Explica para qué fue enviado el Hijo de Dios, a saber, que, muriendo Cristo por los pecadores, fuésemos convencidos de cuán grande es el amor de Dios hacia nosotros, y también de qué clase de hombres somos nosotros, a quienes Él amó. Que el Verbo vino en la carne, con el fin también de capacitarnos para ser purificados a fin de contemplar y adherirnos a Dios. Que nuestra doble muerte fue abolida por su muerte, que es una y única. Y a este propósito se discute cómo la muerte única de nuestro Salvador armoniza para la salvación con nuestra doble muerte; y se trata con amplitud la perfección del número senario, al cual es reducible la razón misma de lo simple a lo doble. Que todos son reunidos de muchos en uno por el único Mediador de la vida, a saber, Cristo, por quien solamente se obra la verdadera purificación del alma. Además se demuestra que el Hijo de Dios, aunque fue hecho menor por haber sido enviado, a causa de la forma de siervo que tomó, no es por ello menor que el Padre según la forma de Dios, porque fue enviado por sí mismo: y que la misma explicación ha de darse del envío del Espíritu Santo.
IV, prefacio, 1
1. Los hombres comúnmente tienen en gran estima el conocimiento de las cosas terrenas y celestiales. Sin embargo, juzgan sin duda mejor quienes prefieren a ese conocimiento el conocimiento de sí mismos; y es más digna de alabanza la mente que conoce incluso su propia debilidad, que aquella que, sin atender a esto, escudriña, y aun llega a conocer, los caminos de los astros, o que retiene firmemente tal conocimiento ya adquirido, ignorando el camino por el cual ella misma ha de entrar en su propia salud y fortaleza. Pero si alguien ha despertado ya hacia Dios, encendido por el calor del Espíritu Santo, y en el amor de Dios se ha hecho vil a sus propios ojos; y deseando, aunque sin fuerzas todavía, entrar en Él, y por la luz que Él da, se ha atendido a sí mismo, se ha encontrado a sí mismo, y ha aprendido que su propia suciedad no puede mezclarse con la pureza de Él; y siente dulzura en llorar y suplicarle que una y otra vez tenga compasión, hasta que haya desechado toda su miseria; y en orar confiadamente, como habiendo ya recibido de gracia la prenda de la salvación por su único Salvador e Iluminador del hombre: — tal hombre, obrando así y lamentándose así, no se hincha con la ciencia, porque la caridad edifica; pues ha preferido un conocimiento a otro conocimiento, ha preferido conocer su propia debilidad antes que conocer los muros del mundo, los fundamentos de la tierra y las cumbres de los cielos. Y al obtener este conocimiento, ha obtenido también tristeza; pero tristeza por haberse extraviado del deseo de alcanzar su propia patria, y al Creador de ella, su propio Dios bienaventurado. Y si entre hombres como estos, en la familia de tu Cristo, oh Señor Dios mío, gimo entre tus pobres, dame de tu pan para responder a hombres que no tienen hambre ni sed de justicia, sino que están saciados y abundan. Pero es la vana imagen de esas cosas lo que los ha saciado, no tu verdad, la cual han rechazado y de la cual se han apartado, y así caen en su propia vanidad. Ciertamente sé cuántas ficciones da a luz el corazón humano. ¿Y qué es mi propio corazón sino un corazón humano? Pero ruego al Dios de mi corazón que no vomite (eructuem) en estos escritos ninguna de esas ficciones como si fueran verdades sólidas, sino que pase a ellos solo lo que el soplo de su verdad ha soplado en mí; arrojado como estoy de la vista de sus ojos, y esforzándome desde lejos por volver por el camino que la divinidad de su Hijo unigénito ha hecho por su humanidad. Y esta verdad, mudable aunque yo sea, la bebo en la medida en que no veo en ella nada mudable: ni en el lugar y el tiempo, como sucede con los cuerpos; ni solo en el tiempo, y en cierto sentido en el lugar, como con los pensamientos de nuestros propios espíritus; ni solo en el tiempo, y ni siquiera en alguna apariencia de lugar, como con algunos razonamientos de nuestras propias mentes. Porque la esencia de Dios, por la cual Él es, no tiene absolutamente nada mudable, ni en la eternidad, ni en la verdad, ni en la voluntad; puesto que allí la verdad es eterna, el amor eterno; y allí el amor es verdadero, la eternidad verdadera; y allí la eternidad es amada, y la verdad es amada.
Somos hechos perfectos por el reconocimiento de nuestra propia debilidad. El Verbo encarnado disipa nuestras tinieblas
IV, 1, 2–3
2. Pero puesto que estamos desterrados del gozo inmutable, aunque no separados ni arrancados de él de modo que no busquemos la eternidad, la verdad, la bienaventuranza, aun en esas cosas mudables y temporales (pues no queremos ni morir, ni ser engañados, ni ser turbados); se nos han enviado del cielo visiones adecuadas a nuestro estado de peregrinación, para recordarnos que lo que buscamos no está aquí, sino que desde esta peregrinación debemos volver allí, de donde, si no procediéramos, no buscaríamos aquí estas cosas. Y primero hemos tenido que ser persuadidos de cuánto nos amó Dios, no sea que por desesperación no nos atreviéramos a levantar los ojos hacia Él. Y necesitábamos que se nos mostrara también qué clase de hombres somos nosotros, a quienes Él amó, no sea que, ensoberbecidos como por méritos propios, nos apartáramos más de Él y desfalleciéramos más en nuestras propias fuerzas. Y por eso obró Él con nosotros de tal modo, que más bien aprovecháramos su fortaleza, y que así, en la debilidad de la humildad, se perfeccionara la virtud de la caridad. Y esto se da a entender en el Salmo, donde se dice: «Tú, oh Dios, enviaste una lluvia espontánea, con la cual hiciste perfecta tu heredad, cuando estaba fatigada.» Pues por «lluvia espontánea» no se entiende otra cosa que la gracia, no pagada como mérito, sino dada gratuitamente, por lo cual también se llama gracia; pues Él la dio, no porque fuéramos dignos, sino porque Él quiso. Y sabiendo esto, no confiaremos en nosotros mismos; y esto es hacerse «débil». Pero Él mismo nos hace perfectos, quien dice también al apóstol Pablo: «Mi gracia te basta, porque mi fuerza se perfecciona en la debilidad.» Había, pues, que persuadir al hombre de cuánto nos amó Dios, y de qué clase de hombres somos nosotros, a quienes Él amó; lo primero, para que no desesperáramos; lo segundo, para que no nos ensoberbeciéramos. Y este tema tan necesario lo explica así el apóstol: «Pero Dios encomienda,» dice, «su amor hacia nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Mucho más, pues, justificados ahora por su sangre, seremos salvados de la ira por Él. Porque si, cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo; mucho más, reconciliados, seremos salvados por su vida.» [Romanos 5:8-10—Donavit] También en otro lugar: «¿Qué,» dice, «diremos, pues, a estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con Él gratuitamente todas las cosas?» Ahora bien, lo que se nos declara como ya hecho, fue mostrado también a los antiguos justos como algo que había de hacerse; para que ellos mismos también, por la misma fe, fueran humillados, y así hechos débiles; y hechos débiles, y así perfeccionados.
