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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Agustín de Hipona

    Sobre la Trinidad

    Texto base: versión inglesa de Arthur West Haddan, revisada y anotada por William G. T. Shedd, Nicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, ed. Philip Schaff (Buffalo, 1887) · quince libros, 222 capítulos y 363 secciones

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
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    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
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    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
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    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
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    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
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    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
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    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
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    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
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    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
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    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
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    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
    108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras
    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    Agustín empezó Sobre la Trinidad hacia el año 400 y tardó años en darlo por terminado. Cuando aún no había acabado el libro decimotercero, otros se llevaron lo escrito y lo hicieron circular sin su permiso; él lo cuenta en la carta a Aurelio, obispo de Cartago, con que abre la obra, y en las Retractaciones (II, 15). Lo que sigue es la versión castellana, hecha del inglés de Arthur West Haddan —revisado por William G. T. Shedd para el volumen 3 de la primera serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (1887)—, de ese tratado de quince libros: primero, lo que dice la Escritura del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y cómo ha de hablarse de ellos (libros I a VII); después, las imágenes de la Trinidad que Agustín busca en el alma humana (libros VIII a XV).

    Ficha de la obra

    AutorAgustín de Hipona (13 de noviembre de 354 – 28 de agosto de 430, según Wikipedia), obispo de Hipona
    TítuloSobre la Trinidad (De Trinitate libri quindecim, en las Retractaciones; el prefacio de Schaff da el título latino De Trinitate contra Arianos libri quindecim; en inglés, On the Trinity o On the Holy Trinity)
    FechaDiscutida. Bogan (Fathers of the Church 60) da 400–416: lo deduce del lugar de la obra en las Retractaciones y de varias cartas (de 410 a fines de 415) que la dan por inconclusa; en 416, año de la carta 174 a Aurelio, ya estaba concluida. Haddan la cree empezada en 400 y concluida en 417 o después, por una cita del libro XV, con 428 como tope; Shedd habla de «A.D. 400 a 428»
    OcasiónSegún Haddan, no va contra un adversario concreto ni nace de una polémica; lleva al frente una carta a Aurelio, obispo de Cartago, que cuenta cómo se publicó
    GéneroTratado teológico: los libros I a VII razonan desde la Escritura y responden a objeciones; los libros VIII a XV buscan imágenes de la Trinidad en el alma (Bogan; Shedd)
    ExtensiónQuince libros, 222 capítulos y 363 secciones numeradas, unas 173 000 palabras en esta edición
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 1.ª serie, vol. 3, versión de Haddan revisada por Shedd, tal como la recoge New Advent

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa de Arthur West Haddan, impresa en el volumen 3 de la primera serie de A Select Library of the Nicene and Post-Nicene Fathers of the Christian Church (NPNF), On the Holy Trinity; Doctrinal Treatises; Moral Treatises, editada por Philip Schaff. La portada del tratado, según CCEL, nombra a Haddan como traductor, canónigo honorario de Worcester y rector de Barton-on-the-Heath (Warwickshire), y a William G. T. Shedd, profesor de teología sistemática en el Union Theological Seminary de Nueva York, como autor de la revisión, de las notas y de un ensayo introductorio. New Advent da la edición de Buffalo (Christian Literature Publishing Co., 1887); la copia de CCEL sigue una impresión de Nueva York de 1890. El prefacio de Schaff está fechado en Nueva York, en marzo de 1887, y el ensayo de Shedd, el 1 de febrero de 1887.
    La historia de la versión inglesa tiene dos capas, y las fuentes no la cuentan igual. Según el prefacio de Schaff, la traducción apareció por primera vez en la edición de T. & T. Clark en 1873 (Wikipedia, en el artículo sobre Haddan, la da en la serie de Edimburgo, vol. 7, en 1871). Haddan (1816–1873) fechó su propio prefacio el 5 de noviembre de 1872 y dice allí que la traducción la hizo, unos cuatro años antes, un amigo suyo a quien no nombra, y que él la revisó y corrigió y responde de ella. Shedd añade que, según una nota de la editorial, Haddan murió mientras se imprimía, y que su revisión cotejó la versión con el latín y la cambió en bastantes puntos, sin darse por seguro de haber dado siempre el sentido exacto de Agustín.
    El inglés del que parte esta edición es el de New Advent, que moderniza las formas verbales del NPNF (en I, 22, por ejemplo, «speaks» donde el NPNF escribe «speaketh»), y no el de CCEL. De él salió el castellano, a través de un epub de solo texto: no trae el ensayo de Shedd, el prefacio de Haddan ni las notas de ninguno de los dos. Algunas de esas notas pasan, resumidas y con su fuente, a los comentarios de este libro. La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro); no se atribuye a ningún traductor humano, y es la traducción de una traducción: conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico.
    Lo que viene de la edición. La división en quince libros es de Agustín; los 222 capítulos, sus sumarios (en cursiva bajo cada encabezado), el «Argumento» que abre los libros II a XV (en el epub, entre corchetes) y la numeración de las secciones son de la edición inglesa. El libro I empieza con la nota de los editores y con dos textos de Agustín que la edición antepone al tratado: el pasaje de las Retractaciones (II, 15) y la carta a Aurelio. Las palabras griegas llegan entre corchetes, como en la edición. La traducción castellana perdió 13 números de sección que el inglés conserva (I, § 14; IV, § 7 a 13; X, § 11 y 12; XI, § 17; XIII, § 5; XIV, § 11): los localizadores de este libro siguen la numeración del inglés, y el texto se conserva tal como llega. Otros pocos párrafos no llevan número en ninguna de las dos lenguas y se sitúan por sus vecinos. Las referencias bíblicas no se añaden: el epub apenas conserva una entre corchetes (VI, 10, 11), y la traducción no se toca.

