XV, 18, 32
32. No hay don de Dios más excelente que este. Él solo distingue a los hijos del reino eterno de los hijos de la perdición eterna. Otros dones también son dados por el Espíritu Santo; pero sin amor de nada aprovechan. Por tanto, si el Espíritu Santo no es impartido a cada uno hasta el punto de hacerlo amante de Dios y del prójimo, no es trasladado de la izquierda a la derecha. Ni el Espíritu es llamado especialmente el Don, sino por razón del amor. Y el que no tiene este amor, «aunque hable con lenguas de hombres y de ángeles, es bronce que suena y címbalo que retiñe; y aunque tuviere el don de profecía, y conociere todos los misterios y toda la ciencia, y aunque tuviere toda la fe, de modo que trasladase montañas, nada es; y aunque repartiere todos sus bienes para alimentar a los pobres, y aunque entregare su cuerpo para ser quemado, de nada le aprovecha.» ¿Cuán grande bien, pues, es aquel sin el cual bienes tan grandes a nadie llevan a la vida eterna? Mas el amor o la caridad misma —pues son dos nombres de una misma cosa—, si lo tiene quien no habla lenguas, ni posee el don de profecía, ni conoce todos los misterios y toda la ciencia, ni reparte todos sus bienes a los pobres, sea porque no tiene qué dar, sea porque alguna necesidad se lo impide, ni entrega su cuerpo para ser quemado, si no le sobreviene prueba de tal sufrimiento, lleva a aquel hombre al reino; de suerte que la fe misma solo se hace provechosa por el amor, puesto que la fe sin amor puede ciertamente existir, pero no aprovechar. Y por eso dice también el apóstol Pablo: «En Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor:» distinguiéndola así de aquella fe por la cual aun «los demonios creen y tiemblan.» Por tanto, el amor que es de Dios y es Dios, es especialmente el Espíritu Santo, por quien el amor de Dios es derramado en nuestros corazones; amor por el cual toda la Trinidad habita en nosotros. Y por eso con toda razón el Espíritu Santo, aunque es Dios, es llamado también don de Dios. Y por ese don, ¿qué otra cosa puede entenderse propiamente sino el amor, que lleva a Dios, y sin el cual cualquier otro don de Dios, sea cual fuere, no lleva a Dios?
El Espíritu Santo es llamado en las Escrituras don de Dios. Por el don del Espíritu Santo se entiende el don que es el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es llamado especialmente amor, aunque no solo el Espíritu Santo en la Trinidad es amor
XV, 19, 33–34
33. ¿También esto ha de probarse, que el Espíritu Santo es llamado en los libros sagrados don de Dios? Si también se busca esto, tenemos en el Evangelio según Juan las palabras de nuestro Señor Jesucristo, que dice: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» Y el evangelista añadió: «Y esto lo dijo del Espíritu, que habían de recibir los que creyeran en Él.» Y de ahí dice también Pablo el apóstol: «Y todos hemos bebido de un solo Espíritu.» La cuestión, pues, es si aquella agua es llamada don de Dios, la cual es el Espíritu Santo. Pero así como hallamos aquí que esta agua es el Espíritu Santo, así hallamos en otro lugar del mismo Evangelio que esta agua es llamada don de Dios. Porque cuando el mismo Señor hablaba con la mujer de Samaria junto al pozo, a quien había dicho: «Dame de beber,» y ella había respondido que los judíos «no tienen trato» con los samaritanos, Jesús respondió y le dijo: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva. La mujer le dice: Señor, no tienes con qué sacarla, y el pozo es hondo; ¿de dónde, pues, tienes el agua viva? etc. Jesús respondió y le dijo: Todo el que bebe de esta agua volverá a tener sed; mas el que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.» Porque esta agua viva, pues, como el evangelista nos ha explicado, es el Espíritu Santo, sin duda el Espíritu es el don de Dios, del cual el Señor dice aquí: «Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber, tú le pedirías, y él te daría agua viva.» Pues lo que en un pasaje es: «De su interior correrán ríos de agua viva,» en el otro es: «será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.»
34. Pablo el apóstol dice también: «A cada uno de nosotros es dada la gracia conforme a la medida del don de Cristo;» y luego, para mostrar que por el don de Cristo entendía el Espíritu Santo, añadió: «Por lo cual dice: Subiendo a lo alto, llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres.» Y todos saben que el Señor Jesús, habiendo subido al cielo después de la resurrección de entre los muertos, dio el Espíritu Santo, con el cual fueron llenos los que creyeron, y hablaron en las lenguas de todas las naciones. Y nadie objete que dice dones y no don: porque citó el texto del Salmo. Y en el Salmo se lee así: «Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, recibiste dones en los hombres.» Pues así se halla en muchos manuscritos, sobre todo en los griegos, y así lo tenemos traducido del hebreo. El apóstol, pues, dijo dones, como el profeta, no don. Mas donde el profeta dijo: «Recibiste dones en los hombres,» el apóstol prefirió decir: «Dio dones a los hombres:» y esto para que de ambas expresiones, la una profética y la otra apostólica, se recoja el sentido pleno; porque ambas poseen la autoridad de una sentencia divina. Pues ambas son verdaderas, tanto que Él dio a los hombres como que recibió en los hombres. Dio a los hombres como cabeza a sus propios miembros: Él mismo, que dio, recibió en los hombres, sin duda como en sus propios miembros; por razón de los cuales, es decir, de sus propios miembros, clamó desde el cielo: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» Y de los cuales, es decir, de sus propios miembros, dice: «En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis.» Cristo mismo, pues, dio desde el cielo y recibió en la tierra. Y además, tanto el profeta como el apóstol dijeron dones por esta razón: porque muchos dones, propios de cada uno, son repartidos en común a todos los miembros de Cristo, por el Don, que es el Espíritu Santo. Porque cada uno no tiene todos, sino unos tienen estos y otros aquellos; aunque todos tienen el Don mismo por el cual aquello que es propio de cada uno le es repartido, es decir, el Espíritu Santo. Pues también en otro lugar, habiendo mencionado muchos dones, dice: «Todas estas cosas» las «obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como él quiere.» Y esta palabra se halla también en la Epístola a los Hebreos, donde está escrito: «Testificando Dios juntamente con señales y prodigios, y diversos milagros, y dones del Espíritu Santo.» Y así aquí, habiendo dicho: «Subió a lo alto, llevó cautiva la cautividad, dio dones a los hombres,» añade: «Y que subió, ¿qué es, sino que también había descendido primero a las partes más bajas de la tierra? El que descendió es el mismo que también subió por encima de todos los cielos, para llenarlo todo. Y él mismo dio a unos apóstoles, a otros profetas, a otros evangelistas, a otros pastores y doctores.» (Vemos, pues, que esta es la razón por la que se habla de dones; porque, como dice en otro lugar: «¿Acaso todos son apóstoles? ¿Acaso todos profetas?» etc.) Y aquí ha añadido: «Para el perfeccionamiento de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo.» Esta es la casa que, como canta el Salmo, es edificada después de la cautividad; puesto que la casa de Cristo, la cual se llama su Iglesia, es edificada con los que han sido rescatados del diablo, por quien estaban cautivos. Mas Él mismo llevó cautiva esta cautividad, quien venció al diablo. Y para no arrastrar consigo al castigo eterno a los que habían de ser miembros de la santa Cabeza, lo ató primero con los vínculos de la justicia, y luego con los del poder. El diablo mismo, pues, es llamado cautividad, la cual llevó cautiva el que subió a lo alto, y dio dones a los hombres, o recibió dones en los hombres.
