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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)44 minPosición: 0% de esta parteParte 13 de 21 · Libro XPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
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    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
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    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
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    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
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    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
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    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
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    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
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    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Libro X

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · X, argumento
    En el cual se muestra que hay otra trinidad en la mente del hombre, y una que aparece mucho más evidentemente, a saber, en su memoria, entendimiento y voluntad.

    Capítulo 1

    El amor de la mente estudiosa, es decir, de aquel que desea conocer, no es amor de una cosa que no conoce

    X, 1, 1

    1. Procedamos, pues, ahora en debida orden, con un propósito más exacto, a explicar este mismo punto más a fondo. Y primero, puesto que nadie puede amar en absoluto una cosa de la cual es completamente ignorante, debemos considerar cuidadosamente de qué clase es el amor de aquellos que son estudiosos, es decir, de los que no conocen ya, sino que todavía desean conocer alguna rama del saber. Ahora bien, ciertamente, en aquellas cosas en las que la palabra estudio no se usa comúnmente, el amor surge a menudo de oídas, cuando la reputación de belleza de algo inflama la mente para verlo y gozarlo; puesto que la mente conoce genéricamente en qué consisten las bellezas de las cosas corpóreas, por haberlas visto muy frecuentemente, y puesto que existe dentro una facultad de aprobar aquello que exteriormente se anhela. Y cuando esto sucede, el amor que se suscita no es de una cosa totalmente desconocida, puesto que su género es así conocido. Pero cuando amamos a un hombre bueno cuyo rostro nunca vimos, lo amamos por el conocimiento de sus virtudes, las cuales virtudes conocemos [abstractamente] en la verdad misma. Pero en el caso del saber, es en su mayor parte la autoridad de otros que lo alaban y encomiandan lo que enciende nuestro amor por él; aunque sin embargo no podríamos arder con celo alguno por el estudio del mismo, a menos que ya tuviéramos en nuestra mente al menos una ligera impresión del conocimiento de cada género de saber. Porque ¿quién, por ejemplo, dedicaría algún cuidado y trabajo a aprender retórica, a menos que supiera de antemano que es la ciencia de hablar? A veces, además, nos maravillamos de los resultados del saber mismo, de los cuales hemos oído o experimentado; y de ahí ardemos por obtener, mediante el aprendizaje, el poder de alcanzar esos resultados. Como si se dijera a uno que no conocía las letras, que hay un género de saber que permite a un hombre enviar palabras, labradas con la mano en silencio, a uno que está muy lejos ausente, para que aquel a quien se envían recoja estas palabras, no con sus oídos, sino con sus ojos; y si el hombre viera la cosa realmente hecha, ¿no es verdad que ese hombre, puesto que desea saber cómo puede hacer esta cosa, es movido del todo a estudiar con vistas al resultado que ya conoce y posee? Así es como se enciende el estudioso afán de los que aprenden: pues aquello de lo cual uno es completamente ignorante, de ninguna manera puede amarlo.
    2. Así también, si alguno oye un signo desconocido, como, por ejemplo, el sonido de alguna palabra de la cual no conoce la significación, desea saber qué es; es decir, desea saber qué cosa es la que se ha convenido que será traída a la mente por aquel sonido: como si oyera la palabra temetum pronunciada, y no sabiendo, preguntara qué es. Debe entonces saber ya que es un signo, i.e. que la palabra no es un sonido vacío, sino que algo es significado por ella; pues en otros respectos esta palabra trisílaba ya le es conocida, y ya ha impreso su forma articulada en su mente por el sentido del oído. Y entonces, ¿qué más se ha de requerir en él, para que pueda pasar a un mayor conocimiento de aquello de lo cual todas las letras y todos los espacios de sus varios sonidos ya son conocidos, a menos que al mismo tiempo le sea conocido que es un signo, y también le haya movido con el deseo de conocer de qué es signo? Cuanto más, pues, se conoce la cosa, aunque no plenamente, tanto más desea la mente conocer de ella lo que resta por conocer. Porque si supiera que es sólo tal y tal palabra hablada, y no supiera que es signo de algo, no buscaría nada más, puesto que la cosa sensible ya es percibida hasta donde puede serlo por el sentido. Pero porque sabe que no es sólo una palabra hablada, sino también un signo, desea conocerla perfectamente; y ningún signo se conoce perfectamente, a menos que se sepa de qué es signo. Aquel, pues, que con ardiente cuidado busca conocer esto, e inflamado por el estudioso afán persevera en la búsqueda; ¿puede decirse que tal hombre está sin amor? ¿Qué ama, pues? Porque ciertamente nada puede ser amado a menos que sea conocido. Porque aquel hombre no ama aquellas tres sílabas que ya conoce. Pero si ama en ellas esto, que sabe que significan algo, éste no es el punto que ahora se trata, pues no es esto lo que busca conocer. Pero ahora preguntamos qué es lo que ama, en aquello que desea conocer, pero que ciertamente aún no conoce; y por tanto nos maravillamos de por qué ama, puesto que sabemos con toda certeza que nada puede ser amado a menos que sea conocido. ¿Qué ama, entonces, sino que conoce y percibe en la razón de las cosas qué excelencia hay en el saber, en el cual se contiene el conocimiento de todos los signos; y qué beneficio hay en ser diestro en éstos, puesto que por ellos la sociedad humana se comunica mutuamente sus propias percepciones, para que las asambleas de los hombres no sean realmente peores que la soledad absoluta, si no hubieran de mezclar sus pensamientos conversando juntos? El alma, pues, discierne esta especie adecuada y provechosa, y la conoce, y la ama; y el que busca la significación de cualesquiera palabras de las que es ignorante, estudia para hacer perfecta en sí mismo esa especie cuanto puede: porque una cosa es contemplarla en la luz de la verdad, otra desearla como dentro de su propia capacidad. Porque contempla en la luz de la verdad cuán grande y cuán buena cosa es entender y hablar todas las lenguas de todas las naciones, y así no oír lengua alguna y no ser oído por ninguno como de un extranjero. La belleza, pues, de este conocimiento ya es discernida por el pensamiento, y la cosa conocida es amada; y esa cosa es así considerada, y así estimula el estudioso afán de los aprendices, que son movidos respecto de ella, y la desean ardientemente en todo el trabajo que gastan en la consecución de tal capacidad, para que también puedan abrazar en la práctica aquello que conocen de antemano por la razón. Y así todo el que se acerca a esa capacidad en esperanza, la desea con amor más fervientemente; pues aquellas ramas del saber se estudian con más empeño, de las cuales los hombres no desesperan de poder alcanzar; pues cuando alguno no tiene esperanza de alcanzar su fin, entonces o ama tibia o no ama en absoluto, por más que vea la excelencia del mismo. Por consiguiente, porque el conocimiento de todas las lenguas casi universalmente se siente como sin esperanza, cada uno estudia sobre todo el de su propia nación; pero si siente que no es suficiente siquiera para comprender éste perfectamente, sin embargo nadie es tan indolente en este conocimiento que no desee saber, cuando oye una palabra desconocida, qué es, y buscarla y aprenderla si puede. Y mientras la busca, ciertamente tiene un estudioso afán de aprender, y parece amar una cosa que no conoce; pero el caso es realmente de otro modo. Porque aquella especie toca la mente, la cual la mente conoce y piensa, en la cual es claramente visible la conveniencia que proviene del asociarse las mentes unas con otras, en el oír y devolver palabras conocidas y habladas. Y esta especie enciende el estudioso afán en el que busca lo que ciertamente no conoce, pero contempla y ama la forma desconocida a la que aquello pertenece. Si, pues, por ejemplo, alguno preguntara: ¿Qué es temetum (pues ya había puesto yo esta palabra como ejemplo), y se le dijera: ¿Qué te importa esto? Responderá: No sea que quizás oiga a alguno hablando, y no le entienda; o quizás lea la palabra en algún lugar, y no sepa qué quiso decir el escritor. ¿Quién, por favor, diría a tal inquiridor: No te preocupes por entender lo que oyes; no te preocupes por saber lo que lees? Porque casi toda alma racional discierne rápidamente la belleza de aquel conocimiento, mediante el cual los pensamientos de los hombres se dan a conocer mutuamente por la enunciación de palabras significativas; y es a causa de esta conveniencia así conocida, y porque conocida por tanto amada, que tal palabra desconocida es buscada con estudio. Cuando, pues, oye y aprende que el vino era llamado «temetum» por nuestros antepasados, pero que la palabra ya está bastante obsoleta en nuestro uso actual del lenguaje, pensará quizás que todavía tiene necesidad de la palabra a causa de este o aquel libro de aquellos antepasados. Pero si considera que también éstos son superfluos, quizás llega ahora a pensar que la palabra no merece ser recordada, puesto que ve que no tiene nada que ver con aquella especie de saber que conoce con la mente, y contempla, y así ama.
    3. Por lo cual, en todos los casos el amor de una mente estudiosa, es decir, de aquella que desea conocer lo que no conoce, no es amor de aquella cosa que no conoce, sino de aquella que conoce; a causa de la cual desea conocer lo que no conoce. O si es tan inquisitiva como para dejarse llevar, no por otra causa conocida para ella, sino por el mero amor de conocer cosas desconocidas; entonces tal persona inquisitiva es, sin duda, distinguible de un estudiante ordinario, pero no ama, más que éste, las cosas que no conoce; al contrario, se dice más propiamente que odia las cosas que no conoce, de las cuales desea que no haya ninguna, al desear conocerlo todo. Pero no sea que alguien nos presente una cuestión más difícil, declarando que es tan imposible que alguno odie lo que no conoce, como que ame lo que no conoce, no nos opondremos a lo que es verdad; pero debe entenderse que no es lo mismo decir que ama conocer cosas desconocidas, que decir que ama cosas desconocidas. Porque es posible que un hombre ame conocer cosas desconocidas; pero no es posible que ame cosas desconocidas. Pues la palabra conocer no se pone allí sin significado; ya que el que ama conocer cosas desconocidas, no ama las cosas desconocidas mismas, sino el conocerlas. Y a menos que supiera qué significa conocer, nadie podría decir con confianza, ni que sabía ni que no sabía. Porque no sólo el que dice yo sé, y lo dice con verdad, debe necesariamente saber qué es conocer; sino también el que dice no sé, y lo dice con confianza y con verdad, y sabe que lo dice con verdad, ciertamente sabe qué es conocer; porque distingue al que no sabe del que sabe, cuando mira dentro de sí y dice con verdad no sé; y puesto que sabe que dice esto con verdad, ¿de dónde lo sabría, si no supiera qué es conocer?

    Capítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas

    X, 2, 4

    4. Ninguna persona estudiosa, pues, ninguna persona inquisitiva, ama las cosas que no conoce, aun cuando se apresure con el deseo más vehemente de conocer lo que no conoce. Porque o conoce ya genéricamente lo que ama, y anhela conocerlo también en algún individuo o individuos, que quizás son alabados, pero aún no conocidos por él; y se figura en su mente una forma imaginaria por la cual pueda ser movido a amar. ¿Y de dónde se figura esto, sino de aquellas cosas que ya ha conocido? Y sin embargo, quizás no lo amará, si encuentra que aquella forma que fue alabada es desemejante de aquella otra forma que fue figurada y en el pensamiento conocida plenamente por su mente. Y si lo ha amado, comenzará a amarlo desde aquel tiempo en que lo aprendió; puesto que poco antes, aquella forma que era amada era otra que la que la mente que la formaba había solido exhibirse a sí misma. Pero si la encontrare semejante a aquella forma que el rumor había proclamado, y tal que pudiera decir con verdad: Ya te estaba amando; sin embargo, ciertamente ni aun entonces amó una forma que no conocía, puesto que la había conocido en aquella semejanza. O bien vemos algo en la especie de la razón eterna, y allí lo amamos; y cuando esto se manifiesta en alguna imagen de una cosa temporal, y creemos las alabanzas de los que han hecho prueba de ello, y así lo amamos, entonces no amamos nada desconocido, según aquello que ya hemos discutido suficientemente arriba. O bien, de nuevo, amamos algo conocido, y por causa de ello buscamos algo desconocido; y así de ningún modo es el amor de la cosa desconocida lo que nos posee, sino el amor de la cosa conocida, a la cual sabemos que la cosa desconocida pertenece, de modo que conocemos también aquello que buscamos aún como desconocido; como poco antes dije de una palabra desconocida. O bien, de nuevo, cada uno ama el conocer mismo, como nadie puede dejar de saber quien desea conocer algo. Por estas razones parecen amar cosas desconocidas quienes desean conocer algo que no conocen, y quienes, a causa de su vehemente deseo de indagación, no puede decirse que estén sin amor. Mas cuán diferente es realmente el caso, y que nada en absoluto puede ser amado que no sea conocido, creo que debo haber persuadido a todo el que mira cuidadosamente la verdad. Pero puesto que los ejemplos que hemos dado pertenecen a aquellos que desean conocer algo que ellos mismos no son, debemos cuidar de que no aparezca por ventura alguna noción nueva, cuando la mente desea conocerse a sí misma.

