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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)31 minPosición: 0% de esta parteParte 4 de 21 · Capítulo 11. De la misma apariciónPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
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    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
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    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
    108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Capítulo 11. De la misma aparición

    II, 11, 20–21

    20. Aquel pasaje de la Escritura no exige una consideración ligera ni pasajera. Pues si un solo hombre hubiera aparecido, ¿qué otra cosa clamarían al punto aquellos que dicen que el Hijo fue también visible en su propia sustancia antes de nacer de la Virgen, sino que era Él mismo? Puesto que del Padre, dicen, está escrito: «Al solo Dios invisible.» Y, sin embargo, yo podría seguir preguntando: ¿de qué manera «fue hallado en condición de hombre,» antes de haber tomado nuestra carne, viendo que le lavaron los pies y que se alimentó de comida terrenal? ¿Cómo podía ser eso, cuando aún estaba «en forma de Dios, y no tuvo por usurpación ser igual a Dios?» Porque, dime, ¿acaso ya se había «anonadado, tomando la forma de siervo, hecho semejante a los hombres y hallado en condición de hombre?» cuando sabemos cuándo fue que hizo esto por su nacimiento de la Virgen. ¿Cómo, pues, antes de haber hecho esto, apareció como un solo hombre a Abraham? ¿O acaso aquella forma no era real? Podría plantear estas preguntas, si un solo hombre hubiera aparecido a Abraham, y si se creyera que ese solo era el Hijo de Dios. Pero puesto que aparecieron tres hombres, y de ninguno de ellos se dice que fuera mayor que los demás ni en forma, ni en edad, ni en poder, ¿por qué no entender aquí, como insinuado visiblemente por la criatura visible, la igualdad de la Trinidad, y una y la misma sustancia en tres personas?
    21. Pues, para que nadie piense que de este modo se insinúa que uno entre los tres era el mayor, y que este uno ha de entenderse que era el Señor, el Hijo de Dios, mientras que los otros dos eran sus ángeles; porque, aunque aparecieron tres, Abraham habla allí a uno como al Señor: la Sagrada Escritura no ha olvidado anticiparse, por una contradicción, a tales pensamientos y opiniones futuras, cuando poco después dice que dos ángeles vinieron a Lot, entre los cuales aquel varón justo, que mereció ser librado del incendio de Sodoma, habla a uno como al Señor. Pues así prosigue la Escritura diciendo: «Y se fue el Señor, luego que acabó de hablar con Abraham; y Abraham se volvió a su lugar.»

    Capítulo 12. Se examina la aparición a Lot

    II, 12, 21–22

    «Pero llegaron dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde.» Aquí, lo que he comenzado a exponer debe considerarse con más atención. Ciertamente Abraham hablaba con tres, y llamó a aquel uno, en número singular, el Señor. Quizá, dirá alguno, reconoció que uno de los tres era el Señor, y los otros dos, sus ángeles. ¿Qué significa, entonces, lo que la Escritura prosigue diciendo: «Y se fue el Señor, luego que acabó de hablar con Abraham; y Abraham se volvió a su lugar; y llegaron dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde?» ¿Hemos de suponer que aquel que, entre los tres, fue reconocido como el Señor, se había marchado, y había enviado a los dos ángeles que estaban con Él a destruir Sodoma? Veamos, pues, lo que sigue. «Llegaron,» se dice, «dos ángeles a Sodoma a la caída de la tarde; y Lot estaba sentado a la puerta de Sodoma; y Lot, al verlos, se levantó a recibirlos, y se inclinó con el rostro a tierra; y dijo: He aquí ahora, señores míos, os ruego que entréis en casa de vuestro siervo.» Aquí es claro, a la vez, que había dos ángeles, y que en número plural fueron invitados a participar de la hospitalidad, y que fueron honorablemente llamados señores, cuando acaso se pensaba que eran hombres.
    22. Pero, de nuevo, se objeta que, si no se supiera que eran ángeles de Dios, Lot no se habría inclinado con el rostro a tierra. ¿Por qué, pues, se les ofrece hospitalidad y alimento, como si necesitaran tal socorro humano? Pero sea lo que fuere lo que aquí quede oculto, prosigamos ahora lo que nos hemos propuesto. Aparecen dos; ambos son llamados ángeles; se les invita en plural; habla como con dos, en plural, hasta la salida de Sodoma. Y entonces la Escritura prosigue diciendo: «Y aconteció que, cuando los hubieron sacado fuera, dijeron: Escapa por tu vida; no mires tras de ti, ni te detengas en toda la llanura; escapa al monte, y allí serás salvo, no sea que perezcas. Y Lot les dijo: ¡Oh, no, señor mío! He aquí ahora, tu siervo ha hallado gracia en tus ojos,» etc. ¿Qué significa que les diga: «¡Oh, no, señor mío!,» si Aquel que era el Señor ya se había marchado, y había enviado a los ángeles? ¿Por qué se dice: «¡Oh, no, señor mío!,» y no: «¡Oh, no, señores míos!?» O si quería hablar a uno de ellos, ¿por qué dice la Escritura: «Pero Lot les dijo: ¡Oh, no, señor mío! He aquí ahora, tu siervo ha hallado gracia en tus ojos,» etc.? ¿Hemos de entender también aquí dos personas en número plural, pero cuando los dos son interpelados como uno, entonces al único Señor Dios de una sola sustancia? Pero ¿qué dos personas entendemos aquí aquí — la del Padre y la del Hijo, o la del Padre y la del Espíritu Santo, o la del Hijo y la del Espíritu Santo? Esta última, quizá, es la más adecuada; pues dijeron de sí mismos que habían sido enviados, que es lo que decimos del Hijo y del Espíritu Santo. Pues en ninguna parte de las Escrituras hallamos que el Padre haya sido enviado.

