Se plantea la cuestión de cómo llama el apóstol a Cristo «poder de Dios y sabiduría de Dios.» Y se suscita el argumento de si el Padre no es la sabiduría misma, sino solo el Padre de la sabiduría; o si la Sabiduría engendró a la Sabiduría. Pero la respuesta a esto se difiere un poco, mientras se prueba la unidad y la igualdad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; y que debemos creer en una Trinidad, no en un dios triple (triplicem). Por último, se explica aquella sentencia de Hilario: eternidad en el Padre, forma en la imagen, uso en el don.
El Hijo, según el Apóstol, es Poder y Sabiduría del Padre. De aquí el razonamiento de los católicos contra los primeros arrianos. Se suscita una dificultad: si el Padre no es la Sabiduría misma, sino solo el Padre de la sabiduría
VI, 1, 1–2
1. Algunos piensan que se les impide admitir la igualdad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo porque está escrito: «Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios;» en que, por este motivo, no parece haber igualdad; porque el Padre no es Él mismo poder y sabiduría, sino el engendrador del poder y de la sabiduría. Y, en verdad, suele preguntarse con no poca seriedad de qué modo puede llamarse Dios Padre del poder y de la sabiduría. Pues dice el apóstol: «Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios.» Y de ahí que algunos de los nuestros hayan razonado de este modo contra los arrianos, al menos contra aquellos que primero se alzaron contra la fe católica. Pues se cuenta que el propio Arrio dijo que, si es Hijo, entonces nació; si nació, hubo un tiempo en que el Hijo no existía: no comprendiendo que, para Dios, incluso nacer es desde toda la eternidad; de modo que el Hijo es coeterno con el Padre, como el resplandor que es producido y difundido por el fuego es coetáneo con él, y sería coeterno si el fuego fuera eterno. Y por eso algunos de los arrianos posteriores abandonaron aquella opinión y confesaron que el Hijo de Dios no comenzó a ser en el tiempo. Pero entre los argumentos que los nuestros solían emplear contra quienes decían que hubo un tiempo en que el Hijo no existía, algunos solían aducir este: Si el Hijo de Dios es el poder y la sabiduría de Dios, y Dios nunca estuvo sin poder y sin sabiduría, entonces el Hijo es coeterno con Dios Padre; pero dice el apóstol: «Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios;» y sería insensato decir que Dios en algún tiempo no tuvo poder o sabiduría; por tanto, no hubo tiempo alguno en que el Hijo no existiera.
2. Ahora bien, este argumento nos obliga a decir que Dios Padre no es sabio sino teniendo la sabiduría que engendró, no que el Padre en sí mismo sea la sabiduría misma. Además, si así es, así como también el Hijo mismo es llamado Dios de Dios, Luz de Luz, hemos de considerar si puede llamarse sabiduría de sabiduría, si Dios Padre no es la sabiduría misma, sino solo el engendrador de la sabiduría. Y si sostenemos esto, ¿por qué no es también engendrador de su propia grandeza, y de su propia bondad, y de su propia eternidad, y de su propia omnipotencia; de modo que no sea Él mismo su propia grandeza, y su propia bondad, y su propia eternidad, y su propia omnipotencia; sino que es grande con aquella grandeza que engendró, y bueno con aquella bondad, y eterno con aquella eternidad, y omnipotente con aquella omnipotencia que nació de Él; así como Él mismo no es su propia sabiduría, sino que es sabio con aquella sabiduría que nació de Él? Pues no tenemos por qué temer que se nos obligue a decir que hay muchos hijos de Dios, además de la adopción de la criatura, coeternos con el Padre, si Él fuera el engendrador de su propia grandeza, bondad, eternidad y omnipotencia. Porque es fácil responder a esta cavilación que de ningún modo se sigue, por el hecho de que se nombren muchas cosas, que Él haya de ser Padre de muchos hijos coeternos; así como tampoco se sigue que sea Padre de dos hijos, porque se dice que Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios. Pues ciertamente aquello es el poder que es la sabiduría, y aquello es la sabiduría que es el poder; y de igual modo, por tanto, en lo demás; de suerte que aquello es la grandeza que es el poder, o cualquier otra de aquellas cosas que han sido mencionadas arriba o que en adelante se mencionen.