3. Porque, por tanto, el Verbo de Dios es Uno, por quien todas las cosas fueron hechas, el cual es la verdad inmutable, todas las cosas están en Él simultáneamente, potencial e inmutablemente; no solo las que ahora existen en toda esta creación, sino también las que han sido y las que serán. Y en Él ni han sido, ni serán, sino que solo son; y todas las cosas son vida, y todas las cosas son uno; o más bien es un solo ser y una sola vida. Pues todas las cosas fueron hechas de tal modo por Él, que cuanto fue hecho en ellas no fue hecho en Él, sino que era vida en Él. Puesto que «en el principio» el Verbo no fue hecho, sino que «el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios, y todas las cosas fueron hechas por Él;» y no habrían sido hechas todas las cosas por Él, si Él mismo no hubiera estado antes de todas las cosas y no hubiera sido hecho. Pero en las cosas que fueron hechas por Él, aun el cuerpo, que no es vida, no habría sido hecho por Él, si no hubiera sido vida en Él antes de ser hecho. Pues «lo que fue hecho ya era vida en Él;» y no vida de cualquier clase: pues el alma también es vida del cuerpo, pero esta también es hecha, pues es mudable; ¿y por qué fue hecha, sino por el Verbo inmutable de Dios? Pues «todas las cosas fueron hechas por Él; y sin Él nada de lo que fue hecho fue hecho.» «Lo que, por tanto, fue hecho ya era vida en Él;» y no una vida cualquiera, sino «la vida [que] era la luz de los hombres;» la luz ciertamente de las mentes racionales, por la cual los hombres se distinguen de las bestias, y por eso son hombres. Por tanto, no la luz corporal, que es la luz de la carne, ya brille desde el cielo, ya sea encendida por fuegos terrenales; ni la de la carne humana solamente, sino también la de las bestias, y aun hasta los más diminutos gusanos. Pues todas estas cosas ven esa luz: pero aquella vida era la luz de los hombres; y no está lejos de ninguno de nosotros, pues en ella «vivimos, y nos movemos, y tenemos nuestro ser.»
IV, 2, 4
4. Pero «la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no la comprendieron.» Ahora bien, las «tinieblas» son las mentes insensatas de los hombres, cegadas por los deseos viciosos y la incredulidad. Y para que el Verbo, por quien todas las cosas fueron hechas, pudiera cuidar de estas y sanarlas, «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros.» Pues nuestra iluminación es la participación del Verbo, es decir, de aquella vida que es la luz de los hombres. Pero para esta participación éramos totalmente ineptos, y quedábamos lejos de ella, a causa de la impureza de los pecados. Por tanto, habíamos de ser purificados. Y además, la única purificación de los injustos y de los soberbios es la sangre del Justo, y el humillarse Dios mismo; para que fuéramos purificados por Él, hecho como era lo que nosotros somos por naturaleza, y no lo que somos por el pecado, a fin de que contempláramos a Dios, lo cual por naturaleza no somos. Pues por naturaleza no somos Dios: por naturaleza somos hombres, por el pecado no somos justos. Por lo cual Dios, hecho hombre justo, intercedió ante Dios por el hombre pecador. Pues el pecador no es congruente con el justo, pero el hombre es congruente con el hombre. Uniendo, por tanto, a nosotros la semejanza de su humanidad, quitó la desemejanza de nuestra injusticia; y haciéndose partícipe de nuestra mortalidad, nos hizo partícipes de su divinidad. Pues la muerte del pecador, que brota de la necesidad de la condenación, es merecidamente abolida por la muerte del Justo, que brota de la libre elección de su compasión, mientras su única [muerte y resurrección] responde a nuestra doble [muerte y resurrección]. Pues esta congruidad, o conveniencia, o concordia, o consonancia, o cualquiera que sea la palabra más apropiada, por la cual uno se [une] a dos, es de gran peso en toda compactación, o mejor, quizá, coadaptación, de la criatura. Pues (como ahora se me ocurre) lo que quiero decir es precisamente esa coadaptación que los griegos llaman [ἁρμονία]. Sin embargo, no es este el lugar de exponer el poder de esa consonancia de lo simple con lo doble que se encuentra especialmente en nosotros, y que está naturalmente implantada en nosotros (¿y por quién, sino por Aquel que nos creó?), de modo que ni siquiera los ignorantes pueden dejar de percibirla, ya sea cantando ellos mismos o escuchando a otros. Pues por ella es que las voces agudas y graves están en armonía, de modo que cualquiera que en su nota se aparta de ella, ofende en gran manera, no solo la destreza entrenada, de la cual carece la mayor parte de los hombres, sino el sentido mismo del oído. Para demostrar esto se necesita sin duda un largo discurso; pero quien lo conoce puede hacerlo patente al oído mismo en un monocordio bien ordenado.
