Se señala una especie de imagen de la Trinidad aun en el hombre exterior; primeramente, en aquellas cosas que se perciben desde fuera, a saber: en el objeto corporal que se ve, y en la forma que éste imprime en la vista del que mira, y en la intención de la voluntad que une ambas; aunque estas tres cosas no son mutuamente iguales ni de una sola sustancia. Luego se observa que existe en la mente misma una especie de trinidad, en tres cosas de una misma sustancia, introducida allí, por así decirlo, desde aquellas cosas que se perciben desde fuera; a saber: la imagen del objeto corporal que está en la memoria, y la impresión formada de ella cuando el ojo de la mente del que piensa se vuelve a ella, y la intención de la voluntad que combina ambas. Y esta última trinidad se dice también que pertenece al hombre exterior, en cuanto es introducida en la mente desde los objetos corporales que se perciben desde fuera.
XI, 1, 1
1. Nadie duda de que, así como el hombre interior está dotado de entendimiento, el exterior lo está de sentido corporal. Intentemos, pues, si podemos, descubrir también en este hombre exterior algún vestigio, por leve que sea, de la Trinidad; no que él mismo sea del mismo modo imagen de Dios. Pues es evidente la sentencia del apóstol, que declara que el hombre interior se renueva en el conocimiento de Dios, conforme a la imagen de Aquel que lo creó; mientras que en otro lugar dice también: «Pero aunque nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día.» Busquemos, pues, en cuanto podamos, en aquello que perece, alguna imagen de la Trinidad, si no tan expresiva, acaso más fácil de discernir. Porque aquel hombre exterior no se llama hombre sin razón, sino porque en él hay alguna semejanza del hombre interior. Y en virtud del orden mismo de nuestra condición, por la cual somos hechos mortales y carnales, tratamos las cosas visibles más fácil y más familiarmente que las inteligibles; pues las primeras son exteriores, las segundas interiores; y las primeras se perciben por el sentido corporal, las segundas se entienden por la mente; y nosotros mismos, es decir, nuestras mentes, no somos cosas sensibles, esto es, cuerpos, sino cosas inteligibles, puesto que somos vida. Y, sin embargo, como he dicho, estamos tan familiarmente ocupados con los cuerpos, y nuestro pensamiento se ha proyectado hacia afuera con tan admirable propensión hacia los cuerpos, que, cuando ha sido retirado de la incertidumbre de las cosas corpóreas para fijarse con conocimiento mucho más cierto y estable en aquello que es espíritu, vuela de nuevo hacia esos cuerpos y busca reposo allí de donde ha sacado debilidad. Y a esta flaqueza suya debemos acomodar nuestro discurso; de modo que, si en algún momento queremos distinguir más adecuadamente e insinuar más prontamente la cosa espiritual interior, debemos tomar ejemplos de semejanzas de las cosas exteriores pertenecientes al cuerpo. El hombre exterior, pues, dotado como está del sentido corporal, trata con los cuerpos. Y este sentido corporal, como fácilmente se observa, es quíntuple: ver, oír, oler, gustar, tocar. Pero es bastante trabajo, y no es necesario, que interroguemos a los cinco sentidos acerca de lo que buscamos. Pues lo que uno de ellos nos declara vale también para los demás. Usemos, pues, principalmente el testimonio de los ojos. Porque este sentido corporal supera con mucho a los demás; y en proporción a su diferencia de género, está más cerca de la vista de la mente.
Cierta Trinidad en la vista. Que hay tres cosas en la vista, las cuales difieren en su propia naturaleza. De qué manera se produce la visión a partir de una cosa visible, o la imagen de aquella cosa que se ve. El asunto se muestra más claramente con un ejemplo. Cómo estas tres se combinan en una
XI, 2, 2
2. Cuando, pues, vemos cualquier objeto corpóreo, estas tres cosas, como es facilísimo hacerlo, han de ser consideradas y distinguidas: Primero, el objeto mismo que vemos, ya sea una piedra, una llama o cualquier otra cosa que pueda ser vista por los ojos; y éste ciertamente podría existir ya antes de ser visto. Luego, la visión o el acto de ver, que no existía antes de que percibiésemos el objeto mismo que se presenta al sentido. En tercer lugar, aquello que mantiene el sentido del ojo en el objeto visto mientras es visto, a saber, la atención de la mente. En estas tres cosas, pues, no sólo hay una distinción evidente, sino también una naturaleza diversa. Pues, en primer lugar, aquel cuerpo visible es de una naturaleza muy distinta de la del sentido de los ojos, por cuya incidencia sobre él surge la visión. Y ¿qué es, claramente, la visión misma sino una percepción informada por aquella cosa que se percibe? Aunque no hay visión si se retira el objeto visible, ni podría haber visión alguna de este género si no hubiera un cuerpo que pudiera verse; sin embargo, el cuerpo por el cual es informado el sentido de los ojos, cuando ese cuerpo se ve, y la forma misma que es impresa por él en el sentido, la cual se llama visión, de ningún modo son de la misma sustancia. Pues el cuerpo que se ve es, en su propia naturaleza, separable; pero el sentido, que ya estaba en el sujeto viviente antes incluso de que viera lo que podía ver, cuando tropezó con algo visible —o la visión que llega a ser en el sentido a partir del cuerpo visible cuando éste ya se ha puesto en conexión con él y es visto—; el sentido, digo, o la visión, esto es, el sentido informado desde fuera, pertenece a la naturaleza del sujeto viviente, la cual es enteramente otra que aquel cuerpo que percibimos viendo, y por el cual el sentido no es formado de modo que sea sentido, sino de modo que sea visión. Porque si el sentido no estuviera también en nosotros antes de la presentación del objeto sensible, no nos distinguiríamos de los ciegos en los momentos en que nada vemos, ya sea en la oscuridad o cuando tenemos los ojos cerrados. Pero nos distinguimos de ellos en esto: que hay en nosotros, aun cuando no vemos, aquello por lo cual podemos ver, que se llama sentido; mientras que esto no está en ellos, ni se les llama ciegos por otra razón sino porque no lo tienen. Además, aquella atención de la mente que mantiene el sentido en aquella cosa que vemos y conecta ambas, no sólo difiere de aquella cosa visible en su naturaleza, en que la una es mente y la otra cuerpo, sino también del sentido y de la visión misma: puesto que esta atención es acto de la mente sola; pero el sentido de los ojos se llama sentido corporal por ninguna otra razón sino porque los ojos mismos son también miembros del cuerpo; y aunque un cuerpo inanimado no percibe, sin embargo el alma mezclada con el cuerpo percibe mediante un instrumento corpóreo, y ese instrumento se llama sentido. Y este sentido, también, es cortado y extinguido por un padecimiento de parte del cuerpo, cuando alguien queda ciego; mientras la mente permanece la misma; y su atención, una vez perdidos los ojos, no tiene, ciertamente, el sentido del cuerpo, que pueda unir, viendo, al cuerpo exterior, y fijar en él su mirada y verlo; sin embargo, por el esfuerzo mismo muestra que, aunque se quite el sentido corporal, ella misma no puede perecer ni disminuirse. Pues permanece intacto un deseo [appetitus] de ver, ya pueda llevarse a efecto o no. Estas tres cosas, pues, el cuerpo que se ve, la visión misma y la atención de la mente que une ambas, son manifiestamente distinguibles, no sólo por las propiedades de cada una, sino también por la diferencia de sus naturalezas.
