Hilario emprende aquí la defensa de la fe sencilla de los fieles frente a la astucia de los arrianos. Expone cuál es la doctrina de estos sobre Cristo; defiende que el Hijo es consustancial al Padre y que ha existido siempre; y declara que la Iglesia rechaza con horror los retorcidos sentidos con que intentan suprimir esas voces necesarias. Aduce luego los testimonios de la Escritura con que los impíos insinúan fraudulentamente que el Hijo ha sido excluido de la posesión de la naturaleza divina, y presenta la profesión de fe íntegra que Arrio, expulsado de Alejandría, y sus partidarios enviaron al obispo Alejandro. Refuta a continuación, con múltiples argumentos, la primera parte de esa profesión —sustentada sobre todo en las palabras "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno"—, como si Moisés hubiera predicado a Dios uno no solo en naturaleza sino también en persona; y muestra, tanto a partir de la creación del mundo como de las visiones y hechos de Agar, Abraham, Jacob y Moisés, y también a partir de los testimonios de los profetas —Moisés, el Salmista, Oseas, Isaías y Baruc, o como lo llama, Jeremías—, que Dios, aunque uno en naturaleza, no es sin embargo solitario, sino que tiene un Hijo, que comparte con él tanto el nombre como la naturaleza de la divinidad.
Dado que los argumentos de este libro y del siguiente descansan en gran medida sobre las visiones de los patriarcas, conviene hacer algunas observaciones previas al respecto. Es opinión constante entre los antiguos que el Hijo se hizo visible a los hombres de diversas maneras desde el principio del mundo. Así lo enseñan expresamente Justino mártir, Ireneo, Orígenes, Teófilo de Antioquía, Clemente Alejandrino, Tertuliano, Cipriano, los Padres del concilio antioqueno contra Pablo de Samosata —sin mencionar a Faustino el Presbítero, Ambrosio, León y muchísimos otros. Ni siquiera los que simpatizaban con Arrio lo negaron: el mismo Eusebio lo proclama repetidamente en su Demostración evangélica, y el concilio de Sirmio anatematizó a quienes pensaron de otro modo en su escrito contra Fotino.
Pero como los arrianos habían urdido un fraude en torno a esta doctrina —para predicar que el Hijo, que era visible y fue visto, es de naturaleza distinta al Padre invisible—, hay que mantener firmemente que los santos Padres afirmaron que Dios fue visto en el sentido que Agustín expresa en su libro Contra Maximino (II, 26, 12): que la divinidad no apareció a los ojos mortales mediante su propia sustancia, en la que es invisible e inmutable, sino a través de una criatura sometida a ella, cuando quiso. Y no hace falta buscar testimonios ajenos: el propio Hilario es testigo más que suficiente, cuando escribe en el libro XII (nn. 45-46): "Ciertamente, el que antes fue ángel, ahora también es hombre: para que la diversidad de esa misma creación asumida no permitiese entender que esa era la apariencia natural de Dios. Y Jacob estuvo presente hasta el abrazo de la lucha en forma humana… Pero lo mismo se le muestra a Moisés después como fuego: para que aprendieras a creer más en la apariencia de la naturaleza creada que en la sustancia de la naturaleza." Y con agudeza observa Agustín en la carta 147 (antes CXII, n. 20) sobre las palabras de Moisés: "Si hallé gracia ante ti, muéstrate a ti mismo." Comenta: "¿Acaso aquel no era él mismo? Si no fuese él mismo, no le diría 'muéstrate a ti mismo', sino 'muéstrame a Dios': y sin embargo, si contemplara su naturaleza y sustancia, aún menos diría 'muéstrate a ti mismo'. Él mismo estaba, pues, en la forma en que había querido aparecer; pero no aparecía en su naturaleza propia, que Moisés deseaba ver."
Si Agustín afirmó con razón, a partir de las palabras siguientes de la Escritura, que el mismo Dios fue visto por Moisés, con igual razón hay que conceder que el mismo Dios habló a ese mismo Moisés desde la zarza: "Yo soy el Dios de Abraham", etc., y que el verdadero Dios fue el que habló con Agar, a quien ella clamó: "Tú eres el Dios que me ha mirado." Ni lo niegan tampoco los Padres que consideran que en aquellas visiones estuvieron presentes ángeles verdaderos. Pues no piensan que esos ángeles se atribuyeron el nombre de Dios y Señor porque hablaban como enviados en nombre de Dios y del Señor —¿pues qué embajador de un rey, de un emperador o de un príncipe se arroga el nombre de aquel cuya persona representa?—, sino más bien porque Dios mismo hablaba en ellos. Esto lo enseña expresamente Atanasio en el Discurso IV contra los arrianos (p. 467): "El que era percibido por los ojos era un ángel, pero Dios hablaba en el ángel. Pues así como en la columna de nube dirigía la palabra a Moisés en el tabernáculo, así también aparecía hablando Dios en los ángeles." Y Jerónimo, en su comentario a Gálatas III: "Que la Ley fue ordenada por ángeles quiere decir que en todo el Antiguo Testamento, donde se refiere que primero fue visto un ángel y luego se introduce a Dios como el que habla, el ángel es verdaderamente uno cualquiera de los muchos ministros que fue visto, pero en él habla el Mediador, que dice: 'Yo soy el Dios de Abraham.'" A estos añade Agustín (Contra Maximino, II, 26, 11): "Pregunto quién apareció a Moisés en el fuego cuando ardía la zarza y no se consumía. Aunque también allí la misma Escritura declara que se apareció un ángel… ¿Quién puede dudar que Dios estaba en el ángel?" Y en la misma línea, el papa Gregorio, en el prefacio al libro de Job (c. 2): "El ángel que se dice que apareció a Moisés es llamado unas veces ángel, otras veces Dios: ángel porque servía hablando exteriormente; Señor porque, presidiendo interiormente, le suministraba la eficacia del habla. Así pues, el que habla exteriormente es guiado desde el interior: por el servicio es llamado ángel, por la inspiración es llamado Señor."
Concede además Agustín (Contra Maximino, II, 26, 9) que a esos ángeles les fue lícito presentarse con el nombre de Dios y del Señor en razón de la profecía que anunciaba el futuro, porque Cristo, que es Dios y Señor, estaba figurado en ellos. Así también Ireneo (lib. V, c. 1): "Hemos dicho antes que Abraham y los demás profetas vieron al Hijo proféticamente, profetizando mediante la visión lo que había de venir." Pero cualquiera que sea la manera en que se entiendan aquellas visiones, la fuerza de los argumentos que Hilario extrae de ellas permanece prácticamente la misma.
1. Aunque en los libros anteriores, escritos ya hace tiempo, estimamos haber dado a conocer con suficiente plenitud que nuestra fe y confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo procede de las enseñanzas evangélicas y apostólicas, y que nada podemos tener en común con los herejes, pues estos niegan sin medida, sin razón y sin temor la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, fue sin embargo necesario tratar también en estos libros ciertas cuestiones, para que, una vez expuestas todas sus falacias e impiedades, el conocimiento de la verdad resultara más completo.
En primer lugar hay que conocer cuál es la temeridad de su doctrina y el peligro de su impiedad; luego, qué posiciones sostienen contra la fe apostólica que nosotros profesamos, qué suelen decir por su parte en contrario, y con qué ambigüedad de palabras engañan a la sencillez de quienes los escuchan; y por último, con qué arte de sus interpretaciones corrompen la verdad y la fuerza de las palabras divinas.
2. No ignoramos que ni el lenguaje de los hombres ni la comparación con la naturaleza humana pueden ser suficientes para explicar las realidades divinas. Pues lo que es inefable no tiene límite ni medida en la capacidad de significación; y lo que es espiritual difiere de la apariencia y del ejemplo de las cosas corporales. Sin embargo, cuando se habla de las naturalezas celestiales, incluso aquellas cosas que son captadas por el sentido de la mente han de expresarse mediante el uso común de la naturaleza y del lenguaje: no ciertamente conforme a la dignidad de Dios, sino por necesidad ante la debilidad de nuestro entendimiento; pues hemos de hablar de lo que sentimos y comprendemos con nuestras propias palabras y conceptos.
Y así como lo declaramos en el primer libro, también ahora lo recordamos: para que cuando aduzcamos alguna comparación tomada de las realidades humanas, no se piense que entendemos a Dios según las naturalezas corporales, ni que comparamos las cosas espirituales con nuestras pasiones, sino que más bien hemos tomado la apariencia de las cosas visibles como ayuda para comprender las invisibles.
3. Dicen, pues, los herejes que Cristo no procede de Dios, es decir, que el Hijo no nació del Padre ni es Dios por naturaleza, sino por disposición; que es hijo en virtud de una adopción nominal, pues así como hay muchos hijos de Dios, también este es hijo; y que es Dios en virtud de una dignidad concedida, pues así como hay muchos dioses, también este es Dios, aunque con una condescendencia mayor en la adopción y en el nombre, de modo que es adoptado por encima de los demás y es mayor que los otros hijos adoptivos, y es creado con una excelencia superior a todas las naturalezas, aventajando a las demás criaturas.
