Que existe en el hombre, que es imagen de Dios, una especie de trinidad, a saber: la mente, el conocimiento con que la mente se conoce a sí misma, y el amor con que ama tanto a sí misma como a su propio conocimiento; y se muestra que estas tres cosas son mutuamente iguales y de una sola esencia.
IX, 1, 1
1. Ciertamente buscamos una trinidad—no una trinidad cualquiera, sino aquella Trinidad que es Dios, y el Dios verdadero, supremo y único. Aguarden, pues, mis oyentes, porque todavía estamos buscando. Y nadie con justicia censura tal búsqueda, si al menos quien busca aquello que es dificilísimo de conocer o de expresar, permanece firme en la fe. Mas quien ve o enseña mejor, censura rápida y justamente a quien afirma con confianza acerca de ello. «Buscad a Dios,» dice, «y vivirá vuestro corazón;» y para que nadie se regocije temerariamente como si, por así decir, lo hubiera aprehendido, «Buscad,» dice, «su rostro siempre.» Y el Apóstol: «Si alguno,» dice, «piensa que sabe algo, aún no sabe nada como conviene saber. Pero si alguno ama a Dios, éste es conocido por Él.» No ha dicho: lo ha conocido, lo cual es presunción peligrosa, sino «es conocido por Él.» Así también en otro lugar, cuando había dicho: «Mas ahora, después de que habéis conocido a Dios:» corrigiéndose inmediatamente, dice: «o más bien, sois conocidos por Dios.» Y sobre todo en aquel otro lugar, «Hermanos,» dice, «yo no pretendo haberlo ya alcanzado; pero una cosa hago: olvidando ciertamente lo que queda atrás, y extendiéndome a lo que está delante, prosigo en mi propósito» hacia la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús. Así que, todos los que somos perfectos, sintamos esto. Perfección en esta vida, nos dice, no es otra cosa que olvidar lo que queda atrás, y extenderse y proseguir en el propósito hacia lo que está delante. Pues el que busca tiene el propósito más seguro, [quien busca] hasta que sea alcanzado aquello hacia lo cual tendemos y por lo cual nos extendemos. Mas aquel es el propósito recto que parte de la fe. Pues una cierta fe es en cierto modo el punto de partida del conocimiento; pero un cierto conocimiento no será perfeccionado, sino después de esta vida, cuando veamos cara a cara. Sintamos, pues, esto, de modo que sepamos que la disposición a buscar la verdad es más segura que la que presume que son conocidas las cosas desconocidas. Busquemos, pues, como si hubiéramos de hallar, y hallemos como si hubiéramos de buscar. Porque «cuando el hombre ha terminado, entonces comienza.» Dudemos sin incredulidad de las cosas que han de creerse; afirmemos sin temeridad las cosas que han de entenderse: en las primeras ha de mantenerse firme la autoridad, en las segundas ha de buscarse la verdad. En cuanto a esta cuestión, pues, creamos que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, Creador y Gobernador de toda criatura; y que el Padre no es el Hijo, ni el Espíritu Santo es el Padre o el Hijo, sino una trinidad de personas mutuamente relacionadas, y una unidad de esencia igual. Y busquemos entender esto, pidiendo ayuda a Aquel mismo a quien queremos entender; y, en cuanto Él lo conceda, deseando explicar lo que entendemos con tan piadoso cuidado y ansiedad, que aun si en algún caso decimos una cosa por otra, al menos no digamos nada indigno. Como, por ejemplo, si decimos algo acerca del Padre que no conviene propiamente al Padre, o que conviene al Hijo, o al Espíritu Santo, o a la Trinidad misma; y si algo del Hijo que no conviene propiamente al Hijo, o que a lo sumo conviene al Padre, o al Espíritu Santo, o a la Trinidad; o si, de nuevo, algo acerca del Espíritu Santo, que no es propiamente una propiedad del Espíritu Santo, pero no es ajeno al Padre, o al Hijo, o al único Dios, la Trinidad misma. Así como ahora nuestro deseo es ver si el Espíritu Santo es propiamente aquel amor excelentísimo, y si no lo es, si el Padre es amor, o el Hijo, o la Trinidad misma; puesto que no podemos resistir la certísima fe y la grave autoridad de la Escritura, que dice: «Dios es amor.» Y sin embargo no debemos desviarnos a error profano, de modo que digamos de la Trinidad algo que no conviene al Creador, sino más bien a la criatura, o que sea fingido por mero pensamiento vacío.
