XIII, 11, 15
15. Pero ¿qué significa «justificados en su sangre?» ¿Qué poder hay en esta sangre, os ruego, para que los que creen sean justificados en ella? ¿Y qué significa «ser reconciliados por la muerte de su Hijo?» ¿Acaso sucedió que, estando Dios Padre airado con nosotros, vio la muerte de su Hijo por nosotros y se aplacó para con nosotros? ¿Estaba entonces ya su Hijo tan aplacado para con nosotros que incluso se dignó morir por nosotros, mientras el Padre estaba todavía tan airado que, si su Hijo no moría por nosotros, no se aplacaría? ¿Y qué es, pues, lo que el mismo maestro de los gentiles dice en otro lugar: «¿Qué diremos, entonces, a estas cosas? Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no perdonó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas?»? Por favor, si el Padre no hubiera estado ya aplacado, ¿habría entregado a su propio Hijo, no perdonándolo por nosotros? ¿No parece esta opinión como contraria a aquella? En una, el Hijo muere por nosotros, y el Padre es reconciliado con nosotros por su muerte; en la otra, como si el Padre nos amara primero, él mismo por nuestra causa no perdona al Hijo, él mismo por nosotros lo entrega a la muerte. Pero veo que el Padre nos amó también antes, no solo antes de que el Hijo muriera por nosotros, sino antes de crear el mundo; siendo testigo el mismo apóstol, que dice: «Según nos escogió en él antes de la fundación del mundo.» Ni fue entregado el Hijo por nosotros como contra su voluntad, no perdonándolo el Padre mismo; pues de él se dice también: «Me amó y se entregó a sí mismo por mí.» Por tanto, juntamente el Padre y el Hijo, y el Espíritu de ambos, obran todas las cosas igual y armoniosamente; sin embargo, somos justificados en la sangre de Cristo y reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo. Y explicaré, como pueda, aquí también, cómo se hizo esto, en cuanto parezca suficiente.
XIII, 12, 16
16. Por la justicia de Dios, en cierto sentido, el género humano fue entregado al poder del diablo; el pecado del primer hombre pasa originalmente a todos los de ambos sexos en su nacimiento por la unión conyugal, y la deuda de nuestros primeros padres obliga a toda su posteridad. Esta entrega se significa primero en el Génesis, donde, habiéndose dicho a la serpiente: «Polvo comerás,» se dijo al hombre: «Polvo eres, y al polvo volverás.» En las palabras «Al polvo volverás» se anuncia de antemano la muerte del cuerpo, porque tampoco habría experimentado esa muerte si hubiera perseverado hasta el fin recto como fue hecho; pero al decírsele mientras aún vivía «Polvo eres,» se muestra que todo el hombre fue cambiado a peor. Pues «Polvo eres» es casi lo mismo que «Mi espíritu no permanecerá siempre en estos hombres, porque también son carne.» Por tanto, se mostró entonces que él fue entregado a aquel, en cuanto se le había dicho: «Polvo comerás.» Pero el apóstol declara esto más claramente, donde dice: «Y a vosotros, que estabais muertos en delitos y pecados, en los cuales anduvisteis en otro tiempo según la corriente de este mundo, según el príncipe de la potestad del aire, el espíritu que ahora obra en los hijos de incredulidad; entre los cuales también nosotros tuvimos nuestra conversación en otro tiempo, en las concupiscencias de nuestra carne, cumpliendo los deseos de la carne y de la mente; y éramos por naturaleza hijos de ira, lo mismo que los demás.» Los «hijos de incredulidad» son los incrédulos; ¿y quién no es esto antes de hacerse creyente? Y por tanto, todos los hombres están originalmente bajo el príncipe de la potestad del aire, «que obra en los hijos de incredulidad.» Y lo que yo he expresado con «originalmente» es lo mismo que el apóstol expresa cuando habla de los que «por naturaleza» eran como los demás; a saber, por naturaleza tal como ha sido depravada por el pecado, no como fue creada recta desde el principio. Pero el modo como el hombre fue entregado así al poder del diablo no debe entenderse como si Dios hiciera esto o mandara que se hiciera, sino que solo lo permitió, aunque con justicia. Pues cuando abandonó al pecador, el autor del pecado entró inmediatamente. Sin embargo, ciertamente Dios no abandonó de tal modo a su criatura que no se mostrara a ella como Dios que crea y vivifica, y que entre los males penales otorgara también muchos bienes a los malos. Pues no ha cerrado en su ira sus misericordias. Ni apartó al hombre de la ley de su propio poder cuando permitió que estuviera en poder del diablo; porque tampoco el diablo mismo está separado del poder del Omnipotente, como tampoco de su bondad. Pues ¿de dónde subsisten aun los ángeles malos, cualquiera que sea el modo de vida que tengan, sino por aquel que vivifica todas las cosas? Por tanto, si la comisión de los pecados por la justa ira de Dios sometió al hombre al diablo, sin duda la remisión de los pecados por la misericordiosa reconciliación de Dios rescata al hombre del diablo.
