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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la continencia

    Texto base: C. L. Cornish (trad.), Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (1887) · Delphi Collected Works of Saint Augustine, libro 12

    Traducción: Traducción automática (app Libyx), directa del inglés de Cornish; no del latín, y sin traductor humano · 32 secciones

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    Lectura continua · ≈ 78 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Dónde empieza a pecar una persona: en la mano que obra o en la «boca» que todavía no ha dicho nada? Este discurso de Agustín responde que en el consentimiento del corazón, y que es ahí, y no solo en el cuerpo, donde ha de ponerse «una puerta de continencia» (§ 2 a 5). Parte de una premisa que retoma al final: nadie es continente si Dios no se lo concede (§ 1, 28 y 32). Y concluye que no todo el que se abstiene posee «aquella continencia»: la de los maniqueos, que tenían la carne por obra del mal, no lo es (§ 26). Esta edición es la traducción castellana directa de la versión inglesa de C. L. Cornish, impresa en el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1887). Ni el texto ni su edición lo fechan, y las fuentes consultadas difieren: hacia 395 o hacia 418–420.
    El discurso avanza en cuatro movimientos. Primero sitúa la continencia en el consentimiento interior y describe la lucha que dura mientras «la carne desea contra el espíritu» (§ 1 a 13). Después examina las excusas con que se disculpa el pecado: el destino, el diablo, un principio del mal, la voluntad de Dios (§ 13 a 17). Contra los maniqueos defiende que la carne no es mala por naturaleza, sino que está enferma (§ 18 a 26). Cierra con la continencia verdadera y la falsa, con los casados, y con una exhortación a perseverar y a dar la gloria a Dios (§ 26 a 32). Para saber más de la secta, véase el artículo sobre el maniqueísmo; para el resto de la serie, Sobre el bien del matrimonio, Sobre la santa virginidad y Sobre el bien de la viudez.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (354–430), obispo de Hipona desde 395
    TítuloSobre la continencia (en latín, De continentia; en inglés, On Continence; el epub lo titula «De la continencia»)
    FechaNo consta en la edición de base. Tradicionalmente hacia 395; 418–420 según Wikipedia. En todo caso, anterior a 429 (Carta 231)
    GéneroDiscurso: el NPNF dice que es «evidentemente un discurso» y que por eso quizá falta en las Retractaciones
    Contra quiénLos maniqueos (§ 14, 18 y 22 a 26) y los que excusan sus pecados (§ 13 a 16)
    Extensión32 secciones, unas 12 600 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Cornish; no del latín. Con erratas en los § 1 a 6, conservadas (ver más abajo)
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3 (1887), ed. Philip Schaff; libro 12 de la Delphi Collected Works of Saint Augustine

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el reverendo C. L. Cornish, M.A., del Exeter College de Oxford (CCEL), hizo de De continentia para el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, editado por Philip Schaff (On the Holy Trinity; Doctrinal Treatises; Moral Treatises). New Advent da Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887; la copia de CCEL sigue una impresión de Nueva York de 1890. Según el prefacio de Schaff, los tratados morales se tradujeron primero para la Library of the Fathers de Oxford (1847). El inglés llegó al castellano a través de la Delphi Collected Works of Saint Augustine (Delphi Classics, 2016), cuyo texto de esta obra coincide con el de CCEL («saith», «hath»), no con el modernizado de New Advent. La traducción la hizo un programa (Libyx); no se atribuye a ningún traductor humano. Es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla con el latín.
    La edición inglesa pone al frente un resumen de la noticia de la edición benedictina:
    Texto de la fuenteLos editores benedictinos · Noticia sobre «Sobre la continencia» · Al frente del discurso
    San Agustín habla de su obra De la Continencia en E, Ad Darium Comitem. [Véase vol. I de esta edición, . — P. S.] Possidio, Ind. c. 10, la menciona, y es citada en el Collectanea de Beda o Floro, y por Eugipio. Por tanto, Erasmo esta equivocado al atribuirla a Hugo a causa del estilo, que no es desemejante al de los primeros discursos. Evidentemente es un discurso, y probablemente por esa razón no fue notada en las Retractaciones. La herejía maniquea es impugnada al modo de sus obras tempranas. — (Compendiado de la ed. de los Benedictinos, vol. vi.)
    La noticia llegó al epub con dos referencias cortadas, ya en el inglés de Delphi («in E,» y «of this edition, .»). En el NPNF dice «Ep. 231», la carta de Agustín a Darío, y «p. 584» del vol. 1. «Erasmo esta equivocado» lleva una errata del epub (por «está»).
    Lo que viene de la edición. El discurso no tiene capítulos ni títulos en el epub. Los números de sección son los del NPNF, que el propio epub conserva al comienzo de cada párrafo y que coinciden con la numeración de párrafos de la edición latina (la que reproduce augustinus.it). Esa edición divide la obra, además, en catorce capítulos con títulos que el NPNF y el epub omiten. El epub omite también las notas al pie del NPNF (127, de la 1807 a la 1933), que casi todas son la referencia bíblica de una cita, y alguna palabra latina. Por eso las citas bíblicas del discurso llegan sin referencia, tal como las vertió el traductor inglés desde el texto de Agustín. Las que dependen de una lectura particular se explican en las notas.
    Defectos de la traducción castellana. Los § 1 a 6 del epub tienen erratas de composición (vocales acentuadas en mayúscula dentro de la palabra, palabras partidas, letras perdidas). No se corrigen: un aviso al comienzo del texto da la lista.

    El discurso y su plan

    La tabla siguiente es una lectura del editor, hecha sobre el contenido de cada sección y apoyada en los capítulos de la edición latina; no es de Agustín ni del NPNF.
    SeccionesDe qué trata
    § 1 a 5La continencia es don de Dios. Se pone en la «boca del corazón», donde se consiente: allí hay que poner la puerta (; )
    § 6 a 9La lucha mientras dura esta vida. Ley sin gracia agrava el deseo; la gracia da lo que la Ley manda. La trompeta apostólica (; ; )
    § 10 y 11No confiar en las propias fuerzas. «Vivir según el hombre» es «vivir según la carne»
    § 12 a 17Las excusas del pecado (el destino, el diablo, un principio del mal, que a Dios le agrade) y la respuesta; continencia y justicia
    § 18 a 21La carne no es mala por naturaleza: es una enfermedad que se curará
    § 22 a 25Contra los maniqueos: , las tres uniones, la carne de Cristo, la Iglesia aún no sin mancha
    § 26 y 27La continencia verdadera y la falsa; los que se contienen por error, por injusticia o por magia; la continencia de los casados
    § 28 y 29La continencia, no solo del cuerpo; vivir «según Dios»
    § 30 a 32: hacer morir lo terreno; perseverar y dar la gloria al Señor

    De la continencia (De continentia)

    § 1

    1. Es difÍcil tratar de la virtud del alma, que se llama Continencia, de manera plenamente adecuada y digna; pero Aquél, de quien esta virtud es tan gran don, ayudará a nuestra pequeñez bajo la carga de peso tan grande. Porque Aquél que la concede a sus fieles cuando son continentes, Él mismo da discurso de ella a sus ministros cuando hablan. En fin, proponiÉndonos hablar de tan gran materia lo que Él mismo conceda, en primer lugar decimos y probamos que la Continencia es don de Dios. Tenemos escrito en el Libro de la Sabiduría que nadie puede ser continente si Dios no se lo concede. Mas el Señor, respecto a aquella misma Continencia mayor y más gloriosa, en virtud de la cual hay continencia del vínculo matrimonial, dice: No todos reciben esta palabra, sino aquellos a quienes es dado. Y puesto que tampoco la misma castidad conyugal puede guardarse si no hay Continencia de la relación ilÍcita, el Apóstol declaró que ambas son don de Dios, cuando habló de los dos estados, es decir, del matrimonial y del no matrimonial, diciendo: Quisiera que todos los hombres fuesen como yo; pero cada uno tiene de Dios su propio don: uno de una manera, otro de otra.
    Comentario editorial · ¿Hacia 395 o hacia 418–420?
    El discurso no se fecha a sí mismo. La noticia del NPNF, resumida de los benedictinos, solo dice que combate a los maniqueos «al modo de sus obras tempranas»; de ahí la fecha tradicional, hacia 395, que según Ilarion Argatu daba una nota de la Patrología Latina. Pero el estudio de las citas bíblicas (La Bonnardière, 1959; Hunter, 1995) lo lleva a la polémica antipelagiana: Argatu recoge que Hunter ve en un versículo que Agustín cita aquí por primera vez y que repite en obras de 418–420. Wikipedia da 418–420, citando a Fitzgerald (1999). Lo seguro es un límite final: en 429 Agustín lo envía a Darío con otros libros (Carta 231, 7). Esta edición no fija fecha. Tampoco figura en las Retractaciones; el NPNF lo atribuye a que es «evidentemente un discurso».
    Comentario editorial · «Nadie puede ser continente si Dios no lo da»
    Agustín cita el libro de la Sabiduría, que está en la Vulgata y no en la Biblia protestante: et ut scivi quoniam aliter non possum esse continens nisi Deus det (). «Continente» es la lectura del latín. La DHHED, una de las versiones del lector, traduce «no podría alcanzar la sabiduría si Dios no me la daba»; el editor no ha comprobado el griego. Agustín usa el versículo en otras obras. En las Confesiones recuerda que no lo sabía cuando creía poder ser continente por sí solo (VI, 11, 20) y, a propósito de la continencia, escribe «da lo que mandas y manda lo que quieras» (X, 29, 40). Ya en la controversia pelagiana vuelve a él para decir que sabiduría y continencia son dones de Dios (Sobre el don de la perseverancia, § 43) y cuenta que Pelagio no soportó oír esa frase en Roma (§ 53).

    § 2

    2. Y para que no pareciera que la continencia necesaria habÍa de esperarse del Señor únicamente respecto de la concupiscencia de las partes más bajas de la carne, se canta también en el Salmo: "Pon, Señor, guarda a mi boca, y una puerta de Continencia alrededor de mis labios". Pero en este testimonio de la divina palabra, si entendemos "boca" como debemos entenderla, percibimos cuÁn gran don de Dios es la Continencia allí puesta. Por cierto, es poco contener la boca del cuerpo, para que no salga de allÍ cosa que no sea para bien, mediante el sonido de la voz. Porque hay, dentro, la boca del corazón, donde el que pronunció estas palabras, y las escribió para que nosotros las pronunciÁsemos, deseó del Señor que se le pusiera la guarda y la puerta de Continencia. Porque muchas cosas no las decimos con la boca del cuerpo, y clamamos con el corazón: mas no sale de la boca del cuerpo palabra de cosa alguna sobre la cual haya silencio en el corazón. Por tanto, lo que no fluye de allÍ, no suena afuera; mas lo que fluye de allÍ, si es malo, aunque no mueva la lengua, contamina el alma. Por tanto, la Continencia ha de ponerse allÍ, donde habla la conciencia aun de los que callan. Pues se hace que, por medio de la puerta de Continencia, no salga de allÍ aquello que, aun cuando los labios de la carne estÁn cerrados, contamina la vida del que tiene el pensamiento.
    Comentario editorial · La «puerta de la continencia» del Salmo 141
    Los § 2 a 5 y 13 comentan un versículo del , que es el 140:3 en la numeración de la Septuaginta y de la Vulgata, la de Agustín. La Vulgata dice pone, Domine, custodiam ori meo et ostium circumstantiae labiis meis, «una puerta alrededor de mis labios». El texto latino del discurso dice ostium continentiae circum labia mea: de ahí la «puerta de la continencia». Las versiones modernas, como la BTX4 del lector, hablan de un guardia «en la puerta» de los labios y no de continencia. En su exposición de este salmo (§ 4) Agustín dice que una puerta se abre y se cierra: abierta a la confesión del pecado y cerrada a su excusa, idea que reaparece en el § 13 del discurso.

