Cristo, la víctima perfectísima para purgar nuestras culpas. En todo sacrificio han de considerarse cuatro cosas
IV, 14, 19
19. No entienden que ni siquiera los más soberbios de los espíritus podrían gozarse en el honor de los sacrificios, a no ser que se debiera un sacrificio verdadero al único Dios verdadero, en cuyo lugar desean ser adorados: y que este no puede ser ofrecido rectamente sino por un sacerdote santo y justo; ni a menos que lo que se ofrece sea recibido de aquellos por quienes se ofrece; ni a menos que esté también sin mancha, de modo que pueda ofrecerse para purificar a los culpables. Esto, al menos, desean todos los que quieren que se ofrezca sacrificio por ellos a Dios. ¿Quién, pues, es sacerdote tan justo y santo como el único Hijo de Dios, que no tuvo necesidad de purgar sus propios pecados con sacrificio, ni los pecados originales, ni los que se añaden por la vida humana? ¿Y qué podía ser elegido tan convenientemente por los hombres para ser ofrecido por ellos como la carne humana? ¿Y qué tan conveniente para esta inmolación como la carne mortal? ¿Y qué tan limpio para purificar las culpas de los hombres mortales como la carne nacida en y del vientre de una virgen, sin infección alguna de concupiscencia carnal? ¿Y qué podría ser ofrecido y aceptado tan agradablemente como la carne de nuestro sacrificio, hecha cuerpo de nuestro sacerdote? De tal manera que, considerándose cuatro cosas en todo sacrificio —a quién se ofrece, por quién se ofrece, qué se ofrece, para quién se ofrece—, el mismo Único y verdadero Mediador, reconciliándonos con Dios por el sacrificio de la paz, permaneciera uno con Aquel a quien ofrecía, hiciera uno en sí mismo a aquellos por quienes ofrecía, y Él mismo fuera en uno el oferente y la ofrenda.
Capítulo 15. Son soberbios los que piensan que, por su propia justicia, pueden ser purificados para ver a Dios
IV, 15, 20
20. Hay, sin embargo, algunos que se creen capaces de ser purificados por su propia justicia, de modo que contemplan a Dios y moran en Dios; a quienes mancilla su propia soberbia más que a ningún otro. Pues no hay pecado al que la ley divina se oponga más, y sobre el cual aquel espíritu soberbísimo, que es mediador para las cosas inferiores, pero barrera contra las superiores, reciba mayor derecho de dominio; a menos que, o se eviten sus ocultos lazos yendo por otro camino, o, si se enfurece abiertamente por medio de un pueblo pecador (que es lo que, interpretado, significa Amalec), y, combatiendo, prohíbe el paso a la tierra de promisión, sea vencido por la cruz del Señor, prefigurada por la extensión de las manos de Moisés. Porque estas personas se prometen la purificación por su propia justicia por esta razón: porque algunos de ellos han podido penetrar con el ojo de la mente más allá de toda criatura, y tocar, aunque sea en una parte mínima, la luz de la verdad inmutable; cosa de la que se burlan de muchos cristianos por no poder hacerla todavía, los cuales, entretanto, viven solo por la fe. Mas, ¿de qué le sirve al soberbio, que por eso se avergüenza de embarcarse en la nave de madera, contemplar de lejos su patria allende el mar? ¿O cómo puede dañar al humilde no contemplarla desde tan gran distancia, cuando en realidad se acerca a ella por aquella madera sobre la cual el otro desdeña ser llevado?
