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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
  24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
  25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
  37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
  38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
  39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
  40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
  41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
  42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
  43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
  44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
  45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
  46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
  47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
  48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
  49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
  50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
  51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
  52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
  53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
  54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
  55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
  56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
  57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
  58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
  59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
  60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
  61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
  62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
  63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
  64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
  65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
  66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
  67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
  68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
  69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
  70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
  71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
  72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
  73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
  74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
  75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
  76. Sesión 76 · Parte 14 · ≈ 12 minLibro XI
  77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
  78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
  79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
  80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
  81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
  82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
  83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
  84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
  85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
  86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
  87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
  88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
  89. Sesión 89 · Parte 16 · ≈ 12 minLibro XIII
  90. Sesión 90 · Parte 16 · ≈ 8 minCapítulo 2
  91. Sesión 91 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 4
  92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
  93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
  94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
  95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
  96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
  97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
  98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
  99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
  100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
  101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
  102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
  103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
  104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
  105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
  106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
  107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
  108. Sesión 108 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 17
  109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
  110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
  111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
  112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
  113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
  114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
  115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
  116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
  117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
  118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
  119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
  120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
  121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
  122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
  123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
  124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
  125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
  126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

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    TEXTOS — AGUSTÍN DE HIPONA

    Índice de la obra

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    Sobre la Trinidad

    Hipona, 400–416 (Bogan; Haddan y Shedd: hasta 428) · Traducción castellana directa de la versión inglesa de Haddan (NPNF)42 minPosición: 0% de esta parteParte 8 de 21 · Libro VPublicado el Actualizado el Ref. ESC-AGU-09

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    1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
    2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minLibro I
    3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minCapítulo 2. De qué manera se propone esta obra discurrir sobre la Trinidad
    4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 5 minCapítulo 4. Lo que la doctrina de la fe católica enseña acerca de la Trinidad
    5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minCapítulo 6
    6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 4 minCapítulo 7. De qué manera el Hijo es menor que el Padre y que sí mismo
    7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 11 minCapítulo 8
    8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 9. A veces todas las cosas se entienden en una sola persona
    9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 minCapítulo 11. Por qué regla en las Escrituras se entiende que el Hijo es ahora igual y ahora menor
    10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 12
    11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 10 minCapítulo 13
    12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minCapítulo 13
    13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 8 minLibro II
    14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 2. Que algunos modos de hablar acerca del Hijo han de entenderse según cualquiera de las dos reglas
    15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 5
    16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 8 minCapítulo 6. La criatura no es asumida por el Espíritu Santo del modo en que la carne lo es por el Verbo
    17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 6 minCapítulo 8. Toda la Trinidad es invisible
    18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minCapítulo 10
    19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 1 minCapítulo 10
    20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 11. De la misma aparición
    21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 6 minCapítulo 14. De la aparición en la columna de nube y de fuego
    22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 16. De qué manera vio Moisés a Dios
    23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 9 minCapítulo 18. La visión de Daniel
    24. Sesión 24 · Parte 5 · ≈ 8 minLibro III
    25. Sesión 25 · Parte 5 · ≈ 6 minCapítulo 1. Qué ha de decirse al respecto
    26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 7 minCapítulo 3. Del mismo argumento
    27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 9 minCapítulo 5. Por qué los milagros no son obras habituales
    28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 9. La causa original de todas las cosas proviene de Dios
    29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 8 minCapítulo 10. De cuántas maneras ha de tomarse la criatura a modo de signo. La Eucaristía
    30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 10 minCapítulo 11
    31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minCapítulo 11
    32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minLibro IV
    33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 11 minCapítulo 2. Cómo somos hechos aptos para la percepción de la verdad por el Verbo encarnado
    34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 7 minCapítulo 4
    35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 6
    36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 6 minCapítulo 8. De qué manera quiere Cristo que todos sean uno en Él mismo
    37. Sesión 37 · Parte 6 · ≈ 9 minCapítulo 12. El diablo, mediador de la muerte; Cristo, de la vida
    38. Sesión 38 · Parte 6 · ≈ 3 minCapítulo 13
    39. Sesión 39 · Parte 7 · ≈ 9 minCapítulo 14
    40. Sesión 40 · Parte 7 · ≈ 8 minCapítulo 18
    41. Sesión 41 · Parte 7 · ≈ 11 minCapítulo 20
    42. Sesión 42 · Parte 7 · ≈ 6 minCapítulo 21
    43. Sesión 43 · Parte 8 · ≈ 6 minLibro V
    44. Sesión 44 · Parte 8 · ≈ 6 minCapítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado
    45. Sesión 45 · Parte 8 · ≈ 8 minCapítulo 6
    46. Sesión 46 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 8
    47. Sesión 47 · Parte 8 · ≈ 7 minCapítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad
    48. Sesión 48 · Parte 8 · ≈ 10 minCapítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo
    49. Sesión 49 · Parte 9 · ≈ 9 minLibro VI
    50. Sesión 50 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 3
    51. Sesión 51 · Parte 9 · ≈ 6 minCapítulo 5. El Espíritu Santo también es igual al Padre y al Hijo en todas las cosas
    52. Sesión 52 · Parte 9 · ≈ 9 minCapítulo 8. Nada puede añadirse a la naturaleza de Dios
    53. Sesión 53 · Parte 9 · ≈ 1 minCapítulo 10
    54. Sesión 54 · Parte 10 · ≈ 13 minLibro VII
    55. Sesión 55 · Parte 10 · ≈ 9 minCapítulo 2
    56. Sesión 56 · Parte 10 · ≈ 12 minCapítulo 4
    57. Sesión 57 · Parte 10 · ≈ 10 minCapítulo 5. En Dios se dice impropiamente sustancia; propiamente, esencia
    58. Sesión 58 · Parte 10 · ≈ 5 minCapítulo 6
    59. Sesión 59 · Parte 11 · ≈ 6 minLibro VIII
    60. Sesión 60 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 2. Toda concepción corpórea debe ser rechazada, para que se entienda cómo Dios es la verdad
    61. Sesión 61 · Parte 11 · ≈ 8 minCapítulo 4. Dios ha de ser conocido primero por una fe sin error, para que pueda ser amado
    62. Sesión 62 · Parte 11 · ≈ 10 minCapítulo 6. Cómo el hombre aún no justo puede conocer al hombre justo a quien ama
    63. Sesión 63 · Parte 11 · ≈ 9 minCapítulo 7
    64. Sesión 64 · Parte 11 · ≈ 5 minCapítulo 9. Nuestro amor a los justos se enciende a partir del amor mismo a la forma inmutable de la justicia
    65. Sesión 65 · Parte 12 · ≈ 9 minLibro IX
    66. Sesión 66 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 3
    67. Sesión 67 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 5. Que estas tres cosas son cada una en sí mismas, y mutuamente todas en todas
    68. Sesión 68 · Parte 12 · ≈ 7 minCapítulo 7
    69. Sesión 69 · Parte 12 · ≈ 9 minCapítulo 11. Que la imagen o palabra engendrada de la mente que se conoce a sí misma es igual a la mente misma
    70. Sesión 70 · Parte 13 · ≈ 10 minLibro X
    71. Sesión 71 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 2. Nadie en absoluto ama las cosas desconocidas
    72. Sesión 72 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 4. Cómo la mente se conoce a sí misma, no en parte, sino como un todo
    73. Sesión 73 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 6. La opinión que la mente tiene de sí misma es engañosa
    74. Sesión 74 · Parte 13 · ≈ 8 minCapítulo 9. La mente se conoce a sí misma por el mismo acto de entender el precepto de conocerse
    75. Sesión 75 · Parte 13 · ≈ 7 minCapítulo 11
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    77. Sesión 77 · Parte 14 · ≈ 6 minCapítulo 3
    78. Sesión 78 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 4. Cómo se realiza esta unidad
    79. Sesión 79 · Parte 14 · ≈ 9 minCapítulo 6
    80. Sesión 80 · Parte 14 · ≈ 8 minCapítulo 8. Diferentes modos de concebir
    81. Sesión 81 · Parte 14 · ≈ 7 minCapítulo 9. La especie es producida por la especie en sucesión
    82. Sesión 82 · Parte 15 · ≈ 6 minLibro XII
    83. Sesión 83 · Parte 15 · ≈ 9 minCapítulo 5
    84. Sesión 84 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 7
    85. Sesión 85 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 8. El apartarse de la imagen de Dios
    86. Sesión 86 · Parte 15 · ≈ 8 minCapítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
    87. Sesión 87 · Parte 15 · ≈ 6 minCapítulo 14
    88. Sesión 88 · Parte 15 · ≈ 5 minCapítulo 15
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    92. Sesión 92 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 6
    93. Sesión 93 · Parte 16 · ≈ 7 minCapítulo 8. La bienaventuranza no puede existir sin la inmortalidad
    94. Sesión 94 · Parte 16 · ≈ 4 minCapítulo 10
    95. Sesión 95 · Parte 17 · ≈ 9 minCapítulo 11. Una dificultad: cómo somos justificados en la sangre del Hijo de Dios
    96. Sesión 96 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 14. La muerte no debida de Cristo liberó a los que estaban sujetos a la muerte
    97. Sesión 97 · Parte 17 · ≈ 7 minCapítulo 16
    98. Sesión 98 · Parte 17 · ≈ 6 minCapítulo 17. Otras ventajas de la encarnación
    99. Sesión 99 · Parte 17 · ≈ 10 minCapítulo 19. Qué corresponde al conocimiento y qué a la sabiduría en el Verbo encarnado
    100. Sesión 100 · Parte 18 · ≈ 6 minLibro XIV
    101. Sesión 101 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 2
    102. Sesión 102 · Parte 18 · ≈ 6 minCapítulo 4
    103. Sesión 103 · Parte 18 · ≈ 10 minCapítulo 6
    104. Sesión 104 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 8. La Trinidad que es la imagen de Dios ha de buscarse ahora en la parte más noble de la mente
    105. Sesión 105 · Parte 18 · ≈ 7 minCapítulo 10. Cómo se produce una trinidad cuando la mente se recuerda, se entiende y se ama a sí misma
    106. Sesión 106 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 13. Cómo puede alguien olvidar y recordar a Dios
    107. Sesión 107 · Parte 18 · ≈ 9 minCapítulo 15
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    109. Sesión 109 · Parte 19 · ≈ 6 minLibro XV
    110. Sesión 110 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 3. Breve recapitulación de todos los libros anteriores
    111. Sesión 111 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 4. Qué nos enseña la naturaleza universal acerca de Dios
    112. Sesión 112 · Parte 19 · ≈ 6 minCapítulo 6
    113. Sesión 113 · Parte 19 · ≈ 9 minCapítulo 7. Que no es fácil descubrir la Trinidad que es Dios a partir de las trinidades de que hemos hablado
    114. Sesión 114 · Parte 19 · ≈ 8 minCapítulo 8. Cómo dice el Apóstol que ahora vemos a Dios por medio de un espejo
    115. Sesión 115 · Parte 20 · ≈ 6 minCapítulo 10. Sobre el verbo de la mente, en el que vemos el Verbo de Dios, como en espejo y en enigma
    116. Sesión 116 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 11
    117. Sesión 117 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 12. La filosofía académica
    118. Sesión 118 · Parte 20 · ≈ 7 minCapítulo 13
    119. Sesión 119 · Parte 20 · ≈ 8 minCapítulo 15
    120. Sesión 120 · Parte 20 · ≈ 10 minCapítulo 17
    121. Sesión 121 · Parte 21 · ≈ 14 minCapítulo 18. Ningún don de Dios es más excelente que el amor
    122. Sesión 122 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 20
    123. Sesión 123 · Parte 21 · ≈ 7 minCapítulo 22
    124. Sesión 124 · Parte 21 · ≈ 9 minCapítulo 24. La flaqueza de la mente humana
    125. Sesión 125 · Parte 21 · ≈ 11 minCapítulo 27
    126. Sesión 126 · Parte 21 · ≈ 6 minCapítulo 28. Conclusión del libro con una oración y una disculpa por la multitud de palabras

