IX.1 Habiendo tratado en el libro anterior sobre la naturaleza indiferente [es decir, no diferente] de Dios Padre y de Dios Hijo, y demostrado que aquel dicho: «Yo y el Padre somos uno», no se refiere a un Dios solitario, sino a la unidad de una divinidad indiscreta según la generación —puesto que Dios nacido de Dios no puede no ser lo que Dios es—; tras haber recorrido, si no todos, al menos los testimonios divinos y apostólicos suficientes para la inteligencia, con los cuales se enseñaba la inseparable naturaleza y potestad del Padre y del Hijo, hemos llegado a este lugar de la fe apostólica, donde dice: «Mirad que nadie os engañe mediante la filosofía y vanas falacias, según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo y no según Cristo: porque en él habita corporalmente toda la plenitud de la divinidad». En esto enseñamos que, a través de la plenitud de la divinidad que habita corporalmente en Él, se demostraba a un Dios verdadero, perfecto y de la naturaleza paterna; de tal modo que la plenitud que habita no debía entenderse como algo distinto ni como algo único, puesto que la habitación corporal del Dios incorpóreo enseñaba la propiedad de la unidad natural en el Dios que subsistía de Dios; y Dios, habitando en Cristo, mostraba la natividad de Cristo subsistente, mientras es su habitante.
IX.2 Creo haber respondido suficiente y sobradamente a la impiedad de aquellos que referían lo dicho por el Señor: «El que me ha visto, ha visto al Padre»; y «El Padre está en mí y yo en el Padre»; y «Yo y el Padre somos uno»; y «Todo lo que es del Padre, mío es», solo a la unidad y concordancia de voluntad. Pues, aunque permanecía la fe de lo dicho, la religión de la doctrina falaz corrompía la inteligencia de lo dicho. Y aunque no se podía negar en esto el asentimiento de las voluntades, donde se predica la unidad de naturaleza, sin embargo, para abolir aquella unidad que es según la natividad, creían solo en una sociedad de concordia. Pero, enseñando el bienaventurado Apóstol, tras muchos pregones inequívocos de la verdad natural, la plenitud de la divinidad que habita corporalmente en Cristo, fue cortada toda pretensión de impía temeridad, puesto que la habitación corporal de la divinidad incorpórea producía una unidad natural. De modo que eso de que el Hijo no es solo, sino que el Padre permanece en él; y no solo permanece, sino que opera y habla; y no solo opera y habla, sino que es visto, no son nombres vacíos, sino realidades verdaderas, mientras tiene en sí, por el sacramento de la natividad, virtud a virtud, potestad a potestad, y naturaleza a naturaleza; poseyendo por la natividad lo que es suyo, y refiriendo de sí, mediante la imagen, lo que está en él. Pues la natividad perfecta presta una imagen perfecta, y la plenitud de la divinidad que habita corporalmente obtiene la verdad natural.
IX.3 Y aun siendo esto así, dado que Dios nacido de Dios no puede, por naturaleza, sino estar en esa naturaleza de su natividad por la cual es Dios, y la unidad indiferente de la naturaleza viviente es inseparable de sí misma bajo la natividad de la naturaleza viviente, los herejes, sin embargo, se deslizan para la ruina de la verdad mediante la confesión saludable de la fe evangélica, para quitar al Hijo la unidad natural, mientras componen lo dicho de otra manera y hacia otra cosa, para ser entendido de otra manera y en otra cosa. Por tanto, negando al Hijo de Dios, usan de aquella autoridad por la cual dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios»; para que, porque su profesión habló de un Dios único, todo lo que de ahí en adelante sea en nombre de Dios, ya no permanezca en la naturaleza de Dios, puesto que Dios es uno. Y para que eso que se llama Dios mismo sea por denominación más que por verdad, se esfuerzan por confirmar esto porque dijo: «Esta es la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero». Y para que esté fuera de la propiedad del Dios verdadero, añaden esto: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Intentan también aquello: «El Padre es mayor que yo». Finalmente, gloríanse de haber subvertido la fe de la Iglesia como con una profesión de divinidad negada de forma indisoluble, cuando leen: «Mas acerca de aquel día y hora nadie sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre». Pues no parece ser de naturaleza igualable por la natividad aquella que es diferente por la necesidad de la ignorancia; y que el Padre, sabiendo, y el Hijo, sin saber, manifiesten la disimilitud de la divinidad: porque Dios no debería ignorar nada, y el que ignora no debe compararse con el que sabe. Pero todos estos, ni entendiendo con razón, ni discerniendo los tiempos, ni aprehendiendo con sacramentos evangélicos, ni sintiendo con la virtud de lo dicho, hablan con un furor estulto e ignorante contra la naturaleza de la divinidad, recordando solo esto desnudo para llenar los oídos de los ignorantes, callando las absoluciones o las causas de los mismos: cuando la inteligencia de lo dicho debe buscarse ya sea por lo anterior o por lo consecuente.
IX.4 Y puesto que vamos a ofrecer la razón de esto, recordado anteriormente, a partir de las mismas profesiones, ya sean evangélicas o apostólicas, pensamos que todos deben ser amonestados sobre la fe común: que en la misma confesión en la que está la eternidad de la vida, esté la inteligencia de la eternidad. Ciertamente no conoce su propia vida, no conoce, quien ignora que Cristo Jesús es tanto Dios verdadero como hombre verdadero. Y es de igual peligro negar que Cristo Jesús sea Dios o carne de nuestro cuerpo. «Todo el que me confiese ante los hombres, yo también lo confesaré ante mi Padre que está en los cielos. Y al que me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre que está en los cielos». Esto lo hablaba el Verbo hecho carne, y el hombre Jesús Cristo enseñaba al Señor de la majestad: el Mediador, constituido en sí mismo para la salvación de la Iglesia, y existiendo como uno en ambos mediante aquel mismo sacramento de mediador entre Dios y los hombres, mientras él, de las naturalezas unidas en lo mismo, es la misma realidad de ambas naturalezas; de tal modo, sin embargo, que no carecía de ninguno en ambos, para que no sucediera que Dios dejara de ser hombre al nacer, y que el hombre, a su vez, no fuera Dios al permanecer. Esta es, pues, la fe verdadera de la felicidad humana: predicar a Dios y al hombre, confesar al Verbo y a la carne; que Dios no ignore que es hombre, y que la carne no ignore que es Verbo.
IX.5 Mas cuando, contra la naturaleza de nuestro sentido, Dios permanece y nace hombre, ya no es contra la naturaleza de nuestra esperanza que el hombre nacido permanezca Dios: puesto que la naturaleza más potente, nacida en la inferior, presta fe de que la inferior puede nacer en la naturaleza más potente. Y ciertamente, según la ley y la costumbre del mundo, esto es más pronto para nuestra esperanza que el efecto del sacramento divino. Pues el mundo tiene en aquellas cosas que nacen la virtud del incremento, no tiene la potestad de la disminución. Mira los árboles, las siembras, el ganado. Considera también al hombre mismo, partícipe de la razón: siempre progresa en aumento, nunca, en verdad, se contrae por disminución; ni carece de sí mismo aquello que ha crecido en sí. Pues, aunque languidezca por la edad o perezca por la muerte, tiene, en verdad, o mutación en el tiempo, o fin en la constitución de la vida; por lo demás, esto que es, no lo tiene en la virtud de no ser, para que se construya a sí mismo nuevo mediante la disminución desde el mismo, es decir, para que de anciano descienda a niño. La necesidad de nuestra naturaleza, pues, habiendo avanzado siempre en aumento por la ley del mundo, no espera imprudentemente el progreso de una naturaleza más potente: a la cual tanto el incremento es según la naturaleza, como la disminución es contra la naturaleza. Por tanto, fue propio de Dios ser otra cosa de la que permanecía, y, sin embargo, no dejar de ser lo que había permanecido; nacer Dios en el hombre, y, sin embargo, no dejar de ser Dios; contraerse hasta la concepción, las cunas y la infancia, y, sin embargo, no descender de la potestad de Dios. Esto no es sacramento para sí, sino para nosotros. Ni la asunción nuestra es progreso para Dios: sino que la voluntad de su contumelia es nuestro avance; mientras él no pierde lo que es Dios, y adquiere para el hombre que sea Dios.
IX.6 Nacido, pues, el unigénito Dios hombre de la Virgen, y según la plenitud de los tiempos en sí mismo para promover al hombre a Dios, mantuvo este modo del discurso evangélico en todas las cosas, para enseñar a ser creído Hijo de Dios, y amonestar a ser predicado Hijo del hombre: hablando y actuando como hombre todas las cosas que son de Dios, hablando después y actuando como Dios todas las cosas que son del hombre; de tal modo, sin embargo, que, mediante ese mismo discurso de ambos géneros, nunca habló sin la significación tanto del hombre como de Dios; habiendo mostrado siempre, sin embargo, a un solo Dios Padre, y profesándose en la naturaleza del único Dios por la verdad de la natividad; y no sometiéndose, sin embargo, a Dios Padre, no solo con el honor de hijo, sino con la condición de hombre: cuando toda natividad se refiere al autor, y toda carne se profesa enferma según Dios. De ahí, pues, es la ocasión para los herejes de engañar a los simples e ignorantes, para que mientan que las cosas que han sido dichas por él según el hombre, fueron dichas según la enfermedad de la naturaleza divina: y porque uno y el mismo es el que habla todas las cosas que habla, sostienen que todas las cosas las dijo acerca de sí mismo.
IX.7 Y ciertamente no negamos que todo ese discurso suyo, que permanece, sea de su naturaleza. Pero si Jesucristo es hombre y Dios; y ni cuando hombre, entonces primero Dios; ni cuando hombre, entonces no también Dios; ni después del hombre en Dios, no todo hombre todo Dios: es necesario que el sacramento de sus dichos sea uno y el mismo, lo que es el género. Y cuando en él distingues según el tiempo al hombre de Dios, distingue entonces el discurso de Dios y el del hombre. Y cuando confesarás a Dios y al hombre en el tiempo, juzga los dichos de Dios y del hombre en el tiempo. Cuando, en verdad, desde el hombre y Dios entiendes el tiempo de todo el hombre y de todo Dios, si algo de eso fue dicho para la demostración de ese tiempo, adapta lo dicho al tiempo: para que, siendo una cosa Dios antes del hombre, otra cosa ser hombre y Dios, otra cosa ser después del hombre y Dios todo hombre todo Dios; no confundas en los tiempos y géneros el sacramento de la dispensación, puesto que, por la cualidad de los géneros y naturalezas, es necesario que para él, en el sacramento del hombre, haya sido un discurso cuando no nacido, otro cuando aún moribundo, otro ya eterno.
IX.8 Por causa nuestra, pues, Jesucristo permaneciendo, y habiendo nacido hombre de nuestro cuerpo, habló según la costumbre de nuestra naturaleza: no omitiendo, sin embargo, que es de su naturaleza lo que es Dios. Pues aunque en el parto, la pasión y la muerte realizó cosas de nuestra naturaleza; sin embargo, realizó todas esas cosas mismas por la virtud de su propia naturaleza, mientras él mismo es para sí el origen de nacer, mientras quiere padecer lo que no es lícito que él padezca, mientras muere el que vive. Y, sin embargo, cuando Dios hace esto a través del hombre, nacido de sí mismo, padecido por sí mismo y muerto de sí mismo; no actuó de tal manera que no fuera también hombre, mientras nació, padeció y murió. Estos son sacramentos constituidos antes de la condición del mundo de los misterios celestiales, para que el unigénito Dios quisiera nacer hombre, debiendo permanecer eternamente en el hombre Dios: para que Dios quisiera padecer, para que el diablo, enfureciéndose con las pasiones de la humana enfermedad, no retuviera en nosotros la ley del pecado al asumir Dios nuestra enfermedad: para que Dios quisiera morir, para que ninguna insolente potestad estuviera contra Dios, ni pudiera usurpar la naturaleza de la virtud creada en sí, mientras el Dios inmortal se hubiera tenido dentro de la ley de la muerte. Nace, pues, Dios para nuestra asunción, padece, en verdad, para nuestra inocencia, finalmente muere para nuestra venganza: mientras nuestro hombre permanece en Dios, y las pasiones de nuestras enfermedades son asociadas a Dios, y las potestades de las iniquidades y maldades espirituales son sometidas por el triunfo de la carne, muriendo Dios a través de la carne.
IX.9 Por tanto, el Apóstol, consciente de este sacramento y habiendo obtenido la ciencia de la fe a través del Señor mismo, al no ignorar que el mundo, los hombres y la filosofía eran incapaces de él, dice: «Mirad que nadie os engañe mediante la filosofía y vanas falacias, según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo y no según Jesucristo: porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente, y habéis sido colmados en él, que es cabeza de todo principado y potestad». Expuesta, pues, la plenitud de la divinidad que habita corporalmente en él, sometió continuamente el sacramento de nuestra asunción, diciendo: «Habéis sido colmados en él». Pues, así como en él está la plenitud de la divinidad, así nosotros hemos sido colmados en él. Ciertamente no dice: habéis sido colmados, sino, en él habéis sido colmados: porque todos los regenerados y por regenerar a la vida eterna por la esperanza de la fe, permanecen ahora en el cuerpo de Cristo; siendo ellos mismos colmados después, no ya en él, sino en ellos mismos, según aquel tiempo del que el Apóstol dice: «El cual transformará el cuerpo de nuestra humildad, conforme al cuerpo de su gloria». Ahora, pues, hemos sido colmados en él, es decir, mediante la asunción de su carne, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad. Y no es pequeña la potestad de esta nuestra esperanza en él. Pues el hecho de que hayamos sido colmados en él, esto es la cabeza y el principio de toda potestad, según aquello: «Para que en su nombre toda rodilla se doble, de los celestiales, y de los terrestres, y de los infernales; y toda lengua confiese, que Jesucristo está en la gloria de Dios Padre». Esta será, pues, la confesión: que Jesús está en la gloria de Dios Padre, y que, habiendo nacido en el hombre, ya no permanece en la enfermedad de nuestro cuerpo, sino en la gloria de Dios. Y toda lengua confesará esto. Y cuando los celestiales y terrestres doblen la rodilla: esta es la cabeza de todo principado y potestad, para que todo esté sujeto a él doblando la rodilla, en quien hemos sido colmados, y quien debe ser confesado, mediante la plenitud de la divinidad que habita en él corporalmente, en la gloria de Dios Padre.
IX.10 Habiendo demostrado, pues, tanto el sacramento de su naturaleza como el de nuestra asunción, mientras somos colmados en él mediante aquello por lo que nació hombre, mientras la plenitud de la divinidad permanece en él: ejecuta la restante dispensación de la humana salvación, diciendo: «En quien también fuisteis circuncidados con circuncisión no hecha por mano, en el despojo del cuerpo de la carne, sino en la circuncisión de Cristo, siendo sepultados con él en el bautismo, en el cual también resucitasteis por la fe en la operación de Dios, que lo levantó de los muertos». Somos circuncidados, pues, no con circuncisión carnal, sino con la circuncisión de Cristo, es decir, renacidos en el hombre nuevo. Pues cuando somos sepultados en su bautismo, es necesario que muramos del hombre viejo; porque la regeneración del bautismo es virtud de la resurrección. Y esta es la circuncisión de Cristo, no despojarse de la carne del prepucio, sino morir totalmente con él, y por ello vivir totalmente después para él. Pues en él resucitamos por la fe en aquel Dios que lo levantó de los muertos. Debe, pues, creerse en Dios, por cuya operación Cristo fue levantado de los muertos: porque esa fe resucita con Cristo.
