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Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

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    TEXTOS — LATÍN ANTE-NICENO / POST-NICENO

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    De la Trinidad (en trabajo)

    c. 356–359 · exilio oriental (Frigia) — voz latina nicerana39 minPosición: 0% de esta parteParte 6 de 12 · LIBER SEXTUSPublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIL-TRIN-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

    LIBER SEXTUS

    VI.1 No ignoro que he emprendido escribir contra esta vesánica herejía de los impíos, que afirma que el Hijo de Dios es una criatura, en un tiempo sumamente difícil y áspero. Casi todas las iglesias de las provincias del Imperio Romano han sido infectadas por la peste de esta doctrina y, por el largo uso de tal enseñanza y por la falsificación del nombre de la verdadera religión, se han dejado inducir a una persuasión errónea de la fe piadosa. Sé bien que es difícil mover voluntades hacia la enmienda cuando la autoridad de una sentencia pública, sostenida por el consenso de muchos, las mantiene en el estudio de su propio error. Pues el error, cuando se vuelve multitudinario, es grave y peligroso; y la caída de muchos, aun cuando se den cuenta de ella, se arroga una autoridad propia por la vergüenza de levantarse, teniendo tal impudicia que desea que su extravío sea considerado prudencia y afirma que el errar con muchos es prueba de inteligencia, mientras que se considera que hay menos error cuanto más numerosos son los que yerran.
    VI.2 Por mi parte, más allá de la necesidad de mi estudio y mi oficio —deuda que tengo con la Iglesia por mi ministerio de la predicación evangélica—, me ha inclinado a escribir el hecho de ver a tantos retenidos en el peligro de una inteligencia infiel. Busco un gozo más fecundo en la salvación de muchos, con la esperanza de que, al conocer los sacramentos de la fe perfecta en Dios, abandonen las instituciones impías de la estulticia humana, se entreguen a Dios repudiando a los herejes y, apartándose del alimento de muerte con el que se suele atraer a las aves hacia el lazo, se eleven al vuelo de una seguridad libre. Que sigan a Cristo como guía, a los profetas como anunciadores, a los apóstoles como precursores, a la fe consumada y a la salvación perfecta en la confesión del Padre y del Hijo; y que, recordando lo dicho por la boca del Señor: «El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió», se vuelvan a honrar al Padre a través del honor debido al Hijo.
    VI.3 Ha surgido recientemente una peste pestífera y letal para los pueblos, que, propagándose con un contagio enorme, ha traído la ruina de una muerte miserable. Ni la devastación de las ciudades por guerras frecuentes, ni las muertes lúgubres de los conflictos, ni los contagios de enfermedades incurables han devastado tanto como esta funesta herejía, dirigida al exterminio del género humano. Pues para Dios, ante quien todas las cosas viven en la muerte, lo único que perece es aquello que se pierde a sí mismo. Él, que ha de juzgar todas las cosas y que, según la misericordia de su majestad, moderará el mérito de la pena para aquel error que ignoraba, ciertamente no juzgará ya a los que le niegan, sino que los negará.
    VI.4 Esta herejía furiosa niega, sí, niega el sacramento de la verdadera fe. Para exponer su impiedad, utiliza los principios de la religión; pues su exposición de la infidelidad, como se contiene en los libros anteriores, comienza así: «Sabemos que hay un solo Dios, único ingénito, único sempiterno, único sin principio, único verdadero, único que posee la inmortalidad, único óptimo, único potente». Se aprovechan de este inicio de confesión piadosa —«un solo Dios, único ingénito, único sin principio»— para que, bajo el velo de lo que se muestra religiosamente, se introduzca el resto de forma impía. Pues, tras muchas otras cosas que han proferido sobre el Hijo con una profesión de fe simulada, añaden: «Criatura de Dios perfecta, pero no como una de las criaturas; hechura, pero no como las demás hechuras». Y después de otras muchas cosas, para ocultar la intención de su impiedad herética entre confesiones de verdad, y para defender con sutilezas dialécticas que él subsiste a partir de lo que no existe, dicen: «Y antes de los siglos fue creado y fundado, y no existía antes de nacer». Finalmente, como si hubieran fortificado con solidez la defensa de su impiedad para que no se entienda al Hijo como Dios, añaden: «Porque si lo que es de él, lo que es de su seno y lo que ha salido y venido del Padre se entiende como parte de su única sustancia y como una proferencia, entonces el Padre será compuesto, divisible, mudable y, según ellos, un cuerpo; y, en cuanto depende de ellos, Dios sostendría las consecuencias de un cuerpo siendo incorpóreo». Y porque ahora nos corresponde, frente a esta exposición de la doctrina más impía, un discurso evangélico, hemos considerado conveniente insertar aquí, íntegramente, la edición de esta herejía que ya escribimos en el primer libro, para que la lectura reciente y la comparación de las respuestas a cada punto logren extraer el sentido de la verdad, aunque ellos no lo quieran. Dicen, pues:
    VI.5 (Carta de Arrio y sus seguidores a Alejandro): «Sabemos que hay un solo Dios, único ingénito, único sempiterno, único sin principio, único verdadero, único que posee la inmortalidad, único óptimo, único potente, creador de todas las cosas, ordenador y disponedor, inconvertible e inmutable, justo y bueno, Dios de la Ley, de los Profetas y del Nuevo Testamento. Este Dios engendró a su Hijo unigénito antes de todos los siglos, por quien hizo tanto el siglo como todas las cosas. Lo engendró no de forma imaginaria, sino verdadera, sujetándolo a su propia voluntad, inmutable e inconvertible, criatura perfecta de Dios, pero no como una de las criaturas; hechura, pero no como las demás hechuras. No como imaginó Valentín al proferido del Padre; ni como Maniqueo expuso al engendrado como parte de una sola sustancia del Padre; ni como Sabelio, que divide la unión, dijo que el Hijo es el mismo que el Padre. Tampoco como Hieracas, luz de luz o lámpara en dos partes; ni como aquel que antes era y después fue engendrado o sobrecreado como hijo, tal y como tú mismo, beatísimo papa, has rechazado frecuentemente en medio de la iglesia y en la asamblea a quienes introducen tales cosas. Sino que, como hemos dicho, por voluntad de Dios, antes de los tiempos y de los siglos, fue creado, recibiendo del Padre el vivir, el ser y las glorias, mientras el Padre subsiste con él. Pues el Padre, dándole toda la herencia, no se defraudó a sí mismo de aquellas cosas que posee no hechas por él: pues él es la fuente de todas las cosas».