35. Y Pedro el apóstol, según leemos en aquel libro canónico en el que se narran los Hechos de los Apóstoles —cuando los corazones de los judíos se turbaron al hablar él de Cristo, y dijeron: «Hermanos, ¿qué haremos? Decidnoslo,»— les dijo: «Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre del Señor Jesucristo para remisión de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.» Y leemos asimismo en el mismo libro que Simón el mago quiso dar dinero a los apóstoles para recibir poder de ellos, por el cual el Espíritu Santo fuese dado por la imposición de sus manos. Y el mismo Pedro le dijo: «Tu dinero perezca contigo: porque has pensado que el don de Dios se compra con dinero.» Y en otro lugar del mismo libro, cuando Pedro hablaba a Cornelio y a los que con él estaban, y anunciaba y predicaba a Cristo, dice la Escritura: «Estando aún Pedro hablando estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían la palabra; y se asombraron los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro, de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo. Porque los oían hablar en lenguas y magnificar a Dios.» Y cuando Pedro después daba cuenta a los hermanos que estaban en Jerusalén de este hecho suyo, de que había bautizado a los incircuncisos, porque el Espíritu Santo, para cortar el nudo de la cuestión, había venido sobre ellos antes de ser bautizados, y los hermanos de Jerusalén se conmovieron al oírlo, dice, tras las demás palabras: «Y cuando comencé a hablarles, el Espíritu Santo cayó sobre ellos, como sobre nosotros al principio. Y me acordé de la palabra del Señor, cómo dijo: Juan a la verdad bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo. Si, pues, Dios les concedió el mismo don que a nosotros que creímos en el Señor Jesucristo, ¿quién era yo para poder estorbar a Dios?» Y hay muchos otros testimonios de las Escrituras, que unánimemente atestiguan que el Espíritu Santo es don de Dios, en cuanto es dado a aquellos que por Él aman a Dios. Pero es tarea demasiado larga reunirlos todos. ¿Y qué es bastante para satisfacer a los que no se satisfacen con los que hemos alegado?
36. Ciertamente han de ser advertidos, ya que ahora ven que el Espíritu Santo es llamado don de Dios, de que cuando oyen «el don del Espíritu Santo», reconozcan en ello aquel modo de hablar que se halla en las palabras «en el despojo del cuerpo de la carne». Porque así como el cuerpo de la carne no es otra cosa que la carne, así el don del Espíritu Santo no es otra cosa que el Espíritu Santo. Él es, pues, don de Dios, en cuanto es dado a aquellos a quienes es dado. Pero en sí mismo es Dios, aunque no fuera dado a nadie, porque era Dios coeterno con el Padre y el Hijo antes de ser dado a alguien. Ni es menor que ellos porque ellos dan y Él es dado. Pues es dado como don de Dios de tal manera que Él mismo también se da a sí mismo, siendo Dios. Porque no puede decirse que no está en su propia potestad aquel de quien se dice: «El Espíritu sopla donde quiere;» y el apóstol dice, como ya he mencionado antes: «Todas estas cosas las obra el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como quiere.» No tenemos aquí la creación del que es dado y el dominio de los que dan, sino la concordia del dado y de los dadores.
37. Por lo cual, si la Sagrada Escritura proclama que Dios es amor, y que el amor es de Dios, y obra en nosotros esto: que permanecemos en Dios y Él en nosotros, y que en esto conocemos que nos ha dado de su Espíritu, entonces el Espíritu mismo es Dios, que es amor. Luego, si entre los dones de Dios no hay ninguno mayor que el amor, y no hay don de Dios mayor que el Espíritu Santo, ¿qué se sigue más naturalmente sino que Él mismo es amor, el que es llamado a la vez Dios y de Dios? Y si el amor con que el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre demuestra inefablemente la comunión de ambos, ¿qué hay más conveniente que llamar especialmente amor al que es Espíritu común de ambos? Pues esto es lo más sólido, tanto para creer como para entender: que el Espíritu Santo no es el solo amor en aquella Trinidad, pero no sin razón es llamado especialmente amor, por las razones que hemos alegado; así como no es Él solo en aquella Trinidad espíritu ni santo, puesto que el Padre es espíritu y el Hijo es espíritu; y el Padre es santo y el Hijo es santo —como la piedad no duda. Y, sin embargo, no sin razón es llamado especialmente el Espíritu Santo; porque al ser común a ambos, es llamado especialmente aquello que ambos son en común. De otro modo, si en aquella Trinidad solo el Espíritu Santo fuese amor, entonces sin duda el Hijo resultaría ser Hijo, no solo del Padre, sino también del Espíritu Santo. Pues se dice y se lee en innumerables lugares que es el Hijo unigénito de Dios Padre; como también es verdad lo que el apóstol dice de Dios Padre: «El cual nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino del Hijo de su amor.» No dijo: «de su Hijo.» Si lo hubiera dicho así, habría dicho la verdad, como la dijo muchas veces; pero dice: «el Hijo de su amor.» Luego es Hijo también del Espíritu Santo, si en aquella Trinidad no hay en Dios otro amor que el Espíritu Santo. Y si esto es absurdísimo, queda que el Espíritu Santo no es el solo amor allí, sino que es llamado así especialmente por las razones que ya he expuesto suficientemente; y que las palabras «Hijo de su amor» no significan otra cosa que su Hijo amado —el Hijo, en fin, de su propia sustancia. Porque el amor en el Padre, que está en su naturaleza inefablemente simple, no es otra cosa que su misma naturaleza y sustancia —como ya hemos dicho a menudo, y no nos avergonzamos de repetir a menudo. Y de ahí que el «Hijo de su amor» no es otro que aquel que nace de su sustancia.
