Premisa central
De Trinitate representa un esfuerzo del siglo IV por demostrar que el Hijo es Dios verdadero de Dios verdadero. A través de una exégesis profunda y una retórica solemne, Hilario invita al lector a abandonar las "fábulas" de la sabiduría mundana para descansar en el misterio de un Dios que es Padre e Hijo en una unidad inseparable de gloria y poder.
Hilario de Poitiers (c. 320–367/368 d.C.), primer obispo registrado de su sede y "Doctor de la Iglesia", es una figura bisagra en el cristianismo del siglo IV. Formado en la cultura retórica latina, su vida cambió radicalmente tras su conversión adulta y su posterior exilio en Frigia (356 d.C.) por orden del emperador Constancio. Fue en este destierro oriental donde Hilario se convirtió en un experto en la controversia trinitaria, actuando como un puente vital entre el pensamiento griego y el latín, ganándose el título del "Atanasio de Occidente" por su defensa incansable del Credo de Nicea.
Su obra cumbre, "Sobre la Trinidad" (De Trinitate), no es un mero tratado polémico, sino un ascentus por gradibus (ascenso por peldaños) diseñado para elevar el alma desde la precariedad de la lógica humana hacia el "puerto seguro" de la fe. El tratado se despliega en doce libros que responden a una estructura orgánica:
- El Despertar del Espíritu (Libro I): Hilario comienza cuestionando la beatitudo (felicidad) de los filósofos, la cual considera útil para la moral pero insuficiente para la eternidad. Describe su propia transición desde una vida dedicada al ocio y la opulencia —descrita como una existencia cercana al instinto animal (beluinae oblectationis)— hacia la revelación del nombre divino en el Éxodo: Ego sum qui sum.
- La Respuesta a la Crisis Arriana (Libros II-VI): Ante la tesis arriana que reduce al Hijo a una criatura perfecta pero creada de la nada, Hilario articula la doctrina de la natividad natural. Su argumento central es que el Hijo es Dios por naturaleza y no por adopción, nacido de la propia sustancia del Padre sin que este sufra disminución.
- La Consolidación Hermenéutica (Libros VII-XII): En la segunda mitad de la obra, Hilario establece su famosa "Regla de Oro": "el sentido de las palabras ha de tomarse a partir de las razones del hablar". Aquí refuta el modalismo sabeliano, que colapsa al Padre y al Hijo en un solo sujeto, defendiendo una unidad que es de naturaleza y no de "soledad" o confusión de personas.
Esta edición busca facilitar la lectura del tratado en español. Para contrastar la terminología latina puede consultarse Corpus Corporum, de la Universidad de Zúrich. Los comentarios de Eusebeia acompañan al texto y deben distinguirse de las palabras de Hilario.
Existe una traducción española de Luis F. Ladaria publicada por BAC. La versión presentada aquí no debe atribuirse a ese traductor. La consulta de una edición académica sigue siendo necesaria para resolver variantes y cuestiones filológicas.
Los libros siguientes no son una mera pila temática sino escalones doctrinales destinados a asentar al lector antes del «vértigo» del misterio y de la refutación de la vesania haereticorum:
| Libros | Función en el conjunto |
|---|---|
| I–III | Asentar los fundamentos de la fe cristiana: explora la unidad inseparable entre el Padre y el Hijo, poniendo especial énfasis en el sentido trinitario del bautismo y en la profundidad teológica del prólogo de san Juan. |
| IV–VI | Subrayar que no basta confesar un único Dios si se niega la verdadera divinidad del Hijo: Hilario muestra cómo la Ley y los Profetas demuestran que, sin reconocer a Cristo como Dios con idéntica naturaleza divina al Padre, la fe queda incompleta y la Iglesia pierde su base firme. |
| VII–IX | Defender la integridad de la naturaleza divina encarnada, aclarando malentendidos provocados por relatos históricos y la mediación sacramental, siempre manteniendo clara la distinción de personas sin confundirlas. |
| X–XII | Culminar la doctrina cristológica: afirmar que la pasión de Cristo es verdaderamente divina, refutando el lema arriano Erat quando non erat, y sostener con firmeza la doctrina de la aeterna nativitas, sin confundirla nunca con una creación temporal. |
- Modalismo (Sabelio y afines): funde las personas hasta presentar sólo una economía donde el Padre «se dilata» hacia la carne, erosionando la subsistencia verdadera del Verbo antes de los siglos.
- Arrianismo: reduce al Hijo a creatura potentior o obra hecha temporalmente (creatura), negando comunión real con quien comunica naturaleza divina.
Los propios salmos ayudan a mostrar que, aunque el Padre y el Hijo tienen la misma naturaleza divina, son personas diferentes por su relación. Por ejemplo, en el verso “Te ungió Dios, tu Dios”, tanto quien unge (el Padre) como el ungido (el Hijo) reciben el nombre de «Dios», pero siguen siendo distintos: uno es quien unge y el otro es quien es ungido. Esto sirve para evitar errores como pensar que solo hay una persona (como en el modalismo), o que el Hijo es inferior al Padre (como en el subordinacionismo).
- Espera entender primero el texto, en vez de llegar ya con una idea prefijada.
- Deja que el texto te aporte cosas nuevas, en vez de solo buscar lo que ya piensas de antes.
- Busca primero el propósito y la razón de lo que Dios dice, antes que hacer teorías a partir de ello.
- Reconoce los límites de nuestra mente: debemos comparar nuestra inteligencia con el mensaje, no al revés.
- No fuerces las palabras para que signifiquen solo lo que ya esperas encontrar.
- Deja que sea Dios quien tenga la última palabra sobre Su propio significado.
- Evita discusiones sin sentido que solo nos alejan de la verdad.
- Acércate a las palabras divinas con respeto y humildad, no para impresionar ni lucirte.
- Cuando la razón no alcanza, confía en la fe como tu mejor guía.
- No juzgues la naturaleza de Dios con las mismas reglas que usamos para las criaturas.
Hilario presenta su esfuerzo como su deber propio de vida cristiana y ministerio (proprium humanae vitae ac religiosum officium), no como lucimiento. Reconoce el periculum humani eloquii: hablar de Dios implica un riesgo inevitable cuando herejes obligan a traducir en palabras humanas lo inefable. Por eso el libro primero culmina en súplica: el Espíritu que hincha las velas de la fe y de la confesión pública, pidiendo no sólo corrección formal sino honorem y fidem veritatis —la condición anímica capaz de superar la torpeza humana si obedece la fe—.
De su biografía destacan elementos firmes avalados por la tradición tardía (Jerónimo, historia eclesiástica):
- Convertido tardíamente de un paganismo erudito, elegido obispo de Poitiers (c. 350).
- Condenado en el concilio reunido en Béziers (Biterrae, 356) y partidario decidido del lenguaje homoúsios, pagó como tantos otros el destierro bajo Constantino II o Constancio.
- Dejó, además de De Trinitate, un compendio exegético voluminoso (comentario a los Salmos notable en la historia de la espiritualidad occidental).
Quien estudie estos libros debe distinguir lo que Hilario presupone textualmente sobre el Espíritu Santo y los desarrollos pneumatológicos plenamente explicitados sólo después en concilio y otros Padres: no proyectar retrospectivamente sobre el libro I el tratado sistemático del alto-medieval.
- Sintaxis: Se busca un español claro y fluido, adaptando el estilo latino original de Hilario para que sea comprensible al lector de hoy. Se respeta la forma en que Hilario contrasta términos importantes como natus/creatus, substantia, natura, pero sin sacrificar la claridad.
- Citas bíblicas: Las citas bíblicas siguen fielmente la forma en que aparecen en esta traducción, permitiendo referencias propias de la Vulgata o latinas cuando el contexto lo solicita. No se reemplazan por versiones modernas si el texto de Hilario mezcla distintas fuentes.
- Términos trinitarios: Se mantienen en español los términos habituales para hablar de la Trinidad (por ejemplo, "Verbo" en vez de fórmulas latinizantes más tardías), pero respetando las diferencias cuando Hilario quiere enfatizar matices en palabras como Padre, Hijo o Unigénito, sobre todo cuando combate errores de interpretación sobre estos títulos.
- Tono: Se conserva el tono serio y espiritual con el que Hilario comienza su obra, subrayando la humildad ante el misterio de Dios y la importancia de acercarse con respeto, pero sin disimular la firmeza con la que responde a quienes niegan la verdadera divinidad de Cristo.
- Criterio filológico: Si surgiera alguna duda sobre el significado exacto de algún término, primero se compara con las ediciones reconocidas (Corpus Corporum, y después CCSL/CSEL) antes de tomar una decisión sobre la traducción definitiva.