3. Y puesto que, en este caso, la sensación no procede de aquel cuerpo que se ve, sino del cuerpo del ser viviente que percibe, con el cual el alma está unida de un modo maravilloso propio suyo; sin embargo, la visión es producida, esto es, el sentido mismo es informado, por el cuerpo que se ve; de modo que ya no hay sólo la potencia del sentido, que puede existir también intacta incluso en la oscuridad, con tal que los ojos estén sanos, sino también un sentido actualmente informado, que se llama visión. La visión, pues, es producida a partir de una cosa que es visible; pero no de ella sola, a menos que esté presente también alguien que ve. Por tanto, la visión es producida a partir de una cosa que es visible, juntamente con alguien que ve; de tal manera que, de parte del que ve, están el sentido de la vista y la intención de mirar y contemplar el objeto; mientras que, sin embargo, aquella información del sentido, que se llama visión, es impresa solamente por el cuerpo que se ve, esto es, por alguna cosa visible; la cual, si es quitada, ya no permanece aquella forma que estaba en el sentido mientras estaba presente lo que se veía; pero el sentido mismo permanece, que existía también antes de que se percibiera algo; así como la huella de una cosa en el agua permanece mientras el cuerpo mismo que se imprime en ella está en el agua; pero si éste ha sido quitado, ya no habrá tal huella, aunque el agua permanezca, la cual existía también antes de tomar la forma de aquel cuerpo. Y por tanto no podemos, ciertamente, decir que una cosa visible produce el sentido; sin embargo, produce la forma, que es, por así decirlo, su propia semejanza, que viene a ser en el sentido cuando percibimos algo viendo. Pero no distinguimos, por el mismo sentido, la forma del cuerpo que vemos de la forma que es producida por él en el sentido del que ve; puesto que la unión de las dos es tan estrecha que no hay lugar para distinguirlas. Pero inferimos racionalmente que no podríamos tener sensación alguna, si no se obrase en nuestro propio sentido alguna semejanza del cuerpo visto. Pues cuando un anillo se imprime en la cera, no se sigue que no se produzca imagen alguna porque no podamos discernirla sino cuando ha sido separada. Mas, puesto que, una vez separada la cera, lo que fue hecho permanece, de modo que puede verse; por eso nos persuadimos fácilmente de que ya había también en la cera una forma impresa por el anillo antes de que fuera separada de él. Pero si el anillo se imprimiera en un líquido, no aparecería imagen alguna al retirarlo; y, no obstante, no por esto deja la razón de discernir que había en aquel líquido, antes de que se retirara el anillo, una forma del anillo producida por el anillo, que ha de distinguirse de aquella forma que está en el anillo, de donde fue producida aquella forma que cesa de ser cuando se retira el anillo, aunque permanece aquella en el anillo, de donde fue producida la otra. Y así no ha de suponerse que la percepción [sensible] de los ojos no contenga imagen alguna del cuerpo que se ve mientras se ve, [meramente] porque, cuando éste es retirado, no permanece la imagen. Y de aquí es muy difícil persuadir a hombres de mente más torpe de que una imagen de la cosa visible se forma en nuestro sentido cuando la vemos, y de que esta misma forma es visión.
4. Pero si alguno atiende acaso a lo que voy a mencionar, no hallará tal dificultad en esta indagación. Comúnmente, cuando hemos mirado por algún tiempo una luz y luego cerramos los ojos, parecen jugar ante nuestros ojos ciertos colores brillantes que se cambian variamente y lucen menos y menos hasta que cesan del todo; y debemos entender que éstos son los restos de aquella forma que fue obrada en el sentido mientras se veía el cuerpo resplandeciente, y que estas variaciones se producen en ellos mientras se desvanecen lenta y gradualmente. Pues también los enrejados de las ventanas, si acertamos a estar mirándolos, aparecen a menudo en estos colores; de modo que es evidente que nuestro sentido es afectado por tales impresiones de aquella cosa que se ve. Aquella forma, por tanto, existía también mientras veíamos, y en aquel tiempo era más clara y expresa. Pero estaba entonces estrechamente unida con la especie de aquella cosa que era percibida, de modo que no podía distinguirse en absoluto de ella; y esto era la visión misma. Más aún, cuando la pequeña llama de una lámpara es, en cierto modo, por así decirlo, doblada por los rayos divergentes de los ojos, se produce una doble visión, aunque la cosa que se ve es una. Pues los mismos rayos, al salir cada uno de su propio ojo, son afectados separadamente, en cuanto no se les permite encontrarse de modo uniforme y conjunto al mirar aquella cosa corpórea, de modo que de ambos se formara una sola visión combinada. Y así, si cerramos un ojo, no veremos dos llamas, sino una como realmente es. Pero por qué, si cerramos el ojo izquierdo, deja de verse aquella apariencia que estaba a la derecha; y si, a la vez, cerramos el derecho, desaparece de la existencia aquella que estaba a la izquierda, es asunto tedioso en sí mismo y en absoluto necesario para nuestro presente tema indagar y discutir. Pues basta para el asunto entre manos considerar que, a menos que se produjera en nuestro sentido alguna imagen exactamente semejante a la cosa que percibimos, la apariencia de la llama no se doblaría según el número de los ojos; puesto que se ha empleado cierto modo de percibir que podía separar la unión de los rayos. Ciertamente, nada que sea realmente uno puede ser visto como si fuera doble por un solo ojo, por más que lo bajes, lo presiones o lo tuerzas como te plazca, si el otro está cerrado.
