Se prosigue la investigación acerca del conocimiento, en el cual, como distinto de la sabiduría, Agustín había comenzado en el libro anterior a buscar una especie de trinidad. Y se aprovecha la ocasión para encomiar la fe cristiana, y para explicar cómo la fe de los creyentes es una y común. Luego, que todos desean la bienaventuranza, pero que no todos tienen la fe por la cual llegamos a la bienaventuranza; y que esta fe está definida en Cristo, quien en la carne resucitó de entre los muertos; y que nadie es liberado del dominio del diablo mediante el perdón de los pecados, sino a través de Él. Se muestra también detenidamente que era necesario que el diablo fuera vencido por Cristo, no por el poder, sino por la justicia. Finalmente, que cuando las palabras de esta fe se confían a la memoria, hay en la mente una especie de trinidad, ya que están, primero, en la memoria los sonidos de las palabras, y esto incluso cuando el hombre no está pensando en ellas; luego, el ojo de la mente de su recuerdo se forma sobre ello cuando piensa en ellas; y, por último, la voluntad, cuando así piensa y recuerda, combina ambas.
Se intenta distinguir a partir de las Escrituras los oficios de la sabiduría y del conocimiento. Que en el comienzo de Juan algunas cosas que se dicen pertenecen a la sabiduría, otras al conocimiento. Algunas cosas sólo se conocen con ayuda de la fe. Cómo vemos la fe que está en nosotros. En la misma narración de Juan, algunas cosas se conocen por el sentido del cuerpo, otras sólo por la razón de la mente
XIII, 1, 1–2
1. En el libro anterior a este, es decir el duodécimo de esta obra, hemos hecho lo suficiente para distinguir el oficio de la mente racional en las cosas temporales, en las que no sólo se ocupa nuestro conocer sino también nuestro obrar, del oficio más excelente de la misma mente, que se emplea en contemplar las cosas eternas, y se limita a conocer solamente. Pero creo más conveniente que inserte algo de las Santas Escrituras, por lo cual los dos puedan distinguirse más fácilmente.
2. Juan el Evangelista ha comenzado así su Evangelio: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida; y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas; y las tinieblas no la comprendieron. Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan. Éste vino por testimonio, para dar testimonio de la Luz, a fin de que todos por medio de él creyeran. No era él la Luz, sino que fue enviado para dar testimonio de aquella Luz. Aquélla era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho, y el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del hombre, sino de Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.» Este pasaje entero, que he tomado aquí del Evangelio, contiene en sus porciones anteriores lo que es inmutable y eterno, cuya contemplación nos hace bienaventurados; pero en las que siguen, se mencionan las cosas eternas en conjunción con las temporales. Y de ahí que algunas cosas allí pertenezcan al conocimiento, otras a la sabiduría, según nuestra distinción previa en el libro duodécimo. Pues las palabras— «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que ha sido hecho fue hecho. En Él estaba la vida; y la vida era la luz de los hombres. Y la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron:» — requieren una vida contemplativa, y deben ser discernidas por la mente intelectual; y cuanto más haya alguien progresado en esto, tanto más sabio sin duda se volverá. Pero a causa del versículo, «La luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron,» ciertamente fue necesaria la fe, por la cual lo que no se veía pudiera ser creído. Pues por «tinieblas» quiso significar los corazones de los mortales apartados de la luz de este tipo, y apenas capaces de contemplarla; por lo cual añade, «Hubo un hombre enviado de Dios, cuyo nombre era Juan. Éste vino por testimonio, para dar testimonio de la Luz, a fin de que todos por medio de él creyeran.» Pero aquí llegamos a una cosa que fue hecha en el tiempo, y pertenece al conocimiento, el cual se comprende en el conocimiento de los hechos. Y pensamos en el hombre Juan bajo aquella fantasía que está impresa en nuestra memoria a partir de la noción de la naturaleza humana. Y crean o no los hombres, piensan esto de la misma manera. Pues ambos por igual saben qué es el hombre, cuya parte exterior, es decir, su cuerpo, han aprendido mediante los ojos del cuerpo; pero de la interior, es decir, el alma, poseen el conocimiento en sí mismos, porque también ellos mismos son hombres, y mediante el trato con los hombres; de modo que pueden pensar lo que se dice, «Hubo un hombre, cuyo nombre era Juan,» porque también conocen los nombres por el intercambio del habla. Pero lo que está allí también, es decir «enviado de Dios,» quienes lo sostienen en absoluto, lo sostienen por fe; y quienes no lo sostienen por fe, o vacilan por la duda, o lo ridiculizan por la incredulidad. Sin embargo, ambos, si no están en el número de aquellos necios en exceso que dicen en su corazón «No hay Dios,» cuando oyen estas palabras, piensan ambas cosas, es decir tanto lo que es Dios, como lo que es ser enviado de Dios; y si no lo hacen como las cosas mismas son realmente, lo hacen al menos como pueden.
