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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

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    TEXTOS — LATÍN ANTE-NICENO / POST-NICENO

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    De la Trinidad (en trabajo)

    c. 356–359 · exilio oriental (Frigia) — voz latina nicerana74 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 12 · LIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del PadrePublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIL-TRIN-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

    LIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre

    VIII.1 El apóstol Pablo, al establecer la norma para instituir a un obispo y al conformar, por así decirlo, a un hombre nuevo para la Iglesia mediante sus preceptos, enseñó que este es el compendio de sus virtudes consumadas al decir: «Que se aferre a la palabra fiel conforme a la doctrina, de modo que sea capaz de exhortar con la sana doctrina y de refutar a los que contradicen. Pues hay muchos rebeldes, charlatanes y seductores». Al señalar qué es propio de la disciplina y de las costumbres para el mérito del sacerdocio, indica que esto es útil si, entre las demás cualidades, no faltan aquellas necesarias para la ciencia de enseñar y custodiar la fe. Pues no es propio de un sacerdote bueno y útil actuar solo con inocencia o solo predicar con ciencia: el inocente, si no es docto, solo se aprovecha a sí mismo; el docto, si no es inocente, carece de la autoridad de la doctrina. El discurso apostólico no se limita a conformar al hombre para la vida honesta mediante preceptos de probidad, ni tampoco lo constituye como un escriba de la Sinagoga para la Ley, sino que establece al perfecto príncipe de la Iglesia con los bienes consumados de las virtudes máximas, para que su vida sea adornada por la enseñanza y su doctrina por la vida. Finalmente, instruyó a Tito con este decreto para la consumación de la religión: «Muéstrate en todo como ejemplo de buenas obras, enseñando con veneración, con palabra sana e irreprochable, para que el adversario se avergüence al no tener nada malo que decir de nosotros». Este doctor de las naciones, elegido maestro de la Iglesia, no ignoraba, por la conciencia del Cristo que habitaba y hablaba en él, que habrían de surgir contagios de lenguaje mórbido y que una corrupción pestífera de la doctrina desaforaría contra la salud de las palabras fieles, la cual, sumergiendo la ponzoña de su inteligencia impía hasta la misma sede del alma, se arrastraría como un mal profundo. De ellos dice: «Su palabra se extiende como un cáncer», contagiando la salud de la mente invadida con un contagio oculto y subrepticio. Por eso quiso que en el obispo hubiera doctrina de palabra sana, conciencia de fe y ciencia de las exhortaciones, para refutar las contradicciones impías, mentirosas y dementes. Pues son muchos los que, simulando fe, no se someten a la fe, y se fabrican su propia fe en lugar de recibirla, inflados por el sentido de la vacuidad humana, mientras saborean lo que quieren y no quieren saber lo que es verdadero; siendo esta la verdad de la sabiduría: saber a veces lo que no querrías. A esta sabiduría de la voluntad le sigue el discurso de la necedad, pues es necesario que lo que se saborea neciamente, se predique también de modo necio. Ahora bien, ¡qué gran mal es una predicación necia para los que escuchan, cuando son seducidos hacia la sentencia de la necedad bajo la opinión de la sabiduría! Por eso el Apóstol mantuvo este orden sobre ellos, diciendo: «Pues hay muchos rebeldes, charlatanes y seductores». Hay que contradecir, pues, a la impiedad insolente, a la insolencia charlatana y a la charlatanería seductora, y contradecir con la salud de la doctrina, con la verdad de la fe y con la sinceridad de las palabras, para que la sinceridad sea de verdad y la verdad de salud.
    VIII.2 La causa por la que he recordado esta sentencia apostólica es que ahora hombres perversos de mente, falaces en su profesión, vacíos en su esperanza y de lengua viperina, nos imponen la necesidad de contradecir, mientras insinúan doctrinas letales, inteligencias mórbidas y voluntades corruptas en la simplicidad de los oyentes bajo la apariencia de religión, actuando sin la sinceridad de la predicación apostólica, hasta el punto de que el Padre no sea Padre, el Hijo no sea Hijo, Dios no sea Dios y la fe no sea fe. Resistiendo a sus mentiras dementes, hemos extendido tanto el discurso de nuestra respuesta que, tras haber demostrado mediante la Ley que Dios es Dios y el Dios verdadero está en el Dios verdadero, y luego haber mostrado la perfecta y verdadera natividad del Unigénito de Dios según las doctrinas evangélicas y apostólicas, finalmente, en el curso de nuestra misma predicación, enseñamos que el verdadero Dios es el Hijo de Dios y que posee la misma naturaleza que el Padre, de modo que la fe de la Iglesia ni profesa un Dios solitario ni dos dioses, pues ni la natividad de Dios permite un Dios solitario, ni la natividad perfecta admite nombres de naturalezas diversas en dos dioses. Nuestra preocupación al refutar sus charlatanerías es doble: primero, enseñar lo que es santo, perfecto y sano, para que nuestro discurso, no vagando por desvíos y rodeos o emergiendo de túneles erráticos, busque la verdad en lugar de mostrarla; y luego, exponer que aquello que ellos, con argucia de sentencias vanas y falaces, adaptan a una apariencia de verdad seductora, es ridículo e inepto ante la conciencia de todos. Pues no nos basta haber enseñado lo que es piadoso si no se entiende que es piadosísimo al refutar lo que es impío.
    VIII.3 Como es propio de los hombres buenos y prudentes prepararse por naturaleza y estudio para obtener un bien o un tiempo de dichosa esperanza, para que su disposición no sea menor a la expectación, así es de suma preocupación para estos hombres enloquecidos por el furor herético esforzarse con todo su ingenio de impiedad contra la verdad de la fe piadosa, para superar a los religiosos siendo irreligiosos, y ser más potentes en la desesperación de su vida que nosotros en la esperanza de la nuestra, empleando más pensamiento para lo falso que nosotros al adaptar la doctrina a lo verdadero. Pues, a nuestras piadosas profesiones de fe, ellos han elaborado contradicciones de su perfidia impía, exigiendo primero si tenemos un solo Dios en la fe; luego preguntan si Cristo es también Dios; y finalmente, si el Padre es mayor que el Hijo, para que, al oír en la profesión que Dios es uno, lo usen para negar que Cristo sea Dios. Pues no preguntan del Hijo si es Dios, sino que solo quieren, al interrogar sobre Cristo, que no sea Hijo, atrapando al hombre de fe simple para alejarlo de la confesión de Cristo Dios mediante la fe en un solo Dios, argumentando que ya no sería un solo Dios si también hay que confesar a Cristo como Dios. ¡Con qué sutileza de ingenio secular disputan aquí diciendo: «Si es uno, quienquiera que parezca ser otro, ya no será. Y si es otro, ya no será este uno», ya que la naturaleza no permite que donde hay otro haya uno, o donde hay uno haya otro! Luego, cuando han engañado la facilidad del que cree y escucha mediante el arte de esta astuta aserción, adaptan aquello que obtienen como por un camino más fácil: que Cristo es Dios por nombre más que por naturaleza, porque este nombre general no destruye en nada la fe en el único Dios, que es la única verdadera; y por ello el Padre es mayor que el Hijo, porque siendo diferente la naturaleza, como solo Dios es uno, el Padre es mayor por propiedad de naturaleza; y este es llamado Hijo por nombre, y es una creación que subsiste por la voluntad de Dios, porque es menor que el Padre; y no es Dios, porque un solo Dios no permite que haya otro Dios, y quien es menor, necesariamente debe ser de naturaleza ajena al que es mayor que él. Y cuán ridículos son en esto, prescribiéndole a Dios cuando afirman que de uno no puede nacer nada, porque la natividad de todas las cosas proviene de la conjunción de dos; pero que Dios, inmutable, no puede otorgar ninguna natividad de sí al que nace, porque ni lo que no cambia está sujeto a incremento, ni la naturaleza solitaria y una tiene en sí la condición de engendrar.
    VIII.4 Nosotros, habiendo seguido la fe evangélica y apostólica con doctrinas espirituales, y buscando la esperanza de la bienaventurada eternidad en la confesión del Padre y del Hijo, tras haber demostrado el sacramento de Dios y Dios según la Ley, sin exceder la fe en un solo Dios y confesando que Cristo también es Dios, hemos tomado este orden de respuesta según los Evangelios: enseñar la verdadera natividad del Unigénito de Dios de Dios Padre, porque mediante ella es Dios verdadero y no es ajeno a la naturaleza de un solo Dios verdadero; y así no puede negarse que es Dios, ni decirse que es otro Dios, porque la natividad lo hace Dios y la naturaleza en él de un solo Dios de Dios no lo separa en otro Dios. Y aunque el sentido de la inteligencia común nos impulsaba a ello, para que en la misma naturaleza no coincidieran nombres de naturalezas distintas —y no fueran uno aquellos para quienes no difiere en género lo que son—, no obstante, nos ha parecido grato mostrarlo mediante las propias profesiones de nuestro Señor, quien, cuando frecuentemente nos había inculcado a Dios único para nuestra fe y esperanza, para confirmar el sacramento de un solo Dios se profesó también Dios y dijo: «Yo y el Padre somos uno», y «Si me conocéis a mí, conocéis a mi Padre», y «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre», y «El Padre que permanece en mí, él hace sus obras», y «Creedme que el Padre está en mí y yo en el Padre; de lo contrario, creed por las obras mismas». Expresa su natividad en el nombre de Padre, enseña que el Padre debe ser conocido en él. Confiesa la unidad de naturaleza cuando el Padre es visto al ser visto él. Atestigua que es inseparable del Padre cuando permanece en el Padre que permanece en él. Mantiene la confianza de la conciencia cuando exige que se crea a estas palabras suyas por la operación de su virtud. Y así, en esta bienaventurada fe de la perfecta natividad, se extingue todo vicio, tanto el de los dos dioses como el del Dios solitario; pues los que son uno no son uno solo; y el que no es uno solo, no difiere de aquel que es de tal manera que no sean uno.