5. Siendo así las cosas, recordemos cómo estas tres cosas, aunque diversas en naturaleza, se combinan en una especie de unidad; esto es, la forma del cuerpo que se ve, la imagen de ésta impresa en el sentido, que es la visión o el sentido informado, y la voluntad de la mente que aplica el sentido a la cosa sensible y retiene en ella la visión misma. La primera de éstas, es decir, la cosa visible misma, no pertenece a la naturaleza del ser viviente, salvo cuando discernimos nuestro propio cuerpo. Pero la segunda pertenece a aquella naturaleza en la medida en que es obrada en el cuerpo y, mediante el cuerpo, en el alma; pues es obrada en el sentido, que no está sin el cuerpo ni sin el alma. Mas la tercera es del alma sola, porque es la voluntad. Aunque, pues, las sustancias de estas tres son tan diferentes, sin embargo se unen en tal unidad que las dos primeras apenas pueden distinguirse, aun con la intervención de la razón como juez, a saber, la forma del cuerpo que se ve y la imagen de ésta que se obra en el sentido, esto es, la visión. Y la voluntad combina tan poderosamente estas dos, que aplica el sentido, para ser informado, a aquella cosa que se percibe, y lo retiene, una vez informado, en aquella cosa. Y si es tan vehemente que pueda llamarse amor, o deseo, o concupiscencia, afecta también vehementemente al resto del cuerpo del ser viviente; y donde una materia más torpe y más dura no resiste, la cambia en forma y color semejantes. Puede verse el pequeño cuerpo del camaleón variar con pronto cambio, según los colores que ve. Y en el caso de otros animales, puesto que su grosería de carne no admite fácilmente cambio, las crías, en su mayor parte, revelan las particulares fantasías de las madres, sea lo que sea lo que han contemplado con especial deleite. Pues cuanto más tiernas, y por así decirlo, más formables, son las semillas primeras, tanto más eficaz y capazmente siguen la inclinación del alma de la madre y la fantasía que se obra en ella mediante aquel cuerpo que ha contemplado con avidez. Podrían aducirse abundantes ejemplos, pero basta uno, tomado de los libros más fidedignos; a saber, lo que hizo Jacob para que las ovejas y las cabras pariesen crías de varios colores, poniendo delante de ellas varas de colores variados en los abrevaderos del agua para que las miraran al beber, en el tiempo en que habían concebido.
La unidad de las tres cosas se realiza en el pensamiento, a saber, de la memoria, de la visión interna y de la voluntad que une a ambas
XI, 3, 6
6. Pero el alma racional vive de modo degenerado cuando vive según la trinidad del hombre exterior; es decir, cuando aplica a las cosas que informan el sentido corporal desde fuera no una voluntad laudable, por la cual las refiera a algún fin útil, sino un deseo vil, por el cual se adhiere a ellas. Pues aun cuando la forma del cuerpo, que fue percibida corporalmente, sea retirada, permanece su semejanza en la memoria, a la cual la voluntad puede dirigir de nuevo su ojo, de modo que sea formada desde allí interiormente, así como el sentido fue formado desde fuera por la presentación del cuerpo sensible. Y así se produce aquella trinidad a partir de la memoria, de la visión interna y de la voluntad que une a ambas. Y cuando estas tres cosas se combinan en una sola, de aquella misma combinación se llama concepción. Y en estas tres cosas no hay ya diversidad alguna de sustancia. Pues ni el cuerpo sensible está allí, el cual es totalmente distinto de la naturaleza del ser viviente, ni el sentido corporal es allí informado de modo que produzca visión, ni la voluntad misma cumple su oficio de aplicar el sentido, a saber, de ser informado, al cuerpo sensible, y de retenerlo en él una vez informado; sino que en lugar de aquella especie corporal que fue percibida desde fuera, viene la memoria que retiene aquella especie que el alma ha absorbido mediante el sentido corporal; y en lugar de aquella visión que era exterior cuando el sentido era informado mediante el cuerpo sensible, viene una visión semejante interior, mientras el ojo de la mente es informado por aquello que la memoria retiene, y las cosas corpóreas que se piensan están ausentes; y la voluntad misma, así como antes aplicó al sentido aún no informado a la cosa corpórea presentada desde fuera, y lo unió a ella una vez informado, así ahora convierte la visión de la mente que recuerda hacia la memoria, para que la vista mental sea informada por aquello que la memoria ha retenido, y así haya en la concepción una visión semejante. Y como era la razón la que distinguía la apariencia visible por la cual el sentido corporal era informado, de la semejanza de ella, que era labrada en el sentido una vez informado para producir la visión (de otro modo habrían estado tan unidas que se las tendría por una sola y la misma cosa); así, aunque aquella fantasía también, que surge de la mente que piensa en la apariencia de un cuerpo que ha visto, consta de la semejanza del cuerpo que la memoria retiene, junto con aquello que de allí se forma en el ojo de la mente que recuerda; sin embargo, parece ser tan una y única, que solo puede descubrirse que son dos por el juicio de la razón, por el cual entendemos que aquello que permanece en la memoria, aun cuando lo pensemos desde otra fuente, es cosa distinta de aquello que es traído al ser cuando recordamos, es decir, volvemos de nuevo a la memoria, y allí encontramos la misma apariencia. Y si esto no estuviera ahora allí, diríamos que habíamos olvidado de tal modo que no podríamos recordar en absoluto. Y si el ojo del que recuerda no fuera informado por aquella cosa que estaba en la memoria, la visión del pensador no podría de ningún modo realizarse; pero la conjunción de ambas, es decir, de aquello que la memoria retiene, y de aquello que de allí se expresa para informar el ojo del que recuerda, hace que parezcan como si fueran una sola, porque son sumamente semejantes. Pero cuando el ojo del que concibe es apartado de allí, y ha cesado de mirar aquello que se percibía en la memoria, entonces nada de la forma que se había impreso en él permanecerá en aquel ojo, y será informado por aquello a lo que de nuevo se hubiere vuelto, de modo que produzca otra concepción. Sin embargo, permanece aquello que dejó en la memoria, a lo cual puede de nuevo volverse cuando lo recordamos, y vuelto hacia ello puede ser informado por ello, y hacerse uno con aquello de donde es informado.