3. Además, conocemos por otras fuentes la fe misma que un hombre ve estar en su propio corazón, si cree, o no estar allí, si no cree: pero no como conocemos los cuerpos, que vemos con los ojos corporales, y pensamos en ellos incluso cuando están ausentes mediante las imágenes de sí mismos que retenemos en la memoria; ni tampoco como aquellas cosas que no hemos visto, y que formamos como podamos en el pensamiento a partir de las que hemos visto, y las confiamos a la memoria, para poder recurrir a ellas cuando queramos, a fin de discernirlas allí de manera semejante mediante el recuerdo, o más bien discernir las imágenes de ellas, de cualquier tipo que sean las que hemos fijado allí; ni tampoco como un hombre vivo, cuya alma ciertamente no vemos, sino que conjeturamos a partir de la nuestra, y a partir de los movimientos corporales contemplamos también en el pensamiento al hombre vivo, tal como lo hemos aprendido por la vista. La fe no se ve así en el corazón en el que está, por aquel de quien es; sino que el conocimiento más cierto la retiene, y la conciencia la proclama. Aunque, por tanto, se nos ordena creer en este relato, porque no podemos ver lo que se nos ordena creer; sin embargo, vemos la fe misma en nosotros mismos, cuando esa fe está en nosotros; porque la fe incluso en las cosas ausentes está presente, y la fe en las cosas que están fuera de nosotros está dentro, y la fe en las cosas que no se ven es ella misma vista, y ella misma no por eso deja de venir a los corazones de los hombres en el tiempo; y si alguno deja de ser fiel y se convierte en incrédulo, entonces perece de ellos. Y a veces la fe se acomoda incluso a las falsedades; pues a veces hablamos de tal modo que decimos: puse fe en él, y me engañó. Y esta clase de fe, si es que también ha de llamarse fe, perece del corazón sin culpa, cuando la verdad se encuentra y la expulsa. Pero la fe en las cosas que son verdaderas, pasa, como uno debería desear que pase, a las cosas mismas. Pues no debemos decir que la fe perece, cuando se ven aquellas cosas que eran creídas. ¿Acaso debe todavía llamarse fe, cuando la fe, según la definición de la Epístola a los Hebreos, es la evidencia de las cosas que no se ven?
4. En las palabras que siguen a continuación, «Éste vino por testimonio, para dar testimonio de la Luz, a fin de que todos por medio de él creyeran;» la acción, como hemos dicho, es una hecha en el tiempo. Pues dar testimonio incluso de aquello que es eterno, como es aquella luz inteligible, es una cosa hecha en el tiempo. Y de esto fue de lo que Juan vino a dar testimonio, quien «no era aquella Luz, sino que fue enviado para dar testimonio de aquella Luz.» Pues añade «Aquélla era la Luz verdadera que alumbra a todo hombre que viene a este mundo. En el mundo estaba, y el mundo por Él fue hecho, y el mundo no le conoció. A lo suyo vino, y los suyos no le recibieron.» Ahora bien, quienes conocen la lengua latina, entienden todas estas palabras, a partir de aquellas cosas que conocen: y de éstas, algunas se nos han hecho conocidas mediante los sentidos del cuerpo, como hombre, como el mundo mismo, cuya grandeza es tan evidente a nuestra vista; como también los sonidos de las palabras mismas, pues el oído es también un sentido del cuerpo; y algunas mediante la razón de la mente, como lo que se dice, «Y los suyos no le recibieron;» pues esto significa que no creyeron en Él; y qué es creer, no lo sabemos por ningún sentido del cuerpo, sino por la razón de la mente. Hemos aprendido también, no los sonidos, sino los significados de las palabras mismas, en parte mediante el sentido del cuerpo, en parte mediante la razón de la mente. Tampoco hemos oído ahora esas palabras por primera vez, sino que son palabras que habíamos oído antes. Y las reteníamos en nuestra memoria como cosas conocidas, y aquí reconocimos, no sólo las palabras mismas, sino también lo que significaban. Pues cuando se pronuncia la palabra bisílaba mundus, entonces algo que es ciertamente corporal, porque es un sonido, se ha hecho conocido mediante el cuerpo, es decir, mediante el oído. Pero lo que significa también se ha hecho conocido mediante el cuerpo, es decir, mediante los ojos de la carne. Pues en la medida en que el mundo nos es conocido, se conoce mediante la vista. Pero la palabra tetrasílaba crediderunt nos llega, en cuanto a su sonido, puesto que es una cosa corporal, mediante el oído de la carne; pero su significado no es descubrible por ningún sentido del cuerpo, sino por la razón de la mente. Pues a menos que supiéramos mediante la mente lo que significaba la palabra crediderunt, no entenderíamos lo que no hicieron aquellos de quienes se dice, «Y los suyos no le recibieron.» El sonido, pues, de la palabra resuena en los oídos del cuerpo desde fuera, y alcanza el sentido que se llama oído. La especie también del hombre nos es conocida en nosotros mismos, y se presenta a los sentidos del cuerpo desde fuera, en otros hombres; a los ojos, cuando se ve; a los oídos, cuando se oye; al tacto, cuando se sostiene y se toca; y tiene, además, su imagen en nuestra memoria, ciertamente incorpórea, pero semejante al cuerpo. Por último, la maravillosa belleza del mundo mismo está a mano desde fuera, tanto para nuestra mirada, como para aquel sentido que se llama tacto, si entramos en contacto con algo de él: y esto también tiene su imagen dentro en nuestra memoria, a la cual volvemos, cuando pensamos en ello ya sea en el recinto de una habitación, o también en la oscuridad. Pero ya hemos hablado suficientemente en el libro undécimo de estas imágenes de las cosas corporales; ciertamente incorpóreas, pero que tienen la semejanza de los cuerpos, y que pertenecen a la vida del hombre exterior. Pero ahora estamos tratando del hombre interior, y de su conocimiento, es decir, aquel conocimiento que es de las cosas temporales y mudables; en cuyo propósito y alcance, cuando se asume algo, incluso de las cosas pertenecientes al hombre exterior, debe asumirse para este fin, que de allí pueda enseñarse algo que ayude al conocimiento racional. Y de ahí que el uso racional de aquellas cosas que tenemos en común con los animales irracionales pertenece al hombre interior; y no puede decirse con razón que esto sea común a nosotros con los animales irracionales.