Contra Eunomio, que dice que el Hijo de Dios es Hijo no de su naturaleza, sino de su voluntad. Epílogo de lo ya dicho
XV, 20, 38–39
38. Por tanto, es ridícula la lógica de Eunomio, de quien brotaron los herejes eunomianos. Pues como no podía entender, ni quería creer, que el Verbo unigénito de Dios, por el cual fueron hechas todas las cosas, es Hijo de Dios por naturaleza —es decir, nacido de la sustancia del Padre—, alegó que no era Hijo de su propia naturaleza, o sustancia, o esencia, sino Hijo de la voluntad de Dios; queriendo con ello afirmar que la voluntad por la cual engendró al Hijo era algo accidental [y opcional] en Dios —a saber, de aquel modo en que nosotros a veces queremos algo que antes no queríamos, como si no fuese por estas mismas cosas por lo que se percibe que nuestra naturaleza es mudable—; cosa que lejos esté de nosotros creer de Dios. Pues está escrito: «Muchos son los pensamientos en el corazón del hombre, mas el consejo del Señor permanece para siempre,» por ninguna otra razón sino para que entendamos o creamos que, así como Dios es eterno, así su consejo es eterno, y por tanto inmutable, como Él mismo. Y lo que se dice de los pensamientos puede decirse con toda verdad también de la voluntad: hay muchas voluntades en el corazón del hombre, mas la voluntad del Señor permanece para siempre. Algunos, por su parte, para evitar decir que el Verbo unigénito es Hijo del consejo o de la voluntad de Dios, afirmaron que el mismo Verbo es el consejo o la voluntad misma del Padre. Pero es mejor, a mi juicio, decir consejo de consejo, y voluntad de voluntad, como sustancia de sustancia, sabiduría de sabiduría, para que no nos veamos arrastrados a aquel absurdo que ya hemos refutado, y digamos que el Hijo hace sabio o volente al Padre, si el Padre no tiene en su propia sustancia ni consejo ni voluntad. Fue ciertamente una respuesta aguda la que alguien dio al hereje que preguntaba sutilísimamente si Dios engendró al Hijo voluntaria o involuntariamente, a fin de que, si decía involuntariamente, se siguiera absurdísimamente que Dios era miserable; y si voluntariamente, infiriera al punto, como por razón invencible, aquello a lo que apuntaba, a saber, que era Hijo no de su naturaleza, sino de su voluntad. Mas el otro, con gran vigilancia, le preguntó a su vez si Dios Padre era Dios voluntaria o involuntariamente; a fin de que, si respondía involuntariamente, se siguiera aquella miseria que creer de Dios es pura locura; y si decía voluntariamente, se le replicara: Luego también es Dios por su propia voluntad, no por su naturaleza. ¿Qué quedaba, pues, sino que callara y discerniera que él mismo estaba atado por su propia pregunta con un vínculo insoluble? Mas si alguna persona en la Trinidad ha de ser llamada también especialmente la voluntad de Dios, este nombre, como el de amor, conviene mejor al Espíritu Santo; porque ¿qué otra cosa es el amor, sino la voluntad?
39. Veo que mi argumentación en este libro acerca del Espíritu Santo, según la Sagrada Escritura, es bastante para los fieles que ya saben que el Espíritu Santo es Dios, y no de otra sustancia, ni menor que el Padre y el Hijo —como hemos mostrado que es verdad en los libros anteriores, según las mismas Escrituras. Hemos razonado también a partir de la criatura que Dios hizo, y, en cuanto pudimos, hemos advertido a los que exigen razón sobre tales asuntos que contemplen y entiendan sus cosas invisibles, en cuanto pudieren, por las cosas que han sido hechas, y especialmente por la criatura racional o intelectual que ha sido hecha a imagen de Dios; por medio de este espejo, por así decir, para que disciernan, en cuanto pudieren, si pudieren, la Trinidad que es Dios, en nuestra propia memoria, entendimiento, voluntad. Y si alguien considera con inteligencia estas tres cosas como dispuestas por naturaleza divinamente en su propia mente, y las recuerda con la memoria, las contempla con el entendimiento, las abraza con el amor, cuán gran cosa es aquella en la mente, por la cual puede ser recordada, contemplada, deseada la naturaleza eterna e inmutable, sin duda aquel hombre halla una imagen de aquella Trinidad suma. Y debe referir toda su vida a recordar, ver y amar aquella Trinidad suma, para recordarla, contemplarla y deleitarse en ella. Mas le he advertido, cuanto pareció suficiente, que no compare esta imagen, así formada por aquella Trinidad y por su propia culpa deteriorada, con aquella misma Trinidad, de modo que la crea semejante en todo, sino que más bien discierna en aquella semejanza, sea cual fuere, también una gran desemejanza.
De la semejanza del Padre y del Hijo que se dice que existe en nuestra memoria y entendimiento. De la semejanza del Espíritu Santo en nuestra voluntad o amor
XV, 21, 40–41
40. He procurado ciertamente, en cuanto he podido, no que la cosa pueda verse cara a cara, sino que pueda verse por esta semejanza en enigma, por pequeña que sea, por conjetura, en nuestra memoria y entendimiento, insinuar a Dios Padre y a Dios Hijo: es decir, a Dios engendrador, que de algún modo ha hablado por su propio Verbo coeterno todas las cosas que tiene en su sustancia; y a Dios, su Verbo mismo, que nada tiene en la sustancia ni más ni menos de lo que hay en Aquel que, no mentirosa sino verdaderamente, ha engendrado el Verbo. Y he asignado a la memoria todo cuanto sabemos, aun cuando no estemos pensando en ello; pero al entendimiento, la formación, según un cierto modo especial, del pensamiento. Pues solemos decir que entendemos lo que, al pensarlo, hemos hallado que es verdadero; y esto, a su vez, es lo que dejamos en la memoria. Mas aquella es una profundidad todavía más oculta de nuestra memoria, donde hallamos también esto primero cuando lo pensamos, y donde es engendrada una palabra interior que no pertenece a lengua alguna — como conocimiento del conocimiento, visión de la visión, y entendimiento que aparece en el pensamiento [reflexivo]; entendimiento que ciertamente había existido antes en la memoria, pero estaba latente allí, aunque, si el pensamiento mismo no tuviera también una suerte de memoria propia, no volvería a aquellas cosas que había dejado en la memoria mientras se volvía a pensar en otras cosas.
41. Pero nada he mostrado en este enigma acerca del Espíritu Santo que pueda parecer semejante a Él, sino nuestra voluntad, o amor, o dilección, que es una voluntad más fuerte; pues nuestra voluntad, que tenemos naturalmente, es afectada de diversos modos según que objetos diversos se le presentan u ocurren, por los cuales somos atraídos u ofendidos. ¿Qué es, pues, esto? ¿Hemos de decir que nuestra voluntad, cuando es recta, no sabe qué desear, qué evitar? Además, si lo sabe, sin duda tiene entonces una suerte de conocimiento propio, tal que no puede existir sin memoria y entendimiento. ¿O escucharemos a alguien que dijere que el amor no sabe lo que hace, cuando no obra mal? Así como hay, pues, entendimiento y amor en aquella memoria primaria, en la cual hallamos provisto y guardado aquello a lo que podemos llegar con el pensamiento, porque hallamos también allí estas dos cosas cuando, al pensar, hallamos que entendemos y amamos algo — las cuales cosas estaban también allí cuando no pensábamos en ellas —; y como hay memoria y amor en aquel entendimiento, que es formado por el pensamiento, la cual palabra verdadera decimos interiormente, sin la lengua de nación alguna, cuando decimos lo que sabemos; porque la mirada de nuestro pensamiento no vuelve a cosa alguna sino recordándola, y no cuida de volver sino amándola: así el amor, que une la visión producida en la memoria y la visión del pensamiento formado por ella, como si fueran padre y prole, no sabría qué amar rectamente si no tuviera conocimiento de lo que desea, lo cual no puede tener sin memoria y entendimiento.
