Sesiones de lectura

Leer por sesiones · 126 sesiones · 0 marcadas como leídas

Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

Glosario y contexto

Buscar en la lectura

Busca un término para ver el pasaje y su sección.

    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

    Estás en la parte 18. Explora las secciones. Los tiempos son estimaciones de lectura.

    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)67 minPosición: 0% de esta parteParte 18 de 21 · Libro XIVPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

    Leer por sesiones · 126 sesiones · 0 marcadas como leídas

    Cada sesión lleva a un pasaje del texto completo. Puedes marcarla al terminar; el avance no se deduce de un salto en la página.

    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
    76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
    83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
    90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
    91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
    108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Libro XIV

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · XIV, argumento
    Se trata de la verdadera sabiduría del hombre; y se muestra que la imagen de Dios, que el hombre es respecto a su mente, no se coloca propiamente en cosas transitorias, como en la memoria, el entendimiento y el amor, ya sea de la fe misma en cuanto existente en el tiempo, o incluso de la mente en cuanto ocupada consigo misma, sino en cosas permanentes; y que esta sabiduría se perfecciona entonces, cuando la mente es renovada en el conocimiento de Dios, conforme a la imagen de Aquel que creó al hombre a su propia Imagen, y así alcanza la sabiduría, en la cual lo que se contempla es eterno.

    Capítulo 1

    Qué sabiduría es la que aquí vamos a tratar. De dónde surgió el nombre de filósofo. Lo que ya se ha dicho acerca de la distinción entre conocimiento y sabiduría

    XIV, 1, 1–3

    1. Ahora debemos discurrir acerca de la sabiduría; no la sabiduría de Dios, que sin duda es Dios, pues su Hijo unigénito es llamado sabiduría de Dios; sino que hablaremos de la sabiduría del hombre, pero de la sabiduría verdadera, que es según Dios, y es su verdadero y principal culto, que en griego se llama con un solo término, [θεοσέβεια]. Y este término, como ya hemos observado, cuando nuestros propios compatriotas quisieron también interpretarlo con un solo término, fue traducido por ellos como piedad, mientras que piedad significa más comúnmente lo que los griegos llaman [εὐσέβεια]. Pero como [θεοσέβεια] no puede traducirse perfectamente con una sola palabra, es mejor traducirlo con dos, de modo que se rinda más bien por «el culto de Dios.» Que ésta es la sabiduría del hombre, como ya hemos sentado en el libro duodécimo de esta obra, lo muestra la autoridad de la Sagrada Escritura, en el libro del siervo de Dios Job, donde leemos que la Sabiduría de Dios dijo al hombre: «He aquí, el culto de Dios, eso es sabiduría; y apartarse del mal es conocimiento;» o, como algunos han traducido la palabra griega [ἐπιστήμην], «aprendizaje,» que ciertamente toma su nombre de aprender, de donde también puede llamarse conocimiento. Pues todo se aprende para que sea conocido. Aunque la misma palabra, ciertamente, se emplea en un sentido diferente, donde alguien sufre males por sus pecados, para ser corregido. De donde aquello en la Epístola a los Hebreos: «Porque ¿qué hijo hay a quien el padre no discipline?» Y esto es aún más evidente en la misma epístola: «Mas ningún castigo por el presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto apacible de justicia a los que en él han sido ejercitados.» Por tanto, Dios mismo es la suma sabiduría; pero el culto de Dios es la sabiduría del hombre, de la cual ahora hablamos. Pues «la sabiduría de este mundo es necedad para con Dios.» Respecto a esta sabiduría, pues, que es el culto de Dios, dice la Sagrada Escritura: «La multitud de los sabios es la salvación del mundo.»
    2. Pero si disputar sobre la sabiduría pertenece a los sabios, ¿qué haremos? ¿Nos atreveremos ciertamente a profesar sabiduría, no sea que sea mera imprudencia por nuestra parte disputar sobre ella? ¿No nos alarmará el ejemplo de Pitágoras?—quien no se atrevió a profesar ser sabio, sino que respondió que era filósofo, es decir, amante de la sabiduría; de donde surgió el nombre, que se hizo desde entonces tan popular, que por grande que fuera la erudición en que alguien sobresaliera, ya en su propia opinión o en la de otros, en las cosas pertenecientes a la sabiduría, todavía se le llamaba nada más que filósofo. ¿O fue por esta razón que nadie, ni siquiera de entre ellos, se atrevió a profesarse sabio—porque imaginaban que un sabio era uno sin pecado? Pero nuestras Escrituras no dicen esto, que dicen: «Reprende al sabio, y te amará.» Pues sin duda, quien piensa que un hombre debe ser reprendido, juzga que tiene pecado. Sin embargo, por mi parte, no me atrevo a profesarme sabio ni siquiera en este sentido; me basta suponer, lo que ellos mismos no pueden negar, que disputar sobre la sabiduría pertenece también al filósofo, es decir, al amante de la sabiduría. Pues no han dejado de disputar así quienes han profesado ser amantes de la sabiduría más bien que sabios.
    3. Al disputar, pues, sobre la sabiduría, la han definido así: La sabiduría es el conocimiento de las cosas humanas y divinas. Y de aquí, en el último libro, no he retenido la admisión de que el conocimiento de ambos asuntos, ya sean divinos o humanos, pueda llamarse tanto conocimiento como sabiduría. Pero según la distinción hecha en las palabras del apóstol, «A uno es dada palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento,» esta definición ha de dividirse, de modo que el conocimiento de las cosas divinas se llame sabiduría, y el de las cosas humanas se apropie para sí el nombre de conocimiento; y de este último he tratado en el libro decimotercero, no ciertamente de modo que atribuya a este conocimiento todo cuanto puede ser conocido por el hombre acerca de las cosas humanas, en lo cual hay muchísimo de vanidad vacía y curiosidad dañina, sino sólo aquellas cosas por las cuales aquella fe salubérrima, que conduce a la verdadera bienaventuranza, es engendrada, alimentada, defendida, fortalecida; y en este conocimiento la mayoría de los fieles no son fuertes, por más que sean sumamente fuertes en la fe misma. Pues una cosa es saber sólo lo que el hombre debe creer para alcanzar la vida bienaventurada, que necesariamente ha de ser eterna; pero otra es saber de qué manera esta misma creencia puede ayudar a los piadosos, y ser defendida contra los impíos, lo cual el apóstol parece llamar con el nombre especial de conocimiento. Y cuando hablaba de este conocimiento antes, mi especial empeño fue encomendar la fe, distinguiendo primero brevemente las cosas eternas de las temporales, y disertando allí sobre las temporales; pero al diferir las eternas para el presente libro, mostré también que la fe respecto a las cosas eternas es ella misma una cosa temporal, y mora en el tiempo en los corazones de los creyentes, y sin embargo es necesaria para alcanzar las cosas eternas mismas. Argumenté también, que la fe respecto a las cosas temporales que Aquel que es eterno hizo y padeció por nosotros como hombre, la cual humanidad llevó en el tiempo y condujo a las cosas eternas, es provechosa también para la obtención de las cosas eternas; y que las virtudes mismas, por las cuales en esta vida temporal y mortal los hombres viven prudentemente, valientemente, templadamente y justamente, no son virtudes verdaderas, a menos que se refieran a esa misma fe, temporal aunque sea, que conduce sin embargo a las cosas eternas.

    Capítulo 2

    Existe una especie de trinidad en el retener, contemplar y amar la fe temporal, pero una que aún no llega a ser propiamente imagen de Dios

    XIV, 2, 4

    4. Por lo cual, ya que, como está escrito, «Mientras estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor; porque caminamos por fe, no por vista;» indudablemente, mientras el justo vive por la fe, viva como viva según el hombre interior, aunque apunte a la verdad y alcance las cosas eternas por esta misma fe temporal, sin embargo en el retener, contemplar y amar esta fe temporal, no hemos alcanzado aún tal trinidad como para ser llamada imagen de Dios; no sea que parezca que se constituye en cosas temporales lo que debe serlo en cosas eternas. Porque cuando la mente humana ve su propia fe, por la cual cree lo que no ve, no ve una cosa eterna. Pues aquello no existirá siempre, lo cual ciertamente no existirá entonces, cuando esta peregrinación, por la cual estamos ausentes de Dios, de tal modo que sea menester caminar por fe, haya terminado, y la visión le haya sucedido, por la cual veremos cara a cara; así como ahora, porque creemos aunque no vemos, mereceremos ver, y nos gozaremos de haber sido conducidos por la fe a la visión. Pues entonces ya no será fe, por la cual se cree lo que no se ve; sino visión, por la cual se ve lo que se cree. Y entonces, por tanto, aunque recordemos esta vida mortal pasada, y traigamos a la memoria mediante el recuerdo que una vez creímos lo que no veíamos, sin embargo aquella fe será contada entre las cosas pasadas y acabadas, no entre las presentes y que continúan siempre. Y de aquí también aquella trinidad que ahora consiste en el recordar, contemplar y amar esta misma fe mientras está presente y continúa, se hallará entonces acabada y pasada, y no aún perdurando. Y de aquí se ha de colegir, que si aquella trinidad es ciertamente una imagen de Dios, entonces esta imagen misma habría de ser contada, no entre las cosas que existen siempre, sino entre las transitorias.