Algunos de ellos, confesando la omnipotencia de Dios, afirman que fue creado a semejanza de Dios y que, como todas las demás cosas surgidas de la nada, fue establecido a imagen de aquel eterno Creador suyo: que por la Palabra fue mandado subsistir desde lo que no existía, siendo Dios poderoso para producir de la nada su propia semejanza.
4. Y añaden aún más: cuando escuchan que los obispos anteriores predicaron que el Padre y el Hijo son de una sola sustancia, para debilitarlo sutilmente bajo apariencia de opinión herética, dicen que esos obispos usaban y expresaban la significación de esa palabra —es decir, "de una sola sustancia", que en griego se dice homoousios— en este sentido: que el mismo Padre es también el Hijo, extendido desde su infinitud hacia la Virgen, tomando un cuerpo de ella, y añadiéndose en ese cuerpo asumido el nombre de Hijo. Esta es la primera falsedad que presentan sobre el homoousios.
La segunda es que afirman que tal término significa que dos tienen en común una realidad anterior y distinta, como si existiera una sustancia o ousía previa de alguna materia que, participada por ambos y consumida en cada uno, diera testimonio de que ambos son de esa naturaleza anterior y de esa única realidad. Y por eso, dicen, reprueban la confesión del homoousios: porque su enunciación no distingue al Hijo del Padre, y muestra que el Padre es posterior a la materia que le es común con el Hijo.
Una tercera razón inventan para repudiar el homoousios: que según el significado de esa palabra, el Hijo se entiende que proviene de la división de la sustancia paterna, como si fuera una porción cortada de ella, de modo que una sola realidad quedara dividida en dos; y que por eso se dice que son de una sustancia, porque la porción cortada del todo participa de la naturaleza de donde fue cortada; y que Dios no puede estar sujeto a la pasión de la división, porque se volvería mutable si estuviera expuesto a la disminución por división, y quedaría imperfecto al ceder su sustancia en parte a otro.
5. También en esto creen poder oponerse con elegancia a la doctrina profética, evangélica y apostólica: predicando que el nacimiento del Hijo tuvo lugar dentro del tiempo. Pues cuando afirman viciosamanente que es un error decir que el Hijo siempre existió, es necesario, al excluir que haya sido siempre, que confiesen que su nacimiento fue temporal. Si no existió siempre, habrá un tiempo en que no existió; y si hay un tiempo en que no existió, habrá un tiempo anterior a él, porque quien no siempre es, comenzó a ser desde el tiempo. En cambio, quien está más allá del tiempo no puede carecer de lo que existe siempre.
Afirman que rechazan que el Hijo haya sido siempre, para que no se crea que, por el hecho de que siempre existió, existe sin nacimiento: como si por decir que existió siempre se proclamara que es sin origen.
6. ¡Oh temores necios e impíos, oh preocupación irreligiosa por Dios! Lo que se arguye en la significación del homoousios y en lo que se dice de que el Hijo es siempre, la Iglesia lo abomina, lo rechaza, lo condena. Pues conoce a un solo Dios del que proviene todo, y conoce a un solo Señor nuestro Jesucristo por quien es todo: uno del que, y uno por quien; de uno procede el origen de todo, por uno la creación de cuanto existe. En el uno del que reconoce la autoridad de lo que no tiene origen; en el uno por quien venera un poder que no difiere del Autor: pues el del que y el por quien, en relación a lo que es creado, tienen en las cosas creadas una autoridad común.
Conoce en el Espíritu a Dios Espíritu, impasible e indivisible, pues aprendió del Señor que el espíritu no tiene carne ni huesos (Lc 24,39), para que no se crea que está expuesto a los daños de las pasiones corporales. 7. Conoce a un solo Dios sin origen; y conoce también a un solo Hijo unigénito de Dios. Confiesa al Padre eterno y libre desde el principio; y confiesa también que el origen del Hijo procede de la eternidad: no que él mismo tenga un principio, sino que procede del que no tiene principio; no de sí mismo, sino nacido eternamente del que siempre es por nadie, tomando su nacimiento de la eternidad paterna.
Nuestra fe está, pues, libre de la opinión de la perversidad herética. La profesión de nuestro sentir ha sido declarada, aunque todavía no se haya expuesto la razón de esa profesión. Sin embargo, para que no quedara ninguna sospecha sobre el término homoousios acuñado por los Padres y sobre la confesión de que el Hijo existe desde siempre, se han recordado estas cosas: para que se supiera que el Hijo subsiste en la sustancia en que fue engendrado del Padre; que al Padre no se le quitó nada de la sustancia en que permanecía por el nacimiento del Hijo; y que el homoousios al Padre no fue proclamado por los santos varones ardientes en la doctrina de Dios por los errores y razones antes mencionados; para que nadie pensara que se quitaba el nacimiento al Hijo unigénito al decírsele homoousios al Padre.
8. Pero para comprender la necesidad de haber adoptado estas dos palabras y la razón de haberlas empleado para la máxima seguridad de la fe contra los herejes que entonces se desencadenaban, estimo que es preciso responder a la perversidad de los herejes y refutar todas sus necias y mortíferas proposiciones con los testimonios evangélicos y apostólicos. Pues creen dar razón de cada cosa que afirman, porque han añadido a cada una de sus proposiciones ciertos testimonios tomados de los escritos divinos que, interpretados con un sentido corrompido, solo pueden seducir a los ignorantes, aparentando ser verdad según la perversidad de quienes los interpretan.
9. Intentan, en efecto, al exaltar únicamente la divinidad de Dios Padre, arrancarle al Hijo lo que es Dios, porque está escrito: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno" (Dt 6,4). Y lo mismo cuando el Señor le dijo al doctor de la ley que preguntaba cuál era el mayor mandamiento de la ley: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno" (Mc 12,29). Y también cuando Pablo predicó: "Un solo Dios, y un solo Mediador entre Dios y los hombres" (1 Tim 2,5). Luego, que solo el Padre es sabio, para no dejar nada de sabiduría al Hijo, según las palabras del Apóstol: "Al único sabio Dios, por Jesucristo, sea la gloria por los siglos de los siglos" (Rm 16,25ss).
Y que solo él es sin origen, y que solo él es verdadero, porque Isaías dijo (Is 65,16): "Te bendecirán, Dios verdadero"; y porque el mismo Señor lo confirmó en los Evangelios: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien enviaste" (Jn 17,3). Y que solo él es bueno, para no dejar nada de bondad en el Hijo, porque por él fue dicho: "Nadie es bueno sino solo Dios" (Mc 10,18). Y que solo él es todopoderoso, porque Pablo dijo: "Al que a su tiempo nos mostrará el bienaventurado y único Poderoso: Rey de reyes y Señor de señores" (1 Tim 6,15).
Y que conocen a este como inconvertible e inmutable, porque por el profeta dijo: "Yo soy el Señor vuestro Dios, y no cambio" (Mal 3,6); y el apóstol Santiago: "En quien no hay mudanza" (St 1,17). Y que es juez justo, porque está escrito: "Dios es juez justo, fuerte y paciente" (Sal 7,12). Y que cuida de todos, porque el Señor dijo, al hablar de los pájaros: "Vuestro Padre celestial los alimenta" (Mt 6,26); y también: "¿No se venden dos gorriones por un as, y ninguno de ellos cae a tierra sin la voluntad de vuestro Padre? Pues los cabellos de vuestra cabeza están todos contados" (Mt 10,29). Y que todo lo provee, como dice la bienaventurada Susana: "Dios eterno, conocedor de los secretos, que sabes todo antes de que ocurra" (Dn 13,42).
Y que es asimismo inconmensurable, según lo dicho: "El cielo es mi trono y la tierra el estrado de mis pies. ¿Qué casa me construiréis, o cuál será el lugar de mi descanso? Pues mis manos hicieron todas estas cosas, y todas ellas son mías" (Is 66,1). Y que lo abarca todo, como atestigua Pablo: "En él vivimos, nos movemos y existimos" (Hch 17,28); y el Salmista: "¿A dónde iré lejos de tu espíritu, y a dónde huiré de tu presencia? Si subo al cielo, allí estás; si desciendo al abismo, allí te encuentras; si tomo las alas del alba y habito en los confines del mar, también allí tu mano me guiará y me sostendrá tu diestra" (Sal 138,7ss).
Y que es incorpóreo, porque está dicho: "Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarlo en espíritu y en verdad" (Jn 4,24). Y que posee la inmortalidad y es invisible, como dice Pablo: "El único que posee la inmortalidad y habita en una luz inaccesible, a quien ningún hombre vio ni puede ver" (1 Tim 6,16); y según el Evangelio: "A Dios nadie lo vio jamás, sino el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre" (Jn 1,18). Y que es el único que permanece sin origen, porque fue dicho: "Yo soy el que soy" (Ex 3,14); y también: "Así dirás a los hijos de Israel: El que es me envió a vosotros" (Ex 3,14); y por Jeremías: "¿Quién eres, Señor Dios?" (Jr 1,6).
