Establece la generación eterna del Verbo y refuta a quienes se oponen a ella apoyándose en la razón humana. Primero, tras demostrar que las palabras del Hijo —Yo en el Padre y el Padre en mí— superan la capacidad del entendimiento humano, las explica con claridad a partir de la propia enseñanza de las Escrituras sobre el Padre y el Hijo. Luego, a partir de la admirable conversión del agua en vino y de la multiplicación de los cinco panes, demuestra que Dios puede muchas cosas ante las cuales el filo de la mente humana se queda corto.
A continuación se presenta el argumento humano con el que sostienen que no puede haber ningún nacimiento a partir de Dios, y lo refuta por múltiples vías:
- Porque ese argumento tiene su origen en la sabiduría humana, que Dios ha declarado, mediante los oráculos proféticos y apostólicos, que destruirá.
- Porque es preferible escuchar a Cristo, hecho hombre precisamente para ser testigo ante nosotros de las realidades divinas —aquí se examinan las palabras con que expuso la obra y el oficio de su dispensación, y acreditó con múltiples argumentos su verdadero nacimiento de Dios—.
- Porque ni siquiera alcanzamos a comprender los hechos visibles de Cristo, como por ejemplo su entrada junto a los discípulos con las puertas cerradas.
- Finalmente, porque tal es la naturaleza de la mente humana que, siendo creada e imperfecta, no puede concebir a aquel que es perfecto y su Creador.
Al final se elogia la sabia locura de los fieles, que desconfían de sí mismos para creer en Dios, y no miden las realidades divinas desde la debilidad de su propia razón, sino que las consideran según la infinitud del poder omnipotente.
3.1 Las palabras del Señor —«Yo estoy en el Padre, y el Padre en mí»— producen oscuridad en muchos, y no sin razón: la inteligencia humana, por su propia naturaleza, no alcanza a comprender el sentido de tal afirmación. Parece, en efecto, imposible que lo que está en otro pueda estar igualmente fuera de ese otro; y siendo necesario que las realidades de que se habla no existan en soledad, sino que conserven cada una su propio número y condición, no parece que puedan contenerse mutuamente, de modo que quien tiene algo dentro de sí permanezca siempre exterior a ello, y viceversa, que lo que está contenido permanezca siempre interior a quien lo contiene.
Esto, ciertamente, no lo alcanzará la comprensión humana, ni ninguna comparación tomada de las cosas humanas logrará ilustrar las realidades divinas. Pero lo que es incomprensible para el hombre es posible para Dios. Y que no se entienda esto como si bastara la sola autoridad de quien lo dijo para justificar lo dicho: es necesario conocer y comprender qué significa aquello de «Yo en el Padre, y el Padre en mí» —si es que somos capaces de alcanzarlo tal como es—, de modo que lo que la naturaleza de las cosas parece no poder sostener, la razón de la verdad divina lo haga posible.
3.2 Para avanzar con mayor facilidad hacia la comprensión de esta cuestión tan ardua, es necesario que conozcamos primero al Padre y al Hijo según la enseñanza de las Escrituras divinas, a fin de que nuestro discurso sea más pleno al hablar de realidades ya conocidas y familiares. La eternidad del Padre, como tratamos en el libro anterior, trasciende los lugares, los tiempos, la forma visible y todo cuanto pueda ser concebido por los sentidos humanos. Él está fuera de todo y en todo; lo abarca todo y no puede ser abarcado por nadie; no muda ni por acercamiento ni por alejamiento; es invisible, incomprensible, pleno, perfecto, eterno; no toma nada de ningún otro, sino que en aquello que permanece tal como es, él mismo se basta a sí mismo.
3.3 Este, pues —el ingénito—, engendró antes de todo tiempo al Hijo de sí mismo: no de materia alguna preexistente, porque todo es por el Hijo; no de la nada, porque el Hijo procede de sí mismo; no como un parto, porque nada en Dios es mutable ni carece de plenitud; no como una parte de sí mismo, ni dividida, ni separada, ni extendida —pues Dios es impasible e incorpóreo, y esas cosas pertenecen a la pasión y a la carne—; y según el Apóstol, «en Cristo habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2,9). Antes bien, de manera incomprensible e indecible, antes de todo tiempo y de todos los siglos, engendró al Unigénito de lo que en sí mismo es ingénito, comunicando a su nacimiento todo lo que Dios es, por amor y por poder. Y así, del Padre ingénito, perfecto y eterno, el Hijo es unigénito, perfecto y eterno.
Lo que le corresponde según el cuerpo que asumió es expresión de su bondad orientada a nuestra salvación. Pues siendo invisible, incorpóreo e incomprensible —como quien ha sido engendrado de Dios—, tomó sobre sí solo tanta materia y humildad cuanta capacidad había en nosotros para entenderlo, percibirlo y contemplarlo; acomodándose a nuestra debilidad, antes que rebajando algo de aquello en lo que él mismo subsistía.
3.4 El Hijo perfecto del Padre perfecto, el Unigénito del Dios ingénito, que recibió todo de aquel que todo lo tiene —Dios de Dios, espíritu de espíritu, luz de luz— proclama con toda confianza: «El Padre en mí, y yo en el Padre» (Jn 10,38). Porque así como el Padre es espíritu, también el Hijo es espíritu; así como el Padre es Dios, también el Hijo es Dios; así como el Padre es luz, también el Hijo es luz. Lo que está en el Padre, eso mismo contiene al Hijo: es decir, del Padre entero nació el Hijo entero. No de otro origen, porque nada hay anterior al Hijo; no de la nada, porque el Hijo es de Dios; no en parte, porque la plenitud de la divinidad está en el Hijo; no en algunas cosas, sino en todas. Fue así como lo quiso quien pudo, como lo sabe quien engendró.