IX, 2, 2
2. Y siendo esto así, dirijamos nuestra atención a aquellas tres cosas que creemos haber hallado. No hablamos aún de las cosas celestiales, ni tampoco de Dios Padre, e Hijo, y Espíritu Santo, sino de aquella imagen inadecuada, que, con todo, es imagen, a saber, el hombre; pues quizá nuestra mente débil puede contemplar ésta más familiar y fácilmente. Pues bien, cuando yo, que hago esta indagación, amo algo, hay tres cosas implicadas: yo mismo, y aquello que amo, y el amor mismo. Pues no amo al amor sino amando a un amante; porque no hay amor donde nada es amado. Por tanto, hay tres cosas: el que ama, y lo amado, y el amor. Pero ¿qué si no amo a nadie sino a mí mismo? ¿No habrá entonces dos cosas: aquello que amo y el amor? Porque el que ama y lo amado son lo mismo cuando alguien se ama a sí mismo; del mismo modo que amar y ser amado, en tal caso, es una misma cosa cuando alguien se ama a sí mismo. Pues se dice una misma cosa cuando se dice que él se ama a sí mismo, y que él es amado por sí mismo. Porque en ese caso amar y ser amado no son dos cosas diferentes, así como el que ama y el que es amado no son dos personas diferentes. Mas, aun así, el amor y lo amado son todavía dos cosas. Pues no hay amor cuando alguien se ama a sí mismo, sino cuando es amado el amor mismo. Pero una cosa es amarse a sí mismo y otra amar el propio amor; porque el amor no es amado sino amando ya algo, ya que donde nada es amado no hay amor. Por tanto, son dos cosas cuando alguien se ama a sí mismo: el amor y lo amado. Pues entonces el que ama y lo amado son uno. De donde parece que no se sigue que hayan de entenderse tres cosas dondequiera que hay amor. Pues dejemos a un lado en esta indagación todas las demás muchas cosas de que consta el hombre; y, a fin de descubrir con claridad lo que ahora buscamos, en cuanto es posible en tal materia, tratemos de la mente sola. La mente, pues, cuando se ama a sí misma, manifiesta dos cosas: mente y amor. Mas ¿qué es amarse a sí mismo sino querer ayudarse a sí mismo para gozar de sí? Y cuando alguien se quiere a sí mismo tal cual es, entonces la voluntad se iguala a la mente, y el amor es igual al que ama. Y si el amor es una sustancia, no es ciertamente cuerpo, sino espíritu; y la mente tampoco es cuerpo, sino espíritu. Sin embargo, el amor y la mente no son dos espíritus, sino un solo espíritu; ni tampoco dos esencias, sino una; y, con todo, aquí hay dos cosas que son una: el que ama y el amor; o, si así prefieres decirlo, lo amado y el amor. Y estas dos cosas, ciertamente, se dicen recíprocamente de modo relativo; pues el que ama se refiere al amor, y el amor al que ama. Porque el que ama, ama con algún amor, y el amor es amor de alguien que ama. Mas mente y espíritu no se dicen relativamente, sino que expresan esencia. Pues mente y espíritu no existen porque exista la mente y el espíritu de un hombre particular. Porque si sustraemos el cuerpo de aquello que es el hombre, que se llama así con la conjunción del cuerpo, quedan la mente y el espíritu. Mas si sustraemos al que ama, no hay amor; y si sustraemos el amor, no hay quien ame. Y, por tanto, en cuanto se refieren mutuamente el uno al otro, son dos; mas en cuanto se dicen respecto a sí mismas, cada una es espíritu, y ambas juntas son también un solo espíritu; y cada una es mente, y ambas juntas una sola mente. ¿Dónde está, pues, la trinidad? Atendamos cuanto podamos e invoquemos la luz eterna, para que ilumine nuestras tinieblas y veamos en nosotros, cuanto nos es permitido, la imagen de Dios.
Comentario editorial · Mente, conocimiento y amor
Agustín avisa de que aún no habla de Dios, sino de «aquella imagen inadecuada, que, con todo, es imagen, a saber, el hombre». La primera tríada del alma es la mente, su conocimiento de sí y su amor de sí, que en §4 llama tres y una, e iguales cuando son perfectas. Bogan la presenta como la «teoría psicológica» de la Trinidad, un enfoque enteramente nuevo (Fathers of the Church 60, p. 150); Wikipedia habla de «analogía psicológica». Shedd, en una nota a este pasaje, objeta que solo la mente es una sustancia, mientras que su amor y su conocimiento son actividades suyas, y que por eso la tríada ilustra la trinidad de la esencia divina pero no la sustancialidad de las tres personas. Es la lectura de Shedd, no de Agustín.
Para ampliar: Libro IX, capítulo 2, con la nota de Shedd (CCEL) (IX, 2).
La imagen de la Trinidad en la mente del hombre que se conoce y se ama a sí mismo. La mente se conoce a sí misma por sí misma
IX, 3, 3
3. Pues la mente no puede amarse a sí misma si no se conoce también a sí misma; porque ¿cómo puede amar lo que no conoce? O si alguno dice que la mente, por conocimiento general o especial, se cree de tal índole como ha hallado por experiencia que son otros, y por eso se ama a sí misma, habla con suma necedad. Porque ¿de dónde conoce una mente a otra mente, si no se conoce a sí misma? Pues la mente no conoce otras mentes y no se conoce a sí misma, como el ojo del cuerpo ve otros ojos y no se ve a sí mismo; porque vemos cuerpos por los ojos del cuerpo, porque, a no ser que miremos a un espejo, no podemos refractar y reflejar sobre sí mismos los rayos que salen por aquellos ojos y tocan cuanto discernimos; asunto que, ciertamente, se trata con mucha sutileza y oscuridad, hasta que se demuestre claramente si el hecho es así o no. Mas cualquiera que sea la naturaleza de la potencia por la cual discernimos mediante los ojos, ciertamente, ya sean rayos o cualquier otra cosa, no podemos discernir con los ojos esa potencia misma; sino que la indagamos con la mente, y, si es posible, la entendemos también con la mente. Así, pues, como la mente recoge por sí misma el conocimiento de las cosas corpóreas mediante los sentidos del cuerpo, así de las incorpóreas mediante sí misma. Por tanto, se conoce a sí misma también por sí misma, puesto que es incorpórea; pues si no se conoce a sí misma, no se ama a sí misma.