La única muerte y resurrección del cuerpo de Cristo armoniza con nuestra doble muerte y resurrección de cuerpo y alma, para el efecto de la salvación. De qué manera la muerte única de Cristo se otorga a nuestra doble muerte
IV, 3, 5
5. Pero para nuestra necesidad presente debemos discutir, en cuanto Dios nos dé poder, de qué manera la muerte única de nuestro Señor y Salvador Jesucristo responde a, y está, por así decir, en armonía con nuestra doble muerte para el efecto de la salvación. Ciertamente nosotros, como ningún cristiano duda, estamos muertos tanto en el alma como en el cuerpo: en el alma, por causa del pecado; en el cuerpo, por causa del castigo del pecado, y por esto también en el cuerpo por causa del pecado. Y para ambas partes de nosotros mismos, esto es, tanto para el alma como para el cuerpo, había necesidad de una medicina y de una resurrección, para que lo que había sido cambiado para peor fuera renovado para mejor. Ahora bien, la muerte del alma es la impiedad, y la muerte del cuerpo es la corruptibilidad, por la cual viene también una partida del alma del cuerpo. Pues así como el alma muere cuando Dios la abandona, así el cuerpo muere cuando el alma lo abandona; por lo cual aquella se vuelve insensata, este sin vida. Pues el alma es levantada de nuevo por la penitencia, y la renovación de la vida se comienza en el cuerpo todavía mortal por la fe, por la cual los hombres creen en Aquel que justifica al impío; y se aumenta y fortalece por las buenas costumbres de día en día, a medida que el hombre interior se renueva más y más. Pero el cuerpo, siendo como es el hombre exterior, cuanto más dura esta vida tanto más se corrompe, ya por la edad, ya por la enfermedad, ya por diversas aflicciones, hasta que llega a aquella última aflicción que todos llaman muerte. Y su resurrección se difiere hasta el fin; cuando también nuestra justificación misma se perfeccionará inefablemente. Pues entonces seremos semejantes a Él, porque le veremos tal como es. Pero ahora, mientras el cuerpo corruptible agrava el alma, y la vida humana sobre la tierra es toda tentación, en su presencia ningún viviente será justificado, en comparación con la justicia en la cual seremos hechos iguales a los ángeles, y con la gloria que se revelará en nosotros. Pero ¿por qué aducir más pruebas respecto a la diferencia entre la muerte del alma y la muerte del cuerpo, cuando el Señor en una sola sentencia del Evangelio ha hecho que una y otra muerte sean fácilmente distinguibles por cualquiera, donde dice: «Dejad que los muertos entierren a sus muertos»? Pues el entierro era la disposición adecuada de un cuerpo muerto. Pero por los que debían enterrarlo se refería a aquellos que estaban muertos en el alma por la impiedad de la incredulidad, tales, a saber, como los que son despertados cuando se dice: «Despiértate, tú que duermes, y levántate de los muertos, y Cristo te alumbrará.» Y hay una muerte que el apóstol denuncia, diciendo de la viuda: «Pero la que vive en placeres, viviendo está muerta.» Por tanto, el alma, que antes era impía y ahora es piadosa, se dice que ha vuelto a vivir de entre los muertos y que vive, a causa de la justicia de la fe. Pero el cuerpo no solo se dice que está a punto de morir, a causa de aquella partida del alma que será; sino que a causa de la gran enfermedad de la carne y de la sangre se dice incluso que está ya muerto, en cierto lugar de las Escrituras, a saber, donde el apóstol dice que «el cuerpo está muerto por causa del pecado, pero el espíritu es vida por causa de la justicia.» Ahora bien, esta vida se obra por la fe, «puesto que el justo vivirá por la fe.» ¿Y qué sigue? «Pero si el Espíritu de Aquel que levantó a Jesús de los muertos habita en vosotros, Aquel que levantó a Cristo de los muertos vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que habita en vosotros.»
6. Por tanto, sobre esta doble muerte nuestra otorgó nuestro Salvador su propia muerte única; y para causar nuestras dos resurrecciones, dispuso de antemano y presentó en misterio y figura su propia resurrección única. Pues Él no era pecador ni impío, de modo que, como muerto en espíritu, necesitara ser renovado en el hombre interior, y ser llamado de nuevo, por así decir, a la vida de la justicia por la penitencia; sino que, revestido de carne mortal, y muriendo solo en esta, resucitando solo en esta, solo en esta respondió a ambas cosas por nosotros; puesto que en ella se obró un misterio en cuanto al hombre interior, y una figura en cuanto al exterior. Pues fue en misterio en cuanto a nuestro hombre interior, para significar la muerte de nuestra alma, que se pronunciaron aquellas palabras, no solo en el Salmo, sino también en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Con cuyas palabras concuerda el apóstol, diciendo: «Sabiendo esto, que nuestro hombre viejo es crucificado con Él, para que el cuerpo de pecado sea destruido, a fin de que en adelante no sirvamos al pecado;» puesto que por la crucifixión del hombre interior se entienden los dolores de la penitencia, y una cierta agonía saludable de dominio propio, por cuya muerte se destruye la muerte de la impiedad, y en cuya muerte Dios nos ha dejado. Y así el cuerpo de pecado es destruido por tal cruz, para que ya no entreguemos nuestros miembros como instrumentos de injusticia al pecado. Porque, si bien el hombre interior ciertamente se renueva de día en día, sin embargo sin duda es viejo antes de ser renovado. Pues interiormente se hace aquello de lo que habla el mismo apóstol: «Despojaos del hombre viejo, y vestíos del nuevo;» lo cual pasa a explicar diciendo: «Por lo cual, desechando la mentira, hablad verdad cada uno.» Pero, ¿dónde se desecha la mentira, sino interiormente, para que el que habla verdad desde su corazón pueda habitar en el santo monte de Dios? Pero la resurrección del cuerpo del Señor se muestra que pertenece al misterio de nuestra propia resurrección interior, donde, después de haber resucitado, dice a la mujer: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre;» con cuyo misterio concuerdan las palabras del apóstol, donde dice: «Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde Cristo está sentado a la diestra de Dios; poned vuestros pensamientos en las cosas de arriba.» Pues no tocar a Cristo, salvo cuando hubiera subido al Padre, significa no tener pensamientos de Cristo de manera carnal. Asimismo, la muerte de la carne de nuestro Señor contiene una figura de la muerte de nuestro hombre exterior, puesto que es por tal sufrimiento sobre todo que Él exhorta a sus siervos a que no teman a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma. Por lo cual el apóstol dice: «Que yo llene en mi carne lo que falta de las aflicciones de Cristo.» Y la resurrección del cuerpo del Señor se halla que contiene una figura de la resurrección de nuestro hombre exterior, porque Él dice a sus discípulos: «Palpadme, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo.» Y uno de los discípulos también, palpando sus cicatrices, exclamó: «¡Señor mío y Dios mío!» Y en cuanto a que la integridad entera de aquella carne era manifiesta, esto se mostró en lo que Él había dicho al exhortar a sus discípulos: «No perecerá ni un cabello de vuestra cabeza.» Pues, ¿cómo es que primero se dice: «No me toques, porque aún no he subido a mi Padre;» y cómo es que, antes de subir al Padre, es realmente tocado por los discípulos: a no ser porque en lo primero se daba a entender el misterio del hombre interior, y en lo segundo se daba una figura del hombre exterior? ¿O acaso puede alguien ser tan falto de entendimiento, y tan apartado de la verdad, que se atreva a decir que fue tocado por hombres antes de subir, pero por mujeres cuando ya había subido? Fue a causa de esta figura, que precedió en el Señor, de nuestra futura resurrección en el cuerpo, que el apóstol dice: «Cristo las primicias; después los que son de Cristo.» Pues era de la resurrección del cuerpo de lo que trata este lugar, a causa de lo cual también dice: «Quien ha transformado nuestro cuerpo vil, para que sea configurado a su cuerpo glorioso.» Por tanto, la única muerte de nuestro Salvador trajo salvación a nuestra doble muerte, y su única resurrección obró para nosotros dos resurrecciones; puesto que su cuerpo en ambos casos, esto es, tanto en su muerte como en su resurrección, nos fue ministrado por una especie de conveniencia sanadora, como misterio del hombre interior y como figura del exterior.