10. ¿Quién no ve que todo esto está lleno de fraude y engaño? Aunque sutilmente mezclado y confundido, denuncia de manera absoluta la artificiosa malicia y la insensata astucia de su perversidad. Entre otras cosas han añadido que solo el Padre es reconocido como sin origen, como si alguien pudiera dudar de que aquel del que procede el que es por quien todo existe, obtuvo lo que es de nadie. Pues en el hecho mismo de llamarse Padre se muestra que es el origen del que engendró; tiene ese nombre que no se entiende como procedente de otro, y del que se enseña que subsistió el que nació de él. Dejemos, pues, al Dios Padre lo que le es propio y exclusivo, confesando en él el poder sin origen de la virtud eterna.
A nadie debe resultarle dudoso que en la confesión del Dios Padre se mencionan ciertos atributos como peculiares y privados suyos, para que nadie más que él participe de ellos. Pues cuando dicen: el único verdadero, el único justo, el único sabio, el único invisible, el único bueno, el único poderoso, el único que posee la inmortalidad, por el hecho de ser estos atributos del solo, el Hijo queda excluido de la comunión de ellos. Pues lo exclusivo, dicen, no es participado por otro. Y si se considera que esos atributos están solo en el Padre y no también en el Hijo, necesariamente habría que creer que el Hijo es un Dios falso, insensato, corpóreo según las materias visibles, malévolo, débil, y ajeno a la inmortalidad, puesto que queda excluido de todos ellos, ya que en todos ellos el Padre está solo.
11. Al hablar de la grandeza absoluta y de la divinidad plena del Hijo unigénito de Dios, no creemos que nadie piense que todo cuanto digamos redunda en deshonra del Dios Padre, como si de su dignidad se mermara algo por atribuir esas glorias al Hijo; antes bien, el honor del Hijo es la dignidad del Padre, y glorioso es el origen del que procede aquel que es digno de tan gran gloria. Pues el Hijo no tiene sino lo que nació, y la admiración por el honor del engendrado recae en el honor del que engendró. Cesa pues la sospecha de deshonra: pues cualquier grandeza que se muestre en el Hijo redundará en amplificación del poder de aquel que engendró a quien tiene tal grandeza.
12. Es consecuente que, conocidas ya las cosas que confiesan del Padre para deformar la imagen del Hijo, escuchemos ahora lo que profesan acerca del Hijo mismo. Pues para responder a cada una de sus proposiciones y refutar con los testimonios de las palabras divinas su doctrina irreligiosa, debemos añadir a lo dicho sobre el Padre lo que a continuación dicen del Hijo: para que, comparadas entre sí la confesión del Padre y la del Hijo, mantengamos un mismo y único orden al resolver cada proposición.
Afirman, pues, que el Hijo de Dios no fue engendrado de ninguna materia subyacente, porque todas las cosas fueron creadas por él; ni que procede de Dios, porque nada puede salir de Dios; sino que procede de lo que no existía: es decir, que es una criatura perfecta de Dios, aunque no semejante a las demás criaturas. Que es una criatura porque está escrito: "El Señor me creó al comienzo de sus caminos" (Prov 8,22). Que es también una obra perfecta, pero no semejante a las demás obras, y que es obra por lo que Pablo dijo a los Hebreos: "Hecho tanto mejor que los ángeles, cuanto más excelente que ellos es el nombre que posee" (Hb 1,4); y también: "Por tanto, hermanos santos, partícipes de la vocación celestial, conoced al apóstol y sumo sacerdote de nuestra confesión, Jesucristo, que es fiel al que lo hizo" (Hb 3,1). Para debilitar el poder, la potestad y la divinidad del Hijo se sirven sobre todo de aquello que dijo: "El Padre es mayor que yo" (Jn 14,28). Sin embargo, conceden que no es uno de todas las criaturas, porque está escrito: "Todo fue hecho por él" (Jn 1,3). Y así sintetizan toda la doctrina de su impiedad con estas palabras:
"Conocemos a un solo Dios, el único no creado, el único sempiterno, el único sin principio, el único verdadero, el único que tiene la inmortalidad, el único bueno, el único poderoso, creador, ordenador y dispensador de todo, inconvertible, inmutable, justo y buenísimo, Dios de la ley, de los profetas y del Nuevo Testamento: este Dios engendró al Hijo unigénito antes de todos los siglos, por quien hizo el mundo y todas las cosas; nacido, no de manera aparente sino verdadera, obediente a su voluntad, inmutable e inconvertible, criatura perfecta de Dios, pero no como una de las criaturas; obra, pero no como las demás obras; no como Valentino, que enseñó que el Nacido del Padre era una emanación; ni como Maniqueo, que expuso que el Nacido era una parte de la única sustancia del Padre; ni como Sabelio, que dividiendo la unidad, dijo que el mismo Hijo era también el Padre; ni como Hieracas, que habló de una antorcha de otra antorcha, o de una lámpara partida en dos; ni que existió antes y fue posteriormente nacido o adoptado como Hijo —cosas estas que tú mismo, beatísimo papa, rechazaste frecuentemente en medio de la iglesia y en la asamblea de los hermanos cuando alguno las introducía—; sino, como dijimos, creado antes de los tiempos y los siglos por voluntad de Dios, y que recibe del Padre el vivir y el ser, con el Padre que subsiste con su gloria. Pues el Padre, al darle la herencia de todas las cosas, no se privó a sí mismo de aquellas que posee sin haberlas recibido; él es la fuente de todo.
Por tanto, hay tres subsistencias (hypostáseis): el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Y Dios es causa de todo, absolutamente solitario y sin principio; el Hijo, en cambio, nacido por el Padre fuera del tiempo y creado y fundado antes de los siglos, no existía antes de nacer, sino que, nacido antes de todo y fuera del tiempo, subsiste solo del solo Padre. No es eterno, ni coeterno, ni no-creado junto con el Padre, ni tiene el ser simultáneamente con el Padre, como dicen algunos, o como algunos que introducen dos principios no creados; sino que, así como Dios es unidad y principio de todo, así también Dios está antes de todo. Por eso también está antes del Hijo, según lo que aprendimos de ti al predicar en medio de la iglesia. Por cuanto tiene el ser de Dios, y la gloria, y el vivir, y todo le fue entregado; por eso Dios es su principio. Y Dios le es superior como Dios suyo que está antes que él. Pues si lo que dice 'salí del Padre' y 'salí del seno' y 'salí del Padre y vine' se entiende como una extensión que sería parte de la única sustancia de aquel o como una emanación, entonces el Padre sería compuesto y divisible y convertible y corporal, y, en la medida en que depende de ellos, sufriría las consecuencias de un cuerpo siendo Dios sin cuerpo."
14. Este es su error, esta su institución mortífera; para confirmarla, con el sentido del entendimiento corrompido, se apropian de los testimonios de las palabras divinas y mienten acerca de ellas aprovechándose de la ignorancia humana. A nadie debe resultarle dudoso que para el conocimiento de las realidades divinas hay que servirse de las enseñanzas divinas. Pues la debilidad humana no alcanzará por sí misma el conocimiento de las cosas celestiales, ni el sentido de las realidades corporales se apropiará por sí mismo la inteligencia de las invisibles. Pues ni lo que hay en nosotros de creado y carnal, ni lo que nos fue dado de Dios para el uso de nuestra vida, puede discernir por su propio juicio la naturaleza de su Creador y su obra. Nuestras mentes no se elevan hasta el conocimiento celestial, ni nuestra debilidad podrá concebir por algún sentido el poder incomprensible.
Hay que creerle a Dios lo que él mismo dice de sí, y obedecer lo que concede a nuestro conocimiento. Pues o hay que negarlo, al modo de los paganos, si sus testimonios son rechazados; o si se le cree como Dios, no puede ser entendido de otro modo que como él mismo ha dado testimonio de sí. Cesen, pues, las opiniones propias de los hombres, y los consejos humanos no se extiendan más allá de lo que Dios ha establecido. Seguimos, pues, frente a las instituciones irreligiosas e impías sobre Dios, las propias autoridades de las palabras divinas; y trataremos cada cuestión con la autoridad de aquel mismo sobre quien se pregunta, sin acomodar enunciados de palabras quitándoles su contexto para engañar e inducir en error la inexperiencia de los oyentes. Pues el sentido de las palabras ha de tomarse a partir de las razones del hablar, porque no la cosa está sujeta al discurso, sino el discurso a la cosa. Procedamos, pues, exponiendo a la vez las razones del decir y el sentido de lo dicho. Reconsidérese, pues, cada punto según el orden propuesto.
15. Pues este es el principal argumento de ellos: "Conocemos a un solo Dios", dicen, según las palabras de Moisés: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno" (Dt 6,4). ¿Acaso alguien se ha atrevido a dudar de esto? ¿O se ha sabido que alguno de los que creen en Dios lo haya predicado de otro modo, sino que hay un solo Dios del que procede todo, un solo poder sin origen, un solo poder sin principio? Pero el hecho de que Dios sea uno no implica que al Hijo de Dios se le pueda negar lo que es Dios.
