Se discute la cuestión respecto a las apariciones de Dios de las que se habló en el libro anterior, las cuales se produjeron bajo formas corpóreas: si solo fue formada una criatura con el fin de manifestar a Dios a la vista humana del modo que Él juzgó en cada momento conveniente; o si ángeles, que ya existían, fueron enviados de tal modo que hablasen en persona de Dios; y esto, ya sea asumiendo una apariencia corpórea tomada de la criatura corpórea, ya sea cambiando sus propios cuerpos en las formas que quisieran, adecuadas a la acción particular, según el poder que les fue dado por el Creador; mientras que la esencia misma de Dios nunca fue vista en sí misma.
Por qué escribe Agustín sobre la Trinidad. Qué reclama de los lectores. Lo que se ha dicho en el libro anterior
III, prefacio, 1–3
1. Quisiera que creyeran quienes están dispuestos a hacerlo que preferiría emplear mi esfuerzo en leer más bien que en dictar lo que otros han de leer. Pero quienes no quieran creer esto, y sean a la vez capaces y estén dispuestos a hacer la prueba, concédanme las respuestas que puedan recogerse de la lectura, ya sea a mis propias indagaciones, ya a las preguntas de otros que, por el carácter que llevo en el servicio de Cristo y por el celo con que ardo para que nuestra fe sea fortalecida contra el error de los hombres carnales y naturales, me veo obligado a soportar; y vean luego con cuánta facilidad me abstendría de este trabajo y con cuánta alegría daría vacaciones a mi pluma. Pero si lo que hemos leído sobre estas materias o no está suficientemente expuesto, o no se halla en absoluto, o al menos no puede ser hallado fácilmente por nosotros en la lengua latina, mientras no estamos tan familiarizados con la lengua griega como para resultar de algún modo competentes para leer y entender en ella los libros que tratan de tales temas —en cuya clase de escritos, a juzgar por lo poco que se nos ha traducido, no dudo que se contiene todo lo que provechosamente podemos buscar—; y si, no obstante, no puedo resistirme a mis hermanos cuando me exigen, por aquella ley por la cual me he hecho siervo suyo, que sirva sobre todo a sus loables estudios en Cristo con mi lengua y con mi pluma, de las cuales dos, uncidas juntas en mí, el Amor es el auriga; y si yo mismo confieso que escribiendo he aprendido muchas cosas que no sabía: si esto es así, entonces este trabajo mío no debe parecer superfluo a ningún lector ocioso, ni a ningún lector muy docto; antes bien, es necesario en no pequeña parte para muchos que están ocupados y para muchos indoctos, y entre estos últimos, para mí mismo. Apoyado, pues, grandemente y ayudado por los escritos que ya hemos leído de otros sobre este asunto, he emprendido indagar y discutir cuanto a mi juicio parece que puede indagarse y discutirse con reverencia acerca de la Trinidad, el único Dios sumo y sumamente bueno; exhortándome Él mismo a la indagación y ayudándome en la discusión de ella; a fin de que, si no hay otros escritos de este género, haya algo que tengan y lean quienes están dispuestos y son capaces; y si ya existen algunos, tanto más fácil sea hallar tales escritos cuanto más haya de este género.
2. Ciertamente, así como en todos mis escritos deseo no solo un lector piadoso, sino también un corrector libre, así deseo esto especialmente en la presente indagación, la cual es tan importante que quisiera que hubiera tantos indagadores cuantos objetores hay. Pero así como no quiero que mi lector esté atado a mí, tampoco quiero que mi corrector esté atado a sí mismo. No me ame aquel más que a la fe católica; no se ame este más que a la verdad católica. Como digo al primero: no quieras condescender a mis escritos como a las Escrituras canónicas; antes bien, en estas, cuando hayas descubierto incluso lo que antes no creías, créelo sin vacilar; en cambio, en aquellos, a menos que hayas entendido con certeza lo que antes no tenías por cierto, no quieras retenerlo con firmeza. Así digo al segundo: no quieras enmendar mis escritos por tu propia opinión o disputa, sino a partir del texto divino o de una razón irrefutable. Si aprehendes en ellos algo de verdad, el estar allí no la hace mía; antes bien, entendiéndola y amándola, sea tuya y mía a la vez; pero si descubres algo falso, aunque en otro tiempo haya sido mío, en lo cual fui culpable del error, ahora, evitándolo, no sea ni tuyo ni mío.
3. Comience, pues, este tercer libro en el punto al que había llegado el segundo. Porque después de haber llegado a esto, a saber, que deseábamos mostrar que el Hijo no era por ello menor que el Padre porque el Padre envió y el Hijo fue enviado; ni el Espíritu Santo por ello menor que ambos, porque leemos en el Evangelio que fue enviado tanto por el uno como por el otro; emprendimos entonces indagar, puesto que el Hijo fue enviado allí donde ya estaba —pues vino al mundo, y «estaba en el mundo;» y puesto que también el Espíritu Santo fue enviado allí donde ya estaba —pues «el Espíritu del Señor llena el mundo, y aquello que contiene todas las cosas conoce la voz;» si el Señor fue por ello «enviado» porque nació en la carne de modo que ya no estuviera oculto y, por así decirlo, salió del seno del Padre y apareció a los ojos de los hombres en forma de siervo; y si el Espíritu Santo fue también por ello «enviado,» porque también Él fue visto como paloma en forma corpórea, y en lenguas como de fuego; de modo que ser enviado, cuando se dice de ellos, significa salir a la vista de los mortales en alguna forma corpórea desde un escondite espiritual; lo cual, porque el Padre no lo hizo, se dice solo que envió, no que fue enviado. Nuestra siguiente indagación fue: ¿por qué no se dice a veces que el Padre fue enviado, si Él mismo se manifestó mediante aquellas formas corpóreas que aparecieron a los ojos de los antiguos? Pero si el Hijo se manifestó en aquellos tiempos, ¿por qué habría de decirse que fue «enviado» tanto después, cuando vino la plenitud de los tiempos para que naciera de una mujer; puesto que, en verdad, fue enviado también antes, a saber., cuando apareció corpóreamente en aquellas formas? O si no se dijera rectamente que fue «enviado,» sino solo cuando el Verbo se hizo carne; ¿por qué se lee que el Espíritu Santo fue «enviado,» de quien tal encarnación nunca tuvo lugar? Pero si ni el Padre ni el Hijo, sino el Espíritu Santo, fue manifestado mediante estas antiguas apariciones, ¿por qué habría de decirse también que Él fue «enviado» ahora, cuando también antes fue enviado de estas varias maneras? Luego subdividimos el asunto para que pudiera tratarse con el mayor cuidado, e hicimos triple la cuestión, de la cual una parte fue explicada en el segundo libro, y quedan dos, que a continuación procederé a discutir. Porque ya hemos indagado y determinado que no solo el Padre, ni solo el Hijo, ni solo el Espíritu Santo aparecieron en aquellas antiguas formas y visiones corpóreas, sino o bien indistintamente el Señor Dios, que se entiende ser la Trinidad misma, o bien alguna persona de la Trinidad, según lo que el texto de la narración pudiera significar, mediante las indicaciones suministradas por el contexto.
Comentario editorial · Lo que Agustín dice de su griego
En §1 Agustín dice, en plural, que «no estamos tan familiarizados con la lengua griega» como para leer los libros que tratan de estos temas, y que lo traducido al latín es poco. Shedd, en una nota a este pasaje, concluye que no había leído a los trinitarios griegos en el original, aunque Atanasio (muerto en 373) y Basilio (379) habían escrito ya. En otra nota señala que Agustín sí citó griego en otros lugares de la obra (XII, 7 y 14; XIII, 10; XIV, 1; XV, 9), pero que en V, 8 (§10) dice no entender la diferencia entre ousía e hypóstasis. Haddan añade que, de lo escrito antes sobre el tema, Agustín solo cita directamente la obra latina de Hilario de Poitiers.
