Sesiones de lectura

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Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

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    TEXTOS — LATÍN ANTE-NICENO / POST-NICENO

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    De la Trinidad (en trabajo)

    c. 356–359 · exilio oriental (Frigia) — voz latina nicerana72 minPosición: 0% de esta parteParte 7 de 12 · LIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDADPublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIL-TRIN-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

    LIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD

    VII.1 Este séptimo libro nuestro está escrito contra la insensata temeridad de una nueva herejía. Aunque en número es posterior a los anteriores, para comprender el sacramento de la fe perfecta es, sin duda, el primero o el más importante. No ignoramos cuán difícil y arduo es el camino de la doctrina evangélica que estamos subiendo. Aunque la conciencia de nuestra propia debilidad nos invite a retirarnos, impulsados por el ardor de la fe, conmovidos por el furor de los herejes y perturbados por el peligro que corren los ignorantes, no podemos callar lo que no nos atrevemos a decir. Estamos sujetos al temor de ambos riesgos: que nuestra taciturnidad sea acusada de abandonar la verdad, o que nuestra predicación nos haga culpables. La sutileza herética se mueve con artes increíbles nacidas de un ingenio corrupto: primero para fingir una religión, luego para engañar con sus palabras la seguridad de los oídos sencillos, después para adaptarse a la prudencia de este mundo y, finalmente, para desviar la comprensión de la verdad mediante la apariencia de una razón expuesta. Pues al proclamar a un solo Dios, fingieron piedad; al profesar de nuevo al Hijo de Dios, engañaron a los oyentes con el nombre; e incluso, diciendo que no existía antes de nacer, satisficieron la sabiduría del mundo. Confesando además a un Dios inmutable e incorpóreo, excluyeron la natividad de Dios a partir de Dios mediante la demostración de una razón falaz, utilizando nuestras propias doctrinas contra nosotros y luchando contra la fe de la Iglesia con la fe de la Iglesia misma.
    VII.2 Recordamos a los lectores de los libros anteriores que, al tratar la edición de toda esta blasfemia, observaran que no se busca otra cosa que impedir que se crea que nuestro Señor Jesucristo es Hijo de Dios o Dios, negándole tanto la naturaleza de Dios como la de Hijo, bajo el pretexto de nombres concedidos solo por una adopción. Se afirma que Dios es inmutable e incorpóreo —tal como es en realidad— para que el Hijo no haya nacido de Dios; y se proclama a Dios Padre como el único Dios en la confesión, para que Cristo no sea Dios en nuestra fe. Pues la naturaleza incorpórea no admite la comprensión de una natividad, y el reconocer solo a un Dios disuelve la fe en el Dios nacido de Dios. Pero como en los libros anteriores enseñamos que esta predicación falaz e inútil es contraria a la Ley y a los profetas, mantuvimos una forma de respuesta que, al proclamar a Dios nacido de Dios y profesar a un solo Dios verdadero, no fallara en la unión del único Dios verdadero ni se excediera hacia la fe en otro Dios. No nos queda un Dios solitario en nuestra confesión, ni tampoco dos. Y entre estos, sin negar ni confesar a uno solo, se conserva la perfección de la fe, refiriendo a ambos que son uno, pero entendiendo que cada uno no es el único.
    VII.3 Nada es más grave para la naturaleza humana que la conciencia del peligro. Yo no suelto ahora la nave del puerto ignorando el naufragio, ni inicio un camino sin saber que hay bandidos en los bosques, ni atravieso las arenas de Libia sin saber que hay escorpiones, áspides y basiliscos en todas partes. Nada falta a mi solicitud ni a mi conciencia. Hablo bajo la mirada de todos los herejes que, atentos a cada una de mis palabras, acechan mi boca; todo el camino de mi discurso está cortado por desfiladeros, cavado por fosas o tendido de trampas. No me quejo tanto de la dificultad o la dureza, pues no subo por mis propios pasos, sino por los de los apóstoles. Pero para mí, desviarme, caer en fosas o quedar atrapado en redes es un riesgo y un temor constantes. Pues si me dispongo a predicar, según la Ley, los profetas y los apóstoles, que Dios es uno, se me presenta Sabelio, devorándome con un mordisco feroz bajo la profesión de este nombre, como si fuera un alimento codiciado. Si, por el contrario, negando a Sabelio, proclamo a un solo Dios y confieso al Hijo de Dios como Dios verdadero, me espera la nueva herejía para acusarme de predicar a dos dioses. Si voy a decir que el Hijo de Dios nació de María, se presenta Hebion, es decir, Fotino, dispuesto a tomar la autoridad de su mentira de la verdad de mi profesión.
    VII.4 Gran es la fuerza de la verdad; aunque puede ser entendida por sí misma, resplandece aún más a través de aquello que se le opone. Permanece inmóvil en su propia naturaleza y adquiere mayor firmeza cada día mientras es atacada. Es propio de la Iglesia vencer cuando es herida, ser comprendida cuando es cuestionada y prevalecer cuando es abandonada. Ella querría que todos permanecieran dentro de sí, sin expulsar a nadie de sus tranquilos senos. Sin embargo, al partir los herejes, la Iglesia, en la misma medida que pierde la ocasión de conceder la salvación, gana en la fe de la beatitud que se busca en ella. Esto se conoce fácilmente por el estudio mismo de los herejes. Pues, dado que la Iglesia, instituida por el Señor y confirmada por los Apóstoles, es una sola, de la cual se ha desgarrado el error frenético de impiedades diversas, y dado que es innegable que el disenso de la fe nació de un vicio de mala comprensión —cuando lo que se lee se ajusta al sentido propio en lugar de que el sentido se someta a la lectura—, mientras los bandos se oponen entre sí, no solo deben entenderse sus propias doctrinas, sino las de sus adversarios. Así, aunque todos estén contra la Iglesia, su error más impío es refutado por el hecho de que ella sola es una. Por tanto, todos los herejes vienen contra la Iglesia; pero al vencerse mutuamente, no ganan nada para sí mismos. Su victoria es el triunfo de la Iglesia sobre todos, pues una herejía lucha contra la otra con aquello que la fe de la Iglesia condena en la otra herejía.
    VII.5 Sabelio proclama un solo Dios eliminando la natividad del Hijo, pues no duda en afirmar que la Virtud de la naturaleza que obró en el hombre es Dios. Al ignorar el sacramento del Hijo, perdió la fe en la verdadera generación por la admiración de sus hechos; y al escuchar: "El que me ve a mí, ve al Padre", se apoderó impíamente de la unión de una naturaleza indiscreta e indistinta en el Padre y en el Hijo, sin entender que la unidad natural se muestra bajo la significación de la natividad. Pues el hecho de que el Padre sea visto en el Hijo es una confirmación de la divinidad, no una abolición de la natividad. El conocimiento de uno está en el otro porque uno no difiere del otro en naturaleza; y en aquello en lo que no difieren, la contemplación de la propiedad de la naturaleza es indiferenciada. Tampoco puede dudarse que él mostraba la especie de Dios a partir de la forma, aquel que permanecía en la forma de Dios. A este necio furor de opinión depravada se añade también este dicho del Señor: "Yo y el Padre somos uno". Pues la unidad de naturaleza no disímil se convirtió irreligiosamente en el error de la unión, y la razón del dicho no fue captada al entender solo la virtud. Pues "Yo y el Padre somos uno" no significa un solitario. Aquella conjunción que significa tanto al Padre como a mí, no admite la inteligencia de uno solo; y eso de "somos" no tolera a uno solo. Esto, en cambio, de "somos uno", no elimina la natividad, sino que no distingue la naturaleza en el género; pues ni el "uno" es de diversidad, ni el "somos" es de uno solo.
    VII.6 Junta el furor de este Sabelio con el furor de los herejes actuales [los arrianos] para que se enfrenten al mismo Sabelio. Afirmarán haber leído: "El Padre es mayor que yo", y sin entender nada ni del sacramento de la natividad ni del misterio de la autolimitación de Dios y la carne asumida, harán una disminución de la naturaleza por la profesión de ser "mayor". Contenderán contra Sabelio diciendo que el Hijo es tan menor que el Padre, que hasta teme morir y que murió. En cambio, Sabelio defiende la naturaleza de Dios en los hechos; y aunque esta nueva herejía ahora no negará a un solo Dios para no tener que creer que el Hijo es Dios, Sabelio retendrá a un solo Dios en su profesión para que el Hijo no exista en absoluto. Uno dirá que el Hijo actúa; el otro sostendrá que Dios está en las obras. Uno dirá "uno"; el otro negará al único Dios. Sabelio se defenderá diciendo: "Las obras que se realizaron no pueden ser hechas sino por la naturaleza de Dios: la remisión de los pecados, la curación de las enfermedades, el caminar de los cojos, la vista de los ciegos, la vida de los muertos, solo pueden ser de Dios. Ninguna otra naturaleza, más que la que es consciente de sí misma, diría: Yo y el Padre somos uno. ¿Por qué me arrastras a otra sustancia? ¿Por qué me solicitas hacia otro Dios? Estos hechos, que son propios de Dios, los realizó el único Dios". Los otros, que proclaman al Hijo disímil del Dios Padre, gritarán en contra con boca de víbora: "No conoces el sacramento de tu salvación; hay que creer en el Hijo por quien fueron hechos los siglos, por quien fue formado el hombre, quien dio la Ley por medio de los ángeles, quien nació de María, quien fue enviado por el Padre, quien fue crucificado, muerto y sepultado, quien resucitando de entre los muertos está a la derecha de Dios, quien es juez de los vivos y de los muertos". Hay que renacer en él, hay que confesarle, hay que merecer su reino. Ambos son enemigos de la Iglesia, pero ambos obran a favor de la Iglesia: mientras Sabelio proclama a Dios por naturaleza en las obras, estos otros confiesan al Hijo de Dios por el sacramento de la fe.