VI, 2, 3
3. Pero si nada se dice del Padre como tal, excepto lo que se dice de Él en relación con el Hijo, es decir, que es su padre, o engendrador, o principio; y si también el engendrador es, por consecuencia, principio de aquello que engendra de sí mismo; pero todo lo demás que se dice de Él se dice así con el Hijo, o más bien en el Hijo; ya sea que sea grande con aquella grandeza que engendró, o justo con aquella justicia que engendró, o bueno con aquella bondad que engendró, o poderoso con aquella fuerza o poder que engendró, o sabio con aquella sabiduría que engendró: sin embargo, no se dice que el Padre sea la grandeza misma, sino el engendrador de la grandeza; pero el Hijo, en cuanto se le llama el Hijo como tal, no se le llama así con el Padre, sino en relación a el Padre, así no es grande en y por sí mismo, sino con el Padre, de quien Él es la grandeza; y así también se le llama sabio con el Padre, de quien Él mismo es la sabiduría; así como el Padre es llamado sabio con el Hijo, porque es sabio con aquella sabiduría que engendró; por tanto, el uno no es llamado sin el otro, sea lo que fuere lo que se les llama en respecto a sí mismos; es decir, sea lo que fuere lo que se les llama que manifiesta su naturaleza esencial, ambos son llamados así juntamente—si esto es así, entonces el Padre no es Dios sin el Hijo, ni el Hijo Dios sin el Padre, sino que ambos juntos son Dios. Y lo que se dice, «En el principio era el Verbo,» significa que el Verbo estaba en el Padre. O si «En el principio» se entiende que significa: Antes de todas las cosas; entonces en lo que sigue, «Y el Verbo estaba con Dios,» se entiende que el Hijo solo es el Verbo, no el Padre y el Hijo juntos, como si ambos fueran un solo Verbo (pues Él es el Verbo del mismo modo que es la Imagen, pero el Padre y el Hijo no son ambos juntos la Imagen, sino que el Hijo solo es la Imagen del Padre: así como Él es también el Hijo del Padre, pues ambos juntos no son el Hijo). Pero en lo que se añade, «Y el Verbo estaba con Dios,» hay mucha razón para entenderlo así: «El Verbo,» que es el Hijo solo, «estaba con Dios,» que no es el Padre solo, sino Dios el Padre y el Hijo juntos. Pero, ¿qué maravilla hay en que esto pueda decirse de cosas dobles muy diferentes entre sí? Pues ¿qué cosas son tan diferentes como el alma y el cuerpo? Sin embargo, podemos decir que el alma estaba con un hombre, es decir, en un hombre; aunque el alma no es el cuerpo, y el hombre es alma y cuerpo juntos. De modo que lo que sigue en la Escritura, «Y el Verbo era Dios,» puede entenderse así: El Verbo, que no es el Padre, era Dios juntamente con el Padre. ¿Hemos de decir, pues, que el Padre es el engendrador de su propia grandeza, es decir, el engendrador de su propio poder, o el engendrador de su propia sabiduría; y que el Hijo es grandeza, y poder, y sabiduría; pero que el Dios grande, omnipotente y sabio, es ambos juntos? ¿Cómo, entonces, Dios de Dios, Luz de Luz? Pues no ambos juntos son Dios de Dios, sino solo el Hijo es de Dios, es decir, del Padre; ni ambos juntos son Luz de Luz, sino solo el Hijo es de Luz, es decir, del Padre. A no ser, acaso, que se haya dicho Dios de Dios, y Luz de Luz, o cualquier otra cosa semejante, para insinuar e inculcar brevemente que el Hijo es coeterno con el Padre: como si se dijera, Esto que no es el Hijo sin el Padre, de esto que no es el Padre sin el Hijo; es decir, esta Luz que no es Luz sin el Padre, de aquella Luz, es decir, el Padre, que no es Luz sin el Hijo; de modo que, cuando se dice, Dios que no es el Hijo sin el Padre, y de Dios que no es el Padre sin el Hijo, se entienda perfectamente que el Engendrador no precedió a aquello que engendró. Y si esto es así, entonces solo esto no puede decirse de ellos, a saber, esto o aquello de esto o aquello, que no son ambos juntos. Así como no se puede decir que el Verbo sea de el Verbo, porque ambos no son juntos el Verbo, sino solo el Hijo; ni imagen de imagen, puesto que no son ambos juntos la imagen; ni Hijo de Hijo, puesto que ambos juntos no son el Hijo, según aquello que se dice, «Yo y mi Padre somos uno.» Pues «somos uno» significa, lo que Él es, eso soy yo también; según la esencia, no según la relación.