III, 1, 4–6
4. Continuemos, pues, ahora nuestra indagación en orden. Porque bajo el segundo punto de aquella división se presentó la cuestión de si la criatura fue formada solo para aquella obra, en la cual Dios, de la manera que juzgó entonces conveniente, pudiera manifestarse a la vista humana; o si ángeles, que ya existían, fueron enviados de tal modo que hablaran en persona de Dios, asumiendo una apariencia corpórea de la criatura corpórea para el fin de su ministerio; o bien cambiando y transformando su propio cuerpo mismo, al cual no están sujetos, sino que lo gobiernan como sujeto a sí mismos, en las formas que quisieran, apropiadas y adecuadas a sus acciones, según el poder que les ha dado el Creador. Y cuando esta parte de la cuestión haya sido investigada, en cuanto Dios lo permita, entonces, por último, habremos de atender a aquella cuestión con la que empezamos, a saber., si el Hijo y el Espíritu Santo fueron también «enviados» antes; y, si es así, qué diferencia hay entre aquel envío y aquel del que leemos en el Evangelio; o si ninguno de los dos fue enviado, salvo cuando el Hijo fue hecho de la Virgen María, o cuando el Espíritu Santo apareció en forma visible, ya sea como paloma o en lenguas de fuego.
5. Confieso, sin embargo, que excede lo que mi propósito puede abarcar indagar si los ángeles, obrando secretamente por la cualidad espiritual de su cuerpo, que permanece aún en ellos, toman algo de los elementos inferiores y más corpóreos, los cuales, adaptados a ellos, pueden cambiar y volver como un vestido en cualesquiera apariencias corpóreas que quieran, y que esas apariencias mismas son también reales, como el agua real fue convertida por nuestro Señor en vino real; o si transforman sus propios cuerpos mismos en aquello que quieren, de manera adecuada al acto particular. Pero no importa a la presente cuestión cuál de estas cosas sea. Y aunque no sea capaz de entender estas cosas por experiencia real, viendo que soy hombre, como los ángeles que hacen estas cosas las entienden y las conocen mejor que yo las conozco, a saber., hasta qué punto mi cuerpo es mudable por la operación de mi voluntad; sea por mi propia experiencia de mí mismo, sea por lo que he recogido de otros; sin embargo no es necesario decir aquí cuál de estas alternativas debo creer según la autoridad de las divinas Escrituras, no sea que me vea obligado a probarlo, y así mi discurso se haga demasiado largo sobre un asunto que no concierne a la presente cuestión.
6. Nuestra presente indagación, pues, es si los ángeles fueron entonces los agentes tanto al mostrar aquellas apariencias corpóreas a los ojos de los hombres como al hacer sonar aquellas palabras en sus oídos, cuando la criatura sensible misma, sirviendo al Creador a su seña, era transformada por el momento en cuanto era necesario; como está escrito en el libro de la Sabiduría, «Porque la criatura te sirve a ti, que eres el Hacedor; acrecienta su fuerza contra los injustos para su castigo, y disminuye su fuerza para provecho de los que en ti confían. Por tanto, aun entonces se mudaba en todas las formas, y era obediente a tu gracia, que nutre todas las cosas según el deseo de los que te anhelaban.» Pues el poder de la voluntad de Dios llega a través de la criatura espiritual incluso a los efectos visibles y sensibles de la criatura corpórea. Porque ¿dónde no obra la sabiduría de Dios omnipotente lo que quiere, la cual «se extiende de un extremo a otro poderosamente, y con suavidad ordena todas las cosas»?
Capítulo 2. La voluntad de Dios es la causa superior de todo cambio corpóreo. Esto se muestra con un ejemplo
III, 2, 7–8
7. Pero hay una clase de orden natural en la conversión y mutabilidad de los cuerpos que, aunque también sirve al mandato de Dios, sin embargo, por razón de su continuidad ininterrumpida, ha dejado de causar admiración; como sucede, por ejemplo, con aquellas cosas que se cambian en intervalos de tiempo o muy breves o, en todo caso, no largos, en el cielo, en la tierra o en el mar; ya sea al salir, ya al ponerse, ya en el cambio de aspecto de tiempo en tiempo; mientras que hay otras cosas que, aunque surgen de ese mismo orden, son menos familiares a causa de intervalos de tiempo más largos. Y estas cosas, aunque muchos las admiran estúpidamente, son entendidas por quienes indagan en este mundo presente, y en el transcurso de las generaciones se hacen tanto menos admirables cuanto más se repiten y son conocidas por más personas. Tales son los eclipses del sol y de la luna, y algunas clases de estrellas que aparecen rara vez, y los terremotos, y los nacimientos antinaturales de criaturas vivientes, y otras cosas semejantes; de las cuales ninguna acontece sin la voluntad de Dios; y, sin embargo, que esto es así no es evidente para la mayoría. Y así la vanidad de los filósofos ha encontrado licencia para asignar estas cosas también a otras causas, acaso causas verdaderas, pero próximas, mientras no son capaces de ver en absoluto la causa que es superior a todas las demás, a saber, la voluntad de Dios; o también a causas falsas, y a tales que ni siquiera se proponen a partir de una investigación diligente de las cosas y movimientos corpóreos, sino de su propia conjetura y error.
8. Aduciré un ejemplo, si puedo, para que esto sea más claro. Hay, lo sabemos, en el cuerpo humano cierta masa de carne y una forma exterior, y una disposición y distribución de los miembros, y un temperamento de salud; y un alma insuflada en él gobierna este cuerpo, y esa alma es racional; la cual, por tanto, aunque mudable, puede ser partícipe de aquella sabiduría inmutable, de modo que «pueda participar de aquello que es en sí y por sí;» como está escrito en el Salmo acerca de todos los santos, de los cuales, como de piedras vivas, se edifica aquella Jerusalén que es madre de todos nosotros, eterna en los cielos. Porque así se canta: «Jerusalén es edificada como ciudad, que es partícipe de aquello que es en sí y por sí.» Pues «en sí y por sí,» en ese lugar, se entiende de aquel bien sumo e inmutable, que es Dios, y de su propia sabiduría y voluntad. A quien se canta en otro lugar: «Tú los mudarás, y serán mudados; pero Tú eres el mismo.»
III, 3, 8
Tomemos, pues, el caso de un hombre sabio, tal que su alma racional ya es partícipe de la verdad inmutable y eterna, de modo que la consulta acerca de todas sus acciones, y no hace nada en absoluto que no sepa por ella que debe hacerse, para que, estando sujeto a ella y obedeciéndola, obre rectamente. Supongamos ahora que este hombre, aconsejándose con la altísima razón de la justicia divina, que oye con el oído de su corazón en secreto, y por mandato de ella, fatigara su cuerpo con el trabajo en algún oficio de misericordia, y contrajera una enfermedad; y que, consultando a los médicos, uno le dijera que la causa de la enfermedad era la excesiva sequedad del cuerpo, y otro que era la excesiva humedad; sin duda uno de los dos alegaría la causa verdadera y el otro erraría, pero ambos se pronunciarían solo acerca de causas próximas, es decir, corpóreas. Pero si se indagara la causa de aquella sequedad y se hallara que era el trabajo autoimpuesto, habríamos llegado entonces a una causa aún más alta, que procede del alma de modo que afecta al cuerpo que el alma gobierna. Y con todo, ni siquiera esta sería la primera causa, pues sin duda aquella era una causa todavía más alta, y residía en la sabiduría misma inmutable, sirviendo a la cual en el amor y obedeciendo sus inefables mandatos, el alma del sabio había emprendido aquel trabajo autoimpuesto; y así se hallaría que nada más que la voluntad de Dios es con toda verdad la primera causa de aquella enfermedad. Pero supongamos ahora que en aquel oficio de piadoso trabajo este hombre sabio hubiera empleado la ayuda de otros para cooperar en la buena obra, los cuales no servían a Dios con la misma voluntad que él, sino que deseaban alcanzar el premio de sus propios deseos carnales, o solo rehuían los desagrados carnales; —supongamos también que hubiera empleado bestias de carga, si la realización de la obra requería tal provisión, las cuales bestias de carga serían ciertamente animales irracionales, y por tanto no moverían sus miembros bajo sus cargas porque pensaran en absoluto en aquella buena obra, sino por el apetito natural de su propio agrado y por evitar la molestia—; supongamos, por último, que hubiera empleado las mismas cosas corpóreas que carecen de todo sentido, pero que eran necesarias para aquella obra, como p. ej.. grano, y vino, y aceites, vestidos, o dinero, o un libro, o cualquier cosa de esta clase— ciertamente, en todas estas cosas corpóreas empleadas así en esta obra, ya sean animadas o inanimadas, cuanto aconteció de movimiento, de desgaste, de reparación, de destrucción, de renovación o de cambio de una u otra manera, según les afectaban los lugares y los tiempos; ¿acaso podría haber, digo, otra causa de todos estos hechos visibles y mudables, sino la voluntad invisible e inmutable de Dios, que usaba todas estas cosas, tanto las almas malas e irracionales como los cuerpos, ya fueran inspirados y animados por aquellas almas, ya carecieran de todo sentido, por medio de aquella alma recta como asiento de su sabiduría, puesto que primariamente aquella alma buena y santa misma los empleaba, a la cual su sabiduría había sometido a sí misma en una piadosa y religiosa obediencia?
