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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 8 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minNacimiento y primeros años de Antonio
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minPrimeros combates con el diablo
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 6 minSu vida en los sepulcros y sus combates allí con los demonios
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 5 minCómo Antonio se estableció en una fortaleza en ruinas al otro lado del Nilo y venció a los demonios. Su permanencia allí durante veinte años
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 minDiscurso dirigido a los monjes, vertido del copto, en el que los exhorta a perseverar y los alienta frente a las astucias de Satanás
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 10 minDiscurso dirigido a los monjes, vertido del copto, en el que los exhorta a perseverar y los alienta frente a las astucias de Satanás
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 9 minDiscurso dirigido a los monjes, vertido del copto, en el que los exhorta a perseverar y los alienta frente a las astucias de Satanás
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minDiscurso dirigido a los monjes, vertido del copto, en el que los exhorta a perseverar y los alienta frente a las astucias de Satanás
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minEl florecimiento de la vida monástica en este tiempo (hacia el año 305 d. C.)
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 1 minCómo libró a una mujer de un espíritu maligno
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 7 minCómo por aquel tiempo se retiró a su "montaña interior"
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 6 minDe la fuente milagrosa, de cómo edificó a los monjes de la montaña "exterior" y de la hermana de Antonio
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minDe cierta virgen y de Pafnucio el confesor
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minExtraños relatos de expulsión de demonios
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 6 minCómo Antonio mostraba reverencia a todos los ministros ordenados
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 9 minCómo razonó con diversos griegos y filósofos en la montaña exterior
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 4 minCómo refutó a los filósofos sanando a algunos atormentados por demonios
  19. Sesión 19 · Parte 4 · ≈ 6 minCómo vio en una visión lo que ahora hacen los arrianos
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 7 minDel duque Balacius, y de cómo, advertido por Antonio, tuvo un fin miserable
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minDe su enfermedad y sus últimas voluntades
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 3 minFin

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    TEXTOS — ATANASIO DE ALEJANDRÍA

    Índice de la obra

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    Atanasio de Alejandría

    Vida de Antonio

    Texto base: Philip Schaff y Henry Wace (eds.), NPNF, 2.ª serie, vol. 4 (1892) · The Complete Works of St. Athanasius, libro 10

    Traducción: Traducción castellana directa del inglés de Schaff, no del griego · prólogo y 94 secciones

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    Lectura continua · ≈ 131 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Unos monjes de tierras extranjeras pidieron a Atanasio que les contase quién había sido Antonio, cómo empezó su ascesis, cómo murió y si era verdad lo que se decía de él. La respuesta es, según Wikipedia, la obra más leída de su autor y, según la introducción del NPNF, un texto de gran influencia en el desarrollo de la vida ascética en la Iglesia: el relato de un egipcio que lo dejó todo, vivió en un sepulcro, en un fuerte en ruinas y en un monte del desierto, discutió con demonios y con filósofos y murió, según el texto, a los 105 años. Casi un tercio del libro (§§ 16–43) es un discurso de Antonio a los monjes.

    Ficha de la obra

    AutorAtanasio de Alejandría, según la tradición y la edición de base; la atribución ha sido discutida y la introducción del NPNF dedica varias páginas a ella (véase la nota del prólogo)
    TítuloVida de Antonio (en inglés, Life of Antony; en latín, Vita Antonii; el epub la titula «Vida de san Antonio»)
    FechaEntre 356 y 362, según la cabecera de la introducción del NPNF; Wikipedia dice hacia 360. La Vida no lleva fecha
    GéneroBiografía de un asceta, escrita como carta a unos «hermanos de tierras extranjeras»
    ExtensiónPrólogo y 94 secciones (§§ 1–94), de unas 23 000 palabras en total
    TraducciónCastellana y directa, hecha del inglés de la edición de Philip Schaff; no del griego
    FuenteSerie NPNF de Philip Schaff, 2.ª serie, vol. 4 (1892), tal como la recoge The Complete Works of St. Athanasius, libro 10
    El recorrido sigue la vida de Antonio. Los §§ 1 a 15 cuentan su vocación, sus años en los sepulcros y su retiro a un fuerte en ruinas; los §§ 16 a 43 son el discurso a los monjes, sobre todo acerca de los demonios; los §§ 44 a 64 narran su salida del fuerte, su viaje a Alejandría en la persecución, su retiro a la «montaña interior» y sus curaciones; los §§ 65 a 71 reúnen visiones y su fidelidad a la Iglesia frente a melecianos y arrianos; los §§ 72 a 88 recogen sus diálogos con filósofos, sus respuestas a los emperadores y al duque Balacio, y los §§ 89 a 94 cuentan su muerte. Para quien busque a Atanasio en otras obras, véanse la Apología contra los arrianos, donde aparecen los melecianos, y las Cartas de Atanasio, que incluyen las cartas a Amún y a Draconcio sobre los monjes; para el marco de la disputa con Arrio, el arrianismo, y para Mani, que el § 68 nombra, el maniqueísmo.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), dirigida por Philip Schaff. Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el griego, y verificar la atribución y la fecha de la obra, que aquí solo se resumen.
    Philip Schaff (Chur, 1819 – Nueva York, 1893) fue un teólogo e historiador de la Iglesia nacido en Suiza y formado en Alemania, que pasó la mayor parte de su vida adulta en Estados Unidos. Enseñó en el seminario de Mercersburg y, desde 1870, en el Union Theological Seminary de Nueva York; escribió una History of the Christian Church y The Creeds of Christendom. Supervisó la NPNF y, para su segunda serie —catorce volúmenes publicados entre 1890 y 1900—, contó con Henry Wace como coeditor. El volumen 4, Athanasius: Select Works and Letters (1892), recoge una selección de obras y cartas de Atanasio y es el que contiene esta Vida. New Advent atribuye la versión inglesa a H. Ellershaw, y la introducción del volumen, que precede al texto, trata la cuestión de la autoría y de la fecha. El texto que aquí se traduce llegó en la edición The Complete Works of St. Athanasius (Kindle), cuyo libro 10 es esta obra.
    Lo que viene de la edición. La numeración de las 94 secciones, los epígrafes que encabezan cada tramo —incluidas las fechas entre paréntesis, como «¿271-285?», «hacia el año 305 d. C.» o «311»— y el subtítulo «Discurso dirigido a los monjes, vertido del copto» proceden de la edición de base; no deben atribuirse a Atanasio, que no pone fechas. El prólogo no está numerado. Los bloques de texto contienen solo esa traducción; el comentario va aparte, en notas marcadas como del editor y plegadas por defecto.
    Referencias bíblicas. Se conservan en su lugar y con la numeración con que llegan. Al posarse sobre una aparece el versículo en la Reina-Valera de 1909 (dominio público, con la ortografía actualizada), solo para comparar. Atanasio lee la Biblia griega, de modo que lo que cita puede diferir de una versión hecha desde el hebreo. Eclesiástico 1:25 no tiene versículo emergente porque la Reina-Valera de 1909 no incluye los libros deuterocanónicos.

    Vida de san Antonio

    Encabezado

    Atanasio, obispo, a los hermanos de tierras extranjeras.

    Prólogo

    Habéis entrado en noble emulación con los monjes de Egipto al proponeros igualarlos o superarlos en la ascesis del camino de la virtud. Pues ya hay monasterios entre vosotros, y el nombre de monje goza de reconocimiento público. Con razón, por tanto, todos aprobarán este propósito, y Dios, en respuesta a vuestras oraciones, lo llevará a cumplimiento. Ahora bien, puesto que me habéis pedido que os refiera la vida del bienaventurado Antonio, y deseáis saber cómo comenzó su ascesis, quién era y qué clase de hombre había sido antes de ello, cómo acabó sus días y si es verdad cuanto se cuenta de él, para que también vosotros podáis imitarlo, he aceptado de muy buen grado vuestro encargo; pues también para mí el solo recuerdo de Antonio es una gran ayuda. Y sé que, cuando hayáis oído su historia, no solo admiraréis a aquel hombre, sino que desearéis emular su resolución, ya que la vida de Antonio es para los monjes modelo suficiente de ascesis. Por ello, no os neguéis a dar crédito a lo que habéis oído de quienes os trajeron noticias suyas; pensad, antes bien, que apenas os han contado unas pocas cosas, pues difícilmente han podido referiros con detalle hechos de tanta importancia. Y puesto que, a petición vuestra, he traído a la memoria algunos hechos de su vida y os enviaré por carta cuanto pueda contaros, no dejéis de preguntar a quienes naveguen desde aquí; pues acaso, aun cuando todos hayan contado cuanto saben, el relato apenas estará a la altura de sus méritos. Por esta causa, al recibir vuestra carta, quise mandar llamar a algunos monjes, en especial a los que solían estar con él más a menudo, para comunicaros cualquier nuevo detalle que llegase a conocer. Pero, como la temporada de navegación tocaba a su fin y el portador de la carta me apremiaba, me apresuré a escribir a vuestra piedad lo que yo mismo sé, por haberlo visto muchas veces, y lo que pude aprender de él, pues fui durante largo tiempo su servidor y vertí agua sobre sus manos; procurando en todo atenerme a la verdad, para que nadie, por oír demasiado, se niegue a creer, ni, por otra parte, por oír demasiado poco, menosprecie a aquel hombre.
    Comentario editorial · ¿Quién escribió la Vida, y para quién?
    La introducción del NPNF fecha la obra entre 356 y 362 y reconoce que su atribución a Atanasio sigue discutida, aunque, dice, el peso de la opinión cualificada está de su lado. Da como pruebas externas la versión latina de Evagrio de Antioquía, hecha antes de 374; Jerónimo; Gregorio Nacianceno, que en 380 la atribuye a Atanasio, y Rufino. Reconoce una dificultad: Atanasio no nombra a Antonio en ninguna otra obra, salvo en la Historia de los arrianos (§ 14). Wikipedia la fecha hacia 360 y la da por obra de Atanasio. Dos cautelas sobre este prólogo: el NPNF anota que el texto griego de la frase en que Atanasio dice haber sido «servidor» de Antonio es incierto (algunos manuscritos permiten otra lectura), y no resuelve quiénes son los «hermanos de tierras extranjeras»: podrían ser monjes de Occidente o de Oriente.

    Nacimiento y primeros años de Antonio

    § 1

    1. Has de saber que Antonio era egipcio de origen: sus padres pertenecían a una buena familia y poseían considerables riquezas; y, como eran cristianos, también él fue criado en la misma fe. En su infancia creció junto a sus padres, sin conocer otra cosa que a ellos y su hogar. Pero, cuando creció y llegó a la niñez, y fue avanzando en edad, no quiso aprender las letras, pues no le agradaba tratar con otros muchachos; antes bien, todo su deseo era, como está escrito de Jacob, ser un hombre sencillo que permanecía en casa. [
    ] Solía acudir con sus padres a la casa del Señor, y ni de niño fue negligente ni, al hacerse mayor, los despreció; antes bien, obedecía a su padre y a su madre y prestaba atención a lo que se leía, guardando en su corazón cuanto de provechoso oía. Y aunque de niño se había criado con cierta holgura, no importunaba a sus padres pidiéndoles manjares variados o suntuosos, ni hallaba placer en ellos; se contentaba sencillamente con lo que encontraba y no buscaba nada más.

    § 2

    2. Tras la muerte de su padre y de su madre, quedó solo con una hermana pequeña; tenía entonces unos dieciocho o veinte años, y sobre él recayó el cuidado de la casa y de su hermana. No habían transcurrido aún seis meses desde la muerte de sus padres cuando, al dirigirse, según su costumbre, a la casa del Señor, meditaba para sí mientras caminaba cómo los Apóstoles [
    ] lo habían dejado todo y seguido al Salvador; y cómo, según los Hechos [
    ], vendían sus posesiones y llevaban el producto de la venta a los pies de los Apóstoles, para que lo distribuyeran entre los necesitados; y qué grande era la esperanza que les estaba reservada en el cielo. Meditando en estas cosas entró en la iglesia, y sucedió que se estaba leyendo el Evangelio; oyó entonces al Señor decir al hombre rico [
    ]: "Si quieres ser perfecto, ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; ven y sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo". Antonio, como si Dios le hubiera traído a la memoria a los santos y aquel pasaje se hubiese leído por causa de él, salió inmediatamente de la iglesia y entregó a los aldeanos las tierras de sus antepasados —eran trescientos acres, fértiles y muy hermosos—, para que ya no fuesen un estorbo para él y para su hermana. Vendió asimismo todos los demás bienes muebles y, tras reunir una gran suma de dinero, la dio a los pobres, aunque reservó una pequeña parte para su hermana.

    Sus primeros años de vida ascética

    § 3

    3. Y de nuevo, al entrar en la iglesia y oír que el Señor decía en el Evangelio [
    ]: "No os afanéis por el día de mañana", no pudo permanecer allí por más tiempo, sino que salió y dio también aquellas cosas a los pobres. Encomendó a su hermana a unas vírgenes conocidas y fieles, y la hizo ingresar en un convento para que allí fuese educada; él, por su parte, se consagró desde entonces a la ascesis fuera de su casa, prestando atención a sí mismo y ejercitándose con paciencia. Pues aún no había tantos monasterios en Egipto, ni monje alguno conocía el desierto lejano; antes bien, todos los que deseaban prestar atención a sí mismos practicaban la ascesis en soledad, cerca de su propia aldea. Había entonces en la aldea vecina un anciano que había llevado vida eremítica desde su juventud. Antonio, después de conocerlo, lo imitó en su piedad. Al principio empezó a morar en lugares apartados de la aldea; luego, si oía hablar de algún hombre virtuoso en cualquier parte, salía a buscarlo como abeja prudente, y no regresaba a su propia morada hasta haberlo visto. Volvía entonces como provisto por aquel hombre de lo necesario para su viaje por el camino de la virtud. Así, morando allí al principio, afirmó su propósito de no volver a la casa de sus padres ni ocuparse del recuerdo de sus parientes, sino de reservar todo su deseo y esfuerzo para perfeccionar su ascesis. Trabajaba, sin embargo, con sus manos, pues había oído: "El que está ocioso, que no coma" [
    ]; parte de lo que ganaba lo empleaba en pan y parte lo daba a los necesitados. Y perseveraba en la oración, sabiendo que el hombre debe orar en secreto sin cesar. Pues tanta atención había prestado a lo que se leía que no dejaba caer en tierra nada de lo escrito, sino que todo lo recordaba; y, en adelante, su memoria le sirvió de libros.
    Comentario editorial · Antonio no fue el primer asceta
    El propio texto dice que en tiempos de Antonio todavía no había muchos monasterios en Egipto y que quienes querían ejercitarse vivían solos cerca de su aldea, con un anciano de la aldea vecina como modelo (§ 3). Wikipedia lo resume así: a Antonio se le tiene a menudo por el primer monje, pero antes hubo ascetas, como los terapeutas que describe Filón de Alejandría en el siglo I, o cristianas como Tecla; lo que lo distingue es que salió al desierto propiamente dicho. El NPNF recoge una polémica de su tiempo: algunos críticos sostenían que la Vida contradecía lo que se sabe del origen del monacato, que no podría fecharse antes de la muerte de Constantino; el editor responde que las cartas del propio Atanasio y la historia de Pacomio, muerto casi con seguridad en 346, impiden fecharlo tan tarde.

    § 4

    4. Por conducirse así, Antonio era amado por todos. Se sometía sinceramente a los hombres virtuosos a quienes visitaba y aprendía a fondo en qué le aventajaba cada uno en celo y ascesis. Observaba la afabilidad de uno y la oración incesante de otro; advertía en este la ausencia de ira y en aquel la caridad; prestaba atención a las vigilias de uno y al estudio de otro; admiraba a uno por su perseverancia y a otro por sus ayunos y por dormir en el suelo; observaba con cuidado la mansedumbre de uno y la longanimidad de otro, al tiempo que tomaba nota de la piedad hacia Cristo y del amor mutuo que animaban a todos. Así enriquecido, regresaba al lugar de su ascesis y, desde entonces, se esforzaba por reunir las cualidades de cada uno y ansiaba mostrar en sí mismo las virtudes de todos. Con los de su edad no rivalizaba, salvo en esto: en no quedar por detrás de ellos en las cosas más elevadas. Y lo hacía sin herir los sentimientos de nadie; antes bien, los movía a alegrarse por él. Por eso, todos los habitantes de aquella aldea y los hombres virtuosos con quienes trataba, al ver cómo era, solían llamarlo amado de Dios. Unos lo acogían como a un hijo; otros, como a un hermano.

    Primeros combates con el diablo

    § 5

    5. Pero el diablo, que odia y envidia el bien, no pudo soportar ver semejante resolución en un joven, sino que procuró emplear contra él los medios de que solía valerse contra otros. Primero intentó apartarlo de la ascesis, susurrándole el recuerdo de sus riquezas, el cuidado de su hermana, las obligaciones para con sus parientes, el amor al dinero, el amor a la gloria, los diversos placeres de la mesa y las demás comodidades de la vida y, por último, la dificultad de la virtud y los trabajos que exige; le representó asimismo la flaqueza del cuerpo y el largo tiempo que le aguardaba. En una palabra, levantó en su mente una gran polvareda de disputas, queriendo apartarlo del propósito que había abrazado. Pero cuando el enemigo vio que sus fuerzas no bastaban para doblegar la resolución de Antonio y que, antes bien, era él quien quedaba vencido por su firmeza, derribado por su gran fe y abatido por sus constantes oraciones, entonces, por fin, confió en las armas que están "en el ombligo de su vientre" y se jactó de ellas —pues son su primera asechanza contra los jóvenes—, y acometió al joven, turbándolo de noche y acosándolo de día, hasta el punto de que aun quienes lo contemplaban advertían la lucha que entre ambos se libraba. El uno le sugería pensamientos impuros y el otro los rechazaba con oraciones; el uno lo encendía de lujuria, y el otro, como si se ruborizara, fortalecía su cuerpo con la fe, las oraciones y el ayuno. Y el diablo, desdichado, una noche llegó incluso a tomar forma de mujer y a imitar todos sus gestos, solo para engañar a Antonio. Pero este, con la mente llena de Cristo y de la nobleza que Él inspira, y considerando la espiritualidad del alma, apagó el ascua del engaño del enemigo. De nuevo le sugirió el enemigo la facilidad del placer. Pero él, como hombre lleno de indignación y pesar, volvió su pensamiento al fuego que lo amenazaba y al gusano que roe y, oponiéndolos a su adversario, atravesó la tentación sin sufrir daño. Todo esto llenó de vergüenza a su enemigo. Pues aquel que se creía semejante a Dios era ahora objeto de burla por parte de un joven; y quien se jactaba de prevalecer contra la carne y la sangre era puesto en fuga por un hombre de carne. Pues el Señor obraba con Antonio —el Señor que por nosotros tomó carne y concedió al cuerpo la victoria sobre el diablo—, de modo que cuantos combaten de veras pueden decir [
    ]: "No yo, sino la gracia de Dios que estaba conmigo".

