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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minDe Trinitate: Una vía de Ascenso hacia lo Inefable
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
  7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
  8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
  14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
  55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
  69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
  76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
  83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  89. Sesión 89 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
  90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

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    TEXTOS — LATÍN ANTE-NICENO / POST-NICENO

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    De la Trinidad (en trabajo)

    c. 356–359 · exilio oriental (Frigia) — voz latina nicerana47 minPosición: 0% de esta parteParte 2 de 12 · LIBRO SEGUNDOPublicado el Actualizado el Ref. ESC-HIL-TRIN-01

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minOficio del predicador, riesgo del lenguaje y oración de cierre
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 10 minSumario introductorio
    7. Sesión 7 · Parte 1 · ≈ 9 minSumario introductorio
    8. Sesión 8 · Parte 1 · ≈ 7 minSumario introductorio
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minLIBRO SEGUNDO
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 9 minSumario introductorio
    14. Sesión 14 · Parte 2 · ≈ 6 minSumario introductorio
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 9 minLIBRO TERCERO
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 10 minSumario introductorio
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minSumario introductorio
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 6 minSumario introductorio
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minLIBRO CUARTO
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    26. Sesión 26 · Parte 4 · ≈ 9 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    27. Sesión 27 · Parte 4 · ≈ 8 minNota preliminar sobre las visiones narradas en este libro
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 9 minLIBRO QUINTO
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 8 minLIBRO QUINTO
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minLIBER SEXTUS
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 10 minLIBER SEXTUS
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 5 minLIBER SEXTUS
    37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    38. Sesión 38 · Parte 7 · ≈ 10 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    43. Sesión 43 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    44. Sesión 44 · Parte 7 · ≈ 9 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    45. Sesión 45 · Parte 7 · ≈ 5 minLIBRO VII: LA DIVINIDAD DEL HIJO A TRAVÉS DE SU NATURALEZA Y NATIVIDAD
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    49. Sesión 49 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    50. Sesión 50 · Parte 8 · ≈ 11 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    51. Sesión 51 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    52. Sesión 52 · Parte 8 · ≈ 10 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    53. Sesión 53 · Parte 8 · ≈ 9 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    54. Sesión 54 · Parte 8 · ≈ 1 minLIBRO VIII: La unidad natural del Hijo y del Padre
    55. Sesión 55 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    56. Sesión 56 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    57. Sesión 57 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    58. Sesión 58 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    59. Sesión 59 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    60. Sesión 60 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    61. Sesión 61 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    62. Sesión 62 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    63. Sesión 63 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    64. Sesión 64 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    65. Sesión 65 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    66. Sesión 66 · Parte 9 · ≈ 9 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    67. Sesión 67 · Parte 9 · ≈ 10 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    68. Sesión 68 · Parte 9 · ≈ 6 minLIBRO IX - LA INDIFERENCIA DE NATURALEZA ENTRE EL PADRE Y EL HIJO
    69. Sesión 69 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    70. Sesión 70 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    71. Sesión 71 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    72. Sesión 72 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    73. Sesión 73 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    74. Sesión 74 · Parte 10 · ≈ 9 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    75. Sesión 75 · Parte 10 · ≈ 7 min[LIBER DECIMUS - SOBRE LA PASIÓN Y LA DIVINIDAD DE CRISTO]
    76. Sesión 76 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    77. Sesión 77 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    78. Sesión 78 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    79. Sesión 79 · Parte 11 · ≈ 10 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    80. Sesión 80 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    81. Sesión 81 · Parte 11 · ≈ 9 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    82. Sesión 82 · Parte 11 · ≈ 8 minLIBRO XI - LA FE UNA Y LA DISPENSACIÓN DE LA SUBJECCIÓN
    83. Sesión 83 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    84. Sesión 84 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    85. Sesión 85 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    86. Sesión 86 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    87. Sesión 87 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
    88. Sesión 88 · Parte 12 · ≈ 9 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO
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    90. Sesión 90 · Parte 12 · ≈ 5 minLIBRO XII - LA NATURALEZA ETERNA E INGENITA DEL HIJO

    LIBRO SEGUNDO

    Sumario introductorio

    En este libro, Hilario declara primero que el conocimiento de tan grande misterio, transmitido en el bautismo, es suficiente para los creyentes. Luego, tras unas palabras sobre el origen de las herejías y sobre los herejes que atacan la fe trinitaria, testifica con amplias razones que se ve llevado, a su pesar y con temblor, a escribir sobre asuntos tan recónditos. A continuación expone su pensamiento sobre el Padre, mostrando que las palabras no alcanzan a explicar cabalmente la realidad. Después explica qué es y qué no es el Hijo, y refuta a quienes se indignan por no poder comprender el misterio de esa generación, siendo que en tantas otras cosas —incluso las propias— soportan ecuánimemente su ignorancia. Y esta generación inefable del Hijo de Dios, desconocida para los sabios del siglo, para los escribas de la ley y para los herejes, la explica con las palabras del Pescador, habiendo demostrado antes, en pocas líneas, la naturaleza divina de aquel que nació.
    Luego recomienda la fe fundada en las Escrituras, comparándola con un remedio apto para sanar toda enfermedad, y lo confirma con testimonios de la Escritura que al mismo tiempo refutan las invenciones de Sabelio, de Ebión y de los arrianos. No silencia que ciertas cosas recordadas en las Escrituras acerca de Cristo parecen indignas de Dios; pero muestra que aun en aquellas que se dice soportó por causa del género humano, no faltan señales de poder y de dignidad que nos enseñan que él es verdaderamente Dios. Finalmente, prueba que el Espíritu Santo existe como distinto del Padre y del Hijo, y disipa la duda de quienes lo ignoran o vacilan en ello, porque ven que con la palabra Espíritu se suele designar al Padre o al Hijo. Se demuestra además la naturaleza divina del Espíritu Santo, su oficio, cuán necesario es para nosotros su don y con qué dedicación debe ser merecido.

    2.1 Bastaba a los creyentes la Palabra de Dios, que penetró en nuestros oídos por el testimonio del Evangelista con la propia fuerza de su verdad, cuando el Señor dice: "Vayan y enseñen a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a guardar todo cuanto yo les he mandado; y sepan que yo estoy con ustedes todos los días hasta la consumación del siglo." ¿Qué hay en esto que no contenga el misterio de la salvación humana? ¿Qué queda por decir, qué permanece oscuro? Todo está lleno, como viene de quien es pleno; todo es perfecto, como viene de quien es perfecto. Pues abarcan el significado de las palabras, la eficacia de las realidades, el orden de las obras divinas y el conocimiento de la naturaleza divina.
    Mandó bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo —es decir, en la confesión del Autor, del Unigénito y del Don—. Uno solo es el Autor de todo: pues uno es Dios Padre, de quien todo procede; uno es nuestro Señor Jesucristo, el Unigénito, por quien todo existe; y uno es el Espíritu, el Don que habita en todos. Todo, pues, está ordenado según sus propias potencias y sus méritos propios: una sola Potestad de la que todo dimana, una sola Progenie por la que todo subsiste, y un único Don que es la plenitud de la esperanza consumada. Y no se hallará que falte nada en tan perfecta consumación, dentro de la cual se encuentra, en el Padre y en el Hijo y en el Espíritu Santo: la infinitud en el Eterno, la imagen en el Engendrado, el uso en el Don.