Lo que está en el Padre, eso mismo está en el Hijo; lo que está en el ingénito, eso mismo en el Unigénito. Uno procede del otro, y ambos son uno; no dos que son uno, sino uno en el otro, porque no hay nada diferente en ninguno de los dos. El Padre está en el Hijo porque de él procede el Hijo; el Hijo está en el Padre porque el Hijo no tiene otro origen; el Unigénito está en el Ingénito porque el Unigénito viene del Ingénito. Así se contienen mutuamente: del mismo modo que todo es perfecto en el Padre ingénito, todo es perfecto en el Hijo Unigénito. Esta unidad del Hijo y el Padre, esta potencia, esta caridad, esta esperanza, esta fe, esta verdad, este camino, esta vida: he aquí por qué no corresponde levantar calumnias contra las perfecciones de Dios ni murmurar contra el Hijo a causa del misterio y la potestad de su nacimiento; no comparar nada con el Padre ingénito, no separar al Unigénito de él ni en el tiempo ni en la potencia, y confesar que el Hijo es Dios porque procede de Dios.
3.5 Hay en Dios poderes tales que, aunque su razón sea incomprensible para nuestra inteligencia, la fe reposa no obstante en la certeza de su eficacia real. Y esto no solo lo advertiremos en las realidades espirituales, sino también en las corporales —no como ilustración de la generación divina, sino para despertar la admiración ante hechos que pueden percibirse—. En el día de bodas, en Galilea, el vino fue hecho de agua (Jn 2,9): ¿puede acaso nuestra palabra o nuestro entendimiento alcanzar a comprender de qué manera fue transformada la naturaleza, de modo que la sencillez del agua desapareciera y naciera el sabor del vino? No hubo mezcla, sino creación; y una creación que no comenzó desde sí misma, sino que pasó de una cosa a otra: no es que lo más débil se convirtiera en lo más fuerte por transfusión, sino que lo que era quedó abolido, y lo que no era comenzó a ser.
El novio estaba afligido, la familia turbada, la solemnidad del banquete nupcial en peligro. Se acude a Jesús: no se levanta, no apremia, sino que el resultado es obra de su quietud. Se vierte agua en las tinajas, se extrae vino en las copas; quien vierte no sabe lo mismo que quien extrae. Los que vertieron creen estar sacando agua; los que sacan creen que se vertió vino; el tiempo que media entre uno y otro no sirve para que la naturaleza del líquido nazca ni perezca. La razón del hecho frustra tanto la vista como el sentido; y sin embargo, el poder de Dios se percibe en lo que ha ocurrido.
3.6 No diferente es la admiración que suscita el hecho de los cinco panes (Mt 14,17). Con su multiplicación se sacia el hambre de cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños innumerables: la inteligencia de lo que se obra huye de nuestros ojos y nuestros sentidos. Se ofrecen cinco panes, se parten; bajo las manos de quienes los van partiendo brotan, como por generación, fragmentos sucesivos. No disminuye aquello de lo que se parte; y sin embargo, los fragmentos ocupan siempre la mano de quien parte. Los instantes engañan la vista: mientras sigues una mano llena de trozos, ves la otra sin mengua de su porción; entre tanto, el montón de fragmentos crece. Quienes sirven están en su ministerio, quienes comen en su tarea, los que tenían hambre quedan saciados, las sobras llenan doce canastas. Ni los sentidos ni la vista alcanzan el avance de una obra tan manifiesta. Existe lo que no existía, se ve lo que no se entiende; solo queda creer que Dios puede todo.
3.7 Las cosas divinas no tienen adulación, ni en Dios subyace simulación para agradar o engañar. Estas obras del Hijo de Dios no nacen de afán de ostentación: pues aquel a quien sirven innumerables miríadas de ángeles no iba a adular al hombre. ¿Qué necesitaba de lo nuestro aquel por quien existe todo lo que es nuestro? ¿Acaso buscaba honor de nuestra parte —de nosotros que a veces estamos entorpecidos por el sueño, agotados por los excesos nocturnos, con la conciencia manchada por riñas y violencias del día, ebrios tras los banquetes—, cuando los arcángeles, las dominaciones, los principados y las potestades lo alaban en el cielo sin sueño, sin ocupación, sin culpa, con voces eternas e infatigables? Y lo alaban porque él, imagen del Dios invisible, creó a todos en sí mismo, hizo los siglos, firmó el cielo, dispuso los astros, fundó la tierra, hundió los abismos; y luego nació hombre, venció a la muerte, quebró las puertas del infierno, se adquirió un pueblo coheredero, llevó la carne desde la corrupción a la gloria de la eternidad.
Nada, pues, necesitaba de nosotros, para que estas obras indecibles e incomprensibles que realizó entre nosotros lo adornaran como si le faltara alabanza. Sino que Dios, previendo el error de la malicia y la necedad humana, y sabiendo que la incredulidad llegaría al extremo de atreverse a juzgar las cosas de Dios, venció nuestra audacia con los ejemplos de aquellas mismas realidades sobre las que se pretendía debatir.