    Libro I

    Introducción

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Introducción · I, introducción
    En las Retractaciones (ii. 15) Agustín habla de esta obra en los siguientes términos:—
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Retractaciones · II, 15
    «Pasé algunos años escribiendo quince libros sobre la Trinidad, que es Dios. Sin embargo, cuando aún no había terminado el libro decimotercero, y algunos que ansiaban en extremo tener la obra se vieron obligados a esperar más de lo que podían soportar, me fue robada en un estado menos correcto del que habría podido o debido tener si hubiera aparecido cuando yo tenía la intención. Y tan pronto como lo descubrí, teniendo otras copias de ella, había decidido al principio no publicarla yo mismo, sino mencionar lo sucedido en el asunto en alguna otra obra; pero ante el urgente ruego de los hermanos, a quienes no podía negarme, la corregí cuanto me pareció conveniente, y la terminé y publiqué, con el añadido, al comienzo, de una carta que había escrito al venerable Aurelio, obispo de Cartago, en la que expuse, a modo de prólogo, lo que había sucedido, lo que yo mismo había tenido la intención de hacer y lo que el amor de mis hermanos me había obligado a hacer.»
    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Introducción · I, introducción
    La carta a la que aquí alude es la siguiente:—
    Texto de la fuenteAgustín de Hipona · Carta a Aurelio, obispo de Cartago (prólogo de la obra) · prólogo
    Al bienaventurado Señor, a quien venera con el más sincero amor, a su santo hermano y copresbítero, el papa Aurelio, Agustín envía salud en el Señor.
    «Comencé siendo muy joven, y he publicado en mi vejez, algunos libros sobre la Trinidad, que es el Dios supremo y verdadero. En verdad había dejado la obra a un lado, al descubrir que había sido prematuramente, o más bien subrepticiamente, sustraída de mí antes de que la hubiera terminado, y antes de que la hubiera revisado y dado los últimos retoques, como había sido mi intención. Pues no había proyectado publicar los libros uno a uno, sino todos juntos, en cuanto que el avance de la investigación me llevaba a añadir los posteriores a los que los preceden. Así pues, cuando estas personas impidieron el cumplimiento de mi propósito (puesto que algunas de ellas habían obtenido acceso a la obra antes de lo que yo pretendía), había dejado de dictarla, con la idea de hacer pública mi queja en alguna otra obra que pudiera escribir, a fin de que quien pudiera supiera que los libros no habían sido publicados por mí mismo, sino que habían sido quitados de mi posesión antes de que, a mi propio juicio, estuvieran en condiciones de publicarse. Sin embargo, obligado por las ansiosas demandas de muchos de mis hermanos, y sobre todo por tu mandato, me he tomado la molestia, con la ayuda de Dios, de completar la obra, por laboriosa que sea; y ya corregida (no como yo deseaba, sino como pude, para que los libros no difirieran mucho de los que subrepticiamente habían caído en manos de la gente), los he enviado a tu Reverencia por medio de mi queridísimo hijo y condiácono, y he permitido que sean oídos, copiados y leídos por todo el que quiera. Sin duda, si hubiera podido cumplir mi intención original, aunque habrían contenido los mismos sentimientos, habrían sido elaborados mucho más a fondo y claramente, en la medida en que la dificultad de desenvolver un tema tan profundo, y en la medida también en que mis propias fuerzas, lo hubieran permitido. Hay, sin embargo, algunas personas que tienen los primeros cuatro, o más bien cinco, libros sin los prefacios, y el duodécimo con no poca parte de sus capítulos finales omitidos. Pero estos, si quieren y pueden, enmendarán el todo, si llegan a conocer la presente edición. En cualquier caso, tengo que pedir que ordenes que esta carta se anteponga por separado, pero al comienzo de los libros. Adiós. Ruega por mí.»
    Comentario editorial · Una obra publicada antes de tiempo
    Agustín cuenta el hecho en esta carta y, casi con las mismas palabras, en Retractaciones II, 15. Aurelio, el destinatario, fue obispo de Cartago desde 391 o 392, según dos pasajes de Wikipedia, y amigo y protector de Agustín. Que lo escrito saliera incompleto explica que la fecha sea difícil. Bogan (Fathers of the Church 60, pp. 148–149) la fija entre 400 y 416: por el lugar de la obra en las Retractaciones, por cartas que aún la dan por inconclusa (120, 143, 162 y 169) y por la carta 174, a Aurelio, de hacia 416. Haddan, en su prefacio, observa que el libro XIII cita La ciudad de Dios XII y el XV una lección sobre Juan (la 90, dice él; Wikipedia, la 99), y la cree concluida en 417 o después.
    Dos barras, de 400 a 416 y de 400 a 428, sobre un eje de años, y una lista de ocho hitos entre 400 y 427: las cartas que mencionan la obra, las citas de los libros XIII y XV y las Retractaciones
    Las dos dataciones de la obra y los hitos en que se apoyan · Elaboración propia para Eusebeia · datos de Bogan (FOTC 60), Haddan (prefacio del NPNF) y Shedd

    Capítulo 1

    Esta obra está escrita contra quienes atacan sofísticamente la fe en la Trinidad, mediante el mal uso de la razón. Quienes disputan sobre Dios yerran por una triple causa. La Sagrada Escritura, removiendo lo falso, nos conduce gradualmente a las cosas divinas. Qué es la verdadera inmortalidad. Somos alimentados por la fe, para que podamos llegar a aprehender las cosas divinas