    2.2 Pero somos compelidos por el vicio de los herejes y de los blasfemos a hacer lo ilícito, a escalar lo arduo, a pronunciar lo inefable, a pretender lo no concedido. Y cuando debería bastar cumplir lo mandado con sola la fe —adorar al Padre, venerar al Hijo junto con él, abundar en el Espíritu Santo—, nos vemos forzados a extender la pobreza de nuestro discurso hacia lo que no tiene expresión posible: constreñidos al vicio ajeno, debemos sacar a la peligrosa arena de la elocuencia humana lo que debería permanecer contenido en el silencio reverente de los corazones.

    2.3 Han surgido muchos que recibieron la sencillez de las palabras celestiales según el criterio de su propia voluntad, y no según la plena verdad de lo dicho, interpretándolas de manera distinta a la que exige la fuerza de lo expresado. Porque la herejía proviene del entendimiento, no de la Escritura; es el sentido, y no la Palabra, lo que se convierte en culpa. ¿Acaso puede corromperse la verdad? Cuando se escucha el nombre de Padre, ¿no está contenida en ese nombre la naturaleza del Hijo? ¿Acaso no existirá el Espíritu Santo, que es así llamado?
    Pues en el Padre no puede estar ausente lo que lo hace Padre; en el Hijo no puede faltar lo que lo hace Hijo; ni en el Espíritu Santo puede no existir lo que se recibe de él. Pero los hombres de mente perversa todo lo confunden y enredan, y con la torcedura de su propio juicio pretenden llegar hasta la alteración de la naturaleza misma: arrebatan al Padre lo que es propio del Padre, mientras quieren quitarle al Hijo lo que es propio del Hijo. Y se lo arrebatan cuando afirman que el Hijo no es tal por naturaleza. Pero no lo es por naturaleza cuando no posee en sí el mismo origen que el que lo engendró. Pues no es verdaderamente hijo aquel a quien corresponda una sustancia diferente y disímil a la del padre. Y ¿cómo será padre quien no haya engendrado en el hijo lo que es de su propia sustancia y naturaleza?

    2.4 Así pues, aunque no puedan en modo alguno cambiar la realidad de lo que las cosas son, traen sin embargo doctrinas nuevas e invenciones humanas: Sabelio extiende al Padre en el Hijo, y piensa que esto debe confesarse más en los nombres que en las realidades, proponiendo que el mismo que es Hijo es también el mismo Padre. Ebión, atribuyendo al Hijo de Dios todo comienzo desde María, no presenta a un hombre procedente de Dios, sino a un Dios procedente del hombre; y afirma que la Virgen no recibió al Dios Verbo que ya existía desde el principio junto a Dios, sino que engendró carne a través del Verbo —porque en el Verbo previo, dice, no está la naturaleza del Unigénito que existe, sino tan solo el sonido de una voz elevada—.
    Y hay predicadores de nuestro tiempo que hacen proceder la forma, la sabiduría y el poder de Dios desde la nada y desde un momento en el tiempo, temerosos de que, si el Hijo procede del Padre, Dios quede disminuido en el Hijo; demasiado solicitos de que el Hijo nacido de él no vacíe al Padre; y así pretenden asistir a Dios en la creación del Hijo, haciéndolo surgir de la no existencia, para que el Padre permanezca dentro de la perfección de su naturaleza —puesto que, según ellos, nada habría sido engendrado de él—. Y ¿qué tiene de extraño que digan cosas diversas sobre el Espíritu Santo, quienes se atreven tan temerariamente a crear, transformar y abolir a aquel que lo otorga?
    Y así disuelven la verdad de este misterio perfecto, mientras fabrican diversidades de sustancias en realidades tan comunes: niegan al Padre al quitarle al Hijo lo que lo hace Hijo; niegan al Espíritu Santo al ignorar tanto su uso como su autor. Así pierden a los ignorantes mientras afirman una explicación de esta predicación, y engañan a sus oyentes mientras le arrebatan a la naturaleza sus nombres —porque los nombres no pueden quitar la naturaleza—. Paso por alto los demás nombres que son peligro para la humanidad: los valentinianos, los marcionitas, los maniqueos y otras pestes que a veces se apoderan de las mentes de los incautos y las contaminan con el solo contagio de su trato. Y se hace una sola plaga de todas ellas, cuando la enfermedad de los predicadores se vierte en el entendimiento de quienes los escuchan.

    2.5 La infidelidad de estos nos arrastra, pues, a un camino peligroso e incierto: de modo que resulta necesario aventurar algo más allá de lo prescrito por el cielo sobre asuntos tan grandes y tan recónditos. El Señor había mandado bautizar a las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. La forma de la fe es cierta; pero frente a los herejes, todo sentido se vuelve incierto. No es, pues, que deba añadirse algo a los preceptos, sino que debe ponerse un límite a la audacia: de modo que, como la malicia —excitada por el impulso del engaño diabólico— elude la verdad de las cosas sirviéndose de los nombres de la naturaleza, nosotros expongamos la naturaleza de los nombres; y habiendo declarado, en la medida en que las palabras lo permitan, la dignidad y el oficio del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, los nombres no queden defraudados de las propiedades de la naturaleza, sino encerrados dentro del significado de la naturaleza.
    Y no sé qué ánimo tienen quienes piensan de otro modo sobre estas realidades, corrompiendo la verdad, llevando tinieblas a la luz, dividiendo lo indivisible, desgarrando lo incorruptible, partiendo lo que es uno. Si para ellos es tan fácil despedazar lo perfecto, imponer límites a la Potestad, circunscribir lo infinito —para mí, que respondo a todo esto, el corazón es agitación, el entendimiento es abismo, la razón es estupor. Y en cuanto a las palabras, no confesaré ya debilidad, sino silencio. Y sin embargo, se me arranca este querer: resistiendo a la audacia, proveyendo contra el error, velando por los ignorantes. Inmenso es lo que se exige; incomprensible es lo que se osa: que más allá de la definición que Dios hizo de sí mismo, haya un discurso sobre Dios.
    Él mismo puso los nombres de la naturaleza: Padre, Hijo, Espíritu Santo. Todo lo que se busca más allá de eso está fuera del alcance de la palabra, fuera del esfuerzo del sentido, fuera de la capacidad del entendimiento; no se enuncia, no se alcanza, no se retiene. La naturaleza misma de la realidad consume el significado de las palabras; una luz impenetrable ciega la contemplación del sentido; lo que no tiene límite alguno desborda toda capacidad de comprensión. Pero nosotros, implorando perdón de aquel que es todo esto, nos atreveremos, indagaremos, hablaremos; y lo único que prometemos en tan grande investigación es que creeremos lo que sea significado.