Dios usa todas las criaturas como Él quiere, y hace las cosas visibles para la manifestación de sí mismo
III, 4, 9–10
9. Lo que, pues, hemos alegado a modo de ejemplo de un solo hombre sabio, aunque de uno que aún lleva un cuerpo mortal y aún ve solo en parte, puede lícitamente extenderse también a una familia, donde hay una sociedad de tales hombres, o a una ciudad, o incluso al mundo entero, si la regla suprema y el gobierno de los asuntos humanos estuvieran en manos de los sabios, y de aquellos que estuvieran piadosa y perfectamente sujetos a Dios; pero porque esto aún no es así (pues conviene que seamos primero ejercitados en esta nuestra peregrinación a la manera mortal, y que seamos enseñados con azotes por la fuerza de la mansedumbre y la paciencia), volvamos nuestros pensamientos a aquella patria misma que está arriba y es celestial, de la cual aquí somos peregrinos. Pues allí la voluntad de Dios, «que hace a sus ángeles espíritus, y a sus ministros llama de fuego,» presidiendo entre los espíritus que están unidos en perfecta paz y amistad, y combinados en una sola voluntad por una especie de fuego espiritual de caridad, como en un asiento elevado y santo y secreto, como en su propia casa y en su propio templo, desde allí se difunde a través de todas las cosas por ciertos movimientos perfectísimamente ordenados de la criatura; primero espirituales, luego corpóreos; y usa todo según el placer inmutable de su propio propósito, ya sean cosas incorpóreas o corpóreas, ya sean espíritus racionales o irracionales, ya sean buenos por su gracia o malos por su propia voluntad. Pero así como los cuerpos más groseros e inferiores son gobernados en el orden debido por los más sutiles y poderosos, así todos los cuerpos son gobernados por el espíritu viviente; y el espíritu viviente desprovisto de razón, por el espíritu viviente racional; y el espíritu viviente racional que falla y peca, por el espíritu viviente y racional que es piadoso y justo; y este por Dios mismo, y así la criatura universal por su Creador, de quien y por quien y en quien es también creada y establecida. Y así sucede que la voluntad de Dios es la causa primera y más alta de todas las apariencias y movimientos corpóreos. Pues nada se hace visible o sensiblemente, sino por mandato o permiso del palacio interior, invisible e inteligible, del supremo Gobernador, según la justicia inefable de los premios y castigos, de la gracia y la retribución, en aquella república vasta e ilimitada de toda la criatura.
10. Si, por tanto, el apóstol Pablo, aunque aún llevaba la carga del cuerpo, que está sujeto a corrupción y oprime al alma, y aunque aún veía solo en parte y en enigma, deseando partir y estar con Cristo, y gimiendo dentro de sí, esperando la adopción, a saber, la redención de su cuerpo, pudo sin embargo predicar significativamente al Señor Jesucristo, de una manera con su lengua, de otra por epístola, de otra por el sacramento de su cuerpo y sangre (puesto que, ciertamente, no llamamos cuerpo y sangre de Cristo ni a la lengua del apóstol, ni a los pergaminos, ni a la tinta, ni a los sonidos significativos que su lengua profirió, ni a los signos alfabéticos escritos en las pieles; sino solo a aquello que tomamos de los frutos de la tierra y consagramos por la oración mística, y luego recibimos debidamente para nuestra salud espiritual en memoria de la pasión de nuestro Señor por nosotros: y esto, aunque es llevado por manos de hombres a aquella forma visible, sin embargo no es santificado para llegar a ser tan grande sacramento, sino por el espíritu de Dios que obra invisiblemente; puesto que Dios obra todo lo que se hace en aquella obra mediante movimientos corpóreos, poniendo en movimiento primeramente las cosas invisibles de sus siervos, ya sean las almas de los hombres, o los servicios de los espíritus ocultos sujetos a Él): ¿qué maravilla si también en la criatura del cielo y de la tierra, del mar y del aire, Dios obra las cosas sensibles y visibles que Él quiere, para significarse y manifestarse en ellas, como Él mismo sabe que es conveniente, sin ninguna aparición de su sustancia misma, por la cual Él es, que es del todo inmutable, y más interior y secretamente exaltada que todos los espíritus que Él ha creado?
III, 5, 11
11. Pues desde que el poder divino administra toda la criatura espiritual y corpórea, las aguas del mar son convocadas y derramadas sobre la faz de la tierra en ciertos días de cada año. Pero cuando esto se hizo ante la oración del santo Elías; porque un curso tan continuado y largo de buen tiempo había precedido, que los hombres estaban hambrientos; y porque en aquella misma hora, en que el siervo de Dios oraba, el aire mismo no había, por ningún aspecto húmedo, mostrado señales de la lluvia venidera; el poder divino fue manifiesto en las grandes y rápidas lluvias que siguieron, y por las cuales aquel milagro fue concedido y dispensado. De la misma manera, Dios obra ordinariamente a través de truenos y relámpagos: pero porque estos fueron obrados de una manera inusual en el monte Sinaí, y aquellos sonidos no fueron proferidos con un ruido confuso, sino de modo que apareció por pruebas certísimas que se daban ciertas intimaciones por ellos, fueron milagros. ¿Quién hace subir la savia por la raíz de la vid al racimo de uvas, y hace el vino, sino Dios; quien, mientras el hombre planta y riega, Él mismo da el crecimiento? Pero cuando, al mandato del Señor, el agua fue convertida en vino con una rapidez extraordinaria, el poder divino se hizo manifiesto, por la confesión aun de los necios. ¿Quién viste ordinariamente los árboles con hojas y flores, sino Dios? Sin embargo, cuando floreció la vara de Aarón el sacerdote, la Divinidad de alguna manera conversó con la humanidad dudosa. Además, la materia terrosa ciertamente sirve en común para la producción y formación tanto de toda clase de maderas como de la carne de todos los animales: ¿y quién hace estas cosas, sino Aquel que dijo: Produzca la tierra; y quien gobierna y guía por la misma palabra suya aquellas cosas que ha creado? Sin embargo, cuando cambió la misma materia de la vara de Moisés en la carne de una serpiente, inmediata y rápidamente, aquel cambio, que era inusual, aunque de una cosa que era mudable, fue un milagro. Pero ¿quién es el que da vida a todo ser viviente en su nacimiento, sino Aquel que dio vida a aquella serpiente también por el momento, según había necesidad?