3.8 Hay, en efecto, muchos que tienen por sabiduría lo que Dios tiene por necedad —los sabios de este mundo— quienes, al escuchar que Dios nació de Dios, lo verdadero de lo verdadero, lo perfecto de lo perfecto, uno de uno, contradicen como si predicáramos imposibles, aferrándose a ciertos encadenamientos de razonamientos cuando dicen: «De uno nada pudo nacer, porque todo nacimiento requiere dos. Y si este hijo nació de uno solo, tomó una parte de quien lo engendró: y si es una parte, ninguno de los dos es perfecto, pues a quien engendró le falta lo que salió de él; ni en quien es engendrado habrá plenitud, pues subsiste a partir de una porción. Así, ninguno de los dos es perfecto: el que engendró pierde su plenitud, y el que nació no la alcanza.»
Esta sabiduría del mundo, Dios ya la condenó desde antiguo por medio del profeta, diciendo: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y reprobaré la inteligencia de los prudentes» (Is 29,14). Y del mismo modo en el Apóstol: «¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el investigador de este siglo? ¿No ha convertido Dios en necedad la prudencia de este mundo? Pues ya que el mundo, con toda su sabiduría, no conoció a Dios en la sabiduría de Dios, plugo a Dios salvar a los creyentes por la necedad de la predicación; porque los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para los llamados —judíos y griegos— Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios; porque lo necio de Dios es más sabio que los hombres, y lo débil de Dios es más fuerte que los hombres» (1 Cor 1,20ss).
3.9 Teniendo, pues, cuidado del género humano, el Hijo de Dios se hizo hombre, ante todo, para que se creyera en él; para ser testigo de las realidades divinas desde nuestra misma condición, y para anunciarnos al Padre Dios a través de la debilidad de la carne —a nosotros, débiles y carnales—, cumpliendo en ello la voluntad del Padre, como él mismo dice: «No vine a hacer mi voluntad, sino la voluntad de aquel que me envió» (Jn 6,38). No porque él no quiera lo que hace, sino que manifiesta su obediencia en el cumplimiento efectivo de la voluntad paterna, queriendo él mismo llevar a plenitud la voluntad del Padre.
Y esta era la voluntad que él debía realizar, como él mismo da testimonio al decir: «Padre, llegó la hora: glorifica a tu Hijo, para que el Hijo te glorifique a ti; así como le diste potestad sobre toda carne, para que a todo lo que le diste él le conceda vida eterna. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste. Yo te glorifiqué en la tierra, habiendo consumado la obra que me diste que hiciera. Y ahora, Padre, glorifícame junto a ti mismo con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera. Manifesté tu nombre a los hombres que me diste» (Jn 17,1ss). Con palabras breves y pocas expuso toda la obra de su misión y su dispensación, afianzando al mismo tiempo la verdad de la fe contra toda inspiración del engaño diabólico. Recorramos, pues, una por una las potencias de sus palabras.
3.10 Dice: «Padre, llegó la hora: glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique a ti». No dice que llegó un día ni un tiempo, sino una hora. Y la hora es una porción del tiempo. ¿Cuál es esa hora? Aquella de la que habló al confirmar a sus discípulos en el tiempo de la pasión: «He aquí que llega la hora en que el Hijo del hombre será glorificado» (Jn 12,23). Esta es, por tanto, la hora en que pide ser glorificado por el Padre para glorificar él mismo al Padre.
Pero ¿qué significa esto? ¿Aguarda ser glorificado para glorificar a su vez, y pide un honor que devolverá? ¿Acaso le hace falta lo que va a dar de vuelta? Que acudan aquí los sofistas del mundo y los sabios de Grecia, y pretendan atrapar la verdad en sus silogismos. Que busquen cómo, de dónde y por qué razón: y cuando se vean atascados, escuchen aquello de «Dios eligió lo necio del mundo» (1 Cor 1,27). Entendamos pues, a través de nuestra necedad, lo que es incomprensible para los sabios del mundo.
El Señor había dicho «Padre, llegó la hora»: señalaba la hora de la pasión, pues en ese preciso momento hablaba. Luego añadió: «Glorifica a tu Hijo». ¿De qué manera iba a ser glorificado el Hijo? Pues había nacido de una virgen y había pasado desde la cuna y la infancia hasta la madurez del hombre; había conocido el sueño, el hambre, la sed, el cansancio, las lágrimas —había vivido la condición humana en todo—, y ahora estaba a punto de ser escupido, flagelado, crucificado. ¿Qué hay, pues? Solo estas cosas atestiguarían ante nosotros la humanidad de Cristo. Pero no nos avergonzamos de la cruz, no somos prejuzgados por los azotes, no somos envilecidos por los escupitajos. El Padre glorifica al Hijo. ¿Cómo? Al fin es clavado en la cruz. ¿Y qué sigue? El sol no se pone: huye. ¿Digo que huyó? No se retiró entre nubes, sino que faltó en el curso de su obra; y los demás elementos del mundo sintieron junto con él su propio fin. Y para que ninguna de las operaciones celestes participara en ese crimen, quedaron privadas de su existencia por la necesidad de esa intervención. ¿Y qué hizo la tierra? Tembló bajo el peso del Señor colgado en el madero, dando testimonio desde sus entrañas de que no podía contener al que iba a morir. ¿Acaso también las rocas y las piedras ceden su porción? Se rompen y se quiebran, pierden su naturaleza, y al rasgarse confiesan que no pueden guardar en sí el cuerpo que habrá de depositarse en ellas.