    2.6 El Padre es aquel de quien todo lo que existe ha recibido su ser. Él es, en Cristo y por Cristo, el origen de todas las cosas. Por lo demás, su ser está en sí mismo: no tomando de otro lo que es, sino poseyendo lo que es desde sí y en sí. Infinito, porque no está él en algo, sino que todo está dentro de él; siempre más allá del lugar, porque no es contenido; siempre antes del tiempo, porque el tiempo procede de él. Corre con el pensamiento hacia lo que crees que pueda ser su límite: siempre lo encontrarás; porque cuando siempre avanzas, siempre hay más hacia donde avanzar. Avanzar siempre hacia su lugar es para ti lo mismo que para él existir sin fin. La palabra se agotará; la naturaleza no tendrá término.
    Vuelve atrás en el tiempo: siempre encontrarás que él es. Y cuando el número de los cálculos se agote en el discurso, a Dios no le faltará nunca el ser. Mueve el entendimiento y abarca todo con la mente: nada tienes. Todo eso le queda como resto; y ese resto está siempre en el todo. Así pues, ni es un todo al que le queda algo; ni es un resto todo lo que es total. Porque el resto es una parte, pero lo total es lo que es todo. Dios, en cambio, está en todas partes y es pleno dondequiera que esté. Así supera la región del entendimiento: nada hay fuera de él, y a él le es propio siempre el ser para siempre.
    Esta es la verdad del misterio de Dios, este es el nombre de la naturaleza impenetrable en el Padre: Dios invisible, inefable, infinito. Ante el cual, para ser pronunciado, enmudezca la palabra; para ser investigado, se embote el sentido; para ser abarcado, se estreche el entendimiento. Tiene, sin embargo, como hemos dicho, el nombre de su naturaleza en la palabra Padre; pero es solo Padre. No tiene, en efecto, lo que lo hace padre a la manera humana, como si lo hubiera recibido de otro. Él mismo es ingénito y eterno, teniendo en sí siempre el ser para siempre. Solo el Hijo lo conoce; porque nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo; ni nadie conoce al Hijo sino el Padre: entre ellos hay conocimiento mutuo, entre ellos hay reconocimiento recíproco perfecto. Y puesto que nadie conoce al Padre sino el Hijo, pensemos acerca del Padre junto con el Hijo que lo revela, que es el único testigo fiel.
    ¿Qué está haciendo Hilario en este pasaje?
    Hilario no está describiendo a Dios desde afuera: está conduciendo al lector a través de un experimento del pensamiento diseñado para que la mente experimente su propio límite —y entienda que ese límite es, él mismo, una forma de conocimiento.
    El punto de partida es una distinción precisa: el Padre es aquello de lo que todo ha sido constituido, pero Él mismo no tiene ese de lo que. Su ser no viene de ningún otro lado; lo posee desde sí y en sí. No es el primero de una cadena —está fuera de toda cadena.
    De ahí la instrucción que Hilario lanza al lector: corre con el pensamiento hacia lo que crees que es su límite, y siempre lo encontrarás. Cada vez que la mente llega al borde de lo que puede concebir sobre Dios, descubre que Dios ya está más allá. El lenguaje fallará, los números se agotarán, la inteligencia intentará abarcar el todo —y siempre quedará un resto que se le escapa. Pero ese resto no está fuera de Dios: está siempre dentro de Él. Dios desborda toda totalidad que podamos concebir sin dejar de estar, Él mismo, íntegramente presente en cada punto.
    Todo el esfuerzo intelectual del pasaje —la carrera infinita, el colapso del lenguaje, la paradoja del todo y el resto— termina en una inflexión decisiva: este Padre solo lo conoce plenamente el Hijo, y solo por el Hijo puede ser revelado. La razón llega hasta el umbral; la revelación del Hijo es la única puerta.

    2.7 Y esto prefiero haberlo sentido acerca del Padre más que haberlo dicho; pues no se me escapa que toda palabra es insuficiente para expresar lo que le pertenece. Debe ser sentido como invisible, incomprensible, eterno. Por lo demás, el hecho de que él sea en sí mismo y por sí mismo, y sea él mismo por sí; el que sea invisible, incomprensible, inmortal —en todo esto hay ciertamente una confesión de honor, una indicación del sentido, y una cierta circunscripción del pensamiento; pero el discurso cede ante la naturaleza, y las palabras no expresan la realidad tal como es.
    Pues cuando oyes que él es en sí mismo, la razón humana no halla conclusión plena; porque se distingue el tener y el ser tenido, y habrá algo que es y algo en lo que es. Si tomas que él es de sí mismo, nadie es a la vez quien dona y el don que se da. Si es inmortal, entonces hay algo que no proviene de él, ante lo cual otro no se vuelve deudor: y eso no es solo lo que se reivindica de otro mediante la enunciación de esa palabra. Si es incomprensible, entonces no estará en ninguna parte, puesto que se niega que pueda ser alcanzado. Si es invisible, entonces carece de sí mismo todo lo que no se presenta a la vista. La confesión, pues, se agota en la denominación; y cualquier combinación de palabras que se le aplique, no expresará a Dios tal como es, ni cuán grande es.
    El conocimiento perfecto consiste en conocer a Dios de tal manera que, aunque no sea posible ignorarlo, sabes sin embargo que es indecible. Debe ser creído, comprendido, adorado: y en estos mismos actos debe ser expresado.

    2.8 Llevados desde parajes difíciles mar adentro, en un océano tempestuoso, no es lícito ni retroceder ni avanzar sin peligro; hay sin embargo más dificultad en lo que queda por recorrer que en lo ya recorrido. El Padre es como es, y como es debe ser creído. Acercarse al Hijo consterna la mente, y todo discurso tiembla al aventurarse. Porque él es la Progenie del Ingénito: uno de uno, verdadero de verdadero, vivo de vivo, perfecto de perfecto; virtud de la Virtud, sabiduría de la Sabiduría, gloria de la Gloria, imagen del Dios invisible, forma del Padre ingénito.
    ¿Qué clase de generación pensaremos que es la del Unigénito nacido del Ingénito? El Padre proclama muchas veces desde los cielos: "Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido." No hay escisión ni división: pues impasible es quien engendró, e imagen del Dios invisible es quien nació; y él mismo atestigua: "El Padre está en mí, y yo estoy en el Padre." No hay adopción: pues es verdadero Hijo de Dios, y clama: "Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre." Ni fue hecho por mandato como los demás seres: pues el Unigénito es de uno solo, y tiene en sí la vida como la tiene en sí mismo aquel que lo engendró; pues él dice: "Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le dio al Hijo tener vida en sí mismo."
    Tampoco hay en el Hijo una parte del Padre; pues el Hijo mismo atestigua: "Todo lo que es del Padre es mío"; y de nuevo: "Lo mío es tuyo, y lo tuyo es mío"; y: "Todo lo que tiene el Padre, se lo dio al Hijo"; y el Apóstol atestigua también: "En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente." La naturaleza de una porción no puede poseer todo. Pero el Hijo es perfecto nacido de perfecto, porque quien lo tiene todo lo dio todo; ni debe pensarse que no lo dio, porque lo tenga; ni que no lo tiene, porque lo haya dado.