    VII.7 En cuanto a la victoria de nuestra fe, Hebion —que es Fotino—, es vencido o vence: al refutar a Sabelio, ¿por qué niega que el hombre es Hijo de Dios? Al ser refutado por los arrianos, ¿por qué no conoce al Hijo de Dios en el hombre? Contra Sabelio defiende los Evangelios a partir del hijo de María; Arrio no le deja los Evangelios por medio del solo hijo de María. Contra aquel que niega al Hijo, Fotino usa al hombre para el Hijo. De este, que no conoce al Hijo antes de los siglos, el Hijo de Dios es negado solo a partir del hombre. Que venzan como quieran, pues al vencerse mutuamente son vencidos: mientras estos [los arrianos] son refutados sobre la naturaleza de Dios, Sabelio es refutado sobre el sacramento del Hijo, y Fotino es acusado de ignorar o negar al Hijo de Dios nacido antes de los siglos. Pero entre esto, la fe de la Iglesia, fundada en las doctrinas evangélicas y apostólicas, sostiene la profesión del Hijo contra Sabelio, la naturaleza de Dios contra Arrio y al creador de los siglos contra Fotino; y esto es más verdadero, pues esto no es negado por ellos mismos. Sabelio proclama la naturaleza de Dios en las obras, pero no conoce al Hijo que actúa. Estos otros llaman "Hijo", pero no confiesan la verdad de la naturaleza de Dios en él. Fotino usurpa al hombre, pero en el hombre que se ha usurpado ignora la natividad de Dios antes de los siglos. Así, mientras cada uno defiende o condena lo que defiende, demuestran la verdad de nuestra fe, tal como es, religiosa tanto al defender como al condenar.
    VII.8 Estas cosas, pues, debían ser demostradas por mí en pocas palabras, no por afán de abundancia, sino por razón de cautela: primero, para que se conociera que todas las cosas de los herejes son inciertas y erráticas, puesto que discrepan entre sí por nuestra causa; y después, para que nadie, al verme oponerme a las profesiones blasfemas de estos que son ahora [los arrianos] y al proclamar a Dios Padre y al Hijo de Dios como Dios, y al profesar que el Padre y el Hijo son del mismo nombre y naturaleza, de un género de divinidad no disímil, me sostuviera en el error de los dos dioses o, por el contrario, en el del Dios único y solitario; puesto que no se encontraría unión en la predicación de Dios Padre y Dios Hijo, ni convendría la diversidad de dioses bajo la demostración de una naturaleza indiscreta. Ahora bien, dado que en el libro anterior se respondió conforme a los Evangelios a quienes niegan que el Hijo de Dios subsiste de Dios por la verdad de la natividad, debe demostrarse que aquel que es verdaderamente Hijo de Dios por naturaleza es también verdaderamente Dios por naturaleza: de tal manera, sin embargo, que nuestra fe no perezca ni hacia un solo Dios ni hacia otro Dios; pues no ha de proclamar a un Dios como si fuera el único, ni ha de confesar a uno que no es el único como si no fuera Dios.
    VII.9 Conocemos, pues, a nuestro Señor Jesucristo como Dios de estas maneras: por el nombre, la natividad, la naturaleza, la potestad y la profesión. Y sobre el nombre no creo que haya ambigüedad. Leemos en efecto: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios". ¿Qué calumnia es esta? ¿Por qué no habría de ser lo que se nombra? ¿O acaso el nombre no es la significación de la naturaleza? Y puesto que toda contradicción tiene una causa, busco ahora la causa de negar aquí a Dios. Pues la denominación es simple y carece del obstáculo de una adición extraña. El Verbo, que se hizo carne, no es otro que Dios. No queda aquí sospecha de una denominación delegada o asumida, de modo que el nombre de Dios no sea por naturaleza.
    VII.10 Mira hacia las demás apelaciones, ya sean delegadas o asumidas. Se dijo a Moisés: "Te he puesto como dios para el Faraón". Pero ¿acaso no hay una causa añadida al nombre cuando se dice "para el Faraón"? ¿O acaso eso le otorgó la naturaleza de Dios, y no más bien un terror para quien le temiera, cuando el dragón que permanecía como vara de Moisés devora a los dragones mágicos, cuando ahuyenta la cinomía que había enviado, cuando aparta el granizo con la potestad con que lo había invocado, cuando repele a las langostas con la virtud con la que las había traído, cuando en sus obras los magos confiesan que es el dedo de Dios? Así, Moisés fue dado como dios al Faraón, al ser temido, al ser invocado, al castigar, al sanar. Pero una cosa es ser dado como dios y otra es ser Dios. Pues para el Faraón fue dado como dios; por lo demás, no tiene ni la naturaleza ni el nombre de modo que sea Dios. Recuerdo también otra denominación, donde se dice: "Yo dije: dioses sois", pero en eso hay una significación de un nombre concedido. Y donde se refiere "yo dije", es más bien el discurso del que habla que el nombre de la cosa: pues el nombre de la cosa aporta la inteligencia de la cosa, por lo demás la voluntad de la apelación viene de otro. Y donde el autor de la denominación se muestra a sí mismo, allí la denominación es por el discurso del autor, no un nombre natural en el género.
    VII.11 Pero aquí el Verbo es Dios: la cosa existe en el Verbo, la cosa del Verbo se enuncia en el nombre. La apelación de Verbo en el Hijo de Dios es por el sacramento de la natividad, al igual que el nombre de Sabiduría y de Virtud: las cuales, aunque hayan existido en el Dios Hijo con la sustancia de la verdadera natividad, sin embargo, a Dios, como propias suyas, aunque hayan nacido de él hacia Dios, no les faltan. No predicamos, como hemos dicho frecuentemente, una división en el Hijo, sino un sacramento de natividad. Tampoco la separación fue imperfecta, sino que la progenie fue perfecta: pues la natividad no tiene detrimento de quien genera, mientras mantiene el progreso de quien nace. Y por eso han sido adaptados al Dios Unigénito los cognombres de aquellas cosas que, aunque lo completan subsistiendo a partir de la natividad, sin embargo, están en el Padre por la virtud de la naturaleza inmutable. Pues el Dios Unigénito es el Verbo, pero el Padre innacible nunca está del todo sin el Verbo: no porque la emisión de la voz sea la naturaleza del Hijo, sino que al subsistir Dios de Dios con la verdad de la natividad, fue significado en el verbo para que se enseñara que es propio del Padre e inseparable por la indiferencia de la naturaleza. Así como Cristo es la sabiduría y la virtud de Dios, no aquel, como suele entenderse, eficaz movimiento de potestad o sentido interno, sino que, manteniendo por la natividad la verdad de la sustancia, es significado por estos nombres de cosas internas. Pues lo que subsiste naciendo no puede parecer que sea lo mismo que es siempre interno a cada uno. Pero habiendo nacido el Hijo Unigénito del eterno Dios Padre como Dios subsistente, para que no pudiera entenderse que es ajeno a la naturaleza de la divinidad paterna, fue mostrado subsistiendo a través de estos nombres de propiedades, de los cuales no carecía desde que subsistió. Dios, pues, que es, no es otra cosa que Dios. Pues cuando escucho: "Y el Verbo era Dios", no escucho al Verbo nombrado Dios solamente, sino que entiendo demostrado que es lo que Dios es: pues así como antes en el Moisés-dios y en los dioses nombrados por apelación el nombre fue añadido, aquí la cosa significada es de la sustancia, cuando se dice: "Era Dios". Pues "ser" no es un nombre accidental, sino verdad subsistente, causa que permanece y propiedad del género natural.
    VII.12 Y veamos si la confesión del apóstol Tomás sigue a esta predicación del Evangelista, cuando dice: "Señor mío y Dios mío". Por tanto, su Dios es el que confiesa como Dios. Y ciertamente no ignoraba lo dicho por el Señor: "Escucha, Israel, el Señor tu Dios es uno". ¿Y cómo la fe apostólica se olvidó del mandato principal, de modo que confesara a Cristo como Dios, cuando se debía vivir en la confesión de un solo Dios? Pero el Apóstol, entendiendo la fe de todo el sacramento por la virtud de la resurrección, habiendo escuchado frecuentemente: "Yo y el Padre somos uno"; y: "Todo lo que es del Padre es mío"; y: "Yo en el Padre y el Padre en mí": ya sin peligro para la fe confesó el nombre de la naturaleza: pues la religión no caería de la profesión de un solo Dios Padre al confesar a Dios como Hijo de Dios, puesto que en el Hijo de Dios no se creía sino la verdad de la naturaleza paterna; ni bajo la impía confesión de otro Dios peligraría la fe en la unidad de la naturaleza, porque la perfecta natividad de Dios no habría traído la naturaleza de otro Dios. Por tanto, Tomás, entendiendo la verdad del sacramento evangélico, confesó que su Señor y su Dios es tal. Este no es nombre de honor, sino confesión de naturaleza: pues creyó que es Dios por las cosas mismas y por las virtudes. Y el Señor enseñó que la religión de esta profesión no es de honor, sino de fe, diciendo: "Porque has visto, has creído: bienaventurados los que no vieron y creyeron". Pues Tomás creyó al ver. ¿Pero qué creyó, preguntas? ¿Y qué otra cosa creyó sino lo que confesó: "Señor mío y Dios mío"? Pues haber resucitado por sí mismo de entre los muertos a la vida, solo pudo hacerlo la naturaleza de Dios: y la fe de la religión creída ha confesado esto, que es Dios. ¿Acaso, pues, el nombre de Dios no será considerado una cosa de la naturaleza, cuando la profesión del nombre siguió a la fe de la naturaleza creída? Pues, ciertamente, el Hijo religioso, y que no hacía su voluntad sino la de quien lo había enviado, y que no buscaba su honor sino el de aquel de quien había venido, habría rechazado el honor de este nombre en sí; para que no se disolviera lo que él mismo había proclamado como un solo Dios. Pero confirmando verdaderamente el misterio de la fe apostólica y reconociendo en sí el nombre de la naturaleza paterna, enseñó que son bienaventurados los que, aunque no se vieron a sí mismos resucitados de entre los muertos, sin embargo, creyeron que es Dios a través de la inteligencia de la resurrección.