3.11 ¿Qué más? También el centurión de la cohorte, el guardián de la cruz, proclama: «Verdaderamente este era el Hijo de Dios» (Mt 27,54). La creación es liberada por la mediación de este sacrificio; las rocas no retienen su firmeza y dureza. Quienes lo crucificaron confiesan que es verdaderamente el Hijo de Dios: el efecto da razón a la proclamación. El Señor había dicho: «Glorifica a tu Hijo». No solo lo llamó Hijo de nombre, sino también por la intimidad expresada en aquel posesivo: «tuyo». Pues muchos somos hijos de Dios, pero no de la misma manera que este Hijo. Porque este es verdadero Hijo y propio: por origen, no por adopción; por verdad, no por denominación; por nacimiento, no por creación. Después de su glorificación, la confesión siguió a la verdad: el centurión confiesa al verdadero Hijo de Dios, para que ninguno de los creyentes dudara de lo que un perseguidor no había negado.
3.12 Quizás se piense que el Hijo necesitaba la glorificación que pedía, y se le encontrará débil por esperar la glorificación del más poderoso. ¿Y quién no confesará que el Padre es mayor, como ingénito respecto del engendrado, como padre respecto del hijo, como el que envía respecto del enviado, como el que quiere respecto del que obedece? Y el propio Hijo será nuestro testigo: «El Padre es mayor que yo» (Jn 14,28). Todo esto ha de entenderse tal como es; pero hay que cuidar que, ante los poco instruidos, el honor del Padre no debilite la gloria del Hijo.
Y la propia glorificación pedida no permite que se le debilite: pues a lo que se dice «Padre, glorifica a tu Hijo» sigue aquello de «para que el Hijo te glorifique a ti». No es, por tanto, débil el Hijo, que va a devolver a su vez la glorificación cuando haya sido glorificado. Pero si no es débil, ¿qué pedía? Nadie pide sino lo que le falta. ¿O acaso también el Padre es débil? ¿O tan pródigo de lo que tiene que se le deba devolver la glorificación por el Hijo? Ni el uno lo necesitó, ni el otro lo desea: y sin embargo, el uno se la da al otro. Por tanto, la petición mutua de glorificación que se dan y se devuelven nada quita al Padre ni debilita al Hijo, sino que manifiesta en ambos la misma potencia de la divinidad: pues el Hijo pide al Padre que lo glorifique, y el Padre no desdeña recibir la glorificación del Hijo; esta reciprocidad en darse y devolverse la glorificación revela la unidad de la potencia en el Padre y en el Hijo.
3.13 Pero hay que comprender en qué consiste esta glorificación y de qué procede. Dios no es, a mi entender, mudable; ni la eternidad admite vicio o enmienda, avance o mengua: lo que es, siempre es, pues esto es lo propio de Dios. Lo que siempre es, no puede tener en ningún momento de su naturaleza el que no sea. ¿Cómo, entonces, será glorificado lo que no se carece de sí mismo ni se aparta de sí mismo, de modo que nada haya que recibir en sí ni haya perdido algo que deba recuperar? Nos detenemos, dudamos. Pero el evangelista no abandona la debilidad de nuestra inteligencia: nos muestra cuál sería la glorificación que el Hijo habría de dar al Padre, diciendo: «Así como le diste potestad sobre toda carne, para que a todo lo que le diste él le conceda vida eterna. Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste» (Jn 17,2-3).
El Padre es glorificado por el Hijo en el hecho de ser conocido por nosotros. Y esta gloria consistía en que el Hijo —hecho él mismo carne— había recibido del Padre la potestad sobre toda carne, y había de dar la eternidad de la vida a los seres caducos, corporales y mortales. La eternidad de nuestra vida no era fruto de ninguna operación nueva, sino efecto de la potencia: porque la gloria de la eternidad la obtendría no una nueva empresa, sino el solo conocimiento de Dios. No se añade, pues, gloria a Dios —pues no la había perdido para que se añadiera—; sino que es glorificado ante nosotros, los ignorantes, los fugitivos, los manchados, los muertos sin esperanza, los que vivimos en tinieblas sin ley; y es glorificado precisamente en que el Hijo recibió de él la potestad sobre toda carne para darle la vida eterna. Por estas obras del Hijo, el Padre es glorificado. Así, habiendo el Hijo recibido todo, fue glorificado por el Padre; y a su vez el Padre es glorificado cuando todo se realiza por el Hijo. Y la gloria recibida se devuelve de tal modo que cuanto hay de gloria en el Hijo es enteramente gloria del Padre: porque de él lo recibió todo; porque el honor del que sirve es honor del que envía, así como el honor del que engendra es honor del que nace.
3.14 ¿En qué consiste, entonces, la eternidad de la vida? Lo dice él mismo: «Para que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste». ¿Cuántas dificultades se plantean aquí, cuánta disputa de palabras? La vida está en conocer al único Dios verdadero: pero esto solo no constituye la vida. ¿Qué se añade, entonces? «Y a Jesucristo, a quien enviaste». Se da al Padre el honor que le es debido cuando se dice «a ti, el único Dios verdadero». Pero el Hijo no se separa a sí mismo de la verdad de Dios al añadir: «y a Jesucristo, a quien enviaste». La confesión de los creyentes no admite separación entre ambos, pues en los dos reside la esperanza de la vida; ni el Dios verdadero está ausente de aquel al que se une en la conjunción. Cuando se dice, por tanto, «para que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste», bajo esta significación —la del que envía y el enviado— no se divide la verdad y la divinidad del Padre y del Hijo por ninguna diferencia de significado o de distancia, sino que la fe religiosa se educa en la confesión del que engendra y del engendrado.