Capítulo 16. No se ha de consultar a los antiguos filósofos acerca de la resurrección ni de las cosas futuras
IV, 16, 21
21. Estos también nos critican porque creemos en la resurrección de la carne, y prefieren que les creamos a ellos en estas cosas. Como si, por haber podido entender la sustancia excelsa e inmutable por medio de las cosas que han sido hechas, tuvieran por ello derecho a ser consultados acerca de las revoluciones de las cosas mudables o del orden concatenado de los siglos. Pues, por favor: porque disputan con gran verdad y nos persuaden con pruebas certísimas de que todas las cosas temporales han sido hechas según una ciencia eterna, ¿son por ello capaces de ver con claridad, en esa misma ciencia, o de deducir de ella, cuántas especies de animales hay, cuáles son en su origen las semillas de cada uno, qué medida en su crecimiento, qué números recorren sus concepciones, nacimientos, edades y ocasos; qué movimientos en el apetito de las cosas según su naturaleza y en la huida de las contrarias? ¿Acaso no han investigado todas estas cosas, no por aquella sabiduría inmutable, sino por la historia real de lugares y tiempos, o han confiado en la experiencia escrita de otros? Por lo cual, es menos de admirar que hayan fracasado por completo en indagar la sucesión de las edades más prolongadas y en hallar algún término de ese curso por el que, como por un río, navega el género humano, y el tránsito desde allí de cada uno a su propio fin conveniente. Pues estos son asuntos que los historiadores no pudieron describir, por cuanto están muy en el futuro y no han sido experimentados ni relatados por nadie. Ni aquellos filósofos que más han aprovechado que otros en aquella ciencia excelsa y eterna han podido captar con el entendimiento tales asuntos; de otro modo, no andarían indagando como pueden las cosas pasadas de este género —como son las que pertenecen al campo de los historiadores—, sino que más bien preverían también las cosas futuras; y a los que pueden hacer esto, ellos los llaman adivinos, pero nosotros profetas:
De cuántas maneras se conocen de antemano las cosas futuras. Ni a los filósofos ni a los que descollaron entre los antiguos se les ha de consultar acerca de la resurrección de los muertos
IV, 17, 22–23
22.— aunque tampoco el nombre de profetas es del todo ajeno a sus escritos. Pero hay una diferencia grandísima: si las cosas futuras se conjeturan por la experiencia de las pasadas (como también los médicos han consignado por escrito muchas cosas a modo de previsión, que ellos mismos han notado por experiencia; o como, a su vez, los labradores o los marineros predicen muchas cosas; pues si tales predicciones se hacen mucho tiempo antes, se las tiene por adivinaciones), o si tales cosas han comenzado ya su camino para venir a nosotros, y, vistas venir de lejos, se anuncian según la agudeza del sentido de quienes las ven, con lo cual se cree que las potestades aéreas adivinan (así como si alguien desde la cima de un monte viera venir de lejos a alguno y lo anunciara de antemano a los que habitaban cerca en el llano); o si son preanunciadas a ciertos hombres, u oídas por ellos y luego transmitidas a otros, por medio de los santos ángeles, a quienes Dios se las muestra por su Verbo y su Sabiduría, en las cuales consisten tanto las cosas futuras como las pasadas; o si las mentes de ciertos hombres mismos son elevadas tanto por el Espíritu Santo, que contemplan, no por medio de los ángeles, sino por sí mismas, las causas inmóviles de las cosas futuras, en aquella cúspide suprema del universo mismo. [Y digo: he aquí,] pues también las potestades aéreas oyen estas cosas, ya sea por mensaje de los ángeles o por medio de los hombres; y oyen solo tanto cuanto Él juzga conveniente, a quien todas las cosas están sujetas. Muchas cosas, además, se predicen por una especie de instinto e impulso interior de quienes no las conocen: como Caifás no sabía lo que decía, pero, siendo el sumo sacerdote, profetizó.
23. Por tanto, ni acerca de las sucesiones de los siglos ni acerca de la resurrección de los muertos debemos consultar a aquellos filósofos, que han entendido cuanto han podido la eternidad del Creador, en quien «vivimos, nos movemos y somos». Pues, conociendo a Dios por las cosas que han sido hechas, no le glorificaron como a Dios ni le dieron gracias, sino que, teniéndose por sabios, se hicieron necios. Y como no fueron capaces de fijar el ojo de la mente con tanta firmeza en la eternidad de la naturaleza espiritual e inmutable, que pudieran ver, en la sabiduría misma del Creador y Gobernador del universo, aquellas revoluciones de los siglos, que en aquella sabiduría ya eran y siempre eran, pero que aquí estaban por ser, de modo que todavía no eran; ni, de nuevo, ver en ella aquellos cambios hacia lo mejor, no solo de las almas, sino también de los cuerpos de los hombres, hasta la perfección de su medida propia; como, pues, digo, no fueron en modo alguno capaces de ver estas cosas en ella, ni siquiera fueron juzgados dignos de recibir de los santos ángeles anuncio alguno de ellas; ya exteriormente por los sentidos del cuerpo, ya por revelaciones interiores representadas en el espíritu; como realmente estas cosas fueron manifestadas a nuestros padres, dotados de verdadera piedad, quienes, al predecirlas, obteniendo crédito, ya por señales presentes, ya por sucesos cercanos que resultaron tal como las habían predicho, merecieron autoridad para ser creídos acerca de cosas remotamente futuras, incluso hasta el fin del mundo. Mas las potestades soberbias y falaces del aire, aun si se halla que dijeron por medio de sus adivinos algunas cosas de la comunión y ciudadanía de los santos y del verdadero Mediador, que oyeron de los santos profetas o de los ángeles, lo hicieron con el propósito de seducir, si podían, aun a los fieles de Dios, por medio de estas verdades ajenas, para que se pasasen a sus propias falsedades. Pero Dios hizo esto por medio de quienes no sabían lo que decían, para que la verdad resonase por todas partes, en ayuda de los fieles y en testimonio contra los impíos.
