II, 11, 20–21
20. Aquel pasaje de la Escritura no exige una consideración ligera ni pasajera. Pues si un solo hombre hubiera aparecido, ¿qué otra cosa clamarían al punto aquellos que dicen que el Hijo fue también visible en su propia sustancia antes de nacer de la Virgen, sino que era Él mismo? Puesto que del Padre, dicen, está escrito: «Al solo Dios invisible.» Y, sin embargo, yo podría seguir preguntando: ¿de qué manera «fue hallado en condición de hombre,» antes de haber tomado nuestra carne, viendo que le lavaron los pies y que se alimentó de comida terrenal? ¿Cómo podía ser eso, cuando aún estaba «en forma de Dios, y no tuvo por usurpación ser igual a Dios?» Porque, dime, ¿acaso ya se había «anonadado, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y hallado en condición de hombre?» cuando sabemos cuándo fue que hizo esto por su nacimiento de la Virgen. ¿Cómo, pues, antes de haber hecho esto, apareció como un solo hombre a Abraham? ¿O acaso aquella forma no era real? Podría plantear estas preguntas, si un solo hombre hubiera aparecido a Abraham, y si se creyera que ese solo era el Hijo de Dios. Pero puesto que aparecieron tres hombres, y de ninguno de ellos se dice que fuera mayor que los demás ni en forma, ni en edad, ni en poder, ¿por qué no entender aquí, como insinuado visiblemente por la criatura visible, la igualdad de la Trinidad, y una y la misma sustancia en tres personas?
21. Pues, para que nadie piense que de este modo se insinúa que uno entre los tres era el mayor, y que este uno ha de entenderse que era el Señor, el Hijo de Dios, mientras que los otros dos eran sus ángeles; porque, aunque aparecieron tres, Abraham habla allí a uno como al Señor: la Sagrada Escritura no ha olvidado anticiparse, por una contradicción, a tales pensamientos y opiniones futuras, cuando poco después dice que dos ángeles vinieron a Lot, entre los cuales aquel varón justo, que mereció ser librado del incendio de Sodoma, habla a uno como al Señor. Pues así prosigue la Escritura diciendo: «Y se fue el Señor, luego que acabó de hablar con Abraham; y Abraham se volvió a su lugar.»
II, 12, 21–22
«Pero llegaron dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde.» Aquí, lo que he comenzado a exponer debe considerarse con más atención. Ciertamente Abraham hablaba con tres, y llamó a aquel uno, en número singular, el Señor. Quizá, dirá alguno, reconoció que uno de los tres era el Señor, y los otros dos, sus ángeles. ¿Qué significa, entonces, lo que la Escritura prosigue diciendo: «Y se fue el Señor, luego que acabó de hablar con Abraham; y Abraham se volvió a su lugar; y llegaron dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde?» ¿Hemos de suponer que aquel que, entre los tres, fue reconocido como el Señor, se había marchado, y había enviado a los dos ángeles que estaban con Él a destruir Sodoma? Veamos, pues, lo que sigue. «Llegaron,» se dice, «dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma; y Lot, al verlos, se levantó a recibirlos, y se inclinó con el rostro a tierra; y dijo: He aquí ahora, señores míos, os ruego que entréis en casa de vuestro siervo.» Aquí es claro, a la vez, que había dos ángeles, y que en número plural fueron invitados a participar de la hospitalidad, y que fueron honorablemente llamados señores, cuando acaso se pensaba que eran hombres.
