Introducción y criterios de esta edición
Acompañamiento editorial
| Autor | Agustín de Hipona, obispo de Hipona |
| Título | Sobre la predestinación de los santos (en latín, De praedestinatione sanctorum) y Sobre el don de la perseverancia (De dono perseverantiae); en inglés, On the Predestination of the Saints y On the Gift of Perseverance |
| Fecha | 428–429. El NPNF la da como «428 o 429» para los dos escritos; la lista de obras de Wikipedia dice 428/9 |
| Destinatarios | Próspero e Hilario, dos laicos que habían escrito a Agustín sobre las opiniones de los monjes de la Galia |
| Género | Dos libros de controversia y exhortación, dirigidos contra la doctrina que hoy se llama «semipelagiana» |
| Extensión | 111 capítulos (43 y 68), unas 46 000 palabras en esta edición |
| Traducción | Castellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Wallis; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase |
| Fuente | Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff |
Dirigido a Próspero y Hilario.Donde se defiende la verdad de la predestinación y de la gracia contra los semipelagianos —aquellas personas que de ningún modo se apartan del todo de la herejía pelagiana, en cuanto sostienen que el comienzo de la salvación y de la fe es nuestro; de modo que, en virtud, por así decirlo, de este mérito precedente, se alcanzan los demás bienes de Dios. Agustín muestra que no sólo el aumento, sino también el comienzo mismo de la fe, es don de Dios. Sobre este asunto no niega que en otro tiempo pensó de modo distinto, y que en algunas obras pequeñas, escritas antes de su episcopado, estuvo en el error, como en aquella exposición de proposiciones de la epístola a los Romanos que ellos le objetan. Pero señala que después fue convencido principalmente por este testimonio, «¿qué tienes que no hayas recibido?» el cual prueba que ha de tomarse como testimonio también acerca de la fe misma. Dice que la fe debe contarse entre las demás obras, que el apóstol niega que se anticipen a la gracia de Dios cuando dice: «no por las obras.» Declara que la dureza del corazón es quitada por la gracia, y que todos vienen a Cristo los que son enseñados por el Padre a venir; pero que a los que Él enseña, los enseña por misericordia, y a los que no enseña, no los enseña en juicio. Que el pasaje de su epístola ciento dos, Cuestión 2, «sobre el tiempo de la religión cristiana» que alegan los semipelagianos, puede explicarse rectamente sin detrimento de la doctrina de la gracia y de la predestinación. Enseña cuál es la diferencia entre la gracia y la predestinación. Además, dice que Dios en su predestinación conoció de antemano lo que se había propuesto hacer. Se admira mucho de que los adversarios de la predestinación, de quienes se dice que no quieren depender de la incertidumbre de la voluntad de Dios, prefieran confiarse a su propia debilidad antes que a la fuerza de la promesa de Dios. Señala claramente que abusan de esta autoridad: «Si crees, serás salvo.» Que la verdad de la gracia y de la perseverancia resplandece en el caso de los niños que se salvan, los cuales no se distinguen por méritos propios de otros que perecen. Pues no hay entre ellos diferencia alguna que provenga de la presciencia de los méritos que habrían tenido si hubieran vivido más tiempo. Que es rechazado injustamente por los adversarios como no canónico aquel testimonio que adujo para esta discusión: «fue arrebatado para que la maldad,» etc. Que el ejemplo más ilustre de predestinación y de gracia es el Salvador mismo, en quien un hombre obtuvo el privilegio de ser el Salvador y el Hijo unigénito de Dios, al ser asumido en la unidad de persona por el Verbo coeterno con el Padre, sin ningún mérito precedente, ni de obras ni de fe. Que los predestinados son llamados por una cierta vocación peculiar de los elegidos, y que fueron elegidos antes de la fundación del mundo; no porque fueran conocidos de antemano como hombres que creerían y serían santos, sino para que, por medio de esa misma elección de la gracia, lo fueran, etc.