    § 6

    6. Por último, cuando el dragón ni aun así pudo derribar a Antonio, sino que se vio expulsado de su corazón, rechinando los dientes, como está escrito, y como fuera de sí, se apareció a Antonio como un muchacho negro, tomando una forma visible conforme al color de su mente. Y, como si se humillara ante él, ya no lo acosó con pensamientos, pues, astuto como era, había sido vencido, sino que acabó por hablar con voz humana y dijo: "A muchos he engañado, a muchos he derribado; pero ahora, al acometer contra ti y tus trabajos, como he acometido contra tantos otros, he resultado débil". Cuando Antonio le preguntó: "¿Quién eres tú, que así me hablas?", respondió con voz lastimera: "Soy amigo de la fornicación y he suscitado entre los jóvenes incitaciones que conducen a ella. Me llaman el espíritu de lujuria. ¡A cuántos he engañado de los que deseaban vivir sobriamente, a cuántos castos he doblegado con mis incitaciones! Yo soy aquel por cuya causa también el profeta reprende a los que han caído, cuando dice [
    ]: «El espíritu de fornicación os ha hecho errar.» Pues por mi causa han tropezado. Yo soy quien tantas veces te ha turbado y a quien tantas veces has derribado". Pero Antonio, después de dar gracias al Señor, le respondió con ánimo resuelto: "Muy despreciable eres, pues, ya que tienes el corazón negro y eres débil como un niño. De aquí en adelante no me causarás molestia alguna, «pues el Señor es mi ayuda, y miraré con desprecio a mis enemigos.» " Al oír esto, aquel ser negro huyó al instante, estremecido por aquellas palabras y temeroso incluso de volver a acercarse a aquel hombre.

    Detalles de su vida en esta época (¿271-285?)

    § 7

    7. Esta fue la primera lucha de Antonio contra el diablo; o, más bien, esta victoria fue obra del Salvador en Antonio, "quien condenó el pecado en la carne para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al espíritu". Pero Antonio, aunque el Maligno había caído, no relajó por ello su vigilancia ni lo despreció; ni tampoco el enemigo, como si se diera por vencido, dejó de tenderle asechanzas. Pues de nuevo rondaba como león, buscando ocasión de atacarlo. Mas Antonio, que había aprendido por las Escrituras que las asechanzas [
    ] del diablo son muchas, prosiguió con celo la ascesis, considerando que, aunque el diablo no había logrado seducir su corazón mediante el placer corporal, procuraría atraparlo por otros medios. Pues el demonio ama el pecado. Por ello reprimía cada vez más su cuerpo y lo mantenía sujeto, no fuese a suceder que, habiendo vencido por un lado, fuese arrastrado a la caída por el otro. Se propuso, pues, habituarse a una vida más austera. Muchos se maravillaban, pero él soportaba fácilmente el esfuerzo; pues el fervor de su alma, mantenido durante tanto tiempo, había engendrado en él un buen hábito, de modo que, con apenas alguna enseñanza de otros, mostraba gran celo en esta empresa. Velaba hasta el punto de pasar a menudo la noche entera sin dormir; y no una sola vez, sino muchas, para asombro de los demás. Comía una vez al día, después de la puesta del sol; a veces, una vez cada dos días y, con frecuencia, incluso cada cuatro. Su alimento era pan y sal; su bebida, solo agua. De la carne y del vino huelga siquiera hablar, pues tampoco se hallaban tales cosas entre los demás hombres entregados a la ascesis. Para dormir le servía una estera de juncos, aunque casi siempre se tendía sobre el suelo desnudo. No se ungía con aceite, pues decía que a los jóvenes les convenía ejercitarse con empeño, en vez de buscar lo que ablandase el cuerpo; antes bien, debían habituarlo al esfuerzo, teniendo presentes las palabras del Apóstol [
    ]: "Cuando soy débil, entonces soy fuerte". "Pues —decía— la fibra del alma está sana cuando disminuyen los placeres del cuerpo". Y había llegado a esta conclusión verdaderamente admirable: "que el progreso en la virtud y el apartamiento del mundo por causa de ella no deben medirse por el tiempo, sino por el deseo y la firmeza de propósito". Él, por su parte, no volvía la mirada al pasado, sino que día tras día, como si apenas comenzase su ascesis, ponía mayor empeño en progresar, repitiéndose a menudo las palabras de Pablo [
    ]: "Olvidando lo que queda atrás y extendiéndome hacia lo que está delante". Tenía asimismo presentes las palabras del profeta Elías [
    ]: "Vive el Señor, en cuya presencia estoy hoy". Pues advertía que, al decir "hoy", el profeta no contaba el tiempo transcurrido; antes bien, cada día, como si siempre comenzase de nuevo, se esforzaba con ardor por hacerse digno de comparecer ante Dios, puro de corazón y siempre dispuesto a someterse a su voluntad, y solo a la suya. Y solía decirse que el eremita debía contemplar su propia vida, como en un espejo, en la del gran Elías.

    Su vida en los sepulcros y sus combates allí con los demonios

    § 8

    8. Así, redoblando su dominio sobre sí mismo, Antonio se retiró a unos sepulcros que se hallaban lejos de la aldea; y, tras pedir a un conocido que le llevase pan con largos intervalos de días, entró en uno de los sepulcros. Aquel hombre cerró la puerta tras él, y Antonio permaneció solo en su interior. Mas el enemigo no pudo soportarlo y, temiendo incluso que en poco tiempo Antonio llenase el desierto de ascesis, acudió una noche con una multitud de demonios y lo azotó de tal modo que quedó tendido en el suelo, sin habla por la intensidad del dolor. Pues Antonio afirmaba que el tormento había sido tan grande que ningún golpe infligido por un hombre habría podido causarle semejante sufrimiento. Pero, por la providencia de Dios —pues el Señor nunca desatiende a quienes esperan en él—, al día siguiente llegó su conocido con los panes. Al abrir la puerta y verlo tendido en el suelo como muerto, lo levantó, lo llevó a la iglesia de la aldea y lo tendió en el suelo. Muchos de sus parientes y de los aldeanos se sentaron alrededor de Antonio como alrededor de un cadáver. Pero hacia la medianoche recobró el conocimiento y se levantó; y, al ver que todos dormían y que solo su compañero velaba, le hizo señas con la cabeza para que se acercase y le pidió que lo llevase de nuevo a los sepulcros sin despertar a nadie.

    § 9

    9. Aquel hombre, pues, lo llevó, y, una vez cerrada la puerta, Antonio quedó, como de costumbre, solo en el interior. No podía mantenerse en pie a causa de los golpes, pero oraba tendido en el suelo. Y, después de orar, exclamó en voz alta: "Aquí estoy, yo, Antonio; no huyo de vuestros azotes, pues, aunque me inflijáis otros más, nada me separará [
    ] del amor de Cristo". Y luego cantó: "Aunque acampe contra mí un ejército, no temerá mi corazón". Tales eran los pensamientos y las palabras de este asceta. Pero el enemigo, que aborrece el bien, maravillado de que después de los golpes se atreviese a volver, reunió a sus secuaces y prorrumpió: "Ya veis —dijo— que ni con el espíritu de lujuria ni con los golpes hemos logrado detener a este hombre, sino que nos desafía. Ataquémoslo de otro modo". Mas al diablo le es fácil mudar de forma para hacer el mal. Así, durante la noche produjeron tal estruendo que todo aquel lugar parecía sacudido por un terremoto; y los demonios, como si derribasen las cuatro paredes de la morada, parecían entrar a través de ellas bajo la apariencia de fieras y reptiles. De pronto, el lugar se llenó de figuras de leones, osos, leopardos, toros, serpientes, áspides, escorpiones y lobos, y cada uno se movía según su naturaleza. El león rugía, deseoso de atacar; el toro parecía embestir con sus cuernos; la serpiente se retorcía sin poder acercarse, y el lobo era contenido cuando se lanzaba al ataque. En conjunto, los ruidos de aquellas apariciones y sus furiosas acometidas eran espantosos. Antonio, golpeado y hostigado por ellas, sentía dolores corporales aún más intensos. Permanecía tendido, vigilante y con el alma inconmovible, gimiendo por el tormento de su cuerpo; pero su mente estaba lúcida y, como burlándose de ellos, dijo: "Si tuvieseis poder alguno, habría bastado con que viniese uno solo de vosotros; pero, puesto que el Señor os ha hecho débiles, intentáis aterrorizarme con vuestro número. Y prueba de vuestra debilidad es que adoptáis las formas de bestias irracionales". Y añadió con osadía: "Si podéis y habéis recibido poder contra mí, no tardéis en atacar; pero, si no podéis, ¿por qué me importunáis en vano? Pues la fe en nuestro Señor es para nosotros sello y muralla de protección". Así, tras muchas tentativas, rechinaron los dientes contra él, porque sus esfuerzos los dejaban en ridículo a ellos antes que a Antonio.

    § 10

    10. Tampoco el Señor se olvidó entonces de la lucha de Antonio, sino que acudió en su ayuda. Al alzar la mirada, Antonio vio el techo como si se abriese y un rayo de luz que descendía hasta él. Los demonios desaparecieron de súbito, el dolor de su cuerpo cesó al instante y el edificio quedó de nuevo intacto. Antonio, al sentir aquella ayuda, recobrar el aliento y verse libre del dolor, se dirigió suplicante a la visión que se le había aparecido: "¿Dónde estabas? ¿Por qué no apareciste desde el principio para poner fin a mis dolores?". Y una voz le respondió: "Antonio, aquí estaba yo, pero aguardé para ver tu combate; por cuanto has resistido y no has sido vencido, seré siempre tu auxilio y haré que tu nombre sea conocido en todas partes". Al oír esto, Antonio se levantó y oró, y recibió tal fuerza que advirtió que su cuerpo tenía más vigor que antes. Tenía entonces unos treinta y cinco años.

    Se dirige al desierto y vence las tentaciones en el camino

    § 11

    11. Al día siguiente salió aún más resuelto a servir a Dios y, al encontrarse con el anciano al que había visto anteriormente, le pidió que morase con él en el desierto. Pero, como este rehusó por su avanzada edad y porque aún no existía tal costumbre, Antonio partió enseguida él solo hacia la montaña. Y de nuevo el enemigo, al ver su celo y deseoso de estorbarlo, puso en su camino lo que parecía una gran fuente de plata. Mas Antonio, al advertir el engaño del Maligno, se detuvo y, después de mirar la fuente, avergonzó al diablo que se ocultaba tras ella, diciendo: '¿De dónde sale una fuente en el desierto? Este camino no es muy transitado, ni hay aquí huella de caminante alguno; dado su tamaño, no habría podido caerse sin que su dueño lo advirtiese; y quien la hubiera perdido, al volver sobre sus pasos para buscarla, la habría encontrado, pues este es un lugar desierto. Esta es alguna artimaña del diablo. ¡Oh Maligno, no impedirás con esto mi propósito! ¡Perezca contigo! [
    ] ' Y, dichas estas palabras por Antonio, la fuente se desvaneció como el humo ante el fuego.

    Cómo Antonio se estableció en una fortaleza en ruinas al otro lado del Nilo y venció a los demonios. Su permanencia allí durante veinte años

    § 12

    12. Luego, mientras proseguía su camino, vio esparcido por el sendero oro que, esta vez, no era una visión, sino oro verdadero. Pero si fue el diablo quien se lo mostró, o alguna potestad superior que quiso poner a prueba al atleta y mostrar al Maligno que Antonio verdaderamente no tenía en nada el dinero, ni él lo dijo ni nosotros lo sabemos. Lo cierto es que aquello que apareció era oro. Antonio se maravilló de su abundancia, pero pasó de largo como si atravesara el fuego; ni siquiera volvió la cabeza, sino que apresuró el paso hasta echar a correr para perder de vista aquel lugar. Cada vez más firme en su propósito, se dirigió presuroso a la montaña y, tras hallar al otro lado del río una fortaleza abandonada desde hacía tanto tiempo que estaba llena de reptiles, cruzó hasta ella y allí se estableció. Los reptiles abandonaron el lugar al punto, como si alguien los persiguiera. Él, por su parte, tapi ó por completo la entrada, después de hacer provisión de panes para seis meses —esta es costumbre de los tebanos, y los panes suelen conservarse frescos un año entero—; y, como encontró agua dentro, descendió a la fortaleza como quien entra en un santuario y permaneció allí solo, sin salir jamás ni mirar a ninguno de los que acudían. Así pasó largo tiempo ejercitándose, y dos veces al año recibía panes que le hacían bajar desde lo alto.

    § 13

    13. Pero sus conocidos, cuando iban a verlo, como no les permitía entrar, solían pasar días y noches fuera, y oían dentro lo que parecían ser multitudes que vociferaban, armaban estrépito, lanzaban voces lastimeras y gritaban: "Vete de lo que es nuestro. ¿Qué haces siquiera en el desierto? No podrás resistir nuestro ataque". Al principio, los que estaban fuera pensaron que unos hombres luchaban con él y que habían entrado mediante escaleras; pero cuando se agacharon y, mirando por un agujero, vieron que no había nadie, sintieron miedo, juzgaron que eran demonios y llamaron a Antonio. Él los oyó enseguida, aunque no había prestado atención alguna a los demonios, y, acercándose a la puerta, les rogó que se marcharan y no temieran: "Pues así —dijo— lanzan los demonios sus ataques aparentes contra los cobardes. Haceos, por tanto, la señal de la Cruz, marchaos sin temor y dejad que estos se diviertan solos". Ellos se marcharon, fortalecidos por la señal de la Cruz. Antonio, en cambio, permaneció sin sufrir daño alguno de los espíritus malignos, ni lo fatigó la lucha, pues acudían en su auxilio visiones de lo alto, y la debilidad del enemigo le ahorraba muchas fatigas y lo armaba de mayor celo. Porque sus conocidos acudían a menudo esperando hallarlo muerto, y lo oían cantar: "Levántese Dios y sean dispersados sus enemigos; huyan de su presencia los que lo aborrecen. Como se disipa el humo, disípense ellos; como se derrite la cera ante el fuego, así perezcan los pecadores ante la faz de Dios"; y también: "Todas las naciones me rodearon, y en el nombre del Señor las vencí".

    Cómo abandonó el fuerte y cómo comenzó a florecer el monacato en Egipto. Antonio, su guía

    § 14

    14. Y así, durante casi veinte años, continuó ejercitándose en la soledad, sin salir jamás y dejándose ver por muy pocos. Después, cuando muchos, deseosos de imitar su ascesis, acudieron a él, y sus conocidos comenzaron a derribar la puerta y a arrancarla por la fuerza, Antonio salió como de un santuario, iniciado en los misterios y lleno del Espíritu de Dios. Entonces lo vieron por primera vez fuera del fuerte quienes habían venido a visitarlo. Y al verlo quedaron maravillados, pues tenía la misma complexión de antes: ni estaba grueso como quien no se ejercita, ni enjuto por los ayunos y la lucha con los demonios, sino tal como lo habían conocido antes de su retiro. También su alma permanecía sin tacha: ni encogida por la aflicción, ni relajada por el placer, ni dominada por la risa o el abatimiento; pues no se turbó al contemplar a la multitud ni se alegró en exceso de que tantos lo saludaran. Antes bien, se mantuvo enteramente sereno, guiado por la razón y permaneciendo en su estado natural. Por medio de él, el Señor sanó las dolencias corporales de muchos de los presentes y libró a otros de espíritus malignos. Y concedió a Antonio la gracia de la palabra, de modo que consoló a muchos afligidos y reconcilió a los enemistados, exhortando a todos a anteponer el amor de Cristo a cuanto hay en el mundo. Y mientras los exhortaba y aconsejaba que recordasen los bienes venideros y la bondad amorosa de Dios para con nosotros, "que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros [
    ]", persuadió a muchos a abrazar la vida eremítica. Y así sucedió, finalmente, que surgieron celdas aun en las montañas, y el desierto se pobló de monjes que dejaban a los suyos y se inscribían como ciudadanos de los cielos.

    § 15

    15. Pero cuando tuvo que cruzar el canal arsenoítico —con ocasión de visitar a los hermanos—, el canal estaba lleno de cocodrilos. Con solo orar, entró en él junto con todos los que lo acompañaban, y cruzaron sanos y salvos. Y, de regreso a su celda, se entregó a los mismos nobles y esforzados ejercicios; mediante frecuentes conversaciones acrecentó el fervor de quienes ya eran monjes, despertó en la mayoría de los demás el amor a la ascesis y, atraídos por sus palabras, pronto se multiplicaron las celdas; y él los guiaba a todos como un padre.

    Discurso dirigido a los monjes, vertido del copto, en el que los exhorta a perseverar y los alienta frente a las astucias de Satanás

    § 16

    16. Un día salió a ver a todos los monjes que se habían reunido en torno a él y le pedían oír sus palabras. Les habló en lengua egipcia de este modo: "Las Escrituras bastan para instruirnos; pero es bueno que nos alentemos unos a otros en la fe y nos estimulemos con palabras. Por tanto, vosotros, como hijos, traed a vuestro padre lo que sabéis; y yo, como el mayor, compartiré con vosotros mis conocimientos y lo que la experiencia me ha enseñado. Sea este, ante todo, el propósito común de todos: no ceder una vez comenzado, ni desfallecer en las tribulaciones, ni decir: "Llevamos mucho tiempo entregados a la ascesis"; antes bien, como si cada día comenzáramos, acrecentemos nuestro fervor. Pues toda la vida del hombre es brevísima si se mide por los siglos venideros; por ello, todo nuestro tiempo nada es comparado con la vida eterna. En el mundo, cada cosa se vende por su precio y se cambia por otra de igual valor; pero la promesa de la vida eterna se compra por bien poco. Porque está escrito: «Los días de nuestra vida son setenta años; y, si hay vigor, ochenta; mas cuanto excede de ellos es fatiga y dolor.» Por tanto, aunque vivamos ochenta años cumplidos, o incluso cien, en la ascesis, no reinaremos tan solo cien años: en lugar de cien, reinaremos por los siglos de los siglos. Y aunque hayamos luchado en la tierra, no recibiremos en la tierra nuestra heredad, sino que tenemos las promesas en el cielo; y, despojándonos del cuerpo corruptible, lo recibiremos incorruptible.
    Comentario editorial · Un discurso «vertido del copto»
    El § 16 dice que Antonio habló a los monjes «en lengua egipcia», y el epígrafe de la edición añade que el discurso está «vertido del copto». Según Wikipedia, Antonio probablemente solo hablaba copto y dictó cartas en esa lengua, de las que se conservan siete. Eso plantea de quién son las palabras: el NPNF cita a Eichhorn, que juzgaba casi imposible decidir qué corresponde a Antonio y qué a Atanasio. Las notas del NPNF advierten también que la demonología de este discurso, con demonios dotados de cuerpo, no es la de Atanasio en sus otras obras y se parece más a la de Orígenes y otros Padres; el editor subraya, en cambio, que Antonio insiste una y otra vez (§§ 16–43) en que los poderes del mal están sometidos a Dios y no pueden dañar a los creyentes.