IX.11 Se consuma después, pues, todo el sacramento del hombre asumido: «Y estando vosotros muertos en los delitos y en el prepucio de vuestra carne, os vivificó con él, perdonándoos todos los delitos, borrando el documento que había contra nosotros en las sentencias, que nos era contrario: y lo quitó de en medio, clavándolo en la cruz: despojado de la carne, hizo exhibición de las potestades, triunfando sobre ellas en sí mismo». El hombre del siglo no capta la fe apostólica, y ningún otro discurso que no sea el suyo propio explica los dichos de su sentido. Dios levanta a Cristo de los muertos, y a Cristo, en quien habita corporalmente la plenitud de la divinidad. Pero nos vivificó con él, perdonándonos los pecados, y borrando el documento de la ley del pecado, que por las sentencias anteriores nos era contrario, quitándolo de en medio y clavándolo en la cruz, despojándose de la carne por la ley de la muerte, devolviendo a las potestades a la exhibición, triunfando sobre ellas en sí mismo. Y sobre las potestades triunfadas en sí mismo, y devueltas a la exhibición, borrado el documento y vivificados nosotros, ya hemos tratado anteriormente. Pero ¿quién aprehenderá o elocuentará este sacramento? La operación de Dios levanta a Cristo de los muertos, y esta misma operación de Dios nos vivifica con Cristo, y esta misma operación perdona los pecados, borra el documento y lo clava en la cruz: se despoja de la carne, devuelve las potestades a la exhibición, y triunfa sobre ellas en sí mismo. Tienes la operación de Dios que levanta a Cristo de los muertos: tienes también a Cristo que opera en sí mismo estas mismas cosas que Dios opera. Pues Cristo murió, despojándose de la carne. Ten, pues, al Cristo hombre levantado de los muertos por Dios, ten al Cristo Dios que opera la operación de nuestra salvación cuando iba a morir: para que, cuando Dios opera esto en Cristo, aunque Dios opera, Cristo sin embargo, que iba a morir, se despoja de la carne: y cuando Cristo murió, operando Dios antes de la muerte, la operación de Dios levante, sin embargo, a Cristo muerto; mientras él mismo es (es lo mismo) el que levanta a Cristo de los muertos, que es el Cristo que operó antes de la muerte, y el mismo es el que, al morir, se despoja de la carne.
IX.12 ¿Entiendes ya el sacramento de la fe apostólica? ¿Tienes ya conocido a Cristo? Pregunto, pues, de ti: ¿quién es el que se despoja de la carne, y cuál es esa carne despojada? Pues tengo la significación de doble inteligencia por el Apóstol, de la carne despojada y del que se despoja de la carne: y entre estos escucho a Cristo levantado de los muertos por la operación de Dios. Y siendo Dios quien levanta a Cristo de los muertos, y siendo Cristo el levantado de los muertos: pregunto quién es el que se despoja de la carne, y quién es el que levanta a Cristo de los muertos, y nos vivifica con Cristo. Si, pues, no es el mismo Cristo muerto el que es la carne despojada, muestra el nombre de la carne despojada: y a su vez, expón la naturaleza de aquel que se despojó de la carne. Pues encuentro que el mismo Dios es Cristo levantado de los muertos, que se despojó de la carne, y a su vez que la carne despojada es Cristo levantado de los muertos: después encuentro al que devuelve las potestades a la exhibición y triunfa en sí mismo. ¿Entiendes a este que triunfa sobre las potestades en sí mismo? ¿Sientes que no difiere de sí la carne despojada y el que se despojó de la carne? Pues en sí mismo triunfa, es decir, en aquella en la cual se despojó de la carne. ¿Ves cómo se predica a Dios y al hombre: de modo que la muerte se impute al hombre, pero la excitación de la carne a Dios; no obstante, para que no sea uno el que murió y otro aquel por quien el muerto resucita? Pues la carne despojada es el Cristo muerto: y a su vez, el que levanta a Cristo de los muertos, es el mismo Cristo que se despoja de la carne. Entiende la naturaleza de Dios en la virtud de la resurrección: conoce la dispensación del hombre en la muerte. Y aunque ambas cosas han sido realizadas por sus naturalezas, recuerda, sin embargo, que un solo Cristo Jesús es el que es ambos.
IX.13 Aunque, en verdad, recordara frecuentemente que se refiere a Dios Padre por el Apóstol, que Cristo fue levantado de los muertos: pero no es el Apóstol contrario a sí mismo en sus dichos fuera de la fe evangélica, mayormente diciendo el Señor: «Por esto me ama el Padre, porque yo pongo mi alma, para volver a tomarla. Nadie me la quita, sino que yo la pongo por mí mismo. Tengo potestad de ponerla; y tengo potestad de volver a tomarla. Este mandamiento recibí de mi Padre». O cuando se le pidió que mostrase una señal para la fe sobre sí mismo, dice sobre el templo de su cuerpo: «Disolved este templo, y yo en tres días lo levantaré». Pues cuando se enseña a sí mismo ser Dios de su resurrección tanto por la potestad de tomar el alma como por la virtud de levantar el templo, refiriendo todo esto, sin embargo, a la autoridad del mandamiento paterno: no se entiende al Apóstol de manera contraria, predicando a Cristo como virtud de Dios y sabiduría de Dios, al haber referido toda la magnificencia de su obra a la gloria del Padre por eso, porque cualquier cosa que Cristo realiza, la virtud de Dios y la sabiduría lo realiza; y cualquier cosa que la virtud de Dios y la sabiduría realiza, sin duda lo realiza Dios, de quien Cristo es tanto sabiduría como virtud. Finalmente, ahora Cristo es levantado de los muertos por la operación de Dios: porque él mismo realizó las obras de Dios Padre por naturaleza no diferente de Dios. Y en ese Dios hay fe de resurrección, quien levantó a Cristo de los muertos.
IX.14 Esta predicación, pues, del significado gemelo en Cristo mantuvo el bienaventurado Apóstol, para enseñar tanto la enfermedad del hombre en él, como la virtud de Dios y su naturaleza, según aquel dicho a los corintios: «Pues aunque fue crucificado por debilidad, vive por la virtud de Dios», mostrando la muerte de la debilidad humana, pero la vida de la virtud de Dios: y aquel otro a los romanos: «Pues en cuanto murió al pecado, murió una vez; mas en cuanto vive, vive para Dios. Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús»: atribuyendo la muerte al pecado, es decir, a nuestro cuerpo, pero la vida a Dios, para quien es natural que vive, y por ello que nosotros debemos morir a nuestro cuerpo, para que vivamos para Dios en Cristo Jesús, quien asumiendo el cuerpo de nuestro pecado, ya vive totalmente para Dios, unida la sociedad de nuestra naturaleza a la comunión de la inmortalidad divina.
IX.15 Estas cosas, pues, debían ser demostradas por mí en pocas palabras, para que recordáramos que la persona de ambas naturalezas es tratada en el Señor Jesucristo: porque quien permanecía en la forma de Dios, tomó la forma de siervo, por la cual fue obediente hasta la muerte. Pues la obediencia de la muerte no está en la forma de Dios, así como tampoco la forma de Dios está en la forma de siervo. Pero por el sacramento de la dispensación evangélica, no es otro en la forma de siervo que el que está en la forma de Dios: cuando, sin embargo, tomar la forma de siervo y permanecer en la forma de Dios no es lo mismo; y cuando no pudo tomar la forma de siervo, sino mediante su vaciamiento, quien permanecía en la forma de Dios, no conviniendo a sí mismo el concurso de ambas formas. Pero no es otro y diverso el que se anonadó y el que tomó la forma de siervo. Pues no puede haber tomado el que no sea; porque es de aquel que subsiste el tomar. Por tanto, el vaciamiento de la forma no es la abolición de la naturaleza: porque quien se vacía, no carece de sí mismo; y quien toma, permanece. Y cuando él mismo es el que vacía y el que toma, tiene en verdad en él el sacramento, que se vacía y se toma; no tiene, sin embargo, la destrucción, para que no exista el que vacía, y para que no sea el que toma. Así, pues, el vaciamiento aprovecha para que la forma de siervo prospere, no para que Cristo, que estaba en la forma de Dios, no permanezca siendo Cristo; cuando Cristo no tomó sino la forma de siervo. Quien, cuando se hubo vaciado, para que permaneciendo el Espíritu Cristo el mismo Cristo fuera hombre; en el cuerpo la mutación del hábito y la asunción de la naturaleza no destruyó la naturaleza de la divinidad que permanece: porque uno y el mismo Cristo es, tanto el que muta el hábito como el que asume.
IX.16 Mostrada, pues, la dispensación de los sacramentos, mediante la cual los herejes engañaban a los ignorantes, para que todas las cosas que fueron dichas y hechas mediante la naturaleza del hombre asumido las atribuyeran a la enfermedad de la divinidad, y deputaran a la forma de Dios lo que es apto para la forma propia de siervo: ahora debe responderse a sus mismas proposiciones. Pues ya con seguridad serán juzgados los géneros de cada uno de los dichos, cuando solo la fe sea confesar al Verbo y a la carne, es decir, al Dios y hombre Jesucristo. Por tanto, los herejes piensan que nuestro Señor Jesucristo debe ser negado por naturaleza, porque dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno sino solo Dios» (Marcos X, 18). Toda la razón de las respuestas es necesario que parta de las causas de las preguntas. Pues se responderá a aquello de donde se pregunte. Y primero pregunto al calumniador de este dicho, si acaso estima que el Señor argumenta por qué fue llamado bueno, y prefirió que se le llamase malo. Pues parece significarse esto en este dicho: «¿Por qué me llamas bueno?». No opino que nadie sea tan insensato que quiera atribuirle la profesión de malicia al que dijo: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Tomad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas. Porque mi yugo es suave, y mi carga ligera es» (Mateo XI, 28). Se profesa manso y humilde: ¿y se creerá que se enoja porque fue llamado bueno? Esta diversidad de profesiones disiente, para que el testigo de su propia bondad acuse en sí el nombre de bondad. Por tanto, no se entiende que se enoje porque se le llame bueno. Y se debe preguntar qué otra profesión sobre sí mismo argumenta, quien no debe creerse que argumenta en sí el nombre de bondad.
IX.17 Veamos, pues, qué dijo el que preguntaba además de bueno: pues dice: «Maestro bueno, ¿qué haré de bueno?» (Marcos X, 17). Dos cosas, pues, nombró: bueno y maestro. Y porque no argumenta que se le llame bueno; es necesario que argumente esto, que fue llamado maestro bueno. Pero argumenta de tal manera que se le llame maestro bueno, que argumentaba más bien la fe del que preguntaba, que el nombre de maestro o de bueno en sí mismo. Pues el joven insolente por la observancia de la ley, y desconociendo el fin de la ley que es Cristo, y existimándose justificado en las obras, y no entendiendo que él había venido a las ovejas perdidas de la casa de Israel, y que era imposible a la ley salvar a los creyentes mediante la fe de la justificación, interroga al Señor de la ley y unigénito Dios como a un maestro de los preceptos comunes y de los escritos en la ley. Por tanto, el Señor, detestando esta profesión de fe irreligiosa sobre sí, porque era interrogado como maestro de la ley, respondió: «¿Por qué me llamas bueno?». Y para significar hasta dónde debía ser entendido y profesado como bueno, añadió: «Nadie es bueno sino solo Dios»; no rechazando el nombre de bondad, si esto se le atribuyera como a Dios.
IX.18 Finalmente, mostrando que él argumenta en sí mismo el nombre de maestro bueno por la fe de aquel que lo interrogaba como a un hombre, después de la jactancia del joven y la gloria de la ley cumplida, respondió así: «Una cosa te falta: ve, vende todo lo que tienes, y da a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme» (Marcos X, 21). No rechaza el nombre de bondad sobre sí mismo el que promete el tesoro celestial: ni no quiere ser visto como maestro el que se presta como guía de esta beatitud perfecta. Argumenta, en verdad, la fe de la opinión terrenal sobre sí mismo, enseñando que la bondad está solo en Dios. Y para significar que él era tanto Dios como bueno, usó de los oficios de la bondad, abriendo los tesoros celestiales, y tributándose a sí mismo como previo hacia ellos. Así también detesta las cosas que se le deferían solo como a hombre; ni se profesa ajeno de estas cosas que atribuía a Dios: cuando, confesando que solo Dios es bueno, él mismo hablaba y hacía aquellas cosas que son de la virtud, bondad y naturaleza del único Dios.
IX.19 Por tanto, se entiende que no rechazó el nombre de bondad, pero que tampoco recusó el honor de maestro, sino que argumentó la fe de aquel que no había sabido nada en él sino corporal y carnal; de aquí se entiende, porque habló de otra manera a los Apóstoles que lo confesaban maestro, diciendo: «Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y bien decís; porque lo soy» (Juan XIII, 13), y cuando en otra parte había dicho: «No os llaméis maestros, porque vuestro maestro es Cristo» (Mateo XXIII, 10). Donde con fe es maestro, allí alaba tanto que hasta profesa este nombre: aquí, en verdad, no reconoce el nombre de maestro bueno, donde no se entendió que él es el Señor, ni Cristo: predicando solo al único Dios bueno, no separándose ciertamente a sí mismo de Dios, él que profesándose tanto Señor como Cristo, se muestra guía del tesoro celestial.
IX.20 El Señor mantuvo siempre este modo de fe eclesiástica, que predicando a Dios Padre como único Dios, no se separaba a sí mismo del sacramento del Dios único, mientras por la naturaleza de la natividad no se profesaba otro Dios, ni tampoco él mismo: porque ni la naturaleza en él permite que sea un Dios de diverso género, ni la natividad admite que no sea perfecto para él aquello que es hijo. Así, ni puede ser separable de Dios, ni él mismo es. Por lo cual templa de tal manera toda la significación de su discurso, que cualquier honor que protestara para Dios Padre, lo mostraba con modestísima confesión que también le era propio. Pues cuando dice: «Creed en Dios, y creed en mí», pregunto: ¿en qué se diferenció a sí mismo en naturaleza, si no se diferenció en honor? Pues diciendo: «Y creed en mí», cuando había dicho: «Y creed en Dios», ¿acaso por eso que dice, en mí, no se entiende que significó también su propia naturaleza? Separa la naturaleza, si separas la fe. Si creer en Dios sin Cristo es vida, arranca a Cristo tanto del nombre como de la propiedad de Dios. Pero si creer en Cristo perfecciona la vida para aquellos que crean en Dios, que el lector diligente pondere la virtud del verbo: «Creed en Dios, y creed en mí». Pues cuando dice: «Creed en Dios, y creed en mí», unió a sí mismo a la fe de Dios, y la unió a su naturaleza, cuando con el Dios recordado, en quien debía creerse, enseñó que también debía creerse en sí mismo: enseñando por ello que es Dios, cuando debe creerse en él por aquellos que crean en Dios. Excluyó, sin embargo, la ocasión de la unión irreligiosa: porque cuando profesó que debía creerse tanto en Dios como en sí mismo, no dejó la fe sobre sí mismo como solitario.
IX.21 Aunque, pues, en muchísimos y casi todos sus dichos haya prestado la absolución de este sacramento, para que nunca, habiendo confesado a Dios Padre, se separara de su unidad; y poniéndose en su unidad, no confesara, sin embargo, a uno mismo como uno y solitario: sin embargo, también por esto o mayormente se entiende que se enseña el sacramento tanto de la unidad como de la natividad, cuando dice: «Mas yo tengo testimonio mayor que el de Juan. Porque las obras que me dio el Padre para que las realice, esas mismas obras que hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me envió. Y el que me envió, el Padre, él mismo ha testificado de mí. Ni habéis oído jamás su voz, ni habéis visto su figura, y no tenéis su palabra permaneciendo en vosotros: porque al que envió él, a este no creéis» (Juan V, 36). ¿Cómo se entiende verdaderamente que el Padre testificó del Hijo, cuando ni él mismo fue visto, ni su voz fue oída? Recuerdo ciertamente que fue oída la voz desde los cielos, diciendo: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia: a él oíd». Y ¿cómo no fue oída la voz de Dios, cuando la voz oída contiene en sí la significación de la voz paterna? Pero tal vez los que permanecían en Jerusalén no oyeron, porque solo Juan oyó en los desiertos. ¿Se debe buscar, pues, en Jerusalén cómo testificó el Padre? Pues no usa ya del testimonio de Juan que oía la voz desde el cielo, sino que tiene un testimonio mayor que Juan, y lo que era esto, lo sometió continuamente: «Porque las obras que me dio el Padre para que las realice, esas mismas obras que hago, dan testimonio de mí, de que el Padre me envió». Reconozco la autoridad del testimonio: pues nadie, sino el Hijo enviado por el Padre, realizaría esto. Su obra, pues, es testimonio. Pero ¿qué sigue finalmente? «Y el que me envió, el Padre, él mismo ha testificado de mí. Ni habéis oído jamás su voz, ni habéis visto su figura, y no tenéis su palabra permaneciendo en vosotros». ¿Están, pues, fuera de crimen los que ignoran el testimonio del Padre, los que en ellos nunca fue oído ni visto, y en ellos no permanece su palabra? Pero no están bajo perdón los desconocidos para sí mismos del testimonio: porque profesa que el testimonio del Padre sobre sí mismo es el testimonio de sus obras. Las obras, pues, testifican sobre él de que ha sido enviado por el Padre; pero este testimonio de las obras es del Padre. Y cuando la operación del Hijo es testimonio del Padre, es necesario que se entienda que opera en Cristo aquella naturaleza, por la cual el Padre también es testigo. Y así Cristo operando, y el Padre testificando en su obra, se muestran ser de inseparable naturaleza según la natividad; cuando el testimonio de Dios sobre Cristo se significa que es esa misma operación de Cristo.