    VI.6 «Por lo tanto, tres son las sustancias: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y ciertamente Dios es la causa de todas las cosas, solitario y absolutamente sin principio. El Hijo, sin embargo, emitido del Padre fuera del tiempo, y antes de los siglos creado y fundado, no existía antes de nacer; sino que, nacido fuera del tiempo antes de todas las cosas, subsistió solo del solo Padre. Pues no es eterno ni coeterno, ni coingénito con el Padre, ni tiene su ser junto con el Padre, como dicen algunos que introducen dos principios no engendrados. Dios es antes que todas las cosas, puesto que es unión y principio de todo. Por eso también es antes que el Hijo, tal como aprendimos de ti predicando en la iglesia. Según, pues, que tiene su ser de Dios, sus glorias, su vivir y todas las cosas le han sido entregadas, según esto, Dios es su principio. Y Dios es su superior, al ser Dios suyo, puesto que es antes que él. Si lo que es de él, lo que es de su seno y lo que ha salido y venido del Padre se entiende como parte de su única sustancia y como una proferencia, entonces el Padre será compuesto, divisible, mudable y, según ellos, un cuerpo; y, en cuanto depende de ellos, Dios sostendría las consecuencias de un cuerpo siendo incorpóreo».
    VI.7 ¿Quién no siente en estas palabras las sinuosas vueltas del camino serpentino? ¿Quién no entiende los nudos viperinos de sus espiras tortuosas, con los cuales la potestad principal de una boca venenosa se encierra en el círculo de su cuerpo plegado? Pero una vez extendido todo y analizado, el veneno de la cabeza oculta quedará al descubierto. Nos presentan primero nombres de la verdad para que pueda entrar el virus de la falsedad. El bien está en la boca para que el mal salga del corazón. Y, en medio de esto, no escucho nunca de ellos que se llame al Hijo de Dios, Dios; no encuentro jamás que el Hijo sea predicado como tal. Se utiliza el nombre de "Hijo" para silenciar su naturaleza; se despoja la naturaleza para que el nombre se vuelva extraño. Se presentan otras herejías como escudo, para que la propia herejía mienta sobre sí misma. Se insiste en que Dios es "uno solo y verdadero" para que al Hijo de Dios no se le deje lo que es propio de Dios.
    VI.8 Aunque en los libros anteriores hemos enseñado, a partir de la predicación de la ley y los profetas, acerca de Dios y Dios, y del Dios verdadero y el Dios verdadero, y de la unidad del único Dios verdadero en el Padre y en el Hijo según la unidad de naturaleza —no según la unión de persona—, sin embargo, la consumación perfecta de esta fe debe ser prestada por las doctrinas evangélicas y apostólicas. Así, se podrá entender que el Hijo de Dios es Dios verdadero, no de una naturaleza ajena y diferente a la del Padre, sino de la misma divinidad, por la verdad de la natividad. No creo que exista alguien tan insensato que no entienda las profesiones de Dios sobre sí mismo, o que, habiéndolas entendido, no quiera entenderlas, o que piense que deben ser enmendadas por la opinión de la prudencia humana. Pero antes de comenzar a hablar de las realidades de los sacramentos salvíficos, para que la profesión de herejía no se halague a sí misma tras haber expuesto los nombres de los herejes, debemos demostrar todo el velo de esta malicia astuta: para que el mismo virus que se oculta bajo un disfraz sea revelado y expuesto.
    VI.9 Los herejes, queriendo que el Hijo de Dios no sea de Dios, ni nacido Dios de Dios en la naturaleza y en la naturaleza de Dios, dijeron: «Ni como Valentín imaginó una proferencia del nacido del Padre». Lo hicieron para rechazar, bajo la apariencia de la herejía valentiniana y reprobando el nombre de "proferencia", la natividad de Dios de Dios. Pues Valentín, inventando cosas ridículas y detestables, imaginó que nuestro Señor Jesucristo había sido proferido por el misterio de una voluntad oculta. La fe evangélica y apostólica de la Iglesia no conoce esta proferencia vana. Ignora los bythos (abismos), el silencio y los treinta eones de Valentín; pero conoce un solo Dios Padre, de quien son todas las cosas, y un solo Señor nuestro Jesucristo, por quien son todas las cosas, Dios nacido de Dios. Pero como Dios nacido de Dios no priva a Dios, por su natividad, de ser lo que Dios es, ni él mismo deja de ser Dios en su natividad; y como Dios no comenzó a ser, sino que nació de Dios... se intentó excluir el nombre de "proferencia" para que no permaneciera la verdad de la natividad. La natividad de Dios no debe ser estimada según las proferencias de las natividades humanas. Pues donde uno es de uno, y Dios nace de Dios, la natividad terrenal aporta solo una inteligencia de significación; pero el origen de los que nacen no satisface el ejemplo de comparación, que tiene en sí coito, concepto, tiempo y parto.
