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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minEl tratado y su plan
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 3.— Los pecadores son convencidos cuando intentan excusarse culpando a Dios, porque tienen libre albedrío
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 6 [IV.]— La gracia de Dios ha de mantenerse frente a los pelagianos; la herejía pelagiana no es antigua
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 9.— Entrar en tentación. La oración es prueba de la gracia
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 13 [VI.]— La gracia de Dios no se da según el mérito, sino que ella misma produce todo buen merecimiento
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16 [VII.]— Pablo peleó, pero Dios dio la victoria: corrió, pero Dios tuvo misericordia
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 20.— La cuestión resuelta. La justificación es gracia simple y totalmente; la vida eterna es recompensa y gracia
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 22 [X.]— ¿Quién es el transgresor de la ley? La vejez de su letra. La novedad de su espíritu
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 25 [XIII.]— Así como la ley no es la gracia, tampoco lo es nuestra naturaleza misma aquella gracia por la cual somos cristianos
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 29.— Dios puede convertir voluntades contrarias y quitar del corazón su dureza
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 32 [XVI.]— En qué sentido se dice correctamente que, si queremos, podemos guardar los mandamientos de Dios
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 3 minCapítulo 34.— Elogio del amor por el Apóstol. La corrección ha de administrarse con amor
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 35.— Elogios del amor
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 39.— El espíritu de temor, un gran don de Dios
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 42 [XXI]— Dios hace todo cuanto quiere en los corazones aun de los hombres malvados
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 43.— Dios obra en los corazones de los hombres para inclinar sus voluntades adondequiera que Él quiere
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 45 [XXIII]— La razón por la cual una persona es asistida por la gracia, y otra no es ayudada, debe referirse a los juicios secretos de Dios

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la gracia y el libre albedrío

    Texto base: Peter Holmes (trad.), en St. Augustin: Anti-Pelagian Writings, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5, ed. Philip Schaff (traducción revisada por Benjamin B. Warfield) · 46 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Peter Holmes; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 115 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Hacia 426, en un monasterio de la costa africana, una carta de Agustín partió a los monjes en dos. Unos decían que la carta anulaba el libre albedrío; otros tomaban posturas extremas en el sentido contrario, y el abad, Valentín, recurrió primero a su obispo y a un presbítero antes de consentir en consultar a Agustín. Dos monjes viajaron a Hipona, donde Agustín los atendió, les dio dos cartas y les entregó este tratado, que defiende a la vez dos cosas que los dos bandos creían incompatibles: que el hombre tiene voluntad libre y que ningún bien que haga es mérito suyo, porque «es Dios quien obra en vosotros, incluso el querer» (§ 33). Lo escribe contra los pelagianos, a quienes atribuye pensar que la gracia se da según nuestros méritos, pero también contra quien, por defender la gracia, negara la libertad (§ 1).
    El tratado tiene 46 capítulos. Los dos primeros bloques establecen las dos tesis con la Escritura: que el hombre tiene libre albedrío, porque Dios le manda y le exhorta (§ 2 a 5), y que sin la gracia no puede obrar el bien (§ 6 a 9). Después Agustín examina los textos con que los pelagianos creían probar que la gracia sigue a un primer movimiento de la voluntad (§ 10 y 11), prueba con Pablo que la gracia no se da según los méritos (§ 12 a 21) y explica qué es la gracia (§ 22 a 30). Cierra con el amor como fuente de todo bien, la soberanía de Dios sobre las voluntades y los niños como ejemplo de una gracia que nadie ha merecido (§ 31 a 46). La tabla de abajo es una lectura del editor, apoyada en el resumen del NPNF.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre la gracia y el libre albedrío (en latín, De gratia et libero arbitrio; en inglés, On Grace and Free Will)
    Fecha426 o 427, según el NPNF: no puede ser posterior a las Retractaciones (publicadas hacia 427), que la mencionan, ni anterior, porque estas la citan en último lugar. La tabla de obras de Agustín de Wikipedia da 424–427 y remite a la Stanford Encyclopedia of Philosophy (Tornau)
    DestinatariosValentín, abad, y los monjes de Adrumeto (Valentino en el epub)
    GéneroTratado en un solo libro, con función pastoral: una respuesta a una disputa en un monasterio
    Extensión46 capítulos, unas 19 500 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Peter Holmes; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Peter Holmes. Holmes la publicó en el tercer volumen de la edición inglesa de las obras de Agustín (T. & T. Clark, Edimburgo, 1876). Según una nota de Warfield, ese volumen contenía los tratados sobre la gracia y el libre albedrío, la corrección y la gracia, la predestinación de los santos, el don de la perseverancia y Contra dos cartas de los pelagianos, y solo el primero es de Holmes: los demás son de Robert Ernest Wallis, cuyo nombre figura por eso en la portada general del volumen revisado. La versión se reimprimió en el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, ed. Philip Schaff, con la traducción «revisada» y una introducción de Benjamin B. Warfield, profesor en el seminario de Princeton. El prefacio a la edición americana advierte que la traducción se cotejó con el latín y se corrigió en cada página, sin que por ello deje de ser, en lo esencial, la de Edimburgo.
    Las fuentes difieren. New Advent, que reproduce el texto, atribuye el volumen a Holmes y a Wallis y lo da por impreso en Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1887; la ficha de CCEL fecha la impresión en Nueva York, 1886, y el prefacio de Schaff que ese mismo texto recoge está firmado en Nueva York en septiembre de 1887. En el índice del NPNF llevan asterisco (Wallis) los otros tratados del volumen, no este, y por eso aquí se atribuye a Holmes.
    El inglés de partida de esta edición coincide con el de New Advent, revisado por Kevin Knight, que moderniza algunas formas del NPNF (la copia de CCEL escribe «ye» donde New Advent escribe «you»). Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La versión castellana la hizo la aplicación Libyx con el modelo DeepSeek V4 Pro; no se atribuye a ningún traductor humano ni nadie la ha revisado frase a frase.
    El NPNF imprime antes del tratado, como acompañamiento, las dos cartas de Agustín a Valentín y a los monjes (las números 214 y 215 de la numeración benedictina, que el propio tratado menciona) y un resumen del contenido; el epub de partida no las trae. Sí trae, al comienzo, el extracto de las Retractaciones en que Agustín reseña la obra:
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Retractaciones · II, 66
    Hay algunas personas que suponen que se niega la libertad de la voluntad siempre que se defiende la gracia de Dios, y que por su parte defienden su libre albedrío tan perentoriamente que niegan la gracia de Dios. Esta gracia, según afirman, se concede conforme a nuestros méritos. Fue por causa de sus opiniones que escribí el libro titulado Sobre la gracia y el libre albedrío. Esta obra la dirigí a los monjes de Adrumeto, en cuyo monasterio surgió primero la controversia sobre ese asunto, y de tal manera que algunos de ellos se vieron obligados a consultarme al respecto. La obra comienza con estas palabras: "Con referencia a aquellas personas que predican así la libertad de la voluntad humana."
    El epub encabeza ese extracto con «Escrito por San Agustín de Hipona en el año 426 o 427 d.C.» y lo cierra con «Dirigida a Valentino y a los monjes de Adrumeto, y completada en un solo libro»: son del editor de la edición, no de Agustín.
    Lo que viene de la edición. Los 46 capítulos y sus títulos son los de la edición inglesa; los títulos son de la edición, no de Agustín. Los números de capítulo son los que dan los localizadores («§ 33»). Los números romanos entre corchetes («Capítulo 1 [I.]») parecen ser los de los capítulos de la edición benedictina, cuyos encabezados dicen los traductores ingleses haber trasladado a su lugar; los demás encabezados serían los que añadió el editor americano. Es una lectura del editor, no un dato que diga el volumen. Las referencias bíblicas entre corchetes son de la edición.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 46 capítulos y los mismos párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 99,9 % del inglés (entre 0,8 y 1,25 en cada párrafo). No quedan párrafos en inglés ni palabras corruptas. Es, aun así, traducción automática: en el capítulo 45, «irreflexivamente» traduce «unhesitatingly» y debería leerse «sin vacilar»; se conserva sin tocar.

    El tratado y su plan

    La tabla siguiente es una lectura del editor, hecha sobre la introducción de Warfield y el resumen del NPNF; no es de Agustín ni divide el texto.
    CapítulosDe qué trata
    § 1La ocasión: la disputa de los monjes; humildad y docilidad ante lo que Dios revela
    § 2 a 5El libre albedrío existe: los mandamientos y las exhortaciones de la Escritura lo suponen (; ; )
    § 6 a 9La gracia es necesaria para obrar bien; la castidad conyugal y la oración «no nos dejes caer en la tentación» como prueba
    § 10 y 11Los textos con que los pelagianos probaban que primero nos volvemos a Dios y luego él nos visita con su gracia
    § 12 a 21La gracia no se da según los méritos (Pablo): perdón y vida eterna; cómo puede ser la vida eterna a la vez premio y don
    § 22 a 27Qué es la gracia: ni la ley, ni la naturaleza, ni solo el perdón de los pecados; es la que hace cumplir la ley
    § 28 a 30Ni siquiera una buena voluntad anterior la merece: la fe es don de Dios
    § 31 a 40Libre albedrío y gracia en la conversión; el amor, fuente de todo bien, que tenemos porque Dios nos amó primero
    § 41 a 43Dios gobierna incluso las voluntades de los malos
    § 44 a 46Los niños, ejemplo de una gracia no merecida; los juicios ocultos de Dios; exhortación a pedir entendimiento

    Capítulo 1 [I.]— La ocasión y el argumento de esta obra

    § 1

    Con referencia a aquellas personas que predican y defienden el libre albedrío del hombre con tanta audacia que niegan y se esfuerzan por eliminar la gracia de Dios que nos llama a Él, nos libra de nuestros malos méritos y por la cual obtenemos los buenos méritos que conducen a la vida eterna: ya hemos hablado bastante en la discusión y lo hemos puesto por escrito, en la medida en que el Señor se ha dignado capacitarnos. Pero como hay algunas personas que defienden la gracia de Dios de tal modo que niegan el libre albedrío del hombre, o que suponen que se niega el libre albedrío cuando se defiende la gracia, he determinado escribir algo sobre este punto a vuestra Caridad, mi hermano Valentino, y a los demás de vosotros, que servís juntos a Dios bajo el impulso de un amor mutuo. Pues me han informado acerca de vosotros, hermanos, algunos miembros de vuestra hermandad que nos han visitado y son los portadores de esta comunicación nuestra para vosotros, que hay disensiones entre vosotros sobre este asunto. Siendo así, amadísimos, para que no os perturbe la oscuridad de esta cuestión, os aconsejo, en primer lugar, que deis gracias a Dios por aquello que comprendéis; y en cuanto a todo lo que excede la capacidad de vuestra mente, pedid al Señor la comprensión, guardando a la vez la paz y el amor entre vosotros; y hasta que Él mismo os conduzca a percibir lo que por ahora rebasa vuestro entendimiento, caminad con paso firme sobre la tierra que tenéis por segura. Éste es el consejo del apóstol Pablo, quien, después de decir que aún no era perfecto, [] un poco más adelante añade: «Así que, todos los que somos perfectos, sintamos esto mismo;» [] — es decir, perfectos hasta cierto punto, pero no habiendo alcanzado una perfección suficiente para nosotros; y luego añade de inmediato: «Y si en algo tenéis otro sentir, Dios os lo revelará también esto. Pero en aquello a que hemos llegado, sigamos una misma regla.» [] Pues caminando en lo que hemos alcanzado, podremos avanzar hacia lo que aún no hemos alcanzado —revelándonoslo Dios si en algo tenemos otro sentir—, con tal de que no abandonemos lo que Él ya nos ha revelado.
    Comentario editorial · Adrumeto, Valentín y las cartas 214 y 215
    Adrumeto (en latín, Hadrumetum) forma hoy parte de Sousse, en Túnez; según Wikipedia fue sede de un obispado de 255 a 551, y el NPNF, citando a Procopio, la llama capital de la provincia de Bizacio. Según el relato de Warfield, hacia 426 un monje llamado Florus halló, de viaje a su Uzalis natal, la carta de Agustín al presbítero Sixto (Carta 194) y la envió a su monasterio; se leyó a los monjes sin que lo supiera el abad, Valentín, y algunos dijeron que negaba el libre albedrío. Dos monjes, Cresconius y Félix, fueron a Hipona (la carta 215 nombra a un tercero, otro Félix); Agustín les dio la carta 214 para Valentín y, al despedirlos, la 215 y este tratado. El NPNF imprime las dos cartas antes del texto.
    Eje cronológico de 411 a 435: arriba, hacia 426 Florus lleva a Adrumeto la carta a Sixto y hacia 427 las Retractaciones; debajo, las obras de Agustín contra los pelagianos: Espíritu y letra (412), Naturaleza y gracia (415), Gracia de Cristo (418), Gracia y libre albedrío y Corrección y gracia (426 o 427), Predestinación y Perseverancia (428 o 429)
    Las obras antipelagianas de Agustín que recoge el NPNF, vol. 5 (abajo), y los hechos de Adrumeto (arriba). Las barras de un año marcan «426 o 427» y «428 o 429», que es lo que da la edición; este tratado es el resaltado. · Elaboración propia para Eusebeia · fechas del NPNF, vol. 5 (índice de los tratados, notas del editor e introducción de Warfield)

    Capítulo 2 [II.]— Demuestra la existencia del libre albedrío en el hombre a partir de los preceptos que Dios le dirige

    § 2

    Ahora bien, Él nos ha revelado, por medio de sus Santas Escrituras, que en el hombre hay una libre decisión de la voluntad. Pero cómo nos ha revelado esto no lo refiero en lenguaje humano, sino divino. Está, para empezar, el hecho de que los preceptos mismos de Dios no serían de ninguna utilidad para el hombre a menos que tuviera libre decisión de la voluntad, para que, cumpliéndolos, pudiera obtener las recompensas prometidas. Porque han sido dados para que nadie pueda alegar la excusa de la ignorancia, como dice el Señor acerca de los judíos en el evangelio: «Si yo no hubiera venido y les hubiera hablado, no tendrían pecado; pero ahora no tienen excusa por su pecado.» [] ¿De qué pecado habla sino de aquel gran pecado que Él conoció de antemano, al hablar así, que ellos cometerían como propio, es decir, la muerte que iban a infligirle? Porque no tenían «ningún pecado» antes de que Cristo viniera a ellos en carne. El apóstol también dice: «La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen la verdad con injusticia; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de Él, desde la creación del mundo se ven claramente, entendiéndose por las cosas hechas, aun su eterno poder y deidad, de modo que son inexcusables.» [] ¿En qué sentido los declara «inexcusables,» sino con referencia a la excusa que la soberbia humana suele alegar con palabras como: «Si lo hubiera sabido, lo habría hecho; ¿acaso no dejé de hacerlo porque era ignorante de ello?» o, «Lo haría si supiera cómo; pero no lo sé, por tanto no lo hago»? Toda excusa semejante les es quitada cuando se les da el precepto, o se les manifiesta el conocimiento de cómo evitar el pecado.