La fe, cosa del corazón y no del cuerpo; cómo es común y una y la misma en todos los creyentes. Una es la fe de los creyentes, no de otro modo que una es la voluntad de los que quieren
XIII, 2, 5
Pero la fe, de la cual nos vemos obligados, por la disposición de nuestro asunto, a discutir algo más por extenso en este libro: la fe, digo, por la cual quienes la tienen son llamados fieles, y quienes no la tienen, incrédulos, como lo fueron aquellos que no recibieron al Hijo de Dios que venía a los suyos; aunque se obra en nosotros por el oído, no pertenece, sin embargo, a aquel sentido corporal que se llama oído, porque no es un sonido; ni a los ojos de esta nuestra carne, porque no es ni color ni forma corporal; ni a lo que se llama tacto, porque no tiene nada de volumen; ni a sentido alguno del cuerpo, porque es cosa del corazón, no del cuerpo; ni está fuera, separada de nosotros, sino profundamente asentada en nuestro interior; ni hombre alguno la ve en otro, sino cada uno en sí mismo. Por último, es una cosa que puede a la vez fingirse con simulación y ser creída que está en aquel en quien no está. Por tanto, cada uno ve su propia fe en sí mismo; pero no ve, sino cree, que está en otro; y lo cree tanto más firmemente cuanto más conoce los frutos de ella, que la fe suele obrar por el amor. Y por eso esta fe es común a todos de quienes el evangelista añade, «Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios;» común, digo, no como una forma de objeto corporal es común, en cuanto a la vista, a los ojos de todos a quienes está presente, porque en cierto modo la mirada de todos los que la contemplan es informada por una misma forma; sino como el rostro humano puede decirse que es común a todos los hombres; pues esto se dice de tal modo que, sin embargo, cada uno ciertamente tiene el suyo. Decimos ciertamente con perfecta verdad que la fe de los creyentes queda impresa, a partir de una sola doctrina, en el corazón de cada persona que cree la misma cosa. Pero una cosa es lo que se cree y otra la fe con que se cree. Pues lo primero está en cosas que se dice que son, que han sido o que han de ser; lo segundo está en la mente del creyente y es visible sólo para aquel de quien es; aunque no ella misma, sino una fe semejante, está también en otros. Pues no es una en número, sino en género; sin embargo, a causa de la semejanza y de la ausencia de toda diferencia, la llamamos más bien una que muchas. Pues también cuando vemos a dos hombres extraordinariamente parecidos, nos admiramos y decimos que ambos tienen un solo rostro. Así, pues, es más fácil decir que eran muchas las almas —un alma distinta, ciertamente, para cada persona— de quienes leemos en los Hechos de los Apóstoles que tenían una sola alma, que atreverse alguien a decir, allí donde el Apóstol habla de «una fe», que hay tantas fes cuantos son los fieles. Y, sin embargo, Aquel que dice: «Oh mujer, grande es tu fe;» y a otro: «Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» da a entender que cada uno tiene su propia fe. Pero la fe semejante de los creyentes se dice que es una, del mismo modo que una la voluntad semejante de los que quieren; puesto que también en el caso de los que tienen la misma voluntad, la voluntad de cada uno es visible para sí mismo, mas la del otro no es visible, aunque quiera la misma cosa; y si se da a conocer por algunas señales, es creída más bien que vista. Pero cada uno, siendo consciente de su propia mente, ciertamente no cree, sino que manifiestamente ve con claridad, que ésta es su propia voluntad.
Capítulo 3. Algunos deseos, como son los mismos en todos, son conocidos por cada uno. El poeta Ennio
XIII, 3, 6
6. Existe, ciertamente, una armonía tan estrechamente concertada en la misma naturaleza que vive y usa de la razón, que, aunque uno no sabe lo que el otro quiere, hay, sin embargo, algunos quereres de todos que son conocidos también por cada uno; y, aunque cada hombre no sabe lo que quiere otro hombre cualquiera, en algunas cosas puede saber lo que todos quieren. Y de aquí proviene aquella historia del chiste ingenioso de un actor cómico, que prometió que diría en el teatro, en otra obra, lo que todos tenían en su mente y lo que todos querían; y cuando en el día señalado se había reunido una multitud aún mayor, con gran expectación, estando todos en suspenso y en silencio, se afirma que dijo: Queréis comprar barato y vender caro. Y, aunque era un actor de baja condición, todos reconocieron en sus palabras aquello de que ellos mismos eran conscientes, y le aplaudieron con admirable beneplácito, por haber dicho ante los ojos de todos lo que era confesadamente verdadero, pero lo que nadie esperaba. ¿Y por qué se despertó tan gran expectación con su promesa de que diría cuál era el querer de todos, sino porque nadie conoce los quereres de los demás hombres? Pero ¿acaso no conocía él aquel querer? ¿Hay alguien que no lo conozca? Y, sin embargo, ¿por qué, sino porque hay algunas cosas que no sin fundamento cada uno conjetura por sí mismo que están en los otros, mediante la simpatía o el acuerdo, ya sea en el vicio o en la virtud? Pero una cosa es ver la propia voluntad; otra, conjeturar, por cierta que sea la conjetura, cuál es la ajena. Pues, en las cosas humanas, tan cierto estoy de que Roma fue edificada como de que Constantinopla lo fue, aunque he visto Roma con mis ojos, y nada sé de la otra ciudad, salvo lo que he creído por el testimonio de otros. Y verdaderamente aquel actor cómico creyó que era común a todos el querer comprar barato y vender caro, ya observándose a sí mismo, ya poniendo a prueba también a otros. Mas como tal querer es en verdad una falta, cada uno puede alcanzar la virtud contraria