    Libro V

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Argumento · V, argumento
    Se pasa a tratar de los argumentos aducidos por los herejes, no tomados de la Escritura, sino de su propia razón. Se refuta a quienes piensan que la sustancia del Padre y la del Hijo no es la misma, porque todo lo que se predica de Dios, en su opinión, se predica de Él según sustancia; y por tanto se sigue que engendrar y ser engendrado, o ser engendrado y no engendrado, siendo diversos, son sustancias diversas; mientras que aquí se demuestra que no todo lo que se predica de Dios se predica según sustancia, del modo como se le llama bueno y grande según sustancia, o cualquier otra cosa que se predique de Él respecto a sí mismo; sino que algunas cosas se predican también de Él relativamente, es decir, no respecto a sí mismo, sino a algo que no es Él, como se le llama Padre respecto al Hijo, y Señor respecto a la criatura que le sirve; en cuyo caso, si algo que se predica así relativamente, es decir, respecto a algo que no es Él, se predica incluso como aconteciendo en el tiempo, como, por ejemplo, «Señor, tú te has hecho nuestro refugio,» sin embargo nada acontece a Dios de modo que obre un cambio en Él, sino que Él mismo permanece absolutamente inmutable en su propia naturaleza o esencia.

    Capítulo 1. Qué pide el autor a Dios y qué al lector. En Dios nada ha de pensarse corpóreo o mudable