    VII.13 Por tanto, el nombre de la naturaleza no abandona la profesión de nuestra fe. Pues el nombre, que significa cada cosa, muestra también la cosa del mismo género: y ya no son dos cosas, sino una cosa del mismo género. Pues el Hijo de Dios es Dios; pues esto se significa por el nombre. El nombre único no enumera dos dioses; porque el nombre de Dios es uno de una naturaleza única e indiferente. Pues cuando el Padre es Dios y el Hijo es Dios, y el nombre propio de la naturaleza divina está en ambos, ambos son uno: porque aunque el Hijo subsista por la natividad de la naturaleza, mantiene la unidad en el nombre: ni la natividad del Hijo obliga a la fe de los creyentes a la profesión de dos dioses, la cual profesa al Padre y al Hijo, así como de una misma naturaleza, también de un mismo nombre. Por tanto, el Hijo de Dios tiene el nombre por la natividad. Este es para nosotros el segundo grado para la demostración, para que sea Dios por la natividad. Aunque todavía me queda la autoridad apostólica sobre la propiedad del nombre, pero por ahora place tratar el discurso evangélico.
    VII.14 Y primero pregunto, ¿qué novedad de naturaleza pudo traer la natividad del Hijo para que no sea Dios? El sentido de la inteligencia humana excluye esto, que algo sea diferente por nacer de la naturaleza de su origen: a menos que tal vez lo que es concebido a partir de la diversidad de naturalezas, venga a la vida con algo nuevo en sí (y así sea del género de ambos, de modo que no sea ninguno); lo cual es habitual en el ganado y en las bestias. Pero esa misma novedad no existe, a menos que sea a partir de propiedades connatales bajo la diversidad de la naturaleza: y la natividad no trajo la diversidad de ellos, sino que la recibió, mientras mantiene lo que es uno para sí a partir de ambos. Y como estas cosas son así en estas causas y pasiones corporales, ¿qué furor es, pregunto, referir la natividad del Dios Unigénito a una naturaleza degenerada a partir de Dios: cuando la natividad no es sino a partir de la propiedad de la naturaleza; y ya no será natividad, si la propiedad de la naturaleza no hubiera estado en la natividad? De aquí proviene todo ese ardor y furor, para que en el Hijo de Dios no haya natividad, sino creación; para que no mantenga subsistiendo el origen de su naturaleza, sino que tome uno ajeno a Dios de lo que no existe: pues según lo que dice: "Lo que nace de la carne, carne es; y lo que nace del espíritu, espíritu es", puesto que Dios es espíritu, no es ambiguo que al que nace no le falte algo diferente y ajeno a aquel de quien nació. Por tanto, la natividad de Dios perfecciona a Dios, para que se entienda que Dios no comenzó a existir, sino que nació: pues haber comenzado puede no ser lo mismo que nacer, mientras que todo comienzo o existe de la nada hacia algo, o prospera y termina de uno en otro; como el oro de la tierra, como lo líquido de los sólidos, como lo ferviente de los fríos, como lo purpúreo de los blancos, como los seres vivos de las aguas, como los vivientes de los inanimados: el Hijo de Dios, en cambio, no comenzó a ser Dios de la nada, sino que nació; y no fue ninguna otra cosa antes que Dios. Y así, el que nació en Dios, ni comenzó a ser lo que Dios es, ni progresó. Por tanto, la natividad mantiene la naturaleza de la que subsistió, y el Hijo de Dios no subsiste otra cosa que lo que Dios es.
    VII.15 ¿O quién duda de esto? Que aprenda de los judíos la inteligencia de la naturaleza, o más bien que conozca del Evangelio la verdad de la natividad, en el que está escrito: "Por esto buscaban los judíos matarlo más, porque no solo quebrantaba el sábado, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios". No se refiere aquí, como suele hacerse en otros casos, el discurso de los judíos dicho por ellos mismos: esta es más bien una exposición del Evangelista, demostrando la causa por la que los judíos querían matar al Señor. Cesa, pues, la excusa de la inteligencia viciosa por la impiedad de los que blasfeman; cuando, por la autoridad del Apóstol, bajo la significación de la natividad, se mostró la propiedad natural: "Decía que Dios era su Padre, haciéndose igual a Dios". ¿Acaso no hay natividad natural donde, por el nombre de Padre propio, se demuestra la igualdad de la naturaleza? Pues no se duda de que la igualdad no difiere en nada. ¿Quién dudará, además, de que la natividad conlleva una naturaleza indiferente? Pues de aquí es solo aquella igualdad que verdaderamente puede existir: porque solo la natividad puede proporcionar la igualdad de la naturaleza. La igualdad, en cambio, nunca se creerá que esté donde hay unidad [solitaria], ni tampoco se encontrará donde difiere. Así, la igualdad de semejanza no tiene ni soledad ni diversidad: pues toda igualdad no es ni diversa ni está sola.
    VII.16 Aunque, por tanto, los juicios de nuestra inteligencia son comunes con la opinión del sentido humano, para que la natividad tenga la igualdad de la naturaleza, y donde hay igualdad, nada pueda ser ajeno a sí mismo ni estar solo; sin embargo, la fe de este nuestro discurso también debe afirmarse a partir de los dichos mismos del Señor, para que la temeridad de contradecir, bajo la libertad de una inteligencia diferente en los nombres, no se atreva a oponerse a las profesiones del testimonio divino sobre sí mismo. Pues el Señor respondió: "No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que viera hacer al Padre: pues todo lo que él hace, lo mismo hace también el Hijo de manera semejante. Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace: y le mostrará obras mayores que estas, para que os admiréis. Pues así como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así también el Hijo vivifica a los que quiere. Pues ni el Padre juzga a nadie, sino que ha dado todo el juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió". El orden de la proposición exigía que se trataran cada uno de los géneros de cada una de las causas; para que, puesto que habíamos aprendido que nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es Dios por nombre, natividad, naturaleza, potestad y profesión, nuestra demostración recorriera los grados individuales de la disposición propuesta: pero la naturaleza de la natividad no permite esto, la cual abarca en sí sola el nombre, la naturaleza, la potestad y la profesión. Sin estas cosas, pues, la natividad no será; porque contiene en sí todas estas cosas al nacer. Tratando, pues, esta, caemos en la necesidad de que no sea lícito diferir las cosas conmemoradas anteriormente al orden del tratado propio.
    VII.17 Pues el Señor, respondiendo a los judíos que querían matarlo más porque, llamando a Dios su Padre, se había hecho igual a Dios, expuso todo el sacramento de nuestra fe mientras contradice sus movimientos impíos. Pues había dicho antes, cuando, curado el paralítico, se le constituía en juicio de muerte por el sábado violado: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro". Y de aquí se encendía toda la envidia, porque se había igualado a Dios por la usurpación del nombre paterno. Queriendo, pues, tanto confirmar su natividad como profesar la virtud de la naturaleza, dice: "No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, a menos que viera hacer al Padre". El exordio de la respuesta fue adaptado contra el movimiento impío de los judíos, por el cual eran agitados hasta la voluntad de inferir la muerte. Pues al cargo que se le hacía de haber violado el sábado, había dicho: "Mi Padre hasta ahora obra, y yo obro": para que se entendiera que había usurpado esto por la autoridad del ejemplo; significando, sin embargo, esto: que él mismo obraba. Se ha de entender que la obra es del Padre, porque él mismo obraba en sí mismo mientras el Padre obraba. Y de nuevo, contra aquella envidia con la que se había igualado a Dios mediante el nombre paterno, añadió esto: "En verdad, en verdad os digo, no puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que viera hacer al Padre". Para que, pues, aquella igualación por el nombre y la naturaleza del Hijo no quitara la fe de la natividad, dice que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, a menos que viera hacer al Padre. Y para que permaneciera el orden de nuestra confesión saludable en el Padre y en el Hijo, mostró la naturaleza de la natividad, que no tomaba la potestad de obrar a través de incrementos de fuerzas concedidas para cada obra, sino que la presumía de la cognición: la presumía, sin embargo, no a partir de algún ejemplo de obra corporal, como si el Padre hiciera algo primero para lo que después el Hijo haría: sino cuando la naturaleza de Dios había subsistido en la naturaleza de Dios, esto es, cuando el Hijo había nacido del Padre; testificó que el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que viera hacer al Padre, por la conciencia de la virtud y la naturaleza paterna en sí: y cuando el Dios Unigénito obraba con las operaciones de la virtud paterna, presumía tanto para obrar cuanto pudiera en su conciencia, la naturaleza del Dios Padre, inseparable de sí, que obtenía por la legítima natividad. Pues Dios no ve de modos corporales, sino que toda visión en él es en la virtud de la naturaleza.
