creadas por insuflación sin ser propagadas, ciertamente no objetamos en lo más mínimo su mantenimiento— sólo que sea por personas que hayan logrado descubrir alguna evidencia nueva, ya sea en las Escrituras canónicas, en forma de testimonio inequívoco para la solución de una cuestión sumamente enredada, o bien en sus propios razonamientos, tales que no se opongan a la verdad católica, pero no por personas como este hombre ha demostrado ser. Incapaz de encontrar nada que valga la pena decir, y al mismo tiempo no dispuesto a suspender su propensión a disputar, sin medir en absoluto sus fuerzas, para no quedarse sin decir nada, afirmó audazmente que «el alma mereció ser contaminada por la carne,» y que «el alma mereció hacerse pecaminosa;» aunque antes de su encarnación no pudo descubrir en ella mérito alguno, ni bueno ni malo. Además, que «en los infantes que parten del cuerpo sin el bautismo puede remitirse el pecado original, y que debe ofrecerse por ellos el sacrificio del cuerpo de Cristo,» quienes no han sido incorporados a Cristo mediante sus sacramentos en su Iglesia, y que «ellos, dejando esta vida presente sin el lavacro de la regeneración, no sólo pueden ir al descanso, sino incluso alcanzar el reino de los cielos.» Ha propuesto muchísimos otros absurdos, que sería evidentemente tedioso reunir y considerar en este tratado. Si la doctrina de la propagación de las almas es falsa, que su refutación no sea obra de tales disputadores; y que la defensa del principio rival de la insuflación de almas nuevas en cada acto creador proceda de mejores manos.

    Capítulo 34

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 34, sumario
    Los errores que deben evitar quienes dicen que las almas de los hombres no se derivan de sus padres, sino que son nuevamente insufladas por Dios en cada caso.

    I, 34

    Todos, por tanto, los que deseen mantener que las almas nuevas se dice con razón que son insufladas en las personas en su nacimiento, y no derivadas de sus padres, deben por todos los medios ser cautelosos en cada uno de los cuatro puntos que ya he mencionado. Es decir, no afirmen que las almas se hacen pecaminosas por el pecado original de otro; no afirmen que los infantes que murieron sin bautizar puedan alcanzar la vida eterna y el reino de los cielos por la remisión del pecado original de alguna otra manera cualquiera; no afirmen que las almas habían pecado en algún otro lugar antes de su encarnación, y que por esta causa fueron introducidas a la fuerza en la carne pecadora; ni afirmen que los pecados que no se encontraban realmente en ellas fueron, por ser conocidos de antemano, castigados merecidamente, aunque nunca se les permitió alcanzar aquella vida donde podrían haberse cometido. Con tal que no afirmen ninguno de estos puntos, porque cada uno de ellos es simplemente falso e impío, pueden, si pueden, producir testimonios concluyentes de las Sagradas Escrituras sobre esta cuestión; y pueden mantener su propia opinión, no sólo sin prohibición alguna de mi parte, sino incluso con mi aprobación y mis mejores gracias. Si, sin embargo, no logran descubrir autoridad muy decidida sobre el punto en los divinos oráculos, y se ven obligados a proponer una cualquiera de las cuatro opiniones por causa de su fracaso, refrenen su imaginación, no sea que se vean impulsados en su dificultad a enunciar la herejía ya condenable y muy recientemente condenada de Pelagio, según la cual las almas de los infantes no tienen pecado original. Es, en verdad, mejor para un hombre confesar su ignorancia de lo que no sabe, que o bien caer en una herejía ya condenada, o fundar alguna herejía nueva, mientras osa temerariamente defender una y otra vez opiniones que sólo muestran su ignorancia. Este hombre ha cometido otros errores absurdos, ciertamente muchos, en los cuales se ha apartado del sendero trillado de la verdad, sin llegar, sin embargo, a extremos peligrosos; y me gustaría, si el Señor quiere, escribir incluso a él mismo algo sobre el asunto de sus libros; y probablemente se los señalaré todos, o un buen número de ellos si no pudiera notar todos.

    Capítulo 35 [XX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · I, 35, sumario
    Conclusión.

    I, 35

    En cuanto a este presente tratado, que he considerado propio dirigir a ninguna otra persona con preferencia a ti, quien has tomado un interés amable y verdadero tanto en nuestra fe común como en mi carácter, como verdadero católico y buen amigo, lo darás a leer o copiar a las personas que puedas encontrar interesadas en el asunto, o que consideres dignas de confianza. En él he considerado propio reprimir y refutar la presunción de este joven, de tal manera, sin embargo, que muestre que lo amo, deseando que sea enmendado más bien que condenado, y que haga tal progreso en la gran casa que es la Iglesia católica, adonde la compasión divina lo ha conducido, que sea en ella «un vaso para honra, santificado, y útil para el uso del Maestro, y preparado para toda buena obra,» [] tanto por una vida santa como por una sana doctrina. Pero tengo esto que decir además: si me corresponde otorgarle mi amor, como sinceramente lo hago, ¡cuánto más debo amarte a ti, hermano mío, cuyo afecto hacia mí y cuya fe católica he hallado, por las mejores pruebas, que es cautelosa y sobria! El resultado de tu lealtad ha sido que tú, con verdadero amor y deber de hermano, te has cuidado de hacer copiar y enviarme los libros que te desagradaron, y en los cuales encontraste mi nombre tratado de una manera contraria a tu agrado. Ahora bien, estoy tan lejos de sentirme ofendido por este acto caritativo tuyo, porque lo hiciste, que creo que habría tenido derecho, por las verdaderas exigencias de la amistad, a estar enojado contigo si no lo hubieras hecho. Por tanto, te doy mis más sinceras gracias. Además, he dado una indicación aún más clara del espíritu con que he aceptado tu servicio, componiendo al instante este tratado para tu consideración, tan pronto como leí aquellos libros suyos.

    Libro II

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, argumento
    En forma de carta dirigida al presbítero Pedro.
    Aconseja a Pedro que no incurra en la imputación de haber aprobado los libros que le había dirigido Víctor sobre el origen del alma, por cualquier uso que pudiera hacer de ellos, ni que tome como doctrinas católicas las afirmaciones temerarias de aquella persona contrarias a la fe cristiana. Señala y refuta brevemente los diversos errores de Víctor, y ésos, además, de carácter muy grave; y concluye aconsejando al propio Pedro que intente persuadir a Víctor de enmendar sus errores.
    A su Señoría, mi queridísimo hermano y copresbítero Pedro, Agustín, obispo, envía saludo en el Señor.

    Capítulo 1 [I.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 1, sumario
    La elocuencia depravada, una destreza perjudicial.

    II, 1

    Han llegado a mí los dos libros de Vicencio Víctor, que dirigió por escrito a tu Santidad; me los ha enviado nuestro hermano Renato, laico ciertamente, pero persona que tiene un cuidado prudente y religioso por la fe tanto propia como de todos los que ama. Al leer estos libros, vi que su autor era un hombre de grandes recursos en el habla, de los cuales tenía bastante, y más que bastante; pero que en los temas sobre los que deseaba enseñar, estaba aún insuficientemente instruido. Si, sin embargo, por el don gratuito del Señor se le confiriera también esta cualidad, sería útil a muchos. Pues posee en grado no pequeño la facultad de explicar y embellecer lo que piensa; todo lo que se requiere es que primero cuide de pensar rectamente. La elocuencia depravada es una destreza perjudicial; pues a las personas de información inadecuada siempre les presenta la apariencia de verdad por su facilidad de palabra. No sé, en verdad, cómo recibiste sus libros; pero si estoy bien informado, se dice que tú, después de leerlos, te alegraste tanto que (aunque hombre de edad y presbítero) besaste el rostro de este joven laico, y le agradeciste por haberte enseñado lo que antes ignorabas. Ahora bien, en esta conducta tuya no desapruebo tu humildad; es más, la alabo; pues no fue al hombre a quien alabaste, sino a la verdad misma que se dignó hablarte a través de él: sólo desearía que pudieras señalarme cuál fue la verdad que recibiste a través de él. Me complacería, por tanto, que me mostraras, en tu respuesta a esta carta, qué fue lo que te enseñó. Lejos esté de mí avergonzarme de aprender de un presbítero, ya que tú no te sonrojaste de ser instruido por un laico, al proclamar e imitar tu humilde conducta, si las lecciones en las que recibiste instrucción eran verdaderas.

    Capítulo 2 [II.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 2, sumario
    Pregunta cuál es el gran conocimiento que Víctor imparte.

    II, 2

    Por tanto, hermano muy amado, deseo saber qué aprendiste de él, para que, si ya poseo el conocimiento, pueda participar de tu gozo; pero si resulta que soy ignorante, pueda ser instruido por ti. ¿No entendiste entonces que hay dos realidades, alma y espíritu, según se dice en la Escritura, «Apartarás mi alma de mi espíritu»? ¿Y que ambas pertenecen a la naturaleza del hombre, de modo que el hombre entero consta de espíritu, alma y cuerpo? A veces, sin embargo, estas dos se combinan juntas bajo la denominación de alma; por ejemplo, en el pasaje, «Y el hombre fue hecho alma viviente.» [] Ahora bien, en este lugar el espíritu está implícito. De manera similar en diversos pasajes las dos se describen bajo el nombre de espíritu, como cuando está escrito, «E inclinando la cabeza entregó el espíritu;» [] en cuyo pasaje también ha de entenderse el alma. ¿Y que las dos son de una y la misma sustancia? Supongo que ya sabías todo esto. Pero si no lo sabías, entonces bien puedes saber que no has adquirido un gran conocimiento, cuya ignorancia iría acompañada de mucho peligro. Y si ha de haber alguna discusión más sutil sobre tales puntos, sería mejor llevar la controversia con él mismo, cuyas cualidades verbosas ya hemos descubierto. Las cuestiones que podríamos considerar son: si, cuando se menciona el alma, el espíritu está también implícito en el término de tal manera que las dos comprendan el alma, siendo el espíritu, por así decirlo, alguna parte de ella; si, de hecho (como esta persona parecía pensar), bajo la denominación alma, el todo es designado así a partir de sólo una parte; o bien, si las dos juntas constituyen el espíritu, siendo aquello que propiamente se llama alma una parte del mismo; si de nuevo, de hecho, el todo no es llamado a partir de sólo una parte, cuando el término espíritu se usa en un sentido tan amplio como para comprender también el alma, como este hombre supone. Éstas, sin embargo, son sólo distinciones sutiles, y la ignorancia sobre ellas ciertamente no va acompañada de ningún gran peligro.

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 3, sumario
    La diferencia entre los sentidos del cuerpo y del alma.

    II, 3

    De nuevo, me pregunto si este hombre te enseñó la diferencia entre los sentidos corporales y las sensibilidades del alma; y si tú, que eras persona de considerable edad y posición antes de tomar lecciones de este hombre, solías considerar una y la misma aquella facultad por la que se distinguen lo blanco y lo negro, que incluso los gorriones ven tan bien como nosotros, y aquella por la que se discierne la justicia y la injusticia, la cual también percibía Tobit incluso después de perder la vista de sus ojos. Si tenías la identidad, entonces, por supuesto, cuando oías o leías las palabras, «Ilumina mis ojos, para que no duerma en la muerte,» pensabas meramente en los ojos del cuerpo. O si esto era un punto oscuro, en todo caso cuando recordabas las palabras del apóstol, «Estando iluminados los ojos de vuestro corazón,» [] debiste suponer que poseíamos un corazón en algún lugar entre la frente y las mejillas. Pues bien, estoy muy lejos de pensar esto de ti, de modo que este instructor tuyo no pudo haberte dado tal lección.

    Capítulo 4

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 4, sumario
    Creer que el alma es parte de Dios es blasfemia.

    II, 4

    Y si acaso pensabas, antes de recibir la instrucción de este maestro, que te regocijas de haber recibido, que el alma humana es una porción de la naturaleza de Dios, entonces ignorabas cuán falsa y terriblemente peligrosa era esta opinión. Y si sólo aprendiste de este hombre que el alma no es una porción de Dios, entonces te exhorto a que des gracias a Dios con todas tus fuerzas por no haber sido arrebatado del cuerpo antes de aprender una lección tan importante. Pues habrías dejado esta vida siendo un gran hereje y un terrible blasfemo. Sin embargo, nunca habría podido creer esto de ti: que un hombre que es a la vez católico y presbítero de posición no despreciable, como tú, hubiera podido pensar de algún modo que la naturaleza del alma es una porción de Dios. Por tanto, no puedo dejar de manifestar a tu amada persona mis temores de que este hombre te haya enseñado de un modo u otro algo decididamente contrario a la fe que profesabas.

    Capítulo 5 [III.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 5, sumario
    En qué sentido los seres creados son de Dios.

    II, 5

    Ahora bien, precisamente porque no supongo que tú, miembro de la Iglesia católica, hayas creído alguna vez que el alma humana es una porción de Dios, ni que la naturaleza del alma sea en grado alguno idéntica a la de Dios, tengo algún temor de que hayas sido inducido a aceptar la opinión de este hombre, a saber, que «Dios no hizo el alma de la nada, sino que el alma es de Él hasta tal punto que ha emanado de Él.» Porque él ha publicado semejante afirmación, junto con sus otras opiniones, que lo han sacado del camino usual en esta materia y lo han llevado a un enorme precipicio. Ahora bien, si él te ha enseñado esto, no quiero que tú me lo enseñes a mí; más aún, desearía que desaprendieras lo que se te ha enseñado. Pues no basta evitar creer y decir que el alma es una parte de Dios. Ni siquiera decimos que el Hijo o el Espíritu Santo sea una parte de Dios, aunque afirmamos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son todos de una sola y misma naturaleza. No nos basta, pues, con evitar decir que el alma es una parte de Dios, sino que es de importancia indispensable que digamos que el alma y Dios no son de una sola y misma naturaleza. Por tanto, este hombre tiene razón al declarar que «las almas son linaje de Dios, no por naturaleza, sino por don;» y, por supuesto, no las almas de todos los hombres, sino de los fieles. Pero después volvió a la afirmación de la que se había retirado, y sostuvo que Dios y el alma son de la misma naturaleza— no, ciertamente, con tantas palabras, sino clara y manifiestamente con tal propósito. Pues cuando dice que el alma es de Dios, de tal manera que Dios no la creó de ninguna otra naturaleza, ni de la nada, sino de Sí mismo, ¿qué otra cosa quiere que creamos sino aquello mismo que niega, es decir, que el alma es de la misma naturaleza que Dios mismo? Porque toda naturaleza o es Dios, que no tiene autor, o es de Dios, teniendo en Él su Autor. Pero la naturaleza que tiene por autor a Dios, de quien procede, o no ha sido hecha, o ha sido hecha. Ahora bien, la naturaleza que no ha sido hecha y, sin embargo, es de Él, o es engendrada por Él o procede de Él. Lo engendrado es su único Hijo; lo que procede es el Espíritu Santo, y esta Trinidad es de una sola y misma naturaleza. Porque estos tres son uno, y cada uno es Dios, y los tres juntos son un solo Dios, inmutable, eterno, sin principio ni fin de tiempo. Por su parte, la naturaleza que es hecha se llama «criatura;» Dios es su Creador, es decir, la bienaventurada Trinidad. La criatura, por tanto, se dice que es de Dios en tal sentido que no fue hecha de su naturaleza. Se predica como de Él, en cuanto tiene en Él al autor de su ser, no como nacida de Él o procedida de Él, sino como creada, modelada y formada por Él, en algunos casos, de ninguna otra sustancia— es decir, absolutamente de la nada, como, por ejemplo, el cielo y la tierra, o más bien toda la materia del universo coetánea en su creación con el mundo— pero, en otros casos, de otra naturaleza ya creada y existente, como, por ejemplo, el hombre del polvo, la mujer del hombre, y el hombre de sus padres. Aun así, toda criatura es de Dios— pero de Dios como su Creador, ya sea de la nada, o de algo preexistente, no, sin embargo, como su engendrador o su productor a partir de Sí mismo.

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 6, sumario
    ¿Habrá de ser la naturaleza de Dios mudable, pecaminosa, impía, incluso condenada eternamente?

    II, 6

    Todo esto, sin embargo, lo digo a un católico: aconsejándole más bien que enseñándole. Pues no supongo que estas cosas sean nuevas para ti, ni que las hayas oído mucho tiempo sin creerlas. Estoy seguro de que leerás esta carta mía de tal modo que reconozcas en su contenido tu propia fe, la cual, por el don gratuito del Señor, es patrimonio común de todos nosotros en la Iglesia católica. Puesto que, entonces (como decía), hablo ahora a un católico, dime, te ruego, ¿de dónde supones que fue dada al primer hombre el alma, no diré tu alma o la mía, sino el alma del primer hombre? Si admites que vino de la nada, hecha, sin embargo, e infundida en él por Dios, entonces tu creencia coincide con la mía. Si, por el contrario, supones que salió de alguna otra cosa creada que sirvió, por así decirlo, de materia al divino Artífice para hacer el alma, así como el polvo fue la materia de la que fue formado Adán, o la costilla de la que fue hecha Eva, o las aguas de las que fueron creados los peces y las aves, o la tierra de la que fueron formados los animales terrestres: entonces esta opinión no es católica, ni es verdadera. Pero además, si piensas— ¡que Dios nos libre!— que el divino Creador hizo, o aún hace, las almas humanas no de la nada, ni de alguna otra cosa creada, sino de Sí mismo, es decir, de su propia naturaleza, entonces has aprendido esto de tu nuevo instructor; pero no puedo felicitarte ni halagarte por el descubrimiento. Has vagado con él muy lejos de la fe católica. Mejor sería, aunque fuese falso, mejor sería, digo, y más tolerable, que creyeras que el alma fue hecha de alguna otra sustancia creada que Dios ya había formado, antes que de la propia sustancia increada de Dios, de modo que lo que es mudable, pecaminoso e impío, y que si persiste hasta el fin en la impiedad habrá de sufrir la condenación eterna, ¡no sea referido con horrible blasfemia a la naturaleza de Dios! ¡Fuera, hermano, te lo ruego, fuera con esto— no lo llamaré fe, sino error execrablemente impío! Que Dios aparte de ti, hombre de gravedad y presbítero, la miseria de ser seducido por un joven laico; y, suponiendo que tu opinión es la fe católica, de perderte del número de los fieles. Pues no debo tratarte como podría tratarlo a él; ni este tremendo error, cuando es tuyo, merece la misma indulgencia que cuando es de este joven, aunque lo hayas derivado de él. Él acaba de hallar su camino hacia el redil católico para obtener curación y seguridad; tú ocupas un rango entre los mismos pastores de ese redil. Pero no querríamos que una oveja que viene al rebaño del Señor en busca de refugio contra el error, fuese curada de sus llagas de tal manera que primero infecte y destruya al pastor con su presencia contagiosa.

    Capítulo 7

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 7, sumario
    Pensar que el alma es corpórea es un error.

    II, 7

    Pero si me dices: Él no me ha enseñado esto; ni he dado en modo alguno mi asentimiento a esa opinión errónea suya, por mucho que me haya hechizado la dulzura de su elocuente y elegante discurso, entonces doy fervientemente gracias a Dios. Aun así, no puedo dejar de preguntar por qué, incluso con besos, según dice el rumor, expresaste tu gratitud hacia él por haberte enseñado lo que ignorabas antes de oír su exposición. Ahora bien, si es un rumor falso el que te atribuye haber hecho y dicho tanto, entonces te ruego que tengas la bondad de darme esta seguridad, para que el vano rumor sea detenido por tu propia autoridad escrita. Si, en cambio, es verdad que otorgaste tus gracias con tal humildad a este hombre, me alegraría, ciertamente, si él no te ha enseñado a creer la opinión que ya he señalado como detestable y que debe evitarse cuidadosamente como tal. Ni te lo reprocharé [IV.] si tus humildes gracias a tu instructor fueron además merecidas por haber adquirido en las discusiones con él algún otro conocimiento verdadero y útil. Pero permíteme preguntarte cuál es. ¿Es acaso que el alma no es espíritu, sino cuerpo? Pues bien, realmente no creo que la ignorancia sobre tal punto sea un gran perjuicio para la doctrina cristiana; y si te entregas a disputas más sutiles sobre las diferentes clases de sustancia corporal, creo que la información que obtienes es más difícil que provechosa. Si, no obstante, el Señor quiere que yo escriba a este joven mismo, como deseo hacerlo, entonces quizá tu amada persona sabrá hasta qué punto no le eres deudor de tu instrucción; aunque te regocijes en lo que has aprendido de él. Y ahora te pido que no te moleste escribirme una respuesta; para que lo que es claramente útil y pertinente a nuestra fe indispensable no resulte por casualidad algo diferente.

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 8, sumario
    La sed del rico en el infierno no prueba que el alma sea corpórea.

    II, 8

    Ahora bien, respecto del punto que con perfecta propiedad y gran solidez de juicio cree— que las almas, después de dejar el cuerpo, son juzgadas antes de llegar a aquel juicio final al que habrán de someterse cuando sus cuerpos les sean devueltos, y son o atormentadas o glorificadas en la misma carne en la que una vez vivieron aquí en la tierra—, ¿es acaso, permíteme preguntarte, que realmente ignorabas esto? ¿Quién tuvo jamás su mente tan obstinadamente opuesta al Evangelio como para no oír estas verdades y, después de oírlas, creerlas, en la parábola del pobre que fue llevado tras la muerte al seno de Abraham, y del rico que se presenta sufriendo tormentos en el infierno? Pero, ¿te ha enseñado este hombre cómo fue que el alma, separada del cuerpo, pudo anhelar del dedo del mendigo una gota de agua; [] cuando él mismo confesó que el alma no requería alimento corporal sino para proteger de la disolución al cuerpo perecedero que la encierra? Estas son sus palabras: «¿Acaso,» pregunta él, «porque el alma ansía comida y bebida, suponemos que el alimento material pasa a ella?» Luego poco después dice: «De esta circunstancia se entiende y se prueba que el sustento de la comida y de la bebida no es necesario para el alma, sino para el cuerpo: para el cual también se provee de igual manera el vestido, además del alimento; de modo que el suministro de alimento parece ser necesario a aquella naturaleza que también está dispuesta para llevar vestidos.» Esta opinión suya la expone con bastante claridad; pero añade algunos símiles ilustrativos, y dice: «Ahora bien, ¿qué suponemos que hace el ocupante de una casa al inspeccionar su vivienda? Si observa que el edificio tiene un techo vacilante, o una pared que se inclina, o un cimiento débil, ¿no trae vigas y levanta contrafuertes, para lograr apuntalar con su cuidado y diligencia la fábrica que amenazaba caer, de modo que en la peligrosa situación de la residencia se evite el peligro que evidentemente pendía sobre el ocupante? De este símil,» dice él, «mira cómo el alma ansía su carne, de la cual sin duda concibe el ansia misma.» Tales son las palabras muy lúcidas y adecuadas con que este joven ha explicado sus ideas: afirma que no es el alma, sino el cuerpo, el que requiere alimento; por una consideración cuidadosa, sin duda, de aquélla hacia éste, como quien ocupa una casa y, mediante una reparación prudente, previene la ruina con que estaba amenazada la morada carnal. Pues bien, que pase ahora a explicarte qué ruina probable estaba tan ansiosa de prevenir apuntalándose aquella alma particular del rico, viendo que ya no poseía un cuerpo mortal y, sin embargo, sufría sed y pedía la gota de agua del dedo del pobre. He aquí una buena y espinosa cuestión para que la ejercite este astuto instructor de ancianos; que indague, y encuentre una solución si puede: ¿con qué fin pedía aquella alma en el infierno el alimento de una gota de agua, por pequeña que fuese, cuando no tenía una vivienda ruinosa que sostener?

    Capítulo 9 [V.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 9, sumario
    ¿Cómo pudo el Dios incorpóreo exhalar de Sí mismo una sustancia corpórea?

    II, 9

    En cuanto a que cree que Dios es verdaderamente incorpóreo, lo felicito porque en esto, al menos, se ha mantenido libre de los delirios de Tertuliano. Pues éste insistió en que, así como el alma es corpórea, igualmente lo es Dios. Por tanto, es especialmente sorprendente que nuestro autor, que difiere de Tertuliano en este punto, se esfuerce sin embargo en persuadirnos de que el Dios incorpóreo no hace el alma de la nada, sino que la exhala de Sí mismo como un soplo corpóreo. ¡Qué admirable ciencia debe ser aquella a la que toda edad presta oídos atentos, y que logra ganar para sus discípulos a hombres de edad avanzada, e incluso a presbíteros! Que este hombre eminente lea lo que ha escrito, que lo lea en público; que invite a escuchar la lectura a personas conocidas y desconocidas, doctas e indoctas. Ancianos, reuníos con vuestros instructores más jóvenes; aprended lo que solíais ignorar; oíd ahora lo que nunca antes habíais oído. He aquí que, según la enseñanza de este escriba, Dios crea un soplo, no de alguna otra cosa que existe de algún modo, ni de aquello que absolutamente no tiene existencia; sino de aquello que Él mismo es, perfectamente incorpóreo, exhala un cuerpo de tal manera que realmente cambia su propia naturaleza incorpórea en un cuerpo, antes de que éste experimente el cambio hacia el cuerpo de pecado. ¿Acaso dice que Él no cambia algo de su propia naturaleza cuando crea el soplo? Entonces, por supuesto, no hace ese soplo de Sí mismo: porque Él no es una cosa y su naturaleza otra. ¿En qué está pensando este hombre insensato? Pero si dice que Dios crea el soplo de su propia naturaleza de tal modo que Él mismo permanece absolutamente íntegro, ésta no es la cuestión. La cuestión es si aquello que no proviene de alguna sustancia previamente creada, ni de la nada, sino de Él, no es lo que Él es, es decir, ¿no es de la misma naturaleza y esencia? Ahora bien, Él permanece absolutamente íntegro después de la generación de su Hijo; pero como lo engendró de su propia naturaleza, no engendró algo que fuese diferente de lo que Él mismo es. Pues, dejando de lado la circunstancia de que el Verbo asumió una naturaleza humana y se hizo carne, el Verbo que es el Hijo de Dios es otro, pero no otra cosa: es decir, es otra persona, pero no una naturaleza diferente. ¿Y de dónde proviene esto, sino del hecho de que no fue creado de otra cosa, ni de la nada, sino que fue engendrado de Sí mismo; no para que fuese mejor de lo que era, sino para que fuese enteramente lo que Él es de quien es engendrado; es decir, de una sola y misma naturaleza, igual, coeterno, semejante en todo, igualmente inmutable, igualmente invisible, igualmente incorpóreo, igualmente Dios; en una palabra, para que fuese enteramente lo que el Padre es, salvo que Él es realmente el Hijo, y no el Padre? Pero si Él permanece siendo el mismo Dios íntegro e incólume, y sin embargo crea algo diferente de Sí mismo, y peor que Él, no de la nada, ni de alguna otra criatura, sino de su mismo ser; y ese algo emana como un cuerpo del Dios incorpóreo; entonces, ¡Dios nos libre de que un católico beba semejante opinión!, pues no fluye de la fuente divina, sino que es una mera ficción de la mente humana.

    Capítulo 10 [VI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 10, sumario
    Los hijos pueden hallarse de disposiciones semejantes o distintas a las de sus padres.