El Hijo de Dios se encarnó para que nosotros, purificados por la fe, seamos elevados a la verdad inmutable
IV, 18, 24
24. Pues bien, como no éramos aptos para apoderarnos de las cosas eternas, y nos abrumaba la fealdad de los pecados, contraída por el amor de las cosas temporales e implantada en nosotros como naturalmente desde la raíz de la mortalidad, era necesario que fuéramos purificados. Mas no podíamos ser purificados de modo que nos compenetráramos con las cosas eternas, sino mediante las cosas temporales con las que ya estábamos compenetrados y retenidos. Porque la salud está en el extremo opuesto a la enfermedad; pero el proceso intermedio de la curación no nos lleva a la salud perfecta, si no tiene alguna congruencia con la enfermedad. Las cosas temporales inútiles solo engañan a los enfermos; las cosas temporales útiles recogen a los que necesitan ser curados y los pasan, ya curados, a las cosas eternas. Y la mente racional, así como cuando está purificada debe la contemplación a las cosas eternas, así, cuando necesita purificación, debe la fe a las cosas temporales. Uno de los que antaño fueron tenidos por sabios entre los griegos ha dicho que la verdad se relaciona con la fe del mismo modo que la eternidad se relaciona con lo que tiene principio. Y sin duda tiene razón al decirlo. Pues lo que llamamos temporal, lo describe como habiendo tenido principio. Y nosotros mismos caemos bajo este género, no solo en cuanto al cuerpo, sino también en cuanto a la mutabilidad del alma. Porque no se llama propiamente eterno lo que padece algún grado de cambio. Por tanto, en cuanto somos mudables, en tanto distamos de la eternidad. Mas la vida eterna nos es prometida por la verdad, de cuyo claro conocimiento, a su vez, dista nuestra fe tanto cuanto dista la mortalidad de la eternidad. Nosotros, pues, creemos ahora en cosas hechas en el tiempo por nosotros, y por esa misma fe somos purificados; para que cuando lleguemos a la visión, así como la verdad sigue a la fe, así la eternidad siga a la mortalidad. Y por tanto, dado que nuestra fe se convertirá en verdad, cuando alcancemos lo que se nos ha prometido a los que creemos; y lo que se nos promete es la vida eterna; y la Verdad (no la que habrá de ser según fuere nuestra fe, sino aquella verdad que siempre es, porque en ella está la eternidad —la Verdad, digo—) ha dicho: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado:» cuando nuestra fe, al ver, llegue a ser verdad, entonces la eternidad poseerá nuestra mortalidad ya cambiada. Y hasta que esto suceda, y para que suceda —porque adaptamos la fe de creer a las cosas que tienen principio, como en las cosas eternas esperamos la verdad de la contemplación, no sea que la fe de la vida mortal esté en discordia con la verdad de la vida eterna—, la Verdad misma, coeterna con el Padre, tomó principio de la tierra, cuando el Hijo de Dios vino de tal modo que se hizo Hijo del hombre, y tomó sobre sí nuestra fe, para conducirnos con ello a su propia verdad; Él, que de tal modo asumió nuestra mortalidad que no perdió su propia eternidad. Pues la verdad se relaciona con la fe del mismo modo que la eternidad se relaciona con lo que tiene principio. Por tanto, es necesario que seamos purificados de tal modo que lleguemos a tener un principio que permanece eterno, para que no tengamos un principio en la fe y otro en la verdad. Ni podríamos pasar de la condición de tener principio a las cosas eternas, si no fuéramos trasladados, por la unión de lo eterno a nosotros mediante nuestro propio principio, a su propia eternidad. Por eso nuestra fe, en cierta medida, ha seguido ya allí adonde ascendió Aquel en quien hemos creído; nacido, muerto, resucitado, elevado. De estas cuatro cosas, las dos primeras las conocimos en nosotros mismos. Pues sabemos que los hombres comienzan y mueren. Pero las dos restantes, es decir, resucitar y ser elevado, justamente esperamos que estarán en nosotros, porque hemos creído que se realizaron en Él. Así pues, dado que en Él también aquello que tuvo principio ha pasado a la eternidad, en nosotros también pasará de igual modo, cuando la fe haya llegado a la verdad. Pues a los que así creen, para que permanezcan en la palabra de la fe, y, conducidos desde allí a la verdad, y por esta a la eternidad, sean librados de la muerte, les habla así: «Si permanecéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos». Y como si preguntaran: ¿con qué fruto?, añade: «y conoceréis la verdad». Y de nuevo, como si dijeran: ¿de qué sirve la verdad a los mortales?, «y la verdad», dice, «os hará libres». ¿De qué, sino de la muerte, de las corrupciones, de la mutabilidad? Pues la verdad permanece inmortal, incorrupta, inmutable. Mas la verdadera inmortalidad, la verdadera incorruptibilidad, la verdadera inmutabilidad, es la eternidad misma.