    Capítulo 3.— Los pecadores son convencidos cuando intentan excusarse culpando a Dios, porque tienen libre albedrío

    § 3

    Hay, sin embargo, personas que intentan encontrar excusa para sí mismas incluso en Dios. El apóstol Santiago dice a tales: «Nadie diga cuando es tentado: Soy tentado de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal, ni él tienta a nadie. Sino que cada uno es tentado cuando es atraído y seducido por su propia concupiscencia. Luego, cuando la concupiscencia ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, cuando es consumado, da a luz la muerte.» [] También Salomón, en su libro de Proverbios, tiene esta respuesta para los que quieren encontrar excusa para sí mismos en Dios mismo: «La necedad del hombre tuere sus caminos, y en su corazón culpa a Dios.» [] Y en el libro del Eclesiástico leemos: «No digas: Fue por el Señor que caí; porque no debes hacer las cosas que Él odia; ni digas: Él me ha hecho errar; porque Él no tiene necesidad del hombre pecador. El Señor aborrece toda abominación, y los que temen a Dios no la aman. Él mismo hizo al hombre desde el principio, y lo dejó en manos de su propio consejo. Si quieres, guardarás sus mandamientos y guardarás fidelidad verdadera. Él ha puesto ante ti fuego y agua: extiende tu mano hacia lo que quieras. Ante el hombre están la vida y la muerte, y lo que le agrade le será dado.» [] Observad con qué claridad se pone ante nuestra vista la libre decisión de la voluntad humana.

    Capítulo 4.— Los mandamientos divinos que más se adaptan a la voluntad misma ilustran su libertad

    § 4

    ¿Qué significa el hecho de que en tantos pasajes Dios exija que todos sus mandamientos sean guardados y cumplidos? ¿Cómo hace esta exigencia, si no hay libre albedrío? ¿Qué quiere decir «el hombre feliz,» del cual dice el Salmista que «su voluntad ha sido la ley del Señor»? ¿No muestra con suficiente claridad que el hombre, por su propia voluntad, se mantiene firme en la ley de Dios? Luego, hay tantos mandamientos que de alguna manera están expresamente adaptados a la voluntad humana; por ejemplo, está: «No seas vencido del mal,» [] y otros de sentido semejante, tales como: «No seáis como el caballo, ni como el mulo, que no tienen entendimiento;» y, «No deseches los consejos de tu madre;» [] y, «No seas sabio en tu propia opinión;» [] y, «No menosprecies la disciplina del Señor;» [] y, «No te olvides de mi ley;» [] y, «No dejes de hacer bien al pobre;» [] y, «No maquines mal contra tu amigo;» [] y, «No hagas caso a la mujer vil;» [] y, «No se inclina a entender cómo hacer el bien;» y, «Rehusaron atender a mi consejo;» [] con otros innumerables pasajes de las Escrituras inspiradas del Antiguo Testamento. Y ¿qué nos muestran todos sino la libre decisión de la voluntad humana? Así también, en los libros evangélicos y apostólicos del Nuevo Testamento, ¿qué otra lección se nos enseña? Como cuando se dice: «No os acumuléis tesoros en la tierra;» [] y, «No temáis a los que matan el cuerpo;» [] y, «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo;» [] y de nuevo, «Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad.» [] Así también dice el apóstol Pablo: «Haga lo que quiera; no peca si se casa. Pero el que está firme en su corazón, sin necesidad, y tiene poder sobre su propia voluntad, y ha decretado en su corazón guardar a su virgen, bien hace.» [] Y de nuevo, «Si hago esto voluntariamente, tengo recompensa;» [] mientras que en otro pasaje dice: «Sed sobrios y justos, y no pequéis;» [] y otra vez, «Así como tenéis prontitud para querer, que haya también pronta ejecución;» [] luego dice a Timoteo acerca de las viudas jóvenes: «Cuando comienzan a envanecerse contra Cristo, quieren casarse.» Así en otro pasaje: «Todos los que quieren vivir piadosamente en Cristo Jesús sufrirán persecución;» [] mientras que al mismo Timoteo dice: «No descuides el don que hay en ti.» [] Luego a Filemón dirige esta explicación: «Que tu beneficio no sea como por necesidad, sino de tu propia voluntad.» A los siervos también aconseja que obedezcan a sus amos «con buena voluntad.» [] En estricta conformidad con esto, Santiago dice: «No erréis, mis amados hermanos... y no tengáis la fe de nuestro Señor Jesucristo con acepción de personas;» y, «No habléis mal unos de otros.» [] Así también Juan escribe en su Epístola: «No améis al mundo,» [] y otras cosas del mismo tenor. Ahora bien, dondequiera que se dice: «No hagas esto,» y «No hagas aquello,» y dondequiera que hay algún requerimiento en las admoniciones divinas para que la obra de la voluntad haga algo o se abstenga de hacer algo, hay al instante una prueba suficiente de libre albedrío. Por tanto, ningún hombre, cuando peca, puede en su corazón culpar a Dios por ello, sino que cada uno debe imputarse la falta a sí mismo. Ni quita nada a la propia voluntad del hombre cuando realiza algún acto conforme a Dios. En efecto, una obra ha de declararse buena cuando una persona la hace voluntariamente; entonces, también puede esperarse la recompensa de una buena obra de Aquel de quien está escrito: «Él pagará a cada uno conforme a sus obras.» []

    Capítulo 5.— Demuestra que la ignorancia no ofrece excusa alguna que libre al ofensor del castigo; pero que pecar con conocimiento es cosa más grave que pecar en la ignorancia

    § 5

    La excusa que los hombres suelen alegar de la ignorancia les es quitada a las personas que conocen los mandamientos de Dios. Pero tampoco quedarán sin castigo los que no conocen la ley de Dios. «Porque todos los que han pecado sin ley, también sin ley perecerán; y todos los que han pecado en la ley, por la ley serán juzgados.» [] Ahora bien, no me parece que el apóstol haya dicho esto como queriendo decir que habrían de sufrir algo peor los que en sus pecados ignoran la ley que los que la conocen. [III.] Parece peor, sin duda, «perecer» que «ser juzgado;» pero en cuanto hablaba de los gentiles y de los judíos al usar estas palabras, porque los primeros estaban sin la ley, pero los segundos habían recibido la ley, ¿quién puede aventurarse a decir que los judíos que pecan en la ley no perecerán, puesto que se negaron a creer en Cristo, cuando fue de ellos de quienes el apóstol dijo: «Por la ley serán juzgados»? Pues sin fe en Cristo nadie puede ser librado; y por tanto serán juzgados de tal modo que perezcan. Si, en efecto, la condición de los que ignoran la ley de Dios es peor que la condición de los que la conocen, ¿cómo puede ser verdad lo que dice el Señor en el evangelio: «El siervo que no conoce la voluntad de su señor, y hace cosas dignas de azotes, será azotado poco; pero el siervo que conoce la voluntad de su señor, y hace cosas dignas de azotes, será azotado mucho»? [] Observad con cuánta claridad muestra aquí que es cosa más grave que un hombre peque con conocimiento que en ignorancia. Y sin embargo, no debemos por esto refugiarnos en las sombras de la ignorancia, con el fin de encontrar en ella nuestra excusa. Una cosa es ser ignorante, y otra cosa es no querer saber. Pues la voluntad es culpable en el caso del hombre de quien se dice: «No se inclina a entender, para hacer el bien.» Pero aun la ignorancia, que no es la de aquellos que se niegan a saber, sino la de aquellos que son, por así decirlo, simplemente ignorantes, no excusa a nadie hasta el punto de eximirlo del castigo del fuego eterno, aunque su falta de fe haya sido resultado de no haber oído en absoluto lo que debía creer; pero probablemente sólo hasta el punto de mitigar su castigo. Pues no se dijo sin razón: «Derrama tu ira sobre las naciones que no te conocen;» ni tampoco, conforme a lo que dice el apóstol: «Cuando venga del cielo en llama de fuego para vengarse de los que no conocen a Dios.» [] Pero para que tengamos aquel conocimiento que impedirá que digamos, cada uno de nosotros, «No sabía,» «No oí,» «No entendí;» se convoca a la voluntad humana, con palabras como éstas: «No queráis ser como el caballo o como el mulo, que no tienen entendimiento;» aunque puede mostrarse aún peor, de la cual está escrito: «El siervo terco no será corregido con palabras; porque aunque entienda, no obedecerá.» [] Pero cuando un hombre dice: «No puedo hacer lo que se me manda, porque soy dominado por mi concupiscencia,» ya no tiene excusa que alegar de la ignorancia, ni razón para culpar a Dios en su corazón, sino que reconoce y lamenta su propio mal en sí mismo; y aun a tal persona le dice el apóstol: «No seas vencido del mal, sino vence con el bien el mal;» [] y por supuesto el hecho mismo de que la admonición, «No consientas en ser vencido,» se le dirija, indudablemente convoca la determinación de su voluntad. Porque consentir y rehusar son funciones propias de la voluntad.

    Capítulo 6 [IV.]— La gracia de Dios ha de mantenerse frente a los pelagianos; la herejía pelagiana no es antigua

    § 6

    Hay, sin embargo, que temer que todos estos y semejantes testimonios de la Sagrada Escritura (y sin duda hay muchísimos de ellos), en defensa del libre albedrío, se entiendan de tal manera que no dejen lugar a la ayuda y gracia de Dios para llevar una vida piadosa y una buena conversación, a la que se debe la recompensa eterna; y no sea que el pobre y miserable hombre, cuando lleva una buena vida y realiza buenas obras (o más bien piensa que lleva una buena vida y realiza buenas obras), se atreva a gloriarse en sí mismo y no en el Señor, y a poner su esperanza de vivir rectamente sólo en sí mismo; de modo que le siga la maldición del profeta Jeremías cuando dice: «Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace fuerte la carne de su brazo, y cuyo corazón se aparta del Señor.» [] Entended, hermanos míos, os lo ruego, este pasaje del profeta. Porque el profeta no dijo: «Maldito el hombre que confía en sí mismo,» podría parecer a algunos que el pasaje, «Maldito el hombre que confía en el hombre,» fue dicho para impedir que el hombre tuviera esperanza en cualquier otro hombre que no fuera él mismo. Por tanto, para mostrar que su admonición al hombre no era que tuviera esperanza en sí mismo, después de decir: «Maldito el hombre que confía en el hombre,» añadió inmediatamente: «Y hace fuerte la carne de su brazo.» Usó la palabra «brazo» para designar poder en operación. Por el término «carne,» sin embargo, debe entenderse la fragilidad humana. Y por tanto hace fuerte la carne de su brazo quien supone que un poder frágil y débil (es decir, humano) le basta para realizar buenas obras, y por consiguiente no pone su esperanza en Dios para recibir ayuda. Ésta es la razón por la que añadió la cláusula siguiente: «Y cuyo corazón se aparta del Señor.» De este carácter es la herejía pelagiana, que no es antigua, sino que ha venido a existir sólo recientemente. Contra este sistema de error hubo primero una buena cantidad de discusión; luego, como último recurso, fue remitido a diversos concilios episcopales, cuyas actas, no ciertamente en todos los casos, pero en algunos, os he remitido para vuestra lectura. Por tanto, para nuestra ejecución de buenas obras, no tengamos esperanza en el hombre, haciendo fuerte la carne de nuestro brazo; ni se aparte jamás nuestro corazón del Señor, sino que le diga: «Sé tú mi ayuda; no me desampares ni me desprecies, oh Dios de mi salvación.»

    Capítulo 7.— La gracia es necesaria junto con el libre albedrío para llevar una buena vida

    § 7

    Por tanto, amadísimos míos, como ya hemos probado con nuestros anteriores testimonios de la Sagrada Escritura que hay en el hombre una libre determinación de la voluntad para vivir rectamente y obrar rectamente; veamos ahora cuáles son los divinos testimonios acerca de la gracia de Dios, sin la cual no podemos hacer cosa buena alguna. Y, ante todo, diré algo sobre la misma profesión que hacéis en vuestra fraternidad. Pues vuestra sociedad, en la que lleváis vida de continencia, no podría mantenerse unida si no despreciarais el placer conyugal. Pues bien, el Señor conversaba un día sobre este mismo asunto, cuando sus discípulos le dijeron: «Si así es la condición del hombre con su mujer, no conviene casarse.» Él les respondió: «No todos pueden recibir esta palabra, sino aquellos a quienes es dado.» [] ¿Y no fue acaso al libre albedrío de Timoteo a lo que apeló el apóstol, cuando le exhortó con estas palabras: «Consérvate continente.» [] También explicó el poder de la voluntad en este asunto cuando dijo: «No teniendo necesidad, sino teniendo potestad sobre su propia voluntad, para guardar a su virgen.» [] Y sin embargo, «no todos reciben esta palabra, sino aquellos a quienes les es dado el poder.» Ahora bien, aquellos a quienes esto no es dado, o no quieren o no cumplen lo que quieren; mientras que aquellos a quienes es dado, quieren de tal manera que logran lo que quieren. Para que, por tanto, esta palabra, que no es recibida por todos, pueda ser recibida por algunos, concurren a la vez el don de Dios y el libre albedrío.

    Capítulo 8.— La misma castidad conyugal es don de Dios

    § 8

    De la misma castidad conyugal trata el apóstol cuando dice: «Haga lo que quiera, no peca si se casa;» [] y sin embargo, también esto es don de Dios, pues dice la Escritura: «Por el Señor es unida la mujer a su marido.» Por consiguiente, el doctor de los gentiles, en uno de sus discursos, encomia a la vez la castidad conyugal, por la cual se evitan los adulterios, y la continencia aún más perfecta que renuncia a toda cohabitación, y muestra cómo una y otra son, cada una por separado, don de Dios. Escribiendo a los Corintios, amonestó a los casados a no defraudarse el uno al otro; y luego, tras su amonestación a éstos, añadió: «Mas quisiera que todos los hombres fuesen como yo mismo,» [] — queriendo decir, por supuesto, que se abstenía de toda cohabitación; y luego continuó diciendo: «Pero cada uno tiene de Dios su propio don, uno de una manera, y otro de otra.» [] Ahora bien, los muchos preceptos que están escritos en la ley de Dios, que prohíben toda fornicación y adulterio, ¿indican otra cosa que el libre albedrío? Ciertamente tales preceptos no se darían si el hombre no tuviera una voluntad propia con la cual obedecer los divinos mandamientos. Y sin embargo, es don de Dios lo que es indispensable para la observancia de los preceptos de la castidad. Por consiguiente, se dice en el Libro de la Sabiduría: «Cuando supe que nadie podía ser continente, a menos que Dios lo dé, entonces esto llegó a ser un punto de sabiduría: saber de quién era el don.» [] «Cada uno», sin embargo, «es tentado cuando es atraído y seducido por su propia concupiscencia» [] para no observar y guardar estos santos preceptos de castidad. Si dijera respecto de estos mandamientos: «Quiero guardarlos, pero soy dominado por mi concupiscencia,» entonces la Escritura responde a su libre albedrío, como ya he dicho: «No consientas ser vencido del mal, sino vence con el bien el mal.» [] Sin embargo, para que se alcance esta victoria, la gracia presta su ayuda; y si no se diera esta ayuda, la ley no sería sino la fuerza del pecado. Pues la concupiscencia se acrecienta y recibe mayores fuerzas con la prohibición de la ley, a menos que el espíritu de la gracia ayude. Esto explica la afirmación del gran Doctor de los gentiles, cuando dice: «El aguijón de la muerte es el pecado, y la fuerza del pecado es la ley.» [] Mirad, pues, os ruego, de dónde procede esta confesión de debilidad, cuando un hombre dice: «Deseo guardar lo que la ley manda, pero soy vencido por la fuerza de mi concupiscencia.» Y cuando se dirige a su voluntad, y se le dice: «No consientas ser vencido del mal,» ¿de qué sirve otra cosa sino el socorro de la gracia de Dios para el cumplimiento del precepto? Esto lo declaró después el propio apóstol; pues después de decir «La fuerza del pecado es la ley,» inmediatamente añadió: «Mas gracias a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo.» [] Se sigue, pues, que la victoria por la cual es vencido el pecado no es otra cosa que el don de Dios, que en esta contienda ayuda al libre albedrío.