    II, 10

    Luego, además, cuán ineptamente se esfuerza por liberar al alma, que supone ser corpórea, de las pasiones del cuerpo, planteando cuestiones sobre la infancia del alma; sobre las emociones del alma, cuando está paralizada y oprimida; sobre la amputación de miembros corporales, sin cortar ni dividir el alma. Pero al tratar de tales puntos, mi deber es tratar más bien con él que contigo; a él le corresponde esforzarse por asignar una razón de todo lo que dice. De este modo no parecerá que deseamos ser demasiado importunos con la gravedad de un anciano sobre la obra de un joven. En cuanto a la semejanza de disposición con los padres que se descubre en sus hijos, no discute que provenga de la semilla del alma. Y así es también la opinión de quienes eliminan la propagación del alma; pero el partido contrario que sostiene esta teoría no apoya en esto el peso de su afirmación. Pues observan también que los hijos son distintos de sus padres en disposición; y la razón de esto, según suponen, es que una misma persona tiene muy a menudo disposiciones diversas, distintas entre sí — no, por supuesto, que haya recibido otra alma, sino que su vida ha experimentado un cambio para mejor o para peor. Así dicen que no hay imposibilidad alguna en que un alma no posea la misma disposición que tenía aquel por quien fue propagada, visto que la misma alma puede tener disposiciones diferentes en momentos diferentes. Si, por tanto, piensas que has aprendido de él esto, que el alma no viene a nosotros por transmisión natural al nacer — sólo desearía que hubieras descubierto de él la verdad del caso — con el mayor gusto me entregaría a tus manos para aprender toda la verdad. Pero realmente aprender es una cosa, y parecerte a ti mismo que has aprendido es otra. Si, pues, supones que has aprendido lo que todavía ignoras, evidentemente no has aprendido, sino que has dado crédito al azar a un rumor agradable. La falsedad te ha invadido en la suavidad. Ahora bien, no digo esto porque sienta por el momento certeza alguna de que sea falsa la proposición que afirma que las almas son creadas de nuevo por el soplo de Dios y no derivadas de los padres al nacer; pues pienso que éste es un punto que aún requiere prueba de quienes se sienten capaces de enseñarlo. No; mi razón para decirlo es que esta persona ha discutido todo el asunto de tal manera que no sólo no resuelve el punto todavía en disputa, sino que incluso se entrega a afirmaciones que no dejan duda alguna sobre su falsedad. En su deseo de probar cosas de importación dudosa, ha afirmado audazmente cosas que indudablemente merecen reprobación.

    Capítulo 11 [VII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 11, sumario
    Víctor da a entender que el alma tenía un «estado» y un «mérito» antes de la encarnación.

    II, 11

    ¿Dudarías tú mismo en reprobar lo que ha dicho acerca del alma? «No quieres admitir», dice, «que el alma contrae de la carne pecadora la salud, a cuyo santo estado puedes ver que en su momento pasa por medio de la carne, de modo que enmienda su estado mediante aquello por lo cual había perdido su mérito? ¿O es acaso porque el bautismo lava el cuerpo por lo que aquello que se cree conferido por el bautismo no pasa al alma o al espíritu? Es justo, por tanto, que el alma, por medio de la carne, repare aquella antigua condición que parecía haber perdido gradualmente a través de la carne, para que pueda comenzar un estado regenerado por medio de aquello por lo cual había merecido ser contaminada.» Observa ahora cuán grave error ha cometido este maestro. Dice que «el alma repara su condición por medio de la carne mediante la cual había perdido su mérito». El alma, pues, debió haber poseído algún estado y algún buen mérito antes de la carne, el cual quiere que recobre a través de la carne, cuando la carne es lavada en el lavacro de la regeneración. Por tanto, antes de la carne, el alma había vivido en algún lugar en un buen estado y mérito, cuyo estado y mérito perdió cuando vino a la carne. Sus palabras son: «que el alma repara por medio de la carne aquella condición primitiva que parecía haber perdido gradualmente a través de la carne». El alma, pues, poseía antes de la carne una condición antigua (pues su término «primitiva» describe la antigüedad del estado); ¿y qué podría haber sido aquella antigua condición, sino un estado bienaventurado y loable? Ahora bien, afirma que esta felicidad se recobra por el sacramento del bautismo, aunque no quiere admitir que el alma deriva su origen por propagación de aquella alma que fue en otro tiempo manifiestamente feliz en el paraíso. ¿Cómo es, entonces, que en otro pasaje dice que «afirma constantemente del alma que no existe por propagación, ni sale de la nada, ni existe por sí misma, ni antes del cuerpo»? Ya ves cómo en este lugar insiste en que las almas existen antes del cuerpo en algún lugar u otro, y en un estado tan feliz que la misma felicidad les es restaurada por medio del bautismo. Pero, como olvidado de sus propias opiniones, pasa a hablar de su «comenzar un estado regenerado por medio de aquello», es decir, la carne, «por lo cual había merecido ser contaminada». En una afirmación anterior había indicado algún buen merecimiento que se había perdido por medio de la carne; ahora, sin embargo, habla de algún mal merecimiento, por medio del cual sucedió que el alma tuvo que venir, o ser enviada, a la carne; pues sus palabras son: «Por lo cual había merecido ser contaminada»; y si mereció ser contaminada, sus méritos no podían, ciertamente, haber sido buenos. Que nos diga, por favor, qué pecado había cometido antes de su contaminación por la carne, como consecuencia del cual mereció tal contaminación por la carne. Que nos explique, si puede, un asunto que está completamente fuera de su poder, porque ciertamente está muy por encima de su alcance descubrir qué decirnos sobre este tema que sea verdadero.

    Capítulo 12 [VIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 12, sumario
    ¿Cómo mereció el alma ser encarnada?

    II, 12

    Dice también algún tiempo después: «El alma, por tanto, si mereció ser pecaminosa, aunque no pudo haber sido pecaminosa, no permaneció sin embargo en el pecado; porque, como fue prefigurada en Cristo, estaba obligada a no estar en un estado pecaminoso, así como era incapaz de estarlo.» Ahora bien, hermano mío, ¿piensas realmente así, te lo pregunto? En todo caso, ¿has formado tal opinión, después de haber leído y considerado debidamente sus palabras, y después de haber reflexionado sobre lo que arrancó de ti elogios durante su lectura, y la expresión de tu gratitud después de que hubo terminado? Te pido que me digas qué significa esto: «Aunque el alma mereció ser pecaminosa, que no pudo haber sido pecaminosa». ¿Qué significan sus frases, mereció y no pudo? Pues no pudo posiblemente haber merecido su supuesto destino, a menos que hubiera sido pecaminosa; ni lo habría sido, a menos que pudiera haber sido pecaminosa— de modo que, cometiendo pecado antes de cualquier mal merecimiento, pudiera hacerse a sí misma una posición desde la cual, bajo el abandono de Dios, avanzara a la comisión de otros pecados. Cuando dijo, «que no pudo haber sido pecaminosa», ¿quiso decir que no habría podido ser pecaminosa, a menos que viniera en la carne? Pero, ¿cómo mereció en absoluto una misión a un estado donde podía ser pecaminosa, cuando no pudo posiblemente haberse vuelto capaz de pecar en ningún otro lugar, a menos que entrara en ese estado particular? Que nos diga, pues, cómo lo mereció. Porque si mereció volverse capaz de pecar, ciertamente debió haber cometido ya algún pecado, como consecuencia del cual mereció ser pecaminosa de nuevo. Estos puntos, sin embargo, quizá parezcan ser oscuros, o se diga con sorna que son de tal carácter, pero son realmente de lo más claros y evidentes. La verdad es que no debería haber dicho que «el alma mereció volverse pecaminosa a través de la carne», cuando jamás podrá descubrir merecimiento alguno del alma, ni bueno ni malo, antes de estar en la carne.

    Capítulo 13 [IX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 13, sumario
    Víctor enseña que Dios frustra su propia predestinación.

    II, 13

    Pasemos ahora a asuntos más claros. Pues mientras estaba encerrado en estas grandes estrecheces, en cuanto a cómo pueden las almas estar atadas por la cadena del pecado original, cuando no derivan su origen del alma que primero pecó, sino que el Creador las sopla de nuevo en cada nacimiento a la carne pecadora— puras de todo contagio y propagación de pecado—: para evitar que se le objetara contra su argumento que así Dios las hace culpables por tal insuflación, recurrió primero a la teoría extraída de la presciencia de Dios, de que «Él había provisto redención para ellas». Los infantes son bautizados por el sacramento de esta redención, para que el pecado original que contrajeron de la carne sea lavado, como si Dios remediara sus propios actos por haber hecho estas almas contaminadas. Pero después, cuando llega a hablar de aquellos que no reciben tal auxilio, sino que expiran antes de ser bautizados, dice: «En este lugar no me ofrezco como autoridad, sino que te presento un ejemplo a modo de conjetura. Decimos, pues, que ha de recurrirse a algún método como éste en el caso de los infantes que, estando predestinados para el bautismo, son, sin embargo, por el desfallecimiento de esta vida, arrebatados antes de nacer de nuevo en Cristo. Leemos», añade, «escrito de tales: Prontamente fue arrebatado, para que la maldad no alterara su entendimiento, ni el engaño sedujera su alma. Por tanto, se apresuró a sacarlo de entre los malvados, porque su alma agradaba al Señor; y, hecho perfecto en poco tiempo, cumplió largos años.» Ahora bien, ¿quién desdeñaría tener un maestro como éste? ¿Es acaso el caso, con los infantes, a quienes la gente suele querer bautizar, incluso apresuradamente, antes de morir, que, si se les detuviera por muy poco tiempo en esta vida, para que pudieran ser bautizados, y luego murieran al instante, la maldad alteraría su entendimiento y el engaño seduciría su alma; y para impedir que esto les suceda, una muerte apresurada vino en su rescate, de modo que fueron arrebatados de repente antes de ser bautizados? Entonces, por su mismo bautismo, fueron cambiados para peor, y seducidos por el engaño, si fue después del bautismo que fueron arrebatados. ¡Oh excelente enseñanza, digna de ser admirada y seguida de cerca! Pero presumió grandemente de la prudencia de todos vosotros que estuvisteis presentes en su lectura, y especialmente de la tuya, a quien dirigió este tratado y lo entregó después de la lectura, al suponer que creerías que la escritura que citaba estaba destinada al caso de los infantes no bautizados, aunque fue escrita acerca de las edades inmaduras de todos aquellos santos a quienes los hombres necios consideran tratados con dureza, siempre que son apartados de repente de la vida presente y no se les permite alcanzar los años que la gente codicia para sí misma como un gran don de Dios. ¿Cuál es, sin embargo, el significado de estas palabras suyas: «Infantes predestinados para el bautismo, que son, sin embargo, por el desfallecimiento de esta vida, arrebatados antes de nacer de nuevo en Cristo», como si algún poder de la fortuna, o del hado, o de cualquier otra cosa que quieras, no permitiera a Dios cumplir lo que Él había preordenado? ¿Y cómo es que Él mismo los arrebata, cuando le han agradado? Entonces, ¿realmente los predestina a ser bautizados, y luego Él mismo impide la realización de lo mismo que ha predestinado?

    Capítulo 14 [X.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 14, sumario
    Víctor envía a los infantes que mueren sin bautizar al paraíso y a las moradas celestiales, pero no al reino de los cielos.

    II, 14

    Pero te ruego que adviertas cuán audaz es éste, a quien desagrada la vacilación, que prefiere ser cauta antes que demasiado sabedora en una cuestión tan profunda como ésta: «Me atrevería a decir» — tales son sus palabras — «que pueden alcanzar el perdón de sus pecados originales, pero no de modo que sean admitidos en el reino de los cielos. Así como en el caso del ladrón en la cruz, que confesó pero no fue bautizado, el Señor no le dio el reino de los cielos, sino el paraíso; [] permaneciendo las palabras en plena vigencia: "A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no entrará en el reino de los cielos." [] Esto es especialmente verdadero, en cuanto que el Señor reconoce que en la casa de su Padre hay muchas moradas, [] por las cuales se indican los muchos méritos diferentes de quienes habitan en ellas; de modo que en estas moradas el no bautizado es llevado al perdón, y el bautizado a la recompensa que por gracia le ha sido preparada.» Observas cómo este hombre mantiene el paraíso y las moradas de la casa del Padre distintos del reino de los cielos, de modo que incluso personas no bautizadas puedan tener provisión abundante en lugares de felicidad eterna. Y no ve, cuando dice todo esto, que está tan poco dispuesto a distinguir la futura morada de un infante bautizado del reino de los cielos como a no tener miedo de mantener distinta de éste la misma casa de Dios Padre, o las diferentes partes de ella. Porque el Señor Jesús no dijo: En todo el universo creado, ni en porción alguna de ese universo, sino, «En la casa de mi Padre, hay muchas moradas.» Pero, ¿de qué manera vivirá un no bautizado en la casa de Dios Padre, cuando no puede posiblemente tener a Dios por Padre, a menos que nazca de nuevo? No debe ser tan ingrato con Dios, quien se ha dignado librarlo de la secta de los donatistas o rogatistas, como para pretender dividir la casa de Dios Padre, y poner una porción de ella fuera del reino de los cielos, donde los no bautizados puedan habitar. ¿Y en qué términos presume él mismo que ha de entrar en el reino de los cielos, cuando de ese reino excluye la casa del Rey mismo, en cualquier parte en que Él quiera? A partir del caso, sin embargo, del ladrón que, crucificado al lado del Señor, puso su esperanza en el Señor crucificado con él, y del caso de Dinócrates, el hermano de Santa Perpetua, argumenta que aun a los no bautizados puede darse la remisión de los pecados y una morada con los bienaventurados; como si alguien cuya incredulidad sería pecado le hubiera mostrado que el ladrón y Dinócrates no habían sido bautizados. Acerca de estos casos, sin embargo, he explicado más plenamente mis opiniones en el libro que escribí a nuestro hermano Renato. Tu amante persona podrá averiguarlo si te dignas leer el libro; pues estoy seguro de que nuestro hermano no encontrará en su corazón el negártelo, si le pides el préstamo de él.

    Capítulo 15 [XI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 15, sumario
    Víctor «decide» que se deben ofrecer oblaciones por aquellos que mueren sin bautizar.

    II, 15

    Aún se agita con indecisión, y está casi sofocado en las terribles estrecheces de su teoría; pues muy probablemente discierne con vista más sensible que la tuya la cantidad de mal que enuncia, a saber, que el pecado original en los infantes es borrado sin el sacramento del bautismo de Cristo. En efecto, con el propósito de encontrar una escapatoria, y tardíamente, en los sacramentos de la Iglesia, dice: «En favor de ellos decido con toda certeza que se han de ofrecer oblaciones constantes y sacrificios incesantes por parte de los santos sacerdotes.» Pues bien, puedes tomarlo, si quieres, por árbitro, si no bastara tenerlo por instructor. Que decida que debes ofrecer el sacrificio del cuerpo de Cristo aun por aquellos que no han sido incorporados a Cristo. Ahora bien, esta es una idea bastante novedosa, y ajena a la disciplina de la Iglesia y a la regla de la verdad: y sin embargo, atreviéndose a proponerlo en sus libros, no dice con modestia: "Más bien pienso"; no dice: "Supongo"; no dice: "Soy de la opinión"; ni dice: "Al menos sugeriría, o mencionaría" — sino que dice: "Lo doy como decisión mía"; de modo que, si nos sintiéramos (como sería probable) ofendidos por la novedad o la perversidad de su opinión, pudiéramos ser sobrecogidos por la autoridad de su determinación judicial. Es asunto tuyo, hermano mío, cómo poder soportarlo como instructor tuyo en estas opiniones. Los sacerdotes católicos, sin embargo, de recto sentir (y entre ellos debes tú ocupar tu lugar) no podrían jamás callarse — ¡Dios no lo permita! — y oír a este hombre pronunciar sus decisiones, cuando desearían más bien que recobrara el sentido, y se arrepintiera tanto de haber albergado tales opiniones como de haber llegado al extremo de ponerlas por escrito, y se castigara a sí mismo con la disciplina más saludable de la penitencia. «Ahora bien, es», dice; «sobre este ejemplo de los Macabeos que cayeron en la batalla sobre lo que fundamento la necesidad de hacer esto. Cuando ofrecieron a escondidas algunos sacrificios prohibidos, y después de que cayeron en la batalla, encontramos», dice, «que esta medida remedial fue de inmediato adoptada por los sacerdotes — se ofrecieron sacrificios para liberar sus almas, que habían sido atadas por la culpa de su conducta prohibida.» Pero dice todo esto, como si (según su lectura de la historia) aquellos sacrificios expiatorios se ofrecieran por personas incircuncisas, así como él ha decidido que estos sacrificios nuestros deben ofrecerse por personas no bautizadas. Pues la circuncisión era el sacramento de aquel período, que prefiguraba el bautismo de nuestros días.

    Capítulo 16 [XII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 16, sumario
    Víctor promete a los no bautizados el paraíso después de su muerte, y el reino de los cielos después de su resurrección, aunque admite que esto se opone a la declaración de Cristo.

    II, 16

    Pero tu amigo, en comparación con lo que se ha mostrado ser más adelante, comete hasta aquí errores que uno puede tolerar en cierta medida. Aparentemente sintió cierta disposición a ceder; no, ciertamente, en lo que debería haber tenido reparos, a saber, por haberse atrevido a afirmar que el pecado original es relajado incluso en el caso de los no bautizados, y que se les concede la remisión de todos sus pecados, de modo que son admitidos en el paraíso, es decir, en un lugar de gran felicidad, y poseen derecho a las bienaventuradas moradas en la casa de nuestro Padre; sino que parece haber sentido algún pesar por haberles concedido moradas de menor bienaventuranza fuera del reino de los cielos. En consecuencia, prosigue diciendo: «O si alguno quizá es reacio a creer que se otorga el paraíso como don temporal y provisional al alma del ladrón o de Dinócrates (pues todavía les queda, en la resurrección, la recompensa del reino de los cielos), aunque el pasaje principal se interpone: 'El que no naciere de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.' [] — puede, no obstante, tener mi asentimiento como otorgado sin reservas a este punto; sólo que engrandezca tanto el fin como el efecto de la divina compasión y presciencia.» Estas palabras las he copiado tal como las leí en su segundo libro. Pues bien, ¿podría alguien haber mostrado en este punto erróneo mayor audacia, temeridad o presunción? De hecho cita y llama la atención sobre la grave sentencia del Señor, la encierra en una declaración propia, y luego dice: «Aunque la opinión se opone al 'pasaje principal': 'El que no naciere de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios';» se atreve entonces a levantar su altiva cabeza en censura contra el juicio del Príncipe: «Puede, no obstante, tener mi asentimiento como otorgado sin reservas a este punto;» y explica que su punto es que las almas de los no bautizados tienen derecho al paraíso como don temporal; y en esta clase menciona al ladrón moribundo y a Dinócrates, como si estuviera prescribiendo, o más bien prejuzgando, su destino; además, en la resurrección, quiere que sean trasladados a una provisión mejor, haciéndolos incluso recibir la recompensa del reino de los cielos. «Aunque,» dice él, «esto se opone a la sentencia del Príncipe.» Ahora, te ruego, hermano mío, que consideres seriamente esta cuestión: ¿Qué sentencia del Príncipe merecerá que se dicte contra aquel hombre que impone a cualquier persona un asentimiento propio que va en contra de la autoridad del Príncipe mismo?

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 17, sumario
    La compasión desobediente y la desobediencia compasiva reprobadas. El martirio en lugar del bautismo.

    II, 17

    Los novedosos herejes pelagianos han sido condenados con toda justicia por la autoridad de los concilios católicos y de la Sede Apostólica, por haberse atrevido a dar a los infantes no bautizados un lugar de descanso y salvación, incluso aparte del reino de los cielos. Esto no se habrían atrevido a hacer si no negaran que tienen pecado original y la necesidad de su remisión por el sacramento del bautismo. Este hombre, sin embargo, profesa la creencia católica en este punto, admitiendo que los infantes están atados con las ataduras del pecado original, y sin embargo los libera de estas ataduras sin el lavacro de la regeneración, y después de la muerte, en su compasión, los admite en el paraíso; mientras que, con una compasión aún más amplia, los introduce después de la resurrección incluso al reino de los cielos. Tal compasión consideró Saúl conveniente asumir cuando perdonó al rey a quien Dios mandó matar; [] merecidamente, sin embargo, fue reprobada y condenada su compasión desobediente, o (si lo prefieres) su desobediencia compasiva, para que el hombre se guarde de extender misericordia a su prójimo en oposición a la sentencia de Aquel por quien el hombre fue hecho. La Verdad, por boca de Sí misma encarnada, proclama como con voz de trueno: «El que no naciere de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» [] Y para exceptuar de esta sentencia a los mártires, a quienes ha tocado en suerte ser muertos por el nombre de Cristo antes de ser lavados en el bautismo de Cristo, dice en otro pasaje: «El que pierda su vida por causa de mí, la hallará.» [] Y lejos de prometer la abolición del pecado original a alguien que no ha sido regenerado en el lavacro de la fe cristiana, el apóstol exclama: «Por la transgresión de uno, vino la condenación a todos los hombres.» [] Y como contrapeso contra esta condenación, el Señor presenta la ayuda de su sola salvación, diciendo: «El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado.» [] Ahora bien, el misterio de este creer en el caso de los infantes se realiza completamente por la respuesta de los padrinos por quienes son llevados al bautismo; y si esto no se realiza, todos pasan por la transgresión de uno a la condenación. Y sin embargo, en oposición a tan claras declaraciones pronunciadas por la Verdad, marcha delante de todos los hombres una vanidad más necia que digna de lástima, y dice: No sólo los infantes no pasan a la condenación, aunque ningún lavacro de la fe cristiana los absuelve de la cadena del pecado original, sino que incluso después de la muerte tienen un disfrute intermedio de las felicidades del paraíso, y después de la resurrección poseerán incluso la felicidad del reino de los cielos. Ahora bien, ¿se atrevería este hombre a decir todo esto en oposición a la fe católica firmemente establecida, si no se hubiera propuesto presuntuosamente resolver una cuestión que trasciende sus fuerzas acerca del origen del alma?

    Capítulo 18 [XIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 18, sumario
    El dilema y la caída de Víctor.

    II, 18

    Pues se ve aprisionado en terribles estrecheces por quienes hacen la pregunta natural: «¿Por qué ha infligido Dios al alma un castigo tan injusto como querer relegarla a un cuerpo de pecado, puesto que por su consorcio con la carne comenzó a ser pecadora, la cual de otro modo no podría haber sido pecadora?» Pues, ciertamente, dicen: «El alma no podría haber sido pecadora, si Dios no la hubiera mezclado en la participación de la carne pecadora.» Ahora bien, este adversario mío fue incapaz de descubrir la justicia de que Dios hiciera esto, especialmente a causa de la condenación eterna de los infantes que mueren sin la remisión del pecado original por el bautismo; y su incapacidad fue igualmente grande para descubrir por qué el Dios bueno y justo ató las almas de los infantes, a quienes previó que no sacarían ventaja del sacramento de la gracia cristiana, con la cadena del pecado original, enviándolas al cuerpo que derivan de Adán —siendo las almas mismas libres de toda mancha de propagación— y por este medio las hizo también merecedoras de condenación eterna. No menos reacio fue a admitir que estas mismas almas derivaban igualmente su origen pecaminoso de aquella única alma primigenia. Y así prefirió escapar mediante un miserable naufragio de la fe, antes que arriar sus velas y asentar sus remos en el viaje de su controversia, y con tan prudente consejo frenar la fatal temeridad de su curso. De ningún valor era a sus juveniles ojos nuestra envejecida cautela; como si esta tan problemática y peligrosa cuestión suya necesitara más un torrente de elocuencia que el consejo de la prudencia. Y esto fue previsto incluso por él mismo, pero en vano; pues, como para exponer los puntos que le objetaban sus adversarios, dice: «Tras ellos se añaden otras censuras injuriosas a las quejumbrosas murmuraciones de quienes nos denigran; y, como sacudidos en un torbellino, somos lanzados repetidamente contra enormes rocas.» Después de decir esto, se propuso a sí mismo la cuestión muy peligrosa, que ya hemos tratado, en la cual ha naufragado la fe católica, a menos que por un arrepentimiento real haya reparado la fe que había destrozado. Ese torbellino y esas rocas yo mismo los he evitado, no queriendo confiar mi frágil barquilla a sus peligros; y al escribir sobre este asunto me he expresado de tal manera que explico más bien los fundamentos de mi vacilación, que exhibir la temeridad de la presunción. Esta pequeña obra mía provocó su burla, cuando la encontró en tu casa, y con total temeridad se arrojó contra el escollo: mostró más arrojo que sabiduría en su conducta. A qué extremos, sin embargo, lo llevó aquella excesiva confianza, supongo que ahora puedes percibirlo tú mismo. Pero doy gracias más cordiales a Dios, puesto que incluso antes de esto tú lo discerniste. Pues durante todo el tiempo en que se negaba a frenar su impetuosa carrera, cuando el desenlace de su curso estaba aún en duda, dio con su miserable empresa, y sostuvo que Dios, en el caso de los infantes que morían sin regeneración cristiana, les confería el paraíso de inmediato, y en último término el reino de los cielos.

    Capítulo 19 [XIV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 19, sumario
    Víctor se apoya en Escrituras ambiguas.

    II, 19

    Los pasajes de la Escritura, ciertamente, que ha aducido en el intento de probar con ellos que Dios no derivó las almas humanas por propagación del alma primitiva, sino que como en aquel primer caso las formó insuflándolas en cada individuo, son tan inciertos y ambiguos, que con la mayor facilidad pueden ser tomados en un sentido diferente del que él quisiera asignarles. Este punto ya lo he demostrado con suficiente claridad, creo, en el libro que dirigí a aquel amigo nuestro, de quien he hecho mención arriba. Los pasajes que ha usado como pruebas nos informan de que Dios da, o hace, o forma las almas de los hombres; pero de dónde las da, o de qué las hace o forma, nada nos dicen: dejan intacta la cuestión de si es por propagación del alma primera o por insuflación, como el alma primera. Este escritor, sin embargo, simplemente porque lee que Dios «da» almas, [] «ha hecho» almas, «forma» almas, supone que estas frases equivalen a una negación de la propagación de las almas; mientras que, por el testimonio de la misma Escritura, Dios da a los hombres sus cuerpos, o los hace, o los forma y los modela; aunque nadie duda de que dichos cuerpos son dados, hechos y formados por Él mediante propagación seminal.

    Capítulo 20

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 20, sumario
    Víctor cita las Escrituras por su silencio y descuida el uso bíblico.

