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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 7 minSobre la predestinación de los santos
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 3 [II.]— Aun el inicio de la fe es don de Dios
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 6.— Deben evitarse la presunción y la arrogancia
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 8 [IV.]— Lo que Agustín escribió a Simpliciano, sucesor de Ambrosio, obispo de Milán
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 10.— Es la gracia de Dios la que especialmente distingue a un hombre de otro
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 13 [VIII.]— El efecto de la gracia divina
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 14.— Por qué el Padre no enseña a todos para que vengan a Cristo
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 16.— Por qué el don de la fe no es dado a todos
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 19 [X]— En qué aspectos difieren la predestinación y la gracia
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 23 [XII.]— Ilustraciones admirables de la gracia y la predestinación en los infantes y en Cristo
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 8 minCapítulo 26 [XIV]— Referencia al Tratado de Cipriano «Sobre la mortalidad»
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 29.— El trato de Dios no depende de ningún mérito contingente de los hombres
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 32 [XVI.]— El doble llamamiento
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 33.— Está en poder de los malvados pecar; pero el hacer esto o aquello por medio de esa maldad está únicamente en el poder de Dios
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 34 [XVII.]— El llamamiento especial de los elegidos no es porque ellos hayan creído, sino para que crean
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 37.— Fuimos elegidos y predestinados, no porque íbamos a ser santos, sino para que lo fuéramos
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 40 [XX.]— Testimonio apostólico de que el inicio de la fe es don de Dios
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 7 minCapítulo 43 [XXI.]— Conclusión
  20. Sesión 20 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 2 [II.]— La fe es el comienzo del hombre cristiano. El martirio por causa de Cristo es su mejor fin
  21. Sesión 21 · Parte 3 · ≈ 3 minCapítulo 5.— La segunda petición del Padrenuestro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 7 [IV.]— La cuarta petición
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 12.— Por su propia voluntad el hombre abandona a Dios, de modo que es justamente abandonado por Él
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 15.— Por qué quiso Dios que se le pidiese aquello que podía dar sin oración
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 20.— Ambrosio sobre el control de Dios sobre los pensamientos de los hombres
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 23.— Por qué para el pueblo de Tiro y Sidón, que habría creído, no se hicieron los milagros que se hicieron en otros lugares que no creyeron
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 25 [XI.]— Los caminos de Dios, tanto en misericordia como en juicio, son inescrutables
  28. Sesión 28 · Parte 4 · ≈ 5 minCapítulo 28 [XII.]— La bondad y la justicia de Dios se muestran en todo
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 31.— Los niños no son juzgados según aquello que se conoce de antemano que probablemente harían si viviesen
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 34 [XIV.]— La doctrina de la predestinación no se opone al provecho de la predicación
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 37.— Los oídos para oír son una disposición a obedecer
  32. Sesión 32 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 39 [XVI]— Oración y exhortación
  33. Sesión 33 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 42.— Los adversarios no pueden negar la predestinación a aquellos dones de gracia que ellos mismos reconocen, y sin embargo sus exhortaciones no son impedidas por esta predestinación
  34. Sesión 34 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 45.— Exhortación a otros dones de Dios de manera semejante
  35. Sesión 35 · Parte 5 · ≈ 2 minCapítulo 48 [XIX.]— Práctica de Cipriano y Ambrosio
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 49.— Más referencias a Cipriano y Ambrosio
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 52.— Los escritos anteriores refutaron anticipadamente la herejía pelagiana
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 56.— Dios da los medios así como el fin
  39. Sesión 39 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 61.— Uso de la tercera persona más bien que de la segunda
  40. Sesión 40 · Parte 6 · ≈ 8 minCapítulo 64.— En qué sentido el Espíritu Santo intercede por nosotros, clamando: Abba, Padre
  41. Sesión 41 · Parte 6 · ≈ 4 minCapítulo 68.— Conclusión

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la predestinación de los santos y el don de la perseverancia

    Texto base: versión inglesa de Robert Ernest Wallis (Edimburgo, 1876), revisada en A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff, «A Treatise on the Predestination of the Saints» y «A Treatise on the Gift of Perseverance» · 111 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Wallis; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 240 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Puede el hombre dar por sí mismo el primer paso hacia la fe, y recibir después, como respuesta a ese paso, los demás dones de Dios? Hacia 428–429 se lo preguntaban unos monjes de la Galia meridional que aceptaban el pecado original y la necesidad de la gracia, pero tenían por obra humana el comienzo de la fe. Dos laicos, Próspero e Hilario, escribieron a Agustín para que les respondiera (Cartas 225 y 226 de su epistolario). Los dos libros que siguen son su respuesta: ni el comienzo de la fe ni su término, la perseverancia hasta el fin, son mérito nuestro, y a esa gracia, que Dios sabe de antemano a quién dará, es a lo que Agustín llama predestinación.
    El libro I (43 capítulos) sostiene que el comienzo mismo de la fe es don de Dios, responde a la objeción de que él mismo había pensado de otro modo (Cap. 7–8) y apoya la gracia en el caso de los niños y en el de Cristo, «el ejemplo más ilustre de predestinación» (Cap. 30). El libro II, que la tradición separa con el título Sobre el don de la perseverancia (68 capítulos), pasa de la fe a su término: la perseverancia final es don, y por eso se pide en el Padrenuestro, como ya lo había leído Cipriano (Cap. 1–33); y la predestinación debe predicarse, con mesura y discernimiento, junto con la exhortación (Cap. 34–62), hasta cerrar con la oración de la Iglesia y con Cristo (Cap. 63–67). Es la sinopsis de B. B. Warfield, autor de la introducción del NPNF, que no menciona el Cap. 68, la breve conclusión.

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona, obispo de Hipona
    TítuloSobre la predestinación de los santos (en latín, De praedestinatione sanctorum) y Sobre el don de la perseverancia (De dono perseverantiae); en inglés, On the Predestination of the Saints y On the Gift of Perseverance
    Fecha428–429. El NPNF la da como «428 o 429» para los dos escritos; la lista de obras de Wikipedia dice 428/9
    DestinatariosPróspero e Hilario, dos laicos que habían escrito a Agustín sobre las opiniones de los monjes de la Galia
    GéneroDos libros de controversia y exhortación, dirigidos contra la doctrina que hoy se llama «semipelagiana»
    Extensión111 capítulos (43 y 68), unas 46 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y directa del inglés de Wallis; no del latín. Sin traductor humano y sin revisión frase a frase
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 5 (St. Augustin: Anti-Pelagian Writings), ed. Philip Schaff

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Robert Ernest Wallis. La publicó el volumen 5 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church, dirigida por Philip Schaff (Christian Literature Publishing Co.). New Advent da la edición como Buffalo, 1887; CCEL la basa en un ejemplar de Nueva York, 1886, y el prefacio de Schaff está fechado en septiembre de 1887. La portada del volumen reúne a Peter Holmes y Robert Ernest Wallis como traductores y a Benjamin B. Warfield como revisor de la traducción y autor de la introducción; New Advent atribuye así todo el volumen. Pero el índice marca con asterisco los tratados de Wallis, y entre ellos están los dos de esta edición: son suyos, no de Holmes.
    La versión de Wallis es anterior al NPNF. Una nota firmada «W.» (la inicial de Warfield) cuenta que el volumen III de la edición de Edimburgo (T. & T. Clark) apareció en 1876, sin dedicatoria ni prefacio, con cinco tratados; Holmes tradujo en él solo el primero (Sobre la gracia y el libre albedrío), y el resto, entre ellos Sobre la predestinación de los santos y Sobre el don de la perseverancia, es de Wallis. El prefacio de la edición americana dice que la traducción de Edimburgo se cotejó con el latín de principio a fin y se corrigió, hasta el punto de no ser ya exactamente la misma, y que se ampliaron los títulos de capítulo hasta que casi todos tienen epígrafe. El NPNF no dice sobre qué texto latino trabajó Wallis en estos dos libros: el prefacio de Holmes a los volúmenes I y II de Edimburgo declara la reimpresión de Amberes de la edición benedictina (tomo X).
    Los argumentos que abren cada libro, los títulos de los capítulos (en buena parte añadidos por Warfield) y los números romanos entre corchetes que acompañan a algunos de ellos (hasta XXI en el libro I y XXIV en el II) son de la edición, no de Agustín; el NPNF no explica la segunda numeración. Las pocas notas que lo advierten con la firma «W.» son de Warfield; las demás vienen de la edición de Edimburgo, del traductor o de los editores benedictinos, y el prefacio dice que ya no se distinguen. Los localizadores de esta edición («Cap. 19») siguen la numeración arábiga, que reinicia en el libro II. El epub de partida rotula los dos libros como «Libro I» y «Libro II» de un mismo tratado, como hace el NPNF; esta edición los presenta como dos unidades, con los títulos que la tradición da a cada una.
    Lo que viene de la edición. Las referencias bíblicas entre corchetes, los argumentos, los títulos de capítulo y los números romanos son del NPNF y se conservan. Nueve de esas referencias no corresponden al texto que Agustín cita, y la edición no las corrige: quedan como texto, sin enlazar a la Escritura, para no mostrar al lector un versículo distinto. Son «Romanos 3:26» (el texto es Romanos 8:26-27), «1 Corintios 4:6» (4:7), «Romanos 9:10» en el Cap. 30 del libro I (9:20), «Juan 16:16» (15:16), «Gálatas 6:6» (6:7), «Romanos 11:24» (11:29), «Filipenses 1:13» (2:13) y «Juan 6:66», dos veces (6:65). Además, la glosa «Hechos x» del Cap. 12 del libro I remite al capítulo 10 de los Hechos sin dar versículo. En todos los casos se ha cotejado el versículo con BTX4.
    Cotejo con el inglés. El epub castellano tiene los mismos 113 encabezados y los mismos 114 párrafos que el inglés de partida, y su largo total es el 99,6 % del inglés (entre 0,8 y 1,25 en cada párrafo). No quedan párrafos ni palabras sin traducir. La lectura de los pasajes comentados no mostró errores de sentido; ninguna persona ha revisado el resto frase a frase.

    Sobre la predestinación de los santos

    Texto de la fuenteEdición de los Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento del libro I · Argumento
    Dirigido a Próspero y Hilario.
    Donde se defiende la verdad de la predestinación y de la gracia contra los semipelagianos —aquellas personas que de ningún modo se apartan del todo de la herejía pelagiana, en cuanto sostienen que el comienzo de la salvación y de la fe es nuestro; de modo que, en virtud, por así decirlo, de este mérito precedente, se alcanzan los demás bienes de Dios. Agustín muestra que no sólo el aumento, sino también el comienzo mismo de la fe, es don de Dios. Sobre este asunto no niega que en otro tiempo pensó de modo distinto, y que en algunas obras pequeñas, escritas antes de su episcopado, estuvo en el error, como en aquella exposición de proposiciones de la epístola a los Romanos que ellos le objetan. Pero señala que después fue convencido principalmente por este testimonio, «¿qué tienes que no hayas recibido?» el cual prueba que ha de tomarse como testimonio también acerca de la fe misma. Dice que la fe debe contarse entre las demás obras, que el apóstol niega que se anticipen a la gracia de Dios cuando dice: «no por las obras.» Declara que la dureza del corazón es quitada por la gracia, y que todos vienen a Cristo los que son enseñados por el Padre a venir; pero que a los que Él enseña, los enseña por misericordia, y a los que no enseña, no los enseña en juicio. Que el pasaje de su epístola ciento dos, Cuestión 2, «sobre el tiempo de la religión cristiana» que alegan los semipelagianos, puede explicarse rectamente sin detrimento de la doctrina de la gracia y de la predestinación. Enseña cuál es la diferencia entre la gracia y la predestinación. Además, dice que Dios en su predestinación conoció de antemano lo que se había propuesto hacer. Se admira mucho de que los adversarios de la predestinación, de quienes se dice que no quieren depender de la incertidumbre de la voluntad de Dios, prefieran confiarse a su propia debilidad antes que a la fuerza de la promesa de Dios. Señala claramente que abusan de esta autoridad: «Si crees, serás salvo.» Que la verdad de la gracia y de la perseverancia resplandece en el caso de los niños que se salvan, los cuales no se distinguen por méritos propios de otros que perecen. Pues no hay entre ellos diferencia alguna que provenga de la presciencia de los méritos que habrían tenido si hubieran vivido más tiempo. Que es rechazado injustamente por los adversarios como no canónico aquel testimonio que adujo para esta discusión: «fue arrebatado para que la maldad,» etc. Que el ejemplo más ilustre de predestinación y de gracia es el Salvador mismo, en quien un hombre obtuvo el privilegio de ser el Salvador y el Hijo unigénito de Dios, al ser asumido en la unidad de persona por el Verbo coeterno con el Padre, sin ningún mérito precedente, ni de obras ni de fe. Que los predestinados son llamados por una cierta vocación peculiar de los elegidos, y que fueron elegidos antes de la fundación del mundo; no porque fueran conocidos de antemano como hombres que creerían y serían santos, sino para que, por medio de esa misma elección de la gracia, lo fueran, etc.

    Capítulo 1 [I.]— Introducción

    Cap. 1

    Sabemos que en la Epístola a los Filipenses el apóstol dijo: «Para mí no es gravoso escribiros las mismas cosas, y para vosotros es seguro;» [] sin embargo, el mismo apóstol, escribiendo a los Gálatas, cuando vio que había hecho bastante entre ellos de lo que consideraba necesario para ellos por el ministerio de su predicación, dijo: «Por lo demás, nadie me cause molestias,» [] o como se lee en muchos códices, «Nadie me sea gravoso.» Pero aunque confieso que me causa molestia el que no se acepte la palabra divina en la que se predica la gracia de Dios (la cual absolutamente no es gracia si se da según nuestros méritos), siendo tan grande y manifiesta, sin embargo, amadísimos hijos míos, Próspero y Hilario, vuestro celo y afecto fraternal —que os hace tan reacios a ver a alguno de los hermanos en el error, hasta desear que, después de tantos libros y cartas míos sobre este asunto, os escriba de nuevo desde aquí— lo amo más de lo que puedo decir, aunque no me atrevo a decir que lo amo tanto como debiera. Por lo tanto, he aquí que os escribo de nuevo. Y aunque no estoy con vosotros, sin embargo, por medio de vosotros sigo haciendo lo que creía haber hecho suficientemente.

    Capítulo 2.— Hasta qué punto los masilienses se apartan de los pelagianos

    Cap. 2

    Pues, al considerar vuestras cartas, me parece ver que aquellos hermanos por quienes mostráis un piadoso cuidado, para que no sostengan la opinión poética en la que se afirma: «Cada uno es esperanza para sí mismo,» y así caigan bajo aquella condenación que, no poética, sino proféticamente, se declara: «Maldito el hombre que confía en el hombre,» [] deben ser tratados de la manera en que el apóstol trató a aquellos a quienes dijo: «Y si en algo opináis de otro modo, Dios os revelará también esto.» [] Porque todavía están en tinieblas en la cuestión de la predestinación de los santos, pero tienen aquello de donde: «si en algo opinan de otro modo, Dios les revelará también esto,» si andan según lo que han alcanzado. Por eso el apóstol, después de decir: «Si en algo opináis de otro modo, Dios os revelará también esto,» dice: «Sin embargo, en aquello a lo que hemos llegado, andemos conforme a ello.» [] Y esos hermanos nuestros, por quienes vuestro piadoso amor está solícito, han alcanzado con la Iglesia de Cristo la creencia de que el género humano nace sujeto al pecado del primer hombre, y de que nadie puede ser librado de ese mal sino por la justicia del Segundo Hombre. Además, han alcanzado la confesión de que las voluntades de los hombres son prevenidas por la gracia de Dios; y el acuerdo de que nadie puede bastarse a sí mismo ni para comenzar ni para completar obra buena alguna. Estas cosas, pues, a las que han llegado, manteniéndolas firmemente, los distinguen abundantemente del error de los pelagianos. Además, si andan en ellas y suplican a Aquel que da entendimiento, si en algo concerniente a la predestinación opinan de otro modo, Él les revelará también esto. Con todo, gastemos también en ellos el influjo de nuestro amor y el ministerio de nuestro discurso, conforme a su don, a quien hemos pedido que en estas cartas digamos lo que les sea conveniente y provechoso. Pues, ¿de dónde sabemos si acaso nuestro Dios no querrá realizar ese propósito por medio de este servicio nuestro, con el cual les servimos en el amor gratuito de Cristo?
    Comentario editorial · Los «masilienses» y el nombre de «semipelagianos»
    «Masilienses» designa a la parte que Agustín se propone refutar: los monjes de la Galia meridional, con centro en Marsella. Una nota de Warfield recuerda que Próspero los llamaba en su carta reliquiae Pelagianorum, «los restos de los pelagianos». El nombre «semipelagianos», que usa el argumento del libro, no es antiguo: según Wikipedia, aparece solo en el último cuarto del siglo XVI, a propósito de la doctrina de Luis de Molina, y hoy muchos especialistas lo consideran impropio, porque los monjes tenían su enseñanza por la antigua de la Iglesia. Quienes pidieron a Agustín que respondiera fueron dos laicos, Próspero e Hilario; el NPNF no está seguro de que este Hilario sea el que ya le había escrito desde Sicilia, aunque lo cree probable, y Wikipedia aclara que no es Hilario de Arlés.

    Capítulo 3 [II.]— Aun el inicio de la fe es don de Dios

    Cap. 3

    Por tanto, debo mostrar primero que la fe por la cual somos cristianos es don de Dios, si puedo hacerlo más a fondo de lo que ya he hecho en tantos y tan extensos volúmenes. Pero veo que ahora debo responder a quienes dicen que los testimonios divinos que he aducido sobre este asunto sirven para asegurarnos de que tenemos la fe misma de nosotros mismos, pero que su aumento es de Dios; como si la fe no nos fuera dada por Él, sino sólo aumentada en nosotros por Él, en virtud del mérito de haber comenzado de nosotros. Así, aquí no hay alejamiento de aquella opinión que el propio Pelagio se vio obligado a condenar en el juicio de los obispos de Palestina, como se testifica en las mismas Actas: «Que la gracia de Dios se da según nuestros méritos,» si no es por la gracia de Dios por lo que comenzamos a creer, sino más bien porque, a causa de este comienzo, se nos añade una creencia más plena y perfecta; y así primero damos a Dios el comienzo de nuestra fe, para que se nos dé de nuevo su suplemento y todo lo demás que pedimos fielmente.

    Capítulo 4.— Continuación del anterior

    Cap. 4

    ¿Y por qué no escuchamos más bien, en oposición a esto, las palabras: «¿Quién le dio primero a Él, para que le sea recompensado? Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas.» [] ¿Y de quién, pues, es ese comienzo mismo de nuestra fe, si no de Él? Porque esto no se exceptúa cuando se habla de las demás cosas como de Él; sino que «de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas.» Pero, ¿quién puede decir que el que ya ha comenzado a creer no merece nada de Aquel en quien ha creído? De donde resulta que a quien ya merece se le dice que se le añaden otras cosas por retribución divina, y así que la gracia de Dios se da según nuestros méritos. Y esta afirmación, puesta ante él, la condenó el propio Pelagio, para no ser condenado. Quien, pues, quiera evitar por todos lados esta opinión condenable, entienda que lo que dice el apóstol está dicho con toda verdad: «A vosotros os es concedido por Cristo no sólo creer en Él, sino también padecer por Él.» [] Muestra que ambas cosas son dones de Dios, porque dijo que ambas eran dadas. Y no dice: «creer en Él más plena y perfectamente,» sino «creer en Él.» Tampoco dice que él mismo hubiera alcanzado misericordia para ser más fiel, sino «para ser fiel,» [] porque sabía que no había dado primero el comienzo de su fe a Dios, y que no le había sido devuelto por Él su aumento; sino que había sido hecho fiel por Dios, quien también lo había hecho apóstol. Pues los comienzos de su fe están registrados, y son muy conocidos al ser leídos en la iglesia en una ocasión destinada a distinguirlos: cómo, apartado de la fe que destruía, y oponiéndose vehementemente a ella, fue convertido de repente a ella por una gracia más poderosa, por la conversión de Aquel a quien, como a quien haría esto mismo, le fue dicho por el profeta: «Tú nos convertirás y nos darás vida;» de modo que no sólo de quien se negaba a creer fue hecho creyente voluntario, sino que, además, de ser perseguidor, sufrió persecución en defensa de aquella fe que perseguía. Porque le fue dado por Cristo «no sólo creer en Él, sino también padecer por Él.»

    Capítulo 5.— Creer es pensar con asentimiento

    Cap. 5

    Y, por tanto, al encomendar aquella gracia que no se da según mérito alguno, sino que es causa de todos los buenos méritos, dice: «No que seamos suficientes para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios.» [] Presten atención a esto, y sopesen bien estas palabras, quienes piensan que el comienzo de la fe es de nosotros mismos, y el complemento de la fe es de Dios. Pues, ¿quién no ve que el pensar es anterior al creer? Porque nadie cree algo si no ha pensado primero que ha de ser creído. Pues por repentinos que sean, por rápidos que sean, algunos pensamientos vuelan antes de la voluntad de creer, y ésta sigue al punto de tal manera que los acompaña, por así decirlo, en la más estrecha conjunción, es sin embargo necesario que todo lo que se cree sea creído después de que el pensamiento haya precedido; aunque la creencia misma no es otra cosa que pensar con asentimiento. Pues no todo el que piensa cree, ya que muchos piensan para no creer; pero todo el que cree, piensa: piensa creyendo y cree pensando. Por tanto, en lo que atañe a la religión y a la piedad (de las que hablaba el apóstol), si no somos capaces de pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios, ciertamente no somos capaces de creer algo como de nosotros mismos, ya que no podemos hacer esto sin pensar; sino que nuestra suficiencia, por la cual comenzamos a creer, es de Dios. Por lo cual, así como nadie es suficiente para sí mismo, ni para el comienzo ni para la consumación de cualquier obra buena —y esto, aquellos hermanos vuestros, como da a entender lo que habéis escrito, ya están de acuerdo en que es verdad, de donde, tanto en el comienzo como en la ejecución de toda obra buena, nuestra suficiencia es de Dios—, así nadie es suficiente para sí mismo, ni para comenzar ni para perfeccionar la fe; sino que nuestra suficiencia es de Dios. Porque si la fe no es asunto del pensamiento, no tiene valor; y no somos suficientes para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia es de Dios.

    Capítulo 6.— Deben evitarse la presunción y la arrogancia

    Cap. 6

    Hay que tener cuidado, hermanos amados de Dios, de que el hombre no se levante contra Dios al decir que él hace lo que Dios ha prometido. ¿No fue prometida a Abraham la fe de las naciones, «y él, dando gloria a Dios, creyó plenamente que lo que prometió es también poderoso para hacerlo»? [] Así, pues, el que hace la fe de las naciones es Aquel que puede hacer lo que ha prometido. Además, si Dios obra nuestra fe, actuando de modo admirable en nuestros corazones para que creamos, ¿hay razón para temer que no pueda hacerlo todo? ¿Y por eso el hombre se atribuye los primeros elementos de ella, para merecer recibir de Dios los últimos? Considerad si de ese modo se obtiene otro resultado que el de que la gracia de Dios se dé de alguna manera según nuestro mérito, y así la gracia ya no sea gracia. Porque según este principio se paga como deuda, no se da gratuitamente; pues se debe al creyente que el Señor aumente su fe misma, y que la fe aumentada sea el salario de la fe comenzada; y no se advierte, al decir esto, que ese salario se asigna a los creyentes no por gracia, sino por deuda. Y no veo en absoluto por qué no habría de atribuirse todo al hombre —ya que quien pudo originar para sí lo que antes no tenía, puede él mismo aumentar lo que originó—, salvo que es imposible resistir el testimonio divino más manifiesto por el cual se muestra que la fe, de donde la piedad toma su comienzo, es también don de Dios: como es aquel testimonio de que «Dios repartió a cada uno la medida de la fe;» [] y aquel otro: «Paz a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo,» [] y otros pasajes semejantes. Por tanto, el hombre, no queriendo resistir testimonios tan claros como éstos, y deseando, empero, tener él mismo el mérito de creer, pacta, por así decirlo, con Dios para reclamar una porción de la fe para sí y dejar una porción para Él; y, lo que es aún más arrogante, toma la primera porción para sí y da la subsiguiente a Él; y así, en aquello que dice pertenecer a ambos, se hace a sí mismo primero y a Dios segundo.

    Capítulo 7 [III.]— Agustín confiesa que anteriormente había estado en el error acerca de la gracia de Dios

    Cap. 7

    No fue así como pensó aquel piadoso y humilde maestro —hablo del santísimo Cipriano— cuando dijo «que no debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro.» Y para mostrar esto, apeló al apóstol como testigo, donde dijo: «Pues, ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [] Y fue principalmente por este testimonio por lo que yo también fui convencido cuando estaba en un error semejante, pensando que la fe por la cual creemos en Dios no es don de Dios, sino que está en nosotros por nosotros mismos, y que por ella obtenemos los dones de Dios, por los cuales podemos vivir templada, justa y piadosamente en este mundo. Pues no pensaba que la fe fuera precedida por la gracia de Dios, de modo que por su medio se nos diera lo que pudiéramos pedir provechosamente, excepto que no podíamos creer si no precedía la proclamación de la verdad; pero que debíamos consentir cuando se nos predicaba el evangelio, pensaba que era obra nuestra y que provenía de nosotros mismos. Y este error mío está suficientemente indicado en algunas obras pequeñas mías escritas antes de mi episcopado. Entre ellas está la que habéis mencionado en vuestras cartas, en la que hay una exposición de ciertas proposiciones de la Epístola a los Romanos. Finalmente, cuando estaba retractando todas mis obras pequeñas, y ponía por escrito esa retractación, tarea de la que ya había completado dos libros antes de recibir vuestras cartas más extensas—cuando en el primer volumen había llegado a la retractación de este libro, hablé entonces así:— Discurriendo también, digo, 'qué pudo Dios haber elegido en aquel que aún no había nacido, a quien dijo que el mayor serviría; y qué pudo haber rechazado en el mismo mayor, igualmente aún no nacido; acerca del cual, por esta razón, se registra el testimonio profético, aunque declarado mucho después: «A Jacob amé, y a Esaú aborrecí,» ' llevé mi razonamiento hasta el punto de decir: 'Dios, pues, no eligió las obras de nadie en presciencia de lo que Él mismo les daría, sino que eligió la fe, en la presciencia de que elegiría a aquella misma persona a quien conoció de antemano que creería en Él—a la cual daría el Espíritu Santo, para que haciendo buenas obras pudiera obtener también la vida eterna.' Aún no había buscado con mucho cuidado, ni había hallado todavía, cuál es la naturaleza de la elección de la gracia, de la que el apóstol dice: 'Un resto es salvado según la elección de la gracia.' [] La cual ciertamente no es gracia si la preceden méritos; no sea que lo que ahora se da, no según la gracia, sino según la deuda, se pague más bien a los méritos que se dé gratuitamente. Y lo que a continuación añadí: 'Pues el mismo apóstol dice: «El mismo Dios que obra todas las cosas en todos;» [] pero nunca se dijo: Dios cree todas las cosas en todos;' y luego agregué: 'Por tanto, lo que creemos es nuestro, pero lo bueno que hacemos es de Aquel que da el Espíritu Santo a los que creen:' ciertamente no habría podido decir esto si ya hubiera sabido que la fe misma también se encuentra entre aquellos dones de Dios que son dados por el mismo Espíritu. Ambas cosas, por tanto, son nuestras a causa de la elección de la voluntad, y sin embargo ambas son dadas por el espíritu de fe y de amor. Pues la fe no está sola, sino como está escrito: 'Amor con fe, de Dios Padre y de nuestro Señor Jesucristo.' [] Y lo que dije un poco después: 'Pues es nuestro creer y querer, pero es de Él dar a los que creen y quieren el poder de hacer buenas obras por el Espíritu Santo, por quien el amor es derramado en nuestros corazones,' — es verdad ciertamente; pero por la misma regla ambas cosas son también de Dios, porque Dios prepara la voluntad; y ambas son también nuestras, porque sólo se realizan con nuestras buenas voluntades. Y así lo que dije también después: 'Porque no podemos querer si no somos llamados; y cuando, después de nuestro llamamiento, quisiéramos querer, nuestro querer no es suficiente, ni nuestro correr, a menos que Dios dé fuerza a los que corremos y nos lleve adonde nos llama;' y a continuación añadí: 'Es manifiesto, pues, que no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia, el que hagamos buenas obras' — esto es absolutamente verdadero. Pero poco descubrí acerca del llamamiento mismo, que es según el propósito de Dios; porque no es tal el llamamiento de todos los que son llamados, sino sólo el de los elegidos. Por tanto, lo que dije un poco después: 'Pues así como en aquellos a quienes Dios elige no son las obras, sino la fe, lo que comienza el mérito para hacer buenas obras por el don de Dios, así en aquellos a quienes condena, la incredulidad y la impiedad comienzan el mérito del castigo, de modo que aun por vía del castigo mismo hacen obras malas' — hablé con toda verdad. Pero que aun el mérito mismo de la fe fuera don de Dios, ni pensé en indagarlo, ni lo dije. Y en otro lugar digo: 'Pues de quien tiene misericordia, le hace hacer buenas obras, y a quien endurece lo deja hacer obras malas; pero aquella misericordia se otorga sobre el mérito precedente de la fe, y aquel endurecimiento se aplica a la iniquidad precedente.' Y esto es verdad; pero se debería haber preguntado además si aun el mérito de la fe no proviene de la misericordia de Dios —esto es, si aquella misericordia se manifiesta en el hombre sólo porque es creyente, o si también se manifiesta para que sea creyente. Pues leemos en las palabras del apóstol: 'Alcancé misericordia para ser creyente.' [] No dice: 'Porque era creyente.' Por tanto, aunque se da al creyente, sin embargo también se ha dado para que sea creyente. Por tanto, también en otro lugar del mismo libro dije con toda verdad: 'Porque, si es por la misericordia de Dios, y no por las obras, por lo que somos llamados a fin de que creamos, y se nos concede a los que creemos hacer buenas obras, esa misericordia no debe negarse a los gentiles;' — aunque allí discurrí menos cuidadosamente acerca de aquel llamamiento que se da según el propósito de Dios.

    Capítulo 8 [IV.]— Lo que Agustín escribió a Simpliciano, sucesor de Ambrosio, obispo de Milán

    Cap. 8

    Ves claramente cuál era en aquel tiempo mi opinión acerca de la fe y las obras, aunque me esforzaba en encomendar la gracia de Dios; y en esta opinión veo que están ahora aquellos hermanos nuestros, porque no han sido tan cuidadosos de progresar conmigo en mis escritos como lo fueron al leerlos. Porque si hubieran sido tan cuidadosos, habrían hallado resuelta aquella cuestión conforme a la verdad de las divinas Escrituras en el primer libro de los dos que escribí, al comienzo mismo de mi episcopado, a Simpliciano, de bendita memoria, obispo de la Iglesia de Milán y sucesor de san Ambrosio. A no ser, acaso, que no hayan conocido estos libros; en cuyo caso, procurad que los conozcan. De este primero de aquellos dos libros hablé primeramente en el segundo libro de las Retractaciones; y lo que dije es como sigue: «De los libros, digo, en los cuales, como obispo, he trabajado, los dos primeros están dirigidos a Simpliciano, presidente de la Iglesia de Milán, que sucedió al beatísimo Ambrosio, acerca de diversas cuestiones, dos de las cuales reuní en el primer libro de la Epístola del apóstol Pablo a los Romanos. La primera de ellas trata de lo que está escrito: '¿Qué diremos, pues? ¿La ley es pecado? ¡De ninguna manera!' [] hasta el pasaje donde dice: '¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte? La gracia de Dios por Jesucristo nuestro Señor.' [] Y en ella he expuesto aquellas palabras del apóstol: 'La ley es espiritual; pero yo soy carnal,' [] y otras en las que se declara que la carne está en conflicto contra el Espíritu, de tal manera como si allí se describiera a un hombre todavía bajo la ley, y aún no establecido bajo la gracia. Pues, mucho después, percibí que aquellas palabras podían incluso ser (y probablemente eran) la expresión de un hombre espiritual. La segunda cuestión de este libro se recoge de aquel pasaje donde el apóstol dice: 'Y no sólo esto, sino que también cuando Rebeca concibió por un solo acto de unión, aun de nuestro padre Isaac,' [] hasta aquel lugar donde dice: 'Si el Señor de los ejércitos no nos hubiera dejado descendencia, seríamos como Sodoma y semejantes a Gomorra.' [] En la solución de esta cuestión me esforcé ciertamente en favor del libre albedrío de la voluntad humana, pero la gracia de Dios prevaleció, y sólo pude llegar a aquel punto en que se percibe que el apóstol dijo con la más evidente verdad: 'Porque ¿quién te distingue? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?' [] Y esto deseaba también exponer el mártir Cipriano cuando comprimió todo ello en aquel título: 'Que no debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro.'» Por esto dije anteriormente que había sido principalmente por este testimonio apostólico por lo que yo mismo había sido convencido, cuando pensaba de otra manera acerca de este asunto; y esto me lo reveló Dios al procurar resolver esta cuestión cuando escribía, como dije, al obispo Simpliciano. Este testimonio, pues, del apóstol, cuando para reprimir la soberbia del hombre dijo, «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido?» [] no permite a ningún creyente decir: Tengo fe que no recibí. Toda la arrogancia de esta respuesta queda absolutamente reprimida por estas palabras apostólicas. Es más, ni siquiera puede decirse, «Aunque no tengo una fe perfecta, sin embargo tengo su comienzo, por el cual primeramente creí en Cristo.» Porque aquí también se responde: «Pero ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?»
    Comentario editorial · El propio Agustín: de la presciencia a la gracia
    En los Cap. 7–8 Agustín admite que antes pensaba de otro modo. Cita lo que dijo de sus dos libros A Simpliciano en las Retractaciones (II, 1, según el NPNF): al resolver una cuestión sobre Romanos 9 defendió el libre albedrío, pero «la gracia de Dios prevaleció» y tuvo que llegar a , «¿qué tienes que no hayas recibido?». Cipriano había resumido ese texto con el título «Que no hay que gloriarse en nada, pues nada es nuestro» (Testimonios a Quirino III, 4, en la versión inglesa de New Advent). Según Wikipedia, hasta 396 Agustín entendía la predestinación como fundada en la presciencia de la fe del hombre; él mismo sitúa el cambio en esa respuesta a Simpliciano, escrita, dice, «al comienzo de mi episcopado».