o caer en el mal de alguna otra falta que sea contraria a ella, con la cual resistirla y vencerla. Pues yo mismo conozco un caso en que se ofreció a un hombre la compra de un manuscrito; él advirtió que el vendedor ignoraba su valor, y que por eso pedía muy poco, y entonces le dio, aunque no lo esperaba, el justo precio, que era mucho mayor. Supóngase incluso el caso de un hombre poseído de tan gran maldad que venda barato lo que sus padres le dejaron y compre caro para malgastarlo en sus propias concupiscencias. Semejante extravagancia licenciosa, me parece, no es increíble; y si se buscan tales hombres, pueden hallarse, o incluso salir al paso aunque no se los busque; los cuales, con una maldad mayor que la del teatro, hacen escarnio de la proposición o declaración teatral, comprando a gran precio el deshonor, mientras venden a bajo precio las tierras. Hemos oído también de personas que, por hacer distribución, compraron grano a un precio más alto y lo vendieron a sus conciudadanos a otro más bajo. Y nótese también lo que dijo el antiguo poeta Ennio: que «todos los mortales desean ser alabados;» en lo cual, sin duda, conjeturó lo que había en los demás, tanto por sí mismo como por aquellos a quienes conocía por experiencia; y así parece haber declarado qué es lo que todos los hombres quieren. Por último, si aquel mismo actor cómico hubiera dicho: Todos queréis ser alabados, ninguno de vosotros quiere ser insultado; habría parecido de modo semejante haber expresado lo que todos quieren. Y, sin embargo, hay algunos que odian sus propias faltas y no desean ser alabados por otros por aquello por lo cual están descontentos de sí mismos; y agradecen la bondad de quienes los reprenden, cuando el propósito de esa reprensión es su propia enmienda. Pero si hubiera dicho: Todos queréis ser bienaventurados, no queréis ser desdichados; habría dicho algo que nadie dejaría de reconocer en su propia voluntad. Pues, sea lo que sea lo que un hombre quiere secretamente, no se aparta de aquel querer que es bien conocido de todos los hombres, y bien conocido por estar en todos los hombres.
La voluntad de poseer la bienaventuranza es una en todos, pero es muy grande la variedad de voluntades acerca de esa misma bienaventuranza
XIII, 4, 7
7. Es admirable, sin embargo, que siendo una en todos la voluntad de alcanzar y retener la bienaventuranza, de dónde proviene, por otra parte, tanta variedad y diversidad de voluntades acerca de esa misma bienaventuranza; no porque nadie sea renuente a tenerla, sino porque no todos la conocen. Pues si todos la conocieran, no sería pensada por unos como consistente en la bondad de la mente; por otros, en el placer del cuerpo; por otros, en ambos; y por unos en una cosa, por otros en otra. Pues según hallan los hombres especial deleite en esto o en aquello, así han puesto en ello su idea de la vida bienaventurada. ¿Cómo, pues, todos aman tan ardientemente lo que no todos conocen? ¿Quién puede amar lo que no conoce?— asunto que ya he discutido en los libros precedentes. ¿Por qué, por tanto, es amada la bienaventuranza por todos, cuando no es conocida por todos? ¿Acaso sucede que todos conocen qué es ella misma, pero no todos conocen dónde se ha de hallar, y que la disputa surge de esto?— como si, en verdad, se tratara de algún lugar en este mundo, donde debiera querer vivir todo el que quiere vivir bienaventuradamente; y como si la cuestión de dónde está la bienaventuranza no estuviera implicada en la cuestión de qué es. Pues ciertamente, si está en el placer del cuerpo, es bienaventurado quien goza del placer del cuerpo; si en la bondad de la mente, la tiene quien goza de ésta; si en ambos, quien goza de ambos. Por tanto, cuando uno dice que vivir bienaventuradamente es gozar del placer del cuerpo, y otro que vivir bienaventuradamente es gozar de la bondad de la mente, ¿no es acaso que o ambos conocen, o ambos no conocen, qué es la vida bienaventurada? ¿Cómo, pues, ambos la aman, si nadie puede amar lo que no conoce? ¿O acaso es falso aquello que hemos supuesto ser lo más verdadero y lo más cierto, a saber, que todos los hombres quieren vivir bienaventuradamente? Porque si vivir bienaventuradamente es, por mor del argumento, vivir según la bondad de la mente, ¿cómo quiere vivir bienaventuradamente quien no quiere esto? ¿No deberíamos decir con más verdad: Ese hombre no quiere vivir bienaventuradamente, porque no desea vivir según la bondad, que es lo único que es vivir bienaventuradamente? Luego no todos los hombres quieren vivir bienaventuradamente; al contrario, pocos lo desean; si vivir bienaventuradamente no es otra cosa sino vivir según la bondad de la mente, cosa que muchos no quieren hacer. ¿Tendremos, pues, por falso aquello de lo que el mismo Cicerón académico no dudó (aunque los académicos dudan de todo), el cual, cuando quiso hallar en el diálogo Hortensio alguna cosa cierta, de la que nadie dudara, desde la cual partir su argumento, dice: Todos ciertamente queremos ser bienaventurados? Lejos esté de mí decir que esto es falso. Pero ¿entonces qué? ¿Hemos de decir que, aunque no hay otro modo de vivir bienaventuradamente que viviendo según la bondad de la mente, aun el que no quiere esto quiere vivir bienaventuradamente? Esto, ciertamente, parece demasiado absurdo. Pues es tanto como si dijéramos: Aun el que no quiere vivir bienaventuradamente, quiere vivir bienaventuradamente. ¿Quién podría escuchar, quién podría soportar, semejante contradicción? Y, sin embargo, la necesidad nos empuja a este aprieto, si es verdad a la vez que todos quieren vivir bienaventuradamente, y, sin embargo, no todos quieren vivir del modo en que únicamente se puede vivir bienaventuradamente.