Capítulo 13. El hombre había de ser rescatado del poder del diablo, no por el poder, sino por la justicia
XIII, 13, 17
17. Pero el diablo había de ser vencido, no por el poder de Dios, sino por su justicia. Pues ¿qué hay más poderoso que el Omnipotente? ¿O qué criatura hay cuyo poder pueda compararse al poder del Creador? Mas como el diablo, por la culpa de su propia perversidad, se hizo amante del poder, y abandonador y asaltador de la justicia —pues así también los hombres lo imitan tanto más cuanto más ponen su corazón en el poder, con descuido o incluso odio de la justicia, y cuanto o se alegran de alcanzar el poder o se inflaman con la codicia de él—, plugo a Dios que, para rescatar al hombre de las garras del diablo, el diablo fuese vencido, no por el poder, sino por la justicia; y que así también los hombres, imitando a Cristo, procuren vencer al diablo por la justicia, no por el poder. No es que el poder deba ser rehuido como si fuera algo malo; sino que debe guardarse el orden según el cual la justicia está antes que él. Pues ¿cuán grande puede ser el poder de los mortales? Por tanto, aférrense los mortales a la justicia; a los inmortales se les dará el poder. Y comparado con este, el poder, por grande que sea, de aquellos hombres que en la tierra son llamados poderosos, se halla ser debilidad ridícula, y se cava una fosa allí para el pecador donde los impíos parecen ser más poderosos. Y dice el justo en su cántico: «Bienaventurado el hombre a quien tú corriges, oh Señor, y enseñas en tu ley: para darle descanso de los días de adversidad, hasta que se cave la fosa para el impío. Porque el Señor no desechará a su pueblo, ni abandonará su heredad, hasta que la justicia vuelva al juicio, y todos los que la siguen sean rectos de corazón.» En este tiempo presente, pues, en el que el poder del pueblo de Dios es diferido, «el Señor no desechará a su pueblo, ni abandonará su heredad,» por amargas e indignas cosas que sufra en su humildad y debilidad; «hasta que la justicia,» que ahora posee la debilidad de los piadosos, «vuelva al juicio,» es decir, reciba el poder de juzgar; lo cual se reserva al final para los justos, cuando el poder, en su debido orden, haya seguido a la justicia que va delante. Pues el poder unido a la justicia, o la justicia añadida al poder, constituye una autoridad judicial. Pero la justicia pertenece a la buena voluntad; por lo cual fue dicho por los ángeles cuando nació Cristo: «Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz a los hombres de buena voluntad.» Pero el poder debe seguir a la justicia, no precederla; y en consecuencia se sitúa en «segundo» lugar, es decir, la fortuna próspera; y se llama «segundo» por «seguir». Pues como dos cosas hacen bienaventurado al hombre, según hemos razonado arriba: querer el bien y poder hacer lo que uno quiere, no deben los hombres ser tan perversos —como se ha notado en la misma discusión— que de las dos cosas que hacen bienaventurado al hombre elija uno el poder hacer lo que quiere y descuide el querer lo que debe; cuando más bien debe tener primero buena voluntad, y después un gran poder. Además, la buena voluntad debe ser purgada de los vicios; si un hombre es vencido por ellos, es vencido de tal modo que quiere el mal; y entonces, ¿cómo será todavía buena su voluntad? Hay que desear, pues, que se dé ahora poder, pero poder contra los vicios; para vencerlos, los hombres no quieren ser poderosos, mientras quieren serlo para vencer a los hombres; ¿y por qué es esto, sino porque, siendo vencidos en verdad, fingen vencer, y no son vencedores en verdad, sino en la opinión? Quiera el hombre ser prudente, quiera ser fuerte, quiera ser templado, quiera ser justo; y para poder tener verdaderamente estas cosas, desee ciertamente el poder y busque ser poderoso en sí mismo y, cosa extraña, contra sí mismo para sí mismo. Pero todas las demás cosas que quiere rectamente y sin embargo no puede tener, como, por ejemplo, la inmortalidad y la verdadera y plena felicidad, no cese de anhelarlas, y espérelas con paciencia.
Comentario editorial · El diablo, vencido por la justicia
Agustín dice que «el diablo había de ser vencido, no por el poder de Dios, sino por su justicia»: Cristo, que no debía nada, es muerto por el diablo y por eso libera a los deudores (§18). Wikipedia resume la teoría del rescate así: Dios paga al diablo la muerte de Cristo y lo engaña, y añade que la postura de Agustín no es del todo clara, pues sus escritos apoyan a veces esa teoría y a veces la de la recapitulación. Shedd, en una nota a XIII, 15, ve aquí «restos» de la idea, de Ireneo, de que la muerte de Cristo rescata al pecador de Satanás, y juzga que Agustín está más libre de ese error que Ireneo, pero no del todo.