    VII.18 Finalmente añadió: "Pues todo lo que hace el Padre, lo mismo hace también el Hijo de manera semejante". Añadió ese "de manera semejante" para significación de la natividad; pero habló "todo" y "lo mismo" para mostrar la verdad de la naturaleza. Pues en estas cosas, que son "todo" y "lo mismo", no puede haber diversidad ni resto. Y así es lo mismo en la naturaleza, a quien le es posible la misma naturaleza para todas las cosas. Donde, en cambio, todas las mismas cosas se hacen de manera semejante por el Hijo, la semejanza de las obras excluyó la soledad del que obra: de modo que el Hijo haga de manera semejante todas las mismas cosas que el Padre hace. Esta es la inteligencia de la verdadera natividad y el sacramento más absoluto de nuestra fe, que profesa en el Padre y en el Hijo la verdad de una divinidad una e indiferente a partir de la unidad de la naturaleza divina, para que al hacer las mismas cosas, el Hijo lo haga de manera semejante, y al hacerlo de manera semejante, las cosas mismas que hace sean las mismas: porque bajo esta única significación testifican tanto las cosas hechas de manera semejante la natividad, como las cosas hechas las mismas la naturaleza.
    VII.19 Por tanto, el orden de la respuesta dominical mantiene el orden íntegro de la fe eclesiástica, de modo que ni discierna la naturaleza, ni signifique la natividad. Pues esto sigue: "Pues el Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace; y le mostrará obras mayores que estas, para que os admiréis. Pues así como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así también el Hijo vivifica a los que quiere". ¿Acaso la demostración de las obras nos trae aquí otra cosa que la fe en la natividad, para que creamos en el Hijo subsistente a partir del Dios Padre subsistente? A menos que, tal vez, haya que creer que el Dios Unigénito necesitaba la doctrina de la demostración por ignorancia; pero la temeridad de esta impía estimación no es admitida. Pues no necesita ser enseñado quien sepa lo que sea que haya de ser enseñado. Pues después de que dice: "El Padre ama al Hijo y le muestra todo lo que él hace", para mostrar que toda esta demostración del Padre es doctrina de nuestra fe, para que así el Padre y el Hijo estuvieran en nuestra confesión, y para que aquí no pudiera entenderse ninguna ignorancia en el Hijo, a quien el Padre le mostraría todas las obras que él hiciera; continuó diciendo: "Y le mostrará obras mayores que estas, para que os admiréis. Pues así como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así también el Hijo vivifica a los que quiere". La demostración de la obra futura, pues, no es ignorada por el Hijo, a quien se le debe demostrar esto para que vivifique a los muertos siguiendo el ejemplo de la naturaleza paterna. Pues dice que el Padre le mostrará al Hijo aquellas cosas que admiren: y qué cosas serían las mismas, lo enseñó pronto: "Pues así como el Padre resucita a los muertos y los vivifica, así también el Hijo vivifica a los que quiere". La virtud se igualó mediante la unidad de la naturaleza no disímil. Y la demostración de las obras no es una instrucción de ignorancia, sino de nuestra fe: la cual no trajo al Hijo el conocimiento de lo ignorado, sino a nosotros la confesión de la natividad, confirmándola mediante el hecho de que todas las cosas que pudiera le habían sido demostradas. Pues el discurso celestial no se comportó sin circunspección, para que por ventura la significación de una naturaleza diversa no se infiltrara bajo la ocasión del dicho ambiguo. Pues dice que las obras del Padre le fueron demostradas, más que el hecho de que se le añadiera la naturaleza de la virtud para la operación de ellas: para que se enseñara que la demostración misma es la sustancia de la natividad, a la cual, por el amor del Padre, le era connatural el conocimiento de las obras paternas que quería que se efectuaran por él. Por lo demás, para que por la profesión de la demostración no se creyera una diversidad de naturaleza ignorante en él, no ignora aquellas mismas cosas que profesa que deben ser demostradas. Hasta tal punto no ha de actuar por la autoridad de un ejemplo, que vivifica a quien quiere. Pues querer es la libertad de la naturaleza, que subsiste para la beatitud de la perfecta virtud con la voluntad del arbitrio.
    VII.20 Y para que no pareciera que lo que sigue, que vivifica a quien quiere, no tuviera en sí la naturaleza de la natividad, sino que más bien subsistiera por el derecho de una potestad no nacida; continuó diciendo: "Pues ni el Padre juzga a nadie, sino que ha dado todo el juicio al Hijo". Y en el hecho de que se le ha dado todo el juicio, se demuestra tanto la naturaleza como la natividad: pues solo una naturaleza indiferente puede tener todas las cosas, y la natividad no puede tener nada a menos que sea dado. Pero todo juicio es dado; porque vivifica a quien quiere. Ni puede parecer que se le haya quitado el juicio al Padre, cuando él mismo no juzga: pues el juicio del Hijo es a partir del juicio paterno; pues de él fue dado todo el juicio. Pero no se calla la causa del juicio dado. Pues sigue: "Sino que ha dado todo el juicio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió". ¿Qué queda, pues, ruego, de sospecha, o qué resta para la ocasión de impiedad? El Padre no juzga a nadie, sino que ha dado todo el juicio al Hijo. Pero la causa de ese juicio dado es que el Hijo sea de honor igualado al Padre, y el que no honra al Hijo no honra al Padre que lo envió. ¿Y cómo después de esto se entiende que la naturaleza de la natividad difiere, la cual no solo la operación, la virtud, el honor, sino también la contumelia del honor negado iguala? Por tanto, el discurso de la respuesta divina no muestra otra cosa que el sacramento de la natividad. Ni el Hijo pudo ni debió ser distinguido del Padre de otro modo que para que se enseñara que nació y, sin embargo, que no difiere.
    VII.21 "El Padre, pues, hasta ahora obra, y el Hijo obra". Tienes los nombres de la naturaleza cuando el Padre obra y el Hijo. Entiende también la naturaleza de Dios, por la cual Dios que obra, actúa. Y para que tal vez no pienses que deben entenderse dos operaciones de naturalezas disímiles; recuerda que fue dicho sobre el ciego: "Para que se manifiesten las obras de Dios en él: me es necesario obrar las obras del que me envió". En el hecho, pues, de que el Hijo obra, es la obra del Padre: y la obra del Hijo es la obra de Dios. Y sobre las obras sigue el discurso aún. Mientras tanto, la respuesta no buscó otra cosa que referir toda obra a ambos; pero la naturaleza de ambos al obrar no difería, cuando en el hecho de que el Padre hasta ahora obra, obra también el Hijo: para que aquel que es señor del sábado no fuera creído obrar impíamente en sábado, cuya obra es la autoridad de la obra paterna en sí por la naturaleza de la natividad. No se confunde ni se abole, pues, la naturaleza para que no sea Hijo: ni tampoco se quita la naturaleza para que no sea Dios. Ni se distinguen por diversidad para que no sean uno: ni el hecho de que sean uno puede evitar que cada uno sea. Y primero conoce al Hijo cuando se dice: "No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, a menos que viera hacer al Padre". Tienes la natividad del Hijo, que no puede hacer nada por sí mismo a menos que vea. En el hecho, pues, de que no puede por sí mismo, elimina el error de la ingenerabilidad; pues la natividad no puede poder por sí misma: pero lo que ve, es significado como reconocimiento de la naturaleza consciente en sí. Y en eso conoce ahora la verdadera naturaleza de Dios: "Pues todo lo que él hace, lo mismo hace también el Hijo de manera semejante". Después de la virtud de la naturaleza, entiende la unidad de la naturaleza por eso no disímil: "Para que todos honren al Hijo como honran al Padre que lo envió". Y para que la unidad de la naturaleza no te contenga en la unión de un solitario; aprende en eso el sacramento de la fe: "El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió". Están concluidos todos los ingenios del furor herético. Es Hijo, porque no puede nada por sí mismo: es Dios, porque todo lo que el Padre hace, él mismo hace lo mismo: son uno, porque es igualado en honor y hace las mismas cosas, no otras: no es el Padre mismo, porque fue enviado. Tiene, pues, la sola natividad este sacramento, que abarca en sí el nombre, la naturaleza, la potestad y la profesión: porque toda natividad no puede no estar en esa naturaleza de donde nazca. No trae la sustancia de un género externo: porque de uno no subsiste algo ajeno. Pero lo que no es ajeno a sí mismo, eso es uno por género de naturaleza: y lo que sea que es uno por la natividad, no tiene soledad; pues la soledad es singular, y la natividad es unidad hacia ambos.