    2.9 Ambos, pues, guardan en sí el secreto de este nacimiento. Y si alguien se lamenta de que no puede alcanzar el misterio de esta generación —aun conociendo plena y absolutamente al Padre y al Hijo—, escuchará de mis labios con mayor dolor que tampoco yo lo sé. Yo no lo sé, y no lo busco; y sin embargo me consolaré. Los arcángeles no lo saben; los ángeles no lo han oído; los siglos no lo retienen; el profeta no lo percibió; el apóstol no lo preguntó; el mismo Hijo no lo declaró.
    Cese el dolor de las quejas. No te llamo a lo sublime, quienquiera que seas que preguntas estas cosas; no te extiendo hacia la amplitud, no te conduzco a lo profundo. ¿Acaso no soportarás ecuánimemente el ignorar el nacimiento del Creador, tú que ignoras el origen de la criatura? Solo esto te pregunto: ¿sientes que eres engendrado, y entiendes lo que se genera de ti? No pregunto de dónde tomaste el sentido, de dónde obtuviste la vida, de dónde alcanzaste la inteligencia; qué cosa es eso que hay en ti llamado olfato, sentido, vista, oído. Ciertamente nadie ignora lo que hace: te pregunto de dónde concedes a los que engendras esas capacidades, de qué manera insertas el sentido, enciendes los ojos, adhieres el corazón. Explica eso, si puedes. Tienes, pues, lo que no sabes, y otorgas lo que no entiendes: dócilmente ignorante en tus propias cosas, insolentemente ignorante en las cosas de Dios.

    2.10 Escucha, pues, al Padre ingénito; escucha al Hijo unigénito. Escucha: "El Padre es mayor que yo." Escucha: "Yo y el Padre somos uno." Escucha: "Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre." Escucha: "El Padre está en mí, y yo estoy en el Padre." Escucha: "Yo salí del Padre"; y: "quien está en el seno del Padre"; y: "Todo lo que tiene el Padre, se lo entregó al Hijo"; y: "El Hijo tiene vida en sí mismo, como también el Padre la tiene en sí mismo." Escucha al Hijo como imagen, sabiduría, poder y gloria de Dios; y entiende al Espíritu Santo proclamando: "¿Quién podrá contar su generación?"; y reprende al Señor que atestigua: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo."
    Y sumérgete en este secreto, e introdúcete entre el único Dios ingénito y el único Dios unigénito, sumergiéndote en el arcano de ese nacimiento inconcebible. Comienza, avanza, persiste. Aunque sé que no llegarás al término, me alegraré de que progreses en el camino. Pues quien persigue con piedad lo infinito, aunque nunca llegue a alcanzarlo, avanzará sin embargo mientras camina. Aquí se detiene el entendimiento, en el límite de las palabras.

    2.11 El Hijo es de aquel Padre que es: el Unigénito del Ingénito, la Progenie del Progenitor, el Vivo del Vivo. Como al Padre le fue dado tener vida en sí mismo, así también al Hijo le fue dada vida en sí mismo. Perfecto del Perfecto, porque es total del que es todo; no hay división ni escisión, porque uno está en el otro, y la plenitud de la divinidad está en el Hijo. Incomprensible del Incomprensible, pues nadie lo conoce sino mutuamente. Invisible del Invisible, porque es imagen del Dios invisible, y porque quien ha visto al Hijo ha visto también al Padre.
    Otro respecto de otro, porque son Padre e Hijo; pero no una naturaleza de la divinidad distinta de la otra, porque ambos son uno. Dios de Dios; del único Dios ingénito, el único Dios unigénito; no dos dioses, sino uno de uno; no dos ingénitos, porque uno nació del que no nació; el uno respecto del otro sin diferencia alguna, porque la vida del Viviente está en el Vivo. Esto hemos tocado acerca de la naturaleza de la divinidad, no abarcando la suma del entendimiento, sino entendiendo que lo que decimos es incomprensible. "Entonces", dirás, "no hay oficio para la fe, si nada puede ser comprendido." Al contrario: este sea el oficio que la fe profese —saber que lo que busca le es incomprensible.

    2.12 Queda todavía algo sobre la inefable generación del Hijo; o más bien, todo aquello es lo que queda. Ardo, me disperso, me entorpezco, y no sé por dónde empezar. No sé cuándo nació el Hijo; y sería impiedad para mí no saber que nació. ¿A quién imploraré? ¿A quién suplicaré? ¿De qué libros tomaré las palabras para narrar dificultades tan grandes? ¿Desplegaré toda la escuela de Grecia? Pero he leído: "¿Dónde está el sabio? ¿Dónde está el escudriñador de este siglo?" Los sofistas del mundo y los sabios del siglo enmudecen en esto, pues han rechazado la sabiduría de Dios.
    ¿Consultaré entonces al escriba de la ley? Tampoco él lo sabe, porque la cruz de Cristo es para él escándalo. ¿Los exhortaré acaso a bajar los ojos y a guardar silencio, porque para venerar a quien se predica baste el haber curado leprosos, el haber devuelto el oído a los sordos, el haber hecho correr a los cojos, levantarse a los paralíticos, recibir la luz a los ciegos, abrirse los ojos del ciego de nacimiento, huir a los demonios, sanar a los enfermos, vivir a los muertos? Pero eso los herejes lo confiesan, y perecen.

    2.13 Esperen, pues, algo no inferior a la carrera de los cojos, a la vista de los ciegos, a la huida de los demonios, a la vida de los muertos. Pues se pone a mi lado, en defensa de las dificultades antes expuestas, el Pescador: pobre, ignorante, sin instrucción; ocupadas las manos con la red, empapada la ropa, enlodados los pies, todo él salido de una barca. Consideren y entiendan cuál sería más admirable: si haber resucitado a los muertos, o haber revelado a un hombre sin letras el conocimiento de esta doctrina. Pues dice: "En el principio era el Verbo." ¿Qué es esto: en el principio era? Se atraviesan los tiempos, se traspasan los siglos, se levantan las edades.
    Pon en tu mente cualquier principio que quieras: no lo encierras en el tiempo, pues el verbo 'era' precede a todo lo que se toma como comienzo. Mira el mundo, entiende lo que está escrito de él: "En el principio creó Dios el cielo y la tierra." Lo que se crea, pues, sucede en un principio, y lo que se contiene en el principio queda contenido dentro de una edad. Pero mi Pescador sin letras, sin instrucción, libre del tiempo, suelto de los siglos, ha vencido todo principio: pues era lo que es; y lo que era en el principio no queda encerrado en ningún tiempo como si hubiera comenzado, sino que era antes que comenzara a hacerse.

