X.1 Todo este libro está dirigido contra aquellos que, deseando que en Cristo no exista ninguna sustancia que no haya sentido dolor en la pasión, y ninguna que haya sido ajena al hambre, la sed, la tristeza y el miedo, olvidan la naturaleza y la profesión divina. Para justificar su impiedad, se aferran a los hechos y dichos de la dispensación [económica] de la salvación. Algunos de ellos sostenían que Cristo era un simple hombre, en cuya alma no penetró un miedo sencillo, sino un miedo DOMINANTE por la tristeza inminente, viéndose consternado por la NECESIDAD de la pasión y vencido por la fuerza del dolor. Otros, confundiendo al Verbo con la carne, predicaban que aquel desempeñó la función del alma. No faltaban tampoco quienes, separándolo por completo del hombre, no confesaban en Cristo otra presencia que la que reconocemos en los profetas. Otros, en sus disensiones, llegaban a sentir que no solo la carne de Cristo, sino también su alma, procedía de Adán, interpretando el descenso desde los cielos no como el descenso de la Persona del Verbo que asume la carne, sino como la carne misma traída desde los cielos, para así eludir las Escrituras.
X.2 Contra estos herejes, Hilario utiliza principalmente aquel género de argumento en el que su propia lógica no les ofrece refugio alguno. Hilario pide al principio, como es su costumbre, que no se juzgue la obra antes del final, pues lo que al principio parece un obstáculo, el final lo aclarará. Aunque, expuesta la opinión de los adversarios, es fácil juzgar: o bien quieren eximir a la divinidad de Cristo del dolor, el miedo y la tristeza, o bien quieren liberar su naturaleza humana de las afecciones dominantes y forzosas. Cabe señalar lo que Gregorio de Nisa afirma: que al ser la opinión doble y ambigua (si fue la divinidad o la humanidad la que sufrió), el rechazo de una será la confirmación de la otra.
X.3 Por lo tanto, Hilario comienza exponiendo y refutando las insensatas opiniones de los herejes contra la divinidad de Cristo. Demuestra, a través de su maravillosa concepción, que la verdad de nuestra naturaleza fue asumida por el Verbo sin perder su divinidad y sin sufrir nuestras corrupciones. Concluye que Cristo es uno y el mismo, y aunque no concebido por ley humana, existió como verdadero hombre y verdadero Dios: como verdadero hombre, sujeto a las naturalezas de las pasiones; pero concebido sin nuestros vicios de origen, no fue consumido por las injurias de nuestras pasiones; y como verdadero Dios, fue absolutamente ajeno a ellas.
X.4 Hilario expone después las causas de su tristeza, su oración y el ministerio angélico, defendiendo que no se entristeció ni oró por sí mismo, sino por los Apóstoles, y que fue confortado por el Ángel para ellos. Narra luego las señales de omnipotencia divina que Cristo mostró en la pasión, donde queda claro que la necesidad, fuerza y oprobio del dolor no convienen a quien tanto pudo; pues, según el hombre, sufrió por nosotros todas las debilidades, pero según Dios, triunfó en todas ellas.
X.5 Sus adversarios objetan la voz de Cristo clamando que ha sido abandonado. Hilario resuelve el nudo de estas cuestiones a partir de la fe de la Iglesia, que no confunde las naturalezas ni divide las personas en Cristo: en uno y el mismo Cristo tenemos al que se lamenta de haber sido abandonado a la muerte (porque es hombre) y al que profesa reinar en el paraíso (porque es Dios).
X.6 No es ambiguo que todo discurso humano esté siempre sujeto a contradicción, pues al discrepar los movimientos de la voluntad, discrepa también el sentido de los ánimos. Aunque todo dicho esté perfecto por la razón de la verdad, mientras a unos les parece o les complace una cosa y a otros otra, el discurso de la verdad queda abierto a la respuesta de los adversarios: porque contra la verdad —ya sea no entendida o molesta— se opone el error de una voluntad necia o viciosa. Toda pertinacia de la voluntad es inmoderada; y el afán de contradecir persiste donde la voluntad no se somete a la razón, ni se dedica al estudio de la doctrina, sino que buscamos la razón para lo que queremos, y adaptamos la doctrina a lo que deseamos.
X.7 Ya no será doctrina lo que se finge, sino cuestión de nombre; y no permanecerá la razón de lo verdadero, sino la de lo complaciente. Si la voluntad no precediera a la razón, sino que se moviera a querer lo que es verdadero mediante la inteligencia de la verdad, nunca se buscaría una doctrina según la voluntad, sino que la razón de la doctrina movería toda voluntad. Todo discurso de verdad sería sin contradicción, pues cada uno no defendería que es verdad lo que quiere, sino que habría comenzado a querer lo que es verdadero.
X.8 El Apóstol, no ignorante de estas voluntades viciosas, escribiendo a Timoteo dice: "Vendrá tiempo en que no soportarán la sana doctrina, sino que, deseosos de escuchar, se amontonarán maestros según sus propias concupiscencias; y apartarán el oído de la verdad y se volverán a las fábulas" (2 Tim 4,3). Pues donde, por afán de impiedad, no soporten la sana doctrina, entonces acumularán maestros según sus deseos, sin buscar ser enseñados, sino reuniendo doctores para lo que desean.
X.9 ¿Cuál es el espíritu de esta furia de irreligiosidad que, no soportando la sana doctrina, desea la corrompida? El mismo Apóstol escribe a Timoteo: "El Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos se apartarán de la fe, atendiendo a espíritus seductores y a doctrinas de demonios, bajo la hipocresía de mentirosos" (1 Tim 4,1). Porque, ¿qué progreso de doctrina hay en buscar lo que agrada más que lo que debe enseñarse? Sigue a la defección de la fe una hipocresía mentirosa, para que haya en palabras una piedad que la conciencia ha perdido. Corrompen la santidad de la fe con instituciones de doctrina falsa, pues la doctrina acumulada es conforme a los deseos del estudio, y no conforme a la fe evangélica.
X.10 Hemos caído ciertamente en este tiempo molestísimo de la profecía apostólica. Pues habiéndose buscado maestros para predicar más la criatura que a Dios, se estudia más según los deseos humanos que según las doctrinas de la sana fe. La picazón de oídos los ha excitado hasta tal punto que, acumulados los doctores, solo prevalece esta predicación: por la cual el Dios Unigénito es ajeno al poder y a la verdad de Dios Padre, o es un Dios de otro género en nuestra fe, o no es Dios. Ambas profesiones de impiedad son mortíferas: o hablan de dos dioses bajo la diversidad de divinidad, o niegan completamente al Dios cuya naturaleza es de Dios por nacimiento.
X.11 Pero aunque ahora la sana doctrina se encuentre en el exilio por muchos que se amontonan maestros según sus deseos, la verdad de la predicación no estará exiliada de todos los santos. Hablaremos, pues, como exiliados a través de estos libros, y el discurso de Dios, que no puede ser encadenado, correrá libre. No nos quejaremos de los tiempos; al contrario, nos alegraremos de que la iniquidad se haya mostrado durante este tiempo de nuestro exilio, pues la impaciencia de la verdad, para acumularse maestros según sus deseos, relegó a los predicadores de la sana doctrina. Nos alegramos y exultamos en el Señor por nuestro exilio, sabiendo que en nosotros se ha cumplido la plenitud de la profecía apostólica.
X.12 Manteniendo en los libros anteriores la profesión de una fe sincera y una verdad incontaminada, creo que hemos moderado la razón de nuestra respuesta de tal modo que nadie puede contradecirla sin profesar impiedad. Hemos demostrado la verdad de lo que los herejes presumen de los Evangelios según su arte de falsedad, de modo que ya no cabe excusar ignorancia, sino que es necesario confesar irreligiosidad. Hemos temperado la demostración de toda la fe según el don del Espíritu Santo, para que no pudieran inventar ninguna calumnia contra nosotros.