    § 17

    17. "Por tanto, hijos, no desfallezcamos ni pensemos que el tiempo es largo o que hacemos algo grande, «pues los padecimientos del tiempo presente no son dignos de compararse con la gloria que ha de revelarse en nosotros [
    ].» Ni pensemos, al mirar el mundo, que hemos renunciado a cosa de mucha importancia, pues toda la tierra es pequeñísima comparada con el cielo entero. Así, aun si fuésemos señores de toda la tierra y renunciáramos a ella por completo, no sería nada digno de compararse con el reino de los cielos. Pues así como un hombre despreciaría una dracma de cobre para ganar cien dracmas de oro, así también, si uno fuese señor de toda la tierra y renunciara a ella, poco sería lo que dejase y recibiría el ciento por uno. Y si ni siquiera la tierra entera iguala en valor a los cielos, quien renuncia a unas pocas tierras deja, por así decirlo, nada; y aunque haya renunciado a una casa o a mucho oro, no debe jactarse ni abatirse. Consideremos, además, que, aunque no renunciemos a esas cosas por causa de la virtud, al morir habremos de dejarlas atrás; y muy a menudo, como dice el Predicador, a quienes no quisiéramos. ¿Por qué, entonces, no renunciar a ellas por causa de la virtud, para heredar incluso un reino? Que nadie, pues, se deje dominar por el deseo de poseer: ¿qué provecho hay en adquirir cosas que no podemos llevar con nosotros? ¿Por qué no adquirir más bien las que sí podemos llevar: prudencia, justicia, templanza, fortaleza, entendimiento, amor, bondad para con los pobres, fe en Cristo, mansedumbre y hospitalidad? Si las poseemos, hallaremos que ellas mismas nos preparan la acogida en la tierra de los mansos de corazón.

    § 18

    18. "Por estas consideraciones, persuádase cada uno de no tomar a la ligera la ascesis, sobre todo si considera que él mismo es siervo del Señor y debe servir a su Amo. Pues así como un siervo no osaría decir: "Trabajé ayer, de modo que hoy no trabajaré", ni, por haber trabajado antes, dejaría de trabajar en adelante, sino que cada día, como está escrito en el Evangelio, muestra la misma disposición a agradar a su amo y a evitar el castigo, así también permanezcamos cada día firmes en nuestra ascesis, sabiendo que, si nos descuidamos un solo día, el Señor no nos perdonará por causa de lo pasado, sino que se airará contra nosotros por nuestra negligencia. Así lo hemos oído también en Ezequiel [
    ]; y así Judá, por una sola noche, echó a perder su trabajo anterior.

    § 19

    19. "Por tanto, hijos, perseveremos en nuestra ascesis y no seamos negligentes. Pues en ella el Señor obra con nosotros, como está escrito: «Con todos los que eligen el bien, Dios obra para bien.» Y para guardarnos del descuido conviene considerar las palabras del Apóstol: «Cada día muero [
    ].» Pues si también nosotros vivimos como si muriéramos cada día, no pecaremos. Y esto significa que, al levantarnos cada jornada, debemos pensar que quizá no lleguemos a la tarde; y, asimismo, al disponernos a dormir, que quizá no volvamos a levantarnos. Porque nuestra vida es por naturaleza incierta, y la Providencia nos la concede día a día. Si así ordenamos nuestra vida cotidiana, ni caeremos en pecado, ni codiciaremos cosa alguna, ni guardaremos ira contra nadie, ni amontonaremos tesoros en la tierra. Antes bien, como quienes cada día esperan la muerte, viviremos sin riquezas y perdonaremos todas las cosas a todos; tampoco conservaremos deseo alguno de mujeres ni de cualquier otro placer torpe. Nos apartaremos de él como de algo ya pasado, combatiendo siempre y mirando hacia el día del Juicio. Pues el mayor temor y el peligro del tormento destruyen siempre el atractivo del placer y levantan al alma cuando está a punto de caer.

    § 20

    20. "Así pues, puesto que ya hemos comenzado y emprendido el camino de la virtud, esforcémonos aún más por alcanzar lo que tenemos delante. Que nadie vuelva la mirada a lo que queda atrás, como la mujer de Lot, tanto más cuanto que el Señor ha dicho: «Ninguno que pone la mano en el arado y mira atrás es apto para el reino de los cielos.» Y volver atrás no es otra cosa que sentir pesar y pensar de nuevo según el mundo. Pero no temáis al oír hablar de la virtud ni os asombréis de su nombre. Pues no está lejos de nosotros ni fuera de nosotros, sino dentro de nosotros, y es fácil si tan solo queremos. Los griegos viajan a tierras extrañas y cruzan el mar para adquirir conocimiento; pero nosotros no necesitamos salir de casa por causa del reino de los cielos, ni atravesar el mar por causa de la virtud. Pues ya dijo el Señor antiguamente: «El reino de los cielos está dentro de vosotros.» Por tanto, la virtud solo requiere de nosotros buena voluntad, puesto que está en nosotros y de nosotros se forma. Pues cuando la facultad espiritual del alma se halla en su estado natural, se forma la virtud. Y se halla en su estado natural cuando permanece tal como vino a la existencia. Y cuando vino a la existencia era bella y sobremanera recta. Por esta causa Josué, hijo de Nun, dijo al pueblo en su exhortación: «Enderezad vuestro corazón hacia el Señor Dios de Israel [
    ],» y Juan: «Enderezad vuestras sendas [
    ].» Pues la rectitud del alma consiste en que su parte espiritual permanezca en el estado natural en que fue creada. Por el contrario, cuando se desvía y se aparta de su estado natural, a eso se llama vicio del alma. Así pues, la cosa no es difícil. Si permanecemos tal como fuimos hechos, estamos en estado de virtud; pero, si pensamos en cosas indignas, seremos tenidos por malos. Si, por tanto, hubiera que adquirir la virtud desde fuera, ciertamente sería difícil; mas, puesto que está en nosotros, guardémonos de los pensamientos torpes. Y, habiendo recibido el alma como un depósito, conservémosla para el Señor, a fin de que reconozca su obra tal como Él la hizo.

    § 21

    21. "Y esforcémonos para que la ira no nos gobierne ni la concupiscencia nos venza, pues está escrito: «La ira del hombre no obra la justicia de Dios. Y la concupiscencia, después de concebir, da a luz el pecado; y el pecado, una vez consumado, engendra la muerte.» Viviendo así, mantengámonos cuidadosamente en guardia y, como está escrito, «guardemos nuestro corazón con toda vigilancia [
    ].» Pues tenemos enemigos terribles y astutos —los espíritus malignos—, y contra ellos luchamos, como dijo el Apóstol: «No contra carne y sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo de tinieblas, contra las huestes espirituales de maldad en las regiones celestes [
    ].» Grande es su número en el aire que nos rodea, y no están lejos de nosotros. Hay, ciertamente, grandes diferencias entre ellos; mucho podría decirse de su naturaleza y de esas diferencias, pero tal descripción corresponde a otros de mayor capacidad que nosotros. Por ahora, lo apremiante y necesario es que conozcamos sus astucias contra nosotros.

    § 22

    22. "Ante todo, debemos saber esto: que los demonios no fueron creados tales como son ahora, cuando los llamamos por ese nombre; pues Dios nada hizo malo, y aun ellos fueron hechos buenos. Mas, habiendo caído de la sabiduría celestial, desde entonces se arrastran por la tierra. Por una parte, engañaron a los griegos con sus apariciones; por otra, movidos por la envidia que nos tienen a los cristianos, ponen todas las cosas en movimiento, deseosos de impedirnos la entrada en los cielos, para que no ascendamos allí de donde ellos cayeron. Por eso hacen falta mucha oración y ascesis, a fin de que quien haya recibido por el Espíritu el don de discernimiento de espíritus pueda reconocer sus características: cuáles de ellos son menos malos y cuáles más; cuál es la particular inclinación de cada uno y cómo se vence y expulsa a cada cual. Pues muchas son sus maldades y mudables sus asechanzas. El bienaventurado Apóstol y sus compañeros conocían estas cosas cuando dijeron: «pues no ignoramos sus maquinaciones [
    ];» y nosotros, por las tentaciones que hemos padecido a manos de ellos, debemos corregirnos unos a otros acerca de estas cosas. Por ello yo, que las he experimentado, os hablo como a hijos.

    § 23

    23. "Por tanto, si los demonios ven que los cristianos, y especialmente los monjes, se afanan con alegría y avanzan, primero los acometen con tentaciones y ponen obstáculos en su camino, a saber, pensamientos malos. Pero no tenemos por qué temer sus sugestiones, pues mediante la oración, el ayuno y la fe en el Señor fracasa de inmediato su acometida. Y ni aun entonces cesan, sino que vuelven con malicia y sutileza. Pues, cuando no pueden engañar abiertamente al corazón con placeres torpes, se acercan bajo otro aspecto y, formando apariciones, intentan infundir temor: mudan de figura y toman formas de mujeres, de fieras, de reptiles, de cuerpos gigantescos y de tropas de soldados. Pero tampoco entonces debéis temer sus apariciones engañosas. Pues nada son y pronto desaparecen, sobre todo si uno se ha fortalecido de antemano con la fe y la señal de la Cruz. Con todo, son audaces y muy desvergonzados: si así se ven vencidos, acometen de otro modo y fingen profetizar y predecir el futuro; se muestran tan altos que llegan hasta el techo y de enorme anchura, para atrapar mediante tales apariciones a quienes no pudieron engañar con sus argumentos. Si también entonces hallan el alma fortalecida por la fe y una mente llena de esperanza, llaman en su auxilio a su jefe.

    § 24

    24. "Y dijo que a menudo se aparecían tal como el Señor mostró al diablo ante Job, diciendo: «Sus ojos son como el lucero del alba. De su boca salen lámparas ardientes y saltan llamaradas de fuego. De sus narices sale humo como de un horno encendido con brasas. Su aliento es de carbones, y de su boca brota una llama.» Cuando el príncipe de los demonios aparece de ese modo, el astuto, como he dicho, infunde terror pronunciando grandes palabras; así lo puso de manifiesto nuevamente el Señor cuando dijo a Job que «tiene al hierro por paja y al bronce por madera podrida; sí, tiene al mar por un vaso de ungüento, a las profundidades del abismo por un cautivo y al abismo por un paseo cubierto.» Y por el profeta: «Dijo el enemigo: "Perseguiré y alcanzaré" [
    ],» y de nuevo por otro: «Tomaré en mi mano el mundo entero como un nido, y lo recogeré como huevos abandonados.» Tales son, en una palabra, sus alardes y pretensiones para engañar a los piadosos. Pero ni aun entonces debemos nosotros, los fieles, temer su aparición ni prestar atención a sus palabras. Pues es mentiroso y nunca dice una palabra de verdad. Y aunque en su audacia profiera tantas y tan grandes palabras, no cabe duda de que, como a un dragón, el Salvador lo sacó con un anzuelo [
    ]; como a una bestia de carga, le puso el cabestro en torno a las narices; como a un fugitivo, le sujetó las narices con una argolla y le horadó los labios con un aro. Y el Señor lo ató como a un gorrión, para que nos burlásemos de él. Y junto con él están sus compañeros, los demonios, como serpientes y escorpiones para ser pisoteados por nosotros, los cristianos. Prueba de ello es que ahora vivimos oponiéndonos a él. Pues quien amenazó con secar el mar y apoderarse del mundo, he aquí que ahora no puede detener nuestra ascesis, ni siquiera impedir que yo hable contra él. No prestemos, pues, atención a sus palabras, porque es mentiroso; ni temamos sus visiones, puesto que también ellas son engañosas. Lo que en ellas aparece no es verdadera luz, sino más bien un anuncio y semejanza del fuego preparado para los demonios, que intentan aterrorizar a los hombres con aquellas llamas en que ellos mismos arderán. Sin duda aparecen; pero al instante vuelven a desaparecer sin dañar a ninguno de los fieles, aunque traen consigo la semejanza del fuego que ha de recibirlos a ellos mismos. Por tanto, no conviene que los temamos por estas cosas, pues, por la gracia de Cristo, todas sus maquinaciones son vanas.

    § 25

    25. "Además, son traicioneros y están prontos a transformarse en toda clase de figuras y a adoptar cualquier apariencia. Muy a menudo, sin aparecerse siquiera, imitan la música del arpa y la voz humana, y repiten palabras de la Escritura. A veces, mientras leemos, repiten enseguida muchas veces, como un eco, lo leído. Nos despiertan del sueño para que oremos; y lo hacen sin cesar, hasta casi no dejarnos dormir. Otras veces toman apariencia de monjes y fingen hablar como hombres santos, para engañarnos por su semejanza y arrastrar así a sus víctimas adonde quieren. Pero no se les debe prestar atención, aunque nos despierten para orar, aunque nos aconsejen que no comamos en absoluto e incluso aunque parezcan acusarnos y avergonzarnos por cosas que en otro tiempo ellos mismos consintieron. Pues no obran así por causa de la piedad o la verdad, sino para llevar a los sencillos a la desesperación, decir que la ascesis es inútil, hacer que los hombres aborrezcan la vida eremítica como una aflicción y una carga, y estorbar a quienes, pese a ellos, la siguen.

    § 26

    26. "Por ello, el profeta enviado por el Señor los declaró miserables, diciendo: «¡Ay de aquel que da a beber a sus vecinos una turbia perdición!» Pues tales prácticas y maquinaciones destruyen el camino que conduce a la virtud. Y el Señor mismo, aun cuando los demonios decían la verdad —pues verdaderamente dijeron «Tú eres el Hijo de Dios [
    ]» —, les cerró la boca y no les permitió hablar, para que no sembrasen quizá su maldad junto con la verdad y para acostumbrarnos a no prestarles jamás atención, aunque parezcan decir lo verdadero. Pues no es decoroso que nosotros, que tenemos las santas Escrituras y la libertad concedida por el Salvador, recibamos enseñanzas del diablo, que no conservó su propio lugar, sino que mudó de pensamiento. Por tanto, aun cuando emplea las palabras de la Escritura, Dios se lo prohíbe, diciendo: «Pero al pecador dijo Dios: "¿Por qué recitas mis preceptos y tomas mi alianza en tu boca?" Pues los demonios hacen todas las cosas —parlotean, turban, disimulan, confunden— para engañar a los sencillos. Hacen estrépito, ríen como locos y silban; mas, si nadie les presta atención, enseguida lloran y se lamentan como vencidos".

    § 27

    27. "Así pues, el Señor, como Dios, cerró la boca a los demonios; y conviene que nosotros, instruidos por los santos, hagamos como ellos e imitemos su valentía. Pues, cuando veían tales cosas, solían decir: «Cuando el pecador se alzó contra mí, enmudecí, me humillé y guardé silencio aun de palabras buenas.» Y también: «Mas yo fui como un sordo que no oye y como un mudo que no abre la boca; y vine a ser como hombre que no escucha.» Así, ni los escuchemos, pues nos son extraños, ni les prestemos atención aunque nos despierten para orar y nos hablen del ayuno. Apliquémonos más bien a nuestro propósito de ascesis y no nos dejemos engañar por quienes en todo obran con engaño, aunque amenacen con la muerte. Pues son débiles y nada pueden hacer sino amenazar.

    § 28

    28. "Ya he hablado de estas cosas de pasada, y ahora no debo rehuir tratarlas más largamente, pues recordároslas será para vosotros fuente de seguridad. Desde que el Señor visitó la tierra, el enemigo ha caído y sus fuerzas se han debilitado. Por eso, aunque nada podía hacer, como un tirano no soportó su caída en silencio, sino que amenazó, si bien sus amenazas no eran sino palabras. Considere esto cada uno de vosotros, y podrá despreciar a los demonios. Si ellos estuvieran sujetos a cuerpos como los nuestros, podrían decir: «Cuando los hombres se esconden, no podemos encontrarlos; pero, siempre que los encontramos, les hacemos daño.» Y también nosotros podríamos escapar de ellos ocultándonos y cerrándoles las puertas. Pero si no son de tal naturaleza, sino que pueden entrar aunque estén cerradas las puertas, y rondan por todo el aire, tanto ellos como su jefe, el diablo, y desean el mal y están prestos a causar daño; y si, como dijo el Salvador, «desde el principio el diablo es homicida y padre del vicio [
    ];» mientras que nosotros, pese a todo ello, vivimos y pasamos nuestra vida oponiéndonos aún más a él, es evidente que carecen de poder. Pues el lugar no estorba sus asechanzas, ni nos tienen por amigos para perdonarnos, ni aman el bien para enmendarse. Antes al contrario, son malos, y nada ansían tanto como herir a quienes aman la virtud y temen a Dios. Mas, puesto que no tienen poder para realizar cosa alguna, nada hacen sino amenazar. Si pudiesen, no vacilarían, sino que harían el mal de inmediato —pues en ello ponen todo su deseo—, y sobre todo contra nosotros. He aquí que ahora estamos reunidos y hablamos contra ellos, y saben que, cuando avanzamos, ellos se debilitan. Si, por tanto, tuviesen poder, no permitirían vivir a ninguno de nosotros, los cristianos, pues la piedad es abominación para el pecador [Eclesiástico 1:25]. Pero, como nada pueden hacer, se infligen a sí mismos heridas tanto mayores, porque no pueden cumplir ninguna de sus amenazas. Considerad además esto, para que no los temamos: si tuviesen poder, no vendrían en muchedumbre ni formarían apariciones ni urdirían engaños mudando de figura. Bastaría con que viniese uno solo y llevase a cabo aquello que pudiera y quisiera hacer; tanto más cuanto que nadie que posea poder mata mediante apariciones ni infunde temor con alborotos, sino que emplea de inmediato toda su autoridad como quiere. En cambio, los demonios, al carecer de poder, son como actores de teatro que mudan de figura y espantan a los niños con apariciones tumultuosas y diversas formas; por lo cual debemos más bien despreciarlos, puesto que muestran su debilidad. Al menos, el verdadero ángel del Señor enviado contra el asirio no necesitó alborotos ni apariciones exteriores, ni ruidos ni estrépitos: ejerció su poder en silencio y destruyó al instante a ciento ochenta y cinco mil. Pero demonios como estos, que carecen de poder, intentan al menos aterrorizar con sus apariciones [
    ].

    § 29

    29. "Mas si alguno, teniendo presente la historia de Job, dijera: "¿Por qué entonces salió el diablo y llevó a cabo tantas cosas contra él, lo despojó de todas sus posesiones, mató a sus hijos y lo hirió con llagas malignas?", reconozca, por el contrario, que el fuerte no fue el diablo, sino Dios, que entregó a Job a sus manos para que fuese probado. Ciertamente, el diablo no tenía poder para hacer nada: lo pidió y, una vez que lo recibió, hizo lo que hizo. También por esto merece mayor condena el enemigo, pues, aun queriendo, no pudo prevalecer contra un solo justo. Si hubiese podido, no habría pedido permiso. Y, al pedirlo no una vez, sino también una segunda, mostró su debilidad y falta de poder. No es extraño que nada pudiese hacer contra Job, cuando ni siquiera sobre sus ganados habría venido la destrucción si Dios no lo hubiese permitido. Y tampoco tiene poder sobre los cerdos, pues, como está escrito en el Evangelio, rogaron al Señor diciendo: «Déjanos entrar en los cerdos [
    ].» Pero, si ni siquiera sobre los cerdos tienen poder, mucho menos lo tienen sobre los hombres formados a imagen de Dios.