3.15 El Hijo glorifica al Padre de manera plena en lo que sigue: «Yo te glorifiqué en la tierra, habiendo consumado la obra que me diste que hiciera». Toda alabanza del Padre viene del Hijo: pues en lo que sea alabado el Hijo, eso mismo será alabanza del Padre. El Hijo lleva a plenitud todo lo que el Padre quiso. El Hijo de Dios nace hombre, pero el nacimiento de una virgen es poder de Dios. El Hijo de Dios se hace visible entre los hombres, pero Dios está presente en las obras de ese hombre. El Hijo de Dios es clavado en la cruz, pero en la cruz del hombre Dios vence a la muerte. Cristo, el Hijo de Dios, muere; pero en Cristo toda carne es vivificada. El Hijo de Dios desciende a los infiernos, pero el hombre es llevado al cielo. En la medida en que todo esto sea alabado en Cristo, tanto mayor alabanza recibirá aquel de quien Cristo es Dios. De este modo, el Padre glorifica al Hijo en la tierra; y a su vez, el Hijo —mediante las obras de su poder— glorifica ante la ignorancia de los pueblos y la necedad del siglo a aquel de quien él mismo procede. Y esta reciprocidad de glorificación no tiene que ver con el crecimiento de la divinidad, sino con el honor que se recibe a través del conocimiento de los que antes no conocían. Pues ¿de qué carecía el Padre, de quien todo procede? ¿O qué le faltaba al Hijo, en quien plugo que habitara toda la plenitud de la divinidad? El Padre es glorificado en la tierra porque la obra que encomendó se lleva a efecto.
3.16 Veamos qué glorificación espera el Hijo del Padre: y la respuesta es perfecta. Pues en la continuación está dicho: «Yo te glorifiqué en la tierra, consumé la obra que me diste que hiciera; y ahora, Padre, glorifícame junto a ti mismo con la gloria que tuve contigo antes de que el mundo existiera. Manifesté tu nombre a los hombres» (Jn 17,4ss). Por las obras del Hijo fue glorificado el Padre: pues se llega a comprender que es Dios, que se manifiesta como padre del Unigénito de Dios, que quiso que su Hijo naciera hombre incluso de una virgen para nuestra salvación, en quien se consuma en la pasión todo lo que había comenzado en el parto virginal. Así, porque el Hijo de Dios —perfecto en todo lo que es, nacido antes de todo tiempo en la plenitud de la divinidad y, desde el origen de su carne, también hombre— se encaminaba hacia la muerte; pide ser glorificado ante Dios tal como él glorificaba al Padre en la tierra, pues entonces las potencias de Dios eran glorificadas en la carne ante un siglo que las ignoraba.
¿Y qué es lo que ahora espera recibir del Padre como glorificación? Aquello mismo que tenía con él antes de que el mundo existiera. Tenía la plenitud de la divinidad —y la tiene, pues es el Hijo de Dios—. Pero quien era el Hijo de Dios había comenzado a ser también hijo del hombre, pues el Verbo se hizo carne. No había perdido lo que era, sino que había comenzado a ser lo que no era; no había dejado de ser lo suyo, sino que había asumido lo nuestro. Pide, pues, para ese avance —la naturaleza humana que había asumido— la gloria de aquella condición que nunca abandonó. Siendo, por tanto, el Hijo Verbo, y el Verbo hecho carne, y el Verbo Dios, y este Verbo en el principio junto a Dios, y el Verbo Hijo antes de la constitución del mundo: ahora el Hijo hecho carne oraba para que esa carne comenzara a ser ante el Padre lo que el Verbo era; para que lo que era del tiempo recibiera la gloria de la condición que no tiene tiempo; para que la corrupción de la carne, transformada en el poder de Dios y en la incorruptibilidad del espíritu, quedara absorbida. Esta, pues, es la oración al Padre, esta es la confesión del Hijo al Padre, esta es la súplica de la carne: en la que todos lo verán el día del juicio —reconocido y atravesado—, en la que fue prefigurado en el monte, en la que fue elevado a los cielos, en la que se sentó a la derecha de Dios, en la que fue visto por Pablo, en la que fue glorificado por Esteban.
3.17 Habiendo, pues, manifestado a los hombres el nombre del Padre, pide por él; pero ¿qué nombre? ¿Acaso el nombre de Dios era ignorado? Moisés lo escuchó desde la zarza, el Génesis lo anunció al comienzo de la creación del mundo, la ley lo expuso, los profetas lo proclamaron, los hombres lo percibieron en las obras de este mundo, incluso los pueblos gentiles lo veneraron —aunque fuera mintiendo—. No era ignorado, por tanto, el nombre de Dios. Pero en realidad, sí era ignorado. Porque nadie conoce a Dios si no confiesa al Padre como padre del Hijo Unigénito, y al Hijo como nacido de él —no como parte, ni como extensión, ni como emanación—, sino nacido de él de manera indecible e incomprensible, como hijo de padre, poseyendo la plenitud de la divinidad de la que y en la que nació: Dios verdadero, infinito y perfecto; porque esta es la plenitud de Dios. Pues si algo de esto faltara, ya no habría plenitud, la cual plugo que habitara en él (Col 1,19). Esto lo predica el Hijo, esto lo manifiesta a los que lo ignoraban; así el Padre es glorificado por el Hijo, cuando se le conoce como padre de tal Hijo.