IX.22 Por tanto, no están fuera de culpa los desconocidos para sí mismos del testimonio; cuando la obra de Cristo es testimonio del Padre sobre él. Y tampoco en eso, de que no hayan oído la voz del testificante, y no hayan visto la figura, y no hayan tenido su palabra permaneciendo, por ello están sin la conciencia del testimonio. Pues a aquello que fue dicho: «Ni habéis oído jamás su voz, ni habéis visto su figura, y no tenéis su palabra permaneciendo en vosotros»; para que, cuando el Padre hubiera testificado sobre él, pudiera entenderse la causa de ni la voz oída, ni la figura vista, ni la palabra permaneciendo en ellos, sometió continuamente: «Porque al que envió él, a este no creéis»: demostrando que, creyendo en él, la voz de Dios debía ser oída, la figura de Dios debía ser vista, y su palabra debía estar en aquellos que creyeran; cuando por la unidad de la naturaleza el Padre hablaba, era visto y era tenido en él. ¿Acaso no significa al Padre, cuando es enviado por él? ¿Acaso se diferencia de alguna manera de naturaleza del Padre, cuando de aquí el Padre testificando sobre él, ni fue oído, ni fue visto, ni fue entendido, porque al enviado por el Padre no se creyó? No se separa, pues, el unigénito Dios de Dios, confesando a Dios Padre: sino que, demostrándose a Dios Padre mediante la significación del Padre, se constituyó a sí mismo también en el honor de Dios.
IX.23 Pues en este mismo y único discurso, en el que enseña con sus obras que él mismo fue enviado por el Padre, y significa al Padre testificando que fue enviado por él, cuando había dicho: «Y no buscáis el honor de aquel que es el único Dios», no dejó, sin embargo, este dicho desnudo y no preparado anteriormente para la fe de la unidad. Pues más arriba dice así: «No queréis venir a mí para que tengáis vida. No recibo honor de los hombres; pero os he conocido, que no tenéis el amor de Dios en vosotros. Yo he venido en nombre de mi Padre, y no me habéis recibido: si otro viniere en su propio nombre, a ese recibiréis. ¿Cómo podéis creer vosotros que recibís honor de los hombres, y no buscáis el honor de aquel que es el único Dios?». Reprueba el honor de los hombres: porque el honor debe buscarse más bien de Dios, y es propio de los infieles recibir honor unos de otros. Pues ¿qué honor impartirá el hombre al hombre? Por tanto, dice que le es conocido que el amor de Dios no está en ellos: y enseña que esta es la causa de que el amor de Dios no permanezca en ellos, porque no le reciben a él que viene en nombre de su Padre. ¿Qué es, pregunto, venir en nombre del Padre? ¿Acaso algo distinto de venir en nombre de Dios? ¿O acaso no es por eso que el amor de Dios no está en ellos, porque no fue recibido el que venía en nombre de Dios? ¿O acaso no había significado en sí también la naturaleza de Dios, diciendo: «No queréis venir a mí para que tengáis vida»? Pues en el mismo discurso ya había dicho: «En verdad, en verdad os digo que viene la hora, y ahora es, en la cual los muertos oirán la voz del Hijo de Dios; y los que oyeran, vivirán». Cuando viene en nombre del Padre; ni él mismo es el Padre, ni, sin embargo, no está en él la naturaleza de la divinidad por la cual el Padre es Padre: porque es propio tanto del Hijo como de Dios venir en nombre de Dios Padre. Después, debe ser recibido otro que viene en el mismo nombre. Pero este es hombre, de quien los hombres esperarán el honor para sí mismos, y a quien rendirán honor a su vez; cuando, sin embargo, fingirá que él mismo vino en nombre del Padre. Y que aquí se significa al anticristo no es oscuro. Y cuando honrarán a este, y serán honrados por él (pues recibirán este espíritu de error); no buscarán el honor de aquel que es el único Dios.
IX.24 ¿Acaso cuando no tienen el amor de Dios por el hecho de no haber recibido a él que venía en nombre del Padre, y, por el contrario, recibiendo a otro que viene en el mismo nombre, y recibiendo honor unos de otros, no buscan el honor de aquel que es el único Dios, podrá entenderse que Cristo se separa del honor del único Dios; cuando el honor del único Dios no se busca por el hecho de que, al recibir al anticristo, no fue recibido él? Pues aquel cuya repudiación es la omisión del honor del único Dios; en el honor de este es necesario que esté el honor del único Dios, en cuya recepción, si hubieran permanecido, habrían buscado el honor del único Dios. Y este mismo discurso es testigo para nosotros, en cuyo exordio se contiene: «Para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió». Nunca se igualan en honor si no son naturales: ni el honor igualado separa a los que deben ser honrados. Sin embargo, con el sacramento de la natividad se exige la igualdad del honor. Cuando el Hijo debe ser honrado como el Padre, y cuando no se busca el honor de aquel que es el único Dios, no está fuera del honor del único Dios, cuyo honor es el mismo y uno, y de Dios: porque así como el que no honra al Hijo, no honra tampoco al Padre; así también el que no busca el honor del único Dios, no busca el de Cristo. Es, pues, inseparable de Dios el honor de Cristo. Y cómo uno y el mismo es de ambos, también lo enseña por esto, cuando dice, anunciada a sí la enfermedad de Lázaro: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea honrado por ella». Por la gloria de Dios muere Lázaro, para que el Hijo de Dios sea glorificado por Lázaro. ¿Se duda acaso que la gloria de Dios esté en la gloria del Hijo de Dios; cuando la muerte de Lázaro, que es gloriosa para Dios, va a producir gloria para el Hijo de Dios? Y así, también se enseña la unidad natural por la natividad de Dios Padre en Cristo, cuando la enfermedad de Lázaro es para la gloria de Dios; y se retiene el sacramento de la fe, cuando por Lázaro debe ser glorificado el Hijo de Dios: entendiéndose por ello a Dios por el Hijo de Dios, y no entendiéndose a Dios de modo que no se confiese también al Hijo de Dios; cuando al glorificar a Dios por Lázaro, el Hijo de Dios es glorioso.
IX.25 El nacimiento del que vive del que vive es inseparable del sacramento de la naturaleza divina, ni el Hijo de Dios acepta mutación de género, para que no permanezca en él la verdad de la naturaleza paterna. Pues aun en estas mismas significaciones, con las que, habiendo confesado a un solo Dios, parece que habría negado en sí la naturaleza de Dios bajo la demostración de lo único, se colocó, sin embargo, en la unidad de la naturaleza paterna, no derribando la fe del único Dios. Pues, interrogado por el Escriba sobre cuál era el mandamiento principal en la ley, respondió: «Oye, Israel, el Señor Dios nuestro, el Señor uno es: y amarás al Señor Dios tuyo de todo tu corazón, y de toda tu alma, y de todas tus entrañas, y de toda tu virtud. Este es el primer mandamiento. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. No hay mandamiento mayor que estos». Se piensa que se ha enajenado de la naturaleza y religión del único Dios, cuando esta es la profesión del mandamiento principal: «Oye, Israel, el Señor Dios nuestro, el Señor uno es»: después (se añade, aunque) no se constituyó a sí mismo en la religión del mandamiento consecuente, cuando la ley nos llamaba al amor del prójimo, así como a la fe del único Señor. Y, en verdad, la respuesta del Escriba no debe ser descuidada, diciendo: «Bien has dicho, maestro, en verdad, que uno es Dios, y no hay otro fuera de él: y amarlo de todo el corazón y de todas las fuerzas y de toda el alma: y amar al prójimo como a sí mismo. Esto es mayor que todos los holocaustos y sacrificios». La respuesta del Escriba parece convenir con los dichos del Señor, profesando la caridad íntima e interna del único Dios, pero prometiendo el amor del prójimo según la verdad del propio amor, y entendiendo que la caridad hacia Dios y hacia el hombre es mayor que los holocaustos de los sacrificios. Pero debe verse qué sigue.
IX.26 Viendo, pues, Jesús que había respondido sabiamente, le dijo: «No estás lejos del reino de Dios». ¿Qué pretende la profesión de tan moderada respuesta, cuando esta fe consuma al hombre para el reino de los cielos, creer en un solo Dios, y amarlo con toda el alma y todas las fuerzas y todo el corazón, amar también al prójimo como a sí mismo; este Escriba ya no está en el reino de Dios, sino que no está lejos del reino de Dios? A otros se da esto con otra significación, a los que visten a los desnudos, y alimentan al hambriento, y dan de beber al sediento, y visitan al enfermo, y frecuentan al encerrado en la cárcel: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino preparado para vosotros desde la constitución del mundo». O a aquellos para quienes esta es la recompensa del espíritu pobre: «Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos». Este es el fruto perfecto, y es la posesión absoluta, y no la incierta tradición del reino preparado. ¿O acaso el adolescente no confesaba algo menos que esto? Pues, igualada a su amor la dilección del prójimo, ¿qué no había hecho sobre la consumación de la buena obra? Pues a veces ser indulgente y oficioso no es de caridad perfecta: la caridad perfecta, en verdad, cumplió todo oficio de cualquier modo de indulgencia, cuando no dejó lo que debe a otro, el que tanto rinde a otro cuanto a sí mismo. Pero el Señor, colmando la profesión de fe del Escriba, retenido por la ignorancia del sacramento consumado, y respondiendo que no estaba lejos del reino de Dios, no lo constituyó, sin embargo, ya en la posesión misma de la bienaventurada esperanza. Pues tendía por un curso feliz, aunque ignorante, y con la dilección de Dios preferida a todos, y la caridad del prójimo igualada a su propia dilección. Cuando, sin embargo, había preferido el amor de Dios a esa misma caridad del prójimo, ya no estaba contenido por los preceptos de los holocaustos y sacrificios. Esto no estaba lejos del sacramento evangélico.
IX.27 Y por qué no está lejos del reino de Dios, cuando más bien va a estar en el reino de Dios, debe entenderse de los mismos dichos del Señor. Pues sigue: «Y ya nadie osaba interrogarlo. Y respondiendo Jesús, dijo enseñando en el templo: ¿Cómo dicen los Escribas que Cristo es hijo de David? Pues el mismo David dice en el Espíritu Santo: Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies. El mismo David lo llama Señor; y ¿de dónde es su hijo?». No está lejos, pues, del reino de Dios el Escriba que confiesa un solo Dios, a quien debería amarse sobre todas las cosas. Pero es amonestado por su propia profesión, por qué ignora el sacramento de la ley, y no sabe que Cristo Señor, Hijo de Dios, debe ser confesado por la naturaleza de la natividad en la fe del único Señor. Y porque mediante la profesión del único Señor según la ley, no parecía dejarse para el Hijo de Dios, para que permaneciera en el sacramento del único Señor; amonesta al Escriba cómo David decía que Cristo es hijo, cuando David lo había profesado como su Señor; ni la naturaleza permitiría que quien fuera hijo de tan gran patriarca, fuera también Señor. Esto, para que el Escriba, entendiéndolo solo según la carne y el parto de María que era de David, recordara que David, según el Espíritu, lo llamó Señor más bien que hijo; y para que no separara de Cristo el sacramento del único Señor, eso que fue dicho: «Oye, Israel, el Señor Dios nuestro, el Señor uno es», cuando tan gran patriarca y profeta lo confesaba como su Señor a aquel que había nacido del vientre del Señor antes del lucero: no ciertamente olvidadizo de la ley, ni ignorante de que no debe confesarse otro Señor, sino que debía entenderse que es Señor sin fe violada de la ley, aquel que había subsistido por el sacramento de la natividad natural del vientre del Dios incorpóreo; cuando, siendo uno de uno, por la naturaleza del único Señor, tenía en sí lo natural que es Señor.
IX.28 ¿Qué lugar queda, pues, ya ahora para dudar? El Señor mismo, enseñando que el mandamiento principal de la ley está en la confesión y amor del único Señor, no usó de su propio testimonio ante el Escriba, sino del Profeta, de que él es Señor: significando, sin embargo, que es Señor siempre por eso que es Hijo de Dios. Pues por eso permanece en el sacramento del único Dios por la natividad, porque la natividad de Dios, teniendo en sí la naturaleza de Dios, no exceda hacia otro Dios por diversidad de naturaleza; y la verdad de la generación ni quite al Padre para que no sea Señor, ni deje de perfeccionar al Hijo para que también sea Señor. Y así ni el Padre pierde la autoridad, ni el Hijo no tiene la naturaleza: por lo cual ni el Dios Padre no es el Señor único, ni el unigénito Dios Señor se separa del único; cuando él mismo, siendo uno, subsiste de un Señor en Señor: enseñando que el Señor es uno por la ley, de modo que se confirma también a sí mismo Señor por testimonio del Profeta.
IX.29 Que la respuesta de la fe evangélica se extienda a través de las restantes proposiciones del furor impío, y que resista a estas mismas por las que es impugnada: y venciendo con las armas de su propia ruina, demuestre que los dichos de un solo Espíritu son también doctrina de una sola fe. Pues no es otro Cristo, sino el que ha sido predicado, es decir, Dios verdadero, y permaneciendo en la gloria del único Dios verdadero: y así como se profesó Señor por la ley, mientras parecía negarlo; así también se muestra en los Evangelios verdadero Dios, mientras se estima que no lo confiesa. Pues se excusan por este dicho suyo, para que los herejes no confiesen que él es Dios verdadero: «Esta es, pues, la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo». Pues en eso que dice: «a ti, el único Dios verdadero», se piensa que se separa a sí mismo de la verdad de Dios por la excepción de lo solitario; cuando el único Dios verdadero no permite que se entienda sino a sí mismo como Dios solitario. Y verdaderamente la fe apostólica no permite esto, que se crean dos dioses verdaderos; porque nada ajeno a la naturaleza del único Dios debe ser igualado a la verdad de la misma naturaleza. Pues no habrá Dios uno en la verdad del único Dios, si fuera de la naturaleza del único Dios verdadero, existiera para él otro Dios verdadero de otro género y no natural según la natividad.
IX.30 Pero para que en este mismo y único dicho se entienda inequívocamente que él mismo se profesó Dios verdadero en la naturaleza del único Dios verdadero, descienda el discurso de nuestra respuesta desde las profesiones superiores, unidas sin embargo y juntadas a este dicho: para que, por grados de la fe demostrada, descanse ya la confianza de nuestra libertad en la misma cima de Cristo, Dios verdadero. Después, pues, del sacramento de su discurso, donde había dicho: «El que me ha visto, ha visto también al Padre; y: ¿No creéis que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os hablo, no las hablo de mí mismo; sino el Padre, que permanece en mí, él hace sus obras. Creedme, que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí: de otra manera, creed por las mismas obras». Tras este multiplicidad, pues, de discurso de misterios ingentes, sigue este discurso de los discípulos que responden: «Ahora, pues, sabemos que sabes todas las cosas, y no tienes necesidad de que alguien te pregunte; por esto creemos que saliste de Dios». Por las virtudes de Dios en él, entendieron también la naturaleza de Dios: pues el que es enviado por Dios no podría saber todas las cosas y conocer los pensamientos de los corazones, más bien que el que ha nacido de él. Por esto, pues, profesan creer que salió de Dios, porque en él estaba la potestad de la naturaleza de Dios.
