Agustín continúa su defensa de la igualdad de la Trinidad; y al tratar del envío del Hijo y del Espíritu Santo, y de las diversas apariciones de Dios, demuestra que Aquel que es enviado no es por ello menor que Aquel que envía, porque el uno haya enviado y el otro haya sido enviado; sino que la Trinidad, siendo en todo igual, y en su propia naturaleza igualmente inmutable e invisible y omnipresente, obra indivisiblemente en cada envío o aparición.
II, prefacio
Cuando los hombres buscan conocer a Dios y doblegan su mente según la capacidad de la debilidad humana para entender la Trinidad, aprendiendo, como es necesario, por experiencia las fatigosas dificultades de la tarea, ya sea por la vista misma de la mente que se esfuerza por mirar la luz inaccesible, o, en verdad, por los múltiples y variados modos de hablar empleados en las Escrituras sagradas (en las cuales, según me parece, la mente no es otra cosa que ejercitada rudamente, para que pueda hallar dulzura cuando sea glorificada por la gracia de Cristo); — tales hombres, digo, cuando han disipado toda ambigüedad y han llegado a algo cierto, deben de todos los demás más fácilmente ser indulgentes con quienes yerran en la investigación de tan profundo secreto. Pero hay dos cosas muy difíciles de soportar en el caso de los que yerran: la suposición precipitada antes de que la verdad se haga clara; y, cuando se ha hecho clara, la defensa de la falsedad así precipitadamente supuesta. De estas dos faltas, enemigas como son del hallazgo de la verdad y del manejo de los libros divinos y sagrados, que Dios, como pido y espero, me defienda y proteja con el escudo de su buena voluntad y con la gracia de su misericordia, no seré lento en buscar la sustancia de Dios, ya sea mediante su Escritura o mediante la criatura. Pues ambas cosas están puestas ante nuestra contemplación para este fin: que Él mismo sea buscado y Él mismo sea amado, quien inspiró la una y creó la otra. Y no temeré dar mi opinión, en la cual desearé más ser examinado por los rectos que temer ser censurado por los perversos. Porque la caridad, excelentísima y sin presunción, acepta con gratitud el ojo de paloma; pero para el diente del perro nada queda, salvo evitarlo con la más cautelosa humildad, o embotarlo con la más sólida verdad; y mucho más preferiría ser censurado por cualquiera, que ser alabado por el que yerra o por el adulador. Porque el amante de la verdad no ha de temer la censura de nadie. Pues el que censura, necesariamente es enemigo o amigo. Y si un enemigo insulta, hay que soportarlo; pero un amigo, si yerra, ha de ser enseñado; si enseña, ha de ser escuchado. Pero si quien yerra te alaba, confirma tu error; si quien adula, te seduce al error. «Que el justo,» por tanto, «me hiera, será una bondad; y que me reprenda; pero el aceite del pecador no ungirá mi cabeza.»
Existe una doble regla para entender los modos de hablar de las Escrituras acerca del Hijo de Dios. Estos modos de hablar son de tres clases
II, 1, 2–3
2. Por lo cual, aunque sostenemos firmísimamente, acerca de nuestro Señor Jesucristo, lo que puede llamarse regla canónica, como está difundida por las Escrituras y ha sido demostrada por los doctos y católicos expositores de las mismas Escrituras, a saber: que el Hijo de Dios se entiende a la vez que es igual al Padre según la forma de Dios en la que es, y menor que el Padre según la forma de siervo que tomó; en cuya forma se halla que es no solo menor que el Padre, sino también menor que el Espíritu Santo; y no solo eso, sino menor incluso que sí mismo—no que el que era, sino que el que es; porque, al tomar la forma de siervo, no perdió la forma de Dios, como nos enseñaron los testimonios de las Escrituras, a los que nos hemos referido en el libro anterior: sin embargo hay algunas cosas en el texto sagrado puestas de tal manera que dejan ambiguo a qué regla deben referirse más bien; si a aquella por la cual entendemos al Hijo como menor, en cuanto ha tomado sobre sí la criatura, o a aquella por la cual entendemos que el Hijo no es ciertamente menor que, sino igual al Padre, pero sin embargo que es de Él, Dios de Dios, Luz de luz. Pues llamamos al Hijo Dios de Dios; pero al Padre, Dios solo; no de Dios. De donde es claro que el Hijo tiene otro de quien Él es, y para quien Él es Hijo; pero que el Padre no tiene un Hijo de quien Él es, sino solo para quien Él es padre. Pues todo hijo es lo que es, de su padre, y es hijo para su padre; pero ningún padre es lo que es, de su hijo, sino que es padre para su hijo.