La razón de lo simple a lo doble proviene de la perfección del número senario. La perfección del número senario es recomendada en las Escrituras. El año abunda en el número senario
IV, 4, 7–8
Ahora bien, esta razón de lo simple a lo doble proviene, sin duda, del número ternario, puesto que uno añadido a dos hace tres; pero el todo que estos hacen llega al senario, pues uno, dos y tres hacen seis. Y este número se llama perfecto por eso, porque se completa en sus propias partes: pues tiene estas tres, sexta, tercera y mitad; ni se halla en él otra parte alguna que podamos llamar parte alícuota. Su sexta parte, entonces, es uno; la tercera parte, dos; la mitad, tres. Pero uno, dos y tres completan el mismo seis. Y la Sagrada Escritura nos encomienda la perfección de este número, especialmente en esto: que Dios terminó sus obras en seis días, y en el sexto día el hombre fue hecho a imagen de Dios. Y el Hijo de Dios vino y se hizo Hijo del hombre, para recrearnos según la imagen de Dios, en la sexta edad del género humano. Pues esta es ahora la edad presente, ya sea que se asignen mil años a cada edad, o ya sea que señalemos épocas memorables y notables o puntos de inflexión del tiempo en las divinas Escrituras, de modo que la primera edad se halle desde Adán hasta Noé, la segunda de allí en adelante hasta Abrahán, y luego a continuación, según la división de Mateo el evangelista, de Abrahán a David, de David al destierro a Babilonia, y de allí al parto de la Virgen; las cuales tres edades unidas a las otras dos hacen cinco. En consecuencia, el nacimiento del Señor comenzó la sexta, que avanza ahora hasta el fin oculto del tiempo. Reconocemos también en este número senario una especie de figura del tiempo, en aquel modo triple de división, por el cual calculamos una parte de tiempo antes de la Ley; una segunda, bajo la Ley; una tercera, bajo la gracia. En este último tiempo hemos recibido el sacramento de la renovación, para que seamos renovados también al fin de los tiempos, en todas sus partes, por la resurrección de la carne, y así seamos sanados de toda nuestra debilidad, no solo del alma, sino también del cuerpo. Y de ahí se entiende que aquella mujer es figura de la Iglesia, la cual fue sanada y enderezada por el Señor, después de haber estado encorvada por la enfermedad mediante la atadura de Satanás. Pues aquellas palabras del Salmo se lamentan de tales enemigos ocultos: «Encorvaron mi alma.» Y esta mujer tenía su enfermedad desde hacía dieciocho años, que es tres veces seis. Y los meses de dieciocho años se halla que son en número el cubo de seis, a saber. seis veces seis veces seis. Casi también, en el mismo lugar del Evangelio, está aquella higuera que fue condenada además por el tercer año de su mísera esterilidad. Pero se intercedió por ella, para que se la dejara aquel año, aquel año, para que, si daba fruto, bien; y si no, fuera cortada. Pues tanto los tres años pertenecen a la misma división triple, como los meses de tres años hacen el cuadrado de seis, que es seis veces seis.
También un solo año, si se toman en cuenta los doce meses completos, compuestos cada uno de treinta días (pues el mes que se ha conservado desde antiguo es el que determina la revolución de la luna), abunda en el número seis. Porque lo que es el seis en el primer orden de los números, que consta de unidades hasta diez, eso es el sesenta en el segundo orden, que consta de decenas hasta cien. Sesenta días, pues, son una sexta parte del año. Además, si lo que ocupa el sexto lugar del segundo orden se multiplica por el sexto del primer orden, entonces hacemos seis veces sesenta, esto es, trescientos sesenta días, que son los doce meses completos. Pero como, así como la revolución de la luna determina el mes para los hombres, el año es señalado por la revolución del sol; y quedan cinco días y un cuarto de día para que el sol cumpla su curso y termine el año; pues cuatro cuartos hacen un día, que debe intercalarse en cada cuarto año, al que llaman bisiesto, para que el orden del tiempo no se perturbe: si consideramos también esos cinco días y un cuarto mismos, el número seis prevalece en ellos. Primero, porque, como es costumbre calcular el todo a partir de una parte, no debemos llamarlos cinco días, sino más bien seis, tomando los cuartos de día por un día. Luego, porque los cinco días mismos son la sexta parte de un mes; mientras que el cuarto de día contiene seis horas. Pues el día entero, esto es, incluida su noche, tiene veinticuatro horas, de las cuales la cuarta parte, que es un cuarto de día, se halla que son seis horas. Tanto prevalece en el curso del año el número seis.
Comentario editorial · El seis, número perfecto
En IV, 4 Agustín llama «perfecto» al seis porque «se completa en sus propias partes»: la sexta, la tercera y la mitad (1, 2 y 3) suman seis. La Escritura confirmaría esa perfección: Dios termina sus obras en seis días, el hombre es hecho el sexto y el Hijo viene en la «sexta edad» del género humano; la mujer encorvada dieciocho años () sería tres veces seis. Es un argumento numérico que no empieza con él. Según Wikipedia, la definición de número perfecto es de Euclides; Filón de Alejandría vio en el seis el de los días de la creación, y le siguieron Orígenes y Dídimo el Ciego; Agustín repite el argumento en La ciudad de Dios XI, 30.