    Capítulo 9.— Entrar en tentación. La oración es prueba de la gracia

    § 9

    Por lo cual, nuestro Maestro celestial dice también: «Velad y orad, para que no entréis en tentación.» [] Por tanto, todo hombre, cuando lucha contra su propia concupiscencia, ore para no entrar en tentación; es decir, para no ser arrastrado y seducido por ella. Pero no entra en tentación si vence su mala concupiscencia con la buena voluntad. Y sin embargo, la determinación de la voluntad humana es insuficiente, a menos que el Señor le conceda la victoria en respuesta a la oración de que no entre en tentación. ¿Qué, en efecto, ofrece evidencia más clara de la gracia de Dios que la aceptación de la oración en cualquier petición? Si nuestro Salvador hubiera dicho solamente: «Velad para no entrar en tentación,» habría parecido no hacer nada más que amonestar la voluntad del hombre; pero puesto que añadió las palabras «y orad,» mostró que Dios nos ayuda a no entrar en tentación. Al libre albedrío del hombre se dirigen las palabras: «Hijo mío, no te apartes de la corrección del Señor.» [] Y el Señor dijo: «Yo he rogado por ti, Pedro, que tu fe no falte.» [] De modo que el hombre es asistido por la gracia, a fin de que su voluntad no sea mandada en vano.

    Capítulo 10 [V.]— El libre albedrío y la gracia de Dios son encomiados a la vez

    § 10

    Cuando Dios dice: «Convertíos a mí, y yo me convertiré a vosotros,» [] una de estas cláusulas —la que invita a nuestra vuelta a Dios— pertenece evidentemente a nuestra voluntad; mientras que la otra, que promete su vuelta a nosotros, pertenece a su gracia. Aquí, posiblemente, los pelagianos piensan que tienen una justificación para su opinión, que tan destacadamente adelantan, de que la gracia de Dios se da según nuestros méritos. En Oriente, ciertamente, es decir, en la provincia de Palestina, en la cual se halla la ciudad de Jerusalén, Pelagio, al ser examinado personalmente por el obispo, no se atrevió a afirmar esto. Pues sucedió que entre las objeciones que se le presentaron, se le objetó en particular ésta: que sostenía que la gracia de Dios se daba según nuestros méritos, — opinión tan ajena a la doctrina católica, y tan hostil a la gracia de Cristo, que si no la hubiera anatematizado, tal como se le imputaba, él mismo habría tenido que ser anatematizado por causa de ella. Pronunció, ciertamente, el anatema requerido sobre el dogma, pero cuán insinceramente lo muestran claramente sus libros posteriores; pues en ellos no sostiene absolutamente otra opinión sino que la gracia de Dios se da según nuestros méritos. Tales pasajes recogen ellos de las Escrituras —como el que acabo de citar, «Convertíos a mí, y yo me convertiré a vosotros,» — como si se debiera al mérito de nuestra conversión a Dios el que se nos diera su gracia, en la cual Él mismo se vuelve a nosotros. Ahora bien, los que sostienen esta opinión no advierten que, a menos que nuestra conversión a Dios fuera ella misma don de Dios, no se le diría en oración: «Conviértenos, oh Dios de los ejércitos;» y «Tú, oh Dios, te volverás y nos vivificarás;» y de nuevo «Conviértenos, oh Dios de nuestra salvación,» — con otros pasajes de sentido semejante, demasiado numerosos para mencionarlos aquí. Pues, en cuanto a nuestro venir a Cristo, ¿qué otra cosa significa sino que somos convertidos a Él creyendo? Y sin embargo dice: «Nadie puede venir a mí, si no le fuere dado de mi Padre.» []

    Capítulo 11.— Otros pasajes de la Escritura de los que abusan los pelagianos

    § 11

    Luego, además, está la Escritura contenida en el segundo libro de las Crónicas: «El Señor está con vosotros cuando vosotros estáis con Él; y si le buscareis, le hallaréis; mas si le dejareis, Él también os dejará.» [] Este pasaje, sin duda, manifiesta claramente la elección de la voluntad. Pero los que sostienen que la gracia de Dios se da según nuestros méritos reciben estos testimonios de la Escritura de tal manera que creen que nuestro mérito consiste en la circunstancia de «estar con Dios,» mientras que Su gracia se da según este mérito, para que Él también esté con nosotros. De igual modo, que nuestro mérito está en el hecho de «buscar a Dios,» y entonces se da su gracia según este mérito, a fin de que le hallemos. Además, hay un pasaje en el primer libro de las mismas Crónicas que declara la elección de la voluntad: «Y tú, Salomón, hijo mío, conoce al Dios de tu padre, y sírvele con corazón perfecto y con ánimo voluntario; porque el Señor escudriña todos los corazones, y entiende toda imaginación de los pensamientos; si le buscas, será hallado de ti; mas si le dejas, te desechará para siempre.» [] Pero estas gentes hallan algún lugar para el mérito humano en la cláusula «Si le buscas,» y luego se piensa que la gracia es dada según este mérito en lo que se dice en las palabras siguientes «Será hallado de ti.» Y así se esfuerzan con todas sus fuerzas por demostrar que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, — en otras palabras, que la gracia no es gracia. Pues, como dice expresamente el apóstol, a los que reciben recompensa según mérito «la recompensa no se cuenta por gracia, sino por deuda.» []

    Capítulo 12.— Prueba con San Pablo que la gracia no se da según los méritos de los hombres

    § 12

    Ahora bien, había sin duda un mérito decidido en el apóstol Pablo, pero era malo, mientras perseguía a la Iglesia, y dice de él: «No soy digno de ser llamado apóstol, porque perseguí a la Iglesia de Dios.» [] Y fue mientras tenía este mal mérito cuando se le dio uno bueno en lugar del malo; y, por tanto, pasó inmediatamente a decir: «Mas por la gracia de Dios soy lo que soy.» [] Luego, para mostrar también su libre albedrío, añadió en la cláusula siguiente: «Y su gracia para conmigo no fue en vano, sino que he trabajado más abundantemente que todos ellos.» A este libre albedrío del hombre apela también en el caso de otros, como cuando les dice: «Os rogamos que no recibáis en vano la gracia de Dios.» [] Ahora bien, ¿cómo podría mandarles esto, si recibieran la gracia de Dios de tal manera que perdieran su propia voluntad? No obstante, para que la voluntad misma no fuera considerada capaz de hacer cosa buena alguna sin la gracia de Dios, después de decir: «Su gracia para conmigo no fue en vano, sino que he trabajado más abundantemente que todos ellos,» inmediatamente añadió la cláusula que matiza: «Aunque no yo, sino la gracia de Dios que estaba conmigo.» [] En otras palabras: No yo solo, sino la gracia de Dios conmigo. Y así, ni era la gracia de Dios sola, ni era él mismo solo, sino la gracia de Dios con él. Pues para su llamada, sin embargo, desde el cielo, y su conversión por aquella grande y eficacísima llamada, la gracia de Dios fue sola, porque sus méritos, aunque grandes, eran sin embargo malos. Después, para citar un pasaje más, dice a Timoteo: «Pero sé colaborador con el evangelio, según el poder de Dios, que nos salva y nos llama con llamamiento santo — no según nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia, la cual nos fue dada en Cristo Jesús.» [] En otro lugar, además, enumera sus méritos y nos da esta descripción de su carácter malvado: «Porque también nosotros éramos en otro tiempo insensatos, incrédulos, engañados, sirviendo a diversas concupiscencias y placeres, viviendo en malicia y envidia, aborrecibles, y aborreciéndonos unos a otros.» [] ¡Nada, ciertamente, sino castigo era debido a semejante carrera de malos merecimientos! Dios, sin embargo, que devuelve bien por mal por su gracia, la cual no se da según nuestros méritos, capacitó al apóstol para concluir su afirmación diciendo: «Pero cuando se manifestó la bondad y el amor de Dios nuestro Salvador para con los hombres, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino según su misericordia nos salvó, por el lavacro de la regeneración y de la renovación del Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por medio de Jesucristo nuestro Salvador; para que, justificados por su gracia, fuésemos hechos herederos según la esperanza de la vida eterna.» []

    Capítulo 13 [VI.]— La gracia de Dios no se da según el mérito, sino que ella misma produce todo buen merecimiento

    § 13

    De estos y semejantes pasajes de la Escritura, recogemos la prueba de que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos. La verdad es que vemos que se da no sólo donde no hay buenos méritos, sino incluso donde preceden muchos méritos malos; y lo vemos darse así diariamente. Pero es claro que, una vez dada, comienzan a existir también nuestros buenos méritos — aunque sólo por medio de ella; pues si ésta llegara a retirarse, el hombre cae, no elevado, sino precipitado por el libre albedrío. Por lo cual ningún hombre debe, aun cuando comience a poseer buenos méritos, atribuírselos a sí mismo, sino a Dios, a quien el salmista se dirige así: «Sé tú mi ayuda; no me desampares.» Al decir: «No me desampares,» muestra que si fuera desamparado, es incapaz de hacer por sí mismo cosa buena alguna. Por lo cual dice también: «Dije en mi abundancia: No seré jamás conmovido,» pues pensaba que tenía tal abundancia de bien que podía llamar suyo, que no sería conmovido. Pero para que se le enseñara de quién era aquello de lo que había comenzado a gloriarse como si fuera suyo, fue amonestado por la gradual retirada de la gracia de Dios, y dice: «Oh Señor, en tu beneplácito añadiste fuerza a mi hermosura. Apartaste, sin embargo, tu rostro, y entonces fui turbado y angustiado.» Así, es necesario que el hombre no sólo sea justificado cuando es injusto por la gracia de Dios — es decir, que sea cambiado de la impiedad a la justicia — cuando se le devuelve bien por mal; sino que, aun después de haber sido justificado por la fe, la gracia le acompañe en su camino, y se apoye en ella, para no caer. Por esto está escrito acerca de la Iglesia misma en el libro de los Cantares: «¿Quién es ésta que sube vestida de blanco, apoyada en su amado?» [] Blanqueada es aquella que por sí sola no podía ser blanca. ¿Y por quién ha sido blanqueada sino por Aquel que dice por el profeta: «Aunque vuestros pecados sean como la púrpura, yo los haré blancos como la nieve»? [] En el tiempo, pues, en que fue blanqueada, no merecía nada bueno; pero ahora que está blanqueada, camina bien — pero sólo si continúa apoyándose siempre en Aquel por quien fue blanqueada. Por lo cual, Jesús mismo, en quien se apoya la que fue blanqueada, dijo a sus discípulos: «Sin mí nada podéis hacer.» []

    Capítulo 14.— Pablo recibió primero la gracia para alcanzar la corona

    § 14

    Volvamos ahora al apóstol Pablo, quien, como hemos hallado, obtuvo la gracia de Dios, que recompensa bien por mal, sin méritos buenos propios, sino más bien con muchos méritos malos. Veamos qué dice cuando se acercaban sus últimos padecimientos, escribiendo a Timoteo: «Ya estoy a punto de ser ofrecido, y el tiempo de mi partida está cercano. He peleado la buena batalla; he acabado la carrera; he guardado la fe.» [] Enumera éstos, ciertamente, como sus méritos buenos de ahora; de modo que, así como después de sus méritos malos obtuvo gracia, así ahora, después de sus méritos buenos, pueda recibir la corona. Observad, pues, lo que sigue: «Por lo demás, me está guardada,» dice, «la corona de justicia, que me dará el Señor, juez justo, en aquel día.» [] Ahora bien, ¿a quién debería otorgar la corona el juez justo, sino a aquel a quien el Padre misericordioso había concedido la gracia? ¿Y cómo podría ser la corona una «de justicia,» a menos que hubiera precedido la gracia que «justifica al impío»? ¿Cómo, además, podrían ahora otorgarse estas cosas como deuda, si no se hubiera dado antes la otra como don gratuito?

    Capítulo 15.— Los pelagianos profesan que la única gracia que no se da según nuestros méritos es la del perdón de los pecados

    § 15

    Sin embargo, cuando los pelagianos dicen que la única gracia que no se da según nuestros méritos es aquella por la cual se perdonan al hombre sus pecados, pero que la que se da al fin, es decir, la vida eterna, se retribuye a nuestros méritos precedentes: no se les debe permitir que queden sin respuesta. Si, en efecto, entienden nuestros méritos de tal modo que reconocen que también ellos son dones de Dios, su opinión no merecería reprobación. Pero en cuanto predican los méritos humanos de tal manera que declaran que el hombre los tiene de sí mismo, entonces con toda razón responde el apóstol: «¿Quién te distingue de otro? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] A un hombre que sostiene tales opiniones, es perfecta verdad decir: Dios corona sus propios dones, no vuestros méritos, — si, al menos, vuestros méritos son de vosotros mismos, no de Él. Si, en efecto, son tales, son malos; y Dios no los corona; pero si son buenos, son dones de Dios, porque, como dice el apóstol Santiago, «Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto y desciende del Padre de las luces.» [] Conforme con esto declara también Juan, el precursor del Señor: «No puede el hombre recibir nada si no le es dado del cielo» [] — del cielo, por supuesto, porque de allí vino también el Espíritu Santo, cuando Jesús subió a lo alto, llevó cautiva la cautividad y dio dones a los hombres. Si, pues, vuestros buenos méritos son dones de Dios, Dios no corona vuestros méritos como méritos vuestros, sino como sus propios dones.
    Comentario editorial · Dios corona sus propios dones
    En los § 15 a 18 Agustín contesta a quienes decían que la única gracia no merecida es el perdón de los pecados y que la vida eterna se da a méritos anteriores; en los § 19 a 21 responde a cómo puede la vida eterna ser a la vez premio y don (resumen de Warfield). La respuesta cabe en una frase de este capítulo: si los méritos son del hombre, son malos y Dios no los corona; si son buenos, son dones de Dios, y Dios corona sus dones y no los méritos como si fueran nuestros. La fórmula no niega las buenas obras ni que Dios las premie. El § 21 vuelve sobre ello con «gracia por gracia» (): además de la medida de fe y de capacidad que ya se ha recibido, se recibirá la vida eterna, que es también gracia.