3. Algunas cosas, pues, están puestas en las Escrituras acerca del Padre y del Hijo de tal manera que insinúan la unidad e igualdad de su sustancia; como, por ejemplo, «Yo y el Padre somos uno;» y, «El cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios;» y cualesquiera otros textos de este tipo. Y algunas, a su vez, están puestas de tal manera que muestran al Hijo como menor a causa de la forma de siervo, es decir, de haber tomado sobre sí la criatura de una sustancia mudable y humana; como, por ejemplo, aquel que dice, «Porque mi Padre es mayor que yo;» y, «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo.» Pues poco después continúa diciendo, «Y le ha dado autoridad para ejecutar juicio, porque es el Hijo del hombre.» Y además, algunas están puestas de tal manera que lo muestran en ese momento ni como menor ni como igual, sino solo para insinuar que es del Padre; como, por ejemplo, aquel que dice, «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;» y aquel otro: «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre.» Pues si tomamos esto como dicho porque el Hijo es menor en la forma tomada de la criatura, se seguirá que el Padre debió de caminar sobre el agua, o abrir los ojos con barro y saliva de algún otro ciego de nacimiento, y hacer las demás cosas que el Hijo, apareciendo en la carne, hizo entre los hombres, antes de que el Hijo las hiciera; para que pudiera hacer aquellas cosas quien dijo que el Hijo no podía hacer nada por sí mismo, excepto lo que ha visto hacer al Padre. Pero ¿quién, aun estando loco, pensaría esto? Queda, por tanto, que estos textos están expresados así porque la vida del Hijo es inmutable como la del Padre, y sin embargo Él es del Padre; y la operación del Padre y del Hijo es indivisible, y sin embargo el obrar así le es dado al Hijo por Aquel de quien Él mismo es, es decir, por el Padre; y el Hijo ve al Padre de tal manera que es Hijo en el mismo verlo. Pues ser del Padre, es decir, nacer del Padre, no es para Él otra cosa que ver al Padre; y verlo obrar no es otra cosa que obrar con Él: pero no por sí mismo, porque no es de sí mismo. Y, por tanto, aquellas cosas que «ve hacer al Padre, estas también las hace el Hijo igualmente,» porque es del Padre. Pues Él no hace otras cosas de manera semejante, como un pintor pinta otros cuadros del mismo modo que ve que otros han sido pintados por otro hombre; ni las mismas cosas de manera diferente, como el cuerpo expresa las mismas letras que la mente ha pensado; sino que «todo lo que,» dice Él, «hace el Padre, estas mismas cosas también las hace el Hijo igualmente.» Ha dicho ambas cosas: «estas mismas cosas,» y «igualmente;» y por tanto la operación del Padre y del Hijo es indivisible e igual, pero es del Padre al Hijo. Por tanto, el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, excepto lo que ve hacer al Padre. De esta regla, pues, por la cual las Escrituras hablan de modo que significan, no presentar a uno como menor que otro, sino solo mostrar cuál es de cuál, algunos han sacado este sentido, como si se dijera que el Hijo es menor. Y algunos de los nuestros, más indoctos y menos instruidos en estas cosas, esforzándose por tomar estos textos según la forma de siervo, y así malinterpretándolos, se turban. Y para evitar esto, ha de observarse la regla en cuestión, según la cual el Hijo no es menor, sino que simplemente se insinúa que es del Padre, en cuyas palabras no se declara su desigualdad sino su nacimiento.
Capítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
II, 2, 4
4. Hay, pues, algunas cosas en los libros sagrados, como comencé diciendo, puestas de tal manera que es dudoso a cuál han de referirse: si a aquella regla por la cual el Hijo es menor a causa de haber tomado la criatura; o a aquella por la cual se insinúa que, aunque igual, sin embargo es del Padre. Y en mi opinión, si esto es dudoso de tal manera que lo que realmente es no puede ni explicarse ni discernirse, entonces tales pasajes pueden sin peligro entenderse según cualquiera de las dos reglas, como, por ejemplo, «Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió.» Pues esto puede tomarse tanto según la forma de siervo, como ya lo hemos tratado en el libro anterior; como según la forma de Dios, en la cual Él es de tal manera igual al Padre, que sin embargo es del Padre. Pues según la forma de Dios, así como el Hijo no es uno y su vida otra, sino que la vida misma es el Hijo; así el Hijo no es uno y su doctrina otra, sino que la doctrina misma es el Hijo. Y por tanto, como el texto, «Ha dado vida al Hijo,» no ha de entenderse de otro modo que: Ha engendrado al Hijo, que es vida; así también cuando se dice: Ha dado doctrina al Hijo, puede entenderse rectamente que significa: Ha engendrado al Hijo, que es doctrina; de modo que, cuando se dice, «Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió,» ha de entenderse como si fuera: No soy de mí mismo, sino de Aquel que me envió.
Capítulo 3. Algunas cosas acerca del Espíritu Santo han de entenderse según una sola regla únicamente
II, 3, 5
5. Pues aun del Espíritu Santo, de quien no se dice, «Se anonadó y tomó la forma de siervo;» sin embargo el Señor mismo dice, «Mas cuando venga Aquel, el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda verdad. Porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere; y os anunciará las cosas venideras. Él me glorificará; porque tomará de lo mío y os lo anunciará.» Y a no ser que inmediatamente hubiera continuado diciendo después de esto, «Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío y os lo anunciará;» quizá se habría creído que el Espíritu Santo era nacido de Cristo, como Cristo es del Padre. Puesto que Él había dicho de sí mismo, «Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió;» pero del Espíritu Santo, «Porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere;» y, «Porque tomará de lo mío y os lo anunciará.» Pero porque Él ha dado la razón por la cual dijo, «Tomará de lo mío» (pues dice, «Todo lo que tiene el Padre es mío; por eso dije que tomará de lo mío» ); queda que el Espíritu Santo se entienda que tiene de lo que es del Padre, como también tiene el Hijo. ¿Y cómo puede ser esto, sino según aquello que hemos dicho arriba, «Pero cuando venga el Consolador, a quien yo os enviaré desde el Padre, el Espíritu de verdad que procede del Padre, Él dará testimonio de mí»? Se dice, por tanto, que no habla de sí mismo, en cuanto que procede del Padre; y como no se sigue que el Hijo sea menor porque dijo, «El Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre» (pues no ha dicho esto según la forma de siervo, sino según la forma de Dios, como ya hemos mostrado, y estas palabras no lo presentan como menor que, sino como del Padre), así no se sigue que el Espíritu Santo sea menor, porque se dice de Él, «Porque no hablará de sí mismo, sino que hablará todo lo que oyere;» pues las palabras le pertenecen como procedente del Padre. Pero mientras que tanto el Hijo es del Padre, como el Espíritu Santo procede del Padre, por qué ambos no son llamados hijos, y a ambos no se dice que son engendrados, sino que el primero es llamado el único Hijo unigénito, y el segundo, a saber, el Espíritu Santo, ni hijo ni engendrado, porque si fuera engendrado, ciertamente sería hijo, lo discutiremos en otro lugar, si Dios lo concede, y en la medida en que lo conceda.