De qué manera fue enviado el Hijo y anunciado de antemano. Cómo en el envío de su nacimiento en la carne fue hecho menor sin detrimento de su igualdad con el Padre
IV, 19, 25–26
25. He aquí, pues, por qué fue enviado el Hijo de Dios; o mejor, he aquí qué es que el Hijo de Dios sea enviado. Todas las cosas que se hicieron en el tiempo con miras a producir la fe, por la cual pudiéramos ser purificados para contemplar la verdad, en las cosas que tienen principio, las cuales han sido sacadas de la eternidad y son referidas a la eternidad: éstas fueron o bien testimonios de esta misión, o bien la misión misma del Hijo de Dios. Pero algunos de estos testimonios le anunciaban de antemano como venidero, otros atestiguaban que ya había venido. Pues el que fue hecho criatura, por quien fue hecha toda la creación, debía hallar necesariamente un testimonio en toda la creación. Porque, a no ser que aquel uno fuera predicado por el envío de muchos [testigos], no se daría fe al envío de muchos. Y si no hubiera tales testimonios que parecieran grandes a los humildes, no se creería que Aquel, siendo grande, hiciera grandes a los hombres, quien, humilde, fue enviado a los humildes. Pues el cielo y la tierra y todo cuanto en ellos hay son obras incomparablemente mayores del Hijo de Dios, puesto que todas las cosas fueron hechas por Él, que las señales y los portentos que brotaron como testimonio de Él. Y, sin embargo, los hombres, para que, siendo humildes, creyeran que estas grandes cosas habían sido hechas por Él, temblaron ante aquellas cosas humildes como si hubieran sido grandes.
26. «Mas cuando vino la plenitud del tiempo, envió Dios a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo la ley;» hasta tal punto humilde, que fue «hecho;» de este modo, pues, enviado, en cuanto que fue hecho. Si, por tanto, el mayor envía al menor, también nosotros reconocemos que Él fue hecho menor; y tanto menor, cuanto hecho; y tanto hecho, cuanto enviado. Pues «envió a su Hijo hecho de mujer.» Y, sin embargo, porque todas las cosas fueron hechas por Él, no solo antes de que Él fuese hecho y enviado, sino antes de que existiera cosa alguna, confesamos que el mismo es igual al que le envía, al cual llamamos menor por haber sido enviado. ¿De qué manera, pues, pudo ser visto por los padres, cuando se les mostraron ciertas visiones angélicas, antes de aquella plenitud del tiempo en la cual convenía que Él fuese enviado, y, por tanto, antes de ser enviado, en un tiempo en que, no enviado aún, era visto como es igual al Padre? Pues ¿cómo dice a Felipe, por quien ciertamente era visto como por todos los demás, y aun por aquellos por quienes fue crucificado en la carne: «¿Tanto tiempo he estado contigo, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto también al Padre;» sino porque era visto y, sin embargo, no era visto? Era visto, en cuanto que había sido hecho al ser enviado; no era visto, en cuanto que todas las cosas fueron hechas por Él. O ¿cómo dice también esto: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre, y yo le amaré y me manifestaré a él,» en un tiempo en que estaba manifiesto ante los ojos de los hombres; sino porque ofrecía aquella carne, que el Verbo se hizo en la plenitud del tiempo, para ser aceptada por nuestra fe; pero reservaba el Verbo mismo, por quien todas las cosas fueron hechas, para ser contemplado en la eternidad por la mente una vez purificada por la fe?