3.18 Queriendo, pues, el Hijo acreditar la fe en su propio nacimiento, nos puso ante los ojos el ejemplo de sus obras, para que a través de la eficacia indecible de sus hechos indecibles aprendiéramos acerca del poder de un nacimiento igualmente indecible: cuando el agua se convierte en vino, cuando cinco panes sacian a cinco mil hombres —sin contar las mujeres y los niños— y con las sobras se llenan doce canastas. El hecho se ve y no se conoce; se realiza y no se comprende; la razón no se aprehende, y sin embargo el efecto se impone. Es necio, por tanto, levantar objeciones inquisitoriales sobre aquello que, por su propia naturaleza, no puede ser comprendido. Pues así como el Padre es indecible en su condición de ingénito, así tampoco puede explicarse el Hijo en su condición de Unigénito; porque el que es engendrado es imagen del ingénito. Y cuando alcanzamos la imagen con el sentido y con la palabra, necesariamente alcanzamos también a aquel de quien es imagen. Pero perseguimos lo invisible, intentamos lo incomprensible, nosotros cuya inteligencia está restringida a las cosas visibles y corporales. No nos avergonzamos de la necedad, no nos acusamos a nosotros mismos de impiedad al levantar objeciones contra los misterios de Dios, contra sus potencias. Preguntamos cómo es el Hijo y de dónde, y a qué costo para el Padre, o de qué porción suya nació. Tenías en el ejemplo de sus obras la prueba de que Dios puede hacer aquello cuya eficacia no eres capaz de comprender.
3.19 Preguntas cómo nació el Hijo según el Espíritu: yo te interrogo sobre cosas corporales. No pregunto cómo nació de una virgen; si la carne, al engendrar de sí misma carne perfecta, sufrió algún menoscabo. Y ciertamente no tomó para engendrar lo que dio a luz, sino que la carne produjo carne sin la vergüenza propia de nuestros procesos, y generó de sí misma lo perfecto sin disminuirse. Y sería justo, no imposible para Dios, considerar factible lo que conocemos como posible en el hombre por su poder.
Pero a ti, quien quiera que seas, que buscas lo que se puede investigar y te erigas en severo árbitro de los misterios y las potencias divinas, te pido que me expliques a mí —que soy ignorante y que solo creo en Dios todo lo que él mismo ha dicho— la razón de al menos este hecho. Escucho al Señor y, porque creo lo que está escrito, sé que después de la resurrección se mostró frecuentemente en cuerpo a muchos que no creían; ciertamente a Tomás, que no creería sino palpando sus heridas, como dice: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto mi dedo en el lugar de los clavos y no pongo mi mano en su costado, no creeré» (Jn 20,25).
El Señor se acomoda a toda la debilidad de nuestra inteligencia y, para satisfacer la duda de los incrédulos, opera el misterio de un poder invisible: explícame tú, escrutador de las cosas celestes, la razón del hecho. Los discípulos estaban reunidos en un lugar cerrado y secreto, tras la pasión del Señor. El Señor se presenta para confirmar la fe de Tomás bajo las condiciones propuestas, y le ofrece la posibilidad de palpar el cuerpo y tocar la herida: y ciertamente quien ha de ser reconocido al ser tocado debió traer el cuerpo en el que fue tocado. Pregunto, entonces, por qué partes de la casa cerrada se introdujo el que tenía cuerpo. El evangelista lo expresó con cuidado cuando dijo: «Vino Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio» (Jn 20,26). ¿Atravesó acaso la solidez de los muros construidos y de las maderas, transcurriendo a través de la naturaleza impenetrable de esas cosas? Se presentó con cuerpo, no como simulacro ni engaño. Que los ojos de tu mente, entonces, sigan la entrada de quien penetra, y que la mirada de tu inteligencia entre con él en esa casa cerrada. Todo está íntegro y con cerrojo: pero se hace presente en medio de todos aquel para quien todo es accesible por su propio poder. Me pones objeciones acerca de lo invisible; yo te exijo la razón de lo visible. Nada cede de lo sólido, ni la madera ni la piedra admiten nada como por un deslizamiento imperceptible según su naturaleza. El cuerpo del Señor no se deshace para recomponerse de la nada: ¿y de dónde está quien se halla en medio? Ante esto, tanto el sentido como la palabra se rinden, y la verdad del hecho está más allá de toda razón humana. Por eso, de la misma manera que erramos en cuanto al nacimiento, mintamos también en cuanto a la entrada del Señor. Digamos que no ocurrió, porque no alcanzamos la inteligencia de lo que ocurrió; y que, al fallar nuestro sentido, quede sin efecto el hecho mismo. Pero nuestra mentira es vencida por la realidad del hecho. El Señor se hizo presente en medio de sus discípulos con la puerta cerrada; y el Hijo nació del Padre. No niegues que estuvo allí de pie porque, por la debilidad de tu inteligencia, no alcanzas a comprender la entrada de quien estaba presente; no pretendas ignorar que del Padre ingénito y perfecto Dios nació el Hijo Unigénito y perfecto, Dios, porque la potencia de la generación supera el sentido y la palabra de la naturaleza humana.
3.21 Y todas las obras del mundo podrían hacerse presentes como testimonio para nosotros, a fin de que no creyéramos lícito dudar de las cosas y los poderes de Dios. Pero nuestra incredulidad avanza contra la verdad misma, e irrumpimos violentamente para destruir el poder de Dios. Si nos fuera permitido, levantaríamos los cuerpos y las manos hacia el cielo, arrojaríamos al sol y a los demás astros de los límites de sus cursos anuales, mezclaríamos los reflujos y los flujos del Océano, detendríamos también la corriente de los manantiales, invertiríamos el curso de los ríos, sacudiríamos los cimientos de la tierra, y nos lanzaríamos como parricidas contra todas estas obras de Dios. Pero es un bien que la naturaleza de los cuerpos nos retenga dentro de esta necesaria modestia. Al menos no engañamos sobre lo que haríamos si se nos permitiera: pues como podemos, con la audacia de nuestra voluntad profana convulsionamos la naturaleza de la verdad y declaramos guerra a las palabras de Dios.