    Capítulo 13. La aparición en la zarza

    II, 13, 23

    23. Pero cuando Moisés fue enviado a sacar de Egipto a los hijos de Israel, está escrito que el Señor se le apareció así: «Apacentaba Moisés el rebaño de Jetro, su suegro, sacerdote de Madián; y llevó el rebaño a la parte trasera del desierto, y llegó al monte de Dios, a Horeb. Y se le apareció el Ángel del Señor en una llama de fuego, de en medio de una zarza; y miró, y he aquí que la zarza ardía en fuego, y la zarza no se consumía. Y dijo Moisés: Ahora me apartaré y veré esta gran visión, por qué la zarza no se quema. Y cuando el Señor vio que se apartaba para ver, Dios lo llamó de en medio de la zarza, y dijo: Yo soy el Dios de tu padre, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.» Aquí también es llamado primero Ángel del Señor, y luego Dios. ¿Era, pues, un ángel el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Por tanto, rectamente puede entenderse que es el Salvador mismo, de quien el apóstol dice: «De quienes son los padres, y de los cuales, según la carne, vino Cristo, el cual es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos.» Él, pues, «que es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos,» no sin razón se entiende aquí también que es Él mismo el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Pero ¿por qué antes es llamado Ángel del Señor, cuando apareció en una llama de fuego de en medio de la zarza? ¿Fue porque era uno de los muchos ángeles, que por una economía [o disposición] representaba la persona de su Señor? ¿O fue asumido por Él algo de la criatura para realizar una aparición visible para el asunto entre manos, y para que de allí pudieran proferirse palabras audibles, con las que se mostrara la presencia del Señor, del modo que convenía, a los sentidos corpóreos del hombre, por medio de la criatura sujeta a Él? Pues si era uno de los ángeles, ¿quién podría afirmar fácilmente si fue la persona del Hijo la que se le impuso anunciar, o la del Espíritu Santo, o la de Dios Padre, o en absoluto la de la Trinidad misma, que es el único y solo Dios, para que dijera: «Yo soy el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob?» Pues no podemos decir que el Hijo de Dios es el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob, y que el Padre no lo es; ni nadie osará negar que o el Espíritu Santo, o la Trinidad misma, a quien creemos y entendemos que es el único Dios, es el Dios de Abraham, y el Dios de Isaac, y el Dios de Jacob. Pues quien no es Dios, no es el Dios de aquellos padres. Además, si no solo el Padre es Dios, como todos, aun los herejes, admiten; sino también el Hijo, lo cual, quieran o no, se ven obligados a reconocer, puesto que el apóstol dice: «Quien es sobre todas las cosas, Dios bendito por los siglos;» y el Espíritu Santo, puesto que el mismo apóstol dice: «Por tanto, glorificad a Dios en vuestro cuerpo;» habiendo dicho antes: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» y estos tres son un solo Dios, como cree la sana doctrina católica: no queda suficientemente claro qué persona de la Trinidad representaba aquel ángel, si era uno de los demás ángeles, y si representaba alguna persona, y no más bien a la Trinidad misma. Pero si la criatura fue asumida para el propósito del asunto entre manos, con la cual aparecer a los ojos humanos, y sonar en los oídos humanos, y ser llamado Ángel del Señor, y Señor, y Dios; entonces no puede entenderse aquí que Dios sea el Padre, sino o el Hijo o el Espíritu Santo. Aunque no puedo recordar que en alguna otra parte el Espíritu Santo sea llamado ángel, lo cual sin embargo puede entenderse por su obra; pues de Él se dice: «Y Él os mostrará las cosas venideras;» y «ángel» en griego equivale ciertamente a «mensajero» en latín: pero leemos con toda evidencia del Señor Jesucristo en el profeta, que es llamado «el Ángel del Gran Consejo,» mientras que tanto el Espíritu Santo como el Hijo de Dios es Dios y Señor de los ángeles.

    Capítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego

    II, 14, 24

    24. También en la salida de los hijos de Israel de Egipto está escrito: «Y el Señor iba delante de ellos, de día en una columna de nube para guiarlos por el camino, y de noche en una columna de fuego. No apartó del pueblo la columna de nube de día, ni la columna de fuego de noche.» ¿Quién aquí, también, dudaría de que Dios apareció a los ojos de los hombres mortales por medio de la criatura corpórea sujeta a Él, y no por su propia sustancia? Pero no es igualmente evidente si fue el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, o la Trinidad misma, el único Dios. Ni se distingue allí tampoco, a mi juicio, donde está escrito: «La gloria del Señor apareció en la nube, y el Señor habló a Moisés, diciendo: He oído las murmuraciones de los hijos de Israel,» etc.

    Capítulo 15

    De la aparición en el Sinaí. Si en aquella aparición habló la Trinidad o alguna persona en especial

    II, 15, 25–26

    25. Pero ahora, acerca de las nubes, y las voces, y los relámpagos, y la trompeta, y el humo en el monte Sinaí, cuando se dijo: «Y todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego, y su humo subía como el humo de un horno; y todo el pueblo que estaba en el campamento temblaba; y cuando la voz de la trompeta sonaba largamente y se hacía cada vez más fuerte, Moisés hablaba, y Dios le respondía con una voz.» Y poco después, cuando la Ley había sido dada en los diez mandamientos, sigue en el texto: «Y todo el pueblo veía los truenos, y los relámpagos, y el sonido de la trompeta, y el monte que humeaba.» Y poco después: «Y [cuando el pueblo lo vio,] se retiraron y se mantuvieron a lo lejos, y Moisés se acercó a la densa oscuridad donde estaba Dios, y el Señor dijo a Moisés,» etc. ¿Qué diré sobre esto, sino que nadie puede estar tan loco como para creer que el humo, y el fuego, y la nube, y la oscuridad, y todo lo que hubo de ese género, eran la sustancia de la palabra y de la sabiduría de Dios que es Cristo, o del Espíritu Santo? Pues ni siquiera los arrianos se atrevieron jamás a decir que eran la sustancia de Dios Padre. Todas estas cosas, pues, fueron obradas por medio de la criatura que servía al Creador, y fueron presentadas en una economía adecuada ( dispensatio ) a los sentidos humanos; a no ser, acaso, porque se dice: «Y Moisés se acercó a la nube donde estaba Dios,» hayan de suponer los pensamientos carnales que la nube fue vista ciertamente por el pueblo, pero que dentro de la nube Moisés vio con los ojos de la carne al Hijo de Dios, a quien los herejes delirantes quieren que sea visto en su propia sustancia. En verdad, Moisés pudo haberlo visto con los ojos de la carne, si no solo la sabiduría de Dios que es Cristo, sino incluso la de cualquier hombre que quieras y por sabio que sea, puede verse con los ojos de la carne; o si, porque está escrito de los ancianos de Israel, que «vieron el lugar donde había estado el Dios de Israel,» y que «había debajo de sus pies como una obra pavimentada de piedra de zafiro, y como el cuerpo del cielo en su claridad,» por tanto hemos de creer que la palabra y la sabiduría de Dios en su propia sustancia estuvo dentro del espacio de un lugar terreno, quien en verdad «alcanza firmemente de un extremo a otro, y ordena todas las cosas con suavidad;» y que el Verbo de Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, es de tal modo mudable, que ahora se contrae, ahora se expande; (¡que el Señor limpie de tales pensamientos los corazones de sus fieles!). Pero en verdad todas estas cosas visibles y sensibles son, como hemos dicho a menudo, exhibidas por medio de la criatura sujeta, para significar al Dios invisible e inteligible, no solo al Padre, sino también al Hijo y al Espíritu Santo, «de quien son todas las cosas, y por quien son todas las cosas, y en quien son todas las cosas;» aunque «las cosas invisibles de Dios, desde la creación del mundo, se ven claramente, siendo entendidas por las cosas que son hechas, aun su eterno poder y divinidad.»