IX.31 El Señor, alabando su inteligencia, respondió, no ciertamente que fue enviado, sino que salió de Dios, atestiguando el progreso de la natividad del Dios incorpóreo bajo la significación de la salida. Pues él mismo había elocuentado su natividad bajo la demostración de la salida, diciendo: «Vosotros me amáis, y creéis que yo salí de Dios, y vine del Padre a este mundo». Pues del Padre había venido a este mundo, porque de Dios había salido. Pues para que se entendiera que había significado su natividad en la salida, añadió que había venido del Padre. Y cuando por eso vino del Padre, porque salió de Dios, su salida de Dios es la natividad absoluta, que fue seguida por la confesión del nombre paterno. Entendiendo, pues, los Apóstoles este sacramento de la salida, habló esto: «¿Ahora creéis? He aquí viene la hora, y ahora viene, para que seáis dispersados cada uno a lo suyo, y me dejéis solo: pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo». Para enseñar que aquella salida no era alienación de Dios Padre, sino la natividad conservando en sí la naturaleza de Dios Padre al nacer; añadió que él no estaba solo, sino que el Padre estaba con él, en virtud ciertamente y en unidad de naturaleza: cuando el Padre permanecía en él, operando y hablando en el que hablaba y operaba. Después, para mostrar la causa de todo este su discurso, añadió: «Esto os he hablado, para que tengáis paz en mí. En este mundo tendréis tribulación: pero tened confianza, porque yo he vencido al mundo». Habló esto, pues, para que permanecieran pacíficos en él, y no disintieran por celo de disensiones sobre las disputas de fe; cuando el que debía ser dejado solo, no estaba solo; y quien había salido de Dios, tenía en sí a Dios de quien había salido: después, vexados en el mundo, fueran pacientes de las promesas de él, quien venció al mundo saliendo de Dios y teniendo a Dios consigo.
IX.32 Finalmente, para hablar la fe de todo el misterio, levantados los ojos al cielo, dice: «Padre, viene la hora, glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique. Como le diste potestad sobre toda carne, para que todo lo que le diste, le dé vida eterna». ¿Acaso te parece enfermo, cuando pide ser glorificado? Sea ciertamente enfermo, a no ser que pida ser glorificado para que él mismo glorifique al que lo glorifica. Hemos tratado en otro libro sobre recibir y devolver el honor, y revolcar lo mismo es muy ocioso. Ciertamente no se duda que se pide la gloria para que sea glorificado el que la imparte. Pero tal vez en esto es imbécil, porque recibió la potestad sobre toda carne. Sea también imbécil la recepción de la potestad, a no ser que sea potente para dar la eternidad de la vida a aquellos que recibió. Pero en eso mismo también, porque recibió, se argumenta alguna enfermedad de la naturaleza. Sea ciertamente enfermedad la recepción, a no ser que Cristo sea Dios verdadero más por la natividad que por la innascibilidad. Y si la recepción de la potestad es solo la significación de la natividad, en la cual recibió lo que es; no debe imputarse a enfermedad la donación, que consuma todo esto al nacer lo que es Dios. Pues cuando el Dios innascible es autor para el unigénito Dios hacia la perfecta natividad de la beatitud divina, ser autor de la natividad es el sacramento paterno. Por lo demás, no tiene contumelia lo que se consuma por natividad genuina siendo imagen de su autor. Pues haber dado la potestad sobre toda carne, y haber dado para esto, para que dé vida eterna, tiene tanto en el que da lo que es padre, como en el que recibe lo que es Dios: cuando tanto se significa en ello que es Padre, porque dio; como que el Hijo permanece Dios, porque tomó la potestad de dar la vida eterna. Natural, pues, y congénita al Hijo de Dios es toda la potestad: la cual, cuando se dice dada, no lo aliena por ello del autor porque se dio; cuando lo que es del autor, esto se dio, es decir, dar la vida eterna, y mutar la corrupción en incorrupción. Dio, pues, el Padre todas las cosas, y recibió el Hijo todas las cosas: ni es ambiguo, cuando dijo: «Todo lo que es del Padre, mío es». Y este discurso presente no significa especies de criaturas, ni diversas sustituciones de elementos: sino, abriéndonos la gloria de la beatitud absoluta y divina, muestra a Dios que debe entenderse en estas cosas que son suyas, en virtud, en eternidad, en providencia, en potestad: no porque Dios tenga esto de tal modo, como si debiera creerse que es otra cosa fuera de esto: sino porque en esto, hasta la opinión de nuestro sentido, se significó él mismo lo que tiene. El unigénito, pues, enseñando que subsistió en estas cosas que son del Padre, cuando había dicho que iba a tomar de sí mismo el Espíritu Santo, añadió: «Todo lo que es del Padre, mío es; por eso dije, de lo mío tomará». Todo lo que es del Padre, suyo es, entregado ciertamente y recibido. Pero lo dado no debilita la divinidad, que lo constituye en esas cosas en las que es el Padre.
IX.33 Con estos grados, pues, ha usado de la inteligencia de sí mismo que había premiso, para que, cuando se hubo enseñado haber salido de Dios, y se hubo profesado que el Padre estaba consigo, y se hubo testificado haber vencido al mundo, y siendo él, que debía ser honrado por el Padre, iba a honrar al Padre, y siendo él, que habiendo recibido potestad, iba a usar de ella al dar la vida eterna a toda la carne, concluyera después al fin todas estas cosas con tal absolución: «Esta es, pues, la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo». Aprende, hereje, a hablar la fe de la vida eterna, o a creerla. Y separa a Cristo de Dios, si puedes, al Hijo del Padre, al Dios sobre todas las cosas del Dios verdadero, al uno del único; si la vida eterna es haber creído en el Dios único verdadero sin Cristo. Pero si, separado Cristo del único Dios verdadero, en la confesión del único Dios verdadero no se capta la vida eterna; no entiendo cómo debe ser separado de Dios verdadero para la fe aquel que no es separable para la salud.
IX.34 Aunque, pues, sepa que las absoluciones de las cuestiones difíciles son graves para los deseos de los lectores; sin embargo, dilatada por un poco la demostración de toda la verdad, pienso que se me debe perdonar, no sin algún provecho de la fe, al luchar contigo, hereje, con estos mismos dichos evangélicos. Oyes la profesión del Señor que dice: «Esta es, pues, la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo». Pregunto: ¿qué es lo que mueve el sentido para que Cristo no sea Dios verdadero? Pues no hay ahora para ti alguna otra significación sometida que demuestre qué debes creer sobre Cristo. No tienes nada más que a Jesucristo; no al hijo del hombre, como suele decir de sí mismo; no al hijo de Dios, como es habitual profesar de sí mismo; no al pan vivo descendido de los cielos, lo cual frecuenta sobre sí con escándalo de muchos. Pero diciendo: «a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo», pasó por alto toda la costumbre de sus prenombrados y cognombrados, ya sean naturales o asumidos: para que, cuando el único Dios verdadero y Cristo Jesús debieran prestar la eternidad, sin duda Jesús Cristo estuviera en esa significación en la que es Dios.
IX.35 Pero tal vez porque dice «a ti, el único», separa su comunión y unidad de Dios. Separe ciertamente, si a lo que dice: «a ti, el único Dios verdadero», no hubiera sometido continuamente: «y al que enviaste, Jesucristo». Y pregunto al sentido del que oye: ¿qué debe creerse que es Jesucristo; cuando, junto a eso de que el Padre debe creerse como único Dios verdadero, debe creerse también a Cristo? Pero solo tal vez el Padre Dios verdadero no deja a Cristo para que sea Dios. No deje ciertamente, si el Dios uno Padre no dejó a Cristo para que sea uno como Señor. Pues si el Dios uno Padre no quita a Cristo para que sea uno como Señor, así el único Dios Padre verdadero no quita a Jesucristo para que sea Dios verdadero: cuando esto aprovecha al mérito de la vida eterna, que cuando se crea en el único Dios verdadero, se crea también en Cristo.
IX.36 ¿Qué ahora, pregunto, con el sentido de tu estulticia atribuyes a Cristo, hereje, para que se crea que es; y a Cristo, que tributa la vida eterna, que habiendo de ser honrado por el Padre honró al Padre, que venció al mundo, que no debe ser dejado solo, sino que tiene consigo al Padre, que salió de Dios y vino del Padre? ¿Qué impartes a él, nacido en tantas virtudes de Dios, de naturaleza y verdad? Pues creemos inútilmente al Padre como único Dios verdadero, si no creemos también al que envió, Jesucristo. ¿Qué dudas? Enseña qué debe confesarse que es Cristo. Pues quien niegas lo que está escrito, ¿qué resta sino que creas lo que no está escrito? ¡Oh infeliz voluntad, y falsedad que se opone a la verdad! Cuando en la fe y confesión del Dios verdadero Padre Cristo está unido, pregunto con qué fe se dirá que el Dios verdadero negado es criatura, cuando no hay fe en haber creído en el único Dios verdadero sin Cristo. Pero tú, hereje, estrecho e incapaz del Espíritu divino, no accedes al sentido de los dichos celestiales: y inspirado por error viperino, no conoces que Cristo Dios verdadero debe ser confesado en la fe del único Dios verdadero para la vida eterna.
IX.37 Pero la fe de la Iglesia, habiendo confesado al único Dios verdadero Padre, confiesa también a Cristo. Y al confesar a Cristo Dios verdadero, no confiesa también al único Dios verdadero Padre: ni a su vez, habiendo confesado al único Dios verdadero Padre, no confiesa también a Cristo. Pues por eso ha confesado que Cristo es Dios verdadero, porque ha confesado que el Padre es el único Dios verdadero. Así, que el único Dios Padre sea Dios verdadero, confirma que Cristo también es Dios verdadero. Pues la natividad natural no trajo al unigénito Dios mutación de naturaleza: ni quien subsiste Dios del Dios subsistente según la naturaleza de la generación divina, es separable por verdad de naturaleza de aquel que es el único Dios verdadero. Mantuvo, pues, la naturaleza el orden de su verdad, para que la verdad natural introdujera la verdad de la natividad, ni el Dios uno produjera de sí mismo a un Dios de otro género. Y así el sacramento de Dios no consiste ni en la soledad, ni en la diversidad: cuando no se deputa a otro Dios, quien subsistió de Dios con la propiedad de su naturaleza; ni permanece en la unión, a quien la verdad de la natividad enseña que debe ser confesado como Padre. No desertó, pues, el Dios nacido la propiedad de su naturaleza: y por virtud natural está en él, de quien tiene en sí por natividad natural la naturaleza. Pues no está en él Dios mutado o degenerado; cuando si la natividad hubiera traído algún vicio, más bien introduciría contumelia a la naturaleza, por la cual la natividad subsistía, mientras lo que es de sí mismo dejara de ser lo que es suyo: y así no lo corrompería la mutación al que había subsistido en sustancia nueva por la natividad; sino a aquel que, impotente para mantener la constancia de su naturaleza en la natividad del hijo, hubiera engendrado algo externo y ajeno de sí mismo.
IX.38 No es, sin embargo, como frecuentemente hemos recordado ya, en la unidad de Dios Padre y de Dios Hijo vicio de opiniones humanas: para que sea o extensión, o serie, o flujo; para que o la fuente derrame el río desde el origen, o el árbol tenga la rama en el tronco, o el fuego emita el calor en el espacio. Pues estos permanecen retenidos más bien de sí mismos por extensión inseparable, que son de sí mismos: mientras tanto el calor está en el fuego, y la rama está en el árbol, y el río está en la fuente. Y esta misma realidad es más bien sola para sí misma, que realidad sustituida de otra realidad: porque no puede ser otra cosa el árbol que la rama, ni el fuego que el calor, ni la fuente que el río. Pero en verdad el unigénito Dios, subsistiendo de perfecta e inenarrable natividad, es Dios, y es verdadera progenie del Dios innascible, y generación de naturaleza incorpórea incorpórea, y Dios vivo y verdadero del Dios vivo y verdadero, y Dios inseparable de la naturaleza de Dios: mientras la natividad subsistente no perfeccionó a un Dios de otra naturaleza, ni la generación, que promovía la sustancia, mutó la naturaleza de la sustancia en género.
IX.39 Pero por la dispensación de la carne asumida, y por la obediencia del que se vació de la forma de Dios, Cristo nacido hombre se había traído una novedad de naturaleza, no por daño de la virtud y la naturaleza, sino por mutación del hábito. Vaciándose, pues, de la forma de Dios, había nacido tomando la forma de siervo: pero esta asunción de la carne no la había sentido la naturaleza del Padre, con la cual tenía la unidad natural: y la novedad temporal, aunque permanecía en la virtud de la naturaleza, había perdido, sin embargo, con la forma de Dios, la unidad de la naturaleza de Dios según el hombre asumido. Pero el resumen de esta dispensación era, para que todo el Hijo ahora, es decir, hombre y Dios, por la indulgencia de la voluntad paterna, estuviera en la unidad de la naturaleza paterna: y quien permanecía en la virtud de la naturaleza, permaneciera también en el género de la naturaleza. Pues esto se adquiría para el hombre, que fuera Dios. Pero el hombre asumido no podía de ningún modo permanecer en la unidad de Dios, si no escapara hacia la unidad de Dios por la unidad de Dios: para que mediante eso, que Dios Verbo estaba en la naturaleza de Dios, el Verbo hecho carne permaneciera de nuevo en la naturaleza de Dios: y así el hombre Jesucristo permaneciera en la gloria de Dios Padre, si la carne hubiera sido unida a la gloria del Verbo: y volviera entonces en la unidad de la naturaleza paterna también según el hombre el Verbo hecho carne, cuando la carne asumida hubiera tenido la gloria del Verbo. Debía, pues, ser devuelta ante sí mismo al Padre su unidad, para que la natividad de su naturaleza residiera de nuevo en sí mismo para ser glorificada: porque la novedad de la dispensación había traído ofensa a la unidad; y la unidad, así como había sido perfecta antes, no podía serlo ahora, si la asunción de la carne no hubiera sido glorificada ante sí misma.
IX.40 Y por eso, con el sentido tan largamente preparado para la inteligencia de esta fe, cuando había dicho: «Esta es, pues, la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo»; sometió según la obediencia de su dispensación: «Yo te glorifiqué sobre la tierra, consumé la obra que me diste para que la hiciera». Tras lo cual, para que entendiéramos el mérito de la obediencia y el sacramento de toda la dispensación, añadió: «Y ahora glorifícame tú, Padre, ante ti mismo con la gloria que tenía antes de que el siglo fuera, ante ti». Quien niega que Cristo permanece en la naturaleza de Dios, y no cree que es inseparable e indiferente del único Dios verdadero; responda cuál sea la razón de esta petición: «Y ahora glorifícame tú, Padre, ante ti mismo». Pues ¿qué causa hay para que el Padre lo glorifique ante sí mismo? ¿O qué significación es de este verbo? ¿O cuál es el efecto de la significación? Pues el Padre no necesita gloria, ni se había vaciado de la forma de su gloria. ¿Cómo, en verdad, va a glorificar al Hijo ante sí mismo, y con esa gloria que tuvo ante él antes de la constitución del mundo? Pero ¿qué sentido es tener ante él? Pues no dijo gloria, la que tenía antes de que el siglo fuera, cuando estaba ante ti; sino gloria, la que tenía ante ti. Pues estar ante ti significa subsistiendo: tener, en verdad, ante ti enseña el sacramento de la naturaleza. Glorifícame, pues, ante ti, no es lo mismo que glorifícame. Pues no pide glorificarse a sí mismo solo de tal modo que le sea propio algo de la gloria: sino que pide ser glorificado por él ante sí mismo, el Padre. Pues, para que permaneciera en su unidad como había permanecido, el Padre iba a glorificarlo ante sí; porque la unidad de su gloria se había alejado por la obediencia de la dispensación: es decir, para que estuviera de nuevo en esa naturaleza por la glorificación, en la que estaba unido por el sacramento de la natividad divina, y fuera glorificado ante sí mismo al Padre: para que lo que tenía antes ante él permaneciera, ni la asunción de la forma servil alienara de él la naturaleza de la forma de Dios; sino que ante sí mismo glorificara la forma de siervo, para que permaneciera siendo forma de Dios: porque quien había permanecido en la forma de Dios, era el mismo en la forma de siervo. Y cuando la forma de siervo debía ser glorificada en la forma de Dios, debía ser glorificada ante él mismo, en cuya forma debía ser honrado el hábito de la forma servil.