    Capítulo 3. Que cuando la mente se ama a sí misma, no se desconoce a sí misma

    X, 3, 5

    5. ¿Qué ama, pues, la mente, cuando busca ardientemente conocerse a sí misma, mientras aún se desconoce a sí misma? Porque, he aquí, la mente busca conocerse a sí misma, y es excitada a ello por el estudioso afán. Ama, por tanto; ¿pero qué ama? ¿Acaso a sí misma? Pero ¿cómo puede ser esto cuando aún no se conoce a sí misma, y nadie puede amar lo que no conoce? ¿Acaso es que el rumor le ha declarado su propia especie, del mismo modo como comúnmente oímos hablar de personas ausentes? Quizás, entonces, no se ama a sí misma, sino que ama aquello que imagina de sí misma, que quizás es ampliamente diferente de lo que ella misma es: o si la fantasía en la mente es semejante a la mente misma, y así cuando ama esta imagen fantaseada, se ama a sí misma antes de conocerse, porque contempla aquello que es semejante a sí misma; entonces conoció otras mentes de las cuales figurarse a sí misma, y así se es conocida a sí misma genéricamente. ¿Por qué, entonces, cuando conoce otras mentes, no se conoce a sí misma, puesto que nada puede posiblemente estar más presente a ella que sí misma? Mas si, como otros ojos son más conocidos a los ojos del cuerpo, que aquellos ojos a sí mismos; entonces que no se busque a sí misma, porque nunca se encontrará a sí misma. Pues los ojos nunca pueden verse a sí mismos sino en espejos; y no puede suponerse de ningún modo que algo de esa clase pueda aplicarse también a la contemplación de las cosas incorpóreas, de modo que la mente se conozca a sí misma, por así decir, en un espejo. ¿O acaso ve en la razón de la verdad eterna cuán hermoso es conocerse a sí mismo, y así ama esto que ve, y se esfuerza por llevarlo a cabo en sí misma? Porque, aunque no se es conocida a sí misma, sin embargo se le es conocido cuán bueno es, que se sea conocida a sí misma. Y esto, ciertamente, es muy admirable, que aún no se conoce a sí misma, y sin embargo ya conoce cuán excelente cosa es conocerse a sí misma. ¿O acaso ve algún fin excelentísimo, a saber, su propia serenidad y bienaventuranza, por alguna memoria oculta, que no la ha abandonado, aunque ha avanzado muy lejos, y cree que no puede alcanzar aquel mismo fin a menos que se conozca a sí misma? Y así mientras ama aquello, busca esto; y ama aquello que es conocido, por causa de lo cual busca aquello que es desconocido. ¿Mas por qué la memoria de su propia bienaventuranza puede durar, y la memoria de sí misma no puede durar igualmente; de modo que se conozca a sí misma que desea alcanzar, así como conoce aquello a lo que desea alcanzar? ¿O cuando ama conocerse a sí misma, no ama a sí misma, que aún no conoce, sino el acto mismo de conocer; y siente tanto más molestia que ella misma falte a su propio conocimiento con el cual desea abrazar todas las cosas? Y conoce qué es conocer; y mientras ama esto, que conoce, desea también conocerse a sí misma. ¿Por medio de qué, pues, conoce su propio conocer, si no se conoce a sí misma? Porque conoce que conoce otras cosas, pero que no se conoce a sí misma; pues de aquí es que conoce también qué es conocer. ¿De qué manera, entonces, aquello que no se conoce a sí misma, se conoce a sí misma como conociendo algo? Porque no conoce que alguna otra mente conoce, sino que ella misma lo hace. Por tanto se conoce a sí misma. Además, cuando busca conocerse a sí misma, se conoce a sí misma ahora como buscando. Por tanto de nuevo se conoce a sí misma. Y de aquí no puede en absoluto no conocerse a sí misma, cuando ciertamente se conoce a sí misma hasta tal punto como que se conoce a sí misma como no conociéndose a sí misma. Mas si no se conoce a sí misma como no conociéndose a sí misma, entonces no busca conocerse a sí misma. Y por tanto, en el hecho mismo de que se busca a sí misma, es claramente convicta de ser más conocida a sí misma que desconocida. Pues se conoce a sí misma como buscando y como no conociéndose a sí misma, en cuanto que busca conocerse a sí misma.

    Capítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo

    X, 4, 6

    6. ¿Qué diremos, pues? ¿Acaso lo que se conoce a sí mismo en parte, no se conoce a sí mismo en parte? Pero es absurdo decir, que no conoce como un todo lo que conoce. No digo, conoce totalmente; pero lo que conoce, lo conoce como un todo. Cuando por tanto conoce algo acerca de sí misma, lo cual solo puede conocer como un todo, se conoce a sí misma como un todo. Pero sí conoce que ella misma conoce algo, mientras que excepto como un todo no puede conocer nada. Por tanto se conoce a sí misma como un todo. Además, ¿qué hay en ella tan conocido a sí misma, como que vive? Y no puede a la vez ser mente, y no vivir, mientras tiene también algo por encima, a saber, que entiende: pues las almas de las bestias también viven, pero no entienden. Como por tanto una mente es una mente entera, así vive como un todo. Pero conoce que vive. Por tanto se conoce a sí misma como un todo. Finalmente, cuando la mente busca conocerse a sí misma, ya conoce que es una mente: de otro modo no sabe si se busca a sí misma, y quizás busca una cosa mientras intenta buscar otra. Pues podría suceder que ella misma no fuera mente, y así, al buscar conocer una mente, que no buscara conocerse a sí misma. Por lo cual, puesto que la mente, cuando busca conocer qué es la mente, conoce que se busca a sí misma, ciertamente conoce que ella misma es una mente. Además, si conoce esto en sí misma, que es una mente, y una mente entera, entonces se conoce a sí misma como un todo. Mas supóngase que no se conocía a sí misma como mente, sino que al buscarse a sí misma solo conocía que se buscaba a sí misma. Pues así, también, posiblemente busque una cosa por otra, si no conoce esto: pero para que no busque una cosa por otra, sin duda conoce lo que busca. Mas si conoce lo que busca, y se busca a sí misma, entonces ciertamente se conoce a sí misma. ¿Qué más, pues, busca? Pero si se conoce a sí misma en parte, pero aún se busca a sí misma en parte, entonces no se busca a sí misma, sino parte de sí misma. Pues cuando hablamos de la mente misma, hablamos de ella como un todo. Además, porque conoce que aún no es encontrada por sí misma como un todo, conoce cuánto es el todo. Y así busca aquello que falta, como solemos buscar para traer a la mente algo que se ha deslizado de la mente, pero que no se ha ido del todo de ella; puesto que podemos reconocerlo, cuando ha vuelto, como lo mismo que buscábamos. Mas ¿cómo puede la mente venir a la mente, como si fuera posible que la mente no estuviera en la mente? Añádase a esto, que si, habiendo encontrado una parte, no se busca a sí misma como un todo, sin embargo como un todo se busca a sí misma. Por tanto como un todo está presente a sí misma, y no queda nada que buscar: pues aquello que es buscado es lo que falta, no la mente que busca. Puesto que, por tanto, como un todo se busca a sí misma, nada de ella falta. O si no como un todo se busca a sí misma, sino que la parte que ha sido encontrada busca la parte que aún no ha sido encontrada, entonces la mente no se busca a sí misma, de la cual ninguna parte se busca a sí misma. Pues la parte que ha sido encontrada, no se busca a sí misma; ni tampoco la parte misma que aún no ha sido encontrada, se busca a sí misma; puesto que es buscada por aquella parte que ya ha sido encontrada. Por lo cual, puesto que ni la mente como un todo se busca a sí misma, ni ninguna parte de ella se busca a sí misma, la mente no se busca a sí misma en absoluto.

    Capítulo 5

    Por qué se ordena al alma que se conozca a sí misma. De dónde vienen los errores de la mente acerca de su propia sustancia

    X, 5, 7

    7. ¿Por qué, por tanto, se le ordena, que se conozca a sí misma? Supongo, para que pueda considerarse a sí misma, y vivir según su propia naturaleza; es decir, procurar ser regulada según su propia naturaleza, a saber, bajo Aquel a quien debe estar sujeta, y sobre aquellas cosas a las cuales ha de ser preferida; bajo Aquel por quien debe ser regida, sobre aquellas cosas que debe regir. Pues hace muchas cosas por deseo vicioso, como en olvido de sí misma. Porque ve algunas cosas intrínsecamente excelentes, en aquella naturaleza más excelente que es Dios: y mientras debería permanecer firme para gozarlas, se aparta de Él, por desear apropiarse aquellas cosas a sí misma, y no ser semejante a Él por su don, sino ser lo que Él es por sí misma, y comienza a moverse y deslizarse gradualmente hacia abajo en menos y menos, lo cual piensa que es más y más; pues ni es suficiente para sí misma, ni cosa alguna le es suficiente en absoluto, si se retira de Aquel que es el único suficiente: y así por la necesidad y la angustia se vuelve demasiado atenta a sus propias acciones y a las inquietas delectaciones que obtiene mediante ellas: y así, por el deseo de adquirir conocimiento de aquellas cosas que están afuera, cuya naturaleza conoce y ama, y que siente que pueden perderse si no se retienen con ansioso cuidado, pierde su seguridad, y piensa tanto menos en sí misma, cuanto más segura se siente de que no puede perderse a sí misma. Así, mientras que una cosa es no conocerse a sí mismo, y otra no pensar en sí mismo (pues no decimos del hombre versado en mucha erudición, que es ignorante de la gramática, cuando solo no está pensando en ella, porque está pensando en el momento en el arte de la medicina)—mientras que, pues, digo que una cosa es no conocerse a sí mismo, y otra no pensar en sí mismo, tal es la fuerza del amor, que la mente atrae consigo aquellas cosas en las que ha pensado largo tiempo con amor, y ha crecido en ellas por la íntima adhesión del estudio diligente, aun cuando vuelve de algún modo a pensar en sí misma. Y porque estas cosas son corpóreas que amó externamente mediante los sentidos carnales; y porque se ha enredado con ellas por una especie de familiaridad cotidiana, y sin embargo no puede llevar aquellas cosas corpóreas mismas consigo internamente, por así decir, a la región de la naturaleza incorpórea; por tanto combina ciertas imágenes de ellas, y las arroja así hechas desde sí misma hacia sí misma. Pues da a la formación de ellas algo de su propia sustancia, pero preserva mientras tanto algo por lo cual pueda juzgar libremente de la especie de aquellas imágenes; y este algo es más propiamente la mente, es decir, el entendimiento racional, que es preservado para que juzgue. Pues vemos que tenemos aquellas partes del alma que son informadas por las semejanzas de las cosas corpóreas, en común también con las bestias.

    Capítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa

    X, 6, 8

    8. Mas la mente yerra, cuando tan amorosa e íntimamente se conecta con estas imágenes, como para considerarse a sí misma algo de la misma clase. Pues así se conforma a ellas en cierta medida, no siendo esto, sino pensando que lo es: no que se piense a sí misma ser una imagen, sino derechamente aquella cosa misma de la cual tiene la imagen. Pues aún vive en ella el poder de distinguir la cosa corpórea que deja afuera, de la imagen de aquella cosa corpórea que contiene de allí dentro de sí: excepto cuando estas imágenes son tan proyectadas como si se sintieran afuera y no pensadas dentro, como en el caso de personas que duermen, o están locas, o en trance.

    Capítulo 7

    Las opiniones de los filósofos respecto a la sustancia del alma. El error de los que opinan que el alma es corpórea no surge de conocimiento defectuoso del alma, sino de añadirle algo ajeno a ella. Qué se entiende por encontrar

    X, 7, 9–10

    9. Cuando, por tanto, se piensa a sí misma ser algo de esta clase, se piensa a sí misma ser una cosa corpórea; y puesto que es perfectamente consciente de su propia superioridad, por la cual rige el cuerpo, de aquí ha sucedido que se ha suscitado la cuestión de qué parte del cuerpo tiene el mayor poder en el cuerpo; y se ha sostenido la opinión de que esta es la mente, más aún, que es incluso el alma entera por completo. Y algunos en consecuencia piensan que es la sangre, otros el cerebro, otros el corazón; no como dice la Escritura, «Te alabaré, oh Señor, con todo mi corazón;» y, «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón;» pues esta palabra por mala aplicación o metáfora es trasladada del cuerpo al alma; sino que simplemente han pensado que es aquella pequeña parte misma del cuerpo, que vemos cuando las partes internas son desgarradas. Otros, de nuevo, han creído que el alma está hecha de corpúsculos muy diminutos e individuales, que llaman átomos, que se encuentran en sí mismos y cobran cohesión. Otros han dicho que su sustancia es aire, otros fuego. Otros han opinado que no es sustancia alguna, puesto que no podían pensar ninguna sustancia a menos que sea cuerpo, y no hallaron que el alma fuera cuerpo; pero era en su opinión la templanza misma de nuestro cuerpo, o la combinación de los elementos, por la cual aquella carne está como unida. Y de aquí todos estos han sostenido que el alma es mortal; puesto que, ya sea cuerpo, o alguna combinación de cuerpo, ciertamente no podría en ninguno de los dos casos continuar siempre sin muerte. Pero los que han sostenido que su sustancia es alguna clase de vida contraria a lo corpóreo, puesto que han hallado que es una vida que anima y vivifica todo cuerpo viviente, han por consecuencia luchado también, según cada uno era capaz, por probarla inmortal, puesto que la vida no puede estar sin vida.
    Pues en cuanto a aquella quinta clase de cuerpo, no sé qué, que algunos han añadido a los cuatro bien conocidos elementos del mundo, y han dicho que el alma estaba hecha de esto, no creo que necesitemos gastar tiempo en discutirlo en este lugar. Pues o bien entienden por cuerpo lo que nosotros entendemos por ello, a saber, aquello de lo cual una parte es menor que el todo en extensión de lugar, y han de ser contados entre aquellos que han creído que la mente es corpórea: o si llaman cuerpo a toda sustancia, o a toda sustancia mudable, mientras que saben que no toda sustancia está contenida en extensión de lugar por longitud, anchura y altura alguna, no necesitamos contender con ellos sobre una cuestión de palabras.
    10. Ahora bien, en el caso de todas estas opiniones, cualquiera que ve que la naturaleza de la mente es a la vez sustancia, y sin embargo no corpórea—es decir, que no ocupa una menor extensión de lugar con una menor parte de sí misma, y una mayor con una mayor—necesariamente debe ver al mismo tiempo que los que opinan que es corpórea no yerran por defecto de conocimiento acerca de la mente, sino porque le asocian cualidades sin las cuales no son capaces de concebir naturaleza alguna. Pues si les mandas concebir existencia que esté sin fantasmas corpóreos, la tienen por meramente nada. Y así la mente no se buscaría a sí misma, como faltándose a sí misma. Pues ¿qué está tan presente al conocimiento como lo que está presente a la mente? ¿O qué está tan presente a la mente como la mente misma? Y de aquí lo que se llama «invención,» si consideramos el origen de la palabra, ¿qué otra cosa significa, sino que encontrar es «venir a» aquello que se busca? Aquellas cosas en consecuencia que vienen a la mente como por sí mismas, no suelen decirse encontradas, aunque pueda decirse que son conocidas; puesto que no nos esforzamos buscando por venir a ellas, es decir, inventarlas o encontrarlas. Y por tanto, como la mente misma realmente busca aquellas cosas que son buscadas por los ojos o por cualquier otro sentido del cuerpo (pues la mente dirige incluso el sentido carnal, y entonces encuentra o inventa, cuando aquel sentido viene a las cosas que son buscadas); así, también, encuentra o inventa otras cosas que debe conocer, no con el medio del sentido corpóreo, sino mediante sí misma, cuando «viene a» ellas; y esto, ya sea en el caso de la sustancia superior que está en Dios, o de las otras partes del alma; tal como hace cuando juzga de las imágenes corporales mismas, pues estas las encuentra dentro, en el alma, impresas mediante el cuerpo.