El que envía y el enviado son iguales. Por qué se dice que el Hijo es enviado por el Padre. De la misión del Espíritu Santo. Cómo y por quién fue enviado. El Padre, principio de toda la divinidad
IV, 20, 27
27. Pero si se dice que el Hijo es enviado por el Padre por esto, que el uno es el Padre y el otro el Hijo, esto no nos impide en modo alguno creer que el Hijo es igual, consubstancial y coeterno con el Padre, y no obstante fue enviado como Hijo por el Padre. No porque el uno sea mayor y el otro menor, sino porque el uno es el Padre y el otro el Hijo; el uno engendrador, el otro engendrado; el uno, aquel de quien es el que es enviado; el otro, aquel que es de aquel que lo envía. Pues el Hijo es del Padre, no el Padre del Hijo. Y según este modo podemos entender ahora que el Hijo no solo se dice que fue enviado porque «el Verbo se hizo carne», sino que fue enviado para que el Verbo se hiciera carne, y para que realizara por su presencia corporal las cosas que estaban escritas; es decir, que no solo se entiende que fue enviado como hombre, lo cual el Verbo fue hecho, sino que también el Verbo fue enviado para hacerse hombre; porque no fue enviado por ninguna desigualdad de poder, o de sustancia, o de algo que en Él no fuera igual al Padre, sino por esto: que el Hijo es del Padre, no el Padre del Hijo; pues el Hijo es el Verbo del Padre, el cual es llamado también su sabiduría. ¿Qué hay, pues, de extraño si es enviado, no porque sea desigual al Padre, sino porque es «una emanación pura (manatio) que brota de la gloria del Dios omnipotente?» Pues allí, lo que brota y aquello de lo que brota es de una misma y sola sustancia. Porque no brota como brota el agua de un orificio de la tierra o de la piedra, sino como brota la luz de la luz. Pues las palabras «Porque ella es el resplandor de la luz eterna», ¿qué otra cosa son sino: ella es luz de la luz eterna? Pues ¿qué es el resplandor de la luz, sino la luz misma? Y así coeterna con la luz de la cual es la luz. Pero es preferible decir «el resplandor de la luz», más bien que la luz de la luz; no sea que aquello que brota se piense que es más oscuro que aquello de lo cual brota. Pues cuando uno oye que el resplandor de la luz es la luz misma, es más fácil creer que la primera brilla por medio de la segunda, que creer que la segunda brilla menos. Pero como no había necesidad de advertir a los hombres que no pensaran que aquella luz que engendró a la otra es menor (pues ningún hereje se atrevió jamás a decir esto, ni es de creer que alguno se atreva a hacerlo), la Escritura sale al paso de aquel otro pensamiento por el que la luz que brota podría parecer más oscura que aquella de la que brota; y ha removido esta sospecha diciendo: «Es el resplandor de aquella luz», a saber, de la luz eterna, y así muestra que es igual. Pues si fuera menor, sería su oscuridad, no su resplandor; pero si fuera mayor, no podría brotar de ella, porque no podría superar a aquella de la que es sacada. Por tanto, porque brota de ella, no es mayor que ella; y porque no es su oscuridad, sino su resplandor, no es menor que ella: por tanto, es igual. Ni debe turbarnos que sea llamada emanación pura que brota de la gloria del Dios omnipotente, como si ella misma no fuera omnipotente, sino una emanación del Omnipotente; pues poco después se dice de ella: «Y aunque es una sola, todo lo puede». Pero ¿quién es omnipotente, sino el que todo lo puede? Es enviada, pues, por aquel de quien brota; porque así es buscada por aquel que la amó y la deseó. «Envíala», dice, «desde tus santos cielos y desde el trono de tu gloria, para que, estando presente, trabaje conmigo»; es decir, para que me enseñe a trabajar [de corazón] para no fatigarme [tediosamente]. Pues sus trabajos son virtudes. Pero es enviada de un modo para que esté con el hombre; de otro modo ha sido enviada para que ella misma sea hombre. Pues «entrando en las almas santas, los hace amigos de Dios y profetas»; así también llena a los santos ángeles y por ellos realiza todas las cosas convenientes a tales ministerios. Pero cuando vino la plenitud de los tiempos, fue enviada, no para llenar a los ángeles, ni para ser un ángel, salvo en cuanto anunciaba el designio del Padre, que era también suyo; ni tampoco para estar con los hombres o en los hombres, pues esto también ocurrió antes, tanto en los padres como en los profetas; sino para que el Verbo mismo se hiciera carne, es decir, se hiciera hombre. En este misterio futuro, al ser revelado, había de estar la salvación también de aquellos sabios y santos que, antes de que Él naciera de la Virgen, nacieron de mujeres; y en el cual, una vez realizado y dado a conocer, está la salvación de todos los que creen, esperan y aman. Pues este es «el gran misterio de la piedad, que fue manifestado en la carne, justificado en el Espíritu, visto de los ángeles, predicado a los gentiles, creído en el mundo, recibido arriba en la gloria».