Que la unidad de la esencia del Padre y del Hijo ha de deducirse de las palabras, «Somos uno.» El Hijo es igual al Padre tanto en sabiduría como en todas las demás cosas
VI, 3, 4–5
4. Y no sé si las palabras, «Son uno,» se encuentran alguna vez en la Escritura dichas de cosas cuya naturaleza es diferente. Pero si hay más de una cosa de la misma naturaleza, y difieren en sentimiento, no son uno, y esto en cuanto difieren en sentimiento. Pues si los discípulos fueran ya uno por el hecho de ser hombres, no diría, «Para que sean uno, como nosotros somos uno,» al encomendarlos al Padre. Pero porque Pablo y Apolos eran ambos igualmente hombres, y también de semejantes sentimientos, «El que planta,» dice, «y el que riega son uno.» Por tanto, cuando algo es llamado uno de tal modo que no se añade en qué es uno, y sin embargo más de una cosa se llama uno, se significa la misma esencia y naturaleza, no diferente ni en desacuerdo. Pero cuando se añade en qué es uno, puede entenderse que algo se hace uno a partir de más de una cosa, aunque sean de naturaleza diferente. Como el alma y el cuerpo ciertamente no son uno; pues, ¿qué cosas son tan diferentes? A no ser que se añada, o se entienda, en qué son uno, es decir, un hombre, o un animal [persona]. De ahí dice el apóstol, «El que se junta con una ramera, es un cuerpo;» no dice, son uno o él es uno; sino que añadió «cuerpo,» como si fuera un solo cuerpo compuesto por la unión de dos cuerpos diferentes, masculino y femenino. Y, «El que se une al Señor,» dice, es un solo espíritu: no dijo, el que se une al Señor es uno, o son uno; sino que añadió, «espíritu.» Pues el espíritu del hombre y el Espíritu de Dios son de naturaleza diferente; pero al unirse se hacen un solo espíritu de dos espíritus diferentes, de modo que el Espíritu de Dios es bienaventurado y perfecto sin el espíritu humano, pero el espíritu del hombre no puede ser bienaventurado sin Dios. Ni sin causa, creo, que cuando el Señor dijo tanto en el Evangelio según Juan, y tan a menudo, acerca de la unidad misma, ya sea de la suya con el Padre, ya de la nuestra recíprocamente entre nosotros; en ninguna parte ha dicho que también seamos uno con Él mismo, sino, «para que sean uno, como también nosotros somos uno.» Por tanto, el Padre y el Hijo son uno, sin duda según la unidad de sustancia; y hay un solo Dios, y uno grande, y uno sabio, como hemos argumentado.
