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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 8 minCapítulo 2. — Conducta de los arrianos respecto del Concilio de Nicea
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 3. Dos sentidos de la palabra Hijo: 1. adoptivo; 2. esencial
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 3. Dos sentidos de la palabra Hijo: 1. adoptivo; 2. esencial
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 4.—Demostración del sentido católico de la palabra Hijo
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4.—Demostración del sentido católico de la palabra Hijo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 5.— Defensa de las expresiones del Concilio, «de la esencia,» y «consubstancial.»
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 5.— Defensa de las expresiones del Concilio, «de la esencia,» y «consubstancial.»
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 6.—Autoridades en apoyo del Concilio. Teognosto; Dionisio de Alejandría; Dionisio de Roma; Orígenes
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 7. Sobre el símbolo arriano «Ingénito.»
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 4 minLo que queda del argumento

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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Atanasio de Alejandría

    Defensa de la definición nicena

    Texto base: Philip Schaff y Henry Wace (eds.), NPNF, 2.ª serie, vol. 4 (1892) · The Complete Works of St. Athanasius, libro 8

    Traducción: Traducción castellana directa del inglés de Schaff, no del griego · 32 secciones

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    Lectura continua · ≈ 85 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Por qué emplearon los Padres en Nicea términos que no se hallan en las Escrituras? Según Atanasio, esa es la queja con que los arrianos seguían acusando al Concilio, incluso después de que sus argumentos quedaran al descubierto. Su respuesta, en siete capítulos y treinta y dos secciones, no se limita a defender dos palabras —«de la esencia» y «consubstancial»—: examina qué significa «Hijo» en sentido propio, qué autoridades anteriores hablaron así y qué esconde el término arriano «ingénito».

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría, según la edición de base; esta edición no examina la atribución
    TítuloDefensa de la definición nicena (en inglés, Defense of the Nicene Definition; su título latino breve, De decretis, se traduce «Sobre los decretos»)
    FechaNo determinada ni por la edición de base ni por esta
    GéneroEscrito en forma de respuesta a un corresponsal, en defensa del Concilio de Nicea frente a los arrianos
    ExtensiónSiete capítulos y treinta y dos secciones (§§ 1–32)
    TraducciónCastellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego
    FuenteSerie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 8
    El recorrido es el de los títulos de la edición. Los capítulos 1 y 2 tratan de la queja arriana y de la conducta de Eusebio y los suyos ante el Concilio; los capítulos 3 y 4, del sentido de la palabra «Hijo» y de los nombres que implican su eternidad; el capítulo 5 defiende las expresiones del Concilio; el capítulo 6 reúne autoridades en su apoyo; y el capítulo 7 examina el término arriano «ingénito». Para el término con que Nicea expresó la relación entre el Hijo y el Padre, véase homoousios; para el marco de la disputa, el arrianismo.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego, y verificar la atribución y la fecha de la obra, que aquí no se discuten.
    Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene este tratado; New Advent atribuye la versión inglesa de esta obra a John Henry Newman. El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 8 es este tratado.
    Lo que viene de la edición. La división en siete capítulos, sus títulos y sumarios (en cursiva bajo cada título) y la numeración de las treinta y dos secciones proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo; el caso más claro es
    , que el texto cita como «el Señor me creó». La referencia a Baruc no lleva versículo porque la Reina-Valera de 1909 no incluye ese libro.

    Capítulo 1. Introducción

    La queja de los arrianos contra el Concilio de Nicea; su inconstancia; su semejanza con los judíos; su recurso a la fuerza en lugar de la razón.

    § 1

    1. Has hecho bien en comunicarme la discusión que has sostenido con los defensores del arrianismo, entre los cuales se contaban algunos de los amigos de Eusebio, así como muchos de los hermanos que profesan la doctrina de la Iglesia. Celebré tu celo por amor a Cristo, con el que pusiste admirablemente de manifiesto la impiedad de su herejía; y me maravilló la desvergüenza que llevó a los arrianos, después de haberse puesto al descubierto la falta de solidez y la futilidad de sus argumentos y, más aún, después de que todos quedaran convencidos de su extrema perversidad, a seguir quejándose, como los judíos: "¿Por qué emplearon los Padres en Nicea términos que no se hallan en las Escrituras, "de la esencia" y "consubstancial"?" Tú entonces, como hombre instruido, pese a sus subterfugios, demostraste que hablaban en vano; y ellos, al urdirlos, no hacían sino obrar conforme a su mala disposición. Pues son tan mudables e inconstantes en sus opiniones como los camaleones en sus colores; y cuando quedan en evidencia, se turban; cuando se les interroga, vacilan; y luego, perdida ya la vergüenza, recurren a evasivas. Y cuando estas quedan al descubierto, no descansan hasta inventar nuevas cosas que no existen y, según la Escritura, "maquinan vanidad"; todo ello para perseverar en su impiedad.
    Ahora bien, tales empeños no son sino señal manifiesta de su falta de razón y, como he dicho, imitación de la malicia de los judíos. Pues también los judíos, cuando la Verdad los dejó en evidencia y no pudieron hacerle frente, recurrieron a evasivas como esta: "¿Qué señal haces tú, para que la veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas?" [
    ]. Y eso que se habían dado tantas señales que ellos mismos decían: "¿Qué hacemos? Porque este hombre hace muchos milagros". En verdad, los muertos resucitaban, los cojos andaban, los ciegos recobraban la vista, los leprosos quedaban limpios, el agua se convertía en vino y cinco panes saciaban a cinco mil hombres; y todos se maravillaban y adoraban al Señor, confesando que en Él se cumplían las profecías y que era Dios, el Hijo de Dios; todos salvo los fariseos, quienes, aunque las señales resplandecían más que el sol, seguían quejándose como ignorantes: "¿Por qué tú, siendo hombre, te haces Dios?". ¡Insensatos y verdaderamente ciegos de entendimiento! Antes bien, debieron haber dicho: "¿Por qué tú, siendo Dios, te has hecho hombre?" Pues sus obras demostraban que era Dios, para que adorasen la bondad del Padre y admirasen la economía salvífica del Hijo por nosotros. Pero no dijeron esto; ni siquiera quisieron presenciar lo que Él hacía; o, mejor dicho, sí lo presenciaban, pues no podían evitarlo, pero cambiaban de nuevo el motivo de su queja: "¿Por qué sanas al paralítico, por qué haces ver al ciego de nacimiento en día de sábado?" Mas también esto era una excusa y mera murmuración; pues el Señor sanaba asimismo en los demás días "toda enfermedad y toda dolencia" [
    ], pero ellos seguían quejándose, según su costumbre, y, al llamarlo Beelzebub, prefirieron exponerse a la sospecha de ateísmo antes que retractarse de su propia maldad. Y aunque en tan diversos momentos y de tan variadas maneras el Salvador manifestó su divinidad y predicó el Padre a todos los hombres, ellos, no obstante, como quienes dan coces contra el aguijón, lo contradijeron con palabras necias; y obraron así, conforme al proverbio divino, para apartarse de la verdad buscando pretextos.

    § 2

    2. Así pues, como los judíos de aquel tiempo, por obrar tan perversamente y negar al Señor, fueron con justicia privados de sus leyes y de la promesa hecha a sus padres, así también los arrianos, que ahora judaízan, se hallan, a mi juicio, en circunstancias semejantes a las de Caifás y los fariseos de su tiempo. Pues, al advertir que su herejía carece por completo de razón, inventan excusas: "¿Por qué se definió esto y no aquello?" Pero no te maravilles de que ahora obren así; pues dentro de poco pasarán a los ultrajes y luego amenazarán con "la tropa y el capitán". En esto, ciertamente, encuentra apoyo su doctrina heterodoxa, como vemos; porque, al negar al Logos de Dios, carecen por completo de razón, como es justo. Sabiendo esto, no habría respondido a sus preguntas; pero, puesto que tu amistad me ha pedido conocer lo sucedido en el Concilio, te he relatado sin demora lo que entonces tuvo lugar, mostrando en pocas palabras cuán desprovisto de espíritu religioso está el arrianismo y cómo su única ocupación es urdir evasivas.

    Capítulo 2. — Conducta de los arrianos respecto del Concilio de Nicea

    Es ignorancia, además de impiedad, intentar revocar un concilio ecuménico: lo sucedido en Nicea; Eusebio y los suyos suscribieron entonces aquello de lo que ahora se quejan; la concordia de los verdaderos doctores y la transmisión de la tradición; las mudanzas de los arrianos.

    § 2 (cont.)

    Y considera tú, amado, si no es así. Si, habiendo sembrado el diablo esta perversidad en sus corazones, confían en sus malas invenciones, que se defiendan de las pruebas de herejía que se han aducido; entonces será el momento de censurar, si pueden, la definición formulada contra ellos. Pues a nadie que haya sido declarado culpable de homicidio o adulterio le es lícito, después del juicio, impugnar la sentencia del juez preguntando por qué habló de este modo y no de aquel. Tal proceder no exculpa al condenado, sino que agrava su delito por su insolencia y audacia. Del mismo modo, que estos prueben que sus doctrinas son piadosas —pues entonces fueron acusados y declarados culpables, y sus quejas vinieron después; y es justo que quienes se hallan bajo acusación se ciñan a su propia defensa—; o bien, si tienen la conciencia impura y conocen su propia impiedad, que no se quejen de lo que no entienden, no sea que atraigan sobre sí una doble imputación, de impiedad y de ignorancia. Antes bien, que examinen el asunto con espíritu dócil y, aprendiendo lo que hasta ahora no han sabido, limpien sus oídos impíos con la fuente de la verdad y las doctrinas de la piedad.

    § 3

    3. Ahora bien, esto fue lo que les sucedió a Eusebio y los suyos en el Concilio de Nicea: mientras persistían en su impiedad e intentaban combatir contra Dios, los términos que empleaban estaban colmados de impiedad; pero los obispos reunidos, unos trescientos, les pidieron con mansedumbre y caridad que explicasen y defendiesen sus afirmaciones sobre fundamentos piadosos. Apenas, sin embargo, comenzaron a hablar, quedaron refutados y discreparon unos de otros; entonces, al advertir el aprieto en que se hallaba su herejía, permanecieron mudos y, con su silencio, confesaron la vergüenza que había recaído sobre su doctrina heterodoxa. Ante esto, los obispos, tras rechazar los términos que ellos habían inventado, proclamaron contra ellos la fe sana y eclesiástica; y, como todos la suscribieron, Eusebio y los suyos también la suscribieron, precisamente con aquellas palabras de las que ahora se quejan, a saber, «de la esencia» y «consubstancial,» y que «el Hijo de Dios no es criatura ni obra, ni se cuenta entre las cosas creadas, sino que el Logos es engendrado de la esencia del Padre.» Y, cosa en verdad extraña, Eusebio de Cesarea de Palestina, que el día anterior lo había negado, pero después lo suscribió, envió una carta a su Iglesia en la que decía que esta era la fe de la Iglesia y la tradición de los Padres; e hizo profesión pública de que antes habían estado en el error y habían combatido temerariamente contra la verdad. Pues, aunque entonces le avergonzaba adoptar estas expresiones y se excusó ante la Iglesia a su manera, ciertamente da a entender todo esto en su epístola al no negar «consubstancial» ni «de la esencia.» Y así cayó en una dificultad: porque, mientras se excusaba, pasó a atacar a los arrianos por afirmar que «el Hijo no existía antes de su generación,» y negar con ello su existencia anterior a su nacimiento en la carne. También Acacio sabe esto, aunque él, por temor a las circunstancias de estos tiempos, finja lo contrario y niegue el hecho. Por eso he añadido al final la carta de Eusebio, para que conozcas por ella el desprecio que los enemigos de Cristo muestran hacia sus propios doctores, y muy especialmente Acacio mismo.
    Comentario editorial · Eusebio de Nicomedia y la firma de Nicea
    Atanasio recuerda que Eusebio y los suyos suscribieron en Nicea las fórmulas que luego criticaron. Según Wikipedia, Eusebio de Nicomedia firmó la confesión «tras una larga oposición» y las fuentes antiguas dicen que lo hizo «con la mano, no con el corazón»; unos meses después fue desterrado por seguir en contacto con Arrio y sus partidarios, y hacia 329 regresó tras convencer a Constantino de que las ideas de Arrio no contradecían el credo de Nicea. Es el hecho histórico que sostiene el reproche de este capítulo.

