Se explican los textos de la Escritura relativos a la sujeción del Hijo al Padre, que han sido mal entendidos. Cristo no entregará al Padre el reino de manera que se lo quite a sí mismo. La contemplación de Él es el fin prometido de todas las acciones. El Espíritu Santo basta a nuestra bienaventuranza igualmente con el Padre
I, 8, 15–16
15. En cuanto a lo que dice el apóstol: «Y cuando todas las cosas le estén sometidas, entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sometió todas las cosas»: o bien el texto ha sido traducido así para que nadie piense que la «condición» de Cristo, que tomó según la criatura humana, había de ser transformada después en la Divinidad, o, para expresarlo con más precisión, en la Divinidad misma, que no es criatura, sino la unidad de la Trinidad —naturaleza incorpórea, inmutable, consustancial y coeterna consigo misma—; o bien, si alguien sostiene, como algunos han pensado, que el texto «entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sometió todas las cosas» se traduce así para que se crea que esa misma «sujeción» será un cambio y conversión futuros de la criatura en la sustancia o esencia misma del Creador, es decir, que lo que había sido sustancia de criatura llegará a ser sustancia del Creador, ese tal al menos admite esto, de lo que en verdad no cabe duda alguna, a saber, que esto todavía no había acontecido cuando el Señor dijo: «Mi Padre es mayor que yo». Porque dijo esto no sólo antes de subir al cielo, sino también antes de haber padecido y resucitado de entre los muertos. Pero los que piensan que la naturaleza humana en Él ha de ser cambiada y convertida en la sustancia de la Divinidad, y que así se dijo: «Entonces también el Hijo mismo se sujetará al que le sometió todas las cosas» —como si dijera: Entonces también el Hijo del hombre mismo, y la naturaleza humana asumida por el Verbo de Dios, será cambiada en la naturaleza del que le sometió todas las cosas—, deben pensar también que esto tendrá lugar cuando, después del día del juicio, «haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre». Y de ahí que, aun según esta opinión, el Padre sea mayor que aquella forma de siervo que fue tomada de la Virgen. Pero si algunos afirman además que el hombre Cristo Jesús ya ha sido cambiado en la sustancia de Dios, al menos no pueden negar que la naturaleza humana permanecía todavía cuando dijo antes de su pasión: «Porque mi Padre es mayor que yo»; de donde no hay duda de que se dijo en este sentido: que el Padre es mayor que la forma de siervo, a quien en la forma de Dios es igual el Hijo. Ni piense nadie, al oír lo que dice el apóstol: «Mas cuando dice que todas las cosas le están sometidas, es manifiesto que se exceptúa quien le sometió todas las cosas», que las palabras de que ha sometido todas las cosas al Hijo se entienden del Padre de tal modo que no deba pensar que el Hijo mismo se sometió todas las cosas a sí mismo. Pues esto lo declara abiertamente el apóstol cuando dice a los filipenses: «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos; de donde también esperamos al Salvador, el Señor Jesucristo: el cual transformará nuestro cuerpo vil, para que sea hecho semejante a su cuerpo glorioso, según la operación con que puede aun someter a sí mismo todas las cosas». Porque la operación del Padre y del Hijo es indivisible. De lo contrario, tampoco el Padre mismo se sometió todas las cosas a sí mismo, sino que el Hijo se las sometió a Él, quien le entrega el reino y suprime todo principado, y toda autoridad, y toda potestad. Pues estas palabras se dicen del Hijo: «Cuando haya entregado», dice el apóstol, «el reino a Dios, es decir, al Padre; cuando haya suprimido todo principado, y toda autoridad, y toda potestad». Porque el mismo que suprime, también somete.
16. Tampoco hemos de pensar que Cristo entregue el reino a Dios, es decir, al Padre, de tal modo que se lo quite a sí mismo. Pues esto han pensado incluso algunos charlatanes. Porque cuando se dice: «Haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre», Él mismo no queda excluido; porque es un solo Dios juntamente con el Padre. Pero aquella palabra «hasta» engaña a los lectores descuidados de las divinas Escrituras, pero ávidos de controversias. Pues el texto continúa: «Porque es necesario que él reine, hasta que ponga a todos sus enemigos debajo de sus pies»; como si, cuando los hubiere puesto, ya no hubiera de reinar más. Ni advierten que esto se dice del mismo modo que aquel otro texto: «Su corazón está firme; no temerá, hasta que vea en sus enemigos su deseo». Porque no temerá entonces cuando lo haya visto. ¿Qué significa, pues, «Cuando haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre», como si Dios, es decir, el Padre, no tuviera ya ahora el reino? Sino que, como ha de llevar después a todos los justos, sobre los cuales reina ahora, viviendo por la fe, el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, a aquella vista que el mismo apóstol llama «cara a cara»; por eso las palabras «Cuando haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre» equivalen a decir: Cuando haya conducido a los creyentes a la contemplación de Dios, es decir, del Padre. Pues Él dice: «Todas las cosas me son entregadas por mi Padre; y nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar». El Padre será entonces revelado por el Hijo, «cuando haya suprimido todo principado, y toda autoridad, y toda potestad»; es decir, de modo que ya no haya necesidad de ninguna economía de semejanzas, por medio de ángeles, principados, autoridades y potestades. De quienes no se entiende inconvenientemente aquello que en el Cantar de los Cantares se dice a la esposa: «Te haremos zarcillos de oro, con engastes de plata, mientras el Rey esté sentado a su mesa»; esto es, mientras Cristo esté en su lugar secreto: puesto que «vuestra vida está escondida con Cristo en Dios; cuando Cristo, que es nuestra vida, aparezca, entonces también vosotros apareceréis con Él en gloria». Antes de ese tiempo, «vemos ahora por un espejo, en enigma», es decir, en semejanzas, «mas entonces cara a cara».