Cuán grande es la desemejanza entre la imagen de la Trinidad que hemos hallado en nosotros y la Trinidad misma
XV, 22, 42
42. Pero como estas cosas están en una sola persona, como lo es el hombre, alguien puede decirnos: Estas tres cosas, la memoria, el entendimiento y el amor, son mías, no suyas propias; y no hacen lo que hacen por sí mismas, sino por mí, o más bien yo lo hago por ellas. Pues yo soy quien recuerda por la memoria, y entiendo por el entendimiento, y amo por el amor: y cuando dirijo el ojo de la mente a mi memoria, y así digo en mi corazón la cosa que sé, y es engendrada de mi conocimiento una palabra verdadera, ambas cosas son mías, ciertamente tanto el conocimiento como la palabra. Pues yo soy quien sabe, y yo soy quien dice en mi corazón la cosa que sé. Y cuando llego a hallar en mi memoria, al pensar, que entiendo y amo algo — entendimiento y amor que estaban también allí antes de que yo pensara en ello —, es mi propio entendimiento y mi propio amor lo que hallo en mi propia memoria, por los cuales soy yo el que entiende, y yo el que ama, no aquellas cosas mismas. Igualmente, cuando mi pensamiento se acuerda, y quiere volver a aquellas cosas que había dejado en la memoria, y entenderlas y contemplarlas, y decirlas interiormente, es mi memoria propia la que se acuerda, y es mi voluntad, no la suya, aquella con la que quiere. Y cuando mi mismo amor también recuerda y entiende lo que debe desear y lo que debe evitar, recuerda por mi memoria, no por la suya; y entiende aquello que amorosamente entiende por mi entendimiento, no por el suyo. En suma: por todas estas tres cosas, soy yo el que recuerda, yo el que entiende, yo el que amo; yo, que no soy ni memoria, ni entendimiento, ni amor, sino que los tengo. Estas cosas, pues, pueden ser dichas por una sola persona, que tiene estas tres, pero no es estas tres. Mas en la simplicidad de aquella Naturaleza summa, que es Dios, aunque hay un solo Dios, hay tres personas: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Agustín insiste aún más en la disparidad entre la Trinidad que hay en el hombre y la Trinidad que es Dios. La Trinidad se ve ahora por medio de un espejo con la ayuda de la fe, para que después sea vista más claramente en la visión prometida cara a cara
XV, 23, 43–44
43. La cosa misma, pues, que es una trinidad, difiere de la imagen de una trinidad en alguna otra cosa; en virtud de cuya imagen, al mismo tiempo aquello en lo que están estas tres cosas es llamado también imagen; así como la tabla y la pintura pintada en ella son llamadas a un tiempo imagen; mas, por razón de la pintura pintada en ella, la tabla es llamada también con el nombre de imagen. Pero en aquella Trinidad summa, que está incomparablemente sobre todas las cosas, hay tan grande indivisibilidad que, mientras que una trinidad de hombres no puede llamarse un solo hombre, en aquella se dice y es un solo Dios, y no es que aquella Trinidad esté en un solo Dios, sino que es un solo Dios. Ni tampoco, como aquella imagen en el caso del hombre tiene estas tres cosas pero es una sola persona, así sucede con la Trinidad; sino que en ella hay tres personas: el Padre del Hijo, y el Hijo del Padre, y el Espíritu de ambos, el Padre y el Hijo. Pues aunque la memoria en el caso del hombre, y especialmente aquella memoria que las bestias no tienen — a saber, la memoria por la que las cosas inteligibles están contenidas de tal modo que no han entrado en esa memoria por los sentidos corporales —, tiene en esta imagen de la Trinidad, en proporción a su propia pequeña medida, una semejanza del Padre, incomparablemente desigual, pero de algún modo, sea cual fuere; e igualmente el entendimiento en el caso del hombre, que por el propósito del pensamiento es formado por ella, cuando se dice aquello que se sabe, y hay una palabra del corazón que no pertenece a lengua alguna, tiene en su propia gran disparidad cierta semejanza del Hijo; y el amor en el caso del hombre, que procede del conocimiento y une la memoria y el entendimiento, como si fuera común al padre y a la prole, por lo que se entiende que no es ni padre ni prole, tiene en aquella imagen cierta semejanza, aunque sumamente desigual, del Espíritu Santo: no por eso sucede que, como en aquella imagen de la Trinidad estas tres cosas no son un solo hombre, sino que pertenecen a un solo hombre, así en la Trinidad summa misma, de la cual esta es imagen, estas tres cosas pertenezcan a un solo Dios, sino que son un solo Dios, y son tres personas, no una. Cosa ciertamente maravillosamente inefable, o inefablemente maravillosa: que mientras esta imagen de la Trinidad es una sola persona, la Trinidad summa misma es tres personas, y sin embargo aquella Trinidad de tres personas es más indivisible que esta de una sola. Pues aquella [Trinidad], en la naturaleza de la Divinidad, o quizá mejor de la Deidad, es aquello que es, y es mutua y siempre inmutablemente igual: y no hubo tiempo en que no fuese, o en que fuese de otro modo; y no habrá tiempo en que no sea, o en que sea de otro modo. Mas estas tres que están en la imagen inadecuada, aunque no están separadas en lugar, pues no son cuerpos, están sin embargo en esta vida mutuamente separadas en magnitud. Pues el que no haya en ellas volúmenes distintos no impide ver que la memoria es mayor que el entendimiento en un hombre, y lo contrario en otro; y que en otro estas dos son sobrepasadas por la grandeza del amor; y esto, sean o no iguales entre sí las dos primeras. Y así cada par por cada una, y cada una por cada par, y cada una por cada una: las menores son sobrepasadas por las mayores. Y cuando hayan sido sanadas de toda enfermedad y sean mutuamente iguales, ni aun entonces aquella cosa que por gracia no será mudada se hará igual a aquella que por naturaleza no puede mudar; porque la criatura no puede ser igualada al Creador, y cuando sea sanada de toda enfermedad, será mudada.
44. Mas cuando venga la visión que de nuevo se nos promete cara a cara, veremos esta Trinidad no solo incorpórea sino también absolutamente indivisible y verdaderamente inmutable mucho más clara y ciertamente que ahora vemos su imagen, la cual somos nosotros mismos; y, sin embargo, quienes ven por medio de este espejo y en este enigma, como es permitido ver en esta vida, no son los que contemplan en su propia mente las cosas que hemos ordenado y les hemos inculcado; sino los que ven esto como si fuera una imagen, de modo que puedan referir lo que ven, de algún modo, sea como fuere, a Aquel de quien es imagen, y ver también aquello por conjetura, lo que ven a través de la imagen contemplando, puesto que todavía no pueden ver cara a cara. Pues el apóstol no dice: Vemos ahora un espejo, sino: Vemos ahora por medio de un espejo.