    § 4

    4. ¿No cometen, pues, un delito con solo pensar en contradecir a un concilio tan grande y ecuménico? ¿No incurren en transgresión cuando se atreven a impugnar aquella acertada definición contra el arrianismo, reconocida, como lo fue, por quienes en un principio les habían enseñado la impiedad? Y aun suponiendo que Eusebio y los suyos, después de suscribirla, mudaran de parecer otra vez y volvieran, como perros, al vómito de su propia impiedad, ¿no merecen los actuales contradictores una repulsa todavía mayor, puesto que sacrifican así a otros la libertad de sus almas y están dispuestos a tomar por maestros de su herejía a personas que son, como dijo Santiago [
    ], hombres de doble ánimo, inconstantes en todos sus caminos, que no sostienen una sola opinión, sino que mudan sin cesar, recomendando ahora ciertas afirmaciones para desacreditarlas poco después, y recomendando a su vez lo que hace un momento censuraban? Pero esto, como ha dicho el Pastor, es «hijo del diablo,» y distintivo de mercachifles más que de doctores. Pues lo que nuestros Padres nos han transmitido, eso es verdaderamente doctrina; y esta es la verdadera señal de los doctores: confesar lo mismo unos que otros y no apartarse ni de lo que ellos mismos han dicho ni de lo que dijeron sus padres; mientras que quienes no poseen tal carácter no han de llamarse doctores verdaderos, sino malos doctores. Así, los griegos, como no dan testimonio de las mismas doctrinas, sino que disputan unos con otros, no poseen la verdad en su enseñanza; pero los santos y verdaderos heraldos de la verdad concuerdan entre sí y no discrepan. Pues, aunque vivieron en tiempos distintos, todos sin excepción siguen una misma dirección, como profetas del único Dios que predican concordemente al mismo Logos.

    § 5

    5. Y así, lo que Moisés enseñó, eso lo observó Abraham; y lo que Abraham observó, eso lo reconocieron Noé y Enoc, distinguiendo lo puro de lo impuro y haciéndose agradables a Dios. Pues también Abel dio testimonio de este modo, porque sabía lo que había aprendido de Adán, quien a su vez lo había aprendido del Señor que, cuando vino al fin de los siglos para abolir el pecado, dijo: «No os doy un mandamiento nuevo, sino un mandamiento antiguo, que habéis oído desde el principio [
    ].» Por eso también el bienaventurado apóstol Pablo, que lo había aprendido de Él, al describir los ministerios eclesiásticos prohibió que los diáconos, y con mayor razón los obispos, fuesen de doble lengua [
    ]; y, al reprender a los gálatas, hizo esta declaración terminante: «Si alguno os predica un evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema; como ya he dicho, lo repito ahora. Si aun nosotros, o un ángel del cielo, os predicase un evangelio distinto del que habéis recibido, sea anatema [
    ].» Puesto que así habla el Apóstol, que estos hombres anatematicen a Eusebio y los suyos, al menos por haber mudado de parecer y profesar lo contrario de lo que suscribieron; o, si reconocen que hicieron bien en suscribirlo, que no eleven quejas contra un concilio tan grande. Pero, si no hacen ni lo uno ni lo otro, queda demasiado claro que ellos mismos son juguete de todos los vientos y de todas las olas, y se dejan llevar por opiniones ajenas, no propias; y, siendo tales, tan poco dignas de crédito son ahora como antes sus alegaciones. Más les valdría dejar de censurar lo que no entienden, no sea que, incapaces de discernir, llamen sin más bien al mal y mal al bien, y tengan lo amargo por dulce y lo dulce por amargo. Sin duda desean que prevalezcan doctrinas juzgadas erróneas y reprobadas, y se esfuerzan denodadamente por desacreditar lo que fue rectamente definido. No habría, pues, razón alguna para que nosotros diésemos más explicaciones ni respondiésemos a sus excusas, ni para que ellos prosiguiesen su resistencia, sino que deberían asentir a lo que suscribieron los jefes de su herejía; porque, aunque la mudanza posterior de Eusebio y los suyos fue sospechosa e inmoral, el hecho de que la suscribieran, cuando tuvieron ocasión de ofrecer siquiera alguna defensa de sí mismos, es prueba cierta de la impiedad de su doctrina. Pues no la habrían suscrito entonces si no hubiesen condenado la herejía, ni la habrían condenado si no se hubiesen visto cercados por la dificultad y la vergüenza; de suerte que volver a ella demuestra su obstinado celo por la impiedad. También estos hombres deberían, por tanto, como he dicho, guardar silencio; pero, puesto que, por una extraordinaria falta de modestia, acaso esperan poder defender esta impiedad diabólica mejor que los otros, venid: aunque en mi anterior carta dirigida a vosotros ya argumenté largamente contra ellos, examinémoslos ahora también, afirmación por afirmación, como hicimos con sus predecesores; pues ahora, no menos que entonces, se mostrará que su herejía carece de toda solidez y procede de espíritus malignos.

    Capítulo 3. Dos sentidos de la palabra Hijo: 1. adoptivo; 2. esencial

    Tentativas de los arrianos de hallar un tercer sentido entre ambos: por ejemplo, que solo nuestro Señor fue creado inmediatamente por Dios (opinión de Asterio), o que solo nuestro Señor participa del Padre. El segundo sentido, que es el verdadero: Dios engendra como crea, realmente, aunque su creación y su generación no son como las del hombre; su generación es independiente del tiempo; la generación implica en Dios un acto interno y, por tanto, eterno; explicación de Proverbios 8:22

    § 6

    6. Dicen, pues, lo que otros sostuvieron y se atrevieron a defender antes que ellos: «No siempre hubo Padre ni siempre Hijo; pues el Hijo no existía antes de su generación, sino que, como las demás cosas, vino a ser de la nada; y, en consecuencia, Dios no fue siempre Padre del Hijo, sino que, cuando el Hijo vino a ser y fue creado, entonces Dios fue llamado Padre suyo. Porque el Logos es una criatura y una obra, ajeno al Padre y distinto de Él en esencia; y el Hijo no es por naturaleza el verdadero Logos del Padre ni su única y verdadera Sabiduría, sino que, por ser criatura y una de las obras, es llamado impropiamente Logos y Sabiduría; pues fue hecho por medio del Logos que está en Dios, como lo fueron todas las cosas. Por tanto, el Hijo no es verdadero Dios.»
    Ahora bien, para hacerles comprender lo que dicen, puede ser útil preguntarles primero qué es, en realidad, un hijo y qué significa ese nombre. En verdad, la divina Escritura nos da a conocer un doble sentido de esta palabra: uno, el que Moisés nos presenta en la Ley: "Cuando escuchéis la voz del Señor vuestro Dios, para guardar todos sus mandamientos que hoy os ordeno y hacer lo recto a los ojos del Señor vuestro Dios, sois hijos del Señor vuestro Dios"; como también dice Juan en el Evangelio: "Mas a cuantos lo recibieron, les dio potestad de llegar a ser hijos de Dios [
    ]"; y el otro sentido, aquel en que Isaac es hijo de Abraham, Jacob de Isaac y los patriarcas de Jacob. Pues bien, ¿en cuál de estos dos sentidos entienden ellos al Hijo de Dios para referir tales fábulas como las anteriores? Porque estoy seguro de que acabarán en la misma impiedad que Eusebio y los suyos.
    Si lo entienden en el primero, que corresponde a quienes obtienen ese nombre por gracia mediante el perfeccionamiento de su conducta y reciben potestad de llegar a ser hijos de Dios —pues esto decían sus predecesores—, entonces parecería que Él no difiere de nosotros en nada; más aún, tampoco sería el Unigénito, puesto que habría obtenido, como los demás, el título de Hijo por su virtud. Porque, aun concediendo lo que dicen, a saber, que, por haberse previsto sus méritos, recibió desde el principio la gracia, el nombre y la gloria de ese nombre, desde el primer instante de su existencia, no habrá diferencia entre Él y quienes reciben el nombre después de sus obras, mientras esa sea la razón por la cual se le considera hijo, al igual que a los demás. Pues también Adán, aunque recibió la gracia desde el principio y fue puesto en el paraíso apenas creado, no difería en nada de Enoc, que fue trasladado allí algún tiempo después de nacer por haber agradado a Dios, ni del Apóstol, que asimismo fue arrebatado al paraíso después de sus obras; ni siquiera, en verdad, de aquel que había sido ladrón y que, en razón de su confesión, recibió la promesa de estar inmediatamente en el paraíso.

    § 7

    7. Puestos así en aprietos, quizá den una respuesta que ya les ha causado problemas muchas veces: «Consideramos que el Hijo tiene esta prerrogativa sobre los demás, y que por ello es llamado Unigénito: solo Él fue hecho por Dios solo, mientras que todas las demás cosas fueron creadas por Dios mediante el Hijo.» Ahora bien, me pregunto quién os sugirió una idea tan vana y novedosa como la de que el Padre, por sí mismo y con su propia Mano, hizo únicamente al Hijo, y que todas las demás cosas vinieron a ser por medio del Hijo como por obra de un ayudante. Si Dios, por ahorrarse la fatiga, se contentó con hacer solo al Hijo en vez de hacer todas las cosas de una vez, este es un pensamiento impío, sobre todo en quienes conocen las palabras de Isaías: "El Dios eterno, el Señor, creador de los confines de la tierra, no tiene hambre ni se fatiga; su entendimiento es inescrutable [
    ]". Antes bien, es Él quien da fuerzas al hambriento y, por medio de su Logos, conforta al que trabaja. Asimismo, es impío suponer que desdeñó, como si fuese tarea humilde, formar Él mismo las criaturas que vinieron después del Hijo; pues no hay tal orgullo en aquel Dios que baja con Jacob a Egipto, que por causa de Abraham reprende a Abimelec a propósito de Sara, que habla cara a cara con Moisés, hombre él mismo, que desciende sobre el monte Sinaí y que, con su gracia secreta, combate por el pueblo contra Amalec. Sin embargo, también en esta afirmación faltáis a la verdad, pues "Él nos hizo, y no nosotros a nosotros mismos". Él es quien por medio de su Logos hizo todas las cosas, pequeñas y grandes; y no podemos dividir la creación y decir: esto es del Padre y aquello del Hijo, sino que todas proceden de un solo Dios, que emplea su Logos propio como Mano y en Él hace todas las cosas. Esto nos lo muestra Dios mismo cuando dice: "Todas estas cosas las hizo mi Mano [
    ]"; mientras que Pablo nos enseñó lo que había aprendido: "Hay un solo Dios, de quien proceden todas las cosas; y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas [
    ]". Así, ahora como siempre, habla al sol y este sale; manda a las nubes y llueve sobre un lugar, y allí donde no llueve, la tierra se seca. Y ordena a la tierra producir sus frutos y forma a Jeremías [
    ] en el seno materno. Pero si ahora hace todo esto, ciertamente tampoco desdeñó al principio hacer Él mismo todas las cosas por medio del Logos; pues estas no son sino partes del todo.