17. Porque esta contemplación se nos propone como el fin de todas las acciones y la plenitud eterna del gozo. Pues «somos hijos de Dios; y aún no se manifiesta lo que seremos: pero sabemos que, cuando Él aparezca, seremos semejantes a Él; porque lo veremos tal como es». Pues aquello que dijo a su siervo Moisés: «Yo soy el que soy; así dirás a los hijos de Israel: Yo Soy me ha enviado a vosotros», es lo que contemplaremos cuando vivamos en la eternidad. Pues así está dicho: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien tú has enviado». Esto será cuando el Señor haya venido y «haya sacado a la luz lo escondido de las tinieblas»; cuando las tinieblas de esta presente mortalidad y corrupción hayan pasado. Entonces será nuestra mañana, de la que se dice en el Salmo: «Por la mañana dirigiré a ti mi oración y te contemplaré». De esta contemplación entiendo que se dice: «Cuando haya entregado el reino a Dios, es decir, al Padre»; esto es, cuando haya conducido a los justos, sobre los cuales reina ahora, viviendo por la fe, el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, a la contemplación de Dios, es decir, del Padre. Si en esto soy necio, corríjame quien lo sepa mejor; a mí al menos el asunto me parece como lo he dicho. Pues no buscaremos ninguna otra cosa, cuando hayamos llegado a la contemplación de Él. Pero aquella contemplación no se da todavía, mientras nuestro gozo está en la esperanza. Pues «la esperanza que se ve no es esperanza: porque lo que uno ve, ¿cómo lo espera todavía? Pero si esperamos lo que no vemos, con paciencia lo aguardamos», a saber, «mientras el Rey está sentado a su mesa». Entonces tendrá lugar aquello que está escrito: «En tu presencia hay plenitud de gozo». No se requerirá nada más que aquel gozo; porque no habrá nada más que pueda requerirse. Pues el Padre se nos manifestará, y eso nos bastará. Y esto lo había entendido bien Felipe, de modo que dijo al Señor: «Muéstranos al Padre, y nos basta». Pero aún no había entendido que él mismo podía decir esto mismo también de este modo: Señor, muéstrate a nosotros, y nos basta. Pues, para que lo entendiera, el Señor le respondió: «¿Tanto tiempo he estado con vosotros, y todavía no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre». Pero como quería que él, antes de poder ver esto, viviera por la fe, prosiguió diciendo: «¿No crees que yo estoy en el Padre, y el Padre en mí?» Pues «mientras estamos en el cuerpo, estamos ausentes del Señor; porque caminamos por fe, no por vista». Porque la contemplación es la recompensa de la fe, por cuya recompensa nuestros corazones son purificados por la fe; como está escrito: «Purificando sus corazones por la fe». Y que nuestros corazones han de ser purificados para esta contemplación, lo prueba sobre todo este texto: «Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios». Y que esta es la vida eterna, Dios lo dice en el Salmo: «De larga vida lo saciaré, y le mostraré mi salvación». Así, pues, ya oigamos: Muéstranos al Hijo; ya oigamos: Muéstranos al Padre; es del todo lo mismo, ya que ni uno ni otro puede manifestarse sin el otro. Pues son uno, como también Él mismo dice: «Mi Padre y yo somos uno». Finalmente, a causa de esta misma indivisibilidad, basta que a veces se nombre al Padre solo, o al Hijo solo, para que en adelante nos llene con el gozo de su rostro.
18. Ni por ello queda excluido el Espíritu de cada uno de ellos, es decir, el Espíritu del Padre y del Hijo; el cual Espíritu Santo es llamado especialmente «el Espíritu de la verdad, a quien el mundo no puede recibir». Porque gozar de Dios Trinidad, a cuya imagen hemos sido hechos, es en verdad la plenitud de nuestro gozo, mayor que el cual no hay otro. Por esta causa se habla a veces del Espíritu Santo como si Él solo bastara a nuestra bienaventuranza; y en efecto Él solo basta así, porque no puede ser dividido del Padre y del Hijo; como el Padre solo es suficiente, porque no puede ser dividido del Hijo y del Espíritu Santo; y el Hijo solo es suficiente, porque no puede ser dividido del Padre y del Espíritu Santo. Pues ¿qué quiere decir cuando dice: «Si me amáis, guardad mis mandamientos; y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre; el Espíritu de verdad, a quien el mundo no puede recibir», esto es, los amadores del mundo? Porque «el hombre natural no percibe las cosas del Espíritu de Dios». Pero quizá podría parecer, además, que las palabras «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador» se dijeron como si el Hijo solo no bastara. Y aquel lugar habla así del Espíritu, como si Él solo fuera del todo suficiente: «Cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad». Ahora bien, ¿queda aquí excluido el Hijo, como si Él no enseñara toda la verdad, o como si el Espíritu Santo hubiera de suplir lo que el Hijo no pudo enseñar plenamente? Digan, pues, si les place, que el Espíritu Santo es mayor que el Hijo, a quien suelen llamar menor. ¿O acaso se debe a que no se dice Él solo —o Nadie más sino Él— os guiará a toda la verdad, por lo que permiten creer que también el Hijo enseña juntamente con Él? En tal caso, el apóstol ha excluido al Hijo del conocimiento de las cosas de Dios, donde dice: «Así también las cosas de Dios nadie las conoce, sino el Espíritu de Dios»; de modo que estos hombres perversos podrían, sobre este fundamento, llegar a decir que nadie sino el Espíritu Santo enseña al Hijo incluso las cosas de Dios, como el mayor enseña al menor; a quien el Hijo mismo atribuye tanto como para decir: «Pero porque os he dicho estas cosas, la tristeza ha llenado vuestro corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Consolador».
I, 9, 18–19
Pero esto se dice, no por ninguna desigualdad del Verbo de Dios y del Espíritu Santo, sino como si la presencia del Hijo del hombre con ellos fuera un impedimento para la venida de Aquel que no era menor, porque no se «anonadó, tomando la forma de siervo,» como hizo el Hijo. Era necesario, pues, que la forma de siervo fuera quitada de sus ojos, porque, al mirarla, pensaban que solo aquello que veían era Cristo. De aquí también se dice: «Si me amarais, os alegraríais porque dije: "Voy al Padre; porque mi Padre es mayor que yo":» es decir, por esto me es necesario ir al Padre, porque, mientras me veis así, me tenéis por menor que el Padre a causa de lo que veis; y así, absortos en la criatura y en la «figura» que he tomado, no percibís la igualdad que tengo con el Padre. De aquí también es esto: «No me toques; porque aún no he subido a mi Padre.» Pues el tocar, por así decirlo, pone un límite a su concepción, y por eso Él no quería que el pensamiento del corazón, dirigido hacia Él, se limitara de tal modo que se le tuviera por solo aquello que parecía ser. Pero la «ascensión al Padre» significaba aparecer como es igual al Padre, para que allí se alcanzara el límite de la vista que nos basta. A veces también se dice del Hijo solo, que Él mismo basta, y toda la recompensa de nuestro amor y anhelo se presenta como en la vista de Él. Pues así se dice: «El que tiene mis mandamientos y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama será amado de mi Padre; y yo le amaré, y me manifestaré a él.» Pregunto: porque aquí no ha dicho: "Y le mostraré también al Padre", ¿ha excluido por eso al Padre? Al contrario, porque es verdad: «Yo y el Padre somos uno,» cuando el Padre se manifiesta, también el Hijo, que está en Él, se manifiesta; y cuando el Hijo se manifiesta, también el Padre, que está en Él, se manifiesta. Así, pues, como cuando se dice: «Y me manifestaré a él,» se entiende que manifiesta también al Padre; así igualmente en lo que se dice: «Cuando haya entregado el reino a Dios, aun al Padre,» se entiende que no lo quita de sí mismo; puesto que, cuando lleve a los creyentes a la contemplación de Dios, aun del Padre, sin duda los llevará a la contemplación de sí mismo, que ha dicho: «Y me manifestaré a él.» Y así, en consecuencia, cuando Judas le dijo: «Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?» Jesús respondió y le dijo: «Si alguno me ama, guardará mis palabras: y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.» He aquí que no solo se manifiesta a sí mismo a aquel por quien es amado, porque viene a él juntamente con el Padre, y mora con él.
