Se pasa a tratar de los argumentos aducidos por los herejes, no tomados de la Escritura, sino de su propia razón. Se refuta a quienes piensan que la sustancia del Padre y la del Hijo no es la misma, porque todo lo que se predica de Dios, en su opinión, se predica de Él según sustancia; y por tanto se sigue que engendrar y ser engendrado, o ser engendrado y no engendrado, siendo diversos, son sustancias diversas; mientras que aquí se demuestra que no todo lo que se predica de Dios se predica según sustancia, del modo como se le llama bueno y grande según sustancia, o cualquier otra cosa que se predique de Él respecto a sí mismo; sino que algunas cosas se predican también de Él relativamente, es decir, no respecto a sí mismo, sino a algo que no es Él, como se le llama Padre respecto al Hijo, y Señor respecto a la criatura que le sirve; en cuyo caso, si algo que se predica así relativamente, es decir, respecto a algo que no es Él, se predica incluso como aconteciendo en el tiempo, como, por ejemplo, «Señor, tú te has hecho nuestro refugio,» sin embargo nada acontece a Dios de modo que obre un cambio en Él, sino que Él mismo permanece absolutamente inmutable en su propia naturaleza o esencia.
Capítulo 1. Qué pide el autor a Dios y qué al lector. En Dios nada ha de pensarse corpóreo o mudable
V, 1, 1–2
1. Comenzando, como hago ya de aquí en adelante, a hablar de temas que no pueden decirse del todo tal como se piensan, ni por hombre alguno ni, al menos, por mí; aunque incluso nuestro mismo pensamiento, cuando pensamos en Dios Trinidad, queda (según sentimos) muy por debajo de Aquel en quien pensamos, y no lo comprende tal como es; sino que es visto, como está escrito, aun por aquellos que son tan grandes como lo fue el apóstol Pablo, «en espejo y en enigma:» primero, ruego a nuestro Señor Dios mismo, en quien debemos pensar siempre, y de quien no somos capaces de pensar dignamente, en cuya alabanza ha de rendirse bendición en todo tiempo, y a quien ninguna palabra es suficiente para declarar, que me conceda ayuda para entender y explicar lo que me propongo, y perdón si en algo ofendo. Pues tengo presente no solo mi deseo, sino también mi flaqueza. Pido también a mis lectores que me perdonen cuando adviertan que he tenido más deseo que capacidad de decir lo que ellos o entienden mejor por sí mismos o no logran entender por la oscuridad de mi lenguaje, así como yo los perdono a ellos lo que no pueden entender por su propia torpeza.
2. Y mutuamente nos perdonaremos tanto más fácilmente cuanto sepamos, o al menos firmemente creamos y sostengamos, que todo lo que se dice de una naturaleza inmutable, invisible, que tiene vida absolutamente y que se basta a sí misma, no debe medirse según la costumbre de las cosas visibles, mudables y mortales, o que no se bastan a sí mismas. Pero aunque nos esforcemos, y sin embargo no logremos, aprehender y conocer aun aquellas cosas que están dentro del alcance de nuestros sentidos corporales, o lo que somos nosotros mismos en el hombre interior; sin embargo, no es con desvergüenza como la piedad fiel arde tras aquellas cosas divinas e inefables que están arriba: piedad, digo, no hinchada por la arrogancia de su propio poder, sino inflamada por la gracia de su mismo Creador y Salvador. Pues ¿con qué entendimiento puede el hombre aprehender a Dios, quien todavía no aprehende ese mismo entendimiento suyo por el cual desea aprehenderlo? Y si ya aprehende este, considere con cuidado que no hay nada en su propia naturaleza mejor que él; y vea si puede ver allí contornos de formas, o brillo de colores, o grandeza de espacio, o distancia de partes, o extensión de tamaño, o movimientos a través de intervalos de lugar, o algo de este tipo en absoluto. Ciertamente nada de todo esto hallamos en aquello, mejor que lo cual nada hallamos en nuestra propia naturaleza, es decir, en nuestro propio entendimiento, por el cual aprehendemos la sabiduría según nuestra capacidad. Por tanto, lo que no hallamos en aquello que es lo mejor nuestro, no debemos buscarlo en Aquel que es mucho mejor que ese mejor nuestro; para que así entendamos a Dios, si podemos y en cuanto podemos, como bueno sin cualidad, grande sin cantidad, creador aunque nada le falte, que gobierna pero no desde posición alguna, que sustenta todas las cosas sin «tenerlas», entero en todas partes, aunque sin lugar, eterno sin tiempo, que hace las cosas mudables sin cambio de sí mismo y sin pasión. Quien así piensa de Dios, aunque todavía no pueda descubrir en todos los aspectos qué es Él, sin embargo se guarda piadosamente, en cuanto puede, de pensar de Él algo que Él no es.
V, 2, 3
3. Es, sin embargo, sin duda, una sustancia, o, si mejor se la llama así, una esencia, que los griegos llaman [οὐσία]. Pues así como la sabiduría se llama así por el ser sabio, y el conocimiento por conocer; así, del ser viene aquello que llamamos esencia. Y ¿quién hay que sea más que Aquel que dijo a su siervo Moisés, «Yo soy el que soy;» y, «Así dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros?» Pero otras cosas que se llaman esencias o sustancias admiten accidentes, por los cuales se produce en ellas un cambio, grande o pequeño. Pero no puede haber accidente de este tipo respecto a Dios; y por tanto Aquel que es Dios es la única sustancia o esencia inmutable, a quien ciertamente el ser mismo, de donde viene el nombre de esencia, pertenece de modo especialísimo y verdadero. Pues lo que cambia no conserva su propio ser; y lo que puede cambiar, aunque no cambie actualmente, es capaz de no ser aquello que había sido; y de ahí que aquello que no solo no cambia, sino que tampoco puede en absoluto cambiar, es lo único que cae de modo verdaderísimo, sin dificultad ni vacilación, bajo la categoría de ser.
Capítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
V, 3, 4
4. Por lo cual —para comenzar ya a responder a los adversarios de nuestra fe, también respecto a aquellas cosas que ni se dicen tal como se piensan, ni se piensan tal como realmente son—: entre las muchas cosas que los arrianos suelen disputar contra la fe católica, parecen proponer principalmente esta, como su artificio más astuto, a saber, que todo lo que se dice o se entiende de Dios, se dice no según accidente, sino según sustancia; y por tanto, ser no engendrado pertenece al Padre según sustancia, y ser engendrado pertenece al Hijo según sustancia; pero ser no engendrado y ser engendrado son diferentes; por tanto, la sustancia del Padre y la del Hijo son diferentes. A los cuales respondemos: Si todo lo que se dice de Dios se dice según sustancia, entonces aquello que se dice, «Yo y el Padre somos uno,» se dice según sustancia. Por tanto, hay una sola sustancia del Padre y del Hijo. O si esto no se dice según sustancia, entonces algo se dice de Dios no según sustancia, y por tanto ya no estamos obligados a entender no engendrado y engendrado según sustancia. También se dice del Hijo, «No consideró rapiña el ser igual a Dios.» Preguntamos: ¿igual según qué? Porque si no se dice que es igual según sustancia, entonces admiten que algo puede decirse de Dios no según sustancia. Admitan, pues, que no engendrado y engendrado no se dicen según sustancia. Y si no admiten esto, por cuanto quieren que todas las cosas se digan de Dios según sustancia, entonces el Hijo es igual al Padre según sustancia.
V, 4, 5
5. Lo accidental comúnmente implica que puede perderse por algún cambio de la cosa a la que es accidente. Pues aunque algunos accidentes se dicen inseparables, que en griego se llaman [ἀχώριστα], como el color negro lo es a la pluma del cuervo; sin embargo la pluma pierde ese color, no ciertamente mientras es pluma, sino porque la pluma no es siempre. Por lo cual la materia misma es mudable; y cuando aquel animal o aquella pluma deja de ser, y todo aquel cuerpo se cambia y se convierte en tierra, ciertamente pierde también aquel color. Aunque el tipo de accidente que se llama separable puede también perderse, no por separación, sino por cambio; como, por ejemplo, la negrura se llama accidente separable del cabello de los hombres, porque el cabello, continuando siendo cabello, puede volverse blanco; sin embargo, si se considera con cuidado, es bastante evidente que no es como si algo partiese por separación de la cabeza cuando se vuelve blanco, como si la negrura partiese de allí y se fuese a alguna parte y viniese la blancura en su lugar, sino que la cualidad del color allí se muda y cambia. Por tanto, no hay nada accidental en Dios, porque no hay nada mudable o que pueda perderse. Pero si quieres llamar también accidental a aquello que, aunque no pueda perderse, puede sin embargo disminuirse o aumentarse —como, por ejemplo, la vida del alma: pues mientras es alma, tanto tiempo vive, y porque el alma es siempre, siempre vive; pero porque vive más cuando es sabia, y menos cuando es necia, también aquí se produce algún cambio, no tal que la vida esté ausente, como la sabiduría está ausente al necio, sino tal que es menor—, nada de este tipo tampoco acontece a Dios, porque Él permanece totalmente inmutable.
V, 5, 6
6. Por lo cual nada en Él se dice respecto a accidente, ya que nada le es accidental, y sin embargo no todo lo que se dice se dice según sustancia. Pues en las cosas creadas y mudables, lo que no se dice según sustancia debe, por alternativa necesaria, decirse según accidente. Pues todas las cosas son accidentes para ellas, que pueden perderse o disminuirse, ya sean magnitudes o cualidades; y así también lo que se dice en relación a algo, como amistades, parentescos, servicios, semejanzas, igualdades y cualquier otra cosa del tipo; así también posiciones y condiciones, lugares y tiempos, actos y pasiones. Pero en Dios nada se dice según accidente, porque en Él nada es mudable; y sin embargo no todo lo que se dice se dice según sustancia. Pues se dice en relación a algo, como el Padre en relación al Hijo y el Hijo en relación al Padre, lo cual no es accidente; porque tanto el uno es siempre Padre, como el otro es siempre Hijo: sin embargo, no con el significado de «siempre,» en el sentido de desde el tiempo en que el Hijo nació [natus], de modo que el Padre no deja de ser Padre porque el Hijo nunca cesa de ser Hijo, sino porque el Hijo siempre nació, y nunca comenzó a ser Hijo. Pero si hubiera comenzado a ser en algún tiempo, o hubiera de dejar de ser en algún tiempo, el Hijo, entonces sería llamado Hijo según accidente. Pero si el Padre, en cuanto es llamado Padre, fuese llamado así en relación consigo mismo, no con el Hijo; y el Hijo, en cuanto es llamado Hijo, fuese llamado así en relación consigo mismo, no con el Padre; entonces tanto el uno sería llamado Padre, como el otro Hijo, según sustancia. Pero como el Padre no es llamado Padre sino en cuanto tiene un Hijo, y el Hijo no es llamado Hijo sino en cuanto tiene un Padre, estas cosas no se dicen según sustancia; porque cada uno de ellos no es llamado así en relación consigo mismo, sino que los términos se usan recíprocamente y en relación el uno con el otro; ni tampoco según accidente, porque tanto el ser llamado Padre como el ser llamado Hijo les es eterno e inmutable. Por lo cual, aunque ser Padre y ser Hijo es diferente, sin embargo su sustancia no es diferente; porque se llaman así, no según sustancia, sino según relación; relación que, sin embargo, no es accidente, porque no es mudable.