    § 8

    8. Pero supongamos que las demás criaturas no podían soportar ser formadas por la Mano directa del Ingénito y que, por tanto, solo el Hijo fue traído a la existencia por el Padre solo, mientras que las demás cosas lo fueron por el Hijo como ayudante y auxiliar; pues esto es lo que escribió Asterio, el sacrificador, y lo que Arrio transcribió y legó a sus propios amigos, y desde entonces emplean esta fórmula, caña quebrada como es, ignorantes esos hombres extraviados de cuán frágil resulta. Porque, si a las cosas creadas les era imposible soportar la mano de Dios, y vosotros contáis al Hijo entre ellas, ¿cómo pudo Él soportar ser formado por Dios solo? Y si fue necesario un mediador para que las cosas creadas viniesen a ser, y sostenéis que el Hijo es creado, entonces tuvo que haber un mediador anterior a Él para su creación; y, como ese mediador sería a su vez una criatura, se sigue que también él necesitó otro mediador para su propia constitución. Y aunque ideásemos otro, antes tendríamos que idear el mediador de este, de modo que nunca llegaríamos a un término. Así, al requerirse siempre un mediador, jamás quedará constituida la creación, porque nada creado, según decís, puede soportar la mano directa del Ingénito. Y si, al advertir lo desmesurado de esta conclusión, empezáis a decir que el Hijo, aun siendo criatura, fue hecho capaz de ser formado por el Ingénito, se sigue que también las demás cosas, aun siendo creadas, son capaces de ser formadas inmediatamente por el Ingénito; pues el Hijo, a vuestro juicio, no es sino una criatura como todas ellas. Por consiguiente, la creación del Logos resulta superflua según vuestra impía y vana imaginación, puesto que Dios basta para formar inmediatamente todas las cosas y todas las cosas creadas son capaces de soportar su mano directa.
    Puesto que estos impíos tienen tan poco juicio en medio de su locura, veamos si este sofisma particular no es aún más irracional que los otros. Adán fue creado él solo por Dios solo, por medio del Logos; y, sin embargo, nadie diría que Adán poseía prerrogativa alguna sobre los demás hombres ni que era diferente de los que vinieron después de él, aun concediendo que solo él fue hecho y formado por Dios solo, que todos nosotros procedemos de Adán y que subsistimos por la sucesión del linaje; pues fue formado de la tierra como los demás y, no siendo al principio, vino después a ser.
    Comentario editorial · Asterio, «el sacrificador»
    El § 8 cita a Asterio como fuente de la idea de que solo el Hijo fue creado directamente por Dios y lo demás por medio de él, y lo llama «el sacrificador»; el § 20 lo llama «el sofista». Según Wikipedia, Asterio (m. hacia 341) fue un teólogo arriano de Capadocia, discípulo —se dice— de Luciano de Antioquía; su Syntagmation se conserva en fragmentos transmitidos sobre todo por Atanasio y por Marcelo de Ancira, y el apodo alude a la tradición de que habría vuelto al paganismo durante la persecución. Es un ejemplo de cómo conocemos a los arrianos: casi siempre por sus adversarios.

    § 9

    9. Pero, aunque concediésemos alguna prerrogativa al primer hombre por haber sido juzgado digno de la mano de Dios, sería una prerrogativa de honor, no de naturaleza. Porque procedió de la tierra, como los demás hombres; y la mano que entonces formó a Adán forma y da plena consistencia, ahora y siempre, a los que vienen después de él. Dios mismo se lo declara a Jeremías, como dije antes: "Antes de formarte en el seno materno, te conocí [
    ]"; y así dice de todos: "Todas estas cosas las hizo mi mano [
    ]"; y de nuevo por Isaías: "Así dice el Señor, tu redentor, el que te formó desde el seno materno: Yo soy el Señor, que hago todas las cosas, que extiendo solo los cielos, que despliego la tierra por mí mismo". Y David, sabiéndolo, dice en el salmo: "Tus manos me hicieron y me formaron"; y quien dice en Isaías: "Así dice el Señor, que me formó desde el seno materno para ser su siervo [
    ]", significa lo mismo. Por tanto, en lo que respecta a la naturaleza, Adán no difiere en nada de nosotros, aunque nos preceda en el tiempo, pues todos subsistimos y somos creados por la misma mano. Si esto es, pues, lo que pensáis, oh arrianos, también acerca del Hijo de Dios —que así subsiste y vino a ser—, entonces, a vuestro juicio, no diferirá en nada de los demás en cuanto a la naturaleza, puesto que tampoco Él existía y vino a ser, y el nombre le fue conferido por gracia en su creación a causa de su virtud. Porque Él mismo sería, según vuestras palabras, uno de aquellos de quienes dice el Espíritu en los salmos: "Él habló, y fueron hechos; mandó, y fueron creados". Si es así, ¿por medio de quién dio Dios la orden de crear al Hijo? Pues tiene que haber un Logos por medio del cual Dios diese la orden y en el cual fuesen creadas las obras; pero no podéis mostrar otro que el Logos al que negáis, a menos que volváis a inventar alguna nueva ocurrencia.
    «Sí,» dirán, «tenemos otra;» (que, en efecto, oí emplear en otro tiempo a Eusebio y los suyos): «por esto consideramos que el Hijo de Dios tiene una prerrogativa sobre los demás y es llamado Unigénito: porque solo Él participa del Padre, mientras que todas las demás cosas participan del Hijo.» Así se fatigan mudando y variando sus expresiones como si fueran colores; pero esto no los salvará de quedar al descubierto como hombres terrenales que hablan vanamente y se revuelcan en sus propias fantasías como en el cieno.

    § 10

    10. Porque, si Él fuese llamado Hijo de Dios y nosotros hijos del Hijo, su invención sería plausible; pero si también nosotros somos llamados hijos de aquel Dios de quien Él es Hijo, entonces también nosotros participamos del Padre, que dice: "He engendrado y enaltecido hijos [
    ]". Pues, si no participásemos de Él, no habría dicho: "He engendrado"; pero, si Él mismo nos engendró, ningún otro sino Él es nuestro Padre. Y, como antes, no importa que el Hijo tenga algo más y fuese hecho primero, mientras que nosotros tengamos algo menos y fuésemos hechos después, con tal que todos participemos del mismo Padre y seamos llamados hijos suyos. Porque el más y el menos no indican una naturaleza distinta, sino que corresponden a cada cual según el ejercicio de la virtud: uno es puesto sobre diez ciudades y otro sobre cinco; algunos se sientan en doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel; y otros oyen las palabras: "Venid, benditos de mi Padre", y: "Bien, siervo bueno y fiel". Con semejantes ideas, sin embargo, no es extraño que imaginen que Dios no fue siempre Padre de tal Hijo y que tal Hijo no existió siempre, sino que fue engendrado de la nada como criatura y no existía antes de su generación; pues un hijo así es distinto del verdadero Hijo de Dios.
    Pero persistir en semejante enseñanza no se aviene con la piedad, pues es más bien propio del pensamiento de los saduceos y del Samosatense; resta, por tanto, decir que el Hijo de Dios recibe ese nombre conforme al otro sentido, en el cual Isaac era hijo de Abraham; porque lo que es engendrado naturalmente por alguien y no le adviene desde fuera, eso es por naturaleza un hijo, y eso es lo que significa el nombre. ¿Es, entonces, la generación del Hijo un acto sujeto a las pasiones humanas? —pues quizá también ellos, como sus predecesores, estén prontos a plantear esta objeción en su ignorancia—. De ningún modo; porque Dios no es como el hombre, ni los hombres como Dios. Los hombres fueron creados de materia, y de materia pasible; pero Dios es inmaterial e incorpóreo. Y si en la divina Escritura se emplean los mismos términos acerca de Dios y del hombre, los perspicaces, como exhorta Pablo, la estudiarán y así discernirán y entenderán lo escrito conforme a la naturaleza de cada sujeto, evitando toda confusión de sentido, para no concebir las cosas de Dios a la manera humana ni atribuir a Dios las cosas propias del hombre. Pues esto sería mezclar el vino con agua y poner sobre el altar fuego extraño junto al divino.

    § 11

    11. Porque Dios crea, y también se atribuye al hombre el crear; Dios existe, y se dice que los hombres existen, por haber recibido también de Dios este don. Mas ¿crea Dios como crean los hombres? ¿O es su existencia como la existencia del hombre? Lejos de nosotros tal pensamiento: entendemos estos términos en un sentido cuando se refieren a Dios y en otro cuando se refieren a los hombres. Pues Dios crea en cuanto llama a la existencia a lo que no existe, sin necesitar nada para ello; los hombres, en cambio, trabajan una materia ya existente, después de orar primero y recibir así la capacidad de hacer de aquel Dios que formó todas las cosas por su Logos propio. Y, asimismo, los hombres, incapaces de existir por sí mismos, están circunscritos en un lugar y subsisten en el Logos de Dios; Dios, en cambio, existe por sí mismo, contiene todas las cosas y no es contenido por ninguna; está dentro de todas según su propia bondad y poder, y, sin embargo, fuera de todas según su propia naturaleza. Así pues, como los hombres no crean como Dios crea, y como su existencia no es como la existencia de Dios, también la generación humana es de un modo, y la procedencia del Hijo respecto del Padre, de otro. Porque los hijos de los hombres son porciones de sus padres, ya que la naturaleza misma de los cuerpos no es simple, sino que está sujeta a mudanza y compuesta de partes; y los hombres pierden sustancia al engendrar y vuelven a adquirirla con el alimento. Por ello, con el tiempo, los hombres llegan a ser padres de muchos hijos; pero Dios, que carece de partes, es Padre del Hijo sin división ni pasión; pues en el Inmaterial no hay emanación, ni afluencia de fuera como entre los hombres; y, siendo simple por naturaleza, es Padre de un solo Hijo. Por eso Él es el Unigénito, el único que está en el seno del Padre y el único de quien el Padre reconoce que procede de Él, cuando dice: "Este es mi Hijo amado, en quien me complazco [
    ]". Y Él es asimismo el Logos del Padre, por lo cual puede entenderse la naturaleza impasible e indivisible del Padre, ya que ni siquiera una palabra humana es engendrada con pasión o división, y mucho menos el Logos de Dios. Por eso también se sienta, como Logos, a la diestra del Padre; pues donde está el Padre, allí está también su Logos; nosotros, en cambio, como obras suyas, comparecemos ante Él para ser juzgados; y, mientras Él es adorado porque es Hijo del Padre digno de adoración, nosotros adoramos, confesándolo Señor y Dios, porque somos criaturas y distintos de Él.

    § 12

    12. Siendo así las cosas, considere el asunto quienquiera de ellos, para que podamos avergonzarlos con la siguiente pregunta: ¿es justo decir que lo engendrado por Dios y propio de Él procede de la nada? ¿O es razonable, aun por la propia noción de lo que procede de Dios, pensar que le ha sobrevenido después, de modo que alguien se atreva a decir que el Hijo no existe siempre? Pues también en esto la generación del Hijo excede y trasciende los pensamientos del hombre: nosotros llegamos a ser padres de nuestros hijos en el tiempo, ya que primero no existíamos y luego vinimos a ser; Dios, en cambio, puesto que existe siempre, es siempre Padre del Hijo. Y la creación del género humano la comprendemos por cosas semejantes; pero, puesto que "nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelárselo [
    ]", los escritores sagrados a quienes el Hijo se lo ha revelado nos han dado cierta imagen tomada de las cosas visibles, diciendo: "Él es el resplandor de su gloria y la impronta de su hipóstasis [
    ]"; y también: "Porque en ti está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz"; y cuando el Logos reprende a Israel, dice: "Has abandonado la Fuente de la Sabiduría [Baruc 3:12]"; y esta Fuente es la que dice: "Me han abandonado a mí, Fuente de aguas vivas". Ciertamente, la comparación es pobre y muy oscura frente a lo que deseamos expresar; pero aun así permite comprender algo que está por encima de la naturaleza humana, en vez de pensar que la generación del Hijo es igual a la nuestra. Porque ¿quién puede siquiera imaginar que el resplandor de la luz no existió alguna vez, para atreverse a decir que el Hijo no existió siempre o que no existía antes de su generación? ¿O quién es capaz de separar el resplandor del sol, o de concebir que la fuente haya estado alguna vez desprovista de vida, para decir en su locura: "El Hijo procede de la nada", siendo Él quien dice: "Yo soy la vida [
    ]"; o: "Es ajeno a la esencia del Padre", siendo Él quien dice: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre"? Pues los escritores sagrados, queriendo que así lo entendiésemos, nos han dado estas imágenes; y es impropio y sumamente impío formarse ideas acerca de nuestro Señor a partir de otras que ni se encuentran en la Escritura ni tienen sentido religioso, cuando la Escritura contiene tales imágenes.