    VI.10 Mantienen también en el resto de su arte una maligna y fraudulenta maniobra, diciendo: «Ni como Maniqueo expuso al engendrado como parte de una sola sustancia del Padre». Se ha negado arriba la proferencia para negar la natividad; ahora también, bajo el nombre de Maniqueo, se introduce la negación de la unidad de sustancia y su porción, para que no se crea que Dios es de Dios. Maniqueo, hombre de furia abrupta al reprobar la Ley y los profetas, predicó que lo que estaba en la Virgen era una porción de una sustancia única. Por tanto, para destruir la natividad del Hijo unigénito y el nombre de la unidad de sustancia, pretenden una "porción" de una sustancia única: para que, primero, no fuera una natividad, la cual fue condenada en Maniqueo por la confesión de una "porción"; y, después, se destruyera el nombre y la fe en la unidad de sustancia, porque entre los herejes encajaría (la idea de) la porción. La Iglesia piadosa no conoce en el Hijo una porción: sino que conoce al Dios todo de Dios todo; conoce que de uno nace uno; no como un desgajamiento, sino como una generación. Sabe que la natividad de Dios no es una disminución del que engendra ni una debilidad del que nace.
    VI.11 Sigue esto: «Ni como Sabelio, que divide la unión, dijo que el Hijo es el mismo que el Padre». Sabelio ignora los sacramentos evangélicos y apostólicos al creer esto. Pero esto no es condenado por los herejes simplemente por ser herético. Pues, queriendo que no haya nada en común entre el Padre y el Hijo, reprochan el crimen de la unión dividida a Sabelio: cuya división de unión no trajo una natividad, sino que dividió al mismo en la Virgen. Nosotros, en cambio, confesamos una natividad, y detestando la unión (sabeliana), mantenemos la unidad de la divinidad; es decir, que Dios de Dios son uno en el género de naturaleza, mientras que lo que existe por la verdad de la natividad de Dios en Dios, no ha subsistido de otra parte sino de Dios. Aquello que no permanece de otra parte sino de Dios, debe necesariamente permanecer en la verdad por la cual es Dios: y por esto son uno, ya que el que es Dios de Dios, ni es otra cosa, ni es Dios de otra parte.
    VI.12 Sigue esto: «Sino tampoco como Hieracas, luz de luz o lámpara en dos partes. Ni como aquel que antes era y después fue engendrado o sobrecreado como hijo». Hieracas, ignorando la natividad del Unigénito y sin haber alcanzado la virtud de los sacramentos evangélicos, predicó dos luces de una sola, para que una división bipartita de lámparas emulara la sustancia del Padre y del Hijo. Esto es lo que la estulticia humana ha traído, mientras piensan más desde sí mismos que desde Dios. Pero puesto que la profesión de la fe verdadera es tal que Dios nace de Dios como luz de luz —lo cual presta su naturaleza de sí misma sin detrimento—, para que nazca lo que es, y al no ser otra cosa que lo que es lo que ha nacido, y al no haber perdido lo que recibió, y siendo ambos uno, pues nace de aquel que es, y lo que nace no es ni de otra parte ni otra cosa (pues es luz de luz); para que esta inteligencia de la fe fuera desviada, se objetó la lámpara o luz de Hieracas al crimen de confesar luz de luz, para que no se crea que debe decirse religiosamente lo que impíamente fue dicho y condenado. ¡Desistid, desistid, vanísimo temor de los herejes! No hay nada corporal ni inanimado en las cosas de Dios: lo que es Dios, es Dios todo.
    VI.13 Pero cuán grande y astuta fue la profesión de su astucia herética en esto: «Ni como aquel que antes era y después fue engendrado o sobrecreado como hijo». Dios, que nació de Dios, no nació, ciertamente, de la nada, ni nació de lo que no existía; sino que tuvo la naturaleza viva de su natividad. Ni el mismo Dios que era; sino que Dios, que era, nació de Dios: y la natividad tuvo la naturaleza de su origen en su propia natividad. Si hablamos desde nosotros, somos insolentes; pero si enseñamos aquello que fuimos instruidos por Dios, la natividad de Dios debe confesarse según la doctrina de Dios. Por tanto, al intentar excluir esta unidad de naturaleza en el Padre y en el Hijo, y este inenarrable sacramento de la natividad viva, la furia herética dice: "No es que aquel que era antes, después naciera o fuera sobrecreado en hijo". Pues ¿quién será tan insensato que piense que el Padre ha desfallecido, de modo que el mismo que había sido, naciera después o fuera sobrecreado en hijo? ¿Quién tan demente que confiese que el Hijo ha subsistido si no es por natividad? Pues no nació el que permanecía Dios, sino que Dios nació del Dios que permanecía, manteniendo en sí la naturaleza del que engendra en la natividad de la naturaleza.
    VI.14 Finalmente, tras muchas cosas, prorrumpió hacia aquello como por un camino preparado, diciendo: «El Hijo, sin embargo, emitido fuera del tiempo, y antes de los siglos creado y fundado, no existía antes de nacer». El discurso herético se templó, cuanto pudo, tanto para la confirmación de la impiedad como para la excusa de la calumnia, diciendo: "No existía antes de nacer", para denegarle, en el hecho de que no existía antes de nacer, la naturaleza de su origen subsistente, y que hubiera comenzado a ser de la nada. [...] ¡Oh, estúpido e impío! ¿Quién esperaría una natividad en aquel que subsiste sin natividad? O, ¿cómo el que es ha de ser pensado como nacido, cuando la natividad es la naturaleza de nacer? Pero tú, queriendo negar la natividad del Unigénito de Dios de Dios Padre, has querido escapar mediante aquello de que "no existía antes de nacer". Pero si ha nacido de Dios, debe confesarse la natividad de una naturaleza que permanece; no para que nazca el Dios que era, sino para que se entienda la natividad de Dios a partir de Dios que era.