    § 30

    30. "Así pues, solo a Dios debemos temer, y despreciar a los demonios sin tenerles miedo alguno. Y cuanto más hagan estas cosas, tanto más intensifiquemos contra ellos nuestra ascesis, pues una vida buena y la fe en Dios son una gran arma. En todo caso, temen el ayuno, las vigilias, las oraciones, la mansedumbre, la quietud, el desprecio del dinero y de la vanagloria, la humildad, el amor a los pobres, las limosnas, la ausencia de ira de los ascetas y, por encima de todo, su piedad hacia Cristo. Por eso hacen cuanto pueden para no tener a nadie que los pisotee, pues conocen la gracia que el Salvador ha dado a los fieles contra ellos cuando dice: «He aquí que os he dado potestad para pisar serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo [
    ].»

    § 31

    31. "Por tanto, si fingen predecir el futuro, que nadie les preste atención, pues muchas veces anuncian de antemano que los hermanos llegarán días después. Y, en efecto, llegan. Pero los demonios no hacen esto por cuidado de quienes los oyen, sino para ganar su confianza y poder después, una vez que los tienen en sus manos, destruirlos. Por eso no debemos prestarles atención, sino más bien refutarlos cuando hablan, pues no los necesitamos. ¿Qué tiene de admirable que, poseyendo cuerpos más sutiles que los de los hombres, cuando ven a algunos emprender viaje los aventajen en velocidad y anuncien su llegada? Así como un jinete que se adelanta a un caminante anuncia antes la llegada de este, tampoco en esto hay razón para maravillarnos de ellos. Pues no conocen nada de cuanto aún no existe; solo Dios conoce todas las cosas antes de que nazcan. Ellos, en cambio, como ladrones, se adelantan corriendo con lo que ven y lo proclaman: ¡a cuántos han anunciado ya lo que estamos haciendo —que nos hallamos reunidos y deliberamos contra ellos— antes de que ninguno de nosotros pudiera ir a contarlo! En verdad, eso podría hacerlo un muchacho veloz que se adelantara mucho a otro más lento. Pero lo que quiero decir es esto: si alguien se dispone a caminar desde la Tebaida o desde cualquier otra región, antes de que eche a andar ellos no saben si lo hará. Mas, cuando lo ven caminando, corren adelante y anuncian su llegada antes de que él llegue. Así sucede que, al cabo de unos días, llegan los viajeros. Pero a menudo los caminantes dan media vuelta, y los demonios resultan falsos".

    § 32

    32. "Así también, respecto al agua del río, a veces hacen afirmaciones necias. Pues, habiendo visto que ha llovido mucho en las regiones de Etiopía y sabiendo que esas lluvias causan la crecida del río, antes de que las aguas lleguen a Egipto corren a anunciarlo. Y también los hombres podrían anunciarlo si tuviesen tanta capacidad para correr como los demonios. Así como el vigía de David [
    ], al subir a un lugar elevado, vio acercarse al hombre mejor que quien se quedaba abajo, y el que corría delante anunció, antes de que llegaran los demás, no cosas que aún no habían sucedido, sino las que ya estaban en camino y aconteciendo, así también ellos se afanan en declarar a otros lo que sucede, tan solo por causa de engañarlos. Mas si entretanto la Providencia dispone otra cosa para las aguas o para los caminantes —pues la Providencia puede hacerlo—, los demonios quedan desmentidos y engañados quienes les prestaron atención".

    § 33

    33. "Así surgieron antiguamente los oráculos de los griegos, y así los demonios los extraviaron. Pero también así, desde entonces, su engaño llegó a su fin con la venida del Señor, que redujo a la nada a los demonios y sus maquinaciones. Pues nada saben por sí mismos; antes bien, como ladrones, transmiten lo que alcanzan a saber de otros, y más que predecir las cosas, las conjeturan. Por tanto, si alguna vez dicen la verdad, que nadie se maraville por ello. También los médicos experimentados, al ver la misma enfermedad en distintas personas, suelen predecir su curso, deduciéndolo de su familiaridad con ella. Y los pilotos y los labradores, por su conocimiento del tiempo, reconocen de una mirada el estado de la atmósfera y pronostican si habrá tormenta o buen tiempo. Nadie diría que lo hacen por inspiración, sino por experiencia y práctica. Así pues, si los demonios a veces hacen lo mismo por conjetura, que nadie se maraville ni les preste atención. ¿De qué sirve a quienes los escuchan conocer por ellos lo que va a suceder antes de tiempo? ¿Y por qué habríamos de preocuparnos por conocer tales cosas, aunque ese conocimiento fuese verdadero? Pues no produce virtud ni es señal alguna de bondad. A ninguno de nosotros se lo juzga por lo que ignora, ni se llama bienaventurado a nadie por su erudición o sus conocimientos. Cada cual será llamado a juicio por esto: si ha guardado la fe y observado verdaderamente los mandamientos".

    § 34

    34. "Por ello, no hay necesidad de conceder mucho valor a esas cosas, ni de entregarnos por causa de ellas a una vida de ascesis y trabajos, sino para que, viviendo bien, agrademos a Dios. Tampoco debemos orar para conocer el futuro ni pedir ese conocimiento como recompensa de nuestra ascesis; nuestra oración ha de ser, más bien, que el Señor nos ayude a vencer al diablo. Y si alguna vez deseamos conocer el futuro, seamos puros de mente; pues creo que un alma perfectamente pura y en su estado natural puede, por su clarividencia, ver más y más lejos que los demonios —ya que tiene al Señor, que le revela las cosas—, como el alma de Eliseo, que vio lo que había hecho [
    ] Giezi y contempló las huestes [
    ] que estaban de su parte".

    § 35

    35. "Por tanto, cuando vengan de noche a vosotros y quieran anunciaros el futuro, o digan: «Somos los ángeles,» no les prestéis atención, pues mienten. Más aún: aunque alaben vuestra ascesis y os llamen bienaventurados, no los escuchéis ni tengáis trato con ellos; antes bien, haced la señal de la Cruz sobre vosotros y sobre vuestras casas, y orad, y los veréis desaparecer. Pues son cobardes y temen sobremanera la señal de la Cruz del Señor, ya que en ella el Salvador los despojó y los exhibió públicamente [
    ]. Pero, si permanecen allí con desvergüenza, dando saltos y mudando de figura, no los temáis ni retrocedáis ni les prestéis atención como si fueran espíritus buenos. Pues, con la ayuda de Dios, se distingue fácilmente la presencia de los buenos de la de los malos. La visión de los santos no trae consigo turbación: «Pues no contenderán ni gritarán, ni oirá nadie su voz.» Antes bien, sobreviene con tanta quietud y dulzura que al instante nacen en el alma alegría, gozo y valor. Pues con ellos está el Señor, que es nuestro gozo, y el poder de Dios Padre. Y los pensamientos del alma permanecen serenos e imperturbables, de modo que ella, iluminada como por rayos de luz, contempla por sí misma a quienes se aparecen. La posee, en efecto, el amor a lo divino y a las cosas venideras, y de buen grado se uniría enteramente a ellos si pudiera partir en su compañía. Pero si algunos, por ser hombres, temen la visión de los buenos, los que aparecen les quitan el temor al instante; así hizo Gabriel [
    ] con Zacarías, así el ángel [
    ] que se apareció a las mujeres junto al santo sepulcro, y así aquel que dijo a los pastores en el Evangelio: «No temáis.» Pues su temor no nacía de la cobardía, sino del reconocimiento de la presencia de seres superiores. Tal es, pues, la naturaleza de las visiones de los santos".

    § 36

    36. "En cambio, la irrupción y la aparición de los espíritus malignos van acompañadas de confusión, estrépito, ruidos y gritos, como los alborotos que causarían jóvenes groseros o ladrones. De ahí nacen en el corazón el miedo, el tumulto y la confusión de los pensamientos, el abatimiento, el odio hacia quienes llevan una vida de ascesis, la indiferencia, la tristeza, el recuerdo de los parientes y el temor a la muerte; y, por último, el deseo de cosas malas, el desprecio de la virtud y la inconstancia de costumbres. Por tanto, cuando hayáis visto algo y tengáis miedo, si este desaparece de inmediato y en su lugar vienen gozo inefable, alegría, valor, renovadas fuerzas, serenidad de pensamiento y todo cuanto antes mencioné, confianza y amor hacia Dios, cobrad ánimo y orad. Pues la alegría y la firmeza del alma muestran la santidad de quien está presente. Así se alegró Abraham al contemplar al Señor [
    ]; así también Juan [
    ] saltó de gozo al oír la voz de María, la portadora de Dios. Pero si, al aparecerse alguien, se producen confusión, golpes desde fuera, ostentación mundana, amenazas de muerte y las demás cosas que ya he mencionado, sabed que es una acometida de espíritus malignos".

    § 37

    37. "Y tened también esto por señal: siempre que el alma permanezca temerosa, están presentes los enemigos. Pues los demonios no quitan el temor a su presencia, como hizo el gran arcángel Gabriel con María y Zacarías, y como hizo el que se apareció a las mujeres junto al sepulcro; antes bien, cuando ven a los hombres atemorizados, multiplican sus engaños para aterrorizarlos todavía más; y, al fin, los acometen burlándose de ellos y diciendo: «Póstrate y adora.» Así engañaron a los griegos, y así estos los tuvieron por dioses, aunque falsamente llamados tales. Pero el Señor no permitió que el diablo nos engañara, pues lo reprendió cada vez que urdió contra Él semejantes engaños, diciendo: «Apártate de mí, Satanás; porque está escrito: "Al Señor tu Dios adorarás, y solo a Él servirás" [
    ].» Despreciemos, pues, cada vez más al engañador; porque lo que el Señor ha dicho, lo ha hecho por nosotros: para que los demonios, al oírnos pronunciar palabras semejantes, sean puestos en fuga por el Señor, que con esas palabras los reprendió".

    § 38

    38. "No conviene jactarse de expulsar demonios ni ensoberbecerse por sanar enfermedades; tampoco conviene tener en gran estima tan solo a quien expulsa demonios y tener en nada a quien no los expulsa. Antes bien, aprenda cada cual la ascesis del otro y trate de imitarla, de igualarla o de corregirla. Pues no es obra nuestra realizar señales, sino obra del Salvador; por eso dijo a sus discípulos: «No os alegréis de que los demonios se os sujeten, sino de que vuestros nombres estén escritos en los cielos [
    ].» Pues el que nuestros nombres estén escritos en el cielo es prueba de nuestra vida virtuosa; en cambio, expulsar demonios es una gracia del Salvador, que la concede. Por tanto, a quienes se jactaban de las señales, pero no de la virtud, y decían: «Señor, ¿no expulsamos demonios en tu nombre e hicimos en tu nombre muchos prodigios [
    ]?» Él respondió: «En verdad os digo que no os conozco;» pues el Señor no conoce los caminos de los malvados. Pero nosotros debemos orar siempre, como dije antes, para recibir el don de discernimiento de espíritus, a fin de que, como está escrito [
    ], no creamos a todo espíritu".

    § 39

    39. "Hubiera querido no hablar más ni decir nada por impulso propio, contentándome con lo ya dicho. Pero para que no penséis que hablo al azar ni creáis que refiero estas cosas sin experiencia ni verdad, por esta causa, aunque parezca un necio, el Señor que escucha conoce la limpieza de mi conciencia y sabe que no es por mí mismo, sino por vuestro afecto hacia mí y a petición vuestra, por lo que vuelvo a contar lo que he visto de las prácticas de los espíritus malignos. ¡Cuántas veces me llamaron bienaventurado y yo los maldije en el nombre del Señor! ¡Cuántas veces predijeron la crecida del río y yo les respondí: «¿Qué tenéis vosotros que ver con eso?» Una vez vinieron amenazantes y me rodearon como soldados completamente armados. En otra ocasión llenaron la casa de caballos, fieras y reptiles, y yo canté: «Unos confían en carros, otros en caballos; mas nosotros nos gloriaremos en el nombre del Señor, nuestro Dios;» y, ante las oraciones, el Señor los puso en fuga. Una vez vinieron en medio de las tinieblas con apariencia de luz y dijeron: «Hemos venido a traerte luz, Antonio.» Pero cerré los ojos y oré, e inmediatamente se extinguió la luz de los malvados. Unos meses después vinieron como cantando salmos y balbuceando palabras de la Escritura, «mas yo, como un sordo, no oí.» En una ocasión sacudieron la celda como con un terremoto, pero continué orando con el corazón imperturbable. Después volvieron haciendo ruido, silbando y danzando. Mas, mientras yo oraba y permanecía tendido cantando salmos para mis adentros, enseguida comenzaron a lamentarse y llorar, como si les hubiesen faltado las fuerzas. Y yo di gloria al Señor, que había abatido y puesto en evidencia su atrevimiento y su locura".

    § 40

    40. "Una vez se apareció con gran pompa un demonio de enorme estatura y se atrevió a decir: «Yo soy el poder de Dios y soy la Providencia; ¿qué quieres que te dé?» Pero entonces soplé contra él con mayor fuerza, pronuncié el nombre de Cristo y me dispuse a golpearlo. Y me pareció haberlo golpeado; al instante, pese a su tamaño, desapareció junto con todos sus demonios al oír el nombre de Cristo. En otra ocasión, mientras yo ayunaba, vino lleno de astucia bajo la apariencia de un monje, con lo que parecían ser panes, y me aconsejó diciendo: «Come y cesa de tantos trabajos. También tú eres hombre y puedes enfermar.» Pero yo, advirtiendo su ardid, me levanté a orar; y él no pudo soportarlo, pues se marchó, y pareció salir por la puerta como humo. ¡Cuántas veces en el desierto me mostró algo semejante al oro, tan solo para que lo tocase y lo mirase! Pero yo cantaba salmos contra él y desaparecía. A menudo me azotaban, y yo repetía una y otra vez: «Nada me separará del amor de Cristo [
    ],» y entonces se ponían más bien a golpearse unos a otros. No fui yo quien los detuvo y destruyó su poder, sino el Señor, que dijo: «Yo veía a Satanás caer del cielo como un rayo; [
    ]» mas yo, hijos, teniendo presentes las palabras del Apóstol, apliqué [
    ] esto a mi persona para que aprendáis a no desfallecer en la ascesis ni a temer al diablo ni los engaños de los demonios".

    § 41

    41. "Y puesto que me he hecho un necio al contar estas cosas, recibid también esta como ayuda para vuestra seguridad y para libraros del temor; y creedme, pues no miento. Una vez alguien llamó a la puerta de mi celda y, al salir, vi a uno que parecía de gran tamaño y estatura. Entonces pregunté: «¿Quién eres?» Y él dijo: «Soy Satanás.» Al preguntarle entonces: «¿Por qué estás aquí?» respondió: «¿Por qué me culpan sin razón los monjes y todos los demás cristianos? ¿Por qué me maldicen a cada hora?» Yo le respondí: «¿Por qué, entonces, los perturbas?» Dijo: «No soy yo quien los perturba, sino ellos mismos quienes se perturban, pues me he debilitado. ¿No han leído:» «Las espadas del enemigo han llegado a su fin, y tú has destruido las ciudades?» «Ya no tengo lugar, ni arma, ni ciudad. Los cristianos se han extendido por doquier y, por fin, hasta el desierto está lleno de monjes. Que velen por sí mismos y no me maldigan sin razón.» Entonces me maravillé de la gracia del Señor y le dije: «Tú, que siempre eres mentiroso y nunca dices la verdad, al fin has hablado con verdad, aun contra tu voluntad. Pues la venida de Cristo te ha debilitado, y Él te ha derribado y despojado.» Pero él, al oír el nombre del Salvador y no poder soportar su ardor, desapareció".

    § 42

    42. "Si, pues, el diablo mismo confiesa que su poder se ha extinguido, debemos despreciarlo por completo, tanto a él como a sus demonios; y, puesto que el enemigo y sus sabuesos no tienen sino ardides de esta clase, nosotros, conociendo su debilidad, podemos despreciarlos. Por tanto, no nos abatamos de ese modo ni demos cabida en nuestro corazón a pensamientos cobardes, ni nos imaginemos temores diciendo: "Temo que venga un demonio y me derribe; que me levante y me arroje al suelo; o que, alzándose de pronto contra mí, me confunda". No alberguemos en modo alguno tales pensamientos ni nos entristezcamos como si estuviéramos perdidos; antes bien, tengamos valor y alegrémonos siempre, creyendo que estamos a salvo. Consideremos en nuestra alma que está con nosotros el Señor, que puso en fuga a los espíritus malignos y quebrantó su poder. Consideremos y grabemos en nuestro corazón que, mientras el Señor esté con nosotros, nuestros enemigos no pueden hacernos daño. Pues, cuando vienen, se nos acercan bajo una forma que corresponde al estado en que nos encuentran y acomodan sus engaños a la disposición de ánimo que descubren en nosotros. Si, por tanto, nos hallan temerosos y confundidos, al instante rodean el lugar como ladrones que lo han encontrado sin vigilancia; y hacen, y aun más, aquello que nosotros mismos pensamos. Pues, si nos hallan abatidos y cobardes, acrecientan enormemente nuestro terror con sus engaños y amenazas; y con ellos queda desde entonces atormentada el alma desdichada. Pero si nos ven alegrándonos en el Señor, contemplando la bienaventuranza venidera, acordándonos del Señor y teniendo por cierto que todas las cosas están en su mano, y que ningún espíritu maligno posee fuerza contra el cristiano ni poder alguno sobre nadie, cuando ven al alma fortalecida con estos pensamientos, quedan desconcertados y retroceden. Así, el enemigo, al ver a Job protegido por ellos, se apartó de él; pero halló a Judá sin defensa y lo hizo cautivo. Así pues, si queremos despreciar al enemigo, meditemos siempre en las cosas del Señor y alégrese siempre el alma en la esperanza. Veremos entonces que las asechanzas del demonio son como humo y que los malvados huyen antes que perseguirnos. Pues son, como dije antes, sobremanera temerosos, porque tienen siempre ante sí el fuego preparado para ellos".

    § 43

    43. "Y, para manteneros sin temor ante ellos, tened por señal segura esta: cuando se produzca alguna aparición, no os postréis de miedo; antes bien, sea lo que fuere, preguntad primero con valentía: "¿Quién eres? ¿De dónde vienes?". Si es una visión de seres santos, os lo harán saber y trocarán vuestro temor en alegría. Pero si la visión procede del diablo, al punto se debilitará al ver la firmeza de vuestro ánimo. Pues el solo hecho de preguntar: "¿Quién eres [
    ]? ¿Y de dónde vienes?", es prueba de serenidad. Preguntando así, el hijo de Nun supo quién era quien le auxiliaba; y tampoco el enemigo escapó a las preguntas de Daniel".

    El florecimiento de la vida monástica en este tiempo (hacia el año 305 d. C.)