    Capítulo 9 [V.]— El propósito del apóstol en estas palabras

    Cap. 9

    La noción, sin embargo, que ellos sostienen, «que estas palabras: "¿Qué tienes que no hayas recibido?", no pueden decirse de esta fe, porque ha permanecido en la misma naturaleza, aunque corrompida, que al principio fue dotada de salud y perfección,» se percibe que no tiene fuerza para el propósito que desean si se considera por qué dijo el apóstol estas palabras. Pues él estaba preocupado de que nadie se gloriara en el hombre, porque habían surgido disensiones entre los cristianos de Corinto, de modo que cada uno decía: «Yo, ciertamente, soy de Pablo; y otro, yo de Apolos; y otro, yo de Cefas;» [] y de allí pasó a decir: «Dios ha escogido lo necio del mundo para confundir a los sabios; y Dios ha escogido lo débil del mundo para confundir a lo fuerte; y Dios ha escogido lo innoble del mundo, y lo despreciable, y lo que no es, para anular lo que es; a fin de que ninguna carne se gloríe delante de Dios.» [] Aquí la intención del apóstol es ciertamente bastante clara contra la soberbia del hombre: que nadie se gloríe en el hombre; y así, nadie se gloríe en sí mismo. Finalmente, cuando había dicho «que ninguna carne se gloríe delante de Dios,» para mostrar en qué debe gloriarse el hombre, inmediatamente añadió: «Pero de él sois vosotros en Cristo Jesús, el cual nos ha sido hecho de parte de Dios sabiduría, y justicia, y santificación, y redención: para que, como está escrito: El que se gloria, glórese en el Señor.» [] De allí progresó esa intención suya, hasta que después, reprendiéndolos, dice: «Porque todavía sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos y contiendas, ¿no sois carnales y andáis según el hombre? Porque mientras uno dice: Yo soy de Pablo, y otro: Yo de Apolos, ¿no sois hombres? ¿Qué, pues, es Apolos, y qué Pablo? Ministros por medio de los cuales creísteis; y a cada uno como el Señor le ha dado. Yo planté, y Apolos regó; pero Dios dio el crecimiento. Por tanto, ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento.» ¿No veis que el único propósito del apóstol es que el hombre sea humillado, y sólo Dios exaltado? Puesto que en todas aquellas cosas, ciertamente, que se plantan y se riegan, dice que ni siquiera el que planta y el que riega son algo, sino Dios que da el crecimiento; y el hecho mismo, además, de que uno plante y otro riegue no lo atribuye a ellos mismos, sino a Dios, cuando dice: «A cada uno como el Señor le ha dado; yo planté, Apolos regó.» De aquí, pues, persistiendo en la misma intención, llega al punto de decir: «Por tanto, nadie se gloríe en los hombres,» [] pues ya había dicho: «El que se gloria, glórese en el Señor.» Después de estas y algunas otras cosas asociadas con ellas, esa misma intención suya continúa en las palabras: «Y estas cosas, hermanos, las he transferido en figura a mí mismo y a Apolos por causa de vosotros, para que en nosotros aprendáis a no envaneceros uno contra otro más allá de lo que está escrito. Porque ¿quién te distingue? ¿Y qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» [1 Corintios 4:6]

    Capítulo 10.— Es la gracia de Dios la que especialmente distingue a un hombre de otro

    Cap. 10

    En esta intención tan evidente del apóstol, en la que habla contra la soberbia humana, para que nadie se gloríe en el hombre sino en Dios, es demasiado absurdo, a mi juicio, suponer los dones naturales de Dios, ya sea la naturaleza entera y perfeccionada del hombre tal como le fue otorgada en su primer estado, o los restos, cualesquiera que sean, de su naturaleza degradada. Pues ¿acaso es por tales dones, que son comunes a todos los hombres, por lo que los hombres se distinguen de los hombres? Pero aquí dijo primero: «Porque ¿quién te distingue?» y luego añadió: «¿Y qué tienes que no hayas recibido?» Porque un hombre, envanecido contra otro, podría decir: «Mi fe me distingue,» o «Mi justicia,» o cualquier otra cosa semejante. En respuesta a tales ideas, el buen maestro dice: «Pero ¿qué tienes que no hayas recibido?» ¿Y de quién sino de Aquel que te distingue de otro, a quien no otorgó lo que te otorgó a ti? «Ahora bien, si» dice él, «lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» ¿Acaso se preocupa, pregunto, de algo más que de que el que se gloria se gloríe en el Señor? Pero nada se opone tanto a este sentimiento como que alguien se gloríe de sus propios méritos, como si él mismo los hubiera hecho para sí, y no la gracia de Dios—una gracia, sin embargo, que hace que los buenos se distingan de los malos, y que no es común a buenos y malos. Atribúyase, pues, a la naturaleza la gracia por la cual somos criaturas vivientes y racionales, y nos distinguimos de los animales; atribúyase también a la naturaleza aquella gracia por la cual, entre los mismos hombres, los hermosos se distinguen de los deformes, o los inteligentes de los necios, o cualquier cosa de ese tipo. Pero aquel a quien reprendía el apóstol no se envanecía en comparación con los animales, ni en comparación con otro hombre, respecto de ningún don natural que pudiera hallarse incluso en los peores hombres. Sino que se atribuía a sí mismo, y no a Dios, algún buen don que pertenecía a una vida santa, y se envanecía con él cuando mereció oír la reprensión: «¿Quién te ha distinguido? ¿Y qué tienes que no recibiste?» Pues aunque la capacidad de tener fe es de la naturaleza, ¿acaso es también de la naturaleza tenerla? «Porque no todos los hombres tienen fe,» [] aunque todos los hombres tienen la capacidad de tener fe. Pero el apóstol no dice: «¿Y qué tienes capacidad de tener, la capacidad de tener la cual no recibiste?» sino que dice: «¿Y qué tienes que no recibiste?» En consecuencia, la capacidad de tener fe, así como la capacidad de tener amor, pertenece a la naturaleza de los hombres; pero tener fe, así como tener amor, pertenece a la gracia de los creyentes. Esa naturaleza, por tanto, en la que se nos da la capacidad de tener fe, no distingue a un hombre de otro, sino que la fe misma hace que el creyente se distinga del incrédulo. Y así, cuando se dice: «Porque ¿quién te distingue? ¿Y qué tienes que no recibiste?» si alguno se atreve a decir: «Tengo fe de mí mismo; por tanto, no la recibí,» contradice directamente esta verdad tan manifiesta—no porque no esté en la elección de la voluntad del hombre creer o no creer, sino porque en los elegidos la voluntad es preparada por el Señor. Así, además, el pasaje: «Porque ¿quién te distingue? ¿Y qué tienes que no recibiste?» se refiere a aquella misma fe que está en la voluntad del hombre.

    Capítulo 11 [VI.]— Que algunos hombres sean elegidos es por la misericordia de Dios

    Cap. 11

    «Muchos oyen la palabra de verdad; pero algunos creen, mientras otros contradicen. Por tanto, los primeros quieren creer; los segundos no quieren.» ¿Quién no sabe esto? ¿Quién puede negarlo? Pero como en algunos la voluntad es preparada por el Señor, en otros no es preparada, debemos ciertamente poder distinguir lo que proviene de la misericordia de Dios y lo que proviene de su juicio. «Lo que Israel buscaba,» dice el apóstol, «no lo ha obtenido, pero la elección lo ha obtenido; y los demás fueron cegados, como está escrito: Dios les dio espíritu de estupor—ojos para que no vean, y oídos para que no oigan, hasta el día de hoy. Y David dijo: Que su mesa se convierta en lazo, en retribución y en tropiezo para ellos; que se les oscurezcan los ojos para que no vean, y haz que su espalda se encorve para siempre.» [] Aquí hay misericordia y juicio: misericordia hacia la elección que ha obtenido la justicia de Dios, pero juicio para los demás que han sido cegados. Y sin embargo, los primeros, porque quisieron, creyeron; los segundos, porque no quisieron, no creyeron. Por tanto, la misericordia y el juicio se manifestaron en las voluntades mismas. Ciertamente tal elección es de gracia, no de méritos en absoluto. Pues antes había dicho: «Así, pues, aun en este tiempo presente, el resto ha sido salvado por la elección de la gracia. Y si es por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.» [] Por tanto, la elección obtuvo lo que obtuvo gratuitamente; no precedió ninguna de aquellas cosas que ellos pudieran dar primero, para que se les diera de nuevo. Los salvó de balde. Pero a los demás que fueron cegados, como allí se declara claramente, se les hizo en recompensa. «Todos los caminos del Señor son misericordia y verdad.» Pero sus caminos son inescrutables. Por tanto, la misericordia con la que libremente libra, y la verdad con la que justamente juzga, son igualmente inescrutables.

    Capítulo 12 [VII.]— Por qué dijo el apóstol que somos justificados por la fe y no por las obras

    Cap. 12

    Pero quizá pueda decirse: «El apóstol distingue la fe de las obras; dice, ciertamente, que la gracia no es de las obras, pero no dice que no sea de la fe.» Esto, ciertamente, es verdad. Pero Jesús dice que la fe misma también es obra de Dios, y nos manda obrarla. Pues los judíos le dijeron: «¿Qué haremos para obrar las obras de Dios? Respondió Jesús y les dijo: Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado.» [] El apóstol, por tanto, distingue la fe de las obras, así como Judá se distingue de Israel en los dos reinos de los hebreos, aunque Judá es Israel mismo. Y dice que el hombre es justificado por la fe y no por las obras, porque la fe misma se da primero, de la cual pueden obtenerse otras cosas que se caracterizan especialmente como obras, en las cuales el hombre puede vivir rectamente. Porque él mismo dice también: «Por gracia sois salvos mediante la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios,» [] — es decir, «Y al decir 'mediante la fe', aun la fe misma no es de vosotros, sino don de Dios.» «No por obras,» dice él, «para que nadie se envanezca.» Pues a menudo se dice: «Mereció creer, porque era un hombre bueno incluso antes de creer.» Lo cual puede decirse de Cornelio [Hechos x], puesto que sus limosnas fueron aceptadas y sus oraciones oídas antes de haber creído en Cristo; y sin embargo, sin alguna fe ni daba limosnas ni oraba. Pues ¿cómo invocaba a aquel en quien no había creído? Pero si hubiera podido salvarse sin la fe de Cristo, el apóstol Pedro no habría sido enviado como arquitecto para edificarlo; aunque, «Si el Señor no edifica la casa, en vano trabajan los que la edifican.» Y se nos dice: La fe es de nosotros mismos; otras cosas que pertenecen a las obras de justicia son del Señor; como si la fe no perteneciera a la edificación—como si, digo, el fundamento no perteneciera a la edificación. Pero si esto pertenece primaria y especialmente a ella, en vano trabaja quien busca edificar la fe mediante la predicación, a menos que el Señor en su misericordia la edifique desde dentro. Por tanto, todo lo de buenas obras que Cornelio realizó, tanto antes de creer en Cristo como cuando creyó y después de haber creído, todo ha de atribuirse a Dios, no sea que, acaso, algún hombre se envanezca.

    Capítulo 13 [VIII.]— El efecto de la gracia divina

    Cap. 13

    En consecuencia, nuestro único Maestro y Señor mismo, cuando había dicho lo que arriba he mencionado— «Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel que él ha enviado,» — dice poco después en ese mismo discurso suyo: «Os he dicho que también me habéis visto y no habéis creído. Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí.» [] ¿Cuál es el significado de «vendrá a mí,» sino «creerá en mí»? Pero es don del Padre que esto sea así. Además, poco después dice: «No murmuréis entre vosotros. Nadie puede venir a mí, si el Padre que me envió no le trae; y yo le resucitaré en el día último. Está escrito en los profetas: Y serán todos enseñables de Dios. Todo aquel que ha oído del Padre, y ha aprendido, viene a mí.» ¿Cuál es el significado de, «Todo aquel que ha oído del Padre, y ha aprendido, viene a mí,» sino que no hay nadie que oiga del Padre, y aprenda, que no venga a mí? Pues si todo el que ha oído del Padre, y ha aprendido, viene, ciertamente todo el que no viene no ha oído del Padre; porque si hubiera oído y aprendido, vendría. Pues nadie ha oído y aprendido, y no ha venido; sino que todo el que, como declara la Verdad, ha oído del Padre, y ha aprendido, viene. Muy lejos de los sentidos de la carne está esta enseñanza en la que el Padre es oído, y enseña a venir al Hijo. En esto interviene también el Hijo mismo, porque Él es su Palabra por la cual así enseña; y no hace esto por el oído de la carne, sino por el del corazón. En esto interviene también, al mismo tiempo, el Espíritu del Padre y del Hijo; y Él también enseña, y no enseña separadamente, puesto que hemos aprendido que las operaciones de la Trinidad son inseparables. Y ése es ciertamente el mismo Espíritu Santo del cual dice el apóstol: «Nosotros, empero, teniendo el mismo espíritu de fe.» [] Pero esto se atribuye especialmente al Padre, por la razón de que de Él es engendrado el Unigénito, y de Él procede el Espíritu Santo, sobre lo cual sería tedioso argumentar más extensamente; y creo que mi obra en quince libros sobre la Trinidad que Dios es, ya ha llegado a vosotros. Muy lejos, digo, de los sentidos de la carne está esta instrucción en la que Dios es oído y enseña. Vemos que muchos vienen al Hijo porque vemos que muchos creen en Cristo, pero cuándo y cómo han oído esto del Padre, y han aprendido, no lo vemos. Es verdad que aquella gracia es sumamente secreta, pero ¿quién duda que es gracia? Esta gracia, pues, que se otorga ocultamente en los corazones humanos por el don divino, no es rechazada por ningún corazón duro, porque se da con el fin de quitar primero la dureza del corazón. Cuando, por tanto, el Padre es oído dentro, y enseña, de modo que el hombre viene al Hijo, Él quita el corazón de piedra y da un corazón de carne, como en la declaración del profeta ha prometido. Porque así los hace hijos y vasos de misericordia que ha preparado para la gloria.

    Capítulo 14.— Por qué el Padre no enseña a todos para que vengan a Cristo

    Cap. 14

    ¿Por qué, pues, no enseña a todos para que vengan a Cristo, sino porque a todos los que enseña, los enseña con misericordia, mientras que a los que no enseña, en juicio no los enseña? Puesto que, «de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece.» [] Pero tiene misericordia cuando da bienes. Endurece cuando recompensa lo merecido. O si, como algunos preferirían distinguirlos, aquellas palabras son también de aquel a quien el apóstol dice: «Me dirás entonces:» de modo que se le pueda considerar como habiendo dicho: «Así que de quien quiere tiene misericordia, y al que quiere endurecer, endurece,» así como las que siguen— a saber, «¿De qué, pues, se queja todavía? Porque ¿quién resiste a su voluntad?» ¿responde el apóstol: «Oh hombre, ¿es falso lo que has dicho?» No; sino que dice: «Oh hombre, ¿quién eres tú, para que contradigas a Dios? ¿Dirá el vaso de barro al que lo formó: Por qué me has hecho así? ¿No tiene potestad el alfarero sobre el barro, de la misma masa?» y lo que sigue, que vosotros muy bien conocéis. Y sin embargo, en cierto sentido el Padre enseña a todos los hombres a venir a su Hijo. Pues no en vano estaba escrito en los profetas: «Y serán todos enseñados por Dios.» [] Y cuando Él también hubo antepuesto este testimonio, añadió: «Todo aquel, pues, que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.» Así como, por tanto, hablamos con justicia cuando decimos acerca de un maestro de literatura que está solo en una ciudad: Él enseña literatura aquí a todos— no que todos aprendan, sino que no hay ninguno que aprenda literatura allí que no aprenda de él— así decimos con justicia: Dios enseña a todos los hombres a venir a Cristo, no porque todos vengan, sino porque ninguno viene de otra manera. Y por qué no enseña a todos los hombres, el apóstol lo explicó, en cuanto juzgó que debía explicarse, porque, «queriendo mostrar su ira y dar a conocer su poder, soportó con mucha paciencia los vasos de ira preparados para destrucción; y para dar a conocer las riquezas de su gloria sobre los vasos de misericordia que él preparó de antemano para gloria.» [] De aquí proviene que la «palabra de la cruz es locura para los que se pierden; pero para los que se salvan, es poder de Dios.» [] Dios enseña a todos los tales a venir a Cristo, pues quiere que todos los tales sean salvos y vengan al conocimiento de la verdad. Y si hubiera querido enseñar aun a aquellos para quienes la palabra de la cruz es locura, a venir a Cristo, sin duda alguna estos también habrían venido. Porque Él ni engaña ni es engañado cuando dice: «Todo aquel que oyó del Padre, y aprendió, viene a mí.» Lejos, pues, el pensamiento de que no viene alguno que haya oído del Padre y haya aprendido.

    Capítulo 15.— Son los creyentes los que son enseñados por Dios

    Cap. 15

    ¿Por qué,» dicen ellos, «no enseña a todos los hombres?» Si dijéramos que aquellos a quienes Él no enseña no quieren aprender, se nos responderá: ¿Y qué es de lo que se le dice a Él: «Oh Dios, tú nos convertirás y nos avivarás»? O si Dios no hace que quieran quienes no querían, ¿según qué principio la Iglesia ora, conforme al mandamiento del Señor, por sus perseguidores? Pues así también el bienaventurado Cipriano quería que se entendiera lo que decimos: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» — es decir, como en aquellos que ya han creído, y que son, por así decirlo, cielo, así también en aquellos que no creen, y por esto son todavía la tierra. ¿Qué, pues, pedimos en favor de aquellos que no quieren creer, sino que Dios obre en ellos el querer también? Ciertamente el apóstol dice: «Hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y mi oración a Dios por ellos, es para su salvación.» [] Ora por los que no creen— ¿por qué, sino para que crean? Pues de ningún otro modo obtienen salvación. Si, pues, la fe de los que piden precede a la gracia de Dios, ¿precede a la gracia de Dios la fe de aquellos por quienes se pide que crean?— puesto que esto mismo es lo que se implora para ellos, ¿que sobre los que no creen— esto es, que no tienen fe— sea otorgada la fe misma? Cuando, por tanto, se predica el evangelio, algunos creen, algunos no creen; pero los que creen a la voz del predicador de afuera, oyen al Padre de adentro, y aprenden; mientras que los que no creen, oyen exteriormente, pero interiormente no oyen ni aprenden— es decir, a los primeros les es dado creer; a los últimos no les es dado. Porque «ninguno,» dice Él, «viene a mí, si el Padre que me envió no le trae.» [] Y esto se dice más claramente después. Pues después de un poco, cuando hablaba de comer su carne y beber su sangre, y algunos incluso de sus discípulos dijeron: «Dura es esta palabra; ¿quién puede oírla? Jesús, sabiendo en sí mismo que sus discípulos murmuraban de esto, les dijo: ¿Esto os escandaliza?» Y un poco después dijo: «Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida; pero hay algunos de vosotros que no creen.» E inmediatamente el evangelista dice: «Porque Jesús sabía desde el principio quiénes eran los que creían, y quién le había de entregar; y dijo: Por eso os he dicho que ninguno puede venir a mí, si no le fuere dado del Padre.» Por tanto, ser atraído a Cristo por el Padre, y oír y aprender del Padre para venir a Cristo, no es otra cosa que recibir del Padre el don por el cual creer en Cristo. Pues no fueron los oyentes del evangelio los que fueron distinguidos de los que no oyeron, sino los creyentes de los que no creyeron, por Aquel que dijo: «Ninguno viene a mí, si no le fuere dado de mi Padre.

    Capítulo 16.— Por qué el don de la fe no es dado a todos

    Cap. 16

    La fe, pues, tanto en su inicio como en su consumación, es don de Dios; y nadie tenga duda alguna, a menos que desee resistir a las más claras Sagradas Escrituras, de que este don se da a algunos, mientras que a otros no se da. Pero por qué no se da a todos no debe perturbar al creyente, el cual cree que de uno solo todos han caído en una condenación, que sin duda es justísima; de modo que aunque ninguno fuera librado de ella, no habría causa justa para culpar a Dios. De donde es evidente que es una gran gracia que muchos sean librados, y que reconozcan en los que no son librados lo que a ellos mismos se les debería; para que el que se gloria no se gloríe en sus propios méritos, que ve igualados en los condenados, sino en el Señor. Pero por qué libra a uno y no a otro— «Sus juicios son insondables, y sus caminos inescrutables.» [] Pues en este caso es mejor para nosotros oír o decir: «Oh hombre, ¿quién eres tú para que contradigas a Dios?» [] que atrevernos a hablar como si pudiéramos saber lo que Él ha querido mantener en secreto. Ya que, además, Él no podía querer nada injusto.

    Capítulo 17 [IX.]— Su argumento en su carta contra Porfirio, acerca de por qué el Evangelio vino tan tarde al mundo

    Cap. 17

    Pero aquello que recordáis que dije en cierto pequeño tratado mío contra Porfirio, titulado El tiempo de la religión cristiana, lo dije así para evitar este argumento más cuidadoso y elaborado acerca de la gracia; aunque su sentido, que podría desplegarse en otro lugar o por otros, no fue del todo omitido, aunque yo no había querido explicarlo allí. Pues, entre otras cosas, hablé así en respuesta a la cuestión propuesta, de por qué Cristo vino después de tanto tiempo: «Por consiguiente, digo, puesto que no objetan contra Cristo que todos no sigan su enseñanza (pues aun ellos mismos sienten que esto no podría objetarse en modo alguno con justicia, ni a la sabiduría de los filósofos, ni siquiera a la divinidad de sus propios dioses), ¿qué responderán, si — dejando de lado aquella profundidad de la sabiduría y del conocimiento de Dios, donde acaso se oculta mucho más secretamente algún otro designio divino, sin prejuzgar tampoco otras causas que los sabios no pueden rastrear— les decimos sólo esto, por brevedad en la argumentación de esta cuestión: que Cristo quiso aparecer a los hombres, y que su doctrina debía ser predicada entre ellos, en aquel tiempo en que Él sabía, y en aquel lugar donde Él sabía, que había quienes creerían en Él? Pues en aquellos tiempos, y en aquellos lugares, en los cuales su evangelio no fue predicado, Él conoció de antemano que todos serían en su predicación tales como, no ciertamente todos, sino muchos fueron en su presencia corporal, que no creerían en Él, aun cuando los muertos eran resucitados por Él; tales como vemos ahora a muchos que, aunque las declaraciones de los profetas acerca de Él se cumplen con tales manifestaciones, todavía no quieren creer, y prefieren resistir por astucia humana, antes que ceder a la autoridad divina tan clara y perspicua, y tan excelsa, y sublimemente dada a conocer, mientras el entendimiento humano es pequeño y débil en su acercamiento a la verdad divina. ¿Qué maravilla, pues, si Cristo sabía que el mundo en los siglos anteriores estaba tan lleno de incrédulos, que razonablemente rehusó aparecer, o ser predicado a ellos, quienes, como Él conoció de antemano, no creerían ni sus palabras ni sus milagros? Porque no es increíble que todos en aquel tiempo fueran tales como, desde su venida hasta el tiempo presente, nos maravillamos de que tantos hayan sido y sean. Y sin embargo, desde el principio del género humano, a veces más ocultamente, a veces más evidentemente, según que a la Providencia divina los tiempos parecían oportunos, no ha habido ni falta de profecía, ni han faltado quienes creyesen en Él; tanto desde Adán hasta Moisés, como en el pueblo mismo de Israel que por cierto misterio especial era un pueblo profético; y en otras naciones antes de que Él hubiera venido en carne. Pues así como se menciona a algunos en los sagrados libros hebreos, ya desde el tiempo de Abraham— que no eran de su raza carnal, ni del pueblo de Israel, ni de la sociedad extranjera entre el pueblo de Israel— que, sin embargo, compartían su sacramento, ¿por qué no hemos de creer que hubo otros en otras partes entre otros pueblos, aquí y allá, aunque no leamos mención alguna de ellos en las mismas autoridades? Así, la salvación de esta religión, por la cual únicamente se promete verdaderamente la única salvación verdadera, nunca faltó a quien fue digno de ella; y a quien le faltó, no fue digno de ella. Y desde el mismo comienzo de la propagación del hombre, hasta el fin, el evangelio es predicado, a algunos para recompensa, a algunos para juicio; y así también aquellos a quienes la fe no fue anunciada en absoluto fueron conocidos de antemano como quienes no creerían; y aquellos a quienes fue anunciada, aunque no eran tales como creerían, son puestos como ejemplo para los primeros; mientras que aquellos a quienes se anuncia y que habrían de creer, son preparados para el reino de los cielos y la compañía de los santos ángeles.»

    Capítulo 18.— El argumento precedente aplicado al tiempo presente

    Cap. 18

    ¿No veis que mi deseo era, sin prejuzgar el oculto consejo de Dios ni otras razones, decir lo que pudiera parecer suficiente acerca de la presciencia de Cristo, para convencer la incredulidad de los paganos que habían presentado esta cuestión? Pues ¿qué hay más verdadero que el que Cristo conoció de antemano quiénes creerían en Él, y en qué tiempos y lugares creerían? Pero si por la predicación de Cristo a sí mismos por sí mismos habían de tener fe, o si la recibirían por don de Dios— esto es, si Dios sólo los conoció de antemano, o también los predestinó—, no pensé entonces que fuera necesario indagarlo o discutirlo. Por tanto, lo que dije, «que Cristo quiso aparecer a los hombres en aquel tiempo, y que su doctrina debía ser predicada entre ellos cuando Él sabía, y donde Él sabía, que había quienes creerían en Él,» también puede decirse así: «que Cristo quiso aparecer a los hombres en aquel tiempo, y que su evangelio debía ser predicado entre aquellos, a quienes Él conocía, y donde Él conocía, que había quienes habían sido elegidos en Él mismo antes de la fundación del mundo.» Pero puesto que, si se dijera así, haría al lector deseoso de preguntar acerca de aquellas cosas que ahora, por la advertencia de los errores pelagianos, deben discutirse necesariamente con mayor amplitud y cuidado, me pareció que lo que en aquel momento era suficiente debía decirse brevemente, dejando a un lado, como dije, la profundidad de la sabiduría y del conocimiento de Dios, y sin prejuzgar otras razones, acerca de las cuales pensé que podríamos argumentar más convenientemente, no entonces, sino en otro momento.

    Capítulo 19 [X]— En qué aspectos difieren la predestinación y la gracia

    Cap. 19

    Además, lo que dije, «que la salvación de esta religión nunca ha faltado a quien fue digno de ella, y que aquel a quien le faltó no fue digno,» — si se discute y se pregunta de dónde puede ser digno algún hombre, no faltan quienes dicen: por la voluntad humana. Pero nosotros decimos: por la gracia divina o la predestinación. Además, entre la gracia y la predestinación sólo hay esta diferencia: que la predestinación es la preparación para la gracia, mientras que la gracia es la donación misma. Por tanto, cuando el apóstol dice: «No por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras,» [] es gracia; pero lo que sigue— «las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas» — es predestinación, la cual no puede existir sin presciencia, aunque la presciencia puede existir sin predestinación; porque Dios conoció de antemano, por predestinación, aquellas cosas que Él había de hacer, de donde se dijo: «Él hizo las cosas que han de ser.» [] Además, Él puede conocer de antemano aun aquellas cosas que Él mismo no hace— como todos los pecados, cualesquiera que sean. Porque, aunque hay algunos que son pecados de tal manera que son también penas de pecados, de donde se dice: «Dios los entregó a una mente réproba, para hacer lo que no conviene,» [] en tal caso no es el pecado lo que es de Dios, sino el juicio. Por tanto, la predestinación de Dios para el bien es, como he dicho, la preparación de la gracia; la cual gracia es el efecto de aquella predestinación. Por tanto, cuando Dios prometió a Abraham en su descendencia la fe de las naciones, diciendo: «Te he puesto por padre de muchas naciones,» [] de donde el apóstol dice: «Por tanto, es por fe, para que sea por gracia, a fin de que la promesa sea firme para toda su descendencia,» [] no prometió desde el poder de nuestra voluntad, sino desde su propia predestinación. Pues prometió lo que Él mismo haría, no lo que los hombres harían. Porque, aunque los hombres hacen aquellas cosas buenas que pertenecen al culto de Dios, Él mismo les hace hacer lo que ha mandado; no son ellos quienes le hacen hacer lo que ha prometido. De otro modo, el cumplimiento de las promesas de Dios no estaría en el poder de Dios, sino en el de los hombres; y así, lo que fue prometido por Dios a Abraham sería dado a Abraham por los hombres mismos. Abraham, sin embargo, no creyó así, sino que «creyó, dando gloria a Dios, que lo que prometió, es también poderoso para hacerlo.» [] No dice: «predecir» — no dice: «conocer de antemano;» porque Él puede predecir y conocer de antemano también las obras de otros; sino que dice: «es también poderoso para hacerlo;» y así no habla de las obras de otros, sino de las suyas propias.

    Capítulo 20.— ¿Prometió Dios a Abraham las buenas obras de las naciones y no su fe?

    Cap. 20

    ¿Acaso prometió Dios a Abraham en su descendencia las buenas obras de las naciones, de modo que prometiera lo que Él mismo hace, pero no prometiera la fe de los gentiles, la cual los hombres obran por sí mismos; y, al prometer lo que Él mismo hace, previó que los hombres habrían de realizar esa fe? En verdad, el apóstol no habla así, porque Dios prometió hijos a Abraham, los cuales habían de seguir las huellas de su fe, como claramente dice. Pero si prometió las obras y no la fe de los gentiles, ciertamente, puesto que no son buenas obras a menos que sean de fe (porque «el justo vive por la fe» []; y «todo lo que no proviene de fe es pecado» []; y «sin fe es imposible agradar» []), sin embargo está en poder del hombre que Dios cumpla lo que ha prometido. Pues a menos que el hombre haga lo que sin el don de Dios pertenece al hombre, no hará que Dios dé; esto es, a menos que el hombre tenga fe por sí mismo, Dios no cumple lo que prometió: que las obras de justicia sean dadas por Dios. Y así, que Dios pueda cumplir sus promesas no está en poder de Dios, sino del hombre. Y si la verdad y la piedad no prohíben creer esto, creamos con Abraham que lo que ha prometido es también poderoso para cumplirlo. Pero prometió hijos a Abraham; y esto no pueden ser los hombres a menos que tengan fe; por tanto, da también la fe.

    Capítulo 21.— Es de admirar que los hombres prefieran confiarse a su propia debilidad antes que a la fortaleza de Dios

    Cap. 21

    Ciertamente, cuando el apóstol dice: «Por tanto, es por fe, para que la promesa sea firme según la gracia» [], me admiro de que los hombres prefieran confiarse a su propia debilidad antes que a la fuerza de la promesa de Dios. Pero dices: ¿La voluntad de Dios respecto de mí me es incierta? Entonces, ¿qué? ¿Te es cierta tu propia voluntad respecto de ti? ¿Y no temes: «El que piensa estar firme, mire que no caiga»? [] Puesto que ambas cosas son inciertas, ¿por qué no confía el hombre su fe, esperanza y amor a la voluntad más fuerte antes que a la más débil?