Las tres cosas son una y también iguales, a saber: la mente misma, el amor y el conocimiento de ella. Que esas mismas tres cosas existen sustancialmente y se predican relativamente. Que esas mismas tres son inseparables. Que esas mismas tres no están unidas y mezcladas como partes, sino que son de una esencia y son relativas
IX, 4, 4–6
4. Mas, así como hay dos cosas (dos cosas), la mente y el amor de ella, cuando la mente se ama a sí misma; así hay dos cosas, la mente y el conocimiento de ella, cuando se conoce a sí misma. Por tanto, la mente misma, y el amor de ella, y el conocimiento de ella, son tres cosas (tres cosas), y estas tres son una; y cuando son perfectas, son iguales. Pues si alguien se ama a sí mismo menos de lo que es — como, por ejemplo, supongamos que la mente de un hombre se ama a sí misma tanto cuanto debe ser amado el cuerpo de un hombre, mientras que la mente es más que el cuerpo —, entonces está en falta, y su amor no es perfecto. A su vez, si se ama a sí misma más de lo que es — como si, por ejemplo, se amara a sí misma tanto cuanto debe ser amado Dios, mientras que la mente es incomparablemente menor que Dios —, también aquí está en falta sobremanera, y su amor de sí no es perfecto. Mas está en falta aún más perversa y erróneamente, cuando ama al cuerpo tanto cuanto debe ser amado Dios. Asimismo, si el conocimiento es menor que aquello que es conocido y que puede ser conocido plenamente, entonces el conocimiento no es perfecto; pero si es mayor, entonces la naturaleza que conoce está por encima de lo conocido, como el conocimiento del cuerpo es mayor que el cuerpo mismo, que es conocido por ese conocimiento. Porque el conocimiento es una especie de vida en la razón del que conoce, mas el cuerpo no es vida; y toda vida es mayor que todo cuerpo, no en tamaño, sino en poder. Mas cuando la mente se conoce a sí misma, su conocimiento no se eleva sobre sí misma, porque ella misma conoce y ella misma es conocida. Por tanto, cuando se conoce a sí misma enteramente, y no conoce otra cosa juntamente consigo, entonces su conocimiento es igual a sí misma; porque su conocimiento no procede de otra naturaleza, puesto que se conoce a sí misma. Y cuando se percibe a sí misma enteramente, y nada más, entonces no es ni menor ni mayor. Dijimos, pues, con razón que estas tres cosas [mente, amor y conocimiento], cuando son perfectas, son consiguientemente iguales.
5. Un razonamiento semejante nos sugiere, si es que podemos entender de algún modo el asunto, que estas cosas (es decir, el amor y el conocimiento) existen en el alma, y que, estando como envueltas en ella, son de tal modo desenvolvidas desde ella que se perciben y cuentan sustancialmente o, por así decir, esencialmente. No como en un sujeto, a la manera en que el color, o la figura, o cualquier otra cualidad o cantidad están en el cuerpo. Porque nada de este género [material] va más allá del sujeto en que está; pues el color o la figura de este cuerpo particular no pueden ser también los de otro cuerpo. Pero la mente puede amar también algo fuera de sí misma, con aquel amor con que se ama a sí misma. Y, además, la mente no se conoce a sí misma solamente, sino también muchas otras cosas. Por lo cual el amor y el conocimiento no están contenidos en la mente como en un sujeto, sino que existen también sustancialmente, como la mente misma existe; porque, aunque se prediquen mutuamente de modo relativo, existen, sin embargo, cada uno por separado en su propia sustancia. Ni se predican tan mutuamente de modo relativo como el color y el sujeto coloreado; de modo que el color está en el sujeto coloreado, pero no tiene ninguna sustancia propia en sí mismo, puesto que el cuerpo coloreado es una sustancia, pero el color está en una sustancia; sino como dos amigos son también dos hombres, que son sustancias, mientras que se dice que son hombres no relativamente, sino amigos relativamente.
6. Mas, además, aunque el que ama o el que conoce es una sustancia, y el conocimiento es una sustancia, y el amor es una sustancia, sin embargo, el que ama y el amor, o el que conoce y el conocimiento, se dicen relativamente el uno al otro, como los amigos; con todo, mente o espíritu no son relativos, como tampoco los hombres son relativos. No obstante, el que ama y el amor, o el que conoce y el conocimiento, no pueden existir separados el uno del otro, como pueden los hombres que son amigos. Aunque parecería que también los amigos pueden separarse en el cuerpo, no en la mente, en cuanto son amigos; más aún, puede incluso suceder que un amigo comience a odiar a un amigo y por eso deje de ser amigo, mientras el otro no lo sabe y aún lo ama. Pero si el amor con que la mente se ama a sí misma deja de existir, entonces la mente también dejará, al mismo tiempo, de amar. Asimismo, si el conocimiento con que la mente se conoce a sí misma deja de existir, entonces la mente también dejará, al mismo tiempo, de conocerse a sí misma. Así como la cabeza de algo que tiene cabeza es ciertamente una cabeza, y se predican relativamente el uno al otro, aunque también son sustancias: porque tanto la cabeza es un cuerpo, como lo es aquello que tiene cabeza; y si no hay cabeza, tampoco habrá aquello que tiene cabeza. Solamente estas cosas pueden separarse una de otra por corte, aquellas no pueden.
