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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 1. Prefacio.— De la muerte de Constantino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 6. Que fue siervo de Dios y conquistador de naciones
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 11. Que su propósito actual es registrar únicamente las acciones piadosas de Constantino
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 15. De la persecución levantada por sus colegas
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 20. Huida de Constantino a su padre a causa de las maquinaciones de Diocleciano
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 28. Cómo, mientras oraba, Dios le envió una visión de una cruz de luz en los cielos a mediodía, con una inscripción que le exhortaba a vencer por ella
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 34. Cómo la esposa de un prefecto se dio muerte por causa de la castidad
  9. Sesión 9 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 39. Entrada de Constantino en Roma
  10. Sesión 10 · Parte 1 · ≈ 7 minCapítulo 45. De su paciencia con los hombres irrazonables
  11. Sesión 11 · Parte 1 · ≈ 6 minCapítulo 52. Destierro de los cristianos y confiscación de sus bienes
  12. Sesión 12 · Parte 1 · ≈ 3 minCapítulo 58. Que Maximino, que había perseguido a los cristianos, se vio obligado a huir y ocultarse bajo el disfraz de un esclavo
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 6 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 5. Lo que Licinio, mientras sacrificaba en un bosque sagrado, dijo acerca de los ídolos y acerca de Cristo
  15. Sesión 15 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 10. Diversas batallas y victorias de Constantino
  16. Sesión 16 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 16. De cómo Licinio aconsejó a sus soldados no atacar el estandarte de la cruz
  17. Sesión 17 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 21. Sus leyes acerca de los mártires y de los bienes eclesiásticos
  18. Sesión 18 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 27. Cómo la persecución se convirtió en ocasión de calamidades para los agresores
  19. Sesión 19 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 33. Sobre los confesores dedicados al servicio militar
  20. Sesión 20 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 39. El tesoro debe restituir a las iglesias las tierras, los jardines y las casas
  21. Sesión 21 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 47. Que escribió una carta en condena de la idolatría
  22. Sesión 22 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 55. Constantino da gloria a Dios, hace agradecido reconocimiento del signo de la cruz y ruega por las iglesias y el pueblo
  23. Sesión 23 · Parte 2 · ≈ 7 minCapítulo 61. Cómo se originaron las controversias en Alejandría por asuntos relativos a Arrio
  24. Sesión 24 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 69. Origen de la controversia entre Alejandro y Arrio, y que estas cuestiones no debieron haberse discutido
  25. Sesión 25 · Parte 2 · ≈ 2 minCapítulo 72. El exceso de su piadosa solicitud le hizo derramar lágrimas; y su proyectado viaje a Oriente fue aplazado por estas cosas
  26. Sesión 26 · Parte 3 · ≈ 6 minLibro III
  27. Sesión 27 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 4. Noticia adicional de las controversias suscitadas en Egipto por Arrio
  28. Sesión 28 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 9. De la virtud y edad de los doscientos cincuenta obispos
  29. Sesión 29 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 14. Declaración unánime del concilio sobre la fe y la celebración de la Pascua
  30. Sesión 30 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 19. Exhortación a seguir el ejemplo de la mayor parte del mundo
  31. Sesión 31 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 24. Cómo escribía frecuentes cartas de carácter religioso a los obispos y al pueblo
  32. Sesión 32 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 29. Cómo escribió acerca de la erección de una iglesia, tanto a los gobernadores de las provincias como al obispo Macario
  33. Sesión 33 · Parte 3 · ≈ 2 minCapítulo 35. Descripción del atrio y los pórticos
  34. Sesión 34 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 37. Descripción de los dobles pórticos a cada lado, y de las tres puertas orientales
  35. Sesión 35 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 45. La conducta piadosa de Elena en las iglesias
  36. Sesión 36 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 51. Que ordenó construir una iglesia en Mambre
  37. Sesión 37 · Parte 4 · ≈ 7 minCapítulo 55. Derribo de un templo de ídolos y abolición de las prácticas licenciosas, en Afaca de Fenicia
  38. Sesión 38 · Parte 4 · ≈ 8 minCapítulo 59. Del disturbio en Antioquía causado por Eustacio
  39. Sesión 39 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 61. Carta del Emperador a Eusebio elogiándolo por haber rehusado el obispado de Antioquía
  40. Sesión 40 · Parte 4 · ≈ 4 minCapítulo 65. Los herejes son privados de sus lugares de reunión
  41. Sesión 41 · Parte 5 · ≈ 6 minLibro IV
  42. Sesión 42 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 8. Que también escribió al rey de Persia, que le había enviado una embajada, en favor de los cristianos de su reino
  43. Sesión 43 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 15. De cómo se hizo representar en sus monedas y en sus retratos en actitud de oración
  44. Sesión 44 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 23. De cómo prohibió el culto idolátrico, pero honró a los mártires y las fiestas de la Iglesia
  45. Sesión 45 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 28. De sus dones a las iglesias y de sus liberalidades a las vírgenes y a los pobres
  46. Sesión 46 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 34. Que escribió a Eusebio acerca de la Pascua y de copias de las Sagradas Escrituras
  47. Sesión 47 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 41. Que, entretanto, ordenó convocar un concilio en Tiro a causa de las controversias surgidas en Egipto
  48. Sesión 48 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 45. Diversos discursos de los obispos reunidos; y también de Eusebio, el autor de esta Historia
  49. Sesión 49 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 52. De que, después de haber llegado a la edad viril, fue su guía en la piedad
  50. Sesión 50 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 57. De cómo recibió una embajada de los persas y guardó la vigilia nocturna con otros en la fiesta de Pascua
  51. Sesión 51 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 63. Cómo después de su bautismo dio gracias a Dios
  52. Sesión 52 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 69. Duelo por Constantino en Roma; y el honor que allí se le rindió mediante pinturas después de su muerte
  53. Sesión 53 · Parte 5 · ≈ 2 minLo que dejó la Vida de Constantino

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    TEXTOS — EUSEBIO DE CESAREA

    Índice de la obra

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    Eusebio de Cesarea

    Vida de Constantino

    Texto base: versión inglesa de Ernest Cushing Richardson, revisión de la traducción de Bagster (1845), Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 1 (1890), «Life of Constantine» · cuatro libros, 273 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de Richardson; no del griego, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 281 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Ya se han unido todos los hombres con festivas celebraciones», empieza Eusebio, obispo de Cesarea de Palestina, para solemnizar los periodos decenales del reinado de Constantino; pero ahora, dice, no sabe hacia dónde volverse, porque el emperador acaba de morir y él lo ve todavía gobernando en sus hijos (I, 1–2). Lo que sigue, en cuatro libros, es la biografía del primer emperador cristiano: su padre y los perseguidores, la visión de la cruz y la guerra contra Majencio, la derrota de Licinio, el concilio de Nicea, las iglesias de Palestina y el bautismo en el lecho de muerte. Eusebio declara desde el principio que solo contará lo que mira a su carácter religioso (Richardson, I, 11), y Wikipedia la llama panegírico; aun así es una fuente de primer orden, porque conserva cartas y edictos del propio Constantino.
    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Ernest Cushing Richardson, impresa en 1890 en el volumen 1 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers: una revisión, sobre el griego de Heinichen, de la traducción anónima publicada por Bagster en 1845. La versión castellana es automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro) y no se atribuye a ningún traductor humano.

    Ficha de la obra

    AutorEusebio de Cesarea (Wikipedia: c. 260/265 – 30 de mayo de 339), obispo de Cesarea de Palestina desde c. 314 (Wikipedia)
    TítuloVida de Constantino (en griego Bíos Megálou Kōnstantínou; en latín Vita Constantini; en el NPNF, Life of Constantine)
    FechaEscrita después de la muerte de Constantino (22 de mayo de 337) y, según Richardson, antes de la de Eusebio: entre 337 y 340. Wikipedia añade que quedó inconclusa por la muerte del autor en 339
    GéneroPanegírico y biografía, centrada en los actos religiosos del emperador (Wikipedia; Richardson)
    EstructuraCuatro libros y 273 capítulos (I: 59; II: 73; III: 66; IV: 75), con sus títulos de capítulo, que según Richardson son de otra mano, poco posterior a Eusebio
    ExtensiónUnas 54 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de Richardson; no del griego
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 1 (1890), tal como lo recoge CCEL con las notas de Richardson

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que ocupa el volumen 1 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF): Eusebius Pamphilus: Church History, Life of Constantine, Oration in Praise of Constantine, bajo la supervisión editorial de Philip Schaff y Henry Wace y publicado por la Christian Literature Publishing Co. en 1890. Las fuentes difieren en el lugar: CCEL y Wikipedia dicen Nueva York; New Advent, Buffalo. El volumen, anuncia Schaff en su prólogo (Nueva York, marzo de 1890), ofrece una traducción nueva de las obras históricas de Eusebio: la Historia eclesiástica, de Arthur C. McGiffert, y la Vida de Constantino con los dos discursos que la acompañan, de Ernest C. Richardson.
    Richardson, entonces bibliotecario y profesor asociado en el Hartford Theological Seminary, explica en su prefacio (Hartford, 15 de abril de 1890) que su trabajo es una revisión de la traducción de Bagster, con prolegómenos y notas más breves, y que procuró no destruir el estilo del traductor original, «algo inflado y prolijo» pero que, a su juicio, representa bien los estilos de Eusebio y de Constantino. Según sus prolegómenos, esa traducción apareció anónima en 1845, en la edición de los historiadores eclesiásticos de Samuel Bagster and Sons (Londres), hecha sobre la edición de Valesio; la revisión de 1890 sigue en cambio la edición griega de Heinichen (publicada en 1830 y reeditada en Leipzig en 1869, que Richardson llama la última y mejor). Antes habían existido versiones inglesas más antiguas, la primera de Wye Saltonstall (1637) y una de 1682 sobre Valesio.
    Se tradujo del inglés, no del griego: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. El inglés del epub de partida sigue el texto de Richardson; el castellano lo hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) y no se atribuye a ningún traductor humano. Se comprobó que el epub castellano tiene los mismos 277 encabezados y 327 párrafos que el inglés, con un largo total casi igual (castellano/inglés 1,02), por lo que no falta texto.
    Autoría y fecha. Richardson recoge que algunos atribuyeron la obra a un tal Macario, por una carta (III, 52) dirigida a este y no a Eusebio, pero concluye que no hay duda real de que es de Eusebio, y que se escribió entre la muerte de Constantino (337) y la de Eusebio (340). Menciona también la hipótesis de Meyer de que Eusebio la escribió en gran parte en vida del emperador y a su instancia, que juzga más ingeniosa que probable.
    Lo que viene de la edición. La división en cuatro libros y en capítulos numerados, y los títulos de capítulo, son los de la edición inglesa. El epub no trae las notas de Richardson, ni su prefacio y sus prolegómenos, ni los dos discursos que el volumen del NPNF añade a la Vida: el de Constantino a la asamblea de los santos y el de Eusebio en alabanza de Constantino; algunos datos de las notas de esta edición proceden de la de CCEL, que sí los tiene, y se dice cuándo. Los corchetes con una palabra o una frase («[En consecuencia]», «[Víctor Constantino, Máximo Augusto]») parecen aclaraciones del traductor inglés y se conservan. Las cartas y los discursos del emperador que Eusebio inserta (por ejemplo II, 24–44 o III, 17–20) van dentro del pasaje del capítulo, sin separarlos de la voz de Eusebio. Un guion blando del epub se ha quitado.

    Libro I

    Capítulo 1. Prefacio.— De la muerte de Constantino

    I, 1

    Ya se han unido todos los hombres con festivas celebraciones para solemnizar la conclusión del segundo y tercer periodo decenal del reinado de este gran emperador; ya lo hemos recibido nosotros mismos como triunfador victorioso en la asamblea de los ministros de Dios, y lo hemos saludado con la debida alabanza en el vigésimo aniversario de su reinado: y aún más recientemente hemos tejido, por así decirlo, guirnaldas de palabras, con las que ceñimos su sagrada cabeza en su propio palacio en su trigésimo aniversario.
    Pero ahora, mientras deseo expresar algunos de los sentimientos acostumbrados, me hallo perplejo y dudoso de hacia dónde volverme, enteramente absorto en asombro ante el extraordinario espectáculo que tengo delante. Pues hacia dondequiera que dirija la mirada, ya sea al oriente, o al occidente, o sobre el mundo entero, o hacia el cielo mismo, en todas partes y siempre veo al bienaventurado administrando todavía el mismo imperio. En la tierra contemplo a sus hijos, como nuevos reflejos de su resplandor, difundiendo por doquier el lustre del carácter de su padre, y a él mismo aún vivo y poderoso, gobernando todos los asuntos de los hombres más cabalmente que nunca, multiplicado en la sucesión de sus hijos. Ya antes, en efecto, habían tenido la dignidad de Césares; pero ahora, revestidos de su misma persona y adornados por sus logros, por la excelencia de su piedad son proclamados con los títulos de Soberano, Augusto, Venerable y Emperador.

    Capítulo 2. Continuación del prefacio

    I, 2

    Y en verdad me asombro al considerar que quien hace poco era visible y estaba presente entre nosotros en su cuerpo mortal, todavía, aun después de la muerte, cuando el pensamiento natural rechaza todo lo superfluo por inadecuado, está dotado de la manera más maravillosa de las mismas moradas imperiales, honores y alabanzas que antes. Pero más aún, cuando elevo mis pensamientos hasta la bóveda del cielo, y allí contemplo su alma tres veces bienaventurada en comunión con Dios mismo, libre de toda vestidura mortal y terrena, y resplandeciente con una refulgente túnica de luz, y cuando percibo que ya no está ligada a los periodos fugaces y a las ocupaciones de la vida mortal, sino honrada con una corona siempre floreciente y con una inmortalidad de existencia eterna y bienaventurada, me quedo como sin poder de palabra ni de pensamiento e incapaz de pronunciar una sola frase; y condenando mi propia debilidad e imponiéndome silencio, cedo la tarea de hablar dignamente de sus alabanzas a uno que es más capaz, incluso a aquel que, siendo el Dios inmortal y el Verbo verdadero, solo tiene poder para confirmar sus propias palabras.

    Capítulo 3. Cómo Dios honra a los príncipes piadosos, pero destruye a los tiranos

    I, 3

    Habiendo dado la seguridad de que quienes lo glorifican y honran recibirán de sus manos una abundante recompensa, mientras que quienes se levantan contra él como enemigos y adversarios acarrearán la ruina de sus propias almas, ya ha establecido la verdad de estas sus propias declaraciones, habiendo mostrado, por una parte, el fin temible de aquellos tiranos que lo negaron y se le opusieron, y al mismo tiempo habiendo manifestado que incluso la muerte de su siervo, así como su vida, es digna de admiración y alabanza, y con justicia reclama el memorial, no meramente de monumentos perecederos, sino inmortales.
    Los hombres, ideando algún consuelo para la frágil y precaria duración de la vida humana, han pensado, mediante la erección de monumentos, glorificar la memoria de sus antepasados con honores inmortales. Unos han empleado las vivas delineaciones y colores de la pintura; otros han esculpido estatuas de inertes bloques de madera; mientras que otros, grabando profundamente sus inscripciones en tablas y monumentos, han pensado transmitir a perpetua memoria las virtudes de aquellos a quienes honraban. Todas estas cosas, en verdad, son perecederas y consumidas por el paso del tiempo, por ser representaciones del cuerpo corruptible y no expresar la imagen del alma inmortal. Y, sin embargo, estas parecían suficientes a quienes no tenían una esperanza bien fundada de felicidad tras el término de esta vida mortal. Pero Dios, ese Dios, digo, que es el Salvador común de todos, habiendo atesorado consigo, para quienes aman la piedad, bendiciones mayores de las que el pensamiento humano ha concebido, da aquí mismo las arras y primicias de las recompensas futuras, asegurando en cierto modo esperanzas inmortales ante ojos mortales. Los antiguos oráculos de los profetas, entregados a nosotros en la Escritura, lo declaran; las vidas de los varones piadosos, que en tiempos antiguos resplandecieron con toda virtud, dan testimonio a la posteridad de lo mismo; y nuestros propios días lo prueban como verdadero, en los cuales Constantino, quien solo entre todos los que jamás ejercieron el poder romano fue amigo de Dios, el Soberano de todas las cosas, ha aparecido ante todo el género humano como ejemplo tan claro de una vida piadosa.

    Capítulo 4. Que Dios honró a Constantino

    I, 4

    Y Dios mismo, a quien Constantino adoraba, ha confirmado esta verdad por las más claras manifestaciones de su voluntad, estando presente para ayudarlo al comienzo, durante el curso y al final de su reinado, y presentándolo al género humano como ejemplo instructivo de piedad. Por consiguiente, por las múltiples bendiciones que le ha conferido, lo ha distinguido solo a él entre todos los soberanos de quienes jamás hemos oído como, a la vez, un poderoso luminar y un heraldo de clarísima voz de la piedad genuina.

    Capítulo 5. Que reinó más de treinta años y vivió más de sesenta

    I, 5

    En cuanto a la duración de su reinado, Dios lo honró con tres periodos completos de diez años, y algo más, extendiendo todo el término de su vida mortal al doble de este número de años. Y complaciéndose en hacerlo representante de su propio poder soberano, lo mostró como conquistador de toda la raza de tiranos y destructor de aquellos gigantes que desafiaban a Dios, los cuales, en su locura, levantaron sus impías armas contra él, el Rey supremo de todo. Aparecieron, por así decirlo, por un instante, y luego desaparecieron; mientras que el único y verdadero Dios, cuando hubo capacitado a su siervo, revestido de celestial panoplia, para mantenerse en pie solo contra muchos enemigos, y por su medio hubo librado al género humano de la multitud de los impíos, lo constituyó maestro de su culto para todas las naciones, para que testificara en alta voz, a oídos de todos, que reconocía al Dios verdadero y se apartaba con aborrecimiento del error de aquellos que no son dioses.

    Capítulo 6. Que fue siervo de Dios y conquistador de naciones

    I, 6

    Así, como siervo fiel y bueno, obró y dio testimonio, declarando y confesando abiertamente ser el ministro obediente del Rey supremo. Y Dios lo recompensó de inmediato, haciéndolo gobernante y soberano, y tan victorioso que solo él entre todos los gobernantes siguió un curso continuo de conquistas, sin ser sometido e invencible, y por sus trofeos fue mayor gobernante de lo que la tradición recuerda que haya existido antes. Tan querido era de Dios y tan bendito, tan piadoso y tan afortunado en todo lo que emprendía, que con la mayor facilidad obtuvo autoridad sobre más naciones que cualquiera que lo hubiera precedido, y sin embargo conservó su poder, sin perturbación, hasta el final mismo de su vida.

    Capítulo 7. Comparación con Ciro, rey de los persas, y con Alejandro de Macedonia

    I, 7

    La historia antigua describe a Ciro, rey de los persas, como con mucho el más ilustre de todos los reyes hasta su tiempo. Y, sin embargo, si consideramos el fin de sus días, hallamos que poco correspondió a su prosperidad pasada, pues encontró una muerte ignominiosa y deshonrosa a manos de una mujer.
    Asimismo, los hijos de Grecia celebran a Alejandro el Macedonio como conquistador de muchas y diversas naciones; sin embargo, hallamos que fue arrebatado por una muerte temprana, antes de haber alcanzado la madurez, llevado por los efectos de la orgía y la embriaguez. Toda su vida abarcó apenas el espacio de treinta y dos años, y su reinado no se extendió más que a la tercera parte de ese periodo. Implacable como el rayo, avanzó a través de ríos de sangre y redujo a naciones y ciudades enteras, jóvenes y viejos, a la esclavitud más absoluta. Pero cuando apenas había llegado a la madurez de la vida y lamentaba la pérdida de los placeres juveniles, la muerte cayó sobre él con golpe terrible y, para que no ultrajara por más tiempo al género humano, lo cortó en tierra extraña y hostil, sin hijos, sin sucesor y sin hogar. Su reino también fue desmembrado al instante, y cada uno de sus oficiales se llevó y se apropió una porción para sí. Y sin embargo, este hombre es ensalzado por hazañas como estas.

    Capítulo 8. Que conquistó casi todo el mundo

    I, 8

    Pero nuestro emperador comenzó su reinado a la edad en que murió el macedonio, y sin embargo duplicó la duración de su vida y triplicó la duración de su reinado. E instruyendo a su ejército en los suaves y sobrios preceptos de la piedad, llevó sus armas hasta los britanos y las naciones que habitan en el seno mismo del océano Occidental. Sometió asimismo toda Escitia, aunque situada en el más remoto Norte y dividida en innumerables y diversas tribus bárbaras. Incluso extendió sus conquistas hasta los blemios y etíopes, en los confines mismos del Sur; ni consideró indigna de su cuidado la adquisición de las naciones orientales. En suma, difundiendo el resplandor de su santa luz hasta los confines de todo el mundo, incluso hasta los indios más distantes, las naciones que habitan en la circunferencia extrema de la tierra habitada, recibió la sumisión de todos los gobernantes, gobernadores y sátrapas de las naciones bárbaras, quienes con alegría lo acogieron y saludaron, enviándole embajadas y presentes, y dando el más alto valor a su trato y amistad; hasta el punto de que lo honraron con pinturas y estatuas en sus respectivos países, y Constantino, solo entre todos los emperadores, fue reconocido y celebrado por todos. No obstante, incluso entre estas naciones distantes, proclamó el nombre de su Dios en sus edictos reales con toda intrepidez.

    Capítulo 9. Que fue hijo de un emperador piadoso y legó el poder a sus reales hijos

    I, 9

    Y no dio este testimonio meramente con palabras, mostrando fracaso en su propia conducta, sino que siguió toda senda de virtud y fue rico en los variados frutos de la piedad. Se aseguró el afecto de sus amigos mediante magníficas pruebas de liberalidad; y, en la medida en que gobernó según principios de humanidad, hizo que su dominio se sintiera levemente y fuera aceptable para todas las clases de sus súbditos; hasta que por fin, después de un largo transcurso de años, y cuando estaba fatigado por sus divinos trabajos, el Dios a quien honraba lo coronó con una recompensa inmortal y lo trasladó de un reino transitorio a aquella vida sin fin que tiene reservada para las almas de sus santos, después de haberle levantado tres hijos para sucederle en el poder. Así como el trono imperial había descendido a él desde su padre, así, por ley de naturaleza, quedó reservado para sus hijos y sus descendientes, y se perpetuó, como una herencia paterna, por generaciones sin fin. Y en verdad, Dios mismo, que distinguió a este bienaventurado príncipe con honores divinos mientras aún estaba presente entre nosotros, y que ha adornado su muerte con escogidas bendiciones de su propia mano, debería ser el escritor de sus acciones; pues ha registrado sus trabajos y éxitos en monumentos celestiales.

    Capítulo 10. De la necesidad de esta historia y de su valor para la edificación

    I, 10

    Sin embargo, por difícil que sea hablar dignamente de este bienaventurado carácter, y aunque el silencio fuera el camino más seguro y menos peligroso, no obstante me incumbe, si quiero escapar del cargo de negligencia y pereza, trazar, por así decirlo, un retrato verbal, a modo de memorial del piadoso príncipe, imitando las delineaciones del arte humano. Pues me avergonzaría de mí mismo si no empleara mis mejores esfuerzos, débiles y de poco valor aunque sean, en alabanza de quien honró a Dios con tan sobresaliente devoción. Pienso también que mi obra será por otros motivos instructiva y necesaria, pues contendrá una descripción de aquellas reales y nobles acciones que son agradables a Dios, el Soberano de todas las cosas. Pues ¿no sería vergonzoso que la memoria de Nerón, y de otros tiranos impíos y ateos mucho peores que él, hallara escritores diligentes que embellecieran la narración de sus viles hechos con lenguaje elegante y los registraran en voluminosas historias, y que yo guardara silencio, a quien Dios mismo se ha dignado conceder un emperador como no lo registra toda la historia, y me ha permitido comparecer ante su presencia y gozar de su trato y compañía?
    Por lo cual, si es deber de alguno, ciertamente es mío, hacer una amplia proclamación de sus virtudes a todos aquellos en quienes el ejemplo de acciones nobles es capaz de inspirar el amor de Dios. Pues algunos que han escrito las vidas de personajes viles y la historia de acciones que poco tienden a la mejora de las costumbres, por motivos privados, ya sea amor u odio, y posiblemente en algunos casos con ningún objeto mejor que la exhibición de su propia erudición, han exagerado indebidamente su descripción de acciones intrínsecamente bajas, mediante un refinamiento y elegancia de dicción. Y así se han convertido, para aquellos que por el favor divino habían sido apartados del mal, en maestros no del bien, sino de lo que debería ser silenciado en el olvido y en las tinieblas. Pero mi narración, por desigual que sea a la grandeza de los hechos que ha de describir, obtendrá sin embargo lustre incluso de la mera relación de acciones nobles. Y ciertamente el registro de una conducta que ha sido agradable a Dios ofrecerá un estudio lejos de ser inútil, en verdad sumamente instructivo, a las personas de mente bien dispuesta.

    Capítulo 11. Que su propósito actual es registrar únicamente las acciones piadosas de Constantino

    I, 11

    Es mi intención, por tanto, pasar por alto la mayor parte de las reales hazañas de este tres veces bienaventurado príncipe; como, por ejemplo, sus conflictos y combates en el campo, su valor personal, sus victorias y éxitos contra el enemigo, y los muchos triunfos que obtuvo; asimismo sus disposiciones para los intereses de los particulares, sus promulgaciones legislativas para la ventaja social de sus súbditos, y multitud de otros trabajos imperiales que están frescos en la memoria de todos; siendo el designio de mi presente empresa hablar y escribir solo de aquellas circunstancias que se refieren a su carácter religioso.
    Y puesto que estas son en sí de variedad casi infinita, seleccionaré de los hechos que han llegado a mi conocimiento los que sean más adecuados y dignos de registro duradero, y me esforzaré por narrarlos lo más brevemente posible. En adelante, en efecto, hay una oportunidad plena y libre para celebrar de todas las maneras las alabanzas de este príncipe verdaderamente bienaventurado, lo que hasta ahora no hemos podido hacer, por cuanto se nos prohíbe juzgar bienaventurado a nadie antes de su muerte, a causa de las inciertas vicisitudes de la vida. Imploro, pues, la ayuda de Dios, y que me acompañe el auxilio inspirador de la Palabra celestial, mientras comienzo mi historia desde el periodo más temprano de su vida.

    Capítulo 12. Que, como Moisés, fue criado en los palacios de los reyes

    I, 12

    La historia antigua refiere que una raza cruel de tiranos oprimió a la nación hebrea; y que Dios, que los miró con gracia en su aflicción, dispuso que el profeta Moisés, que entonces era un infante, fuera criado en los mismísimos palacios y en el seno de los opresores, e instruido en toda la sabiduría que poseían. Y cuando con el transcurso del tiempo llegó a la virilidad, y vino el momento de que la justicia divina vengara los agravios del pueblo afligido, entonces el profeta de Dios, en obediencia a la voluntad de un Señor más poderoso, abandonó la casa real y, apartándose de palabra y de obra de los tiranos por quienes había sido criado, reconoció abiertamente a sus verdaderos hermanos y parientes. Entonces Dios, exaltándolo para ser el caudillo de toda la nación, libró a los hebreos de la esclavitud de sus enemigos e infligió por su medio la venganza divina sobre la raza de los tiranos. Esta antigua historia, aunque rechazada por la mayoría como fabulosa, ha llegado a oídos de todos. Pero ahora el mismo Dios nos ha concedido ser testigos oculares de milagros más maravillosos que las fábulas y, por su aparición reciente, más auténticos que cualquier relato. Pues los tiranos de nuestros días se han atrevido a guerrear contra el Dios Supremo y han afligido gravemente a su Iglesia. Y en medio de estos, Constantino, que pronto habría de convertirse en su destructor, pero que en aquel tiempo era de tierna edad y florecía con el bozo de la temprana juventud, habitó, como lo había hecho aquel otro siervo de Dios, en la mismísima morada de los tiranos; pero, aunque joven, no compartió la manera de vivir de los impíos: pues desde aquel temprano periodo su noble naturaleza, bajo la guía del Espíritu divino, lo inclinaba a la piedad y a una vida aceptable a Dios. Además, el deseo de emular el ejemplo de su padre influyó en estimular al hijo a un curso virtuoso de conducta. Su padre era Constancio (y deberíamos revivir su memoria en este momento), el emperador más ilustre de nuestra época; de cuya vida es necesario referir brevemente algunos pormenores que redundan en honor de su hijo.

    Capítulo 13. De Constancio, su padre, que se negó a imitar a Diocleciano, Maximiano y Majencio en su persecución de los cristianos

    I, 13

    En un tiempo en que cuatro emperadores compartían la administración del imperio romano, solo Constancio, siguiendo una conducta distinta de la de sus colegas, entró en amistad con el Dios Supremo.
    Pues mientras ellos sitiaban y devastaban las iglesias de Dios, nivelándolas hasta el suelo y borrando los cimientos mismos de las casas de oración, él guardó sus manos puras de su abominable impiedad y jamás se asemejó a ellos en nada. Ellos contaminaron sus provincias con la matanza indiscriminada de hombres y mujeres piadosos; pero él mantuvo su alma libre de la mancha de este crimen. Ellos, enredados en los laberintos de la impía idolatría, esclavizaron primero a sí mismos y luego a todos los que estaban bajo su autoridad en la servidumbre de los errores de malos demonios, mientras él al mismo tiempo originó la paz más profunda en todos sus dominios y aseguró a sus súbditos el privilegio de celebrar sin impedimento el culto de Dios. En fin, mientras sus colegas oprimían a todos los hombres con las exacciones más gravosas, y hacían sus vidas intolerables, y aun peores que la muerte, Constancio solo gobernó a su pueblo con un poder suave y tranquilo, y mostró hacia ellos un cuidado verdaderamente paternal y protector. Innumerables, en verdad, son las demás virtudes de este hombre, que son tema de alabanza para todos; de ellas registraré uno o dos ejemplos, como muestras de la calidad de las que debo pasar en silencio, y luego procederé al orden fijado de mi narración.

    Capítulo 14. Cómo Constancio, su padre, siendo reprochado por Diocleciano con su pobreza, llenó su tesoro y luego devolvió el dinero a aquellos que lo habían contribuido

    I, 14

    A consecuencia de los muchos informes que circulaban acerca de este príncipe, que describían su bondad y dulzura de carácter, y la extraordinaria elevación de su piedad, alegando también, que a causa de su extrema indulgencia para con sus súbditos, no tenía siquiera una provisión de dinero guardada en su tesoro; el emperador que en aquel tiempo ocupaba el lugar del poder supremo envió a reprender su negligencia del bien público, al mismo tiempo que le reprochaba su pobreza, y alegaba como prueba de la acusación el estado vacío de su tesoro. Ante esto, pidió a los mensajeros del emperador que permanecieran un tiempo con él, y, reuniendo a los más ricos de sus súbditos de todas las naciones bajo su dominio, les informó de que estaba falto de dinero, y que aquel era el momento para que todos dieran una prueba voluntaria de su afecto por su príncipe.
    Apenas oyeron esto (como si durante mucho tiempo hubieran estado deseosos de una oportunidad para mostrar la sinceridad de su buena voluntad), con celosa presteza llenaron el tesoro con oro y plata y otras riquezas; cada uno ansioso por superar a los demás en la cantidad de su contribución: y esto lo hacían con semblantes alegres y gozosos. Y ahora Constancio pidió a los mensajeros del gran emperador que inspeccionaran personalmente sus tesoros, y les ordenó que dieran un informe fiel de lo que habían visto; añadiendo que en la presente ocasión él había tomado este dinero en sus propias manos, pero que durante mucho tiempo había estado guardado para su uso en custodia de los dueños, tan seguramente como si estuviera bajo el cuidado de fieles tesoreros. Los embajadores quedaron abrumados de asombro ante lo que habían presenciado: y a su partida se dice que el príncipe verdaderamente generoso mandó llamar a los dueños de los bienes y, después de elogiarlos a cada uno por su obediencia y verdadera lealtad, lo devolvió todo y les ordenó regresar a sus hogares.
    Esta sola circunstancia, pues, ofrece una prueba de la generosidad de aquel cuyo carácter intentamos ilustrar: otra contendrá el testimonio más claro de su piedad.

    Capítulo 15. De la persecución levantada por sus colegas

    I, 15

    Por mandato de las supremas autoridades del imperio, los gobernadores de las diversas provincias habían puesto en marcha una persecución general contra los piadosos. En verdad, de las mismas cortes imperiales procedieron los primeros de los piadosos mártires, quienes pasaron por aquellos combates por la fe y soportaron con la mayor prontitud el fuego, la espada y las profundidades del mar; toda forma de muerte, en fin, de modo que en breve tiempo todos los palacios reales quedaron desprovistos de hombres piadosos. El resultado fue que los autores de esta maldad quedaron enteramente privados del cuidado protector de Dios, puesto que, al perseguir a sus adoradores, silenciaron al mismo tiempo las oraciones que solían hacerse en favor de ellos mismos.

    Capítulo 16. Cómo Constancio, fingiendo idolatría, expulsó a los que consintieron en ofrecer sacrificio, pero retuvo en su palacio a todos los que estuvieron dispuestos a confesar a Cristo

    I, 16

    Por otra parte, Constancio concibió un expediente lleno de sagacidad e hizo algo que suena paradójico, pero que en realidad fue de lo más admirable.
    Propuso a todos los oficiales de su corte, incluidos aun los que ocupaban los más altos cargos de autoridad, la siguiente alternativa: o bien que ofrecieran sacrificio a los demonios, y así se les permitiera permanecer con él y gozar de sus honores acostumbrados; o, en caso de negativa, que fueran excluidos de todo acceso a su persona y enteramente privados de su trato y compañía. En consecuencia, cuando cada uno hubo hecho su elección, unos de una manera y otros de otra; y cuando se hubo comprobado la elección de cada cual, entonces este admirable príncipe reveló el sentido secreto de su expediente, y condenó la cobardía y el egoísmo de un partido, mientras alabó altamente al otro por su devoción concienzuda a Dios. Declaró, además, que aquellos que habían sido falsos con su Dios debían ser indignos de la confianza de su príncipe; pues ¿cómo era posible que conservaran su fidelidad hacia él quienes se habían mostrado infieles a un poder superior? Determinó, por lo tanto, que tales personas fueran apartadas por completo de la corte imperial, mientras que, por otra parte, declarando que aquellos hombres que, dando testimonio de la verdad, se habían mostrado dignos siervos de Dios, manifestarían la misma fidelidad a su rey, les confió la guarda de su persona y de su imperio, diciendo que estaba obligado a tratar a tales personas con especial consideración como a sus amigos más cercanos y valiosos, y a estimarlas mucho más que los más ricos tesoros.

    Capítulo 17. De su manera cristiana de vivir

    I, 17

    Se dice, pues, que el padre de Constantino poseyó un carácter como el que brevemente hemos descrito. Y qué clase de muerte le fue concedida como consecuencia de tal devoción a Dios, y hasta qué punto aquel a quien honró hizo que su suerte difiriera de la de sus colegas en el imperio, puede saberlo cualquiera que preste atención a las circunstancias del caso. Pues después de haber dado durante largo tiempo muchas pruebas de virtud regia, reconociendo solo al Dios Supremo y condenando la politeísta de los impíos, y de haber fortificado su casa con las oraciones de hombres santos, pasó el resto de su vida en notable reposo y tranquilidad, en el disfrute de lo que se tiene por bienaventuranza, sin molestar a otros ni ser molestado él mismo.
    Por consiguiente, durante todo el curso de su reinado tranquilo y pacífico, dedicó toda su casa, sus hijos, su esposa y sus servidores domésticos al único Dios Supremo: de modo que la compañía reunida dentro de los muros de su palacio no difería en nada de una iglesia de Dios; en la cual se hallaban también sus ministros, que ofrecían continuas súplicas en favor de su príncipe, y esto en un tiempo en que, para la mayoría, no era lícito tener trato alguno con los adoradores de Dios, ni siquiera hasta el punto de intercambiar una palabra con ellos.

    Capítulo 18. Que después de la abdicación de Diocleciano y Maximiano, Constancio llegó a ser Augusto principal y fue bendecido con una numerosa descendencia

    I, 18

    La consecuencia inmediata de esta conducta fue una recompensa de la mano de Dios, hasta el punto de que llegó a la autoridad suprema del imperio. Pues los emperadores más antiguos, por alguna razón desconocida, renunciaron a su poder; y este cambio repentino tuvo lugar en el primer año después de su persecución de las iglesias.
    Desde aquel tiempo Constancio solo recibió los honores de Augusto principal, habiendo sido antes, en efecto, distinguido con la diadema de los Césares imperiales, entre los cuales ocupaba el primer rango; pero después de que su valía hubo sido probada en este cargo, fue investido con la más alta dignidad del imperio romano, siendo nombrado Augusto principal de los cuatro que después fueron elegidos para ese honor. Además, superó a la mayoría de los emperadores en cuanto al número de su familia, habiendo reunido en torno a sí un círculo muy grande de hijos e hijas. Y, por último, cuando llegó a una feliz ancianidad y estaba a punto de pagar la deuda común de la naturaleza y de cambiar esta vida por otra, Dios manifestó una vez más su poder de manera especial en favor suyo, disponiendo que su hijo mayor, Constantino, estuviera presente durante sus últimos momentos y dispuesto a recibir de sus manos el poder imperial.

    Capítulo 19. De su hijo Constantino, que en su juventud acompañó a Diocleciano a Palestina

    I, 19

    Este último había estado con los colegas imperiales de su padre, y había pasado su vida entre ellos, como hemos dicho, semejante al antiguo profeta de Dios. Y aun en el periodo más temprano de su juventud fue juzgado por ellos digno del más alto honor. Un ejemplo de esto lo hemos visto nosotros mismos, cuando pasó por Palestina con el emperador de mayor edad, a cuya diestra estaba de pie, y provocó la admiración de todos los que lo contemplaban por las señales que ya entonces daba de grandeza regia. Pues nadie era comparable a él en gracia y belleza de persona, ni en estatura; y tanto superaba a sus compañeros en fuerza personal que era un terror para ellos. Era, sin embargo, aún más conspicuo por la excelencia de sus cualidades mentales que por sus superiores dotes físicas; estando dotado en primer lugar de un juicio sano, y habiendo cosechado también las ventajas de una educación liberal. Se distinguía asimismo en grado no ordinario tanto por su inteligencia natural como por la sabiduría divinamente impartida.

    Capítulo 20. Huida de Constantino a su padre a causa de las maquinaciones de Diocleciano

    I, 20

    Los emperadores entonces en el poder, observando su figura varonil y vigorosa y su mente superior, se sintieron movidos por sentimientos de celos y temor, y desde entonces vigilaron cuidadosamente la ocasión de infligir alguna mancha de deshonra a su carácter. Pero el joven, consciente de sus designios, cuyos detalles, por la providencia de Dios, más de una vez llegaron a él, buscó seguridad en la huida; manteniendo de nuevo en esto su semejanza con el gran profeta Moisés. En verdad, en todo sentido Dios fue su auxiliador; y ya antes había ordenado que estuviera presente y dispuesto a suceder a su padre.

    Capítulo 21. Muerte de Constancio, que deja a su hijo Constantino emperador

    I, 21

    [Inmediatamente], por tanto, tras escapar de las maquinaciones que tan insidiosamente se habían urdido contra él, se dirigió con toda prisa a su padre y llegó por fin en el preciso momento en que este yacía a punto de morir. Apenas Constancio vio a su hijo así inesperadamente en su presencia, saltó de su lecho, lo abrazó tiernamente y, declarando que la única ansiedad que lo había turbado ante la perspectiva de la muerte, a saber, la causada por la ausencia de su hijo, quedaba ahora eliminada, dio gracias a Dios, diciendo que ahora consideraba la muerte mejor que la vida más larga, y al punto completó el arreglo de sus asuntos privados. Luego, despidiéndose por última vez del círculo de hijos e hijas que lo rodeaban, en su propio palacio y sobre el lecho imperial, legó el imperio, según la ley de la naturaleza, a su hijo mayor, y exhaló el último suspiro.

    Capítulo 22. Cómo, después del entierro de Constancio, Constantino fue proclamado Augusto por el ejército

    I, 22

    Ni permaneció mucho tiempo vacío el trono imperial: pues Constantino se invistió con la púrpura de su padre y salió del palacio de su padre, presentando a todos una renovación, por así decirlo, en su propia persona, de la vida y el reinado de su padre. Luego condujo la procesión fúnebre en compañía de los amigos de su padre, unos precediendo y otros siguiendo el cortejo, y realizó los últimos oficios para el piadoso difunto con un grado extraordinario de magnificencia, y todos se unieron para honrar a este príncipe tres veces bendito con aclamaciones y alabanzas, y mientras con una sola mente y una sola voz glorificaban el gobierno del hijo como un volver a vivir de aquel que había muerto, se apresuraron al punto a saludar a su nuevo soberano con los títulos de Augusto Imperial y Venerable, con gritos de alegría. Así la memoria del difunto emperador recibió honor de las alabanzas prodigadas a su hijo, mientras este último era declarado bienaventurado por ser sucesor de tal padre. Todas las naciones también bajo su dominio se llenaron de gozo y de indecible alegría al no verse privadas ni por un momento de los beneficios de un gobierno bien ordenado.
    En el caso del emperador Constancio, Dios ha hecho manifiesto a nuestra generación cuál es el fin de aquellos que en sus vidas lo han honrado y amado.