Cap. 1
Cap. 2
Comentario editorial · Los «masilienses» y el nombre de «semipelagianos»
Cap. 3
Cap. 4
Cap. 5
Cap. 6
Capítulo 7 [III.]— Agustín confiesa que anteriormente había estado en el error acerca de la gracia de Dios
Cap. 7
Cap. 8
Comentario editorial · El propio Agustín: de la presciencia a la gracia
Cap. 9
Cap. 10
Cap. 11
Cap. 12
Cap. 13
Cap. 14
Cap. 15
¿Por qué,» dicen ellos, «no enseña a todos los hombres?» Si dijéramos que aquellos a quienes Él no enseña no quieren aprender, se nos responderá: ¿Y qué es de lo que se le dice a Él: «Oh Dios, tú nos convertirás y nos avivarás»? O si Dios no hace que quieran quienes no querían, ¿según qué principio la Iglesia ora, conforme al mandamiento del Señor, por sus perseguidores? Pues así también el bienaventurado Cipriano quería que se entendiera lo que decimos: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» — es decir, como en aquellos que ya han creído, y que son, por así decirlo, cielo, así también en aquellos que no creen, y por esto son todavía la tierra. ¿Qué, pues, pedimos en favor de aquellos que no quieren creer, sino que Dios obre en ellos el querer también? Ciertamente el apóstol dice: «Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por ellos, es para su salvación.» [] Ora por los que no creen— ¿por qué, sino para que crean? Pues de ningún otro modo obtienen salvación. Si, pues, la fe de los que piden precede a la gracia de Dios, ¿precede a la gracia de Dios la fe de aquellos por quienes se pide que crean?— puesto que esto mismo es lo que se implora para ellos, ¿que sobre los que no creen— esto es, que no tienen fe— sea otorgada la fe misma? Cuando, por tanto, se predica el evangelio, algunos creen, algunos no creen; pero los que creen a la voz del predicador de afuera, oyen al Padre de adentro, y aprenden; mientras que los que no creen, oyen exteriormente, pero interiormente no oyen ni aprenden— es decir, a los primeros les es dado creer; a los últimos no les es dado. Porque «ninguno,» dice Él, «viene a mí, si el Padre que me envió no le trae.» [] Y esto se dice más claramente después. Pues después de un poco, cuando hablaba de comer su carne y beber su sangre, y algunos incluso de sus discípulos dijeron: «Dura es esta palabra; ¿quién puede oírla? Jesús, sabiendo en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza?» Y un poco después dijo: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida; pero hay algunos de vosotros que no creen.» E inmediatamente el evangelista dice: «Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que creían, y quién le había de entregar; y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.» Por tanto, ser atraído a Cristo por el Padre, y oír y aprender del Padre para venir a Cristo, no es otra cosa que recibir del Padre el don por el cual creer en Cristo. Pues no fueron los oyentes del evangelio los que fueron distinguidos de los que no oyeron, sino los creyentes de los que no creyeron, por Aquel que dijo: «Ninguno viene a mí, si no le fuere dado de mi Padre.
Cap. 16
Capítulo 17 [IX.]— Su argumento en su carta contra Porfirio, acerca de por qué el Evangelio vino tan tarde al mundo
Cap. 17
Cap. 18
Cap. 19
Cap. 20
Capítulo 21.— Es de admirar que los hombres prefieran confiarse a su propia debilidad antes que a la fortaleza de Dios
Cap. 21
Cap. 22
Capítulo 23 [XII.]— Ilustraciones admirables de la gracia y la predestinación en los infantes y en Cristo
Cap. 23
Cap. 24
Capítulo 25 [XIII.]— Posiblemente los infantes bautizados se habrían arrepentido si hubieran vivido, y los no bautizados no
Cap. 25
Cap. 26
Cap. 27
Cap. 28
Comentario editorial · «Fue arrebatado»: Sabiduría 4:11 y Cipriano
Cap. 29
Cap. 30
Cap. 31
Cap. 32
Capítulo 33.— Está en poder de los malvados pecar; pero el hacer esto o aquello por medio de esa maldad está únicamente en el poder de Dios
Cap. 33
Capítulo 34 [XVII.]— El llamamiento especial de los elegidos no es porque ellos hayan creído, sino para que crean
Cap. 34
Cap. 35
Capítulo 36.— Dios eligió a los justos; no a aquellos que previó que serían justos por sí mismos, sino a aquellos que predestinó para hacerlos tales
Cap. 36