    V, 1, 1–2

    1. Comenzando, como hago ya de aquí en adelante, a hablar de temas que no pueden decirse del todo tal como se piensan, ni por hombre alguno ni, al menos, por mí; aunque incluso nuestro mismo pensamiento, cuando pensamos en Dios Trinidad, queda (según sentimos) muy por debajo de Aquel en quien pensamos, y no lo comprende tal como es; sino que es visto, como está escrito, aun por aquellos que son tan grandes como lo fue el apóstol Pablo, «en espejo y en enigma:» primero, ruego a nuestro Señor Dios mismo, en quien debemos pensar siempre, y de quien no somos capaces de pensar dignamente, en cuya alabanza ha de rendirse bendición en todo tiempo, y a quien ninguna palabra es suficiente para declarar, que me conceda ayuda para entender y explicar lo que me propongo, y perdón si en algo ofendo. Pues tengo presente no solo mi deseo, sino también mi flaqueza. Pido también a mis lectores que me perdonen cuando adviertan que he tenido más deseo que capacidad de decir lo que ellos o entienden mejor por sí mismos o no logran entender por la oscuridad de mi lenguaje, así como yo los perdono a ellos lo que no pueden entender por su propia torpeza.
    2. Y mutuamente nos perdonaremos tanto más fácilmente cuanto sepamos, o al menos firmemente creamos y sostengamos, que todo lo que se dice de una naturaleza inmutable, invisible, que tiene vida absolutamente y que se basta a sí misma, no debe medirse según la costumbre de las cosas visibles, mudables y mortales, o que no se bastan a sí mismas. Pero aunque nos esforcemos, y sin embargo no logremos, aprehender y conocer aun aquellas cosas que están dentro del alcance de nuestros sentidos corporales, o lo que somos nosotros mismos en el hombre interior; sin embargo, no es con desvergüenza como la piedad fiel arde tras aquellas cosas divinas e inefables que están arriba: piedad, digo, no hinchada por la arrogancia de su propio poder, sino inflamada por la gracia de su mismo Creador y Salvador. Pues ¿con qué entendimiento puede el hombre aprehender a Dios, quien todavía no aprehende ese mismo entendimiento suyo por el cual desea aprehenderlo? Y si ya aprehende este, considere con cuidado que no hay nada en su propia naturaleza mejor que él; y vea si puede ver allí contornos de formas, o brillo de colores, o grandeza de espacio, o distancia de partes, o extensión de tamaño, o movimientos a través de intervalos de lugar, o algo de este tipo en absoluto. Ciertamente nada de todo esto hallamos en aquello, mejor que lo cual nada hallamos en nuestra propia naturaleza, es decir, en nuestro propio entendimiento, por el cual aprehendemos la sabiduría según nuestra capacidad. Por tanto, lo que no hallamos en aquello que es lo mejor nuestro, no debemos buscarlo en Aquel que es mucho mejor que ese mejor nuestro; para que así entendamos a Dios, si podemos y en cuanto podemos, como bueno sin cualidad, grande sin cantidad, creador aunque nada le falte, que gobierna pero no desde posición alguna, que sustenta todas las cosas sin «tenerlas», entero en todas partes, aunque sin lugar, eterno sin tiempo, que hace las cosas mudables sin cambio de sí mismo y sin pasión. Quien así piensa de Dios, aunque todavía no pueda descubrir en todos los aspectos qué es Él, sin embargo se guarda piadosamente, en cuanto puede, de pensar de Él algo que Él no es.

    Capítulo 2. Dios, la única esencia inmutable

    V, 2, 3

    3. Es, sin embargo, sin duda, una sustancia, o, si mejor se la llama así, una esencia, que los griegos llaman [οὐσία]. Pues así como la sabiduría se llama así por el ser sabio, y el conocimiento por conocer; así, del ser viene aquello que llamamos esencia. Y ¿quién hay que sea más que Aquel que dijo a su siervo Moisés, «Yo soy el que soy;» y, «Así dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros?» Pero otras cosas que se llaman esencias o sustancias admiten accidentes, por los cuales se produce en ellas un cambio, grande o pequeño. Pero no puede haber accidente de este tipo respecto a Dios; y por tanto Aquel que es Dios es la única sustancia o esencia inmutable, a quien ciertamente el ser mismo, de donde viene el nombre de esencia, pertenece de modo especialísimo y verdadero. Pues lo que cambia no conserva su propio ser; y lo que puede cambiar, aunque no cambie actualmente, es capaz de no ser aquello que había sido; y de ahí que aquello que no solo no cambia, sino que tampoco puede en absoluto cambiar, es lo único que cae de modo verdaderísimo, sin dificultad ni vacilación, bajo la categoría de ser.

    Capítulo 3. Se refuta el argumento de los arrianos, tomado de las palabras engendrado y no engendrado

    V, 3, 4

    4. Por lo cual —para comenzar ya a responder a los adversarios de nuestra fe, también respecto a aquellas cosas que ni se dicen tal como se piensan, ni se piensan tal como realmente son—: entre las muchas cosas que los arrianos suelen disputar contra la fe católica, parecen proponer principalmente esta, como su artificio más astuto, a saber, que todo lo que se dice o se entiende de Dios, se dice no según accidente, sino según sustancia; y por tanto, ser no engendrado pertenece al Padre según sustancia, y ser engendrado pertenece al Hijo según sustancia; pero ser no engendrado y ser engendrado son diferentes; por tanto, la sustancia del Padre y la del Hijo son diferentes. A los cuales respondemos: Si todo lo que se dice de Dios se dice según sustancia, entonces aquello que se dice, «Yo y el Padre somos uno,» se dice según sustancia. Por tanto, hay una sola sustancia del Padre y del Hijo. O si esto no se dice según sustancia, entonces algo se dice de Dios no según sustancia, y por tanto ya no estamos obligados a entender no engendrado y engendrado según sustancia. También se dice del Hijo, «No consideró rapiña el ser igual a Dios.» Preguntamos: ¿igual según qué? Porque si no se dice que es igual según sustancia, entonces admiten que algo puede decirse de Dios no según sustancia. Admitan, pues, que no engendrado y engendrado no se dicen según sustancia. Y si no admiten esto, por cuanto quieren que todas las cosas se digan de Dios según sustancia, entonces el Hijo es igual al Padre según sustancia.

    Capítulo 4. Lo accidental implica siempre algún cambio en la cosa

    V, 4, 5

    5. Lo accidental comúnmente implica que puede perderse por algún cambio de la cosa a la que es accidente. Pues aunque algunos accidentes se dicen inseparables, que en griego se llaman [ἀχώριστα], como el color negro lo es a la pluma del cuervo; sin embargo la pluma pierde ese color, no ciertamente mientras es pluma, sino porque la pluma no es siempre. Por lo cual la materia misma es mudable; y cuando aquel animal o aquella pluma deja de ser, y todo aquel cuerpo se cambia y se convierte en tierra, ciertamente pierde también aquel color. Aunque el tipo de accidente que se llama separable puede también perderse, no por separación, sino por cambio; como, por ejemplo, la negrura se llama accidente separable del cabello de los hombres, porque el cabello, continuando siendo cabello, puede volverse blanco; sin embargo, si se considera con cuidado, es bastante evidente que no es como si algo partiese por separación de la cabeza cuando se vuelve blanco, como si la negrura partiese de allí y se fuese a alguna parte y viniese la blancura en su lugar, sino que la cualidad del color allí se muda y cambia. Por tanto, no hay nada accidental en Dios, porque no hay nada mudable o que pueda perderse. Pero si quieres llamar también accidental a aquello que, aunque no pueda perderse, puede sin embargo disminuirse o aumentarse —como, por ejemplo, la vida del alma: pues mientras es alma, tanto tiempo vive, y porque el alma es siempre, siempre vive; pero porque vive más cuando es sabia, y menos cuando es necia, también aquí se produce algún cambio, no tal que la vida esté ausente, como la sabiduría está ausente al necio, sino tal que es menor—, nada de este tipo tampoco acontece a Dios, porque Él permanece totalmente inmutable.