En este libro, Hilario expone primero las opiniones de los filósofos sobre la felicidad y sobre Dios, para mostrar luego, a través de las Escrituras —tanto las antiguas como especialmente el Evangelio de Juan— que en ellas se nos ofrece un conocimiento de Dios más verdadero y más sublime, y una esperanza de inmortalidad más cierta. De ese conocimiento de Dios que las Escrituras proporcionan, concluye que su majestad suprema supera las fuerzas del entendimiento humano y que sólo puede alcanzarse por la fe; y que de aquí mismo han nacido las herejías, porque quisieron encerrar su infinitud dentro de los límites de su propio entender. Propone refutar especialmente dos: la arriana y la sabeliana. Finalmente, tras advertir al lector con qué disposición deben leerse las palabras sagradas de Dios y de qué manera desea que sea recibido lo que él mismo va a decir sobre Dios, anticipa el orden y los argumentos de sus libros, y concluye con una oración a Dios humilde y llena de fe.
1.1. Al contemplar cuál es el deber propio y religioso de la vida humana —ese que mana de la naturaleza misma o procede del esfuerzo de los sabios, y que, siendo digno del don divino concedido al hombre para comprender, algo verdadero habría de alcanzar—, encuentro ante mí muchas cosas que según la opinión común parecían hacer la vida útil y deseable. Y entre todas ellas, las que siempre y en todo tiempo han sido consideradas lo más preciado entre los mortales: el descanso unido a la prosperidad, pues cada uno sin el otro sería materia de mal más que ocasión de bien. Porque el reposo en la pobreza se entiende como una especie de exilio de la vida misma, y la agitación en la opulencia trae tanto más desgracia cuanto mayor es la indignidad de carecer de aquellos bienes que más se desean y más se buscan para disfrutar. Y sin embargo, aunque estas dos cosas contengan en sí los más altos y deseables encantos de la vida, no parecen alejarse mucho de la costumbre de deleite que comparten los animales: los cuales, vagando por bosques y praderas abundantes en pastos, gozan a la vez de seguridad sin fatiga y de saciedad en los campos. Porque si se considera que el uso mejor y más acabado de la vida humana es descansar y abundar, entonces este mismo bien debe ser común a nosotros y a todas las bestias desprovistas de razón: a las cuales la naturaleza misma, sirviéndoles con abundancia y seguridad plenas, les prodiga sin cuidado el goce de cuanto necesitan.
¿Por qué este texto se siente difícil de leer?
Este párrafo es deliberadamente denso, y esa densidad no es (espero) un defecto de la traducción: es la huella del original latino.
Hilario escribe en hipotaxis, es decir, construye sus oraciones apilando cláusulas subordinadas unas dentro de otras antes de llegar al verbo principal. En latín, los casos gramaticales funcionan como brújulas: el lector sabe en todo momento quién hace qué, aunque el verbo aparezca al final. En español esas brújulas desaparecen, y la misma estructura se vuelve exigente: hay que sostener varios hilos en la mente al mismo tiempo.
El primer problema concreto es que la oración inicial acumula cuatro niveles de subordinación antes de que sepas qué está pasando. El verbo principal —encuentro— llega tarde. Si te perdiste, es normal; vuelve al inicio y lee sólo el esqueleto: "Al contemplar cuál es el deber de la vida humana… encuentro muchas cosas que parecían hacer la vida deseable." Todo lo demás es cualificación de ese gesto.
El segundo problema es que Hilario razona con precisión filosófica: cada palabra pesa. El officium (deber) que "siendo digno del don divino, algo verdadero habría de alcanzar" no es el hombre quien comprende —es el deber mismo el que, si viene de fuente verdadera, rinde frutos verdaderos.
El argumento de fondo, una vez visible, es elegante: Hilario construye un silogismo. El descanso y la prosperidad parecen el bien supremo de la vida humana. Pero los animales también los disfrutan. Luego, no pueden ser el bien específicamente humano. Lo que busca —y el resto del libro lo irá revelando— es aquello que sólo el hombre, por su capacidad de comprender lo divino, puede alcanzar.
Leer despacio este párrafo es ya comenzar a pensar con Hilario.
1.2. Y me parece que la mayoría de los mortales ha rechazado para sí esa costumbre de vida torpe y animal, y la ha reprendido en los demás, por ninguna otra razón sino porque, impulsados por la naturaleza misma como guía, juzgaron indigno del hombre creer que habían nacido sólo para el oficio del vientre y de la ociosidad; y que no habían sido traídos a esta vida por algún afán de hazaña ilustre o de arte noble, ni que esta vida misma había sido concedida sin orientarla hacia algún progreso de eternidad —lo cual, ciertamente, nadie dudaría en no considerar un don de Dios, si esa vida, afligida por tantas angustias y obstaculizada por tantas molestias, se consumiese a sí misma y desde dentro, desde la ignorancia de la infancia hasta los desvíos de la vejez—. Y así, guiados por la doctrina y la práctica, se orientaron hacia las virtudes de la paciencia, la templanza y la mansedumbre, convencidos de que obrar bien y entender bien era, en definitiva, vivir bien. Y juzgaban que la vida no había sido otorgada por el Dios inmortal sólo para morir, pues no parecía propio de un dador de bienes conceder el gozo más bello de vivir sólo para entregarlo al miedo más amargo de morir.
1.3. Y aunque no juzgaba inapropiada ni inútil esa manera de pensar —conservar la conciencia libre de toda culpa y prever con prudencia, evitar con discernimiento o soportar con paciencia todas las molestias de la vida humana—, sin embargo esos mismos maestros no me parecían suficientemente idóneos para vivir bien y felizmente, pues sólo fijaban preceptos comunes y adecuados al sentido humano: preceptos tales que no conocerlos sería propio de una bestia, pero conocerlos y no practicarlos parecería una fiereza que supera incluso la brutalidad animal. Mi espíritu se apresuraba, sin embargo, no sólo a hacer lo que omitir sería fuente de crímenes y dolores, sino a conocer a este Dios y Padre, autor de tan gran don: a Él, a quien se debía por entero; a Él, en cuyo servicio creía que se ennoblecía; a Él, a quien refería toda su esperanza; a Él, en cuya bondad, en medio de tantas calamidades de los asuntos presentes, descansaba como en el puerto más seguro y familiar. A comprenderlo y conocerlo, pues, ardía el espíritu con el más apasionado de los deseos.
1.4. Pues muchos de aquellos pensadores introducían numerosas familias de dioses inciertos, y creyendo que en las naturalezas divinas actuaba el sexo masculino y el femenino, afirmaban nacimientos y sucesiones de dioses que engendran dioses. Otros predicaban dioses mayores y menores, distintos según su poder. Algunos, negando que existiera Dios en absoluto, veneraban únicamente aquella naturaleza que surge del movimiento y el encuentro fortuito de las cosas. La mayoría hablaba públicamente de que Dios existe, pero lo proclamaba indiferente a los asuntos humanos y negligente. Otros adoraban las formas corporales y visibles de las criaturas en los elementos terrestres y celestes. Y por último, algunos situaban a sus dioses en imágenes de hombres, ganados, fieras, aves y serpientes, encerrando al Señor del universo y Padre de lo infinito dentro de la estrechez de los metales, las piedras y los troncos.
Ya no era digno reconocer en éstos a guías de la verdad, quienes, siguiendo cosas ridículas, torpes e impías, estaban en desacuerdo entre sí por la propia vaciedad de sus opiniones. Pero mi espíritu, inquieto, tendía hacia el camino útil y necesario para conocer a su Señor. Juzgaba que la indiferencia por las criaturas que él mismo había formado no era digna de Dios; entendía que el sexo, los nacimientos y las sucesiones de dioses generados entre sí no convenían a una naturaleza poderosa e incorruptible. Tenía por cierto que lo divino y eterno no puede ser sino uno e idéntico a sí mismo, porque lo que es fuente de su propio ser no puede haber dejado fuera de sí nada que le superase. Y así, la omnipotencia y la eternidad pertenecen sólo a uno, pues en la omnipotencia no cabe lo más fuerte y lo más débil, ni en la eternidad lo anterior y lo posterior; y en Dios sólo puede venerarse lo eterno y lo poderoso.