    I, 1, 1–2

    1. La siguiente disertación sobre la Trinidad, como debe saber el lector, ha sido escrita para guardarse de las sofisterías de quienes desdeñan comenzar por la fe y son engañados por un amor crudo y perverso de la razón. Ahora bien, una clase de tales hombres se esfuerza en transferir a las cosas incorpóreas y espirituales las ideas que se han formado, sea por experiencia de los sentidos corporales, sea por el ingenio natural humano y una diligente agudeza, sea con ayuda del arte, a partir de las cosas corporales; de modo que buscan medir y concebir las primeras por las segundas. Otros, a su vez, configuran cualquier sentimiento que puedan tener acerca de Dios según la naturaleza o las afecciones de la mente humana; y a causa de este error gobiernan su discurso, al disputar sobre Dios, por reglas distorsionadas y falaces. Mientras que aún una tercera clase se esfuerza ciertamente por trascender toda la creación, que sin duda es mudable, para elevar su pensamiento a la sustancia inmutable, que es Dios; pero, agobiados por el peso de la mortalidad, mientras parecen saber lo que no saben y no pueden saber lo que querrían, se cierran a sí mismos la entrada al propio camino del entendimiento, por una afirmación demasiado audaz de sus propios juicios presuntuosos; prefiriendo más bien no corregir su propia opinión cuando es perversa, que cambiar aquello que una vez han defendido. Y, en efecto, esta es la enfermedad común de las tres clases que he mencionado— a saber, tanto de quienes configuran sus pensamientos sobre Dios según las cosas corporales, como de quienes lo hacen según la criatura espiritual, tal como es el alma; y de quienes no atienden ni al cuerpo ni a la criatura espiritual, y sin embargo piensan falsamente sobre Dios; y están tanto más lejos de la verdad cuanto que nada puede hallarse que responda a sus concepciones, ni en el cuerpo, ni en el espíritu hecho o creado, ni en el Creador mismo. Pues quien piensa, por ejemplo, que Dios es blanco o rojo, está en el error; y sin embargo estas cosas se hallan en el cuerpo. De nuevo, quien piensa en Dios como que ahora olvida y ahora recuerda, o cualquier cosa de la misma índole, no por ello está menos en el error; y sin embargo estas cosas se hallan en la mente. Pero quien piensa que Dios es de tal poder que se ha engendrado a Sí mismo, tanto más está en el error, porque no solo Dios no existe de ese modo, sino que tampoco existe así la criatura espiritual ni la corporal; pues no hay nada en absoluto que genere su propia existencia.
    2. Por tanto, para que la mente humana pudiera ser purgada de falsedades de este tipo, la Sagrada Escritura, que se acomoda a los niños, no ha evitado palabras tomadas de cualquier clase de cosas realmente existentes, por las cuales, como por alimento, nuestro entendimiento pudiera elevarse gradualmente a las cosas divinas y trascendentes. Pues, al hablar de Dios, ha usado tanto palabras tomadas de cosas corpóreas, como cuando dice, «Escóndeme bajo la sombra de tus alas;» como ha tomado prestadas muchas cosas de la criatura espiritual, para significar aquello que ciertamente no es así, pero que necesariamente ha de decirse así: como, por ejemplo, «Yo, el Señor tu Dios, soy un Dios celoso;» y, «Me arrepiento de haber hecho al hombre.» Pero no ha sacado palabra alguna, con la que formar figuras de lenguaje o enigmas, de cosas que no existen en absoluto. Y de ahí que quienes quedan excluidos de la verdad por ese tercer tipo de error sean más dañina y vanamente vanos que sus compañeros; en cuanto que conjeturan respecto de Dios lo que no puede hallarse ni en Él mismo ni en criatura alguna. Pues la Escritura divina suele forjar, por así decir, atractivos para los niños a partir de las cosas que se hallan en la criatura; con lo cual, según su medida y como por pasos, los afectos de los débiles pueden moverse a buscar las cosas de arriba y a dejar las de abajo. Pero la misma Escritura rara vez emplea aquellas cosas que se dicen propiamente de Dios y no se hallan en criatura alguna; como, por ejemplo, lo que se dijo a Moisés, «Yo soy el que soy;» y, «Yo Soy me ha enviado a vosotros.» Pues como también el cuerpo y el alma se dice en cierto sentido que son, la Sagrada Escritura ciertamente no se expresaría así a menos que quisiera que se entendiera en un sentido especial del término. Así también, lo que dice el Apóstol, «El único que tiene inmortalidad.» Puesto que también el alma se dice que es, y es, de cierta manera inmortal, la Escritura no diría «el único que tiene,» a menos que la verdadera inmortalidad sea la inmutabilidad; la cual ninguna criatura puede poseer, puesto que pertenece solo al Creador. Así también dice Santiago, «Toda buena dádiva y todo don perfecto viene de lo alto, y desciende del Padre de las luces, en quien no hay mudanza ni sombra de variación.» Así también David, «Tú los mudarás, y serán mudados; pero tú eres el mismo.»
    3. Además, es difícil contemplar y conocer plenamente la sustancia de Dios; que modela cosas mudables, pero sin cambio alguno en Sí mismo, y crea cosas temporales, pero sin movimiento temporal alguno en Sí mismo. Y es necesario, por tanto, purgar nuestras mentes para poder ver de modo inefable aquello que es inefable; a lo cual no habiendo alcanzado todavía, hemos de ser alimentados por la fe y conducidos por caminos más adecuados a nuestra capacidad, para que seamos hechos aptos y capaces de comprenderlo. Y de ahí que el Apóstol diga que «en Cristo ciertamente están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento;» y sin embargo nos lo ha recomendado, como a niños en Cristo, quienes, aunque ya renacidos por su gracia, son todavía carnales y psíquicos, no por aquella virtud divina en la que es igual al Padre, sino por aquella flaqueza humana por la que fue crucificado. Pues dice, «Decidí no saber entre vosotros cosa alguna, sino a Jesucristo, y a este crucificado;» y luego continúa, «Y estuve entre vosotros con debilidad, y con temor, y con mucho temblor.» Y poco después les dice, «Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda, porque aún no podíais, ni aun ahora podéis.» Hay algunos que se enojan por un lenguaje de este tipo, y piensan que se usa en menosprecio de ellos, y la mayor parte prefiere más bien creer que quienes les hablan así no tienen nada que decir, que el que ellos mismos no puedan comprender lo que se les ha dicho. Y a veces, ciertamente, les alegamos, no ciertamente aquella explicación del asunto que buscan en sus indagaciones sobre Dios—porque ni ellos mismos pueden recibirla, ni nosotros quizá podemos tampoco aprehenderla o expresarla—sino una explicación tal que les demuestre cuán incapaces e inútiles del todo son para comprender aquello que nos exigen. Pero ellos, por su parte, al no oír lo que desean, piensan que les engañamos para ocultar nuestra propia ignorancia, o que hablamos con malicia porque les envidiamos el conocimiento; y así se van indignados y turbados.

    Capítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad

    I, 2, 4

    4. Por lo cual, ayudándonos el Señor nuestro Dios, emprenderemos dar, en cuanto podamos, la misma explicación que tan importunamente exigen: a saber., que la Trinidad es el único y solo y verdadero Dios, y también cómo el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se dicen, creen y entienden rectamente ser de una y la misma sustancia o esencia; de tal manera que no se figuren que se les burla con excusas de nuestra parte, sino que hallen por experiencia real, tanto que el sumo bien es aquello que es discernido por las mentes más purificadas, como que por esta razón no puede ser discernido ni entendido por ellos mismos, porque el ojo de la mente humana, siendo débil, queda deslumbrado en esa luz tan trascendente, a menos que sea vigorizado por el alimento de la justicia de la fe. Primero, sin embargo, debemos demostrar, según la autoridad de las Sagradas Escrituras, si la fe es así. Después, si Dios quiere y nos ayuda, quizá al menos podremos servir de tal modo a estos discutidores habladores—más hinchados que capaces, y por ello padeciendo la enfermedad más peligrosa—que les permitamos hallar algo de lo que no puedan dudar, para que así, en aquel caso en que no puedan hallar lo semejante, sean llevados a echar la culpa a sus propias mentes, más bien que a la verdad misma o a nuestros razonamientos; y así, si hay en ellos algo de amor o de temor hacia Dios, puedan volver y comenzar desde la fe en el orden debido: percibiendo por fin cuán saludable medicina se ha provisto para los fieles en la santa Iglesia, con la cual una piedad atenta, sanando la debilidad de la mente, puede hacerla capaz de percibir la verdad inmutable, e impedir que caiga de cabeza, por temeridad desordenada, en una opinión pestilente y falsa. Ni yo mismo rehuiré la indagación, si en algo estoy en duda; ni me avergonzaré de aprender, si en algo estoy en el error.

    Capítulo 3

    Lo que Agustín pide a sus lectores. Los errores de los lectores torpes de entendimiento no han de atribuirse al autor

    I, 3, 5–6

    5. Además, pido a mi lector que, dondequiera que, al igual que yo, esté cierto, siga conmigo; dondequiera que, al igual que yo, vacile, se una a mí en la indagación; dondequiera que reconozca que él mismo está en el error, que vuelva a mí; dondequiera que reconozca que yo lo estoy, que me llame de vuelta: de modo que entremos juntos en el camino de la caridad y avancemos hacia Aquel de quien se dice, «Buscad su rostro siempre.» Y quisiera hacer este piadoso y seguro acuerdo, en presencia de nuestro Señor Dios, con todos los que lean mis escritos, tanto en todos los demás casos como, sobre todo, en el de aquellos que indagan sobre la unidad de la Trinidad, del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; porque en ningún otro asunto es más peligroso el error, más laboriosa la indagación o más provechoso el hallazgo de la verdad. Si, pues, algún lector dijere: Esto no está bien dicho, porque no lo entiendo; tal persona censura mi lenguaje, no mi fe: y quizá en verdad podría haberse expresado más claramente; pero ningún hombre habló jamás de modo que fuese entendido en todas las cosas por todos los hombres. Quien, por tanto, encuentre este defecto en mi discurso, vea si puede entender a otros hombres que han tratado temas y cuestiones semejantes, cuando no me entiende a mí: y si puede, que deje mi libro, o incluso, si le place, lo arroje; y que emplee su trabajo y su tiempo más bien en aquellos a quienes entiende. Sin embargo, no piense por eso que yo debía haber callado, porque no haya podido expresarme ante él tan suave y claramente como lo hacen aquellos a quienes entiende. Pues tampoco todas las cosas que todos los hombres han escrito llegan a manos de todos. Y posiblemente algunos, que son capaces de entender incluso estos escritos nuestros, no hallen aquellas obras más lúcidas, y se encuentren solo con las nuestras. Y por eso es útil que muchas personas escriban muchos libros, que difieren en estilo pero no en fe, aun sobre las mismas cuestiones, para que el asunto mismo llegue al mayor número—unos de un modo, otros de otro. Pero si quien se queja de no haber entendido estas cosas no ha podido jamás comprender razonamiento cuidadoso y exacto alguno sobre tales temas, en ese caso trate consigo mismo mediante resolución y estudio, para conocer mejor; no conmigo mediante riñas y disputas, para que yo calle. De nuevo, quien diga, al leer mi libro: Ciertamente entiendo lo que se dice, pero no es verdad, que afirme, si le place, su propia opinión, y refute la mía si es capaz. Y si lo hace con caridad y verdad, y se toma la molestia de hacérmelo saber (si aún estoy vivo), recibiré entonces el fruto más abundante de este mi trabajo. Y si no puede informarme a mí mismo, gustosísimo y contento estaría de que informara a aquellos a quienes pueda. Pero, por mi parte, «medito en la ley del Señor,» si no «de día y de noche,» al menos en los breves ratos que puedo; y encomiendo mis meditaciones a la escritura, para que no se me escapen por olvido; esperando por la misericordia de Dios que Él me haga mantener firmemente todas las verdades de las que me siento cierto; «pero si en algo pienso de otro modo, que Él mismo me revele también esto,» sea por inspiración y admonición secretas, sea por sus propias palabras claras, sea por los razonamientos de mis hermanos. Esto pido, y este mi confianza y deseo lo encomiendo a Aquel que es suficientemente capaz de guardar las cosas que me ha dado y de cumplir las que ha prometido.
    6. Espero, ciertamente, que algunos, que son más torpes de entendimiento, imaginarán que en algunas partes de mis libros he sostenido sentimientos que no he sostenido, o que no he sostenido los que sí he sostenido. Pero su error, como nadie puede ignorar, no debe atribuírseme a mí, si se han desviado hacia una doctrina falsa por seguir mis pasos sin aprehenderme, mientras yo me veo obligado a abrirme camino a través de un tema difícil y oscuro: visto que tampoco puede nadie, de modo alguno, atribuir rectamente los numerosos y variados errores de los herejes a los testimonios santos mismos de los libros divinos; aunque todos ellos se esfuerzan por defender a partir de esas mismas Escrituras sus propias opiniones falsas y erróneas. La ley de Cristo, esto es, la caridad, me amonesta claramente, y me manda con una dulce coacción, que cuando los hombres piensen que he sostenido en mis libros algo falso que no he sostenido, y esa misma falsedad desagrade a uno y agrade a otro, prefiera ser censurado por quien reprueba la falsedad, antes que alabado por quien la alaba. Pues aunque yo, que nunca sostuve el error, no soy censurado rectamente por el primero, sin embargo el error mismo es censurado con razón; mientras que por el segundo ni soy alabado rectamente, yo, de quien se piensa que sostuvo lo que la verdad censura, ni el sentimiento mismo, que la verdad también censura. Emprendamos, pues, la obra que hemos comenzado en el nombre del Señor.

    Capítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad

    I, 4, 7

    7. Todos los expositores católicos de las divinas Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, que he podido leer y que han escrito antes que yo acerca de la Trinidad, que es Dios, se han propuesto enseñar, conforme a las Escrituras, esta doctrina: que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo indican una unidad divina de una misma y sola sustancia en una igualdad indivisible; y, por tanto, que no son tres dioses, sino un solo Dios; aunque el Padre engendró al Hijo, y así el que es el Padre no es el Hijo; y el Hijo es engendrado por el Padre, y así el que es el Hijo no es el Padre; y el Espíritu Santo no es ni el Padre ni el Hijo, sino solo el Espíritu del Padre y del Hijo, coigual también Él con el Padre y el Hijo, y perteneciente a la unidad de la Trinidad. Pero no que esta Trinidad naciese de la Virgen María, ni fuese crucificada bajo Poncio Pilato, ni sepultada, ni resucitase al tercer día, ni subiese al cielo, sino solo el Hijo. Ni tampoco que esta Trinidad descendiese en forma de paloma sobre Jesús cuando fue bautizado; ni que, el día de Pentecostés, después de la ascensión del Señor, cuando «vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba,» la misma Trinidad «se posó sobre cada uno de ellos con lenguas repartidas como de fuego,» sino solo el Espíritu Santo. Ni tampoco que esta Trinidad dijese desde el cielo: «Tú eres mi Hijo,» ya cuando fue bautizado por Juan, ya cuando los tres discípulos estaban con Él en el monte, ya cuando sonó la voz que decía: «Lo he glorificado y lo glorificaré otra vez;» sino que fue palabra solo del Padre, dirigida al Hijo; aunque el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, así como son indivisibles, así también obran indivisiblemente. Esta es también mi fe, puesto que es la fe católica.
    Comentario editorial · Cómo está construida la obra
    Bogan y Shedd dividen el tratado en dos mitades: los libros I a VII razonan desde la Escritura y responden a objeciones; los VIII a XV buscan imágenes de la Trinidad en el alma. Aquí, en §7, Agustín fija lo que se propone enseñar, según los «expositores católicos» que le precedieron: una unidad divina de una misma y sola sustancia en una igualdad indivisible. Los «argumentos» que encabezan cada libro permiten una división más fina: los libros II a IV tratan de los envíos del Hijo y del Espíritu y de las apariciones divinas; V a VII, del lenguaje con que se habla de Dios; VIII a XV, de las tríadas del alma, de lo exterior a lo interior.
    Barra de quince tramos proporcionales a la extensión de cada libro, en tres colores según las partes, y lista de las tríadas ensayadas en los libros VIII, IX, X, XI, XIV y XV
    Los quince libros según su extensión en esta edición, y las tríadas que Agustín ensaya · Elaboración propia para Eusebeia · divisiones de Bogan y Shedd; subdivisión y tríadas según los argumentos de los libros

    Capítulo 5

    De las dificultades acerca de la Trinidad: de qué manera los tres son un solo Dios, y cómo, obrando indivisiblemente, realizan, sin embargo, algunas cosas por separado