Moisés, o más bien Dios por medio de Moisés, estableció para un pueblo ocupado tanto en Egipto como en el desierto por los ídolos y las religiones de lo que consideraban dioses este mandamiento principal: que creyera en un solo Dios. Y con razón y verdad lo estableció: pues uno solo es el Dios del que procede todo. Pero veamos si ese mismo Moisés confesó también que Dios es aquel por quien todo existe. Pues no se le quita al Padre ser Dios uno porque el Hijo sea también Dios. Pues el Hijo es Dios de Dios, uno de uno: por eso es un solo Dios, porque Dios procede de sí mismo. A la inversa, el Hijo no es menos Dios por el hecho de que el Padre sea un solo Dios; pues es el Hijo unigénito de Dios: no sin origen, para no quitarle al Padre ser un solo Dios; y no otra cosa que Dios, porque nació de Dios.
Aunque sobre esto no debería haber duda de que, al nacer de Dios, es Dios, lo cual es para nuestra fe el único Dios, veamos sin embargo si Moisés, que dijo a Israel: "El Señor tu Dios es uno", predicó que el Hijo de Dios es Dios. Pues tendremos que valernos del testimonio del mismo por cuya autoridad los herejes creen poder negar al Hijo lo que es Dios, mientras confiesan a un solo Dios.
16. Siendo, pues, perfecta esta confesión de Dios según el Apóstol: "Un solo Dios Padre del que procede todo, y un solo Señor nuestro Jesucristo por quien es todo" (1 Cor 8,6), veamos el origen del mundo y qué dice Moisés sobre él. Dice, en efecto: "Y dijo Dios: Hágase el firmamento en medio de las aguas y separe unas aguas de otras: y así fue; e hizo Dios el firmamento, y separó Dios en medio de las aguas" (Gn 1,6-7). Tienes, pues, al Dios del que, tienes al Dios por quien. O si lo niegas, tienes que mostrar por quién fue hecho lo que fue hecho, o al menos demostrar que la naturaleza misma de las cosas a crear obedeció a Dios, de suerte que a la orden "Hágase el firmamento" se afirmara por sí misma ante la Palabra de Dios.
Pero esto no lo admite la razón de la Escritura divina. Pues todas las cosas, según el profeta, fueron hechas de la nada (2 Mac 7,28): no hay naturaleza alguna que permaneciendo se haya transformado en otra cosa, sino que lo que no existía fue creado y perfeccionado. ¿Por quién? Escucha al evangelista: "Todo fue hecho por él" (Jn 1,3). Y si preguntas por quién, escucharás al mismo evangelista: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba en Dios, y el Verbo era Dios; este estaba en el principio en Dios. Todo fue hecho por él" (Jn 1,1-3). Y si quisieras negar que fue el Padre el que dijo "Hágase el firmamento", escucharás de nuevo al profeta: "Él habló, y todo fue hecho; él mandó, y todo fue creado" (Sal 148,5). Que se diga "Hágase el firmamento" muestra que fue el Padre quien habló. Pero que se añada "y así fue" y que "Dios hizo", en eso ha de entenderse la persona del que actúa y lleva a cabo la obra. Pues "habló, y todo fue hecho" no significa que solo quiso y actuó; "mandó, y todo fue creado" no significa que las cosas surgieron solo porque le complació, de modo que pudiera cesar el oficio de Mediador entre él y las cosas que debían ser creadas.
El Dios del que todo procede dice que sea hecho, y el Dios por quien todo existe lo hace, confesado con el mismo e igual nombre tanto en la significación del que habla como en la operación del que actúa. Y si te atrevieras a decir que "e hizo Dios" no se refiere al Hijo, ¿qué se hará de aquello: "Todo fue hecho por él"? ¿Y de aquello apostólico: "Un solo Señor nuestro Jesucristo por quien es todo" (1 Cor 8,6)? ¿Y de aquel otro: "Él habló, y todo fue hecho" (Sal 148,5)? Pues si estos textos divinos convencen tu impudencia, no se le quita al Hijo de Dios lo que es Dios por aquello que se dice: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno"; pues por el mismo que estas palabras pronunció, al establecer el mundo, Dios fue predicado también el Hijo.
Veamos, pues, a qué fruto conduce esta distinción entre el Dios que manda y el Dios que actúa. Pues aunque el sentido común no pueda admitir que en lo dicho "mandó, y todo fue hecho" se entienda uno solo y el mismo; para que no quede ninguna duda, conviene explicar lo que siguió a la creación del mundo.
17. Cuando, terminado el mundo, había que formar a quien lo habitaría, así habla al respecto: "Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza" (Gn 1,26). Y también: "E hizo Dios al hombre; a imagen de Dios lo hizo" (Gn 1,27). Pregunto ahora: ¿crees que Dios habló solo para sí, o entiendes que este su hablar no fue para sí sino dirigido a otro? Si dices que habló solo, quedas refutado por la misma voz de Dios que dice: "Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra." Pues Dios habló por el legislador Moisés según nuestra comprensión, es decir, con las palabras que él mismo quiso que usáramos, comunicándonos el conocimiento de lo que hizo.
La referencia al Hijo de Dios por quien todo fue hecho ya estaba en las palabras "Dios dijo: hágase el firmamento" y en el hecho de que luego "Dios hizo el firmamento". Pero para que ese hablar no pareciera vacío y superfluo —si se hubiera dicho a sí mismo que se hiciera y luego él mismo lo hubiera hecho (¿pues qué cosa más ajena a quien estuviera solo que decirse a sí mismo que haga algo, cuando con sola la voluntad bastaría para que se hiciera?)—, quiso que se entendiera con mayor claridad que esa significación no debía referirse solo a él. Al decir "hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra", eliminó la comprensión de la singularidad mediante la confesión de una comunión. Y una comunión con otro no puede tenerla quien está solo para sí. Ni la soledad de quien está solo admite el hagamos; ni nadie dice nuestra refiriéndose a alguien ajeno a sí. Ambas expresiones —tanto el hagamos como el nuestra— no permiten entender que sea uno solo y el mismo; pero tampoco significan que sea distinto y ajeno a sí mismo.
Pregunto: cuando escuchas solo, ¿no entiende que es el mismo? Y cuando escuchas que no es el mismo, ¿deduces que solo es uno? En lo solo está el solitario; en lo que no es el mismo, no hay solitario. Al solitario le corresponde el haré y el mía; al no solitario, el hagamos y el nuestra.
18. Así pues, cuando leemos "Hagamos al hombre a imagen y semejanza nuestra", y como quiera que ambas expresiones significan tanto que no es uno solo como que tampoco son distintos; así también nosotros no hemos de confesar ni uno solo únicamente ni dos distintos: reconocida por ello —porque dice nuestra imagen y no nuestras imágenes— la unidad de una misma propiedad de naturaleza en ambos.
Pero no basta haber presentado solo la razón de las palabras, si a la inteligencia de lo dicho no le sigue también la operación de los hechos. Pues así está escrito: "E hizo Dios al hombre; a imagen de Dios lo hizo" (Gn 1,27). Pregunto: si el hablar fue del solitario consigo mismo, ¿qué piensas que ha de entenderse aquí? Veo ahora tres significaciones: la del que hace, la del hecho y la del ejemplar. El que fue hecho es el hombre; Dios lo hizo; y al que hizo, lo hizo a imagen de Dios. Si el Génesis hablara del solitario, habría dicho: "e hizo a su imagen". Pero anunciando el misterio evangélico, no habló de dos dioses sino de Dios y de Dios, cuando dice que el hombre fue hecho por Dios a imagen de Dios. Y así se encuentra que Dios obra al hombre a imagen común con Dios y a esa misma semejanza: de modo que ni la significación del que actúa admite entender la soledad, ni la operación de hacer al hombre a una misma imagen y semejanza permite entender la diversidad de divinidad.
19. Y aunque parezca superfluo añadir algo más tras esto, porque en las cosas divinas no hace falta lo que se dice más frecuentemente sino solo lo que se dice; conviene sin embargo conocer qué fue dicho sobre esto mismo. Pues no es de las palabras divinas, sino de nuestro entendimiento, de lo que hemos de dar razón. Dios habla a Noé entre muchos mandatos así: "El que derramara sangre de hombre, por su sangre será derramada su alma; porque a imagen de Dios hice al hombre" (Gn 9,6). También aquí se distinguen el ejemplar, la obra y el que obra. Dios atestigua que hizo al hombre a imagen de Dios.
Cuando el hombre iba a ser creado, como no hablaba de sí mismo ni consigo mismo, dijo: "a imagen nuestra"; pero cuando el hombre fue ya hecho, "Dios hizo al hombre a imagen de Dios". No desconocía la propiedad del hablar si hablara consigo mismo, de modo que dijera: "hice a mi imagen". Pues había dicho, para mostrar la unidad de naturaleza: "hagamos a la nuestra". Y tampoco confundió la comprensión del solitario y del no solitario: pues al hacer Dios al hombre, lo hizo a imagen de Dios.
20. Y si quisieras afirmar que el Dios Padre, como solitario, se dirigió esas palabras a sí mismo —como si pudiera concedérsete que uno solo habló consigo como con otro, y que en las palabras "hice al hombre a imagen de Dios" quiso decir "hice al hombre a mi imagen"—, primero quedarás refutado por tu propio testimonio. Pues dijiste tú mismo: "Del Padre todo, pero por el Hijo todo." Así pues, en lo que se dice "hagamos al hombre", el origen procede de aquel del que también vino el hablar; y en lo que dice que "Dios hizo a imagen de Dios", se significa también aquel por quien se consuma la operación.