XIII, 14, 18
18. ¿Cuál es, pues, la justicia por la cual fue vencido el diablo? ¿Cuál, sino la justicia de Jesucristo? ¿Y cómo fue vencido? Porque, no hallando en él nada digno de muerte, sin embargo lo mató. Y ciertamente es justo que nosotros, a quienes tenía como deudores, seamos dejados libres creyendo en aquel a quien mató sin deuda alguna. De este modo se dice que somos justificados en la sangre de Cristo. Porque así aquella sangre inocente fue derramada para la remisión de nuestros pecados. De donde él se llama a sí mismo en los Salmos: «Libre entre los muertos.» Porque solo el que está muerto está libre de la deuda de la muerte. Por eso también en otro salmo dice: «Entonces restituí lo que no robé;» queriendo significar el pecado por lo robado, porque el pecado se apodera contra lo lícito. Por lo cual también dice, por boca de su propia Carne, según se lee en el Evangelio: «Porque viene el príncipe de este mundo, y no tiene nada en mí,» es decir, ningún pecado; sino «para que el mundo conozca,» dice, «que yo hago el mandamiento del Padre; levantaos, vámonos de aquí.» Y de ahí procede a su pasión, para pagar por nosotros, deudores, lo que él mismo no debía. ¿Acaso sería vencido el diablo por este justísimo derecho, si Cristo hubiera querido tratar con él por el poder, no por la justicia? Pero retuvo lo que le era posible, para hacer primero lo que convenía. Y por eso era necesario que fuera a la vez hombre y Dios. Pues si no hubiera sido hombre, no habría podido ser matado; si no hubiera sido Dios, los hombres no habrían creído que no quería hacer lo que podía, sino que no podía hacer lo que quería; ni habríamos pensado que la justicia fue preferida por él al poder, sino que carecía de poder. Pero ahora sufrió por nosotros lo propio del hombre, porque era hombre; mas si no hubiera querido, habría estado en su poder no sufrir así, porque era también Dios. Y la justicia se hizo por ello más aceptable en la humildad, porque un poder tan grande como el que había en su Divinidad, si no hubiera querido, habría podido no sufrir la humildad; y así, por aquel que murió, siendo tan poderoso, se nos recomendó la justicia y se nos prometió el poder, a nosotros, débiles mortales. Pues hizo una de estas dos cosas muriendo, y la otra resucitando. Porque ¿qué hay más justo que llegar hasta la muerte de cruz por la justicia? ¿Y qué más poderoso que resucitar de entre los muertos y subir al cielo con aquella misma carne en que fue matado? Y por eso venció al diablo primero por la justicia y después por el poder: a saber, por la justicia, porque no tenía pecado y fue matado por él con suma injusticia; mas por el poder, porque habiendo estado muerto volvió a vivir, para nunca más morir. Pero habría vencido al diablo por el poder, aunque no hubiera podido ser matado por él: aunque es propio de un poder mayor vencer también a la muerte misma resucitando que evitarla viviendo. Pero la razón es realmente otra por la que somos justificados en la sangre de Cristo, cuando somos rescatados del poder del diablo mediante la remisión de los pecados: se refiere a esto, a que el diablo es vencido por Cristo por la justicia, no por el poder. Pues Cristo fue crucificado, no por poder inmortal, sino por la debilidad que tomó sobre sí en carne mortal; de la cual debilidad dice, no obstante, el apóstol: «que la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres.»