22. Pero, de nuevo, se objeta que, si no se supiera que eran ángeles de Dios, Lot no se habría inclinado con el rostro a tierra. ¿Por qué, pues, se les ofrece hospitalidad y alimento, como si necesitaran tal socorro humano? Pero sea lo que fuere lo que aquí quede oculto, prosigamos ahora lo que nos hemos propuesto. Aparecen dos; ambos son llamados ángeles; se les invita en plural; habla como con dos, en plural, hasta la salida de Sodoma. Y entonces la Escritura prosigue diciendo: «Y aconteció que, cuando los hubieron sacado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras de ti, ni te detengas en toda la llanura; escapa al monte, y allí serás salvo, no sea que perezcas. Y Lot les dijo: ¡Oh, no, señor mío! He aquí ahora, tu siervo ha hallado gracia en tus ojos,» etc. ¿Qué significa que les diga: «¡Oh, no, señor mío!,» si Aquel que era el Señor ya se había marchado, y había enviado a los ángeles? ¿Por qué se dice: «¡Oh, no, señor mío!,» y no: «¡Oh, no, señores míos!?» O si quería hablar a uno de ellos, ¿por qué dice la Escritura: «Pero Lot les dijo: ¡Oh, no, señor mío! He aquí ahora, tu siervo ha hallado gracia en tus ojos,» etc.? ¿Hemos de entender también aquí dos personas en número plural, pero cuando los dos son interpelados como uno, entonces al único Señor Dios de una sola sustancia? Pero ¿qué dos personas entendemos aquí aquí — la del Padre y la del Hijo, o la del Padre y la del Espíritu Santo, o la del Hijo y la del Espíritu Santo? Esta última, quizá, es la más adecuada; pues dijeron de sí mismos que habían sido enviados, que es lo que decimos del Hijo y del Espíritu Santo. Pues en ninguna parte de las Escrituras hallamos que el Padre haya sido enviado.
II, 13, 23
23. Pero cuando Moisés fue enviado a sacar de Egipto a los hijos de Israel, está escrito que el Señor se le apareció así: «Apacentaba Moisés el rebaño de Jetro, su suegro, sacerdote de Madián; y llevó el rebaño a la parte trasera del desierto, y llegó al monte de Dios, a Horeb. Y se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, de en medio de una zarza; y miró, y he aquí que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Y dijo Moisés: Ahora me apartaré y veré esta gran visión, por qué la zarza no se quema. Y cuando el Señor vio que se apartaba para ver, Dios lo llamó de en medio de la zarza, y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Aquí también es llamado primero Ángel del Señor, y luego Dios. ¿Era, pues, un ángel el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Por tanto, rectamente puede entenderse que es el Salvador mismo, de quien el apóstol dice: «De quienes son los padres, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos.» Él, pues, «que es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos,» no sin razón se entiende aquí también que es Él mismo el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Pero ¿por qué antes es llamado Ángel del Señor, cuando apareció en una llama de fuego de en medio de la zarza? ¿Fue porque era uno de los muchos ángeles, que por una economía [o disposición] representaba la persona de su Señor? ¿O fue asumido por Él algo de la criatura para realizar una aparición visible para el asunto entre manos, y para que de allí pudieran proferirse palabras audibles, con las que se mostrara la presencia del Señor, del modo que convenía, a los sentidos corpóreos del hombre, por medio de la criatura sujeta a Él? Pues si era uno de los ángeles, ¿quién podría afirmar fácilmente si fue la persona del Hijo la que se le impuso anunciar, o la del Espíritu Santo, o la de Dios Padre, o en absoluto la de la Trinidad misma, que es el único y solo Dios, para que dijera: «Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?» Pues no podemos decir que el Hijo de Dios es el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, y que el Padre no lo es; ni nadie osará negar que o el Espíritu Santo, o la Trinidad misma, a quien creemos y entendemos que es el único Dios, es el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Pues quien no es Dios, no es el Dios de aquellos padres. Además, si no solo el Padre es Dios, como todos, aun los herejes, admiten; sino también el Hijo, lo cual, quieran o no, se ven obligados a reconocer, puesto que el apóstol dice: «Quien es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos;» y el Espíritu Santo, puesto que el mismo apóstol dice: «Por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo;» habiendo dicho antes: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» y estos tres son un solo Dios, como cree la sana doctrina católica: no queda suficientemente claro qué persona de la Trinidad representaba aquel ángel, si era uno de los demás ángeles, y si representaba alguna persona, y no más bien a la Trinidad misma. Pero si la criatura fue asumida para el propósito del asunto entre manos, con la cual aparecer a los ojos humanos, y sonar en los oídos humanos, y ser llamado Ángel del Señor, y Señor, y Dios; entonces no puede entenderse aquí que Dios sea el Padre, sino o el Hijo o el Espíritu Santo. Aunque no puedo recordar que en alguna otra parte el Espíritu Santo sea llamado ángel, lo cual sin embargo puede entenderse por su obra; pues de Él se dice: «Y Él os mostrará las cosas venideras;» y «ángel» en griego equivale ciertamente a «mensajero» en latín: pero leemos con toda evidencia del Señor Jesucristo en el profeta, que es llamado «el Ángel del Gran Consejo,» mientras que tanto el Espíritu Santo como el Hijo de Dios es Dios y Señor de los ángeles.
