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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)35 minPosición: 0% de esta parteParte 17 de 21 · Capítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de DiosPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
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    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
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    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
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    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
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    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Capítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios

    XIII, 11, 15

    15. Pero ¿qué significa «justificados en su sangre?» ¿Qué poder hay en esta sangre, os ruego, para que los que creen sean justificados en ella? ¿Y qué significa «ser reconciliados por la muerte de su Hijo?» ¿Acaso sucedió que, estando Dios Padre airado con nosotros, vio la muerte de su Hijo por nosotros y se aplacó para con nosotros? ¿Estaba entonces ya su Hijo tan aplacado para con nosotros que incluso se dignó morir por nosotros, mientras el Padre estaba todavía tan airado que, si su Hijo no moría por nosotros, no se aplacaría? ¿Y qué es, pues, lo que el mismo maestro de los gentiles dice en otro lugar: «¿Qué diremos, entonces, a estas cosas? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas?»? Por favor, si el Padre no hubiera estado ya aplacado, ¿habría entregado a su propio Hijo, no perdonándolo por nosotros? ¿No parece esta opinión como contraria a aquella? En una, el Hijo muere por nosotros, y el Padre es reconciliado con nosotros por su muerte; en la otra, como si el Padre nos amara primero, él mismo por nuestra causa no perdona al Hijo, él mismo por nosotros lo entrega a la muerte. Pero veo que el Padre nos amó también antes, no solo antes de que el Hijo muriera por nosotros, sino antes de crear el mundo; siendo testigo el mismo apóstol, que dice: «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.» Ni fue entregado el Hijo por nosotros como contra su voluntad, no perdonándolo el Padre mismo; pues de él se dice también: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí.» Por tanto, juntamente el Padre y el Hijo, y el Espíritu de ambos, obran todas las cosas igual y armoniosamente; sin embargo, somos justificados en la sangre de Cristo y reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo. Y explicaré, como pueda, aquí también, cómo se hizo esto, en cuanto parezca suficiente.

    Capítulo 12. Todos, a causa del pecado de Adán, fueron entregados al poder del diablo

    XIII, 12, 16

    16. Por la justicia de Dios, en cierto sentido, el género humano fue entregado al poder del diablo; el pecado del primer hombre pasa originalmente a todos los de ambos sexos en su nacimiento por la unión conyugal, y la deuda de nuestros primeros padres obliga a toda su posteridad. Esta entrega se significa primero en el Génesis, donde, habiéndose dicho a la serpiente: «Polvo comerás,» se dijo al hombre: «Polvo eres, y al polvo volverás.» En las palabras «Al polvo volverás» se anuncia de antemano la muerte del cuerpo, porque tampoco habría experimentado esa muerte si hubiera perseverado hasta el fin recto como fue hecho; pero al decírsele mientras aún vivía «Polvo eres,» se muestra que todo el hombre fue cambiado a peor. Pues «Polvo eres» es casi lo mismo que «Mi espíritu no permanecerá siempre en estos hombres, porque también son carne.» Por tanto, se mostró entonces que él fue entregado a aquel, en cuanto se le había dicho: «Polvo comerás.» Pero el apóstol declara esto más claramente, donde dice: «Y a vosotros, que estabais muertos en delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de incredulidad; entre los cuales también nosotros tuvimos nuestra conversación en otro tiempo, en las concupiscencias de nuestra carne, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente; y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.» Los «hijos de incredulidad» son los incrédulos; ¿y quién no es esto antes de hacerse creyente? Y por tanto, todos los hombres están originalmente bajo el príncipe de la potestad del aire, «que obra en los hijos de incredulidad.» Y lo que yo he expresado con «originalmente» es lo mismo que el apóstol expresa cuando habla de los que «por naturaleza» eran como los demás; a saber, por naturaleza tal como ha sido depravada por el pecado, no como fue creada recta desde el principio. Pero el modo como el hombre fue entregado así al poder del diablo no debe entenderse como si Dios hiciera esto o mandara que se hiciera, sino que solo lo permitió, aunque con justicia. Pues cuando abandonó al pecador, el autor del pecado entró inmediatamente. Sin embargo, ciertamente Dios no abandonó de tal modo a su criatura que no se mostrara a ella como Dios que crea y vivifica, y que entre los males penales otorgara también muchos bienes a los malos. Pues no ha cerrado en su ira sus misericordias. Ni apartó al hombre de la ley de su propio poder cuando permitió que estuviera en poder del diablo; porque tampoco el diablo mismo está separado del poder del Omnipotente, como tampoco de su bondad. Pues ¿de dónde subsisten aun los ángeles malos, cualquiera que sea el modo de vida que tengan, sino por aquel que vivifica todas las cosas? Por tanto, si la comisión de los pecados por la justa ira de Dios sometió al hombre al diablo, sin duda la remisión de los pecados por la misericordiosa reconciliación de Dios rescata al hombre del diablo.