5. ¿De dónde, pues, es mayor el Padre? Porque si es mayor, es mayor por la grandeza; pero como el Hijo es su grandeza, ciertamente ni el Hijo es mayor que Aquel que lo engendró, ni el Padre es mayor que aquella grandeza por la cual es grande; por tanto, son iguales. Pues ¿de dónde es igual, si no en aquello que Él es, para quien no es una cosa ser y otra ser grande? O si el Padre es mayor en eternidad, el Hijo no es igual en nada en absoluto. Pues ¿de dónde igual? Si dices en grandeza, aquella grandeza no es igual que es menos eterna, y así en todas las demás cosas. ¿O acaso es igual en poder, pero no igual en sabiduría? Pero ¿cómo es igual aquel poder que es menos sabio? ¿O es igual en sabiduría, pero no igual en poder? Pero ¿cómo es igual aquella sabiduría que es menos poderosa? Queda, por tanto, que si no es igual en algo, no es igual en todo. Pero la Escritura proclama, que «no tuvo por rapiña el ser igual a Dios.» Por tanto, cualquier adversario de la verdad, con tal que se sienta obligado por la autoridad, necesariamente ha de confesar que el Hijo es igual a Dios en cada una de las cosas. Elija lo que quiera; a partir de ello se le mostrará, que es igual en todas las cosas que se dicen de su sustancia.
VI, 4, 6
6. Pues de manera semejante, las virtudes que hay en la mente humana, aunque cada una tiene su propio y diferente significado, no son en modo alguno separables entre sí; de modo que, por ejemplo, quienes fueran iguales en fortaleza, son iguales también en prudencia, templanza y justicia. Pues si dices que tales y tales hombres son iguales en fortaleza, pero que uno de ellos es mayor en prudencia, se sigue que la fortaleza del otro es menos prudente, y así no son iguales en fortaleza, puesto que la fortaleza del primero es más prudente. Y así hallarás que sucede con las demás virtudes, si las consideras una por una. Pues la cuestión no es de la fuerza del cuerpo, sino de la fortaleza de la mente. ¿Cuánto más, por tanto, sucede esto en aquella sustancia inmutable y eterna, que es incomparablemente más simple que la mente humana? Puesto que, en la mente humana, ser no es lo mismo que ser fuerte, o prudente, o justo, o templado; porque una mente puede existir, y sin embargo no tener ninguna de estas virtudes. Pero en Dios, ser es lo mismo que ser fuerte, o ser justo, o ser sabio, o cualquier cosa que se diga de aquella multiplicidad simple, o simplicidad multiforme, con la que se significa su sustancia. Por lo cual, ya sea que digamos Dios de Dios de tal modo que este nombre pertenezca a cada uno, pero no de modo que ambos juntos sean dos dioses, sino un solo Dios; pues están unidos entre sí de tal manera que, según el testimonio del apóstol, puede darse incluso en sustancias diversas y diferentes; porque tanto el Señor solo es Espíritu, como el espíritu del hombre solo es ciertamente espíritu; sin embargo, si se adhiere al Señor, «es un solo espíritu:» ¿cuánto más allí, donde hay una unión absolutamente inseparable y eterna, de modo que no parezca absurdo llamarlo, por así decirlo, Hijo de ambos, cuando es llamado Hijo de Dios, si lo que se llama Dios solo se dice de ambos juntos? ¿O acaso es que todo lo que se dice de Dios para indicar su sustancia, no se dice sino de ambos juntos, e incluso de la Trinidad misma juntamente? Sea, pues, esto o aquello (lo cual requiere una indagación más atenta), por ahora basta ver de lo dicho que el Hijo no es en ningún respecto igual al Padre, si se halla que es desigual en algo que tenga que ver con significar su sustancia, como ya hemos mostrado. Pero el apóstol ha dicho que Él es igual. Por tanto, el Hijo es igual al Padre en todas las cosas, y es de una y la misma sustancia.