7. Y aun si hay algunos cuerpos que no pueden ser enteramente separados y divididos, no serían, con todo, cuerpos si no constaran de sus propias partes. La parte, pues, se predica relativamente al todo, puesto que toda parte es parte de algún todo, y un todo es todo por tener todas sus partes. Pero como tanto la parte como el todo son cuerpos, estas cosas no solo se predican relativamente, sino que existen también sustancialmente. Quizá, pues, la mente es un todo, y el amor con que se ama a sí misma y el conocimiento con que se conoce a sí misma son como sus partes, de las cuales dos partes consta aquel todo. ¿O acaso hay tres partes iguales que componen el único todo? Pero ninguna parte abraza el todo del cual es parte; mientras que, cuando la mente se conoce a sí misma como un todo, esto es, se conoce perfectamente, entonces el conocimiento de ella se extiende por todo ella; y cuando se ama perfectamente, entonces se ama como un todo, y el amor de ella se extiende por todo ella. ¿Es, pues, como una bebida se hace de vino, agua y miel, y cada una de las partes se extiende por el todo, y, sin embargo, son tres cosas (pues no hay parte de la bebida que no contenga estas tres cosas; porque no están unidas como si fueran agua y aceite, sino enteramente mezcladas; y todas son sustancias, y el todo de aquel licor que se compone de las tres es una sola sustancia) — es, digo, de algún modo semejante a esto como hemos de pensar que estas tres están juntas: mente, amor y conocimiento? Mas el agua, el vino y la miel no son de una sola sustancia, aunque de la mezcla de ellas resulte una sola sustancia en la bebida. Y no veo cómo aquellas otras tres no han de ser de la misma sustancia, puesto que la mente misma se ama a sí misma, y a sí misma se conoce; y estas tres existen de tal modo que la mente no es amada ni conocida por ninguna otra cosa en absoluto. Estas tres, por tanto, han de ser necesariamente de una sola y misma esencia; y por esa razón, si estuvieran confundidas, por así decir, por una mezcla, no podrían ser de ningún modo tres, ni podrían referirse mutuamente la una a la otra. Como si hicieras de un mismo y único oro tres anillos semejantes, aunque unidos entre sí, se refieren mutuamente el uno al otro, porque son semejantes. Pues todo lo semejante es semejante a algo, y hay una trinidad de anillos y un solo oro. Pero si se mezclan entre sí, y cada uno se mezcla con el otro por toda su propia masa, entonces aquella trinidad se desvanecerá y no existirá en absoluto; y no solo se llamará un solo oro, como se llamaba en el caso de aquellos tres anillos, sino que ya no se llamará en absoluto tres cosas de oro.
IX, 5, 8
8. Mas en estas tres, cuando la mente se conoce y se ama a sí misma, permanece una trinidad: mente, amor, conocimiento; y esta trinidad no está confundida por mezcla alguna: aunque cada una está separadamente en sí misma y mutuamente todas en todas, o cada una separadamente en cada dos, o cada dos en cada una. Por tanto, todas están en todas. Pues ciertamente la mente está en sí misma, ya que se llama mente respecto a sí misma; aunque se diga que conoce, es conocida o es cognoscible, relativamente a su propio conocimiento; y aunque también, como amante, amada o amable, se refiera al amor, por el cual se ama a sí misma. Y el conocimiento, aunque se refiere a la mente que conoce o es conocida, se predica, sin embargo, también como conocido y cognoscente respecto a sí mismo: porque el conocimiento con que la mente se conoce a sí misma no es desconocido para sí mismo. Y aunque el amor se refiere a la mente que ama, de la cual es amor, es, sin embargo, también amor respecto a sí mismo, de modo que existe también en sí mismo: puesto que también el amor es amado, aunque no puede ser amado con cosa alguna sino con amor, esto es, consigo mismo. Así estas cosas están separadamente en sí mismas. Pero también están unas en otras; porque tanto la mente que ama está en el amor, como el amor está en el conocimiento del que ama, y el conocimiento está en la mente que conoce. Y cada una separadamente está del mismo modo en cada dos, porque la mente que se conoce y se ama a sí misma está en su propio amor y conocimiento; y el amor de la mente que se ama y se conoce a sí misma está en la mente y en su conocimiento; y el conocimiento de la mente que se conoce y se ama a sí misma está en la mente y en su amor, porque se ama a sí misma que conoce, y se conoce a sí misma que ama. Y de aquí también cada dos está en cada una separadamente, puesto que la mente que se conoce y se ama a sí misma está, juntamente con su propio conocimiento, en el amor, y, juntamente con su propio amor, en el conocimiento; y el amor mismo y el conocimiento están juntos en la mente, que se ama y se conoce a sí misma. Mas de qué manera todas están en todas, ya lo hemos mostrado arriba; puesto que la mente se ama a sí misma como un todo, y se conoce a sí misma como un todo, y conoce todo su propio amor, y ama todo su propio conocimiento, cuando estas tres cosas son perfectas respecto a sí mismas. Por tanto, estas tres cosas son maravillosamente inseparables entre sí, y, sin embargo, cada una de ellas es por separado una sustancia, y todas juntas son una sola sustancia o esencia, mientras que se predican mutuamente de modo relativo.