28. Por tanto, el Verbo de Dios es enviado por aquel de quien es el Verbo; es enviado por aquel de quien fue engendrado (genitum); envía el que engendró; es enviado lo que es engendrado. Y entonces es enviado a cada uno, cuando es aprehendido y percibido por cada uno, en la medida en que puede ser aprehendido y percibido, según la capacidad de comprensión del alma racional, ya sea que avance hacia Dios, ya sea que sea ya perfecta en Dios. Por tanto, no se dice propiamente que el Hijo fue enviado en cuanto es engendrado del Padre; sino o bien en cuanto que el Verbo hecho carne apareció al mundo, por lo cual dice: «Salí del Padre y he venido al mundo»; o bien en cuanto que, de tiempo en tiempo, es percibido por la mente de cada uno, según aquello: «Envíala, para que, estando presente conmigo, trabaje conmigo». Pues lo que nace (natum) desde la eternidad es eterno, «porque es el resplandor de la luz eterna»; pero lo que es enviado de tiempo en tiempo es aquello que es aprehendido por cada uno. Pero cuando el Hijo de Dios se manifestó en la carne, fue enviado a este mundo en la plenitud de los tiempos, hecho de mujer. «Pues después que, en la sabiduría de Dios, el mundo no conoció a Dios por la sabiduría» (ya que «la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron»), «plugo a Dios salvar a los creyentes por la locura de la predicación», y que el Verbo se hiciera carne y habitara entre nosotros. Pero cuando de tiempo en tiempo sale y es percibido por la mente de cada uno, se dice ciertamente que es enviado, pero no a este mundo; pues no aparece sensiblemente, es decir, no se presenta a los sentidos corpóreos. Pues tampoco nosotros, en cuanto a captar con la mente, en lo posible, aquello que es eterno, estamos en este mundo; y los espíritus de todos los justos no están en este mundo, ni siquiera los de aquellos que todavía viven en la carne, en la medida en que tienen discernimiento en las cosas divinas. Pero no se dice que el Padre es enviado cuando de tiempo en tiempo es aprehendido por alguien, porque no tiene nadie de quien ser, o de quien proceder; pues la Sabiduría dice: «Yo salí de la boca del Altísimo», y del Espíritu Santo se dice: «Él procede del Padre», mas el Padre no es de nadie.
29. Así, pues, como el Padre engendró, el Hijo es engendrado; así el Padre envió, el Hijo fue enviado. Pero así como el que engendró y el que fue engendrado, así también el que envió y el que fue enviado son uno, puesto que el Padre y el Hijo son uno. Así también el Espíritu Santo es uno con ellos, puesto que estos tres son uno. Pues así como ser nacido, respecto del Hijo, significa ser del Padre; así ser enviado, respecto del Hijo, significa ser conocido como del Padre. Y así como ser el don de Dios respecto del Espíritu Santo significa proceder del Padre; así ser enviado es ser conocido como procedente del Padre. Ni podemos decir que el Espíritu Santo no procede también del Hijo, pues el mismo Espíritu no sin razón es llamado Espíritu tanto del Padre como del Hijo. Ni veo qué otra cosa quiso significar cuando sopló sobre el rostro de los discípulos y dijo: «Recibid el Espíritu Santo». Pues aquel soplo corporal, que salía del cuerpo con la sensación del contacto corporal, no era la sustancia del Espíritu Santo, sino una declaración por medio de un signo conveniente de que el Espíritu Santo procede no solo del Padre, sino también del Hijo. Pues ni el más desatinado de los locos diría que uno era el Espíritu que dio cuando sopló sobre ellos, y otro el que envió después de su ascensión. Pues el Espíritu de Dios es uno, el Espíritu del Padre y del Hijo, el Espíritu Santo, que obra todas las cosas en todos. Pero que haya sido dado dos veces fue ciertamente una economía significativa, que discutiremos en su lugar, en la medida en que el Señor lo conceda. Aquello, pues, que dice el Señor—«a quien yo os enviaré desde el Padre»—muestra que el Espíritu es tanto del Padre como del Hijo; porque, también, cuando había dicho: «a quien el Padre enviará», añadió también: «en mi nombre». Sin embargo, no dijo: A quien el Padre enviará de mí, como dijo: «a quien yo os enviaré desde el Padre», mostrando, a saber, que el Padre es el principio (principium) de toda la divinidad, o, si es mejor expresarlo así, de toda la deidad. El que procede del Padre y del Hijo, por tanto, es referido a aquel de quien el Hijo nació (natus). Y aquello que dice el evangelista: «Pues el Espíritu Santo aún no había sido dado, porque Jesús no había sido aún glorificado»; ¿cómo ha de entenderse esto, sino porque aquella dádiva o envío especial del Espíritu Santo después de la glorificación de Cristo había de ser tal como nunca