    Capítulo 3. Se resuelve una dificultad que se opone a lo que se acaba de decir

    XIV, 3, 4–5

    Pero lejos esté de nosotros pensar, que mientras la naturaleza del alma es inmortal, y desde el primer comienzo de su creación en adelante nunca deja de ser, sin embargo aquello que es lo mejor que tiene no haya de durar para siempre con su propia inmortalidad. Pero ¿qué hay en su naturaleza como creada, mejor que el que esté hecha a imagen de su Creador? Debemos hallar, pues, lo que pueda llamarse apropiadamente imagen de Dios, no en el retener, contemplar y amar aquella fe que no existirá siempre, sino en aquello que existirá siempre.
    5. ¿Escudriñaremos, pues, algo más cuidadosa y profundamente si el caso es realmente así? Porque puede decirse que esta trinidad no perece aun cuando la fe misma haya pasado; porque, así como ahora la retenemos por la memoria, y la discernimos por el pensamiento, y la amamos por la voluntad; así también entonces, cuando retendremos en la memoria, y recordaremos, que una vez la tuvimos, y uniremos estas dos por la tercera, a saber, la voluntad, la misma trinidad continuará todavía. Ya que, si en su paso no ha dejado como rastro alguno en nosotros, sin duda no tendremos nada de ella ni siquiera en nuestra memoria, adonde recurrir al recordarla como pasada, y por la tercera, a saber, el propósito, acoplando ambas, a saber, lo que estaba en nuestra memoria aunque no pensáramos en ello, y lo que de allí se forma por la concepción. Pero quien así habla, no percibe que cuando retenemos, vemos y amamos en nosotros nuestra fe presente, nos ocupamos de una trinidad diferente como ahora existente, de aquella trinidad que existirá, cuando contemplemos mediante el recuerdo, no la fe misma, sino como el rastro imaginado de ella depositado en la memoria, y unamos por la voluntad, como por un tercero, estas dos cosas, a saber, lo que estaba en la memoria de quien retiene, y lo que de allí se imprime en la visión de la mente de quien recuerda. Y para que entendamos esto, tomemos un ejemplo de las cosas corpóreas, de las cuales hemos hablado suficientemente en el libro undécimo. Pues así como ascendemos de las cosas inferiores a las superiores, o pasamos de las exteriores a las interiores, primero hallamos una trinidad en el objeto corporal que se ve, y en la visión del que ve, que, cuando ve, es informada por ello, y en el propósito de la voluntad que combina a ambos. Supongamos una trinidad semejante, cuando la fe que ahora está en nosotros se establece en nuestra memoria como el objeto corporal del que hablamos estaba en el lugar, de la cual fe se forma la concepción en el recuerdo, como de aquel objeto corporal se formaba la visión del que contempla; y a estas dos, para completar la trinidad, la voluntad ha de contarse como tercera, que conecta y combina la fe establecida en la memoria, y una especie de efigie de aquella fe impresa en la visión del recuerdo; así como en aquella trinidad de visión corporal, la forma del objeto corporal que se ve, y la forma correspondiente obrada en la visión del que contempla, son combinadas por el propósito de la voluntad. Supongamos, pues, que este objeto corporal que era contemplado se disolvió y pereció, y que nada de él quedó en parte alguna, a cuya visión pudiera recurrir la mirada; ¿diremos entonces, que porque la imagen del objeto corporal así ya pasado y acabado permanece en la memoria, de donde formar la concepción al recordar, y tener las dos unidas por la voluntad como tercera, por tanto es la misma trinidad que aquella anterior, cuando se veía la apariencia del objeto corporal puesto en el lugar? Ciertamente no, sino una totalmente diferente: pues, por no decir que aquélla era de fuera, mientras ésta es de dentro; la primera ciertamente era producida por la apariencia de un objeto corporal presente, la segunda por la imagen de aquel objeto ya pasado. Así también, en el caso del que ahora tratamos, para ilustrar el cual hemos considerado bueno aducir este ejemplo, la fe que está aún en nuestra mente, como aquel objeto corporal estaba en el lugar, mientras es retenida, mirada, amada, produce una especie de trinidad; pero aquella trinidad ya no existirá, cuando esta fe en la mente, como aquel objeto corporal en el lugar, ya no exista. Pero aquella que existirá entonces, cuando recordemos que fue, pero no que es ahora en nosotros, será sin duda una diferente. Pues la que ahora es, es obrada por la cosa misma, actualmente presente y unida a la mente de quien cree; pero la que entonces será, será obrada por la imaginación de una cosa pasada dejada en la memoria de quien recuerda.

    Capítulo 4

    La imagen de Dios ha de buscarse en la inmortalidad del alma racional. Cómo se demuestra una trinidad en la mente

    XIV, 4, 6–7

    6. Por tanto, ni aquella trinidad que ahora no es es imagen de Dios, ni aquella otra lo será cuando deje de ser; sino que debemos hallar en el alma del hombre, es decir, en el alma racional o intelectual, aquella imagen del Creador que está implantada inmortalmente en su inmortalidad. Pues así como la inmortalidad misma del alma se dice con cierta reserva, ya que también el alma tiene su muerte propia cuando carece de la vida bienaventurada, que ha de llamarse verdadera vida del alma; pero se llama inmortal porque nunca deja de vivir con alguna vida, aun cuando sea sumamente miserable—así, aunque la razón o el entendimiento esté a veces embotado en ella, a veces parezca pequeño y a veces grande, sin embargo el alma humana nunca es otra cosa que racional o intelectual; y por tanto, si ha sido hecha a imagen de Dios en cuanto a esto, a saber, que puede usar de la razón y del entendimiento para entender y contemplar a Dios, entonces desde el momento en que aquella naturaleza tan admirable y tan grande comenzó a ser, ya sea que esta imagen esté tan desgastada que casi no sea nada, ya sea que esté oscurecida y desfigurada, o brillante y hermosa, ciertamente siempre es. Además, compadeciéndose de la condición desfigurada de su dignidad, la Escritura divina nos dice que «aunque el hombre anda en imagen, con todo se inquieta en vano; atesora riquezas y no sabe quién las recogerá». No atribuiría, pues, vanidad a la imagen de Dios si no percibiera que ha sido desfigurada. Sin embargo muestra suficientemente que tal desfiguración no llega a quitarle el ser imagen, al decir: «Aunque el hombre anda en imagen». Por lo cual de ambos modos puede enunciarse con verdad aquella sentencia: así como se dice «Aunque el hombre anda en imagen, con todo se inquieta en vano», del mismo modo puede decirse «Aunque el hombre se inquieta en vano, con todo anda en imagen». Porque aunque la naturaleza del alma es grande, sin embargo puede corromperse, porque no es la suma; y aunque puede corromperse, porque no es la suma, sin embargo, porque es capaz y puede participar de la suma naturaleza, es una naturaleza grande. Busquemos, pues, en esta imagen de Dios una cierta trinidad de género especial, con la ayuda de Aquel que nos hizo a su imagen. Porque de ningún otro modo podemos investigar saludablemente este asunto, o llegar a algún resultado conforme a la sabiduría que proviene de Él. Pero si el lector retiene y recuerda lo que hemos dicho acerca del alma o de la mente humana en los libros anteriores, y especialmente en el décimo, o lo repasa cuidadosamente en los pasajes donde se contiene, no requerirá aquí un discurso más extenso acerca de la investigación de cosa tan grande.
    7. Dijimos, pues, entre otras cosas en el libro décimo, que la mente del hombre se conoce a sí misma. Porque la mente nada conoce tanto como aquello que le es cercano; y nada hay más cercano a la mente que sí misma. Adujimos también otras pruebas, cuantas parecieron suficientes, con las cuales esto pudiera probarse con toda certeza.

    Capítulo 5. Si la mente de los infantes se conoce a sí misma

    XIV, 5, 7–8

    ¿Qué, pues, ha de decirse de la mente de un infante, que es todavía tan pequeña y está sepultada en tan profunda ignorancia de las cosas, que la mente de un hombre que conoce algo retrocede ante sus tinieblas? ¿Ha de creerse también que aquella se conoce a sí misma, pero que, por estar demasiado atenta a las cosas que ha comenzado a percibir por los sentidos corporales, con tanto mayor deleite cuanto mayor es su novedad, no puede ciertamente ignorarse a sí misma, pero tampoco puede pensar en sí misma? Además, cuán atentamente se dirige hacia las cosas sensibles que están fuera de ella puede conjeturarse por este solo hecho: que está tan ávida de luz sensible, que si alguien, por descuido o por ignorancia de las posibles consecuencias, coloca de noche una luz donde un infante está acostado, en aquel lado hacia el cual pueden volverse los ojos del niño así acostado, pero no puede volverse su cuello, la mirada de aquel niño quedará tan fija en esa dirección, que sabemos de algunos que por este medio se volvieron bizcos, porque los ojos conservaron aquella forma que la costumbre, en cierto modo, les imprimió mientras estaban tiernos y blandos. También en el caso de los demás sentidos corporales, las almas de los infantes, hasta donde su edad lo permite, se estrechan, por así decirlo, y se dirigen a ellos de tal modo, que o detestan vehementemente o desean vehementemente solo aquello que ofende o atrae mediante la carne, pero no piensan en su propio interior, ni pueden ser inducidas a ello por una admonición; porque todavía no conocen los signos que expresan la admonición, de los cuales las palabras son los principales, y de estas, como de las demás cosas, son totalmente ignorantes. Y que una cosa es no conocerse a sí mismo y otra no pensar en sí mismo, ya lo hemos mostrado en el mismo libro.
    8. Pero dejemos de lado la edad infantil, ya que no podemos interrogarla acerca de lo que sucede en su interior, mientras nosotros mismos la hemos olvidado bastante bien. Bástenos tan solo estar seguros de aquí en adelante de que, cuando el hombre ha llegado a poder pensar en la naturaleza de su propia mente y a descubrir cuál es la verdad, no la hallará en ningún otro lugar sino en sí mismo. Y hallará, no lo que no sabía, sino aquello en lo que no pensaba. Pues ¿qué sabemos, si no sabemos lo que hay en nuestra propia mente, cuando nada absolutamente podemos saber de lo que sabemos, a no ser por la mente?

