Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 126 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 11. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)45 minPosición: 0% de esta parteParte 11 de 21 · Libro VIIIPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

    Leer por sesiones · 126 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
    83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
    90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
    91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
    108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Libro VIII

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · VIII, argumento
    Se explica y se prueba que no solo el Padre no es mayor que el Hijo, sino que tampoco ambos juntos son algo mayor que el Espíritu Santo, ni dos cualesquiera juntos en la misma Trinidad algo mayor que uno, ni los tres juntos algo mayor que cada uno por separado. Se muestra luego cómo puede entenderse la naturaleza misma de Dios a partir de nuestro entendimiento de la verdad, y de nuestro conocimiento del sumo bien, y del amor innato de la justicia, por el cual un alma justa es amada aun por un alma que todavía no es justa. Pero se urge sobre todo que el conocimiento de Dios ha de buscarse por el amor, que Dios es dicho ser en las Escrituras; y en este amor se señala también la existencia de algún vestigio de una trinidad.

    Prefacio

    Conclusión de lo que se ha dicho arriba. Regla que ha de observarse en las cuestiones más difíciles de la fe

    VIII, prefacio

    Hemos dicho en otra parte que aquellas cosas se predican especialmente en la Trinidad como pertenecientes a cada persona por separado, las cuales se predican relativamente de unas a otras, como Padre e Hijo, y don de ambos, el Espíritu Santo; porque el Padre no es la Trinidad, ni el Hijo la Trinidad, ni el don la Trinidad: sino que, cuando cada uno es nombrado individualmente respecto de sí mismo, no se habla de tres en número plural, sino de uno, la Trinidad misma, como Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo; el Padre bueno, el Hijo bueno y el Espíritu Santo bueno; y el Padre omnipotente, el Hijo omnipotente y el Espíritu Santo omnipotente: sin embargo, no tres dioses, ni tres bienes, ni tres omnipotentes, sino un solo Dios, bueno, omnipotente, la Trinidad misma; y todo lo demás que se dice de ellos, no relativamente entre sí, sino individualmente respecto de sí mismos. Porque así se habla según la esencia, ya que en ellos ser es lo mismo que ser grande, que ser bueno, que ser sabio, y todo lo demás que se dice de cada persona individualmente en ellos, o de la Trinidad misma, respecto de sí mismos. Y por eso se les llama tres personas, o tres sustancias, no para que se entienda alguna diversidad de esencia, sino para que podamos responder con alguna palabra, si alguien pregunta qué tres, o qué tres cosas. Y que hay tan gran igualdad en aquella Trinidad, que no solo el Padre no es mayor que el Hijo, en cuanto a la divinidad, sino que tampoco el Padre y el Hijo juntos son mayores que el Espíritu Santo; ni cada persona individual, cualquiera que sea de las tres, es menor que la Trinidad misma. Esto es lo que hemos dicho; y si se trata y se repite con frecuencia, sin duda se hace más familiarmente conocido: sin embargo, también hay que poner algún límite a la discusión, y hemos de suplicar a Dios con la más devota piedad, que abra nuestro entendimiento y quite la inclinación a disputar, para que nuestras mentes puedan discernir la esencia de la verdad, que no tiene bulto ni mutabilidad. Ahora, pues, en cuanto el mismo Creador nos ayuda con su maravillosa misericordia, consideremos estas materias, en las que entraremos más profundamente que en las que precedieron, aunque en verdad son las mismas; guardando entretanto esta regla: que lo que aún no se ha hecho claro a nuestro entendimiento, no se aparte sin embargo de la firmeza de nuestra fe.

    Capítulo 1. Se muestra con la razón que en Dios las tres Personas no son algo mayor que una sola Persona

    VIII, 1, 2

    2. Pues decimos que en esta Trinidad dos o tres personas no son algo mayor que una de ellas; lo cual no recibe la percepción carnal, no por otra razón sino porque percibe como puede las cosas verdaderas que han sido creadas, pero no puede discernir la verdad misma por la cual han sido creadas; porque si pudiera, entonces la misma luz corpórea no sería en modo alguno más clara que esto que hemos dicho. Pues, en cuanto a la sustancia de la verdad, puesto que ella sola es verdaderamente, nada es mayor, a no ser porque es más verdaderamente. Pero en cuanto a todo lo inteligible e inmutable, ninguna cosa es más verdaderamente que otra, puesto que todas por igual son inmutablemente eternas; y lo que allí se llama grande no es grande por otra cosa sino por aquello por lo cual es verdaderamente. Por lo cual, donde la magnitud misma es verdad, todo lo que tenga más magnitud necesariamente ha de tener más verdad; por consiguiente, lo que no tiene más verdad, tampoco tiene más magnitud. Además, lo que tiene más verdad ciertamente es más verdadero, así como es mayor lo que tiene más magnitud; por tanto, en cuanto a la sustancia de la verdad, es más grande lo que es más verdadero. Pero el Padre y el Hijo juntos no son más verdaderos que el Padre solo, o que el Hijo solo. Por tanto, ambos juntos no son algo mayor que cada uno de ellos por separado. Y puesto que también el Espíritu Santo es igualmente verdadero, el Padre y el Hijo juntos no son algo mayor que Él, ya que tampoco son más verdaderos. También el Padre y el Espíritu Santo juntos, puesto que no superan al Hijo en verdad (pues no son más verdaderos), tampoco le superan en magnitud. Y así el Hijo y el Espíritu Santo juntos son tan grandes como el Padre solo, puesto que son tan verdaderos. De igual modo, la Trinidad misma es tan grande como cada persona en ella. Pues donde la verdad misma es magnitud, no es más grande lo que no es más verdadero: ya que en orden a la esencia de la verdad, ser verdadero es lo mismo que ser, y ser es lo mismo que ser grande; por tanto, ser grande es lo mismo que ser verdadero. Por consiguiente, en orden a ella, lo que es igualmente verdadero necesariamente ha de ser también igualmente grande.

    Capítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad

    VIII, 2, 3

    3. Pero en cuanto a los cuerpos, puede suceder que este oro y aquel oro sean igualmente verdaderos [reales], pero este puede ser mayor que aquel, puesto que en este caso la magnitud no es lo mismo que la verdad; y una cosa es ser oro, otra ser grande. Así también en la naturaleza del alma; el alma no se llama grande en el mismo respecto en que se llama verdadera. Pues también tiene alma verdadera [real] el que no tiene alma grande; ya que la esencia del cuerpo y del alma no es la esencia de la verdad [realidad] misma; como lo es la Trinidad, un solo Dios, solo, grande, verdadero, veraz, la verdad. De quien si nos esforzamos por pensar, en cuanto Él mismo lo permite y concede, no pensemos en ningún tacto o abrazo en el espacio local, como si fueran tres cuerpos, ni en ninguna unión apretada por conjunción, como cuentan las fábulas de Gerión de tres cuerpos; sino que todo lo que pueda presentarse a la mente, que sea de tal índole que sea mayor en tres que en cada uno por separado, y menor en uno que en dos, sea rechazado sin duda alguna; porque así se rechaza todo lo corpóreo. Pero también en las cosas espirituales, nada mudable que se haya presentado a la mente sea pensado de Dios. Pues cuando aspiramos desde esta profundidad a aquella altura, es un paso hacia no pequeño conocimiento si, antes de poder saber qué es Dios, podemos ya saber qué no es. Porque ciertamente Él no es ni tierra ni cielo; ni, por así decir, tierra y cielo; ni ninguna cosa tal como vemos en el cielo; ni ninguna cosa tal como no vemos, pero que quizá está en el cielo. Ni si magnificaras en la imaginación de tu pensamiento la luz del sol cuanto puedas, sea para que fuese mayor, sea para que fuese más brillante, mil veces más, o veces sin número; tampoco esto es Dios. Ni como pensamos en los ángeles puros como espíritus que animan cuerpos celestes, y que los cambian y gobiernan según la voluntad con que sirven a Dios; ni siquiera si todos, y hay «millares de millares», fueran reunidos en uno, y se hicieran uno; tampoco es algo así Dios. Ni si pensaras en esos espíritus como sin cuerpos — cosa en verdad dificilísima para el pensamiento carnal. Mira y ve, si puedes, oh alma oprimida por el cuerpo corruptible y agobiada por pensamientos terrenos, muchos y variados; mira y ve, si puedes, que Dios es la verdad. Porque está escrito que «Dios es luz;» no de la manera en que estos ojos ven, sino de la manera en que el corazón ve, cuando se dice: Él es la verdad [realidad]. No preguntes qué es la verdad [realidad]; porque inmediatamente las tinieblas de las imágenes corpóreas y las nubes de los fantasmas se interpondrán, y perturbarán aquella calma que en el primer destello te resplandeció, cuando dije verdad [realidad]. Mira que permanezcas, si puedes, en aquel primer destello con el que eres deslumbrado, como por un relámpago, cuando se te dice: Verdad [Realidad]. Pero no puedes; te deslizarás de nuevo hacia aquellas cosas usuales y terrenas. Y ¿qué peso, dime, es el que te hará deslizarte así, a no ser la liga de las manchas de los apetitos que has contraído y los errores de tu extravío del camino recto?

    Capítulo 3

    Cómo se puede conocer que Dios es el sumo bien. La mente no se hace buena sino convirtiéndose a Dios