Comentario editorial · Sustancia y relación
El libro V responde a lo que su argumento llama razones de los herejes: si todo lo que se dice de Dios se dice según la sustancia, «ser engendrado» y «ser no engendrado» serían sustancias distintas. En §6 Agustín contesta que nada se dice de Dios «según accidente», porque en él nada es mudable, pero que no todo se dice según la sustancia: lo que se dice «en relación a algo», como Padre o Hijo, se dice relativamente. Según Ayres, que ve en esos adversarios a los homeos, es la única categoría, junto a la sustancia, que Agustín admite para hablar de Dios; y las relaciones de Padre e Hijo son eternas y esenciales, no accidentales (Nicaea and Its Legacy, pp. 376–377). En V, 7 (§8) recorre los demás predicamentos: cantidad, cualidad, relación, posición, condición, tiempo.
Se responde a las cavilaciones de los herejes respecto a las mismas palabras engendrado y no engendrado
V, 6, 7
7. Pero si piensan que pueden responder a este razonamiento así —que, en efecto, el Padre es llamado así en relación al Hijo, y el Hijo en relación al Padre, pero que se dicen no engendrado y engendrado en relación consigo mismos, no en relación el uno con el otro; pues no es lo mismo llamarlo no engendrado que llamarlo Padre, porque nada impediría llamarlo no engendrado aunque no hubiera engendrado al Hijo; y si alguno engendra un hijo, no por eso él mismo es no engendrado, pues los hombres, que son engendrados por otros hombres, también engendran ellos a otros; y por eso dicen que el Padre es llamado Padre en relación al Hijo, y el Hijo es llamado Hijo en relación al Padre, pero no engendrado se dice en relación consigo mismo, y engendrado en relación consigo mismo; y por tanto, si todo lo que se dice en relación consigo mismo se dice según sustancia, mientras que ser no engendrado y ser engendrado son diferentes, entonces la sustancia es diferente—: si esto es lo que dicen, entonces no entienden que ciertamente dicen algo que requiere una discusión más cuidadosa respecto al término no engendrado, porque ni es padre alguien por ser no engendrado, ni es no engendrado por ser padre, y por eso se supone que es llamado no engendrado, no en relación a otra cosa, sino respecto a sí mismo; pero, por otra parte, con una ceguera admirable, no perciben que nadie puede decirse engendrado sino en relación a algo. Pues es hijo porque ha sido engendrado; y porque es hijo, ciertamente ha sido engendrado. Y como es la relación del hijo al padre, así es la relación de lo engendrado al engendrador; y como es la relación del padre al hijo, así es la relación del engendrador a lo engendrado. Y por tanto, a alguien se le entiende como engendrador bajo una noción, pero se le entiende como no engendrado bajo otra. Pues aunque ambas cosas se dicen de Dios Padre, sin embargo la primera se dice en relación a lo engendrado, es decir, al Hijo, lo cual, ciertamente, no niegan; pero que Él es llamado no engendrado, declaran que se dice respecto a sí mismo. Dicen, pues: Si algo se dice padre respecto a sí mismo, lo cual no puede decirse hijo respecto a sí mismo, y todo lo que se dice respecto a sí mismo se dice según sustancia; y Él se dice no engendrado respecto a sí mismo, lo cual el Hijo no puede decirse que sea; por tanto Él se dice no engendrado según sustancia; y porque el Hijo no puede decirse así, por tanto no es de la misma sustancia. A esta sutileza se ha de responder obligándolos a decir ellos mismos según qué es aquello en lo que el Hijo es igual al Padre; si según aquello que se dice en relación consigo mismo, o según aquello que se dice en relación al Padre. Pues no es según aquello que se dice en relación al Padre, ya que en relación al Padre se dice Hijo, y el Padre no es Hijo, sino Padre. Puesto que Padre e Hijo no se llaman así en relación el uno con el otro del mismo modo que los amigos y los vecinos; pues un amigo se llama así relativamente a su amigo, y si se aman igualmente, entonces la misma amistad está en ambos; y un vecino se llama así relativamente a un vecino, y como son igualmente vecinos entre sí (pues cada uno es vecino del otro en el mismo grado en que el otro es vecino suyo), hay la misma vecindad en ambos. Pero como el Hijo no se llama así relativamente al Hijo, sino al Padre, no es según aquello que se dice en relación al Padre que el Hijo es igual al Padre; y queda que es igual según aquello que se dice en relación consigo mismo. Pero todo lo que se dice en relación consigo mismo se dice según sustancia: queda, por tanto, que es igual según sustancia; por tanto, la sustancia de ambos es la misma. Pero cuando se dice que el Padre es no engendrado, no se dice qué es, sino qué no es; y cuando se niega un término relativo, no se niega según sustancia, ya que lo relativo mismo no se afirma según sustancia.