    VIII.5 Puesto que los herejes no pueden negar esto, dado que son palabras tan absolutamente dichas y comprendidas, corrompen su significado con la mentira más estúpida de su impiedad. Pues aquello que dice: «Yo y el Padre somos uno», intentan referirlo al consenso de la unanimidad, de modo que la unidad en ellos sea de voluntad, no de naturaleza; es decir, que no sean uno por lo que son, sino por lo que quieren lo mismo. Y adaptan a esta defensa suya aquel pasaje de los Hechos de los Apóstoles: «La multitud de los creyentes tenía un solo corazón y una sola alma», de modo que la diversidad de almas y corazones sea unidad en un corazón y alma por la conveniencia de la misma voluntad. O aquel pasaje que se escribe a los Corintios: «El que planta y el que riega son uno», para que, no difiriendo el ministerio para la salvación y en el progreso del mismo sacramento, haya unidad de voluntad en dos. O aquello que el Señor, pidiendo al Padre la salvación de las naciones que habrían de creer en él, dice: «No ruego solo por estos, sino también por los que creerán en mí por la palabra de ellos, para que todos sean uno como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros»: para que, como los hombres no pueden refundirse en Dios ni reunirse entre sí en un montón único e indiscreto, el ser uno sea por la unidad de voluntad, mientras todos hacen lo que agrada a Dios y ellos mismos se reúnen con movimientos de ánimo que no disienten entre sí; y así, que no sea la naturaleza la que los hace uno, sino la voluntad.
    VIII.6 Ciertamente, no sabe pensar quien no conoce a Dios. Y como Cristo es la Sabiduría, es necesario que esté fuera de la sabiduría quien ignora a Cristo o lo oye, como estos, que quieren que el Señor de la majestad, el Rey de los siglos y el Unigénito de Dios sea creación de Dios más que Hijo; y aunque mienten neciamente, piensan aún más neciamente en la defensa de su mentira. Pues, habiendo dejado de lado por un poco aquello que es la propiedad de la unidad en Dios Padre y en Dios Hijo, deben ser refutados por aquellas mismas cosas que utilizan.
    VIII.7 Pues, pregunto: aquellos cuya alma y corazón eran uno, ¿eran uno mediante la fe de Dios? Ciertamente por la fe: pues por ella el alma y el corazón de todos era uno. Y pregunto: ¿la fe es una o es otra? Sin duda es una, bajo el testimonio del mismo Apóstol, que predica una sola fe, como un solo Señor, un solo bautismo, una sola esperanza y un solo Dios. Si, por tanto, todos eran uno mediante la fe, es decir, mediante la naturaleza de una sola fe, ¿cómo no entiendes una unidad natural en aquellos que son uno por la naturaleza de una sola fe? Todos, en efecto, habían renacido a la inocencia, a la inmortalidad, al conocimiento de Dios, a la fe de la esperanza. Y si estas cosas no pueden ser diversas entre sí, porque la esperanza es una y Dios es uno, así como el Señor es uno y el bautismo de regeneración es uno, si estas cosas son uno por asentimiento más que por naturaleza, atribuye también a estos, que renacieron a esto, la unidad de voluntad. Pero si han sido regenerados en la naturaleza de una sola vida y eternidad, por lo cual su alma y corazón es uno, cesa en ellos la unidad de asentimiento, pues son uno en la regeneración de la misma naturaleza.
    VIII.8 No hablamos lo nuestro, ni componemos falacias emuladas de estas cosas para engañar los oídos de los oyentes con el sentido corrupto de las palabras, sino que, manteniendo la forma de la sana doctrina, pensamos y predicamos lo que es sincero. Pues el Apóstol enseña que esta unidad de los fieles proviene de la naturaleza de los sacramentos, escribiendo a los Gálatas: «Cuantos habéis sido bautizados en Cristo, os habéis revestido de Cristo. No hay judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay hombre ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». Siendo uno en tal diversidad de naciones, condiciones y sexos, ¿es acaso por asentimiento de voluntad, o por la unidad del sacramento, porque para ellos el bautismo es uno y todos se han revestido del mismo Cristo? ¿Qué hará, pues, aquí la concordia de los ánimos, cuando son uno por aquello de que todos son revestidos de un solo Cristo mediante la naturaleza de un solo bautismo?
    VIII.9 O cuando el que planta y el que riega son uno, ¿no son acaso uno por esto, porque ellos mismos, habiendo renacido en un solo bautismo, son una sola administración del único bautismo regenerador? ¿No hacen lo mismo? ¿No son uno en uno? Por tanto, los que son uno por la misma cosa, son también uno por naturaleza, no solo por voluntad: porque ellos mismos han sido hechos la misma cosa y son ministros de la misma cosa y eficiencia.
    VIII.10 La necedad se descubre a sí misma cuando se opone a la verdad; pues aquello que se ajusta contra la verdad por el ingenio de una inteligencia insensata o perversa, siendo la verdad inconmovible e inmóvil, es necesario que lo que está en contra sea entendido como falso y necio. Pues los herejes, esforzándose en engañar mediante lo que se dijo: «Yo y el Padre somos uno», para que no se creyera en ellos una unidad de naturaleza y una sustancia indiferente de divinidad, sino que fueran uno por la mutua dilección y la concordia de las voluntades, presentaron el ejemplo de esta unidad, como hemos demostrado arriba, incluso de los dichos dominicales: «Para que todos sean uno, así como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros». Está fuera de las promesas evangélicas quienquiera que esté fuera de su fe; y el crimen de la inteligencia impía perdió la esperanza simple. Pues tiene no tanto perdón como premio el ignorar lo que crees, porque el máximo estipendio de la fe es esperar lo que ignoras. Pero, en verdad, es furor de la última impiedad o no creer lo que se ha entendido, o haber corrompido la inteligencia de lo que se debe creer.
    VIII.11 Pero aunque la impiedad cambie el sentido mismo de su inteligencia, no puede dejar de existir la inteligencia de los dichos. El Señor ruega al Padre para que los que han de creer en él sean uno, y así como él está en el Padre y el Padre en él, así todos sean uno en ellos. ¿Por qué introduces aquí la ecuanimidad y la unidad de alma y corazón mediante el asentimiento de la voluntad? Hubiera sido propio de la abundancia y propiedad de las palabras que, si la voluntad los hiciera uno, el Señor hubiera rogado así: «Padre, así como nosotros queremos ser uno, así quieran ellos ser uno, para que todos seamos uno por la concordia». ¿O acaso el que es el Verbo ignoró la significación del verbo? ¿El que es la verdad no supo decir verdades? ¿El que es la sabiduría erró en su necedad? ¿Y el que es la virtud estuvo en tal debilidad que no pudo expresar lo que quería que se entendiera? Él habló claramente los sacramentos verdaderos y sinceros de la fe evangélica. Y no solo habló para significar, sino que también enseñó para la fe al decir: «Para que todos sean uno, así como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros». Primero es la oración por aquellos de quienes se dice: «Para que todos sean uno», luego el progreso de la unidad se muestra por el ejemplo de la unidad cuando dice: «Así como tú, Padre, en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros»: para que, así como el Padre está en el Hijo y el Hijo en el Padre, así, mediante la forma de esta unidad, todos sean uno en el Padre y en el Hijo.
    VIII.12 Pero puesto que solo al Padre y al Hijo es propio por naturaleza ser uno, ya que Dios de Dios y el Unigénito del Ingénito no puede sino estar en la naturaleza de su origen, de modo que en la sustancia de su natividad exista el que fue engendrado, y la natividad no tenga otra verdad de divinidad que aquella de la cual procedió: el Señor, no dejándonos nada ambiguo para la fe, enseñó la naturaleza de esta unidad absoluta en todo el discurso consiguiente. Pues sigue: «Para que también el mundo crea que tú me enviaste». Por tanto, el mundo creerá que el Hijo fue enviado por el Padre porque todos los que creerán en él serán uno en el Padre y en el Hijo. Y cómo serán, pronto se nos enseña: «Y yo el honor que me diste, se lo he dado a ellos». Y pregunto ahora: ¿es acaso el honor lo mismo que la voluntad? Pues la voluntad es un movimiento de la mente, mientras que el honor es naturaleza o especie o dignidad. Por tanto, el Hijo dio a todos los que habrían de creer en él el honor recibido del Padre, no ciertamente la voluntad; la cual, si se diera, la fe no tendría premio, pues la necesidad de la voluntad impuesta nos arrastraría la fe. Pero mostró para qué serviría la entrega del honor recibido: «Para que sean uno, así como nosotros somos uno». Por esa causa, pues, el honor recibido fue dado, para que todos sean uno. Ya, pues, todos son uno en el honor; porque no se ha dado otro honor que el que fue recibido, ni fue dado por otra razón que para que todos fueran uno. Y como todos son uno mediante el honor dado al Hijo y otorgado por el Hijo a los creyentes, pregunto cómo el Hijo es de honor diferente al Padre, cuando el honor de los creyentes todos asume al Hijo hacia la unidad del honor paterno. Y tal vez este discurso de la esperanza humana sea insolente, pero no será infiel, porque, aunque sea temerario esperar esto, sin embargo, no haber creído es irreligioso, siendo que el mismo y uno es para nosotros el autor de la esperanza y de la fe. Y sobre esto trataremos más clara y copiosamente en su lugar, como conviene. Entretanto, sin embargo, se entiende incluso por el presente discurso que esta esperanza nuestra no es vacía ni temeraria. Por el honor recibido y dado, pues, todos son uno. Mantengo la fe y acepto la causa de la unidad; pero aún no aprehendo la razón de cómo el honor dado logra que todos sean uno.
