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Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

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    TEXTOS — LATÍN ANTE-NICENO / POST-NICENO

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    De la Trinidad (en trabajo)

    c. 356–359 · exilio oriental (Frigia) — voz latina nicerana59 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 12 · LIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓNPublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIL-TRIN-01

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

    LIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN

    XI.1 El Apóstol, tratando de muchas maneras el sacramento total y absoluto de la fe evangélica, habló también esto entre otros preceptos de la cognición divina a los Efesios: «Así como también habéis sido llamados en una esperanza de vuestra vocación. Un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo, un solo Dios y Padre de todos, que está sobre todos y en todos nosotros». Pues no nos abandonó a estudios ambiguos y erráticos de una doctrina indefinida, ni permitió a los ingenios humanos opinar con incertidumbre, cerrando la libertad de la inteligencia y de la voluntad mediante barreras establecidas por sí mismo y opuestas: para que no nos permitiera saber nada, a no ser lo que había sido predicado por él, puesto que mediante la definida constitución de una fe inmutable no era lícito creer de una manera o de otra. Predicándonos, pues, un solo Señor, recuerda una sola fe; después, recordando la sola fe de un solo Señor, demuestra también un solo bautismo: para que, como la fe del único Señor era una, así, mediante esta fe en el Señor único, el bautismo también fuera uno. Y porque todo el sacramento tanto del bautismo como de la fe está en el único Dios, así como está en el único Señor, concluyó la consumación de nuestra esperanza con la profesión de un solo Dios: para que tanto el bautismo único como la fe única fueran, así como del único Señor, también del único Dios. Pues ambos son uno, no por unión, sino por propiedad: mientras que es propio de cada uno ser uno, ya sea el Padre ser lo que es Padre, o el Hijo ser lo que es Hijo; y eso que cada uno es uno en su propiedad, es un sacramento de unidad para ambos: porque ni el único Señor Cristo puede quitarle a Dios Padre el que sea Señor, ni el único Dios Padre se entiende que le niega al único Señor Cristo el que sea Dios: cuando, si por eso que Dios es uno, parece que no es propio también de Cristo ser Dios, es necesario entender, por eso que Cristo es el único Señor, que no es debido tampoco a Dios Padre ser Señor; si eso, que es uno, no fuera significación del sacramento, sino excepción de la unión. Por tanto, así como del único Dios Padre, es una la fe y uno el bautismo también del único Señor.
    XI.2 La fe, en verdad, ya no es una, si no retendrá en la profesión de la conciencia a un solo Señor y a un solo Dios Padre. Pero ¿cómo confiesa la fe que no es una al único Señor y al único Dios Padre? Pero ya no será una en tanta diversidad de predicaciones, si uno cree que el Señor Jesucristo, atravesando sus palmas con el clavo, gimió por el dolor de nuestra enfermedad, y carente de la virtud de su propia naturaleza y potestad, temió con el terror de la muerte que ya le era inminente: si también negará eso, que es lo principal, que es nacido, y lo predicará más bien como creado: si dirá que es Dios más de lo que lo entiende: porque tanto es religioso que se diga que son dioses, como es conciencia de la naturaleza divina entender a Dios. Ya, pues, no es uno el Señor Cristo si para unos no sufre como Dios, para otros teme como enfermo; para unos es Dios por naturaleza, para otros por nombre; y para unos es hijo por generación, para otros por apelación. Y por ello ni el Dios Padre es uno en la fe, si para unos se cree que es Padre por potestad, para otros por generación, porque Dios también es padre de todas las cosas. Más aún, ¿quién dudará que está fuera de la fe todo lo que está fuera de la fe única? Porque en la fe única deben estar tanto el único Señor Cristo como el único Dios Padre. Pero el único Señor Cristo, no por nombre, sino por fe, es el único Hijo: pero si es Dios, si es inmutable, si en algún momento no faltó ni ser Dios ni ser hijo. Quien, pues, predicará a Cristo de otra manera de como es, es decir, que ni es hijo ni es Dios; predicará a otro Cristo. Pero tampoco en la fe del único bautismo es una: porque según la doctrina apostólica, la fe de ese único bautismo es una, cuyo único Señor y Cristo, Hijo de Dios, y Dios sea.
    XI.3 Pues ya no se puede negar que Cristo sea Cristo, ni puede ser hecho ignorado para el mundo. Los volúmenes de la profecía lo consignan, la plenitud de los tiempos lo atestigua diariamente, los sepulcros de los Apóstoles y Mártires lo hablan mediante las operaciones de sus virtudes, la potestad de su nombre lo prueba, los espíritus inmundos lo confiesan, los rugidos de los demonios castigados resuenan de él. Pero en todas estas cosas está la dispensación de su virtud. Por lo demás, debe ser predicado por nuestra fe tal cual es; para que, no por nombre, sino por confesión, en la fe del único bautismo, sea para nosotros un solo Señor: porque según el único Señor Cristo, es un solo Dios Padre.
    XI.4 Pero ahora estos nuevos predicadores de Cristo, negando todas las cosas que son de Cristo, predican a otro Señor Cristo así como a otro Dios Padre: porque ni este engendró, sino creó; ni aquel nació, sino fue creado, y por ello Cristo no es Dios fuera de la verdad, a quien no le viene de la natividad el que sea Dios; y Dios Padre no está fuera de la conciencia de la fe, a quien no le viene de la generación el que sea Padre. Alabando ciertamente, como es digno, a Dios Padre, de que es de naturaleza inaccesible, inconspicua, inviolable, inenarrable, infinita, proveedora, potente, benigna, móvil, transcurrente, que permanece dentro y fuera, y que siente todas las cosas en todas; pero cuando añaden a la supereminencia de la alabanza, solo bueno, solo potente, solo inmortal, ¿quién no entiende que esta religión de alabanza tiende a esto, para que el Señor Jesucristo, permaneciendo fuera de esta beatitud, que se defiere solo a Dios por excepción de lo solitario como honor, sea él mismo tanto mortal como enfermo y malo, mientras en esto el Padre es el único? Y por ello se le niega al Hijo la natividad natural de Dios Padre, para que por la generación no permanezca en él aquella beatitud que es natural para Dios Padre; porque la natividad estaría en la virtud de su naturaleza, la que engendró.
    XI.5 Ni eruditos por las predicaciones apostólicas ni evangélicas, para la usurpación de su impía profesión, ensalzan la magnificencia de Dios Padre, ciertamente no por fe de religión, sino por arte de impiedad: para que, mientras disertan que todas las cosas son incomparables con su naturaleza, afirmen por excepción de comparación que el unigénito Dios es de naturaleza degenerada y enferma: Dios (digo) la viva imagen del Dios viviente, y forma plenísima de la naturaleza bienaventurada, y natividad unigénita de la sustancia innascible: la cual, a no ser que tiene la gloria perfecta de la beatitud paterna, y refiere la especie absoluta de toda la naturaleza, no está en la verdad de la imagen. Si, en verdad, el unigénito Dios es imagen del Dios innascible, la verdad de la perfecta y absoluta naturaleza está en él, por la cual se efectúa que él sea imagen de la verdad. Potente es el Padre: pero si el Hijo es enfermo, la imagen ya no es del potente. Bueno es el Padre: pero si el Hijo está en la divinidad de diverso género, la naturaleza del malo no devuelve la imagen del bueno. Incorpóreo es el Padre: si el Hijo según el Espíritu está circunscrito por el cuerpo, ya el corpóreo no es forma de lo incorpóreo. Inefable es el Padre: si el discurso comprende al hijo, la naturaleza inenarrable es narrable fuera de la imagen. Dios verdadero es el Padre: si el Hijo está en la falsedad de Dios, ya no es imagen del verdadero quien es falso. El Apóstol no lo predica como imagen de Dios ni por parte ni por porción: sino que dice que él es imagen de Dios invisible y que es forma de Dios. No puede predicarse más expresamente por el Apóstol la naturaleza de la divinidad en el Hijo de Dios, que para aquello, que es lo invisible de Dios, Cristo sea imagen del Dios invisible: quien ciertamente no referiría la imagen de la naturaleza invisible en sustancia conspicua.