3.22 El Hijo dijo: «Padre, manifesté tu nombre a los hombres» (Jn 17,6). ¿Por qué levantamos objeciones? ¿Por qué nos agitamos? ¿Niegas al Padre? Pues bien, esta fue la obra más grande del Hijo: que conociéramos al Padre. Y lo niegas, ciertamente, cuando según tu criterio el Hijo no nació de él. ¿Y por qué sería llamado hijo, si solo fue hecho por voluntad, como las demás cosas? Puedo admirar que Cristo, como Dios, fuera el artífice de la creación del mundo: y digna de Dios es la potencia de que haya hecho al artífice de los arcángeles y los ángeles, de lo visible y lo invisible, del cielo y la tierra y de toda esta creación. Pero no es esta la labor del Señor —que tú entiendas que Dios puede todo en cuanto a crear las cosas—, sino que sepas que Dios es padre del Hijo que habla. Hay muchas potencias en el cielo, eficaces y eternas: pero un solo Hijo Unigénito hay, que no difiere de los demás solo en su poder, ya que todo fue hecho por él; sino porque es el único Hijo verdadero —que no degenere hasta ser tenido como nacido de la nada—. Escuchas que es Hijo: cree que es hijo. Escuchas que es Padre: recuerda que es padre. ¿Por qué introduces sospecha, malicia y audacia en estos nombres? Los nombres han sido adaptados a las realidades divinas según la comprensión de su naturaleza. ¿Por qué haces violencia con las palabras a la verdad? Escuchas padre e hijo: no dudes de que son lo que se nombran. La tarea suprema del Hijo es que conozcas al Padre: ¿por qué haces vano el trabajo de los profetas, la encarnación del Verbo, el parto de la virgen, el poder de las obras, la cruz de Cristo? Todo eso fue dado, todo fue ofrecido por ti: para que por ello te fueran manifiestos el Padre y el Hijo. Antepones ahora la voluntad, la creación, la adopción: considera el servicio y la recompensa de Cristo. Él proclama: «Padre, manifesté tu nombre a los hombres»; no escuchas: «creaste al creador de los celestes»; no escuchas: «hiciste al artífice de los terrestres»; sino que escuchas: «Padre, manifesté tu nombre a los hombres». Usa el don de tu Salvador: sabe que padre es quien engendró, hijo quien nació; nacido de aquel padre que es, en la verdad de su naturaleza. Recuerda que no se te ha manifestado al Padre como Dios que es, sino que Dios se te ha manifestado como padre que es.
3.23 Escuchas: «Yo y el Padre somos uno» (Jn 10,30). ¿Por qué divides y separas al Hijo del Padre? Son uno: es decir, el que es no tiene nada que no esté también en aquel de quien procede. Cuando escuchas al Hijo decir «Yo y el Padre somos uno», acomoda la realidad a las personas, permite al que engendra y al engendrado la afirmación que les es propia. Sean uno, tal como son el que engendró y el engendrado. ¿Por qué excluyes la naturaleza? ¿Por qué destruyes la verdad? Escuchas: «El Padre en mí, y yo en el Padre» (Jn 10,38), y las obras del Hijo dan testimonio de esto acerca del Padre y el Hijo. No introducimos un cuerpo en otro cuerpo según nuestra comprensión, ni como si infundiéramos agua en vino: sino que confesamos la misma semejanza de la potencia y la plenitud de la divinidad en ambos. Pues el Hijo lo recibió todo del Padre, es la forma de Dios e imagen de su sustancia. Lo uno que es de aquel que es: la imagen de la sustancia solo señala una distinción de subsistencia, no para que se entienda ninguna desemejanza de naturaleza. Que el Padre esté en el Hijo y el Hijo en el Padre es la plenitud perfecta de la divinidad en ambos. Pues el Hijo no es una disminución del Padre, ni el Hijo es imperfecto respecto del Padre. La imagen no existe en soledad, y la semejanza no existe para sí misma. Pero algo semejante a Dios solo puede existir si procede de él mismo. Pues no procede de ningún otro lugar lo que en todo es semejante; ni la semejanza de uno respecto del otro permite que se mezcle diversidad entre los dos. No confundas lo que es semejante ni separes lo que es inseparable en la verdad: pues quien dijo «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza» (Gn 1,26) mostró, en el hecho de decir «nuestra semejanza», que son mutuamente semejantes entre sí. No toques, no manosees, no corrompas. Mantén los nombres de la naturaleza, mantén la profesión del Hijo. No quiero que por adulación alabes al Hijo con lo tuyo: bastará con que te conformes con lo que está escrito.