19. ¿Acaso se pensará que, cuando el Padre y el Hijo hacen morada con aquel que los ama, el Espíritu Santo queda excluido de esa morada? ¿Qué es, pues, lo que se dice arriba del Espíritu Santo: «A quien el mundo no puede recibir, porque no le ve: pero vosotros le conocéis; porque mora con vosotros, y está en vosotros»? Él, por tanto, no queda excluido de esa morada, de quien se dice: «Mora con vosotros, y está en vosotros;» a menos, quizá, que alguien sea tan insensato como para pensar que, cuando el Padre y el Hijo han venido para hacer morada con aquel que los ama, el Espíritu Santo se marchará de allí, y (por así decirlo) cederá el lugar a quienes son mayores. Pero la Escritura misma sale al paso de esta idea carnal; pues dice un poco más arriba: «Rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que more con vosotros para siempre.» No se marchará, pues, cuando el Padre y el Hijo vengan, sino que estará en la misma morada con ellos eternamente; porque ni Él vendrá sin ellos, ni ellos sin Él. Pero para dar a entender la Trinidad, algunas cosas se afirman por separado, nombrando también a cada una de las Personas distintamente; y sin embargo no han de entenderse como si las otras Personas quedaran excluidas, a causa de la unidad de la misma Trinidad y de la única sustancia y divinidad del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.
De qué manera Cristo entregará el reino a Dios, aun al Padre. Entregado el reino a Dios, aun al Padre, Cristo no intercederá ya por nosotros
I, 10, 20–21
20. Nuestro Señor Jesucristo, pues, entregará así el reino a Dios, aun al Padre, sin que Él mismo quede excluido de allí, ni el Espíritu Santo, cuando lleve a los creyentes a la contemplación de Dios, en la cual está el fin de todas las buenas acciones, y el reposo eterno, y el gozo que nunca nos será quitado. Pues esto significa en aquello que dice: «Os veré de nuevo, y vuestro corazón se alegrará; y vuestro gozo nadie os lo quita.» María, sentada a los pies del Señor y escuchando atentamente su palabra, prefiguraba una semejanza de este gozo; descansando como estaba de todo negocio, y atenta a la verdad, según aquel modo del que esta vida es capaz, con el cual, sin embargo, prefigurar lo que será por la eternidad. Pues mientras Marta, su hermana, estaba atareada en negocios necesarios, que, aunque buenos y útiles, sin embargo, cuando el reposo haya sucedido, han de pasar, ella misma descansaba en la palabra del Señor. Y así el Señor respondió a Marta, cuando se quejó de que su hermana no la ayudaba: «María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada.» No dijo que Marta obraba una parte mala; sino aquella «mejor parte que no será quitada.» Pues aquella parte que se ocupa en el servicio de una necesidad será «quitada» cuando la necesidad misma haya pasado. Puesto que la recompensa de una buena obra que pasará es el reposo que no pasará. En aquella contemplación, por tanto, Dios será todo en todos; porque nada más que Él mismo se requerirá, sino que bastará ser iluminado por Él y gozar de Él solo. Y así aquel en quien «el Espíritu intercede con gemidos indecibles,» dice: «Una cosa he deseado del Señor, esa buscaré; que more yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor.» Pues entonces contemplaremos a Dios, al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo, cuando el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús, haya entregado el reino a Dios, aun al Padre, de modo que ya no interceda por nosotros, como nuestro Mediador y Sacerdote, Hijo de Dios e Hijo del hombre; sino que Él mismo también, en cuanto es Sacerdote que ha tomado la forma de siervo por nosotros, será puesto bajo Aquel que puso todas las cosas bajo Él, y bajo quien Él puso todas las cosas: de modo que, en cuanto es Dios, Él con Él nos habrá puesto bajo sí; en cuanto es Sacerdote, Él con nosotros será puesto bajo Él. Y por tanto, como el Hijo [encarnado] es a la vez Dios y hombre, más bien ha de decirse que la humanidad en el Hijo es otra sustancia [distinta del Hijo], que el Hijo en el Padre [es otra sustancia distinta del Padre]; así como la naturaleza carnal de mi alma es más otra sustancia en relación con mi alma misma, aunque en un solo y mismo hombre, que el alma de otro hombre en relación con mi alma.
