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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 7 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 10 minIntroducción
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minDe Synodis
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minPrimera parte (histórica): los credos de los orientales (§§ 10–63)
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minLos anatemas de Ancira y los comentarios de Hilario (§§ 12–26)
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 9 minLos anatemas de Ancira y los comentarios de Hilario (§§ 12–26)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minEl credo de la Dedicación, Antioquía 341 (§§ 27–33)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minEl credo de los orientales en Sárdica, 343 (§§ 34–37)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLa fórmula de Sirmio contra Fotino, 351 (§§ 38–61)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 10 minLa fórmula de Sirmio contra Fotino, 351 (§§ 38–61)
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minLa fórmula de Sirmio contra Fotino, 351 (§§ 38–61)
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 6 minQué enseñan tantos credos (§§ 62–63)
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 7 minLo que «consustancial» no debe significar (§§ 67–71)
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 min«Semejante» y «consustancial» (§§ 72–77)
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minA los obispos orientales (§§ 78–80)
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minLa carta de Ancira y la palabra de Nicea (§§ 81–91)
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minDespedida (§ 92)

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    TEXTOS — HILARIO DE POITIERS

    Índice de la obra

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    Hilario de Poitiers

    Sobre los concilios (La fe de los orientales)

    Texto base: versión inglesa de L. Pullan, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 9 (1898 o 1899, según la fuente), «De Synodis or On the Councils» · 92 capítulos

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 133 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se defiende una palabra, «consustancial», ante quienes la rechazan sin haber entendido qué defiende? Desterrado en Frigia, Hilario de Poitiers responde a comienzos de 359 a los obispos de las Galias, de las Germanias y de Britania, que le piden cuenta de los credos redactados en Oriente. Los copia y los comenta, desde el de la Dedicación de Antioquía (341) hasta la fórmula de Sirmio contra Fotino, para mostrar que los ortodoxos de Occidente y los de Oriente se mantienen apartados por ignorar los hechos y por no entender las palabras; y en la segunda parte sostiene que «consustancial» y «de esencia semejante», bien entendidas, dicen lo mismo. Traducción castellana directa de la versión inglesa del NPNF.

    Ficha de la obra

    AutorHilario de Poitiers (c. 310 – c. 367), obispo de Poitiers y doctor de la Iglesia (Wikipedia)
    TítuloSobre los concilios o La fe de los orientales (en latín, De synodis, también De fide Orientalium; en inglés, On the Councils, y en la edición de base, «De Synodis or On the Councils»)
    FechaA comienzos de 359, según la introducción del NPNF. El artículo de Wikipedia sobre Hilario da dos fechas: «dirigida en 358» en un pasaje y «escrita a comienzos de 359» en otro
    DestinatariosLos obispos de las provincias de Germania Prima y Secunda, Bélgica Prima y Secunda, Lugdunense Prima y Secunda, Aquitania y Novempopulana, el clero y los laicos de Tolosa y los obispos de las provincias de Britania (según el encabezado)
    GéneroCarta circular doble: dirigida a los obispos de Occidente, con pasajes pensados para los orientales, que la leerían tarde o temprano (introducción del NPNF). Una parte histórica y otra teológica
    ExtensiónNoventa y dos capítulos, con un prólogo (§§ 1–9) y dos partes (§§ 10–63 y 64–92); unas 24 000 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 9, versión inglesa del reverendo L. Pullan, tal como la recogen CCEL y New Advent
    El recorrido es el de la obra. Tras un prólogo en que Hilario explica por qué escribe (§§ 1–9), la primera parte, histórica, empieza con la «Blasfemia» de Sirmio (§§ 10–11), comenta uno a uno los doce anatemas con que los orientales de Ancira la contestaron (§§ 12–26), el credo de la Dedicación de Antioquía (§§ 27–33), el credo oriental de Sárdica (§§ 34–37) y la larga fórmula de Sirmio contra Fotino con sus veintisiete anatemas (§§ 38–61), y cierra con una reflexión sobre tantos credos (§§ 62–63). La segunda parte, teológica, expone la fe de Hilario (§§ 64–66), explica qué no debe significar «consustancial» (§§ 67–71), argumenta que «semejante» y «consustancial» se piden uno al otro (§§ 72–77), se dirige a los orientales (§§ 78–80), responde a la carta de Ancira con el símbolo de Nicea delante (§§ 81–91) y se despide (§ 92). Para el marco de la disputa véanse el arrianismo, homoousios y el credo niceno-constantinopolitano; Atanasio cuenta la misma crisis desde Alejandría en Sobre los concilios de Rímini y Seleucia, y la teología de Hilario sobre el Hijo está en su tratado sobre la Trinidad.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que publicó la serie A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), segunda serie, volumen 9, Hilary of Poitiers, John of Damascus, con Philip Schaff y Henry Wace como editores de la serie y William Sanday como editor del volumen. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y sus matices dependen de ambas. Antes de citarla en un trabajo académico conviene cotejarla con el inglés (enlaces al final de esta sección) y con el latín.
    La versión inglesa del De synodis es del reverendo L. Pullan, miembro del St John's College de Oxford. Lo dice el prefacio de Sanday (Christ Church, Oxford, 12 de julio de 1898), que añade que esa traducción estaba terminada antes de que E. W. Watson se incorporara a la obra y que «llevaba ya algún tiempo impresa». New Advent da el volumen como «traducido por E. W. Watson y L. Pullan» y lo fecha en Buffalo, Christian Literature Publishing Co., 1899; CCEL lo da como Edimburgo, T&T Clark, 1898. La introducción al tratado con que abre el texto no está firmada; Sanday atribuye a Watson la «Introducción» general del volumen, sobre la vida y la teología de Hilario. Sanday advierte además que hubo que servirse de un texto latino poco fiable, porque la edición crítica de la Academia de Viena (CSEL) no pasaba entonces del Comentario a los Salmos. La traducción castellana la hizo la aplicación Libyx (el epub declara «Libyx EPUB Translator» como colaborador), con el modelo DeepSeek V4 Pro, a partir de ese inglés; no se atribuye a ningún traductor humano.
    Lo que viene de la edición. La numeración en noventa y dos capítulos («§»), el título «De Synodis» y la «Introducción» proceden de la edición de base; no son de Hilario. Los encabezados «Primera parte (histórica)» y «Segunda parte (teológica)» y los que llevan entre paréntesis los números de sección los añade esta edición, solo para orientarse, a partir de lo que dice la introducción del NPNF sobre las divisiones de la obra. Los documentos que Hilario copia —la «Blasfemia» de Sirmio, los anatemas de Ancira, el credo de la Dedicación, el de Sárdica, la fórmula de Sirmio y el símbolo de Nicea— van como pasajes de sus propios autores, con el texto del epub sin tocar; las frases con que Hilario los introduce o enlaza quedan donde estaban, y los años y sínodos que se les atribuyen son los de la introducción y las notas del NPNF. Los corchetes con referencias bíblicas son de la edición inglesa y se enlazan al lector; algunas citas pueden no coincidir con la Biblia que este muestra. El epub no trae las notas al pie del NPNF: las que se resumen aquí en notas editoriales dicen su fuente.
    Defectos de la traducción castellana, conservados. El epub pierde los números de los §§ 85–92 (el inglés los trae; el § 1 tampoco lleva número en inglés): esas secciones se localizan por su orden. Escribe «Osius» en el § 63 y «Osio» en los §§ 3, 11 y 87, y «Arímino» por Rímini en la introducción y en el § 8. Donde el inglés de la introducción trae un trozo ilegible («the Council of Νιχcreeds») y «Polamius» por Potamio, el castellano lee «Concilio de Nicea» y «Potamio». Y el corchete que sigue a una cita de Juan en el credo de la Dedicación remite a «Juan 6:28», como el NPNF; se avisa allí. Ninguno se ha corregido en el texto.

    Introducción

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Introducción a Sobre los concilios · Introducción
    Hilario no había participado en el sínodo celebrado en Ancira en la primavera del año 358 d.C., pero se le había informado de sus decisiones e incluso de los anatemas que los legados de aquel sínodo ocultaron en Sirmio. Vio que estas decisiones marcaban un acercamiento. El horror que sentían ante la Blasfemia sirmiense aquellos eusebianos cuya única objeción a la fe nicena era que no la entendían, auguraba bien para el futuro. Al mismo tiempo, la mayoría de los obispos orientales eran deliberadamente heréticos. Era natural que Hilario estuviera ansioso por el episcopado de Occidente.
    Llevaba unos tres años en el exilio y había mantenido correspondencia con los obispos occidentales. De varias partes habían dejado de llegar cartas, y surgió el temor de que los obispos no quisieran escribir a alguien cuyas convicciones eran diferentes de las suyas. Grande fue su alegría cuando, a finales del año 358, recibió una carta que no solo explicaba que la causa inocente de su silencio era el desconocimiento de su paradero, sino también que habían rechazado persistentemente la comunión con Saturnino y condenado la Blasfemia.
    A principios del año 359 les envió el Liber de Synodis. Es una carta doble, dirigida a los obispos occidentales, pero con pasajes destinados a los orientales, a cuyas manos sin duda llegaría con el tiempo. Hilario había reconocido que los ortodoxos de Occidente se habían mantenido apartados de los ortodoxos de Oriente, primero por ignorancia de los acontecimientos, segundo por incomprensión de la palabra [ὁμοούσιος], y tercero por los sentimientos de desconfianza entonces prevalentes. Estos hechos determinaron el contenido de su carta.
    Comienza expresando el deleite que experimentó al recibir la noticia de que los obispos galicanos habían condenado la famosa fórmula sirmiense. Alaba la constancia de su fe.
    Luego menciona que ha recibido de algunos de ellos una petición para que les proporcione un relato de los credos que se habían compuesto en Oriente. Accede modestamente a esta petición, rogando a sus lectores que no critiquen su carta hasta que hayan leído toda la carta y dominado el argumento completo. Su objetivo en todo momento es frustrar al hereje y ayudar al católico.
    En la primera división, o histórica, de la carta promete una transcripción, con explicaciones, de todos los credos redactados desde el Concilio de Nicea, y deja a sus lectores juzgar su ortodoxia.
    Las confesiones griegas ya habían sido traducidas al latín, pero Hilario consideró necesario ofrecer sus propias traducciones independientes, ya que las versiones anteriores resultaban a medias ininteligibles debido a su adhesión servil al original.
    La parte histórica del libro consta de cincuenta y cuatro capítulos (cc. 10-63). Comienza con la segunda fórmula sirmiense y la fórmula opuesta promulgada en Ancira en el año 358 d.C. Dado el credo sirmiense en el c. 10, Hilario, antes de proceder a presentar los doce anatemas dirigidos contra su enseñanza por los obispos reunidos en Ancira, explica el significado de essentia y substantia. Respecto de la primera dice: Essentia est res quæ est, vel ex quibus est, et quæ in eo quod maneat subsistit. Esta essentia es, por tanto, idéntica a substantia, quia res quæ est necesse est subsistat in sese. Luego se añaden los anatemas anciranos, con notas y un resumen.
    En la segunda división (cc. 29-33) de la parte histórica, Hilario examina el credo de la Dedicación redactado en Antioquía en el año 341 d.C. Lo interpreta de manera algo favorable. Después de afirmar que el credo quizás no es suficientemente explícito al declarar la semejanza exacta del Padre y del Hijo, disculpa esta insuficiencia señalando que el sínodo no se celebró para contradecir la enseñanza anomea, sino la de tendencia sabeliana. La completa semejanza de la esencia del Hijo con la del Padre le parece salvaguardada por la frase Deum de Deo, totum ex toto.
    La tercera división (cc. 34-37) contiene el credo redactado por el Sínodo, o Sínodo de la Cábala, que se reunió en Filipópolis en el año 343 d.C. Hilario no discute la autoridad del Sínodo; le bastaba para su propósito que estuviera compuesto por orientales y que su lenguaje condene enfáticamente el arrianismo genuino y afirme que el Hijo es Dios de Dios. El anatema que el credo pronuncia contra quienes declaran que el Hijo fue engendrado sin la voluntad del Padre, es interpretado por Hilario como una afirmación de que el nacimiento eterno no estuvo condicionado por las pasiones que afectan a la generación humana.
    La cuarta división (cc. 38-61) contiene la larga fórmula redactada en Sirmio en el año 351 d.C. contra Fotino. Los veintisiete anatemas se consideran y encomian luego por separado. Los dos capítulos restantes de la parte histórica de la obra incluyen una reflexión sobre el carácter polifacético de estos credos tanto en sus aspectos positivos como negativos. Dios es infinitus et immensus, y por lo tanto las declaraciones breves sobre su naturaleza pueden a menudo resultar engañosas. Los obispos han utilizado muchas definiciones y frases porque la claridad alejará un peligro. Estas definiciones frecuentes habrían sido completamente innecesarias si no hubiera sido por la prevalencia de la herejía. Asia en su conjunto ignora a Dios, presentando un lastimoso contraste con la fidelidad de los obispos occidentales.
    La parte teológica de la obra se abre en el c. 64 con la exposición que hace Hilario de su propia creencia. Niega que en Dios haya una sola personalidad, así como niega que exista diferencia alguna de sustancia. El Padre es mayor en cuanto que es Padre; el Hijo no es menor porque sea Hijo. Pide a sus lectores que recuerden que si sus palabras resultan insuficientes, su intención es sana. Hecho esto, pasa a discutir el significado de la palabra [ὀμοούσιον]. Se le pueden atribuir tres significados erróneos. En primer lugar, puede entenderse como negación de las distinciones personales en la Trinidad. En segundo lugar, puede pensarse que implica que la esencia divina es susceptible de división. En tercer lugar, puede presentarse como si implicara que el Padre y el Hijo participan ambos por igual de una sustancia anterior. Una expresión breve como [ὁμοούσιος] debe, por tanto, recibir una explicación exacta. Su uso conlleva un riesgo, pero no hay riesgo si la entendemos en el sentido de que el Padre es no engendrado y el Hijo deriva su ser del Padre, y es semejante a Él en poder, honor y naturaleza. El Hijo está subordinado al Padre en cuanto Autor de su ser, pero no fue por usurpación que se hizo igual a Dios. No procede de la nada. Es enteramente Dios. No es el Autor de la vida divina, sino la Imagen. No es criatura, sino Dios. No un segundo Dios, sino un solo Dios con el Padre por semejanza de esencia. Este es el significado ideal de [ὁμοούσιος], y en este sentido no es error afirmar, sino negar, la consustancialidad.
    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Introducción a Sobre los concilios · Introducción
    Hilario hace entonces un llamamiento directo a los obispos occidentales. Podrían olvidar el contenido de la palabra reteniendo el sonido, pero con tal de que se conceda el significado, ¿qué objeción podría hacerse a la palabra? ¿Estaba la palabra [ὁμοιούσιον] libre de toda objeción posible? Hilario (cc. 72-75) muestra que realmente semejante significa realmente igual. Se apela a la Escritura para probar la afirmación de que el Hijo es a la vez semejante a Dios e igual a Dios. Esta semejanza esencial es la única que puede justificar la afirmación de que el Padre y el Hijo son uno. Es blasfemo presentar la semejanza como una mera analogía. La similitud es una similitud de naturaleza propia y de igualdad. La conclusión del argumento es que la palabra [ὁμοιούσιος], si se entiende, nos lleva a la palabra [ὁμοούσιος], que ayuda a salvaguardarla, y que no implica separación alguna entre las Personas de la Trinidad.
    El santo se dirige ahora a los obispos orientales, de los cuales un pequeño número permanecía aún fiel. Les otorga títulos de alabanza y expresa su alegría por las decisiones que habían tomado y por el repudio por parte del Emperador de su error anterior. Con fervor paulino, Hilario exclama que permanecería en el exilio toda su vida con tal de que se predicara la verdad.
    Luego, en un capítulo que muestra a la vez su conocimiento de la Biblia y su poder de sarcasmo refinado, descubre sus sospechas respecto de Valente y Ursacio. Duda de que pudieran haber sido tan inexpertos como para ignorar el significado de la palabra [ὁμοούσιον] cuando firmaron el tercer Credo sirmiense. Además, se ve obligado a señalar un defecto en la carta que los obispos orientales escribieron en el Sínodo de Ancira. Allí se rechaza la palabra [ὁμοούσιον]. Las tres razones para tal rechazo solo podían ser que se pensara que la palabra implicaba una sustancia anterior, o la enseñanza de Pablo de Samosata, o que la palabra no estaba en la Escritura. Las dos primeras razones eran meras ilusiones; la tercera era igualmente fatal para la palabra [ὁμοιούσιον]. Quienes mantenían inteligentemente [ὁμοούσιον] o [ὁμοιούσιον], querían decir lo mismo y condenaban la misma impiedad (c. 82). ¿Por qué habría alguien de querer rechazar la palabra que el Concilio de Nicea había usado con un fin indudablemente bueno? El argumento se refuerza con la inserción completa del Credo niceno. Es cierto que la palabra [ὁμοούσιον] es muy susceptible de mala interpretación. Pero la aplicación de esta prueba a los pasajes difíciles de la Biblia conduciría al caos de toda creencia. El posible abuso de la palabra no suprime su uso. La autoridad de los ochenta obispos que condenaron el abuso samosatense de ella no afecta a la autoridad de los trescientos dieciocho que ratificaron su significado niceno. Hilario añade una declaración de gran importancia. Antes de conocer el término, él personalmente había creído lo que implicaba. El término simplemente ha vigorizado su fe anterior (c. 88, cf. c. 91). En otras palabras, Hilario dice a sus contemporáneos y a la posteridad que la palabra [ὁμοούσιον] es Escritura porque es el sentido de la Escritura, y es verdaderamente conservadora porque solo ella preserva adecuadamente la fe de los padres. El argumento se entreteje con un animado llamamiento a los obispos orientales para que vuelvan a aquella fe tal como se expresó en Nicea.
    El último capítulo (c. 92) está dirigido a los obispos occidentales. Defiende modestamente la acción de Hilario al escribir y exhorta a una energía correspondiente por parte de sus lectores. El conjunto concluye con una oración devota.
    El Liber de Synodis, como otras obras en las que el catolicismo ha intentado ser conciliador, no pasó sin ser impugnado. No satisfizo ni al arriano genuino ni al violentamente ortodoxo. Las notas o fragmentos que llamamos la Apología de Hilario arrojan luz sobre este último hecho. Hilario tiene que explicar que no quiso decir que los obispos orientales hubieran expuesto la verdadera fe en Ancira, y dice a su señor y hermano Lucifer que fue contra su voluntad que mencionó la palabra [ὁμοιούσιον]. Debemos confesar nosotros mismos que Hilario pone una interpretación al significado de las fórmulas orientales que habría sido imposible si hubiera escrito después del Sínodo de Arímino. Hablando cuando lo hizo, sus argumentos no solo eran perdonables, sino correctos.

    De Synodis

    Encabezado

    A los amadísimos y bienaventurados hermanos, nuestros consobispos de las provincias de Germania Prima y Germania Secunda, de Bélgica Prima y Bélgica Secunda, de Lugdunensis Prima y Lugdunensis Secunda, de la provincia de Aquitania y de la provincia de Novempopulana, y al clero y al pueblo de Tolosa, en la Provincia Narbonense, y a los obispos de las provincias de Britania: Hilario, siervo de Cristo, salvación eterna en Dios nuestro Señor.