    Capítulo 5. Nada se dice de Dios según accidente, sino según sustancia o según relación

    V, 5, 6

    6. Por lo cual nada en Él se dice respecto a accidente, ya que nada le es accidental, y sin embargo no todo lo que se dice se dice según sustancia. Pues en las cosas creadas y mudables, lo que no se dice según sustancia debe, por alternativa necesaria, decirse según accidente. Pues todas las cosas son accidentes para ellas, que pueden perderse o disminuirse, ya sean magnitudes o cualidades; y así también lo que se dice en relación a algo, como amistades, parentescos, servicios, semejanzas, igualdades y cualquier otra cosa del tipo; así también posiciones y condiciones, lugares y tiempos, actos y pasiones. Pero en Dios nada se dice según accidente, porque en Él nada es mudable; y sin embargo no todo lo que se dice se dice según sustancia. Pues se dice en relación a algo, como el Padre en relación al Hijo y el Hijo en relación al Padre, lo cual no es accidente; porque tanto el uno es siempre Padre, como el otro es siempre Hijo: sin embargo, no con el significado de «siempre,» en el sentido de desde el tiempo en que el Hijo nació [natus], de modo que el Padre no deja de ser Padre porque el Hijo nunca cesa de ser Hijo, sino porque el Hijo siempre nació, y nunca comenzó a ser Hijo. Pero si hubiera comenzado a ser en algún tiempo, o hubiera de dejar de ser en algún tiempo, el Hijo, entonces sería llamado Hijo según accidente. Pero si el Padre, en cuanto es llamado Padre, fuese llamado así en relación consigo mismo, no con el Hijo; y el Hijo, en cuanto es llamado Hijo, fuese llamado así en relación consigo mismo, no con el Padre; entonces tanto el uno sería llamado Padre, como el otro Hijo, según sustancia. Pero como el Padre no es llamado Padre sino en cuanto tiene un Hijo, y el Hijo no es llamado Hijo sino en cuanto tiene un Padre, estas cosas no se dicen según sustancia; porque cada uno de ellos no es llamado así en relación consigo mismo, sino que los términos se usan recíprocamente y en relación el uno con el otro; ni tampoco según accidente, porque tanto el ser llamado Padre como el ser llamado Hijo les es eterno e inmutable. Por lo cual, aunque ser Padre y ser Hijo es diferente, sin embargo su sustancia no es diferente; porque se llaman así, no según sustancia, sino según relación; relación que, sin embargo, no es accidente, porque no es mudable.
    Comentario editorial · Sustancia y relación
    El libro V responde a lo que su argumento llama razones de los herejes: si todo lo que se dice de Dios se dice según la sustancia, «ser engendrado» y «ser no engendrado» serían sustancias distintas. En §6 Agustín contesta que nada se dice de Dios «según accidente», porque en él nada es mudable, pero que no todo se dice según la sustancia: lo que se dice «en relación a algo», como Padre o Hijo, se dice relativamente. Según Ayres, que ve en esos adversarios a los homeos, es la única categoría, junto a la sustancia, que Agustín admite para hablar de Dios; y las relaciones de Padre e Hijo son eternas y esenciales, no accidentales (Nicaea and Its Legacy, pp. 376–377). En V, 7 (§8) recorre los demás predicamentos: cantidad, cualidad, relación, posición, condición, tiempo.

    Capítulo 6

    Se responde a las cavilaciones de los herejes respecto a las mismas palabras engendrado y no engendrado

    V, 6, 7

    7. Pero si piensan que pueden responder a este razonamiento así —que, en efecto, el Padre es llamado así en relación al Hijo, y el Hijo en relación al Padre, pero que se dicen no engendrado y engendrado en relación consigo mismos, no en relación el uno con el otro; pues no es lo mismo llamarlo no engendrado que llamarlo Padre, porque nada impediría llamarlo no engendrado aunque no hubiera engendrado al Hijo; y si alguno engendra un hijo, no por eso él mismo es no engendrado, pues los hombres, que son engendrados por otros hombres, también engendran ellos a otros; y por eso dicen que el Padre es llamado Padre en relación al Hijo, y el Hijo es llamado Hijo en relación al Padre, pero no engendrado se dice en relación consigo mismo, y engendrado en relación consigo mismo; y por tanto, si todo lo que se dice en relación consigo mismo se dice según sustancia, mientras que ser no engendrado y ser engendrado son diferentes, entonces la sustancia es diferente—: si esto es lo que dicen, entonces no entienden que ciertamente dicen algo que requiere una discusión más cuidadosa respecto al término no engendrado, porque ni es padre alguien por ser no engendrado, ni es no engendrado por ser padre, y por eso se supone que es llamado no engendrado, no en relación a otra cosa, sino respecto a sí mismo; pero, por otra parte, con una ceguera admirable, no perciben que nadie puede decirse engendrado sino en relación a algo. Pues es hijo porque ha sido engendrado; y porque es hijo, ciertamente ha sido engendrado. Y como es la relación del hijo al padre, así es la relación de lo engendrado al engendrador; y como es la relación del padre al hijo, así es la relación del engendrador a lo engendrado. Y por tanto, a alguien se le entiende como engendrador bajo una noción, pero se le entiende como no engendrado bajo otra. Pues aunque ambas cosas se dicen de Dios Padre, sin embargo la primera se dice en relación a lo engendrado, es decir, al Hijo, lo cual, ciertamente, no niegan; pero que Él es llamado no engendrado, declaran que se dice respecto a sí mismo. Dicen, pues: Si algo se dice padre respecto a sí mismo, lo cual no puede decirse hijo respecto a sí mismo, y todo lo que se dice respecto a sí mismo se dice según sustancia; y Él se dice no engendrado respecto a sí mismo, lo cual el Hijo no puede decirse que sea; por tanto Él se dice no engendrado según sustancia; y porque el Hijo no puede decirse así, por tanto no es de la misma sustancia. A esta sutileza se ha de responder obligándolos a decir ellos mismos según qué es aquello en lo que el Hijo es igual al Padre; si según aquello que se dice en relación consigo mismo, o según aquello que se dice en relación al Padre. Pues no es según aquello que se dice en relación al Padre, ya que en relación al Padre se dice Hijo, y el Padre no es Hijo, sino Padre. Puesto que Padre e Hijo no se llaman así en relación el uno con el otro del mismo modo que los amigos y los vecinos; pues un amigo se llama así relativamente a su amigo, y si se aman igualmente, entonces la misma amistad está en ambos; y un vecino se llama así relativamente a un vecino, y como son igualmente vecinos entre sí (pues cada uno es vecino del otro en el mismo grado en que el otro es vecino suyo), hay la misma vecindad en ambos. Pero como el Hijo no se llama así relativamente al Hijo, sino al Padre, no es según aquello que se dice en relación al Padre que el Hijo es igual al Padre; y queda que es igual según aquello que se dice en relación consigo mismo. Pero todo lo que se dice en relación consigo mismo se dice según sustancia: queda, por tanto, que es igual según sustancia; por tanto, la sustancia de ambos es la misma. Pero cuando se dice que el Padre es no engendrado, no se dice qué es, sino qué no es; y cuando se niega un término relativo, no se niega según sustancia, ya que lo relativo mismo no se afirma según sustancia.