    XI.6 Pero como enseñamos en los libros anteriores, arrebatan la dispensación del cuerpo asumido a la contumelia de la divinidad: y toman las causas de impiedad del sacramento de nuestra salud. Si fueran tenaces de la fe apostólica, entenderían que aquel, que estaba en la forma de Dios, había asumido la forma de siervo; ni usurparían la forma de siervo para deshonor de la forma de Dios, cuando la forma de Dios contendría en sí la plenitud de Dios: y tratarían las cosas que son de los tiempos y del misterio con piadosa razón, para que ni la divinidad recibiera contumelia, ni la dispensación trajera error. Pero, habiendo demostrado nosotros ya todo absoluta y demostradísimamente, y mostrada la naturaleza divina bajo la natividad del cuerpo asumido mediante la virtud, no ha quedado lugar para dudar, sino que el unigénito Dios realizó todas las cosas tanto hombre como Dios con las virtudes de Dios, y perfeccionó todas las cosas en las virtudes de Dios con la verdad del hombre: teniendo en sí tanto la naturaleza de Dios potente en los gestos, mientras nació de Dios; como la absolución del hombre perfecto, mientras le es el parto de la Virgen: y subsistiendo con la verdad del cuerpo en la naturaleza de Dios, y permaneciendo con la naturaleza de Dios en la verdad del cuerpo.
    XI.7 Aunque, pues, el discurso de nuestra respuesta descendió hasta la gloria misma de la muerte, y se contradijo a las singulares proposiciones de la impía profesión mediante las doctrinas evangélicas y apostólicas: sin embargo, porque incluso después de la gloria de la resurrección algunos impíos se han atrevido a presumir para demostrar la enfermedad de la naturaleza degenerada, debe responderse ahora a estas mismas cosas. Y así, como en los restantes ha sido observado por nosotros, la razón de esos mismos dichos sea traída de estos mismos dichos: para que allí se encuentre la verdad, donde es negada. Pues las cosas que divina y simplemente fueron dichas para erudición de la fe, es necesario que hayan sido dichas de tal manera, que para aquello que fueron dichas, no se confirmen con ejemplos de dichos ajenos y extrínsecos.
    XI.8 Pues entre las restantes impiedades, los herejes suelen usar también de este dicho del Señor: «Adsciendo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios»: para que por ello, porque su Padre es Padre de ellos y su Dios es Dios de ellos, no esté en la naturaleza de Dios: mientras profesa a otros que Dios Padre es esto, que para sí es; cesando el privilegio en la comunión tanto de la naturaleza como de la natividad, por la cual tanto Dios nació, como Hijo es. Mantengan también eso del Apóstol: «Mas cuando diga, todas las cosas han sido sujetas, sin aquel que le sujetó a él todas las cosas. Cuando, en verdad, todas las cosas le hayan sido sujetas, entonces él mismo estará sujeto a aquel que le sujetó a él todas las cosas, para que sea Dios todo en todos»: para que porque aquella sujeción sea estimada como contestación de la enfermedad de la naturaleza, no esté en la virtud de la naturaleza paterna, quien la enfermedad natural sujetó a la potestad de una naturaleza más potente. Tomen, en verdad, toda esta su defensa, como la más fortificada e inexpugnable de toda su impiedad, para abolir la verdad de la natividad: para que porque por la sujeción no es Dios; y por el Dios y Padre común a sí y a nosotros está en la comunión de la criatura; él mismo también sea creación de Dios más bien que generación; porque la creación subsiste de la nada, la generación, en verdad, tiene un autor natural de la natividad.
    XI.9 Toda calumnia es ciertamente malvada, porque la falsedad contradice a la verdad cuando ya está con impudicia desenfrenada: pero sin embargo pretende algún velo de excusa ambigua, para que sea vergonzosamente en la defensa lo que impudentemente está en el sentido. Pero ahora en estas cosas, que fueron presumidas impíamente para debilitar la divinidad de nuestro Señor, el lugar de la vergüenza o de la falsa excusa ha sido excluido: cuando, cesando la misma venia de la ignorancia, solo se descubre la voluntad de la inteligencia irreligiosa. Pues para que difiera un poco la demostración del mismo dicho evangélico: ¿acaso era ignorante esta predicación del Apóstol diciendo: «Y ciertamente por confesión de todos, grande es el sacramento de la piedad, que fue manifestado en carne, justificado en espíritu, visto por ángeles, predicado a las gentes, creído en este mundo, asumido en claridad»? ¿Hay todavía alguien de tan obtusa inteligencia, para que entienda la dispensación de la carne asumida por el Señor de otra cosa que de ser sacramento de la piedad? Y primero está fuera de la fe de Dios, cualquiera que esté fuera de esta confesión. Pues el Apóstol no duda, sino que esto debe ser confesado por todos, que el misterio de nuestra salud no es contumelia de la divinidad, sino sacramento de gran piedad: y sacramento ya no ocultado en el misterio, sino manifestado en carne; ni todavía débil por la naturaleza de la carne, sino justificado en espíritu: para que mediante la justificación del espíritu estuviera ausente de nuestra fe la enfermedad de la carne, y mediante la manifestación de la carne el misterio no estuviera oculto, y mediante la causa ignorante del misterio solo estuviera la confesión en el sacramento de gran piedad. Y así el Apóstol mantuvo el orden de toda la fe, para que mientras es piedad, sea sacramento; mientras es sacramento, la cognición esté en carne; mientras la cognición está en carne, la justificación esté en espíritu; porque el sacramento de la piedad, que se manifiesta en carne, para que sea verdaderamente sacramento, se manifiesta en carne mediante la justificación del espíritu. Y para que no se ignorara qué clase de manifestación en carne era la justificación en espíritu; el sacramento, que manifestado en carne, y justificado en espíritu es, y visto por ángeles, y predicado a las gentes, y creído en este mundo, esto mismo es asumido en claridad: para que en todas las cosas sea el sacramento de gran piedad, mientras se manifiesta en carne, mientras se justifica en espíritu, mientras es visto por los ángeles, mientras es predicado a las gentes, mientras es creído en este mundo, mientras es asumido en claridad. Pues tanto la predicación sigue a lo visto, y la fe a la predicación, y todo lo consuma la asunción de la claridad: porque tanto la asunción de la claridad es sacramento de gran piedad; y mediante esta fe de la dispensación, nos preparamos para ser asumidos conformes a la claridad dominical. El sacramento de gran piedad, pues, es la asunción de la carne: porque mediante la asunción de la carne, está la manifestación del sacramento en carne. Pero sin embargo, la manifestación en carne no debe confesarse de otra cosa que sacramento de gran piedad: porque su manifestación en carne, es tanto justificación del espíritu, como asunción de claridad. ¿Y con qué esperanza en nuestra fe es la enfermedad de la divinidad el misterio de la pía dispensación; cuando mediante la asunción de la claridad, debe confesarse sacramento de gran piedad? Y porque ya no es enfermedad, sino sacramento; ni necesidad, sino piedad: debe buscarse ahora la razón del dicho evangélico, para que lo que es misterio de nuestra salud y gloria, no sea dejado a ocasión de la predicación impía.
    XI.10 Grave autoridad es para ti, hereje, e indisoluble la profesión del Señor sobre sí mismo, por la cual dice: «Adsciendo a mi Padre y a vuestro Padre, y a mi Dios y a vuestro Dios»; para que por ello, porque para nosotros y para él uno y Padre es Padre, y Dios es Dios, esté en esa enfermedad en la que estamos; mientras y por el mismo Padre nos igualamos en hijos, y por el mismo Dios nos comparamos en siervos: y cuando nosotros seamos tanto creación desde el origen, como siervos por naturaleza, sin embargo mientras tanto Padre común como Dios es para nosotros, sea para él con nosotros tanto la creación hacia la naturaleza común como la servidumbre. Y este furor de la impía predicación usa también de este dicho profético: «Te ungió Dios, Dios tuyo»: para que no esté en esa virtud de la naturaleza en la que es Dios, mientras ungiéndolo Dios sea Dios suyo ante el costado.
    XI.11 Ignora al Dios Cristo, quien ignora al Dios nacido. Dios, en verdad, nacer no es otra cosa, que estar en esa naturaleza en la que es Dios: porque nacer cuando muestra la causa de la natividad, no desaprovecha sin embargo en género existir del autor. Lo que, en verdad, no desaprovecha en género, debe ciertamente al autor la causa de su natividad, sin embargo no perdió la naturaleza de sí mismo del autor: porque la natividad de Dios ni de otro lugar es, ni otra cosa es. La cual si es de otro lugar, no es natividad; si, en verdad, es otra cosa, no es Dios. Cuando, en verdad, de Dios es Dios; por ello también Dios Padre es Dios de la natividad del unigénito Dios y Padre de la naturaleza: porque la natividad de Dios tanto es de Dios, como está en esa naturaleza de género en la que es Dios.