X.13 Suelen llenar los oídos de los ignorantes diciendo que nosotros negamos el nacimiento cuando predicamos la unidad de la divinidad, y que por lo tanto predicamos un Dios solitario cuando decimos: "Yo y el Padre somos uno" (Jn 10,30). Dicen que Dios innascible descendió a la Virgen y nació hombre; que al realizar la dispensación de la carne, lo que comenzó así, "Yo", lo subordinó a la demostración de su divinidad, y "el Padre" (como si fuera el padre de este hombre suyo) lo añadió, de modo que, consistiendo de dos —es decir, hombre y Dios—, habló de sí mismo diciendo: "Somos uno".
X.14 Pero nosotros, protestando un nacimiento subsistente sin tiempo, hemos predicado que el Dios Hijo no es un Dios de naturaleza ajena a Dios Padre: ni igual al Innascible por la innascibilidad, sino no dispar por la generación del Unigénito. No decimos que son uno por la unión de dos nombres, sino por la natividad de la naturaleza; ni que hay dos dioses en la fe por diversidad de género; ni, por otro lado, un Dios singular por ser solitario, donde debe confesarse el sacramento del Dios Unigénito. Sino que el Hijo es significado y está en el Padre, mientras que en él está la naturaleza y el nombre del Padre; y en el Hijo se entiende y permanece el Padre, pues el Hijo no puede ser dicho ni ser si no es del Padre. Es imagen viva de la naturaleza viviente, y forma de Dios consignada naturalmente en Dios, con una potestad y género tan indiferentes que en él no hay obra, ni discurso, ni visión ajena al Padre; sino que, como la imagen de su autor tiene naturalmente en sí la naturaleza, por medio de su imagen natural, el autor también ha obrado, hablado y sido visto.
X.15 Predicando esta generación del Unigénito intemporal, inenarrable y que excede todo sentido de inteligencia humana, enseñamos también el sacramento de Dios nacido hombre del parto de la Virgen. Demostramos que, según la dispensación de la carne asumida —cuando, vaciándose de la forma de Dios, tomó forma de siervo—, la debilidad de la condición humana no debilitó la naturaleza de Dios, sino que, salvada la virtud de la divinidad en el hombre, se adquirió la potestad de Dios para el hombre. Porque cuando Dios nació hombre, no nació para no permanecer Dios, sino para que, permaneciendo Dios, el hombre nacido sea en Dios. Pues su nombre es Emmanuel, que significa "Dios con nosotros": para que no sea un descenso de Dios al hombre, sino un progreso del hombre a Dios. O cuando pide ser glorificado, esto no aprovecha a la naturaleza de Dios, sino a la asunción de la humildad; pues pide la gloria que tuvo junto al Padre antes de la constitución del mundo (Jn 17,5).
X.16 Respondiendo también a sus estupidísimas profesiones, descendimos hasta la demostración de la hora ignorada. Aunque, según ellos, no hubiera sido aprehendida por el Hijo, no pertenecería a la contumelia de la divinidad unigénita, pues la naturaleza no permitiría que el nacimiento retrocediera al estado de innascibilidad; reservando el Padre a su potestad el momento de definir el día para demostración de la autoridad innascible. Ni en él se puede entender una naturaleza débil, en la cual habría tanto de la natividad de la naturaleza que pudiera cumplir la natividad perfecta. Ni debe imputarse a diferencia de divinidad la ignorancia del día y la hora al Dios Unigénito, cuando esta excepción de potestad innascible en el Padre es para demostrar, contra los herejes sabelianos, la potestad innascible en el Padre. Pero habiendo enseñado que esta profesión de ignorar el día no es una debilidad de ignorancia, sino una dispensación de silencio, ahora también debe expurgarse toda ocasión de aserción impía, y deben recorrerse todas las predicaciones de blasfemia herética, para que la verdad del Evangelio resplandezca a través de aquello mismo por lo que parece obscurecerse.
X.17 La mayoría de ellos quiere deducir, por el miedo a la pasión y la debilidad de padecer, que él no estuvo en la naturaleza del Dios impassible; que el que temió y se dolió no estuvo en aquella seguridad de potestad que no teme, o en aquella incorrupción del Espíritu que no duele, sino que, de naturaleza inferior a Dios Padre, tembló ante el miedo de la pasión humana y gimió ante la atrocidad del castigo corporal. Y en esta aserción de su impiedad se apoyan porque está escrito: "Triste está mi alma hasta la muerte" (Mt 26,38); y de nuevo: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz" (Mt 26,39); y también aquello: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46); y añaden esto: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46).
X.18 Toman todas estas profesiones de nuestra piadosa fe para su impiedad: que temió el que está triste, que dolió el que pidió ser transferido el cáliz, que dolió el que se quejó de haber sido abandonado por Dios en la pasión, y que fue débil el que encomendó su espíritu al Padre. La ansiedad no admite la similitud de la naturaleza igualada a Dios en la natividad del Unigénito, que atestigua su debilidad y diferencia tanto en la deprecación del cáliz, como en la queja de desolación y en la confesión de encomienda.
X.19 Y primero, antes de que demostremos por estos mismos dichos que en él no cayó ninguna debilidad de temer ni de doler, debemos preguntar qué es lo que parece haber podido temer para que cayera en él el temor del dolor intolerable. Y creo que aquí no se pretende otra causa de temor que la pasión y la muerte. Y pregunto a los que piensan así si tiene razón que temiera morir quien, llamando a los Apóstoles a quitar todo terror de la muerte, los exhortó a la gloria del martirio, diciendo: "El que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí; y el que halla su alma la perderá, y el que la pierda por mí, la hallará" (Mt 10,38-39). Pues siendo la vida morir por él, ¿qué se ha de pensar que sufrió él en el sacramento de la muerte, quien devuelve la vida a los que mueren por él? Y cuando advierte que no deben ser temidos los que matan el cuerpo, ¿el mismo terror de la pasión corporal lo asustó?
X.20 Además, ¿qué dolor de la muerte temería quien iba a morir con la libertad de su potestad? Al género humano, la muerte le es acelerada o bien por fuerza exterior (es decir, fiebre, herida, caída, ruina) que asalta el cuerpo, o bien la propia naturaleza de nuestro cuerpo cede vencida por la vejez a esa misma muerte. Pero el Dios Unigénito, teniendo tal potestad de poner su alma como de volver a tomarla, para cumplir en sí el sacramento de la muerte, habiendo tomado el vinagre y testificado que había consumado toda la obra de las pasiones humanas, inclinó la cabeza y entregó el espíritu (Jn 19,30). Si a esto se le deja el derecho de la naturaleza humana, para que exhalando el espíritu descanse en la muerte y no muera por el cuerpo disuelto, sino que el espíritu irrumpa o fluya como si fuera violado en su sede, entonces caiga el temor de la muerte sobre el Señor de la vida, si es que, al emitir el espíritu, no usó su potestad de libertad para morir. Pero si murió de sí mismo y por sí mismo entregó el espíritu, no hay terror de muerte en la potestad de morir.
X.21 Pero tal vez, por la timidez de la ignorancia humana, temió esta misma potestad de morir en sí; de modo que, aunque murió por sí mismo, temió el hecho mismo de que iba a morir. Y si habrá quienes así piensen, establezcan a qué cosa juzgan que la muerte fue terrible: ¿al Espíritu o al cuerpo? Si al cuerpo, ¿acaso ignoran que, como el Santo no vería la corrupción (Sal 16,10), iba a resucitar el templo de su cuerpo en tres días? Si la muerte es terrible para el Espíritu, ¿Cristo temería el caos del infierno mientras Lázaro se regocija en el seno de Abraham? Estas son cosas necias y ridículas: que en la potestad de poner y retomar su alma, temiera morir, quien iba a morir sujeto a la libertad de su voluntad para el sacramento de la vida humana.