II, 14, 24
24. También en la salida de los hijos de Israel de Egipto está escrito: «Y el Señor iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego. No apartó del pueblo la columna de nube de día, ni la columna de fuego de noche.» ¿Quién aquí, también, dudaría de que Dios apareció a los ojos de los hombres mortales por medio de la criatura corpórea sujeta a Él, y no por su propia sustancia? Pero no es igualmente evidente si fue el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, o la Trinidad misma, el único Dios. Ni se distingue allí tampoco, a mi juicio, donde está escrito: «La gloria del Señor apareció en la nube, y el Señor habló a Moisés, diciendo: He oído las murmuraciones de los hijos de Israel,» etc.
De la aparición en el Sinaí. Si en aquella aparición habló la Trinidad o alguna persona en especial
II, 15, 25–26
25. Pero ahora, acerca de las nubes, y las voces, y los relámpagos, y la trompeta, y el humo en el monte Sinaí, cuando se dijo: «Y todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego, y su humo subía como el humo de un horno; y todo el pueblo que estaba en el campamento temblaba; y cuando la voz de la trompeta sonaba largamente y se hacía cada vez más fuerte, Moisés hablaba, y Dios le respondía con una voz.» Y poco después, cuando la Ley había sido dada en los diez mandamientos, sigue en el texto: «Y todo el pueblo veía los truenos, y los relámpagos, y el sonido de la trompeta, y el monte que humeaba.» Y poco después: «Y [cuando el pueblo lo vio,] se retiraron y se mantuvieron a lo lejos, y Moisés se acercó a la densa oscuridad donde estaba Dios, y el Señor dijo a Moisés,» etc. ¿Qué diré sobre esto, sino que nadie puede estar tan loco como para creer que el humo, y el fuego, y la nube, y la oscuridad, y todo lo que hubo de ese género, eran la sustancia de la palabra y de la sabiduría de Dios que es Cristo, o del Espíritu Santo? Pues ni siquiera los arrianos se atrevieron jamás a decir que eran la sustancia de Dios Padre. Todas estas cosas, pues, fueron obradas por medio de la criatura que servía al Creador, y fueron presentadas en una economía adecuada ( dispensatio ) a los sentidos humanos; a no ser, acaso, porque se dice: «Y Moisés se acercó a la nube donde estaba Dios,» hayan de suponer los pensamientos carnales que la nube fue vista ciertamente por el pueblo, pero que dentro de la nube Moisés vio con los ojos de la carne al Hijo de Dios, a quien los herejes delirantes quieren que sea visto en su propia sustancia. En verdad, Moisés pudo haberlo visto con los ojos de la carne, si no solo la sabiduría de Dios que es Cristo, sino incluso la de cualquier hombre que quieras y por sabio que sea, puede verse con los ojos de la carne; o si, porque está escrito de los ancianos de Israel, que «vieron el lugar donde había estado el Dios de Israel,» y que «había debajo de sus pies como una obra pavimentada de piedra de zafiro, y como el cuerpo del cielo en su claridad,» por tanto hemos de creer que la palabra y la sabiduría de Dios en su propia sustancia estuvo dentro del espacio de un lugar terreno, quien en verdad «alcanza firmemente de un extremo a otro, y ordena todas las cosas con suavidad;» y que el Verbo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, es de tal modo mudable, que ahora se contrae, ahora se expande; (¡que el Señor limpie de tales pensamientos los corazones de sus fieles!). Pero en verdad todas estas cosas visibles y sensibles son, como hemos dicho a menudo, exhibidas por medio de la criatura sujeta, para significar al Dios invisible e inteligible, no solo al Padre, sino también al Hijo y al Espíritu Santo, «de quien son todas las cosas, y por quien son todas las cosas, y en quien son todas las cosas;» aunque «las cosas invisibles de Dios, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por las cosas que son hechas, aun su eterno poder y divinidad.»