Una cosa es el conocimiento de la cosa en la cosa misma, y otra en la verdad eterna misma. Que también las cosas corporales han de ser juzgadas según las reglas de la verdad eterna
IX, 6, 9–11
9. Mas cuando la mente humana se conoce y se ama a sí misma, no conoce ni ama nada inmutable; y cada hombre particular declara su propia mente por un modo de hablar, cuando considera lo que sucede en sí mismo; pero define la mente humana en abstracto por un conocimiento especial o general. Y así, cuando me habla de su propia mente individual, acerca de si entiende esto o aquello, o no lo entiende, o si quiere o no quiere esto o aquello, le creo; pero cuando dice la verdad de la mente del hombre en general o en especial, la reconozco y apruebo. De donde es manifiesto que cada uno ve una cosa en sí mismo, de modo que otra persona pueda creer lo que dice de ella, aunque no pueda verla; pero otro [ve una cosa] en la verdad misma, de modo que otra persona también pueda contemplarla; de las cuales la primera sufre cambios en tiempos sucesivos, y la segunda consiste en una eternidad inmutable. Pues no reunimos un conocimiento genérico o específico de la mente humana por medio de semejanza, viendo muchas mentes con los ojos del cuerpo; sino que contemplamos la verdad indestructible, a partir de la cual definir perfectamente, en cuanto podemos, no de qué índole es la mente de tal o cual hombre particular, sino de qué índole debe ser según el plan eterno.
10. De donde también, aun en el caso de las imágenes de las cosas corporales que se introducen por el sentido corporal y en cierto modo se infunden en la memoria, a partir de las cuales también se piensan bajo una imagen fantaseada las cosas que no se han visto, ya sea de modo distinto de como realmente son, ya sea acaso tal como son—aun aquí se prueba que aceptamos o rechazamos, dentro de nosotros, por otras reglas que permanecen del todo inmutables sobre nuestra mente, cuando aprobamos o rechazamos rectamente algo. Pues tanto cuando recuerdo las murallas de Cartago que he visto, como cuando me imagino las murallas de Alejandría que no he visto, y, al preferir esto a aquello entre formas que en ambos casos son imaginarias, hago esa preferencia con fundamento en la razón, el juicio de la verdad desde arriba es todavía fuerte y claro, y descansa firmemente sobre las reglas absolutamente indestructibles de su propio derecho; y si está cubierto, por así decir, por la nebulosidad de las imágenes corporales, no queda, sin embargo, envuelto ni confundido en ellas.
11. Pero hay diferencia entre estar, por debajo o dentro de aquella oscuridad, apartado, por así decir, del cielo claro, o entre (como suele suceder en las altas montañas), gozando del aire libre entre ambos, mirar a la vez arriba hacia la luz serenísima y abajo hacia las nubes densísimas. Pues ¿de dónde se enciende en mí el ardor del amor fraterno, cuando oigo que algún hombre ha soportado amargos tormentos por la excelencia y la firmeza de la fe? Y si se me señala con el dedo a ese hombre, me apresuro a unirme a él, a conocerlo, a ligarlo a mí en amistad. Y así, si se ofrece la ocasión, me acerco, le hablo, converso con él, le expreso mi buena voluntad con las palabras que puedo, y deseo que también en él, a su vez, se realice y se exprese buena voluntad hacia mí; y me afano por un abrazo espiritual por el camino de la fe, puesto que no puedo indagar tan pronto ni discernir del todo su corazón íntimo. Amo, por tanto, al hombre fiel y valeroso con un amor puro y sincero. Pero si en el curso de la conversación me confesara, o mostrara de algún modo por descuido, que o bien cree algo indecoroso de Dios y desea también algo carnal en Él, y que soportó aquellos tormentos en favor de semejante error, o por el deseo de dinero que esperaba, o por vana codicia de alabanza humana: inmediatamente sucede que el amor con que me sentía arrastrado hacia él, desagradado y como repelido, apartado de un hombre indigno, permanece en aquella forma, conforme a la cual, creyéndolo tal como yo lo creía, lo había amado; a no ser, acaso, que haya llegado a amarlo con este fin: que llegue a ser tal, ya que he hallado que de hecho no es así. Y en aquel hombre tampoco nada cambia: aunque puede cambiar, de modo que llegue a ser aquello que yo había creído que era ya. Pero en mi mente ciertamente algo ha cambiado, a saber, la estima que me había formado de él, que antes era de una clase y ahora es de otra; y el mismo amor, por mandato de arriba de la justicia inmutable, se aparta del propósito de gozar al propósito de aconsejar. Mas la forma misma de la verdad inquebrantable y estable, en la que yo habría gozado de la fruición del hombre creyéndolo bueno, y en la que asimismo aconsejo que él sea bueno, difunde en una eternidad inmóvil la misma luz de la razón incorruptible y sanísima, tanto sobre la vista de mi mente como sobre aquella nube de imágenes que discierno desde arriba, cuando pienso en el mismo hombre que había visto. Asimismo, cuando traigo a mi mente algún arco, labrado bella y simétricamente, que, digamos, vi en Cartago; cierta realidad que se había hecho conocer a la mente por los ojos y transferida a la memoria, causa la visión imaginaria. Pero en mi mente contemplo todavía otra cosa, según la cual me agrada aquella obra de arte; y de la cual, también, si me desagradara, la corregiría. Juzgamos, pues, de aquellas cosas particulares según aquella [forma de verdad eterna], y discernimos esa forma por la intuición de la mente racional. Pero aquellas cosas mismas, o las tocamos si están presentes por el sentido corporal, o si están ausentes recordamos sus imágenes fijadas en nuestra memoria, o nos representamos, por semejanza con ellas, cosas tales como las que nosotros también, si quisiéramos y pudiéramos, construiríamos laboriosamente: figurando en la mente de un modo las imágenes de los cuerpos, o viendo los cuerpos por el cuerpo; y de otro modo, aprehendiendo por la inteligencia simple lo que está sobre el ojo de la mente, a saber, las razones y la indeciblemente hermosa destreza de tales formas.