XI, 4, 7
7. Pero si aquella voluntad que mueve de acá para allá, aquí y allí, el ojo que ha de ser informado, y lo une una vez formado, se hubiere convertido por entero a la fantasía interior, y hubiere apartado absolutamente el ojo de la mente de la presencia de los cuerpos que yacen en torno a los sentidos, y de los sentidos corporales mismos, y lo hubiere vuelto por entero a aquella imagen que se percibe interiormente; entonces se presenta una semejanza tan exacta de la especie corporal expresada desde la memoria, que ni a la razón misma se le permite discernir si el cuerpo mismo se ve fuera, o solo algo semejante se piensa dentro. Pues los hombres, a veces, o seducidos o atemorizados por demasiado pensar en cosas visibles, han llegado incluso a proferir de repente palabras en consecuencia, como si de hecho estuvieran ocupados en medio mismo de tales acciones o sufrimientos. Y recuerdo que alguien me contó que solía percibir en el pensamiento, tan distinta y como sólida, una forma de cuerpo femenino, que se conmovía como si fuera una realidad. Tanto poder tiene el alma sobre su propio cuerpo, y tanta influencia tiene al volver y cambiar la cualidad de su vestidura [corpórea]; así como puede afectarse un hombre vestido, al cual su vestido se le pega. Es el mismo género de afección, también, con el que somos engañados mediante las imaginaciones en el sueño. Pero hay una diferencia muy grande entre que los sentidos del cuerpo estén adormecidos hasta el letargo, como en el caso de los que duermen, o perturbados en su estructura interior, como en el caso de los locos, o distraídos de algún otro modo, como en el de los adivinos o profetas; y así, por una u otra de estas causas, la intención de la mente es forzada por una especie de necesidad hacia aquellas imágenes que se le presentan, ya sea desde la memoria, ya por alguna otra fuerza oculta mediante ciertas mezclas espirituales de una sustancia semejantemente espiritual: o bien, como a veces sucede a personas sanas y despiertas, que la voluntad ocupada por el pensamiento se aparta de los sentidos, y así informa el ojo de la mente con varias imágenes de cosas sensibles, como si aquellas cosas sensibles mismas fueran realmente percibidas. Pero estas impresiones de imágenes no solo tienen lugar cuando la voluntad se dirige a tales cosas deseándolas, sino también cuando, para evitarlas y guardarse de ellas, la mente es arrastrada a mirar estas mismas cosas para huir de ellas. Y de aquí que no solo el deseo, sino el miedo, hace que tanto el ojo corporal sea informado por las cosas sensibles mismas, como el ojo mental (acies) por las imágenes de aquellas cosas sensibles. Por consiguiente, cuanto más vehemente ha sido el miedo o el deseo, tanto más distintamente es informado el ojo, ya sea en el caso del que percibe [sensiblemente] mediante el cuerpo aquello que yace cerca de él en el lugar, o en el caso del que concibe a partir de la imagen del cuerpo que está contenida en la memoria. Lo que pues es un cuerpo en el lugar para el sentido corporal, eso es la semejanza de un cuerpo en la memoria para el ojo de la mente; y lo que es la visión del que mira una cosa para aquella apariencia del cuerpo de la cual el sentido es informado, eso es la visión del que concibe para la imagen del cuerpo establecida en la memoria, de la cual el ojo de la mente es informado; y lo que es la intención de la voluntad hacia un cuerpo visto y la visión que ha de combinarse con él, para que allí se realice cierta unidad de tres cosas, aunque su naturaleza sea diversa, eso mismo es la intención de la voluntad para combinar la imagen del cuerpo que está en la memoria, y la visión del que concibe, es decir, la forma que el ojo de la mente ha tomado al volver a la memoria, para que también aquí se realice cierta unidad de tres cosas, no ya distinguidas por diversidad de naturaleza, sino de una sola y la misma sustancia; porque este todo está dentro, y el todo es una sola mente.
La trinidad del hombre exterior, o de la visión externa, no es imagen de Dios. La semejanza de Dios se desea aun en los pecados. En la visión externa la forma de la cosa corpórea es como el padre, la visión el hijo; pero la voluntad que une a estos sugiere el Espíritu Santo
XI, 5, 8–9
8. Pero así como, cuando la forma y la especie de un cuerpo han perecido, la voluntad no puede volver a él el sentido de percibir; así, cuando la imagen que la memoria lleva es borrada por el olvido, la voluntad no podrá forzar hacia atrás el ojo de la mente mediante el recuerdo, de modo que sea formado por ella. Pero como la mente tiene gran poder para imaginar no solo cosas olvidadas, sino también cosas que nunca vio ni experimentó, ya sea aumentando, o disminuyendo, o cambiando, o combinando, a su gusto, aquellas que no se han desprendido de su recuerdo, a menudo imagina que las cosas son tales como o bien sabe que no son, o bien no sabe que son. Y en este caso hemos de cuidarnos de que no hable falsamente para engañar, o sostenga una opinión de modo que sea engañada. Y si evita estos dos males, entonces los fantasmas imaginados no la estorban: así como las cosas sensibles experimentadas o retenidas por la memoria no la estorban, si no se buscan apasionadamente cuando son agradables, ni se rehúyen vilmente cuando son desagradables. Pero cuando la voluntad deja las cosas mejores, y se revuelca codiciosamente en estas, entonces se vuelve inmunda; y se piensa en ellas de modo dañino cuando están presentes, y aún más dañinamente cuando están ausentes. Y por tanto vive mal y degeneradamente quien vive según la trinidad del hombre exterior; porque es el propósito de usar las cosas sensibles y corpóreas lo que ha engendrado también aquella trinidad, que aunque imagina dentro, sin embargo imagina cosas de fuera. Pues nadie podría usar bien siquiera aquellas cosas, a menos que las imágenes de las cosas percibidas por los sentidos fueran retenidas en la memoria. Y a menos que la voluntad en su mayor parte habite en las cosas superiores e interiores, y a menos que aquella voluntad misma, que se acomoda o a los cuerpos de fuera, o a las imágenes de ellos de dentro, refiera cuanto recibe en ellos a una vida mejor y más verdadera, y descanse en aquel fin, mirando al cual juzga que aquellas cosas deben hacerse; ¿qué otra cosa hacemos, sino aquello que el apóstol nos prohíbe hacer, cuando dice: «No os conforméis a este mundo»? Y por tanto aquella trinidad no es imagen de Dios, puesto que se produce en la mente misma mediante el sentido corporal, a partir de la criatura más baja, es decir, la corpórea, que la mente es superior. Sin embargo, tampoco es del todo desemejante: pues ¿qué hay que no tenga una semejanza de Dios, conforme a su género y medida, viendo que Dios hizo todas las cosas muy buenas, y por ninguna otra razón sino porque Él mismo es sumamente bueno? Por tanto, en cuanto algo que es, es bueno, en tanto claramente tiene todavía alguna semejanza del sumo bien, por grande que sea la distancia; y si es una semejanza natural, entonces ciertamente una recta y bien ordenada; pero si es una semejanza defectuosa, entonces ciertamente una degradada y perversa. Pues aun las almas en sus mismos pecados no buscan otra cosa sino algún tipo de semejanza de Dios, en una libertad soberbia y prepóstera y, por así decirlo, servil. Así tampoco nuestros primeros padres habrían podido ser persuadidos a pecar si no se les hubiera dicho: «Seréis como dioses». Sin duda, no todo lo que hay en las criaturas que de algún modo es semejante a Dios ha de llamarse también su imagen; sino solo aquello por encima de lo cual solo Él mismo es superior. Pues solo aquello es copiado de Él en todos los puntos, entre lo cual y Él mismo no se interpone naturaleza alguna.
