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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)42 minPosición: 0% de esta parteParte 20 de 21 · Capítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigmaPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
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    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
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    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
    89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
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    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
    108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Capítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma

    XV, 10, 17–19

    17. Mas hablemos ahora de aquellas cosas que pensamos como conocidas, y que tenemos en nuestro conocimiento aunque no pensemos en ellas; ya pertenezcan al conocimiento contemplativo, que, como he sostenido, propiamente se llama sabiduría, o al activo, que propiamente se llama conocimiento. Pues ambas cosas juntas pertenecen a una misma mente y son una sola imagen de Dios. Pero cuando tratamos de la inferior de las dos, distinta y separadamente, entonces no ha de llamarse imagen de Dios, aunque aun entonces se halle en ella cierta semejanza de aquella Trinidad; como mostramos en el libro decimotercero. Hablamos ahora, por tanto, de todo el conocimiento del hombre enteramente, en el cual se conoce cuanto nos es conocido; al menos lo que es verdadero; de otro modo no sería conocido. Porque nadie conoce lo falso, sino cuando sabe que es falso; y si sabe esto, entonces conoce algo verdadero: pues es verdadero que aquello es falso. Tratamos, pues, ahora de aquellas cosas que pensamos como conocidas, y que nos son conocidas aunque no se esté pensando en ellas. Mas ciertamente, si quisiéramos expresarlas en palabras, solo podemos hacerlo pensándolas. Pues aunque no se profieran palabras, ciertamente el que piensa habla en su corazón. Y de ahí aquel pasaje del libro de la Sabiduría: «Dijeron dentro de sí mismos, no pensando rectamente.» Pues las palabras «Dijeron dentro de sí mismos» se explican por la adición de «pensando». Semejante a este pasaje es aquel del Evangelio: que ciertos escribas, al oír las palabras del Señor al paralítico: «Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados», dijeron dentro de sí: «Este blasfema». Pues ¿cómo «dijeron dentro de sí», sino pensando? Luego sigue: «Y viendo Jesús sus pensamientos, dijo: ¿Por qué pensáis mal en vuestros pensamientos?» Hasta aquí Mateo. Mas Lucas narra lo mismo de este modo: «Los escribas y fariseos comenzaron a pensar, diciendo: ¿Quién es este que dice blasfemias? ¿Quién puede perdonar pecados sino solo Dios? Mas cuando Jesús conoció sus pensamientos, respondiendo, les dijo: ¿Qué pensáis en vuestros corazones?» Lo que en el libro de la Sabiduría es «Dijeron, pensando», aquí es lo mismo que «Pensaron, diciendo». Pues tanto allí como aquí se declara que hablaron dentro de sí mismos y en su propio corazón, es decir, hablaron pensando. Pues «hablaron dentro de sí mismos», y se les dijo: «¿Qué pensáis?» Y el Señor mismo dice de aquel rico cuya tierra produjo abundantemente: «Y pensó dentro de sí, diciendo».
    18. Algunos pensamientos, pues, son discursos del corazón, en los cuales también el Señor muestra que hay una boca, cuando dice: «No lo que entra por la boca contamina al hombre; sino lo que sale de la boca, eso contamina al hombre.» En una sola sentencia ha comprendido dos bocas diversas del hombre: una del cuerpo, otra del corazón. Pues ciertamente, aquello de lo que pensaban que el hombre se contaminaba, entra por la boca del cuerpo; pero aquello de lo que el Señor dijo que el hombre se contaminaba, sale de la boca del corazón. Así ciertamente Él mismo explicó lo que había dicho. Pues poco después, dice también a sus discípulos acerca de lo mismo: «¿También vosotros estáis aún sin entendimiento? ¿No entendéis que todo lo que entra por la boca va al vientre y se echa en la letrina?» Aquí señaló ciertísimamente a la boca del cuerpo. Pero en lo que sigue habla claramente de la boca del corazón, donde dice: «Mas lo que sale de la boca, del corazón sale; y eso contamina al hombre. Porque del corazón salen los malos pensamientos», etc. ¿Qué hay más claro que esta explicación? Y sin embargo, cuando llamamos a los pensamientos discursos del corazón, no se sigue que no sean también actos de la vista, que surgen de la vista del conocimiento, cuando son verdaderos. Pues cuando estas cosas se hacen exteriormente por medio del cuerpo, entonces el habla y la vista son cosas diferentes; pero cuando pensamos interiormente, las dos son una—así como la vista y el oído son dos cosas mutuamente distintas en los sentidos corporales, pero en la mente ver y oír son lo mismo; y de ahí que, mientras exteriormente el habla no se ve sino más bien se oye, sin embargo los discursos interiores, es decir, los pensamientos, son dichos por el santo Evangelio que fueron vistos, no oídos, por el Señor. «Dijeron dentro de sí: Este blasfema», dice el Evangelio; y luego añadió: «Y viendo Jesús sus pensamientos». Por tanto, vio lo que dijeron. Pues por su propio pensamiento vio los pensamientos de ellos, los cuales suponían que nadie veía sino ellos mismos.
    19. Quien, pues, es capaz de entender una palabra, no solo antes de que sea proferida en sonido, sino también antes de que las imágenes de sus sonidos sean consideradas en el pensamiento—pues esto es lo que no pertenece a lengua alguna, a saber, de las que se llaman lenguas de las naciones, de las cuales una es nuestra lengua latina—quien, digo, es capaz de entender esto, puede ya ver por medio de este espejo y en este enigma alguna semejanza de aquel Verbo de quien se dice: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.» Pues necesariamente, cuando hablamos lo verdadero, es decir, hablamos lo que sabemos, nace del conocimiento mismo que la memoria retiene una palabra que es enteramente del mismo género que aquel conocimiento del que nace. Pues el pensamiento que se forma por la cosa que conocemos es la palabra que hablamos en el corazón: palabra que no es ni griega ni latina, ni de ninguna otra lengua. Pero cuando es necesario comunicar esto al conocimiento de aquellos a quienes hablamos, entonces se asume algún signo para significarlo. Y generalmente se exhibe un sonido, a veces un gesto: aquel a los oídos, este a los ojos, para que la palabra que llevamos en nuestra mente pueda hacerse conocida también mediante signos corporales a los sentidos corporales. Pues ¿qué es hacer un gesto o una seña, sino hablar de algún modo a la vista? Y la Sagrada Escritura da testimonio de esto; pues leemos en el Evangelio según Juan: «En verdad, en verdad os digo que uno de vosotros me entregará. Entonces los discípulos se miraban unos a otros, dudando de quién hablaba. Y uno de sus discípulos, a quien Jesús amaba, estaba recostado en el pecho de Jesús. Simón Pedro, pues, le hace señas y le dice: Dinos de quién habla.» Aquí habló por señas lo que no se atrevió a hablar con sonidos. Pero en tanto que exhibimos estos y semejantes signos corporales a los oídos o a los ojos de los presentes a quienes hablamos, se han inventado las letras para que podamos conversar también con los ausentes; pero estas son signos de palabras, como las palabras mismas son signos en nuestra conversación de aquellas cosas que pensamos.