    XI.12 Este modo, pues, de pía y debida profesión, el Señor lo templó de tal manera en todas las cosas que habló, para que la confesión de la natividad no trajera contumelia a su divinidad, para que la religión del obsequio no ofendiera a la naturaleza de la majestad: sino para que tanto la natividad profesara el honor debido, que debiera ser el que subsista de sí mismo al autor; como la conciencia de la naturaleza mostrara la fiducia natural, la que subsistiendo naciera hacia Dios. De aquí, pues, es aquello: «El que me ha visto, ha visto también al Padre»: pero también aquello: «Las palabras que hablo, no las hablo de mí mismo». Pues mientras no habla de sí mismo, es necesario que deba al autor lo que habla: cuando, en verdad, viéndose a él se ve al Padre, es la conciencia de la naturaleza, la cual para demostración en sí de Dios, no nació de otro lugar distinto a Dios hacia Dios. O aquello: «Lo que el Padre me dio, mayor es que todo»; y a su vez: «Yo y el Padre somos uno». Pues tanto la dación paterna es profesión de la natividad asumida: y porque son uno, es propiedad de la natividad de la naturaleza. O aquello: «Mas todo juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo, como honran al Padre». Pues mientras se da juicio, no se calla la natividad: mientras, en verdad, se iguala el honor, se retiene la naturaleza. O aquello: «Yo en el Padre, y el Padre en mí; y a su vez, el Padre es mayor que yo». En eso, en verdad, porque están en sí mismos, conoce la divinidad de Dios de Dios: en eso, en verdad, porque el Padre es mayor, entiende la confesión de la autoridad paterna. Así como también aquello es: «No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre: pues todas las cosas que hace él, las mismas hace también el Hijo de manera similar». Mientras no hace por sí mismo, hacia aquello que hace según la natividad el Padre es autor para él: y sin embargo cuando todas las cosas que hace el Padre, las mismas hace también el Hijo de manera similar, no subsiste en otra cosa que en Dios, para hacer todas las cosas que el Dios Padre hiciera, subsistiendo en sí la naturaleza de la omnipotencia paterna. Estas cosas, pues, según la unidad del espíritu, y la propiedad de la naturaleza que es según la natividad, han sido demostradas de tal modo, que tanto la natividad confesara a Dios de su sustitución, como la sustitución no callara la conciencia de la naturaleza: profesando a sí padre Dios Dios hijo mientras nace de él; por lo demás hacia eso que nació, teniendo todo lo natural que es Dios.
    XI.13 La dispensación, pues, del gran y pío sacramento, hizo al Padre de la natividad divina, y además también al Señor de la condición asumida: mientras el que estaba en la forma de Dios, fue hallado en la forma de siervo. Pues siervo no era, cuando era según el espíritu Dios hijo de Dios. Y según el juicio común, donde no hay siervo, tampoco es señor. Dios ciertamente y padre es de la natividad del unigénito Dios: pero hacia eso, que es siervo, no podemos sino entonces deputarle señor, cuando es siervo: porque si cuando antes por naturaleza no era siervo, y después según la naturaleza comenzó a ser lo que no era; no debe entenderse otra causa de dominación, que la que existió de servidumbre; teniendo entonces por dispensación de la naturaleza señor, cuando prestó de la asunción del hombre sí mismo siervo.
    XI.14 Permaneciendo, pues, en la forma de siervo, quien permanecía antes en la forma de Dios, el hombre Cristo Jesús habló: «Adsciendo a mi Padre y a vuestro Padre, y a mi Dios y a vuestro Dios». Si, pues, esto habló siervo, y a siervos; ¿cómo esta profesión no es de siervo, y se trasladará más bien hacia esa naturaleza que no esté en la naturaleza de siervo; cuando para él, que permaneciendo en la forma de Dios asumió la forma de siervo, como siervo hacia los siervos la comunión no puede ser sino de eso tanto, porque es siervo? El Padre, pues, así para sí como para los hombres es padre, y Dios para sí como para los siervos es Dios. Y cuando estas cosas las habla a los hombres siervos el hombre Jesús Cristo en la forma de siervo; no se duda, que el padre para sí como para los demás es de esa parte en la que es hombre, y Dios para sí como para todos es de esa naturaleza en la que es siervo.
    XI.15 No habla, en verdad, discurso apostólico con significaciones no incautas, ni inciertas para ocasión de impiedad. Como ahora el Evangelista comenzando el dicho del Señor desde la profesión de los hermanos, enseñó que la profesión de todo el dicho pertenecía al consorcio de esa naturaleza, de la cual es hermano, porque el discurso fue destinado a los hermanos: para que no se reputara a contumelia de la divinidad, lo que era predicado para sacramento de piedad; cuando nuestra comunión hacia él, por la cual padre para nosotros y para sí es padre, y Dios para nosotros y para sí es Dios, existía según la dispensación de la carne, debiendo ser deputados hermanos nosotros hacia él por la natividad del cuerpo. Nadie, pues, duda que el Padre es también Dios de nuestro Señor Jesucristo: pero esta nuestra piadosa profesión no se abre a ocasión de impiedad. Dios suyo es: no por ello, para que sea Dios de género diverso de él. Pero porque de Padre nació Dios, y por dispensación es siervo; tenga también padre, mientras de él es Dios; y Dios suyo, mientras de la Virgen es carne. Lo cual con breve y absoluto discurso el Apóstol consigna, diciendo: «Conmemorando en mis oraciones, para que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de la claridad, os dé espíritu de sabiduría y revelación». Donde, pues, es Jesús Cristo, allí su Dios está: donde, en verdad, claridad está, allí Padre está. Quien, pues, a Cristo según la claridad es padre, el mismo a Cristo según Jesús es Dios. Pues Jesús, el Ángel, lo apoda Cristo Señor, a quien María iba a parir. Por lo demás la profecía habla a Cristo Señor Espíritu. Y para muchos según la latinidad parece más oscuro este dicho: porque la latinidad no usa de pronombres, que la grecidad usa siempre con uso honesto y necesario. Así, pues, se escribe: ὁ θεὸς τοῦ Κυρίου ἡμῶν Ἰησοῦ Χριστοῦ, ὁ πατὴρ τῆς δόξης. Cómo con nosotros, si siempre fuera la costumbre de los pronombres, así se pronunciaría: Aquel Dios de aquel Señor nuestro Jesucristo, aquel Padre de aquella claridad. Por eso, pues, porque aquel Dios de aquel Jesús Cristo es, y aquel Padre de aquella claridad es, una cierta propiedad de inteligencia según la capacidad de nuestro sentido ha sido expresada: para que donde de Cristo está la claridad, allí sea Dios Padre suyo; donde, en verdad, Cristo Jesús está, allí sea Padre Dios suyo; teniendo a su Dios en la dispensación cuando es siervo, y al Padre en la claridad cuando es Dios.
    XI.16 No traen, en verdad, los tiempos o las edades diversidad del Espíritu, para que no sea él mismo y el mismo Cristo en el cuerpo, quien permaneció Espíritu en los profetas. Pues hablando mediante la boca del santo patriarca David: «Te ungió Dios, Dios tuyo con óleo de exultación sobre tus participes», no habló según sacramento otro, que según la dispensación del cuerpo asumido. Pues quien ahora mandando a los hermanos, que el padre de ellos era su padre y el Dios de ellos era su Dios, entonces también decía que había sido ungido por su Dios sobre sus partícipes: para que mientras al unigénito Cristo Dios Verbo no es partícipe, partícipe sin embargo hacia él fuera conocido por esa asunción en la que es carne. Pues aquella unción no aprovechó a aquella bienaventurada y incorrupta y en la naturaleza de Dios permaneciente natividad, sino al sacramento del cuerpo y a la santificación del hombre asumido, testificando el apóstol Pedro, cuando dice: «Convino pues en verdad en la ciudad esta contra tu santo hijo Jesús a quien ungiste». Y a su vez: «Vosotros sabéis qué fue hecho el verbo por toda Judea, comenzando desde Galilea después del bautismo que predicó Juan, a Jesús Nazareno, cómo lo ungió Dios con Espíritu Santo y virtud». Jesús, pues, es ungido hacia el sacramento de la carne regenerada. Y de qué manera con Espíritu de Dios y virtud fue ungido, no es ambiguo, entonces cuando al ascender él del Jordán fue oída la voz de Dios Padre: «Hijo mío eres tú, yo hoy te engendré»: para que mediante este testimonio de la carne santificada en él, la unción de la virtud espiritual fuera conocida.