    26. Pero en lo que concierne a nuestra presente empresa, tampoco en el monte Sinaí veo cómo aparece, por todas aquellas cosas que fueron desplegadas pavorosamente ante los sentidos de los hombres mortales, si habló Dios Trinidad, o el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo por separado. Pero si es lícito, sin afirmación temeraria, aventurar una conjetura modesta y vacilante a partir de este pasaje, si es posible entenderlo de una persona de la Trinidad, ¿por qué no entendemos más bien que se habla del Espíritu Santo, puesto que la Ley misma, que allí fue dada, se dice que fue escrita en tablas de piedra con el dedo de Dios, nombre con el que sabemos que en el Evangelio se significa al Espíritu Santo? Y se cuentan cincuenta días desde la inmolación del cordero y la celebración de la Pascua hasta el día en que estas cosas comenzaron a hacerse en el monte Sinaí; así como después de la pasión de nuestro Señor se cuentan cincuenta días desde su resurrección, y entonces vino el Espíritu Santo que el Hijo de Dios había prometido. Y en aquella misma venida suya, que leemos en los Hechos de los Apóstoles, aparecieron lenguas repartidas como de fuego, y se asentó sobre cada uno de ellos: lo cual concuerda con el Éxodo, donde está escrito: «Y todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego;» y poco después, «Y la vista de la gloria del Señor,» dice, «era como fuego devorador en la cumbre del monte a los ojos de los hijos de Israel.» O si estas cosas fueron hechas porque ni el Padre ni el Hijo podían presentarse allí de aquel modo sin el Espíritu Santo, por quien la Ley misma debía necesariamente ser escrita; entonces sabemos sin duda que Dios apareció allí, no por su propia sustancia, que permanece invisible e inmutable, sino por la aparición de la criatura arriba mencionada; pero que apareciera alguna persona especial de la Trinidad, distinguida por una marca propia, hasta donde alcanza mi capacidad de entender, no lo vemos.

    Capítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios

    II, 16, 26–28

    26. Hay aún otra dificultad que preocupa a la mayoría, a saber, que está escrito: «Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo;» mientras que poco después el mismo Moisés dice: «Ahora, pues, te ruego, si he hallado gracia en tus ojos, muéstrame ahora tu rostro, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos, y considere que esta nación es tu pueblo;» y poco después Moisés otra vez dijo al Señor: «Muéstrame tu gloria.» ¿Qué significa entonces, que en todas las cosas que se hicieron, como se dijo arriba, se pensó que Dios había aparecido en su propia sustancia; por lo cual el Hijo de Dios ha sido creído por estos miserables como visible no por medio de la criatura, sino por sí mismo; y que Moisés, al entrar en la nube, pareció haber tenido este objeto al entrar: que una oscuridad nebulosa se mostrara a los ojos del pueblo, pero que Moisés dentro oyera las palabras de Dios, como quien ve su rostro; y, como se dice: «Y el Señor hablaba con Moisés cara a cara, como habla un hombre con su amigo;» y sin embargo, he aquí, el mismo Moisés dice: «Si he hallado gracia en tus ojos, muéstrame tu rostro?» Ciertamente sabía que veía corporalmente, y buscaba la verdadera visión de Dios espiritualmente. Y aquel modo de hablar que se realizaba en palabras, se modificaba como si fuera de un amigo hablando con un amigo. Pero ¿quién ve a Dios Padre con los ojos del cuerpo? Y aquel Verbo, que estaba en el principio, el Verbo que estaba con Dios, el Verbo que era Dios, por quien todas las cosas fueron hechas, ¿quién lo ve con los ojos del cuerpo? Y el espíritu de sabiduría, de nuevo, ¿quién lo ve con los ojos del cuerpo? Sin embargo, ¿qué es: «Muéstrame ahora tu rostro, para que te vea,» sino: Muéstrame tu sustancia? Pero si Moisés no hubiera dicho esto, ciertamente tendríamos que soportar como pudiéramos a aquellos insensatos que piensan que la sustancia de Dios se hizo visible a sus ojos por medio de aquellas cosas que, como se mencionó arriba, se dijeron o hicieron. Pero cuando aquí se demuestra con toda evidencia que esto no le fue concedido a él, aunque lo deseaba; ¿quién se atreverá a decir que, mediante las formas semejantes que se le habían aparecido visiblemente, no la criatura que sirve a Dios, sino aquello que es Dios, apareció a los ojos de un hombre mortal?
    28. Añade también lo que el Señor dijo después a Moisés: «No puedes ver mi rostro: porque ningún hombre verá mi rostro, y vivirá. Y dijo el Señor: He aquí, hay un lugar junto a mí, y te pondrás sobre una roca: y acontecerá que, mientras pasa mi gloria, te pondré en una hendidura de la roca, y te cubriré con mi mano mientras paso: y apartaré mi mano, y verás mis espaldas; mas mi rostro no será visto.»