Por tanto,» dice el pelagiano, «preconoció quiénes serían santos e inmaculados por la elección del libre albedrío, y por eso los eligió antes de la fundación del mundo en aquella misma presciencia suya, en la que preconoció que serían tales. Por tanto, Él los eligió,» dice, «antes de que existieran, predestinándolos a ser hijos a los que preconoció que serían santos e inmaculados. Ciertamente Él no los hizo tales; ni previó que Él los haría tales, sino que ellos serían tales.» Examinemos, pues, las palabras del apóstol y veamos si nos eligió antes de la fundación del mundo porque íbamos a ser santos e inmaculados, o para que lo fuéramos. «Bendito,» dice, «sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos en Cristo; así como nos eligió en Él mismo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados.» [] No, por tanto, porque íbamos a ser tales, sino para que lo fuéramos. Ciertamente es seguro — ciertamente es manifiesto. Ciertamente habíamos de ser tales por la razón de que Él nos eligió, predestinándonos a ser tales por su gracia. Por tanto, nos bendijo con bendición espiritual en los cielos en Cristo Jesús, así como nos eligió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, a fin de que no nos gloriásemos, en tan grande beneficio de la gracia, acerca del beneplácito de nuestra voluntad. «Con el cual,» dice, «nos mostró su favor en su Hijo amado,» — con el cual, ciertamente, su propia voluntad, nos mostró favor. Así, se dice, nos ha mostrado gracia por gracia, así como se dice, nos ha hecho justos por justicia. «En quien,» dice, «tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que ha abundado para con nosotros en toda sabiduría y prudencia; para darnos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito.» En este misterio de su voluntad, puso las riquezas de su gracia, según su beneplácito, no según el nuestro, el cual no podría ser bueno a menos que Él mismo, según su propio beneplácito, lo ayudara a llegar a serlo. Pero cuando había dicho: «Según su beneplácito,» añadió: «que se propuso en Él,» es decir, en su Hijo amado, «en la dispensación del cumplimiento de los tiempos para restaurar todas las cosas en Cristo, las que están en los cielos y las que están en la tierra, en Él; en quien también nosotros hemos obtenido una herencia, siendo predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad; para que seamos para alabanza de su gloria.
Capítulo 37.— Fuimos elegidos y predestinados, no porque íbamos a ser santos, sino para que lo fuéramos
Cap. 37
Capítulo 38 [XIX.]— Cuál es la opinión de los pelagianos y cuál la de los semipelagianos acerca de la predestinación
Cap. 38
Cap. 39
Cap. 40
Cap. 41
Cap. 42
Cap. 43
En la primera parte del libro prueba que la perseverancia por la cual el hombre persevera en Cristo hasta el fin es don de Dios; pues es cosa de burla pedir a Dios lo que no se cree que sea dado por Dios. Además, que en el Padrenuestro apenas se pide otra cosa que la perseverancia, según la exposición del mártir Cipriano, con la cual los enemigos de esta gracia quedaron convictos antes de nacer. Enseña que la gracia de la perseverancia no se da según los méritos de quienes la reciben; sino que a unos se da por la misericordia de Dios, y a otros no se da, por su justo juicio. Que es inescrutable por qué, entre los adultos, uno más bien que otro es llamado; así como también es inescrutable, entre dos niños, por qué uno es tomado y el otro dejado. Pero que es aún más inescrutable por qué, entre dos personas piadosas, a una se le da perseverar y a otra no se le da; pero que es certísimo que aquel es de los predestinados, y éste no. Observa que el misterio de la predestinación se manifiesta en las palabras de nuestro Señor acerca del pueblo de Tiro y de Sidón, los cuales habrían hecho penitencia si se hubieran hecho entre ellos los mismos milagros que se hicieron en Corozaim. Muestra que el caso de los niños tiene fuerza para confirmar la verdad de la predestinación y de la gracia en los mayores; y responde al pasaje de su libro tercero sobre el libre albedrío, aducido sin razón en este punto por sus adversarios. Después, en la segunda parte de esta obra, refuta lo que dicen —a saber, que la definición de la predestinación se opone a la utilidad de la exhortación y de la reprensión. Sostiene, por otra parte, que es provechoso predicar la predestinación, para que el hombre no se gloríe en sí mismo, sino en el Señor. En cuanto a las objeciones, sin embargo, que presentan contra la predestinación, muestra que las mismas objeciones pueden retorcerse de manera no distinta contra la presciencia de Dios o contra aquella gracia que todos convienen en que es necesaria para otros bienes (con excepción del inicio de la fe y de la consumación de la perseverancia). Porque la predestinación de los santos no es otra cosa que la presciencia y preparación de Dios para sus beneficios, por la cual quienes son librados son librados con toda certeza. Pero manda que la predestinación sea predicada de modo armonioso, y no de tal manera que parezca a la multitud no instruida como si fuera refutada por su misma predicación. Finalmente, nos recomienda a Jesucristo, puesto ante nuestros ojos, como el ejemplo más eminente de predestinación.