    VIII, 3, 4–5

    4. Mira otra vez, y ve si puedes. Ciertamente no amas nada sino lo que es bueno, pues buena es la tierra, con la altura de sus montes, y la debida medida de sus colinas, y la superficie llana de sus llanuras; y buena es una heredad agradable y fértil; y buena es una casa dispuesta en debidas proporciones, y espaciosa y luminosa; y buenos son los cuerpos animados y vivientes; y bueno es el aire templado y saludable; y bueno es el alimento agradable y apto para la salud; y buena es la salud, sin dolores ni fatiga; y bueno es el rostro del hombre dispuesto en justas proporciones, y alegre en el semblante, y brillante en color; y buena es la mente de un amigo, con la dulzura de la concordia y con la confianza del amor; y bueno es un hombre justo; y buenas son las riquezas, puesto que son fácilmente útiles; y bueno es el cielo, con su sol, y luna, y estrellas; y buenos son los ángeles, por su santa obediencia; y bueno es el discurso que enseña dulcemente y amonesta convenientemente al oyente; y bueno es un poema armonioso en sus metros y grave en su sentido. ¿Y por qué añadir más y más? Esto es bueno y aquello es bueno, pero quita esto y aquello, y contempla el bien mismo si puedes; así verás a Dios, no bueno por un bien que es distinto de Él mismo, sino el bien de todo bien. Pues en todas estas cosas buenas, bien sean las que he mencionado, bien otras que se han de discernir o pensar, no podríamos decir que una era mejor que otra, cuando juzgamos con verdad, a no ser que en nosotros se hubiera impreso una concepción del bien mismo, tal que según ella aprobemos unas cosas como buenas y prefiramos un bien a otro. Así, Dios ha de ser amado, no este o aquel bien, sino el bien mismo. Porque el bien que ha de buscarse para el alma no es aquel por encima del cual ella ha de volar juzgándolo, sino aquel al que ha de adherirse amándolo; ¿y qué puede ser esto sino Dios? No una mente buena, ni un ángel bueno, ni el cielo bueno, sino el bien bueno. Pues quizá lo que quiero decir se pueda percibir más fácilmente de esta manera. Pues cuando, por ejemplo, una mente es llamada buena, como hay dos palabras, así por estas palabras entiendo dos cosas: una por la que es mente, y otra por la que es buena. Y ella misma no tuvo parte en hacerse a sí misma mente, pues todavía no había nada que pudiera hacerse a sí misma algo; pero veo que hacerse a sí misma una mente buena debe ser realizado por la voluntad: no porque aquello por lo que es mente no sea en sí algo bueno — pues ¿cómo si no se la llama ya, y con toda verdad, mejor que el cuerpo? —, sino que todavía no se llama mente buena, por esta razón: porque todavía se echa de menos la acción de la voluntad, por la cual ha de llegar a ser más excelente; y si ha descuidado esto, entonces es justamente reprendida, y con razón se la llama no una mente buena. Pues entonces difiere de la mente que hace esto; y puesto que esta última es digna de alabanza, la primera, sin duda, que no lo hace, es digna de vituperio. Pero cuando lo hace de propósito deliberado, y se convierte en una mente buena, no puede sin embargo alcanzar a serlo a no ser que se convierta a algo que ella misma no es. ¿Y a qué puede convertirse para llegar a ser una mente buena, sino al bien que ama, y busca, y obtiene? Y si se aparta de nuevo de este, y deja de ser buena, entonces por el mismo acto de apartarse del bien, a no ser que aquel bien permanezca en ella del que se aparta, no puede volverse de nuevo allí si desea enmendarse.
    5. Por lo cual no habría bienes mudables si no existiera el bien inmutable. Siempre, pues, que se te habla de este bien y de aquel bien, los cuales también en otros respectos pueden llamarse no buenos, si puedes apartar aquellas cosas que son buenas por la participación del bien, y discernir aquel bien mismo por cuya participación son buenas (pues cuando se habla de este o aquel bien, entiendes juntamente con ellos también el bien mismo): si, digo, puedes quitar estas cosas, y puedes discernir el bien en sí mismo, entonces habrás discernido a Dios. Y si te adhieres a Él con amor, serás inmediatamente bienaventurado. Pero así como las demás cosas no son amadas sino porque son buenas, avergüénzate, al adherirte a ellas, de no amar el bien mismo del cual son buenas. También aquello, que es mente, solo porque es mente, mientras todavía no es además buena por haberse convertido hacia el bien inmutable, sino que, como he dicho, solo es mente; siempre que nos agrada tanto, que lo preferimos incluso, si entendemos rectamente, a toda luz corpórea, no nos agrada en sí mismo, sino en aquella sabiduría por la cual fue hecho. Pues por eso es aprobado como hecho, en cuanto se ve que había de ser hecho. Esta es la verdad y el bien simple: pues no es otra cosa sino el bien mismo, y por esta razón también el sumo bien. Porque ningún bien puede ser disminuido o aumentado, sino aquel que es bueno por algún otro bien. Por tanto, la mente se convierte, para ser buena, a aquello por lo cual llega a ser mente. Por tanto, la voluntad está entonces en armonía con la naturaleza, para que la mente se perfeccione en el bien, cuando aquel bien es amado por la conversión de la voluntad hacia él, de donde proviene también aquel otro bien que no se pierde por el apartamiento de la voluntad de aquel. Pues al apartarse del sumo bien, la mente pierde el ser mente buena; pero no pierde el ser mente. Y esto también ya es un bien, y mejor que el cuerpo. Por tanto, la voluntad pierde aquello que la voluntad obtiene. Porque ya era la mente, que podía desear convertirse a aquello de lo que procedía; pero todavía no era aquello que podía desear ser antes de ser. Y en esto está nuestro [supremo] bien, cuando vemos si la cosa debe ser o haber sido, respecto de la cual comprendemos que debe ser o haber sido, y cuando vemos que la cosa no habría podido ser a no ser que debiera haber sido, de la que tampoco comprendemos de qué manera debió ser. Este bien, pues, no está lejos de cada uno de nosotros: porque en él vivimos, y nos movemos, y tenemos nuestro ser.

    Capítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado

    VIII, 4, 6–7

    6. Pero por el amor hemos de mantenernos firmes y adherirnos a esto, para que gocemos de la presencia de aquello por lo cual somos, y en cuya ausencia no podríamos ser en absoluto. Pues como «caminamos todavía por fe y no por vista», ciertamente aún no vemos a Dios, como dice el mismo [apóstol], «cara a cara»; a quien, sin embargo, nunca veremos, a no ser que ya ahora le amemos. Pero ¿quién ama lo que no conoce? Pues es posible que algo se conozca y no se ame; pero pregunto si es posible que lo que no se conoce pueda ser amado; porque si no puede, entonces nadie ama a Dios antes de conocerlo. Y ¿qué es conocer a Dios sino contemplarlo y percibirlo firmemente con la mente? Pues no es un cuerpo que haya de buscarse con ojos carnales. Pero antes de que tengamos poder para contemplar y percibir a Dios, como Él puede ser contemplado y percibido, lo cual se permite a los limpios de corazón; porque «bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios»; a no ser que sea amado por la fe, no será posible que el corazón sea purificado, para que sea apto y digno de verlo. Pues ¿dónde están aquellas tres, para edificar las cuales en la mente se ha levantado todo el aparato de las divinas Escrituras, a saber, la Fe, la Esperanza y la Caridad, sino en una mente que cree lo que todavía no ve, y espera y ama lo que cree? Por tanto, incluso Aquel que no es conocido, pero es creído, puede ser amado. Pero sin discusión hemos de cuidar de que la mente que cree lo que no ve no se finja a sí misma algo que no es, y espere y ame lo que es falso. Porque en tal caso, no será caridad de corazón puro, y de buena conciencia, y de fe no fingida, la cual es el fin del mandamiento, como dice el mismo apóstol.
    7. Pero es necesario que, cuando por la lectura o la audición creemos en cosas corpóreas que no hemos visto, la mente se forje algo bajo rasgos y formas corporales, tal como se le ocurra a nuestros pensamientos; lo cual o no es verdadero, o aunque sea verdadero, cosa que rarísimamente puede suceder, no nos aprovecha para creerlo por la fe, sino que es útil para algún otro fin, que se da a entender por medio de ello. Pues ¿quién hay que lea u oiga lo que escribió el apóstol Pablo, o lo que se ha escrito acerca de él, que no se imagine el semblante tanto del propio apóstol como de todos aquellos cuyos nombres allí se mencionan? Y, entre tan gran multitud de hombres a quienes estos libros son conocidos, cada uno imagina de manera distinta aquellos rasgos y formas corporales, por lo que es ciertamente incierto cuál de ellos los imagina más cercana y semejantemente a la realidad. Ni, por cierto, se ocupa nuestra fe en el semblante corpóreo de aquellos hombres; sino solo en que por la gracia de Dios vivieron y obraron según atestigua la Escritura: esto es lo que es útil creer, y lo que no debe desesperarse de alcanzar, y que debe buscarse. Pues aun el semblante de nuestro Señor mismo en la carne es fantaseado de diversas maneras por la diversidad de innumerables imaginaciones, y sin embargo era uno, cualquiera que fuese. Ni en nuestra fe que tenemos de nuestro Señor Jesucristo es saludable aquello que la mente se imagina para sí, quizá muy distinto de la realidad, sino lo que pensamos del hombre según su especie: porque tenemos una noción de la naturaleza humana impresa en nosotros, como por regla, según la cual conocemos inmediatamente que cualquier cosa tal que vemos es un hombre o la forma de un hombre.