X.22 Pero ¿acaso son motivo de temor el dolor del cuerpo que pende de la cruz, los vínculos violentos de las cuerdas que atan, y las crudas heridas de los clavos hincados? Veamos de qué cuerpo es hombre Cristo, para que en la carne suspendida, atada y traspasada haya permanecido dolor. La naturaleza de los cuerpos es tal que, por el consorcio del alma, animada en un sentido, no es materia torpe e inanimada, sino que siente al ser tocada, duele al ser punzada, se encoge con el frío, se goza con el calor, se consume con la inedia y se engorda con el alimento. Por un cierto transcurso del alma que se apodera y penetra, según aquello en lo que esté, se deleita o es dañada. Por lo tanto, cuando los cuerpos punzados o traspasados duelen, el sentido del dolor lo admite el sentido del alma transferida a ellos.
X.23 Así pues, el hombre Jesucristo vivió en el cuerpo con los inicios de nuestro cuerpo y alma, y no como Dios constituido en similitud de hombre y hallado en hábito como nacido hombre; sino que, animado en el cuerpo en cuanto a la concepción, sintió el dolor de nuestro cuerpo. Pero si, habiendo asumido por sí mismo la carne de la Virgen, él mismo unió para sí y de sí el alma al cuerpo concebido por sí, es necesario que según la naturaleza del alma y del cuerpo, haya sido la naturaleza de las pasiones. Pues vaciándose de la forma de Dios, y tomando forma de siervo, y siendo hijo de Dios y naciendo también hijo de hombre, sin faltar a sí mismo y a su propia virtud, el Dios Verbo consumó al hombre viviente.
X.24 Por esto, el mismo Señor mostró aquel máximo y hermosísimo sacramento del hombre asumido, diciendo: "Nadie subió al cielo sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo" (Jn 3,13). Que descendió del cielo es causa del origen concebido del Espíritu. Pues María no dio origen al cuerpo, aunque contribuyó con todo lo natural de su sexo a los incrementos y al parto del cuerpo. Que es Hijo del hombre es parto de la carne asumida en la Virgen. Pero que está en los cielos es potestad de la naturaleza que permanece siempre: la cual, habiendo iniciado y construido por sí misma la carne, no se estrechó a sí misma dentro de la región del cuerpo definido por la virtud de su infinitud. Por la virtud del Espíritu y la potestad del Verbo de Dios, permaneciendo en forma de siervo, no estuvo ausente del círculo del cielo y del mundo, siendo Señor del cielo y del mundo. Por eso, tanto descendió del cielo, como es Hijo del hombre, como está en los cielos.
X.25 El bienaventurado Apóstol habló también de este sacramento de la natividad corporal inenarrable, diciendo: "El primer hombre de limo de la tierra, el segundo hombre del cielo" (1 Cor 15,47). Al decir hombre, enseñó el nacimiento de la Virgen; y cuando dice que el segundo hombre es del cielo, atestiguó su origen del acceso del Espíritu Santo que sobrevino a la Virgen.
X.26 El propio Señor, revelando el misterio de su natividad, habló así: "Yo soy el pan vivo que descendí del cielo; si alguno comiere de mi pan, vivirá eternamente" (Jn 6,51). Se llamó a sí mismo pan; pues él es el origen de su cuerpo. Y para que no se pensara que la virtud y naturaleza del Verbo había faltado a sí misma en la carne, dijo que su pan era su carne: para que se entienda la asunción de la carne, tanto la concebida del Espíritu Santo como la nacida de la Virgen.
X.27 Por lo tanto, el hombre Jesús Cristo, Hijo de Dios y también hijo de hombre, tomando forma de siervo al vaciarse de la forma de Dios, no nació otro hijo de hombre distinto del que es hijo de Dios; ni nació otro en forma de Dios que el que nació hombre perfecto en forma de siervo. Así como el hombre nos nace de cuerpo y alma por la naturaleza constituida por Dios, príncipe de nuestro origen, así Jesucristo, por su propia virtud, era hombre y Dios de carne y alma, teniendo en sí todo lo verdadero de lo que es hombre y todo lo verdadero de lo que es Dios.
X.28 Aunque muchos, para confirmar su herejía, suelen engañar los oídos de los ignorantes diciendo que, como el cuerpo y el alma de Adán estuvieron en el pecado, el Señor tomó también la carne y el alma de Adán de la Virgen, y que la Virgen no concibió todo el hombre del Espíritu Santo. Si entendieran el sacramento de la carne asumida, entenderían también el sacramento de que es hijo de hombre y también hijo de Dios.
X.29 Pero queriendo que el Dios Unigénito, que en el principio era Dios Verbo junto a Dios, no sea Dios sustancial, sino sermón de voz emitida (como la palabra propia de los que hablan), quieren insinuar astutamente que Cristo, Dios Verbo subsistente y permaneciendo en forma de Dios, no nació hombre: de modo que, animando a aquel hombre por causa de un origen humano más que por el sacramento de una concepción espiritual, el Verbo de Dios no existió haciéndose hombre del parto de la Virgen, sino que el Verbo de Dios estuvo en Jesús como el Espíritu de profecía en los profetas.
X.30 Pero nosotros predicamos al Verbo hecho carne, a Cristo vaciándose de la forma de Dios y asumiendo forma de siervo, nacido hombre perfecto según el hábito de la conformación humana y de nuestra semejanza; de modo que el verdadero Hijo de Dios sea verdadero hijo de hombre.
X.31 Así como asumió por sí mismo el cuerpo de la Virgen, así asumió por sí mismo el alma para sí; la cual, ciertamente, nunca es proporcionada por el hombre desde los orígenes de los que engendran. Pues si la Virgen no tuvo la concepción de la carne sino de Dios, mucho más necesario es que el alma del cuerpo no haya sido de otra parte sino de Dios. Y siendo el mismo Hijo del hombre el que es Hijo de Dios, ¿qué ridiculez será predicar a otro, como si fuera un profeta animado por el Verbo de Dios, fuera del Hijo de Dios que es el Verbo hecho carne, cuando el Señor Jesucristo es Hijo del hombre e Hijo de Dios?
X.32 Por el hecho de que su alma está triste hasta la muerte, y que tiene potestad de poner y retomar su alma, quieren atribuirle un alma extrínseca, no del Espíritu Santo (como el cuerpo fue concebido de él), cuando el Verbo Dios, permaneciendo en el sacramento de su naturaleza, nació hombre. Nació, pues, no para ser uno y otro, sino para que, siendo Dios antes del hombre, al asumir al hombre, pudiera entenderse hombre y Dios.
X.33 Así pues, el hombre Jesucristo, Dios Unigénito, por la carne y el Verbo, asumió un hombre verdadero según la semejanza de nuestro hombre, sin dejar de ser Dios. En él, aunque un golpe cayera, o una herida descendiera, o los nudos se juntaran, o la suspensión levantara, ciertamente esto traía el ímpetu de la pasión, pero no traía el dolor de la pasión. Como una lanza que perfora el agua, o pincha el fuego, o hiere el aire: trae todas estas pasiones a su naturaleza (para que sea, para que pinche, para que hiera), pero la pasión infligida no retiene su naturaleza en estas cosas, mientras que no está en la naturaleza ni que el agua sea perforada, ni que el fuego sea pinchado, ni que el aire sea herido. El Señor Jesucristo ciertamente sufrió mientras es golpeado, suspendido, crucificado, muerto; pero la pasión que irrumpió en el cuerpo del Señor, ni dejó de ser pasión, ni mostró la naturaleza de la pasión: pues el cuerpo de la Virtud recibió la fuerza de la pena que desaevía en sí sin el sentido de la pena.
X.34 Habría tenido aquel cuerpo del Señor la naturaleza de nuestro dolor, si nuestro cuerpo tuviera esa naturaleza de hollar las olas y caminar sobre los fluctuantes, y no ser gravado por el paso, ni que las aguas cedan a las huellas que insisten, penetrando incluso sólidos, ni ser detenido por los obstáculos de casas cerradas. Pero si la única naturaleza del cuerpo del Señor es que por su propia virtud, por su propia alma, se lleve en lo húmedo, insista en lo líquido y corra por lo construido, ¿qué juzgamos por la naturaleza del cuerpo humano concebido del Espíritu? Esa carne es, es decir, ese pan es del cielo; y ese hombre es de Dios. Tiene cuerpo para padecer, y sufrió; pero no tiene naturaleza para doler.