    Capítulo 23. Breve noticia de la destrucción de los tiranos

    I, 23

    En cuanto a los otros príncipes, que hicieron guerra contra las iglesias de Dios, no he considerado apropiado en la presente obra dar cuenta alguna de su caída, ni manchar la memoria de los buenos mencionándolos en conexión con los de carácter opuesto. El conocimiento de los hechos mismos bastará por sí solo para la saludable amonestación de quienes han presenciado o han oído los males que respectivamente les sobrevinieron.

    Capítulo 24. Fue por voluntad de Dios que Constantino llegó a poseer el imperio

    I, 24

    Así pues, el Dios de todos, Gobernador Supremo de todo el universo, por su propia voluntad designó a Constantino, descendiente de tan renombrado padre, para ser príncipe y soberano: de modo que, mientras otros han sido elevados a esta distinción por la elección de sus semejantes, él es el único a cuya elevación ningún mortal puede jactarse de haber contribuido.

    Capítulo 25. Victorias de Constantino sobre los bárbaros y los britanos

    I, 25

    Apenas, pues, se hubo establecido en el trono, comenzó a cuidar de los intereses de su herencia paterna y visitó con mucha bondad considerada todas aquellas provincias que antes habían estado bajo el gobierno de su padre. Algunas tribus de los bárbaros que habitaban en las riberas del Rin y en las costas del océano occidental, habiéndose atrevido a rebelarse, las redujo a todas a la obediencia y las sacó de su estado salvaje a uno de mansedumbre. Se contentó con contener las incursiones de otros, y expulsó de sus dominios, como fieras indómitas y salvajes, a aquellos que percibía del todo incapaces del orden establecido de la vida civilizada. Habiendo dispuesto de estos asuntos a su satisfacción, dirigió su atención a otras regiones del mundo, y primero pasó a las naciones britanas, que yacen en el seno mismo del océano. A estas las redujo a sumisión, y luego procedió a considerar el estado de las porciones restantes del imperio, para estar dispuesto a ofrecer su ayuda dondequiera que las circunstancias lo requirieran.

    Capítulo 26. Cómo resolvió librar a Roma de Majencio

    I, 26

    Mientras, pues, consideraba el mundo entero como un cuerpo inmenso, y veía que la cabeza de todo él, la ciudad regia del imperio romano, estaba abatida por el peso de una opresión tiránica, al principio había dejado la tarea de la liberación a quienes gobernaban las demás divisiones del imperio, por ser superiores a él en edad. Pero cuando ninguno de estos fue capaz de prestar auxilio, y quienes lo habían intentado habían experimentado un desastroso fin de su empresa, dijo que la vida carecía de gozo para él mientras viera a la ciudad imperial así afligida, y se dispuso a derrocar la tiranía.

    Capítulo 27. Que, tras reflexionar sobre la ruina de quienes habían adorado ídolos, escogió el cristianismo

    I, 27

    Convencido, sin embargo, de que necesitaba un auxilio más poderoso que el que sus fuerzas militares podían ofrecerle, a causa de los malvados y mágicos encantamientos que tan diligentemente practicaba el tirano, buscó el auxilio divino, juzgando de importancia secundaria la posesión de armas y de una numerosa soldadesca, pero creyendo invencible e inconmovible el poder cooperador de la Deidad. Consideró, por tanto, en qué Dios podría apoyarse para protección y auxilio. Mientras se ocupaba de esta indagación, le vino el pensamiento de que, de los muchos emperadores que lo habían precedido, aquellos que habían depositado sus esperanzas en una multitud de dioses, y los habían servido con sacrificios y ofrendas, habían sido en primer lugar engañados por predicciones lisonjeras y oráculos que les prometían toda prosperidad, y al final habían tenido un fin desdichado, sin que ninguno de sus dioses hubiera estado a su lado para advertirles de la inminente ira del cielo; mientras que uno solo que había seguido un curso enteramente opuesto, que había condenado su error y honrado al único Dios Supremo durante toda su vida, lo había hallado Salvador y Protector de su imperio, y Dador de todo bien. Reflexionando sobre esto, y sopesando bien el hecho de que quienes habían confiado en muchos dioses también habían caído por múltiples formas de muerte, sin dejar tras de sí familia ni descendencia, estirpe, nombre ni memoria entre los hombres, mientras que el Dios de su padre le había dado, por el contrario, manifestaciones de su poder y muchísimas señales; y considerando además que quienes ya habían tomado las armas contra el tirano, y habían marchado al campo de batalla bajo la protección de una multitud de dioses, habían tenido un fin deshonroso (pues uno de ellos se había retirado vergonzosamente de la contienda sin dar golpe, y el otro, muerto en medio de sus propias tropas, se convirtió, por así decirlo, en mero juguete de la muerte); repasando, digo, todas estas consideraciones, juzgó que era en verdad locura unirse al vano culto de quienes no eran dioses y, tras tan convincentes pruebas, errar lejos de la verdad; y por tanto sintió que era su deber honrar solo al Dios de su padre.

    Capítulo 28. Cómo, mientras oraba, Dios le envió una visión de una cruz de luz en los cielos a mediodía, con una inscripción que le exhortaba a vencer por ella

    I, 28

    [En consecuencia] lo invocó con ferviente oración y súplicas para que le revelara quién era, y extendiera su diestra para ayudarlo en sus dificultades presentes. Y mientras oraba así con ferviente ruego, una señal maravillosísima se le apareció desde el cielo, cuyo relato habría sido difícil de creer si lo hubiera referido cualquier otra persona. Pero puesto que el victorioso emperador mismo, mucho tiempo después, lo declaró al escritor de esta historia, cuando fue honrado con su trato y compañía, y confirmó su declaración con juramento, ¿quién podría vacilar en dar crédito a la relación, especialmente puesto que el testimonio del tiempo posterior ha establecido su verdad? Dijo que hacia el mediodía, cuando el día ya comenzaba a declinar, vio con sus propios ojos el trofeo de una cruz de luz en los cielos, sobre el sol, y que llevaba la inscripción: [Conquista por esto]. Ante esta visión él mismo quedó herido de asombro, y también todo su ejército, que lo seguía en esta expedición y fue testigo del milagro.

    Capítulo 29. Cómo el Cristo de Dios se le apareció en sueños, y le ordenó usar en sus guerras un estandarte hecho en forma de cruz

    I, 29

    Dijo, además, que dudaba dentro de sí cuál podría ser el significado de esta aparición. Y mientras continuaba ponderando y razonando sobre su sentido, de pronto cayó la noche; entonces, en su sueño, el Cristo de Dios se le apareció con la misma señal que había visto en los cielos, y le ordenó hacer una semejanza de aquella señal que había visto en los cielos, y usarla como salvaguardia en todos los combates con sus enemigos.

    Capítulo 30. La hechura del estandarte de la cruz

    I, 30

    Al despuntar el día se levantó y comunicó la maravilla a sus amigos; y luego, convocando a los artífices en oro y piedras preciosas, se sentó en medio de ellos y les describió la figura de la señal que había visto, mandándoles representarla en oro y piedras preciosas. Y esta representación yo mismo he tenido ocasión de ver.

    Capítulo 31. Descripción del estandarte de la cruz, que los romanos llaman ahora el Lábaro

    I, 31

    Ahora bien, estaba hecho de la siguiente manera. Una lanza larga, recubierta de oro, formaba la figura de la cruz por medio de un travesaño colocado sobre ella. En la parte superior de todo se fijaba una corona de oro y piedras preciosas; y dentro de esta, el símbolo del nombre del Salvador, dos letras que indicaban el nombre de Cristo por medio de sus caracteres iniciales, la letra P atravesada por la X en su centro; y estas letras el emperador acostumbraba llevarlas en su yelmo en un periodo posterior. Del travesaño de la lanza estaba suspendido un paño, pieza regia, cubierta de un profuso bordado de las más brillantes piedras preciosas; y que, estando además ricamente entretejido con oro, presentaba un grado de belleza indescriptible al espectador. Este estandarte era de forma cuadrada, y el asta vertical, cuya sección inferior era de gran longitud, llevaba en su parte superior un retrato dorado de medio cuerpo del piadoso emperador y de sus hijos, debajo del trofeo de la cruz e inmediatamente encima del estandarte bordado.
    El emperador hacía uso constante de este signo saludable como salvaguardia contra todo poder adverso y hostil, y mandó que otros semejantes a él fueran llevados al frente de todos sus ejércitos.
    Comentario editorial · La visión de la cruz y los otros relatos de la victoria
    Eusebio dice que supo de la visión por el propio emperador, «mucho tiempo después», y que este confirmó su relato con juramento (I, 28): una señal de luz sobre el sol con la inscripción «Con esto vence», y la noche siguiente Cristo que le manda hacer un estandarte (I, 29–31). Según Wikipedia, en su Historia eclesiástica (IX, 9) Eusebio cuenta la victoria sin visión alguna, y Lactancio (Sobre la muerte de los perseguidores, 44) habla solo de un sueño la noche anterior, en que se manda marcar los escudos con el signo celeste. Richardson (1890) anota que el relato tuvo escépticos «desde el comienzo, empezando por el propio Eusebio». Eusebio añade que él mismo vio el estandarte (I, 30).

    Capítulo 32. Cómo Constantino recibió instrucción y leyó las Sagradas Escrituras

    I, 32

    Estas cosas se hicieron poco después. Pero en el tiempo arriba señalado, herido de asombro ante la extraordinaria visión, y resuelto a no adorar a otro Dios sino a Aquel que se le había aparecido, mandó llamar a quienes conocían los misterios de Sus doctrinas, y preguntó quién era aquel Dios, y qué significaba la señal de la visión que había visto. Ellos afirmaron que Él era Dios, el unigénito Hijo del único y solo Dios; que la señal que había aparecido era el símbolo de la inmortalidad, y el trofeo de aquella victoria sobre la muerte que Él había ganado en tiempo pasado cuando moraba en la tierra. Le enseñaron también las causas de Su advenimiento, y le explicaron el relato verdadero de Su encarnación. Así fue instruido en estas materias, y quedó impresionado de asombro ante la manifestación divina que se había presentado a su vista. Comparando, por tanto, la visión celestial con la interpretación dada, halló confirmado su juicio; y, en la persuasión de que el conocimiento de estas cosas le había sido impartido por enseñanza divina, determinó de allí en adelante dedicarse a la lectura de los Escritos inspirados.
    Además, hizo de los sacerdotes de Dios sus consejeros, y consideró su deber honrar con toda devoción al Dios que se le había aparecido. Y tras esto, fortalecido por bien fundadas esperanzas en Él, se apresuró a extinguir el fuego amenazante de la tiranía.

    Capítulo 33. De la conducta adúltera de Majencio en Roma

    I, 33

    Pues el que se había apoderado tiránicamente de la ciudad imperial había llegado a tales extremos de impiedad y maldad, que se atrevía sin vacilar a toda acción vil e impura.
    Por ejemplo: separaba a las mujeres de sus maridos, y después de un tiempo las devolvía a ellos, y estos ultrajes no los ofrecía a hombres de condición humilde u oscura, sino a quienes ocupaban los primeros puestos en el senado romano. Además, aunque deshonraba vergonzosamente a un número casi incontable de mujeres libres, era incapaz de satisfacer sus desenfrenados e intemperantes deseos. Pero cuando intentó corromper también a mujeres cristianas, ya no pudo asegurar el éxito de sus designios, pues ellas prefirieron entregar sus vidas a la muerte antes que ceder sus personas para ser mancilladas por él.

    Capítulo 34. Cómo la esposa de un prefecto se dio muerte por causa de la castidad

    I, 34

    Ahora bien, cierta mujer, esposa de uno de los senadores que ejercían la autoridad de prefecto, cuando comprendió que los que servían al tirano en tales asuntos estaban ante su casa (ella era cristiana), y supo que su marido, por miedo, les había ordenado tomarla y llevársela, pidió un breve espacio de tiempo para ataviarse con su vestido acostumbrado, y entró en su cámara. Allí, quedando sola, hundió una espada en su propio pecho y expiró al instante, dejando ciertamente su cuerpo muerto a los alcahuetes, pero declarando a todo el género humano, tanto a las generaciones presentes como a las futuras, con un acto que hablaba más fuerte que cualquier palabra, que la castidad por la que los cristianos son célebres es lo único invencible e indestructible. Tal fue la conducta mostrada por esta mujer.

    Capítulo 35. Matanza del pueblo romano por Majencio

    I, 35

    Todos, por tanto, pueblo y magistrados, de alto o bajo grado, temblaban de miedo ante aquel cuya atrevida maldad era tal como he descrito, y estaban oprimidos por su gravosa tiranía. Más aún, aunque se sometían en silencio y soportaban esta amarga servidumbre, no había escapatoria de la crueldad sanguinaria del tirano. Pues en una ocasión, con algún pretexto baladí, expuso al populacho a ser degollado por su propia guardia personal; e incontables multitudes del pueblo romano fueron muertas en medio de la ciudad por las lanzas y armas, no de escitas o bárbaros, sino de sus propios conciudadanos. Y además de esto, es imposible calcular el número de senadores cuya sangre fue derramada con vistas a la confiscación de sus respectivos patrimonios, pues en distintos tiempos y con diversas acusaciones ficticias, multitudes de ellos sufrieron la muerte.

    Capítulo 36. Artes mágicas de Majencio contra Constantino; y hambre en Roma

    I, 36

    Pero el colmo de la maldad del tirano fue su recurso a la hechicería: unas veces, con fines mágicos, abriendo en canal a mujeres encintas; otras, escudriñando las entrañas de niños recién nacidos. Degollaba también leones y practicaba ciertos ritos horribles para evocar demonios y apartar la guerra que se aproximaba, esperando por estos medios obtener la victoria. En suma, es imposible describir los múltiples actos de opresión con que este tirano de Roma esclavizó a sus súbditos, de modo que para entonces quedaron reducidos a la más extrema penuria y falta del alimento necesario, una escasez cual nuestros contemporáneos no recuerdan que haya existido antes en Roma.

    Capítulo 37. Derrota de los ejércitos de Majencio en Italia

    I, 37

    Constantino, sin embargo, lleno de compasión a causa de todas estas miserias, comenzó a armarse con toda preparación bélica contra la tiranía. Tomando, pues, al Dios Supremo como su protector, e invocando a Su Cristo como preservador y auxilio, y colocando el trofeo victorioso, la señal saludable, al frente de sus soldados y de su guardia personal, marchó con todas sus fuerzas, tratando de obtener de nuevo para los romanos la libertad que habían heredado de sus antepasados.
    Y en tanto que Majencio, confiando más en sus artes mágicas que en el afecto de sus súbditos, no se atrevía siquiera a avanzar fuera de las puertas de la ciudad, sino que había guarnecido todo lugar, distrito y ciudad sujeto a su tiranía con grandes cuerpos de soldados, el emperador, confiado en la ayuda de Dios, avanzó contra la primera, segunda y tercera división de las fuerzas del tirano, las derrotó todas con facilidad al primer asalto, y se abrió camino hasta el interior mismo de Italia.

    Capítulo 38. Muerte de Majencio en el puente del Tíber

    I, 38

    Y ya se aproximaba a la Roma misma, cuando, para ahorrarle la necesidad de luchar con todos los romanos por causa del tirano, Dios mismo arrastró al tirano, como con cuerdas secretas, a gran distancia fuera de las puertas. Y ahora aquellos milagros registrados en la Sagrada Escritura, que Dios en otro tiempo obró contra los impíos (desacreditados por la mayoría como fábulas, pero creídos por los fieles), los confirmó en todo hecho a todos por igual, creyentes e incrédulos, que fueron testigos oculares de las maravillas. Pues como una vez, en los días de Moisés y de la nación hebrea, que eran adoradores de Dios, «Los carros de Faraón y su ejército ha echado al mar, y sus escogidos capitanes de carros están hundidos en el Mar Rojo,» —así en este tiempo Majencio, y los soldados y guardias con él, «descendieron a las profundidades como piedra,» [] cuando, en su huida ante las fuerzas divinamente auxiliadas de Constantino, intentó cruzar el río que se interponía en su camino, sobre el cual, construyendo un fuerte puente de barcas, había fraguado una máquina de destrucción, en realidad contra sí mismo, pero con la esperanza de atrapar con ella a aquel que era amado por Dios. Pues su Dios estaba junto a aquel para protegerlo, mientras que el otro, impío, resultó ser el miserable artífice de estos secretos designios para su propia ruina. De modo que bien podría decirse: «Hizo una fosa, y la cavó, y ha caído en el hoyo que hizo. Su maldad recaerá sobre su propia cabeza, y su violencia descenderá sobre su propia coronilla.» Así, en el presente caso, bajo dirección divina, la máquina erigida sobre el puente, con la emboscada oculta en ella, cediendo inesperadamente antes del tiempo señalado, el puente comenzó a hundirse, y las barcas con los hombres que iban en ellas se fueron a fondo. Y primero el desdichado mismo, luego sus servidores armados y guardias, tal como los sagrados oráculos habían descrito antes, «se hundieron como plomo en las aguas poderosas.» [] De modo que quienes así obtuvieron de Dios la victoria bien podían, si no con las mismas palabras, sí en el mismo espíritu que el pueblo de su gran siervo Moisés, cantar y hablar como ellos hicieron acerca del impío tirano de antaño: «Cantemos al Señor, porque se ha glorificado en extremo: al caballo y a su jinete ha arrojado al mar. Él se ha hecho mi ayudador y mi escudo para salvación.» Y de nuevo: «¿Quién como tú, oh Señor, entre los dioses? ¿Quién como tú, glorioso en santidad, maravilloso en alabanzas, hacedor de prodigios?»

    Capítulo 39. Entrada de Constantino en Roma

    I, 39

    Habiendo, pues, en este tiempo cantado estas y semejantes alabanzas a Dios, Gobernante de todo y Autor de la victoria, según el ejemplo de su gran siervo Moisés, Constantino entró triunfante en la ciudad imperial. Y aquí todo el cuerpo del senado, y otros de rango y distinción en la ciudad, liberados como de la reclusión de una prisión, junto con todo el populacho romano, sus semblantes expresivos de la alegría de sus corazones, lo recibieron con aclamaciones y abundante gozo; hombres, mujeres y niños, con incontables multitudes de siervos, saludándolo como libertador, preservador y bienhechor, con incesantes gritos. Pero él, poseído de piedad interior hacia Dios, no se volvió arrogante por estos aplausos, ni se ensoberbeció por las alabanzas que oía; sino que, sabiéndose receptor de la ayuda de Dios, inmediatamente le rindió acción de gracias como Autor de su victoria.

    Capítulo 40. De la estatua de Constantino que sostenía una cruz, y de su inscripción

    I, 40

    Además, mediante proclamación pública e inscripciones monumentales dio a conocer a todos los hombres el signo saludable, erigiendo este gran trofeo de victoria sobre sus enemigos en medio de la ciudad imperial, y ordenando expresamente que se grabara con caracteres indelebles que el signo saludable era la salvaguardia del gobierno romano y de todo el imperio. En consecuencia, mandó inmediatamente que se colocara una lanza elevada en figura de cruz bajo la mano de una estatua que lo representaba, en la parte más frecuentada de Roma, y que se grabara en ella la siguiente inscripción en lengua latina: [en virtud de esta señal saludable, que es la verdadera prueba del valor, he preservado y liberado vuestra ciudad del yugo de la tiranía. He puesto asimismo en libertad al senado y al pueblo romanos, y los he restituido a su antigua dignidad y esplendor].

    Capítulo 41. Regocijos en todas las provincias, y actos de gracia de Constantino

    I, 41

    Así, el piadoso emperador, gloriándose en la confesión de la cruz victoriosa, proclamó al Hijo de Dios a los romanos con gran valentía de testimonio. Y los habitantes de la ciudad, todos a una, senado y pueblo, reanimándose, por así decirlo, tras la opresión de una dominación amarga y tiránica, parecían gozar de rayos de luz más puros y nacer de nuevo a una vida fresca y nueva. También todas las naciones, hasta el límite del océano occidental, liberadas de las calamidades que hasta entonces las habían acosado y alegradas con gozosos festivales, no cesaban de alabarlo como el victorioso, el piadoso, el bienhechor común: todos, en verdad, con una sola voz y una sola boca, declaraban que Constantino había aparecido por la gracia de Dios como una bendición general para el género humano. Se publicó asimismo en todas partes el edicto imperial, por el cual a los que habían sido injustamente privados de sus bienes se les permitía gozar de nuevo de lo suyo, mientras que los que habían sufrido destierro injusto eran llamados de vuelta a sus hogares. Además, libró de la prisión y de todo género de peligro y temor a cuantos, por la crueldad del tirano, habían estado sujetos a estos sufrimientos.

    Capítulo 42. De los honores conferidos a los obispos, y de la edificación de iglesias

    I, 42

    El emperador, invitando además personalmente a la compañía de los ministros de Dios, los distinguió con el mayor respeto y honor posibles, mostrándoles favor de obra y de palabra como a personas consagradas al servicio de su Dios. Así, eran admitidos a su mesa, aunque de vestido y apariencia humildes; mas no lo eran en su estimación, pues pensaba que no veía al hombre como lo ve el ojo vulgar, sino al Dios que había en él. Los hacía también compañeros de viaje, creyendo que Aquel de quien eran siervos le ayudaría así. Además de esto, daba de sus propios recursos privados costosas beneficencias a las iglesias de Dios, ensanchando y elevando los sagrados edificios y embelleciendo los augustos santuarios de la iglesia con abundantes ofrendas.

    Capítulo 43. De la liberalidad de Constantino para con los pobres

    I, 43

    Igualmente distribuyó dinero con largueza a los necesitados y, además de esto, se mostró filántropo y bienhechor aun para con los paganos, que no tenían derecho alguno sobre él; e incluso proveyó para los mendigos del foro, miserables y desvalidos, no solo con dinero o alimento necesario, sino también con vestido decente. Pero en el caso de quienes habían sido prósperos y habían experimentado un revés de circunstancias, su ayuda se derramaba aún con mayor largueza. A tales personas, con verdadero espíritu real, confería magníficas dádivas, concediendo tierras a unos y honrando a otros con diversas dignidades. A los huérfanos de los desdichados cuidaba como un padre, aliviaba la indigencia de las viudas y las atendía con especial solicitud. Es más, entregó incluso a vírgenes, desamparadas por la muerte de sus padres, en matrimonio a hombres ricos con quienes tenía trato personal. Pero esto lo hacía después de otorgar antes a las novias las dotes que era propio que llevaran a la comunión del matrimonio. En suma, como el sol, al levantarse sobre la tierra, reparte liberalmente sus rayos de luz a todos, así Constantino, saliendo al amanecer del palacio imperial y levantándose, por así decirlo, con el astro celestial, impartía los rayos de su propia beneficencia a todos los que se presentaban ante él. Apenas era posible estar cerca de él sin recibir algún beneficio, y jamás aconteció que quienes esperaban obtener su ayuda quedaran defraudados en su esperanza.

    Capítulo 44. De cómo asistía a los sínodos de los obispos

    I, 44

    Tal era, pues, su carácter general para con todos. Pero ejercía un cuidado peculiar sobre la Iglesia de Dios; y como en las diversas provincias había quienes discrepaban unos de otros en el juicio, él, como una especie de obispo general constituido por Dios, convocaba sínodos de sus ministros. Ni desdeñaba estar presente y sentarse con ellos en su asamblea, sino que tomaba parte en sus deliberaciones, sirviendo en todo lo que atañía a la paz de Dios. Tomaba asiento, además, en medio de ellos, como un individuo entre muchos, despidiendo a sus guardias y soldados, y a todos aquellos cuyo deber era defender su persona; protegido, en cambio, por el temor de Dios y rodeado por la custodia de sus fieles amigos. Aquellos a quienes veía inclinados a un juicio recto y que mostraban un temple sereno y conciliador recibían su alta aprobación, pues evidentemente se deleitaba en la armonía general de sentimientos; mientras que miraba con aversión las voluntades inflexibles.

    Capítulo 45. De su paciencia con los hombres irrazonables

    I, 45

    Además, soportaba con paciencia a algunos que se exasperaban contra él, exhortándolos con términos suaves y apacibles a dominarse y a no ser turbulentos. Y algunos de estos respetaban sus amonestaciones y desistían; pero en cuanto a los que resultaban incapaces de juicio recto, los dejaba enteramente a disposición de Dios, y jamás deseaba él mismo medidas duras contra nadie. De aquí se seguía naturalmente que los desafectos de África llegaran a tal extremo de violencia que incluso se atrevieran a actos manifiestos de audacia; algún espíritu maligno, como parece probable, envidioso de la gran prosperidad presente, impulsaba a estos hombres a acciones atroces, para excitar contra ellos la ira del emperador. Nada ganó, sin embargo, con esta conducta maliciosa; pues el emperador se reía de estos procederes y declaraba que su origen provenía del maligno; puesto que estas no eran acciones de personas sobrias, sino de lunáticos o endemoniados, que debían ser compadecidos antes que castigados; ya que castigar a los locos es tan gran locura como compadecerse de su condición es suprema filantropía.

    Capítulo 46. Victorias sobre los bárbaros

    I, 46

    Así, el emperador honraba en todas sus acciones a Dios, el Gobernador de todas las cosas, y ejercía una vigilancia infatigable sobre sus iglesias. Y Dios le recompensó sometiendo a todas las naciones bárbaras bajo sus pies, de modo que pudo levantar trofeos por doquier sobre sus enemigos; y lo proclamó conquistador ante todo el género humano, e hizo de él un terror para sus adversarios; no, empero, porque este fuera su carácter natural, pues era más bien el más manso, el más apacible y el más benévolo de los hombres.

    Capítulo 47. Muerte de Maximino, que había intentado una conspiración, y de otros a quienes Constantino descubrió por revelación divina

    I, 47

    Mientras estaba así ocupado, el segundo de los que habían renunciado al trono, descubierto en una conspiración traicionera, sufrió una muerte sumamente ignominiosa. Fue el primero cuyos retratos, estatuas y todas las marcas semejantes de honor y distinción fueron destruidas por doquier a causa de sus crímenes e impiedad. Después de él, otros de la misma familia fueron descubiertos en el acto de tramar conjuras secretas contra el emperador; y todas sus intenciones eran reveladas milagrosamente por Dios mediante visiones a su siervo.
    Pues con frecuencia se dignaba concederle manifestaciones de sí mismo, apareciéndosele la presencia divina de manera sumamente maravillosa y, según él, concediéndole múltiples indicios de acontecimientos futuros. En verdad, es imposible expresar con palabras las maravillas inefables de la gracia divina que Dios se complació en conceder a su siervo. Rodeado de estas, pasó el resto de su vida en seguridad, gozándose en el afecto de sus súbditos, gozándose también porque veía a todos cuantos estaban bajo su gobierno llevar vidas contentas; pero, sobre todo, deleitado por la condición floreciente de las iglesias de Dios.

    Capítulo 48. Celebración de las fiestas decenales de Constantino

    I, 48

    Hallándose en estas circunstancias, completó el décimo año de su reinado. En esta ocasión ordenó la celebración de fiestas generales y ofreció oraciones de acción de gracias a Dios, Rey de todas las cosas, como sacrificios sin llama ni humo. Y de esta ocupación derivaba gran placer; no así de las noticias que recibió de los estragos cometidos en las provincias orientales.

    Capítulo 49. De cómo Licinio oprimió el Oriente

    I, 49

    Pues se le informó de que en aquella región una cierta bestia salvaje acosaba tanto a la Iglesia de Dios como a los demás habitantes de las provincias, debido, por así decirlo, a los esfuerzos del espíritu maligno por producir efectos completamente contrarios a las obras del piadoso emperador; de modo que el Imperio romano, dividido en dos partes, parecía a todos semejarse a la noche y al día; pues las tinieblas cubrían las provincias de Oriente, mientras que el día más brillante iluminaba a los habitantes de la otra porción. Y mientras estos últimos recibían múltiples bendiciones de la mano de Dios, la vista de estas bendiciones resultaba intolerable para aquella envidia que odia todo bien, así como para el tirano que afligía la otra división del imperio; el cual, aun cuando su gobierno prosperaba y había sido honrado con un vínculo matrimonial con un emperador tan grande como Constantino, no cuidó de seguir los pasos de aquel príncipe piadoso, sino que se esforzó más bien por imitar los malos propósitos y las prácticas de los impíos; y prefirió adoptar el camino de aquellos cuyo fin ignominioso había visto con sus propios ojos, antes que mantener relaciones amistosas con quien era su superior.

    Capítulo 50. De cómo Licinio intentó una conspiración contra Constantino

    I, 50

    [En consecuencia,] emprendió una guerra implacable contra su bienhechor, sin atender en absoluto a las leyes de la amistad, a la obligación de los juramentos, a los vínculos de parentesco ni a los tratados ya existentes. Pues el más benigno emperador le había dado una prueba de afecto sincero al concederle la mano de su hermana, otorgándole así el privilegio de un lugar en la relación familiar y en su propia antigua estirpe imperial, e invistiéndolo además con el rango y la dignidad de su colega en el imperio. Mas el otro tomó el camino enteramente opuesto, empleándose en maquinaciones contra su superior y urdiendo diversos medios para pagar a su bienhechor con injurias. Al principio, fingiendo amistad, hacía todas las cosas con dolo y traición, esperando así lograr ocultar sus designios; pero Dios permitió a su siervo descubrir las tramas urdidas en tinieblas. Descubierto, sin embargo, en sus primeros intentos, recurrió a nuevos fraudes; ora fingiendo amistad, ora reclamando la protección de tratados solemnes. Luego, violando de repente todo compromiso, y de nuevo implorando perdón por medio de embajadas, aunque al fin violaba vergonzosamente su palabra, declaró por último la guerra abierta y, con desesperada infatuación, resolvió de allí en adelante llevar las armas contra el mismo Dios, cuyo adorador sabía que era el emperador.

    Capítulo 51. Intrigas de Licinio contra los obispos, y su prohibición de los sínodos

    I, 51

    Y al principio hizo indagaciones secretas acerca de los ministros de Dios sujetos a su dominio, que jamás, en verdad, habían ofendido en aspecto alguno a su gobierno, a fin de presentar contra ellos falsas acusaciones. Y cuando no halló fundamento de acusación, ni tenía motivo real de objeción contra ellos, promulgó luego una ley en el sentido de que los obispos no debieran en ningún caso comunicarse entre sí, ni ausentarse ninguno de ellos para visitar una iglesia vecina; ni, por último, se permitiera la celebración de sínodos o concilios para la consideración de asuntos de interés común. Ahora bien, esto era claramente un pretexto para mostrar su malicia contra nosotros. Pues nos veíamos compelidos o a violar la ley, y quedar así sujetos a castigo, o bien, mediante la obediencia a sus mandatos, a anular los estatutos de la Iglesia; por cuanto es imposible llevar las cuestiones importantes a un arreglo satisfactorio, salvo por medio de sínodos. En otros casos también este enemigo de Dios, decidido a obrar en contra del príncipe amante de Dios, promulgaba tales cosas. Pues mientras el uno reunía a los sacerdotes de Dios para honrarlos y promover la paz y la unidad de juicio, el otro, cuyo objeto era destruir todo lo bueno, ponía todos sus empeños en destruir la armonía general.

    Capítulo 52. Destierro de los cristianos y confiscación de sus bienes

    I, 52

    Y mientras Constantino, el amigo de Dios, había concedido a sus adoradores libre acceso a los palacios imperiales, este enemigo de Dios, con ánimo enteramente contrario, expulsó de allí a todos los cristianos sujetos a su autoridad. Desterró a quienes se habían mostrado sus siervos más fieles y devotos, y obligó a otros, a quienes él mismo había conferido honor y distinción como recompensa por sus anteriores y eminentes servicios, a desempeñar oficios serviles como esclavos de otros; y al fin, empeñado en apoderarse de los bienes de todos como una ganancia para sí, amenazó incluso con la muerte a quienes profesaban el nombre del Salvador. Además, siendo él mismo de una naturaleza irremediablemente envilecida por la sensualidad, y degradado por la práctica continua del adulterio y de otros vicios desvergonzados, tomó su propio carácter indigno como muestra de la naturaleza humana en general, y negó que la virtud de la castidad y de la continencia existiera entre los hombres.

    Capítulo 53. Edicto de que las mujeres no se reunieran con los hombres en las iglesias

    I, 53

    [En consecuencia,] promulgó una segunda ley que ordenaba que los hombres no aparecieran en compañía de mujeres en las casas de oración, y prohibía a las mujeres asistir a las sagradas escuelas de virtud o recibir instrucción de los obispos, disponiendo que se nombraran mujeres como maestras de su propio sexo. Siendo recibidas estas disposiciones con general irrisión, ideó otros medios para causar la ruina de las iglesias. Ordenó que las congregaciones acostumbradas del pueblo se celebraran en campo abierto, fuera de las puertas, alegando que el aire libre, fuera de la ciudad, era mucho más adecuado para una multitud que las casas de oración dentro de los muros.

    Capítulo 54. De que quienes rehúsen sacrificar sean destituidos del servicio militar, y de que no se alimente a los que están en prisión

    I, 54

    No logrando, sin embargo, obtener obediencia tampoco en esto, al fin se quitó la máscara y dio órdenes de que quienes desempeñaban cargos militares en las diversas ciudades del imperio fueran privados de sus respectivos mandos, en caso de negarse a ofrecer sacrificios a los demonios. En consecuencia, las tropas de las autoridades en cada provincia sufrieron la pérdida de aquellos que adoraban a Dios; y también quien había decretado esta orden sufrió pérdida, pues así se privó de las oraciones de hombres piadosos. ¿Y por qué habría de mencionar aún cómo dispuso que nadie obedeciera los dictados de la común humanidad distribuyendo alimento a los que languidecían en las prisiones, ni siquiera compadeciera a los cautivos que perecían de hambre; en suma, que nadie realizara una acción virtuosa, y que a quienes sus sentimientos naturales impulsaban a compadecerse de sus semejantes se les prohibiera hacerles una sola bondad? En verdad, esta era la más absolutamente desvergonzada y escandalosa de todas las leyes, y superaba la peor depravación de la naturaleza humana: una ley que infligía a quienes mostraban misericordia las mismas penas que a los que eran objeto de su compasión, y castigaba el ejercicio de la mera humanidad con los más severos castigos.

    Capítulo 55. La conducta ilegal y la avaricia de Licinio

    I, 55

    Tales fueron las ordenanzas de Licinio. Mas ¿por qué habría de enumerar sus innovaciones en materia de matrimonio, o las relativas a los moribundos, por las cuales se atrevió a abrogar las antiguas y sabiamente establecidas leyes de los romanos e introducir en su lugar ciertas instituciones bárbaras y crueles, inventando mil pretextos para oprimir a sus súbditos? De ahí que ideara un nuevo método de medir la tierra, por el cual contaba la porción más pequeña por más de sus dimensiones reales, movido por un deseo insaciable de adquisición. De ahí también que registrara los nombres de los campesinos que ya no existían y que desde hacía tiempo estaban contados entre los muertos, procurándose con este expediente una ganancia vergonzosa. Su mezquindad no tenía límites y su rapacidad era insaciable. De modo que, cuando hubo llenado todos sus tesoros con oro, plata y riquezas sin fin, lloraba amargamente su pobreza y sufría, por así decirlo, los tormentos de Tántalo. Mas ¿por qué mencionar cuántas personas inocentes castigó con el destierro, cuántos bienes confiscó, cuántos hombres de noble cuna y carácter estimable encarceló, cuyas esposas entregó para ser vilmente ultrajadas por sus esclavos licenciosos, y a cuántas mujeres casadas y vírgenes él mismo hizo violencia, aun sintiendo ya las flaquezas de la edad? No necesito extenderme sobre estos asuntos, pues la enormidad de sus últimas acciones hace que las anteriores parezcan insignificantes y de poca monta.

    Capítulo 56. Al fin se decide a suscitar una persecución

    I, 56

    Pues los últimos esfuerzos de su furor se manifestaron en su abierta hostilidad contra las iglesias, y dirigió sus ataques contra los propios obispos, a quienes consideraba sus peores adversarios, mostrando especial enemistad hacia aquellos hombres a quienes el grande y piadoso emperador trataba como amigos suyos. En consecuencia, descargó sobre nosotros todo el ímpetu de su furia y, arrebatado más allá de los límites de la razón, no se detuvo a reflexionar en el ejemplo de quienes habían perseguido a los cristianos antes que él, ni en el de aquellos a quienes él mismo había sido levantado para castigar y destruir por sus impías obras; ni prestó atención a los hechos de los que él mismo había sido testigo, aunque había visto con sus propios ojos al principal autor de estas calamidades nuestras (quienquiera que fuese), herido por el golpe del azote divino.

    Capítulo 57. Que Maximiano, abatido por una úlcera fistulosa con gusanos, emitió un edicto en favor de los cristianos

    I, 57

    Pues como este hombre había dado comienzo al ataque contra las iglesias y había sido el primero en mancillar su alma con la sangre de hombres justos y piadosos, le sobrevino un juicio de Dios, que al principio afectó su cuerpo, pero con el tiempo se extendió a su alma. Porque de repente apareció un absceso en las partes secretas de su persona, seguido de una úlcera fistulosa profundamente arraigada; y estas enfermedades se fijaron con incurable virulencia en los intestinos, los cuales pululaban con una vasta multitud de gusanos y despedían un olor pestilente. Además, toda su persona se había cargado, por el exceso en la glotonería, de una enorme cantidad de grasa, la cual, hallándose ya en estado de putrefacción, se dice que ofrecía a cuantos se le acercaban un espectáculo intolerable y espantoso. Teniendo, pues, que luchar contra tales sufrimientos, al fin, aunque tarde, llegó a darse cuenta de sus pasados crímenes contra la Iglesia; y, confesando sus pecados ante Dios, puso fin a la persecución de los cristianos y se apresuró a emitir edictos y rescriptos imperiales para la reconstrucción de sus iglesias, ordenándoles al mismo tiempo que practicaran su culto acostumbrado y ofrecieran oraciones por él.

    Capítulo 58. Que Maximino, que había perseguido a los cristianos, se vio obligado a huir y ocultarse bajo el disfraz de un esclavo

    I, 58

    Tal fue el castigo que sufrió quien había iniciado la persecución. Pero aquel de quien ahora hablamos, que había sido testigo de estas cosas y las conocía por su propia experiencia, desterró de pronto su recuerdo de la mente, y no reflexionó ni sobre el castigo del primero ni sobre el juicio divino que se había ejecutado contra el segundo perseguidor. Este último, en verdad, se había esforzado por aventajar a su predecesor en la carrera del crimen y se enorgullecía de inventar nuevos tormentos para nosotros. Ni el fuego ni la espada, ni el desgarramiento con clavos, ni las fieras salvajes ni las profundidades del mar le bastaban. Además de todo esto, descubrió un nuevo modo de castigo y emitió un edicto ordenando que se les destruyera la vista. De modo que un gran número, no solo de hombres, sino de mujeres y niños, después de ser privados de la vista de sus ojos y del uso de las articulaciones de sus pies, mediante mutilación o cauterización, eran consignados en tal estado al penoso trabajo de las minas. De ahí que también este tirano fuera alcanzado no mucho después por el justo juicio de Dios, en un momento en que, confiando en la ayuda de los demonios a quienes adoraba como dioses y apoyándose en las incontables multitudes de sus tropas, se había atrevido a entrar en batalla. Pues, sintiéndose en aquella ocasión desprovisto de toda esperanza en Dios, arrojó de sí el vestido imperial que tan mal le sentaba, se ocultó con timidez indigna de un hombre entre la multitud que lo rodeaba y buscó seguridad en la huida.
    Después anduvo escondido por los campos y las aldeas con el hábito de un esclavo, esperando así quedar eficazmente oculto. Sin embargo, no había eludido el ojo poderoso y que todo lo escudriña de Dios: pues aun mientras esperaba pasar el resto de sus días en seguridad, cayó postrado, herido por el dardo ígneo de Dios, y todo su cuerpo fue consumido por el golpe de la venganza divina; de modo que se perdió todo rastro de los rasgos originales de su persona, y no le quedó más que huesos secos y una apariencia de esqueleto.

    Capítulo 59. Que Maximino, cegado por la enfermedad, emitió un edicto en favor de los cristianos

    I, 59

    Y todavía el golpe de Dios continuó pesando sobre él, de modo que sus ojos se le salieron de las órbitas y cayeron, dejándolo completamente ciego: y así sufrió, por una retribución justísima, el mismo castigo que él había sido el primero en idear para los mártires de Dios. Con todo, al fin, sobreviviendo incluso a estos sufrimientos, también él imploró el perdón del Dios de los cristianos y confesó su impía lucha contra Dios: también él se retractó, como lo había hecho el anterior perseguidor; y por leyes y ordenanzas reconoció explícitamente su error al adorar a quienes había tenido por dioses, declarando que ahora sabía, por experiencia positiva, que el Dios de los cristianos era el único Dios verdadero. Estos eran hechos que Licinio no solo había recibido por testimonio de otros, sino de los cuales él mismo tenía conocimiento personal: y, sin embargo, como si su entendimiento hubiera sido oscurecido por alguna nube tenebrosa de error, persistió en el mismo curso malvado.