XIII, 15, 19
19. No es, pues, difícil ver que el diablo fue vencido cuando resucitó aquel que había sido muerto por él. Es algo más, y de comprensión más profunda, ver que el diablo fue vencido cuando pensó que había vencido, es decir, cuando Cristo fue muerto. Pues entonces aquella sangre, puesto que era suya, de quien no tenía pecado alguno, fue derramada para la remisión de nuestros pecados; para que, ya que el diablo retenía justamente a aquellos a quienes, como culpables de pecado, ataba por la condición de la muerte, pudiera justamente soltarlos por medio de aquel a quien, como no culpable de pecado alguno, la pena de muerte afectó inmerecidamente. El hombre fuerte fue vencido por esta justicia y atado con esta cadena, para que fueran saqueados sus vasos, los cuales, junto con él y sus ángeles, habían sido vasos de ira, y fueran convertidos en vasos de misericordia. Porque el apóstol Pablo nos dice que estas palabras del propio Señor Jesucristo le fueron dichas desde el cielo cuando fue llamado por primera vez. Pues entre las otras cosas que oyó, habla también de esto como dicho a él así: «Porque me he aparecido a ti con este propósito, para hacerte ministro y testigo tanto de estas cosas que has visto de mí, como de aquellas en que me apareceré a ti; librándote del pueblo y de los gentiles, a quienes ahora te envío, para abrir los ojos de los ciegos y volverlos de las tinieblas [a la luz], y del poder de Satanás a Dios, para que reciban el perdón de los pecados y herencia entre los santificados, y la fe que es en mí.» Y por eso el mismo apóstol, exhortando también a los creyentes a dar gracias a Dios Padre, dice: «El cual nos ha librado del poder de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su amado Hijo: en quien tenemos redención, el perdón de los pecados.» En esta redención, la sangre de Cristo fue dada, por así decirlo, como precio por nosotros; al aceptarla, el diablo no se enriqueció, sino que fue atado: para que fuéramos sueltos de sus ataduras, y para que no envolviera consigo en las mallas de los pecados, y así entregara a la destrucción de la muerte segunda y eterna, a ninguno de aquellos a quienes Cristo, libre de toda deuda, había redimido derramando su propia sangre sin deber nada; sino que los que pertenecen a la gracia de Cristo, conocidos de antemano, predestinados y elegidos antes de la fundación del mundo, solo mueran en la medida en que el propio Cristo murió por ellos, es decir, solo por la muerte de la carne, no del espíritu.
Los restos de la muerte y los males del mundo se convierten en bien para los elegidos. Cuán convenientemente fue elegida la muerte de Cristo, para que fuésemos justificados en su sangre. Qué es la ira de Dios
XIII, 16, 20–21
20. Porque aunque la muerte misma de la carne provino originalmente del pecado del primer hombre, sin embargo el buen uso de ella ha hecho mártires gloriosísimos. Y así, no sólo aquella muerte misma, sino todos los males de este mundo, y los dolores y trabajos de los hombres, aunque provienen del merecido de los pecados, y especialmente del pecado original, de donde también la vida misma quedó atada con el vínculo de la muerte, con todo han permanecido convenientemente, aun cuando el pecado es perdonado; para que el hombre tenga con qué contender por la verdad, y con qué se ejercite la bondad de los fieles; a fin de que el hombre nuevo, mediante el nuevo pacto, sea preparado entre los males de este mundo para un mundo nuevo, soportando con sabiduría la miseria que esta vida condenada mereció, y gozándose sobriamente porque habrá de terminarse, pero esperando con fe y paciencia la bienaventuranza que la vida futura, ya libre, tendrá para siempre. Porque el diablo, arrojado de su dominio y de los corazones de los fieles, en cuya condenación e infidelidad reinaba, aunque él mismo también condenado, sólo se le permite ser adversario según la condición de esta mortalidad, en cuanto Dios sabe que les es conveniente: acerca de lo cual las sagradas Escrituras dicen por boca del apóstol: «Fiel es Dios, que no permitirá que seáis tentados más allá de lo que podéis; sino que con la tentación dará también la salida, para que podáis soportarla.» Y los males que los fieles soportan piadosamente aprovechan ya para la corrección de los pecados, ya para el ejercicio y prueba de la justicia, ya para manifestar la miseria de esta vida, a fin de que la vida donde habrá aquella bienaventuranza verdadera y perpetua sea deseada más ardientemente y buscada con más empeño. Pero es por causa de aquellos de quienes el apóstol dice: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien, esto es, a los que conforme a su propósito son llamados. Porque a los que antes conoció, también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. Y a los que predestinó, a éstos también llamó; y a los que llamó, a éstos también justificó; y a los que justificó, a éstos también glorificó.» De estos que están predestinados se dice que ninguno perecerá con el diablo; ninguno permanecerá hasta la muerte bajo el poder del diablo. Y a continuación sigue lo que ya he citado antes: «¿Qué, pues, diremos a estas cosas? Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros? El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él gratuitamente todas las cosas?»