    Capítulo 5. Cómo la Trinidad puede ser amada aunque sea desconocida

    VIII, 5, 7–8

    Nuestra concepción se forma según esta noción cuando creemos que Dios se hizo hombre por nosotros, como ejemplo de humildad y para mostrarnos el amor de Dios hacia nosotros. Pues esto es lo que nos conviene creer y retener firme e inquebrantablemente en nuestro corazón: que la humildad por la cual Dios nació de mujer y fue llevado a la muerte entre tan grandes contumelias por hombres mortales, es el remedio principal por el cual puede curarse la hinchazón de nuestra soberbia, y el misterio profundo por el cual puede desatarse el vínculo del pecado. Así también, porque sabemos lo que es la omnipotencia, creemos acerca del Dios omnipotente en el poder de sus milagros y de su resurrección, y formamos concepciones respecto a acciones de este género, según las especies y géneros de cosas que o nos son ingénitas por naturaleza o recogidas por experiencia, para que nuestra fe no sea fingida. Pues ni conocemos el rostro de la Virgen María, de la cual, sin ser tocada por varón ni mancillada en el parto mismo, Él nació maravillosamente. Ni hemos visto cuáles fueron los rasgos del cuerpo de Lázaro; ni tampoco Betania; ni el sepulcro y aquella piedra que mandó quitar cuando lo resucitó de entre los muertos; ni el sepulcro nuevo excavado en la roca, de donde Él mismo resucitó; ni el Monte de los Olivos, desde donde ascendió al cielo. Y, en suma, quienes de nosotros no hemos visto estas cosas, no sabemos si son como las concebimos, y aún más, juzgamos que probablemente no sea así. Pues cuando el aspecto de un lugar, o de un hombre, o de cualquier otro cuerpo, que casualmente imaginamos antes de verlo, resulta ser el mismo cuando se presenta a nuestra vista que cuando se presentó a nuestra mente, nos admiramos no poco. Tan rara y difícilmente acontece. Y sin embargo creemos firmísimamente aquellas cosas, porque las imaginamos según una noción especial y general de la que estamos ciertos. Pues creemos que nuestro Señor Jesucristo nació de una virgen que se llamaba María. Pero qué es una virgen, o qué es nacer, y qué es un nombre propio, no lo creemos, sino que ciertamente lo sabemos. Y si aquel fue el rostro de María que se presentó a la mente al hablar de estas cosas o al recordarlas, ni lo sabemos en absoluto, ni lo creemos. Es lícito, pues, en este caso decir sin violación de la fe: quizá tenía tal o cual rostro, quizá no lo tenía; pero nadie podría decir sin violación de la fe cristiana que quizá Cristo nació de una virgen.
    8. Por lo cual, puesto que deseamos entender la eternidad, la igualdad y la unidad de la Trinidad, tanto cuanto nos es permitido, pero debemos creer antes de entender; y puesto que debemos vigilar cuidadosamente que nuestra fe no sea fingida; puesto que debemos tener la fruición de la misma Trinidad, para vivir bienaventuradamente; pero si hubiéramos creído algo falso de ella, nuestra esperanza sería vana y nuestra caridad no pura: ¿cómo, pues, podemos amar, creyendo, aquella Trinidad que no conocemos? ¿Es según la noción especial o general, según la cual amamos al apóstol Pablo? En cuyo caso, aunque no fuera de aquel rostro que se nos presenta al pensar en él (y esto no lo sabemos en absoluto), sin embargo sabemos qué es un hombre. Pues, para no ir lejos, esto somos nosotros; y es manifiesto que él también fue esto, y que su alma unida a su cuerpo vivió al modo de los mortales. Por tanto creemos esto de él, que hallamos en nosotros mismos, según la especie o género bajo el cual se comprende toda la naturaleza humana en común. ¿Qué sabemos, pues, ya sea especial o generalmente, de aquella excelsísima Trinidad, como si hubiera muchas trinidades semejantes, de las cuales hubiéramos aprendido algunas por experiencia, para poder creer que aquella Trinidad también fue tal como ellas, por la regla de la semejanza impresa en nosotros, ya sea una noción especial o general; y amar así también aquello que creemos y aún no conocemos, por la paridad de la cosa que sí conocemos? Pero ciertamente esto no es así. ¿O es que, así como amamos en nuestro Señor Jesucristo el que resucitó de entre los muertos, aunque nunca vimos a nadie resucitar de allí, así podemos creer y amar la Trinidad que no vemos, y de la cual nunca hemos visto algo semejante? Pero ciertamente sabemos qué es morir y qué es vivir; porque nosotros vivimos, y de tiempo en tiempo hemos visto y experimentado tanto a muertos como a moribundos. ¿Y qué otra cosa es resucitar, sino volver a vivir, es decir, retornar a la vida desde la muerte? Cuando, pues, decimos y creemos que hay una Trinidad, sabemos qué es una trinidad, porque sabemos qué son tres; pero esto no es lo que amamos. Pues fácilmente podemos tener esto siempre que queramos, para pasar por alto otras cosas, con solo levantar tres dedos. ¿O acaso amamos, no toda trinidad, sino la Trinidad, es decir Dios? Amamos entonces en la Trinidad el que sea Dios: pero nunca vimos ni conocimos otro Dios, porque Dios es Uno; Él solo, a quien aún no hemos visto, y a quien amamos creyendo. Pero la cuestión es: ¿de qué semejanza o comparación de cosas conocidas podemos creer, para poder amar a Dios, a quien todavía no conocemos?

    Capítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama

    VIII, 6, 9

    9. Vuelve, pues, conmigo, y consideremos por qué amamos al apóstol. ¿Es acaso por su condición humana, que conocemos muy bien, en cuanto creemos que fue hombre? Ciertamente no; pues si así fuera, ya no es él a quien amamos, puesto que ya no es aquel hombre, porque su alma está separada de su cuerpo. Pero creemos que aquello que amamos en él está aún vivo, pues amamos su mente justa. ¿Por qué regla general o especial, entonces, sino porque sabemos lo que es una mente y lo que es ser justo? Y decimos, ciertamente, no sin propiedad, que por eso sabemos lo que es una mente, porque nosotros también tenemos una mente. Pues nunca la vimos con nuestros ojos, ni recogimos una noción especial o general de la semejanza de más mentes que una, que hubiéramos visto; sino más bien, como he dicho antes, porque nosotros también la tenemos. Pues ¿qué se conoce tan íntimamente, y se percibe tan a sí mismo como sí mismo, como aquello por lo cual también todas las demás cosas son percibidas, es decir, la mente misma? Pues reconocemos también los movimientos de los cuerpos, por los cuales percibimos que otros viven además de nosotros, por la semejanza con nosotros mismos; puesto que nosotros también movemos nuestro cuerpo al vivir del mismo modo que observamos que se mueven aquellos cuerpos. Pues aun cuando un cuerpo vivo se mueve, no se abre camino alguno a nuestros ojos para ver la mente, cosa que no puede ser vista por los ojos; pero percibimos que algo hay contenido en aquella masa, tal como está contenido en nosotros, que mueve de modo semejante nuestra propia masa, que es la vida y el alma. Y esto no es, por así decirlo, propiedad de la previsión y razón humanas, puesto que los animales brutos también perciben que no solo ellos viven, sino también otros animales brutos recíprocamente, y unos a otros, y que nosotros mismos lo hacemos. Y no ven nuestras almas sino por los movimientos del cuerpo, y esto inmediatamente y muy fácilmente por un cierto acuerdo natural. Por tanto conocemos la mente de cualquiera por la nuestra, y creemos también de él por la nuestra, a quien no conocemos. Pues no solo percibimos que hay una mente, sino que también podemos saber qué es una mente, reflexionando sobre la nuestra: porque tenemos una mente. Pero ¿de dónde sabemos qué es un hombre justo? Pues dijimos arriba que amamos al apóstol por ninguna otra razón sino porque es una mente justa. Sabemos, pues, qué es también un hombre justo, así como sabemos qué es una mente. Pero qué es una mente, como se ha dicho, lo sabemos por nosotros mismos, pues hay una mente en nosotros. Pero ¿de dónde sabemos qué es un hombre justo, si no somos justos? Pero si nadie sino el que es justo sabe qué es un hombre justo, nadie sino un hombre justo ama a un hombre justo; pues no puede uno amar a aquel a quien cree justo, por esto mismo, por creerlo justo, si no sabe qué es ser justo; según aquello que hemos mostrado arriba, que nadie ama lo que cree y no ve, sino por alguna regla de noción general o especial. Y si por esta razón nadie sino un hombre justo ama a un hombre justo, ¿cómo querrá alguien ser un hombre justo si no lo es todavía? Pues nadie quiere ser aquello que no ama. Pero, ciertamente, para que el que no es justo lo sea, es necesario que quiera ser justo; y para que quiera ser justo, ama al hombre justo. Por tanto, aun el que todavía no es justo, ama al hombre justo. Pero no puede amar al hombre justo quien ignora qué es un hombre justo. En consecuencia, aun el que todavía no es justo, sabe qué es un hombre justo. ¿De dónde, pues, sabe esto? ¿Lo ve con sus ojos? ¿Hay alguna cosa corporal justa, como es blanca, o negra, o cuadrada, o redonda? ¿Quién podría decir esto? Sin embargo con los ojos no se ha visto nada sino cosas corporales. Pero no hay nada justo en el hombre sino la mente; y cuando un hombre es llamado hombre justo, es llamado así por la mente, no por el cuerpo. Pues la justicia es en cierto modo la hermosura de la mente, por la cual los hombres son hermosos; y muchísimos lo son aun siendo deformes y contrahechos de cuerpo. Y así como la mente no se ve con los ojos, tampoco su hermosura. ¿De dónde, pues, el que todavía no es justo sabe qué es un hombre justo, y ama al hombre justo para hacerse justo? ¿Acaso ciertas señales resplandecen por el movimiento del cuerpo, por las cuales se manifiesta que este o aquel hombre es justo? Pero ¿de dónde sabe alguien que estas son señales de una mente justa cuando ignora por completo qué es ser justo? Por tanto, lo sabe. Pero ¿de dónde sabemos qué es ser justo, aun cuando todavía no somos justos? Si lo sabemos desde fuera de nosotros mismos, lo sabemos por alguna cosa corporal. Pero esto no es cosa del cuerpo. Por tanto sabemos en nosotros mismos qué es ser justo. Pues no hallo esto en ninguna otra parte cuando busco expresarlo, sino dentro de mí mismo; y si pregunto a otro qué es ser justo, busca dentro de sí mismo qué responder; y quienquiera que de ahí pueda responder con verdad, ha hallado dentro de sí mismo qué responder. Y cuando quiero hablar de Cartago, busco dentro de mí qué decir, y hallo dentro de mí una noción o imagen