    Por qué escribe Hilario (§§ 1–9)

    § 1

    Había decidido, hermanos amadísimos, no enviaros carta alguna acerca de los asuntos de la Iglesia a causa de vuestro prolongado silencio. Pues cuando, escribiéndoos desde varias ciudades del mundo romano, os había informado con frecuencia de la fe y de los esfuerzos de nuestros religiosos hermanos, los obispos de Oriente, y de cómo el Maligno, aprovechándose de las discordias de los tiempos, había siseado con labios y lengua envenenados su doctrina mortífera, tuve miedo. Temí que, mientras tantos obispos estaban envueltos en el grave peligro de un pecado desastroso o de un error desastroso, vosotros guardarais silencio porque una conciencia manchada y contaminada por el pecado os tentaba a la desesperación. No podía atribuiros ignorancia; habíais sido advertidos con demasiada frecuencia. Juzgué, por tanto, que también yo debía guardar silencio hacia vosotros, recordando cuidadosamente el dicho del Señor: que aquellos que, después de una primera y una segunda súplica, y a pesar del testimonio de la Iglesia, descuidan oír, han de ser para nosotros como gentiles y publicanos.

    § 2

    2. Pero cuando recibí las cartas que vuestra bendita fe inspiró, y comprendí que su lenta llegada y su escasez se debían a la lejanía y al secreto de mi lugar de exilio, me regocijé en el Señor de que hubierais continuado puros e incontaminados por el contagio de cualquier herejía execrable, y de que estuvierais unidos conmigo en fe y en espíritu, y así fuerais partícipes de aquel exilio al que Saturnino, temiendo su propia conciencia, me había arrojado después de engañar al Emperador, y después de que le hubierais negado la comunión durante los tres años pasados hasta ahora. Igualmente me regocijé de que el impío e infiel credo que se os envió directamente desde Sirmio no solo no fuera aceptado por vosotros, sino condenado tan pronto como fue informado y notificado. Sentí que ahora era para mí un deber religioso escribiros palabras sanas y fieles como a mis consobispos, que estáis en comunión conmigo en Cristo. Yo, que por temor de lo que pudiera haber sido, en un tiempo solo podía regocijarme con mi propia conciencia de estar libre de todos estos errores, ahora estaba obligado a expresar mi deleite por la pureza de nuestra fe común. ¡Alabad a Dios por la estabilidad inquebrantable de vuestros nobles corazones, por vuestra casa firme edificada sobre los cimientos de la roca fiel, por la constancia inmaculada e inquebrantable de una voluntad que ha demostrado ser intachable! Pues desde la buena confesión en el Concilio de Biterræ, donde denuncié a los cabecillas de esta herejía con algunos de vosotros por testigos, ha permanecido y sigue permaneciendo pura, inmaculada y escrupulosa.

    § 3

    3. Esperasteis el noble triunfo de una santa y firme perseverancia sin ceder ante las amenazas, los poderes y los asaltos de Saturnino; y cuando todas las olas de la despertada blasfemia luchaban contra Dios, vosotros, que aún permanecéis conmigo fieles en Cristo, no cedisteis cuando se os amenazó con el embate de la herejía, y ahora, al hacer frente a ese embate, habéis quebrado toda su violencia. Sí, hermanos, habéis vencido, para abundante gozo de quienes comparten vuestra fe; y vuestra constancia intacta obtuvo la doble gloria de guardar una conciencia pura y dar un ejemplo autorizado. Pues la fama de vuestra fe inquebrantable e inamovible ha movido a ciertos obispos orientales, aunque tardíamente, a alguna vergüenza por la herejía fomentada y sostenida en aquellas regiones; y cuando oyeron la impía confesión compuesta en Sirmio, contradijeron a sus audaces autores aprobando ellos mismos ciertos decretos. Y aunque les hicieron frente no sin suscitar a su vez algunos escrúpulos e infligir algunas heridas a una piedad sensible, con todo les hicieron frente con tal vigor que obligaron a quienes en Sirmio cedieron a las opiniones de Potamio y Osio, aceptándolas y confirmándolas, a declarar su ignorancia y su error al hacerlo; de hecho, tuvieron que condenar por escrito su propia acción. Y suscribieron con el propósito expreso de condenar de antemano algo más.

    § 4

    4. Pero vuestra fe invencible conserva la honrosa distinción de la valía consciente, y contenta con repudiar la acción astuta, vaga o vacilante, permanece segura en Cristo, preservando la profesión de su libertad. Os abstenéis de la comunión con quienes oponen a sus obispos sus blasfemias y los mantienen en el exilio, y no os exponéis, por asentir a cualquier subterfugio astuto, a una acusación de juicio injusto. Pues, puesto que todos sufrimos un dolor profundo y grave por las acciones de los malvados contra Dios, solo dentro de nuestros límites se encuentra la comunión en Cristo desde el momento en que la Iglesia comenzó a ser acosada por perturbaciones tales como la expatriación de obispos, la deposición de sacerdotes, la intimidación del pueblo, las amenazas a la fe y la determinación del significado de la doctrina de Cristo por la voluntad y el poder humanos. Vuestra fe resuelta no finge ignorar estos hechos ni profesa poder tolerarlos, percibiendo que por el acto de asentimiento hipócrita se llevaría a sí misma ante el tribunal de la conciencia.

    § 5

    5. Y aunque en todas vuestras acciones, pasadas y presentes, dais testimonio de la independencia y seguridad ininterrumpidas de vuestra fe, con todo en particular probáis vuestro calor y fervor de espíritu por el hecho de que algunos de vosotros, cuyas cartas han logrado llegar hasta mí, han expresado el deseo de que yo, indigno como soy, os comunique lo que los orientales han dicho desde entonces en sus confesiones de fe. Afectuosamente me impusieron la carga adicional de indicar mis sentimientos sobre todas sus decisiones. Sé que mi habilidad y mi erudición son insuficientes, pues siento que es muy difícil expresar con palabras mi propia creencia tal como la entiendo en mi corazón; mucho menos fácil debe de ser exponer las declaraciones de otros.

    § 6

    6. Ahora os ruego por la misericordia del Señor que, así como en esta carta, según vuestro deseo, os escribiré sobre cosas divinas y sobre el testimonio de una conciencia pura respecto de nuestra fe, nadie pretenda juzgarme por el comienzo de mi carta antes de haber leído la conclusión de mi argumento. Pues es injusto, antes de que se haya captado el argumento completo, concebir un prejuicio a causa de afirmaciones iniciales cuya razón aún se desconoce, ya que no es con afirmaciones imperfectas ante nosotros como debemos tomar una decisión por mor de la investigación, sino sobre la conclusión por mor del conocimiento. Tengo algún temor, no respecto de vosotros, como Dios es testigo de mi corazón, sino respecto de algunos que en su propia estima son muy cautos y prudentes, pero no entienden el precepto del bienaventurado apóstol de no pensar de sí mismos más altamente de lo que deben []; porque temo que no estén dispuestos a conocer todos esos hechos, cuyo relato completo ofreceré al final, y al mismo tiempo evitan sacar la conclusión verdadera de los hechos antedichos. Pero quienquiera que tome estas líneas para leerlas y examinarlas, solo tiene que ser constantemente paciente conmigo y consigo mismo y leerlas todas hasta su término. Acaso toda esta afirmación de mi fe dé como resultado que quienes ocultan su herejía no puedan practicar el engaño que desean, y que los católicos verdaderos alcancen el objeto que anhelan.

    § 7

    7. Por tanto, accedo a vuestro afectuoso y urgente deseo, y he expuesto todos los credos que se han promulgado en diferentes tiempos y lugares desde el santo Concilio de Nicea, con mis explicaciones añadidas de todas las frases e incluso de las palabras empleadas. Si se piensa que contienen algo defectuoso, nadie puede imputarme la falta, pues solo soy un relator, como quisisteis que fuera, y no un autor. Pero si se encuentra algo dispuesto de manera recta y apostólica, nadie puede dudar de que no es mérito del intérprete, sino del autor original. En cualquier caso, os he enviado un relato fiel de estas transacciones: os corresponde a vosotros determinar, por la decisión que vuestra fe inspire, si su espíritu es católico o herético.

    § 8

    8. Pues aunque era necesario responder a vuestras cartas, en las que me ofrecíais la comunión cristiana con vuestra fe (y, además, algunos de vuestro número que fueron convocados al Concilio que parecía pendiente en Bitinia se negaron con firme coherencia de fe a tener comunión con nadie más que conmigo fuera de las Galias), también me pareció conveniente usar mi oficio y autoridad episcopal, estando la herejía tan extendida, al presentaros por carta algún consejo piadoso y fiel. Porque la palabra de Dios no puede ser desterrada como nuestros cuerpos, ni encadenada y atada de modo que no pueda participarse en ningún lugar. Pero cuando supe que se iban a reunir sínodos en Ancira y Arímino, y que uno o dos obispos de cada provincia de las Galias se reunirían allí, pensé que era especialmente necesario que yo, que estoy confinado en Oriente, os explicara y diera a conocer los motivos de esas sospechas mutuas que existen entre nosotros y los obispos orientales, aunque algunos de vosotros ya conocen esos motivos; para que, habiendo vosotros condenado y ellos anatematizado esta herejía que se extiende desde Sirmio, no obstante sepáis con qué confesión de fe habían llegado los obispos orientales al mismo resultado al que habíais llegado vosotros, y para impedir que vosotros, a quienes espero ver como luces brillantes en futuros Concilios, os apartéis, por un error acerca de las palabras, ni siquiera un ápice de la pura creencia católica, cuando vuestra interpretación de la fe apostólica es idénticamente la misma y sois católicos de corazón.

    § 9

    9. Ahora me parece correcto y apropiado, antes de comenzar mi argumento sobre las sospechas y disensiones en cuanto a las palabras, dar un relato lo más completo posible de las decisiones de los obispos orientales contrarias a la herejía compilada en Sirmio. Otros han publicado todas estas transacciones con gran claridad, pero una traducción del griego al latín causa mucha oscuridad, y ser absolutamente literal es a veces ser en parte ininteligible.

    Primera parte (histórica): los credos de los orientales (§§ 10–63)

    La «Blasfemia» de Sirmio (§§ 10–11)

    § 10

    10. Recordáis que en la Blasfemia, escrita recientemente en Sirmio, el objetivo de los autores era proclamar que el Padre es el único y solo Dios de todas las cosas, y negar que el Hijo sea Dios; y mientras determinaban que los hombres guardaran silencio sobre [ὁμοούσιον] y [ὁμοιούσιον], determinaban que Dios Hijo debía afirmarse nacido no de Dios Padre, sino de la nada, como fueron las primeras criaturas, o de otra esencia distinta de Dios, como las criaturas posteriores. Y además, al decir que el Padre era mayor en honor, dignidad, esplendor y majestad, daban a entender que al Hijo le faltaban aquellas cosas que constituyen la superioridad del Padre. Por último, mientras se afirma que su nacimiento es incognoscible, se nos mandaba, por esta ley de ignorancia obligatoria, no saber que Él es de Dios; como si pudiera mandarse o decretarse que un hombre sepa lo que en adelante ha de ignorar, o ignore lo que ya sabe. He añadido íntegra esta pestilente e impía blasfemia, aunque contra mi voluntad, para facilitar un conocimiento más completo del valor y de la razón de las réplicas hechas en el lado opuesto por aquellos orientales que se esforzaron por contrarrestar todas las astucias de los herejes según su entendimiento y comprensión.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (357) · La «Blasfemia» de Sirmio (según Hilario) · § 11, Blasfemia
    Copia de la Blasfemia compuesta en Sirmio por Osio y Potamio.
    11. Puesto que parecía haber cierta incomprensión respecto de la fe, todos los puntos han sido cuidadosamente investigados y discutidos en Sirmio en presencia de nuestros reverendísimos hermanos y consobispos, Valente, Ursacio y Germinio.
    Es evidente que hay un solo Dios, el Padre omnipotente, según se cree en todo el mundo; y su único Hijo Jesucristo nuestro Salvador, engendrado de Él antes de los siglos. Pero no podemos ni debemos decir que hay dos Dioses, pues el mismo Señor dijo: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios []. Así que hay un solo Dios sobre todos, como nos ha enseñado el Apóstol: ¿Es Dios solamente de los judíos? ¿No lo es también de los gentiles? Sí, también de los gentiles; porque hay un solo Dios, que justificará por la fe a la circuncisión y mediante la fe a la incircuncisión. Y en todas las demás cosas estuvieron de acuerdo en ello, y no permitieron diferencia alguna.
    Pero puesto que algunas o muchas personas fueron perturbadas por cuestiones acerca de la sustancia, llamada en griego [οὐσία], es decir, para que se entienda más exactamente, en cuanto a [ὁμοούσιον], o lo que se llama [ὁμοιούσιον], no debe hacerse mención alguna de ellos en absoluto. Ni debe hacerse exposición alguna de ellos por la razón y consideración de que no están contenidos en las divinas Escrituras, y de que están por encima del entendimiento humano, ni puede hombre alguno declarar el nacimiento del Hijo, de quien está escrito: ¿Quién contará su generación? []. Porque es evidente que solo el Padre sabe cómo engendró al Hijo, y el Hijo cómo fue engendrado del Padre. No hay cuestión de que el Padre es mayor. Nadie puede dudar de que el Padre es mayor que el Hijo en honor, dignidad, esplendor, majestad, y en el mismísimo nombre de Padre, testificando el Hijo mismo: El que me envió es mayor que yo []. Y nadie ignora que es doctrina católica que hay dos Personas de Padre e Hijo; y que el Padre es mayor, y que el Hijo está subordinado al Padre, junto con todas las cosas que el Padre le ha subordinado, y que el Padre no tiene principio y es invisible, inmortal e impasible, pero que el Hijo ha sido engendrado del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, y que la generación de este Hijo, como se ha dicho antes, nadie la conoce sino su Padre. Y que el mismo Hijo de Dios, nuestro Señor y Dios, como leemos, tomó carne, es decir, un cuerpo, es decir, hombre del seno de la Virgen María, anunciado por el Ángel. Y como enseñan todas las Escrituras, y especialmente el doctor de los gentiles mismo, tomó de María la Virgen, hombre, por medio del cual sufrió. Y toda la fe se resume y asegura en esto: que la Trinidad debe siempre preservarse, como leemos en el Evangelio: Id y bautizad a todas las naciones en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo []. Completo y perfecto es el número de la Trinidad. Cómo el Paráclito, el Espíritu, es por medio del Hijo: que fue enviado y vino según su promesa para instruir, enseñar y santificar a los apóstoles y a todos los creyentes.
    Comentario editorial · La «Blasfemia» de Sirmio (357) y el nombre de Osio
    Hilario copia aquí el segundo credo de Sirmio (357), que Wikipedia cuenta como séptima fórmula arriana: dice que ni «consustancial» ni «de sustancia semejante» deben mencionarse, porque la Escritura no los trae, y que el Padre es mayor que el Hijo. La copia lo atribuye a Osio y a Potamio. Los editores del NPNF consideran injusto hacer a Osio coautor: según Sócrates, y Atanasio lo confirma (Historia de los arrianos, 45), lo obligaron a firmarlo, ya muy anciano, a golpes. Wikipedia añade la tesis de T. D. Barnes: los sínodos de 357 y 358 reunieron a pocos obispos y apenas fueron concilios.

    Los anatemas de Ancira y los comentarios de Hilario (§§ 12–26)

    § 12

    12. Después de que se hubieran hecho estas muchas y sumamente impías declaraciones, los obispos orientales, por su parte, se reunieron de nuevo y compusieron definiciones de su confesión. Sin embargo, puesto que tenemos que mencionar con frecuencia las palabras esencia y sustancia, debemos determinar el significado de esencia, no sea que al discutir los hechos resultemos ignorantes de la significación de nuestras palabras. Esencia es una realidad que es, o la realidad de aquellas cosas de las cuales es, y que subsiste en cuanto que es permanente. Ahora bien, podemos hablar de la esencia, o naturaleza, o género, o sustancia de cualquier cosa. Y la razón estricta por la cual se emplea la palabra esencia es porque siempre es. Pero esto es idéntico a sustancia, porque una cosa que es, necesariamente subsiste en sí misma, y todo lo que así subsiste posee indudablemente un género, naturaleza o sustancia permanentes. Por tanto, cuando decimos que esencia significa naturaleza, o género, o sustancia, queremos decir la esencia de aquella cosa que existe permanentemente en la naturaleza, género, o sustancia. Ahora, por tanto, revisemos las definiciones de fe redactadas por los orientales.
    Comentario editorial · Ancira, 358: los orientales que Hilario no vio
    Hilario no estuvo en Ancira, pero conoció sus decisiones y hasta los anatemas que los legados del sínodo ocultaron en Sirmio (introducción del NPNF). Según Watson, a comienzos de 358 los grandes prelados de Asia —Basilio de Ancira, Macedonio y otros— se reunieron allí y repudiaron el arrianismo, aunque, a su manera, dejaron de lado la definición de Nicea; sus delegados fueron a la corte, entonces en Sirmio, y ganaron a Constancio. Hilario era amigo de Basilio y escribió a los obispos de Occidente en su favor. Wikipedia dice que el sínodo lo presidió Basilio y que los suyos sostenían que el Hijo es «de sustancia semejante».
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema I
    I. «Si alguno, oyendo que el Hijo es imagen del Dios invisible, dice que la imagen de Dios es lo mismo que el Dios invisible, como negándose a confesar que es verdaderamente Hijo: sea anatema.»

    § 13

    13. Queda excluida así la afirmación de quienes quieren presentar la relación del Padre y del Hijo como cuestión de nombres, por cuanto toda imagen es semejante en especie a aquello de lo que es imagen. Pues nadie es imagen de sí mismo, sino que es necesario que la imagen muestre a aquel de quien es imagen. Así, una imagen es la semejanza figurada e indistinta de una cosa equiparada a otra. Por tanto, el Padre es, y el Hijo es, porque el Hijo es imagen del Padre; y quien es imagen, si ha de ser verdaderamente imagen, debe tener en sí la especie, naturaleza y esencia de su original, en virtud de que es imagen.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema II
    II. «Y si alguno, oyendo decir al Hijo, Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo [], dijere que Aquel que recibió vida del Padre, y que también declara, Yo vivo por el Padre, es el mismo que Aquel que dio la vida: sea anatema.»

    § 14

    14. Se distingue la persona del que recibe y la del que da, para que no se haga uno solo y único. Pues, estando bajo anatema quien ha creído que, al mencionarse al que recibe y al que da, se implica una sola y única persona, no podemos suponer que la misma persona que da recibió de sí misma. Pues Aquel que vive y Aquel por quien vive no son idénticos, porque uno vive para sí, y el otro declara que vive por el Autor de su vida; y nadie afirmará que Aquel que goza de la vida y Aquel por quien su vida es causada son personalmente idénticos.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema III
    III. «Y si alguno, oyendo que el Hijo Unigénito es semejante al Dios invisible, niega que el Hijo, que es imagen del Dios invisible (cuya imagen se entiende que incluye la esencia), sea Hijo en esencia, como negando su verdadera filiación: sea anatema.»