21. Cuando, por tanto, Él «haya entregado el reino a Dios, aun al Padre,» — es decir, cuando haya llevado a los que creen y viven por la fe, por quienes ahora como Mediador intercede, a aquella contemplación, para cuya obtención suspiramos y gemimos, y cuando el trabajo y el gemido hayan pasado — entonces, puesto que el reino habrá sido entregado a Dios, aun al Padre, ya no intercederá por nosotros. Y esto significa cuando dice: «Estas cosas os he hablado en semejanzas; pero viene el tiempo cuando ya no os hablaré en semejanzas, sino que os declararé claramente del Padre:» es decir, no serán entonces «semejanzas,» cuando la vista sea «cara a cara.» Pues esto es lo que dice: «Pero os declararé claramente del Padre;» como si dijera: claramente os mostraré al Padre. Pues dice: os «declararé,» porque Él es su palabra. Pues prosigue diciendo: «En aquel día pediréis en mi nombre; y no os digo que yo rogaré al Padre por vosotros: pues el Padre mismo os ama, porque vosotros me habéis amado, y habéis creído que yo salí de Dios. Salí del Padre, y he venido al mundo: otra vez dejo el mundo, y voy al Padre.» ¿Qué significa «Salí del Padre,» sino esto: que no he aparecido en aquella forma en la que soy igual al Padre, sino de otro modo, es decir, como menor que el Padre, en la criatura que he tomado sobre mí? ¿Y qué significa «He venido al mundo,» sino esto: que he manifestado a los ojos aun de los pecadores que aman este mundo, la forma de siervo que tomé, anonadándome a mí mismo? ¿Y qué significa «Otra vez dejo el mundo,» sino esto: que quito de la vista de los amadores de este mundo aquello que han visto? ¿Y qué significa «Voy al Padre,» sino esto: que enseño a los que son mis fieles a entenderme en aquel ser en el que soy igual al Padre? Los que creen esto serán tenidos por dignos de ser llevados por la fe a la vista, es decir, a aquella misma vista, al llevarlos a la cual se dice que Él «entrega el reino a Dios, aun al Padre.» Pues sus fieles, a quienes ha redimido con su sangre, son llamados su reino, por quienes ahora intercede; pero entonces, haciéndolos morar en sí mismo allí, donde es igual al Padre, ya no rogará al Padre por ellos. «Pues,» dice, «el Padre mismo os ama.» Pues en verdad Él «ruega,» en cuanto es menor que el Padre; pero como es igual con el Padre, Él con el Padre concede. Por lo cual ciertamente no se excluye a sí mismo de aquello que dice: «El Padre mismo os ama;» sino que quiere que se entienda según aquel modo del que he hablado arriba, y suficientemente insinuado — a saber, que las más de las veces cada Persona de la Trinidad es nombrada de tal modo, que las otras Personas también puedan entenderse. Así, pues, «Pues el Padre mismo os ama,» se dice de tal modo que por consecuencia se entiendan también el Hijo y el Espíritu Santo: no que ahora no nos ame, quien no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros; sino que Dios nos ama, tales como seremos, no tales como somos, pues tales como son aquellos a quienes ama, tales son aquellos a quienes guarda eternamente; lo cual será entonces, cuando Aquel que ahora intercede por nosotros haya «entregado el reino a Dios, aun al Padre,» de modo que ya no pida al Padre, porque el Padre mismo nos ama. Pero ¿por qué merecimiento, sino por el de la fe, por la cual creemos antes de ver lo que está prometido? Pues por esta fe llegaremos a la vista; de modo que Él pueda amarnos, siendo tales, como nos ama para que lleguemos a ser; y no tales, como nos aborrece porque somos, y nos exhorta y nos capacita a querer no ser siempre.
I, 11, 22
22. Por lo cual, dominada esta regla para interpretar las Escrituras acerca del Hijo de Dios, de que hemos de distinguir en ellas lo que se refiere a la forma de Dios, en la cual es igual al Padre, y lo que a la forma de siervo que tomó, en la cual es menor que el Padre; no nos inquietarán las sentencias aparentemente contrarias y mutuamente repugnantes de los libros sagrados. Pues tanto el Hijo como el Espíritu Santo, según la forma de Dios, son iguales al Padre, porque ninguno de ellos es criatura, como ya hemos mostrado: pero según la forma de siervo es menor que el Padre, porque Él mismo ha dicho: «Mi Padre es mayor que yo;» y es menor que sí mismo, porque de Él se dice: Se anonadó a sí mismo; y es menor que el Espíritu Santo, porque Él mismo dice: «Cualquiera que hable palabra contra el Hijo del hombre, le será perdonada; pero cualquiera que hable contra el Espíritu Santo, no le será perdonada.» Y en el Espíritu también obró milagros, diciendo: «Pero si yo con el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, sin duda el reino de Dios ha llegado a vosotros.» Y en Isaías dice — en la lección que Él mismo leyó en la sinagoga, y mostró sin escrúpulo de duda que se cumplía acerca de Él mismo — «El Espíritu del Señor Dios,» dice, «está sobre mí: porque me ha ungido para predicar buenas nuevas a los mansos, me ha enviado a proclamar libertad a los cautivos,» etc.: para hacer las cuales cosas declara por eso que Él es «enviado,» porque el Espíritu de Dios está sobre Él. Según la forma de Dios, todas las cosas fueron hechas por Él; según la forma de siervo, Él mismo fue hecho de mujer, hecho bajo la ley. Según la forma de Dios, Él y el Padre son uno; según la forma de siervo, no vino para hacer su propia voluntad, sino la voluntad del que le envió. Según la forma de Dios, «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo;» según la forma de siervo, su «alma está triste hasta la muerte;» y, «Oh Padre mío,» dice, «si es posible, pase de mí esta copa.» Según la forma de Dios, «Él es el Dios verdadero, y la vida eterna;» según la forma de siervo, «Se hizo obediente hasta la muerte, aun la muerte de cruz.» — 23. Según la forma de Dios, todas las cosas que el Padre tiene son suyas, y «Todas las mías,» dice, «son tuyas, y las tuyas son mías;» según la forma de siervo, la doctrina no es suya, sino de Aquel que le envió.
Comentario editorial · Forma de Dios, forma de siervo
La regla de §22 vale para toda la obra: cada texto sobre el Hijo se refiere o a la forma de Dios, en la que es igual al Padre, o a la forma de siervo que tomó, en la que es menor. Agustín la apoya en . Haddan, en su prefacio, cuenta su exposición entre lo más valioso del tratado. Shedd, en una nota al libro I, 6, difiere de Agustín en un punto: como en el griego «forma» va sin artículo, «Dios» en ese versículo designaría la esencia y no la persona del Padre, como lee Agustín. La objeción es de Shedd, un teólogo presbiteriano del siglo XIX, y no se encuentra en el texto.
De qué manera se dice que el Hijo no conoce el día y la hora que el Padre conoce. Algunas cosas se dicen de Cristo según la forma de Dios, otras según la forma de siervo. En qué modo es de Cristo dar el reino, en qué modo no es de Cristo. Cristo juzgará y no juzgará
I, 12, 23–25
De nuevo, «De aquel día y de aquella hora nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo; ni el Hijo, sino el Padre.» Pues es ignorante de esto, como haciendo ignorantes a otros; es decir, en cuanto no lo sabía de modo que en aquel tiempo lo mostrara a sus discípulos: como se dijo a Abrahán, «Ahora conozco que temes a Dios,» es decir, ahora te he hecho conocerlo; porque él mismo, probado en aquella tentación, se dio a conocer a sí mismo. Pues ciertamente Él había de decir esto mismo a sus discípulos en el tiempo oportuno; hablando de lo cual, aún futuro como si fuera pasado, dice: «De aquí en adelante no os llamo siervos, sino amigos; porque el siervo no sabe lo que hace su Señor: pero os he llamado amigos; porque todas las cosas que he oído de mi Padre os las he dado a conocer;» lo cual aún no había hecho, pero hablaba como si ya lo hubiera hecho, porque ciertamente lo haría. Pues dice a los mismos discípulos: «Aún tengo muchas cosas que deciros; pero no podéis sobrellevarlas ahora.» Entre las cuales ha de entenderse también: «Del día y de la hora.» Pues el apóstol también dice: «Determiné no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a este crucificado;» porque hablaba a aquellos que no podían recibir cosas más altas acerca de la divinidad de Cristo. A quienes también un poco después dice: «No pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales.» Era, por tanto, «ignorante» entre ellos de aquello que no podían saber de él. Y solo decía que sabía aquello que convenía que supieran de él. En fin, sabía entre los perfectos lo que no sabía entre los niños; pues allí dice: «Hablamos sabiduría entre los que son perfectos.» Pues se dice que un hombre no sabe lo que oculta, según aquel modo de hablar según el cual se llama ciega a una zanja que está oculta. Pues las Escrituras no usan otro modo de hablar que el que puede hallarse en uso entre los hombres, porque hablan a los hombres.