de Cartago; mas la he recibido por el cuerpo, es decir, por la percepción del cuerpo, puesto que he estado presente en aquella ciudad en el cuerpo, y la vi y percibí, y la retuve en mi memoria, para hallar dentro de mí una palabra acerca de ella, siempre que quisiera hablar de ella. Pues su palabra es la imagen misma de ella en mi memoria, no aquel sonido de dos sílabas cuando se nombra Cartago, o aun cuando ese nombre mismo se piensa en silencio de vez en cuando, sino aquello que discierno en mi mente, cuando pronuncio aquel bisílabo con mi voz, o aun antes de pronunciarlo. Así también, cuando quiero hablar de Alejandría, que nunca vi, una imagen de ella está presente en mí. Pues habiendo oído de muchos y habiendo creído que aquella ciudad era grande, del modo en que pudo serme contada, formé una imagen de ella en mi mente como pude; y esta es para mí su palabra cuando quiero hablar de ella, antes de pronunciar con mi voz las cinco sílabas que forman el nombre que casi todos conocen. Y sin embargo si yo pudiera sacar aquella imagen de mi mente a los ojos de hombres que conocen Alejandría, ciertamente todos dirían, No es ella; o si dijeran, Es, yo me asombraría grandemente; y al contemplarla en mi mente, es decir, la imagen que era como su retrato, no sabría que era ella, sino que creería a quienes retienen una imagen que han visto. Pero no pregunto así qué es ser justo, ni así lo hallo, ni así lo contemplo, cuando lo expreso; ni así soy aprobado cuando soy oído, ni así apruebo cuando oigo; como si hubiera visto tal cosa con mis ojos, o la hubiera aprendido por alguna percepción del cuerpo, o la hubiera oído de quienes así la aprendieron. Pues cuando digo, y digo con conocimiento, que justa es aquella mente que con conocimiento y de propósito asigna a cada uno lo suyo en la vida y la conducta, no pienso en algo ausente, como Cartago, ni lo imagino como puedo, como Alejandría, sea o no sea así; sino que discierno algo presente, y lo discierno dentro de mí mismo, aunque yo mismo no sea aquello que discierno; y muchos si lo oyen lo aprobarán. Y quienquiera que me oye y con conocimiento lo aprueba, discierne también él esta misma cosa dentro de sí mismo, aun cuando él mismo no sea lo que discierne. Pero cuando un hombre justo dice esto, discierne y dice aquello que él mismo es. ¿Y de dónde lo discierne, sino dentro de sí mismo? Pero esto no es de maravillarse; pues ¿de dónde habría de discernirse a sí mismo sino dentro de sí mismo? Lo maravilloso es que la mente vea dentro de sí aquello que no ha visto en ninguna otra parte, y vea con verdad, y vea la mente misma verdaderamente justa, y sea ella misma una mente, y sin embargo no una mente justa, la cual no obstante ve dentro de sí. ¿Hay otra mente que es justa en una mente que aún no es justa? O si no la hay, ¿qué ve allí cuando ve y dice qué es una mente justa, y no la ve en ninguna otra parte sino en sí misma, cuando ella misma no es una mente justa? ¿Es aquello que ve una verdad interior presente a la mente que tiene poder de contemplarla? Pero no todos tienen ese poder; y los que tienen poder de contemplarla, no son todos también aquello que contemplan, es decir, no son también ellos mismos mentes justas, así como son capaces de ver y decir qué es una mente justa. ¿Y de dónde podrán serlo, sino adhiriéndose a aquella forma misma que contemplan, para que desde allí sean formados y sean mentes justas; no solo discerniendo y diciendo que justa es la mente que con conocimiento y de propósito asigna a cada uno lo que le es debido en la vida y la conducta, sino de modo que ellos mismos vivan justamente y sean justos en el carácter, asignando a cada uno lo que le es debido, de modo que a nadie deban nada, sino amarse unos a otros? ¿Y de dónde puede alguien adherirse a aquella forma sino amándola? ¿Por qué, pues, amamos a otro a quien creemos justo, y no amamos aquella forma misma en la cual vemos qué es una mente justa, para que también nosotros podamos ser justos? ¿Es que si no amáramos también aquella, no lo amaríamos a él en absoluto, a quien por ella amamos; pero mientras no somos justos, amamos aquella forma demasiado poco para permitirnos poder ser justos? El hombre, pues, que se cree justo, es amado por aquella forma y verdad que quien lo ama discierne y entiende dentro de sí mismo; pero aquella forma y verdad misma no puede ser amada de otra fuente que de sí misma. Pues no hallamos ninguna otra cosa semejante fuera de sí misma, para que creyendo pudiéramos amarla cuando es desconocida, en cuanto ya conocemos aquí otra cosa semejante. Pues cuanto de tal índole uno haya podido ver, es ella misma; y no hay otra cosa semejante, puesto que ella sola es tal como ella misma es. Quien, pues, ama a los hombres, debe amarlos o porque son justos, o para que sean justos. Pues así debe también amarse a sí mismo, o porque es justo, o para hacerse justo; porque de este modo ama a su prójimo como a sí mismo sin ningún riesgo. Pues quien de otro modo se ama a sí mismo, se ama injustamente, puesto que se ama con este fin: para ser injusto; por tanto, con este fin: para ser malvado; y de aquí se sigue luego que no se ama a sí mismo; pues, «El que ama la iniquidad, aborrece su propia alma.»