    XI.17 Por lo demás cuando en el principio estaba en Dios Dios Verbo, la unción de la naturaleza de él no tiene causa alguna o narración, la cual no se anuncia otra cosa que estar en el principio. Ni tuvo ciertamente la necesidad de ungirse a sí mismo mediante el Espíritu y la virtud de Dios Dios: quien de Dios y Espíritu era tanto y Virtud. Es ungido, pues, Dios por su Dios sobre sus consortes. Y si antes de la dispensación de la carne más de la ley son de Cristo; Cristo ahora, quien es ungido sobre los partícipes, posterior es en el tiempo, mientras es antepuesto a los ungidos partícipes. Finalmente aquel discurso de la profecía mostró esta unción posterior, la cual fuera en el tiempo, diciendo: «Amaste la justicia, y odiaste la iniquidad; por eso te ungió Dios, Dios tuyo con óleo de exultación sobre tus consortes». La causa consiguiente y posterior nunca se refiere para que sea prior: porque haber merecido algo, posterior es, que ser quien pueda merecer. Pues merecer es de aquel, quien para sí mismo existe autor de adquirir mérito. Si, pues, deputaremos a la natividad del unigénito Dios la unción, la cual por mérito de amada justicia y odiada iniquidad haya sido indultada; promovido más bien mediante la unción el unigénito Dios, que engendrado se entenderá: y ya mediante incrementos y profectos será consumado Dios, quien no sea Dios nacido, sino en Dios haya sido ungido por mérito; y ya mediante la causa será Dios Cristo, y no toda causa por el Dios Cristo. Y ¿dónde estará aquello del Apóstol: «Todas las cosas por él, y en él, y él es antes que todos, y todas las cosas en él constan»? Pues Dios el Señor Jesús Cristo, no por algunas cosas, ni mediante algunas cosas es Dios; sino Dios ha nacido. Y quien es Dios por generación, no después de la natividad profecit en Dios por causa: sino en eso, que ha nacido, no es otra cosa naciendo, que lo que Dios es. Cuando, en verdad, se unge por causa; el profecto de la unción no mira hacia eso, que de incremento no necesita, sino hacia eso, que mediante incremento del sacramento necesitó profecto de unción, es decir, para que mediante la unción el hombre nuestro Cristo fuera hecho santificado. Si, pues, ahora también mediante el profeta se demuestra la dispensación de siervo, por la cual por su Dios sobre los partícipes es ungido; y por ello, porque amara la justicia y odiara la iniquidad, se unja: ¿por qué el discurso del profeta no pertenecerá a esa naturaleza de Cristo, en la que le son partícipes por la asunción de la carne? cuando especialmente el Espíritu de la profecía se templó a sí mismo de tal manera, que mientras Dios es ungido por su Dios, esté para él y en la dispensación de la unción lo que Dios suyo es, y en la naturaleza lo que Dios es. Dios, pues, es ungido: pero pregunto si eso, que en el principio era Dios Verbo, fue ungido. No ciertamente; pues la unción es posterior a Dios. Y cuando no es aquella natividad del Verbo, que en el principio junto a Dios era Dios, la que fue ungida; eso es necesario se unja en Dios, lo que posterior sea en la dispensación en la que es Dios. Y cuando Dios es ungido por su Dios; eso es ungido, cualquiera que por él en el misterio de la carne servil haya sido asumido.
    XI.18 Nadie, pues, viole el sacramento de gran piedad, que fue manifestado en carne, con sentido impío, ni nadie se iguale al Unigénito mediante la sustancia de la divinidad. Sea para nosotros él tanto hermano como partícipe según que el Verbo hecho carne habitó en nosotros, según que el Mediador de Dios y de los hombres hombre Jesús Cristo es. Sea para nosotros según los siervos tanto padre común como Dios común: y sobre los partícipes sea ungido en esa naturaleza, aunque con privilegio ungido, en la que los partícipes son ungidos. Sea en el sacramento del Mediador, como hombre verdadero, así también Dios verdadero, Dios él mismo de Dios, teniendo común con nosotros padre y Dios en esa comunión en la que es hermano.
    XI.19 Pero tal vez aquella sujeción, y la tradición del reino, después el fin, o abolición de la naturaleza o defecto de potestad o enfermedad de la divinidad debe entenderse. Pues la mayoría quiere así, que o mientras sujetas todas las cosas a Dios se sujeta, por la condición de la sujeción no sea Dios; o mientras entrega el reino, no esté en el reino; o mientras es el fin, el fin de él siga la deficiente.
    XI.20 Conveniente es, pues, tratar todo el sentido del discurso apostólico sobre esto: para que, explicada y editada la razón de cada uno de los dichos, seamos prestados capaces de todo el sacramento mediante la inteligencia de la universalidad. Habla, pues: «Porque por el hombre la muerte, y por el hombre la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos son vivificados. Cada uno, en verdad, en su orden, las primicias Cristo, después los que son de Cristo, que en su advenimiento: después el fin, cuando entregue el reino a Dios y al Padre, cuando haya evacuado todo magistrado y toda potestad. Pues debe él reinar, hasta que ponga todos los enemigos bajo sus pies. Pues Dios sujetó todas las cosas bajo sus pies. La novísima enemiga vencida fue por él la muerte. Cuando, en verdad, haya dicho, Todas las cosas son sujetas, sin aquel que le sujetó todas las cosas. Cuando, en verdad, le hayan sido sujetas todas las cosas, entonces él mismo estará sujeto al que le sujetó todas las cosas, para que sea Dios todo en todos».
    XI.21 Los arcanos de las dispensaciones celestiales el Apóstol, no por los hombres, ni por el hombre, sino por Jesucristo maestro de las gentes elegido, demuestra con cuanta puede significación de discurso absoluto. Y quien habiendo escuchado las cosas inenarrables, arrebatado hasta el tercer cielo, aquellas solo, de cuya naturaleza humana fuera capaz, reveló al sentido de la inteligencia humana: no ignorando sin embargo que algunas no podían ser entendidas tan pronto como son oídas, porque nuestra enfermedad más tarde recibiría al juicio de la mente verdadero y absoluto aquellas cosas que se transfirieran a los oídos, habiendo dejado a la inteligencia una mayor mora para dudar mediante el sentido más bien que mediante el oído, cuando tanto haber escuchado es de la voz, como haber entendido es de la razón, revelando Dios sin embargo la inteligencia a los deseosos de la inteligencia. Pues escribiendo a Timoteo muchas cosas, instituido desde la infancia en las sagradas letras por la gloriosa fe de la abuela y de la madre, añadió esto también: «Entiende lo que digo, pues Dios te dará en todas las cosas entendimiento». La amonestación de entender es de la dificultad de la inteligencia. El don de la inteligencia, en verdad, de Dios, es munus de la fe, mediante la cual la enfermedad del sentido merece la gracia de la revelación. Si, pues, Timoteo por testimonio apostólico es hombre de Dios, y legítimo hijo según la fe a Pablo, para que entienda es amonestado, porque el Señor le va a dar entendimiento en todas las cosas; nosotros también recordemos ser amonestados mediante el Apóstol hacia la inteligencia, sabiendo que el Señor nos va a prestar la inteligencia de todas las cosas.