    Capítulo 22.— La promesa de Dios es segura

    Cap. 22

    «Pero», dicen ellos, «cuando se dice: 'Si crees, serás salvo', una de estas cosas se exige; la otra se ofrece. Lo que se exige está en poder del hombre; lo que se ofrece está en poder de Dios.» ¿Por qué no están ambas en poder de Dios, tanto lo que Él manda como lo que ofrece? Porque se le pide que dé lo que manda. Los creyentes piden que su fe sea aumentada; piden por los que no creen, para que se les dé la fe; por tanto, tanto en su aumento como en sus comienzos, la fe es don de Dios. Pero se dice así: «Si crees, serás salvo», del mismo modo que se dice: «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis» []. Pues también en este caso, de estas dos cosas una se exige, la otra se ofrece. Se dice: «Si por el Espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis». Por tanto, que hagamos morir las obras de la carne se exige, pero que vivamos se ofrece. ¿Es, entonces, correcto que digamos que hacer morir las obras de la carne no es don de Dios, y que no confesemos que es don de Dios, porque oímos que se nos exige, ofreciéndonos la vida como recompensa si lo hacemos? ¡Lejos de que esto sea aprobado por los partícipes y defensores de la gracia! Este es el error condenable de los pelagianos, cuyas bocas el apóstol cerró inmediatamente al añadir: «Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios» [], para que no creamos que hacemos morir las obras de la carne no por el Espíritu de Dios, sino por el nuestro. Y de este Espíritu de Dios hablaba, además, en aquel lugar donde dice: «Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere» []; y entre todas estas cosas, como sabéis, nombró también la fe. Así como, por tanto, aunque es don de Dios hacer morir las obras de la carne, sin embargo se nos exige, y se nos presenta la vida como recompensa; así también la fe es don de Dios, aunque cuando se dice: «Si crees, serás salvo», se nos exige la fe, y se nos propone la salvación como recompensa. Porque estas cosas nos son mandadas y se muestran como dones de Dios, para que entendamos que las hacemos nosotros y que Dios nos hace hacerlas, como dice clarísimamente por el profeta Ezequiel. Pues ¿qué hay más claro que cuando dice: «Yo haré que hagáis»? [] Atended a aquel pasaje de la Escritura, y veréis que Dios promete que hará que ellos hagan las cosas que manda que se hagan. Él no calla, ciertamente, en cuanto a los méritos, sino en cuanto a las malas obras de aquellos a quienes muestra que devuelve bien por mal, por el hecho mismo de que les hace tener en adelante buenas obras, haciéndoles cumplir los mandatos divinos.

    Capítulo 23 [XII.]— Ilustraciones admirables de la gracia y la predestinación en los infantes y en Cristo

    Cap. 23

    Pero todo este razonamiento, con el que sostenemos que la gracia de Dios por medio de Jesucristo nuestro Señor es verdaderamente gracia, es decir, que no se da según nuestros méritos, aunque está afirmado de modo clarísimo por el testimonio de las declaraciones divinas, sin embargo, entre quienes piensan que se ven apartados de todo celo por la piedad a menos que puedan atribuirse algo a sí mismos, algo que ellos dan primero para que se les recompense después, presenta cierta dificultad respecto de la condición de las personas adultas, que ya ejercitan la elección de la voluntad. Pero cuando llegamos al caso de los infantes, y al Mediador entre Dios y los hombres mismo, el hombre Cristo Jesús, falta toda afirmación de méritos humanos que precedan a la gracia de Dios; porque los primeros no se distinguen de los demás por ningunos buenos méritos precedentes para pertenecer al Libertador de los hombres; como tampoco Él mismo, siendo hombre, fue hecho Libertador de los hombres en virtud de méritos humanos precedentes algunos.

    Capítulo 24.— Que nadie es juzgado según lo que habría hecho si hubiera vivido más tiempo

    Cap. 24

    Pues ¿quién puede oír que se diga que los infantes, bautizados en la condición de la mera infancia, salen de esta vida en razón de sus méritos futuros, y que otros no bautizados mueren en la misma edad porque sus méritos futuros son preconocidos — pero como malos; de modo que Dios no recompensa o condena en ellos su vida buena o mala, sino ninguna vida en absoluto? En verdad, el apóstol fijó un límite que la incauta sospecha del hombre, por decirlo suavemente, no debería traspasar, pues dice: «Todos compareceremos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba según lo que haya hecho por medio del cuerpo, sea bueno o sea malo» []. «Haya hecho», dijo; y no añadió: «o habría hecho». Pero no sé de dónde haya podido entrar en la mente de tales hombres el pensamiento de que los méritos futuros de los infantes (que no existirán) deban ser castigados u honrados. Pero ¿por qué se dice que el hombre ha de ser juzgado según aquellas cosas que ha hecho por medio del cuerpo, cuando muchas cosas se hacen solo con la mente, y no con el cuerpo ni con miembro alguno del cuerpo; y en su mayor parte cosas de tal importancia, que una justísima pena sería debida a tal pensamiento, como — por no decir otras — aquella: «Dijo el necio en su corazón: No hay Dios»? ¿Qué significa, pues, «según aquellas cosas que ha hecho por medio del cuerpo», sino según aquellas cosas que ha hecho durante el tiempo en que estuvo en el cuerpo, de modo que entendamos «por medio del cuerpo» como «durante todo el tiempo de la vida corporal»? Pero después del cuerpo, nadie estará en el cuerpo sino en la última resurrección, no con el fin de establecer reclamación alguna de mérito, sino para recibir las recompensas de los buenos méritos y sufrir los castigos de los malos. Pero en este período intermedio entre el despojarse del cuerpo y el tomarlo de nuevo, las almas o son atormentadas o están en reposo, según aquellas cosas que han hecho durante el tiempo de la vida corporal. Y a este período de la vida corporal pertenece además lo que los pelagianos niegan, pero la Iglesia de Cristo confiesa: el pecado original; y según que este sea desatado por la gracia de Dios, o no desatado por el juicio de Dios, cuando los infantes mueren, pasan, de una parte, por el mérito de la regeneración del mal al bien, o, de otra parte, por el mérito de su origen del mal al mal. La fe católica reconoce esto, y aun algunos herejes, sin contradicción alguna, convienen en ello. Pero en el colmo del asombro y de la admiración no puedo descubrir de dónde hombres, cuya inteligencia vuestras cartas muestran que no es en modo alguno despreciable, pudieron abrigar la opinión de que alguien haya de ser juzgado no según los méritos que tuvo mientras estuvo en el cuerpo, sino según los méritos que habría tenido si hubiera vivido más tiempo en el cuerpo; y no me atrevería a creer que existieran tales hombres, si pudiera aventurarme a no creeros a vosotros. Pero espero que Dios intervendrá, de modo que cuando sean amonestados perciban al punto que, si aquellos pecados que, como se dice, habrían existido, pueden ser justamente castigados por el juicio de Dios en los no bautizados, también pueden ser justamente perdonados por la gracia de Dios en los bautizados. Porque quien dice que los pecados futuros solo pueden ser castigados por el juicio de Dios, pero no pueden ser perdonados por la misericordia de Dios, debe considerar cuán grande injuria hace a Dios y a su gracia; como si el pecado futuro pudiera ser preconocido y no pudiera ser perdonado de antemano. Y si esto es absurdo, tanto mayor razón hay para que se preste ayuda a quienes serían pecadores si vivieran más tiempo, cuando mueren en edad temprana, por medio de aquel lavacro en el cual se lavan los pecados.

    Capítulo 25 [XIII.]— Posiblemente los infantes bautizados se habrían arrepentido si hubieran vivido, y los no bautizados no

    Cap. 25

    Pero si acaso dicen que los pecados son perdonados de nuevo a los penitentes, y que los que mueren en la infancia no son bautizados porque se les conoce de antemano como tales que no se arrepentirían si vivieran, mientras que Dios ha conocido de antemano que los que son bautizados y mueren en la infancia se habrían arrepentido si hubieran vivido, observen y vean que, si así fuera, en este caso no son los pecados originales los que se castigan en los infantes que mueren sin bautismo, sino los que habrían sido los pecados de cada uno si hubiera vivido; y también en los infantes bautizados, que no son los pecados originales los que se lavan, sino sus propios pecados futuros si vivieran, puesto que no podrían pecar sino en edad más madura; sino que algunos fueron previstos como tales que se arrepentirían, y otros como tales que no se arrepentirían, por lo cual algunos fueron bautizados y otros salieron de esta vida sin bautismo. Si los pelagianos se atrevieran a decir esto, con su negación del pecado original se verían así libres de la necesidad de buscar, en favor de los infantes fuera del reino de Dios, algún lugar de no sé qué felicidad propia; sobre todo porque están convencidos de que no pueden tener vida eterna porque no han comido la carne ni bebido la sangre de Cristo; y porque en ellos, que no tienen pecado alguno, el bautismo, que se da para la remisión de los pecados, queda falsificado. Pues pasarían a decir que no hay pecado original, sino que los que son liberados como infantes son bautizados o no bautizados según sus méritos futuros si vivieran, y que según sus méritos futuros reciben o no reciben el cuerpo y la sangre de Cristo, sin los cuales absolutamente no pueden tener vida; y son bautizados para la verdadera remisión de los pecados, aunque no heredaron pecado alguno de Adán, porque se les perdonan los pecados respecto de los cuales Dios conoció de antemano que se arrepentirían. Así, con la mayor facilidad defenderían y ganarían su causa, en la que niegan que exista pecado original alguno y sostienen que la gracia de Dios solo se da según nuestros méritos. Pero que los méritos futuros de los hombres, méritos que jamás llegarán a existir, están fuera de toda duda de que no son méritos en absoluto, es ciertamente facilísimo de ver; por esta razón ni siquiera los pelagianos pudieron decir esto; y mucho menos deberían decirlo estos. Pues no puede decirse con cuánto dolor encuentro que quienes con nosotros, con autoridad católica, condenan el error de aquellos herejes no han visto esto, que los propios pelagianos han visto como falsísimo y absurdo.

    Capítulo 26 [XIV]— Referencia al Tratado de Cipriano «Sobre la mortalidad»

    Cap. 26

    Cipriano escribió una obra Sobre la mortalidad, conocida con aprobación por muchos y casi todos los que aman la literatura eclesiástica, en la que dice que la muerte no solo no es desventajosa para los creyentes, sino que incluso se halla que es ventajosa, porque aparta a los hombres de los riesgos de pecar y los establece en una seguridad de no pecar. Pero ¿dónde está la ventaja de esto, si incluso los pecados futuros que no se han cometido son castigados? Sin embargo, argumenta copiosísimamente y bien que los riesgos de pecar no faltan en esta vida, y que no continúan después de acabada esta vida; donde también aduce aquel testimonio del libro de la Sabiduría: «Fue arrebatado, para que la maldad no alterase su entendimiento» []. Y esto también fue aducido por mí, aunque dijisteis que aquellos hermanos vuestros lo habían rechazado por no haber sido tomado de un libro canónico; como si, aun dejando de lado la atestación de este libro, no fuera clara la cosa misma que yo quería que se enseñase de allí. Pues ¿qué cristiano se atrevería a negar que el justo, si fuera arrebatado prematuramente por la muerte, estará en reposo? Dígalo quien quiera, y ¿qué hombre de fe sana pensará que puede resistirlo? Además, si dijera que el justo, si se apartara de su justicia en la que ha vivido mucho tiempo, y muriera en aquella impiedad después de haber vivido en ella, no digo un año, sino un día, irá de aquí al castigo debido a los impíos, sin que su justicia tenga poder alguno en el futuro para aprovecharle, ¿contradirá algún creyente esta verdad evidente? Además, si se nos pregunta si, de haber muerto entonces en el tiempo en que era justo, habría incurrido en castigo o en reposo, ¿dudaremos en responder: reposo? Esta es toda la razón por la que se dice —quienquiera que lo diga— «Fue arrebatado, para que la maldad no alterase su entendimiento». Pues se dijo con referencia a los riesgos de esta vida, no con referencia a la presciencia de Dios, que conoció de antemano lo que había de ser, no lo que no había de ser; es decir, que le otorgaría una muerte prematura para que fuera apartado de la incertidumbre de las tentaciones; no que él hubiera de pecar, ya que no había de permanecer en la tentación. Porque, acerca de esta vida, leemos en el libro de Job: «¿No es la vida del hombre sobre la tierra una tentación?» []. Pero por qué se concede a algunos ser apartados de los peligros de esta vida mientras son justos, mientras que otros que son justos hasta que caen de la justicia son guardados en los mismos riesgos en una vida más prolongada — ¿quién conoció la mente del Señor? Y sin embargo, se permite entender de esto que aun aquellos justos que mantienen caracteres buenos y piadosos, hasta la madurez de la vejez y hasta el último día de esta vida, no deben gloriarse en sus propios méritos, sino en el Señor; porque Aquel que apartó al justo de la brevedad de la vida, para que la maldad no alterase su entendimiento, Él mismo guarda al justo en cualquier largura de vida, para que la maldad no altere su entendimiento. Pero por qué habría guardado aquí al justo para que cayera, cuando pudo retirarlo antes — sus juicios, aunque absolutamente justos, son, sin embargo, insondables.

    Capítulo 27.— El libro de la Sabiduría obtiene en la Iglesia la autoridad de Escritura canónica

    Cap. 27

    Y puesto que estas cosas son así, no debe rechazarse el juicio del libro de la Sabiduría, ya que durante tan largo curso de años ese libro ha merecido ser leído en la Iglesia de Cristo desde el estrado de los lectores de la Iglesia de Cristo, y ser oído por todos los cristianos, desde los obispos hasta los más humildes fieles laicos, penitentes y catecúmenos, con la veneración que se tributa a la autoridad divina. Porque ciertamente, si de aquellos que me han precedido en el comentario de las divinas Escrituras presentase yo una defensa de este juicio, que ahora se nos pide defender con más cuidado y abundancia de lo acostumbrado contra el nuevo error de los pelagianos — es decir, que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, y que se da gratuitamente a quien se da, porque no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia; y que, en cambio, por justo juicio no se da a quien no se da, porque no hay injusticia en Dios—; si, pues, presentase una defensa de esta opinión a partir de los comentaristas católicos de los divinos oráculos que nos han precedido, ciertamente estos hermanos por cuya causa hablo ahora asentirían, como lo habéis insinuado en vuestras cartas. ¿Qué necesidad hay, entonces, de examinar los escritos de aquellos que, antes de que brotara esta herejía, no tuvieron necesidad de versarse en una cuestión tan difícil de resolver como ésta, cosa que sin duda habrían hecho si se hubieran visto obligados a responder a tales cosas? De ahí provino que tocaron brevemente y de pasada lo que pensaban de la gracia de Dios en algunos pasajes de sus escritos; en cambio, en aquellas materias que discutieron contra los enemigos de la Iglesia, y en las exhortaciones a toda virtud con que servir al Dios vivo y verdadero para alcanzar la vida eterna y la verdadera felicidad, se extendieron largamente. Pero lo que la gracia de Dios podía hacer se muestra sencillamente por su mención frecuente en las oraciones; pues lo que Dios manda hacer no se pediría a Dios si no pudiera ser dado por Él para que se haga.

    Capítulo 28.— Tratado de Cipriano «Sobre la mortalidad.»

    Cap. 28

    Pero si alguno desea instruirse en las opiniones de quienes han tratado el asunto, conviene que anteponga a todos los comentaristas el libro de la Sabiduría, donde se lee: «fue arrebatado para que la maldad no alterase su entendimiento;» porque ilustres comentaristas, aun en los tiempos más cercanos a los apóstoles, lo antepusieron a sí mismos, pues cuando lo usaban como testimonio creían no usar sino un testimonio divino; y ciertamente consta que el bienaventuradísimo Cipriano, para encomiar la ventaja de una muerte más temprana, sostuvo que quienes terminan esta vida, en la cual es posible el pecado, son arrebatados de los riesgos de los pecados. En el mismo tratado, entre otras cosas, dice: «¿Por qué, cuando estás a punto de estar con Cristo y estás seguro de la promesa divina, no abrazas el ser llamado a Cristo y te gozas de verte libre del diablo?» Y en otro lugar dice: «Los niños escapan al peligro de su edad inestable.» Y de nuevo, en otro lugar, dice: «¿Por qué no nos apresuramos y corremos, para ver nuestra patria, para saludar a nuestros parientes? Un gran número de los que nos son queridos nos esperan allí: una densa y abundante muchedumbre de padres, hermanos, hijos, nos anhelan; ya seguros de su propia salvación, pero todavía solícitos por la nuestra.» Con estos y semejantes sentimientos, aquel maestro testifica suficiente y claramente, a la luz clarísima de la fe católica, que los peligros del pecado y las pruebas han de temerse incluso hasta el despojo de este cuerpo, pero que después nadie padecerá tales cosas. Y aunque no testificara así, ¿cuándo podría dudar en este asunto cualquier clase de cristiano? ¿Cómo, pues, no habría de ser de provecho para un hombre que ha caído, y que termina miserablemente su vida en ese mismo estado de caída, y pasa al castigo debido a los tales —cómo, digo, no habría de ser de la mayor y más alta ventaja para ese tal ser arrebatado por la muerte de esta esfera de tentaciones antes de su caída?
    Comentario editorial · «Fue arrebatado»: Sabiduría 4:11 y Cipriano
    Agustín apoya su lectura en el libro de la Sabiduría, cuyo testimonio, según el argumento del libro I, rechazaban sus adversarios por no canónico, y responde con el uso de la Iglesia: se lee desde el estrado de los lectores y todos lo oyen con la veneración debida a la autoridad divina (Cap. 27). «Fue arrebatado para que la maldad no alterase su entendimiento» es ; Cipriano lo cita en Sobre la mortalidad (§ 23), el tratado al que remite Agustín. Según Wikipedia, el libro figura como canónico en las listas del Sínodo de Hipona (393) y de los concilios de Cartago (397 y 419); la mayor parte del protestantismo lo cuenta hoy entre los apócrifos.

    Capítulo 29.— El trato de Dios no depende de ningún mérito contingente de los hombres

    Cap. 29

    Y así, a menos que nos entreguemos a disputas temerarias, toda la cuestión queda concluida respecto de aquel que es arrebatado para que la maldad no altere su entendimiento. Y el libro de la Sabiduría, que durante tan larga serie de años ha merecido ser leído en la Iglesia de Cristo, y en el cual se lee esto, no debe sufrir injusticia porque se opone a quienes yerran en favor del mérito de los hombres, hasta ponerse en contra de la gracia más manifiesta de Dios; y esta gracia aparece principalmente en los niños, y mientras algunos de éstos, bautizados, y otros no bautizados, llegan al fin de esta vida, señalan suficientemente la misericordia de Dios y su juicio: su misericordia, ciertamente, gratuita; su juicio, de deuda. Porque si los hombres hubieran de ser juzgados según los méritos de su vida, méritos que la muerte les impidió tener de hecho, pero que habrían tenido si hubieran vivido, no sería de provecho para aquel que es arrebatado para que la maldad no altere su entendimiento; no sería de provecho para quienes mueren en estado de caída si murieran antes. Y esto ningún cristiano se atreverá a decirlo. Por lo cual nuestros hermanos, que con nosotros asaltan en favor de la fe católica la peste del error pelagiano, no deben favorecer hasta tal punto la opinión pelagiana, en la que conciben que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, que intenten (lo que no pueden atreverse) invalidar un sentimiento verdadero, clara y antiguamente cristiano — «fue arrebatado para que la maldad no alterase su entendimiento;» — y edificar aquello que deberíamos pensar, no digo que nadie lo creería, sino que nadie lo soñaría: a saber, que cualquier persona difunta sería juzgada según aquellas cosas que habría hecho si hubiera vivido por más tiempo. Ciertamente así se manifiesta con claridad que es incontestable lo que decimos: que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos; de modo que los hombres ingeniosos que contradicen esta verdad se ven obligados a decir cosas que deben ser rechazadas de los oídos y de los pensamientos de todos los hombres.

    Capítulo 30 [XV.]— El ejemplo más ilustre de predestinación es Cristo Jesús

    Cap. 30

    Además, la Luz más ilustre de la predestinación y de la gracia es el Salvador mismo, el Mediador mismo entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Y, por favor, ¿por qué méritos precedentes propios, ya de obras ya de fe, la naturaleza humana que hay en Él se procuró para sí el ser esto? Que se responda a esto, lo ruego. Aquel hombre, ¿de dónde mereció esto: ser asumido por el Verbo coeterno con el Padre en la unidad de persona y ser el Hijo unigénito de Dios? ¿Fue porque en Él precedió alguna bondad? ¿Qué hizo antes? ¿Qué creyó? ¿Qué pidió para alcanzar esta inefable excelencia? ¿No fue por el acto y la asunción del Verbo como aquel hombre, desde el momento en que comenzó a ser, comenzó a ser el único Hijo de Dios? ¿No concibió aquella mujer, llena de gracia, al Hijo único de Dios? ¿No nació Él, Hijo único de Dios, del Espíritu Santo y de la Virgen María, no por el deseo de la carne, sino por don peculiar de Dios? ¿Era de temer que, al madurar la edad de este hombre, pecara por libre albedrío? ¿O acaso por eso no era libre en Él la voluntad? ¿Y no era tanto más libre cuanto mayor era la imposibilidad de que se hiciera siervo del pecado? Ciertamente, en Él la naturaleza humana —esto es, la nuestra— recibió especialmente todos aquellos dones especialmente admirables, y cualquier otro que con toda verdad pueda decirse que le es propio, sin ningún mérito precedente suyo. Responda aquí a Dios el hombre si se atreve, y diga: ¿Por qué no yo también? Y si oyera: «Oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios?» [Romanos 9:10] no se contenga en este punto, sino aumente su desvergüenza y diga: «¿Cómo es que oigo: "¿Quién eres tú, oh hombre?", siendo que soy lo que oigo —esto es, un hombre—, y Aquel de quien hablo no es sino lo mismo? ¿Por qué no he de ser yo también lo que Él es? Pues es por gracia por lo que Él es tal y tan grande; ¿por qué ha de ser distinta la gracia cuando la naturaleza es común? Ciertamente, no hay acepción de personas en Dios.» Digo yo: no qué cristiano, sino qué loco dirá esto.

    Capítulo 31.— Cristo predestinado a ser Hijo de Dios

    Cap. 31

    Por tanto, en Aquel que es nuestra Cabeza, aparezca la fuente misma de la gracia, de donde, según la medida de cada hombre, se difunde por todos sus miembros. Por aquella gracia todo hombre se hace cristiano desde el comienzo de su fe, por la cual gracia aquel único hombre desde su comienzo llegó a ser Cristo. Del mismo Espíritu también renace aquél, del cual nació éste. Por el mismo Espíritu se realiza en nosotros la remisión de los pecados, por el cual Espíritu se realizó que Él no tuviera pecado. Ciertamente Dios supo de antemano que haría estas cosas. Ésta es, pues, aquella misma predestinación de los santos que muy especialmente resplandeció en el Santo de los santos; y ¿quién hay entre los que entienden rectamente las declaraciones de la verdad que pueda negar esta predestinación? Pues hemos aprendido que el Señor mismo de la gloria fue predestinado en cuanto aquel hombre fue hecho Hijo de Dios. El maestro de los gentiles exclama, al comienzo de sus epístolas: «Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol, apartado para el evangelio de Dios (que Él había prometido antes por sus profetas en las Santas Escrituras), acerca de su Hijo, que fue hecho del linaje de David según la carne, que fue predestinado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santificación, por la resurrección de los muertos.» Por tanto, Jesús fue predestinado para que Aquel que había de ser Hijo de David según la carne fuera, sin embargo, Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santificación, porque nació del Espíritu Santo y de la Virgen María. Ésta es aquella inefable y única asunción del hombre por Dios Verbo, para que verdadera y propiamente se le llamara a la vez Hijo de Dios e Hijo del hombre: Hijo del hombre en razón del hombre asumido, e Hijo de Dios en razón del Dios unigénito que lo asumió, de modo que se creyera en una Trinidad y no en una Cuaternidad. Tan grande, tan alta y tan sublime fue predestinada esta traslación de la naturaleza humana, que no había exaltación mayor; así como, en favor nuestro, aquella divinidad no podía humillarse más que asumiendo la naturaleza del hombre con la debilidad de la carne, hasta la muerte de cruz. Por tanto, como aquel único hombre fue predestinado a ser nuestra Cabeza, así nosotros, siendo muchos, somos predestinados a ser sus miembros. Aquí callen los méritos humanos, que perecieron por Adán, y reine aquella gracia de Dios que reina por Jesucristo nuestro Señor, el único Hijo de Dios, el único Señor. Quien pueda hallar en nuestra Cabeza méritos que precedieran a aquella generación peculiar, busque en nosotros, sus miembros, los méritos que precedieran a nuestra múltiple regeneración. Porque aquella generación no fue retribuida a Cristo, sino dada: a saber, que Él naciera del Espíritu y de la Virgen, apartado de todo lazo de pecado. Así también nuestro renacer del agua y del Espíritu no se nos retribuye por ningún mérito, sino que se nos da gratuitamente; y si la fe nos ha llevado al lavado de la regeneración, no debemos por ello suponer que primero hayamos dado algo, de modo que la regeneración de la salvación se nos retribuya de nuevo; porque Él nos hizo creer en Cristo, Él que para nosotros hizo a un Cristo en quien creer. Él hace en los hombres el comienzo y la consumación de la fe en Jesús, Él que hizo al hombre Jesús iniciador y consumador de la fe; [] pues así, como sabéis, se le llama en la epístola dirigida a los Hebreos.

    Capítulo 32 [XVI.]— El doble llamamiento

    Cap. 32

    Dios, ciertamente, llama a muchos hijos suyos predestinados, para hacerlos miembros de su único Hijo predestinado, no con aquel llamamiento con que fueron llamados los que no quisieron venir a las bodas, ya que con ese llamamiento fueron llamados también los judíos, para quienes Cristo crucificado es escándalo, y los gentiles, para quienes Cristo crucificado es necedad; sino con aquel llamamiento con que llama a los predestinados, que el apóstol distinguió cuando dijo que predicaba a Cristo, sabiduría de Dios y poder de Dios, a los llamados, tanto judíos como griegos. Pues así dice: «Mas para los llamados,» [] para mostrar que había algunos que no eran llamados; sabiendo que hay un cierto y seguro llamamiento de los que son llamados según el propósito de Dios, a quienes conoció de antemano y predestinó de antemano a ser conformes a la imagen de su Hijo. Y a este llamamiento se refería cuando dijo: «No por las obras, sino por el que llama; se le dijo: El mayor servirá al menor.» [] ¿Acaso dijo: «No por las obras, sino por el que cree»? Antes bien, quitó esto al hombre, para darlo todo a Dios. Por eso dijo: «Sino por el que llama,» — no con cualquier clase de llamamiento, sino con aquel con que el hombre es hecho creyente.

    Capítulo 33.— Está en poder de los malvados pecar; pero el hacer esto o aquello por medio de esa maldad está únicamente en el poder de Dios

    Cap. 33

    Además, era esto lo que tenía en vista cuando dijo: «los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento.» [] Y en esa sentencia considerad también un poco cuál era su intención. Pues cuando había dicho: «Porque no quiero, hermanos, que ignoréis este misterio, para que no seáis sabios en vuestra propia opinión: que el endurecimiento ha sobrevenido en parte a Israel, hasta que entre la plenitud de los gentiles; y así todo Israel será salvo; como está escrito: Vendrá de Sión el Libertador, que apartará de Jacob la impiedad; y éste será mi pacto con ellos, cuando quite yo sus pecados;» añadió inmediatamente, lo que ha de entenderse con muchísimo cuidado: «Así que, en cuanto al evangelio, son enemigos por causa de vosotros; pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.» [] ¿Qué significa: «en cuanto al evangelio, ciertamente, son enemigos por causa vuestra,» sino que su enemistad, con la que dieron muerte a Cristo, fue sin duda, como vemos, una ventaja para el evangelio? Y muestra que esto sucedió por disposición de Dios, que supo hacer buen uso incluso de las cosas malas; no para que los vasos de ira le fueran de provecho a Él, sino para que, por su propio buen uso de ellos, fueran de provecho a los vasos de misericordia. Pues ¿qué podría decirse más claramente que lo que se dice: «En cuanto al evangelio, ciertamente, son enemigos por causa vuestra»? Está, por tanto, en poder de los malvados el pecar; pero que, pecando, hagan esto o aquello por medio de esa maldad no está en su poder, sino en el de Dios, que divide las tinieblas y las regula; de modo que aun lo que hacen contra la voluntad de Dios no se cumple sino por la voluntad de Dios. Leemos en los Hechos de los Apóstoles que, cuando los apóstoles fueron despedidos por los judíos y acudieron a los suyos, y les contaron cuán grandes cosas les dijeron los sacerdotes y los ancianos, todos a una voz alzaron la voz al Señor y dijeron: «Señor, tú eres Dios, que hiciste el cielo, la tierra, el mar y todo lo que en ellos hay; que por boca de nuestro padre David, tu santo siervo, dijiste: ¿Por qué se amotinaron las gentes, y los pueblos pensaron cosas vanas? Se levantaron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron contra el Señor y contra su Cristo. Porque en verdad se han reunido en esta ciudad contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Pilato, y el pueblo de Israel, para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían predestinado que se hiciera.» Ved lo que se dice: «En cuanto al evangelio, ciertamente, son enemigos por causa vuestra.» Porque la mano y el consejo de Dios predestinaron que los judíos hostiles hicieran aquellas cosas que eran necesarias para el evangelio, por causa nuestra. Pero ¿qué es lo que sigue? «Mas en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres.» Pues aquellos enemigos que perecieron en su enemistad, y los del mismo pueblo que aún perecen en su oposición a Cristo, ¿son acaso los elegidos y amados? ¡Lejos tal pensamiento! ¿Quién hay tan absolutamente necio como para decir esto? Pero ambas expresiones, aunque contrarias entre sí — esto es, «enemigos» y «amados» —, son apropiadas, aunque no a los mismos hombres, sí al mismo pueblo judío y a la misma descendencia carnal de Israel, del cual algunos pertenecían a la caída y algunos a la bendición del mismo Israel. Pues el apóstol explicó antes este sentido más claramente cuando dijo: «Lo que buscaba Israel, no lo ha alcanzado; pero la elección lo ha alcanzado, y los demás fueron endurecidos.» [] Sin embargo, en ambos casos se trataba del mismísimo Israel. Por tanto, donde oímos: «Israel no lo ha alcanzado,» o: «Los demás fueron endurecidos,» allí han de entenderse los enemigos por causa nuestra; pero donde oímos: «la elección lo ha alcanzado,» allí han de entenderse los amados por causa de los padres, a cuyos padres ciertamente se prometieron aquellas cosas; porque «las promesas fueron hechas a Abraham y a su simiente,» [] de donde también en aquel olivo se injerta el olivo silvestre de los gentiles. Ahora bien, después ciertamente debemos adherirnos a la elección, de la cual dice que es según la gracia, no según la deuda, porque «se ha hecho un resto por la elección de la gracia.» [] Esta elección lo alcanzó, quedando los demás endurecidos. En cuanto a esta elección, los israelitas eran amados por causa de sus padres. Pues no fueron llamados con aquel llamamiento del que se dice: «Muchos son llamados,» sino con aquel por el cual son llamados los elegidos. De donde también, después de haber dicho: «Pero en cuanto a la elección, son amados por causa de los padres,» pasó a añadir aquellas palabras de donde surgió esta discusión: «Porque los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento,» — es decir, están firmemente establecidos sin cambio. Los que pertenecen a este llamamiento son todos enseñables de Dios; y ninguno de ellos puede decir: «Creí para ser llamado así,» porque la misericordia de Dios le salió al encuentro, porque fue llamado así para que creyera. Pues todos los que son enseñables de Dios vienen al Hijo, porque han oído y aprendido del Padre por medio del Hijo, que clarísimamente dice: «Todo aquel que oyó al Padre, y aprendió, viene a mí.» [] Pero de éstos ninguno perece, porque «de todo lo que el Padre me da, no perderé yo nada.» [] Todo el que, por tanto, es de éstos no perece en absoluto; ni ninguno que perece fue jamás de éstos. Por lo cual se dice: «Salieron de entre nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían ciertamente permanecido con nosotros.» []

    Capítulo 34 [XVII.]— El llamamiento especial de los elegidos no es porque ellos hayan creído, sino para que crean

    Cap. 34

    Entendamos, pues, el llamamiento por el cual llegan a ser elegidos: no son elegidos porque hayan creído, sino que son elegidos para que crean. Pues el Señor mismo explica suficientemente este llamamiento cuando dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.» [] Porque si hubieran sido elegidos porque habían creído, ciertamente ellos mismos lo habrían elegido primero a Él creyendo en Él, para merecer ser elegidos. Pero Él quita por completo esa suposición cuando dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.» Y sin embargo, ellos mismos, sin duda, lo eligieron a Él cuando creyeron en Él. Por lo cual, no por otra razón dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros,» sino porque ellos no lo eligieron a Él para que Él los eligiera a ellos, sino que Él los eligió a ellos para que ellos lo eligieran a Él; porque su misericordia los precedió según la gracia, no según la deuda. Por tanto, los eligió del mundo mientras llevaba carne, pero como a aquellos que ya estaban elegidos en Él mismo antes de la fundación del mundo. Esta es la verdad inmutable acerca de la predestinación y la gracia. Pues ¿qué es lo que dice el apóstol: «Así como nos eligió en Él mismo antes de la fundación del mundo»? [] Y ciertamente, si esto se dijera porque Dios preconoció que ellos creerían, no porque Él mismo los haría creyentes, el Hijo habla contra tal presciencia cuando dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros;» cuando Dios más bien debería haber preconocido esto mismo: que ellos mismos lo habrían elegido a Él, para merecer ser elegidos por Él. Por tanto, fueron elegidos antes de la fundación del mundo con aquella predestinación en la que Dios preconoció lo que Él mismo haría; pero fueron elegidos del mundo con aquel llamamiento por el cual Dios cumplió lo que predestinó. Porque a los que predestinó, a esos también llamó, con aquel llamamiento, a saber, el que es según el propósito. No a otros, por tanto, sino a aquellos que predestinó, a esos también llamó; ni a otros, sino a aquellos que así llamó, a esos también justificó; ni a otros, sino a aquellos que predestinó, llamó y justificó, a esos también glorificó; ciertamente para aquel fin que no tiene fin. Por tanto, Dios eligió a los creyentes; pero los eligió para que fueran así, no porque ya fueran así. El apóstol Santiago dice: «¿No eligió Dios a los pobres de este mundo, ricos en fe y herederos del reino que Dios ha prometido a los que le aman?» [] Al elegirlos, por tanto, los hace ricos en fe, como los hace herederos del reino; porque con razón se dice que elige en ellos aquello que, para hacerlo en ellos, los eligió. Pregunto: ¿quién puede oír al Señor decir: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros,» y atreverse a decir que los hombres creen para ser elegidos, cuando más bien son elegidos para creer; no sea que, contra el juicio de la verdad, se encuentre que ellos han elegido primero a Cristo, a quien Cristo dice: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros»? [Juan 16:16]

    Capítulo 35 [XVIII.]— La elección es para la santidad

    Cap. 35

    ¿Quién puede oír al apóstol decir: «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos en Cristo; así como nos eligió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia; en amor, predestinándonos a la adopción de hijos por Jesucristo para sí, según el beneplácito de su voluntad, con el cual nos mostró su favor en su Hijo amado; en quien tenemos redención por su sangre, la remisión de los pecados según las riquezas de su gracia, que ha abundado para con nosotros en toda sabiduría y prudencia; para darnos a conocer el misterio de su voluntad según su beneplácito, que se propuso en sí mismo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, para restaurar todas las cosas en Cristo, las que están en los cielos y las que están en la tierra, en Él; en quien también nosotros hemos obtenido una parte, siendo predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad, para que seamos para alabanza de su gloria;»— ¿quién, digo, puede oír estas palabras con atención e inteligencia, y atreverse a dudar de una verdad tan clara como la que defendemos? Dios eligió a los miembros de Cristo en Él antes de la fundación del mundo; ¿y cómo habría de elegir a los que todavía no existían, sino predestinándolos? Por tanto, nos eligió predestinándonos. ¿Elegiría a los impuros e inmundos? Ahora bien, si se propone la cuestión de si elegiría a tales, o más bien a los santos y sin mancha, ¿quién puede preguntar cuál de estas respuestas dar, y no dar su opinión al punto en favor de los santos y puros?