    II, 20

    En cuanto al pasaje que afirma que «Dios ha hecho de una sangre todas las naciones de los hombres,» [] y aquel en que Adán dice, «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne,» [] puesto que en el uno no se dice, «de un alma,» y en el otro, «alma de mi alma,» supone que se niega que las almas de los hijos provengan de sus padres, o la de la primera mujer de su marido, como si, en verdad, si la frase hubiera corrido del modo sugerido, «de un alma,» en lugar de «de una sangre,» no podría entenderse otra cosa que el ser humano entero, sin negación alguna de la propagación del cuerpo. Así también, si se hubiera dicho, «alma de mi alma,» no se negaría la carne, por supuesto, que evidentemente había sido tomada del hombre. Constantemente la Sagrada Escritura indica el todo por una parte, y una parte por el todo. Pues ciertamente, si en el pasaje que este hombre ha citado como prueba se hubiera dicho que la raza humana había sido hecha, no «de una sangre,» sino «de un hombre,» no habría podido perjudicar la opinión de quienes niegan la propagación de las almas, aunque el hombre no es sólo alma, ni sólo carne, sino ambas. Pues tendrían su respuesta lista a tal efecto: que la Escritura aquí pudo haber querido indicar una parte por el todo, es decir, la carne solamente por el ser humano entero. De igual manera, quienes sostienen la propagación de las almas sostienen que en el pasaje donde se dice, «de una sangre,» el ser humano está implícito en el término «sangre,» según el principio de que el todo se expresa por una parte. Pues así como un partido parece ser asistido por la expresión, «de una sangre,» en lugar de la frase, «de un hombre,» así el otro lado evidentemente recibe apoyo de que se halle escrito tan claramente, «Por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron,» [] en lugar de que se diga, «en quien la carne de todos pecó.» Similarmente, así como un partido parece recibir ayuda del hecho de que la Escritura dice, «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne,» sobre la base de que una parte cubre el todo; así, a su vez, el otro lado obtiene alguna ventaja de lo que está escrito en la secuela inmediata del pasaje, «Será llamada mujer, porque fue tomada de su marido.» Pues, según su contención, la última cláusula debería haber corrido, «Porque su carne fue tomada de su marido,» si no fuera cierto que la mujer entera, alma y todo, sino sólo su carne, fue tomada del hombre. El hecho, sin embargo, de todo el asunto es simplemente esto: que después de oír a ambas partes, cualquiera cuyo juicio esté libre de prejuicio partidista ve de inmediato que la cita suelta es ineficaz en esta controversia; pues contra un partido, que mantiene la opinión de la propagación de las almas, no deben aducirse aquellos pasajes que mencionan sólo una parte, puesto que la Escritura podría querer, mediante la parte, implicar el todo en todos esos pasajes; como, por ejemplo, cuando leemos, «El Verbo se hizo carne,» [] entendemos, por supuesto, no la carne solamente, sino el ser humano entero; ni contra el otro partido, que niega esta doctrina de la propagación del alma, sirve de algo citar aquellos pasajes que no mencionan una parte del ser humano, sino el todo; porque en éstos la Escritura podría posiblemente querer implicar una parte por el todo; como confesamos que Cristo fue sepultado, mientras que fue sólo su carne la que fue puesta en el sepulcro. Por tanto decimos, que sobre tales bases no hay fundamento, por un lado, para construir temerariamente, ni por otro para, con igual temeridad, demoler la teoría de la propagación; pero añadimos este consejo: que se busquen debidamente otros pasajes que no admitan ambigüedad.

    Capítulo 21 [XV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 21, sumario
    La perplejidad y el fracaso de Víctor.

    II, 21

    Por estas razones no logro descubrir hasta ahora qué te ha enseñado este instructor, y qué fundamentos tienes para la gratitud que le has prodigado. Pues la cuestión permanece tal como estaba: la que indaga sobre el origen de las almas, si Dios las da, forma y hace para los hombres propagándolas de aquella única alma que insufló en el primer hombre, o si es por su propia insuflación que hace esto en cada caso, como lo hizo para el primer hombre. Pues que Dios sí forma, hace y otorga almas a los hombres, la fe cristiana no vacila en afirmarlo. Ahora bien, cuando esta persona se esforzó por resolver la cuestión sin medir sus propios recursos, negando la propagación de las almas, y afirmando que el Creador las insufló en los hombres puras de todo contagio de pecado —no de la nada, sino de Sí mismo—, deshonró la naturaleza misma de Dios atribuyéndole de modo oprobioso la mutabilidad, imputación que era necesariamente insostenible. Luego, deseoso de evitar toda implicación que pudiera llevar a que Dios fuera tenido por injusto, si ata con el vínculo del pecado original a almas puras de todo pecado actual, aunque no redimidas por la regeneración cristiana, ha pronunciado palabras y sentimientos que ojalá no te hubiera enseñado. Pues ha concedido a los infantes no bautizados tal felicidad y salvación como ni siquiera la herejía pelagiana se habría atrevido a hacer. Y sin embargo, a pesar de todo esto, cuando la cuestión toca a los muchos miles de infantes que nacen de los impíos y mueren entre los impíos —no me refiero a aquellos a quienes personas caritativas son incapaces de asistir con el bautismo, por más deseosas que estén de hacerlo, sino a aquellos de cuyo bautismo nadie ha podido ni podrá pensar, y por quienes nadie ha ofrecido ni es probable que ofrezca el sacrificio que, como pensó este instructor tuyo, debería ofrecerse incluso por aquellos que no han sido bautizados—, no ha descubierto medio alguno de resolverla. Si se le preguntara acerca de ellos, qué merecieron sus almas para que Dios las involucrara en carne pecadora para incurrir en condenación eterna, sin ser jamás lavadas en el lavacro del bautismo, ni expiadas por el sacrificio del cuerpo y la sangre de Cristo, entonces se sentirá o bien totalmente perdido, y así mirará nuestra vacilación con un favor real, aunque tardío; o bien determinará que el cuerpo de Cristo debe ser ofrecido por todos aquellos infantes que en todo el mundo mueren sin el bautismo cristiano (cuyos nombres nunca han sido oídos, pues son desconocidos en la Iglesia de Cristo), aunque no incorporados al cuerpo de Cristo.

    Capítulo 22 [XVI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 22, sumario
    La responsabilidad de Pedro en el caso de Víctor.

    II, 22

    Lejos esté de ti, hermano mío, que tales opiniones te sean agradables, o que sientas placer por haberlas adquirido, o que presumas enseñarlas alguna vez. De lo contrario, incluso él sería un hombre mucho mejor que tú. Porque al comienzo de su primer libro ha antepuesto el siguiente prefacio modesto y humilde: «Aunque deseo complacer tu petición, sólo doy una clara prueba de mi presunción.» Y un poco más adelante dice: «Puesto que, en verdad, de ningún modo confío en poder probar lo que pueda haber avanzado; y además siempre estaría ansioso por no insistir en opinión alguna mía, si se hallare que es improbable; y sería mi ardiente deseo, en caso de que mi propio juicio sea condenado, seguir con empeño opiniones mejores y más verdaderas. Porque así como muestra evidencia de la mejor intención y de un propósito laudable permitirte ser fácilmente llevado a opiniones más verdaderas sobre un asunto, así denota una mente obstinada y depravada negarse a apartarse rápidamente al sendero de la razón.» Ahora bien, como dijo todo esto sinceramente y todavía siente como habló, sin duda abriga una esperanza muy grande en un desenlace recto. En un tono semejante concluye su segundo libro: «No debes pensar,» dice, «que haya posibilidad alguna de que recaiga nunca odiosamente contra ti el hecho de que yo te constituya juez de mis palabras. Y no sea que, por casualidad, el ojo agudo de algún lector curioso tenga ocasión de remover y encontrar posibles vestigios de error elemental que hayan quedado en mis ilegales páginas, te ruego que rasgues página tras página con mano generosa, si es necesario; y después de prodigarme tu censura crítica, castígame además borrando por completo la tinta misma que ha dado forma a mis palabras sin valor; de modo que, teniendo plena oportunidad, puedas impedir toda burla, ya sea por la opinión favorable que tan firmemente tienes de mí, ya por las inexactitudes que acechan en mis escritos.»

    Capítulo 23 [XVII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · II, 23, sumario
    Quiénes son los que no resultan perjudicados por leer libros perjudiciales.

    II, 23

    Así, pues, como él ha empezado y terminado sus libros con tales salvaguardas, y ha puesto sobre tus hombros la carga religiosa de su corrección y enmienda, sólo confío en que pueda hallar en ti todo lo que te ha pedido: que puedas «corregirlo rectamente con misericordia y reprenderlo; mientras el aceite del pecador que unge su cabeza» esté ausente de tus manos y de tus ojos — es decir, la condescendencia indecente del adulador y la indulgencia engañosa del sicofante. Si, sin embargo, rehúsas aplicar la corrección cuando ves algo que enmendar, ofendes contra el amor; pero si él no te parece necesitar corrección, porque piensas que tiene razón en sus opiniones, entonces eres sabio contra la verdad. Él, por tanto, es mejor hombre (puesto que está más que dispuesto a ser corregido, si hay a mano un censor veraz) que tú, si, sabiéndolo en el error, lo desprecias con burla, o, ignorando su curso errante, sigues al mismo tiempo de cerca su error. Todo, por consiguiente, lo que halles en los libros que te ha dirigido y remitido, te ruego que lo consideres con sobriedad y vigilancia; y tal vez harás descubrimientos más completos que yo mismo de afirmaciones que merecen censura. Y en cuanto a lo que de su contenido sea digno de alabanza y aprobación— todo lo bueno que hayas aprendido en ellos y por su instrucción, que quizá antes realmente ignorabas, dínoslo claramente qué es, para que todos sepan que fue por este beneficio particular por lo que le expresaste tu gratitud, y no por las múltiples afirmaciones de sus libros que piden desaprobación— todos, quiero decir, quienes, como tú, lo oyeron leer sus escritos, o que después leyeron los mismos por sí mismos: no sea que en su estilo ornado beban veneno, como de un cáliz escogido, a instancia tuya, aunque no según tu propio ejemplo, porque no saben con precisión qué es lo que tú mismo has bebido y qué has dejado sin probar, y porque, por tu elevada reputación, suponen que todo lo que se bebe de esta fuente sería para su salud. Pues ¿qué otra cosa son oír, leer y depositar copiosamente cosas en la memoria, sino varios procesos de beber? El Señor, sin embargo, predijo acerca de sus fieles seguidores que aun «si bebieren cosa mortífera, no les hará daño.» [] Y así sucede que quienes leen con juicio, y otorgan su aprobación a cuanto es encomiable según la regla de la fe, y desaprueban las cosas que deben ser reprobadas, aun si confían a la memoria afirmaciones declaradas dignas de desaprobación, no reciben daño alguno de la naturaleza ponzoñosa y depravada de las sentencias. Para mí, por la misericordia del Señor, jamás podrá ser motivo del menor pesar que, movido por nuestro amor anterior, haya dado a tu reverenda y religiosa persona consejo y advertencia sobre estos puntos, de cualquier modo que recibas la admonición por la cual te he considerado como quien tiene el primer derecho sobre mí. Abundantes gracias, ciertamente, daré a Aquel en cuya misericordia es sumamente saludable poner la confianza, si esta carta mía hallare o hiciere tu fe libre de las opiniones depravadas y erróneas que he podido señalar aquí en los libros de este hombre, y sana en la integridad católica.

    Libro III

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, argumento
    Dirigido a Vicencio Víctor.
    Agustín señala a Vicencio Víctor las correcciones que debe hacer en sus libros acerca del origen del alma, si quiere ser católico. Aquellas opiniones también que ya habían sido refutadas en los libros precedentes dirigidos a Renato y a Pedro, Agustín las censura brevemente en este tercer libro, que está escrito al propio Víctor: además, las clasifica bajo once capítulos de error.

    Capítulo 1 [I.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 1, sumario
    El propósito de Agustín al escribir.

    III, 1

    Acerca de lo que he creído mi deber escribirte, amadísimo hijo mío Víctor, quisiera que tuvieras en tu mente, por encima de todos los demás pensamientos, si te pareció que te despreciaba, que ciertamente no fue mi intención hacerlo. Al mismo tiempo debo rogarte que no abuses de nuestra condescendencia de tal modo que supongas que posees mi aprobación sólo porque no tienes mi desprecio. Pues no es para seguirte, sino para corregirte, que te doy mi amor; y puesto que de ningún modo desespero de la posibilidad de tu enmienda, no quiero que te sorprendas de mi incapacidad para despreciar al hombre que tiene mi amor. Ahora bien, como era mi deber estricto amarte antes de que te unieras a nosotros, a fin de que llegaras a ser católico, ¿cuánto más debo amarte ahora desde tu unión con nosotros, para impedir que te conviertas en un nuevo hereje y para que llegues a ser un católico tan firme que ningún hereje pueda resistirte! Según se desprende de las dotes mentales que Dios te ha otorgado largamente, serías sin duda un hombre sabio si tan sólo no creyeras que ya lo eras, y pidieras a Aquel que hace sabios a los hombres, con oración piadosa, humilde y ferviente, que llegaras a serlo, y prefirieras no ser extraviado con el error antes que ser honrado con la adulación de los que se extravían.

    Capítulo 2 [II.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 2, sumario
    Por qué Víctor asumió el nombre de Vicencio. Los nombres de los hombres malvados nunca deben ser asumidos por otras personas.

    III, 2

    Lo primero que me causó cierta ansiedad acerca de ti fue el título que aparecía en tus libros con tu nombre; pues al preguntar a quienes te conocían y probablemente eran tus compañeros de opinión quién era Vicencio Víctor, hallé que habías sido donatista, o más bien rogatista, pero que últimamente habías entrado en comunión con la Iglesia católica. Ahora bien, mientras me regocijaba, como uno hace naturalmente por la recuperación de aquellos a quienes ve rescatados de aquel sistema de error — y en tu caso mi gozo fue tanto mayor porque veía que tu capacidad, que tanto me deleitaba en tus escritos, no había permanecido con los enemigos de la verdad —, tus amigos me dieron una información adicional que me causó tristeza en medio del gozo, a saber, que deseabas anteponer el nombre de Vicencio a tu propio nombre, por cuanto todavía tenías en afectuosa estima al sucesor de Rogato, que llevaba este nombre, como hombre grande y santo, y que por esta razón deseabas que su nombre se convirtiera en tu apellido. Algunas personas también me dijeron que, además, te habías jactado de que él se te había aparecido en una especie de visión y te había ayudado a componer aquellos libros cuyo asunto he discutido contigo en esta pequeña obra mía, y hasta tal punto que él mismo te dictó los temas y argumentos precisos sobre los que debías escribir. Ahora bien, si todo esto es verdad, ya no me extraña que hayas podido hacer aquellas afirmaciones de las que, si tan sólo prestas oído paciente a mi admonición y, con la atención de un católico, consideras y pesas debidamente aquellos libros, sin duda llegarás a arrepentirte de haberlas hecho alguna vez. Pues aquel que, según el retrato del apóstol, «se transforma en ángel de luz,» [] se ha transformado ante ti en una figura que crees que ha sido, o que todavía es, un ángel de luz. De este modo, en efecto, es menos capaz de engañar a los católicos cuando sus transformaciones no son en ángeles de luz, sino en herejes; ahora, sin embargo, que eres católico, lamentaría que fueras seducido por él. Ciertamente sentirá tormento por haber aprendido tú la verdad, y tanto más en proporción al placer que antes experimentó al haberte persuadido a creer el error. Sin embargo, con vistas a que te abstengas de amar a un muerto, cuando el amor no puede serte útil a ti ni provechoso a él, te aconsejo que consideres por un momento este único punto: que él no es, por supuesto, un hombre justo y santo, puesto que te retiraste de las redes de los donatistas o rogatistas a causa de su herejía; pero si piensas que él es justo y santo, te arruinas al mantener comunión con los católicos. En verdad, sólo finges ser católico si en tu mente eres el mismo que era aquel a quien otorgas tu amor; y sabes cuán terriblemente ha hablado la Escritura sobre este asunto: «El Espíritu Santo de la disciplina huirá del hombre que finge.» [] Si, sin embargo, eres sincero al comunicar con nosotros y no meramente finges ser católico, ¿cómo es que todavía amas a un muerto hasta tal punto que estás dispuesto incluso ahora a jactarte del nombre de uno en cuyos errores ya no permites que se te retenga? Realmente no nos agrada que tengas tal apellido, como si fueras el monumento de un hereje muerto. Ni nos agrada que tu libro tenga un título tal que diríamos que es falso si lo leyéramos en su tumba. Pues estamos seguros de que Vicencio no es Víctor, el vencedor, sino victus, el vencido — ¡que así sea, sin embargo, con fructuoso efecto, así como deseamos que tú seas vencido por la verdad! Y sin embargo tu pensamiento fue astuto y hábil cuando designaste los libros, que quieres que supongamos te fueron dictados por su inspiración, con el nombre de Vicencio Víctor; como dando a entender que era más bien él que tú quien deseaba ser designado con el apelativo victorioso, por haber sido él mismo el vencedor del error, al revelarte cuáles debían ser los contenidos de tu tratado escrito. Pero ¿de qué te sirve todo esto, hijo mío? Sé, te lo ruego, un verdadero católico, no fingido, no sea que el Espíritu Santo haya de huir de ti y que Vicencio no pueda aprovecharte en absoluto, en el cual el espíritu más maligno del error se ha transformado con el propósito de engañarte; pues de aquel provienen todas estas malvadas opiniones, no obstante el artificio fraudulento que te ha persuadido de lo contrario. Si esta admonición tan sólo te indujere a corregir estos errores con la humildad de un hombre temeroso de Dios y la sumisión pacífica de un católico, serán considerados como los deslices de un joven demasiado celoso, que está más ansioso por enmendarlos que por perseverar en ellos. Pero si él hubiere prevalecido por su influencia para que defiendas estas opiniones con obstinada perseverancia, lo cual Dios no permita, será en tal caso necesario condenarlas a ellas y a su autor como heréticas, como lo exige la naturaleza pastoral y remedial de la misión de la Iglesia, para contener el terrible contagio antes de que se extienda silenciosamente por las masas desprevenidas, mientras se descuida la corrección saludable, bajo el nombre pero sin la realidad del amor.

    Capítulo 3 [III.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 3, sumario
    Enumera los errores que desea que se enmienden en los libros de Vicencio Víctor. El primer error.

    III, 3

    Si me preguntas cuáles son los errores particulares, puedes leer lo que he escrito a nuestros hermanos, aquel siervo de Dios Renato y el presbítero Pedro, a este último de los cuales tú mismo creíste necesario escribir las mismas obras de las que ahora tratamos, «en obediencia,» como alegas, «a su propio deseo y petición.» Ahora bien, ellos, no lo dudo, te prestarán mis tratados para que los leas si lo deseas, e incluso te los pondrán ante la atención sin que se los pidas. Pero sea como fuere, no dejaré pasar esta ocasión presente de informarte qué enmiendas deseo que se hagan en estos escritos tuyos, así como en tu creencia. La primera es que quieres que se admita que «El alma no fue hecha por Dios de tal modo que la hiciera de la nada, sino de su propio ser mismo.» Aquí no reflexionas cuál es la conclusión necesaria: que el alma debe ser de la naturaleza de Dios; y sabes muy bien, por supuesto, cuán impía es tal opinión. Ahora bien, para evitar tal impiedad como ésta, deberías decir que Dios es el Autor del alma de tal modo que fue hecha por Él, pero no de Él. Pues todo lo que es de Él (como, por ejemplo, su Hijo unigénito) es de la misma naturaleza que Él mismo. Pero, para que el alma no fuera de la misma naturaleza que su Creador, fue hecha por Él, pero no de Él. O, entonces, dime de dónde es, o confiesa que es de la nada. ¿Qué quieres decir con aquella expresión tuya, «Que es una cierta partícula de una exhalación de la naturaleza de Dios»? ¿Quieres decir, pues, que la exhalación misma de la naturaleza de Dios, a la que pertenece la partícula en cuestión, no es de la misma naturaleza que Dios mismo? Si éste es tu significado, entonces Dios hizo de la nada aquella exhalación de la cual quieres que el alma sea una partícula. O, si no de la nada, dime, te ruego, ¿de qué la hizo Dios? Si la hizo de sí mismo, se sigue que Él mismo es (lo que nunca debería afirmarse) la materia de la que está formada su propia obra. Pero continúas diciendo: «Cuando, sin embargo, hizo la exhalación o el soplo de sí mismo, permaneció al mismo tiempo entero e íntegro;» como si la luz de una vela no permaneciera también entera cuando de ella se enciende otra vela, y sin embargo fuera de la misma naturaleza, y no otra.

    Capítulo 4 [IV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 4, sumario
    El símil de Víctor para mostrar que Dios puede crear soplando sin impartir de su sustancia.

    III, 4

    «Pero», dices, «cuando hinchamos un odre, ninguna porción de nuestra naturaleza o cualidad se vierte en el odre, mientras que el mismo soplo, por cuya corriente se extiende el odre lleno, sale de nosotros sin la menor disminución de nosotros mismos.» Ahora bien, te extiendes y te demoras en estas palabras tuyas, e inculcas el símil como necesario para que entendamos cómo es que Dios, sin injuria alguna para su propia naturaleza, hace el alma de sí mismo, y cómo, cuando así es hecha de sí mismo, no es lo que Él mismo es. Porque preguntas: «¿Es esta inflación del odre una porción de nuestra propia alma? ¿O acaso creamos seres humanos cuando hinchamos odres? ¿O sufrimos injuria alguna en algo cuando impartimos nuestro soplo por inflación en cosas diversas? Pero no sufrimos injuria alguna cuando transferimos el soplo de nosotros mismos a cualquier cosa, ni recordamos jamás haber experimentado daño alguno para nosotros mismos al hinchar un odre, permaneciendo en nosotros la plena cualidad y la entera cantidad de nuestro soplo a pesar del proceso.» Ahora bien, por elegante y apropiado que te parezca este símil, te ruego que consideres cuán gravemente te extravía. Porque afirmas que el Dios incorpóreo exhala un alma corpórea— no hecha de la nada, sino de sí mismo— mientras que el soplo que nosotros mismos emitimos es corpóreo, aunque de naturaleza más sutil que nuestros cuerpos; ni lo exhalamos de nuestra alma, sino del aire mediante funciones internas en nuestra estructura corporal. Nuestros pulmones, como un par de fuelles, son movidos por el alma (a cuyo mandato se mueven también los demás miembros del cuerpo), con el propósito de inhalar y exhalar el aire atmosférico. Pues, además de los alimentos sólidos o líquidos que constituyen nuestro comer y beber, Dios nos ha rodeado de este tercer alimento de la atmósfera que respiramos; y con tan buen efecto, que podemos vivir algún tiempo sin comer ni beber, pero no podríamos subsistir ni un momento sin este tercer alimento, que el aire, rodeándonos por todas partes, nos suministra mientras respiramos y alentamos. Y así como nuestro comer y beber no sólo han de ser introducidos en el cuerpo, sino también expulsados por conductos formados para ese propósito, a fin de evitar que sobrevenga daño por una u otra vía (ya sea por no entrar o por no salir del cuerpo); así este tercer alimento aéreo (al no permitírsele permanecer dentro de nosotros, y así no corromperse por la demora, sino ser expulsado tan pronto como es introducido) ha sido provisto, no con conductos diferentes, sino con los mismos canales tanto para su entrada como para su salida, a saber, la boca, o las narices, o ambas juntas.

    Capítulo 5

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 5, sumario
    Examen del símil de Víctor: ¿No emite nada el hombre al respirar?

    III, 5

    Prueba ahora tú mismo lo que digo, para tu propia satisfacción en tu propio caso; emite el soplo por exhalación, y observa si puedes continuar largo tiempo sin recobrar el aliento; luego recóbralo por inhalación, y observa qué incomodidad experimentas a menos que de nuevo lo emitas. Ahora bien, cuando hinchamos un odre, como tú prescribes, hacemos de hecho lo mismo que hacemos para mantener la vida, salvo que en el caso del experimento artificial nuestra inhalación es algo más fuerte, a fin de que podamos emitir un soplo más vigoroso, de modo que llenemos y distendamos el odre comprimiendo el aire que soplamos en él, más bien a la manera de un resoplido fuerte que del proceso suave de la respiración y aliento ordinarios. ¿Con qué fundamento, pues, dices: «No sufrimos injuria alguna cuando transferimos el soplo de nosotros mismos a cualquier objeto, ni recordamos jamás haber experimentado daño alguno para nosotros mismos al hinchar un odre, permaneciendo en nosotros la plena cualidad y la entera cantidad de nuestro propio soplo a pesar del proceso»? Es muy evidente, hijo mío, si alguna vez has hinchado un odre, que no observaste con cuidado tu propia ejecución. Porque no percibes lo que pierdes por el acto de la inflación a causa de la inmediata recuperación de tu aliento. Pero todo esto puedes aprenderlo con la mayor facilidad, si tan sólo prefieres hacerlo antes que sostener rígidamente tus propias afirmaciones por ninguna otra razón que porque tú las has hecho— no inflando tú el odre, sino inflado tú hasta el colmo, e hinchando a tus oyentes (a quienes más bien deberías edificar e instruir con hechos verdaderos) con la vacua charlatanería de tu hinchado discurso. En el presente caso no te envío a otro maestro que a ti mismo. Sopla, pues, un buen soplo dentro del odre; cierra tu boca al instante, aprieta bien tus narices, y de este modo descubre la verdad de lo que te digo. Porque cuando comiences a sufrir la intolerable incomodidad que acompaña al experimento, ¿qué es lo que deseas recobrar abriendo tu boca y soltando tus narices? Ciertamente no habría nada que recobrar si tu suposición fuera correcta, a saber, que nada has perdido cuando respiras. Observa en qué aprieto te hallarías si por la inhalación no recobraras lo que habías cedido al exhalar hacia afuera. Mira también qué pérdida e injuria produciría la insuflación, si no fuera por la reparación y reacción causadas por la respiración. Porque a menos que el soplo que gastas en llenar el odre volviera todo por el conducto reabierto para desempeñar su función de nutrirte a ti mismo, ¿qué, me pregunto, quedaría restante para ti— no digo para hinchar otro odre, sino para proveer tus propios medios de vivir?

    Capítulo 6

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 6, sumario
    El símil reformado conforme a la verdad.

    III, 6

    Pues bien, ahora, deberías haber pensado en todo esto cuando escribías, y no haber traído a Dios ante nuestros ojos en aquel símil favorito tuyo, de odres inflados e inflables, exhalando almas de alguna otra naturaleza que ya estaba en existencia, así como nosotros mismos hacemos nuestro soplo del aire que nos rodea; o ciertamente no deberías, de una manera que es en verdad tan diversa de tu símil como abundante en impiedad, haber representado a Dios como produciendo algo mudable sin injuria, ciertamente, para sí mismo, pero aun así de su propia sustancia; o, lo que es peor, creándolo de tal modo que Él mismo sea el material de su propia obra. Si, sin embargo, hemos de emplear un símil tomado de nuestra respiración que ilustre adecuadamente este asunto, el siguiente es más creíble: así como nosotros, siempre que respiramos, hacemos un soplo, no de nuestra propia naturaleza, sino, porque no somos omnipotentes, de aquel aire que nos rodea, que inhalamos y expulsamos siempre que respiramos y alentamos; y dicho soplo no es ni viviente ni sensible, aunque nosotros mismos seamos vivientes y sensibles; así Dios puede— no, ciertamente, de su propia naturaleza, sino (siendo tan omnipotente como para poder crear cuanto quiere) aun de aquello que no tiene existencia alguna, es decir, de la nada— hacer un soplo que es viviente y sensible, pero evidentemente mudable, aunque Él mismo sea inmutable.

    Capítulo 7 [V.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 7, sumario
    Víctor atribuye aparentemente también al hombre el soplo creador.