    § 13

    13. Que nos digan, pues, de qué maestro o de qué tradición recibieron estas nociones acerca del Salvador. «Hemos leído,» dirán, «en los Proverbios: "El Señor me creó como principio de sus caminos para sus obras";» en esto solían insistir Eusebio y los suyos, y tú me escribes que también los hombres de ahora, aunque vencidos y refutados por multitud de argumentos, siguen difundiendo por doquier este pasaje y diciendo que el Hijo es una de las criaturas, contándolo entre las cosas creadas. Pero me parece que tampoco entienden rectamente este pasaje; pues tiene un sentido piadoso y plenamente ortodoxo que, si hubiesen comprendido, no habrían blasfemado contra el Señor de la gloria. Porque, si comparan lo que antes se ha expuesto con este pasaje, hallarán una gran diferencia entre ambos. Pues ¿qué hombre de recto entendimiento no advierte que las cosas creadas y hechas son exteriores a quien las hace, mientras que el Hijo, como ha mostrado el argumento precedente, no existe exteriormente, sino que procede del Padre que lo engendró? También el hombre construye una casa y engendra un hijo, y nadie invertiría las cosas diciendo que la casa o la nave fueron engendradas por el constructor, pero que el hijo fue creado y hecho por él; ni tampoco que la casa es imagen de quien la hizo, pero el hijo es distinto de quien lo engendró; antes bien, confesará que el hijo es imagen del padre y la casa una obra de artificio, a menos que tenga trastornado el juicio y esté fuera de sí. Claramente, la divina Escritura, que conoce mejor que nadie la naturaleza de cada cosa, dice por medio de Moisés acerca de las criaturas: "En el principio creó Dios el cielo y la tierra [
    ]"; pero, acerca del Hijo, no introduce a otro, sino al Padre mismo, que dice: "Del seno te engendré antes del lucero de la mañana"; y de nuevo: "Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy". Y el Señor dice de sí mismo en los Proverbios: "Antes de todos los collados me engendra [
    ]"; y acerca de las cosas creadas y hechas habla Juan: "Todas las cosas fueron hechas por Él [
    ]"; pero, al anunciar al Señor, dice: "El Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer". Si, pues, es Hijo, no es criatura; si es criatura, no es Hijo; porque grande es la diferencia entre ambos, y el hijo y la criatura no pueden ser lo mismo, a menos que se considere que su esencia procede a la vez de Dios y de fuera de Dios.

    § 14

    14. "¿Carece entonces de sentido el pasaje?", zumban a nuestro alrededor con esta pregunta como un enjambre de mosquitos. No, ciertamente: no carece de sentido, sino que tiene uno muy apropiado; pues es verdadero decir que el Hijo también fue creado, pero esto sucedió cuando se hizo hombre, porque la creación corresponde al hombre. Y cualquiera puede hallar este sentido debidamente expresado en los oráculos divinos si, en lugar de considerar secundario su estudio, investiga el tiempo, las personas y el propósito, y así estudia y medita lo que lee. En cuanto al tiempo de que se habla, hallará con certeza que, si bien el Señor existe siempre, al fin, en la plenitud de los tiempos, se hizo hombre; y que, siendo Hijo de Dios, llegó a ser también Hijo del hombre. En cuanto al propósito, comprenderá que, queriendo anular nuestra muerte, tomó para sí un cuerpo de la Virgen María, a fin de que, al ofrecerlo al Padre como sacrificio por todos, nos librase a todos los que, por temor de la muerte, estuvimos sujetos a servidumbre durante toda nuestra vida. [
    ] Y, en cuanto a la persona, es en verdad el Salvador quien habla, pero esto se dice de Él cuando tomó un cuerpo y declaró: "El Señor me creó como principio de sus caminos para sus obras [
    ]". Porque, así como es propio del Hijo de Dios ser eterno y estar en el seno del Padre, así también, al hacerse hombre, le convinieron las palabras: "El Señor me creó". Pues entonces se dice de Él esto, como también que tuvo hambre y sed, que preguntó dónde yacía Lázaro, que padeció y que resucitó. Y así como, cuando oímos llamarlo Señor y Dios y Luz verdadera, entendemos que procede del Padre, también, cuando oímos "El Señor me creó", "Siervo" y "Padeció", con justicia atribuiremos esto, no a la divinidad, a la que no corresponde, sino a la carne que llevó por nosotros; pues a ella son propias estas cosas, y esta carne no era de otro sino del Logos. Y si queremos saber qué propósito se cumplió con ello, hallaremos que fue este: que el Logos se hizo carne para ofrecer este cuerpo por todos y para que nosotros, al participar de su Espíritu, fuésemos divinizados; don que no habríamos podido alcanzar de otro modo que revistiéndose Él de nuestro cuerpo creado, pues de ahí recibimos el nombre de «hombres de Dios» y «hombres en Cristo.» Pero así como nosotros, al recibir el Espíritu, no perdemos nuestra propia sustancia, tampoco el Señor, al hacerse hombre por nosotros y llevar un cuerpo, fue menos Dios; porque no quedó disminuido al revestirse del cuerpo, sino que, antes bien, lo divinizó y lo hizo inmortal.
    Comentario editorial · Por qué «creó» y no «poseyó»
    La Reina-Valera traduce el hebreo de
    —«Jehová me poseía»—; Atanasio cita la Septuaginta, que dice «me creó», y el § 14 discute el pasaje tal como lo lee Atanasio. Por eso el versículo que aparece al posarse sobre la referencia no coincide con el que se lee en el texto: la diferencia es parte de lo que hay que ver.

    Capítulo 4.—Demostración del sentido católico de la palabra Hijo

    Poder, Logos o Razón, y Sabiduría, nombres del Hijo, implican su eternidad; también la implica el título de Fuente dado al Padre. Los arrianos responden que estos nombres no pertenecen propiamente a la esencia del Hijo, sino que le han sido atribuidos; que Dios tiene muchos logos, poderes, etc. Por qué no hay sino un solo Hijo y Logos, etc. Todos los títulos del Hijo concurren en Él.

    § 15

    15. Esto basta, pues, para poner al descubierto la infamia de la herejía arriana; porque, según lo ha concedido el Señor, sus propias palabras prueban su impiedad. Pero vengamos ahora nosotros al ataque y pidámosles respuesta; pues este es el momento oportuno, cuando ha cedido el terreno en que se apoyaban, para interrogarlos desde el nuestro: acaso ello avergüence a los perversos y les revele de dónde han caído. Hemos aprendido de la divina Escritura que el Hijo de Dios, como antes se dijo, es el Logos y la Sabiduría mismos del Padre. Pues dice el Apóstol: "Cristo, Poder de Dios y Sabiduría de Dios [
    ]"; y Juan, después de decir: "Y el Logos se hizo carne", añade enseguida: "Y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad [
    ]"; de modo que, siendo el Logos el Hijo Unigénito, en este Logos y en la Sabiduría fueron hechos el cielo y la tierra y cuanto en ellos hay. Y que Dios es Fuente de esta Sabiduría lo hemos aprendido de Baruc, cuando se reprocha a Israel haber abandonado la Fuente de la Sabiduría. Si niegan, pues, la Escritura, se hacen al punto extraños al nombre que llevan, y con razón pueden todos llamarlos ateos y enemigos de Cristo, pues ellos mismos se han hecho acreedores a tales nombres. Pero si convienen con nosotros en que las palabras de la Escritura son divinamente inspiradas, atrévanse a decir abiertamente lo que piensan en secreto: que Dios estuvo una vez sin Logos y sin Sabiduría; y digan en su locura: "hubo un tiempo en que no existía" y "antes de su generación, Cristo no existía"; y declaren asimismo que la Fuente no engendró de sí misma a la Sabiduría, sino que la adquirió de fuera, hasta llegar a la osadía de decir: "El Hijo vino de la nada". De ello se seguiría que ya no hay Fuente, sino una suerte de estanque que recibe el agua de fuera y usurpa el nombre de Fuente.

    § 16

    16. Cuán llena de impiedad está semejante afirmación, no creo que pueda dudarlo nadie que tenga siquiera un poco de entendimiento. Pero, puesto que murmuran algo acerca de que Logos y Sabiduría son solo nombres del Hijo, debemos preguntarles: si estos son solo nombres del Hijo, Él ha de ser algo distinto de ellos. Y si está por encima de tales nombres, no es lícito designar lo superior por lo inferior; pero si es inferior a los nombres, sin duda ha de tener en sí el principio que justifique una denominación más honrosa; y esto supone que ha progresado, impiedad tan grande como cualquiera de las anteriores. Porque decir que ha sido exaltado por algo exterior Aquel que está en el Padre, y en quien también está el Padre; Aquel que dice: "Yo y el Padre somos uno [
    ]"; Aquel a quien, quien lo ha visto, ha visto al Padre, es el colmo de la locura. Sin embargo, cuando quedan vencidos en este punto y, como Eusebio y los suyos, se ven en tan graves apuros, les queda aún este alegato, que también Arrio inventó, a modo de nueva dificultad, en sus canciones y en su propia Talía: "Dios pronuncia muchos logos; ¿a cuál de ellos, entonces, hemos de llamar Hijo y Logos, Unigénito del Padre?". ¡Insensatos, y cualquier cosa menos cristianos! Pues, en primer lugar, al hablar así de Dios, lo conciben casi como un hombre que habla y rectifica sus primeras palabras con las segundas, como si un solo Logos de Dios no bastase para formar todas las cosas conforme a la voluntad del Padre y para cuidar providencialmente de todas ellas. Pues el que pronunciase muchos logos delataría la debilidad de todos ellos, ya que cada uno necesitaría el auxilio de los demás. Pero que Dios tenga un solo Logos —y esta es la verdadera doctrina— manifiesta a un tiempo el Poder de Dios, la perfección del Logos que procede de Él y la recta inteligencia de quienes así creen.