    Capítulo 7

    Del amor verdadero, por el cual llegamos al conocimiento de la Trinidad. Dios ha de ser buscado, no exteriormente, procurando hacer cosas maravillosas con los ángeles, sino interiormente, imitando la piedad de los ángeles buenos

    VIII, 7, 10–11

    10. Así pues, ninguna otra cosa ha de mirarse principalmente en esta indagación que hacemos acerca de la Trinidad y del conocimiento de Dios, sino qué es el amor verdadero, o, mejor, qué es el amor. Pues ha de llamarse amor el que es verdadero; de otro modo es cupididad; y así, los que desean son llamados impropiamente amantes, como los que aman son llamados impropiamente deseosos. Mas éste es el amor verdadero: que, adhiriéndonos a la verdad, vivamos rectamente, y así despreciemos todas las cosas mortales en comparación con el amor a los hombres, por el cual queremos que ellos vivan rectamente. Pues así también deberíamos estar dispuestos a morir provechosamente por nuestros hermanos, como nuestro Señor Jesucristo nos enseñó con su ejemplo. Porque así como hay dos mandamientos de los cuales penden toda la Ley y los profetas: el amor de Dios y el amor del prójimo; no sin causa la Escritura pone con frecuencia uno por ambos: ya sea el de Dios solamente, como aquel texto, «Pues sabemos que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios;» y de nuevo, «Pero si alguno ama a Dios, éste es conocido por Él;» y aquel, «Porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado;» y otros muchos pasajes; porque quien ama a Dios, necesariamente ha de hacer lo que Dios ha mandado, y lo ama en la misma medida en que lo hace; por tanto, necesariamente ha de amar también al prójimo, porque Dios lo ha mandado. O bien se trate de que la Escritura menciona solamente el amor al prójimo, como en aquel texto, «Sobrellevad los unos las cargas de los otros, y cumplid así la ley de Cristo;» y de nuevo, «Pues toda la ley se cumple en una sola palabra, a saber: Amarás a tu prójimo como a ti mismo;» y en el Evangelio, «Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacédselo también vosotros a ellos; porque ésta es la Ley y los profetas.» Y muchos otros pasajes se hallan en las sagradas Escrituras, en los cuales solo el amor al prójimo parece ser mandado para la perfección, mientras el amor de Dios se pasa en silencio; siendo así que la Ley y los profetas penden de ambos preceptos. Pero esto también es porque quien ama al prójimo necesariamente ha de amar, sobre todas las cosas, al amor mismo. Mas «Dios es amor; y el que permanece en el amor, permanece en Dios.» Por tanto, necesariamente ha de amar, sobre todas las cosas, a Dios.
    11. Por lo cual, quienes buscan a Dios por medio de aquellas Potestades que gobiernan el mundo o partes del mundo, son apartados y arrojados lejos de Él; no por intervalos de espacio, sino por diferencia de afectos: pues se esfuerzan por hallar exteriormente un camino, y abandonan sus propias cosas interiores, dentro de las cuales está Dios. Por tanto, aun cuando hayan oído hablar de alguna santa Potestad celestial, o de algún modo hayan pensado en ella, sin embargo codician más bien sus obras, ante las cuales se maravilla la debilidad humana, pero no imitan la piedad por la cual se adquiere el reposo divino. Pues prefieren, por soberbia, poder hacer lo que hace un ángel, antes que, por devoción, ser lo que es un ángel. Porque ningún ser santo se goza en su propio poder, sino en Aquel de quien tiene el poder que convenientemente puede tener; y sabe que es más señal de poder estar unido al Omnipotente por una voluntad piadosa, que poder, por su propio poder y voluntad, hacer aquello que temen quienes no son capaces de tales cosas. Por eso el mismo Señor Jesucristo, al hacer tales cosas, para enseñar cosas mejores a quienes se admiraban de ellas, y para volver a los que estaban atentos y dudosos acerca de las cosas temporales insólitas hacia las eternas e interiores, dice, «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros.» Y no dice: Aprended de mí, porque resucito a los que llevan cuatro días muertos; sino que dice, «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» Porque la humildad, que es sólida, es más poderosa y segura que la soberbia, que es hinchada. Y así prosigue diciendo, «Y hallaréis descanso para vuestras almas,» porque «El amor no se envanece;» y «Dios es amor;» y «los fieles en el amor descansarán en Él,» llamados de vuelta del estrépito exterior a los gozos silenciosos. He aquí, «Dios es amor:» ¿por qué salimos y corremos a las alturas de los cielos y a lo más bajo de la tierra, buscando a Aquel que está dentro de nosotros, si queremos estar con Él?

    Capítulo 8. Que quien ama a su hermano, ama a Dios; porque ama al amor mismo, el cual es de Dios y es Dios

    VIII, 8, 12

    12. Nadie diga: No sé qué amo. Ame a su hermano, y amará el mismo amor. Pues conoce el amor con que ama, más que al hermano a quien ama. Así, pues, puede conocer a Dios más de lo que conoce a su hermano: conocido más claramente, porque más presente; conocido más, porque más dentro de él; conocido más, porque más cierto. Abraza el amor de Dios, y por el amor abraza a Dios. Ése es el amor mismo, que asocia entre sí a todos los ángeles buenos y a todos los siervos de Dios por el vínculo de la santidad, y nos une a nosotros y a ellos mutuamente con nosotros mismos, y nos une subordinadamente a Sí. Por tanto, en la medida en que somos sanados de la hinchazón de la soberbia, en esa medida somos más llenos de amor; y ¿de qué está lleno quien está lleno de amor, sino de Dios? Pero dirás: Veo el amor, y, en cuanto puedo, lo contemplo con mi mente, y creo a la Escritura, que dice que «Dios es amor; y el que permanece en el amor, permanece en Dios;» pero cuando veo el amor, no veo en él la Trinidad. Antes bien, ves la Trinidad si ves el amor. Pero, si puedo, te haré recordar, para que veas que la ves; solo que esté presente el amor mismo, para que seamos movidos por el amor hacia algo bueno. Pues, cuando amamos el amor, amamos a alguien que ama algo, y esto precisamente porque ama algo; por tanto, ¿qué ama el amor, para que el amor mismo también pueda ser amado? Porque no es amor aquello que nada ama. Pero si se ama a sí mismo, debe amar algo, para amarse a sí mismo como amor. Pues así como una palabra indica algo, e indica también a sí misma, pero no se indica a sí misma como palabra, a menos que indique que indica algo; así también el amor, ciertamente, se ama a sí mismo, pero, si no se ama a sí mismo como amando algo, no se ama a sí mismo como amor. ¿Qué ama, pues, el amor, sino aquello que amamos con amor? Y esto, comenzando por lo que nos es más próximo, es nuestro hermano. Y escucha cuánto encomienda el apóstol Juan el amor fraternal: «El que ama a su hermano permanece en la luz, y no hay en él ocasión de tropiezo.» Es manifiesto que puso la perfección de la justicia en el amor a nuestro hermano; porque ciertamente es perfecto aquel en quien «no hay ocasión de tropiezo.» Y sin embargo parece haber pasado en silencio el amor de Dios; lo cual nunca habría hecho, a no ser porque quiere que Dios sea entendido en el amor fraternal mismo. Pues en esta misma epístola, un poco más adelante, dice clarísimamente así: «Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios; y todo aquel que ama, es nacido de Dios, y conoce a Dios. El que no ama, no conoce a Dios; porque Dios es amor.» Y este pasaje declara de manera suficiente y clara que este mismo amor fraternal (pues ése es el amor fraternal por el cual nos amamos mutuamente) es presentado por tan gran autoridad, no solo como procedente de Dios, sino también como siendo Dios. Por tanto, cuando amamos a nuestro hermano por amor, amamos a nuestro hermano por Dios; ni puede suceder que no amemos sobre todas las cosas ese mismo amor por el cual amamos a nuestro hermano: de donde puede concluirse que estos dos mandamientos no pueden existir sino mutuamente. Pues como «Dios es amor,» quien ama el amor ciertamente ama a Dios; pero necesariamente ama el amor quien ama a su hermano. Y así, poco después dice, «Pues el que no ama a su hermano a quien ha visto, ¿cómo puede amar a Dios a quien no ha visto»? porque la razón de que no vea a Dios es que no ama a su hermano. Pues quien no ama a su hermano, no permanece en el amor; y quien no permanece en el amor, no permanece en Dios, porque Dios es amor. Además, quien no permanece en Dios, no permanece en la luz; pues «Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna.» Por tanto, quien no permanece en la luz, ¿qué maravilla es que no vea la luz, es decir, que no vea a Dios, porque está en tinieblas? Pero ve a su hermano con vista humana, con la cual no puede verse a Dios. Mas si amara con amor espiritual a aquel a quien ve con vista humana, vería a Dios, que es el amor mismo, con la vista interior con la cual Él puede ser visto. Por tanto, quien no ama a su hermano a quien ve, ¿cómo puede amar a Dios, a quien por eso no ve, porque Dios es amor, que no tiene quien no ama a su hermano? Ni nos turbe aquella cuestión ulterior: cuánto amor debemos emplear en nuestro hermano, y cuánto en Dios: incomparablemente más en Dios que en nosotros mismos, pero en nuestro hermano tanto como en nosotros mismos; y nos amamos tanto más a nosotros mismos, cuanto más amamos a Dios. Por tanto, amamos a Dios y al prójimo con un solo y mismo amor; pero amamos a Dios por Dios, y a nosotros mismos y a los prójimos por Dios.
    Comentario editorial · «Ves la Trinidad si ves el amor»
    La frase clave está en la respuesta a quien dice que ve el amor pero no la Trinidad: «Antes bien, ves la Trinidad si ves el amor». El latín de la colección Delphi es Immo uero uides trinitatem si caritatem uides; caritas, que el inglés da por love y esta edición, por «amor». El argumento del libro VIII dice que en este amor se muestra «algún vestigio» de la Trinidad. Agustín lo desarrolla en §14, donde ya habla de tres cosas: «el que ama, lo que es amado, y el amor». Es el primer escalón de la subida que sigue en los libros IX a XV (lectura del editor).

    Capítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia

    VIII, 9, 13

    13. Pues ¿por qué, dime, nos encendemos cuando oímos y leemos, «He aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora el día de salvación: no dando a nadie ninguna ocasión de tropiezo, para que el ministerio no sea vituperado; antes bien, acreditándonos en todo como ministros de Dios, en mucha paciencia, en tribulaciones, en necesidades, en angustias, en azotes, en cárceles, en tumultos, en trabajos, en vigilias, en ayunos; en pureza, en conocimiento, en longanimidad, en bondad, en el Espíritu Santo, en amor no fingido, en palabra de verdad, en poder de Dios, por armas de justicia a diestra y a siniestra; por honra y por deshonra, por mala fama y por buena fama; como engañadores, pero veraces; como desconocidos, pero bien conocidos; como moribundos, pero he aquí vivimos; como castigados, mas no muertos; como entristecidos, mas siempre gozosos; como pobres, mas enriqueciendo a muchos; como no teniendo nada, mas poseyéndolo todo?» ¿Por qué nos inflamamos de amor por el apóstol Pablo, cuando leemos estas cosas, sino porque creemos que él vivió así? Pero no creemos que los ministros de Dios deban vivir así porque lo hayamos oído de alguien, sino porque lo contemplamos interiormente dentro de nosotros mismos, o más bien por encima de nosotros, en la verdad misma. Por tanto, a aquel a quien creemos que vivió así, lo amamos por aquello que vemos. Y si no amáramos sobre todas las cosas aquella forma que discernimos como siempre firme e inmutable, no lo amaríamos por esa razón, puesto que mantenemos firmemente en nuestra creencia que su vida, cuando vivía en la carne, estaba adaptada y en armonía con esta forma. Pero de algún modo somos movidos más al amor de esta forma misma por la creencia por la cual creemos que alguien vivió así; y a la esperanza por la cual ya no desesperamos en absoluto de que también nosotros, que somos hombres, podamos vivir así; por este hecho mismo, de que algunos hombres hayan vivido así, de modo que deseamos esto más ardientemente, y oramos por ello más confiadamente. Así, tanto el amor de aquella forma, según la cual se cree que vivieron, hace que la vida de estos hombres sea amada por nosotros; como su vida así creída suscita un amor más ardiente hacia esa misma forma; de manera que cuanto más ardientemente amamos a Dios, tanto más cierta y más serenamente lo vemos, porque contemplamos en Dios la forma inmutable de la justicia, según la cual juzgamos que el hombre debe vivir. Por tanto, la fe aprovecha para el conocimiento y el amor de Dios, no como de alguien del todo desconocido o del todo no amado; sino para que por ella sea Él conocido más claramente, y amado más firmemente.

    Capítulo 10. Hay tres cosas en el amor, como un vestigio de la Trinidad

    VIII, 10, 14

    14. Mas ¿qué es el amor o caridad, que la divina Escritura tan grandemente alaba y proclama, sino el amor del bien? Pero el amor es de alguno que ama, y con amor algo es amado. He aquí, pues, tres cosas: el que ama, y lo que es amado, y el amor. ¿Qué es, pues, el amor, sino cierta vida que une o busca unir dos cosas, a saber: al que ama y a lo que es amado? Y esto es así incluso en los amores exteriores y carnales. Mas para beber algo más puro y claro, pisoteemos la carne y ascendamos a la mente. ¿Qué ama la mente en un amigo sino la mente? Allí, pues, también hay tres cosas: el que ama, lo que es amado, y el amor. Resta ascender también desde aquí y buscar aquellas cosas que están arriba, en cuanto es concedido al hombre. Pero deténgase aquí por un poco nuestro propósito, no para que piense que ya ha hallado lo que busca; sino que, así como suele encontrarse primero el lugar donde ha de buscarse algo, mientras la cosa misma aún no se ha hallado, sino que solo hemos hallado ya dónde buscarla; así baste haber dicho esto, para que tengamos, por así decir, el quicio de un punto de partida, desde el cual tejer el resto de nuestro discurso.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 11 de 21