    VII.22 Y sobre esto, que esté presente el testimonio de la sentencia divina sobre sí mismo. Pues dice: "Los que son de mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco, y me siguen, y yo les doy la vida eterna, y no perecerán para siempre, y nadie las arrebatará de mi mano. Lo que el Padre me dio es mayor que todo, y nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre. Yo y el Padre somos uno". ¿Qué estupor de mente torpe, ruego, embota nuestra inteligencia para que estas cosas no entren en nuestro sentido dichas tan absolutamente? ¿O qué tumor de ánimo insolente engaña la debilidad humana, para que, habiendo obtenido el conocimiento de Dios a partir de estas cosas, piensen que Dios no debe ser entendido en aquellas cosas por las que es conocido? O bien se han de proponer otros Evangelios que enseñen: o si estos (Evangelios) enseñaron solo sobre Dios, ¿por qué no creemos como se nos enseña? Pero si el conocimiento se tomó solo de estas cosas, ¿por qué la fe no es de allí, de donde es el conocimiento? Pero cuando se descubre que la fe es contraria al conocimiento, ya aquella fe no es de conocimiento, sino de crimen, asumiendo para sí una fe irreligiosa contra la religión del conocimiento confesado. Por tanto, el Dios Unigénito, consciente en sí de su naturaleza, significa el inenarrable sacramento de su propia natividad, sin embargo, para la confesión de nuestra fe, con tanta claridad de palabras cuanto puede: para que se entienda que nació, y se crea que está en la naturaleza de Dios, y sea uno con el Padre, y al profesarse uno con el Padre, sin embargo, que no pierda el ser lo que es Hijo, como si se entendiera solo y él mismo el Padre. Pues testifica primero la virtud de la naturaleza, cuando dice sobre sus ovejas: "Nadie las arrebatará de mi mano". Esta es la voz de una potestad consciente, de confesar la libertad de una virtud imperturbable por el hecho de que nadie arrebata las ovejas de su mano. Pero para que, aunque esté en la naturaleza de Dios, se entienda que la natividad de la naturaleza es a partir de Dios; añadió: "Lo que el Padre me dio es mayor que todo". No oculta que nació del Padre: pues lo que recibió del Padre es mayor que todo. Y el que recibió, está en ello que recibió al nacer, no después; y sin embargo es de otro, mientras recibió. Pero el que recibió de otro, para que no se entendiera que es algo distinto, y que no subsiste en la naturaleza de aquel de quien recibió; dice: "Nadie podrá arrebatar nada de la mano de mi Padre". De su mano nadie arrebata: porque recibió del Padre lo que es mayor que todo. ¿Qué significa tan diversa profesión, de modo que de nuevo nadie arrebate de la mano de su Padre? La mano del Hijo es la que recibió del Padre; la mano del Padre es la que dio al Hijo: y ¿cómo lo que no se arrebata de la mano del Hijo, no se arrebata de la mano del Padre? Si buscas cómo, entiende: "Yo y el Padre somos uno". La mano del Hijo es la mano del Padre. Pues la naturaleza no degenera por la natividad para que no sea la misma: ni de nuevo, porque es la misma, ofende la inteligencia de la natividad, porque la natividad no admite en sí nada ajeno. Pero para que puedas conocer la virtud de la misma naturaleza por una significación corporal, se conmemoró la mano del Hijo como la mano del Padre; porque la naturaleza y la virtud del Padre estaba en el Hijo. Finalmente, para que reconocieras la verdad de la naturaleza indiferente por el sacramento de la natividad; se dijo: "Yo y el Padre somos uno": para que lo que son uno, no se creyera ni diverso ni solitario, no existiendo en ambos otra naturaleza por la propiedad de la natividad y de la generación.
    VII.23 Permanece, tanto como se puede entender, la voluntad de las mentes insanas, aunque cese el efecto de la voluntad: y el afán de malevolencia no abandona al ánimo maligno, cesando la ocasión de la mala obra. Pues ahora el furor de los herejes, estando ya el Señor sentado en los cielos, porque por ejemplo de los judíos no pueden llevarlo a la cruz, sin embargo, con igual infidelidad niegan esto que es: y aunque no pueden negar lo que fue dicho, sin embargo, no obedeciendo a lo dicho, ejercen el odio de la impiedad, lanzan piedras de palabras, y si pudieran, lo arrastrarían de su trono a la cruz. Y sobre los judíos, ciertamente, conmovidos ante la novedad de este dicho, así se escribe: "Tomaron, pues, piedras los judíos, para apedrearlo. Respondióles: Muchas buenas obras os mostré de parte del Padre; ¿por cuál de ellas me apedreáis? Respondieron los judíos: No te apedreamos por la buena obra, sino por la blasfemia; y porque tú, siendo hombre, te haces Dios". Pero tú, hereje, reconoce lo que haces y profesas; y entiende que eres consorte de aquellos, cuyo ejemplo de perfidia refieres en ti. Pues ante aquello que fue dicho: "Yo y el Padre somos uno", los judíos levantaron piedras, y su impío dolor, impaciente ante el sacramento de la fe saludable, estalló hasta el ímpetu de inferir la muerte. ¿Qué haces tú, no teniendo a quien apedrear, al negar? No difiere la voluntad: pero tu voluntad ineficaz la hace el trono celestial. ¿Cuánto más irreligioso eres que el judío? Él levanta piedras contra el cuerpo, tú contra el Espíritu; él contra el hombre, como pensaba, tú contra Dios; él contra el que habita en la tierra, tú contra el que está sentado en el trono de la virtud; él contra el ignorado, tú contra el confesado; él contra el que iba a morir, tú contra el juez de los siglos. Él dice: "Siendo hombre"; tú dices: "Siendo criatura"; ambos, sin embargo, decís: "te haces Dios"; esto es común en el oprobio de vuestra boca impía contra él. Pues niegas a Dios a partir de la generación de Dios, niegas al Hijo a partir de la verdad de la natividad, niegas esto, que "Yo y el Padre somos uno", es la confesión de una naturaleza una en ambos y consímil. Someter a Dios a una sustancia nueva y externa y ajena: para que o bien sea Dios de otro género, o bien no sea Dios en absoluto, porque no subsiste por natividad a partir de Dios.
    VII.24 Pero porque te has conmovido ante el sacramento de este dicho: "Yo y el Padre somos uno"; para que, diciendo el judío: "Siendo hombre, te haces Dios", tú con igual impiedad digas: "Siendo criatura, te haces Dios" (pues dices: No eres Hijo por natividad, no eres Dios por verdad; eres una criatura más excelente que todas: pero no naciste hacia Dios, porque no admito la natividad de la naturaleza a partir del Dios incorpóreo; no solo no sois uno tú y el Padre, sino que no eres Hijo, ni eres semejante, ni eres Dios). Los judíos, ciertamente, el Señor respondió, pero toda esta respuesta es más apta para tu impiedad: "¿No está escrito en la Ley: Yo dije, dioses sois? Si, pues, llamó dioses a aquellos a quienes fue dirigida la Palabra de Dios, y la Escritura no puede ser disuelta; ¿aquel a quien el Padre santificó y envió a este mundo, decís vosotros que blasfemé, porque dije: Hijo de Dios soy? Si no hago las obras del Padre, no me creáis: pero si las hago, y no me queréis creer a mí, creed a las obras; para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí, y yo en él". Introdujo la causa de la respuesta ante la blasfemia que se le objetaba. Pues se le imputaba como crimen el que, siendo hombre, se hiciera Dios. Pero se le argüía que se hacía Dios porque había dicho: "Yo y el Padre somos uno". Queriendo, pues, demostrar esto, que él y el Padre eran uno, que había sido usurpado a partir de la naturaleza de la natividad; primero refuta la ineptitud del ridículo oprobio, por qué se le llamaba a juicio porque, siendo hombre, se hacía Dios. Pues cuando la Ley decretaba la apelación de este nombre a hombres santos, y la Palabra de Dios indisoluble confirmaba esta profesión de nombre compartido; ¿cómo este, a quien el Padre había santificado, y a quien había enviado a este mundo, sería blasfemo por confesarse Hijo de Dios; cuando la Palabra de Dios indisoluble había establecido a los llamados dioses por la Ley? Ya, pues, no es crimen el que, siendo hombre, se haga Dios; cuando la Ley llamó dioses a aquellos que son hombres. Y si de los demás hombres no es irreligiosa esta usurpación del nombre; por aquel hombre, a quien el Padre santificó (pues toda esta respuesta es sobre el hombre, porque el Hijo de Dios es también Hijo de hombre), no parece que se usurpe impúdicamente el que se haya dicho Hijo de Dios; cuando supera a los demás, que pueden llamarse dioses no irreligiosamente, por el hecho de que ha sido santificado hacia Hijo: dándonos a conocer el bienaventurado Pablo la ciencia de esta santificación, cuando dice: "Lo que prometió antes por sus profetas en las Escrituras santas sobre su Hijo, que fue hecho de la simiente de David según la carne, que fue destinado Hijo de Dios en virtud según el espíritu de santificación". Cesa, pues, el crimen de blasfemia de que, siendo hombre, se haga Dios: cuando esta Palabra de Dios otorgó este nombre a muchos, y él, santificado y enviado por el Padre, no se profesó otra cosa que Hijo de Dios.
    VII.25 No ha quedado, a mi juicio, lugar para dudar de que lo dicho sobre la naturaleza de la natividad es: "Yo y el Padre somos uno". Pues cuando los judíos lo habían argüido porque, mediante este dicho, siendo él hombre, se hacía Dios: su respuesta confirma que se mostró Hijo de Dios por el hecho de que "Yo y el Padre somos uno", primero por nombre, después por naturaleza, finalmente por natividad. Pues "yo" y "Padre" son nombres de cosas; "uno" es la profesión de la naturaleza, porque en lo que es, ambos no difieren; "somos", en cambio, no tolera la unión [de un solo sujeto]. Y donde lo que somos uno no es unión [de un solo sujeto], la natividad hace que sean uno. Pues todo esto es a partir de que, santificado por el Padre, se profesa Hijo de Dios, y la profesión de Hijo de Dios confirma esto de que "Yo y el Padre somos uno": porque la natividad no puede traer otra naturaleza, a menos que sea aquella de la que subsiste.