1.5. Reflexionando sobre estas y otras muchas cosas semejantes, vine a dar con aquellos libros que la tradición religiosa de los hebreos tenía por escritos de Moisés y los profetas. En ellos, siendo el propio Dios creador el que da testimonio de sí mismo, se consignaba lo siguiente: Yo soy el que soy (Éx 3,14); y en otro lugar: Esto dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a ustedes. Quedé admirado ante una expresión tan perfecta sobre Dios, que expresaba el conocimiento incomprensible de la naturaleza divina con el lenguaje más apropiado para el entendimiento humano. Pues nada se entiende más propio de Dios que el ser: porque lo que es no comenzó en algún momento ni tampoco cesa; sino que lo que es perpetuo con el poder de la bienaventuranza incorruptible no pudo ni podrá jamás no ser, pues todo lo divino no está sujeto ni a la extinción ni al comienzo. Y dado que la eternidad de Dios no le falta en nada de lo que Él es, mostró con toda razón, como testimonio de su eternidad incorruptible, sólo esto: que es.
1.6. Y parecía que la expresión Yo soy el que soy había bastado para significar esa infinitud; pero era necesario que entendiéramos también la grandeza de su magnificencia y de su poder. Pues siendo propio de Él el ser —de Él que permanece siempre sin haber comenzado jamás—, fue oído este otro testimonio digno del Dios eterno e incorruptible: El que sostiene el cielo con su palma y la tierra con su puño (Is 40,12); y en otro lugar: El cielo es mi trono y la tierra el escabel de mis pies. ¿Qué casa me van a edificar? ¿Cuál será el lugar de mi reposo? ¿No fue mi mano la que hizo todo esto? (Is 66,1-2). El universo del cielo es sostenido en la palma de Dios, y el universo de la tierra queda encerrado en su puño.
La palabra de Dios, aunque favorece a quienes tienen una comprensión piadosa, contiene en sí, cuando se la mira por dentro, más significado del que alcanza el oído al recibirla. Pues el cielo encerrado en la palma es a la vez el trono de Dios, y la tierra contenida en el puño es también el escabel de sus pies: para que no se entienda en el trono y el escabel, según la postura de alguien que se sienta, una extensión de forma corporal, puesto que lo que le sirve de trono y escabel es nuevamente encerrado por esa misma infinitud que lo abarca con palma y puño. Así, en todos los orígenes de las criaturas, Dios es conocido como interior y exterior, eminente e inmanente, circundante e infundido en todo: pues la palma y el puño muestran el poder de su naturaleza exterior, mientras que el trono y el escabel manifiestan que lo exterior está sometido a lo interior; y el que reside dentro de lo exterior lo cierra a su vez desde fuera, de modo que Él mismo, conteniendo todo dentro y fuera de sí, no está ausente en su infinitud de ninguna criatura, ni ninguna criatura deja de estar en Él que es infinito.
Con estas opiniones tan llenas de piedad sobre Dios, el espíritu, retenido por el amor a la verdad, se deleitaba. Nada juzgaba digno de Dios sino que fuera de tal modo superior a toda inteligencia creada, que cuanto más se extendiese la mente hacia algún límite —por concesión— de lo que presume conocer, tanto más la infinitud de su eternidad inmoderada superase toda la infinitud de la naturaleza que lo persigue. Y esto, que nosotros entendíamos piadosamente, lo confirmaba con toda claridad el profeta al decir: ¿A dónde iré lejos de tu espíritu, o a dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, tú estás allí; si bajo al infierno, también estás. Si tomo las alas del alba y me instalo en los confines del mar, también allí tu mano me guiará y tu diestra me sostendrá (Sal 138,7ss). Ningún lugar existe sin Dios, y ningún lugar existe que no esté en Dios. Está en los cielos, está en el infierno, está más allá de los mares. Es interior a todo, y a todo supera. Así, mientras todo lo tiene y todo lo tiene a Él, no está confinado en ninguna cosa, ni está ausente de ninguna.
1.7. Y aunque el espíritu se alegrara con el sentido de esta comprensión óptima e inexplicable —venerando en su Padre y Creador esta infinitud de eternidad inmensa—, buscaba aún con deseo más intenso la belleza misma de su Señor infinito y eterno, presumiendo que esa inmensidad sin límites poseía algún adorno de hermosa inteligencia. Y cuando la mente religiosa quedaba encerrada dentro del error de su propia debilidad, encontró en las voces proféticas este modo de la más bella comprensión sobre Dios: Pues por la grandeza de las obras y la hermosura de las criaturas se contempla con razón a quien las originó (Sab 13,5 LXX). El creador de las grandes cosas está en lo más grande; el artífice de las más bellas está en las más bellas. Y si la obra misma supera al sentido que la percibe, con cuánta mayor razón el artífice ha de superar con creces todo sentido.
Bello es, por tanto, el cielo, el éter, la tierra, los mares y la totalidad del universo que, por su propio ornamento, merece —como también les parece a los griegos— el nombre de kósmos, es decir, mundo. Pero si esta misma belleza de las cosas la mide el sentido por instinto natural —hasta tal punto que, como sucede incluso en la contemplación de ciertas aves y animales, cuando la palabra se queda por debajo del pensamiento, el sentido, aunque comprende esa misma belleza, no sabe expresarla; aunque, cuando toda palabra nace del sentido, el sentido se habla a sí mismo en su comprensión—, ¿no es necesario entender que el Señor de esta hermosura es el más bello de toda la belleza? De tal manera que, aunque la belleza de su eterno ornamento se escape de todo sentido e inteligencia, el ornamento no abandona del todo la conciencia de esa inteligencia. Y así, Dios debe ser confesado el más bello: de forma que no quede encerrado dentro del pensamiento del que intenta entenderlo, pero tampoco quede fuera de la conciencia del que siente al intentarlo.
¿Qué está argumentando Hilario aquí?
El razonamiento de este pasaje sigue una lógica de analogía ascendente clásica en la teología del siglo IV, pero con un giro original en el remate.
El punto de partida: el cosmos como argumento
Kósmos en griego significa simultáneamente mundo y ornamento. Hilario lo usa como evidencia: el universo es bello no por accidente, sino porque su misma estructura es adorno. De ahí la pregunta que funciona como silogismo implícito: si la obra es bella, ¿no ha de ser el artífice más bello que ella? Es el mismo movimiento de Sabiduría 13,5, que Hilario cita justo antes de esta sección.
El problema que abre el argumento
Pero aquí aparece una dificultad: incluso la belleza creatural desborda la palabra. Hilario da el ejemplo de quien contempla un ave o un paisaje y siente más de lo que puede decir. El sentido capta, pero el lenguaje queda por debajo. Si ya la belleza del mundo escapa al lenguaje, ¿qué ocurrirá con la belleza de su Creador?
La distinción clave: sensus y conscientia
El giro más sutil del pasaje —y el más difícil de leer— está en la oración en negrita. Hilario introduce aquí una distinción filosófica fundamental:
- Sensus (sentido, comprensión): la capacidad de aprehender algo, de tenerlo dentro del pensamiento como objeto definido.
- Conscientia (conciencia, awareness): algo más básico —la presencia de algo en el horizonte del espíritu, aunque no pueda ser plenamente captado.
Lo que Hilario dice es que Dios, siendo infinito, escapa al sensus: no puede ser encerrado en el pensamiento como un objeto. Pero no escapa del todo a la conscientia: algo de su belleza permanece en la orilla de la inteligencia, como una presencia que se siente sin poderse aferrar.
La conclusión: una teología del umbral
Por eso la formulación final es de una precisión técnica enorme:
Dios debe ser confesado el más bello: de forma que no quede encerrado dentro del pensamiento del que intenta entenderlo, pero tampoco quede fuera de la conciencia del que siente al intentarlo.
No es agnosticismo —Dios no queda simplemente fuera de alcance. Tampoco es comprensión plena —Dios no cabe en el pensamiento. Es una posición intermedia deliberada: Dios habita el umbral entre lo que la mente no puede contener y lo que el espíritu no puede ignorar. Hilario está construyendo aquí, antes de entrar en las Escrituras, el fundamento epistemológico de toda su teología trinitaria.
1.8. Imbuido el espíritu en estos esfuerzos de pensamiento y doctrina piadosos, descansaba en el retiro y mirador de esta hermosísima comprensión, entendiendo que no le quedaba ya nada en lo que pudiera rendir mayor o menor servicio a su Creador que entender que Él es tan grande como para no poder ser entendido, y sí creído: mientras que la fe asume para sí la inteligencia de la necesaria religión, y la infinitud de la potestad eterna la supera.
1.9. Subyacía a todo esto un sentido natural que alimentaba, como soldada de una milicia victoriosa, alguna esperanza de bienaventuranza incorruptible, que merecería la opinión santa sobre Dios y la rectitud de las costumbres. Pues no habría ningún fruto en pensar bien sobre Dios si la muerte destruyese todo sentido y el ocaso de una naturaleza que perece lo borrase todo. Y la razón misma persuadía de que no era digno de Dios haber introducido al hombre en esta vida, partícipe de la prudencia y el consejo, bajo la ley de un vivir que se acaba y un morir que no termina: como si se le hubiese establecido sólo para que, una vez establecido, dejase de existir; cuando la única razón inteligible de nuestra constitución es que lo que no era comenzase a ser, no que lo que comenzó a ser dejase de serlo.