Concebimos y engendramos dentro la palabra, a partir de las cosas que hemos contemplado en la verdad eterna. La palabra, ya sea de la criatura o del Creador, es concebida por amor
IX, 7, 12–13
12. Contemplamos, pues, con la vista de la mente, en aquella verdad eterna de la cual han sido hechas todas las cosas temporales, la forma según la cual somos y según la cual hacemos algo con verdadera y recta razón, ya sea en nosotros mismos, ya sea en las cosas corporales; y tenemos el conocimiento verdadero de las cosas, de allí concebido, como una palabra dentro de nosotros, y al hablar la engendramos desde dentro; y, al nacer, no se aparta de nosotros. Y cuando hablamos a otros, aplicamos a la palabra que permanece dentro de nosotros el ministerio de la voz o de algún signo corporal, para que por una especie de recuerdo sensible se obre también en la mente del que oye algo semejante—semejante, digo, a aquello que no se aparta de la mente del que habla. Nada hacemos, por tanto, por los miembros del cuerpo en nuestras palabras y acciones, por lo cual se apruebe o se censure la conducta de los hombres, que no hayamos anticipado con una palabra dicha dentro de nosotros. Pues nadie hace voluntariamente cosa alguna que no haya dicho primero en su corazón.
13. Y esta palabra es concebida por el amor, ya sea de la criatura o del Creador, esto es, ya sea de la naturaleza mudable o de la verdad inmutable.
IX, 8, 13
[Concebida], pues, ya por la cupididad, ya por el amor: no porque la criatura no deba ser amada; sino que, si ese amor [de la criatura] se refiere al Creador, entonces no será cupididad (cupiditas), sino amor (charitas). Porque es cupididad cuando la criatura es amada por sí misma. Y entonces no ayuda al hombre haciendo uso de ella, sino que lo corrompe al gozarla. Cuando, pues, la criatura es igual a nosotros o inferior, debemos usar de la inferior para Dios, pero debemos gozar del igual debidamente en Dios. Porque así como debes gozar de ti mismo, no en ti mismo, sino en Aquel que te hizo, así también de aquel a quien amas como a ti mismo. Gocemos, pues, de nosotros mismos y de nuestros hermanos en el Señor; y de aquí no nos atrevamos a entregarnos, y, por así decir, a relajarnos a nosotros mismos hacia abajo. Ahora bien, una palabra nace cuando, pensada, nos agrada o para efecto de pecar, o para el de obrar rectamente. Por tanto, el amor, como un medio, une nuestra palabra y la mente de la cual es concebida, y sin confusión alguna se liga como tercero con ellas, en un abrazo incorpóreo.
En el amor de las cosas espirituales, la palabra nacida es lo mismo que la palabra concebida. De otro modo sucede en el amor de las cosas carnales
IX, 9, 14
14. Mas la palabra concebida y la palabra nacida son una misma cosa cuando la voluntad halla reposo en el conocimiento mismo, como sucede en el amor de las cosas espirituales. Por ejemplo, quien conoce perfectamente la justicia y la ama perfectamente, ya es justo, aun cuando no exista necesidad de obrar según ella exteriormente por los miembros del cuerpo. Pero en el amor de las cosas carnales y temporales, como en la prole de los animales, una cosa es la concepción de la palabra y otra el alumbramiento. Pues aquí lo concebido por el deseo nace al alcanzarlo. Porque a la avaricia no le basta conocer y amar el oro, a no ser que también lo tenga; ni basta conocer y amar el comer, o el yacer con alguien, a no ser que también se haga; ni conocer y amar los honores y el poder, a no ser que de hecho se realicen. Es más, todas estas cosas, aun obtenidas, no bastan. «Cualquiera que bebiere de esta agua,» dice Él, «volverá a tener sed.» Y así también el salmista: «Concibió dolor y dio a luz iniquidad.» Y habla del dolor o trabajo como concebido, cuando se conciben aquellas cosas que no basta conocer y querer, y cuando la mente arde y enferma de necesidad, hasta que llega a ellas y, por así decir, las da a luz. De donde en la lengua latina tenemos la palabra «parta» usada elegantemente tanto por «reperta» como por «comperta», palabras que suenan como derivadas del dar a luz. Puesto que «la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado.» Por lo cual el Señor proclama: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados;» y en otro lugar: «¡Ay de las que estén encintas y de las que críen en aquellos días!» Y cuando, por tanto, refirió todas las acciones rectas o los pecados al alumbramiento de la palabra, «Por tu boca», dice, «serás justificado, y por tu boca serás condenado», queriendo significar con ello no la boca visible, sino aquella que está dentro y es invisible, la del pensamiento y del corazón.