III, 6, 11
¿Y quién es el que devolvió a los cadáveres sus almas propias cuando los muertos resucitaron, sino Aquel que da vida a la carne en el vientre de la madre, para que vengan a ser los que aún han de morir? Pero cuando tales cosas suceden en una especie continua de río de sucesión que siempre fluye, pasando de lo oculto a lo visible, y de lo visible a lo oculto, por una vía regular y trillada, entonces se llaman naturales; cuando, para la amonestación de los hombres, son introducidas por una mutabilidad inusual, entonces se llaman milagros.
III, 7, 12
12. Veo aquí lo que puede ocurrírsele a un juicio débil, a saber, por qué tales milagros son obrados también por las artes mágicas; pues los magos de Faraón igualmente hicieron serpientes, e hicieron otras cosas semejantes. Sin embargo, es aún más materia de admiración, cómo fue que el poder de aquellos magos, que era capaz de hacer serpientes, cuando llegó a moscas muy pequeñas, falló del todo. Pues los piojos, por los cuales la tercera plaga golpeó al pueblo soberbio de Egipto, son moscas pequeñísimas de muy corta vida; sin embargo, allí ciertamente los magos fallaron, diciendo: «Este es el dedo de Dios.» Y de aquí se nos da a entender que ni siquiera aquellos ángeles y potestades del aire que transgredieron, que han sido arrojados a aquella oscuridad más baja, como a una prisión peculiar, desde su habitación en aquella etérea pureza elevada, por medio de quienes las artes mágicas tienen todo el poder que tienen, pueden hacer nada excepto por poder dado de arriba. Ahora bien, aquel poder es dado o para engañar a los engañosos, como fue dado contra los egipcios, y contra los magos también mismos, a fin de que en el seducir de aquellos espíritus parecieran admirables por quienes eran obrados, pero para ser condenados por la verdad de Dios; o para la amonestación de los fieles, para que no deseen hacer nada de este género como si fuera una cosa grande, por cuya razón han sido transmitidos a nosotros también por la autoridad de la Escritura; o por último, para el ejercicio, la prueba y la manifestación de la paciencia de los justos. Pues no fue por ningún pequeño poder de milagros visibles que Job perdió todo lo que tenía, y a sus hijos y su salud corporal misma.
III, 8, 13–14
13. Sin embargo, no se ha de pensar por esto que la materia de las cosas visibles está subordinada a la orden de aquellos ángeles malvados; sino más bien a la de Dios, por quien este poder es dado, tan solo en la medida en que Él, que es inmutable, determina en su morada elevada y espiritual darlo. Pues el agua y el fuego y la tierra están subordinados aun a los hombres malvados, que son condenados a las minas, a fin de que hagan con ellas lo que quieran, pero solo en la medida en que es permitido. Ni, en verdad, han de ser llamados creadores aquellos ángeles malvados, porque por medio de ellos los magos, resistiendo al siervo de Dios, hicieron ranas y serpientes; pues no fueron ellos quienes las crearon. Pero, en verdad, algunas semillas ocultas de todas las cosas que nacen corpórea y visiblemente, están escondidas en los elementos corpóreos de este mundo. Pues aquellas semillas que son visibles ahora a nuestros ojos de los frutos y de los seres vivientes, son muy distintas de las semillas ocultas de aquellas semillas anteriores; de las cuales, a la orden del Creador, el agua produjo los primeros animales nadadores y las aves, y la tierra los primeros brotes según su especie, y los primeros seres vivientes según su especie. Pues ni en aquel tiempo fueron aquellas semillas extraídas de tal modo a productos de sus varias especies, que el poder de producción se agotara en aquellos productos; sino que muchas veces faltan combinaciones adecuadas de circunstancias, por las cuales puedan ser capaces de brotar y completar su especie. Pues, considera, el más pequeño retoño es una semilla; pues, si se consigna debidamente a la tierra, produce un árbol. Pero de este retoño hay una semilla aún más sutil en algún grano de la misma especie, y esta es visible incluso para nosotros. Pero de este grano también hay además una semilla, la cual, aunque no podemos verla con nuestros ojos, sin embargo podemos conjeturar su existencia por nuestra razón; porque, a menos que hubiera algún poder tal en aquellos elementos, no se producirían tan frecuentemente de la tierra cosas que no habían sido sembradas allí; ni tampoco tantos animales, sin ninguna mezcla previa de macho y hembra; ya sea en la tierra, o en el agua, que sin embargo crecen, y al mezclarse engendran otros, mientras ellos mismos brotaron sin ninguna unión de padres. Y ciertamente las abejas no conciben las semillas de sus crías por mezcla, sino que las recogen como están esparcidas sobre la tierra con su boca. Pues el Creador de estas semillas invisibles es el Creador de todas las cosas Él mismo; puesto que todo lo que sale a nuestra vista al nacer, recibe los primeros comienzos de su curso de las semillas ocultas, y toma los incrementos sucesivos de su tamaño propio y sus formas distintivas de estas como de reglas originales. Así como, por tanto, no llamamos a los padres creadores de los hombres, ni a los labradores creadores del grano —aunque es por la aplicación exterior de sus acciones que el poder de Dios obra dentro para la creación de estas cosas—, así no es recto pensar que no solo los ángeles malos sino aun los buenos sean creadores, si, por la sutileza de su percepción y de su cuerpo, conocen las semillas de las cosas que para nosotros son más ocultas, y las esparcen secretamente mediante templanzas adecuadas de los elementos, y así proporcionan oportunidades de producir cosas, y de acelerar su aumento. Pero ni los ángeles buenos hacen estas cosas, sino en cuanto Dios manda, ni los malos las hacen injustamente, sino en cuanto Él rectamente permite. Pues la malignidad del impío hace su propia voluntad injusta; pero el poder de hacerlo, lo recibe rectamente, ya para su propio castigo, o, en el caso de otros, para el castigo de los impíos, o para la alabanza de los buenos.
14. En consecuencia, el apóstol Pablo, distinguiendo el crear y formar de Dios desde dentro, de las operaciones de la criatura que se aplican desde fuera, y tomando una semejanza de la agricultura, dice: «Yo planté, Apolos regó; pero Dios dio el crecimiento.» Así como, por tanto, en el caso de la vida espiritual misma, nadie excepto Dios puede obrar la justicia en nuestras mentes, sin embargo los hombres también pueden predicar el evangelio como un medio exterior, no solo los buenos en sinceridad, sino también los malos en simulación; así en la creación de las cosas visibles es Dios quien obra desde dentro; pero las operaciones exteriores, ya sean de buenos o malos, de ángeles u hombres, o aun de cualquier clase de animal, según su propio poder absoluto, y según la distribución de facultades, y los varios apetitos de las cosas agradables, que Él mismo ha impartido, son aplicadas por Él a aquella naturaleza de las cosas en la cual Él crea todas las cosas, de la misma manera como la agricultura es al suelo. Por lo cual no puedo más llamar a los ángeles malos, evocados por las artes mágicas, los creadores de las ranas y serpientes, de lo que puedo decir que los hombres malos fueron creadores de la cosecha de grano, que veo haber brotado por su trabajo.