    2.14 Pero descubriremos que nuestro Pescador ha caído quizás fuera del orden de lo que había propuesto: pues liberó al Verbo del tiempo, y lo que es libre es suyo y de sí mismo, solitario y sin obedecer a nadie. Aguzemos los oídos hacia lo que sigue. Dice: "Y el Verbo estaba junto a Dios." Ahora, lo que era antes del principio está ya sin principio junto a Dios. Existe, pues, el que era; y el que se aleja del tiempo del conocimiento no se aleja de su autor. Nuestro Pescador ha salido airoso; pero quizás quedará atrapado en lo que sigue.

    2.15 Dirás, en efecto: el Verbo es sonido de voz, enunciación de asuntos, expresión de pensamientos. Ese estaba junto a Dios y era en el principio, porque el discurso del pensamiento es eterno, siendo eterno quien piensa. Respondo a esto brevemente en nombre de mi Pescador, mientras veamos cómo él defiende su propia rusticidad por sí mismo. El discurso tiene en su naturaleza la posibilidad de ser; pero lo propio de él es que haya sido; y solo es en cuanto se escucha. ¿Y cómo podría ser en el principio lo que no existe ni antes del tiempo ni después del tiempo? No sé si puede siquiera existir en el tiempo: pues el discurso de quienes hablan no es antes de que hablen, y cuando hayan hablado ya no será; y en el mismo momento en que hablan, mientras terminan, ya no es lo que comenzaron.
    Esto lo digo como uno cualquiera. Pero el Pescador habla por sí mismo, y primero te reprende por haber escuchado con descuido. Pues aunque hubieras perdido la primera sentencia por ser oyente torpe —En el principio era el Verbo—, ¿de qué te quejas en la siguiente: Y el Verbo estaba junto a Dios? ¿Acaso habías escuchado en Dios —y no junto a Dios— para tomar el Verbo como el discurso de un pensamiento oculto? ¿O se le había escapado al rústico la diferencia que existe entre estar dentro y estar junto? Pues lo que estaba en el principio no se predica de estar dentro de otro, sino de estar con otro. Pero no tomo nada de lo anterior; que venga lo que sigue como consecuencia: aguarda el fundamento y el nombre del Verbo. Pues dice: "Y el Verbo era Dios." Cesa el sonido de la voz y el discurso del pensamiento. Este Verbo es una realidad, no un sonido; es naturaleza, no palabra; es Dios, no vacuidad.

    2.16 Pero tiemblo ante lo dicho, y me inquieta esta afirmación insólita. Escucho: "Y el Verbo era Dios", cuando los profetas me anunciaron un solo Dios. Pero para que mi turbación no siga avanzando, devuélvenos la dispensación de tan gran misterio, Pescador mío, y refiere todo a la unidad sin injuria, sin abolición, sin tiempo. Dice: "Este estaba en el principio junto a Dios." Al ser en el principio no queda atado al tiempo; al ser Dios no se reduce a voz; al estar junto a Dios nada se ofende ni se quita: pues no se disuelve en otro, y es proclamado junto al único Dios ingénito, de quien él mismo es el único Dios unigénito.

    2.17 Aguardamos aún de ti, Pescador, la plenitud del Verbo. Estaba en el principio; pero pudo no existir antes del principio. También aquí adelanto algo en nombre de mi Pescador: lo que era no pudo no haber sido; pues el era no admite en el tiempo el no haber sido. ¿Pero qué dice él por sí mismo? "Todo fue hecho por él." Así pues, si nada existe sin él, por quien todo comenzó a ser; y es infinito aquel por quien todo lo que existe fue hecho; y el tiempo es la medida regulada de un espacio que permanece no en un lugar, sino en una duración —y como todo procede de él, nada hay que no provenga de él, y por eso el tiempo mismo procede de él.

    2.18 Pero alguien te dirá, Pescador mío: "Has sido demasiado fácil e indiscriminado aquí; 'todo fue hecho por él' no tiene límite. Hay un Ingénito que no fue hecho por nadie; y hay también el mismo Engendrado nacido del que no nació. Sin excepción son todas las cosas, y nada queda fuera." Pero mientras no nos atrevemos a decir nada más, o quizás mientras lo intentamos, anticípate: "Y sin él no fue hecho nada." Has devuelto al Autor al haber confesado al Acompañante. Pues al decir que nada existe sin él, entiendo que no está solo; porque uno es aquel por quien, y otro es aquel sin quien: en ambos se distingue la significación tanto del que interviene como del que actúa.

    2.19 Pero mientras yo me preocupaba por el Autor, que es el único Ingénito, no fuera a quedar nada exceptuado cuando decías todo, disipaste mi temor diciendo: "Y sin él no fue hecho nada." Sin embargo me confundo y turbo ante eso de que sin él no fue hecho nada. Hay, pues, algo hecho por otro que, sin embargo, no fue hecho sin él; y si algo fue hecho por otro, aunque no sin él, entonces ya no todo fue hecho por él; porque una cosa es haber hecho, y otra es haber intervenido en lo que hace otro.
    No tengo aquí, Pescador mío, como en los demás casos, algo propio que añadir; hay que responder de inmediato desde lo tuyo: "Todo fue hecho por él." Lo entiendo. Pues el Apóstol enseñó: "Lo visible y lo invisible, ya sean Tronos, ya Dominaciones, ya Principados, ya Potestades: todo fue creado por él y en él."

    2.20 Siendo, pues, todo por él, explícanos tú también qué fue lo que no fue hecho sin él. "Lo que fue hecho en él, era vida." Eso, pues, no fue hecho sin él: lo que fue hecho en él. Porque lo que fue hecho en él también fue hecho por él; pues todo fue creado por él y en él. Y fue creado en él porque nacía el Dios creador. Y por eso tampoco sin él fue hecho lo que en él fue hecho, porque el Dios que nacía era vida; y quien era vida no se convirtió en vida después de nacer, sino que no hay en él algo distinto que nació y algo que el nacido recibió después: no hay intervalo de tiempo entre el nacimiento y el crecimiento.
    Pero nada se hacía sin él de las cosas que en él se hacían, porque es vida aquel en quien se hacían, y el Dios nacido de Dios no llegó a ser Dios después de nacer, sino que siendo nació como Dios. Pues naciendo del Viviente era vivo; del Verdadero, verdadero; del Perfecto, perfecto. No nació sin el poder de su nacimiento, sin duda porque no percibía su nacimiento a posteriori, sino entendiéndose a sí mismo como Dios en el hecho mismo de nacer Dios de Dios. Esto es lo del Unigénito del Ingénito; esto es: "Yo y el Padre somos uno"; esto es el único Dios en la confesión del Padre y del Hijo; esto es el Padre en el Hijo y el Hijo en el Padre. De aquí: "Quien me ha visto a mí, ha visto también al Padre." De aquí: "Todo lo que tiene el Padre, se lo dio al Hijo." De aquí: "Como el Padre tiene vida en sí mismo, así también le dio al Hijo tener vida en sí mismo." De aquí: "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo." De aquí: "En él habita toda la plenitud de la divinidad corporalmente."