    Capítulo 11

    La semejanza del Verbo divino, tal como es, ha de buscarse no en nuestra palabra exterior y sensible, sino en la interior y mental. Hay la mayor desemejanza posible entre nuestra palabra y conocimiento y el Verbo y el conocimiento divinos

    XV, 11, 20–21

    20. Por consiguiente, la palabra que suena exteriormente es signo de la palabra que ilumina interiormente; la cual tiene más derecho a llamarse palabra. Pues lo que se profiere con la boca de la carne es el sonido articulado de una palabra; y también se le llama palabra en razón de aquello para manifestar lo cual exteriormente se asume. Pues nuestra palabra se hace de algún modo en sonido articulado del cuerpo, asumiendo aquel sonido articulado por el que puede manifestarse a los sentidos de los hombres, como el Verbo de Dios se hizo carne, asumiendo aquella carne en la que Él mismo también pudiera manifestarse a los sentidos de los hombres. Y como nuestra palabra se hace sonido articulado, pero no se cambia en él; así el Verbo de Dios se hizo carne, pero lejos de nosotros decir que se cambió en carne. Pues tanto aquella palabra nuestra se hizo sonido articulado, como aquel otro Verbo se hizo carne, asumiéndolo, no consumiéndose para cambiarse en ello. Y por tanto, quien desee llegar a alguna semejanza, sea de la clase que fuere, del Verbo de Dios, por más desemejante en muchos aspectos, no debe atender a aquella palabra nuestra que suena en los oídos, ya cuando se profiere en sonido articulado, ya cuando se piensa en silencio. Pues las palabras de todas las lenguas que se profieren en sonido también se piensan en silencio, y la mente recorre versos mientras la boca corporal calla. Y no solo los números de las sílabas, sino también las melodías de los cantos, puesto que son corpóreas y pertenecen a aquel sentido del cuerpo que se llama oído, están a mano mediante ciertas imágenes incorpóreas apropiadas a ellas, para quienes las piensan y en silencio revuelven todas estas cosas. Pero debemos pasar por alto esto, para llegar a aquella palabra del hombre, por cuya semejanza, sea de la clase que fuere, el Verbo de Dios pueda verse de algún modo como en un enigma. No aquella palabra que fue dicha a este o aquel profeta, y de la que se dice: «La palabra de Dios crecía y se multiplicaba»; y de nuevo: «La fe viene por el oír, y el oír por la palabra de Cristo»; y de nuevo: «Cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, no la recibisteis como palabra de hombres, sino, como es en verdad, palabra de Dios» (y hay innumerables dichos semejantes en las Escrituras acerca de la palabra de Dios, que se difunde en los sonidos de muchas y diversas lenguas por los corazones y las bocas de los hombres; y que por eso se llama palabra de Dios, porque la doctrina que se entrega no es humana, sino divina);— pero ahora buscamos ver, de la manera que podamos, por medio de esta semejanza, aquel Verbo de Dios del que se dice: «El Verbo era Dios»; del que se dice: «Todas las cosas fueron hechas por Él»; del que se dice: «El Verbo se hizo carne»; del que se dice: «El Verbo de Dios en lo alto es fuente de sabiduría». Debemos, pues, pasar a aquella palabra del hombre, a la palabra del animal racional, a la palabra de aquella imagen de Dios, que no es nacida de Dios, sino hecha por Dios; la cual no puede proferirse en sonido ni pensarse bajo la semejanza de un sonido, como necesariamente sucede con la palabra de cualquier lengua; sino que precede a todos los signos con que se significa, y es engendrada del conocimiento que permanece en la mente, cuando ese mismo conocimiento se habla interiormente según lo que realmente es. Pues la vista del pensamiento es sumamente semejante a la vista del conocimiento. Porque cuando se profiere por sonido o por cualquier signo corporal, no se profiere según lo que realmente es, sino según puede ser visto u oído por el cuerpo. Cuando, por tanto, está en la palabra lo que está en el conocimiento, entonces hay palabra verdadera y verdad, tal como se espera del hombre; de modo que lo que está en el conocimiento está también en la palabra, y lo que no está en el conocimiento tampoco está en la palabra. Aquí puede reconocerse: «Sí, sí; no, no.» Y así esta semejanza de la imagen que es hecha se aproxima lo más posible a aquella semejanza de la imagen que es nacida, por la que Dios Hijo es declarado semejante en todo en sustancia al Padre. Debemos notar en este enigma también otra semejanza de la palabra de Dios; a saber. que, como se dice de aquel Verbo: «Todas las cosas fueron hechas por Él», donde se declara que Dios hizo el universo por su Hijo unigénito, así no hay obras del hombre que no se hablen primero en su corazón: de donde está escrito: «La palabra es el principio de toda obra.» Pero también aquí, cuando la palabra es verdadera, entonces es principio de una obra buena. Y la palabra es verdadera cuando es engendrada del conocimiento de obrar buenas obras, para que también allí se conserve el «sí sí, no no»; a fin de que todo lo que está en aquel conocimiento por el que hemos de vivir, esté también en la palabra con que hemos de obrar, y lo que no está en uno no esté en el otro. De otro modo, tal palabra será mentira, no verdad; y lo que de ella proceda será pecado, no obra buena. Hay aún esta otra semejanza del Verbo de Dios en esta semejanza de nuestra palabra: que puede existir una palabra nuestra sin que siga obra alguna, pero no puede haber obra alguna si no precede una palabra; así como el Verbo de Dios pudo existir aunque no existiera criatura alguna, pero ninguna criatura pudo existir sino por aquel Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas. Y por tanto, no Dios Padre, no el Espíritu Santo, no la Trinidad misma, sino solo el Hijo, que es el Verbo de Dios, se hizo carne; aunque la Trinidad fue la hacedora: para que viviéramos rectamente mediante nuestra palabra siguiendo e imitando su ejemplo, es decir, no teniendo mentira ni en el pensamiento ni en la obra de nuestra palabra. Pero esta perfección de esta imagen es algo que ha de darse algún día en el futuro. Para alcanzarla, el buen maestro nos enseña por la fe cristiana y por la doctrina piadosa, que «con el rostro descubierto» del velo de la ley, que es sombra de las cosas venideras, «mirando como en un espejo la gloria del Señor», es decir, contemplándola a través de un espejo, «somos transformados en la misma imagen de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor»; como explicamos antes.
    21. Cuando, por tanto, esta imagen haya sido renovada a la perfección por esta transformación, entonces seremos semejantes a Dios, porque le veremos no a través de un espejo, sino «como Él es»; lo que el apóstol Pablo expresa por «cara a cara». Mas ahora, ¿quién puede explicar cuán grande es también la desemejanza, en este espejo, en este enigma, en esta semejanza tal como es? Sin embargo, tocaré algunos puntos, como pueda, con los que indicarlo.