    Capítulo 36.— Dios eligió a los justos; no a aquellos que previó que serían justos por sí mismos, sino a aquellos que predestinó para hacerlos tales

    Cap. 36

    Por tanto,» dice el pelagiano, «preconoció quiénes serían santos e inmaculados por la elección del libre albedrío, y por eso los eligió antes de la fundación del mundo en aquella misma presciencia suya, en la que preconoció que serían tales. Por tanto, Él los eligió,» dice, «antes de que existieran, predestinándolos a ser hijos a los que preconoció que serían santos e inmaculados. Ciertamente Él no los hizo tales; ni previó que Él los haría tales, sino que ellos serían tales.» Examinemos, pues, las palabras del apóstol y veamos si nos eligió antes de la fundación del mundo porque íbamos a ser santos e inmaculados, o para que lo fuéramos. «Bendito,» dice, «sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los cielos en Cristo; así como nos eligió en Él mismo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados.» [] No, por tanto, porque íbamos a ser tales, sino para que lo fuéramos. Ciertamente es seguro — ciertamente es manifiesto. Ciertamente habíamos de ser tales por la razón de que Él nos eligió, predestinándonos a ser tales por su gracia. Por tanto, nos bendijo con bendición espiritual en los cielos en Cristo Jesús, así como nos eligió en Él antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, a fin de que no nos gloriásemos, en tan grande beneficio de la gracia, acerca del beneplácito de nuestra voluntad. «Con el cual,» dice, «nos mostró su favor en su Hijo amado,» — con el cual, ciertamente, su propia voluntad, nos mostró favor. Así, se dice, nos ha mostrado gracia por gracia, así como se dice, nos ha hecho justos por justicia. «En quien,» dice, «tenemos redención por su sangre, el perdón de los pecados, según las riquezas de su gracia, que ha abundado para con nosotros en toda sabiduría y prudencia; para darnos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito.» En este misterio de su voluntad, puso las riquezas de su gracia, según su beneplácito, no según el nuestro, el cual no podría ser bueno a menos que Él mismo, según su propio beneplácito, lo ayudara a llegar a serlo. Pero cuando había dicho: «Según su beneplácito,» añadió: «que se propuso en Él,» es decir, en su Hijo amado, «en la dispensación del cumplimiento de los tiempos para restaurar todas las cosas en Cristo, las que están en los cielos y las que están en la tierra, en Él; en quien también nosotros hemos obtenido una herencia, siendo predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas según el consejo de su voluntad; para que seamos para alabanza de su gloria.

    Capítulo 37.— Fuimos elegidos y predestinados, no porque íbamos a ser santos, sino para que lo fuéramos

    Cap. 37

    Sería demasiado tedioso argumentar sobre los distintos puntos. Pero veis sin duda, veis con qué evidencia de declaración apostólica se defiende esta gracia, contra la cual se oponen los méritos humanos, como si el hombre debiera dar primero algo para que se le recompensara de nuevo. Por tanto, Dios nos eligió en Cristo antes de la fundación del mundo, predestinándonos a la adopción de hijos, no porque íbamos a ser por nosotros mismos santos e inmaculados, sino que Él nos eligió y predestinó para que lo fuéramos. Además, hizo esto según el beneplácito de su voluntad, para que nadie se gloríe acerca de su propia voluntad, sino acerca de la voluntad de Dios para con él. Hizo esto según las riquezas de su gracia, según su beneplácito, que se propuso en su Hijo amado; en quien hemos obtenido una herencia, siendo predestinados según el propósito, no el nuestro, sino el suyo, que obra todas las cosas hasta tal punto que obra en nosotros también el querer. Además, obra según el consejo de su voluntad, para que seamos para alabanza de su gloria. [] Por esta razón clamamos que nadie se gloríe en el hombre, y, por tanto, no en sí mismo; sino que el que se gloria, glórese en el Señor, para que sea para alabanza de su gloria. Porque Él mismo obra según su propósito para que seamos para alabanza de su gloria, y, por supuesto, santos e inmaculados, para cuyo fin nos llamó, predestinándonos antes de la fundación del mundo. De este su propósito procede aquel llamamiento especial de los elegidos para quienes Él coopera en todas las cosas para bien, porque son llamados según su propósito, y «los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento.» []

    Capítulo 38 [XIX.]— Cuál es la opinión de los pelagianos y cuál la de los semipelagianos acerca de la predestinación

    Cap. 38

    Pero estos hermanos nuestros, acerca de quienes y en favor de quienes ahora tratamos, dicen, quizá, que los pelagianos son refutados por este testimonio en el que se dice que somos elegidos en Cristo y predestinados antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia en amor. Pues piensan que «habiendo recibido los mandamientos de Dios, nosotros por nosotros mismos, por la elección de nuestro libre albedrío, nos hacemos santos e inmaculados en su presencia en amor; y puesto que Dios previó que esto sería así,» dicen, «por tanto, Él nos eligió y predestinó en Cristo antes de la fundación del mundo.» Aunque el apóstol dice que no fue porque Él preconoció que seríamos tales, sino para que fuéramos tales por la misma elección de su gracia, con la cual nos mostró su favor en su Hijo amado. Por tanto, cuando nos predestinó, preconoció su propia obra por la cual nos hace santos e inmaculados. De donde el error pelagiano es refutado con razón por este testimonio. «Pero nosotros decimos», dicen, «que Dios no preconoció nada como nuestro sino aquella fe por la cual comenzamos a creer, y que Él nos eligió y predestinó antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e inmaculados por su gracia y por su obra.» Pero oigan también en este testimonio las palabras donde dice: «Hemos obtenido una herencia, siendo predestinados según el propósito de aquel que obra todas las cosas.» [] Él, por tanto, obra el comienzo de nuestra fe, Él que obra todas las cosas; porque la fe misma no precede aquel llamamiento del cual se dice: «Pues los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento;» [] y del cual se dice: «No por las obras, sino por el que llama» [] (aunque podría haber dicho, «por el que cree»); y la elección que el Señor significó cuando dijo: «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.» [] Porque Él nos eligió, no porque creyéramos, sino para que creyéramos, no sea que se diga que nosotros lo elegimos primero, y así su palabra sea falsa (lo cual esté lejos de nosotros considerarlo posible): «No me elegisteis vosotros a mí, sino que yo os elegí a vosotros.» Ni tampoco somos llamados porque creímos, sino para que creamos; y por aquel llamamiento que es sin arrepentimiento se efectúa y se lleva a cabo que creamos. Pero no es necesario repetir todas las muchas cosas que hemos dicho acerca de este asunto.

    Capítulo 39— El inicio de la fe es don de Dios

    Cap. 39

    Finalmente, también en lo que sigue a este testimonio, el apóstol da gracias a Dios a favor de los que han creído — no, ciertamente, porque el evangelio les haya sido anunciado, sino porque han creído. Pues dice: «En quien también vosotros, después de haber oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación; en quien también, después de haber creído, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, el cual es la prenda de nuestra herencia, para la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria. Por lo cual también yo, después de haber oído de vuestra fe en Cristo Jesús y con referencia a todos los santos, no ceso de dar gracias por vosotros.» Su fe era nueva y reciente al predicárseles el evangelio; y al oír el apóstol de esa fe, da gracias a Dios por ellos. Si diera gracias al hombre por aquello que, o pensara o supiera que no lo había dado el hombre, se llamaría adulación o burla, más bien que acción de gracias. «No erréis, pues Dios no puede ser burlado;» [] porque también el inicio de la fe es don suyo, a menos que se juzgue con razón que la acción de gracias apostólica es equivocada o falaz. ¿Qué, pues? ¿No aparece aquello como el inicio de la fe de los tesalonicenses, por el cual, sin embargo, el mismo apóstol da gracias a Dios cuando dice: «Por esta causa también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, porque cuando recibisteis de nosotros la palabra que oísteis de Dios, la recibisteis no como palabra de hombres, sino como lo que es en verdad, la palabra de Dios, la cual obra eficazmente en vosotros los que creéis»? [] ¿Qué es aquello por lo cual aquí da gracias a Dios? Ciertamente es cosa vana e inútil si Aquel a quien da gracias no hizo Él mismo la cosa. Pero, puesto que no es cosa vana e inútil, ciertamente Dios, a quien dio gracias acerca de esta obra, la hizo Él mismo; para que cuando recibieron la palabra que oyeron de Dios, la recibieran no como palabra de hombres, sino como lo que es en verdad la palabra de Dios. Por tanto, Dios obra en los corazones de los hombres con aquel llamamiento según su propósito, del cual hemos hablado mucho, para que no oigan el evangelio en vano, sino que, al oírlo, se conviertan y crean, recibiéndolo no como palabra de hombres, sino como lo que es en verdad la palabra de Dios.

    Capítulo 40 [XX.]— Testimonio apostólico de que el inicio de la fe es don de Dios

    Cap. 40

    Además, se nos amonesta que el inicio de la fe de los hombres es don de Dios, puesto que el apóstol lo significa cuando, en la Epístola a los Colosenses, dice: «Perseverad en la oración, velando en ella con acción de gracias; orando también al mismo tiempo por nosotros, para que Dios nos abra la puerta de su palabra, a fin de dar a conocer el misterio de Cristo, por el cual también estoy preso, para que lo manifieste como debo hablar.» ¿Cómo se abre la puerta de su palabra, sino cuando se abre el entendimiento del oyente para que crea y, habiendo hecho un comienzo de fe, admita aquellas cosas que se declaran y razonan, con el fin de edificar sana doctrina, no sea que, por un corazón cerrado por la incredulidad, rechace y repela las cosas que se dicen? De donde también dice a los Corintios: «Pero me quedaré en Éfeso hasta Pentecostés; porque se me ha abierto una puerta grande y manifiesta, y hay muchos adversarios.» [] ¿Qué otra cosa puede entenderse aquí, sino que, cuando el evangelio fue predicado allí por él por primera vez, muchos habían creído, y habían aparecido muchos adversarios de la misma fe, conforme a aquella palabra del Señor: «Nadie viene a mí, si no le fuere dado del Padre mío;» [Juan 6:66] y: «A vosotros os es dado conocer los misterios del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado»? [] Por tanto, hay una puerta abierta en aquellos a quienes se les da, pero hay muchos adversarios entre aquellos a quienes no se les da.

    Capítulo 41.— Más testimonios apostólicos

    Cap. 41

    Y de nuevo, el mismo apóstol dice al mismo pueblo, en su segunda Epístola: «Cuando llegué a Tróade para anunciar el evangelio de Cristo, y se me abrió una puerta en el Señor, no tuve reposo en mi espíritu, por no haber hallado a Tito, mi hermano; sino que, despidiéndome de ellos, partí para Macedonia.» [] ¿De quiénes se despidió sino de los que habían creído —esto es, de aquellos en cuyos corazones se abrió la puerta para su predicación del evangelio? Mas atended a lo que añade, diciendo: «Mas a Dios gracias, el cual siempre nos lleva en triunfo en Cristo, y por medio de nosotros manifiesta en todo lugar el olor de su conocimiento; porque somos para Dios grato olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden; a éstos, ciertamente, olor de muerte para muerte, y a aquéllos olor de vida para vida.» Ved por qué da gracias este celosísimo soldado e invencible defensor de la gracia. Ved por qué da gracias: porque los apóstoles son grato olor de Cristo para Dios, tanto en los que se salvan por su gracia, como en los que se pierden por su juicio. Pero para que quienes poco entienden estas cosas se enojen menos, él mismo da una advertencia cuando añade las palabras: «¿Y quién es suficiente para estas cosas?» [] Mas volvamos a la apertura de la puerta con la cual el apóstol significó el inicio de la fe en sus oyentes. Pues ¿qué significa: «orando también al mismo tiempo por nosotros, para que Dios nos abra una puerta para la palabra,» [] sino que es una demostración manifiestísima de que aun el inicio mismo de la fe es don de Dios? Porque no se pediría a Él en oración, si no se creyese que es dado por Él. Este don de la gracia celestial había descendido sobre aquella vendedora de púrpura [] para quien, como dice la Escritura en los Hechos de los Apóstoles, «El Señor le abrió el corazón, y ella atendió a lo que Pablo decía;» porque fue llamada de tal modo para creer. Porque Dios hace lo que quiere en los corazones de los hombres, ya por auxilio, ya por juicio; de modo que, aun por medio de ellos, se cumpla lo que su mano y su consejo han predestinado que se haga.

    Capítulo 42.— Testimonios del Antiguo Testamento

    Cap. 42

    Por tanto, en vano han alegado los contradictores que lo que hemos probado con testimonios de la Escritura tomados de los libros de los Reyes y de las Crónicas no es pertinente al asunto de que estamos tratando: como, por ejemplo, que, cuando Dios quiere que se haga lo que sólo debe hacerse por hombres que lo quieran, los corazones de éstos son inclinados a quererlo —inclinados, es decir, por el poder de Aquel que, de modo maravilloso e inefable, obra en nosotros también el querer. ¿Qué otra cosa es esto sino no decir nada y, sin embargo, contradecir? A no ser, acaso, que hayan dado a vosotros alguna razón para la opinión que han adoptado, razón que vosotros habéis preferido no mencionar en vuestras cartas. Pero cuál pueda ser esa razón, no lo sé. Acaso, puesto que hemos mostrado que Dios ha obrado así en los corazones de los hombres, y ha llevado las voluntades de quienes le plugo al punto de que Saúl o David fuesen establecidos como reyes, ¿piensan que estos ejemplos no son apropiados para este asunto, porque reinar en este mundo temporalmente no es lo mismo que reinar eternamente con Dios? ¿Y así suponen que Dios inclina las voluntades de quienes le place hacia la obtención de reinos terrenales, pero no las inclina hacia la obtención del reino celestial? Pero yo pienso que, en referencia al reino de los cielos, y no a un reino terrenal, se dijo: «Inclina mi corazón a tus testimonios;» o «Por el Señor son ordenados los pasos del hombre, y él aprueba su camino;» o «Del Señor es preparada la voluntad;» o «Que el Señor nuestro Dios esté con nosotros, como estuvo con nuestros padres; que no nos deje ni se aparte de nosotros; que incline hacia sí nuestros corazones, para que andemos en todos sus caminos;» [] o «Les daré un corazón para que me conozcan, y oídos que oigan;» [] o «Les daré otro corazón, y pondré en ellos un espíritu nuevo.» [] Oigan también esto: «Pondré mi Espíritu dentro de vosotros, y haré que andéis en mis estatutos; y guardaréis mis juicios y los cumpliréis.» [] Oigan: «Del Señor son los pasos del hombre; ¿cómo, pues, podrá el hombre entender su camino?» [] Oigan: «Todo camino del hombre es recto en su propia opinión, pero el Señor pesa los corazones.» [] Oigan: «Cuantos estaban ordenados para vida eterna creyeron.» [] Oigan estos pasajes y cualesquiera otros semejantes que no he mencionado, en los cuales se declara que Dios prepara y convierte las voluntades de los hombres, aun para el reino de los cielos y para la vida eterna. Y considerad qué clase de cosa es creer que Dios obra las voluntades de los hombres para fundar reinos terrenales, pero que los hombres obran sus propias voluntades para alcanzar el reino de los cielos.

    Capítulo 43 [XXI.]— Conclusión

    Cap. 43

    He dicho mucho, y, acaso, hace tiempo hubiera podido persuadiros de lo que deseaba; y aún hablo esto a mentes tan inteligentes como si fueran obtusas, a las cuales ni aun lo que es demasiado les basta. Pero perdónenmelo; pues una cuestión nueva me ha obligado a esto. Porque, aunque en mis anteriores trataditos había probado con testimonios bastante apropiados que también la fe es don de Dios, se halló este motivo de contradicción, a saber: que aquellos testimonios servían para mostrar que el aumento de la fe es don de Dios, pero que el inicio de la fe, por el cual el hombre cree primeramente en Cristo, proviene del hombre mismo y no es don de Dios; y que Dios exige esto, para que, habiéndolo precedido, sigan otros dones como en virtud de este mérito, y éstos sí son dones de Dios; y que ninguno de ellos se da gratuitamente, aunque en ellos se declara la gracia de Dios, la cual no es gracia sino por ser gratuita. Y ved cuán absurdo es todo esto. Por lo cual, determiné, en cuanto pude, poner de manifiesto que también este inicio mismo es don de Dios. Y si lo he hecho con mayor extensión de la que acaso desearían aquellos por cuya causa lo hice, estoy dispuesto a ser reprendido por ellos, con tal de que, no obstante, confiesen que, aunque con mayor extensión de la que querían, aunque con disgusto y cansancio de los que entienden, he hecho lo que he hecho: esto es, he enseñado que aun el inicio de la fe, como la continencia, la paciencia, la justicia, la piedad y las demás cosas, sobre las cuales no hay disputa con ellos, es don de Dios. Sea, pues, éste el fin de este tratado, no sea que una extensión excesiva en éste resulte molesta.

    Sobre el don de la perseverancia

    Texto de la fuenteEdición de los Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento del libro II · Argumento
    En la primera parte del libro prueba que la perseverancia por la cual el hombre persevera en Cristo hasta el fin es don de Dios; pues es cosa de burla pedir a Dios lo que no se cree que sea dado por Dios. Además, que en el Padrenuestro apenas se pide otra cosa que la perseverancia, según la exposición del mártir Cipriano, con la cual los enemigos de esta gracia quedaron convictos antes de nacer. Enseña que la gracia de la perseverancia no se da según los méritos de quienes la reciben; sino que a unos se da por la misericordia de Dios, y a otros no se da, por su justo juicio. Que es inescrutable por qué, entre los adultos, uno más bien que otro es llamado; así como también es inescrutable, entre dos niños, por qué uno es tomado y el otro dejado. Pero que es aún más inescrutable por qué, entre dos personas piadosas, a una se le da perseverar y a otra no se le da; pero que es certísimo que aquel es de los predestinados, y éste no. Observa que el misterio de la predestinación se manifiesta en las palabras de nuestro Señor acerca del pueblo de Tiro y de Sidón, los cuales habrían hecho penitencia si se hubieran hecho entre ellos los mismos milagros que se hicieron en Corozaim. Muestra que el caso de los niños tiene fuerza para confirmar la verdad de la predestinación y de la gracia en los mayores; y responde al pasaje de su libro tercero sobre el libre albedrío, aducido sin razón en este punto por sus adversarios. Después, en la segunda parte de esta obra, refuta lo que dicen —a saber, que la definición de la predestinación se opone a la utilidad de la exhortación y de la reprensión. Sostiene, por otra parte, que es provechoso predicar la predestinación, para que el hombre no se gloríe en sí mismo, sino en el Señor. En cuanto a las objeciones, sin embargo, que presentan contra la predestinación, muestra que las mismas objeciones pueden retorcerse de manera no distinta contra la presciencia de Dios o contra aquella gracia que todos convienen en que es necesaria para otros bienes (con excepción del inicio de la fe y de la consumación de la perseverancia). Porque la predestinación de los santos no es otra cosa que la presciencia y preparación de Dios para sus beneficios, por la cual quienes son librados son librados con toda certeza. Pero manda que la predestinación sea predicada de modo armonioso, y no de tal manera que parezca a la multitud no instruida como si fuera refutada por su misma predicación. Finalmente, nos recomienda a Jesucristo, puesto ante nuestros ojos, como el ejemplo más eminente de predestinación.

    Capítulo 1 [I.]— De la naturaleza de la perseverancia de la que aquí se trata

    Cap. 1

    He de considerar ahora el tema de la perseverancia con mayor cuidado; pues también en el libro anterior dije algunas cosas sobre este asunto al tratar del inicio de la fe. Afirmo, por tanto, que la perseverancia por la cual perseveramos en Cristo hasta el fin es don de Dios; y llamo fin aquel con que se termina aquella vida en la cual únicamente hay peligro de caer. Por tanto, es incierto si alguno ha recibido este don mientras aún vive. Porque si cae antes de morir, se dice, por supuesto, que no perseveró; y con toda verdad se dice. ¿Cómo, pues, se ha de decir que recibió o tuvo la perseverancia quien no perseveró? Pues si alguno tiene continencia y se aparta de esa virtud y se hace incontinente —o, del mismo modo, si tiene justicia, paciencia, e incluso fe, y se aparta—, se dice con razón que tuvo esas virtudes y ya no las tiene; porque fue continente, o justo, o paciente, o creyente, mientras lo fue; pero cuando dejó de serlo, ya no es lo que era. Pero ¿cómo ha podido ser perseverante quien no perseveró, si es sólo perseverando como alguien se muestra perseverante —y esto no lo ha hecho? Mas para que nadie objete a esto y diga: Si desde el tiempo en que uno se hizo creyente vivió —por vía de argumento— diez años, y en medio de ellos cayó de la fe, ¿no perseveró durante cinco años? No discuto sobre palabras. Si se piensa que esto también debe llamarse perseverancia, como por el tiempo que dura, ciertamente no ha de decirse que tuvo en grado alguno aquella perseverancia de que ahora tratamos, por la cual uno persevera en Cristo hasta el fin. Y el creyente de un año, o de un período tan breve como pueda concebirse, si ha vivido fielmente hasta morir, ha tenido más bien esta perseverancia que el creyente de muchos años, si poco tiempo antes de su muerte se apartó de la firmeza de su fe.

    Capítulo 2 [II.]— La fe es el comienzo del hombre cristiano. El martirio por causa de Cristo es su mejor fin

    Cap. 2

    Una vez fijado este asunto, veamos si esta perseverancia, de la cual se dijo: «El que persevere hasta el fin, éste será salvo,» [] es don de Dios. Y si no lo es, ¿cómo es verdad aquella sentencia del Apóstol: «A vosotros os es concedido por causa de Cristo, no sólo creer en él, sino también padecer por él»? [] De estas cosas, ciertamente, una se refiere al comienzo y la otra al fin. Sin embargo, cada una es don de Dios, porque se dice que ambas son dadas; como también ya he dicho arriba. Porque ¿qué es más verdaderamente el comienzo para un cristiano que creer en Cristo? ¿Qué fin es mejor que padecer por Cristo? Pero en lo que atañe a creer en Cristo, cualquiera que haya sido la contradicción descubierta, a saber, que no el inicio sino el aumento de la fe debe llamarse don de Dios, a esta opinión, por el don de Dios, he respondido suficientemente y más que suficientemente. Pero ¿qué razón puede darse para que no se dé la perseverancia final en Cristo a aquel a quien se le da padecer por Cristo —o, para hablar con más distinción, a quien se le da morir por Cristo? Pues el apóstol Pedro, mostrando que esto es don de Dios, dice: «Mejor es, si la voluntad de Dios así lo quiere, padecer por hacer bien que por hacer mal.» [] Cuando dice: «Si la voluntad de Dios así lo quiere,» muestra que esto se da por Dios, y no a todos los santos se les concede padecer por causa de Cristo. Pues ciertamente aquellos a quienes la voluntad de Dios no quiere conceder la experiencia y la gloria del padecimiento, no dejan de alcanzar el reino de Dios si perseveran en Cristo hasta el fin. Pero ¿quién puede decir que esta perseverancia no se da a quienes mueren en Cristo por debilidad corporal o por cualquier clase de accidente, aunque se da una perseverancia mucho más difícil a aquellos por quienes se sufre la muerte misma por causa de Cristo? Porque la perseverancia es mucho más difícil cuando el perseguidor se empeña en impedir la perseverancia del hombre; y por eso éste es sostenido en su perseverancia hasta la muerte. Por lo tanto, es más difícil tener la primera perseverancia, y más fácil tener la segunda; pero para Aquel a quien nada es difícil, fácil es dar ambas. Porque Dios ha prometido esto, diciendo: «Pondré mi temor en sus corazones, para que no se aparten de mí.» [] Y ¿qué otra cosa es esto sino: «Tal y tan grande será mi temor que pondré en sus corazones, para que se adhieran a mí perseverantemente»?

    Capítulo 3.— Se le pide a Dios, porque es don suyo

    Cap. 3

    Pero ¿por qué se pide a Dios esa perseverancia, si no es dada por Dios? ¿Es también una petición burlesca aquella con que se pide a Aquel de quien se sabe que no la da, sino que, aunque Él no la da, está en poder del hombre; así como es burla la acción de gracias, si se dan gracias a Dios por aquello que Él no dio ni hizo? Pero lo que allí dije, lo digo también aquí de nuevo: «No os engañéis,» dice el apóstol, «Dios no puede ser burlado.» [Gálatas 6:6] Oh hombre, Dios es testigo no sólo de tus palabras, sino también de tus pensamientos. Si pides algo con verdad y fe a quien es tan rico, cree que recibes de Aquel a quien pides lo que pides. Abstente de honrarlo con los labios y de ensalzarte a ti mismo por encima de Él en tu corazón, creyendo que tienes de ti mismo aquello que finges pedirle. ¿Acaso no se pide de Él esta perseverancia? Quien dice esto no debe ser rebatido con argumentos, sino abrumado con las oraciones de los santos. ¿Hay alguno de éstos que no pida para sí a Dios que persevere en Él, cuando en aquella misma oración que se llama Padrenuestro —porque el Señor la enseñó—, cuando la rezan los santos, apenas se entiende que se pide otra cosa sino la perseverancia?

    Capítulo 4.— Tres puntos capitales de la doctrina pelagiana

    Cap. 4

    Leed con un poco más de atención la exposición que se halla en el tratado del bienaventurado mártir Cipriano, que escribió sobre esta materia, y cuyo título es, Sobre el Padrenuestro; y ved cuántos años antes, y qué especie de antídoto se preparó contra aquellos venenos que los pelagianos habrían de usar un día. Pues son tres los puntos, como sabéis, que la Iglesia católica sostiene principalmente contra ellos. El primero es que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos; porque aun todos y cada uno de los méritos de los justos son don de Dios, y se confieren por la gracia de Dios. El segundo es que nadie vive en este cuerpo corruptible, por justo que sea, sin pecados de alguna clase. El tercero es que el hombre nace sujeto al pecado del primer hombre y atado por la cadena de la condenación, a menos que la culpa que se contrae por la generación sea desatada por la regeneración. De estos tres puntos, el que he colocado en último lugar es el único que no se trata en el libro antes citado del glorioso mártir; pero de los otros dos se discurre allí con tal claridad, que se halla que los antedichos herejes, enemigos modernos de la gracia de Cristo, fueron convictos mucho antes de nacer. Entre estos méritos de los santos, pues, que no son méritos si no son dones de Dios, dice que la perseverancia es también don de Dios, en estas palabras: «Decimos: 'Santificado sea tu nombre'; no que pidamos a Dios que sea santificado por nuestras oraciones, sino que le rogamos que su nombre sea santificado en nosotros. Pero ¿por quién es Dios santificado, puesto que Él mismo santifica? Y bien, porque dice: Sed santos, porque yo soy santo, pedimos y rogamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en aquello que hemos comenzado a ser.» Y un poco después, argumentando todavía sobre esta misma materia, y enseñando que pedimos al Señor la perseverancia, lo cual de ningún modo podríamos hacer recta y verdaderamente si no fuera don suyo, dice: «Oramos para que esta santificación permanezca en nosotros; y porque nuestro Señor y Juez amonesta al hombre que fue sanado y vivificado por Él a no pecar más, no sea que le acontezca algo peor, hacemos esta súplica en nuestras constantes oraciones; pedimos esto, día y noche, que la santificación y vivificación que se recibe de la gracia de Dios sea preservada por su protección.» Ese maestro, por tanto, entiende que pedimos a Él la perseverancia en la santificación, es decir, que perseveremos en la santificación, cuando los que somos santificados decimos: «Santificado sea tu nombre.» Pues ¿qué otra cosa es pedir lo que ya hemos recibido, sino que se nos conceda también no cesar de poseerlo? Así, pues, como el santo, cuando pide a Dios ser santo, ciertamente pide continuar siendo santo; así también ciertamente el casto, cuando pide ser casto; el continente, ser continente; el justo, ser justo; el piadoso, ser piadoso; y cosas semejantes —las cuales, contra los pelagianos, sostenemos que son dones de Dios— piden, sin duda, perseverar en aquellos bienes que han reconocido haber recibido. Y si reciben esto, ciertamente reciben también la perseverancia misma, el gran don de Dios, por el cual se conservan sus demás dones.
    Comentario editorial · Cipriano, «Sobre la oración del Señor»
    Agustín presenta a Cipriano como un testigo anterior a la herejía. De las tres tesis que la Iglesia sostiene contra los pelagianos (la gracia no se da según méritos; nadie vive sin pecado; el hombre nace sujeto al pecado del primer hombre), dice que Cipriano trata las dos primeras en su tratado Sobre el Padrenuestro y no la tercera. La exégesis que cita de «santificado sea tu nombre» entiende la petición como un ruego de perseverar en lo que el bautismo empezó a hacernos; según Warfield, todo el Padrenuestro puede leerse así (Cap. 4–9). Robert Ernest Wallis, que tradujo ese tratado para las Ante-Nicene Fathers, es también el traductor de este libro.

    Capítulo 5.— La segunda petición del Padrenuestro

    Cap. 5

    Cuando decimos: «Venga tu reino,» ¿qué otra cosa pedimos sino que venga también a nosotros lo que no dudamos que vendrá a todos los santos? Y, por tanto, también aquí, ¿qué piden los que ya son santos, sino perseverar en aquella santidad que se les ha dado? Porque de ningún otro modo vendrá a ellos el reino de Dios; el cual es cierto que no vendrá a otros, sino a los que perseveren hasta el fin.