    2.21 Esta vida es la luz de los hombres; esta luz ilumina las tinieblas. Y para que el Pescador consolara la imposibilidad de narrar esa generación, según el profeta, añadió: "Y las tinieblas no la comprendieron." La palabra cedió ante la naturaleza y no tiene hacia dónde extenderse; y sin embargo esto lo recibió ese Pescador recostado sobre el pecho del Señor. No es este el discurso del siglo, porque la realidad de la que se trata no es del siglo. Que se diga algo más, si puede hallarse en el significado de las palabras algo más allá de lo dicho; y si hay otros nombres de la naturaleza que hemos expuesto, que se traigan. Y si no los hay —más aún, porque no los hay—, admiremos esta doctrina en el Pescador, y reconozcamos en él los oráculos de Dios; y la confesión del Padre y del Hijo, del Ingénito y del Unigénito, inefable y que supera todo abrazo de palabra y de sentido, tengámosla y adorémosla; y en el Señor Jesús, al ejemplo de Juan, para poder sentir y decir estas cosas, recostémonos sobre él.

    2.22 Recomienda la integridad de esta fe tanto la autoridad evangélica como la doctrina apostólica, así como el ocioso engaño de los herejes que la asedian por todas partes. Pues este fundamento permanece firme e inconmovible frente a todos los vientos, las lluvias y los torrentes: no puede ser tumbado por los soplos, ni penetrado por las goteras, ni socavado por las inundaciones. Y lo mejor es aquello que, aunque asaltado por muchos, ninguno ha podido derribar.
    Y así como hay ciertos géneros de remedios tan dispuestos que no son útiles solo para enfermedades particulares, sino que curan en común todas las dolencias y tienen en sí la virtud de un auxilio universal, así también la fe católica no da el socorro de su remedio común contra plagas concretas, sino contra todas las enfermedades: no puede ser debilitada por su género, ni vencida por su número, ni engañada por su variedad; sino que, una e idéntica, se mantiene frente a cada una y frente a todas juntas. Pues es cosa grande que en esa única fe haya tantos remedios cuantas enfermedades hay, y que sean tantas las doctrinas de la verdad cuantos serán los empeños de la falsedad.
    Que se reúnan en uno todos los nombres de los herejes, y que salgan a la luz todas sus escuelas: que escuchen al único Dios Padre ingénito, y al único Hijo de Dios unigénito, progenie perfecta del Padre perfecto —no engendrado por disminución, no cortado como parte de una realidad sólida, sino que quien lo tiene todo engendró a quien alcanzó todo—; no derivado por flujo o desbordamiento, sino nacido de todo y en todo del que no cesa de ser en todo lo que es; libre del tiempo, suelto de los siglos, por quien todo fue hecho —pues no pudo estar en los siglos lo que él mismo estableció—. Esta es la confesión católica y apostólica de los Evangelios.

    2.23 Que Sabelio, si se atreve, proclame que el Padre y el Hijo son el mismo, y que uno solo es aquel llamado con los dos nombres; de modo que, siendo ambos uno, no sean uno sino dos. Escuchará enseguida de los Evangelios, no una ni dos sino repetidas veces: "Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido." Escuchará: "El Padre es mayor que yo." Escuchará: "Yo me voy al Padre"; y: "Padre, te doy gracias"; y: "Padre, glorifícame"; y: "Tú eres el Hijo del Dios vivo."
    Que se deslice Ebión, atribuyendo al Hijo de Dios todo comienzo desde María, y entendiendo el Verbo solo desde los días de la carne. Que lea: "Padre, glorifícame ante ti mismo con aquella gloria que tenía junto a ti antes que el mundo existiera"; y: "En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo era Dios"; y: "Todo fue hecho por él"; y: "Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció."
    Que aparezcan los predicadores del nuevo apostolado —pero provenientes del anticristo—, que escarnecen al Hijo de Dios con toda clase de insultos: y que escuchen: "Yo salí del Padre"; y: "El Hijo está en el seno del Padre"; y: "Yo y el Padre somos uno"; y: "Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí." Y que se indignen finalmente junto con los judíos porque Cristo, confesando a Dios como su propio Padre, se hizo igual a Dios; y que escuchen con ellos: "Créanme al menos por mis obras: que el Padre está en mí y yo estoy en el Padre." Uno, pues, es este fundamento inconmovible; esta es la dichosa roca de la fe, confesada por la boca de Pedro: "Tú eres el Hijo del Dios vivo"; que sostiene en sí misma argumentos de verdad tantos cuantas serán las cuestiones de la perversidad y las calumnias de la infidelidad.

    2.24 Lo demás es la dispensación de la voluntad paterna. La Virgen, el parto, el cuerpo; y luego la cruz, la muerte, el descenso a los infiernos: esa es nuestra salvación. Pues por causa del género humano el Hijo de Dios nació de Virgen y del Espíritu Santo —sirviéndole él mismo en esta obra—; y plantó con su poder divino, que cubrió como con su sombra, los inicios de un cuerpo para sí, e instituyó los orígenes de la carne; a fin de que, hecho hombre de Virgen, tomara en sí la naturaleza de la carne, y por la comunión de esta mezcla el cuerpo del género humano entero quedara santificado en él: de modo que, así como él quiso ser corpóreo para que todos fueran recogidos en sí, así también él mismo se extendiera a través de todos por lo que en él es invisible.
    La imagen del Dios invisible, pues, no rehusó la humillación de los comienzos humanos, y recorrió todas las ignominias de nuestra naturaleza: la concepción, el parto, el llanto, la cuna.