    Capítulo 13. El hombre había de ser rescatado del poder del diablo, no por el poder, sino por la justicia

    XIII, 13, 17

    17. Pero el diablo había de ser vencido, no por el poder de Dios, sino por su justicia. Pues ¿qué hay más poderoso que el Omnipotente? ¿O qué criatura hay cuyo poder pueda compararse al poder del Creador? Mas como el diablo, por la culpa de su propia perversidad, se hizo amante del poder, y abandonador y asaltador de la justicia —pues así también los hombres lo imitan tanto más cuanto más ponen su corazón en el poder, con descuido o incluso odio de la justicia, y cuanto o se alegran de alcanzar el poder o se inflaman con la codicia de él—, plugo a Dios que, para rescatar al hombre de las garras del diablo, el diablo fuese vencido, no por el poder, sino por la justicia; y que así también los hombres, imitando a Cristo, procuren vencer al diablo por la justicia, no por el poder. No es que el poder deba ser rehuido como si fuera algo malo; sino que debe guardarse el orden según el cual la justicia está antes que él. Pues ¿cuán grande puede ser el poder de los mortales? Por tanto, aférrense los mortales a la justicia; a los inmortales se les dará el poder. Y comparado con este, el poder, por grande que sea, de aquellos hombres que en la tierra son llamados poderosos, se halla ser debilidad ridícula, y se cava una fosa allí para el pecador donde los impíos parecen ser más poderosos. Y dice el justo en su cántico: «Bienaventurado el hombre a quien tú corriges, oh Señor, y enseñas en tu ley: para darle descanso de los días de adversidad, hasta que se cave la fosa para el impío. Porque el Señor no desechará a su pueblo, ni abandonará su heredad, hasta que la justicia vuelva al juicio, y todos los que la siguen sean rectos de corazón.» En este tiempo presente, pues, en el que el poder del pueblo de Dios es diferido, «el Señor no desechará a su pueblo, ni abandonará su heredad,» por amargas e indignas cosas que sufra en su humildad y debilidad; «hasta que la justicia,» que ahora posee la debilidad de los piadosos, «vuelva al juicio,» es decir, reciba el poder de juzgar; lo cual se reserva al final para los justos, cuando el poder, en su debido orden, haya seguido a la justicia que va delante. Pues el poder unido a la justicia, o la justicia añadida al poder, constituye una autoridad judicial. Pero la justicia pertenece a la buena voluntad; por lo cual fue dicho por los ángeles cuando nació Cristo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.» Pero el poder debe seguir a la justicia, no precederla; y en consecuencia se sitúa en «segundo» lugar, es decir, la fortuna próspera; y se llama «segundo» por «seguir». Pues como dos cosas hacen bienaventurado al hombre, según hemos razonado arriba: querer el bien y poder hacer lo que uno quiere, no deben los hombres ser tan perversos —como se ha notado en la misma discusión— que de las dos cosas que hacen bienaventurado al hombre elija uno el poder hacer lo que quiere y descuide el querer lo que debe; cuando más bien debe tener primero buena voluntad, y después un gran poder. Además, la buena voluntad debe ser purgada de los vicios; si un hombre es vencido por ellos, es vencido de tal modo que quiere el mal; y entonces, ¿cómo será todavía buena su voluntad? Hay que desear, pues, que se dé ahora poder, pero poder contra los vicios; para vencerlos, los hombres no quieren ser poderosos, mientras quieren serlo para vencer a los hombres; ¿y por qué es esto, sino porque, siendo vencidos en verdad, fingen vencer, y no son vencedores en verdad, sino en la opinión? Quiera el hombre ser prudente, quiera ser fuerte, quiera ser templado, quiera ser justo; y para poder tener verdaderamente estas cosas, desee ciertamente el poder y busque ser poderoso en sí mismo y, cosa extraña, contra sí mismo para sí mismo. Pero todas las demás cosas que quiere rectamente y sin embargo no puede tener, como, por ejemplo, la inmortalidad y la verdadera y plena felicidad, no cese de anhelarlas, y espérelas con paciencia.
    Comentario editorial · El diablo, vencido por la justicia
    Agustín dice que «el diablo había de ser vencido, no por el poder de Dios, sino por su justicia»: Cristo, que no debía nada, es muerto por el diablo y por eso libera a los deudores (§18). Wikipedia resume la teoría del rescate así: Dios paga al diablo la muerte de Cristo y lo engaña, y añade que la postura de Agustín no es del todo clara, pues sus escritos apoyan a veces esa teoría y a veces la de la recapitulación. Shedd, en una nota a XIII, 15, ve aquí «restos» de la idea, de Ireneo, de que la muerte de Cristo rescata al pecador de Satanás, y juzga que Agustín está más libre de ese error que Ireneo, pero no del todo.

    Capítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte

    XIII, 14, 18

    18. ¿Cuál es, pues, la justicia por la cual fue vencido el diablo? ¿Cuál, sino la justicia de Jesucristo? ¿Y cómo fue vencido? Porque, no hallando en él nada digno de muerte, sin embargo lo mató. Y ciertamente es justo que nosotros, a quienes tenía como deudores, seamos dejados libres creyendo en aquel a quien mató sin deuda alguna. De este modo se dice que somos justificados en la sangre de Cristo. Porque así aquella sangre inocente fue derramada para la remisión de nuestros pecados. De donde él se llama a sí mismo en los Salmos: «Libre entre los muertos.» Porque solo el que está muerto está libre de la deuda de la muerte. Por eso también en otro salmo dice: «Entonces restituí lo que no robé;» queriendo significar el pecado por lo robado, porque el pecado se apodera contra lo lícito. Por lo cual también dice, por boca de su propia Carne, según se lee en el Evangelio: «Porque viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en mí,» es decir, ningún pecado; sino «para que el mundo conozca,» dice, «que yo hago el mandamiento del Padre; levantaos, vámonos de aquí.» Y de ahí procede a su pasión, para pagar por nosotros, deudores, lo que él mismo no debía. ¿Acaso sería vencido el diablo por este justísimo derecho, si Cristo hubiera querido tratar con él por el poder, no por la justicia? Pero retuvo lo que le era posible, para hacer primero lo que convenía. Y por eso era necesario que fuera a la vez hombre y Dios. Pues si no hubiera sido hombre, no habría podido ser matado; si no hubiera sido Dios, los hombres no habrían creído que no quería hacer lo que podía, sino que no podía hacer lo que quería; ni habríamos pensado que la justicia fue preferida por él al poder, sino que carecía de poder. Pero ahora sufrió por nosotros lo propio del hombre, porque era hombre; mas si no hubiera querido, habría estado en su poder no sufrir así, porque era también Dios. Y la justicia se hizo por ello más aceptable en la humildad, porque un poder tan grande como el que había en su Divinidad, si no hubiera querido, habría podido no sufrir la humildad; y así, por aquel que murió, siendo tan poderoso, se nos recomendó la justicia y se nos prometió el poder, a nosotros, débiles mortales. Pues hizo una de estas dos cosas muriendo, y la otra resucitando. Porque ¿qué hay más justo que llegar hasta la muerte de cruz por la justicia? ¿Y qué más poderoso que resucitar de entre los muertos y subir al cielo con aquella misma carne en que fue matado? Y por eso venció al diablo primero por la justicia y después por el poder: a saber, por la justicia, porque no tenía pecado y fue matado por él con suma injusticia; mas por el poder, porque habiendo estado muerto volvió a vivir, para nunca más morir. Pero habría vencido al diablo por el poder, aunque no hubiera podido ser matado por él: aunque es propio de un poder mayor vencer también a la muerte misma resucitando que evitarla viviendo. Pero la razón es realmente otra por la que somos justificados en la sangre de Cristo, cuando somos rescatados del poder del diablo mediante la remisión de los pecados: se refiere a esto, a que el diablo es vencido por Cristo por la justicia, no por el poder. Pues Cristo fue crucificado, no por poder inmortal, sino por la debilidad que tomó sobre sí en carne mortal; de la cual debilidad dice, no obstante, el apóstol: «que la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.»