    VIII.13 Pero el Señor, no dejando nada incierto para la conciencia de los fieles, enseñó el efecto mismo de la eficiencia natural, diciendo: «Para que sean uno, así como nosotros somos uno, yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en uno». Interrogo ahora a aquellos que introducen la unidad de voluntad entre el Padre y el Hijo: ¿está Cristo hoy en nosotros por la verdad de la naturaleza o por la concordia de la voluntad? Porque si verdaderamente el Verbo se hizo carne y nosotros verdaderamente recibimos el Verbo carne en la comida dominical, ¿cómo no ha de ser considerado permanecer naturalmente en nosotros, quien tanto asumió la naturaleza de nuestra carne ya inseparable para sí mismo al nacer hombre, como mezcló la naturaleza de su carne con la naturaleza de la eternidad bajo el sacramento de la carne comunicada a nosotros? Así todos somos uno, porque tanto el Padre está en Cristo como Cristo está en nosotros. Quien, pues, negare naturalmente al Padre en Cristo, que niegue primero que él mismo está en Cristo o que Cristo está en él naturalmente; porque el Padre en Cristo y Cristo en nosotros nos hacen ser uno en ellos. Si, pues, Cristo verdaderamente asumió la carne de nuestro cuerpo, y verdaderamente aquel hombre, que nació de María, es Cristo, y nosotros verdaderamente recibimos bajo el misterio la carne de su cuerpo (y por ello seremos uno, porque el Padre está en él y él en nosotros), ¿cómo se afirma la unidad de voluntad, cuando la propiedad natural mediante el sacramento es sacramento de una unidad perfecta?
    VIII.14 No se debe hablar con sentido humano o secular en las cosas de Dios, ni se debe extorsionar, mediante una predicación violenta e imprudente, la perversidad de una inteligencia ajena e impía a la salud de los dichos celestiales. Leamos lo que está escrito y entendamos lo que leemos, y entonces cumpliremos con el deber de una fe perfecta. Pues lo que decimos sobre la verdadera naturaleza de Cristo en nosotros, si no lo hemos aprendido de él, lo decimos necia e impíamente. Él mismo, en efecto, dice: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él». No se ha dejado lugar a dudas sobre la verdad de la carne y la sangre. Pues ahora, tanto por la profesión del mismo Señor como por nuestra fe, es verdaderamente carne y es verdaderamente sangre. Y estas cosas, aceptadas y bebidas, logran que nosotros estemos en Cristo y Cristo en nosotros. ¿Acaso esto no es verdad? Que esto no sea verdad para aquellos que niegan que Cristo Jesús es Dios verdadero. Él, pues, está en nosotros por la carne, y nosotros estamos en él, mientras esto que somos está en Dios consigo mismo.
    VIII.15 Pero él mismo atestigua cuán unidos estamos en él mediante el sacramento de la carne y la sangre comunicadas al decir: «Y este mundo ya no me ve; pero vosotros me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis; porque yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros». Si quisiera que se entendiera solo la unidad de voluntad, ¿por qué expuso un cierto grado y orden de la unidad que debe ser consumada, sino para que se creyera que, mientras él estaba en el Padre por la naturaleza de la divinidad, nosotros, en cambio, estuviéramos en él por su natividad corporal, y él, a su vez, en nosotros por el misterio de los sacramentos: y así se enseñara una unidad perfecta mediante el Mediador, mientras él permanecía en el Padre mientras nosotros permanecíamos en él, y permaneciendo en el Padre permanecía en nosotros; y así progresáramos hacia la unidad del Padre, cuando nosotros también estuviéramos naturalmente en él, permaneciendo él naturalmente en nosotros?
    VIII.16 Pero el mismo atestiguó cuán natural es esta unidad en nosotros: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él». Pues nadie estará en él, a menos que él esté en él: teniendo solo aquel en sí la carne asumida de aquel que tomó la suya. Pero ya había enseñado arriba el sacramento de esta unidad perfecta, diciendo: «Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre: así el que coma mi carne, él también vivirá por mí». Vive, pues, por el Padre: y del mismo modo que él vive por el Padre, del mismo modo nosotros vivimos por su carne. Pues toda comparación se presume para la forma de la inteligencia, para que alcancemos aquello de lo que se trata según el ejemplo propuesto. Esta, pues, es la causa de nuestra vida: que tenemos en nosotros a Cristo permaneciendo en nuestros cuerpos por la carne, habiendo de vivir nosotros por él bajo la misma condición con que él vive por el Padre. Si, pues, nosotros vivimos naturalmente según la carne por él, es decir, habiendo adquirido la naturaleza de su carne, ¿cómo no ha de tener naturalmente al Padre en sí según el Espíritu, ya que él mismo vive por el Padre? Pero vive por el Padre mientras la natividad no le trajo una naturaleza ajena y diferente, mientras lo que es, también es de él, y sin embargo no se separa de él por ninguna disimilitud incidente de la naturaleza; mientras tiene en sí al Padre por la natividad en la virtud de la naturaleza.
    VIII.17 Estas cosas han sido recordadas por nosotros porque los herejes, mintiendo sobre una unidad solo de voluntad entre el Padre y el Hijo, usaban el ejemplo de nuestra unidad con Dios, como si para nosotros, unidos al Hijo y por el Hijo al Padre solo por el obsequio y la voluntad de la religión, no se otorgara ninguna propiedad de comunión natural mediante el sacramento de la carne y la sangre; siendo que tanto por el honor del Hijo dado a nosotros, como por el Hijo que permanece corporalmente en nosotros, y estando nosotros corporal e inseparablemente unidos a él, se debe predicar el misterio de una unidad verdadera y natural.
    VIII.18 La respuesta, pues, ha sido dada por nosotros a la necedad de los que enfurecen, solo para la demostración de una mentira vacía, para que no engañaran a los inexpertos con el error de una aserción vana y ridícula. Por lo demás, la fe evangélica no necesitó la necesidad de nuestra respuesta. El Señor rogó por nosotros nuestra unidad hacia Dios; pero la suya la posee él y permanece en ella. Y no son uno por el sacramento de la disposición, sino por la natividad de la naturaleza, mientras nada en él de sí degenera al engendrarlo Dios. Son uno, mientras las cosas que no son arrebatadas de su mano, no son arrebatadas de la mano del Padre; mientras al ser conocido él, el Padre es conocido; mientras al ser visto él, el Padre es visto; mientras lo que habla, el Padre que permanece en él habla; mientras el Padre obra en el que obra; mientras él mismo está en el Padre y el Padre está en él. Esto no lo otorga la creación, sino la natividad; no lo logra la voluntad, sino la potestad; no lo habla la unanimidad, sino la naturaleza: porque no es lo mismo ser creado y ser nacido; ni querer lo mismo es que poder; ni estar de acuerdo lo mismo es que permanecer.
    VIII.19 No negamos, por tanto, la unanimidad entre el Padre y el Hijo; pues esto suelen mentir los herejes, que al no aceptar nosotros solo la concordia para la unidad, digan que afirmamos que ellos están discordes. Pero escuchen cómo la unanimidad no es negada por nosotros. El Padre y el Hijo son uno en naturaleza, honor y virtud; ni la misma naturaleza puede querer cosas diversas. Y escuchen aún al Hijo atestiguando su unidad de naturaleza con el Padre; pues dice: «Cuando venga aquel Abogado, a quien yo os enviaré del Padre, el Espíritu de verdad, que procede del Padre, él testificará de mí». El Abogado vendrá, y a este lo enviará el Hijo del Padre, y es el Espíritu de verdad, que procede del Padre. Que toda la escuela de los herejes sacuda los aguijones de su ingenio y busque ahora lo que pueda mentir incluso a los que ignoran, y enseñe qué es esto que el Hijo envía del Padre. Quien envía, muestra su potestad en aquello que envía. Pero lo que envía del Padre, ¿qué entenderemos: si es recibido, o dimitido, o engendrado? Pues es necesario que signifique una de estas cosas aquello que ha de enviar del Padre. Y ha de enviar del Padre aquel Espíritu de verdad que procede del Padre: ya, pues, no hay recepción, donde se ha demostrado la procesión. Resta que confirmemos en él nuestra sentencia: si en esto hemos de considerar la salida de uno que consiste, o la procesión del que es engendrado.
    VIII.20 Y tampoco me calumnio ahora en esto a la libertad de la inteligencia, si piensen que el Espíritu Paráclito es del Padre o del Hijo. Pues el Señor no dejó esto en la incertidumbre: pues bajo las mismas palabras habló así: «Aún tengo mucho que deciros, pero no podéis llevarlo ahora. Cuando venga aquel Espíritu de verdad, él os dirigirá a toda verdad. Pues no hablará de sí mismo, sino que dirá todo lo que haya oído y os anunciará lo que vendrá. Él me glorificará, porque tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije: Tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros». Del Hijo, pues, toma aquel que es enviado por él y procede del Padre. Y pregunto: ¿es lo mismo tomar del Hijo que proceder del Padre? Pero si se creyera que difiere entre tomar del Hijo y proceder del Padre, ciertamente se considerará que es lo mismo y uno solo tomar del Hijo que tomar del Padre. Pues el mismo Señor dice: «Porque tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros. Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije: Tomará de lo mío y os lo anunciará a vosotros». Esto que tomará (sea potestad, sea virtud, sea doctrina), el Hijo dijo que debía ser tomado de sí mismo; y a su vez, esto mismo significa que debe ser tomado del Padre. Pues cuando dice que todo lo que tiene el Padre es suyo, y por ello dice que debe ser tomado de lo suyo, enseña que también debe ser tomado del Padre, sin embargo, tomado de sí mismo; porque todo lo que es del Padre, es suyo. Esta unidad no tiene diversidad, ni difiere de quién es tomado aquello que, dado por el Padre, se refiere como dado por el Hijo. ¿Acaso también aquí se traerá la unidad de voluntad? Todo lo que tiene el Padre es del Hijo; y todo lo que tiene el Hijo es del Padre. Pues él mismo dice: «Y todo lo mío es tuyo, y lo tuyo mío». Aún no es lugar para demostrar por qué dijo así: «Porque tomará de lo mío», pues es significación de tiempo futuro donde se muestra que tomará. Ahora, ciertamente, dice que tomará de sí mismo porque todo lo del Padre era suyo. Corta, si puedes, la unidad de esta naturaleza, e infiere alguna necesidad de disimilitud por la cual el Hijo no esté en la unidad de la naturaleza. Pues del Padre procede el Espíritu de verdad, pero es enviado del Padre por el Hijo. Todo lo que es del Padre, es del Hijo; y por ello, cualquier cosa que tome, la tomará del Hijo aquel que ha de ser enviado, porque del Hijo son todas las cosas que son del Padre. La naturaleza, pues, mantiene en todo su ley, y el que ambos sean uno es significación de la misma divinidad en ambos mediante la generación y la natividad, cuando el Espíritu de verdad admite que lo que tomará del Padre, el Hijo lo da por sí mismo. No se debe, pues, permitir la perversidad herética a la libertad de la impía inteligencia: para que este dicho del Señor, que porque todo lo del Padre es suyo, por ello el Espíritu de verdad tomará de él, no se confiese que debe referirse a la unidad de la naturaleza.