26. Pero en lo que concierne a nuestra presente empresa, tampoco en el monte Sinaí veo cómo aparece, por todas aquellas cosas que fueron desplegadas pavorosamente ante los sentidos de los hombres mortales, si habló Dios Trinidad, o el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo por separado. Pero si es lícito, sin afirmación temeraria, aventurar una conjetura modesta y vacilante a partir de este pasaje, si es posible entenderlo de una persona de la Trinidad, ¿por qué no entendemos más bien que se habla del Espíritu Santo, puesto que la Ley misma, que allí fue dada, se dice que fue escrita en tablas de piedra con el dedo de Dios, nombre con el que sabemos que en el Evangelio se significa al Espíritu Santo? Y se cuentan cincuenta días desde la inmolación del cordero y la celebración de la Pascua hasta el día en que estas cosas comenzaron a hacerse en el monte Sinaí; así como después de la pasión de nuestro Señor se cuentan cincuenta días desde su resurrección, y entonces vino el Espíritu Santo que el Hijo de Dios había prometido. Y en aquella misma venida suya, que leemos en los Hechos de los Apóstoles, aparecieron lenguas repartidas como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos: lo cual concuerda con el Éxodo, donde está escrito: «Y todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego;» y poco después, «Y la vista de la gloria del Señor,» dice, «era como fuego devorador en la cumbre del monte a los ojos de los hijos de Israel.» O si estas cosas fueron hechas porque ni el Padre ni el Hijo podían presentarse allí de aquel modo sin el Espíritu Santo, por quien la Ley misma debía necesariamente ser escrita; entonces sabemos sin duda que Dios apareció allí, no por su propia sustancia, que permanece invisible e inmutable, sino por la aparición de la criatura arriba mencionada; pero que apareciera alguna persona especial de la Trinidad, distinguida por una marca propia, hasta donde alcanza mi capacidad de entender, no lo vemos.
II, 16, 26–28
26. Hay aún otra dificultad que preocupa a la mayoría, a saber, que está escrito: «Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo;» mientras que poco después el mismo Moisés dice: «Ahora, pues, te ruego, si he hallado gracia en tus ojos, muéstrame ahora tu rostro, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos, y considere que esta nación es tu pueblo;» y poco después Moisés otra vez dijo al Señor: «Muéstrame tu gloria.» ¿Qué significa entonces, que en todas las cosas que se hicieron, como se dijo arriba, se pensó que Dios había aparecido en su propia sustancia; por lo cual el Hijo de Dios ha sido creído por estos miserables como visible no por medio de la criatura, sino por sí mismo; y que Moisés, al entrar en la nube, pareció haber tenido este objeto al entrar: que una oscuridad nebulosa se mostrara a los ojos del pueblo, pero que Moisés dentro oyera las palabras de Dios, como quien ve su rostro; y, como se dice: «Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo;» y sin embargo, he aquí, el mismo Moisés dice: «Si he hallado gracia en tus ojos, muéstrame tu rostro?» Ciertamente sabía que veía corporalmente, y buscaba la verdadera visión de Dios espiritualmente. Y aquel modo de hablar que se realizaba en palabras, se modificaba como si fuera de un amigo hablando con un amigo. Pero ¿quién ve a Dios Padre con los ojos del cuerpo? Y aquel Verbo, que estaba en el principio, el Verbo que estaba con Dios, el Verbo que era Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, ¿quién lo ve con los ojos del cuerpo? Y el espíritu de sabiduría, de nuevo, ¿quién lo ve con los ojos del cuerpo? Sin embargo, ¿qué es: «Muéstrame ahora tu rostro, para que te vea,» sino: Muéstrame tu sustancia? Pero si Moisés no hubiera dicho esto, ciertamente tendríamos que soportar como pudiéramos a aquellos insensatos que piensan que la sustancia de Dios se hizo visible a sus ojos por medio de aquellas cosas que, como se mencionó arriba, se dijeron o hicieron. Pero cuando aquí se demuestra con toda evidencia que esto no le fue concedido a él, aunque lo deseaba; ¿quién se atreverá a decir que, mediante las formas semejantes que se le habían aparecido visiblemente, no la criatura que sirve a Dios, sino aquello que es Dios, apareció a los ojos de un hombre mortal?