    Capítulo 17

    Cómo se vieron las espaldas de Dios. La fe en la resurrección de Cristo. Solo la Iglesia católica es el lugar desde donde se ven las espaldas de Dios. Las espaldas de Dios fueron vistas por los israelitas. Es una opinión temeraria pensar que únicamente Dios Padre nunca fue visto por los Padres

    II, 17, 28–30

    No inadecuadamente se entiende comúnmente que está prefigurado en la persona de nuestro Señor Jesucristo, que sus «espaldas» han de tomarse como su carne, en la cual nació de la Virgen, murió y resucitó; ya sea que se llamen espaldas por la posterioridad de la mortalidad, o porque fue casi al fin del mundo, es decir, en un período tardío, que se dignó tomarla; pero que su «rostro» era aquella forma de Dios, en la cual «no tuvo por usurpación el ser igual a Dios,» que ciertamente nadie puede ver y vivir; ya sea porque después de esta vida, en la cual estamos ausentes del Señor, y donde el cuerpo corruptible oprime al alma, veremos «cara a cara,» como dice el apóstol— (porque se dice en los Salmos, acerca de esta vida, «Ciertamente todo hombre viviente es enteramente vanidad;» y otra vez, «Porque en tu vista ningún viviente será justificado;» y en esta vida también, según Juan, «Aún no se ha manifestado lo que hemos de ser, pero sabemos,» dice, «que cuando él aparezca, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como es,» lo cual ciertamente quiso que se entendiera como después de esta vida, cuando hayamos pagado la deuda de la muerte y hayamos recibido la promesa de la resurrección);— o si acaso incluso ahora, en cualquier grado en que entendamos espiritualmente la sabiduría de Dios, por la cual todas las cosas fueron hechas, en ese mismo grado morimos a los afectos carnales, de modo que, considerando a este mundo muerto para nosotros, también nosotros mismos morimos a este mundo, y decimos lo que dice el apóstol, «El mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo.» Porque de esta muerte también dice, «Por tanto, si habéis muerto con Cristo, ¿por qué, como si vivierais en el mundo, os sometéis a ordenanzas?» No sin causa, pues, nadie podrá ver el «rostro,» es decir, la manifestación misma de la sabiduría de Dios, y vivir. Porque esta es aquella apariencia, por cuya contemplación suspira todo el que se esfuerza por amar a Dios con todo su corazón, y con toda su alma, y con toda su mente; a cuya contemplación, el que ama a su prójimo como a sí mismo, edifica también a su prójimo en cuanto puede; de estos dos mandamientos dependen toda la ley y los profetas. Y esto se significa también en el propio Moisés. Porque cuando dijo, por el amor de Dios con que estaba especialmente inflamado, «Si he hallado gracia en tus ojos, muéstrame ahora tu rostro, para que halle gracia en tus ojos;» inmediatamente añadió, por el amor también de su prójimo, «Y para que yo sepa que esta nación es tu pueblo.» Es, por tanto, aquella «apariencia» que arrebata a toda alma racional con su deseo, y tanto más ardientemente cuanto más pura es esa alma; y es más pura cuanto más se eleva a las cosas espirituales; y se eleva más a las espirituales cuanto más muere a las carnales. Pero mientras estamos ausentes del Señor, y caminamos por fe, no por vista, debemos ver las «espaldas» de Cristo, es decir, su carne, por esa misma fe, es decir, estando sobre el fundamento sólido de la fe, que significa la roca, y contemplándolo desde un lugar elevado tan seguro, es decir, en la Iglesia católica, de la cual se dice: «Y sobre esta roca edificaré mi Iglesia.» Porque tanto más ciertamente amamos aquel rostro de Cristo, que deseamos ardientemente ver, cuanto reconocemos en sus espaldas cuánto nos amó primero Cristo.