    Capítulo 16 [VII.]— Pablo peleó, pero Dios dio la victoria: corrió, pero Dios tuvo misericordia

    § 16

    Consideremos, pues, esos mismos méritos del apóstol Pablo, que él dijo que el Juez justo recompensaría con la corona de justicia; y veamos si esos méritos suyos eran realmente suyos —quiero decir, si los obtuvo por sí mismo o si eran dones de Dios. «He peleado,» dice, «la buena batalla; he acabado la carrera; he guardado la fe.» [] Ahora bien, en primer lugar, estas buenas obras no serían nada si no hubieran sido precedidas por buenos pensamientos. Observad, pues, lo que dice acerca de esos mismos pensamientos. Sus palabras, al escribir a los corintios, son: «No que seamos suficientes por nosotros mismos para pensar algo como de nosotros mismos; sino que nuestra suficiencia proviene de Dios.» [] Luego consideremos cada mérito particular. «He peleado la buena batalla.» Ahora bien, quiero saber con qué poder peleó. ¿Fue con un poder que poseía de sí mismo, o con fuerza que le fue dada de lo alto? Es imposible suponer que un maestro tan grande como el apóstol ignorara la ley de Dios, que proclama en el Deuteronomio lo siguiente: «No digas en tu corazón: Mi propia fuerza y el esfuerzo de mi mano me han producido este gran poder; antes acuérdate del Señor tu Dios, que es Él quien te da fuerza para adquirir tal poder.» [] ¿Y de qué sirve «la buena batalla,» si no va seguida de la victoria? ¿Y quién da la victoria sino Aquel de quien el apóstol mismo dice: «Gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo»? [] Luego, en otro pasaje, habiendo citado del Salmo estas palabras: «Por causa de ti somos muertos todo el día; somos contados como ovejas para el matadero,» pasó a declarar: «Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó.» [] No por nosotros mismos, por tanto, se realiza la victoria, sino por Aquel que nos amó. En la segunda cláusula dice: «He acabado la carrera.» Ahora bien, ¿quién es el que dice esto, sino el que declara en otro pasaje: «Así que no es del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia.» [] Y esta sentencia de ningún modo puede invertirse, de manera que se dijera: No es de Dios, que tiene misericordia, sino del hombre que quiere y corre. Si alguien se atreve a expresarlo así, se muestra clarísimamente en desacuerdo con el apóstol.

    Capítulo 17.— La fe que guardó fue don gratuito de Dios

    § 17

    Su última cláusula dice así: «He guardado la fe.» Pero quien dice esto es el mismo que declara en otro pasaje: «He alcanzado misericordia para ser fiel.» [] No dice: «Alcancé misericordia porque fui fiel,» sino «para que fuese fiel,» mostrando así que ni siquiera la fe misma puede tenerse sin la misericordia de Dios, y que es don de Dios. Esto nos lo enseña muy expresamente cuando dice: «Porque por gracia sois salvos mediante la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios.» [] Podrían tal vez decir: «Recibimos la gracia porque creímos;» como si quisieran atribuir la fe a sí mismos y la gracia a Dios. Por eso, habiendo dicho el apóstol: «Sois salvos mediante la fe,» añadió: Y esto no de vosotros, sino que es don de Dios. Y de nuevo, para que no dijeran que merecían tan gran don por sus obras, añadió inmediatamente: «No por obras, para que nadie se gloríe.» [] No es que negara las buenas obras, ni las privara de su valor, cuando dice que Dios pagará a cada uno conforme a sus obras; [] sino porque las obras proceden de la fe y no la fe de las obras. Por tanto, de Él tenemos las obras de justicia, de quien procede también la fe misma, acerca de la cual está escrito: «El justo vivirá por la fe.» []

    Capítulo 18.— La fe sin buenas obras no basta para la salvación

    § 18

    Las personas poco inteligentes, sin embargo, respecto de la afirmación del apóstol: «Concluimos que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley,» [] han pensado que quiso decir que la fe le basta al hombre, aunque lleve una mala vida y no tenga buenas obras. Es imposible que semejante carácter sea tenido por «vaso de elección» por el apóstol, quien, después de declarar que «en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión,» [] añade en seguida, «sino la fe que obra por el amor.» Es esa fe la que separa a los fieles de Dios de los demonios inmundos, pues aun éstos «creen y tiemblan,» [] como dice el apóstol Santiago; pero no obran bien. Por tanto, no poseen la fe por la que vive el justo, la fe que obra por el amor de tal manera, que Dios la recompensa según sus obras con la vida eterna. Pero puesto que aun nuestras buenas obras proceden de Dios, de quien igualmente provienen nuestra fe y nuestro amor, aquel mismo gran doctor de los gentiles ha llamado «vida eterna» a su «don» gratuito. []

    Capítulo 19 [VIII.]— ¿Cómo es la vida eterna a la vez recompensa por el servicio y don gratuito de la gracia?

    § 19

    Y de aquí surge una cuestión no pequeña, que debe resolverse por don del Señor. Si la vida eterna se da a las buenas obras, como la Escritura declara abiertísimamente: «Entonces pagará a cada uno según sus obras:» [] ¿cómo puede ser la vida eterna cuestión de gracia, viendo que la gracia no se da a las obras, sino que se otorga gratuitamente, como el apóstol mismo nos dice: «Al que trabaja, el salario no se le cuenta como gracia, sino como deuda;» [] y de nuevo: «Hay un remanente salvado según la elección de la gracia;» con estas palabras inmediatamente añadidas: «Y si es por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no sería gracia»? [] ¿Cómo, pues, es la vida eterna por gracia, cuando se recibe por las obras? ¿Acaso el apóstol no dice que la vida eterna es una gracia? No, sino que la ha llamado así con una claridad que nadie puede contradecir. No se requiere un intelecto agudo, sino sólo un lector atento, para descubrirlo. Pues después de decir: «La paga del pecado es muerte,» añadió al instante, «Mas la gracia de Dios es vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor.» []

    Capítulo 20.— La cuestión resuelta. La justificación es gracia simple y totalmente; la vida eterna es recompensa y gracia

    § 20

    Esta cuestión, pues, me parece de ningún modo capaz de resolverse, a menos que entendamos que incluso aquellas buenas obras nuestras, que son recompensadas con la vida eterna, pertenecen a la gracia de Dios, por lo que dice el Señor Jesús: «Sin mí nada podéis hacer.» [] Y el apóstol mismo, después de decir: «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe;» [] vio, por supuesto, la posibilidad de que los hombres pensaran de esta afirmación que las buenas obras no son necesarias para los que creen, sino que la fe sola les basta; y de nuevo, la posibilidad de que los hombres se gloriaran de sus buenas obras, como si fueran capaces de realizarlas por sí mismos. Para hacer frente, por tanto, a estas opiniones de ambos lados, añadió inmediatamente: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» [] ¿Qué pretende al decir: «No por obras, para que nadie se gloríe,» mientras encomia la gracia de Dios? ¿Y por qué después, al dar la razón de usar tales palabras, dice: «Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras»? ¿Por qué, pues, dice: «No por obras, para que nadie se gloríe»? Ahora oíd y entended. «No por obras» se dice de las obras que suponéis que tienen su origen en vosotros solos; pero tenéis que pensar en las obras para las cuales Dios os ha modelado (esto es, formado y creado). Pues de éstas dice: «Somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras.» Ahora bien, aquí no habla de aquella creación que nos hizo seres humanos, sino de aquella en referencia a la cual dijo uno que ya estaba en plena madurez: «Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio;» acerca de la cual dice también el apóstol: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo proviene de Dios.» [] Somos, pues, formados, esto es, formados y creados, «en las buenas obras que» no hemos preparado nosotros mismos, sino «Dios las preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.» Se sigue, pues, amadísimos, fuera de toda duda, que así como vuestra buena vida no es otra cosa que la gracia de Dios, así también la vida eterna, que es la recompensa de una buena vida, es la gracia de Dios; además se da gratuitamente, así como se da gratuitamente aquello a lo cual se da. Pero aquello a lo cual se da es única y simplemente gracia; por tanto, esto también es lo que se le da, porque es su recompensa: gracia por gracia, como si fuese la remuneración por la justicia; para que sea verdad, porque es verdad, que Dios «pagará a cada uno según sus obras.»

    Capítulo 21 [IX.]— La vida eterna es «Gracia por gracia.»

    § 21

    Quizá preguntáis si leemos alguna vez en las Sagradas Escrituras «gracia por gracia.» Pues bien, tenéis el Evangelio según Juan, que es perfectamente claro en su luz grandísima. Aquí Juan el Bautista dice de Cristo: «De su plenitud recibimos todos, y gracia por gracia.» [] De modo que de su plenitud hemos recibido, según nuestra humilde medida, nuestras partículas de posibilidad, por así decirlo, para llevar una buena vida— «conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno;» [] porque «cada uno tiene de Dios su propio don; uno de una manera, y otro de otra.» [] Y esto es gracia. Pero, además de esto, recibiremos también «gracia por gracia,» cuando se nos otorgue la vida eterna, de la cual dijo el apóstol: «La gracia de Dios es vida eterna por medio de Jesucristo nuestro Señor,» [] habiendo dicho justamente que «la paga del pecado es muerte.» Merecidamente la llamó «paga,» porque la muerte eterna se otorga como debida propia al servicio diabólico. Ahora bien, cuando estaba en su poder decir, y decir con razón: «Pero la paga de la justicia es vida eterna,» prefirió sin embargo decir: «La gracia de Dios es vida eterna;» para que de aquí entendamos que Dios, no por méritos nuestros, sino por su propia compasión divina, prolonga nuestra existencia hasta la vida eterna. Así como el salmista dice a su alma: «Quien te corona de misericordia y de compasión.» Pues bien, ¿no se da una corona como recompensa de las buenas obras? Se da, sin embargo, sólo porque Él obra buenas obras en los buenos, de quienes se dice: «Porque Dios es el que obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su buena voluntad,» [] por lo que el salmo dice, como se acaba de citar: «Él te corona de misericordia y de compasión,» puesto que es por su misericordia que realizamos las buenas obras a las cuales se otorga la corona. Sin embargo, no debe suponerse ni por un momento, porque dijo: «Es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, según su buena voluntad,» que se quita el libre albedrío. Si, en efecto, ése hubiera sido su propósito, no habría dicho justo antes: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor.» [] Pues cuando se da la orden «de obrar,» se dirige a su libre albedrío; y cuando se añade, «con temor y temblor,» se les advierte contra jactarse de sus buenas obras como si fueran suyas, atribuyendo a sí mismos la realización de algo bueno. Es más o menos como si al apóstol se le hubiera hecho esta pregunta: «¿Por qué usaste la frase, "con temor y temblor"?» Y como si respondiera a la indagación de sus examinadores diciéndoles: «Porque es Dios quien obra en vosotros.» Porque si teméis y tembláis, no os jactáis de vuestras buenas obras — como si fueran vuestras, puesto que es Dios quien obra dentro de vosotros.

    Capítulo 22 [X.]— ¿Quién es el transgresor de la ley? La vejez de su letra. La novedad de su espíritu

    § 22

    Por tanto, hermanos, debéis por el libre albedrío no hacer el mal, sino hacer el bien; ésta es, en verdad, la lección que se nos enseña en la ley de Dios, en las Sagradas Escrituras — tanto del Antiguo como del Nuevo. Leamos, sin embargo, y con la ayuda del Señor entendamos, lo que nos dice el apóstol: «Porque por las obras de la ley ninguna carne será justificada delante de Él; porque por la ley es el conocimiento del pecado.» [] Observad, dice «el conocimiento,» no «la destrucción,» del pecado. Pero cuando el hombre conoce el pecado, y la gracia no lo ayuda a evitar lo que conoce, indudablemente la ley obra ira. Y esto lo dice expresamente el apóstol en otro pasaje. Sus palabras son: «La ley obra ira.» [] La razón de esta afirmación está en que la ira de Dios es mayor en el caso del transgresor que por la ley conoce el pecado y, sin embargo, lo comete; tal hombre es así transgresor de la ley, como dice el apóstol en otra frase: «Porque donde no hay ley, tampoco hay transgresión.» [] Conforme con este principio dice en otra parte: «Para que sirvamos en novedad de espíritu, y no en la vejez de la letra;» [] queriendo que aquí se entienda la ley por «la vejez de la letra,» y ¿qué otra cosa por «novedad de espíritu» sino la gracia? Luego, para que no se pensara que había presentado alguna acusación o sugerido alguna culpa contra la ley, se interpela inmediatamente con esta pregunta: «¿Qué diremos, pues? ¿Es la ley pecado? ¡De ninguna manera!» Añade luego la afirmación: «No, yo no habría conocido el pecado sino por la ley;» [] que tiene el mismo sentido que el pasaje citado antes: «Por la ley es el conocimiento del pecado.» [] Luego: «Porque yo no habría conocido la concupiscencia,» dice, «si la ley no dijera: "No codiciarás". [] Pero el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, obró en mí toda suerte de concupiscencia. Porque sin la ley el pecado estaba muerto. Y yo vivía en un tiempo sin la ley; pero cuando vino el mandamiento, el pecado revivió y yo morí. Y el mandamiento, que era para vida, hallé que me resultaba para muerte. Porque el pecado, tomando ocasión por el mandamiento, me engañó, y por él me mató. Así que la ley es santa; y el mandamiento santo, justo y bueno. ¿Lo que es bueno, pues, se me hizo muerte? ¡De ninguna manera! Sino que el pecado, para mostrarse pecado, obró muerte en mí por lo que es bueno — para que el pecador, o el pecado, se hiciera por el mandamiento excesivamente pecaminoso.» [] Y a los gálatas escribe: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe en Jesucristo, también nosotros hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley; porque por las obras de la ley ninguna carne será justificada.» []

    Capítulo 23 [XI.]— Los pelagianos sostienen que la ley es la gracia de Dios que nos ayuda a no pecar

    § 23

    ¿Por qué, pues, esos vanísimos y perversos pelagianos dicen que la ley es la gracia de Dios por la cual somos ayudados a no pecar? ¿No contradicen con tal afirmación, desdichadamente y sin ninguna duda, al gran apóstol? Él, en efecto, dice que por la ley el pecado cobró fuerza contra el hombre; y que el hombre, por el mandamiento, aunque sea santo, justo y bueno, muere, y que la muerte obra en él por medio de lo que es bueno; de esta muerte no hay liberación si no es que el Espíritu vivifique a aquel a quien la letra había matado, como dice en otro pasaje, «la letra mata, mas el espíritu da vida» []. Y sin embargo, estos obstinados, ciegos a la luz de Dios y sordos a su voz, sostienen que la letra que mata da vida, y así contradicen al Espíritu vivificante. «Así que, hermanos» (para amonestaros con mayor eficacia en las palabras mismas del apóstol), «somos deudores, no a la carne, para que vivamos según la carne; porque si vivís según la carne, moriréis; mas si por el Espíritu hacéis morir las obras del cuerpo, viviréis.» [] He dicho esto para apartar vuestro libre albedrío del mal y exhortarlo al bien con palabras apostólicas; pero no debéis gloriaros en el hombre, es decir, en vosotros mismos, y no en el Señor, cuando no vivís según la carne, sino que por el Espíritu mortificáis las obras de la carne. Pues para que aquellos a quienes el apóstol dirigía estas palabras no se ensoberbecieran, pensando que podían por su propio espíritu hacer tales obras buenas, y no por el Espíritu de Dios, después de decirles, «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis,» añadió al momento, «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.» [] Por tanto, cuando vosotros por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, para que tengáis vida, glorificadle, alabadle, dad gracias a Aquel por cuyo Espíritu sois guiados de modo que podáis hacer lo que muestra que sois hijos de Dios; «porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.»