    § 15

    15. Se insiste aquí en que la naturaleza es indistinta y enteramente semejante. Pues, siendo Él el Hijo Unigénito de Dios e imagen del Dios invisible, es necesario que sea de una esencia semejante en especie y en naturaleza. ¿O qué distinción puede hacerse entre el Padre y el Hijo que afecte a su naturaleza, con su género semejante, cuando el Hijo, subsistiendo por la naturaleza engendrada en Él, está revestido de las propiedades del Padre, a saber, la gloria, el valor, el poder, la invisibilidad, la esencia? Y siendo iguales estas prerrogativas de la divinidad, no entendemos que el uno sea menor por ser Hijo, ni que el otro sea mayor por ser Padre; porque el Hijo es imagen del Padre en especie, y no desemejante en género; porque la semejanza de un Hijo engendrado de la sustancia de su Padre no admite diversidad alguna de sustancia, y el Hijo e imagen del Dios invisible abraza en sí mismo la forma entera de la divinidad de su Padre, tanto en género como en medida. Y esto es ser verdaderamente Hijo: reflejar la verdad de la forma del Padre por la perfecta semejanza de la naturaleza representada en sí mismo.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema IV
    IV. «Y si alguno, oyendo este texto, Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo [], niega que el Hijo es semejante al Padre aun en esencia, aunque Él testifica que es tal como ha dicho; sea anatema. Porque es evidente que, puesto que la vida que se entiende existir en el Padre significa sustancia, y la vida del Unigénito, que fue engendrado del Padre, se entiende también como sustancia o esencia, allí Él significa una semejanza de esencia a esencia.»

    § 16

    16. Con el origen del Hijo así declarado se enlaza el nacimiento perfecto de la naturaleza indivisa. Pues lo que en cada uno es vida, eso en cada uno es significado por la esencia. Y en la vida que es engendrada de vida, esto es, en la esencia que nace de esencia, puesto que no nace desemejante (y esto porque la vida es de vida), Él conserva en sí mismo una naturaleza enteramente semejante a su original, porque no hay diversidad en la semejanza de la esencia que nace y de la que engendra, es decir, de la vida que se posee y de la que se ha dado. Pues aunque Dios lo engendró de sí mismo, a semejanza de su propia naturaleza, Aquel en quien está la semejanza ingénita no abandonó la propiedad de su sustancia natural. Pues Él solo tiene lo que dio; y, como poseedor de la vida, dio vida para ser poseída. Y así, lo que nace de esencia, como vida de vida, es esencialmente semejante a sí misma, y la esencia del que es engendrado y del que engendra no admite diversidad ni desemejanza.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema V
    V. «Si alguno, oyendo las palabras formó o creó y me engendró pronunciadas por los mismos labios [], se niega a entender este me engendró como semejanza de esencia, sino que dice que me engendró y me formó son lo mismo: como negando que el perfecto Hijo de Dios fuera aquí significado como Hijo bajo dos expresiones diferentes, según la Sabiduría nos ha dado a entender piadosamente, y afirma que me formó y me engendró solo implican formación y no filiación: sea anatema.»

    § 17

    17. A quienes dicen que el Hijo de Dios es solo una criatura o una formación se les opone el hecho de que dicen haber leído El Señor formó o me creó, lo que parece implicar formación o creación; pero omiten la frase siguiente, que es la clave de la primera, y de la primera arrancan autoridad para su impía afirmación de que el Hijo es una criatura, porque la Sabiduría ha dicho que fue creada. Pero si fue creada, ¿cómo pudo ser también engendrada? Pues todo nacimiento, de cualquier clase que sea, alcanza su propia naturaleza de la naturaleza que lo engendra; pero la creación toma su comienzo del poder del Creador, pudiendo el Creador formar una criatura de la nada. Así, la Sabiduría, que dijo que fue creada, dice en la frase siguiente que también fue engendrada, usando la palabra creación del acto de la naturaleza inmutable de su Progenitor; naturaleza que, a diferencia de la manera y costumbre del parto humano, sin detrimento ni cambio alguno de sí misma, creó de sí misma lo que engendró. Asimismo, el Creador no tiene necesidad de pasión, ni de unión, ni de parto. Y lo que es creado de la nada comienza a existir en un momento definido. Y Aquel que crea hace su objeto por su mero poder; y la creación es obra de poder, no el nacimiento de una naturaleza de una naturaleza que la asedia. Pero como el Hijo de Dios no fue engendrado a la manera del alumbramiento corporal, sino que nació Dios perfecto de Dios perfecto, por eso la Sabiduría dice que fue creada, excluyendo en su manera de nacer todo género de proceso corporal.

    § 18

    18. Además, para mostrar que posee una naturaleza nacida y no creada, la Sabiduría ha añadido que fue engendrada, a fin de que, declarando que fue creada y también engendrada, explique completamente su nacimiento. Al hablar de creación da a entender que la naturaleza del Padre es inmutable, y muestra también que la sustancia de su naturaleza, engendrada de Dios Padre, es genuina y real. Y así, sus palabras sobre la creación y la generación han explicado la perfección de su nacimiento: las primeras, que el Padre es inmutable; las segundas, la realidad de su propia naturaleza. Las dos cosas combinadas se hacen una, y esa una es ambas en perfección; pues el Hijo, naciendo de Dios sin cambio alguno en Dios, nace del Padre de tal modo que es creado; y el Padre, que es inmutable en sí mismo y Padre del Hijo por naturaleza, forma al Hijo de tal modo que lo engendra. Por tanto, la herejía que se ha atrevido a afirmar que el Hijo de Dios es una criatura queda condenada, porque mientras la primera afirmación muestra la perfección imposible de la divinidad, la segunda, que sostiene su generación natural, aplasta la impía opinión de que fue creado de la nada.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema VI
    VI. «Y si alguno concede al Hijo solo una semejanza de actividad, pero le despoja de la semejanza de esencia, que es la piedra angular de nuestra fe, a pesar de que el Hijo mismo revela su semejanza esencial con el Padre en las palabras, Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo [], así como su semejanza en actividad al enseñarnos que Todo lo que el Padre hace, esto también hace el Hijo de igual manera, tal hombre se despoja a sí mismo del conocimiento de la vida eterna que está en el Padre y en el Hijo, y sea anatema.»

    § 19

    19. Los herejes, cuando se ven acosados por pasajes autoritativos de la Escritura, suelen conceder únicamente que el Hijo es semejante al Padre en poder, mientras lo despojan de la semejanza de naturaleza. Esto es necio e impío, pues no comprenden que un poder semejante solo puede ser resultado de una naturaleza semejante. Pues una naturaleza inferior jamás puede alcanzar el poder de una naturaleza superior y más poderosa. ¿Qué dirán los hombres que hacen estas afirmaciones acerca de la omnipotencia de Dios Padre, si el poder de una naturaleza inferior se hace igual al suyo? Pues no pueden negar que el poder del Hijo es el mismo, visto que Él ha dicho Todo lo que el Padre hace, esto también hace el Hijo de igual manera.

    § 19 (cont.)

    No; una semejanza de naturaleza se sigue de una semejanza de poder cuando Él dice: Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo. En la vida se implica la naturaleza y la esencia; esto, enseña Cristo, se le ha dado para tenerlo como el Padre lo tiene. Por tanto, la semejanza de vida contiene la semejanza de poder; pues no puede haber semejanza de vida donde la naturaleza es desemejante. Así, es necesario que la semejanza de esencia se siga de la semejanza de poder; pues, como lo que el Padre hace, también lo hace el Hijo, así la vida que el Padre tiene la ha dado al Hijo para tenerla de igual manera. Por tanto, condenamos las afirmaciones temerarias e impías de quienes confiesan una semejanza de poder, pero se han atrevido a predicar una desemejanza de naturaleza, puesto que el principal fundamento de nuestra esperanza es confesar que en el Padre y en el Hijo hay una idéntica sustancia divina.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema VII
    VII. «Y si alguno, profesando creer que hay un Padre y un Hijo, dice que el Padre es Padre de una esencia desemejante a sí mismo, pero de actividad semejante, por hablar palabras profanas y novedosas contra la esencia del Hijo y anular su verdadera filiación divina, sea anatema.»

    § 20

    20. Con expresiones confusas y enredadas, los herejes eluden muy frecuentemente la verdad y se ganan los oídos de los incautos por el mero sonido de palabras comunes, como los títulos de Padre e Hijo, que no pronuncian con verdad para expresar una comunidad natural y genuina de esencia; pues saben que Dios es llamado Padre de toda la creación, y recuerdan que todos los santos son llamados hijos de Dios. De igual manera, declaran que la relación entre el Padre y el Hijo se asemeja a la que hay entre el Padre y el universo, de modo que los nombres de Padre e Hijo son más titulares que reales. Pues los nombres son titulares si las Personas tienen una naturaleza distinta, de esencia diferente, ya que ninguna realidad puede atribuirse al nombre de padre si no se funda en la naturaleza de su prole. Así, el Padre no puede ser llamado Padre de una sustancia ajena y desemejante a la suya, pues un nacimiento perfecto no manifiesta diversidad alguna entre sí mismo y la sustancia original. Por tanto, repudiamos todas las impías afirmaciones de que el Padre es Padre de un Hijo engendrado de sí mismo y, sin embargo, no de su propia naturaleza. No llamaremos a Dios Padre por tener una criatura semejante a Él en poder y actividad, sino por engendrar una naturaleza de una esencia no desemejante ni ajena a sí mismo; porque un nacimiento natural no admite desemejanza alguna con la naturaleza del Padre. Por tanto, son anatema quienes afirman que el Padre es Padre de una naturaleza desemejante a sí mismo, de modo que algo distinto de Dios nace de Dios, y quienes suponen que la esencia del Padre degeneró al engendrar al Hijo. Pues, en cuanto de ellos depende, destruyen la esencia misma, ingénita e inmutable, del Padre, al atreverse a atribuirle en el nacimiento de su Unigénito una alteración y degeneración de su esencia natural.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema VIII
    VIII. «Y si alguno, entendiendo que el Hijo es semejante en esencia a Aquel cuyo Hijo se admite que es, dice que el Hijo es lo mismo que el Padre, o parte del Padre, o que es por una emanación o alguna pasión de ese género, como es necesario para la procreación de hijos corporales, por lo cual el Hijo incorpóreo recibe su vida del Padre incorpóreo: sea anatema.»

    § 21

    21. Debemos precavernos siempre de los vicios de las perversiones particulares y no dar ocasión alguna al engaño. Pues muchos herejes dicen que el Hijo es semejante al Padre en divinidad para apoyar la teoría de que, en virtud de esta semejanza, el Hijo es la misma Persona que el Padre; pues esta semejanza indivisa parece favorecer la creencia en una única mónada. Porque lo que no difiere en género parece retener la identidad de naturaleza.

    § 22

    22. Pero el nacimiento no favorece esta vana imaginación; porque esa identidad sin diferenciación excluye el nacimiento. Pues lo que nace tiene un padre que causó su nacimiento. Y no porque la divinidad del que nace sea inseparable de la del que engendra, son el Engendrador y el Engendrado la misma Persona; mientras que, por otra parte, el que nace y el que engendra no pueden ser desemejantes. Por tanto, es anatema quien proclame una semejanza de naturaleza en el Padre y en el Hijo con el fin de abolir el sentido personal de la palabra Hijo; pues, aunque por la semejanza mutua uno no difiere en nada del otro, esta misma semejanza, que no admite una mera unión, confiesa a la vez al Padre y al Hijo, porque el Hijo es la semejanza inmutable del Padre. Pues el Hijo no es parte del Padre, de modo que el que nace y el que engendra puedan ser llamados una sola Persona. Ni es una emanación, de modo que, por un flujo continuo de una corriente corporal ininterrumpida, el flujo mismo se conserve en su fuente, siendo la fuente idéntica al flujo en virtud de la continuidad sucesiva e ininterrumpida. Sino que el nacimiento es perfecto, y permanece semejante en naturaleza; no tomando su comienzo materialmente de una concepción y un alumbramiento corporales, sino como un Hijo incorpóreo que recibe su existencia de un Padre incorpóreo según la semejanza que corresponde a una naturaleza idéntica.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema IX
    IX. «Y si alguno, porque el Padre nunca se admite que sea el Hijo y el Hijo nunca se admite que sea el Padre, cuando dice que el Hijo es otro que el Padre (porque el Padre es una Persona y el Hijo otra, en cuanto que está dicho, Otro es el que da testimonio de mí, el Padre que me envió []), por la preocupación por las cualidades personales distintas del Padre y del Hijo, que en la Iglesia deben entenderse piadosamente que existen, teme que el Hijo y el Padre puedan a veces admitirse como la misma Persona, y por tanto niega que el Hijo sea semejante en esencia al Padre: sea anatema.»

    § 23

    23. Se dijo a los apóstoles del Señor: Sed prudentes como serpientes y sencillos como palomas. [] Cristo, por tanto, quiso que hubiera en nosotros la naturaleza de criaturas diferentes; pero de tal modo que la sencillez de la paloma atempere la sabiduría de la serpiente, y la sabiduría de la serpiente instruya la sencillez de la paloma, y que así la sabiduría se haga inofensiva y la sencillez sabia. Este precepto se ha observado en la exposición de este credo. Pues la frase anterior de la que hemos hablado nos guardó contra la enseñanza de una unidad de persona bajo el manto de una semejanza esencial, y contra la negación del nacimiento del Hijo como resultado de una identidad de naturaleza, no sea que entendamos que Dios es una sola mónada porque una Persona no difiere en género de otra. En la frase siguiente, con sabiduría inofensiva y apostólica, nos hemos refugiado de nuevo en aquella sabiduría de la serpiente a la que se nos manda conformarnos no menos que a la sencillez de la paloma, no sea acaso que, mediante un repudio de la unidad de personas por el hecho de que el Padre es una Persona y el Hijo otra, una predicación de la desemejanza de sus naturalezas nos tome de nuevo desprevenidos; y no sea que, por el hecho de que el que envió y el que fue enviado son dos Personas (pues el Enviado y el que Envía no pueden ser una sola Persona), se considere que tienen naturalezas divididas y desemejantes, aunque el que nace y el que lo engendra no pueden ser de una esencia diferente. Así, preservamos en el Padre y en el Hijo la semejanza de una naturaleza idéntica mediante un nacimiento esencial; sin embargo, la semejanza de naturaleza no perjudica la personalidad haciendo que el Enviado y el que Envía sean uno solo. Ni suprimimos la semejanza de naturaleza al admitir cualidades personales distintas, pues es imposible que el único Dios sea llamado Hijo y Padre para sí mismo. Así, pues, la verdad en cuanto al nacimiento apoya la semejanza de esencia, y la semejanza de esencia no socava la realidad personal del nacimiento. Ni tampoco una profesión de fe en el Engendrador y en el Engendrado excluye una semejanza de esencia; pues, aunque el Engendrador y el Engendrado no puedan ser una sola Persona, el que nace y el que engendra no pueden ser de una naturaleza diferente.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema X
    X. «Y si alguno admite que Dios se hizo Padre del Hijo Unigénito en algún momento del tiempo, y no que el Hijo Unigénito vino a la existencia sin pasión, más allá de todos los tiempos y de todo cálculo humano: por contravenir la enseñanza del Evangelio, que rechazó todo intervalo de tiempos entre el ser del Padre y el Hijo y fielmente nos ha instruido que En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios [], sea anatema.»

    § 24

    24. Es una afirmación piadosa que el Padre no está limitado por los tiempos: pues el verdadero significado del nombre de Padre que llevaba antes de que el tiempo comenzara supera toda comprensión. Aunque la religión nos enseña a atribuirle este nombre de Padre, por el cual viene el origen impasible del Hijo, con todo no está atado al tiempo, pues el Dios eterno e infinito no puede entenderse como habiéndose hecho Padre en el tiempo; y según la enseñanza del Evangelio, se reconoce que el Dios Unigénito, el Verbo, incluso en el principio estaba con Dios más bien que haber nacido.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema XI
    XI. «Y si alguno dice que el Padre es mayor en el tiempo que su Hijo Unigénito, y que el Hijo es más joven que el Padre: sea anatema.»

    § 25

    25. La semejanza esencial conforme a la esencia del Padre en género se enseña también como idéntica en el tiempo: no sea que Aquel que es imagen de Dios, que es el Verbo, que es Dios con Dios en el principio, que es semejante al Padre, por la inserción de tiempos entre Él y el Padre no tenga en Sí mismo en perfección aquello que es a la vez imagen, Verbo y Dios. Porque si se proclama que es más joven en el tiempo, ha perdido la verdad de la imagen y de la semejanza: pues aquello ya no es semejanza lo que se halla desemejante en el tiempo. Pues el mismo hecho de que Dios sea Padre impide que haya algún tiempo en el que no fuera Padre: por consiguiente, no puede haber tiempo en la existencia del Hijo en el que no fuera Hijo. Por lo cual no debemos llamar al Padre mayor en el tiempo que el Hijo, ni al Hijo más joven que el Padre: pues el verdadero significado de ninguno de los dos nombres puede existir sin el otro.
    Texto de la fuenteSínodo de Ancira (358) · Anatemas contra la «Blasfemia» · Ancira, anatema XII
    XII. «Y si alguno atribuye la sustancia atemporal ( es decir, Persona) del Hijo Unigénito, derivada del Padre, a la esencia no nacida de Dios, como llamando Hijo al Padre: sea anatema.»
    Comentario editorial · «Sustancia (es decir, Persona)»
    El anatema XII dice «sustancia atemporal (es decir, Persona)». El NPNF explica que substantia vale aquí por «persona»: Tertuliano la usó en el sentido de ousía, pero a comienzos del siglo IV hypóstasis se empleaba como ousía («realidad» frente a «base de la existencia»), y Atanasio empezó a reservar hypóstasis para las personas divinas; Hilario usa substantia en ese sentido nuevo de hypóstasis. El concilio de Alejandría de 362 sancionó hypóstasis como «persona» y, a fines de siglo, el uso antiguo había casi desaparecido. Por eso el § 12 define la esencia con tanto cuidado antes de empezar.

    § 26

    26. La definición anterior, al negar que la idea de tiempo pudiera aplicarse al nacimiento del Hijo, pareció haber dado ocasión a la herejía (veíamos que sería monstruoso que el Padre estuviera limitado por el tiempo, pero que lo estaría si el Hijo fuera sometido al tiempo), de modo que, con ayuda de este rechazo del tiempo, el Padre, que es no nacido, pudiera ser proclamado bajo la apelación de Hijo como Padre e Hijo a la vez en una sola y única Persona. Pues al excluir los tiempos del nacimiento del Hijo, parecía favorecer la opinión de que no hubo nacimiento, de suerte que Aquel cuyo nacimiento no está en el tiempo pudiera considerarse como no nacido en absoluto. Por lo cual, no sea que, a sugerencia de esta negación del tiempo, se insinúe la herejía de la unidad de Personas, se condena aquella impiedad que se atreve a referir el nacimiento atemporal a la única y singular Persona de la esencia no nacida. Pues una cosa es estar fuera del tiempo y otra ser no nacido; lo primero admite nacimiento (aunque fuera del tiempo), lo otro, en cuanto que es, es el único y solo autor desde la eternidad de su ser lo que es.