    § 17

    17. ¡Ojalá consintieran en confesar la verdad que se desprende de sus propias palabras! Pues, si conceden que Dios produce logos, reconocen manifiestamente que es Padre; y, una vez reconocido esto, consideren que, mientras se resisten a atribuir un solo Logos a Dios, imaginan que es Padre de muchos; y que, mientras se resisten a decir que no hay Logos de Dios alguno, tampoco confiesan que Él es el Hijo de Dios. Esto es desconocimiento de la verdad e ignorancia de la divina Escritura. Porque, si Dios es Padre de un logos, ¿por qué no ha de ser Hijo el engendrado? Y, a su vez, ¿quién habría de ser Hijo de Dios sino su Logos? Pues no hay muchos logos, ya que cada uno sería imperfecto, sino que uno solo es el Logos, para que Él solo sea perfecto y porque, siendo Dios uno, también su Imagen ha de ser una, y esta es el Hijo. Porque el Hijo de Dios, según puede aprenderse de los oráculos divinos mismos, es Él mismo el Logos de Dios, la Sabiduría, la Imagen, la Mano y el Poder; pues uno solo es el engendrado de Dios, y estos títulos son señales de su generación por el Padre. Porque, si dices "el Hijo", declaras aquello que procede del Padre por naturaleza; y, si piensas en el Logos, piensas igualmente en aquello que procede de Él y le es inseparable; y, al hablar de la Sabiduría, significas una vez más lo mismo: lo que no viene de fuera, sino que procede de Él y está en Él; y, si nombras el Poder y la Mano, hablas de nuevo de lo que es propio de su esencia; y, al hablar de la Imagen, designas al Hijo; pues ¿qué otra cosa es semejante a Dios sino el engendrado que procede de Él? Sin duda, las cosas que llegaron a ser por medio del Logos están "fundadas en la Sabiduría"; y todas las que están "fundadas en la Sabiduría" fueron hechas por la Mano y llegaron a ser por medio del Hijo. Y la prueba de ello no la tenemos de fuentes ajenas, sino de las Escrituras; pues Dios mismo dice por el profeta Isaías: "Mi mano también fundó la tierra, y mi diestra midió los cielos [
    ]". Y de nuevo: "Te cubriré con la sombra de mi Mano, con la cual planté los cielos y puse los cimientos de la tierra [
    ]". Y David, instruido en esto y sabiendo que la Mano del Señor no era otra cosa que la Sabiduría, dice en el salmo: "Con sabiduría las hiciste todas; la tierra está llena de tus criaturas". También Salomón recibió lo mismo de Dios y dijo: "El Señor con sabiduría fundó la tierra [
    ]". Y Juan, sabiendo que el Logos era la Mano y la Sabiduría, predicó así: "En el principio era el Logos, y el Logos estaba con Dios, y el Logos era Dios. Él estaba en el principio con Dios; todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no fue hecha cosa alguna [
    ]". Y el Apóstol, viendo que la Mano, la Sabiduría y el Logos no eran otro que el Hijo, dice: "Dios, que en otro tiempo habló a los padres por los profetas en diversas ocasiones y de diversas maneras, en estos últimos días nos ha hablado por su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien hizo también los siglos [
    ]". Y de nuevo: "Hay un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por Él [
    ]". Y sabiendo asimismo que el Logos, la Sabiduría y el Hijo mismo eran la Imagen del Padre, dice en la Epístola a los Colosenses: "Dando gracias a Dios Padre, que nos hizo dignos de participar de la herencia de los santos en la luz, que nos libró del poder de las tinieblas y nos trasladó al reino de su amado Hijo; en quien tenemos redención, el perdón de los pecados; Él es la Imagen del Dios invisible, el primogénito de toda criatura; porque por Él fueron creadas todas las cosas que están en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, sean tronos, dominios, principados o potestades; todas las cosas fueron creadas por Él y para Él; y Él es antes que todas las cosas, y todas las cosas subsisten en Él". Pues así como todas las cosas son creadas por el Logos, también, por ser Él la Imagen, son creadas en Él. Y así, quien dirija sus pensamientos al Señor evitará tropezar en la piedra de escándalo y avanzará más bien hacia el resplandor de la luz de la verdad; pues esta es verdaderamente la doctrina de la verdad, aunque estos hombres contenciosos revienten de despecho, sin reverencia para con Dios ni vergüenza ante su propia refutación.

    Capítulo 5.— Defensa de las expresiones del Concilio, «de la esencia,» y «consubstancial.»

    Objeción de que estas expresiones no son escriturarias; debemos atender más al sentido que a las palabras; evasiva de los arrianos ante la expresión «de Dios» que se halla en la Escritura; cómo eludieron todas las explicaciones salvo las escogidas por el Concilio, destinadas a negar las fórmulas arrianas; protesta contra la atribución de cualquier sentido material a dichas expresiones.

    § 18

    18. Ahora bien, Eusebio y los suyos fueron, en aquella ocasión anterior, sometidos a un largo examen y, como ya dije, se condenaron por sus propias palabras; por ello suscribieron la declaración y, tras este cambio de parecer, permanecieron en silencio y apartamiento. Pero, puesto que los del partido actual, con la renovada arrogancia de su irreligión y su extravío acerca de la verdad, están empeñados en acusar al Concilio, que nos digan de qué Escrituras han aprendido, o qué santo les ha enseñado, a amontonar las expresiones "de la nada", "no existía antes de su generación", "hubo un tiempo en que no existía", "mudable", "preexistencia" y "por voluntad", que son las fábulas con que escarnecen al Señor. Pues el bienaventurado Pablo dice en su Epístola a los Hebreos: "Por la fe entendemos que los siglos fueron formados por el Logos de Dios, de modo que lo que se ve no fue hecho de cosas visibles [
    ]". Pero nada tiene en común el Logos con los siglos; pues Él existe antes de los siglos, y por Él también vinieron estos a ser. Y en el Pastor está escrito —pues también alegan este libro, aunque no pertenece al canon—: "Ante todo, cree que Dios es uno, que creó todas las cosas, las ordenó e hizo que todas las cosas vinieran a ser de la nada"; mas tampoco esto se refiere al Hijo, pues habla de todas las cosas que vinieron a ser por medio de Él, de las cuales Él es distinto. Porque no es posible contar al Hacedor de todas las cosas entre las cosas hechas por Él, a menos que alguien haya perdido el juicio hasta el punto de decir que el arquitecto es lo mismo que los edificios que levanta.
    ¿Por qué, entonces, después de inventar por su parte expresiones ajenas a la Escritura para servir a la irreligión, acusan a los que son piadosos por emplear tales expresiones? Pues la irreligión está absolutamente prohibida, aunque se intente encubrirla con giros artificiosos y sofismas plausibles; la piedad, en cambio, todos reconocen que es lícita, aun cuando se exponga mediante expresiones inusitadas, con tal de que estas se empleen con intención piadosa y con el deseo de expresar pensamientos piadosos. Ahora bien, se ha mostrado en estas observaciones que las mezquinas expresiones antes citadas de los enemigos de Cristo estaban, y siguen estando, colmadas de irreligión; mientras que, si se examina con exactitud la definición del Concilio contra ellas, se hallará que es enteramente una exposición de la verdad, sobre todo si se presta diligente atención a la ocasión que dio origen a dichas expresiones, ocasión que justificaba su empleo y que fue la siguiente:

    § 19

    19. Deseando el Concilio desechar las expresiones irreligiosas de los arrianos y emplear en su lugar las palabras reconocidas de las Escrituras —que el Hijo no es de la nada, sino "de Dios", y que es "Verbo" y "Sabiduría", no criatura ni obra, sino Hijo propio del Padre—, Eusebio y los suyos, llevados por su inveterada heterodoxia, entendieron que la expresión "de Dios" se aplicaba también a nosotros, como si en este respecto el Logos de Dios no difiriese en nada de nosotros, porque está escrito: "Hay un solo Dios, de quien proceden todas las cosas [
    ]"; y también: "Las cosas viejas pasaron; he aquí que todas las cosas han sido hechas nuevas, y todas las cosas proceden de Dios [
    ]". Pero los Padres, al advertir su ardid y la astucia de su irreligión, se vieron obligados a expresar con mayor claridad el sentido de las palabras "de Dios". Por ello escribieron "de la esencia de Dios", a fin de que no se considerase que "de Dios" se dice de un modo común e igual del Hijo y de las cosas creadas, sino que se reconociera a todas las demás como criaturas, y solo al Logos como procedente del Padre. Pues, aunque se diga que todas las cosas proceden de Dios, no es ello en el sentido en que el Hijo procede de Él. En cuanto a las criaturas, se dice que son "de Dios" porque no existen sin causa ni por sí solas, ni vienen a ser por azar, según aquellos filósofos que las atribuyen a la combinación de átomos y de elementos de estructura semejante; ni proceden de un Hacedor distinto, como dicen ciertos herejes; ni, como afirman otros, proviene la constitución de todas las cosas de ciertos ángeles. Se dice, más bien, porque, siendo Dios, por Él fueron traídas a la existencia todas las cosas que antes no existían, mediante su Logos. Pero, en cuanto al Logos, puesto que no es criatura, solo Él es llamado, y es, "del Padre"; y decir que el Hijo es "de la esencia del Padre" expresa precisamente este sentido, pues ello no corresponde a ninguna cosa creada. En verdad, cuando Pablo dice que "todas las cosas proceden de Dios", añade inmediatamente: "Y un solo Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas [
    ]", para mostrar a todos que el Hijo es distinto de todas las cosas que vinieron a ser de Dios —pues las cosas que vinieron a ser de Dios vinieron a ser por medio de su Hijo—, y que sus palabras anteriores se referían al mundo en cuanto formado por Dios, y no significaban que todas las cosas procedieran del Padre como procede el Hijo. Pues ni las demás cosas son como el Hijo, ni el Logos es uno entre los demás, ya que es Señor y Hacedor de todos. Por esta causa declaró expresamente el santo Concilio que Él era de la esencia del Padre, para que creyéramos que el Logos es distinto de la naturaleza de las cosas creadas, por ser el único que verdaderamente procede de Dios, y para que no quedase escapatoria alguna a los irreligiosos. Esta fue, pues, la razón por la que el Concilio escribió "de la esencia".
    Comentario editorial · Las dos expresiones que se defienden
    «De la esencia» y «consubstancial» son las dos expresiones del Credo de Nicea que el tratado defiende; en griego, ek tēs ousías y homoousios. La segunda, homoousios, es el tema del artículo Homoousios; el Credo completo se estudia en El Credo Niceno-Constantinopolitano.

    § 20

    20. Asimismo, cuando los obispos dijeron que era preciso describir al Logos como el verdadero Poder y la Imagen del Padre, exacto y semejante al Padre en todas las cosas, inmutable, existente siempre y presente en Él sin división —pues nunca hubo un tiempo en que el Logos no existiese, sino que siempre existió eternamente con el Padre, como el resplandor de la luz—, Eusebio y los suyos lo toleraron, ciertamente, sin atreverse a contradecirlo, avergonzados por los argumentos que se aducían contra ellos; pero, al mismo tiempo, fueron sorprendidos cuchicheando entre sí y guiñándose los ojos, dando a entender que "semejante", "siempre", "poder" y "en Él" eran, como antes, expresiones comunes a nosotros y al Hijo, y que no les resultaba difícil admitirlas. En cuanto a "semejante", decían que de nosotros está escrito: "El hombre es imagen y gloria de Dios [
    ]"; respecto de "siempre", que estaba escrito: "Porque nosotros, los que vivimos, siempre [
    ]"; respecto de "en Él": "En Él vivimos, nos movemos y somos [
    ]"; respecto de "inmutable", que está escrito: "Nada nos separará del amor de Cristo"; y, en cuanto a "poder", que a la oruga y a la langosta se las llama "poder" y "gran poder [
    ]", y que a menudo se dice lo mismo del pueblo, como, por ejemplo: "Todo el poder del Señor salió de la tierra de Egipto [
    ]". Y hay también otros poderes, los celestiales, pues dice la Escritura: "El Señor de las potestades está con nosotros; el Dios de Jacob es nuestro refugio". En efecto, Asterio, llamado el sofista, había dicho por escrito cosas semejantes, aprendidas de ellos; y antes que él también Arrio las había aprendido, como ya se ha dicho. Pero los obispos, al discernir también en esto su disimulo, y puesto que está escrito: "Engaño hay en el corazón de los irreligiosos que maquinan el mal [
    ]", se vieron de nuevo obligados a reunir el sentido de las Escrituras y a decir y escribir otra vez, con claridad aún mayor, lo que antes habían dicho: a saber, que el Hijo es "consubstancial" al Padre. Con ello significaban que el Hijo procedía del Padre y que no era meramente semejante, sino de una misma semejanza, y mostraban que la semejanza y la inmutabilidad del Hijo diferían de aquella imitación que se nos atribuye a nosotros y que adquirimos por la virtud mediante la observancia de los mandamientos. Pues los cuerpos semejantes entre sí pueden separarse y quedar distantes unos de otros, como sucede con los hijos humanos respecto de sus padres —según está escrito de Adán y de Set, que fue engendrado de él a su semejanza y conforme a su imagen [
    ]—. Pero, puesto que la generación del Hijo a partir del Padre no es conforme a la naturaleza de los hombres, y puesto que el Hijo no solo es semejante, sino también inseparable de la esencia del Padre, y Él y el Padre son uno, como Él mismo ha dicho, y el Logos está siempre en el Padre y el Padre en el Logos, como el resplandor respecto de la luz —pues esto es lo que indica la expresión misma—, el Concilio, comprendiendo estas cosas, escribió con razón "consubstancial", para vencer la perversidad de los herejes y mostrar que el Logos es distinto de las cosas creadas. Pues, después de escribirlo así, añadieron de inmediato: "Pero a quienes dicen que el Hijo de Dios es de la nada, o creado, o mudable, o una obra, o de otra esencia, la santa Iglesia católica los anatematiza". Y al decir esto mostraron claramente que "de la esencia" y "consubstancial" destruyen aquellas consignas de la irreligión, tales como "creado", "obra", "originado", "mudable" y "no existía antes de su generación". Quien sostiene estas cosas contradice al Concilio; pero quien no sigue a Arrio ha de aceptar necesariamente las decisiones del Concilio y entenderlas debidamente como expresión de la relación del resplandor con la luz, obteniendo de ella una ilustración de la verdad.