    III, 7

    Pero ¿cuál es el significado de aquello que has tenido a bien añadir a este símil, con respecto al ejemplo del bienaventurado Eliseo, porque resucitó al muerto soplando en su rostro? [] Ahora bien, ¿supones realmente que el soplo de Eliseo se convirtió en el alma del niño? No podría creer que aun tú pudieras extraviarte tan lejos de la verdad. Si, ahora, aquella alma que fue quitada del niño viviente de modo que causara su muerte, fue ella misma después restituida a él para causar su restauración a la vida, ¿dónde está, pregunto, la pertinencia de tu observación cuando dices «que ninguna disminución sobrevino a Eliseo», como si pudiera imaginarse que algo había sido transferido del profeta al niño para causar su reanimación? Pero si no quisiste decir más sino que el profeta respiró y permaneció entero, ¿dónde estaba la necesidad de que dijeras eso de Eliseo al resucitar al niño muerto, lo cual podrías con no menor propiedad decir de cualquiera al emitir un soplo, y no reanimar a nadie? Luego, de nuevo, hablaste sin reflexión (¡aunque Dios no permita que creas que el soplo de Eliseo se convirtió en el alma del niño resucitado!) cuando diste a entender que tu intención era mantener separado lo que primero fue hecho por Dios de esto que fue hecho por el profeta, en que el Uno sopló una sola vez, y el otro tres veces. Éstas son tus palabras: «Eliseo sopló en el rostro del niño muerto de la sunamita, a la manera de la creación original. Y cuando por el soplo del profeta una fuerza divina inspiró los miembros muertos, reanimados a su vigor original, ninguna disminución sobrevino a Eliseo, por cuyo soplo el cuerpo muerto recobró su alma y espíritu reanimados. Sólo hay esta diferencia: el Señor sopló una sola vez en el rostro del hombre y éste vivió, mientras que Eliseo sopló tres veces en el rostro del muerto y éste volvió a vivir.» Así tus palabras suenan como si sólo el número de los soplos hiciera toda la diferencia, para que no creyéramos que el profeta hizo efectivamente lo que Dios hizo. Esta afirmación, pues, requiere ser enteramente revisada. Hubo tan completa diferencia entre aquella obra de Dios y ésta de Eliseo, que el primero sopló el soplo de vida por el cual el hombre llegó a ser alma viviente, y el segundo sopló un soplo que no era en sí mismo sensible ni dotado de vida, sino figurativo en razón de alguna significación. El profeta no hizo realmente que el niño volviera a vivir dándole vida, sino que consiguió que Dios lo hiciera dándole amor. En cuanto a lo que alegas, que sopló tres veces, o tu memoria, como suele suceder, o una lectura defectuosa del texto, debe haberte engañado. ¿Para qué extenderme? No deberías andar buscando ejemplos y argumentos para establecer tu punto, sino más bien enmendar y cambiar tu opinión. Te ruego que ni creas, ni digas, ni enseñes «que Dios hizo el alma humana no de la nada, sino de su propia sustancia», si quieres ser católico.

    Capítulo 8 [VI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 8, sumario
    El segundo error de Víctor.

    III, 8

    No creas, te ruego, ni digas, ni enseñes que «así está Dios dando almas sin cesar a través del tiempo infinito, así como Aquel que da es Él mismo siempre existente», si quieres ser católico. Porque vendrá un tiempo en que Dios no dará almas, aunque no por ello Él mismo cesará de existir. Tu expresión, «está siempre dando», podría entenderse como «dar sin cesar», mientras los hombres nacen y engendran descendencia, así como se dice de ciertos hombres que están «siempre aprendiendo, y nunca llegando al conocimiento de la verdad». [] Pues el término «siempre» no se toma en este pasaje en el sentido de «nunca dejar de aprender», puesto que sí dejan de aprender cuando han dejado de existir en este cuerpo, o han comenzado a sufrir los dolores ardientes del infierno. Tú, sin embargo, no permitiste que tu palabra se entendiera en este sentido cuando dijiste «está siempre dando», ya que pensaste que debía aplicarse al tiempo infinito. Y aun esto fue cosa pequeña; porque, como si se te hubiera pedido que explicaras tu expresión, «siempre dando», más explícitamente, continuaste diciendo: «así como Él mismo es siempre existente quien da.» Esta afirmación la condena rotundamente la fe sana y católica. Porque lejos esté de nosotros creer que Dios está siempre dando almas, así como Él mismo, que las da, es siempre existente. Él mismo es siempre existente en tal sentido que nunca deja de existir; almas, sin embargo, no las estará siempre dando; sino que sin duda dejará de darlas cuando cese la edad de la generación, y ya no nazcan niños a quienes hayan de ser dadas.

    Capítulo 9 [VII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 9, sumario
    Su tercer error.

    III, 9

    De nuevo, no creas, te ruego, ni digas, ni enseñes que «el alma merecidamente perdió algo por la carne, aunque era de buen merecimiento antes de la carne», si quieres ser católico. Porque el apóstol declara que «los niños que aún no han nacido, no han hecho ni bien ni mal». [] ¿Cómo, pues, podría su alma, antes de su participación en la carne, haber tenido algo semejante a buen merecimiento, si no había hecho cosa buena alguna? ¿Acaso te atreverás por ventura a afirmar que había, antes de la carne, vivido una vida buena, cuando no puedes de hecho probarnos que siquiera existió? ¿Cómo, pues, puedes decir: «No permites que el alma contraiga salud de la carne pecaminosa; y a este estado santo, entonces, puedes verla pasar a su debido tiempo, con miras a enmendar su condición, a través de aquella misma carne por la cual había perdido merecimiento»? Quizá no sabes que estas opiniones, que atribuyen al alma humana un buen estado y un buen merecimiento antes de la carne, han sido ya condenadas por la Iglesia católica, no sólo en el caso de algunos herejes antiguos, a quienes no menciono aquí, sino también más recientemente en el caso de los priscilianistas.

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 10, sumario
    Su cuarto error.

    III, 10

    Ni creas, ni digas, ni enseñes que «el alma, por medio de la carne, repara su antigua condición, y nace de nuevo por el mismo medio por el cual había merecido ser contaminada», si quieres ser católico. Podría, ciertamente, detenerme en la extraña discrepancia contigo mismo que has exhibido en la frase siguiente, en la que dijiste que el alma por la carne recobra merecidamente su condición primitiva, que parecía haber perdido gradualmente por la carne, a fin de que comience a ser regenerada por la misma carne por la cual había merecido ser contaminada. Aquí tú— el mismo hombre que justo antes había dicho que el alma repara su condición a través de la carne, por razón de la cual había perdido su merecimiento (donde nada sino buen merecimiento puede entenderse, que habrá de ser recobrado en la carne, por el bautismo, por supuesto)— dijiste en otro giro de tu pensamiento que a través de la carne el alma había merecido ser contaminada (en cuya afirmación ya no es el buen merecimiento, sino uno malo, lo que debe entenderse). ¡Qué flagrante inconsistencia! Pero la pasaré por alto, y me contentaré con observar que es absolutamente incatólico creer que el alma, antes de su estado encarnado, mereció bien o mal.

    Capítulo 11 [VIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 11, sumario
    Su quinto error.

    III, 11

    Ni creas, ni digas, ni enseñes, si quieres ser católico, que «el alma mereció ser pecaminosa antes de pecado alguno». Es, ciertamente, un merecimiento extremadamente malo haber merecido ser pecaminoso. Y, por supuesto, no pudo posiblemente haber incurrido en tan mal merecimiento antes de pecado alguno, especialmente antes de venir a la carne, cuando no pudo haber poseído merecimiento alguno en uno u otro sentido, ni malo ni bueno. ¿Cómo, pues, puedes decir: «Si, por tanto, el alma, que no podía ser pecaminosa, mereció ser pecaminosa, no permaneció sin embargo en pecado, porque como estaba prefigurada en Cristo estaba obligada a no estar en estado pecaminoso, así como era incapaz de serlo»? Ahora, considera por un poco lo que dices, y desiste de repetir tal afirmación. ¿Cómo mereció el alma, y cómo era incapaz, de ser pecaminosa? ¿Cómo, te ruego que me digas, mereció ser pecaminosa aquella que nunca vivió pecaminosamente? ¿Cómo, pregunto de nuevo, fue hecha pecaminosa aquella que no era capaz de ser pecaminosa? O bien, si quieres que tu expresión, «era incapaz», implique incapacidad aparte de la carne, ¿cómo en ese caso mereció el alma ser pecaminosa, y por razón de qué merecimiento fue enviada a la carne, cuando antes de su unión con la carne no era capaz de ser pecaminosa, de modo que mereciera mal alguno?

    Capítulo 12 [IX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 12, sumario
    Su sexto error.

    III, 12

    Si quieres ser católico, abstente de creer, de decir o de enseñar que «los infantes arrebatados por la muerte antes de ser bautizados puedan alcanzar el perdón de sus pecados originales.» Porque los ejemplos con que te dejas extraviar — el del ladrón que confesó al Señor en la cruz, o el de Dinócrates, hermano de Santa Perpetua— no te sirven de nada en defensa de esta opinión errónea. En cuanto al ladrón, aunque en el juicio de Dios pudiera ser contado entre los purificados por la confesión del martirio, no puedes saber si no fue bautizado. Pues, por no decir nada de la opinión de que pudo haber sido rociado con el agua que brotó al mismo tiempo que la sangre del costado del Señor [], mientras colgaba en la cruz junto a Él, y así haber sido lavado con un bautismo del género más sagrado, ¿qué si había sido bautizado en la cárcel, como en tiempos posteriores algunos bajo persecución pudieron obtenerlo en secreto? ¿O qué si había sido bautizado antes de su encarcelamiento? Si, en efecto, así fue, la remisión de sus pecados que en ese caso habría recibido de Dios no lo habría protegido de la sentencia de la ley pública, en lo que atañe a la muerte del cuerpo. ¿Qué si, ya bautizado, cometió el delito e incurrió en la pena del robo y de la iniquidad, pero recibió, en virtud del arrepentimiento añadido a su bautismo, el perdón de los pecados que, aun bautizado, había cometido? Pues sin duda su fe y su piedad aparecieron con claridad al Señor en su corazón, como a nosotros en sus palabras. Si, en efecto, concluyéramos que todos los que dejaron esta vida sin que se registrara su bautismo murieron sin bautizar, calumniaríamos a los propios apóstoles; pues ignoramos cuándo fue bautizado alguno de ellos, excepto el apóstol Pablo []. Pero si pudiéramos considerar como prueba de que realmente fueron bautizados el hecho de que el Señor dijera a San Pedro: «El que está lavado no necesita lavarse más que los pies,» [] ¿qué hemos de pensar de los demás, de quienes ni siquiera leemos esto— Bernabé, Timoteo, Tito, Silas, Filemón, los mismos evangelistas Marcos y Lucas, e innumerables otros, de cuyo bautismo Dios no permita que dudemos, aunque no leamos registro de él? En cuanto a Dinócrates, era un niño de siete años; y como los niños bautizados a esa edad pueden ya recitar el credo y responder por sí mismos en el interrogatorio acostumbrado, no sé por qué no se pueda suponer que, después de su bautismo, fue arrastrado de nuevo por su padre incrédulo al sacrilegio y a la profanidad del culto pagano, y por esta razón condenado a los dolores de los que fue liberado por la intercesión de su hermana. Pues en el relato que de él tienes nunca has leído ni que nunca fue cristiano ni que murió catecúmeno. Pero, en todo caso, el relato mismo que tenemos de él no se halla en aquel canon de la Sagrada Escritura de donde, en todas las cuestiones de este género, deben sacarse siempre nuestras pruebas.

    Capítulo 13 [X]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 13, sumario
    Su séptimo error.

    III, 13

    Si quieres ser católico, no te atrevas a creer, a decir ni a enseñar que «aquellos a quienes el Señor ha predestinado para el bautismo pueden ser arrebatados de su predestinación, o morir antes de que se cumpla en ellos lo que el Todopoderoso ha predestinado.» Hay en semejante dogma más fuerza de la que puedo decir asignada a los azares en oposición al poder de Dios, por la ocurrencia de cuyas casualidades no se permite que llegue a suceder lo que Él ha predestinado. Apenas es necesario gastar tiempo o palabras graves en prevenir al hombre que adopta este error contra el absoluto torbellino de confusión en que lo absorberá, cuando habré atendido suficientemente al caso si advierto brevemente al hombre prudente, dispuesto a recibir corrección, contra el mal que amenaza. Ahora bien, estas son tus palabras: «Decimos que a algún método semejante es preciso recurrir en el caso de los infantes que, estando predestinados para el bautismo, son, sin embargo, por el acabarse de esta vida, arrebatados antes de nacer de nuevo en Cristo.» ¿Es, pues, realmente cierto que algunos que han sido predestinados al bautismo son arrebatados antes de llegar a él por el acabarse de esta vida? ¿Y pudo Dios predestinar algo que, o bien Él en su presciencia veía que no sucedería, o bien, en su ignorancia, no sabía que no podía suceder, ya para frustración de su propósito, ya para descrédito de su presciencia? Ya ves cuántas observaciones de peso podrían hacerse sobre este asunto; pero me contiene el hecho de haberlo tratado hace poco, de modo que me contento con esta breve y pasajera amonestación.

    Capítulo 14

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 14, sumario
    Su octavo error.

    III, 14

    Niégate, si quieres ser católico, a creer, a decir o a enseñar que «de los infantes, arrebatados por la muerte antes de nacer de nuevo en Cristo, dice la Escritura: 'Pronto fue arrebatado, para que la malicia no mudara su entendimiento, ni el engaño sedujera su alma. Por eso Dios se apresuró a sacarlo de entre los malvados; porque su alma agradaba al Señor; y, hecho perfecto en poco tiempo, cumplió largos años.'» [] Porque este pasaje nada tiene que ver con aquellos a quienes lo aplicas, sino que pertenece más bien a quienes, después de haber sido bautizados y haber progresado en la vida piadosa, no se les permite demorarse mucho en la tierra— hechos perfectos, no por los años, sino por la gracia de la sabiduría celestial. Este error tuyo, sin embargo, por el que piensas que esta Escritura fue dicha de los infantes que mueren sin bautizar, hace una injuria intolerable al santo lavacro mismo, si un infante, que podría haber sido «arrebatado» después del bautismo, ha sido «arrebatado» antes de él por esta razón:— «para que la malicia no mudara su entendimiento, ni el engaño sedujera su alma.» ¡Como si esta «malicia» y este «engaño que seduce el alma» y la muda para peor, si no se la arrebata antes, hubiera de creerse que están en el bautismo mismo! En una palabra, puesto que su alma había agradado a Dios, Él se apresuró a sacarlo de en medio de la iniquidad; y no se detuvo ni un brevísimo instante, a fin de cumplir en él lo que había predestinado; sino que prefirió obrar en contra de su propósito predestinado, y de hecho se apresuró para que lo que tanto le había agradado en el niño no bautizado no fuera exterminado por su bautismo. ¡Como si el infante moribundo fuera a perecer en aquello adonde deberíamos correr con él en brazos para salvarlo de la perdición! ¿Quién, por tanto, respecto de estas palabras del Libro de la Sabiduría, podría creer, decir, escribir o citarlas como escritas acerca de los infantes que mueren sin bautismo, si reflexionara sobre ellas con la debida consideración?

    Capítulo 15 [XI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 15, sumario
    Su noveno error.

    III, 15

    Si quieres ser católico, te ruego que ni creas, ni digas, ni enseñes que «hay algunas moradas fuera del reino de Dios que el Señor dijo que estaban en la casa de su Padre.» Pues Él no afirma, como has aducido su testimonio, «Con mi Padre (apud Patrem meum) hay muchas moradas;» aunque, si aun se hubiera expresado así, difícilmente podría suponerse que las moradas tuvieran otra situación que en la casa de su Padre; sino que dice claramente: «En la casa de mi Padre hay muchas moradas.» [] Ahora bien, ¿quién sería tan temerario como para separar algunas partes de la casa de Dios del reino de Dios; de modo que, mientras los reyes de la tierra reinan, no sólo en su casa, ni sólo en su propio país, sino a lo lejos y a lo ancho, incluso en regiones allende el mar, no se diga que el Rey que hizo el cielo y la tierra reina siquiera sobre toda su propia casa?

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 16, sumario
    Dios reina en todas partes: y, sin embargo, el «reino de los cielos» puede no estar en todas partes.

    III, 16

    Puedes, sin embargo, no sin probabilidad sostener que todas las cosas, es verdad, pertenecen al reino de Dios, porque Él reina en el cielo, reina en la tierra, en las profundidades de abajo, en el paraíso, en el infierno (pues ¿dónde no reina, si su poder es supremo en todas partes?); pero que una cosa es el reino de los cielos, en el cual a nadie se le permite entrar, según la sentencia verdadera y firme del Señor, a no ser que sea lavado en el lavacro de la regeneración, mientras que otra muy distinta es el reino sobre la tierra, o sobre cualesquiera otras partes de la creación, en el que puede haber algunas moradas de la casa de Dios; pero éstas, aunque pertenecientes al reino de Dios, no pertenecen a aquel reino de los cielos donde el reino de Dios existe con una excelencia y bienaventuranza especiales; y que de aquí sucede que, si bien ninguna parte ni morada de la casa de Dios puede ser separada toscamente del reino de Dios, no todas las moradas están preparadas en el reino de los cielos; y aun así, incluso en las estancias que no están situadas en el reino de los cielos, pueden vivir felizmente aquellos a quienes, aun sin bautizar, Dios ha querido asignar tales habitaciones. Están, sin duda, en el reino de Dios, aunque (por no haber sido bautizados) no pueden en modo alguno estar en el reino de los cielos.

    Capítulo 17

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 17, sumario
    Dónde puede entenderse que está el reino de Dios.

    III, 17

    Ahora bien, quienes dicen esto, sin duda les parece a sí mismos que dicen mucho, porque la suya es una visión ligera y descuidada de la Escritura; ni entienden en qué sentido usamos la frase «reino de Dios» cuando decimos de él en la oración: «Venga tu reino;» [] pues se llama reino de Dios aquel en que toda su familia reinará con Él en felicidad y para siempre. Ahora bien, respecto del poder que posee sobre todas las cosas, Él ciertamente reina incluso ahora. ¿Qué pretendemos, pues, cuando pedimos que venga su reino, sino que merezcamos reinar con Él? Pero aun aquellos que habrán de sufrir las penas del fuego eterno estarán bajo su poder. ¿Queremos acaso predicar de estos desdichados que también estarán en el reino de Dios? Una cosa es, ciertamente, ser honrado con los dones y privilegios del reino de Dios, y otra ser contenido y castigado por las leyes del mismo. Sin embargo, para que tengas una prueba manifiestísima de que, por una parte, el reino de los cielos no ha de repartirse a los bautizados, y otras porciones del reino de Dios darse a los no bautizados, como pareces haber determinado, te ruego que oigas las palabras mismas del Señor; Él no dice: «A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino o en el cielo;» sino que sus palabras son: «no puede entrar en el reino de Dios.» Su discurso con Nicodemo sobre el asunto que nos ocupa es como sigue: «De cierto, de cierto te digo: A menos que un hombre nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios.» Observa: aquí no dice el reino de los cielos, sino el reino de Dios. Y luego, cuando Nicodemo le pregunta en respuesta: «¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Puede entrar por segunda vez en el vientre de su madre y nacer?», el Señor, para explicarse, repite su anterior afirmación con más claridad y abiertamente: «De cierto, de cierto te digo: A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios.» Observa de nuevo: usa la misma frase, el reino de Dios, no el reino de los cielos. [] Es digno de notarse que, aunque varía dos expresiones al explicarlas por segunda vez (pues después de decir: «A menos que un hombre nazca de nuevo,» lo interpreta con la expresión más plena: «A menos que un hombre nazca del agua y del Espíritu;» y de igual modo explica «no puede ver» con la frase más completa: «no puede entrar en»), sin embargo no hace aquí variación alguna; dijo «el reino de Dios» la primera vez, y después repitió exactamente la misma frase. No es necesario ahora plantear y discutir si el reino de Dios y el reino de los cielos deben entenderse como implicando sentidos diferentes o si una sola cosa se describe bajo dos designaciones. Basta comprobar que nadie puede entrar en el reino de Dios si no es lavado en el lavacro de la regeneración. Supongo que a estas alturas percibes cuán lejos de la verdad está separar del reino de Dios cualesquiera moradas que estén situadas en la casa de Dios. Y en cuanto a la idea que has abrigado de que se hallarán morando entre las diversas moradas que, según nos dice el Señor, abundan en la casa de su Padre, algunos que no han nacido de nuevo del agua y del Espíritu, te aconsejo, si me lo permites, que no difieras corregirla, a fin de que mantengas la fe católica.

    Capítulo 18 [XII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 18, sumario
    Su décimo error. .

    III, 18

    De nuevo, si quieres ser católico, te ruego que ni creas, ni digas, ni enseñes que «el sacrificio de los cristianos debe ofrecerse en favor de quienes han salido del cuerpo sin haber sido bautizados.» Porque no logras mostrar que el sacrificio de los judíos, que has citado de los libros de los Macabeos [], se ofreciera en favor de alguien que hubiera dejado esta vida sin circuncisión. En esta opinión novedosa tuya, que has presentado contra la autoridad y la enseñanza de toda la Iglesia, has empleado una expresión muy arrogante. Dices: «En favor de éstos, decido con toda certeza que deben ofrecerse constantes oblaciones e incesantes sacrificios por parte de los santos sacerdotes.» Aquí muestras, como laico, no sometimiento a los sacerdotes de Dios para ser instruido; ni te asocias a ellos (lo menos que podrías hacer) para indagar; antes te antepones a ellos por tu orgullosa asunción de juicio. ¡Fuera, hijo mío, con toda esta pretensión! No caminan los hombres tan arrogantemente por el Camino que el Cristo humilde enseñó que Él mismo es. [] Nadie entra por su puerta estrecha con tan soberbia disposición como ésta.

    Capítulo 19 [XIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 19, sumario
    Su undécimo error.

    III, 19

    Una vez más, si deseas ser católico, no creas, ni digas, ni enseñes que «algunas de aquellas personas que han salido de esta vida sin el bautismo de Cristo no van entretanto al reino de los cielos, sino al paraíso; pero después, en la resurrección de los muertos, alcanzan también la bienaventuranza del reino de los cielos.» Ni siquiera la herejía pelagiana fue bastante atrevida para concederles esto, aunque sostiene que los infantes no contraen el pecado original. Tú, sin embargo, como católico, confiesas que nacen en pecado; y, no obstante, por alguna perversidad inexplicable en la novedosa opinión que propones, afirmas que son absueltos de aquel pecado con que nacieron y admitidos en el reino de los cielos sin el bautismo que salva. Y no pareces darte cuenta de cuánto por debajo del propio Pelagio estás en tus opiniones sobre este punto. Pues él, alarmado por aquella sentencia del Señor que no permite a los no bautizados entrar en el reino de los cielos, no se atreve a enviar allí a los infantes, aunque los cree libres de todo pecado; mientras que tú tienes tan poco respeto por lo que está escrito: «A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios» [], que (por no decir nada del error que te induce temerariamente a separar el paraíso del reino de Dios) no dudas en prometer a ciertas personas, a quienes tú, como católico, crees nacidas bajo culpa, tanto la absolución de esta culpa como el reino de los cielos, aun cuando mueran sin bautismo. ¡Como si pudieras ser un verdadero católico porque levantas la doctrina del pecado original contra Pelagio, si te muestras un nuevo hereje contra el Señor al derribar su afirmación acerca del bautismo! Por nuestra parte, amado hermano, no deseamos así ganar victorias sobre los herejes: venciendo un error con otro, y, lo que es peor, uno menor con otro mayor. Dices: «Si alguien, acaso, se mostrara reacio a permitir que el paraíso fuera otorgado temporalmente entretanto a las almas del ladrón moribundo y de Dinócrates, mientras aún les queda la reversión del reino de los cielos en la resurrección, viendo que el pasaje principal se opone a la opinión: 'A menos que un hombre nazca de nuevo del agua y del Espíritu Santo, no puede entrar en el reino de los cielos', puede aún contar con mi asentimiento sin reservas en este punto; con tal de que haga pleno honor tanto al efecto como al fin de la divina misericordia y presciencia.» Éstas son tus propias palabras, y en ellas expresas tu conformidad con quien dice que el paraíso se confiere a ciertos no bautizados por un tiempo, en el sentido de que en la resurrección les está reservada la recompensa del reino de los cielos, en oposición a «aquel pasaje principal» que ha determinado que nadie entrará en aquel reino si no ha nacido de nuevo del agua y del Espíritu Santo. Pelagio tuvo miedo de oponerse a este «pasaje principal» del Evangelio, y no creyó que ninguno (a quien, sin embargo, no suponía pecadores) entraría en el reino de los cielos sin bautizar. Tú, por el contrario, reconoces que los infantes tienen pecado original, y sin embargo los absuelves de él sin el lavacro de la regeneración, y los envías por una morada temporal al paraíso, y después les permites entrar incluso en el reino de los cielos.

    Capítulo 20 [XIV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 20, sumario
    Agustín llama a Víctor a corregir sus errores.

    III, 20

    Ahora bien, estos errores y otros semejantes, con cualesquiera otros que tal vez puedas descubrir en tus libros con una lectura más atenta y pausada, te ruego que los corrijas, si posees una mente católica; es decir, si hablaste con perfecta sinceridad cuando dijiste que no confiabas demasiado en ti mismo pensando que todas las afirmaciones que habías hecho eran susceptibles de prueba; y que tu propósito constante no era mantener ni siquiera tu propia opinión, si se demostraba que era improbable; y que te causaba gran placer, si tu propio juicio era condenado, adoptar y seguir sentimientos mejores y más verdaderos. Pues bien, mi querido hermano, muestra que dijiste esto sin doblez alguno; de modo que la Iglesia católica pueda alegrarse de tu capacidad y de tu carácter, al poseer no sólo ingenio, sino también prudencia, piedad y moderación, en lugar de que la locura de la herejía se encienda por tu empeño contencioso en estos errores. Ahora tienes la oportunidad de mostrar también con cuánta sinceridad expresaste tus sentimientos en el pasaje que sigue inmediatamente a la declaración satisfactoria que acabo de mencionar de tu parte. «Pues,» dices, «así como es propio de todo propósito altísimo y laudable trasladarse uno prontamente a puntos de vista más verdaderos, así muestra un juicio depravado y obstinado negarse a volver prontamente al sendero de la razón.» Pues bien, muéstrate influido por este alto propósito y laudable designio, y traslada tu mente prontamente a puntos de vista más verdaderos; y no muestres un juicio depravado y obstinado negándote a volver prontamente al sendero de la razón. Porque si tus palabras fueron dichas con franca sinceridad, si no fueron mero sonido de labios, si realmente las sentiste en tu corazón, entonces no puedes sino aborrecer toda demora en llevar a cabo el gran bien de corregirte a ti mismo. No fue, ciertamente, mucho que concedieras que mostraba un juicio depravado y obstinado negarse a volver al sendero de la razón, a menos que hubieras añadido «prontamente.» Al añadir esto, nos mostraste cuán execrable es la conducta de aquel que nunca lleva a cabo la reforma; puesto que incluso quien la efectúa con tardanza te parece merecedor de tan severa censura, que con razón se le describe como mostrando una mente depravada y obstinada. Escucha, por tanto, tu propia admonición, y aprovecha principal y abundantemente los fecundos recursos de tu elocuencia; de manera que regreses prontamente al sendero de la razón, más prontamente, ciertamente, que cuando te apartaste de él, en un período inestable de tu edad, cuando estabas fortalecido con demasiada poca prudencia y menos erudición.