15. Así como Jacob, a su vez, no fue el creador de los colores en los rebaños, porque puso las varas de varios colores para que las varias madres, mientras bebían, las miraran al concebir. Sin embargo, tampoco los ganados mismos fueron creadores de la variedad de su propia descendencia, porque la imagen abigarrada, impresa a través de sus ojos por la vista de las varas variadas, se adhirió a su alma, pero pudo afectar el cuerpo que era animado por el espíritu así afectado solo mediante la simpatía con esta mezcla, en la medida en que podía teñir con color los tiernos comienzos de su descendencia. Pues que sean afectados de este modo desde sí mismos, ya sea el alma desde el cuerpo, o el cuerpo desde el alma, surge en verdad de razones adecuadas, que existen inmutablemente en aquella altísima sabiduría de Dios mismo, que ninguna extensión de lugar contiene; y que, mientras es ella misma inmutable, sin embargo no abandona ni siquiera una de aquellas cosas que son mudables, porque no hay una de ellas que no sea creada por ella misma. Pues era la razón inmutable e invisible de la sabiduría de Dios, por la cual todas las cosas son creadas, la que hizo que nacieran, no varas, sino ganados, de los ganados; pero que el color del ganado concebido fuera influido en alguna medida por la variedad de las varas, sucedió a través del alma del ganado preñado siendo afectada a través de sus ojos desde fuera, y así según su propia medida atrayendo dentro de sí la regla de formación, que recibía del poder más íntimo de su propio Creador. Cuán grande, sin embargo, pueda ser el poder del alma para afectar y cambiar la sustancia corpórea (aunque ciertamente no puede ser llamada creadora del cuerpo, porque toda causa de sustancia mudable y sensible, y toda su medida y número y peso, por los cuales se realizan tanto su ser en absoluto como su ser de tal o cual naturaleza, surgen de la vida inteligible e inmutable, que está sobre todas las cosas, y que alcanza incluso a las cosas más distantes y terrenales), es un tema muy copioso, y uno que no es ahora necesario. Pero pensé que el acto de Jacob acerca del ganado debía ser notado, por esta razón, viz. a fin de que se percibiera que, si el hombre que así puso aquellas varas no puede ser llamado creador de los colores en los corderos y cabritos; ni aun tampoco las almas mismas de las madres, que colorearon las semillas concebidas en la carne por la imagen del color abigarrado, concebida a través de los ojos del cuerpo, en la medida en que la naturaleza lo permitió; mucho menos puede decirse que los creadores de las ranas y serpientes fueron los ángeles malos, por medio de quienes los magos de Faraón entonces las hicieron.
III, 9, 16–19
16. Pues una cosa es hacer y administrar la criatura desde el íntimo y supremo quicio de la causalidad, lo cual solo hace Él, que es Dios Creador; y otra muy distinta aplicar desde fuera alguna operación según la capacidad y facultades que Él asigna a cada uno, para que lo creado salga a la existencia en este o aquel tiempo y de este o aquel modo. Porque todas estas cosas, en cuanto a su origen y principio, ya han sido creadas en una especie de tejido de los elementos, pero salen a la luz cuando hallan ocasión. Pues, así como las madres están preñadas de sus crías, así el mundo mismo está preñado de las causas de las cosas que nacen; las cuales no son creadas en él sino desde aquella esencia sumísima, donde nada brota ni muere, ni comienza a ser ni cesa. Pero la aplicación desde fuera de causas adventicias, las cuales, aunque no son naturales, han de aplicarse según la naturaleza, para que aquellas cosas que están contenidas y ocultas en el seno secreto de la naturaleza irrumpan y sean creadas exteriormente de algún modo por el despliegue de las medidas, números y pesos propios que recibieron secretamente de Aquel «que lo ordenó todo con medida, número y peso»: esto no está solo en poder de los malos ángeles, sino también de los malos hombres, como he mostrado arriba con el ejemplo de la agricultura.
17. Pero no sea que la condición algo distinta de los animales turbe a alguno, porque tienen aliento de vida con sentido para desear lo que es conforme a naturaleza y evitar lo que le es contrario; hemos de considerar también cuántos hombres hay que saben de qué hierbas o carnes, o de qué jugos o líquidos, cualesquiera que sean, colocados de tal modo o enterrados, machacados o mezclados, nace comúnmente tal o cual animal; sin embargo, ¿quién puede ser tan necio que ose llamarse creador de esos animales? ¿Acaso, pues, hay que admirarse de que, así como cualquier hombre, aun el más vil, puede saber de dónde se producen tales o cuales gusanos y moscas, así los malos ángeles, conforme a la sutileza de sus percepciones, disciernan en las semillas más ocultas de los elementos de dónde se producen ranas y serpientes, y así, aplicando esas semillas por movimientos secretos mediante combinaciones oportunas, ciertas y conocidas, hagan que sean creadas, pero no las crean? Solo que los hombres no se admiran de las cosas que suelen hacer los hombres. Pero si alguien acaso se admira de la rapidez de esos crecimientos, porque aquellos seres vivos fueron hechos tan pronto, considere cómo aun esto puede lograrse por los hombres conforme a la medida de la capacidad humana. Pues ¿de dónde procede que los mismos cuerpos generen gusanos más rápidamente en verano que en invierno, o en lugares más cálidos que en los más fríos? Solo que estas cosas son aplicadas por los hombres con tanta más dificultad cuanto más carecen sus miembros terrenos y torpes de sutileza de percepción y de rapidez de movimiento corporal. Y de aquí proviene que, en el caso de cualquier género de ángeles, cuanto más fácil les es extraer las causas próximas de los elementos, tanto más admirable es su rapidez en obras de este género.
18. Pero solo es creador Aquel que es el principal formador de estas cosas. Y nadie puede serlo, sino Aquel en quien principalmente descansan la medida, el número y el peso de todas las cosas existentes; y Él es el único Dios Creador, por cuyo inefable poder sucede también que lo que estos ángeles podían hacer si se les permitía, no pueden hacerlo precisamente porque no se les permite. Pues no hay otra razón por la que quienes hicieron ranas y serpientes no pudieron hacer las más diminutas moscas, sino porque estaba presente prohibiéndolos el poder mayor de Dios mediante el Espíritu Santo; lo cual confesaron aun los mismos magos, diciendo: «Este es el dedo de Dios». Pero qué es lo que pueden hacer por naturaleza y, sin embargo, no pueden porque se les prohíbe; y qué es lo que la condición misma de su naturaleza no les consiente hacer: es difícil —más aún, imposible— que el hombre lo investigue, a no ser mediante aquel don de Dios que el apóstol menciona cuando dice: «A otro, el discernimiento de espíritus». Pues sabemos que un hombre puede caminar y, no obstante, no puede hacerlo si no se le permite; pero que no puede volar, aunque se le permita. Así también aquellos ángeles pueden hacer ciertas cosas si se lo permiten ángeles más poderosos, según el mandato supremo de Dios; pero no pueden hacer otras ciertas, ni aun cuando aquellos se lo permitan; porque no lo permite Aquel de quien recibieron tal o cual medida de potencias naturales: quien, aun mediante sus ángeles, no suele permitir lo que les ha dado poder para poder hacer.
19. Exceptuando, pues, aquellas cosas corpóreas que se hacen en el orden de la naturaleza en una serie de tiempos perfectamente acostumbrada, como p. ej., la salida y la puesta de los astros, las generaciones y muertes de los animales, las innumerables diversidades de semillas y brotes, los vapores y las nubes, la nieve y la lluvia, los relámpagos y el trueno, los rayos y el granizo, los vientos y el fuego, el frío y el calor, y todas las cosas semejantes; exceptuando también aquellas que en el mismo orden de la naturaleza ocurren raramente, como los eclipses, las apariciones insólitas de astros, los monstruos, los terremotos y cosas por el estilo —todas estas, digo, deben exceptuarse; de ellas, ciertamente, la primera y principal causa es solo la voluntad de Dios; por lo cual también en el Salmo, habiéndose mencionado algunas cosas de este género, «Fuego y granizo, nieve y vapor, viento tempestuoso», para que nadie pensara que eran producidas por azar o solo por causas corpóreas, o incluso por causas espirituales, pero al margen de la voluntad de Dios, se añade inmediatamente: «que ejecutan su palabra».