1.10. Pero el espíritu se fatigaba, en parte por sus propios temores, en parte por el miedo al cuerpo. Y mientras, por un lado, mantenía con firmeza su convicción mediante la profesión piadosa de Dios, y por otro, había acogido en sí una solicitud inquieta por sí mismo y por esta morada suya que creía habría de perecer con él, llegó —después del conocimiento de la Ley y los profetas— a conocer también las enseñanzas de esta doctrina evangélica y apostólica:
En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Éste estaba en el principio con Dios. Todo fue hecho por Él, y sin Él no fue hecho nada de lo que fue hecho. Lo que fue hecho en Él era vida, y la vida era la luz de los hombres; y la luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron. Hubo un hombre enviado por Dios, llamado Juan. Éste vino como testigo, para dar testimonio de la luz. No era él la luz, sino para dar testimonio de la luz. Era la luz verdadera, que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no lo conoció. Vino a lo suyo, y los suyos no lo recibieron. Pero a todos los que lo recibieron les dio el poder de ser hijos de Dios, a los que creen en su nombre: los cuales no han nacido de sangre, ni de voluntad de varón, ni de voluntad de carne, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y vimos su gloria, gloria como del Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad (Jn 1,1-14).
La mente avanza más allá del entendimiento del sentido natural, y es instruida sobre Dios por encima de lo que esperaba. Aprende que su Dios Creador es Dios de Dios; oye que el Verbo es Dios, y que estaba con Dios en el principio. Comprende la luz del mundo que permanece en el mundo sin ser reconocida por él. Conoce también que vino a lo suyo y los suyos no lo recibieron; pero que quienes lo recibieron, por mérito de su fe, llegaron a ser hijos de Dios —no por abrazo de carne, ni por concepción de sangre, ni por voluntad de cuerpos, sino de Dios nacidos—. Y luego comprende que el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, y que fue vista su gloria, que como la del Unigénito del Padre es perfecta en gracia y en verdad.
1.11. Aquí el espíritu, tembloroso y ansioso, encuentra más esperanza de la que aguardaba. Y en primer lugar es instruido en el conocimiento de Dios Padre. Lo que antes, por sentido natural, opinaba acerca de la eternidad, la infinitud y la belleza de su Creador, ahora lo recibe como propio también del Dios Unigénito: no relajando la fe en un segundo dios, porque oye que Dios viene de Dios; sin retroceder hacia una diversidad de naturalezas al pasar de Dios al Dios de Dios, porque aprende que el Dios de Dios está lleno de gracia y de verdad; sin entender tampoco de manera absurda que el Dios de Dios viene después, porque ha hallado que en el principio estaba Dios con Dios.
Conoce luego que la fe de este conocimiento salvador es rarísima, pero que el premio es el máximo: porque los suyos no lo recibieron, y quienes lo recibieron fueron enaltecidos como hijos de Dios, no por nacimiento de carne, sino de fe. Y que ser hijos de Dios no es una necesidad, sino un poder —un poder ofrecido a todos como don de Dios, que no lo concede la naturaleza de quien engendra, sino que lo alcanza la voluntad que persevera—.
Y para que no fuera obstáculo a nadie esa misma posibilidad de ser hijo de Dios —por su dificultad, pues con dificultad se espera lo que más se desea y menos se cree—, el Verbo Dios se hizo carne, para que por el Verbo Dios hecho carne, la carne progresara hacia el Verbo Dios. Y para que el Verbo hecho carne no fuese otra cosa que el Verbo Dios, ni tampoco fuese otra carne que la nuestra, habitó entre nosotros: de modo que, habitando, no permaneciese otra cosa que Dios; y habitando entre nosotros, no fuese otra cosa que el Dios hecho carne de nuestra propia carne; sin carecer de lo suyo por la condescendencia de la carne asumida, pues como Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad, es perfecto en los suyos y verdadero en los nuestros.
1.12. Esta doctrina del misterio divino la acogió el espíritu con alegría, avanzando hacia Dios a través de la carne, llamado a un nuevo nacimiento por la fe, y entregado a su propio poder para obtener la regeneración celestial. Reconociendo en sí el cuidado de su Padre y Creador, no creía que habría de ser reducido a la nada por Aquél por quien había sido traído desde la nada a la existencia. Y midiendo todo esto más allá del alcance del entendimiento humano —pues la razón de las opiniones comunes, incapaz del consejo celestial, tiende a creer que sólo existe lo que puede entender por sí misma o lograr por su propia fuerza—, pesaba sin embargo las virtudes de Dios según la magnitud de la potestad eterna, no con el sentido sino con la infinitud de la fe: para no dejar de creer que Dios está en el principio con Dios y que el Verbo hecho carne habitó entre nosotros, no porque no lo entendiese, sino para recordar que podría entenderlo si creyese.
1.13. Y para que no quedara detenido por ningún error de sabiduría mundana, es instruido además por el Apóstol, con palabras divinas, hacia la fe más perfecta de esta confesión piadosa: Tengan cuidado de que nadie los despoje por medio de la filosofía y el engaño vano, según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo y no según Cristo; porque en Él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad, y ustedes están completos en Él, que es cabeza de todo principado y potestad; en quien también fueron circuncidados, con la circuncisión no hecha por mano humana, en el despojo del cuerpo de la carne, sino con la circuncisión de Cristo, sepultados con Él en el bautismo, en el que también resucitaron por la fe en la operación de Dios, que lo resucitó de entre los muertos. Y a ustedes, que estaban muertos en sus delitos y en la incircuncisión de su carne, los vivificó junto con Él, perdonándoles todos los delitos, borrando el documento que nos era contrario en sus decretos, que era contra nosotros, y lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz; despojándose de la carne, puso en evidencia a los principados y potestades, triunfando sobre ellos abiertamente en sí mismo (Col 2,8ss).
La fe firme rechaza las cuestiones capciosas e inútiles de la filosofía, sin rendirse a las falacias de las necedades humanas: no reteniendo a Dios según el sentido de la inteligencia común, ni juzgando a Cristo según los elementos del mundo, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad; de manera que, siendo en Él la infinitud de la potestad eterna, ese poder de la infinitud eterna supere todo abrazo de la mente terrena.
Él, que nos atrae a la naturaleza de su divinidad, no nos ha ligado más con la observancia corporal de los preceptos, ni nos ha iniciado a través de la sombra de la ley en las solemnidades de la circuncisión de la carne; sino que, circuncidado Él de los vicios, purificara mediante la purificación de los pecados toda necesidad natural del cuerpo: para que nos sepultáramos con Él en el bautismo a su muerte, a fin de regresar a la vida de la eternidad; pues la regeneración para la vida era una muerte desde la vida, y muriendo para los vicios renacíamos para la inmortalidad; muriendo Él por nosotros desde la inmortalidad, para que fuéramos despertados con Él desde la muerte hacia la inmortalidad. Asumió la carne del pecado para perdonar los delitos por la asunción de nuestra carne, haciéndose partícipe de ella por asunción, no por culpa; borrando con su muerte la sentencia de muerte, para que con la nueva creación de nuestro linaje en Él aboliera la disposición del decreto anterior; permitiendo ser clavado en la cruz para fijar con la maldición de la cruz todas las maldiciones de la condenación terrena; y padeciendo finalmente en cuanto hombre, para deshonrar a los principados; mientras Dios, que debía morir según las Escrituras, triunfaba en Él con la confianza del vencedor; mientras Él mismo, inmortal e invencible por la muerte, moría por la eternidad de los mortales.
Asunción y justificación: el intercambio admirable
Este pasaje es uno de los más densos del libro I, porque en pocas líneas Hilario comprime dos conceptos que son el núcleo de toda su soteriología: la adsumptio (asunción) y la justificación. Conviene entender cada uno antes de ver cómo los conecta.
¿Qué significa "asumir la carne"?
La adsumptio no es metáfora ni apariencia. Es el acto por el que el Verbo eterno —inmortal, invisible, incontenible— toma para sí la naturaleza humana real, con todo lo que implica: hambre, cansancio, sufrimiento y muerte. La distinción que introduce la frase en negrita es filosóficamente precisa: "haciéndose partícipe de ella por asunción, no por culpa." Cristo asume un cuerpo verdadero con sus propiedades naturales, pero sin la mancha del pecado original. Participa de la condición mortal sin que esa mortalidad sea castigo suyo.