X.35 Pero tal vez en quien permaneció la afección de llorar, sedientos y hambrientos, sea necesario que esté la naturaleza de las demás pasiones humanas. Quien ignora el sacramento del llanto, de la sed y del hambre, sepa que él vivifica al que llora y no llora la muerte de Lázaro (de la que se goza), y provee ríos de agua viva desde sí mismo al que tiene sed, y no se seca de sed, quien puede dar de beber a los que tienen sed, y no se deja vencer por la inedia. Cuando tuvo sed, o tuvo hambre, o lloró, no se mostró que el Señor bebió, comió o dolió; sino que para demostrar la verdad del cuerpo, se asumió la costumbre del cuerpo, de tal modo que se satisfizo la costumbre de la carne con la costumbre de nuestra naturaleza.
X.36 Tuvo, pues, cuerpo, pero propio de su origen; no existiendo de los vicios de la concepción humana, sino subsistiendo por la potestad de su virtud en forma de nuestro cuerpo. Llevaba a nosotros mediante la forma de siervo, pero libre de los pecados y vicios del cuerpo humano; de modo que nosotros estuviéramos en él por la generación de la Virgen, pero los vicios de nuestra naturaleza no estuvieran en él por la virtud de su origen que procedía de sí mismo.
X.37 Aunque la fe apostólica nos instruya para la inteligencia de este sacramento, que testificó que Cristo Jesús, hallado en hábito como hombre y enviado en semejanza de carne de pecado, es hombre; sin embargo, veamos si el orden de la pasión completa permite entender una debilidad de dolor corporal en el Señor. Pues difiriendo por un momento las causas de aquellos dichos de los que la herejía atribuye miedo al Señor, comparemos las cosas mismas como ocurrieron. Pues no puede ser que su miedo sea significado en las palabras, cuya confianza se contiene en los hechos.
X.38 ¿Te parece, oh hereje, que el Señor de la gloria temió la pasión? Pero por el error de esta ignorancia, Pedro es Satanás y escándalo para él. Tú, ¿qué esperanza perseguirás negando a Cristo Dios y añadiéndole miedo a la pasión? ¿Acaso temió quien salió al encuentro de los armados para prenderlo? Y en su cuerpo hubo una debilidad, ante cuyo encuentro las huestes de los perseguidores cayeron consternadas, y no pudiendo soportar la majestad del que se entregaba a las cadenas, cayeron hacia atrás. ¿Qué debilidad, pues, crees que dominó el cuerpo de aquel cuya naturaleza tenía tanta virtud?
X.39 Pero tal vez temió el dolor de las heridas. ¿Qué horror, pregunto, tuvo del clavo que penetra en la carne quien restauró la carne de la oreja cortada con solo tocarla? Expónnos a nosotros, defensor de la debilidad dominical, esta obra de la carne debilitada en el mismo tiempo de la pasión. Pues mientras Pedro desenvainaba y golpeaba con la espada, el siervo del sacerdote estaba allí con la oreja cortada. ¿Cómo, al tocar Cristo, la carne de la oreja fue restaurada de la herida de la oreja cortada? ¿De dónde, entre la sangre que fluía, salió lo que no existe, y sigue lo que no está, y se devuelve lo que falta? Por lo tanto, la mano que produjo esta oreja, ¿duele el clavo? ¿Y siente la herida quien no deja el dolor de la herida al otro? ¿Está triste por el miedo de la carne que ha de ser pinchada, aquel a cuya caricia le es lícito donar carne después del corte?
X.40 Pero tal vez, con estúpida e impía perversidad, se presumirá la aserción de la debilidad en él porque su alma está triste hasta la muerte. Aún no te arguyo, hereje, por qué no entiendes la virtud del dicho. Entre tanto te pregunto por qué, al salir Judas a la traición, no recuerdas que se dijo: "Ahora es glorificado el Hijo del hombre" (Jn 13,31). Si la pasión iba a glorificarlo, ¿cómo el miedo a la pasión lo habría entristecido? A menos que fuera tan irracional como para temer sufrir aquello que lo glorificaría sufriendo.
X.41 Pero tal vez se pensará que temió hasta el punto de pedir que se le transfiriera el cáliz: "Abba Padre, todo es posible para ti, transfiere este cáliz de mí" (Mc 14,36). ¿Cómo iba a pedir que se le transfiriera lo que por afán de la dispensación se apresuraba a cumplir? Pues no conviene que no quisiera sufrir quien quería sufrir. Y cuando conocías que él quería sufrir, hubiera sido más religioso confesar la ininteligencia del dicho que prorumpir en el furor de tal impía estulticia, que afirmar que oró para no sufrir, a quien habías conocido querer sufrir.
X.42 Pero, creo, te armarás para la lucha de tu impiedad con el dicho de la voz dominical: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,34). Pues después de la contumelia de la cruz, tal vez pienses que la dignidad de la ayuda paterna se retiró de él, y que de ahí surgió la queja de su debilidad desolada. Si para ti, pues, en Cristo el desprecio, la debilidad y la cruz es contumelia, deberías no haber estado olvidadizo de este dicho: "De cierto os digo que de ahora en adelante veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra de la virtud y viniendo con las nubes del cielo" (Mt 26,64).
X.43 ¿Dónde, pregunto, hay miedo en la pasión? ¿Dónde debilidad? ¿Dónde dolor? ¿Dónde contumelia? ¿Se dice que temió por los impíos? Pero él mismo predica que quiere sufrir. ¿Se sostiene que es débil? Pero se muestra poderoso cuando, consternados los perseguidores, no es sostenido al ir a su encuentro. ¿Se arguye que duelen las heridas de la carne? Pero en el hecho de que devuelve la oreja a la carne de la herida, siendo él mismo la carne, se halla fuera de la naturaleza carnal de doler la herida.
X.44 Pero se dice que la cruz le es contumeliosa. Mas, por medio de ella, el Hijo del hombre ha de ser visto sentado a la diestra de la virtud, y el nacido hombre del parto de la Virgen ha de volver en su majestad con las nubes del cielo. No entiendes, irreligiosamente, las causas de las cosas naturales; y lleno del espíritu de impiedad y error, no entiendes el sacramento de la fe. Todo lo que se teme, es necesario evitarlo mientras se teme; y lo que es débil, toma el terror de la imbecilidad. Tú, ¿con qué sentido de razón entiendes que nuestro Señor Jesucristo teme a aquello a lo que se apresura; y consternando a los fuertes, tiembla de debilidad; y no permitiendo que las heridas duelan, duele al ser herido; y es deshonrado por la contumelia de la cruz, a quien la cruz es sentada junto a Dios y retorno al reino?
X.45 Pero tal vez pienses que te queda esta ocasión de impiedad: que temió la necesidad de la muerte y el descenso a los infiernos, mientras parece testificarlo con este dicho: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46). Leyendo esto y no entendiendo, o hubieras callado piadosamente, o hubieras orado religiosamente por su inteligencia, en lugar de vagar incapaz de verdad por un furor necio mediante una aserción impudente. ¿Acaso debe creerse que temió el caos del infierno, las llamas y todo el abismo de las penas vengadoras, diciendo al ladrón en la cruz: "De cierto te digo, hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43)? Ya no digo por miedo, sino que ni siquiera incluirás su potestad en la región de la sede infernal, quien descendiendo a los infiernos, no está ausente del paraíso.
X.46 Por lo tanto, comparando las virtudes de los dichos y hechos, no es ambiguo demostrar que en la naturaleza de ese cuerpo no hubo la debilidad de la naturaleza corporal, a quien en la virtud de la naturaleza le fue dado expulsar toda debilidad de los cuerpos; y que esa pasión, aunque fue infligida al cuerpo, no trajo la naturaleza de doler al cuerpo. Porque aunque la forma de nuestro cuerpo estaba en el Señor, no estaba en el cuerpo de nuestra viciosa debilidad aquel que no estaba en el origen que la Virgen engendró del Espíritu Santo.