    Libro II

    Capítulo 1. Persecución secreta de Licinio, que hace dar muerte a algunos obispos en Amasia del Ponto

    II, 1

    De esta manera, aquel de quien hemos hablado continuó precipitándose de cabeza hacia la destrucción que aguarda a los enemigos de Dios; y una vez más, con una emulación fatal del ejemplo de aquellos cuya ruina él mismo había presenciado como consecuencia de su conducta impía, volvió a encender la persecución de los cristianos, como un fuego largo tiempo extinguido, y avivó la llama sacrílega hasta una altura más feroz que cuantos lo habían precedido.
    Al principio, en verdad, aunque respirando furor y amenazas contra Dios, como alguna fiera salvaje, o alguna serpiente tortuosa y reptante, no se atrevió, por miedo a Constantino, a dirigir abiertamente sus ataques contra las iglesias de Dios sujetas a su dominio; sino que disimuló la virulencia de su malicia y procuró, con medidas secretas y limitadas, lograr la muerte de los obispos, a los más eminentes de los cuales halló modo de eliminar mediante acusaciones presentadas contra ellos por los gobernadores de las distintas provincias. Y la manera en que sufrieron tenía algo extraño y hasta entonces inaudito. En todo caso, las barbaridades perpetradas en Amasia del Ponto superaron todo exceso conocido de crueldad.

    Capítulo 2. Demolición de iglesias y matanza de los obispos

    II, 2

    Pues en aquella ciudad algunas de las iglesias, por segunda vez desde el comienzo de las persecuciones, fueron arrasadas hasta el suelo, y otras fueron cerradas por los gobernadores de los distintos distritos, a fin de impedir que quienes las frecuentaban se reunieran o rindieran el debido culto a Dios. Porque aquel por cuyas órdenes se cometían estos ultrajes era demasiado consciente de sus propios crímenes para esperar que estos servicios se realizaran con miras a su beneficio, y estaba convencido de que todo cuanto hacíamos, y todos nuestros afanes por obtener el favor de Dios, eran en favor de Constantino.
    Estos serviles gobernadores, pues, persuadidos de que tal proceder agradaría al impío tirano, sometieron a los más ilustres prelados de las iglesias a la pena capital. En consecuencia, hombres que no habían cometido crimen alguno eran llevados sin causa y castigados como asesinos; y algunos sufrieron una nueva clase de muerte, con sus cuerpos despedazados en trozos; y, después de este cruel castigo, más horrible que ninguno mencionado en la tragedia, fueron arrojados, como alimento para los peces, a las profundidades del mar. El resultado de estos horrores fue de nuevo, como antes, la huida de los hombres piadosos, y una vez más los campos y los desiertos recibieron a los adoradores de Dios. El tirano, habiendo logrado hasta ese punto su objetivo, determinó además suscitar una persecución general de los cristianos; y habría llevado a cabo su propósito, y nada podría haberle impedido ejecutar su resolución, si aquel que defiende a los suyos no se hubiera anticipado al mal venidero y, con su guía especial, no hubiera conducido a su siervo Constantino a esta parte del imperio, haciéndolo brillar como luz resplandeciente en medio de las tinieblas y de la noche sombría.

    Capítulo 3. Cómo Constantino se conmovió a favor de los cristianos, que se hallaban así en peligro de persecución

    II, 3

    Él, percibiendo que los males de que había oído hablar ya no eran tolerables, tomó prudente consejo y, templando la clemencia natural de su carácter con una cierta medida de severidad, se apresuró a socorrer a quienes estaban tan gravemente oprimidos. Pues juzgaba que con razón se tendría por tarea piadosa y santa asegurar, mediante la eliminación de un solo individuo, la seguridad de la mayor parte del género humano. Juzgaba también que, si escuchara únicamente los dictados de la clemencia y concediera su piedad a uno del todo indigno de ella, esto, por una parte, no otorgaría ningún beneficio real a un hombre a quien nada induciría a abandonar sus malas prácticas y cuya furia contra sus súbditos probablemente no haría sino aumentar; mientras que, por otra parte, quienes sufrían su opresión se verían así privados para siempre de toda esperanza de liberación.
    Movido por estas reflexiones, el emperador resolvió sin más demora tender una mano protectora a quienes habían caído en tal extremo de angustia. Hizo, en consecuencia, los preparativos bélicos usuales y reunió todas sus fuerzas, tanto de caballería como de infantería. Pero delante de todos ellos se llevaba el estandarte que antes he descrito, como símbolo de su plena confianza en Dios.

    Capítulo 4. Que Constantino se preparó para la guerra con la oración; Licinio, con la práctica de la adivinación

    II, 4

    Llevó también consigo a los sacerdotes de Dios, plenamente convencido de que ahora, más que nunca, necesitaba la eficacia de la oración, y juzgando conveniente que estuvieran constantemente cerca y en torno a su persona, como los más fieles guardianes del alma.
    Ahora bien, tan pronto como el tirano comprendió que las victorias de Constantino sobre sus enemigos le eran aseguradas por ningún otro medio que la cooperación de Dios, y que las personas arriba aludidas estaban continuamente con él y en torno a su persona; y además, que el símbolo de la pasión saludable precedía tanto al propio emperador como a todo su ejército, miró estas precauciones con burla (como era de esperar), al mismo tiempo que se mofaba del emperador y lo injuriaba con palabras blasfemas.
    Por otra parte, reunió en torno a sí adivinos y augures egipcios, con hechiceros y encantadores, y a los sacerdotes y profetas de aquellos a quienes imaginaba dioses. Luego, después de ofrecer los sacrificios que consideró exigía la ocasión, preguntó hasta qué punto podía contar con un feliz desenlace de la guerra. Ellos respondieron a una voz que sin duda saldría victorioso sobre sus enemigos y triunfante en la guerra; y los oráculos por doquier le presentaban la misma perspectiva en copiosos y elegantes versos. Los augures le certificaban presagios favorables por el vuelo de las aves; los sacerdotes declaraban que lo mismo indicaba el movimiento de las entrañas de sus víctimas. Animado, pues, por estas falaces seguridades, avanzó audazmente al frente de su ejército y se dispuso para la batalla.

    Capítulo 5. Lo que Licinio, mientras sacrificaba en un bosque sagrado, dijo acerca de los ídolos y acerca de Cristo

    II, 5

    Y cuando ya estaba a punto de entrar en combate, pidió a los más probados de su guardia personal y a sus amigos más estimados que se reunieran con él en uno de los lugares que consideraban sagrados. Era un bosque bien regado y umbroso, y en él había varias estatuas de mármol de aquellos a quienes tenía por dioses. Después de encender antorchas y realizar los sacrificios acostumbrados en honor de estos, se dice que pronunció el siguiente discurso:
    ¡Amigos y compañeros de armas! Estos son los dioses de nuestra patria, y a estos honramos con un culto heredado de nuestros más remotos antepasados. Pero el que acaudilla el ejército que ahora se nos opone ha resultado infiel a la religión de sus padres y ha adoptado sentimientos ateos, honrando en su infatuación a alguna Deidad extraña e inaudita, con cuyo despreciable estandarte deshonra ahora a su ejército, y confiando en cuya ayuda ha empuñado las armas y avanza ahora, no tanto contra nosotros como contra esos mismos dioses a quienes ha abandonado. Sin embargo, la ocasión presente mostrará cuál de nosotros está equivocado en su juicio, y decidirá entre nuestros dioses y aquellos a quienes nuestros adversarios dicen honrar. Pues o bien declarará que la victoria es nuestra, y así con toda justicia mostrará que nuestros dioses son los verdaderos salvadores y auxiliadores; o bien, si este Dios de Constantino, que viene no sabemos de dónde, resultara superior a nuestras deidades (que son muchas y, al menos en número, llevan ventaja), que nadie dude de aquí en adelante a qué dios debe adorar, sino que se adhiera de inmediato al poder superior y le atribuya los honores de la victoria. Suponed, pues, que este Dios extraño, a quien ahora miramos con burla, resultara realmente vencedor; entonces en verdad deberemos reconocerlo y darle honra, y así despedirnos para siempre de aquellos por quienes en vano encendemos nuestras antorchas. Pero si nuestros propios dioses triunfan (como sin duda lo harán), entonces, tan pronto como hayamos asegurado la presente victoria, prosigamos sin demora la guerra contra estos despreciadores de los dioses.
    Tales fueron las palabras que dirigió a los presentes, según las refirieron no mucho después al escritor de esta historia algunos que las oyeron pronunciar. Y tan pronto como hubo concluido su discurso, dio orden a sus fuerzas de comenzar el ataque.

    Capítulo 6. Una aparición vista en las ciudades sometidas a Licinio, como de tropas de Constantino que pasaban por ellas

    II, 6

    Mientras tenían lugar estas cosas, se dice que se observó una aparición sobrenatural en las ciudades sujetas al dominio del tirano. Diferentes destacamentos del ejército de Constantino parecían presentarse a la vista, marchando al mediodía por estas ciudades, como si hubieran obtenido la victoria. En realidad, no había en aquel momento ni un solo soldado presente en parte alguna, y sin embargo esta aparición se vio por obra de un poder divino y superior, y prefiguraba lo que pronto habría de suceder. Pues tan pronto como los ejércitos estuvieron prontos para el combate, aquel que había roto los vínculos de la alianza amistosa fue el primero en comenzar la batalla; ante lo cual Constantino, invocando el nombre de «Dios, el Salvador Supremo,» y dándolo como consigna a sus soldados, lo venció en este primer choque; y no mucho después, en una segunda batalla, obtuvo una victoria aún más importante y decisiva, precediendo el trofeo saludable a las filas de su ejército.

    Capítulo 7. De que la victoria seguía en todas partes a la presencia del estandarte de la cruz en la batalla

    II, 7

    En efecto, dondequiera que este aparecía, el enemigo pronto huía ante sus tropas victoriosas. Y el emperador, advirtiéndolo, siempre que veía a alguna parte de sus fuerzas en grave aprieto, ordenaba que el trofeo saludable se llevase en aquella dirección, como un triunfante amuleto contra los desastres: con lo cual los combatientes eran divinamente inspirados, por así decirlo, con nueva fuerza y coraje, y la victoria inmediata era el resultado.

    Capítulo 8. De que fueron elegidos cincuenta hombres para llevar la cruz

    II, 8

    [Por consiguiente], eligió a los de su guardia personal que más se distinguían por su fuerza corporal, valor y piedad, y les confió el cuidado y la defensa exclusivos del estandarte. Eran, pues, no menos de cincuenta hombres cuyo único deber era rodear y defender vigilantemente el estandarte, que llevaban por turno sobre sus hombros. Estas circunstancias fueron relatadas al autor de esta narración por el propio emperador en sus momentos de ocio, mucho después de ocurridos los hechos; y añadió otro incidente muy digno de ser registrado.

    Capítulo 9. De que uno de los portadores de la cruz, que huyó de su puesto, fue muerto; mientras que otro, que se mantuvo fielmente en su puesto, fue preservado

    II, 9

    Pues dijo que una vez, en pleno ardor de un combate, un tumulto y pánico repentinos atacaron a su ejército, lo que sumió al soldado que entonces llevaba el estandarte en una agonía de temor, de modo que lo entregó a otro para asegurar su propia huida de la batalla. Sin embargo, tan pronto como su camarada lo hubo recibido, y él se hubo retirado y renunciado a toda custodia del estandarte, fue herido en el vientre por un dardo, que le quitó la vida. Así pagó la pena de su cobardía e infidelidad, y quedó muerto en el lugar; pero el otro, que había tomado su lugar como portador del estandarte saludable, halló que este era la salvaguardia de su vida. Pues aunque fue asaltado por una continua lluvia de dardos, el portador permaneció ileso, recibiendo el asta del estandarte cada arma. Fue en verdad una circunstancia verdaderamente maravillosa que todos los dardos de los enemigos cayeran dentro y permanecieran en la delgada circunferencia de esta lanza, y así salvaran de la muerte al portaestandarte; de modo que ninguno de los que participaban en este servicio recibió jamás una herida.
    Esta historia no es mía, sino que también por ella estoy en deuda con la autoridad del propio emperador, quien la refirió en mi presencia junto con otros asuntos. Y ahora, habiendo asegurado así, mediante el poder de Dios, estas primeras victorias, puso sus fuerzas en movimiento y continuó su marcha hacia adelante.

    Capítulo 10. Diversas batallas y victorias de Constantino

    II, 10

    La vanguardia, sin embargo, del enemigo, incapaz de resistir el primer asalto del emperador, arrojó sus armas y se postró a sus pies. A todos estos los perdonó, regocijándose de salvar vidas humanas. Pero hubo otros que aún permanecieron en armas y entraron en combate. A estos el emperador trató de conciliarlos con ofrecimientos amistosos; mas, no siendo estos aceptados, ordenó a su ejército comenzar el ataque. Ante esto, al instante se volvieron y se dieron a la fuga; y algunos fueron alcanzados y muertos según las leyes de la guerra, mientras otros cayeron unos sobre otros en la confusión de la huida y perecieron por las espadas de sus compañeros.

    Capítulo 11. Huida y artes mágicas de Licinio

    II, 11

    En estas circunstancias, su comandante, viéndose privado del auxilio de sus seguidores, habiendo perdido su reciente y numeroso ejército, tanto de fuerzas regulares como aliadas, habiendo comprobado además por experiencia cuán vana había sido su confianza en aquellos a quienes tenía por dioses, se dio a la fuga ignominiosamente, con lo cual en efecto logró escapar y aseguró su seguridad personal, pues el piadoso emperador había prohibido a sus soldados seguirlo demasiado de cerca, y de este modo le concedió oportunidad para escapar. Y esto lo hizo con la esperanza de que en adelante, convencido del estado desesperado de sus asuntos, se dejara inducir a abandonar su insensata y presuntuosa ambición y volviera a una razón más sana. Así Constantino, en su excesiva humanidad, pensó y estuvo dispuesto a soportar pacientemente las injurias pasadas, y a extender su perdón a quien tan mal lo merecía; pero Licinio, lejos de renunciar a sus malas prácticas, añadió aún crimen a crimen y se atrevió a atrocidades más audaces que nunca. Es más, volviendo a servirse de las detestables artes de la magia, de nuevo fue presuntuoso; de modo que bien podría decirse de él, como se dijo del tirano egipcio de antaño, que Dios había endurecido su corazón. []

    Capítulo 12. De cómo Constantino, después de orar en su tabernáculo, obtuvo la victoria

    II, 12

    Pero mientras Licinio, entregándose a estas impiedades, se precipitaba ciegamente hacia el abismo de la destrucción, el emperador, por su parte, al ver que debía enfrentarse a sus enemigos en una segunda batalla, consagró el tiempo intermedio a su Salvador. Plantó el tabernáculo de la cruz fuera y a distancia de su campamento, y allí pasó su tiempo de manera pura y santa, elevando oraciones a Dios; siguiendo así el ejemplo de su antiguo profeta, de quien los sagrados oráculos atestiguan que plantó el tabernáculo fuera del campamento. Le asistían solo unos pocos, cuya fe y piadosa devoción estimaba en alto grado. Y esta costumbre continuó observándola siempre que meditaba un combate con el enemigo. Pues era deliberado en sus medidas, para mejor asegurar la seguridad, y deseaba en todo ser dirigido por el consejo divino. Y haciendo fervientes súplicas a Dios, siempre era honrado al poco tiempo con una manifestación de su presencia. Y entonces, como movido por un impulso divino, salía precipitadamente del tabernáculo y de repente daba órdenes a su ejército de moverse al instante, sin demora, y de desenvainar al momento las espadas. Ante esto, inmediatamente comenzaban el ataque, combatían con vigor, de modo que con increíble celeridad aseguraban la victoria y alzaban trofeos de victoria sobre sus enemigos.

    Capítulo 13. Su trato humanitario a los prisioneros

    II, 13

    Así, el emperador y su ejército estaban acostumbrados desde hacía tiempo a obrar siempre que había perspectiva de un combate; pues su Dios estaba siempre presente en sus pensamientos, y deseaba hacer todo conforme a su voluntad y evitar concienzudamente todo sacrificio innecesario de vidas humanas. Estaba ansioso, así, por la preservación no solo de sus propios súbditos, sino incluso de sus enemigos. En consecuencia, ordenaba a sus tropas victoriosas perdonar la vida de sus prisioneros, amonestándolas, como seres humanos, a no olvidar las exigencias de su naturaleza común. Y siempre que veía que las pasiones de su soldadesca se excitaban más allá del control, reprimía su furor con una largueza de dinero, recompensando a todo hombre que salvaba la vida de un enemigo con un cierto peso de oro. Y la propia sagacidad del emperador lo llevó a descubrir este aliciente para perdonar vidas humanas, de modo que gran número incluso de los bárbaros se salvó así y debió su vida al oro del emperador.

    Capítulo 14. Nueva mención de sus oraciones en el tabernáculo

    II, 14

    Ahora bien, estos y mil actos semejantes eran hechos de manera familiar y habitual por el emperador. Y en la presente ocasión se retiró, como era su costumbre antes de la batalla, a la intimidad de su tabernáculo, y allí empleó su tiempo en oración a Dios. Mientras tanto, se abstuvo estrictamente de todo lo que fuera comodidad o vida lujosa, y se disciplinó con ayuno y mortificación corporal, implorando el favor de Dios con súplicas y oraciones, para obtener su concurrencia y auxilio, y estar pronto a ejecutar cuanto le pluguiera sugerir a sus pensamientos. En suma, ejercía una vigilante solicitud sobre todos por igual, e intercedía ante Dios tanto por la seguridad de sus enemigos como por la de sus propios súbditos.

    Capítulo 15. Amistad traicionera y prácticas idólatras de Licinio

    II, 15

    Y como quien poco antes había huido ante él disimulaba ahora sus verdaderos sentimientos y de nuevo pedía la renovación de la amistad y la alianza, el emperador tuvo a bien, bajo ciertas condiciones, conceder su petición, con la esperanza de que tal medida pudiera ser conveniente y en general ventajosa para la comunidad. Licinio, sin embargo, mientras fingía una pronta sumisión a los términos prescritos y atestiguaba su sinceridad con juramentos, en ese mismo tiempo se ocupaba en secreto de reunir una fuerza militar, y de nuevo meditaba guerra y contienda, invitando incluso a los bárbaros a unirse a su estandarte, y comenzaba también a buscar a su alrededor otros dioses, habiendo sido engañado por aquellos en quienes hasta entonces había confiado. Y, sin dedicar un pensamiento a lo que él mismo había dicho públicamente sobre las falsas deidades, ni elegir reconocer a aquel Dios que había combatido del lado de Constantino, se hizo ridículo buscando una multitud de dioses nuevos.

    Capítulo 16. De cómo Licinio aconsejó a sus soldados no atacar el estandarte de la cruz

    II, 16

    Habiendo aprendido ya por experiencia el divino y misterioso poder que residía en el trofeo saludable, por medio del cual el ejército de Constantino se había acostumbrado a la victoria, amonestó a sus soldados a no dirigir jamás su ataque contra este estandarte, ni aun a permitir incautamente que sus ojos se posaran sobre él; asegurándoles que poseía un poder terrible y que le era especialmente hostil; de modo que harían bien en evitar cuidadosamente toda colisión con él. Y ahora, habiendo dado estas instrucciones, se preparó para un conflicto decisivo con aquel cuya humanidad lo impulsaba aún a vacilar y a posponer la suerte que preveía aguardaba a su adversario. El enemigo, sin embargo, confiado en el auxilio de una multitud de dioses, avanzó al ataque con un poderoso despliegue de fuerza militar, precedido por ciertas imágenes de los muertos y estatuas sin vida, como defensa suya. Por su parte, el emperador, seguro en la armadura de la piedad, opuso a la muchedumbre del enemigo el saludable y vivificante signo, como a la vez terror para el enemigo y protección contra todo daño. Y durante un tiempo se detuvo, y conservó al principio la actitud de paciencia, por respeto al tratado de paz al que había dado su sanción, para no ser el primero en comenzar la contienda.

    Capítulo 17. Victoria de Constantino

    II, 17

    Pero tan pronto como advirtió que sus adversarios persistían en su resolución y ya desenvainaban sus espadas, dio libre curso a su indignación y con una sola carga derribó en un instante a todo el cuerpo del enemigo, triunfando así a la vez sobre ellos y sus dioses.

    Capítulo 18. Muerte de Licinio y celebración del acontecimiento

    II, 18

    Procedió entonces a tratar a este adversario de Dios y a sus seguidores según las leyes de la guerra, y a entregarlos al castigo conveniente. En consecuencia, el propio tirano, y aquellos cuyos consejos lo habían apoyado en su impiedad, fueron sometidos juntos a la justa pena de muerte. Después de esto, aquellos que tan poco antes habían sido engañados por su vana confianza en falsas deidades reconocieron con sinceridad no fingida al Dios de Constantino y profesaron abiertamente su fe en Él como el Dios verdadero y único.

    Capítulo 19. Regocijos y festejos

    II, 19

    Y ahora, removidos así los impíos, el sol brilló de nuevo esplendorosamente tras la sombría nube del poder tiránico. Cada porción separada del dominio romano se fundió con las demás; las naciones orientales se unieron con las de Occidente, y todo el cuerpo del Imperio romano fue engalanado, por así decirlo, por su cabeza en la persona de un único y supremo gobernante, cuya sola autoridad lo penetraba todo. Ahora también los brillantes rayos de la luz de la piedad alegraban los días de quienes hasta entonces habían estado sentados en tinieblas y en sombra de muerte. Las penas pasadas ya no se recordaban, pues todos se unían para celebrar las alabanzas del príncipe victorioso y confesaban reconocer a su preservador como el único Dios verdadero. Así, aquel cuyo carácter resplandecía con todas las virtudes de la piedad, el emperador Víctor, pues él mismo había adoptado este nombre como el apelativo más adecuado para expresar la victoria que Dios le había concedido sobre todos los que lo odiaban o se le oponían, asumió el dominio de Oriente y gobernó así él solo el Imperio romano, reunificado, como en tiempos anteriores, bajo una sola cabeza. Así, como fue el primero en proclamar a todos la soberanía única de Dios, así él mismo, como único soberano del mundo romano, extendió su autoridad sobre todo el género humano. Todo temor de aquellos males bajo cuya presión todos habían sufrido quedó ahora disipado; hombres cuyas cabezas se habían inclinado por la tristeza se miraban ahora unos a otros con rostros sonrientes y miradas expresivas de su gozo interior. Con procesiones e himnos de alabanza atribuyeron ante todo, según se les decía, la soberanía suprema a Dios, como en verdad Rey de reyes; y luego, con continuas aclamaciones, rindieron honor al victorioso emperador y a los Césares, sus prudentísimos y piadosos hijos. Las aflicciones pasadas fueron olvidadas y todas las impiedades pretéritas perdonadas, mientras con el goce de la felicidad presente se mezclaba la expectativa de bendiciones continuas en el futuro.

    Capítulo 20. Disposiciones de Constantino en favor de los confesores

    II, 20

    Además, los edictos del emperador, impregnados de su espíritu humano, se publicaron también entre nosotros, como se habían publicado entre los habitantes de la otra división del imperio; y sus leyes, que respiraban un espíritu de piedad hacia Dios, daban promesa de múltiples bendiciones, pues aseguraban muchas ventajas a sus súbditos provinciales en todas las naciones y, al mismo tiempo, prescribían medidas adecuadas a las necesidades de las iglesias de Dios. Pues en primer lugar hicieron volver a quienes, a consecuencia de su negativa a participar en el culto a los ídolos, habían sido enviados al destierro o expulsados de sus hogares por los gobernadores de sus respectivas provincias. En segundo lugar, aliviaron de sus cargas a quienes por la misma razón habían sido condenados a servir en los tribunales civiles, y ordenaron que se hiciera restitución a quienes habían sido privados de sus bienes. También aquellos que en el tiempo de la prueba se habían distinguido por la fortaleza de alma en la causa de Dios, y por ello habían sido condenados al penoso trabajo de las minas, o relegados a la soledad de las islas, o compelidos a trabajar en las obras públicas, todos recibieron una liberación inmediata de estas cargas; mientras que otros, cuya constancia religiosa les había costado la pérdida de su rango militar, fueron vindicados por la generosidad del emperador de esta deshonra: pues les concedió la alternativa de reanudar su rango y gozar de sus anteriores privilegios, o, en caso de preferir una vida más asentada, de una exención perpetua de todo servicio. Finalmente, todos los que habían sido compelidos, a modo de deshonra e insulto, a servir en los empleos de las mujeres, los liberó asimismo junto con los demás.

    Capítulo 21. Sus leyes acerca de los mártires y de los bienes eclesiásticos

    II, 21

    Tales fueron los beneficios que los mandatos escritos del emperador aseguraron a las personas de cuantos así habían padecido por la fe; y sus leyes dispusieron también ampliamente acerca de sus bienes.
    En cuanto a los santos mártires de Dios que habían entregado sus vidas en la confesión de su nombre, ordenó que sus bienes fuesen disfrutados por sus parientes más próximos; y, a falta de estos, que el derecho de herencia recayese en las iglesias. Además, cualquier propiedad que hubiese sido consignada a otras partes desde el erario, ya por venta o por donación, junto con aquella que permanecía en el propio erario, el generoso mandato del emperador dispuso que fuese restituida a sus dueños originales. Tantos beneficios, así ampliamente difundidos, confirió su liberalidad a la Iglesia de Dios.

    Capítulo 22. Cómo se ganó el favor del pueblo

    II, 22

    Pero su munificencia otorgó todavía mayores y más numerosos favores a los pueblos paganos y a las demás naciones de su imperio. De modo que los habitantes de nuestras regiones [orientales], que habían oído de los privilegios experimentados en la porción opuesta del imperio, y que habían bendecido a los afortunados receptores de ellos, y anhelaban gozar de una suerte semejante para sí, proclamaron ahora con un solo consentimiento su propia felicidad, al verse en posesión de todos estos bienes; y confesaron que la aparición de tal monarca ante el género humano era en verdad un acontecimiento maravilloso, como jamás lo había registrado la historia del mundo. Tales eran sus sentimientos.

    Capítulo 23. Que declaró a Dios autor de su prosperidad; y acerca de sus rescriptos

    II, 23

    Y ahora que, mediante el poderoso auxilio de Dios, su Salvador, todas las naciones reconocían su sumisión a la autoridad del emperador, proclamó abiertamente a todos el nombre de Aquel a cuya liberalidad debía todas sus bendiciones, y declaró que Él, y no él mismo, era el autor de sus pasadas victorias. Esta declaración, escrita en lenguas latina y griega, hizo que se transmitiera por todas las provincias del imperio. Ahora bien, la excelencia de su estilo puede conocerse por la lectura de sus cartas mismas, que eran dos: una dirigida a las iglesias de Dios; la otra, a la población pagana de las diversas ciudades del imperio. Esta última me parece conveniente insertarla aquí, por estar relacionada con mi presente asunto, a fin, por una parte, de que una copia de este documento quede registrada como materia de historia y así se conserve a la posteridad, y por otra, de que sirva para confirmar la verdad de mi presente narración. Está tomada de una copia auténtica del estatuto imperial que poseo, y la firma de puño y letra del emperador añade, como si dijéramos, el sello de la verdad a la declaración que he hecho.

    Capítulo 24. Ley de Constantino acerca de la piedad hacia Dios y de la religión cristiana

    II, 24

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], a los habitantes de la provincia de Palestina.
    A todos los que albergan sentimientos justos y sanos respecto del carácter del Ser Supremo, hace mucho tiempo que resulta evidentísimo, y fuera de toda posibilidad de duda, cuán vasta diferencia ha habido siempre entre quienes observan cuidadosamente los sagrados deberes de la religión cristiana y quienes tratan a esta religión con hostilidad o desprecio. Pero en este tiempo presente, podemos ver por pruebas aún más manifiestas y por ejemplos aún más decisivos, cuán insensato sería poner en duda esta verdad, y cuán poderoso es el poder del Dios Supremo: pues se ve que quienes observan fielmente sus santas leyes y rehúyen la transgresión de sus mandamientos son recompensados con abundantes bendiciones, y están dotados de esperanza bien fundada así como de amplio poder para llevar a cabo sus empresas. Por otra parte, quienes han abrigado sentimientos impíos han experimentado resultados correspondientes a su mala elección. Pues ¿cómo ha de esperarse que obtenga bendición alguna quien ni deseó reconocer ni debidamente adorar a aquel Dios que es la fuente de toda bendición? En verdad, los hechos mismos son una confirmación de lo que digo.

    Capítulo 25. Un ejemplo de los tiempos antiguos

    II, 25

    Pues ciertamente, cualquiera que recorra mentalmente el curso de los acontecimientos desde los tiempos más remotos hasta el presente, y reflexione sobre lo ocurrido en las edades pasadas, hallará que todos los que han hecho de la justicia y la probidad la base de su conducta no solo han llevado sus empresas a feliz término, sino que han recogido, por así decirlo, un caudal de dulces frutos como producto de esta raíz agradable. Asimismo, quien observe la carrera de aquellos que se han mostrado audaces en la práctica de la opresión o la injusticia; que han dirigido su furor insensato contra el propio Dios, o no han concebido sentimientos bondadosos hacia sus semejantes, sino que se han atrevido a afligirlos con destierro, deshonra, confiscación, matanza u otras miserias semejantes, y todo ello sin remordimiento alguno y sin deseo de encaminar sus pensamientos a un rumbo mejor, hallará que tales hombres han recibido una recompensa proporcionada a sus crímenes. Y estos son resultados que natural y razonablemente cabía esperar que se siguieran.

    Capítulo 26. De los perseguidos y de los perseguidores

    II, 26

    Pues quienes se han entregado con integridad de propósito a cualquier curso de acción, manteniendo el temor de Dios continuamente ante sus pensamientos y conservando una fe inquebrantable en él, sin permitir que los temores o peligros presentes superen su esperanza de bendiciones futuras — tales personas, aunque por un tiempo hayan experimentado dolorosas pruebas, han sobrellevado sus aflicciones con ligereza, sostenidas por la creencia de mayores recompensas que les aguardan; y su carácter ha adquirido un brillo más intenso en proporción a la severidad de sus pasados sufrimientos. En cuanto, por otra parte, a quienes han despreciado deshonrosamente los principios de la justicia, o se han negado a reconocer al Dios Supremo ellos mismos, y sin embargo se han atrevido a someter a otros, que han mantenido fielmente su culto, a los más crueles insultos y castigos; quienes han dejado igualmente de reconocer su propia miseria al oprimir a otros por tales motivos, y la felicidad y bendición de aquellos que conservaron su devoción a Dios incluso en medio de tales sufrimientos: en cuanto, digo, a tales hombres, muchas veces sus ejércitos han sido aniquilados, muchas veces han sido puestos en fuga; y sus preparativos bélicos han terminado en total ruina y derrota.

    Capítulo 27. Cómo la persecución se convirtió en ocasión de calamidades para los agresores

    II, 27

    De las causas que he descrito surgieron guerras graves y devastaciones destructoras. De ahí se siguió escasez de los artículos de primera necesidad y una multitud de miserias consiguientes: de ahí también que los autores de estas impiedades hayan encontrado una muerte desastrosa de sufrimiento extremo, o hayan arrastrado una existencia ignominiosa, confesando que era peor que la muerte misma, recibiendo así, por así decirlo, una medida de castigo proporcionada a la atrocidad de sus crímenes. Pues cada uno experimentó un grado de calamidad conforme a la furia ciega con la que se había dejado llevar a combatir, y, según pensaba, a derrotar la voluntad divina: de modo que no solo sintieron el peso de los males de esta vida presente, sino que fueron atormentados también por una vivísima aprensión del castigo en el mundo futuro.

    Capítulo 28. Que Dios escogió a Constantino para ser ministro de bendición

    II, 28

    Y ahora, con tal masa de impiedad oprimiendo al género humano, y la república en peligro de ser enteramente destruida, como por la acción de alguna enfermedad pestilente, y necesitada por tanto de auxilio poderoso y eficaz; ¿cuál fue el alivio, y cuál el remedio que la Divinidad ideó para estos males? (Y por Divinidad se entiende aquel que es el único y verdadero Dios, poseedor del poder todopoderoso y eterno: y ciertamente no puede considerarse arrogancia en quien ha recibido beneficios de Dios reconocerlos con los más altos términos de alabanza.) Yo mismo, pues, fui el instrumento cuyos servicios Él escogió y consideró adecuados para el cumplimiento de su voluntad. Por consiguiente, comenzando en el remoto océano Británico, y en las regiones donde, según la ley de la naturaleza, el sol se hunde bajo el horizonte, mediante el auxilio del poder divino desterré y eliminé por completo toda forma de mal que prevalecía, con la esperanza de que el género humano, iluminado por mi mediación, pudiera ser llamado de nuevo a la debida observancia de las santas leyes de Dios, y al mismo tiempo nuestra santísima fe prosperase bajo la guía de su mano omnipotente.

    Capítulo 29. Expresiones de piedad de Constantino hacia Dios; y alabanza de los confesores

    II, 29

    Dije, bajo la guía de su mano; porque nunca querría olvidar la gratitud debida a su gracia. Creyendo, pues, que este excelentísimo servicio me había sido confiado como un don especial, avancé hasta las regiones de Oriente, las cuales, hallándose bajo el peso de calamidades más severas, parecían exigir de mis manos remedios aún más eficaces. Al mismo tiempo, estoy persuadido con toda certeza de que yo mismo debo mi vida, cada aliento, en fin, mis pensamientos más íntimos y secretos, enteramente al favor del Dios Supremo. Ahora bien, bien sé que quienes son sinceros en la prosecución de la esperanza celestial, y han fijado esta esperanza en el cielo mismo como principio peculiar y predominante de sus vidas, no tienen necesidad de depender del favor humano, sino que más bien han gozado de honores más altos en la medida en que se han apartado de las cosas inferiores y malas de esta existencia terrena. No obstante, considero que es mi deber eliminar de una vez y del modo más completo de todas esas personas las duras necesidades que se les impusieron por un tiempo, y las imposiciones injustas bajo las cuales han sufrido, aun estando libres de toda culpa o responsabilidad justa. Pues sería en verdad extraño que la fortaleza y la constancia de alma manifestadas por tales hombres fueran plenamente manifiestas durante el reinado de aquellos cuyo primer objeto era perseguirlos a causa de su devoción a Dios, y que, no obstante, la gloria de su carácter no fuera más brillante y bendita bajo la administración de un príncipe que es su siervo.

    Capítulo 30. Ley que concede liberación del destierro, del servicio en los tribunales y de la confiscación de bienes

    II, 30

    Todos, pues, los que han trocado su patria por una tierra extranjera, por no abandonar aquella reverencia y fe hacia Dios a la que se habían consagrado con todo su corazón, y que en consecuencia han estado sujetos en distintos momentos a la cruel sentencia de los tribunales; junto con todos los que han sido inscritos en los registros de los tribunales públicos aunque en tiempos pasados estaban exentos de tal oficio; estos, digo, den ahora gracias a Dios, Libertador de todos, por cuanto han sido restituidos a sus bienes hereditarios y a su acostumbrada tranquilidad. Aquellos también que han sido despojados de sus bienes, y hasta ahora han pasado una existencia miserable, lamentando la pérdida de todo lo que poseían, sean restituidos una vez más a sus antiguos hogares, a sus familias y a sus haciendas, y reciban con gozo la abundante bondad de Dios.

    Capítulo 31. Liberación concedida asimismo a los desterrados en las islas

    II, 31

    [Además], es nuestro mandato que todos los que han sido retenidos en las islas contra su voluntad reciban el beneficio de esta presente disposición; a fin de que quienes hasta ahora han estado rodeados por montañas escarpadas y por la barrera circundante del océano, viéndose ahora libres de aquella soledad sombría y desolada, cumplan su más ardiente deseo volviendo a visitar a sus amigos más queridos. Asimismo, los que han prolongado una vida miserable en medio de una abyecta y desdichada miseria, acogiendo su restitución como una ganancia inesperada y desechando en adelante todo pensamiento ansioso, podrán pasar su vida con nosotros libres de todo temor. Pues que alguien pudiera vivir en estado de temor bajo nuestro gobierno, cuando nos gloriamos y nos creemos siervos de Dios, sería ciertamente cosa de lo más extraordinaria aun de oír, y del todo increíble; y nuestra misión es rectificar los errores de los demás.

    Capítulo 32. Y a los que están empleados ignominiosamente en las minas y en las obras públicas

    II, 32

    Asimismo, en cuanto a los que han sido condenados al penoso trabajo de las minas o al servicio en las obras públicas, gocen de las dulzuras del ocio en lugar de estos trabajos tan prolongados, y lleven en adelante una vida mucho más fácil y más acorde con los deseos de su corazón, trocando las incesantes fatigas de sus tareas por un tranquilo descanso. Y si algunos han perdido el privilegio común de la libertad, o han sufrido desgraciadamente deshonra, apresúrense a volver cada uno al país de su nacimiento, y reanuden con la alegría debida sus antiguas posiciones en la sociedad, de las cuales han estado, por así decirlo, separados por una larga residencia en el extranjero.

    Capítulo 33. Sobre los confesores dedicados al servicio militar

    II, 33

    Además, con respecto a quienes anteriormente habían sido promovidos a alguna distinción militar, de la que después fueron privados por la cruel e injusta razón de que prefirieron reconocer su fidelidad a Dios antes que conservar el rango que tenían, les dejamos perfecta libertad de elección, ya sea para ocupar sus antiguos puestos, si se contentan con volver a dedicarse al servicio militar, o, tras un licenciamiento honorable, para vivir en tranquila quietud. Pues es justo y consecuente que hombres que han mostrado tal magnanimidad y fortaleza al afrontar los peligros a los que han estado expuestos, tengan la opción de gozar de un ocio pacífico o de reasumir su antiguo rango.

    Capítulo 34. La liberación de las personas libres condenadas a trabajar en los aposentos de las mujeres o a la servidumbre

    II, 34

    Finalmente, si algunos han sido injustamente privados de los privilegios de un linaje noble, y sometidos a una sentencia judicial que los ha consignado a los aposentos de las mujeres y a la fabricación de lino, para sufrir allí un trabajo cruel y miserable, o reducidos a servidumbre en beneficio del erario público, sin exención alguna por razón de su nacimiento superior; que tales personas, reasumiendo los honores de que antes habían gozado y sus propias dignidades, se regocijen en adelante en los bienes de la libertad y lleven una vida alegre. Que también aquel que, siendo hombre libre, ha sido convertido en esclavo por alguna injusticia e inhumanidad, o incluso por locura, que ha sentido la súbita transición de la libertad a la servidumbre, y muchas veces ha llorado sus trabajos desacostumbrados, vuelva a su familia una vez más libre en virtud de esta nuestra ordenanza, y busque aquellos empleos que convienen a un estado de libertad; y borre de su memoria aquellos servicios que halló tan opresivos y que tan mal se avenían con su condición.

    Capítulo 35. De la herencia de los bienes de los mártires y confesores, así como de quienes habían sufrido destierro o confiscación de bienes

    II, 35

    Ni debemos omitir la mención de aquellos bienes de los que algunos han sido privados con diversos pretextos. Pues si algunos de los que han entrado con ánimo impávido y resuelto en el noble y divino combate del martirio han sido asimismo despojados de sus fortunas; o si la misma suerte ha cabido a los confesores, que han ganado para sí la esperanza de tesoros eternos; o si la pérdida de bienes ha sobrevenido a quienes fueron expulsados de su patria por no querer ceder ante los perseguidores y traicionar su fe; por último, si algunos que han escapado a la sentencia de muerte han sido no obstante despojados de sus bienes mundanos; ordenamos que las herencias de todas esas personas sean transferidas a sus parientes más próximos. Y puesto que las leyes asignan expresamente este derecho a los más estrechamente emparentados, será fácil averiguar a quiénes corresponden respectivamente estas herencias. Y es evidentemente razonable que la sucesión en estos casos pertenezca a quienes habrían ocupado el lugar del parentesco más próximo, si el difunto hubiera experimentado una muerte natural.

    Capítulo 36. Se declara a la Iglesia heredera de quienes no dejan parientes; y se confirman las donaciones libres de tales personas

    II, 36

    Pero si no sobreviviera ningún pariente para suceder oportunamente en los bienes de los mencionados —me refiero a los mártires, a los confesores o a quienes por alguna causa semejante han sido desterrados de su tierra natal—, en tales casos ordenamos que la iglesia local más próxima en cada lugar suceda en la herencia. Y ciertamente no será agravio para los difuntos que aquella iglesia sea su heredera, por cuya causa soportaron toda clase de sufrimientos. Creemos necesario añadir también que, si alguna de las personas mencionadas ha donado parte de sus bienes a título de donación libre, la posesión de tales bienes se asegurará, como es razonable, a quienes así los recibieron.

    Capítulo 37. Las tierras, los jardines o las casas, pero no los frutos efectivos que de ellos provengan, han de ser devueltos

    II, 37

    Y para que no haya oscuridad en esta nuestra ordenanza, sino que todos puedan comprender fácilmente sus exigencias, sepan todos por la presente que, si ahora se mantienen en posesión de una parcela de tierra, de una casa, de un jardín o de cualquier otra cosa que hubiera pertenecido a las personas antes mencionadas, será bueno y ventajoso para ellos reconocer el hecho y restituirla con la menor demora posible. Por otra parte, aunque pareciera que algunos individuos han obtenido abundantes ganancias de esta posesión injusta, no consideramos que la justicia exija la restitución de tales ganancias. Deberán, sin embargo, declarar explícitamente cuánto beneficio han obtenido de ese modo y de qué fuentes, e implorar nuestro perdón por esta ofensa; a fin de que su pasada codicia sea en alguna medida expiada, y de que el Dios Supremo acepte esta compensación como muestra de contrición y se digne perdonar graciosamente el pecado.