    2.25 ¿Qué cosa digna se nos puede pedir, en fin, a nosotros como retribución ante tan grande condescendencia? El único Dios unigénito, de origen inefable en Dios, se introduce en la forma de un pequeño cuerpo humano en el seno de la santa Virgen y crece en él. Aquel que todo lo contiene, y dentro de quien y por quien todo existe, sale al mundo según la ley del parto humano; y aquel ante cuya voz los arcángeles y los ángeles tiemblan, y el cielo y la tierra y todos los elementos de este mundo se conmueven, es escuchado como llanto de infancia. Aquel que es invisible e incomprensible, que no puede ser moderado por la vista, el tacto ni el sentido, queda envuelto en pañales.
    Si alguien considera estas cosas indignas de Dios, tanto más deberá confesarse deudor de un beneficio mayor cuanto menos le convengan a la majestad divina. No era él quien necesitaba hacerse hombre, por quien el hombre fue hecho; somos nosotros quienes necesitábamos que Dios se hiciera carne y habitara entre nosotros —es decir, que mediante la asunción de una sola carne habitara íntimamente en toda carne—. Su humildad es nuestra nobleza; su ignominia es nuestro honor; lo que él es —Dios consistiendo en la carne— eso somos nosotros a nuestra vez: renovados en Dios desde la carne.
    Cuando Hilario escribe sanctae Virginis ("la santa Virgen"), el término funciona como epíteto litúrgico y devocional —ya consolidado en la tradición desde Ireneo y Orígenes— y no como proposición dogmática sobre la impecabilidad de María. El argumento de Hilario aquí es cristológico, no mariológico: sancta subraya la dignidad del instrumento para acentuar la paradoja de la condescendencia del Hijo eterno. La doctrina de la Inmaculada Concepción —referida al origen de María libre de pecado original— es el resultado de un largo proceso teológico que no alcanzará formulación técnica hasta la escolástica medieval y definición dogmática en 1854. Hilario no anticipa ese debate; simplemente honra, con el lenguaje litúrgico de su tiempo, el misterio que lo ocupa.

    2.26 Pero para que no retengan los escrúpulos inquietos de las mentes la cuna, el llanto, el parto y la concepción, debe devolverse a cada cosa la dignidad de Dios: de modo que la grandeza del poder preceda a la humildad de la voluntad, y la dignidad no abandone la condescendencia. Veamos, pues, cuáles son los ministerios de la concepción. Un ángel habla a Zacarías; se anuncia un nacimiento a una mujer estéril; el sacerdote sale mudo del lugar del incienso; Juan irrumpe en voz aun retenido en el seno de su madre; el ángel bendice a María, prometiéndole que será madre del Hijo de Dios.
    Ella, consciente de su virginidad, se turba ante la dificultad del hecho; el ángel le explica la eficacia de la operación divina, pues dice: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra." El Espíritu Santo, viniendo desde lo alto, santificó las entrañas de la Virgen y, soplando en ellas —pues el Espíritu sopla donde quiere—, se mezcló con la naturaleza de la carne humana, y tomó para sí con su fuerza y poder lo que le era ajeno; y para que nada cediera por la fragilidad del cuerpo humano, el poder del Altísimo cubrió a la Virgen con su sombra, confirmando su debilidad como envolviéndola bajo una sombra, a fin de que la cobertura de la virtud divina templara la sustancia corporal ante la eficacia seminal del Espíritu que venía. Esta es la dignidad de la concepción.

    2.27 Veamos el parto, el llanto y la cuna: qué dignidad los acompaña. El ángel anuncia a José que la Virgen va a dar a luz, y que el que nazca deberá llamarse Emmanuel, esto es, Dios con nosotros. El Espíritu proclama por el profeta; el ángel es testigo: Dios está con nosotros en el que nace. Una luz nueva de una estrella se eleva desde el cielo hacia los Magos, y una señal celeste acompaña al Señor del cielo. El ángel anuncia a los pastores que ha nacido Cristo el Señor, salvación de todos. La multitud del ejército celestial se congrega para alabar el nacimiento, y el gozo de la asamblea divina proclama las glorias de tan grande obra.
    Luego se anuncia gloria a Dios en los cielos y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad. Llegan después los Magos, adoran al envuelto en pañales; y tras aquella operación oculta e inútil de su ciencia vana, doblan la rodilla ante el que yace en la cuna. Así son adoradas las pobrezas de la cuna por los Magos; así es honrado el llanto por los divinos gozos de los ángeles; así sirven al parto el Espíritu que lo proclama por el profeta, el ángel que lo anuncia, y la estrella de la nueva luz. Así obran los inicios del nacimiento el Espíritu Santo que vino sobre la Virgen y el poder del Altísimo que cubrió con su sombra. Una cosa se comprende, otra se ve; una se percibe con los ojos, otra con el alma. Parió la Virgen; el parto es de Dios. El Niño llora; se escuchan los ángeles alabando. Los pañales son toscos; es Dios quien es adorado. Así la dignidad del poder no se pierde cuando se adopta la humildad de la carne.

    2.28 Igual es también el curso del resto de su vida. Pues todo el tiempo que vivió como hombre lo empleó en las obras de Dios. No hay tiempo para hablar de cada cosa en particular: baste considerar esto en todo el conjunto de los milagros y de las curaciones: que en la asunción de la carne aparece el hombre, pero en las obras realizadas aparece Dios.

    2.29 Del Espíritu Santo no conviene callar, pero tampoco es necesario hablar extensamente; no puede, sin embargo, ser silenciado de nuestra parte, por causa de quienes lo ignoran. Hablar de él no es necesario, puesto que debe ser confesado sobre la autoridad del Padre y del Hijo. Y en verdad creo que no debe discutirse si existe. Existe; porque es donado, recibido y poseído; y el que está unido a la confesión del Padre y del Hijo no puede ser separado de la confesión del Padre y del Hijo. Pues todo nos quedaría incompleto si algo faltara del todo.
    Si alguien exige de nosotros pruebas de este entendimiento, en el Apóstol leemos los dos: "Porque son hijos de Dios, Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones, clamando: Abba, Padre." Y de nuevo: "No entristezcan al Espíritu Santo de Dios, en quien han sido sellados." Y de nuevo: "Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que nos ha sido dado por Dios." Y de nuevo: "Ustedes no están en la carne, sino en el espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en ustedes. Pero si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, ese no es de él." Y de nuevo: "Si el Espíritu de aquel que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en ustedes, el que resucitó a Cristo de entre los muertos también dará vida a sus cuerpos mortales por medio de su Espíritu que habita en ustedes."
    Así pues, puesto que existe, y es donado, y es poseído, y es de Dios, que cese aquí el discurso de los que calumnian. Cuando preguntan por medio de quién existe, y para qué existe, y qué clase de ser es —si les desplace nuestra respuesta de que todo procede de aquel de quien todo es, y que es el Espíritu de Dios, el don de los creyentes—, que les desagraden también los Apóstoles y los Profetas, que solo esto dijeron sobre lo que él era. Y después de eso, les desagradarán también el Padre y el Hijo.

    2.30 Creo que algunos permanecen en la ignorancia y la vacilación sobre este punto, porque ven que este tercero —es decir, lo que se llama Espíritu Santo— es frecuentemente entendido por Padre e Hijo. En esto no hay motivo de perturbación: pues tanto el Padre como el Hijo son espíritu y son santos.