    VI.15 Pero el celo herético no contiene sus ímpetus irreligiosos; y por aquello que dice, "no existía antes de nacer" —trabajando para que naciera de lo que no existe, es decir, que no fuera nacido de Dios Padre en Dios Hijo por una natividad verdadera y perfecta—, en la conclusión misma de toda la exposición prorrumpió en el último y más profano ardor de su furor irreligioso, diciendo: «Porque si lo que es de él, lo que es de su seno y lo que ha salido y venido del Padre se entiende como parte de su única sustancia y como una proferencia, entonces el Padre será compuesto, divisible, mudable y, según ellos, un cuerpo; y, en cuanto depende de ellos, Dios sostendría las consecuencias de un cuerpo siendo incorpóreo». Sería un trabajo de gran dificultad defender la verdad de la religión frente a la impiedad de la falsedad, si la impiedad consultara con tanta prudencia como audacia. Pero es bueno que la voluntad de irreligiosidad provenga de la carencia de prudencia. Y, por tanto, aunque es fácil la respuesta frente a la estulticia, es difícil la enmienda de los estúpidos.
    VI.16 Vosotros, oh estúpidos, que hoy decís lo mismo, no sabiendo pensar en Dios: «Porque si lo que es de él, lo que es de su seno y lo que ha salido y venido del Padre...». Os pregunto a vosotros: ¿acaso esto es dicho por Dios o no es dicho? Es dicho, ciertamente; y es necesario que, cuando es dicho por Dios sobre sí mismo, no se entienda de otra manera a como se ha dicho. Sobre lo dicho, trataremos en su lugar, demostrando la virtud de cada cosa. Mientras tanto, consulto a la inteligencia de cada uno, qué piensa en ello, cuando se dice "de él": ¿debe entenderse de otro, o de ninguno, o debe creerse que es él mismo? De otro no es, porque es de él, es decir, para que no sea Dios de otra parte sino de Dios. De la nada no es, porque es de él. Él mismo no es, porque donde es "de él", la natividad del Hijo se refiere del Padre. [...] Y cuando se dice: "Salí del Padre y vine", ¿acaso dejó ambigüedad para que no se entendiera que no es de otra parte sino del Padre el ser lo que Dios es?
    VI.17 Mientras tanto, sin embargo, veamos con qué audacia humana se impide entender sobre Dios lo que no se niega que haya sido dicho por Dios sobre sí mismo. ¡Oh, gravísima vergüenza de la estulticia humana! ¡Atreverse no solo a no creer a Dios sobre sus propias profesiones, sino a condenarlo enmendándole, y contaminar con doctrinas humanas aquel inefable secreto de su naturaleza y virtud! ¿Qué te preocupa, para que Dios no sea mudable? Nosotros confesamos la natividad, nosotros predicamos al Unigénito instruidos por Dios. Tú, para que la natividad no permanezca, opones la naturaleza de Dios inmutable que no puede extenderse.
    VI.18 Pues tú usurpas, oh impiísimo hereje, la natividad del Hijo reduciéndola a una voluntad de creación; de modo que no nace de Dios, sino que, queriendo aquel que creó, subsistió de la creación. [...] Y llamas a esto hijo, no porque nació de Dios, sino porque fue creado por Dios; porque recuerdas que los hombres religiosos fueron juzgados dignos por Dios del nombre de este título. Y no le concedas el nombre de Dios bajo otra condición que la que fue dicha: «Yo dije: sois dioses y todos hijos del Altísimo», para que use la dignidad del título en la palabra del que nombra, no la verdad de la naturaleza en el nombre.
    VI.19 Y primero, pedida la venia por mi dolor impacientísimo, permite, oh Dios todopoderoso, que hable ante ti, y permíteme, a mí, tierra y ceniza, pero atado por la religión de tu caridad, hablar con libertad. Yo, infeliz, no fui nada antes, y carente de sentido de vida, sin inteligencia de mí mismo, carecía de lo que soy. Pero tu misericordia es la causa de que yo viva; y no dudo que tú, que eres bueno, estableciste que fuera bueno para mí el haber nacido. Pues tú, que no me necesitas, no habrías dado inicio a mi origen para el mal. Pero cuando me animaste a la vida y me hiciste también inteligente de la razón, me instruiste para el conocimiento de ti, según creo, mediante tus siervos Moisés y los profetas, en cuyos volúmenes me revelaste que no eres alguien para ser venerado en tu soledad. Conocí allí a Dios contigo, no otro en naturaleza, sino uno en el sacramento de tu sustancia. Conocí en ti a Dios en Dios, no confundido por mezcla, sino por la virtud de la naturaleza, mientras que lo que tú eres, Dios, estuviera en aquel que es de ti; no para que tú fueras el mismo y estuvieras en él, sino para que la verdad de la natividad perfecta enseñara que tú estabas en aquel que era de ti.
    VI.20 [Hilario invoca la lista de testigos: Moisés, David, Salomón, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, Mateo, Juan, Pedro, Pablo]. ¿En qué abismo de desesperado retorno me has sumergido? Pues yo he aprendido esto, he creído esto, y así lo mantengo con la fe de una mente confirmada, para que ni pueda creer de otra manera ni quiera.