9. De aquella visión, pues; es decir, de la forma que se labra en el sentido del que ve; la forma de la cosa corporal de la cual se labra es, por así decirlo, el padre. Pero no es un padre verdadero; por lo cual tampoco aquella es una descendencia verdadera; pues no nace enteramente de allí, ya que algo más se aplica a la cosa corporal para que sea formada de ella, a saber, el sentido del que ve. Y por esta razón, amar esto es enajenarse. Por tanto, la voluntad que une a ambos, a saber, al cuasi padre y al cuasi hijo, es más espiritual que cualquiera de ellos. Pues aquella cosa corporal que se discierne no es espiritual en absoluto. Pero la visión que viene a existir en el sentido, tiene algo espiritual mezclado con ella, puesto que no puede venir a existir sin el alma. Pero no es totalmente espiritual; puesto que aquello que se forma es un sentido del cuerpo. Por tanto, la voluntad que une a ambos es confesadamente más espiritual, como he dicho; y así comienza a sugerir (insinuare), por así decirlo, la persona del Espíritu en la Trinidad. Pero pertenece más al sentido que es formado, que a la cosa corporal de la cual es formado. Pues el sentido y la voluntad de un ser animado pertenecen al alma, no a la piedra o a otra cosa corporal que se ve. No procede, por tanto, de aquella cosa corporal como de un padre; sin embargo, tampoco procede de aquello otro como si fuera descendencia, a saber, la visión y forma que está en el sentido. Pues la voluntad existía antes de que la visión se realizara, la cual voluntad aplicó el sentido que había de ser formado a la cosa corporal que había de ser discernida; pero aún no estaba satisfecha. Pues ¿cómo podía satisfacer aquello que aún no se veía? Y satisfacción significa una voluntad que descansa contenta. Y, por tanto, no podemos llamar a la voluntad ni cuasi descendencia de la visión, puesto que existía antes de la visión; ni cuasi padre, puesto que aquella visión no fue formada ni expresada desde la voluntad, sino desde la cosa corporal que se veía.
De qué clase hemos de considerar el reposo (requies), y el fin (finis), de la voluntad en la visión
XI, 6, 10
10. Quizá podamos llamar con razón a la visión fin y reposo de la voluntad, solo respecto a este único objeto [a saber, la cosa corporal que es visible]. Pues no querrá nada más meramente porque ve algo que ahora está queriendo. No es, por tanto, toda la voluntad misma del hombre, cuyo fin no es otra cosa que la bienaventuranza; sino la voluntad provisionalmente dirigida a este único objeto, que tiene como fin en el ver nada más que la visión, ya refiera la cosa vista a otra cosa o no. Pues si no refiere la visión a nada ulterior, sino que solo quiere ver esto, no cabe cuestión alguna acerca de mostrar que el fin de la voluntad es la visión; pues es manifiesto. Pero si la refiere a algo ulterior, entonces ciertamente quiere algo más, y no será ya una voluntad meramente de ver; o si de ver, no una de ver la cosa particular. Así como, si alguien quisiera ver la cicatriz, para desde allí saber que hubo una herida; o quisiera ver la ventana, para a través de la ventana ver a los transeúntes: todos estos y otros actos semejantes de voluntad tienen sus propios fines [próximos], que se refieren a aquel fin [último] de la voluntad por el cual queremos vivir bienaventuradamente, y alcanzar aquella vida que no se refiere a ninguna otra cosa, sino que se basta a sí misma para quien la ama. La voluntad, pues, de ver, tiene como fin la visión; y la voluntad de ver esta cosa particular, tiene como fin la visión de esta cosa particular. Por tanto, la voluntad de ver la cicatriz desea su propio fin, es decir, la visión de la cicatriz, y no va más allá de él; pues la voluntad de probar que hubo una herida es una voluntad distinta, aunque dependiente de aquella, de la cual también el fin es probar que hubo una herida. Y la voluntad de ver la ventana tiene como fin la visión de la ventana; pues es otra y ulterior voluntad la que depende de ella, a saber, ver a los transeúntes a través de la ventana, de la cual también el fin es la visión de los transeúntes. Pero todas las varias voluntades que están ligadas entre sí son a la vez rectas, si aquella una es buena, a la cual todas se refieren; y si aquella es mala, entonces todas son malas. Y así la serie conexa de voluntades rectas es una especie de camino que consta como de ciertos peldaños, por los cuales ascender a la bienaventuranza; pero el enredo de voluntades depravadas y torcidas es una atadura con la que será atado quien así actúa, de modo que sea arrojado a las tinieblas exteriores. Bienaventurados, pues, son los que en actos y carácter cantan el cántico de los peldaños [grados]; y ay de los que arrastran el pecado, como una larga cuerda. Y es exactamente lo mismo hablar de que la voluntad está en reposo, lo que llamamos su fin, si todavía se refiere a algo ulterior, como si dijéramos que el pie está en reposo al caminar, cuando se coloca allí, de donde sin embargo otro pie puede plantarse en la dirección de los pasos del hombre. Pero si algo satisface de tal modo que la voluntad aquiesce en ello con cierta delicia; sin embargo, no es todavía aquello a lo que el hombre tiende últimamente; sino que también esto se refiere a algo ulterior, de modo que se considere no como la patria de un ciudadano, sino como un lugar de refrigerio, o incluso de parada, para un viajero.