    XI.22 Y si tal vez sostendremos algo presumido por error de la condición humana en el sentido, no rechacemos el profecto de la inteligencia mediante la gracia de la revelación: para que haber entendido algo una vez por su sentido valga para que se avergüence de sentir más rectamente algo mutando. Por lo cual prudentemente y consultadamente moderando esto a los Filipenses también el mismo bienaventurado Apóstol escribe: «Cuantos, pues, perfectos somos, esto sintamos: y si algo sentís de otra manera, eso también Dios os revelará. Pero en lo que nos hemos apresurado, en eso entremos». No prejuzga el sentido anterior a la revelación de Dios. Pues el Apóstol amonestó en qué sientan, los que sienten perfectamente: y a estos que sienten de otra manera espera la revelación de Dios, para que sientan eso que es perfecto. Si, pues, algunos entendieron de otra manera este profundo de la arcaica ciencia dispensación, y por nosotros algo recto y probable será traído; no se avergüencen de saber perfectamente según el Apóstol mediante la revelación de Dios: ni más amen no haber sabido la verdad de lo que odiaron haber permanecido en no verdaderas. Pues a los que sienten de otra manera, y a quienes Dios reveló eso, amonesta a apresurarse hacia eso, en lo que hubieran entrado: para que dejado el sentido de la primera ignorancia, según el ingreso de la propuesta apresuración, consigan la revelación de la perfecta inteligencia. Entremos en lo que nos hemos apresurado. Y si tal vez el error del camino desviado demora nuestra apresuración; mediante la revelación de Dios sin embargo habiendo entrado de nuevo en lo que nos hemos apresurado, no mutemos el ingreso de nuestra apresuración. Pues nos hemos apresurado hacia Cristo Jesús Señor de la gloria y rey de los eternos siglos, en quien fueron restauradas todas las cosas en los cielos y en la tierra, a quien constan todas las cosas, en quien y con quien siempre permaneceremos. En estas cosas, pues, habiendo entrado sabemos perfectamente: y si algo sabemos de otra manera, Dios nos revelará eso que se sabe perfectamente. Por tanto, según la fe apostólica retractemos el sacramento de los dichos presentes; y de ese modo, por el cual han sido tratadas todas las cosas arriba por nosotros, para que todo sentido de voluntad impía bajo los preceptos apostólicos predicados lo demostremos por la misma verdad de la fe apostólica.
    XI.23 Tres, pues, según el orden de los dichos son llamados a cuestión, primero el fin, después la tradición, después la sujeción: para que mediante estas o cese Cristo en el fin, o entregando el reino no lo tenga, o fuera de la naturaleza de Dios sujeto a Dios exista.
    XI.24 Y primero debe ser conocido, que este orden no es de la doctrina apostólica. Primero, pues, es la tradición del reino, después la sujeción, finalmente el fin. Pero a cada una de las causas están sujetos los géneros de las causas: para que mientras las cosas singulares terminen en otras cosas, tenga siempre la causa precedente una causa subyacente a sí misma. Pues el fin será; pero cuando entregue el reino a Dios y al Padre. Entregará, en verdad, el reino; pero cuando haya evacuado todo magistrado y toda potestad. Evacuará, en verdad, todo magistrado y potestad, porque debe él reinar. Reinará, en verdad, hasta que ponga todos los enemigos bajo sus pies. Pondrá, en verdad, los enemigos bajo sus pies; porque Dios le sujetó todas las cosas bajo sus pies. Sujetó, en verdad, Dios así, para que la novísima enemiga sea vencida por él la muerte. Luego sujetas todas las cosas a él, sin aquel que le sujetó a él todas las cosas; entonces él mismo estará sujeto al que le sujetó todas las cosas. La causa, en verdad, de la sujeción no es otra cosa, que para que sea Dios todo en todos. El fin, pues, es, ser Dios todo en todos.
    XI.25 Y debe buscarse ahora ante todas las cosas, si el fin es defecto, si la tradición es pérdida, si la sujeción es enfermedad. Las cuales si a estas a sí mismas contrarias no se sujetarán, estarán en esa verdad de la inteligencia por la cual han sido dichas.
    XI.26 El fin, pues, de la ley es Cristo: y pregunto si Cristo es la abolición de la ley, o la perfección. Pero si Cristo, que es el fin de ella, no disuelve la ley, sino que la cumple, según lo que dice: «No vine a resolver la ley, sino a cumplir»; el fin no es defecto, sino perfección consumada. Pues hacia el fin todas las cosas tienden, no para que no sean, sino para que en eso, hacia lo que hubieran tendido, permanezcan. Y a causa del fin todas las cosas; por lo demás el fin hacia otra cosa no se refiere. Pero cuando el fin son todas las cosas, permaneciendo él mismo para sí es todo. Y porque no excediendo de sí hacia otro tiempo o cosa más bien que para sí aprovecha; hacia el fin mismo siempre la intención de toda esperanza se extiende. Y por eso el Señor reservándose a sí la paciencia de la fe religiosa al fin, así exhorta: «Bienaventurado el que permaneciere hasta el fin», no ciertamente para que sea bienaventurado el defecto, y el no ser sea el fruto, y la merced de la fe de cada uno sea constituida abolición: sino porque el fin del modo de la beatitud propuesta no es excedido, bienaventurados son los que hasta el fin de la beatitud por consumarse hubieran permanecido, no tendiendo más allá de sí mediante la exspectación de la esperanza fiel. El fin, pues, es el estado de permanecer inmóvil hacia el que se tiende. Finalmente el Apóstol, amonestando el fin de la impiedad ante el miedo de cesar, dice: «Cuyo fin es el interito, nuestra en verdad exspectación en los cielos está». Si, pues, tanto a los bienaventurados como a los impíos el fin es, y el fin se entiende que es defecto: la religión y la impiedad el fin iguala, porque uno y otro es en común el no ser mediante el fin constituido. ¿Y dónde está nuestra exspectación en los cielos, si mediante el fin cesamos de ser según los impíos (a modo de los impíos)? Pero si a los santos exspectación, a los impíos en verdad el fin debido se dice que es: sin embargo ni así se cree que el fin es defecto; porque ¿qué pena de impiedad es el no ser del todo hacia el sentido de las penas ultrices, no existiendo la causa en estos mediante el defecto de sí mismo de padecer? El fin, pues, es la perfección que permanecerá de la constitución que debe ser indemudada: la cual tanto reservada a la beatitud, como es preparada para la impiedad.
    XI.27 Ahora, pues, porque ya no puede dudarse, que en el fin no se debe entender defecto, sino constitución que no va a exceder, aunque todavía algunas cosas en la misma absolución del dicho hayan sido reservadas: sin embargo demostradas solo estas cosas hacia la significación del sentido, veamos si la tradición del reino se debe entender como defecto de reinar; para que lo que entrega el Hijo al Padre, entregando no lo tenga. Lo que si alguien contenderá con furor de estulta impiedad; confiese es necesario que el Padre, cuando entregó todas las cosas al Hijo, perdió entregando, si entregar significa necesitar de los entregados. Pues dice el Señor: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre»; y a su vez: «Dada es a mí toda potestad en el cielo y en la tierra». Si, pues, haber entregado es haber carecido; el Padre también careció de estas cosas que dio. Lo que si el Padre entregando no careció; ni el Hijo tampoco puede entenderse que necesite estas cosas que entrega. Luego si haber entregado todas las cosas, no parece haber necesitado estas mismas cosas que entregó; queda, que en entregar se conozca la causa de la dispensación, por qué tanto el Padre entregando no carece, y el Hijo dando no necesita.
    XI.28 Sobre la sujeción, para que nada en ella se depute contumelioso al Hijo, cuando algunas otras cosas ayudan a nuestra fe, especialmente sin embargo este lugar mismo se presentará aquí. Y primero pregunto el sentido común, si ahora debemos pensar que la sujeción debe entenderse así, como servidumbre a dominación, o enfermedad a virtud, o en honor inhonoración, que sujetamos a las cualidades contrarias, para que el Hijo según estas sea sujeto a Dios Padre por diversidad de la diversidad que disiente. Lo que si así se estimará, el error de esta opinión humana lo prohibirá la cautela del discurso apostólico. Pues habiendo sujetado a sí todas las cosas, entonces dice que debe ser sujeto al que sujetó a sí todas las cosas: y mediante eso, que entonces se sujetará, significó la dispensación en el tiempo. Pues si sentiremos otra cosa de la sujeción, aunque entonces se sujete, ciertamente sujeto ahora no es: y efectuaremos a él disidente e insolente e impío, a quien la necesidad del tiempo como un tumor de impiedad tiránica roto y comprimido, va a someter a tardía obsequela. ¿Y dónde estará aquello: «No vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió»; y a su vez: «Por eso el Padre me ama, porque todas las cosas que son placenteras a él hago»; pero también aquello: «Padre, sea tu voluntad»; o este del Apóstol: «Se humilló hecho obediente hasta la muerte»? ¿Y quien se humilla, tiene esto en la naturaleza para que no sea humilde; y quien se hace obediente, asume de la voluntad lo que obedece, mientras mediante eso, que se humilla, se hace obediente. El unigénito, pues, Dios humillándose, y obediente al Padre hasta la muerte de cruz, ¿en qué género, cuando todas las cosas le están sujetas, entonces se entenderá que va a ser sujeto al Padre? a no ser que esta sujeción no es de nueva obediencia, sino de dispensar el sacramento; porque tanto la obsequela ya permanezca, y en el tiempo esté por entrarse la sujeción; nada, pues, ahora otra cosa la significación de la sujeción, que demostración del misterio; porque y obsequela ya permanezca, y en el tiempo esté por entrarse la sujeción.