    VI.21 Por estos que mantengo he sido instruido, de estos he sido impregnado irremediablemente. Y perdona, Dios todopoderoso, porque en estos no puedo ser enmendado, y puedo morir. [...] ¿Qué crimen es para mí haber creído demasiado por tu Hijo a la ley, a los profetas y a los apóstoles?
    VI.22 Pero que cese el discurso temerario, y ceda su lugar al ministerio de dar razón: para que, si todavía algunos pueden salvarse, mantengan el camino de la doctrina evangélica y apostólica hacia la fe, y entiendan que el verdadero Hijo de Dios no es por adopción, sino por naturaleza. Pues este es el orden de nuestra respuesta: primero, enseñar que es Hijo de Dios, para que la naturaleza de la divinidad, por la cual es Hijo, sea absoluta. Pues eso es lo que más elabora la herejía ahora tratada: que nuestro Señor Jesucristo no sea verdaderamente Hijo de Dios, Dios verdadero. Que el Unigénito Dios, nuestro Señor Jesucristo, es verdaderamente Hijo de Dios y se enseña como tal, se conoce de muchos modos, mientras el Padre da testimonio de él, mientras él mismo da testimonio de sí, mientras los apóstoles predican, mientras los religiosos creen, mientras los demonios confiesan, mientras los judíos niegan, mientras las gentes reconocen en la pasión.
    VI.23 No contamino la fe de la verdad para aducir esto con mis propias palabras. Que hable, como suele, el Padre sobre su Unigénito, para que bajo el sacramento del bautismo consumado no pueda ser ignorado Jesús Cristo por el cuerpo: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido». Pregunto: ¿en qué perece la verdad y en qué es débil la fe de la profesión? El Padre habla desde el cielo y habla así: "Este es mi Hijo". ¿Qué significa la fe de los pronombres? Los nombres comunes se añaden, pero los pronombres poseen en sí la virtud de los nombres. La significación de propiedad está allí donde se escucha decir "este" y "mío". Habías leído: "Hijos engendré y exalté", pero no habías leído "mis hijos": pues los había engendrado para sí por la división de las gentes. Para que, pues, por la comunión de la herencia adoptiva no se añadiera al Dios unigénito un nombre de hijo, la verdad de la naturaleza fue mostrada por la significación de propiedad.
    VI.24 Y porque en la confesión de esta fe estaría la vida de los creyentes (pues no hay otra vida de eternidad, sino que sepamos que Jesucristo es el Unigénito Dios, Hijo de Dios), la voz desde los cielos se escucha de nuevo por los apóstoles; para que se creyera con más firmeza para la vida aquello cuya falta de fe sería muerte. Pues cuando el Señor se había constituido en el monte en el hábito de su majestad, con Moisés y Elías asistiendo, esta voz paterna es del cielo: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido, escuchadlo».
    VI.25 Por tanto, ya que esta voz es de la voluntad paterna, que el Hijo sea escuchado; escuchemos al Hijo confesando sobre sí mismo qué es. No creo que nadie sea tan ajeno al sentido común, como para que, en todos los libros de los Evangelios, al reconocer la asunción de la humildad corporal, cuando dice "Padre, glorifícame", y frecuentemente "Veréis al Hijo del Hombre", y "El Padre es mayor que yo", le acuse de insolencia por llamarse Hijo de Dios, cuando dice: "Todo plantío que no plantó mi Padre será arrancado", o aquello: "Habéis hecho de la casa de mi Padre casa de negociación", y donde sea que siempre nombra a Dios como su Padre, sea esto más bien de temeraria presunción que de una naturaleza confidente que, consciente de su natividad, mantenga el nombre de la verdad en el Padre.
    VI.26 Aunque la confesión simple por sí sola muestra los nombres de la naturaleza, de modo que aquel de quien se dijo: "Este es mi Hijo", y a quien se dijo: "Padre mío", sean lo que se llaman; sin embargo, para que no haya nombre de adopción en el Hijo, ni de honor en el Padre, veamos qué propiedades han sido añadidas al nombre de hijo a través del Hijo. Dice: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre nadie le conoce sino el Hijo, y a quien el Hijo quiera revelarle». ¿Acaso se ajusta a lo que se dijo: "Este es mi Hijo" y "Padre mío"? No pudo ser conocido el Hijo por el Padre, ni el Padre por el Hijo, sino mediante una testificación mutua.
    VI.27 Pues dice: «Las obras que me dio el Padre para que las cumpliera, las mismas obras que hago dan testimonio de mí, de que el Padre me envió; y el Padre que me envió, él mismo ha dado testimonio de mí». El Dios unigénito, no solo por el testimonio del nombre, sino también de la virtud, enseña que es hijo: pues sus obras, las que hace, testifican que fue enviado por el Padre. Pregunto: ¿qué cosa testifican las obras? Pues que ha sido enviado. Por tanto, tanto la obediencia del Hijo como la autoridad paterna se enseñan en el enviado. [...] Si ningún otro testimonio del Padre sobre el Hijo existe en los libros, sino que este es su hijo: la verdad de este testimonio es que las obras mismas del Padre, que realiza, afirmen la verdad de este testimonio.