    § 44

    44. Mientras Antonio hablaba así, todos se regocijaban: en unos crecía el amor a la virtud; otros dejaban atrás la negligencia; en otros se refrenaba la presunción. Y todos quedaban persuadidos de que debían despreciar los ataques del Maligno, y se maravillaban de la gracia que el Señor había concedido a Antonio para el discernimiento de espíritus. Así, sus celdas se hallaban en las montañas, como pobladas de santas comunidades de hombres que cantaban salmos, amaban la lectura, ayunaban, oraban, se regocijaban en la esperanza de las cosas venideras, se afanaban en dar limosna y guardaban el amor y la concordia entre sí. Y, en verdad, era posible contemplar, por así decirlo, una tierra apartada, llena de piedad y justicia. Pues allí no había malhechores, ni agraviados, ni se oían los reproches del recaudador de impuestos, sino una multitud de ascetas; y el único propósito de todos era aspirar a la virtud. De modo que cualquiera que contemplase de nuevo las celdas y viese tan buen orden entre los monjes alzaría la voz y diría: "¡Cuán hermosas son tus moradas, oh Jacob, y tus tiendas, oh Israel! Como valles umbrosos y como un huerto junto a un río; como tiendas que ha plantado el Señor, y como cedros junto a las aguas [
    ]".

    Cómo Antonio renovó por entonces sus esfuerzos ascéticos

    § 45

    45. Antonio, sin embargo, según su costumbre, regresó solo a su celda, acrecentó su ascesis y suspiraba cada día al pensar en las moradas del cielo, con el deseo puesto en ellas y meditando sobre la brevedad de la vida humana. Y solía comer y dormir, y atender a todas las demás necesidades corporales, con vergüenza al pensar en las facultades espirituales del alma. Así, muchas veces, cuando estaba a punto de comer con otros eremitas, recordaba el alimento espiritual, pedía que lo excusaran y se alejaba de ellos, pues consideraba vergonzoso que otros lo vieran comer. No obstante, cuando estaba solo comía por necesidad del cuerpo, y a menudo también con los hermanos; en tales ocasiones se sentía avergonzado, pero hablaba con franqueza para provecho de ellos. Y solía decir que convenía al hombre dedicar todo su tiempo al alma antes que al cuerpo, aunque debía conceder a este un breve espacio por razón de sus necesidades; pero que, con tanto mayor empeño, había de entregar al alma todo el tiempo restante y buscar su provecho, para que no fuese arrastrada por los placeres del cuerpo, sino que, por el contrario, el cuerpo quedase sujeto al alma. Pues esto es lo que dijo el Salvador: "No os afanéis por vuestra vida, pensando qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, pensando con qué os vestiréis. Y vosotros no busquéis qué habéis de comer ni qué habéis de beber, ni viváis en inquietud. Porque todas estas cosas buscan las naciones del mundo. Mas vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad, pues, primero su Reino, y todas estas cosas os serán añadidas [
    ;
    ]".

    Cómo buscó el martirio en Alejandría durante la persecución (311)

    § 46

    46. Después de esto, la Iglesia se vio envuelta en la persecución que entonces se desató bajo Maximino; y cuando los santos mártires fueron conducidos a Alejandría, también Antonio los siguió, dejando su celda y diciendo: "Vayamos también nosotros, para que, si somos llamados, podamos combatir o contemplar a quienes combaten". Anhelaba sufrir el martirio, pero, como no quería entregarse por sí mismo, servía a los confesores en las minas y en las cárceles. Y con gran celo alentaba en el tribunal a los que eran llamados a combatir, para que estuviesen preparados; a los que padecían el martirio, en cambio, los acogía y acompañaba hasta que lo consumaban. El juez, pues, al ver la intrepidez de Antonio y sus compañeros, así como su celo en este asunto, ordenó que ningún monje se presentase en el tribunal ni permaneciese en modo alguno en la ciudad. Todos los demás juzgaron conveniente ocultarse aquel día; pero Antonio prestó tan poca atención a la orden que lavó su manto y, durante todo el día siguiente, permaneció en un lugar elevado ante ellos, presentándose con su mejor aspecto ante el gobernador. Así, mientras todos los demás se admiraban de ello, y el gobernador, con su séquito, lo veía y pasaba de largo, él permanecía sin temor, mostrando la disposición de nosotros, los cristianos. Pues, como ya he dicho, pedía en oración ser mártir, por lo que parecía afligido de no haber dado testimonio. Pero el Señor lo reservaba para provecho nuestro y de los demás, a fin de que llegase a ser maestro de muchos en la ascesis que había aprendido de las Escrituras. Pues muchos, con solo contemplar su modo de vida, deseaban imitar sus caminos. Así que volvió a servir, como de costumbre, a los confesores y, como si fuese compañero suyo de cautiverio, se afanaba en aquel servicio.
    Comentario editorial · La persecución y el obispo Pedro
    La Vida dice que, al desatarse la persecución «bajo Maximino», Antonio siguió a los mártires hasta Alejandría (§ 46) y que, cuando cesó y el obispo Pedro «hubo dado su testimonio», volvió a su celda (§ 47). El NPNF anota la persecución como de 303 a 311 y la muerte de Pedro el 25 de noviembre de 311. Según Wikipedia, Galerio puso fin a la persecución en Oriente en 311, pero Maximino la reanudó en Egipto, Palestina y Asia Menor, y duró hasta 313. El epígrafe «(311)» de este tramo es de la edición.

    Cómo vivía por aquel tiempo

    § 47

    47. Y cuando por fin cesó la persecución y el bienaventurado obispo Pedro hubo dado su testimonio, Antonio partió y se retiró de nuevo a su celda; allí era cada día mártir en su conciencia y sostenía los combates de la fe. Su ascesis era mucho más rigurosa, pues ayunaba sin cesar y llevaba una prenda de pelo por dentro y de piel por fuera, que conservó hasta el fin de sus días. No bañaba su cuerpo con agua para quitarse la suciedad, ni se lavaba jamás los pies, ni siquiera consentía en meterlos en el agua, salvo cuando la necesidad lo obligaba. Tampoco nadie lo vio nunca sin ropa, ni contempló su cuerpo desnudo, excepto después de su muerte, cuando fue sepultado.

    Cómo libró a una mujer de un espíritu maligno

    § 48

    48. Cuando se hubo retirado y decidió fijar un plazo, transcurrido el cual ni saldría él mismo ni recibiría a nadie, vino Martiniano, un oficial del ejército, y perturbó a Antonio. Tenía, en efecto, una hija atormentada por un espíritu maligno. Pero como siguió llamando largo rato a la puerta y pidiéndole que saliera a orar a Dios por su hija, Antonio, sin abrir, se asomó desde lo alto y dijo: "Hombre, ¿por qué me llamas? También yo soy un hombre como tú. Pero si crees en Cristo, a quien sirvo, ve y ora a Dios conforme a tu fe, y así sucederá". Al punto se marchó, creyendo e invocando a Cristo, y recobró a su hija libre del diablo. Muchas otras cosas obró también por medio de Antonio el Señor, que dice: "Buscad y se os dará" [
    ]. Pues muchos de los afligidos, cuando él no les abría la puerta, dormían fuera de su celda y, por su fe y sus oraciones sinceras, eran sanados.

    Cómo por aquel tiempo se retiró a su "montaña interior"

    § 49

    49. Pero, al verse rodeado de tanta gente y sin que le permitieran retirarse conforme a su deseo, temió, a causa de los prodigios que el Señor obraba por medio de él, envanecerse o que otros tuvieran de él más alta opinión de la que debían. Así pues, resolvió partir hacia la alta Tebaida, entre gentes que no lo conocían. Habiendo recibido panes de los hermanos, se sentó a la orilla del río para ver si pasaba alguna barca en la que pudiera embarcarse y remontar el río con sus ocupantes. Mientras pensaba en estas cosas, le llegó una voz de lo alto: "Antonio, ¿adónde vas y por qué?". Él no se turbó en absoluto; antes bien, como estaba acostumbrado a que a menudo lo llamaran de aquel modo, prestó atención y respondió: "Puesto que la multitud no me deja estar en quietud, deseo ir a la alta Tebaida por los muchos impedimentos que aquí me sobrevienen, y sobre todo porque me piden cosas que exceden mis fuerzas". Pero la voz le dijo: "Aunque vayas a la Tebaida, o aunque, como tienes pensado, bajes a Bucolia, habrás de soportar más trabajos, sí, el doble. Mas si de veras deseas vivir en quietud, parte ahora hacia el desierto interior". Y cuando Antonio preguntó: "¿Quién me mostrará el camino? Pues no lo conozco", la voz le señaló al instante a unos sarracenos que estaban a punto de tomar aquella ruta. Antonio se acercó a ellos y les pidió que le permitieran acompañarlos al desierto. Ellos lo recibieron de buen grado, como si la Providencia se lo hubiese ordenado. Tras caminar con ellos tres días y tres noches, llegó a una montaña muy elevada, a cuyo pie manaba una fuente clara, de aguas dulces y muy frías; más allá se extendía una llanura con unas pocas palmeras abandonadas.

    § 50

    50. Antonio, entonces, como movido por Dios, cobró amor a aquel lugar, pues era el sitio que le había señalado quien le habló junto a la orilla del río. Recibió primero panes de sus compañeros de viaje y se quedó solo en la montaña, sin nadie más consigo. La reconoció como su propio hogar y allí permaneció en adelante. Los sarracenos, al ver el fervor de Antonio, comenzaron a pasar deliberadamente por aquel camino y le llevaban panes con alegría; de vez en cuando, también las palmeras le proporcionaban un pobre y frugal refrigerio. Después, los hermanos, al enterarse de dónde se hallaba, cuidaron de enviarle pan, como hijos que no se olvidan de su padre. Pero Antonio, viendo que llevarle el pan ocasionaba molestias y fatigas a algunos de ellos, resolvió, para ahorrarles aquello a los monjes, pedir a unos de los que venían que le trajeran una azada, un hacha y un poco de grano. Cuando se los llevaron, recorrió los alrededores de la montaña y, hallando una pequeña parcela de tierra apropiada, la labró; y como disponía de agua abundante para regarla, sembró. Haciendo esto año tras año, obtenía de allí su pan, contento de no causar así molestias a nadie ni ser carga para ninguno. Pero después, al ver que seguían acudiendo visitantes, cultivó también algunas hortalizas, para que quien llegase hasta él encontrara algún pequeño alivio tras las fatigas de aquel arduo viaje. Al principio, sin embargo, las fieras del desierto, atraídas por el agua, dañaban a menudo sus sembrados y cultivos. Mas él, sujetando con suavidad a una de ellas, les dijo a todas: "¿Por qué me hacéis daño, si yo no os hago daño a ninguna? Alejaos y, en el nombre del Señor, no os acerquéis más a este lugar". Y desde entonces, como si temieran su mandato, no volvieron a acercarse.
    Comentario editorial · Las dos montañas de Antonio
    El texto distingue una «montaña exterior», donde Antonio visita y recibe a los monjes (§§ 54, 61, 72–73, 89), y una «montaña interior», adonde se retira «entre gentes que no lo conocían» (§§ 49–50) y donde muere (§ 91). En esta traducción no se nombran ni Pispir ni el monte Colzim; la correspondencia es lectura del editor a partir de Wikipedia. Según ella, Antonio vivió unos veinte años en un fuerte romano abandonado en Pispir, hoy Dayr al-Maymūn, junto al Nilo, y salió hacia 305; luego se retiró al desierto entre el Nilo y el mar Rojo, a una montaña, el monte Colzim, donde hoy está el monasterio que lleva su nombre. El NPNF señala que el monte Colzim está a «siete horas» del mar Rojo. Las fuentes difieren sobre Coma, su pueblo, hoy Qimn al-ʿArūs, en la gobernación de Beni Suef (Wikipedia): el NPNF la sitúa en el Alto Egipto, siguiendo a Sozomeno, y la Wikipedia en inglés dice que nació «en el Bajo Egipto».
    Mapa del norte de Egipto con el Nilo y su delta: Alejandría al noroeste, Coma, Pispir y el Fayum juntos junto al Nilo, y el monte Colzim al este, cerca del golfo de Suez
    Cerca del Nilo, Pispir (el fuerte donde Antonio vivió unos veinte años) y, a más de cien kilómetros al este, el monte Colzim, junto al desierto del mar Rojo. Posiciones aproximadas. · Elaboración propia para Eusebeia · costas y ríos de Natural Earth (dominio público) · posiciones según Wikipedia y Wikidata

    Cómo combatió allí a los demonios

    § 51

    51. Así pues, permanecía solo en la montaña interior, entregado a la oración y a la ascesis. Y los hermanos que lo servían le pidieron permiso para acudir cada mes y llevarle aceitunas, legumbres y aceite, pues era ya anciano. Allí transcurrió su vida y sostuvo grandes combates, "no contra carne y sangre [
    ]", como está escrito, sino contra los demonios que se le oponían, según supimos por quienes lo visitaban. Pues allí oían tumultos, muchas voces y, por así decirlo, el choque de las armas. De noche veían cómo la montaña se llenaba de fieras, y a él mismo luchar como contra seres visibles y orar contra ellos. Animaba a quienes acudían a él, mientras, de rodillas, luchaba y oraba al Señor. Ciertamente, era cosa admirable que un hombre, solo en semejante desierto, no temiese ni a los demonios que se alzaban contra él ni a la ferocidad de los cuadrúpedos y los reptiles, por numerosos que fuesen. Pero, en verdad, como está escrito, "confió en el Señor como el monte Sion", con ánimo firme e imperturbable; de modo que eran los demonios quienes huían de él, y las fieras, como está escrito [
    ], "guardaban la paz con él".

    § 52

    52. El diablo, por tanto, como dice David en los Salmos, acechaba a Antonio y rechinaba los dientes contra él. Pero el Salvador consolaba a Antonio, que permanecía indemne ante sus asechanzas y sus diversas artimañas. Mientras velaba de noche, el diablo lanzó contra él fieras. Y casi todas las hienas de aquel desierto salieron de sus guaridas y lo rodearon; él se hallaba en medio, y cada una amenazaba con morderlo. Al comprender que se trataba de una estratagema del enemigo, les dijo a todas: "Si habéis recibido poder contra mí, estoy dispuesto a que me devoréis; pero, si os han enviado contra mí los demonios, no os quedéis, sino marchaos, porque soy siervo de Cristo". Cuando Antonio dijo esto, huyeron, como espantadas por el látigo de aquella palabra.

    § 53

    53. Pocos días después, mientras trabajaba —pues se cuidaba de trabajar con ahínco—, alguien se presentó a la puerta y tiró del trenzado en que se ocupaba; solía tejer cestos que daba a quienes acudían a él a cambio de lo que le traían. Se levantó y vio una bestia semejante a un hombre hasta los muslos, pero con piernas y pies de asno. Antonio se limitó a santiguarse y dijo: "Soy siervo de Cristo. Si te han enviado contra mí, aquí me tienes". Pero la bestia huyó junto con sus espíritus malignos y, por la precipitación de su carrera, cayó y murió. Y la muerte de la bestia fue la caída de los demonios. Pues se esforzaron por todos los medios en sacar a Antonio del desierto, pero no lo consiguieron.

    De la fuente milagrosa, de cómo edificó a los monjes de la montaña "exterior" y de la hermana de Antonio

    § 54

    54. Y en cierta ocasión, cuando los monjes le pidieron que bajara a visitarlos a ellos y a sus moradas, al cabo de algún tiempo emprendió el camino con quienes habían ido a buscarlo. Una camella llevaba para ellos los panes y el agua. Pues todo aquel desierto es árido y no hay en él agua alguna que se pueda beber, salvo en aquella montaña de donde la sacaban y en la que estaba la celda de Antonio. Así, cuando se les acabó el agua por el camino y el calor era muy intenso, todos se vieron en peligro. Después de recorrer los alrededores sin encontrar agua, no pudieron seguir andando, sino que se tendieron en el suelo y, desesperando de salvarse, dejaron ir a la camella. Pero el anciano, al ver que todos estaban en peligro, se apartó un poco de ellos, gimiendo con honda aflicción; y, arrodillándose, extendió las manos y oró. Al punto hizo el Señor que brotara agua donde él había estado orando, y así todos bebieron y recobraron las fuerzas. Una vez llenados sus odres, fueron en busca de la camella y la hallaron, pues la cuerda se había enganchado por azar en una piedra y la había retenido. La condujeron hasta allí, le dieron de beber, pusieron los odres sobre su lomo y terminaron el viaje sin peligro. Cuando llegó a las celdas de la montaña exterior, todos lo saludaron, mirándolo como a un padre. Y él, como si trajera provisiones de la montaña, los obsequió con sus palabras y compartió con ellos su ayuda. Y hubo de nuevo gozo en las montañas, celo por progresar y consuelo en la fe que unos y otros compartían. También Antonio se alegró al contemplar el fervor de los monjes y ver a su hermana, que había envejecido en la virginidad y era asimismo guía de otras vírgenes.

    Con cuánta humanidad aconsejaba a quienes acudían a él

    § 55

    55. Pasados algunos días, volvió a entrar en la montaña. Desde entonces acudían a él muchos, y otros que padecían se atrevían a entrar. A todos los monjes que acudían a él les daba continuamente este precepto: "Creed en el Señor y amadlo; guardaos de los pensamientos impuros y de los placeres carnales y, como está escrito en los Proverbios, no os dejéis engañar «por la hartura del vientre.» Orad sin cesar; huid de la vanagloria; cantad salmos antes de dormir y al despertar; guardad en vuestro corazón los mandamientos de la Escritura; tened presentes las obras de los santos, para que vuestras almas, al recordar los mandamientos, se conformen al celo de los santos". Y les aconsejaba especialmente meditar sin cesar en las palabras del apóstol: "No se ponga el sol sobre vuestra ira [Ephesians 4:26]". Consideraba que esto se decía de todos los mandamientos en general, y que el sol no debía ponerse no solo sobre nuestra ira, sino tampoco sobre ningún otro pecado nuestro. Pues era bueno y necesario que ni el sol nos condenase por un mal cometido de día, ni la luna por un pecado cometido de noche, ni siquiera por un mal pensamiento. Para conservar en nosotros tal disposición, conviene escuchar al apóstol y guardar sus palabras, pues dice: "Examinaos a vosotros mismos y poneos a prueba a vosotros mismos [2 Corinthians 13:5]". Haga, pues, cada uno, día tras día, recuento de sus propias obras, tanto de día como de noche; y, si ha pecado, deje de hacerlo; pero, si no ha pecado, no se envanezca. Persevere, antes bien, en el bien, sin descuidarse, sin condenar a sus prójimos ni justificarse a sí mismo, "hasta que venga el Señor, que escudriña las cosas ocultas", como dice el bienaventurado apóstol Pablo. Pues muchas veces hacemos, sin advertirlo, cosas de las que no tenemos conciencia; pero el Señor ve todas las cosas. Dejando, por tanto, el juicio en sus manos, compadezcámonos unos de otros. Sobrellevemos los unos las cargas de los otros [Galatians 6:6]; pero examinémonos a nosotros mismos y apresurémonos a suplir lo que nos falta. Y, como salvaguardia contra el pecado, observemos lo siguiente: tome cada uno nota de sus obras y de los impulsos de su alma, y póngalos por escrito como si hubiera de referirlos a los demás. Y tened por cierto que, si nos avergonzara sobremanera que llegaran a conocerse, nos abstendríamos del pecado y no albergaríamos pensamientos viles en nuestra mente. Pues ¿quién desea ser visto mientras peca? ¿O quién, después de cometer un pecado, no preferirá mentir para evitar que se descubra? Así, pues, como no cometeríamos un pecado carnal a la vista unos de otros, si ponemos por escrito nuestros pensamientos como si fuéramos a comunicárnoslos unos a otros, nos guardaremos más fácilmente de los pensamientos viles, por vergüenza de que lleguen a conocerse. Ocupe, pues, lo escrito para nosotros el lugar de los ojos de nuestros compañeros eremitas, para que, avergonzándonos de escribirlo tanto como si nos hubieran sorprendido, jamás pensemos en cosa indecorosa. Si así nos formamos, podremos someter el cuerpo, agradar al Señor y pisotear las maquinaciones del enemigo.