21. ¿Por qué, pues, no había de suceder la muerte de Cristo? Antes bien, ¿por qué no había de ser elegida esa misma muerte, con preferencia a todas las demás, para llevarse a cabo, dejando de lado los otros innumerables modos que Aquel que es omnipotente habría podido emplear para librarnos? Esa muerte, digo, en la cual nada se disminuyó ni se cambió de su divinidad, y se confirió tan gran beneficio a los hombres desde la humanidad que tomó, que una muerte temporal, que no era debida, fue pagada por el Hijo eterno de Dios, que era también Hijo del hombre, para librarlos de una muerte eterna que sí era debida. El diablo retenía nuestros pecados, y por medio de ellos nos fijaba merecidamente en la muerte. Los pagó quien no tenía ninguno propio, y que fue llevado por él a la muerte sin merecerlo. Aquella sangre fue de tan gran precio, que el que incluso dio muerte a Cristo por un tiempo con una muerte no debida, no puede retener como cosa debida a nadie que se ha revestido de Cristo en la muerte eterna que era debida. Por tanto «Dios encarece su amor para con nosotros, en que, siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros. Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira.» Justificados, dice, en su sangre; justificados, ciertamente, en cuanto somos librados de todo pecado; y librados de todo pecado, porque el Hijo de Dios, que no conoció pecado, fue muerto por nosotros. Por tanto «seremos salvos de la ira por él;» de la ira ciertamente de Dios, la cual no es otra cosa sino justa retribución. Porque la ira de Dios no es, como la del hombre, una perturbación del ánimo; sino que es la ira de Aquel a quien la Sagrada Escritura dice en otro lugar: «Mas tú, Señor, que dominas tu poder, juzgas con serenidad.» Si, por tanto, la justa retribución de Dios ha recibido tal nombre, ¿cuál puede ser también la recta inteligencia de la reconciliación de Dios, sino que entonces tal ira llega a su fin? Ni éramos enemigos de Dios, sino en cuanto los pecados son enemigos de la justicia; los cuales, una vez perdonados, ponen fin a tales enemistades, y aquellos a quienes Él mismo justifica son reconciliados con el Justo. Y, sin embargo, ciertamente los amó aun siendo todavía enemigos, puesto que «no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros,» cuando aún éramos enemigos. Y por eso el apóstol con razón añade: «Porque si, siendo enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo,» por la cual se hizo aquella remisión de los pecados, «mucho más, estando reconciliados, seremos salvos por su vida.» Salvos por su vida, quienes fuimos reconciliados por su muerte. Pues ¿quién puede dudar de que dará su vida por sus amigos, por quienes, cuando eran enemigos, entregó su muerte? «Y no sólo esto,» dice, «sino que también nos gloriamos en Dios, por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación.» «No sólo», dice, «seremos salvos,» sino «también nos gloriamos;» y no en nosotros mismos, sino «en Dios;» ni por nosotros mismos, «sino por nuestro Señor Jesucristo, por quien hemos recibido ahora la reconciliación,» como hemos argüido arriba. Luego el apóstol añade: «Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron;» etc.: en lo cual disputa largamente acerca de los dos hombres; el uno, el primer Adán, por cuyo pecado y muerte nosotros, sus descendientes, estamos ligados, por así decirlo, por males hereditarios; y el otro, el segundo Adán, que no es sólo hombre, sino también Dios, por cuyo pago por nosotros de lo que no debía, somos librados de las deudas tanto de nuestro primer padre como de nosotros mismos. Además, puesto que por causa de aquel uno el diablo retenía a todos los que fueron engendrados por su corrompida concupiscencia carnal, es justo que por causa de este uno suelte a todos los que son regenerados por su gracia espiritual inmaculada.
XIII, 17, 22
22. Hay también muchas otras cosas en la encarnación de Cristo, por desagradable que sea a los soberbios, que deben observarse y pensarse provechosamente. Una de ellas es que se ha demostrado al hombre qué lugar ocupa en las cosas que Dios ha creado; puesto que la naturaleza humana pudo unirse a Dios de tal modo, que de dos sustancias, y de hecho de tres —Dios, alma y carne—, se hiciera una sola persona; para que aquellos espíritus soberbios y malignos, que se interponen como mediadores para engañar, aunque aparenten ayudar, no se atrevan por eso a situarse por encima del hombre porque no tienen carne; y principalmente porque el Hijo de Dios se dignó morir también en la misma carne, no sea que, por parecer inmortales, consigan hacerse adorar como dioses. Además, para que la gracia de Dios nos fuera recomendada en el hombre Cristo sin méritos precedentes; porque ni siquiera Él mismo obtuvo por méritos precedentes el unirse en tan gran unidad con el Dios verdadero, y llegar a ser Hijo de Dios, una sola Persona con Él; sino que desde el momento en que comenzó a ser hombre, desde entonces es también Dios; de donde se dice: «El Verbo se hizo carne.» Hay también esto: que la soberbia del hombre, que es el principal impedimento para adherirse a Dios, puede ser refutada y sanada mediante tan gran humildad de Dios. Aprende también el hombre cuán lejos se ha apartado de Dios; y cuánto le vale como dolor que le cura, cuando vuelve por medio de tal Mediador, que como Dios ayuda a los hombres con su divinidad, y como hombre se acomoda a los hombres con su debilidad. Pues ¿qué mayor ejemplo de obediencia se nos podía dar a nosotros, que habíamos perecido por la desobediencia, que el Dios Hijo obediente a Dios Padre, hasta la muerte de cruz? Más aún, ¿en dónde podía mostrarse mejor el premio de la propia obediencia que en la carne de tan gran Mediador, que resucitó a vida eterna? Correspondía también a la justicia y bondad del Creador, que el diablo fuera vencido por la misma criatura racional que se gozaba de haber vencido, y por uno proveniente de aquella misma raza que, por la corrupción de su origen a través de uno, él tenía totalmente en su poder.