    VI.28 Pero tampoco el Hijo testifica menos sobre sí mismo con esta propiedad de la significación paterna. Pues, así como en lo que dice el Padre: "Este es mi Hijo", hay demostración de naturaleza, y en lo que añadió: "Escuchadlo", hay la audición del sacramento y la fe por la cual vino de los cielos; así también en ello el Hijo enseñó tanto la verdad de la natividad como la de su venida, diciendo: «Ni me conocéis, ni sabéis de dónde soy: pues no he venido de mí mismo, sino que es veraz el que me envió, a quien vosotros no conocéis; pero yo le conozco, porque soy de él, y él me envió». [...] Pregunto, pues, si aquello que "es de él" muestra una obra de creación o una naturaleza de generación. Si es obra de creación, también todas las cosas que son creadas son de Dios. Y, ¿cómo no conocen al Padre todas las cosas, cuando el Hijo, por esto mismo, porque es de él, no lo desconoce?
    VI.29 Pero, no sea que la herejía invadiera aquello de que "es de él" hacia el tiempo de su venida, añadió inmediatamente: «Porque soy de él, y él me envió». Mantuvo el orden del sacramento evangélico, profesándose nacido y enviado: para que tanto quién era como de dónde era, naciera según la sentencia superior. [...] "Ni me conocéis, ni sabéis de dónde soy". ¿Acaso no todo hombre, aunque nacido en la carne, según el sentido de la opinión común, es de Dios? Y, ¿cómo niega que él mismo, o de dónde él es, sea conocido por ellos, si no refiriera aquello de dónde es al autor de su naturaleza?
    VI.30 No saben, ciertamente, no saben los que quitan la naturaleza al nombre, los que no sabiendo, no aman saber. Y escuchen al Hijo reprochando a los impíos la ignorancia de esta ciencia, cuando los judíos se decían a sí mismos que Dios era su padre; pues dice: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais; pues yo salí de Dios y vine: no vine de mí mismo, sino que él me envió». El Hijo de Dios no desaprobó la asunción del nombre religioso en aquellos que, confesándose hijos de Dios, se decían a sí mismos que Dios era su Padre; pero reprende la usurpación temeraria de los judíos, que presumían que Dios era su Padre, por el hecho de que no le amaban a Él.
    VI.31 El Señor testifica esto diciendo: «No os diré que yo rogaré al Padre por vosotros: pues el Padre mismo os ama, porque me amáis a mí, y creéis que yo salí de Dios, y vine del Padre a este mundo». La fe perfecta sobre el Hijo carece ante el Padre de la necesidad de intercesión, la cual cree y ama que Él salió de Dios: y por sí misma merece ser escuchada y amada, al confesar al Hijo nacido de Dios y enviado. Su natividad, por tanto, y su venida se muestran con la verdad más absoluta de significar la propiedad.
    VI.32 Y, ciertamente, según el orden de la respuesta propuesta por nosotros, este es para nosotros el lugar más oportuno para enseñar, en tercer lugar, que el Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, fue creído por los apóstoles no por mención, sino por naturaleza; no por adopción, sino por natividad.
    VI.33 Tras muchas oscuridades de proverbios, en las cuales había hablado en parábolas, a quien ya antes sabían que era Cristo anunciado por Moisés y los profetas, confesado también por Natanael tanto Hijo de Dios como Rey de Israel, habiendo reprendido también a Felipe cuando preguntaba por el Padre, y habiendo enseñado antes que él había sido enviado por el Padre: sin embargo, cuando le escucharon profesar que él había salido de Dios, esta fue su respuesta: «Dicen sus discípulos: Ahora hablas abiertamente, y no dices ningún proverbio. Ahora, pues, sabemos que lo sabes todo, y no tienes necesidad de que alguien te pregunte: por esto creemos que saliste de Dios».
    VI.34 Aquí los santos apóstoles no entendieron que "había salido de Dios" significaba que había sido enviado por Dios; pues en todo el discurso superior habían escuchado frecuentemente que confesaba ser enviado: pero escuchando que "había salido de Dios", discerniendo en él la naturaleza de Dios a partir de las obras, reconocen la verdad de la naturaleza por el hecho de que salió de Dios, cuando dicen: «Ahora, pues, sabemos que lo sabes todo... por esto creemos que saliste de Dios». [...] Sabían ciertamente que él podía todo como Dios, pero todavía no habían recibido la razón de la natividad: y los que sabían que era enviado por Dios, ignoraban, sin embargo, que había salido de Dios.
    VI.35 Pues Dios no nace de Dios por la costumbre del parto humano, ni es empujado como hombre de hombre por los elementos de nuestro origen. Aquella es una natividad íntegra, perfecta e incontaminada, cuya salida de Dios es más bien que un parto. Pues es uno de uno. No es porción, no es defecto, no es disminución, no es derivación, no es extensión, no es pasión; sino que es una natividad de una naturaleza viva a partir de otra viva. Dios saliendo de Dios es, no una criatura elegida para el nombre de Dios; no comenzó a ser de la nada, sino que salió del que permanece: y "haber salido" tiene la significación de natividad, no tiene de inicio.
    VI.36 No es fe evangélica y apostólica haber creído que es Hijo de Dios por nombre más que por naturaleza. Si esta mención es de adopción, y no por eso es hijo porque salió de Dios; pregunto de dónde confesó el bienaventurado Simón Bar-Jona: «Tú eres Cristo, Hijo del Dios vivo». ¿Acaso cuando a todos se les ha dado el poder, mediante el sacramento de la regeneración, de nacer hijos de Dios? [...] La fe apostólica se extiende más allá de la inteligencia humana. [...] Pedro confesó que Él era Cristo, Hijo de Dios. Porque ciertamente para la confesión de honor hubiera bastado con decir: "Tú eres Cristo". Pero hubiera sido vano que Cristo fuera confesado por él, si no confesara que era el Hijo de Dios. En lo que dice "Tú eres", explicó la virtud y la propiedad de la verdad natural. Y el Padre, al decir "Este es mi Hijo", reveló a Pedro para que dijera "Tú eres el Hijo de Dios". Sobre esta piedra de confesión está edificada la Iglesia.