IX.41 No es, en verdad, nueva esta voz del Señor, ni consignada ahora por primera vez en las doctrinas evangélicas: y atestiguó este mismo sacramento de glorificar al Hijo ante sí mismo del Dios Padre con aquella hermosísima gratulación de su esperanza entonces, cuando saliendo Judas a la traición, exultante por el gozo de su dispensación a consumar, dijo estas cosas: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, y Dios lo glorificó en sí mismo, y Dios inmediatamente lo glorificó» (Juan XIII, 31). ¿Por qué nos inflamamos hasta el juicio de la profesión divina sobre nosotros, almas graves de cuerpo limoso, y mentes hediondas y cenagosas por la conciencia de los pecados? ¿Y deputándonos a nosotros mismos jueces de la naturaleza celestial (es decir, divina), nos rebelamos contra Dios con nuestras impías disputas de calumnia? Pues con cuánta simplicidad de palabras pudo, habló la fe evangélica el Señor: y adaptó sus discursos a nuestra inteligencia, en cuanto lo soportaba la enfermedad de nuestra naturaleza; no, sin embargo, para que hablara algo menos digno de la majestad de su naturaleza. Y la primera significación de su dicho la juzgo no ambigua, cuando dice: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre». Pues toda gloria no se adquiría para el Verbo, sino para la carne: es decir, no para la natividad de Dios, sino para la dispensación del hombre nacido. Esto, en verdad, que sigue, pregunto qué signifique: «Y Dios ha sido glorificado en él». Pues escucho que Dios ha sido glorificado en él: y qué sea esto según tu inteligencia, hereje, lo ignoro. Dios ha sido glorificado en él, en el Hijo del hombre ciertamente: y pregunto si el Hijo del hombre es el mismo que el Hijo de Dios. Y cuando no es otro el Hijo del hombre, ni otro el Hijo de Dios (pues el Verbo fue hecho carne); y cuando quien es Hijo de Dios, él mismo es Hijo del hombre; pregunto quién sea en este Hijo del hombre, que es también Hijo de Dios, aquel Dios que fue glorificado.
IX.42 Porque en el Hijo del hombre, que es también Hijo de Dios, ha sido glorificado Dios, veamos qué sea esto, que se añade tercero: «Si Dios ha sido glorificado en él, y Dios lo glorificó en sí mismo». ¿Qué misterio de sacramento es este, pregunto? Dios en el Hijo del hombre glorificado, glorifica en sí mismo al Dios glorificado. En el Hijo del hombre está la gloria de Dios, y la gloria de Dios en la gloria del Hijo del hombre. Dios glorifica en sí mismo. El hombre ciertamente no es glorificado por sí mismo. Ni, a su vez, quien es glorificado en el hombre como Dios, aunque reciba la gloria, no es, sin embargo, otra cosa que Dios mismo. Pero en verdad cuando, glorificado el Hijo del hombre, Dios, glorificando a Dios, glorifica en sí mismo; encuentro que la gloria de la naturaleza es asumida en la gloria de la naturaleza del que glorifica la naturaleza. Pues Dios no se glorifica a sí mismo: sino glorifica en sí mismo al Dios glorificado en el hombre. Lo que, en verdad, glorifica en sí mismo, aunque no se glorifique a sí mismo, sin embargo, asume al que glorifica la naturaleza en la gloria de su propia naturaleza. Y cuando Dios glorifica a Dios, porque ha sido glorificado en el hombre, glorifica en sí mismo; demuestra que aquel Dios al que glorificó está en él, cuando lo glorifica en sí mismo. Aporta ahora, quienquiera que seas, hereje, las inextricables cuestiones de tu tortuosa doctrina: las cuales, cuando se enreden en sus propios nudos, no contendrán, sin embargo, en ninguna columna la molestia de adherirse. Pues el Hijo del hombre es glorificado, y en él es glorificado Dios: y Dios glorificó en sí mismo al glorificado en el hombre. Pues no es lo mismo ser glorificado el Hijo del hombre, que ser glorificado Dios en el Hijo del hombre, o glorificar en sí mismo al Dios glorificado en el hombre. Habla esto según el sentido de tu impiedad con tus palabras, qué quieras que sea ser glorificado Dios en el Hijo del hombre. Ciertamente o es necesario que Cristo sea quien es glorificado en la carne, o el Padre quien sea glorificado en Cristo. Si es Cristo; ciertamente Cristo es Dios, quien es glorificado en la carne. Si es el Padre, es sacramento de unidad, cuando el Padre es glorificado en el Hijo. O confesando a Cristo, hablas también, incluso reacio, a Dios: o entendiendo a Dios Padre, no negarás la naturaleza de Dios Padre en Cristo. Y esto sea dicho sobre el Hijo del hombre glorificado, y sobre Dios glorificado en el mismo. Sobre aquello, en verdad, de que Dios glorifica en sí mismo al Dios glorificado en el Hijo del hombre, ¿en qué finalmente piensas que te queda facultad para ejercer tu impiedad, para que, según la verdad de la naturaleza, Cristo no sea Dios verdadero? Pues Dios glorifica en sí mismo al Cristo nacido hombre: ¿acaso está fuera de sí, lo que glorifica en sí mismo? Pues devuelve en sí a Cristo la gloria, la que tuvo ante sí: y cuando en la forma de Dios se asume la asunción de la forma servil, se glorifica en sí mismo al Dios glorificado en el hombre, quien antes del vaciamiento de la dispensación estaba en sí mismo, y estaba unido tanto por la forma de siervo como por la naturaleza de la natividad. Pues la natividad no había hecho a Dios de naturaleza nueva ni ajena, sino que el hijo natural había subsistido para el padre por generación natural. Y cuando después de la natividad del hombre, glorificado en el hombre, resplandece de nuevo en la gloria de su naturaleza; Dios lo clarifica en sí mismo, cuando es asumido hacia la gloria de la naturaleza paterna, de la cual había sido vaciado por la dispensación.
IX.43 Concluye, en cambio, la fe apostólica el furor más audaz de tu impiedad, para que no vagues con la licencia de la inteligencia libre, cuando dice: «Y toda lengua confesará, que Jesucristo está en la gloria de Dios Padre» (Filipenses II, 11). Pues aquel a quien el Padre glorificó en sí mismo, debe ser confesado en su gloria. Y quien debe ser confesado en la gloria del Padre, y a quien el Padre glorificó en sí mismo, sin duda debe entenderse que está en estas cosas, en las que el Padre es; cuando tanto lo glorificó en sí mismo, como debe ser confesado en su gloria. Pues no está aquí ahora solo en la gloria de Dios, sino que está en la gloria de Dios Padre. Ni glorificó con gloria exterior, sino que glorificó en sí mismo. Resumiendo en esa gloria que es suya, y la gloria que tuvo ante él, lo glorifica tanto ante sí como en sí mismo. Y así, de inseparable de la conjunción de esta fe, se entiende incluso bajo la humildad del hombre, diciendo así: «Esta es, pues, la vida eterna, que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que enviaste, Jesucristo»: cuando ni sin Cristo, conocido solo Dios Padre, la vida eterna es, y Cristo está glorificado en el Padre. Si, en verdad, la vida eterna es conocer al único Dios verdadero, y al que envió, Jesucristo; no se piense claramente que Cristo es Dios verdadero, si la vida es haber creído en Dios sin Cristo. Y que el único Dios Padre sea Dios verdadero; no pertenezca a Dios Cristo, si toda la gloria de Cristo está solo en el Dios verdadero Padre. Pues si el Padre lo glorifica en sí mismo, y solo el Padre es Dios verdadero, Cristo no está fuera del único Dios verdadero: porque al Cristo glorificado en Dios, lo glorifica solo el Padre Dios verdadero en sí mismo. Y lo que es glorificado por el único verdadero en sí mismo, no se aliena del único verdadero; porque es glorificado en sí solo por el verdadero.
IX.44 Pero tal vez a esta nuestra fe piadosa ocurra la aserción de tu impía perfidia; para que esta confesión de necesidad sea ajena a la inteligencia del Dios verdadero: «En verdad, en verdad os digo, no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (Juan V, 19). A no ser que la doble indignación de los judíos exija una doble respuesta; sea esto ciertamente profesión de enfermedad, que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. Pero si a los judíos, tanto a los que objetan el reato del sábado violado, como a los que no soportan la igualdad en Cristo de Dios por el Dios Padre profesado para sí, se respondió a ambos bajo el mismo dicho; ¿piensas que puede entenderse la verdad de los dichos mediante la confesión de la respuesta? Y aunque este lugar haya sido tratado por nosotros en otro libro, sin embargo, porque no solo no daña, sino que incluso aprovecha para la religión, que la fe sea retractada, revolvamos al mismo, porque la causa lo exige.
IX.45 De aquí, pues, nació la necesidad de la respuesta: «Y por esto perseguían los judíos a Jesús, y buscaban matarlo, porque hacía esto en sábado». La ira de ellos, pues, se encendía hasta el deseo de matar, a causa de las obras realizadas en sábado. Pero veamos también qué respondió el Señor: «Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro». Qué obra es esta del Padre, pregunto, hereje, demuéstralo. Pues por el Hijo y en el Hijo son todas las cosas, tanto visibles como invisibles. Y tú, que sabes más allá de los Evangelios, es necesario que hayas obtenido el conocimiento de la obra paterna por algunas otras doctrinas de los arcanos, para que nos muestres al Padre obrando. Pero si el Padre obra en el Hijo, según lo que él mismo dice: «Las palabras que yo os hablo, no las hablo yo; sino el Padre, que permanece en mí, él hace sus obras». ¿Ves qué es esto: «Mi Padre hasta ahora obra»? Pues dice esto para que se entendiera la potestad de la naturaleza paterna en sí mismo, usando la naturaleza de su potestad en la obra del sábado. Pues cuando el Padre obra obrando en sí mismo, es necesario que él mismo obre obrando el Padre: y por eso dice: «Mi Padre hasta ahora obra», para que esa misma obra presente de los dichos y hechos fuera creída operación de la naturaleza paterna en sí mismo. Pues eso, que hasta ahora obra, es uno y el mismo momento del dicho y del tiempo; para que no se creyera que es alguna otra obra del Padre, que esta suya que él hace: cuando por eso, de que hasta ahora el Padre obra, fuera esta misma la operación del Padre bajo el mismo tiempo del discurso. Y para que la fe, dejada solo dentro del conocimiento del Padre, no estuviera ausente de la esperanza de la vida eterna; sometió continuamente: «Y yo obro»: para que esto mismo, que el Padre obra ahora, lo obre también el Hijo. Y así enseñó la fe perfecta, cuando eso, que es ahora, es obra del mismo tiempo; y lo que obra el Padre, lo obra también el Hijo, está fuera de la unión de lo singular. Pero el dolor de los que oían fue geminado: pues sigue esto: «Por esto más buscaban los judíos matarlo, porque no solo disolvía el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios». Y aquí de nuevo amonestaré, tanto por el juicio del Evangelista como por el común asentimiento del género humano, que el hijo está en la igualdad de la naturaleza paterna: la igualdad, en verdad, no es sino de la misma naturaleza; porque la natividad no tenga de otro lugar lo que permanece, y toda generación no sea ajena del que genera; mientras subsiste de lo mismo para lo que permanece. A esta doble indignación, pues, veamos qué respondió el Señor: «En verdad, en verdad os digo, no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. Pues todo lo que él hace, lo mismo hace también el Hijo de manera similar».
IX.46 A no ser que los dichos sean propios de la proposición; forzamos la fuerza a los dichos por la presunción de nuestra propia e infiel inteligencia. Si, en verdad, la respuesta está sometida a las causas de las iras; nuestra fe habla más bien lo que es enseñado, que la perversidad irreligiosa defiende el error de su impiedad. Busquemos, pues, si esta respuesta es propia para la obra del sábado: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre». Pues dice más arriba: «Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro». Si por la autoridad de la naturaleza paterna en sí mismo hace lo que realiza, actuando al obrar el Padre, quien hasta ahora obra en el sábado; el Hijo está fuera del crimen de la obra, en quien se prefiere la autoridad de la operación paterna. Pues no refirió a la enfermedad, no puede, sino a la autoridad; pues no puede por sí mismo, sino si hubiera visto. Ni presta virtud el haber visto: y cuando el haber visto no presta la virtud, el no poder sin ver no debilita la naturaleza, sino que muestra la autoridad desde la vista. Pues eso que dice, si no viera, significa la conciencia en la vista, así como dice a los Apóstoles: «He aquí os digo, alzad vuestros ojos, y ved las regiones, porque blancas están para la siega». La conciencia, pues, en sí mismo de la naturaleza paterna, que obra en sí mismo al obrar, para que el Señor del sábado no fuera creído haber violado el sábado, dice: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre»: para que mostrara que lo que operaba, era por la conciencia de la naturaleza que operaba en sí mismo, cuando y obrando él en sábado, el Padre hasta ahora obraba en sábado. A la causa de la otra indignación, en verdad, refirió la causa del dicho consecuente: «Todo lo que el Padre hace, lo mismo hace también el Hijo de manera similar». Exprobra la enfermedad al Hijo de Dios, quita también la igualdad de la naturaleza, si no todo lo que hace el Padre, lo mismo hace el Hijo de manera similar, si se admite algún discernimiento de la virtud y la operación paterna, si, lo que es propio a la igualdad de la virtud y la naturaleza, no se postula la igualdad del honor. Pues él mismo en los continuos dice: «Para que todos honren al Hijo, como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió». Discierne la igualdad en el honor no dispar: debilita la naturaleza en la misma operación de la virtud.
IX.47 ¿Por qué invades la causa de la respuesta a la contumelia de la divinidad? Respondió a la operación del sábado, que no podía hacer nada, a no ser que hubiera visto al Padre obrando: a la demostración, en verdad, de la igualdad, profesó que hace todo lo que el Padre hiciera. Ten (se añade, la respuesta) lo que pertenece al sábado como oprobio de enfermedad, si todo lo que hace el Padre, no lo hace también el Hijo de manera similar. Si, en verdad, son sin excepción todo lo que son; ¿en qué finalmente se encontrará la enfermedad, cuando en nada que pueda el Padre no pueda también el Hijo? ¿O en qué finalmente por la intercesión de la enfermedad se niega la igualdad, cuando se postula uno y el mismo honor para ambos? Pero si es la misma la virtud de obrar, y es la misma la religión de honrar; no entiendo en qué finalmente se deja la contumelia a la naturaleza enferma, cuando es la misma en el Padre y en el Hijo tanto la potestad de la virtud, como la igualdad del honor.
IX.48 Y esto, aunque haya sido tratado con la misma absolución de las cosas; sin embargo, para que nada en eso que dice el Señor: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre», aproveche a la impiedad de debilitar su naturaleza, más bien que a la conciencia de la naturaleza paterna en sí mismo, por la cual operó por autoridad en el sábado; debe mostrarse también el conocimiento del dicho dominico que pertenece a esto, donde dice: «Y de mí mismo no hago nada, sino que como me enseñó el Padre, esto hablo. Y el que me envió, está conmigo, y no me ha dejado solo, porque yo hago siempre las cosas que le son placenteras». ¿Sientes qué es no poder el Hijo hacer nada, a no ser que vea al Padre obrando? y ¿con qué sacramento ha sido dicho, y de mí mismo no hago nada; y a su vez, No me ha dejado solo, porque yo hago siempre las cosas que le son placenteras? Pues si por eso no hace nada por sí mismo, porque el Padre permanece en sí mismo; ¿cómo a su vez el Padre no lo ha dejado solo, porque hace las cosas que le son placenteras? No concuerda según tu sentido, hereje, la diversidad de los dichos, para que no haga nada por sí mismo, sino enseñado por el Padre que permanece en sí mismo: y a su vez, por eso permanece el Padre en sí mismo, porque hace las cosas que le son placenteras. Pues si no hace nada por sí mismo por causa del Padre que permanece en sí mismo; ¿cómo de aquí mereció que el Padre permanezca en sí mismo, porque hace las cosas que le son placenteras? Pues no es algún mérito, no hacer por sí mismo las cosas que haga. Y al contrario, ¿cómo al Padre le son placenteras las cosas que haga el Hijo, cuando hace esas cosas mismas el Padre permaneciendo en el Hijo? Estás en un estrecho, impiedad, y la piedad más fortificada de nuestra fe te encierra. El Hijo hace algo, o no hace: si no hace, ¿cómo agrada en las cosas que hace? si, en verdad, hace, ¿cómo hace en las cosas que no hace por sí mismo? cuando tanto es propio haber hecho las cosas que agradan, y es sin mérito haber hecho por sí mismo las cosas que ha realizado.