III, 10, 19–20
Exceptuando, pues, todas estas cosas, como acabo de decir, hay también algunas de otra índole; las cuales, aunque provienen de la misma sustancia corpórea, son, sin embargo, puestas al alcance de nuestros sentidos para anunciar algo de parte de Dios, y estas se llaman propiamente milagros y signos; sin embargo, la persona misma de Dios no es asumida en todas las cosas que nos son anunciadas por el Señor Dios. Pero cuando se asume esa persona, a veces se manifiesta como un ángel; a veces en aquella forma que no es un ángel en su propio ser, aunque es dispuesta y administrada por un ángel. Y cuando se asume en aquella forma que no es un ángel en su propio ser, a veces es un cuerpo ya existente, asumido tras alguna suerte de cambio, para manifestar aquel mensaje; a veces es uno que llega a existir para ese fin y, una vez cumplido, es desechado. Así como, también, cuando los hombres son mensajeros, a veces pronuncian las palabras de Dios en su propia persona, como cuando se antepone: «Dijo el Señor», o «Así dice el Señor», o cualquier otra frase semejante; pero a veces, sin tal prefacio, toman sobre sí la persona misma de Dios, como p. ej.: «Yo te instruiré y te enseñaré el camino en que debes andar»; así, no solo de palabra, sino también de obra, se impone al profeta la representación de la persona de Dios, para que lleve esa persona en el ministerio de la profecía; como la llevó, por ejemplo, quien dividió su manto en doce partes y dio diez de ellas al siervo del rey Salomón, para el futuro rey de Israel. A veces, también, una cosa que no era profeta en su propio ser, y que ya existía entre las cosas terrenas, fue asumida para significar esto; como Jacob, cuando después de haber visto el sueño, al despertar hizo con la piedra que, dormido, había tenido bajo su cabeza. A veces se hace una cosa de la misma índole con el solo propósito; de modo que o continúa existiendo por un poco de tiempo, como pudo hacerlo aquella serpiente de bronce que fue levantada en el desierto, y como pueden hacerlo asimismo los documentos escritos; o de modo que pasa y desaparece después de haber cumplido su ministerio, como el pan hecho para ese fin se consume en la recepción del sacramento.
20. Pero como estas cosas son conocidas por los hombres, en cuanto son hechas por hombres, bien pueden ser recibidas con reverencia como cosas santas, pero no pueden causar admiración como milagros. Y por eso aquellas cosas que son hechas por ángeles son tanto más admirables para nosotros cuanto son más difíciles y más conocidas por ellos; pero para ellos son conocidas y fáciles, por ser acciones propias. Un ángel habla en persona de Dios al hombre, diciendo: «Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob»; habiendo dicho la Escritura poco antes: «Se le apareció el ángel del Señor». Y también un hombre habla en persona de Dios, diciendo: «Oye, pueblo mío, y testificaré contra ti, oh Israel: Yo soy el Señor tu Dios». Una vara fue tomada para servir de signo y fue convertida en serpiente por poder angélico; pero aunque ese poder falta al hombre, también el hombre tomó una piedra para un signo semejante. Hay una gran diferencia entre la obra del ángel y la obra del hombre. La primera ha de ser admirada y entendida; la segunda, solo entendida. Aquello que se entiende de ambas, tal vez es uno y lo mismo; pero las cosas de las cuales se entiende son diferentes. Como si el nombre de Dios se escribiera en oro y en tinta: lo primero sería más precioso, lo segundo más vil; mas lo que se significa en ambos es uno y lo mismo. Y aunque la serpiente que salió de la vara de Moisés significaba lo mismo que la piedra de Jacob, sin embargo la piedra de Jacob significaba algo mejor que las serpientes de los magos. Pues así como la unción de la piedra significaba a Cristo en la carne, en la cual fue ungido con óleo de alegría más que sus compañeros; así la vara de Moisés, convertida en serpiente, significaba al mismo Cristo hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz. De donde se dice: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en Él cree no perezca, sino que tenga vida eterna»; así como, al mirar aquella serpiente levantada en el desierto, no perecían por las mordeduras de las serpientes. Porque «nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él, para que el cuerpo del pecado sea destruido». Porque por la serpiente se entiende la muerte, que fue obrada por la serpiente en el paraíso, modo de hablar que expresa el efecto por la causa eficiente. Por tanto, la vara pasó a ser serpiente: Cristo, a la muerte; y la serpiente volvió a ser vara: Cristo entero, con su cuerpo, a la resurrección; cuyo cuerpo es la Iglesia; y esto sucederá al fin de los tiempos, significado por la cola, que Moisés asió para que volviera a ser vara. Mas las serpientes de los magos, como los que están muertos en el mundo, si no hubieren sido, por decirlo así, tragadas por Cristo creyendo en Él y hubieren entrado en su cuerpo, no podrán resucitar en Él. Por tanto, la piedra de Jacob, como dije, significaba algo mejor que las serpientes de los magos; sin embargo, la obra de los magos era mucho más admirable. Pero estas cosas así no impiden la comprensión del asunto; como si el nombre de un hombre estuviera escrito en oro, y el de Dios en tinta.
21. ¿Qué hombre, a su vez, sabe cómo hicieron o tomaron los ángeles aquellas nubes y fuegos para significar el mensaje que llevaban, aun suponiendo que el Señor o el Espíritu Santo se manifestara en aquellas formas corpóreas? Así como los niños no saben de aquello que se coloca sobre el altar y se consume después de la celebración santa, de dónde ni de qué manera se hace, ni de dónde se toma para el uso religioso. Y si nunca hubieran de aprenderlo por experiencia propia o ajena, y nunca hubieran de ver aquella especie de cosa sino durante la celebración del sacramento, cuando se ofrece y se da; y si se les dijera por la más grave autoridad de quién es cuerpo y de quién es sangre, no creerán otra cosa sino que el Señor absolutamente apareció en esta forma a los ojos de los mortales, y que aquel líquido manó realmente de la herida de un costado que se asemejaba a este. Pero ciertamente es una advertencia útil para mí recordar cuáles son mis propias fuerzas, y amonestar a mis hermanos que recuerden también cuáles son las suyas, no sea que la flaqueza humana pase más allá de lo seguro. Pues cómo hacen estas cosas los ángeles, o más bien cómo hace Dios estas cosas por medio de sus ángeles, y hasta dónde quiere que las hagan aun los ángeles malos, ya sea permitiéndolo, mandándolo o forzándolo, desde la sede oculta de su propio poder supremo: esto no puedo penetrarlo con la vista de los ojos, ni ponerlo en claro con la certeza de la razón, ni ser llevado a comprenderlo por alcance del entendimiento, de modo que hable sobre ello a todas las preguntas que puedan hacerse acerca de estas materias, tan ciertamente como si yo fuera un ángel, un profeta o un apóstol. «Porque los pensamientos de los mortales son miserables, y nuestros designios inciertos. Pues el cuerpo corruptible agrava el alma, y la morada terrena abate la mente que medita muchas cosas. Y apenas conjeturamos rectamente lo que está sobre la tierra, y con trabajo hallamos lo que está delante de nosotros; pero las cosas que están en el cielo, ¿quién las ha escudriñado?» Mas porque continúa diciendo: «Y tu consejo, ¿quién lo conoció, si tú no diste la sabiduría y enviaste tu Espíritu Santo desde lo alto?», por eso nos abstenemos, sí, de escudriñar las cosas que están en el cielo, bajo cuyo género están contenidos tanto los cuerpos angélicos según su dignidad propia como toda acción corpórea de esos cuerpos; con todo, según el Espíritu de Dios enviado a nosotros desde lo alto, y según su gracia otorgada a nuestras mentes, me atrevo a decir confiadamente que ni Dios Padre, ni su Verbo, ni su Espíritu, que es el único Dios, son en modo alguno mudables respecto de lo que Él es y por lo que es lo que es; y mucho menos es visible en este respecto. Puesto que sin duda hay algunas cosas mudables, pero no visibles, como son nuestros pensamientos, memorias y voluntades, y toda la criatura incorpórea; mas nada hay visible que no sea también mudable.