    § 3

    3. Por último, para mostrar más claramente la boca interior a la que se refería con estas palabras, después de haber dicho: "Pon, Señor, custodia a mi boca, y una puerta de Continencia alrededor de mis labios", añadió en seguida: "No permitas que mi corazón se desvíe hacia palabras malas". El desvío del corazón, ¿qué otra cosa es sino el consentimiento? Pues aún no ha hablado, aquel que en su corazón, sin desviarse el corazón, ha consentido a las sugestiones que le salen al paso de cada cosa que se ve. Mas, si ha consentido, ya ha hablado en su corazón, aunque no haya emitido sonido por la boca; aunque no haya ejecutado con la mano o con cualquier otro miembro del cuerpo, ha hecho ya lo que en su pensamiento ha determinado que ha de hacer: culpable según las leyes divinas, aunque oculto a los sentidos humanos; habiendo sido pronunciada la palabra en el corazón, sin haberse cometido obra alguna por el cuerpo. Pero de ningún modo habría movido el miembro exterior, en una obra cuyo comienzo no le hubiera precedido dentro, en palabra. Pues no es mentira lo que está escrito: que "el principio de toda obra es una palabra". Por cierto, muchas cosas hacen los hombres con la boca cerrada, la lengua quieta, la voz refrenada; mas nada hacen por obra del cuerpo que no hayan dicho antes en el corazón. Y por esto, habiendo muchos pecados en los dichos interiores que no están en las obras exteriores, mientras que no los hay en las obras exteriores que no vayan precedidos de dichos interiores, habrá pureza de inocencia de unos y otros, si la puerta de la Continencia fuere puesta alrededor de los labios interiores.

    § 4

    4. Por lo cual nuestro Señor mismo tambiÉn con su propia boca dice: "Limpia lo interior, y lo exterior serÁ limpio". Y, asimismo, en otro lugar, cuando refutaba los discursos necios de los judíos, que hablaban mal de sus discípulos por comer con manos no lavadas: "No lo que entra en la boca", dijo, "contamina al hom bre: sino lo que sale de la bca, eso contamina al hombre". Esta frase, si se tomara toda de la bca del cuerpo, es absurda. Porque ni el vómito contamina a quien la comida no contamina. Por cierto, la comida entra en la boca, el vómito procede de la boca. Mas sin duda las primeras palabras se refieren a la boca de la carne, donde Él dice: "No lo que entra en la boca contamina al hombre", pero las últimas palabras a la boca del corazón, donde dice: "Pero lo que procede de la boca, eso contamina al hom bre". En fin, cuando el Apóstol Pedro le pidi ó explicación de esto como de una parÁbola, respondiÓ: "¿TambiÉn vosotros estÁis aÚn sin entendimiento? ¿No entendÉis que todo lo que entra en la boca va al vientre y es echado en la letrina?" AquiÍ sin duda percibimos la bca del cuerpo, en la cual entra la comida. Pero en lo que luego aÑade, a fin de que reconozcamos la bca del corazón, la lentit ud de nuestro corazón no segirÍa si la Verdad no se dignara caminar aun con los lentos. Pues dice, "Mas las cosas que salen de la boca, salen del corazón"; como si dijera: Cuando oyes decir "de la boca", entende "del corazón". Digo ambas cosas, pero doy a entender la una por la otra. El hom bre interior tiene una bca interior, y esta la discierne el oÍdo interior: lo que sale de esta bca, sale del corazón, y contamina al hombre. Luego, dejando el tÉrmino boca, que pued e tambiÉn entenderse del cuerpo, muestra mÁs abiertamente lo que dice. "Porque del corazón salen", dice, "los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los hurtos, los falsos testimonios, las blasfemias: estas cosas son las que contamina an al hombre". Ciertamente no hay ninguno de esos males que puedan cometerse tambiÉn por los miembRros del cuerpo, sino que los malos pensamientos preceden y contamina an al hombre, aunque algo impida que sigan las obras pecaminosas y malvadas del cuerpo. Porque si, porque no se da poder, la mano estÁ libre del homicidio de un hombre, ¿acaso el corazón del homicida estÁ por ello limpio de pecado? ¿O si es casta aquella con quien uno impÚdico quiere cometer adulterio, ¿por eso dejó de cometer adulterio con ella en su corazón? ¿O si no se halla la ramera en el lupanar, ¿quien la busca, por eso deja de cometer fornicación en su corazón? ¿O si falta tiempo y lugar a quien desea daÑar a su pr ójimo con una mentira, ¿p or eso dejó ya de hablar falso testimonio con su bca interior? ¿O si alguno, temiendo a los hombres, no osa proferir en voz alta blasfemia con la lengua de carne, ¿es por ello no culpable de este crÍmen, quien dice en su corazón: "No hay Dios"? AsÍ todos los demÁ s malos hechos de los hombres, que ningún movimiento del cuerpo ejecuta, de los que ningún sentido del cuerpo es consci ente, tienen sus propios criminales secretos, que son contamina ados tambiÉn por el solo consentimiento en el pensamiento, es decir, por las malas palabras de la bca interior. En la cual (el Salmista) temiendo que su corazón se desviara, pide al Señor que se ponga la puerta de Continencia alrededor de los labios de esta bca, para contener el corazón, que no se desvÍe hacia palabras malas: sino contenerlo, no permitiendo que el pensamiento proceda al consentimiento: pues asÍ, segÚn el precepto del Apóstol, el pecado no reina en nuestro cuerpo mortal, ni cedemos nuestros miembros como armas de iniquidad al pecado. De cu mplir este precepto estÁn ciertamente muy lejos quienes por esto no vuelven sus miembros al pecado, porque no se les concede poder; y si este se presenta, al punto por los movimientos de sus miembros, como de armas, muestran quiÉn reina en ellos dentro. Por lo cual, en cuanto estÁ en ellos, ceden sus miembros como armas de iniquidad al pecado; porque esto es lo que desean, lo cual por esta razÓn no ceden, porque no pueden.

    § 5

    5. Y por esto aquello que, refrenÁndose por el pudor las partes que engendran, ha de llamarse mÁs principal y propiamente Continencia, es violado por ninguna transgresiÓn, si la Continencia superior, de la cual hemos estado hablando algÚn tiempo, se conserva en el corazÓn. Por esta razÓn el SeÑor, despuÉs de haber dicho: "Porque del corazÓn salen los malos pensamientos", pasÓ luego a aÑadir lo que pertenece a los malos pensamientos: "homicidios, adulterios", y lo demÁs. No hablÓ de todos; pero, habiendo nombrado algunos a modo de ejemplo, enseÑÓ que hemos de entender tambiÉn los otros. De los cuales no hay uno solo que pueda realizarse, a menos que haya precedido un mal pensamiento, por el cual se prepara dentro lo que se hace fuera, y saliendo por la boca del corazÓn ya contamina al hombre, aunque, por no concederse poder, no se haga fuera por medio de los miembros del cuerpo. Cuando, pues, se ha puesto una puerta de Continencia en la boca del corazÓn, de donde salen todas las cosas que contaminan al hombre, si no se permite que salga nada de allÍ, se sigue una pureza en que ya el conciencia pueda regocijarse; aunque no hay aÚn aquella perfecciÓn en que la Continencia no lucharÁ con el vicio. Pero ahora, mientras "la carne codicia contra el EspÍritu, y el EspÍritu contra la carne", nos basta no consentir a los males que sentimos en nosotros. Mas, cuando ese consentimiento tiene lugar, entonces sale de la boca del corazÓn lo que contamina al hombre. Pero cuando por la Continencia se retiene el consentimiento, el mal de la concupiscencia de la carne, contra la cual lucha la concupiscencia del espÍritu, no se le permite daÑar.

    § 6

    6. Mas una cosa es pelear bien, lo que ahora es, cuando se resiste a la lucha de la muerte; otra cosa no tener adversario, lo que serÁ entonces, cuando la muerte, "el último enemigo", sea destruida. Porque tambiÉn la Continencia misma, cuando refrena y restringe las concupiscencias, a la vez busca el bien para la inmortalidad a que aspiramos, y rechaza el mal con el que en esta mortalidad contendemos. De la una es, por cierto, amante y contempladora; de la otra, a un tiem po enemiga y testigo: buscando lo que es decOroso, huyendo lo que desdice. Ciertamente la Continencia no se fatigarÍa en refrenar las concupiscencias, si no tuviéramos deseos contrarios a lo decOroso, si no hubiera oposiciÓn de parte de la mala concupiscencia contra nuestra buena voluntad. El Apóstol clama en voz alta: "Yo sÉ", dice, "que no mora en mÍ, es decir, en mi carne, el bien. Porque el querer estÁ cerca de mÍ, pero el hacer el bien no lo hallo". Pues ahora pUede hacerse el bien, en cuant o que no se dÉ asentimient o a la mala concupiscencia: pero el bien serÁ cumplido, cuando la misma mala concupiscencia llegue a su fin. Y tambiÉn el mismo Doctor de los gentiles clama en voz alta: "Me deleito con la ley de Dios segÚn el hombre interior: pero veo otra ley en mis miembRos, que guerrea contra la ley de mi mente".