24. Según la forma de Dios, se dice «Antes de todos los collados me engendró,» es decir, antes de todas las alturas de las cosas creadas y, «Antes del alba te engendré,» es decir, antes de todos los tiempos y de las cosas temporales: pero según la forma de siervo, se dice: «El Señor me creó en el principio de sus caminos.» Porque, según la forma de Dios, dijo: «Yo soy la verdad;» y según la forma de siervo, «Yo soy el camino.» Pues, porque Él mismo, siendo el primogénito de los muertos, abrió un paso al reino de Dios para vida eterna a su Iglesia, de la cual es de tal modo la Cabeza como para hacer también inmortal al cuerpo, por eso fue «creado en el principio de los caminos» de Dios en su obra. Pues, según la forma de Dios, Él es el principio, que también nos habla, en el cual «principio» Dios creó el cielo y la tierra; pero según la forma de siervo, «Él es un esposo que sale de su cámara.» Según la forma de Dios, «Él es el primogénito de toda criatura, y Él es antes de todas las cosas y por él todas las cosas subsisten;» según la forma de siervo, «Él es la cabeza del cuerpo, la Iglesia.» Según la forma de Dios, «Él es el Señor de la gloria.» De lo cual es evidente que Él mismo glorifica a sus santos: pues, «A los que predestinó, a estos también llamó; y a los que llamó, a estos también justificó; y a los que justificó, a estos también glorificó.» De Él, en consecuencia, se dice que justifica al impío; de Él se dice que es justo y justificador. Si, por tanto, ha glorificado también a los que ha justificado, Aquel que justifica, Él mismo también glorifica; quien es, como he dicho, el Señor de la gloria. Sin embargo, según la forma de siervo, respondió a sus discípulos, cuando preguntaban acerca de su propia glorificación: «Sentaros a mi derecha y a mi izquierda no es mío darlo, sino [se dará] a aquellos para quienes está preparado por mi Padre.»
25. Pero aquello que está preparado por su Padre está preparado también por el Hijo mismo, porque Él y el Padre son uno. Pues ya hemos mostrado, por muchos modos de hablar en las divinas Escrituras, que, en esta Trinidad, lo que se dice de cada uno se dice también de todos, a causa de la operación indivisible de la una y misma sustancia. Como Él también dice del Espíritu Santo: «Si me voy, os lo enviaré.» No dijo: Nosotros lo enviaremos; sino de tal modo como si solo el Hijo lo enviara, y no el Padre; aunque sin embargo dice en otro lugar: «Estas cosas os he hablado, estando aún presente con vosotros; pero el Consolador, que es el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, Él os enseñará todas las cosas.» Aquí de nuevo se dice así como si tampoco el Hijo lo enviara, sino solo el Padre. Así, pues, como en estos textos, así también donde dice: «Sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre,» quiso que se entendiera que Él mismo, con el Padre, prepara asientos de gloria para aquellos para quienes lo hará. Pero alguno puede decir: Allí, cuando habló del Espíritu Santo, dice de tal modo que Él mismo lo enviará, que no niega que el Padre lo enviará; y en el otro lugar, dice de tal modo que el Padre lo enviará, que no niega que Él mismo lo hará; pero aquí dice expresamente: «No es mío darlo,» y prosigue diciendo que estas cosas están preparadas por el Padre. Pero esto es precisamente lo que ya hemos establecido que se dice según la forma de siervo: a saber, que hemos de entender «No es mío darlo,» como si se dijera: Esto no está en el poder del hombre darlo; de modo que se entienda que Él lo da por aquello en que es Dios igual al Padre. «No es mío,» dice, «darlo;» es decir, no doy estas cosas por poder humano, sino «a aquellos para quienes está preparado por mi Padre;» pero cuidemos de entender también que, si «todas las cosas que el Padre tiene son mías,» entonces ciertamente esto también es mío, y yo con el Padre he preparado estas cosas.
26. Pues pregunto de nuevo, ¿de qué manera se dice: «Si alguno no oye mis palabras, yo no le juzgaré?» Pues quizá ha dicho aquí: «Yo no le juzgaré,» en el mismo sentido que allí: «No es mío darlo.» ¿Pero qué sigue aquí? «No vine,» dice, «para juzgar al mundo, sino para salvar al mundo;» y luego añade: «El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue.» Ahora bien, aquí deberíamos entender al Padre, a no ser que hubiera añadido: «La palabra que he hablado, esa misma le juzgará en el último día.» Bien, entonces, ¿ni el Hijo juzgará, porque dice: «Yo no le juzgaré,» ni el Padre, sino la palabra que el Hijo ha hablado? No, sino oye lo que sigue aún: «Porque yo,» dice, «no he hablado por mí mismo; sino que el Padre que me envió, Él me dio mandamiento de lo que debía decir, y de lo que debía hablar; y sé que su mandamiento es vida eterna: por tanto, lo que yo hablo, así como el Padre me dijo, así hablo.» Si, por tanto, el Hijo no juzga, sino «la palabra que el Hijo ha hablado;» y la palabra que el Hijo ha hablado juzga por eso, porque el Hijo «no ha hablado por sí mismo, sino que el Padre que le envió le dio mandamiento de lo que debía decir, y de lo que debía hablar:» entonces ciertamente el Padre juzga, cuya palabra es la que el Hijo ha hablado; y el mismo Hijo mismo es el Verbo mismo del Padre. Pues el mandamiento del Padre no es una cosa, y la palabra del Padre otra; pues lo ha llamado a la vez palabra y mandamiento. Veamos, por tanto, si acaso, cuando dice: «No he hablado por mí mismo,» quiso que se entendiera así: No he nacido de mí mismo. Pues si habla la palabra del Padre, entonces se habla a sí mismo, porque Él mismo es la Palabra del Padre. Pues ordinariamente dice: «El Padre me dio;» con lo cual quiere que se entienda que el Padre lo engendró: no que le diera algo, a quien ya existía y no lo poseía; sino que el sentido mismo de: Haber dado para que tuviera, es: Haber engendrado para que fuera. Pues no es, como con la criatura, así con el Hijo de Dios antes de la encarnación y antes de que tomara nuestra carne, el Unigénito por quien todas las cosas fueron hechas; que Él sea una cosa, y tenga otra: sino que Él es de tal modo que es lo que tiene. Y esto se dice más claramente, si alguno es apto para recibirlo, en aquel lugar donde dice: «Pues como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo.» Pues no le dio a quien ya existía y no tenía vida, que tuviera vida en sí mismo; por cuanto, en que Él es, es vida. Por tanto, «Dio al Hijo el tener vida en sí mismo» significa: Engendró al Hijo para que fuera vida inmutable, que es vida eterna. Puesto que, por tanto, el Verbo de Dios es el Hijo de Dios, y el Hijo de Dios es «el Dios verdadero y la vida eterna,» como Juan dice en su Epístola; así aquí, ¿qué otra cosa hemos de reconocer cuando el Señor dice: «La palabra que he hablado, esa misma le juzgará en el último día,» y llama a esa misma palabra la palabra del Padre y el mandamiento del Padre, y a ese mismo mandamiento vida eterna? «Y sé,» dice, «que su mandamiento es vida eterna.»