El alcance de esa asunción es, para Hilario, universal: al asumir la carne de una sola persona, el Verbo se une íntimamente a toda la carne humana. No salva a Jesús de Nazaret solamente —hace de esa única carne el punto de contacto entre la divinidad y toda la humanidad.
¿Qué entiende Hilario por justificación?
En Hilario, la justificación no es solo una declaración forense —Dios no se limita a "declararnos" inocentes. Es una transformación real de nuestra naturaleza. Tres movimientos la componen en este pasaje:
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Abolición del decreto: La "sentencia de muerte" que pesaba sobre la humanidad desde la caída queda borrada. Al clavar en la cruz la carne de pecado que había asumido, Cristo fija allí también todas las maldiciones que esa carne acarreaba. La deuda no se condona: se paga en el cuerpo que la asumió.
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Nueva creación del linaje: La justificación produce un cambio de estirpe. Ya no somos juzgados "según Adán", sino "según Cristo". El bautismo —sepultura con Él en su muerte— es el momento en que ese cambio de linaje se actualiza en el creyente.
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Progreso hacia la eternidad: La justificación no es el destino final sino el inicio de un ascenso. "Muriendo para los vicios renacíamos para la inmortalidad" describe una dirección, no un estado estático. La carne justificada comienza un camino de transformación hacia el Verbo.
La lógica del intercambio
Lo que une asunción y justificación es lo que la tradición patrística llamará el admirabile commercium: el intercambio admirable. Cristo desciende a nuestra mortalidad para que nosotros ascendamos a su inmortalidad. Su humillación es nuestra exaltación; su muerte, nuestra vida. Hilario lo formula con precisión casi paradójica: "muriendo Él por nosotros desde la inmortalidad, para que fuéramos despertados con Él desde la muerte hacia la inmortalidad."
El movimiento es doble y cruzado: Él baja hasta el extremo de nuestra condición (muerte real, carne real, maldición real); nosotros somos elevados hasta el extremo de la suya (inmortalidad, filiación, nueva creación). La asunción es el brazo que Dios extiende hacia abajo; la justificación es el efecto de ese abrazo en quienes lo reciben por la fe.
Estas obras de Dios, realizadas más allá del entendimiento humano, no se someten a los sentidos naturales de la mente; porque la operación de la eternidad infinita exige una comprensión infinita de medida: de tal modo que cuando Dios es hombre, cuando el inmortal ha muerto, cuando el eterno ha sido sepultado, no hay razón de entendimiento sino excepción de poder; y de igual manera, a la inversa, no es el sentido sino el modo de la potencia [divina] lo que hace que Dios surja del hombre, que el inmortal surja del muerto, que el eterno surja del sepultado. Somos, pues, despertados con Dios en Cristo por su muerte. Y puesto que en Cristo está la plenitud de la divinidad, tenemos también la manifestación de que el Padre nos despierta en el muerto, y que Jesucristo no es otra cosa que Dios en la plenitud de la divinidad.
1.14. En este reposo consciente de su propia seguridad descansaba el espíritu alegre en sus esperanzas: no temiendo tanto la irrupción de esta muerte, que llegaba incluso a contarla como ganancia para la vida de la eternidad. La vida del propio cuerpo no la juzgaba molesta ni amarga, creyendo que era como las letras para la infancia, como la medicina para los enfermos, como la natación para los náufragos, como la disciplina para los jóvenes, como el servicio militar para quienes han de mandar: es decir, la tolerancia de las cosas presentes como camino hacia el premio de la inmortalidad bienaventurada. Más aún, lo que él mismo creía, lo predicaba también a los demás por medio del ministerio del sacerdocio que se le había impuesto, extendiendo su servicio al bien de la salvación pública.
1.15. Pero en medio de todo esto emergieron ingenios de temeridad impía, desesperados para sí mismos y crueles para todos: hombres que moderaban la naturaleza poderosa de Dios con la debilidad de su propia naturaleza; no para elevarse ellos hasta el infinito en sus reflexiones sobre las cosas infinitas, sino para encerrar lo indefinido dentro del límite de su propio sentido. Se erigían árbitros de la religión, cuando la tarea de la religión consiste en el oficio de la obediencia; olvidados de sí mismos, descuidados de las realidades divinas, correctores de los preceptos.
1.16. Pues —por no hablar de los demás afanes más necios de los herejes, sobre los cuales, sin embargo, no callaremos cuando el argumento nos dé ocasión—, algunos corrompen de tal modo el misterio de la fe evangélica que, bajo la sola profesión piadosa de un único Dios, niegan el nacimiento del Dios Unigénito; de manera que haya más una extensión hacia el hombre que un descenso, y que el que fue Hijo del hombre según los tiempos de la carne asumida, no haya sido siempre antes y sea siempre Hijo de Dios. Su intención es que en Él no exista un nacimiento de Dios, sino que desde el mismo Dios sea el mismo Él; para que, según su parecer, la serie que viene de lo sólido llevada hasta la carne conserve inviolable la fe en un único Dios, mientras que el Padre, extendiéndose hasta la Virgen, se haya nacido a sí mismo como Hijo.
Otros, en cambio —porque sin Cristo no hay salvación, y Él es en el principio con Dios el Verbo Dios—, negando el nacimiento, han profesado sólo la creación: para que el nacimiento no admitiese la verdad de Dios, sino que la creación enseñase la falsedad, la cual, aunque mientra acerca del género, no excluiría la fe en el único Dios en el misterio. Pero sometiendo el verdadero nacimiento al nombre y la fe de la creación, lo hacen separable de la verdad del único Dios, a fin de que la creación como sustitución no se apropiase la perfección de la divinidad que el verdadero nacimiento no le habría dado.
1.17. Frente a la furia de estos hombres ardió el espíritu para responder: recordando que para su propia salvación era lo principal no sólo haber creído en Dios, sino en Dios Padre; no sólo haber esperado en Cristo, sino en Cristo Hijo de Dios; no en una criatura, sino en el Dios Creador nacido de Dios. Nos apresuramos, pues, principalmente a confundir con los testimonios proféticos y evangélicos la locura y la ignorancia de quienes, bajo la única proclamación verdaderamente útil y religiosa de un solo Dios, o niegan que Cristo Dios es nacido de Dios, o afirman que no es verdadero Dios; de modo que la creación de una criatura poderosa quede dentro del misterio de la fe en un único Dios, porque el nacimiento de Dios arrastra fuera de la fe en el único Dios la religión de quienes lo confiesan. Pero nosotros, instruidos divinamente para no predicar ni dos dioses ni uno solo, expondremos esta razón del testimonio evangélico y profético en la confesión de Dios Padre y Dios Hijo, para que ambos sean uno en nuestra fe —no un único—: sin confesar que son el mismo el uno y el otro, ni tampoco algo diferente entre lo verdadero y lo falso; porque el nacimiento de Dios desde Dios no permite que sea el mismo, ni que sea otro.
1.18. Y vosotros —es decir, ustedes— que el ardor de la fe y el amor a la verdad desconocida para el mundo y los sabios del mundo han llamado a leer, deben recordar que las opiniones débiles e impotentes de las mentes terrenas han de ser desechadas, y que toda estrechez del pensamiento imperfecto ha de ensancharse con la espera religiosa del que aprende. Pues son necesarios sentidos renovados por un nuevo nacimiento del espíritu, para que cada uno sea iluminado en su conciencia según el don de su origen celestial. Hay que mantenerse, pues, antes que nada por la fe, como advierte el santo Jeremías (Jr 23,22), en la sustancia de Dios: para que quien va a escuchar acerca de la sustancia de Dios, module su propio entendimiento hacia lo que es digno de la sustancia de Dios; y lo module no con alguna modalidad del entender, sino con la infinitud. Más aún, consciente de haberse vuelto partícipe de la naturaleza divina —como dice el bienaventurado Apóstol Pedro en su segunda carta (2 Pe 1,4)—, no mida la naturaleza de Dios con las leyes de su propia naturaleza, sino que valore las afirmaciones divinas según la magnificencia del testimonio que Dios da de sí mismo. Pues el mejor lector es aquel que espera la inteligencia de lo que se dice desde lo que se dice, más que imponerla; que recibe más de lo que aporta; y que no fuerza a que parezca estar contenido en las palabras lo que había presumido entender antes de leerlas. Así, pues, cuando se hable de las realidades de Dios, concedamos a Dios el conocimiento de sí mismo, y sirvamos a sus palabras con veneración piadosa. Pues Él es testigo fiel de sí mismo, Él que no puede ser conocido sino a través de sí mismo.