V, 7, 8
8. Esto ha de aclararse con ejemplos. Y, en primer lugar, hemos de advertir que con la palabra engendrado se significa lo mismo que con la palabra hijo. Pues por eso es hijo, porque fue engendrado; y porque es hijo, por eso ciertamente fue engendrado. Con la palabra no engendrado, por tanto, se declara que él no es hijo. Pero engendrado y no engendrado son términos que se emplean ambos convenientemente; mientras que en latín podemos usar la palabra «filius,» pero la costumbre de la lengua no nos permite decir «infilius.» Sin embargo, en nada cambia el significado si se le llama «non filius;» así como es exactamente lo mismo si se le llama «non genitus,» en lugar de «ingenitus.» Pues así como los términos de vecino y amigo se usan relativamente, no podemos hablar de «invicinus» como podemos hablar de «inimicus.» Por lo cual, al hablar de esto o de aquello, no debemos considerar lo que el uso de nuestra propia lengua permite o no permite, sino lo que claramente aparece como el significado de las cosas mismas. No llamemos, pues, por más tiempo a esto no engendrado, aunque pueda llamarse así en latín; sino que, en lugar de esto, llamémoslo no engendrado, que significa lo mismo. ¿Es esto otra cosa que decir que él no es hijo? Ahora bien, anteponer esa partícula negativa no hace que se diga según la sustancia aquello que, sin ella, se dice relativamente; sino que solo se niega aquello que, sin ella, se afirmaba, como en los demás predicamentos. Cuando decimos que él es hombre, denotamos sustancia. Quien, por tanto, dice que no es hombre, no enuncia otro género de predicamento, sino que solo niega aquello. Así como, por tanto, afirmo según la sustancia al decir que es hombre, así niego según la sustancia al decir que no es hombre. Y cuando se pregunta cuán grande es, y digo que es cuadrúpedo, es decir, de cuatro pies de medida, afirmo según la cantidad; y quien dice que no es cuadrúpedo, niega según la cantidad. Digo que es blanco, afirmo según la cualidad; si digo que no es blanco, niego según la cualidad. Digo que está cerca, afirmo según la relación; si digo que no está cerca, niego según la relación. Afirmo según la posición, cuando digo que yace; niego según la posición, cuando digo que no yace. Hablo según la condición, cuando digo que está armado; niego según la condición, cuando digo que no está armado; y viene a ser lo mismo que si dijera que está desarmado. Afirmo según el tiempo, cuando digo que es de ayer; niego según el tiempo, cuando digo que no es de ayer. Y cuando digo que está en Roma, afirmo según el lugar; y niego según el lugar, cuando digo que no está en Roma. Afirmo según el predicamento de acción, cuando digo que hiere; pero si digo que no hiere, niego según la acción, de modo que declaro que no obra así. Y cuando digo que es herido, afirmo según el predicamento de pasión; y niego según el mismo, cuando digo que no es herido. Y, en una palabra, no hay ningún género de predicamento según el cual podamos querer afirmar algo sin que se pruebe que negamos según el mismo predicamento, si anteponemos la partícula negativa. Y, siendo esto así, si yo afirmara según la sustancia al decir hijo, negaría según la sustancia al decir no hijo. Pero como afirmo relativamente cuando digo que es hijo, pues me refiero al padre, por tanto niego relativamente si digo que no es hijo, pues refiero la misma negación al padre, en cuanto que quiero declarar que no tiene padre. Pero si ser llamado hijo es precisamente equivalente a ser llamado engendrado (como dijimos antes), entonces ser llamado no engendrado es precisamente equivalente a ser llamado no hijo. Pero negamos relativamente cuando decimos que no es hijo; por tanto, negamos relativamente cuando decimos que no es engendrado. Además, ¿qué es no engendrado, sino no engendrado? No escapamos, por tanto, del predicamento relativo cuando se le llama no engendrado. Pues así como engendrado no se dice en relación consigo mismo, sino en cuanto que es de un engendrador; así, cuando uno es llamado no engendrado, no se le llama así en relación consigo mismo, sino que se declara que no es de un engendrador. Ambos significados, sin embargo, giran en torno al mismo predicamento, que se llama de relación. Pero lo que se afirma relativamente no denota sustancia; y, por consiguiente, aunque engendrado y no engendrado sean diversos, no denotan una sustancia diversa; porque, así como hijo se refiere a padre, y no hijo a no padre, así se sigue inevitablemente que engendrado debe referirse a engendrador, y no engendrado a no engendrador.