    29. Pero en la carne misma, la fe en su resurrección nos salva y justifica. Porque, «Si creyeres» dice, «en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo;» y otra vez, «El cual fue entregado,» dice, «por nuestras ofensas, y resucitado para nuestra justificación.» De modo que la recompensa de nuestra fe es la resurrección del cuerpo de nuestro Señor. Porque hasta sus enemigos creen que aquella carne murió en la cruz de su pasión, pero no creen que haya resucitado. Lo cual nosotros, creyéndolo firmísimamente, lo contemplamos como desde la solidez de una roca; por lo cual esperamos con cierta esperanza la adopción, es decir, la redención de nuestro cuerpo; porque esperamos aquello en los miembros de Cristo, es decir, en nosotros mismos, que por una fe sana reconocemos que es perfecto en Él como en nuestra Cabeza. De ahí que no quisiera que se vieran sus espaldas, sino cuando pasaba, para que se creyera su resurrección. Porque lo que en hebreo es Pascua, se traduce como Paso. De donde también dice Juan el Evangelista: «Antes de la fiesta de la Pascua, sabiendo Jesús que su hora había llegado, de que debía pasar de este mundo al Padre.»
    30. Pero los que creen esto, pero no lo creen en la Iglesia católica, sino en algún cisma o herejía, no ven las espaldas del Señor desde «el lugar que está junto a Él.» Porque ¿qué significa lo que dice el Señor, «He aquí, hay un lugar junto a mí, y te pondrás sobre una roca?» ¿Qué lugar terrenal está «junto» al Señor, sino aquel que está «junto a Él» y le toca espiritualmente? Porque ¿qué lugar no está «junto» al Señor, quien «alcanza de un extremo a otro con fuerza, y dispone todas las cosas con suavidad,» y de quien se dice: «El cielo es su trono, y la tierra el estrado de sus pies;» y que dijo: «¿Dónde está la casa que me edificaréis, y dónde el lugar de mi reposo? ¿No ha hecho mi mano todas esas cosas?» Pero manifiestamente la misma Iglesia católica se entiende que es «el lugar junto a Él,» en el cual uno se pone sobre una roca, donde ve saludablemente el «Pascha Domini,» es decir, el «Paso» del Señor, y sus espaldas, es decir, su cuerpo, el que cree en su resurrección. «Y te pondrás,» dice, «sobre una roca mientras mi gloria pasa.» Porque en realidad, inmediatamente después de que la majestad del Señor pasó en la glorificación del Señor, en la cual resucitó y ascendió al Padre, nos mantuvimos firmes sobre la roca. Y Pedro mismo entonces se mantuvo firme, de modo que predicó con confianza a Aquel a quien, antes de mantenerse firme, había negado tres veces por miedo; aunque, ciertamente, ya antes colocado en predestinación sobre la atalaya de la roca, pero con la mano del Señor aún extendida sobre él para que no viera. Porque él había de ver sus espaldas, y el Señor aún no había «pasado,» es decir, de la muerte a la vida; aún no había sido glorificado por la resurrección.