    Capítulo 12. La filosofía académica

    XV, 12, 21

    Primero, ¿de qué clase y cuán grande es el conocimiento mismo que un hombre puede alcanzar, por muy hábil y docto que sea, por el cual nuestro pensamiento se forma con verdad, cuando hablamos lo que sabemos? Pues, dejando pasar aquellas cosas que entran en la mente por los sentidos corporales, entre las cuales tantas son de otro modo de como parecen ser, que aquel que está demasiado oprimido por su semejanza con la verdad se cree cuerdo sin estarlo realmente—de donde proviene que la filosofía académica haya prevalecido de tal modo, volviéndose más miserablemente insana al dudar de todas las cosas—dejando pasar, pues, aquellas cosas que entran en la mente por los sentidos corporales, ¿qué gran proporción queda de cosas que conocemos del modo como conocemos que vivimos? En cuanto a esto, en verdad, estamos absolutamente sin temor alguno de que acaso seamos engañados por alguna semejanza de la verdad; puesto que es cierto que el que es engañado, sin embargo vive. Y esto tampoco se cuenta entre aquellos objetos de la vista que se presentan desde fuera, de modo que el ojo pueda engañarse en ello; como sucede cuando un remo en el agua parece quebrado, y las torres parecen moverse cuando navegas pasando junto a ellas, y otras mil cosas que son de otro modo de como parecen ser: pues esto no es algo que se discierna por el ojo de la carne. El conocimiento por el cual sabemos que vivimos es el más interior de todos los conocimientos, del cual ni siquiera el académico puede insinuar: Quizá estás dormido, y no lo sabes, y ves cosas en tu sueño. Pues ¿quién no sabe que lo que se ve en sueños es precisamente semejante a lo que se ve despierto? Pero quien está cierto del conocimiento de su propia vida, no dice en ello: Sé que estoy despierto, sino: Sé que vivo; por tanto, ya esté dormido o despierto, vive. Ni puede ser engañado en ese conocimiento por los sueños; puesto que pertenece al hombre viviente tanto dormir como ver en sueños. Ni puede el académico decir de nuevo, en refutación de este conocimiento: Quizá estás loco, y no lo sabes: pues lo que ven los locos es precisamente semejante a lo que ven también los cuerdos; pero el que está loco, vive. Ni responde al académico diciendo: Sé que no estoy loco, sino: Sé que vivo. Por tanto, el que dice que sabe que vive, no puede ser engañado ni mentir. Preséntense, pues, mil clases de objetos engañosos de la vista a quien dice: Sé que vivo; sin embargo, no temerá ninguno de ellos, pues el que es engañado, sin embargo vive. Pero si tales cosas solas pertenecen al conocimiento humano, son ciertamente muy pocas; a no ser que puedan multiplicarse de tal modo en cada clase, que no solo no sean pocas, sino que en el resultado lleguen al infinito. Pues el que dice: Sé que vivo, dice que conoce una sola cosa. Además, si dice: Sé que sé que vivo, ahora hay dos; pero que conoce estas dos es una tercera cosa por conocer. Y así puede añadir una cuarta y una quinta, e innumerables más, si se mantiene firme. Pero como no puede comprender un número innumerable mediante adiciones de unidades, ni decir algo innumerable veces, comprende al menos esto, y con perfecta certeza, a saber. que esto es verdadero y tan innumerable que no puede comprender ni decir verdaderamente su número infinito. Esto mismo puede notarse también en el caso de una voluntad cierta. Pues sería respuesta impudente decir a cualquiera que dijera: Quiero ser feliz, que quizá te engañas. Y si dijera: Sé que quiero esto, y sé que sé que lo quiero, puede añadir aún una tercera a estas dos, a saber. que conoce estas dos; y una cuarta, que conoce que conoce estas dos; y así hasta el infinito. Asimismo, si alguien dijera: No quiero equivocarme; ¿no será verdad, ya se equivoque o no, que sin embargo quiere no equivocarse? ¿No sería sumamente impudente decirle: Quizá te engañas? Cuando sin duda, en cualquier cosa en que pueda engañarse, sin embargo no se engaña al pensar que no quiere ser engañado. Y si dice que sabe esto, añade cualquier número que elija de cosas conocidas, y percibe que ese número es infinito. Pues el que dice: No quiero ser engañado, y sé que quiero esto, y sé que sé que lo sé, puede ahora exponer aquí también un número infinito, por torpe que sea la expresión. Y otras cosas también se hallan capaces de refutar a los académicos, que sostienen que el hombre nada puede conocer. Pero hemos de limitarnos, especialmente porque este no es el tema que hemos emprendido en la presente obra. Hay tres libros nuestros sobre aquel tema, escritos en el tiempo temprano de nuestra conversión, los cuales quien pueda y quiera leer, y los entienda, sin duda no será muy movido por ninguno de los muchos argumentos que ellos han hallado contra el descubrimiento de la verdad. Pues habiendo dos clases de cosas cognoscibles—una, de aquellas que la mente percibe por los sentidos corporales; la otra, de aquellas que percibe por sí misma—estos filósofos han parloteado mucho contra los sentidos corporales, pero nunca han podido poner en duda aquellas percepciones certísimas de las cosas verdaderas que la mente conoce por sí misma, como aquella que he mencionado: Sé que vivo. Pero lejos de nosotros dudar de la verdad de lo que hemos aprendido por los sentidos corporales; puesto que por ellos hemos aprendido a conocer el cielo y la tierra, y aquellas cosas en ellos que nos son conocidas, en cuanto Aquel que nos creó a nosotros y a ellos ha querido que estén dentro de nuestro conocimiento. Lejos de nosotros también negar que conocemos lo que hemos aprendido por el testimonio de otros: de otro modo no sabríamos que hay un océano; no sabríamos que existen las tierras y ciudades que un abundantísimo informe nos recomienda; no sabríamos que existieron aquellos hombres y sus obras, que hemos aprendido leyendo la historia; no sabríamos las noticias que diariamente nos traen de una y otra parte, y confirmadas por evidencia consistente y coincidente; por último, no sabríamos en qué lugar o de quién hemos nacido: pues en todas estas cosas hemos creído al testimonio de otros. Y si es de lo más absurdo decir esto, entonces hemos de confesar que no solo nuestros propios sentidos, sino también los de otras personas, han añadido mucho en verdad a nuestro conocimiento.
    22. Todas estas cosas, pues, tanto las que la mente humana conoce por sí misma, como las que conoce por los sentidos corporales, como las que ha recibido y conoce por el testimonio de otros, están depositadas y retenidas en el almacén de la memoria; y de estas es engendrada una palabra que es verdadera cuando hablamos lo que sabemos, pero una palabra que es anterior a todo sonido, anterior a todo pensamiento de un sonido. Pues la palabra es entonces sumamente semejante a la cosa conocida, de la cual también es engendrada su imagen, puesto que la vista del pensamiento surge de la vista del conocimiento; cuando es una palabra que no pertenece a lengua alguna, sino que es una palabra verdadera acerca de una cosa verdadera, sin tener nada propio, sino enteramente derivada de aquel conocimiento del que nace. Ni importa cuándo lo aprendió, el que habla lo que sabe; pues a veces lo dice inmediatamente al aprenderlo; con tal de que la palabra sea verdadera, es decir, nacida de cosas conocidas.