    VIII.21 Pues hable aquel que es vaso de elección y doctor de las naciones, conforme a la inteligencia de la verdad, según la fe de la plebe romana anteriormente alabada. Queriendo enseñar la unidad de naturaleza en el Padre y en el Hijo, dice así: «Vosotros, empero, no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ese no es suyo. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo ciertamente está muerto por el pecado, pero el espíritu es vida por la justicia. Pero si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros; el que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros». Todos somos espirituales si el Espíritu de Dios está en nosotros. Pero este es el Espíritu de Dios y el Espíritu de Cristo. Y cuando el Espíritu de Cristo está en nosotros, sin embargo, es su Espíritu el que está en nosotros, el que resucitó a Cristo de entre los muertos; y el que resucitó a Cristo de entre los muertos vivificará también nuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en nosotros. Somos vivificados, pues, por el Espíritu de Cristo que habita en nosotros, mediante aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos. Y cuando el Espíritu de aquel que resucitó a Cristo de entre los muertos está en nosotros, y sin embargo es el Espíritu de Cristo el que está en nosotros, y no deja de ser el Espíritu de Dios el que está en nosotros: discierne, pues, oh hereje, el Espíritu de Cristo del Espíritu de Dios, y el Espíritu de Cristo resucitado de entre los muertos del Espíritu de Dios que resucita a Cristo de entre los muertos; cuando el Espíritu de Cristo que habita en nosotros es el Espíritu de Dios, y cuando el Espíritu de Cristo resucitado de entre los muertos es el Espíritu de Dios que resucita a Cristo de entre los muertos.
    VIII.22 Y pregunto ahora en el Espíritu de Dios si crees que se significa la naturaleza o la cosa de la naturaleza. Pues no es lo mismo naturaleza que cosa de la naturaleza; así como no es lo mismo hombre y lo que es del hombre, ni es lo mismo fuego y lo que es del fuego mismo; y según esto, no es lo mismo Dios y lo que es de Dios.
    VIII.23 Pues recuerdo que en el Espíritu de Dios se significa el Hijo de Dios de tal manera que en él se entiende demostrado Dios Padre, y que el Espíritu de Dios puede pertenecer a la demostración de cualquiera; y que esto no solo se demuestra por la autoridad profética, sino por la evangélica, cuando se dice: «El Espíritu del Señor sobre mí, por lo cual me ungió»; y de nuevo: «He aquí mi siervo a quien elegí, mi amado en quien se complació mi alma, pondré mi Espíritu sobre él»; y atestiguando el mismo Señor sobre sí mismo: «Pero si yo echo los demonios en el Espíritu de Dios, entonces ha llegado a vosotros el reino de Dios»: pues estas cosas parecen no significar ambiguamente al Padre o al Hijo, manifestando, sin embargo, la virtud de la naturaleza.
    VIII.24 Pues pienso que se ha dicho en ambos el Espíritu de Dios para que no creyéramos que el Hijo está en el Padre o el Padre en el Hijo según modos corporales: es decir, para que Dios, permaneciendo en un lugar, no pareciera no existir en ninguna otra parte fuera de sí mismo. Pues el hombre, o alguna otra cosa similar a él, cuando estará en algún lugar, sin embargo, no estará en otro lugar; porque lo que está allí, es contenido donde haya estado; siendo su naturaleza débil para que esté en todas partes, estando él en algún lugar. Pero Dios, potestad viviente de inmensa virtud, que no está ausente en ninguna parte ni falta en ningún lugar, enseña que él mismo es todo a través de lo suyo, y significa que lo suyo no es otra cosa que él mismo: para que donde estén los suyos, se entienda que está él mismo. No se debe creer, sin embargo, que cuando está en algún lugar, de modo corporal, no esté también en todas partes: pues no cesa de estar en todas partes a través de los suyos; y, sin embargo, lo que es suyo no es otra cosa que lo que él mismo es. Y estas cosas han sido dichas para la inteligencia de la naturaleza.
    VIII.25 Pero pienso que debe entenderse que en el Espíritu de Dios se significa el Padre Dios, porque el Señor Jesús Cristo profesó que el Espíritu del Señor estaba sobre él, por lo cual lo unge y lo envía a evangelizar. Pues se manifiesta en él la virtud de la naturaleza paterna, mostrando la comunión de su naturaleza en el Hijo también nacido en la carne mediante el sacramento de esta unción espiritual, cuando después de la natividad del bautismo consumado se oyó también esta significación de propiedad, testificando la voz desde el cielo: «Tú eres mi Hijo, yo hoy te he engendrado». Pues no se debe entender que él mismo estaba sobre sí, o que se le presentaba desde los cielos, o que él mismo se hubiera nombrado a sí mismo Hijo; sino que toda esta fue una demostración para nuestra fe, para que bajo el sacramento de la perfecta y verdadera natividad, conociéramos la unidad de la naturaleza que permanece en el Hijo, quien también había comenzado a ser hombre. Y ciertamente se encontró que el Padre se significa así en el Espíritu de Dios. Pero entendemos que el Hijo es demostrado de este modo cuando dice: «Que si yo en el Espíritu de Dios echo los demonios, entonces ha llegado a vosotros el reino de Dios»: mostrando claramente que él mismo, es decir, mediante la potestad de su naturaleza, echa los demonios, los cuales no pueden ser echados sino en el Espíritu de Dios. Hay también en el Espíritu de Dios la significación del Espíritu Paráclito; y no solo por la autoridad profética, sino por la apostólica, cuando se dice: «Pero esto es lo que fue dicho por el profeta: Será en los postreros días, dice el Señor, derramaré de mi Espíritu sobre toda carne, y sus hijos e hijas profetizarán». Y se enseña que todo esto fue consumado en los Apóstoles cuando, enviado el Espíritu Santo, todos hablaron en lenguas de las naciones.
    VIII.26 Estas cosas, pues, han sido demostradas necesariamente para que, hacia cualquier parte que se hubiera dirigido la falsedad herética, fuera encerrada por los confines y el precepto de la verdad evangélica. Pues Cristo habita en nosotros: y habitando Cristo, habita Dios. Y cuando habita en nosotros el Espíritu de Cristo; habitando, sin embargo, en nosotros el Espíritu de Cristo, no habita, sin embargo, otro espíritu que el Espíritu de Dios. Que si mediante el Espíritu Santo se entiende que Cristo está en nosotros, sin embargo, este debe ser conocido como Espíritu de Dios de tal manera que es Espíritu de Cristo. Y cuando, mediante la naturaleza de la cosa, la naturaleza misma habita en nosotros, se creerá que la naturaleza del Hijo es indiferente a la del Padre, cuando el Espíritu Santo, que es Espíritu de Cristo y Espíritu de Dios, se demuestra que es cosa de una sola naturaleza. Pregunto ahora, pues, ¿cómo no son uno por naturaleza? Del Padre procede el Espíritu de verdad, del Hijo es enviado y del Hijo toma. Pero todas las cosas que tiene el Padre son del Hijo; y por ello aquel que toma de él, es Espíritu de Dios, pero es el mismo Espíritu de Cristo. Es cosa de la naturaleza del Hijo, pero es la misma cosa y de la naturaleza del Padre. Es Espíritu del que resucitó a Cristo de entre los muertos; pero es el mismo Espíritu de Cristo resucitado de entre los muertos. Que la naturaleza de Cristo y la de Dios difieran en algo para que no sea la misma, si puede prestarse que el Espíritu que es de Dios no sea también de Cristo.
    VIII.27 Pero a ti, hereje, que enfureces y eres arrastrado por el espíritu de doctrina mortífera, te tiene y estrecha el Apóstol, poniendo a Cristo como fundamento de nuestra fe, no ignorante de este dicho también dominical: «Si alguno me ama, y guardará mi palabra; y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él». Pues por ello atestiguó que, permaneciendo el Espíritu de Cristo en nosotros, el Espíritu de Dios permanece en nosotros, y que no es diverso de sí mismo el Espíritu del resucitado de entre los muertos y el Espíritu del que resucita de entre los muertos. Pues vienen y habitan en nosotros; y pregunto: ¿vendrán con compañía de diversidades y harán morada, o por unidad de naturaleza? Pero se opone el doctor de las naciones, no que dos espíritus, es decir, de Dios y de Cristo, sino que el Espíritu de Cristo, que también es Espíritu de Dios, esté en los creyentes. No es cohabitación, sino habitación; bajo el sacramento, sin embargo, de la cohabitación, la habitación, mientras ni dos habitan, ni el habitador es diverso de otro. Pues el Espíritu de Dios está en nosotros, pero el Espíritu de Cristo está en nosotros; y cuando el Espíritu de Cristo está dentro, está el Espíritu de Dios. Así, cuando lo que es de Dios, es de Cristo; y cuando lo que es de Cristo, es de Dios; no puede Cristo ser otra cosa diversa que Dios. Cristo, pues, es Dios, uno con Dios en Espíritu.
    VIII.28 Y aquel dicho evangélico: «Yo y el Padre somos uno», el Apóstol enseña que es unidad de naturaleza, no soledad de unión, escribiendo a los Corintios: «Por lo cual os hago saber que nadie dice anathema Jesús en el Espíritu de Dios». ¿Sabes ahora, hereje, en qué espíritu dices que Cristo es una criatura? Pues cuando están en anatema los que sirvieron a la criatura más que al Creador; al confesar que Cristo es criatura, entiende qué eres, que no ignoras que la religión de la criatura está en maldición. Y advierte qué sigue: «Y nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo». ¿Sientes qué te falta al negar a Cristo lo que es suyo? Si por la naturaleza de Dios Cristo es para ti Señor, tienes el Espíritu Santo; si, en cambio, es señor por nombre adoptivo, careciendo del Espíritu Santo, eres animado por espíritu de error; porque nadie puede decir que Jesús es el Señor si no es en el Espíritu Santo. Y tú, al llamarlo criatura más que Dios, aunque lo llames señor, sin embargo, no dices que es Señor; porque para ti es Señor por género común y nombre familiar más que por naturaleza. Pero aprende de Pablo la naturaleza.