XI, 7, 11–12
11. Mas, de nuevo, tómese el caso de otra trinidad, más interior ciertamente que aquella que está en las cosas sensibles y en los sentidos, pero que, sin embargo, es concebida desde allí; mientras que ya no es el sentido del cuerpo el que es informado desde el cuerpo, sino el ojo de la mente el que es informado desde la memoria, puesto que la especie del cuerpo que percibimos desde fuera ha quedado adherida en la memoria misma. Y a aquella especie que está en la memoria la llamamos cuasi padre de aquella que se produce en la fantasía de quien concibe. Pues estaba también en la memoria antes de que la concibiésemos, así como el cuerpo estaba también en el lugar antes de que lo percibiésemos [sensiblemente], para que tuviese lugar la visión. Pero cuando es concebida, entonces, desde aquella forma que la memoria retiene, se copia en el ojo de la mente (acies) de quien concibe, y por el recuerdo se forma aquella especie, que es cuasi hijo de aquella que la memoria retiene. Pero ni la una es verdadero padre ni la otra verdadero hijo. Pues la visión de la mente, que se forma desde la memoria cuando pensamos algo por el recuerdo, no procede de aquella especie que recordamos como vista; puesto que no habríamos podido recordar aquellas cosas, si no las hubiésemos visto; sin embargo, el ojo de la mente, que es informado por el recuerdo, existía también antes de que viésemos el cuerpo que recordamos; y, por tanto, ¡cuánto más antes de que lo encomendásemos a la memoria! Aunque, por tanto, la forma que se produce en el ojo de la mente de quien recuerda se produce desde aquella forma que está en la memoria; sin embargo, el ojo de la mente mismo no existe desde allí, sino que existía antes de ella. Y se sigue que, si el uno no es verdadero padre, tampoco la otra es verdadero hijo. Pero tanto aquel cuasi padre como aquel cuasi hijo sugieren algo, de donde las cosas interiores y más verdaderas puedan aparecer más prácticamente y con más certeza.
12. Además, es más difícil discernir con claridad si la voluntad que conecta la visión con la memoria no es o el padre o el hijo de alguno de ellos; y la semejanza e igualdad de la misma naturaleza y sustancia causan esta dificultad de distinguir. Pues no es posible hacer en este caso como con el sentido que se forma desde fuera (el cual se discierne fácilmente del cuerpo sensible, y a su vez la voluntad de ambos), a causa de la diferencia de naturaleza que se da mutuamente en los tres, y de la que ya hemos tratado suficientemente arriba. Pues aunque esta trinidad, de la que al presente hablamos, se introduce en la mente desde fuera; sin embargo, se realiza dentro, y no hay parte alguna de ella fuera de la naturaleza de la mente misma. ¿De qué manera, pues, puede demostrarse que la voluntad no es ni el cuasi padre ni el cuasi hijo, o de la semejanza corporal que está contenida en la memoria, o de aquella que desde allí se copia al recordar; cuando une a ambas en el acto de concebir, de tal modo que aparecen separadamente como una sola y no pueden ser discernidas sino por la razón? Ha de considerarse entonces, primero, que no puede haber voluntad alguna de recordar, a no ser que retengamos en los repliegues de la memoria o el todo o alguna parte de aquella cosa que deseamos recordar. Pues la voluntad misma de recordar no puede surgir en el caso de una cosa que hemos olvidado total y absolutamente; puesto que ya hemos recordado que la cosa que deseamos recordar está o ha estado en nuestra memoria. Por ejemplo, si deseo recordar lo que cené ayer, o ya he recordado que cené, o, si aún no es esto, al menos he recordado algo acerca de aquel tiempo mismo, si no otra cosa; en todo caso, he recordado el ayer, y aquella parte del ayer en la que los hombres suelen cenar, y qué es cenar. Pues si no hubiese recordado nada en absoluto de este género, no podría desear recordar lo que cené ayer. De donde podemos percibir que la voluntad de recordar procede, ciertamente, de aquellas cosas que están retenidas en la memoria, con la adición también de aquellas que, por el acto de discernir, se copian desde allí mediante el recuerdo; es decir, de la combinación de algo que hemos recordado y de la visión que desde allí se produjo, cuando recordamos, en el ojo de la mente de quien piensa. Pero la voluntad misma que une ambas requiere también alguna otra cosa, que está, como si dijéramos, cerca y próxima a quien recuerda. Hay, pues, tantas trinidades de este género cuantos son los recuerdos; porque no hay ninguno de ellos en el que no se hallen estas tres cosas, a saber: lo que estaba guardado en la memoria también antes de ser pensado, y lo que tiene lugar en la concepción cuando esto es discernido, y la voluntad que une ambas y, desde ambas y desde sí misma como tercera, completa una sola cosa. ¿O es más bien que reconocemos alguna trinidad en este género, de tal modo que hemos de hablar en general de cualesquiera especies corporales que yacen ocultas en la memoria como de una sola unidad, y a su vez de la visión general de la mente que recuerda y concibe tales cosas como de una sola unidad, a cuya combinación se ha de añadir como tercera la voluntad que las combina, para que este todo sea una cierta unidad hecha de tres?
XI, 8, 12–14
Mas como el ojo de la mente no puede mirar todas las cosas juntas, de una sola mirada, que la memoria retiene, estas trinidades del pensamiento se alternan en una serie de retiros y sucesiones, y así aquella trinidad se hace numerosísima e innumerabilísima; y, sin embargo, no infinita, con tal que no pase del número de las cosas guardadas en la memoria. Pues, aunque comencemos a contar desde la percepción más temprana que cada uno tiene de las cosas materiales mediante cualquier sentido corporal, e incluyamos también aquellas cosas que ha olvidado, el número sería sin duda cierto y determinado, aunque innumerable. Pues no solo llamamos innumerables a las cosas infinitas, sino también a aquellas que, aunque finitas, exceden el poder de contar de cualquiera.
13. Pero podemos percibir desde aquí un poco más claramente que lo que la memoria guarda y retiene es cosa distinta de aquello que desde allí se copia en la concepción del hombre que recuerda, aunque, cuando ambas se combinan juntas, parezcan ser una y la misma; porque solo podemos recordar tantas especies de cuerpos cuantas hemos visto realmente, y tan grandes y tales como realmente las hemos visto; pues la mente las absorbe en la memoria desde el sentido corporal; mientras que las cosas vistas en la concepción, aunque sacadas de aquellas cosas que están en la memoria, se multiplican y varían innumerables veces, y del todo sin fin. Pues recuerdo, sin duda, un solo sol, porque, según el hecho, no he visto más que uno; pero, si me place, concibo dos, o tres, o cuantos quiera; mas la visión de mi mente, cuando concibo muchos, se forma desde la misma memoria por la que recuerdo uno. Y lo recuerdo tan grande como lo vi. Pues si lo recuerdo más grande o más pequeño de como lo vi, entonces ya no recuerdo lo que vi, y así no lo recuerdo. Pero porque lo recuerdo, lo recuerdo tan grande como lo vi; sin embargo, lo concibo más grande o más pequeño según mi voluntad. Y lo recuerdo como lo vi; pero lo concibo corriendo su curso como quiero, y detenido donde quiero, y viniendo de donde quiero, y a donde quiero. Pues está en mi poder concebirlo cuadrado, aunque lo recuerde redondo; y, de nuevo, del color que me plazca, aunque nunca haya visto, y por tanto no recuerde, un sol verde; y como el sol, así todas las demás cosas. Mas a causa de la naturaleza corporal y sensible de estas formas de las cosas, la mente cae en error cuando las imagina existir fuera, del mismo modo en que las concibe dentro, o cuando ya han dejado de existir fuera pero están aún retenidas en la memoria, o cuando de cualquier otro modo también aquello que recordamos se forma en la mente, no por fiel recuerdo, sino según las variaciones del pensamiento.