Cap. 1
Capítulo 2 [II.]— La fe es el comienzo del hombre cristiano. El martirio por causa de Cristo es su mejor fin
Cap. 2
Cap. 3
Cap. 4
Comentario editorial · Cipriano, «Sobre la oración del Señor»
Cap. 5
Cap. 6
Cap. 7
Capítulo 8 [V.]— La quinta petición. Es un error de los pelagianos que los justos estén libres de pecado
Cap. 8
Cap. 9
Cap. 10
Cap. 11
Capítulo 12.— Por su propia voluntad el hombre abandona a Dios, de modo que es justamente abandonado por Él
Cap. 12
Cap. 13
Capítulo 14.— Es gracia de Dios tanto que el hombre venga a Él como que el hombre no se aparte de Él
Cap. 14
Cap. 15
Cap. 16
Cap. 17
Cap. 18
Cap. 19
Cap. 20
Cap. 21
Capítulo 22.— Es un absurdo decir que los muertos serán juzgados por pecados que habrían cometido si hubieran vivido
Cap. 22
Capítulo 23.— Por qué para el pueblo de Tiro y Sidón, que habría creído, no se hicieron los milagros que se hicieron en otros lugares que no creyeron
Cap. 23
Capítulo 24 [X.]— Se puede objetar que el pueblo de Tiro y Sidón, si hubieran oído, podrían haber creído, y después haberse apartado de su fe
Cap. 24
Cap. 25
Capítulo 26.— Los maniqueos no reciben todos los libros del Antiguo Testamento, y del Nuevo sólo aquellos que eligen
Cap. 26
Cap. 27
Cap. 28
Capítulo 29.— La verdadera gracia de Dios podría defenderse aun si no existiera el pecado original, como sostiene Pelagio
Cap. 29
Cap. 30
Capítulo 31.— Los niños no son juzgados según aquello que se conoce de antemano que probablemente harían si viviesen
Cap. 31
Cap. 32
Cap. 33
Comentario editorial · «Levantemos el corazón»
Cap. 34
Cap. 35
Capítulo 36.— La predicación del evangelio y la predicación de la predestinación: las dos partes de un solo mensaje
Cap. 36
Cap. 37
Capítulo 38 [XV.]— Contra la predicación de la predestinación pueden alegarse las mismas objeciones que contra la predestinación
Cap. 38
Cap. 39
Cap. 40
Capítulo 41.— La predestinación definida como la sola disposición de Dios de los acontecimientos en su presciencia
Cap. 41
Capítulo 42.— Los adversarios no pueden negar la predestinación a aquellos dones de gracia que ellos mismos reconocen, y sin embargo sus exhortaciones no son impedidas por esta predestinación
Cap. 42
Cap. 43
Cap. 44
Cap. 45
Cap. 46
Cap. 47
Cap. 48
Cap. 49
Cap. 50
Cap. 51
Cap. 52
Cap. 53
Comentario editorial · «Da lo que mandas»
Cap. 54
Cap. 55
Cap. 56
Cap. 57
Cap. 58
Cap. 59
Cap. 60
Cap. 61
Cap. 62
Cap. 63
Cap. 64
Cap. 65
Cap. 66
Cap. 67
Cap. 68
Notas, recepción y bibliografía
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