    El credo de la Dedicación, Antioquía 341 (§§ 27–33)

    § 27

    27. Hemos repasado, hermanos amadísimos, todas las definiciones de fe hechas por los obispos orientales, que formularon en su asamblea contra la herejía recién surgida. Y nosotros, en cuanto hemos podido, hemos adaptado la redacción de nuestra exposición para expresar su sentido, siguiendo su dicción más bien que deseando ser tenidos por inventores de frases nuevas. En estas palabras decretan los principios de su conciencia y una doctrina largamente mantenida contra una impiedad nueva y profana. A los que compilaron esta herejía en Sirmio, o la aceptaron después de compilada, los han obligado así a confesar su ignorancia y a firmar tales decretos. Allí el Hijo es la imagen perfecta del Padre; allí, bajo las cualidades de una esencia idéntica, la Persona del Hijo no queda aniquilada ni confundida con el Padre; allí se declara que el Hijo es imagen del Padre en virtud de una semejanza real, y no difiere en sustancia del Padre, de quien es imagen; allí, a causa de la vida que el Padre tiene y de la vida que el Hijo ha recibido, el Padre no puede tener nada distinto en sustancia (cosa implicada en la vida) de lo que el Hijo recibió para tener; allí el Hijo engendrado no es una criatura, sino una Persona no distinguida de la naturaleza del Padre; allí, así como un poder idéntico pertenece al Padre y al Hijo, su esencia no admite diferencia alguna; allí el Padre, al engendrar al Hijo, en modo alguno degenera de Sí mismo en Él por ninguna diferencia de naturaleza; allí, aunque la semejanza de naturaleza es la misma en cada uno, las cualidades propias que marcan esta semejanza repugnan a una confusión de Personas, de modo que no hay una sola Persona subsistente que sea llamada Padre e Hijo a la vez; allí, aunque se afirma piadosamente que hay un Padre que envía y un Hijo que es enviado, con todo no se traza distinción alguna de esencia entre el Padre y el Hijo, entre el Enviado y el que envía; allí la verdad de la paternidad de Dios no está atada por límites de tiempo; allí el Hijo no es posterior en el tiempo; allí, más allá de todo tiempo, hay un nacimiento perfecto que refuta el error de que el Hijo no pudo nacer.

    § 28

    28. He aquí, hermanos amadísimos, el credo entero que fue publicado por algunos orientales, pocos en proporción al número total de obispos, y que vio la luz por primera vez en los mismos tiempos en que vosotros rechazasteis la introducción de esta herejía. La razón de su promulgación fue el hecho de que se les mandó no decir nada del [ὁμοούσιον]. Pero incluso en tiempos anteriores, por la urgencia de estas numerosas causas, fue necesario en distintas ocasiones componer otros credos, cuyo carácter se comprenderá por su redacción. Pues cuando estéis plenamente al tanto de los resultados, nos será más fácil llevar a plena consumación, como exigen la religión y la unidad, el argumento en que estamos interesados.
    Texto de la fuenteSínodo de Antioquía de la Dedicación (341) · Exposición de la fe · § 29, credo de la Dedicación
    Una exposición de la fe de la Iglesia hecha en el concilio celebrado con ocasión de la Dedicación de la iglesia de Antioquía por los noventa y siete obispos allí presentes, a causa de las sospechas que se tenían acerca de la ortodoxia de cierto obispo
    29. Creemos, conforme a la tradición evangélica y apostólica, en un solo Dios Padre omnipotente, Creador, Hacedor y Ordenador de todas las cosas que existen, y de quien son todas las cosas.
    Y en un solo Señor Jesucristo, su Hijo Unigénito, Dios por quien son todas las cosas, que fue engendrado del Padre, Dios de Dios, Dios entero de Dios entero, Uno de Uno, Dios perfecto de Dios perfecto, Rey de Rey, Señor de Señor, el Verbo, la Sabiduría, la Vida, Luz verdadera, Camino verdadero, la Resurrección, el Pastor, la Puerta, incapaz de cambiar o alterarse, la imagen invariable de la esencia, del poder y de la gloria de la Divinidad, el primogénito de toda creación, que siempre estuvo en el principio con Dios, el Verbo de Dios, según lo que se dice en el Evangelio, y el Verbo era Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, y en quien todas las cosas subsisten, quien en los últimos días descendió de lo alto, y nació de una virgen según las Escrituras, y fue hecho el Cordero, el Mediador entre Dios y el hombre, el Apóstol de nuestra fe y guía de la vida. Pues Él dijo: Descendí del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió. [Juan 6:28] Quien padeció y resucitó por nosotros al tercer día, y subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre, y ha de venir de nuevo con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos.
    Y en el Espíritu Santo, que fue dado a los que creen, para consolar, santificar y perfeccionar, así como nuestro Señor Jesucristo ordenó a sus discípulos, diciendo: Id, y enseñad a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo [], manifiestamente, es decir, de un Padre que es verdaderamente Padre, y claramente de un Hijo que es verdaderamente Hijo, y de un Espíritu Santo que es verdaderamente Espíritu Santo; estas palabras no se exponen ociosa y sin sentido, sino que significan cuidadosamente la Persona, el orden y la gloria de cada uno de los que son nombrados, para enseñarnos que son tres Personas, pero en concordia uno.
    30. «Habiendo, pues, mantenido esta fe desde el principio, y estando resueltos a mantenerla hasta el fin ante Dios y Cristo, decimos anatema a toda secta herética y pervertida; y si alguno enseña contra la fe sana y recta de las Escrituras, diciendo que hubo o hay tiempo, o espacio, o edad antes de que el Hijo fuera engendrado, sea anatema. Y si alguno dice que el Hijo es una hechura como una de las cosas hechas, o un nacimiento semejante a otros nacimientos, o una criatura como las criaturas, y no como las divinas Escrituras han afirmado en cada pasaje antes citado, o enseña o proclama como Evangelio algo distinto de lo que hemos recibido: sea anatema. Pues todas aquellas cosas que fueron escritas en las divinas Escrituras por los Profetas y por los Apóstoles las creemos y seguimos verdaderamente y con temor.»
    Comentario editorial · El credo de la Dedicación (Antioquía, 341)
    El texto habla de noventa y siete obispos reunidos para dedicar la iglesia de Antioquía. Según el NPNF, el concilio de 341 dio cuatro credos (si se cuenta el de una continuación al año siguiente) y este, el segundo, fue el credo de los «semi-nicenos»: admitía una lectura ortodoxa pero no bastaba por sí solo para frenar el arrianismo. Hilario da por supuesto que no debe leerse en sentido arriano y lo usa de puente hacia la teología nicena. Los editores señalan también que «el Cordero» (el credo dice «fue hecho el Cordero, el Mediador») es error de Hilario por «Hombre»: pudo leer en su manuscrito griego ánon, abreviatura de ánthropon, y confundirlo con arníon, «cordero».

    § 31

    31. Quizá este credo no ha hablado con suficiente expresividad de la semejanza idéntica del Padre y del Hijo, especialmente al concluir que los nombres Padre, Hijo y Espíritu Santo se referían a la Persona, el orden y la gloria de cada uno de los que son nombrados, para enseñarnos que son tres Personas, pero en concordia uno.

    § 32

    32. Pero en primer lugar debemos recordar que los obispos no se reunieron en Antioquía para oponerse a la herejía que se ha atrevido a declarar que la sustancia del Hijo es desemejante a la del Padre, sino para oponerse a aquella que, a pesar del Concilio de Nicea, presumía atribuir los tres nombres al Padre. De esto trataremos en su lugar propio. Recuerdo que al comienzo de mi argumento supliqué la paciencia y la indulgencia de mis lectores y oyentes hasta la terminación de mi carta, no sea que alguno se levantara precipitadamente a juzgarme antes de conocer todo el argumento. Lo pido de nuevo. Esta asamblea de los santos quiso asestar un golpe a aquella impiedad que, por una mera enumeración de nombres, elude la verdad acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; la cual representa que no hay causa personal para cada nombre, y por un uso falso de estos nombres hace que la triple nomenclatura implique una sola Persona, de modo que solo el Padre pudiera ser llamado también Espíritu Santo e Hijo. Por consiguiente, declararon que había tres sustancias, queriendo decir tres Personas subsistentes, y no introdujeron con ello desemejanza alguna de esencia que separara la sustancia del Padre y del Hijo. Pues las palabras para enseñarnos que son tres en sustancia, pero en concordia uno, están libres de objeción, porque como también se nombra al Espíritu, y Él es el Paráclito, es más apropiado que se afirme una unidad de concordia antes que una unidad de esencia basada en la semejanza de sustancia.

    § 33

    33. Además, toda la declaración anterior no ha trazado distinción alguna entre la esencia y la naturaleza del Padre y del Hijo. Pues cuando se dice: Dios de Dios, Dios entero de Dios entero, no hay lugar para dudar de que Dios entero nace de Dios entero. Porque la naturaleza de Dios que es de Dios no admite diferencia alguna, y como Dios entero de Dios entero, Él es en todo aquello en lo que el Padre es. Uno de Uno excluye las pasiones de un nacimiento y concepción humanos, de modo que, siendo Uno de Uno, no proviene de otra fuente, ni es distinto ni ajeno, pues es Uno de Uno, Dios perfecto de Dios perfecto. Salvo por tener una causa de su origen, su nacimiento no difiere de la naturaleza ingénita, puesto que la perfección de ambas Personas es la misma. Rey de Rey. Un poder expresado por uno y el mismo título no admite desemejanza de poder. Señor de Señor. En "Señor" también el señorío es igual: no puede haber diferencia donde se confiesa el dominio de ambos sin diversidad. Pero lo más claro de todo es la declaración añadida después de varias otras: incapaz de cambiar o alterarse, la imagen invariable de la Divinidad, de la esencia, del poder y de la gloria. Pues como Dios de Dios, Dios entero de Dios entero, Uno de Uno, Dios perfecto de Dios perfecto, Rey de Rey y Señor de Señor, ya que en toda aquella gloria y naturaleza de Divinidad en la que siempre permanece el Padre, también subsiste el Hijo nacido de Él; deriva también esto de la sustancia del Padre: que es incapaz de cambiar. Pues en su nacimiento no cambia aquella naturaleza de la cual nace; sino que el Hijo ha mantenido una esencia inmutable, puesto que su origen está en una naturaleza inmutable. Pues aunque es una imagen, con todo la imagen no puede alterarse, ya que en Él nació la imagen de la esencia del Padre, y no podía haber en Él un cambio de naturaleza causado por ninguna desemejanza con la esencia del Padre de la cual fue engendrado. Ahora bien, cuando se nos enseña que Él fue traído a la existencia como primogénito de toda creación, y se dice que Él mismo estuvo siempre en el principio con Dios como Dios Verbo, el hecho de que fuera traído a la existencia muestra que nació, y el hecho de que siempre fuera muestra que no está separado del Padre por el tiempo. Por tanto, este Concilio, al dividir las tres sustancias, cosa que hizo para excluir a un Dios mónada con triple título, no introdujo separación alguna de sustancia entre el Padre y el Hijo. Toda la exposición de la fe no hace distinción entre el Padre y el Hijo, el No Nacido y el Unigénito, ni en tiempo, ni en nombre, ni en esencia, ni en dignidad, ni en dominación. Pero nuestra conciencia común exige que adquiramos conocimiento de los otros credos de los mismos obispos orientales, compuestos en distintos tiempos y lugares, para que, mediante el estudio de muchas confesiones, comprendamos la sinceridad de su fe.

    El credo de los orientales en Sárdica, 343 (§§ 34–37)

    Texto de la fuenteObispos orientales reunidos en Sárdica (343) · Credo de los orientales · § 34, credo de Sárdica
    El Credo según el Concilio de Oriente.
    34. Nosotros, el santo sínodo reunido en Sárdica, procedente de diferentes provincias de Oriente, a saber, la Tebaida, Egipto, Palestina, Arabia, Fenicia, Celesiria, Mesopotamia, Cilicia, Capadocia, el Ponto, Paflagonia, Galacia, Bitinia y el Helesponto; de Asia, a saber, las dos provincias de Frigia, Pisidia, las islas de las Cícladas, Panfilia, Caria, Lidia; de Europa, a saber, Tracia, Hemimonto, Mesia y las dos provincias de Panonia, hemos expuesto este credo.
    Creemos en un solo Dios, Padre omnipotente, Creador y Hacedor de todas las cosas, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra:
    Y creemos en su Hijo Unigénito, nuestro Señor Jesucristo, que antes de todos los siglos fue engendrado del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, por quien fueron hechas todas las cosas que están en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles; quien es el Verbo, la Sabiduría, el Poder, la Vida y la Luz verdadera; y quien en los últimos días, por nuestra causa, se encarnó, y nació de la santa Virgen, quien fue crucificado, muerto y sepultado; y resucitó de entre los muertos al tercer día; y fue recibido en el cielo; y está sentado a la diestra del Padre; y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a dar a cada uno según sus obras; cuyo reino permanece sin fin por los siglos de los siglos. Porque Él está sentado a la diestra del Padre no solo en este siglo, sino también en el siglo venidero.
    Creemos también en el Espíritu Santo, es decir, el Paráclito, a quien, según su promesa, envió a sus apóstoles después de su regreso a los cielos para enseñarles y traerles todas las cosas a la memoria, por quien también son santificadas las almas de los que creen sinceramente en Él.
    «Pero a los que dicen que el Hijo de Dios proviene de las cosas que no existen o de otra sustancia y no de Dios, y que hubo un tiempo o una edad en que no existía, la santa Iglesia Católica los tiene por extraños. Asimismo también a los que dicen que hay tres Dioses, o que Cristo no es Dios y que antes de los siglos no era ni Cristo ni Hijo de Dios, o que Él mismo es el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, o que el Hijo es innascible; o que el Padre engendró al Hijo sin propósito o voluntad: la santa Iglesia Católica los anatematiza.»
    Comentario editorial · Sárdica y Filipópolis: el credo de los orientales (343)
    El epub lo titula «credo según el concilio de Oriente» y el texto dice que los obispos se reunieron en Sárdica; la introducción del NPNF lo sitúa en Filipópolis, en 343, en un sínodo «de facción». Según Wikipedia, unos noventa obispos de Occidente y unos ochenta de Oriente fueron a Sárdica, pero los orientales no quisieron sesionar con los occidentales, que exigían que participaran Atanasio y Marcelo; su único documento se compuso en Sárdica y se publicó en Filipópolis. Wikipedia, citando a R. P. C. Hanson, lo identifica con el cuarto credo de Antioquía (341) con anatemas añadidos contra el triteísmo y el sabelianismo. Fecha: 343 en «Council of Serdica» y 342 en «Councils of Sirmium».

    § 35

    35. En la exposición de este credo se han empleado definiciones concisas pero completas. Pues al condenar a los que decían que el Hijo procedía de las cosas que no existen, le atribuyó un origen que no tuvo principio, sino que continúa perpetuamente. Y para que este origen del que extraía su nacimiento permanente no se entendiera como otra sustancia distinta de la de Dios, declara también blasfemos a los que decían que el Hijo nació de alguna otra sustancia y no de Dios. Y así, puesto que no extrae su subsistencia de la nada, ni procede de otra fuente que de Dios, no puede dudarse de que nació con aquellas cualidades que son propias de Dios; ya que la esencia unigénita del Hijo no se engendra ni de las cosas que no existen ni de otra sustancia que no sea la sustancia ingénita y eterna del Padre. Pero el credo rechaza asimismo los intervalos de tiempos o edades: partiendo del supuesto de que quien no difiere en naturaleza no puede ser separable por el tiempo.

    § 36

    36. Por todas partes, donde pudiera sentirse inquietud, se cierra el paso a los argumentos de los herejes, no sea que se declare que hay alguna diferencia en el Hijo. Pues son anatematizados los que dicen que hay tres Dioses: porque según la verdadera naturaleza de Dios, su sustancia no admite una pluralidad de aplicaciones del título, salvo cuando se da a hombres y ángeles individuales en reconocimiento de su mérito, aunque la sustancia de la naturaleza de estos es distinta de la de Dios. En ese sentido hay, por consiguiente, muchos dioses. Además, en la naturaleza de Dios, Dios es uno, pero de tal manera que el Hijo también es Dios, porque en Él no hay una naturaleza distinta; y puesto que es Dios de Dios, ambos deben ser Dios, y al no haber diferencia de género entre ellos, no hay distinción en su esencia. Se rechaza una pluralidad de Dioses titulares, porque no hay diversidad en la cualidad de la naturaleza divina. Por tanto, dado que es anatema quien dice que hay muchos Dioses, y es anatema quien niega que el Hijo es Dios, queda plenamente demostrado que el hecho de que cada uno tenga un mismo y único nombre procede del carácter real de la sustancia similar en cada uno: ya que, al confesar al Dios No Nacido, el Padre, y al Dios Unigénito, el Hijo, sin desemejanza alguna de esencia entre ellos, cada uno es llamado Dios, y sin embargo Dios debe ser creído y declarado uno. Así, por el cuidado diligente y vigilante de los obispos, el credo guarda la semejanza de la naturaleza engendrada y de la naturaleza engendradora, confirmándola con la aplicación de un solo nombre.

    § 37

    37. Sin embargo, para impedir que la declaración de un solo Dios parezca afirmar que Dios es una mónada solitaria sin descendencia propia, condena de inmediato la temeraria sugestión de que, porque Dios es uno, Dios Padre es uno y solitario, teniendo en sí mismo el nombre de Padre y de Hijo: pues en el Padre que engendra y en el Hijo que nace debe declararse que existe un solo Dios, por ser semejante en cada uno la sustancia de su naturaleza. La fe de los santos nada sabe de que el Hijo sea innascible: porque la naturaleza del Hijo solo obtiene su existencia del nacimiento. Pero la naturaleza del nacimiento es en Él tan perfecta que Aquel que nació de la sustancia de Dios nace también de su propósito y voluntad. Pues de su voluntad y propósito, no del proceso de una naturaleza corpórea, brota la absoluta perfección de la esencia de Dios nacida de la esencia de Dios. De aquí se sigue que debemos considerar ahora aquel credo compilado no hace mucho, cuando Fotino fue depuesto del episcopado.