antes lo había sido? Pues no es que antes no existiera en absoluto, sino que no había sido tal como esta. Pues si el Espíritu Santo no fue dado antes, ¿con qué fueron llenados los profetas que hablaron? Y la Escritura dice claramente, y lo muestra en muchos lugares, que ellos hablaron por el Espíritu Santo. También se dice de Juan el Bautista: «Y será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre». Y se halla que su padre Zacarías fue lleno del Espíritu Santo, de modo que dijo tales cosas de él. Y María también fue llena del Espíritu Santo, de modo que predijo tales cosas del Señor que llevaba en su seno. Y Simeón y Ana fueron llenos del Espíritu Santo, de modo que reconocieron la grandeza del pequeño niño Cristo. ¿Cómo, pues, «no había sido dado aún el Espíritu, puesto que Jesús no había sido aún glorificado», sino porque aquella dádiva, o concesión, o misión del Espíritu Santo había de tener una cierta especialidad propia en su mismo advenimiento, tal como nunca antes hubo? Pues en ninguna parte leemos que los hombres hablaran en lenguas que no conocían, mediante el Espíritu Santo que venía sobre ellos; como sucedió entonces, cuando fue necesario que su venida se hiciera manifiesta por señales visibles, para mostrar que todo el mundo, y todas las naciones constituidas con diferentes lenguas, habían de creer en Cristo por el don del Espíritu Santo, para cumplir lo que se canta en el Salmo: «No hay habla ni lenguaje donde no se oiga su voz; por toda la tierra salió su sonido, y sus palabras hasta el extremo del mundo».
30. Por tanto, el hombre fue unido, y en cierto sentido mezclado, con el Verbo de Dios, de modo que fuera una sola Persona, cuando vino la plenitud de los tiempos, y el Hijo de Dios, hecho de mujer, fue enviado a este mundo, para que fuera también Hijo del hombre por causa de los hijos de los hombres. Y esta persona pudo prefigurarla de antemano la naturaleza angélica, de modo que la preanunciara, pero no pudo apropiársela, de modo que fuera esa misma persona.
De la manifestación sensible del Espíritu Santo, y de la coeternidad de la Trinidad. Lo que se ha dicho, y lo que resta por decir
IV, 21, 30–32
Pero en cuanto a la manifestación sensible del Espíritu Santo, ya sea en figura de paloma, ya sea en lenguas de fuego, cuando la criatura sometida y servidora, mediante movimientos y formas temporales, manifestó su sustancia coeterna con el Padre y el Hijo, e inmutable igualmente con ellos, mientras que no fue unida de modo que formara una sola persona con Él, como la carne que el Verbo se hizo; no me atrevo a decir que nada semejante se hizo antes. Pero diría con confianza que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de una misma y sola sustancia, Dios Creador, la Trinidad omnipotente, obran indivisiblemente; pero que esto no puede ser manifestado indivisiblemente por la criatura, que es muy inferior, y menos que nada por la criatura corpórea: así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no pueden ser nombrados por nuestras palabras, que ciertamente son sonidos corporales, sino en sus propios intervalos de tiempo, separados por una distinta división, intervalos que ocupan las sílabas propias de cada palabra. Puesto que en su propia sustancia, en la que son, los tres son uno, el Padre, y el Hijo, y el Espíritu Santo, el mismo, sin ningún movimiento temporal, por encima de toda criatura, sin ningún intervalo de tiempo y de lugar, y a la vez uno y el mismo desde la eternidad hasta la eternidad, como la eternidad misma, que no carece de verdad y de caridad. Pero, en mis palabras, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo están separados, y no pueden ser nombrados a la vez, y ocupan cada uno sus propios lugares separados en letras invisibles. Y así como, cuando nombro mi memoria, y mi entendimiento, y mi voluntad, cada nombre se refiere a cada uno por separado, pero, sin embargo, cada uno es pronunciado por los tres; pues no hay ninguno de estos tres nombres que no sea pronunciado a la vez por mi memoria, y mi entendimiento, y mi voluntad juntamente [por el alma como un todo]; así la Trinidad obró juntamente tanto la voz del Padre, como la carne del Hijo, y la paloma del Espíritu Santo, mientras cada una de estas cosas se refiere por separado a cada persona. Y por esta semejanza se discierne en cierto grado que la Trinidad, que es inseparable en sí misma, es manifestada de modo separable por la aparición de la criatura visible; y que la operación de la Trinidad es también inseparable en cada una por separado de aquellas cosas que se dicen pertenecer propiamente a la manifestación del Padre, o del Hijo, o del Espíritu Santo.