28. Añade también lo que el Señor dijo después a Moisés: «No puedes ver mi rostro: porque ningún hombre verá mi rostro, y vivirá. Y dijo el Señor: He aquí, hay un lugar junto a mí, y te pondrás sobre una roca: y acontecerá que, mientras pasa mi gloria, te pondré en una hendidura de la roca, y te cubriré con mi mano mientras paso: y apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas mi rostro no será visto.»
Cómo se vieron las espaldas de Dios. La fe en la resurrección de Cristo. Solo la Iglesia católica es el lugar desde donde se ven las espaldas de Dios. Las espaldas de Dios fueron vistas por los israelitas. Es una opinión temeraria pensar que únicamente Dios Padre nunca fue visto por los Padres
II, 17, 28–30
No inadecuadamente se entiende comúnmente que está prefigurado en la persona de nuestro Señor Jesucristo, que sus «espaldas» han de tomarse como su carne, en la cual nació de la Virgen, murió y resucitó; ya sea que se llamen espaldas por la posterioridad de la mortalidad, o porque fue casi al fin del mundo, es decir, en un período tardío, que se dignó tomarla; pero que su «rostro» era aquella forma de Dios, en la cual «no tuvo por usurpación el ser igual a Dios,» que ciertamente nadie puede ver y vivir; ya sea porque después de esta vida, en la cual estamos ausentes del Señor, y donde el cuerpo corruptible oprime al alma, veremos «cara a cara,» como dice el apóstol— (porque se dice en los Salmos, acerca de esta vida, «Ciertamente todo hombre viviente es enteramente vanidad;» y otra vez, «Porque en tu vista ningún viviente será justificado;» y en esta vida también, según Juan, «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos,» dice, «que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es,» lo cual ciertamente quiso que se entendiera como después de esta vida, cuando hayamos pagado la deuda de la muerte y hayamos recibido la promesa de la resurrección);— o si acaso incluso ahora, en cualquier grado en que entendamos espiritualmente la sabiduría de Dios, por la cual todas las cosas fueron hechas, en ese mismo grado morimos a los afectos carnales, de modo que, considerando a este mundo muerto para nosotros, también nosotros mismos morimos a este mundo, y decimos lo que dice el apóstol, «El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.» Porque de esta muerte también dice, «Por tanto, si habéis muerto con Cristo, ¿por qué, como si vivierais en el mundo, os sometéis a ordenanzas?» No sin causa, pues, nadie podrá ver el «rostro,» es decir, la manifestación misma de la sabiduría de Dios, y vivir. Porque esta es aquella apariencia, por cuya contemplación suspira todo el que se esfuerza por amar a Dios con todo su corazón, y con toda su alma, y con toda su mente; a cuya contemplación, el que ama a su prójimo como a sí mismo, edifica también a su prójimo en cuanto puede; de estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. Y esto se significa también en el propio Moisés. Porque cuando dijo, por el amor de Dios con que estaba especialmente inflamado, «Si he hallado gracia en tus ojos, muéstrame ahora tu rostro, para que halle gracia en tus ojos;» inmediatamente añadió, por el amor también de su prójimo, «Y para que yo sepa que esta nación es tu pueblo.» Es, por tanto, aquella «apariencia» que arrebata a toda alma racional con su deseo, y tanto más ardientemente cuanto más pura es esa alma; y es más pura cuanto más se eleva a las cosas espirituales; y se eleva más a las espirituales cuanto más muere a las carnales. Pero mientras estamos ausentes del Señor, y caminamos por fe, no por vista, debemos ver las «espaldas» de Cristo, es decir, su carne, por esa misma fe, es decir, estando sobre el fundamento sólido de la fe, que significa la roca, y contemplándolo desde un lugar elevado tan seguro, es decir, en la Iglesia católica, de la cual se dice: «Y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.» Porque tanto más ciertamente amamos aquel rostro de Cristo, que deseamos ardientemente ver, cuanto reconocemos en sus espaldas cuánto nos amó primero Cristo.