    31. Porque en cuanto a lo que sigue en Éxodo, «Te cubriré con mi mano mientras paso, y apartaré mi mano y verás mis espaldas;» muchos israelitas, de los cuales Moisés era entonces una figura, creyeron en el Señor después de su resurrección, como si su mano les hubiera sido quitada de los ojos, y ahora veían sus espaldas. Y de ahí también el evangelista menciona aquella profecía de Isaías, «Engruesa el corazón de este pueblo, y haz pesados sus oídos, y ciega sus ojos.» Finalmente, en el Salmo, no sin razón se entiende que se dice en su persona, «Porque de día y de noche tu mano pesaba sobre mí.» «De día,» tal vez, cuando realizaba milagros manifiestos, pero no era reconocido por ellos; pero «de noche,» cuando murió en el sufrimiento, cuando pensaron aún más ciertamente que, como cualquier hombre, había sido cortado y llegado a su fin. Pero desde que, cuando ya había pasado, de modo que se vieron sus espaldas, tras la predicación a ellos por el apóstol Pedro de que convenía que Cristo padeciera y resucitara, fueron compungidos en sus corazones con el dolor del arrepentimiento, para que se cumpliera entre los bautizados lo que se dice al principio de aquel Salmo, «Bienaventurados aquellos cuyas transgresiones son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos;» por tanto, después de haberse dicho, «Tu mano pesa sobre mí,» el Señor, como pasando, de modo que ahora quitó su mano, y se vieron sus espaldas, sigue la voz del que se entristece y confiesa y recibe remisión de pecados por la fe en la resurrección del Señor: «Mi humedad,» dice, «se convierte en la sequía del verano. Te he reconocido mi pecado, y mi iniquidad no he ocultado. Dije: Confesaré mis transgresiones al Señor, y tú perdonaste la iniquidad de mi pecado.» Porque no debemos estar tan envueltos en la oscuridad de la carne, como para pensar que el rostro de Dios es invisible, pero su espalda visible, ya que ambos aparecieron visiblemente en la forma de siervo; pero lejos esté de nosotros pensar algo semejante en la forma de Dios; lejos esté de nosotros pensar que el Verbo de Dios y la Sabiduría de Dios tiene un rostro por un lado, y por otro una espalda, como tiene un cuerpo humano, o que cambia en algo ya sea en lugar o en tiempo por alguna apariencia o movimiento.
    32. Por lo cual, si en aquellas palabras que se dijeron en el Éxodo, y en todas aquellas apariciones corpóreas, se manifestó el Señor Jesucristo; o si en algunos casos se manifestó Cristo, como nos persuade la consideración de este pasaje, en otros el Espíritu Santo, como nos advierte lo que hemos dicho arriba; en cualquier caso no se sigue tal resultado, como que Dios Padre nunca apareció en ninguna forma semejante a los Padres. Porque muchas apariciones semejantes ocurrieron en aquellos tiempos, sin que ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo fueran expresamente nombrados y designados en ellas; pero sin embargo con algunas indicaciones dadas a través de ciertas interpretaciones muy probables, de modo que sería demasiado temerario decir que Dios Padre nunca apareció por formas visibles a los padres o a los profetas. Porque dieron origen a esta opinión quienes no pudieron entender, en relación con la unidad de la Trinidad, textos como: «Ahora bien, al Rey eterno, inmortal, invisible, el único Dios sabio;» y, «A quien ningún hombre ha visto, ni puede ver.» Los cuales textos son entendidos por una fe sana respecto de aquella sustancia misma, la más alta, y en sumo grado divina e inmutable, por la cual tanto el Padre como el Hijo y el Espíritu Santo son el único y solo Dios. Pero aquellas visiones se realizaron por medio de la criatura mudable, sometida al Dios inmutable, y no manifestaron a Dios propiamente como Él es, sino mediante indicaciones tales como convenían a las causas y tiempos de las diversas circunstancias.