27. Pregunto, por tanto, ¿cómo hemos de entender: «Yo no le juzgaré; sino la Palabra que he hablado le juzgará:» lo cual aparece por lo que sigue que se dice así, como si dijera: Yo no juzgaré; sino la Palabra del Padre juzgará? Pero la Palabra del Padre es el Hijo de Dios mismo. ¿Ha de entenderse así: Yo no juzgaré, sino yo juzgaré? ¿Cómo puede ser esto verdad, a no ser de este modo: a saber., Yo no juzgaré por poder humano, porque soy el Hijo del hombre; sino que juzgaré por el poder de la Palabra, porque soy el Hijo de Dios? ¿O si aún parece contradictorio e inconsistente decir: Yo no juzgaré, sino yo juzgaré; qué diremos de aquel lugar donde dice: «Mi doctrina no es mía?» ¿Cómo «mía,» cuando «no mía?» Pues no dijo: Esta doctrina no es mía, sino «Mi doctrina no es mía:» aquello que llamó suyo, eso mismo llamó no suyo. ¿Cómo puede ser esto verdad, a no ser que lo haya llamado suyo en una relación; y no suyo, en otra? Según la forma de Dios, suya; según la forma de siervo, no suya. Pues cuando dice: «No es mía, sino de Aquel que me envió,» nos hace recurrir al Verbo mismo. Pues la doctrina del Padre es el Verbo del Padre, que es el Hijo Único. ¿Y qué significa también aquello: «El que cree en mí, no cree en mí?» ¿Cómo creer en Él, y sin embargo no creer en Él? ¿Cómo se puede entender cosa tan opuesta e inconsistente — «Cualquiera que cree en mí,» dice, «no cree en mí, sino en Aquel que me envió;» — a no ser que lo entiendas así: Cualquiera que cree en mí no cree en aquello que ve, no sea que nuestra esperanza esté en la criatura; sino en Aquel que tomó la criatura, por la cual pudiera aparecer a los ojos humanos, y así pudiera limpiar nuestros corazones por la fe, para contemplarse a sí mismo como igual al Padre? De modo que al volver la atención de los creyentes al Padre, y decir: «No cree en mí, sino en Aquel que me envió,» ciertamente no quiso decir que Él mismo quedara separado del Padre, es decir, de Aquel que le envió; sino que los hombres creyeran en Él mismo, como creen en el Padre, a quien es igual. Y esto dice en términos expresos en otro lugar: «Creéis en Dios, creed también en mí:» es decir, del mismo modo que creéis en Dios, creed también en mí; porque yo y el Padre somos un solo Dios. Así, pues, como aquí, por así decirlo, ha retirado la fe de los hombres de sí mismo, y la ha transferido al Padre, diciendo: «No cree en mí, sino en Aquel que me envió,» de quien sin embargo ciertamente no se separó; así también, cuando dice: «No es mío darlo, sino [se dará] a aquellos para quienes está preparado por mi Padre,» creo que es claro en qué relación han de tomarse ambas cosas. Pues aquello otro también es del mismo género: «Yo no juzgaré;» mientras que Él mismo juzgará a los vivos y a los muertos. Pero porque no lo hará por poder humano, por eso, volviendo a la divinidad, levanta hacia arriba los corazones de los hombres; a levantarlos, Él mismo descendió.
Cosas diversas se dicen del mismo Cristo, a causa de las naturalezas diversas de la única Hipóstasis [Persona Teantrópica]. Por qué se dice que el Padre no juzgará, sino que ha dado el juicio al Hijo
I, 13, 28–29
28. Pero a menos que el mismo fuera el Hijo del hombre por causa de la forma de siervo que tomó, quien es el Hijo de Dios por causa de la forma de Dios en la que es; el apóstol Pablo no diría de los príncipes de este mundo: «Porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de la gloria.» Pues fue crucificado según la forma de siervo, y sin embargo «el Señor de la gloria» fue crucificado. Porque aquel «tomar» fue tal que hizo a Dios hombre, y al hombre Dios. Sin embargo, qué se dice por causa de qué, y qué según qué, lo discierne por sí mismo el lector atento, diligente y piadoso, con la ayuda del Señor. Por ejemplo, hemos dicho que Él glorifica a los suyos, como siendo Dios, y ciertamente entonces como siendo el Señor de la gloria; y sin embargo el Señor de la gloria fue crucificado, porque incluso Dios es rectamente dicho haber sido crucificado, no según el poder de la divinidad, sino según la flaqueza de la carne: así como decimos que Él juzga como Dios, es decir, por poder divino, no por humano; y sin embargo el hombre mismo juzgará, así como el Señor de la gloria fue crucificado: pues así dice expresamente: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria, y todos los santos ángeles con Él, y ante Él sean reunidas todas las naciones;» y lo demás que se predice del juicio futuro en aquel lugar hasta la última sentencia. Y los judíos, en cuanto serán castigados en aquel juicio por persistir en su maldad, como está escrito en otro lugar: «mirarán a Aquel a quien traspasaron.» Pues aunque tanto los buenos como los malos verán al Juez de vivos y muertos, sin duda los malos no podrán verlo, sino según la forma en que es el Hijo del hombre; pero en la gloria en la que juzgará, no en la humildad en la que fue juzgado. Pero los impíos sin duda no verán aquella forma de Dios en la que es igual al Padre. Porque no son puros de corazón; y «Bienaventurados los puros de corazón, porque ellos verán a Dios.» Y aquella visión es cara a cara, la visión misma que se promete como la suma recompensa a los justos, y que tendrá lugar entonces cuando Él «haya entregado el reino a Dios, el Padre;» y en este «reino» quiere Él que se entienda también la visión de su propia forma, estando toda criatura sujeta a Dios, incluida aquella en la que el Hijo de Dios fue hecho Hijo del hombre. Porque, según esta criatura, «el Hijo mismo también se sujetará a Aquel que puso todas las cosas debajo de Él, para que Dios sea todo en todos.» De otro modo, si el Hijo de Dios, juzgando en la forma en que es igual al Padre, apareciera cuando juzgue también a los impíos; ¿qué es de aquello que promete, como algo grande, al que lo ama, diciendo: «Y yo lo amaré, y me manifestaré a él?» Por lo cual juzgará como Hijo del hombre, pero no por poder humano, sino por aquel por el que es Hijo de Dios; y por otra parte, juzgará como Hijo de Dios, pero no apareciendo en aquella forma [no encarnada] en la que es Dios igual al Padre, sino en aquella [forma encarnada] en la que es el Hijo del hombre.