1.19. Y si al tratar sobre la naturaleza y el nacimiento de Dios aducimos ejemplos de comparaciones, nadie crea que contienen en sí la perfección de una razón absoluta. Pues ninguna comparación de las cosas terrenas es adecuada a Dios. Pero la debilidad de nuestro entendimiento nos obliga a buscar ciertas imágenes de las realidades inferiores como indicios de las superiores, para que —advertidos por la costumbre de las cosas familiares— seamos conducidos desde la conciencia de nuestro sentido hacia la comprensión de un sentido inusitado. Toda comparación, por tanto, se entienda más útil para el hombre que apropiada para Dios, porque señala el entendimiento más de lo que lo colma: y no se tome como una equiparación presuntuosa entre las naturalezas de la carne y del espíritu, de lo invisible y lo tangible; antes bien, que proclame ser necesaria para la debilidad del entendimiento humano, y que esté libre de la malicia del ejemplo que no satisface plenamente. Continuamos, pues, disponiéndonos a hablar de Dios con las palabras de Dios, impregnando sin embargo nuestro sentido con la imagen de nuestras propias realidades.
1.20. Y en primer lugar ordenamos el conjunto de toda la obra de modo que el orden de los libros, encadenados entre sí, resultara el más adecuado al provecho de los lectores. Nada quiso traerse de manera desordenada e indigesta, para que una aglomeración sin concierto de la obra no ofreciera algo así como el tumulto rústico de una vociferación confusa. Pero como ningún ascenso por pendientes escarpadas se hace si no se coloca un pie gradualmente sobre los peldaños hasta llegar a la cima, también nosotros, ordenando ciertos comienzos del caminar, suavizamos este arduo recorrido del entendimiento con una ladera más suave, no ya cortada en peldaños escarpados, sino inclinada en una planicie que va cediendo, para que el ascenso de los que avanzan se produzca casi sin que sientan que están subiendo.
1.21. Pues después de este primer libro introductorio, el que sigue enseña el misterio de la generación divina de tal manera que quienes van a ser bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo no ignoren la verdad de los nombres, ni confundan las palabras con el entendimiento, sino que conciban cada uno según lo que es y como se llama; llegando a comprender plenamente en lo que se dice que ni el nombre no es la misma verdad, ni la verdad no es el nombre.
1.22. Después de este discurso suave y breve sobre la Trinidad demostrada, el tercer libro avanza, aunque gradualmente, ya con paso más seguro. Pues lo que el Señor afirmó de sí mismo más allá del entendimiento del sentido humano —Yo en el Padre y el Padre en mí (Jn 10,38)—, lo adapta con los mayores ejemplos posibles de poder a la fe del entendimiento, para que lo que el hombre de naturaleza obtusa no puede captar, lo alcance ya la fe de una razón razonada: porque no hay que dejar de creer lo que Dios dice de sí mismo, ni hay que pensar que el entendimiento del poder está fuera de la razón de la fe.
1.23. El cuarto libro toma su inicio de las doctrinas de los herejes, purificándose de los vicios con que se infama la fe de la Iglesia: exponiendo aquella misma profesión de perfidia publicada hace tiempo por muchos, y demostrando que de manera solapada —y por ello con la mayor impiedad— defendieron a un único Dios según la ley; con todos los testimonios de la ley y los profetas demostrados de tal modo, que confesar a un único Dios sin el Dios Cristo es irreligiosidad, y, confesado el único Dios Cristo Unigénito, no predicar a un único Dios es perfidia.
1.24. El quinto libro siguió el mismo orden de respuesta que los herejes habían establecido en su profesión. Pues como mintieran afirmando predicar a un único Dios según la ley, mintieron también al decir que predicaban al único Dios verdadero de esa misma ley: para que, mediante la excepción del Dios único y verdadero, quitaran el nacimiento al Señor Cristo, ya que donde hay nacimiento, allí también existe el entendimiento de la verdad. Nosotros, enseñando por los mismos pasos con que eso mismo se negaba, predicamos al Padre como el único Dios verdadero desde la ley y los profetas, sin corromper la fe en el único Dios ni negar el nacimiento. Y porque, según ellos, al Señor Jesucristo se le atribuía el nombre de Dios como criado más que como nacido, antes que ser inherente a Él; la verdad de la divinidad fue demostrada así con las autoridades proféticas, para que, predicado el Señor Jesucristo como Dios verdadero, la verdad de la divinidad nativa en Él nos mantuviera dentro del entendimiento del único Dios verdadero.
1.25. El sexto libro descubre toda la fraudulencia de la afirmación herética. Pues para dar crédito a sus palabras, condenando los dichos y los vicios de los herejes —de Valentín, Sabelio, Maniqueo y Hieracas—, robaron las proclamaciones piadosas de la Iglesia bajo el velo de la profesión impía: de modo que, corregidas aparentemente para mejor las palabras de los impíos y matizadas con ambigua significación, bajo la condena de la impiedad extinguieran la doctrina de la piedad. Pero nosotros, demostradas las palabras y profesiones de cada uno, absolvemos las proclamaciones santas de la Iglesia y no permitimos que tengan nada en común con los herejes condenados, para que, condenando lo condenable, sigamos con veneración lo único que debe seguirse: que el Señor Jesucristo es el Hijo de Dios —lo que principalmente ellos negaban—, enseñándolo así porque el Padre da testimonio de Él, porque Él mismo lo profesa, porque los Apóstoles lo predican, porque los fieles lo creen, porque los demonios lo proclaman, porque los judíos que lo niegan lo confiesan, porque los pueblos que lo ignoraban lo comprenden; para que ya no pudiera quedar duda de lo que no se podía dejar en la ignorancia.
1.26. El séptimo libro, siguiendo el grado de la fe perfecta, moderó el discurso de la disputa asumida. Primero, mediante la demostración sana e íntegra de la fe inviolable, contendió entre Sabelio, Ebión y quienes no son verdaderos predicadores de Dios, sobre la razón por la que Sabelio niega la subsistencia antes de los siglos de aquel que otros confiesan creado. Pues Sabelio ignoraba al Hijo subsistente mientras no dudaba de que el Dios verdadero había obrado en el cuerpo. Estos otros negaban el nacimiento y afirmaban la creación, sin entender que las obras de Dios son obras del Dios verdadero. La disputa entre ellos es nuestra fe. Pues mientras Sabelio niega al Hijo —y por ello yerra—, vence en esto: en que el Dios verdadero —como él demuestra correctamente— obró; y la Iglesia vence a quienes niegan al Dios verdadero en Cristo. Pero como sus adversarios demuestran contra él a un Cristo que subsiste antes de los siglos y que siempre obró, triunfan contra el Sabelio condenado en su propia causa, siendo éste el que sabe que Dios es verdadero sin saber que es Hijo de Dios. Ebión, a su vez, queda vencido por ambos: porque el uno (Arrio) demuestra que Cristo subsiste antes de los siglos, y el otro (Sabelio) que el Dios verdadero obró. Y venciéndose mutuamente, todos quedan vencidos: porque la Iglesia, tanto contra Sabelio, como contra los predicadores de la criatura, como contra Ebión, da testimonio de que el Señor Jesucristo, Dios verdadero de Dios verdadero, nació antes de los siglos y fue engendrado hombre después.
1.27. A nadie le cabe duda de que lo más congruente con la piedad de la doctrina era que, habiendo predicado primero desde la ley y los profetas al Hijo de Dios, y luego también al Dios verdadero con el misterio de la unidad, volviéramos a confirmar la ley y los profetas por los Evangelios, enseñando primero desde éstos al Hijo de Dios y luego también al Dios verdadero. Era, pues, del todo conveniente que, después del nombre del Hijo, se mostrara su verdad: aunque, según el sentido común, el nombre de Hijo contiene en sí ya la plenitud de la verdad. Pero para no dejar ninguna ocasión de engaño o burla a los adversarios de la verdad del Unigénito de Dios, confirmamos esa fe en la propiedad de ser el verdadero Hijo de Dios mediante la verdad de la divinidad: enseñando que Él, a quien no se negaría ser Hijo de Dios, lo es de estas maneras: por el nombre, el nacimiento, la naturaleza, el poder, la profesión; para que no fuese otra cosa que lo que se nombra, ni el nombre no fuese del nacimiento, ni el nacimiento hubiera perdido la naturaleza, ni la naturaleza no retuviera el poder, ni el poder no se diera a conocer también por la profesión consciente de su verdad. Así reunimos todas las causas de cada género entresacadas de los Evangelios, para que ni la profesión callara el poder, ni el poder no manifestara la naturaleza, ni la naturaleza no fuese la de su nacimiento, ni el nacimiento no fuese el de su nombre: para que por ello no quedara lugar a la calumnia de la impiedad, pues el propio Señor Jesucristo había enseñado, con la profesión de su verdad nativa, la divinidad del Dios verdadero del Dios verdadero, según el nombre, el nacimiento, la naturaleza y el poder.