    XI.29 Y lo que sea, según esta misma esperanza de nuestra fe debe entenderse. Pues el Señor resucitando de los muertos sentado a la diestra de Dios, no es ignorable, testificando también el Apóstol, cuando dice: «Según la operación de la potencia de su fortaleza, la cual operó en Cristo, cuando lo excitó de los muertos, y colocó a su diestra en los cielos sobre todo principado y potestad y virtud y dominación, y todo nombre que se nombra no solo en este siglo, sino también en el futuro, y todas las cosas sujetó bajo sus pies». El discurso apostólico, en verdad, según la potestad de Dios para los hechos ya significa los futuros. Pues las cosas que mediante la adimpletión de los tiempos deben ser realizadas, estas ya en Cristo, en quien es toda la plenitud, consisten: y cualesquiera futuras serán, la dispensación en estas más bien es el orden, que la novedad. Pues sujetó Dios todas las cosas bajo sus pies, aunque todavía deban ser sujetas: para que en eso, que sujetas son, la inmutable potestad de Cristo sea; en eso, en verdad, que deben ser sujetas, según la plenitud de los tiempos que suceden hacia el fin de las edades sea el profecto.
    XI.30 Toda virtud contraria, en verdad, debe ser evacuada, cognición es no oscura, y este príncipe del aire y la potestad de la nequicia espiritual debe ser entregada al interito eterno, según aquello: «Apartaos de mí, malditos, en el fuego eterno, el cual preparó mi padre para el diablo y los ángeles de él». La evacuación, en verdad, no es lo mismo, que la sujeción. Pues evacuar la potestad adversante, esto es quitar el derecho de potestad para que no permanezca, y mediante la evacuación de la potestad, es abolir el dominado del reino. Sobre lo cual también el Señor testificó diciendo, «Mi reino no es de este siglo»: habiendo testificado antes a este mismo potente de este reino, el príncipe del mundo, cuya potestad cesará evacuado el dominado de su reino. La sujeción, en verdad, la cual es tanto de obediencia como de fe, la misma es o concesión o demostración de mutación.
    XI.31 Evacuados, pues, los magistrados, serán sujetos a él bajo sus pies sus enemigos. Y a quienes se deba entender por enemigos, el mismo Apóstol enseñó, diciendo: «Según el Evangelio ciertamente enemigos por vosotros, según la elección en verdad dilectos por los padres». A estos, pues, enemigos de la cruz de Cristo recordamos: pero porque dilectos son por los padres, sabemos que ellos están reservados a la sujeción, según lo que fue dicho: «Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este sacramento, para que no seáis sabios para vosotros mismos: porque de parte es hecho el embotamiento en Israel, hasta que la plenitud de las naciones entre; y así todo Israel será liberado, así como escrito está, Y vendrá de Sión, quien libere, y aparte las impiedades de Jacob, y este es para ellos de mí el testamento, cuando apartare las iniquidades de ellos». Los enemigos, pues, serán sujetos bajo sus pies.
    XI.32 Pero lo que siga a esa sujeción, debe entenderse, ciertamente aquello, «Novísimamente vencida por él la muerte». La devicción, en verdad, de la muerte, no es otra cosa que la resurrección de los muertos: cuando cesando el interito por corrupción, se constituye la eternidad de la naturaleza viva y celestial, según lo que fue dicho: «Pues debe este corruptivo revestirse de incorrupción, y este mortal revestirse de inmortalidad. Cuando, en verdad, este mortal haya revestido la inmortalidad, entonces se hará el verbo que escrito está: Absorvida es la muerte en contención. ¿Dónde está, muerte, tu aguijón? ¿Dónde está, muerte, tu contención?». En la sujeción, pues, de los enemigos la muerte se vence: y muerta la muerte, sucede la vida de la inmortalidad. Qué sea, en verdad, esa sujeción perfecta después de la sujeción de la fe, el mismo Apóstol testificó, cuando dice: «Quien transformará el cuerpo de nuestra humildad conforme al cuerpo de su gloria; según la operación de su eficacia, por la cual puede sujetar a sí todas las cosas». La sujeción, pues, también esa es, la cual es desde la naturaleza hacia la naturaleza concesión: mientras cesando de sí mismo según lo que es, se sujeta a él, cuya forma concede. Cesa, en verdad, no para que no sea, sino para que aproveche: y se hace mediante mutación sujeto, pasando hacia la especie del otro género asumido.
    XI.33 Finalmente para que la razón de este sacramento fuera absoluta, después de la novísimamente vencida muerte, entonces dice: «Cuando, en verdad, haya dicho, Todas las cosas son sujetas, sin aquel que le sujetó todas las cosas, entonces él mismo estará sujeto al que le sujetó todas las cosas, para que sea Dios todo en todos». El primer grado, pues, del sacramento es, que estén sujetas a él todas las cosas; y entonces él mismo sujeto hacerse al que sujetó a sí todas las cosas: para que así como nosotros nos sujetamos a la gloria de su cuerpo que reina, por el mismo sacramento él mismo reinando en la gloria del cuerpo se sujete al que le sujetó todas las cosas. Nos sujetamos, en verdad, a la gloria de su cuerpo, para que estemos en esa clarificación, en la que reina en el cuerpo: porque seremos conformes a su cuerpo.
    XI.34 Y ciertamente la gloria de su cuerpo que reina, los Evangélicos no la callan. Así, pues, se escribe, diciendo el Señor: «En verdad os digo, que son algunos de los que están presentes aquí, que no probarán la muerte, hasta que vean al Hijo del hombre viniendo en su reino». Y fue hecho después de días seis, tomó Jesús a Pedro y a Jacobo y a Juan hermano suyo, y los conduce a un monte alto por separado, y fue transfigurado Jesús ante ellos, y resplandeció su rostro como el sol, las vestiduras en verdad de él fueron hechas como la nieve. La gloria, pues, del cuerpo que viene al reino fue demostrada a los Apóstoles: Pues con el hábito de su gloriosa transfiguración se constituyó el Señor, patente la clarificación de su cuerpo que reina.
    XI.35 Y ciertamente el consorcio de esta su gloria prometiéndolo a los Apóstoles, dice: «Así será en la consumación del siglo. Enviará el Hijo del hombre a sus ángeles, y recogerán de su reino todos los escándalos y los que hacen iniquidad, y los enviará al camino del fuego; allí será el llanto y el crujir de dientes. Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre: quien tiene oídos de oír, oiga». ¿Acaso no todas las naturales y corporales orejas se abren a la audición de los dichos, para que al oír, mediante la admonición dominica, fuera necesario? Pero insinuando la ciencia del sacramento el Señor, exigió la audición de la doctrina fiel. En la consumación, pues, del siglo se quitan de su reino los escándalos. Tenemos, pues, al Señor reinando según la clarificación del cuerpo, hasta que se quiten los escándalos. Tenemos a su vez conformes nosotros a la gloria de su cuerpo en el reino del Padre, como resplandeciendo en la claridad del sol: en la cual el hábito de su reino lo mostró transformado a los Apóstoles en el monte.