    § 21

    21. Por tanto, si ellos, como los otros, alegan por excusa que los términos son inusitados, consideren el sentido con que el Concilio los escribió y anatematicen lo que el Concilio anatematizó; entonces, si pueden, censuren las expresiones. Pero bien sé que, si aceptan el sentido del Concilio, aceptarán plenamente los términos que lo expresan; mientras que, si es el sentido aquello de lo que quieren quejarse, todos han de ver que en vano discuten las palabras, cuando no buscan sino pretextos para la irreligión. Esta fue, pues, la razón de tales expresiones; mas, si todavía se quejan de que no son escriturarias, esa misma queja es motivo para que sean expulsados, pues hablan vanamente y tienen el entendimiento trastornado. Y cúlpen­se a sí mismos en este asunto, porque fueron ellos quienes dieron el ejemplo al comenzar su guerra contra Dios con palabras que no están en la Escritura. No obstante, si alguien desea examinar esta cuestión, sepa que, aunque las expresiones no se hallen palabra por palabra en las Escrituras, contienen, como ya se dijo, el sentido de las Escrituras y, al expresarlo, lo transmiten a quienes conservan el oído sano para la doctrina piadosa. Esto es lo que a ti corresponde considerar y a aquellos hombres mal instruidos escuchar. Se ha mostrado antes, y debe creerse como verdadero, que el Logos procede del Padre y es el único Hijo que le es propio y natural. Pues ¿de dónde podría concebirse que procede el Hijo, que es la Sabiduría y el Logos, en quien todas las cosas vinieron a ser, sino de Dios mismo? También las Escrituras nos enseñan esto, pues el Padre dice por David: "Mi corazón pronunció una buena Palabra", y: "Del seno, antes del lucero de la mañana, te engendré"; y el Hijo declara a los judíos acerca de sí mismo: "Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais, porque yo salí del Padre [
    ]". Y también: "No que alguno haya visto al Padre, sino aquel que procede de Dios; este ha visto al Padre". Además, "Yo y el Padre somos uno", y "Yo estoy en el Padre y el Padre en mí", equivalen a decir: "Procedo del Padre y soy inseparable de Él". Y Juan, al decir: "El Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre, Él lo ha dado a conocer", habló de lo que había aprendido del Salvador. Por lo demás, ¿qué otra cosa da a entender "en el seno", sino la genuina generación del Hijo a partir del Padre?

    § 22

    22. Si, pues, alguno concibe a Dios como compuesto, como si el accidente estuviera en la esencia, o como si tuviese alguna envoltura exterior y estuviese circunscrito, o como si hubiera en torno a Él algo que completase su esencia, de suerte que, cuando decimos "Dios" o nombramos al "Padre", no significásemos la esencia invisible e incomprensible, sino algo que la rodea, entonces quéjense de que el Concilio haya declarado que el Hijo procede de la esencia de Dios. Pero reflexionen que, al pensar de ese modo, profieren dos blasfemias: hacen a Dios corpóreo y afirman falsamente que el Señor no es Hijo del Padre mismo, sino de lo que hay en torno a Él. Mas si Dios es simple, como en efecto lo es, se sigue que, al decir "Dios" y nombrar al "Padre", no nombramos nada que esté, por así decirlo, en torno a Él, sino que significamos su esencia misma. Pues, aunque sea imposible comprender qué es la esencia de Dios, si entendemos al menos que Dios es, y la Escritura lo señala mediante estos nombres, nosotros, con la intención de señalarlo a Él y a ningún otro, lo llamamos Dios, Padre y Señor. Cuando, por tanto, Él dice: "Yo soy el que soy", y "Yo soy el Señor Dios [
    ]", o cuando la Escritura dice "Dios", no entendemos por ello otra cosa que la indicación de su misma esencia incomprensible, y que existe Aquel de quien se habla. Por tanto, que nadie se sobresalte al oír que el Hijo de Dios procede de la esencia del Padre; antes bien, acepte la explicación de los Padres, quienes, con palabras más explícitas pero equivalentes, escribieron "de la esencia" en lugar de "de Dios". Pues consideraron que decir que el Logos era "de Dios" y "de la esencia de Dios" era una misma cosa, dado que la palabra "Dios", como ya he dicho, no significa sino la esencia de Aquel que Es. Si, por tanto, el Logos no procede de Dios como un hijo genuino y natural procede de un padre, sino solo como las criaturas, por haber sido formadas, y como "todas las cosas proceden de Dios", entonces tampoco procede de la esencia del Padre, ni es el Hijo Hijo según la esencia, sino en virtud de su conducta, como nosotros, que somos llamados hijos por gracia. Pero si solo Él procede de Dios como Hijo genuino, según verdaderamente es, entonces con razón puede decirse que el Hijo procede de la esencia de Dios.

    § 23

    23. Asimismo, la imagen de la luz y del resplandor tiene este sentido. Pues los santos no han dicho que el Logos se relacione con Dios como el fuego encendido por el calor del sol, que de ordinario vuelve a apagarse —porque este es una obra exterior y una criatura de quien lo produce—, sino que todos proclaman que Él es el Resplandor, para significar con ello que procede de la esencia, que le es propio e indivisible, y que es uno con el Padre. Esto asegura también su verdadera invariabilidad e inmutabilidad; pues ¿cómo podrían ser suyas si no fuese Hijo propio de la esencia del Padre? Porque también esto debe entenderse como confirmación de su identidad con su propio Padre. Teniendo, pues, nuestra explicación un sentido tan piadoso, los enemigos de Cristo tampoco deberían sobresaltarse ante "consubstancial", ya que este término tiene igualmente un sentido recto y buenas razones que lo sustentan. En efecto, si decimos que el Logos procede de la esencia de Dios —pues, después de lo dicho, ellos deben admitir esta expresión—, ¿qué significa ello sino la verdad y eternidad de la esencia de la cual es engendrado? Porque no es de especie diferente, no sea que se una a la esencia de Dios como algo extraño y desemejante a ella. Ni es semejante solo exteriormente, no sea que parezca ser en algún respecto, o por entero, de otra esencia, como el bronce brilla cual el oro y la plata cual el estaño. Pues estos son extraños entre sí y de distinta naturaleza, están separados unos de otros por naturaleza y propiedades; ni el bronce es propio del oro, ni la cría de paloma nace de la tórtola. Y aunque se los tenga por semejantes, difieren en esencia. Si así fuese con el Hijo, sea Él una criatura como nosotros y no consubstancial; pero si el Hijo es Logos, Sabiduría, Imagen del Padre y Resplandor, necesariamente ha de ser consubstancial. Pues, a menos que se pruebe que no procede de Dios, sino que es un instrumento distinto en naturaleza y distinto en esencia, el Concilio fue, sin duda, sano en su doctrina y acertado en su decreto.

    § 24

    24. Desterrémonos, además, de esta cuestión toda referencia a los cuerpos; y, trascendiendo toda imagen sensible, comprendamos, con entendimiento puro y solo con la mente, la relación genuina del hijo con el padre, la relación propia del Logos con Dios y la semejanza invariable del resplandor con la luz. Pues así como las palabras "Engendrado" e "Hijo" no tienen, ni se pretende que tengan, un sentido humano, sino uno conveniente a Dios, del mismo modo, cuando oímos la expresión "consubstancial", no nos dejemos llevar por sentidos humanos ni imaginemos particiones y divisiones de la Divinidad; antes bien, dirigiendo nuestro pensamiento a las realidades inmateriales, conservemos indivisa la unidad de naturaleza y la identidad de la luz. Pues esto es propio de un hijo respecto de un padre, y en ello se muestra que Dios es verdaderamente Padre del Logos. También aquí viene al caso la imagen de la luz y su resplandor. ¿Quién osará decir que el resplandor es desemejante y extraño al sol? Más bien, ¿quién, al considerar así el resplandor en relación con el sol y la identidad de la luz, no dirá con confianza: "En verdad, la luz y el resplandor son uno, y la una se manifiesta en el otro, y el resplandor está en el sol, de modo que quien ve a aquel ve también a este"? Y a tal unidad y propiedad natural, ¿qué otro nombre habrían de darle quienes creen y ven rectamente sino el de Engendrado consubstancial? Y al Engendrado de Dios, ¿qué habríamos de considerarlo, de modo digno y conveniente, sino Logos, Sabiduría y Poder? Sería pecado decir que es extraño al Padre, e incluso delito imaginar que no está con Él eternamente. Pues por este Engendrado hizo el Padre todas las cosas y extendió su Providencia sobre todas ellas; por Él ejerce su amor a los hombres, y así Él y el Padre son uno, como se ha dicho. A no ser que estos hombres perversos hagan, en efecto, una nueva tentativa y digan que la esencia del Logos no es la misma que la Luz que hay en Él procedente del Padre, como si la Luz en el Hijo fuese una con el Padre, pero Él mismo fuese extraño en esencia por ser criatura. Sin embargo, esta no es sino la creencia de Caifás y del Samosatense, que la Iglesia rechazó y que estos ahora disimulan; por ella se apartaron de la verdad y fueron declarados herejes. Pues, si Él participa plenamente de la luz del Padre, ¿por qué no ha de ser más bien aquello de lo que los demás participan, de manera que no se introduzca intermediario alguno entre Él y el Padre? De otro modo, ya no queda claro que todas las cosas hayan sido engendradas por el Hijo, sino por aquel de quien también Él participa. Y si este es el Logos, la Sabiduría del Padre, en quien el Padre se revela y es conocido, por quien forma el mundo y sin quien nada hace el Padre, es evidente que Él procede del Padre; pues todas las cosas creadas participan de Él, como participan del Espíritu Santo. Y, siendo tal, no puede proceder de la nada ni ser criatura en modo alguno, sino que es, antes bien, Hijo propio del Padre, como el resplandor procede de la luz.