Para ampliar: Perfect number (Wikipedia (en)) · Libro IV, en New Advent (IV, 4).
El número seis es también encomendado en la edificación del cuerpo de Cristo y del templo de Jerusalén
IV, 5, 9
Y no sin razón se entiende que el número seis se pone por un año en la edificación del cuerpo del Señor, como figura de la cual dijo Él que levantaría en tres días el templo destruido por los judíos. Porque ellos dijeron: «Cuarenta y seis años se emplearon en edificar este templo.» Y seis veces cuarenta y seis hacen doscientos setenta y seis. Y este número de días completa nueve meses y seis días, que se cuentan, por así decir, como diez meses para el parto de las mujeres; no porque todas lleguen al sexto día después del noveno mes, sino porque la perfección misma del cuerpo del Señor se halla que fue llevada a la luz en tantos días, como lo sostiene la autoridad de la Iglesia por tradición de los mayores. Pues se cree que fue concebido el 25 de marzo, día en el que también padeció; de modo que el seno de la Virgen, en el que fue concebido, donde ningún mortal fue engendrado, corresponde al sepulcro nuevo en el que fue sepultado, en el cual nunca fue puesto hombre alguno, ni antes ni después. Pero nació, según la tradición, el 25 de diciembre. Si, pues, cuentas desde aquel día hasta este, hallas doscientos setenta y seis días, que es cuarenta y seis veces seis. Y en este número de años fue edificado el templo, porque en ese número de seises fue perfeccionado el cuerpo del Señor; el cual, destruido por el sufrimiento de la muerte, lo resucitó al tercer día. Porque «decía esto del templo de su cuerpo», como lo declara el testimonio clarísimo y sólido del Evangelio; donde Él dijo: «Porque como Jonás estuvo tres días y tres noches en el vientre de la ballena, así estará el Hijo del hombre tres días y tres noches en el corazón de la tierra.»
Los tres días de la resurrección, en los cuales es también manifiesta la razón de lo simple a lo doble
IV, 6, 10
La Escritura atestigua de nuevo que el espacio de aquellos tres días mismos no fue completo y entero, sino que el primer día se cuenta como entero desde su última parte, y el tercer día también se cuenta como entero desde su primera parte; pero el día intermedio, esto es, el segundo día, fue absolutamente entero con sus veinticuatro horas, doce del día y doce de la noche. Pues primero fue crucificado por los gritos de los judíos a la hora tercera, cuando era el sexto día de la semana. Luego colgó de la cruz misma a la hora sexta, y entregó su espíritu a la hora nona. Pero fue sepultado, «al caer ya la tarde», como lo expresan las palabras del evangelista; lo cual significa al fin del día. Dondequiera, pues, que comiences —aun si se puede dar alguna otra explicación, de modo que no contradiga el Evangelio de Juan, sino entendiendo que Él fue suspendido en la cruz a la hora tercera—, no puedes sin embargo hacer del primer día un día entero. Se contará, entonces, como día entero desde su última parte, así como el tercero desde su primera parte. Pues la noche hasta el alba, cuando se hizo conocida la resurrección del Señor, pertenece al tercer día; porque Dios (quien mandó que la luz brillara en las tinieblas, para que por la gracia del Nuevo Testamento y la participación de la resurrección de Cristo se nos pudieran decir las palabras «Porque en otro tiempo erais tinieblas, mas ahora sois luz en el Señor» ) nos indica de algún modo que el día toma su principio desde la noche. Porque, así como los primeros días de todas las cosas fueron contados de la luz a la noche, a causa de la futura caída del hombre; así estos, a causa de la restauración del hombre, son contados de las tinieblas a la luz. Desde la hora, pues, de su muerte hasta el alba de la resurrección hay cuarenta horas, contando también la hora nona misma. Y con este número concuerda también su vida sobre la tierra de cuarenta días después de su resurrección. Y este número se usa muy frecuentemente en la Escritura para expresar el misterio de la perfección en el mundo cuádruple. Pues el número diez tiene cierta perfección, y multiplicado por cuatro hace cuarenta. Pero desde el atardecer de la sepultura hasta el alba de la resurrección hay treinta y seis horas, que es seis al cuadrado. Y esto se refiere a aquella razón de lo simple a lo doble en la que hay la mayor consonancia de coadaptación. Pues doce añadido a veinticuatro se ajusta a la razón de lo simple añadido a lo doble y hace treinta y seis: a saber, una noche entera con un día entero y una noche entera, y esto no sin el misterio que he notado arriba. Pues no sin propiedad comparamos el espíritu al día y el cuerpo a la noche. Porque el cuerpo del Señor en su muerte y resurrección fue figura de nuestro espíritu y tipo de nuestro cuerpo. De este modo, pues, también aquella razón de lo simple a lo doble aparece en las treinta y seis horas, cuando doce se añaden a veinticuatro. En cuanto a las razones, ciertamente, por las que estos números se ponen así en las Sagradas Escrituras, otras personas pueden hallar otras razones, ya sean tales que las que yo he dado hayan de preferirse a ellas, ya sean igualmente probables que las mías, o incluso más probables que ellas; pero no hay ciertamente nadie tan necio o tan absurdo como para sostener que se ponen así en las Escrituras sin ningún propósito, y que no hay razones místicas por las que esos números se mencionan allí. Pero las razones que he dado aquí, las he recogido o de la autoridad de la Iglesia, según la tradición de nuestros antepasados, o del testimonio de las divinas Escrituras, o de la naturaleza misma de los números y de las semejanzas. Ninguna persona sobria decidirá contra la razón, ningún cristiano contra las Escrituras, ninguna persona pacífica contra la Iglesia.