    XI.36 Entregará, pues, el reino a Dios Padre: no así, como entregando por potestad conceda, sino que los efectos nosotros mediante la glorificación de su cuerpo el reino de Dios seremos entregados. Pues no dice: Entregará su reino; sino, Entregará el reino, habiéndonos hecho conformes a la gloria de su cuerpo, el reino de Dios va a entregar. Nosotros, pues, entregará hacia el reino, según esto dicho en los Evangelios: «Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino preparado para vosotros desde la constitución del mundo». Resplandecerán, pues, los justos como sol en el reino de su Padre. Entregará, pues, el Hijo a Dios Padre el reino, a los que llamó hacia el reino, a quienes también prometió la beatitud de este sacramento diciendo: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Reinando, pues, apartará los escándalos, y entonces los justos en el reino del Padre como sol resplandecerán. Entregará, pues, a Dios Padre el reino: y entonces a los que entregó el reino a Dios, verán a Dios. Y qué reino, él mismo testificó diciendo a los Apóstoles: «En vosotros pues está el reino de Dios». Reinando, pues, entregará el reino. Y si alguien pregunta quién es este que entrega el reino, oirá: «Cristo resucitó de los muertos, primicias de los que duermen; porque por el hombre la muerte, y por el hombre la resurrección de los muertos». Pues todo este discurso ahora de la cuestión presente es sobre el sacramento del cuerpo, porque Cristo son las primicias de los muertos. En qué misterio, en verdad, Cristo resucitó de los muertos, conozcámoslo diciendo el Apóstol: «Recuerda a Cristo haber resucitado de los muertos, de la semilla de David»: la muerte, pues, y la resurrección enseñando que son de esa parte solo dispensación, en la cual es carne.
    XI.37 Reina, pues, en este mismo ahora suyo glorioso cuerpo, hasta que evacuados los magistrados, y muerta vencida sujete a sí a los enemigos. Y ciertamente por el Apóstol fue guardado este modo, para que a los magistrados y potestades la evacuación, a los enemigos en verdad la sujeción fuera deputada. Los cuales sujetos, será sujeto el que sujetó a sí todas las cosas, el Señor ciertamente, para que sea Dios todo en todos, la naturaleza de la naturaleza de nuestro cuerpo asumido invecta de la naturaleza de la divinidad paterna. Pues por ello será Dios todo en todos, porque según la dispensación de Dios y hombre, el Mediator de los hombres y Dios, teniendo en sí por dispensación lo que es de la carne, va a conseguir en todas las cosas por la sujeción lo que es de Dios, para que no sea Dios por parte, sino Dios todo. No es otra, pues, causa de la sujeción, que para que sea Dios todo en todos, ninguna parte de la terrena naturaleza de su cuerpo residiendo, para que antes en sí conteniendo a dos, ahora Dios sea solo; no arrojado el cuerpo, sino por su clarificación trasladado; ni por deficiente abolido, sino por clarificación mutado; adquiriendo para sí a Dios más bien al hombre, que a Dios por el hombre perdiendo. Sujeto, en verdad, por ello, no para que no sea, sino para que sea Dios todo en todos; teniendo en el sacramento de la sujeción ser y permanecer lo que no es, no teniendo en el defecto así a sí mismo carecer, para que no sea.
    XI.38 Y aunque para la seguridad religiosa de esta inteligencia baste para nosotros la autoridad apostólica, de que debe ser sujeto en el tiempo y mediante la dispensación el Señor Jesucristo primicias de los que duermen, para que sea Dios todo en todos: mediante lo cual no es enfermedad de la divinidad, sino profecto de la asunción, mientras hombre y Dios, ya Dios todo es: no obstante, para que tal vez, porque tanto glorificado en el cuerpo mientras en él reina, como después debemos creer que debe ser sujeto para que sea Dios todo en todos, no también de los Evangelios seamos estimados haber presumido; el testimonio de nuestra fe no solo de los apostólicos, sino también de los dominicos dichos, debe ser adstruido; para que lo que hablando Pablo Cristo habló, eso ante Pablo Cristo él mismo ya haya hablado.
    XI.39 La dispensación, pues, de esta gloria la demuestra a sus Apóstoles con absoluta significación de palabras diciendo: «Ahora ha sido glorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido glorificado en él. Si Dios ha sido glorificado en él, y Dios lo glorificó en sí mismo, y Dios protinus lo glorificó». Tenemos primero la gloria del Hijo del hombre, después en el Hijo del hombre la gloria de Dios, en eso que ha sido dicho: «Ahora ha sido honorificado el Hijo del hombre, y Dios ha sido honorificado en él». Esto, pues, primero mira a la gloria del cuerpo, la cual de la consociación de la naturaleza divina mutuaría la gloria. Sucede después el profecto de la gloria más plena, por el incremento de la gloria ya indultada al cuerpo por captarse: «Si Dios ha sido honorificado en él, y Dios lo honorificó en sí mismo, y Dios protinus lo honorificó». Por esto, pues, glorificó a él Dios en sí mismo, porque ya en él ha sido glorificado Dios. Pues porque Dios en él ha sido glorificado, mira a la gloria del cuerpo, mediante la cual la gloria de Dios entendida por el cuerpo es, la gloria de Dios mediante la gloria del Hijo del hombre entendible. Porque, en verdad, porque ha sido glorificado en él Dios, y por ello lo glorificó Dios en sí mismo; mediante el incremento del glorificado en él Dios, lo glorificó en sí mismo Dios, para que sea Dios todo en todos, permaneciendo él mismo después en la gloria de Dios mediante la dispensación de la sujeción. Ni en verdad calló sobre el tiempo diciendo: «Y Dios lo glorificó en sí mismo, y Dios protinus lo glorificó»: para que porque procediendo a la traición Judas la gloria, la cual a él después de la pasión iba a ser consecutura por la resurrección futura, hubiera significado en el presente; la, por la cual en sí mismo Dios lo iba a glorificar, reservara hacia el futuro; demostrada la gloria de Dios en él mediante la virtud de la resurrección, él mismo, en verdad, en la gloria de Dios, es decir, en Dios todo en todos mediante la dispensación de la sujeción, permaneciendo.
    XI.40 Y en eso ciertamente cuanta estupidez es del furor herético, desesperar eso para Dios, lo que para sus esperanzas humanas blande; para que lo que en el hombre Dios potente es, eso en sí mismo al efectuarse sea enfermo? Ni el discurso, ni el sentido de la razón capaz habla, para que por cierta necesidad natural, obnoxio Dios al consultarnos, no pueda prestarse a sí mismo nada de beatitud: no que necesite profecto, quien sea de imperturbada naturaleza y virtud, sino porque mediante la dispensación y el sacramento de gran piedad, quien Dios es, y hombre es, impotente para sí mismo sea prestarse esto todo, lo que Dios es; cuando a nosotros no ambiguamente va a indultar que seamos eso también, lo que no somos. Pues de la vida humana y de la muerte el fin es la resurrección: y el certísimo estipendio de nuestra milicia es incorrupta eternidad, no permaneciendo hacia la perseverancia de la pena, sino hacia el fruto de perpetua gloria y la jucundidad no cesando. Cuando, pues, este origen nuestro de cuerpos terrenos exceda hacia el hábito de la naturaleza más potente, y se haga conforme a la gloria del cuerpo dominico; Dios hallado en la forma de siervo, aunque ya glorificado en el cuerpo sea según que está en la forma de siervo, ¿no será sin embargo conforme a Dios; para que quien nos tributará la forma de su cuerpo glorificado, él mismo para su cuerpo nada más pueda que lo que a nosotros y a sí mismo le sea en común prestar? Esto, pues, que ha sido dicho: «Entonces estará sujeto al que le sujetó todas las cosas, para que sea Dios todo en todos»; la mayoría de los herejes lo afirman así: para que por ello deba ser sujeto al Dios Padre el Hijo, para que el Padre mediante la sujeción del Hijo sea Dios todo en todos; como si todavía también la perfección faltara a Dios, la cual mediante la sujeción del hijo va a conseguir: entendido como inope de la absoluta y bienaventurada divinidad, si Dios va a conseguir ser todo en todos mediante el profecto de los tiempos.
    XI.41 Y a mí ciertamente entendiendo a Dios solo por veneración, no menos parecer impío responder a estas cosas, que estar presente; y sobre la naturaleza, que exceda la concepción del sentido humano, enunciare por palabras cuya significación todavía más angosta que la inteligencia sea, poder confiar; y primero dudar, si falta algo a Dios, o si él pleno mismo para el pleno sea residuo ser. Lo que si Dios, a quien no de otro lugar es lo que Dios siempre es, tuviera profecto, para que sea más algo alguna vez; no puede sin embargo llegar hacia eso, para que nada le falte: porque a quien la naturaleza de profecto es residua, nunca se entiende que haya profectado sin algún incremento residuo; mientras la naturaleza tendiendo hacia el profecto, profectando aunque siempre, siempre sin embargo patéese hacia el profecto. Lo que, en verdad, en la plenitud perfecta permanece, y siempre es, no se dejó a sí mismo para que sea más pleno: porque la accesión de la plenitud más plena la plenitud perfecta no capta. Y estas cosas, pues, de Dios así opinar es la especie de la pía inteligencia, que a Dios no le falta nada, y que es pleno.