21. Y para que no tengas ocasión de mentir sobre esto, la Sabiduría —que tú mismo has confesado que es Cristo— saldrá al paso diciendo: "Cuando establecía los manantiales bajo el cielo, cuando construía los fuertes cimientos de la tierra, yo estaba con él, ordenando. Yo era aquella en quien se deleitaba. Cada día me alegraba ante él en todo tiempo, cuando se alegraba con el mundo terminado y se deleitaba con los hijos de los hombres" (Prov 8,28-31). Queda cerrada toda ocasión de evasiva y queda reducido a confesar la verdad todo el error.
La Sabiduría, engendrada de Dios antes de los siglos, está presente. Y no solo está presente, sino que también ordena. Está, pues, ordenando junto a él. Considera el oficio de organización y disposición: el Padre, al hablar, actúa; el Hijo, al ejecutar lo que fue mandado hacer, ordena. La distinción de las personas se hace de tal manera que la obra se atribuye a ambos. Pues en lo que se dice "hagamos", se expresa tanto el mandato como el hecho; y en lo que está escrito "estaba con él ordenando" (Prov 8,30), significa que en la operación no está solo consigo mismo.
Se alegra, además, ante aquel que, como señalaba, se alegraba con ella en su alegría. "Cada día me alegraba ante él en todo tiempo, cuando se alegraba con el mundo terminado, y se deleitaba con los hijos de los hombres" (ibid. 30-31). La Sabiduría enseñó la causa de su alegría: se alegra con la alegría del Padre, que se deleita en la perfección del mundo y en los hijos de los hombres. Pues está escrito: "Y vio Dios que era bueno" (Gn 1). Se alegra de que sus obras, ejecutadas por ella misma por mandato del Padre, sean del agrado del Padre. Pues declara que su alegría viene de que el Padre estuviera gozoso en el mundo consumado y en los hijos de los hombres —en los hijos de los hombres porque ya en el único Adán había quedado establecido el principio de todo el linaje humano. No es, pues, en la fabricación del mundo donde el Padre habla solo consigo mismo, colaborando con él su propia Sabiduría y regocijándose por la cooperación consumada.
22. No ignoramos que quedan muchas y muy importantes cuestiones para la plena resolución de estos puntos; pero las tenemos aplazadas y no olvidadas: su tratamiento más completo está reservado para las demás proposiciones. Por ahora solo se responde a lo que los impíos dijeron en la exposición de su fe —o más bien de su perfidia—: que Moisés predicó a un solo Dios. Y es verdad que así lo predicó, porque uno solo es el Dios del que todo proviene. Pero por eso no hay que ignorar que el Hijo es Dios, pues ese mismo Moisés confesó a Dios y a Dios en toda la extensión de su obra. Veamos, pues, cómo tanto en la elección como en la legislación predica a Dios y a Dios con igual orden de confesión.
23. Después de muchas intervenciones de Dios con Abraham, cuando Sara se irritó contra Agar —celosa la señora estéril del embarazo de su esclava— y Agar se marchó de su presencia, así habla la Escritura de ella: "Y el ángel del Señor dijo a Agar: Regresa a tu señora y sométete bajo sus manos. Y el ángel del Señor le dijo: Multiplicaré y multiplicaré tu descendencia, de modo que no podrá contarse por su multitud" (Gn 16,9-10). Y también: "Y llamó el nombre del Señor que le hablaba: Tú, Dios, que me has mirado" (Gn 16,13). El ángel de Dios habla —y en la expresión ángel de Dios hay una doble significación: el que él mismo es, y aquel de quien es—, y no habla cosas conforme al nombre de su oficio; pues dice: "Multiplicaré y multiplicaré tu descendencia, que no podrá contarse por su multitud." El ministerio del ángel no alcanza el poder de multiplicar pueblos.
¿Y qué atestigua finalmente la Escritura acerca del que, siendo ángel de Dios, decía lo que es propio solo de Dios? "Y llamó el nombre del Señor que le hablaba: Tú, Dios, que me has mirado." Primero, ángel de Dios; segundo, Señor —pues llamó el nombre del Señor que le hablaba—; luego, tercero, Dios: "Tú eres el Dios que me ha mirado." El que fue llamado ángel de Dios, ese mismo es Señor y Dios. Y según el profeta, el Hijo del gran Dios es el ángel del gran consejo (Is 9,6 LXX). Para que la distinción de personas fuera completa, fue llamado ángel de Dios; pues el que es Dios de Dios, ese mismo es también ángel de Dios. Y para que se le diera el honor que le corresponde, fue predicado tanto Señor como Dios.
24. Aquí, pues, primero ángel, y luego también Señor y Dios; pero a Abraham, solo Dios. Con toda seguridad, una vez establecida antes la distinción de personas —para que no se deslizara el error del solitario—, se declara su nombre pleno y verdadero. Está escrito, en efecto: "Y dijo Dios a Abraham: He aquí que Sara tu mujer te dará un hijo, y llamarás su nombre Isaac; y estableceré mi alianza con él como alianza eterna, y con su descendencia después de él. Y en cuanto a Ismael, he aquí que te he escuchado: lo he bendecido y lo haré muy grande; engendrará doce naciones, y lo convertiré en un gran pueblo" (Gn 17,19-20).
¿Puede alguien dudar de que el que fue llamado ángel de Dios es el mismo que es llamado de nuevo Dios? El discurso es igualmente sobre Ismael, y el que ha de multiplicarlo es el mismo ahora que antes. Y para que no se creyera que el que había hablado a Agar no era el mismo que hablaba ahora, la palabra divina atestigua la identidad de la persona al decir: "Lo he bendecido y lo multiplicaré." La bendición está en pasado, pues el discurso ya se había dirigido a Agar; la multiplicación está en futuro, pues ahora por primera vez Dios habla a Abraham sobre Ismael. A Abraham le habla Dios; a Agar le habló el ángel de Dios. Dios es, pues, el que también es ángel: porque el que es ángel de Dios es Dios nacido de Dios. Fue llamado ángel de Dios porque es el ángel del gran consejo; pero fue demostrado que es también Dios, para que no se creyera que el que es Dios es solo ángel. Que el discurso siga el orden de los hechos: el ángel del Señor habló a Agar; ese mismo habla como Dios a Abraham, desde el mismo llega el discurso a ambos. Ismael es bendecido y se promete que será engrandecido en un gran pueblo.
25. La Escritura muestra también por Abraham que quien hablaba era Dios. Se le promete también a Abraham el hijo Isaac. Luego aparecen tres varones. Abraham, al ver a los tres, adora a uno y lo confiesa como Señor. La Escritura narró que tres varones se habían acercado, pero el patriarca sabe bien a quién ha de adorar y confesar. La apariencia de los que se acercaban era indistinguible, pero él reconoció a su Señor con los ojos de la fe y la visión de su mente.
Luego sigue: "Y le dijo: Volviendo volveré a ti en este tiempo futuro, y Sara tu mujer tendrá un hijo" (Gn 18,10). Y después de esto dijo el Señor: "¿Ocultaré yo a mi siervo Abraham lo que voy a hacer?" (Gn 18,17). Y de nuevo: "Dijo el Señor: El clamor de Sodoma y Gomorra se ha colmado, y sus pecados son muy graves" (Gn 18,20). Y después de mucho otro discurso que omitimos por brevedad, cuando Abraham estaba angustiado por la destrucción de los justos junto con los injustos, dijo: "De ningún modo harás esto, matar al justo con el impío, de modo que el justo sea como el impío. ¡De ningún modo! ¿El que juzga toda la tierra no hará justicia?" Y dijo el Señor: "Si encontrare en Sodoma cincuenta justos en la ciudad, perdonaré a todo el lugar por ellos" (Gn 18,25-26).
Y terminado el discurso con Lot, el hermano de Abraham, dice la Escritura: "Y el Señor hizo llover sobre Sodoma y Gomorra azufre y fuego de parte del Señor desde el cielo" (Gn 19,24). Y también: "Y el Señor visitó a Sara como había dicho, e hizo Dios con Sara como le había prometido, y concibió y dio a luz Sara un hijo a Abraham en su vejez, en el tiempo como el Señor le había dicho" (Gn 21,1-2). Luego, expulsada de la casa de Abraham la esclava con su hijo, temiendo esta en el desierto la muerte del niño por falta de agua, dice la misma Escritura: "Y escuchó el Señor Dios la voz del niño desde donde estaba, y el ángel de Dios llamó a Agar desde el cielo y le dijo: ¿Qué te pasa, Agar? No temas, pues Dios ha escuchado la voz del niño desde donde está. Levántate, toma al niño y sostenle la mano, pues lo convertiré en un gran pueblo" (Gn 21,17-18).
26. ¿Qué ceguera de perfidia, qué torpeza de corazón incrédulo, qué temeridad de impiedad es esta, que ignora estas cosas o, no ignorándolas, las desprecia? Sin duda fueron narradas y dichas así para que ningún error ni ninguna oscuridad impidiera la comprensión de la verdad. Si se demuestra que no pueden ignorarse, entonces negar la verdad es necesariamente un crimen de impiedad.