    Capítulo 38. De qué manera deben hacerse las peticiones respecto de estas cosas

    II, 38

    Pero es posible que quienes se han hecho dueños de tales bienes (si es justo o posible concederles semejante título) nos aseguren, a modo de disculpa de su conducta, que no estuvo en su poder abstenerse de esta apropiación en un tiempo en que un espectáculo de miseria en todas sus formas se presentaba por doquier; cuando los hombres eran cruelmente expulsados de sus hogares, degollados sin misericordia, arrojados sin compasión; cuando la confiscación de los bienes de los inocentes era cosa común y cuando las persecuciones y las confiscaciones de bienes no cesaban. Si algunos defienden su conducta con razones como estas y todavía persisten en su temperamento avaro, se les hará comprender que tal proceder acarreará castigo sobre ellos, y tanto más cuanto que esta corrección del mal es precisamente la característica de nuestro servicio al Dios Supremo. De modo que en adelante será peligroso retener lo que una dura necesidad pudo en tiempos pasados obligar a tomar; especialmente porque en todo caso nos incumbe desalentar los deseos codiciosos, tanto por la persuasión como por ejemplos aleccionadores.

    Capítulo 39. El tesoro debe restituir a las iglesias las tierras, los jardines y las casas

    II, 39

    Ni al propio tesoro, si tuviera alguna de las cosas de que hemos hablado, le será permitido retenerlas; sino que, sin atreverse, por así decirlo, a alzar su voz contra las santas iglesias, renunciará justamente en favor de ellas a lo que por un tiempo retuvo injustamente. Ordenamos, por tanto, que todas las cosas que justamente parezcan pertenecer a las iglesias, ya consistan los bienes en casas, campos y jardines, o sea cual fuere su naturaleza, sean restituidas en todo su valor e integridad, y con no disminuido derecho de posesión.

    Capítulo 40. Los sepulcros de los mártires y los cementerios han de ser transferidos a la posesión de las iglesias

    II, 40

    Además, respecto de aquellos lugares que son honrados por ser depósitos de los restos de los mártires y continúan siendo memoriales de su gloriosa partida, ¿cómo podemos dudar de que con justicia pertenecen a las iglesias, o abstenernos de emitir nuestro mandato en tal sentido? Pues ciertamente no puede haber liberalidad mejor, ni labor más grata o provechosa, que emplearse así bajo la guía del Espíritu Divino, a fin de que aquellas cosas que han sido apropiadas con falsos pretextos por hombres injustos y malvados sean restituidas, como exige la justicia, y aseguradas una vez más a las santas iglesias.

    Capítulo 41. Quienes han comprado bienes pertenecientes a la Iglesia, o los han recibido como donación, han de restituirlos

    II, 41

    Y puesto que sería injusto que en una disposición destinada a abarcar todos los casos se pasara por alto a quienes han adquirido cualquiera de esos bienes por derecho de compra al tesoro, o lo han retenido cuando se les transmitió en forma de donación; téngase por seguro todos los que así han satisfecho temerariamente su insaciable sed de ganancia que, aunque al atreverse a hacer tales compras hayan hecho cuanto estaba en su poder para apartar de sí nuestra clemencia, no dejarán, sin embargo, de obtenerla, en cuanto sea posible y compatible con la decencia en cada caso. Quede, pues, así determinado.

    Capítulo 42. Una ferviente exhortación a adorar a Dios

    II, 42

    Y ahora, puesto que por la evidencia más clara y convincente aparece que las miserias que en otro tiempo oprimieron a todo el género humano han sido desterradas de todas las partes del mundo por el poder de Dios Todopoderoso, y al mismo tiempo por el consejo y el auxilio que él se digna administrar en muchas ocasiones mediante nuestra intervención, queda a todos, individual y colectivamente, observar y considerar seriamente cuán grande es este poder y cuán eficaz esta gracia, que han aniquilado y destruido por completo a esta generación, por así llamarlos, de hombres perversísimos y malvados; han devuelto la alegría a los buenos y la han difundido por todos los países; y garantizan ahora la plena autoridad tanto para honrar la ley divina como debe ser honrada, con toda reverencia, como para prestar la debida consideración a quienes se han dedicado al servicio de esa ley. Estos, surgiendo como de un oscuro abismo y con un conocimiento iluminado del curso presente de los acontecimientos, rendirán de aquí en adelante a sus preceptos la reverencia y el honor debidos, conformes con su carácter piadoso.
    Que esta ordenanza sea publicada en nuestras provincias orientales.

    Capítulo 43. De qué manera se pusieron en ejecución los decretos de Constantino

    II, 43

    Tales fueron las instrucciones contenidas en la primera carta que el emperador nos dirigió. Y las disposiciones de este decreto se pusieron rápidamente en ejecución, conduciéndose todo de una manera muy distinta de las atrocidades que poco antes se habían perpetrado audazmente durante el cruel predominio de los tiranos. También aquellas personas que tenían derecho legal a ello recibieron el beneficio de la liberalidad del emperador.

    Capítulo 44. Que promovió a los cristianos a los cargos de gobierno y prohibió a los gentiles que ocupaban tales puestos ofrecer sacrificios

    II, 44

    Después de esto, el emperador continuó ocupándose de asuntos de gran importancia, y primero envió gobernadores a las diversas provincias, en su mayor parte hombres entregados a la fe salvadora; y si alguno parecía inclinado a adherirse al culto gentil, le prohibía ofrecer sacrificios. Esta ley se aplicaba también a quienes superaban en rango y dignidad a los gobernadores provinciales, e incluso a quienes ocupaban el más alto cargo y tenían la autoridad de la prefectura del pretorio. Si eran cristianos, tenían libertad para obrar conforme a su profesión; si no, la ley les exigía abstenerse de sacrificios idolátricos.

    Capítulo 45. Leyes que prohibían el sacrificio y ordenaban la construcción de iglesias

    II, 45

    Poco después, se promulgaron dos leyes por el mismo tiempo; una de ellas destinada a reprimir las abominaciones idolátricas que en el pasado se habían practicado en todas las ciudades y países; y disponía que nadie erigiera imágenes, ni practicara la adivinación ni otras artes falsas y necias, ni ofreciera sacrificio de manera alguna. El otro estatuto mandaba elevar los oratorios y ensanchar en longitud y anchura las iglesias de Dios; como si se esperara que, una vez del todo removida la locura politeísta, casi todo el género humano se adhiriera de allí en adelante al servicio de Dios. Su propia piedad personal indujo al emperador a idear y escribir estas instrucciones a los gobernadores de las diversas provincias; y la ley les advertía además que no escatimaran el gasto de dinero, sino que tomaran suministros del propio tesoro imperial. Instrucciones semejantes se escribieron también a los obispos de las diversas iglesias; y el emperador se dignó transmitírmelas a mí mismo, siendo esta la primera carta que personalmente me dirigió.

    Capítulo 46. Carta de Constantino a Eusebio y a otros obispos sobre la construcción de iglesias, con instrucciones para reparar las antiguas y erigir otras nuevas a mayor escala, con la ayuda de los gobernadores provinciales

    II, 46

    [Vencedor Constantino, Máximo Augusto], a Eusebio.
    Por cuanto el impío y obstinado dominio de la tiranía ha perseguido a los siervos de nuestro Salvador hasta el tiempo presente, creo y me he persuadido plenamente, amadísimo hermano, de que los edificios pertenecientes a todas las iglesias o bien se han arruinado por verdadero descuido, o bien han recibido una atención insuficiente a causa del temor al espíritu violento de los tiempos.
    Pero ahora que la libertad ha sido restablecida y aquella serpiente ha sido expulsada de la administración de los asuntos públicos por la providencia del Dios Supremo y por nuestra mediación, confiamos en que todos puedan ver la eficacia del poder divino, y en que quienes por temor a la persecución o por incredulidad han caído en errores reconozcan ahora al Dios verdadero y adopten en lo sucesivo aquel curso de vida que es conforme a la verdad y a la rectitud. Por lo tanto, respecto de las iglesias que tú mismo presides, así como de los obispos, presbíteros y diáconos de otras iglesias que conoces, amonesta a todos a que sean celosos en su atención a los edificios de las iglesias, y a que reparen o amplíen los que actualmente existen, o, en casos de necesidad, erijan otros nuevos.
    «También os autorizamos, y por vuestro medio a los demás, a exigir lo necesario para la obra, tanto de los gobernadores provinciales como del prefecto del pretorio. Pues han recibido instrucciones de ser diligentísimos en obedecer las órdenes de Vuestra Santidad. Dios os guarde, amado hermano.» Una copia de este encargo fue transmitida por todas las provincias a los obispos de las diversas iglesias; los gobernadores provinciales recibieron las instrucciones correspondientes, y el estatuto imperial se puso rápidamente en ejecución.

    Capítulo 47. Que escribió una carta en condena de la idolatría

    II, 47

    Además, el emperador, que continuamente progresaba en la piedad hacia Dios, envió una carta admonitoria a los habitantes de todas las provincias acerca del error de la idolatría en que habían caído sus predecesores en el poder, en la cual exhorta elocuentemente a sus súbditos a reconocer al Dios Supremo y a profesar abiertamente su lealtad a su Cristo como Salvador. Esta carta también, que es de su propio puño, he juzgado necesario traducirla del latín para la presente obra, a fin de que podamos oír, por así decirlo, la voz del emperador mismo pronunciando estos sentimientos ante toda la humanidad.

    Capítulo 48. Edicto de Constantino al pueblo de las provincias acerca del error del politeísmo, que comienza con algunas observaciones generales sobre la virtud y el vicio

    II, 48

    [Vencedor Constantino, Máximo Augusto], al pueblo de las provincias orientales.
    Todo lo que está comprendido bajo las leyes soberanas de la naturaleza parece transmitir a todos los hombres una idea adecuada de la previsión e inteligencia del orden divino. Y nadie, si su mente está dirigida por la verdadera senda del conocimiento hacia la consecución de ese fin, puede dudar de que las justas percepciones de la sana razón, así como las de la propia visión natural, por la sola influencia de la virtud genuina, conducen al conocimiento de Dios. Por consiguiente, ningún hombre sabio se sorprenderá jamás al ver a la masa del género humano influida por sentimientos opuestos. Pues la belleza de la virtud sería inútil e inadvertida si el vicio no mostrara en contraste con ella la senda de la perversidad y de la necedad. De ahí que una sea coronada con la recompensa, mientras que el Dios altísimo mismo es el administrador del juicio para la otra.
    Y ahora me esforzaré por exponer ante todos vosotros, con la mayor claridad posible, la naturaleza de mis propias esperanzas de felicidad futura.

    Capítulo 49. Sobre el piadoso padre de Constantino y los perseguidores Diocleciano y Maximiano

    II, 49

    A los emperadores anteriores he estado acostumbrado a considerarlos como aquellos con quienes no podía tener simpatía alguna, a causa de la salvaje crueldad de su carácter. En efecto, mi padre fue el único que practicó de manera constante los deberes de humanidad y, con admirable piedad, invocó la bendición de Dios Padre sobre todas sus acciones; pero los demás, insanos de mente, fueron más celosos de medidas crueles que de suaves; y esta disposición la satisficieron sin freno, y así persiguieron la verdadera doctrina durante todo el periodo de su reinado. Más aún, tan violenta llegó a ser su furia maliciosa que, en medio de una paz profunda, tanto en los intereses religiosos como en los ordinarios de los hombres, encendieron, por así decirlo, las llamas de una guerra civil.

    Capítulo 50. Que la persecución se originó a causa del oráculo de Apolo, de quien se decía que no podía dar oráculos a causa de «los hombres justos.»

    II, 50

    Por aquel tiempo, se dice que Apolo habló desde una profunda y tenebrosa caverna, y no por medio de voz humana, y declaró que los hombres justos que había en la tierra eran un obstáculo para que él dijera la verdad, y que, por consiguiente, los oráculos del trípode eran falaces. De ahí que dejara caer sus cabellos en señal de duelo y lamentara los males que la pérdida del espíritu oracular acarrearía al género humano. Pero observemos las consecuencias de esto.

    Capítulo 51. Que Constantino, siendo joven, oyó de quien escribió el edicto de persecución que «los hombres justos» eran los cristianos

    II, 51

    Ahora os invoco, Dios altísimo, por testigo de que, siendo joven, oí a quien a la sazón era el principal entre los emperadores romanos, desdichado, verdaderamente desdichado como era, y sumido en el delirio mental, preguntar con insistencia a sus servidores quiénes eran esos justos que había en la tierra; y que uno de los sacerdotes paganos allí presentes respondió que sin duda eran los cristianos. Esta respuesta la recibió con avidez, como un sorbo meloso, y desenvainó la espada que estaba destinada al castigo del crimen contra aquellos cuya santidad estaba libre de reproche. Inmediatamente, pues, promulgó aquellos edictos sanguinarios, trazados, si puedo expresarme así, con la punta de una espada empapada en sangre; ordenando al mismo tiempo a sus jueces que aguzaran su ingenio para inventar castigos nuevos y más terribles.

    Capítulo 52. Las múltiples formas de tortura y castigo practicadas contra los cristianos

    II, 52

    Entonces, en verdad, podía verse con qué arrogancia aquellos venerables adoradores de Dios se veían expuestos cada día, con continua e implacable crueldad, a ultrajes de la especie más grave, y cómo aquella modestia de carácter que ningún enemigo había tratado jamás con falta de respeto se convirtió en mero juguete de sus enfurecidos conciudadanos. ¿Hay algún castigo por el fuego, hay torturas o formas de tormento que no se aplicaran a todos, sin distinción de edad o sexo? Entonces, con verdad puede decirse, la tierra derramó lágrimas, la bóveda celestial que todo lo abarca se lamentó por la contaminación de la sangre; y la misma luz del día se oscureció de dolor ante el espectáculo.

    Capítulo 53. Que los bárbaros recibieron bondadosamente a los cristianos

    II, 53

    Pero ¿cuál es la consecuencia de esto? Pues los propios bárbaros pueden ahora jactarse del contraste que su conducta presenta con estas crueles acciones; porque recibieron y mantuvieron en cautiverio suavísimo a los que entonces huyeron de entre nosotros, y les aseguraron no solo seguridad del peligro, sino también el libre ejercicio de su santa religión. Y ahora el pueblo romano lleva aquella mancha duradera que los cristianos, expulsados entonces del mundo romano y refugiados entre los bárbaros, han grabado en ellos.

    Capítulo 54. Qué venganza alcanzó a los que por causa del oráculo suscitaron la persecución

    II, 54

    Pero ¿por qué he de demorarme más en estos lamentables sucesos y en el dolor general que a consecuencia de ellos invadió el mundo? Los autores de esta terrible culpa ya no existen: han tenido un fin miserable y están entregados a un castigo incesante en las profundidades del mundo inferior. Se enfrentaron unos a otros en lucha civil y no han dejado tras de sí ni nombre ni linaje. Y ciertamente esta calamidad nunca les habría sobrevenido si aquel impío dictamen del oráculo Pitio no hubiera ejercido sobre ellos un poder engañoso.

    Capítulo 55. Constantino da gloria a Dios, hace agradecido reconocimiento del signo de la cruz y ruega por las iglesias y el pueblo

    II, 55

    Y ahora te ruego, Dios poderosísimo, que seas misericordioso y benigno con tus naciones orientales, con tu pueblo en estas provincias, agotado como está por prolongadas miserias; y concédeles curación por medio de tu siervo. No sin causa, oh Dios santo, te dirijo esta oración a ti, Señor de todas las cosas. Bajo tu guía he ideado y llevado a cabo medidas llenas de bendiciones: precedido por tu sagrado signo he conducido tus ejércitos a la victoria; y aún, en cada ocasión de peligro público, sigo el mismo símbolo de tus perfecciones al avanzar al encuentro del enemigo. Por tanto, he dedicado a tu servicio un alma debidamente atemperada por el amor y el temor. Pues verdaderamente amo tu nombre, mientras miro con reverencia aquel poder del cual has dado abundantes pruebas, para confirmación y aumento de mi fe. Me apresuro, pues, a consagrar todas mis fuerzas a la restauración de tu santísima morada, que aquellos hombres profanos e impíos han manchado con la contaminación de la violencia.

    Capítulo 56. Ruega que todos sean cristianos, pero no obliga a nadie

    II, 56

    Mi deseo es, para el bien común del mundo y la ventaja de todo el género humano, que tu pueblo goce de una vida de paz y de concordia sin perturbaciones. Que aquellos, pues, que todavía se deleitan en el error, sean acogidos con el mismo grado de paz y tranquilidad que tienen los que creen. Porque puede ser que esta restauración de iguales privilegios para todos prevalezca para conducirlos al camino recto. Que nadie moleste a otro, sino que cada uno haga lo que su alma desea. Solamente estén seguros de esto los hombres de sano juicio: que solo pueden vivir una vida de santidad y pureza aquellos a quienes tú llamas a confiar en tus santas leyes. En cuanto a los que se mantengan apartados de nosotros, tengan, si lo desean, sus templos de mentira: nosotros tenemos el glorioso edificio de tu verdad, que nos has dado como patria. Rogamos, sin embargo, que también ellos reciban la misma bendición y experimenten así aquella alegría del corazón que inspira la unidad de sentimiento.

    Capítulo 57. Da gloria a Dios, que ha dado luz por su Hijo a los que estaban en el error

    II, 57

    Y en verdad nuestro culto no es cosa nueva ni reciente, sino el que tú ordenaste para tu propia honra, desde el tiempo en que, según creemos, fue establecido por primera vez este sistema del universo. Y, aunque la humanidad ha caído profundamente y ha sido seducida por múltiples errores, has revelado una luz pura en la persona de tu Hijo, para que el poder del mal no prevalezca del todo, y has dado así testimonio de ti mismo a todos los hombres.

    Capítulo 58. Lo glorifica de nuevo por su gobierno del universo

    II, 58

    La verdad de esto nos la aseguran tus obras. Es tu poder el que quita nuestra culpa y nos hace fieles. El sol y la luna tienen su curso fijo. Las estrellas se mueven en órbitas no inciertas alrededor de este globo terrestre. La revolución de las estaciones se repite según leyes infalibles. La fábrica sólida de la tierra fue establecida por tu palabra; los vientos reciben su impulso en tiempos señalados; y el curso de las aguas continúa con flujo incesante; el océano está circunscrito por una barrera inamovible, y cuanto se comprende dentro del ámbito de la tierra y del mar, todo está dispuesto para fines admirables e importantes.
    Si no fuera así, si no estuviera todo regulado por la determinación de tu voluntad, tan gran diversidad, tan múltiple división de poder, habría traído sin duda la ruina sobre toda la raza humana y sus asuntos. Pues aquellos agentes que han mantenido una lucha mutua habrían llevado así a un extremo más mortífero aquella hostilidad contra el género humano que ya ejercen, aunque invisibles a los ojos mortales.

    Capítulo 59. Da gloria a Dios, como maestro constante del bien

    II, 59

    Abundantes gracias, Dios poderosísimo y Señor de todas las cosas, te sean dadas, porque, cuanto más se da a conocer nuestra naturaleza por las diversas ocupaciones del hombre, tanto más se confirman los preceptos de tu divina doctrina a aquellos cuyos pensamientos van bien dirigidos y que están sinceramente entregados a la verdadera virtud. En cuanto a los que no se dejan curar de su error, no lo atribuyan a nadie sino a sí mismos. Pues aquel remedio de virtud soberana y saludable está abiertamente al alcance de todos. Solamente que nadie cause injuria a aquella religión que la experiencia misma testifica ser pura y sin mancha. De aquí en adelante, pues, gocemos todos en común del privilegio puesto a nuestro alcance, quiero decir la bendición de la paz, esforzándonos por mantener nuestra conciencia pura de todo lo que le es contrario.

    Capítulo 60. Amonestación al final del edicto, para que nadie moleste a su prójimo

    II, 60

    Una vez más, que nadie use en perjuicio de otro aquello que él mismo haya recibido por convicción de su verdad; sino que cada uno, si es posible, aplique lo que ha entendido y conocido al provecho de su prójimo; si no, que renuncie al intento. Porque una cosa es emprender voluntariamente el combate por la inmortalidad, y otra obligar a otros a hacerlo por temor del castigo.
    Estas son nuestras palabras; y nos hemos extendido sobre estos temas más de lo que nuestra clemencia ordinaria habría dictado, porque no quisimos disimular ni ser infieles a la verdadera fe; y tanto más cuanto que entendemos que hay algunos que dicen que los ritos de los templos paganos y el poder de las tinieblas han sido del todo eliminados. En verdad habríamos recomendado con empeño tal eliminación a todos los hombres, si no fuera porque el espíritu rebelde de aquellos perversos errores continúa obstinadamente fijo en las mentes de algunos, hasta desalentar la esperanza de una restauración general del género humano a los caminos de la verdad.

    Capítulo 61. Cómo se originaron las controversias en Alejandría por asuntos relativos a Arrio

    II, 61

    De esta manera el emperador, como poderoso heraldo de Dios, se dirigió por su propia carta a todas las provincias, advirtiendo al mismo tiempo a sus súbditos contra el error supersticioso y animándolos a la búsqueda de la verdadera piedad. Pero en medio de sus gozosas esperanzas del éxito de esta medida, recibió noticias de una perturbación gravísima que había invadido la paz de la Iglesia. Oyó esta noticia con profunda preocupación y al punto se esforzó por idear un remedio para el mal. El origen de esta perturbación puede describirse así. El pueblo de Dios se hallaba en un estado verdaderamente floreciente y abundaba en la práctica de buenas obras. Ningún terror de fuera lo asaltaba, sino que una paz brillante y profundísima, por el favor de Dios, rodeaba a su Iglesia por todos lados. Entretanto, sin embargo, el espíritu de envidia estaba al acecho para destruir nuestras bendiciones; al principio se deslizó inadvertido, pero pronto se explayó en medio de las asambleas de los santos. Al fin alcanzó a los propios obispos y los dispuso en hostilidad airada unos contra otros, so pretexto de un celoso cuidado por las doctrinas de la verdad divina. De aquí que se encendiera un fuego poderoso, por así decirlo, de una pequeña chispa, que, originado en primera instancia en la iglesia de Alejandría, se extendió por todo Egipto y Libia y la Tebaida más lejana. Con el tiempo extendió sus estragos a las demás provincias y ciudades del imperio; de modo que no solo se veía a los prelados de las iglesias enfrentarse unos a otros en contienda de palabras, sino que el pueblo mismo estaba completamente dividido, unos adhiriéndose a una facción y otros a otra. Más aún, tan notorio llegó a ser el escándalo de estos procedimientos, que las cosas sagradas de la enseñanza inspirada quedaron expuestas al ridículo más vergonzoso en los mismos teatros de los incrédulos.

    Capítulo 62. Acerca del mismo Arrio y de los melitianos

    II, 62

    Así, algunos en Alejandría mantenían un conflicto obstinado sobre las cuestiones más elevadas. Otros, por todo Egipto y la Tebaida superior, estaban en desacuerdo a causa de una controversia anterior; de modo que las iglesias se veían por todas partes distraídas por las divisiones. Estando, pues, enfermo el cuerpo, toda Libia contrajo el contagio; y el resto de las provincias más remotas se vio afectado por el mismo mal. Porque los contendientes de Alejandría enviaron emisarios a los obispos de las diversas provincias, quienes en consecuencia se alinearon como partidarios de uno u otro bando y compartieron el mismo espíritu de discordia.

    Capítulo 63. Cómo envió Constantino un mensajero y una carta acerca de la paz

    II, 63

    Tan pronto como el emperador fue informado de estos hechos, que oyó con mucho dolor de corazón, considerándolos como una calamidad que le afectaba personalmente, seleccionó al punto de entre los cristianos de su séquito a uno que sabía bien era aprobado por la sobriedad y autenticidad de su fe, y que antes de este tiempo se había distinguido por la audacia de su profesión religiosa, y lo envió a negociar la paz entre las partes disidentes de Alejandría. Lo hizo también portador de una carta sumamente necesaria y apropiada para los primeros promotores de la contienda; y esta carta, como muestra de su vigilante cuidado sobre el pueblo de Dios, bien puede introducirse en esta nuestra narración de su vida. Su contenido era el siguiente.

    Capítulo 64. Carta de Constantino a Alejandro, el obispo, y a Arrio, el presbítero

    II, 64

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], a Alejandro y Arrio.
    Pongo por testigo a aquel Dios, como bien puedo, que es el auxiliador de mis empeños y el Conservador de todos los hombres, de que tuve una doble razón para emprender el deber que ahora he cumplido.

    Capítulo 65. Su continua ansiedad por la paz

    II, 65

    Mi designio era, pues, primero, llevar los diversos juicios formados por todas las naciones respecto de la Deidad a una condición, por así decirlo, de uniformidad estable; y, segundo, devolver la salud al sistema del mundo, que sufría entonces bajo el poder maligno de una grave enfermedad. Teniendo estos objetos a la vista, procuré realizar el uno con el ojo secreto del pensamiento, mientras que el otro intenté rectificarlo con el poder de la autoridad militar. Pues era consciente de que, si lograba establecer, según mis esperanzas, una común armonía de sentimientos entre todos los siervos de Dios, el curso general de los asuntos experimentaría también un cambio correspondiente a los piadosos deseos de todos ellos.

    Capítulo 66. Que también compuso las controversias que habían surgido en África

    II, 66

    Hallando, pues, que toda África estaba invadida por un intolerable espíritu de loca necedad, por influjo de aquellos que con frivolidad irreflexiva habían presumido desgarrar la religión del pueblo en diversas sectas, estaba ansioso por contener este desorden y no pude descubrir otro remedio igual a la ocasión, salvo enviar a algunos de vosotros para ayudar a restablecer la mutua armonía entre los contendientes, después de haber apartado a aquel enemigo común del género humano que había interpuesto su sentencia ilegal para prohibir vuestros santos sínodos.

    Capítulo 67. Que la religión comenzó en Oriente

    II, 67

    Pues como el poder de la luz divina y la ley del culto sagrado, que, procediendo en primera instancia, por el favor de Dios, del seno, por así decirlo, de Oriente, han iluminado al mundo con su sagrado resplandor, naturalmente creí que vosotros seríais los primeros en promover la salvación de las demás naciones, y resolví con toda energía de pensamiento y diligencia de indagación buscar vuestra ayuda. Tan pronto, pues, como me hube asegurado mi victoria decisiva y mi triunfo incuestionable sobre mis enemigos, mi primera indagación fue acerca de aquel objeto que sentía ser de interés e importancia principales.

    Capítulo 68. Afligido por la disensión, aconseja la paz

    II, 68

    Pero, ¡oh gloriosa Providencia de Dios!, ¡cuán profunda herida no recibieron no solo mis oídos, sino mi mismo corazón, con la noticia de que existían entre vosotros divisiones aún más graves que las que continuaban en aquel país! De modo que vosotros, por cuya ayuda esperaba yo procurar un remedio a los errores de otros, os halláis en un estado que necesita curación aún más que el de ellos. Y sin embargo, habiendo indagado con cuidado el origen y fundamento de estas diferencias, hallo que la causa es de carácter verdaderamente insignificante y muy indigna de tan fiera contención. Sintiéndome, por tanto, obligado a dirigiros esta carta y a apelar al mismo tiempo a vuestra unanimidad y sagacidad, invoco a la divina Providencia para que me asista en la tarea, mientras interrumpo vuestra disensión en calidad de ministro de paz. Y con razón: pues si yo pudiera esperar, con la ayuda de un Poder superior, ser capaz sin dificultad, mediante una juiciosa apelación a los sentimientos piadosos de quienes me oyeran, de hacerlos volver a un espíritu mejor, aun cuando la ocasión del desacuerdo fuera mayor, ¿cómo puedo abstenerme de prometerme un ajuste mucho más fácil y rápido de esta diferencia, cuando la causa que impide la armonía general de sentimientos es intrínsecamente trivial y de poca monta?

    Capítulo 69. Origen de la controversia entre Alejandro y Arrio, y que estas cuestiones no debieron haberse discutido

    II, 69

    [Entiendo], pues, que el origen de la presente controversia es este. Cuando tú, Alejandro, preguntaste a los presbíteros qué opinión mantenía cada uno respecto de cierto pasaje de la ley divina, o más bien, debería decir, que les preguntaste algo relacionado con una cuestión inútil, entonces tú, Arrio, insististe inconsideradamente en lo que nunca debió haberse concebido, o que, si se concibió, debió sepultarse en profundo silencio. De ahí surgió una disensión entre vosotros, se retiró la comunión, y el pueblo santo, desgarrado en diversos partidos, ya no conservó la unidad del único cuerpo. Ahora, pues, mostrad ambos un grado igual de indulgencia y recibid el consejo que vuestro consiervo os da con razón. ¿Cuál es, pues, este consejo? Fue un error, en primer lugar, proponer tales cuestiones, o responder a ellas cuando se proponían. Pues aquellos puntos de discusión que no están ordenados por la autoridad de ninguna ley, sino más bien sugeridos por el espíritu contencioso que fomenta el ocio mal empleado, aunque se pretendan meramente como ejercicio intelectual, deben ciertamente limitarse a la región de nuestros propios pensamientos, y no presentarse precipitadamente en las asambleas populares, ni confiarse sin consejo al oído general. Pues ¿cuán pocos hay capaces de comprender con exactitud o de explicar adecuadamente asuntos tan sublimes y abstrusos por naturaleza? O, concediendo que uno fuera plenamente competente para ello, ¿a cuántos convencerá? O, además, quien trate de cuestiones de tan sutil delicadeza como estas, ¿cómo podrá asegurarse contra una peligrosa declinación de la verdad? Incumbe, por tanto, en estos casos ser parcos en palabras, no sea que, en caso de que nosotros mismos no podamos, por la debilidad de nuestras facultades naturales, dar una explicación clara del asunto que tenemos delante, o, por otra parte, en caso de que la lentitud del entendimiento de nuestros oyentes les impida llegar a una aprehensión exacta de lo que decimos, por una u otra de estas causas el pueblo se vea reducido a la alternativa de blasfemia o cisma.

    Capítulo 70. Exhortación a la unanimidad

    II, 70

    Que, pues, tanto la pregunta imprudente como la respuesta irreflexiva reciban vuestro mutuo perdón. Porque la causa de vuestra diferencia no ha sido ninguna de las doctrinas ni de los preceptos capitales de la ley divina, ni ha surgido entre vosotros herejía nueva alguna acerca del culto de Dios. En verdad sois de un mismo y único sentir: bien podéis, por tanto, uniros en comunión y hermandad.

    Capítulo 71. Que no debe haber contienda en asuntos que en sí mismos son de poca importancia

    II, 71

    Pues mientras continuéis contendiendo sobre estas cuestiones pequeñas y en extremo insignificantes, no es propio que tan grande porción del pueblo de Dios esté bajo la dirección de vuestro juicio, hallándoos así divididos entre vosotros. Creo, en verdad, que ello no solo es indecoroso, sino positivamente malo. Mas refrescaré vuestras mentes con una breve ilustración, como sigue. Sabéis que los filósofos, aunque todos se adhieren a un solo sistema, con todo discrepan a menudo en ciertos puntos, y difieren, quizá, en el grado de su conocimiento; sin embargo, son llamados de nuevo a la armonía del sentir por la fuerza unificadora de sus doctrinas comunes. Si esto es verdad, ¿no es mucho más razonable que vosotros, que sois los ministros del Dios Supremo, seáis de una sola mente en cuanto a la profesión de la misma religión? Mas examinemos aún con mayor reflexión y más atenta mirada lo que he dicho, y veamos si es justo que, por causa de alguna nimia y necia diferencia verbal entre nosotros, los hermanos asuman unos hacia otros la actitud de enemigos, y la augusta asamblea del sínodo sea desgarrada por una profana desunión, por culpa vuestra, que disputáis entre vosotros sobre puntos tan triviales y del todo inesenciales. Esto es vulgar, y más propio de la ignorancia infantil que de la sabiduría de sacerdotes y hombres de buen sentido. Apartémonos de buen grado de estas tentaciones del diablo. Nuestro gran Dios y Salvador común de todos ha concedido la misma luz a todos nosotros. Permitidme a mí, que soy su siervo, llevar mi tarea a feliz término, bajo la dirección de su Providencia, para que pueda, mediante mis exhortaciones, mi diligencia y mi fervorosa amonestación, llamar de nuevo a su pueblo a la comunión y a la hermandad. Pues ya que tenéis, como he dicho, una sola fe y un solo sentir acerca de nuestra religión, y ya que el mandamiento divino en todas sus partes nos impone a todos el deber de mantener un espíritu de concordia, no permitáis que la circunstancia que ha dado lugar a una leve diferencia entre vosotros, puesto que no afecta a la validez del conjunto, cause división o cisma alguno en medio vuestro. Y esto lo digo sin desear en modo alguno forzaros a una entera unidad de juicio respecto de esta cuestión verdaderamente ociosa, cualquiera que sea en realidad su naturaleza. Pues la dignidad de vuestro sínodo puede preservarse, y la comunión de todo vuestro cuerpo mantenerse inquebrantada, por amplia que sea la diferencia que exista entre vosotros en asuntos sin importancia. Porque no todos somos del mismo parecer en todo asunto, ni existe cosa tal como una disposición y un juicio comunes por igual a todos. En cuanto, pues, atañe a la Divina Providencia, haya entre vosotros una sola fe y un solo entendimiento, un solo juicio unido con respecto a Dios. Mas en cuanto a vuestras sutiles disputas sobre cuestiones de poca o ninguna importancia, aunque no podáis armonizar en el sentir, tales diferencias deben confiarse a la custodia secreta de vuestras propias mentes y pensamientos. Y ahora, que la preciosidad del afecto común, que la fe en la verdad, que el honor debido a Dios y a la observancia de su ley permanezcan inconmovibles entre vosotros. Reanudad, pues, vuestros mutuos sentimientos de amistad, amor y consideración: restituid al pueblo sus acostumbrados abrazos; y vosotros mismos, habiendo purificado vuestras almas, por así decirlo, reconoceos una vez más unos a otros. Pues a menudo sucede que, cuando se logra la reconciliación mediante la remoción de las causas de la enemistad, la amistad se torna incluso más dulce que antes.

    Capítulo 72. El exceso de su piadosa solicitud le hizo derramar lágrimas; y su proyectado viaje a Oriente fue aplazado por estas cosas

    II, 72

    Devolvedme, pues, mis días sosegados y mis noches sin turbación, para que el gozo de la luz sin sombra, el deleite de una vida tranquila, sea de aquí en adelante mi porción. De lo contrario, habré de lamentarme con lágrimas constantes, y no podré pasar el resto de mis días en paz. Pues mientras el pueblo de Dios, de quien soy consiervo, se halla así dividido contra sí mismo por un espíritu de contención irracional y pernicioso, ¿cómo es posible que yo pueda mantener la tranquilidad de mi mente? Y os daré una prueba de cuán grande ha sido mi dolor por este motivo. No hace mucho había visitado Nicomedia, y me proponía partir inmediatamente de aquella ciudad hacia Oriente. Mientras me apresuraba hacia vosotros, y había ya recorrido la mayor parte de la distancia, la noticia de este asunto revirtió mi plan, para que no me viera obligado a ver con mis propios ojos aquello que apenas me sentía capaz de oír. Abridme, pues, de aquí en adelante, por vuestra unidad de juicio, aquel camino hacia las regiones de Oriente que vuestras disensiones me han cerrado, y permitidme ver con prontitud a vosotros y a todos los demás pueblos regocijándose juntos, y rendir la debida acción de gracias a Dios con lenguaje de alabanza y agradecimiento por la restauración de la concordia general y de la libertad para todos.

    Capítulo 73. La controversia continúa sin amainar, aun después de recibida esta carta

    II, 73

    De esta manera se esforzaba el piadoso emperador, por medio de la carta precedente, en promover la paz de la Iglesia de Dios. Y el hombre excelente a quien fue confiada cumplió su parte no solo comunicando la carta misma, sino también secundando las miras de quien la enviaba; pues era, como he dicho, en todos los respectos persona de carácter piadoso. El mal, sin embargo, era mayor de lo que podía remediarse con una sola carta, tanto que la acrimonia de las partes contendientes aumentaba sin cesar, y los efectos del daño se extendieron a todas las provincias orientales. Estas cosas las obraron los celos y algún espíritu maligno que miraba con ojos envidiosos la prosperidad de la Iglesia.

    Libro III

    Capítulo 1. Comparación de la piedad de Constantino con la maldad de los perseguidores

    III, 1

    De esta manera aquel espíritu que es aborrecedor del bien, movido por la envidia ante la bendición de que gozaba la Iglesia, continuó levantando contra ella las tormentosas tribulaciones de la discordia intestina, en medio de un periodo de paz y alegría. Mientras tanto, sin embargo, el emperador favorecido por Dios no descuidó los deberes que le correspondían, sino que exhibió en toda su conducta un contraste directo con aquellas atrocidades de que los crueles tiranos se habían hecho culpables poco antes, y triunfó así sobre todo enemigo que se le oponía. Pues, en primer lugar, los tiranos, hallándose ellos mismos apartados del Dios verdadero, habían impuesto por toda suerte de coacción el culto de falsas deidades: Constantino convenció a la humanidad con acciones tanto como con palabras de que estas tenían solo una existencia imaginaria, y los exhortó a reconocer al único Dios verdadero. Ellos habían escarnecido a su Cristo con palabras de blasfemia: él asumió como salvaguardia suya aquello contra lo cual ellos dirigían sus blasfemias, y se glorió en el símbolo de la pasión del Salvador. Ellos habían perseguido y expulsado de casa y hogar a los siervos de Cristo: él los llamó de nuevo a todos, y los restituyó a sus hogares nativos. Ellos los habían cubierto de deshonra: él hizo su condición honorable y envidiable a los ojos de todos. Ellos habían saqueado vergonzosamente y vendido los bienes de los hombres piadosos: Constantino no solo reparó esta pérdida, sino que además los enriqueció con abundantes presentes. Ellos habían difundido injuriosas calumnias, por medio de sus ordenanzas escritas, contra los prelados de la Iglesia: él, por el contrario, confirió dignidad a estas personas con señales personales de honor, y por sus edictos y estatutos los elevó a más alta distinción que antes. Ellos habían demolido por completo y arrasado hasta el suelo las casas de oración: él ordenó que las que aún existían fuesen engrandecidas, y que se erigieran otras nuevas a escala magnífica a expensas del tesoro imperial. Ellos habían mandado que los registros inspirados fuesen quemados y enteramente destruidos: él decretó que se multiplicaran copias de ellos, magníficamente ornadas a cargo del tesoro imperial. Ellos habían prohibido estrictamente a los prelados, en lugar alguno o en ocasión alguna, convocar sínodos; mientras que él los reunió en su corte desde toda provincia, los recibió en su palacio, e incluso en sus propios aposentos privados, y los consideró dignos de compartir su hogar y su mesa. Ellos habían honrado a los demonios con ofrendas: Constantino puso al descubierto su error, y continuamente distribuía los materiales, ya inútiles, para el sacrificio, a quienes quisieran aplicarlos a un uso mejor. Ellos habían ordenado que los templos paganos fuesen suntuosamente adornados: él arrasó hasta sus cimientos aquellos que habían sido objeto principal de reverencia supersticiosa. Ellos habían sometido a los siervos de Dios a los castigos más ignominiosos: él tomó venganza de los perseguidores, e infligió sobre ellos justo castigo en nombre de Dios, mientras mantenía la memoria de sus santos mártires en constante veneración. Ellos habían expulsado de los palacios imperiales a los adoradores de Dios: él depositó plena confianza en ellos en todo tiempo, y los tuvo por los mejor dispuestos y más fieles que cualesquiera otros. Ellos, víctimas de la avaricia, se sometieron voluntariamente, por así decirlo, a los tormentos de Tántalo: él, con magnanimidad regia, abrió todos sus tesoros, y distribuyó sus dones con liberalidad rica y de alma elevada. Ellos cometieron innumerables asesinatos, para poder saquear o confiscar la riqueza de sus víctimas; mientras que a lo largo del reinado de Constantino la espada de la justicia pendió ociosa en todas partes, y tanto los pueblos como los magistrados municipales de toda provincia fueron gobernados antes por autoridad paternal que por fuerza alguna que constriñese. Ciertamente a todos los que consideren debidamente estos hechos habrá de parecerles que una era nueva y fresca de existencia había comenzado a aparecer, y que una luz hasta entonces desconocida amanecía de súbito en medio de las tinieblas sobre el género humano: y todos habrán de confesar que estas cosas eran enteramente obra de Dios, que suscitó a este piadoso emperador para hacer frente a la multitud de los impíos.

    Capítulo 2. Observaciones adicionales sobre la piedad de Constantino y su testimonio abierto del signo de la cruz

    III, 2

    Y cuando consideramos que sus iniquidades carecieron de ejemplo, y que las atrocidades que se atrevieron a perpetrar contra la Iglesia fueron tales como nunca se habían oído en edad alguna del mundo, bien pudo Dios mismo presentar ante nosotros algo enteramente nuevo, y obrar con ello efectos tales como hasta entonces no se habían ni registrado ni observado. ¿Y qué milagro fue jamás más maravilloso que las virtudes de este nuestro emperador, a quien la sabiduría de Dios ha concedido como don al género humano? Pues en verdad mantuvo un testimonio continuo del Cristo de Dios con toda osadía y ante todos los hombres; y tan lejos estuvo de rehuir una profesión abierta del nombre cristiano, que más bien deseó poner de manifiesto a todos que consideraba esto como su más alto honor, ora imprimiendo en su rostro el signo saludable, ora gloriándose en él como el trofeo que lo conducía a la victoria.