    Capítulo 7. La adición de una negación no cambia el predicamento

    V, 7, 8

    8. Esto ha de aclararse con ejemplos. Y, en primer lugar, hemos de advertir que con la palabra engendrado se significa lo mismo que con la palabra hijo. Pues por eso es hijo, porque fue engendrado; y porque es hijo, por eso ciertamente fue engendrado. Con la palabra no engendrado, por tanto, se declara que él no es hijo. Pero engendrado y no engendrado son términos que se emplean ambos convenientemente; mientras que en latín podemos usar la palabra «filius,» pero la costumbre de la lengua no nos permite decir «infilius.» Sin embargo, en nada cambia el significado si se le llama «non filius;» así como es exactamente lo mismo si se le llama «non genitus,» en lugar de «ingenitus.» Pues así como los términos de vecino y amigo se usan relativamente, no podemos hablar de «invicinus» como podemos hablar de «inimicus.» Por lo cual, al hablar de esto o de aquello, no debemos considerar lo que el uso de nuestra propia lengua permite o no permite, sino lo que claramente aparece como el significado de las cosas mismas. No llamemos, pues, por más tiempo a esto no engendrado, aunque pueda llamarse así en latín; sino que, en lugar de esto, llamémoslo no engendrado, que significa lo mismo. ¿Es esto otra cosa que decir que él no es hijo? Ahora bien, anteponer esa partícula negativa no hace que se diga según la sustancia aquello que, sin ella, se dice relativamente; sino que solo se niega aquello que, sin ella, se afirmaba, como en los demás predicamentos. Cuando decimos que él es hombre, denotamos sustancia. Quien, por tanto, dice que no es hombre, no enuncia otro género de predicamento, sino que solo niega aquello. Así como, por tanto, afirmo según la sustancia al decir que es hombre, así niego según la sustancia al decir que no es hombre. Y cuando se pregunta cuán grande es, y digo que es cuadrúpedo, es decir, de cuatro pies de medida, afirmo según la cantidad; y quien dice que no es cuadrúpedo, niega según la cantidad. Digo que es blanco, afirmo según la cualidad; si digo que no es blanco, niego según la cualidad. Digo que está cerca, afirmo según la relación; si digo que no está cerca, niego según la relación. Afirmo según la posición, cuando digo que yace; niego según la posición, cuando digo que no yace. Hablo según la condición, cuando digo que está armado; niego según la condición, cuando digo que no está armado; y viene a ser lo mismo que si dijera que está desarmado. Afirmo según el tiempo, cuando digo que es de ayer; niego según el tiempo, cuando digo que no es de ayer. Y cuando digo que está en Roma, afirmo según el lugar; y niego según el lugar, cuando digo que no está en Roma. Afirmo según el predicamento de acción, cuando digo que hiere; pero si digo que no hiere, niego según la acción, de modo que declaro que no obra así. Y cuando digo que es herido, afirmo según el predicamento de pasión; y niego según el mismo, cuando digo que no es herido. Y, en una palabra, no hay ningún género de predicamento según el cual podamos querer afirmar algo sin que se pruebe que negamos según el mismo predicamento, si anteponemos la partícula negativa. Y, siendo esto así, si yo afirmara según la sustancia al decir hijo, negaría según la sustancia al decir no hijo. Pero como afirmo relativamente cuando digo que es hijo, pues me refiero al padre, por tanto niego relativamente si digo que no es hijo, pues refiero la misma negación al padre, en cuanto que quiero declarar que no tiene padre. Pero si ser llamado hijo es precisamente equivalente a ser llamado engendrado (como dijimos antes), entonces ser llamado no engendrado es precisamente equivalente a ser llamado no hijo. Pero negamos relativamente cuando decimos que no es hijo; por tanto, negamos relativamente cuando decimos que no es engendrado. Además, ¿qué es no engendrado, sino no engendrado? No escapamos, por tanto, del predicamento relativo cuando se le llama no engendrado. Pues así como engendrado no se dice en relación consigo mismo, sino en cuanto que es de un engendrador; así, cuando uno es llamado no engendrado, no se le llama así en relación consigo mismo, sino que se declara que no es de un engendrador. Ambos significados, sin embargo, giran en torno al mismo predicamento, que se llama de relación. Pero lo que se afirma relativamente no denota sustancia; y, por consiguiente, aunque engendrado y no engendrado sean diversos, no denotan una sustancia diversa; porque, así como hijo se refiere a padre, y no hijo a no padre, así se sigue inevitablemente que engendrado debe referirse a engendrador, y no engendrado a no engendrador.

    Capítulo 8

    Todo lo que se dice de Dios según la sustancia se dice de cada persona por separado y, juntamente, de la Trinidad misma. Una esencia en Dios, y tres, en griego, hipóstasis; en latín, personas

    V, 8, 9–10

    9. Por lo cual, mantengamos ante todo esto: que todo cuanto se dice de aquella altísima y divina sublimidad respecto de sí mismo, se dice respecto de la sustancia; pero lo que se dice en relación con algo, no se dice respecto de la sustancia, sino relativamente; y que el efecto de la misma sustancia en el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo es que todo lo que se dice de cada uno respecto de sí mismos, ha de tomarse de ellos no en plural en suma, sino en singular. Pues así como el Padre es Dios, y el Hijo es Dios, y el Espíritu Santo es Dios —lo cual nadie duda que se dice respecto de la sustancia—, no decimos, sin embargo, que la misma Trinidad suprema sea tres dioses, sino un solo Dios. Así, el Padre es grande, el Hijo grande, y el Espíritu Santo grande; pero no tres grandes, sino uno grande. Pues no está escrito solo del Padre, como perversamente suponen, sino del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo: «Tú eres grande: Tú solo eres Dios.» Y el Padre es bueno, el Hijo bueno, y el Espíritu Santo bueno; pero no tres buenos, sino uno bueno, de quien se dice: «Nadie es bueno, sino uno solo, que es Dios.» Pues el Señor Jesús, para que no fuera entendido como hombre solo por aquel que dijo: «Maestro bueno,» al dirigirse a un hombre, no dice por eso: Nadie es bueno sino solo el Padre; sino: «Nadie es bueno, sino uno solo, que es Dios.» Pues el Padre por sí mismo es designado con el nombre de Padre; pero con el nombre de Dios, tanto Él mismo como el Hijo y el Espíritu Santo, porque la Trinidad es un solo Dios. Pero la posición, la condición, los lugares y los tiempos no se dicen propiamente de Dios, sino metafóricamente y por semejanzas. Pues se dice que habita entre los querubines, lo cual se dice respecto de la posición; y que está cubierto con el abismo como con un vestido, lo cual se dice respecto de la condición; y «Tus años no tendrán fin,» lo cual se dice respecto del tiempo; y «Si subiere a los cielos, allí estás tú,» lo cual se dice respecto del lugar. Y en cuanto a la acción (o hacer), quizá pueda decirse con toda verdad de Dios solo, pues solo Dios hace y Él mismo no es hecho. Ni está sujeto a pasiones en cuanto pertenece a aquella sustancia por la cual Él es Dios. Así, el Padre es omnipotente, el Hijo omnipotente, y el Espíritu Santo es omnipotente; pero no tres omnipotentes, sino uno omnipotente: «Porque de Él, y por Él, y en Él, son todas las cosas; a Él sea la gloria.» Todo lo que, por tanto, se dice de Dios respecto de sí mismo, se dice tanto de cada persona por separado, es decir, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo; como juntamente de la Trinidad misma, no en plural, sino en singular. Pues, en cuanto que para Dios no es una cosa ser y otra cosa ser grande, sino que para Él es lo mismo ser que ser grande; por tanto, así como no decimos tres esencias, tampoco decimos tres grandezas, sino una esencia y una grandeza. Digo esencia, que en griego se llama [οὐσία], y que nosotros llamamos más comúnmente sustancia.
    10. Ellos, en efecto, usan también la palabra hipóstasis; pero pretenden poner una diferencia, no sé cuál, entre [οὐσία] y hipóstasis; de modo que la mayoría de los nuestros que tratan estas cosas en lengua griega acostumbran decir [μίαν οὐσίαν, τρεῖς ὑποστάσεις], o en latín, una esencia, tres sustancias.