    2.31 Pero lo que se lee en los Evangelios —que Dios es espíritu— debe considerarse cuidadosamente, de qué manera y en qué sentido fue dicho. Pues todo lo que se dice, se dice por una razón, y la razón de lo dicho debe entenderse desde el sentido de quien habla; no sea que, porque el Señor respondió que Dios es espíritu, se niegue por eso el nombre y el don del Espíritu Santo.
    El Señor estaba en conversación con la samaritana —pues había llegado la redención de todos—. Después de un largo discurso sobre el agua viva, sobre los cinco hombres y sobre el que entonces tenía junto a ella, la mujer respondió: "Señor, veo que eres profeta. Nuestros padres adoraron en este monte; y ustedes dicen que en Jerusalén es el lugar donde hay que adorar." El Señor le respondió: "Créeme, mujer, que llega la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero llega la hora, y ya es ahora, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad: pues el Padre busca tales adoradores. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben adorarlo en espíritu y en verdad."
    La mujer, pues, recordando las tradiciones de sus padres, pensaba que Dios debía ser adorado —bien como Samaria, en el monte, bien como Jerusalén, en el templo—: ya que Samaria, transgrediendo la ley, había elegido un lugar en el monte para adorar a Dios, y los judíos consideraban el templo construido por Salomón como la sede de la religión. La presunción de ambos encerraba a Dios —dentro de quien está todo y fuera de quien nada tiene cabida— en la elevación de una colina o en el hueco de una casa construida. Por eso, como Dios es invisible, incomprensible e inmenso, el Señor dijo que había llegado el tiempo en que Dios no debía ser adorado en el monte ni en el templo: porque Dios es espíritu, y el espíritu no es circunscrito ni contenido, que por la virtud de su naturaleza está en todas partes y de ninguna está ausente, desbordando en plenitud todo lo que existe. Estos son, pues, los verdaderos adoradores: los que adoran en espíritu y en verdad.
    Y para quienes adoran en Espíritu a Dios que es Espíritu, uno es el que tiene el oficio y otro el que recibe el honor, porque está distinguido en qué debe adorarse cada cual. Pues no se suprime el nombre ni el don del Espíritu Santo porque se haya dicho que Dios es espíritu. Se respondió a la mujer que encerraba a Dios en el templo y en el monte, que todo está en Dios, que Dios está en sí mismo, y que el invisible e incomprensible debe ser adorado en lo que es invisible e incomprensible. Y así quedó significada la naturaleza tanto del don como del honor, al enseñar que Dios que es espíritu debe ser adorado en el Espíritu; mostrando además la libertad y el conocimiento de los adoradores, y la infinitud del adorar, cuando Dios que es espíritu es adorado en el Espíritu.

    2.32 Semejante a esto es también aquel dicho del Apóstol: "El Señor es espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad." Distinguió, para claridad de entendimiento, a aquel que es, de aquel cuyo es. Pues no es lo mismo tener que ser tenido, ni la misma significación abarca a aquel y a lo de aquel. Así, cuando dice "el Señor es espíritu", muestra la naturaleza de su infinitud; pero cuando añade "donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad", señala a aquel que es de él —porque el Espíritu es Señor, y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad—.
    Estas cosas no se han dicho porque la razón lo exija, sino para que no quedara ninguna oscuridad en ellas. Pues el Espíritu Santo es uno, presente en todas partes, iluminando a todos los patriarcas, a los profetas y a todo el coro de la ley, inspirando también a Juan en el seno de su madre; dado luego a los apóstoles y a los demás creyentes para el conocimiento de la verdad que les ha sido otorgada.

    2.33 Cuál sea su oficio en nosotros, escuchémoslo de las palabras del mismo Señor. Pues dice: "Aún tengo muchas cosas que decirles, pero no pueden soportarlas ahora. Conviene que yo me vaya; si me voy, les enviaré al Abogado." Y de nuevo: "Yo le pediré al Padre, y les enviará otro Abogado para que esté con ustedes para siempre, el Espíritu de la verdad. Él los guiará a toda la verdad; pues no hablará por sí mismo, sino que hablará todo lo que oiga, y les anunciará lo que ha de venir. Él me glorificará, porque tomará de lo mío."
    Estas palabras, tomadas de entre muchas otras, se han dicho como vía de comprensión, y en ellas están contenidos tanto la voluntad del que da el don, como la razón y la condición del don mismo: para que, como nuestra debilidad no es capaz de recibir ni al Padre ni al Hijo directamente, el don del Espíritu Santo iluminara nuestra fe —difícil ante la encarnación de Dios— con el pacto de su intercesión.

    2.34 Es ahora consecuente que escuchemos también al Apóstol explicar el poder y el oficio de este don; pues dice: "Todos los que son movidos por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Pues no han recibido espíritu de esclavitud para volver al temor, sino que han recibido el Espíritu de adopción, en el que clamamos: Abba, Padre." Y de nuevo: "Nadie que esté en el Espíritu de Dios dice anatema a Jesús; y nadie puede decir 'Señor Jesús' sino en el Espíritu Santo."
    Y de nuevo: "Hay diversidad de dones, pero el mismo Espíritu; y hay diversidad de ministerios, pero el mismo Señor; y hay diversidad de operaciones, pero el mismo Dios que obra todo en todos. A cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para utilidad. A uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de ciencia según el mismo Espíritu; a otro, fe en el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades en el único Espíritu; a otro, operación de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, géneros de lenguas; a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu." Tenemos, pues, la causa de este don; tenemos sus efectos; y no sé qué ambigüedad pueda quedar acerca de aquel cuya causa, razón y poder están en lo absoluto.

    2.35 Sirvamos, pues, de tan generosos dones, y busquemos el uso del don más necesario de todos. Pues el Apóstol, como ya mostramos antes, dice: "Nosotros no hemos recibido el espíritu de este mundo, sino el Espíritu que es de Dios, para que conozcamos lo que nos ha sido dado por Dios." Se recibe, pues, para el conocimiento. Así como la naturaleza del cuerpo humano quedará ociosa cuando cesen las causas de su funcionamiento —pues los ojos, si no hay luz o día, no tendrán uso alguno en su ministerio; las orejas, si no se produce voz o sonido, no reconocerán su función; las narices, si no se percibe fragancia alguna, no sabrán en qué oficio se hallan: no porque a estos les falte la naturaleza por la causa, sino porque el uso viene de la causa—, así también el alma humana, si no ha bebido por la fe el don del Espíritu, tendrá ciertamente la naturaleza para conocer a Dios, pero no tendrá la luz del conocimiento.
    El don que hay en Cristo está abierto para todos por igual: y lo que en ninguna parte falta, tanto se da cuanto cada uno quiera tomarlo; tanto permanece cuanto cada uno quiera merecerlo. Este estará con nosotros hasta la consumación del siglo; este es el consuelo de nuestra esperanza; este, en las operaciones de los dones, es la prenda de la esperanza futura; este es la luz de las mentes, este el esplendor de las almas. Este es, pues, el Espíritu Santo que debe buscarse, que debe merecerse, y que en adelante debe retenerse con la fe y la observancia de los preceptos.
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