    Capítulo 13

    Aún más sobre la diferencia entre el conocimiento y la palabra de nuestra mente, y el conocimiento y el Verbo de Dios

    XV, 13, 22

    Pero ¿es acaso así: que Dios Padre, de quien nace el Verbo, Dios de Dios, —es acaso así, digo, que Dios Padre, en lo que toca a aquella sabiduría que Él es para sí mismo, ha aprendido unas cosas por sus sentidos corporales y otras por sí mismo? ¿Quién podría decir eso, pensando en Dios no como un animal racional, sino como Aquel que está por encima del alma racional? Al menos en cuanto puede ser pensado por quienes lo sitúan sobre todos los animales y todas las almas, aunque lo ven por conjetura por medio de un espejo y en enigma, no todavía cara a cara tal como es. ¿Acaso Dios Padre ha aprendido esas mismas cosas que conoce, no por el cuerpo, porque no tiene, sino por sí mismo, de otro lugar, de alguien? ¿O ha tenido necesidad de mensajeros o testigos para conocerlas? Ciertamente no; puesto que su propia perfección le basta para conocer todo lo que conoce. Sin duda tiene mensajeros, a saber, los ángeles; pero no para anunciarle cosas que Él no conoce, pues nada hay que Él no conozca. Sino que el bien de ellos está en consultar la verdad acerca de sus propias obras. Y esto es lo que se quiere decir cuando se dice que le traen noticia de algunas cosas: no para que Él aprenda de ellos, sino ellos de Él, por su palabra sin sonido corporal. Le traen también palabra de aquello que Él quiere, siendo enviados por Él a quien Él quiere, y oyéndolo todo de Él por aquella palabra suya, es decir, hallando en su verdad lo que ellos mismos han de hacer: qué, a quién y cuándo han de anunciar. Porque también nosotros le oramos, pero no le informamos de cuáles sean nuestras necesidades. «Pues vuestro Padre sabe,» dice su Verbo, «de qué cosas tenéis necesidad antes de que se lo pidáis.» Y no llegó a conocerlas, de modo que las supiera, en un tiempo determinado; sino que las conoció de antemano, sin principio alguno, todas las cosas venideras en el tiempo, y entre ellas también lo que habríamos de pedirle, y cuándo; y a quiénes habría de escuchar o no escuchar, y sobre qué asuntos. Y respecto de todas sus criaturas, tanto espirituales como corporales, no las conoce porque son, sino que son porque Él las conoce. Pues no ignoraba lo que estaba por crear; por tanto creó porque conocía; no conoció porque creó. Ni las conoció una vez creadas de otro modo que como las conoció cuando aún estaban por crear, pues nada se añadió a su sabiduría por ellas; sino que aquella sabiduría permaneció tal como era, mientras ellas vinieron a la existencia como y cuando convenía. Así también está escrito en el libro del Eclesiástico: «Todas las cosas le son conocidas antes de que fueran creadas: así también después de acabadas.» «Así,» dice, no de otro modo; así le fueron conocidas, tanto antes de ser creadas como después de acabadas. Este conocimiento, por tanto, es muy desemejante de nuestro conocimiento. Y el conocimiento de Dios es también su misma sabiduría, y su sabiduría es su misma esencia o sustancia. Porque en la simplicidad admirable de aquella naturaleza, no es una cosa ser sabio y otra ser, sino que ser sabio es ser; como ya hemos dicho muchas veces en los libros anteriores. Pero nuestro conocimiento en la mayoría de las cosas puede perderse y recobrarse, porque para nosotros no es lo mismo ser que conocer o ser sabios; puesto que es posible que nosotros seamos, aunque no sepamos ni seamos sabios en aquello que hemos aprendido de otro lugar. Por tanto, así como nuestro conocimiento es desemejante de aquel conocimiento de Dios, así también nuestra palabra, que nace de nuestro conocimiento, es desemejante de aquel Verbo de Dios que nace de la esencia del Padre. Y esto es como si yo dijera: nacido del conocimiento del Padre, de la sabiduría del Padre; o todavía con más exactitud, del Padre que es conocimiento, del Padre que es sabiduría.