Todo lo que se dice de Dios según la sustancia se dice de cada persona por separado y, juntamente, de la Trinidad misma. Una esencia en Dios, y tres, en griego, hipóstasis; en latín, personas
V, 8, 9–10
9. Por lo cual, mantengamos ante todo esto: que todo cuanto se dice de aquella altísima y divina sublimidad respecto de sí mismo, se dice respecto de la sustancia; pero lo que se dice en relación con algo, no se dice respecto de la sustancia, sino relativamente; y que el efecto de la misma sustancia en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo es que todo lo que se dice de cada uno respecto de sí mismos, ha de tomarse de ellos no en plural en suma, sino en singular. Pues así como el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios —lo cual nadie duda que se dice respecto de la sustancia—, no decimos, sin embargo, que la misma Trinidad suprema sea tres dioses, sino un solo Dios. Así, el Padre es grande, el Hijo grande, y el Espíritu Santo grande; pero no tres grandes, sino uno grande. Pues no está escrito solo del Padre, como perversamente suponen, sino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: «Tú eres grande: Tú solo eres Dios.» Y el Padre es bueno, el Hijo bueno, y el Espíritu Santo bueno; pero no tres buenos, sino uno bueno, de quien se dice: «Nadie es bueno, sino uno solo, que es Dios.» Pues el Señor Jesús, para que no fuera entendido como hombre solo por aquel que dijo: «Maestro bueno,» al dirigirse a un hombre, no dice por eso: Nadie es bueno sino solo el Padre; sino: «Nadie es bueno, sino uno solo, que es Dios.» Pues el Padre por sí mismo es designado con el nombre de Padre; pero con el nombre de Dios, tanto Él mismo como el Hijo y el Espíritu Santo, porque la Trinidad es un solo Dios. Pero la posición, la condición, los lugares y los tiempos no se dicen propiamente de Dios, sino metafóricamente y por semejanzas. Pues se dice que habita entre los querubines, lo cual se dice respecto de la posición; y que está cubierto con el abismo como con un vestido, lo cual se dice respecto de la condición; y «Tus años no tendrán fin,» lo cual se dice respecto del tiempo; y «Si subiere a los cielos, allí estás tú,» lo cual se dice respecto del lugar. Y en cuanto a la acción (o hacer), quizá pueda decirse con toda verdad de Dios solo, pues solo Dios hace y Él mismo no es hecho. Ni está sujeto a pasiones en cuanto pertenece a aquella sustancia por la cual Él es Dios. Así, el Padre es omnipotente, el Hijo omnipotente, y el Espíritu Santo es omnipotente; pero no tres omnipotentes, sino uno omnipotente: «Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas; a Él sea la gloria.» Todo lo que, por tanto, se dice de Dios respecto de sí mismo, se dice tanto de cada persona por separado, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; como juntamente de la Trinidad misma, no en plural, sino en singular. Pues, en cuanto que para Dios no es una cosa ser y otra cosa ser grande, sino que para Él es lo mismo ser que ser grande; por tanto, así como no decimos tres esencias, tampoco decimos tres grandezas, sino una esencia y una grandeza. Digo esencia, que en griego se llama [οὐσία], y que nosotros llamamos más comúnmente sustancia.
10. Ellos, en efecto, usan también la palabra hipóstasis; pero pretenden poner una diferencia, no sé cuál, entre [οὐσία] y hipóstasis; de modo que la mayoría de los nuestros que tratan estas cosas en lengua griega acostumbran decir [μίαν οὐσίαν, τρεῖς ὑποστάσεις], o en latín, una esencia, tres sustancias.
V, 9, 10
Pero como entre nosotros ya ha prevalecido el uso de entender por esencia lo mismo que se entiende por sustancia, no nos atrevemos a decir una esencia, tres sustancias, sino una esencia o sustancia y tres personas: como han dicho muchos escritores latinos que tratan de estas cosas y tienen autoridad, al no poder hallar otro modo más adecuado de enunciar con palabras lo que entendían sin palabras. Pues, en verdad, como el Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre, y aquel Espíritu Santo que también se llama el don de Dios no es ni el Padre ni el Hijo, ciertamente son tres. Y así se dice en plural: «Yo y mi Padre somos uno.» Pues no ha dicho: «es uno,» como dicen los sabelianos; sino: «somos uno.» Sin embargo, cuando se pregunta: ¿qué tres?, la lengua humana padece en todo una gran pobreza de palabras. No obstante, se responde: tres «personas,» no para que fuera dicho [completamente], sino para que no se dejara [del todo] sin decir.
Comentario editorial · «Tres personas», para no callar
Agustín reconoce que el lenguaje no da para más: se dijo «tres personas» para tener qué responder a «¿qué tres?». El latín de la colección Delphi lo dice así: Dictum est tamen tres personae non ut illud diceretur sed ne taceretur. Antes cuenta que los griegos hablan de «una esencia, tres hipóstasis» y que él no sabe qué diferencia quieren poner entre ousía e hypóstasis. Según Wikipedia, durante buena parte del siglo IV ambos términos fueron sinónimos, también en el anatema del credo de Nicea; la distinción se atribuye a los Capadocios, sobre todo a Basilio (cartas 214, de 375, y 236, de 376). Haddan hace notar que el lenguaje del capítulo 10 de este libro se parece al de algunas frases del Credo atanasiano.
Las cosas que pertenecen absolutamente a Dios como esencia, se dicen de la Trinidad en singular, no en plural
V, 10, 11
11. Así como, pues, no decimos tres esencias, así tampoco decimos tres grandezas, ni tres que son grandes. Porque en las cosas que son grandes por participar de la grandeza, en las cuales una cosa es ser y otra cosa es ser grande, como una casa grande, una montaña grande y una mente grande; en estas cosas, digo, una cosa es la grandeza, y otra cosa es aquello que es grande por la grandeza; y una casa grande ciertamente no es la grandeza absoluta misma. Pero aquella es la grandeza absoluta por la cual no solo es grande una casa grande, y es grande cualquier montaña grande, sino también por la cual es grande toda otra cosa cualquiera que se llama grande; de suerte que una cosa es la grandeza misma, y otras son las cosas que por ella se llaman grandes. Y esta grandeza ciertamente es grande de modo primario, y mucho más excelente que las cosas que son grandes por participar de ella. Pero como Dios no es grande por aquella grandeza que no es Él mismo, de modo que Dios, al ser grande, sea como partícipe de esa grandeza —de lo contrario, esa grandeza sería mayor que Dios, mientras que no hay nada mayor que Dios—; por tanto, Él es grande por aquella grandeza por la cual Él mismo es esa misma grandeza. Y, por tanto, así como no decimos tres esencias, tampoco decimos tres grandezas; porque para Dios es lo mismo ser y ser grande. Por la misma razón no decimos tres grandes, sino uno que es grande; puesto que Dios no es grande por participar de la grandeza, sino que es grande por ser Él mismo grande, porque Él mismo es su propia grandeza. Dígase lo mismo también de la bondad, y de la eternidad, y de la omnipotencia de Dios, y, en fin, de todos los predicamentos que pueden predicarse de Dios, en cuanto se habla de Él respecto de sí mismo, no metafóricamente ni por semejanza, sino propiamente, si es que algo puede decirse propiamente de Él por boca del hombre.