IV, 7, 11
Este misterio, este sacrificio, este sacerdote, este Dios, antes de ser enviado y venir, hecho de una mujer —de Él, todas aquellas cosas que se aparecieron a nuestros padres de modo sagrado y místico mediante milagros angélicos, o que fueron hechas por los padres mismos, eran semejanzas; para que toda criatura con sus actos hablase de algún modo de aquel Uno que había de venir, en quien había de haber salvación en la recuperación de todos de la muerte. Porque, por la maldad de la impiedad, nos habíamos retirado y apartado en discordia del único Dios verdadero y sumo, y en muchas cosas nos habíamos vuelto vanos, distrayéndonos en muchas cosas y aferrándonos a muchas cosas; fue necesario, por decreto y mandato de Dios en su misericordia, que esas mismas muchas cosas se unieran para proclamar al Uno que había de venir, y que el Uno viniera proclamado así por esas muchas cosas, y que esas muchas cosas se unieran para dar testimonio de que este Uno había venido; y que así, libres de la carga de esas muchas cosas, viniéramos a aquel Uno, y, estando muertos en nuestras almas por muchos pecados y destinados a morir en la carne a causa del pecado, amáramos a aquel Uno que, sin pecado, murió en la carne por nosotros; y creyendo en Él ya resucitado, y resucitando con Él en el espíritu por la fe, fuéramos justificados al ser hechos uno en el único justo; y que no desesperáramos de nuestra propia resurrección en la carne misma, al considerar que la única Cabeza nos había precedido a los muchos miembros; en quien, siendo ya purificados por la fe, y luego renovados por la vista, y reconciliados con Dios por Él como mediador, hemos de adherirnos al Uno, deleitarnos en el Uno, permanecer uno.
IV, 8, 12
Así, el mismo Hijo de Dios, el Verbo de Dios, asimismo el Mediador entre Dios y los hombres, el Hijo del hombre, igual al Padre por la unidad de la divinidad, y partícipe con nosotros al asumir la humanidad, intercediendo por nosotros ante el Padre en cuanto hombre, sin ocultar, no obstante, que era Dios, uno con el Padre, entre otras cosas habla así: «No ruego solo por estos,» dice, «sino también por los que han de creer en mí por su palabra; para que todos sean uno; como tú, Padre, en mí, y yo en ti, para que también ellos sean uno en nosotros; para que el mundo crea que tú me has enviado. Y la gloria que tú me diste, yo les he dado; para que sean uno, así como nosotros somos uno.»
IV, 9, 12
No dijo: Yo y ellos somos una cosa; aunque, en cuanto Él es la cabeza de la Iglesia que es su cuerpo, habría podido decir: y ellos son, no una cosa, sino una persona, porque la cabeza y el cuerpo son un solo Cristo; pero para mostrar su propia divinidad consustancial con el Padre (por lo cual dice en otro lugar: «Yo y mi Padre somos uno»), en su propio género, es decir, en la paridad consustancial de la misma naturaleza, quiere que los suyos sean uno, pero en Él mismo; puesto que no podían serlo en sí mismos, separados como están unos de otros por diversos placeres, deseos e impurezas del pecado; de donde son purificados por el Mediador, para que sean uno en Él, no solo por la misma naturaleza en la que todos se hacen, de hombres mortales, iguales a los ángeles, sino también por la misma voluntad que conspira armoniosísimamente a la misma bienaventuranza, y fundidos en cierto modo por el fuego de la caridad en un solo espíritu. Pues a esto llegan sus palabras: «Para que sean uno, así como nosotros somos uno;» es decir, que así como el Padre y el Hijo son uno, no solo en igualdad de sustancia, sino también en voluntad, así también aquellos sean uno, entre los cuales y Dios el Hijo es mediador, no solo en que son de la misma naturaleza, sino también por la misma unión de amor. Y luego prosigue así para dar a entender la verdad misma, que Él es el Mediador, por quien somos reconciliados con Dios, diciendo: «Yo en ellos, y tú en mí, para que sean consumados en uno.»
IV, 10, 13
En esto está nuestra verdadera paz y firme vínculo de unión con nuestro Creador: que seamos purificados y reconciliados por el Mediador de la vida, así como habíamos sido contaminados y alienados, y así nos habíamos apartado de Él, por el mediador de la muerte. Pues, así como el diablo, por la soberbia, llevó al hombre por la soberbia a la muerte; así Cristo, por la humildad, condujo de nuevo al hombre por la obediencia a la vida. Porque, así como aquel cayó por haberse exaltado, y derribó también al hombre que consintió con él; así el otro fue exaltado por haberse humillado, y levantó también al hombre que creyó en Él. Pues porque el diablo no había llegado él mismo allí adonde había guiado el camino (puesto que él soportaba ciertamente en su impiedad la muerte del espíritu, pero no había sufrido la muerte de la carne, porque no había asumido la envoltura de la carne), se apareció al hombre como un caudillo poderoso entre las legiones de los demonios, por medio de los cuales ejerce su reino de engaños; hinchando así más al hombre, que está ávido de poder más que de justicia, por la soberbia de la exaltación, o por la falsa filosofía; o bien enredándolo mediante ritos sacrílegos, en los cuales, mientras derriba de cabeza por el engaño y la ilusión las mentes de los más curiosos y soberbios, lo mantiene cautivo también para el artificio mágico; prometiendo asimismo la purificación del alma por aquellas iniciaciones que ellos llaman [τελεταί], transformándose en ángel de luz, por medio de diversas maquinaciones en señales y prodigios mentirosos.
IV, 11, 14
14. Porque es fácil a los espíritus más viles hacer muchas cosas por medio de cuerpos aéreos, tales que causen asombro a las almas que están agobiadas por cuerpos terrenos, aunque sean de inclinación mejor. Pues si los mismos cuerpos terrenos, cuando son ejercitados por cierta habilidad y práctica, muestran a los hombres tan grandes maravillas en los espectáculos teatrales, que quienes nunca vieron tales cosas apenas las creen cuando se las cuentan, ¿por qué habría de ser difícil al diablo y a sus ángeles fabricar de los elementos corpóreos, mediante sus propios cuerpos aéreos, cosas de las que la carne se maravilla; o incluso, por inspiraciones ocultas, tramar apariencias fantásticas para engañar los sentidos de los hombres, con las cuales engañarlos, ya estén despiertos o dormidos, o llevarlos al frenesí? Pero así como puede suceder que uno que es mejor que ellos en vida y costumbres contemple a los más viles de los hombres, ya sea caminando sobre una cuerda, o haciendo con varios movimientos del cuerpo muchas cosas difíciles de creer, y sin embargo no desee en absoluto hacer tales cosas, ni piense que esos hombres por eso han de ser preferidos a él; así el alma fiel y piadosa, no solo si ve, sino incluso si por la fragilidad de la carne se estremece ante los milagros de los demonios, no por eso lamentará su propia falta de poder para hacer tales cosas, ni los juzgará por esto mejores que ella; especialmente porque está en compañía de los santos, quienes, ya sean hombres o ángeles buenos, realizan, por el poder de Dios, a quien todas las cosas están sujetas, maravillas que son mucho mayores y totalmente contrarias al engaño.