    Capítulo 6

    Cómo existe una especie de trinidad en la mente que piensa en sí misma. Cuál es la parte del pensamiento en esta trinidad

    XIV, 6, 8–9

    La función del pensamiento, sin embargo, es tan grande que ni siquiera la mente misma puede, por así decirlo, ponerse ante su propia vista, sino cuando piensa en sí misma; y de aquí que sea tal, que nada hay en la vista de la mente, sino aquello que está siendo pensado, que ni siquiera la mente misma, por la cual pensamos todo lo que pensamos, puede estar ante su propia vista de otro modo que pensando en sí misma. Pero de qué manera no está ante su propia vista cuando no piensa en sí misma, mientras nunca puede estar sin sí misma, como si una cosa fuera ella y otra su vista de sí misma, no está en mi poder descubrirlo. Porque esto no se dice sin razón del ojo del cuerpo; pues el ojo mismo del cuerpo está fijo en su lugar propio en el cuerpo, pero su vista se extiende a cosas exteriores a sí mismo, y alcanza aun a las estrellas. Y el ojo no está en su propia vista, puesto que no se mira a sí mismo, sino por medio de un espejo, como se ha dicho arriba; cosa que ciertamente no sucede cuando la mente se pone ante su propia vista pensando en sí misma. ¿Acaso ve entonces una parte de sí misma por medio de otra parte de sí misma, cuando se mira a sí misma en el pensamiento, como miramos algunos de nuestros miembros, que pueden estar ante nuestra vista, con otros miembros nuestros, a saber. con los ojos? ¿Qué puede decirse o pensarse más absurdo? Pues ¿por qué es removida la mente, sino por sí misma? ¿O dónde es colocada para estar ante su propia vista, sino delante de sí misma? Por tanto, no estará allí donde estaba, cuando no estaba ante su propia vista; porque ha sido puesta en un lugar, después de ser quitada de otro. Pero si emigró para ser contemplada, ¿dónde permanecerá para contemplar? ¿Es como si se duplicara, de modo que esté al mismo tiempo en este y en aquel lugar, a saber, tanto donde puede contemplar como donde puede ser contemplada; de suerte que en sí misma sea la que contempla, y delante de sí misma la contemplada? Si preguntamos a la verdad, nada de esto nos dirá, puesto que solo son imágenes fingidas de objetos corporales aquello que concebimos cuando concebimos así; y que la mente no es tal cosa es muy cierto para los pocos entendimientos por los cuales puede indagarse la verdad de tal asunto. Parece, por tanto, que la contemplación de la mente es algo que pertenece a su naturaleza, y que es llamada de vuelta a esa naturaleza cuando se concibe a sí misma, no como si se moviera a través del espacio, sino por una conversión incorpórea; pero cuando no se concibe a sí misma, parece que ciertamente no está ante su propia vista, ni se forma de ella su propia percepción, y sin embargo se conoce a sí misma como si fuera para sí misma un recuerdo de sí. Como uno que es experto en muchas ramas del saber: las cosas que conoce están contenidas en su memoria, pero nada de ello está ante la vista de su mente sino aquello que está concibiendo; mientras que todo lo demás está guardado en una especie de conocimiento secreto, que se llama memoria. La trinidad, pues, que expusimos, quedó constituida de este modo: primero, pusimos en la memoria el objeto por el cual se formó la percepción del que percibe; después, la conformación o, por así decirlo, la imagen que con ello se imprime; por último, el amor o la voluntad como lo que une a las dos. Cuando la mente, pues, se contempla a sí misma en la concepción, se entiende y se conoce a sí misma; engendra, por tanto, su propio entendimiento y conocimiento. Porque una cosa incorpórea es entendida cuando es contemplada, y conocida cuando entendida. Mas ciertamente la mente no engendra así este conocimiento de sí misma, cuando se contempla como entendida por la concepción, como si antes hubiera sido desconocida para sí misma; sino que se conocía a sí misma, del modo en que son conocidas las cosas que están contenidas en la memoria, pero en las que uno no está pensando; puesto que decimos que un hombre conoce las letras aun cuando está pensando en otra cosa, y no en las letras. Y estos dos, el que engendra y lo engendrado, son unidos por el amor, como por un tercero, que no es sino la voluntad, que busca o retiene el goce de algo. Sostuvimos, por tanto, que una trinidad de la mente ha de insinuarse también por estos tres términos: memoria, entendimiento, voluntad.
    9. Pero puesto que la mente, como dijimos cerca del final del mismo libro décimo, siempre se recuerda a sí misma, y siempre se entiende y se ama a sí misma, aunque no siempre piensa en sí misma como distinta de aquellas cosas que no son ella; debemos inquirir de qué modo el entendimiento (intellectus) pertenece a la concepción, mientras que la noción (notitia) de cada cosa que hay en la mente, aun cuando uno no esté pensando en ella, se dice que pertenece solo a la memoria. Porque si esto es así, entonces la mente no tenía estas tres cosas: a saber. el recuerdo, el entendimiento y el amor de sí misma; sino que solo se recordaba a sí misma, y después, cuando comenzó a pensar en sí misma, entonces se entendió y se amó a sí misma.

    Capítulo 7. La cosa se esclarece con un ejemplo. De qué modo se trata el asunto para ayudar al lector

    XIV, 7, 9–10

    Consideremos, pues, con más cuidado aquel ejemplo que hemos aducido, en el cual se mostró que no conocer una cosa es distinto de no pensar [concebir] en ella; y que puede suceder que un hombre conozca algo en lo que no está pensando, cuando está pensando en otra cosa, no en aquella. Cuando alguien, pues, que es versado en dos o más ramas del saber está pensando en una de ellas, aunque no esté pensando en la otra u otras, sin embargo las conoce. Pero ¿podemos decir con razón: Este músico ciertamente conoce la música, pero no la entiende ahora, porque no está pensando en ella; pero ahora entiende la geometría, pues en ella está pensando? Tal aserción, en lo que aparece, es absurda. Y ¿qué, si dijéramos: Este músico ciertamente conoce la música, pero no la ama ahora, mientras no está pensando en ella; pero ahora ama la geometría, porque en ella está pensando—no es esto igualmente absurdo? Pero decimos con toda razón: Esta persona que ves disertar sobre geometría es también un músico perfecto, pues recuerda la música, y la entiende, y la ama; pero aunque la conoce y la ama, no está pensando ahora en ella, ya que está pensando en la geometría, sobre la cual diserta. Y de aquí se nos advierte que tenemos una especie de conocimiento de ciertas cosas guardado en los recovecos de la mente, y que este, cuando es pensado, por así decirlo, sale en público y se coloca como abiertamente ante la vista de la mente; porque entonces la mente misma halla que se recuerda, se entiende y se ama a sí misma, aun cuando no estaba pensando en sí misma, cuando pensaba en otra cosa. Pero en el caso de aquello en lo que no hemos pensado durante mucho tiempo, y no podemos pensar en ello a no ser que se nos recuerde; eso, si la expresión es lícita, de un modo maravilloso, no sé cómo, no conocemos que conocemos. En suma, con razón dice el que recuerda, a aquel a quien recuerda: Tú sabes esto, pero no sabes que lo sabes; yo te lo recordaré, y hallarás que sabes lo que creías no saber. También los libros conducen a los mismos resultados, a saber. los escritos sobre asuntos que el lector, bajo la guía de la razón, halla verdaderos; no los asuntos que cree verdaderos por la fe del narrador, como en el caso de la historia; sino los que él mismo halla también verdaderos, o en sí mismo, o en aquella verdad misma que es la luz de la mente. Pero quien no puede contemplar estas cosas, aun cuando se le recuerde, está demasiado profundamente sepultado en las tinieblas de la ignorancia, por una gran ceguera de corazón, y necesita de un modo maravilloso la ayuda divina para poder alcanzar la verdadera sabiduría.
    10. Por esta razón he querido aducir alguna clase de prueba, cualquiera que fuera, acerca del acto de concebir, que sirviera para mostrar de qué modo, a partir de las cosas contenidas en la memoria, se informa el ojo de la mente al recordar, y se engendra alguna cosa tal, cuando un hombre concibe, como ya estaba en él cuando, antes de concebir, recordaba; porque es más fácil distinguir las cosas que suceden en tiempos sucesivos, y donde el padre precede a la prole por un intervalo de tiempo. Pues si nos referimos a la memoria interior de la mente por la cual se recuerda a sí misma, y al entendimiento interior por el cual se entiende a sí misma, y a la voluntad interior por la cual se ama a sí misma, donde estas tres siempre están juntas, y siempre han estado juntas desde que comenzaron a ser en absoluto, ya fueran pensadas o no; la imagen de esta trinidad parecerá ciertamente pertenecer aun solo a la memoria; pero como en este caso una palabra no puede existir sin un pensamiento (pues pensamos todo lo que decimos, aun si se dice por aquella palabra interior que no pertenece a ninguna lengua separada), esta imagen ha de discernirse más bien en estas tres cosas, a saber. memoria, entendimiento, voluntad. Y entiendo ahora por entendimiento aquello por lo cual entendemos en el pensamiento, es decir, cuando nuestro pensamiento se forma por el hallazgo de aquellas cosas que estaban a mano en la memoria, pero que no eran pensadas; y entiendo aquella voluntad, o amor, o preferencia que une a esta prole y a su padre, y que en cierto modo es común a ambos. De aquí que también intenté, a saber. en el libro undécimo, guiar la lentitud de los lectores por medio de las cosas sensibles exteriores que se ven con los ojos de la carne; y que luego procedí a entrar con ellos en aquella potencia del hombre interior por la cual razona sobre las cosas temporales, difiriendo la consideración de aquella que domina como potencia superior, por la cual contempla las cosas eternas. Y discutí esto en dos libros, distinguiendo las dos en el duodécimo, siendo una de ellas superior y la otra inferior, y que la inferior debe estar sujeta a la superior; y en el decimotercero discutí, con cuanta verdad y brevedad pude, el oficio de la inferior, en el cual se contiene el conocimiento saludable de las cosas humanas, a fin de que obremos de tal modo en esta vida temporal que alcancemos lo eterno; puesto que, en verdad, he incluido de modo somero en un solo libro un asunto tan múltiple y copioso, y tan conocido por los muchos y grandes argumentos de muchos y grandes varones, manifestando que también en él existe una trinidad, pero no aún una que pueda llamarse imagen de Dios.

    Capítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente

    XIV, 8, 11

    Pero hemos llegado ya a aquel argumento en el cual nos propusimos considerar la parte más noble de la mente humana, por la cual conoce o puede conocer a Dios, a fin de hallar en ella la imagen de Dios. Porque, aunque la mente humana no es de la misma naturaleza que Dios, sin embargo, la imagen de aquella naturaleza, mejor que la cual no hay ninguna, debe buscarse y hallarse en nosotros en aquello mejor que lo cual tampoco tiene nada nuestra naturaleza. Mas primero ha de considerarse la mente tal como es en sí misma, antes de que se haga partícipe de Dios; y en ella ha de hallarse su imagen. Pues, como hemos dicho, aunque desgastada y desfigurada por haber perdido la participación de Dios, todavía permanece la imagen de Dios. Porque es su imagen precisamente en esto: en que es capaz de Él y puede ser partícipe de Él; y tan gran bien solo es posible por ser su imagen. Ahora bien, la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma; si discernimos esto, discernimos una trinidad, no ciertamente ya a Dios, pero sí por fin una imagen de Dios. La memoria no recibe de fuera aquello que ha de retener; ni el entendimiento halla fuera aquello que ha de contemplar, como hace el ojo del cuerpo; ni la voluntad ha unido desde fuera estas dos cosas, como une la forma del objeto corporal y la que de ahí se produce en la visión del que mira; ni la concepción, al volverse a ello, ha hallado fuera una imagen de la cosa vista, la cual, aprehendida de algún modo y guardada en la memoria, ha formado de allí la intuición del que recuerda, uniendo la voluntad como tercera las otras dos: tal como mostramos que ocurre en aquellas trinidades que se descubrieron en las cosas corpóreas, o que de algún modo fueron traídas al interior desde los objetos corporales por el sentido corporal; de todas las cuales hemos tratado en el libro undécimo. Ni tampoco, como ocurría o parecía ocurrir cuando pasamos a tratar más adelante de aquel conocimiento que tenía ya su lugar en las operaciones del hombre interior y que debía distinguirse de la sabiduría; cuyo tema era, por así decir, adventicio a la mente, y o bien era traído allí por la información histórica —como hechos y palabras que se realizan en el tiempo y pasan, o que de nuevo se establecen en la naturaleza de las cosas en sus propios tiempos y lugares—, o bien surge en el hombre mismo sin haber estado antes allí, ya sea por información de otros o por su propio pensamiento —como la fe, que recomendamos largamente en el libro decimotercero, o las virtudes, por las cuales, si son verdaderas, se vive tan bien en esta mortalidad que se ha de vivir bienaventuradamente en aquella inmortalidad que Dios promete. Estas y otras cosas semejantes tienen su propio orden en el tiempo, y en ese orden discernimos más fácilmente una trinidad de memoria, visión y amor. Pues algunas de tales cosas se anticipan al conocimiento de los que aprenden. Porque son cognoscibles también antes de ser conocidas, y engendran en el que aprende un conocimiento de sí mismas. Y existen o en sus propios lugares, o han acontecido en tiempo pasado; aunque las cosas pasadas no existen ellas mismas, sino solo ciertos signos de ellas como pasadas, cuya vista u oído hace saber que han sido y han pasado. Y estos signos o están situados en los lugares mismos, como, p. ej., los monumentos de los muertos o cosas semejantes; o existen en libros escritos dignos de crédito, como toda historia de peso y autoridad aprobada; o están en las mentes de quienes ya los conocen; puesto que lo que ya es conocido por ellos es ciertamente cognoscible también por otros, cuyo conocimiento se anticipa, y que pueden conocerlo por la información de quienes lo conocen. Y todas estas cosas, cuando son aprendidas, producen cierta trinidad, a saber, por su propia especie, que era cognoscible también antes de ser conocida, y por la aplicación a esta del conocimiento del que aprende, que comienza a existir cuando las aprende, y por la voluntad como tercera que une ambas; y cuando son conocidas, se produce aún otra trinidad en el recuerdo de ellas, y esta ya interiormente en la mente misma, a partir de aquellas imágenes que, cuando fueron aprendidas, quedaron impresas en la memoria, y de la información del pensamiento cuando la mirada se ha vuelto a ellas por el recuerdo, y de la voluntad que, como tercera, une estas dos. Mas aquellas cosas que surgen en la mente sin haber estado antes allí, como la fe y otras de este género, aunque parezcan adventicias, puesto que son implantadas por la enseñanza, no están situadas fuera ni se realizan fuera, como lo están las cosas que se creen; sino que comenzaron a existir totalmente dentro, en la mente misma. Porque la fe no es aquello que se cree, sino aquello por lo cual se cree; y lo primero es creído, lo segundo es visto. Sin embargo, porque comenzó a existir en la mente, que ya era mente también antes de que estas cosas comenzaran a existir en ella, parece de algún modo adventicia, y será contada entre las cosas pasadas cuando le haya sucedido la visión y ella misma haya dejado de ser. Y ahora, por su presencia, retenida como está, contemplada y amada, forma una trinidad distinta de la que entonces formará por medio de algún vestigio de sí misma, que al pasar habrá dejado en la memoria: como ya se ha dicho antes.

    Capítulo 9. Si la justicia y las demás virtudes dejan de existir en la vida futura

    XIV, 9, 12

    12. Sin embargo, se plantea alguna cuestión: si también las virtudes por las cuales se vive bien en esta mortalidad presente, puesto que ellas mismas comienzan a existir en la mente, la cual no dejaba de ser mente cuando existía antes sin ellas, cesan también de existir en aquel tiempo en que nos hayan conducido a las cosas eternas. Pues algunos han pensado que cesarán; y en el caso de tres —prudencia, fortaleza, templanza— tal afirmación parece tener algo de razón; pero la justicia es inmortal, y entonces más bien será perfeccionada en nosotros que dejará de existir. Sin embargo, Tulio, gran maestro de la elocuencia, al argumentar en el diálogo Hortensio, dice de las cuatro: «Si se nos permitiera, al emigrar de esta vida, vivir para siempre en las islas de los bienaventurados, como cuentan las fábulas, ¿qué necesidad habría de elocuencia cuando no habría juicios, o qué necesidad, en verdad, de las virtudes mismas? Pues no necesitaríamos fortaleza cuando no se nos propusiera nada de trabajo ni de peligro; ni justicia, cuando no hubiera nada ajeno que codiciar; ni templanza, para gobernar deseos que no existirían; ni, ciertamente, necesitaríamos prudencia, cuando no se ofreciera elección alguna entre el bien y el mal. Seríamos, por tanto, bienaventurados únicamente aprendiendo y conociendo la naturaleza, por lo cual únicamente también es digna de alabanza la vida de los dioses. Y de aquí podemos percibir que todo lo demás es cuestión de necesidad, pero esto es propio del libre albedrío.» Este gran orador, pues, al proclamar la excelencia de la filosofía, repasando de nuevo todo lo que había aprendido de los filósofos y explicándolo excelente y agradablemente, afirmó que las cuatro virtudes son necesarias solo en esta vida, que vemos llena de tribulaciones y errores; pero ninguna lo será cuando hayamos emigrado de esta vida, si se nos permite vivir allí donde hay una vida bienaventurada; sino que las almas bienaventuradas son bienaventuradas solo en aprender y conocer, esto es, en la contemplación de la naturaleza, mejor y más amable que la cual no hay nada. Es aquella naturaleza que creó y ordenó todas las demás naturalezas. Y si pertenece a la justicia el estar sujeta al gobierno de esta naturaleza, entonces ciertamente la justicia es inmortal; y no dejará de existir en aquella bienaventuranza, sino que será tal y tan grande que no podrá ser más perfecta ni mayor. Quizá también las otras tres virtudes —la prudencia, aunque ya sin riesgo de error; la fortaleza, sin la molestia de soportar males; y la templanza, sin el estorbo de la concupiscencia— existirán en aquella bienaventuranza: de modo que sea propio de la prudencia no anteponer ni igualar ningún bien a Dios; de la fortaleza, adherirse a Él con la mayor firmeza; y de la templanza, no complacerse en defecto nocivo alguno. Pero aquello de que ahora se ocupa la justicia al socorrer a los desdichados, la prudencia al precaverse contra la traición, la fortaleza al soportar con paciencia las tribulaciones y la templanza al refrenar los placeres malos, no existirá allí, donde no habrá mal alguno. Y por eso aquellos actos de las virtudes que son necesarios a esta vida mortal, como la fe a la que han de referirse, serán contados entre las cosas pasadas; y forman ahora una trinidad distinta mientras las tenemos, las contemplamos y las amamos como presentes, de la que formarán entonces, cuando descubramos que no existen sino que han existido, mediante ciertos vestigios de ellas que al pasar habrán dejado en la memoria; puesto que también entonces habrá una trinidad, cuando aquel vestigio, sea de la índole que sea, sea retenido en la memoria, y verdaderamente reconocido, y luego estas dos cosas sean unidas por la voluntad como tercera.

    Capítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma

    XIV, 10, 13

    13. En el conocimiento de todas estas cosas temporales que hemos mencionado, hay algunas cosas cognoscibles que preceden a la adquisición del conocimiento de ellas por un intervalo de tiempo, como en el caso de aquellos objetos sensibles que ya eran reales antes de ser conocidos, o de todas las cosas que se aprenden por la historia; pero algunas cosas comienzan a existir al mismo tiempo que su conocimiento —así como si un objeto visible, que antes no existía en absoluto, surgiera ante nuestros ojos, ciertamente no precede a nuestro conocimiento de él; o si se produce algún sonido donde hay alguien que lo oiga, sin duda el sonido y el oírlo comienzan y terminan simultáneamente. Sin embargo, ya precedan en el tiempo, ya comiencen a existir simultáneamente, las cosas cognoscibles generan el conocimiento, y no son generadas por el conocimiento. Pero cuando el conocimiento ha llegado a existir, siempre que las cosas conocidas y guardadas en la memoria son revisadas por el recuerdo, ¿quién no ve que el retenerlas en la memoria es anterior en el tiempo a su contemplación en el recuerdo y a la unión de ambas cosas por la voluntad como tercera? En la mente, empero, no es así. Porque la mente no es adventicia a sí misma, como si a sí misma, ya existente, le llegara de alguna parte aquel mismo yo que aún no existía, o bien no llegara de alguna parte, sino que en la mente misma, ya existente, naciera aquella misma mente aún no existente; tal como la fe, que antes no existía, surge en la mente que ya existía. Ni tampoco la mente se ve a sí misma, por así decir, colocada en su propia memoria por el recuerdo con posterioridad al conocimiento de sí, como si no estuviera allí antes de conocerse a sí misma; mientras que, sin duda, desde el momento en que comenzó a existir, nunca ha dejado de recordarse, entenderse y amarse a sí misma, como ya hemos mostrado. Y por eso, cuando se vuelve a sí misma por el pensamiento, surge una trinidad en la que ya podemos discernir finalmente también una palabra; puesto que se forma del pensamiento mismo, uniendo la voluntad a ambos. Aquí, pues, podemos reconocer, más que hasta ahora, la imagen que buscamos.

    Capítulo 11. Si la memoria es también de las cosas presentes

    XIV, 11, 14

    14. Pero alguien dirá: no es memoria aquello por lo cual se afirma que la mente, siempre presente a sí misma, se recuerda a sí misma; pues la memoria es de las cosas pasadas, no de las presentes. Pues hay algunos, y entre ellos Cicerón, que, al tratar de las virtudes, han dividido la prudencia en estas tres: memoria, entendimiento, providencia; a saber, asignando la memoria a las cosas pasadas, el entendimiento a las presentes, la providencia a las futuras; lo cual solo es cierto en el caso de quienes tienen presciencia del futuro; y esto no es don de los hombres, a menos que se conceda de lo alto, como a los profetas. Y por eso el libro de la Sabiduría, hablando de los hombres, dice: «Los pensamientos de los mortales,» dice, «son temerosos, y nuestra providencia es incierta.» Pero la memoria de las cosas pasadas y el entendimiento de las cosas presentes son ciertos: ciertos, quiero decir, respecto de las cosas incorpóreas que están presentes; pues las cosas corpóreas están presentes a la vista de los ojos corporales. Mas quien niegue que haya memoria alguna de las cosas presentes, atienda al lenguaje usado incluso en la literatura profana, donde se buscaba más la exactitud de las palabras que la verdad de las cosas. «Ni Ulises sufrió tales cosas, ni el itacense se olvidó de sí mismo en tan gran peligro.» Porque cuando Virgilio dijo que Ulises no se olvidó de sí mismo, ¿qué otra cosa quiso decir, sino que se recordaba a sí mismo? Y puesto que estaba presente a sí mismo, no podría recordarse a sí mismo, a no ser que la memoria perteneciera a las cosas presentes. Y, por tanto, así como se llama memoria en las cosas pasadas aquello que hace posible recordarlas y traerlas a la memoria, así en una cosa presente, como la mente lo es para sí misma, no sin razón ha de llamarse memoria aquello que hace a la mente presente a sí misma, de modo que pueda ser entendida por su propio pensamiento, y luego ambas cosas sean unidas por el amor de sí misma.

    Capítulo 12

    La Trinidad en la mente es imagen de Dios en cuanto recuerda, entiende y ama a Dios, y hacer esto es sabiduría

    XIV, 12, 15–16

    15. Esta trinidad, pues, de la mente no es imagen de Dios porque la mente se recuerde, se entienda y se ame a sí misma, sino porque puede también recordar, entender y amar a Aquel por quien fue hecha. Y al hacerlo, ella misma se hace sabia. Pero si no lo hace, aun cuando se recuerde, se entienda y se ame a sí misma, entonces es necia. Recuerde, pues, a su Dios, a cuya imagen ha sido hecha, y entiéndalo y ámelo. O, para decir lo mismo más brevemente, rinda culto a Dios, que no ha sido hecho, por quien, puesto que ella misma fue hecha, es capaz de Él y puede ser partícipe de Él; por lo cual está escrito: «He aquí el culto de Dios, eso es sabiduría.» Y entonces será sabia, no por su propia luz, sino por participación de aquella Luz suprema; y en aquello en que es eterna, allí reinará en bienaventuranza. Pues esta sabiduría del hombre se llama así porque es también de Dios. Porque entonces es verdadera sabiduría; pues si es humana, es vana. Pero no es de Dios del modo en que lo es aquella con la que Dios es sabio. Pues Él no es sabio participando de sí mismo, como la mente lo es participando de Dios. Sino que, así como llamamos justicia de Dios no solo cuando hablamos de aquella por la cual Él mismo es justo, sino también de la que da al hombre cuando justifica al impío —justicia esta que el apóstol, al recomendarla, dice de algunos que «no conociendo la justicia de Dios y procurando establecer su propia justicia, no están sujetos a la justicia de Dios;» así también puede decirse de algunos que, no conociendo la sabiduría de Dios y procurando establecer su propia sabiduría, no están sujetos a la sabiduría de Dios.
    16. Hay, pues, una naturaleza no hecha, que hizo todas las demás naturalezas, grandes y pequeñas, y es sin duda más excelente que aquellas que ha hecho, y por tanto también que aquella de que hablamos; a saber, que la naturaleza racional e intelectual, que es la mente del hombre, hecha a imagen de Aquel que la hizo. Y aquella naturaleza, más excelente que las demás, es Dios. Y en verdad «no está lejos de cada uno de nosotros», como dice el apóstol, que añade: «Porque en Él vivimos, y nos movemos, y tenemos el ser.» Y si esto se dijera respecto del cuerpo, podría entenderse incluso de este mundo corpóreo; pues también en él, respecto del cuerpo, vivimos, nos movemos y tenemos el ser. Y por tanto ha de tomarse de un modo más excelente, y que es espiritual, no visible, respecto de la mente, que está hecha a su imagen. Porque, ¿qué hay que no esté en Él, de quien está divinamente escrito: «Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas»? Si, pues, todas las cosas están en Él, ¿en quién pueden vivir las que viven, o moverse las que se mueven, sino en Aquel en quien están? Sin embargo, no todos están con Él del modo en que se le dice: «Yo estoy continuamente contigo.» Ni Él está con todos del modo en que decimos: El Señor sea contigo. Y así, es la miseria especial del hombre no estar con Aquel sin el cual no puede existir. Pues, sin duda, no está sin Aquel en quien está; y, no obstante, si no lo recuerda, no lo entiende y no lo ama, no está con Él. Y cuando alguien olvida absolutamente una cosa, ciertamente es imposible incluso recordársela.

    Capítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios

    XIV, 13, 17

    17. Tomemos un ejemplo para este propósito de las cosas visibles. Alguien a quien no reconoces te dice: "Tú me conoces"; y para recordártelo, te dice dónde, cuándo y cómo llegó a ser conocido por ti; y si, tras la mención de cada señal por la cual podrías ser traído al recuerdo, todavía no lo reconoces, entonces has llegado a olvidar de tal manera que todo aquel conocimiento está completamente borrado de tu mente; y no queda nada más, sino que crees en la palabra de aquel que te dice que una vez lo conociste; o ni siquiera haces eso, si no piensas que la persona que te habla es digna de crédito. Pero si lo recuerdas, entonces sin duda vuelves a tu propia memoria, y hallas en ella aquello que no había sido del todo borrado por el olvido. Volvamos a aquello que nos llevó a aducir este ejemplo de la conversación entre hombres. Entre otras cosas, el Salmo 9 dice: «Los malvados serán precipitados al infierno, y todas las naciones que se olvidan de Dios;» y de nuevo el Salmo 22: «Todos los confines del mundo se acordarán y se volverán al Señor.» Estas naciones, pues, no habrán olvidado a Dios de tal modo que no puedan acordarse de Él cuando se les recuerde; sin embargo, al olvidar a Dios, como olvidando su propia vida, se habían vuelto hacia la muerte, es decir, hacia el infierno. Pero cuando se les recuerda, se vuelven al Señor, como volviendo a la vida al recordar la propia vida que habían olvidado. Se lee también en el Salmo 94: «Entended ahora, vosotros los insensatos del pueblo; y vosotros, necios, ¿cuándo seréis sabios? El que plantó la oreja, ¿no oirá?» etc. Pues esto se dice a aquellos que decían vanidades acerca de Dios por no entenderlo.

    Capítulo 14

    La mente ama a Dios al amarse rectamente a sí misma; y si no ama a Dios, debe decirse que se odia a sí misma. Incluso una mente débil y errante es siempre fuerte en recordar, entender y amar a sí misma. Vuélvase a Dios, para que sea bienaventurada recordándolo, entendiéndolo y amándolo

    XIV, 14, 18–19

    18. Mas hay aún más testimonios en las divinas Escrituras acerca del amor de Dios. Pues en él, aquellos otros dos [a saber, la memoria y el entendimiento] se entienden por consecuencia, ya que nadie ama lo que no recuerda, o de lo que es del todo ignorante. Y de ahí surge aquel conocido y principal mandamiento: «Amarás al Señor tu Dios.» La mente humana, pues, está de tal modo constituida que en ningún momento deja de recordar, entender y amar a sí misma. Pero como el que odia a alguno se afana en dañarlo, no sin razón se dice también que la mente del hombre se odia a sí misma cuando se daña a sí misma. Pues quiere mal para sí por ignorancia, en cuanto no piensa que lo que quiere le es perjudicial; pero no por eso deja de querer mal para sí, cuando quiere lo que le sería perjudicial. Y de ahí está escrito: «El que ama la iniquidad, odia a su propia alma.» Por tanto, quien sabe amarse a sí mismo, ama a Dios; pero quien no ama a Dios, aunque se ame a sí mismo —cosa implantada en él por naturaleza—, no inadecuadamente se dice que se odia a sí mismo, en cuanto hace lo que le es adverso, y se ataca a sí mismo como si fuera su propio enemigo. Y esto es sin duda un terrible engaño: que queriendo todos aprovecharse a sí mismos, muchos no hacen sino lo que les es más pernicioso. Cuando el poeta describía una enfermedad semejante de los animales mudos, «Que los dioses,» dice, «concedan mejores cosas a los piadosos, y asignen ese engaño a los enemigos. Desgarraban con sus dientes desnudos sus propios miembros destrozados.» Puesto que hablaba de una enfermedad del cuerpo, ¿por qué la ha llamado engaño, sino porque, mientras la naturaleza inclina a todo animal a cuidarse todo lo que puede, aquella enfermedad era tal que aquellos animales desgarraban aquellos mismos miembros suyos que deseaban sanos y salvos? Mas cuando la mente ama a Dios, y por consecuencia, como se ha dicho, lo recuerda y lo entiende, entonces se le ordena también con razón amar a su prójimo como a sí misma; pues ha llegado a amarse rectamente y no perversamente cuando ama a Dios, participando del cual aquella imagen no solo existe, sino que también se renueva para no ser ya vieja, y se restaura para no estar ya desfigurada, y se beatifica para no ser ya desdichada. Pues aunque se ame tanto a sí misma que, suponiendo que se le proponga la alternativa, perdería todas las cosas que ama menos que a sí misma antes que perecer; sin embargo, al abandonar a Aquel que está por encima de ella, en dependencia del cual únicamente podía guardar su propia fuerza, y gozar de Él como su luz, a quien se canta en el Salmo, «Guardaré mi fuerza en dependencia de Ti,» y de nuevo, «Acercaos a Él, y sed iluminados,» — se ha vuelto tan débil y tan oscura, que se ha apartado desdichadamente de sí misma también, hacia aquellas cosas que no son lo que ella misma es, y que están por debajo de ella, por afectos que no puede vencer y engaños de los que no ve modo de volver. Y de ahí, cuando por la misericordia de Dios ya arrepentida, clama en los Salmos, «Mi fuerza me abandona; en cuanto a la luz de mis ojos, también se ha ido de mí.»
    19. Sin embargo, en medio de estos males de debilidad y engaño, por grandes que sean, no pudo perder su memoria, entendimiento y amor naturales de sí misma. Y por tanto, lo que cité arriba puede decirse con razón, «Aunque el hombre camina en una imagen, ciertamente se inquieta en vano: amontona tesoros, y no sabe quién los recogerá.» Pues ¿por qué amontona tesoros, sino porque lo ha abandonado su fuerza, por la cual tendría a Dios, y así nada le faltaría? ¿Y por qué no puede decir para quién los recogerá, sino porque la luz de sus ojos le es quitada? Y así no ve lo que dice la Verdad, «Necio, esta noche se te pedirá tu alma. Entonces, ¿de quién serán aquellas cosas que has provisto?» Con todo, porque aun tal hombre camina en una imagen, y la mente del hombre tiene memoria, entendimiento y amor de sí misma; si se le hiciera patente que no puede tener ambas cosas, permitiéndosele elegir una y perder la otra, a saber, o los tesoros que ha amontonado, o la mente; ¿quién hay tan enteramente sin mente, que prefiera tener los tesoros antes que la mente? Pues los tesoros comúnmente pueden subvertir la mente, pero la mente que no es subvertida por los tesoros puede vivir más fácil y desembarazadamente sin tesoros algunos. ¿Pero quién podrá poseer tesoros si no es por medio de la mente? Porque si un infante, nacido tan rico como se quiera, aunque señor de todo lo que legítimamente es suyo, nada posee, sin embargo, si su mente es inconsciente, ¿cómo puede alguien poseer cosa alguna cuya mente está totalmente perdida? Pero ¿por qué decir de los tesoros que nadie, si se le da la elección, prefiere carecer de ellos a carecer de mente; cuando no hay nadie que prefiera, no, nadie que los compare, a aquellas luces del cuerpo, por las cuales no un solo hombre aquí y allá, como en el caso del oro, sino todo hombre posee el cielo mismo? Pues todo hombre posee por los ojos del cuerpo lo que ve con agrado. ¿Quién hay, pues, que, si no pudiera conservar ambas cosas, sino que debiera perder una, no preferiría perder sus tesoros antes que sus ojos? Y sin embargo, si se le propusiera en la misma condición, si preferiría perder los ojos antes que la mente, ¿quién hay con mente que no vea que preferiría perder los primeros antes que la segunda? Pues una mente sin los ojos de la carne es todavía humana, pero los ojos de la carne sin mente son bestiales. ¿Y quién no preferiría ser hombre, aunque ciego en la vista carnal, antes que bestia que puede ver?
    20. He dicho esto, para que aun aquellos que son de entendimiento más lento, a cuyos ojos u oídos llegue este libro, puedan ser amonestados, por breve que sea, cuán grandemente aun una mente débil y errante se ama a sí misma, amando y persiguiendo equivocadamente cosas que están por debajo de ella. Ahora bien, no podría amarse a sí misma si fuera enteramente ignorante de sí misma, es decir, si no se recordara a sí misma ni se entendiera a sí misma, por cuya imagen de Dios dentro de sí tiene tal poder que puede adherirse a Aquel cuya imagen es. Pues está colocada en el orden, no de lugar, sino de naturalezas, de tal modo que no hay nada por encima de ella sino Él. Cuando, finalmente, se adhiera del todo a Él, entonces será un solo espíritu, como testifica el apóstol, diciendo, «Pero el que se une al Señor es un solo espíritu.» Y esto por acercarse a participar de su naturaleza, verdad y bienaventuranza, pero no porque Él crezca en su propia naturaleza, verdad y bienaventuranza. En aquella naturaleza, pues, cuando felizmente se haya adherido a ella, vivirá inmutablemente, y verá como inmutable todo lo que ve. Entonces, como prometen las divinas Escrituras, «Su deseo será saciado con bienes,» bienes inmutables—la Trinidad misma, su propio Dios, cuya imagen es. Y para que no sufra ya nunca más agravio, estará en lo oculto de su presencia, colmada de tan gran plenitud de Él, que el pecado nunca más la deleitará. Mas ahora, cuando se ve a sí misma, ve algo no inmutable.