    VII.26 Pero la Palabra del Dios Unigénito consumó el sacramento de toda nuestra fe. Pues cuando se había respondido a eso, por qué siendo hombre se hacía Dios; para que aquel dicho, "Yo y el Padre somos uno", tomara el orden de una inteligencia absoluta y perfecta, añadió consecuentemente: "Vosotros decís que blasfemé, porque dije: Hijo de Dios soy. Si no hago las obras del Padre, no me creáis: pero si las hago, y no me queréis creer a mí, creed a las obras; para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí, y yo en él". Es de una audacia desenfrenada una salvación ya desesperada por la conciencia, y toda impiedad profesada está fuera de la vergüenza. Pues ya nadie se sonroja por la necedad donde perdió la religión: pues contradecir estas cosas es más bien demencia que ignorancia. El Señor había dicho: "Yo y el Padre somos uno": este es el sacramento de la natividad, para que el Padre y el Hijo estén en la unidad de la naturaleza. Y porque la presunción de la naturaleza sería llamada a crimen, la razón de presumir es enseñada por la causa. Pues dice: "Si no hago las obras del Padre, no me creáis". Si no hace las obras del Padre, no se le debe creer al profesar ser Hijo de Dios. La natividad no tiene, pues, una naturaleza nueva y externa; porque por el hecho de que haga las obras del Padre debe ser creído que es Hijo. ¿Qué encuentra aquí la adopción, qué la indulgencia del nombre, para que no sea Hijo a partir de la naturaleza de Dios; cuando se debe creer que el Hijo de Dios es a partir de las obras de la naturaleza paterna? Una criatura no es igualada ni semejante a Dios, ni la potestad de la naturaleza ajena se compara a él: solo la natividad del Hijo es creída impíamente como igual por semejanza. Pues todo lo que está fuera de él, será igualado con contumelia a la virtud honrada. Pues si algo, que no es a partir de él, puede encontrarse semejante a él y de la misma virtud; perdió el privilegio de Dios bajo el consorcio de lo igualado; y ya no será Dios uno, de quien sea indiferente otro dios. Pero la igualdad de propiedad no tiene contumelia: pues lo que es semejante a sí es suyo; y lo que se compara a sí mismo para semejanza es de sí mismo; y lo que puede hacer lo que son suyas no está fuera de sí; y es un progreso de dignidad haber generado la potestad, sin haber enajenado la naturaleza. El Hijo hace las obras del Padre; y por ello pide que se crea que es Hijo de Dios. No es una presunción arrogante, que pide ser probada solo por lo que haga. Pero testifica que él no hace las suyas, sino las que son del Padre; para que por la magnificencia de los hechos no se quite la natividad de la naturaleza. Y porque bajo el sacramento del cuerpo asumido, y del hombre nacido de María, no se entendía que era el Hijo de Dios, la fe del nombre se da a conocer por los hechos, cuando dice: "Pero si las hago, y no me queréis creer a mí, creed a las obras". Cree primero en él que es Hijo de Dios, si no, no quiere que sea creído a menos que sea a partir de las obras del Padre que él mismo hace. Pero si hace las obras, y por la humildad del cuerpo es indigno de la fe de la profesión, pide la fe de las obras. ¿Pues por qué el sacramento del hombre nacido impediría la inteligencia de la natividad divina; cuando la natividad divina ejecuta toda su obra bajo el ministerio del hombre asumido? Si, pues, no se cree al hombre por las obras que es Hijo de Dios; créase a las obras que son del Hijo de Dios, porque no pueden ser negadas que sean de Dios. Pues todo lo que es de Dios, lo tiene en sí el Hijo de Dios naciendo: y por eso la obra del Hijo es la obra del Padre, porque la natividad no está fuera de la naturaleza de la que permanece, y tiene en sí la naturaleza de donde subsiste.
    VII.27 Obrando, pues, las obras del Padre, y pidiendo que si no se le creyera a él, se creyera a las obras mismas, debió demostrar qué es lo que se debía creer a las obras, a saber, lo que sigue: "Pero si las hago, y no me queréis creer a mí, creed a las obras; para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí, y yo en él". Este es aquel: "Hijo de Dios soy"; este es aquel: "Yo y el Padre somos uno". Esta es la naturaleza de la natividad: este es el sacramento de la fe saludable, no dividir lo que son uno, ni quitar a la natividad la naturaleza, y confesar la verdad del Dios viviente a partir del Dios viviente. Pues Dios, que es vida, no subsiste de cosas compuestas e inanimadas: ni el que es virtud es contenido por cosas débiles: ni el que es luz es ajustado de cosas oscuras: ni el que es espíritu es formable de cosas dispares. Todo en lo que es, es uno: para que lo que es espíritu, y luz y virtud y vida sea; y lo que es vida, y luz y virtud y espíritu sea. Pues el que dice: "Yo soy, y no me mudo"; no se muda de partes, ni se hace diverso de género. Pues estas cosas, que fueron significadas anteriormente, no están en él por partes; sino que todo esto es en él uno y perfecto, todo Dios es viviente. Dios, pues, viviente, y es la eterna potestad de la naturaleza viviente: y lo que nace de él con el sacramento de su ciencia, no pudo haber nacido otra cosa que viviente. Pues cuando dice: "Así como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre"; enseñó que la vida está en él por el Padre viviente. Después, cuando dice: "Pues así como el Padre tiene vida en sí mismo, así también dio al Hijo tener vida en sí mismo"; testificó que todas sus cosas vivas son a partir del Viviente. Pero lo que nació vivo a partir de un Viviente, tiene el progreso de la natividad sin novedad de naturaleza. Pues no es nuevo lo que se genera de viviente hacia viviente; porque ni la vida fue buscada para la natividad de la nada, y la vida, que toma la natividad de la vida, es necesario por la unidad de la naturaleza, y el sacramento de la perfecta e inenarrable natividad, que viva en el viviente, y tenga en sí la vida viviente.
    VII.28 Recordamos haber advertido al principio de nuestro discurso que las comparaciones humanas no satisfacen los ejemplos divinos; sin embargo, para parte de nuestra inteligencia, que el sentido sea educado por formas corporales. Consulto la conciencia de la natividad humana, si el origen de los que nacen no permanece dentro de los padres. Pues aunque aquellos elementos inanimados y viles, por los cuales se inician las causas de nacer, fluyan hacia otro hombre, sin embargo, permanecen dentro de sí mismos por la virtud de la naturaleza: mientras que por el origen dado de la misma naturaleza, el que genera sigue al que nace; y por la natividad aceptada, cuya virtud aunque se derive, no se quita, permanece en el que genera aquel que nace. Y esto, ciertamente, que sea conmemorado por nosotros solo para la inteligencia de la natividad humana, no también para el ejemplo perfecto de la natividad en el Dios Unigénito: porque la debilidad de la naturaleza humana se compara a partir de cosas dispares, y es contenida por cosas inanimadas hacia la vida. Y no vive inmediatamente en ella lo que se genera, ni todo vive de la vida; cuando en ella hay muchas cosas que, sin el sentido de su naturaleza, cuando han crecido, se cortan. En Dios, en cambio, todo lo que es, vive. Pues Dios es vida: y de la vida no puede haber nada sino viviente. Ni la natividad es por derivación, sino por virtud. Y así, mientras todo lo que es, vive, y mientras todo lo que nace de él es virtud; tiene natividad, no tiene mutación; e imparte progreso, y no pierde la naturaleza: mientras sigue la natividad que dio por la semejanza de la naturaleza indiscreta, y la natividad, al nacer, no abandona la naturaleza que es viviente a partir del viviente.
    VII.29 Trae, además, para parte de esta fe una significación, el fuego teniendo fuego en sí, y el fuego permaneciendo en el fuego. Pues cuando hay en él el esplendor de la luz, el calor de la naturaleza, la virtud de quemar, la movilidad de hervir; sin embargo, todo es fuego, y todas estas cosas juntas son una sola naturaleza. Tiene, ciertamente, por la debilidad, el hecho de que subsiste y vive por la materia, y con ella por la que vivió, perece. Pero esto, que es incomparable a Dios, lo conocemos por comparación en parte; para que no sea increíble en Dios lo que se encuentra en parte en los elementos terrenales. Pregunto, pues, ahora si hay división y separación cuando el fuego es a partir del fuego. ¿O acaso se corta la naturaleza para que no permanezca, o no sigue la naturaleza para que no esté dentro, cuando al encenderse luz a partir de luz por un cierto progreso de natividad, no hay ninguna deserción de la naturaleza, y sin embargo es luz a partir de luz? ¿O acaso esto no permanece en aquello, que subsiste a partir de sí sin deserción? ¿O esto no está en aquello, de donde no ha sido cortado, sino que salió con la unidad de la sustancia natural? Y pregunto, ¿acaso no son uno, cuando la luz a partir de luz no es separable ni por división ni por género de naturaleza?
    VII.30 Y estas cosas, como dije, hayan sido comparadas solo para la inteligencia de la fe, no también para la dignidad de Dios, para que nosotros tomáramos más bien la inteligencia de las cosas invisibles a partir de las corporales, no de modo que algún ejemplo de comparación satisficiera la naturaleza de Dios: cuando era digno y justo creer al Dios que testifica sobre sí mismo. Pero porque el furor herético turbaba la fe de los más sencillos, de modo que no se debiera creer sobre Dios lo que fuera difícil, a menos que se pudiera entender por una comparación corporal: por eso, según aquel dicho del Señor ya recordado también por nosotros: "Lo que nace de la carne, carne es: lo que nace del espíritu, espíritu es", puesto que Dios es espíritu, consideramos útil insertar estos ejemplos de comparación en parte: para que no se pensara que mentía sobre su profesión, cuando los ejemplos naturales de las criaturas nos proporcionaran la inteligencia de la profesión divina.