3.24 No hay que confiar tanto en la prudencia humana como para que alguien crea comprender perfectamente lo que comprende, ni pensar que en lo que su mente elabora se contiene la suma de la razón perfecta, estimando que, al repasarlo por sí mismo, se sustenta en un juicio equilibrado y constante sobre la verdad. Pues lo imperfecto no concibe lo perfecto, ni lo que subsiste a partir de otro puede obtener ni la comprensión de su autor ni la propia: percibe solo lo que es, sin que su sentido se extienda más allá de los límites que su naturaleza le establece. Pues no se debe a sí mismo su movimiento, sino a su autor; y por eso, lo que subsiste para otro a partir del autor es imperfecto para sí mismo mientras subsiste de otro; y necesariamente se desvarariará en aquello en que crea comprender perfectamente: pues, al no medir la necesidad de su propia naturaleza y al estimar que todo queda contenido dentro de los límites de sus debilidades, se gloría falsamente en el nombre de sabiduría; porque su saber no puede exceder el poder de su propio sentido, y tan débil es en el entender como lo es en el subsistir. Por eso la criatura de naturaleza imperfecta, que se gloria en poseer la sabiduría de un sentido perfecto, es ridiculizada con el oprobio de la sabiduría necia, como dice el Apóstol: «No me envió Cristo a bautizar, sino a evangelizar, no con la elocuencia de la sabiduría, para que no quede vacía la cruz de Cristo; porque la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden, pero para los que se salvan es poder de Dios. Pues está escrito: Destruiré la sabiduría de los sabios, y reprobaré la inteligencia de los inteligentes. ¿Dónde está el sabio? ¿Dónde el escriba? ¿Dónde el investigador de este siglo? ¿No ha convertido Dios en necedad la sabiduría de este mundo? Pues ya que el mundo no conoció a Dios mediante la sabiduría en la sabiduría de Dios, Dios determinó salvar a los creyentes mediante la necedad de la predicación; porque los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría; pero nosotros predicamos a Cristo Jesús crucificado, escándalo para los judíos, necedad para los gentiles, pero para los que son llamados —judíos y griegos— Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios; porque lo débil de Dios es más fuerte que los hombres, y lo necio de Dios es más sabio que los hombres» (1 Cor 1,17ss). Toda incredulidad es, por tanto, necedad: pues la sabiduría que usa de un sentido imperfecto, al medir todo con la opinión de su debilidad, cree que no puede ocurrir lo que no comprende. La causa de la incredulidad nace del juicio de la debilidad, pues quien no puede concebir que algo suceda, no cree que haya sucedido.
3.25 Por eso el Apóstol, sabiendo que el pensamiento imperfecto de la naturaleza humana solo tiene por verdadero lo que comprende, declara que no predica con elocuencia sabia para que la afirmación de su predicación no quede vacía. Y para que no se lo tuviera por predicador de la necedad, añadió que la palabra de la cruz es necedad para los que se pierden: porque los infieles solo tienen por prudencia lo que comprenden; y como no comprenden nada fuera de los límites de su naturaleza débil, juzgan necedad lo que es la única sabiduría perfecta de Dios, y así en esa misma sabiduría se desvanecen por la debilidad de su propio juicio. Por tanto, lo que para los que se pierden es necedad, es para los que se salvan poder de Dios: porque no miden nada con la debilidad de su sentido natural, sino que aprecian la eficacia del poder divino según la infinitud de la potencia celestial. Y por eso Dios reprueba la sabiduría de los sabios y la inteligencia de los inteligentes, porque la salvación se da a los creyentes a través de lo que la opinión humana tiene por necedad: mientras los infieles declaran necio lo que está más allá de su comprensión, y los fieles encomiendan al poder y la virtud de Dios todos los misterios de su salvación. No son necias, por tanto, las cosas de Dios; sino que es la insensata prudencia de la naturaleza humana la que pide a su Dios señales o sabiduría para creer.
Es propio de los judíos pedir señales, pues no siendo del todo extraños al nombre de Dios por la familiaridad con la ley, se escandalizan ante la cruz. Es propio de los griegos buscar sabiduría, pues con su ineptitud gentil y su prudencia humana quieren encontrar una razón para el Dios elevado en la cruz. Como esto, según el sentido de la naturaleza débil, permanece oculto en el misterio; se convierte en necedad para el incrédulo: pues lo que la mente imperfecta no concibe naturalmente, lo declara fuera del alcance de la prudencia. Pero a causa de esta insensata sabiduría del mundo —que no conoció a Dios a través de la sabiduría de Dios, es decir, a través de la magnificencia del mundo y del ornato de una creación tan sabiamente dispuesta no adoró la sabiduría de su creador— plugo a Dios salvar a los creyentes mediante la predicación de la necedad, es decir, que la eternidad llegara a los mortales por la fe en la cruz: de modo que, confundida la opinión del juicio humano, la salvación se hallara allí donde se cree que está la necedad. Pues Cristo, que es necedad para los gentiles y escándalo para los judíos, es poder de Dios y sabiduría de Dios: porque lo que el sentido humano juzga débil y necio en las cosas de Dios, aventaja a la prudencia y la virtud terrenales en verdad de sabiduría y de poder.
3.26 Nada, por tanto, ha de abordarse en los efectos divinos con la opinión de la mente humana, ni la materia de la obra ha de juzgar a su propio creador. Hemos de asumir la necedad para alcanzar la sabiduría —no en el sentido de la imprudencia, sino con la conciencia de nuestra propia naturaleza—: de modo que lo que la razón del pensamiento terreno no concibe, nos lo insinúe de nuevo la razón del poder divino. Pues cuando, reconocida la inteligencia de nuestra propia necedad, hayamos sentido la impericia de la imprudencia natural en nosotros, entonces seremos imbuidos de la sabiduría de Dios mediante la prudencia de la sabiduría divina: cuando midamos sin medida las virtudes y el poder de Dios, cuando no encerremos al Señor de la naturaleza dentro de las leyes naturales, cuando comprendamos que solo aquello puede creerse bien de Dios para lo cual él mismo se hace testigo y autor junto con nosotros de lo que ha de creerse de él.