    Capítulo 9. Las tres Personas no se llaman así propiamente [en sentido humano]

    V, 9, 10

    Pero como entre nosotros ya ha prevalecido el uso de entender por esencia lo mismo que se entiende por sustancia, no nos atrevemos a decir una esencia, tres sustancias, sino una esencia o sustancia y tres personas: como han dicho muchos escritores latinos que tratan de estas cosas y tienen autoridad, al no poder hallar otro modo más adecuado de enunciar con palabras lo que entendían sin palabras. Pues, en verdad, como el Padre no es el Hijo, y el Hijo no es el Padre, y aquel Espíritu Santo que también se llama el don de Dios no es ni el Padre ni el Hijo, ciertamente son tres. Y así se dice en plural: «Yo y mi Padre somos uno.» Pues no ha dicho: «es uno,» como dicen los sabelianos; sino: «somos uno.» Sin embargo, cuando se pregunta: ¿qué tres?, la lengua humana padece en todo una gran pobreza de palabras. No obstante, se responde: tres «personas,» no para que fuera dicho [completamente], sino para que no se dejara [del todo] sin decir.
    Comentario editorial · «Tres personas», para no callar
    Agustín reconoce que el lenguaje no da para más: se dijo «tres personas» para tener qué responder a «¿qué tres?». El latín de la colección Delphi lo dice así: Dictum est tamen tres personae non ut illud diceretur sed ne taceretur. Antes cuenta que los griegos hablan de «una esencia, tres hipóstasis» y que él no sabe qué diferencia quieren poner entre ousía e hypóstasis. Según Wikipedia, durante buena parte del siglo IV ambos términos fueron sinónimos, también en el anatema del credo de Nicea; la distinción se atribuye a los Capadocios, sobre todo a Basilio (cartas 214, de 375, y 236, de 376). Haddan hace notar que el lenguaje del capítulo 10 de este libro se parece al de algunas frases del Credo atanasiano.

    Capítulo 10

    Las cosas que pertenecen absolutamente a Dios como esencia, se dicen de la Trinidad en singular, no en plural

    V, 10, 11

    11. Así como, pues, no decimos tres esencias, así tampoco decimos tres grandezas, ni tres que son grandes. Porque en las cosas que son grandes por participar de la grandeza, en las cuales una cosa es ser y otra cosa es ser grande, como una casa grande, una montaña grande y una mente grande; en estas cosas, digo, una cosa es la grandeza, y otra cosa es aquello que es grande por la grandeza; y una casa grande ciertamente no es la grandeza absoluta misma. Pero aquella es la grandeza absoluta por la cual no solo es grande una casa grande, y es grande cualquier montaña grande, sino también por la cual es grande toda otra cosa cualquiera que se llama grande; de suerte que una cosa es la grandeza misma, y otras son las cosas que por ella se llaman grandes. Y esta grandeza ciertamente es grande de modo primario, y mucho más excelente que las cosas que son grandes por participar de ella. Pero como Dios no es grande por aquella grandeza que no es Él mismo, de modo que Dios, al ser grande, sea como partícipe de esa grandeza —de lo contrario, esa grandeza sería mayor que Dios, mientras que no hay nada mayor que Dios—; por tanto, Él es grande por aquella grandeza por la cual Él mismo es esa misma grandeza. Y, por tanto, así como no decimos tres esencias, tampoco decimos tres grandezas; porque para Dios es lo mismo ser y ser grande. Por la misma razón no decimos tres grandes, sino uno que es grande; puesto que Dios no es grande por participar de la grandeza, sino que es grande por ser Él mismo grande, porque Él mismo es su propia grandeza. Dígase lo mismo también de la bondad, y de la eternidad, y de la omnipotencia de Dios, y, en fin, de todos los predicamentos que pueden predicarse de Dios, en cuanto se habla de Él respecto de sí mismo, no metafóricamente ni por semejanza, sino propiamente, si es que algo puede decirse propiamente de Él por boca del hombre.

    Capítulo 11. Lo que se dice relativamente en la Trinidad

    V, 11, 12

    12. Pero como en la misma Trinidad algunas cosas se predican de modo especial y por separado, estas no se dicen en modo alguno respecto de sí mismas en sí mismas, sino o en referencia mutua, o respecto de la criatura; y, por tanto, es manifiesto que tales cosas se dicen relativamente, no a modo de sustancia. Pues la Trinidad se llama un solo Dios, grande, bueno, eterno, omnipotente; y el mismo Dios puede llamarse su propia deidad, su propia magnitud, su propia bondad, su propia eternidad, su propia omnipotencia; pero la Trinidad no puede llamarse del mismo modo Padre, salvo quizá metafóricamente, respecto de la criatura, por causa de la adopción de hijos. Pues lo que está escrito: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios es un solo Señor,» ciertamente no debe entenderse como si el Hijo estuviera exceptuado, o el Espíritu Santo estuviera exceptuado; a este único Señor y Dios nuestro con razón lo llamamos también Padre nuestro, como quien nos regenera por su gracia. Tampoco la Trinidad puede en modo alguno llamarse Hijo, pero puede llamarse, en su totalidad, Espíritu Santo, según aquello que está escrito: «Dios es espíritu;» porque tanto el Padre es espíritu como el Hijo es espíritu, y el Padre es santo y el Hijo es santo. Por tanto, ya que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios, y ciertamente Dios es santo y Dios es espíritu, la Trinidad puede llamarse también Espíritu Santo. Pero, sin embargo, aquel Espíritu Santo, que no es la Trinidad, sino que se entiende como en la Trinidad, se dice en su nombre propio de Espíritu Santo relativamente, ya que es referido tanto al Padre como al Hijo, porque el Espíritu Santo es el Espíritu tanto del Padre como del Hijo. Pero la relación no aparece en ese nombre, sino que aparece cuando se le llama el don de Dios; pues Él es el don del Padre y del Hijo, porque «Él procede del Padre,» como dice el Señor; y porque aquello que dice el apóstol: «Ahora bien, si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de Él,» lo dice ciertamente del mismo Espíritu Santo. Por tanto, cuando decimos el don del dador, y el dador del don, hablamos en ambos casos relativamente, en referencia recíproca. Por consiguiente, el Espíritu Santo es una cierta inefable comunión del Padre y del Hijo; y por eso, quizá, se le llama así, porque el mismo nombre conviene a ambos, al Padre y al Hijo. Pues Él mismo es llamado de modo especial aquello que ellos son llamados en común; porque tanto el Padre es espíritu como el Hijo es espíritu, y tanto el Padre es santo como el Hijo es santo. Por tanto, para que la comunión de ambos sea significada con un nombre que conviene a ambos, el Espíritu Santo es llamado el don de ambos. Y esta Trinidad es un solo Dios, único, bueno, grande, eterno, omnipotente; siendo ella misma su propia unidad, deidad, grandeza, bondad, eternidad, omnipotencia.