29. Por tanto, pueden usarse ambos modos de hablar; el Hijo del hombre juzgará, y, el Hijo del hombre no juzgará: puesto que el Hijo del hombre juzgará, para que sea verdadero el texto que dice: «Cuando el Hijo del hombre venga, entonces ante Él serán reunidas todas las naciones;» y el Hijo del hombre no juzgará, para que sea verdadero el texto que dice: «Yo no lo juzgaré;» y: «No busco mi propia gloria: hay Uno que busca y juzga.» Pues en cuanto a esto, que en el juicio no aparecerá la forma de Dios, sino la forma del Hijo del hombre, el Padre mismo no juzgará; porque según esto se dice: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo.» Ya sea que esto se diga según aquel modo de hablar que hemos mencionado arriba, donde se dice: «Así le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo,» para que signifique que así engendró al Hijo; o ya sea según aquel del que habla el apóstol, diciendo: «Por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre:» — (Pues esto se dice del Hijo del hombre, en cuanto al Hijo de Dios fue resucitado de entre los muertos; ya que Él, estando en la forma de Dios igual al Padre, de donde «se anonadó» a sí mismo tomando la forma de siervo, tanto obra como padece, y recibe, en esa misma forma de siervo, lo que el apóstol pasa a mencionar: «Se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz; por lo cual Dios también lo exaltó hasta lo sumo, y le dio un nombre que es sobre todo nombre; para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, de los que están en los cielos, y en la tierra, y debajo de la tierra; y toda lengua confiese que Jesucristo es el Señor, para la gloria de Dios Padre:» — ya sea entonces que las palabras «todo el juicio lo ha dado al Hijo» se digan según este o aquel modo de hablar; suficientemente aparece de este lugar que, si se dijeran según aquel sentido en el que se dice: «Le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo,» ciertamente no se diría: «El Padre a nadie juzga.» Pues en cuanto a esto, que el Padre ha engendrado al Hijo igual a sí mismo, Él juzga con Él. Por tanto, es en cuanto a esto que se dice que en el juicio no aparecerá la forma de Dios, sino la forma del Hijo del hombre. No que no juzgará Aquel que ha dado todo el juicio al Hijo, puesto que el Hijo dice de Él: «Hay Uno que busca y juzga:» sino que así se dice: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo;» como si se dijera: Nadie verá al Padre en el juicio de vivos y muertos, sino que todos verán al Hijo: porque Él es también el Hijo del hombre, de modo que pueda ser visto aun por los impíos, puesto que también ellos verán a Aquel a quien traspasaron.
30. Sin embargo, para que no parezca que conjeturamos esto más bien que probarlo claramente, presentemos una sentencia cierta y clara del Señor mismo, por la cual podamos mostrar que esta fue la causa por la que dijo: «El Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio lo ha dado al Hijo,» a saber, porque aparecerá como Juez en la forma del Hijo del hombre, que no es la forma del Padre, sino del Hijo; ni tampoco aquella forma del Hijo en la que es igual al Padre, sino aquella en la que es menor que el Padre; para que, en el juicio, pueda ser visible tanto a los buenos como a los malos. Pues poco después dice: «De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna, y no vendrá a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.» Ahora bien, esta vida eterna es aquella visión que no pertenece a los malos. Luego sigue: «De cierto, de cierto os digo: Viene la hora, y ahora es, cuando los muertos oirán la voz del Hijo de Dios, y los que oyeren vivirán.» Y esto es propio de los piadosos, que oyen de su encarnación de tal modo que creen que Él es el Hijo de Dios, es decir, que lo reciben de tal modo, hecho por ellos menor que el Padre en la forma de siervo, que creen que Él es igual al Padre en la forma de Dios. Y a continuación prosigue, insistiendo en este mismo punto: «Porque como el Padre tiene vida en sí mismo, así le ha dado al Hijo tener vida en sí mismo.» Y luego llega a la visión de su propia gloria, en la que vendrá al juicio; visión que será común a los impíos y a los justos. Pues continúa diciendo: «Y le ha dado autoridad para ejecutar también juicio, porque es el Hijo del hombre.» Pienso que nada puede ser más claro. Pues en cuanto el Hijo de Dios es igual al Padre, no recibe este poder de ejecutar juicio, sino que lo tiene con el Padre en secreto; pero lo recibe, para que los buenos y los malos puedan verlo juzgando, en cuanto es el Hijo del hombre. Puesto que la visión del Hijo del hombre será mostrada también a los malos: pues la visión de la forma de Dios no será mostrada sino a los puros de corazón, porque ellos verán a Dios; es decir, solo a los piadosos, a cuyo amor promete esto mismo, que se mostrará a ellos. Y mira, por consiguiente, lo que sigue: «No os maravilléis de esto,» dice. ¿Por qué nos prohíbe maravillarnos, sino porque, en verdad, todo el que no entiende se maravilla de que por eso dijo que el Padre le dio poder también para ejecutar juicio, porque es el Hijo del hombre; mientras que, más bien, se habría esperado que dijera: puesto que es el Hijo de Dios? Pero como los malvados no pueden ver al Hijo de Dios tal como es en la forma de Dios igual al Padre, y sin embargo es necesario que tanto los justos como los malvados vean al Juez de vivos y muertos, cuando sean juzgados en su presencia: «No os maravilléis de esto,» dice, «porque viene la hora en la que todos los que están en los sepulcros oirán su voz, y saldrán; los que hicieron lo bueno, a resurrección de vida; y los que hicieron lo malo, a resurrección de condenación.» Para este fin, entonces, era necesario que recibiera aquel poder, porque es el Hijo del hombre, para que todos, al resucitar, lo vieran en la forma en la que puede ser visto por todos, pero por algunos para condenación, por otros para vida eterna. ¿Y qué es la vida eterna, sino aquella visión que no se concede a los impíos? «Que te conozcan a Ti,» dice, «el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.» ¿Y cómo han de conocer al mismo Jesucristo también, sino como el único Dios verdadero, que se mostrará a ellos; no como se mostrará, en la forma del Hijo del hombre, también a aquellos que serán castigados?