14. Sin embargo, muy a menudo sucede que creemos también un relato verdadero, contado por otros, de cosas que los narradores mismos han percibido por sus sentidos. Y en este caso, cuando concebimos las cosas narradas, al oírlas, el ojo de la mente no parece volverse atrás, a la memoria, para traer visiones a nuestro pensamiento; pues no concebimos estas cosas desde nuestro propio recuerdo, sino por la narración de otro; y aquella trinidad no parece aquí llegar a su cumplimiento, la cual se realiza cuando la especie que yace oculta en la memoria y la visión del hombre que recuerda son combinadas por la voluntad como tercera. Pues no concibo lo que yacía oculto en mi memoria, sino lo que oigo, cuando algo se me narra. No hablo de las palabras mismas del que habla, no sea que alguien suponga que me he desviado a aquella otra trinidad que se realiza fuera, en las cosas sensibles o en los sentidos; sino que concibo las especies de las cosas materiales que el narrador me significa con palabras y sonidos; cuyas especies ciertamente concibo no recordando, sino oyendo. Pero si consideramos el asunto con más cuidado, aun en este caso no se traspasa el límite de la memoria. Pues no podría siquiera entender al narrador, si no recordara genéricamente las cosas individuales de las que habla, aun cuando entonces las oiga por primera vez unidas en un solo relato. Pues quien, por ejemplo, me describe algún monte despojado de leña y cubierto de olivos, me lo describe a mí, que recuerdo las especies tanto de los montes como de la leña y de los olivos; y si hubiese olvidado estas, no sabría en absoluto de qué hablaba, y, por tanto, no podría concebir aquella descripción. Y así sucede que todo el que concibe cosas corpóreas, ya imagine él mismo algo, ya oiga o lea un relato de cosas pasadas o una predicción de cosas futuras, recurre a su memoria y halla allí el límite y la medida de todas las formas que contempla en su pensamiento. Pues nadie puede concebir en absoluto un color o una forma de cuerpo que nunca vio, o un sonido que nunca oyó, o un sabor que nunca gustó, o un olor que nunca olió, o un contacto de cosa corporal que nunca sintió. Pero si nadie concibe cosa corpórea alguna sino lo que ha percibido [sensiblemente], porque nadie recuerda cosa corpórea alguna sino lo que así ha percibido, entonces, como es el límite del percibir en los cuerpos, así es el límite del pensar en la memoria. Pues el sentido recibe la especie de aquel cuerpo que percibimos, y la memoria del sentido; mas el ojo mental del que concibe, de la memoria.
15. Además, así como la voluntad aplica el sentido al objeto corporal, así aplica la memoria al sentido, y el ojo de la mente del que concibe, a la memoria. Mas aquello que armoniza aquellas cosas y las une, eso mismo también las desune y las separa, es decir, la voluntad. Separa los sentidos corporales de los cuerpos que han de ser percibidos, por movimiento del cuerpo, ya sea para impedir que percibamos la cosa, ya sea para que dejemos de percibirla: como cuando apartamos los ojos de aquello que no queremos ver, o los cerramos; así, de nuevo, los oídos de los sonidos, o las narices de los olores. Así también nos apartamos de los sabores, cerrando la boca o arrojando la cosa fuera de la boca. En el tacto, también, o apartamos la cosa corporal, para no tocar lo que no queremos, o, si ya la tocábamos, la arrojamos o empujamos lejos. Así obra la voluntad por movimiento del cuerpo, de modo que el sentido corporal no se una a las cosas sensibles. Y hace esto según su poder; pues cuando sufre penalidad al hacerlo, a causa de la condición de la mortalidad servil, entonces resulta el tormento, de tal manera que nada le queda a la voluntad sino resistir. Mas la voluntad aparta la memoria del sentido; cuando, por estar atenta a otra cosa, no sufre que las cosas presentes se adhieran a ella. Como cualquiera puede ver, cuando a menudo no nos parece a nosotros mismos haber oído a alguien que nos hablaba, porque pensábamos en otra cosa. Pero esto es un error; pues oímos, sí, pero no recordamos, porque las palabras del que hablaba se deslizaron al punto fuera de la percepción de nuestros oídos, por el mandato de la voluntad desviada a otra parte, con la que suelen fijarse en la memoria. Por tanto, deberíamos decir más exactamente en tal caso: no recordamos, antes que: no oímos; pues sucede aun en la lectura, y a mí mismo con mucha frecuencia, que cuando he leído una página o una epístola, no sé lo que he leído, y la comienzo de nuevo. Por estar el propósito de la voluntad fijado en otra cosa, la memoria no se aplicó al sentido corporal, así como el sentido mismo se aplicó a las letras. Así también, quien camina con la voluntad atenta a otra cosa, no sabe a dónde ha llegado; pues si no hubiese visto, no habría caminado por allí, o habría tanteado su camino con mayor atención, sobre todo si pasaba por lugar que no conocía; sin embargo, porque caminaba con soltura, ciertamente vio; mas porque la memoria no se aplicó al sentido mismo del mismo modo que el sentido de los ojos se aplicó a los lugares por donde pasaba, no pudo recordar en absoluto ni siquiera lo último que vio. Ahora bien, querer apartar el ojo de la mente de aquello que está en la memoria no es otra cosa que no pensar en ello.