XV, 24, 44
Aquellos, pues, que ven su propia mente, del modo que ello es posible, y en ella aquella Trinidad de la que he tratado como he podido de muchas maneras, y sin embargo no creen ni entienden que sea imagen de Dios, ven ciertamente un espejo, pero no ven de tal modo a través del espejo a Aquel que ahora ha de ser visto por medio del espejo, que ni siquiera conocen el espejo mismo que ven que es un espejo, es decir, una imagen. Y si conocieran esto, quizá sentirían que Aquel de quien este es espejo debe ser buscado por él, y de algún modo visto provisionalmente, purificando sus corazones una fe no fingida, a fin de que Aquel que ahora es visto por medio de un espejo pueda ser visto cara a cara. Y si desprecian esta fe que purifica el corazón, ¿qué logran entendiendo las disputas más sutiles sobre la naturaleza de la mente humana, sino ser condenados también por el testimonio de su propio entendimiento? Y ciertamente no errarían tanto en el entender, ni apenas llegarían a algo cierto, si no estuvieran envueltos en tinieblas penales y cargados con el cuerpo corruptible que abruma el alma. ¿Y por qué demérito, sino el del pecado, se les inflige este mal? Por lo cual, advertidos por la magnitud de tan gran mal, deben seguir al Cordero que quita los pecados del mundo.
La cuestión de por qué el Espíritu Santo no es engendrado, y de cómo procede del Padre y del Hijo, solo se entenderá cuando estemos en la bienaventuranza
XV, 25, 44–45
Pues si algunos le pertenecen, aunque sean mucho más torpes de entendimiento que aquellos, cuando al fin de esta vida son librados del cuerpo, las potestades envidiosas no tienen derecho a retenerlos. Pues aquel Cordero que fue muerto por ellas sin deuda alguna de pecado las ha vencido; pero no por la fuerza del poder antes de haberlo hecho por la justicia de la sangre. Y, libres, por tanto, del poder del diablo, son llevados por los santos ángeles, siendo librados de todos los males por el Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús. Pues por el testimonio concordante de las Escrituras divinas, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, tanto de aquellas por las cuales Cristo fue anunciado de antemano como de aquellas por las cuales fue proclamado, no hay otro nombre bajo el cielo por el cual los hombres deban ser salvados. Y cuando hayan sido purgados de todo contagio de corrupción, son colocados en mansiones de paz hasta que tomen de nuevo sus cuerpos, suyos, pero ya incorruptibles, para ornato, no para carga. Pues esta es la voluntad del óptimo y sapientísimo Creador: que el espíritu del hombre, piadosamente sujeto a Dios, tenga un cuerpo felizmente sujeto, y que esta felicidad dure para siempre.
45. Allí veremos la verdad sin dificultad alguna, y la gozaremos plenamente, clarísima y certísima. Y no indagaremos cosa alguna con mente que raciocina, sino que discerniremos con mente que contempla por qué el Espíritu Santo no es Hijo, aunque proceda del Padre. En aquella luz no habrá lugar para la indagación; pero aquí, por la experiencia misma, me ha parecido tan difícil — como sin duda les parecerá también a aquellos que lean con cuidado y entendimiento lo que he escrito — que, aunque en el libro segundo prometí que hablaría de ello en otro lugar, cuantas veces he deseado ilustrarlo por la imagen creatural de ello que nosotros mismos somos, otras tantas, sea cual fuere mi intención, me faltó del todo la palabra adecuada; más aún, aun en mi mismo pensamiento sentí que había alcanzado el intento más bien que la realización. Había hallado ciertamente en una sola persona, como lo es el hombre, una imagen de aquella Trinidad summa, y había deseado, especialmente en el libro noveno, ilustrar y hacer más inteligible la relación de las Tres Personas por aquello que está sujeto al tiempo y al cambio. Pero tres cosas pertenecientes a una sola persona no pueden convenir a aquellas Tres Personas, como exige el propósito del hombre; y esto lo hemos demostrado en este libro decimoquinto.
El Espíritu Santo fue dado dos veces por Cristo. La procesión del Espíritu Santo del Padre y del Hijo es fuera del tiempo, y no puede llamársele Hijo de ambos
XV, 26, 45–46
Además, en aquella Trinidad summa que es Dios no hay intervalos de tiempo, por los cuales pueda mostrarse, o al menos preguntarse, si el Hijo nació primero del Padre y después procedió de ambos el Espíritu Santo; pues la Sagrada Escritura lo llama Espíritu de ambos. Pues Él es aquel de quien dice el apóstol: «Pero, por cuanto sois hijos, Dios envió el Espíritu de su Hijo a vuestros corazones»; y Él es aquel de quien dice el mismo Hijo: «Pues no sois vosotros quienes habláis, sino el Espíritu de vuestro Padre que habla en vosotros». Y por muchos otros testimonios de la Palabra divina se prueba que el Espíritu, que especialmente es llamado en la Trinidad el Espíritu Santo, es del Padre y del Hijo; de quien asimismo dice el Hijo mismo: «El cual yo os enviaré de parte del Padre»; y en otro lugar: «El cual el Padre enviará en mi nombre». Y así se nos enseña que procede de ambos, porque el Hijo mismo dice: «Procede del Padre». Y cuando resucitó de entre los muertos y se apareció a sus discípulos, «sopló sobre ellos, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo», para mostrar que procedía también de Él mismo. Y Él mismo es aquella misma «virtud que salía de Él», como leemos en el Evangelio, «y los sanaba a todos».