    Capítulo 15. Del mismo asunto

    XIII, 15, 19

    19. No es, pues, difícil ver que el diablo fue vencido cuando resucitó aquel que había sido muerto por él. Es algo más, y de comprensión más profunda, ver que el diablo fue vencido cuando pensó que había vencido, es decir, cuando Cristo fue muerto. Pues entonces aquella sangre, puesto que era suya, de quien no tenía pecado alguno, fue derramada para la remisión de nuestros pecados; para que, ya que el diablo retenía justamente a aquellos a quienes, como culpables de pecado, ataba por la condición de la muerte, pudiera justamente soltarlos por medio de aquel a quien, como no culpable de pecado alguno, la pena de muerte afectó inmerecidamente. El hombre fuerte fue vencido por esta justicia y atado con esta cadena, para que fueran saqueados sus vasos, los cuales, junto con él y sus ángeles, habían sido vasos de ira, y fueran convertidos en vasos de misericordia. Porque el apóstol Pablo nos dice que estas palabras del propio Señor Jesucristo le fueron dichas desde el cielo cuando fue llamado por primera vez. Pues entre las otras cosas que oyó, habla también de esto como dicho a él así: «Porque me he aparecido a ti con este propósito, para hacerte ministro y testigo tanto de estas cosas que has visto de mí, como de aquellas en que me apareceré a ti; librándote del pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para abrir los ojos de los ciegos y volverlos de las tinieblas [a la luz], y del poder de Satanás a Dios, para que reciban el perdón de los pecados y herencia entre los santificados, y la fe que es en mí.» Y por eso el mismo apóstol, exhortando también a los creyentes a dar gracias a Dios Padre, dice: «El cual nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo: en quien tenemos redención, el perdón de los pecados.» En esta redención, la sangre de Cristo fue dada, por así decirlo, como precio por nosotros; al aceptarla, el diablo no se enriqueció, sino que fue atado: para que fuéramos sueltos de sus ataduras, y para que no envolviera consigo en las mallas de los pecados, y así entregara a la destrucción de la muerte segunda y eterna, a ninguno de aquellos a quienes Cristo, libre de toda deuda, había redimido derramando su propia sangre sin deber nada; sino que los que pertenecen a la gracia de Cristo, conocidos de antemano, predestinados y elegidos antes de la fundación del mundo, solo mueran en la medida en que el propio Cristo murió por ellos, es decir, solo por la muerte de la carne, no del espíritu.

    Capítulo 16

    Los restos de la muerte y los males del mundo se convierten en bien para los elegidos. Cuán convenientemente fue elegida la muerte de Cristo, para que fuésemos justificados en su sangre. Qué es la ira de Dios

    XIII, 16, 20–21

    20. Porque aunque la muerte misma de la carne provino originalmente del pecado del primer hombre, sin embargo el buen uso de ella ha hecho mártires gloriosísimos. Y así, no sólo aquella muerte misma, sino todos los males de este mundo, y los dolores y trabajos de los hombres, aunque provienen del merecido de los pecados, y especialmente del pecado original, de donde también la vida misma quedó atada con el vínculo de la muerte, con todo han permanecido convenientemente, aun cuando el pecado es perdonado; para que el hombre tenga con qué contender por la verdad, y con qué se ejercite la bondad de los fieles; a fin de que el hombre nuevo, mediante el nuevo pacto, sea preparado entre los males de este mundo para un mundo nuevo, soportando con sabiduría la miseria que esta vida condenada mereció, y gozándose sobriamente porque habrá de terminarse, pero esperando con fe y paciencia la bienaventuranza que la vida futura, ya libre, tendrá para siempre. Porque el diablo, arrojado de su dominio y de los corazones de los fieles, en cuya condenación e infidelidad reinaba, aunque él mismo también condenado, sólo se le permite ser adversario según la condición de esta mortalidad, en cuanto Dios sabe que les es conveniente: acerca de lo cual las sagradas Escrituras dicen por boca del apóstol: «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más allá de lo que podéis; sino que con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla.» Y los males que los fieles soportan piadosamente aprovechan ya para la corrección de los pecados, ya para el ejercicio y prueba de la justicia, ya para manifestar la miseria de esta vida, a fin de que la vida donde habrá aquella bienaventuranza verdadera y perpetua sea deseada más ardientemente y buscada con más empeño. Pero es por causa de aquellos de quienes el apóstol dice: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» De estos que están predestinados se dice que ninguno perecerá con el diablo; ninguno permanecerá hasta la muerte bajo el poder del diablo. Y a continuación sigue lo que ya he citado antes: «¿Qué, pues, diremos a estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas?»
    21. ¿Por qué, pues, no había de suceder la muerte de Cristo? Antes bien, ¿por qué no había de ser elegida esa misma muerte, con preferencia a todas las demás, para llevarse a cabo, dejando de lado los otros innumerables modos que Aquel que es omnipotente habría podido emplear para librarnos? Esa muerte, digo, en la cual nada se disminuyó ni se cambió de su divinidad, y se confirió tan gran beneficio a los hombres desde la humanidad que tomó, que una muerte temporal, que no era debida, fue pagada por el Hijo eterno de Dios, que era también Hijo del hombre, para librarlos de una muerte eterna que sí era debida. El diablo retenía nuestros pecados, y por medio de ellos nos fijaba merecidamente en la muerte. Los pagó quien no tenía ninguno propio, y que fue llevado por él a la muerte sin merecerlo. Aquella sangre fue de tan gran precio, que el que incluso dio muerte a Cristo por un tiempo con una muerte no debida, no puede retener como cosa debida a nadie que se ha revestido de Cristo en la muerte eterna que era debida. Por tanto «Dios encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.» Justificados, dice, en su sangre; justificados, ciertamente, en cuanto somos librados de todo pecado; y librados de todo pecado, porque el Hijo de Dios, que no conoció pecado, fue muerto por nosotros. Por tanto «seremos salvos de la ira por él;» de la ira ciertamente de Dios, la cual no es otra cosa sino justa retribución. Porque la ira de Dios no es, como la del hombre, una perturbación del ánimo; sino que es la ira de Aquel a quien la Sagrada Escritura dice en otro lugar: «Mas tú, Señor, que dominas tu poder, juzgas con serenidad.» Si, por tanto, la justa retribución de Dios ha recibido tal nombre, ¿cuál puede ser también la recta inteligencia de la reconciliación de Dios, sino que entonces tal ira llega a su fin? Ni éramos enemigos de Dios, sino en cuanto los pecados son enemigos de la justicia; los cuales, una vez perdonados, ponen fin a tales enemistades, y aquellos a quienes Él mismo justifica son reconciliados con el Justo. Y, sin embargo, ciertamente los amó aun siendo todavía enemigos, puesto que «no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,» cuando aún éramos enemigos. Y por eso el apóstol con razón añade: «Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,» por la cual se hizo aquella remisión de los pecados, «mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.» Salvos por su vida, quienes fuimos reconciliados por su muerte. Pues ¿quién puede dudar de que dará su vida por sus amigos, por quienes, cuando eran enemigos, entregó su muerte? «Y no sólo esto,» dice, «sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» «No sólo», dice, «seremos salvos,» sino «también nos gloriamos;» y no en nosotros mismos, sino «en Dios;» ni por nosotros mismos, «sino por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación,» como hemos argüido arriba. Luego el apóstol añade: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron;» etc.: en lo cual disputa largamente acerca de los dos hombres; el uno, el primer Adán, por cuyo pecado y muerte nosotros, sus descendientes, estamos ligados, por así decirlo, por males hereditarios; y el otro, el segundo Adán, que no es sólo hombre, sino también Dios, por cuyo pago por nosotros de lo que no debía, somos librados de las deudas tanto de nuestro primer padre como de nosotros mismos. Además, puesto que por causa de aquel uno el diablo retenía a todos los que fueron engendrados por su corrompida concupiscencia carnal, es justo que por causa de este uno suelte a todos los que son regenerados por su gracia espiritual inmaculada.