    La fórmula de Sirmio contra Fotino, 351 (§§ 38–61)

    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · § 38, fórmula de Sirmio
    Copia del credo compuesto en Sirmio por los orientales para oponerse a Fotino.
    38. Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, Creador y Hacedor, de quien toma nombre toda paternidad en el cielo y en la tierra.
    Y en su único Hijo Jesucristo nuestro Señor, nacido del Padre antes de todos los siglos, Dios de Dios, Luz de Luz, por quien fueron hechas todas las cosas en el cielo y en la tierra, visibles e invisibles. Que es el Verbo y la Sabiduría y el Poder y la Vida y la Luz verdadera; que en los últimos días por nosotros tomó un cuerpo, y nació de la santa Virgen, y fue crucificado, y murió y fue sepultado; que también resucitó de entre los muertos al tercer día, y subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre, y vendrá al fin del mundo a juzgar a los vivos y a los muertos; cuyo reino continúa sin fin y permanece por los siglos perpetuos. Pues estará sentado a la diestra del Padre no solo en este siglo, sino también en el siglo venidero.
    Y en el Espíritu Santo, es decir, el Paráclito, a quien, según su promesa, envió a los apóstoles después de subir al cielo para enseñarles y recordarles todas las cosas, por quien también son santificadas las almas de los que creen sinceramente en Él.
    I. Pero a los que dicen que el Hijo proviene de las cosas que no existen, o de otra sustancia y no de Dios, y que hubo un tiempo o una edad en que no existía, la santa Iglesia Católica los tiene por extraños.
    II. Si alguno dice que el Padre y el Hijo son dos Dioses, sea anatema.
    III. Y si alguno dice que Dios es uno, pero no confiesa que Cristo, Dios Hijo de Dios, ministró al Padre en la creación de todas las cosas, sea anatema.
    IV. Y si alguno se atreve a decir que el Dios No Nacido, o una parte de Él, nació de María, sea anatema.
    V. Y si alguno dice que el Hijo nacido de María era, antes de nacer de María, Hijo solo según presciencia o predestinación, y niega que nació del Padre antes de los siglos y que estaba con Dios, y que todas las cosas fueron hechas por medio de Él, sea anatema.
    VI. Si alguno dice que la sustancia de Dios se dilata y se contrae, sea anatema.
    VII. Si alguno dice que la sustancia dilatada de Dios hace al Hijo, o llama Hijo a la supuesta sustancia dilatada, sea anatema.
    VIII. Si alguno dice que el Hijo de Dios es el Verbo interno o pronunciado de Dios, sea anatema.
    IX. Si alguno dice que solo el hombre nacido de María es el Hijo, sea anatema.
    X. Si alguno, aun diciendo que Dios y Hombre nació de María, entiende por ello al Dios No Nacido, sea anatema.
    XI. Si alguno, oyendo El Verbo se hizo carne [], piensa que el Verbo fue transformado en carne, o dice que sufrió cambio al tomar carne, sea anatema.
    XII. Si alguno, oyendo que el único Hijo de Dios fue crucificado, dice que su divinidad sufrió corrupción, o dolor, o cambio, o disminución, o destrucción, sea anatema.
    XIII. Si alguno dice que Hagamos al hombre [] no fue dicho por el Padre al Hijo, sino por Dios a sí mismo, sea anatema.
    XIV. Si alguno dice que no fue el Hijo quien se apareció a Abraham, sino el Dios No Nacido, o una parte de Él, sea anatema.
    XV. Si alguno dice que no fue el Hijo quien luchó con Jacob como hombre, sino el Dios No Nacido, o una parte de Él, sea anatema.
    XVI. Si alguno no entiende que El Señor hizo llover desde el Señor se dice del Padre y del Hijo, sino que el Padre hizo llover desde sí mismo, sea anatema. Pues el Señor, el Hijo, hizo llover desde el Señor, el Padre.
    XVII. Si alguno dice que el Señor y el Señor, el Padre y el Hijo, son dos Dioses, a causa de las palabras antedichas, sea anatema. Pues no hacemos al Hijo igual o par del Padre, sino que entendemos que el Hijo está sujeto. Porque no descendió a Sodoma sin la voluntad del Padre, ni llovió desde sí mismo, sino desde el Señor, es decir, por la autoridad del Padre; ni se sienta a la diestra del Padre por su propia autoridad, sino que oye al Padre decir: Siéntate a mi diestra.
    XVIII. Si alguno dice que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son una sola Persona, sea anatema.
    XIX. Si alguno, hablando del Espíritu Santo, el Paráclito, dice que Él es el Dios No Nacido, sea anatema.
    XX. Si alguno niega que, como el Señor nos ha enseñado, el Paráclito es distinto del Hijo —pues dijo: Y el Padre os enviará otro Consolador, al que yo pediré []—, sea anatema.
    XXI. Si alguno dice que el Espíritu Santo es una parte del Padre o del Hijo, sea anatema.
    XXII. Si alguno dice que el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo son tres Dioses, sea anatema.
    XXIII. Si alguno, a ejemplo de los judíos, entiende dichas para destrucción del Eterno Dios Unigénito las palabras Yo soy el primer Dios, y yo soy el último Dios, y fuera de mí no hay Dios [], las cuales fueron dichas para destrucción de los ídolos y de los que no son dioses, sea anatema.
    XXIV. Si alguno dice que el Hijo fue hecho por la voluntad de Dios, como cualquier objeto de la creación, sea anatema.
    XXV. Si alguno dice que el Hijo nació contra la voluntad del Padre, sea anatema. Pues el Padre no fue forzado contra su propia voluntad, ni inducido por necesidad alguna de la naturaleza, a engendrar al Hijo; sino que, tan pronto como quiso, antes del tiempo y sin pasión, lo engendró de sí mismo y lo manifestó.
    XXVI. Si alguno dice que el Hijo es innascible y sin principio, como si hubiera dos innascibles e ingénitos y sin principio, y hace dos Dioses, sea anatema. Pues la Cabeza, que es el principio de todas las cosas, es el Hijo; pero la Cabeza o principio de Cristo es Dios: pues así, a Uno que es sin principio y es el principio de todas las cosas, referimos todo el mundo por medio de Cristo.
    XXVII. «Una vez más fortalecemos la comprensión del cristianismo diciendo: Si alguno niega que Cristo, que es Dios e Hijo de Dios, existió personalmente antes de que comenzara el tiempo y ayudó al Padre en la perfección de todas las cosas, y dice que solo desde el tiempo en que nació de María obtuvo el nombre de Cristo y de Hijo y un principio de su deidad, sea anatema.»
    Comentario editorial · Fotino y la fórmula de Sirmio (351)
    La fórmula que sigue, con sus veintisiete anatemas, se redactó contra Fotino, obispo de Sirmio. Según Wikipedia, Fotino fue discípulo y diácono de Marcelo de Ancira; sostenía que el Verbo no preexistía a la concepción de Jesús; sínodos anteriores lo habían condenado, pero siguió en su sede por el apoyo popular hasta que, en Sirmio en 351, Basilio de Ancira discutió con él y lo hicieron deponer por sabelianismo y adopcionismo. Hilario (§ 37) dice que el credo se compuso «no hace mucho», cuando se depuso a Fotino. Wikipedia añade que T. D. Barnes tiene por único concilio bien atestado de Sirmio en el reinado de Constancio el de 351.

    § 39

    39. La necesidad del momento impulsó al Concilio a presentar una exposición más amplia y extensa del credo, que incluyese muchas cuestiones intrincadas, porque la herejía que Fotino estaba reavivando socavaba nuestra morada católica con muchas minas secretas. Su propósito era oponer a toda forma de herejía furtiva y sutil una forma correspondiente de fe pura e inmaculada, y tener tantas explicaciones completas de la fe cuantas instancias hubiera de peculiar infidelidad. Inmediatamente después de la declaración universal e incuestionada de los misterios cristianos, comienza así la explicación de la fe contra los herejes.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema I (citado en el comentario)
    I. «Pero a los que dicen que el Hijo proviene de las cosas que no existen, o de otra sustancia y no de Dios, y que hubo un tiempo o una edad en que no existía, la santa Iglesia Católica los tiene por extraños.»

    § 40

    40. ¿Qué ambigüedad hay aquí? ¿Qué se omite que la conciencia de una fe sincera pudiera sugerir? No proviene de las cosas que no existen: por tanto, su origen tiene existencia. No hay otra sustancia existente que sea su origen, sino la de Dios: por tanto, nada más puede nacer en Él sino todo lo que es Dios; porque su existencia no procede de la nada, y no extrae su subsistencia de otra fuente. No difiere en el tiempo: por tanto, el Hijo, como el Padre, es eterno. Y así, el Padre No Nacido y el Hijo Unigénito comparten todas las mismas cualidades. Son iguales en años, y esa misma semejanza entre la única esencia paternal existente y su descendencia impide toda distinción en cualquier cualidad.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema II (citado en el comentario)
    II. Si alguno dice que el Padre y el Hijo son dos Dioses, sea anatema.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema III (citado en el comentario)
    III. «Y si alguno dice que Dios es uno, pero no confiesa que Cristo, que es Dios e Hijo eterno de Dios, ministró al Padre en la creación de todas las cosas, sea anatema.»

    § 41

    41. La mera declaración del nombre, tal como nuestra religión lo declara, nos da una clara comprensión del hecho. Pues, por cuanto se condena decir que el Padre y el Hijo son dos Dioses, y también es anatema negar que el Hijo es Dios, queda excluida toda opinión de que la sustancia del uno sea distinta de la del otro al afirmar dos Dioses. Pues no hay otra esencia, salvo la de Dios Padre, de la que Dios Hijo de Dios nació antes del tiempo. Pues, dado que nos vemos obligados a confesar a Dios Padre y a declarar rotundamente que Cristo, el Hijo de Dios, es Dios, y entre estas dos verdades se interpone la impía confesión de dos Dioses: ellos deben, sobre la base de la identidad de naturaleza y nombre, ser uno en el género de su esencia, si el nombre de su esencia es necesariamente uno.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema IV (citado en el comentario)
    IV. «Si alguno se atreve a decir que el Dios No Nacido, o una parte de Él, nació de María, sea anatema.»

    § 42

    42. El hecho de que la esencia declarada una en el Padre y en el Hijo tenga un solo nombre a causa de la semejanza de su naturaleza pareció ofrecer a los herejes ocasión para declarar que el Dios No Nacido, o una parte de Él, nació de María. El peligro fue conjurado mediante la saludable resolución de que quien declarase esto fuera anatema. Pues la unidad del nombre que emplea la religión, y que se funda en la exacta semejanza de su esencia natural, no ha repudiado la Persona de la esencia engendrada, de modo que represente, al amparo de la unidad del nombre, que la sustancia de Dios es singular e indiferenciada, porque predicamos un solo nombre para la esencia de cada uno, es decir, predicamos un solo Dios, a causa de la sustancia exactamente semejante de la naturaleza indivisa en cada Persona.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema V (citado en el comentario)
    V. «Si alguno dice que el Hijo existió antes de María solo según presciencia o predestinación, y niega que nació del Padre antes de los siglos y que estaba con Dios, y que todas las cosas fueron hechas por medio de Él, sea anatema.»

    § 43

    43. Al negar que el Dios de todos nosotros, el Hijo de Dios, existía antes de nacer en forma corporal, algunos afirman que existía según presciencia y predestinación, y no según la esencia de una naturaleza personalmente subsistente; es decir, porque el Padre predestinó al Hijo a tener existencia algún día naciendo de la Virgen, nos fue anunciado por la presciencia del Padre, más bien que nacido y existente antes de los siglos en la sustancia de la naturaleza divina, y que todas las cosas que Él mismo habló en los profetas acerca de los misterios de su encarnación y pasión fueron dichas simplemente de Él por el Padre según su presciencia. Por consiguiente, esta perversa doctrina es condenada, para que sepamos que el Unigénito Hijo de Dios nació del Padre antes de todos los mundos, y formó los mundos y toda la creación, y que no fue meramente predestinado a nacer.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema VI (citado en el comentario)
    VI. «Si alguno dice que la sustancia de Dios se expande y se contrae: sea anatema.»

    § 44

    44. Contraerse y expandirse son afecciones corporales; pero Dios, que es Espíritu y sopla donde quiere, no se expande ni se contrae por ningún cambio de sustancia. Permaneciendo libre y fuera del vínculo de toda naturaleza corporal, provee de sí mismo lo que quiere, cuando quiere y donde quiere. Por tanto, es impío atribuir cambio alguno de sustancia a una Potestad tan libre de trabas.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema VII (citado en el comentario)
    VII. «Si alguno dice que la sustancia expandida de Dios hace al Hijo, o llama Hijo a su sustancia expandida: sea anatema.»

    § 45

    45. La opinión anterior, aunque pretendía enseñar la inmutabilidad de Dios, preparó sin embargo el camino a la herejía siguiente. Algunos se atrevieron a decir que el Dios No Nacido, por expansión de su sustancia, se extendió hasta la santa Virgen, de modo que esa extensión producida por el aumento de su naturaleza y que asumió la humanidad pudiera llamarse Hijo. Negaban que el Hijo, que es Dios perfecto, nacido antes de que el tiempo comenzara, fuera el mismo que después nació como Hombre. Por tanto, la fe católica condena toda negación de la inmutabilidad del Padre y del nacimiento del Hijo.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema VIII (citado en el comentario)
    VIII. «Si alguno dice que el Hijo es el Verbo interno o pronunciado de Dios: sea anatema.»

    § 46

    46. Los herejes, destruyendo en cuanto está en su mano al Hijo de Dios, confiesan que Él es solo la palabra, que sale como una emisión de los labios del que habla y el sonido incorpóreo de una voz impersonal; de modo que Dios Padre tiene por Hijo una palabra semejante a cualquier palabra que pronunciamos en virtud de nuestra facultad innata de hablar. Por tanto, se condena este engaño peligroso, que afirma que Dios Verbo, que en el principio estaba con Dios, es solo la palabra de una voz a veces interna y a veces expresada.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema IX (citado en el comentario)
    IX. «Si alguno dice que solo el hombre nacido de María es el Hijo: sea anatema.»

    § 46 (cont.)

    No podemos declarar que el Hijo de Dios nació de María sin declarar que Él es a la vez Hombre y Dios. Pero para que la declaración de que Él es Dios y Hombre no diera ocasión a engaño, el Concilio añade inmediatamente:
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema X (citado en el comentario)
    X. «Si alguno, aunque diga que Dios y Hombre nació de María, entiende por ello al Dios No Nacido: sea anatema.»

    § 47

    47. Así se preservan a la vez el nombre y el poder de la sustancia divina. Pues como es anatema quien dice que el Hijo de Dios por María es hombre y no Dios; y cae bajo la misma condenación quien dice que el Dios No Nacido se hizo hombre: no se niega que Dios hecho Hombre sea Dios, sino que se niega que sea el Dios No Nacido, distinguiéndose el Padre del Hijo no bajo el aspecto de la naturaleza ni por diversidad de sustancia, sino solo por la preeminencia que le confiere su naturaleza ingénita.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XI (citado en el comentario)
    XI. «Si alguno, al oír El Verbo se hizo carne, piensa que el Verbo se transformó en carne, o dice que sufrió cambio al tomar carne: sea anatema.»

    § 48

    48. Esto preserva la dignidad de la Divinidad: de modo que, en el hecho de que el Verbo se hizo carne, el Verbo, al hacerse carne, no perdió por ser carne lo que constituía al Verbo, ni se transformó en carne hasta dejar de ser el Verbo; sino que el Verbo se hizo carne para que la carne comenzara a ser lo que el Verbo es. De otro modo, ¿de dónde le vino a su carne el poder milagroso en las obras, la gloria en el monte, el conocimiento de los pensamientos de los corazones humanos, la serenidad en su pasión, la vida en su muerte? Dios, que no conoce cambio, al hacerse carne nada perdió de las prerrogativas de su sustancia.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XII (citado en el comentario)
    XII. «Si alguno, al oír que el único Hijo de Dios fue crucificado, dice que su divinidad sufrió corrupción, o dolor, o cambio, o disminución, o destrucción: sea anatema.»

    § 49

    49. Se muestra claramente por qué el Verbo, aunque se hizo carne, no se transformó sin embargo en carne. Aunque estos tipos de sufrimiento afectan a la debilidad de la carne, Dios Verbo, al hacerse carne, no pudo cambiar bajo el sufrimiento. Sufrimiento y cambio no son lo mismo. Todo tipo de sufrimiento hace que toda carne cambie por la sensibilidad y la resistencia al dolor. Pero el Verbo que se hizo carne, aunque se sometió al sufrimiento, quedó sin embargo inmutable por la capacidad de sufrir. Porque podía sufrir, y sin embargo el Verbo no era pasible. La pasibilidad denota una naturaleza débil; pero el sufrimiento en sí es la resistencia a los dolores infligidos, y como la Divinidad es inmutable y sin embargo el Verbo se hizo carne, tales dolores hallaron en Él una materia que podían afectar, aunque la Persona del Verbo no tenía debilidad ni pasibilidad. Y así, cuando sufrió, su Naturaleza permaneció inmutable porque, como su Padre, su Persona es de una esencia impasible, aunque haya nacido.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XIII (citado en el comentario)
    XIII. Si alguno dice que Hagamos al hombre [] no fue dicho por el Padre al Hijo, sino por Dios a sí mismo: sea anatema.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XIV (citado en el comentario)
    XIV. Si alguno dice que el Hijo no se apareció a Abraham, sino el Dios No Nacido, o una parte de Él: sea anatema.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XV (citado en el comentario)
    XV. Si alguno dice que el Hijo no luchó con Jacob como hombre, sino el Dios No Nacido, o una parte de Él: sea anatema.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XVI (citado en el comentario)
    XVI. «Si alguno no entiende que El Señor hizo llover desde el Señor se dice del Padre y del Hijo, sino que dice que el Padre hizo llover desde sí mismo: sea anatema. Porque el Señor Hijo hizo llover desde el Señor Padre.»

    § 50

    50. Estos puntos tuvieron que insertarse en el credo porque Fotino, contra quien se celebró el sínodo, los negaba. Se insertaron para que nadie se atreviera a afirmar que el Hijo de Dios no existía antes que el Hijo de la Virgen, y para que nadie atribuyera al Dios No Nacido, con la perversidad necia de una herejía insensata, todos los pasajes anteriores que se refieren al Hijo de Dios, y, aplicándolos al Padre, negara la Persona del Hijo. La claridad de estas afirmaciones nos dispensa de la necesidad de interpretarlas.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XVII (citado en el comentario)
    XVII. «Si alguno dice que el Señor y el Señor, el Padre y el Hijo, son dos dioses a causa de las palabras antedichas: sea anatema. Porque no hacemos al Hijo igual o par del Padre, sino que entendemos que el Hijo está sujeto. Pues Él no bajó a Sodoma sin la voluntad del Padre, ni hizo llover desde sí mismo, sino desde el Señor, es decir, por la autoridad del Padre; ni se sienta a la diestra del Padre por su propia autoridad, sino porque oye al Padre decir: Siéntate a mi diestra.»