    Capítulo 15

    Aunque el alma espera la bienaventuranza, no recuerda la bienaventuranza perdida, sino que recuerda a Dios y las reglas de la justicia. Las reglas inmutables del vivir recto son conocidas aun por los impíos

    XIV, 15, 21

    21. Y de esto ciertamente no siente duda alguna, que es desdichada y anhela ser bienaventurada, ni puede esperar la posibilidad de esto por otro fundamento que su propia mutabilidad; pues si no fuera mudable, entonces, así como no podría volverse desdichada después de ser bienaventurada, tampoco podría volverse bienaventurada después de ser desdichada. ¿Y qué pudo haberla hecho desdichada bajo un Dios omnipotente y bueno, sino su propio pecado y la justicia de su Señor? ¿Y qué la hará bienaventurada, sino su propio mérito y la recompensa de su Señor? Pero su mérito también es gracia de Aquel cuya recompensa será su bienaventuranza; pues no puede darse a sí misma la justicia que ha perdido, y por tanto no tiene. Esta la recibió cuando el hombre fue creado, y ciertamente la perdió por el pecado. Por tanto, recibe la justicia, para que por ella merezca recibir la bienaventuranza; y de ahí dice con verdad el apóstol, cuando ella comienza a enorgullecerse, por así decir, de su propio bien, «Porque ¿qué tienes que no hayas recibido? Y si lo recibiste, ¿por qué te glorías como si no lo hubieras recibido?» Pero cuando recuerda rectamente a su propio Señor, habiendo recibido su Espíritu, entonces, porque es enseñada así por una enseñanza interior, siente plenamente que no puede levantarse sino por su afecto gratuitamente dado, ni pudo caer sino por su propia defección libremente elegida. Ciertamente no recuerda su propia bienaventuranza; puesto que aquella ha sido, pero no es, y la ha olvidado enteramente, y por tanto ni siquiera puede ser recordada de ella. Mas cree lo que las fidedignas Escrituras de su Dios cuentan acerca de aquella bienaventuranza, las cuales fueron escritas por su profeta, y cuentan de la bienaventuranza del Paraíso, y nos transmiten la información histórica de aquel primer bien y mal del hombre. Y recuerda al Señor su Dios; pues Él siempre es, ni ha sido y no es, ni es pero no ha sido; sino que así como nunca dejará de ser, así nunca no fue. Y Él está entero en todas partes. Y de ahí ella vive, y se mueve, y es en Él; y así puede recordarlo. No porque recuerde haberlo conocido en Adán o en otro lugar antes de la vida de este cuerpo presente, o cuando fue hecha por primera vez para ser implantada en este cuerpo; pues nada en absoluto recuerda de todo esto. Lo que haya de esto, ha sido borrado por el olvido. Pero se le recuerda, para que se vuelva a Dios, como a aquella luz por la cual fue de algún modo tocada, aun cuando estaba apartada de Él. Pues de ahí proviene que aun los impíos piensan en la eternidad, y con razón censuran y con razón alaban muchas cosas en las costumbres de los hombres. ¿Y por qué reglas juzgan así, sino por aquellas en las que ven cómo deben vivir los hombres, aunque ellos mismos no vivan así? ¿Y dónde ven estas reglas? Pues no las ven en su propia naturaleza [moral], ya que sin duda estas cosas han de ser vistas por la mente, y sus mentes son confesadamente mudables, pero estas reglas se ven como inmutables por aquel que puede verlas en absoluto; ni tampoco en el carácter de su propia mente, puesto que estas reglas son reglas de justicia, y sus mentes son confesadamente injustas. ¿Dónde, pues, están escritas estas reglas, en las que aun el injusto reconoce lo que es justo, en las que discierne que debería tener lo que él mismo no tiene? ¿Dónde, pues, están escritas, sino en el libro de aquella Luz que se llama Verdad? De donde toda ley justa es copiada y transferida (no migrando a ella, sino siendo como impresa en ella) al corazón del hombre que obra la justicia; como la impresión de un anillo pasa a la cera, pero no deja el anillo. Mas el que no obra, y sin embargo ve cómo debe obrar, ese es el hombre que está apartado de aquella luz, la cual, con todo, lo toca. Pero el que ni siquiera ve cómo debe vivir, peca ciertamente con más excusa, porque no es transgresor de una ley que conoce; pero aun él también es tocado a veces por el esplendor de la verdad presente en todas partes, cuando, al ser amonestado, confiesa.

    Capítulo 16. Cómo se forma de nuevo la imagen de Dios en el hombre

    XIV, 16, 22

    22. Mas aquellos que, al ser recordados, se vuelven al Señor de aquella deformidad por la cual se conformaban a este mundo por las concupiscencias mundanas, son formados de nuevo desde el mundo, cuando escuchan al apóstol, que dice, «No os conforméis a este mundo, sino transformaos por la renovación de vuestra mente;» para que aquella imagen comience a ser formada de nuevo por Aquel por quien había sido formada al principio. Pues aquella imagen no puede formarse de nuevo a sí misma, como pudo deformarse a sí misma. Dice también en otra parte: «Renovaos en el espíritu de vuestra mente; y vestíos del hombre nuevo, que según Dios es creado en justicia y santidad verdadera.» Lo que se entiende por «creado según Dios,» se expresa en otro lugar por «según la imagen de Dios.» Pero perdió la justicia y la santidad verdadera al pecar, por lo cual aquella imagen quedó desfigurada y empañada; y esto lo recupera cuando es formada de nuevo y renovada. Mas cuando dice, «En el espíritu de vuestra mente,» no quiere que se entienda de dos cosas, como si la mente fuera una, y el espíritu de la mente otra; sino que habla así, porque toda mente es espíritu, pero todo espíritu no es mente. Pues hay también un Espíritu que es Dios, que no puede ser renovado, porque no puede envejecer. Y hablamos también de un espíritu en el hombre distinto de la mente, al cual espíritu pertenecen las imágenes que se forman según la semejanza de los cuerpos; y de este habla el apóstol a los Corintios, donde dice, «Pero si hubiera orado en lenguas, mi espíritu ora, pero mi entendimiento queda sin fruto.» Pues habla así, cuando lo que se dice no es entendido; ya que ni siquiera puede decirse, a menos que las imágenes de los sonidos articulados corpóreos anticipen el sonido oral por el pensamiento del espíritu. El alma del hombre también es llamada espíritu, de donde son las palabras en el Evangelio, «E inclinando la cabeza, entregó su espíritu;» con lo cual se significa la muerte del cuerpo, al dejarlo el espíritu. Hablamos también del espíritu de una bestia, como está expresamente escrito en el libro de Salomón llamado Eclesiastés; «¿Quién sabe el espíritu del hombre que sube arriba, y el espíritu de la bestia que baja a la tierra?» Está escrito también en el Génesis, donde se dice que por el diluvio murió toda carne que «tenía en sí el espíritu de vida.» Hablamos también del espíritu, significando el viento, cosa manifiestamente corpórea; de donde es aquello en los Salmos, «Fuego y granizo, nieve e hielo, espíritu de tempestad.» Puesto que espíritu, pues, es palabra de tantos significados, el apóstol quiso expresar por «el espíritu de la mente» aquel espíritu que se llama mente. Como también el mismo apóstol, cuando dice, «Al despojaros del cuerpo de la carne,» ciertamente no quiso dos cosas, como si la carne fuera una, y el cuerpo de la carne otra; sino que, porque cuerpo es nombre de muchas cosas que no tienen carne (pues además de la carne, hay muchos cuerpos celestes y cuerpos terrestres), expresó por el cuerpo de la carne aquel cuerpo que es carne. De igual modo, por tanto, por el espíritu de la mente, aquel espíritu que es mente. En otra parte, además, lo ha llamado aún más claramente imagen, al reforzar la misma cosa con otras palabras. «Vosotros,» dice, «despojándoos del hombre viejo con sus obras, vestíos del hombre nuevo, que se renueva en el conocimiento de Dios según la imagen de Aquel que lo creó.» Donde un pasaje lee, «Vestíos del hombre nuevo, que es creado según Dios,» el otro tiene, «Vestíos del hombre nuevo, que se renueva según la imagen de Aquel que lo creó.»
    En un lugar dice, «Según Dios;» en el otro, «Según la imagen de Aquel que lo creó.» Pero en lugar de decir, como en los pasajes anteriores, «En justicia y santidad verdadera,» ha puesto en el último, «En el conocimiento de Dios.» Esta renovación, pues, y formación de nuevo de la mente, se realiza o según Dios, o según la imagen de Dios. Pero se dice según Dios, para que no se suponga que es según otra criatura; y según la imagen de Dios, para que se entienda que esta renovación tiene lugar en aquello en lo que está la imagen de Dios, es decir, en la mente. Así como decimos que aquel que ha partido del cuerpo como fiel y justo, ha muerto según el cuerpo, no según el espíritu. Pues ¿qué queremos decir con muerto según el cuerpo, sino en cuanto al cuerpo o en el cuerpo, y no muerto en cuanto al alma o en el alma? O si queremos decir que es hermoso según el cuerpo, o fuerte según el cuerpo, no según la mente; ¿qué otra cosa es esto, sino que es hermoso o fuerte en el cuerpo, no en la mente? Y lo mismo sucede con innumerables otros ejemplos. No entendamos, pues, las palabras, «Según la imagen de Aquel que lo creó,» como si fuera una imagen diferente según la cual es renovado, y no la misma que es en sí renovada.