    VI.37 Esta fe es el fundamento de la Iglesia; por esta fe las puertas del infierno son débiles contra ella. Esta fe tiene las llaves del reino de los cielos. Esta fe, lo que haya atado o desatado en la tierra, es atado y desatado en los cielos. Esta fe es el don de la revelación paterna: no mentir que Cristo es una criatura de la nada, sino confesar que es Hijo de Dios según la naturaleza de su propiedad.
    VI.38 ¿Acaso tú, quienquiera que seas hoy, hereje, piensas que Pedro habría sido más bienaventurado si hubiera dicho: "Tú eres Cristo, criatura perfecta de Dios, y hechura que sobrepasa todas las hechuras, y tú que comenzaste a ser de la nada, y por la bondad de Dios, que solo es bueno, mereciste por adopción el nombre de hijo, y que no naciste de Dios"?
    VI.39 Traigamos, pues, todas las profesiones de la fe apostólica, en las cuales, confesando al Hijo de Dios, no confiesan en él el nombre de adopción, sino la propiedad de la naturaleza; y no protestan la ignominia de la creación en él, sino la gloria de la natividad. Que hable Juan: «A Dios nadie lo vio jamás, sino el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre». La fe de la naturaleza no parecía explicada suficientemente por el nombre de "hijo", a menos que la virtud de la propiedad fuera añadida extrínsecamente mediante la significación de la excepción. Pues además de llamarlo "hijo", al nombrarlo también "unigénito", destruyó profundamente la sospecha de adopción: cuando la naturaleza del unigénito prestaba la verdad del nombre.
    VI.40 Juan dijo que el Unigénito es Dios Hijo, no una criatura perfecta. No ignoró estos nombres de blasfemia, diciendo: «Que está en el seno del Padre»; y escuchando de su Señor: «Pues de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito». Dios, amando al mundo, presentó este testimonio de su amor hacia él, que dio a su Hijo unigénito. [...] Dios, amando al mundo, no dio un hijo adoptivo, sino el suyo, sino el unigénito. Aquí está la propiedad, aquí la natividad, aquí la verdad: no es creación, no es adopción, no es falsedad.
    VI.41 Pretermito todas las menciones sobre el Hijo. Escribiendo los Evangelios, debió traer la razón de escribir: y veamos qué mostró diciendo: «Estas cosas, sin embargo, han sido escritas, para que creáis que Jesús es Cristo, Hijo de Dios». Si basta para la salud creer que es Cristo, ¿por qué añadió "Hijo de Dios"?
    VI.42 Esta, pues, es la salud verdadera, este el mérito de la fe perfecta: haber creído que Jesucristo es Hijo de Dios. Pues no hay amor en nosotros hacia Dios Padre, sino mediante la fe en el Hijo. Y escuchémosle hablando por la epístola: «Todo el que ama al Padre, ama al que nació de él». ¿Qué es, pregunto, nacer de él? ¿Acaso es lo mismo que ser creado por él? Y escuchemos todos qué es este doctor: «Este es el anticristo, que niega al Padre y al Hijo». [...] El que niega al Hijo, no tiene al Padre: el que confiesa al Hijo y le tiene, tiene al Padre.
    VI.43 Pues dice: «Sabemos que el Hijo de Dios ha venido, y se ha encarnado por nosotros, y ha padecido, y resucitando de los muertos nos asumió, y nos dio un entendimiento óptimo, para que entendamos al verdadero, y estemos en su verdadero Hijo Jesucristo: este es el verdadero Dios, y la vida eterna, y nuestra resurrección». ¡Oh, infeliz inteligencia, carente del espíritu de Dios, y que prospera hacia el espíritu y el nombre del anticristo, y que no sabe que el Hijo de Dios vino para el sacramento de nuestra salud!
    VI.44 Pero nada distinto a esto predicó el Apóstol, vasija de elección, desde que era perseguidor. Pues, ¿qué discurso suyo no está bajo la confesión del Hijo? ¿Qué epístola no comenzó sobre el sacramento de esta verdad? Pues cuando se dice: «Fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo»; y de nuevo: «Dios envió a su Hijo en semejanza de carne de pecado»; y de nuevo: «Fiel es Dios, por quien fuisteis llamados a la comunión de su Hijo»: ¿qué lugar se ha dejado aquí al robo de los herejes? Es su Hijo, es su Hijo: no es su adopción, no es su creación.
    VI.45 Pero entendamos cuál es la fe del Apóstol sobre el Hijo de Dios. Pues cuando en todo discurso que tuvo para la doctrina de la Iglesia, nunca hablaba del Padre sin la confesión del Hijo; sin embargo, para mostrar la verdad de este nombre con toda la significación que pudo del discurso humano: dice: «¿Qué diremos a esto? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? Quien a su propio Hijo no perdonó, sino que lo entregó por nosotros». ¿Acaso todavía habrá aquí mención de adopción, en aquel en quien está el nombre de propiedad? Pues el Apóstol, queriendo mostrar la caridad de Dios hacia nosotros, para que la magnificencia del amor de Dios se conociera por el género de comparación, enseñó que Dios no perdonó a su propio Hijo: no, ciertamente, por los adoptados a uno adoptado, ni por los creados a una criatura, sino por los ajenos a su propio Hijo, por los que han de ser llamados hijos a uno propio. [...] Y aunque muchos códices, por la simple inteligencia de los traductores, tengan escrito en este lugar, en lugar de propio hijo, su hijo; sin embargo, la lengua griega, en la cual habló el Apóstol, nombra más bien propio (idiou) que suyo (heautou). Y aunque en el sentido de la inteligencia común no hay mucha diferencia entre propio y suyo, el Apóstol, cuando en otras frases había llamado a su hijo suyo (lo que es en griego ton heautou uion), sin embargo, en este lugar, al decir hos ge tou idiou uiou ouk epheisato (quien no perdonó a su propio Hijo), expresó significativamente la verdad de la naturaleza: para que aquel que más arriba había demostrado que había muchos hijos por el espíritu de adopción, ahora mostrara al Dios unigénito como Hijo por propiedad.