1.28. El octavo libro, ya apoyado en los dos anteriores que tanto habían contribuido a confirmar la fe de los creyentes acerca del Hijo de Dios y del Dios verdadero, se detiene enteramente en la demostración del único Dios: sin quitar al Hijo de Dios el nacimiento, pero sin introducir tampoco por ello la divinidad de dos dioses. Enseñó primero de qué maneras los herejes, no pudiendo negar la verdad del Padre Dios y el Hijo Dios, se esforzaban sin embargo en eludirla; disolviendo sus torpes y ridículos pretextos, con los cuales, a partir de lo dicho: La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma (Hch 4,32); y de nuevo: El que planta y el que riega son uno (1 Co 3,8); y también: No ruego sólo por éstos, sino también por los que han de creer en mí por sus palabras: que todos sean uno, como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros (Jn 17,20-21): afirman que se trata de una unidad de voluntad y unanimidad más que de divinidad. Pero nosotros, tratando estas mismas cosas según su propio vigor —es decir, según la fuerza de las palabras—, mostramos que contienen en sí la fe del nacimiento divino; y recorriendo todas las profesiones de las palabras del Señor, enseñamos todo el misterio entero y perfecto de la majestad paterna y unigénita, a partir de los testimonios apostólicos y de las propiedades del Espíritu Santo: pues tanto el Hijo entendido en el Padre como el Padre conocido en el Hijo muestran el nacimiento del Dios Unigénito y la verdad del Dios perfecto en Él.
1.29–30. Pero en las cosas más necesarias para la salvación no basta con aducir sólo lo que es propio de una para la satisfacción de la fe; porque muchas veces las afirmaciones inexploradas de nuestros argumentos, aunque halaguen, engañan el entendimiento, a menos que también las vaciedades demostradas de las proposiciones contrarias confirmen nuestra fe precisamente en aquello en que quedan en evidencia como ridículas. Así, el noveno libro se ocupa enteramente en rechazar lo que los impíos usurpan para debilitar el nacimiento del Dios Unigénito: quienes, olvidados del misterio oculto desde los siglos de la dispensación, no recuerdan que la fe evangélica proclama a Dios y a hombre. Pues negando que nuestro Señor Jesucristo es Dios, y que es semejante y igual a Dios como Hijo de Dios al Padre Dios, nacido de Dios, y que subsiste en la verdad del Espíritu —es decir, de la divinidad— según la propiedad del nacimiento, suelen apoyarse en estas palabras del Señor: ¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino uno, que es Dios (Lc 18,19): para que, al rechazar que se le llame bueno y testificar que sólo el Dios único es bueno, quien es bueno esté fuera de la bondad de Dios y no esté en la verdad de Dios, que es uno. Y a estas palabras añaden como argumentos de su impiedad: Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo (Jn 17,3): para que, confesado el Padre como único Dios verdadero, ni Él sea verdadero ni sea Dios, ya que la excepción del único Dios verdadero no excede al autor de la propiedad significada.
Y entienden que esto fue dicho por Él sin ambigüedad, porque también dijo: El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que viere hacer al Padre (Jn 5,19): para que, al no poder obrar sino a partir del ejemplo de la obra, se entienda en Él una debilidad de naturaleza, ya que de ninguna manera puede equipararse a la omnipotencia lo que está sujeto a la necesidad de la operación ajena. Y que la razón del entendimiento persuada que en todas las cosas poder y no poder por sí mismo es diferente. Tan diferente, que sobre el Padre Dios profesa así: El Padre es mayor que yo (Jn 14,28) —y cesa la calumnia de quien se opone a la profesión absoluta, porque sería de locura impía atribuir a quien lo niega el honor y la naturaleza de Dios—. Y que de toda manera está tan lejos de la propiedad del Dios verdadero, que también ha dado testimonio de esto: Acerca de ese día y hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre (Mc 13,32): para que, ignorando el Hijo lo que sólo el Padre sabe, quede muy lejos del que sabe el que no sabe; pues una naturaleza sujeta a la ignorancia no es de ese poder y potestad que está exceptuada del dominio de la ignorancia.
Mostrando, pues, que todo esto ha sido entendido de la manera más impía con un sentido corrupto y deformado, aducimos todas las causas de las palabras a partir de los géneros propios de las interrogaciones, los tiempos o las dispensaciones, sometiendo las palabras a las causas y no las causas a las palabras: para que cuando El Padre es mayor que yo (Jn 14,28) difiera de Yo y el Padre somos uno (Jn 10,30), y no sea lo mismo Nadie es bueno sino uno, Dios (Lc 18,19) que El que me ha visto a mí ha visto también al Padre (Jn 14,9), o que sean tan contrarias entre sí con tanta diversidad: Padre, todo lo tuyo es mío y lo mío tuyo (Jn 17,10) y Que te conozcan a ti como el único Dios verdadero (Jn 17,3); o aquello de Yo en el Padre y el Padre en mí (Jn 14,11) y Acerca de ese día y hora, nadie sabe, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, sino sólo el Padre (Mc 13,31). Que se entiendan en cada caso tanto las proclamaciones de las dispensaciones como las profesiones de la potestad natural consciente de sí misma: y que siendo el mismo el autor de ambos dichos, mostradas sin embargo las propiedades de cada naturaleza —las dos que hay en Cristo—, no pertenezca a la afrenta de la verdadera divinidad lo que se proclama para el misterio de la fe evangélica en el marco de la dispensación, la causa, el tiempo, el nacimiento y el nombre.
1.31–32. El décimo libro tiene la misma razón que la fe. Pues porque a partir del género y la profesión de la pasión tomaron algunos, mediante el sentido de una inteligencia necia, ciertas cosas para la afrenta de la naturaleza y el poder divino en el Señor Jesucristo, era necesario demostrar que esas mismas cosas fueron entendidas de la manera más impía por ellos, y que el Señor las recordó para dar testimonio de su majestad verdadera y perfecta en Él. Pues se complacen en estas palabras suyas como si fueran religiosos en su impiedad: Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26,38): para que esté lejos de la bienaventuranza e incorrupción de Dios aquel en cuya alma haya caído el temor dominante de una tristeza inminente, que también fue consternado hasta esta oración por la necesidad de la pasión: Padre, si es posible, pase de mí este cáliz (Mt 26,39); y que sin duda parecía temer padecer lo que oró para no padecer, pues el estremecimiento ante el padecer le dio la causa de la súplica. Hasta tal punto había conseguido su debilidad la fuerza del dolor, que en el momento mismo de la cruz dijera: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46); que incluso llegando hasta la queja de su desolación, agitado por la amargura de la pasión, sin el auxilio del Padre, exhaló el espíritu con estas palabras al decir: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46); y que, turbado por el estremecimiento de exhalar el espíritu, lo encomendó a Dios Padre para que lo guardara, pues la desesperanza de la propia seguridad exigió la necesidad de la encomienda.
Pero estos hombres muy necios e impíos, no entendiendo que nada contradictorio ha sido dicho en las mismas cosas por el mismo, se aferraron sólo a las palabras y abandonaron las causas de esas mismas palabras. Pues siendo muy diferente Mi alma está triste hasta la muerte (Mt 26,38) de Desde ahora verán al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder (Mt 26,64), y no siendo lo mismo Padre, si es posible, pase de mí este cáliz (Mt 26,39) que El cáliz que me dio mi Padre, ¿no lo beberé? (Jn 18,11), y siendo muy diferente Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mt 27,46) de En verdad te digo: hoy estarás conmigo en el paraíso (Lc 23,43), y discrepando también mucho Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu (Lc 23,46) de Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen (Lc 23,34): incapaces de las palabras divinas, cayeron en la impiedad. Y como no convienen el estremecimiento y la libertad, la prisa y la excusa, la queja y la exhortación, la desconfianza y la intercesión, olvidados de la naturaleza y profesión divina, se aferraron a los actos y palabras de la dispensación como argumento de su impiedad. Así pues, nosotros, demostradas todas las cosas que hay en el misterio del alma y el cuerpo del Señor Jesucristo, no dejamos nada sin explorar ni en silencio: adaptando la inteligencia pacífica de todas las palabras a cada uno de los géneros de sus causas, mostramos que ni la confianza tiembla, ni la voluntad evita, ni la seguridad se queja, ni quien se encomienda en oración desea el perdón para otros; confirmando la fe de todas las palabras con la proclamación perfecta del misterio evangélico.