II, 4, 6
6. Pero también aquí despierten, si pueden, quienes han pensado que esto también es un testimonio a su favor, para mostrar que el Padre es mayor que el Hijo, porque el Hijo ha dicho, «Padre, glorifícame.» Pues también el Espíritu Santo lo glorifica. ¿Acaso el Espíritu también es mayor que Él? Además, si por eso el Espíritu Santo glorifica al Hijo, porque tomará de lo que es del Hijo, y por tanto tomará de lo que es del Hijo porque todo lo que tiene el Padre es también del Hijo; es evidente que cuando el Espíritu Santo glorifica al Hijo, el Padre glorifica al Hijo. De donde puede percibirse que todo lo que tiene el Padre no es solo del Hijo, sino también del Espíritu Santo, porque el Espíritu Santo puede glorificar al Hijo, a quien el Padre glorifica. Pero si el que glorifica es mayor que aquel a quien glorifica, que admitan que son iguales quienes mutuamente se glorifican. Pero está escrito también que el Hijo glorifica al Padre; pues Él dice, «Yo te he glorificado en la tierra.» Verdaderamente tengan cuidado de que no se piense que el Espíritu Santo es mayor que ambos, porque glorifica al Hijo a quien el Padre glorifica, mientras que no está escrito que Él mismo sea glorificado ni por el Padre ni por el Hijo.
El Hijo y el Espíritu Santo no son por ello menores porque son enviados. El Hijo es enviado también por sí mismo. Del envío del Espíritu Santo
II, 5, 7–8
7. Pero, habiendo sido refutados hasta aquí, los hombres se refugian en decir que el que envía es mayor que el que es enviado: por tanto, el Padre es mayor que el Hijo, porque el Hijo continuamente habla de sí mismo como enviado por el Padre; y el Padre es también mayor que el Espíritu Santo, porque Jesús ha dicho del Espíritu, «A quien el Padre enviará en mi nombre;» y el Espíritu Santo es menor que ambos, porque tanto el Padre lo envía, como hemos dicho, y el Hijo, cuando dice, «Pero si me voy, os lo enviaré.» Pregunto primero, pues, en esta indagación, de dónde y adónde fue enviado el Hijo. «Yo,» dice Él, «salí del Padre y he venido al mundo.» Por tanto, ser enviado es salir del Padre y venir al mundo. ¿Qué es, entonces, lo que dice el mismo evangelista acerca de Él, «Él estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por Él, y el mundo no lo conoció;» y luego añade, «Vino a los suyos?» Ciertamente fue enviado allí, adonde vino; pero si fue enviado al mundo, porque salió del Padre, entonces vino al mundo y estaba en el mundo. Fue enviado, por tanto, allí donde ya estaba. Pues considera también aquello que está escrito en el profeta, que Dios dijo, «¿No lleno yo el cielo y la tierra?» Si esto se dice del Hijo (pues algunos querrán que se entienda que el Hijo mismo habló ya sea por los profetas o en los profetas), ¿adónde fue enviado sino al lugar donde ya estaba? Pues quien dice, «Lleno el cielo y la tierra,» estaba en todas partes. Pero si se dice del Padre, ¿dónde podría estar Él sin su propia palabra y sin su propia sabiduría, la cual «llega de un extremo a otro poderosamente y ordena dulcemente todas las cosas?» Pero Él no puede estar en ninguna parte sin su propio Espíritu. Por tanto, si Dios está en todas partes, su Espíritu también está en todas partes. Por tanto, el Espíritu Santo también fue enviado allí donde ya estaba. Pues también aquel que no halla lugar adonde ir desde la presencia de Dios, y que dice, «Si subo a los cielos, allí estás tú; si desciendo al infierno, he aquí, allí estás tú;» queriendo que se entienda que Dios está presente en todas partes, nombró en el versículo anterior su Espíritu; pues dice: ¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿O adónde huiré de tu presencia?
8. Por esta razón, pues, si tanto el Hijo como el Espíritu Santo son enviados allí donde estaban, debemos indagar cómo ha de entenderse aquel envío, ya sea del Hijo o del Espíritu Santo; pues del Padre solo, en ninguna parte leemos que sea enviado. Ahora, del Hijo, el apóstol escribe así: «Pero cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, hecho de mujer, hecho bajo la ley, para redimir a los que estaban bajo la ley.» «Envió,» dice él, «a su Hijo, hecho de mujer.» Y con este término, mujer, ¿qué católico no sabe que no quiso significar la privación de la virginidad, sino, según un hebraísmo, la diferencia de sexo? Por tanto, cuando dice, «Dios envió a su Hijo, hecho de mujer,» muestra suficientemente que el Hijo fue «enviado» de esta misma manera, en cuanto que fue «hecho de mujer.» Por tanto, en cuanto nació de Dios, estaba en el mundo; pero en cuanto nació de María, fue enviado y vino al mundo. Además, no pudo ser enviado por el Padre sin el Espíritu Santo, no solo porque el Padre, cuando lo envió, es decir, cuando lo hizo de mujer, ciertamente se entiende que no lo hizo así sin su propio Espíritu; sino también porque se dice muy clara y expresamente en el Evangelio en respuesta a la Virgen María, cuando ella preguntó al ángel, «¿Cómo será esto?» «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra.» Y Mateo dice, «Se halló que estaba encinta por obra del Espíritu Santo.» Aunque también en el profeta Isaías, se entiende que Cristo mismo dice de su propia futura venida, «Y ahora el Señor Dios y su Espíritu me ha enviado.»