    I, 5, 8

    8. Algunos, sin embargo, hallan dificultad en esta fe: cuando oyen que el Padre es Dios, y el Hijo Dios, y el Espíritu Santo Dios, y, no obstante, que esta Trinidad no son tres dioses, sino un solo Dios, preguntan cómo ha de entenderse esto; sobre todo cuando se dice que la Trinidad obra indivisiblemente en todo lo que Dios hace, y, sin embargo, fue pronunciada una voz del Padre que no es la voz del Hijo; y que nadie sino el Hijo nació en la carne, padeció, resucitó y subió al cielo; y que nadie sino el Espíritu Santo vino en forma de paloma. Quieren entender cómo la Trinidad pronunció aquella voz que era solo del Padre; y cómo la misma Trinidad creó aquella carne en la que solo el Hijo nació de la Virgen; y cómo la misma Trinidad obró aquella forma de paloma en la que solo apareció el Espíritu Santo. De lo contrario, la Trinidad no obra indivisiblemente, sino que el Padre hace algunas cosas, el Hijo otras y el Espíritu Santo otras; o bien, si hacen algunas cosas juntos y algunas por separado, entonces la Trinidad no es indivisible. También les causa dificultad de qué manera está en la Trinidad el Espíritu Santo, a quien ni el Padre, ni el Hijo, ni ambos, han engendrado, aunque es el Espíritu tanto del Padre como del Hijo. Puesto que, pues, los hombres nos importunan con tales preguntas, expongámosles, en la medida en que podamos, cuanto la sabiduría que es don de Dios ha concedido a nuestra debilidad sobre este asunto; y no «sigamos nuestro camino con envidia devoradora.» Si dijéramos que no solemos pensar en tales cosas, no sería verdad; pero si reconocemos que estos asuntos moran comúnmente en nuestros pensamientos, arrastrados como estamos por el amor de investigar la verdad, entonces nos exigen, por la ley de la caridad, que les demos a conocer lo que hemos podido averiguar en esto. «No es que ya lo haya alcanzado o sea ya perfecto» (pues, si el apóstol Pablo, ¡cuánto más yo, que yazgo muy por debajo de sus pies, debo considerarme como si no lo hubiera aprehendido!); sino que, conforme a mi medida, «olvidando lo que queda atrás y extendiéndome a lo que está delante, prosigo hacia la meta, al premio de la soberana vocación,» se me pide que descubra tanto del camino cuanto ya he recorrido, y el punto al que he llegado, desde el cual aún me queda por recorrer el resto hasta el fin. Y me lo piden aquellos a quienes una caridad generosa me obliga a servir. Es necesario, además, y Dios concederá que, al suministrarles materia de lectura, yo mismo saque provecho; y que, al tratar de responder a sus preguntas, encuentre yo también aquello que andaba buscando. Así, pues, he emprendido la tarea, por mandato y ayuda del Señor mi Dios, no tanto de disertar con autoridad sobre cosas que ya sé, cuanto de aprender esas cosas disertando piadosamente sobre ellas.

    Capítulo 6

    Que el Hijo es Dios verdadero, de la misma sustancia que el Padre. No solo el Padre, sino la Trinidad, es afirmada como inmortal. Todas las cosas no proceden del Padre solo, sino también del Hijo. Que el Espíritu Santo es Dios verdadero, igual al Padre y al Hijo