VI, 5, 7
7. Por lo cual también el Espíritu Santo consiste en la misma unidad de sustancia y en la misma igualdad. Pues ya sea que Él sea la unidad de ambos, o la santidad, o el amor, o por tanto la unidad porque el amor, y por tanto el amor porque la santidad, es manifiesto que no es uno de los dos, por quien los dos se unen, por quien el Engendrado es amado por el Engendrador, y ama a Aquel que lo engendró, y por quien, no por participación, sino por su propia esencia, ni por el don de algún superior, sino por lo suyo propio, están «guardando la unidad del Espíritu en el vínculo de la paz;» lo cual se nos manda imitar por gracia, tanto hacia Dios como hacia nosotros mismos. «De estos dos mandamientos penden toda la ley y los profetas.» Así pues, aquellos tres son Dios, uno, solo, grande, sabio, santo, bienaventurado. Pero nosotros somos bienaventurados de Él, y por Él, y en Él; porque nosotros mismos somos uno por su don, y un solo espíritu con Él, porque nuestra alma se adhiere a Él para seguirlo. Y bueno es para nosotros adherirnos a Dios, puesto que Él destruirá a todo hombre que se aleje de Él. Por tanto, el Espíritu Santo, sea lo que fuere, es algo común tanto al Padre como al Hijo. Pero aquella comunión misma es consustancial y coeterna; y si se puede llamar convenientemente amistad, llámese así; pero más apropiadamente se llama amor. Y esto es también una sustancia, puesto que Dios es una sustancia, y «Dios es amor,» como está escrito. Pero como Él es una sustancia juntamente con el Padre y el Hijo, así aquella sustancia es juntamente con ellos grande, y juntamente con ellos buena, y juntamente con ellos santa, y todo lo demás que se dice con referencia a la sustancia; puesto que para Dios no es una cosa ser, y otra ser grande o ser bueno, y lo demás, como hemos mostrado arriba. Pues si el amor es menos grande allí [es decir, en Dios] que la sabiduría, entonces la sabiduría es amada en menor grado que según lo que es; el amor es, por tanto, igual, para que la sabiduría sea amada según su ser; pero la sabiduría es igual al Padre, como hemos probado arriba; por tanto, también el Espíritu Santo es igual; y si igual, igual en todas las cosas, a causa de la simplicidad absoluta que hay en aquella sustancia. Y por tanto, no son más de tres: Uno que ama a Aquel que es de sí mismo, y Uno que ama a Aquel de quien es, y el Amor mismo. Y si este último es nada, ¿cómo es «Dios amor»? Si no es sustancia, ¿cómo es Dios sustancia?
VI, 6, 8
8. Pero si se pregunta cómo aquella sustancia es a la vez simple y múltiple: considérese, primero, por qué la criatura es múltiple, pero en modo alguno verdaderamente simple. Y, en primer lugar, todo lo que es cuerpo se compone ciertamente de partes; de modo que en él una parte es mayor, otra menor, y el todo es mayor que cualquier parte, por grande que sea. Pues el cielo y la tierra son partes de toda la mole del mundo; y la tierra sola, y el cielo solo, se componen de innumerables partes; y su tercera parte es menor que el resto, y la mitad de él es menor que el todo; y el cuerpo entero del mundo, que suele llamarse por sus dos partes, es decir, el cielo y la tierra, es ciertamente mayor que el cielo solo o la tierra sola. Y en cada cuerpo, el tamaño es una cosa, el color otra, la forma otra; pues el mismo color y la misma forma pueden permanecer con tamaño disminuido; y la misma forma y el mismo tamaño pueden permanecer con el color cambiado; y aunque la misma forma no permanezca, la cosa puede ser igual de grande y del mismo color. Y todas las demás cosas que se predican juntamente del cuerpo pueden cambiarse todas a la vez, o la mayor parte de ellas sin las demás. Y de aquí se prueba concluyentemente que la naturaleza del cuerpo es múltiple, y en ningún respecto simple. La criatura espiritual también, es decir, el alma, es en verdad la más simple de las dos si se compara con el cuerpo; pero si omitimos la comparación con el cuerpo, es múltiple, y ella misma tampoco es simple. Pues por esta razón es más simple que el cuerpo, porque no se difunde en masa por extensión de lugar, sino que en cada cuerpo está toda en el todo, y toda en cada una de sus partes; y, por tanto, cuando algo sucede en cualquier partícula pequeña del cuerpo, tal como el alma puede sentir, aunque no suceda en todo el cuerpo, sin embargo el alma entera lo siente, puesto que el alma entera no es inconsciente de ello. Pero, no obstante, puesto que en el alma también una cosa es ser hábil, otra ser indolente, otra ser inteligente, otra ser de memoria tenaz; puesto que la codicia es una cosa, el temor otra, el gozo otra, la tristeza otra; y puesto que cosas innumerables, y de innumerables maneras, se hallan en la naturaleza del alma, algunas sin otras, y algunas más, algunas menos; es manifiesto que su naturaleza no es simple, sino múltiple. Pues nada simple es mudable, pero toda criatura es mudable.