    § 51

    51. Las afirmaciones precedentes y las siguientes eliminan por completo todo motivo para sospechar que esta definición afirma una diversidad de deidades diferentes en el Señor y el Señor. No se hace comparación alguna, porque se consideró impío decir que hay dos dioses; no que se abstengan de hacer al Hijo igual y par del Padre para negar que Él es Dios. Pues, como es anatema quien niega que Cristo es Dios, no es por eso por lo que es profano hablar de dos dioses iguales. Dios es Uno por el verdadero carácter de su esencia natural y porque del Dios No Nacido, el Padre, que es el único Dios, nace el Dios Unigénito, el Hijo, y recibe su ser divino solo de Dios; y puesto que la esencia de Aquel que es engendrado es exactamente similar a la esencia de Aquel que lo engendró, tiene que haber un solo nombre para la naturaleza exactamente similar. Que el Hijo no está al nivel del Padre y no es igual a Él se muestra principalmente en el hecho de que fue sometido a Él para rendirle obediencia, en que el Señor hizo llover desde el Señor y en que el Padre no hizo llover desde sí mismo, como dicen Fotino y Sabelio, como el Señor desde el Señor; en que Él se sentó entonces a la diestra de Dios cuando se le dijo que se sentara; en que es enviado, en que recibe, en que se somete en todo a la voluntad de Aquel que lo envió. Pero la subordinación del amor filial no es una disminución de la esencia, ni el deber piadoso causa una degeneración de la naturaleza, ya que, a pesar de que tanto el Padre No Nacido es Dios como el Hijo Unigénito de Dios es Dios, Dios es sin embargo Uno, y tanto la sujeción como la dignidad del Hijo se enseñan en esto: que al ser llamado Hijo queda sujeto a ese nombre que, porque implica que Dios es su Padre, es sin embargo un nombre que denota su naturaleza. Teniendo un nombre que pertenece a Aquel de quien es Hijo, está sujeto al Padre tanto en el servicio como en el nombre; pero de tal manera que la subordinación de su nombre da testimonio del verdadero carácter de su esencia natural y exactamente similar.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XVIII (citado en el comentario)
    XVIII. «Si alguno dice que el Padre y el Hijo son una sola Persona: sea anatema.»

    § 52

    52. La pura perversidad no requiere refutación; y sin embargo, la locura frenética de algunos hombres ha sido tan violenta que se han atrevido a predicar una sola Persona con dos nombres.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XIX (citado en el comentario)
    XIX. «Si alguno, hablando del Espíritu Santo, el Paráclito, dice que Él es el Dios No Nacido: sea anatema.»

    § 53

    53. La cláusula siguiente hace incurrir en anatema a quien predica el Dios No Nacido del Paráclito. Pues es sumamente impío decir que Aquel que fue enviado por el Hijo para nuestro consuelo es el Dios No Nacido.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XX (citado en el comentario)
    XX. «Si alguno niega que, como el Señor nos ha enseñado, el Paráclito es distinto del Hijo; pues Él dijo: Y el Padre os enviará otro Consolador, al que yo pediré: sea anatema.»

    § 54

    54. Recordamos que el Paráclito fue enviado por el Hijo, y al principio el credo explicó esto. Pero como por la virtud de su naturaleza, que es exactamente similar, el Hijo ha llamado con frecuencia a sus propias obras las obras del Padre, diciendo: Yo hago las obras de mi Padre []: así, cuando pretendía enviar al Paráclito, como a menudo prometió, dijo a veces que Él había de ser enviado desde el Padre, en cuanto que piadosamente solía referir todo lo que hacía al Padre. Y de esto los herejes toman a menudo ocasión para decir que el propio Hijo es el Paráclito; mientras que por el hecho de que prometió rogar que otro Consolador fuera enviado desde el Padre, muestra la diferencia entre Aquel que es enviado y Aquel que pidió.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXI (citado en el comentario)
    XXI. «Si alguno dice que el Espíritu Santo es una parte del Padre o del Hijo: sea anatema.»

    § 55

    55. La locura frenética de los herejes, y no una dificultad genuina, hizo necesario que esto se escribiera. Pues como el nombre de Espíritu Santo tiene su propia significación, y el Espíritu Santo, el Paráclito, tiene el oficio y el rango propios de su Persona, y como en todas partes se declara que el Padre y el Hijo son inmutables: ¿cómo podría afirmarse que el Espíritu Santo es una parte del Padre o del Hijo? Pero como esta necedad se afirma a menudo entre otras necedades por hombres impíos, era necesario que los piadosos la condenaran.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXII (citado en el comentario)
    XXII. «Si alguno dice que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son tres dioses: sea anatema.»

    § 56

    56. Puesto que es contrario a la religión decir que hay dos dioses, porque recordamos y declaramos que en ninguna parte se ha afirmado que hay más de un solo Dios: ¿cuánto más digno de condenación es nombrar tres dioses en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo? Sin embargo, puesto que los herejes dicen esto, los católicos con razón lo condenan.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXIII (citado en el comentario)
    XXIII. «Si alguno, a ejemplo de los judíos, entiende como dichas para destrucción del Eterno Dios Unigénito las palabras: Yo soy el primer Dios, y yo soy el último Dios, y fuera de mí no hay Dios [], que fueron dichas para destrucción de los ídolos y de los que no son dioses: sea anatema.»

    § 57

    57. Aunque condenamos una pluralidad de dioses y declaramos que Dios es uno solo, no podemos negar que el Hijo de Dios es Dios. Más aún, el verdadero carácter de su naturaleza hace que el nombre que se niega a una pluralidad sea el privilegio de su esencia. Las palabras Fuera de mí no hay Dios no pueden despojar al Hijo de su divinidad, porque fuera de Aquel que es de Dios no hay otro Dios. Y estas palabras de Dios Padre no pueden anular la divinidad de Aquel que nació de Él mismo con una esencia en modo alguno distinta de su propia naturaleza. Los judíos interpretan este pasaje como prueba de la mera unidad de Dios, porque ignoran al Dios Unigénito. Pero nosotros, aunque negamos que haya dos dioses, aborrecemos la idea de una diversidad de esencia natural en el Padre y el Hijo. Las palabras Fuera de mí no hay Dios quitan una creencia impía en dioses falsos. Al confesar que Dios es Uno y decir también que el Hijo es Dios, nuestro uso del mismo nombre afirma que no hay diferencia de sustancia entre las dos Personas.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXIV (citado en el comentario)
    XXIV. «Si alguno dice que el Hijo fue hecho por la voluntad de Dios, como cualquier objeto de la creación: sea anatema.»

    § 58

    58. A todas las criaturas la voluntad de Dios les ha dado sustancia; pero un nacimiento perfecto dio al Hijo una naturaleza de una sustancia que es impasible y ella misma no nacida. Todas las cosas creadas son tales como Dios quiso que fueran; pero el Hijo, que es nacido de Dios, tiene una personalidad tal como Dios la tiene. La naturaleza de Dios no produjo una naturaleza desemejante a sí misma; sino que el Hijo, engendrado de la sustancia de Dios, ha derivado la esencia de su naturaleza en virtud de su origen, no de un acto de voluntad a la manera de las criaturas.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXV (citado en el comentario)
    XXV. «Si alguno dice que el Hijo nació contra la voluntad del Padre: sea anatema. Porque el Padre no fue forzado contra su propia voluntad, ni inducido contra su voluntad por ninguna necesidad de naturaleza, a engendrar a su Hijo; sino que, tan pronto como quiso, antes del tiempo y sin pasión, lo engendró de sí mismo y lo manifestó.»

    § 59

    59. Puesto que se enseñó que el Hijo no debía su existencia a la voluntad de Dios, como todas las demás cosas, para que no se pensara que derivaba su esencia solo por la voluntad de su Padre y no en virtud de su propia naturaleza, pareció darse con ello ocasión a los herejes para atribuir a Dios Padre una necesidad de engendrar al Hijo de sí mismo, como si hubiera hecho salir al Hijo por una ley de naturaleza a su pesar. Pero tal posibilidad de ser afectado no existe en Dios Padre: en el inefable y perfecto nacimiento del Hijo, ni fue la mera voluntad la que lo engendró, ni la esencia del Padre fue cambiada o forzada a instancias de una ley natural. Ni se buscó sustancia alguna para engendrarlo, ni la naturaleza del Engendrador se cambia en el Engendrado, ni el nombre único del Padre se ve afectado por el tiempo. Antes de todo tiempo, el Padre, de la esencia de su naturaleza, con un deseo no sujeto a pasión alguna, dio al Hijo un nacimiento que transmitía la esencia de su naturaleza.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXVI (citado en el comentario)
    XXVI. «Si alguno dice que el Hijo es innascible y sin principio, hablando como si hubiera dos innascibles, no nacidos y sin principio, y hace dos dioses: sea anatema. Porque la Cabeza, que es el principio de todas las cosas, es el Hijo; pero la Cabeza o principio de Cristo es Dios; pues así, a Uno que no tiene principio y es el principio de todas las cosas, referimos el mundo entero por medio de Cristo.»

    § 60

    60. Declarar al Hijo innascible es el colmo de la impiedad. Dios ya no sería Uno: pues la naturaleza del único Dios No Nacido exige que confesemos que Dios es uno. Por tanto, ya que Dios es uno, no puede haber dos innascibles: porque Dios es uno (aunque tanto el Padre es Dios como el Hijo de Dios es Dios) precisamente porque la innascibilidad es la única cualidad que puede pertenecer a una sola Persona. El Hijo es Dios precisamente porque deriva su nacimiento de aquella esencia que no puede nacer. Por tanto, nuestra santa fe rechaza la idea de que el Hijo sea innascible, para predicar un solo Dios innascible y, en consecuencia, un solo Dios, y para abrazar la naturaleza del Unigénito, engendrada de la esencia no nacida, en el único nombre del Dios No Nacido. Porque la Cabeza de todas las cosas es el Hijo; pero la Cabeza del Hijo es Dios. Y a un solo Dios, por este escalón y por esta confesión, se refieren todas las cosas, puesto que el mundo entero toma su principio de Aquel de quien Dios mismo es el principio.
    Texto de la fuenteSínodo de Sirmio (351) · Fórmula contra Fotino (con veintisiete anatemas) · Sirmio, anatema XXVII (citado en el comentario)
    XXVII. «Una vez más fortalecemos la comprensión del cristianismo diciendo: Si alguno niega que Cristo, que es Dios e Hijo de Dios, existió antes de que comenzara el tiempo y asistió al Padre en la perfección de todas las cosas; y dice que solo desde el momento en que nació de María obtuvo el nombre de Cristo y de Hijo y un comienzo de su divinidad: sea anatema.»

    § 61

    61. La condena de aquella herejía, a causa de la cual se había celebrado el Sínodo, concluyó necesariamente con una explicación de toda la fe que se estaba combatiendo. Esta herejía afirmaba falsamente que el comienzo del Hijo de Dios databa de su nacimiento de María. Según la doctrina evangélica y apostólica, la piedra angular de nuestra fe es que nuestro Señor Jesucristo, que es Dios e Hijo de Dios, no puede ser separado del Padre en título, en poder, en diferencia de sustancia ni en intervalo de tiempo.

    Qué enseñan tantos credos (§§ 62–63)

    § 62

    62. Percibís que la verdad ha sido buscada por muchos caminos mediante el consejo y las opiniones de distintos obispos, y que el fundamento de sus pareceres ha quedado expuesto en las declaraciones separadas consignadas en este credo. Cada punto particular de aserción herética ha sido refutado con éxito. El Dios infinito e ilimitado no puede hacerse comprensible con unas pocas palabras del habla humana. La brevedad a menudo engaña tanto al que aprende como al que enseña, y un discurso concentrado o hace que un asunto no se entienda, o echa a perder el sentido de un argumento cuando algo se insinúa y no se prueba con plena demostración. Los obispos lo comprendieron perfectamente, y por eso han empleado, con propósito de enseñanza, muchas definiciones y profusión de palabras, para que la inteligencia ordinaria no encontrara dificultad, sino que sus oyentes quedaran saturados de la verdad así expresada de modos diversos, y para que, al tratar de las cosas divinas, estas definiciones adecuadas y múltiples no dejaran lugar ni al peligro ni a la oscuridad.

    § 63

    63. No debéis sorprenderos, hermanos amadísimos, de que recientemente se hayan escrito tantos credos. El frenesí de los herejes lo hace necesario. El peligro de las Iglesias orientales es tan grande que rara vez se encuentra un sacerdote o un laico que pertenezca a esta fe, de cuya ortodoxia podéis juzgar. Ciertos individuos han obrado tan mal que han apoyado al bando del mal, y la fuerza de los impíos se ha acrecentado con el exilio de algunos obispos, cuya causa ya conocéis. No hablo de sucesos lejanos ni escribo incidentes de los que nada sé: he oído y he visto las faltas que ahora tenemos que combatir. No son laicos, sino obispos, los culpables. Excepto el obispo Eleusio y sus pocos compañeros, la mayor parte de las diez provincias de Asia, en las que ahora me encuentro, verdaderamente no conocen a Dios. Ojalá nada supieran de Él, pues su ignorancia hallaría más pronto perdón que su detracción. Estos fieles obispos no callan en su dolor. Buscan la unidad de aquella fe de la que otros los han despojado hace tiempo. La necesidad de una exposición unida de esa fe se sintió por primera vez cuando Osius olvidó sus obras y palabras anteriores, y una herejía nueva, aunque ya supurante, estalló en Sirmio. De Osius no digo nada; dejo su conducta en segundo plano, no sea que el juicio de los hombres olvide lo que fue en otro tiempo. Pero por todas partes hay escándalos, cismas y traiciones. De ahí que algunos de los que antes habían escrito un credo se vieran obligados a firmar otro. No me quejo de estos sufridos obispos orientales: bastante fue que dieran al menos un asentimiento forzoso a la fe después de haber estado dispuestos antes a blasfemar. Tengo por motivo de congratulación que se encuentre un solo penitente entre obispos tan obstinados, blasfemos y heréticos. Pero vosotros, hermanos, gozáis de felicidad y gloria en el Señor, vosotros que entre tanto retenéis y confesáis con conciencia toda la fe apostólica, y hasta ahora habéis ignorado los credos escritos. No habéis necesitado la letra, porque abundabais en el espíritu. No precisasteis del oficio de una mano para escribir lo que creíais en vuestros corazones y profesabais para salvación. No os era necesario leer como obispos lo que sosteníais cuando erais recién convertidos. Pero la necesidad ha introducido la costumbre de exponer credos y firmar exposiciones. Donde la conciencia está en peligro, debemos usar la letra. Y no es malo escribir lo que es saludable confesar.

    Segunda parte (teológica): la fe de Hilario y la palabra «consustancial» (§§ 64–92)

    Hilario expone su propia fe (§§ 64–66)

    § 64

    64. Guardados siempre del engaño por el don del Espíritu Santo, confesamos y escribimos por voluntad propia que no hay dos dioses, sino un solo Dios; y no por eso negamos que el Hijo de Dios sea también Dios; pues Él es Dios de Dios. Negamos que haya dos innascibles, porque Dios es uno por la prerrogativa de ser innascible; y no se sigue que el No engendrado no sea Dios, pues su fuente es la sustancia no nacida. No hay una sola Persona subsistente, sino una sustancia similar en ambas Personas. No hay un solo nombre de Dios aplicado a naturalezas desemejantes, sino una esencia enteramente similar que pertenece a un solo nombre y a una sola naturaleza. Uno no es superior al otro por razón del género de su sustancia, sino que uno está sujeto al otro porque ha nacido del otro. El Padre es mayor porque es Padre, y el Hijo no es menor porque es Hijo. La diferencia está en el significado del nombre, no en la naturaleza. Confesamos que el Padre no está afectado por el tiempo, pero no negamos que el Hijo sea igualmente eterno. Afirmamos que el Padre está en el Hijo porque el Hijo no tiene en Sí nada desemejante al Padre; confesamos que el Hijo está en el Padre porque la existencia del Hijo no procede de otra fuente. Reconocemos que su naturaleza es mutua y similar porque es igual; no pensamos que sean una sola Persona porque son uno; declaramos que son uno por la semejanza de una naturaleza idéntica, de tal manera que, no obstante, no son una sola Persona.

    § 65

    65. Os he expuesto, hermanos amadísimos, mi fe en nuestra fe común hasta donde lo ha permitido nuestro acostumbrado lenguaje humano y el Señor, a quien siempre he rogado —Él me es testigo— me ha dado poder. Si he dicho demasiado poco, más aún, si no he dicho casi nada, os pido que recordéis que no es la fe, sino las palabras, lo que falta. Quizá demuestre con ello que mi naturaleza humana, aunque no mi voluntad, es débil; y perdono a mi naturaleza humana si no puede hablar de Dios como quisiera, pues para su salvación le basta haber creído las cosas de Dios.

    § 66

    66. Puesto que vuestra fe y la mía, por lo que alcanzo, no corren peligro ante Dios, y os he mostrado, como deseabais, los credos expuestos por los obispos orientales (aunque repito que fueron pocos en número, pues, considerando cuán numerosas son las Iglesias orientales, esa fe es sostenida por pocos), también he declarado mis propias convicciones acerca de las cosas divinas, según la doctrina de los apóstoles. Os queda investigar sin sospecha los puntos que extravían el ánimo incauto de nuestras mentes sencillas, pues ya no queda ocasión de oír. Y aunque ya no temeré que no se pronuncie sentencia sobre mí conforme a toda la exposición del credo, os pido que me permitáis expresar el deseo de que no se pronuncie sentencia hasta que la exposición esté realmente terminada.

    Lo que «consustancial» no debe significar (§§ 67–71)

    § 67

    67. Muchos de nosotros, hermanos amadísimos, declaramos que la sustancia del Padre y del Hijo es una sola con tal espíritu que considero tal afirmación tan equivocada como acertada. La expresión contiene a la vez una convicción de conciencia y la ocasión de engaño. Si afirmamos la sustancia única, entendiendo por ella la semejanza de cualidades naturales y una semejanza tal que incluya no solo la especie, sino también el género, la afirmamos con espíritu verdaderamente religioso, a condición de que creamos que la sustancia única significa una similitud de cualidades tal que la unidad no sea la unidad de una mónada, sino de iguales. Por igualdad entiendo una semejanza exacta, de modo que la semejanza pueda llamarse igualdad, a condición de que la igualdad implique unidad porque implica un par igual, y que la unidad que implica un par igual no se tuerza para significar una sola Persona. Por tanto, la sustancia única se afirmará piadosamente si no suprime la personalidad subsistente ni divide la sustancia única en dos, pues su sustancia, por el verdadero carácter del nacimiento del Hijo y por su semejanza natural, está tan libre de diferencia que se la llama una.

    § 68

    68. Pero si atribuimos una sustancia al Padre y al Hijo para enseñar que hay una existencia personal solitaria aunque denotada por dos títulos, entonces, aunque confesemos al Hijo con los labios, no lo guardamos en el corazón, pues al confesar una sustancia decimos entonces realmente que el Padre y el Hijo constituyen una sola Persona indiferenciada. Más aún, surge de inmediato la ocasión de la creencia errónea de que el Padre está dividido y de que cortó una porción de Sí mismo para que fuera su Hijo. Eso es lo que quieren decir los herejes cuando dicen que la sustancia es una; y la terminología de nuestra buena confesión les complace tanto que ayuda a la herejía cuando la palabra [ὁμοούσιος] se deja sola, indefinida y ambigua. Hay también un tercer error. Cuando se dice que el Padre y el Hijo son de una sola sustancia, se piensa que ello implica una sustancia previa, que poseen las dos Personas iguales. Por consiguiente, la palabra implica tres cosas: una sustancia original y dos Personas, que son, por así decirlo, coherederas de esta única sustancia. Pues así como dos coherederos son dos, y la herencia de la que son coherederos es anterior a ellos, así las dos Personas iguales podrían parecer partícipes de una sustancia anterior. La afirmación de la una sustancia del Padre y del Hijo significa o bien que hay una sola Persona que tiene dos títulos, o bien una sustancia dividida que ha producido dos sustancias imperfectas, o bien que hay una tercera sustancia previa que ha sido usurpada y asumida por dos, y que se llama una porque era una antes de ser escindida en dos. ¿Dónde queda entonces lugar para el nacimiento del Hijo? ¿Dónde están el Padre o el Hijo, si estos nombres se explican no por el nacimiento de la naturaleza divina, sino por una escisión o reparto de una sustancia anterior?