XIII, 18, 23
23. Porque ciertamente Dios habría podido tomar sobre sí el ser hombre, para ser en esa humanidad el Mediador entre Dios y los hombres, de algún otro origen, y no de la raza de aquel Adán que ató al género humano con su pecado; así como no creó a aquel que primeramente creó, de la raza de otro alguno. Por tanto, pudo, ya de ese modo, ya de cualquier otro que quisiera, crear aún otro, por quien el vencedor del primero fuera vencido. Pero Dios juzgó mejor tomar hombre de la misma raza vencida, por medio del cual vencer al enemigo del género humano; y hacer esto de una virgen, cuya concepción la precedió no la carne sino el espíritu, no la concupiscencia sino la fe. Ni intervino aquella concupiscencia de la carne por la cual los demás hombres, que derivan el pecado original, son propagados y concebidos; sino que la santa virginidad concibió, no por unión conyugal, sino por la fe —estando del todo ausente la concupiscencia—, para que aquello que nacía de la raíz del primer hombre derivara sólo el origen de la raza, y no también el de la culpa. Porque no nació una naturaleza corrompida por el contagio de la transgresión, sino el único remedio de todas tales corrupciones. Nació, digo, un Hombre que nada en absoluto tenía, ni había de tener, de pecado; por medio del cual habían de nacer de nuevo para ser librados del pecado aquellos que no podían nacer sin pecado. Pues aunque la castidad conyugal hace un uso recto de la concupiscencia carnal que hay en nuestros miembros, está sin embargo sujeta a movimientos no voluntarios, por los cuales muestra o bien que no pudo existir en absoluto en el paraíso antes del pecado, o bien, si existió, que no era entonces tal que a veces resistiera a la voluntad. Pero ahora la sentimos tal, que, en oposición a la ley de la mente, y aun cuando no se trate de engendrar, obra en nosotros el aguijón del acto sexual; y si en esto los hombres ceden a él, entonces queda satisfecha con un acto de pecado; si no ceden, entonces es refrenada con un acto de negativa: ¿quién podría dudar de que estas dos cosas eran ajenas al paraíso antes del pecado? Porque ni la castidad que entonces había hacía nada indecoroso, ni el placer que entonces había sufría nada inquieto. Era necesario, por tanto, que esta concupiscencia carnal estuviera del todo ausente cuando fue concebido el fruto de la Virgen; en quien el autor de la muerte no había de hallar nada digno de muerte, y sin embargo había de darle muerte para ser vencido por la muerte del Autor de la vida: el vencedor del primer Adán, que retenía al género humano, vencido por el segundo Adán, y perdiendo la raza cristiana, liberada del género humano de la culpa humana, por medio de Aquel que no estaba en la culpa, aunque era de la raza; para que aquel engañador fuera vencido por aquella raza que él había vencido por la culpa. Y esto se hizo así, para que el hombre no se enaltezca, sino «que el que se gloría, gloríese en el Señor.» Porque el que fue vencido era sólo hombre; y fue vencido precisamente porque deseó con soberbia ser dios. Pero el que venció era a la vez hombre y Dios; y por eso venció así, naciendo de una virgen, porque Dios, en la humildad, no gobernó a aquel Hombre como gobierna a los demás santos, sino que lo llevó [como Hijo]. Estos tan grandes dones de Dios, y cualesquiera otros que haya —que sería demasiado largo para nosotros inquirir y tratar ahora sobre este asunto—, no podrían existir si el Verbo no se hubiera hecho carne.