    Capítulo 3. De su retrato coronado por una cruz y que tenía debajo un dragón

    III, 3

    Y además de esto, hizo pintar en una alta tabla, y colocar en el frente del pórtico de su palacio, de modo que fuese visible para todos, una representación del signo saludable puesto sobre su cabeza, y debajo de él a aquel aborrecible y salvaje adversario de la humanidad, que por medio de la tiranía de los impíos había asolado la Iglesia de Dios, cayendo de cabeza, bajo la forma de un dragón, al abismo de la destrucción. Pues los sagrados oráculos en los libros de los profetas de Dios lo han descrito como dragón y serpiente tortuosa; y por esta razón el emperador exhibió así públicamente una pintada semejanza del dragón debajo de los pies suyos y de sus hijos, traspasado con un dardo y arrojado de cabeza a las profundidades del mar.
    De esta manera se proponía representar al adversario secreto del género humano, e indicar que era consignado al abismo de la perdición en virtud del trofeo saludable puesto sobre su cabeza. Esta alegoría, pues, era así transmitida por medio de los colores de una pintura: y yo quedo lleno de asombro ante la grandeza intelectual del emperador, que como por divina inspiración expresó así lo que los profetas habían anunciado acerca de este monstruo, diciendo que «Dios traería su espada grande y fuerte y terrible contra el dragón, la serpiente voladora; y destruiría al dragón que estaba en el mar.» Esto era aquello de lo cual el emperador dio una verdadera y fiel representación en la pintura arriba descrita.

    Capítulo 4. Noticia adicional de las controversias suscitadas en Egipto por Arrio

    III, 4

    En ocupaciones como estas se empleaba con placer: pero los efectos de aquel espíritu envidioso que tanto turbaba la paz de las iglesias de Dios en Alejandría, junto con el cisma tebano y egipcio, continuaron causándole no poca perturbación de ánimo. Pues, en efecto, en toda ciudad los obispos se hallaban empeñados en obstinado conflicto con obispos, y pueblo sublevándose contra pueblo; y casi como las fabulosas Simplégades, viniendo a violenta colisión unos con otros. Aun más, algunos fueron arrastrados tan lejos, más allá de los límites de la razón, que se hicieron culpables de conducta temeraria y ultrajante, e incluso insultaron las estatuas del emperador. Este estado de cosas tenía escaso poder para excitar su ira, antes bien le causaba tristeza de espíritu; pues deploraba profundamente la insensatez así exhibida por hombres enajenados.

    Capítulo 5. Del desacuerdo respecto de la celebración de la Pascua

    III, 5

    Pero antes de este tiempo había existido otro desorden virulentísimo, que por largo tiempo afligió a la Iglesia; me refiero a la diferencia respecto de la saludable fiesta de la Pascua. Pues mientras un partido afirmaba que debía adherirse a la costumbre judía, el otro sostenía que debía observarse la recurrencia exacta del periodo, sin seguir la autoridad de quienes estaban en el error y eran extraños a la gracia del evangelio.
    Así, pues, hallándose el pueblo en todas partes dividido respecto de esto, y confundidas por largo tiempo las sagradas observancias de la religión (tanto que la diversidad de juicio en cuanto al tiempo para celebrar una misma fiesta causaba el mayor desacuerdo entre quienes la guardaban, afligiéndose unos con ayunos y austeridades, mientras otros dedicaban su tiempo a la relajación festiva), no apareció nadie capaz de idear un remedio para el mal, porque la controversia continuaba igualmente equilibrada entre ambas partes. Solo para Dios, el Todopoderoso, era tarea fácil la curación de estas diferencias; y Constantino parecía ser el único sobre la tierra capaz de ser su ministro para este buen fin. Pues tan pronto como fue informado de los hechos que he descrito, y percibió que su carta a los cristianos alejandrinos no había producido el efecto debido, despertó al punto las energías de su mente, y declaró que debía proseguir hasta el fin esta guerra también contra el adversario secreto que perturbaba la paz de la Iglesia.

    Capítulo 6. De cómo ordenó que se celebrara un concilio en Nicea

    III, 6

    Entonces, como para oponer una formación divina contra este enemigo, convocó un concilio general e invitó a la pronta asistencia de obispos de todas partes, con cartas expresivas de la honrosa estima en que los tenía. Y no fue esto simplemente la emisión de una orden escueta, sino que la buena voluntad del emperador contribuyó mucho a su cumplimiento: pues a unos les permitió usar los medios públicos de transporte, mientras que a otros les proporcionó abundante provisión de caballos para su traslado. También el lugar escogido para el sínodo, la ciudad de Nicea en Bitinia (llamada así por «Victoria»), era apropiado para la ocasión. Tan pronto como se dio a conocer generalmente el mandato imperial, todos se apresuraron allí con la mayor disposición, como si quisieran adelantarse unos a otros en una carrera; pues los impulsaba la anticipación de un feliz resultado para la conferencia, la esperanza de gozar de la paz presente y el deseo de contemplar algo nuevo y extraño en la persona de un emperador tan admirable. Y cuando todos estuvieron reunidos, resultó evidente que aquel acto era obra de Dios, pues hombres que habían estado separadísimos, no solo en sentimiento sino también personalmente y por diferencia de país, lugar y nación, fueron allí congregados y comprendidos dentro de los muros de una sola ciudad, formando como una vasta guirnalda de sacerdotes, compuesta de una variedad de las flores más escogidas.

    Capítulo 7. Del concilio general, en el que estuvieron presentes obispos de todas las naciones

    III, 7

    En efecto, los más distinguidos ministros de Dios de todas las iglesias que abundaban en Europa, Libia y Asia se hallaban aquí reunidos. Y una sola casa de oración, como divinamente ensanchada, bastó para contener a un tiempo a sirios y cilicios, fenicios y árabes, delegados de Palestina y otros de Egipto; tebanos y libios, con los que vinieron de la región de Mesopotamia. También estuvo presente en esta conferencia un obispo persa, y ni siquiera faltó un escita a la cuenta. El Ponto, Galacia y Panfilia, Capadocia, Asia y Frigia proveyeron a sus prelados más distinguidos; mientras que los que moraban en los distritos más remotos de Tracia y Macedonia, de Acaya y Epiro, estuvieron a pesar de todo presentes. Incluso de la propia España, uno cuya fama se extendía ampliamente tomó asiento como individuo en la gran asamblea. El prelado de la ciudad imperial se vio impedido de asistir por su extrema vejez; pero sus presbíteros estuvieron presentes y suplieron su lugar. Constantino es el primer príncipe de cualquier edad que anudó semejante guirnalda con el vínculo de la paz, y la presentó a su Salvador como ofrenda de acción de gracias por las victorias que había obtenido sobre todo enemigo, mostrando así en nuestros tiempos una semejanza de la compañía apostólica.

    Capítulo 8. De que la asamblea se compuso, como en los Hechos de los Apóstoles, de individuos de diversas naciones

    III, 8

    Pues se dice [ ss] que en la edad de los Apóstoles se reunieron «varones piadosos de todas las naciones bajo el cielo»; entre los cuales había partos, medos y elamitas, y los moradores de Mesopotamia, de Judea y Capadocia, del Ponto y Asia, de Frigia y Panfilia, de Egipto y de las partes de Libia alrededor de Cirene; y peregrinos de Roma, tanto judíos como prosélitos, cretenses y árabes. Pero aquella asamblea era menor, en cuanto que no todos los que la componían eran ministros de Dios; pero en la presente compañía, el número de obispos excedía de doscientos cincuenta, mientras que el de los presbíteros y diáconos de su séquito, y la multitud de acólitos y demás asistentes, estaba del todo fuera de todo cálculo.
    Comentario editorial · ¿Cuántos obispos fueron a Nicea?
    Eusebio dice que los obispos «excedían de doscientos cincuenta», sin contar presbíteros, diáconos y acompañantes (III, 8). Según Wikipedia, los informes contemporáneos dan entre 250 y 300, mientras que las listas de firmantes de las decisiones tienen entre 200 y 220 nombres; la cifra de 318, atribuida a Atanasio de Antioquía, acabó siendo la tradicional, y es también el número de los hombres de la casa de Abraham en el Génesis. Wikipedia añade que Eusebio asistió al concilio y que la Vida es el único relato continuo contemporáneo, de modo que conviene leerlo con cautela; y que el uso más antiguo conservado de «concilio ecuménico» para un concilio está en esta obra (III, 6).

    Capítulo 9. De la virtud y edad de los doscientos cincuenta obispos

    III, 9

    De estos ministros de Dios, algunos se distinguían por la sabiduría y la elocuencia, otros por la gravedad de sus vidas y por la paciente fortaleza de carácter, mientras que otros reunían en sí todas estas gracias. Había entre ellos hombres cuyos años pedían veneración: otros eran más jóvenes, y en la flor del vigor mental; y algunos habían entrado hacía poco en el curso de su ministerio. Para el sustento de todos se proveía diariamente abundante provisión por mandato del emperador.

    Capítulo 10. Concilio en el palacio. Constantino, al entrar, tomó asiento en la asamblea

    III, 10

    Cuando llegó el día señalado en que el concilio se reunió para la solución final de las cuestiones en disputa, cada miembro estuvo presente para ello en el edificio central del palacio, que parecía exceder a los demás en magnitud. A cada lado del interior de este había muchos asientos dispuestos en orden, que fueron ocupados por los que habían sido invitados a asistir, según su rango. Tan pronto, pues, como toda la asamblea se hubo sentado con el debido orden, reinó un silencio general, en expectación de la llegada del emperador. Y en primer lugar, entraron sucesivamente tres de su familia inmediata; luego otros precedieron también su llegada, no de los soldados o guardias que solían acompañarlo, sino solo amigos en la fe. Y ahora, levantándose todos a la señal que indicaba la entrada del emperador, al fin él mismo avanzó por en medio de la asamblea, como un mensajero celestial de Dios, vestido con ropas que resplandecían como con rayos de luz, reflejando el ardiente fulgor de un manto de púrpura, y adornado con el brillante esplendor del oro y de las piedras preciosas. Tal era la apariencia exterior de su persona; y respecto de su mente, era evidente que se distinguía por la piedad y el temor de Dios. Esto lo indicaban sus ojos bajos, el rubor de su semblante y su porte. En cuanto al resto de sus excelencias personales, superaba a todos los presentes en altura de estatura y hermosura de forma, así como en majestuosa dignidad de aspecto y en invencible fuerza y vigor. Todas estas gracias, unidas a una suavidad de maneras y a una serenidad propia de su estación imperial, declaraban que la excelencia de sus cualidades mentales estaba por encima de toda alabanza. Tan pronto como hubo avanzado hasta el extremo superior de los asientos, al principio permaneció de pie, y cuando se le colocó una silla baja de oro labrado, esperó hasta que los obispos le hicieron una seña, y entonces se sentó, y después de él hizo lo mismo toda la asamblea.

    Capítulo 11. Silencio del concilio, tras unas palabras del obispo Eusebio

    III, 11

    El obispo que ocupaba el lugar principal en la división derecha de la asamblea se levantó entonces y, dirigiéndose al emperador, pronunció un discurso conciso, en tono de acción de gracias a Dios Todopoderoso en favor de este. Cuando hubo vuelto a tomar asiento, siguió el silencio, y todos miraron al emperador con atención fija; con lo cual, él miró serenamente en torno a la asamblea con aspecto alegre y, habiendo recogido sus pensamientos, en tono calmado y suave profirió las siguientes palabras.

    Capítulo 12. Discurso de Constantino al concilio sobre la paz

    III, 12

    Fue en otro tiempo mi principal deseo, amadísimos amigos, gozar del espectáculo de vuestra presencia unida; y ahora que este deseo se ha cumplido, me siento obligado a dar gracias a Dios, Rey universal, porque, además de todos sus otros beneficios, me ha concedido una bendición superior a todas las demás, al permitirme veros no solo a todos reunidos, sino a todos unidos en una común armonía de sentimiento. Ruego, por tanto, que ningún adversario maléfico interfiera de aquí en adelante para empañar nuestro feliz estado; ruego que, ahora que la impía hostilidad de los tiranos ha sido removida para siempre por el poder de Dios nuestro Salvador, aquel espíritu que se deleita en el mal no discurra otros medios para exponer la ley divina a blasfema calumnia; pues, a mi juicio, la lucha intestina dentro de la Iglesia de Dios es mucho más mala y peligrosa que cualquier género de guerra o conflicto; y estas nuestras diferencias me parecen más graves que cualquier perturbación exterior. Así pues, cuando, por la voluntad y con la cooperación de Dios, hube alcanzado la victoria sobre mis enemigos, pensé que no quedaba nada más que darle gracias y participar del gozo de aquellos a quienes había restituido la libertad por mi mediación; tan pronto como oí aquella noticia que menos esperaba recibir, es decir, la nueva de vuestra disensión, juzgué que no era de importancia secundaria, sino que, con el ardiente deseo de que también para este mal se hallara remedio por mis medios, envié al punto a requerir vuestra presencia. Y ahora me gozo al contemplar vuestra asamblea; pero siento que mis deseos se cumplirán del modo más completo cuando pueda veros a todos unidos en un solo juicio, y que prevalezca entre todos vosotros ese espíritu común de paz y concordia que os corresponde, como consagrados al servicio de Dios, encomendar a los demás. No tardéis, pues, amados amigos; no tardéis, ministros de Dios y fieles siervos de Aquel que es nuestro común Señor y Salvador: comenzad desde este momento a desechar las causas de la desunión que ha existido entre vosotros, y removed las perplejidades de la controversia abrazando los principios de la paz. Porque con tal conducta obraréis a la vez de la manera más grata al Dios Supremo, y me otorgaréis un favor extraordinario a mí, que soy vuestro consiervo.

    Capítulo 13. De cómo condujo a los obispos disidentes a la armonía de sentimientos

    III, 13

    Tan pronto como el emperador hubo pronunciado estas palabras en lengua latina, que otro interpretaba, dio permiso a los que presidían el concilio para exponer sus opiniones. Con esto, algunos comenzaron a acusar a sus vecinos, quienes se defendían y recriminaban a su vez. De esta manera, innumerables afirmaciones fueron presentadas por cada parte, y surgió una violenta controversia desde el comienzo mismo. A pesar de esto, el emperador prestó paciente audiencia a todos por igual, y recibió cada proposición con atención firme, y ayudando ocasionalmente el argumento de cada parte por turno, dispuso gradualmente incluso a los disputantes más vehementes a la reconciliación. Al mismo tiempo, por la afabilidad de su trato con todos y su uso de la lengua griega, que no le era del todo desconocida, apareció bajo una luz verdaderamente atractiva y amable, persuadiendo a unos, convenciendo a otros con sus razonamientos, alabando a los que hablaban bien, y urgiendo a todos a la unidad de sentimiento, hasta que al fin logró llevarlos a una sola mente y juicio respecto de toda cuestión disputada.

    Capítulo 14. Declaración unánime del concilio sobre la fe y la celebración de la Pascua

    III, 14

    El resultado fue que no solo quedaron unidos en cuanto a la fe, sino que el tiempo para la celebración de la saludable fiesta de Pascua fue acordado por todos. También se pusieron por escrito los puntos que fueron sancionados por la resolución de todo el cuerpo, y recibieron la firma de cada uno de los miembros. Entonces el emperador, creyendo que había obtenido así una segunda victoria sobre el adversario de la Iglesia, procedió a solemnizar una fiesta triunfal en honor de Dios.

    Capítulo 15. De cómo Constantino agasajó a los obispos con ocasión de sus Vicenales

    III, 15

    Por este tiempo completó el vigésimo año de su reinado. Con esta ocasión se celebraron fiestas públicas por el pueblo de las provincias en general, pero el emperador mismo invitó y banqueteó con aquellos ministros de Dios a quienes había reconciliado, y ofreció así, por decirlo así, a través de ellos un sacrificio adecuado a Dios. Ni uno solo de los obispos faltó al banquete imperial, cuyas circunstancias fueron espléndidas más allá de toda descripción. Destacamentos de la guardia de corps y otras tropas rodearon la entrada del palacio con espadas desenvainadas, y por en medio de ellos los hombres de Dios pasaron sin temor a los más recónditos aposentos imperiales, en los cuales algunos eran los propios compañeros de mesa del emperador, mientras que otros se reclinaban en lechos dispuestos a uno y otro lado. Cualquiera habría pensado que así se bosquejaba un cuadro del reino de Cristo, y que era más un sueño que una realidad.

    Capítulo 16. Regalos a los obispos y cartas al pueblo en general

    III, 16

    Después de la celebración de esta brillante fiesta, el emperador recibió cortésmente a todos sus huéspedes, y añadió generosamente a los favores que ya había otorgado el presentar personalmente regalos a cada individuo según su rango. También dio información de las actas del sínodo a los que no habían estado presentes, mediante una carta de su propia mano. Y también esta carta la inscribiré como en algún monumento al insertarla en esta mi narración de su vida. Decía así:

    Capítulo 17. Carta de Constantino a las Iglesias respecto al concilio de Nicea

    III, 17

    [Constantino Augusto], a las Iglesias.
    Habiendo tenido plena prueba, en la prosperidad general del imperio, de cuán grande ha sido el favor de Dios para con nosotros, he juzgado que debía ser el primer objeto de mis esfuerzos el que la unidad de fe, la sinceridad del amor y la comunidad de sentimiento respecto del culto de Dios Todopoderoso se preservaran entre la multitud altamente favorecida que compone la Iglesia católica. Y como este objeto no podía asegurarse eficaz y ciertamente, a menos que todos, o al menos el mayor número de los obispos, se reunieran y tuviera lugar una discusión de todos los particulares relativos a nuestra santísima religión; por esta razón se ha convocado una asamblea tan numerosa como fue posible, en la que yo mismo estuve presente, como uno entre vosotros (y lejos esté de mí negar lo que es mi mayor gozo: que soy vuestro consiervo), y toda cuestión recibió el examen debido y completo, hasta que salió a la luz aquel juicio que Dios, que ve todas las cosas, podía aprobar y que tendía a la unidad y a la concordia, de modo que no quedó lugar para ulterior discusión o controversia en relación con la fe.

    Capítulo 18. Habla de su unanimidad respecto a la fiesta de Pascua y contra la práctica de los judíos

    III, 18

    En esta reunión se discutió la cuestión concerniente al santísimo día de Pascua, y se resolvió por el unido juicio de todos los presentes que esta fiesta debe ser guardada por todos y en todo lugar en un mismo y único día. Pues ¿qué puede ser más conveniente u honorable para nosotros que esta fiesta, de la cual datamos nuestras esperanzas de inmortalidad, sea observada sin falta por todos por igual, según un solo orden y disposición determinados? Y ante todo, pareció cosa indigna que en la celebración de esta santísima fiesta siguiéramos la práctica de los judíos, quienes han manchado impíamente sus manos con enorme pecado y, por tanto, están afligidos merecidamente con ceguera de alma. Pues está en nuestro poder, si abandonamos su costumbre, prolongar la debida observancia de este precepto a las edades futuras mediante un orden más verdadero, que hemos conservado desde el día mismo de la pasión hasta el presente. No tengamos, pues, nada en común con la detestable multitud judía; porque hemos recibido de nuestro Salvador un camino diferente. Un curso a la vez legítimo y honorable está abierto a nuestra santísima religión. Amados hermanos, adoptemos de común acuerdo este curso, y apartémonos de toda participación en su bajeza. Pues su jactancia es en verdad absurda: que no está en nuestro poder observar estas cosas sin instrucción de ellos. Porque ¿cómo serían capaces de formar un juicio sano quienes, desde su culpa parricida al matar a su Señor, han estado sujetos a la dirección, no de la razón, sino de la pasión desgobernada, y son movidos por todo impulso del espíritu enloquecido que hay en ellos? De aquí que en este punto, como en otros, no tengan percepción de la verdad, de modo que, estando del todo ignorantes del verdadero ajuste de esta cuestión, a veces celebran la Pascua dos veces en el mismo año. ¿Por qué, pues, habríamos de seguir a quienes están confesadamente en grave error? Ciertamente jamás consentiremos en guardar esta fiesta una segunda vez en el mismo año. Pero aun suponiendo que estas razones no fueran de peso suficiente, incumbiría a vuestras Sagacidades esforzarse y orar continuamente para que la pureza de vuestras almas no parezca en nada mancillada por la comunión con las costumbres de estos hombres perversísimos. Debemos considerar también que un juicio discordante en un caso de tan grande importancia, y respecto de una fiesta tan religiosa, es un mal. Pues nuestro Salvador nos ha dejado una sola fiesta en conmemoración del día de nuestra liberación, es decir, el día de su santísima pasión; y ha querido que su Iglesia católica sea una, cuyos miembros, aunque dispersos en muchos y diversos lugares, son, no obstante, sustentados por un solo espíritu que lo penetra todo, es decir, por la voluntad de Dios. Y reflexione la sagacidad de vuestras Santidades cuán grave y escandaloso es que en los mismos días unos se ocupen en ayunar y otros en gozar de fiestas; y además, que después de los días de Pascua unos estén presentes en banquetes y diversiones, mientras que otros cumplen los ayunos señalados. Es, pues, claramente la voluntad de la Divina Providencia (como supongo que todos veis claramente), que este uso reciba la corrección conveniente y sea reducido a una sola regla uniforme.

    Capítulo 19. Exhortación a seguir el ejemplo de la mayor parte del mundo

    III, 19

    Puesto que, por tanto, era menester que este asunto fuese rectificado, para que nada tuviéramos en común con aquella nación de parricidas que dieron muerte a su Señor; y puesto que aquella disposición es conforme a la propiedad, la cual es observada por todas las iglesias de las partes occidental, meridional y septentrional del mundo, y también por algunas de las orientales: por estas razones todos están unánimes en esta ocasión en juzgarla digna de adopción. Y yo mismo me he encargado de que esta decisión cuente con la aprobación de vuestras Sagacidades, con la esperanza de que vuestras Sabidurías admitan gustosamente aquella práctica que se observa a la vez en la ciudad de Roma, y en África; en toda Italia, y en Egipto, en España, las Galias, Britania, Libia, y toda Grecia; en las diócesis de Asia y del Ponto, y en Cilicia, con entera unidad de juicio. Y consideraréis no sólo que el número de iglesias es mucho mayor en las regiones que he enumerado que en cualquiera otra, sino también que es muy conveniente que todos se unan en desear aquello que la sana razón parece exigir, y en evitar toda participación en la conducta perjura de los judíos. En fin, para expresar mi pensamiento en las menos palabras posibles, ha sido determinado por el común juicio de todos que la santísima fiesta de la Pascua se celebre en un solo y mismo día. Porque, por una parte, una discrepancia de opinión sobre cuestión tan sagrada es impropia, y por otra, es ciertamente lo mejor obrar conforme a una decisión que está libre de extraña necedad y error.

    Capítulo 20. Exhortación a obedecer los decretos del concilio

    III, 20

    Recibid, pues, con toda buena voluntad esta orden verdaderamente divina, y tenedla en verdad por don de Dios. Porque todo cuanto se determina en las santas asambleas de los obispos ha de ser tenido por indicio de la voluntad divina. Tan pronto, pues, como hayáis comunicado estas actas a todos nuestros amados hermanos, quedáis obligados desde ese momento a adoptar por vosotros mismos, y a imponer a los demás, la disposición antes mencionada y la debida observancia de este día sacratísimo; para que, cuando yo venga a la presencia de vuestro amor, que por tanto tiempo he deseado, tenga en mi poder celebrar la santa fiesta con vosotros en el mismo día, y pueda regocijarme con vosotros en todo respecto, al contemplar que el cruel poder de Satanás queda abolido con la ayuda divina por medio de nuestros afanes, mientras por doquier florecen vuestra fe, vuestra paz y vuestra concordia. ¡Dios os guarde, amados hermanos!
    El emperador transmitió una copia fiel de esta carta a todas las provincias, en la cual quienes la leían podían discernir, como en un espejo, la pura sinceridad de sus pensamientos y de su piedad para con Dios.

    Capítulo 21. Recomendación a los obispos, a su partida, de preservar la armonía

    III, 21

    Y cuando ya el concilio estaba a punto de disolverse definitivamente, convocó a todos los obispos a reunirse con él en un día señalado, y a su llegada les dirigió un discurso de despedida, en el que les recomendó ser diligentes en el mantenimiento de la paz, evitar las disputas contenciosas entre ellos y no tener celos si alguno de su número parecía sobresalir en sabiduría y elocuencia, sino estimar la excelencia de uno como bendición común a todos. Por otra parte, les recordó que los más dotados debían abstenerse de exaltarse en perjuicio de sus hermanos más humildes, pues es prerrogativa de Dios juzgar la verdadera superioridad. Antes bien, debían condescender consideradamente con los más débiles, recordando que la perfección absoluta, en cualquier caso, es ciertamente una cualidad rara. Cada uno, pues, debía estar dispuesto a conceder indulgencia al otro por las faltas leves, a mirar con caridad y pasar por alto las meras debilidades humanas, teniendo la armonía mutua en la más alta honra, para que no se diera ocasión de burla por sus disensiones a quienes están siempre prontos a blasfemar contra la palabra de Dios; a los cuales, en verdad, deberíamos esforzarnos con todo nuestro poder por salvar, y esto no puede ser a menos que nuestra conducta les parezca atractiva. Pero bien sabéis que el testimonio no produce en modo alguno bendición para todos, pues algunos que oyen se alegran de asegurar la provisión de sus meras necesidades corporales, mientras otros cortejan el patrocinio de sus superiores; algunos fijan su afecto en quienes los tratan con hospitalidad, y otros, honrados con presentes, aman a su vez a sus bienhechores; pero pocos son los que realmente desean la palabra del testimonio, y raro es hallar un amigo de la verdad. De ahí la necesidad de esforzarse por atender al caso de todos, y, a semejanza de un médico, administrar a cada uno lo que pueda contribuir a la salud del alma, a fin de que la doctrina salvadora sea plenamente honrada por todos. De esta índole fue la primera parte de su exhortación; y, para concluir, les encargó que ofrecieran diligentes súplicas a Dios en favor suyo. Habiéndose así despedido de ellos, les dio a todos permiso para regresar a sus respectivos países; y esto hicieron con gozo, y desde entonces aquella unidad de juicio a la que habían llegado en presencia del emperador continuó prevaleciendo, y quienes por largo tiempo habían estado divididos quedaron unidos como miembros de un mismo cuerpo.

    Capítulo 22. Cómo despidió a algunos, y escribió cartas a otros; también sus presentes

    III, 22

    Lleno de gozo, pues, por este éxito, el emperador presentó, por así decirlo, frutos agradables en forma de cartas a quienes no habían estado presentes en el concilio. Mandó también que se distribuyeran abundantes dádivas de dinero a todo el pueblo, tanto en el campo como en las ciudades, complaciéndose así en honrar la ocasión festiva del vigésimo aniversario de su reinado.

    Capítulo 23. Cómo escribió a los egipcios, exhortándolos a la paz

    III, 23

    Y cuando todos los demás estaban en paz, sólo entre los egipcios seguía ardiendo una contienda implacable, de modo que turbó una vez más la tranquilidad del emperador, aunque no llegó a excitar su ira. Pues, en verdad, trató a las partes contendientes con todo respeto, como a padres, y aun más, como a profetas de Dios; de nuevo los convocó a su presencia, de nuevo actuó pacientemente como mediador entre ellos, los honró con dones y comunicó también el resultado de su arbitraje por carta. Confirmó y sancionó los decretos del concilio, y los exhortó a esforzarse con empeño por la concordia, a no distraer ni desgarrar a la Iglesia, sino a tener presente el pensamiento del juicio de Dios. Y estos mandatos los envió el emperador en una carta escrita de su propia mano.

    Capítulo 24. Cómo escribía frecuentes cartas de carácter religioso a los obispos y al pueblo

    III, 24

    Pero además de éstas, sus obras escritas sobre asuntos semejantes son muy numerosas, y fue autor de multitud de cartas: algunas a los obispos, en las que les imponía mandatos encaminados a la utilidad de las Iglesias de Dios; y en ocasiones el tres veces bienaventurado se dirigía al pueblo de las iglesias en general, llamándolos sus propios hermanos y consiervos. Pero tal vez en adelante hallemos tiempo para reunir estos despachos en forma separada, a fin de que la integridad de nuestra presente historia no se vea menoscabada por su inserción.

    Capítulo 25. Cómo ordenó la erección de una iglesia en Jerusalén, en el santo lugar de la resurrección de nuestro Salvador

    III, 25

    Después de estas cosas, el piadoso emperador se dedicó a otra obra verdaderamente digna de memoria, en la provincia de Palestina. ¿Cuál fue, pues, esa obra? Juzgó que era su deber hacer del bendito lugar de la resurrección de nuestro Salvador un objeto de atracción y veneración para todos. Dio, por tanto, órdenes inmediatas para la erección en aquel sitio de una casa de oración; y esto lo hizo no por mero impulso natural de su propia mente, sino movido en su espíritu por el Salvador mismo.

    Capítulo 26. Que el Santo Sepulcro había sido cubierto de escombros y de ídolos por los impíos

    III, 26

    Porque en tiempos pasados se habían esforzado los hombres impíos (o, mejor dicho, toda la raza de los malos espíritus por medio de ellos), en consignar a las tinieblas del olvido aquel divino monumento de inmortalidad al que el ángel radiante había descendido del cielo y removido la piedra para aquellos que aún tenían corazones de piedra, y que suponían que el Viviente yacía todavía entre los muertos; y había anunciado también la buena nueva a las mujeres, y removido su incredulidad de corazones pétreos con la convicción de que aquel a quien buscaban estaba vivo. Esta sagrada cueva, pues, ciertos hombres impíos y sin Dios habían pensado quitarla por completo de los ojos de los hombres, suponiendo en su necedad que así podrían oscurecer eficazmente la verdad. Por consiguiente, trajeron de lejos una cantidad de tierra con mucho trabajo y cubrieron todo el lugar; luego, elevada ésta a una altura moderada, lo pavimentaron con piedra, ocultando la santa cueva debajo de este macizo montículo. Entonces, como si su propósito hubiera sido cumplido con eficacia, prepararon sobre este fundamento un sepulcro de almas verdaderamente espantoso, construyendo un santuario tenebroso de ídolos sin vida al espíritu impuro a quien llaman Venus, y ofreciendo en él oblaciones detestables sobre altares profanos y malditos. Pues suponían que su objeto no podía alcanzarse plenamente de otro modo, sino sepultando la sagrada cueva bajo estas sucias profanaciones. ¡Desdichados hombres! No podían comprender cuán imposible era que su intento permaneciera desconocido para aquel que había sido coronado con victoria sobre la muerte, así como el sol abrasador, cuando se levanta sobre la tierra y sigue su acostumbrado curso por en medio del cielo, no es invisible para toda la raza de los hombres. En verdad, su poder salvador, resplandeciendo con brillo aún mayor e iluminando, no los cuerpos, sino las almas de los hombres, estaba ya llenando el mundo con el fulgor de su propia luz. Sin embargo, estos ardides de los hombres impíos y malvados contra la verdad prevalecieron por mucho tiempo, y no había aparecido todavía ninguno de los gobernadores, ni de los jefes militares, ni siquiera de los propios emperadores, con capacidad para abolir estas audaces impiedades, salvo aquel único que gozaba del favor del Rey de reyes. Y ahora, obrando como obraba bajo la guía del divino Espíritu, no podía consentir ver el sagrado lugar del que hemos hablado, sepultado así por los ardides de los adversarios, bajo toda clase de impureza, abandonado al olvido y al abandono; ni cedería a la malicia de quienes habían contraído esta culpa, sino que, invocando la ayuda divina, dio orden de que el lugar fuera completamente purificado, pensando que las partes que más habían sido contaminadas por el enemigo debían recibir, por su medio, señales especiales de la grandeza del favor divino. Apenas, pues, se dieron sus órdenes, aquellas máquinas de engaño fueron derribadas desde su orgullosa eminencia hasta el suelo, y las moradas del error, con las estatuas y los malos espíritus que representaban, fueron derrocadas y destruidas por completo.

    Capítulo 27. Cómo ordenó Constantino que los materiales del templo de los ídolos, y la tierra misma, fueran retirados a distancia

    III, 27

    Y el celo del emperador no se detuvo aquí; antes bien, dio nuevas órdenes de que los materiales de lo que así fue destruido, tanto piedra como madera, fueran retirados y arrojados tan lejos del lugar como fuera posible; y también este mandato fue ejecutado con prontitud. El emperador, sin embargo, no se contentó con haber llegado hasta aquí: una vez más, inflamado de santo ardor, dispuso que el propio suelo fuera excavado a considerable profundidad, y que la tierra que había sido contaminada por las sucias impurezas del culto de los demonios fuera transportada a un lugar muy distante.

    Capítulo 28. Descubrimiento del Sepulcro Santísimo

    III, 28

    Esto también se cumplió sin demora. Pero apenas apareció la superficie original del suelo, bajo la capa de tierra, al instante, y contra toda expectativa, quedó al descubierto el venerable y santificado monumento de la resurrección de nuestro Salvador. Entonces, en verdad, aquella santísima cueva presentó una fiel semejanza de su retorno a la vida, pues, después de haber yacido sepultada en tinieblas, salió de nuevo a la luz, y ofreció a cuantos venían a contemplar el espectáculo una prueba clara y visible de las maravillas de que aquel lugar había sido escenario; un testimonio de la resurrección del Salvador más claro que cuanto pudiera dar voz alguna.
    Comentario editorial · El Santo Sepulcro y el silencio sobre la cruz
    Eusebio cuenta que Constantino mandó levantar una casa de oración en el lugar de la resurrección y que, al quitar la tierra, apareció contra toda expectativa el sepulcro (III, 25 y 28). Según Wikipedia, la iglesia se consagró el 13 de septiembre de 335. En los capítulos III, 25–47 de esta edición no aparece la palabra «cruz»: el hallazgo de la cruz por Elena es una leyenda posterior, que Wikipedia documenta en Ambrosio (Sobre la muerte de Teodosio) y en los capítulos que Rufino añadió a su versión latina de la Historia eclesiástica. Eusebio sí atribuye a Elena, ya de unos ochenta años, la visita a Palestina y la iglesia de la gruta del nacimiento y la del monte de la ascensión (III, 41–46).

    Capítulo 29. Cómo escribió acerca de la erección de una iglesia, tanto a los gobernadores de las provincias como al obispo Macario

    III, 29

    [Inmediatamente] después de los sucesos que he referido, el emperador envió órdenes que respiraban un espíritu verdaderamente piadoso, concediendo al mismo tiempo abundantes sumas de dinero y mandando que se erigiera, cerca del sepulcro del Salvador, una casa de oración digna del culto de Dios, con escala de rica y regia grandeza. Este propósito lo había tenido en vista, en verdad, desde hacía algún tiempo, y lo había previsto, como con la ayuda de una inteligencia superior, aquello que después había de suceder. Dio, pues, sus mandatos a los gobernadores de las provincias orientales, para que con un gasto abundante y sin escatimar aseguraran la terminación de la obra con escala de noble y amplia magnificencia. Envió asimismo la siguiente carta al obispo que en aquel tiempo presidía la iglesia de Jerusalén, en la cual afirmaba con claridad la doctrina salvadora de la fe, escribiendo en estos términos.

    Capítulo 30. Carta de Constantino a Macario acerca de la construcción de la Iglesia de nuestro Salvador

    III, 30

    [Víctor Constancio, Máximo Augusto], a Macario.
    Tal es la gracia de nuestro Salvador, que ningún poder del lenguaje parece adecuado para describir la maravillosa circunstancia a la que voy a referirme. Pues que el monumento de su santísima Pasión, sepultado bajo tierra desde hace tanto tiempo, haya permanecido desconocido por tan larga serie de años, hasta su reaparición ante sus siervos, ahora liberados por la remoción de aquel que era el enemigo común de todos, es un hecho que verdaderamente supera toda admiración. Pues si todos los que pasan por sabios en el mundo se unieran en sus esfuerzos por decir algo digno de este acontecimiento, no podrían alcanzar su objeto ni en el más mínimo grado. En efecto, la naturaleza de este milagro trasciende tanto la capacidad de la razón humana cuanto las cosas celestiales son superiores a las humanas. Por esta causa es siempre mi primer, y aun mi único objeto, que, como la autoridad de la verdad se manifiesta a diario con nuevas maravillas, así nuestras almas se vuelvan todas más celosas, con toda sobriedad y unánime empeño, por la honra de la ley divina. Deseo, por tanto, especialmente, que os persuadáis de aquello que supongo es evidente para todos los demás, a saber, que no tengo mayor cuidado que el de adornar con una estructura espléndida aquel sagrado lugar, el cual, bajo dirección divina, he descargado, por así decirlo, del pesado peso del sucio culto de los ídolos; un lugar que desde el principio ha sido tenido por santo en el juicio de Dios, pero que ahora aparece aún más santo, puesto que ha sacado a la luz una clara confirmación de la pasión de nuestro Salvador.

    Capítulo 31. Que el edificio debía superar a todas las iglesias del mundo en la belleza de sus muros, sus columnas y mármoles

    III, 31

    Por tanto, convendrá que vuestra sagacidad disponga y provea todo lo necesario para la obra, de modo que no solo la iglesia misma en su conjunto supere en belleza a todas las demás, sino que los detalles del edificio sean tales que las más hermosas construcciones de cualquier ciudad del imperio sean aventajadas por esta. Y en cuanto a la erección y decoración de los muros, os informo que nuestro amigo Draquiliano, lugarteniente de los prefectos del pretorio, y el gobernador de la provincia, han recibido de nosotros un encargo. Pues nuestras piadosas instrucciones a ellos son que artesanos y obreros, y todo lo que vuestra sagacidad entienda necesario para el avance de la obra, sea suministrado de inmediato por su cuidado. Y en cuanto a las columnas y los mármoles, todo lo que juzguéis, tras inspección real del plano, que sea especialmente precioso y útil, sed diligente en enviarnos información por escrito, para que la cantidad o clase de materiales que estimemos necesarios según vuestra carta, sean procurados de todas partes, según se requiera, pues es justo que el lugar más maravilloso del mundo sea decorado dignamente.

    Capítulo 32. Que instruyó a los gobernadores sobre el embellecimiento del techo; también sobre obreros y materiales

    III, 32

    Con respecto al techo de la iglesia, deseo saber de vos si en vuestro juicio debe ser artesonado o acabado con cualquier otro tipo de obra. Si se adopta el artesonado, también puede ser ornamentado con oro. Por lo demás, vuestra Santidad informará lo antes posible a los mencionados magistrados cuántos obreros y artesanos, y qué gasto de dinero se requiere. También tendréis cuidado de enviarnos un informe sin demora, no solo respecto a los mármoles y columnas, sino también al artesonado, si este os parece la forma más hermosa. ¡Dios os guarde, amado hermano!

    Capítulo 33. Cómo se edificó la Iglesia de nuestro Salvador, la Nueva Jerusalén profetizada en la Escritura

    III, 33

    Esta fue la carta del emperador; y sus instrucciones se llevaron a efecto de inmediato. En consecuencia, en el mismísimo lugar que presenció los sufrimientos del Salvador, se construyó una nueva Jerusalén, frente a la tan celebrada de antaño, la cual, desde la mancha vergonzosa de culpa que le acarreó el asesinato del Señor, había experimentado el último extremo de la desolación, efecto del juicio divino sobre su impío pueblo. Fue frente a esta ciudad que el emperador comenzó entonces a erigir un monumento a la victoria del Salvador sobre la muerte, con rica y pródiga magnificencia. Y puede ser que esta fuera aquella segunda y nueva Jerusalén de la que hablaban las predicciones de los profetas, sobre la cual se da tan abundante testimonio en los registros divinamente inspirados.
    En primer lugar, pues, adornó la sagrada cueva misma, como parte principal de toda la obra, y el santificado monumento ante el cual el ángel resplandeciente de luz había declarado una vez a todos aquella regeneración que se manifestó primero en la persona del Salvador.

    Capítulo 34. Descripción de la estructura del Santo Sepulcro

    III, 34

    Por tanto, este monumento, en primer lugar, como parte principal del todo, la celosa magnificencia del emperador lo embelleció con raras columnas, y lo enriqueció profusamente con los más espléndidos ornamentos de toda clase.

    Capítulo 35. Descripción del atrio y los pórticos

    III, 35

    El siguiente objeto de su atención fue un espacio de terreno de gran extensión, abierto al aire puro del cielo. Lo adornó con un pavimento de piedra finamente pulida, y lo encerró por tres lados con pórticos de gran longitud.

    Capítulo 36. Descripción de los muros, techo, decoración y dorado del cuerpo de la iglesia

    III, 36

    Pues en el lado opuesto a la cueva, que era el lado oriental, se erigió la iglesia misma; una noble obra que se elevaba a una vasta altura, y de gran extensión tanto en longitud como en anchura. El interior de esta estructura estaba pavimentado con losas de mármol de varios colores; mientras que la superficie exterior de los muros, que brillaba con piedras pulidas exactamente encajadas, exhibía un grado de esplendor en nada inferior al del mármol. En cuanto al techo, estaba cubierto por fuera con plomo, como protección contra las lluvias del invierno. Pero la parte interior del techo, que estaba acabada con artesonado esculpido, se extendía en una serie de compartimentos conectados, como un vasto mar, sobre toda la iglesia; y, estando recubierta por completo con el oro más puro, hacía que todo el edificio reluciera como con rayos de luz.

    Capítulo 37. Descripción de los dobles pórticos a cada lado, y de las tres puertas orientales

    III, 37

    Además de esto había dos pórticos a cada lado, con hileras superiores e inferiores de pilares, correspondientes en longitud con la iglesia misma; y estos también tenían sus techos ornamentados con oro. De estos pórticos, los que eran exteriores a la iglesia estaban sostenidos por columnas de gran tamaño, mientras que los interiores a estos descansaban sobre pilares de piedra hermosamente adornados en la superficie. Tres puertas, colocadas exactamente al este, estaban destinadas a recibir a las multitudes que entraban en la iglesia.