IV, 12, 15
15. De ninguna manera, por tanto, son purificadas y reconciliadas con Dios las almas por imitaciones sacrílegas, o por artes curiosas que son impías, o por encantamientos mágicos; puesto que el falso mediador no las traslada a las cosas superiores, sino que más bien bloquea y corta el camino hacia allí por medio de los afectos, malignos en la medida en que son soberbios, que inspira en los de su propia compañía; los cuales no son capaces de nutrir las alas de las virtudes para volar hacia arriba, sino más bien de amontonar el peso de los vicios para oprimir hacia abajo; puesto que el alma caerá tanto más pesadamente cuanto más le parezca haber sido llevada hacia arriba. Así, pues, como hicieron los Magos cuando fueron advertidos por Dios, a quienes la estrella condujo a adorar la humildad del Señor; así también nosotros debemos volver a nuestra patria, no por el camino por donde vinimos, sino por otro camino que el Rey humilde ha enseñado, y que el rey soberbio, el adversario de aquel Rey humilde, no puede bloquear. Porque también a nosotros, para que adoremos al Cristo humilde, «los cielos han proclamado la gloria de Dios, y su pregón se extendió por toda la tierra, y sus palabras hasta los confines del mundo.» Se nos abrió un camino a la muerte por el pecado en Adán. Porque, «por un hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte; y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron.» De este camino fue el diablo mediador, el persuasor del pecado y el que precipitó en la muerte. Pues él también aplicó su única muerte para obrar nuestra doble muerte. Porque él ciertamente murió en el espíritu por la impiedad, pero no murió en la carne; sin embargo, nos persuadió a la impiedad y con ello hizo que mereciéramos llegar a la muerte de la carne. Deseamos, pues, lo uno por la persuasión malvada; lo otro nos siguió por justa condenación; y por eso está escrito: «Dios no hizo la muerte,» puesto que Él mismo no fue la causa de la muerte; pero, no obstante, la muerte fue infligida al pecador por su justísima retribución. Así como el juez inflige castigo al culpable; sin embargo, no es la justicia del juez, sino el merecimiento del delito, la causa del castigo. Adonde, pues, el mediador de la muerte nos hizo pasar, pero no vino él mismo, es decir, a la muerte de la carne, allí nuestro Señor Dios introdujo para nosotros la medicina de la corrección, que Él no merecía, por un decreto oculto y sobremanera misterioso de la divina y profunda justicia. Para que, por tanto, así como por un hombre vino la muerte, así también por un hombre viniera la resurrección de los muertos; y porque los hombres se esforzaron más en evitar lo que no podían evitar, a saber, la muerte de la carne, que la muerte del espíritu, es decir, el castigo más que el merecimiento del castigo (pues el no pecar es cosa de la que los hombres o no se preocupan o se preocupan demasiado poco; pero el no morir, aunque no esté al alcance de conseguirlo, es, sin embargo, deseado con ansia), el Mediador de la vida, haciendo patente que no ha de temerse la muerte, la cual por la condición de la humanidad no puede ya evitarse, sino más bien la impiedad, que puede guardarse mediante la fe, nos sale al encuentro al término al que hemos llegado, pero no por el camino por donde vinimos. Porque nosotros, en verdad, llegamos a la muerte por el pecado; Él por la justicia; y, por tanto, así como nuestra muerte es el castigo del pecado, así su muerte fue hecha sacrificio por el pecado.
La muerte de Cristo fue voluntaria. Cómo el Mediador de la vida venció al mediador de la muerte. Cómo el diablo lleva a los suyos a despreciar la muerte de Cristo
IV, 13, 16–17
16. Por lo cual, puesto que el espíritu ha de ser preferido al cuerpo, y la muerte del espíritu significa que Dios lo ha dejado, pero la muerte del cuerpo que el espíritu lo ha dejado; y puesto que en esto consiste el castigo en la muerte del cuerpo: en que el espíritu deja el cuerpo contra su voluntad, porque dejó a Dios voluntariamente; de modo que, mientras el espíritu dejó a Dios porque quiso, deja el cuerpo aunque no quiere; y no lo deja cuando quiere, a menos que se haya hecho violencia a sí mismo, con lo cual el cuerpo mismo es muerto: el espíritu del Mediador mostró cómo no fue por castigo del pecado por lo que Él vino a la muerte de la carne, porque no la dejó contra su voluntad, sino porque quiso, cuando quiso, como quiso. Porque, al estar Él tan unido [con la carne] por el Verbo de Dios como para ser uno, dice: «Tengo poder para entregar mi vida, y tengo poder para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo la entrego para volverla a tomar.» Y, como nos dice el Evangelio, los que estaban presentes se asombraron sobremanera de esto: de que después de aquella [última] palabra, en la que presentó la figura de nuestro pecado, entregó inmediatamente su espíritu. Pues los que están colgados en la cruz suelen ser atormentados por una muerte prolongada. De ahí que se quebraran las piernas de los ladrones, para que murieran en seguida y fueran bajados de la cruz antes del sábado. Y el que Él fuera hallado ya muerto causó admiración. Y fue esto también de lo que, según leemos, se maravilló Pilato, cuando se le pidió el cuerpo del Señor para sepultarlo.