    Capítulo 17

    Cómo la imagen de Dios en la mente se renueva hasta que la semejanza de Dios se perfecciona en ella en la bienaventuranza

    XIV, 17, 23

    23. Ciertamente esta renovación no se realiza en el instante único de la conversión misma, como aquella renovación en el bautismo se realiza en un instante único por la remisión de todos los pecados; pues ni uno solo, por pequeño que sea, queda sin remitir. Pero así como una cosa es verse libre de la fiebre, y otra recobrar fuerzas de la debilidad que la fiebre produjo; y una cosa es arrancar del cuerpo un arma clavada en él, y otra sanar la herida así causada con una curación próspera; así la primera cura es quitar la causa de la enfermedad, y esto se hace perdonando todos los pecados; pero la segunda cura es sanar la enfermedad misma, y esto se realiza gradualmente progresando en la renovación de aquella imagen: cuyas dos cosas se muestran claramente en el Salmo, donde leemos: «El que perdona todas tus iniquidades,» lo cual tiene lugar en el bautismo; y sigue luego: «y sana todas tus dolencias;» y esto se realiza con adiciones diarias, mientras esta imagen se va renovando. Y el apóstol ha hablado de esto expresísimamente, diciendo: «Aunque nuestro hombre exterior se desgaste, sin embargo el interior se renueva de día en día.» Y «se renueva en el conocimiento de Dios, es decir, en justicia y en santidad verdadera,» según los testimonios del apóstol citados poco antes. Quien, pues, es renovado de día en día progresando en el conocimiento de Dios, y en justicia y en santidad verdadera, transfiere su amor de las cosas temporales a las eternas, de las visibles a las inteligibles, de las carnales a las espirituales; y persevera diligentemente en refrenar y disminuir su deseo de las primeras, y en ligarse por amor a las segundas. Y hace esto en la medida en que es ayudado por Dios. Pues es sentencia del mismo Dios: «Sin mí nada podéis hacer.» Y cuando el último día de la vida halle a alguien manteniendo firme la fe en el Mediador en tal progreso y crecimiento como éste, será acogido por los santos ángeles, para ser conducido a Dios, a quien ha adorado, y para ser perfeccionado por Él; y así recibirá al fin del mundo un cuerpo incorruptible, no para castigo, sino para gloria. Porque la semejanza de Dios se perfeccionará entonces en esta imagen, cuando la visión de Dios sea perfecta. Y de esto habla el apóstol Pablo: «Ahora vemos en espejo y en enigma, pero entonces cara a cara.» Y de nuevo: «Mas nosotros, con el rostro descubierto, contemplando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor.» Y esto es lo que sucede de día en día en los que progresan bien.

    Capítulo 18

    Si la sentencia de Juan ha de entenderse de nuestra semejanza futura con el Hijo de Dios también en la inmortalidad misma del cuerpo

    XIV, 18, 24

    24. Pero el apóstol Juan dice: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que, cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es.» De aquí resulta que la plena semejanza de Dios ha de tener lugar en aquella imagen de Dios en aquel tiempo cuando reciba la plena visión de Dios. Y sin embargo, esto también puede parecer quizá dicho por el apóstol Juan acerca de la inmortalidad del cuerpo. Porque también en esto seremos semejantes a Dios, pero solamente al Hijo, porque sólo Él en la Trinidad tomó un cuerpo, en el cual murió y resucitó, y el cual llevó consigo al cielo arriba. Pues también esto es llamado imagen del Hijo de Dios, en la cual tendremos, como Él tiene, un cuerpo inmortal, siendo conformados en este respecto, no a la imagen del Padre ni a la del Espíritu Santo, sino sólo a la del Hijo, porque solamente de Él se lee y se recibe por la fe sana que «el Verbo se hizo carne.» Y por esto el apóstol dice: «A los que de antemano conoció, también los predestinó para que fuesen conformes a la imagen de su Hijo, para que Él sea el primogénito entre muchos hermanos.» «El primogénito,» ciertamente, «de entre los muertos,» según el mismo apóstol; por cuya muerte su carne fue sembrada en deshonra, y resucitó en gloria. Según esta imagen del Hijo, a la que somos conformados en el cuerpo por la inmortalidad, hacemos también aquello de lo que habla el mismo apóstol: «Como hemos llevado la imagen del terreno, así llevaremos también la imagen del celestial;» es decir, que nosotros, que somos mortales según Adán, mantengamos por fe verdadera, y por esperanza segura y cierta, que seremos inmortales según Cristo. Porque así podemos llevar ahora la misma imagen: no todavía en visión, sino en fe; no todavía en hecho, sino en esperanza. Pues el apóstol, cuando dijo esto, hablaba de la resurrección del cuerpo.

    Capítulo 19

    Juan ha de entenderse más bien de nuestra semejanza perfecta con la Trinidad en la vida eterna. La sabiduría se perfecciona en la bienaventuranza

    XIV, 19, 25–26

    25. Pero respecto a aquella imagen ciertamente, de la cual se dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza,» creemos —y, después de la más detenida búsqueda que hemos podido hacer, entendemos— que el hombre fue hecho a imagen de la Trinidad, porque no se dice: A mi, o: A tu imagen. Y por lo tanto aquel pasaje también del apóstol Juan ha de entenderse más bien según esta imagen, cuando dice: «Seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es;» porque habló también de Aquel de quien había dicho: «Somos hijos de Dios.» Y la inmortalidad de la carne se perfeccionará en aquel instante de la resurrección, del cual dice el apóstol Pablo: «En un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados.» Porque en aquel mismo abrir y cerrar de ojos, antes del juicio, el cuerpo espiritual resucitará en poder, en incorrupción, en gloria, el cual ahora es sembrado cuerpo natural en debilidad, en corrupción, en deshonra. Pero la imagen que se renueva en el espíritu de la mente en el conocimiento de Dios, no exteriormente, sino interiormente, de día en día, será perfeccionada por aquella visión misma; la cual después del juicio será cara a cara, pero ahora progresa como en espejo y en enigma. Y hemos de entender que se dice a causa de esta perfección, que «seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es.» Porque este don se nos dará en aquel tiempo, cuando se haya dicho: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros.» Porque entonces será quitado el impío, para que no vea la gloria del Señor, cuando los de la izquierda irán al castigo eterno, mientras que los de la derecha irán a la vida eterna. Pero «ésta es la vida eterna,» como nos dice la Verdad; «que te conozcan a Ti,» dice, «el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.»
    26. Esta sabiduría contemplativa, que creo que se llama propiamente sabiduría a diferencia del conocimiento en las Sagradas Escrituras; pero sabiduría sólo del hombre, la cual, sin embargo, el hombre no tiene sino de Aquel, participando del cual la mente racional e intelectual puede hacerse verdaderamente sabia —esta sabiduría contemplativa, digo, es la que Cicerón elogia, al final del diálogo Hortensio, cuando dice: «Mientras, pues, consideramos estas cosas noche y día, y aguzamos nuestro entendimiento, que es el ojo de la mente, cuidando de que no se embote jamás, es decir, mientras vivimos en la filosofía; nosotros, digo, obrando así, tenemos gran esperanza de que, si, por una parte, esta inteligencia y sabiduría nuestra es mortal y perecedera, aun así, cuando hayamos cumplido nuestros oficios humanos, tendremos un ocaso agradable y una extinción no dolorosa, y como un descanso de la vida: o si, por otra parte, como pensaron los filósofos antiguos —y ésos, los más grandes y con mucho los más célebres— tenemos almas eternas y divinas, entonces es necesario que pensemos que cuanto más éstas se hayan mantenido siempre en su propio curso, es decir, en la razón y en el deseo de investigación, y cuanto menos se hayan mezclado y enredado en los vicios y errores de los hombres, tanto más fácil ascenso y retorno tendrán al cielo.» Y luego dice, añadiendo esta breve sentencia, y terminando su discurso repitiéndola: «Por lo cual, para terminar al fin mi discurso, si deseamos o una tranquila extinción, después de vivir en la persecución de estos asuntos, o si deseamos emigrar sin demora de esta morada presente a otra en no poca medida mejor, debemos consagrar todo nuestro trabajo y cuidado a estas persecuciones.» Y aquí me maravillo de que un hombre de tan gran ingenio prometa a los hombres que viven en la filosofía, que hace al hombre bienaventurado por la contemplación de la verdad, «un ocaso agradable después del cumplimiento de los oficios humanos, si esta nuestra inteligencia y sabiduría es mortal y perecedera;» ¡como si aquello que no amábamos, o más bien que odiábamos fieramente, hubiera entonces de morir y reducirse a la nada, de modo que su ocaso nos fuera agradable! Pero ciertamente no había aprendido esto de los filósofos, a quienes ensalza con gran alabanza; sino que esta sentencia exhala aquella Nueva Academia, en la cual le plugo dudar hasta de las cosas más claras. Pero de los filósofos que fueron los más grandes y con mucho los más célebres, como él mismo confiesa, había aprendido que las almas son eternas. Porque las almas eternas no son inconvenientemente exhortadas a ser halladas en «su propio curso,» cuando haya llegado el fin de esta vida, es decir, «en la razón y en el deseo de investigación,» y a mezclarse y enredarse menos en los vicios y errores de los hombres, para que tengan un retorno más fácil a Dios. Pero aquel curso que consiste en el amor y la investigación de la verdad no basta para los desdichados, es decir, para todos los mortales que tienen sólo este tipo de razón, y están sin fe en el Mediador; como me he esforzado en probar, cuanto pude, en los libros anteriores de esta obra, especialmente en el cuarto y en el decimotercero.
    0 comentarios
    0 vistas

    Comentarios

    Inicia sesión para dejar un comentario

    No hay comentarios aún. ¡Sé el primero en comentar!
    Fin de la parte 18 de 21