    Capítulo 6.—Autoridades en apoyo del Concilio. Teognosto; Dionisio de Alejandría; Dionisio de Roma; Orígenes

    § 25

    25. Este es, pues, el sentido en que emplearon tales expresiones los reunidos en Nicea. Pero, puesto que no las inventaron por su cuenta —pues tal es uno de los pretextos de nuestros adversarios—, sino que dijeron lo que habían recibido de sus predecesores, procedamos también a demostrarlo, para privarlos aun de ese pretexto. Sabed, pues, oh arrianos, enemigos de Cristo, que Teognosto, varón docto, no rehuyó la expresión "de la esencia", pues en el libro segundo de sus Hipotiposis escribe así acerca del Hijo:—
    La esencia del Hijo no es una esencia obtenida de fuera ni surgida de la nada, sino que brotó de la esencia del Padre, como el resplandor de la luz, como el vapor del agua; pues ni el resplandor ni el vapor son el agua misma o el sol mismo, ni tampoco les son ajenos, sino que son emanación de la esencia del Padre, la cual, sin embargo, no sufre división alguna. Porque, así como el sol permanece el mismo y no queda disminuido por los rayos que de él emanan, tampoco la esencia del Padre sufre mudanza, aunque tenga al Hijo como Imagen de sí misma.
    Teognosto, pues, tras haber indagado antes a modo de ejercicio, pasa a exponer su propio parecer en las palabras precedentes. Luego Dionisio, obispo de Alejandría, al escribir contra Sabelio y exponer ampliamente la economía salvífica del Salvador según la carne, y al demostrar por ello contra los sabelianos que no fue el Padre, sino su Logos, quien se hizo carne, como dijo Juan, fue sospechoso de afirmar que el Hijo era una cosa hecha y creada, y no consubstancial con el Padre. A este respecto escribe a su homónimo Dionisio, obispo de Roma, para alegar en su defensa que aquello era una calumnia contra él. Y le aseguró que no había llamado al Hijo cosa hecha; antes bien, confesaba que era consubstancial con el Padre. Y sus palabras fueron estas:—
    Y en otra carta he escrito una refutación de la falsa acusación que levantan contra mí, según la cual niego que Cristo sea consubstancial con Dios. Pues, aunque digo que no he hallado este término en parte alguna de la Sagrada Escritura, las observaciones que siguen, y que ellos no han advertido, no son contrarias a esa creencia. Puse como ejemplo la generación humana, por ser manifiestamente de la misma naturaleza, y observé que, sin duda, los padres solo difieren de sus hijos en que no son los mismos individuos; de otro modo, no habría ni padres ni hijos. Y mi carta, como dije antes, no puedo presentarla por las circunstancias presentes; de lo contrario, te habría enviado las mismas palabras que empleé, o, mejor dicho, una copia de toda ella, cosa que haré todavía si tengo ocasión. Pero recuerdo con certeza que aduje comparaciones entre cosas afines: por ejemplo, que una planta nacida de una semilla o de una raíz es distinta de aquello de donde brotó y, sin embargo, es enteramente de la misma naturaleza; y que una corriente que mana de una fuente recibe un nombre nuevo, pues ni se llama corriente a la fuente ni fuente a la corriente, y ambas existen, y la corriente es el agua que procede de la fuente.

    § 26

    26. Y que el Logos de Dios no es obra ni criatura, sino engendrado propio de la esencia del Padre e inseparable de ella, como escribió el gran Concilio, podéis verlo aquí en las palabras de Dionisio, obispo de Roma, quien, al escribir contra los sabelianos, increpa así a quienes se atrevieron a decir lo contrario:—
    Después, bien puedo volverme hacia quienes dividen, despedazan y destruyen aquella sacratísima doctrina de la Iglesia de Dios, la Monarquía divina, convirtiéndola, por así decirlo, en tres poderes, tres hipóstasis separadas y tres divinidades. Me han dicho que algunos de entre vosotros, catequistas y maestros del Logos divino, encabezan esta doctrina y se oponen diametralmente, por así decirlo, a las opiniones de Sabelio; pues este dice blasfemamente que el Hijo es el Padre y el Padre es el Hijo, mientras que ellos predican en cierto modo tres dioses, al dividir la sagrada Mónada en tres hipóstasis ajenas entre sí y enteramente separadas. Pues es necesario que con el Dios del universo esté unido el Logos divino, y que el Espíritu Santo repose y habite en Dios; así, en uno solo, como en su cima —quiero decir, en el Dios del universo—, debe quedar reunida y congregada la Tríada divina. Porque es doctrina del presuntuoso Marción escindir y dividir la Monarquía divina en tres principios: enseñanza del diablo, no de los verdaderos discípulos de Cristo y amantes de las enseñanzas del Salvador. Pues ellos saben bien que la Escritura divina predica una Tríada, pero que ni el Antiguo Testamento ni el Nuevo predican tres dioses. Igualmente se debe censurar a quienes sostienen que el Hijo es una obra y consideran que el Señor llegó a existir como una de las cosas que verdaderamente llegaron a ser; mientras que los oráculos divinos dan testimonio de una generación propia y digna de él, y no de fabricación ni hechura alguna. Es, pues, una blasfemia, y no común, sino de las más graves, decir que el Señor es en modo alguno obra de unas manos. Porque, si llegó a ser Hijo, hubo un tiempo en que no existía; pero existió siempre, si está —como él mismo dice— en el Padre, y si Cristo es Logos, Sabiduría y Poder —como, según sabéis, dice la Escritura divina—, y estos atributos son poderes de Dios. Si, pues, el Hijo llegó a existir, hubo un tiempo en que no existían tales atributos; por consiguiente, hubo un tiempo en que Dios carecía de ellos, lo cual es sobremanera absurdo. ¿Y por qué deciros más sobre estos puntos a vosotros, hombres llenos del Espíritu y muy conscientes de los absurdos que se siguen de afirmar que el Hijo es una obra? Por no atender, a mi parecer, a esta circunstancia, los autores de tal opinión han errado por completo la verdad, al explicar las palabras "El Señor me creó como principio de sus caminos para sus obras [
    ]" en contra del sentido de la Escritura divina y profética en ese pasaje. Pues "creó", como sabéis, no tiene un solo sentido; debemos entender aquí "me creó" como "me puso al frente de las obras hechas por él", es decir, "hechas por el Hijo mismo". Y aquí "creó" no debe tomarse por "hizo", pues crear difiere de hacer. "¿No es él tu Padre, que te adquirió? ¿No te hizo y te creó [
    ]?", dice Moisés en su gran cántico del Deuteronomio. Y cabe decirles: Oh hombres temerarios, ¿es una obra aquel que es "el primogénito de toda criatura, engendrado del seno antes del lucero de la mañana", aquel que dijo, como Sabiduría: "Antes que todos los collados, él me engendra [
    ]"? Y en muchos pasajes de los oráculos divinos se dice que el Hijo fue engendrado, pero en ninguno que llegó a existir; lo cual pone de manifiesto el error acerca de la generación del Señor en que incurren quienes osan llamar hechura a su generación divina e inefable. No debemos, pues, dividir en tres divinidades la admirable y divina Mónada, ni menoscabar con el nombre de "obra" la dignidad y la excelsa majestad del Señor; antes bien, debemos creer en Dios Padre todopoderoso, y en Cristo Jesús, su Hijo, y en el Espíritu Santo, y sostener que el Logos está unido al Dios del universo. Porque "Yo —dice él— y el Padre somos uno"; y "Yo estoy en el Padre y el Padre en mí". Pues así se conservarán tanto la Tríada divina como la santa predicación de la Monarquía.

    § 27

    27. Y acerca de la eterna coexistencia del Logos con el Padre, y de que no es de otra esencia ni de otra hipóstasis, sino propio de la del Padre, como dijeron los obispos en el Concilio, podéis escuchar también al diligente Orígenes. Pues lo que escribió como indagación y a modo de ejercicio, nadie lo tome por expresión de sus propias opiniones, sino de las de quienes disputan en el curso de la investigación; mas lo que declara de manera definitiva, ese es el parecer de aquel varón diligente. Así, tras sus consideraciones preliminares, por así decirlo, contra los herejes, expone enseguida su propia creencia de este modo:—
    Si hay una Imagen del Dios invisible, es una Imagen invisible; más aún, osaré añadir que, por ser semejanza del Padre, nunca hubo tiempo en que no existiera. Pues ¿cuándo estuvo aquel Dios que, según Juan, es llamado Luz —porque "Dios es Luz"— sin el resplandor de su propia gloria, para que alguien se atreva a fijar el comienzo de la existencia del Hijo, como si antes no hubiera existido? Pero ¿cuándo no existió aquella Imagen de la hipóstasis inefable, innombrable e indecible del Padre, aquella Expresión y Logos, aquel que conoce al Padre? Entienda bien quien osa decir: "Hubo un tiempo en que el Hijo no existía", que está diciendo: "Hubo un tiempo en que la Sabiduría no existía", y "el Logos no existía", y "la Vida no existía".
    Y en otro lugar dice también:—
    Pero no es cosa inocente ni exenta de peligro que, por la flaqueza de nuestro entendimiento, privemos a Dios, en cuanto de nosotros dependa, del Logos Unigénito que coexiste eternamente con él, y de la Sabiduría en la que se complacía; pues, de otro modo, habría que concebirlo como alguien que no siempre poseyó el gozo.
    Ved cómo demostramos que esta doctrina se ha transmitido de padre en padre; pero vosotros, oh nuevos judíos y discípulos de Caifás, ¿cuántos padres podéis aducir en favor de vuestras expresiones? Ni uno solo entre los entendidos y sabios; pues todos os aborrecen, y solo el diablo os favorece: nadie sino él es vuestro padre en esta apostasía, él, que desde el principio sembró en vosotros la semilla de esta impiedad y ahora os persuade a calumniar al concilio ecuménico por haber puesto por escrito no vuestras doctrinas, sino aquello que desde el principio nos transmitieron quienes fueron testigos oculares y ministros del Logos. Pues la fe que el Concilio ha confesado por escrito es la fe de la Iglesia católica; para afirmarla, los bienaventurados Padres se expresaron así al condenar la herejía arriana, y esta es una razón principal por la que ellos se aplican a calumniar al Concilio. Porque no son los términos lo que los inquieta, sino el hecho de que esos términos prueban que son herejes y más presuntuosos que los de otras herejías.
    Comentario editorial · Teognosto y los dos Dionisios
    Las «autoridades» del capítulo 6 son escritores de los siglos II y III. De Teognosto de Alejandría (hacia 210–270) Atanasio cita las Hipotiposis, y lo considera un «testigo útil contra el arrianismo»; el patriarca Focio, en el siglo IX, juzgó «arrianas» algunas citas del libro segundo. La polémica entre los dos Dionisios arrancó en la década de 260, cuando cristianos de la Pentápolis cuestionaron las fórmulas antisabelianas de Dionisio de Alejandría; Dionisio de Roma (259–268) convocó un sínodo, pidió explicaciones y recibió una respuesta que se juzgó satisfactoria. Su carta defiende la «monarquía» divina y rechaza que el Hijo sea una obra creada.

    Capítulo 7. Sobre el símbolo arriano «Ingénito.»

    Este término fue adoptado después por ellos; por qué lo hicieron; sus tres sentidos. Un cuarto sentido. Ingénito designa a Dios en contraste con sus criaturas, no con su Hijo; Padre es, en cambio, el título escriturario; conclusión.

    § 28

    28. Esta fue, en efecto, la razón por la que, una vez puesta entonces de manifiesto la falsedad de sus expresiones y quedando desde aquel momento expuestos a la acusación de impiedad, procedieron a tomar de los griegos el término ingénito, para poder, amparados en él, contar entre las cosas creadas y las criaturas a aquel Logos de Dios por quien esas mismas cosas llegaron a ser; tan desvergonzados son en su impiedad, tan obstinados en sus blasfemias contra el Señor. Si, pues, esa falta de vergüenza nace de su ignorancia del término, deberían haber aprendido de quienes se lo dieron, los cuales no han vacilado en decir que aun el intelecto, al que hacen proceder del Bien, y el alma, que procede del intelecto, son, no obstante, ingénitos, aunque se conozcan sus respectivos orígenes; pues entienden que, al hablar así, no menoscaban aquel primer Principio del que proceden los demás. Siendo esto así, digan ellos lo mismo, o bien no hablen en absoluto de lo que no saben. Pero, si creen conocer la materia, es preciso interrogarlos; porque la expresión no procede de la Escritura divina y, como en otras ocasiones, sostienen por espíritu de contienda tesis ajenas a ella. Así como he expuesto la razón y el sentido con que el Concilio y los Padres que lo precedieron definieron y proclamaron "de la esencia" y "consubstancial", conforme a lo que la Escritura dice del Salvador, así también expliquen ahora ellos, si pueden, qué los ha llevado a emplear esta expresión no escrituraria y en qué sentido llaman ingénito a Dios. En verdad, según se me ha dicho, este nombre tiene diversos sentidos: los filósofos dicen que significa, en primer lugar, "lo que aún no ha llegado a ser, pero puede llegar a ser"; en segundo lugar, "lo que ni existe ni puede llegar a existir"; y, en tercer lugar, "lo que ciertamente existe, pero ni fue originado ni tuvo principio de su ser, sino que es eterno e indestructible". Quizá quieran pasar por alto los dos primeros sentidos, por el absurdo que de ellos se sigue; pues, conforme al primero, serían ingénitas tanto las cosas que ya han llegado a ser como las que se espera que lleguen a ser; y el segundo es todavía más absurdo. Recurrirán, por tanto, al tercer sentido y emplearán la palabra según él; aunque también aquí, en este sentido, su impiedad será igual de grande. Porque, si por ingénito entienden lo que no tiene principio de su ser, ni ha sido originado o creado, sino que es eterno, y dicen que el Logos de Dios es lo contrario de esto, ¿quién no comprende la astucia de estos enemigos de Dios? ¿Quién no apedrearía a semejantes insensatos? Pues, avergonzados de volver a presentar aquellas primeras expresiones que inventaron y que fueron condenadas, los desdichados han encontrado otro modo de dar a entender lo mismo mediante lo que llaman ingénito. Porque, si el Hijo pertenece a las cosas creadas, se sigue que también él llegó a ser de la nada; y, si tiene un principio de su ser, entonces no existía antes de su generación; y, si no es eterno, hubo un tiempo en que no existía.