    § 56

    56. Este era el consejo que daba a quienes acudían a él. Y se compadecía de los que padecían y oraba por ellos. Muchas veces el Señor lo escuchaba en favor de muchos; pero él ni se jactaba cuando era escuchado ni murmuraba cuando no lo era. Siempre daba gracias al Señor y exhortaba al que padecía a tener paciencia y a saber que la curación no dependía ni de él ni de hombre alguno, sino solo del Señor, que hace el bien cuando quiere y a quien quiere. Por ello, los que padecían recibían las palabras del anciano como si fueran una cura, y aprendían a no desalentarse, sino más bien a sufrir con paciencia. Y a los que eran sanados se les enseñaba a dar gracias no a Antonio, sino solo a Dios.

    Del caso de Frontón, sanado por la fe y la oración

    § 57

    57. Por esta causa, un hombre llamado Frontón, funcionario de la corte, que padecía una terrible enfermedad —pues solía morderse la lengua y corrían peligro sus ojos—, llegó a la montaña y pidió a Antonio que orase por él. Pero Antonio le dijo: "Márchate y quedarás sano". Como él se resistía con vehemencia y permaneció allí algunos días, Antonio aguardó y le dijo: "Si te quedas aquí, no podrás sanar. Ve, y cuando llegues a Egipto verás la señal obrada en ti". Y él creyó y se fue. En cuanto divisó Egipto, cesaron sus padecimientos y quedó completamente sano, conforme a la palabra que el Salvador había revelado a Antonio en la oración.

    De cierta virgen y de Pafnucio el confesor

    § 58

    58. Había también una doncella de Busiris Tripolitana que padecía una dolencia terrible y muy repugnante. Pues las secreciones de sus ojos, nariz y oídos caían al suelo y al punto se convertían en gusanos. Estaba, además, paralizada y era bizca. Sus padres, al oír que unos monjes iban a visitar a Antonio, y creyendo en el Señor que sanó [
    ] a la mujer que padecía flujo de sangre, pidieron que se les permitiera viajar con ellos en compañía de su hija. Cuando los monjes consintieron, los padres y la muchacha se quedaron fuera de la montaña con Pafnucio, monje y confesor; pero los monjes entraron a ver a Antonio. Y cuando apenas se disponían a hablarle de la doncella, él se les adelantó y refirió con detalle tanto los padecimientos de la niña como el modo en que había viajado con ellos. Entonces le pidieron que la dejara entrar, pero Antonio no lo permitió, sino que dijo: "Id, y si no ha muerto, la hallaréis sana; pues no me corresponde a mí obrar esto, de modo que haya de venir a mí, miserable hombre que soy. Su curación es obra del Salvador, que en todo lugar muestra su compasión a quienes lo invocan. Por eso el Señor se ha inclinado hacia ella mientras oraba, y su bondad me ha revelado que sanará a la niña allí donde ahora se encuentra". Y así se obró el prodigio: al salir, encontraron a los padres llenos de gozo y a la muchacha enteramente sana.

    De los dos hermanos y de cómo uno pereció de sed

    § 59

    59. Cuando dos hermanos iban a visitarlo, se les acabó el agua por el camino, y uno murió y el otro quedó a punto de morir, pues no tenía fuerzas para seguir adelante, sino que yacía en tierra esperando la muerte. Pero Antonio, sentado en la montaña, llamó a dos monjes que por casualidad se hallaban allí y los apremió diciendo: "Tomad un cántaro de agua y corred por el camino hacia Egipto. De los dos hombres que venían, uno ya ha muerto, y el otro morirá si no os apresuráis. Pues esto me ha sido revelado mientras oraba". Fueron, pues, los monjes y encontraron a uno tendido y muerto, y lo sepultaron; al otro lo reanimaron con agua y lo condujeron ante el anciano. Pues el trayecto era de un día de camino. Pero, si alguien pregunta por qué no habló antes de que muriese el otro, no debe plantearse tal pregunta. Pues la sentencia de muerte no correspondía a Antonio, sino a Dios, que juzgó al uno y le reveló el estado del otro. Lo admirable aquí, en lo que toca a Antonio, era únicamente esto: que, sentado en la montaña, tenía el corazón vigilante y el Señor le mostraba lo que acontecía a lo lejos.

    De la muerte de Amón y de la visión que de ella tuvo Antonio

    § 60

    60. Y así fue, pues en otra ocasión, estando sentado en la montaña, al alzar la vista vio en el aire a alguien que era llevado hacia lo alto, y había gran alegría entre quienes salían a su encuentro. Admirado, pues, y juzgando dichosa a una compañía semejante, oró para saber qué significaba aquello. Y al instante le llegó una voz: "Esta es el alma de Amón, el monje de Nitria". Amón había perseverado en la ascesis hasta la vejez; y desde Nitria hasta la montaña donde se hallaba Antonio había trece días de camino. Los compañeros de Antonio, al ver al anciano asombrado, le preguntaron qué ocurría y oyeron que Amón acababa de morir. Lo conocían bien, pues había estado allí muy a menudo, y por su mediación se habían obrado muchos prodigios. Y este es uno de ellos. Una vez, cuando necesitaba cruzar el río llamado Lico —era entonces tiempo de crecida—, pidió a su compañero Teodoro que se mantuviese a cierta distancia, para que no se vieran desnudos mientras atravesaban el río a nado. Pero, una vez que Teodoro se hubo alejado, sintió vergüenza incluso de verse desnudo a sí mismo. Mientras meditaba así, lleno de pudor, de pronto fue llevado a la otra orilla. Teodoro, que era también un hombre bueno, se acercó y, al ver que Amón había llegado antes que él sin que de su cuerpo cayese ni una gota de agua, le preguntó cómo había cruzado. Y como vio que Amón no quería decírselo, lo asió por los pies y declaró que no lo soltaría hasta que se lo contase. Amón, viendo la resolución de Teodoro, manifiesta sobre todo en sus palabras, le pidió que no se lo dijera a nadie antes de su muerte y le contó que había sido transportado y depositado en la otra orilla; que ni siquiera había puesto el pie en el agua, cosa imposible para el hombre, mas no para el Señor ni para aquellos a quienes Él lo permite, como hizo con el gran apóstol Pedro. [
    ] Teodoro, pues, contó esto después de la muerte de Amón. Y los monjes a quienes Antonio habló de la muerte de Amón anotaron el día; cuando, treinta días después, llegaron los hermanos de Nitria, les preguntaron y supieron que Amón se había dormido en aquel mismo día y hora en que el anciano había visto su alma llevada hacia lo alto. Tanto estos como los demás se maravillaron de la pureza del alma de Antonio: de cómo había sabido al instante lo que sucedía a trece días de camino y había visto el alma cuando era llevada a lo alto.

    Del conde Arquelao y la virgen Policracia

    § 61

    61. También el conde Arquelao, al encontrarlo en cierta ocasión en la montaña exterior, le pidió tan solo que orase por Policracia de Laodicea, doncella excelente y cristiana, pues padecía terriblemente del vientre y del costado a causa de una ascesis excesiva, y era de constitución enteramente débil. Antonio oró, pues, y el conde anotó el día en que se hizo la oración; luego partió hacia Laodicea y encontró sana a la doncella. Habiendo preguntado cuándo y en qué día había sido librada de su dolencia, sacó el papel en que había anotado la hora de la oración y, tras leerlo, mostró al punto lo que en él estaba escrito. Y todos se maravillaron al saber que el Señor la había librado del dolor en el mismo instante en que Antonio oraba e invocaba en su favor la bondad del Salvador.

    § 62

    62. Y en cuanto a quienes acudían a él, a menudo anunciaba con varios días, y a veces hasta con un mes de antelación, la causa de su venida. Pues unos venían solo por causa de verlo; otros, por enfermedad; y otros, porque padecían a manos de espíritus malignos. Y ninguno consideraba fatiga ni pérdida el trabajo del viaje, pues cada cual regresaba sabiendo que había recibido algún beneficio. Pero, aunque decía tales cosas y contemplaba tales prodigios, solía pedir que nadie se maravillase de él por ello, sino que se maravillase más bien del Señor, por habernos concedido a los hombres conocerlo hasta donde alcanzan nuestras fuerzas.

    Extraños relatos de expulsión de demonios

    § 63

    63. Después, en otra ocasión, habiendo descendido a las celdas exteriores, le pidieron que subiera a una embarcación y orara con los monjes; y solo él percibió un olor sumamente desagradable. Los que iban a bordo dijeron que el hedor procedía del pescado y de la carne salada que había en la embarcación. Él respondió, sin embargo, que aquel olor era distinto; y mientras hablaba, dio un grito un joven poseído por un espíritu maligno, que había venido y se había ocultado en la embarcación. Pero, reprendido el demonio en el nombre del Señor Jesucristo, salió de él, y el hombre quedó sano. Y todos comprendieron que el mal olor procedía del demonio.

    § 64

    64. También acudió a él otro hombre, de elevada condición, poseído por un demonio; y tan terrible era el demonio que el poseído ni siquiera sabía que iba a ver a Antonio. Hasta comía los excrementos de su propio cuerpo. Por ello, quienes lo habían llevado rogaron a Antonio que orase por él. Y Antonio, compadecido del joven, oró y veló junto a él toda la noche. Hacia el alba, el joven se abalanzó de pronto sobre Antonio y le dio un empujón. Pero, al indignarse quienes lo habían acompañado, Antonio dijo: "No os enojéis con el joven, pues no ha sido él, sino el demonio que está en él. Reprendido y mandado a los lugares áridos, el demonio se ha enfurecido hasta la locura y ha hecho esto. Dad, pues, gracias al Señor, porque este ataque contra mí es señal de que el espíritu maligno se marcha". Apenas hubo dicho esto Antonio, el joven quedó sano al instante y, recobrando por fin el juicio, supo dónde se encontraba, saludó al anciano y dio gracias a Dios.

    De la visión de Antonio acerca del perdón de sus pecados

    § 65

    65. Y muchos monjes han referido con la mayor concordia y unanimidad que obró muchas otras cosas semejantes. Pero ni aun estas parecen tan maravillosas como algunas otras. Pues una vez, cuando se disponía a comer, se levantó para orar hacia la hora nona y advirtió que era arrebatado en espíritu; y, cosa admirable de contar, estando en pie se vio a sí mismo, por así decirlo, desde fuera de sí, y vio que algunos lo conducían por los aires. Entonces se interpusieron en el aire unos seres crueles y terribles que querían impedirle el paso. Pero, cuando quienes lo conducían se les opusieron, aquellos preguntaron si acaso no tenía cuentas que rendirles. Y cuando quisieron tomarle cuentas desde su nacimiento, los que conducían a Antonio los detuvieron, diciendo: "El Señor ha borrado sus pecados desde su nacimiento; pero, desde que se hizo monje y se consagró a Dios, os es lícito hacer el cómputo". Entonces, como lo acusaban sin poder probar nada en su contra, el camino le quedó libre y expedito. Y al instante se vio, por así decirlo, regresar y estar de nuevo consigo mismo; y volvió a ser Antonio como antes. Olvidado entonces de la comida, pasó el resto del día y la noche entera gimiendo y orando. Pues estaba asombrado de ver contra cuán poderosos adversarios es nuestra lucha y con cuántos trabajos hemos de atravesar los aires. Y recordó que a esto se refería el Apóstol cuando dijo: "según el príncipe de la potestad del aire [
    ]". Pues en él tiene el enemigo poder para combatir e intentar estorbar a quienes lo atraviesan. Por eso exhortaba con sumo fervor: "Tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo [
    ]", a fin de que el enemigo, "no teniendo nada malo que decir de nosotros, quede avergonzado [
    ]". Y nosotros, que hemos aprendido esto, tengamos presentes las palabras del Apóstol: "si en el cuerpo, no lo sé; o si fuera del cuerpo, no lo sé; Dios lo sabe [
    ]". Pero Pablo fue arrebatado hasta el tercer cielo y, tras oír cosas inefables, descendió; mientras que Antonio vio que había llegado hasta el aire y luchó hasta quedar libre.

    Del tránsito de las almas y de cómo algunas fueron detenidas por Satanás

    § 66

    66. También le fue concedida esta gracia: cuando estaba sentado a solas en la montaña, si alguna vez se veía perplejo en sus meditaciones, la Providencia se lo revelaba en la oración. Y el bienaventurado, como está escrito, era enseñado por Dios. Después de esto, en cierta ocasión en que había conversado con unos hombres que acudieron a él acerca del estado del alma y de qué clase de lugar le correspondería después de esta vida, la noche siguiente alguien lo llamó desde lo alto, diciendo: "Antonio, levántate, sal y mira". Salió, pues —porque sabía a quién debía obedecer— y, alzando la vista, contempló a uno que estaba de pie y llegaba hasta las nubes, alto, horrible y temible, y a otros que ascendían como si tuvieran alas. Aquel ser extendió las manos y detuvo a algunos de los que ascendían, mientras que otros volaron por encima de él y, tras escapar hacia el cielo, se elevaron libres de toda inquietud. Ante los que así escapaban, el gigante rechinaba los dientes; pero se regocijaba por los que volvían a caer. Y al punto llegó a Antonio una voz: "¿Entiendes lo que ves?". Entonces se le abrió el entendimiento y comprendió que aquello era el tránsito de las almas, y que el ser de elevada estatura que allí estaba era el enemigo que envidia a los fieles. Aquellos a quienes apresaba e impedía pasar debían rendirle cuentas; en cambio, aquellos a quienes no podía retener mientras ascendían no se habían sometido a él. Habiendo visto esto y como advertido de nuevo, se esforzaba cada día aún más por avanzar hacia lo que tenía por delante. No quería contar estas visiones; pero, como pasaba mucho tiempo en oración y quedaba maravillado, los que estaban con él lo apremiaron con preguntas y lo forzaron a hablar. Así se vio obligado a contarlas, como un padre que no puede ocultar nada a sus hijos. Y pensaba que, siendo limpia su conciencia, aquel relato les sería provechoso, para que aprendiesen que la ascesis daba buenos frutos y que las visiones eran muchas veces el consuelo de sus trabajos.

    Cómo Antonio mostraba reverencia a todos los ministros ordenados

    § 67

    67. A esto se añadía que era paciente por naturaleza y humilde de espíritu. Pues, aunque era un hombre de tal condición, observaba con sumo rigor la regla de la Iglesia y quería que todo el clero recibiese mayor honra que él. No se avergonzaba de inclinar la cabeza ante obispos y presbíteros; y, si alguna vez acudía a él un diácono en busca de ayuda, conversaba con él acerca de lo que era provechoso, pero le daba precedencia en la oración, sin avergonzarse de aprender él mismo. Pues a menudo hacía preguntas y deseaba escuchar a los presentes; y, si alguno decía algo útil, reconocía haber sacado provecho de ello. Además, su semblante poseía una gracia grande y admirable. También este don lo había recibido del Salvador. Pues, si se encontraba entre una gran multitud de monjes y alguien que no lo conocía de antes deseaba verlo, este, al acercarse, pasaba de largo ante los demás y se apresuraba hacia Antonio, como atraído por su aspecto. Y, sin embargo, no sobresalía entre los demás ni por su estatura ni por su corpulencia, sino por la serenidad de su porte y la pureza de su alma. Pues, así como su alma estaba libre de turbaciones, también su aspecto exterior era apacible; de suerte que la alegría de su alma le daba un semblante gozoso y, por los movimientos de su cuerpo, podía conocerse el estado de su alma, como está escrito: "Cuando el corazón está alegre, el semblante se muestra gozoso; pero cuando está triste, se abate [
    ]". Así reconoció Jacob lo que Labán abrigaba en su corazón y dijo a sus mujeres: "El semblante de vuestro padre no es como ayer y anteayer". Así reconoció Samuel a David, pues tenía los ojos alegres y los dientes blancos como la leche. Así era reconocido Antonio: nunca se turbaba, pues su alma estaba en paz; nunca se mostraba abatido, pues su espíritu estaba gozoso.

    Cómo rechazó el cisma de Melecio y las herejías de Manes y Arrio

    § 68

    68. Era en todo admirable por su fe y su piedad, pues nunca estuvo en comunión con los cismáticos melecianos, ya que conocía desde el principio su maldad y su apostasía; tampoco mantenía trato amistoso con los maniqueos ni con ningún otro hereje, o, si lo mantenía, era solo para exhortarlos a que se volviesen a la piedad. Pues consideraba y afirmaba que el trato con ellos era nocivo y funesto para el alma. Del mismo modo, aborrecía la herejía de los arrianos y exhortaba a todos a no acercarse a ellos ni compartir su creencia errónea. Y una vez, cuando acudieron a él ciertos fanáticos arrianos, los interrogó y, al conocer su impiedad, los expulsó de la montaña, diciendo que sus palabras eran peores que el veneno de las serpientes.

    Cómo refutó a los arrianos

    § 69

    69. En cierta ocasión, los arrianos afirmaron falsamente que Antonio compartía sus opiniones, y él se disgustó y se indignó contra ellos. Entonces, llamado por los obispos y todos los hermanos, descendió de la montaña y entró en Alejandría, donde denunció a los arrianos, diciendo que su herejía era la última de todas y precursora del Anticristo. Y enseñó al pueblo que el Hijo de Dios no era un ser creado ni había llegado a existir de la nada, sino que era el Logos eterno y la Sabiduría de la Esencia del Padre. Por tanto, era impío decir: "Hubo un tiempo en que no existía", pues el Logos ha coexistido siempre con el Padre. Por ello, no tengáis comunión con los impiísimos arrianos. Pues no hay comunión entre la luz y las tinieblas. [
    ] Porque vosotros sois buenos cristianos; pero ellos, cuando dicen que el Hijo del Padre, el Logos de Dios, es un ser creado, en nada difieren de los paganos, ya que adoran lo creado antes que a Dios, el Creador. Creed, además, que la Creación misma se indigna contra ellos, porque cuentan al Creador, el Señor de todos, por quien todas las cosas llegaron a existir, entre las cosas que tuvieron principio.
    Comentario editorial · Antonio en Alejandría
    El § 69 cuenta que Antonio bajó a Alejandría, llamado por los obispos y los hermanos, para denunciar a los arrianos, que habían dicho falsamente que compartía sus opiniones. Una nota del NPNF fecha esa visita el 25–27 de julio de 338, según el Índice de las cartas festales; Wikipedia la sitúa también en 338. Al marcharse (§ 71), el relato pasa a la primera persona del plural —«nosotros lo acompañábamos»—, lo que el NPNF interpreta como señal de que el narrador, real o aparente, es Atanasio. Para el trasfondo de la disputa, véase el arrianismo; los melecianos del § 68 aparecen en la Apología contra los arrianos.