    VIII.29 Pues sigue: «Hay divisiones de dones, pero el Espíritu es el mismo; y hay divisiones de ministerios, pero el Señor es el mismo; y hay divisiones de operaciones, pero el mismo Dios, que obra todas las cosas en todos. A cada uno, empero, se le da la manifestación del Espíritu para lo que es útil». En el presente discurso se entiende una significación cuádruple, cuando en la división de dones el Espíritu es el mismo, y en la división de ministerios el Señor mismo es el mismo, y en la división de operaciones el mismo Dios es el mismo, y en la dación de utilidad la manifestación del Espíritu. Y para que se conociera la dación de utilidad en la manifestación del Espíritu, se añadió continuamente: «A este, por cierto, se le da por el Espíritu la palabra de sabiduría, a otro, empero, palabra de ciencia según el mismo Espíritu, a otro, empero, fe en el mismo Espíritu, a otro don de curaciones en el mismo Espíritu, a otro operación de virtudes, a otro profecía, a otro discreción de espíritus, a otro géneros de lenguas, a otro interpretación de lenguas».
    VIII.30 Y ciertamente eso, que dijimos que es cuarto, es decir, la manifestación del Espíritu en la dación de utilidad, tiene una inteligencia absoluta. Pues se ha recordado mediante qué utilidades de las daciones sería esta manifestación del Espíritu. Pues en estas virtudes de las divisiones no es incierta la ostentación de este don, sobre el cual el Señor había dicho a los Apóstoles, mandándoles que no se apartaran de Jerusalén; «pero esperad», dice, «la promesa del Padre, que habéis oído de mi boca, pues Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo, a quien también recibiréis no después de estos muchos días». Y de nuevo: «Pero recibiréis la virtud viniendo sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, y en toda Judea, y Samaria, y hasta el último de la tierra». Manda esperar la promesa del Padre, que ha sido oída de su boca. Ciertamente también ahora elocuencia de esa promesa paterna es. Mediante estas eficiencias de virtudes, pues, es la manifestación del Espíritu. Pues el don del Espíritu no está en oculto donde hay palabra de sabiduría y se oyen las palabras de vida; o donde hay ciencia de la divina cognición, para que no ignoremos al autor de nuestra vida a la manera de las bestias por la ignorancia de Dios; o mediante la fe de Dios, para que, no creyendo el Evangelio de Dios, estemos fuera del Evangelio de Dios; o mediante el don de curaciones, para que testifiquemos su gracia, que otorga estas cosas, mediante la curación de las enfermedades; o mediante la operación de virtudes, para que se entienda que lo que hacemos es virtud de Dios; o mediante la profecía, para que mediante la inteligencia de la doctrina seamos entendidos como instruidos por Dios; o mediante la discreción de espíritus, para que no seamos ignorantes de si habla con espíritu santo o perverso; o mediante géneros de lenguas, para que en signo del dado Espíritu Santo sea donada la palabra de las lenguas; o en la interpretación de las lenguas, para que la fe de los oyentes no corra peligro por la ignorancia, cuando el intérprete de lenguas absuelve la lengua para los que la ignoran. En todas estas cosas, pues, divididas a cada uno para la utilidad, es la manifestación del Espíritu, siendo claras, por supuesto, mediante estas admiraciones de la utilidad dada a cada uno, el don del Espíritu.
    VIII.31 Pero el bienaventurado apóstol Pablo mantuvo en este misterio de los sacramentos celestiales, tan difícil para la inteligencia humana, tanto una demostración absoluta como una cautela solícita, para mostrar que estos dones de las divisiones son dados por el Espíritu y en el Espíritu (pues no es lo mismo ser dado por el Espíritu y en el Espíritu): porque la dación del don, que se obtiene en el Espíritu, sea, sin embargo, otorgada por el Espíritu. Pero consuma estas divisiones de daciones de este modo: «Todas estas cosas, empero, las obra uno y el mismo Espíritu, dividiendo a cada uno como quiere». Ahora, pues, pregunto: ¿quién es este Espíritu que obra estas cosas, dividiendo a cada uno como quiere: si es por medio de quien, o en quien es la división de los dones? Pero si alguno se atreviera a hablar que él mismo es el significado, contradecirá al Apóstol, ¿por qué el lector se entiende viciosamente? Pues dice arriba: «Y hay divisiones de operaciones, pero el mismo Dios que obra todas las cosas en todos». Otro, pues, es el que divide, y otro es en quien la división otorgada es. Y entiende que Dios obra siempre todas estas cosas, de modo tal, sin embargo, que Cristo obra, para que el Hijo obre obrando con obra paterna. Y si en el Espíritu Santo confiesas que Jesús es Señor, entiende la virtud de la triple significación en el Apóstol, cuando en las divisiones de los dones el Espíritu es el mismo, y en las divisiones de los ministerios el Señor es el mismo, y en las divisiones de las operaciones el Dios mismo es el mismo; y de nuevo, el único Espíritu obrando todas las cosas, dividiendo a cada uno como quiere. Y aprehende, si puedes, que el Señor en la división de los ministerios, y Dios en la división de las operaciones, son este mismo y único Espíritu, y obrando y dividiendo como quiere: porque en las divisiones de los dones el Espíritu es uno, y el mismo Espíritu obra y divide.
    VIII.32 O si disgusta que en Dios y en el Señor sea este único Espíritu de la misma divinidad, por el sacramento de la natividad: muestra qué espíritu es, y en qué espíritu nos obra y divide estas divisiones. Pero no mostrarás otra cosa que la que es de nuestra fe; porque el Apóstol mostró quién debía entenderse, diciendo: «Pues así como el cuerpo es uno, pero tiene muchos miembros, todas las cosas, empero, siendo muchos los miembros, son un solo cuerpo: así también Cristo». Las divisiones de los carismas, pues, provienen de un solo Señor Jesucristo, que es el cuerpo de todos; significa: porque cuando había mostrado al Señor en el ministerio, había mostrado también a Dios en las operaciones, muestra, sin embargo, que el Espíritu único obra y divide todas estas cosas, dividiendo estos miembros de las gracias en la perfección de un solo cuerpo.
    VIII.33 A no ser que, tal vez, se crea que el Apóstol no mantuvo la razón de la unidad en esto, lo que dijo: «Y hay divisiones de ministerios, el mismo Señor; y divisiones de operaciones, empero, el mismo Dios»: para que, porque refirió los ministerios al Señor y las operaciones a Dios, no parezca entenderse lo mismo en los ministerios y en las operaciones. Recibe cómo estos miembros de los ministerios son miembros de las operaciones, cuando dice: «Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros. Y a algunos, por cierto, puso Dios en la Iglesia, primero Apóstoles», en los cuales está la palabra de sabiduría; segundo, profetas, en los cuales está el don de ciencia; tercero, maestros, en los cuales está la doctrina de la fe; luego, virtudes, en los cuales están curaciones de enfermedades, potestades de ayudas, gobiernos proféticos y géneros de lenguas de hablar o interpretar. Ciertamente estos son ministerios y operaciones de la Iglesia, en los cuales está el cuerpo de Cristo; y esto Dios lo estableció. O confiesa que no fueron establecidos por Cristo, porque Dios los estableció. Pero oirás a él mismo diciendo: «A cada uno de nosotros, empero, se nos dio la gracia según la medida de la donación de Cristo. Y de nuevo: El que descendió, él mismo es el que también subió sobre todos los cielos, para que llenara todas las cosas. Y él mismo dio a unos Apóstoles, a otros, empero, profetas, a otros, empero, evangelizando, a otros, empero, pastores y doctores, para la consumación de los santos, en la obra del ministerio». ¿Acaso los dones de los ministerios no son de Cristo, cuando, sin embargo, también son dones de Dios?
    VIII.34 Pero si la impiedad se ha usurpado para sí que, porque dice: «El mismo Señor y el mismo Dios», no están en la unidad de la naturaleza, añadiré a esta tu inteligencia, como piensas, defensas más firmes. Pues el mismo Apóstol dice: «Pero para nosotros un solo Dios Padre de quien todas las cosas, y nosotros en él, y un solo Señor Jesucristo por quien todas las cosas, y nosotros por él». Y de nuevo: «Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo. Un solo Dios y Padre de todos, y por todos y en todos nosotros». Pues por aquello que se dice un solo Dios y un solo Señor, parece que solo a Dios, como único Dios, se le atribuye como propio que sea Dios; cuando la propiedad de uno no tolera el consorcio de otro. ¡Oh, verdaderamente raros y difíciles dones de carismas, y verdaderamente establecida en esta dación de utilidades la manifestación del Espíritu! Y con razón aquí se mantuvo este orden de las gracias que deben dividirse, para que principal fuera la palabra de sabiduría; pues verdaderamente es aquel: «Y nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino en el Espíritu Santo», porque a menos que por esta palabra de sabiduría Cristo Señor no pudiera entenderse, luego le seguiría la palabra de ciencia; para que lo que pensamos, lo hablemos con ciencia, de modo que pensemos la palabra de sabiduría: el tercer don, empero, en la fe estaría; porque aquellos principales y superiores perderían la utilidad del don, a menos que se creyera en Dios: para que ahora en el sacramento de este máximo y bellísimo dicho apostólico, para todos los herejes no hay palabra de sabiduría, ni palabra de ciencia, ni fe de religión; porque la impiedad, que no capta la inteligencia, está fuera de la ciencia de la palabra y fuera de la simplicidad de la fe. Pues nadie habla lo que no piensa, ni puede creer lo que no puede hablar. Predicando, pues, el Apóstol un solo Dios, y viniendo de la Ley, y llamado al Evangelio de Cristo, mantuvo la confesión de la fe perfecta. Y para no prestar a los herejes alguna ocasión, como si la simplicidad de una palabra incauta fuera, para que negaran la natividad del Hijo mediante la predicación de un solo Dios; confesó un solo Dios bajo la significación de la propiedad, diciendo así: «Un solo Dios Padre de quien todas las cosas, y nosotros en él»: para que quien es Dios, también fuera creído como Padre. Luego, porque esto desnudo, creer en un solo Dios Padre, no serviría para la salvación, añadió: «Y un solo Señor nuestro Jesucristo por quien todas las cosas, y nosotros por él»; demostrando la sinceridad de la fe saludable en la predicación de un solo Dios y un solo Señor: para que tuviéramos en la fe un solo Dios Padre y un solo Señor Jesucristo. Pues no ignoraba el dicho por el Señor: «Pues esta es la voluntad de mi Padre, que todo el que ve al Hijo y cree en él, tenga vida eterna». Pero poniendo el orden de la fe eclesiástica, y estableciendo nuestra fe en el Padre y en el Hijo, habló el sacramento de aquella unidad e fe inseparable e indisoluble, diciendo: «Un solo Dios, y un solo Señor».