X.47 Pero los herejes parecen apoyarse contra la demostración de la fe apostólica con este dicho: "Triste está mi alma hasta la muerte" (Mt 26,38), para que la profesión del que dice estar triste atestigüe la debilidad de la naturaleza por cuya conciencia comenzó a estar triste. Y primero pregunto al sentido de la inteligencia humana qué es estar triste hasta la muerte. Pues no tiene la misma significación estar triste a causa de la muerte, y estar triste hasta la muerte; porque donde hay tristeza a causa de la muerte, ahí la muerte misma es causa de tristeza; donde la tristeza es hasta la muerte, la muerte ya no es causa de tristeza, sino el fin.
X.48 Y para que podamos entender la causa de la tristeza, veamos qué precedió o siguió a esta profesión de tristeza. Todo el misterio de la pasión y la fe se había consumado en la cena pascual del Señor. Después de enseñar el escándalo de todos en sí mismo, promete que los precederá en Galilea. Pedro, aunque los demás se escandalizarían, juró con fe constante que él no se escandalizaría. Pero el Señor, no ignorante por la naturaleza de Dios de lo que iba a suceder, respondió que lo negaría tres veces. Entonces, tomando a Pedro, Santiago y Juan (los dos elegidos para el martirio y Juan siendo confirmado para la predicación del Evangelio), se profesó triste hasta la muerte. Luego, avanzando, oró diciendo: "Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; pero no como yo quiero, sino como tú quieres" (Mt 26,39).
X.49 Pide que el cáliz pase de él, el cual ya permanecía con él; el cual en ese momento se consumaba para ser derramado en la sangre del Nuevo Testamento por los pecados de muchos. No pide que no esté con él, sino que pase de él. Luego pide que no se haga su voluntad, y lo que quiere que se haga, no quiere que se le conceda a él. Dice: "Pero no como yo quiero, sino como tú quieres".
X.50 Por eso oró para que se le transfiriera, si fuera posible: porque aunque para Dios nada es imposible, como él mismo dice: "Padre, todas las cosas son posibles para ti" (Mc 14,36), es imposible para el hombre no ser vencido por el terror de la pasión, ni puede conocerse la fe sino por la prueba. Y así, tanto como hombre quiere que el cáliz pase por los hombres, como la voluntad de Dios de Dios se une al efecto de la voluntad paterna.
X.51 La tristeza, pues, hasta la muerte es del Señor: porque en la muerte, en el movimiento de la tierra, en las tinieblas del día, en la partición del velo, en la apertura de los monumentos, en la resurrección de los muertos, debía confirmarse la fe de los apóstoles, la cual sería conmovida por el terror de la guardia nocturna, por los azotes, bofetadas, esputos, la corona de espinas, el peso de la cruz, el ludibrio de toda la pasión y, finalmente, la condenación de la maldita cruz. Sabiendo, pues, el Señor que todas estas cosas iban a desampararlos después de su pasión, por eso está triste hasta la muerte.
X.52 Y aunque en lo que dice: "Hágase tu voluntad", permitiendo a los apóstoles al arbitrio de la voluntad paterna en el escándalo del cáliz (es decir, de su pasión), usó la oración repetida tres veces, después de decir: "Dormid ya y descansad" (Mt 26,45). Pues no sin la conciencia de alguna razón interna manda ahora dormir y descansar, cuando antes los había reprendido por dormir. Pero se considera que Lucas nos ha dado la inteligencia de esta exhortación: cuando después de mucha oración del Señor, un ángel se presentó confortándolo, ante cuya asistencia comenzó a orar más largamente, de modo que el sudor de su cuerpo caía como gotas de sangre (Lc 22,43-44). Enviado el ángel para la protección de los apóstoles, y confortado el Señor por él para que no estuviera triste por ellos, dice ya sin miedo de tristeza: "Dormid ya y descansad".
X.53 No debemos ignorar que en muchos códices, tanto griegos como latinos, no se encuentra nada escrito sobre el ángel que viene ni sobre el sudor de sangre. Pero ciertamente, si alguna herejía se halaga con esto para afirmar que es débil, a quien hubiera hecho falta la ayuda de un ángel que lo confortara, recuerde que el Creador de los ángeles no necesitó la ayuda de su creación. Y sudar sangre es contra natura. Ni es debilidad lo que la potestad realizó no según la costumbre de la naturaleza; ni podrá pertenecer de ninguna manera a la herejía de la debilidad lo que aprovecha contra la herejía que miente un fantasma, mediante el sudor de sangre, para la verdad del cuerpo.
X.54 Los Evangelios se prestan mutua plenitud; pues al ser todo predicación de un mismo Espíritu, se entiende una cosa por otra. Esta oración oculta del Señor por los Apóstoles, que todos callan, la muestra Juan, el mayor predicador de las causas espirituales, diciendo que el Señor oró así: "Padre santo, consérvalos en tu nombre. Cuando estaba con ellos, yo los guardaba en tu nombre; los que me diste, guardé" (Jn 17,11-12). No fue, pues, para sí aquella oración, sino para los apóstoles; ni está triste para sí, quien aconseja orar para que no sean tentados; ni se le envía un ángel (quien, si quisiera, traería doce legiones de ángeles del cielo); ni teme por la muerte, quien está ansioso hasta la muerte; ni pide que el cáliz pase de sí, sino pide que el cáliz pase de sí, el cual, sin embargo, no puede pasar a menos que lo beba.
X.55 Demostrada, pues, tanto la oración del Señor por Juan, como la postulación del diablo por Lucas, y lo que en Mateo y Marcos es tristeza hasta la muerte, y la reprensión del sueño, y de nuevo la exhortación, no dejan duda de ambigüedad. Cuando por la oración en Juan (por la cual encomienda los apóstoles al Padre) se resolvieron tanto la causa de la tristeza como la deprecación de que el cáliz pase, no es que el Señor depantara que la pasión se apartara de sí, sino que oraba para que el Padre protegiera a los apóstoles mientras él iba a sufrir.
X.56 No hay, pues, en esa naturaleza que está sobre el hombre, la ansiedad de la trepidación humana. Está fuera de los males del cuerpo terreno, no siendo un cuerpo comenzado por elementos terrenos, aunque el Espíritu Santo introdujo el origen del Hijo del hombre mediante el sacramento de la concepción. Ciertamente la virtud del Altísimo mezcló la virtud del cuerpo que la virgen engendraba por la concepción del Espíritu. Pues cuando por el consorcio del alma transferida al cuerpo, el sentido del cuerpo animado vive, y la misma alma mezclada al cuerpo vivifica el cuerpo para el dolor de las cosas infligidas; cuando esta, por el beato calor de la esperanza celestial y su fe, despreció el inicio de su origen terreno en su cuerpo, el cuerpo se hace suyo en el dolor, de modo que deja de sentir lo que padece.
X.57 Busco, pues, si los niños israelitas temieron las llamas alimentadas para los fomentos de la estufa de Babilonia, y si en aquel cuerpo de nuestra concepción penetró el miedo de tanto fuego. Busco también si sintieron dolor al ser rodeados por las llamas. Pero tal vez por eso, porque no se quemaron, nada dolieron; y entonces se considerará que la naturaleza de quemar estuvo ausente de los fuegos. Ciertamente, esta era la naturaleza del cuerpo: que temía ser quemado y podía ser quemado. Pero si por el espíritu de la fe los cuerpos terrenos (iniciados según los elementos de las causas comunes) ni pudieron ser quemados ni temer, ¿qué es lo que por la fe de Dios en el hombre están contra natura? Aquellos, en Dios, según la virtud del Espíritu, comenzados a la naturaleza del origen, no deben ser estimados naturalmente. Los niños están atados en medio del fuego: no temen el fuego mientras suben; no sienten las llamas mientras oran; no pueden ser quemados mientras están en el fuego. La naturaleza de su cuerpo y del fuego se pierde en ellos: pues ni aquellos son quemados, ni aquel quema; y sin embargo, en los demás, tanto el fuego como el cuerpo están en su naturaleza.