Comentario editorial · Cicerón y el «Hortensio»
Agustín apoya su razonamiento en una frase del Hortensio, de Cicerón: «Todos ciertamente queremos ser bienaventurados». Lo cita otras dos veces en la obra, en el libro XIV. El diálogo, escrito en 45 a. C., se perdió; Wikipedia dice que se conserva en fragmentos transmitidos por varios autores, entre ellos Agustín, y que este reconoce que lo animó a la filosofía. En las Confesiones (III, 4), según la versión inglesa de Pusey, cuenta que dio con un libro de Cicerón que contiene una exhortación a la filosofía, llamado Hortensio, y que ese libro cambió sus afectos y volvió sus oraciones a Dios.
XIII, 5, 8
8. ¿O acaso la salida de nuestras dificultades se ha de hallar en esto: que, puesto que hemos dicho que cada uno coloca su idea de la vida bienaventurada en aquello que más le ha agradado, como a Epicuro le agradó el placer, a Zenón la bondad, y a otros les agradó otra cosa, digamos que vivir bienaventuradamente no es otra cosa sino vivir según el propio gusto: de modo que no es falso que todos quieren vivir bienaventuradamente, porque todos quieren aquello que agrada a cada uno? Pues si esto también se hubiera proclamado al pueblo en el teatro, todos lo habrían hallado en sus propias voluntades. Pero cuando también Cicerón hubo propuesto esto argumentando contra sí mismo, lo refutó de tal manera que hizo avergonzarse a los que así pensaban. Pues dice: «Mas he aquí que gentes que no son ciertamente filósofos, pero que están prontas a disputar, dicen que todos son bienaventurados, sean quienes sean los que viven como quieren;» que es lo que nosotros queremos decir con el 'como agrada a cada uno'. Pero poco después añadió: «Mas esto es ciertamente falso. Pues querer lo que no es conveniente es en sí mismo lo más miserable; ni es tan miserable no obtener lo que uno quiere, como querer obtener lo que no se debe.» Excelentemente y con toda verdad habla. Pues ¿quién puede estar tan ciego en su mente, tan ajeno a toda luz de la decencia, y envuelto en las tinieblas de la indecencia, como para llamar bienaventurado, porque vive como quiere, a quien vive inicua y deshonrosamente; y sin que nadie lo refrene, nadie lo castigue, y nadie se atreva siquiera a reprocharlo; más aún, con la mayoría de la gente alabándolo, puesto que, como dice la divina Escritura, «El pecador es alabado en los deseos de su alma, y el inicuo es bendecido,» satisface todos sus más criminales y atroces deseos? Cuando, sin duda, aunque incluso así sería desdichado, sería, sin embargo, menos desdichado, si nada hubiera podido tener de aquellas cosas que había querido malamente. Pues todo hombre es hecho desdichado también por una mala voluntad, aunque ésta se detenga en la sola voluntad; mas es más desdichado por el poder con que se cumple el anhelo de la mala voluntad. Y, por tanto, puesto que es verdad que todos los hombres quieren ser bienaventurados, y que buscan esta única cosa con ardentísimo amor, y por causa de ella buscan todo lo que buscan; y nadie puede amar aquello de lo que no sabe en absoluto qué es o de qué índole es, ni puede ignorar qué es aquello que sabe que quiere; se sigue que todos conocen la vida bienaventurada. Mas todos los que son bienaventurados tienen lo que quieren, aunque no todos los que tienen lo que quieren son por eso mismo bienaventurados. Pero son ciertamente desdichados quienes o no tienen lo que quieren, o tienen aquello que no quieren rectamente. Por tanto, sólo es bienaventurado el hombre que a la vez tiene todas las cosas que quiere y no quiere mal alguno.
Por qué, cuando todos quieren ser bienaventurados, se elige más bien aquello por lo cual uno se aparta de serlo
XIII, 6, 9
9. Puesto que, pues, la vida bienaventurada consta de estas dos cosas, y es conocida de todos y querida de todos; ¿cuál podemos pensar que es la causa por la que, cuando no pueden tener ambas, los hombres eligen, de estas dos, tener todas las cosas que quieren, más bien que querer bien todas las cosas, aunque no las tengan? ¿Acaso es la depravación misma del género humano, de tal manera que, no siendo ellos ignorantes de que ni es bienaventurado el que no tiene lo que quiere, ni el que tiene lo que quiere malamente, sino aquel que a la vez tiene todas las cosas buenas que quiere y no quiere mal alguno, sin embargo, cuando no se conceden ambas de aquellas dos cosas en que consiste la vida bienaventurada, se elige más bien aquello por lo cual uno se aparta más de la vida bienaventurada (puesto que ciertamente está más lejos de ella el que obtiene las cosas que deseó inicuamente, que el que sólo no obtiene las cosas que deseó); mientras que la buena voluntad debería más bien ser elegida y preferida, aun si no obtiene las cosas que busca? Pues se acerca a ser hombre bienaventurado el que quiere bien todo lo que quiere, y quiere cosas que, cuando las obtenga, lo harán bienaventurado. Y ciertamente no las cosas malas, sino las buenas, hacen bienaventurados a los hombres, cuando las hacen tales. Y de las cosas buenas ya tiene algo, y ciertamente algo no digno de ser tenido en poco, a saber, la misma buena voluntad; quien anhela gozar de aquellos bienes de que es capaz la naturaleza humana, y no de la ejecución o consecución de mal alguno; y quien sigue diligentemente, y alcanza cuanto puede, con mente prudente, templada, valerosa y recta, los bienes que son posibles en la presente vida miserable; de modo que sea bueno aun en los males, y cuando todos los males hayan llegado a su fin, y todos los bienes se hayan cumplido, entonces sea bienaventurado.