9. Quizás alguien quiera empujarnos a decir que el Hijo es enviado también por sí mismo, porque la concepción y el parto de María es obra de la Trinidad, por cuyo acto de crear son creadas todas las cosas. ¿Y cómo, continuará diciendo, lo ha enviado el Padre, si Él se envió a sí mismo? A lo cual respondo primero, pidiéndole que me diga, si puede, de qué manera el Padre lo ha santificado, si Él se ha santificado a sí mismo. Pues el mismo Señor dice ambas cosas: «Decid de Aquel,» dice Él, «a quien el Padre santificó y envió al mundo: Blasfemáis, porque dije: Soy el Hijo de Dios;» mientras que en otro lugar dice, «Y por ellos yo me santifico a mí mismo.» Pregunto también de qué manera el Padre lo entregó, si Él se entregó a sí mismo. Pues el apóstol Pablo dice ambas cosas: «El que,» dice él, «no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros;» mientras que en otro lugar dice del Salvador mismo, «El cual me amó y se entregó a sí mismo por mí.» Responderá, supongo, si tiene un sentido recto en estas cosas: Porque la voluntad del Padre y del Hijo es una, y su operación indivisible. De manera semejante, entienda entonces que la encarnación y natividad de la Virgen, en la cual se entiende que el Hijo fue enviado, fue obrada por una y la misma operación del Padre y del Hijo indivisiblemente; no quedando ciertamente excluido de allí el Espíritu Santo, de quien se dice expresamente, «Se halló que estaba encinta por obra del Espíritu Santo.» Pues quizás nuestro sentido se desplegará más claramente si preguntamos de qué manera Dios envió a su Hijo. Él mandó que viniera, y Él, obedeciendo el mandato, vino. ¿Acaso lo pidió entonces, o solo lo sugirió? Pero cualquiera de estas dos cosas fuera, ciertamente se hizo por una palabra, y la Palabra de Dios es el Hijo de Dios mismo. Por lo cual, puesto que el Padre lo envió por una palabra, su envío fue obra tanto del Padre como de su Palabra; por tanto, el mismo Hijo fue enviado por el Padre y por el Hijo, porque el Hijo mismo es la Palabra del Padre. Pues ¿quién abrazaría una opinión tan impía como para pensar que el Padre pronunció una palabra en el tiempo, para que por ella el Hijo eterno fuera enviado y apareciera en la carne en la plenitud de los tiempos? Sino que ciertamente estaba en aquella Palabra de Dios misma que en el principio estaba con Dios y era Dios, a saber, en la sabiduría misma de Dios, sin tiempo, en qué tiempo aquella sabiduría debía aparecer en la carne. Por tanto, puesto que sin ningún comienzo de tiempo, la Palabra estaba en el principio, y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios, estaba en la Palabra misma sin ningún tiempo, en qué tiempo la Palabra había de hacerse carne y habitar entre nosotros. Y cuando vino esta plenitud de los tiempos, «Dios envió a su Hijo, hecho de mujer,» es decir, hecho en el tiempo, para que la Palabra Encarnada apareciera a los hombres; mientras que estaba en aquella Palabra misma, sin tiempo, en qué tiempo esto había de hacerse; pues el orden de los tiempos está en la sabiduría eterna de Dios sin tiempo. Puesto que, entonces, que el Hijo apareciera en la carne fue obrado por ambos, el Padre y el Hijo, se dice convenientemente que Aquel que apareció en aquella carne fue enviado, y que Aquel que no apareció en ella, lo envió; porque aquellas cosas que se realizan exteriormente ante los ojos corporales tienen su existencia de la estructura interna ( apparatu ) de la naturaleza espiritual, y por eso se dice convenientemente que son enviadas. Además, aquella forma de hombre que tomó es la persona del Hijo, no también del Padre; por lo cual se dice que el Padre invisible, junto con el Hijo, que con el Padre es invisible, envió al mismo Hijo haciéndolo visible. Pero si se hizo visible de tal manera que dejara de ser invisible con el Padre, es decir, si la sustancia de la Palabra invisible fuera convertida por un cambio y transición en una criatura visible, entonces se entendería que el Hijo fue enviado por el Padre, de modo que se hallara que solo fue enviado; no también, con el Padre, enviando. Pero puesto que tomó la forma de siervo de tal manera que permaneció la forma inmutable de Dios, es claro que aquello que se hizo aparente en el Hijo fue hecho por el Padre y el Hijo no siendo aparentes; es decir, que por el Padre invisible, con el Hijo invisible, el mismo Hijo fue enviado para ser visible. ¿Por qué, pues, dice Él, «Ni yo vine por mí mismo?» Esto, podemos decir ahora, se dice según la forma de siervo, de la misma manera que se dice, «Yo no juzgo a nadie.»
10. Si, por tanto, se dice que Él fue enviado, en cuanto apareció exteriormente en la criatura corporal, quien interiormente en su naturaleza espiritual está siempre oculto a los ojos de los mortales, es ahora fácil entender también del Espíritu Santo por qué se dice que Él también es enviado. Pues en el tiempo debido se obró una cierta apariencia exterior de la criatura, en la cual el Espíritu Santo pudiera mostrarse visiblemente; ya sea cuando descendió sobre el Señor mismo en forma corporal como una paloma, o cuando, habiendo pasado diez días desde su ascensión, en el día de Pentecostés vino de repente del cielo un sonido como de un viento recio que soplaba, y se vieron lenguas como de fuego, repartidas, que se posaron sobre cada uno de ellos. Esta operación, exhibida visiblemente y presentada a los ojos mortales, se llama el envío del Espíritu Santo; no que apareciera su misma sustancia, en la cual Él mismo también es invisible e inmutable, como el Padre y el Hijo, sino que los corazones de los hombres, tocados por las cosas vistas exteriormente, pudieran ser convertidos de la manifestación en el tiempo de Él como viniendo a su eternidad oculta como siempre presente.
Capítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
II, 6, 11
11. Por esta razón, pues, en ninguna parte está escrito que el Padre sea mayor que el Espíritu Santo, o que el Espíritu Santo sea menor que Dios Padre, porque la criatura en la que el Espíritu Santo había de aparecer no fue asumida del mismo modo en que fue asumido el Hijo del hombre, como la forma en la que había de manifestarse la persona del Verbo de Dios mismo; no para que Él poseyera la palabra de Dios, como la han poseído otros hombres santos y sabios, sino «sobre sus compañeros»; no ciertamente para que poseyera la palabra más que ellos, de modo que fuera de sabiduría más excelente que los demás, sino para que Él mismo fuera el Verbo. Porque una cosa es la palabra en la carne, y otra el Verbo hecho carne; es decir, una cosa es la palabra en el hombre, y otra el Verbo que es hombre. Pues la carne se pone por el hombre, donde se dice: «El Verbo se hizo carne»; y también: «Y toda carne verá la salvación de Dios». Pues no significa la carne sin alma y sin mente; sino que «toda carne» es lo mismo que si dijera: todo hombre. La criatura, pues, en la que el Espíritu Santo había de aparecer, no fue asumida como lo fueron la carne y la forma humana de la Virgen María. Porque el Espíritu no beatificó a la paloma, ni al viento, ni al fuego, ni los unió para siempre a sí mismo y a su persona en unidad y «figura». Ni tampoco la naturaleza del Espíritu Santo es mudable y cambiable; de modo que estas cosas no fueron hechas de la criatura, sino que Él mismo fue convertido y cambiado primero en una cosa y luego en otra, como el agua se cambia en hielo. Pero estas cosas aparecieron en los tiempos en que debían aparecer, sirviendo la criatura al Creador, y siendo cambiada y convertida por mandato de Aquel que permanece inmutable en sí mismo, para significarlo y manifestarlo del modo en que convenía que Él fuera significado y manifestado a los hombres mortales. Por consiguiente, aunque aquella paloma es llamada el Espíritu; y al hablar de aquel fuego, «Se les aparecieron», dice, lenguas repartidas, como de fuego, y se posó sobre cada uno de ellos; y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen; para mostrar que el Espíritu fue manifestado por aquel fuego, como por la paloma; sin embargo, no podemos llamar al Espíritu Santo a la vez Dios y paloma, o a la vez Dios y fuego, del mismo modo que llamamos al Hijo a la vez Dios y hombre; ni como llamamos al Hijo el Cordero de Dios; que no solo dice Juan el Bautista: «He aquí el Cordero de Dios», sino que también Juan el Evangelista ve al Cordero degollado en el Apocalipsis. Porque aquella visión profética no fue mostrada a los ojos corporales mediante formas corporales, sino en el espíritu mediante imágenes espirituales de cosas corporales. Pero cuantos vieron aquella paloma y aquel fuego, los vieron con sus ojos. Aunque tal vez pueda discutirse acerca del fuego, si fue visto por los ojos o en el espíritu, a causa de la forma de la frase. Pues el texto no dice: Vieron lenguas repartidas como de fuego, sino: «Se les aparecieron». Pero no solemos decir con el mismo sentido: Se me apareció, como decimos: Yo vi. Y en aquellas visiones espirituales de imágenes corporales las expresiones usuales son ambas: Se me apareció, y: Yo vi; pero en aquellas cosas que se muestran a los ojos mediante formas corporales expresas, la expresión común no es: Se me apareció, sino: Yo vi. Puede, por tanto, plantearse una cuestión respecto de aquel fuego, cómo fue visto; si dentro, en el espíritu, como si fuera fuera, o realmente fuera, ante los ojos de la carne. Pero de aquella paloma, de la que se dice que descendió en forma corporal, nadie dudó jamás que fue vista por los ojos. Ni tampoco, como llamamos al Hijo Roca (pues está escrito: «Y aquella Roca era Cristo»), podemos así llamar al Espíritu paloma o fuego. Porque aquella roca era una cosa ya creada, y según el modo de su acción fue llamada con el nombre de Cristo, a quien significaba; como la piedra puesta bajo la cabeza de Jacob, y además ungida, que él tomó para significar al Señor; o como Isaac era Cristo, cuando llevaba la leña para el sacrificio de sí mismo. Una acción significativa particular se añadió a aquellas cosas ya existentes; no surgieron súbitamente, como aquella paloma y aquel fuego, para significar simplemente así. La paloma y el fuego, ciertamente, me parecen más semejantes a aquella llama que se apareció a Moisés en la zarza, o a aquella columna que el pueblo siguió en el desierto, o a los truenos y relámpagos que vinieron cuando la Ley fue dada en el monte. Porque la forma corporal de estas cosas vino a la existencia con el propósito mismo de significar algo, y luego pasó.
II, 7, 12–13
12. El Espíritu Santo, pues, también se dice que es enviado a causa de estas formas corporales que vinieron a la existencia en el tiempo, para significarlo y manifestarlo, como Él debía ser manifestado, a los sentidos humanos; sin embargo, no se dice que sea menor que el Padre, como se dice del Hijo, porque Él estaba en la forma de siervo; porque aquella forma de siervo era inherente a la unidad de la persona del Hijo, pero aquellas formas corporales aparecieron por un tiempo, para mostrar lo que era necesario mostrar, y luego cesaron de ser. ¿Por qué, pues, no se dice también que el Padre es enviado, mediante aquellas formas corporales, el fuego de la zarza, y la columna de nube o de fuego, y los relámpagos en el monte, y cualesquiera otras cosas de este género aparecieron en aquel tiempo, cuando (como hemos aprendido del testimonio de la Escritura) Él habló cara a cara con los padres, si Él mismo fue manifestado por aquellos modos y formas de la criatura, como exhibidos y presentados corporalmente a la vista humana? Pero si el Hijo fue manifestado por ellos, ¿por qué se dice que fue enviado tan tarde, cuando fue hecho de mujer, como dice el apóstol: «Pero cuando vino la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo, hecho de mujer», viendo que Él fue enviado también antes, cuando se apareció a los padres por aquellas formas mudables de la criatura? O si no puede decirse rectamente que fue enviado, a no ser cuando el Verbo se hizo carne, ¿por qué se dice que el Espíritu Santo es enviado, de quien jamás se obró tal encarnación? Pero si por aquellas cosas visibles, que se nos presentan en la Ley y en los profetas, no fue manifestado ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu Santo, ¿por qué también se dice que Él es enviado ahora, cuando también antes fue enviado de estos modos?