    Capítulo 21

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 21, sumario
    Agustín elogia los talentos y la diligencia de Víctor.

    III, 21

    Me llevaría demasiado tiempo tratar y discutir plenamente todos los puntos que deseo que sean enmendados en tus libros, o mejor dicho en ti mismo, y darte siquiera una breve razón para la corrección de cada uno en particular. Y sin embargo, no debes despreciarte a ti mismo por causa de ellos, hasta suponer que tu capacidad y tus dotes de palabra deban ser tenidas en poco. He descubierto en ti no pequeña memoria de las sagradas Escrituras; pero tu erudición es menor de lo que correspondía a tu talento y al trabajo que les dedicaste. Mi deseo, por tanto, es que no te vuelvas vanidoso atribuyéndote demasiado a ti mismo; ni, por otro lado, te vuelvas frío e indiferente por postración o desesperanza. Sólo desearía poder leer tus escritos en tu compañía, y señalar las enmiendas necesarias en conversación más bien que por escrito. Este es un asunto que podría realizarse más fácilmente mediante comunicación oral entre nosotros que por cartas. Si todo el tema hubiera de tratarse por escrito, requeriría muchos volúmenes. Sin embargo, a esos errores principales, que he querido resumir de manera comprehensiva en un número definido, llamo ahora tu atención, para que no pospongas su corrección, sino que los destierres por completo de tu predicación y de tu creencia; de modo que la gran facultad que posees para la discusión, por la gracia de Dios, sea empleada por ti útilmente para edificación, no para dañar y destruir la doctrina sana y saludable.

    Capítulo 22 [XV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 22, sumario
    Recapitulación sumaria de los errores de Víctor.

    III, 22

    Cuáles son estos errores particulares, ya lo he explicado lo mejor que he podido. Pero los repasaré de nuevo con una breve recapitulación. Uno es, «Que Dios no hizo el alma de la nada, sino de su propia sustancia.» El segundo es, que «así como Dios, que da, existe Él mismo siempre, así está Él siempre dando almas a través del tiempo infinito.» El tercero es, que «el alma perdió algún mérito por la carne, el cual había tenido antes de la carne.» El cuarto es, que «el alma por medio de la carne recobra su condición antigua, y nace de nuevo por medio de la misma carne por la cual había merecido ser contaminada.» El quinto es, que «el alma mereció ser pecaminosa, antes de todo pecado.» El sexto es, que «los infantes que son sorprendidos por la muerte antes de ser bautizados, pueden aún alcanzar el perdón de sus pecados originales.» El séptimo es, que «aquéllos a quienes el Señor ha predestinado para ser bautizados pueden ser arrebatados de su predestinación, o morir antes de que se haya realizado en ellos lo que el Todopoderoso ha predestinado.» El octavo es, que «es de los infantes que son sorprendidos por la muerte, antes de nacer de nuevo en Cristo, que dice la Escritura: 'Fue arrebatado pronto, para que la malicia no alterara su entendimiento',» con el resto del pasaje del mismo efecto en el Libro de la Sabiduría. El noveno es, que «hay fuera del reino de Dios algunas de aquellas moradas que el Señor dijo estaban en la casa de su Padre.» El décimo es, que «el sacrificio de los cristianos debe ofrecerse en favor de aquéllos que han salido del cuerpo sin ser bautizados.» El undécimo es, que «algunas de aquellas personas que han partido de esta vida sin el bautismo de Cristo no van entretanto al reino, sino al paraíso; pero después, en la resurrección de los muertos, alcanzan incluso la bienaventuranza del reino de los cielos.»

    Capítulo 23

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · III, 23, sumario
    La obstinación hace al hereje.

    III, 23

    Pues bien, en cuanto a estas once proposiciones, son extremada y manifiestamente perversas y opuestas a la fe católica; de modo que no debes dudar más en arrancarlas de raíz y desecharlas de tu mente, de tus palabras y de tu pluma, si deseas que nos alegremos no sólo de que hayas venido a nuestros altares católicos, sino de que seas real y verdaderamente católico. Porque si estos dogmas tuyos se mantienen cada uno con pertinacia, pueden engendrar posiblemente tantas herejías como opiniones contienen. Por lo cual considera, te lo ruego, cuán horrible es que estén todos concentrados en una sola persona, cuando, si fueran sostenidos por separado por varias personas, cada uno de ellos sería condenable en cada uno de sus sostenedores. Si, sin embargo, tú en tu propia persona dejaras de luchar contenciosamente en su defensa, más aún, volvieras tus armas contra ellos con palabras y escritos fieles, adquirirías más alabanza como censor de ti mismo que si dirigieras cualquier cantidad de crítica justa contra cualquier otra persona; y tu enmienda de tus propios errores te traería más admiración que si nunca los hubieras albergado. Que el Señor esté presente en tu corazón y en tu mente, y por su Espíritu infunda en tu alma tal prontitud en la humildad, tal luz de verdad, tal dulzura de amor y tal piedad pacífica, que prefieras ser vencedor de tu propio espíritu en la verdad, antes que de cualquier otro que la contradiga con sus errores. Pero de ninguna manera quiero que pienses que por sostener estas opiniones te has apartado de la fe católica, aunque son indudablemente opuestas a la fe católica; si es que eres capaz, en presencia de aquel Dios cuyo ojo escudriña infaliblemente el corazón de cada hombre, de mirar atrás a tus propias palabras como expresadas verdadera y sinceramente, cuando dijiste que no confiabas demasiado en ti mismo en cuanto a las opiniones que habías expuesto, que todas eran susceptibles de prueba; y que tu propósito constante no era persistir en tus propios sentimientos, si se demostraba que eran improbables; ya que era un verdadero placer para ti, cuando algún juicio tuyo era condenado, adoptar y seguir pensamientos mejores y más verdaderos. Ahora bien, un tal temperamento como éste, incluso en relación con lo que puede haberse dicho de forma no católica por ignorancia, es en sí mismo católico por el mismo propósito y prontitud de enmienda que premedita. Con esta observación, debo terminar ahora este volumen, donde el lector puede descansar un poco, listo para renovar su atención a lo que sigue, cuando comience mi próximo libro.

    Libro IV

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, argumento
    Dirigido a Vicencio Víctor.
    Primero muestra que su vacilación sobre el tema del origen de las almas fue indebidamente censurada, y que fue injustamente comparado con el ganado, porque se había abstenido de sacar conclusiones precipitadas sobre el asunto. Luego, de nuevo, con respecto a su propia afirmación inequívoca de que el alma era espíritu, no cuerpo, señala cuán temerariamente Víctor desaprobó esta aserción, especialmente cuando vanamente expendía sus esfuerzos para probar que el alma era corpórea en su propia naturaleza, y que el espíritu en el hombre era distinto del alma misma.

    Capítulo 1 [I.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 1, sumario
    El carácter personal de este libro.

    IV, 1

    Debo ahora, en la continuación de mi tratado, pedirte que oigas lo que deseo decirte acerca de mí mismo— como mejor pueda; o más bien como Él me lo permita, en cuya mano estamos tanto nosotros como nuestras palabras. Pues tú me censuraste en dos ocasiones distintas, llegando incluso a mencionar mi nombre. Al comienzo de tu libro hablaste de ti mismo como perfectamente consciente de tu propia falta de habilidad, y como desprovisto del apoyo de la erudición; y, cuando me mencionaste, me otorgaste las frases elogiosas de «muy docto» y «muy hábil.» Pero, sin embargo, todo el tiempo, en aquellos temas en los que te parecía a ti mismo estar perfectamente familiarizado con lo que yo confieso ignorar, o de lo que presumo con no indecorosa libertad tener algún conocimiento, tú— joven como eres, y también laico— no dudaste en censurarme a mí, un anciano y obispo, y además una persona a la que en tu propio juicio habías declarado muy docta y muy hábil. Bien, por mi parte, nada sé de mi gran erudición y habilidad; más aún, estoy muy seguro de que no poseo tales cualidades eminentes; además, no tengo duda de que está completamente dentro del ámbito de lo posible que le toque en suerte a un hombre no hábil y no docto saber ocasionalmente lo que una persona docta y hábil ignora; y en esto te alabo claramente, porque has preferido al mero afecto personal el amor a la verdad— pues si no has entendido la verdad, al menos la has considerado tal. Esto lo has hecho sin duda con temeridad, porque pensabas que sabías lo que realmente ignorabas; y sin restricción, porque, no teniendo respeto de personas, elegiste publicar abiertamente todo lo que estaba en tu mente. Debes, por tanto, comprender cuánto mayor debe ser nuestro cuidado para apartar a las ovejas del Señor de sus errores; ya que evidentemente es incorrecto que incluso las ovejas oculten a los pastores las faltas que hayan descubierto en ellos. ¡Ojalá me censuraras en cosas que son ciertamente dignas de justa reprensión! Pues no debo negar que tanto en mi conducta como en mis escritos hay muchos puntos que pueden ser censurados por un juez sano sin temeridad. Ahora bien, si seleccionaras alguno de éstos para tu censura, podría por medio de ellos mostrarte cómo me gustaría que te comportaras en aquellas particularidades que condenaste juiciosa y justamente; además, tendría (como un mayor a un menor, y como uno en autoridad a aquel que ha de obedecer) la oportunidad de darte ejemplo bajo corrección que no sería más humilde por mi parte que saludable para ambos. Sin embargo, con respecto a los puntos en los que realmente me has censurado, no son tales que la humildad me obligue a corregir, sino tales que la verdad me obliga en parte a reconocer y en parte a defender.

    Capítulo 2 [II.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 2, sumario
    Los puntos que Víctor consideró censurables en Agustín.

    IV, 2

    Y son éstos: El primero, que no me atreví a hacer una afirmación definida tocante al origen de aquellas almas que han sido dadas, o están siendo dadas, a los seres humanos, desde el primer hombre— porque confieso mi ignorancia del asunto; el segundo, porque dije que estaba seguro de que el alma era espíritu, no cuerpo. Bajo este segundo punto, sin embargo, has incluido dos motivos de censura: uno, porque me negué a creer que el alma fuera corpórea; el otro, porque afirmé que era espíritu. Pues a ti el alma te parece ser cuerpo y no ser espíritu. Debo, por tanto, pedir tu atención a mi propia defensa contra tu censura, y pedirte que abraces la oportunidad que mi autodefensa te ofrece de aprender qué puntos hay en ti mismo que también requieren tu enmienda. Recuerda, entonces, las palabras de tu libro en las que primero mencionaste mi nombre. «Conozco,» dices, «a muchos hombres de muy gran reputación que, al ser consultados, han guardado silencio, o nada han admitido claramente, sino que han retirado de sus discusiones todo lo definido cuando comienzan su exposición. De tal carácter son los contenidos de diversos escritos que he leído en tu casa de un hombre muy docto y renombrado obispo, llamado Agustín. La verdad es, supongo, que con una modestia y timidez excesivas han investigado los misterios de este asunto, y han consumido dentro de sí mismos el juicio de sus propios tratados, y se han declarado incapaces de determinar algo sobre este punto. Pero te aseguro que me parece excesivamente absurdo e irrazonable que un hombre sea un extraño para sí mismo; o que una persona que se supone ha adquirido el conocimiento de todas las cosas, se considere a sí misma desconocida para su propio ser. Pues ¿qué diferencia hay entre un hombre y una bestia bruta, si no sabe discutir y determinar su propia cualidad y naturaleza? De modo que justamente puede aplicársele la afirmación de la Escritura: 'El hombre, aunque estaba en honor, no entendió; es como el ganado, y se le compara con ellos.' Pues cuando el Dios bueno y misericordioso creó todas las cosas con razón y sabiduría, y produjo al hombre como animal racional, capaz de entendimiento, dotado de razón y vivaz con sensación— porque por su prudente disposición asigna su lugar a todas las criaturas que no participan de la facultad de la razón—, ¿qué idea más incongruente podría sugerirse, que la de que Dios le haya negado el simple conocimiento de sí mismo? La sabiduría de este mundo, ciertamente, se esfuerza siempre con mucho empeño por alcanzar el conocimiento de la verdad; sus investigaciones, sin duda, se quedan cortas respecto al objetivo, por su incapacidad de saber por medio de qué agencia se permite que la verdad sea averiguada; pero sin embargo hay algunas cosas sobre la naturaleza del alma, cercanas (incluso diría, afines) a la verdad que ha intentado discernir. En estas circunstancias, ¡cuán inconveniente y aun vergonzoso es que cualquier hombre de principios religiosos no tenga opiniones inteligentes sobre este mismo asunto, o se prohíba a sí mismo adquirirlas!»

    Capítulo 3

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 3, sumario
    ¿Cuánto sabemos de la naturaleza del cuerpo?

    IV, 3

    Pues bien, esta castigación extremadamente lúcida y elocuente que has infligido a nuestra ignorancia te coloca bajo la estricta necesidad de conocer todo lo posible que pertenece a la naturaleza del hombre, de modo que, si por desgracia ignoras algo particular, debes (y recuerda que no soy yo, sino tú, quien ha creado la necesidad) ser comparado con «el ganado». Porque, aunque pareces dirigir tu censura especialmente contra nosotros al citar el pasaje «El hombre, estando en honor, no entendió», en tanto que nosotros (a diferencia de ti) ocupamos un lugar honorable en la Iglesia, también tú ocupas un rango demasiado honorable en la naturaleza como para no ser preferido sobre el ganado, con el cual, según tu propio juicio, habrás de ser comparado si acaso ignoras alguno de los puntos que manifiestamente pertenecen a tu naturaleza. Pues no has salpicado meramente con tu censura a quienes padecen la misma ignorancia que yo mismo estoy soportando, es decir, acerca del origen del alma humana (aunque no soy, ciertamente, absolutamente ignorante ni siquiera en este punto, pues sé que Dios sopló en el rostro del primer hombre, y que «el hombre llegó a ser alma viviente,» [] — verdad, sin embargo, que jamás habría podido conocer por mí mismo si no la hubiera leído en la Escritura); sino que preguntaste con estas mismas palabras: «¿Qué diferencia hay entre un hombre y una bestia bruta, si no sabe discutir y determinar su propia cualidad y naturaleza?» Y pareces haber abrigado tu opinión tan distintamente como para haber pensado que un hombre debería ser capaz de discutir y determinar los hechos de toda su propia cualidad y naturaleza con tanta claridad, que nada acerca de sí mismo debiera escapar a su observación. Ahora bien, si esto es realmente la verdad del asunto, debo ahora compararte con «el ganado» si no puedes decirme el número preciso de los cabellos de tu cabeza. Pero si, por mucho que avancemos en esta vida, nos permites ignorar diversos hechos pertenecientes a nuestra naturaleza, quiero entonces saber hasta dónde se extiende tu concesión, no sea que acaso incluya el punto mismo que ahora tratamos: que de ningún modo conocemos el origen de nuestra alma; aunque sabemos — cosa que pertenece a la fe — más allá de toda duda, que el alma es un don de Dios al hombre, y que no es, sin embargo, de la misma naturaleza que Dios mismo. ¿Piensas, además, que la ignorancia de cada persona sobre su propia naturaleza debe estar exactamente al mismo nivel que tu ignorancia de ella? ¿Debe también el conocimiento de cada uno sobre el tema ser igual a lo que tú has podido alcanzar? De modo que si alguien es tan desafortunado como para poseer una cantidad de ignorancia ligeramente mayor que la tuya, debes compararlo con el ganado; y por el mismo principio, si alguien es un poco más sabio que tú en este asunto, tendrá el placer de compararte con igual justicia al susodicho ganado. Debo, por tanto, pedirte que me digas hasta qué punto nos permites ignorar nuestra naturaleza para salvar nuestra distancia del formidable ganado; y te ruego además que reflexiones debidamente si no está más alejado del ganado quien conoce su ignorancia de cualquier parte del tema, que quien piensa que sabe lo que de hecho no sabe. La naturaleza entera del hombre es ciertamente espíritu, alma y cuerpo; por lo tanto, quienquiera que quiera alienar el cuerpo de la naturaleza del hombre, es insensato. Sin embargo, esos médicos llamados anatomistas han investigado con minucioso escrutinio, mediante procesos de disección, incluso a hombres vivos, en cuanto los hombres han podido retener alguna vida en manos de los examinadores; sus investigaciones han penetrado miembros, venas, nervios, huesos, médula, las vísceras internas; y todo para descubrir la naturaleza del cuerpo. Pero ninguno de estos hombres ha pensado jamás en compararnos con el ganado a causa de nuestra ignorancia de su materia. Mas quizá dirás que son quienes ignoran la naturaleza del alma, no la del cuerpo, quienes han de ser comparados con las bestias brutas. Entonces no deberías haberte expresado desde el comienzo del modo en que lo has hecho. Tus palabras no son: «Pues ¿qué diferencia hay entre un hombre y el ganado, si ignora la naturaleza y cualidad del alma?», sino que dices: «si no sabe cómo discutir y determinar su propia naturaleza y cualidad.» Por supuesto, nuestra cualidad y nuestra naturaleza deben ser consideradas juntamente con el cuerpo, pero al mismo tiempo la investigación de los varios elementos de que estamos compuestos se realiza en cada caso por separado. Por mi parte, ciertamente, si quisiera mostrar hasta qué punto estaba en mi poder tratar científica e inteligentemente el campo entero de la naturaleza del hombre, tendría que llenar muchos volúmenes; por no mencionar cuántos temas hay que debo confesar que ignoro.

    Capítulo 4 [III.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 4, sumario
    ¿Es la cuestión del soplo algo que concierne al alma, al cuerpo o a qué?

    IV, 4

    Pero, según tu juicio, ¿a qué pertenece eso que discutimos en nuestro libro anterior acerca del soplo del hombre?— ¿a la naturaleza del alma, puesto que es el alma la que lo produce en el hombre; o a la del cuerpo, ya que el cuerpo es movido por el alma para producirlo; o a la de este aire, por cuya alternancia de acción se descubre que lo produce; o más bien a las tres, es decir, al alma como la que mueve el cuerpo, y al cuerpo que con su movimiento recibe y emite el soplo, y también al aire circundante que al entrar lo eleva y al salir lo deprime? Y sin embargo, evidentemente ignorabas todo esto, docto y elocuente como eres, cuando supusiste, dijiste, escribiste y leíste en presencia de la multitud reunida para oír tu opinión, que de nuestra propia naturaleza hinchábamos un odre, y que no teníamos en absoluto disminución de nuestra naturaleza por la operación; aunque pudiste averiguar con la mayor facilidad cómo realizamos el proceso, no mediante un tedioso examen de las páginas de escritos humanos o inspirados, sino con una simple investigación de tu propia acción física, siempre que te placiera. Siendo esto así, ¿cómo puedo confiar en que me enseñes acerca del origen de las almas — tema que confieso ignorar — tú, que de hecho ignoras lo que estás haciendo sin interrupción con tu nariz y tu boca, y por qué lo estás haciendo? Que el Señor haga que seas aconsejado por mí, y que aceptes antes que resistas una verdad tan manifiesta y tan a tu alcance. Que tampoco interrogues a tus pulmones acerca de la inflación del odre con tal talante que prefieras inflarlos en oposición a mí, antes que aquietarte en su enseñanza, cuando respondan a tu pregunta con entera verdad — no por habla y altercado, sino por aliento y respiración. Entonces podría soportarte con paciencia mientras corriges y reprochas mi ignorancia del origen de las almas; más aún, podría incluso agradecértelo calurosamente, si, además de infligirme reprensión, me convencieras con la verdad. Pues si pudieras enseñarme la verdad que ignoro, mi deber sería soportar con toda paciencia cuantos golpes pudieras asestarme, no sólo de palabra, sino incluso con la mano.

    Capítulo 5 [IV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 5, sumario
    Sólo Dios puede enseñar de dónde vienen las almas.

    IV, 5

    Ahora bien, respecto de la cuestión entre nosotros, confieso a tu caridad que deseo ardientemente saber, si puedo, una de dos cosas: ya sea acerca del origen de las almas, que ignoro, ya sea si este conocimiento está a nuestro alcance mientras estamos en la vida presente. Pues ¿qué si nuestra controversia toca los puntos mismos acerca de los cuales se nos ordena: «No busques lo que es demasiado alto para ti, ni escudriñes lo que está por encima de tus fuerzas; mas todo lo que el Señor te ha mandado y enseñado, medítalo para siempre» []? Esto, pues, es lo que deseo saber, ya sea de Dios mismo, que sabe lo que crea, o incluso de algún hombre competentemente docto que sepa lo que dice, no de una persona que ignora el aliento que exhala. No todos recuerdan su propia infancia; ¿y supones que un hombre puede, sin instrucción divina, saber de dónde comenzó a existir en el vientre de su madre — especialmente si el conocimiento de la naturaleza humana lo ha eludido tan por completo que lo deja ignorante, no sólo de lo que está dentro de él, sino también de aquello que se añade a su naturaleza desde fuera? ¿Podrás tú, hermano queridísimo, enseñarme a mí o a cualquier otro de dónde los seres humanos al nacer reciben el alma, cuando todavía no sabes cómo es que su vida se sostiene de tal modo por el alimento, que ciertamente mueren si se les retira el alimento por un tiempo? ¿O podrás enseñarme a mí o a cualquier otro de dónde obtienen los hombres sus almas, cuando todavía ignoras de hecho de dónde los odres, al ser hinchados, obtienen su llenado? Mi único deseo, ya que ignoras de dónde tienen su origen las almas, es que yo, por mi parte, sepa si tal conocimiento me es asequible en esta vida presente. Si esto es una de las cosas que son demasiado altas para nosotros, y que se nos prohíbe buscar o escudriñar, entonces tenemos buenas razones para temer que pequemos, no por nuestra ignorancia de ella, sino por nuestra búsqueda de ella. Pues no debemos suponer que un asunto, para caer bajo la categoría de las cosas que son demasiado altas para nosotros, deba pertenecer a la naturaleza de Dios, y no a la nuestra propia.

    Capítulo 6 [V.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 6, sumario
    Las cuestiones sobre la naturaleza del cuerpo son suficientemente misteriosas, y sin embargo no son más altas que las del alma.

    IV, 6

    ¿Qué dices a la afirmación de que entre las obras de Dios hay algunas que es más difícil conocer que incluso a Dios mismo — en la medida, ciertamente, en que Él puede ser en absoluto objeto de conocimiento para nosotros? Pues hemos aprendido que Dios es Trinidad; pero hasta el día de hoy no sabemos cuántos géneros de animales, ni siquiera de los terrestres que pudieron entrar en el arca de Noé, [] ha creado Él — a menos que por alguna feliz casualidad hayas averiguado este hecho. Además, en el Libro de la Sabiduría está escrito: «Porque si tanto pudieron saber, que fueron capaces de conocer y estimar el mundo, ¿cómo no hallaron más fácilmente al Señor de él?» [] ¿Acaso porque el asunto que nos ocupa está dentro de nosotros no es por ello demasiado alto para nosotros? Pues ha de concederse que la naturaleza de nuestra alma es cosa más interior que nuestro cuerpo. Como si el alma no hubiera podido explorar mejor el cuerpo mismo externamente por los ojos de ese cuerpo que internamente por sus propios medios. Pues ¿qué hay en las partes internas del cuerpo donde el alma no esté? Pero aun con respecto a estas varias porciones interiores y vitales de nuestra estructura, el alma las ha examinado y escudriñado por los ojos corporales; y todo lo que ha logrado aprender de ellas lo ha adquirido por medio de los ojos del cuerpo; y, sin duda, toda la sustancia material estaba allí, aun cuando el alma no la conocía. Puesto que también nuestras partes internas son incapaces de vivir sin el alma, se sigue que el alma ha sido más capaz de darles vida que de conocerlas. Pues bien, ¿es el cuerpo del alma un objeto más alto para su conocimiento que el alma misma? Y por tanto, si desea inquirir y considerar cuándo la semilla humana se convierte en sangre, cuándo en carne sólida; cuándo los huesos comienzan a endurecerse, y cuándo a llenarse de médula; cuántos géneros de venas y nervios hay; por qué canales y circuitos sirven aquéllas para la irrigación y éstos para la ligadura de todo el cuerpo; si la piel ha de contarse entre los nervios, y los dientes entre los huesos — pues muestran alguna diferencia, en cuanto que no tienen médula; y en qué respecto difieren las uñas de ambos, siendo semejantes a ellos en dureza, mientras poseen una cualidad común con el cabello, en ser capaces de crecer y ser cortadas; cuál es, además, el uso de aquellas venas en las que circula aire, en lugar de sangre, que llaman las arterias — si, repito, el alma deseara llegar a conocer estos y semejantes puntos respecto de la naturaleza de su cuerpo, ¿debería entonces decirse al hombre: «No busques lo que es demasiado alto para ti, ni escudriñes lo que está por encima de tus fuerzas?» Pero si la indagación se hace sobre el origen del alma misma, del cual nada sabe, ¿entonces el asunto, en verdad, no es demasiado alto ni está más allá de las fuerzas de uno para ser capaz de comprenderlo? Y tú juzgas cosa absurda, e incompatible con la razón, que el alma no sepa si es inspirada por Dios, o si es derivada de los padres, aunque no recuerda este suceso tan pronto como ha pasado, y lo cuenta entre las cosas que ha olvidado sin posible recuerdo — como la infancia, y todas las demás etapas de la vida que siguieron de cerca al nacimiento, aunque sin duda, cuando sucedieron, no carecieron de sensación. Pero tú no juzgas absurdo o irrazonable que ignore el cuerpo que le está sujeto, y que nada sepa en absoluto de incidentes que le conciernen que no están en la categoría de cosas pasadas, sino de hechos presentes — como si pone las venas en movimiento para producir vida en el cuerpo, pero los nervios para obrar por los miembros del cuerpo; y si es así, por qué no mueve los nervios sino a su voluntad especial, mientras afecta las pulsaciones de las venas sin intermisión, aun sin quererlo; de qué parte del cuerpo aquello que llaman el hegemonicon (τὸ ἡγεμονικόν), la parte rectora del alma, la razón, ejerce su gobierno universal, si desde el corazón o desde el cerebro, o por una distribución, los movimientos desde el corazón y las sensaciones desde el cerebro — o desde el cerebro, ambas, las sensaciones y los movimientos voluntarios, pero desde el corazón, las pulsaciones involuntarias de las venas; y una vez más, si hace ambas cosas desde el cerebro, ¿cómo es que tiene las sensaciones, aun sin quererlo, mientras no mueve los miembros sino cuando quiere? Siendo, pues, que sólo el alma misma hace todo esto en el cuerpo, ¿cómo es que no sabe lo que hace? ¿O de dónde su poder para hacerlo? Y no es deshonra para ella ser tan ignorante. ¿Supones, entonces, que es un descrédito si no sabe de dónde o cómo fue hecha ella misma, puesto que ciertamente no se hizo a sí misma? Pues bien, ninguno sabe cómo ni de dónde realiza el alma toda su acción en el cuerpo; ¿no piensas, por tanto, que también esto pertenece a aquellas cosas que se dice que son «demasiado altas para nosotros, y por encima de nuestras fuerzas»?