    Capítulo 38. Descripción del hemisferio, las doce columnas y sus cuencos

    III, 38

    Frente a estas puertas, la parte culminante del conjunto era el hemisferio, que se elevaba hasta la cima misma de la iglesia. Este estaba rodeado por doce columnas (según el número de los apóstoles de nuestro Salvador), cuyos capiteles estaban embellecidos con cuencos de plata de gran tamaño, que el propio emperador presentó como espléndida ofrenda a su Dios.

    Capítulo 39. Descripción del patio interior, las arcadas y los soportales

    III, 39

    En el lugar siguiente encerró el atrio que ocupaba el espacio que conducía a las entradas frente a la iglesia. Esto comprendía, primero el patio, luego los pórticos a cada lado y, por último, las puertas del patio. Después de estos, en medio de la plaza abierta, las puertas generales de entrada, que eran de exquisita factura, ofrecían a los transeúntes del exterior una vista del interior que no podía dejar de inspirar asombro.

    Capítulo 40. Del número de sus ofrendas

    III, 40

    Este templo, pues, el emperador lo erigió como monumento conspicuo de la resurrección del Salvador, y lo embelleció por completo con una magnificencia de escala imperial. Lo enriqueció además con innumerables ofrendas de inexpresable belleza y de diversos materiales: oro, plata y piedras preciosas, cuya hábil y elaborada disposición, en cuanto a su magnitud, número y variedad, no tenemos tiempo ahora de describir en particular.

    Capítulo 41. De la erección de iglesias en Belén y en el Monte de los Olivos

    III, 41

    En el mismo país descubrió otros lugares, venerables por ser los emplazamientos de dos cuevas sagradas: y estos también los adornó con pródiga magnificencia. En un caso, rindió el debido honor a aquel que había sido el escenario de la primera manifestación de la divina presencia de nuestro Salvador, cuando se sometió a nacer en carne mortal; mientras que en el caso de la segunda caverna, santificó el recuerdo de su ascensión al cielo desde la cima del monte. Y mientras así testificaba noblemente su reverencia por estos lugares, al mismo tiempo eternizaba la memoria de su madre, que había sido el instrumento de conferir tan valioso beneficio a la humanidad.

    Capítulo 42. Que la emperatriz Elena, madre de Constantino, habiendo visitado este lugar con fines devocionales, edificó estas iglesias

    III, 42

    Pues ella, habiendo resuelto cumplir los deberes de piadosa devoción al Dios, Rey de reyes, y sintiendo que le incumbía rendir acciones de gracias con oraciones tanto en favor de su propio hijo, ahora tan poderoso emperador, como de sus hijos, sus propios nietos, los divinamente favorecidos Césares, aunque ya avanzada en años, sin embargo dotada de un grado nada común de sabiduría, se había apresurado con juvenil presteza a contemplar esta venerable tierra; y al mismo tiempo a visitar las provincias orientales, ciudades y pueblos, con una solicitud verdaderamente imperial. Tan pronto, pues, como hubo rendido la debida reverencia al suelo que los pies del Salvador habían hollado, según la palabra profética que dice «Adoremos en el lugar donde se posaron sus pies», ella legó inmediatamente el fruto de su piedad a las generaciones futuras.

    Capítulo 43. Una noticia adicional sobre las iglesias de Belén

    III, 43

    Pues sin demora dedicó dos iglesias al Dios a quien adoraba, una en la gruta que había sido el escenario del nacimiento del Salvador; la otra en el monte de su ascensión. Pues aquel que era «Dios con nosotros» se había sometido a nacer incluso en una cueva de la tierra, y el lugar de su natividad fue llamado Belén por los hebreos. En consecuencia, la piadosa emperatriz honró con raros memoriales el escenario del parto de quien dio a luz a este niño celestial, y embelleció la sagrada cueva con todo el esplendor posible. El propio emperador poco después testificó su reverencia por el lugar con ofrendas principescas, y añadió a la magnificencia de su madre costosos presentes de plata y oro, y colgaduras bordadas. Y además, la madre del emperador levantó una estructura majestuosa también en el Monte de los Olivos, en memoria de su ascensión al cielo quien es el Salvador de la humanidad, erigiendo una iglesia y templo sagrados en la cima misma del monte. Y en verdad la historia auténtica nos informa de que en esta misma cueva el Salvador impartió sus revelaciones secretas a sus discípulos. Y aquí también el emperador testificó su reverencia por el Rey de reyes, mediante diversas y costosas ofrendas. Así hizo Elena Augusta, la piadosa madre de un piadoso emperador, erigir sobre las dos cavernas místicas estos dos nobles y hermosos monumentos de devoción, dignos de recuerdo eterno, en honor de Dios su Salvador, y como pruebas de su santo celo, recibiendo de su hijo la ayuda de su poder imperial. Y no pasó mucho tiempo antes de que esta anciana mujer cosechara la debida recompensa de sus trabajos. Después de pasar todo el periodo de su vida, incluso hasta la edad declinante, en la mayor prosperidad, y exhibiendo tanto de palabra como de obra abundantes frutos de obediencia a los divinos preceptos, y habiendo disfrutado en consecuencia de una existencia fácil y tranquila, con potencias intactas de cuerpo y mente, al fin obtuvo de Dios un final acorde con su piadosa trayectoria, y una recompensa de sus buenas obras incluso en esta vida presente.

    Capítulo 44. De la generosidad y actos benéficos de Elena

    III, 44

    Pues con ocasión de un recorrido que hizo por las provincias orientales, en el esplendor de la autoridad imperial, otorgó abundantes pruebas de su liberalidad tanto a los habitantes de las diversas ciudades en conjunto como a los individuos que se le acercaban, al mismo tiempo que repartía dádivas entre la soldadesca con mano generosa. Pero especialmente abundantes fueron los dones que otorgó a los pobres desnudos y desamparados. A unos dio dinero, a otros un amplio suministro de vestido: liberó a algunos del encarcelamiento o de la amarga servidumbre de las minas; a otros los libró de la opresión injusta, y a otros más los restauró del destierro.

    Capítulo 45. La conducta piadosa de Elena en las iglesias

    III, 45

    Sin embargo, aunque su carácter adquiría lustre de obras como las que he descrito, estaba lejos de descuidar la piedad personal hacia Dios. Se la podía ver continuamente frecuentando su Iglesia, mientras al mismo tiempo adornaba las casas de oración con espléndidas ofrendas, sin pasar por alto las iglesias de las ciudades más pequeñas. En resumen, esta admirable mujer se la veía, con atuendo sencillo y modesto, mezclándose con la multitud de adoradores y testificando su devoción a Dios mediante un curso uniforme de conducta piadosa.

    Capítulo 46. Cómo hizo su testamento y murió a la edad de ochenta años

    III, 46

    Y cuando por fin, al término de una larga vida, fue llamada a heredar una suerte más dichosa, habiendo llegado al octogésimo año de su edad, y estando muy cerca del tiempo de su partida, preparó y ejecutó su última voluntad en favor de su único hijo, el emperador y único monarca del mundo, y de sus nietos, los Césares sus hijos, a quienes respectivamente legó cuanta propiedad poseía en cualquier parte del mundo. Habiendo hecho así su testamento, esta tres veces bendita mujer murió en presencia de su ilustre hijo, que estaba en asistencia a su lado, cuidándola y sosteniéndole las manos: de modo que, para quienes discernían correctamente la verdad, la tres veces bendita parecía no morir, sino experimentar un verdadero cambio y tránsito de una existencia terrenal a una celestial, pues su alma, remodelada como si fuera en una esencia incorruptible y angélica, fue recibida en la presencia de su Salvador.

    Capítulo 47. Cómo Constantino enterró a su madre y cómo la honró durante su vida

    III, 47

    Su cuerpo también fue honrado con muestras especiales de respeto, siendo escoltado en su camino hacia la ciudad imperial por una vasta comitiva de guardias, y allí depositado en una tumba real. Tales fueron los últimos días de la madre de nuestro emperador, persona digna de ser tenida en perpetuo recuerdo, tanto por su propia piedad práctica como porque había dado a luz a una descendencia tan extraordinaria y admirable. Y bien puede su carácter ser llamado bendito, por su piedad filial así como por otros motivos. Él la hizo, mediante su influencia, tan devota adoradora de Dios (aunque antes no lo había sido), que parecía haber sido instruida desde el principio por el Salvador de la humanidad: y además de esto, la había honrado tan plenamente con dignidades imperiales, que en cada provincia, y en las mismas filas de la soldadesca, se hablaba de ella bajo los títulos de Augusta y emperatriz, y su efigie estaba grabada en monedas de oro. Incluso le había concedido autoridad sobre los tesoros imperiales, para usarlos y dispensarlos según su propia voluntad y discreción en cada caso: pues esta envidiable distinción también la recibió de manos de su hijo. De ahí que entre las cualidades que arrojan lustre sobre su memoria, podamos justamente incluir aquel grado superlativo de afecto filial mediante el cual rindió plena obediencia a los preceptos divinos que imponen el debido honor de los hijos a los padres. De esta manera, pues, el emperador ejecutó en Palestina las nobles obras que he descrito arriba: y en verdad en cada provincia levantó nuevas iglesias a una escala mucho más imponente que las que habían existido antes de su tiempo.

    Capítulo 48. Cómo edificó iglesias en honor de los mártires y abolió la idolatría en Constantinopla

    III, 48

    Y estando plenamente resuelto a distinguir con especial honor a la ciudad que llevaba su nombre, la embelleció con numerosos edificios sagrados, tanto memoriales de mártires a la mayor escala, como otros edificios del tipo más espléndido, no solo dentro de la ciudad misma, sino en sus cercanías: y así al mismo tiempo rindió honor a la memoria de los mártires, y consagró su ciudad al Dios de los mártires. Lleno, además, de sabiduría divina, determinó purgar de toda clase de idolatría a la ciudad que había de distinguirse con su propio nombre, para que en adelante no se adoraran allí estatuas en los templos de aquellos falsamente reputados como dioses, ni se profanaran altares con la contaminación de sangre: que no hubiera sacrificios consumidos por el fuego, ni fiestas demoníacas, ni ninguna de las otras ceremonias usualmente observadas por los supersticiosos.

    Capítulo 49. Representación de la Cruz en el palacio, y de Daniel en las fuentes públicas

    III, 49

    Por otra parte, se podían ver las fuentes en medio de la plaza adornadas con figuras que representaban al buen Pastor, bien conocido por quienes estudian los sagrados oráculos, y también la de Daniel con los leones, forjadas en bronce y resplandecientes con láminas de oro. En verdad, tan grande medida de amor divino poseía el alma del emperador, que en la estancia principal del propio palacio imperial, sobre una vasta tabla expuesta en el centro de su artesonado recubierto de oro, hizo fijar el símbolo de la Pasión de nuestro Salvador, compuesto de variedad de piedras preciosas ricamente engastadas en oro. Este símbolo parecía haberlo destinado a ser como la salvaguardia del propio imperio.

    Capítulo 50. Que erigió iglesias en Nicomedia y en otras ciudades

    III, 50

    Habiendo embellecido así la ciudad que llevaba su nombre, distinguió luego a la capital de Bitinia con la erección de una iglesia majestuosa y magnífica, deseoso de levantar también en esta ciudad, en honor de su Salvador y a sus propias expensas, un memorial de su victoria sobre sus propios enemigos y los adversarios de Dios. Asimismo decoró las principales ciudades de las otras provincias con sagrados edificios de gran belleza; como, por ejemplo, en el caso de aquella metrópoli del Oriente que derivaba su nombre de Antíoco, en la cual, como cabeza de aquella parte del imperio, consagró al servicio de Dios una iglesia de tamaño y belleza sin par. Todo el edificio estaba rodeado por un recinto de gran extensión, dentro del cual la iglesia misma se elevaba a una altura inmensa, siendo de forma octogonal y rodeada por todas partes de muchas cámaras, patios y aposentos superiores e inferiores; el conjunto ricamente adornado con profusión de oro, bronce y otros materiales del más costoso tipo.

    Capítulo 51. Que ordenó construir una iglesia en Mambre

    III, 51

    Tales fueron los principales sagrados edificios erigidos por mandato del emperador. Pero habiendo oído que el mismo Salvador que en otro tiempo había aparecido en la tierra había concedido, en edades ya muy pasadas, una manifestación de su divina presencia a santos varones de Palestina cerca de la encina de Mambre, ordenó que se construyera allí también una casa de oración en honor del Dios que así se había aparecido. En consecuencia, la comisión imperial fue transmitida a los gobernadores provinciales mediante cartas dirigidas a cada uno, encargándoles la pronta terminación de la obra encomendada. Envió además al autor de esta historia una elocuente admonición, copia de la cual creo conveniente insertar en la presente obra, a fin de transmitir una justa idea de su piadosa diligencia y celo. Para expresar, pues, su desagrado ante las malas prácticas que, según había oído, eran habituales en el lugar recién referido, se dirigió a mí en los siguientes términos.

    Capítulo 52. Carta de Constantino a Eusebio acerca de Mambre

    III, 52

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], a Macario, y a los demás obispos de Palestina.
    Un beneficio, y de no poca importancia, nos ha sido conferido por mi verdaderamente piadosa suegra, al habernos dado a conocer por carta aquella abandonada locura de hombres impíos que hasta ahora había escapado a vuestra detección: de modo que la conducta criminal así pasada por alto pueda ahora, por nuestro medio, obtener la corrección y el remedio adecuados, necesarios aunque tardíos. Porque ciertamente es una grave impiedad, en verdad, que los lugares santos sean profanados por la mancha de impurezas sacrílegas. ¿Qué es, pues, esto, carísimos hermanos, que, aunque ha eludido vuestra sagacidad, aquella de quien hablo se sintió impulsada por un piadoso sentido del deber a revelar?

    Capítulo 53. Que el Salvador se apareció en este lugar a Abraham

    III, 53

    Ella me asegura, pues, que el lugar que toma su nombre de la encina de Mambre, donde hallamos que Abraham habitó, está profanado por ciertos esclavos de la superstición de todas las maneras posibles. Declara que ídolos que deberían ser enteramente destruidos han sido erigidos en el sitio de aquel árbol; que hay un altar cerca del lugar; y que se realizan continuamente sacrificios impuros. Ahora bien, puesto que es evidente que estas prácticas son igualmente incompatibles con el carácter de nuestros tiempos e indignas de la santidad del lugar mismo, deseo que vuestras Gravedades sean informadas de que el ilustre conde Acacio, amigo nuestro, ha recibido instrucciones por carta mía, en el sentido de que todo ídolo que se halle en el lugar arriba mencionado sea inmediatamente entregado a las llamas; que el altar sea demolido por completo; y que si alguno, después de este nuestro mandato, fuere culpable de impiedad de cualquier clase en este lugar, será castigado con la pena condigna. El lugar mismo hemos ordenado que sea adornado con una estructura sin mancha, quiero decir una iglesia; a fin de que se convierta en lugar apropiado de reunión para los santos varones. Entretanto, si ocurriere alguna infracción de estas nuestras órdenes, debe ser puesta en conocimiento de nuestra clemencia sin la menor demora mediante cartas vuestras, para que podamos disponer que la persona descubierta sea tratada, como transgresora de la ley, de la manera más severa. Pues vosotros no ignoráis que el Dios Supremo se apareció primero a Abraham y conversó con él en aquel lugar. Allí fue donde la observancia de la ley divina comenzó primero; allí primero el Salvador mismo, con los dos ángeles, se dignó conceder a Abraham una manifestación de su presencia; allí Dios se apareció primero a los hombres; allí dio promesa a Abraham acerca de su futura descendencia, y al punto cumplió esa promesa; allí predijo que él sería padre de una multitud de naciones. Por estas razones, me parece justo que este lugar no solo sea conservado puro mediante vuestra diligencia de toda contaminación, sino también restaurado a su santidad prístina; para que nada en adelante se haga allí salvo la realización del servicio debido a aquel que es el Dios Todopoderoso, y nuestro Salvador, y Señor de todo. Y este servicio os incumbe cuidar con la debida atención, si vuestras Gravedades están dispuestas (y de esto me siento seguro) a satisfacer mis deseos, que están especialmente interesados en el culto de Dios. ¡Que Él os guarde, amados hermanos!

    Capítulo 54. Destrucción de templos e imágenes de ídolos en todas partes

    III, 54

    Todas estas cosas las realizó diligentemente el emperador para alabanza del poder salvador de Cristo, y así hizo de ello su constante propósito glorificar a su Dios Salvador. Por otra parte, empleó todos los medios para reprender los errores supersticiosos de los paganos. De aquí que las entradas de sus templos en las diversas ciudades quedaron expuestas a la intemperie, despojadas de sus puertas por orden suya; a otros se les quitó el tejado y se destruyeron sus techumbres. De otros, además, las venerables estatuas de bronce, de las que la superstición de la antigüedad se había jactado durante una larga serie de años, fueron expuestas a la vista en todos los lugares públicos de la ciudad imperial: de modo que aquí un Apolo Pitio, allí un Apolo Esminteo, excitaban el desprecio del espectador; mientras que los trípodes délficos fueron depositados en el hipódromo y las Musas de Helicón en el propio palacio. En resumen, la ciudad que llevaba su nombre estaba por todas partes llena de estatuas de bronce de la más exquisita factura, que habían sido dedicadas en cada provincia, y que las engañadas víctimas de la superstición habían honrado largo tiempo vanamente como dioses con innumerables víctimas y sacrificios quemados, aunque ahora al fin aprendieron a renunciar a su error, cuando el emperador puso los objetos mismos de su culto como irrisión y burla de todos los espectadores. En cuanto a aquellas imágenes que eran de oro, trató con ellas de manera diferente. Pues tan pronto como comprendió que las multitudes ignorantes estaban inspiradas por un temor vano y pueril de estos espantajos del error, labrados en oro y plata, juzgó justo retirar también estos, como piedras de tropiezo arrojadas en el camino de hombres que andan en tinieblas, y abrir en adelante un camino real, llano y sin obstáculos para todos. Habiendo resuelto esto, consideró que no se necesitaban soldados ni fuerza militar de clase alguna para la supresión del mal: bastaron unos pocos de sus propios amigos para este servicio, y a estos los envió con una simple expresión de su voluntad a visitar cada provincia. En consecuencia, sostenidos por la confianza en las piadosas intenciones del emperador y por su propia devoción personal a Dios, pasaron por en medio de innumerables tribus y naciones, aboliendo este antiguo error en toda ciudad y país. Ordenaron a los propios sacerdotes, en medio de la risa y el escarnio generales, sacar a sus dioses de sus oscuros escondrijos a la luz del día: luego los despojaron de sus ornamentos y exhibieron a la mirada de todos la desagradable realidad que había estado oculta bajo una apariencia pintada. Por último, cualquier parte del material que parecía valiosa la raspaban y fundían al fuego para probar su valor, después de lo cual guardaban y apartaban lo que juzgaban necesario para su propósito, dejando a los supersticiosos adoradores lo que era completamente inútil, como memorial de su vergüenza. Mientras tanto, nuestro admirable príncipe estaba él mismo empeñado en una obra semejante a la que hemos descrito. Pues al mismo tiempo que estas costosas imágenes de los muertos eran despojadas, como hemos dicho, de sus materiales preciosos, atacó también las compuestas de bronce; haciendo que aquellas a quienes la chochez de la mitología había estimado como dioses fueran arrastradas de sus lugares con cuerdas y, por así decirlo, llevadas cautivas.

    Capítulo 55. Derribo de un templo de ídolos y abolición de las prácticas licenciosas, en Afaca de Fenicia

    III, 55

    El siguiente cuidado del emperador fue encender, por así decirlo, una antorcha brillante, a cuya luz dirigía su mirada imperial en derredor, para ver si aún existía algún vestigio oculto de error. Y así como el águila de vista penetrante en su vuelo hacia el cielo es capaz de divisar desde su excelsa altura los objetos más distantes de la tierra, así él, residiendo en el palacio imperial de su hermosa ciudad, descubrió como desde una atalaya una trampa oculta y fatal para las almas en la provincia de Fenicia. Esta era una arboleda y templo, no situados en medio de ciudad alguna, ni en lugar público, como suele ser el caso para el esplendor del efecto, sino apartados del camino trillado y frecuentado, en Afaca, sobre parte de la cumbre del monte Líbano, y dedicados al inmundo demonio conocido con el nombre de Venus. Era una escuela de maldad para todos los devotos de la impureza, y para los que destruían sus cuerpos con afeminamiento. Aquí hombres indignos de ese nombre olvidaban la dignidad de su sexo y propiciaban al demonio con su conducta afeminada; aquí también se perpetraban en este templo el comercio ilícito de mujeres y las relaciones adúlteras, con otras prácticas horribles e infames, como en un lugar fuera del alcance y la restricción de la ley. Entretanto estos males permanecían sin freno por la presencia de ningún observador, ya que nadie de carácter intachable se aventuraba a visitar tales escenas. Estos procederes, sin embargo, no podían escapar a la vigilancia de nuestro augusto emperador, quien, habiéndolos inspeccionado él mismo con característica previsión, y juzgando que semejante templo era indigno de la luz del cielo, dio órdenes de que el edificio con sus ofrendas fuera totalmente destruido. En consecuencia, en obediencia al mandato imperial, estos instrumentos de una superstición impura fueron inmediatamente abolidos, y la mano de la fuerza militar se hizo instrumento para purgar el lugar. Y ahora aquellos que hasta entonces habían vivido sin freno aprendieron el dominio propio mediante la amenaza de castigo del emperador, así como también aquellos gentiles supersticiosos, sabios en su propia opinión, que ahora obtuvieron prueba experimental de su propia necedad.

    Capítulo 56. Destrucción del templo de Esculapio en Egas

    III, 56

    Pues como un error muy extendido de estos pretendientes a la sabiduría concernía al demonio adorado en Cilicia, a quien miles veneraban como poseedor de poder salvador y sanador, que a veces se aparecía a los que pasaban la noche en su templo, a veces devolvía la salud a los enfermos, aunque por el contrario era un destructor de almas, que apartaba a sus fáciles engañados adoradores del verdadero Salvador para envolverlos en error impío, el emperador, consecuente con su práctica y su deseo de fomentar el culto de aquel que es a la vez un Dios celoso y el verdadero Salvador, dio instrucciones de que también este templo fuera arrasado hasta el suelo. En pronta obediencia a esta orden, una banda de soldados postró en el polvo este edificio, admiración de nobles filósofos, junto con su invisible morador, ni demonio ni dios, sino más bien un engañador de almas, que había seducido a la humanidad durante tanto tiempo a través de diversas edades. Y así aquel que había prometido a otros liberación de la desgracia y la angustia, no pudo hallar medio alguno para su propia seguridad, como tampoco cuando, según se cuenta en el mito, fue abrasado por el rayo. Las piadosas obras de nuestro emperador, sin embargo, no tenían nada de fabuloso ni fingido; sino que por virtud del poder manifestado de su Salvador, este templo, así como otros, fue tan completamente derribado, que no quedó ni rastro de las antiguas locuras.

    Capítulo 57. Cómo los gentiles abandonaron el culto a los ídolos y se volvieron al conocimiento de Dios

    III, 57

    De aquí resultó que, de los que habían sido esclavos de la superstición, cuando vieron con sus propios ojos la exposición de su engaño y contemplaron la ruina real de los templos e imágenes en todas partes, algunos se aplicaron a la doctrina salvadora de Cristo; mientras que otros, aunque rehusaron dar este paso, reprobaron sin embargo la necedad que habían recibido de sus padres, y se rieron con desprecio de lo que por tanto tiempo habían acostumbrado a considerar como dioses. En verdad, ¿qué otros sentimientos podían poseer sus mentes, cuando fueron testigos de la completa inmundicia oculta bajo la hermosa apariencia de los objetos de su culto? Debajo de esta se encontraban o huesos de hombres muertos o calaveras secas, fraudulentamente adornadas por las artes de los magos, o harapos asquerosos llenos de abominable impureza, o un haz de heno o rastrojo. Al ver todas estas cosas amontonadas dentro de sus imágenes sin vida, denunciaron la extrema necedad de sus padres y la suya propia, especialmente cuando ni en los recovecos secretos de los templos ni en las estatuas mismas pudo hallarse morador alguno; ni demonio, ni emisor de oráculos, ni dios ni profeta, como hasta entonces habían supuesto: es más, ni siquiera un fantasma tenue y sombrío podía verse. En consecuencia, toda caverna lóbrega, todo escondrijo oculto, ofrecía fácil acceso a los emisarios del emperador; las cámaras inaccesibles y secretas, los santuarios más íntimos de los templos, fueron pisoteados por los pies de los soldados; y así la ceguera mental que había prevalecido durante tantas edades sobre el mundo gentil se hizo claramente evidente a los ojos de todos.

    Capítulo 58. Cómo destruyó el templo de Venus en Heliópolis y edificó la primera iglesia en aquella ciudad

    III, 58

    Acciones como las que he descrito bien pueden contarse entre los más nobles logros del emperador, así como también las sabias disposiciones que tomó respecto de cada provincia en particular. Podemos citar la ciudad fenicia de Heliópolis, en la cual aquellos que dignifican el placer licencioso con un título distintivo de honor, habían permitido a sus esposas e hijas cometer fornicación desvergonzada. Pero ahora un nuevo estatuto, que respiraba el espíritu mismo de la modestia, procedió del emperador, el cual prohibía perentoriamente la continuación de las prácticas anteriores. Y además de esto les envió también exhortaciones por escrito, como si hubiera sido especialmente ordenado por Dios para este fin, para instruir a todos los hombres en los principios de la castidad. De ahí que no desdeñara comunicarse por carta incluso con estas personas, instándolas a buscar diligentemente el conocimiento de Dios. Al mismo tiempo acompañó sus palabras con obras correspondientes, y erigió incluso en esta ciudad una iglesia de gran tamaño y magnificencia: de modo que un suceso inaudito antes en época alguna, ahora por primera vez acontecía, a saber, que una ciudad que hasta entonces había estado enteramente entregada a la superstición obtuviera ahora el privilegio de una iglesia de Dios, con presbíteros y diáconos, y su pueblo quedó bajo el cuidado presidente de un obispo consagrado al servicio del Dios supremo. Y además, el emperador, ansioso de que también aquí cuantos fuera posible fueran ganados a la verdad, proveyó abundantes recursos para las necesidades de los pobres, deseando así incluso invitarlos a buscar las doctrinas de la salvación, como si casi adoptara las palabras de aquel que dijo: «Sea con pretexto o con verdad, que Cristo sea predicado.»

    Capítulo 59. Del disturbio en Antioquía causado por Eustacio

    III, 59

    En medio, sin embargo, de la felicidad general que estos sucesos producían, y mientras la Iglesia de Dios florecía por todas partes y de todos modos en todo el imperio, una vez más aquel espíritu de envidia, que siempre acecha la ruina de los buenos, se dispuso a combatir la grandeza de nuestra prosperidad, esperando acaso que el propio emperador, provocado por nuestros tumultos y desórdenes, llegara a apartarse de nosotros. En consecuencia, encendió una furiosa controversia en Antioquía, y con ello envolvió a la iglesia de aquel lugar en una serie de calamidades trágicas que casi ocasionaron la total ruina de la ciudad. Los miembros de la Iglesia se dividieron en dos partidos opuestos; y el pueblo, incluidos incluso los magistrados y la soldadesca, fue excitado hasta tal punto que la contienda se habría decidido por la espada, si la vigilante providencia de Dios, así como el temor al disgusto del emperador, no hubieran contenido el furor de la multitud. En esta ocasión también, el emperador, obrando como preservador y médico de las almas, aplicó con mucha paciencia el remedio de la persuasión a quienes lo necesitaban. Suavemente rogó, como por una embajada, a su pueblo, enviándoles a uno de los más probados y fieles de los que estaban honrados con la dignidad de conde; al mismo tiempo los exhortaba a un espíritu pacífico mediante repetidas cartas, y los instruía en la práctica de la verdadera piedad. Habiendo prevalecido con estas reconvenciones, disculpó su conducta en sus cartas posteriores, alegando que él mismo había oído los méritos del caso de labios de aquel por cuya causa se había originado el disturbio. Y estas cartas suyas, que están llenas de erudición e instrucción nada común, las habría insertado en la presente obra, de no ser porque podrían imprimir una marca de deshonra al carácter de las personas acusadas. Las omitiré, pues, no queriendo revivir la memoria de agravios pasados, y solo añadiré a mi presente narración aquellas que escribió para testimoniar su satisfacción por el restablecimiento de la paz y la concordia entre los demás. En estas cartas les advertía contra todo deseo de reclamar como propio al gobernante de otro distrito, por cuya intervención se había restaurado la paz, y los exhortaba, conforme a la costumbre de la Iglesia, a elegir como obispo suyo a aquel a quien el Salvador común de todos señalara como apto para el oficio. Su carta, pues, está dirigida al pueblo y a los obispos, por separado, en los siguientes términos.

    Capítulo 60. Carta de Constantino a los de Antioquía, ordenándoles no apartar a Eusebio de Cesarea, sino buscar a algún otro

    III, 60

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], al pueblo de Antioquía.
    Cuán grata es a la porción sabia e inteligente de la humanidad la concordia que existe entre vosotros. Y yo mismo, hermanos, estoy dispuesto a amaros con afecto duradero, inspirado a la vez por la religión y por vuestro propio modo de vida y celo por mí. Es con el ejercicio del recto entendimiento y de la sana discreción como de verdad podemos disfrutar de nuestros bienes. Y ¿qué puede conveniros tanto como esta discreción? No es de extrañar, pues, que yo afirme que vuestro mantenimiento de la verdad ha tendido más a promover vuestra seguridad que a atraeros el odio de los demás. En verdad, entre hermanos, a quienes la misma disposición a andar por los caminos de la verdad y de la justicia promete, por el favor de Dios, inscribir en su pura y santa familia, ¿qué puede haber más honorable que asentir con gusto a la prosperidad de todos los hombres? Especialmente porque los preceptos de la ley divina prescriben una dirección mejor a vuestra intención propuesta, y nosotros mismos deseamos que vuestro juicio sea confirmado con la debida sanción. Puede que os sorprenda y no acertéis a comprender el sentido de esta introducción a mi presente discurso. La causa de ello no dudaré en explicarla sin reserva. Confieso, pues, que al leer vuestras actas percibí, por el testimonio altamente elogioso que dan de Eusebio, obispo de Cesarea, a quien yo mismo conozco bien desde hace tiempo y estimo por su saber y moderación, que le estáis fuertemente apegados y deseáis apropiároslo como vuestro. ¿Qué pensamientos, pues, suponéis que abrigo sobre este asunto, deseoso como estoy de buscar y seguir los estrictos principios de la rectitud? ¿Qué ansiedad imagináis que este deseo vuestro me ha causado? ¡Oh santa fe, que nos das en las palabras y preceptos de nuestro Salvador un modelo, por así decir, de lo que debe ser nuestra vida! ¡Cuán difícilmente resistirías tú misma los pecados de los hombres, si no fuera porque te niegas a servir a los propósitos del lucro! A mi juicio, aquel cuyo primer objeto es el mantenimiento de la paz parece ser superior a la propia Victoria; y donde un rumbo recto y honorable se abre a la elección, ciertamente nadie vacilaría en adoptarlo. Pregunto, pues, hermanos: ¿por qué decidimos de modo que infligimos una injuria a otros con nuestra elección? ¿Por qué codiciamos objetos que destruirán el crédito de nuestra propia reputación? Yo mismo estimo altamente a la persona que juzgáis digna de vuestro respeto y afecto; no obstante, no puede ser justo que se desatiendan del todo aquellos principios que deberían ser autoritativos y obligatorios para todos por igual, de modo que cada uno no se contente con sus propias circunstancias y todos gocen de sus propios privilegios; ni puede ser justo, al considerar las pretensiones de candidatos rivales, suponer que no uno solo, sino muchos, puedan parecer dignos de comparación con esta persona. Pues mientras no se permita que violencia o dureza algunas perturben las dignidades de la iglesia, estas continúan en pie de igualdad y son dignas de la misma consideración en todas partes. Ni es razonable que la indagación sobre las cualidades de este solo se haga en detrimento de otros; puesto que el juicio de todas las iglesias, ya se las repute de mayor o menor importancia en sí mismas, es igualmente capaz de recibir y mantener las ordenanzas divinas, de modo que una no es en modo alguno inferior a otra, si nos atrevemos a declarar con valentía la verdad respecto de aquella norma de conducta común a todas. Si esto es así, hemos de decir que seréis acusables, no de retener a este prelado, sino de apartarlo injustamente; vuestra conducta se caracterizará más por la violencia que por la justicia; y sea cual fuere lo que otros piensen en general, me atrevo a afirmar clara y valientemente que esta medida proporcionará motivo de acusación contra vosotros y provocará disturbios facciosos de la especie más perniciosa: pues hasta los rebaños tímidos pueden mostrar el uso y el poder de sus dientes cuando declina la vigilante solicitud de su pastor y se ven privados de su acostumbrada guía. Si esto, pues, es realmente así, si no me engaño en mi juicio, sea esta, hermanos, vuestra primera consideración, porque de inmediato se presentarán muchas e importantes consideraciones: si persistís en vuestra intención, ¿no sufrirá menoscabo aquel mutuo sentimiento de bondad y afecto que debe subsistir entre vosotros? En segundo lugar, recordad que aquel que vino a vosotros con el propósito de ofrecer un consejo desinteresado goza ya de la recompensa que le es debida en el juicio del cielo; pues ha recibido una recompensa nada ordinaria en el alto testimonio que habéis dado a su conducta equitativa. Por último, de acuerdo con vuestro acostumbrado sano juicio, mostrad una diligencia decorosa en la elección de la persona que necesitáis, evitando cuidadosamente toda clamor faccioso y tumultuoso; pues tal clamor es siempre malo, y del choque de elementos discordantes surgirán chispas y llama. Protesto, como deseo agradar a Dios y a vosotros, y gozar de una felicidad proporcionada a vuestros bondadosos deseos, que os amo a vosotros y al puerto tranquilo de vuestra mansedumbre, ahora que habéis arrojado de vosotros lo que os manchaba y habéis recibido en su lugar a la vez sana moral y concordia, plantando firmemente en la nave el sagrado estandarte y guiados, por así decir, por un timón de hierro en vuestra marcha hacia la luz del cielo. Recibid, pues, a bordo aquella mercancía incorruptible, ya que, por así decir, toda el agua de sentina ha sido achicada de la nave; y cuidad en adelante de asegurar de tal modo el disfrute de todas vuestras bendiciones presentes, que no parezcáis en ningún tiempo futuro haber determinado medida alguna por impulso de celo inconsiderado o mal dirigido, ni haber entrado al principio precipitadamente en un rumbo inconveniente. ¡Que Dios os guarde, amados hermanos!

    Capítulo 61. Carta del Emperador a Eusebio elogiándolo por haber rehusado el obispado de Antioquía

    III, 61

    Carta del Emperador a mí, sobre mi negativa al obispado de Antioquía.
    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], a Eusebio.
    He leído con la mayor atención vuestra carta, y percibo que os habéis atenido estrictamente a la regla impuesta por la disciplina de la Iglesia. Ahora bien, permanecer en lo que a un mismo tiempo parece agradable a Dios y conforme a la tradición es prueba de verdadera piedad. Tenéis razón para consideraros dichoso en este punto, al ser tenido por digno, en el juicio, diría yo, de todo el mundo, de tener la superintendencia de cualquier iglesia. Pues el deseo que todos sienten de reclamaros como suyo realza indudablemente vuestra envidiable fortuna en este respecto. No obstante, vuestra Prudencia, cuyo propósito es observar las ordenanzas de Dios y el canon apostólico de la Iglesia, ha obrado excelentemente bien al declinar el obispado de la iglesia de Antioquía y desear continuar en aquella iglesia de la que primero recibisteis la superintendencia por voluntad de Dios. He escrito sobre este asunto al pueblo de Antioquía, y también a vuestros colegas en el ministerio, que me habían consultado a su vez sobre esta cuestión; al leer esas cartas, vuestra Santidad discernirá fácilmente que, en cuanto la justicia misma se oponía a sus pretensiones, les he escrito bajo dirección divina. Será necesario que vuestra Prudencia esté presente en su conferencia, a fin de que esta decisión sea ratificada en la iglesia de Antioquía. ¡Dios os guarde, amado hermano!

    Capítulo 62. Carta de Constantino al Concilio, desaprobando el traslado de Eusebio de Cesarea

    III, 62

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], a Teodoto, Teodoro, Narciso, Aecio, Alfeo y a los demás obispos que están en Antioquía.
    He leído las cartas escritas por vuestras Prudencias, y apruebo altamente la prudente resolución de vuestro colega en el ministerio, Eusebio. Habiendo sido informado, además, de las circunstancias del caso, en parte por vuestras cartas y en parte por las de nuestros ilustres condes Acacio y Estraregio, tras suficiente investigación he escrito al pueblo de Antioquía, sugiriendo el curso que será a la vez agradable a Dios y ventajoso para la Iglesia. De esta carta he ordenado que se adjunte una copia a la presente, a fin de que vosotros mismos podáis saber lo que juzgué conveniente, como defensor de la causa de la justicia, escribir a ese pueblo: pues hallo en vuestra carta esta propuesta, a saber, que, en consonancia con la elección del pueblo, sancionada por vuestro propio deseo, Eusebio el santo obispo de Cesarea presidiera y tomara a su cargo la iglesia de Antioquía. Ahora bien, las cartas del propio Eusebio sobre este asunto parecían estrictamente conformes al orden prescrito por la Iglesia. No obstante, es conveniente que vuestras Prudencias conozcan también mi opinión. Pues se me informa que Eufronio el presbítero, ciudadano de Cesarea de Capadocia, y Jorge de Aretusa, asimismo presbítero y nombrado para ese oficio por Alejandro en Alejandría, son varones de fe probada. Era justo, por tanto, intimar a vuestras Prudencias que, al proponer a estos varones y a cualesquiera otros que juzguéis dignos de la dignidad episcopal, decidáis esta cuestión de manera conforme a la tradición de los apóstoles. Pues en ese caso, vuestras Prudencias podrán, según la regla de la Iglesia y de la tradición apostólica, dirigir esta elección del modo que la verdadera disciplina eclesiástica prescriba. ¡Dios os guarde, amados hermanos!

    Capítulo 63. Cómo mostró su celo por la extirpación de las herejías

    III, 63

    Tales fueron las exhortaciones a hacer todas las cosas para honra de la religión divina que el emperador dirigió a los gobernantes de las iglesias. Habiendo con estos medios desterrado la disensión y reducido la Iglesia de Dios a un estado de uniforme armonía, pasó seguidamente a un deber distinto, sintiendo que le incumbía extirpar a otra clase de personas impías, como enemigos perniciosos del género humano. Eran estas unas pestes de la sociedad que arruinaban ciudades enteras bajo la especiosa apariencia de decoro religioso; hombres a quienes la voz amonestadora de nuestro Salvador llama en algún lugar falsos profetas y lobos rapaces: «Guardaos de los falsos profetas, que vendrán a vosotros con vestidos de ovejas, mas por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis.» En consecuencia, mediante una orden transmitida a los gobernadores de las diversas provincias, desterró efectivamente a todos tales delincuentes. Además de esta ordenanza les dirigió personalmente una admonición severamente despertadora, exhortándolos a un arrepentimiento sincero, para que aún pudieran hallar un puerto de seguridad en la verdadera Iglesia de Dios. Oíd, pues, de qué manera se dirigió a ellos en esta carta.

    Capítulo 64. Edicto de Constantino contra los herejes

    III, 64

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto], a los herejes.
    Entended ahora, por el presente estatuto, vosotros novacianos, valentinianos, marcionitas, paulianos, los que sois llamados catafrigios, y todos los que ideáis y sostenéis herejías por medio de vuestras asambleas privadas, con qué tejido de falsedad y vanidad, con qué errores destructivos y venenosos están inseparablemente entretejidas vuestras doctrinas; de modo que por vosotros el alma sana es herida de enfermedad, y el que vive se convierte en presa de la muerte eterna. ¡Vosotros, enemigos y aborrecedores de la verdad y de la vida, aliados de la destrucción! Todos vuestros consejos se oponen a la verdad, pero son familiares con las obras de bajeza; llenos de absurdos y ficciones; y con estos forjáis falsedades, oprimís al inocente y quitáis la luz a los que creen. Transgrediendo siempre bajo máscara de piedad, lo llenáis todo de contaminación: traspasáis la conciencia pura y sencilla con heridas mortales, mientras apartáis, casi podría decirse, la misma luz del día de los ojos de los hombres. Pero ¿a qué particularizar, cuando hablar de vuestra criminalidad como merece exige más tiempo y sosiego del que puedo dar? Pues tan largo y desmedido es el catálogo de vuestras ofensas, tan odiosas y del todo atroces son, que un solo día no bastaría para contarlas todas. Y, en verdad, es bueno apartar los oídos y los ojos de semejante tema, no sea que, por la descripción de cada mal particular, se menoscabe la pureza y frescura de la propia fe. ¿Por qué, entonces, sigo soportando tan abundante mal, especialmente porque esta prolongada clemencia es causa de que algunos que estaban sanos se hayan contaminado con esta pestilente enfermedad? ¿Por qué no golpear de una vez, por así decir, la raíz de tan grande mal con una manifestación pública de desagrado?