13. En la perplejidad de esta indagación, ayudándonos el Señor, debemos preguntar, primero, si el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo; o si, a veces el Padre, a veces el Hijo, a veces el Espíritu Santo; o si fue sin distinción alguna de personas, del modo en que se habla del único y solo Dios, esto es, que la Trinidad misma se apareció a los padres por aquellas formas de la criatura. Luego, cualquiera de estas alternativas que se haya hallado o pensado verdadera, si para este solo propósito fue modelada la criatura, en la cual Dios, según juzgó conveniente en aquel tiempo, debía mostrarse a la vista humana; o si los ángeles, que ya existían, fueron enviados de tal modo que hablaran en la persona de Dios, tomando una forma corporal de la criatura corporal, para el fin de su ministerio, según cada uno tenía necesidad; o bien, según el poder que el Creador les ha dado, cambiando y convirtiendo su propio cuerpo mismo, al que no están sujetos, sino que lo gobiernan como sujeto a ellos, en cualesquiera apariencias que quisieran, que fueran adecuadas y aptas para sus varias acciones. Por último, discerniremos aquello que nos proponíamos preguntar, a saber, si el Hijo y el Espíritu Santo fueron también enviados antes; y, si fueron enviados así, qué diferencia hay entre aquel envío y el que leemos en el Evangelio; o si en verdad ninguno de los dos fue enviado, excepto cuando el Hijo fue hecho de la Virgen María, o el Espíritu Santo apareció en forma visible, ya en la paloma, ya en lenguas de fuego.
II, 8, 14
14. No digamos nada, por tanto, de aquellos que, con mente demasiado carnal, han pensado que la naturaleza del Verbo de Dios, y la Sabiduría, que, «permaneciendo en sí misma, renueva todas las cosas», a quien llamamos el único Hijo de Dios, no solo es mudable, sino también visible. Porque estos, con más audacia que religión, traen un corazón muy torpe a la indagación de las cosas divinas. Pues como el alma es una sustancia espiritual, y como también ella misma fue hecha, sin embargo no pudo ser hecha por otro sino por Aquel por quien todas las cosas fueron hechas, y sin quien nada se hace, ella, aunque mudable, no es visible; y esto han creído que es el caso con el Verbo mismo y con la Sabiduría de Dios misma, por la cual el alma fue hecha; mientras que esta Sabiduría no solo es invisible, como también lo es el alma, sino igualmente inmutable, lo cual no es el alma. Es en verdad la misma inmutabilidad en ella, a la que se refiere cuando se dijo: «Permaneciendo en sí misma renueva todas las cosas». Sin embargo, estas gentes, esforzándose, por así decirlo, en apuntalar su error en su caída con testimonios de las divinas Escrituras, aducen las palabras del apóstol Pablo; y toman aquello que se dice del único y solo Dios, en quien se entiende la Trinidad misma, como dicho solamente del Padre, y no del Hijo ni del Espíritu Santo: «Ahora, al Rey eterno, inmortal, invisible, al único Dios sabio, sea honor y gloria por los siglos de los siglos»; y aquel otro pasaje: «El bienaventurado y único Soberano, el Rey de reyes y Señor de señores; el único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ningún hombre ha visto ni puede ver». Cómo han de entenderse estos pasajes, creo que ya lo hemos tratado suficientemente.
Contra los que creían que solo el Padre es inmortal e invisible. La verdad ha de buscarse con estudio pacífico
II, 9, 15–16
15. Pero los que quieren que estos textos se entiendan solo del Padre, y no del Hijo ni del Espíritu Santo, declaran que el Hijo es visible, no por haber tomado carne de la Virgen, sino también antes en sí mismo. Pues Él mismo, dicen, se apareció a los ojos de los padres. Y si les dices: De cualquier modo, pues, que el Hijo es visible en sí mismo, de ese modo también es mortal en sí mismo; de modo que claramente se sigue que querrías que también este dicho se entendiera solo del Padre, a saber, «El único que tiene inmortalidad»; pues si el Hijo es mortal por haber tomado sobre sí nuestra carne, entonces concede que es a causa de esta carne por lo que también es visible: ellos responden que no es a causa de esta carne por lo que dicen que el Hijo es mortal; sino que, así como también antes era visible, así también antes era mortal. Pues si dicen que el Hijo es mortal por haber tomado nuestra carne, entonces no es el Padre solo sin el Hijo quien tiene inmortalidad; porque su Verbo también tiene inmortalidad, por el cual todas las cosas fueron hechas. Pues Él no perdió por eso su inmortalidad, porque tomó carne mortal; visto que no podría suceder ni siquiera al alma humana que muriera con el cuerpo, cuando el Señor mismo dice: «No temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma». O, acaso, también el Espíritu Santo tomó carne: acerca del cual ciertamente ellos, sin duda, se verán en aprietos para decir — si el Hijo es mortal a causa de tomar nuestra carne — de qué modo entienden que solo el Padre tiene inmortalidad sin el Hijo y el Espíritu Santo, puesto que, en verdad, el Espíritu Santo no tomó nuestra carne; y si Él no tiene inmortalidad, entonces el Hijo no es mortal a causa de tomar nuestra carne; pero si el Espíritu Santo tiene inmortalidad, entonces no se dice solo del Padre: «El único que tiene inmortalidad». Y por lo tanto piensan que pueden probar que el Hijo en sí mismo era también mortal antes de la encarnación, porque la mutabilidad misma no se llama inapropiadamente mortalidad, según la cual también se dice que el alma muere; no porque sea cambiada y convertida en cuerpo, o en alguna sustancia distinta de sí misma, sino porque, todo lo que en su propia idéntica sustancia está ahora de otro modo que como estuvo antes, se descubre que es mortal, en la medida en que ha dejado de ser lo que era. Porque entonces, dicen, antes de que el Hijo de Dios naciera de la Virgen María, Él mismo se apareció a nuestros padres, no en una sola y misma forma, sino en muchas formas; primero en una forma, luego en otra; Él es a la vez visible en sí mismo, porque su sustancia era visible a los ojos mortales, cuando aún no había tomado nuestra carne, y mortal, en cuanto es mudable. Y así también el Espíritu Santo, que apareció en un tiempo como paloma, y en otro tiempo como fuego. De donde, dicen, los siguientes textos no pertenecen a la Trinidad, sino singular y propiamente al Padre solamente: «Ahora, al Rey eterno, inmortal e invisible, al único Dios sabio»; y, «El único que tiene inmortalidad, que habita en luz inaccesible; a quien ningún hombre ha visto ni puede ver».