46. Mas la razón por la cual, después de su resurrección, dio el Espíritu Santo primero sobre la tierra y después lo envió desde el cielo es, a mi juicio, esta: que «el amor ha sido derramado en nuestros corazones» por aquel Don mismo, por el cual amamos a Dios y al prójimo, según aquellos dos mandamientos, «de los cuales dependen toda la ley y los profetas». Y Jesucristo, para significar esto, les dio el Espíritu Santo una vez sobre la tierra, por el amor al prójimo, y una segunda vez desde el cielo, por el amor a Dios. Y si acaso se puede dar alguna otra razón de este doble don del Espíritu Santo, al menos no debemos dudar de que el mismo Espíritu Santo fue dado cuando Jesús sopló sobre ellos, de quien dice poco después: «Id, bautizad a todas las gentes en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo», donde esta Trinidad se nos encomienda especialmente. Es, por tanto, Aquel que también fue dado desde el cielo el día de Pentecostés, es decir, diez días después de que el Señor ascendió al cielo. ¿Cómo, pues, no es Dios quien da el Espíritu Santo? Más aún, ¡cuán grande Dios es quien da a Dios! Pues ninguno de sus discípulos dio el Espíritu Santo, ya que oraban para que Él viniera sobre aquellos a quienes imponían las manos; no lo daban ellos mismos. Y la Iglesia conserva esta costumbre aun hoy en el caso de sus superiores. Finalmente, también Simón Mago, cuando ofreció dinero a los apóstoles, no dice: «Dadme también a mí este poder, para que yo dé» el Espíritu Santo; sino: «que aquel a quien yo impusiere las manos reciba el Espíritu Santo». Porque tampoco habían dicho las Escrituras antes: Y Simón, viendo que los apóstoles daban el Espíritu Santo; sino que habían dicho: «Y Simón, viendo que el Espíritu Santo se daba por la imposición de las manos de los apóstoles». Por tanto, también el mismo Señor Jesucristo no solo dio el Espíritu Santo como Dios, sino que también lo recibió como hombre, y por eso se dice que está lleno de gracia y del Espíritu Santo. Y en los Hechos de los Apóstoles está escrito más claramente de Él: «Porque Dios le ungió con el Espíritu Santo». Ciertamente no con óleo visible, sino con el don de la gracia que es significado por el ungüento visible con que la Iglesia unge a los bautizados. Y Cristo ciertamente no fue ungido entonces con el Espíritu Santo cuando, como una paloma, descendió sobre Él en su bautismo. Pues en aquel tiempo se dignó prefigurar su cuerpo, es decir, su Iglesia, en la cual especialmente los bautizados reciben el Espíritu Santo. Mas ha de entenderse que fue ungido entonces con aquella mística e invisible unción, cuando el Verbo de Dios se hizo carne, es decir, cuando la naturaleza humana, sin méritos precedentes de buenas obras, fue unida a Dios Verbo en el seno de la Virgen, de modo que junto con ella vino a ser una sola persona. Por eso confesamos que nació del Espíritu Santo y de la Virgen María. Pues es sumamente absurdo creer que recibió el Espíritu Santo cuando tenía cerca de treinta años; porque a esa edad fue bautizado por Juan; sino que vino al bautismo como sin pecado alguno, y por tanto no sin el Espíritu Santo. Pues si de su siervo y precursor el mismo Juan estaba escrito: «Será lleno del Espíritu Santo, aun desde el vientre de su madre», porque, aunque engendrado por su padre, sin embargo recibió el Espíritu Santo cuando fue formado en el vientre; ¿qué se debe entender y creer del hombre Cristo, de cuya carne la concepción misma no fue carnal, sino espiritual? Y las dos naturalezas, tanto la humana como la divina, se muestran también en aquello que está escrito de Él: que recibió del Padre la promesa del Espíritu Santo, y derramó el Espíritu Santo; puesto que recibió como hombre, y derramó como Dios. Y nosotros ciertamente podemos recibir aquel don conforme a nuestra pequeña medida, pero ciertamente no podemos derramarlo sobre otros; mas, para que esto se haga, invocamos a Dios sobre ellos, por quien esto se realiza.
47. ¿Podemos, por tanto, preguntar si el Espíritu Santo había ya procedido del Padre cuando nació el Hijo, o no había procedido aún; y si, cuando nació, procedió de ambos, donde no hay tiempos distintos: tal como hemos podido preguntar, en un caso donde sí hallamos tiempos, que la voluntad procede primero de la mente humana, para que sea buscado aquello que, una vez hallado, puede llamarse descendencia; la cual descendencia, ya sacada a luz o nacida, aquella voluntad se perfecciona, descansando en este fin, de modo que lo que había sido su deseo al buscar, es su amor al gozar; amor que ahora procede de ambos, es decir, de la mente que engendra y de la noción que es engendrada, como si fueran padre y prole? Estas cosas es absolutamente imposible preguntarlas en este caso, donde nada comienza en el tiempo, de modo que se perfeccione en un tiempo subsiguiente. Por lo cual, quien puede entender la generación del Hijo desde el Padre sin tiempo, entienda también la procesión del Espíritu Santo desde ambos sin tiempo. Y quien puede entender, en aquello que el Hijo dice: «Como el Padre tiene vida en sí mismo, así ha dado al Hijo el tener vida en sí mismo», no que el Padre diera vida al Hijo ya existente sin vida, sino que lo engendró de tal modo fuera del tiempo que la vida que el Padre dio al Hijo al engendrarlo es coeterna con la vida del Padre que la dio; entienda, digo, que así como el Padre tiene en sí mismo que el Espíritu Santo proceda de Él, así ha dado al Hijo que el mismo Espíritu Santo proceda de Él, y ambas cosas fuera del tiempo; y que se dice que el Espíritu Santo procede del Padre de tal modo que se entienda que su proceder también del Hijo es una propiedad derivada por el Hijo del Padre. Pues si el Hijo tiene del Padre todo cuanto tiene, ciertamente tiene del Padre que el Espíritu Santo proceda también de Él. Pero nadie piense allí tiempos que impliquen un antes y un después; porque estas cosas no existen allí en absoluto. ¿Cómo, pues, no sería sumamente absurdo llamarlo Hijo de ambos, cuando, así como la generación desde el Padre, sin cambio alguno de naturaleza, da al Hijo la esencia sin principio de tiempo, así la procesión desde ambos, sin cambio alguno de naturaleza, da al Espíritu Santo la esencia sin principio de tiempo? Pues, aunque no decimos que el Espíritu Santo es engendrado, no por eso nos atrevemos a decir que es innegenerado, no sea que alguien sospeche en esta palabra o dos Padres en aquella Trinidad, o dos que no proceden de otro. Pues solo el Padre no es de otro, y por eso solo Él es llamado innegenerado, no ciertamente en las Escrituras, sino en el uso de los que disputan, que emplean el lenguaje que pueden en tan gran asunto. Y el Hijo nació del Padre; y el Espíritu Santo procede del Padre principalmente, dándole el Padre la procesión sin intervalo alguno de tiempo, aunque en común de ambos [el Padre y el Hijo]. Mas sería llamado Hijo del Padre y del Hijo si — cosa aborrecible al sentir de todas las mentes sanas — ambos lo hubieran engendrado. Por tanto, el Espíritu de ambos no es engendrado de ambos, sino que procede de ambos.
Qué es lo que basta aquí para resolver la cuestión de por qué no se dice que el Espíritu sea engendrado, y por qué solo el Padre es inengendrado. Qué deben hacer quienes no entienden estas cosas
XV, 27, 48–49
48. Pero como es dificilísimo distinguir la generación de la procesión en aquella Trinidad coeterna, igual, incorpórea e inefablemente inmutable e indivisible, baste por ahora presentar ante los que no pueden ser llevados más adelante lo que dijimos sobre este asunto en un sermón destinado a los oídos del pueblo cristiano, y que después de decirlo escribimos. Pues cuando, entre otras cosas, les había enseñado con testimonios de las Santas Escrituras que el Espíritu Santo procede de ambos, continúo: «Si, pues, el Espíritu Santo procede a la vez del Padre y del Hijo, ¿por qué dijo el Hijo: 'Él procede del Padre'? ¿Por qué, piensas, sino porque suele referir a Aquel de quien también Él mismo es, aquello que es propio suyo? De donde es también lo que dice: 'Mi doctrina no es mía, sino de Aquel que me envió'. Si, por tanto, se entiende aquí que es suya la doctrina que, sin embargo, dijo no ser suya, sino de Aquel que lo envió, ¿cuánto más se ha de entender allí que el Espíritu Santo procede también de Él mismo, donde dice: 'Él procede del Padre', de modo que no dice: 'No procede de mí'? De Aquel, ciertamente, de quien el Hijo tuvo la naturaleza divina —pues es Dios de Dios—, de Él tiene también que de Él proceda también el Espíritu Santo; y de ahí que el Espíritu Santo tenga del Padre mismo el que proceda también del Hijo, así como procede del Padre. Aquí también, de algún modo, puede entenderse esto, en cuanto puede ser entendido por los tales como nosotros: por qué no se dice que el Espíritu Santo nace, sino más bien que procede; pues si también Él fuera llamado Hijo, ciertamente sería llamado Hijo de ambos, lo cual es sumamente absurdo, ya que nadie es hijo de dos, sino de padre y madre. Pero lejos esté de nosotros imaginar algo semejante entre Dios Padre y Dios Hijo. Porque ni siquiera el hijo de los hombres procede a la vez del padre y de la madre, sino que cuando procede del padre hacia la madre, no procede entonces de la madre; y cuando procede de la madre a esta luz presente, no procede entonces del padre. Pero el Espíritu Santo no procede del Padre hacia el Hijo, ni del Hijo procede para santificar a la criatura, sino que procede a la vez de ambos; aunque el Padre ha dado esto al Hijo: que proceda, como de sí mismo, así también de Él. Pues no podemos decir que el Espíritu Santo no es vida, mientras que el Padre es vida y el Hijo es vida; y de aquí, así como el Padre, teniendo vida en sí mismo, ha dado también al Hijo tener vida en sí mismo, así le ha dado también que de Él proceda la vida, como procede también de Él mismo.» He trasladado esto de aquel sermón a este libro; pero hablaba a los creyentes, no a los incrédulos.