El ángel de Dios empezó a hablar a Agar, prometiendo engrandecer a Ismael en un gran pueblo y darle una descendencia innumerable. La confesión de quien escucha enseña que él es tanto Señor como Dios. Pues el inicio del discurso comenzó por el ángel de Dios, pero terminó en la confesión de Dios. Así, el que bajo el ministerio de anunciar el gran consejo es ángel de Dios, ese mismo es Dios por naturaleza y por nombre. Pues el nombre se corresponde a la naturaleza, no la naturaleza al nombre. Sobre los mismos asuntos habla también Dios a Abraham: se le hace saber que Ismael ya fue bendecido y que ha de ser engrandecido en un pueblo —"lo he bendecido", dice. No cambió, pues, la significación de su persona: pues muestra que ya bendijo él mismo.
La Escritura mantuvo fielmente el orden del misterio y el modo de la verdadera proclamación, comenzando por el ángel de Dios y confesando luego que el mismo Dios hablaba sobre los mismos asuntos.
27. El discurso divino avanza hacia una enseñanza más plena: Dios habla aquí a Abraham y le promete que Sara dará a luz. Después se acercan tres varones al que está sentado; Abraham adora a uno y lo confiesa como Señor. Ese mismo, adorado y confesado por él, promete que volverá en ese tiempo futuro, y Dios habló a Abraham sobre el futuro hijo de Sara. Luego, sobre esos mismos asuntos, el mismo varón visto por él le habla de nuevo. Solo cambian los nombres, pero nada cedió en la confesión. Pues aunque lo vio como varón, Abraham lo adoró como Señor —reconociendo el misterio de la futura encarnación. No carecía, sin embargo, del testimonio de tan grande fe, pues el Señor dijo en los Evangelios: "Abraham, vuestro padre, se regocijó por ver mi día; y lo vio, y se alegró" (Jn 8,56).
El varón visto promete, pues, que volverá en ese mismo tiempo. Considera el efecto de la promesa, pero recuerda que es un varón quien la hace. ¿Qué dice entonces la Escritura? "Y el Señor visitó a Sara" (Gn 21,1). Ese varón es, pues, el Señor, que cumple lo que prometió. ¿Y qué sigue? "E hizo Dios con Sara como le había dicho" (ibid.). Llamado varón al hablar, designado Señor al visitar, es proclamado Dios en el hecho. No ignoras que el varón habló, el que se apareció y habló a Abraham. ¿Cómo ignorarás que es Dios, confesando la misma Escritura que antes lo llamó varón? Pues la misma dijo: "Y concibió y dio a luz Sara a Abraham un hijo en su vejez, en el tiempo como el Señor le había dicho" (ibid. 2). Pero fue el varón quien habló de que vendría. Créelo solo varón, a no ser que el que viene sea Dios y Señor. Compara las razones: el varón ciertamente vendrá para que Sara conciba y dé a luz. Aprende la fe: el Señor y Dios vino para que Sara concibiera y diera a luz. En el poder de Dios habló el varón; en el efecto de Dios, Dios lo realizó. Así se muestra como Dios tanto al hablar como al actuar.
Luego, de los tres varones vistos, dos parten; pero el que queda es Señor y Dios. Y no solo es Señor y Dios, sino también juez. Pues Abraham, de pie ante el Señor, dijo: "De ningún modo harás esto: matar al justo con el impío, y que el justo sea como el impío. ¡De ningún modo! El que juzga toda la tierra ¿no hará justicia?" (Gn 18,25). Con todo su discurso, Abraham enseña la fe por la cual fue justificado, al reconocer entre los tres a su Señor, adorarlo solo a él, y confesarlo como Señor y juez.
28. Para que no pienses que en la confesión de uno se encierra el honor de los tres varones que se veían juntos, considera qué dijo Lot al ver a los dos que se habían marchado: "Y cuando lo vio Lot, se levantó a su encuentro y se postró con el rostro en tierra; y dijo: He aquí, señores, desvíense hacia la casa de vuestro siervo" (Gn 19,1-2). Aquí la simple visión de los ángeles mantuvo la significación en plural; allá la fe del patriarca confiesa el honor en singular. Aquí la historia de la Escritura divina indica que dos de los tres eran solo ángeles; allá proclama al Señor y a Dios. Pues dice: "Y dijo el Señor a Abraham: ¿Por qué se rió Sara, diciendo: ¿Acaso de verdad voy a dar a luz? Y yo he envejecido. ¿Es que acaso hay algo imposible para Dios? En este tiempo volveré a ti en el futuro, y Sara tendrá un hijo" (Gn 18,13ss).
La Escritura mantiene, pues, el orden de la verdad: no mezcla la significación plural en aquel que era reconocido como Dios y Señor, ni reparte a los dos ángeles el honor que había sido tributado solo a Dios. Lot los llama señores, pero la Escritura los llama ángeles. Allá hay condescendencia humana, aquí confesión de la verdad.
29. Viene luego el justo castigo del juicio sobre Sodoma y Gomorra. ¿Qué importancia tiene esto? "El Señor hizo llover azufre y fuego de parte del Señor" (Gn 19,24). Al decir "el Señor de parte del Señor", no distinguió por el nombre de naturaleza a quienes había distinguido por la significación de dos personas distintas. Pues leemos en el Evangelio: "El Padre a nadie juzga, sino que entregó todo juicio al Hijo" (Jn 5,22). Dio, pues, el Señor lo que el Señor recibió del Señor.
30. Pero tú que en el Señor y en el Señor reconociste al juez, reconoce también la comunión del mismo nombre en el Dios y en el Dios. Al partir Jacob por miedo a su hermano, vio en sueños una escala apoyada en la tierra y que llegaba al cielo, y por ella ángeles de Dios que subían y bajaban, y al Señor apoyado sobre ella, dándole todas las bendiciones que había concedido a Abraham e Isaac (Gn 28).
Luego viene esta palabra de Dios a él: "Y dijo Dios a Jacob: Levántate, sube al lugar de Betel y habita allí, y haz allí un altar al Dios que se te apareció cuando huías de la presencia de tu hermano" (Gn 35,1). Dios reclama honor para Dios, y lo reclama con referencia a otra persona: "que se te apareció cuando huías", dice —para que no surgiera ninguna confusión de la misma persona. El que habla es Dios, y es Dios también de quien habla: la confesión del honor no distingue, por el nombre de naturaleza, a quienes la significación de que subsisten distingue.
31. A este pasaje recuerdo que le corresponden ciertas cosas para una resolución más completa; pero según el orden de la proposición, hay que mantener también el orden de la respuesta. Lo que le queda, pues, lo llevaremos a cabo en el otro libro en su lugar. Solo era necesario mostrar ahora, en el Dios que reclama honor para Dios, que el ángel de Dios que habló con Agar es tanto Dios como Señor, pues él mismo habló a Abraham sobre los mismos asuntos; y que el varón que se apareció a Abraham es también Dios y Señor; mientras que los dos ángeles, vistos junto al Señor y enviados por él a Lot, no fueron proclamados por el profeta sino simplemente ángeles.
Y no solo a Abraham llegó Dios en forma de varón, sino que también a Jacob vino Dios en forma de hombre. Y no solo vino, sino que se mostró luchando (Gn 32,24); y no solo luchó, sino que quedó en debilidad ante aquel con quien luchaba. No es el momento, ni en el tiempo ni en el tema, de tratar el misterio de la lucha. Es ciertamente Dios, pues Jacob prevaleció sobre Dios, e Israel vio a Dios.
32. Veamos si también en otro lugar, además de con Agar, este ángel de Dios fue reconocido como Dios. Fue reconocido ciertamente. Y no solo como Dios, sino como el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Pues el ángel del Señor se apareció a Moisés desde la zarza, y el Señor habla desde la zarza: ¿de quién crees que hay que entender la voz, de aquel que fue visto, o de algún otro? Aquí no hay lugar para el engaño. Pues dice la Escritura: "Y se le apareció el ángel del Señor en una llama de fuego desde la zarza" (Ex 3,2). Y también: "El Señor lo llamó desde la zarza: Moisés, Moisés. Y él respondió: ¿Qué es? Y dijo el Señor: No te acerques aquí; quita el calzado de tus pies, pues el lugar donde estás es tierra santa. Y le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob" (Ex 3,4ss). El que se apareció en la zarza habla desde la zarza: el lugar de la visión y el de la voz es uno solo; y no es escuchado otro sino el que fue visto.
El que es ángel de Dios cuando se le ve, ese mismo es Señor cuando se le escucha; y el mismo Señor que es escuchado es luego reconocido como el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. Cuando es llamado ángel de Dios, no se muestra como algo propio y solitario; pues es ángel de Dios. Cuando es llamado Señor y Dios, es proclamado en el honor y el nombre de su naturaleza. Tienes, pues, al ángel que se apareció en la zarza: es también Señor y Dios.
33. Recorre aún los testimonios de Moisés y considera si alguna vez descuida la ocasión de proclamar al Dios y al Señor. Tienes, en efecto, en sus palabras: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno" (Dt 6,4). Recuerda ahora las palabras de aquel su cántico divino: "Mirad, mirad que yo soy el Señor, y no hay Dios fuera de mí" (Dt 32,39). Y cuando todo el discurso en él era de parte de Dios hasta el final del cántico, dijo: "Alégrense los cielos con él, y adórenle todos los hijos de Dios. Alégrense las naciones con su pueblo, y glorifíquenle todos los ángeles de Dios" (Dt 32,43). Ha de ser glorificado por los ángeles de Dios quien dice: "Yo soy el Señor, y no hay Dios fuera de mí."