    Capítulo 14. El Verbo de Dios es en todas las cosas igual al Padre, de quien es

    XV, 14, 23–24

    23. El Verbo de Dios, pues, el Hijo unigénito del Padre, en todo semejante e igual al Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Sabiduría de Sabiduría, Esencia de Esencia, es absolutamente lo que el Padre es, y sin embargo no es el Padre, porque el uno es Hijo y el otro Padre. Y por eso conoce todo lo que el Padre conoce; pero para Él, conocer, al igual que ser, le viene del Padre, porque allí conocer y ser son una sola cosa. Por tanto, así como el ser no le viene al Padre del Hijo, tampoco el conocer. En consecuencia, el Padre, como pronunciándose a sí mismo, engendró al Verbo igual a sí en todo; pues no se habría pronunciado entera y perfectamente si en su Verbo hubiera algo más o algo menos que en sí mismo. Y aquí se reconoce en el sentido más eminente aquello de «Sí, sí; no, no.» Por tanto, este Verbo es verdaderamente la verdad, pues cuanto hay en aquel conocimiento del que nace, está también en Él, y cuanto no hay en aquel conocimiento no está en el Verbo. Y este Verbo jamás puede tener algo falso, porque es inmutable, como Aquel de quien es. Pues «el Hijo no puede hacer nada por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre.» No puede hacer esto por falta de poder; ni es debilidad, sino fortaleza, aquello por lo cual la verdad no puede ser falsa. Por tanto, Dios Padre conoce todas las cosas en sí mismo, conoce todas las cosas en el Hijo; pero en sí mismo como a sí mismo, en el Hijo como a su propio Verbo, el cual es dicho acerca de todas las cosas que están en Él mismo. Semejantemente el Hijo conoce todas las cosas, a saber, en sí mismo, como cosas que nacen de las que el Padre conoce en sí mismo, y en el Padre, como aquellas de las que nacen, las cuales el Hijo mismo conoce en sí mismo. El Padre, pues, y el Hijo se conocen mutuamente; pero el uno engendrando, el otro siendo engendrado. Y cada uno de ellos ve a un tiempo todas las cosas que están en su conocimiento, en su sabiduría, en su esencia: no por partes o de una en una, como mirando alternativamente de este lado a aquel, y de aquel a este, y de nuevo de este o aquel objeto a este o aquel objeto, de modo que no pueda ver unas cosas sin dejar de ver al mismo tiempo otras; sino, como he dicho, ve todas las cosas simultáneamente, de las cuales no hay una que no vea siempre.
    24. Y aquella palabra nuestra, pues, que no tiene ni sonido ni pensamiento de sonido, sino que es de aquella cosa que, viéndola, hablamos interiormente, y que por tanto no pertenece a ninguna lengua; y por eso es en cierto modo semejante, en este enigma, a aquel Verbo de Dios que también es Dios; puesto que también esta nace de nuestro conocimiento, del mismo modo como aquel nace del conocimiento del Padre: tal palabra nuestra, digo, que hallamos en cierto modo semejante a aquel Verbo, no tardemos en considerar cuán desemejante es también, en cuanto esté en nuestro poder decirlo.

    Capítulo 15

    Cuán grande es la desemejanza entre nuestra palabra y el Verbo divino. Nuestra palabra no puede ser ni ser llamada eterna