29. Pero en la carne misma, la fe en su resurrección nos salva y justifica. Porque, «Si creyeres» dice, «en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo;» y otra vez, «El cual fue entregado,» dice, «por nuestras ofensas, y resucitado para nuestra justificación.» De modo que la recompensa de nuestra fe es la resurrección del cuerpo de nuestro Señor. Porque hasta sus enemigos creen que aquella carne murió en la cruz de su pasión, pero no creen que haya resucitado. Lo cual nosotros, creyéndolo firmísimamente, lo contemplamos como desde la solidez de una roca; por lo cual esperamos con cierta esperanza la adopción, es decir, la redención de nuestro cuerpo; porque esperamos aquello en los miembros de Cristo, es decir, en nosotros mismos, que por una fe sana reconocemos que es perfecto en Él como en nuestra Cabeza. De ahí que no quisiera que se vieran sus espaldas, sino cuando pasaba, para que se creyera su resurrección. Porque lo que en hebreo es Pascua, se traduce como Paso. De donde también dice Juan el Evangelista: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado, de que debía pasar de este mundo al Padre.»
30. Pero los que creen esto, pero no lo creen en la Iglesia católica, sino en algún cisma o herejía, no ven las espaldas del Señor desde «el lugar que está junto a Él.» Porque ¿qué significa lo que dice el Señor, «He aquí, hay un lugar junto a mí, y te pondrás sobre una roca?» ¿Qué lugar terrenal está «junto» al Señor, sino aquel que está «junto a Él» y le toca espiritualmente? Porque ¿qué lugar no está «junto» al Señor, quien «alcanza de un extremo a otro con fuerza, y dispone todas las cosas con suavidad,» y de quien se dice: «El cielo es su trono, y la tierra el estrado de sus pies;» y que dijo: «¿Dónde está la casa que me edificaréis, y dónde el lugar de mi reposo? ¿No ha hecho mi mano todas esas cosas?» Pero manifiestamente la misma Iglesia católica se entiende que es «el lugar junto a Él,» en el cual uno se pone sobre una roca, donde ve saludablemente el «Pascha Domini,» es decir, el «Paso» del Señor, y sus espaldas, es decir, su cuerpo, el que cree en su resurrección. «Y te pondrás,» dice, «sobre una roca mientras mi gloria pasa.» Porque en realidad, inmediatamente después de que la majestad del Señor pasó en la glorificación del Señor, en la cual resucitó y ascendió al Padre, nos mantuvimos firmes sobre la roca. Y Pedro mismo entonces se mantuvo firme, de modo que predicó con confianza a Aquel a quien, antes de mantenerse firme, había negado tres veces por miedo; aunque, ciertamente, ya antes colocado en predestinación sobre la atalaya de la roca, pero con la mano del Señor aún extendida sobre él para que no viera. Porque él había de ver sus espaldas, y el Señor aún no había «pasado,» es decir, de la muerte a la vida; aún no había sido glorificado por la resurrección.