Pues es el Dios Unigénito: y el nombre de unigénito no admite compañero —así como el sin origen, en lo que es precisamente sin origen, no admite partícipe—; pues es uno de uno. Y no hay otro Dios sin origen fuera del Dios sin origen, ni hay ningún otro Dios unigénito fuera del Dios unigénito. Ambos son, pues, cada uno, uno y único: cada uno con su propia propiedad de no tener origen o de tener origen. Y así ambos son un solo Dios, pues entre el uno y el uno —es decir, entre el uno del uno— no hay una segunda naturaleza de la divinidad eterna.
Ha de ser adorado, pues, por los hijos de Dios, y glorificado por los ángeles de Dios. Así se pide para Dios el honor y la veneración de parte de los hijos y los ángeles de Dios. Comprende la significación del que ha de ser honrado y de aquellos por quienes ha de ser honrado: es decir, que Dios ha de ser honrado por los ángeles y los hijos de Dios. Y para que no pienses que se pide un honor no natural de Dios, y supongas que Moisés pensó en este lugar en honrar a Dios Padre —cuando el Padre ha de ser honrado en el Hijo—, atiende, sin embargo, a la bendición que en ese mismo discurso dispone para José: "Y lo que fue grato al que se apareció en la zarza, venga sobre la cabeza de José y sobre su frente" (Dt 33,16).
Ha de ser adorado por los hijos de Dios el Dios que es también Hijo de Dios. Y ha de ser glorificado por los ángeles de Dios el Dios que es a la vez ángel de Dios: pues desde la zarza se apareció el ángel de Dios que es Dios, y lo que le fue grato a él es lo que se desea para José al bendecirle. No deja de ser Dios porque sea ángel de Dios; ni deja de ser ángel de Dios porque sea Dios. Sino que, comprendida la inteligencia de las personas, con el sentido claramente distinguido de lo que carece de origen y de lo que tiene origen, y manifestada la dispensación de los misterios celestiales, enseñó que no se ha de pensar en un Dios solitario, cuando al ángel e Hijo de Dios que es Dios lo adorarán los ángeles e hijos de Dios.
34. Sea esta nuestra respuesta a partir de los libros de Moisés —o más bien que el propio Moisés haya respondido—: porque los herejes, sirviéndose de él como autoridad, creen poder persuadir mediante la confesión de un solo Dios a que no se predique que el Hijo de Dios es Dios; siendo impíos contra el testimonio de su propio autor, pues cuando Moisés confesaba al único Dios, no dejó nunca de enseñar que el Hijo de Dios es Dios. Pero es consecuente presentar los múltiples testimonios de los profetas sobre este mismo punto.
35. Retienes la sentencia: "Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno"; y ojalá la retuvieras bien. Pero según tu sentido pregunto la razón de esa sentencia profética. Pues dice en los Salmos: "Te ungió, Dios, tu Dios" (Sal 44,8). Distingue para la comprensión del lector al ungido y al que unge; separa el te del tuyo; muestra a quién y de quién va el discurso. Pues a las palabras anteriores se añade este orden de confesión: había dicho antes: "Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos; cetro de rectitud, cetro de tu reino; amaste la justicia y odiaste la iniquidad" (Sal 44,7). Y a eso añadió: "Por eso te ungió, Dios, tu Dios." El Dios del reino eterno, en mérito de la justicia amada y la iniquidad aborrecida, fue ungido por su Dios.
¿Acaso algún espacio entre los nombres confunde nuestra comprensión? Pues la distinción de personas está puesta solo en el te y en el tuyo, sin que nada se distinga en la confesión de la naturaleza. Pues el tuyo se refiere al autor, y el te a la significación de quien procede del autor. Es Dios de Dios, confesándolo el profeta en el mismo orden: "Te ungió, Dios, tu Dios." Y no hay ningún Dios antes del Dios sin origen, como él mismo dice: "Sean mis testigos, y yo soy testigo, dice el Señor Dios, y mi siervo a quien elegí, para que conozcáis y creáis y entendáis que yo soy, y antes de mí no hay otro Dios, ni después de mí habrá" (Is 43,10). Queda así manifestada la dignidad del que es sin principio, y queda conservado el honor del que procede del que es sin origen: "Te ungió, Dios, tu Dios." Pues ese tuyo se refiere al nacimiento, pero no suprime la naturaleza. Y por eso él es su Dios, porque nacido de él en Dios. Sin embargo, el hecho de que el Padre sea su Dios no impide que el Hijo sea también Dios: "Te ungió, Dios, tu Dios": designando con una misma y única expresión tanto la significación del autor como la del engendrado de él, los establece a ambos en la proclamación de una misma naturaleza y dignidad.
36. Pero para que no se pueda aprovechar la ocasión de una afirmación impía a partir de lo que se dijo —"Yo soy, y antes de mí no hay otro Dios, y después de mí no habrá" (Is 43,10)—, como si por eso tampoco el Hijo fuera Dios, dado que después del Dios antes del que no hay ningún Dios tampoco habría ningún Dios después, por eso hay que examinar la razón de todo lo dicho. El propio Dios es testigo de su propio discurso, pero también su siervo elegido lo atestigua junto a él: que no hay Dios antes de él ni lo habrá después.
Suficiente testigo es él mismo de sí; pero al testimonio que da de sí añadió el testimonio del siervo que eligió. El testimonio de los dos, pues, es uno: que no hay ningún Dios antes de él —pues de él proceden todas las cosas—; ni habrá ningún Dios después —no porque el Hijo no haya procedido de él. Pues el siervo estaba ya en el testimonio del Padre al decir estas cosas, elegido en la tribu de la que había de nacer. Esto lo muestra así en los Evangelios: "He aquí mi siervo a quien elegí, mi amado, en quien se complace mi alma" (Mt 12,18). No hay, pues, ningún otro Dios antes de mí, ni lo habrá después: mostrando así la infinitud de la fuerza eterna e inmutable en el hecho de que no haya ningún Dios fuera de él antes ni después; colocando sin embargo a su siervo tanto en su testimonio como en su nombre.
37. Y esto mismo puede aprenderse directamente de su propia persona. Pues dice al profeta Oseas: "Ya no seguiré compadeciendo a la casa de Israel, sino que me opondré decididamente a ellos; pero de la casa de Judá me compadeceré y los salvaré en el Señor su Dios" (Os 1,6-7). El Padre, pues, llama Dios al Hijo sin rodeos, en quien también nos eligió antes de los tiempos del mundo (Ef 1,4). Dice su Dios porque el Dios sin origen no lo es de nadie, y nosotros somos dados al Hijo como herencia por Dios Padre. Pues leemos: "Pídeme, y te daré las naciones como herencia tuya" (Sal 2,8).
Para el Dios del que todo proviene, que es eterno sin principio, no hay Dios. Para el Hijo, en cambio, el Padre es Dios, pues de él nació Dios. Para nosotros, en cambio, tanto el Padre es Dios como el Hijo es Dios: confesando el Padre del Hijo que es nuestro Dios, enseñando el Hijo del Padre que es Dios para nosotros; siendo proclamado, sin embargo, el Hijo Dios por el Padre con el nombre mismo de la virtud sin origen del Padre. Y hasta aquí sobre Oseas.
38. ¡Qué completa es por medio de Isaías la profesión de Dios Padre sobre nuestro Señor! Dice así: "Porque así dice el Señor, el Dios Santo de Israel, que hizo las cosas que han de venir: Interrogadme sobre mis hijos y mis hijas, y sobre las obras de mis manos, dadme órdenes. Yo hice la tierra y al hombre sobre ella; yo mandé a todas las estrellas; yo suscité al rey con justicia, y todos sus caminos son rectos. Él edificará mi ciudad y liberará el cautiverio de mi pueblo, no con precio ni con dones, dice el Señor de los ejércitos. Trabajará Egipto y el comercio de los etíopes y los sabaítas. Hombres altos pasarán a ti y serán tus siervos, y te seguirán encadenados, y te adorarán y a ti te suplicarán; porque en ti está Dios, y no hay Dios fuera de ti. Tú eres Dios, y no lo sabíamos. Dios de Israel, Salvador. Serán avergonzados y confundidos todos los que se le oponen, y se irán en confusión" (Is 45,11ss).
¿Queda aún algún espacio para la temeridad? ¿O queda alguna ocasión de ignorancia, salvo que la impiedad declarada se delate a sí misma? El Dios del que todo procede, que hizo todo mandando, asumiendo como suyas las obras de lo hecho —que no se habrían realizado si él no hubiera dicho que se hicieran—, da testimonio del rey que suscitó con justicia, que edifica la ciudad del propio Dios y libera el cautiverio del pueblo, no con precio ni con dones; pues por gracia somos todos salvados.