31. Si, pues, se me pregunta de qué manera se produjeron antes de la encarnación del Verbo de Dios palabras o formas y apariciones sensibles que prefiguraran su futura venida, respondo que Dios hizo aquellas cosas por medio de los ángeles; y esto también lo he mostrado suficientemente, según creo, por testimonios de las Sagradas Escrituras. Y si se me pregunta cómo se llevó a cabo la encarnación misma, respondo que el Verbo de Dios mismo se hizo carne, es decir, se hizo hombre, pero no convertido y cambiado en aquello que fue hecho; sino hecho de tal manera que allí hubiera no solo el Verbo de Dios y la carne del hombre, sino también el alma racional del hombre, y que este todo deba llamarse Dios por causa de Dios, y hombre por causa del hombre. Y si esto se entiende con dificultad, la mente debe ser purificada por la fe, absteniéndose más y más de los pecados, haciendo buenas obras y orando con el gemido de los santos deseos; para que, aprovechando mediante la ayuda divina, pueda entender y amar. Y si se me pregunta cómo, después de la encarnación del Verbo, se produjo una voz del Padre, o una apariencia corporal por la cual fue manifestado el Espíritu Santo: no dudo, ciertamente, que esto se hizo por medio de la criatura; pero si solo corpórea y sensible, o si empleando también el espíritu racional o intelectual (pues este es el término con que algunos prefieren llamar a lo que los griegos llaman [νοερόν]), ciertamente no de modo que formara una sola persona (pues ¿quién podría decir que cualquier criatura por la que sonó la voz del Padre es en tal sentido Dios Padre; o que cualquier criatura por la que el Espíritu Santo fue manifestado en forma de paloma, o en lenguas de fuego, es en tal sentido el Espíritu Santo, como el Hijo de Dios es aquel hombre que fue hecho de la Virgen?), sino solo para el ministerio de llevar a cabo las manifestaciones que Dios juzgó necesarias; o si ha de entenderse otra cosa: es difícil descubrirlo, y no conviene afirmarlo temerariamente. Sin embargo, no veo cómo pudieron realizarse aquellas cosas sin la criatura racional o intelectual. Pero aún no es el lugar propio para explicar, según el Señor me dé fuerzas, por qué pienso así; pues primero han de discutirse y refutarse los argumentos de los herejes, los cuales no los sacan de los libros divinos, sino de sus propias razones, y con los cuales, según piensan, nos obligan forzosamente a entender los testimonios de las Escrituras que tratan del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, tal como ellos quieren.
32. Pero ahora, según creo, se ha mostrado suficientemente que el Hijo no es menor porque es enviado por el Padre, ni el Espíritu Santo menor porque lo enviaron el Padre y el Hijo. Pues se percibe que estas cosas se afirman en las Escrituras, o a causa de la criatura visible, o más bien para encomendar a nuestros pensamientos la emanación [dentro de la Divinidad]; pero no a causa de desigualdad, o disparidad, o desemejanza de sustancia; puesto que, aun si Dios Padre hubiera querido aparecer visiblemente por medio de la criatura sujeta, sería, no obstante, sumamente absurdo decir que fue enviado por el Hijo, a quien engendró, o por el Espíritu Santo, que procede de Él. Sea, pues, este el límite del presente libro. De aquí en adelante, en lo que resta, veremos, con la ayuda del Señor, de qué clase son aquellos astutos argumentos de los herejes, y de qué manera pueden ser refutados.