IX, 10, 15
15. Con razón se pregunta, pues, si todo conocimiento es una palabra, o solo el conocimiento que es amado. Porque también conocemos las cosas que odiamos; pero lo que no nos agrada no puede decirse que sea concebido ni dado a luz por la mente. Pues no todas las cosas que de algún modo la tocan son concebidas por ella; sino que algunas solo llegan al punto de ser conocidas, pero no se dicen como palabras, como por ejemplo aquellas de que ahora hablamos. Porque se llaman palabras de un modo las que ocupan espacios de tiempo con sus sílabas, ya sean pronunciadas o solo pensadas; y de otro modo, todo lo que se conoce se llama palabra impresa en la mente, en tanto que pueda sacarse de la memoria y definirse, aunque nos desagrade la cosa misma; y de otro modo aún, cuando nos agrada lo que se concibe en la mente. Y lo que dice el apóstol debe tomarse según esta última clase de palabra: «Nadie puede decir que Jesús es el Señor, sino por el Espíritu Santo;» puesto que también dicen esto, pero según otro sentido del término «palabra», aquellos de quienes el mismo Señor dice: «No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos.» Es más, aun en el caso de las cosas que odiamos, cuando con razón las desaprobamos y con razón las censuramos, aprobamos y nos agrada la censura que se les aplica, y esa censura se convierte en palabra. Y no nos desagrada el conocimiento de los vicios, sino los vicios mismos. Pues me agrada conocer y definir qué es la intemperancia; y esta es su palabra. Así como hay faltas conocidas en el arte, y el conocimiento de ellas se aprueba con razón, cuando un conocedor discierne la especie o la privación de la excelencia, de modo que afirma o niega que es o que no es; sin embargo, carecer de excelencia y caer en falta es digno de condenación. Y definir la intemperancia y decir su palabra pertenece al arte de la moral; pero ser intemperante pertenece a aquello que ese arte censura. Así como saber y definir qué es un solecismo pertenece al arte de hablar; pero cometerlo es una falta que el mismo arte reprueba. La palabra, pues, que es el punto que ahora queremos discernir e insinuar, es conocimiento junto con amor. Por tanto, siempre que la mente se conoce y se ama a sí misma, su palabra está unida a ella por el amor. Y puesto que ama el conocimiento y conoce el amor, tanto la palabra está en el amor como el amor en la palabra, y ambos están en aquel que ama y habla.
Capítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
IX, 11, 16
16. Mas todo conocimiento según la especie es semejante a la cosa que conoce. Pues hay otro conocimiento según la privación, en virtud del cual decimos una palabra solo cuando condenamos. Y esta condenación de una privación equivale a alabanza de la especie, y así se aprueba. La mente, pues, contiene alguna semejanza con una especie conocida, ya sea cuando le agrada esa especie, ya sea cuando le desagrada su privación. Y de aquí, en cuanto conocemos a Dios, somos semejantes a Él, pero no hasta el punto de la igualdad, puesto que no lo conocemos en la medida de su propio ser. Y así como, cuando hablamos de los cuerpos por medio del sentido corporal, surge en nuestra mente alguna semejanza de ellos, que es un fantasma de la memoria; pues los cuerpos mismos no están en modo alguno en la mente, cuando los pensamos, sino solo las semejanzas de aquellos cuerpos; por tanto, cuando tomamos lo segundo en lugar de lo primero, erramos, pues el aprobar una cosa por otra es un error; sin embargo, la imagen del cuerpo en la mente es una cosa de mejor índole que la especie del cuerpo mismo, en cuanto que aquella está en una naturaleza mejor, a saber, en una sustancia viva, como lo es la mente: así, cuando conocemos a Dios, aunque nos hacemos mejores que éramos antes de conocerlo, y sobre todo cuando el mismo conocimiento, siendo también agradado y amado dignamente, se convierte en palabra, y así ese conocimiento se convierte en una especie de semejanza de Dios; sin embargo, ese conocimiento es de una clase inferior, puesto que está en una naturaleza inferior; porque la mente es criatura, pero Dios es Creador. Y de aquí puede inferirse que, cuando la mente se conoce y se aprueba a sí misma, este mismo conocimiento es de tal manera su palabra, que es del todo a la par e igual a ella, y lo mismo; porque no es el conocimiento de una esencia inferior, como el del cuerpo, ni de una superior, como el de Dios. Y puesto que el conocimiento guarda semejanza con aquello que conoce, es decir, con aquello de lo que es conocimiento; en este caso tiene semejanza perfecta e igual, cuando la mente misma, que conoce, es conocida. Y así es a la vez imagen y palabra; porque se dice acerca de aquella mente a la que se iguala en el conocer, y lo que es engendrado es igual al engendrador.