17. Porque aquel engañador, pues —que fue mediador de muerte para el hombre, y fingidamente se presenta como para la vida, bajo el nombre de purificación por ritos y sacrificios sacrílegos, con los cuales son extraviados los soberbios— no puede ni compartir nuestra muerte, ni resucitar de la suya propia: ha podido, ciertamente, aplicar su única muerte a nuestra doble muerte; pero no ha podido, ciertamente, aplicar una resurrección única, que fuera a la vez misterio de nuestra renovación y figura de aquel despertar que ha de ser al fin. Aquel, pues, que estando vivo en el espíritu resucitó su propia carne que estaba muerta, el verdadero Mediador de la vida, ha arrojado a aquel que está muerto en el espíritu y es mediador de la muerte, de los espíritus de los que creen en Él, para que no reine dentro, sino que asalte desde fuera, y aun así no prevalezca. Y a él también se ofreció Él mismo para ser tentado, a fin de ser también mediador para vencer sus tentaciones, no solo con auxilio, sino también con ejemplo. Pero cuando el diablo, desde el principio, aunque esforzándose por toda entrada para deslizarse en sus partes interiores, fue arrojado fuera, habiendo terminado toda su tentación seductora en el desierto después del bautismo; porque, estando muerto en el espíritu, no forzó entrada alguna en Aquel que estaba vivo en el espíritu, se entregó, por el afán de la muerte del hombre de cualquier modo, a efectuar aquella muerte que pudo, y le fue permitido efectuarla sobre aquel elemento mortal que el Mediador vivo había recibido de nosotros. Y donde pudo hacer algo, allí en todo respecto fue vencido; y en aquello en que recibió exteriormente el poder de matar al Señor en la carne, allí su poder interior, con el que nos tenía a nosotros, fue muerto. Pues se hizo que los lazos de muchos pecados en muchas muertes fueran desatados por la única muerte de Aquel a quien ningún pecado había precedido. Muerte que, aunque no debida, el Señor la pagó por nosotros, para que la muerte debida no nos dañara. Porque Él no fue despojado de la carne por obligación de autoridad alguna, sino que se despojó a sí mismo. Pues sin duda Aquel que podía no morir, si no quería, murió porque quiso; y así exhibió a los principados y potestades, triunfando abiertamente sobre ellos en sí mismo. Porque, al ser ofrecida por nosotros, mediante su muerte, el único y más real sacrificio, cualquier culpa que hubiera, por la cual los principados y potestades nos retenían como por derecho a pagar su pena, la limpió, la abolió, la extinguió; y por su propia resurrección nos llamó también a los que predestinó a una vida nueva; y a los que llamó, a esos justificó; y a los que justificó, a esos glorificó. Y así el diablo, en aquella misma muerte de la carne, perdió al hombre, al que poseía como por un derecho absoluto, seducido como estaba por su propio consentimiento, y sobre el cual reinaba, sin que a él mismo le estorbara corrupción alguna de carne y sangre, por aquella fragilidad del cuerpo mortal del hombre, por la cual aquel era a la vez demasiado pobre y demasiado débil; él, que era soberbio en la medida en que era, por así decir, más rico y más fuerte, reinando sobre aquel que estaba, por así decir, vestido de harapos y lleno de tribulaciones. Pues adonde él empujó al pecador para que cayera, no siguiéndolo él mismo, allí, siguiéndolo, obligó al Redentor a descender. Y así se dignó el Hijo de Dios hacerse amigo nuestro en la comunión de la muerte, a la que, por no haber venido él, el enemigo se creyó mejor y mayor que nosotros. Porque nuestro Redentor dice: «Nadie tiene mayor amor que este, que uno entregue su vida por sus amigos.» Por lo cual también el diablo se creyó superior al Señor mismo, en cuanto el Señor en sus padecimientos cedió ante él; pues de Él también se entiende lo que se lee en el Salmo: «Lo has hecho un poco menor que los ángeles:» de modo que Él, siendo entregado a la muerte, aunque inocente, por el injusto que obraba contra nosotros como por un derecho justo, pudiera por un derecho justísimo vencerlo, y así llevar cautiva la cautividad obrada por el pecado, y librarnos de una cautividad que era justa a causa del pecado, borrando el acta, y redimiéndonos a nosotros, que habíamos de ser justificados aunque pecadores, por su propia sangre justa derramada injustamente.
18. De aquí también el diablo se burla hasta el día de hoy de los suyos, a quienes se presenta como falso mediador, como si fueran a ser purificados o más bien enredados y ahogados por sus ritos, en cuanto persuade muy fácilmente a los soberbios a ridiculizar y despreciar la muerte de Cristo, de la cual, cuanto más apartado está él mismo, tanto más es creído por ellos como más santo y más divino. Sin embargo, son muy pocos los que han permanecido con él, puesto que las naciones reconocen y con piadosa humildad beben el precio pagado por ellas, y confiando en él abandonan a su enemigo y se reúnen junto a su Redentor. Porque el diablo no sabe cómo la excelentísima sabiduría de Dios se sirve de sus lazos y de su furor para llevar a cabo la salvación de sus propios fieles, comenzando desde el extremo anterior, que es el principio de la criatura espiritual, hasta el extremo posterior, que es la muerte del cuerpo, y así «alcanzando de un extremo al otro, ordenando todas las cosas con fortaleza y suavidad.» Porque la sabiduría «pasa y penetra todas las cosas a causa de su pureza, y nada manchado puede caer en ella.» Y puesto que el diablo nada tiene que ver con la muerte de la carne, de donde proviene su soberbia desmedida, se prepara una muerte de otro género en el fuego eterno del infierno, por la cual no solo los espíritus que tienen cuerpos terrestres, sino también los que tienen cuerpos aéreos, pueden ser atormentados. Pero los hombres soberbios, por quienes Cristo es despreciado, porque murió, por lo cual nos compró a tan alto precio, devuelven tanto la muerte primera, como también a los hombres, a aquella miserable condición de naturaleza que se deriva del primer pecado, y serán precipitados a la muerte segunda con el diablo. Y ellos, por esto, prefirieron al diablo antes que a Cristo, porque aquel los arrojó a aquella muerte primera, adonde él mismo no cayó por la diferencia de su naturaleza, y adonde por causa de ellos Cristo descendió por su gran misericordia: y, sin embargo, no dudan en creerse mejores que los demonios, y no cesan de atacarlos y denunciarlos con toda suerte de maldiciones, mientras saben que ellos, al menos, nada tienen que ver con el sufrimiento de este género de muerte, por el cual desprecian a Cristo. Ni tendrán en cuenta que el caso puede ser posible: que el Verbo de Dios, permaneciendo en sí mismo, y en sí mismo de ningún modo mudable, pueda, sin embargo, por la asunción de una naturaleza inferior, sufrir algo de un género inferior, lo que el espíritu inmundo no puede sufrir, porque no tiene cuerpo terrestre. Y así, mientras ellos mismos son mejores que los demonios, sin embargo, porque llevan un cuerpo de carne, pueden morir de tal modo, como ciertamente no pueden morir los demonios, que no llevan tal cuerpo. Presumen mucho de las muertes de sus propios sacrificios, los cuales no perciben que sacrifican a espíritus engañosos y soberbios; o, si han llegado a percibirlo, piensan que su amistad les es de algún bien, traicioneros y envidiosos aunque son, cuyo propósito no se encamina a otra cosa sino a impedir nuestro retorno.