    VII.31 Por tanto, el Hijo de Dios viviente a partir de Viviente, y Dios a partir de Dios, y mostrando la unidad inseparable y no disímil de la naturaleza y el sacramento de la natividad, dice: "Yo y el Padre somos uno". Y porque la calumnia del dicho existiría como si fuera insolente; para demostrar más bien la conciencia de la naturaleza en el dicho, añadió: "Decís que blasfemé, porque dije: Hijo de Dios soy", testificando que la unidad de la naturaleza es a partir de la natividad. Pero para que la profesión absoluta confirmara la fe de la natividad, y sin embargo la natividad profesada no trajera disenso a la naturaleza; mantuvo esta absolución de todo su discurso: "Creed a las obras, que el Padre está en mí, y yo en el Padre". ¿Qué no se ha mostrado aquí natural y propio bajo el sacramento de la natividad? Están el uno en el otro, mientras no hay natividad sino a partir del Padre, mientras no subsiste hacia otro Dios una naturaleza o exterior o disímil, mientras Dios a partir de Dios permaneciendo no es de otra parte lo que Dios es. Introduce, si hay ocasión, dos dioses en la fe de la Iglesia: o miente sobre Dios solitario con una razón falsa: si puedes, distingue al Hijo del Padre sin la verdad solo confesada de la natividad, el Hijo está en el Padre, y en el Hijo el Padre, no por transfusión y reflución mutua, sino por la perfecta natividad de la naturaleza viviente. Así, en Dios Padre y en Dios Hijo no enumerarás dos dioses, porque ambos son uno; ni proclamarás un singular, porque ambos no son uno [en persona]. Por tanto, la fe apostólica no tiene dos dioses, porque no tiene ni dos padres, ni dos hijos. Confesando al Padre, ha confesado al Hijo: creyendo en el Hijo, ha creído también en el Padre: porque el nombre del Padre tiene en sí el nombre del Hijo. Pues no es Padre sino por el Hijo; y la significación del Hijo es la demostración del Padre: porque no hay Hijo sino a partir del Padre. En la confesión, pues, de uno, no es uno solo [en persona]: mientras el Hijo completa al Padre, y la natividad del Hijo es a partir del Padre. La naturaleza, en cambio, no se muda por la natividad, para que no sea la misma según la semejanza de su género. Y es la misma de tal modo que, por la natividad y la generación, ambos deben ser profesados más bien como uno [ser], no como uno [solo].
    VII.32 Por tanto, que proclame dos dioses quien puede proclamar uno sin el uno: o que enseñe a un Dios singular quien puede negar que el uno no está en el uno por la virtud de la naturaleza y por el sacramento de la generación y de la natividad. Considere también la naturaleza diversa hacia ambos quien no sepa que el Padre y el Hijo han sido proclamados como uno. Que los herejes borren la profesión evangélica del Hijo sobre sí mismo: "Yo en el Padre, y el Padre en mí": para que puedan proclamar o dos dioses, o uno solo. No hay significaciones de naturalezas en la propiedad de una sola naturaleza: ni la verdad de Dios a partir de Dios perfecciona dos dioses, ni la natividad de Dios tolera a un Dios singular, ni no son uno los que son el uno en el otro. Son el uno en el otro, en cambio, cuando uno es a partir del uno: porque ni uno dio al otro otra cosa por la generación que lo que es suyo, ni uno obtiene del uno otra cosa por la natividad que lo de uno. Por tanto, la fe apostólica, ya sea que proclame al Padre, proclamará a un solo Dios; ya sea que confiese al Hijo, confesará a un solo Dios: porque la naturaleza de Dios es la misma y no disímil en ambos, y porque, cuando el Padre es Dios y el Hijo es Dios, y el nombre de la naturaleza de ambos es uno, el uno significa a ambos. Pues Dios a partir de Dios, o Dios en Dios, ni perfecciona dos dioses, cuando el uno a partir del uno permanece en la naturaleza y en el nombre de uno; ni decae hacia un Dios solitario, cuando el uno y el uno en la significación no es solo.
    VII.33 El Señor no dejó la doctrina de tan gran sacramento incierta o dudosa, ni nos abandonó en el error de una inteligencia ambigua. Y escuchemos revelando a los Apóstoles toda la cognición de esta fe: pues dice: "Yo soy el camino y la verdad y la vida: nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocéis a mí, también conoceréis a mi Padre: y desde ahora lo conoceréis, y lo habéis visto". Le dice Felipe: "Señor, muéstranos al Padre, y nos basta". Le dice Jesús: "¿Tanto tiempo estoy con vosotros, y no me conocéis, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? ¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las digo por mí mismo; sino el Padre, que permanece en mí, él hace sus obras. Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí". No nos conduce a error ni a caminos sin salida aquel que es el camino, ni engaña por falsas aquel que es la verdad, ni abandona en error de muerte quien es la vida. Y porque él mismo estableció estos nombres benignos para nuestra salud de su dispensación, para que nos condujera como camino hacia la verdad, y la verdad nos constituyera en la vida; debe conocerse que demuestra que aquel es el sacramento para obtener la vida. "Nadie viene al Padre sino por mí". El camino al Padre es por el Hijo. Y debe buscarse si esto es por la admonición de la doctrina, o por la fe de la naturaleza: porque podemos parecer venir al Padre más por la doctrina del Hijo que por la confesión de la divinidad paterna en él. Busquemos, pues, el sentido de la inteligencia en lo que sigue. Pues la fe no ha de iniciarse desde nuestro arbitrio, sino desde las virtudes de los dichos.
    VII.34 Pues esto sigue: "Si me conocéis a mí, también conoceréis a mi Padre". El hombre Jesucristo es visto: y ¿cómo si él mismo es conocido, será conocido el Padre; cuando los Apóstoles reconocen en él el hábito de su naturaleza, esto es, del hombre, y Dios libre de la carne corporal no debe ser conocido en esta debilidad de la carne corporal? Pero el Señor, confirmando en sí la naturaleza de la divinidad paterna en el sacramento del cuerpo asumido, mantuvo este orden: "Si me conocéis a mí, también conoceréis a mi Padre: y desde ahora lo conoceréis, y lo habéis visto". Separó el tiempo de la visión del tiempo de la cognición. Pues a aquel a quien dice que debe ser conocido, dijo también que ya ha sido visto, para que recibieran la ciencia de la naturaleza vista desde hace mucho tiempo en él a partir del tiempo ahora de esta revelación.
    VII.35 Pero Felipe, el apóstol, se conmovió ante la novedad de los dichos. Es visto el hombre, se confiesa Hijo de Dios, confiesa que conocido él, debe ser conocido el Padre. Dice que el Padre ha sido visto, y por eso debe ser conocido porque fue visto. La debilidad del ánimo humano no capta esto, ni toma la fe la profesión de cosas tan diversas; que quien fue visto entonces, ahora debe ser conocido, cuando haber visto es conocimiento; que si el Hijo es conocido, y el Padre es conocido: cuando él mismo introdujo el conocimiento del Hijo según el hombre por lo corporal visto y tocado, pero la naturaleza de aquel hombre visto, que difiere de él, no proporciona el conocimiento del Padre a partir de él, y frecuentemente el Hijo testificó que el Padre no ha sido visto por nadie. Prorrumpió, pues, Felipe, con familiaridad y constancia apostólica, interrogando al Señor: "Señor, muéstranos al Padre, y nos basta". No peligra ahora la fe: sino que este es el error de la ignorancia. Pues el Señor había dicho que el Padre ya había sido visto, y desde ahora debía ser conocido: pero el Apóstol no había entendido que había sido visto. Finalmente, no negó que había sido visto; sino pidió que se le mostrara: ni deseó la ostensión como una contemplación corporal, sino pidió la demostración de entender a aquel que fue visto. Pues había visto al Hijo en el hábito de hombre: pero no sabe cómo por ello vio al Padre. Pues a lo que había dicho: "Señor, muéstranos al Padre", para que aquella ostensión fuera más bien demostración de entender que de ver, añadió: "y nos basta". No se quitó la fe por el dicho; sino que se pidió la demostración de conocer, que bastaría para la fe del dicho: porque por la profesión del Señor la autoridad no era incierta para creer. Pero de aquí nació la petición de mostrar al Padre, porque se había dicho que había sido visto, y por ello debía ser conocido porque fue visto. Y no era impudente pedir la ostensión de aquel que fue visto.
    VII.36 El Señor, pues, respondió a los dichos de Felipe estas cosas: "¿Tanto tiempo estoy con vosotros, y no me conocéis, Felipe?". Acusa la ignorancia del Apóstol al conocerlo: porque había dicho que conocido él anteriormente, también el Padre era conocido. Pero ¿qué es eso, que se queja de que no haya sido conocido durante tanto tiempo? Ciertamente porque, conocido él, debía entenderse la divinidad de la naturaleza paterna en él. Pues cuando las cosas que realizaba eran propias de Dios, caminar sobre las aguas, ordenar a los vientos, realizar con fe de los hechos el cambio inintelectuado del vino y el incremento de los panes, ahuyentar a los demonios, alejar enfermedades, reparar los daños de los cuerpos, enmendar los vicios de la natividad, perdonar los pecados, devolver la vida a los muertos; y hacer esto siendo carnal, y profesándose Hijo de Dios entre estas cosas: de aquí nació toda la queja de su lamento, que en el sacramento de la natividad humana, no se entendió la naturaleza de Dios que había realizado esto en el hombre asumido.
    VII.37 Y por eso, acusando, por qué cuando realizaba estas cosas durante tanto tiempo no había sido reconocido; pidiendo ellos que les mostrara al Padre, dice: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". No significa aquí aquella contemplación corporal y visión de los ojos carnales, sino aquellas cosas de las que había dicho: "¿No decís vosotros que todavía faltan cuatro meses, y viene la mies? He aquí os digo, levantad vuestros ojos, y mirad las regiones, porque están blancas para la mies". Ni el tiempo permite, ni la significación de las regiones que blanquean para la mies permite, que se entienda aquí algo terrenal y corporal: sino que mandó elevar los ojos de la inteligencia para contemplar la beatitud de los frutos perfectos, para que ahora diciendo: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". Pues esto, que es carnal a partir del parto de la virgen, no aprovecha para contemplar en él la forma e imagen de Dios: ni la especie del hombre asumido está como ejemplo para ver la naturaleza del Dios incorpóreo. Pero Dios es conocido en él, si es que aquellos por quienes él mismo es conocido, lo son por la virtud de la naturaleza: y Dios Hijo entendido proporciona que también sea entendido el Padre: mientras es imagen de tal modo, que no difiere en género, sino que significa al autor. Pues las otras imágenes devuelven las especies de aquellos de los cuales son instituidas las imágenes, a partir de diversos metales o tintes o géneros o artes: pero ¿acaso, para que las imágenes sean verdaderas, pueden igualarse lo inanimado a los vivientes, y lo pintado o esculpido o fundido a lo nato? La imagen, en cambio, del Hijo hacia el Padre no es según estas cosas: porque es la imagen viviente del viviente, y nacido de él no tiene diversidad de naturaleza, y no siendo diverso en nada mantiene la potestad de la naturaleza de aquel de quien no es diverso. El hecho, pues, de que es imagen, aprovecha para que la natividad del Dios Unigénito signifique a Dios Padre; signifique, sin embargo, como forma él mismo e imagen del Dios invisible: y por esto no pierde la semejanza unida de la naturaleza, porque no carezca de la virtud de la naturaleza.