    VIII.35 Y primero, oh hereje, viviendo fuera del espíritu apostólico, entiende tu necedad. Pues si usas la profesión de un solo Dios para que Cristo no sea Dios; porque donde hay uno, se debe entender que es solitario, y lo que es uno, sea propio y singular para aquel que es uno: ¿qué profesarás sobre aquello de que Jesucristo es un solo Señor? Pues si, según tú, lo que es un solo Padre Dios no dejó a Cristo para que sea Dios; es necesario que también, según tú, un solo Señor Cristo no deje a Dios para que sea Señor; porque lo que es uno, quieres que sea propio para aquel que es uno. Si, pues, negarás también que un solo Señor Cristo sea Dios, negarás también que un solo Dios Padre sea Señor; y ¿qué habrá en la virtud de Dios, si no es Señor, y en la potestad del Señor, si no es Dios; cuando tanto a Dios lo perfecciona ser lo que es Señor, y al Señor lo constituye ser lo que es Dios?
    VIII.36 Pero el Apóstol, manteniendo el sacramento del dicho dominical, que es: «Yo y el Padre somos uno», mientras profesa que ambos son uno, significa que ambos son uno de tal manera, no hacia la soledad de lo singular, sino hacia la unidad del espíritu; porque un solo Dios Padre y un solo Cristo Señor, aunque ambos sean Señor y Dios, sin embargo, no permiten en nuestra fe que sean dos dioses ni dos señores. Uno, pues, es ambos: y siendo uno ambos, no es solo. Ni podremos hablar el sacramento de la fe sino con voz apostólica. Pues uno es Dios, y uno es Señor; y por ello, porque uno es Dios y uno es Señor, en Dios se demuestra también el Señor, así como Dios se demuestra en el Señor. No mantienes la unión para que Dios sea singular; pero no divides el espíritu para que ambos no sean uno. Ni en un solo Dios y en un solo Señor podrás discernir la potestad: para que el que es Señor no sea también Dios; o el que es Dios no sea también Señor. Pues el Apóstol se cuidó, mediante las elocuencias de los nombres, de predicar dos dioses o dos señores. Y por ello usó este género de doctrina, para que en un solo Señor Cristo significara uno que también es Dios, y en un solo Dios Padre significara uno que también es Señor; y, sin embargo, no nos introdujera una unión impía para destruir la natividad del Unigénito de Dios, profesando tanto al Padre como a Cristo.
    VIII.37 A no ser que, tal vez, el furor de la última desesperación se atreva a estallar hasta tal punto que, porque el Apóstol dijo que Cristo es Señor, nadie deba confesar que él es otra cosa más que Señor, y teniendo la propiedad de Señor, no tenga la verdad de Dios. Pero Pablo no ignora que Cristo es Dios, diciendo: «De quienes son los padres, y de quienes es Cristo, el cual es Dios sobre todas las cosas». Aquí no se computa una criatura en Dios; sino que es Dios de las criaturas el que es Dios sobre todas las cosas.
    VIII.38 Pero cuán Dios sobre todas las cosas e inseparable sea del Padre el Espíritu, aprende también de este mismo dicho del Apóstol del cual ahora se trata. Pues confesado un solo Dios Padre de quien todas las cosas, y un solo Señor Jesucristo por quien todas las cosas: pregunto qué diversidad ha traído, diciendo: «De Dios todas las cosas, y por Cristo todas las cosas». ¿Acaso puede entenderse separable de sí misma la naturaleza y el espíritu de quien todas las cosas y por quien todas las cosas? Pues todas las cosas por el Hijo subsistieron de la nada, y el Apóstol refirió a Dios de quien todas las cosas, pero al Hijo por quien todas las cosas. Y no encuentro qué difiera, cuando por ambos es la obra de la misma virtud. Pues si para la sustancia de la universalidad fuera propio y suficiente para las criaturas el que sean de Dios; ¿qué necesidad tuvo de haber recordado que las cosas que son de Dios son por Cristo, sino porque es una misma cosa ser por Cristo y ser de Dios? Pero de la misma manera que Señor y Dios ha sido adscrito a cada uno de ellos, para que fuera mutuo; así de quien y por quien ha sido referido a ambos, y para la demostración de la unidad de ambos, y no para la inteligencia de lo singular. El discurso no se abre a la ocasión de la impiedad, y la fe apostólica no está fuera de la diligencia de la predicación. Pues se templó con aquellas propiedades de palabras, con las cuales no se entendiera que significaba dos dioses ni uno solo; mientras detesta la unión, pero no separa la unidad, pues esto: de quien todas las cosas y por quien todas las cosas, aunque no constituyera uno solo en la potestad de la virtud, no mostraría, sin embargo, algo diferente en la eficiencia; cuando de quien todas las cosas y por quien todas las cosas mostraría al autor de la misma naturaleza para ello. Pero declara que ambos son propios de la misma naturaleza. Pues después de haber protestado aquella profundidad de las riquezas y de la sabiduría y de la ciencia de Dios, y confesada la ininteligencia de los juicios inescrutables, y demostrada la ignorancia de los caminos ininvestigables, sin embargo, usando el deber de la fe humana, devolvió este honor a la profundidad de los ininvestigables e inescrutables sacramentos celestiales, diciendo: «Porque de él, y por él, y en él son todas las cosas, a él sea la gloria por los siglos, amén»: refiriendo ahora esto a la significación de una sola naturaleza, lo cual no puede ser sino obra de una sola naturaleza.
    VIII.39 Pues cuando adscribió especialmente a Dios que de él son todas las cosas; y atribuyó como propio a Cristo que por él son todas las cosas; y ahora el honor de Dios es que de él y por él y en él son todas las cosas; y cuando el Espíritu de Dios es el mismo Espíritu de Cristo; o cuando en el ministerio del Señor y en la operación de Dios el Espíritu único obra y divide, no pueden no ser uno aquellos cuyas propiedades son de uno; cuando en el mismo Señor Hijo, y en el mismo Dios Padre, el Espíritu uno y el mismo, dividiendo en el mismo Espíritu Santo, perfecciona todas las cosas. ¡Oh, digno aquel de la conciencia de los grandes y celestiales arcanos, y asumido y elegido partícipe de los secretos divinos, callando necesariamente con silencio de lenguaje ilícito esas mismas cosas allí, y verdaderamente Apóstol de Cristo, cuán encerrado tuvo los ingenios de la perversidad humana mediante la predicación de su discurso absoluto, confesando un solo Padre Dios, y un solo Señor Jesucristo; para que entre estas cosas nadie pudiera predicar dos, ni uno solo: cuando, sin embargo, el que no es uno solo, no progresaba hacia dos; ni el que no es dos, podía entenderse como solitario; y entre estas cosas el Padre demostrado mostraría la perfecta natividad de Cristo!
    VIII.40 Extended ahora las lenguas vibradas con silbidos, herejes serpientes, ya sea Sabellio, ya Fotino, o los que ahora predicáis que el Unigénito de Dios es una criatura. Oirá un solo Dios Padre quienquiera que niega al Hijo; porque cuando el Padre no es Padre sino por el Hijo, el Hijo por ello se significa en el Padre. Quien, empero, quita al Hijo la unidad de la naturaleza indiferente, reconozca un solo Señor Jesucristo. Pues a menos que por la unidad del Espíritu sea un solo Señor, no se dejará a Dios Padre para que sea Señor. Pero el que computa al Hijo de tiempo y de carne, reconozca porque por él son todas las cosas, y nosotros por él; y fuera de los tiempos esté la inmensidad intemporal que condensa todas las cosas. Y entretanto lea que una sola es la esperanza de la vocación, y un solo bautismo, y una sola fe. Y después de esto, oponiéndose a la predicación del Apóstol, él mismo constituido anatema, como piensa de otro modo por su sentido, no es llamado, ni bautizado, ni fiel: porque en un solo Dios Padre, y en un solo Señor Jesucristo sea una sola la fe de una sola esperanza y bautismo. Ni la diversidad de doctrinas podrá gloriarse de estar en estas cosas, que son de un solo Dios y Señor y esperanza y bautismo y fe.
    VIII.41 Una, pues, es la fe: confesar al Padre en el Hijo y al Hijo en el Padre mediante la unidad de la naturaleza inseparable; no confundida, sino indiscreta; ni mezclada, sino indiferente; ni coherente, sino existente; ni inconsumada, sino perfecta. Pues la natividad es, no división; y es Hijo, no adopción; y es Dios, no creación. Ni es Dios de otro género, sino que el Padre y el Hijo son uno; pues no fue innovada la naturaleza al nacer, para que fuera ajena a la propiedad de su origen. Mantiene, pues, esta fe del Hijo que permanece en el Padre y del Padre en el Hijo, el Apóstol predicándose que para sí es un solo Dios Padre y un solo Señor Cristo; cuando en el Señor Cristo también estaba Dios, y en el Dios Padre también estaba el Señor; y ambos eran uno lo que Dios es, y ambos eran uno lo que Señor es: porque es imperfecto para Dios, a menos que sea Señor, y se entiende que para el Señor, a menos que sea Dios. Y así, cuando ambos son uno, y se significa uno en ambos, y no es ambos sin uno; el Apóstol no excede la predicación evangélica enseñando; ni Cristo que habla en Pablo es diverso de estas cosas (después de la ascensión al cielo) que habló permaneciendo corporal en el mundo.