    Capítulo 17. Otras ventajas de la encarnación

    XIII, 17, 22

    22. Hay también muchas otras cosas en la encarnación de Cristo, por desagradable que sea a los soberbios, que deben observarse y pensarse provechosamente. Una de ellas es que se ha demostrado al hombre qué lugar ocupa en las cosas que Dios ha creado; puesto que la naturaleza humana pudo unirse a Dios de tal modo, que de dos sustancias, y de hecho de tres —Dios, alma y carne—, se hiciera una sola persona; para que aquellos espíritus soberbios y malignos, que se interponen como mediadores para engañar, aunque aparenten ayudar, no se atrevan por eso a situarse por encima del hombre porque no tienen carne; y principalmente porque el Hijo de Dios se dignó morir también en la misma carne, no sea que, por parecer inmortales, consigan hacerse adorar como dioses. Además, para que la gracia de Dios nos fuera recomendada en el hombre Cristo sin méritos precedentes; porque ni siquiera Él mismo obtuvo por méritos precedentes el unirse en tan gran unidad con el Dios verdadero, y llegar a ser Hijo de Dios, una sola Persona con Él; sino que desde el momento en que comenzó a ser hombre, desde entonces es también Dios; de donde se dice: «El Verbo se hizo carne.» Hay también esto: que la soberbia del hombre, que es el principal impedimento para adherirse a Dios, puede ser refutada y sanada mediante tan gran humildad de Dios. Aprende también el hombre cuán lejos se ha apartado de Dios; y cuánto le vale como dolor que le cura, cuando vuelve por medio de tal Mediador, que como Dios ayuda a los hombres con su divinidad, y como hombre se acomoda a los hombres con su debilidad. Pues ¿qué mayor ejemplo de obediencia se nos podía dar a nosotros, que habíamos perecido por la desobediencia, que el Dios Hijo obediente a Dios Padre, hasta la muerte de cruz? Más aún, ¿en dónde podía mostrarse mejor el premio de la propia obediencia que en la carne de tan gran Mediador, que resucitó a vida eterna? Correspondía también a la justicia y bondad del Creador, que el diablo fuera vencido por la misma criatura racional que se gozaba de haber vencido, y por uno proveniente de aquella misma raza que, por la corrupción de su origen a través de uno, él tenía totalmente en su poder.