31. Porque en cuanto a lo que sigue en Éxodo, «Te cubriré con mi mano mientras paso, y apartaré mi mano y verás mis espaldas;» muchos israelitas, de los cuales Moisés era entonces una figura, creyeron en el Señor después de su resurrección, como si su mano les hubiera sido quitada de los ojos, y ahora veían sus espaldas. Y de ahí también el evangelista menciona aquella profecía de Isaías, «Engruesa el corazón de este pueblo, y haz pesados sus oídos, y ciega sus ojos.» Finalmente, en el Salmo, no sin razón se entiende que se dice en su persona, «Porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí.» «De día,» tal vez, cuando realizaba milagros manifiestos, pero no era reconocido por ellos; pero «de noche,» cuando murió en el sufrimiento, cuando pensaron aún más ciertamente que, como cualquier hombre, había sido cortado y llegado a su fin. Pero desde que, cuando ya había pasado, de modo que se vieron sus espaldas, tras la predicación a ellos por el apóstol Pedro de que convenía que Cristo padeciera y resucitara, fueron compungidos en sus corazones con el dolor del arrepentimiento, para que se cumpliera entre los bautizados lo que se dice al principio de aquel Salmo, «Bienaventurados aquellos cuyas transgresiones son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos;» por tanto, después de haberse dicho, «Tu mano pesa sobre mí,» el Señor, como pasando, de modo que ahora quitó su mano, y se vieron sus espaldas, sigue la voz del que se entristece y confiesa y recibe remisión de pecados por la fe en la resurrección del Señor: «Mi humedad,» dice, «se convierte en la sequía del verano. Te he reconocido mi pecado, y mi iniquidad no he ocultado. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor, y tú perdonaste la iniquidad de mi pecado.» Porque no debemos estar tan envueltos en la oscuridad de la carne, como para pensar que el rostro de Dios es invisible, pero su espalda visible, ya que ambos aparecieron visiblemente en la forma de siervo; pero lejos esté de nosotros pensar algo semejante en la forma de Dios; lejos esté de nosotros pensar que el Verbo de Dios y la Sabiduría de Dios tiene un rostro por un lado, y por otro una espalda, como tiene un cuerpo humano, o que cambia en algo ya sea en lugar o en tiempo por alguna apariencia o movimiento.
32. Por lo cual, si en aquellas palabras que se dijeron en el Éxodo, y en todas aquellas apariciones corpóreas, se manifestó el Señor Jesucristo; o si en algunos casos se manifestó Cristo, como nos persuade la consideración de este pasaje, en otros el Espíritu Santo, como nos advierte lo que hemos dicho arriba; en cualquier caso no se sigue tal resultado, como que Dios Padre nunca apareció en ninguna forma semejante a los Padres. Porque muchas apariciones semejantes ocurrieron en aquellos tiempos, sin que ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo fueran expresamente nombrados y designados en ellas; pero sin embargo con algunas indicaciones dadas a través de ciertas interpretaciones muy probables, de modo que sería demasiado temerario decir que Dios Padre nunca apareció por formas visibles a los padres o a los profetas. Porque dieron origen a esta opinión quienes no pudieron entender, en relación con la unidad de la Trinidad, textos como: «Ahora bien, al Rey eterno, inmortal, invisible, el único Dios sabio;» y, «A quien ningún hombre ha visto, ni puede ver.» Los cuales textos son entendidos por una fe sana respecto de aquella sustancia misma, la más alta, y en sumo grado divina e inmutable, por la cual tanto el Padre como el Hijo y el Espíritu Santo son el único y solo Dios. Pero aquellas visiones se realizaron por medio de la criatura mudable, sometida al Dios inmutable, y no manifestaron a Dios propiamente como Él es, sino mediante indicaciones tales como convenían a las causas y tiempos de las diversas circunstancias.
II, 18, 33–35
33. No sé de qué manera entienden estos hombres que el Anciano de Días apareció a Daniel, de quien el Hijo del hombre, que se dignó ser por nosotros, se entiende haber recibido el reino; a saber, de Aquel que le dice en los Salmos: «Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy; pídeme, y te daré las naciones por herencia tuya;» y que ha «puesto todas las cosas bajo sus pies.» Sin embargo, si tanto el Padre que da el reino, como el Hijo que lo recibe, aparecieron a Daniel en forma corporal, ¿cómo pueden decir esos hombres que el Padre nunca apareció a los profetas, y, por tanto, que solo debe entenderse como invisible Aquel a quien ningún hombre ha visto, ni puede ver? Porque Daniel nos ha dicho así: «Estuve mirando,» dice, «hasta que fueron puestos los tronos, y se sentó un Anciano de Días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana pura: su trono era como llama de fuego, y sus ruedas como fuego ardiente; un río de fuego salía y procedía de delante de él: millares de millares le servían, y diez mil veces diez mil estaban delante de él: el tribunal se sentó, y los libros fueron abiertos,» etc. Y un poco después, «Vi,» dice, «en las visiones de la noche, y he aquí, uno como el Hijo del hombre venía con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano de Días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, y gloria, y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran: su dominio es dominio eterno, que no pasará, y su reino aquel que no será destruido.» He aquí al Padre dando, y al Hijo recibiendo, un reino eterno; y ambos están a la vista del que profetiza, en forma visible. No se cree, por tanto, inadecuadamente que Dios Padre también solía aparecer de esa manera a los mortales.