    § 7

    7. Este conflicto no lo experimentan en sí mismos sino aquellos que militan del lado de las virtudes y combaten los vicios; ni cosa alguna asalta el mal de la concupiscencia, sino el bien de la Continencia. Pero hay quienes, ignorando por completo la ley de Dios, no cuentan las malas concupiscencias entre sus enemigos, y, por una miserable ceguera, siendo esclavos de ellas, se tienen además por bienaventurados, satisfaciéndolas más bien que domeñándolas. Mas aquellos que por medio de la Ley han llegado a conocerlas —"pues por la Ley es el conocimiento del pecado", y "la concupiscencia", dice, "no la conocí, si la Ley no dijera: No codiciarás"—, y sin embargo son vencidos por su asalto, porque viven bajo la Ley, la cual manda lo bueno pero no lo da, no viven bajo la Gracia, que da por el Espíritu Santo lo que manda por la Ley: para éstos entró, pues, la Ley, a fin de que abundase la ofensa. La prohibición acrecentó la concupiscencia y la hizo invicta, para que hubiese también transgresión, la cual sin la Ley no existía, aunque había pecado, "porque donde no hay Ley, tampoco hay transgresión". Así la Ley, no ayudando la Gracia, al prohibir el pecado se convirtió además en fuerza del pecado; de donde el Apóstol dice: "La Ley es la fuerza del pecado". Y no hay que admirarse de que la debilidad del hombre, aun de la Ley buena, añadiese fuerza al mal, mientras confía en cumplir la Ley por su propia fuerza. Por cierto, ignorando la justicia de Dios, que Él da al débil, y queriendo establecer la suya propia, de la cual el débil carece, no se sujetó a la justicia de Dios, réprobo y soberbio. Pero si la Ley, como un pedagogo, conduce a la Gracia al que se ha hecho transgresor, como herido más gravemente para que desee al Médico, contra la dañosa dulzura con que prevalecía la concupiscencia, da el Señor una dulzura que obra el bien, para que por ella la Continencia más deleite, y "nuestra tierra dará su fruto", con que se alimenta el soldado que con la ayuda del Señor combate el pecado.

    § 8

    8. A tales soldados enciende para la batalla la trompeta apostólica con aquel sonido: "No reine, pues —dice—, el pecado en vuestro cuerpo mortal, obedeciéndole en sus concupiscencias; ni cedáis vuestros miembros al pecado como armas de iniquidad; antes cedeos a Dios, como vivos de entre los muertos, y vuestros miembros a Dios como armas de justicia. Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros. Pues no estáis bajo la Ley, sino bajo la Gracia". Y en otro lugar: "Así que, hermanos —dice—, deudores somos, no a la carne, para vivir según la carne. Porque si vivís según la carne, moriréis; mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios". Éste es, pues, el negocio que tenemos entre manos, mientras dura esta nuestra vida mortal bajo la Gracia: que el pecado, esto es, la concupiscencia del pecado (pues a esto llama aquí con el nombre de pecado), no reine en este nuestro cuerpo mortal. Pero se muestra que reina si se obedece a sus deseos. Hay, pues, en nosotros concupiscencia de pecado, a la cual no se ha de permitir reinar; hay sus deseos, a los cuales no debemos obedecer, no sea que, obedeciéndolos, reine sobre nosotros. Por lo cual no usurpe la concupiscencia nuestros miembros, sino que la Continencia los reclame para sí, a fin de que sean armas de justicia para Dios y no armas de iniquidad para el pecado; porque así el pecado no se enseñoreará de nosotros. Pues no estamos bajo la Ley, la cual ciertamente manda lo bueno pero no lo da, sino bajo la Gracia, la cual, haciéndonos amar lo que la Ley manda, puede enseñorearse sobre el libre.

    § 9

    9. Y también, cuando nos exhorta a que no vivamos según la carne, para que no muramos, sino que por el Espíritu mortifiquemos las obras de la carne, para que vivamos, ciertamente la trompeta que suena muestra la guerra en que estamos empeñados y nos enciende a contender con ardor y a dar muerte a nuestros enemigos, para que no seamos muertos por ellos. Pero quiénes son esos enemigos lo ha expuesto con bastante claridad. Pues éstos son aquellos a quienes quiso que diésemos muerte, es decir, las obras de la carne. Porque así dice: "Mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis". Y para que sepamos cuáles son éstas, oigamos al mismo que de igual modo escribe a los Gálatas y dice: "Pero las obras de la carne son manifiestas, las cuales son: fornicaciones, inmundicias, lujurias, idolatría, hechicerías, odios, contiendas, emulaciones, iras, rencillas, herejías, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes; de las cuales os prevengo, como ya os previne, que los que hacen tales cosas no poseerán el reino de Dios". Pues la misma guerra mostraba también allí, al hablar de estas cosas, y a dar muerte a estos enemigos estaba llamando a los soldados de Cristo con la misma trompeta celestial y espiritual. Porque había dicho antes: "Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no cumpláis las concupiscencias de la carne. Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; pues éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis. Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la Ley". Así, pues, puestos bajo la Gracia, quiere que tengan aquel conflicto contra las obras de la carne. Y para señalar estas obras de la carne, añadió lo que arriba he mencionado: "Pero las obras de la carne son manifiestas, las cuales son: fornicaciones", y las demás, ya las que mencionó, ya las que advirtió que debían entenderse, principalmente al añadir "y cosas semejantes". Finalmente, en esta batalla, contra lo que en cierto modo es el ejército carnal, sacando como otra línea espiritual, "mas el fruto del Espíritu es —dice— caridad, gozo, paz, longanimidad, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia; contra tales cosas no hay ley". No dice "contra éstas", para que no se piense que son solas; aunque aunque dijera esto, deberíamos entender todas, cuantas bienes del mismo género pudiésemos pensar; pero dice "contra tales", es decir, tanto éstas como cualesquiera semejantes. Sin embargo, al poner la Continencia en el último lugar entre los bienes que mencionó (sobre la cual hemos emprendido ahora tratar, y por causa de la cual ya hemos dicho mucho), quiso que de modo especial se adhiriese a nuestras mentes. Por cierto, ésta misma es de gran provecho en este caso, en que el Espíritu codicia contra la carne, por cuanto en cierta manera crucifica las concupiscencias de la carne. De donde, después que el Apóstol hubo hablado así, añadió en seguida: "Pero los que son de Jesucristo han crucificado su propia carne, con las pasiones y concupiscencias". Éste es el obrar de la Continencia: así se da muerte a las obras de la carne. Pero dan muerte a aquellos a quienes, apartándose de la Continencia, la concupiscencia arrastra al consentimiento para hacer tales obras.

    § 10

    10. Mas para que no nos apartemos de la Continencia, debemos vigilar especialmente contra aquellas asechanzas de las sugestiones del diablo, para que no presumamos de nuestra propia fuerza. Porque "maldito es todo aquel que pone su esperanza en el hombre". ¿Y quién es ése, sino el hombre? No podemos, pues, decir con verdad que no pone su esperanza en el hombre quien la pone en sí mismo. Porque esto también, "vivir según el hombre", ¿qué es sino "vivir según la carne"? Así, pues, quien sea tentado por tal sugestión, oiga, y, si tiene algún sentimiento cristiano, tiemble. Oiga, digo: "Si vivís según la carne, moriréis".

    § 11

    11. Pero alguno me dirá que una cosa es vivir según el hombre, y otra vivir según la carne; porque el hombre, por cierto, es una criatura racional, y hay en él un alma racional, por la cual se diferencia de la bestia; mas la carne es la parte más baja y terrena del hombre, y así vivir según ella es defectuoso; y por esta razón, quien vive según el hombre, ciertamente no vive según la carne, sino más bien según aquella parte del hombre por la cual es hombre, es decir, según el espíritu de la mente por el cual aventaja a las bestias. Pero esta discusión quizá tenga alguna fuerza en las escuelas de los filósofos; mas nosotros, para entender al Apóstol de Cristo, debemos observar de qué manera suelen hablar los libros cristianos; en todo caso, es creencia de todos nosotros, para quienes vivir es Cristo, que el Hombre fue tomado para sí por el Verbo de Dios, no ciertamente sin un alma racional, como quieren ciertos herejes; y sin embargo leemos: "El Verbo se hizo carne". ¿Qué se ha de entender aquí por "carne", sino Hombre? "Y toda carne verá la salvación de Dios". ¿Qué puede entenderse, sino todos los hombres? "A Ti vendrá toda carne". ¿Qué es, sino todos los hombres? "Le has dado poder sobre toda carne". ¿Qué es, sino todos los hombres? "Por las obras de la Ley ninguna carne será justificada". ¿Qué es, sino ningún hombre será justificado? Y esto mismo confiesa más claramente el mismo Apóstol en otro lugar, diciendo: "El hombre no será justificado por las obras de la Ley". También a los Corintios reprende, diciendo: "¿No sois carnales, y andáis según el hombre?" Después de haberlos llamado carnales, no dice: andáis según la carne, sino según el hombre, por cuanto con esto también ¿qué habría querido dar a entender, sino según la carne? Pues ciertamente si andar, esto es, vivir, según la carne merecía reprensión, pero según el hombre merecía alabanza, no diría por vía de reprensión: "andáis según el hombre". Reconozca el hombre el reproche; mude su propósito, evite la destrucción. Oye tú, hombre: no andes tú según el hombre, sino según Aquel que hizo al hombre. No te apartes de Aquel que te hizo, aun hacia ti mismo. Porque un hombre dijo, que sin embargo no vivía según el hombre: "No que seamos suficientes para pensar algo por nosotros mismos, como de nosotros mismos; sino que nuestra suficiencia viene de Dios". Considera si vivía según el hombre quien dijo estas cosas con verdad. Por tanto, el Apóstol, amonestando al hombre a no vivir según el hombre, restituye al hombre a Dios. Mas quien no vive según el hombre, sino según Dios, ciertamente no vive ni aun según sí mismo, porque él mismo también es hombre. Pero se dice también que vive según la carne, cuando así vive; porque también cuando se ha nombrado la carne sola, se entiende el hombre, como ya hemos mostrado; así como cuando se ha nombrado el alma sola, se entiende el hombre: de donde se dice: "Toda alma esté sujeta a las potestades superiores", esto es, todo hombre; y: "Setenta y cinco almas descendieron a Egipto con Jacob", esto es, setenta y cinco hombres. Por tanto, no vivas tú según ti mismo, oh hombre: de ahí habrías perecido, pero fuiste buscado. No vivas, pues, digo, según ti mismo, oh hombre; de ahí habrías perecido, pero fuiste hallado. No acuses tú la naturaleza de la carne, cuando oyes decir: "Si vivís según la carne, moriréis". Pues así podría decirse, y con toda verdad podría: Si vivís según vosotros mismos, moriréis. Porque el diablo no tiene carne, y sin embargo, porque quiso vivir según sí mismo, "no permaneció en la verdad". ¿Qué maravilla, pues, si, viviendo según sí mismo, "cuando habla mentira, habla de lo suyo propio", lo cual la Verdad dijo con verdad de él?
    Comentario editorial · «Carne» quiere decir aquí «hombre»
    Alguien objeta que «vivir según el hombre» no es «vivir según la carne». Agustín contesta que en la Escritura «carne» nombra con frecuencia al hombre entero: «el Verbo se hizo carne» (), «por las obras de la Ley ninguna carne será justificada» (). Pablo reprocha a los corintios andar «según el hombre» () y advierte «si vivís según la carne, moriréis» (). Es la clave de lo que sigue: si «carne» es el hombre que vive para sí y no la materia, el deseo «de la carne» () no prueba que haya una naturaleza mala, que es lo que sostienen los maniqueos. Los «ciertos herejes» que negaban al Verbo un alma racional no se nombran en el texto, y el NPNF no los identifica.