    Capítulo 12. En las cosas relativas que son recíprocas, a veces faltan los nombres

    V, 12, 13

    13. Tampoco debe influirnos —puesto que hemos dicho que el Espíritu Santo se llama así relativamente, no la Trinidad misma, sino Aquel que está en la Trinidad— que la denominación de Aquel a quien es referido no parece corresponder a su vez a su denominación. Pues no podemos, así como decimos el siervo de un señor y el señor de un siervo, el hijo de un padre y el padre de un hijo, así también decir aquí —porque estas cosas se dicen relativamente. Pues hablamos del Espíritu Santo del Padre; pero, por otra parte, no hablamos del Padre del Espíritu Santo, no sea que el Espíritu Santo se entienda como su Hijo. Así también hablamos del Espíritu Santo del Hijo; pero no hablamos del Hijo del Espíritu Santo, no sea que el Espíritu Santo se entienda como su Padre. Pues sucede en muchos relativos que no se encuentra ninguna denominación por la cual aquellas cosas que están en relación mutua puedan corresponderse [en el nombre] recíprocamente. Pues, ¿qué hay que se diga más claramente de modo relativo que la palabra arras? Ya que se refiere a aquello de lo cual es arras, y unas arras son siempre arras de algo. ¿Podemos, entonces, así como decimos las arras del Padre y del Hijo, decir a su vez el Padre de las arras o el Hijo de las arras? Pero, por otra parte, cuando decimos el don del Padre y del Hijo, ciertamente no podemos decir el Padre del don, o el Hijo del don; sino que, para que estas cosas se correspondan mutuamente, decimos el don del dador y el dador del don; porque aquí puede hallarse una palabra en uso, allí no puede.

    Capítulo 13. Cómo el Verbo Principio (Principium) se dice relativamente en la Trinidad

    V, 13, 14

    14. Se dice, pues, Padre relativamente, y también relativamente se dice Principio, y todo lo demás de este género; pero se le llama Padre con relación al Hijo, y Principio con relación a todas las cosas que proceden de Él. Así también se dice el Hijo relativamente; y se le llama también relativamente Verbo e Imagen. Y en todos estos nombres se refiere al Padre; pero el Padre no es llamado por ninguno de ellos. Y el Hijo se llama también Principio; pues cuando se le preguntó: «¿Quién eres tú?» respondió: «El Principio, que también os hablo.» Pero, ¿acaso es Él Principio del Padre? Pues quiso mostrarse Creador al decir que Él era el Principio, como también el Padre es principio de la criatura, en cuanto que todas las cosas proceden de Él. Porque el creador se dice también relativamente a la criatura, como el señor al siervo. Y así, cuando decimos que el Padre es Principio y que el Hijo es Principio, no hablamos de dos principios de la criatura; puesto que el Padre y el Hijo juntamente son un solo principio respecto de la criatura, como un solo Creador, como un solo Dios. Pero si todo lo que permaneciendo en sí mismo produce u obra algo es principio de aquello que produce u obra, entonces no podemos negar que también el Espíritu Santo es llamado con razón Principio, ya que no lo separamos del nombre de Creador; y está escrito de Él que obra; y ciertamente, obrando, permanece en sí mismo; pues Él no se cambia ni se transforma en ninguna de las cosas que obra. Y mira qué es lo que obra: «Pero la manifestación del Espíritu,» dice, «se da a cada uno para provecho. Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro, palabra de conocimiento según el mismo Espíritu; a otro, fe por el mismo Espíritu; a otro, dones de sanidades por el mismo Espíritu; a otro, operación de milagros; a otro, profecía; a otro, discernimiento de espíritus; a otro, diversos géneros de lenguas; a otro, interpretación de lenguas. Pero todas estas cosas las obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo a cada uno en particular como quiere;» ciertamente como Dios —pues ¿quién puede obrar cosas tan grandes sino Dios?—, pero «es el mismo Dios que obra todas las cosas en todos.» Pues si se nos pregunta punto por punto acerca del Espíritu Santo, respondemos con toda verdad que es Dios; y con el Padre y el Hijo juntamente es un solo Dios. Por tanto, se dice que Dios es un solo Principio respecto de la criatura, no dos o tres principios.

    Capítulo 14. El Padre y el Hijo, único Principio (Principium) del Espíritu Santo

    V, 14, 15

    15. Pero en la mutua relación que tienen entre sí dentro de la Trinidad misma, si el engendrador es principio respecto de aquello que engendra, el Padre es principio respecto del Hijo, porque lo engendra; pero si el Padre es también principio respecto del Espíritu Santo, puesto que se dice: «Procede del Padre,» no es cuestión pequeña. Porque, si así es, no será principio solo de aquello que engendra o hace, sino también de aquello que da. Y aquí sale a la luz, cuanto puede, aquella cuestión que suele turbar a muchos: por qué el Espíritu Santo no es también hijo, ya que Él también procede del Padre, como se lee en el Evangelio. Pues el Espíritu procedió no como nacido, sino como dado; y por eso no es llamado hijo, porque ni fue engendrado, como el Unigénito, ni hecho, de modo que por la gracia de Dios naciese para la adopción, como nosotros. Porque lo que nace del Padre se refiere solo al Padre cuando se le llama Hijo, y así el Hijo es Hijo del Padre, y no también hijo nuestro; pero lo que se da se refiere tanto a aquel que lo dio como a aquellos a quienes lo dio; y así el Espíritu Santo no es solo Espíritu del Padre y del Hijo que lo dieron, sino que también se llama nuestro, de quienes lo hemos recibido: como «la salvación del Señor,» que da la salvación, se dice también salvación nuestra, que la hemos recibido. Por tanto, el Espíritu es a la vez Espíritu de Dios, que lo dio, y nuestro, que lo hemos recibido. No, ciertamente, aquel espíritu nuestro por el cual existimos, porque ese es el espíritu del hombre que está en él; sino que este Espíritu es nuestro de otro modo, a saber, aquel en que decimos también: «Danos hoy nuestro pan.» Aunque ciertamente también hemos recibido aquel espíritu que se llama espíritu del hombre. «Pues ¿qué tienes,» dice, «que no hayas recibido?» Pero una cosa es lo que hemos recibido para ser, y otra lo que hemos recibido para ser santos. De donde también está escrito de Juan que «vino en el espíritu y poder de Elías;» y por el espíritu de Elías se entiende el Espíritu Santo, que Elías recibió. Y lo mismo ha de entenderse de Moisés, cuando el Señor le dice: «Y tomaré de tu espíritu, y lo pondré sobre ellos;» esto es, les daré del Espíritu Santo que ya te he dado a ti. Por tanto, si también aquello que se da tiene por principio a aquel por quien es dado, ya que de ninguna otra parte recibe aquello que procede de él; hay que admitir que el Padre y el Hijo son un Principio del Espíritu Santo, no dos principios; sino que así como el Padre y el Hijo son un solo Dios, un solo Creador y un solo Señor con relación a la criatura, así son un solo Principio con relación al Espíritu Santo. Pero el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Principio respecto de la criatura, como también un solo Creador y un solo Dios.