    Capítulo 7 [VI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 7, sumario
    A menudo necesitamos más enseñanza acerca de lo que nos es más íntimo que acerca de lo que está más lejos de nosotros.

    IV, 7

    Pero he de plantearte una cuestión mucho más amplia que surge de nuestro tema. ¿Por qué sólo muy pocos saben por qué todos los hombres hacen lo que hacen? Quizá me dirás: porque han aprendido el arte de la anatomía o de la experimentación, ambas comprendidas en la educación del médico, que pocos obtienen, mientras otros han rehusado adquirir esa información, aunque, por supuesto, podrían haberlo hecho si hubieran querido. Aquí, pues, nada digo del punto de por qué muchos intentan adquirir esta información y no pueden, porque se ven impedidos por un entendimiento lento (lo cual, sin embargo, es un hecho muy extraño) de aprender de otros lo que es hecho por sí mismos y en sí mismos. Pero ésta es una cuestión muy importante que ahora planteo: por qué no he de tener necesidad de arte para saber que hay un sol en los cielos, y una luna, y otras estrellas; pero he de tener la ayuda del arte para saber, al mover mi dedo, de dónde comienza el acto — del corazón, o del cerebro, o de ambos, o de ninguno: por qué no necesito un maestro para saber lo que es tanto más alto que yo; pero he de esperar aún a algún otro para aprender de dónde es hecho por mí aquello que se hace dentro de mí. Pues aunque se dice que pensamos en nuestro corazón, y aunque sabemos cuáles son nuestros pensamientos sin que lo sepa ninguna otra persona, no sabemos, sin embargo, en qué parte del cuerpo tenemos el corazón mismo, donde realizamos nuestro pensamiento, a menos que nos lo enseñe alguna otra persona, la cual, a su vez, ignora lo que pensamos. No ignoro que cuando oímos que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón, esto no se dice de aquella porción de nuestra carne que yace bajo nuestras costillas, sino de aquella potencia que origina nuestros pensamientos. Y ésta es propiamente designada con este nombre, porque, así como el movimiento no cesa en el corazón, desde donde la pulsación de las venas se irradia en todas direcciones, así en el proceso del pensamiento no descansamos en el acto mismo y nos abstenemos de seguir ponderando. Pero aunque toda sensación es comunicada incluso al cuerpo por el alma, ¿cómo es que podemos contar nuestros miembros externos, aun en la oscuridad y con los ojos cerrados, mediante el sentido corporal que se llama «tacto», pero nada sabemos de nuestras funciones internas en la región central misma del alma, donde está presente aquella potencia que imparte vida y animación a todo lo demás — misterio éste del que, según entiendo, ningún médico de clase alguna, ya sean empíricos, anatomistas, dogmáticos, metodistas, ni hombre vivo alguno, tiene conocimiento alguno?

    Capítulo 8

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 8, sumario
    No tenemos memoria de nuestra creación.

    IV, 8

    Y a cualquiera que haya intentado sondear tal conocimiento no sin razón podrían habérsele dirigido las palabras que antes citamos, «No busques lo que es demasiado difícil para ti, ni investigues lo que está por encima de tus fuerzas.» Ahora bien, no se trata de una mera altura, como la que excede nuestra estatura, sino de una elevación que nuestra inteligencia no puede alcanzar, y de una fuerza que nuestro poder mental no puede afrontar. Y sin embargo, no es ni el cielo de los cielos, ni la medida de las estrellas, ni la extensión del mar y de la tierra, ni el infierno más profundo; somos nosotros mismos a quienes somos incapaces de comprender; somos nosotros mismos, quienes, en nuestra demasiado grande altura y fuerza, transcendemos los humildes límites de nuestro propio conocimiento; somos nosotros mismos, a quienes somos incapaces de abarcar, aunque ciertamente no estamos fuera de nosotros. Pero no hemos de ser comparados con el ganado simplemente porque no descubramos perfectamente lo que nosotros mismos somos; y, sin embargo, tú piensas que merecemos la humillante comparación si hemos olvidado lo que fuimos, aunque una vez lo supimos. Mi alma no está siendo derivada ahora de mis padres, ni está recibiendo ahora la insuflación de Dios. Cualquiera de estos dos procesos que Él usó, lo usó cuando me creó; no lo está usando en este momento conmigo, ni dentro de mí. Es cosa pasada y concluida; no es algo presente, ni reciente para mí. Ni siquiera sé si fui consciente de ello y luego lo olvidé; o si fui incapaz, aun en el momento en que se hizo, de sentirlo y conocerlo.

    Capítulo 9 [VII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 9, sumario
    Nuestra ignorancia de nosotros mismos ilustrada por la notable memoria de un tal Simplicio.

    IV, 9

    Observa ahora, mientras somos, mientras vivimos, mientras sabemos que vivimos, mientras estamos seguros de que poseemos memoria, entendimiento y voluntad; nosotros, que nos jactamos de tener un gran conocimiento de nuestra propia naturaleza — observa, digo, cuán enteramente ignoramos de qué nos sirve nuestra memoria, o nuestro entendimiento, o nuestra voluntad. Cierto hombre que desde su juventud ha sido amigo mío, llamado Simplicio, es persona de memoria exacta y asombrosa. Una vez le pedí que me dijera cuáles eran los penúltimos versos de todos los libros de Virgilio; al instante respondió a mi pregunta sin la menor vacilación y con perfecta exactitud. Luego le pedí que repitiera los versos precedentes; lo hizo. Y realmente creo que habría podido repetir a Virgilio verso tras verso hacia atrás. Pues dondequiera que yo quería, ponía a prueba si podía hacerlo, y lo hacía. Igualmente en prosa, de cualquiera de las oraciones de Cicerón que había aprendido de memoria, realizaba una hazaña semejante a petición nuestra, recitando hacia atrás hasta donde queríamos. Al expresar nosotros nuestro asombro, puso a Dios por testigo de que no tenía idea alguna de esta capacidad suya antes de aquella prueba. Así pues, en lo que concierne a la memoria, su mente sólo entonces aprendió su propio poder; y tal descubrimiento no habría sido posible en ningún momento sino por prueba y experimento. Además, era por supuesto el mismo hombre antes de probar sus poderes; ¿cómo era, pues, que se ignoraba a sí mismo?

    Capítulo 10

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 10, sumario
    La fidelidad de la memoria; el tesoro insondable de la memoria; los poderes del entendimiento del hombre suficientemente comprendidos por nadie.

    IV, 10

    A menudo suponemos que retendremos una cosa en la memoria; y pensando así, no la escribimos. Pero después, cuando queremos recordarla, se niega a venir a la mente; y entonces lamentamos haber pensado que volvería a la memoria, o no haberla asegurado por escrito para impedir que se escapara; y he aquí que, de repente, sin buscarla, se nos ocurre. ¿Se sigue entonces que no éramos nosotros mismos cuando pensábamos esto? ¿Y que dejamos de ser la misma cosa que éramos, cuando ya no somos capaces de pensarlo? Ahora bien, ¿cómo sucede que no sé de qué modo somos abstraídos de nosotros mismos, y negados a nosotros mismos; y de igual manera ignoro cómo somos restaurados y devueltos a nosotros mismos? Como si fuéramos otras personas, y estuviéramos en otra parte, cuando buscamos, pero no hallamos, lo que depositamos en nuestra memoria; y somos incapaces de volver a nosotros mismos, como si estuviéramos situados en algún otro lugar; pero después volvemos de nuevo, al encontrarnos a nosotros mismos. Pues ¿dónde hacemos nuestra búsqueda, sino en nosotros mismos? ¿Y qué es lo que buscamos, sino a nosotros mismos? Como si no estuviéramos realmente en casa en nuestras personas, sino que nos hubiéramos ido a alguna parte. ¿No observas, aun con alarma, un misterio tan profundo? ¿Y qué es todo esto sino nuestra propia naturaleza — no lo que ha sido, sino tal como ahora es? Y observa cuánto más buscamos de lo que comprendemos. A menudo he creído que podía entender una cuestión que se me había sometido, si le dedicara pensamiento. Bien, he dedicado el pensamiento, pero no he podido resolver la cuestión; y muchas veces no lo he creído así, y sin embargo he podido determinar el punto. Los poderes, pues, de mi propio entendimiento no me han sido realmente conocidos; ni, según entiendo, te lo han sido a ti tampoco.

    Capítulo 11

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 11, sumario
    El apóstol Pedro no mintió cuando dijo estar dispuesto a dar su vida por el Señor, sino que sólo ignoraba su voluntad.

    IV, 11

    Pero acaso me desprecias por confesar todo esto, y en consecuencia me compararás con «el ganado.» Por mi parte, sin embargo, no cesaré de aconsejarte, o (si te niegas a escucharme) al menos de advertirte, que reconozcas más bien esta común debilidad, en la cual la virtud se perfecciona; no sea que, suponiendo conocidas las cosas desconocidas, dejes de alcanzar la verdad. Pues supongo que hay algo que incluso tú deseas entender, pero no puedes; lo cual nunca buscarías entender, a menos que esperaras algún día tener éxito en tu investigación. Así también tú ignoras los poderes de tu propio entendimiento, tú que profesas saber todo acerca de tu propia naturaleza, y te niegas a seguirme en mi confesión de ignorancia. Bien, está también la voluntad; ¿qué he de decir acerca de ella, donde ciertamente el libre albedrío es ostentosamente reivindicado por nosotros? El bienaventurado apóstol Pedro, en verdad, estaba dispuesto a dar su vida por el Señor. Sin duda era sincero en su disposición; ni fue traidor al Señor cuando hizo la promesa. Pero su voluntad ignoraba por entero sus propios poderes. Por tanto, el gran apóstol, que había descubierto que su Maestro era el Hijo de Dios, se desconocía a sí mismo. Así, sabemos bastante bien respecto de nosotros mismos que queremos una cosa, o que «no la queremos»; pero aunque nuestra voluntad sea buena, ignoramos, hijo mío querido, a menos que nos engañemos a nosotros mismos, su fuerza, sus recursos, a qué tentaciones puede ceder, o a qué puede resistir.

    Capítulo 12 [VIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 12, sumario
    El apóstol Pablo pudo conocer el tercer cielo y el paraíso, pero no si estaba en el cuerpo o no.

    IV, 12

    Mira, pues, cuántos hechos de nuestra naturaleza, no del pasado sino del tiempo presente, y no pertenecientes sólo al cuerpo, sino también a nuestro hombre interior, ignoramos, sin merecer ser comparados con las bestias brutas. Y sin embargo, ésta es la oprobiosa comparación de la que me has considerado digno, porque no tengo completo conocimiento del origen pasado de mi alma — aunque no soy del todo ignorante de él, en cuanto sé que me fue dada por Dios, y sin embargo que no es de Dios. Pero ¿cuándo podré enumerar todas las particularidades relativas a la naturaleza de nuestro espíritu y de nuestra alma que ignoramos? Cuando más bien deberíamos proferir ante Dios aquella exclamación que profirió el Salmista: «Tu conocimiento es demasiado maravilloso para mí; es muy difícil, no puedo alcanzarlo.» Ahora bien, ¿por qué añadió las palabras para mí, sino porque conjeturaba cuán incomprensible era el conocimiento de Dios para sí mismo, en cuanto era incapaz de comprender aun su propio ser? El apóstol fue arrebatado al tercer cielo, y oyó palabras inefables, que no es lícito al hombre pronunciar; y si esto le había sucedido en el cuerpo o fuera del cuerpo, declara ser incapaz de decirlo; [] pero sin embargo no teme toparse de tu parte con la comparación con el ganado. Su espíritu sabía que estaba en el tercer cielo, en el paraíso; pero no sabía si estaba en el cuerpo. El tercer cielo, por supuesto, y el paraíso no eran el mismo apóstol Pablo; pero su cuerpo y su alma y su espíritu eran él mismo. He aquí, pues, el hecho curioso: conocía las grandes cosas — elevadas y divinas — que no eran él mismo; pero aquello que pertenecía a su propia naturaleza lo ignoraba. ¿Quién, en el vasto conocimiento de tales cosas ocultas, puede dejar de asombrarse de su gran ignorancia de su propia existencia? ¿Quién, en fin, creería posible, si uno que no yerra no nos lo hubiera dicho, que «no sabemos qué hemos de pedir como conviene»? [] ¿Dónde, pues, deben dirigirse principalmente nuestra inclinación y nuestro propósito — a «extendernos hacia lo que está delante»? Y sin embargo me comparas con el ganado, si entre las cosas que están detrás he olvidado algo concerniente a mi propio origen — aunque oyes al mismo apóstol decir: «Olvidando lo que queda atrás, y extendiéndome hacia lo que está delante, prosigo hacia la meta, hacia el premio de la soberana vocación de Dios en Cristo Jesús.» []

    Capítulo 13 [IX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 13, sumario
    En qué sentido se dice que el Espíritu Santo intercede por nosotros.

    IV, 13

    ¿Acaso piensas también que soy ridículo y semejante a las bestias irracionales, porque dije: «No sabemos qué hemos de pedir como conviene»? Quizá esto no sea del todo tan intolerable. Pues como, en los dictados de un juicio sano y recto, preferimos nuestro futuro a nuestro pasado; y como nuestra oración ha de referirse no a lo que hemos sido, sino a lo que seremos, es por supuesto mucho más perjudicial no saber qué hemos de pedir, que ignorar la manera de nuestro origen. Pero recuerda de quién son las palabras que repetí, o léelas de nuevo por ti mismo, y reflexiona de dónde provienen; y no me apedrees con tus reproches, no sea que la piedra que arrojas caiga sobre una cabeza que no quisieras. Pues es el gran maestro de los gentiles, el propio apóstol Pablo, quien dijo: «Porque no sabemos qué hemos de pedir como conviene.» [] Y no sólo enseñó esta lección de palabra, sino que también la ilustró con su ejemplo. Pues, contra su propia ventaja y la promoción de su propia salvación, una vez en su ignorancia pidió que «el aguijón en la carne se apartara de él», el cual dijo que le había sido dado «para que no se exaltara desmedidamente por la abundancia de las revelaciones que le fueron dadas.» [] Pero el Señor lo amaba, y por eso no hizo lo que le había pedido que hiciera. No obstante, cuando el apóstol dijo: «No sabemos qué hemos de pedir como conviene», añadió inmediatamente: «Pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles. Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la mente del Espíritu, porque intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios» [] — es decir, hace que los santos ofrezcan intercesiones. Él, por supuesto, es aquel Espíritu «a quien Dios ha enviado a nuestros corazones, que clama: Abba, Padre;» [] y «por quien clamamos: Abba, Padre;» [] pues ambas expresiones son usadas por el apóstol — tanto que hemos recibido el Espíritu que clama: Abba, Padre; como también que es por Él por quien clamamos: Abba, Padre. Su objeto es explicar mediante estas variadas afirmaciones en qué sentido usó la palabra «clamando:» quiso decir haciendo clamar; de modo que somos nosotros quienes clamamos a instancia e impulso suyos. Que Él, pues, me enseñe también esto, siempre que le plazca, si sabe que me es conveniente, a saber, de dónde derivo mi origen en cuanto a mi alma. Pero que me enseñe aquel Espíritu que escudriña las cosas profundas de Dios; no un hombre que nada sabe del soplo que hincha un odre. Sin embargo, lejos esté de mí compararte con las bestias a causa de este fragmento de ignorancia; porque no surgió de incurable incapacidad, sino de pura inadvertencia.

    Capítulo 14 [X.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 14, sumario
    Es más excelente saber que la carne resucitará y vivirá para siempre, que aprender cuanto los hombres de ciencia han podido enseñarnos acerca de su naturaleza.

    IV, 14

    Pero aunque las cuestiones que surgen tocantes al origen de las almas son «más altas», sin duda, que la que trata de la fuente de donde viene el soplo que inhalamos y exhalamos, tú sin embargo crees que son «más altas» las cosas que has aprendido de las Sagradas Escrituras, de las cuales derivamos lo que aprendemos por fe; y tales como no son rastreables por mente humana alguna. Por supuesto, es mucho más excelente saber que la carne resucitará y vivirá para siempre, que cualquier cosa que los hombres de ciencia hayan podido descubrir en ella mediante cuidadoso examen, la cual el alma no percibe por sentido exterior alguno, aunque su presencia vivifica todas las cosas que ignora. Es también mucho mejor saber que el alma, que ha nacido de nuevo y ha sido renovada en Cristo, será bienaventurada para siempre, que descubrir todo lo que ignoramos tocante a su memoria, entendimiento y voluntad. Ahora bien, estos asuntos, que he designado como más excelentes y como mejores, de ningún modo podríamos descubrirlos, a menos que los creyéramos por el testimonio de las Escrituras inspiradas. Estas Escrituras acaso piensas creerlas tan cabalmente, que no dudas en sacar de ellas una teoría definida sobre el origen de las almas. Bien, pues, en primer lugar, si es como tú supones, nunca debiste haber atribuido a la naturaleza humana misma lo que el hombre conoce por discusión e indagación acerca de su propia naturaleza y cualidad, sino al don de Dios. Ahora bien, preguntaste: «¿En qué difiere un hombre del ganado, si ignora esto?» Pero ¿por qué necesitamos leer cosa alguna, para saber esto, si ya deberíamos saberlo por el hecho mismo de que somos diferentes del ganado? Pues así como tú no me lees nada con el propósito de enseñarme que estoy vivo (haciendo mi propia naturaleza imposible que ignore este hecho), así, si es un atributo de la naturaleza conocer esta otra materia, ¿por qué produces pasajes de la Escritura para que yo crea concerniente a este asunto? ¿Es acaso sólo quienes los leen los que difieren del ganado? ¿No somos creados de modo que seamos diferentes de los animales brutos, aun antes de que podamos adquirir el arte de leer? Dime, te ruego, cómo es que pones una pretensión tan alta para nuestra naturaleza, que por la mera circunstancia de diferir del ganado ya sabe discutir e indagar sobre el origen de las almas; mientras que al mismo tiempo la haces tan inexperta en este conocimiento, que es incapaz por dotación humana de conocerlo sin creer los testimonios divinos.

    Capítulo 15 [XI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 15, sumario
    No debemos ser sabios más allá de lo que está escrito.

    IV, 15

    Pero, además, de nuevo te equivocas en esta materia; pues los pasajes de la Escritura que elegiste producir para la solución de esta cuestión tuya no prueban el punto. Pues es otra cosa la que prueban, sin la cual no podemos verdaderamente llevar una vida piadosa, a saber, que tenemos en Dios al dador, creador y formador de nuestras almas. Pero cómo hace Él esto para ellas, si infundiéndolas como nuevas, o derivándolas de los padres, no nos lo dicen — excepto en el caso de aquella única alma que Él dio al primer hombre. Lee atentamente lo que he escrito a aquel siervo de Dios, nuestro hermano Renato; pues en cuanto se lo he señalado todo allí, no es necesario que repita aquí mis pruebas. Pero quisieras que yo siguiera tu ejemplo en la definición de la teoría, y así me precipitara en tales dificultades como aquellas con las que tú te has rodeado. Envuelto en ellas, has dicho muchas palabras fuertes contra la fe católica; si, empero, fiel y humildemente recapacitaras y consideraras, verías ciertamente cuánto te habría aprovechado si tan sólo hubieras sabido ser natural y consecuente en tu ignorancia; y cómo esta ventaja te está aún abierta, si aun ahora pudieras mantener tal propiedad. Ahora bien, ya que el entendimiento tanto te agrada en la naturaleza del hombre (pues, en verdad, si nuestra naturaleza careciera de él, no seríamos diferentes de las bestias brutas, en lo que se refiere a nuestras almas), entiende, te lo ruego, qué es lo que no entiendes, no sea que no entiendas nada; y no desprecies a hombre alguno que, para entender verdaderamente, entiende que no entiende lo que no entiende. Con respecto, empero, al pasaje del salmo inspirado, «El hombre, estando en honra, no entiende; es comparado con el ganado insensato, y es semejante a ellos;» lee y entiende estas palabras, para que más bien con espíritu humilde te guardes tú mismo del oprobio, que lo arrojes arrogantemente contra otra persona. El pasaje se aplica a quienes consideran como única vida digna de vivirse la que viven en la carne — sin esperanza alguna después de la muerte — igual que el «ganado»; no se refiere a quienes nunca niegan el conocimiento de lo que realmente saben, y siempre reconocen su ignorancia de lo que realmente no saben; quienes, de hecho, son conscientes de su debilidad, más bien que confiados en su fuerza.

    Capítulo 16

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 16, sumario
    La ignorancia es mejor que el error. La predestinación a la vida eterna y la predestinación a la muerte eterna.

    IV, 16

    No permitas, hijo mío, que la timidez senil desagrade a tu confianza juvenil. Por mi parte, ciertamente, si resultara incapaz, ya sea bajo la enseñanza de Dios o de algún instructor espiritual, de comprender el tema de nuestra presente investigación sobre el origen de las almas, estoy más dispuesto a reivindicar la justa voluntad de Dios, de que permanezcamos en la ignorancia sobre este punto, como sobre muchos otros, que a decir en mi temeridad lo que o bien es tan oscuro que no puedo ni hacerlo inteligible a los demás ni comprenderlo yo mismo; o ciertamente incluso ayudar a la causa de los herejes que se esfuerzan por persuadirnos de que las almas de los infantes están completamente libres de culpa, fundados, en verdad, en que tal culpa recaería sólo sobre Dios como su Autor, por haber obligado a almas inocentes (para cuya ayuda Él sabía de antemano que no estaba preparado ningún lavacro de regeneración) a hacerse pecadoras, asignándolas a carne pecadora sin provisión alguna de esa gracia del bautismo que habría de impedir que incurrieran en condenación eterna. Pues es indudable el hecho de que innumerables almas de infantes salen del cuerpo antes de ser bautizadas. ¡Dios me libre de andar buscando algún esfuerzo fútil para diluir este hecho severo y decir lo que tú mismo has dicho: «Que el alma mereció ser contaminada por la carne, y llegar a ser pecadora, aunque antes no tenía pecado, por razón del cual podría decirse rectamente que había incurrido en este merecimiento.» y de nuevo: «Que incluso sin el bautismo pueden ser remitidos los pecados originales.» y una vez más: «Que incluso el reino de los cielos se otorga al fin a los que no han sido bautizados.» Ahora bien, si no temiera proferir estas y semejantes acusaciones venenosas contra la fe, probablemente no temería proponer alguna teoría definida sobre este asunto. ¡Cuánto mejor es, pues, que no dispute ni afirme por separado acerca del alma lo que ignoro; sino que simplemente sostenga lo que veo que el apóstol nos ha enseñado con toda claridad: Que por causa de un solo hombre todos pasan a condenación los que nacen de Adán, a menos que nazcan de nuevo en Cristo, así como Él ha dispuesto que sean regenerados, antes de morir en el cuerpo, aquellos a quienes predestinó a la vida eterna, como el más misericordioso dispensador de la gracia; mientras que a aquellos a quienes ha predestinado a la muerte eterna, es también el justísimo retribuidor del castigo, no sólo a causa de los pecados que añaden por la indulgencia de su propia voluntad, sino también por su pecado original, incluso si, como en el caso de los infantes, nada añaden a ello. Esta es ahora mi opinión definida sobre esa cuestión, de modo que las cosas ocultas de Dios guarden su secreto, sin menoscabo de mi propia fe.

    Capítulo 17 [XII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 17, sumario
    Una doble cuestión a tratar acerca del alma; ¿es «cuerpo»? y ¿es «espíritu»? Qué es el cuerpo.

    IV, 17

    Y ahora, en cuanto el Señor se digne capacitarme, debo responder también a esa alegación tuya en la que, hablando del alma, mencionas de nuevo mi nombre y dices, «Nosotros no permitimos, como profesa el muy capaz y docto obispo Agustín, que sea incorpórea y también un espíritu.» Por tanto, primero hemos de discutir la cuestión de si el alma ha de considerarse incorpórea, como yo he dicho; o corpórea, como tú sostienes. Luego, en segundo lugar, si en nuestras Escrituras se la llama espíritu— aunque no todo el alma, sino su parte propia y separada también se llama propiamente espíritu. Bien, quisiera, para empezar, saber cómo defines cuerpo. Porque si no es «cuerpo» lo que no consta de miembros de carne, entonces la tierra no puede ser cuerpo, ni el cielo, ni una piedra, ni el agua, ni las estrellas, ni nada por el estilo. Pero si un «cuerpo» es todo aquello que consta de partes, mayores o menores, que ocupan espacios locales mayores o menores, entonces todas las cosas que acabo de mencionar son cuerpos; el aire es cuerpo; la luz visible es cuerpo; y también lo son todas las cosas que el apóstol tiene a la vista cuando dice: «Hay cuerpos celestes, y cuerpos terrestres.» []

    Capítulo 18

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 18, sumario
    La primera cuestión: si el alma es corpórea; el soplo y el viento, nada más que aire en movimiento.

    IV, 18

    Ahora bien, si el alma es tal sustancia es una cuestión extremadamente sutil y delicada. Tú, ciertamente, con una prontitud por la que te felicito muchísimo, afirmas que Dios no es cuerpo. Pero luego, de nuevo, me causas cierta inquietud cuando dices, «Si el alma carece de cuerpo, de modo que sea (como a algunos les place suponer) de vaciedad hueca, de sustancia aérea y fútil.» Ahora, de estas palabras pareces creer que todo lo que carece de cuerpo es de sustancia vacía. Bien, si esto es así, ¿cómo te atreves a decir que Dios carece de cuerpo, sin temer la consecuencia de que Él sea de sustancia vacía? Sin embargo, si Dios no tiene cuerpo, como acabas de conceder; y si es profano decir que Él es de sustancia vacía; entonces no todo lo que carece de cuerpo es una sustancia vacía. Y por tanto, quien sostiene que el alma es incorpórea no necesariamente quiere decir que sea de sustancia vacía y fútil; pues admite que Dios, que no es un ser vacío, es al mismo tiempo incorpóreo. Pero observa qué gran diferencia hay entre mi afirmación real y lo que tú supones que digo. Yo no digo que el alma sea una sustancia aérea; si lo dijera, admitiría que es un cuerpo. Pues el aire es un cuerpo; como declaran todos los que entienden lo que dicen, siempre que hablan de sustancias corporales. Pero tú, porque llamé al alma incorpórea, supusiste que yo no sólo predicaba de ella mera vacuidad, sino que, como resultado de tal predicación, decía que es «una sustancia aérea;» mientras que yo debí haber dicho tanto que no tiene corporeidad, la cual tiene el aire, como que lo que está lleno de aire no podría estar vacío. Y tus propios símiles del odre no lograron recordártelo. Pues cuando los odres se inflan, ¿qué es sino aire lo que se les introduce a presión? Y están tan lejos de estar vacíos, que a causa de su distensión se vuelven incluso pesados. Pero quizá el soplo te parece a ti algo diferente del aire; aunque tu propio soplo no es otra cosa que aire en movimiento; y lo que esto es puede verse por la agitación de un abanico. Con respecto a cualquier vasija hueca, que puedas suponer vacía, puedes comprobar con certeza que está realmente llena, sumergiéndola recta en el agua, con la boca hacia abajo. Ves que no puede entrar agua, a causa del aire con que están llenas. Si, sin embargo, se sumergen o bien de la manera opuesta, con la boca hacia arriba, o inclinadas, entonces se llenan, al entrar el agua por la misma abertura por donde sale y escapa el aire. Esto podría, por supuesto, probarse más fácilmente realizando el experimento que mediante una descripción por escrito. Sin embargo, este no es el momento ni el lugar para demorarse más en el asunto; pues sea cual sea tu percepción de la naturaleza del aire, en cuanto a si tiene corporeidad o no, ciertamente no debes suponer que yo haya dicho que el alma es una cosa aérea, sino absolutamente incorpórea. Y esto incluso tú reconoces que es Dios, a quien no te atreves a describir como sustancia vacía, mientras que no puedes sino admitir que tiene una esencia inmutable y todopoderosa. Ahora, ¿por qué deberíamos temer que el alma sea un vacío vacío, si es incorpórea, cuando confesamos que Dios es incorpóreo, y al mismo tiempo negamos que sea un vacío vacío? Así estaba dentro de la competencia de un Ser Incorpóreo crear un alma incorpórea, así como el Dios viviente hizo al hombre viviente; aunque, como inmutable y todopoderoso, no comunicó estos atributos a la criatura mutable y muy inferior.