    Capítulo 65. Los herejes son privados de sus lugares de reunión

    III, 65

    [Por cuanto], pues, ya no es posible soportar vuestros errores perniciosos, advertimos por el presente decreto que ninguno de vosotros en adelante presuma reunirse. Hemos ordenado, en consecuencia, que se os prive de todas las casas en las que soléis celebrar vuestras asambleas; y nuestro cuidado en este respecto se extiende hasta prohibir la celebración de vuestras reuniones supersticiosas e insensatas, no solo en público, sino en cualquier casa o lugar privado. Por tanto, aquellos de vosotros que deseéis abrazar la religión verdadera y pura, tomad el camino mucho mejor de entrar en la Iglesia católica y uniros a ella en santa comunión, con lo cual podréis llegar al conocimiento de la verdad. En todo caso, los engaños de vuestros entendimientos pervertidos deben cesar por completo de mezclarse con y estropear la felicidad de los tiempos presentes: me refiero a la impía y miserable doblez de ánimo de herejes y cismáticos. Pues es un objetivo digno de aquella prosperidad que gozamos por el favor de Dios, esforzarse por hacer volver a aquellos que en el tiempo pasado vivían en la esperanza de la bendición futura, de toda irregularidad y error al camino recto, de las tinieblas a la luz, de la vanidad a la verdad, de la muerte a la salvación. Y a fin de que este remedio se aplique con poder eficaz, hemos ordenado, como antes se dijo, que se os prive positivamente de todo punto de reunión para vuestras asambleas supersticiosas, me refiero a todas las casas de oración, si tales merecen ese nombre, que pertenezcan a los herejes, y que estas sean entregadas sin demora a la Iglesia católica; que cualquier otro lugar sea confiscado para el servicio público, y que no quede facilidad alguna para futuras reuniones; para que desde este día en adelante ninguna de vuestras asambleas ilícitas presuma aparecer en lugar público o privado. Hágase público este edicto.

    Capítulo 66. Cómo, al descubrirse libros prohibidos entre los herejes, muchos de ellos regresan a la Iglesia católica

    III, 66

    Así fueron destruidos por orden del emperador los escondrijos de los herejes, y las bestias salvajes que albergaban (me refiero a los principales autores de sus doctrinas impías) fueron puestas en fuga. De aquellos a quienes habían engañado, algunos, intimidados por las amenazas del emperador, disimulando sus verdaderos sentimientos, se deslizaron secretamente en la Iglesia. Pues como la ley ordenaba que se buscaran sus libros, aquellos de ellos que practicaban artes malvadas y prohibidas fueron descubiertos, y estos estaban dispuestos a asegurar su propia seguridad mediante disimulo de toda clase. Otros, sin embargo, hubo que voluntariamente y con verdadera sinceridad abrazaron una esperanza mejor. Entre tanto, los prelados de las diversas iglesias continuaron haciendo estricta indagación, rechazando por completo a aquellos que intentaban entrar bajo el especioso disfraz de falsas pretensiones, mientras que los que venían con sinceridad de propósito eran probados por un tiempo, y después de suficiente prueba contados entre la congregación. Tal fue el trato de los que estaban acusados de herejía manifiesta; aquellos, sin embargo, que no sostenían doctrina impía, sino que habían sido separados del único cuerpo por influencia de consejeros cismáticos, fueron recibidos sin dificultad ni demora. En consecuencia, muchos volvieron así, por así decirlo, a su propia patria después de una ausencia en tierra extraña, y reconocieron a la Iglesia como una madre de la que se habían apartado por largo tiempo, y a la que ahora regresaban con gozo y alegría. Así los miembros de todo el cuerpo se unieron y compactaron en un todo armonioso; y la única Iglesia católica, en unidad consigo misma, brilló con pleno resplandor, mientras que ningún cuerpo herético o cismático continuó existiendo en parte alguna. Y el mérito de haber logrado esta poderosa obra solo nuestro emperador protegido por el cielo, entre todos los que le habían precedido, pudo atribuírselo a sí mismo.

    Libro IV

    Capítulo 1. Cómo honró a muchos con presentes y ascensos

    IV, 1

    Mientras se ocupaba así de diversas maneras en promover la extensión y gloria de la Iglesia de Dios, y se esforzaba por todos los medios en encomiar la doctrina del Salvador, el emperador estaba lejos de descuidar los asuntos seculares; antes bien, también en este respecto era incansable en otorgar beneficios de toda clase y en rápida sucesión al pueblo de cada provincia. Por una parte manifestaba una ansiedad paternal por el bienestar general de sus súbditos; por otra, distinguía a individuos de su propio conocimiento con diversas marcas de honor; confiriendo sus beneficios en cada caso con un espíritu verdaderamente noble. Nadie podía pedir un favor al emperador y no obtener lo que buscaba: nadie esperaba una merced de él y hallaba vana esa esperanza. Algunos recibían presentes en dinero, otros en tierras; algunos obtenían la prefectura del pretorio, otros rango senatorial, otros consular: muchos eran nombrados gobernadores provinciales: otros eran hechos condes de primer, segundo o tercer orden: en innumerables casos se confería el título de Ilustrísimo y muchas otras distinciones; pues el emperador ideaba nuevas dignidades para poder investir a un mayor número con las señales de su favor.

    Capítulo 2. Remisión de la cuarta parte de los tributos

    IV, 2

    La medida en que procuró la felicidad y prosperidad general puede comprenderse por un solo ejemplo, el más beneficioso y universal en su aplicación, y aún recordado con gratitud. Remitió la cuarta parte del tributo anual pagado por la tierra, y la otorgó a los propietarios del suelo; de modo que si calculamos esta reducción anual, hallaremos que los cultivadores disfrutaban de sus productos libres de tributo cada cuarto año. Este privilegio, establecido por ley y asegurado para el tiempo venidero, ha dado ocasión para que la beneficencia del emperador se tenga, no solo por la generación presente, sino por sus hijos y descendientes, en perpetuo recuerdo.

    Capítulo 3. Igualación de los tributos más gravosos

    IV, 3

    Y como algunas personas hallaban faltas en los catastros de tierras hechos bajo los emperadores anteriores, y se quejaban de que sus propiedades estaban indebidamente gravadas; obrando también en este caso según los principios de justicia, envió comisionados para igualar el tributo y asegurar inmunidad a quienes habían presentado esta apelación.

    Capítulo 4. Su liberalidad, con sus propios recursos, hacia los perdedores en pleitos de naturaleza pecuniaria

    IV, 4

    En los casos de arbitraje judicial, para que el perdedor por su decisión no se retirara de su presencia menos contento que el litigante victorioso, él mismo otorgaba, de sus propios recursos privados, en unos casos tierras, en otros dinero, a la parte vencida. De esta manera procuraba que el perdedor, por haber comparecido ante su presencia, quedara tan satisfecho como el ganador de la causa; pues consideraba que nadie debía retirarse abatido y triste de una entrevista con tal príncipe. Así sucedía que ambas partes regresaban del escenario del juicio con semblantes alegres y gozosos, mientras la liberalidad magnánima del emperador excitaba admiración universal.

    Capítulo 5. Conquista de los escitas, derrotados por el signo de nuestro Salvador

    IV, 5

    ¿Y por qué habría de relatar siquiera breve e incidentalmente cómo sometió a las naciones bárbaras al poder romano; cómo fue el primero en subyugar a las tribus de escitas y sármatas, que nunca habían aprendido a someterse, y las obligó, por renuentes que estuvieran, a reconocer la soberanía de Roma? Pues los emperadores que le precedieron en realidad habían pagado tributo a los escitas: y los romanos, mediante un pago anual, se habían confesado siervos de los bárbaros; indignidad que nuestro emperador ya no pudo soportar, ni consideró compatible con su carrera victoriosa continuar el pago que sus predecesores habían hecho. En consecuencia, con plena confianza en la ayuda de su Salvador, levantó su estandarte conquistador también contra estos enemigos, y pronto los redujo a todos a la obediencia; obligando por la fuerza militar a los que resistían ferozmente su autoridad, mientras que, por otra parte, conciliaba a los demás mediante embajadas sabiamente dirigidas, y los reclamaba a un estado de orden y civilización desde su vida salvaje y sin ley. Así, los escitas aprendieron por fin a reconocer su sujeción al poder de Roma.

    Capítulo 6. Conquista de los sármatas, a consecuencia de la rebelión de sus esclavos

    IV, 6

    En cuanto a los sármatas, Dios mismo los sometió al dominio de Constantino, y subyugó a una nación henchida de orgullo bárbaro de la siguiente manera. Atacados por los escitas, habían confiado a sus esclavos las armas para repeler al enemigo. Estos esclavos primero vencieron a los invasores y luego, volviendo sus armas contra sus amos, los expulsaron a todos de su tierra natal. Los sármatas expulsados hallaron que su única esperanza de seguridad estaba en la protección de Constantino; y él, cuyo hábito familiar era salvar vidas, los recibió a todos dentro de los confines del imperio romano. A los capaces de servir los incorporó a sus propias tropas; al resto les asignó tierras para cultivar y sostenerse; de modo que ellos mismos reconocieron que su desgracia pasada había producido un resultado feliz, pues ahora gozaban de la libertad romana en lugar de la barbarie salvaje. De esta manera Dios añadió a sus dominios muchas y variadas tribus bárbaras.

    Capítulo 7. Embajadores de diferentes naciones bárbaras reciben presentes del emperador

    IV, 7

    En verdad, llegaban continuamente embajadores de todas las naciones, trayendo para su aceptación sus dones más preciosos. De modo que yo mismo a veces he estado de pie cerca de la entrada del palacio imperial, y he observado una notable hilera de bárbaros en asistencia, que diferían entre sí en vestimenta y adornos, e igualmente distintos en la moda de su cabello y barba. Su aspecto truculento y terrible, su estatura corporal prodigiosa: algunos de tez roja, otros blancos como la nieve, otros de un color intermedio. Pues en el número de aquellos a los que me he referido podían verse ejemplares de las tribus blemias, de los indios y de los etíopes, «esa raza ampliamente dividida, la más remota de la humanidad.» Todos estos en debida sucesión, como un desfile pintado, presentaban al emperador aquellos dones que su propia nación tenía en mayor estima; algunos ofreciendo coronas de oro, otros diademas engastadas con piedras preciosas; algunos trayendo muchachos de cabellos rubios, otros vestimentas bárbaras bordadas con oro y flores: algunos aparecían con caballos, otros con escudos y largas lanzas, con flechas y arcos, ofreciendo así sus servicios y alianza para la aceptación del emperador. Estos presentes los recibía por separado y los guardaba cuidadosamente, correspondiéndolos de manera tan munificente que enriquecía a quienes los traían. También honraba a los más nobles entre ellos con oficios romanos de dignidad; de modo que muchos de ellos en adelante preferían continuar residiendo entre nosotros, y no sentían deseo de volver a visitar su tierra natal.

    Capítulo 8. Que también escribió al rey de Persia, que le había enviado una embajada, en favor de los cristianos de su reino

    IV, 8

    Habiendo también el rey de los persas manifestado el deseo de formar una alianza con Constantino, enviando una embajada y presentes como garantías de paz y amistad, el emperador, al negociar este tratado, superó con mucho al monarca que primero le había honrado, en la magnificencia con que correspondió a sus dones. Habiendo oído además que había muchas iglesias de Dios en Persia, y que allí se reunían grandes multitudes en el redil de Cristo, lleno de gozo por esta noticia, resolvió extender también a aquel país su solicitud por el bienestar general, como quien tenía por objetivo cuidar de todos por igual en todas las naciones.

    Capítulo 9. Carta de Constantino Augusto a Sapor, rey de los persas, que contiene una confesión verdaderamente piadosa de Dios y de Cristo

    IV, 9

    Copia de su carta al rey de Persia.
    [Por] guardar la fe divina, soy hecho partícipe de la luz de la verdad: guiado por la luz de la verdad, avanzo en el conocimiento de la fe divina. De aquí que, como mis acciones mismas lo evidencian, profeso la religión santísima; y declaro que este culto es el que me enseña un conocimiento más profundo del Dios santísimo; ayudado por cuyo poder divino, comenzando desde los mismos confines del océano, he despertado a cada nación del mundo sucesivamente a una esperanza bien fundada de seguridad; de modo que aquellas que, gimiendo en servidumbre a los tiranos más crueles y cediendo a la presión de sus sufrimientos diarios, habían estado a punto de ser totalmente destruidas, han sido restauradas por mi mediación a un estado mucho más feliz. A este Dios confieso que tengo en honor y memoria incesantes; a este Dios me deleito en contemplar con pensamientos puros y sin engaño en la altura de su gloria.

    Capítulo 10. El autor denuncia los ídolos y glorifica a Dios

    IV, 10

    A este Dios invoco con las rodillas dobladas, y retrocedo con horror ante la sangre de los sacrificios, ante sus olores fétidos y detestables, y ante todo fuego mágico nacido de la tierra: pues las supersticiones profanas e impías que se contaminan con estos ritos han derribado y consignado a la perdición a muchos, más aún, a naciones enteras del mundo gentil. Porque el que es Señor de todo no puede soportar que aquellas bendiciones que, en su propia benignidad y consideración de las necesidades de los hombres, ha revelado para uso de todos, sean pervertidas para servir a las concupiscencias de nadie. Su única exigencia al hombre es pureza de mente y un espíritu sin mancha; y con esta norma pesa las acciones de virtud y piedad. Pues su placer está en obras de moderación y mansedumbre: ama a los mansos y odia el espíritu turbulento; deleitándose en la fe, castiga la incredulidad: por él todo poder presuntuoso es quebrantado, y venga la insolencia de los soberbios. Mientras los arrogantes y altivos son derrocados por completo, él recompensa a los humildes y perdonadores con las debidas recompensas: así también honra sobremanera y fortalece con su ayuda especial a un reino gobernado con justicia, y mantiene a un rey prudente en la tranquilidad de la paz.

    Capítulo 11. Contra los tiranos y perseguidores; y sobre el cautiverio de Valeriano

    IV, 11

    No puedo, pues, hermano mío, creer que yerro al reconocer a este único Dios, autor y padre de todas las cosas: a quien muchos de mis predecesores en el poder, extraviados por la locura del error, se atrevieron a negar, pero que fueron todos visitados con una retribución tan terrible y tan destructiva, que todas las generaciones sucesivas han presentado sus calamidades como la advertencia más eficaz para cualquiera que desee seguir sus pasos. Del número de estos creo que fue aquel a quien el rayo de la venganza divina expulsó de aquí, y desterró a vuestros dominios, y cuya desgracia contribuyó a la fama de vuestro celebrado triunfo.

    Capítulo 12. Declara que, habiendo presenciado la caída de los perseguidores, ahora se regocija con la paz disfrutada por los cristianos

    IV, 12

    Y es ciertamente una circunstancia feliz que el castigo de tales personas como he descrito se haya manifestado públicamente en nuestros propios tiempos. Pues yo mismo he presenciado el fin de aquellos que últimamente hostigaban a los adoradores de Dios con sus edictos impíos. Y por esto se deben abundantes acciones de gracias a Dios, pues mediante su excelente Providencia todos los hombres que observan sus santas leyes se alegran con el renovado disfrute de la paz. De aquí estoy plenamente persuadido de que todo se halla en la postura mejor y más segura, puesto que Dios se digna, mediante la influencia de su puro y fiel servicio religioso, y su unidad de juicio respecto de su carácter divino, reunir a todos los hombres consigo.

    Capítulo 13. De cómo manifiesta su afectuoso interés por los cristianos de su país

    IV, 13

    Imaginad, pues, con qué gozo oí noticias tan acordes con mi deseo: que los más hermosos distritos de Persia están llenos de aquellos hombres por quienes únicamente hablo ahora, quiero decir, los cristianos. Ruego, por tanto, que tanto tú como ellos gocéis de abundante prosperidad, y que vuestras bendiciones y las suyas sean en igual medida; pues así experimentarás la misericordia y el favor de aquel Dios que es Señor y Padre de todos. Y ahora, porque tu poder es grande, encomiendo a estas personas a tu protección; porque tu piedad es eminente, las confío a tu cuidado. Acógelas con tu acostumbrada humanidad y bondad; pues con esta prueba de fe asegurarás un beneficio inconmensurable tanto para ti como para nosotros.

    Capítulo 14. De cómo las fervientes oraciones de Constantino procuraron la paz a los cristianos

    IV, 14

    Así, guiadas las naciones del mundo en su curso, por así decirlo, por la pericia de un solo piloto, y aceptando la administración de quien gobernaba como siervo de Dios, la paz del imperio romano continuó sin turbación, y todas las clases de sus súbditos gozaron de una vida de tranquilidad y reposo. Al mismo tiempo, el emperador, convencido de que las oraciones de los hombres piadosos contribuían poderosamente al mantenimiento del bienestar público, se sintió obligado a buscar ardientemente tales oraciones; y no solo imploró él mismo la ayuda y el favor de Dios, sino que encargó a los prelados de las iglesias que ofrecieran súplicas en su favor.

    Capítulo 15. De cómo se hizo representar en sus monedas y en sus retratos en actitud de oración

    IV, 15

    Cuán profundamente estaba impresa en su alma la fuerza de la fe divina puede comprenderse por el hecho de que ordenó que su efigie fuera estampada en la moneda de oro del imperio con los ojos elevados, como en actitud de oración a Dios; y esta moneda circuló por todo el mundo romano. También su retrato de cuerpo entero fue colocado sobre las puertas de entrada de los palacios en algunas ciudades, con los ojos alzados al cielo y las manos extendidas como en oración.

    Capítulo 16. De cómo prohibió por ley que se colocara su imagen en los templos de los ídolos

    IV, 16

    De esta manera se representaba a sí mismo, incluso por medio de la pintura, como habitualmente entregado a la oración a Dios. Al mismo tiempo prohibió, por una disposición expresa, que se colocara semejanza alguna de su persona en templo de ídolos alguno, para que ni siquiera los meros rasgos de su figura pudieran recibir contaminación del error de la superstición prohibida.

    Capítulo 17. De sus oraciones en el palacio y de su lectura de las Sagradas Escrituras

    IV, 17

    Aún más nobles pruebas de su piedad podían discernir quienes observaban cómo modelaba, por así decirlo, su propio palacio como una iglesia de Dios, y él mismo ofrecía un modelo de celo a los allí reunidos: cómo tomaba las sagradas escrituras en sus manos y se entregaba al estudio de aquellos oráculos divinamente inspirados; tras lo cual ofrecía oraciones regulares con todos los miembros de su corte imperial.

    Capítulo 18. De cómo ordenó la observancia general del día del Señor y del día de la Preparación

    IV, 18

    Ordenó, asimismo, que un día fuera considerado ocasión especial para la oración: me refiero al que es verdaderamente el primero y principal de todos, el día de nuestro Señor y Salvador. Todo el cuidado de su casa fue confiado a diáconos y otros ministros consagrados al servicio de Dios, y distinguidos por la gravedad de vida y toda otra virtud; mientras que su fiel guardia personal, firme en afecto y fidelidad a su persona, halló en su emperador un maestro en la práctica de la piedad y, como él, honraba el saludable día del Señor y realizaba en ese día las devociones que él amaba. La misma observancia fue recomendada por este bienaventurado príncipe a todas las clases de sus súbditos: siendo su ferviente deseo conducir gradualmente a toda la humanidad a la adoración de Dios. En consecuencia, ordenó a todos los súbditos del imperio romano observar el día del Señor como día de descanso, y honrar también el día que precede al sábado; en memoria, supongo, de lo que el Salvador de la humanidad, según consta, realizó en aquel día. Y como su deseo era enseñar a todo su ejército a honrar con celo el día del Salvador (que deriva su nombre de la luz y del sol), concedió libremente a aquellos de entre ellos que participaban de la fe divina, tiempo libre para asistir a los oficios de la Iglesia de Dios, a fin de que pudieran, sin impedimento, cumplir su culto religioso.

    Capítulo 19. De cómo ordenó aun a sus soldados paganos orar en el día del Señor

    IV, 19

    Con respecto a quienes aún ignoraban la verdad divina, dispuso por un segundo estatuto que se presentaran cada día del Señor en una llanura abierta cerca de la ciudad y que allí, a una señal dada, ofrecieran a Dios de común acuerdo una oración que hubieran aprendido previamente. Les advirtió que su confianza no debía descansar en sus lanzas, ni en sus armas, ni en su fuerza corporal, sino que debían reconocer al Dios supremo como dador de todo bien y de la victoria misma; a quien estaban obligados a ofrecer sus oraciones con la debida regularidad, alzando las manos hacia el cielo y elevando su visión mental aún más alto, hacia el rey del cielo, a quien debían invocar como Autor de la victoria, su Conservador, Guardián y Auxiliador. El propio emperador prescribió la oración que debían usar todas sus tropas, ordenándoles pronunciar las siguientes palabras en lengua latina:

    Capítulo 20. La forma de oración dada por Constantino a sus soldados

    IV, 20

    «Te reconocemos como único Dios: te confesamos como nuestro Rey e imploramos tu socorro. Por tu favor hemos obtenido la victoria: por ti somos más fuertes que nuestros enemigos. Te damos gracias por tus beneficios pasados y confiamos en ti para las bendiciones futuras. Juntos te rogamos y te suplicamos que conserves por largo tiempo, salvo y triunfante, a nuestro emperador Constantino y a sus piadosos hijos.» Tal era el deber que debían cumplir el domingo sus tropas, y tal la oración que se les instruía ofrecer a Dios.

    Capítulo 21. De cómo ordenó grabar el signo de la cruz del Salvador en los escudos de sus soldados

    IV, 21

    Y no solo esto, sino que hizo que el signo del trofeo saludable fuera impreso en los mismos escudos de sus soldados; y ordenó que sus tropas en formación de batalla fueran precedidas en su marcha, no por imágenes de oro, como hasta entonces, sino únicamente por el estandarte de la cruz.

    Capítulo 22. De su celo en la oración y del honor que tributaba a la fiesta de Pascua

    IV, 22

    El propio emperador, como partícipe de los santos misterios de nuestra religión, se recluía diariamente a una hora fija en las cámaras más interiores de su palacio; y allí, en solitario coloquio con su Dios, se arrodillaba en humilde súplica y pedía las bendiciones de las que tenía necesidad. Pero especialmente en la saludable fiesta de Pascua, su diligencia religiosa se redoblaba; cumplía, por así decirlo, los deberes de un hierofante con todas las energías de su mente y de su cuerpo, y superaba a todos los demás en la celosa celebración de esta fiesta. Transformaba, además, la santa vigilia nocturna en una claridad semejante a la del día, haciendo encender por toda la ciudad velas de cera de gran longitud; además de lo cual, antorchas difundían por doquier su luz, de modo que impartían a esta mística vigilia un esplendor brillante superior al del día. Apenas volvía el propio día, a imitación de los actos bondadosos de nuestro Salvador, abría una mano liberal a sus súbditos de toda nación, provincia y pueblo, y prodigaba abundantes dones a todos.

    Capítulo 23. De cómo prohibió el culto idolátrico, pero honró a los mártires y las fiestas de la Iglesia

    IV, 23

    Tales eran sus sagrados ministerios en el servicio de su Dios. Al mismo tiempo, sus súbditos, tanto civiles como militares, en todo el imperio, hallaron en todas partes una barrera opuesta al culto de los ídolos, y prohibido todo tipo de sacrificio. Se aprobó asimismo un estatuto que ordenaba la debida observancia del día del Señor, y se transmitió a los gobernadores de cada provincia, quienes se comprometieron, por mandato del emperador, a respetar los días conmemorativos de los mártires y a honrar debidamente las festividades en las iglesias; y todas estas intenciones se cumplieron con entera satisfacción del emperador.

    Capítulo 24. De cómo se describió a sí mismo como obispo, encargado de los asuntos externos a la Iglesia

    IV, 24

    De ahí que no sin razón, en cierta ocasión, al agasajar a una compañía de obispos, dejó escapar la expresión, «que también él era obispo,» dirigiéndose a ellos en mi presencia con las siguientes palabras: «Vosotros sois obispos cuya jurisdicción está dentro de la Iglesia: yo también soy obispo, ordenado por Dios para velar por cuanto es externo a la Iglesia.» Y en verdad sus medidas correspondían a sus palabras: pues velaba por sus súbditos con un cuidado episcopal y los exhortaba, en cuanto de él dependía, a seguir una vida piadosa.

    Capítulo 25. Prohibición de los sacrificios, de los ritos místicos, de los combates de gladiadores, y también del licencioso culto del Nilo

    IV, 25

    En consonancia con este celo, promulgó sucesivas leyes y ordenanzas que prohibían ofrecer sacrificios a los ídolos, consultar adivinos, erigir imágenes o contaminar las ciudades con los combates sangrientos de gladiadores. Y por cuanto los egipcios, especialmente los de Alejandría, habían acostumbrado honrar a su río por medio de un sacerdocio compuesto de hombres afeminados, se promulgó una ley ulterior que ordenaba la exterminación de toda esa clase como viciosa, para que en adelante nadie fuera hallado manchado con semejante impureza. Y como los supersticiosos habitantes temían que el río, en consecuencia, retuviera su crecida acostumbrada, Dios mismo mostró su aprobación de la ley del emperador ordenando todas las cosas de manera completamente contraria a su expectativa. Pues quienes habían contaminado las ciudades con su conducta viciosa ya no fueron vistos más; pero el río, como si la región por la que fluía hubiera sido purificada para recibirlo, se elevó más que nunca antes y desbordó por completo el país con sus corrientes fertilizantes: amonestando así eficazmente al pueblo engañado a apartarse de los hombres impuros y a atribuir su prosperidad únicamente a aquel que es el Dador de todo bien.

    Capítulo 26. Enmienda de la ley vigente sobre las personas sin hijos y de la ley de testamentos

    IV, 26

    Tan numerosos, en verdad, eran los beneficios de este género conferidos por el emperador a cada provincia, que ofrecían abundante material a quien deseara registrarlos. Entre ellos pueden citarse aquellas leyes que reformó por completo y estableció sobre una base más equitativa: la naturaleza de cuya reforma puede explicarse breve y fácilmente. Los que no tenían hijos eran castigados por la antigua ley con la pérdida de sus bienes hereditarios: estatuto despiadado que los trataba como criminales convictos. El emperador lo anuló y decretó que quienes se hallaran en tales circunstancias pudieran heredar. Reguló la cuestión según los principios de equidad y justicia, argumentando que los transgresores voluntarios debían ser castigados con las penas que sus crímenes merecen. Pero la naturaleza misma niega hijos a muchos que, tal vez, anhelan una descendencia numerosa, pero ven defraudada su esperanza por la debilidad corporal. Otros permanecen sin hijos, no por aversión a la posteridad, sino porque su ardiente amor a la filosofía los hace reacios a la unión conyugal. Mujeres, asimismo, consagradas al servicio de Dios, han mantenido una virginidad pura e inmaculada, y se han dedicado, alma y cuerpo, a una vida de entera castidad y santidad. ¿Qué, pues? ¿Debería considerarse esta conducta digna de castigo, o más bien de admiración y alabanza, puesto que desear tal estado es en sí mismo honorable, y mantenerlo supera el poder de la naturaleza sin auxilio? Ciertamente, aquellos cuya debilidad corporal destruye su esperanza de descendencia son dignos de piedad, no de castigo; y quien se consagra a un objeto más elevado no requiere castigo, sino especial admiración. Sobre tales principios de sana razón rectificó el emperador los defectos de esta ley. Además, respecto a los testamentos de los moribundos, las antiguas leyes habían ordenado que se expresaran, aun en el último aliento, por así decirlo, en ciertas palabras determinadas, y habían prescrito la forma y los términos exactos que debían emplearse. Esta práctica había ocasionado muchos intentos fraudulentos de impedir que las intenciones del difunto se cumplieran plenamente. Apenas nuestro emperador tuvo conocimiento de estos abusos, reformó también esta ley, declarando que debía permitirse a un moribundo indicar sus últimas voluntades en tan pocas palabras como fuera posible y en los términos que quisiera; y exponer su testamento en cualquier forma escrita; o incluso de palabra, con tal que se hiciera en presencia de testigos idóneos, competentes para cumplir fielmente su encargo.

    Capítulo 27. Entre otras disposiciones, decreta que ningún cristiano sea esclavo de un judío, y afirma la validez de las decisiones de los concilios

    IV, 27

    Promulgó también una ley en el sentido de que ningún cristiano permaneciera en servidumbre de un amo judío, por cuanto no podía ser justo que aquellos a quienes el Salvador había rescatado fueran sometidos al yugo de la esclavitud por un pueblo que había dado muerte a los profetas y al propio Señor. Si en adelante se hallaba a alguien en tales circunstancias, el esclavo debía ser puesto en libertad y el amo castigado con una multa.
    Asimismo, añadió la sanción de su autoridad a las decisiones de los obispos adoptadas en sus sínodos, y prohibió a los gobernadores provinciales anular cualquiera de sus decretos: pues estimaba a los sacerdotes de Dios en un valor más alto que a cualquier juez. Estas y mil disposiciones semejantes promulgó en beneficio de sus súbditos; pero no hay tiempo ahora para dar una descripción especial de ellas, tal que pudiera transmitir una idea precisa de su sabiduría imperial en estos respectos; ni necesito relatar ahora con detalle cómo, como siervo devoto del Dios Supremo, se ocupaba desde la mañana hasta la noche en buscar objetos para su beneficencia, y cuán igual y universalmente bondadoso era para con todos.

    Capítulo 28. De sus dones a las iglesias y de sus liberalidades a las vírgenes y a los pobres

    IV, 28

    Su liberalidad, sin embargo, se ejercía muy especialmente en favor de las iglesias de Dios. En unos casos concedía tierras; en otros, distribuía provisiones de alimentos para el sustento de los pobres, de los huérfanos y de las viudas; además de lo cual mostraba gran cuidado y previsión proveyendo plenamente de vestido a los desnudos y menesterosos. Distinguía, con todo, con honor muy especial a quienes habían consagrado su vida a la práctica de la filosofía divina. De ahí su respeto, poco menos que veneración, por el santísimo y siempre virginal coro de Dios: pues estaba seguro de que el Dios a quien tales personas se consagraban era él mismo un habitante de sus almas.

    Capítulo 29. De los discursos y declamaciones de Constantino

    IV, 29

    Por lo que a él respecta, a veces pasaba noches en vela proveyendo su mente de conocimiento divino; y gran parte de su tiempo lo empleaba en componer discursos, muchos de los cuales pronunciaba en público; pues consideraba que le incumbía gobernar a sus súbditos apelando a su razón y asegurar en todos los aspectos una obediencia racional a su autoridad. De ahí que a veces él mismo convocara una asamblea, en cuyas ocasiones acudían vastas multitudes con la esperanza de oír a un emperador sostener el papel de filósofo. Y si en el curso de su discurso se ofrecía alguna ocasión de tocar temas sagrados, inmediatamente se ponía de pie, y con aspecto grave y tono de voz apagado parecía iniciar reverentemente a sus oyentes en los misterios de la doctrina divina; y cuando lo saludaban con gritos de aclamación, les indicaba con sus gestos que elevaran los ojos al cielo y reservaran su admiración únicamente para el Rey Supremo, y lo honraran con adoración y alabanza. Solía dividir los temas de su discurso, exponiendo primero cabalmente el error del politeísmo y probando que la superstición de los gentiles era mero fraude y una capa para la impiedad. Luego afirmaba la única soberanía de Dios; pasando de allí a su Providencia, tanto general como particular. Prosiguiendo después con la dispensación de la salvación, demostraba su necesidad y su adecuación a la naturaleza del caso; entrando a continuación, en orden, en la doctrina del juicio divino. Y aquí apelaba de manera especialmente poderosa a las conciencias de sus oyentes, mientras denunciaba a los rapaces y violentos, y a quienes eran esclavos de una sed desordenada de ganancia. Más aún, hizo que algunos de sus propios conocidos presentes sintieran el severo azote de sus palabras y permanecieran de pie con los ojos bajos, conscientes de su culpa, mientras testificaba contra ellos en los términos más claros e impresionantes que tendrían que rendir cuenta de sus acciones a Dios. Les recordaba que Dios mismo le había dado el imperio del mundo, porciones del cual él, obrando según el mismo principio divino, había confiado a su gobierno; pero que todos, a su debido tiempo, serían igualmente convocados a dar cuenta de sus actos al Soberano Supremo de todos. Tal era su constante testimonio; tales su amonestación e instrucción. Y él mismo sentía y profería estos sentimientos con la genuina confianza de la fe; pero sus oyentes estaban poco dispuestos a aprender y sordos al buen consejo; recibían sus palabras, en verdad, con fuerte aplauso, pero, inducidos por insaciable codicia, las desatendían en la práctica.

    Capítulo 30. Que señaló ante un avaro la medida de una tumba, y así lo cubrió de vergüenza

    IV, 30

    En cierta ocasión se dirigió personalmente a uno de sus cortesanos: «¿Hasta dónde, amigo mío, hemos de llevar nuestros desmedidos deseos?» Trazando entonces con una lanza que tenía a mano la dimensión de una figura humana, continuó: «Aunque pudieras obtener toda la riqueza de este mundo, sí, el mundo entero, no llevarás contigo al fin más que este pequeño espacio que he señalado, si acaso incluso ese te pertenece.» Tales fueron las palabras y las acciones de este bienaventurado príncipe; y aunque en aquel momento no logró apartar a ninguno de sus malos caminos, el curso de los acontecimientos dio después prueba evidente de que sus admoniciones eran más bien profecías divinas que meras palabras.

    Capítulo 31. Que fue escarnecido a causa de su excesiva clemencia

    IV, 31

    Entre tanto, como no existía el temor de la pena capital para disuadir de cometer delitos —pues el propio emperador se inclinaba de manera constante a la clemencia y ninguno de los gobernadores provinciales castigaba las ofensas con las penas debidas—, esta situación acarreó no poca culpa a la administración general del imperio; si con justicia o no, que cada cual forme su propio juicio: por mi parte, solo pido permiso para dejar constancia del hecho.

    Capítulo 32. Del discurso de Constantino que escribió a la Asamblea de los Santos

    IV, 32

    El emperador acostumbraba componer sus discursos en lengua latina, de la cual eran traducidos al griego por intérpretes designados para este servicio especial. Uno de los discursos así traducidos pienso añadir, a modo de muestra, a la presente obra; me refiero a aquel que inscribió «A la asamblea de los santos,» y dedicó a la Iglesia de Dios, para que nadie tenga motivo de considerar mi testimonio sobre este punto mera alabanza vacía.

    Capítulo 33. Cómo escuchó de pie la declamación de Eusebio en honor del Sepulcro de nuestro Salvador

    IV, 33

    Hay, sin embargo, un acto que de ningún modo debo omitir consignar, y que este admirable príncipe realizó en mi propia presencia. En cierta ocasión, animado por la firme confianza que abrigaba en su piedad, le había rogado permiso para pronunciar un discurso ante él sobre el sepulcro de nuestro Salvador. Accedió de muy buen grado a esta petición y, en medio de un numeroso auditorio, en el interior mismo del palacio, permaneció de pie y escuchó con los demás. Le supliqué, aunque en vano, que se sentara en el trono imperial que estaba cerca; continuó sopesando con atención fija los asuntos de mi discurso y dio su propio testimonio de la verdad de las doctrinas teológicas que contenía. Pasado algún tiempo, como la oración era de considerable extensión, yo mismo deseaba concluir; pero él no lo permitió y me exhortó a continuar hasta el final. Al rogarle de nuevo que se sentara, él a su vez se mostró disgustado y dijo que no era correcto escuchar de manera negligente la discusión de doctrinas referentes a Dios; y añadió que aquella postura era buena y provechosa para él, pues era reverente estar de pie mientras se escuchaban verdades sagradas. Habiendo, pues, concluido mi discurso, volví a casa y reanudé mis ocupaciones habituales.

    Capítulo 34. Que escribió a Eusebio acerca de la Pascua y de copias de las Sagradas Escrituras

    IV, 34

    Siempre solícito por el bienestar de las iglesias de Dios, el emperador me dirigió personalmente una carta sobre los medios de proporcionar copias de los oráculos inspirados, y también sobre la santísima fiesta de la Pascua. Pues yo mismo le había dedicado una exposición del significado místico de aquella fiesta; y el modo en que me honró con una respuesta podrá comprenderlo cualquiera que lea la siguiente carta.

    Capítulo 35. Carta de Constantino a Eusebio, en elogio de su discurso acerca de la Pascua

    IV, 35

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto,] a Eusebio.
    «Es en verdad tarea ardua, y superior al poder mismo del lenguaje, tratar dignamente de los misterios de Cristo y explicar de manera adecuada la controversia relativa a la fiesta de la Pascua, así su origen como su preciosa y laboriosa consumación. Pues no está al alcance ni siquiera de quienes son capaces de aprehenderlas el describir adecuadamente las cosas de Dios. No obstante, estoy lleno de admiración por vuestro saber y vuestro celo, y no solo he leído yo mismo vuestra obra con placer, sino que he dado instrucciones, conforme a vuestro propio deseo, para que sea comunicada a muchos seguidores sinceros de nuestra santa religión. Viendo, pues, con cuánto placer recibimos favores de esta índole de vuestra Sagacidad, tened a bien alegrarnos más a menudo con aquellas composiciones, en cuya práctica, en verdad, confesáis haberos ejercitado desde temprana edad, de modo que, como suele decirse, exhorto a quien ya está dispuesto al instaros a vuestras ocupaciones acostumbradas. Y ciertamente el alto y firme juicio que abrigamos es prueba de que la persona que ha traducido vuestros escritos a la lengua latina no es en modo alguno incompetente para la tarea, por más que sea imposible que tal versión iguale plenamente la excelencia de las obras mismas. Dios os guarde, amado hermano.» Esta fue su carta sobre este asunto; y la que se refería a la provisión de copias de las Escrituras para su lectura en las iglesias era del tenor siguiente.

    Capítulo 36. Carta de Constantino a Eusebio sobre la preparación de copias de las Sagradas Escrituras

    IV, 36

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto,] a Eusebio.
    Sucede, por la providencia favorable de Dios nuestro Salvador, que gran número de personas se han unido a la santísima iglesia de la ciudad que lleva mi nombre. Parece, por tanto, muy conveniente, puesto que dicha ciudad avanza rápidamente en prosperidad en todos los demás aspectos, que se aumente también el número de iglesias. Recibid, pues, con toda presteza mi decisión a este respecto. He considerado oportuno encargar a vuestra Prudencia que ordene escribir cincuenta ejemplares de las sagradas Escrituras —cuya provisión y uso sabéis que son de lo más necesario para la instrucción de la Iglesia— en pergamino preparado, de manera legible y en forma cómoda y portátil, por copistas profesionales diestros en su arte. El catholicus de la diócesis ha recibido asimismo instrucciones por carta de nuestra Clemencia para que cuide de proporcionar todo lo necesario para la preparación de tales ejemplares; y os corresponderá a vos poner especial cuidado en que se completen con la menor demora posible. Tenéis también autoridad, en virtud de esta carta, para usar dos de los carruajes públicos para su transporte, merced a lo cual los ejemplares, una vez escritos con esmero, podrán enviarse con la mayor facilidad para mi inspección personal; y podrá confiarse este servicio a uno de los diáconos de vuestra iglesia, el cual, al llegar aquí, experimentará mi liberalidad. Dios os guarde, amado hermano.

    Capítulo 37. Cómo se proveyeron las copias

    IV, 37

    Tales fueron las órdenes del emperador, a las que siguió la inmediata ejecución de la obra misma, que le enviamos en volúmenes magníficos y cuidadosamente encuadernados, de forma triple y cuádruple. Este hecho está atestiguado por otra carta que el emperador escribió en acuse de recibo, en la cual, habiendo oído que la ciudad de Constancia, en nuestro país, cuyos habitantes habían estado más que comúnmente entregados a la superstición, había sido impulsada por un sentimiento de religión a abandonar su pasada idolatría, manifestó su gozo y su aprobación de aquella conducta.

    Capítulo 38. Cómo la villa de Gaza fue elevada a ciudad por su profesión del cristianismo y recibió el nombre de Constancia

    IV, 38

    Pues, en efecto, el lugar que ahora se llama Constancia, en la provincia de Palestina, habiendo abrazado la religión salvadora, fue distinguido tanto por el favor de Dios como por un honor especial del emperador, al ser elevado entonces por primera vez al rango de ciudad y recibir, en lugar de su antigua denominación, el nombre más honrado de su piadosa hermana.

    Capítulo 39. Que también un lugar de Fenicia fue elevado a ciudad, y en otras ciudades se abolió la idolatría y se construyeron iglesias

    IV, 39

    Un cambio semejante se efectuó en varias otras ciudades; por ejemplo, en aquella ciudad de Fenicia que recibió su nombre del emperador, y cuyos habitantes entregaron a las llamas sus innumerables ídolos y adoptaron en lugar de ellos los principios de la fe salvadora. Muchos, asimismo, en las demás provincias, tanto en las ciudades como en el campo, se convirtieron en indagadores voluntarios del conocimiento salvador de Dios; destruyeron como cosas sin valor las imágenes de toda especie que hasta entonces habían tenido por las más sagradas; demolieron voluntariamente los elevados templos y santuarios que las contenían; y, renunciando a sus antiguos sentimientos, o más bien errores, comenzaron y completaron iglesias enteramente nuevas. Pero, puesto que no me corresponde tanto dar un relato circunstanciado de las acciones de este piadoso príncipe como a quienes han tenido el privilegio de gozar de su compañía en todo tiempo, me contentaré con consignar brevemente los hechos que han llegado a mi propio conocimiento personal, antes de pasar a referir los últimos días de su vida.