    XV, 15, 24–25

    ¿Acaso nace, pues, nuestra palabra solo de nuestro conocimiento? ¿No decimos también muchas cosas que no conocemos? Y las decimos no con duda, sino pensando que son verdaderas; y si acaso son verdaderas respecto de las cosas mismas de que hablamos, sin embargo no son verdaderas respecto de nuestra palabra, porque una palabra no es verdadera si no nace de una cosa conocida. En este sentido, pues, nuestra palabra es falsa, no cuando mentimos, sino cuando nos engañamos. Y cuando dudamos, nuestra palabra no es todavía de la cosa de la cual dudamos, sino que es una palabra acerca de la duda misma. Pues aunque no sepamos si es verdadero aquello de lo cual dudamos, sí sabemos que dudamos; y por eso, cuando decimos que dudamos, decimos una palabra verdadera, porque decimos lo que sabemos. ¿Y qué diremos de que nos sea posible mentir? Y cuando mentimos, ciertamente tenemos voluntaria y conscientemente una palabra falsa, en la cual hay una palabra verdadera, a saber, que mentimos, pues esto lo sabemos. Y cuando confesamos que hemos mentido, decimos lo que es verdadero; porque decimos lo que sabemos, pues sabemos que hemos mentido. Pero aquel Verbo que es Dios, y puede más que nosotros, no puede hacer esto. Porque «no puede hacer nada sino lo que ve hacer al Padre;» y «no habla por sí mismo,» sino que tiene del Padre todo lo que dice, puesto que el Padre lo dice de un modo especial; y la gran potencia de aquel Verbo consiste en que no puede mentir, porque allí no puede haber «sí y no,» sino «sí sí, no no.» Mas aquello que no es verdadero ni siquiera debe llamarse palabra. Lo concedo de buena gana, si es así. ¿Pues qué, si nuestra palabra es verdadera y por eso se llama con razón palabra? ¿Acaso sucede que, así como podemos hablar de vista de vista y conocimiento de conocimiento, podemos hablar de esencia de esencia, como se dice especialmente, y se ha de decir especialmente, de aquel Verbo de Dios? ¿Por qué? Porque para nosotros no es lo mismo ser que conocer; pues conocemos muchas cosas que en cierto sentido viven por la memoria, y en cierto sentido mueren al ser olvidadas: y así, cuando aquellas cosas ya no están en nuestro conocimiento, todavía somos; y cuando nuestro conocimiento se ha deslizado y perecido de nuestra mente, todavía vivimos.
    25. También en cuanto a aquellas cosas que son conocidas de tal modo que jamás pueden escaparse de la memoria, porque están presentes y pertenecen a la naturaleza misma de la mente —como, por ejemplo, el saber que vivimos (pues esto continúa mientras la mente continúa; y como la mente continúa siempre, esto también continúa siempre)—, digo que en cuanto a esto y a otros ejemplos semejantes, en los cuales más bien hemos de contemplar la imagen de Dios, es difícil discernir de qué manera, aunque son conocidas siempre, sin embargo, porque no siempre se piensan también, puede decirse de ellas una palabra eterna, cuando nuestra palabra se dice en nuestro pensamiento. Pues al alma le es eterno vivir; le es eterno saber que vive. Sin embargo, no le es eterno estar pensando en su propia vida, o estar pensando en su propio conocimiento de su propia vida; pues al entregarse a esta o aquella ocupación, dejará de pensar en esto, aunque no deja de saberlo. Y de aquí resulta que, si puede haber en la mente algún conocimiento que sea eterno, mientras el pensamiento de ese conocimiento no puede ser eterno, y toda palabra interior y verdadera nuestra solo se dice por nuestro pensamiento, entonces solo Dios puede ser entendido como poseedor de un Verbo eterno y coeterno con Él mismo. A no ser, acaso, que hayamos de decir que la posibilidad misma del pensamiento —puesto que aquello que es conocido es capaz de ser verdaderamente pensado, aun en el tiempo en que no está siendo pensado— constituye una palabra tan perpetua como perpetuo es el conocimiento mismo. Pero ¿cómo es palabra aquello que todavía no está formado en la visión del pensamiento? ¿Cómo será semejante al conocimiento del cual nace, si no tiene la forma de ese conocimiento, y solo ahora se llama palabra porque puede tenerla? Pues es como si alguien dijera que una palabra ha de llamarse así porque puede ser palabra. Mas ¿qué es eso que puede ser palabra, y que por tanto ya es tenido por digno del nombre de palabra? ¿Qué es, digo, esa cosa formable, pero aún no formada, sino un algo en nuestra mente, que agitamos de aquí para allá dándole vueltas de un lado a otro, mientras pensamos primero una cosa y luego otra, según nos salen al paso o se nos ocurren? Y la palabra verdadera nace entonces, cuando, como dije, aquello que agitamos dándole vueltas llega a aquello que conocemos, y es formado por ello, tomando su entera semejanza; de modo que del modo como cada cosa es conocida, así también es pensada, es decir, es dicha de este modo en el corazón, sin sonido articulado, sin pensamiento de sonido articulado, como sin duda corresponde a alguna lengua particular. Y por tanto, si admitimos, para no disputar trabajosamente sobre un nombre, que ese algo de nuestra mente, que puede ser formado a partir de nuestro conocimiento, ha de llamarse ya palabra aun antes de ser formado, porque, por así decir, ya es formable, ¿quién no vería cuán grande sería la desemejanza entre él y aquel Verbo de Dios, que está de tal modo en la forma de Dios que no fue formable antes de ser formado, ni pudo en tiempo alguno ser informe, sino que es forma simple y simplemente igual a Aquel de quien es y con quien es maravillosamente coeterno?

    Capítulo 16

    Nuestra palabra no ha de igualarse jamás al Verbo divino, ni siquiera cuando seamos semejantes a Dios

    XV, 16, 25–26

    Por lo cual aquel Verbo de Dios es llamado de tal modo que no haya de llamarse pensamiento de Dios, no sea que creamos que hay en Dios algo que pueda ser revuelto, de manera que unas veces reciba y otras recobre una forma para ser palabra, y otra vez pueda perder esa forma y ser revuelto en cierto modo informe. Ciertamente aquel excelente maestro de la palabra conocía bien la fuerza de los vocablos, y había penetrado la naturaleza del pensamiento, cuando dijo en su poema: «Y revuelve consigo los varios sucesos de la guerra», es decir, los piensa. Así pues, aquel Hijo de Dios no se llama Pensamiento de Dios, sino Verbo de Dios. Porque nuestro propio pensamiento, al alcanzar lo que conocemos y ser formado por ello, es nuestra palabra verdadera. Y por eso el Verbo de Dios ha de entenderse sin pensamiento alguno por parte de Dios, de modo que se entienda como la forma simple misma, que no contiene nada formable que pueda también estar informe. Hay, ciertamente, pasajes de la Sagrada Escritura que hablan de los pensamientos de Dios; pero esto se dice según aquel mismo modo de hablar con que también se habla allí del olvido de Dios, mientras que, en propiedad estricta de lenguaje, ciertamente no hay en Él olvido alguno.
    26. Por lo cual, ya que en este enigma hemos hallado tan gran desemejanza respecto de Dios y del Verbo de Dios, aunque antes se halló también cierta semejanza, también ha de admitirse esto: que aun cuando seamos semejantes a Él, cuando «le veamos tal como es» (y ciertamente quien dijo esto era sin duda consciente de nuestra actual desemejanza), ni aun entonces seremos iguales a Él en naturaleza. Pues toda naturaleza que es hecha es siempre menor que aquella que hace. Y en aquel tiempo nuestra palabra no será ciertamente falsa, porque ni mentiremos ni seremos engañados. Acaso, además, nuestros pensamientos ya no girarán pasando y repasando de una cosa a otra, sino que veremos todo nuestro conocimiento a un tiempo y en una sola mirada. No obstante, cuando esto se haya cumplido, si es que se ha de cumplir, la criatura que era formable habrá sido ciertamente formada, de modo que nada faltará de aquella forma a la que debe llegar; pero sin embargo no habrá de igualarse a aquella simplicidad en la que no hay nada formable, que haya sido formado o reformado, sino solo forma; y que, no siendo ni informe ni formada, es ella misma sustancia eterna e inmutable.