    VIII.42 Pues había dicho el Señor en los Evangelios: «Trabajad no por la comida que perece, sino por la comida que permanece para la vida eterna, la cual el Hijo del hombre os dará. Pues a este selló Dios Padre». Dijeron, pues, a él: «¿Qué haremos para que obremos las obras de Dios?». Y les dijo: «Esta es la obra de Dios, que creáis en aquel a quien él envió». Exponiendo el Señor el sacramento tanto de su corporación como de su divinidad, habló también la doctrina de nuestra fe y esperanza: para que trabajáramos por una comida no perecedera, sino que permanece eternamente, para que recordáramos que esta comida de eternidad nos es dada por el Hijo del hombre, para que supiéramos que el Hijo del hombre fue sellado por Dios Padre, para que conociéramos que esto es la obra de Dios: creer en aquel a quien había enviado. ¿Y quién es a quien envió el Padre? Indudablemente a quien selló Dios. ¿Y quién es a quien selló Dios? El Hijo del hombre, ciertamente, ofreciendo la comida de la vida eterna. ¿Y quiénes son finalmente aquellos a quienes se la ofrece? Aquellos, ciertamente, que trabajarán por la comida no perecedera. Y así, lo que es obra de la comida, la misma es la operación de Dios, a saber, haber creído en aquel a quien envió. Pero esto lo habla el Hijo del hombre. ¿Y cómo el Hijo del hombre dará la comida de la vida eterna? Pero no conoce el sacramento de su salvación quien no sabe que el Hijo del hombre, dando la comida para la vida eterna, fue sellado por Dios Padre. Aquí pregunto ahora: ¿cuál finalmente es el sentido de la inteligencia de que el Hijo del hombre sea sellado por Dios Padre?
    VIII.43 Y primero, conviene conocer que Dios no habló para sí, sino para nosotros, y en tanto templó el discurso de su elocuencia hacia nuestra inteligencia, en cuanto pueda comprender la debilidad de nuestra naturaleza para sentir. Pues cuando arriba había sido reprendido por los Judíos, ¿por qué se había hecho igual a Dios al profesarse Hijo de Dios?; había respondido que él hace todas las cosas que hace el Padre; y que todo juicio lo había obtenido del Padre; que también él, como el Padre, debía ser honrado. Y en todas estas cosas, profesándose antes Hijo, lo había igualado al Padre en honor, en potestad, en naturaleza. Luego había dicho que, así como el Padre tiene vida en sí mismo, así le había dado al Hijo tener vida en sí mismo; en lo cual había significado la unidad de su misma naturaleza mediante el sacramento de la natividad. Pues por aquello que el Padre tiene, significó a ese mismo en el tener: porque Dios no es de compuestos de modo humano, de modo que sea otra cosa en él lo que es tenido por él, y otra cosa sea él mismo quien tiene: sino que todo lo que es, es vida, naturaleza ciertamente perfecta y absoluta e infinita, y no constituida de disparidades, sino viviendo ella misma a través de todo. La cual, como se tiene tal cual es, tal fue también dada, aunque se entienda que significa su natividad a quien fue dada; no trae, sin embargo, diversidad de género, cuando fue dada tal cual es tenida.
    VIII.44 Después de esta, pues, tan múltiple y propia significación de demostrar en sí la naturaleza paterna, usó este dicho: «Pues a este selló Dios Padre». La naturaleza de los sellos es tal, que explican toda la forma de la especie impresa en sí, y no tienen nada menos de aquello de donde son sellados: y mientras aceptan todo lo que es impreso, muestran todo lo que es impreso desde sí. Pero esto no sirve para el ejemplo de la natividad divina, porque en los sellos hay materia y diversidad e impresión, mediante las cuales las especies de géneros más válidos se imprimen en naturalezas más blandas. El Unigénito de Dios, empero, y por el sacramento de nuestra salvación Hijo del hombre, queriendo significar para nosotros la especie de la propiedad paterna en sí, dijo que fue sellado por Dios: y esto, porque el Hijo del hombre iba a dar la comida de la vida eterna; para que por esto se pudiera entender la potestad en él de dar la comida para la eternidad, porque contenía en sí toda la plenitud de la forma paterna del Dios que lo sellaba; para que lo que había sellado Dios, no sacara de sí otra cosa que la forma de Dios que sellaba. Estas cosas, ciertamente, el Señor las habló a los Judíos incapaces de este dicho por su infidelidad.
    VIII.45 Pero el predicador del Evangelio nos insinúa la inteligencia de esta propiedad mediante el Espíritu de Cristo que habla por sí mismo, diciendo: «Quien, aunque estaba en forma de Dios, no consideró un robo ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo». Pues a quien había sellado Dios, no pudo ser otra cosa que forma de Dios; y aquello que está sellado en forma de Dios, es necesario que tenga todo coimaginado en sí lo que es de Dios. Y por ello el Apóstol predicó a aquel a quien selló Dios, como Dios que permanecía en forma de Dios. Pues habiendo de hablar el sacramento del cuerpo asumido y connacido en él, dice: «No consideró un robo ser igual a Dios, sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo». Pues lo que estaba en forma de Dios, permanecía Dios por el Dios que lo sellaba. Pero porque debía ser tomada la forma de siervo, y había de ser obediente hasta la muerte; no robándose a sí mismo ser igual a Dios, se anonadó a sí mismo mediante la obediencia hacia la asunción de la forma servil. Se anonadó, empero, a sí mismo de la forma de Dios, es decir, de aquello que era igual a Dios: no considerando, sin embargo, que él mismo era igual a Dios por robo, aunque en forma de Dios, e igual a Dios, existiera Dios sellado por Dios.
    VIII.46 Aquí pregunto ahora: ¿es acaso Dios de otro género quien permanezca Dios en forma de Dios, como vemos en los sellos las especies consignadas y las que consignan, cuando el hierro impreso en plomo, y la gema en cera, o finge la especie de una imagen cóncava en sí, o expresa la forma que surge de sí? Pero si alguien resultara tan necio y loco como para pensar que Dios forma de sí en Dios otra cosa que Dios; y que el que esté en forma de Dios, sea él mismo algo otro que Dios, después de los sacramentos del hombre asumido y de la humildad consumada mediante la obediencia hasta la muerte de cruz: oirá, mediante la confesión de los celestiales y terrestres e infernales y de toda lengua, a Jesús en la gloria de Dios Padre. En esta gloria, pues, si permanecerá cuando ya fue forma servil; entonces, cuando estaba en forma de Dios, pregunto: ¿qué permaneció? ¿Acaso Cristo fue Espíritu en la naturaleza de Dios, que se significa en la gloria; cuando existirá Jesús Cristo, es decir, hombre nacido, en la gloria de Dios Padre?
    VIII.47 El bienaventurado Apóstol mantiene en todo la predicación inmutable de la fe evangélica, predicando al Señor Jesucristo como Dios de tal manera que, ni por un Dios de otro género perezca la fe apostólica en dos dioses, ni el Hijo Dios, inseparable del Padre, preste una ocasión impía de predicar un Dios único y singular. Pues diciendo, en forma de Dios, y en la gloria de Dios Padre, no enseñó que difieren, ni permitió que pensáramos que no existía. Pues el que está en forma de Dios, ni progresa hacia otro Dios, ni él mismo es Dios: porque ni puede ser separado de la forma de Dios, cuando está en ella; ni el que está en forma de Dios, no es Dios. Así como el que está en la gloria de Dios, no puede ser otra cosa que lo que es Dios; y mientras es Dios en la gloria de Dios, no tiene la predicación de otro Dios y diferente a Dios; porque por aquello que está en la gloria de Dios, tiene en sí, de aquel en cuya gloria está, lo que naturalmente es Dios.
    VIII.48 La fe una no corre peligro por las muchas predicaciones, para que no sea una. Pues el evangelista había enseñado lo dicho por el Señor: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre». Pero ¿acaso el doctor de las naciones, Pablo, ignoró o calló la virtud del dicho dominical, diciendo: «Quien es imagen de Dios invisible»? Interrogo: ¿es imagen visible del Dios invisible; y si el Dios infinito puede ser coimaginado hacia la especie mediante una imagen de forma circunscrita? Pues es necesario que la imagen devuelva la forma de aquel de quien es imagen. Pero los que quieren que en el Hijo haya una naturaleza de otro género, constituyan de qué clase quieren que el Hijo sea imagen del Dios invisible. ¿Acaso corpórea, y contemplable, y errante por los lugares por movimiento y camino? Recuerden, sin embargo, según los Evangelios y los profetas, que Cristo es espíritu y Dios es espíritu. Que si circunscribirán a este Cristo espíritu de modo formable y corporal; la imagen del Dios invisible no será corpórea, ni la especie de lo indefinido moderación definida.
    VIII.49 Pero ni el Señor dejó incierto: «Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre»; ni el Apóstol calló cuál era: «Quien es imagen de Dios invisible». Pues el Señor había dicho: «Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis», enseñando de aquí que el Padre es visto en él, porque ejecutaba sus obras; para que la virtud de la naturaleza entendida mostrara la naturaleza de la virtud entendida, por lo cual el Apóstol, significando que esta es imagen de Dios, dice: «Quien es imagen de Dios invisible, primogénito de toda criatura; porque en él fueron constituidas todas las cosas en los cielos y en la tierra, visibles e invisibles, sean Tronos, sean Principados, sean Potestades, sean Dominaciones, todas las cosas por él y en él fueron creadas, y él es antes de todos, y todas las cosas en él consisten, y él es cabeza del cuerpo de la Iglesia, quien es principio, primogénito de los muertos, para que él sea teniendo la primacía en todas las cosas; porque en él se complació que toda la plenitud habitara, y por él ser reconciliadas todas las cosas en él». Mediante la virtud de estas obras, pues, es imagen de Dios. Pues, ciertamente, el Conditor de los invisibles no está en tal necesidad de la naturaleza, que la imagen del Dios invisible sea visible. Y para no ser entendido como imagen de la forma más que de la naturaleza; por ello es imagen del Dios invisible, debiendo entenderse la naturaleza de Dios en él mediante la virtud de su naturaleza, no por cualidad invisible.