    Capítulo 6 [III.]— La tercera petición. Cómo se entienden el cielo y la tierra en el Padrenuestro

    Cap. 6

    La tercera petición es: «Hágase tu voluntad en el cielo y en la tierra;» o, como se lee en muchos códices y la usan con más frecuencia los orantes, «Como en el cielo, así también en la tierra,» lo cual muchos entienden: «Como los santos ángeles, así también hagamos nosotros tu voluntad.» Pero aquel maestro y mártir quiere que se entiendan por cielo y tierra el espíritu y la carne, y dice que pedimos hacer la voluntad de Dios con plena concordia de ambos. Vio en estas palabras también otro significado, congruente con la fe más sana, del cual ya he hablado antes —a saber, que por los incrédulos, que son todavía tierra, llevando en su primer nacimiento solamente al hombre terreno, se entiende que oran los creyentes, quienes, revestidos del hombre celestial, no sin razón son llamados con el nombre de cielo. Con ello muestra claramente que también el inicio de la fe es don de Dios, puesto que la santa Iglesia ora no sólo por los creyentes, para que la fe aumente o continúe en ellos, sino además por los incrédulos, para que comiencen a tener lo que no han tenido en absoluto, y contra lo cual, además, abrigaban sentimientos hostiles. Ahora, sin embargo, no trato del inicio de la fe —del que ya he hablado mucho en el libro anterior—, sino de aquella perseverancia que debe tenerse aun hasta el fin; la cual ciertamente piden aun los santos, que hacen la voluntad de Dios, cuando dicen en la oración: «Hágase tu voluntad.» Pues, dado que ya se hace en ellos, ¿por qué piden todavía que se haga, sino para perseverar en aquello que han comenzado a ser? No obstante, puede decirse aquí que los santos no piden que la voluntad de Dios se haga en el cielo, sino que se haga en la tierra como en el cielo —es decir, que la tierra imite al cielo, esto es, que el hombre imite al ángel, o que el incrédulo imite al creyente—; y de este modo los santos piden lo que todavía no es, no que continúe lo que ya es. Pues, por más elevada que sea la santidad que distinga a los hombres, todavía no son iguales a los ángeles de Dios; por tanto, todavía no se hace la voluntad de Dios en ellos como se hace en el cielo. Y si esto es así, en aquella parte en la que pedimos que los hombres de incrédulos se hagan creyentes, no parece pedirse perseverancia, sino inicio; pero en aquella en la que pedimos que los hombres sean hechos iguales a los ángeles de Dios en hacer la voluntad de Dios —cuando los santos oran por esto—, se halla que oran por la perseverancia; pues nadie alcanza aquella suma bienaventuranza que está en el reino, a menos que persevere hasta el fin en aquella santidad que ha recibido en la tierra.

    Capítulo 7 [IV.]— La cuarta petición

    Cap. 7

    La cuarta petición es: «Danos hoy nuestro pan de cada día,» [] donde el bienaventurado Cipriano muestra que también aquí se entiende que se pide la perseverancia. Porque dice, entre otras cosas: «Y pedimos que este pan se nos dé cada día, para que nosotros, que estamos en Cristo y diariamente recibimos la Eucaristía como alimento de salvación, no seamos separados del cuerpo de Cristo por la interposición de algún pecado grave, al ser apartados de la comunión e impedidos de participar del pan celestial.» Estas palabras del santo varón de Dios indican que los santos piden la perseverancia directamente a Dios, cuando con esta intención dicen: «Danos hoy nuestro pan de cada día,» para no ser separados del cuerpo de Cristo, sino continuar en aquella santidad en la que no admiten crimen alguno por el que merezcan ser separados de él.

    Capítulo 8 [V.]— La quinta petición. Es un error de los pelagianos que los justos estén libres de pecado

    Cap. 8

    En la quinta frase de la oración decimos: «Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores,» [] en cuya petición no se halla que se pida la perseverancia. Pues los pecados que pedimos que se nos perdonen son pasados; pero la perseverancia, que nos salva para la eternidad, es ciertamente necesaria para el tiempo de esta vida; pero no para el tiempo pasado, sino para el que resta hasta su fin. Sin embargo, vale la pena considerar un poco cómo ya en esta petición fueron traspasados por la lengua de Cipriano, como por el dardo más invencible de la verdad, los herejes que habían de surgir mucho después. Pues los pelagianos se atreven a decir aun esto: que el hombre justo en esta vida no tiene pecado alguno, y que en tales hombres hay incluso en el tiempo presente una Iglesia que no tiene mancha ni arruga ni cosa semejante, [] la cual es la única y sola esposa de Cristo; como si no fuera esposa suya la que en toda la tierra dice lo que ha aprendido de Él: «Perdónanos nuestras deudas.» Pero observad cómo el gloriosísimo Cipriano destruye a éstos. Porque al exponer aquella misma cláusula del Padrenuestro, dice entre otras cosas: «Y cuán necesaria, cuán providencial y saludablemente se nos amonesta que somos pecadores, puesto que nos vemos obligados a rogar por nuestros pecados; y mientras se pide perdón a Dios, el alma recuerda su propia conciencia. Para que nadie se lisonjee de ser inocente y, exaltándose, perezca más profundamente, se le instruye y enseña que peca cada día, en cuanto se le manda rogar cada día por sus pecados. Así, además, también Juan en su Epístola nos advierte y dice: [] 'Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros.'» Y lo demás, que sería largo insertar en este lugar.

    Capítulo 9.— Cuando la perseverancia se concede a una persona, no puede menos de perseverar

    Cap. 9

    Ahora bien, cuando los santos dicen: «No nos metas en tentación, mas líbranos del mal,» [] ¿qué otra cosa piden sino perseverar en la santidad? Porque, ciertamente, cuando se les concede aquel don de Dios —el cual se muestra con suficiente claridad que es don de Dios, puesto que se le pide a Él—, entonces, al concedérseles aquel don de Dios para que no sean metidos en tentación, ninguno de los santos deja de mantener su perseverancia en la santidad aun hasta el fin. Porque no hay nadie que deje de perseverar en el propósito cristiano si primero no es metido en tentación. Por tanto, si se le concede, según su oración, no ser metido, ciertamente por don de Dios persiste en aquella santificación que por don de Dios ha recibido.

    Capítulo 10 [VI.]— El don de la perseverancia puede obtenerse por la oración

    Cap. 10

    Pero escribís que «estos hermanos no quieren que esta perseverancia sea predicada de tal modo que no pueda obtenerse por la oración ni perderse por la obstinación.» En esto son poco cuidadosos al considerar lo que dicen. Porque hablamos de aquella perseverancia por la cual uno persevera hasta el fin; y si ésta se da, uno persevera hasta el fin; pero si uno no persevera hasta el fin, no se da; lo cual ya he discutido suficientemente más arriba. No digan, pues, los hombres que se da a alguien la perseverancia hasta el fin, sino cuando el fin mismo ha llegado y se ha hallado que aquel a quien se le ha dado ha perseverado hasta el fin. Ciertamente, decimos que aquel a quien hemos conocido casto es casto, ya continúe o no en la misma castidad; y si tuviese algún otro don divino que pueda conservarse y perderse, decimos que lo tiene mientras lo tiene; y si lo perdiera, decimos que lo tuvo. Pero puesto que nadie tiene perseverancia hasta el fin sino aquel que persevera hasta el fin, muchos pueden tenerla, pero ninguno puede perderla. Pues no hay que temer que acaso, cuando un hombre ha perseverado hasta el fin, surja en él alguna voluntad mala, de modo que no persevere hasta el fin. Este don de Dios, por tanto, puede obtenerse por la oración; pero, una vez dado, no puede perderse por la contumacia. Porque cuando alguien ha perseverado hasta el fin, ni puede perder este don, ni otros que podía perder antes del fin. ¿Cómo, pues, puede perderse aquello por lo cual se hace que ni siquiera se pierda lo que podía perderse?

    Capítulo 11.— Efecto de la oración por la perseverancia

    Cap. 11

    Mas, no sea que acaso se diga que la perseverancia hasta el fin no se pierde ciertamente cuando una vez ha sido dada —esto es, cuando un hombre ha perseverado hasta el fin—, sino que se pierde, en cierto sentido, cuando un hombre por la contumacia obra de tal modo que no puede alcanzarla; así como decimos que un hombre que no ha perseverado hasta el fin ha perdido la vida eterna o el reino de Dios, no porque ya la hubiera recibido y la tuviera en acto, sino porque la habría recibido y tenido si hubiera perseverado;— dejemos a un lado las controversias de palabras, y digamos que algunas cosas que ni siquiera se poseen, sino que se espera poseer, pueden perderse. Atrévase cualquiera a decirme si Dios no puede dar lo que ha mandado que se le pida. Ciertamente, el que afirma esto, no digo que es necio, sino que está loco. Mas Dios mandó que sus santos le dijeran en la oración: «No nos metas en tentación.» Por tanto, todo el que es escuchado cuando pide esto, no es metido en la tentación de la contumacia, por la cual podría o querría ser digno de perder la perseverancia en la santidad.

    Capítulo 12.— Por su propia voluntad el hombre abandona a Dios, de modo que es justamente abandonado por Él

    Cap. 12

    Mas, por otra parte, «por su propia voluntad el hombre abandona a Dios, de modo que sea justamente abandonado por Dios.» ¿Quién negaría esto? Pero por eso pedimos no ser metidos en tentación, para que esto no suceda. Y si somos escuchados, ciertamente no sucede, porque Dios no permite que suceda. Pues nada acontece sino lo que o Él mismo hace, o Él mismo permite que se haga. Por tanto, Él es poderoso tanto para tornar las voluntades del mal al bien, como para convertir a los que están inclinados a caer, o para dirigirlos a un camino agradable a Él. Pues no se le dice en vano: «Oh Dios, tú te volverás y nos vivificarás;» no se dice en vano: «No entregues mi pie al movimiento;» no se dice en vano: «No me entregues, oh Señor, desde mi deseo al pecador;» finalmente, por no mencionar muchos pasajes, ya que probablemente se os ocurran más, no se dice en vano: «No nos metas en tentación.» [] Porque quien no es metido en tentación, ciertamente no es metido en la tentación de su propia voluntad mala; y quien no es metido en la tentación de su propia voluntad mala, absolutamente no es metido en tentación alguna. Pues «cada uno es tentado,» como está escrito, «cuando es arrastrado por su propia concupiscencia y seducido;» [] «pero Dios a nadie tienta,» [] —es decir, con tentación dañosa. Porque además hay una tentación benéfica, por la cual no somos engañados ni abrumados, sino probados, según aquello que se dice: «Pruébame, oh Señor, y examíname.» Por tanto, con aquella tentación dañosa que el apóstol indica cuando dice: «No sea que de algún modo os haya tentado el tentador y nuestro trabajo sea en vano,» [] «Dios a nadie tienta,» como he dicho —esto es, a nadie trae ni mete en tentación. Porque ser tentado y no ser metido en tentación no es malo —antes bien, es incluso bueno; pues esto es ser probado. Por tanto, cuando decimos a Dios: «No nos metas en tentación,» ¿qué otra cosa decimos sino: «No permitas que seamos metidos»? Por lo cual algunos oran de esta manera, y así se lee en muchos códices, y así lo usa el bienaventuradísimo Cipriano: «No dejes que seamos metidos en tentación.» Sin embargo, en el evangelio griego nunca lo he encontrado de otro modo que: «No nos metas en tentación.» Vivimos, pues, más seguros si entregamos todo a Dios, y no nos confiamos en parte a Él y en parte a nosotros mismos, como vio aquel venerable mártir. Porque cuando expone la misma cláusula de la oración, dice entre otras cosas: «Pero cuando pedimos no venir a tentación, se nos recuerda nuestra enfermedad y debilidad mientras así pedimos, para que nadie se jacte insolentemente —para que nadie con soberbia y arrogancia se atribuya algo a sí mismo— para que nadie tome para sí la gloria de la confesión o del sufrimiento como propia; puesto que el Señor mismo, enseñando la humildad, dijo: 'Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil.' De modo que, cuando la humilde y sumisa confesión va primero y todo se atribuye a Dios, todo lo que se busca suplicantemente, con el temor de Dios, sea concedido por su misma benignidad.»

    Capítulo 13 [VII.]— La tentación, condición del hombre

    Cap. 13

    Si, pues, no hubiera otras pruebas, sólo este Padrenuestro nos bastaría en favor de la gracia que defiendo; porque no nos deja nada en lo que podamos gloriarnos como en algo nuestro, ya que muestra que el no apartarnos de Dios no se nos da sino por Dios, al mostrar que debe pedirse a Dios. Porque el que no es llevado a la tentación no se aparta de Dios. Esto no está absolutamente en el poder del libre albedrío, tal como es ahora; pero lo estuvo en el hombre antes de caer. Y sin embargo, cuánto valía esta libertad de la voluntad en la excelencia de aquel estado primero se manifestó en los ángeles; quienes, cuando el diablo y sus ángeles cayeron, permanecieron en la verdad y merecieron alcanzar aquella seguridad perpetua de no caer, en la cual estamos ciertísimos de que ahora están establecidos. Pero, después de la caída del hombre, Dios quiso que correspondiera sólo a su gracia el que el hombre se acercara a Él; y no quiso que correspondiera a otra cosa que a su gracia el que el hombre no se apartara de Él.

    Capítulo 14.— Es gracia de Dios tanto que el hombre venga a Él como que el hombre no se aparte de Él

    Cap. 14

    Esta gracia la puso «en Él, en quien asimismo obtuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito de Aquel que hace todas las cosas.» [] Y así como Él obra que vengamos a Él, también obra que no nos apartemos. Por lo cual se le dijo por boca del profeta: «Sea tu mano sobre el varón de tu diestra, y sobre el hijo del hombre que fortaleciste para ti, y no nos apartaremos de ti.» Este ciertamente no es el primer Adán, en quien nos apartamos de Él, sino el segundo Adán, sobre quien su mano es puesta, para que no nos apartemos de Él. Porque Cristo, juntamente con sus miembros, es —por causa de la Iglesia, que es su cuerpo— la plenitud de Aquel. Cuando, por tanto, la mano de Dios está sobre Él, para que no nos apartemos de Dios, ciertamente la obra de Dios llega a nosotros (porque ésta es la mano de Dios); por la cual obra de Dios somos hechos permanecer en Cristo con Dios— no, como en Adán, apartándonos de Dios. Porque «en Cristo obtuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme a su propósito, que hace todas las cosas.» Ésta, por tanto, es la mano de Dios, no la nuestra, para que no nos apartemos de Dios. Ésta, digo, es su mano, de aquel que dijo: «Pondré mi temor en sus corazones, para que no se aparten de mí.» []

    Capítulo 15.— Por qué quiso Dios que se le pidiese aquello que podía dar sin oración

    Cap. 15

    Por lo cual, también quiso que se le pidiera que no seamos llevados a la tentación, porque si no somos llevados, de ningún modo nos apartamos de Él. Y esto podría habérsenos dado aun sin que lo pidiéramos; pero por medio de nuestra oración quiso advertirnos de quién recibimos estos beneficios. Pues, ¿de quién recibimos, sino de Aquel a quien es justo que pidamos? En verdad, en esta materia, no busque la Iglesia laboriosas disputas, sino considere sus propias oraciones cotidianas. Pide que los incrédulos crean; por tanto, Dios convierte a la fe. Pide que los creyentes perseveren; por tanto, Dios da la perseverancia hasta el fin. Dios conoció de antemano que haría esto. Ésta es la predestinación misma de los santos, «a quienes escogió en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados delante de Él en amor; habiéndonos predestinado para la adopción de hijos por medio de Jesucristo para sí, según el beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, con la cual nos hizo aceptos en el Amado, en quien tenemos redención por su sangre, el perdón de pecados según las riquezas de su gracia, que hizo sobreabundar para con nosotros en toda sabiduría y prudencia; dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra; en quien asimismo obtuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito de Aquel que hace todas las cosas.» [] Contra una trompeta de verdad tan clara como esta, ¿qué hombre de fe sobria y vigilante puede aceptar argumentos humanos?

    Capítulo 16 [VIII.]— ¿Por qué no se da la gracia según el mérito?

    Cap. 16

    Pero «¿por qué», dice uno, «no se da la gracia de Dios según los méritos de los hombres?» Respondo: Porque Dios es misericordioso. «¿Por qué, pues,» se pregunta, «no se da a todos?» Y aquí respondo: Porque Dios es Juez. [] Y así la gracia es dada por Él gratuitamente; y por su justo juicio se muestra en algunos lo que la gracia confiere a aquellos a quienes se da. No seamos, pues, ingratos; porque, según el beneplácito de su voluntad, un Dios misericordioso libra de una perdición tan merecida a tantos para alabanza de la gloria de su gracia; y si no librara de ella a nadie, no sería injusto. Por tanto, el que es librado ame su gracia. El que no es librado reconozca lo que se le debe. Si al perdonar una deuda se percibe la bondad, al exigirla la justicia; nunca se halla injusticia en Dios.

    Capítulo 17.— La dificultad de la distinción que se hace en la elección de uno y el rechazo de otro

    Cap. 17

    «Pero, ¿por qué», se dice, «en un mismo caso, no sólo de infantes, sino aun de niños gemelos, es tan diverso el juicio?» ¿No es pregunta semejante «por qué en un caso diferente el juicio es el mismo?» Recordemos, pues, a aquellos trabajadores de la viña que trabajaron todo el día, y a aquellos que se afanaron una hora. Ciertamente el caso era diferente en cuanto al trabajo empleado, y sin embargo hubo el mismo juicio al pagar el jornal. ¿Oyeron acaso los murmuradores en este caso algo del padre de familia, sino: Tal es mi voluntad? Ciertamente su liberalidad para con algunos fue tal que no pudo haber injusticia para con otros. Y ambas clases, ciertamente, están entre los buenos. Sin embargo, en lo que concierne a la justicia y a la gracia, puede decirse con verdad al culpable que es condenado, y también del culpable que es librado, «Toma lo que es tuyo, y vete;» [Mateo 20:14, etc.] «yo daré a este lo que no se le debe;» «¿No me es lícito hacer lo que quiero? ¿Es malo tu ojo porque yo soy bueno?» ¿Y si él dijera «¿Por qué no a mí también?» Oirá, y con razón, «¿Quién eres tú, oh hombre, para que alterques con Dios?» [] Y aunque ciertamente en un caso ves a un bienhechor benignísimo, y en tu propio caso a un exactor justísimo, en ninguno de los dos casos ves a un Dios injusto. Porque aunque sería justo incluso si castigara a ambos, el que es librado tiene buenas razones para dar gracias, el que es condenado no tiene motivo de queja.

    Capítulo 18.— Pero, ¿por qué ha de ser castigado uno más que otro?

    Cap. 18

    «Pero si», se dice, «era necesario que, aunque no todos fueran condenados, mostrara aun lo que se debía a todos, y así recomendara más libremente su gracia a los vasos de misericordia, ¿por qué en el mismo caso me castigará a mí más que a otro, o lo librará a él más que a mí?» No digo esto. Si preguntas por qué, confieso que no hallo respuesta que dar. Y si preguntas además por qué es esto, es porque en esta materia, así como su ira es justa y su misericordia grande, así sus juicios son insondables.

    Capítulo 19.— ¿Por qué mezcla Dios a los que perseverarán con los que no perseverarán?

    Cap. 19

    Prosiga aún el que inquiere, y diga: «¿Por qué a algunos que le han adorado con fe sincera no les ha dado el perseverar hasta el fin?» ¿Por qué, sino porque no dice falsedad quien afirma: «Salieron de nosotros, pero no eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, sin duda habrían permanecido con nosotros.» [] ¿Hay, pues, dos naturalezas de hombres? De ningún modo. Si hubiera dos naturalezas, no habría gracia alguna; porque a nadie se daría una liberación gratuita si se pagara como deuda a la naturaleza. Pero a los hombres les parece que todos los que aparecen como buenos creyentes deberían recibir la perseverancia hasta el fin. Mas Dios ha juzgado mejor mezclar a algunos que no perseverarían con cierto número de sus santos, para que aquellos para quienes no es deseable la seguridad de la tentación en esta vida no estén seguros. Porque lo que dice el apóstol frena a muchos de una elación perniciosa: «Así que, el que piensa estar firme, mire que no caiga.» [] Pero el que cae, cae por su propia voluntad, y el que está firme, está firme por la voluntad de Dios. «Porque poderoso es Dios para hacerle estar firme;» [] por tanto, no es capaz de hacerse estar firme a sí mismo, sino Dios. Sin embargo, es bueno no ser altivo, sino temer. Además, en su propio pensamiento es como cada uno cae o está firme. Ahora bien, como dice el apóstol, y como he mencionado en mi tratado anterior, «No que seamos suficientes para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios.» [] Siguiéndole, también el bienaventurado Ambrosio se atreve a decir: «Porque nuestro corazón no está en nuestro poder, ni nuestros pensamientos.» Y esto todo el que es humilde y verdaderamente piadoso lo siente como verdaderísimo.

    Capítulo 20.— Ambrosio sobre el control de Dios sobre los pensamientos de los hombres

    Cap. 20

    Y cuando Ambrosio dijo esto, hablaba en aquel tratado que escribió acerca de la Huida del mundo, en el cual enseñaba que este mundo debe ser huido no con el cuerpo, sino con el corazón, lo cual, argumentaba, no podía hacerse sino con la ayuda de Dios. Pues dice: «Oímos frecuentes discursos acerca de huir de este mundo, y quisiera que la mente fuera tan cuidadosa y solícita como el discurso es fácil; pero, lo que es peor, el atractivo de las concupiscencias terrenales se insinúa constantemente, y el derramamiento de vanidades se apodera de la mente; de modo que lo que deseas evitar, eso mismo piensas y consideras en tu mente. Y esto es difícil de precaver para el hombre, pero imposible de eliminar. Finalmente, el profeta da testimonio de que es asunto de deseo más bien que de realización, cuando dice: 'Inclina mi corazón a tus testimonios, y no a la avaricia.' Pues nuestro corazón y nuestros pensamientos no están en nuestro poder, y éstos, derramados inesperadamente, confunden nuestra mente y nuestra alma, y las arrastran en dirección distinta de la que te has propuesto; te llaman a las cosas mundanas, interponen cosas temporales, sugieren cosas voluptuosas, entretejen cosas atractivas, y en el mismo momento en que procuramos elevar nuestra mente, por lo general nos llenamos de pensamientos vanos y somos derribados a las cosas terrenales.» Por tanto, no está en poder de los hombres, sino en el de Dios, el que los hombres tengan poder de llegar a ser hijos de Dios. [] Porque lo reciben de Aquel que da pensamientos piadosos al corazón humano, por los cuales éste tiene la fe que obra por el amor; [] para recibir y guardar este beneficio, y llevarlo adelante perseverantemente hasta el fin, no somos suficientes para pensar algo como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios, [] en cuyo poder están nuestro corazón y nuestros pensamientos.

    Capítulo 21 [IX.]— Ejemplos de los juicios insondables de Dios

    Cap. 21

    Por tanto, de dos infantes, igualmente atados por el pecado original, por qué es tomado el uno y dejado el otro; y de dos hombres malvados ya de edad madura, por qué éste es llamado de tal manera que sigue al que llama, mientras que aquél o no es llamado en absoluto, o no es llamado de tal manera— los juicios de Dios son insondables. Pero de dos hombres piadosos, por qué a uno se le da la perseverancia hasta el fin y al otro no se le da, los juicios de Dios son aún más insondables. Sin embargo, para los creyentes debe ser un hecho certísimo que el primero es de los predestinados y el segundo no. «Porque si hubieran sido de nosotros,» dice uno de los predestinados, que había bebido este secreto del pecho del Señor, «ciertamente habrían permanecido con nosotros.» [] ¿Cuál es, pregunto, el significado de «No eran de nosotros; porque si hubieran sido de nosotros, habrían ciertamente permanecido con nosotros»? ¿Acaso no fueron creados ambos por Dios— ambos nacidos de Adán— ambos hechos de la tierra y dados por Aquel que dijo: «Yo he creado todo aliento,» almas de una misma y única naturaleza? Por último, ¿no habían sido ambos llamados y no habían seguido al que los llamaba? ¿Y no se habían convertido ambos, de hombres malvados, en hombres justificados, y no habían sido ambos renovados por el lavado de la regeneración? Pero si oyera esto aquel que sin duda sabía lo que decía, podría responder y decir: Estas cosas son verdaderas. En lo que respecta a todas estas cosas, eran de nosotros. Sin embargo, en lo que respecta a cierta otra distinción, no eran de nosotros, porque si hubieran sido de nosotros, ciertamente habrían permanecido con nosotros. ¿Cuál es, pues, esta distinción? Los libros de Dios están abiertos, no apartemos la vista; la Escritura divina clama en voz alta, démosle oído. No eran de ellos, porque no habían sido «llamados según el propósito;» no habían sido elegidos en Cristo antes de la fundación del mundo; no habían obtenido herencia en Él; no habían sido predestinados conforme al propósito de Aquel que hace todas las cosas. Porque si hubieran sido esto, habrían sido de ellos, y sin duda habrían permanecido con ellos.

    Capítulo 22.— Es un absurdo decir que los muertos serán juzgados por pecados que habrían cometido si hubieran vivido

    Cap. 22

    Pues, por no decir cuán posible es para Dios convertir las voluntades de los hombres contrarias y opuestas a su fe, y obrar en sus corazones de modo que no cedan a adversidad alguna y no sean vencidos por tentación alguna hasta apartarse de Él— ya que también puede hacer lo que dice el apóstol, a saber, no permitir que sean tentados más allá de lo que pueden— no decir, pues, esto; Dios, conociendo de antemano que caerían, ciertamente podía sacarlos de esta vida antes de que ocurriera aquella caída. ¿Hemos de volver a aquel punto de seguir arguyendo cuán absurdamente se dice que los muertos son juzgados aun por aquellos pecados que Dios conoció de antemano que habrían cometido si hubieran vivido? Lo cual es tan aborrecible para los sentimientos de los cristianos, y aun de los seres humanos, que uno se avergüenza incluso de refutarlo. ¿Por qué no se diría que aun el evangelio mismo ha sido predicado, con tanto trabajo y sufrimientos de los santos, en vano, o que todavía se predica en vano, si los hombres pudieran ser juzgados, aun sin oír el evangelio, según la contumacia u obediencia que Dios conoció de antemano que habrían tenido si lo hubieran oído? Tiro y Sidón no habrían sido condenados, aunque más levemente que aquellas ciudades en las cuales, aunque no creyeron, se hicieron obras maravillosas por Cristo el Señor; porque si se hubieran hecho en ellas, se habrían arrepentido en polvo y ceniza, como declaran las palabras de la Verdad, en las cuales el Señor Jesús nos muestra el misterio más alto de la predestinación.

    Capítulo 23.— Por qué para el pueblo de Tiro y Sidón, que habría creído, no se hicieron los milagros que se hicieron en otros lugares que no creyeron

    Cap. 23

    Pues si se nos pregunta por qué se hicieron tales milagros entre aquellos que, viéndolos, no los creyeron, y no se hicieron entre aquellos que los habrían creído si los hubieran visto, ¿qué responderemos? ¿Diremos lo que dije en aquel libro en que respondí a unas seis cuestiones de los paganos, aunque sin perjuicio de otras materias que los sabios pueden inquirir? Esto, ciertamente, dije, como sabéis, cuando se preguntaba por qué Cristo vino después de tanto tiempo: «que en aquellos tiempos y en aquellos lugares en que su evangelio no fue predicado, conoció de antemano que todos los hombres serían, respecto de su predicación, tales como muchos fueron en su presencia corporal— es decir, gente que no creería en Él, aunque los muertos fueran resucitados por Él.» Además, un poco después en el mismo libro y sobre la misma cuestión, digo: «¿Qué maravilla, si Cristo supo en los siglos anteriores que el mundo estaba tan lleno de incrédulos que, con razón, no quiso que su evangelio fuera predicado a aquellos que Él conoció de antemano que serían tales que no creerían ni sus palabras ni sus milagros?» Ciertamente no podemos decir esto de Tiro y Sidón; y en su caso reconocemos que aquellos juicios divinos se referían a aquellas causas de la predestinación, sin perjuicio de cuyas causas ocultas dije que entonces respondía a tales cuestiones como ésas. Ciertamente es fácil acusar la incredulidad de los judíos, surgida como surgió de su libre albedrío, puesto que rehusaron creer en tan grandes maravillas hechas entre ellos. Y esto declara el Señor, reprochándolos, cuando dice: «¡Ay de ti, Corozaim! ¡Ay de ti, Betsaida! Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que se han hecho en vosotras, tiempo ha que se habrían arrepentido en polvo y ceniza.» [] Pero, ¿podemos decir que aun los tirios y sidonios habrían rehusado creer tales milagros hechos entre ellos, o no los habrían creído si se hubieran hecho, cuando el Señor mismo les da testimonio de que se habrían arrepentido con gran humildad si aquellos signos del poder divino se hubieran hecho entre ellos? Y, sin embargo, en el día del juicio serán castigados; aunque con castigo menor que aquellas ciudades que no creyeron los milagros hechos en ellas. Pues prosigue el Señor: «Por tanto os digo que en el día del juicio será más tolerable para Tiro y Sidón que para vosotras.» [] Por consiguiente, las primeras serán castigadas con mayor severidad, las segundas con menor; pero aun así serán castigadas. Además, si los muertos son juzgados aun respecto de obras que habrían hecho si hubieran vivido, ciertamente, puesto que éstos habrían sido creyentes si el evangelio les hubiera sido predicado con tan grandes milagros, ciertamente no deberían ser castigados; pero serán castigados. Es, por tanto, falso que los muertos sean juzgados también respecto de aquellas cosas que habrían hecho si el evangelio les hubiera llegado cuando estaban vivos. Y si esto es falso, no hay fundamento para decir, acerca de los infantes que perecen porque mueren sin bautismo, que esto les sucede merecidamente, porque Dios conoció de antemano que, si vivieran y se les predicara el evangelio, lo oirían con incredulidad. Queda, por tanto, que están atados sólo por el pecado original, y sólo por éste van a la condenación; y vemos que en otros en el mismo caso no se les remite, sino por la gracia gratuita de Dios en la regeneración; y que, por su juicio secreto pero justo— porque no hay injusticia en Dios— algunos que, aun después del bautismo, perecerán por una vida mala, son, sin embargo, mantenidos en esta vida hasta que perecen, quienes no habrían perecido si la muerte corporal hubiera prevenido su caída en el pecado, y así viniera en su ayuda. Porque ningún muerto es juzgado por las cosas buenas o malas que habría hecho si no hubiera muerto; de lo contrario, los tirios y sidonios no habrían sufrido las penas según lo que hicieron; sino más bien, según aquellas cosas que habrían hecho, si aquellas obras poderosas evangélicas se hubieran hecho en ellos, habrían obtenido salvación por gran arrepentimiento y por la fe de Cristo.

    Capítulo 24 [X.]— Se puede objetar que el pueblo de Tiro y Sidón, si hubieran oído, podrían haber creído, y después haberse apartado de su fe

    Cap. 24

    Un cierto controversista católico de no escasa reputación expuso este pasaje del evangelio de tal modo que dijo que el Señor conoció de antemano que los tirios y sidonios se habrían apartado después de la fe, aunque hubieran creído los milagros hechos entre ellos; y que por misericordia no obró allí aquellos milagros, porque habrían sido merecedores de un castigo más severo si hubieran abandonado la fe que una vez habían abrazado, que si nunca la hubieran tenido. En esta opinión de un varón docto y sumamente agudo, ¿por qué me ocupo ahora en decir lo que todavía razonablemente ha de preguntarse, cuando incluso esta opinión me sirve para el propósito al que aspiro? Porque si el Señor, por su misericordia, no hizo obras poderosas entre ellos, puesto que por estas obras podrían tal vez llegar a ser creyentes, para que no fueran castigados más severamente cuando después se hicieran incrédulos, como Él conoció de antemano que lo serían— queda suficientemente y claramente mostrado que ningún difunto es juzgado por aquellos pecados que Él conoció de antemano que habría cometido si de algún modo no fuera ayudado para no cometerlos; así como se dice que Cristo vino en ayuda de los tirios y sidonios, si aquella opinión es verdadera, pues Él preferiría que no llegaran en absoluto a la fe, antes que por una maldad mucho mayor se apartaran de la fe, como, si hubieran llegado a ella, previó que habrían hecho. Aunque si se dice: «¿Por qué no se proveyó que más bien creyeran, y se les otorgara este don, para que antes de abandonar la fe partieran de esta vida?», ignoro qué respuesta pueda darse. Pues el que dice que a quienes habrían de abandonar la fe se les habría concedido, como un favor, que no comenzaran a tener lo que, por una impiedad más grave, habrían de abandonar después, indica suficientemente que el hombre no es juzgado por aquello que se conoce de antemano que habría hecho mal, si por algún acto de bondad se le impide hacerlo. Por tanto, es también una ventaja para aquel que es arrebatado, para que la maldad no altere su entendimiento. Pero por qué esta ventaja no se habría de dar a los tirios y sidonios, para que creyeran y fueran arrebatados, para que la maldad no alterara su entendimiento, quizá podría responder quien se complació en resolver de tal modo la cuestión anterior; pero, en lo que respecta a lo que estoy discutiendo, veo que basta que, aun según esa misma opinión, se muestre que los hombres no son juzgados respecto de aquellas cosas que no han hecho, aun cuando se haya previsto como cierto que las habrían hecho. Sin embargo, como he dicho, avergoncémonos incluso de refutar esta opinión, según la cual se supone que los pecados son castigados en personas que mueren o han muerto porque se ha conocido de antemano con certeza que los habrían cometido si hubieran vivido; no sea que también nosotros parezcamos haberla considerado de alguna importancia, aunque preferiríamos reprimirla con argumentos antes que pasarla por alto en silencio.