    § 69

    69. Por tanto, en medio de los numerosos peligros que amenazan la fe, la brevedad de las palabras debe emplearse con moderación, no sea que lo que se piensa piadosamente se considere expresado impíamente, y se juzgue culpable a una palabra de ocasionar herejía cuando ha sido usada con inocencia consciente e insospechada. Un católico que va a afirmar que la sustancia del Padre y del Hijo es una no debe empezar por ese punto, ni tener esta palabra por tan importante como si no existiera fe verdadera donde no se usa. Estará seguro al afirmar la una sustancia si primero ha dicho que el Padre es no engendrado, que el Hijo ha nacido, que Él obtiene su subsistencia personal del Padre, que es semejante al Padre en poder, honor y naturaleza, que está sujeto al Padre como al Autor de su ser, que no cometió rapiña al hacerse igual a Dios, en cuya forma permaneció, que fue obediente hasta la muerte. No brotó de la nada, sino que nació. No es innascible, sino igualmente eterno. No es el Padre, sino el Hijo engendrado de Él. No es una porción de Dios, sino Dios entero. No es Él mismo la fuente, sino la imagen; la imagen de Dios nacida de Dios para ser Dios. No es una criatura, sino Dios. No otro Dios en el género de su sustancia, sino el único Dios en virtud de la esencia de su sustancia exactamente semejante. Dios no es uno en Persona, sino en naturaleza, pues el Nacido y el Engendrador no tienen nada diferente o desemejante. Después de decir todo esto, no yerra al declarar una sola sustancia del Padre y del Hijo. Más aún, si ahora niega la una sustancia, peca.

    § 70

    70. Por tanto, nadie piense que nuestras palabras pretendían negar la una sustancia. Estamos dando la razón misma por la cual no debe negarse. Nadie piense que la palabra debe usarse por sí sola y sin explicación. De lo contrario, la palabra [ὁμοούσιος] no se usa con espíritu religioso. No podré tolerar oír que Cristo nació de María, si no oigo también: En el principio era el Verbo, y el Verbo era Dios. [] No podré oír que Cristo tuvo hambre, si no oigo que, después de su ayuno de cuarenta días, dijo: No solo de pan vive el hombre. [] No podré oír que tuvo sed, si no oigo también: El que beba del agua que yo le daré no tendrá sed jamás. [] No podré oír que Cristo sufrió, si no oigo: Ha llegado la hora de que el Hijo del hombre sea glorificado. No podré oír que murió, si no oigo que resucitó. No presentemos ningún punto aislado de los divinos misterios para despertar las sospechas de nuestros oyentes y dar ocasión a los blasfemos. Debemos predicar primero el nacimiento y la subordinación del Hijo y la semejanza de su naturaleza, y luego podremos predicar piadosamente que el Padre y el Hijo son de una sola sustancia. Personalmente no entiendo por qué deberíamos predicar ante todo, como la doctrina más valiosa e importante y suficiente en sí misma, una verdad que no puede predicarse piadosamente antes que otras verdades, aunque sea impío negarla después de ellas.

    § 71

    71. Hermanos amadísimos, no debemos negar que hay una sola sustancia del Padre y del Hijo, pero no debemos declararla sin dar nuestras razones. La sustancia una debe derivarse del verdadero carácter de la naturaleza engendrada, no de división alguna, ni de confusión de Personas, ni de participación en una sustancia anterior. Puede ser correcto afirmar la sustancia una, y puede ser correcto guardar silencio acerca de ella. Creéis en el nacimiento y creéis en la semejanza. ¿Por qué habría de causar la palabra sospechas mutuas, cuando vemos el hecho del mismo modo? Creamos y digamos que hay una sola sustancia, pero en virtud del verdadero carácter de la naturaleza, y no para implicar una unidad blasfema de Personas. Que la unidad se deba a que hay Personas semejantes, y no a una Persona solitaria.

    «Semejante» y «consustancial» (§§ 72–77)

    § 72

    72. Pero acaso la palabra semejanza no parezca del todo apropiada. Si es así, pregunto cómo puedo expresar la igualdad de una Persona con la otra sino mediante tal palabra. ¿O es que ser semejante no es lo mismo que ser igual? Si digo que la naturaleza divina es una, se sospecha que quiero decir que es indiferenciada; si digo que las Personas son semejantes, quiero decir que comparo lo que es exactamente igual. Pregunto qué posición ocupa igual entre semejante y ¿uno? Indago si significa semejanza más bien que singularidad. La igualdad no existe entre cosas desemejantes, ni la semejanza existe en uno solo. ¿Cuál es la diferencia entre las cosas semejantes y las iguales? ¿Puede distinguirse un igual del otro? Así, los que son iguales no son desemejantes. Si, pues, los que son desemejantes no son iguales, ¿qué pueden ser los que son semejantes sino iguales?

    § 73

    73. Por tanto, hermanos amadísimos, al declarar que el Hijo es semejante en todo al Padre, no declaramos otra cosa sino que es igual. Semejanza significa igualdad perfecta, y este hecho podemos recogerlo de las Santas Escrituras: Y vivió Adán doscientos treinta años, y engendró un hijo a su imagen y conforme a su semejanza, y llamó su nombre Set. [] Pregunto cuál era la naturaleza de aquella semejanza e imagen que Adán engendró en Set. Apartad las flaquezas corporales, apartad la primera etapa de la concepción, apartad los dolores del parto y toda clase de necesidad humana. Pregunto si esta semejanza que existe en Set difiere en naturaleza del autor de su ser, o si había en cada uno una esencia de género diferente, de modo que Set no tuviera al nacer la esencia natural de Adán. Más aún, tenía semejanza con Adán, aunque lo neguemos, porque su naturaleza no era diferente. Esta semejanza de naturaleza en Set no se debía a una naturaleza de género diferente, puesto que Set fue engendrado de un solo padre; así vemos que una semejanza de naturaleza hace iguales las cosas, porque esta semejanza denota una esencia exactamente semejante. Por tanto, todo hijo, en virtud de su nacimiento natural, es igual a su padre, en cuanto que tiene una semejanza natural con él. Y respecto de la naturaleza del Padre y del Hijo, el bienaventurado Juan enseña la misma semejanza que Moisés dice que existió entre Set y Adán, una semejanza que es esta igualdad de naturaleza. Dice: Por eso los judíos procuraban con más empeño matarlo, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios. [] ¿Por qué permitimos que mentes embotadas por el peso del pecado interfieran en las doctrinas y dichos de hombres tan santos, e impíamente opongamos nuestros sentidos temerarios aunque lentos a sus inexpugnables afirmaciones? Según Moisés, Set es la semejanza de Adán; según Juan, el Hijo es igual al Padre; y, sin embargo, buscamos hallar una tercera cosa imposible entre el Padre y el Hijo. Él es semejante al Padre, es el Hijo del Padre, ha nacido de Él: este solo hecho justifica la afirmación de que son uno.

    § 74

    74. Sé, amadísimos hermanos, que hay algunos que confiesan la semejanza, pero niegan la igualdad. Que digan lo que quieran e introduzcan el veneno de su blasfemia en oídos ignorantes. Si dicen que hay diferencia entre semejanza e igualdad, pregunto de dónde puede obtenerse la igualdad. Si el Hijo es semejante al Padre en esencia, poder, gloria y eternidad, pregunto por qué rehúsan decir que es igual. En el credo anterior se pronunció anatema contra todo hombre que dijera que el Padre era Padre de una esencia desemejante a Sí mismo. Por tanto, si dio a Aquel a quien engendró sin menoscabo propio una naturaleza que no era ni otra ni diferente, no pudo darle otra que la suya. La semejanza, pues, es la participación de lo que es propio, la participación de lo propio es igualdad, y la igualdad no admite diferencia alguna. Las cosas que en nada difieren son una. Así, el Padre y el Hijo son uno, no por unidad de Persona, sino por igualdad de naturaleza.

    § 75

    75. Aunque la convicción general y la autoridad divina no sancionan diferencia alguna entre semejanza e igualdad, puesto que tanto Moisés como Juan nos llevan a creer que el Hijo es semejante al Padre y también su igual, consideremos sin embargo si el Señor, cuando los judíos se enojaron contra Él por llamar a Dios su Padre y hacerse así igual a Dios, no enseñó Él mismo que era igual a Dios. Dice: El Hijo no puede hacer nada por Sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. [] Mostró que el Padre es el origen al decir no puede hacer nada por Sí mismo; llama la atención sobre su propia obediencia al añadir sino lo que ve hacer al Padre. No hay diferencia de poder: dice que no puede hacer nada que no vea, porque es su naturaleza, y no su vista, la que le da poder. Pero su obediencia consiste en que solo puede cuando ve. Y así, por el hecho de tener poder cuando ve, muestra que no obtiene poder viendo, sino que reclama el poder en virtud de lo que ve. La fuerza natural no difiere en el Padre y en el Hijo; la igualdad de poder del Hijo con el Padre no se debe a ningún aumento o progreso de la naturaleza del Hijo, sino al ejemplo del Padre. En fin, aquel honor que la sujeción del Hijo reservaba para el Padre pertenece igualmente al Hijo en virtud de su naturaleza. Él mismo añadió: Todo lo que Él hace, esto también lo hace el Hijo de igual manera. [] Luego, ciertamente, la semejanza implica igualdad. Sin duda la implica, aunque lo neguemos: porque también el Hijo hace esto de igual manera. ¿Acaso las cosas hechas de igual manera no son las mismas? ¿O no admiten igualdad las mismas cosas? ¿Hay alguna otra diferencia entre semejanza e igualdad, cuando se entiende que las cosas hechas de igual manera son hechas las mismas? A no ser que acaso alguien niegue que las mismas cosas son iguales, o niegue que las cosas semejantes son iguales, pues las cosas que se hacen de manera semejante no solo se declaran iguales, sino las mismas cosas.

    § 76

    76. Por tanto, hermanos, la semejanza de naturaleza no puede ser atacada por cavilación alguna, y no puede decirse que al Hijo le falten las verdaderas cualidades de la naturaleza del Padre porque es semejante a Él. No existe verdadera semejanza donde no hay igualdad de naturaleza, y la igualdad de naturaleza no puede existir si no implica unidad, no unidad de persona, sino de género. Es recto creer, religioso sentir y saludable confesar que no negamos que la sustancia del Padre y del Hijo es una porque es similar, y que es similar porque son una.

    § 77

    77. Amados, después de explicar de manera fiel y piadosa el significado de las expresiones una sola sustancia, en griego [ὁμοούσιον], y sustancia similar o [ὁμοιούσιον], y de mostrar muy completamente los defectos que pueden surgir de una brevedad engañosa o de una peligrosa simplicidad de lenguaje, solo me queda dirigirme a los santos obispos de Oriente. Ya no tenemos sospechas mutuas acerca de nuestra fe, y las que antes se debían a mero malentendido se están disipando. Me perdonarán si paso a hablarles con cierta libertad sobre la base de nuestra fe común.

    A los obispos orientales (§§ 78–80)

    § 78

    78. Vosotros, que habéis comenzado a anhelar la doctrina apostólica y evangélica, encendidos por el fuego de la fe en medio de las densas tinieblas de una noche de herejía, ¿con cuán grande esperanza de hacer volver la fe verdadera nos habéis inspirado al refrenar constantemente el audaz ataque de la infidelidad! En tiempos pasados era solo en rincones oscuros donde se negaba que nuestro Señor Jesucristo fuera Hijo de Dios según su naturaleza, y se afirmaba que no tenía parte en la esencia del Padre, sino que, como las criaturas, había recibido su origen de las cosas que no son. Pero ahora la herejía irrumpe apoyada por la autoridad civil, y lo que antes murmuraba en secreto lo ha ostentado últimamente en triunfo abierto. Mientras que en tiempos pasados intentó infiltrarse en la Iglesia Católica por minas secretas, ahora ha desplegado todo el poder de este mundo en las maneras zalameras de una religión falsa. Pues la perversidad de estos hombres ha sido tan audaz que, no atreviéndose a predicar públicamente esta doctrina, engañaron al Emperador para que les diera audiencia. Porque engañaron tan eficazmente a un soberano ignorante que, aunque estaba ocupado en la guerra, expuso su credo infiel y, antes de ser regenerado por el bautismo, impuso una forma de fe a las iglesias. A los obispos que se oponían los enviaron al exilio. También a mí me empujaron a desear el exilio, al intentar forzarme a cometer blasfemia. ¡Que sea yo siempre desterrado, con tal de que la verdad vuelva a predicarse! Doy gracias a Dios de que el Emperador, gracias a vuestras advertencias, reconociera su ignorancia y, mediante estas vuestras definiciones de fe, llegara a reconocer un error que no era suyo sino de sus consejeros. Se liberó del reproche de impiedad ante los ojos de Dios y de los hombres, cuando recibió respetuosamente vuestra embajada y, después de que hubierais obtenido de él una confesión de su ignorancia, mostró que conocía la hipocresía de los hombres cuya influencia lo había hecho caer bajo ese reproche.

    § 79

    79. Estos son engañadores, temo y creo que son engañadores, amadísimos hermanos; pues siempre han engañado. Este mismo documento está marcado por la hipocresía. Se excusan de haber deseado silencio acerca de [ὁμοούσιον] y [ὁμοιούσιον] con el pretexto de que enseñaban que el significado de las palabras era idéntico. Obispos rústicos, sin duda, y sin letra en el significado de [ὁμοιούσιον]: como si nunca hubiera habido concilio alguno sobre el asunto, ni disputa alguna. Pero supongamos que no sabían qué era [ὁμοούσιον], o que realmente ignoraban que [ὁμοιούσιον] significaba de esencia semejante. Concedido que ignoraran esto, ¿por qué deseaban ignorar la generación del Hijo? Si no puede expresarse con palabras, ¿es por tanto incognoscible? Pero si no podemos saber cómo nació, ¿podemos rehusar saber siquiera esto: que Dios Hijo, no habiendo nacido de otra sustancia sino de Dios, no tiene una esencia diferente de la del Padre? ¿No han leído que el Hijo ha de ser honrado así como el Padre, y prefieren al Padre en honor? ¿Ignoraban que el Padre es visto en el Hijo, y hacen al Hijo diferir en dignidad, esplendor y majestad? ¿Se debe esto a ignorancia de que el Hijo, como todas las demás cosas, está sujeto al Padre, y que estando así sujeto no se distingue de ellas? Existe una distinción, pues la sujeción del Hijo es reverencia filial; la sujeción de todas las demás cosas es la debilidad de las cosas creadas. Sabían que Él sufrió, pero ¿cuándo, pregunto, llegaron a saber que Él sufrió conjuntamente? Evitan las palabras [ὁμοούσιον] y [ὁμοιούσιον] porque no están en la Escritura: pregunto de dónde sacaron que el Hijo sufrió conjuntamente. ¿Pueden querer decir que hubo dos Personas que sufrieron? Esto es lo que la palabra nos lleva a creer. ¿Qué hay de aquellas palabras, Jesucristo el Hijo de Dios? ¿Es Jesucristo uno, y el Hijo de Dios otro? Si el Hijo de Dios no es uno y el mismo interior y exteriormente, si la ignorancia sobre tal punto es permisible, entonces creed que ignoraban el significado de [ὁμοούσιον]. Pero si en estos puntos la ignorancia conduce a la blasfemia y, sin embargo, no puede hallar ni siquiera una excusa falsa, temo que mintieron al profesar ignorancia de la palabra [ὁμοιούσιον]. No me quejo en gran manera del perdón que les extendisteis; es reverente reservar a Dios sus propias prerrogativas, y los errores de ignorancia no son sino humanos. Pero los dos obispos, Ursacio y Valente, deben perdonarme por no creer que a su edad y con su experiencia ignoraran realmente. Es muy difícil no pensar que mienten, viendo que solo mediante una falsedad pueden exculparse de otra cosa. Pero concédame Dios más bien que yo me equivoque a que ellos supieran realmente. Pues preferiría ser juzgado yo como equivocado antes que vuestra fe se contaminara con la comunión de la culpa de la herejía.

    § 80

    80. Ahora os ruego, santos hermanos, que escuchéis mis ansiedades con indulgencia. El Señor me es testigo de que en ningún asunto deseo criticar las definiciones de vuestra fe, que llevasteis a Sirmio. Pero perdonadme si no entiendo ciertos puntos; me consolaré con el recuerdo de que los espíritus de los profetas están sujetos a los profetas. [] Quizá no sea presuntuoso al deducir de esto que yo también puedo entender algo que otro no sabe. No es que me haya atrevido a insinuar que vosotros ignoráis algo según la medida del conocimiento: pero, por la unidad de la fe católica, permitidme estar tan ansioso como vosotros.

    La carta de Ancira y la palabra de Nicea (§§ 81–91)

    § 81

    81. Vuestra carta sobre el significado de [ὁμοούσιον] y [ὁμοιούσιον], que Valente, Ursacio y Germinio exigieron que se leyera en Sirmio, entiendo que fue en ciertos puntos no menos cauta que franca. Y en cuanto a [ὁμοούσιον] y [ὁμοιούσιον], vuestra demostración no ha dejado ninguna dificultad sin tocar. En cuanto a esta última, que implica la semejanza de esencia, nuestras opiniones son las mismas. Pero al tratar del [ὁμοούσιον], o la esencia única, declarasteis que debía rechazarse porque el uso de esta palabra llevaba a la idea de que había una sustancia previa que dos Personas se habían repartido entre sí. Veo el defecto en esa manera de tomarla. Cualquier sentido así es profano y debe ser rechazado por la decisión común de la Iglesia. La segunda razón que añadisteis fue que nuestros padres, cuando Pablo de Samosata fue declarado hereje, también rechazaron la palabra [ὁμοούσιον], sobre la base de que, al atribuir este título a Dios, había enseñado que Él era único e indiferenciado, y a la vez Padre e Hijo para Sí mismo. Por lo cual la Iglesia sigue considerando sumamente profano excluir las diferentes cualidades personales y, bajo la máscara de las expresiones antedichas, revivir el error de confundir las Personas y negar las distinciones personales en la Divinidad. En tercer lugar mencionasteis esta razón para desaprobar el [ὁμοούσιον]: que en el Concilio de Nicea nuestros padres se vieron obligados a adoptar la palabra a causa de quienes decían que el Hijo era una criatura; aunque no debería aceptarse, porque no se encuentra en la Escritura. Que digáis esto me causa cierta extrañeza. Pues si la palabra [ὁμοούσιον] debe repudiarse a causa de su novedad, me temo que la palabra [ὁμοιούσιον], que está igualmente ausente de la Escritura, corre algún peligro.