    Capítulo 17

    Cómo el Espíritu Santo es llamado Amor, y si solo Él es llamado así. Que el Espíritu Santo es llamado propiamente en las Escrituras con el nombre de Amor

    XV, 17, 27–29

    27. Hemos hablado suficientemente del Padre y del Hijo, en cuanto nos fue posible ver por medio de este espejo y en este enigma. Hemos de tratar ahora del Espíritu Santo, en cuanto por don de Dios es permitido verle. Y el Espíritu Santo, según las Santas Escrituras, no es del Padre solo, ni del Hijo solo, sino de ambos; y con esto nos da a entender el amor mutuo con que el Padre y el Hijo se aman recíprocamente. Mas el lenguaje de la Palabra de Dios, para ejercitarnos, ha hecho que se busquen con mayor celo aquellas cosas que no están en la superficie, sino que han de escrutarse en profundidades ocultas y sacarse de allí. Por eso las Escrituras no han dicho: El Espíritu Santo es Amor. Si lo hubieran dicho, habrían eliminado no pequeña parte de esta indagación. Pero han dicho: «Dios es amor;» de modo que queda incierto y por indagar si Dios Padre es amor, o Dios Hijo, o Dios Espíritu Santo, o la Trinidad misma que es Dios. Pues no vamos a decir que Dios es llamado Amor porque el amor mismo sea una sustancia digna del nombre de Dios, sino porque es don de Dios, como se dice a Dios: «Tú eres mi paciencia.» Pues esto no se dice porque nuestra paciencia sea sustancia de Dios, sino porque Él mismo nos la da; como en otro lugar se lee: «Pues de Él viene mi paciencia.» Porque el uso mismo de las palabras en la Escritura refuta suficientemente esta interpretación; pues «Tú eres mi paciencia» es del mismo género que «Tú, Señor, eres mi esperanza,» y «El Señor mi Dios es mi misericordia,» y otros muchos textos semejantes. Y no se dice: Oh Señor, amor mío, o: Tú eres mi amor, o: Dios, amor mío; sino que se dice así: «Dios es amor,» como se dice: «Dios es Espíritu.» Y el que no discierne esto, ha de pedir entendimiento al Señor, no explicación a nosotros; porque no podemos decir nada más claramente.
    28. «Dios,» pues, «es amor;» pero la cuestión es si se ha de entender del Padre, del Hijo, del Espíritu Santo, o de la Trinidad misma: porque la Trinidad no son tres dioses, sino un solo Dios. Ya he argumentado más arriba en este libro que la Trinidad, que es Dios, no ha de entenderse a partir de aquellas tres cosas que hemos presentado en la trinidad de nuestra mente, como si el Padre fuera la memoria de los tres, el Hijo el entendimiento de los tres, y el Espíritu Santo el amor de los tres; como si el Padre no entendiera ni amara por sí mismo, sino que el Hijo entendiera por Él y el Espíritu Santo amara por Él, y Él solo se acordara por sí y por ellos; ni el Hijo se acordara ni amara por sí mismo, sino que el Padre se acordara por Él y el Espíritu Santo amara por Él, y Él solo entendiera por sí y por ellos; ni tampoco el Espíritu Santo se acordara ni entendiera por sí mismo, sino que el Padre se acordara por Él y el Hijo entendiera por Él, y Él solo amara por sí y por ellos; sino más bien de este modo: que todos y cada uno tienen las tres cosas, cada uno en su propia naturaleza. Ni tampoco que estas cosas difieran en ellos, como en nosotros una cosa es la memoria, otra el entendimiento, otra el amor o caridad, sino que sean una sola cosa equivalente a todas, como la sabiduría misma; y esté de tal modo contenida en la naturaleza de cada uno, que el que la tiene sea aquello que tiene, por ser sustancia inmutable y simple. Si todo esto se ha entendido, y en cuanto se nos concede ver o conjeturar en cosas tan grandes, se ha mostrado claramente verdadero, no sé por qué el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no habrían de llamarse Amor, y todos juntos un solo amor, así como el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo se llaman Sabiduría, y todos juntos no tres, sino una sola sabiduría. Pues así también el Padre es Dios, el Hijo Dios, el Espíritu Santo Dios, y los tres juntos un solo Dios.
    29. Y sin embargo no en vano en esta Trinidad el Hijo, y no otro, es llamado Verbo de Dios, y el Espíritu Santo, y no otro, Don de Dios, y solo Dios Padre es Aquel de quien nace el Verbo y de quien principalmente procede el Espíritu Santo. Por eso he añadido la palabra principalmente, porque hallamos que el Espíritu Santo procede también del Hijo. Mas el Padre le dio también esto, no como a uno que ya existía y aún no lo tenía; sino que todo lo que dio al Verbo unigénito, lo dio engendrándolo. Por tanto lo engendró de tal modo que el Don común proceda también de Él, y el Espíritu Santo sea el Espíritu de ambos. Esta distinción, pues, de la Trinidad inseparable no ha de aceptarse de pasada, sino considerarse con cuidado; porque de ahí viene que el Verbo de Dios haya sido llamado especialmente también Sabiduría de Dios, aunque tanto el Padre como el Espíritu Santo son sabiduría. Si, pues, alguno de los tres ha de ser llamado especialmente Amor, ¿qué más conveniente que lo sea el Espíritu Santo? — a saber, que en aquella naturaleza simple y suma, no sea una cosa la sustancia y otra el amor, sino que la sustancia misma sea amor, y el amor mismo sea sustancia, ya en el Padre, ya en el Hijo, ya en el Espíritu Santo; y sin embargo el Espíritu Santo sea llamado especialmente Amor.
    Comentario editorial · «Principalmente»: el Espíritu y el Filioque