IX.49 Pero esta es la unidad de la naturaleza, a la cual contradices, para que así actúe por sí mismo, para que no actúe por sí mismo; y así no actúe por sí mismo, para que actúe por sí mismo. Entiende al Hijo obrando, y al Padre obrando por él. No obra por sí mismo, cuando el Padre debe ser mostrado permaneciendo en él. Obra por sí mismo, cuando según la natividad del Hijo él mismo hace las cosas que son placenteras. Que sea para los enfermos no obrando por sí mismo, a no ser que actúe él mismo de tal modo, que las cosas que hace agraden. No esté, en verdad, en la unidad de la naturaleza, si no hace por sí mismo las cosas que él mismo hace, y en las que agrada, sino que el Padre que permanece en él enseña a obrar. Así, permaneciendo enseña el Padre, y el Hijo obrando no obra por sí mismo, y el Hijo no obrando por sí mismo, cuando hace las cosas que son placenteras, él mismo obra. Y así la unidad de la naturaleza se retiene en el obrar: mientras tanto él mismo operando no obra por sí mismo, y él mismo no operado por sí mismo opera.
IX.50 Añade también a esto lo que usas para oprobio de enfermedad: «Todo lo que me da el Padre, viene a mí, y al que viene a mí no lo arrojo; porque bajé del cielo no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió» (Juan VI, 37). Pero tal vez el Hijo sea sin libertad de voluntad, para que la enfermedad de la naturaleza le imponga la necesidad. Pero por eso está sometido a la necesidad, no a la voluntad, para que a los que vienen a él, dados por el Padre, no los arroje. Pero el Señor, significando en estas cosas la unidad del sacramento, mientras no repele a los que le son dados, mientras no hace su voluntad, sino la del que lo envió, tras repetida esta misma voz a los judíos que murmuraban, confirma el sentido de nuestra inteligencia, diciendo: «Todo el que oye al Padre y aprende, viene a mí, no que alguien haya visto al Padre, sino el que es de Dios, este ha visto al Padre. En verdad, en verdad os digo, el que cree en mí, tiene vida eterna». Y pregunto primero, dónde fue oído el Padre, dónde enseñó a los que oyen. Pero a nadie vio el Padre, sino al que es de Dios. ¿Y cómo alguien lo oyó, a quien nadie vio? Oyendo, pues, al Padre, viene al Hijo. Y cuando el Hijo es oído y enseña, se muestra la propiedad de la naturaleza paterna en él tanto oído como enseñante: para que esto, que enseña el Hijo y es oído, se entienda que es la audición de la doctrina paterna. Pues cuando nadie vio al Padre, y viniendo al Hijo, oye y aprende del Padre para venir: se nos amonesta a entender qué sea tanto el Padre enseñando en el Hijo que habla, como el Padre, que por nadie fue visto, siendo oído en el Hijo visto; porque la natividad del Hijo contenga en sí perfecta la propiedad de la naturaleza paterna. Queriendo, pues, el unigénito Dios atestiguar la autoridad paterna, salva en sí la unidad de la naturaleza, y no arroja a los dados a sí por el Padre, y realiza la voluntad no suya, sino de aquel que lo envió, no porque no quiera las cosas que hace, o porque no sea él mismo oído quien enseña: sino para que tanto aquel que lo envía, como él mismo que es enviado, mostrara bajo la propiedad de la naturaleza indiferente: cuando las cosas que quiere, hace, y habla, significa que son también la voluntad, las obras y los dichos del Padre.
IX.51 Que el Hijo tiene libre voluntad, lo muestra inequívocamente cuando dice: «Pues así como el Padre resucita a los muertos y vivifica, así también el Hijo vivifica a quienes quiere». Cuando se manifiesta igual en el Padre y en el Hijo tanto la potestad de la virtud como la dignidad del honor, allí se muestra la libertad de la voluntad: cuando, en verdad, se demuestra la unidad, allí se significa el afecto de la voluntad paterna. Pues las cosas que quiere el Padre, esas hace el Hijo. Hacer, en verdad, es más que obedecer a la voluntad: porque obedecer a la voluntad, tiene la necesidad de lo exterior; hacer la voluntad, es propio de la unidad, cuando lo hecho es de la voluntad. Y cuando el Hijo hace la voluntad del Padre, enseña por la indiferencia de la naturaleza, que le es natural la voluntad con el Padre: cuando su voluntad es todo lo que haga. Ciertamente quiere el Hijo todas las cosas que quiere el Padre, ni la voluntad natural disiente. Pues cuando esta es la voluntad del Padre, la que muestra diciendo: «Esta es, pues, la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo, y cree en él, tenga vida eterna, y yo lo resucite en el día novísimo»: oye ahora si la voluntad del Hijo es disintiente de la del Padre, cuando dice: «Padre, los que me diste, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo». No se duda, pues, que el Hijo quiere. Pues cuando el Padre quiere que los que creen en el Hijo tengan vida eterna, el Hijo quiere que allí donde él esté, estén los creyentes. A no ser que cohabitar con Cristo no sea eternidad (vida eterna): o que Cristo no tribuya a los que creen en él cosas perfectas y bienaventuradas, diciendo esto: «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre, ni al Padre nadie conoce, sino el Hijo, y a quien quiera el Hijo revelar». ¿Acaso no está en la libertad de la voluntad queriendo tributarnos la conciencia de aquel secreto paterno? ¿Y la voluntad le es tan libre, que imparte el conocimiento de sí mismo y del Padre a quienes quiera? Y así entre el Padre y el Hijo ha sido demostrada la naturaleza tanto de la natividad como de la unidad: cuando así el Hijo es libre en la voluntad, que lo que quiere haciendo, lo hecho sea de la voluntad paterna.
IX.52 Ciertamente sin inteligencia del sacramento está el que desconoce la dispensación de la fe: y no habiendo obtenido la doctrina del Evangelio, peregrina de la esperanza del Evangelio. Debe creerse al Padre en el Hijo, y al Hijo en el Padre, por la unidad de la naturaleza, por la potestad de la virtud, por la igualdad del honor, por la generación de la natividad. Pero contraria tal vez a esta nuestra profesión es la atestiguación del Señor, cuando dice: «El Padre es mayor que yo». ¿Este es, hereje, el dardo de tu impiedad? ¿Estas son las armas de tu furor? ¿Se te ha caído que la Iglesia no conoce dos innascibles, y no confiesa dos padres? ¿Te has olvidado de la dispensación del Mediador, y en ella del parto, las cunas, la edad, la pasión, la cruz, la muerte? ¿Y renaciendo no has confesado (en el Símbolo) al Hijo de Dios nacido de María? Si en todas estas cosas el Hijo permaneciendo dice: «El Padre es mayor que yo»; ¿existes que debe ignorarse esta exinanición de la forma de Dios de la dispensación de nuestra salud? ¿Y que el Padre, fuera de esta asunción de las pasiones humanas, permaneció en aquella bienaventurada eternidad de su naturaleza incontaminada sin la asunción de nuestra carne? Pues nosotros profesamos que el unigénito Dios, permaneciendo en la forma de Dios, permaneció en la naturaleza de Dios, ni refundimos inmediatamente la unidad de la forma servil en la naturaleza de la unidad divina: ni a su vez predicamos al Padre en el Hijo mediante insinuación corporal, sino que de él había tenido naturalmente en sí una naturaleza engendrada del mismo género, que generaba y se tenía a sí misma: la cual, permaneciendo en la forma de la naturaleza que la engendraba, tomó la forma de la naturaleza y de la enfermedad corporal. Pues la propiedad de la naturaleza estaba: pero la forma de Dios ya no estaba, porque por su vaciamiento se había tomado la forma de siervo. Pues no había desfallecido la naturaleza, para que no fuera: sino que en sí la naturaleza de Dios, permaneciendo para sí, había tomado la humildad de la natividad terrenal, ejerciendo la potestad de su género en el hábito de la humildad asumida. Y Dios nacido de Dios, hallado hombre en forma de siervo, actuando a sí mismo como Dios con virtudes, ni no era Dios, al que enseñaba con sus gestos; ni el hombre, en cuyo hábito fue hallado, no permanecía.
IX.53 Y por eso en este mismo discurso superior, se había contestado la unidad de la naturaleza consigo misma con el Padre, diciendo: «El que me ha visto, ha visto también al Padre»; y, «El Padre en mí, y yo en el Padre». Que ciertamente no tienen diferencia por la igualdad de la naturaleza; cuando la contemplación del Hijo compensa la vista y al Padre, y uno permaneciendo en uno no discierne al uno del otro. Y para que no fuera creído que refería la vista de la contemplación paterna desde sí mismo mediante la contemplación corporal, había sometido: «Creedme, que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí: de otra manera, creed por las obras»: para que cuando la virtud fuera la realidad de la naturaleza, y la operación misma de la virtud fuera la potestad; mediante la potestad de la virtud, se conociera la unidad de la naturaleza paterna en él: cuando en cuanto alguien se hubiera conocido a Dios en la virtud de la naturaleza, en tanto conociera a Dios Padre en la potestad de la naturaleza: y cuando tan grande, cuanto es el Padre, el Hijo prestara el ver al Padre en sí mismo en los gestos, indiferente por ello el Padre fuera conocido del Hijo, mediante la inteligencia de lo indiferente por la potestad de la naturaleza.
IX.54 Por tanto, el unigénito Dios, debiendo cumplir la dispensación de la carne, y debiendo consumar el sacramento de la forma servil asumida, usó de la profesión de demostrar nuestra fe, diciendo: «Habéis oído que os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os alegraríais de que voy al Padre; porque el Padre es mayor que yo». Estas cosas, pues, que miran a la naturaleza de la divinidad, habiendo sido explícitas en este mismo discurso superior, ¿acaso esta profesión quita al Hijo la igualdad de la naturaleza, la cual la natividad genuina consuma? ¿O acaso es contumelia para el unigénito Dios que el Padre le sea Dios innascible; cuando de Dios innascible la natividad unigénita subsiste hacia la naturaleza unigénita? Pues el Hijo no es de su propio origen, ni él mismo, no existiendo, se conquistó a sí mismo la natividad de la nada: sino que, de la naturaleza viviente existiendo la naturaleza viviente, tiene en sí la potestad de la naturaleza, profesada la autoridad de la naturaleza, para que tanto atestigüe el honor, como la gracia de la natividad asumida en el honor. Y esto ciertamente rindiendo lo debido al Padre, para que refiera su obediencia a la voluntad del que envía, no sin embargo para que la obediencia de la humildad debilite la unidad de la naturaleza; hecho obediente hasta la muerte, no sin embargo después de la muerte no está sobre todo nombre.
IX.55 Pero si tal vez por aquí parece desigual, porque se le dona este nombre después del vaciamiento de la forma de Dios, esta calumnia ignora el sacramento de la humildad asumida. Pues si esta natividad del hombre trajo una nueva naturaleza, y la humildad mutó la forma bajo la asunción servil; ahora la donación del nombre devuelve a la forma la igualdad. Pregunta qué es lo que ha sido donado. Pues si esto ha sido donado, lo que es de Dios; el don de esta naturaleza no introduce ignominia a aquella divina naturaleza. Finalmente esto ahora, que se le dona el nombre, aunque tenga el sacramento del don, no tiene, sin embargo, en el don del nombre un nombre ajeno. Pues se dona a Jesús, para que a él los celestiales y terrestres e infernales doblen la rodilla, y toda lengua confiese que Jesucristo está en la gloria de Dios Padre. El honor, pues, de esta confesión se dona para que esté en la gloria de Dios Padre. ¿Oyes, pues: «El Padre es mayor que yo»? Sábete aquel, sobre quien por mérito de obediencia fue dicho: «Y le donó un nombre que está sobre todo nombre». Oye de nuevo: «Yo y el Padre somos uno»; y, «El que me ha visto, ha visto también al Padre»; y, «Yo en el Padre, y el Padre en mí». Entiende el honor de la confesión donada, porque el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre. ¿Cuándo, pues, es aquello: «El Padre es mayor que yo»? Ciertamente entonces, cuando se le dona un nombre sobre todo nombre. Pero al contrario, ¿cuándo es, «Yo y el Padre somos uno»? Ciertamente cuando toda lengua confiesa que el Señor Jesús está en la gloria de Dios Padre. Si, pues, por la autoridad del que dona, el Padre es mayor, ¿acaso por la confesión del don es menor el Hijo? Mayor, pues, es el que dona; pero menor ya no es, a quien se dona ser uno. Si no se dona esto a Jesús, para que sea confesado en la gloria de Dios Padre; es menor que el Padre. Si, en verdad, en esa gloria se le dona estar, en la que el Padre es; tienes tanto en la autoridad del que dona porque es mayor, como en la confesión del donado porque son uno. Mayor, pues, es el Padre que el Hijo: y claramente mayor, quien tanto dona ser, cuanto él mismo es; a quien imparte la imagen de ser de la innascibilidad por el sacramento de la natividad, a quien engendra de sí mismo hacia su forma, a quien de nuevo de la forma de siervo hacia la forma de Dios renueva; a quien en su gloria según el Espíritu, Cristo Dios nacido, dona de nuevo ser en su gloria según la carne Jesús Cristo Dios muerto. La causa, pues, muestra por qué si lo amaran, se alegrarían de que va al Padre, porque el Padre sería mayor.
IX.56 Enseñando, pues, que este gozo es por la dilección, porque la dilección se alegraría de que Jesús sea confesado en la gloria de Dios Padre: y el mérito de esta gloria que debe ser resumida sometió continuamente, diciendo: «Pues viene el príncipe de este mundo, y en mí no tiene nada». Nada tiene en él el príncipe de este mundo: porque, hallado habituado como hombre, permanecía fuera del pecado de la carne en la semejanza de la carne del pecado, condenando el pecado en la carne por el pecado. Todo esto, en verdad, refiriéndolo a la obediencia del mandamiento paterno, sometió: «Pero para que el mundo sepa que yo amo al Padre, y como el Padre me dio mandamiento, así hago; levantaos, vamos de aquí». Para consumar el sacramento de la pasión corpórea, por la dilección de realizar el mandamiento paterno, se apresura levantándose: manifestando sin embargo inmediatamente el misterio de la asunción corpórea, mediante la cual, como en la vid el modo del sarmiento, estuviéramos en él, no dando fruto para nosotros como sarmientos, a no ser que él fuera hecho vid. Y por eso amonesta a que permanezcamos en él mediante la fe del cuerpo asumido, para que porque el Verbo fue hecho carne, estuviéramos en la naturaleza de su carne como sarmientos en la vid: alienando la forma de la majestad paterna de la asunción de esta humildad corpórea, cuando, profesándose vid a la unidad de los sarmientos, mostró al Padre como agricultor curioso de esta vid, cuyo sarmientos inútiles e infructíferos, desecando, deputaba que arderían. Diciendo, pues, «El que me ha visto, ha visto también al Padre»; y, «Las palabras que yo hablo, no las hablo de mí mismo, sino el Padre que permanece en mí, él hace sus obras»; y, «Creedme, que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí», para manifestar tanto el sacramento de la natividad como el misterio del cuerpo asumido, viniendo a esto por la continencia de los dichos dice: «Porque el Padre es mayor que yo». Y prontamente, para que la razón absoluta del dicho estuviera debajo, sometió el ejemplo del agricultor, la vid y el sarmiento, mostrando por ello la asunción de la humildad corpórea. Y de aquí la causa de ir al Padre, y la alegría de la dilección cuando iba al Padre, enseñando que debía ser porque el Padre era mayor que él: de quien, ciertamente, iba a resumir la gloria; ante quien y en quien debiendo ser glorificado, no con nuevo honor, sino con el antiguo; ni con ajeno, sino con el que tuvo ante él. Si, pues, no debe ser glorificado en él mismo, es decir, para que esté en la gloria de Dios Padre; atribuye la contumelia a la naturaleza: si, en verdad, lo que es glorificado por él es autoridad; conoce al Padre mayor en la autoridad del glorificar.