    § 12

    12. Cuando, pues, oyes decir: "El pecado no se enseñoreará de vosotros", no tengas confianza de ti mismo en que el pecado no se enseñoree de ti, sino de Aquel a quien cierto Santo dice en oración: "Endereza mis sendas según tu Palabra, y no tenga dominio sobre mí iniquidad alguna". Pues para que acaso, después de haber oído: "el pecado no se enseñoreará de vosotros", nos ensoberbeciésemos y atribuyésemos esto a nuestra propia fuerza, al punto vio esto el Apóstol y añadió: "Porque no estáis bajo la Ley, sino bajo la Gracia". Por tanto, la Gracia hace que el pecado no se enseñoree de vosotros. No tengas, pues, confianza de ti mismo, no sea que por ello reine mucho más sobre ti. Y cuando oímos decir: "Si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis", no atribuyamos este tan gran bien a nuestro propio espíritu, como si por sí mismo pudiera hacer esto. Pues, para que no abrigásemos aquel sentido carnal, estando el espíritu más bien muerto que dando muerte a otros, al punto añadió: "Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios". Por tanto, para que por nuestro espíritu mortifiquemos las obras de la carne, somos guiados por el Espíritu de Dios, que da la Continencia, con la cual refrenar, domar, vencer la concupiscencia.

    § 13

    13. En este tan gran conflicto, en que el hombre bajo la Gracia vive, y cuando, siendo ayudado, pelea bien, se regocija en el Señor con temblor, no faltan sin embargo, aun a los guerreros valerosos y mortificadores, aunque no vencidos, de las obras de la carne, algunas heridas de pecados, para cuya curación puedan decir diariamente: "Perdónanos nuestras deudas"; contra los mismos vicios, y contra el diablo príncipe y rey de los vicios, esforzándose con mucho mayor vigilancia y agudeza por la misma oración, para que sus sugestiones mortíferas no prevalezcan en nada, con las cuales empuja además al pecador a excusar más bien que a acusar sus propios pecados; y así aquellas heridas no sólo no sean sanadas, sino que también, aunque no fuesen mortales, puedan ser apretadas hasta un daño grave y fatal. Y aquí, por tanto, hay necesidad de una Continencia más cauta, con la cual refrenar el apetito soberbio del hombre; con la cual él se complace en sí mismo, y no quiere ser hallado digno de culpa, y desdeña, cuando peca, ser convencido de que él mismo ha pecado; no tomando sobre sí con saludable humildad el acusarse a sí mismo, sino más bien con fatal arrogancia buscando hallar una excusa. Para refrenar esta soberbia, aquel cuyas palabras ya he puesto arriba, y, como pude, encomendé, buscó del Señor la Continencia. Pues, después que hubo dicho: "Pon, Señor, custodia a mi boca, y una puerta de Continencia alrededor de mis labios. No dejes que mi corazón se desvíe hacia palabras malas"; explicando más claramente de qué hablaba, dice: "para hacer excusas en los pecados". Porque ¿qué más malo que estas palabras, con las cuales el hombre malo niega que es malo, aunque convicto de una obra mala, que no puede negar? Y ya que no puede ocultar el hecho, ni decir que está bien hecho, y aún ve que es claro que fue hecho por él, busca referir a otro lo que ha hecho, como si pudiera quitar de allí lo que ha merecido. No queriendo ser él mismo culpable, más bien añade a su culpa, y excusando, no acusando, sus propios pecados, no sabe que está apartando de sí, no el castigo, sino el perdón. Porque ante jueces humanos, por cuanto pueden ser engañados, parece aprovechar algo por el momento, limpiar como sea lo que se ha hecho mal con cualquier engaño; pero ante Dios, que no puede ser engañado, hemos de usar, no una defensa engañosa, sino una verdadera confesión de los pecados.

    § 14

    14. Y algunos, en verdad, que suelen excusar sus propios pecados, se quejan de que son impulsados a pecar por el hado, como si los astros hubieran decretado esto, y el cielo hubiera pecado primero decretando tales cosas, para que después el hombre pecase cometiéndolas, y así más bien imputan su pecado a la fortuna; los cuales piensan que todas las cosas son agitadas de acá para allá por accidentes fortuitos, y sin embargo sostienen que esta su sabiduría y aserción no es de temeridad fortuita, sino de razón averiguada. ¡Qué locura, pues, es atribuir a la razón sus discusiones, y hacer sus acciones sujetas a accidentes! Otros refieren al diablo todo lo que hacen mal, y no quieren tener ni siquiera parte con él, mientras que pueden sospechar si él con sugestiones ocultas los ha persuadido al mal, y por otra parte no pueden dudar que ellos han consentido a aquellas sugestiones, de cualquier fuente que hayan venido. Hay también quienes extienden su defensa de sí mismos hasta una acusación de Dios, miserables por el juicio divino, pero blasfemos por su propia locura. Pues contra Él aducen, de un principio contrario, una substancia de mal rebelde, a la cual Él no habría podido resistir, si no hubiera mezclado con esa misma que se rebelaba una porción de su propia Substancia y Naturaleza, para que la contaminase y corrompiese; y dicen que ellos pecan cuando la naturaleza del mal prevalece sobre la naturaleza de Dios. Ésta es aquella inmunda locura de los Maniqueos, cuyos diabólicos artificios la verdad indudable derriba con la mayor facilidad; la cual confiesa que la naturaleza de Dios es incapaz de contaminación y corrupción. Pero ¡qué malvada contaminación y corrupción no merecen que se haya creído de ellos, por quienes se cree que Dios, que es bueno en sumo grado, y de un modo que no admite comparación, es capaz de contaminación y corrupción!
    Comentario editorial · Los maniqueos: dos principios, dos naturalezas
    Aquí nombra Agustín por primera vez a los maniqueos. Según lo describe, oponían a Dios un principio del mal que Dios no habría podido resistir sin mezclar con él parte de su propia sustancia, de modo que los pecados serían el triunfo de la naturaleza mala. La secta, fundada por Mani en el siglo III, enseñaba una cosmología dualista de luz y tinieblas y se dividía en electos, que hacían votos, y oyentes (Wikipedia). Agustín fue oyente nueve o diez años, según sus Confesiones (Wikipedia). Los comentaristas modernos se han preguntado por qué espera hasta este § 14 para atacarlos de frente (Argatu). Su doctrina y su regla se cuentan en el artículo sobre el maniqueísmo.

    § 15

    15. Y hay también quienes, para excusa de sus pecados, acusan a Dios de tal modo que dicen que los pecados le agradan. Porque, si le desagradaran, dicen, ciertamente por su omnipotente poder de ningún modo permitiría que tuviesen lugar. ¡Como si en verdad Dios dejase los pecados sin castigo, aun en el caso de aquellos a quienes por la remisión de los pecados libra del castigo eterno! Nadie, por cierto, recibe el perdón del castigo más grave debido, si no ha sufrido algún castigo, sea cual fuere, aunque mucho menor que el debido; y la plenitud de la misericordia se dispensa de tal modo, que la justicia también de la disciplina no se abandona. Pues también el pecado, que parece no vengado, tiene su propio castigo concomitante, de modo que no hay nadie que por razón de lo que ha hecho o sufra dolor por amargura, o no sufra por ceguera. Así, pues, como tú dices: ¿Por qué permite Él aquellas cosas, si le desagradan? así digo yo: ¿Por qué las castiga, si le agradan? Y así, como yo confieso que aquellas cosas no tendrían lugar en absoluto, si no fuesen permitidas por el Omnipotente, así confiesa tú que lo que es castigado por el Justo no debe hacerse; para que, no haciendo lo que Él castiga, merezcamos aprender de Él por qué permite que exista lo que castiga. Pues, como está escrito: "el alimento sólido es para los perfectos", en lo cual los que han hecho buen progreso entienden ya que pertenecía más bien al omnipotente poder de Dios permitir la existencia de los males que provienen del libre albedrío de la voluntad. Tan grande es, por cierto, su omnipotente bondad, que aun del mal puede hacer bien, ya perdonando, ya sanando, ya adaptando y convirtiendo en provecho de los piadosos, ya aun tomando venganza con toda justicia. Porque todas estas cosas son buenas, y muy dignas de un Dios bueno y omnipotente; y sin embargo no se hacen sino de males. ¿Qué, pues, mejor, qué más omnipotente, que Aquel que, no haciendo mal alguno, aun de los males hace bien? Los que han obrado mal claman a Él: "Perdónanos nuestras deudas"; Él oye, Él perdona. Sus propios males han dañado a los pecadores; Él ayuda y sana sus enfermedades. Los enemigos de su pueblo se enfurecen; de su furor hace mártires. Finalmente, también condena a aquellos a quienes juzga dignos de condenación; aunque ellos sufren sus propios males, sin embargo Él hace lo que es bueno. Porque lo que es justo no puede menos de ser bueno, y ciertamente como el pecado es injusto, así el castigo del pecado es justo.

    § 16

    16. Pero no le faltó poder a Dios para hacer al hombre tal que no pudiera pecar; sino que prefirió hacerlo tal, que estuviese en su poder pecar, si quisiese; no pecar, si no quisiese; prohibiendo lo uno, mandando lo otro; para que le fuese primero un buen mérito no pecar, y después un justo galardón no poder pecar. Pues tales también hará al fin a sus Santos, que estén sin todo poder de pecar. Tales, por cierto, tiene ya ahora a sus ángeles, a quienes en Él amamos de tal modo, que no tenemos temor por ninguno de ellos, de que pecando se convierta en diablo. Y esto no lo presumimos de ningún justo en esta vida mortal. Pero confiamos que todos serán tales en aquella vida inmortal. Porque Dios omnipotente, que obra bien aun de nuestros males, ¿qué bien dará, cuando nos haya librado de todos los males? Mucho podría decirse más plena y más sutilmente sobre el buen uso del mal; pero esto no es lo que hemos emprendido en nuestro presente discurso, y debemos evitar en él el exceso de extensión.