    Capítulo 18. La visión de Daniel

    II, 18, 33–35

    33. No sé de qué manera entienden estos hombres que el Anciano de Días apareció a Daniel, de quien el Hijo del hombre, que se dignó ser por nosotros, se entiende haber recibido el reino; a saber, de Aquel que le dice en los Salmos: «Tú eres mi Hijo; yo te he engendrado hoy; pídeme, y te daré las naciones por herencia tuya;» y que ha «puesto todas las cosas bajo sus pies.» Sin embargo, si tanto el Padre que da el reino, como el Hijo que lo recibe, aparecieron a Daniel en forma corporal, ¿cómo pueden decir esos hombres que el Padre nunca apareció a los profetas, y, por tanto, que solo debe entenderse como invisible Aquel a quien ningún hombre ha visto, ni puede ver? Porque Daniel nos ha dicho así: «Estuve mirando,» dice, «hasta que fueron puestos los tronos, y se sentó un Anciano de Días, cuyo vestido era blanco como la nieve, y el pelo de su cabeza como lana pura: su trono era como llama de fuego, y sus ruedas como fuego ardiente; un río de fuego salía y procedía de delante de él: millares de millares le servían, y diez mil veces diez mil estaban delante de él: el tribunal se sentó, y los libros fueron abiertos,» etc. Y un poco después, «Vi,» dice, «en las visiones de la noche, y he aquí, uno como el Hijo del hombre venía con las nubes del cielo, y llegó hasta el Anciano de Días, y le hicieron acercarse delante de él. Y le fue dado dominio, y gloria, y reino, para que todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieran: su dominio es dominio eterno, que no pasará, y su reino aquel que no será destruido.» He aquí al Padre dando, y al Hijo recibiendo, un reino eterno; y ambos están a la vista del que profetiza, en forma visible. No se cree, por tanto, inadecuadamente que Dios Padre también solía aparecer de esa manera a los mortales.
    34. A menos que, tal vez, alguien diga que el Padre no es visible porque apareció en la vista de uno que estaba soñando; pero que el Hijo y el Espíritu Santo son visibles, porque Moisés vio todas esas cosas estando despierto; como si, en verdad, Moisés viera al Verbo y a la Sabiduría de Dios con ojos carnales, o que incluso el espíritu humano que vivifica esa carne pueda verse, o incluso aquella cosa corpórea que se llama viento—¿cuánto menos puede verse aquel Espíritu de Dios, que trasciende las mentes de todos los hombres, y de los ángeles, por la inefable excelencia de la sustancia divina? ¿O puede alguien caer de cabeza en tal error como para atreverse a decir que el Hijo y el Espíritu Santo son visibles también para los hombres que están despiertos, pero que el Padre no es visible sino para los que sueñan? ¿Cómo, pues, entienden aquello del Padre solo, «A quien ningún hombre ha visto, ni puede ver.»? Cuando los hombres duermen, ¿acaso no son hombres? ¿O no puede Aquel que puede formar la semejanza de un cuerpo para significarse a sí mismo a través de las visiones de los que sueñan, también formar esa misma criatura corporal para significarse a los ojos de los que están despiertos? Mientras que su propia sustancia, por la cual Él mismo es lo que es, no puede mostrarse por ninguna semejanza corporal a uno que duerme, ni por ninguna apariencia corporal a uno que está despierto; pero esto no solo del Padre, sino también del Hijo y del Espíritu Santo. Y ciertamente, en cuanto a los que se mueven por las visiones de hombres despiertos a creer que no el Padre, sino solo el Hijo, o el Espíritu Santo, apareció a la vista corporal de los hombres—omitiendo la gran extensión de las páginas sagradas, y su múltiple interpretación, de modo que nadie de sano juicio deba afirmar que la persona del Padre no fue mostrada en ninguna parte a los ojos de hombres despiertos por alguna apariencia corporal—pero, como dije, omitiendo esto, ¿qué dicen de nuestro padre Abraham, que ciertamente estaba despierto y sirviendo, cuando, después de que la Escritura había comenzado, «Apareció el Señor a Abraham,» no uno, o dos, sino tres hombres aparecieron a él; ninguno de los cuales se dice que se haya destacado sobre los demás, ninguno más que los otros que brillara con mayor gloria, o que hubiera actuado con más autoridad?
    35. Por lo cual, puesto que en aquella nuestra triple división determinamos preguntar, primero, si el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo; o si a veces el Padre, a veces el Hijo, a veces el Espíritu Santo; o si, sin distinción de personas, como se dice, el único Dios, es decir, la Trinidad misma, apareció a los padres por medio de aquellas formas de la criatura: ahora que hemos examinado, en la medida en que pareció suficiente, los lugares de las Sagradas Escrituras que pudimos, una consideración modesta y cautelosa de los misterios divinos lleva, en cuanto puedo juzgar, a ninguna otra conclusión, sino que no debemos afirmar temerariamente qué persona de la Trinidad apareció a este o aquel de los padres o los profetas en algún cuerpo o semejanza de cuerpo, a menos que el contexto añada a la narración algunas indicaciones probables sobre el asunto. Porque la naturaleza misma, o sustancia, o esencia, o por cualquier otro nombre que se llame a aquello mismo que es Dios, sea lo que sea, no puede verse corporalmente: pero debemos creer que por medio de la criatura sometida a Él, no solo el Hijo, o el Espíritu Santo, sino también el Padre, pudo haber dado indicaciones de sí mismo a los sentidos mortales mediante una forma o semejanza corporal. Y puesto que el caso es así, para que este segundo libro no se extienda a una longitud inmoderada, consideremos lo que queda en los que siguen.
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