XIII, 19, 24
24. Y todas estas cosas que el Verbo hecho carne hizo y soportó por nosotros en el tiempo y en el lugar, pertenecen, según la distinción que nos hemos propuesto demostrar, al conocimiento, no a la sabiduría. Y como el Verbo está sin tiempo y sin lugar, es coeterno con el Padre, y está todo entero en todas partes; y si alguien puede, y en cuanto puede, hablar con verdad acerca de este Verbo, su discurso pertenecerá a la sabiduría. Por eso el Verbo hecho carne, que es Cristo Jesús, tiene los tesoros tanto de la sabiduría como del conocimiento. Pues el apóstol, escribiendo a los colosenses, dice: «Porque quiero que sepáis cuán gran conflicto tengo por vosotros, y por los que están en Laodicea, y por todos los que no han visto mi rostro en la carne; para que sean consolados sus corazones, unidos en amor, y alcancen todas las riquezas de plena seguridad de entendimiento, para conocer el misterio de Dios, que es Cristo Jesús: en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» Hasta qué punto conocía el apóstol todos aquellos tesoros, cuánto de ellos había penetrado, y a cuán grandes cosas había llegado en ellos, ¿quién puede saberlo? Sin embargo, por mi parte, según aquello que está escrito: «Pero la manifestación del Espíritu es dada a cada uno para provecho; porque a uno es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento según el mismo Espíritu;» si estas dos cosas han de distinguirse de tal modo entre sí, que la sabiduría se asigne a las cosas divinas y el conocimiento a las humanas, reconozco ambas en Cristo, y conmigo todos sus fieles. Y cuando leo: «El Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros,» entiendo por el Verbo al verdadero Hijo de Dios; reconozco en la carne al verdadero Hijo del hombre, y ambos unidos en una sola Persona de Dios y hombre, por una inefable abundancia de gracia. Y a causa de esto, el apóstol prosigue diciendo: «Y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad.» Si referimos la gracia al conocimiento y la verdad a la sabiduría, creo que no nos apartaremos de aquella distinción entre estas dos cosas que hemos recomendado. Porque en las cosas que tienen su origen en el tiempo, la gracia suprema es que el hombre sea unido a Dios en unidad de persona; pero en las cosas eternas, la verdad suprema se atribuye con razón al Verbo de Dios. Mas el que el mismo sea el Unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad —esto se realizó, para que Él mismo, en las cosas hechas por nosotros en el tiempo, fuera aquel por quien somos limpiados por la misma fe, para contemplarle establemente en las cosas eternas. Y aquellos ilustres filósofos de los gentiles, que pudieron entender y discernir las cosas invisibles de Dios por las cosas hechas, con todo, como se dice de ellos, «detuvieron la verdad con injusticia;» porque filosofaron sin Mediador, es decir, sin el hombre Cristo, a quien no creyeron que había de venir por la palabra de los profetas, ni que hubiera venido por la de los apóstoles. Pues, situados como estaban en estas cosas bajísimas, no podían menos de buscar algunos medios por los cuales alcanzar aquellas cosas altas que habían entendido; y así dieron con espíritus engañadores, por medio de los cuales sucedió que «cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, y de aves, y de cuadrúpedos, y de reptiles.» Pues también en tales formas erigieron o adoraron ídolos. Por tanto, Cristo es nuestro conocimiento, y el mismo Cristo es también nuestra sabiduría. Él mismo implanta en nosotros la fe acerca de las cosas temporales, Él mismo muestra la verdad acerca de las eternas. Por medio de Él llegamos a Él mismo: nos extendemos por el conocimiento hacia la sabiduría; mas no nos apartamos de uno y el mismo Cristo, «en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.» Pero ahora tratamos del conocimiento, y después trataremos de la sabiduría tanto cuanto Él mismo lo conceda. Y no tomemos estas dos cosas como si no fuera lícito hablar o de la sabiduría que hay en las cosas humanas, o del conocimiento que hay en las divinas. Pues según una costumbre más laxa de hablar, ambas pueden llamarse sabiduría, y ambas conocimiento. Con todo, el apóstol no habría podido escribir de ningún modo: «A uno es dada palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento,» a no ser que estas cosas particulares hubieran sido llamadas propiamente con los nombres particulares de la distinción de la que ahora tratamos.
Lo que se ha tratado en este libro. Cómo hemos llegado por pasos a cierta trinidad, que se halla en el conocimiento práctico y la fe verdadera
XIII, 20, 25–26
25. Ahora, pues, veamos qué ha logrado este prolijo discurso, qué ha reunido, a dónde ha llegado. A todos los hombres pertenece querer ser bienaventurados; pero no todos tienen fe, mediante la cual se limpia el corazón, y así se alcanza la bienaventuranza. Y así sucede que, por medio de la fe que no todos quieren, hemos de llegar a la bienaventuranza que todos quieren. Todos ven en su propio corazón que quieren ser bienaventurados; y tan grande es el acuerdo de la naturaleza humana en este asunto, que no se engaña el hombre que conjetura esto acerca de la mente de otro, a partir de la suya propia; en fin, sabemos por nosotros mismos que todos quieren esto. Pero muchos desesperan de ser inmortales, aunque de ningún otro modo puede alguien ser aquello que todos quieren, es decir, bienaventurado. Sin embargo, también querrían ser inmortales si pudieran; pero al no creer que pueden, no viven de modo que puedan. Por tanto, la fe es necesaria, para que alcancemos la bienaventuranza en todos los bienes de la naturaleza humana, es decir, del alma y del cuerpo. Pero esa misma fe exige que esta fe se limite a Cristo, que resucitó en la carne de entre los muertos, para no morir más; y que nadie es liberado del dominio del diablo, mediante el perdón de los pecados, sino por Él; y que en la morada del diablo, la vida necesariamente ha de ser a la vez miserable y sin fin, la cual más bien debería llamarse muerte que vida. Todo lo cual he argumentado también, en cuanto lo permitió el espacio, en este libro, aunque ya he dicho mucho sobre el tema en el libro cuarto de esta obra; pero allí con un propósito, aquí con otro—a saber, allí, para mostrar por qué y cómo Cristo fue enviado en la plenitud del tiempo por el Padre, a causa de aquellos que dicen que el que envió y el que fue enviado no pueden ser iguales en naturaleza; aquí, en cambio, para distinguir el conocimiento práctico de la sabiduría contemplativa.