16. Dejando, pues, de lado a estos razonadores, que no pueden conocer ni siquiera la sustancia del alma, que es invisible, y por tanto están muy lejos ciertamente de conocer que la sustancia del único y solo Dios, esto es, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, permanece siempre no solo invisible, sino también inmutable, y que de ahí posee la verdadera y real inmortalidad; nosotros, que negamos que Dios, sea el Padre, sea el Hijo, sea el Espíritu Santo, se haya aparecido jamás a los ojos corporales, a no ser mediante la criatura corporal hecha sujeta a su propio poder; nosotros, digo — dispuestos a ser corregidos, si somos reprendidos con espíritu fraternal y recto, dispuestos a serlo, incluso si un enemigo nos zahiere, con tal que hable la verdad — en paz católica y con estudio pacífico indaguemos si Dios se apareció indistintamente a nuestros padres antes de que Cristo viniera en la carne, o si fue alguna persona de la Trinidad, o si cada una por separado, por turnos, por así decirlo.
Si Dios Trinidad se apareció indistintamente a los padres, o alguna persona de la Trinidad. La aparición de Dios a Adán. De la misma aparición. La visión a Abraham
II, 10, 17–18
17. Y primero, en aquello que está escrito en el Génesis, a saber, que Dios habló con el hombre que Él había formado del polvo; si dejamos aparte el sentido figurado, y lo tratamos de modo que pongamos fe en la narración aun en la letra, parecería que Dios habló entonces con el hombre en apariencia de hombre. Esto no está, ciertamente, establecido expresamente en el libro, pero el tenor general de su lectura suena en este sentido, especialmente en aquello que está escrito, que Adán oyó la voz del Señor Dios, que se paseaba en el jardín al fresco de la tarde, y se escondió entre los árboles del jardín; y cuando Dios dijo: «Adán, ¿dónde estás?» respondió: «Oí tu voz, y tuve miedo porque estaba desnudo, y me escondí de tu rostro». Pues no veo cómo tal paseo y conversación de Dios puede entenderse literalmente, a no ser que Él apareciera como hombre. Pues ni puede decirse que solo se formó una voz de Dios, cuando se dice que Dios se paseaba, ni que Aquel que se paseaba en un lugar no era visible; mientras que Adán, también, dice que se escondió del rostro de Dios. ¿Quién era, pues, Él? ¿Acaso el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo? ¿Acaso Dios Trinidad mismo habló indistintamente al hombre en forma de hombre? El contexto mismo de la Escritura, ciertamente, en ninguna parte, según parece, indica un cambio de persona a persona; sino que Él parece hablar todavía al primer hombre, quien dijo: «Hágase la luz», y, «Hágase un firmamento», y así en cada uno de aquellos días; a quien solemos tomar por Dios Padre, haciendo por su palabra todo lo que quiso hacer. Pues Él hizo todas las cosas por su Verbo, el cual Verbo sabemos, por la recta regla de la fe, que es su Hijo único. Si, por tanto, Dios Padre habló al primer hombre, y Él mismo se paseaba en el jardín al fresco de la tarde, y si fue de su rostro de quien el pecador se escondió entre los árboles del jardín, ¿por qué no hemos de pasar a entender que fue también Él quien se apareció a Abraham y a Moisés, y a quienes quiso, y como quiso, mediante la criatura mudable y visible, sometida a Él, mientras Él mismo permanece en sí mismo y en su propia sustancia, en la cual es inmutable e invisible? Pero, posiblemente, pudiera ser que la Escritura pasara de un modo oculto de persona a persona, y que, habiendo relatado que el Padre dijo «Hágase la luz», y las demás cosas que mencionó que Él hizo por el Verbo, pasara a indicar al Hijo como hablando al primer hombre; no desplegando esto abiertamente, sino insinuando que ha de entenderse por los que pueden entenderlo.