    Capítulo 25 [XI.]— Los caminos de Dios, tanto en misericordia como en juicio, son inescrutables

    Cap. 25

    Por tanto, como dice el apóstol: «no depende del que quiere ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» [], quien acude en ayuda de los infantes que Él quiere, aunque ellos ni quieren ni corren, puesto que los eligió en Cristo antes de la fundación del mundo como aquellos a quienes se propuso dar gratuitamente su gracia —esto es, sin que precedieran méritos suyos, ni de fe ni de obras; y no acude en ayuda de los que son más maduros, aunque previó que creerían sus milagros si se hicieran entre ellos, porque no quiere acudir en su ayuda, ya que en su predestinación ha determinado, secretamente en verdad, pero con justicia, otra cosa acerca de ellos. Porque «no hay injusticia en Dios» []; sino que «sus juicios son insondables, y sus caminos inescrutables; todos los caminos del Señor son misericordia y verdad.» Por tanto, es insondable la misericordia por la cual tiene misericordia de quien quiere, sin que preceda mérito alguno suyo; e inescrutable la verdad por la cual endurece a quien quiere, aun cuando hayan precedido sus méritos, pero méritos en su mayor parte comunes con los del hombre de quien tiene misericordia. Como en el caso de dos gemelos, de los cuales uno es tomado y el otro dejado, el fin es desigual, mientras los merecimientos son comunes; sin embargo, en éstos, uno es librado por la gran bondad de Dios, de tal manera que el otro no es condenado por injusticia alguna de Dios. Pues ¿hay injusticia en Dios? ¡Lejos esté tal pensamiento! Pero sus caminos son inescrutables. Por tanto, creamos en su misericordia respecto de los que son librados, y en su verdad respecto de los que son castigados, sin vacilación alguna; y no procuremos escudriñar lo que es insondable, ni rastrear lo que no puede ser hallado. Porque de la boca de los niños y de los que maman perfecciona su alabanza, de modo que lo que vemos en aquellos cuya liberación no es precedida por merecimiento bueno alguno suyo, y en aquellos cuya condenación sólo es precedida por el pecado original, común a ambos —esto no lo rehuimos en modo alguno como si ocurriera en el caso de los adultos, esto es, porque no pensamos ni que la gracia se dé a alguno según sus propios méritos, ni que alguien sea castigado sino por sus propios méritos, ya sean semejantes los que son librados y los que son castigados, o tengan grados desiguales de mal; de modo que el que piensa estar firme, mire que no caiga, y el que se gloría, no se gloríe en sí mismo, sino en el Señor.

    Capítulo 26.— Los maniqueos no reciben todos los libros del Antiguo Testamento, y del Nuevo sólo aquellos que eligen

    Cap. 26

    Pero ¿por qué, como escribís, «no se permite que el caso de los infantes» «sea alegado como ejemplo para los mayores», por hombres que no dudan en afirmar contra los pelagianos que existe el pecado original, que por un solo hombre entró en el mundo, y que de uno solo todos han ido a la condenación? Esto tampoco lo reciben los maniqueos, quienes no sólo rechazan todas las Escrituras del Antiguo Testamento como carentes de autoridad, sino que incluso reciben las que pertenecen al Nuevo Testamento de tal manera que cada uno, por su propia prerrogativa, por así decirlo, o más bien por su propio sacrilegio, toma lo que le agrada y rechaza lo que no le agrada —contra quienes traté en mis escritos sobre el libre albedrío, de donde piensan que tienen un motivo de objeción contra mí. No he querido tratar con claridad las cuestiones muy laboriosas que se presentaban, no fuera que mi obra resultara demasiado larga, en un asunto en el que, por oponerse a hombres tan perversos, no podía contar con la ayuda de la autoridad de las sagradas Escrituras. Y pude —como de hecho hice, fuera o no verdad algo de los testimonios divinos, puesto que no los introduje de manera definitiva en el argumento— sin embargo, por cierto razonamiento, concluir que Dios ha de ser alabado en todas las cosas, sin necesidad alguna de creer, como ellos querrían que creyéramos, que existen dos sustancias coeternas y confundidas del bien y del mal.

    Capítulo 27.— Referencia a las «Retractaciones.»

    Cap. 27

    Finalmente, en el primer libro de las Retractaciones, obra mía que aún no habéis leído, al llegar a la reconsideración de esos mismos libros, es decir, sobre el tema del libre albedrío, hablé así: «En estos libros,» digo, «se discutieron muchas cosas de tal manera que, al surgir algunas cuestiones que o bien no era capaz de dilucidar, o que requerían de inmediato una larga discusión, se difirieron de modo que, desde uno u otro lado, o desde todos los lados, de aquellas cuestiones en las que no aparecía lo que más armonizaba con la verdad, mi razonamiento pudiera ser concluyente para esto, a saber, que cualquiera de ellas que fuera verdadera, Dios pudiera ser creído, o incluso mostrado, digno de alabanza. Porque aquella discusión se emprendió por causa de quienes niegan que el origen del mal se derive de la libre elección de la voluntad, y sostienen que Dios —si es tal— como Creador de todas las naturalezas, es digno de culpa; deseando de esa manera, según el error de su impiedad (pues son maniqueos), introducir cierta naturaleza inmutable del mal coeterna con Dios.» También, poco después, en otro lugar digo: «Entonces se dijo: De esta miseria, infligida con toda justicia a los pecadores, libra la gracia de Dios, porque el hombre por su propia voluntad, esto es, por el libre albedrío, pudo caer, pero no pudo levantarse. A esta miseria de la justa condenación pertenecen la ignorancia y la dificultad que todo hombre padece desde el comienzo de su nacimiento, y nadie es librado de ese mal sino por la gracia de Dios. Y esta miseria no quieren los pelagianos que descienda de una justa condenación, porque niegan el pecado original; aunque aun si la ignorancia y la dificultad fueran los comienzos naturales del hombre, ni siquiera así merecería Dios ser reprochado, sino alabado, como he argumentado en el mismo libro tercero. Argumento que ha de considerarse contra los maniqueos, que no reciben las santas Escrituras del Antiguo Testamento, en las que se narra el pecado original; y cuanto de allí se lee en las epístolas apostólicas, sostienen que fue introducido con detestable impudencia por los corruptores de las Escrituras, suponiendo que no fue dicho por los apóstoles. Pero contra los pelagianos ha de mantenerse lo que ambas Escrituras encomian, puesto que ellos profesan recibirlas.» Estas cosas dije en mi primer libro de las Retractaciones, cuando reconsideraba los libros sobre el libre albedrío. Y no fueron, en verdad, estas cosas todas las que dije allí acerca de esos libros, sino que hubo muchas otras también, que pensé que sería tedioso insertar en esta obra para vosotros, y no necesario; y esto creo que también vosotros juzgaréis cuando hayáis leído todo. Aunque, por tanto, en el libro tercero sobre el libre albedrío he argumentado de tal modo acerca de los infantes, que aun si fuera verdad lo que dicen los pelagianos —que la ignorancia y la dificultad, sin las cuales nadie nace, son elementos, no castigos, de nuestra naturaleza—, aun así serían vencidos los maniqueos, que pretenden que las dos naturalezas, a saber, la del bien y la del mal, son coeternas. ¿Ha de ponerse en duda, pues, o abandonarse la fe que la Iglesia católica mantiene contra esos mismos pelagianos, afirmando como afirma que es pecado original, cuya culpa, contraída por generación, ha de ser remitida por la regeneración? Y si confiesan esto con nosotros, para que de una vez, en esta cuestión de los pelagianos, destruyamos el error, ¿por qué piensan que ha de dudarse que Dios pueda librar incluso a los infantes, a quienes da su gracia por el sacramento del bautismo, del poder de las tinieblas, y trasladarlos al reino del Hijo de su amor? [] Por tanto, en el hecho de que da esa gracia a algunos, y no la da a otros, ¿por qué no han de cantar al Señor su misericordia y su juicio? Pero ¿por qué se da a éstos, más bien que a aquéllos —quién ha conocido la mente del Señor? ¿Quién es capaz de escudriñar las cosas insondables? ¿Quién de rastrear lo que es inescrutable?

    Capítulo 28 [XII.]— La bondad y la justicia de Dios se muestran en todo

    Cap. 28

    Está, pues, establecido que la gracia de Dios no se da según los méritos de los que la reciben, sino según el beneplácito de su voluntad, para alabanza y gloria de su propia gracia; de modo que el que se gloría de ningún modo se gloríe en sí mismo, sino en el Señor, que da a aquellos hombres a quienes quiere, porque es misericordioso; y si no da, es justo; y no da a quienes no quiere, para dar a conocer las riquezas de su gloria a los vasos de misericordia. [] Porque dando a algunos lo que no merecen, ciertamente ha querido que su gracia sea gratuita, y así gracia verdadera; no dándola a todos, ha mostrado lo que todos merecen. Bueno en su bondad para con algunos, justo en el castigo de otros; bueno respecto de todos, porque es bueno que se dé lo debido, y justo respecto de todos, puesto que lo que no se debe se da sin agravio para nadie.

    Capítulo 29.— La verdadera gracia de Dios podría defenderse aun si no existiera el pecado original, como sostiene Pelagio

    Cap. 29

    Pero la gracia de Dios, esto es, la verdadera gracia sin méritos, se mantiene, aun si los infantes, al ser bautizados, según la opinión de los pelagianos, no son arrancados del poder de las tinieblas, porque no son tenidos por reos de pecado alguno, como piensan los pelagianos, sino que sólo son trasladados al reino del Señor: pues aun así, sin mérito bueno alguno, el reino se da a aquellos a quienes se da; y sin mérito malo alguno no se da a aquellos a quienes no se da. Y esto solemos decir en oposición a los mismos pelagianos, cuando nos objetan que atribuimos la gracia de Dios al hado, al decir que no se da en atención a nuestros méritos. Pues ellos mismos más bien atribuyen la gracia de Dios al hado en el caso de los infantes, si dicen que cuando no hay mérito es hado. Ciertamente, aun según los mismos pelagianos, no pueden hallarse méritos en los infantes para que algunos de ellos sean admitidos en el reino, y otros sean alejados del reino. Pero ahora, así como para mostrar que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, preferí mantener esta verdad conforme a ambas opiniones —tanto conforme a la nuestra, a saber, quienes decimos que los infantes están ligados por el pecado original, como conforme a la de los pelagianos, que niegan que exista el pecado original—, y sin embargo no puedo por eso dudar que los infantes tienen lo que puede perdonarles Aquel que salva a su pueblo de sus pecados: así en el libro tercero sobre el libre albedrío, conforme a ambas opiniones, he resistido a los maniqueos, ya sea que la ignorancia y la dificultad sean castigos o elementos de la naturaleza sin los cuales nadie nace; y sin embargo mantengo una de estas opiniones. Allí, además, queda suficientemente declarado por mí, con evidencia, que aquello no es la naturaleza del hombre tal como fue ordenado, sino su castigo como condenado.

    Capítulo 30.— Agustín reclama el derecho de crecer en conocimiento

    Cap. 30

    Por tanto, en vano se me prescribe desde aquel libro mío antiguo que no argumente el caso como debo argumentarlo respecto de los infantes; y que de ahí no persuada a mis oponentes por la luz de una verdad manifiesta de que la gracia de Dios no se da según los méritos de los hombres. Porque si, cuando comencé mis libros sobre el libre albedrío como laico, y los terminé como presbítero, aún dudaba de la condenación de los infantes no regenerados, y de la liberación de los infantes regenerados, nadie, según creo, sería tan injusto y envidioso como para impedir mi progreso y juzgar que debo continuar en esa incertidumbre. Pero se puede entender más correctamente que debe creerse que no dudé en ese asunto, por la razón de que aquellos contra quienes se dirigía mi propósito me pareció que eran rebatidos de tal manera que, ya hubiera castigo del pecado original en los infantes, según la verdad, ya no lo hubiera, como piensan algunos equivocados, sin embargo en modo alguno debía creerse tal confusión de las dos naturalezas, a saber, la del bien y la del mal, como introduce el error de los maniqueos. Lejos, pues, de nosotros abandonar de tal modo la causa de los infantes que nos digamos a nosotros mismos que es incierto si, regenerados en Cristo, si mueren en la infancia, pasan a la salvación eterna; y que, no regenerados, pasan a la muerte segunda. Porque lo que está escrito: «Por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres,» [] no puede entenderse rectamente de ningún otro modo; ni de aquella muerte eterna que con toda justicia se paga al pecado libra a nadie, pequeño o grande, sino Aquel que, para remitir nuestros pecados, tanto el original como los personales, murió sin pecado alguno propio, ni original ni personal. Pero ¿por qué unos más bien que otros? Una y otra vez decimos, y no nos avergonzamos de ello, «Oh hombre, ¿quién eres tú para que repliques contra Dios?» [] «Sus juicios son insondables, y sus caminos inescrutables.» [] Y añadamos esto, «No busques las cosas demasiado altas para ti, ni escudriñes las cosas que superan tus fuerzas.» []

    Capítulo 31.— Los niños no son juzgados según aquello que se conoce de antemano que probablemente harían si viviesen

    Cap. 31

    Porque veis, amados, cuán absurdo es, y cuán ajeno a la solidez de la fe y a la sinceridad de la verdad, que digamos que los niños, cuando mueren, deben ser juzgados según aquellas cosas que se prevé que habrían de hacer si vivieran. Pues a esta opinión, de la cual ciertamente se revuelve todo sentimiento humano, por poca razón que lo fundamente, y especialmente todo sentimiento cristiano, se ven obligados a avanzar quienes han elegido apartarse del error de los pelagianos de tal manera que todavía piensan que deben creer, y además profesar en la discusión, que la gracia de Dios, por Jesucristo nuestro Señor, por la cual sola, después de la caída del primer hombre, en quien todos caímos, se nos presta ayuda, se da según nuestros méritos. Y esta creencia la condenó el propio Pelagio ante los obispos orientales como jueces, por temor a su propia condenación. Y si esto no se dice de las obras buenas o malas de los que han muerto, las cuales habrían hecho si hubiesen vivido —y, por tanto, de ninguna obra, y de obras que nunca existirían, aun en la presciencia de Dios—; si esto, pues, no se dice, y veis bajo cuán grande error se dice, ¿qué quedará sino que confesemos, quitada la oscuridad de la contienda, que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos, posición que la Iglesia católica defiende contra la herejía pelagiana; y que vemos esto con más evidente verdad especialmente en los niños? Porque Dios no está obligado por el destino a acudir en ayuda de estos niños y a no acudir en ayuda de aquellos —puesto que el caso es igual para unos y otros. ¿O acaso pensaremos que los asuntos humanos, en el caso de los niños, no son gobernados por la Providencia divina, sino por azares fortuitos, cuando almas racionales han de ser condenadas o liberadas, aunque, ciertamente, ni un pajarillo cae a tierra sin la voluntad de nuestro Padre que está en los cielos? [\n Mateo 10:29\n] ¿O hemos de atribuirlo de tal modo a la negligencia de los padres que los niños mueren sin bautismo, como si los juicios celestiales nada tuvieran que ver con ello; como si ellos mismos, que de esta manera mueren mal, hubieran elegido por su propia voluntad a los padres negligentes de quienes nacieron? ¿Qué diré cuando un niño expira algún tiempo antes de que pueda ser beneficiado por el ministerio del bautismo? Pues a menudo, cuando los padres están ansiosos y los ministros preparados para dar el bautismo a los niños, con todo no se les da, porque Dios no lo quiere; ya que no lo ha mantenido en esta vida por un poco de tiempo para que se le diera el bautismo. ¿Y qué, cuando a veces pudo darse la ayuda del bautismo a los hijos de los incrédulos, para que no fuesen a perdición, y no pudo darse a los hijos de los creyentes? En cuyo caso ciertamente se muestra que no hay acepción de personas ante Dios; de otro modo, antes libraría a los hijos de sus adoradores que a los hijos de sus enemigos.

    Capítulo 32 [XIII.]— La inescrutabilidad de los libres propósitos de Dios

    Cap. 32

    Pero ahora, puesto que tratamos del don de la perseverancia, ¿por qué se presta ayuda a la persona que está a punto de morir sin estar bautizada, mientras que a la persona bautizada que está a punto de caer no se le presta ayuda para que muera antes? ¿A menos, acaso, que sigamos escuchando aquel absurdo por el cual se dice que a nadie le aprovecha morir antes de su caída, porque será juzgado según aquellas obras que Dios previó que habría hecho si hubiera vivido? ¿Quién puede oír con paciencia esta perversidad, tan violentamente opuesta a la solidez de la fe? ¿Quién puede soportarla? Y, sin embargo, se ven forzados a decir esto quienes no confiesan que la gracia de Dios no se otorga en atención a nuestros merecimientos. Mas aquellos que no quieren decir que alguien que ha muerto es juzgado según aquellas cosas que Dios previó que habría hecho si hubiera vivido, considerando con cuán manifiesta falsedad y cuán grande absurdo se diría esto, no tienen ya razón para decir lo que la Iglesia condenó en los pelagianos e hizo que fuese condenado por el propio Pelagio —a saber, que la gracia de Dios se da según nuestros méritos—, cuando ven a algunos niños no regenerados ser arrebatados de esta vida a la muerte eterna, y a otros regenerados, a la vida eterna; y, entre los mismos que son regenerados, a unos partir de aquí perseverando hasta el fin, y a otros ser mantenidos en esta vida hasta que caen, los cuales ciertamente no habrían caído si hubieran partido de aquí antes de su caída; y, de nuevo, a algunos caer, pero no partir de esta vida hasta que regresan, los cuales ciertamente habrían perecido si hubieran partido antes de su regreso.

    Capítulo 33.— Dios da tanto la gracia inicial como la perseverante según su propia voluntad

    Cap. 33

    De todo lo cual se muestra con suficiente claridad que la gracia de Dios, que tanto inicia la fe del hombre como le permite perseverar hasta el fin, no se da según nuestros méritos, sino que se da según su propia voluntad, secretísima y a la vez justísima, sabia y benéfica; puesto que a los que predestinó, a éstos también llamó, [\n Romanos 8:30\n] con aquel llamamiento del cual se dice,\n «\n Los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento.\n»\n [\n Romanos 11:29\n] A cuyo llamamiento no hay hombre del cual los hombres puedan decir con alguna certeza que pertenece, hasta que haya partido de este mundo; pero en esta vida del hombre, que es un estado de prueba sobre la tierra, [\n Job 7:1\n] el que parece estar en pie, mire que no caiga. [\n 1 Corintios 10:12\n] Puesto que (como ya he dicho antes) los que no perseverarán son, por la voluntad providentísima de Dios, mezclados con los que perseverarán, para que aprendamos a no pensar en cosas altas, sino a consentir con las humildes, y\n «\n trabajemos nuestra propia salvación con temor y temblor; porque es Dios quien obra en nosotros tanto el querer como el hacer, por su beneplácito.\n»\n [\n Filipenses 2:12-13\n] Por tanto, nosotros queremos, pero Dios obra en nosotros también el querer. Nosotros, pues, obramos, pero Dios obra en nosotros también el hacer, por su beneplácito. Esto nos aprovecha tanto para creerlo como para decirlo —esto es piadoso, esto es verdadero—: que nuestra confesión sea humilde y sumisa, y que todo se atribuya a Dios. Pensando, creemos; pensando, hablamos; pensando, hacemos cuanto hacemos; [\n 2 Corintios 3:5\n] pero, en lo que toca al camino de la piedad y al verdadero culto de Dios, no somos suficientes para pensar cosa alguna como de nosotros mismos, sino que nuestra suficiencia proviene de Dios. Porque\n «\n nuestro corazón y nuestros pensamientos no están en nuestro propio poder;\n»\n por lo cual el mismo Ambrosio, que dice esto, dice también:\n «\n Pero ¿quién es tan bienaventurado que en su corazón se eleve siempre hacia arriba? ¿Y cómo puede hacerse esto sin la ayuda divina? Ciertamente, de ningún modo. Finalmente,\n»\n dice,\n «\n la misma Escritura afirma más arriba: 'Bienaventurado el varón cuyo auxilio está en Ti, oh Señor; la subida está en su corazón.'\n»\n Ciertamente, Ambrosio no sólo pudo decir esto leyendo los santos escritos, sino que, como de tal varón debe creerse sin duda, lo sintió también en su propio corazón. Por tanto, como se dice en los sacramentos de los fieles, que levantemos los corazones al Señor, es don de Dios; por cuyo don aquellos a quienes se dice esto son amonestados por el sacerdote después de esta palabra a dar gracias a nuestro Señor Dios mismo; y responden que es\n «\n justo y recto hacerlo así.\n»\n Pues, ya que nuestro corazón no está en nuestro propio poder, sino que es elevado por la ayuda divina, para que ascienda y conozca las cosas de arriba, [\n Colosenses 3:1\n] donde Cristo está sentado a la diestra de Dios, y no las cosas que están sobre la tierra, ¿a quién se han de dar gracias por tan gran don como éste sino a nuestro Señor Dios, que hace esto—quien con tan gran bondad nos eligió librándonos del abismo de este mundo y nos predestinó antes de la fundación del mundo?
    Comentario editorial · «Levantemos el corazón»
    Cuando Agustín cita lo que «se dice en los sacramentos de los fieles», que levantemos los corazones al Señor, alude al diálogo que precede a la plegaria eucarística (Sursum corda). Una nota de Warfield dice que aún figura en las liturgias de la Iglesia de Inglaterra y de la Iglesia Episcopal de Estados Unidos y que Cipriano ya lo menciona. En efecto, en Sobre la oración del Señor (§ 31) Cipriano escribe que el sacerdote prepara las mentes de los hermanos con la fórmula «Levantad vuestros corazones» y que el pueblo responde que los levanta hacia el Señor. Para Agustín, que el corazón se levante ya es gracia: es don de Dios.

    Capítulo 34 [XIV.]— La doctrina de la predestinación no se opone al provecho de la predicación

    Cap. 34

    Pero dicen que la\n «\n definición de la predestinación se opone al provecho de la predicación,\n»\n —¡como si, en verdad, se opusiera a la predicación del apóstol! ¿Acaso aquel maestro de los gentiles no recomendó tantas veces, en fe y en verdad, la predestinación, y no dejó de predicar la palabra de Dios? Porque dijo:\n «\n Es Dios quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer, por su beneplácito,\n»\n [\n Filipenses 2:13\n] ¿y no exhortó también a que queramos y hagamos lo que agrada a Dios? O porque dijo:\n «\n El que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará hasta el día de Cristo Jesús,\n»\n [\n Filipenses 1:6\n] ¿por eso dejó de persuadir a los hombres a comenzar y a perseverar hasta el fin? Sin duda, nuestro Señor mismo mandó a los hombres creer, y dijo:\n «\n Creed en Dios, creed también en mí:\n»\n [\n Juan 14:1\n] y, sin embargo, no es por eso falso su pensamiento, ni es ociosa su definición cuando dice:\n «\n Nadie viene a mí\n»\n —esto es, nadie cree en mí—\n «\n si no le ha sido dado por mi Padre.\n»\n [\n Juan 6:66\n] Ni, a su vez, porque esta definición sea verdadera, es vano el precepto anterior. ¿Por qué, pues, pensamos que la definición de la predestinación es inútil para la predicación, para el precepto, para la exhortación, para la reprensión —cosas todas que la divina Escritura repite con frecuencia—, viendo que la misma Escritura recomienda esta doctrina?

    Capítulo 35.— Qué es la predestinación

    Cap. 35

    ¿Se atreverá algún hombre a decir que Dios no conoció de antemano a aquellos a quienes habría de dar el creer, o a quienes habría de dar a su Hijo, para que no perdiera de ellos a ninguno? [\n Juan 18:9\n] Y ciertamente, si conoció de antemano estas cosas, conoció también con certeza sus propias bondades, con las cuales se digna librarnos. Esto es la predestinación de los santos: nada más; a saber, la presciencia y la preparación de las bondades de Dios, por las cuales son librados con toda certeza, quienesquiera que sean los que son librados. Pero ¿dónde quedan los demás, dejados por el justo juicio divino, sino en la masa de ruina, donde quedaron los tirios y los sidonios? Los cuales, además, habrían creído si hubieran visto los maravillosos milagros de Cristo. Pero, puesto que no se les dio creer, también se les negaron los medios de creer. De cuyo hecho se desprende que algunos tienen en su mismo entendimiento un don de inteligencia naturalmente divino, por el cual pueden ser movidos a la fe, si oyen las palabras o ven las señales congruentes con sus mentes; y, sin embargo, si en el juicio superior de Dios no son separados de la masa de perdición por la predestinación de la gracia, ni aquellas mismas palabras ni obras divinas se les aplican, por las cuales podrían creer si sólo oyeran o vieran tales cosas. Además, en la misma masa de ruina quedaron los judíos, porque no pudieron creer tan grandes y eminentes obras portentosas como se hicieron ante sus ojos. Pues el evangelio no ha guardado silencio sobre la razón por la cual no pudieron creer, ya que dice:\n «\n Y aunque había hecho tan grandes milagros delante de ellos, no creían en él; para que se cumpliese la palabra del profeta Isaías, que dijo: [\n Isaías 53:1\n] Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio? ¿Y a quién ha sido revelado el brazo del Señor? Por eso no podían creer, porque también dijo Isaías: [\n Isaías 6:10\n] Ha cegado los ojos de ellos y endurecido su corazón, para que no vean con los ojos, ni entiendan con el corazón, y se conviertan, y yo los sane.\n»\n Por tanto, los ojos de los tirios y de los sidonios no fueron cegados así, ni su corazón fue endurecido así, puesto que habrían creído si hubieran visto tan grandes obras portentosas como vieron los judíos. Pero no les aprovechó el poder creer, porque no fueron predestinados por Aquel cuyos juicios son insondables y sus caminos inescrutables. Tampoco la incapacidad de creer les habría sido impedimento, si hubieran sido predestinados de tal modo que Dios iluminase aquellos ojos ciegos y quisiese quitar el corazón de piedra de aquellos endurecidos. Pero lo que el Señor dijo de los tirios y de los sidonios quizá pueda entenderse de otra manera: que, con todo, nadie viene a Cristo si no le es dado, y que se da a aquellos que son elegidos en él antes de la fundación del mundo, lo confiesa sin duda quien oye la divina palabra, no con los oídos sordos de la carne, sino con los oídos del corazón; y, sin embargo, esta predestinación, que está con bastante claridad desplegada aun por las palabras de los evangelios, no impidió que el Señor dijese, tanto respecto del comienzo, lo que poco antes he mencionado,\n «\n Creed en Dios; creed también en mí,\n»\n como respecto de la perseverancia,\n «\n Es necesario orar siempre, y no desfallecer.\n»\n [\n Lucas 18:1\n] Pues oyen estas cosas y las hacen aquellos a quienes se les da; pero no las hacen, sea que oigan o no oigan, aquellos a quienes no se les da. Porque,\n «\n A vosotros,\n»\n dijo,\n «\n se os ha dado conocer el misterio del reino de los cielos, pero a ellos no se les ha dado.\n»\n [\n Mateo 13:11\n] De éstos, el uno se refiere a la misericordia, el otro al juicio de Aquel a quien clama nuestra alma:\n «\n De la misericordia y del juicio cantaré a Ti, oh Señor.\n»

    Capítulo 36.— La predicación del evangelio y la predicación de la predestinación: las dos partes de un solo mensaje

    Cap. 36

    Por tanto, con la predicación de la predestinación no ha de impedirse la predicación de una fe perseverante y progresiva; y así podrán oír lo necesario aquellos a quienes se les da que obedezcan. Porque ¿cómo oirán sin predicador? Ni, a su vez, la predicación de una fe progresiva que continúa hasta el fin ha de impedir la predicación de la predestinación, de modo que el que vive fiel y obedientemente no se ensoberbezca por esa misma obediencia, como si fuera un bien propio, no recibido; sino que el que se gloría, gloríese en el Señor. Porque\n «\n no debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro.\n»\n Y esto lo vio Cipriano con suma fidelidad y lo explicó con suma valentía, y así declaró que la predestinación era certísima. Pues si no debemos gloriarnos en nada, puesto que nada es nuestro, ciertamente no debemos gloriarnos de la obediencia más perseverante. Ni debe llamarse tan propia nuestra, como si no se nos hubiera dado de lo alto. Y, por tanto, es don de Dios, el cual, por confesión de todos los cristianos, Dios conoció de antemano que daría a su pueblo, que fue llamado con aquel llamamiento del cual se dijo:\n «\n Los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento.\n»\n [\n Romanos 11:29\n] Ésta es, pues, la predestinación que fiel y humildemente predicamos. Ni tampoco aquel mismo maestro y hacedor, que creyó en Cristo y vivió perseverantemente en santa obediencia, aun hasta padecer por Cristo, dejó por eso de predicar el evangelio, de exhortar a la fe y a las costumbres piadosas, y a esa misma perseverancia hasta el fin, porque dijo:\n «\n No debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro;\n»\n y aquí declaró sin ambigüedad la verdadera gracia de Dios, esto es, aquella que no se da en atención a nuestros méritos; y, puesto que Dios conoció de antemano que la daría, la predestinación quedó anunciada sin duda por estas palabras de Cipriano; y si esto no impidió a Cipriano predicar la obediencia, ciertamente no debe impedírnoslo a nosotros.

    Capítulo 37.— Los oídos para oír son una disposición a obedecer

    Cap. 37

    Aunque, por tanto, decimos que la obediencia es don de Dios, aun así exhortamos a los hombres a ella. Pero a los que oyen obedientemente la exhortación de la verdad se les da el don mismo de Dios, es decir, oír obedientemente; mientras que a los que no oyen así no se les da. Porque no fue uno solo, sino Cristo, quien dijo: «Nadie viene a mí, si no le fuere dado de mi Padre;» [Juan 6:66] y: «A vosotros es dado conocer el misterio del reino de los cielos, pero a ellos no les es dado.» [] Y acerca de la continencia dice: «No todos reciben esta palabra, sino aquellos a quienes es dado.» [] Y cuando el apóstol exhortaba a los casados a la castidad conyugal, dice: «Quisiera que todos los hombres fuesen como yo mismo; pero cada uno tiene su propio don de Dios, uno de una manera, otro de otra;» [] donde muestra claramente no sólo que la continencia es don de Dios, sino incluso la castidad de los casados. Y aunque estas cosas son verdaderas, aun así exhortamos a ellas cuanto nos es dado a cada uno poder exhortar, porque también esto es don de aquel en cuya mano estamos nosotros y nuestros discursos. De donde también dice el apóstol: «Según esta gracia de Dios que me ha sido dada, como sabio arquitecto, puse el fundamento.» [] Y en otro lugar dice: «Así como el Señor dio a cada uno: yo planté, Apolos regó, pero Dios dio el crecimiento. Así que ni el que planta es algo, ni el que riega, sino Dios que da el crecimiento.» [] Y así como sólo predica y exhorta rectamente el que ha recibido este don, así ciertamente el que oye obedientemente al que exhorta y predica rectamente es el que ha recibido este don. De aquí lo que dijo el Señor, cuando, hablando a los que tenían abiertos los oídos carnales, sin embargo les dijo: «El que tiene oídos para oír, oiga;» [] lo cual sin duda sabía que no todos tenían. Y de quién lo tienen, sean quienes sean los que lo tienen, el Señor mismo lo muestra cuando dice: «Les daré un corazón para conocerme y oídos para oír.» [] Por tanto, tener oídos es en sí mismo el don de obedecer, de modo que los que lo tenían vinieron a Él, a quien «nadie viene si no le fuere dado de su Padre.» Por tanto, exhortamos y predicamos, pero los que tienen oídos para oír nos oyen obedientemente, mientras que en los que no los tienen sucede lo que está escrito: que oyendo no oyen; oyendo, a saber, con el sentido corporal, no oyen con el asentimiento del corazón. Pero por qué éstos deben tener oídos para oír, y aquéllos no los tienen —es decir, por qué a éstos se les da por el Padre venir al Hijo, mientras que a aquéllos no se les da— ¿quién conoció la mente del Señor, o quién fue su consejero? ¿O quién eres tú, oh hombre, para que repliques contra Dios? ¿Debe negarse lo que es manifiesto, porque lo que está oculto no puede comprenderse? ¿Diremos, digo, que lo que vemos que es así no es así, porque no podemos descubrir por qué es así?