IX.57 ¿Por qué arrebatas la dispensación hacia la impiedad? ¿Por qué invades el sacramento de nuestra salud hacia la muerte? El Padre que va a glorificar al Hijo es mayor: el Hijo glorificado en el Padre no es menor. ¿O cómo es menor, el que está en la gloria de Dios Padre? ¿O acaso el Padre no es mayor? Mayor, pues, es el Padre, mientras es Padre: pero el Hijo, mientras es Hijo, no es menor. La natividad del Hijo constituye al Padre mayor: pero la naturaleza de la natividad no permite que el Hijo sea menor. Mayor es el Padre, mientras se le ruega que devuelva la gloria al hombre asumido: el Hijo no es menor, mientras resume la gloria ante el Padre. Y así se cumple tanto el sacramento de la natividad como la dispensación de la corporación. Pues tanto el Padre, mientras es Padre y glorifica ahora al Hijo del hombre, es mayor: como el Padre y el Hijo son uno, mientras el Hijo nacido del Padre, después de la asunción del cuerpo terreno, es glorificado en el Padre.
IX.58 No tiene, pues, la natividad la ignominia de la naturaleza: porque está en la forma de Dios, porque nace de Dios. Y cuando la misma innascibilidad se estima que difiere en significación de la natividad; la natividad, sin embargo, no está fuera de la naturaleza de la innascibilidad, porque no tomó de otro lugar lo que subsistió. Pues aunque no haya conseguido, para que fuera hecha coinascible; tomó, sin embargo, del Dios innascible ser lo que es Dios. Nuestra fe, pues, aunque no aprehendiendo el inicio de la natividad, confiesa que el unigénito Dios siempre es; porque la naturaleza no soporta que se confiese que alguna vez comenzó aquel cuya natividad excede todo tiempo de inicio. Pero a quien confiesa que siempre es y antes de los tiempos, sin embargo, no duda que nació en la infinitud intemporal, confiesa, sin embargo, a aquel por la natividad de la inteligencia ininiciable.
IX.59 Pero los herejes toman esto para contumelia de la naturaleza, porque fue dicho: «El Padre es mayor que yo»: o aquello: «Mas acerca de aquel día y hora nadie sabe, ni los ángeles en el cielo, ni el Hijo, sino solo el Padre». Se objeta, pues, al unigénito Dios la ignorancia del día y la hora: para que Dios nacido de Dios no esté en esa perfección de naturaleza en la cual Dios es, cuando, dominante la necesidad de no saber, ya alguna fuerza exterior sea más potente que él, la cual, como contra sí imbécil, lo detenga en la enfermedad de la ignorancia. Pues incluso hacia la impiedad de esta inteligencia el furor de los herejes nos obliga por un derecho de necesaria confesión, para que se crea así; porque tanto fue dicho así por el Señor, como pueda parecer irreligiosísimo que la protestación de su profesión sobre sí mismo sea corrompida por la opinión de nuestra diversa inteligencia.
IX.60 Y primero, antes de que se recuerde la razón y la causa del dicho, debe sentirse por el sentido del juicio común, si puede ser creíble que ignore algo de todas las cosas aquel que es autor de todas las cosas para aquello que son y serán. Pues si todas las cosas son por Cristo y en Cristo, y así por él, que todas las cosas están en él; aquello que ni está fuera de él ni no es por él, ¿cómo no está también en su ciencia, cuando a menudo su ciencia aprehende aquellas cosas que ni están en él ni son por él, por la virtud de la naturaleza no ignorante? Pero en verdad, lo que la causa no toma sino de él, y no capta el movimiento hacia aquello que es y será sino dentro de sí mismo, ¿cómo está fuera de la ciencia de su naturaleza, mediante la cual y en la cual se contiene aquello que debe ser efectuado? Pues los pensamientos humanos no solo agitados por movimiento presente, sino también los que deben ser agitados por instinto de voluntad futura, el Señor Cristo no los ignora, testificando el Evangelista: «Pues sabía Jesús desde el principio quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar». ¿La virtud, pues, de su naturaleza, que capta la cognición de las cosas no existentes, y no ignora las inquietudes que van a someterse de los ánimos todavía en reposo, será estimada que no supo aquello que está por sí y dentro de sí? ¿Y es potente de lo ajeno, y impotente de sí mismo; de quien recordemos lo dicho: «Todas las cosas por él, y en él han sido creadas, y él es antes que todos»; o aquello: «Porque en él agradó habitar toda la plenitud, y por él reconciliarse todas las cosas en él»? Cuando, pues, toda la plenitud está en él, y todas las cosas son reconciliadas por él y en él, y aquel día de nuestra reconciliación es la espera: ¿ignora ese día aquel cuyo tiempo está tanto en sí mismo, como por el sacramento de él es? Pues el día de su advenimiento es este, del cual el Apóstol dice: «Cuando Cristo haya aparecido, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis con él en la gloria». Nadie, pues, ignora lo que es por sí y dentro de sí: Cristo estará presente, ¿y se entiende que es detenido por la ignorancia del día de su advenimiento? Su día es, según el mismo Apóstol, porque «el día del Señor vendrá como ladrón en la noche»: ¿y se entiende que es detenido por la ignorancia de él? Lo que definen obrar, lo saben de antemano cuanto en sí es, y la cognición de los hechos sigue a la voluntad de obrar: ¿y Dios nacido, que es en sí y por sí, no sabe lo que en sí y por sí es? Pues por él son los tiempos, y en él está el día; porque tanto por él es la constitución de los futuros, como en él está la dispensación de su advenimiento: ¿y estará en esa estupidez, que lo que le consta a sí mismo, por sentido de la naturaleza que se adormece ignore, a modo de las fieras y bestias, que fuera de la razón del consejo que provee animadas, no saben lo mismo que hacen, cuando agitadas por cierto movimiento de voluntad estúpida, son llevadas fortuitamente y con ingreso incierto hacia algo?
IX.61 ¿Cómo también el Señor de la gloria, por el día ignorado de su advenimiento, será creído de naturaleza no compuesta e imperfecta, la cual tenga tanto la necesidad de advenir, como no haya obtenido la ciencia de su advenimiento? Por lo cual es mejor la ignorancia para Dios, que le quite la virtud de tener la cognición. Ya, en verdad, cuánta se gemina la ocasión de impiedad; si fuera de la enfermedad de Cristo también al Dios Padre se deputará el vicio; para que al unigénito Dios, y hijo de su dilección, haya defraudado de la cognición de este día, y haya envidiado con afecto de malignidad la ciencia de la futura consumación: y cuando no quiso que le fuera ignorable tanto el día como la hora de la pasión; negara el día de su virtud, y la hora de ser clarificado en sus santos, y le hubiera quitado la cognición de la beatitud, a quien indulgió la presciencia de la muerte? La trepidación de la conciencia humana no puede soportar esto, que se presuma de Dios este arbitrio, y le atribuya los vicios de la mutación humana; para que o el Padre niegue algo al Hijo, o Dios nacido ignore algo.
IX.62 Dios, en verdad, no sabe ser otra cosa a veces que dilección, ni otra cosa que ser padre. Y quien ama, no envidia: y quien es padre, no es también no padre del todo. Pues este nombre no admite porción, para que de algo sea padre, y de algo no sea padre. Pues es padre de la totalidad de lo que está en sí, teniéndose todo a sí en él, para quien no es por porción lo que es padre: no que sea padre para sí mismo de aquellas cosas que son suyas, sino que en aquellas cosas en las que él mismo es, para quien es de sí, es padre del todo. Y cuando según las naturalezas de los cuerpos humanos, que convienen de dispares y consisten de compuestos, no puede nadie ser padre de todas las suyas, mientras la natividad perfecta conserve en los hijos lo que en cada uno de los géneros y partes está: por tanto es padre de todas las suyas, mientras la natividad permanece desde todas y en todas. Y cuando en Dios no hay cosas corporales, sino absolutas; ni particuladas, sino totales y universales; no vivificadas, sino vivas; es todo vivo, y un todo es Dios, mientras no es compuesto por porción, sino perfecto por simplicidad: es necesario, que según lo que es padre, él mismo sea para todas las suyas, para aquel que engendró de sí mismo, padre del todo, mientras la natividad del hijo perfecta lo consuma padre de todas las suyas. Si, pues, el Padre es propio para el Hijo; es necesario que el Hijo permanezca en esa propiedad en la que es el Padre. Permanecer, en verdad, ¿cómo se estimará, si estuviera fuera de la naturaleza de la presciencia, y algo de la natividad de él hubiera faltado del autor? pues faltará casi todo, si no tiene lo que es propio de Dios. ¿Pero qué otra cosa es propio de Dios, que la cognición de los futuros; para que la naturaleza capaz de los géneros invisibles y todavía no existentes, mansuros después, contenga las cosas todavía no permaneciendo?
IX.63 Pero el doctor de las gentes Pablo no permite en nosotros esta profesión de error impío, para que se estime que el unigénito Dios ignoró algo; pues dice: «Instituidos en la dilección, en todas las riquezas de la plenitud del intelecto, en la agnición del sacramento de Dios Cristo, en quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia escondidos». Dios Cristo es sacramento, y en él laten todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia. A la porción, en verdad, y a la universalidad no puede convenir: porque ni la parte se entiende todas las cosas, y todas las cosas no permiten que se entienda la parte. Pues si el Hijo no sabe el día, ya no están en él todos los tesoros de la ciencia: no ignora el día, conteniendo en sí todos los tesoros de la ciencia. Pero nos conviene recordar, que esos tesoros de la ciencia están ocultos en él, ni por eso, porque estén ocultos, no están en él: cuando por eso, que es Dios, están en él; por eso en verdad que es sacramento, son ocultados. Pero no oculto, ni ignorado para nosotros es el sacramento de Dios Cristo, en quien están escondidos todos los tesoros de la ciencia. Y porque él mismo es sacramento; veamos si en estas cosas, que no sabe, es ignorante. Pues si en los restantes la profesión de ignorar no tiene la inteligencia de no saber; ni ahora que lo que no sabe ignora. Pues cuando su ignorancia, según que todos los tesoros de la ciencia laten en él, es más bien dispensación que ignorancia; tienes la causa de ignorar sin la inteligencia de no saber.
IX.64 Pues en todas las cosas, que Dios habla que ignora, confiesa ciertamente la ignorancia, pero no es detenido, sin embargo, por la ignorancia: mientras para aquello que no sabe, no es enfermedad de no saber, sino o tiempo de no hablar, o dispensación de no obrar. Habla Dios a Abraham diciendo: «El clamor de Sodoma y Gomorra se ha llenado, y los pecados de ellos son grandes sobremanera. Descenderé, pues, y veré, si según el clamor de ellos son consumados; lo cual si no, para que sepa» (Génesis XVIII, 20). Tenemos, pues, a un Dios que no sabe, lo que sin embargo no ignora. Pues cuando sabe que los pecados son grandes sobremanera, y a su vez desciende para ver si están consumados, y si todavía no están consumados, para que sepa: entendemos que no ignora porque ignore; sino que sabe entonces, porque es tiempo para obrar. Saber, pues, Dios, no es mutación de ignorancia, sino plenitud de tiempo. Pues se espera todavía que sepa: y cuando no podemos entender eso de él, que no sepa; cuando, sin embargo, todavía espera que sepa, es necesario, que eso que sabiendo no sabe, y no sabiendo sabe, no sea otra cosa que o dispensación de hablar, o de obrar.
IX.65 No es, pues, lícito dudar que la ciencia de Dios sea más bien por el tiempo que por la mutación, cuando para aquello que Dios sabe, es tiempo de profesar la ciencia, más bien que la obtenida: para que también de esto seamos enseñados, lo que fue dicho a Abraham: «No eches tu mano sobre el niño, y no le hagas nada: pues ahora he conocido que temes a tu Dios, y no perdonaste a tu hijo dilecto por mí» (Génesis XXII, 12). Dios, pues, sabe ahora: pero saber ahora es profesión de ignorancia anterior. Lo cual, cuando no cae sobre Dios, ni para que antes haya ignorado que Abraham le era fiel, de quien fue dicho: «Creyó Abraham a Dios, y le fue deputado a justicia»: esto que ahora conoció, es tiempo en el que Abraham recibió testimonio, no también (en el que) Dios comenzó a saber. Pues Abraham, por el holocausto del hijo, había enseñado la dilección que tenía hacia Dios: Dios entonces conoció, cuando habla. Y porque antes no debe entenderse que no sabía; es necesario que entonces se entienda que conoció, porque habla. Y sobre muchísimas cosas, en verdad, que sobre la ciencia de Dios se contienen en el Testamento Viejo, estas solo han sido demostradas por nosotros como ejemplo: para que aquello, que Dios no sabe, no se entendiera que es causa de ignorancia, sino de tiempo.
IX.66 En los Evangelios, en verdad, encontramos al Señor sabiendo muchas cosas, no saber. A los operarios de la iniquidad, gloriándose en sus muchas virtudes y en su nombre, no los conoce diciendo: «Y entonces juraré, porque no os conozco. Apartaos de mí, todos los que obráis la iniquidad». Incluso con juramento no los conoce, a quienes, sin embargo, no ignora que son operarios de iniquidad. No conoce, pues, no por eso porque no sepa, sino porque por la iniquidad de la operación son indignos de su cognición: confirmando también con la religión del juramento la fe del dicho, y teniendo en la virtud de la naturaleza no ignorar, y reteniendo en el sacramento de la voluntad no conocer. No conoce también el unigénito Dios a las vírgenes necias: y a las curiosas de procurarse aceite, habiendo entrado en el tálamo de su glorioso advenimiento, las ignora. Pues tanto acceden y piden, y hasta tal punto no son ignoradas, que se les responde: «En verdad os digo, porque no os conozco». Pues tanto el encuentro como la deprecación no permite que sean ignorables: pero la respuesta de no conocer no es más bien de la naturaleza que de la voluntad; mientras por aquel, que no sabe nada que no sepa, son indignas las que deban ser conocidas. Finalmente, para que no fuera creído que ignoraba por enfermedad, continuamente habló así a los Apóstoles: «Velad, pues, porque no sabéis el día ni la hora»: para que cuando los amonesta a velar por la ignorancia del día y la hora, por eso fueran conocidas como no conocidas por él las vírgenes, porque, soñolientas y negligentes, indignas del acceso de su tálamo, habían permanecido necesitando aceite.
IX.67 No es, pues, el Señor Jesucristo, que es Dios escudriñando los corazones y los riñones, en esa enfermedad de la naturaleza, (que) no sepa, cuando esto mismo se entiende de la ciencia de la naturaleza, que él no sabe. Lo cual si algunos tal vez le deputarán la ignorancia, teman que se diga de sí mismos por aquel que sabe sus pensamientos. «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?» (Mateo IX, 4). Pues cuando el conocedor no ignorante de los pensamientos y los gestos interroga a veces sobre los pensamientos y los gestos como ignorante, ya sea sobre el tacto de la fimbria a la mujer, o sobre la disensión de los dichos a los Apóstoles, o sobre el sepulcro de Lázaro llorando: no debe entenderse que no sabe por ignorancia, sino hablando. Ni la naturaleza soporta, que quien ausente sabe que Lázaro murió y fue sepultado, ignore el lugar del sepulcro; y quien ve los pensamientos, no haya conocido la fe de la mujer, y quien no tiene necesidad de interrogar sobre algo, haya ignorado la disensión de los Apóstoles. Pero para aquel, que conoce todas las cosas, las cosas mismas que no ignora, la dispensación es a veces decir que no sabe: mientras o ante Abraham la ciencia se disimula en el tiempo, o ante las vírgenes necias y los operarios de iniquidad la cognición se niega a los indignos, o en el sacramento del Hijo del hombre, la interrogación del ignorante es de hombre: en todas estas cosas acomodándose a sí mismo a la verdad de la natividad corpórea, por las cuales es detenida la enfermedad de nuestra naturaleza; no (de tal modo) que fuera por naturaleza enfermo quien es Dios, sino que Dios nacido hombre asumió para sí las enfermedades de los hombres, asumió en verdad así, no para que en la naturaleza enferma sea reducida la naturaleza indemutable, sino para que en la naturaleza indemutable fuera el sacramento de la asunción: mientras el que era Dios, es hombre; ni dejó de permanecer Dios, quien es hombre. Actuando, pues, y confirmándose nacido hombre, permaneciendo Dios Verbo, está muy frecuentemente en esa profesión, por la que es hombre, cuando sin embargo y la protestación de Dios es a menudo la de los hombres: cuando ignora esas cosas, que o no deben ser confesadas en el tiempo, o no son reconocidas para el mérito.