    Capítulo 24 [XII.]— Quiénes puede decirse que desean establecer su propia justicia

    «La justicia de Dios,» así llamada, que el hombre tiene de Dios

    § 24

    Por tanto, todos los que son guiados por su propio espíritu, confiando en su propia virtud, con sólo el añadido de la ayuda de la ley, sin el socorro de la gracia, no son hijos de Dios. Tales son aquellos de quienes el mismo apóstol habla como de «quienes, ignorando la justicia de Dios, y procurando establecer su propia justicia, no se han sometido a la justicia de Dios.» [] Dijo esto de los judíos, que en su arrogante presunción rechazaron la gracia y por eso no creyeron en Cristo. Su propia justicia, dice, desean establecer; y esta justicia es de la ley— no que la ley haya sido establecida por ellos, sino que constituyeron su justicia en la ley que es de Dios, al suponerse capaces de cumplir aquella ley con sus propias fuerzas, ignorando la justicia de Dios—no ciertamente aquella por la que Dios mismo es justo, sino la que el hombre tiene de Dios. Y para que sepáis que él llamó suya la justicia que es de la ley, y de Dios la que el hombre recibe de Dios, oíd lo que dice en otro pasaje, hablando de Cristo: «Por cuya causa lo he estimado todo no sólo como pérdida, sino que lo he tenido por estiércol, para ganar a Cristo, y ser hallado en él— no teniendo mi propia justicia, que es de la ley, sino la que es por la fe de Cristo, la cual es de Dios.» [] Ahora bien, ¿qué quiere decir con «no teniendo mi propia justicia, que es de la ley,» cuando la ley en realidad no es suya en absoluto, sino de Dios,— sino esto: que la llamaba su propia justicia, aunque era de la ley, porque pensaba poder cumplir la ley por su propia voluntad, sin la ayuda de la gracia que es por la fe en Cristo? Por lo cual, después de decir, «No teniendo mi propia justicia, que es de la ley,» añadió inmediatamente, «sino la que es por la fe de Cristo, la cual es de Dios.» Esto es lo que ignoraban aquellos de quienes dice, «Ignorando la justicia de Dios,» — es decir, la justicia que es de Dios (pues se da no por la letra que mata, sino por el Espíritu que da vida), «y procurando establecer su propia justicia,» la cual describió expresamente como la justicia de la ley, cuando dijo, «No teniendo mi propia justicia, que es de la ley;» no estaban sujetos a la justicia de Dios— en otras palabras, no se sometieron a la gracia de Dios. Porque estaban bajo la ley, no bajo la gracia, y por eso el pecado tenía dominio sobre ellos, del cual el hombre no es librado por la ley, sino por la gracia. Por eso dice en otro lugar, «Porque el pecado no tendrá dominio sobre vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.» [] No es que la ley sea mala; sino porque están bajo su poder, a los cuales hace culpables imponiendo mandamientos, no auxiliando. Por la gracia es por lo que alguien es hacedor de la ley; y sin esta gracia, el que está bajo la ley será sólo oidor de la ley. A tales personas dirige estas palabras: «Los que por la ley os justificáis, de la gracia habéis caído.» []

    Capítulo 25 [XIII.]— Así como la ley no es la gracia, tampoco lo es nuestra naturaleza misma aquella gracia por la cual somos cristianos

    § 25

    Ahora bien, ¿quién puede ser tan insensible a las palabras del apóstol, tan necio, es más, tan locamente ignorante del sentido de su afirmación, que se atreva a sostener que la ley es gracia, cuando aquel que sabía muy bien lo que decía declara enfáticamente, «Los que por la ley os justificáis, de la gracia habéis caído»? Pues bien, si la ley no es gracia, visto que para que la ley misma se cumpla, no es la ley, sino sólo la gracia la que puede prestar ayuda, ¿no será la naturaleza al menos gracia? Pues esto también se han atrevido a afirmar los pelagianos: que la gracia es la naturaleza en la que fuimos creados, de modo que poseemos una mente racional, por la cual podemos entender, formados a imagen de Dios, para dominar sobre los peces del mar, sobre las aves del cielo y sobre todo ser viviente que se arrastra sobre la tierra. Sin embargo, ésta no es la gracia que el apóstol nos encomienda por medio de la fe de Jesucristo. Porque es cierto que poseemos esta naturaleza en común con los impíos y los incrédulos; en cambio, la gracia que viene por la fe de Jesucristo pertenece sólo a aquellos a quienes la fe misma pertenece. «Porque no todos tienen fe.» [] Ahora bien, como el apóstol, con perfecta verdad, dice a quienes por querer ser justificados por la ley han caído de la gracia, «Si la justicia viene por la ley, entonces Cristo murió en vano;» [] así también, a quienes piensan que la gracia que él encomienda y que recibe la fe en Cristo es la naturaleza, el mismo lenguaje es aplicable con el mismo grado de verdad: si la justicia viene de la naturaleza, entonces Cristo murió en vano. Pero la ley existía hasta entonces, y no justificaba; y la naturaleza también existía, pero no justificaba. No fue, pues, en vano que Cristo murió, para que la ley se cumpliera por medio de Aquel que dijo, «No he venido para abrogar la ley, sino para cumplirla;» [] y para que nuestra naturaleza, perdida por Adán, fuese recuperada por medio de Aquel que dijo que «había venido a buscar y a salvar lo que se había perdido;» en cuya venida creyeron también los antiguos padres que amaban a Dios.

    Capítulo 26.— Los pelagianos sostienen que la gracia, que no es ni la ley ni la naturaleza, sirve sólo para la remisión de los pecados pasados, pero no para evitar los futuros

    § 26

    Sostienen además que la gracia de Dios, que se da por la fe de Jesucristo y que no es ni la ley ni la naturaleza, sirve sólo para la remisión de los pecados ya cometidos, y no para evitar los futuros o dominar los que ahora nos asaltan. Pues si todo esto fuera cierto, ciertamente después de ofrecer la petición del Padrenuestro, «Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores,» difícilmente podríamos continuar y decir, «Y no nos dejes caer en tentación.» [] La primera petición la presentamos para que se nos perdonen los pecados; la segunda, para que sean evitados o dominados—un favor que de ningún modo pediríamos a nuestro Padre que está en los cielos si pudiéramos lograrlo por la virtud de nuestra voluntad humana. Ahora os aconsejo encarecidamente y os pido con insistencia a vuestra Caridad que leáis con atención el libro del bienaventurado Cipriano que escribió Sobre la Oración del Señor. En la medida en que el Señor os asista, entendedlo y encomendadlo a la memoria. En esta obra veréis cómo apela de tal manera al libre albedrío de aquellos a quienes edifica en su tratado, que les muestra que todo lo que tienen que cumplir en la ley, deben pedirlo en la oración. Pero esto, por supuesto, sería completamente vano si la voluntad humana fuera suficiente para realizarlo sin la ayuda de Dios.

    Capítulo 27 [XIV.]— La gracia efectúa el cumplimiento de la ley, la liberación de la naturaleza y la supresión del dominio del pecado

    § 27

    Sin embargo, se ha demostrado con evidencia que, en lugar de mantener realmente el libre albedrío, sólo han inflado una teoría del mismo que, careciendo de estabilidad, ha venido al suelo. Ni el conocimiento de la ley de Dios, ni la naturaleza, ni la mera remisión de los pecados es aquella gracia que se nos da por nuestro Señor Jesucristo; sino que es esta misma gracia la que realiza el cumplimiento de la ley, la liberación de la naturaleza y la supresión del dominio del pecado. Siendo, pues, convictos en estos puntos, recurren a otro expediente y procuran mostrar de una u otra manera que la gracia de Dios se nos da según nuestros méritos. Porque dicen: «Concedido que no se nos da según los méritos de las buenas obras, puesto que es por ella que hacemos algo bueno; sin embargo, se nos da según los méritos de una buena voluntad; porque,» dicen, «la buena voluntad del que ora precede a su oración, así como la voluntad del creyente precedió a su fe, de modo que según estos méritos sigue la gracia de Dios que oye.»

    Capítulo 28.— La fe es don de Dios

    § 28

    Ya he discutido el punto concerniente a la fe, es decir, a la voluntad del que cree, hasta mostrar que pertenece a la gracia—de modo que el apóstol no nos dijo, «He obtenido misericordia porque fui fiel;» sino que dijo, «He obtenido misericordia para ser fiel.» [] Y hay muchos otros pasajes de tenor semejante—entre ellos aquel en que nos manda «pensar con cordura, conforme a la medida de fe que Dios repartió a cada uno;» [] y aquel que ya he citado: «Por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios;» [] y de nuevo otro en la misma Epístola a los Efesios: «Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo;» [] y en el mismo sentido aquel pasaje en que dice, «Porque a vosotros os es concedido a causa de Cristo no sólo creer en él, sino también padecer por él.» [] Ambas cosas, pues, se deben a la gracia de Dios—la fe de los que creen y la paciencia de los que padecen, porque el apóstol habló de ambas como dadas. Luego, además, está el pasaje, especialmente notable, en que dice, «Nosotros, teniendo el mismo espíritu de fe,» [] pues su expresión no es «el conocimiento de la fe,» sino «el espíritu de la fe;» y se expresó así para que entendiéramos cómo se nos da la fe, aun cuando no se busca, a fin de que otras bendiciones le sean concedidas a petición suya. Pues «¿cómo,» dice, «invocarán a aquel en quien no han creído?» [] El espíritu de gracia, por tanto, hace que tengamos fe, para que por medio de la fe obtengamos, al pedirla, la capacidad de hacer lo que se nos manda. Por esta razón el apóstol mismo pone constantemente la fe antes de la ley; pues no podemos hacer lo que la ley manda a menos que obtengamos la fuerza para hacerlo mediante la oración de la fe.

    Capítulo 29.— Dios puede convertir voluntades contrarias y quitar del corazón su dureza

    § 29

    Ahora bien, si la fe es simplemente del libre albedrío y no es dada por Dios, ¿por qué oramos por los que no quieren creer, para que crean? Sería absolutamente inútil hacerlo, a menos que creamos, con toda propiedad, que Dios Todopoderoso puede volver a la fe voluntades perversas y opuestas a la fe. Al libre albedrío del hombre se le habla cuando se dice, «Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones.» Pero si Dios no pudiera quitar del corazón humano su misma obstinación y dureza, no diría por medio del profeta, «Les quitaré el corazón de piedra y les daré un corazón de carne.» [] Que todo esto fue predicho en referencia al Nuevo Testamento lo muestra con suficiente claridad el apóstol cuando dice, «Vosotros sois nuestra epístola,... escrita no con tinta, sino con el Espíritu del Dios vivo; no en tablas de piedra, sino en tablas de carne del corazón.» [] No debemos, por supuesto, suponer que se usa una frase como ésta como si pudieran vivir de manera carnal los que deben vivir espiritualmente; sino que, puesto que una piedra no tiene sensibilidad, con la cual se compara el corazón duro del hombre, ¿qué le quedaba a Él para comparar el corazón inteligente del hombre sino la carne, que posee sensibilidad? Porque esto es lo que dice el profeta Ezequiel: «Les daré otro corazón, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y quitaré de su carne el corazón de piedra, y les daré un corazón de carne; para que anden en mis estatutos, y guarden mis ordenanzas, y las pongan por obra; y serán mi pueblo, y yo seré su Dios, dice el Señor.» [] Ahora bien, ¿podemos acaso, sin extrema necedad, sostener que existía previamente en algún hombre el buen mérito de una buena voluntad, que le diera derecho a la remoción de su corazón de piedra, cuando todo el tiempo este mismo corazón de piedra no significa otra cosa que una voluntad de la especie más dura y absolutamente inflexible contra Dios? Porque donde precede una buena voluntad, ya no hay, por supuesto, corazón de piedra.

    Capítulo 30.— La gracia por la cual se quita el corazón de piedra no es precedida por méritos buenos, sino por malos

    § 30

    En otro pasaje, también, del mismo profeta, Dios, con el lenguaje más claro, nos muestra que no es debido a méritos buenos de parte de los hombres, sino por causa de su propio nombre, que Él hace estas cosas. Éste es su lenguaje: «Esto hago, oh casa de Israel, sino por causa de mi santo nombre, el cual vosotros habéis profanado entre las naciones a las cuales fuisteis. Y santificaré mi gran nombre, profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas; y sabrán las naciones que yo soy el Señor, dice el Señor Dios, cuando sea santificado en vosotros delante de sus ojos. Porque yo os tomaré de entre las naciones, y os recogeré de todas las tierras, y os traeré a vuestro propio país. Entonces os rociaré con agua limpia, y quedaréis limpios; de todas vuestras inmundicias y de todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré también un corazón nuevo, y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros; y será quitado de vuestra carne el corazón de piedra, y os daré un corazón de carne. Y pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos, y guardaréis mis juicios, y los pondréis por obra.» [] Ahora bien, ¿quién es tan ciego que no vea, y quién tan semejante a la piedra que no sienta, que esta gracia no se da según los méritos de una buena voluntad, cuando el Señor declara y testifica, «Soy yo, oh casa de Israel, quien hace esto, sino por causa de mi santo nombre»? Pues ¿por qué dijo «Soy yo quien lo hago, sino por causa de mi santo nombre,» sino para que no pensaran que era debido a sus propios méritos buenos que sucedían estas cosas, como los pelagianos no dudan en decir sin vergüenza? Pero no sólo no había méritos buenos de ellos, sino que el Señor muestra que en realidad precedieron malos; pues dice, «Sino por causa de mi santo nombre, que vosotros habéis profanado entre las naciones.» ¿Quién puede dejar de observar cuán terrible es el mal de profanar el santo nombre del Señor? Y sin embargo, por causa de este mismo nombre mío, dice Él, que vosotros habéis profanado, yo, yo mismo, os haré buenos, pero no por vuestro propio bien; y, como añade, «Santificaré mi gran nombre, que fue profanado entre las naciones, el cual vosotros habéis profanado en medio de ellas.» Dice que santifica su nombre, el cual ya había declarado santo. Por tanto, esto es precisamente lo que pedimos en el Padrenuestro— «Santificado sea tu nombre.» Pedimos la santificación entre los hombres de aquello que en sí mismo es indudablemente siempre santo. Luego sigue, «Y sabrán las naciones que yo soy el Señor, dice el Señor Dios, cuando sea santificado en vosotros.» Aunque, pues, Él mismo es siempre santo, es, no obstante, santificado en aquellos a quienes otorga su gracia, quitándoles aquel corazón de piedra con el cual profanaron el nombre del Señor.

    Capítulo 31 [XV.]— El libre albedrío desempeña su función en la conversión del corazón; pero también la gracia tiene la suya

    § 31

    Para que no se piense, sin embargo, que los hombres mismos nada hacen en este asunto por libre albedrío, se dice en el Salmo, «No endurezcáis vuestros corazones;» y en el propio Ezequiel, «Arrojad de vosotros todas vuestras transgresiones que habéis cometido impíamente contra mí; y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo; y guardad todos mis mandamientos. ¿Por qué moriréis, oh casa de Israel, dice el Señor? Porque no me complazco en la muerte del que muere, dice el Señor Dios: convertíos y vivid.» [] Debemos recordar que es Él quien dice, «Convertíos y vivid,» a quien se dice en oración, «Conviértenos, oh Dios.» Debemos recordar que Él dice, «Arrojad de vosotros todas vuestras transgresiones,» cuando es Él mismo quien justifica al impío. Debemos recordar que Él dice, «Haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo,» quien también promete, «Os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros.» [] ¿Cómo es, pues, que quien dice, «Haceos,» también dice, «Os daré»? ¿Por qué manda, si ha de dar? ¿Por qué da, si el hombre ha de hacer, sino porque da lo que manda cuando ayuda a obedecer a quien manda? Hay, sin embargo, siempre dentro de nosotros un libre albedrío—pero no siempre es bueno; pues o es libre respecto de la justicia cuando sirve al pecado—y entonces es malo—o es libre respecto del pecado cuando sirve a la justicia—y entonces es bueno. Pero la gracia de Dios es siempre buena; y por ella sucede que el hombre es de buena voluntad, aunque antes era de mala voluntad. Por ella también sucede que la misma buena voluntad, que ya ha comenzado a ser, es ampliada y hecha tan grande que puede cumplir los mandamientos divinos que querrá, cuando quiera firme y perfectamente. Esto es lo que la Escritura dice: «Si quieres, guardarás los mandamientos;» [] de modo que el hombre que quiere pero no puede sepa que todavía no quiere plenamente, y pida tener una voluntad tan grande que baste para guardar los mandamientos. Y así, en efecto, recibe ayuda para hacer lo que se le manda. Entonces la voluntad es de provecho cuando tenemos capacidad; así como la capacidad también es de provecho cuando tenemos la voluntad. Pues ¿qué nos aprovecha querer lo que no podemos hacer, o no querer lo que podemos hacer?