V, 11, 12
12. Pero como en la misma Trinidad algunas cosas se predican de modo especial y por separado, estas no se dicen en modo alguno respecto de sí mismas en sí mismas, sino o en referencia mutua, o respecto de la criatura; y, por tanto, es manifiesto que tales cosas se dicen relativamente, no a modo de sustancia. Pues la Trinidad se llama un solo Dios, grande, bueno, eterno, omnipotente; y el mismo Dios puede llamarse su propia deidad, su propia magnitud, su propia bondad, su propia eternidad, su propia omnipotencia; pero la Trinidad no puede llamarse del mismo modo Padre, salvo quizá metafóricamente, respecto de la criatura, por causa de la adopción de hijos. Pues lo que está escrito: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios es un solo Señor,» ciertamente no debe entenderse como si el Hijo estuviera exceptuado, o el Espíritu Santo estuviera exceptuado; a este único Señor y Dios nuestro con razón lo llamamos también Padre nuestro, como quien nos regenera por su gracia. Tampoco la Trinidad puede en modo alguno llamarse Hijo, pero puede llamarse, en su totalidad, Espíritu Santo, según aquello que está escrito: «Dios es espíritu;» porque tanto el Padre es espíritu como el Hijo es espíritu, y el Padre es santo y el Hijo es santo. Por tanto, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, y ciertamente Dios es santo y Dios es espíritu, la Trinidad puede llamarse también Espíritu Santo. Pero, sin embargo, aquel Espíritu Santo, que no es la Trinidad, sino que se entiende como en la Trinidad, se dice en su nombre propio de Espíritu Santo relativamente, ya que es referido tanto al Padre como al Hijo, porque el Espíritu Santo es el Espíritu tanto del Padre como del Hijo. Pero la relación no aparece en ese nombre, sino que aparece cuando se le llama el don de Dios; pues Él es el don del Padre y del Hijo, porque «Él procede del Padre,» como dice el Señor; y porque aquello que dice el apóstol: «Ahora bien, si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él,» lo dice ciertamente del mismo Espíritu Santo. Por tanto, cuando decimos el don del dador, y el dador del don, hablamos en ambos casos relativamente, en referencia recíproca. Por consiguiente, el Espíritu Santo es una cierta inefable comunión del Padre y del Hijo; y por eso, quizá, se le llama así, porque el mismo nombre conviene a ambos, al Padre y al Hijo. Pues Él mismo es llamado de modo especial aquello que ellos son llamados en común; porque tanto el Padre es espíritu como el Hijo es espíritu, y tanto el Padre es santo como el Hijo es santo. Por tanto, para que la comunión de ambos sea significada con un nombre que conviene a ambos, el Espíritu Santo es llamado el don de ambos. Y esta Trinidad es un solo Dios, único, bueno, grande, eterno, omnipotente; siendo ella misma su propia unidad, deidad, grandeza, bondad, eternidad, omnipotencia.
V, 12, 13
13. Tampoco debe influirnos —puesto que hemos dicho que el Espíritu Santo se llama así relativamente, no la Trinidad misma, sino Aquel que está en la Trinidad— que la denominación de Aquel a quien es referido no parece corresponder a su vez a su denominación. Pues no podemos, así como decimos el siervo de un señor y el señor de un siervo, el hijo de un padre y el padre de un hijo, así también decir aquí —porque estas cosas se dicen relativamente. Pues hablamos del Espíritu Santo del Padre; pero, por otra parte, no hablamos del Padre del Espíritu Santo, no sea que el Espíritu Santo se entienda como su Hijo. Así también hablamos del Espíritu Santo del Hijo; pero no hablamos del Hijo del Espíritu Santo, no sea que el Espíritu Santo se entienda como su Padre. Pues sucede en muchos relativos que no se encuentra ninguna denominación por la cual aquellas cosas que están en relación mutua puedan corresponderse [en el nombre] recíprocamente. Pues, ¿qué hay que se diga más claramente de modo relativo que la palabra arras? Ya que se refiere a aquello de lo cual es arras, y unas arras son siempre arras de algo. ¿Podemos, entonces, así como decimos las arras del Padre y del Hijo, decir a su vez el Padre de las arras o el Hijo de las arras? Pero, por otra parte, cuando decimos el don del Padre y del Hijo, ciertamente no podemos decir el Padre del don, o el Hijo del don; sino que, para que estas cosas se correspondan mutuamente, decimos el don del dador y el dador del don; porque aquí puede hallarse una palabra en uso, allí no puede.