    XI.42 Por lo demás no ignora el Apóstol, de qué clase de voz de confesión sobre Dios debe ser testado, diciendo: «¡O profundidad de las riquezas y sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e investigables sus caminos! Pues ¿quién conoció el sentido del Señor? ¿o quién fue su consejero? ¿o quién primero dio, y le será retribuido? Porque de él, y por él, y en él son todas las cosas; a él gloria por los siglos de los siglos». No es circunscrito Dios por la mente terrena, ni esta profundidad de su sabiduría mediante el sentido de la inteligencia penetrante es alcanzada, ni los juicios de sus constituciones por el ingenio de los que perscrutan son aprehendidos, ni las vías de su cognición investigables se dejan por los estudios de los que las persiguen. Sumergidas todas las cosas en el profundo comprendido de él son, y nada sobre sus cosas será hallado, nada se perseguirá. Pues el sentido de él nadie conoció: y de consejo no necesitó externo. Sobre nosotros, en verdad, ahora todo este discurso es, no también de él, por quien son todas las cosas, quien es el Ángel del gran consejo, quien también dice: «Nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni al Padre nadie conoce, sino el Hijo, y a quien el Hijo quiera revelar». Pero contra nuestras mentes imbéciles, y demorándose en el profundo que de-define y circunscribe a la naturaleza divina, debe usarse de la confesión de la protestación apostólica: para que la opinión temeraria no se usurpe algo sobre Dios, fuera de lo que es enseñado.
    XI.43 La común, en verdad, esta inteligencia de las causas naturales es, nada caer en el sentido, a no ser lo que al sentido subyace, para que o alguna cosa propuesta a los ojos, o alguna obra cualquiera posterior a nuestro sentido y mente: de los cuales uno, lo que o es tratado o se mira, concede dentro de la sentencia de nuestra opinión, mediante el mismo tacto y vista moderando; lo otro, en verdad, lo que se hace en el tiempo, y que algún más joven de nosotros o es engendrado o es constituido desde el origen, porque no previene el sentido de la inteligencia, es obnoxio también al juicio del sentido que discierne. Pues ni nuestra vista discierne las cosas invisibles, la cual no sino tanto las conspectas discierne: o nuestra mente se extenderá hacia ese tiempo, en el que no existió, y pervestigará las cosas más antiguas de su orto, cuando no sino la opinión de aquellas cosas solo, de las cuales él mismo sea mayor, se le deja: las cuales generalmente ellas mismas por necesidad de su natural enfermedad inciertas, la ciencia absoluta en la cognición de las causas no tiene; mucho menos las que antes de sí son por razón eterna, mediante el sentido que vuelve más allá de su natividad percibe.
    XI.44 Y por eso el Apóstol, porque nunca a no ser esas cosas en la cognición caerían, las que sucedieran posteriores al sentido, conmemorada la profundidad de la sabiduría de Dios, y la infinitud de los juicios inexscrutables, y el secreto de las vías investigables, y la ignorancia del sentido incognito, y la ininteligencia del consejo no comunicado, sometió: «¿Quién pues primero dio, y le será retribuido? Porque de él y por él y en él son todas las cosas, a él gloria por los siglos de los siglos». Dios, quien siempre es, no está sujeto ahora, ni es prevenido por algún movimiento de mente o de inteligencia anterior de sí. Y por eso es todo él investigable e imperscrutable profundo. Todo, en verdad, así, para que no por ello definido sea en el modo, sino que sea entendido en el inmenso: porque de nadie tomó lo que es, ni prior le dio alguien, para que el oficio de retribuir al que da sea oportuno. Pues de él y por él y en él son todas las cosas. No necesita de las cosas que permanecen de sí y por sí y dentro de sí; ni quien es origen, ni quien es artífice, ni quien es continente, y externo de los internos, y conditor de los efectuados: y de las suyas él mismo nunca es necesitado. Nada antes es, nada de otro lugar, nada fuera de sí es. ¿De qué, pues, carece por profecto de plenitud, para que mediante el tiempo todavía Dios sea todo en todos? ¿O de dónde tomará, fuera de quien nada es? nada en verdad así, para que siempre él mismo sea. Y quien él mismo siempre es, y fuera de quien nada es, ¿con qué incremento debe ser explendido, o con qué augmento debe ser mutado, diciendo: «Yo soy, y no me mudo»: cuando no se deja o lugar hacia la mutación, o causa hacia el profecto, o anterior hacia la eternidad, o otra cosa hacia Dios fuera de lo que Dios mismo es? No, pues, mediante la sujeción del Hijo Dios será todo en todos: ni mediante la causa será consumado, de quien y por quien y dentro de quien toda causa consiste. Permanece, pues, como es siempre Dios, ni necesita profecto quien hacia eso que es, de sí y para sí siempre es.
    XI.45 Pero ni al unigénito Dios cae la necesidad de mudar la naturaleza. Pues Dios es, que es nombre de plena y perfecta divinidad. Pues como enseñamos arriba, tanto la significación de la gloria repetida, como la causa de la sujeción es, para que sea Dios todo en todos; ser, en verdad, Dios todo en todos, es sacramento, no necesidad. Pues permaneciendo en la forma de Dios asumió la forma de siervo, no mutado, sino a sí mismo vaciándose, y dentro de sí mismo latente, y dentro de su propia potestad vacuefacto: mientras se templa a sí mismo hasta la forma del hábito humano, para que la enfermedad de la humildad asumida no llevara la naturaleza potente e inmensa; sino tanto se moderara la virtud incircumscripta, en cuanto debería ella hasta la paciencia del cuerpo conexo a sí obedecer. Eso, en verdad, que se contuvo a sí mismo vaciándose dentro de sí, no trajo detrimento a la potestad; cuando dentro de esta humildad del que se vacía, sin embargo por virtud de toda la potestad vacuefacta dentro de sí usó.
    XI.46 Que, pues, Dios será todo en todos, es profecto de nuestra asunción. Pues quien, cuando estaba en la forma de Dios, fue hallado en la forma de siervo, de nuevo debe ser confesado en la gloria de Dios Padre: para que no ambiguamente se entienda que permanece en su forma, en cuya gloria va a ser confesado. La dispensación, pues, solo es, no mutación: pues en eso está, en lo que estaba. Pero cuando medio es lo que comenzó a ser, es decir, hombre nacido; todo le es adquirido de naturaleza, que antes Dios no fue, cuando Dios ser todo en todos después del sacramento de la dispensación se demuestra. Nuestros estos, pues, ganancias son, y nuestros profectos, nosotros ciertamente conformes a ser hechos de la gloria del cuerpo de Dios. Por lo demás el unigénito Dios, aunque también hombre nacido sea, no sin embargo otra cosa que Dios todo en todos es. Pues esa sujeción del cuerpo, mediante la cual lo que carnal para él es, en naturaleza de espíritu se devora, constituirá ser Dios todo en todos a él, quien fuera de Dios también hombre es: nuestro, en verdad, aquel hombre hacia eso profecta. Por lo demás nosotros profectaremos hacia la conforme gloria de nuestro cuerpo, y renovados hacia la agnición de Dios, hacia la imagen del Creador seremos reformados, según el dicho del Apóstol: «Exuti el hombre viejo con los actos de él, e induti el nuevo, quien se innova en agnición de Dios según la imagen de aquel que creó a él». Se consuma, pues, el hombre imagen de Dios. Pues el efecto conforme a la gloria del cuerpo de Dios, excede hacia la imagen del Creador, según la dispuesta figuración del primer hombre. Y después del pecado y el hombre viejo, hecho hombre nuevo en la agnición de Dios, obtiene la perfección de su constitución, agnosciente su Dios, y mediante eso imagen de él: y mediante la religión profectando hacia la eternidad, y mediante la eternidad imagen de su Creador va a permanecer.
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