31. Él es «bueno» según aquella visión, según la cual Dios aparece a los puros de corazón; pues «verdaderamente Dios es bueno para Israel, para los limpios de corazón.» Pero cuando los malvados vean al Juez, no les parecerá bueno; porque no se gozarán en su corazón al verlo, sino que todos «los linajes de la tierra se lamentarán por causa de Él,» a saber, como contados en el número de todos los malvados e incrédulos. Por esta causa también respondió a aquel que lo había llamado Buen Maestro, cuando le pedía consejo sobre cómo alcanzar la vida eterna: «¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Nadie es bueno, sino uno, Dios.» Y sin embargo el Señor mismo, en otro lugar, llama bueno al hombre: «El hombre bueno,» dice, «del buen tesoro de su corazón saca cosas buenas; y el hombre malo, del mal tesoro de su corazón saca cosas malas.» Pero porque aquel hombre buscaba la vida eterna, y la vida eterna consiste en aquella contemplación en la que Dios es visto, no para castigo, sino para gozo eterno; y porque no entendía con quién hablaba, y pensaba que Él era solo el Hijo del hombre: ¿Por qué, dice, me preguntas sobre lo bueno? Es decir, con respecto a aquella forma que ves, ¿por qué preguntas sobre lo bueno, y me llamas, según lo que ves, Buen Maestro? Esta es la forma del Hijo del hombre, la forma que ha sido tomada, la forma que aparecerá en el juicio, no solo a los justos, sino también a los impíos; y la visión de esta forma no será para bien de aquellos que son malvados. Pero hay una visión de aquella forma mía, en la que, cuando yo estaba, no tuve por usurpación ser igual a Dios: pero para tomar esta forma me anonadé a mí mismo. Aquel único Dios, por tanto, el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo, que no aparecerá, sino para el gozo que no puede ser quitado de los justos; por cuyo gozo futuro suspira aquel que dice: «Una cosa he pedido al Señor, esa buscaré; que more yo en la casa del Señor todos los días de mi vida, para contemplar la hermosura del Señor:» aquel único Dios, por tanto, Él mismo, digo, es el único bueno, por esta razón, que nadie lo ve para tristeza y llanto, sino solo para salvación y gozo verdadero. Si me entiendes según esta última forma, entonces soy bueno; pero si solo según aquella primera, entonces ¿por qué me preguntas sobre lo bueno? Si estás entre aquellos que «mirarán a Aquel a quien traspasaron,» aquella visión misma será mala para ellos, porque será penal. Que según este sentido, entonces, dijo el Señor: «¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Nadie es bueno, sino uno, Dios,» es probable por aquellas pruebas que he alegado, porque aquella visión de Dios, por la cual contemplaremos la sustancia de Dios inmutable e invisible a los ojos humanos (la cual se promete solo a los santos; de la que habla el apóstol Pablo, como «cara a cara;» y de la que el apóstol Juan dice: «Seremos semejantes a Él, porque lo veremos tal como es;» y de la que se dice: «Una cosa he pedido al Señor, que pueda contemplar la hermosura del Señor,» y de la que el Señor mismo dice: «Yo lo amaré, y me manifestaré a él;» y por causa de la cual sola purificamos nuestros corazones por la fe, para que seamos aquellos «puros de corazón que son bienaventurados, porque ellos verán a Dios:» y cualquier otra cosa que se diga de aquella visión: la cual, quienquiera que vuelva el ojo del amor a buscarla, la hallará copiosísimamente esparcida por todas las Escrituras)—aquella visión sola, digo, es nuestro bien supremo, para alcanzar el cual se nos manda hacer todo lo que hacemos rectamente. Pero aquella visión del Hijo del hombre que se predice, cuando todas las naciones sean reunidas ante Él, y le digan: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o sediento, etc.?» no será un bien para los impíos, que serán enviados al fuego eterno, ni el bien supremo para los justos. Pues Él todavía continúa llamando a estos al reino que ha sido preparado para ellos desde la fundación del mundo. Pues, como dirá a aquellos: «Apartaos al fuego eterno;» así a estos: «Venid, benditos de mi Padre, heredad el reino preparado para vosotros.» Y como aquellos irán al ardor eterno, así los justos irán a la vida eterna. Pero ¿qué es la vida eterna, sino «que te conozcan a Ti,» dice, «el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado?» Pero conócelo ahora en aquella gloria de la que dice al Padre: «La que tuve contigo antes que el mundo fuera.» Pues entonces entregará el reino a Dios, el Padre, para que el siervo bueno entre en el gozo de su Señor, y para que Él esconda a aquellos a quienes Dios guarda en lo escondido de su rostro de la confusión de los hombres, a saber, de aquellos hombres que entonces serán confundidos al oír esta sentencia; de cuyo mal oír «el justo no tendrá temor» si solo es guardado en «el tabernáculo,» es decir, en la verdadera fe de la Iglesia Católica, de «la contienda de lenguas,» es decir, de las sofisterías de los herejes. Pero si hay alguna otra explicación de las palabras del Señor, donde dice: «¿Por qué me preguntas sobre lo bueno? Nadie es bueno, sino uno, Dios;» con tal de que no se crea por ello que la sustancia del Padre es de mayor bondad que la del Hijo, según la cual Él es el Verbo por quien todas las cosas fueron hechas; y si no hay en ella nada aborrecible a la sana doctrina; usémosla con seguridad, y no una sola explicación, sino cuantas podamos encontrar. Pues tanto más poderosamente se prueba que los herejes yerran, cuantas más salidas se abren para evitar sus trampas. Pero empecemos de nuevo, y dediquémonos a la consideración de lo que aún queda.