X.58 El profeta Daniel, alimentado por la comida, no teme el foso de los leones. Los Apóstoles se alegran de ser golpeados y padecer por el nombre de Cristo. Para Pablo, su libación es la corona de justicia. Los mártires tienden sus cuellos a los verdugos con himnos, y suben a los fuegos construidos por ellos mismos con cánticos. Hasta tal punto el sentido de la fe, anulando en los cuerpos el miedo de la debilidad natural, cambia los cuerpos mismos al sentido de no sentir dolor. Si esto es natural en los hombres por el calor del alma que arde hacia la gloria, de modo que no conocen sus pasiones, ignoran sus heridas y no entienden sus muertes, ¿el Señor de la gloria, Jesucristo (cuyo borde es virtud, cuyo esputo y sermón es la naturaleza del cuerpo), será imputado en esa debilidad del cuerpo punzado y doliente, en la cual el espíritu de su fe no abandonó a los hombres gloriosos y beatos?
X.59 El Dios Unigénito sufrió, pues, todas las debilidades de nuestras pasiones que incurrieron en él; pero sufrió por la virtud de su naturaleza, así como nació por la virtud de su naturaleza. Pues al nacer, no dejó de tener la naturaleza de su omnipotencia en el nacimiento. Pues aunque nació por la ley de los hombres, no fue concebido por la ley de los hombres: teniendo en sí la constitución de la condición humana en el parto, y él mismo fuera de la constitución de la condición humana en el origen. Según lo cual, sufrió en el cuerpo por la debilidad de nuestro cuerpo, de modo que asumió las pasiones de nuestro cuerpo por la virtud de su cuerpo.
X.60 El discurso profético es testigo de esta nuestra fe, cuando dice: "Este lleva nuestros pecados, y por nosotros sufre; y nosotros le consideramos en dolores, y en plaga, y en vejación. Él, en cambio, fue herido por nuestras iniquidades, y fue debilitado por nuestros pecados" (Is 53,4-5). Se engaña, pues, la opinión de la estimación humana, pensando que este sufre por lo que padece. Pues llevando nuestros pecados, es decir, asumiendo el cuerpo de nuestro pecado, él mismo, sin embargo, no peca. Pues fue enviado en semejanza de carne de pecado; llevando ciertamente en la carne los pecados, pero los nuestros. Y sufre por nosotros, no por el sentido de nuestro dolor; porque hallado en hábito como hombre, teniendo en sí el cuerpo del dolor, pero no teniendo la naturaleza de doler, mientras que el hábito es como de hombre, pero el origen no es de hombre, al haber nacido de la concepción del Espíritu Santo.
X.61 Pero el Apóstol no conoce en Cristo la trepidación del dolor. Pues, al hablar de la dispensación de la pasión, la predicó en el sacramento de la divinidad, diciendo: "Donándoos todos los pecados, borrando lo que contra nosotros era el documento en sentencias, que era contrario a nosotros, quitándolo de en medio y fijándolo a la cruz, despojándose de la carne, expuso a los principados y potestades con confianza, triunfando sobre ellos en sí mismo" (Col 2,13-15). ¿Te parece, pues, que esta Virtud sucumbe al clavo de la herida; y ante el golpe del que pincha, aterrorizada, se ha cambiado a la naturaleza de doler?
X.62 Pero el Apóstol, hablando en Cristo que hablaba en él, y recordando la obra de nuestra salvación por el Señor, significa la muerte de Cristo de tal modo que se despoja de la carne, y deshonra a las potestades con confianza, y triunfa sobre ellas en sí mismo. Si en la pasión hay necesidad y no es un don de tu salvación; si en la cruz hay dolor de pinchar y no es el fijado del decreto, que la muerte está escrita en ti; si en la muerte hay fuerza de muerte y no despojos de la carne por la potestad de Dios; si, finalmente, la muerte misma es otra cosa que la deshonra de los poderosos, que confianza, que triunfo: atribuye debilidad, si allí hay necesidad y naturaleza, si allí hay fuerza y desconfianza y oprobio. Pero si estas cosas, al contrario, se predican en el sacramento de la pasión, ¿cuál es, pregunto, el furor de cambiar el sentido de la religión repudiada la fe de la doctrina apostólica, y arrebatar todo esto a la contumelia de la naturaleza débil, lo que es tanto voluntad como sacramento, lo que es tanto potestad como confianza y triunfo?
X.63 Nos queda aún, como les parece a los herejes, la gran y grave profesión de la debilidad confesada, editada por las voces del mismo Señor, cuando dice: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mt 27,46). ¿Cuál se entiende que es la protesta de la máxima queja, quejarse de haber sido abandonado y permitido a la debilidad? Pero esta violenta presunción de la inteligencia impía, que se combate a sí misma en todo género de dichos dominicales, es que aquel que se apresura a la muerte, que ha de ser glorificado por ella, que después de ella ha de sentarse a la diestra de la virtud, haya temido morir en estas causas de tantas bienaventuranzas, y por eso se queje de haber sido abandonado por su Dios a la necesidad de morir, ¡cuando él iba a permanecer al morir, estando en esas bienaventuradas causas!
X.64 Además, los ingenios heréticos sostienen que Dios Verbo faltó completamente en el alma del cuerpo, de modo que Jesucristo no fue el mismo Hijo de Dios e Hijo del hombre; y que Dios Verbo faltó de sí mismo mientras vivificaba el cuerpo con la función del alma; o que Cristo no nació hombre, porque en él habitó el Verbo de Dios como espíritu profético. Pero el error de esta ridícula perversidad se extiende a una mayor audacia de impiedad, para que Jesucristo no sea Cristo antes de haber nacido de María, mientras no nació el que era, sino que comenzó a ser lo que nació entonces.
X.65 Por esta doctrina sutil y pestífera son llevados al vicio, de modo que o Dios Verbo existió como alma del cuerpo por la demutación de la naturaleza que se debilita, y el Verbo dejó de ser Dios; o, por el contrario, aquel hombre (animado solo por la vida del alma que mueve) es movido por una naturaleza exterior y desnuda, en la cual habitó el Verbo de Dios, es decir, una cierta potestad de voz extendida.
X.66 Pero entre estas sentencias impías y débiles, la fe de la Iglesia, imbuida de las doctrinas apostólicas, conoce en Cristo el nacimiento, pero ignora el principio. Conoce la dispensación, pero ignora la división. No permite a Jesucristo que Jesús no sea Cristo; ni distingue al Hijo del hombre del Hijo de Dios, para que el Hijo de Dios no sea entendido también como Hijo del hombre. No absorbe al Hijo de Dios en el Hijo del hombre. No divide a Cristo con una fe tripartita, cuya túnica tejida desde arriba no fue rasgada; para no dividir a Jesucristo en Verbo, alma y cuerpo, ni absorber de nuevo al Dios Verbo en alma y cuerpo. Todo es Dios Verbo para ella, todo es Cristo hombre; reteniendo esto uno en el sacramento de su confesión, no creyendo a Cristo otra cosa que a Jesús, ni predicando a Jesús otra cosa que a Cristo.
X.67 No ignoro cuánto la magnificencia del misterio celestial impide la debilidad de la inteligencia humana, de modo que no podemos fácilmente enunciar esto con palabras, ni juzgar con sentido, ni siquiera abarcar con la mente. Pero sabiendo el Apóstol que esto es arduo y dificilísimo para la naturaleza terrena, al hijo legítimo según la fe, que toma las sagradas letras desde la infancia, escribe: "Como te exhorté a sostener en Éfeso, cuando iba a Macedonia, que ordenaras a algunos que no enseñaran de otro modo, ni atendieran a fábulas y genealogías interminables, que presentan más cuestiones que edificación de Dios que es en la fe" (1 Tim 1,3-4). Prohíbe que se traten las genealogías y que se toquen las fábulas de cuestión interminable. Enseña que la edificación de Dios es en la fe: para concluir el modo de la vergüenza humana con la religión de la omnipotencia de Dios, para que nuestra debilidad no se extienda a percibir aquello que debilita la naturaleza de percibir.