    Capítulo 40. Que, habiendo conferido la dignidad de Césares a sus tres hijos en los tres periodos decenales de su reinado, dedicó la iglesia de Jerusalén

    IV, 40

    Para entonces se había cumplido el trigésimo año de su reinado. A lo largo de este periodo, sus tres hijos habían sido admitidos en distintas ocasiones como colegas suyos en el imperio. El primero, Constantino, que llevaba el nombre de su padre, obtuvo esta distinción hacia el décimo año de su reinado. Constancio, el segundo hijo, llamado así por su abuelo, fue proclamado César hacia el vigésimo, mientras que Constante, el tercero, cuyo nombre expresa la firmeza y estabilidad de su carácter, fue elevado a la misma dignidad en el trigésimo aniversario del reinado de su padre. Habiendo criado así una prole triple, una Trinidad, por así decirlo, de hijos piadosos, y habiéndolos recibido separadamente en cada periodo decenal para participar de su autoridad imperial, juzgó que la fiesta de sus Tricennalia era ocasión adecuada para dar gracias al Soberano Señor de todo, creyendo al mismo tiempo que la dedicación de la iglesia que su celosa magnificencia había erigido en Jerusalén podía realizarse provechosamente.

    Capítulo 41. Que, entretanto, ordenó convocar un concilio en Tiro a causa de las controversias surgidas en Egipto

    IV, 41

    [Entretanto] aquel espíritu de envidia que es enemigo de todo bien, como oscura nube que intercepta los rayos más brillantes del sol, intentó empañar la alegría de esta festividad suscitando de nuevo contiendas para perturbar la tranquilidad de las iglesias egipcias. Nuestro emperador, favorecido por Dios, convocó sin embargo una vez más un sínodo compuesto de muchos obispos, y los puso como en orden de batalla, cual hueste de Dios, contra este espíritu maligno, habiendo ordenado su presencia desde todo Egipto y Libia, desde Asia y desde Europa, a fin de, primero, decidir las cuestiones en disputa y, después, realizar la dedicación del sagrado edificio arriba mencionado. Les encargó, de paso, que ajustaran sus diferencias en la capital de Fenicia, recordándoles que no tenían derecho, mientras albergasen sentimientos de mutua animosidad, a ocuparse en el servicio de Dios, puesto que su ley prohíbe expresamente a quienes están en desacuerdo ofrecer su don hasta que antes se hayan reconciliado y estén mutuamente dispuestos a la paz. Tales fueron los saludables preceptos que el emperador mantenía continuamente vivos ante su propia mente y conforme a los cuales les amonestaba a emprender sus actuales deberes con espíritu de perfecta unanimidad y concordia, en una carta del tenor siguiente.

    Capítulo 42. Carta de Constantino al concilio de Tiro

    IV, 42

    [Víctor Constantino, Máximo Augusto,] al santo concilio de Tiro.
    Sin duda, lo que mejor convendría y más honraría la prosperidad de estos nuestros tiempos sería que la Iglesia católica estuviera indivisa y que los siervos de Cristo se hallaran en este momento libres de todo reproche. Mas, puesto que hay quienes, arrastrados por un funesto y furioso espíritu de contención (pues no los acusaré de llevar deliberadamente una vida indigna de su profesión), se esfuerzan por crear esa confusión general que, a mi juicio, es el más pernicioso de todos los males, os exhorto, ya que estáis prontos, a reuniros y formar sin demora un sínodo: a defender a quienes necesitan protección; a administrar remedios a vuestros hermanos en peligro; a llamar a los miembros divididos a la unidad de juicio; a rectificar los errores mientras aún se concede la oportunidad; para que así restablezcáis en tantas provincias aquella debida medida de concordia que —¡extraña y triste anomalía!— la arrogancia de unos pocos ha destruido. Y yo creía que todos estaban igualmente persuadidos de que este proceder es a la vez grato a Dios Todopoderoso (además de ser el mayor objeto de mis propios deseos) y no pequeño honor para vosotros, si lográis restablecer la paz. No tardéis, pues, sino apresuraos con celo redoblado a terminar las presentes disensiones de una manera digna de la ocasión, reuniéndoos con aquel espíritu de verdadera sinceridad y fe que el Salvador a quien servimos exige especialmente de nosotros, casi diría con voz audible, en todas las ocasiones. Ninguna prueba de celo piadoso faltará de mi parte. Ya he hecho todo aquello a lo que me dirigieron vuestras cartas. He enviado a los obispos cuya presencia deseabais, para que compartan vuestros consejos. He despachado a Dionisio, varón de rango consular, quien recordará su deber a aquellos prelados que están obligados a asistir al concilio con vosotros, y estará él mismo allí para supervisar las deliberaciones, pero especialmente para mantener el buen orden. Entretanto, si alguien —aunque lo juzgo muy improbable— se aventurase en esta ocasión a violar mi mandato y rehusara asistir, se despachará de inmediato un mensajero para desterrar a esa persona en virtud de un edicto imperial y para enseñarle que no le corresponde resistir los decretos de un emperador cuando se emiten en defensa de la verdad. Por lo demás, corresponderá a vuestras Santidades, sin parcialidad por enemistad ni por favor, sino conforme al orden eclesiástico y apostólico, idear un remedio adecuado, ya sea para ofensas deliberadas o para errores no premeditados, a fin de que a la vez libréis a la Iglesia de todo reproche, aliviéis mi inquietud y, restituyendo los bienes de la paz a quienes ahora están divididos, os procuréis el más alto honor. Dios os guarde, amados hermanos.

    Capítulo 43. Obispos de todas las provincias asistieron a la dedicación de la iglesia de Jerusalén

    IV, 43

    Apenas se hubieron cumplido estas órdenes, llegó otro emisario con despachos del emperador y una urgente admonición al concilio para que apresurase su viaje a Jerusalén sin demora. En consecuencia, todos partieron de la provincia de Fenicia y se dirigieron a su destino, valiéndose de los medios públicos de transporte. Así, Jerusalén se convirtió en el punto de reunión de distinguidos prelados de todas las provincias, y toda la ciudad se vio atestada por una vasta concurrencia de siervos de Dios. Los macedonios habían enviado al obispo de su metrópoli; los panonios y mesios, a lo más hermoso del joven rebaño de Dios entre ellos. También se hallaba allí un santo prelado de Persia, profundamente versado en los sagrados oráculos; mientras que obispos bitinios y tracios honraban el concilio con su presencia; ni faltaban los más ilustres de Cilicia, ni el principal de los capadocios, distinguido sobre todos por su saber y elocuencia. En suma, toda Siria y Mesopotamia, Fenicia y Arabia, Palestina, Egipto y Libia, con los moradores de la Tebaida, contribuyeron a engrosar la poderosa concurrencia de los ministros de Dios, seguidos como iban por vastas multitudes de todas las provincias. Les acompañaba una escolta imperial, y también se habían enviado desde el palacio mismo oficiales de confianza con instrucciones de realzar el esplendor de la fiesta a expensas del emperador.

    Capítulo 44. De su recibimiento por el notario Mariano; de la distribución de dinero a los pobres; y de las ofrendas a la Iglesia

    IV, 44

    El director y jefe de estos oficiales era un servidor muy útil del emperador, varón eminente por su fe y piedad, y perfectamente instruido en la palabra divina, que se había distinguido honrosamente por su profesión de piedad durante el poder de los tiranos, y por ello había sido justamente encargado de la ordenación de los presentes asuntos. Así, en fiel obediencia a las órdenes del emperador, recibió a la asamblea con cortés hospitalidad, y la agasajó con fiestas y banquetes de gran esplendor. Distribuyó asimismo abundantes sumas de dinero y vestidos entre los desnudos y menesterosos, y entre las multitudes de uno y otro sexo que padecían falta de alimento y de las necesidades comunes de la vida. Finalmente, enriqueció y embelleció la iglesia misma por todas partes con ofrendas de magnificencia imperial, y cumplió así plenamente el servicio que se le había encomendado.

    Capítulo 45. Diversos discursos de los obispos reunidos; y también de Eusebio, el autor de esta Historia

    IV, 45

    Entre tanto, la fiesta recibió nuevo esplendor tanto de las oraciones como de los discursos de los ministros de Dios, algunos de los cuales ensalzaron la voluntaria devoción del piadoso emperador hacia el Salvador del género humano, y se extendieron sobre la magnificencia del edificio que había erigido para su memoria. Otros ofrecieron, por así decirlo, un festín intelectual a los oídos de todos los presentes, mediante públicas disquisiciones sobre las sagradas doctrinas de nuestra religión. Otros interpretaron pasajes de la sagrada Escritura y desplegaron su sentido oculto; mientras que los que no podían realizar tales esfuerzos presentaban un sacrificio incruento y un servicio místico a Dios en las oraciones que ofrecían por la paz general, por la Iglesia de Dios, por el propio emperador como causa instrumental de tantas bendiciones y por sus piadosos hijos. Yo mismo también, indigno como era de tal privilegio, pronuncié diversos discursos públicos en honor de esta solemnidad, en los cuales, en parte, expliqué mediante una descripción escrita los detalles del edificio imperial, y en parte me esforcé por entresacar de las visiones proféticas ilustraciones adecuadas de los símbolos que mostraba. Así, con gozo, se celebró la fiesta de la dedicación en el trigésimo año del reinado de nuestro emperador.

    Capítulo 46. De que Eusebio pronunció después su Descripción de la Iglesia del Salvador y una Oración Tricenal ante el propio Constantino

    IV, 46

    He descrito lo mejor que he podido la estructura de la iglesia de nuestro Salvador, la forma de su sagrada cueva, el esplendor de la obra misma y las innumerables ofrendas de oro, plata y piedras preciosas, y lo he dedicado al emperador en un tratado separado, que en ocasión oportuna añadiré a esta presente obra. Añadiré también aquella oración sobre su Tricennalia, que poco después, habiendo viajado a la ciudad que lleva su nombre, pronuncié en presencia del propio emperador. Esta fue la segunda ocasión que se me concedió de glorificar al Dios Supremo en el mismo palacio imperial; y en esta ocasión mi piadoso oyente mostró la mayor alegría, como después lo atestiguó, cuando agasajó a los obispos entonces presentes y los colmó de toda clase de distinciones.

    Capítulo 47. De que el Concilio de Nicea se celebró en el vigésimo año del reinado de Constantino, y la Dedicación de la Iglesia de Jerusalén en el trigésimo

    IV, 47

    Este segundo sínodo lo convocó el emperador en Jerusalén, y fue el mayor de que tenemos noticia, después del primero que había reunido en la famosa ciudad de Bitinia. Aquel fue, en verdad, una asamblea triunfal, celebrada en el vigésimo año de su reinado, ocasión de acción de gracias por la victoria sobre sus enemigos en la mismísima ciudad que lleva el nombre de victoria. La presente reunión añadió esplendor al trigésimo aniversario, durante el cual el emperador dedicó la iglesia del sepulcro de nuestro Salvador, como ofrenda de paz a Dios, dador de todo bien.

    Capítulo 48. De que Constantino se disgustó con uno que lo alabó excesivamente

    IV, 48

    Y ahora que todas estas ceremonias se habían completado, y las divinas cualidades del carácter del emperador seguían siendo el tema de alabanza universal, uno de los ministros de Dios se atrevió, en su propia presencia, a declararlo bienaventurado, por haber sido tenido por digno de poseer un imperio absoluto y universal en esta vida, y por estar destinado a compartir el imperio del Hijo de Dios en el siglo venidero. Estas palabras, sin embargo, las oyó Constantino con indignación, y prohibió al orador que empleara semejante lenguaje, exhortándolo más bien a orar con fervor por él, para que, ya en esta vida o en la venidera, pudiera ser hallado digno de ser siervo de Dios.

    Capítulo 49. Matrimonio de su hijo Constancio César

    IV, 49

    Al cumplirse el trigésimo año de su reinado, solemnizó el matrimonio de su segundo hijo, pues el del primogénito lo había celebrado mucho antes. Esta fue una ocasión de gran gozo y festividad; el propio emperador asistió a su hijo en la ceremonia y agasajó a los invitados de ambos sexos, a los hombres y a las mujeres en compañías distintas y separadas, con suntuosa hospitalidad. Se distribuyeron asimismo con liberalidad ricos presentes entre las ciudades y el pueblo.

    Capítulo 50. Embajada y presentes de los indios

    IV, 50

    Por este tiempo llegaron embajadores de los indios, que habitan las regiones remotas del Oriente, con presentes que consistían en muchas variedades de brillantes piedras preciosas y en animales de especies distintas de las que nosotros conocemos. Estas ofrendas las presentaron al emperador, reconociendo así que su soberanía se extendía incluso hasta el océano Índico, y que los príncipes de su país, que le rendían homenaje tanto con pinturas como con estatuas, reconocían su autoridad imperial y suprema. Así, los indios orientales se sometieron ahora a su dominio, como habían hecho los britanos del océano Occidental al comienzo de su reinado.

    Capítulo 51. De que Constantino dividió el Imperio entre sus tres hijos, a quienes había instruido en la política y en la religión

    IV, 51

    Habiendo establecido así su poder en los extremos opuestos del mundo, dividió toda la extensión de sus dominios entre sus tres hijos, como si repartiera una herencia patrimonial entre los objetos más queridos de su afecto. Al mayor le asignó la porción de su abuelo; al segundo, el imperio de Oriente; al tercero, las regiones situadas entre estas dos divisiones. Y deseando proporcionar a sus hijos una herencia verdaderamente valiosa y saludable para sus almas, se había cuidado de imbuirlos en los verdaderos principios religiosos, siendo él mismo su guía para el conocimiento de las cosas sagradas, y nombrando además varones de probada piedad para que fueran sus instructores. Al mismo tiempo les asignó los más consumados maestros del saber profano, por algunos de los cuales fueron instruidos en las artes de la guerra, mientras que por otros fueron formados en la ciencia política, y por otros más en la jurídica. A cada uno, además, se le concedió un séquito verdaderamente regio, compuesto de infantería, lanceros y guardias de corps, con toda otra clase de fuerza militar, mandados respectivamente por capitanes, tribunos y generales de cuya pericia guerrera y devoción a sus hijos había tenido el emperador experiencia previa.

    Capítulo 52. De que, después de haber llegado a la edad viril, fue su guía en la piedad

    IV, 52

    Mientras los Césares fueron de tierna edad, estuvieron ayudados por consejeros idóneos en la gestión de los asuntos públicos; pero, al llegar a la edad viril, bastaron por sí solas las instrucciones de su padre. Cuando estaba presente, les proponía su propio ejemplo y los amonestaba a seguir su piadosa conducta; en su ausencia, les proporcionaba por carta reglas de conducta adecuadas a su condición imperial, la primera y mayor de las cuales era una exhortación a estimar el conocimiento y el culto del Soberano Señor de todas las cosas más que las riquezas, más aún, más que el imperio mismo. Por fin les permitió dirigir la administración pública del imperio sin tutela, pidiéndoles como primer encargo que cuidaran de los intereses de la Iglesia de Dios y que se profesaran con valentía discípulos de Cristo. Así formados, e impulsados a la obediencia no tanto por el precepto como por su propio y voluntario deseo de virtud, sus hijos cumplieron con creces las amonestaciones de su padre, consagrando su más diligente atención al servicio de Dios y observando las ordenanzas de la Iglesia aun en el palacio mismo, con todos los miembros de sus casas. Pues la previsión de su padre había dispuesto que todos los servidores de sus hijos fueran cristianos. Y no solo eso, sino que los oficiales militares de más alto rango, y quienes tenían el control de los negocios públicos, eran profesores de la misma fe: porque el emperador depositaba su confianza en la fidelidad de los hombres consagrados al servicio de Dios, como en una defensa fuerte y segura. Cuando nuestro tres veces bienaventurado príncipe hubo completado estas disposiciones, y asegurado así el orden y la tranquilidad en todo el imperio, Dios, dispensador de todas las bendiciones, juzgó que era el momento oportuno de trasladarlo a una herencia mejor, y lo llamó a pagar la deuda de la naturaleza.

    Capítulo 53. De que, habiendo reinado unos treinta y dos años y vivido más de sesenta, conservaba aún un cuerpo sano

    IV, 53

    Cumplió el tiempo de su reinado en treinta y dos años, faltándole algunos meses y días, y toda su vida se extendió hasta cerca del doble de aquel período. A esta edad conservaba aún un cuerpo sano y vigoroso, libre de toda tacha y de vivacidad más que juvenil; un noble porte y fuerza igual a cualquier esfuerzo; de modo que podía participar en ejercicios marciales, cabalgar, soportar las fatigas de los viajes, entrar en batalla y erigir trofeos sobre sus enemigos vencidos, además de alcanzar aquellas victorias incruentas con las que solía triunfar sobre quienes se le oponían.

    Capítulo 54. De quienes abusaron de su extrema benevolencia por avaricia e hipocresía

    IV, 54

    De la misma manera, sus cualidades intelectuales alcanzaron el punto más alto de la perfección humana. En verdad, se distinguió por toda excelencia de carácter, pero especialmente por la benevolencia; virtud, sin embargo, que lo expuso a la censura de muchos, a causa de la bajeza de hombres malvados que atribuían sus propios crímenes a la indulgencia del emperador. A la verdad, yo mismo puedo dar testimonio de los graves males que prevalecieron en aquellos tiempos; me refiero a la violencia de hombres rapaces y sin principios, que depredaban por igual a todas las clases de la sociedad, y a la escandalosa hipocresía de quienes se infiltraban en la Iglesia y asumían el nombre y el carácter de cristianos. Su propia benevolencia y bondad de corazón, la autenticidad de su fe y su veracidad de carácter indujeron al emperador a dar crédito a la profesión de estos supuestos cristianos, que astutamente conservaban la apariencia de sincero afecto por su persona. La confianza que depositaba en tales hombres lo forzó a veces a una conducta indigna de sí mismo, de la cual se aprovechó la envidia para empañar en este aspecto el lustre de su carácter.

    Capítulo 55. De que Constantino se ocupó en composiciones de diverso género hasta el fin de su vida

    IV, 55

    Pero estos ofensores fueron pronto alcanzados por el castigo divino. Volvamos a nuestro emperador. Había ejercitado tan a fondo su mente en el arte de razonar, que hasta el final continuó componiendo discursos sobre diversos asuntos, pronunciando frecuentes discursos públicos e instruyendo a sus oyentes en las sagradas doctrinas de la religión. Estaba también habitualmente ocupado en legislar tanto sobre cuestiones políticas como militares; en suma, en idear cuanto pudiera conducir al bienestar general del género humano. Es muy digno de notarse que, muy poco antes de su partida, pronunció una oración fúnebre ante su auditorio acostumbrado, en la cual habló largamente de la inmortalidad del alma, del estado de quienes habían perseverado en una vida de piedad y de las bendiciones que Dios tiene reservadas para los que lo aman. Por otra parte, hizo ver con abundantes y concluyentes argumentos cuál será el fin de quienes han seguido una carrera contraria, describiendo con lenguaje vivo la ruina final de los impíos. Su poderoso testimonio sobre estos asuntos pareció tocar de tal modo las conciencias de quienes lo rodeaban, que uno de los filósofos que se tenían por tales, a quien preguntó su opinión sobre lo que había oído, dio testimonio de la verdad de sus palabras y le tributó una alabanza real, aunque reticente, a los argumentos con que había desenmascarado el culto de una pluralidad de dioses. Con conversaciones como esta con sus amigos antes de su muerte, el emperador pareció, por así decirlo, allanar y preparar el camino para su tránsito a una vida más feliz.

    Capítulo 56. De cómo llevó consigo obispos en una expedición contra los persas, y llevó consigo una tienda en forma de iglesia

    IV, 56

    Digno es también de recordarse que, hacia el tiempo del que ahora escribo, el emperador, habiendo oído de una insurrección de algunos bárbaros en Oriente, observó que la conquista de este enemigo le estaba aún reservada, y resolvió una expedición contra los persas. En consecuencia, procedió en seguida a poner sus fuerzas en movimiento, comunicando al mismo tiempo su proyectada marcha a los obispos que se hallaban en su corte, a algunos de los cuales juzgó conveniente llevar consigo como compañeros y como necesarios coadjutores en el servicio de Dios. Ellos, por su parte, declararon alegremente su disposición a seguirlo en su séquito, renunciando a todo deseo de dejarlo, y comprometiéndose a pelear con él y por él mediante súplicas a Dios en su favor. Lleno de gozo ante esta respuesta a su petición, les expuso su proyectada línea de marcha; después de lo cual mandó preparar, para su propio uso en la guerra que se acercaba, una tienda de gran esplendor que representaba en su forma la figura de una iglesia. En ella se proponía unirse a los obispos para ofrecer oraciones al Dios del cual procede toda victoria.

    Capítulo 57. De cómo recibió una embajada de los persas y guardó la vigilia nocturna con otros en la fiesta de Pascua

    IV, 57

    Entre tanto, los persas, al oír los preparativos bélicos del emperador y no poco aterrados ante la perspectiva de un enfrentamiento con sus fuerzas, despacharon una embajada para pedir condiciones de paz. Estas proposiciones las aceptó al punto el emperador, sincero amante de la paz, y entró de buen grado en relaciones amistosas con aquel pueblo. En este tiempo estaba próxima la gran fiesta de Pascua; en esta ocasión rindió a Dios el tributo de sus oraciones y pasó la noche en vela con los demás.

    Capítulo 58. Sobre la construcción de una iglesia en honor de los Apóstoles en Constantinopla

    IV, 58

    Después de esto, procedió a erigir una iglesia en memoria de los apóstoles, en la ciudad que lleva su nombre. Este edificio lo elevó a una altura vastísima y lo decoró brillantemente revistiéndolo desde los cimientos hasta el techo con losas de mármol de varios colores. Formó también el techo interior con obra finamente calada y lo recubrió por completo de oro. La cubierta exterior, que protegía el edificio de la lluvia, era de bronce en lugar de tejas; y esta también estaba espléndida y profusamente adornada de oro, y reflejaba los rayos del sol con un brillo que deslumbraba al que lo miraba de lejos. La cúpula estaba enteramente ceñida por una tracería finamente esculpida, labrada en bronce y oro.

    Capítulo 59. Descripción adicional de la misma iglesia

    IV, 59

    Tal fue la magnificencia con que el emperador se complugo en embellecer esta iglesia. El edificio estaba rodeado por una vasta explanada, cuyos cuatro lados remataban en pórticos que encerraban el recinto y la iglesia misma. A estos pórticos se adosaban hileras de majestuosas cámaras, con baños y paseos, y además muchas estancias dispuestas para el uso de quienes tenían a su cargo el lugar.

    Capítulo 60. Erigió asimismo su propio monumento sepulcral en esta iglesia

    IV, 60

    Consagró el emperador todos estos edificios con el deseo de perpetuar la memoria de los apóstoles de nuestro Salvador. Tenía, sin embargo, otro objeto al erigir esta construcción: un objeto al principio desconocido, pero que después se hizo manifiesto a todos. Había, en efecto, elegido este lugar en previsión de su propia muerte, anticipando con extraordinario fervor de fe que su cuerpo compartiría con los apóstoles la misma dignidad de su título, y que así, aun después de muerto, llegaría a ser, junto con ellos, objeto de las devociones que en su honor se celebrarían en este lugar. Por consiguiente, dispuso que se colocaran doce féretros en esta iglesia, como columnas sagradas en honor y memoria del número apostólico, en cuyo centro se puso el suyo, teniendo seis de aquellos a cada lado. Así, como he dicho, con prudente previsión había preparado para su cuerpo un honroso lugar de reposo después de la muerte, y habiendo formado en secreto mucho antes esta resolución, consagró ahora esta iglesia a los apóstoles, creyendo que este tributo a su memoria no sería de poca ventaja para su propia alma. Y Dios no le defraudó en aquello que tan ardientemente esperaba y deseaba. Pues después de haber cumplido los primeros oficios de la fiesta de Pascua, y de haber pasado este sagrado día del Señor de una manera que lo hizo ocasión de gozo y alegría para sí y para todos, Dios, con cuyo auxilio realizó todos estos actos, y de quien continuó siendo celoso servidor hasta el fin de la vida, se dignó, en un momento feliz, trasladarlo a una vida mejor.

    Capítulo 61. Su enfermedad en Helenópolis y sus oraciones respecto de su bautismo

    IV, 61

    Al principio experimentó una leve indisposición corporal, a la que pronto siguió una enfermedad declarada. A causa de ello visitó las termas de su propia ciudad, y de allí pasó a aquella que llevaba el nombre de su madre. Allí permaneció algún tiempo en la iglesia de los mártires, y elevó súplicas y oraciones a Dios. Convencido por fin de que su vida tocaba a su fin, sintió que había llegado el momento en que debía buscar la purificación de los pecados de su carrera pasada, creyendo firmemente que, cualesquiera errores que hubiera cometido como hombre mortal, su alma sería purificada de ellos por la eficacia de las palabras místicas y de las aguas saludables del bautismo. Impresionado por estos pensamientos, derramó sus súplicas y confesiones ante Dios, arrodillado sobre el pavimento de la iglesia misma, donde también ahora, por primera vez, recibió la imposición de manos con oración. Después de esto se dirigió hasta los arrabales de Nicomedia, y allí, habiendo convocado a los obispos para reunirse con él, les dirigió las siguientes palabras.

    Capítulo 62. Súplica de Constantino a los obispos, rogándoles que le confirieran el rito del bautismo

    IV, 62

    «Ha llegado el tiempo que durante tanto tiempo he anhelado, con ardiente deseo y oración, de obtener la salvación de Dios. Ha llegado la hora en que también yo puedo recibir la bendición de aquel sello que confiere la inmortalidad; la hora en que puedo recibir el sello de la salvación. Había pensado hacer esto en las aguas del río Jordán, donde está escrito que nuestro Salvador, para nuestro ejemplo, fue bautizado; pero Dios, que sabe lo que nos conviene, se complace en que yo reciba aquí esta bendición. Sea, pues, así, sin demora; porque si fuere su voluntad, él que es Señor de la vida y de la muerte, que mi existencia aquí se prolongue, y si estoy destinado en adelante a asociarme con el pueblo de Dios y a unirme con ellos en oración como miembro de su Iglesia, me prescribiré desde ahora un género de vida que convenga a su servicio.» Después que hubo hablado así, los prelados celebraron las sagradas ceremonias según la manera acostumbrada, y, habiéndole dado las instrucciones necesarias, lo hicieron partícipe del misterioso sacramento. Así fue Constantino el primero de todos los soberanos que fue regenerado y perfeccionado en una iglesia dedicada a los mártires de Cristo; así, dotado con el divino sello del bautismo, se regocijó en espíritu, fue renovado y lleno de luz celestial: su alma se alegró por causa del fervor de su fe, y quedó asombrada ante la manifestación del poder de Dios. Al concluir la ceremonia, se vistió con resplandecientes vestiduras imperiales, brillantes como la luz, y se recostó en un lecho de la más pura blancura, negándose a vestirse de púrpura en adelante.
    Comentario editorial · El bautismo de Constantino
    Eusebio cuenta que Constantino, enfermo, recibió la imposición de manos con oración en la iglesia de los mártires de la ciudad que llevaba el nombre de su madre (Helenópolis, según Wikipedia), y que en las afueras de Nicomedia pidió a los obispos el «sello de la salvación», pues había pensado recibirlo en el Jordán (IV, 61–62). No nombra al obispo que lo bautizó: «los prelados celebraron las sagradas ceremonias». Wikipedia dice que fue Eusebio de Nicomedia, obispo arriano, y que Constantino murió el 22 de mayo de 337 en la villa de Aquirón, en el último día de Pentecostés (Eusebio, IV, 64, habla de esa fiesta). Según Wikipedia, entre los latinos surgió la leyenda de un bautismo por el papa Silvestre, que sanaba al emperador de la lepra, y de ella nació la Donación de Constantino, que Lorenzo Valla probó falsa en 1440.

    Capítulo 63. Cómo después de su bautismo dio gracias a Dios

    IV, 63

    Entonces alzó la voz y derramó un cántico de acción de gracias a Dios; tras lo cual añadió estas palabras. «Ahora sé que soy verdaderamente bienaventurado: ahora me siento seguro de que soy tenido por digno de la inmortalidad y he sido hecho partícipe de la luz divina.» Expresó además su compasión por la desdichada condición de quienes eran extraños a las bendiciones de que él gozaba; y cuando los tribunos y generales de su ejército se presentaron ante él con lamentaciones y lágrimas ante la perspectiva de su pérdida, y con ruegos de que sus días pudieran aún prolongarse, les aseguró en respuesta que estaba ya en posesión de la verdadera vida; que nadie sino él podía conocer el valor de las bendiciones que había recibido; de modo que estaba ansioso más bien por apresurar que por diferir su partida hacia Dios. Luego procedió a completar las disposiciones necesarias de sus asuntos, legando una donación anual a los habitantes romanos de su ciudad imperial; repartiendo la herencia del imperio, como un patrimonio, entre sus propios hijos; en suma, haciendo todas las disposiciones según su propio placer.

    Capítulo 64. Muerte de Constantino al mediodía de la fiesta de Pentecostés

    IV, 64

    Todos estos sucesos tuvieron lugar durante una festividad de suma importancia, me refiero a la augusta y santa solemnidad de Pentecostés, que se distingue por un periodo de siete semanas y queda sellada con aquel día en el que, según atestiguan las santas Escrituras, se produjo la ascensión de nuestro común Salvador al cielo y el descenso del Espíritu Santo entre los hombres. En el curso de esta fiesta recibió el emperador los privilegios que he descrito; y en el último día de todos, que con justicia podría llamarse la fiesta de las fiestas, fue trasladado hacia el mediodía a la presencia de su Dios, dejando sus restos mortales a sus semejantes mortales, y llevando a la comunión con Dios aquella parte de su ser que era capaz de entenderlo y amarlo. Tal fue el fin de la vida mortal de Constantino. Atendamos ahora a las circunstancias que siguieron a este acontecimiento.

    Capítulo 65. Lamentaciones de la soldadesca y de sus oficiales

    IV, 65

    [Inmediatamente] los lanceros y la guardia personal allí reunidos rasgaron sus vestiduras y se postraron en tierra, golpeándose la cabeza y profiriendo lamentos y gritos de dolor, invocando a su señor y dueño imperial, o más bien, como verdaderos hijos, a su padre, mientras sus tribunos y centuriones se dirigían a él como a su preservador, protector y bienhechor. El resto de la tropa acudió también en orden respetuoso a llorar, como un rebaño, la partida de su buen pastor. El pueblo, entretanto, corría desconcertado por toda la ciudad, unos expresando con fuertes gritos la pena interior de sus corazones, otros mostrándose abrumados por el dolor: cada cual lloraba el suceso como una calamidad que le hubiera acaecido a él mismo, y lamentaba su muerte como si se sintiera privado de una bendición común a todos.

    Capítulo 66. Traslado del cuerpo de Nicomedia al palacio de Constantinopla

    IV, 66

    Después de esto, los soldados levantaron el cuerpo de su lecho y lo colocaron en un féretro de oro, que envolvieron en una cubierta de púrpura, y lo trasladaron a la ciudad que llevaba su propio nombre. Allí fue colocado en un lugar elevado de la cámara principal del palacio imperial, y rodeado de cirios que ardían en candelabros de oro, presentando un espectáculo maravilloso, tal como nadie bajo la luz del sol había visto jamás en la tierra desde que el mundo comenzó. Pues en la estancia central del palacio imperial yacía el cuerpo del emperador en su elevado lugar de reposo, revestido con los símbolos de la soberanía, la diadema y el manto de púrpura, y rodeado por un numeroso séquito de servidores que velaban en torno a él sin cesar noche y día.

    Capítulo 67. Recibió de los condes y de otros oficiales los mismos honores que antes de su muerte

    IV, 67

    También los oficiales militares de más alto rango, los condes y todo el orden de magistrados, que antes habían tenido por costumbre hacer reverencia a su emperador, continuaron cumpliendo este deber sin cambio alguno, aun después de su muerte, entrando en la cámara a las horas señaladas y saludando con la rodilla doblada a su soberano dentro del féretro, como si aún estuviera vivo. Tras ellos comparecieron los senadores y todos los que habían sido distinguidos con algún cargo honorífico, y rindieron el mismo homenaje. A estos siguieron multitudes de toda condición, que acudieron con sus esposas e hijos a presenciar el espectáculo. Estos honores continuaron rindiéndose por un tiempo considerable, habiendo resuelto los soldados custodiar así el cuerpo hasta que sus hijos llegaran y tomasen a su cargo la conducción de los funerales de su padre. Ningún mortal, como este bienaventurado príncipe, había continuado reinando aun después de la muerte y recibiendo el mismo homenaje que durante su vida: solo él, de todos los que han vivido, obtuvo de Dios esta recompensa; recompensa adecuada, pues él solo, entre todos los soberanos, había honrado en todas sus acciones al Dios Supremo y a su Cristo, y por ello Dios mismo se complugo en que aun sus restos mortales conservaran entre los hombres la autoridad imperial; indicando así a todos los que no estaban enteramente desprovistos de entendimiento el imperio inmortal e interminable que su alma estaba destinada a gozar. Tal fue el curso de los acontecimientos aquí.

    Capítulo 68. Resolución del ejército de conferir en adelante a sus hijos el título de Augusto

    IV, 68

    [Entretanto] los tribunos seleccionaron de entre las tropas bajo su mando a aquellos oficiales cuya fidelidad y celo habían sido largo tiempo conocidos del emperador, y los despacharon a los Césares con la noticia del reciente suceso. Este servicio cumplieron en consecuencia. Apenas, sin embargo, la tropa de todas las provincias recibió la nueva del fallecimiento del emperador, todos, como por un impulso sobrenatural, resolvieron de común acuerdo, como si su gran emperador estuviera aún vivo, no reconocer a otros que a sus hijos como soberanos del mundo romano; y a estos determinaron poco después que no retuvieran ya el nombre de César, sino que cada uno fuera honrado con el título de Augusto, nombre que indica la suprema potestad del poder imperial. Tales fueron las medidas adoptadas por el ejército; y estas resoluciones se comunicaron unos a otros por carta, de modo que el deseo unánime de las legiones fue conocido al mismo tiempo en toda la extensión del imperio.

    Capítulo 69. Duelo por Constantino en Roma; y el honor que allí se le rindió mediante pinturas después de su muerte

    IV, 69

    Al llegar a la ciudad imperial la noticia de la muerte del emperador, el senado y el pueblo romanos sintieron el anuncio como la más grave y aflictiva de todas las calamidades, y se entregaron a un exceso de dolor. Se cerraron los baños y los mercados; los espectáculos públicos y todas las demás diversiones en que suelen entregarse los hombres ociosos quedaron interrumpidos. Los que antes habían vivido en muelle holgura, andaban ahora por las calles en sombría tristeza, mientras todos se unían para bendecir el nombre del difunto, como aquel que era querido de Dios y verdaderamente digno de la dignidad imperial. Y su pesar no se expresó solo con palabras: procedieron también a honrarlo con la dedicación de pinturas a su memoria, con el mismo respeto que antes de su muerte. El diseño de estos cuadros representaba el cielo mismo, y mostraba al emperador reposando en una morada etérea sobre la bóveda celeste. Declararon asimismo que solo sus hijos eran emperadores y Augustos, y rogaron con ferviente súplica que se les permitiera recibir el cuerpo de su emperador y celebrar sus exequias en la ciudad imperial.

    Capítulo 70. Su sepultura por su hijo Constancio en Constantinopla

    IV, 70

    De este modo testimoniaron allí su respeto por la memoria de aquel que había sido honrado por Dios. El segundo de sus hijos, que ya para entonces había llegado, procedió a celebrar los funerales de su padre en la ciudad que lleva su nombre, encabezando él mismo la procesión, precedida por destacamentos de soldados en formación militar y seguida por vastas multitudes, mientras el cuerpo era rodeado por compañías de lanceros e infantería pesada. Al llegar la procesión a la iglesia dedicada a los apóstoles de nuestro Salvador, el féretro fue sepultado allí. Tal honor rindió el joven emperador Constancio a su difunto padre, tanto con su presencia como con la debida celebración de esta sagrada ceremonia.

    Capítulo 71. Oficio sagrado en la Iglesia de los Apóstoles con ocasión del funeral de Constantino

    IV, 71

    Apenas [Constancio] se hubo retirado con el séquito militar, los ministros de Dios se adelantaron, con la multitud y toda la congregación de los fieles, y celebraron los ritos del culto divino con oración. Al mismo tiempo se tributaron alabanzas a la índole de este bienaventurado príncipe, cuyo cuerpo descansaba sobre un monumento elevado y conspicuo, y toda la multitud se unió con los sacerdotes de Dios para ofrecer oraciones por su alma, no sin lágrimas —antes bien, con mucho llanto—, cumpliendo así un oficio conforme con los deseos del piadoso difunto. También en este respecto se manifestó el favor de Dios a su siervo, pues no solo legó la sucesión del imperio a sus amados hijos, sino que el tabernáculo terreno de su tres veces bienaventurada alma, conforme a su propio y ferviente deseo, fue admitido a compartir el monumento de los apóstoles; fue asociado al honor de su nombre y al del pueblo de Dios; fue honrado con la celebración de las sagradas ordenanzas y del servicio místico; y gozó de participación en las oraciones de los santos. Así, también, continuó poseyendo el poder imperial aun después de la muerte, gobernando, como con vida renovada, un dominio universal, y conservando en su propio nombre, como Vencedor, Máximo, Augusto, la soberanía del mundo romano.

    Capítulo 72. Del Fénix

    IV, 72

    No podemos compararlo con aquella ave de Egipto, la única, según dicen, de su especie, que muere, sacrificada a sí misma, en medio de perfumes aromáticos, y, resurgiendo de sus propias cenizas con nueva vida, se remonta a lo alto con la misma forma que antes tenía. Más bien se asemejó a su Salvador, quien, como el grano sembrado que se multiplica a partir de un solo grano, había producido abundante incremento por la bendición de Dios y había cubierto el mundo entero con su fruto. Así también nuestro tres veces bienaventurado príncipe llegó a multiplicarse, por así decirlo, mediante la sucesión de sus hijos. Su estatua fue erigida junto con las de ellos en todas las provincias; y el nombre de Constantino fue reconocido y honrado aun después del fin de su vida mortal.

    Capítulo 73. Cómo se representa a Constantino en las monedas en el acto de ascender al cielo

    IV, 73

    También se acuñó [una moneda] que llevaba el siguiente emblema. En una cara aparecía la figura de nuestro bienaventurado príncipe, con la cabeza estrechamente velada: el reverso lo mostraba sentado como auriga, arrastrado por cuatro caballos, con una mano extendida desde lo alto hacia abajo para recibirlo en el cielo.

    Capítulo 74. El Dios a quien había honrado lo honró a su vez merecidamente

    IV, 74

    Tales son las pruebas por las cuales el Dios Supremo nos ha manifestado, en la persona de Constantino —quien, único entre todos los soberanos, había profesado abiertamente la fe cristiana—, cuán grande es la diferencia que él percibe entre aquellos cuyo privilegio es adorarlo a él y a su Cristo, y aquellos que han escogido la parte contraria, que provocaron su enemistad al atreverse a asaltar su Iglesia, y cuyo fin calamitoso, en todos los casos, ofreció muestras de su desagrado, tan manifiestamente como la muerte de Constantino transmitió a todos los hombres una evidente seguridad de su divino amor.

    Capítulo 75. Superó a todos los emperadores precedentes en devoción a Dios

    IV, 75

    Estando, como estaba, solo y preeminente entre los emperadores romanos como adorador de Dios; solo como el audaz proclamador ante todos los hombres de la doctrina de Cristo; habiendo él solo rendido honor, como ninguno antes que él lo había hecho jamás, a su Iglesia; habiendo él solo abolido por completo el error de la politeísta, y desaprobado la idolatría en toda forma: así, solo entre ellos, tanto en vida como después de la muerte, fue considerado digno de honores tales que nadie puede decir que hayan sido alcanzados por ningún otro; de modo que nadie, ya sea griego o bárbaro, ni siquiera de los antiguos romanos mismos, se nos ha presentado jamás como digno de comparación con él.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la Vida de Constantino

    La Vida es, según Wikipedia, la obra más importante para estudiar el reinado de Constantino, porque de él se conservan pocas fuentes paganas; pero fue poco conocida en los siglos IV y V. Su valor y sus límites han sido discutidos desde antiguo. Wikipedia recuerda que ya en el siglo V el historiador Sócrates Escolástico decía que Eusebio se preocupaba más del acabado retórico y de las alabanzas al emperador que de la exactitud de los hechos. Richardson (1890) reúne los reproches de su tiempo —Crivellucci la llamaba «novela histórica»— y los reduce a dos: que silencia hechos poco favorables, como la muerte de Crispo, y que su tono es elogioso y piadoso; responde que Eusebio avisa de su plan (I, 11) y que otros biógrafos de reyes no salen mejor parados. Wikipedia, con Timothy Barnes, matiza además la imagen de cortesano cercano que Eusebio da de sí: sus encuentros con Constantino habrían sido raros.
    En favor de su honradez con los documentos, Wikipedia cita el papiro de Londres, un documento imperial independiente que Eusebio habría citado fielmente en el libro II. Las cartas de Constantino de la obra (a los palestinos en II, 24–44, a las iglesias en III, 17–20, la dirigida a Sapor en IV) son fuentes valiosas, pero su autenticidad y su contexto se discuten, y Wikipedia advierte que Eusebio las coloca al servicio de su propio relato.
    Para seguir leyendo en Eusebeia: la Historia eclesiástica, de la que esta obra es pareja; el credo niceno-constantinopolitano y el arrianismo, para lo que Eusebio apenas cuenta de Nicea; los concilios IV–VII; y, desde el otro bando de los mismos años, la Apología contra los arrianos de Atanasio.
    Límites. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. El epub no trae las notas de Richardson ni los dos discursos del volumen: lo que aquí se dice de sus notas procede de la edición de CCEL, y son juicios de 1890, en parte superados. Donde las fuentes difieren (fechas, cifras), las notas dicen cuál afirma qué; esta edición no fija las fechas de la obra ni de los hechos que cuenta.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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