    I, 6, 9–11

    9. Quienes han dicho que nuestro Señor Jesucristo no es Dios, o no es Dios verdadero, o que no es con el Padre el único y solo Dios, o que no es verdaderamente inmortal porque es mudable, quedan refutados por la voz clarísima y unánime de los divinos testimonios; como, por ejemplo, «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» Pues es evidente que hemos de entender por Verbo de Dios al Hijo único de Dios, de quien después se dice: «Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros,» a causa de aquel nacimiento de su encarnación, que se realizó en el tiempo por medio de la Virgen. Pero aquí se declara no solo que Él es Dios, sino también que es de la misma sustancia que el Padre; porque, después de decir: «Y el Verbo era Dios,» se dice también: «Él estaba en el principio con Dios: todas las cosas fueron hechas por Él, y sin Él no se hizo nada de cuanto ha sido hecho.» No dice simplemente «todas las cosas», sino solo todas las cosas que fueron hechas, es decir, toda la criatura. De lo cual aparece claramente que no fue hecho Aquel por quien todas las cosas fueron hechas. Y si no fue hecho, entonces no es una criatura; y si no es una criatura, entonces es de la misma sustancia que el Padre. Pues toda sustancia que no es Dios es criatura; y todo lo que no es criatura es Dios. Y si el Hijo no es de la misma sustancia que el Padre, entonces es una sustancia que fue hecha; y si es una sustancia que fue hecha, entonces no todas las cosas fueron hechas por Él; pero «todas las cosas fueron hechas por Él»; por tanto, Él es de una misma y sola sustancia con el Padre. Y así no solo es Dios, sino también Dios verdadero. Y el mismo Juan afirma esto con toda claridad en su epístola: «Pues sabemos que el Hijo de Dios ha venido y nos ha dado entendimiento para que conozcamos al Dios verdadero, y estemos en su verdadero Hijo Jesucristo. Este es el Dios verdadero y la vida eterna.»
    10. De aquí se sigue también por consecuencia que el apóstol Pablo no dijo «que solo tiene inmortalidad» solamente del Padre, sino del único y solo Dios, que es la Trinidad misma. Pues lo que es en sí la vida eterna no es mortal según mutabilidad alguna; y por eso el Hijo de Dios, porque «Él es la Vida eterna,» es también entendido juntamente con el Padre allí donde se dice: «que solo tiene inmortalidad.» Pues también nosotros somos hechos partícipes de esta vida eterna, y nos volvemos, en nuestra medida, inmortales. Pero una cosa es la vida eterna misma, de la cual somos hechos partícipes; y otra cosa somos nosotros, que, participando de ella, viviremos eternamente. Pues aunque hubiera dicho: «A quien a su tiempo mostrará el Padre, el bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, que solo tiene inmortalidad,» ni aun así se entendería necesariamente que el Hijo queda excluido. Porque tampoco el Hijo ha separado de sí al Padre, ya que Él mismo, hablando en otro lugar con la voz de la sabiduría (pues Él mismo es la Sabiduría de Dios), dice: «Yo sola he recorrido el circuito del cielo.» Y tanto menos, por consiguiente, es necesario que las palabras «que solo tiene inmortalidad» se entiendan del Padre solo, omitiendo al Hijo, cuando se dicen de este modo: «Para que guardes este mandamiento sin mancha ni reprensión hasta la aparición de nuestro Señor Jesucristo; la cual mostrará a su tiempo el bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes y Señor de señores, que solo tiene inmortalidad, que habita en una luz inaccesible, a quien ninguno de los hombres ha visto ni puede ver; a quien sea honor e imperio eterno. Amén.» En estas palabras no se nombra especialmente ni al Padre, ni al Hijo, ni al Espíritu Santo, sino al bienaventurado y único Soberano, Rey de reyes y Señor de señores; esto es, al único y solo y verdadero Dios, la Trinidad misma.
    11. Pero acaso lo que sigue pueda oponerse a este sentido, porque se dice: «a quien ningún hombre ha visto ni puede ver.» Aunque esto puede tomarse también como dicho de Cristo según su divinidad, la cual no vieron los judíos, que, sin embargo, lo vieron y crucificaron en la carne; pues su divinidad de ningún modo puede ser vista con la vista humana, sino que se ve con aquella vista con la cual los que ven ya no son hombres, sino más que hombres. Con razón, por tanto, se entiende que Dios mismo, la Trinidad, es el «bienaventurado y único Soberano» que «mostrará a su tiempo la venida de nuestro Señor Jesucristo.» Pues las palabras «que solo tiene inmortalidad» se dicen del mismo modo que se dice: «que solo hace maravillas.» Y yo quisiera saber de quién entienden ellos que se dicen estas palabras. Si solo del Padre, ¿cómo es verdadero lo que el mismo Hijo dice: «Porque todo lo que hace el Padre, eso también lo hace el Hijo de igual manera?» ¿Hay, entre las obras maravillosas, algo más maravilloso que resucitar y vivificar a los muertos? Y, sin embargo, el mismo Hijo dice: «Como el Padre resucita a los muertos y les da vida, así también el Hijo da vida a los que quiere.» ¿Cómo, pues, el Padre solo «hace maravillas», cuando estas palabras no nos permiten entender solo al Padre, ni solo al Hijo, sino ciertamente al único y solo Dios verdadero, es decir, al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo?
    12. Igualmente, cuando el mismo apóstol dice: «Pero para nosotros no hay más que un solo Dios, el Padre, de quien son todas las cosas, y nosotros en Él; y un solo Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas, y nosotros por medio de Él,» ¿quién puede dudar de que habla de todas las cosas que han sido creadas, como hace Juan cuando dice: «Todas las cosas fueron hechas por Él»? Pregunto, pues, de quién habla en otro lugar: «Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas. A Él sea la gloria por siempre. Amén.» Pues si habla del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, de modo que se asigne cada cláusula por separado a cada persona: de Él, es decir, del Padre; por Él, es decir, por el Hijo; en Él, es decir, en el Espíritu Santo, es manifiesto que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, puesto que las palabras continúan en número singular: «A Él sea la gloria por siempre.» Pues al comienzo del pasaje no dice: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y del conocimiento» del Padre, o del Hijo, o del Espíritu Santo, sino «de la sabiduría y del conocimiento de Dios!» «¡Cuán insondables son sus juicios e inescrutables sus caminos! Porque ¿quién conoció la mente del Señor? ¿O quién fue su consejero? ¿O quién le dio primero, para que le sea recompensado? Porque de Él, y por Él, y en Él son todas las cosas. A Él sea la gloria por siempre. Amén.» Pero si quieren que esto se entienda solo del Padre, ¿de qué manera entonces son todas las cosas por el Padre, como se dice aquí, y todas las cosas por el Hijo, como se dice a los corintios: «y un solo Señor Jesucristo, por medio del cual son todas las cosas,» y como en el Evangelio de Juan: «Todas las cosas fueron hechas por Él?» Porque si unas cosas fueron hechas por el Padre y otras por el Hijo, entonces no todas las cosas fueron hechas por el Padre, ni todas por el Hijo; pero si todas las cosas fueron hechas por el Padre, y todas las cosas por el Hijo, entonces las mismas fueron hechas por el Padre y por el Hijo. El Hijo, por tanto, es igual al Padre, y la operación del Padre y del Hijo es indivisible. Porque si el Padre hizo también al Hijo, a quien ciertamente el Hijo mismo no hizo, entonces no todas las cosas fueron hechas por el Hijo; pero todas las cosas fueron hechas por el Hijo: luego Él mismo no fue hecho, para que con el Padre hiciera todas las cosas que fueron hechas. Y el apóstol no ha dejado de emplear la palabra misma, sino que ha dicho con toda claridad: «El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios;» usando aquí el nombre de Dios especialmente para designar al Padre; como en otro lugar: «Pero la cabeza de Cristo es Dios.»
    13. También acerca del Espíritu Santo se han reunido testimonios semejantes, de los que han hecho pleno uso quienes antes que nosotros han tratado el asunto, para mostrar que Él también es Dios y no una criatura. Y si no es una criatura, entonces no solo es Dios (pues también los hombres son llamados dioses ), sino Dios verdadero; y, por consiguiente, absolutamente igual al Padre y al Hijo, y en la unidad de la Trinidad consustancial y coeterno. Pero que el Espíritu Santo no es una criatura se hace muy claro, sobre todo, por aquel pasaje en que se nos manda no servir a la criatura, sino al Creador; no en el sentido en que se nos manda «servir» unos a otros por amor, que en griego es [δουλεύειν], sino en aquel en que solo a Dios se sirve, que en griego es [λατρεύειν]. De donde se llaman idólatras los que ofrecen a las imágenes aquel culto que se debe a Dios. Pues de este culto se dice: «Adorarás al Señor tu Dios, y solo a Él servirás.» Esto se halla también más claramente en las Escrituras griegas, que tienen [λατρεύσεις]. Ahora bien, si se nos prohíbe servir a la criatura con tal culto, ya que está escrito: «Adorarás al Señor tu Dios, y solo a Él servirás» (y por eso el apóstol rechaza a quienes adoran y sirven a la criatura más que al Creador), entonces ciertamente no es una criatura el Espíritu Santo, a quien todos los santos tributan tal culto; como dice el apóstol: «Porque nosotros somos la circuncisión, los que servimos al Espíritu de Dios,» que en griego es [λατρεύοντες]. Pues aun la mayoría de los códices latinos lo tienen así: «Nosotros, que servimos al Espíritu de Dios;» pero todos los griegos, o casi todos, lo tienen así. Aunque en algunos códices latinos encontramos, no «Adoramos al Espíritu de Dios,» sino «Adoramos a Dios en el Espíritu.» Pero quienes en este punto yerran y se niegan a ceder a la autoridad de más peso, dígannos si encuentran también variado en los manuscritos este texto: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» Pues ¿qué puede haber más insensato o más profano que atreverse alguien a decir que los miembros de Cristo son templo de quien, en su opinión, es una criatura inferior a Cristo? Porque el apóstol dice en otro lugar: «Vuestros cuerpos son miembros de Cristo.» Y si los miembros de Cristo son también templo del Espíritu Santo, entonces el Espíritu Santo no es una criatura; porque necesariamente hemos de tributar a Aquel de quien nuestro cuerpo es templo aquel culto con que solo Dios ha de ser servido, que en griego se llama [λατρεία]. Y por consiguiente dice el apóstol: «Glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.»

    Capítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo

    I, 7, 14

    En estos y semejantes testimonios de las divinas Escrituras, de cuyo libre uso, como he dicho, nuestros predecesores destruyeron tales sofismas o errores de los herejes, se insinúan a nuestra fe la unidad y la igualdad de la Trinidad. Pero como, a causa de la encarnación del Verbo de Dios para obrar nuestra salvación, a fin de que el hombre Cristo Jesús fuera el Mediador entre Dios y los hombres, se dicen en los libros sagrados muchas cosas de modo que significan, o incluso declaran muy expresamente, que el Padre es mayor que el Hijo; los hombres han errado por falta de un examen o consideración cuidadosos de todo el tenor de las Escrituras, y han intentado transferir lo que se dice de Jesucristo según la carne a aquella sustancia suya que era eterna antes de la encarnación y es eterna. Dicen, por ejemplo, que el Hijo es menor que el Padre, porque está escrito que el Señor mismo dijo: «Mi Padre es mayor que yo». Pero la verdad muestra que en ese mismo sentido el Hijo es también menor que sí mismo; pues ¿cómo no fue hecho también menor que sí mismo quien «se anonadó a sí mismo y tomó forma de siervo»? Porque no tomó la forma de siervo de tal manera que perdiese la forma de Dios, en la cual era igual al Padre. Si, pues, la forma de siervo fue tomada de tal manera que la forma de Dios no se perdió, puesto que, tanto en la forma de siervo como en la forma de Dios, Él mismo es el mismo Hijo unigénito de Dios Padre, igual al Padre en la forma de Dios, Mediador entre Dios y los hombres en la forma de siervo, el hombre Cristo Jesús, ¿hay alguien que no pueda percibir que Él mismo, en la forma de Dios, es también mayor que sí mismo, y sin embargo, en la forma de siervo, es menor que sí mismo? Y no sin causa dice, por tanto, la Escritura ambas cosas: que el Hijo es igual al Padre, y que el Padre es mayor que el Hijo. Pues no hay confusión cuando lo primero se entiende por razón de la forma de Dios, y lo segundo por razón de la forma de siervo. Y, en verdad, esta regla para resolver la cuestión a través de todas las Escrituras sagradas se expone en un capítulo de una epístola del apóstol Pablo, donde esta distinción se nos recomienda con suficiente claridad. Pues dice: «El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación el ser igual a Dios; sino que se anonadó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre». El Hijo de Dios, pues, es igual a Dios Padre en la naturaleza, pero menor en «condición». Porque en la forma de siervo que tomó es menor que el Padre; pero en la forma de Dios, en la cual era también antes de tomar la forma de siervo, es igual al Padre. En la forma de Dios es el Verbo, «por quien todas las cosas fueron hechas»; pero en la forma de siervo fue «hecho de mujer, hecho bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley». De igual manera, en la forma de Dios hizo al hombre; en la forma de siervo fue hecho hombre. Porque si el Padre solo hubiera hecho al hombre sin el Hijo, no se habría escrito: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Por tanto, porque la forma de Dios tomó la forma de siervo, es a la vez Dios y es a la vez hombre; pero es Dios por razón del Dios que toma, y es hombre por razón del hombre que es tomado. Porque ni por aquella toma se convierte y cambia el uno en el otro: la Divinidad no se cambia en criatura, de modo que deje de ser Divinidad; ni la criatura en Divinidad, de modo que deje de ser criatura.
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