Habla luego: después del trabajo de Egipto —es decir, la calamidad del mundo— y del comercio de los etíopes y los sabaítas, hombres altos pasarán a él. ¿Y qué hay que entender por el trabajo de Egipto y el comercio de los etíopes y los sabaítas? Recordemos a los Magos de Oriente adorando y ofrendando al Señor, y midamos el esfuerzo de venir hasta Belén de Judá en tan largo viaje. Pues en la fatiga de los príncipes quedó representado el trabajo de todo Egipto. A los Magos, que con las apariencias falsas de las cosas mentían acerca de las operaciones del poder divino, se les rendía desde todos los tiempos el supremo honor de la religión impía. Y a esos mismos Magos, con el comercio de etíopes y sabaítas, llevando los dones del oro, el incienso y la mirra —lo que también otro profeta anunció de antemano diciendo: "Ante él se postrarán los etíopes y sus enemigos lamerán el polvo; los reyes de Tarsis ofrecerán dones, los reyes de los árabes y los sabaítas traerán dones, y se le dará el oro de Arabia" (Sal 71,9-10)—.
En los Magos y sus dones, pues, queda representado el trabajo de Egipto y el comercio de etíopes y sabaítas: el error del mundo representado en los Magos que adoran, y los dones selectos de las naciones ofrecidos al Señor adorado por ellos.
39. ¿Quiénes son los hombres altos que han de pasar a él y lo seguirán encadenados? No está oculto. Mira a los Evangelios: Pedro, para seguir a su Señor, es ceñido (Jn 21,7). Contempla a los Apóstoles: Pablo, siervo de Cristo, se gloría en sus cadenas (Flm 1). Y veamos si el encadenado de Cristo Jesús cumplió lo que Dios había dicho sobre su Hijo que es Dios. "Le suplicarán", dice, "porque en ti está Dios" (Is 45,14). Reconoce lo dicho por el Apóstol y, reconociéndolo, entiéndelo: "Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo" (2 Cor 5,19). Luego sigue: "Y no hay Dios fuera de ti." A lo cual el mismo Apóstol añade continuamente: "Un solo Señor nuestro Jesucristo por quien es todo" (1 Cor 8,6), y no parece que haya ningún otro fuera de él, porque es uno. Y en tercer lugar dice: "Tú eres Dios, y no lo sabíamos." Pero el antiguo persecutor de la Iglesia dijo: "De ellos son los padres, y de ellos, según la carne, vino Cristo, que es Dios sobre todo" (Rm 9,5).
Estos encadenados, pues, predicarán estas cosas: hombres altos, que han de juzgar las doce tribus de Israel sentados en doce tronos, y que seguirán a su Señor con el martirio de su enseñanza y su pasión.
40. Dios está, pues, en Dios; y en quien está Dios, Dios es. ¿Y cómo no habría Dios fuera de ti, si en ese mismo está Dios? Tú, hereje, te sirves de "No hay Dios fuera de mí" para la confesión del Padre solitario; ¿cómo interpretarás lo dicho si, a partir de la predicación del Dios Padre que dice "No hay Dios fuera de ti", contiendes con lo que se dijo "No hay Dios fuera de mí" para afirmar que el Hijo de Dios no es Dios? ¿Y a quién, pues, le dijo Dios Padre: "No hay Dios fuera de ti"? Aquí no te será lícito añadir la persona del solitario. Pues el Señor se lo dijo al rey que suscitó, en nombre de los hombres altos que adoran y suplican: "Porque en ti está Dios." Esto no admite lo solitario. El en ti, en efecto, indica la presencia de aquel a quien va dirigido el discurso. Y lo que sigue —"En ti está Dios"— no solo muestra al que está presente, sino también al que permanece en el que está presente: distinguiendo al que habita del que lo acoge, pero solo por distinción de persona, no de naturaleza. Pues Dios está en él; y en quien está Dios, Dios es. No habita Dios en la morada de una naturaleza distinta y ajena a él, sino que permanece en lo que es suyo y engendrado de él. Dios en Dios, porque Dios es de Dios. "Tú eres Dios, y no lo sabíamos, Dios de Israel, Salvador" (Is 45,15).
41. A ti que niegas a Dios en Dios, te refuta el texto siguiente: "Serán avergonzados y confundidos todos los que se le oponen, y se irán en confusión" (Is 45,16). Este es el decreto de Dios contra tu impiedad. Te opones a Cristo, de quien la profesión de la voz paterna te reprende. Pues es Dios aquel cuya divinidad tú niegas. La niegas, sin embargo, bajo la apariencia del honor al Dios Padre, que dice: "No hay otro Dios fuera de mí" (Is 45,18). Pero avergüénzate y enrojece: el Dios sin origen no necesita del honor que tú le tributas; no pide esta gloria de tu parte para su soledad, no desea esta comprensión de tu opinión, de modo que, por haber dicho "No hay Dios fuera de mí", niegues al que engendró de sí mismo como Dios.
Y para que no te apropies peculiarmente de esto para destruir la divinidad del Hijo, colmó la gloria de su Unigénito con el honor de la divinidad perfecta, diciendo: "Y no hay Dios fuera de ti." ¿Por qué distingues lo que está equiparado? ¿Por qué separas lo que está comparado? Lo propio del Hijo de Dios es que no haya Dios fuera de él; lo propio de Dios Padre es que no haya ningún Dios sin él. Usa las palabras de Dios sobre Dios. Confiesa así y suplica al rey: "Porque en ti está Dios, y no hay Dios fuera de ti. Tú eres Dios, y no lo sabíamos, Dios de Israel, Salvador." El oficio del honor no tiene contumelia, ni el ejemplo de la confesión tiene ofensa; máxime cuando oponerse a él está lleno de confusión y vergüenza. Detente en las palabras de Dios, confíesalo con las voces de Dios; y huye de la amenaza de la confusión. Pues al negar que el Hijo de Dios es Dios, no tanto venerarás a Dios con el honor de la gloria como solitario, cuanto despreciarás al Padre deshonrando al Hijo. Confiesa al Dios sin origen con la fidelidad del honor: que fuera de él no hay ningún Dios; proclama al Dios unigénito: que sin él no hay Dios.
42. Escucha, pues, además de Moisés e Isaías, a Jeremías enseñando esto mismo en tercer lugar, cuando dice: "Este es nuestro Dios, y no se contará ningún otro junto a él. Él halló todo el camino de la sabiduría y se lo dio a Jacob su siervo y a Israel su amado. Después de esto fue visto sobre la tierra y convivió entre los hombres" (Bar 3,36ss). Pues ya antes había dicho: "Y es hombre, ¿y quién lo conocerá?"
Tienes, pues, a Dios visto en la tierra y que convivió entre los hombres; y pregunto cómo crees que ha de entenderse esto: "A Dios nadie lo vio jamás, sino el Hijo unigénito, que está en el seno del Padre" (Jn 1,18), cuando Jeremías predica a un Dios que fue visto sobre la tierra y convivió entre los hombres. El Padre, ciertamente, no es visible sino solo al Hijo. ¿Quién es, pues, ese que fue visto y convivió entre los hombres? Es ciertamente nuestro Dios, Dios visible en el hombre y Dios tangible.
Y entiende lo que el profeta añade: "No se contará ningún otro junto a él." ¿Cómo es eso? Escucha lo que sigue, para que no pienses tampoco que lo dicho —"Escucha, Israel: el Señor tu Dios es uno" (Dt 6,4)— es propiedad solo del Padre. Pues estas cosas se encadenan entre sí: "No se contará ningún otro junto a él; él halló todo el camino de la sabiduría y se lo dio a Jacob su siervo y a Israel su amado; después de esto fue visto sobre la tierra y convivió entre los hombres." Pues uno solo es el Mediador entre Dios y los hombres, Dios y hombre: Mediador tanto en la entrega de la ley como en la asunción de un cuerpo. Por eso no se cuenta ningún otro junto a él. Pues este es el único nacido de Dios en Dios, por quien fueron creadas todas las cosas en el cielo y en la tierra, por quien fueron hechos los tiempos y los siglos. Todo lo que existe subsiste por su operación. Este es, pues, el único que dispone hacia Abraham, que habla a Moisés, que da testimonio a Israel, que permanece en los profetas, nacido de una virgen por el Espíritu Santo, clavando en el madero de la pasión las fuerzas enemigas y contrarias a nosotros, aniquilando la muerte en el infierno, confirmando con la resurrección la certeza de nuestra esperanza, destruyendo con la gloria de su cuerpo la corrupción de la carne humana.
A este, pues, no se contará ningún otro junto a él. Pues estas cosas son propias solo del Dios unigénito, y este es el único que nació de Dios en esta bienaventuranza peculiar de sus virtudes. No se cuenta junto a él ningún otro Dios: pues no es de otra sustancia, sino que Dios procede de Dios. No hay, pues, en él nada nuevo, nada extraño, nada añadido. Pues cuando Israel escucha que su Dios es uno, y que al Hijo de Dios que es Dios no se le cuenta ningún otro Dios junto a él para que sea Dios, el Padre Dios y el Hijo Dios son absolutamente uno: no por unión de persona, sino por unidad de sustancia. Porque el profeta no permite que al Hijo de Dios que es Dios se le cuente otro Dios junto a él, precisamente porque es Dios.