VI, 7, 8–9
Pero Dios se llama con verdad de muchas maneras: grande, bueno, sabio, bienaventurado, verdadero, y cualquier otra cosa que no parezca decirse de Él indignamente; pero su grandeza es lo mismo que su sabiduría; pues no es grande por mole, sino por poder; y su bondad es lo mismo que su sabiduría y su grandeza, y su verdad lo mismo que todas estas cosas; y en Él no es una cosa ser bienaventurado, y otra ser grande, o sabio, o verdadero, o bueno, o, en una palabra, ser Él mismo.
9. Ni por ser Trinidad ha de pensarse que es triple (triplex); de lo contrario el Padre solo, o el Hijo solo, sería menos que el Padre y el Hijo juntos. Aunque, ciertamente, es difícil ver cómo podemos decir o el Padre solo o el Hijo solo; puesto que el Padre está siempre e inseparablemente con el Hijo, y el Hijo con el Padre: no porque ambos sean el Padre, o ambos sean el Hijo; sino porque siempre son uno en relación al otro, y ni el uno ni el otro están solos. Pero así como llamamos Dios solo aun a la Trinidad misma, aunque Él está siempre con los espíritus santos y las almas santas, y decimos que solo Él es Dios, porque ellos no son también Dios con Él; así llamamos Padre solo al Padre, no porque esté separado del Hijo, sino porque no son ambos juntamente el Padre.
VI, 8, 9
Siendo, pues, el Padre solo, o el Hijo solo, o el Espíritu Santo solo, tan grande como el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo juntos, de ningún modo ha de llamarse triple. Porque los cuerpos crecen al unirse entre sí. Pues aunque el que se une a su esposa es un solo cuerpo, sin embargo es un cuerpo mayor que el del esposo solo o el de la esposa sola. Pero en las cosas espirituales, cuando lo menor se adhiere a lo mayor, como la criatura al Creador, lo primero se hace mayor de lo que era, no lo segundo. Porque en las cosas que no son grandes por mole, ser mayor es ser mejor. Y el espíritu de cualquier criatura se hace mejor cuando se adhiere al Creador, que si no se adhiriera; y, por tanto, también mayor, porque es mejor. «El que» se une al Señor es un solo espíritu; pero no por eso el Señor se hace mayor, aunque sí se hace mayor el que se une al Señor. Por tanto, en Dios mismo, cuando el Hijo igual, o el Espíritu Santo igual al Padre y al Hijo, se une al Padre igual, Dios no se hace mayor que cada uno de ellos por separado; porque aquella perfección no puede crecer. Y sea el Padre, o el Hijo, o el Espíritu Santo, es perfecto; y Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo es perfecto; y por tanto es Trinidad más bien que triple.