    Capítulo 8. Cómo se inquiere el alma a sí misma. De dónde proviene el error del alma acerca de sí misma

    X, 8, 11

    Es, pues, una cuestión admirable de qué modo el alma se busca y se encuentra a sí misma; a qué tiende para buscarse, o adónde llega, para poder entrar en sí o hallarse. Pues ¿qué hay tanto en la mente como la mente misma? Mas, como está en aquellas cosas que piensa con amor, y suele estar con amor en las cosas sensibles, esto es, en las corpóreas, no puede estar en sí misma sin las imágenes de esas cosas corpóreas. Y de aquí nace el vergonzoso error que le cierra el paso, al no poder separar de sí las imágenes de las cosas sensibles para verse a sí misma sola. Pues éstas se han adherido a ella maravillosamente por la estrecha adherencia del amor. Y en esto consiste su impureza: mientras se esfuerza por pensarse a sí misma sola, se figura que es aquello sin lo cual no puede pensarse a sí misma. Por tanto, cuando se le manda conocerse a sí misma, no se busque como si estuviera retirada de sí misma, sino retire aquello que se ha añadido a sí misma. Pues ella misma yace más profundamente dentro, no sólo más que las cosas sensibles, que están claramente fuera, sino también más que sus imágenes; las cuales están ciertamente en cierta parte del alma, es decir, en la que también tienen las bestias, aunque éstas carecen del entendimiento, que es propio de la mente. Así, pues, como la mente está dentro, sale en cierto modo de sí misma cuando ejercita el afecto del amor hacia estas cosas, como hacia huellas de muchos actos de atención. Y estas huellas quedan como impresas en la memoria, en el momento en que las cosas corpóreas exteriores son percibidas de tal modo que, aun ausentes esas cosas corpóreas, sus imágenes están a mano para quienes las piensan. Conózcase, pues, la mente a sí misma, y no se busque como si estuviera ausente, sino fije en sí misma el acto de atención [voluntaria] con el que andaba errante entre otras cosas, y piénsese a sí misma. Así verá que en ningún tiempo dejó de amarse a sí misma, en ningún tiempo dejó de conocerse a sí misma; mas, amando juntamente consigo otra cosa, se ha confundido con ella y, en cierto sentido, se ha hecho una con ella. Y así, al abrazar cosas diversas como si fuesen una sola, ha llegado a pensar que son una sola las cosas que son diversas.

    Capítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse

    X, 9, 12

    No busque, pues, discernirse a sí misma como si estuviera ausente, sino esfuércese en discernirse como presente. Ni adquiera conocimiento de sí misma como si no se conociera, sino distíngase a sí misma de aquello que sabe que es otra cosa. Pues ¿cómo se esforzará en obedecer aquel mismo precepto que se le da, «Conócete a ti misma,» si no sabe ni qué significa «conocer» ni qué significa «a ti misma»? Mas, si sabe ambas cosas, entonces se conoce también a sí misma. Porque «conócete a ti misma» no se dice a la mente como se dice «conoce a los querubines y a los serafines»; pues éstos están ausentes, y creemos acerca de ellos, y según esa creencia se declara que son ciertas potestades celestiales. Ni tampoco como se dice: Conoce la voluntad de aquel hombre: porque esto no está en absoluto a nuestro alcance percibirlo, ni por el sentido ni por el entendimiento, si no es por signos corpóreos realmente presentados; y esto de tal modo que más bien creemos que entendemos. Ni tampoco como se dice a un hombre: Mira tu propio rostro; lo cual sólo puede hacer en un espejo. Pues aun nuestro propio rostro está fuera del alcance de nuestra propia visión, porque no está allí adonde puede dirigirse nuestra mirada. Mas, cuando se dice a la mente: Conócete a ti misma, entonces se conoce a sí misma por aquel mismo acto por el cual entiende la palabra «a ti misma»; y esto por ninguna otra razón sino porque está presente a sí misma. Pero si no entiende lo que se dice, ciertamente no hace lo que se le manda. Y, por tanto, se le manda hacer aquello que hace cuando entiende el precepto mismo que se lo manda.

    Capítulo 10. Toda mente conoce con certeza tres cosas acerca de sí misma: que entiende, que es y que vive