    Capítulo 32 [XVI.]— En qué sentido se dice correctamente que, si queremos, podemos guardar los mandamientos de Dios

    § 32

    Los pelagianos piensan que saben algo grande cuando afirman que «Dios no mandaría lo que sabía que el hombre no podía hacer.» ¿Quién puede ignorar esto? Pero Dios manda algunas cosas que no podemos hacer, para que sepamos lo que debemos pedirle. Pues esto es la fe misma, que obtiene por la oración lo que la ley manda. En efecto, el que dijo, «Si quieres, guardarás los mandamientos,» dijo después en el mismo libro del Eclesiástico, «¿Quién pondrá guarda ante mi boca, y sello de sabiduría sobre mis labios, para que no caiga de repente por ella, y mi lengua no me destruya?» [] Ahora bien, ciertamente había oído y recibido estos mandamientos: «Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño.» Por tanto, siendo verdad lo que dijo: «Si quieres, guardarás los mandamientos,» ¿por qué quiere que se le ponga una guarda ante la boca, como aquel que dice en el Salmo, «Pon, oh Señor, guarda a mi boca»? ¿Por qué no se contenta con el mandamiento de Dios y con su propia voluntad; puesto que, si tiene la voluntad, guardará los mandamientos? ¡Cuántos mandamientos de Dios están dirigidos contra la soberbia! Él los conoce bien; si quiere, puede guardarlos. ¿Por qué, por tanto, dice poco después, «Oh Dios, Padre y Dios de mi vida, no me des mirada altiva»? [] La ley le había dicho mucho antes, «No codiciarás;» [] quiera, pues, solamente, y haga lo que se le ordena, porque, si tiene la voluntad, guardará los mandamientos. ¿Por qué, por tanto, dice después, «Aparta de mí la concupiscencia»? [] Contra el lujo, además, ¡cuántos mandamientos ha impuesto Dios! Guárdelos el hombre; porque, si quiere, puede guardar los mandamientos. Pero ¿qué significa aquel clamor a Dios, «¡Que no se apoderen de mí la avidez del vientre ni el deseo de la carne!»? [] Ahora bien, si le hiciéramos personalmente esta pregunta, nos respondería con toda razón y diría: Por aquella oración mía, en la que ofrezco a Dios esta petición particular, podéis entender en qué sentido dije, «Si quieres, guardarás los mandamientos.» Porque es cierto que guardamos los mandamientos si queremos; pero como la voluntad es preparada por el Señor, debemos pedirle una fuerza de voluntad tal que baste para hacernos obrar queriendo. Es cierto que somos nosotros los que queremos cuando queremos, pero es Él quien nos hace querer el bien, de quien se dice (como acaba de expresarlo), «La voluntad es preparada por el Señor.» [] Del mismo Señor se dice, «Los pasos del hombre son ordenados por el Señor, y su camino Él quiere.» Del mismo Señor se dice también, «Es Dios quien obra en vosotros, ¡incluso el querer!» [] Es cierto que somos nosotros los que obramos cuando obramos; pero es Él quien nos hace obrar, aplicando poderes eficaces a nuestra voluntad, quien ha dicho, «Haré que andéis en mis estatutos, que guardéis mis decretos y que los pongáis por obra.» [] Cuando dice, «Haré que... los pongáis por obra,» ¿qué otra cosa dice en realidad sino, «Quitaré de vosotros vuestro corazón de piedra,» del que solía surgir vuestra incapacidad para obrar, «y os daré un corazón de carne,» [] para que obréis? ¿Y a qué equivale esta promesa sino a esto: Quitaré vuestro corazón duro, con el cual no obrabais, y os daré un corazón obediente, con el cual obraréis? Es Él quien nos hace obrar, a quien el suplicante humano dice, «Pon, oh Señor, guarda a mi boca.» Es decir: Haz o capacítame, oh Señor, para poner guarda a mi boca—un beneficio que ya había obtenido de Dios aquel que así describió su influencia: «Puse guarda a mi boca.»

    Capítulo 33 [XVII.]— Una buena voluntad puede ser pequeña y débil; una voluntad amplia, gran amor. Gracia operante y cooperante

    § 33

    El que, por tanto, desea cumplir el mandamiento de Dios, pero no puede, posee ya una buena voluntad, pero todavía pequeña y débil; llegará, sin embargo, a poder cuando haya adquirido una voluntad grande y robusta. Cuando los mártires cumplieron los grandes mandamientos que obedecieron, obraron por una gran voluntad—esto es, con gran amor. De este amor habla el Señor mismo así: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos.» [] Conforme a esto, dice también el apóstol: «El que ama a su prójimo ha cumplido la ley. Pues: No cometerás adulterio, No matarás, No hurtarás, No codiciarás; y si hay algún otro mandamiento, se resume brevemente en esta sentencia, a saber: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. [] El amor no hace mal al prójimo: así que el amor es el cumplimiento de la ley.» [] Este amor no lo poseía aún el apóstol Pedro, cuando por miedo negó tres veces al Señor. [] «No hay temor en el amor,» dice el evangelista Juan en su primera epístola, «sino que el perfecto amor echa fuera el temor.» [] Pero, sin embargo, por pequeño e imperfecto que fuera su amor, no faltaba del todo cuando dijo al Señor, «Yo pondré mi vida por ti;» [] porque suponía que podía efectuar lo que sentía estar dispuesto a hacer. ¿Y quién había comenzado a darle su amor, por pequeño que fuera, sino Aquel que prepara la voluntad, y perfecciona por su cooperación lo que inicia por su operación? Porque al comenzar obra en nosotros para que tengamos la voluntad, y al perfeccionar obra con nosotros cuando tenemos la voluntad. Por lo cual dice el apóstol: «Estoy convencido de esto mismo: que el que comenzó en vosotros una buena obra la perfeccionará hasta el día de Jesucristo.» [] Obra, por tanto, sin nosotros, para que queramos; pero cuando queremos, y de tal manera queremos que obremos, coopera con nosotros. Nosotros, sin embargo, nada podemos hacer para efectuar buenas obras de piedad sin Él, ya sea obrando para que queramos, ya cooperando cuando queremos. Ahora bien, acerca de su obrar para que queramos, se dice: «Es Dios quien obra en vosotros, incluso el querer.» [] Mientras que de su cooperación con nosotros, cuando queremos y obramos queriendo, dice el apóstol: «Sabemos que en todas las cosas hay cooperación para bien para los que aman a Dios.» ¿Qué significa esta frase, «todas las cosas,» sino los padecimientos terribles y crueles que afectan a nuestra condición? Aquella carga, en verdad, de Cristo, que es pesada para nuestra enfermedad, se vuelve ligera para el amor. Pues a tales dijo el Señor que su carga era ligera, [] como lo era Pedro cuando sufrió por Cristo, no como era cuando le negó.
    Comentario editorial · Obrar sin nosotros y con nosotros
    En este capítulo, cuyo título en el NPNF lo rotula «gracia operante y cooperante», Agustín explica con Filipenses 2:13 y Romanos 8:28 cómo actúan juntas la gracia y la voluntad: Dios «obra, por tanto, sin nosotros, para que queramos; pero cuando queremos, y de tal manera queremos que obremos, coopera con nosotros». Sin él, añade, nada podemos hacer para obrar el bien, ni mientras él hace que queramos ni mientras coopera. Una nota del NPNF a Romanos 8:28 avisa de que el pasivo indefinido latino co-operatur invitó a este giro; el epub lo traduce «hay cooperación para bien». Es el punto en que el tratado responde a la objeción de los monjes: la gracia no sustituye a la voluntad, la precede y la acompaña.

    Capítulo 34.— Elogio del amor por el Apóstol. La corrección ha de administrarse con amor

    § 34

    Esta caridad, es decir, esta voluntad que arde con amor intensísimo, la elogia el apóstol con estas palabras: «¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación, o la angustia, o la persecución, o el hambre, o la desnudez, o el peligro, o la espada? (Como está escrito: Por causa de ti somos muertos todo el día; somos contados como ovejas para el matadero.) Antes bien, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Por lo cual estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni lo presente, ni lo por venir, ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos del amor de Dios, que es en Cristo Jesús nuestro Señor.» [] Y en otro pasaje dice, «Y sin embargo os muestro un camino más excelente. Aunque hablara lenguas de hombres y de ángeles, y no tuviera amor, vengo a ser como metal que resuena, o címbalo que retiñe. Y aunque tuviera don de profecía, y entendiera todos los misterios y todo conocimiento; y aunque tuviera toda la fe, de manera que trasladara los montes, y no tuviera amor, nada soy. Y aunque repartiera todos mis bienes para alimentar a los pobres, y aunque entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tuviera amor, de nada me aprovecha. El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal; no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor nunca deja de ser.» Y poco después dice, «Y ahora permanecen la fe, la esperanza y el amor, estos tres; pero el mayor de ellos es el amor. Seguid el amor.» Dice también a los Gálatas: «Porque, hermanos, habéis sido llamados a libertad; solamente que no uséis la libertad como ocasión para la carne, sino servíos unos a otros por amor. Porque toda la ley se cumple en una sola palabra, a saber: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Esto es en efecto lo mismo que escribe a los Romanos: «El que ama a otro ha cumplido la ley.» [] De igual manera dice a los Colosenses, «Y sobre todas estas cosas, revestíos de amor, que es el vínculo de la perfección.» [] Y a Timoteo le escribe, «Ahora bien, el fin del mandamiento es el amor;» y pasa a describir la cualidad de esta gracia, diciendo, «De un corazón puro, y de buena conciencia, y de fe no fingida.» [] Además, cuando dice a los Corintios, «Hágase todo entre vosotros con amor,» [] muestra con bastante claridad que incluso aquellos castigos que se consideran agudos y amargos por quienes son corregidos, han de administrarse con amor. Por consiguiente, en otro pasaje, después de decir, «Amonestad a los que andan desordenadamente, consolad a los de ánimo débil, sostened a los débiles, sed pacientes para con todos,» añadió inmediatamente, «Mirad que ninguno devuelva a otro mal por mal.» [] Por tanto, incluso cuando se corrige a los desordenados, no es devolver mal por mal, sino al contrario, bien. Sin embargo, ¿qué sino el amor obra todas estas cosas?

    Capítulo 35.— Elogios del amor

    § 35

    El apóstol Pedro, asimismo, dice, «Y, sobre todo, tened entre vosotros amor ferviente; porque el amor cubrirá la multitud de pecados.» [] También el apóstol Santiago dice, «Si cumplís la ley real, conforme a la Escritura: Amarás a tu prójimo como a ti mismo, hacéis bien.» [] Así también el apóstol Juan dice, «El que ama a su hermano permanece en el derecho;» [] además, en otro pasaje, «Todo aquel que no hace justicia no es de Dios, ni tampoco el que no ama a su hermano; porque este es el mensaje que hemos oído desde el principio: que nos amemos unos a otros.» [] Luego dice de nuevo, «Este es su mandamiento: que creamos en el nombre de su Hijo Jesucristo, y nos amemos unos a otros.» [] Una vez más: «Y este mandamiento tenemos de Él: que el que ama a Dios ame también a su hermano.» [] Luego, poco después, añade, «En esto conocemos que amamos a los hijos de Dios, cuando amamos a Dios y guardamos sus mandamientos; porque este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos: y sus mandamientos no son gravosos.» [] Mientras que en su segunda epístola está escrito, «No como si os escribiera un mandamiento nuevo, sino aquel que teníamos desde el principio: que nos amemos unos a otros.»

    Capítulo 36.— El amor recomendado por Nuestro Señor mismo

    § 36

    Además, el Señor Jesús mismo nos enseña que toda la ley y los profetas dependen de los dos preceptos del amor a Dios y del amor al prójimo. Acerca de estos dos mandamientos está escrito lo siguiente en el Evangelio según San Marcos: «Y se acercó uno de los escribas, y habiéndoles oído discutir entre sí, y percibiendo que les había respondido bien, le preguntó: ¿Cuál es el primer mandamiento de todos? Y Jesús le respondió: El primero de todos los mandamientos es: Oye, Israel; el Señor nuestro Dios, el Señor uno es; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. [] Este es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. [] No hay otro mandamiento mayor que estos.» [] También, en el Evangelio según San Juan, dice, «Un mandamiento nuevo os doy: que os améis unos a otros; como yo os he amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán todos que sois mis discípulos, si tenéis amor unos por otros.» []

    Capítulo 37 [XVIII.]— El amor que cumple los mandamientos no es de nosotros mismos, sino de Dios

    § 37

    Todos estos mandamientos, sin embargo, respecto al amor o caridad (que son tan grandes, y tales que cualquier acción que el hombre piense que hace bien no está de ningún modo bien hecha si se hace sin amor) serían dados a los hombres en vano si no tuvieran libre decisión de la voluntad. Pero por cuanto estos preceptos se dan en la ley, tanto antigua como nueva (aunque en la nueva vino la gracia que fue prometida en la antigua, pero la ley sin la gracia es la letra que mata, mientras que en la gracia está el Espíritu que da vida), ¿de qué fuente proviene en los hombres el amor de Dios y del prójimo sino del mismo Dios? Porque, ciertamente, si no es de Dios sino de los hombres, los pelagianos han conseguido la victoria; pero si viene de Dios, entonces hemos vencido a los pelagianos. Pues que el apóstol Juan se siente como juez entre nosotros; y que nos diga, «Amados, amémonos unos a otros.» [] Ahora bien, cuando ellos comienzan a ensalzarse con estas palabras de Juan, y a preguntar por qué se nos dirige este precepto si no tenemos de nosotros mismos el amarnos unos a otros, el mismo apóstol procede al instante, para confusión suya, a añadir, «Porque el amor es de Dios.» [] No es, por tanto, de nosotros mismos, sino de Dios. ¿Por qué, pues, se dice, «Amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios,» sino como un precepto a nuestro libre albedrío, que lo amonesta a buscar el don de Dios? Ahora bien, esta amonestación sería en verdad completamente infructuosa si la voluntad no hubiera recibido previamente alguna dádiva de amor, que pudiera buscar ser ampliada para cumplir cualquier mandato que se le impusiera. Cuando se dice, «Amémonos unos a otros,» es ley; cuando se dice, «Porque el amor es de Dios,» es gracia. Pues la «sabiduría de Dios lleva ley y misericordia sobre su lengua.» [] Conforme a esto, está escrito en el Salmo, «Porque el que dio la ley dará bendiciones.»