V, 13, 14
14. Se dice, pues, Padre relativamente, y también relativamente se dice Principio, y todo lo demás de este género; pero se le llama Padre con relación al Hijo, y Principio con relación a todas las cosas que proceden de Él. Así también se dice el Hijo relativamente; y se le llama también relativamente Verbo e Imagen. Y en todos estos nombres se refiere al Padre; pero el Padre no es llamado por ninguno de ellos. Y el Hijo se llama también Principio; pues cuando se le preguntó: «¿Quién eres tú?» respondió: «El Principio, que también os hablo.» Pero, ¿acaso es Él Principio del Padre? Pues quiso mostrarse Creador al decir que Él era el Principio, como también el Padre es principio de la criatura, en cuanto que todas las cosas proceden de Él. Porque el creador se dice también relativamente a la criatura, como el señor al siervo. Y así, cuando decimos que el Padre es Principio y que el Hijo es Principio, no hablamos de dos principios de la criatura; puesto que el Padre y el Hijo juntamente son un solo principio respecto de la criatura, como un solo Creador, como un solo Dios. Pero si todo lo que permaneciendo en sí mismo produce u obra algo es principio de aquello que produce u obra, entonces no podemos negar que también el Espíritu Santo es llamado con razón Principio, ya que no lo separamos del nombre de Creador; y está escrito de Él que obra; y ciertamente, obrando, permanece en sí mismo; pues Él no se cambia ni se transforma en ninguna de las cosas que obra. Y mira qué es lo que obra: «Pero la manifestación del Espíritu,» dice, «se da a cada uno para provecho. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, operación de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como quiere;» ciertamente como Dios —pues ¿quién puede obrar cosas tan grandes sino Dios?—, pero «es el mismo Dios que obra todas las cosas en todos.» Pues si se nos pregunta punto por punto acerca del Espíritu Santo, respondemos con toda verdad que es Dios; y con el Padre y el Hijo juntamente es un solo Dios. Por tanto, se dice que Dios es un solo Principio respecto de la criatura, no dos o tres principios.
V, 14, 15
15. Pero en la mutua relación que tienen entre sí dentro de la Trinidad misma, si el engendrador es principio respecto de aquello que engendra, el Padre es principio respecto del Hijo, porque lo engendra; pero si el Padre es también principio respecto del Espíritu Santo, puesto que se dice: «Procede del Padre,» no es cuestión pequeña. Porque, si así es, no será principio solo de aquello que engendra o hace, sino también de aquello que da. Y aquí sale a la luz, cuanto puede, aquella cuestión que suele turbar a muchos: por qué el Espíritu Santo no es también hijo, ya que Él también procede del Padre, como se lee en el Evangelio. Pues el Espíritu procedió no como nacido, sino como dado; y por eso no es llamado hijo, porque ni fue engendrado, como el Unigénito, ni hecho, de modo que por la gracia de Dios naciese para la adopción, como nosotros. Porque lo que nace del Padre se refiere solo al Padre cuando se le llama Hijo, y así el Hijo es Hijo del Padre, y no también hijo nuestro; pero lo que se da se refiere tanto a aquel que lo dio como a aquellos a quienes lo dio; y así el Espíritu Santo no es solo Espíritu del Padre y del Hijo que lo dieron, sino que también se llama nuestro, de quienes lo hemos recibido: como «la salvación del Señor,» que da la salvación, se dice también salvación nuestra, que la hemos recibido. Por tanto, el Espíritu es a la vez Espíritu de Dios, que lo dio, y nuestro, que lo hemos recibido. No, ciertamente, aquel espíritu nuestro por el cual existimos, porque ese es el espíritu del hombre que está en él; sino que este Espíritu es nuestro de otro modo, a saber, aquel en que decimos también: «Danos hoy nuestro pan.» Aunque ciertamente también hemos recibido aquel espíritu que se llama espíritu del hombre. «Pues ¿qué tienes,» dice, «que no hayas recibido?» Pero una cosa es lo que hemos recibido para ser, y otra lo que hemos recibido para ser santos. De donde también está escrito de Juan que «vino en el espíritu y poder de Elías;» y por el espíritu de Elías se entiende el Espíritu Santo, que Elías recibió. Y lo mismo ha de entenderse de Moisés, cuando el Señor le dice: «Y tomaré de tu espíritu, y lo pondré sobre ellos;» esto es, les daré del Espíritu Santo que ya te he dado a ti. Por tanto, si también aquello que se da tiene por principio a aquel por quien es dado, ya que de ninguna otra parte recibe aquello que procede de él; hay que admitir que el Padre y el Hijo son un Principio del Espíritu Santo, no dos principios; sino que así como el Padre y el Hijo son un solo Dios, un solo Creador y un solo Señor con relación a la criatura, así son un solo Principio con relación al Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Principio respecto de la criatura, como también un solo Creador y un solo Dios.
V, 15, 16
16. Pero se pregunta además si, así como el Hijo, por ser engendrado, no solo tiene esto, que es Hijo, sino que es en absoluto; así también el Espíritu Santo, por ser dado, no solo tiene esto, que es dado, sino que es en absoluto; si, por tanto, era ya antes de ser dado, pero aún no era don; o si, por el hecho mismo de que Dios había de darlo, era ya también don antes de ser dado. Pero si no procede sino cuando es dado, y ciertamente no podía proceder antes de que hubiera alguien a quien pudiera ser dado, ¿cómo era entonces en su misma sustancia, si no es sino porque es dado? Así como el Hijo, por ser engendrado, no solo tiene esto, que es Hijo, lo cual se dice relativamente, sino su misma sustancia en absoluto, de modo que es. ¿Acaso el Espíritu Santo procede siempre, y no procede en el tiempo, sino desde la eternidad, pero, porque procedió de tal modo que era capaz de ser dado, era ya don incluso antes de que hubiera alguien a quien pudiera ser dado? Pues hay diferencia de significado entre un don y una cosa que ha sido dada. Porque un don puede existir incluso antes de ser dado; pero no puede llamarse cosa que ha sido dada si no ha sido dada.