    Cómo visitó Alejandría, sanó y convirtió a muchos, y cómo Atanasio lo acompañó fuera de la ciudad

    § 70

    70. Todo el pueblo, pues, se alegró al oír que un hombre semejante había anatematizado la herejía anticristiana. Y todos los habitantes de la ciudad acudieron para ver a Antonio; y los griegos, junto con aquellos a quienes llaman sus sacerdotes, entraron en la iglesia diciendo: "Pedimos ver al hombre de Dios", pues así lo llamaban todos. Porque también en aquel lugar el Señor libró a muchos de los demonios y sanó a los que habían perdido el juicio. Y muchos griegos pedían siquiera tocar al anciano, creyendo que ello les aprovecharía. Ciertamente, en aquellos pocos días se hicieron cristianos tantos como se habrían hecho en un año. Y cuando algunos, pensando que las multitudes lo importunaban, las apartaron todas de él por esta causa, dijo sin inmutarse que no eran más numerosas que los demonios con quienes luchaba en la montaña.

    § 71

    71. Pero cuando él se marchaba y nosotros lo acompañábamos, al llegar a la puerta una mujer gritó desde atrás: "Detente, hombre de Dios; mi hija está gravemente atormentada por un demonio. Detente, te lo suplico, no sea que también yo me haga daño al correr". Y el anciano, al oírla y pedírselo nosotros, se detuvo de buen grado. Cuando la mujer se acercó, la niña cayó al suelo. Pero, después que Antonio hubo orado e invocado el nombre de Cristo, la niña se levantó sana, pues el espíritu inmundo había salido de ella. Y la madre bendijo a Dios, y todos dieron gracias. También el propio Antonio se alegró y partió hacia la montaña como quien vuelve a su propio hogar.

    Cómo razonó con diversos griegos y filósofos en la montaña exterior

    § 72

    72. Era también Antonio hombre de extraordinaria prudencia; y lo admirable era que, aunque no había estudiado las letras, tenía un ingenio despierto y sagaz. En cierta ocasión acudieron a él dos filósofos griegos, pensando poner a prueba su habilidad; Antonio se hallaba en la montaña exterior y, reconociendo por su aspecto quiénes eran, salió a su encuentro y les dijo por medio de un intérprete: "¿Por qué, filósofos, os habéis tomado tantas molestias para venir a ver a un necio?". Como respondieron que no era necio, sino sumamente prudente, les dijo: "Si habéis venido a ver a un necio, vuestro trabajo es vano; pero, si me tenéis por prudente, haceos como yo, pues debemos imitar lo bueno. Y si yo hubiera ido a vosotros, os habría imitado; pero, puesto que vosotros habéis venido a mí, haceos como yo, porque soy cristiano". Ellos se marcharon maravillados, pues habían visto que hasta los demonios temían a Antonio.

    § 73

    73. Otra vez, otros hombres semejantes se encontraron con él en la montaña exterior y pensaron burlarse de él porque no había estudiado las letras. Antonio les dijo: "¿Qué decís? ¿Qué es primero, la mente o las letras? ¿Y cuál es causa de cuál: la mente de las letras o las letras de la mente?". Cuando respondieron que la mente era primero y la inventora de las letras, Antonio dijo: "Por tanto, quien tiene sana la mente no necesita las letras". Esta respuesta asombró tanto a los presentes como a los filósofos, que se marcharon maravillados de haber hallado tanta inteligencia en un hombre iletrado. Pues sus maneras no eran toscas, como si se hubiera criado en la montaña y allí hubiese envejecido, sino afables y corteses; y su hablar estaba sazonado con sal divina, de suerte que nadie le tenía envidia, antes bien, cuantos lo visitaban se alegraban de verlo.

    § 74

    74. Después de esto llegaron otros, hombres tenidos por sabios entre los griegos, y le pidieron que diera razón de nuestra fe en Cristo. Pero, cuando intentaron disputar acerca de la predicación de la divina Cruz con ánimo de burlarse, Antonio guardó silencio un momento y, compadeciéndose primero de su ignorancia, dijo por medio de un intérprete capaz de expresar fielmente sus palabras: "¿Qué es más noble: confesar la Cruz o atribuir a los que llamáis dioses adulterios y seducciones de muchachos? Pues aquello que nosotros hemos escogido es señal de fortaleza y testimonio cierto del desprecio de la muerte, mientras que lo vuestro son pasiones desenfrenadas. Además, ¿qué es mejor: decir que el Logos de Dios no sufrió mudanza alguna, sino que, permaneciendo el mismo, tomó un cuerpo humano para la salvación y el bien del hombre, a fin de que, habiendo participado del nacimiento humano, hiciese al hombre partícipe de la naturaleza divina y espiritual; o asemejar lo divino a animales irracionales y, por consiguiente, adorar cuadrúpedos, reptiles y figuras de hombres? Porque esas son las cosas que veneráis vosotros, los sabios. Pero ¿cómo os atrevéis a burlaros de nosotros, que decimos que Cristo apareció como hombre, cuando vosotros, haciendo venir el alma del cielo, afirmáis que se extravió y cayó de la bóveda celeste en un cuerpo? ¡Ojalá dijerais tan solo que cayó en un cuerpo humano, y no afirmarais que pasa y se transforma en cuadrúpedos y reptiles! Porque nuestra fe declara que la venida de Cristo fue por causa de la salvación de los hombres. Vosotros, en cambio, erráis al decir que el alma no ha sido engendrada. Y nosotros, considerando el poder y la bondad de la Providencia, juzgamos que la venida de Cristo en la carne no era imposible para Dios. Pero vosotros, aunque llamáis al alma imagen de la Mente, la vinculáis a caídas y fingís en vuestros mitos que es mudable; y, en consecuencia, introducís la idea de que la Mente misma es mudable por razón del alma. Pues de la naturaleza que sea una imagen, de esa misma naturaleza será necesariamente aquello de lo que es imagen. Y siempre que penséis tal cosa acerca de la Mente, recordad que blasfemáis aun contra el Padre mismo de la Mente.

    § 75

    75. "En cuanto a la Cruz, ¿qué diríais que es mejor: soportarla cuando hombres malvados traman una conjura, sin temer la muerte, sea cual fuere la forma en que sobrevenga; o parlotear sobre las andanzas de Osiris e Isis, las asechanzas de Tifón, la huida de Crono, cómo devoró a sus hijos y dio muerte a su padre? Porque esa es vuestra sabiduría. Pero, si os burláis de la Cruz, ¿cómo no os maravilláis de la resurrección? Pues los mismos hombres que nos hablaron de esta escribieron también acerca de aquella. O ¿por qué, cuando mencionáis la Cruz, calláis acerca de los muertos que resucitaron, los ciegos que recobraron la vista, los paralíticos que fueron sanados, los leprosos que quedaron limpios, el caminar sobre el mar y los demás signos y prodigios que muestran que Cristo ya no es un mero hombre, sino Dios? Me parece que os hacéis gran injusticia a vosotros mismos y que no habéis leído con cuidado nuestras Escrituras. Leedlas, pues, y ved que las obras de Cristo prueban que Él es Dios venido a la tierra para la salvación de los hombres.

    § 76

    76. "Pero exponednos vuestras creencias religiosas. ¿Qué podéis decir de criaturas irracionales, sino cosas faltas de razón y feroces? Mas si, según oigo, queréis decir que habláis de estas cosas como leyendas, y explicáis alegóricamente el rapto de la doncella Perséfone como referido a la tierra; la cojera de Hefesto, al fuego; y representáis alegóricamente el aire como Hera, el sol como Apolo, la luna como Artemisa y el mar como Poseidón, no por eso adoráis a Dios mismo, sino que servís a la criatura antes que a Dios, que creó todas las cosas. Pues, aunque hayáis compuesto tales leyendas porque la creación es bella, convenía que os detuvierais en la admiración y no hicierais dioses de las cosas creadas, para no dar a lo creado el honor debido al Creador. Porque, si así lo hacéis, ya es hora de que atribuyáis a la casa el honor de quien la edificó, y al soldado el del general. ¿Qué podéis responder a esto, para que sepamos si hay en la Cruz algo digno de burla?".

    § 77

    77. Como no acertaban a responder y miraban de un lado a otro, Antonio sonrió y dijo, de nuevo por medio de un intérprete: "La sola vista de estas cosas lleva consigo la convicción de su verdad. Pero, puesto que preferís apoyaros en argumentos demostrativos y, porque domináis ese arte, queréis que tampoco nosotros adoremos a Dios sin una prueba semejante, decidme primero cómo se conocen con certeza las cosas en general y, en particular, cómo se reconoce a Dios. ¿Es por medio de argumentos demostrativos o por la acción de la fe? ¿Y qué es mejor: la fe que procede de la acción interior de Dios o la demostración mediante argumentos?". Cuando respondieron que era mejor la fe que procede de esa acción interior y que ella daba un conocimiento cierto, Antonio dijo: "Bien habéis respondido, pues la fe nace de la disposición del alma, mientras que la dialéctica procede de la destreza de quienes la inventaron. Por eso, para quienes poseen esa acción interior por medio de la fe, el argumento demostrativo es innecesario y aun superfluo. Porque aquello que nosotros conocemos por la fe, vosotros intentáis probarlo con palabras y, muchas veces, ni siquiera sois capaces de expresar lo que nosotros comprendemos. Así pues, la acción interior por medio de la fe es mejor y más poderosa que vuestros argumentos de oficio".
    Comentario editorial · Antonio, el intérprete y los filósofos
    En los §§ 72–80 Antonio discute con filósofos griegos, y el § 77 precisa que lo hace «por medio de un intérprete». Una nota del NPNF reconoce lo sorprendente del pasaje: un hombre sin letras ni griego razonando con filósofos sobre ideas neoplatónicas. El editor responde que alguien de memoria firme que trataba con muchos visitantes pudo recoger esas ideas, y ve en el § 74 resonancias del Fedro de Platón y de Plotino (Enéadas V, 1, 3) que no considera citas directas. Echa en falta además el evemerismo característico de Atanasio, para quien los dioses paganos eran hombres divinizados; el § 76 no lo usa y trata esas figuras como alegorías de la creación.

    § 78

    78. "Nosotros, los cristianos, no sostenemos, por tanto, el misterio en la sabiduría de los argumentos griegos, sino en el poder de la fe que Dios nos ha concedido abundantemente por medio de Jesucristo. Y para mostrar que esta afirmación es verdadera, he aquí que, sin haber estudiado las letras, creemos en Dios, conociendo por sus obras su providencia sobre todas las cosas. Y para mostrar que nuestra fe es eficaz, ved que nosotros nos sustentamos en la fe en Cristo, mientras que vosotros os sustentáis en disputas de palabras propias de vuestro oficio. Los portentos de vuestros ídolos desaparecen, pero nuestra fe se extiende por doquier. Vosotros, con vuestros argumentos y sutilezas, no habéis convertido a nadie del cristianismo al paganismo. Nosotros, al enseñar la fe en Cristo, ponemos al descubierto vuestra superstición, pues todos reconocen que Cristo es Dios y el Hijo de Dios. Vosotros, con vuestra elocuencia, no impedís la enseñanza de Cristo. Pero nosotros, con solo mencionar a Cristo crucificado, ponemos en fuga a todos los demonios, a quienes teméis como si fueran dioses. Donde está la señal de la Cruz, la magia pierde su eficacia y la hechicería carece de fuerza.

    § 79

    79. "Decidnos, pues, ¿dónde están ahora vuestros oráculos? ¿Dónde están los encantamientos de los egipcios? ¿Dónde, los engaños de los magos? ¿Cuándo cesaron y perdieron su fuerza todas estas cosas, sino cuando se alzó la Cruz de Cristo? ¿Es ella, entonces, objeto digno de burla, y no más bien las cosas que por ella han sido reducidas a la nada y cuya debilidad ha quedado manifiesta? Porque esto es admirable: vuestra religión jamás fue perseguida, sino que incluso recibió honores de los hombres en todas las ciudades, mientras que los seguidores de Cristo son perseguidos y, con todo, los nuestros florecen y se multiplican más que los vuestros. Lo vuestro, aunque alabado y honrado, perece; en cambio, la fe y la enseñanza de Cristo, aunque vosotros os burláis de ellas y los reyes las persiguen a menudo, han llenado el mundo. Pues ¿cuándo ha resplandecido tanto el conocimiento de Dios? ¿O cuándo se han manifestado como ahora el dominio de sí y la excelencia de la virginidad? ¿O cuándo se ha despreciado tanto la muerte, sino desde que apareció la Cruz de Cristo? Y nadie duda de ello cuando ve al mártir despreciar la muerte por causa de Cristo y a las vírgenes de la Iglesia conservarse puras e inmaculadas por causa de Cristo.

    Cómo refutó a los filósofos sanando a algunos atormentados por demonios

    § 80

    80. "Estas señales bastan para demostrar que solo la fe en Cristo es la verdadera religión. Pero ¡mirad! Aún no creéis y seguís buscando argumentos. Nosotros, en cambio, presentamos nuestra demostración «no con palabras persuasivas de sabiduría griega [
    ]», como dice nuestro maestro, sino que persuadimos por la fe, que manifiestamente precede a la demostración por argumentos. He aquí a unos hombres atormentados por demonios" —pues algunos habían acudido a él muy perturbados por los demonios—; y, haciéndolos pasar en medio, dijo: "Purificadlos con argumentos o con cualquier arte o magia que escojáis, invocando a vuestros ídolos; o bien, si no podéis, deponed vuestra contienda con nosotros y veréis el poder de la Cruz de Cristo". Dicho esto, invocó a Cristo e hizo dos o tres veces la señal de la Cruz sobre los afligidos. Al instante, aquellos hombres se levantaron sanos y en su sano juicio, y dieron gracias al Señor. Los llamados filósofos se maravillaron y quedaron sumamente asombrados ante el discernimiento de aquel hombre y la señal que se había realizado. Pero Antonio dijo: "¿Por qué os maravilláis de esto? No somos nosotros quienes hacemos estas cosas, sino Cristo, que las obra por medio de quienes creen en Él. Creed, pues, también vosotros, y veréis que entre nosotros no hay artificio de palabras, sino la fe que obra por el amor que en nosotros se suscita hacia Cristo. Si también vosotros la alcanzáis, ya no buscaréis argumentos demostrativos, sino que tendréis por suficiente la fe en Cristo". Tales fueron las palabras de Antonio. Y ellos, maravillados también por esto, lo saludaron y se marcharon, reconociendo el bien que de él habían recibido.

    De cómo los emperadores escribieron a Antonio y de su respuesta

    § 81

    81. Y la fama de Antonio llegó aun hasta los reyes. Pues Constantino Augusto y sus hijos, Constancio y Constante, los Augustos, le escribieron cartas como a un padre y le rogaron que les respondiese. Pero él no dio gran importancia a las cartas ni se regocijó por los mensajes, sino que permaneció tal como era antes de que los emperadores le escribiesen. Cuando le llevaron las cartas, llamó a los monjes y les dijo: "No os asombréis de que nos escriba un emperador, pues es un hombre; maravillaos más bien de que Dios haya escrito la Ley para los hombres y nos haya hablado [
    ] por medio de su propio Hijo". Por eso no quería recibir las cartas, diciendo que no sabía cómo responder a tales cosas. Pero los monjes le instaron a hacerlo, porque los emperadores eran cristianos y podrían ofenderse si se veían desdeñados; así que consintió en que se leyesen las cartas y les escribió una respuesta en la que los alababa por rendir culto a Cristo y les daba consejos acerca de lo tocante a la salvación: "No estimar en mucho lo presente, sino recordar el juicio venidero y saber que solo Cristo es el Rey verdadero y eterno". Les rogó que fuesen misericordiosos y prestasen atención a la justicia y a los pobres. Y ellos se regocijaron al recibir la respuesta. Así, era querido por todos, y todos deseaban tenerlo por padre.

    Cómo vio en una visión lo que ahora hacen los arrianos

    § 82

    82. Siendo, pues, conocido como hombre tan grande, y habiendo respondido así a quienes lo visitaban, regresó a la montaña interior y mantuvo su ascesis acostumbrada. Y a menudo, cuando acudían a él algunas personas, mientras estaba sentado o caminaba, como está escrito en Daniel, enmudecía; y, pasado un tiempo, retomaba el hilo de lo que antes decía a los hermanos que estaban con él. Sus compañeros comprendían entonces que contemplaba una visión. Pues muchas veces, estando en la montaña, veía lo que sucedía en Egipto y se lo contaba al obispo Serapión, que se hallaba con él en el interior y veía que Antonio estaba absorto en una visión. Una vez, mientras estaba sentado trabajando, cayó, por así decirlo, en éxtasis y gimió mucho por lo que veía. Después de un tiempo, se volvió hacia los presentes entre gemidos y temblores, oró y, cayendo de rodillas, permaneció así largo rato. Y cuando el anciano se levantó, lloró. Sus compañeros, temblorosos y aterrados, quisieron saber de él qué había visto. Tanto lo importunaron que se vio obligado a hablar. Y entre muchos gemidos dijo así: "¡Oh, hijos míos! Mejor sería morir antes de que acontezca lo que se me ha mostrado en la visión". Como volvieron a preguntarle, rompió en llanto y dijo: "La ira está a punto de abatirse sobre la Iglesia, que va a ser entregada a hombres semejantes a bestias sin entendimiento. Pues vi la mesa de la casa del Señor, y unos mulos que la rodeaban por todas partes, formando un círculo, y daban coces a cuanto había sobre ella, como da coces una manada cuando salta en confusión. Y visteis —dijo— cómo gemía, pues oí una voz que decía: «Mi altar será profanado.» " Esto vio el anciano; y dos años después tuvo lugar la actual irrupción de los arrianos y el saqueo de las iglesias, cuando se llevaron por la fuerza los vasos sagrados e hicieron que los paganos los transportaran; cuando obligaron a los paganos sacados de las cárceles a participar en sus oficios y, en presencia de ellos, obraron sobre la Mesa a su antojo. Entonces comprendimos todos que aquellas coces de los mulos significaban para Antonio lo que ahora hacen los arrianos, insensatos como bestias. Pero cuando vio aquella visión, consoló a quienes estaban con él, diciéndoles: "No os abatáis, hijos míos; pues, así como el Señor se ha airado, así también volverá a sanarnos, y la Iglesia recobrará pronto su orden propio y resplandecerá como acostumbra. Y veréis a los perseguidos restablecidos, a la maldad retirarse de nuevo a su escondrijo y a la fe piadosa hablar con denuedo en todas partes y con plena libertad. Solo que no os contaminéis con los arrianos, pues su doctrina no es la de los Apóstoles, sino la de los demonios y de su padre, el diablo; antes bien, es estéril, insensata y carente de la luz del entendimiento, como la insensatez de estos mulos".

    Que solo Cristo obraba sus curaciones, por medio de la oración

    § 83

    83. Tales son las palabras de Antonio, y no debemos dudar de que tales maravillas se obrasen por mano de un hombre. Pues esta es la promesa del Salvador, cuando dice: "Si tenéis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: "Trasládate de aquí allá", y se trasladará; y nada os será imposible [
    ]". Y también: "En verdad, en verdad os digo que, si pedís algo al Padre en mi nombre, os lo dará. Pedid y recibiréis [
    ]". Y él mismo es quien dice a sus discípulos y a todos los que creen en él: "Sanad a los enfermos, expulsad a los demonios; gratuitamente recibisteis, dad gratuitamente [
    ]".