    En §29 Agustín dice que el Espíritu Santo procede del Padre «principalmente» y que añadió esa palabra «porque hallamos que el Espíritu Santo procede también del Hijo»; en §47 insiste en que el Padre le da la procesión «sin intervalo alguno de tiempo». Ayres lee que, para Agustín, el Padre es la fuente personal del Hijo y del Espíritu, y que el Hijo tiene un papel en la procesión por la unidad de la esencia divina (p. 380, n. 970). Wikipedia cuenta que el tercer concilio de Toledo (589) insertó Filioque en el credo, y que la cláusula fue una de las causas principales del cisma de 1054. El mismo artículo dice que los escritos trinitarios de Agustín sirvieron de fundamento a la doctrina del Filioque, y que la oposición oriental a la cláusula se reforzó tras el cisma del siglo XI.
    30. Así como a veces todos los dichos del Antiguo Testamento en las Santas Escrituras son significados con el nombre de la Ley. Pues el apóstol, al citar un texto del profeta Isaías, donde dice: «Con otras lenguas y con otros labios hablaré a este pueblo,» lo introdujo sin embargo diciendo: «Está escrito en la Ley.» Y el Señor mismo dice: «Está escrito en su Ley: Me aborrecieron sin causa,» lo cual se lee en el Salmo. Y a veces se llama especialmente Ley lo que fue dado por Moisés: como se dice: «La Ley y los Profetas llegaron hasta Juan;» y: «De estos dos mandamientos penden toda la Ley y los Profetas.» Aquí, ciertamente, se llama especialmente Ley la que fue dada desde el monte Sinaí. Y también los Salmos son significados bajo el nombre de los Profetas; y sin embargo en otro lugar el Salvador mismo dice: «Era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito en la Ley, en los Profetas y en los Salmos acerca de mí.» Aquí, por el contrario, quiso que el nombre de Profetas se tomara excluyendo los Salmos. Por tanto, la Ley con los Profetas y los Salmos tomados juntos se llama Ley en sentido universal, y también se llama especialmente Ley la que fue dada por Moisés. Del mismo modo los Profetas se llaman así en común juntamente con los Salmos, y también se llaman especialmente así con exclusión de los Salmos. Y podrían aducirse otros muchos ejemplos para enseñarnos que muchos nombres de cosas se ponen a veces en sentido universal y a veces se aplican especialmente a cosas particulares, si no hubiera que evitar un largo discurso en un caso claro. He dicho esto para que nadie piense que era inconveniente que nosotros llamáramos Amor al Espíritu Santo, porque también Dios Padre y Dios Hijo pueden llamarse Amor.
    31. Así como, pues, llamamos especialmente con el nombre de Sabiduría al único Verbo de Dios, aunque en sentido universal tanto el Espíritu Santo como el Padre mismo son sabiduría; así el Espíritu Santo es llamado especialmente con el nombre de Amor, aunque en sentido universal tanto el Padre como el Hijo son amor. Pero el Verbo de Dios, es decir, el Hijo unigénito de Dios, es llamado expresamente Sabiduría de Dios por boca del apóstol, donde dice: «Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios.» Mas dónde es llamado Amor el Espíritu Santo, se halla examinando con cuidado el lenguaje del apóstol Juan, quien, después de decir: «Amados, amémonos unos a otros, porque el amor es de Dios,» ha añadido: «Y todo aquel que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. El que no ama no conoce a Dios; porque Dios es amor.» Aquí, manifiestamente, ha llamado Dios a aquel amor que había dicho que es de Dios; por tanto, Dios de Dios es amor. Pero como el Hijo nace de Dios Padre y el Espíritu Santo procede de Dios Padre, con razón se pregunta cuál de ellos debemos pensar aquí que es más bien llamado el amor que es Dios. Pues solo el Padre es Dios de tal modo que no es de Dios; y por eso el amor que es Dios de tal modo que es de Dios, es o el Hijo o el Espíritu Santo. Mas cuando, en lo que sigue, el apóstol hubo mencionado el amor de Dios, no aquel por el cual nosotros le amamos, sino aquel por el cual Él «nos amó y envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados,» y en consecuencia nos exhortó también a amarnos unos a otros, y a que así Dios morara en nosotros —porque, en efecto, había llamado a Dios Amor—, inmediatamente, queriendo hablar todavía más expresamente del asunto, dice: «En esto,» dice, «conocemos que moramos en Él, y Él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.» Por tanto, el Espíritu Santo, del cual nos ha dado, nos hace morar en Dios y a Él en nosotros; y esto es lo que hace el amor. Luego Él es el Dios que es amor. Finalmente, poco después, habiendo repetido lo mismo y dicho «Dios es amor,» añadió en seguida: «Y el que permanece en el amor permanece en Dios, y Dios permanece en él;» por lo cual había dicho más arriba: «En esto conocemos que moramos en Él, y Él en nosotros, en que nos ha dado de su Espíritu.» Él, pues, es significado cuando leemos que Dios es amor. Por tanto, Dios el Espíritu Santo, que procede del Padre, cuando ha sido dado al hombre, lo inflama en el amor de Dios y del prójimo, y es Él mismo amor. Pues el hombre no tiene de dónde amar a Dios, sino de Dios; y por eso dice poco después: «Amémosle, porque Él nos amó primero.» El apóstol Pablo dice también: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado.»
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