    Capítulo 18. Por qué el Hijo de Dios tomó hombre de la raza de Adán y de una virgen

    XIII, 18, 23

    23. Porque ciertamente Dios habría podido tomar sobre sí el ser hombre, para ser en esa humanidad el Mediador entre Dios y los hombres, de algún otro origen, y no de la raza de aquel Adán que ató al género humano con su pecado; así como no creó a aquel que primeramente creó, de la raza de otro alguno. Por tanto, pudo, ya de ese modo, ya de cualquier otro que quisiera, crear aún otro, por quien el vencedor del primero fuera vencido. Pero Dios juzgó mejor tomar hombre de la misma raza vencida, por medio del cual vencer al enemigo del género humano; y hacer esto de una virgen, cuya concepción la precedió no la carne sino el espíritu, no la concupiscencia sino la fe. Ni intervino aquella concupiscencia de la carne por la cual los demás hombres, que derivan el pecado original, son propagados y concebidos; sino que la santa virginidad concibió, no por unión conyugal, sino por la fe —estando del todo ausente la concupiscencia—, para que aquello que nacía de la raíz del primer hombre derivara sólo el origen de la raza, y no también el de la culpa. Porque no nació una naturaleza corrompida por el contagio de la transgresión, sino el único remedio de todas tales corrupciones. Nació, digo, un Hombre que nada en absoluto tenía, ni había de tener, de pecado; por medio del cual habían de nacer de nuevo para ser librados del pecado aquellos que no podían nacer sin pecado. Pues aunque la castidad conyugal hace un uso recto de la concupiscencia carnal que hay en nuestros miembros, está sin embargo sujeta a movimientos no voluntarios, por los cuales muestra o bien que no pudo existir en absoluto en el paraíso antes del pecado, o bien, si existió, que no era entonces tal que a veces resistiera a la voluntad. Pero ahora la sentimos tal, que, en oposición a la ley de la mente, y aun cuando no se trate de engendrar, obra en nosotros el aguijón del acto sexual; y si en esto los hombres ceden a él, entonces queda satisfecha con un acto de pecado; si no ceden, entonces es refrenada con un acto de negativa: ¿quién podría dudar de que estas dos cosas eran ajenas al paraíso antes del pecado? Porque ni la castidad que entonces había hacía nada indecoroso, ni el placer que entonces había sufría nada inquieto. Era necesario, por tanto, que esta concupiscencia carnal estuviera del todo ausente cuando fue concebido el fruto de la Virgen; en quien el autor de la muerte no había de hallar nada digno de muerte, y sin embargo había de darle muerte para ser vencido por la muerte del Autor de la vida: el vencedor del primer Adán, que retenía al género humano, vencido por el segundo Adán, y perdiendo la raza cristiana, liberada del género humano de la culpa humana, por medio de Aquel que no estaba en la culpa, aunque era de la raza; para que aquel engañador fuera vencido por aquella raza que él había vencido por la culpa. Y esto se hizo así, para que el hombre no se enaltezca, sino «que el que se gloría, gloríese en el Señor.» Porque el que fue vencido era sólo hombre; y fue vencido precisamente porque deseó con soberbia ser dios. Pero el que venció era a la vez hombre y Dios; y por eso venció así, naciendo de una virgen, porque Dios, en la humildad, no gobernó a aquel Hombre como gobierna a los demás santos, sino que lo llevó [como Hijo]. Estos tan grandes dones de Dios, y cualesquiera otros que haya —que sería demasiado largo para nosotros inquirir y tratar ahora sobre este asunto—, no podrían existir si el Verbo no se hubiera hecho carne.

    Capítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado

    XIII, 19, 24

    24. Y todas estas cosas que el Verbo hecho carne hizo y soportó por nosotros en el tiempo y en el lugar, pertenecen, según la distinción que nos hemos propuesto demostrar, al conocimiento, no a la sabiduría. Y como el Verbo está sin tiempo y sin lugar, es coeterno con el Padre, y está todo entero en todas partes; y si alguien puede, y en cuanto puede, hablar con verdad acerca de este Verbo, su discurso pertenecerá a la sabiduría. Por eso el Verbo hecho carne, que es Cristo Jesús, tiene los tesoros tanto de la sabiduría como del conocimiento. Pues el apóstol, escribiendo a los colosenses, dice: «Porque quiero que sepáis cuán gran conflicto tengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que no han visto mi rostro en la carne; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, y alcancen todas las riquezas de plena seguridad de entendimiento, para conocer el misterio de Dios, que es Cristo Jesús: en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» Hasta qué punto conocía el apóstol todos aquellos tesoros, cuánto de ellos había penetrado, y a cuán grandes cosas había llegado en ellos, ¿quién puede saberlo? Sin embargo, por mi parte, según aquello que está escrito: «Pero la manifestación del Espíritu es dada a cada uno para provecho; porque a uno es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento según el mismo Espíritu;» si estas dos cosas han de distinguirse de tal modo entre sí, que la sabiduría se asigne a las cosas divinas y el conocimiento a las humanas, reconozco ambas en Cristo, y conmigo todos sus fieles. Y cuando leo: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros,» entiendo por el Verbo al verdadero Hijo de Dios; reconozco en la carne al verdadero Hijo del hombre, y ambos unidos en una sola Persona de Dios y hombre, por una inefable abundancia de gracia. Y a causa de esto, el apóstol prosigue diciendo: «Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» Si referimos la gracia al conocimiento y la verdad a la sabiduría, creo que no nos apartaremos de aquella distinción entre estas dos cosas que hemos recomendado. Porque en las cosas que tienen su origen en el tiempo, la gracia suprema es que el hombre sea unido a Dios en unidad de persona; pero en las cosas eternas, la verdad suprema se atribuye con razón al Verbo de Dios. Mas el que el mismo sea el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad —esto se realizó, para que Él mismo, en las cosas hechas por nosotros en el tiempo, fuera aquel por quien somos limpiados por la misma fe, para contemplarle establemente en las cosas eternas. Y aquellos ilustres filósofos de los gentiles, que pudieron entender y discernir las cosas invisibles de Dios por las cosas hechas, con todo, como se dice de ellos, «detuvieron la verdad con injusticia;» porque filosofaron sin Mediador, es decir, sin el hombre Cristo, a quien no creyeron que había de venir por la palabra de los profetas, ni que hubiera venido por la de los apóstoles. Pues, situados como estaban en estas cosas bajísimas, no podían menos de buscar algunos medios por los cuales alcanzar aquellas cosas altas que habían entendido; y así dieron con espíritus engañadores, por medio de los cuales sucedió que «cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles.» Pues también en tales formas erigieron o adoraron ídolos. Por tanto, Cristo es nuestro conocimiento, y el mismo Cristo es también nuestra sabiduría. Él mismo implanta en nosotros la fe acerca de las cosas temporales, Él mismo muestra la verdad acerca de las eternas. Por medio de Él llegamos a Él mismo: nos extendemos por el conocimiento hacia la sabiduría; mas no nos apartamos de uno y el mismo Cristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» Pero ahora tratamos del conocimiento, y después trataremos de la sabiduría tanto cuanto Él mismo lo conceda. Y no tomemos estas dos cosas como si no fuera lícito hablar o de la sabiduría que hay en las cosas humanas, o del conocimiento que hay en las divinas. Pues según una costumbre más laxa de hablar, ambas pueden llamarse sabiduría, y ambas conocimiento. Con todo, el apóstol no habría podido escribir de ningún modo: «A uno es dada palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento,» a no ser que estas cosas particulares hubieran sido llamadas propiamente con los nombres particulares de la distinción de la que ahora tratamos.

    Capítulo 20

    Lo que se ha tratado en este libro. Cómo hemos llegado por pasos a cierta trinidad, que se halla en el conocimiento práctico y la fe verdadera