    VI.46 No es este un error humano, ni hay en la negación del Hijo de Dios vicio de ignorancia, donde no es lícito ignorar lo que se niega. [...] Aquel que niega al Hijo, odia; no hay aquí error de impericia excusable en el crimen.
    VI.47 ¿Qué esperanzas, oh furor vano, buscáis? ¿Y con qué confianza de vuestra salud sostenéis con boca blasfema que Cristo es una criatura más que Hijo? [...] Pues cuando el Señor podía todo, sin embargo, en cada uno de ellos que oraban el efecto de su operación, quiso que hubiera mérito de confesión. Pues no es que la confesión del que ora añadiera virtud a aquel que es la Virtud de Dios; sino que el premio de la fe era merecer esto. Pues cuando interrogó a Marta, que rogaba por Lázaro, si creía que los que hubieran creído en él no morirían eternamente, ella elocució la fe de su conciencia diciendo: «Sí, Señor, he creído que tú eres Cristo el Hijo de Dios, que has venido a este mundo».
    VI.48 El Señor había concedido la vista al ciego de nacimiento. [...] Y porque este ciego había nacido para gloria de Dios, para que en la obra de Cristo se pudiera entender la obra de Dios, no se esperó de él fe de confesión: sino que aquel que en los ojos recibidos no conocía al autor de tanto don, mereció esto después, para que aprendiera la fe. Pues la expulsión de la ceguera no traía la eternidad de la vida. Por lo cual el Señor, ya sano y expulsado de la sinagoga, le interroga diciendo: «¿Tú crees en el Hijo de Dios?». [...] El Señor interroga: «¿Tú crees en el Hijo de Dios?». Si la confesión de fe de Cristo, de cualquier modo que fuera, fuera la consumación, se habría dicho: "¿Crees en Cristo?". Pero porque en casi todos los herejes este nombre iba a estar en la boca, para que confesaran a Cristo y negaran, sin embargo, al Hijo; se pide a la fe aquello que es propio de Cristo, esto es, que se crea en el Hijo de Dios.
    VI.49 ¿Acaso los demonios no supieron la propiedad de este nombre? Pues es digno que los herejes sean convencidos no ya por doctrinas apostólicas, sino por la boca de los demonios. Pues gritan, y a menudo gritan: «¿Qué hay entre mí y ti, Jesús, Hijo del Dios altísimo?». La verdad arrancó la confesión a los que no querían, y el dolor de obedecer testifica la potestad de la naturaleza.
    VI.50 ¿Qué es Cristo? Apréndelo de aquellos que al menos no saben; para que tu impiedad sea argumentada por la misma profesión necesaria de los que ignoran. Pues cuando los judíos no sabían que Cristo era corporal, sabían, sin embargo, que aquel que era Cristo era Hijo de Dios; cuando usaban falsos testigos contra él sin ninguna aserción de verdad, el sacerdote le interroga así: «¿Tú eres Cristo el Hijo del Bendito?». No ignoran la naturaleza, aunque no saben el sacramento. [...] Y mira a qué consortium de impiedad judía te has mezclado al negar al Hijo de Dios. Pues ellos testifican la causa de la condenación que trajeron contra él, diciendo: «Y según la ley debe morir, porque se hizo a sí mismo Hijo de Dios». ¿Acaso no es este también el oprobio de tu voz impía, por qué se llame a sí mismo Hijo, aquel que tú afirmas ser una criatura?
    VI.51 Hubieras tenido en la confesión de aquellos, a quienes, enfureciéndose el viento y turbado el mar, en la orden de la palabra les había sido restituida la tranquilidad, para que tú también confesaras al verdadero Hijo de Dios, y usaras su voz: «Verdaderamente es el Hijo de Dios». Pero el espíritu enfurecido te arrastra al naufragio de la vida, y la tormenta domina los movimientos de tu mente como un mar fluctuoso.
    VI.52 Si esta fe de los navegantes te parece incierta, porque se considerará que es de los Apóstoles; para mí, sin embargo, aunque aporta menos admiración, aporta más autoridad. Pero toma también de las gentes la fe en él; escucha al soldado de la cohorte romana, domado a la fe entre las feroces custodias de la cruz. Pues habla el centurión, vistas las operaciones de tanta virtud: «Verdaderamente este era el Hijo de Dios». Esto, tras emitido el espíritu, el velo del templo rasgado, y la tierra movida, y las rocas escindidas, y los sepulcros abriéndose, y los muertos resucitando, testifican, y el hombre gentil confiesa en la perfidia; reconoce la naturaleza de la virtud en los hechos, profesa la verdad de la naturaleza en el nombre. Tan grande es la razón de la verdad, y tan grande es la fuerza de la fe, que la necesidad de la verdad vence a la voluntad, y que Cristo Señor de la gloria eterna es verdaderamente el Hijo de Dios, no lo negó ni aquel que lo había crucificado.
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