X.68 Todavía no moveré el sacramento de aquella natividad intemporal: es del lugar competente ese tratado. Entre tanto, el misterio de la carne asumida está en mis palabras. Consulto ahora a esos escrutadores de los arcanos celestiales, para que hablen del sacramento de Cristo nacido de la Virgen según su naturaleza. ¿De dónde dirán la concepción de la virgen? ¿De dónde el parto de la virgen? ¿Qué causa de orígenes genitales disputarán? ¿Y qué se coaligó dentro de los retiros de los senos maternos? ¿Cuerpo de dónde? ¿Y hombre de dónde? Ya después de esto, ¿qué es que el Hijo del hombre descendiera de los cielos permaneciendo en los cielos? Pues no es de lo mismo, según causas corporales, descender y permanecer: de los cuales lo uno es transmutación de descenso, lo otro es imperturbabilidad de permanecer.
X.69 Ya después, ¡qué grande es ese sacramento de dichos y hechos: que Cristo llore, y que por la angustia del ánimo lágrimas fluyan de sus ojos! ¿De dónde estos vicios de su alma, para que el moeror de la tristeza provoque el llanto al cuerpo? ¿Y qué amargura de cosas, e intolerancia de dolor, disuelve en lágrimas al Hijo del hombre que desciende de los cielos? ¿Qué es, además, lo que lloró en él? ¿Dios Verbo, o el alma de su cuerpo? Pues aunque la función de las lágrimas esté en el cuerpo; el moeror de la mente, en el ministerio del cuerpo, las exhala. Luego, ¿cuál es su causa para llorar? ¿Acaso sigue con el debido honor de lágrimas a la Jerusalén impía y parricida, que nada digno de la matanza de tantos Profetas y Apóstoles y de la muerte del propio Señor iba a padecer? ¿Y así como se lloran las calamidades de las muertes humanas, así se duele el caso de esta gente perdida y desesperada?
X.70 Con igual verdad de lágrimas fue llorado también Lázaro. Y pregunto primero, ¿qué es llorado en Lázaro? No ciertamente la muerte, que no es hasta la muerte y es para la gloria de Dios. El Señor dice: "Esta enfermedad no es hasta la muerte, sino para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por él" (Jn 11,4). La muerte, pues, que es causa de glorificar a Dios, no traía la tristeza de llorar. Pero tampoco existía la necesidad de llorar en el hecho de que había estado ausente cuando Lázaro moría. Pues él mismo dice claramente: "Lázaro ha muerto, y me alegro por vosotros, para que creáis, porque no estaba allí" (Jn 11,14-15). Por lo tanto, su ausencia no tuvo causa de llorar, que aprovechaba a la fe de los Apóstoles: cuando había pronunciado ausente la muerte del enfermo por la conciencia de la cognición divina. No queda, pues, necesidad de llorar: y sin embargo, se lloró. Y pregunto, ¿a quién se imputará ese llanto? ¿A Dios, al alma, o al cuerpo? Pero el cuerpo por sí mismo no tiene lágrimas, que el alma que llora derrama hacia el dolor del alma. Mucho menos es que Dios haya llorado, quien debe ser glorificado en Lázaro.
X.71 No recordamos pocas cosas de muchas por necesidad de inopia o por ignorancia de los dichos, sino para que la razón no morosa encomiende la exposición absoluta. El Señor hace y obra lo que se desconoce con la conciencia, lo que ni se ignora ni es ignorable, mientras que la verdad está en las cosas, y el sacramento está en la virtud; como también enseñaremos manifiestamente de lo que dice: "Por esto me ama el Padre, porque yo pongo mi alma, para volver a tomarla. Nadie la toma de mí, sino que yo la pongo de mí. Tengo potestad de ponerla, y tengo potestad de volver a tomarla" (Jn 10,17-18). Pone su alma de sí mismo: y pregunto, ¿quién la pone? Pues no dudamos que Cristo es Dios Verbo, ni ignoramos que el Hijo del hombre consistió de alma y cuerpo, confirmando el Ángel a José: "Levántate, toma al niño y a su madre, y vete a la tierra de Israel; pues han muerto los que buscaban el alma del niño" (Mt 2,20). ¿De quién, pues, es esta alma, pregunto? ¿Del cuerpo, o de Dios? Si del cuerpo, ¿qué potestad tiene el cuerpo que se anima a la vida por el movimiento del alma?
X.72 Pero nadie que participe de la razón atribuirá a Dios un alma; aunque frecuentemente se escriba que el alma de Dios odia los sábados y las neomenias, y que incluso en algunos se complace. Pero esto suele conmemorarse por aquella significación por la cual las manos, los ojos, los dedos, el brazo y el corazón se enumeran en el Dios corporal. Pues cuando el espíritu, según el dicho del Señor, no tiene carne ni huesos, al que no es ni es demutado, no le convienen miembros de partes corporales para la solidez de sí; sino que la naturaleza simple y beata permanece una, todo lo que es todas las cosas. No es, pues, animado Dios por modos corporales por la función del alma interior a la vida, sino que él mismo vive la vida para sí.
X.73 ¿Y cómo pone su alma, o retoma la puesta? ¿O cuál es la razón de este mandato? Dios, pues, ni pone a la muerte ni retoma a la vida. Pero tampoco el cuerpo tiene mandato de retomar; porque ni por sí mismo retoma. Pues se dijo del templo de su cuerpo: "Disolved este templo, y después de tres días lo resucitaré" (Jn 2,19). Dios resucita, pues, el templo de su cuerpo. Y ¿quién pone el alma, para retomarla? Pues el cuerpo ni por sí mismo retoma, sino es resucitado por Dios. Resucita, pues, lo que ha muerto, y lo que vive no pone el alma. Dios, pues, ni ha muerto ni ha sido sepultado; y sin embargo, por él se dijo: "Esta, enviando este ungüento a mi cuerpo, lo hizo para sepultarme" (Mt 26,12).
X.74 Esta es la inteligencia del sacramento divino: no ignorar a Dios, a quien no desconozcas hombre; no desconocer al hombre, a quien no ignores Dios; no dividir a Jesucristo, porque el Verbo se hizo carne; no pensar sepultado al que entiendas haber resucitado; no dudar haber resucitado al que no te atrevas a negar que no fue sepultado. Jesucristo, pues, fue sepultado, porque también murió. Pero murió quien también habló que iba a morir: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15,34). Habló esto quien también dijo: "De cierto te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,43); prometiendo también el paraíso, proclamó con gran voz: "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu" (Lc 23,46).
X.75 Vosotros, ahora, o dividiendo a Cristo en Verbo, alma y cuerpo, o contrayendo a todo Cristo Dios Verbo en un solo hombre de género común, reveladnos este sacramento de gran piedad, que fue manifestado en la carne: ¿a quién entregó Cristo su espíritu, y quién lo encomendó en las manos del Padre, y quién estuvo en el paraíso el mismo día, y quién se quejó de haber sido abandonado por Dios? Pues la queja del que muere abandonado es debilidad; pero la promesa del paraíso es el reino de Dios viviente. La encomienda del espíritu es la confianza del que encomienda; la entrega del espíritu es el exceso del que muere. Pregunto, pues, ¿quién muere? Ciertamente el que entrega el espíritu. Luego, ¿quién entrega el espíritu? El que encomendó su espíritu al Padre.
X.76 Uno y el mismo es el Señor Jesucristo, Verbo hecho carne, significándose a sí mismo a través de todo esto: quien, mientras se significa abandonado a la muerte, es hombre; pero mientras es hombre, reinará como Dios en el paraíso; reinando en el paraíso, el Hijo de Dios encomienda el espíritu al Padre; el Hijo del hombre entrega a la muerte el espíritu encomendado al Padre. ¿Qué hacemos ahora de contumelia al sacramento? Tienes en el que se queja de haber sido abandonado a la muerte que es hombre; tienes al que muere, profesando que reina en el paraíso, porque es Dios.