IX.68 Debe entenderse, pues, por qué profesó que no sabe el día. Si se cree que no sabe en absoluto, el Apóstol contradice así: «En quien están todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia escondidos». Es, pues, ciencia escondida: la cual, porque debe ser escondida, a veces debe confesarse la nesciencia, para que pueda ser escondida. Pues si estará en la protestación, no permanecerá tampoco en el secreto. Niega, pues, que sabe: para que la ciencia pueda estar escondida. Pero si por eso no sabe, para que la ciencia permanezca escondida; no por la naturaleza no sabe sabiendo todas las cosas, porque solo por eso, para que esté escondido, no sabe. Pero por qué la ciencia del día esté escondida, no está en lo oscuro. Pues amonestándonos a que permanezcamos siempre intentados con fe remisa, quitó la seguridad de la cognición definida: para que la mente solicitada por lo incierto de la exspectación pendiente, apresurándose y esperando siempre el día del advenimiento, siempre esperando esperara; y la cura pervigil mantuviera el mismo incierto, no sin embargo del tiempo que no debe dudarse. Así, pues, el Señor dice: «Por eso también vosotros estad preparados, porque no sabéis en qué hora el Hijo del hombre vendrá». Y de nuevo: «Bienaventurado aquel siervo a quien el Señor viniendo lo encuentre haciéndolo así». La ignorancia no fue necesaria para el error, sino para la perseverancia. Ni eso fue negado para detrimento, lo que ignorado tributó incremento, para que la seguridad de la ciencia no excitara la negligencia de la fe disimulada, sino la exspectación indefinida mantuviera la preparación remisa: la cual, al modo del ladrón, temiera siempre el advenimiento, eligiendo aquel el tiempo del sueño para el robo: el padre de familia, en verdad, de la casa, por el miedo siempre del daño, vigilante.
IX.69 Aunque, pues, no sea oscuro, que la ignorancia de Dios no es ignorancia, sino sacramento: mientras por dispensación o de obrar, o de protestar, o de demostrar, así no sabe, que sabe; y así no no sabe, que no sabe: sin embargo debe verse, no sea que tal vez sea tan enfermo, que aquellas cosas, que el Padre sabe, no pueda saberlas: siendo potente, en verdad, conocer los pensamientos de los corazones humanos: porque la naturaleza más potente se mezcle con los movimientos de la naturaleza inferior, y la atraviese como imbécil con virtud vehemente: pero sea impotente la más débil ella misma para penetrar la naturaleza más vehemente; porque así como lo ligero a lo grave, y lo raro a lo denso, y lo líquido a lo sólido son pervios; así por el contrario y lo grave a lo ligero, y lo denso a lo raro y lo sólido a lo líquido no cedan; porque cuando no se abren los válidos a los enfermos, sin embargo los enfermos son penetrados por los válidos. Por eso, pues, los pensamientos de Dios Padre se dice por los impíos que el Hijo los ignora, porque, siendo él mismo enfermo, no se acerca entrando al más potente, ni el inválido atraviesa al valiente.
IX.70 Lo cual si alguien no solo con boca temeraria se atreverá a hablar sobre el unigénito Dios, sino también con corazón impío a pensar; sepa que el Apóstol escribió así sobre el Espíritu Santo a los corintios: «Pero a nosotros nos reveló Dios por su Espíritu. Pues el Espíritu escudriña todas las cosas, incluso las profundas de Dios. Pues ¿quién de los hombres sabe las cosas que son del hombre, que están en él, sino el espíritu que está en él? Así también las cosas que están en Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios». Pero despreciando estos vanos ejemplos de las cosas corporales, estimemos al Dios de Dios, y al Espíritu del Espíritu, por sus virtudes más bien que por las condiciones terrenales. Estimemos, en verdad, no por nuestro sentido, sino por la profesión divina: y creamos a aquel que dice: «El que me ha visto, ha visto también al Padre». Ni ignoremos a aquel que dijo: «O creed por mis obras, porque el Padre está en mí, y yo en el Padre». Ni ignoremos a aquel, que habló: «Yo y el Padre somos uno». Pues si los nombres de las cosas conmemorados según la inteligencia humana confirman nuestro sentido: no tiene de él diferencia de naturaleza, en quien mediante la inteligencia uno es visto; ni difiere en género, quien teniendo al que permanece en sí, está en el que permanece; ni diversos son, los que son uno. Entiende la unidad, mientras la naturaleza no es dividua. Aprehende, en verdad, de nuevo el sacramento de la naturaleza individua, mientras uno es del uno como espejo. Espejo, en verdad, de modo que el esplendor de la naturaleza exterior no emita la especie imaginada; sino mientras la naturaleza viviente es indiferente a la naturaleza viviente, ciertamente la que desde todo todo es, la cual también mientras es unigénita tiene al Padre en sí, y permanece en el Padre mientras es Dios.
IX.71 Estas cosas, pues, predicadas por el Señor para significar el sacramento de la natividad, los herejes porque no pueden negar, intentan eludirlas de tal manera, que las refieran a la concordia de la voluntad; para que en Dios Padre y en Dios Hijo no sea la unidad de la divinidad, sino de la voluntad: como si el discurso de la doctrina divina fuera inope, ni pudiera ser dicho por el Señor, Yo y el Padre queremos uno: o fuera de la misma inteligencia, Yo y el Padre somos uno: o el imperito del hablar no hubiera dicho, El que vio mi voluntad, vio también la voluntad de mi Padre: y sea esto mismo, El que me ha visto, ha visto también al Padre: o ciertamente no hubiera estado en el uso del elocuencia divina, La voluntad de mi Padre está en mí, y mi voluntad está en mi Padre: sino que fuera conveniente a este dicho, Yo en el Padre, y el Padre en mí. Las cuales, aunque todas sean hediondas e ineptas e impías, ni el sentido humano conceda a esta sentencia de la estulta opinión, para que o el Señor no pudiera hablar lo que quería, o haya hablado otra cosa de lo que habló: quien aunque se encuentre que ha usado de dichos parabólicos y alegóricos, pero otra cosa es tanto confirmar los dichos con ejemplos, o satisfacer a la dignidad de las cosas con significaciones de proverbios, o adaptarse a las profesiones de los tiempos: sin embargo este mismo lugar de la unidad, del cual se trata, no permite que en los dichos se crea que hay otra cosa de lo que suenan las palabras. Pues si por eso son uno, porque quieren uno; las naturalezas separables no pueden querer uno, las cuales por diversidad de género disintiente disienten necesariamente en diversas voluntades por diversidad de naturaleza: ¿cómo pueden querer uno, a quienes no es uno saber; cuando la ciencia, y la ignorancia de la voluntad una impiden la unidad? Cuando, pues, la insciencia de la ciencia sea adversa, querer uno no pueden ser adversas.
IX.72 Pero tal vez eso, que el Hijo dice que solo el Padre sabe, confirme que el Hijo, quien dijo que él mismo no sabe, no sabe. A no ser que claramente hubiera dicho que solo el Padre sabe, se dejaría para nuestra inteligencia una cosa de mayor peligro, para que tal vez fuera estimado que él mismo no sabe. Pues cuando en eso, que no sabe, sea para él más bien dispensación, de la ciencia escondida, que naturaleza de no saber; mediante eso también ahora, que solo el Padre sabe, no debe creerse que el Hijo no sabe: porque, así como enseñamos más arriba, la ciencia ante Dios, no es inteligencia de conocer eso que no hubiera sabido, sino de hablar. Y mediante eso, que solo el Padre sabe, el Hijo no se entiende que no sabe; cuando el Hijo por eso dice que no sabe, para que otros no sepan: y al Padre por eso dice que solo sabe, para que él mismo no no sepa. Pues si entonces se dice que Dios conoció, que es amado por Abraham, cuando no celó esto a Abraham; es necesario, que también el Padre se diga que sabe el día por eso, porque no celó al Hijo, no tomando Dios la ciencia de la cognición repentina, sino protestando en el tiempo. Si, pues, también el Hijo según el sacramento no sabe el día, para que calle; al contrario es necesario, que el Padre se muestre que sabe el día por eso, porque no calla.
IX.73 Lejos, en verdad, esté que las novedades de las mutaciones corporales sean estimadas en el Padre y en el Hijo, para que alguna vez el Padre o hable o calle al Hijo. Nosotros ciertamente recordamos no pocas veces la voz enviada desde el cielo; para que el sacramento ante nosotros del Hijo, la significación del dicho paterno lo firmara, así como el Señor dice: «No por mí vino esta voz desde el cielo, sino por vosotros». Por lo demás la naturaleza de Dios no necesita de las necesidades compuestas del oficio humano, movimiento de la lengua, temperamento de la boca, esfuerzo del espíritu, pulso del aire. Dios es simple, por nuestra religión debe ser entendido, por piedad debe ser profesado: por el sentido, en verdad, no debe ser perseguido, sino adorado; porque la naturaleza moderada y para los enfermos, no ocupe por opinión de inteligencia el sacramento de la naturaleza infinita y potente. No está, pues, diverso por partes de divinidad compuesta: para que sea en él o voluntad después del estupor, o discurso después del silencio, o obra después del ocio: para que o no se piense que quiere algo, a no ser que sea movido a querer; o no pueda hablar algo, a no ser que después del silencio suenen las palabras; o no se entienda que hace algo, a no ser que salga hacia la obra. No está sujeto a las leyes de la naturaleza, de quien toda naturaleza sortea la ley: ni es detenido en algo, por enfermedad o mutación de efectuar, quien está fuera del modo de la potestad, según el dicho del Señor: «Padre, todas las cosas te son posibles»: para que cuanto el sentido humano no capta, tanto Dios pueda. Pero ni a sí mismo se defraudó por virtud de la omnipotencia, diciendo: «Todas las cosas cualesquiera que hace el Padre, las mismas hace también el Hijo de manera similar». No hay dificultad, donde no hay enfermedad; porque la potestad impotente de efectuar está sujeta a la dificultad. Pues la naturaleza de la dificultad está en la enfermedad de la virtud: la cual cuando no tiene modo de potestad, no es tenida por la ley de la enfermedad.
IX.74 Esto por eso fue demostrado por nosotros, para que ni Dios nacido después del silencio a hablar al Hijo, ni el Hijo después de la ignorancia fuera estimado que sabe: sino que nuestra inteligencia fuera instruida por las significaciones de nuestra naturaleza, la cual no entendería algo demostrado si no es por el que habla, y no existiría que algo no se sabe sino conociendo. El Hijo, pues, por eso el día, porque calla, no sabe: y al Padre solo por eso dice que sabe, porque solo a él mismo no calla. Pero no espera, como dije, estas dificultades de la naturaleza, para que entonces sepa cuando cese de ignorar, para que entonces oiga cuando el Padre comience a hablar. La unidad de su naturaleza con él, como unigénito, no la enseñó inequívocamente diciendo: «Todas las cosas, que son del Padre, mías son». Pues él no habló ahora de obtener; porque una cosa es subsistir extrínsecamente, otra cosa es estar en las suyas y él mismo: de las cuales una es poseer el cielo, las tierras, y el mundo todo, otra es significarse a sí mismo en aquellas cosas que son suyas, suyas en verdad así, no como si las externas estuvieran sujetas, sino porque de las suyas subsiste. Ahora, pues, cuando todas las cosas, que son del Padre, son suyas; significa la naturaleza de la divinidad, no la comunión de las cosas obtenidas. Pues a eso, que hablaba de que iba a tomar de lo suyo el Espíritu Santo, dice: «Todas las cosas, que son del Padre, mías son; por eso dije, de lo mío tomará»: para que mientras de lo suyo toma, no parezca también no tomar de lo del Padre; o cuando tomara de lo del Padre, no se entendiera que toma también de lo suyo. Ni el Espíritu Santo tomaba de las criaturas, que es Espíritu de Dios; para que parezca tomar de estas, porque todas esas cosas son de Dios. Pero no por eso todas las cosas, que son del Padre, son suyas, para que lo que toma de lo del Hijo, no parezca también no tomar de lo del Padre; cuando todas las cosas, que eran del Padre, se entendían que eran también del Hijo.
IX.75 Esta naturaleza, pues, no necesitó ni de mutación, ni de interrogación, ni de alocución, para que después de la ignorancia sepa, después del silencio interrogue, después de la interrogación oiga: sino permaneciendo perfecta en el sacramento de su unidad, así como tuvo de Dios la natividad, así tuvo también la universalidad. Teniendo, en verdad, la universalidad, no dejó de tener también las cosas que son de la universalidad, la ciencia, es decir, o la voluntad: para que lo que sabe el Padre, por interrogación lo supiera el Hijo; o lo que quiere el Padre, por significación lo quisiera el Hijo. Pero cuando todas las cosas, que son del Padre, eran suyas; estuvo en esa propiedad de la naturaleza, para que otra cosa, que el Padre, o quisiera, o supiera. Para demostración, en verdad, de la natividad frecuentemente fue aplicada la demostración de la persona, cuando se dice: «No vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió». La voluntad del Padre, no la suya hace: mientras mediante la voluntad de aquel, que se envió, significa también al Padre. Lo que, en verdad, quiere lo mismo, lo muestra inequívocamente diciendo: «Padre, los que me diste, quiero que donde yo estoy, ellos también estén conmigo». Cuando, pues, el Padre quiere que nosotros estemos con Cristo, en quien según el Apóstol nos eligió antes de la constitución del mundo, y el Hijo quiere eso mismo, es decir, que estemos nosotros con él; la voluntad es la misma hacia la naturaleza, la cual se distingue hacia la significación de la natividad en la voluntad. No ignora, pues, el Hijo, lo que no ignora el Padre; ni porque solo el Padre sabe, por ello no sabe también el Hijo: cuando en la unidad de la naturaleza el Padre y el Hijo permanecen; pero lo que el Hijo no sabe, en quien todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia están escondidos, sea la dispensación de callar: así como el Señor mismo fue atestiguado, cuando respondiendo a los Apóstoles que preguntaban sobre los tiempos dice: «No es vuestro saber los tiempos o los momentos, que el Padre puso en su potestad». Se niega la cognición: ni solo se niega, sino que también la solicitud de la cognición se inhibe, cuando saber estos tiempos no es de ellos. Ellos ciertamente ahora después de la resurrección preguntan sobre los tiempos, a quienes antes interrogantes les fue dicho, que ni el Hijo sabía: ni pueden parecer haber entendido según el oído que el Hijo no sabe; cuando ellos mismos lo interrogan de nuevo como sabiendo. Pero entendiendo el sacramento de no saber, que es la dispensación de callar, ahora después de la resurrección arbitrando que es tiempo de hablar, preguntan. Y a ellos el Hijo no se dice ya que no sabe; sino que porque saber no es de ellos, porque el Padre lo puso en su potestad. Si, pues, los Apóstoles entienden esto, que el Hijo no sabe el día, que es dispensación, no enfermedad; ¿nosotros por el hecho de que el Hijo dice que no sabe el día, debemos creer que no sabe, para que sea Dios? cuando el Padre Dios puso el día en su potestad por esto, para que no evadiera hacia la ciencia de la cognición humana: y el Hijo antes interrogado, diciendo que no sabe, ahora de nuevo no responde que él mismo no sabe, sino que el de ellos es no saber; al Padre, en verdad, no en su ciencia, sino en su potestad puso los tiempos. Pues cuando el día y el momento están dentro del nombre de los tiempos; no puede parecer ignorar el día y el momento de la restitución hacia el reino de Israel él mismo aquel, que va a restituirlo. Pero instruyéndonos hacia la inteligencia de su natividad por la excepción de la potestad paterna, ni respondió que no sabe: y demostrando que no les fue concedida a ellos la facultad de la ciencia, confesó que eso mismo consiste en el sacramento de la potestad paterna. No, pues, porque el Hijo dice que no sabe el día y el momento, debe creerse que no sabe, así como ni cuando según el hombre o llora, o duerme, o está triste, es Dios confeso de ser obnoxio o a lágrimas, o a temor, o a sueño: sino que salvada la verdad del Unigénito en sí mismo, según la enfermedad de la carne, el llanto, el sueño, la inedía, la sed, la lassitud, el temor, es necesario que según la naturaleza de hombre se entienda que ha profesado la insciencia del día y de la hora.