34. A menos que, tal vez, alguien diga que el Padre no es visible porque apareció en la vista de uno que estaba soñando; pero que el Hijo y el Espíritu Santo son visibles, porque Moisés vio todas esas cosas estando despierto; como si, en verdad, Moisés viera al Verbo y a la Sabiduría de Dios con ojos carnales, o que incluso el espíritu humano que vivifica esa carne pueda verse, o incluso aquella cosa corpórea que se llama viento—¿cuánto menos puede verse aquel Espíritu de Dios, que trasciende las mentes de todos los hombres, y de los ángeles, por la inefable excelencia de la sustancia divina? ¿O puede alguien caer de cabeza en tal error como para atreverse a decir que el Hijo y el Espíritu Santo son visibles también para los hombres que están despiertos, pero que el Padre no es visible sino para los que sueñan? ¿Cómo, pues, entienden aquello del Padre solo, «A quien ningún hombre ha visto, ni puede ver.»? Cuando los hombres duermen, ¿acaso no son hombres? ¿O no puede Aquel que puede formar la semejanza de un cuerpo para significarse a sí mismo a través de las visiones de los que sueñan, también formar esa misma criatura corporal para significarse a los ojos de los que están despiertos? Mientras que su propia sustancia, por la cual Él mismo es lo que es, no puede mostrarse por ninguna semejanza corporal a uno que duerme, ni por ninguna apariencia corporal a uno que está despierto; pero esto no solo del Padre, sino también del Hijo y del Espíritu Santo. Y ciertamente, en cuanto a los que se mueven por las visiones de hombres despiertos a creer que no el Padre, sino solo el Hijo, o el Espíritu Santo, apareció a la vista corporal de los hombres—omitiendo la gran extensión de las páginas sagradas, y su múltiple interpretación, de modo que nadie de sano juicio deba afirmar que la persona del Padre no fue mostrada en ninguna parte a los ojos de hombres despiertos por alguna apariencia corporal—pero, como dije, omitiendo esto, ¿qué dicen de nuestro padre Abraham, que ciertamente estaba despierto y sirviendo, cuando, después de que la Escritura había comenzado, «Apareció el Señor a Abraham,» no uno, o dos, sino tres hombres aparecieron a él; ninguno de los cuales se dice que se haya destacado sobre los demás, ninguno más que los otros que brillara con mayor gloria, o que hubiera actuado con más autoridad?
35. Por lo cual, puesto que en aquella nuestra triple división determinamos preguntar, primero, si el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo; o si a veces el Padre, a veces el Hijo, a veces el Espíritu Santo; o si, sin distinción de personas, como se dice, el único Dios, es decir, la Trinidad misma, apareció a los padres por medio de aquellas formas de la criatura: ahora que hemos examinado, en la medida en que pareció suficiente, los lugares de las Sagradas Escrituras que pudimos, una consideración modesta y cautelosa de los misterios divinos lleva, en cuanto puedo juzgar, a ninguna otra conclusión, sino que no debemos afirmar temerariamente qué persona de la Trinidad apareció a este o aquel de los padres o los profetas en algún cuerpo o semejanza de cuerpo, a menos que el contexto añada a la narración algunas indicaciones probables sobre el asunto. Porque la naturaleza misma, o sustancia, o esencia, o por cualquier otro nombre que se llame a aquello mismo que es Dios, sea lo que sea, no puede verse corporalmente: pero debemos creer que por medio de la criatura sometida a Él, no solo el Hijo, o el Espíritu Santo, sino también el Padre, pudo haber dado indicaciones de sí mismo a los sentidos mortales mediante una forma o semejanza corporal. Y puesto que el caso es así, para que este segundo libro no se extienda a una longitud inmoderada, consideremos lo que queda en los que siguen.