    Capítulo 38.— No amaríamos a Dios si Él no nos hubiera amado primero

    Los apóstoles eligieron a Cristo porque fueron elegidos; no fueron elegidos porque eligieron a Cristo

    § 38

    Que nadie, pues, os engañe, hermanos míos, porque no amaríamos a Dios si Él no nos hubiera amado primero. Juan nos da de nuevo la prueba más clara de esto cuando dice: «Nosotros le amamos a él, porque él nos amó primero.» [] La gracia nos hace amantes de la ley; pero la ley misma, sin la gracia, no nos hace sino transgresores de la ley. Y no otra cosa nos muestran las palabras de nuestro Señor cuando dice a sus discípulos: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.» [] Porque si nosotros le hubiéramos amado primero, para que por este mérito Él nos amara, entonces le habríamos elegido primero para merecer ser elegidos por Él. Pero Él, que es la Verdad, dice otra cosa, y contradice abiertamente esta vana presunción de los hombres. «No me elegisteis vosotros,» dice. Por tanto, si no me elegisteis, sin duda no me amasteis (pues ¿cómo podrían elegir a uno a quien no amaban?). «Pero yo,» dice, «os elegí a vosotros.» ¿Y podrían acaso dejar de elegirle después, y de preferirle a todos los bienes de este mundo? Pero fue porque habían sido elegidos que le eligieron; no porque le eligieron fueron elegidos. No podría haber mérito alguno en la elección de Cristo por parte de los hombres, si no fuera porque la gracia de Dios fue preveniente al elegirlos. Por lo cual el apóstol Pablo pronuncia sobre los tesalonicenses esta bendición: «El Señor os haga crecer y abundar en amor unos para con otros, y para con todos.» [] Esta bendición de amarnos unos a otros nos la dio Él, que también nos había dado una ley para que nos amáramos mutuamente. Luego, en otro pasaje dirigido a la misma iglesia, viendo que ya existía en algunos de sus miembros la disposición que él había deseado cultivar en ellos, dice: «Debemos dar siempre gracias a Dios por vosotros, hermanos, como es justo, porque vuestra fe crece en gran manera, y la caridad de cada uno de todos vosotros para con los demás abunda.» [] Esto lo dijo para que no se gloriaran del gran bien que gozaban de parte de Dios, como si lo tuvieran de sí mismos. Porque, entonces, vuestra fe tiene un crecimiento tan grande (éste es el sentido de sus palabras), y el amor de cada uno de todos vosotros para con los demás tan abundantemente crece, debemos dar gracias a Dios por vosotros, pero no alabaros, como si poseyerais estos dones por vosotros mismos.

    Capítulo 39.— El espíritu de temor, un gran don de Dios

    § 39

    El apóstol dice también a Timoteo: «Porque no nos ha dado Dios espíritu de temor, sino de poder, de amor y de mente cuerda.» [] Ahora bien, respecto de este pasaje del apóstol, debemos guardarnos de suponer que no hemos recibido el espíritu del temor de Dios, que es sin duda un gran don de Dios, y acerca del cual el profeta Isaías dice: «El Espíritu del Señor reposará sobre ti, espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de fortaleza, espíritu de conocimiento y de piedad, espíritu del temor del Señor.» [] No es el temor con el que Pedro negó a Cristo el que hemos recibido como espíritu, sino aquel temor acerca del cual Cristo mismo dice: «Temed a aquel que tiene poder para destruir alma y cuerpo en el infierno; sí, os digo, temedle.» [] Esto, en efecto, lo dijo para que no le negáramos por el mismo temor que sacudió a Pedro; pues tal cobardía quiso claramente que fuera apartada de nosotros cuando en el pasaje precedente dijo: «No temáis a los que matan el cuerpo, y después no tienen más que hacer.» [] No es de este temor del que hemos recibido el espíritu, sino de poder, de amor y de mente cuerda. Y de este espíritu habla el mismo apóstol Pablo a los romanos: «Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia; y la paciencia, experiencia; y la experiencia, esperanza; y la esperanza no avergüenza; porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» No por nosotros mismos, por tanto, sino por el Espíritu Santo que nos es dado, sucede que, mediante ese mismo amor que él nos muestra ser don de Dios, la tribulación no acaba con la paciencia, sino que más bien la produce. De nuevo dice a los efesios: «Paz sea a los hermanos, y amor con fe.» [] ¡Grandes bendiciones éstas! Pero que nos diga de dónde vienen. «De Dios Padre,» dice inmediatamente después, «y del Señor Jesucristo.» [] Estas grandes bendiciones, por tanto, no son otra cosa que dones de Dios para nosotros.

    Capítulo 40 [XIX.]— La ignorancia de los pelagianos al sostener que el conocimiento de la ley viene de Dios, pero que el amor viene de nosotros mismos

    § 40

    No es de extrañar que la luz brille en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendan. [] En la Epístola de Juan declara la Luz: «Mirad cuál amor nos ha dado el Padre, para que seamos llamados hijos de Dios.» [] Y en los escritos pelagianos dice la tiniebla: «El amor nos viene de nosotros mismos.» Ahora bien, si ellos poseyeran el amor verdadero, es decir, cristiano, sabrían también de dónde lo han obtenido; así como el apóstol lo sabía cuando dijo: «Pero nosotros no hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos las cosas que Dios nos ha dado gratuitamente.» [] Juan dice: «Dios es amor.» [] Y así los pelagianos afirman que tienen a Dios mismo, no de Dios, sino de sí mismos. Y aunque conceden que tenemos el conocimiento de la ley de parte de Dios, sin embargo quieren que el amor sea de nosotros mismos. Ni escuchan al apóstol cuando dice: «El conocimiento envanece, pero el amor edifica.» [] Ahora bien, ¿qué puede haber más absurdo, más aún, más insensato y más ajeno a la santidad misma del amor, que sostener que de Dios procede el conocimiento que, sin amor, envanece, mientras que el amor que impide la posibilidad de esta hinchazón del conocimiento brota de nosotros mismos? Y de nuevo, cuando el apóstol habla del «amor de Cristo que sobrepasa todo conocimiento,» [] ¿qué puede haber más insensato que suponer que el conocimiento, que debe estar subordinado al amor, viene de Dios, mientras que el amor, que sobrepasa al conocimiento, viene del hombre? Pero la fe verdadera y la sana doctrina declaran que ambas gracias son de Dios; la Escritura dice: «De su rostro proceden el conocimiento y la inteligencia;» [] y otra Escritura dice: «El amor es de Dios.» [] Leemos del «Espíritu de sabiduría y de inteligencia.» [] También del «Espíritu de poder, de amor y de mente cuerda.» [] Pero el amor es don mayor que el conocimiento; porque siempre que el hombre tiene el don del conocimiento, el amor es necesario a su lado, para que no se envanezca. Porque «el amor no tiene envidia, no es jactancioso, no se envanece.» []

    Capítulo 41 [XX.]— Las voluntades de los hombres están tan en poder de Dios, que Él puede volverlas adondequiera que le plazca

    § 41

    Creo que ya he tratado suficientemente este punto en contra de quienes se oponen con vehemencia a la gracia de Dios, por la cual, sin embargo, la voluntad humana no es suprimida, sino cambiada de mala en buena y ayudada cuando es buena. Creo también que he tratado el asunto de tal modo que no soy tanto yo mismo cuanto la Escritura inspirada la que os ha hablado, con los testimonios más claros de la verdad; y si este testimonio divino se examina con cuidado, nos muestra que no sólo las buenas voluntades de los hombres, que Dios mismo convierte de malas, y, una vez convertidas por Él, dirige a las buenas acciones y a la vida eterna, sino también las que siguen al mundo están tan enteramente a disposición de Dios, que Él las vuelve adonde quiere y cuando quiere — para otorgar bondad a unos y acumular castigo sobre otros, como Él mismo juzga justo por un consejo secretísimo para sí, ciertamente, pero sin duda alguna justísimo. Porque hallamos que algunos pecados son incluso castigo de otros pecados, como son aquellos «vasos de ira» que el apóstol describe como «preparados para destrucción;» [] como lo es también aquel endurecimiento de Faraón, cuyo propósito se dice que es manifestar en él el poder de Dios; como lo es, asimismo, la huida de los israelitas de la faz del enemigo ante la ciudad de Hai, pues el temor se levantó en su corazón de modo que huyeron, y esto se hizo para que su pecado fuera castigado del modo en que era justo que lo fuera; por causa de lo cual el Señor dijo a Josué, hijo de Nun: «Los hijos de Israel no podrán estar firmes ante la faz de sus enemigos.» ¿Qué significa: «No podrán estar firmes»? Ahora bien, ¿por qué no se mantuvieron firmes por libre albedrío, sino que, con una voluntad turbada por el temor, emprendieron la huida, sino porque Dios tiene señorío aun sobre las voluntades de los hombres, y cuando se aíra vuelve al temor a quien le place? ¿No fue por su propia voluntad que los enemigos de los hijos de Israel combatieron contra el pueblo de Dios, conducido por Josué, hijo de Nun? Y sin embargo dice la Escritura: «Fue de parte del Señor endurecer sus corazones, para que vinieran contra Israel en batalla, a fin de que fueran exterminados.» [] ¿Y no fue asimismo por su propia voluntad que el malvado hijo de Gera maldijo al rey David? Y sin embargo, ¿qué dice David, lleno de verdadera, profunda y piadosa sabiduría? ¿Qué dijo a quien quería herir al maldiciente? «¿Qué,» dijo, «tengo yo que ver con vosotros, hijos de Zeruiah? Dejadle y que maldiga, porque el Señor le ha dicho: Maldice a David. ¿Quién, pues, dirá: Por qué has hecho esto?» [] Y luego la Escritura inspirada, como si quisiera confirmar la profunda sentencia del rey repitiéndola una vez más, nos dice: «Y David dijo a Abisai y a todos sus siervos: He aquí, mi hijo, que salió de mis entrañas, busca mi vida: ¿cuánto más este benjamita? Dejadle y que maldiga; porque el Señor se lo ha mandado. Quizá el Señor mirará mi humillación, y me recompensará con bien por su maldición de hoy.» [] Ahora bien, ¿qué lector prudente dejará de comprender de qué manera el Señor mandó a este hombre profano maldecir a David? No fue por un mandato que se lo ordenó, en cuyo caso su obediencia sería digna de alabanza; sino que inclinó la voluntad del hombre, que se había envilecido por su propia perversidad, a cometer este pecado, por su propio juicio justo y secreto. Por eso se dice: «El Señor le dijo.» Ahora bien, si esta persona hubiera obedecido un mandato de Dios, habría merecido ser alabada antes que castigada, como sabemos que después fue castigada por este pecado. Ni es oscura la razón por la que el Señor le dijo de esta manera que maldijera a David. «Quizá,» dijo el rey humillado, «el Señor mirará mi humillación, y me recompensará con bien por su maldición de hoy.» Ved, pues, qué prueba tenemos aquí de que Dios usa los corazones aun de los hombres malvados para alabanza y ayuda de los buenos. Así usó de Judas al traicionar a Cristo; así usó de los judíos al crucificar a Cristo. ¡Y cuán vastas las bendiciones que de estos casos ha otorgado a las naciones que habían de creer en Él! Usa también a nuestro peor enemigo, el mismo diablo, pero del mejor modo, para ejercitar y probar la fe y la piedad de los hombres buenos — no ciertamente para sí, que conoce todas las cosas antes de que sucedan, sino por causa de nosotros, para quienes era necesario que tal disciplina se llevara a cabo. ¿No eligió Absalón por su propia voluntad el consejo que le era perjudicial? Y sin embargo la razón de hacerlo fue que el Señor había oído la oración de su padre para que así fuera. Por lo cual dice la Escritura que «el Señor dispuso derrotar el buen consejo de Ahitofel, a fin de que el Señor trajera todos los males sobre Absalón.» [] Llamó al consejo de Ahitofel «bueno,» porque era por el momento ventajoso para su propósito. Estaba en favor del hijo contra su padre, contra quien se había rebelado; y podría haberlo aplastado, si el Señor no hubiera derrotado el consejo que Ahitofel había dado, obrando sobre el corazón de Absalón de modo que rechazó este consejo y eligió otro que no le convenía.

    Capítulo 42 [XXI]— Dios hace todo cuanto quiere en los corazones aun de los hombres malvados

    § 42

    ¿Quién puede dejar de temblar ante aquellos juicios de Dios por los cuales hace en los corazones aun de los hombres malvados todo cuanto quiere, dándoles a la vez conforme a sus obras? Roboam, hijo de Salomón, rechazó el consejo provechoso de los ancianos, de no tratar con dureza al pueblo, y prefirió escuchar las palabras de los jóvenes de su edad, dando una respuesta áspera a aquellos a quienes debía hablar con suavidad. Ahora bien, ¿de dónde nació tal conducta, sino de su propia voluntad? Por esto, sin embargo, las diez tribus de Israel se rebelaron contra él y eligieron para sí otro rey, Jeroboám, para que se cumpliera la voluntad de Dios en su ira, que Él había predicho que sucedería. [] Pues ¿qué dice la Escritura? «El rey no escuchó al pueblo; porque la mudanza venía del Señor, para que Él cumpliera su palabra, que el Señor había dicho a Ahías el siloita acerca de Jeroboám, hijo de Nabat.» [] Todo esto, ciertamente, se hizo por la voluntad del hombre, aunque la mudanza venía del Señor. Leed los libros de las Crónicas, y hallaréis el siguiente pasaje en el segundo libro: «Además, el Señor incitó contra Joram el espíritu de los filisteos y de los árabes, vecinos de los etíopes; y subieron a la tierra de Judá, la saquearon y se llevaron todos los bienes que se hallaron en la casa del rey.» [] Aquí se muestra que Dios incita a los enemigos a devastar las tierras que juzga merecedoras de tal castigo. Con todo, ¿invadieron estos filisteos y árabes la tierra de Judá para asolarla sin voluntad propia? ¿O fueron sus movimientos tan dirigidos por su propia voluntad que miente la Escritura que nos dice que «el Señor incitó su espíritu» para hacer todo esto? Ambas afirmaciones son ciertamente verdaderas, porque vinieron por su propia voluntad y, sin embargo, el Señor incitó su espíritu; y esto puede decirse con igual verdad a la inversa: el Señor incitó su espíritu y, no obstante, vinieron por su propia voluntad. Porque el Todopoderoso pone en movimiento, aun en lo más íntimo de los corazones de los hombres, el movimiento de su voluntad, de modo que hace por medio de ellos todo lo que desea realizar mediante ellos; Él, que no sabe querer nada injustamente. ¿Cuál es, además, el significado de lo que el hombre de Dios dijo al rey Amasías: «No dejes que el ejército de Israel vaya contigo; porque el Señor no está con Israel, ni con todos los hijos de Efraín; porque si piensas obtener con éstos, el Señor te hará huir delante de tus enemigos; porque Dios tiene poder para fortalecer o para hacer huir»? [] Ahora bien, ¿cómo ayuda el poder de Dios a unos en la guerra dándoles confianza y hace huir a otros infundiéndoles temor, sino porque Aquel que ha hecho todas las cosas según su voluntad, en el cielo y en la tierra, obra también en los corazones de los hombres? Leemos también lo que Joás, rey de Israel, dijo cuando envió un mensaje a Amasías, rey de Judá, que quería luchar con él. Después de algunas otras palabras, añadió: «Quédate ahora en tu casa; ¿por qué me provocas para tu daño, para que caigas tú, y Judá contigo?» [] Luego la Escritura ha añadido esta secuela: «Pero Amasías no quiso oír; porque esto venía de Dios, para que fuera entregado en sus manos, por cuanto habían buscado a los dioses de Edom.» [] He aquí, pues, cómo Dios, queriendo castigar el pecado de idolatría, obró esto en el corazón de este hombre, contra quien estaba ciertamente airado con justicia, para que no escuchara el consejo sano, sino que lo despreciara y fuera a la batalla, en la cual fue derrotado con su ejército. Dios dice por el profeta Ezequiel: «Si el profeta fuere engañado al hablar algo, yo, el Señor, he engañado a tal profeta; extenderé mi mano sobre él y lo destruiré de en medio de mi pueblo Israel.» [] Luego está el libro de Ester, que era una mujer del pueblo de Israel y en la tierra de su cautiverio llegó a ser esposa del rey extranjero Asuero. En este libro está escrito que, impulsada por la necesidad de interceder por su pueblo, al que el rey había ordenado matar en todas partes de sus dominios, oró al Señor. Tan fuertemente fue impulsada por la necesidad del caso, que se atrevió a entrar en la presencia real sin el mandato del rey y contra su propia costumbre. Observad ahora lo que dice la Escritura: «La miró como un toro en el furor de su indignación; y la reina temió, y su color se mudó como desvaneciéndose; y se abatió sobre la cabeza de su delicada doncella, que la precedía. Pero Dios volvió el corazón del rey y trocó su indignación en dulzura.» Dice la Escritura en los Proverbios de Salomón: «Como el ímpetu de las aguas, así es el corazón del rey en la mano de Dios; Él lo volverá hacia donde quiera.» [] De nuevo, en el salmo 104, con referencia a los egipcios, se lee lo que Dios hizo con ellos: «Y volvió su corazón para aborrecer a su pueblo, para obrar astutamente con sus siervos.» Observad, asimismo, lo que está escrito en las cartas de los apóstoles. En la Epístola del apóstol Pablo a los Romanos se hallan estas palabras: «Por lo cual Dios los entregó a la inmundicia, según las concupiscencias de sus propios corazones;» [] y un poco después: «Por esta causa Dios los entregó a pasiones vergonzosas;» [] de nuevo, en el pasaje siguiente: «Y como no quisieron retener a Dios en su conocimiento, Dios los entregó a una mente reprobada, para hacer lo que no conviene.» [] Así también en su segunda Epístola a los Tesalonicenses, dice el apóstol de ciertas personas: «Por cuanto no recibieron el amor de la verdad para salvarse; por eso Dios les enviará un fuerte engaño, para que crean en la mentira; a fin de que sean juzgados todos los que no creyeron en la verdad, sino que se complacieron en la iniquidad.» []