1.33. Así pues, porque ni la misma gloria de la resurrección contuvo a esos hombres desesperados dentro del entendimiento de la religión, sino que tomaron las armas de su impiedad a través de la profesión de la condescendencia, o trasladaron la revelación del misterio a la afrenta de Dios —a través de lo que fue dicho: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios (Jn 20,17), para que siendo para Él y para nosotros común tanto el Padre como padre como el Dios como Dios, quede fuera de la excepción del Dios verdadero en la profesión común, y la necesidad de la creación lo someta al Dios Creador como a nosotros, y la adopción lo reciba como hijo; y para que ya no se estime en Él ninguna propiedad de la naturaleza divina, según las palabras del Apóstol: Y cuando todo le esté sujeto, entonces también el propio Hijo se sujetará a quien le sujeta todo, para que Dios sea todo en todos (1 Co 15,27-28); porque la sujeción da testimonio de la debilidad del sujeto y significa el poder del que domina—: en el tratamiento también de estas cosas con la máxima demostración de la religión se ocupa el undécimo libro, demostrando también a partir de estas mismas palabras apostólicas que la sujeción no sólo no redunda en debilidad de la divinidad, sino que a través de ella misma se manifiesta la verdad de Dios —que ha nacido de Dios—: y que por el hecho de que tanto para Él como para nosotros el Padre es Padre y el Dios es Dios, mucho se nos gana a nosotros y nada se le quita a Él; pues habiendo nacido hombre y atravesado en su integridad los padecimientos de nuestra carne, ascendió a nuestro Dios y Padre para ser glorificado en Dios como hombre nuestro."
1.34. Lo que siempre recordamos que debe observarse en todo género de enseñanzas —que quienes han sido instruidos durante largo tiempo en el delgado ejercicio inicial y el largo uso de un estudio más humilde sean enviados después a las pruebas mismas de las realidades en que han sido formados: de modo que, habiendo ya ejercitado bien los combates antes de ser soldados, sean llevados al servicio militar; o habiendo intentado las disputas forenses en la materia escolar, sean enviados a las batallas de los tribunales; o habiendo el marinero aparejado con valor la nave en los estanques domésticos, sea confiado entonces a las tempestades del mar grande y extranjero—: eso mismo nos preocupamos de hacer en este entendimiento mayor y más grave de toda la fe. Pues habiendo imbuido antes, desde los inicios más ligeros, la fe tierna acerca del nacimiento, el nombre, la divinidad y la verdad, y habiendo elevado con suave progreso los afanes de los lectores hasta arrancar todas las ocasiones de los herejes, los condujimos ya a la palestra misma del glorioso y gran certamen: para que, en la medida en que la mente humana con la opinión del sentido común se queda corta para abrazar el entendimiento del nacimiento eterno, en esa misma medida se esforzaran con los estudios divinos en sentir lo que está más allá de la opinión de nuestra naturaleza; disolviendo principalmente esta cuestión que, cobrando fuerza con la torpeza de la sabiduría mundana, cree razonar sobre el Señor Jesús cuando dice: Hubo cuando no era, y No existió antes de nacer, y Fue hecho de los que no existen: pues como el nacimiento parece aportar la causa de que llegara a ser quien no era, y que viniera a nacer quien no existía, someten también por ello al Dios Unigénito al sentido de los tiempos —como si la propia fe y razón del nacimiento mostrara que en algún momento no existía—, y por eso dicen que nació de lo que no existía, porque el nacimiento proporciona el ser a lo que no era. Pero nosotros, predicando siempre al Padre, siempre al Hijo con los testimonios apostólicos y evangélicos, enseñaremos que el Dios de todo no es posterior a alguna cosa, sino anterior a todo: y que no le alcanza la temeridad de esta comprensión irreligiosa, de modo que naciese de los que no existen y no existiera antes de nacer; sino que existió siempre de tal manera que también lo proclamemos nacido; y que nació de tal manera que manifestemos que siempre ha existido: y que en Él no hay excepción de no haber nacido, sino eternidad del nacimiento; porque el nacimiento tiene autor, y la divinidad no carece de eternidad.
1.35. Y porque son ignorantes del dicho profético e inexpertos en la doctrina celestial, con el sentido y la propiedad de la sentencia corrompidos, se esfuerzan por afirmar a partir de ello que Dios fue creado más que nacido, porque fue dicho: El Señor me creó como principio de sus caminos para sus obras (Prov 8,22): para que sea de la naturaleza común de las criaturas, aunque sea superior en el género de la creación; y para que en Él no esté la gloria del nacimiento divino, sino el poder de la criatura poderosa. Pero nosotros, sin traer nada nuevo ni nada tomado de fuera, mostraremos la verdad y razón de lo dicho con ese mismo testimonio de la Sabiduría, y que lo que fue creado para el principio de los caminos de Dios y para sus obras no puede ser llevado al entendimiento del nacimiento divino y eterno, porque no es lo mismo haber sido creado para éstas que haber nacido antes de todo: pues donde hay significación de nacimiento, sólo hay profesión de nacimiento; pero donde hay nombre de creación, allí existe la causa anterior de esa misma creación: y aunque la Sabiduría haya nacido antes de todo, sin embargo, porque también fue creada para algunas cosas, no es lo mismo lo que es antes de todo y lo que comenzó a ser después de alguna cosa.
1.36. Enseguida pareció consecuente, rechazado el nombre de creación de la fe que tenemos sobre el Dios Unigénito, enseñar también lo que es congruente y religioso para la confesión del Espíritu Santo: para que, habiendo sido ya confirmados con el largo y diligente tratamiento de los libros anteriores, nada faltase a la totalidad de la fe, pues removidas las irreligiosidades también en lo que respecta a la opinión sobre el Espíritu Santo, la autoridad apostólica y evangélica contuviera dentro de la definición saludable el misterio de la Trinidad que regenera, íntegro e incontaminado: y para que ya nadie se atreviera, por el parecer del sentido humano, a incluir al Espíritu de Dios entre las criaturas, a Él que tomamos como prenda de inmortalidad y como participación de la naturaleza divina e incorruptible.
1.37. Yo soy consciente, Padre omnipotente, Dios, de que éste es el más principal de mis deberes de vida para contigo: que todo mi discurso y pensamiento hable de ti. Pues ningún otro premio mayor puede reportarme este mismo uso del habla que tú me has concedido, sino el de servirte a ti predicándote, y el de mostrarte como lo que eres —Padre, Padre del Dios Unigénito— al siglo que te ignora o al hereje que te niega. Y en esto, en verdad, sólo está la profesión de mi voluntad; lo demás hay que pedirlo como don de tu auxilio y misericordia: que llenes con el soplo de tu Espíritu las velas desplegadas de nuestra fe y confesión, y nos impulses en el camino de la predicación que hemos iniciado. Pues no nos es garante de promesa infiel aquel que dice: Pidan y se les dará; busquen y encontrarán; llamen y se les abrirá (Lc 11,9). Nosotros, pobres, pediremos las cosas que necesitamos, y aplicaremos un estudio perseverante en el escrutinio de las palabras de tus profetas y apóstoles, y llamaremos a todas las puertas de la inteligencia cerrada: pero tuyo es conceder lo pedido, estar presente a lo buscado, y abrirte a quien llama. Pues nos entumecemos con una cierta torpeza perezosa de nuestra naturaleza, y somos retenidos por la debilidad de nuestro entendimiento dentro de la necesidad de la ignorancia para comprender tus realidades; pero los esfuerzos de tu doctrina nos forman hacia el sentido del conocimiento divino, y la obediencia de la fe nos lleva más allá de la opinión natural.
1.38. Esperamos, pues, que incites los comienzos de esta empresa que emprendemos con temor, y que los confirmes con el progreso creciente, y que nos llames a la comunión del espíritu profético o apostólico: para que comprendamos sus palabras no con otro sentido que aquel con que ellos mismos hablaron, y sigamos las propiedades de las palabras con las mismas significaciones de las realidades. Pues vamos a hablar de lo que ellos predicaron como misterio: de ti, Dios eterno, Padre del Dios eterno Unigénito; y de que tú eres uno sin nacimiento, y el Señor Jesucristo uno desde ti con el nacimiento eterno —sin que deba incluirse en el número de los dioses por la diversidad de la verdad—; y de que no puede predicarse como no nacido de ti, que eres el único Dios; ni confesarse como otra cosa que el Dios verdadero, el que nació de ti, Dios verdadero y Padre. Concédenos, pues, el significado de las palabras, la luz del entendimiento, el honor de lo que se dice, la fe de la verdad: y haz que lo que creemos, también lo digamos; a saber, que nos sea dado conocer a ti, único Dios Padre, y al único Señor Jesucristo a través de los profetas y los apóstoles, y celebrarte ahora a ti, Dios, frente a los herejes que lo niegan, de tal manera que no sea como al único; y predicar a Él de tal manera que no sea como a un falso.