VI, 9, 10
10. Y puesto que estamos mostrando cómo podemos decir "el Padre solo", porque no hay Padre en la divinidad sino Él mismo, debemos considerar también la opinión que sostiene que el único Dios verdadero no es el Padre solo, sino el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Porque si alguien preguntara si el Padre solo es Dios, ¿cómo puede responderse que no lo es, a no ser que digamos que el Padre ciertamente es Dios, pero que no es Dios solo, sino que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Dios solo? Pero entonces, ¿qué haremos con aquel testimonio del Señor? Pues Él hablaba al Padre, y había nombrado al Padre como aquel a quien hablaba, cuando dice: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero.» Y esto suelen tomarlo los arrianos como si el Hijo no fuera Dios verdadero. Pero, dejándolos de lado, hemos de ver si, cuando se dice al Padre: «Que te conozcan a ti, el único Dios verdadero», nos vemos forzados a entenderlo como si quisiera dar a entender que el Padre solo es el Dios verdadero; no sea que no entendamos que hay algún Dios sino los tres juntos, Padre, Hijo y Espíritu Santo. ¿Acaso, por el testimonio del Señor, hemos de llamar al Padre el único Dios verdadero, y al Hijo el único Dios verdadero, y al Espíritu Santo el único Dios verdadero, y al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo juntos, es decir, a la Trinidad misma junta, no tres dioses verdaderos, sino un único Dios verdadero? ¿O porque añadió: «y a Jesucristo, a quien tú enviaste», hemos de suplir «el único Dios verdadero»; de modo que el orden de las palabras sea este: «Que te conozcan a ti, y a Jesucristo, a quien tú enviaste, el único Dios verdadero?» ¿Por qué, pues, omitió mencionar al Espíritu Santo? ¿Acaso porque se sigue que, siempre que nombramos a Uno que se adhiere a Uno con tan grande armonía que por ella ambos son uno, esa misma armonía ha de entenderse, aunque no se mencione? Pues también en aquel lugar el Apóstol parece pasar por alto al Espíritu Santo; y, sin embargo, también allí se le entiende, donde dice: «Todo es vuestro, y vosotros sois de Cristo, y Cristo es de Dios.» Y también: «La cabeza de la mujer es el varón, la cabeza del varón es Cristo, y la cabeza de Cristo es Dios.» Pero, a su vez, si Dios es solo los tres juntos, ¿cómo puede Dios ser cabeza de Cristo, es decir, la Trinidad cabeza de Cristo, si Cristo está en la Trinidad para que sea la Trinidad? ¿Acaso lo que es el Padre con el Hijo es cabeza de lo que es el Hijo solo? Porque el Padre con el Hijo es Dios, pero el Hijo solo es Cristo; sobre todo porque es ya el Verbo hecho carne el que habla; y según esta humillación suya, también el Padre es mayor que Él, como dice: «porque mi Padre es mayor que yo»; de modo que el ser mismo de Dios, que para Él es uno con el Padre, es la cabeza del hombre mediador, que Él es solo. Porque si con razón llamamos a la mente lo principal del hombre, es decir, como la cabeza de la sustancia humana, aunque el hombre mismo junto con la mente sea hombre, ¿por qué no ha de ser el Verbo con el Padre, que juntamente es Dios, mucho más convenientemente y con mucha más razón cabeza de Cristo, aunque Cristo en cuanto hombre no puede entenderse sino con el Verbo que se hizo carne? Pero esto, como ya dijimos, lo consideraremos con algo más de cuidado más adelante. Por ahora, la igualdad y la una y misma sustancia de la Trinidad ha quedado demostrada tan brevemente como ha sido posible, para que, de cualquier modo que se determine aquella otra cuestión, cuyo examen más riguroso hemos diferido, nada nos impida confesar la absoluta igualdad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.
De los atributos que Hilario asigna a cada persona. La Trinidad está representada en las cosas que han sido hechas
VI, 10, 11–12
11. Cierto escritor, queriendo indicar brevemente los atributos propios de cada una de las personas en la Trinidad, nos dice que «la eternidad está en el Padre, la forma en la Imagen y el uso en el Don». Y como fue varón de no escasa autoridad en el manejo de las Escrituras y en la afirmación de la fe —pues fue Hilario quien puso esto en su libro (Sobre la Trinidad, ii.)