    § 17

    17. Ahora, pues, volvamos a aquello por lo cual hemos dicho lo que hemos dicho. Tenemos necesidad de la Continencia, y sabemos que es un don divino, para que nuestro corazón no se desvíe hacia palabras malas, para hacer excusas en los pecados. Pero ¿qué pecado hay sino que tenemos necesidad de la Continencia para refrenarlo de ser cometido, ya que es esta misma Continencia la que, en caso de haber sido cometido, lo refrena de ser defendido por la soberbia malvada? Universalmente, pues, tenemos necesidad de la Continencia, para apartarnos del mal. Pero hacer el bien parece pertenecer a otra virtud, esto es, a la justicia. Esto nos amonesta el sagrado Salmo, donde leemos: "Apártate del mal, y haz el bien". Pero con qué fin hacemos esto, añade luego, diciendo: "Busca la paz, y síguela". Porque entonces tendremos perfecta paz, cuando, adhiriéndose nuestra naturaleza inseparablemente a su Creador, no tengamos nada de nosotros mismos opuesto a nosotros mismos. Esto mismo quiso también nuestro Salvador que entendiésemos, según me parece, cuando dijo: "Tened ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas". ¿Qué es ceñir los lomos? Refrenar las concupiscencias, lo cual es obra de la continencia. Pero tener las lámparas encendidas es resplandecer y arder con buenas obras, lo cual es obra de la justicia. Ni aquí calló con qué fin hacemos estas cosas, añadiendo y diciendo: "Y vosotros semejantes a hombres que esperan a su Señor, cuando vuelva de las bodas". Mas, cuando Él haya venido, nos recompensará, a nosotros que nos hemos guardado de aquellas cosas que la concupiscencia apetece, y hemos hecho aquellas cosas que la caridad nos ha mandado; para que reinemos en su perfecta y eterna paz, sin contienda alguna de mal, y con el sumo deleite del bien.

    § 18

    18. Todos nosotros, pues, que creemos en el Dios vivo y verdadero, cuya Naturaleza, siendo en sumo grado buena e incapaz de cambio, ni hace mal alguno, ni sufre mal alguno, de quien procede todo bien, aun aquel que admite disminución, y que no admite en absoluto disminución en su propio Bien, que es Él mismo, cuando oímos al Apóstol decir: "Andad en el Espíritu, y no cumpláis las concupiscencias de la carne. Porque la carne codicia contra el Espíritu, y el Espíritu contra la carne; pues éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis", lejos esté de nosotros creer, lo que la locura de los Maniqueos cree, que aquí se muestran dos naturalezas o principios contrarios entre sí en lucha, la una naturaleza de bien, la otra de mal. Enteramente estas dos son ambas buenas; tanto el Espíritu es un bien, como la carne un bien; y el hombre, que está compuesto de ambas, una rigiendo, la otra obedeciendo, es ciertamente un bien, pero un bien capaz de cambio, que sin embargo no pudo ser hecho sino por un Bien incapaz de cambio, por quien fue creado todo bien, ora pequeño, ora grande; pero por pequeño que sea, hecho por lo que es Grande; y por grande que sea, de ningún modo comparable con la grandeza del Hacedor. Pero en esta naturaleza del hombre, que es buena, y bien formada y ordenada por Uno que es Bueno, hay ahora guerra, puesto que aún no hay salud. Sáñese la enfermedad, hay paz. Pero esa enfermedad la ha merecido la culpa, no la ha tenido la naturaleza. Y esta culpa, en verdad, por el lavacro de la regeneración la gracia de Dios ya la ha remitido a los fieles; pero bajo las manos del mismo Médico la naturaleza todavía lucha con su enfermedad. Mas en tal conflicto la victoria será la entera sanidad; y esa sanidad, no por un tiempo, sino para siempre; en la cual no sólo esta enfermedad ha de llegar a su fin, sino que ninguna ha de surgir después de ella. Por lo cual el justo se dirige a su alma y dice: "Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides todas sus retribuciones: el que se hace propicio a todas tus iniquidades, el que sana todas tus enfermedades". Se hace propicio a nuestras iniquidades, cuando perdona los pecados; sana las enfermedades cuando refrena los malos deseos. Se hace propicio a las iniquidades por la concesión del perdón; sana las enfermedades, por la concesión de la continencia. Lo uno se hizo en el Bautismo a los que confiesan; lo otro se hace en la lucha a los que contienden; en la cual por su ayuda hemos de vencer nuestra enfermedad. Aun ahora se hace lo uno, cuando somos oídos, diciendo: "Perdónanos nuestras deudas"; pero lo otro, cuando somos oídos, diciendo: "No nos dejes caer en la tentación. Porque cada uno es tentado", dice el Apóstol Santiago, "siendo arrastrado y seducido por su propia concupiscencia". Y contra esta falta se busca el auxilio de la medicina de Aquel que puede sanar todas tales enfermedades, no quitando una naturaleza ajena a nosotros, sino renovando nuestra propia naturaleza. De donde también el arriba mencionado Apóstol no dice: "Cada uno es tentado" por la concupiscencia, sino que añadió: "por la suya propia"; para que quien oye esto entienda cómo debe clamar: "Dije: Señor, ten misericordia de mí, sana mi alma, porque he pecado contra Ti". Pues no habría necesitado ser sanada, si no se hubiera corrompido a sí misma pecando, de modo que su propia carne codiciase contra ella, esto es, ella misma se opusiese a sí misma, por aquel lado en que en la carne fue hecha enferma.

    § 19

    19. Porque la carne nada codicia sino por medio del alma, pero se dice que la carne codicia contra el espíritu, cuando el alma con concupiscencia carnal lucha contra el espíritu. Este todo somos nosotros; y la carne misma, que a la partida del alma muere, la parte más baja de nosotros no es desechada como algo de lo que hayamos de huir, sino que es depuesta como algo que hemos de recibir de nuevo, y, después de haberla recibido, nunca más dejar. Pero "se siembra un cuerpo animal, resucitará un cuerpo espiritual". Entonces desde aquel tiempo la carne no codiciará nada contra el espíritu, cuando ella misma también será llamada espiritual, por cuanto no sólo sin oposición alguna, sino también sin necesidad alguna de alimento corporal, estará para siempre sujeta al espíritu, para ser vivificada por Cristo. Por tanto, estas dos cosas, que ahora se oponen la una a la otra dentro de nosotros, puesto que existimos en ambas, oremos y esforcémonos para que concuerden. Porque no debemos pensar que una de ellas es enemiga, sino la falta, por la cual la carne codicia contra el espíritu; y ésta, cuando sea sanada, cesará ella misma de existir, y una y otra substancia estarán a salvo, y no habrá contienda entre ambas. Oigamos al Apóstol: "Yo sé", dice, "que no mora en mí, esto es, en mi carne, el bien". Esto ciertamente dice: que la falta de la carne, en una cosa buena, no es buena; y, cuando ésta haya cesado de existir, será carne, pero no será ya carne corrompida o defectuosa. Y sin embargo, que esto pertenece a nuestra naturaleza lo muestra el mismo doctor, diciendo primero: "Yo sé que no mora en mí", para explicar lo cual, añadió: "esto es, en mi carne, el bien". Por tanto, dice que su carne es él mismo. No es, pues, ella misma la que es nuestra enemiga; y cuando se resiste a sus faltas, ella misma es amada, porque ella misma es cuidada; "porque nadie aborreció jamás su propia carne", como dice el mismo Apóstol. Y en otro lugar dice: "Así que, yo mismo con la mente sirvo a la Ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado". Oigan los que tienen oídos. "Así que, yo mismo"; yo con la mente, yo con la carne, pero "con la mente sirvo a la Ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado". ¿Cómo "con la carne a la ley del pecado"? ¿Acaso consintiendo a la concupiscencia carnal? ¡Lejos esté! sino teniendo allí movimientos de deseos que él no querría, y sin embargo tenía. Mas, no consintiendo a ellos, con la mente servía a la Ley de Dios, y guardaba sus miembros de convertirse en armas de pecados.

    § 20

    20. Hay, pues, en nosotros malos deseos, no consintiendo a los cuales no vivimos mal; hay en nosotros concupiscencias de pecados, no obedeciendo a las cuales no consumamos el mal, pero por tenerlas no consumamos aún el bien. El Apóstol muestra ambas cosas: que ni el bien se perfecciona aquí, donde el mal es así codiciado, ni el mal se perfecciona aquí, mientras tal concupiscencia no es obedecida. Lo uno, por cierto, lo muestra donde dice: "El querer está en mí, pero el perfeccionar el bien no"; lo otro, donde dice: "Andad en el Espíritu, y no perfeccionéis las concupiscencias de la carne". Pues ni en el primer lugar dice que el hacer el bien no está en él, sino "el perfeccionar", ni aquí dice: No tengáis "concupiscencias de la carne", sino "no las perfeccionéis". Por tanto, tienen lugar en nosotros malas concupiscencias, cuando agrada lo que no es lícito; pero no se perfeccionan, cuando las malas concupiscencias son refrenadas por la mente que sirve a la Ley de Dios. Y el bien tiene lugar, cuando aquello que malamente agrada, no tiene lugar por prevalecer el buen deleite. Pero la perfección del bien no se cumple, mientras que, sirviendo la carne a la ley del pecado, la mala concupiscencia seduce, y, aunque sea refrenada, es sin embargo movida. Pues no habría necesidad de que fuese refrenada, si no fuese movida. Habrá en algún tiempo también la perfección del bien, cuando la destrucción del mal: lo uno será sumo, lo otro no será más. Y si pensamos que esto se ha de esperar en este estado mortal, nos engañamos. Porque será entonces, cuando la muerte no será; y será allí, donde habrá vida eterna. Porque en aquel mundo, y en aquel reino, habrá sumo bien, ningún mal; cuando habrá, y donde habrá, sumo amor de la sabiduría, ningún trabajo de continencia. Por tanto, la carne no es mala, si está vacía de mal, esto es, de falta, por la cual el hombre fue hecho defectuoso, no hecho malo, sino haciéndose a sí mismo. Pues por una y otra parte, esto es, alma y cuerpo, siendo hechos buenos por el buen Dios, él mismo hizo el mal, por el cual fue hecho malo. De la culpa de cuyo mal, estando ya también libre por el perdón, para que no piense que lo que ha hecho es leve, todavía guerrea con su propia falta por medio de la continencia. Pero lejos esté que haya faltas algunas en los que reinan en aquella paz que será después; puesto que en este estado de guerra se disminuyen diariamente en los que progresan, no sólo los pecados, sino las mismas concupiscencias también, con las cuales, no consintiendo, luchamos, y consintiendo a las cuales pecamos.