La fe es necesaria para que el hombre pueda algún día ser bienaventurado, cosa que solo alcanzará en la vida futura. La bienaventuranza de los filósofos soberbios es ridícula y digna de compasión
XIII, 7, 10
10. Y por esta razón, la fe, por la cual los hombres creen en Dios, es sobre todas las cosas necesaria en esta vida mortal, llena como está de errores y penalidades. Porque no hay bien alguno, y sobre todo no hay ninguno de aquellos por los cuales alguien se hace bueno, o de aquellos por los cuales llegará a ser bienaventurado, del que pueda hallarse otra fuente de donde vengan al hombre y se le añadan, sino solo de Dios. Pero cuando el que es bueno y fiel en medio de estas miserias haya pasado de esta vida a la vida bienaventurada, entonces verdaderamente sucederá lo que ahora es absolutamente imposible—a saber, que un hombre viva como quiera. Porque no querrá vivir mal en medio de aquella felicidad, ni querrá cosa alguna que le falte, ni faltará cosa alguna que él haya querido. Todo lo que sea amado estará presente; ni se anhelará aquello que no estará presente. Todo lo que allí habrá será bueno, y el Dios supremo será el bien supremo y estará presente para que lo gocen quienes lo aman; y lo que es del todo lo más bienaventurado, será cierto que así será para siempre. Mas ahora, en verdad, los filósofos se han fabricado para sí, según el placer de cada uno, sus propios ideales de vida bienaventurada; para poder, como por su propio poder, hacer aquello que por la condición común de los mortales no podían hacer—a saber, vivir como querían. Porque sentían que nadie podía ser bienaventurado sino teniendo lo que quiere y no sufriendo nada de lo que no quiere. ¿Y quién no querría que aquella vida, cualquiera que sea, con la cual se deleita y a la que por eso llama bienaventurada, estuviera de tal modo en su propio poder, que pudiera tenerla continuamente? Y sin embargo, ¿quién se halla en esta condición? ¿Quién quiere sufrir tribulaciones para soportarlas varonilmente, aunque quiere y es capaz de soportarlas si las sufre? ¿Quién querría vivir en tormentos, aun cuando sea capaz de vivir laudablemente manteniéndose firme en la justicia en medio de ellos por la paciencia? Los que han soportado estos males, ya en el deseo de tener o en el temor de perder lo que amaban, ya sea inicuamente o laudablemente, los han considerado transitorios. Porque muchos se han lanzado valientemente a través de males transitorios hacia bienes que permanecerán. Y estos, sin duda, son bienaventurados por la esperanza, aun mientras sufren realmente tales males transitorios, por medio de los cuales llegan a bienes que no serán transitorios. Pero el que es bienaventurado por la esperanza no es todavía bienaventurado: pues espera, por la paciencia, una bienaventuranza que todavía no posee. Mientras que aquel, por el contrario, que es atormentado sin tal esperanza, sin tal recompensa, use cuanta resistencia quiera, no es verdaderamente bienaventurado, sino valientemente miserable. Pues no por eso deja de ser miserable, porque lo sería más si además soportara la miseria con impaciencia. Además, aun si no sufre aquellas cosas que no querría sufrir en su propio cuerpo, ni siquiera entonces ha de ser estimado bienaventurado, puesto que no vive como quiere. Pues para omitir otras cosas que, permaneciendo el cuerpo ileso, pertenecen a aquellas molestias del ánimo sin las cuales querríamos vivir, y que son innumerables; querría, en todo caso, si pudiera, tener su cuerpo sano y salvo, y no sufrir de él inconveniente alguno, hasta tenerlo bajo su propio control, o incluso tenerlo con una incorruptibilidad del cuerpo mismo; y porque no posee esto, y pende en duda acerca de ello, ciertamente no vive como quiere. Pues aunque esté dispuesto por la fortaleza a aceptar y soportar con ánimo ecuánime cualesquiera adversidades que le acontezcan, preferiría sin embargo que no aconteciesen, y las impide si puede; y está de tal modo dispuesto para ambas alternativas, que, en cuanto de él depende, desea la una y rehúye la otra; y si ha caído en aquello que rehúye, lo soporta de buena voluntad porque no pudo suceder lo que él quería. Lo soporta, pues, para no ser aplastado; mas no querría de buen grado ni siquiera ser cargado. ¿Cómo, pues, vive como quiere? ¿Acaso porque es voluntariamente fuerte para soportar lo que no querría que se le impusiera? Entonces solo quiere lo que puede, porque no puede tener lo que quiere. Y esta es la suma de la bienaventuranza de los mortales soberbios, no sé si para reírse de ella, o más bien para compadecerla, que se jactan de vivir como quieren, porque soportan de buen grado con paciencia lo que no quieren que les suceda. Pues esto, dicen, es como aquel sabio dicho de Terencio—
«Puesto que no puede ser lo que quieres, quiere lo que puedas.»
Que esto está dicho con acierto, ¿quién lo niega? Pero es un consejo dado al hombre miserable, para que no sea más miserable. Y no se dice recta ni verdaderamente al hombre bienaventurado, tal como todos desean ser: No puede ser lo que quieres. Pues si es bienaventurado, cuanto quiera puede ser; puesto que no quiere lo que no puede ser. Pero tal vida no es para este estado mortal, ni sucederá sino cuando también suceda la inmortalidad. Y si esto no pudiera darse en absoluto al hombre, también la bienaventuranza se buscaría en vano, pues no puede darse sin la inmortalidad.