    § 82

    82. Pero no soy innecesariamente crítico en este punto. Pues preferiría usar una expresión nueva que cometer pecado rechazándola. Así, pues, dejaremos de lado esta cuestión de innovación y veremos si la verdadera cuestión no se reduce a algo que todos nuestros hermanos cristianos condenan unánimemente. ¿Qué hombre en sus cabales declarará jamás que hay una tercera sustancia, común tanto al Padre como al Hijo? ¿Y quién, renacido en Cristo y habiendo confesado tanto al Hijo como al Padre, seguirá al de Samosata confesando que Cristo es para Sí mismo a la vez Padre e Hijo? Así, al condenar las blasfemias de los herejes, mantenemos la misma opinión, y tal interpretación de [ὁμοούσιον] no solo la rechazamos, sino que la odiamos. La cuestión de una interpretación errónea termina cuando acordamos condenar el error.

    § 83

    83. Pero cuando por fin paso a hablar del tercer punto, os ruego que no haya conflicto de sospechas donde hay paz en el corazón. No penséis que yo propondría nada perjudicial para el progreso de la unidad. Pues es absurdo temer cavilación acerca de una palabra cuando el hecho expresado por la palabra no presenta dificultad. ¿Quién objeta el hecho de que el Concilio de Nicea adoptara la palabra ὁμοούσιον necesariamente, como su rechazo por los arrianos? Los arrianos rechazaron la palabra, para que no se afirmara que Dios Hijo nació de la sustancia de Dios Padre, sino que fue formado de la nada, como las criaturas. No es cosa nueva esto que digo. La perfidia de los arrianos se encuentra en muchas de sus cartas y es su propio testigo. Si la impiedad de la negación dio entonces un sentido piadoso a la afirmación, pregunto por qué hemos de criticar ahora una palabra que fue rectamente adoptada entonces porque fue injustamente negada. Si fue rectamente adoptada, ¿por qué, después de sostener lo recto, ha de ser llamada a dar cuentas aquella que extinguió lo injusto? Habiendo sido usada como instrumento del mal, llegó a ser instrumento del bien.

    § 84

    84. Veamos, por tanto, qué pretendía el Concilio de Nicea al decir [ὁμοούσιον], es decir, de una sola sustancia: ciertamente no incubar la herejía que surge de una interpretación errónea de [ὁμοούσιον]. No creo que el Concilio diga que el Padre y el Hijo dividieron y compartieron una sustancia previamente existente para hacerla suya. No será adverso a la religión insertar en nuestro argumento el credo que entonces se compuso para preservar la religión.
    Texto de la fuenteConcilio de Nicea (325) · Símbolo niceno (según Hilario) · § 84, símbolo
    Creemos en un solo Dios Padre omnipotente, Hacedor de todas las cosas visibles e invisibles:
    Y en un solo Señor nuestro Jesucristo, el Hijo de Dios, nacido del Padre, Unigénito, es decir, de la sustancia del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, nacido, no creado, de una sola sustancia con el Padre (que en griego llaman [ὁμοούσιον]); por quien todas las cosas fueron hechas, las que están en el cielo y en la tierra, quien por nuestra salvación descendió, y se encarnó, y se hizo hombre, y padeció, y resucitó al tercer día, y subió al cielo, y ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos.
    Y en el Espíritu Santo.
    «Pero a los que dicen: Hubo un tiempo en que no existía, y antes de nacer no existía, y que fue hecho de cosas que no existían, o de otra sustancia y esencia, diciendo que Dios era capaz de cambiar y alterarse, a estos la Iglesia Católica dice anatema.»

    § 84 (cont.)

    Aquí el Santo Concilio de hombres religiosos no introduce ninguna sustancia previa dividida entre dos Personas, sino al Hijo nacido de la sustancia del Padre. ¿Acaso nosotros negamos o confesamos algo distinto? Y después de otras explicaciones de nuestra fe común, dice: Nacido, no creado, de una sola sustancia con el Padre (que en griego llaman [ὁμοούσιον]). ¿Qué ocasión hay aquí para una interpretación errónea? Se declara que el Hijo nació de la sustancia del Padre, no que fue hecho: no sea que, mientras la palabra nacido implica su divinidad, la palabra hecho implique que es una criatura. Por la misma razón tenemos de una sola sustancia, no para enseñar que hay una única Persona divina solitaria, sino que el Hijo nace de la sustancia de Dios y no subsiste de ninguna otra fuente, ni en diversidad alguna causada por una diferencia de sustancia. Sin duda, de nuevo esta es nuestra fe: que subsiste de ninguna otra fuente, y no es desemejante al Padre. ¿No es aquí el significado de la palabra [ὁμοούσιον] que el Hijo es producido de la naturaleza del Padre, no teniendo la esencia del Hijo otro origen, y que ambos, por tanto, tienen una esencia invariable? Como la esencia del Hijo no tiene otro origen, podemos creer rectamente que ambos son de una sola esencia, puesto que el Hijo no pudo nacer con otra sustancia sino aquella derivada de la naturaleza del Padre, que fue su fuente.

    § 85

    Pero quizás se diga en el lado contrario que debería merecer desaprobación, porque generalmente se le da una interpretación errónea. Si tal es nuestro temor, deberíamos borrar las palabras del Apóstol, Hay un solo Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús [], porque Fotino las usa para apoyar su herejía, y negarnos a leerlas porque las interpreta con malicia. Y el fuego o la esponja deberían aniquilar la Epístola a los Filipenses, no sea que Marción lea de nuevo en ella, Y fue hallado en condición de hombre [], y diga que el cuerpo de Cristo era solo un fantasma y no un cuerpo. ¡Fuera con el Evangelio de Juan, no sea que Sabelio aprenda de él, Yo y el Padre somos uno []! Ni deben los que ahora afirman que el Hijo es una criatura encontrar escrito, El Padre es mayor que yo. Ni deben los que desean declarar que el Hijo es desemejante al Padre leer: Pero de aquel día y hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre []. Debemos prescindir, también, de los libros de Moisés, no sea que las tinieblas se piensen coetáneas con Dios que habita en la luz no nacida, puesto que en el Génesis el día comenzó a ser después de la noche; no sea que los años de Matusalén se extiendan más allá de la fecha del diluvio, y por consiguiente se salvaran más de ocho almas; no sea que Dios, oyendo el clamor de Sodoma cuando la medida de sus pecados estaba llena, descendiera como ignorante del clamor para ver si la medida de sus pecados estaba llena según el clamor, y se hallara ignorante de lo que sabía; no sea que alguno de los que sepultaron a Moisés hubiera conocido su sepulcro cuando fue sepultado; no sea que estos pasajes, como piensan los herejes, probaran que las contradicciones de la ley la hacen enemiga de sí misma. Así que, como no los entienden, no deberíamos leerlos. Y aunque yo mismo no lo habría dicho si no me forzara el argumento, debemos, si parece bien, abolir todos los divinos y santos Evangelios con su mensaje de nuestra salvación, no sea que sus afirmaciones se encuentren inconsistentes; no sea que leamos que el Señor que había de enviar el Espíritu Santo nació Él mismo del Espíritu Santo; no sea que Aquel que había de amenazar con muerte por espada a los que tomaran la espada, antes de su pasión mandara que se trajera una espada; no sea que Aquel que estaba a punto de descender al infierno dijera que estaría en el paraíso con el ladrón; no sea, finalmente, que se hallara falta en los Apóstoles, en que cuando se les mandó bautizar en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, bautizaran solo en el nombre de Jesús. Os hablo a vosotros, hermanos, a vosotros, que ya no os alimentáis con leche, sino con alimento sólido, y sois fuertes []. ¿Acaso porque los sabios del mundo no han entendido estas cosas, y les son necedad, seremos sabios como el mundo es sabio y creeremos estas cosas necias? ¿Porque están ocultas a los impíos, nos negaremos a brillar con la verdad de una doctrina que entendemos? Perjudicamos la causa de las doctrinas divinas cuando pensamos que no deberían existir, porque algunos no las consideran santas. Si es así, no debemos gloriarnos en la cruz de Cristo, porque es tropiezo para el mundo; y no debemos predicar la muerte en relación con el Dios vivo, no sea que los impíos argumenten que Dios ha muerto.

    § 86

    Algunos entienden mal [ὁμοούσιον]; ¿eso me impide a mí entenderlo? El samosatense se equivocó al usar la palabra [ὁμοούσιον]; ¿eso hace que los arrianos tengan razón al negarla? Ochenta obispos la rechazaron una vez; pero trescientos dieciocho la aceptaron recientemente. Y por mi parte creo que el número es sagrado, pues con tal número Abraham venció a los reyes malvados, y fue bendecido por Aquel que es tipo del sacerdocio eterno. Los primeros la desaprobaron para oponerse a un hereje: los segundos ciertamente la aprobaron para oponerse a un hereje. La autoridad de los padres es pesada, ¿es trivial la santidad de sus sucesores? Si sus opiniones fueran contradictorias, deberíamos decidir cuál es la mejor: pero si tanto su aprobación como su desaprobación establecieron el mismo hecho, ¿por qué criticamos tan buenas decisiones?
    Comentario editorial · Pablo de Samosata y la palabra «consustancial»
    Hilario opone los ochenta obispos que rechazaron «consustancial» a los trescientos dieciocho de Nicea que la aceptaron. La Enciclopedia Católica cuenta que el concilio de Antioquía contra Pablo de Samosata (entre 264 y 272, según el artículo) parece haber rechazado el término; Atanasio y Basilio lo explican porque Pablo lo entendía como «de sustancia igual o semejante», pero Hilario dice que Pablo mismo lo admitía en sentido sabeliano, «de la misma sustancia o persona», y así obligó al concilio a concederle su uso. Wikipedia habla de setenta obispos, presbíteros y diáconos, en 269, y da a Pablo en Antioquía de 260 a 268.

    § 87

    Pero quizás responderéis: 'Algunos de los que entonces estuvieron presentes en Nicea han decretado ahora que debemos guardar silencio sobre la palabra [ὁμοούσιον].' Contra mi voluntad debo responder: ¿No decretan los mismos hombres que debemos guardar silencio sobre la palabra [ὁμοιούσιον]? Os ruego que no se halle entre ellos nadie sino Osio, ese anciano que ama demasiado una tumba pacífica, que piense que debemos guardar silencio sobre ambas. En medio del furor de los herejes, ¿en qué aprietos caeremos al fin, si mientras no aceptamos ambas, no conservamos ninguna? Pues no parece haber impiedad en decir que, puesto que ninguna se encuentra en la Escritura, debemos confesar o ambas o ninguna.

    § 88

    Santos hermanos, entiendo por [ὁμοούσιον] Dios de Dios, no de una esencia desemejante, no dividido sino nacido, y que el Hijo tiene un nacimiento que es único, de la sustancia del Dios No Nacido, que es engendrado pero coeterno y totalmente semejante al Padre. Creí esto antes de conocer la palabra [ὁμοούσιον], pero ella ayudó grandemente a mi creencia. ¿Por qué condenáis mi fe cuando la expreso con [ὁμοούσιον], mientras no podéis desaprobarla cuando se expresa con [ὁμοιούσιον]? Porque condenáis mi fe, o más bien la vuestra, cuando condenáis su equivalente verbal. ¿La entienden mal otros? Unámonos en condenar el malentendido, pero no privemos a nuestra fe de su seguridad. ¿Pensáis que debemos suscribir el Concilio samosatense para impedir que alguien use [ὁμοούσιον] en el sentido de Pablo de Samosata? Entonces suscribamos también el Concilio de Nicea, para que los arrianos no impugnen la palabra. ¿Hemos de temer que [ὁμοιούσιον] no implique la misma creencia que [ὁμοούσιον]? Decretemos que no hay diferencia entre ser de una o de una sustancia similar. La palabra [ὁμοούσιον] puede entenderse en un sentido erróneo. Probemos que puede entenderse en un sentido muy bueno. Sostenemos una misma y única verdad sagrada. Os ruego que acordemos que esta verdad, que es una y la misma, sea considerada sagrada. Perdonadme, hermanos, como os lo he pedido tan a menudo. No sois arrianos: ¿por qué habríais de ser tenidos por arrianos al negar el [ὁμοούσιον]?

    § 89

    Pero decís: 'La ambigüedad de la palabra [ὁμοούσιον] me turba y me ofende.' Os ruego que me oigáis de nuevo y no os ofendáis. A mí me turba la insuficiencia de la palabra [ὁμοιούσιον]. Muchos engaños provienen de la semejanza. Desconfío de los vasos que solo están dorados, pues el metal de debajo puede engañarme; y, sin embargo, lo que se ve se parece al oro. Desconfío de todo lo que parezca leche, no sea que lo que me presenten sea leche, pero no leche de oveja: que la leche de vaca, desde luego, se le parece. La leche de oveja no puede parecerse de verdad a la leche de oveja si no es ordeñada de una oveja. La verdadera semejanza pertenece a una verdadera conexión natural. Pero cuando existe la verdadera conexión natural, el [ὁμοούσιον] está implicado. Es una semejanza según la esencia cuando una pieza de metal es como otra y no está dorada, si la leche que es del mismo color que otra leche no difiere en sabor. Nada puede ser como el oro sino el oro, o como la leche que no perteneciera a esa especie. A menudo me ha engañado el color del vino; y, sin embargo, al probar el licor he reconocido que era de otra clase. He visto carne parecerse a otra carne, pero después el sabor me ha revelado la diferencia. Sí, temo esas semejanzas que no se deben a una unidad de naturaleza.

    § 90

    Temo, hermanos, la camada de herejías que se producen sucesivamente en Oriente; y ya he leído lo que os digo que temo. No había nada en absoluto sospechoso en el documento que algunos de vosotros, con el asentimiento de ciertos orientales, llevasteis en vuestra embajada a Sirmio para que allí fuera suscrito. Pero ha surgido algún malentendido en referencia a ciertas declaraciones al principio que creo que vosotros, mis santos hermanos, Basilio, Eustacio y Eleusio, omitisteis mencionar para que no ofendieran. Si fue correcto redactarlas, fue incorrecto sepultarlas en silencio. Pero si ahora no se mencionan porque eran erróneas, debemos precavernos de que se repitan en algún momento futuro. Por consideración a vosotros hasta ahora no he dicho nada sobre esto; sin embargo, sabéis tan bien como yo que este credo no era idéntico al credo de Ancira. No estoy hablando de chismes: poseo una copia del credo, y no la obtuve de laicos, me la dieron obispos.

    § 91

    Os ruego, hermanos, que eliminéis toda sospecha y no dejéis ocasión para ella. Para aprobar [ὁμοιούσιον], no necesitamos desaprobar [ὁμοούσιον]. Pensemos en los muchos santos prelados que ahora descansan: ¿qué juicio pronunciará el Señor sobre nosotros si ahora les decimos anatema? ¿Cuál será nuestro caso si llevamos el asunto tan lejos como para negar que fueron obispos y así negar que nosotros mismos somos obispos? Fuimos ordenados por ellos y somos sus sucesores. Renunciemos a nuestro episcopado, si tomamos su oficio de hombres bajo anatema. Hermanos, perdonad mi angustia: es un acto impío lo que intentáis. No puedo soportar oír que se anatematice al hombre que dice [ὁμοούσιον] y lo dice en el sentido correcto. No se puede hallar falta en una palabra que no hace daño al significado de la religión. No conozco la palabra [ὁμοιούσιον], ni la entiendo, a menos que confiese una semejanza de esencia. Pongo por testigo al Dios del cielo y de la tierra, que cuando no había oído ninguna de las dos palabras, mi creencia era siempre tal que habría interpretado [ὁμοιούσιον] por [ὁμοούσιον]. Es decir, creía que nada podía ser similar según la naturaleza si no era de la misma naturaleza. Aunque regenerado hace mucho en el bautismo, y obispo desde hace algún tiempo, nunca oí del credo niceno hasta que iba al exilio, pero los Evangelios y las Epístolas me sugirieron el significado de [ὁμοούσιον] y [ὁμοιούσιον]. Nuestro deseo es sagrado. No condenemos a los padres, no alentemos a los herejes, no sea que mientras expulsamos una herejía, nutramos otra. Después del Concilio de Nicea nuestros padres interpretaron el debido significado de [ὁμοούσιον] con escrupuloso cuidado; los libros existen, los hechos están frescos en la mente de los hombres: si algo ha de añadirse a la interpretación, consultémonos entre nosotros. Entre nosotros podemos establecer cabalmente la fe, de modo que lo que ha sido bien asentado no necesite ser perturbado, y lo que ha sido malentendido pueda ser removido.

    Despedida (§ 92)

    § 92

    Amadísimos hermanos, he traspasado los límites de la cortesía, y olvidando mi modestia me he visto obligado por mi afecto hacia vosotros a escribir así sobre muchos asuntos abstrusos que hasta esta nuestra edad no habían sido intentados y permanecían en silencio. He dicho lo que yo mismo creo, consciente de que debía como servicio de soldado a la Iglesia enviaros, de acuerdo con la enseñanza del Evangelio, por estas cartas la voz del oficio que tengo en Cristo. Es vuestro discutir, proveer y actuar, para que la fidelidad inviolable en la que estáis la guardéis aún con corazones concienzudos, y para que continuéis sosteniendo lo que ahora sostenéis. Recordad mi exilio en vuestras santas oraciones. No sé, ahora que he expuesto así la fe, si sería tan dulce volver a vosotros en el Señor Jesucristo como sería lleno de paz morir. Que nuestro Dios y Señor os guarde puros y sin mancha hasta el día de su aparición es mi deseo, queridísimos hermanos.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el tratado

    El tratado no contentó a todos. Según la introducción del NPNF, no satisfizo ni al arriano genuino ni al violentamente ortodoxo: en las notas o fragmentos que se llaman la Apología de Hilario tuvo que aclarar que no había querido decir que los orientales hubieran expuesto en Ancira la fe verdadera, y que había mencionado «de esencia semejante» contra su voluntad. Wikipedia titula esa obra Apologetica ad reprehensores libri de synodis responsa y dice que contesta a quienes juzgaban que Hilario había sido demasiado indulgente con los arrianos. El editor inglés reconoce que su lectura de las fórmulas orientales habría sido imposible después del sínodo de Rímini, y que, dicho cuando se dijo, el argumento era «perdonable y correcto»; Watson añade que no conviene juzgar a Hilario solo por esta carta, porque el diplomático, por su afán de reconciliación, no es del todo justo con los hechos.
    La esperanza puesta en los orientales de Ancira no duró. Hilario asistió al concilio de Seleucia (septiembre de 359), donde triunfó, según Wikipedia, el partido «homeo»; Watson cuenta que en los dos últimos meses de ese año Constancio buscó un compromiso que alcanzara a todo el que no fuera arriano extremo y que los jefes homeos lo secundaron. Hilario volvió a su diócesis hacia 361 y empleó los primeros años en persuadir al clero de que la confesión homea encubría el subordinacionismo arriano; varios sínodos de las Galias condenaron entonces el credo de Rímini (Wikipedia). Atanasio estudia la misma crisis, con otros documentos y desde Alejandría, en Sobre los concilios de Rímini y Seleucia.
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