    § 21

    21. Que, por tanto, la carne codicie contra el Espíritu, que no more en nuestra carne el bien, que la ley en nuestros miembros se oponga a la ley de la mente, no es una mezcla de dos naturalezas causadas por principios contrarios, sino una división de una contra sí misma causada por el merecimiento del pecado. No éramos así en Adán, antes de que aquella naturaleza, habiendo escuchado y seguido a su engañador, hubiese despreciado y ofendido a su Creador; esto es, no la vida primera del hombre creado, sino el castigo posterior del hombre condenado. De cuya condenación, cuando son librados por la Gracia, por medio de Jesucristo, siendo libres contienden con su castigo, no habiendo recibido aún la plena salvación, sino ya una prenda de salvación; mas cuando no son librados, son a la vez culpables por razón de los pecados, y envueltos en castigos. Pero después de esta vida para los culpables quedará para siempre el castigo por su crimen; para los libres no quedará ya para siempre ni crimen ni castigo; sino que las substancias buenas, espíritu y carne, continuarán para siempre, las cuales Dios, que es bueno e incapaz de cambio, creó buenas aunque capaces de cambio. Pero continuarán habiendo sido cambiadas para mejor, nunca desde entonces para ser cambiadas para peor; todo mal siendo enteramente destruido, tanto lo que el hombre ha hecho injustamente, como lo que ha sufrido justamente. Y, pereciendo enteramente estas dos clases de mal, de las cuales la una es de iniquidad que precede, la otra de infelicidad que sigue, la voluntad del hombre será recta sin depravación alguna. Allí será claro y manifiesto a todos, lo que ahora muchos de los fieles creen, pocos entienden: que el mal no es una substancia, sino que, como una herida en un cuerpo, así en una substancia, que se ha hecho defectuosa a sí misma, comenzó a existir cuando la enfermedad comenzó, y cesa de existir en ella cuando la curación ha sido perfeccionada. Por tanto, habiendo surgido todo mal de nosotros, y habiendo sido destruido en nosotros, habiendo sido también nuestro bien aumentado y perfeccionado hasta la cumbre de la más feliz incorrupción e inmortalidad, ¿de qué índole será cada una de nuestras substancias? Por cuanto ahora, en esta corrupción y mortalidad, cuando aún "el cuerpo corruptible agrava el alma", y, lo que dice el Apóstol, "el cuerpo está muerto a causa del pecado", sin embargo el mismo da tal testimonio a nuestra carne, esto es, a nuestra parte más baja y terrena, que dice, lo que mencioné un poco antes: "Nadie aborreció jamás su propia carne". Y añadir en seguida: "sino que la nutre y la acaricia, como también Cristo a la Iglesia".

    § 22

    22. No digo, pues, con qué error, sino con qué completa locura, atribuyen los Maniqueos nuestra carne a no sé qué fabulosa "raza de tinieblas", que quieren que haya tenido su propia naturaleza sin principio alguno siempre mala; mientras que el verdadero doctor exhorta a los hombres a amar a sus propias esposas según el modelo de su propia carne, y los exhorta a esto mismo también según el modelo de Cristo y la Iglesia. Finalmente, debemos recordar todo el lugar mismo de la Epístola del Apóstol, que se refiere grandemente al asunto que tratamos. "Maridos", dice, "amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia, y se entregó a sí mismo por ella, para santificarla, limpiándola por el lavacro del agua en la palabra; a fin de presentársela a sí mismo una Iglesia gloriosa, que no tenga mancha, ni arruga, ni cosa semejante, sino que sea santa e inmaculada. Así", dice, "también los maridos deben amar a sus propias mujeres, como a sus propios cuerpos. Quien ama a su propia mujer, a sí mismo se ama". Luego añadió, lo que ya hemos mencionado: "Porque nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la nutre y la acaricia; como también Cristo a la Iglesia". ¿Qué dice la locura de la más impura impiedad en respuesta a estas cosas? ¿Qué decís en respuesta a estas cosas, vosotros Maniqueos; vosotros que queréis introducirnos, como sacadas de las Epístolas de los Apóstoles, dos naturalezas sin principio, una de bien, otra de mal; y no queréis escuchar las Epístolas de los Apóstoles, para que os corrijan de aquella sacrílega perversidad? Así como leéis: "La carne codicia contra el espíritu", y: "No mora en mi carne el bien"; así leed: "Nadie aborreció jamás su propia carne, sino que la nutre y la acaricia, como también Cristo a la Iglesia". Así como leéis: "Veo otra ley en mis miembros, que se opone a la ley de mi mente"; así leed: "Como Cristo amó a la Iglesia, así también los hombres deben amar a sus propias mujeres, como a sus propios cuerpos". No seáis astutos en los primeros testimonios de la Sagrada Escritura, y sordos en este último, y seréis correctos en ambos. Porque, si recibís el último como es justo, os esforzaréis por entender el primero también como es verdad.

    § 23

    23. El Apóstol nos ha dado a conocer ciertas tres uniones: Cristo y la Iglesia, el marido y la mujer, el espíritu y la carne. De éstas, las primeras consultan el bien de las segundas, las segundas sirven a las primeras. Todas las cosas son buenas, cuando, en ellas, ciertos puestos por encima a modo de preeminencia, ciertos hechos súbditos de manera decorosa, observan la hermosura del orden. El marido y la mujer reciben mandato y modelo de cómo deben ser el uno con el otro. El mandato es: "Las mujeres estén sujetas a sus propios maridos, como al Señor; porque el marido es cabeza de la mujer"; y: "Maridos, amad a vuestras mujeres". Pero se da un modelo: a las mujeres, de la Iglesia; a los maridos, de Cristo: "Como la Iglesia", dice, "está sujeta a Cristo, así también las mujeres a sus propios maridos en todo". De igual modo también, habiendo dado mandato a los maridos de amar a sus propias mujeres, añadió un modelo: "Como Cristo amó a la Iglesia". Pero a los maridos los exhortó a ello desde una materia más baja también, esto es, desde su propio cuerpo; no sólo desde una más alta, esto es, desde su Señor. Pues no sólo dice: "Maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo también amó a la Iglesia", lo cual es desde lo más alto; sino que dijo también: "Los maridos deben amar a sus propias mujeres, como a sus propios cuerpos", lo cual es desde lo más bajo; porque tanto lo más alto como lo más bajo son todos buenos. Y sin embargo la mujer no recibió modelo desde el cuerpo, o la carne, para estar así sujeta al marido como la carne al espíritu; sino que o bien el Apóstol quiso que se entendiese por consecuencia lo que omitió declarar, o acaso porque la carne codicia contra el espíritu en el estado mortal y enfermo de esta vida, por eso no quiso poner a la mujer un modelo de sujeción desde ella. Pero a los hombres sí, por esta razón: porque, aunque el espíritu codicia contra la carne, aun en esto consulta el bien de la carne; no como la carne que codicia contra el espíritu, que con tal oposición no consulta ni el bien del espíritu, ni el suyo propio. Sin embargo, el buen espíritu no consultaría su bien, ya nutriendo y acariciando su naturaleza con providencia, ya resistiendo sus faltas con continencia, si no fuera que cada substancia muestra que Dios es el Creador de cada una, aun por la decencia de este su orden. ¿Qué es, pues, lo que con verdadera locura a la vez os jactáis de ser cristianos, y con tan grande perversidad contendéis contra las Escrituras cristianas, con los ojos cerrados, o más bien sacados, afirmando que Cristo se ha aparecido a los mortales en carne falsa, y que la Iglesia en el alma pertenece a Cristo, en el cuerpo al diablo, y que el sexo masculino y femenino son obras del diablo, no de Dios, y que la carne está unida al espíritu, como una substancia mala a una substancia buena?
    Comentario editorial · Efesios 5: el texto que Agustín opone a los maniqueos
    En los § 22 a 25 Agustín enfrenta dos series de textos de Pablo. Los maniqueos leían «la carne desea contra el espíritu» () y «en mi carne no mora el bien» () como prueba de dos naturalezas. Él les opone : nadie ha odiado nunca su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, como Cristo a la Iglesia. De ahí las «tres uniones» de este § 23 (Cristo y la Iglesia, marido y mujer, espíritu y carne), en las que lo superior vela por el bien de lo inferior. De ahí también que el combate entre carne y espíritu sea para él una enfermedad de una sola naturaleza (§ 21), que la Iglesia comparte mientras no esté «sin mancha ni arruga» (§ 25; ).

    § 24

    24. Si lo que hemos mencionado de las Epístolas apostólicas os parece que no basta para una respuesta, oíd aún otras, si tenéis oídos. ¿Qué dice el completamente loco Maniqueo de la Carne de Cristo? Que no era verdadera, sino falsa. ¿Qué dice a esto el bienaventurado Apóstol? "Acuérdate de que Jesucristo resucitó de entre los muertos, del linaje de David, según mi Evangelio". Y el mismo Jesucristo dice: "Palpad y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo". ¿Cómo hay verdad en su doctrina, que afirma que en la Carne de Cristo hubo falsedad? ¿Cómo hubo en Cristo ningún mal, en quien hubo tan grande mentira? Porque, por cierto, para hombres demasiado limpios la carne verdadera es un mal, y la carne falsa en lugar de la verdadera no es un mal: es un mal la carne verdadera del nacido del linaje de David, y no es un mal la lengua falsa del que dice: "Palpad y ved, que un espíritu no tiene carne y huesos, como veis que yo tengo". De la Iglesia, ¿qué dice el engañador de los hombres con error mortal? ¿Que por parte de las almas pertenece a Cristo, por parte de los cuerpos al diablo? ¿Qué dice a esto el Doctor de los gentiles en fe y verdad? "¿No sabéis", dice, "que vuestros cuerpos son miembros de Cristo?" Del sexo de varón y hembra, ¿qué dice el hijo de perdición? Que uno y otro sexo no son de Dios, sino del diablo. ¿Qué dice a esto el Vaso de elección? "Así como", dice, "la mujer procede del varón, así también el varón por medio de la mujer; pero todo procede de Dios". De la carne, ¿qué dice el espíritu inmundo por medio del Maniqueo? Que es una substancia mala, y no creación de Dios, sino de un enemigo. ¿Qué dice a esto el Espíritu Santo por medio de Pablo? "Porque así como el cuerpo es uno", dice, "y tiene muchos miembros, pero todos los miembros del cuerpo, siendo muchos, son un solo cuerpo: así también es Cristo". Y un poco después: "Dios ha puesto", dice, "los miembros, cada uno de ellos en el cuerpo, como Él quiso". También un poco después: "Dios", dice, "ha templado el cuerpo, dando mayor honor al que le faltaba, para que no haya cismas en el cuerpo, sino que los miembros tengan el mismo cuidado unos por otros; y si un miembro padece, todos los miembros padecen con él; o si un miembro es glorificado, todos los miembros se gozan con él". ¿Cómo es mala la carne, cuando las almas mismas son amonestadas a imitar la paz de sus miembros? ¿Cómo es creación del enemigo, cuando las almas mismas, que rigen los cuerpos, toman modelo de los miembros del cuerpo, para no tener cismas de enemistades entre sí, a fin de que, lo que Dios ha concedido al cuerpo por naturaleza, esto mismo también ellas amen tenerlo por gracia? Con buena razón, escribiendo a los Romanos: "Os ruego", dice, "hermanos, por la misericordia de Dios, que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios". Sin razón contendemos que las tinieblas no son luz, ni la luz tinieblas, si presentamos un sacrificio vivo, santo, agradable a Dios, de los cuerpos de la "nación de tinieblas".