XIII, 8, 11
11. Como, por tanto, todos los hombres quieren ser bienaventurados, ciertamente, si quieren de verdad, quieren también ser inmortales; pues de otro modo no podrían ser bienaventurados. Y además, si se les pregunta también acerca de la inmortalidad, como antes acerca de la bienaventuranza, todos responden que la quieren. Pero una bienaventuranza de cualquier cualidad que sea, tal que no lo es, sino más bien se la llama así, es buscada, y aun fingida, en esta vida, mientras se desespera de la inmortalidad, sin la cual no puede darse la verdadera bienaventuranza. Pues vive bienaventuradamente, como ya hemos dicho antes, y suficientemente probado y concluido, el que vive como quiere y no quiere nada malamente. Mas nadie quiere malamente la inmortalidad, si la naturaleza humana es por don de Dios capaz de ella; y si no es capaz de ella, no es capaz de la bienaventuranza. Pues para que el hombre viva bienaventuradamente, es necesario que viva. Y si la vida lo abandona al morir, ¿cómo puede permanecer con él la vida bienaventurada? Y cuando lo abandona, sin duda lo abandona o contra su voluntad, o con su voluntad, o ni lo uno ni lo otro. Si contra su voluntad, ¿cómo es bienaventurada la vida que está de tal modo dentro de su querer que no está dentro de su poder? Y puesto que nadie es bienaventurado si quiere algo que no tiene, ¿cuánto menos es bienaventurado el que es abandonado contra su voluntad, no por el honor, ni por las posesiones, ni por otra cosa cualquiera, sino por la vida bienaventurada misma, puesto que no tendrá vida alguna? Y por eso, aunque no quede sentimiento alguno para que su vida sea por ello miserable (pues la vida bienaventurada lo abandona, porque la vida en absoluto lo abandona), es sin embargo desdichado mientras siente, porque sabe que contra su voluntad se está destruyendo aquello por causa de lo cual ama todo lo demás, y que ama más que todo lo demás. Una vida, por tanto, no puede a la vez ser bienaventurada y abandonar al hombre contra su voluntad, puesto que nadie se hace bienaventurado contra su voluntad; y por eso, ¡cuánto más hace miserable al hombre abandonándolo contra su voluntad, cuando lo haría miserable si la tuviera contra su voluntad! Mas si lo abandona con su voluntad, aun así, ¿cómo era bienaventurada aquella vida, que el que la tenía quiso que pereciera? Queda, pues, que digan que ninguna de estas dos cosas está en la mente del hombre bienaventurado; es decir, que no es ni de mala gana ni de buena gana como quiere ser abandonado por la vida bienaventurada, cuando por la muerte la vida lo abandona del todo; pues permanece firme con corazón ecuánime, preparado igualmente para una y otra alternativa. Pero tampoco es bienaventurada aquella vida que es tal que se hace indigna del amor de aquel a quien hace bienaventurado. Pues ¿cómo es bienaventurada aquella vida a la que el bienaventurado no ama? ¿O cómo es amada aquella de la cual se recibe con indiferencia si ha de florecer o perecer? A no ser que acaso las virtudes, que amamos de este modo solo por causa de la bienaventuranza, se atrevan a persuadirnos de que no amamos la bienaventuranza misma. Pero si hicieran esto, ciertamente dejaríamos de amar las virtudes mismas, cuando no amamos aquello por causa de lo cual solamente las amábamos. Y además, ¿cómo será verdadera aquella opinión, tan probada, y cribada, y completamente tamizada, y tan cierta, a saber, que todos los hombres quieren ser bienaventurados, si los que ya son bienaventurados ni quieren ni no quieren ser bienaventurados? O si lo quieren, como proclama la verdad, como constriñe la naturaleza, en la cual ciertamente el Creador sumamente bueno e inmutablemente bienaventurado ha implantado ese querer: si, digo, quieren ser bienaventurados los que son bienaventurados, ciertamente no quieren no ser bienaventurados. Mas si no quieren no ser bienaventurados, sin duda no quieren ser aniquilados y perecer en cuanto a su bienaventuranza. Pero no pueden ser bienaventurados sino estando vivos; por tanto, no quieren perecer en cuanto a su vida. Por consiguiente, quienesquiera que son verdaderamente bienaventurados o desean serlo, quieren ser inmortales. Mas no vive bienaventuradamente el que no tiene lo que quiere. Síguese, por tanto, que de ningún modo puede la vida ser verdaderamente bienaventurada si no es eterna.