    X, 10, 13–15

    13. No añada, pues, nada a aquello que sabe que es, cuando se le manda conocerse a sí misma. Pues sabe, en todo caso, que esto se dice a sí misma: a saber, al yo que es, que vive y que entiende. Mas también un cuerpo muerto es, y las bestias viven; pero ni el cuerpo muerto ni las bestias entienden. Por tanto, sabe que ella es y vive del modo como un ser que entiende es y vive. Por consiguiente, cuando, por ejemplo, la mente se piensa a sí misma como aire, piensa que el aire entiende; pero sabe que ella misma entiende, mas no sabe que sea aire, sino que sólo lo piensa. Separe aquello que se piensa ser; discierna aquello que sabe; quédese con aquello sobre lo cual ni siquiera dudaron quienes han pensado que la mente es esta o aquella cosa corpórea. Pues ciertamente no toda mente se considera aire; sino que unos se piensan fuego, otros cerebro, y unos un género de cosa corpórea, otros otro, como ya he dicho antes; sin embargo, todos saben que ellos mismos entienden, son y viven; pero refieren el entender a aquello que entienden, y el ser y el vivir a sí mismos. Y nadie duda, ni de que nadie entiende si no vive, ni de que nadie vive de quien no sea verdad que es; y, por consiguiente, aquello que entiende, es y vive; no como es un cuerpo muerto, que no vive, ni como vive un alma que no entiende, sino de una manera propia y más excelente. Además, saben que quieren, y saben igualmente que nadie puede querer quien no es y no vive; y refieren también esa voluntad misma a algo que quieren con esa voluntad. Saben también que recuerdan; y saben al mismo tiempo que nadie podría recordar si no fuese y viviese; pero referimos la memoria misma también a algo, en cuanto recordamos esas cosas. Por tanto, el conocimiento y la ciencia de muchas cosas están contenidos en dos de estas tres, la memoria y el entendimiento; pero la voluntad debe estar presente para que gocemos o usemos de ellas. Pues gozamos de las cosas conocidas en las cuales la voluntad halla deleite por sí mismas, y así reposa; pero usamos de aquellas cosas que referimos a otra que hemos de gozar. Ni la vida del hombre es viciosa y culpable de otro modo, sino por usar mal y gozar mal. Pero no es éste el lugar de discutir esto.
    14. Mas, puesto que tratamos de la naturaleza de la mente, apartemos de nuestra consideración todo conocimiento que se recibe de fuera, por los sentidos del cuerpo; y atendamos con más cuidado a la posición que hemos establecido: que todas las mentes se conocen y están ciertas acerca de sí mismas. Pues ciertamente los hombres han dudado si el poder de vivir, de recordar, de entender, de querer, de pensar, de conocer, de juzgar, sea del aire, o del fuego, o del cerebro, o de la sangre, o de los átomos, o, además de los cuatro elementos usuales, de un quinto género de cuerpo, no sé cuál; o si la combinación o complexión de esta nuestra carne misma tiene poder para realizar estas cosas. Y uno ha intentado establecer esto, y otro aquello. Pero ¿quién duda jamás de que él mismo vive, recuerda, entiende, quiere, piensa, conoce y juzga? Puesto que, aun si duda, vive; si duda, recuerda por qué duda; si duda, entiende que duda; si duda, quiere estar cierto; si duda, piensa; si duda, sabe que no sabe; si duda, juzga que no debe asentir temerariamente. Así, pues, quienquiera que dude de cualquier otra cosa, no debe dudar de todas estas cosas; pues si éstas no fuesen, no podría dudar de nada.
    15. Los que piensan que la mente es o un cuerpo o la combinación o complexión del cuerpo, querrán que todas estas cosas parezcan estar en un sujeto, de modo que la sustancia sea el aire, o el fuego, o alguna otra cosa corpórea, que ellos piensan ser la mente; pero que el entendimiento (intelligentia) está en esta cosa corpórea como cualidad suya, de modo que esta cosa corpórea es el sujeto, pero el entendimiento está en el sujeto: es decir, que la mente es el sujeto, que ellos juzgan ser cosa corpórea, pero el entendimiento [inteligencia], o cualquiera otra de las cosas que hemos mencionado como ciertas para nosotros, está en ese sujeto. Sostienen casi la misma opinión los que niegan que la mente misma sea cuerpo, pero piensan que es la combinación o complexión del cuerpo; pues hay esta diferencia: los primeros dicen que la mente misma es la sustancia en la cual está el entendimiento [inteligencia] como en un sujeto; los segundos dicen que la mente misma está en un sujeto, es decir, en el cuerpo, del cual es la combinación o complexión. Y de aquí se sigue, por consecuencia, ¿qué otra cosa pueden pensar, sino que el entendimiento también está en el mismo cuerpo como en un sujeto?
    16. Y todos éstos no advierten que la mente se conoce a sí misma aun cuando se busca a sí misma, como ya hemos mostrado. Mas nada se dice con razón que es conocido mientras no se conoce su sustancia. Por tanto, cuando la mente se conoce a sí misma, conoce su propia sustancia; y cuando está cierta acerca de sí misma, está cierta acerca de su propia sustancia. Y está cierta acerca de sí misma, como lo prueban convincentemente las cosas dichas arriba; aunque no está en absoluto cierta de si ella misma es aire, o fuego, o algún cuerpo, o alguna función del cuerpo. Por tanto, no es ninguna de estas cosas. Y a aquel todo al que se le manda conocerse a sí mismo le corresponde esto: estar cierto de que no es ninguna de aquellas cosas de las cuales está incierto, y estar cierto de que es solamente aquello que solamente está cierto que es. Pues de este modo piensa en el fuego, o en el aire, y en cualquier otra cosa del cuerpo que piensa. Ni de ningún modo puede lograrse que piense aquello que ella misma es, tal como piensa aquello que ella misma no es. Ya que piensa todas estas cosas mediante una fantasía imaginaria: sea el fuego, o el aire, o este o aquel cuerpo, o aquella parte o combinación y complexión del cuerpo; y ciertamente no se dice que ella sea todas esas cosas, sino alguna de ellas. Mas, si fuese alguna de ellas, pensaría esta una de modo distinto que las demás, es decir, no mediante una fantasía imaginaria, como se piensan las cosas ausentes, que han sido tocadas por el sentido corporal, ya ellas mismas, ya otras semejantes, sino por cierta presencia interior, no fingida, sino verdadera (pues nada le es más presente que sí misma); así como piensa que ella misma vive, recuerda, entiende y quiere. Pues conoce estas cosas en sí misma, y no las imagina como si las hubiera tocado por el sentido fuera de sí, tal como se tocan las cosas corpóreas. Y si no se añade nada a sí misma con el pensamiento de estas cosas, de modo que se piense ser algo de este género, entonces todo lo que de sí misma le queda, eso solo es ella misma.

    Capítulo 11

    En la memoria, el entendimiento [o inteligencia] y la voluntad hemos de notar la capacidad, el aprendizaje y el uso. La memoria, el entendimiento y la voluntad son una sola cosa esencialmente, y tres relativamente