    § 25

    25. Pero, dicen, ¿cómo es la carne comparada por cierta semejanza a la Iglesia? ¡Qué! ¿Acaso la Iglesia codicia contra Cristo? mientras que el mismo Apóstol dijo: "La Iglesia está sujeta a Cristo". Claramente la Iglesia está sujeta a Cristo; porque el espíritu, por tanto, codicia contra la carne, para que por todos lados la Iglesia sea hecha sujeta a Cristo; mas la carne codicia contra el espíritu, porque aún no ha recibido la Iglesia aquella paz que fue prometida perfecta. Y por esta razón la Iglesia es hecha sujeta a Cristo por la prenda de la salvación, y la carne codicia contra el espíritu por la debilidad de la enfermedad. Pues tampoco eran otros que miembros de la Iglesia aquellos a quienes así habló: "Andad en el espíritu, y no cumpláis las concupiscencias de la carne. Porque la carne codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; pues éstos se oponen el uno al otro; para que no hagáis lo que quisiéramos". Estas cosas fueron dichas ciertamente a la Iglesia, la cual, si no estuviese sujeta a Cristo, el espíritu no codiciaría en ella contra la carne por medio de la continencia. Por razón de lo cual ellos eran ciertamente capaces de no perfeccionar las concupiscencias de la carne, pero por la carne que codicia contra el Espíritu no eran capaces de hacer las cosas que querrían, esto es, ni siquiera tener las mismas concupiscencias de la carne. Finalmente, ¿por qué no confesar que en los hombres espirituales la Iglesia está sujeta a Cristo, pero en los carnales aún codicia contra Cristo? ¿No codiciaban contra Cristo aquellos a quienes se dijo: "¿Está dividido Cristo?" y: "No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales. Os di a beber leche como a niños en Cristo, no vianda, porque aún no erais capaces; pero ni aun ahora sois capaces: porque todavía sois carnales. Pues habiendo entre vosotros emulación y contienda, ¿no sois carnales?" ¿Contra quién codicia la emulación y la contienda, sino contra Cristo? Porque estas concupiscencias de la carne Cristo las sana en los suyos, pero las ama en ninguno. De donde la santa Iglesia, mientras tiene tales miembros, no está aún sin mancha ni arruga. A éstos se añaden también aquellos otros pecados, por los cuales es el clamor diario de toda la Iglesia: "Perdónanos nuestras deudas"; y, para que no pensemos que las personas espirituales están exentas de éstos, no uno cualquiera de los carnales, ni uno cualquiera de los mismos espirituales, sino aquel que recostó sobre el pecho del Señor, y a quien Él amó más que a los demás, dice: "Si dijéremos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros". Pero en todo pecado, más en lo que es mayor, menos en lo que es menor, hay un acto de concupiscencia contra la justicia. Y de Cristo está escrito: "Quien nos fue hecho por Dios Sabiduría, y Justicia, y Santificación, y Redención". En todo pecado, por tanto, sin duda hay un acto de concupiscencia contra Cristo. Pero cuando Aquel que "sana todas nuestras enfermedades" haya conducido a su Iglesia a la prometida curación de la enfermedad, entonces en ninguno de sus miembros habrá ya ni la más pequeña mancha o arruga. Entonces de ningún modo la carne codiciará contra el espíritu, y por tanto no habrá causa para que el espíritu también codicie contra la carne. Entonces todo este conflicto llegará a su fin, entonces habrá la suma concordia de ambas substancias; entonces hasta tal punto nadie allí será carnal, que aun la carne misma será espiritual. Lo que, por tanto, cada uno que vive según Cristo hace con su carne, mientras que a la vez codicia contra su mala concupiscencia, la cual refrena, para ser sanada después, la cual retiene, aún no sanada; y sin embargo nutre y acaricia su buena naturaleza, puesto que "nadie aborreció jamás su propia carne", esto también hace Cristo con la Iglesia, en cuanto es lícito comparar las cosas menores con las mayores. Pues Él a la vez la reprime con reprensiones, para que no reviente hinchada con la impunidad; y la levanta con consolaciones, para que no se hunda abrumada con la debilidad. De ahí es aquello del Apóstol: "Porque si nos juzgásemos a nosotros mismos, no seríamos juzgados; mas cuando somos juzgados, somos reprendidos por el Señor, para que no seamos condenados con este mundo". Y aquello en el Salmo: "Según la multitud de mis dolores en mi corazón, tus consolaciones han alegrado mi alma". Hemos, pues, de esperar entonces la perfecta sanidad de nuestra carne sin oposición alguna, cuando haya segura seguridad de la Iglesia de Cristo sin temor alguno.

    § 26

    26. Esto bastará para haber tratado en favor de la verdadera Continencia contra los Maniqueos engañosamente continentes, no sea que el fructuoso y glorioso trabajo de la Continencia, cuando refrena y enfrena la parte más baja de nosotros, esto es, el cuerpo, de los placeres inmoderados e ilícitos, se crea que no castiga saludablemente, sino que persigue hostilmente. Por cierto, el cuerpo es ciertamente diferente de la naturaleza del alma, mas no es ajeno a la naturaleza del hombre; porque el alma no está compuesta de cuerpo, pero sin embargo el hombre está compuesto de alma y cuerpo; y ciertamente, a quien Dios libra, libra al hombre entero. De donde nuestro Salvador mismo también tomó sobre sí al hombre entero, habiéndose dignado librar en nosotros todo lo que Él hizo. Los que sostienen lo contrario a esta verdad, ¿de qué les aprovecha refrenar las concupiscencias? si es que refrenan alguna. ¿Qué puede en ellos ser limpiado por medio de la Continencia, cuya tal Continencia es inmunda? y la cual no debe llamarse Continencia. Porque, por cierto, sostener lo que sostienen es veneno del diablo; pero la Continencia es don de Dios. Mas así como no todo el que sufre algo, o con la mayor resistencia sufre cualquier dolor, posee aquella virtud, que de igual modo es don de Dios, y se llama Paciencia; pues muchos soportan muchos tormentos, para no traicionar ya a los que son malvadamente cómplices con ellos en sus crímenes, ya a sí mismos; muchos para saciar ardientes concupiscencias, y para obtener, o no abandonar, aquellas cosas a que están atados por cadena de amor malo; muchos en favor de diferentes y destructivos errores, por los cuales son fuertemente retenidos: de todos los cuales lejos esté de nosotros decir que tienen verdadera paciencia; así no todo el que se contiene en algo, o que maravillosamente refrena aun las mismas concupiscencias de la carne, o de la mente, ha de decirse que posee aquella continencia, de cuyo provecho y hermosura estamos tratando. Pues algunos, lo que puede parecer maravilloso de decir, por incontinencia se contienen; como si una mujer se contuviese de su marido, porque ha jurado esto a un adúltero. Algunos por injusticia, como si el cónyuge no diese al cónyuge lo debido del comercio sexual, porque él o ella ya puede vencer tal apetito del cuerpo. También algunos se contienen engañados por una fe falsa, y esperando lo que es vano, y siguiendo lo que es vano; entre los cuales están todos los herejes, y cualquiera que bajo el nombre de religión es engañado por algún error; cuya continencia sería verdadera, si su fe también fuese verdadera; mas, puesto que aquello no ha de llamarse fe, por esto, porque es falso; sin duda aquello también es indigno del nombre de continencia. Pues ¿qué? ¿estamos dispuestos a llamar continencia, la cual debemos decir con verdad que es don de Dios, pecado? Lejos esté de nuestros corazones tan odiosa locura. Pero el bienaventurado Apóstol dice: "Todo lo que no es de fe, es pecado". Lo que, por tanto, no tiene fe, no ha de llamarse continencia.
    Comentario editorial · La continencia que no es de fe
    El § 26 dice que no todo el que se contiene posee «aquella continencia»: hay quien se contiene por incontinencia, por injusticia o por error, y «lo que no es de fe es pecado» (). El blanco son los maniqueos, cuyos electos guardaban, según Agustín, tres «símbolos»: el de la boca, el de las manos y el del pecho. Los examina en Sobre las costumbres de los maniqueos (II, 10, 19) y dice que en el del pecho consiste la castidad, muy dudosa, de la secta (II, 18, 65). Conocía esa ostentación por dentro: su amigo Alipio amaba entre ellos una continencia que creía verdadera y que Agustín llama insensata y seductora (Confesiones VI, 7, 12).

    § 27

    27. Hay también quienes, haciendo servicio abierto a los malos demonios, se contienen de los placeres del cuerpo, para, por medio de ellos, satisfacer placeres ilícitos, cuya violencia y ardor no contienen. De donde también (por nombrar un caso, y pasar los demás en silencio por razón de la longitud del discurso), ciertos no se acercan ni aun a sus propias mujeres, mientras, como si fuesen limpios, intentan por artes mágicas tener acceso a las mujeres de otros. ¡Oh admirable continencia, antes bien, singular maldad e inmundicia! Porque, si fuera verdadera continencia, más debiera la concupiscencia de la carne contenerse del adulterio que, para cometer adulterio, del matrimonio. Por cierto, la continencia matrimonial suele aliviar esta concupiscencia de la carne, y refrenar su freno pero hasta este punto: que ni en el matrimonio mismo se desborde por licencia inmoderada, sino que se observe una medida, ya sea la que se debe a la debilidad del cónyuge, a quien el Apóstol no impone esto como de mandato, sino que lo concede como de permisión; ya la que es adecuada para la engendración de hijos, lo cual fue en otro tiempo la sola ocasión del comercio sexual para los santos padres y madres. Pero la continencia, haciendo esto, es decir, moderando, y en cierta manera limitando en las personas casadas la concupiscencia de la carne, y ordenando en cierta manera dentro de límites fijos su inquieto y desordenado movimiento, usa bien del mal del hombre, a quien hace y quiere hacer perfecto bien; como Dios usa aun de los hombres malos, para bien de aquellos a quienes perfecciona en bondad.