Decimos que la bienaventuranza futura es verdaderamente eterna, no por razonamientos humanos, sino con la ayuda de la fe. La inmortalidad de la bienaventuranza se hace creíble por la encarnación del Hijo de Dios
XIII, 9, 12
12. Si la naturaleza humana puede recibir esto, que sin embargo confiesa ser deseable, no es cuestión pequeña. Pero si la fe está presente, la cual está en aquellos a quienes Jesús ha dado potestad de llegar a ser hijos de Dios, entonces no hay cuestión. Ciertamente, de aquellos que se esfuerzan por descubrirlo por razonamientos humanos, apenas unos pocos, y esos dotados de grandes capacidades, y abundantes en ocio, e instruidos con la doctrina más sutil, han podido alcanzar la investigación de la sola inmortalidad del alma. Y aun para el alma no han hallado una vida bienaventurada estable, es decir, verdadera; puesto que han dicho que retorna a las miserias de esta vida incluso después de la bienaventuranza. Y aquellos de entre ellos que se avergüenzan de esta opinión, y han pensado que el alma purificada ha de ser puesta en la felicidad eterna sin cuerpo, sostienen tales opiniones acerca de la eternidad pasada del mundo, que refutan esta opinión suya acerca del alma; cosa que aquí sería demasiado largo demostrar; pero ha sido, según creo, suficientemente explicada por nosotros en el libro duodécimo de la Ciudad de Dios. Mas la fe promete, no por razonamiento humano, sino por autoridad divina, que el hombre entero, que ciertamente consta de alma y cuerpo, será inmortal, y por esto verdaderamente bienaventurado. Y así, cuando se había dicho en el Evangelio que Jesús ha dado «potestad de llegar a ser hijos de Dios a los que lo recibieron;» y lo que es haberlo recibido se había explicado brevemente diciendo: «A los que creen en su nombre;» y se añadió además de qué modo han de llegar a ser hijos de Dios, a saber, «Los cuales no nacieron de sangre, ni de la voluntad de la carne, ni de la voluntad del varón, sino de Dios;» — para que aquella flaqueza de los hombres que todos vemos y soportamos no desesperara de alcanzar tan gran excelencia, se añade en el mismo lugar: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros;» para que, por el contrario, los hombres quedaran convencidos de aquello que parecía increíble. Pues si Aquel que por naturaleza es el Hijo de Dios fue hecho Hijo del hombre por misericordia en favor de los hijos de los hombres—pues esto es lo que se significa con «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros» los hombres—, ¿cuánto más creíble es que los hijos de los hombres por naturaleza sean hechos hijos de Dios por la gracia de Dios, y habiten en Dios, en quien solo y de quien solo pueden los bienaventurados ser hechos partícipes de aquella inmortalidad; de la cual, para que fuéramos convencidos, el Hijo de Dios fue hecho partícipe de nuestra mortalidad?
No hubo otro modo más adecuado de librar al hombre de la miseria de la mortalidad que la encarnación del Verbo. Los merecimientos que se llaman nuestros son dones de Dios
XIII, 10, 13–14
13. Aquellos, pues, que dicen: ¿Qué, no tenía Dios otro modo por el cual pudiera librar a los hombres de la miseria de esta mortalidad, que querer que el Hijo unigénito, Dios coeterno consigo mismo, se hiciera hombre, revistiéndose de un alma y una carne humanas, y siendo hecho mortal para padecer la muerte?— a estos, digo, no basta refutarlos con aseverar que aquel modo por el cual Dios se digna librarnos mediante el Mediador de Dios y de los hombres, el hombre Cristo Jesús, es bueno y conveniente a la dignidad de Dios; sino que debemos mostrar también, no ciertamente que ningún otro modo era posible para Dios, a cuyo poder todas las cosas están igualmente sujetas, sino que ni hubo ni pudo haber otro modo más apropiado para curar nuestra miseria. Pues ¿qué era tan necesario para la edificación de nuestra esperanza, y para librar de la desesperación de la inmortalidad las mentes de los mortales abatidas por la condición misma de la mortalidad, como que se nos demostrara en cuán gran precio nos estimó Dios, y cuán grandemente nos amó? Mas ¿qué hay más manifiesto y evidente en esta tan grande prueba de ello, que el que el Hijo de Dios, inmutablemente bueno, permaneciendo lo que era en sí mismo, y recibiendo de nosotros y por nosotros lo que no era, sin pérdida alguna de su propia naturaleza, y dignándose entrar en la comunión de la nuestra, primero, sin merecimiento malo alguno suyo, llevara nuestros males; y así, con munificencia sin obligación, otorgara sus propios dones a nosotros, que ahora creemos cuánto nos ama Dios, y que ahora esperamos aquello de lo que solíamos desesperar, sin merecimientos buenos algunos nuestros, y aun precediendo nuestros malos merecimientos?
14. Puesto que también aquellos que se llaman nuestros merecimientos, son dones suyos. Pues, para que la fe obre por el amor, «el amor de Dios se ha derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.» Y Él fue dado entonces, cuando Jesús fue glorificado por la resurrección. Pues entonces prometió que Él mismo lo enviaría, y lo envió; porque entonces, como estaba escrito y profetizado de Él, «Subió a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.» Estos dones constituyen nuestros merecimientos, por los cuales llegamos al sumo bien de una bienaventuranza inmortal. «Mas Dios,» dice el apóstol, «encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Mucho más, pues, justificados ahora por su sangre, seremos salvos de la ira por Él.» A esto prosigue añadiendo: «Porque si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más, ya reconciliados, seremos salvos por su vida.» A los que primero llama pecadores, después los llama enemigos de Dios; y a los que primero habla de justificados por su sangre, después habla de reconciliados por la muerte del Hijo de Dios; y a los que primero habla de salvos de la ira por Él, después habla de salvos por su vida. No éramos, pues, antes de aquella gracia meramente pecadores de cualquier modo, sino en tales pecados que éramos enemigos de Dios. Pero el mismo apóstol nos llama arriba varias veces con dos apelativos, a saber, pecadores y enemigos de Dios—uno como el más suave, el otro claramente el más duro—diciendo: «Porque si cuando aún éramos débiles, a su tiempo Cristo murió por los impíos.» A los que llamó débiles, los mismos llamó impíos. La debilidad parece algo leve; pero a veces es tal que se llama impiedad. Mas si no fuera debilidad, no necesitaría de médico, que en hebreo es Jesús, en griego [Σωτήρ], y en nuestra habla Salvador. Y esta palabra la lengua latina no la tenía antes, mas pudo tenerla, pues pudo tenerla cuando la quiso. Y esta sentencia precedente del apóstol, donde dice: «Porque cuando aún éramos débiles, a su tiempo murió por los impíos,» se enlaza con aquellas dos sentencias siguientes; en una de las cuales habló de pecadores, en la otra de enemigos de Dios, como si refiriera cada una por separado a cada una, a saber, pecadores a los débiles, enemigos de Dios a los impíos.