    Capítulo 43.— Dios obra en los corazones de los hombres para inclinar sus voluntades adondequiera que Él quiere

    § 43

    Por estas declaraciones de la palabra inspirada, y por pasajes semejantes que sería demasiado largo citar completos, queda, creo, suficientemente claro que Dios obra en los corazones de los hombres para inclinar sus voluntades adondequiera que Él quiere, ya sea hacia buenas obras según su misericordia, o hacia el mal conforme a sus merecimientos; siendo su juicio a veces manifiesto, a veces secreto, pero siempre justo. Ésta debe ser la convicción fija e inamovible de vuestro corazón: que no hay injusticia en Dios. Por tanto, siempre que leáis en las Escrituras de la Verdad que los hombres son desviados, o que sus corazones son embotados y endurecidos por Dios, no dudéis jamás que primero han ocurrido algunos malos merecimientos propios, de modo que justamente padecen estas cosas. Así no iréis contra aquel proverbio de Salomón: «La insensatez del hombre pervierte su camino, y luego su corazón se irrita contra el Señor.» [] Ahora bien, la gracia no se otorga según los merecimientos de los hombres; de lo contrario, la gracia ya no sería gracia. [] Pues la gracia se llama así porque se da gratuitamente. Y si Dios es capaz, ya sea por ministerio de los ángeles (buenos o malos), o de cualquier otro modo, de obrar en los corazones aun de los malvados, en pago de sus merecimientos — cuya maldad no fue hecha por Él, sino que o se derivó originalmente de Adán, o se acrecentó por su propia voluntad —, ¿qué hay de extraño en que, por el Espíritu Santo, obre el bien en los corazones de los elegidos, Él, que ha obrado que sus corazones se vuelvan buenos en lugar de malos?

    Capítulo 44 [XXII.]— La gracia gratuita ejemplificada en los infantes

    § 44

    Sin embargo, los hombres pueden suponer que hay ciertos buenos merecimientos que piensan preceden a la justificación por la gracia de Dios; sin ver, al expresar tal opinión, que no hacen sino negar la gracia. Pero, como ya he observado, supongan lo que quieran respecto al caso de los adultos; en el caso de los infantes, al menos, los pelagianos no hallan modo de resolver la dificultad. Pues éstos, al recibir la gracia, no tienen voluntad; no pueden, por tanto, pretender mérito precedente alguno. Vemos, además, cómo lloran y se debaten cuando son bautizados, y sienten los divinos sacramentos. Tal conducta, por supuesto, se les imputaría como gran impiedad, si ya tuvieran el libre albedrío en uso; y no obstante, la gracia se adhiere a ellos aun en su forcejeo resistente. Pero ciertísimamente no hay mérito previniente, de lo contrario la gracia ya no sería gracia. A veces, además, esta gracia se concede a los hijos de los incrédulos, cuando por alguna razón caen, por la secreta providencia de Dios, en manos de personas piadosas; pero, por otra parte, los hijos de los creyentes no alcanzan la gracia, al ocurrir algún impedimento que impide que la ayuda se acerque a rescatarlos en su peligro. Estas cosas, sin duda, ocurren por la secreta providencia de Dios, cuyos juicios son inescrutables, y sus caminos incomprensibles. Éstas son palabras del apóstol; y debéis observar lo que había dicho antes, para que le llevara a añadir tal observación. Discurría acerca de los judíos y los gentiles, cuando escribió a los romanos — gentiles ellos mismos — en estos términos: «Pues como vosotros en otro tiempo no creísteis a Dios, pero ahora habéis alcanzado misericordia por la incredulidad de ellos; así también éstos ahora no han creído, para que por vuestra misericordia también ellos alcancen misericordia; pues Dios encerró a todos en incredulidad, para tener misericordia de todos.» [] Ahora bien, después de haber pensado en lo que dijo, lleno de admiración por la certeza de su propia afirmación, en verdad, pero asombrado de su gran profundidad — cómo Dios encerró a todos en incredulidad para tener misericordia de todos —, como si hiciera el mal para que viniera el bien, exclamó al punto y dijo: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos!» [] Hombres perversos, que no reflexionan sobre estos juicios insondables y caminos inescrutables, en verdad, sino que siempre están prontos a censurar, al no poder entender, han supuesto que el apóstol dijo, y censoriamente se han gloriado de que dijera: «¡Hagamos el mal para que venga el bien!» ¡Dios no permita que el apóstol dijera tal cosa! Sino que hombres sin entendimiento pensaron que esto se dijo de hecho, cuando oyeron estas palabras del apóstol: «Además, la ley entró para que la ofensa abundara; pero donde el pecado abundó, sobreabundó la gracia.» [] Pero la gracia, en efecto, obra este propósito: que las buenas obras sean ahora hechas por aquellos que antes hicieron el mal; no que perseveren en el mal camino y supongan que se les recompensa con el bien. Su lenguaje, por tanto, no debe ser: «Hagamos el mal para que venga el bien;» sino: «Hemos hecho el mal, y el bien ha venido; hagamos de aquí en adelante el bien, para que en el mundo futuro recibamos bien por bien, quienes en la vida presente recibimos bien por mal.» Por lo cual está escrito en el Salmo: «Misericordia y juicio cantaré; a ti, Señor, cantaré yo.» Cuando, por tanto, el Hijo del hombre vino primeramente al mundo, no fue para juzgar al mundo, sino para que el mundo fuera salvo por Él. [] Y esta dispensación fue para misericordia; muy pronto, sin embargo, vendrá para juicio — a juzgar a vivos y muertos. Y aun en este tiempo presente, la salvación misma no se realiza sin juicio — aunque sea un juicio oculto; por eso dice: «Para juicio he venido yo a este mundo, para que los que no ven, vean; y los que ven, sean cegados.» []

    Capítulo 45 [XXIII]— La razón por la cual una persona es asistida por la gracia, y otra no es ayudada, debe referirse a los juicios secretos de Dios

    § 45

    Debéis, pues, referir el asunto a las determinaciones ocultas de Dios, cuando veis, en una misma condición, tal como indudablemente tienen todos los infantes — que derivan su mal hereditario de Adán —, que uno es asistido para ser bautizado, y otro no es asistido, de modo que muere en su misma esclavitud; y además, que una persona bautizada es dejada y abandonada en su vida presente, la cual Dios previó que sería impía, mientras que otra persona bautizada es arrebatada de esta vida, «sin que la malicia pervirtiera su entendimiento;» [] y estad seguros de que en tales casos no atribuyáis injusticia ni insensatez a Dios, en quien está la fuente misma de justicia y sabiduría, sino, como os he exhortado desde el comienzo de este tratado, «a lo que ya hayáis llegado, andad según ello,» y «aun esto os lo revelará Dios,» [] — si no en esta vida, ciertamente en la venidera, «porque nada hay encubierto que no haya de ser revelado.» [] Cuando, por tanto, oigáis al Señor decir: «Yo, el Señor, he engañado a aquel profeta,» [] y asimismo lo que dice el apóstol: «De quien quiere tiene misericordia, y a quien quiere endurece,» [] creed que, en el caso de aquel a quien Él permite ser engañado y endurecido, sus malas obras han merecido el juicio; mientras que en el caso de aquel a quien Él muestra misericordia, debéis leal e irreflexivamente reconocer la gracia del Dios que «no devuelve mal por mal; sino antes bien, bendición.» [] Ni debéis quitar a Faraón el libre albedrío, porque en varios pasajes dice Dios: «Yo he endurecido a Faraón;» o, He endurecido o endureceré el corazón de Faraón; pues de ningún modo se sigue que Faraón no endureciera, por esto, su propio corazón. Pues esto también se dice de él, después de la remoción de la plaga de moscas de los egipcios, en estas palabras de la Escritura: «Y Faraón endureció su corazón también esta vez; y no dejó ir al pueblo.» [] Así fue que tanto Dios lo endureció por su justo juicio, como Faraón por su propio libre albedrío. Estad, pues, bien asegurados de que vuestro trabajo nunca será en vano, si, proponiéndoos un buen propósito, perseveráis en él hasta el fin. Pues Dios, que deja de pagar según sus obras sólo a aquellos a quienes libera, [] «pagará entonces a cada uno según sus obras.» [] Dios, por tanto, ciertamente recompensará mal por mal, porque es justo; y bien por mal, porque es bueno; y bien por bien, porque es bueno y justo; sólo que mal por bien jamás recompensará, porque no es injusto. Recompensará, por tanto, mal por mal — castigo por la injusticia; y recompensará bien por mal — gracia por la injusticia; y recompensará bien por bien — gracia por gracia.
    Comentario editorial · Endurecer con justicia, salvar con gracia
    Warfield resume los § 41 a 45 así: Dios gobierna las voluntades de los hombres, y la única teodicea posible es la certeza de que el Señor de toda la tierra hará lo justo; nadie sabe por qué toma a uno y deja a otro, pero todos saben que endurece con juicio y salva con gracia, pues no endurece a nadie que no lo merezca y ninguno de los que salva merece ser salvado. Es lectura de Warfield, no cita de Agustín. En este capítulo Agustín pone el ejemplo de Faraón: «tanto Dios lo endureció por su justo juicio, como Faraón por su propio libre albedrío». Según Warfield, la disputa de Adrumeto movió a Agustín a escribir enseguida Sobre la corrección y la gracia, y el NPNF fecha Sobre la predestinación de los santos en 428 o 429.

    Capítulo 46 [XXIV.]— El entendimiento y la sabiduría deben pedirse a Dios

    § 46

    Leed atentamente este tratado, y si lo entendéis, dad gracias a Dios; y donde no logréis entenderlo, pedid entendimiento en oración, pues Dios os dará entendimiento. Recordad lo que dicen las Escrituras: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche; y le será dada.» [] La sabiduría misma desciende de lo alto, como el propio apóstol Santiago nos lo dice. Hay, sin embargo, otra sabiduría, que debéis repeler de vosotros, y pedir en oración que no permanezca en vosotros; ésta la detestó el mismo apóstol cuando dijo: «Pero si tenéis celos amargos y contiendas en vuestros corazones,... ésta no es la sabiduría que desciende de lo alto, sino terrena, animal, diabólica. Porque donde hay celos y contiendas, allí hay también confusión y toda obra mala. Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, luego pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenas obras, sin parcialidad y sin hipocresía.» [] ¿Qué bendición, pues, no tendrá aquel hombre que ha pedido esta sabiduría en oración y la ha obtenido del Señor? Y de esto podéis entender qué es la gracia; porque si esta sabiduría fuera de nosotros mismos, no sería de lo alto; ni sería objeto de petición al Dios que nos creó. Hermanos, orad también por nosotros, para que vivamos «sobria, justa y piadosamente en este mundo presente; aguardando la esperanza bienaventurada y la gloriosa aparición de nuestro Señor y Salvador Jesucristo,» [] a quien pertenecen el honor, la gloria y el reino, con el Padre y el Espíritu Santo, por los siglos de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    En las Retractaciones (II, 66), que se reproducen al comienzo, Agustín se limita a recordar la ocasión de la obra: la escribió por los que defienden su libre albedrío hasta negar la gracia, y la dirigió a los monjes de Adrumeto, donde «surgió primero la controversia». No dice más del contenido.
    Según Warfield, Florus volvió a Hipona con una carta de Valentín (la 216), que llamaba a Agustín «señor papa», le agradecía la instrucción y presentaba a Florus como hombre de fe segura; el efecto en los monjes fue bueno, hasta donde Agustín deja entrever. Pero llegó la noticia de que alguien en el monasterio decía que, si todo bien viene de la gracia, no debe reprenderse a nadie por no cumplir los mandamientos, sino pedir a Dios que los cumpla. Eso le movió a escribir Sobre la corrección y la gracia, que las Retractaciones (II, 67) reseñan a continuación de este tratado y que el NPNF fecha en 426 o 427. Los dos tratados posteriores del volumen, Sobre la predestinación de los santos y Sobre el don de la perseverancia, son de 428 o 429.
    Los § 41 a 45 son los que tratan de la soberanía de Dios sobre las voluntades, incluidas las de los malos, y de que endurece por juicio justo: conviene leerlos con el resumen de Warfield a mano (nota al § 45). En el § 26, a propósito de la oración del Señor, Agustín pide a los monjes que lean con atención el libro de Cipriano Sobre la oración del Señor, que tienen aquí mismo en Eusebeia.
    Límites. La fecha del tratado la da el NPNF («426 o 427»), que es también la del epub; Wikipedia, remitiendo a la Stanford Encyclopedia of Philosophy, da 424–427; el texto no la trae. La atribución de la versión inglesa (Holmes, y no Holmes y Wallis, como dice New Advent para el volumen) sale del índice y de una nota de Warfield en el propio NPNF. La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el cotejo con el inglés no halló párrafos sin traducir ni palabras corruptas, pero el § 45 trae «irreflexivamente» por «sin vacilar», y conviene cotejar las citas antes de usarlas en un trabajo. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren (la fecha, la ficha del volumen), se dice cuál se sigue.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; su tratado anterior contra Pelagio, Sobre el Espíritu y la letra; el Enquiridión, que trata de la gracia y del pecado original; el discurso Sobre la continencia, que defiende que la continencia es un don de Dios; y la exposición de Cipriano sobre la oración del Señor.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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