    VII.38 Y de aquí es eso: "¿Tanto tiempo estoy con vosotros, y no me conocéis, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre? ¿No creéis que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?". No ha quedado para los discursos de los hombres sobre las cosas de Dios otro discurso más que el de Dios: todas las demás cosas son estrechas y cerradas e impedidas y oscuras. Si alguien quiere demostrar esto con otras palabras que aquellas con las que fue dicho por Dios; o él mismo no entiende, o no deja que entiendan los que leen. El Señor dijo, cuando se le pedía que mostrara al Padre: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". Cambiar esto es del anticristo, negar esto es del judío, no saber esto es del gentil. Pero tal vez el sentido de la inteligencia esté en el crimen. Esté en nuestra fe el vicio, si en los dichos de Dios residió oscuridad. Pues ni el discurso significa un solitario, y sin embargo la profesión enseña una naturaleza indiferente. Pues visto en el Hijo también el Padre, no puede ser singular ni dispar: porque por este aquel fue visto, ni no son uno en la profesión del sacramento, ni uno [solo]. Y pregunto qué se cree que significó el Señor en él, cuando dice: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre". No tienes la unión [de un solo sujeto], donde por la conjunción misma se significa la adición del nombre paterno. Pues cuando se dice, "y el Padre", ha sido excluida la inteligencia del singular y único. Y ¿qué resta, sino que por la semejanza unida de la naturaleza el Padre fuera visto por el Hijo? Y para que esto no nos quedara incierto para la fe; el Señor añadió: "¿Cómo dices tú, muéstranos al Padre?". Pues ¿qué necesidad quedaba de ignorar al Padre o de mostrarlo a los ignorantes, cuando el Padre había sido visto en el Hijo?
    VII.39 Pero fue visto hasta tal punto por la propiedad de la naturaleza, mientras por la indiferencia y en el género de verdad son uno el nacido y el que genera, que siguiera este discurso del Señor: "¿No creéis que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?". No podemos enseñar con otras palabras que el hecho de que el Padre y el Hijo son inseparables por la semejanza natural, sino con las del Hijo. Pues aquí, por la mutación de nombres y especies, el Hijo, que es el camino y la verdad y la vida, no juega con mimos teatrales: para que en el hombre asumido se nombre Hijo de Dios, pero en la naturaleza, en cambio, Dios Padre, y uno y solo se mienta ahora en el otro por mutación personal. Por tanto, él mismo no es el solitario, que ahora es Hijo para sí, ahora se profesa a sí mismo como Padre, e introduce nombres de la naturaleza cesando la naturaleza. Otra es aquí la simplicidad de las palabras: pues tanto el Padre es Padre, como el Hijo es Hijo. Pero en estos nombres y cosas nada hay en sí nuevo, nada diverso, y nada peregrino. Pues la verdad de la naturaleza mantiene la propiedad; para que lo que es a partir de Dios, sea Dios, y la natividad no sea disminución, ni diversidad: mientras el Hijo no subsiste hacia una naturaleza externa y disímil a Dios Padre, ni el Padre es algo ajeno a sí mismo adquiriendo para la natividad del Unigénito, sino que más bien indulgió todas las cosas que son suyas sin daño del que imparte. Y así ni carece de la naturaleza de Dios, mientras no es Dios de otra parte que a partir de Dios; ni difiere de Dios, mientras él mismo no es otra cosa que Dios: porque la natividad de Dios consiste en el Hijo, y por la natividad de Dios, la naturaleza de Dios no perdió de sí el que es Dios. El Padre, pues, está en el Hijo, y el Hijo en el Padre, Dios en Dios: no por una doble conjunción de géneros convenientes, ni por la naturaleza insitiva de una sustancia más capaz; porque por necesidad corporal, no pueden hacerse exteriores aquellas cosas por las que son contenidas las interiores: sino por la natividad de la naturaleza viviente a partir de viviente; mientras la cosa no difiere, mientras la natividad no degenera la naturaleza de Dios, mientras no nace otra cosa que Dios a partir de Dios hacia Dios, mientras nada de esto es nuevo, nada ajeno, nada separable, mientras en el Padre y el Hijo creer en dos dioses es impío, mientras proclamar al Padre y al Hijo como un Dios singular es sacrílego, mientras negar a Dios a partir de Dios porque sean uno en la semejanza del género es blasfemo.
    VII.40 Y para que la fe evangélica no recibiera este sacramento como dudoso y ambiguo, el Señor mantuvo este orden de su doctrina: "¿No creéis que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí? Las palabras que yo os digo, no las digo por mí mismo; sino el Padre, que permanece en mí, él hace sus obras". ¿En qué, ruego, otras palabras pudo y puede demostrarse la propiedad de la naturaleza en el Padre y en el Hijo, que en estas mismas palabras, habiéndose preferido, sin embargo, la significación de la natividad en todas? Pues cuando dice: "Las palabras que yo os digo, no las digo por mí mismo"; no eximió la persona, ni se negó a sí mismo como Hijo, ni ocultó en sí la naturaleza de la virtud paterna. Pues mientras él mismo habla (significado por el pronombre "yo"), habla permaneciendo en la sustancia: mientras, en cambio, no habla por sí mismo, testifica en sí la natividad de Dios a partir de Dios Padre. Él mismo en la unidad de la naturaleza inseparable y no disímil: porque aunque hable por él, él mismo, sin embargo, habla. Pues el que no habla por sí mismo, y sin embargo habla, no puede no ser mientras habla: y mientras no habla por sí mismo, muestra que no es solo suyo lo que habla. Pues añadió: "Sino que el Padre, que permanece en mí, él hace sus obras". Que el Padre permanezca en el Hijo, no es de un singular y único: pero que el Padre obre por el Hijo, no es de alguien diferente o externo. Así como no es de uno, no hablar por sí mismo lo que se hable; ni de nuevo sería de alguien ajeno y separable, hablar por el que habla: sino que este es el sacramento de aquellos que son uno. Y ambos no son otra cosa, los que por la propiedad de la naturaleza están en sí mismos: cuya unidad es esta, para que el que habla no hable por sí mismo; ni el que no habla por sí mismo, no hable. Y porque había enseñado que el Padre habla y obra en sí mismo; estableció la fe de esta perfecta unidad, diciendo: "Sino que el Padre, que permanece en mí, él hace sus obras. Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí. Pero si no, creed por las obras mismas". El Padre obra en el Hijo; pero también el Hijo obra la obra del Padre.
    VII.41 Para que, pues, por la eficiencia de la virtud, y no por la propiedad de la naturaleza que es según la natividad, no se creyera que el Padre obra y habla en el Hijo; dice: "Creedme que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí". ¿Qué es esto, ruego: "Creedme"? Ciertamente se refiere a lo que se dijo: "Muéstranos al Padre". La fe se confirma a partir del precepto de creer, y aquella fe que había pedido que se le mostrara el Padre. Pues no habría bastado haber dicho: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre", a menos que extendiera nuestra inteligencia hasta tal punto, que cuando conociéramos al Padre en el Hijo, recordáramos, sin embargo, que el Hijo está en el Padre: para que no se considerara más bien una transfusión de uno en otro, que una unidad de la misma naturaleza en ambos por la generación y la natividad. El Señor quiere, pues, que se le crea, para que por ventura por la dispensación del hombre asumido no peligre la conciencia de la fe. Ciertamente, si la carne, el cuerpo y la pasión aportan alguna ambigüedad: créase a las obras, que Dios está en Dios, y Dios es a partir de Dios, que son uno: mientras por la virtud de la naturaleza cada uno está en el otro, y ninguno está sin el otro: mientras el Padre no pierde nada de lo suyo en el Hijo, y el Hijo toma todo del Padre lo que es Hijo. Esta condición no es de las naturalezas corporales, para que estén una en la otra, para que tengan una unidad perfecta de naturaleza subsistente, para que la natividad del Unigénito que permanece sea inseparable de la verdad de la divinidad paterna. Solo esto es propio del Dios Unigénito, y en el sacramento de la verdadera natividad es esta la fe, y esta es la obra de la virtud espiritual, no diferir nada ser e estar en [otro]: estar en [otro], en cambio, no otro en otro, como cuerpo en cuerpo; sino estar y subsistir de tal modo, que esté en el que subsiste; pero estar de tal modo, que él mismo subsista. Pues ambos subsistiendo, por eso no están sin el otro, mientras según la generación y la natividad la naturaleza que subsiste no es otra. De aquí es eso: "Yo y el Padre somos uno", y: "El que me ha visto a mí, ha visto al Padre", y: "Yo en el Padre, y el Padre en mí": porque la natividad no difiere ni degenera, porque el sacramento de la natividad consuma la unidad de la divinidad en el Padre y en el Hijo, mientras el Hijo de Dios no es otra cosa que Dios. Y por eso la generación del Unigénito no es computada en dos dioses: porque al nacer el Hijo de Dios hacia Dios, exhibió en sí la naturaleza de Dios que lo genera.

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