49. Pero si no son capaces de mirar esta imagen y de ver cuán verdaderas son estas cosas que están en su mente, y que, con todo, no son de tal modo tres que sean tres personas, sino que las tres pertenecen a un hombre que es una sola persona, ¿por qué no creen lo que hallan en los libros sagrados acerca de aquella Trinidad suma que es Dios, en lugar de exigir que se les dé una razón clarísima que no puede ser comprendida por la mente humana, torpe y enferma como es? Y ciertamente, cuando hayan creído firmemente en las Sagradas Escrituras como testigos verísimos, esfuércense, orando, buscando y viviendo bien, por entender, esto es, para que, en cuanto puede verse, vea la mente aquello que la fe mantiene firme. ¿Quién lo prohibiría? Más aún, ¿quién no los exhortaría a ello? Pero si piensan que deben negar que estas cosas existen porque con sus mentes ciegas no pueden discernirlas, también los ciegos de nacimiento deberían negar que existe el sol. La luz, pues, resplandece en las tinieblas; pero si las tinieblas no la comprenden, sean primero iluminados por el don de Dios, para que sean creyentes, y comiencen a ser luz en comparación con los incrédulos; y una vez puesto este fundamento, edifíquense para ver lo que creen, a fin de que en algún tiempo puedan ver. Pues algunas cosas se creen de tal modo que no pueden verse en absoluto. Porque Cristo no ha de ser visto una segunda vez en la cruz; pero si no se cree esto que así se hizo y se vio, de modo que ya no ha de esperarse como algo que ha de ser y ha de verse, no hay forma de llegar a Cristo, tal como sin fin ha de ser visto. Mas en lo que atañe a discernir de alguna manera por el entendimiento aquella naturaleza suma, inefable, incorpórea e inmutable, la mirada de la mente humana no puede ejercitarse en ningún lugar mejor —con tal de que la rija la regla de fe— que en aquello que el hombre mismo tiene en su propia naturaleza, mejor que los demás animales y mejor también que las demás partes de su propia alma: la mente misma, a la cual ha sido asignada una cierta vista de las cosas invisibles, y a la cual, como presidiendo con honor en un lugar más alto e interior, los sentidos corporales traen noticia de todas las cosas para que sean juzgadas; y por encima de la cual no hay nada más alto a lo que deba estar sujeta y por lo que deba ser gobernada, sino solo Dios.
50. Pero entre estas muchas cosas que ahora he dicho, y de las cuales nada me atrevo a afirmar haber dicho dignamente de la inefabilidad de aquella Trinidad suma, sino más bien confesar que el maravilloso conocimiento de Él es demasiado grande para mí y que no puedo alcanzarlo: oh tú, alma mía, ¿dónde te sientes estar? ¿Dónde yaces? ¿Dónde estás en pie? Hasta que sean sanadas todas tus enfermedades por Aquel que ha perdonado todas tus iniquidades. Tú te percibes ciertamente en aquel mesón adonde el samaritano llevó a aquel a quien halló medio muerto, con muchas heridas causadas por ladrones. Y sin embargo has visto muchas cosas verdaderas, no con aquellos ojos con que se ven los objetos coloreados, sino con aquellos por los cuales pedía el que dijo: «Vean mis ojos las cosas que son iguales.» Ciertamente, pues, has visto muchas cosas verdaderas y las has distinguido de aquella luz por la luz de la cual las has visto. Levanta los ojos a la luz misma y fíjalos en ella, si puedes. Porque así verás en qué difiere el nacimiento del Verbo de Dios de la procesión del Don de Dios, por lo cual el Hijo unigénito no dijo que el Espíritu Santo es engendrado del Padre —de lo contrario sería su hermano—, sino que procede de Él. De donde, puesto que el Espíritu de ambos es una especie de comunión consustancial del Padre y del Hijo, no se le llama —lejos esté de nosotros decirlo— Hijo de ambos. Pero tú no puedes fijar allí la mirada para discernir esto lúcida y claramente; sé que no puedes. Digo la verdad, me digo a mí mismo: sé lo que no puedo hacer; sin embargo, aquella luz misma te muestra en ti estas tres cosas, en las cuales puedes reconocer una imagen de la Trinidad suma, la cual aún no puedes contemplar con mirada firme. Ella misma te muestra que hay en ti una palabra verdadera, cuando nace de tu conocimiento, esto es, cuando decimos lo que sabemos; aunque no pronunciamos ni pensamos palabra articulada significativa en lengua alguna de nación alguna, sino que nuestro pensamiento es formado por aquello que sabemos; y hay en el ojo de la mente del que piensa una imagen semejante a aquel pensamiento que la memoria contenía, y la voluntad o el amor, como tercero, une a estos dos como a padre y prole. Y el que puede, ve y discierne que esta voluntad procede en verdad del pensamiento (pues nadie quiere aquello de lo que absolutamente ignora qué es o de qué índole es), y sin embargo no es imagen del pensamiento; y así, en esta cosa inteligible se insinúa una cierta diferencia entre nacimiento y procesión, puesto que contemplar con el pensamiento no es lo mismo que desear o, incluso, gozar con la voluntad. Tú también has podido [discernir esto], aunque no has podido ni puedes desenvolver con palabra adecuada lo que, en medio de las nubes de las semejanzas corporales, que no cesan de revolotear ante los pensamientos humanos, apenas has visto. Pero aquella luz que no eres tú te muestra también esto: que estas semejanzas incorpóreas de los cuerpos son distintas de la verdad, la cual, desechándolas, contemplamos con el entendimiento. Estas cosas, y otras semejantemente ciertas, aquella luz las ha mostrado a tus ojos interiores. ¿Qué razón hay, pues, para que no puedas ver aquella luz misma con mirada firme, sino ciertamente la enfermedad? ¿Y qué ha producido esto en ti, sino la iniquidad? ¿Quién es, pues, el que sana todas tus enfermedades, sino Aquel que perdona todas tus iniquidades? Y por tanto, pondré ya fin a este libro con una oración antes que con un argumento.