    § 84

    84. Antonio, en todo caso, no sanaba dando órdenes, sino mediante la oración y la invocación del nombre de Cristo. Así, a todos les resultaba manifiesto que no era él mismo quien obraba, sino el Señor, que por medio de él mostraba misericordia y sanaba a los afligidos. A Antonio solo le correspondían la oración y la ascesis, por causa de las cuales permanecía en la montaña, gozándose en la contemplación de las cosas divinas, pero afligiéndose cuando lo importunaba mucha gente y lo arrastraban a la montaña exterior. Pues todos los jueces solían pedirle que bajase, porque a ellos les era imposible entrar a causa del séquito de litigantes que los acompañaba. No obstante, le rogaban que acudiese, aunque solo fuera para verlo. Cuando, por tanto, él rehuía hacerlo y se negaba a ir a ellos, persistían y le enviaban con mayor insistencia presos custodiados por soldados, para que bajase por causa de estos. Obligado por la necesidad y al verlos lamentarse, salió a la montaña exterior; y, una vez más, su esfuerzo no fue infructuoso. Pues su venida fue provechosa y de ayuda para muchos; y también aprovechó a los jueces, aconsejándoles que antepusieran la justicia a todas las cosas, que temieran a Dios y que supieran "que con el juicio con que juzgasen serían juzgados [
    ]". Pero más que todas las cosas amaba su retiro en la montaña.

    Con cuánta sabiduría respondió a cierto duque

    § 85

    85. En otra ocasión, cediendo una vez más a la insistencia de quienes lo necesitaban y después de muchos ruegos del comandante de los soldados, bajó; y, una vez allí, les habló brevemente de lo tocante a la salvación y de aquellos que lo habían llamado, y se apresuraba a marcharse. Pero cuando el duque, como se le llama, le rogó que se quedase, respondió que no podía demorarse entre ellos y se lo hizo comprender mediante una hermosa comparación, diciendo: "Los peces, si permanecen mucho tiempo en tierra seca, mueren. Así también los monjes pierden sus fuerzas si se demoran entre vosotros y pasan el tiempo en vuestra compañía. Por tanto, así como los peces han de apresurarse a volver al mar, también nosotros hemos de apresurarnos a volver a la montaña, no sea que, si nos demoramos, olvidemos las cosas de nuestro interior". Y el general, después de oír de él esto y muchas otras cosas, quedó maravillado y dijo: "En verdad, este hombre es siervo de Dios. Pues, si no fuese amado de Dios, ¿de dónde podría venirle a un hombre sin instrucción tan gran entendimiento?".

    Del duque Balacius, y de cómo, advertido por Antonio, tuvo un fin miserable

    § 86

    86. Y cierto general, llamado Balacio, nos persiguió encarnizadamente a los cristianos por su favor hacia los arrianos, nombre de mal agüero. Y como era tan cruel que golpeaba a las vírgenes y despojaba de sus ropas y azotaba a los monjes, Antonio le escribió por entonces una carta en estos términos y se la envió: "Veo que la ira viene sobre ti; por tanto, deja de perseguir a los cristianos, no sea que la ira te alcance, pues ya está a punto de sobrevenirte". Pero Balacio se rio, arrojó la carta al suelo, escupió sobre ella e insultó a quienes la habían llevado, mandándoles decir a Antonio: "Puesto que te preocupas por los monjes, pronto iré también por ti". Y no habían transcurrido cinco días cuando la ira cayó sobre él. Pues Balacio y Nestorio, prefecto de Egipto, salieron de Alejandría hacia la primera posta, llamada Chæreu; ambos iban a caballo, y los caballos pertenecían a Balacio y eran los más mansos de toda su caballeriza. Pero aún no habían avanzado mucho hacia aquel lugar cuando los caballos comenzaron a retozar entre sí, como suelen hacerlo; y de pronto el más manso, sobre el cual iba Nestorio, derribó de un mordisco a Balacio, se abalanzó sobre él y le desgarró el muslo con los dientes de tal manera que lo llevaron de inmediato de regreso a la ciudad, donde murió a los tres días. Y todos se maravillaron de que lo anunciado por Antonio se hubiese cumplido tan pronto.
    Comentario editorial · Balacio: dos versiones de la misma historia
    Atanasio cuenta la muerte de Balacio dos veces. En la Historia de los arrianos (§ 14), Antonio escribe a Gregorio, el obispo impuesto desde la corte; Gregorio hace que el duque Balacio escupa sobre la carta, y al poco el caballo de Balacio lo derriba mordiéndole el muslo y muere a los tres días. Aquí la carta es para el propio Balacio, que se burla de ella, y se añade que cabalgaba con Nestorio, prefecto de Egipto, camino de una posta llamada Chæreu. El NPNF llama a esto una «dificultad genuina» y ofrece dos salidas: que Atanasio cuente la historia con inexactitud en un lugar y se corrija en el otro, o que la Historia fuera redactada en parte por un secretario. Una nota añade que el § 86 parece una versión más cuidadosa. El NPNF apunta también que Nestorio fue prefecto de 345 a 352 y que Gregorio murió el 26 de junio de 345.

    De cómo sobrellevaba las flaquezas de los débiles y de los grandes beneficios que dispensó a todo Egipto

    § 87

    87. Así, pues, amonestaba a los crueles. Pero a los demás que acudían a él los instruía de tal modo que al punto olvidaban sus pleitos y felicitaban a quienes se habían retirado del mundo. Y defendía a los agraviados de tal manera que se habría creído que era él, y no ellos, quien padecía el agravio. Además, sabía ser de tal provecho para todos que muchos soldados y hombres de grandes riquezas dejaron a un lado las cargas de la vida y se hicieron monjes por el resto de sus días. Era como si Dios hubiese dado un médico a Egipto. Pues ¿quién se encontró con Antonio en medio de su aflicción y no regresó gozoso? ¿Quién acudió llorando a sus muertos y no se despojó al punto de su tristeza? ¿Quién vino airado y no mudó su ira en amistad? ¿Qué hombre pobre y abatido lo encontró y, al oírlo y contemplarlo, no despreció las riquezas ni halló consuelo en su pobreza? ¿Qué monje negligente acudió a él y no salió mucho más fortalecido? ¿Qué joven vino a la montaña, vio a Antonio y no renunció al punto al placer y amó la templanza? ¿Quién acudió a él tentado por un demonio y no halló descanso? ¿Y quién vino atormentado por dudas y no alcanzó el sosiego del ánimo?

    De su discernimiento y de cómo fue consejero de todos

    § 88

    88. Pues esto era lo admirable en la ascesis de Antonio: que, como dije antes, poseyendo el don de discernimiento de espíritus, reconocía sus movimientos y no ignoraba hacia dónde dirigía cada uno de ellos sus fuerzas ni por dónde lanzaba su ataque. Y no solo no se dejaba engañar por ellos, sino que, alentando a quienes estaban turbados por las dudas, les enseñaba a desbaratar sus planes y les revelaba la debilidad y las artimañas de los espíritus que los poseían. Así, cada cual, como si él lo hubiese preparado para la batalla, bajaba de la montaña desafiando las maquinaciones del diablo y de sus demonios. ¡Cuántas doncellas que tenían pretendientes, con solo haber visto a Antonio de lejos, permanecieron doncellas por causa de Cristo! También acudían a él gentes de tierras extranjeras y, como todos los demás, regresaban después de recibir algún provecho, como si un padre las hubiera encaminado. Y, ciertamente, cuando murió, todos, como privados de un padre, se consolaron únicamente con el recuerdo de él, conservando a la vez sus consejos y advertencias.

    Cómo, teniendo ya ciento cinco años, aconsejó a los monjes y les dio instrucciones acerca de la sepultura

    § 89

    89. Bien merece que yo relate, y que vosotros, según deseáis, escuchéis cómo fue su muerte. Pues su fin es digno de imitación. Conforme a su costumbre, visitó a los monjes de la montaña exterior y, habiendo sabido por la Providencia que su propio fin estaba próximo, dijo a los hermanos: "Esta es la última visita que os haré. Y me sorprendería que volviéramos a vernos en esta vida. Al fin se acerca la hora de mi partida, pues tengo cerca de ciento cinco años". Al oírlo, ellos lloraron, abrazaron y besaron al anciano. Pero él, como quien navega desde una ciudad extranjera hacia la suya, les habló con alegría y los exhortó: "No os volváis indolentes en vuestros trabajos ni desfallezcáis en la ascesis, sino vivid como si murierais cada día. Y, como ya os he dicho, guardad con celo el alma de pensamientos impuros, imitad con fervor a los santos y no tengáis trato alguno con los cismáticos melecianos, pues conocéis su carácter perverso e impío. Tampoco tengáis comunión con los arrianos, pues su impiedad es patente a todos. Ni os turbéis si veis que los jueces los protegen, pues tal protección cesará, y su fasto es perecedero y de corta duración. Por ello, guardaos tanto más de contaminaros con ellos; observad las tradiciones de los padres y, sobre todo, la santa fe en nuestro Señor Jesucristo, que habéis aprendido de la Escritura y que yo os he recordado muchas veces".

    § 90

    90. Pero cuando los hermanos le rogaban que permaneciese con ellos y muriese allí, no lo consintió por muchas otras razones, que dejó entrever con su silencio, y especialmente por esta: los egipcios acostumbran honrar con ritos fúnebres los cuerpos de los hombres buenos, en especial los de los santos mártires, y envolverlos en lienzos al morir; y, en vez de enterrarlos bajo tierra, los colocan sobre lechos y los conservan en sus casas, creyendo así honrar a los difuntos. Antonio exhortó muchas veces a los obispos a que diesen instrucciones al pueblo sobre este asunto. Del mismo modo enseñaba a los seglares y reprendía a las mujeres, diciendo "que tal práctica no era en absoluto lícita ni santa. Pues los cuerpos de los patriarcas y de los profetas se conservan hasta hoy en sepulcros, y el cuerpo mismo del Señor fue depositado en un sepulcro, y sobre él se puso una piedra que lo ocultó hasta que resucitó al tercer día". Y al decir esto mostraba que transgredía la ley quien no sepultaba los cuerpos de los difuntos después de su muerte, aun cuando fuesen sagrados. Pues ¿qué hay más grande o más sagrado que el cuerpo del Señor? Muchos, por tanto, al oírlo, comenzaron desde entonces a enterrar a los muertos bajo tierra y dieron gracias al Señor por haber recibido una enseñanza recta.

    De su enfermedad y sus últimas voluntades

    § 91

    91. Pero él, que conocía aquella costumbre y temía que su cuerpo fuese tratado de ese modo, se apresuró a despedirse de los monjes de la montaña exterior y entró en la montaña interior, donde solía morar. Y, pasados unos meses, cayó enfermo. Habiendo llamado a los que allí estaban —eran dos, que habían permanecido quince años en la montaña, ejercitándose en la ascesis y atendiendo a Antonio por causa de su edad—, les dijo: "Yo, como está escrito [
    ], voy por el camino de mis padres, pues advierto que el Señor me llama. Vosotros, velad y no echéis a perder vuestra larga ascesis; antes bien, como si ahora comenzaseis, mantened con celo vuestra resolución. Pues conocéis las asechanzas de los demonios: cuán feroces son y, sin embargo, cuán escaso es su poder. Por tanto, no los temáis; antes bien, respirad siempre a Cristo y confiad en él. Vivid como si murieseis cada día. Prestad atención a vosotros mismos y recordad las exhortaciones que me habéis oído. No tengáis comunión con los cismáticos ni trato alguno con los arrianos herejes. Pues sabéis cómo los rehuí por su enemistad contra Cristo y por las extrañas doctrinas de su herejía. Así pues, poneos siempre mayor empeño en seguir, primero, a Dios y, después, a los santos, para que, tras la muerte, también ellos os reciban como a amigos bien conocidos en las moradas eternas. Meditad estas cosas y tenedlas presentes; y, si sentís algún afecto por mí y me recordáis como a un padre, no permitáis que nadie lleve mi cuerpo a Egipto, no sea que acaso lo coloquen en las casas; pues para evitarlo entré en la montaña y vine aquí. Sabéis, además, que siempre reprendía a quienes tenían esta costumbre y los exhortaba a abandonarla. Sepultad, pues, mi cuerpo y ocultadlo vosotros mismos bajo tierra; y observad mis palabras, para que nadie, salvo vosotros, conozca el lugar. Pues en la resurrección de los muertos lo recibiré incorruptible del Salvador. Y repartid mis vestiduras. Dad al obispo Atanasio una pelliza de oveja y la vestidura sobre la que yazgo, que él mismo me dio nueva, pero que ha envejecido conmigo. Dad al obispo Serapión la otra pelliza de oveja, y conservad vosotros la vestidura de pelo. Por lo demás, quedaos con Dios, hijos míos, pues Antonio parte y ya no estará más con vosotros".

    De la muerte de Antonio

    § 92

    92. Habiendo dicho esto, cuando ellos lo hubieron besado, alzó los pies y, como si viera venir a él a unos amigos y se alegrara por su llegada —pues, mientras yacía, su semblante parecía jubiloso—, murió y fue reunido con sus padres. Después, conforme a su mandato, lo envolvieron y le dieron sepultura, ocultando su cuerpo bajo tierra. Y hasta el día de hoy nadie sabe dónde fue sepultado, salvo aquellos dos. Mas cada uno de los que recibieron la pelliza de oveja del bienaventurado Antonio y la vestidura que él llevaba guarda lo recibido como un tesoro precioso. Pues aun mirarlas es como contemplar al propio Antonio; y quien se reviste de ellas parece llevar consigo, con gozo, sus exhortaciones.
    Comentario editorial · Una tumba que nadie debía conocer
    Antonio pide que su cuerpo se entierre en un lugar que solo conozcan sus dos acompañantes, para que nadie lo lleve a las casas, como acostumbraban los egipcios con los cuerpos de los santos (§§ 90–91), y reparte sus pellizas entre Atanasio y Serapión (§ 91). Una nota del NPNF cuenta lo que vino después: el cuerpo habría sido hallado «por una revelación» en 561 y llevado a Alejandría; tras la conquista sarracena, a Constantinopla, y en el siglo X, a Vienne, en Francia, por un señor francés. El NPNF considera inciertos el primero y el último eslabón de esa historia y apoya el traslado a Alejandría en Víctor de Túnez (Crónica), que vivía cerca. El § 92 dice que «hasta el día de hoy nadie sabe dónde fue sepultado»; la Wikipedia en inglés recoge solo que se le enterró, según sus instrucciones, junto a su celda.

    Cómo Antonio permaneció sano hasta su muerte y cómo su fama llenó el mundo entero

    § 93

    93. Este fue el fin de la vida de Antonio en el cuerpo, y lo antes referido fue el comienzo de su ascesis. Aunque este relato sea poca cosa comparado con sus méritos, considerad, no obstante, cuán grande fue Antonio, el hombre de Dios: desde su juventud hasta tan avanzada edad conservó un celo constante por la ascesis; ni la vejez lo venció con el deseo de manjares costosos, ni la debilidad de su cuerpo lo llevó a cambiar su modo de vestir, ni siquiera se lavó los pies con agua, y, sin embargo, permaneció enteramente libre de daño. Sus ojos no se habían nublado, sino que estaban del todo sanos y veía con claridad; no había perdido ni un solo diente, aunque se le habían desgastado hasta las encías por su avanzada edad. Conservó la fuerza tanto en las manos como en los pies; y mientras todos los demás recurrían a diversos alimentos, abluciones y vestidos, él se mostraba más alegre y vigoroso. Y el hecho de que su fama se haya pregonado por doquier, de que todos lo contemplen con admiración y de que quienes nunca lo han visto anhelen verlo es prueba manifiesta de su virtud y del amor de Dios por su alma. Pues Antonio no alcanzó renombre por sus escritos, ni por la sabiduría del mundo, ni por arte alguno, sino únicamente por su piedad para con Dios. Nadie negará que esto fue un don de Dios. Pues ¿de qué otro modo llegó hasta España y la Galia, hasta Roma y África, la noticia de un hombre que permanecía oculto en una montaña, sino porque Dios da a conocer por doquier a los suyos, como también se lo había prometido a Antonio desde el principio? Porque, aunque obren en secreto y deseen permanecer en la oscuridad, el Señor los muestra como lámparas que alumbran a todos, para que quienes oigan hablar de ellos sepan así que los preceptos de Dios pueden hacer prosperar a los hombres y se entreguen con celo al camino de la virtud.

    Fin

    § 94

    94. Leed, pues, estas palabras a los demás hermanos, para que aprendan cómo debe ser la vida de los monjes y crean que nuestro Señor y Salvador Jesucristo glorifica a quienes lo glorifican; y que a quienes lo sirven hasta el fin no solo los conduce al reino de los cielos, sino que también aquí —aunque se oculten y deseen apartarse del mundo— los hace ilustres y conocidos por doquier a causa de su virtud y del auxilio que prestan a los demás. Y, si fuere necesario, leed esto también entre los paganos, para que aun de este modo aprendan que nuestro Señor Jesucristo no solo es Dios y el Hijo de Dios, sino también que los cristianos que verdaderamente lo sirven y creen en él con devoción no solo demuestran que los demonios, a quienes los propios griegos tienen por dioses, no son dioses, sino que además los pisotean y los ponen en fuga como engañadores y corruptores de la humanidad, por medio de Jesucristo, nuestro Señor, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la Vida

    Wikipedia y el NPNF coinciden en que la Vida se difundió pronto fuera de Egipto. El NPNF deduce que Evagrio de Antioquía la tradujo al latín antes del verano de 374, porque dedicó su versión a Inocencio, que murió entonces; Wikipedia añade que esa versión latina contribuyó a que fuera una de las obras más conocidas del mundo cristiano durante la Edad Media. Agustín cuenta en las Confesiones (VIII, 6) que Ponticiano, funcionario de la corte imperial, le habló de Antonio y de unos compañeros suyos que en Tréveris encontraron en una cabaña de siervos de Dios «un libro en que estaba escrita la vida de Antonio»; en VIII, 12, ya a punto de convertirse, Agustín recuerda que Antonio había recibido como dirigida a él una lectura del Evangelio. Por su parte, las tentaciones de Antonio inspiraron una tradición de pintura —Wikipedia cita a Schongauer, el Bosco, Grünewald y Dalí— y la novela de Flaubert.
    Lo que esta Vida no contiene es el encuentro de Antonio con Pablo de Tebas, que figura en la Vida de Pablo de Jerónimo y tanto ha dado a la iconografía. Wikipedia recuerda que la creencia en la existencia de Pablo parece independiente de la Vida; una nota del NPNF observa que, si la túnica de palma que Jerónimo dice que Pablo legó a Antonio hubiera existido, el testamento de Antonio (§ 91) la habría mencionado, y ve en ese silencio un motivo de duda sobre el relato de Jerónimo. Es un argumento del editor del NPNF, no una conclusión establecida.
    Límites. La Vida no lleva fecha, y la que se da aquí —entre 356 y 362— es la que razona la introducción del NPNF; Wikipedia dice hacia 360. La atribución a Atanasio se resume de esa introducción y no se examina. Las identificaciones de lugares, personas y fechas de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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