Por qué el amor no es prole de la mente, como sí lo es el conocimiento. Solución de la cuestión. La mente con el conocimiento de sí misma y el amor de sí misma es imagen de la Trinidad
IX, 12, 17–18
17. ¿Qué es, pues, el amor? ¿No será una imagen? ¿No será una palabra? ¿No será engendrado? Porque ¿por qué la mente engendra su conocimiento cuando se conoce a sí misma, y no engendra su amor cuando se ama a sí misma? Porque si es causa de su propio conocer, por razón de que es cognoscible, también es causa de su propio amor porque es amable. Es difícil, entonces, decir por qué no engendra ambas cosas. Pues hay también una cuestión ulterior respecto a la misma Trinidad suprema, el Dios omnipotente Creador, a cuya imagen fue hecho el hombre, que turba a los hombres, a quienes la verdad de Dios invita a la fe por medio del habla humana; a saber. por qué el Espíritu Santo no ha de creerse o entenderse también como engendrado por Dios Padre, para que también Él pueda ser llamado Hijo. Y esta cuestión nos esforzamos de alguna manera en investigar en la mente humana, para que desde una imagen inferior, en la que nuestra propia naturaleza, como si respondiera al ser interrogada, de un modo más familiar para nosotros, podamos dirigir una visión mental más ejercitada desde la criatura iluminada hacia la luz inmutable; suponiendo, sin embargo, que la verdad misma nos ha persuadido de que, así como ningún cristiano duda que el Verbo de Dios sea el Hijo, así también el Espíritu Santo es amor. Volvamos, pues, a un interrogatorio y consideración más cuidadosos sobre este asunto de aquella imagen que es la criatura, es decir, de la mente racional; en la cual el conocimiento de algunas cosas que llegan a existir en el tiempo, pero que antes no existían, y el amor de algunas cosas que antes no eran amadas, nos abren más claramente qué decir: porque también para el discurso mismo, que debe disponerse en el tiempo, es más fácil de explicar aquello que se comprende en el orden del tiempo.
18. Primero, por tanto, es claro que una cosa posiblemente puede ser cognoscible, esto es, tal que pueda ser conocida, y sin embargo puede ser desconocida; pero no es posible que sea conocido lo que no es cognoscible. Por lo cual debe sostenerse con claridad que todo aquello que conocemos engendra al mismo tiempo en nosotros el conocimiento de sí mismo; pues el conocimiento es producido por ambos, por el que conoce y por la cosa conocida. Cuando, por tanto, la mente se conoce a sí misma, ella sola es la que engendra su propio conocimiento; pues es ella misma a la vez la cosa conocida y la que la conoce. Pero también era cognoscible para sí misma antes de conocerse, sólo que el conocimiento de sí misma no estaba en ella mientras no se conocía. Al conocerse, pues, engendra un conocimiento de sí misma igual a sí misma; puesto que no se conoce como menos de lo que es, ni su conocimiento es conocimiento de la esencia de otra cosa, no sólo porque ella misma conoce, sino también porque se conoce a sí misma, como hemos dicho arriba. ¿Qué se ha de decir, entonces, del amor?; ¿por qué, cuando la mente se ama a sí misma, no ha de parecer también que ha engendrado el amor de sí misma? Porque era amable para sí misma aun antes de amarse, puesto que podía amarse; así como era cognoscible para sí misma aun antes de conocerse, puesto que podía conocerse. Porque si no fuera cognoscible para sí misma, nunca habría podido conocerse; y así, si no fuera amable para sí misma, nunca habría podido amarse. ¿Por qué, por tanto, no se puede decir que al amarse a sí misma ha engendrado su propio amor, como al conocerse a sí misma ha engendrado su propio conocimiento? ¿Es porque con ello se muestra realmente con claridad que éste es el principio del amor, del cual procede? Porque procede de la mente misma, que es amable para sí misma antes de amarse, y así es el principio de su propio amor por el cual se ama a sí misma: pero que este amor no se dice con razón engendrado por la mente, como lo es el conocimiento de sí misma con el cual la mente se conoce a sí misma, porque en el caso del conocimiento la cosa ya se ha hallado, que es lo que llamamos producido o descubierto; y esto comúnmente es precedido por una indagación tal que se aquieta cuando se alcanza ese fin. Porque la indagación es el deseo de hallar, o, lo que es lo mismo, de descubrir. Pero las cosas que se descubren son como producidas, de donde vienen a ser como prole; mas ¿en dónde, sino en el caso mismo del conocimiento? Porque en ese caso son como expresadas y configuradas. Porque aunque las cosas ya existían que hallamos buscando, sin embargo el conocimiento de ellas no existía, cuyo conocimiento consideramos como una prole que nace. Además, el deseo (appetitus) que hay en el buscar procede del que busca, y de algún modo está en suspenso, y no descansa en el fin hacia el cual se dirige, a menos que se halle lo buscado y se una con el que busca. Y este deseo, es decir, la indagación—aunque no parece ser amor, por el cual se ama lo que es conocido, pues en este caso todavía nos esforzamos por conocer—es sin embargo algo del mismo género. Porque puede llamarse voluntad (voluntas), ya que todo el que busca quiere (vult) hallar; y si se busca lo que pertenece al conocimiento, todo el que busca quiere conocer. Pero si quiere con ardor y empeño, se dice que estudia (studere): palabra que se emplea muy comúnmente en el caso de perseguir y obtener cualesquiera ramas del saber. Por tanto, la producción de la mente es precedida por algún deseo, por el cual, buscando y hallando lo que queremos saber, nace la prole, a saber. el conocimiento mismo. Y por esta razón, aquel deseo por el cual el conocimiento es concebido y producido no puede llamarse con razón la producción ni la prole; y el mismo deseo que nos llevó a anhelar el conocer la cosa, se convierte en amor de la cosa cuando es conocida, mientras retiene y abraza su prole aceptada, es decir, el conocimiento, y la une a su engendrador. Y así hay una especie de imagen de la Trinidad en la mente misma, y el conocimiento de ella, que es su prole y su palabra acerca de sí misma, y el amor como tercero, y estos tres son uno, y una sola sustancia. Ni es la prole menor, puesto que la mente se conoce a sí misma según la medida de su propio ser; ni es el amor menor, puesto que se ama a sí misma según la medida, tanto de su propio conocimiento como de su propio ser.