    Capítulo 19 [XIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 19, sumario
    Si el alma es un espíritu.

    IV, 19

    Pero, de nuevo, por qué querrías tú que el alma sea un cuerpo y te niegas a considerarla un espíritu, no puedo verlo. Porque si no es un espíritu, por la razón de que el apóstol la nombró con distinción del espíritu, cuando dijo, «Ruego a Dios que todo vuestro espíritu, y alma, y cuerpo sea preservado,» [] la misma es una buena razón por la que no es un cuerpo, en cuanto nombró al cuerpo, también, como distinto de ella. Si afirmas que el alma es un cuerpo, aunque ambos son nombrados distintamente; deberías permitir que sea un espíritu, aunque estos también son nombrados distintamente. De hecho, el alma tiene mucho mayor derecho a ser considerada por ti como un espíritu que como un cuerpo; porque reconoces que el espíritu y el alma son de una sola sustancia, pero niegas que el alma y el cuerpo sean de una sola sustancia. ¿Por qué principio, entonces, es el alma un cuerpo, cuando su naturaleza es diferente de la de un cuerpo; y no un espíritu, aunque su naturaleza y la del espíritu son una y la misma? ¿Por qué, según tu argumento, no debes confesar que incluso el espíritu es un cuerpo? Pues de otro modo, si el espíritu no es un cuerpo, y el alma es un cuerpo, el alma y el espíritu no son de una sola y la misma sustancia. Tú, sin embargo, permites que ambos (aunque creyéndolos dos cosas separadas) tengan una sola sustancia. Por tanto, si el alma es un cuerpo, el espíritu también es un cuerpo; pues bajo ninguna otra condición pueden ser considerados de una sola y la misma naturaleza. Según tus propios principios, por tanto, la declaración del apóstol, que menciona, «Vuestro espíritu, y alma, y cuerpo,» debe implicar tres cuerpos; sin embargo, el cuerpo, que también tiene el nombre de carne, es de una naturaleza diferente. Y de estos tres cuerpos, como tú los llamarías, de los cuales uno es de una sustancia diferente, y los otros dos de una sola y la misma sustancia, todo el ser humano está compuesto— una sola cosa y una sola existencia. Ahora, aunque afirmas esto, no permitirás que los dos que son de una sola y la misma sustancia, es decir, el alma y el espíritu, deban tener la única designación de espíritu; mientras que las dos cosas que no son de una sola y la misma sustancia deberían, como supones, tener el único nombre de cuerpo.

    Capítulo 20 [XIV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 20, sumario
    El cuerpo no recibe la imagen de Dios.

    IV, 20

    Pero paso por alto todo esto, no sea que la discusión entre nosotros degenere en una de nombres más que de cosas. Veamos, pues, si el hombre interior es el alma, o el espíritu, o ambos. Observo, sin embargo, que tú has expresado tu opinión sobre el punto por escrito, llamando al hombre interior el alma; pues de esto hablaste cuando dijiste: «Y al congelarse la sustancia, que era incapaz de ser comprendida, produciría otro cuerpo dentro del cuerpo, redondeado y amasado por la fuerza y el giro de su propia naturaleza, y así comenzaría a aparecer un hombre interior, que, moldeado en una vaina corpórea, sería formado en sus lineamentos a semejanza de su hombre exterior.» Y de esto sacas la siguiente inferencia: «El soplo de Dios, por tanto, hizo el alma; sí, aquel soplo de Dios fue hecho el alma, una imagen, sustancial, corpórea según su propia naturaleza, semejante a su propio cuerpo, y conforme a su imagen.» Después de esto procedes a hablar del espíritu, y dices: «Esta alma que tuvo su origen del soplo de Dios no podría existir sin un sentido interiorísimo e intelecto propio; y tal es el espíritu.» Así, pues, según entiendo tu declaración, quieres decir que el hombre interior es el alma, y el más interior es el espíritu; como si este último fuera inferior al alma, como ésta lo es al cuerpo. De donde se sigue, que así como el cuerpo recibe otro cuerpo que penetra su propia cavidad interior, el cual (como supones) es el alma; así a su vez debe considerarse al alma con su vaciedad interior también, donde podría recibir el tercer cuerpo, es decir, el espíritu; y así todo el hombre consta de tres, el exterior, el interior y el más interior. Ahora, ¿no percibes aún qué grandes absurdos siguen a tu estela, cuando intentas afirmar que el alma es corpórea? Dime, te lo ruego, ¿cuál de los dos es el que ha de ser renovado en el conocimiento de Dios, según la imagen de Aquel que lo creó? [] ¿El interior, o el más interior? Por mi parte, ciertamente, no veo que el apóstol, además del hombre interior y el exterior, conozca algo de otro hombre dentro del interior, es decir, de un hombre más interior. Pero tú debes decidir cuál deseas que sea renovado según la imagen de Dios. ¿Cómo ha de recibir esto, quien ya tiene la imagen del hombre exterior? Pues si el hombre interior ha corrido a través de los miembros del exterior, y se ha congelado (pues este es el término que has usado; como si una forma fundida se formara de arcilla blanda, espesada del polvo), ¿cómo, si esta misma figura que ha sido impresa sobre él, o más bien expresada de un cuerpo, ha de retener su lugar, podría ser remodelado según la imagen de Dios? ¿Ha de tener dos imágenes— la de Dios desde arriba, la del cuerpo desde abajo— como se dice en el caso de la moneda, «Cara y Cruz»? ¿Dirás quizá que el alma recibió la imagen corporal, y que el espíritu toma la imagen de Dios, como si la primera fuera contigua al cuerpo, y la segunda a Dios; y que, por tanto, es realmente el hombre más interior el que es remodelado según la imagen de Dios, y no el interior? Bien, pero este pretexto es inútil. Porque si el hombre más interior está tan enteramente difundido por todos los miembros del alma, como el hombre interior del alma lo está por los miembros del cuerpo; incluso él ha recibido ahora, a través del alma, la imagen del cuerpo, como el alma moldeó la misma; y así resulta que no tiene medio alguno para recibir la imagen de Dios, mientras la antedicha imagen del cuerpo permanece impresa sobre él; excepto como en el caso de la moneda que acabo de citar, donde hay una forma en la superficie superior, y otra en la inferior. Estos son los extremos absurdos a los que eres arrastrado, quieras o no, cuando aplicas a la consideración del alma las ideas materiales de las sustancias corporales. Pero, como incluso tú mismo confiesas con toda propiedad, Dios no es un cuerpo. ¿Cómo, entonces, podría un cuerpo recibir Su imagen? «Os ruego, hermano, que no os conforméis a este mundo, sino que os transforméis por la renovación de vuestra mente;» [] y no alimentéis «la mente carnal, que es muerte.» []

    Capítulo 21 [XV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 21, sumario
    El reconocimiento y la forma pertenecen tanto a las almas como a los cuerpos.

    IV, 21

    Pero dices: «Si el alma es incorpórea, ¿qué fue lo que vio el rico en el infierno? Ciertamente reconoció a Lázaro; no conoció a Abraham. ¿De dónde le surgió el conocimiento de Abraham, que había muerto tanto tiempo antes?» Al usar estas palabras, supongo que no crees que un hombre pueda ser reconocido y conocido sin su forma corporal. Para conocerte a ti mismo, por tanto, imagino que a menudo te pones delante de tu espejo, no sea que olvidando tus rasgos no puedas reconocerte. Pero déjame preguntarte, ¿a qué hombre conoce alguien más que a sí mismo; y qué rostro puede ver menos que el suyo? Pero ¿quién podría posiblemente conocer a Dios, a quien incluso tú no dudas que es incorpóreo, si el conocimiento no pudiera (como supones) producirse sin forma corporal; es decir, si sólo los cuerpos pueden ser reconocidos? ¿Qué cristiano, sin embargo, al discutir asuntos de tanta magnitud y dificultad, puede prestar tan poca atención a la palabra inspirada como para decir, «Si el alma es incorpórea, necesariamente ha de carecer de forma»? ¿Has olvidado que en esa palabra has leído de «una forma de doctrina»? [] ¿Has olvidado, también, que está escrito acerca de Cristo Jesús, antes de revestirse de humanidad, que Él era «en la forma de Dios»? [] ¿Cómo, entonces, puedes decir, «Si el alma es incorpórea, necesariamente ha de carecer de forma;» cuando oyes de «la forma de Dios,» a quien reconoces como incorpóreo; y así te expresas, como si la forma no pudiera existir sino en los cuerpos?

    Capítulo 22

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 22, sumario
    Los nombres no implican corporeidad.

    IV, 22

    Dices también que «los nombres dejan de darse cuando no se distingue forma alguna; y que donde no hay designación de personas, no hay imposición de nombres.» Tu propósito es probar que el alma de Abraham era corpórea, en cuanto que se le podía llamar «Padre Abraham.» Ahora bien, ya hemos dicho que hay forma aun donde no hay cuerpo. Si, sin embargo, piensas que donde no hay cuerpos no hay asignación de nombres, debo rogarte que cuentes los nombres que aparecen en este pasaje de la Escritura: «Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza,» [] y dime si no reconoces las cosas mismas de las cuales estos son los nombres; o si las reconoces de modo que descubras en ellas algunos contornos de cuerpos. Vamos, dime, para mencionar sólo el amor, por ejemplo: ¿cuáles son sus miembros, su figura, su color? Pues si tú no estás vacío de cabeza, estas cosas no pueden ser consideradas por ti como cosa vacía. Luego continúas diciendo: «El aspecto y la forma han de ser, naturalmente, corpóreos en aquel cuya ayuda se implora.» Pues bien, que los hombres oigan lo que dices; y que nadie implore la ayuda de Dios, porque nadie puede ver en Él cosa corpórea alguna.

    Capítulo 23 [XVI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 23, sumario
    El lenguaje figurado no debe tomarse literalmente.

    IV, 23

    «En resumen,» dices, «en esta parábola se atribuyen miembros al alma, como si realmente fuera un cuerpo.» Tú sostienes que «por el ojo se entiende la cabeza entera,» porque se dice que «levantó sus ojos.» Dices además que «por lenguas se entienden las mandíbulas, y por dedo la mano,» porque se dice: «Envía a Lázaro, para que moje la punta de su dedo en agua y refresque mi lengua.» [] Y sin embargo, para salvarte de la inconsistencia de atribuir cualidades corpóreas a Dios, dices que «por estos términos deben entenderse funciones y potencias incorpóreas;» porque con la mayor propiedad insistes en que Dios no es corpóreo. ¿Cuál es, pues, la razón de que los nombres de estos miembros no impliquen corporeidad en Dios, aunque sí la impliquen en el caso del alma? ¿Es acaso que estos términos deben entenderse literalmente cuando se dicen de la criatura, y sólo metafórica y figurativamente cuando se predican del Creador? Entonces tendrás que darnos alas de sustancia corporal literal, puesto que no es el Creador, sino sólo una criatura humana, quien dijo: «Si tomara mis alas como de paloma.» Además, si el rico de la parábola tenía lengua corporal, por el hecho de exclamar: «Que refresque mi lengua,» parecería mucho como si nuestra lengua, aun estando en la carne, poseyera manos materiales, porque está escrito: «La muerte y la vida están en manos de la lengua.» Supongo que es evidente incluso para ti mismo que el pecado no es ni una criatura ni una sustancia corporal; ¿por qué, entonces, tiene rostro? Pues ¿no oyes decir al salmista: «No hay paz en mis huesos, ante la presencia de mis pecados»?

    Capítulo 24

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 24, sumario
    El seno de Abraham— qué significa.

    IV, 24

    En cuanto a tu suposición de que «el seno de Abraham referido es corpóreo,» y tu ulterior afirmación de que «por él se entiende todo su cuerpo,» temo que hayas de ser considerado (aun en tal asunto) como alguien que intenta bromear y provocar la risa, en lugar de actuar con gravedad y seriedad. Pues de otro modo no podrías ser tan necio como para pensar que el seno material de una sola persona pudiera recibir tantas almas; más aún, para usar tus propias palabras, «sostener los cuerpos de tantos hombres merecedores como los ángeles llevan allí, como hicieron con Lázaro.» A menos que sea tu opinión que su alma sola mereció hallar el camino hasta dicho seno. Si no estás, pues, bromeando, y no quieres cometer errores infantiles, debes entender por «seno de Abraham» aquella remota y apartada morada de descanso y paz en la que Abraham se encuentra ahora; y que lo que se dijo a Abraham no se refería meramente a él en persona, sino que tenía referencia a su designación como padre de muchas naciones, [] a quienes fue presentado para imitación como el primero y principal ejemplo de fe; así como Dios quiso que se le llamara «el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob,» aunque es el Dios de una multitud innumerable.

    Capítulo 25 [XVII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 25, sumario
    El alma separada del cuerpo puede pensarse a sí misma bajo forma corporal.

    IV, 25

    No debes, sin embargo, suponer que digo todo esto como si negara que sea posible que el alma de un muerto, como una persona dormida, pueda pensar pensamientos buenos o malos en la semejanza de su cuerpo. Pues, en sueños, cuando sufrimos algo duro y penoso, somos, desde luego, todavía nosotros mismos; y si la angustia no desaparece al despertar, experimentamos un sufrimiento muy grande. Mas suponer que son cuerpos verdaderos en los que somos arrastrados, o revoloteamos, de aquí para allá en sueños, es idea de una persona que ha pensado sólo descuidadamente sobre tales asuntos; pues de hecho es principalmente por estas visiones imaginarias por lo que se prueba que el alma es incorpórea; a menos que elijas llamar cuerpos incluso a los objetos que tan a menudo vemos en nuestros sueños, además de nosotros mismos, como el cielo, la tierra, el mar, el sol, la luna, las estrellas, y ríos, montañas, árboles o animales. Quienquiera que tenga estos fantasmas por cuerpos es increíblemente necio; aunque ciertamente son muy semejantes a cuerpos. De este carácter son también aquellos fenómenos que son demostrablemente de significado divino, ya se vean en sueños o en éxtasis. ¿Quién puede acaso rastrear o describir su origen, o la materia de que consisten? Es, sin lugar a dudas, espiritual, no corpórea. Pues las cosas de este género, que parecen cuerpos pero no son realmente corpóreas, se forman en los pensamientos de las personas cuando están despiertas, y se guardan en lo profundo de su memoria, y luego, de estos escondrijos secretos, por algún proceso maravilloso e inefable, salen a la vista en la operación de nuestra memoria, y se presentan como si estuvieran palpablemente ante nuestros ojos. Si, por tanto, el alma fuera un cuerpo material, no podría contener tantas cosas y tan grandes formas de sustancias corporales en el alcance de su pensamiento y en los espacios de su memoria; pues, según tu propia definición, «no excede a este cuerpo externo en su propia sustancia corporal.» No poseyendo, por tanto, magnitud propia alguna, ¿qué capacidad tiene para contener las imágenes de vastos cuerpos, espacios y regiones? ¿Qué tiene de extraño, pues, que realmente se aparezca a sí misma en la semejanza de su propio cuerpo, aun cuando aparezca sin cuerpo? Pues nunca se aparece a sí misma en sueños con su propio cuerpo; y sin embargo, en la mismísima semejanza de su propio cuerpo corre de aquí para allá por lugares conocidos y desconocidos, y contempla muchas visiones tristes y alegres. Supongo, sin embargo, que tú mismo no serías tan audaz como para sostener que hay verdadera corporeidad en esa forma de miembro y cuerpo que el alma parece poseer en sueños. Pues a ese paso será una montaña real la que parece ascender; y una casa material la que parece entrar; y un árbol verdadero, con madera y volumen reales, bajo el cual aparentemente se recuesta; y agua real la que imagina beber. Todas las cosas con las que trata, como si fueran corpóreas, serían cuerpos indudables, si el alma misma fuera corpórea, al moverse entre todas ellas en la semejanza de un cuerpo.

    Capítulo 26 [XVIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 26, sumario
    Santa Perpetua le pareció a sí misma, en sueños, haberse convertido en hombre y luego haber luchado con un egipcio.

    IV, 26

    Debe prestarse atención a diversos relatos de visiones de mártires, porque has tenido a bien derivar de ellos parte de tu evidencia. Santa Perpetua, por ejemplo, le pareció a sí misma en sueños estar luchando con un egipcio, después de ser transformada en hombre. Ahora bien, ¿quién puede dudar de que era su alma en aquella aparente forma corporal, no su cuerpo, el cual, desde luego, permanecía en su propio sexo de mujer, y yacía en el lecho con sus sentidos sumidos en el sueño, mientras su alma luchaba en la semejanza del cuerpo de un hombre? ¿Qué tienes que decir a esto? ¿Era aquella semejanza masculina un cuerpo verdadero, o no era cuerpo alguno, aunque poseía la apariencia de un cuerpo? Elige tu alternativa. Si era un cuerpo, ¿por qué no mantuvo su integridad sexual? Pues en la carne de aquella mujer no se hallaban funciones viriles de generación, de donde por algún proceso tal como el que tú llamas congelación pudiera moldearse esta semejanza del cuerpo de un hombre. Concluiremos, pues, si te place, que, como su cuerpo estaba aún vivo mientras dormía, no obstante la lucha de su alma, permanecía en su propio sexo natural, encerrada, desde luego, en todos sus miembros propios que le pertenecen en su estado de vida, y estaba aún en posesión de aquella forma corporal y de los lineamientos con que había sido originalmente formada. No había renunciado, como haría por la muerte, a sus articulaciones y miembros; ni había sustraído del poder transpositor, que surge de la operación del poder de la muerte, ninguno de sus miembros que ya habían recibido su forma fija. ¿De dónde, pues, obtuvo su alma aquel cuerpo viril en el que parecía luchar con su adversario? Si, sin embargo, esta [semejanza masculina] no era un cuerpo, aunque tal apariencia de uno como admitía en ello la sensación de una lucha real o un gozo real, ¿no ves ya, en la medida de lo posible, que puede haber en el alma una cierta semejanza de una sustancia corporal, sin que el alma misma sea un cuerpo?

    Capítulo 27

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 27, sumario
    ¿Es herida el alma cuando es herido el cuerpo?

    IV, 27

    ¿Qué, pues, si algo semejante se manifiesta entre los difuntos; y las almas se reconocen entre ellos, no, ciertamente, por cuerpos, sino por semejanzas de cuerpos? Ahora bien, cuando sufrimos dolor, aunque sea sólo en sueños, aunque sólo sea la semejanza de miembros corporales lo que está en acción, y no los miembros corporales mismos, el dolor no es meramente en apariencia, sino en realidad; como es también el caso en las sensaciones gozosas. En tanto, sin embargo, que Santa Perpetua no estaba aún muerta, probablemente no quieras establecer una regla precisa para ti mismo a partir de esa circunstancia (aunque tiene gran peso en la cuestión), en cuanto a qué naturaleza supondrás que participan esas semejanzas de cuerpos que tenemos en sueños. Si admites que son como cuerpos, pero no cuerpos en realidad, entonces toda la cuestión quedaría resuelta. Mas su hermano Dinócrates estaba muerto; lo vio con la herida que recibió estando vivo, y que causó su muerte. ¿Dónde está el fundamento para la ardiente contienda a la que dedicaste tus esfuerzos, cuando te esforzaste por mostrar que, cuando se corta un miembro, no debe suponerse que el alma sufra una pérdida equivalente por la amputación? Observa, la herida fue infligida al alma de Dinócrates, expulsándola por su fuerza de su cuerpo, cuando habitaba ese cuerpo. ¿Cómo, pues, puede ser correcta tu opinión de que «cuando se cortan los miembros del cuerpo, el alma se retira del golpe, y después de la condensación se repliega a otras partes, de modo que ninguna porción de ella es amputada con la herida infligida al cuerpo,» aun si la persona está dormida e inconsciente cuando sufre la pérdida del miembro? Tan grande es la vigilancia que has atribuido al alma, que aun si el golpe cayera sobre cualquier parte de la carne sin que ella lo supiera, estando absorta en las visiones de los sueños, se retiraría al instante, y por un instinto providencial, haciendo así imposible que se le inflija golpe, lesión o mutilación alguna. Sin embargo, puedes, tanto como quieras, agotar tu ingenio para responder a la pregunta natural: cómo retira el alma las porciones de su propia existencia, y se repliega dentro de sí misma, de modo que, cuantas veces se corta o se quiebra un miembro del cuerpo, no sufre amputación ni fractura alguna en sí misma; pero no puedo dejar de pedirte que mires el caso de Dinócrates, y que me expliques por qué su alma no se retiró de aquella parte de su cuerpo que recibió la herida mortal, y así escapó de sufrir en sí misma lo que se vio con bastante claridad en su rostro, aun después de muerto su cuerpo. ¿Es acaso tu buen placer que supongamos que los fenómenos en cuestión son más bien semejanzas de cuerpos que la realidad; de modo que así como lo que en realidad no es herida parece ser herida, así lo que no es cuerpo alguno lleva la apariencia de corporeidad? Si, en verdad, el alma puede ser herida por quienes hieren el cuerpo, ¿no tendríamos buena razón para temer que pueda ser muerta también por quienes matan el cuerpo? Éste, sin embargo, es un destino que el Señor mismo declara con toda claridad que es imposible que suceda. [] Y el alma de Dinócrates no pudo, en todo caso, haber muerto del golpe que mató su cuerpo: su herida, también, era sólo aparente; pues no siendo corpórea, no fue realmente herida, como lo había sido el cuerpo; poseyendo la semejanza del cuerpo, compartía también la semejanza de su herida. Aún puede decirse, además, que en su cuerpo irreal el alma sintió una miseria real, que era significada por la sombra de la herida del cuerpo. De esta miseria real fue de la que obtuvo liberación por las oraciones de su santa hermana.

    Capítulo 28

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 28, sumario
    ¿Es deformada el alma por las imperfecciones del cuerpo?

    IV, 28

    Ahora bien, de nuevo, ¿qué significa lo que dices: «El alma adquiere forma del cuerpo, y crece y se extiende con el aumento del cuerpo,» sin tener en cuenta el monstruo en que se convertiría el alma de un joven o de un anciano si su brazo hubiera sido amputado cuando era niño? «La mano del alma,» dices, «se contrae, de modo que no es amputada con la mano del cuerpo, y por condensación se encoge en otras partes del cuerpo.» A este paso el brazo antedicho del alma se mantendrá, dondequiera que se sostenga, tan corto como estaba al principio cuando recibió la forma del cuerpo, porque ha perdido la forma por cuyo crecimiento habría podido él mismo aumentar en grado igual de expansión. Así, el alma del joven o del anciano que perdió su mano en su infancia avanza con dos manos, ciertamente (porque la que se replegó escapó a la amputación del miembro corporal), pero una de ellas era la mano de un adulto, joven o anciano, según la hipótesis, mientras que la otra era sólo una mano de niño, tal como estaba cuando ocurrió la amputación. Tales almas, créeme, no son hechas en el molde y la forma del cuerpo, sino que son ficticiamente formadas bajo el sello deforme del error. Me parece imposible que seas rescatado de este error, a menos que con la ayuda de Dios examines plena y serenamente las visiones de los que sueñan, y a partir de ellas te convenzas de que algunas formas no son cuerpos reales, sino sólo semejanzas de cuerpos. Ahora bien, aunque aun los objetos que suponemos semejantes a cuerpos son de la misma clase, sin embargo, en lo que concierne a los muertos, podemos formar una conjetura a posteriori a partir de las personas que están dormidas. Pues no en vano describe la Sagrada Escritura como «dormidos» a los que están muertos [] aunque sólo sea porque en cierto sentido «el sueño es afín a la muerte.»

    Capítulo 29 [XIX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 29, sumario
    ¿Se lleva también el alma consigo las vestiduras del cuerpo?

    IV, 29

    Si, en efecto, el alma fuera cuerpo, y la forma fuera también una figura corpórea en la que se ve a sí misma en los sueños, por el hecho de haber recibido su expresión del cuerpo en el que está encerrada: ningún ser humano, si perdiera un miembro, se vería en sueños privado del miembro amputado, aunque en realidad estuviera desprovisto de él. Por el contrario, siempre se aparecería a sí mismo entero y sin mutilación, por la circunstancia de que ninguna parte ha sido separada del alma misma. Pero puesto que las personas a veces se ven enteras y a veces mutiladas en sus miembros, cuando ésta es precisamente su situación real, ¿qué otra cosa muestra este hecho sino que el alma, tanto respecto de las demás cosas vistas por ella en sueños como en referencia al cuerpo, lleva consigo, aquí y allá, no su realidad, sino sólo su semejanza? El gozo del alma, sin embargo, o su tristeza, su placer o su dolor, son emociones realmente verdaderas, ya se experimenten en cuerpos reales o aparentes. ¿No has dicho tú mismo (y con perfecta verdad): "Los alimentos y las vestiduras no los necesita el alma, sino sólo el cuerpo"? ¿Por qué, entonces, el rico en el infierno ansiaba la gota de agua? [] ¿Por qué el santo Samuel apareció después de su muerte (como tú mismo has notado) vestido con sus ropas habituales? [] ¿Acaso el uno deseaba reparar las ruinas del alma, como de la carne, con el alimento del agua? ¿Acaso el otro dejó la vida con sus ropas puestas? Ahora bien, en el primer caso hubo un sufrimiento real, que atormentaba al alma; pero no un cuerpo real, tal como requeriría alimento. Mientras que el segundo pudo haber parecido estar vestido, no siendo un cuerpo verdadero, sino sólo un alma, que tenía la semejanza de un cuerpo con un vestido. Porque aunque el alma se extiende y se contrae para adaptarse a los miembros del cuerpo, no se adapta de igual modo a las ropas, como para ajustar su forma a ellas.

    Capítulo 30

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 30, sumario
    ¿Es necesaria la corporeidad para el reconocimiento?