    XIII, 20, 25–26

    25. Ahora, pues, veamos qué ha logrado este prolijo discurso, qué ha reunido, a dónde ha llegado. A todos los hombres pertenece querer ser bienaventurados; pero no todos tienen fe, mediante la cual se limpia el corazón, y así se alcanza la bienaventuranza. Y así sucede que, por medio de la fe que no todos quieren, hemos de llegar a la bienaventuranza que todos quieren. Todos ven en su propio corazón que quieren ser bienaventurados; y tan grande es el acuerdo de la naturaleza humana en este asunto, que no se engaña el hombre que conjetura esto acerca de la mente de otro, a partir de la suya propia; en fin, sabemos por nosotros mismos que todos quieren esto. Pero muchos desesperan de ser inmortales, aunque de ningún otro modo puede alguien ser aquello que todos quieren, es decir, bienaventurado. Sin embargo, también querrían ser inmortales si pudieran; pero al no creer que pueden, no viven de modo que puedan. Por tanto, la fe es necesaria, para que alcancemos la bienaventuranza en todos los bienes de la naturaleza humana, es decir, del alma y del cuerpo. Pero esa misma fe exige que esta fe se limite a Cristo, que resucitó en la carne de entre los muertos, para no morir más; y que nadie es liberado del dominio del diablo, mediante el perdón de los pecados, sino por Él; y que en la morada del diablo, la vida necesariamente ha de ser a la vez miserable y sin fin, la cual más bien debería llamarse muerte que vida. Todo lo cual he argumentado también, en cuanto lo permitió el espacio, en este libro, aunque ya he dicho mucho sobre el tema en el libro cuarto de esta obra; pero allí con un propósito, aquí con otro—a saber, allí, para mostrar por qué y cómo Cristo fue enviado en la plenitud del tiempo por el Padre, a causa de aquellos que dicen que el que envió y el que fue enviado no pueden ser iguales en naturaleza; aquí, en cambio, para distinguir el conocimiento práctico de la sabiduría contemplativa.
    26. Porque quisimos ascender, por así decirlo, por pasos, y buscar en el hombre interior, tanto en el conocimiento como en la sabiduría, una especie de trinidad de su propia clase especial, tal como la buscamos antes en el hombre exterior; para que lleguemos, con una mente más ejercitada en estas cosas inferiores, a la contemplación de aquella Trinidad que es Dios, según nuestra pequeña medida, si es que podemos hacerlo siquiera, al menos en enigma y como por medio de un espejo. Si, pues, alguien ha confiado a la memoria las palabras de esta fe sólo en sus sonidos, sin saber lo que significan, como suelen quienes no saben griego retener en la memoria palabras griegas, o de manera semejante latinas, o las de cualquier otra lengua que ignoran, ¿no tiene acaso una especie de trinidad en su mente? Porque, primero, aquellos sonidos de palabras están en su memoria, aun cuando no piensa en ellos; luego, la visión mental (acies) de su acto de recuerdo se forma de allí cuando los concibe; y luego, la voluntad del que recuerda y piensa une a ambos. Sin embargo, de ningún modo diríamos que el hombre al hacer esto se ocupa de una trinidad del hombre interior, sino más bien del exterior; porque recuerda, y cuando quiere, contempla tanto cuanto quiere, aquello solo que pertenece al sentido del cuerpo, que se llama oído. Ni en tal acto de pensamiento hace otra cosa que tratar con imágenes de cosas corpóreas, es decir, de sonidos. Pero si retiene y recuerda lo que significan esas palabras, ahora ciertamente algo del hombre interior entra en acción; no todavía, sin embargo, debe decirse o pensarse que vive según una trinidad del hombre interior, si no ama aquellas cosas que allí se declaran, se ordenan, se prometen. Pues le es posible también retener y concebir estas cosas, suponiéndolas falsas, para esforzarse en refutarlas. Por tanto, aquella voluntad, que en este caso une aquellas cosas que se retienen en la memoria con aquellas que de allí se imprimen en el ojo de la mente en la concepción, completa, ciertamente, alguna especie de trinidad, ya que ella misma es un tercero añadido a otros dos; pero el hombre no vive según ésta, cuando aquellas cosas que se conciben se toman por falsas, y no se aceptan. Pero cuando aquellas cosas se creen verdaderas, y aquellas que allí deben ser amadas, son amadas, entonces por fin el hombre vive según una trinidad del hombre interior; pues cada uno vive según aquello que ama. Pero ¿cómo pueden amarse las cosas que no se conocen, sino sólo se creen? Esta cuestión ya ha sido tratada en libros anteriores; y hallamos que nadie ama lo que ignora por completo, sino que cuando se dice que se aman cosas no conocidas, se las ama a partir de aquellas que se conocen. Y ahora concluimos este libro, amonestando a los justos a vivir por la fe, la cual fe obra por el amor, de modo que también las virtudes mismas, por las cuales se vive prudentemente, valientemente, templadamente y justamente, sean todas referidas a la misma fe; pues de otro modo no pueden ser virtudes verdaderas. Y sin embargo, éstas en esta vida no tienen tanto valor como para que la remisión de los pecados, de una u otra clase, no sea a veces necesaria aquí; y esta remisión no se realiza sino por Aquel que con su propia sangre venció al príncipe de los pecadores. Cualesquiera ideas que estén en la mente del hombre fiel a partir de esta fe y de tal vida, cuando se contienen en la memoria, son contempladas mediante el recuerdo, y agradan a la voluntad, presentan una especie de trinidad de su propio género. Pero la imagen de Dios, de la cual con su ayuda hablaremos después, no está aún en aquella trinidad; cosa que será entonces más evidente, cuando se haya mostrado dónde está, lo cual el lector puede esperar en un libro siguiente.
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