    VIII.50 Es, pues, primogénito de toda criatura, porque en él fueron creadas todas las cosas. Y para que nadie se atreviera a no referir a él que en él fueron creadas todas las cosas, dice: «Todas las cosas por él y en él fueron creadas, y él es antes de todos, y todas las cosas en él consisten». Todas las cosas, pues, consisten en él, quien es antes de todos y en quien son todas las cosas. Y estas cosas pertenecen a los exordios de las criaturas. Por lo demás, debido a la disposición de nuestro cuerpo, dice: «Y él es cabeza del cuerpo de la Iglesia, quien es principio, primogénito de los muertos, para que él sea teniendo la primacía en todas las cosas; porque en él se complació que toda la plenitud habitara, y por él todas las cosas ser reconciliadas en él». El Apóstol devolvió las operaciones corporales a los sacramentos espirituales. Pues quien es imagen de Dios invisible, y él mismo es cabeza del cuerpo de la Iglesia: y quien es primogénito de toda criatura, el mismo es principio, primogénito de los muertos: para que en todas las cosas tenga él la primacía, mientras es cuerpo para nosotros quien es imagen de Dios; mientras quien es primogénito de la criatura, el mismo es primogénito hacia la eternidad, para que a quien los espirituales deben, creados en el primogénito, que permanezcan; a él también los humanos deban, que renazcan eternos en el primogénito de los muertos. Pues él mismo es el principio, quien, aunque sea Hijo, es imagen; cuando es imagen, es de Dios. Es también primogénito de toda criatura, conteniendo en sí el exordio de la universidad. Y de nuevo él mismo es cabeza del cuerpo de la Iglesia, y primogénito de los muertos, para que en todas las cosas tenga él la primacía. Y porque todas las cosas consisten en él, la plenitud complacida consiste en él; mientras en él por él son reconciliadas todas las cosas en él, en quien por él en él fueron creadas todas las cosas.
    VIII.51 ¿Sientes ya qué es ser imagen de Dios? Crear, ciertamente, todas las cosas en él por él. Cuando en él son creadas todas las cosas, entiende también que aquel de quien es imagen está creando en él todas las cosas. Cuando, empero, las cosas que son creadas en él, por él son creadas; en esto también, quien es imagen, reconoce que la naturaleza de aquel de quien es imagen está dentro. Pues por sí mismo crea las cosas que son creadas en él: así como por él son reconciliadas en él todas las cosas. Cuando en él son reconciliadas, aprehende la naturaleza de la unidad paterna reconciliando en él todas las cosas consigo mismo. Cuando por él son reconciliadas todas las cosas, entiende que él mismo está reconciliando al Padre en sí todas las cosas que él reconciliaba por sí mismo. Pues dice el mismo Apóstol: «Todas las cosas empero de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; porque Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo mismo». Confiere con estas cosas todo el sacramento de la fe evangélica. Pues quien es visto en el visto, quien obra en el que obra, quien habla en el que habla, el mismo reconcilia en el que reconcilia. Y por ello en él y por él es la reconciliación, porque por la naturaleza indiferente el Padre permaneciendo en él, el mundo a sí mismo se devolvía por él y en él en reconciliación.
    VIII.52 Consultando, pues, a la debilidad humana, Dios no enseñó la fe con la desnudez incierta de las palabras. Pues aunque la autoridad del dicho dominical prestara sola la necesidad de creer, sin embargo, instruyó nuestro sentido mediante la inteligencia de la razón editada: para que aquello que había dicho: «Yo y el Padre somos uno», lo conociéramos mediante la causa misma de la unidad expuesta. Pues diciendo que habla por medio del que habla, y obra por medio del que obra, y juzga por medio del que juzga, y es visto por medio del que es visto, y reconcilia por medio del que reconcilia, y que él permanece en el que permanece en él: pregunto qué otro discurso más apto podría haber usado para el sentido de nuestra inteligencia de su exposición, para que fueran entendidos como uno, que este, por el cual mediante la verdad de la natividad y la unidad de la naturaleza, cualquier cosa que el Hijo hiciera y dijera, ¿acaso en el Hijo el Padre hablaba y obraba? Esto, pues, no es de una naturaleza ajena a sí, ni comparada en Dios mediante la creación, ni nacida en Dios de una parte de Dios; sino engendrada mediante la perfecta natividad en Dios perfecto de la divinidad engendrada, cuya es esta confianza natural de la conciencia, para que diga: «Yo en el Padre, y el Padre en mí»: y de nuevo: «Todas las cosas que son del Padre, son mías». Pues nada le falta de Dios, para que, obrando y hablando y siendo visto, Dios obre y hable y sea visto. No son dos (distintos por naturalezas) en la operación o discurso o visión de uno. Ni Dios es solitario, quien en el Dios que obra y habla y es visto, Dios también fue obrado y hablado y visto. Esto la Iglesia lo entiende, esto la Sinagoga no lo cree, esto la filosofía no lo sabe: uno de uno, y todo de todo, Dios y Hijo, ni mediante la natividad quitó al Padre lo que es todo, ni no tuvo este mismo todo al nacer consigo. Y cualquiera que será detenido en esta necedad de la infidelidad, es seguidor de los Judíos o de las naciones.
    VIII.53 Para que entiendas el dicho del Señor donde dice: «Todas las cosas que son del Padre, son mías»; aprende la doctrina y la fe del Apóstol que dice: «Mirad que nadie os seduzca mediante la filosofía y la vana decepción según la tradición de los hombres, según los elementos del mundo, y no según Cristo: porque en él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente». Es del mundo, y saborea las doctrinas de los hombres, y es presa de la filosofía, quien no conoce a Cristo Dios verdadero, quien ignora en él la plenitud de la divinidad. La mente humana solo sabe lo que entiende, y el mundo cree solo lo que puede, existiendo posible solo aquello que, según las naturalezas de los elementos, o viera o hiciera. Pues los elementos del mundo subsistieron de la nada: pero Cristo no permanece de los que no son, ni comenzó hacia el origen, sino que tomó el origen del origen eterno. Pues los elementos del mundo o son inánimes o progresaron hacia el alma: pero Cristo es vida, nacido de Dios viviente hacia Dios viviente. Los elementos del mundo fueron instituidos por Dios, no son Dios: Cristo, Dios de Dios, es él mismo todo esto que es Dios. Los elementos del mundo, cuando están dentro, no pueden existir de sí mismos para no estar dentro: Cristo, teniendo a Dios en sí bajo el sacramento, está en Dios. Los elementos del mundo, cuando generan de sí a su género hacia la vida, ofrecen de sí exordios de nacer mediante pasiones corporales; por lo demás, no están vivos ellos mismos en los que nacen: pero toda la plenitud de la divinidad está corporalmente en Cristo.
    VIII.54 Y pregunto: ¿de qué divinidad es la plenitud en él? Que si no es del Padre, ¿qué otro Dios me impones, oh falaz predicador de un solo Dios, cuya plenitud de divinidad habita en Cristo? Si, en verdad, es del Padre, enseña cómo esta plenitud habita corporalmente en él. Pues si crees que el Padre habita en el Hijo de modo corporal; el Padre que habita en el Hijo no existirá en sí mismo. Pero si, lo que es mejor, la divinidad que permanece en él corporalmente significa la verdad de la naturaleza de Dios de Dios; mientras Dios está en él, no por dignación o por voluntad, sino por generación verdadero y todo permaneciendo en la plenitud corporal según sí mismo; mientras lo que él mismo es, eso mismo también por la natividad de Dios fue engendrado en Dios; ni algo diverso o diferente hay en Dios que aquello que habita corporalmente en Cristo; y cualquier cosa que habite corporalmente, eso mismo es según la plenitud de la divinidad: ¿por qué sigues lo humano? ¿Por qué te adhieres a las doctrinas de las vanas decepciones? ¿Por qué me traes unanimidad, concordia, criatura? La plenitud de la divinidad está en Cristo corporalmente.
    VIII.55 Mantuvo, empero, también en esto el Apóstol la ley de su fe, para que enseñara que la plenitud de la divinidad habita en Cristo corporalmente: para que el discurso de la fe no cayera hacia una unión impía, ni el furor irreligioso estallara hacia la inteligencia de otra naturaleza. Pues la plenitud de la divinidad que habita en Cristo corporalmente, ni es singular ni separable: mientras ni se permite a sí misma ser discernida de la plenitud corporal la plenitud corporal, ni la divinidad que habita puede entenderse como esa misma habitación de la divinidad. Y así Cristo es, para que la plenitud de la divinidad esté corporalmente en Cristo; pero así la plenitud de la divinidad esté corporalmente en Cristo, para que la plenitud que habita en él no se entienda ser otra cosa que Cristo. Róbanse las ocasiones de palabras que quieras, y excita los aguijones del ingenio irreligioso. Miente al menos de quién habita la plenitud de la divinidad en Cristo corporalmente. Pues es Cristo, y es la plenitud de la divinidad que habita en él corporalmente.
    VIII.56 Y si preguntas qué es la habitación corporal; entiende qué es hablar en el que habla, y ser visto en el que es visto, y obrar en el que obra, y Dios en Dios, y todo de todo, y uno de uno: y así reconoce la plenitud corporal de la divinidad. Y recuerda que el Apóstol no calla de quién es esta plenitud de la divinidad que habita corporalmente, diciendo: «Pues las cosas que son invisibles de él, desde la constitución del mundo, entendidas por las cosas que fueron hechas, son vistas, también su eterna virtud y divinidad». De este, pues, es la divinidad corporal en Cristo, no en parte, sino toda; ni es porción, sino plenitud: permaneciendo de tal manera corporalmente, para que sean uno; de tal manera son uno, para que Dios no difiera de Dios; de tal manera Dios es indiferente a Dios, para que la natividad perfecta sustituyera al Dios perfecto; de tal manera, empero, la natividad perfecta subsiste, porque en Dios nacido de Dios habita corporalmente la plenitud de la divinidad.
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