X.77 ¡Absténgase, pues, toda infidelidad irreligiosa e incapaz del sacramento divino! Que no sabe que Cristo no llora para sí, sino para nosotros, para que él mismo atestiguara la verdad del hombre asumido, adoptado con el afecto de la costumbre humana: que ignora que Cristo no muere para sí, sino para nuestra vida, para que por la muerte del Dios inmortal, la vida de los mortales sea renovada: que no entiende la queja del abandonado y la confianza del que reina; para que lo que Dios reina, y lo que se queja de morir, esté en nuestra inteligencia: y el hombre ha muerto, y Dios reina. Pues no es otro el que muere y el que reina, ni otro el que encomienda el espíritu y el que expira, ni otro el que es sepultado y el que resucita, ni es uno el que desciende y asciende.
X.78 Escucha en esto la fe de la doctrina apostólica, aprendida no por el sentido de la carne, sino por el don del Espíritu, cuando habla a los que piden sabiduría a los griegos y señales a los judíos: "Nosotros predicamos a Cristo Jesús crucificado, para los judíos ciertamente escándalo, para las gentes sin embargo locura; para los llamados judíos y griegos, a Cristo Jesús virtud de Dios y sabiduría de Dios" (1 Cor 1,23-24). ¿Acaso está dividido Cristo, para que sea otro Jesús crucificado, y otro Cristo virtud y sabiduría de Dios? Pero esto es tanto escándalo para los judíos como locura para las gentes: para nosotros, sin embargo, es Cristo Jesús virtud de Dios y sabiduría de Dios; pero sabiduría no conocida al mundo, ni entendida por los prudentes del siglo.
X.79 El Apóstol no sabe otra cosa, ni juzga saber otra cosa: nosotros, sin embargo, tanto por debilidad de ingenio como por fe más débil, rasgamos, dividimos, duplicamos a Cristo, árbitros de los misterios y calumniadores del sacramento oculto. Pues otro nos es Cristo crucificado, otro la sabiduría de Dios; otro sepultado, otro descendiendo; y otro Hijo del hombre, otro Hijo de Dios.
X.80 Si, pues, todo esto es un solo Cristo; ni es otro Cristo muerto, otro sepultado; o otro descendiendo a los infiernos, y otro ascendiendo a los cielos, según aquel dicho del Apóstol: "¿Qué es ascender, sino que descendió a las partes inferiores de la tierra? El que descendió, él mismo es también el que ascendió sobre todos los cielos, para que todo lo llene" (Ef 4,9-10). ¿Hasta dónde extendemos la ignorancia estulta de nuestra impiedad, para que profesemos que puede ser explicado por nosotros lo que está oculto en el sacramento de Dios? El que descendió, él mismo es el que ascendió.
X.81 Por lo tanto, la fe de nuestra opinión, incauta e ignorante, que el Apóstol forma, habló así el sacramento de esta confesión: "Pues aunque fue crucificado por debilidad, vive por la virtud de Dios" (2 Cor 13,4). Predicando al Hijo del hombre, Hijo de Dios, quien siendo hombre por dispensación, permanecía sin embargo Dios por naturaleza; dice que el mismo fue crucificado por debilidad, quien viviría por la virtud de Dios.
X.82 El Dios Unigénito sufrió ciertamente lo que los hombres pueden sufrir: pero usemos la fe y el dicho del Apóstol: "Porque os entregué ante todo que Cristo murió por nuestros pecados según las Escrituras, y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día según las Escrituras" (1 Cor 15,3-4). No usó definiciones nudosas de dichos para ocasión de error, sino amonestando a confesar el modo de la muerte y resurrección, no tanto por los nombres de las cosas cuanto por las virtudes de las Escrituras. Pues no dejando las cogitaciones débiles y las calumnias escrupulosas de la fe, añadió este fin solo: para que, agitados por el viento de las disputas vanas, o impedidos por las ineptas argumentaciones de las cuestiones falaces, no nos debilitáramos; sino que la fe, ilesa, se revocaría siempre a este puerto de su religión, para creer y confesar la muerte y resurrección del Hijo del hombre y Hijo de Dios, Jesús Cristo, según las Escrituras. Pues la fe no tiene peligro: y toda profesión piadosa está segura en el sacramento oculto de Dios.
X.83 Ciertamente el Apóstol no deja que se pueda dudar y decir: ¿Cristo nacido, sufrido, muerto, resucitando de qué modo, por qué virtud, por qué división, por qué partes? ¿quién llorando, quién gozando, quién quejándose, quién descendiendo, quién ascendiendo? Pero mostrando el mérito de la fe en esto mediante la confesión de la religión que no duda, dice: "La justicia que es de la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿quién subió al cielo? esto es traer abajo a Cristo. O ¿quién descendió al abismo? esto es resucitar a Cristo de entre los muertos" (Rom 10,6-7). La fe religiosa, pues, no dudando de la omnipotencia de Dios, no fue retenida por las naturalezas de la debilidad humana; sino que, despreciando lo que en sí era caduco y terreno, recibió la fe de la esponsalidad divina más allá del modo de la constitución corporal: porque de ninguna manera la ley humana podría moderar las virtudes de Dios, profiriendo Dios tanto en el obrar la liberalidad, cuanto mostraría en el prometer la voluntad.
X.84 Pero no se necesita una conciencia que vacile para esa obra. Pues el Apóstol, siguiendo todo el misterio de la Escritura, dice: "Cerca está la palabra en tu boca y en tu corazón" (Rom 10,8). No se necesita una palabra de confesión que se pida lejos ni con tardanza, ni dejar algún intervalo entre el corazón y la boca, para que lo que se debe hablar para la protestación de la religión se piense mediante una ambigüedad infiel. Pero también conviene que esté cerca de nosotros, y en nosotros: para que nuestra fe no esté en el sentido de modo que no esté en las palabras; sino conectada a la boca y al corazón, tenga la religión de sentir y de hablar sin vacilación.
X.85 Por lo tanto, si para la inteligencia de su muerte dice: "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" y, "Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu": ¿acaso confesándose débil consultó a nuestra confesión, en lugar de no dejarnos ambiguos? Pues, para resucitar a Lázaro, ora al Padre: ¿acaso necesitó de ruego diciendo: "Padre, te doy gracias porque me has escuchado: y yo sabía que siempre me escuchas, pero lo dije por la multitud, para que crean que tú me enviaste" (Jn 11,41-42)? Pues oró por nosotros, para que el Hijo no fuera ignorado: y aunque el discurso de la deprecación no aprovechaba para sí, hablaba sin embargo para el provecho de nuestra fe. No es, pues, desprovisto de ayuda entonces: sino que nosotros somos desprovistos de doctrina. Él ora también para ser clarificado, y pronto se escucha la voz de Dios Padre clarificando desde el cielo. Pero ante la admiración de la voz escuchada dice: "No por mí vino esta voz, sino por vosotros" (Jn 12,30). Por nosotros se ruega al Padre, por nosotros habla el Padre: todo está puesto para el efecto de nuestra confesión. Y cuando la respuesta de la clarificación no se paga a la obsecración de la claridad, sino a la ignorancia de los que oyen, ¿cómo la queja de la pasión, en la suma exultación de sufrir, no se entenderá prestada para la erudición de nuestra confesión? Cristo ruega por los perseguidores, porque no saben lo que hacen. Cristo promete el paraíso desde la cruz, porque Dios reina. Cristo, en la cruz, se felicita con el pocillo de vinagre por haber consumado todas las cosas, porque iba a cumplir la profecía al morir. Nació para nosotros, sufrió por nosotros, murió por nosotros, resucitó por nosotros. Y siendo esta nuestra única propiedad para la salvación, para confesar al Hijo de Dios de entre los muertos, ¿por qué, pregunto, morimos en esta irreligiosidad, de modo que cuando Cristo, permaneciendo dentro de la confianza de su divinidad, mostró con seguridad la muerte del que muere mediante la significación del hombre asumido, esto aproveche más para negar que él es Dios, el que se profesó Hijo de Dios e Hijo del hombre y muerto por nosotros?