26. Porque quisimos ascender, por así decirlo, por pasos, y buscar en el hombre interior, tanto en el conocimiento como en la sabiduría, una especie de trinidad de su propia clase especial, tal como la buscamos antes en el hombre exterior; para que lleguemos, con una mente más ejercitada en estas cosas inferiores, a la contemplación de aquella Trinidad que es Dios, según nuestra pequeña medida, si es que podemos hacerlo siquiera, al menos en enigma y como por medio de un espejo. Si, pues, alguien ha confiado a la memoria las palabras de esta fe sólo en sus sonidos, sin saber lo que significan, como suelen quienes no saben griego retener en la memoria palabras griegas, o de manera semejante latinas, o las de cualquier otra lengua que ignoran, ¿no tiene acaso una especie de trinidad en su mente? Porque, primero, aquellos sonidos de palabras están en su memoria, aun cuando no piensa en ellos; luego, la visión mental (acies) de su acto de recuerdo se forma de allí cuando los concibe; y luego, la voluntad del que recuerda y piensa une a ambos. Sin embargo, de ningún modo diríamos que el hombre al hacer esto se ocupa de una trinidad del hombre interior, sino más bien del exterior; porque recuerda, y cuando quiere, contempla tanto cuanto quiere, aquello solo que pertenece al sentido del cuerpo, que se llama oído. Ni en tal acto de pensamiento hace otra cosa que tratar con imágenes de cosas corpóreas, es decir, de sonidos. Pero si retiene y recuerda lo que significan esas palabras, ahora ciertamente algo del hombre interior entra en acción; no todavía, sin embargo, debe decirse o pensarse que vive según una trinidad del hombre interior, si no ama aquellas cosas que allí se declaran, se ordenan, se prometen. Pues le es posible también retener y concebir estas cosas, suponiéndolas falsas, para esforzarse en refutarlas. Por tanto, aquella voluntad, que en este caso une aquellas cosas que se retienen en la memoria con aquellas que de allí se imprimen en el ojo de la mente en la concepción, completa, ciertamente, alguna especie de trinidad, ya que ella misma es un tercero añadido a otros dos; pero el hombre no vive según ésta, cuando aquellas cosas que se conciben se toman por falsas, y no se aceptan. Pero cuando aquellas cosas se creen verdaderas, y aquellas que allí deben ser amadas, son amadas, entonces por fin el hombre vive según una trinidad del hombre interior; pues cada uno vive según aquello que ama. Pero ¿cómo pueden amarse las cosas que no se conocen, sino sólo se creen? Esta cuestión ya ha sido tratada en libros anteriores; y hallamos que nadie ama lo que ignora por completo, sino que cuando se dice que se aman cosas no conocidas, se las ama a partir de aquellas que se conocen. Y ahora concluimos este libro, amonestando a los justos a vivir por la fe, la cual fe obra por el amor, de modo que también las virtudes mismas, por las cuales se vive prudentemente, valientemente, templadamente y justamente, sean todas referidas a la misma fe; pues de otro modo no pueden ser virtudes verdaderas. Y sin embargo, éstas en esta vida no tienen tanto valor como para que la remisión de los pecados, de una u otra clase, no sea a veces necesaria aquí; y esta remisión no se realiza sino por Aquel que con su propia sangre venció al príncipe de los pecadores. Cualesquiera ideas que estén en la mente del hombre fiel a partir de esta fe y de tal vida, cuando se contienen en la memoria, son contempladas mediante el recuerdo, y agradan a la voluntad, presentan una especie de trinidad de su propio género. Pero la imagen de Dios, de la cual con su ayuda hablaremos después, no está aún en aquella trinidad; cosa que será entonces más evidente, cuando se haya mostrado dónde está, lo cual el lector puede esperar en un libro siguiente.