    § 28

    28. Lejos esté, pues, que digamos de la continencia, de la cual dice la Escritura: "Y esto mismo era sabiduría, saber de quién era don", que aun la poseen aquellos que, conteniéndose, o sirven a errores, o vencen algunos deseos menores con este fin, para cumplir otros, por cuya grandeza son vencidos. Pero aquella continencia que es verdadera, viniendo de arriba, no quiere reprimir unos males con otros males, sino sanar todos los males con bienes. Y, para comprender brevemente su modo de obrar, es propio de la continencia vigilar para refrenar y sanar todos los deleites cualesquiera de la concupiscencia, que se oponen al deleite de la sabiduría. De donde sin duda la encierran dentro de límites demasiado estrechos quienes la limitan a refrenar las concupiscencias del cuerpo solamente; ciertamente hablan mejor quienes dicen que pertenece a la Continencia regir en general la concupiscencia o deseo. El cual deseo es puesto como falta, y no es sólo del cuerpo, sino también del alma. Porque, si el deseo del cuerpo está en las fornicaciones y embriagueces, ¿tienen las enemistades, las contiendas, las emulaciones, finalmente, los odios, su ejercicio en el placer del cuerpo, y no más bien en el movimiento y los estados turbados del alma? Sin embargo, el Apóstol llamó a todas estas "obras de la carne", ya lo que pertenecía al alma, ya lo que pertenecía propiamente a la carne, llamando por cierto al hombre mismo con el nombre de la carne. Por cierto, son obras del hombre todas las que no se llaman obras de Dios; por cuanto el hombre, que hace éstas, vive según sí mismo, no según Dios, en cuanto hace éstas. Pero hay otras obras del hombre, que más bien han de llamarse obras de Dios. "Porque es Dios", dice el Apóstol, "quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su beneplácito". De donde también es aquello: "Porque todos los que son guiados por el espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios".
    Comentario editorial · Continencia, virginidad y viudez: la palabra y los estados
    En las otras obras de la serie la continencia es sobre todo un estado: la virginidad es «continencia perpetua» (Sobre la santa virginidad, § 21); a la viuda se le pide «continencia viudal» (Sobre el bien de la viudez, § 23); y Sobre el bien del matrimonio (§ 25) la define ya como una virtud del alma, que puede tenerse en hábito sin ejercerse. Este discurso generaliza esa idea. Distingue en el § 1 una continencia «mayor», la del vínculo matrimonial, de la que guarda la castidad conyugal de lo ilícito; en el § 27 admite una continencia de los casados que modera su uso del matrimonio; y en el § 28 llama estrecho limitarla al cuerpo, pues le corresponde frenar todo deleite contrario al de la sabiduría. Es una lectura del editor, hecha sobre los textos de esas obras en este sitio.

    § 29

    29. Así el espíritu del hombre, adhiriéndose al Espíritu de Dios, codicia contra la carne, esto es, contra sí mismo; pero por sí mismo, para que aquellos movimientos, ya en la carne, ya en el alma, según el hombre, no según Dios, que aún existen por la enfermedad que el hombre ha contraído, sean refrenados por la continencia, para que así se obtenga la salud; y el hombre, no viviendo según el hombre, pueda ya decir: "Pero vivo, ya no yo, sino que vive en mí Cristo". Porque donde no yo, allí más felizmente yo; y, cuando surge algún movimiento malo según el hombre, al cual aquel que con la mente sirve a la Ley de Dios no consiente, diga también aquello: "Ahora ya no soy yo quien hace esto". A tales, por cierto, se dicen aquellas palabras, que nosotros, como partícipes y compañeros con ellos, debemos escuchar: "Si habéis resucitado juntamente con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la Diestra de Dios; poned la mira en las cosas de arriba, no en las que son de la tierra. Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando Cristo, vuestra vida, se haya manifestado, entonces vosotros también seréis manifestados con Él en gloria". Entendamos a quiénes está hablando, sí, más bien, escuchemos con más atención. Porque ¿qué más claro que esto? ¿qué más manifiesto? Ciertamente está hablando a aquellos que habían resucitado con Cristo, no aún en la carne, sino en la mente; a quienes llama muertos, y por esto tanto más vivos: porque "vuestra vida", dice, "está escondida con Cristo en Dios". De tales muertos es el dicho: "Pero vivo, ya no yo, sino que vive en mí Cristo". Ellos, pues, cuya vida estaba escondida en Dios, son amonestados y exhortados a mortificar sus miembros, que están sobre la tierra. Porque esto sigue: "Mortificad, pues, vuestros miembros, que están sobre la tierra". Y, para que nadie por exceso de torpeza piense que tales han de mortificar los miembros del cuerpo que se ven, abriendo en seguida lo que dice: "Fornicación", dice, "inmundicia, pasión, mala concupiscencia, y avaricia, que es idolatría". Pero ¿es de creerse así, que aquellos que ya estaban muertos, y su vida escondida con Cristo en Dios, estaban aún cometiendo fornicación, estaban aún viviendo en costumbres y obras inmundas, estaban aún esclavizados a pasiones de mala concupiscencia y avaricia? ¿Qué loco pensaría así de tales? ¿Qué, por tanto, querría él que mortificasen, sino los movimientos mismos que aún viven en cierta intrusión propia, sin el consentimiento de nuestra mente, sin la acción de los miembros del cuerpo? ¿Y cómo son mortificados por la obra de la continencia, sino cuando no consentimos a ellos con la mente, ni se les entregan los miembros del cuerpo como armas; y, lo que es mayor, y ha de mirarse con aún mayor vigilancia de la continencia, nuestro mismo pensamiento, aunque en cierta manera sea tocado por su sugestión, y como que susurra, sin embargo se aparta de éstos, para no recibir deleite de ellos, y se vuelve a pensamientos más deleitosos de las cosas de arriba; por esto nombrándolos en el discurso, para que los hombres no permanezcan en ellos, sino huyan de ellos. Y esto se lleva a cabo, si escuchamos eficazmente, con la ayuda de Aquel que, por medio de su Apóstol, da este mandato: "Buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la Diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las que son de la tierra".

    § 30

    30. Pero, después que hubo hecho mención de estos males, añadió y dijo: "Por causa de los cuales viene la ira de Dios sobre los hijos de la incredulidad". Ciertamente era una alarma saludable para que los creyentes no pensasen que podían ser salvos por causa de su fe sola, aun cuando viviesen en estos males; clamando el Apóstol Santiago con clarísimo lenguaje contra esa noción, y diciendo: "Si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras, ¿podrá su fe salvarle?" De donde también aquí el Doctor de los gentiles dijo que por causa de estos males viene la ira de Dios sobre los hijos de la incredulidad. Pero cuando dice: "En las cuales vosotros también anduvisteis en otro tiempo, cuando vivíais en ellas", muestra suficientemente que ahora ya no vivían en ellas. Por cierto, a éstas habían muerto, para que su vida estuviese escondida en Dios con Cristo. Cuando, pues, ya no vivían en ellas, se les mandaba ahora mortificar tales cosas. Por cierto, no viviendo ellos mismos en las mismas, las cosas vivían, como ya he mostrado un poco antes, y eran llamadas sus miembros, es decir, aquellas faltas que moraban en sus miembros; por un modo de hablar, lo que es contenido por medio de lo que contiene; como se dice: Todo el Foro habla de ello, cuando hablan los hombres que están en el Foro. En este mismo modo de hablar se canta en el Salmo: "Toda la tierra te adore", esto es, todos los hombres que están en la tierra.

    § 31

    31. "Pero ahora despojaos también vosotros", dice, "de todo"; y hace mención de varios males más de esa clase. Pero ¿qué es, que no le basta decir: "Despojaos de todo", sino que añadió la conjunción y dijo: "también vosotros"? sino para que no pensasen que hacían aquellos males y vivían en ellos con impunidad por esto, porque su fe los libraba de la ira que viene sobre los hijos de la incredulidad, haciendo estas cosas y viviendo en ellas sin fe. También vosotros, dice, despojaos de aquellos males, por causa de los cuales viene la ira de Dios sobre los hijos de la incredulidad; ni os prometáis impunidad de ellos por causa del mérito de la fe. Pero no diría "despojaos" a aquellos que ya se habían despojado hasta el punto de que no consentían a tales faltas, ni entregaban sus miembros a ellas como armas de pecado, sino que la vida de los Santos está en este hecho pasado, y aún está empeñada en esta obra, mientras somos mortales. Porque, mientras el Espíritu codicia contra la carne, este negocio procede con gran empeño, se ofrece resistencia a los malos deleites, a las concupiscencias inmundas, a los movimientos carnales y vergonzosos, por la dulzura de la santidad, por el amor de la castidad, por el vigor espiritual, y por la hermosura de la continencia; así son despojados por aquellos que están muertos a ellos, y que no viven en ellos consintiendo. Así, digo, son despojados, mientras son abrumados por la continua continencia, para que no se levanten de nuevo. Cualquiera que, como si estuviese seguro, cesare de este despojarse de ellos, al punto asaltarán la Ciudadela de la mente, y la derribarán de allí, y la reducirán a esclavitud a ellos, cautiva de una manera vil e indecorosa. Entonces el pecado reinará en el cuerpo mortal del hombre para obedecer a sus deseos; entonces entregará sus miembros como armas de iniquidad al pecado; y el último estado de aquel hombre será peor que el primero. Porque es mucho más tolerable no haber comenzado una contienda de este género, que después de haber comenzado haber dejado el conflicto, y haberse convertido en lugar de un buen guerrero, o aun en lugar de un vencedor, en un cautivo. De donde el Señor no dice: quien comenzare, sino: "Quien perseverare hasta el fin, éste será salvo".

    § 32

    32. Pero ya contendiendo con ardor, para que no seamos vencidos, ya venciendo diversas veces, o aun con inesperada e impensada facilidad, demos la gloria a Aquel que nos da la continencia. Recordemos que cierto justo dijo: "No seré jamás movido"; y que se le mostró cuán temerariamente había dicho esto, atribuyendo como a su propia fuerza lo que le era dado de arriba. Pero esto lo hemos aprendido de su propia confesión; pues poco después añadió: "Señor, en tu voluntad has dado fuerza a mi hermosura; pero apartaste tu Rostro, y fui turbado". Por una Providencia medicinal fue por breve tiempo abandonado por su Gobernador, para que él mismo no abandonase por mortal soberbia a su Gobernador. Por tanto, ya aquí, donde luchamos con nuestras faltas para subyugarlas y hacerlas menores, ya allí, como será al fin, donde estaremos vacíos de todo enemigo, por causa de toda infección, es para nuestra salud que somos así tratados, a fin de que "quien se gloría, gloríese en el Señor".
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el discurso

    Agustín no define la continencia por lo que el cuerpo deja de hacer, sino por el consentimiento: la puerta se pone donde se decide (§ 3 y 5), y su trabajo dura lo que dure la lucha, que no espera ver terminada en esta vida mortal (§ 20). La idea de que la continencia es un don la usa también contra Pelagio, con el mismo versículo (Sobre el don de la perseverancia, § 43 y 53). La otra idea, que la carne no es mala por naturaleza sino que está enferma, es su respuesta a los maniqueos (§ 18 a 26).
    En cuanto a su recepción, el NPNF cuenta que Posidio recoge el discurso en su Indiculum (c. 10), que lo citan la Collectanea de Beda o Floro y Eugipio, y que Erasmo, por el estilo, lo atribuía a un «Hugo», lo que el NPNF rechaza. Agustín mismo lo envía a Darío en 429 (Carta 231, 7). En la serie de los tratados morales del NPNF acompaña a los dedicados al matrimonio, la virginidad y la viudez, que hablan de la continencia como estado; este habla de ella como virtud (véase la nota al § 28).
    Límites. La edición de base no fecha el discurso, y las fechas de las fuentes citadas (hacia 395; 418–420) no se concilian aquí. De los estudios de La Bonnardière, Faul y Hunter solo se han comprobado sus fichas bibliográficas; sus conclusiones se dan por Argatu y Wikipedia. La lectura de no se ha cotejado con el griego. La traducción es automática y tiene erratas en los § 1 a 6, conservadas y avisadas; ninguna persona la ha revisado frase a frase.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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