    § 29

    29. Si tales son sus opiniones, deberían expresar su heterodoxia con sus propias palabras y no ocultar su perversidad bajo el manto de lo ingénito. Pero, en lugar de hacerlo, estos hombres de mala intención obran en todas las cosas con astucia, como su padre, el diablo; pues, así como él intenta engañar tomando la apariencia de otros, así ellos han introducido el término ingénito para fingir que hablan piadosamente de Dios, mientras alimentan una blasfemia encubierta contra el Señor y, bajo un velo, la enseñan a otros. Sin embargo, una vez descubierto este sofisma, ¿qué les queda? "Hemos encontrado otro", dicen los malhechores; y entonces añaden a lo ya dicho que ingénito significa aquello que no tiene autor de su ser, sino que guarda por sí mismo esta relación con las cosas creadas. ¡Ingratos y, en verdad, sordos a las Escrituras! Todo lo hacen y todo lo dicen no para honrar a Dios, sino para deshonrar al Hijo, ignorando que quien deshonra al Hijo deshonra al Padre. Pues, en primer lugar, aunque designen así a Dios, no queda por ello probado que el Logos pertenezca a las cosas creadas. Porque, siendo engendrado de la esencia del Padre, está, por consiguiente, eternamente con él. Pues esta denominación de engendrado no menoscaba la naturaleza del Logos, ni cobra ingénito su sentido por oposición al Hijo, sino por oposición a las cosas que llegan a ser por medio del Hijo; y así como quien se dirige a un arquitecto y lo llama constructor de una casa o de una ciudad no alude con tal designación al hijo engendrado por él, sino que lo llama artífice por el arte y la ciencia que manifiesta en su obra, dando a entender con ello que no es como las cosas hechas por él y, al tiempo que conoce la naturaleza del constructor, sabe también que aquel a quien engendra es distinto de sus obras; y, con respecto a su hijo, lo llama padre, pero, con respecto a sus obras, creador y hacedor; del mismo modo, quien dice en este sentido que Dios es ingénito lo designa por sus obras, dando a entender no solo que él no ha sido originado, sino también que es hacedor de las cosas que sí lo han sido; y sabe, además, que el Logos es distinto de las cosas creadas y el único Hijo propio del Padre, por quien todas las cosas llegaron a ser y subsisten.

    § 30

    30. Del mismo modo, cuando los profetas hablaron de Dios como Soberano de todo, no lo llamaron así como si el Logos estuviese comprendido entre ese todo —pues sabían que el Hijo era distinto de las cosas creadas y que él mismo ejercía soberanía sobre ellas, conforme a su semejanza con el Padre—, sino porque Dios rige todas las cosas que ha hecho por medio del Hijo, y ha dado al Hijo la autoridad sobre todas las cosas y, habiéndosela dado, es él mismo, a su vez, Señor de todas las cosas por medio del Logos. Asimismo, cuando llamaron a Dios Señor de las potestades, no lo dijeron como si el Logos fuese una de esas potestades, sino porque, siendo Padre del Hijo, es Señor de las potestades que por medio del Hijo han llegado a ser. Pues también el Logos, por estar en el Padre, es Señor de todas ellas y Soberano de todo; porque todas las cosas, cuanto tiene el Padre, son del Hijo. Siendo este, pues, el alcance de tales títulos, llame igualmente alguien ingénito a Dios, si así le place; mas no como si el Logos perteneciera a las cosas creadas, sino porque, como ya he dicho, Dios no solo no ha sido originado, sino que, por medio de su propio Logos, es hacedor de las cosas que sí lo han sido. Pues, aunque al Padre se lo llame así, el Logos sigue siendo la Imagen del Padre y consubstancial con él; y, siendo su Imagen, ha de ser distinto de las cosas creadas y de todo lo demás; porque posee la propiedad y semejanza de aquel cuya Imagen es. De suerte que quien llama al Padre ingénito y todopoderoso percibe en el Ingénito y el Todopoderoso a su Logos y su Sabiduría, que es el Hijo. Pero estos hombres admirables, siempre prestos a la impiedad, dieron con el término ingénito no porque les importase el honor de Dios, sino por malevolencia hacia el Salvador; pues, si hubiesen atendido al honor y al lenguaje reverente, más justo y bueno habría sido reconocer y llamar Padre a Dios que darle este nombre. Porque, al llamar ingénito a Dios, lo designan, como antes dije, por referencia a las cosas que llegaron a ser, y solo como Hacedor, para poder insinuar a su antojo que el Logos es una obra; en cambio, quien llama Padre a Dios da a entender a la vez que tiene un Hijo, y no puede dejar de saber que, puesto que hay un Hijo, por medio de este Hijo fueron creadas todas las cosas que llegaron a ser.

    § 31

    31. Por tanto, será mucho más exacto designar a Dios por el Hijo y llamarlo Padre que nombrarlo y llamarlo ingénito solo por sus obras; pues este último término remite a las obras que llegaron a ser por voluntad de Dios mediante el Logos, mientras que el nombre de Padre señala al Hijo propio de su esencia. Y cuanto supera el Logos a las cosas creadas, tanto más supera también llamar Padre a Dios a llamarlo ingénito; pues este último nombre no es escriturario y resulta sospechoso, ya que tiene diversos sentidos; el primero, en cambio, es sencillo y escriturario, más exacto y el único que implica al Hijo. "Ingénito" es una palabra de los griegos, que no conocen al Hijo; "Padre", en cambio, ha sido reconocido y revelado por nuestro Señor. Pues él, sabiendo de quién era Hijo, dijo: "Yo en el Padre, y el Padre en mí [
    ]"; y: "El que me ha visto a mí ha visto al Padre"; y: "Yo y el Padre somos uno"; pero en ninguna parte se halla que llame ingénito al Padre. Además, cuando nos enseña a orar, no dice: "Cuando oréis, decid: Oh Dios ingénito", sino más bien: "Cuando oréis, decid: Padre nuestro, que estás en los cielos [
    ]". Y quiso que la síntesis de nuestra fe tuviese el mismo sentido. Pues nos mandó ser bautizados, no en el nombre de Ingénito y Originado, ni en el nombre de Increado y Criatura, sino en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; porque por tal iniciación también nosotros somos verdaderamente hechos hijos y, al usar el nombre del Padre, reconocemos por ese nombre al Logos en el Padre. Pero, si él quiere que llamemos Padre nuestro a su propio Padre, no debemos por ello equipararnos al Hijo según la naturaleza, pues es por causa del Hijo por lo que nosotros lo llamamos Padre; porque, habiendo el Logos tomado nuestro cuerpo y venido a estar en nosotros, por razón del Logos que está en nosotros Dios es llamado Padre nuestro. Pues el Espíritu del Logos que está en nosotros llama por medio de nosotros Padre nuestro a su propio Padre; y esto es lo que quiere decir el Apóstol cuando afirma: "Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: Abba, Padre [
    ]".

    § 32

    32. Pero quizá, refutados también en lo tocante al término ingénito, digan, conforme a su mala condición: "También acerca de nuestro Señor y Salvador Jesucristo convenía exponer lo que de él está escrito en las Escrituras, y no introducir expresiones ajenas a ellas". Sí, convenía, digo yo también; pues los testimonios de la verdad son más precisos cuando se toman de la Escritura que cuando proceden de otras fuentes. Pero la mala disposición y la impiedad mudable y astuta de Eusebio y los suyos obligaron a los obispos, como ya he dicho, a proclamar con mayor claridad los términos que echaban por tierra su impiedad; y ya se ha mostrado que lo escrito por el Concilio tiene un sentido ortodoxo, mientras que las expresiones de los arrianos se han mostrado corruptas y sus disposiciones, perversas. El término ingénito tiene un sentido propio y admite un uso piadoso; ellos, sin embargo, lo emplean según su propia idea y a su antojo para deshonrar al Salvador, todo por sostener con espíritu de contienda, como los gigantes, su lucha contra Dios. Pero, así como no escaparon a la condena cuando adujeron aquellas primeras expresiones, tampoco ahora, al interpretar torcidamente el término ingénito, que de suyo admite un uso recto y piadoso, han dejado de quedar al descubierto, desacreditados ante todos y con su herejía proscrita por doquier. Esto, pues, he referido según mis fuerzas para explicar lo que en otro tiempo se hizo en el Concilio; pero sé que los contenciosos enemigos de Cristo no estarán dispuestos a mudar de parecer ni aun después de oírlo, sino que buscarán sin cesar otros pretextos, y después de esos, otros más. Porque, como dice el profeta, "si el etíope mudare su piel, o el leopardo sus manchas [
    ]", entonces estarán dispuestos a pensar piadosamente quienes han sido instruidos en la impiedad. Tú, en cambio, amado, cuando recibas esto, léelo para ti; y, si lo apruebas, léelo también a los hermanos que se hallen presentes, para que también ellos, al escucharlo, acojan el celo del Concilio por la verdad y la precisión de su pensamiento, y condenen a los enemigos de Cristo, los arrianos, y los vanos pretextos que, por causa de su impía herejía, se han afanado en urdir entre sí; porque a Dios Padre se deben la gloria, el honor y la adoración, juntamente con su Hijo y Logos, que coexiste con él, y con el Espíritu Santísimo y vivificador, ahora y por los siglos sin fin de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que queda del argumento

    Visto de conjunto, la defensa responde a la objeción —«términos que no se hallan en las Escrituras»— en tres movimientos. Primero, que el Concilio no actuó por capricho: Eusebio y los suyos habían suscrito aquello de lo que ahora se quejan y, sometidos a examen, se condenaron por sus propias palabras (capítulos 2 y 5). Segundo, que «Hijo» se dice en sentido propio y no adoptivo, de modo que el Hijo es eterno como el Padre (capítulos 3 y 4); y que los términos del Concilio, aunque no se lean en la Escritura, no son invento de los Padres de Nicea —autores anteriores habían hablado así— y tienen, según el § 32, un sentido ortodoxo (capítulos 5 y 6). Tercero, que el término arriano «ingénito», adoptado después, tiene un uso piadoso y designa a Dios en contraste con sus criaturas, no con su Hijo; el título escriturario es «Padre» (capítulo 7).
    Para el desarrollo posterior de esas fórmulas véanse Homoousios y Generación eterna; para otra obra de Atanasio de la misma colección, esta vez sobre un pasaje evangélico, Sobre Lucas 10:22 y Mateo 11:27.
    Límites. La edición de base no fija la fecha ni las circunstancias de composición, y esta edición tampoco las determina; no se ha examinado la atribución a Atanasio. El texto está redactado como respuesta a un corresponsal al que llama «amado».
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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    Fin de la obra