    Capítulo 38 [XV.]— Contra la predicación de la predestinación pueden alegarse las mismas objeciones que contra la predestinación

    Cap. 38

    Pero dicen, como escribes: «Que nadie puede ser movido por los estímulos de la reprensión si se dice en la asamblea de la Iglesia a la multitud de oyentes: El significado definido de la voluntad de Dios acerca de la predestinación está de tal manera, que algunos de vosotros recibiréis la voluntad de obedecer y saldréis de la incredulidad a la fe, o recibiréis la perseverancia y permaneceréis en la fe; pero otros que estáis demorando en el deleite de los pecados aún no os habéis levantado, porque la ayuda de la gracia compasiva todavía no os ha levantado. Pero aun así, si hay algunos a quienes por su gracia ha predestinado para ser elegidos, que aún no son llamados, recibiréis aquella gracia por la cual podáis querer y ser elegidos; y si alguno obedece, si estáis predestinados a ser rechazados, se os retirará la fuerza para obedecer, de modo que dejéis de obedecer.» Aunque estas cosas puedan decirse, no deben disuadirnos de confesar la verdadera gracia de Dios —es decir, la gracia que no se nos da según nuestros méritos— y de confesar la predestinación de los santos de acuerdo con ello, así como no nos disuadimos de confesar la presciencia de Dios, aunque alguien hable así al pueblo acerca de ella, y diga: «Ya sea que ahora viváis justa o injustamente, seréis tales dentro de poco como el Señor ha preconocido que seréis, o buenos, si os ha preconocido como buenos, o malos, si os ha preconocido como malos.» Porque si al oír esto algunos se volvieran a la torpeza y a la pereza, y del esfuerzo se precipitaran a la concupiscencia de sus propios deseos, ¿se ha de considerar por ello falso lo que se ha dicho acerca de la presciencia de Dios? Si Dios ha preconocido que serán buenos, ¿no serán buenos, cualquiera que sea la profundidad del mal en que ahora están inmersos? Y si los ha preconocido malos, ¿no serán malos, cualquiera que sea la bondad que ahora se discierna en ellos? Había un hombre en nuestro monasterio que, cuando los hermanos lo reprendían por hacer algunas cosas que no debían hacerse, y por no hacer algunas que debían hacerse, respondió: «Sea lo que sea ahora, seré tal como Dios ha preconocido que seré.» Y este hombre ciertamente dijo lo que era verdad, y no le aprovechó esta verdad para bien, sino que avanzó tanto en el mal que abandonó la sociedad del monasterio y se convirtió en un perro que volvió a su vómito; y, sin embargo, es incierto lo que aún ha de llegar a ser. ¿Acaso por causa de almas de este tipo la verdad que se dice acerca de la presciencia de Dios debe negarse o callarse —en momentos, por ejemplo, en que, si no se dice, se incurre en otros errores?

    Capítulo 39 [XVI]— Oración y exhortación

    Cap. 39

    Hay, además, algunos que o no oran en absoluto, u oran fríamente, porque, por las palabras del Señor, han aprendido que Dios sabe lo que nos es necesario antes de que se lo pidamos. ¿Debe abandonarse la verdad de esta declaración, o pensaremos que debe borrarse del evangelio a causa de tales personas? No, puesto que es manifiesto que Dios ha preparado algunas cosas para ser dadas incluso a los que no oran por ellas, como el inicio de la fe, y otras cosas que no deben darse sino a los que oran por ellas, como la perseverancia hasta el fin, ciertamente el que piensa que tiene esto último por sí mismo no ora para tenerlo. Por tanto, debemos cuidar de que, mientras tememos que la exhortación se enfríe, no se ahogue la oración y se estimule la arrogancia.

    Capítulo 40.— Cuándo debe decirse la verdad, cuándo callarse

    Cap. 40

    Por tanto, dígase la verdad, especialmente cuando alguna cuestión nos impulsa a declararla; y recíbanla los que pueden, no sea que, mientras callamos a causa de los que no pueden recibirla, no sólo queden defraudados de la verdad, sino que sean cautivados por la falsedad, quienes pueden recibir la verdad con la cual se evita la falsedad. Porque es fácil, más aún, es útil, que alguna verdad se calle a causa de los que son incapaces de aprehenderla. Pues ¿de dónde es aquella palabra de nuestro Señor: «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no podéis soportarlas»? [] ¿Y la del apóstol: «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales; como a niños en Cristo os di a beber leche, y no carne, porque hasta ahora no erais capaces, ni aun ahora sois capaces»? [] Aunque, en cierta manera de hablar, podría suceder que lo que se dice sea a la vez leche para los niños y carne para los adultos. Como «en el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios», [] ¿qué cristiano puede callarlo? ¿Quién puede recibirlo? ¿O qué cosa en la sana doctrina puede encontrarse más comprehensiva? Y sin embargo, esto no se calla ni a los niños ni a los adultos, ni es ocultado a los niños por los maduros. Pero una es la razón de callar la verdad, otra la necesidad de decirla. Sería asunto tedioso inquirir o anotar todas las razones para callar la verdad; de las cuales, sin embargo, hay esta una: no hacer peores a los que no entienden, mientras deseamos hacer más instruidos a los que entienden; aunque estos últimos no se hacen más instruidos cuando retenemos algo semejante, pero tampoco se hacen peores. Pero cuando una verdad es de tal naturaleza que el que no puede recibirla se hace peor por nuestra habla de ella, y el que puede recibirla se hace peor por nuestro silencio acerca de ella, ¿qué pensamos que debe hacerse? ¿No debemos decir la verdad, para que el que puede recibirla la reciba, antes que callar, de modo que no sólo ninguno la reciba, sino que incluso el más inteligente se haga peor? Porque si la oyera y recibiera, por su medio también muchos podrían aprender. Pues en la medida en que es más capaz de aprender, es más apto para enseñar a otros. El enemigo de la gracia presiona y urge de todas las maneras para hacernos creer que la gracia se da según nuestros merecimientos, y así la gracia ya no es gracia; ¿y no queremos decir lo que podemos por el testimonio de la Escritura? ¿Tememos, acaso, ofender con nuestra habla al que no es capaz de recibir la verdad? ¿Y no tememos que por nuestro silencio el que puede recibir la verdad quede envuelto en la falsedad?

    Capítulo 41.— La predestinación definida como la sola disposición de Dios de los acontecimientos en su presciencia

    Cap. 41

    Pues o la predestinación debe predicarse, en el modo y grado en que la Sagrada Escritura la declara claramente, de modo que en los predestinados los dones y la llamada de Dios sean sin arrepentimiento; o debe confesarse que la gracia de Dios se da según nuestros méritos —que es la opinión de los pelagianos; aunque esa opinión suya, como ya he dicho a menudo, puede leerse en las Actas de los obispos orientales que fue condenada por los labios del mismo Pelagio. Además, aquellos por cuya causa estoy discurriendo sólo se apartan de la perversidad herética de los pelagianos en cuanto que, aunque no confiesan que los que por la gracia de Dios se hacen obedientes y así permanecen, están predestinados, confiesan, sin embargo, que esta gracia precede a su voluntad a quien se da; de tal manera ciertamente que la gracia no se piense que se da gratuitamente, como declara la verdad, sino más bien según los méritos de una voluntad precedente, como dice el error pelagiano, en contradicción con la verdad. Por tanto, también, la gracia precede a la fe; de lo contrario, si la fe precede a la gracia, sin duda también la voluntad la precede, porque no puede haber fe sin voluntad. Pero si la gracia precede a la fe porque precede a la voluntad, ciertamente precede a toda obediencia; también precede al amor, por el cual solo se obedece a Dios verdadera y agradablemente. Y todas estas cosas la gracia las obra en aquel a quien se da, y en quien precede a todas estas cosas. [XVII.] Entre estos beneficios permanece la perseverancia hasta el fin, la cual se pide diariamente en vano al Señor, si el Señor por su gracia no la obra en aquel cuyas oraciones oye. Mira ahora cuán ajeno es a la verdad negar que la perseverancia aun hasta el fin de esta vida es don de Dios; puesto que Él mismo pone fin a esta vida cuando quiere, y si pone fin antes de una caída amenazante, hace que el hombre persevere hasta el fin. Pero más maravillosa y más manifiesta a los creyentes es la largueza de la bondad de Dios, que esta gracia se da incluso a los infantes, aunque no hay obediencia a esa edad a la cual se dé. A quienquiera, por tanto, Dios da sus dones, sin duda ha preconocido que se los otorgará, y en su presciencia los ha preparado para ellos. Por tanto, a los que predestinó, a ésos también llamó con aquel llamamiento que no me resisto a mencionar a menudo, del cual se dice: «Los dones y la llamada de Dios son sin arrepentimiento.» [Romanos 11:24] Porque la ordenación de sus obras futuras en su presciencia, que no puede ser engañada ni cambiada, es absoluta, y no es sino predestinación. Pero, así como aquel a quien Dios ha preconocido casto, aunque pueda considerarlo incierto, obra de modo que es casto, así aquel a quien ha predestinado casto, aunque considere eso incierto, no deja, por tanto, de obrar de modo que sea casto porque oye que ha de ser lo que será por el don de Dios. Más bien, su amor se regocija, y no se envanece como si no lo hubiera recibido. No sólo, por tanto, no es impedido de esta obra por la predicación de la predestinación, sino que incluso es ayudado a ella, para que, aunque se gloríe, se gloríe en el Señor.

    Capítulo 42.— Los adversarios no pueden negar la predestinación a aquellos dones de gracia que ellos mismos reconocen, y sin embargo sus exhortaciones no son impedidas por esta predestinación

    Cap. 42

    Y lo que dije de la castidad, puede decirse también de la fe, de la piedad, del amor, de la perseverancia, y, por no enumerar virtudes particulares, puede decirse con la mayor veracidad de toda la obediencia con la cual se obedece a Dios. Pero aquellos que ponen sólo el inicio de la fe y la perseverancia hasta el fin de tal manera en nuestro poder que no los consideran dones de Dios, ni piensan que Dios obra en nuestros pensamientos y voluntades para que los tengamos y retengamos, conceden, sin embargo, que da otras cosas —puesto que se obtienen de Él por la fe del creyente. ¿Por qué no temen que la exhortación a estas otras cosas, y la predicación de estas otras cosas, sea impedida por la definición de la predestinación? ¿O, acaso, dicen que tales cosas no están predestinadas? Entonces no son dadas por Dios, o Él no ha conocido que las daría. Porque, si son ambas dadas, y Él preconoció que las daría, ciertamente las predestinó. Así como, por tanto, ellos mismos también exhortan a la castidad, la caridad, la piedad y otras cosas que confiesan ser dones de Dios, y no pueden negar que también son preconocidas por Él, y por tanto predestinadas; ni dicen que sus exhortaciones sean impedidas por la predicación de la predestinación de Dios, es decir, por la predicación de la presciencia de Dios de aquellos dones futuros suyos: así pueden ver que tampoco sus exhortaciones a la fe o a la perseverancia son impedidas, aun cuando esas mismas cosas se digan, como es la verdad, que son dones de Dios, y que esas cosas son preconocidas, es decir, predestinadas para ser dadas; sino que más bien vean que por esta predicación de la predestinación sólo se impide y derriba aquel error perniciosísimo, por el cual se dice que la gracia de Dios se da según nuestros merecimientos, para que el que se gloría no se gloríe en el Señor, sino en sí mismo.

    Capítulo 43.— Mayor desarrollo del argumento precedente

    Cap. 43

    Y para poder desplegar esto más abiertamente en favor de quienes son algo tardos de entendimiento, que tengan paciencia con mi demora los que están dotados de una inteligencia que vuela por delante. Dice el apóstol Santiago: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada.» [] También está escrito en los Proverbios de Salomón: «Porque el Señor da la sabiduría.» [] Y acerca de la continencia se lee en el libro de la Sabiduría, cuya autoridad ha sido usada por grandes y doctos varones que comentaron las divinas palabras mucho antes que nosotros; allí, pues, se lee: «Cuando supe que nadie puede ser continente si Dios no se lo da, y que esto era propio de la sabiduría, saber de quién era este don.» [] Por tanto, estos son dones de Dios— es decir, por no decir otros, la sabiduría y la continencia. Asientan también a esto: porque no son pelagianos, para contender contra una verdad tan manifiesta como esta con dura y herética perversidad. «Pero,» dicen, «el que estas cosas nos sean dadas por Dios se obtiene por la fe, la cual tiene su comienzo de nosotros;» y tanto el comenzar a tener esta fe como el permanecer en ella hasta el fin sostienen que es obra nuestra, como si no la recibiésemos del Señor. Esto, sin duda, está en contradicción con el apóstol cuando dice: «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido?» [] Está también en contradicción con la sentencia del mártir Cipriano: «Que no debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro.» Cuando hemos dicho esto, y otras muchas cosas que es fatigoso repetir, y hemos mostrado que tanto el comienzo de la fe como la perseverancia hasta el fin son dones de Dios; y que es imposible que Dios no conozca de antemano ninguno de sus dones futuros, tanto lo que ha de dar como a quiénes ha de darlos; y que así, aquellos a quienes Él libra y corona son predestinados por Él; piensan que es bueno responder: «que la afirmación de la predestinación se opone al provecho de la predicación, por la razón de que, cuando esto se oye, nadie puede ser movido por los incentivos de la reprensión.» Cuando dicen esto, «no quieren que se declare a los hombres que venir a la fe y permanecer en la fe son dones de Dios, no sea que parezca sugerirse desesperación más bien que aliento, puesto que los que oyen piensan que es incierto para la ignorancia humana a quién otorga Dios, o a quién no otorga, estos dones.» ¿Por qué, pues, también ellos mismos predican con nosotros que la sabiduría y la continencia son dones de Dios? Pero si, cuando se declara que estas cosas son dones de Dios, no hay impedimento para la exhortación con la cual exhortamos a los hombres a ser sabios y continentes, ¿cuál es, después de todo, la razón para que piensen que se impide la exhortación con la cual exhortamos a los hombres a venir a la fe y a permanecer en ella hasta el fin, si también estas cosas se dice que son dones de Dios, como lo prueban las Escrituras, que son sus testigos?

    Capítulo 44.— Exhortación a la sabiduría, aunque la sabiduría es don de Dios

    Cap. 44

    Ahora, por no decir más de la continencia, y por tratar aquí solamente de la sabiduría, ciertamente el apóstol Santiago arriba mencionado dice: «Pero la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica, modesta, fácil de ser persuadida, llena de misericordia y de buenos frutos, inestimable, sin simulación.» [] ¿No veis, os lo ruego, cómo esta sabiduría desciende del Padre de las luces, cargada de muchos y grandes beneficios? Porque, como dice el mismo apóstol: «Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, y desciende del Padre de las luces.» [] ¿Por qué, pues— dejando de lado otras cosas— reprendemos a los impuros y contenciosos, a quienes sin embargo predicamos que el don de Dios es sabiduría, pura y pacífica; y no tememos que se vean influidos, por la incertidumbre de la voluntad divina, a encontrar en esta predicación más desesperación que exhortación; y que no sean movidos por los incentivos de la reprensión más bien contra nosotros que contra sí mismos, porque los reprendemos por no tener aquellas cosas que nosotros mismos decimos que no son producidas por la voluntad humana, sino dadas por la liberalidad divina? Finalmente, ¿por qué la predicación de esta gracia no disuadió al apóstol Santiago de reprender a las almas inquietas, y decir: «Si tenéis envidia amarga y contiendas en vuestros corazones, no os gloriéis, ni seáis mentirosos contra la verdad. Esta no es la sabiduría que desciende de lo alto, sino terrenal, animal, diabólica; porque donde hay envidia y contención, allí hay inconstancia y toda obra mala»? [] Así, pues, así como los inquietos han de ser reprendidos, tanto por el testimonio de las declaraciones divinas como por aquellos mismos impulsos nuestros que tienen en común con nosotros; y no es argumento contra esta reprensión el que declaremos que la sabiduría pacífica, por la cual las contiendas son corregidas y sanadas, es don de Dios; así también los incrédulos han de ser reprendidos, como quienes no permanecen en la fe, sin que esa reprensión sea impedida por la predicación de la gracia de Dios, aunque esa predicación recomienda esa misma gracia y la permanencia en ella como dones de Dios. Porque, aunque la sabiduría se obtiene por la fe, como el mismo Santiago, cuando hubo dicho: «Si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada,» [] añadió inmediatamente: «Pero pida con fe, sin dudar nada:» no por ello, sin embargo, porque la fe se da antes de que la pida aquel a quien se da, ha de decirse que no es don de Dios, sino nuestra, ¡porque se nos da sin pedirla! Pues el apóstol dice claramente: «Paz sea a los hermanos, y amor con fe, de Dios Padre y del Señor Jesucristo.» [] De quien, pues, son la paz y el amor, de Él también es la fe; por lo cual, de Él pedimos no sólo que se aumente a los que la poseen, sino también que se dé a los que no la poseen.

    Capítulo 45.— Exhortación a otros dones de Dios de manera semejante

    Cap. 45

    Ni aquellos por cuya causa digo estas cosas, que claman que la exhortación queda sofocada por la predicación de la predestinación y de la gracia, exhortan solamente a aquellos dones que sostienen que no son dados por Dios, sino que proceden de nosotros, como son el comienzo de la fe y la perseverancia en ella hasta el fin. Ciertamente esto deberían hacerlo de tal modo que sólo exhortasen a los incrédulos a creer, y a los creyentes a continuar creyendo. Pero aquellas cosas que con nosotros no niegan que sean dones de Dios, de modo que con nosotros destruyen el error de los pelagianos, como la modestia, la continencia, la paciencia y otras virtudes que pertenecen a una vida santa y se obtienen por la fe del Señor, deberían mostrarlas como cosas que han de pedirse en oración, y pedirlas solamente, ya sea por sí mismos o por otros; pero no deberían exhortar a nadie a esforzarse por alcanzarlas y retenerlas. Pero cuando exhortan a estas cosas, según su capacidad, y confiesan que se debe exhortar a los hombres— ciertamente muestran con bastante claridad que las exhortaciones no son impedidas por aquella predicación, ya sean exhortaciones a la fe o a la perseverancia hasta el fin, porque también nosotros predicamos que tales cosas son dones de Dios, y que no son dadas por ningún hombre a sí mismo, sino dadas por Dios.

    Capítulo 46.— El hombre que no persevera fracasa por su propia culpa

    Cap. 46

    Pero se dice: «Por su propia culpa deserta de la fe aquel que cede y consiente a la tentación que es la causa de su deserción de la fe.» ¿Quién lo niega? Pero no por ello ha de decirse que la perseverancia en la fe no sea un don de Dios. Porque es esto lo que el hombre pide diariamente cuando dice: «No nos metas en tentación;» [] y si es oído, es esto lo que recibe. Y así, como pide diariamente la perseverancia, ciertamente pone la esperanza de su perseverancia no en sí mismo, sino en Dios. Yo, sin embargo, soy reacio a exagerar el caso con mis palabras, sino que más bien lo dejo a ellos para que consideren y vean qué es aquello de lo que se han persuadido— a saber, «que por la predicación de la predestinación se imprime en los oyentes más desesperación que exhortación.» Porque esto equivale a decir que el hombre desespera entonces de su salvación cuando ha aprendido a poner su esperanza no en sí mismo, sino en Dios, aunque clama el profeta: «Maldito el hombre que confía en el hombre.» []

    Capítulo 47.— La predestinación a veces se significa con el nombre de presciencia

    Cap. 47

    Estos dones, pues, de Dios, que se dan a los elegidos que son llamados según el propósito de Dios, entre los cuales dones están tanto el comienzo de la fe como la perseverancia en la fe hasta el término de esta vida, como lo he probado con tan concurrente testimonio de razones y autoridades,— estos dones de Dios, digo, si no existe tal predestinación como la que sostengo, no son conocidos de antemano por Dios. Pero son conocidos de antemano. Esta es, por tanto, la predestinación que sostengo. [XVIII.] Por consiguiente, a veces la misma predestinación se significa también con el nombre de presciencia; como dice el apóstol: «Dios no ha desechado a su pueblo, al cual conoció de antemano.» [] Aquí, cuando dice: «conoció de antemano», no se entiende rectamente el sentido sino como «predestinó», como lo muestra el contexto del pasaje mismo. Pues hablaba del resto de los judíos que fueron salvos, mientras los demás perecieron. Porque arriba había dicho que el profeta había declarado a Israel: «Todo el día extendí mis manos a un pueblo incrédulo y contradictor.» Y como si se respondiera: ¿Qué ha sido, pues, de las promesas de Dios a Israel? Añadió a continuación: «Digo, pues: ¿Ha desechado Dios a su pueblo? ¡De ninguna manera! Porque también yo soy israelita, de la descendencia de Abraham, de la tribu de Benjamín.» Luego añadió las palabras que ahora estoy tratando: «Dios no ha desechado a su pueblo, al cual conoció de antemano.» Y para mostrar que el resto había sido dejado por la gracia de Dios, no por méritos de sus obras, continuó añadiendo: «¿No sabéis lo que dice la Escritura de Elías, de qué manera intercede ante Dios contra Israel?» y lo demás. «Pero ¿qué,» dice, «le dice la respuesta de Dios? "Me he reservado siete mil hombres que no han doblado la rodilla ante Baal." [] Porque no dice: «Me han quedado», o «Se me han reservado», sino: «Me he reservado». «Así también, pues, en el tiempo presente ha quedado un resto según la elección de la gracia. Y si es por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.» Y enlazando esto con lo que he citado arriba, «¿Qué, pues?» [] y respondiendo a esta pregunta, dice: «Israel no ha alcanzado lo que buscaba, pero la elección lo ha alcanzado, y los demás fueron endurecidos.» Por tanto, en la elección, y en este resto que fue hecho así por la elección de la gracia, quiso que se entendiera el pueblo que Dios no desechó, porque los conoció de antemano. Esta es aquella elección por la cual eligió a aquellos, a quienes quiso, en Cristo antes de la fundación del mundo, para que fuesen santos e inmaculados delante de Él, en amor, predestinándolos a la adopción de hijos. A nadie, por tanto, que entienda estas cosas le es permitido dudar de que, cuando el apóstol dice: «Dios no ha desechado a su pueblo, al cual conoció de antemano», quiso significar la predestinación. Pues conoció de antemano al resto que había de hacer así según la elección de la gracia. Es decir, por tanto, los predestinó; porque sin duda conoció de antemano si predestinó; pero haber predestinado es haber conocido de antemano lo que había de hacer.

    Capítulo 48 [XIX.]— Práctica de Cipriano y Ambrosio

    Cap. 48

    ¿Qué, pues, nos impide, cuando leemos de la presciencia de Dios en algunos comentaristas de la palabra de Dios, y están tratando del llamamiento de los elegidos, entender la misma predestinación? Pues quizás habrían usado más bien en este asunto esta palabra que, por lo demás, se entiende mejor, y que no es inconsistente con, más aún, está de acuerdo con, la verdad que se declara acerca de la predestinación de la gracia. Esto sé, que nadie ha podido disputar, sino erróneamente, contra aquella predestinación que sostengo de acuerdo con las Sagradas Escrituras. Sin embargo, creo que quienes piden las opiniones de los comentaristas sobre este asunto deberían quedar satisfechos con hombres tan santos y tan laudablemente celebrados en todas partes en la fe y en la doctrina cristiana como Cipriano y Ambrosio, de quienes he dado testimonios tan claros; y que para ambas doctrinas— es decir, que crean absolutamente y prediquen en todas partes que la gracia de Dios es gratuita, como debemos creerla y declararla; y que no piensen que aquella predicación se opone a la predicación con la cual exhortamos a los indolentes o reprendemos a los malvados; porque estos célebres varones también, aunque predicaban la gracia de Dios de tal manera que uno de ellos dijo: «Que no debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro;» y el otro: «Nuestro corazón y nuestros pensamientos no están en nuestro poder;» sin embargo no cesaron de exhortar y reprender, para que los mandamientos divinos fuesen obedecidos. Ni tuvieron miedo de que se les dijese: «¿Por qué nos exhortáis, y por qué nos reprendéis, si nada bueno que tenemos procede de nosotros, y si nuestros corazones no están en nuestro poder?» Estos santos varones de ningún modo podían temer que se les dijesen tales cosas, puesto que eran del parecer de entender que se concede a muy pocos recibir la enseñanza de la salvación por medio de Dios mismo, o por medio de los ángeles del cielo, sin predicación humana alguna; pero que se concede a muchos creer en Dios por medio de la agencia humana. Sin embargo, de cualquier manera que la palabra de Dios sea hablada al hombre, sin duda que el hombre la oiga de tal modo que la obedezca es don de Dios.

    Capítulo 49.— Más referencias a Cipriano y Ambrosio

    Cap. 49

    Por lo cual, los mencionados y excelentísimos comentaristas de las declaraciones divinas predicaron la verdadera gracia de Dios como debe ser predicada— es decir, como una gracia no precedida por méritos humanos— y exhortaron con urgencia al cumplimiento de los mandamientos divinos, para que quienes tuvieran el don de la obediencia oyeran qué mandamientos debían obedecer. Porque si algunos méritos nuestros preceden a la gracia, ciertamente es el mérito de alguna obra, o palabra, o pensamiento, en lo cual también se entiende la buena voluntad misma. Pero él resumió muy brevemente las clases de todos los méritos quien dijo: «Que no debemos gloriarnos en nada, pues nada es nuestro.» Y el que dice: «Nuestro corazón y nuestros pensamientos no están en nuestro poder», no pasó por alto tampoco los actos y las palabras, porque no hay acto ni palabra del hombre que no proceda del corazón y del pensamiento. Pero ¿qué más podría decir sobre este asunto aquel gloriosísimo mártir y luminosísimo doctor Cipriano, que cuando nos inculcó que conviene orar, en el Padrenuestro, aun por los adversarios de la fe cristiana, mostrando lo que pensaba del inicio de la fe, que también es don de Dios, y señalando que la Iglesia de Cristo ora diariamente por la perseverancia hasta el fin, porque nadie sino Dios da esa perseverancia a los que han perseverado? Además, el bienaventurado Ambrosio, al exponer el pasaje donde el evangelista Lucas dice: «Me ha parecido bien también a mí» [], dice: «Lo que declara haberle parecido bien a sí mismo no puede haberle parecido bien a él solo. Pues no por sola la voluntad humana le pareció bien, sino como plugo a Aquel que habla en mí, Cristo, que hace que lo que es bueno nos parezca también bueno a nosotros: porque a quien tiene misericordia, también lo llama. Y por tanto, el que sigue a Cristo puede responder, cuando se le pregunta por qué quiso hacerse cristiano: 'También a mí me ha parecido bien.' Y al decir esto, no niega que le pareció bien a Dios; porque la voluntad de los hombres es preparada por Dios. Pues es gracia de Dios que Dios sea honrado por el santo.» Además, en la misma obra— es decir, en la exposición del mismo Evangelio, cuando hubo llegado a aquel lugar donde los samaritanos no quisieron recibir al Señor, porque su rostro era como de quien iba a Jerusalén— dice: «Aprended al mismo tiempo que Él no quiso ser recibido por aquellos que no estaban convertidos con sencillez de mente. Pues si hubiera querido, habría hecho devotos a los que eran indevotos. Y por qué no lo recibieron, el evangelista mismo lo mencionó, diciendo: 'Porque su rostro era como de quien iba hacia Jerusalén.' [] Pero los discípulos deseaban ardientemente ser recibidos en Samaria. Pero Dios llama a aquellos a quienes hace dignos, y hace religiosos a quienes quiere.» ¿Qué cosa más evidente, qué cosa más manifiesta pedimos a los comentaristas de la palabra de Dios, si nos place oír de ellos lo que está claro en las Escrituras? Pero a estos dos, que deberían ser suficientes, añadamos también un tercero, el santo Gregorio, que testifica que es don de Dios tanto creer en Dios como confesar lo que creemos, diciendo: «Os ruego que confeséis la Trinidad de una sola divinidad; pero si queréis de otro modo, decid que es de una sola naturaleza, y se rogará a Dios que se os dé una voz por el Espíritu Santo;» es decir, se rogará a Dios que permita que se os dé una voz por la cual confeséis lo que creéis. «Porque Él dará, estoy cierto. El que dio lo primero, dará también lo segundo.» El que dio la fe, dará también la confesión.

    Capítulo 50.— La obediencia no es desalentada por la predicación de los dones de Dios

    Cap. 50

    Tales doctores, y tan grandes como éstos, cuando dicen que no hay nada de lo cual podamos gloriarnos como si fuera nuestro que Dios no nos haya dado, y que nuestro mismo corazón y nuestros pensamientos no están en nuestro poder; y cuando lo atribuyen todo a Dios, y confiesan que de Él recibimos el convertirnos a Él de tal modo que perseveremos—que lo que es bueno nos parece también a nosotros bueno, y lo deseamos—que honramos a Dios y recibimos a Cristo,— que de personas impías somos hechos devotos y religiosos,— que creemos en la Trinidad misma, y también confesamos con nuestra voz lo que creemos:— ciertamente atribuyen todas estas cosas a la gracia de Dios, las reconocen como dones de Dios, y testifican que nos vienen de Él, y no de nosotros mismos. Pero ¿dirá alguno que ellos confesaron de tal modo esa gracia de Dios que se atrevieron a negar su presciencia, la cual confiesan no sólo los doctos, sino también los indoctos? Además, si hubieran sabido de tal modo que Dios da estas cosas que no ignoraran que Él supo de antemano que las daría, y no hubieran podido ignorar a quiénes las daría: sin duda habrían conocido la predestinación que, predicada por los apóstoles, laboriosa y diligentemente mantenemos contra los herejes modernos. Ni con justicia alguna se les diría, sin embargo, porque predican la obediencia, y exhortan fervientemente, según la capacidad de cada uno, a su práctica, «Si no queréis que la obediencia a la que nos estáis incitando se enfríe en nuestro corazón, dejad de predicarnos esa gracia de Dios por la cual confesáis que Dios da lo que nos exhortáis a hacer.»

    Capítulo 51 [XX.]— La predestinación debe ser predicada

    Cap. 51

    Por lo cual, si tanto los apóstoles como los doctores de la Iglesia que los sucedieron e imitaron hicieron ambas cosas—es decir, tanto predicaron verdaderamente la gracia de Dios que no se da según nuestros méritos, como inculcaron con saludables preceptos una obediencia piadosa—¿qué es lo que estas personas de nuestro tiempo piensan que están rectamente obligados por la fuerza invencible de la verdad a decir, «Aunque lo que se dice de la predestinación de los beneficios de Dios sea verdadero, sin embargo no debe predicarse al pueblo»? Debe absolutamente predicarse, para que el que tiene oídos para oír, oiga. Y ¿quién los tiene si no los ha recibido de Aquel que dice, «Yo les daré un corazón para conocerme, y oídos para oír?» [] Ciertamente, el que no ha recibido puede rechazar; mientras que, no obstante, el que recibe puede tomar y beber, puede beber y vivir. Pues así como la piedad debe predicarse, para que, por el que tiene oídos para oír, Dios sea rectamente adorado; la modestia debe predicarse, para que, por el que tiene oídos para oír, ningún acto ilícito sea perpetrado por su naturaleza carnal; la caridad debe predicarse, para que, por el que tiene oídos para oír, Dios y su prójimo sean amados;— así también debe predicarse tal predestinación de los beneficios de Dios que el que tiene oídos para oír se gloríe, no en sí mismo, sino en el Señor.

    Capítulo 52.— Los escritos anteriores refutaron anticipadamente la herejía pelagiana

    Cap. 52

    Pero en cuanto a su decir «que no era necesario que los corazones de tantas personas de poca inteligencia fueran inquietados por la incertidumbre de esta clase de disputa, puesto que la fe católica ha sido defendida durante tantos años, con no menos provecho, sin esta definición de la predestinación, tanto contra otros como especialmente contra los pelagianos, en tantos libros que han precedido, tanto de católicos y otros como nuestros;» — me admiro mucho de que digan esto, y no observen—por no decir nada de otros escritos en este lugar— que esos mismos tratados míos fueron compuestos y publicados antes de que los pelagianos hubieran comenzado a aparecer; y que no ven en cuántos pasajes de esos tratados yo estaba sin darme cuenta derribando una futura herejía pelagiana, predicando la gracia por la cual Dios nos libra de los errores perniciosos y de nuestros hábitos, sin ningún mérito precedente nuestro—haciendo esto según su misericordia gratuita. Y esto comencé a comprenderlo más plenamente en aquella disputa que escribí a Simpliciano, obispo de la Iglesia de Milán, de bendita memoria, al comienzo de mi episcopado, cuando, además, percibí y afirmé que el inicio de la fe es don de Dios.