XV, 28, 51
51. Oh Señor Dios nuestro, creemos en ti, Padre, Hijo y Espíritu Santo. Pues la Verdad no diría: Id, bautizad a todas las naciones en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, si no fueras Trinidad. Ni nos mandarías, oh Señor Dios, ser bautizados en el nombre de quien no es el Señor Dios. Ni la voz divina habría dicho: Escucha, Israel, el Señor tu Dios es un solo Dios, si no fueras Trinidad de tal modo que seas un solo Señor Dios. Y si tú, oh Dios, fueras tú mismo el Padre, y fueras tú mismo el Hijo, tu Verbo Jesucristo, y el Espíritu Santo don tuyo, no leeríamos en el libro de la verdad: «Dios envió a su Hijo;» ni tú, oh Unigénito, dirías del Espíritu Santo: «a quien el Padre enviará en mi nombre;» y: «a quien yo os enviaré desde el Padre.» Dirigiendo mi propósito por esta regla de fe, en cuanto he podido, en cuanto tú me has hecho poder, te he buscado y he deseado ver con mi entendimiento lo que creía; y he discurrido y me he afanado mucho. Oh Señor, Dios mío, mi única esperanza, escúchame, no sea que por el cansancio deje de querer buscarte, «sino que busque siempre ardientemente tu rostro.» Dame tú fuerza para buscar, tú que me hiciste hallarte y me has dado la esperanza de hallarte más y más. Mi fuerza y mi enfermedad están ante tus ojos: conserva aquella y sana esta. Mi conocimiento y mi ignorancia están ante tus ojos; donde me has abierto, recíbeme al entrar; donde has cerrado, ábreme cuando llamo. Que te recuerde, te entienda y te ame. Aumenta estas cosas en mí, hasta que me renueves enteramente. Sé que está escrito: «En la multitud de palabras no escaparás del pecado.» Pero ¡ojalá hablara yo solo predicando tu palabra y alabándote! No solo huiría así del pecado, sino que ganaría buen mérito, por mucho que así hablara. Pues un hombre bienaventurado por ti no impondría un pecado a su propio hijo verdadero en la fe, a quien escribió: «Predica la palabra: insiste a tiempo y a destiempo.» ¿Hemos de decir que no habló mucho aquel que no calló tu palabra, oh Señor, no solo a tiempo, sino a destiempo? Pero por eso no fue mucho, porque fue solo lo necesario. Líbrame, oh Dios, de aquella multitud de palabras que padezco interiormente en mi alma, miserable como es ante tus ojos, y que huye refugiándose en tu misericordia; pues no callo en pensamientos, aun cuando callo en palabras. Y si, ciertamente, no pensara nada sino lo que a ti place, no te pediría que me libraras de tal multitud de palabras. Pero muchos son mis pensamientos, como tú sabes: «pensamientos de hombre, ya que son vanos.» Concédeme no consentir en ellos; y si alguna vez me deleitan, condenarlos, no obstante, y no morar en ellos como si durmiera. Ni prevalezcan tanto en mí que de ellos proceda algo en mis obras; mas al menos queden a salvo de ellos mis opiniones, quede a salvo mi conciencia, bajo tu protección. Cuando el sabio habló de ti en su libro, que ahora se llama con el nombre especial de Eclesiástico, «Hablamos» —dijo— «mucho, y nos quedamos cortos; y en suma de palabras, Él es todo.» Cuando, pues, hayamos llegado a ti, cesarán estas muchísimas cosas que hablamos y en las que nos quedamos cortos; y tú, como Uno, permanecerás «todo en todos.» Y diremos una sola cosa sin fin, alabándote en Uno, hechos también nosotros uno en ti. Oh Señor, Dios uno, Dios Trinidad, lo que en estos libros he dicho de lo tuyo, reconózcanlo los tuyos; si algo es mío, perdónalo tú y los tuyos. Amén.
Comentario editorial · La oración final
El tratado acaba en oración, como el de Hilario, según anota Bogan (Fathers of the Church 60, p. 150). En ella, Agustín pide: «Que te recuerde, te entienda y te ame»: los tres actos que, según XIV, 15, hacen de la mente imagen de Dios cuando se dirigen a él. Y termina: «lo que en estos libros he dicho de lo tuyo, reconózcanlo los tuyos; si algo es mío, perdónalo tú y los tuyos». Shedd cita este final en su ensayo como muestra del sentido que Agustín tiene de la inescrutabilidad de Dios.
Para ampliar: Libro XV, capítulo 28, en CCEL (XV, 28).
Notas, recepción y bibliografía
Acompañamiento editorial
Agustín no prueba la Trinidad por una sola vía. En la primera mitad lee con una regla —forma de Dios y forma de siervo (I, 11, 22)— los textos que parecen poner al Hijo o al Espíritu por debajo del Padre; distingue lo que se dice de Dios «según la sustancia» de lo que se dice «relativamente» (V, 5 a 9); y declara que «tres personas» se dijo «no para que fuera dicho [completamente], sino para que no se dejara [del todo] sin decir» (V, 9, 10). En la segunda busca en el alma humana imágenes de lo que ya ha afirmado por la fe, y él mismo marca el límite: según Ayres, en el libro XV advierte que la tríada se halla en el hombre pero no es el hombre, mientras que la Trinidad se identifica con Dios, y que sus tres términos no equivalen a las tres personas (XV, 7, 11).
La recepción se lee de dos maneras en las fuentes que se han consultado. Bogan (Fathers of the Church 60) dice, citando a B. Altaner, que la obra «completa esencialmente» la especulación patrística sobre la Trinidad y marca el paso de la teología griega a la latina; que sus principios los siguieron, con pocas excepciones, los teólogos occidentales y que los escolásticos los elaboraron. Wikipedia, en el artículo sobre el Filioque, la cuenta como el fundamento de la teología trinitaria latina posterior y de la doctrina del Filioque. Ayres, por su parte, discute la imagen de un Agustín que parte de la unidad de la esencia y la pone antes de las personas: lo lee como uno de los grandes pro-nicenos latinos, para quien no hay sustancia «detrás» de las tres personas (pp. 375 a 382 de Nicaea and Its Legacy). Shedd, que anota la versión de base, ve en la segunda mitad una defensa racional de lo que la primera deduce de la Escritura (ensayo introductorio, en CCEL); su lectura es la de un teólogo presbiteriano y no la única posible.
Límites. La fecha de composición depende de a quién se lea: 400–416 (Bogan), 400–428 como tope (Haddan, Shedd). Las identificaciones, las fechas y las explicaciones de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué, y la lectura del editor se marca como tal. La traducción castellana es automática y nadie la ha revisado frase a frase: conserva erratas aisladas («encomiandan», en X, 1) y calcos del inglés o del latín («prepóstera», XI, 8; «abandonador y asaltador», XIII, 17; «innegenerado», XV, 26, 47), que no se corrigen aquí.