—, he indagado, en cuanto he podido, el sentido oculto de estas palabras, a saber: del Padre, de la Imagen y del Don; de la eternidad, de la forma y del uso. Y no creo que con la palabra eternidad quisiera dar a entender otra cosa sino que el Padre no tiene un padre del cual proceda; pero el Hijo procede del Padre, de modo que es y es coeterno con Él. Porque si una imagen llena perfectamente la medida de aquello de lo cual es imagen, entonces la imagen se hace igual a aquello de lo cual es imagen, y no lo otro a su propia imagen. Y respecto de esta imagen, creo que llamó forma a causa de la cualidad de la hermosura, donde hay a la vez congruencia tan grande, e igualdad primera, y semejanza primera, que en nada difiere, en nada es desigual y en parte alguna es desemejante, sino que responde exactamente a Aquel de quien es imagen; donde hay vida primera y absoluta, para la cual no es una cosa vivir y otra ser, sino lo mismo ser y vivir; e intelecto primero y absoluto, para el cual no es una cosa vivir y otra entender, sino que entender es vivir y es ser, y todas las cosas son uno: como un Verbo perfecto [], al que nada falta, y cierta pericia del Dios omnipotente y sabio, llena de todas las ciencias vivas e inmutables, y todas ellas una en Él, como Él mismo es uno de uno, con quien es uno. En esto conoció Dios todas las cosas que hizo por Él; y por esto, mientras los tiempos pasan y se suceden, nada pasa ni se sucede para el conocimiento de Dios. Porque las cosas creadas no son conocidas por Dios porque hayan sido hechas; y no más bien han sido hechas, aun siendo mudables, porque son conocidas inmutablemente por Él. Por tanto, aquella inefable conjunción del Padre y de su Imagen no carece de fruición, ni de amor, ni de gozo. Por tanto, aquel amor, deleite, felicidad o bienaventuranza, si es que puede expresarse dignamente con alguna palabra humana, es llamado por él, en suma, Uso; y es el Espíritu Santo en la Trinidad, no engendrado, sino dulzura del engendrador y del engendrado, que llena a todas las criaturas según su capacidad con abundante generosidad y copiosidad, para que conserven su propio orden y descansando queden satisfechas en su propio lugar.
12. Todas estas cosas, pues, que son hechas por la pericia divina, muestran en sí mismas cierta unidad, forma y orden; porque cada una de ellas es, por una parte, algo uno, como son las diversas naturalezas de los cuerpos y las disposiciones de las almas; y está plasmada en alguna forma, como son las figuras o cualidades de los cuerpos y los diversos saberes o pericias de las almas; y busca o conserva cierto orden, como son los diversos pesos o combinaciones de los cuerpos y los amores o deleites de las almas. Por tanto, cuando consideramos al Creador, que es entendido por las cosas que han sido hechas, necesariamente hemos de entender la Trinidad, de la cual aparecen huellas en la criatura, como conviene. Pues en aquella Trinidad está la fuente suprema de todas las cosas, y la hermosura perfectísima, y el deleite más bienaventurado. Así, pues, estos tres parecen determinarse mutuamente unos a otros, y son en sí mismos infinitos. Pero aquí, en las cosas corpóreas, una sola cosa no es tanto como las tres juntas, y dos son algo más que una; pero en aquella altísima Trinidad, uno es tanto como los tres juntos, y dos no son nada más que uno. Y son en sí mismos infinitos. Así, cada uno está en cada uno, y todos en cada uno, y cada uno en todos, y todos en todos, y todos son uno. Quien ve esto, sea en parte, sea «en espejo y en enigma», alégrese en conocer a Dios; y hónrelo como Dios, y dé gracias; pero quien no lo ve, esfuércese por verlo por la piedad, y no por objetarlo por la ceguera. Porque Dios es uno, y sin embargo es Trinidad. Ni hemos de tomar las palabras «de quien, por quien y para quien son todas las cosas» como usadas indistintamente [es decir, para denotar una unidad sin distinciones]; ni tampoco para denotar muchos dioses, pues «a Él sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén.»
Comentario editorial · Hilario y su fórmula
Agustín cita a «cierto escritor», que identifica con Hilario (Sobre la Trinidad, II): «la eternidad está en el Padre, la forma en la Imagen y el uso en el Don». El latín que da es aeternitas in Patre, species in imagine, usus in munere. En la versión inglesa de Hilario del NPNF (2.ª serie, vol. 9), II, 1 dice «infinity in the Eternal, His Likeness in His express Image, our enjoyment of Him in the Gift»: las dos fórmulas no coinciden palabra por palabra, y Agustín no dice de qué ejemplar cita. Según Wikipedia, Hilario compuso su De Trinitate en 359 y 360; Haddan anota que, de lo escrito antes sobre el tema, Agustín solo cita directamente esa obra. Este sitio tiene el De Trinitate de Hilario como obra en trabajo.