La esencia de Dios nunca apareció en sí misma. Las apariciones divinas a los padres fueron realizadas por ministerio de ángeles. Se elimina una objeción tomada del modo de hablar. Que la aparición de Dios a Abraham mismo, al igual que la de Moisés, fue realizada por ángeles. Se prueba lo mismo por haber sido dada la Ley a Moisés por ángeles. Qué se ha dicho en este libro y qué resta por decir en el siguiente
III, 11, 21–24
Por lo cual la sustancia, o, si mejor se dice, la esencia de Dios, en la cual entendemos, según nuestra medida, por poco que sea, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, puesto que de ningún modo es mudable, de ningún modo puede ser visible en su propio ser.
22. Es manifiesto, por consiguiente, que todas aquellas apariciones a los padres, cuando Dios se les presentaba según su propia dispensación, adecuada a los tiempos, fueron realizadas por medio de la criatura. Y si no podemos discernir de qué manera las realizó por ministerio de ángeles, decimos, sin embargo, que fueron realizadas por ángeles; pero no por nuestra propia capacidad de discernimiento, no sea que parezcamos a alguno sabios más allá de nuestra medida, sino que somos sabios para sentir con cordura, conforme a la medida de fe que Dios nos repartió; y creemos, y por eso hablamos. Pues está a la vista la autoridad de las divinas Escrituras, de la cual nuestra razón no debe apartarse; ni, dejando el firme apoyo del dicho divino, caer de cabeza por el precipicio de sus propias conjeturas, en materias donde ni gobiernan las percepciones del cuerpo ni resplandece la razón clara de la verdad. Ahora bien, ciertamente está escrito con toda claridad en la Epístola a los Hebreos, cuando la dispensación del Nuevo Testamento debía distinguirse de la dispensación del Antiguo, según la conveniencia de las edades y de los tiempos, que no solo aquellas cosas visibles, sino también la palabra misma, fue obrada por ángeles. Pues se dice así: «Pero ¿a cuál de los ángeles dijo jamás: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies? ¿No son todos espíritus ministradores, enviados para ministerio a favor de los que han de heredar la salvación?» De donde aparece que todas aquellas cosas no solo fueron obradas por ángeles, sino obradas también por causa nuestra, es decir, por causa del pueblo de Dios, a quien está prometida la herencia de la vida eterna. Como está escrito también a los Corintios: «Y todas estas cosas les acontecieron en figura; y están escritas para amonestarnos a nosotros, a quienes han alcanzado los fines de los siglos». Y luego, demostrando por consecuencia evidente que, así como entonces la palabra fue dicha por ángeles, así ahora por el Hijo, dice: «Por tanto, es preciso que con más diligencia atendamos a las cosas que hemos oído, no sea que en algún momento nos deslicemos. Porque si la palabra dicha por los ángeles fue firme, y toda transgresión y desobediencia recibió justa retribución, ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande?» Y luego, como si preguntaras: ¿Qué salvación? —para mostrar que ahora habla del Nuevo Testamento, es decir, de la palabra que fue dicha no por ángeles, sino por el Señor, dice: «La cual, habiendo comenzado a ser anunciada por el Señor, fue confirmada hasta nosotros por los que le oyeron; testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios, y con diversos milagros y dones del Espíritu Santo, según su voluntad.»
23. Pero alguno puede decir: ¿Por qué, entonces, está escrito: «Dijo el Señor a Moisés»; y no más bien: El ángel dijo a Moisés? Porque, cuando el pregonero proclama las palabras del juez, no suele escribirse en el acta: "Así dijo el pregonero", sino: "Así dijo el juez". De la misma manera, cuando habla el santo profeta, aunque digamos: "El profeta dijo", no queremos que se entienda otra cosa sino que el Señor dijo; y si dijéramos: "El Señor dijo", no apartamos al profeta, sino que solo indicamos quién habló por él. Y, ciertamente, estas Escrituras revelan a menudo que el ángel es el Señor, de cuyas palabras se dice de tiempo en tiempo: «dijo el Señor», como ya hemos mostrado. Pero por causa de aquellos que, al especificar la Escritura en aquel lugar un ángel, quieren que se entienda al Hijo de Dios mismo y en sí mismo, porque es llamado ángel por el profeta, como anunciador de la voluntad de su Padre y de la suya, he creído conveniente aducir un testimonio más claro de esta epístola, donde no se dice por un ángel, sino «por ángeles».
24. También Esteban, en los Hechos de los Apóstoles, refiere estas cosas de aquella manera en que están escritas en el Antiguo Testamento: «Varones hermanos y padres, oíd», dice; «El Dios de la gloria apareció a nuestro padre Abraham, estando él en Mesopotamia». Mas para que nadie pensara que el Dios de la gloria apareció entonces a los ojos de algún mortal en aquello que Él es en sí mismo, prosigue diciendo que un ángel se apareció a Moisés. «Entonces huyó Moisés», dice, «por causa de aquella palabra, y fue extranjero en tierra de Madián, donde engendró dos hijos. Y cumplidos cuarenta años, se le apareció en el desierto del monte Sinaí un ángel del Señor en una llama de fuego en una zarza. Al verlo Moisés, se maravilló de la visión; y acercándose para mirar, vino a él la voz del Señor, que decía: Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. Entonces Moisés tembló y no se atrevió a mirar. Y le dijo el Señor: Quita las sandalias de tus pies», etc. Aquí, ciertamente, habla tanto del ángel como del Señor; y del mismo como Dios de Abraham, y Dios de Isaac, y Dios de Jacob; como está escrito en el Génesis.
25. ¿Puede haber alguno que diga que el Señor se apareció a Moisés por un ángel, pero a Abraham por sí mismo? No respondamos a esta cuestión por Esteban, sino por el libro mismo de donde Esteban tomó su narración. Pues, en verdad, porque está escrito: «Y dijo el Señor Dios a Abraham»; y un poco después: «Y se apareció el Señor Dios a Abraham»; ¿acaso por eso no fueron hechas estas cosas por ángeles? Pues de igual manera se dice en otro lugar: «Y se le apareció el Señor en el encinar de Mambré, estando él sentado a la puerta de su tienda en el calor del día»; y, sin embargo, se añade inmediatamente: «Y alzó los ojos y miró, y he aquí tres varones que estaban junto a él»; de los cuales ya hemos hablado. Pues ¿cómo podrán estos, que o no quieren elevarse de las palabras al sentido, o fácilmente se precipitan del sentido a las palabras —¿cómo, digo, podrán explicar que Dios fue visto en tres varones, a no ser que confiesen que eran ángeles, como lo muestra también lo que sigue? Porque no se dice que un ángel habló o se apareció a él, ¿se atreverán, por tanto, a decir que la visión y la voz concedidas a Moisés fueron realizadas por un ángel porque así está escrito, pero que Dios apareció y habló en su propia sustancia a Abraham porque no se hace mención de ningún ángel? ¿Qué decir del hecho de que, aun respecto de Abraham, no se deja de mencionar un ángel? Pues cuando se mandó ofrecer a su hijo en sacrificio, leemos así: «Y aconteció después de estas cosas que Dios probó a Abraham, y le dijo: Abraham. Y él respondió: Heme aquí. Y le dijo: Toma ahora a tu hijo, tu único hijo Isaac, a quien amas, y ve a tierra de Moriah; y ofrécelo allí en holocausto sobre uno de los montes que yo te diré». Ciertamente aquí se menciona a Dios, no a un ángel. Pero poco después la Escritura dice así: «Y extendió Abraham su mano y tomó el cuchillo para degollar a su hijo. Entonces el ángel del Señor le llamó desde el cielo y dijo: Abraham, Abraham. Y él dijo: Heme aquí. Y dijo: No extiendas tu mano sobre el muchacho, ni le hagas nada». ¿Qué se puede responder a esto? ¿Dirán que Dios mandó degollar