    Capítulo 53.— Las «Confesiones» de Agustín

    Cap. 53

    ¿Y cuál de mis obras menores ha podido ser conocida más general y más agradablemente que los libros de mis Confesiones? Y aunque los publiqué antes de que la herejía pelagiana hubiera llegado a existir, ciertamente en ellos dije a mi Dios, y lo dije con frecuencia, «Da lo que mandas, y manda lo que quieras.» Estas palabras mías, Pelagio en Roma, cuando fueron mencionadas en su presencia por cierto hermano y colega obispo mío, no pudo soportarlas; y contradiciendo con cierta excesiva excitación, casi llegó a una disputa con quien las había mencionado. Pero, en efecto, ¿qué manda Dios primaria y principalmente, sino que creamos en Él? Y esto, por tanto, Él mismo lo da, si se le dice bien, «Da lo que mandas.» Y, además, en esos mismos libros, respecto de lo que he relatado acerca de mi conversión, cuando Dios me convirtió a aquella fe que, con una charlatanería miserable y rabiosa, yo estaba destruyendo, ¿no recordáis que se narró de tal modo cómo mostré que fui concedido a las fieles y diarias lágrimas de mi madre, para que yo no pereciera? Donde ciertamente declaré que Dios por su gracia convirtió a la verdadera fe las voluntades de los hombres, que no sólo le eran adversas, sino incluso contrarias. Además, de qué manera supliqué a Dios acerca de mi crecimiento en la perseverancia, lo sabéis, y podéis repasarlo si lo deseáis. Por tanto, que todos los dones de Dios que en aquella obra pedí o alabé fueron conocidos de antemano por Dios, que Él los daría, y que Él nunca podría ignorar a las personas a quienes los daría, ¿quién puede atreverse, no diré a negarlo, sino incluso a dudarlo? Ésta es la manifiesta y segura predestinación de los santos, que posteriormente la necesidad me obligó a defender más cuidadosa y laboriosamente cuando ya disputaba contra los pelagianos. Pues aprendí que cada herejía especial introducía sus propias cuestiones peculiares en la Iglesia— contra las cuales la sagrada Escritura podía ser defendida más cuidadosamente que si ninguna necesidad tal obligara a su defensa. ¿Y qué obligó a que aquellos pasajes de la Escritura en los que se encomienda la predestinación fueran defendidos más abundante y claramente por aquel trabajo mío, sino el hecho de que los pelagianos dicen que la gracia de Dios se da según nuestros méritos; pues ¿qué otra cosa es esto sino una absoluta negación de la gracia?
    Comentario editorial · «Da lo que mandas»
    Para probar que predicaba la gracia antes de que existieran los pelagianos, Agustín remite a sus Confesiones. La petición que cita, «Da lo que mandas, y manda lo que quieras», está en el libro X, cap. 29, en la versión de New Advent; lo que dice de las lágrimas de su madre, en los libros III (cap. 11–12) y IX (cap. 8), según una nota del NPNF. En este capítulo cuenta que Pelagio, en Roma, no soportó oír la frase cuando un obispo colega suyo la citó delante de él: es relato del propio Agustín, y el NPNF no lo corrobora.

    Capítulo 54 [XXI.]— El inicio y el fin de la fe son de Dios

    Cap. 54

    Por tanto, para que esta opinión, desagradable a Dios y hostil a aquellos beneficios gratuitos de Dios por los cuales somos liberados, sea destruida, sostengo que tanto el inicio de la fe como la perseverancia en ella, aun hasta el fin, son, según las Escrituras—de las cuales ya he citado muchas—, dones de Dios. Porque si decimos que el inicio de la fe es de nosotros mismos, de modo que por él merezcamos recibir otros dones de Dios, los pelagianos concluyen que la gracia de Dios se da según nuestros méritos. Y esto la fe católica lo temió de tal manera, que Pelagio mismo, por temor a la condenación, lo condenó. Y, además, si decimos que nuestra perseverancia es de nosotros mismos, no de Dios, responden que tenemos el inicio de nuestra fe de nosotros mismos, así como el fin, arguyendo así que tenemos ese inicio de nosotros mismos mucho más, si de nosotros mismos tenemos la continuación hasta el fin, pues perfeccionar es mucho mayor que comenzar; y así repetidamente concluyen que la gracia de Dios se da según nuestros méritos. Pero si ambas cosas son dones de Dios, y Dios supo de antemano que daría estos sus dones (¿y quién puede negar esto?), la predestinación debe predicarse—para que la verdadera gracia de Dios, es decir, la gracia que no se da según nuestros méritos, sea mantenida con defensa insuperable.

    Capítulo 55.— Testimonio de sus escritos y cartas anteriores

    Cap. 55

    Y, en efecto, en aquel tratado cuyo título es, Sobre la reprensión y la gracia, que no pudo bastar a todos mis amadores, creo que he establecido de tal modo que es don de Dios también el perseverar hasta el fin, como nunca antes o casi nunca lo he sostenido por escrito de manera tan expresa y evidente, a menos que me engañe la memoria. Pero ahora he dicho esto de una manera en que nadie antes de mí lo ha dicho. Ciertamente, el bienaventurado Cipriano, en el Padrenuestro, como ya he mostrado, explicó nuestras peticiones de tal modo que dijo que en su primera petición pedíamos la perseverancia, afirmando que oramos por ella cuando decimos, «Santificado sea tu nombre,» [] aunque ya hemos sido santificados en el bautismo—para que perseveremos en aquello que hemos comenzado a ser. Pero aquellos, sin embargo, a quienes, en su amor por mí, no debo ser ingrato, que profesan abrazar, además de lo que entra en el argumento, todas mis opiniones, como escribís—aquellos, digo, ved si, en las últimas porciones del primero de los dos libros que escribí al comienzo de mi episcopado, antes de la aparición de la herejía pelagiana, a Simpliciano, obispo de Milán, quedó algo por lo cual pudiera ponerse en cuestión que la gracia de Dios no se da según nuestros méritos; y si no he argumentado allí suficientemente que aun el inicio de la fe es don de Dios; y si de lo que allí se dice no resulta por consecuencia, aunque no se exprese, que aun la perseverancia hasta el fin no se da, excepto por Aquel que nos ha predestinado a su reino y gloria. Luego, ¿no publiqué yo hace muchos años aquella carta que ya había escrito al santo Paulino, obispo de Nola, contra los pelagianos, la cual han comenzado últimamente a contradecir? Mirad también aquella carta que envié a Sixto, presbítero de la Iglesia romana, cuando contendíamos en un conflicto muy agudo contra los pelagianos, y la encontrarán tal como es aquella a Paulino. De donde pueden colegir que la misma clase de cosas ya se habían dicho y escrito hace varios años contra la herejía pelagiana, y que es de admirarse que éstas ahora les desagraden; aunque yo quisiera que nadie abrazara todas mis opiniones hasta seguirme, excepto en aquellas cosas en las que vea que yo no he errado. Pues ahora estoy escribiendo tratados en los que he emprendido retractar mis obras menores, con el propósito de demostrar que aun yo mismo no me he seguido en todas las cosas; pero pienso que, con la misericordia de Dios, he escrito progresivamente, y no he comenzado desde la perfección; ya que, en efecto, hablo más arrogantemente que con verdad, si aun ahora digo que al fin he llegado en esta edad mía a la perfección, sin error alguno en lo que escribo. Pero la diferencia está en la extensión y el asunto de un error, y en la facilidad con que cualquiera lo corrige, o la pertinacia con que uno se esfuerza en defender su error. Ciertamente hay buena esperanza de aquel hombre a quien el último día de esta vida halle progresando de tal modo que lo que faltaba a su progreso le sea añadido, y que sea juzgado más bien como necesitado de perfección que de castigo.

    Capítulo 56.— Dios da los medios así como el fin

    Cap. 56

    Por lo cual, si no quiero parecer ingrato a los hombres que me han amado, porque algún fruto de mi trabajo les ha llegado antes de que me amaran, ¡cuánto más no quiero ser ingrato a Dios, a quien no amaríamos si Él no nos hubiera amado primero y hecho amarle! pues el amor es de Él, [] como han dicho aquellos a quienes Él hizo no sólo sus grandes amadores, sino también sus grandes predicadores. ¿Y qué hay más ingrato que negar la gracia misma de Dios, diciendo que se nos da según nuestros méritos? Esto lo temió la fe católica en los pelagianos, y esto objetó al mismo Pelagio como crimen capital; y esto el mismo Pelagio lo condenó, no ciertamente por amor a la verdad de Dios, sino por temor a su propia condenación. Pero todo aquel que, como católico fiel, se horrorice de decir que la gracia de Dios se da según nuestros méritos, no aparte la fe misma de la gracia de Dios, por la cual obtuvo misericordia para ser fiel; y así atribuya también la perseverancia hasta el fin a la gracia de Dios, por la cual obtiene la misericordia que pide diariamente, para no ser llevado a la tentación. Pero entre el inicio de la fe y la perfección de la perseverancia están aquellos medios por los cuales vivimos rectamente, que ellos mismos están de acuerdo en considerar como dados por Dios a nosotros en la oración de la fe. Y todas estas cosas—el inicio de la fe, a saber, y sus otros dones aun hasta el fin— Dios supo de antemano que las otorgaría a sus llamados. Es, por tanto, asunto de demasiado excesiva contenciosidad contradecir la predestinación, o dudar acerca de la predestinación.

    Capítulo 57 [XXII.]— Cómo debe predicarse la predestinación para no dar ofensa

    Cap. 57

    Y, sin embargo, esta doctrina no debe predicarse a las congregaciones de tal manera que parezca a una multitud inexperta, o a un pueblo de entendimiento más lento, ser en cierta medida refutada por esa misma predicación. Así como incluso la presciencia de Dios, que ciertamente los hombres no pueden negar, parece ser refutada si se les dice, «Ya corráis o durmáis, seréis aquello que Aquel que no puede ser engañado ha sabido de antemano que seríais.» Y es propio de un médico engañoso o inexperto componer aun un medicamento útil de tal modo que o no haga bien o haga daño. Pero debe decirse, «Corred de tal manera que lo alcancéis; [] y así, por vuestra misma carrera, podáis conoceros a vosotros mismos como sabidos de antemano como aquellos que deberían correr legítimamente:» y de cualquier otra manera en que la presciencia de Dios pueda predicarse de modo que la pereza del hombre sea rechazada.

    Capítulo 58.— La doctrina debe aplicarse con discernimiento

    Cap. 58

    Ahora, por tanto, la determinación definida de la voluntad de Dios acerca de la predestinación es de tal índole que algunos, desde la incredulidad, reciben la voluntad de obedecer, y son convertidos a la fe o perseveran en la fe, mientras que otros que permanecen en el deleite de pecados condenables, aun si han sido predestinados, no han surgido todavía, porque el auxilio de la gracia compasiva aún no los ha levantado. Pues si algunos no son llamados todavía a quienes por su gracia Él ha predestinado a ser elegidos, recibirán aquella gracia por la cual puedan querer ser elegidos, y lo sean; y si algunos obedecen, pero no han sido predestinados a su reino y gloria, son por un tiempo, y no permanecerán en la misma obediencia hasta el fin. Aunque, pues, estas cosas son verdaderas, no deben decirse de tal modo a la multitud de oyentes que el discurso pueda aplicarse también a ellos mismos, y que se les digan aquellas palabras de aquellas personas que habéis puesto en vuestra carta, y que yo he introducido más arriba: «La determinación definida de la voluntad de Dios acerca de la predestinación es de tal índole que algunos de vosotros, desde la incredulidad, recibirán la voluntad de obedecer, y vendrán a la fe.» ¿Qué necesidad hay de decir, «algunos de vosotros»? Pues si hablamos a la Iglesia de Dios, si hablamos a los creyentes, ¿por qué decimos que «algunos de ellos» habían venido a la fe, y parecemos hacer agravio a los demás, cuando podemos decir más convenientemente que la determinación definida de la voluntad de Dios acerca de la predestinación es de tal índole que desde la incredulidad vosotros recibiréis la voluntad de obedecer, y vendréis a la fe, y recibiréis la perseverancia, y permaneceréis hasta el fin?

    Capítulo 59.— Debe evitarse la ofensa

    Cap. 59

    Tampoco debe decirse en modo alguno lo que sigue —esto es, «Pero otros de vosotros que permanecéis en el deleite de los pecados aún no os habéis levantado, porque el auxilio de la gracia compasiva todavía no os ha levantado;» cuando bien y convenientemente puede y debe decirse: «Pero si algunos de vosotros todavía os demoráis en la dulzura de los pecados condenables, aferraos a la disciplina más saludable; y, sin embargo, cuando hayáis hecho esto, no os engriáis como por vuestras propias obras, ni os gloriéis como si no lo hubierais recibido. Porque Dios es quien obra en vosotros tanto el querer como el hacer por su buena voluntad [Filipenses 1:13], y vuestros pasos son dirigidos por el Señor para que escojáis su camino. Pero acerca de vuestra propia conducta buena y justa, aprended con diligencia que debe atribuirse a la predestinación de la gracia divina.»

    Capítulo 60.— La aplicación a la Iglesia en general

    Cap. 60

    Además, lo que sigue donde se dice: «Pero si alguno de vosotros todavía no es llamado, a quien por su gracia Él predestinó a ser llamado, recibiréis aquella gracia por la cual queráis ser, y seáis, elegidos», se dice con más dureza de lo que podría decirse si consideramos que no hablamos a los hombres en general, sino a la Iglesia de Cristo. Pues ¿por qué no se dice más bien así: «Y si alguno de vosotros todavía no es llamado, oremos por ellos para que sean llamados. Porque quizá están predestinados de tal modo que sean concedidos a nuestras oraciones y reciban aquella gracia por la cual quieran y sean hechos elegidos»? Porque Dios, que cumplió todo lo que predestinó, ha querido también que oremos por los enemigos de la fe, para que entendamos por ello que Él mismo da también a los incrédulos el don de la fe y hace voluntarios a los que eran reacios.

    Capítulo 61.— Uso de la tercera persona más bien que de la segunda

    Cap. 61

    Pero ahora me asombro si algún hermano débil de la congregación cristiana puede oír de algún modo con paciencia lo que se une a estas palabras, cuando se les dice: «Y si alguno de vosotros obedece, si estáis predestinados a ser reprobados, os será retirado el poder de obedecer, para que dejéis de obedecer.» Pues ¿qué parece decir esto, sino maldecir o, en cierto modo, predecir males? Pero si, con todo, es deseable o necesario decir algo acerca de los que no perseveran, ¿por qué no se dice al menos de la manera como poco antes fue dicho por mí —en primer lugar, de modo que esto se diga, no de quienes oyen en la congregación, sino acerca de otros a ellos; es decir, que no se diga: «Si alguno de vosotros obedece, si estáis predestinados a ser reprobados», sino: «Si alguno obedece», y lo demás, usando la tercera persona del verbo, no la segunda? Pues no ha de decirse que sea deseable, sino abominable, y es excesivamente duro y odioso arrojarse, por así decirlo, al rostro de un auditorio con injuria, cuando el que les habla dice: «Y si hay entre vosotros algunos que obedecen y están predestinados a ser reprobados, se os retirará el poder de obedecer, para que dejéis de obedecer.» Pues ¿qué falta a la doctrina si así se expresa: «Pero si algunos obedecen y no están predestinados a su reino y gloria, son sólo por un tiempo, y no continuarán en esa obediencia hasta el fin»? ¿No se dice lo mismo de manera más verdadera y más conveniente, de modo que no parezcamos desear tanto para ellos, sino referir de otros el mal que odian y piensan que no les pertenece, esperando y orando por cosas mejores? Pero de aquella manera como piensan que debe decirse, el mismo juicio puede pronunciarse casi con las mismas palabras también acerca de la presciencia de Dios, que ciertamente no pueden negar, para decir: «Y si alguno de vosotros obedece, si sois preconocidos para ser reprobados, dejaréis de obedecer.» Sin duda esto es muy verdadero, ciertamente lo es; pero es muy monstruoso, muy desconsiderado y muy inadecuado, no por su declaración falsa, sino por su declaración no aplicada saludablemente a la salud de la debilidad humana.

    Capítulo 62.— No obstante, debe inculcarse la oración

    Cap. 62

    Pero no creo que aquella manera que he dicho debe adoptarse en la predicación de la predestinación deba ser suficiente para quien habla a la congregación, a no ser que añada esto, o algo de este género, diciendo: «Vosotros, por tanto, debéis también esperar aquella perseverancia en la obediencia del Padre de las luces, de quien desciende toda dádiva excelente y todo don perfecto [], y pedirla en vuestras oraciones diarias; y al hacer esto debéis confiar en que no sois extraños a la predestinación de su pueblo, porque es Él mismo quien concede incluso el poder de hacer esto. Y lejos esté de vosotros desesperar de vosotros mismos, porque se os manda tener vuestra esperanza en Él, no en vosotros mismos. Pues maldito es todo aquel que pone su esperanza en el hombre; [mejor es confiar en el Señor que confiar en el hombre, porque bienaventurados son todos los que ponen su confianza en Él. Manteniendo esta esperanza, servid al Señor con temor, y regocijaos ante Él con temblor. Porque nadie puede estar cierto de la vida eterna que Dios, que no miente, ha prometido a los hijos de la promesa antes de los tiempos eternos —nadie, a menos que aquella vida suya, que es un estado de prueba sobre la tierra, sea completada. Job 7:1] Pero Él nos hará perseverar en Él hasta el fin de aquella vida, ya que diariamente le decimos: 'No nos metas en tentación'.» [] Cuando se dicen estas cosas y otras de este género, sea a pocos cristianos o a la multitud de la Iglesia, ¿por qué tememos predicar la predestinación de los santos y la verdadera gracia de Dios —es decir, la gracia que no se da según nuestros méritos—, como la declara la Santa Escritura? O, ciertamente, ¿ha de temerse que un hombre desespere entonces de sí mismo cuando se muestra que su esperanza está puesta en Dios, y no habría más bien de desesperar de sí mismo si, en su exceso de soberbia e infelicidad, la pusiera en sí mismo?

    Capítulo 63 [XXIII.]— El testimonio de toda la Iglesia en sus oraciones

    Cap. 63

    Y desearía que los que son tardos y débiles de corazón, que no pueden, o no pueden todavía, entender las Escrituras o sus explicaciones, oyeran o no oyeran nuestros argumentos en esta cuestión de tal modo que consideraran más cuidadosamente sus oraciones, las cuales la Iglesia siempre ha usado y usará, desde sus comienzos hasta que se complete esta edad. Pues de este asunto, que ahora me veo obligado no sólo a mencionar, sino incluso a proteger y defender contra estos nuevos herejes, la Iglesia nunca ha guardado silencio en sus oraciones, aunque en sus discursos no ha pensado que fuera necesario exponerlo, al no haber adversario que la obligara. Pues ¿cuándo no se ha hecho oración en la Iglesia por los incrédulos y sus opositores para que creyeran? ¿Cuándo ha tenido algún creyente un amigo, un vecino, una esposa, que no creyera, y no ha pedido al Señor en favor de ellos una mente obediente a la fe cristiana? ¿Y quién ha habido jamás que no haya orado por sí mismo para permanecer en el Señor? ¿Y quién se ha atrevido, no sólo con su voz, sino incluso con el pensamiento, a culpar al sacerdote que invoca al Señor en favor de los creyentes, si en algún momento ha dicho: «Dales, oh Señor, perseverancia en Ti hasta el fin», y no ha respondido más bien, ante tal bendición suya, tanto con labios confesantes como con corazón creyente: «Amén»? Puesto que en el Padrenuestro mismo los creyentes no piden otra cosa, especialmente cuando dicen aquella petición: «No nos metas en tentación», sino que perseveren en santa obediencia. Así, por tanto, como la Iglesia ha nacido, crece y ha crecido en estas oraciones, así también ha nacido, crece y ha crecido en esta fe, por la cual se cree que la gracia de Dios no se da según los méritos de quienes la reciben. Pues, ciertamente, la Iglesia no oraría para que se diera la fe a los incrédulos, a menos que creyera que Dios convierte hacia sí las voluntades tanto adversas como contrarias de los hombres. Ni oraría la Iglesia para perseverar en la fe de Cristo, no engañada ni vencida por las tentaciones del mundo, a menos que creyera que el Señor tiene nuestro corazón en su poder, de tal modo que el bien que no tenemos sino por nuestra propia voluntad, no lo tenemos sin embargo a menos que Él obre en nosotros también el querer. Pues si la Iglesia pide ciertamente estas cosas a Él, pero piensa que las mismas le son dadas por sí misma, hace uso de oraciones que no son verdaderas, sino rutinarias —¡lo cual lejos esté de nosotros! Pues ¿quién gime verdaderamente, deseando recibir del Señor lo que pide, si piensa que lo recibe de sí mismo y no del Señor?

    Capítulo 64.— En qué sentido el Espíritu Santo intercede por nosotros, clamando: Abba, Padre

    Cap. 64

    Y esto especialmente puesto que «no sabemos qué pedir como conviene», dice el apóstol, «pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles; y el que escudriña los corazones sabe cuál es el sentir del Espíritu, porque intercede por los santos conforme a Dios.» [Romanos 3:26] ¿Qué es «el Espíritu mismo intercede», sino «hace interceder», «con gemidos indecibles», pero «verdaderos», puesto que el Espíritu es verdad? Pues Él es de quien el apóstol dice en otro lugar: Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, «clamando: ¡Abba, Padre!» [] Y aquí, ¿qué significa «clamando», sino «haciendo clamar», por aquella figura de dicción con la que llamamos a un día que alegra a los hombres un día alegre? Y esto lo aclara en otro lugar cuando dice: «Pues no habéis recibido el espíritu de esclavitud otra vez para temor, sino que habéis recibido el Espíritu de adopción de hijos, en el cual clamamos: ¡Abba, Padre!» [] Allí dijo «clamando», pero aquí «en el cual clamamos»; abriendo, es decir, el sentido con que dijo «clamando» — esto es, como ya he explicado, «haciendo clamar», cuando entendemos que esto mismo es también don de Dios: que con corazón verdadero y espiritualmente clamemos a Dios. Observen, por tanto, cuán equivocados están quienes piensan que nuestro pedir, buscar, llamar es de nosotros mismos y no nos es dado; y dicen que esto es así porque la gracia es precedida por nuestros méritos; que los sigue cuando pedimos y recibimos, buscamos y hallamos, y se nos abre cuando llamamos. Y no querrán entender que también esto es del don divino: que oremos; es decir, que pidamos, busquemos y llamemos. Pues hemos recibido el Espíritu de adopción de hijos, en el cual clamamos: Abba, Padre. Y esto también lo dijo el bienaventurado Ambrosio. Pues dice: «También orar a Dios es obra de la gracia espiritual, como está escrito: Nadie dice: Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo.»

    Capítulo 65.— Las oraciones de la Iglesia implican la fe de la Iglesia

    Cap. 65

    Estas cosas, pues, que la Iglesia pide al Señor, y siempre ha pedido desde que comenzó a existir, Dios las conoció de antemano de tal modo que las daría a sus llamados, que ya las ha dado en la predestinación misma; como el apóstol declara sin ambigüedad alguna. Pues, escribiendo a Timoteo, dice: «Trabaja juntamente con el evangelio según el poder de Dios, que nos salva y nos llama con llamamiento santo, no según nuestras obras, sino según su propio propósito y gracia, que nos fue dada en Cristo Jesús antes de los tiempos eternos, pero ahora se ha manifestado por la venida de nuestro Salvador Jesucristo.» [2 Timoteo 1:8, etc.] Diga, por tanto, que la Iglesia en algún tiempo no ha tenido en su creencia la verdad de esta predestinación y gracia, que ahora se mantiene con un cuidado más atento contra los herejes recientes; diga esto quien se atreva a decir que en algún tiempo no ha orado, o no ha orado con verdad, tanto para que los incrédulos creyeran como para que los creyentes perseveraran. Y si la Iglesia siempre ha orado por estos beneficios, siempre ha creído que son ciertamente dones de Dios; ni le fue nunca lícito negar que fueran preconocidos por Él. Y así la Iglesia de Cristo nunca ha dejado de sostener la fe de esta predestinación, que ahora se defiende con nueva solicitud contra estos herejes modernos.

    Capítulo 66 [XXIV.]— Recapitulación y exhortación

    Cap. 66

    Pero ¿qué más diré? Pienso que he enseñado suficientemente, o más bien más que suficientemente, que tanto el inicio de la fe en el Señor como la perseverancia en el Señor hasta el fin son dones de Dios. Y otras cosas buenas que atañen a una vida buena, por las que Dios es rectamente adorado, aun ellos mismos en favor de quienes escribo este tratado conceden que son dones de Dios. Además, no pueden negar que Dios ha preconocido todos sus dones y a las personas a quienes iba a otorgarlos. Así, pues, como otras cosas han de predicarse para que quien las predica sea oído con obediencia, así ha de predicarse la predestinación para que quien oye estas cosas con obediencia no se gloríe en el hombre, y por tanto no en sí mismo, sino en el Señor; porque también esto es precepto de Dios, y oír este precepto con obediencia —a saber, que el que se gloría se gloríe en el Señor []— al igual que las demás cosas, es don de Dios. Y quien no tiene este don —no me retraigo de decirlo—, cualesquiera otros que tenga, los tiene en vano. Que los pelagianos tengan esto pedimos, y que nuestros propios hermanos lo tengan más abundantemente. No seamos, por tanto, prontos en los argumentos e indolentes en las oraciones. Oremos, amadísimos, oremos para que el Dios de la gracia conceda aun a nuestros enemigos, y especialmente a nuestros hermanos y amantes, entender y confesar que después de aquella grande e indecible ruina en la que todos hemos caído en uno, nadie es librado sino por la gracia de Dios, y que esa gracia no se retribuye según los méritos de quienes la reciben como si fuera debida, sino que se da gratuitamente como verdadera gracia, sin méritos precedentes.

    Capítulo 67.— El ejemplo más eminente de la predestinación es Cristo Jesús

    Cap. 67

    Pero no hay ejemplo más ilustre de predestinación que Jesús mismo, acerca del cual ya he argumentado también en el tratado anterior; y al final de éste he decidido insistir en ello. No hay ejemplo más eminente, digo, de predestinación que el Mediador mismo. Si algún creyente desea entender cabalmente esta doctrina, considérelo a Él, y en Él se hallará también a sí mismo. El creyente, digo; que en Él cree y confiesa la verdadera naturaleza humana que es la nuestra, aunque singularmente elevada por la asunción por Dios el Verbo al único Hijo de Dios, de modo que el que asumió y lo que asumió sean una sola persona en la Trinidad. Pues no resultó una cuaternidad de la asunción del hombre, sino que permaneció una Trinidad, en cuanto que aquella asunción hizo inefablemente la verdad de una persona en Dios y el hombre. Porque decimos que Cristo no fue solamente Dios, como sostienen los herejes maniqueos; ni solamente hombre, como afirman los herejes fotinianos; ni hombre de tal modo que tuviera menos de algo que ciertamente pertenece a la naturaleza humana —ya sea un alma, o en el alma misma una mente racional, o carne no tomada de la mujer, sino hecha del Verbo convertido y cambiado en carne— todas cuyas tres falsas y vanas nociones han formado los tres varios y diversos partidos de los herejes apolinaristas; sino que decimos que Cristo fue verdadero Dios, nacido de Dios Padre sin ningún comienzo de tiempo; y que fue también verdadero o verdaderísimo hombre, nacido de madre humana en la cierta plenitud del tiempo; y que su humanidad, por la cual es menor que el Padre, no disminuye nada de su divinidad, por la cual es igual al Padre. Pues ambas cosas son un solo Cristo — quien, además, dijo con toda verdad respecto de Dios: «Yo y el Padre somos uno» []; y dijo con toda verdad respecto del hombre: «Mi Padre es mayor que yo» []. Aquel, por tanto, que hizo de la simiente de David a este hombre justo, que nunca habría de ser injusto, sin mérito alguno de su voluntad precedente, es el mismo que también hace justos a los hombres de injustos, sin mérito alguno de su voluntad que preceda; para que Él sea la cabeza y ellos sus miembros. Aquel, pues, que hizo a aquel hombre sin méritos precedentes suyos, para que ni de su origen dedujera ni por su voluntad cometiera pecado alguno que hubiera de serle perdonado, el mismo hace creyentes en Él sin méritos precedentes de ellos, a quienes perdona todo pecado. El que lo hizo a Él tal que nunca tuvo ni habría de tener una voluntad mala, el mismo hace en sus miembros una voluntad buena de una mala. Por tanto, predestinó tanto a Él como a nosotros, porque tanto en Él para que fuera nuestra cabeza, como en nosotros para que seamos su cuerpo, preconoció que no precederían nuestros méritos, sino que precederían sus obras.

    Capítulo 68.— Conclusión

    Cap. 68

    Los que lean esto, si lo entienden, den gracias a Dios; y los que no lo entiendan, oren para que tengan el Maestro interior, de cuya presencia provienen el conocimiento y la inteligencia. [] Pero los que piensen que yo estoy en un error, consideren una y otra vez con cuidado lo que aquí se dice, no sea que acaso ellos mismos estén equivocados. Y cuando, por medio de los que leen mis escritos, llegue a ser no solo más sabio, sino incluso más perfecto, reconozco el favor de Dios para conmigo; y esto lo espero especialmente de manos de los maestros de la Iglesia, si lo que escribo llega a sus manos, y ellos se dignan reconocerlo.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la obra

    Agustín murió el 28 de agosto de 430, con los vándalos a las puertas de Hipona, sin terminar su Obra inacabada contra Juliano. Warfield sostiene que no es ese libro, sino estos dos, «terminados y bien terminados», los que hay que mirar como corona y complemento de su trabajo por la gracia: es un juicio de Warfield, no un dato. El NPNF no reproduce para ellos ningún extracto de las Retractaciones, como sí hace con la mayoría de los tratados antipelagianos del volumen; en el Cap. 27 del libro II es el propio Agustín quien remite a ellas.
    La controversia con los monjes de la Galia no se cerró con estos libros. Warfield recuerda que el concilio de Éfeso (431) condenó el pelagianismo para toda la Iglesia, y que el semipelagianismo «aún tenía que correr su curso». Próspero, el que había pedido la respuesta, viajó ese año a Roma para apelar al papa Celestino I por la enseñanza de Agustín (Wikipedia). El segundo Concilio de Orange (529) afirmó que incluso el comienzo de la fe resulta de la gracia, pero no aceptó la predestinación al mal: según Wikipedia, declaró anatema a quien lo creyera, y esa posición puede llamarse «semiagustiniana».
    El prefacio de Schaff al volumen presenta estos tratados como los que ejercieron una poderosa influencia sobre los Reformadores del siglo XVI y sobre los jansenistas del XVII. Calvino los cita en la Institución: en II, 3, 10 remite al primero para sostener que la gracia es eficaz por sí misma, y en III, 21, 4 al segundo, que llama De bono perseverantiae (Cap. 14–20), contra quienes quisieran callar la predestinación por temor a las burlas (versión inglesa de Beveridge, CCEL). Según Wikipedia, las teologías calvinista y luterana reclaman a Agustín como influencia principal; en cuanto a si de su enseñanza se sigue una doble predestinación, los estudiosos están divididos: los católicos tienden a negarla y algunos protestantes y estudiosos seculares la sostienen.
    Dos advertencias de lectura. Los capítulos más duros son los de la elección inescrutable (libro II, Cap. 16–25: por qué se da la gracia a uno y no a otro, con el caso de Tiro y Sidón en los Cap. 23–24), donde Agustín apela a la insondable profundidad de los juicios de Dios y no a un mérito previsto; quien quiera citarlos como doctrina de la reprobación debe leerlos enteros y tener presente que los estudiosos discrepan. Y la distinción que sostiene todo el argumento es la del libro I, Cap. 19: la predestinación no es la gracia, sino su preparación.
    Límites. La fecha (428–429) la dan el NPNF y Wikipedia; el texto no trae ninguna. La autoría del volumen (Holmes y Wallis, revisados por Warfield, según New Advent) no es la de estos dos tratados (Wallis, según el índice del NPNF). La edición del NPNF se data en 1887 (New Advent) o 1886 (CCEL). La traducción castellana es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase; el cotejo con el inglés no halló párrafos omitidos ni palabras sin traducir, pero conviene cotejar las citas antes de usarlas en un trabajo. Las notas de esta edición proceden de las fuentes que se citan, con su enlace; cuando difieren, se dice cuál se sigue.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la vida y el pensamiento de Agustín; su comentario a Pablo sobre la ley y la gracia, Sobre el Espíritu y la letra; el Enquiridión, que trata de la gracia, del pecado original y del libre albedrío; y el testigo al que Agustín apela, Cipriano, Sobre la oración del Señor.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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