18. Quien, pues, tenga la fuerza con que pueda penetrar este secreto con el ojo de su mente, de modo que le parezca claramente, o bien que también el Padre es capaz, o bien que solo el Hijo y el Espíritu Santo son capaces, de aparecerse a los ojos humanos mediante una criatura visible; que proceda, digo, a examinar estas cosas si puede, o incluso a expresarlas y tratarlas con palabras; pero la cosa misma, en lo que concierne a este testimonio de la Escritura, donde Dios habló con el hombre, no es, a mi juicio, indagable, porque ni siquiera aparece evidentemente si Adán veía usualmente a Dios con los ojos de su cuerpo; especialmente como es una gran cuestión qué clase de ojos eran los que se abrieron cuando gustaron el fruto prohibido; pues antes de que gustaran, estos ojos estaban cerrados. Sin embargo, no afirmaría yo temerariamente, aun si aquella Escritura implica que el Paraíso era un lugar material, que Dios no pudo pasearse allí de ningún modo excepto en alguna forma corporal. Pues podría decirse que solo se formaron palabras para que el hombre las oyera, sin ver forma alguna. Ni porque está escrito: «Adán se escondió del rostro de Dios», se sigue inmediatamente que él veía usualmente su rostro. Pues ¿qué si él mismo ciertamente no podía ver, sino que temía ser visto por Aquel cuya voz había oído, y cuya presencia había sentido al pasearse? Porque también Caín dijo a Dios: «De tu rostro me esconderé»; sin embargo, no por eso estamos obligados a admitir que él solía contemplar el rostro de Dios con sus ojos corporales en alguna forma visible, aunque había oído la voz de Dios que le interrogaba y le hablaba de su pecado. Pero qué modo de hablar fue aquel que Dios profirió entonces a los oídos exteriores de los hombres, especialmente al hablar al primer hombre, es difícil de descubrir, y no hemos emprendido decirlo en este discurso. Pero si solo palabras y sonidos fueron obrados, con los que se produjera alguna presencia sensible de Dios a aquellos primeros hombres, no sé por qué no debería entender allí la persona de Dios Padre, visto que su persona se manifiesta también en aquella voz, cuando Jesús apareció en gloria en el monte ante los tres discípulos; y en aquella cuando la paloma descendió sobre Él en su bautismo; y en aquella donde Él clamó al Padre acerca de su propia glorificación y se le respondió: «Ya lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez». No porque la voz pudiera ser obrada sin la obra del Hijo y del Espíritu Santo (puesto que la Trinidad obra indivisiblemente), sino porque tal voz fue obrada de modo que manifestara la persona del Padre solamente; así como la Trinidad obró aquella forma humana de la Virgen María, sin embargo es la persona del Hijo solo; pues la Trinidad invisible obró la persona visible del Hijo solo. Ni nos prohíbe nada, no solo entender aquellas palabras dichas a Adán como dichas por la Trinidad, sino también tomarlas como manifestando la persona de aquella Trinidad. Pues estamos obligados a entender solo del Padre aquello que se dice: «Este es mi Hijo amado». Porque Jesús no puede creerse ni entenderse que sea Hijo del Espíritu Santo, ni siquiera Hijo suyo. Y donde la voz pronunció: «Ya lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez», confesamos que era solo la persona del Padre; puesto que es la respuesta a aquella palabra del Señor, en la que Él había dicho: «Padre, glorifica a tu Hijo», la cual no podía decir sino a Dios Padre solamente, y no también al Espíritu Santo, de quien Él no era Hijo. Pero aquí, donde está escrito: «Y el Señor Dios dijo a Adán», no puede darse razón alguna por la que la Trinidad misma no deba entenderse.
19. Igualmente, también, en aquello que está escrito: «Ahora el Señor había dicho a Abraham: Sal de tu tierra, y de tu parentela, y de la casa de tu padre», no está claro si solo una voz llegó a los oídos de Abraham, o si algo apareció también a sus ojos. Pero poco después, se dice algo más claramente: «Y el Señor se apareció a Abraham, y dijo: A tu descendencia daré esta tierra». Pero ni allí se dice expresamente en qué forma se le apareció Dios, ni si el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo se le apareció. A no ser, quizá, que piensen que fue el Hijo quien se apareció a Abraham, porque no está escrito: Dios se le apareció, sino: «el Señor se le apareció». Pues el Hijo parece ser llamado el Señor como si el nombre le fuera apropiado; como, p. ej., dice el apóstol: «Pues aunque hay algunos que son llamados dioses, sea en el cielo o en la tierra, (como hay muchos dioses y muchos señores,) para nosotros, sin embargo, no hay más que un Dios, el Padre, de quien son todas las cosas, y nosotros en Él; y un Señor Jesucristo, por quien son todas las cosas, y nosotros por Él». Pero puesto que se halla que Dios Padre también es llamado Señor en muchos lugares — por ejemplo, «El Señor me ha dicho: Tú eres mi Hijo; hoy te he engendrado»; y también: «El Señor dijo a mi Señor: Siéntate a mi diestra»; puesto que también se halla que el Espíritu Santo es llamado Señor, como donde dice el apóstol: «Ahora el Señor es aquel Espíritu»; y luego, para que nadie pensara que se significaba al Hijo, y que era llamado el Espíritu a causa de su sustancia incorpórea, prosiguió diciendo: «Y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad»; y nadie dudó jamás que el Espíritu del Señor es el Espíritu Santo: por tanto, ni aquí aparece claramente si fue alguna persona de la Trinidad la que se apareció a Abraham, o Dios mismo la Trinidad, de la cual un Dios se dice: «Temerás al Señor tu Dios, y a Él solo servirás». Pero bajo la encina en Mamré vio a tres hombres, a quienes invitó, y recibió hospitalariamente, y les sirvió mientras comían. Sin embargo, la Escritura al comienzo de aquella narración no dice: tres hombres se le aparecieron, sino: «El Señor se le apareció». Y luego, exponiendo en debido orden de qué manera el Señor se le apareció, ha añadido el relato de los tres hombres, a quienes Abraham invita a su hospitalidad en número plural, y después les habla en número singular como a uno; y como a uno le promete un hijo por Sara, a saber, aquel a quien la Escritura llama Señor, como en el comienzo de la misma narración, «El Señor», dice, «se apareció a Abraham». Los invita, pues, y les lava los pies, y los conduce a su partida, como si fueran hombres; pero habla como con el Señor Dios, ya cuando se le promete un hijo, ya cuando se le muestra la destrucción que pendía sobre Sodoma.
Comentario editorial · ¿Quién se apareció a los patriarcas?
El título de este capítulo pregunta si en las apariciones del Antiguo Testamento se mostró la Trinidad entera o una persona. Había dos lecturas. Según Wikipedia, Justino Mártir identificó al Ángel del Señor con el Logos; y la Catholic Encyclopedia (1907), que cita allí, opone a Teodoreto la lectura de los latinos Jerónimo, Agustín y Gregorio Magno, para quienes era un ángel. Agustín no decide por una persona: en §19 hace notar que la Escritura dice «el Señor se apareció» sin precisar cuál, y que Abraham ve tres hombres, los invita en plural y luego les habla en singular, como a uno. Shedd, en una nota a II, 11, ve en estas teofanías implicaciones trinitarias —Dios que envía y Dios enviado, Dios que habla de Dios— y juzga que el análisis de Agustín merece estudio.