a Isaac, y que un ángel lo prohibió? Y además, que el padre mismo, contra el decreto de Dios, que había mandado degollarlo, obedeció al ángel, que le había ordenado perdonarlo? Tal interpretación debe rechazarse por absurda. Pero ni aun para ella, grosera y abyecta como es, deja lugar la Escritura, pues inmediatamente añade: «Pues ahora sé que temes a Dios, ya que no me has rehusado tu hijo, tu único hijo, por causa de mí». ¿Qué es «por causa de mí», sino por causa de Aquel que había mandado degollarlo? ¿Era, pues, el Dios de Abraham el mismo que el ángel, o no era más bien Dios por medio de un ángel? Considera lo que sigue. Aquí, ciertamente, ya se ha hablado de un ángel con toda claridad; sin embargo, advierte el contexto: «Y alzó Abraham los ojos y miró, y he aquí a sus espaldas un carnero trabado por los cuernos en un zarzal; y fue Abraham, tomó el carnero y lo ofreció en holocausto en lugar de su hijo. Y llamó Abraham el nombre de aquel lugar: El Señor vio; como se dice hasta hoy: En el monte el Señor fue visto». Así como aquello que poco antes Dios dijo por medio de un ángel, «Pues ahora sé que temes a Dios»; no porque hubiera de entenderse que Dios entonces llegó a saber, sino que hizo que por medio de Dios el mismo Abraham llegara a conocer qué fuerza de corazón tenía para obedecer a Dios, aun hasta sacrificar a su hijo único: según aquel modo de hablar en que el efecto es significado por la causa eficiente —como se dice que el frío es perezoso, porque hace perezosos a los hombres; de modo que se dice que Dios supo, porque había hecho que el propio Abraham supiera, quien bien habría podido no discernir la firmeza de su propia fe si no hubiera sido probada por tal tentación. Así también aquí Abraham llamó el nombre del lugar «El Señor vio», es decir, hizo que se le viera. Pues prosigue inmediatamente diciendo: «Como se dice hasta hoy: En el monte el Señor fue visto». Aquí ves que el mismo ángel es llamado Señor: ¿por qué, sino porque el Señor hablaba por el ángel? Mas si pasamos a lo que sigue, el ángel habla enteramente como profeta, y revela expresamente que Dios habla por el ángel. «Y el ángel del Señor», dice, «llamó a Abraham por segunda vez desde el cielo, y dijo: Por mí mismo he jurado, dice el Señor: porque has hecho esto, y no me has rehusado tu hijo, tu único hijo, por causa de mí», etc. Ciertamente estas palabras, a saber, que aquel por quien habla el Señor diga: «Así dice el Señor», las usan comúnmente también los profetas. ¿Acaso dice el Hijo de Dios del Padre: «Dice el Señor», siendo Él mismo aquel Ángel del Padre? ¿Qué, pues? ¿No ven cuán apurados se ven acerca de aquellos tres varones que se aparecieron a Abraham, cuando antes se había dicho: «Se le apareció el Señor»? ¿No eran ángeles porque son llamados varones? Lean a Daniel, que dice: «He aquí el varón Gabriel».
26. Pero ¿por qué tardamos más en taparles la boca con otra prueba clarísima y de grandísimo peso, donde no se habla de un ángel en singular ni de varones en plural, sino simplemente de ángeles; por quienes no fue obrada una palabra particular, sino que la Ley misma se declara con toda distinción haber sido dada; la cual ciertamente ninguno de los fieles duda que Dios dio a Moisés para gobierno de los hijos de Israel, ni tampoco que fue dada por ángeles? Así habla Esteban: «Duros de cerviz», dice, «e incircuncisos de corazón y de oídos, siempre resistís al Espíritu Santo; como vuestros padres, así hacéis vosotros. ¿A cuál de los profetas no persiguieron vuestros padres? Y mataron a los que anunciaron de antemano la venida del Justo, de quien vosotros habéis sido ahora traidores y homicidas; vosotros, que recibisteis la Ley por disposición de ángeles, y no la guardasteis.» ¿Qué hay más evidente que esto? ¿Qué más fuerte que tal autoridad? La Ley, en verdad, fue dada a aquel pueblo por disposición de ángeles; pero el advenimiento de nuestro Señor Jesucristo fue preparado y preanunciado por ella; y Él mismo, como Verbo de Dios, estaba de un modo maravilloso e inefable en los ángeles, por cuya disposición fue dada la Ley misma. Y por eso dijo en el Evangelio: «Porque si creyeseis a Moisés, me creeríais a mí; porque de mí escribió él». Por tanto, entonces el Señor hablaba por los ángeles; y el Hijo de Dios, que había de ser Mediador entre Dios y los hombres, de la descendencia de Abraham, preparaba su propio advenimiento por medio de los ángeles, para hallar a algunos que lo recibieran, confesándose culpables, a quienes la Ley no cumplida había hecho transgresores. Y por eso el apóstol dice también a los Gálatas: «¿Para qué, pues, sirve la Ley? Fue añadida por causa de las transgresiones, hasta que viniese la descendencia a quien fue hecha la promesa, la cual fue ordenada por medio de ángeles en mano de un mediador»; esto es, ordenada por ángeles en su propia mano. Pues Él no nació en limitación, sino en poder. Pero en otro lugar aprendes que no quiere significar a ninguno de los ángeles como mediador, sino al mismo Señor Jesucristo, en cuanto se dignó hacerse hombre: «Porque hay un solo Dios», dice, «y un solo Mediador entre Dios y los hombres, el hombre Cristo Jesús». De ahí aquella pascua en la inmolación del cordero: de ahí todas aquellas cosas que se dicen en figura en la Ley, acerca del Cristo que había de venir en la carne, y padecer, y también resucitar; la cual Ley fue dada por disposición de ángeles; en los cuales ángeles estaban ciertamente el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; y en los cuales, a veces el Padre, a veces el Hijo, a veces el Espíritu Santo, y a veces Dios, sin distinción alguna de persona, era figuradamente significado por ellos, aunque apareciendo en formas visibles y sensibles, mas por su propia criatura, no por su sustancia, para ver la cual se purifican los corazones por medio de todas aquellas cosas que se ven con los ojos y se oyen con los oídos.
27. Mas ahora, según pienso, lo que nos habíamos propuesto mostrar en este libro ha sido suficientemente tratado y demostrado conforme a nuestra capacidad; y ha quedado establecido, tanto por razón probable, en cuanto un hombre, o más bien, en cuanto yo soy capaz, como por la fuerza de la autoridad, en cuanto se han puesto en claro las declaraciones divinas de las Santas Escrituras, que aquellas palabras y apariciones corporales que se concedieron a aquellos antiguos padres nuestros antes de la encarnación del Salvador, cuando se decía que Dios aparecía, fueron realizadas por ángeles: ya hablaran ellos mismos o hicieran algo en persona de Dios, como hemos mostrado que solían hacer también los profetas, ya asumieran de la criatura aquello que ellos mismos no eran, en lo cual Dios pudiera ser mostrado en figura a los hombres; modo de mostrar que también la Escritura enseña con muchos ejemplos que los profetas no omitieron. Resta, pues, ahora que consideremos —puesto que tanto en el Señor nacido de la Virgen, como en el Espíritu Santo que descendía en forma corpórea como de paloma, y en las lenguas como de fuego, que aparecieron con un estruendo del cielo el día de Pentecostés, después de la ascensión del Señor, no fue el Verbo de Dios mismo por su propia sustancia, en la cual es igual y eterno con el Padre, ni el Espíritu del Padre y del Hijo por su propia sustancia, en la cual Él también es igual y coeterno con ambos, sino ciertamente una criatura, tal como podía ser formada y existir en aquellas maneras, que apareció a sentidos corpóreos y mortales— resta, digo, que consideremos qué diferencia hay entre estas manifestaciones y aquellas que fueron propias del Hijo de Dios y del Espíritu Santo, aunque realizadas por la criatura visible; asunto que comenzaremos más convenientemente en otro libro.