    Capítulo 15. Si el Espíritu Santo era don antes de ser dado, igual que después de ser dado

    V, 15, 16

    16. Pero se pregunta además si, así como el Hijo, por ser engendrado, no solo tiene esto, que es Hijo, sino que es en absoluto; así también el Espíritu Santo, por ser dado, no solo tiene esto, que es dado, sino que es en absoluto; si, por tanto, era ya antes de ser dado, pero aún no era don; o si, por el hecho mismo de que Dios había de darlo, era ya también don antes de ser dado. Pero si no procede sino cuando es dado, y ciertamente no podía proceder antes de que hubiera alguien a quien pudiera ser dado, ¿cómo era entonces en su misma sustancia, si no es sino porque es dado? Así como el Hijo, por ser engendrado, no solo tiene esto, que es Hijo, lo cual se dice relativamente, sino su misma sustancia en absoluto, de modo que es. ¿Acaso el Espíritu Santo procede siempre, y no procede en el tiempo, sino desde la eternidad, pero, porque procedió de tal modo que era capaz de ser dado, era ya don incluso antes de que hubiera alguien a quien pudiera ser dado? Pues hay diferencia de significado entre un don y una cosa que ha sido dada. Porque un don puede existir incluso antes de ser dado; pero no puede llamarse cosa que ha sido dada si no ha sido dada.

    Capítulo 16. Lo que se dice de Dios en el tiempo se dice relativamente, no accidentalmente

    V, 16, 17

    17. Y no nos turbe que el Espíritu Santo, aunque es coeterno con el Padre y el Hijo, sea llamado algo que existe en el tiempo; como, por ejemplo, esto mismo que lo hemos llamado: una cosa que ha sido dada. Pues el Espíritu es don eternamente, pero cosa que ha sido dada en el tiempo. Porque si tampoco se llama señor sino cuando empieza a tener un siervo, esa denominación es asimismo relativa y en el tiempo respecto de Dios; pues la criatura, de la cual Él es Señor, no existe desde toda la eternidad. ¿Cómo, pues, sostendremos que los términos relativos mismos no son accidentales, ya que nada le acontece a Dios accidentalmente en el tiempo, porque es incapaz de cambio, como hemos argumentado al comienzo de esta discusión? He aquí que ser Señor no es eterno para Dios; de otro modo nos veríamos obligados a decir que también la criatura es desde la eternidad, puesto que Él no sería señor desde toda la eternidad a menos que la criatura fuera también sierva desde toda la eternidad. Pero así como no puede ser siervo quien no tiene señor, tampoco puede ser señor quien no tiene siervo. Y si hay alguien que diga que Dios, ciertamente, es el único eterno, y que los tiempos no son eternos a causa de su variedad y mutabilidad, pero que, sin embargo, los tiempos no comenzaron a ser en el tiempo (pues no hubo tiempo antes de que los tiempos comenzaran, y por tanto no le aconteció a Dios en el tiempo que fuera Señor, ya que era Señor de los tiempos mismos, que ciertamente no comenzaron en el tiempo), ¿qué responderá respecto del hombre, que fue hecho en el tiempo, y de quien ciertamente no era Señor antes de que existiera aquel de quien había de ser Señor? Ciertamente, ser Señor del hombre le aconteció a Dios en el tiempo. Y para que parezca que toda discusión queda zanjada, ciertamente ser tu Señor, o mío, que solo recientemente comenzamos a ser, le aconteció a Dios en el tiempo. O si también esto parece incierto a causa de la oscura cuestión acerca del alma, ¿qué se ha de decir de que Él sea Señor del pueblo de Israel? Puesto que, aunque ya existía la naturaleza del alma que aquel pueblo tenía (cuestión en la que ahora no indagamos), sin embargo aquel pueblo aún no existía, y es manifiesto el tiempo en que comenzó a existir. Finalmente, que Él sea Señor de este o aquel árbol, o de esta o aquella mies, que solo recientemente comenzó a ser, aconteció en el tiempo; pues, aunque la materia misma ya existía, una cosa es ser señor de la materia (materiæ) y otra ser señor de la naturaleza ya creada (naturæ). Pues también el hombre es señor de la madera en un tiempo, y en otro es señor del arca, aunque fabricada con esa misma madera; y ciertamente no lo era cuando ya era señor de la madera. ¿Cómo, pues, sostendremos que nada se dice de Dios según accidente, sino porque nada acontece a su naturaleza por lo que Él pueda ser cambiado, de modo que son accidentes relativos aquellos que acontecen en conexión con algún cambio de las cosas de las que se dicen? Como el amigo se llama relativamente: pues no comienza a serlo sino cuando comienza a amar; por tanto, tiene lugar algún cambio de la voluntad para que pueda ser llamado amigo. Y el dinero, cuando se llama precio, se dice relativamente, y sin embargo no cambió cuando comenzó a ser precio; ni tampoco, cuando se llama prenda, o cualquier otra cosa de este género. Si, por tanto, el dinero puede decirse con tanta frecuencia relativamente sin cambio de sí mismo, de modo que ni cuando comienza ni cuando cesa de decirse tal, acontece cambio alguno en aquella naturaleza o forma suya por la cual es dinero; ¿cuánto más fácilmente debemos admitir, respecto de aquella sustancia inmutable de Dios, que algo puede predicarse relativamente con respecto a la criatura, de modo que, aunque comience a predicarse en el tiempo, no se entienda que algo haya acontecido a la sustancia misma de Dios, sino solo a aquella criatura con respecto a la cual se predica? «Señor,» se dice, «Tú has sido hecho nuestro refugio.» Por tanto, se dice relativamente que Dios es nuestro refugio, pues se refiere a nosotros, y entonces se hace nuestro refugio cuando huimos a Él; ¿acaso acontece entonces algo en su naturaleza que no había antes de que huyéramos a Él? En nosotros, por tanto, se produce algún cambio; pues éramos peores antes de huir a Él, y nos hacemos mejores huyendo a Él; pero en Él no hay cambio alguno. Así también Él comienza a ser nuestro Padre cuando somos regenerados por su gracia, pues nos dio potestad de ser hechos hijos de Dios. Por tanto, nuestra sustancia es cambiada para mejor, cuando nos hacemos hijos suyos; y Él al mismo tiempo comienza a ser nuestro Padre, pero sin cambio alguno de su propia sustancia. Por tanto, aquello que comienza a decirse de Dios en el tiempo, y que antes no se decía de Él, se dice manifiestamente de Él relativamente; no según accidente alguno de Dios, de modo que algo le haya acontecido a Él, sino claramente según algún accidente de aquello con respecto a lo cual Dios comienza a ser llamado algo relativamente. Cuando un hombre justo comienza a ser amigo de Dios, él mismo es cambiado; pero lejos esté de nosotros decir que Dios ama a alguien en el tiempo con un amor como nuevo, que antes no había en Él, ante quien las cosas pasadas no han pasado y las futuras ya han sido hechas. Por tanto, amó a todos sus santos antes de la fundación del mundo, como los predestinó; pero cuando ellos se convierten y los halla, entonces se dice que comienzan a ser amados por Él, para que lo que se dice se diga de aquel modo en que puede ser comprendido por los afectos humanos. Así también, cuando se dice que se aíra contra los injustos y que es benigno con los buenos, ellos son cambiados, no Él: como la luz es molesta a los ojos débiles, agradable a los fuertes; a saber, por el cambio de ellos, no por el suyo.
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