XI, 9, 16
16. En esta disposición, pues, mientras comenzamos por la especie corporal y llegamos finalmente a la especie que llega a ser en la intuición (contuitu) del que concibe, hallamos cuatro especies nacidas, como si dijéramos, paso a paso una de otra, la segunda de la primera, la tercera de la segunda, la cuarta de la tercera: puesto que, de la especie del cuerpo mismo, surge la que llega a ser en el sentido del que percibe; y de esta, la que llega a ser en la memoria; y de esta, la que llega a ser en el ojo de la mente del que concibe. Y la voluntad, por tanto, combina tres veces como si dijéramos padre con hijo: primero, la especie del cuerpo con aquella a la que da nacimiento en el sentido del cuerpo; y aquella, a su vez, con aquella que desde ella llega a ser en la memoria; y esta también, en tercer lugar, con aquella que nace de ella en la intuición de la mente del que concibe. Mas la combinación intermedia que es la segunda, aunque está más cerca de la primera, no es, sin embargo, tan semejante a la primera como lo es la tercera. Pues hay dos clases de visión: una de percepción [sensible] (sentientis), otra de concepción (cogitantis). Mas para que la visión de concepción llegue a ser, se produce con ese fin, en la memoria, desde la visión de percepción [sensible], algo semejante a ella, a lo cual el ojo de la mente pueda volverse al concebir, como la mirada (acies) de los ojos se vuelve al objeto corporal al percibir [sensiblemente]. He escogido, por tanto, presentar dos trinidades en este género: una, cuando la visión de percepción [sensible] se forma desde el objeto corporal; la otra, cuando la visión de concepción se forma desde la memoria. Mas me he abstenido de recomendar una intermedia; porque no la llamamos comúnmente visión, cuando la forma que llega a ser en el sentido de quien percibe se confía a la memoria. Sin embargo, en todos los casos la voluntad no aparece sino como la combinadora, por así decir, de padre e hijo; y así, de dondequiera que proceda, no puede llamarse ni padre ni hijo.
La imaginación añade también a las cosas que no hemos visto, aquellas que hemos visto en otra parte
XI, 10, 17
Pero si no recordamos sino lo que hemos percibido [por los sentidos], ni concebimos sino lo que recordamos, ¿por qué con frecuencia concebimos cosas que son falsas, cuando ciertamente no recordamos falsamente las cosas que hemos percibido, sino porque aquella voluntad (que ya me he esforzado en mostrar, cuanto he podido, que es la que une y la que separa las cosas de este género) conduce, según su propio arbitrio y placer, la visión del que concibe que ha de formarse, por los ocultos depósitos de la memoria; y, para concebir [imaginar] las cosas que no recordamos, la impulsa a tomar una cosa de aquí y otra de allá, de entre las que recordamos; y estas cosas, combinándose en una sola visión, hacen algo que se llama falso, porque o no existe exteriormente en la naturaleza de las cosas corporales, o no parece copiado de la memoria, en cuanto que no recordamos haber visto jamás tal cosa. ¿Pues quién vio jamás un cisne negro? Y, por tanto, nadie recuerda un cisne negro; sin embargo, ¿quién hay que no pueda concebirlo? Pues es fácil aplicar a aquella figura que hemos llegado a conocer viéndola, un color negro, el cual no por eso hemos dejado de ver en otros cuerpos; y porque hemos visto ambos, recordamos ambos. Tampoco recuerdo un ave con cuatro patas, porque nunca vi una; pero contemplo tal fantasía con mucha facilidad, añadiendo a alguna forma alada, tal como he visto, otras dos patas, tal como también he visto. Y por tanto, al concebir conjuntamente lo que recordamos haber visto por separado, parece que no concebimos aquello que recordamos; mientras que en realidad lo hacemos bajo la ley de la memoria, de donde tomamos todo lo que unimos de múltiples y diversas maneras según nuestro placer. Pues ni siquiera concebimos las mismas magnitudes de los cuerpos, magnitudes que nunca vimos, sin ayuda de la memoria; porque la medida del espacio que nuestra mirada suele alcanzar a través de la magnitud del mundo, es también la medida a la que agrandamos el volumen de los cuerpos, cualesquiera que sean, cuando los concebimos tan grandes como podemos. Y la razón, ciertamente, avanza aún más allá, pero la fantasía no la sigue; como cuando la razón anuncia también la infinitud del número, la cual no puede aprehender ninguna visión del que concibe según las cosas corporales. La misma razón enseña también que los más mínimos átomos son infinitamente divisibles; sin embargo, cuando hemos llegado a aquellas partículas ligeras y diminutas que recordamos haber visto, ya no podemos contemplar fantasmas más sutiles y más diminutos, aunque la razón no deja de continuar dividiéndolos. Así, no concebimos cosas corporales, sino o las que recordamos, o a partir de las cosas que recordamos.
XI, 11, 18
18. Pero como aquellas cosas que se imprimen en la memoria por separado pueden concebirse según número, parece que la medida pertenece a la memoria, pero el número a la visión; porque, aunque la multiplicidad de tales visiones es innumerable, sin embargo se prescribe para cada una en la memoria un límite que no ha de transgredirse. Por tanto, la medida aparece en la memoria, el número en la visión de las cosas: así como hay cierta medida en los mismos cuerpos visibles, a cuya medida el sentido de los que ven se ajusta numerosísimamente, y de un solo objeto visible se forma la visión de muchos espectadores, de modo que incluso una sola persona ve comúnmente una sola cosa bajo doble apariencia, a causa del número de sus dos ojos, como hemos establecido arriba. Por tanto, hay cierta medida en aquellas cosas de las cuales se copian las visiones, pero en las visiones mismas hay número. Pero la voluntad que une y regula estas cosas, y las combina en cierta unidad, y no aquieta su deseo de percibir [por los sentidos] o de concebir, sino en aquellas cosas de las cuales se forman las visiones, se asemeja al peso. Y por tanto, quisiera advertir de paso, por anticipación, estas tres cosas: medida, número, peso, que han de percibirse también en todas las demás cosas. Entre tanto, ya he mostrado, cuanto he podido y a quienes he podido, que la voluntad es la que une la cosa visible y la visión, como si dijéramos, al padre y a la prole; ya en la percepción [por los sentidos], ya en la concepción, y que no puede llamarse ni padre ni prole. Por lo cual el tiempo nos amonesta a buscar esta misma trinidad en el hombre interior, y a esforzarnos por pasar hacia dentro desde aquel hombre animal y carnal y (como se le llama) exterior, del cual he hablado tan largamente. Y aquí esperamos poder hallar una imagen de Dios según la Trinidad, ayudando Él mismo nuestros esfuerzos, quien, como lo muestran las cosas mismas y como lo atestigua también la Sagrada Escritura, ha dispuesto todas las cosas en medida, número y peso.