V, 16, 17
17. Y no nos turbe que el Espíritu Santo, aunque es coeterno con el Padre y el Hijo, sea llamado algo que existe en el tiempo; como, por ejemplo, esto mismo que lo hemos llamado: una cosa que ha sido dada. Pues el Espíritu es don eternamente, pero cosa que ha sido dada en el tiempo. Porque si tampoco se llama señor sino cuando empieza a tener un siervo, esa denominación es asimismo relativa y en el tiempo respecto de Dios; pues la criatura, de la cual Él es Señor, no existe desde toda la eternidad. ¿Cómo, pues, sostendremos que los términos relativos mismos no son accidentales, ya que nada le acontece a Dios accidentalmente en el tiempo, porque es incapaz de cambio, como hemos argumentado al comienzo de esta discusión? He aquí que ser Señor no es eterno para Dios; de otro modo nos veríamos obligados a decir que también la criatura es desde la eternidad, puesto que Él no sería señor desde toda la eternidad a menos que la criatura fuera también sierva desde toda la eternidad. Pero así como no puede ser siervo quien no tiene señor, tampoco puede ser señor quien no tiene siervo. Y si hay alguien que diga que Dios, ciertamente, es el único eterno, y que los tiempos no son eternos a causa de su variedad y mutabilidad, pero que, sin embargo, los tiempos no comenzaron a ser en el tiempo (pues no hubo tiempo antes de que los tiempos comenzaran, y por tanto no le aconteció a Dios en el tiempo que fuera Señor, ya que era Señor de los tiempos mismos, que ciertamente no comenzaron en el tiempo), ¿qué responderá respecto del hombre, que fue hecho en el tiempo, y de quien ciertamente no era Señor antes de que existiera aquel de quien había de ser Señor? Ciertamente, ser Señor del hombre le aconteció a Dios en el tiempo. Y para que parezca que toda discusión queda zanjada, ciertamente ser tu Señor, o mío, que solo recientemente comenzamos a ser, le aconteció a Dios en el tiempo. O si también esto parece incierto a causa de la oscura cuestión acerca del alma, ¿qué se ha de decir de que Él sea Señor del pueblo de Israel? Puesto que, aunque ya existía la naturaleza del alma que aquel pueblo tenía (cuestión en la que ahora no indagamos), sin embargo aquel pueblo aún no existía, y es manifiesto el tiempo en que comenzó a existir. Finalmente, que Él sea Señor de este o aquel árbol, o de esta o aquella mies, que solo recientemente comenzó a ser, aconteció en el tiempo; pues, aunque la materia misma ya existía, una cosa es ser señor de la materia (materiæ) y otra ser señor de la naturaleza ya creada (naturæ). Pues también el hombre es señor de la madera en un tiempo, y en otro es señor del arca, aunque fabricada con esa misma madera; y ciertamente no lo era cuando ya era señor de la madera. ¿Cómo, pues, sostendremos que nada se dice de Dios según accidente, sino porque nada acontece a su naturaleza por lo que Él pueda ser cambiado, de modo que son accidentes relativos aquellos que acontecen en conexión con algún cambio de las cosas de las que se dicen? Como el amigo se llama relativamente: pues no comienza a serlo sino cuando comienza a amar; por tanto, tiene lugar algún cambio de la voluntad para que pueda ser llamado amigo. Y el dinero, cuando se llama precio, se dice relativamente, y sin embargo no cambió cuando comenzó a ser precio; ni tampoco, cuando se llama prenda, o cualquier otra cosa de este género. Si, por tanto, el dinero puede decirse con tanta frecuencia relativamente sin cambio de sí mismo, de modo que ni cuando comienza ni cuando cesa de decirse tal, acontece cambio alguno en aquella naturaleza o forma suya por la cual es dinero; ¿cuánto más fácilmente debemos admitir, respecto de aquella sustancia inmutable de Dios, que algo puede predicarse relativamente con respecto a la criatura, de modo que, aunque comience a predicarse en el tiempo, no se entienda que algo haya acontecido a la sustancia misma de Dios, sino solo a aquella criatura con respecto a la cual se predica? «Señor,» se dice, «Tú has sido hecho nuestro refugio.» Por tanto, se dice relativamente que Dios es nuestro refugio, pues se refiere a nosotros, y entonces se hace nuestro refugio cuando huimos a Él; ¿acaso acontece entonces algo en su naturaleza que no había antes de que huyéramos a Él? En nosotros, por tanto, se produce algún cambio; pues éramos peores antes de huir a Él, y nos hacemos mejores huyendo a Él; pero en Él no hay cambio alguno. Así también Él comienza a ser nuestro Padre cuando somos regenerados por su gracia, pues nos dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Por tanto, nuestra sustancia es cambiada para mejor, cuando nos hacemos hijos suyos; y Él al mismo tiempo comienza a ser nuestro Padre, pero sin cambio alguno de su propia sustancia. Por tanto, aquello que comienza a decirse de Dios en el tiempo, y que antes no se decía de Él, se dice manifiestamente de Él relativamente; no según accidente alguno de Dios, de modo que algo le haya acontecido a Él, sino claramente según algún accidente de aquello con respecto a lo cual Dios comienza a ser llamado algo relativamente. Cuando un hombre justo comienza a ser amigo de Dios, él mismo es cambiado; pero lejos esté de nosotros decir que Dios ama a alguien en el tiempo con un amor como nuevo, que antes no había en Él, ante quien las cosas pasadas no han pasado y las futuras ya han sido hechas. Por tanto, amó a todos sus santos antes de la fundación del mundo, como los predestinó; pero cuando ellos se convierten y los halla, entonces se dice que comienzan a ser amados por Él, para que lo que se dice se diga de aquel modo en que puede ser comprendido por los afectos humanos. Así también, cuando se dice que se aíra contra los injustos y que es benigno con los buenos, ellos son cambiados, no Él: como la luz es molesta a los ojos débiles, agradable a los fuertes; a saber, por el cambio de ellos, no por el suyo.