    IV, 30

    Pero ¿quién es capaz de rastrear qué capacidad de reconocimiento poseen incluso las almas que no son buenas después de la muerte, cuando son liberadas de los cuerpos corruptibles, de modo que puedan por un sentido interior observar y reconocer ya sea almas malas como ellas mismas, o incluso buenas, ya sea en estados que en realidad no son corpóreos, sino semejanzas de cuerpos; o bien en afecciones buenas o malas de la mente, en las que no aparece lineamento alguno de miembros corporales? ¿De dónde surge el hecho de que el rico de la parábola, aunque en tormentos, reconociera al "padre Abraham", cuyo rostro y figura nunca había visto, pero cuya semejanza de cuerpo su alma, aunque incorpórea, pudo comprender? [] Pero ¿quién podría decir con razón que ha conocido a hombre alguno, salvo en la medida en que ha tenido medios de conocer su vida y su disposición, las cuales no tienen, por cierto, sustancia material ni colores? De este modo nos conocemos a nosotros mismos con más certeza que a los demás, porque nuestra propia conciencia y disposición están todas ante nosotros. Esto lo percibimos claramente, y sin embargo no vemos en ello similitud alguna de sustancia corporal. Pero no percibimos esta cualidad interior de nuestra naturaleza en otro hombre, aunque esté presente ante nuestros ojos; aunque en su ausencia recordamos sus rasgos, y los reconocemos, y pensamos en ellos. Nuestros propios rasgos, sin embargo, no podemos recordarlos, reconocerlos ni pensarlos del mismo modo; y sin embargo con la más perfecta verdad decimos que nosotros mismos nos conocemos mejor a nosotros que él nos conoce, tan manifiesto es dónde reside el conocimiento más fuerte y verdadero del hombre.

    Capítulo 31 [XX.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 31, sumario
    Se distinguen los modos de conocimiento en el alma.

    IV, 31

    Puesto que, entonces, hay una función en el alma por la cual percibimos cuerpos reales, lo que hacemos por los cinco sentidos corporales; otra, que nos permite discernir aparte de éstos las semejanzas no corpóreas de los cuerpos (y por ésta podemos tener una visión de nosotros mismos también, como no siendo de otro modo que semejantes a cuerpos); y una tercera, por la cual obtenemos una visión aún más segura y fuerte de objetos aptos para su facultad, que no son corpóreos ni semejantes a sustancias corporales— tales como la fe, la esperanza, la caridad—, cosas que no tienen ni complexión, ni pasión, ni nada semejante: ¿en cuál de estas funciones debemos detenernos más intensamente, y en cierto modo más familiarmente, y dónde ser renovados en el conocimiento de Dios según la imagen de Aquel que nos creó? ¿No es en y sobre aquella que acabo de poner en tercer lugar? Y aquí ciertamente no experimentaremos ni diferencia sexual ni la semejanza de ella.

    Capítulo 32

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 32, sumario
    Inconsistencia de dar al alma todas las partes del sexo y sin embargo ningún sexo.

    IV, 32

    Pues esa forma del alma, ya sea masculina o femenina, que tiene la distinción de miembros característica del hombre y de la mujer, no siendo mera semejanza de cuerpo, sino cuerpo real, es o un varón o una mujer, quieras o no, precisamente como aparece ser un hombre o una mujer. Pero si tu opinión es correcta, y el alma es un cuerpo, incluso un cuerpo vivo, entonces posee pechos henchidos y colgantes, y carece de barba, tiene matriz, y todos los órganos generativos de una mujer, y sin embargo no es mujer después de todo. ¿No será entonces la mía una afirmación más consecuente con la verdad: el alma, en efecto, tiene un ojo y tiene una lengua, tiene un dedo, y todos los demás miembros que se asemejan a los del cuerpo, y sin embargo el todo es la semejanza de un cuerpo, no un cuerpo realmente? Mi afirmación está abierta a una prueba general; cada cual puede probarla en sí mismo, cuando trae a su mente la imagen de amigos ausentes; puede probarla con certeza cuando recuerda las figuras tanto de sí mismo como de otras personas, que se le han presentado en sueños. De tu parte, sin embargo, no puede producirse en toda la naturaleza ejemplo alguno de tal monstruosidad como la que has imaginado, donde hay un cuerpo real y vivo de mujer, pero no un sexo de mujer.

    Capítulo 33

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 33, sumario
    El fénix que después de la muerte vuelve a la vida.

    IV, 33

    Ahora bien, lo que dices acerca del fénix no tiene nada que ver con el asunto que nos ocupa. Porque el fénix simboliza la resurrección del cuerpo; no suprime el sexo de las almas; si es que, como se piensa, nace de nuevo después de su muerte. Supongo, sin embargo, que pensaste que tu discurso no sería suficientemente plausible a menos que declamaras bastante acerca del fénix, a la manera de los jóvenes. Ahora bien, ¿encuentras en el cuerpo de tu ave órganos masculinos de generación y no un ave macho; o femeninos, y no una hembra? Pero, te lo ruego, reflexiona sobre lo que dices— qué teoría estás tratando de construir, y de recomendar para nuestra aceptación. Dices que el alma, extendida por todos los miembros del cuerpo, se endureció por congelación, y recibió la forma entera de todo el cuerpo desde la coronilla de la cabeza hasta las plantas de los pies, y desde la médula más interior hasta la superficie exterior de la piel. ¡A este paso debe haber recibido, en el caso de un cuerpo femenino, todos los accesorios interiores del cuerpo de una mujer, y sin embargo no ser una mujer! ¿Cómo, pues, son todos los miembros femeninos en un cuerpo vivo verdadero, y sin embargo el todo no es mujer? ¿Y por qué son todos masculinos, y el resultado no es un hombre? ¿Quién puede ser tan presuntuoso como para creer, profesar y enseñar todo esto? ¿Es que las almas nunca engendran? Entonces, por supuesto, los mulos y las mulas no son macho ni hembra. ¿Es que las almas sin cuerpos de carne serían incapaces de cohabitar? Bien, pero esta privación la comparten los hombres castrados; y sin embargo, aunque se les quiten el proceso y el movimiento, su sexo no se elimina— quedándoles aún algún resto delgado de sus miembros masculinos. Nadie dijo jamás que un eunuco no sea varón. ¿Qué es ahora de tu opinión, que las almas incluso de los eunucos tienen los órganos generativos intactos, y que estos órganos permanecerán enteros, según tu principio, en sus almas, incluso cuando sean completamente removidos de su estructura corporal? Pues dices que el alma sabe retirarse cuando aquella parte de la carne comienza a ser cortada, de modo que la forma que ha sido removida al ser amputada no se pierde; sino que, aunque extendida sobre ella por condensación, se retira con un movimiento rapidísimo, y así se sepulta dentro para mantenerse a salvo; sin embargo, eso no puede, en verdad, ser un varón en el otro mundo lo que lleva consigo allí todo el apéndice de los órganos masculinos de generación, y que, si no tuviera siquiera otras señales en el cuerpo, era varón por razón de esos órganos solamente. Estas opiniones, hijo mío, no tienen verdad en ellas; si no quieres admitir que hay sexo en el alma, tampoco puede haber cuerpo.
    Comentario editorial · El fénix
    El fénix es un ave mítica que renace después de su muerte. Wikipedia atribuye su origen a Egipto, por Heródoto, y entre quienes transmitieron el motivo cuenta al papa Clemente I, que lo presenta como señal de la resurrección en el capítulo 25 de su carta a los corintios (puede leerse en Primera carta de Clemente). Agustín no discute si el fénix existe («si es que, como se piensa, nace de nuevo después de su muerte»): le basta con que simbolice la resurrección del cuerpo y con que no tenga nada que ver con la discusión sobre si las almas separadas del cuerpo tienen sexo.

    Capítulo 34 [XXI.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 34, sumario
    Visiones proféticas.

    IV, 34

    No toda semejanza de cuerpo es en sí misma un cuerpo. Duérmete y verás esto; pero cuando despiertes de nuevo, discierne cuidadosamente qué es lo que has visto. Pues en tus sueños te aparecerás a ti mismo como dotado de un cuerpo; pero realmente no es tu cuerpo, sino tu alma; ni es un cuerpo real, sino la semejanza de un cuerpo. Tu cuerpo estará tendido en el lecho, pero el alma caminando; la lengua de tu cuerpo estará callada, pero la de tu alma en el sueño hablará; tus ojos estarán cerrados, pero tu alma estará despierta; y, por supuesto, los miembros de tu cuerpo extendidos en tu lecho estarán vivos, no muertos. En consecuencia, esa forma congelada, como la consideras, de tu alma no está aún extraída, por así decirlo, de su vaina; y sin embargo en ella se ve la entera y perfecta semejanza de tu estructura carnal. A esta clase de similitudes de corporeidad, que no son cuerpos reales, aunque parecen serlo, pertenecen todas aquellas apariciones que lees en las Sagradas Escrituras en las visiones incluso de los profetas, sin, empero, entenderlas; por las cuales se significan también las cosas que acontecen en todo tiempo— presente, pasado y futuro. Te equivocas acerca de éstas, no porque sean en sí mismas engañosas, sino porque no las aceptas como deben ser tomadas. Pues en la misma visión apocalíptica donde se ven "las almas de los mártires", [] se contempla también "un cordero como inmolado, que tenía siete cuernos"; [] hay también caballos y otros animales figuradamente descritos con toda coherencia; y, finalmente, estaban las estrellas cayendo, y la tierra enrollada como un libro; [] ni el mundo, a pesar de todo, se derrumba entonces realmente. Si, por tanto, entendemos todas estas cosas sabiamente, aunque decimos que son apariciones verdaderas, no las llamamos, sin embargo, cuerpos reales.

    Capítulo 35

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 35, sumario
    ¿Aparecen los ángeles a los hombres en cuerpos reales?

    IV, 35

    Requeriría, sin embargo, un discurso demasiado extenso entrar con mucho cuidado en una discusión acerca de esta clase de semejanzas corpóreas; si los ángeles, ya sean buenos o malos, aparecen de este modo, siempre que aparecen en semejanza de seres humanos o de cualesquiera cuerpos; o si poseen cuerpos reales, y se muestran en este estado verdadero de corporeidad; o, además, si por personas que sueñan, en efecto, o en trance son percibidos en estas formas— no en cuerpos, sino en la semejanza de cuerpos— mientras que a personas despiertas presentan cuerpos reales que pueden verse, y, si es necesario, tocarse realmente. Cuestiones como éstas, sin embargo, no considero en absoluto necesario investigarlas y tratarlas plenamente en este libro. Por ahora se ha adelantado suficiente respecto de la incorporeidad del alma. Si prefieres persistir en tu opinión de que es corpórea, debes ante todo definir qué significa "cuerpo"; no sea que, quizá, resulte que estamos de acuerdo sobre la cosa misma, pero trabajando en vano sobre su nombre. Las conclusiones absurdas, sin embargo, a las que te verías reducido si pensaras en el alma un cuerpo tal como son aquellas sustancias que son llamadas "cuerpos" por todos los hombres doctos— quiero decir las que ocupan porciones de espacio, unas menores para sus partes menores, y otras mayores para las mayores— por medio de las diferentes relaciones de longitud, anchura y espesor, me atrevo a pensar que ya eres capaz de observar inteligentemente.

    Capítulo 36 [XXII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 36, sumario
    Pasa a la segunda cuestión sobre el alma, si es llamada espíritu.

    IV, 36

    Ahora me resta mostrar cómo es que mientras la designación "espíritu" se predica con razón de una parte del alma, no del todo— así como el apóstol dice: "Todo vuestro espíritu, y alma, y cuerpo"; [] o, según la expresión mucho más enérgica del Libro de Job: "Separarás mi alma de mi espíritu", [] — sin embargo el alma entera es también llamada con este nombre; aunque esta cuestión parece ser mucho más una cuestión de nombres que de cosas. Pues puesto que es ciertamente un hecho que hay algo en el alma que propiamente se llama "espíritu", mientras que (dejando esto fuera de cuestión) también se designa con igual propiedad "alma", nuestra presente contención no es acerca de las cosas mismas; principalmente porque yo por mi parte ciertamente admito, y tú por la tuya dices lo mismo, que aquello se llama propiamente espíritu por lo cual razonamos y entendemos, y sin embargo que estas cosas se designan distintamente, como dice el apóstol "todo vuestro espíritu, y alma, y cuerpo". Este espíritu, sin embargo, el mismo apóstol parece describirlo también como "mente"; como cuando dice: "Así que con la mente sirvo a la ley de Dios, pero con la carne a la ley del pecado". [] Ahora bien, el sentido de esto es precisamente lo que expresa en otro pasaje así: "Pues la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne". [] Lo que designa "mente" en el primer lugar, debe entenderse que lo llama "espíritu" en el segundo pasaje. No como tú interpretas la afirmación: "Se entiende la mente entera, que consta de alma y espíritu", — una opinión que no sé de dónde la obtuviste. Por nuestra "mente", en efecto, usualmente no entendemos nada más que nuestra facultad racional e intelectual; y así, cuando el apóstol dice: "Renovaos en el espíritu de vuestra mente", [] ¿qué otra cosa quiere decir sino: Renovaos en vuestra mente? "El espíritu de la mente" no es, en consecuencia, otra cosa que la mente, así como "el cuerpo de la carne" no es nada más que la carne; así está escrito: "En el despojamiento del cuerpo de la carne", [] donde el apóstol llama a la carne "el cuerpo de la carne". Lo designa, en efecto, en otro punto de vista como el espíritu del hombre, que distingue claramente de la mente: "Si", dice, "oro con la lengua, mi espíritu ora, pero mi mente queda sin fruto". [] Ahora, sin embargo, no hablamos de aquel espíritu que es distinto de la mente; y esto implica una cuestión relativa a sí mismo que es realmente difícil. Pues de muchas maneras y en varios sentidos las Sagradas Escrituras hacen mención del espíritu; pero respecto de aquel del que ahora hablamos, por el cual ejercemos la razón, la inteligencia y la sabiduría, ambos estamos de acuerdo en que se llama (y en verdad con razón se llama) "espíritu", en un sentido tal que no incluye el alma entera, sino una parte de ella. Si, sin embargo, sostienes que el alma no es el espíritu, sobre la base de que el entendimiento se llama distintamente "espíritu", bien podrías negar que toda la descendencia de Jacob se llame Israel, puesto que, aparte de Judá, la misma denominación fue llevada distintamente y por separado por las diez tribus que entonces estaban organizadas en Samaria. Pero ¿por qué necesitamos demorarnos más aquí en este asunto?

    Capítulo 37 [XXIII.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 37, sumario
    Sentido amplio y restringido de la palabra «Espíritu.»

    IV, 37

    Pero ahora, para facilitar nuestra exposición, te ruego que observes que lo que es el alma también se designa como espíritu en la Escritura que narra un suceso de la muerte de nuestro Señor, así, «Inclinó la cabeza y entregó el espíritu.» [] Ahora bien, cuando oyes o lees estas palabras, quieres entenderlas como si el todo fuera significado por una parte, y no porque lo que es el alma pueda también llamarse espíritu. Mas, para poder probar más fácilmente lo que digo, te convocaré a ti mismo con toda prontitud y comodidad como testigo mío. Pues tú has definido el espíritu en tales términos que los animales parecen no tener espíritu, sino alma. Los animales irracionales se llaman así porque no tienen la facultad de la inteligencia y la razón. Por consiguiente, cuando exhortaste al hombre mismo a conocer su propia naturaleza, hablaste así: «Ahora bien, puesto que el Dios bueno nada ha hecho sin un propósito, Él mismo ha producido al hombre como un animal racional, capaz de inteligencia, dotado de razón y vivificado por la sensibilidad, para poder distribuir con sabia disposición todas las cosas que carecen de razón.» En estas palabras tuyas has afirmado con claridad lo que ciertamente es muy verdadero: que el hombre está dotado de razón y es capaz de inteligencia, lo cual, ciertamente, no lo están los animales carentes de razón. Y tú, de acuerdo con este punto de vista, has citado un pasaje de la Escritura y, adoptando su lenguaje, has comparado a los hombres sin entendimiento con las bestias, las cuales, ciertamente, no tienen intelecto. Una afirmación semejante se encuentra en otro pasaje de la Escritura: «No seáis como el caballo o como el mulo, que no tienen entendimiento.» Siendo esto así, quiero que observes también con qué términos has definido y descrito el espíritu al tratar de distinguirlo del alma: «Esta alma,» dices, «que tiene su origen del soplo de Dios, no pudo posiblemente haber estado sin un sentido interior e intelecto propios; y éste es el espíritu.» Poco después añades: «Y aunque el alma anima el cuerpo, sin embargo, puesto que posee sentido, sabiduría y vigor, necesariamente ha de haber un espíritu.» Y luego, un poco más adelante, dices: «Una cosa es el alma, y otra el espíritu — que es la sabiduría y el sentido del alma.» En estas palabras indicas con bastante claridad qué entiendes por espíritu del hombre: que es nuestra facultad racional, mediante la cual el alma ejerce el sentido y la inteligencia — no, ciertamente, la sensación que se percibe por los sentidos corporales, sino la operación de aquel sentido interiorísimo del que surge el término sentimiento. Debido a esto, sin duda, estamos colocados por encima de los animales brutos, puesto que éstos carecen de razón. Por tanto, estos animales no tienen espíritu — es decir, intelecto y un sentido de razón y sabiduría — sino sólo alma. Pues de éstos se dijo: «Produzcan las aguas los reptiles que tienen alma viviente;» [] y de nuevo, «Produzca la tierra el alma viviente.» [] En efecto, para que tengas la más plena y clara certeza de que lo que es el alma se llama también espíritu en el uso de las Sagradas Escrituras, el alma de un animal bruto recibe la designación de espíritu. Y, por supuesto, las bestias no tienen ese espíritu que tú, amadísimo hermano, has definido como distinto del alma. Por tanto, es bastante evidente que el alma de un animal bruto podría llamarse con razón «espíritu» en un sentido general del término; como leemos en el Libro del Eclesiastés, «¿Quién conoce el espíritu de los hijos de los hombres, si sube hacia arriba; y el espíritu de la bestia, si desciende hacia abajo a la tierra?» [] De igual manera, respecto de la devastación del diluvio, la Escritura testifica: «Toda carne murió que se movía sobre la tierra, así de aves como de ganado, y de bestias, y de todo reptil que se arrastra sobre la tierra, y todo hombre: y todas las cosas que tienen espíritu de vida.» [] Aquí, si eliminamos todos los rodeos de la discusión dudosa, entendemos que el término espíritu es sinónimo de alma en su sentido general. De tan amplia significación es este término, que incluso Dios es llamado «espíritu;» [] y una ráfaga tempestuosa del aire, aunque tiene sustancia material, es llamada por el salmista el «espíritu» de la tempestad. Por todas estas razones, por tanto, ya no negarás que lo que es el alma se llama también espíritu; creo haber aducido bastante de las páginas de la Sagrada Escritura para asegurar tu asentimiento en pasajes donde el alma de la misma bestia bruta, que no tiene entendimiento, es designada espíritu. Si, pues, tomas y consideras sabiamente lo que se ha adelantado en nuestra discusión acerca de la incorporeidad del alma, no hay ya razón para que te ofendas por haber dicho yo que estaba seguro de que el alma no era cuerpo, sino espíritu — tanto porque se prueba que no es corpórea, como porque en su sentido general se la denomina espíritu.

    Capítulo 38 [XXIV.]

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 38, sumario
    De nuevo se señalan los principales errores de Víctor.

    IV, 38

    Por lo cual, si tomas estos libros, que he escrito con sincero y afectuoso interés en respuesta a tus opiniones, y los lees con amor recíproco hacia mí; si atiendes a lo que tú mismo declaraste al comienzo de tu primer libro, y «estás ansioso por no insistir en ninguna opinión tuya, si resulta improbable,» entonces te suplico que te guardes especialmente de aquellos once errores de los que te advertí en el libro precedente de este tratado. No digas que «el alma es de Dios en tal sentido que Él no la creó de la nada, ni de otra cosa, sino de su propia naturaleza;» o que, «así como Dios, que da, existe siempre Él mismo, así está siempre dando almas a través del tiempo infinito;» o que «el alma perdió algún merecimiento por medio de la carne, el cual tenía antes de la carne;» o que «el alma, por medio de la carne, repara su condición antigua, y nace de nuevo por la misma carne, por la cual había merecido ser contaminada;» o que «el alma mereció ser pecaminosa incluso antes del pecado;» o que «los infantes que mueren sin la regeneración del bautismo pueden alcanzar aún el perdón de sus pecados originales;» o que «aquellos a quienes el Señor ha predestinado a ser bautizados pueden ser apartados de su predestinación, o morir antes de que se haya cumplido en ellos lo que el Todopoderoso había predeterminado;» o que «se refiere a los que expiran antes de ser bautizados aquello que dice la Escritura: "Rápidamente fue arrebatado, para que la malicia no alterara su entendimiento",» — con el resto del pasaje en el mismo sentido; o que «hay algunas moradas fuera del reino de Dios, pertenecientes a los "muchos", que el Señor dijo que estaban en la casa de su Padre;» o que «el sacrificio del cuerpo y de la sangre de Cristo debe ofrecerse en favor de aquellos que han salido del cuerpo sin ser bautizados;» o que «cualquiera de aquellos que mueren sin el bautismo de Cristo es recibido por un tiempo en el paraíso, y después alcanza incluso la bienaventuranza del reino de los cielos.» Por encima de todo, guárdate de estas opiniones, hijo mío, y, puesto que deseas ser vencedor del error, no te regocijes en el sobrenombre de «Vicencio.» Y cuando ignores alguna cuestión, no pienses que la conoces; sino que, para obtener verdadero conocimiento, aprende a ser ignorante. Pues cometemos pecado al afectar no ignorar nada entre «las cosas secretas de Dios;» al construir teorías al azar sobre cosas desconocidas y tomarlas por conocidas; y al producir y defender errores como si fueran verdad. En cuanto a mi propia ignorancia sobre la cuestión de si las almas de los hombres son creadas de nuevo en cada nacimiento o son transmitidas por los padres (ignorancia que, sin embargo, está mitigada por mi creencia, en la que sería impío titubear, de que ciertamente son hechas por el Divino Creador, aunque no de su propia sustancia), creo que tu afectuosa persona estará ya persuadida de que o no debe ser censurada en absoluto, o, si debe serlo, que debe serlo por un hombre que sea capaz con su erudición de eliminarla por completo; y así también respecto de mis otras opiniones: que, aunque las almas tienen en sí las semejanzas incorpóreas de los cuerpos, no son ellas mismas cuerpos; y que, sin menoscabar la distinción natural entre alma y espíritu, el alma es en un sentido general designada efectivamente espíritu. Si, en efecto, por desgracia no he logrado persuadirte, he de dejar más bien a mis lectores determinar si lo que he aducido no debería haberte convencido.

    Capítulo 39

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Sobre el alma y su origen · IV, 39, sumario
    Amonestación final.

    IV, 39

    Si, como posiblemente sea el caso, deseas saber si hay muchos otros puntos que me parezca que requieren enmienda en tus libros, no puede serte molesto venir a mí — no, ciertamente, como un discípulo a su maestro, sino como una persona en su plenitud a uno lleno de años, y como un hombre fuerte a uno débil. Y aunque no debiste haber publicado tus libros, hay aún mayor y más verdadera gloria en que un hombre sea censurado, cuando confiesa con sus propios labios la justicia de su corrección, que en ser alabado por la boca de cualquier defensor del error. Ahora bien, aunque no querría creer que todos aquellos que escucharon tu lectura de los libros antes mencionados, y te prodigaron sus alabanzas, o bien habían sostenido previamente por su cuenta las opiniones que la sana doctrina desaprueba, o fueron inducidos por ti a abrigarlas, no puedo dejar de pensar que tuvieron la agudeza de su mente embotada por el flujo impetuoso y constante de tu elocución, y así fueron incapaces de prestar adecuada atención al contenido de tu discurso; o bien, que cuando en cualquier caso eran capaces de entender lo que decías, fue menos por una exposición muy clara de la verdad que te alabaron que por la afluencia de tu lenguaje y la facilidad y recursos de tus facultades mentales. Pues la alabanza, la fama y el amable aprecio se otorgan muy comúnmente a la elocuencia de un joven en anticipación del futuro, aunque le falte todavía la perfección madurada y la fidelidad de un instructor plenamente informado. Para que, pues, puedas alcanzar tú mismo la verdadera sabiduría, y para que lo que digas sea capaz no sólo de deleitar, sino incluso de edificar a otras personas, te corresponde, después de apartar de tu mente el peligroso aplauso de los demás, mantener una vigilancia concienzuda sobre tus propias palabras.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la obra

    La respuesta de Víctor, según Warfield, fue aceptar el reproche y declararse mejor instruido por Agustín; en las Retractaciones Agustín dice solo que aceptó la explicación que el joven le envió de su conducta. La pregunta de fondo, en cambio, no se cerró. Según Wikipedia, Agustín quedó indeciso entre el creacionismo y el traducianismo, mientras Jerónimo condenó este último y sostuvo que el creacionismo era la opinión de la Iglesia; el creacionismo prevaleció siempre en Oriente y se hizo opinión general entre los teólogos medievales. Lutero, como Agustín, no se decidió, aunque los luteranos han sido por regla general traducianistas; Calvino prefirió el creacionismo. El Catecismo de la Iglesia católica (366) enseña que cada alma espiritual es creada inmediatamente por Dios y no «producida» por los padres.
    Lo que sí fijó Agustín en este libro son cuatro cosas que no se pueden decir en ningún caso: que las almas se hacen pecaminosas por el pecado original de otro, que los niños no bautizados pueden alcanzar la vida eterna por otro camino que la remisión del pecado original, que las almas pecaron antes de encarnarse, y que son castigadas por pecados que no cometieron pero que Dios previó (libro I, Cap. 34). Con ello la cuestión del origen queda atada al pecado original, y por eso el tratado figura entre los escritos de la controversia pelagiana del volumen del NPNF, después de Sobre el matrimonio y la concupiscencia y antes de Contra dos cartas de los pelagianos.
    Dos advertencias de lectura. Los libros III y IV son los más personales: en el III, dice Warfield, Agustín señala a Víctor sus errores como un padre a un hijo, y en el IV desmenuza su teoría del alma, su forma y sus miembros, con argumentos que dependen de sueños, de visiones y de la historia de Perpetua; no hay que leerlos como si fueran la doctrina de Agustín sobre el alma, sino como su respuesta a esa teoría. Y la palabra «espíritu» tiene en estos capítulos dos sentidos que Agustín distingue (libro IV, Cap. 37): el alma y la parte del hombre que se opone a la carne.
    Límites. La fecha (finales de 419) es la del NPNF, que la deduce del lugar de la obra en las Retractaciones; Wikipedia da 419/21. La advertencia del NPNF dice que Pedro era «presbítero de España», mientras que las Retractaciones que el mismo volumen reproduce sitúan el hallazgo de los libros de Víctor en la Mauritania Cesariense. Wikipedia, en su artículo sobre la Pasión de Perpetua y Felicidad, dice que el tratado se dirige a Renato, quien habría usado el caso de Dinócrates; en el texto, esa tesis es de Víctor (libro II, Cap. 14; libro III, Cap. 12) y Renato es quien envía sus libros. La autoría inglesa (Holmes, según el índice del NPNF; Holmes y Wallis, según New Advent) y la edición (1887 o 1886) se dan tal como las fuentes las ofrecen. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el cotejo con el inglés confirma los mismos capítulos y párrafos en los cuatro libros, pero conviene cotejar las citas antes de usarlas en un trabajo. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren, se dice cuál se sigue.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; el tratado de Tertuliano que defiende el traducianismo, Sobre el alma; la herejía pelagiana, cuya condena precede a estos libros; y Sobre la naturaleza y la gracia, de la misma controversia.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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