    X, 11, 17–18

    17. Dejando, pues, aparte por un poco todas las demás cosas de las que la mente está cierta acerca de sí misma, consideremos y discutamos especialmente estas tres: memoria, entendimiento, voluntad. Pues comúnmente podemos discernir en estas tres el carácter de las capacidades también en los jóvenes; porque cuanto más tenaz y fácilmente recuerda un muchacho, y cuanto más agudamente entiende, y cuanto más ardientemente se aplica, tanto más digno de alabanza es en punto a capacidad. Mas, cuando la cuestión versa sobre el saber de cualquiera, entonces no preguntamos cuán sólida y fácilmente recuerda, ni cuán perspicazmente entiende, sino qué es lo que recuerda y qué es lo que entiende. Y porque la mente es considerada digna de alabanza, no sólo por ser docta, sino también por ser buena, se atiende no sólo a qué recuerda y qué entiende, sino también a qué quiere (velit); no cuán ardientemente quiere, sino primero qué es lo que quiere, y luego cuán intensamente lo quiere. Pues la mente que ama con ardor es entonces digna de alabanza cuando ama aquello que debe ser amado con ardor. Así, pues, cuando hablamos de estas tres —capacidad, conocimiento, uso—, la primera de ellas ha de considerarse bajo las tres rúbricas: qué puede hacer un hombre en la memoria, en el entendimiento y en la voluntad. La segunda ha de considerarse respecto a aquello que uno tiene en su memoria y en su entendimiento, lo cual ha alcanzado por una voluntad estudiosa. Mas la tercera, es decir, el uso, reside en la voluntad, que maneja las cosas contenidas en la memoria y en el entendimiento, ya sea que las refiera a algo ulterior, ya sea que descanse satisfecha en ellas como en un fin. Pues usar es tomar algo para ponerlo en poder de la voluntad; y gozar es usar con alegría, no ya de la esperanza, sino de la cosa misma. Por consiguiente, todo el que goza, usa; pues toma algo para ponerlo en poder de la voluntad, en lo cual también queda satisfecho como en un fin. Pero no todo el que usa, goza, si ha buscado aquello que pone en poder de la voluntad no por la cosa misma, sino por causa de otra cosa.
    18. Siendo, pues, estas tres —memoria, entendimiento, voluntad— no tres vidas, sino una sola vida; ni tres mentes, sino una sola mente; se sigue ciertamente que tampoco son tres sustancias, sino una sola sustancia. Porque la memoria, que se llama vida, y mente, y sustancia, se llama así respecto a sí misma; pero se llama memoria relativamente a algo. Y lo mismo diría del entendimiento y de la voluntad, puesto que se llaman entendimiento y voluntad relativamente a algo; pero cada uno, respecto a sí mismo, es vida, y mente, y esencia. De ahí que estas tres son una sola cosa, en cuanto son una sola vida, una sola mente, una sola esencia; y todo aquello que se llaman por separado respecto a sí mismas, se llama también de ellas juntas no en plural, sino en número singular. Pero son tres en aquello en que se refieren mutuamente entre sí; y si no fuesen iguales, y esto no sólo cada una a cada una, sino también cada una a todas, ciertamente no podrían contenerse mutuamente; pues no sólo cada una es contenida por cada una, sino también todas por cada una. Pues yo recuerdo que tengo memoria, y entendimiento, y voluntad; y entiendo que entiendo, y quiero, y recuerdo; y quiero querer, y recordar, y entender; y recuerdo juntamente toda mi memoria, y mi entendimiento, y mi voluntad. Pues aquello de mi memoria que no recuerdo no está en mi memoria; y nada hay tanto en la memoria como la memoria misma. Por tanto, recuerdo toda la memoria. Asimismo, todo cuanto entiendo, sé que lo entiendo; y sé que quiero todo cuanto quiero; y todo cuanto sé, lo recuerdo. Por tanto, recuerdo todo mi entendimiento y toda mi voluntad. Igualmente, cuando entiendo estas tres cosas, las entiendo juntas como un todo. Pues no hay ninguna de las cosas inteligibles que no entienda, excepto la que no conozco; y la que no conozco, ni la recuerdo ni la quiero. Por tanto, toda cosa inteligible que no entiendo, se sigue que ni la recuerdo ni la quiero. Y toda cosa inteligible que recuerdo y quiero, se sigue que la entiendo. Mi voluntad abraza también todo mi entendimiento y toda mi memoria mientras uso todo lo que entiendo y recuerdo. Y, por tanto, mientras todas son mutuamente abarcadas por cada una, y como todos, cada una como todo es igual a cada una como todo, y cada una como todo a un mismo tiempo a todas como todos; y estas tres son una sola cosa, una sola vida, una sola mente, una sola esencia.
    Comentario editorial · Memoria, inteligencia y voluntad
    Es la segunda tríada del alma. En §18 Agustín dice que no son «tres vidas, sino una sola vida; ni tres mentes, sino una sola mente» y que son tres solo «en aquello en que se refieren mutuamente». Shedd, en una nota a X, 11, la juzga mejor que la del libro IX, porque en las tres facultades está la mente entera; pero falla, dice, en que no son lo bastante objetivas entre sí para hablarse como personas y en que no agotan los modos del alma. Según Ayres, es el propio Agustín quien, en el libro XV, advierte que la tríada está en el hombre pero no es el hombre, y que memoria, inteligencia y voluntad no equivalen a Padre, Hijo y Espíritu (p. 381).

    Capítulo 12. La mente es una imagen de la Trinidad en su propia memoria, entendimiento y voluntad

    X, 12, 19

    19. ¿Hemos, pues, de subir ahora, con cuanta fuerza de propósito podamos, a aquella suprema y altísima esencia de la cual la mente humana es una imagen inadecuada, y sin embargo una imagen? ¿O han de ser estas mismas tres cosas mostradas aún más distintamente en el alma por medio de aquellas cosas que recibimos de fuera, mediante el sentido corporal, por las cuales el conocimiento de las cosas corpóreas se imprime en nosotros en el tiempo? Puesto que hallamos que la mente misma es tal en su propia memoria, entendimiento y voluntad, que, como se comprendía que siempre se conocía y siempre se quería a sí misma, se comprendía también, a la vez, que siempre se acordaba de sí misma, siempre se entendía y se amaba a sí misma; aunque no siempre se pensaba a sí misma como separada de aquellas cosas que no son ella misma; y por eso su memoria de sí misma y su entendimiento de sí misma se disciernen con dificultad en ella. Pues en este caso, en que estas dos cosas están unidas estrechísimamente, y la una no es precedida por la otra en tiempo alguno, parecen no ser dos cosas, sino una sola llamada con dos nombres; y el amor mismo no se siente tan claramente existir cuando el sentido de la necesidad no lo descubre, puesto que lo amado está siempre presente. Y por esto estas cosas pueden exponerse con más claridad, aun a hombres de mente más torpe, si se tratan temas que se presentan a la mente en el tiempo y le acontecen en el tiempo; mientras recuerda lo que antes no recordaba, y ve lo que antes no veía, y ama lo que antes no amaba. Mas esta discusión pide ya otro comienzo, a causa de la medida del presente libro.
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