Se explica la cuestión que había sido diferida en el libro anterior, a saber, que Dios Padre, que engendró al Hijo, su poder y su sabiduría, no es solo Padre del poder y de la sabiduría, sino también Él mismo poder y sabiduría; y de igual modo el Espíritu Santo: pero que no hay tres poderes ni tres sabidurías, sino un solo poder y una sola sabiduría, como hay un solo Dios y una sola esencia. Se indaga luego por qué los latinos dicen en Dios una esencia, tres personas; y los griegos, una esencia, tres sustancias o hipóstasis: y se muestra que ambos modos de expresión nacen de las necesidades del lenguaje, para que tengamos qué responder cuando se pregunta qué tres, confesando con verdad que hay tres, a saber, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.
Vuelve Agustín a la cuestión de si cada persona de la Trinidad es por sí misma sabiduría. Con qué dificultad, o de qué modo, ha de resolverse la cuestión propuesta
VII, 1, 1
1. Indaguemos ahora con más cuidado, en cuanto Dios lo conceda, aquello que poco antes diferimos: si también cada persona en la Trinidad puede, por sí misma y no con las otras dos, ser llamada Dios, o grande, o sabia, o verdadera, u omnipotente, o justa, o cualquier otra cosa que pueda decirse de Dios no relativamente, sino absolutamente; o si estas cosas no pueden decirse sino cuando se entiende la Trinidad. Porque se suscita la cuestión —puesto que está escrito: «Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios»—, si Él es Padre de su propia sabiduría y de su propio poder de tal modo que es sabio con aquella sabiduría que engendró, y poderoso con aquel poder que engendró; y si, por ser siempre poderoso y sabio, engendró siempre el poder y la sabiduría. Porque si así fuera, como hemos dicho, ¿por qué no es también Padre de su propia grandeza, por la cual es grande, y de su propia bondad, por la cual es bueno, y de su propia justicia, por la cual es justo, y de todo lo demás que haya? O si todas estas cosas se entienden, aunque bajo más de un nombre, en la misma sabiduría y en el mismo poder, de modo que aquello es la grandeza que es el poder, y aquello es la bondad que es la sabiduría, y aquello es la sabiduría que es el poder, como ya hemos argumentado; recordemos entonces que, cuando menciono alguna de estas cosas, se me ha de tomar como si mencionara todas. Se pregunta, pues, si también el Padre por sí mismo es sabio, y es Él mismo su propia sabiduría; o si es sabio del mismo modo que habla. Porque habla por el Verbo que engendró, no por la palabra que se profiere, suena y pasa, sino por el Verbo que estaba en Dios, y el Verbo era Dios, y todas las cosas fueron hechas por Él: por el Verbo que es igual a Él mismo, por el cual se profiere a sí mismo siempre e inmutablemente. Pues Él no es el Verbo, como no es el Hijo ni la imagen. Pero, al hablar (dejando aparte aquellas palabras de Dios en el tiempo, que se producen en la criatura, porque suenan y pasan —al hablar, pues—) por aquel Verbo coeterno, no se le entiende solo, sino con el Verbo mismo, sin el cual ciertamente no habla. ¿Acaso es, entonces, sabio del modo como es el que habla, de manera que sea sabiduría del modo como es el Verbo, y de modo que ser el Verbo sea ser sabiduría, es decir, sea también ser poder, de suerte que poder, sabiduría y Verbo sean lo mismo, y se digan relativamente, como el Hijo y la imagen; y que el Padre no sea poderoso ni sabio por sí solo, sino junto con el poder y la sabiduría mismos que engendró (genuit); así como no es por sí solo el que habla, sino por aquel Verbo y junto con aquel Verbo que engendró; y de igual modo es grande por aquella grandeza y junto con aquella grandeza que engendró? Y si no es grande por una cosa y Dios por otra, sino grande por aquello por lo cual es Dios, porque para Él no es una cosa ser grande y otra ser Dios, se sigue que tampoco es Dios por sí solo, sino por aquella y junto con aquella deidad (deitas) que engendró; de modo que el Hijo es la deidad del Padre, como es la sabiduría y el poder del Padre, y como es el Verbo y la imagen del Padre. Y, como para Él no es una cosa ser y otra ser Dios, el Hijo es también la esencia del Padre, como es su Verbo y su imagen. Y de aquí también —salvo que Él es el Padre [el No engendrado]— el Padre no es nada sino porque tiene al Hijo; de modo que no solo aquello que se entiende por Padre (que manifiestamente no se dice relativamente a sí mismo, sino al Hijo, y por tanto es Padre porque tiene al Hijo), sino también aquello que es respecto de su propia sustancia, se dice así porque engendró su propia esencia. Pues así como es grande solo con aquella grandeza que engendró, así también es solo con aquella esencia que engendró; porque para Él no es una cosa ser y otra ser grande. ¿Es, por tanto, Padre de su propia esencia del mismo modo que es Padre de su propia grandeza, como es Padre de su propio poder y de su propia sabiduría? Puesto que su grandeza es lo mismo que su poder, y su esencia lo mismo que su grandeza.
2. Esta discusión ha nacido de aquello que está escrito: que «Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios». Por lo cual nuestro discurso queda reducido a estos límites estrechos, mientras deseamos decir cosas inefables; de modo que, o hemos de decir que Cristo no es poder de Dios ni sabiduría de Dios, y así resistir al Apóstol desvergonzada e impíamente; o hemos de reconocer que Cristo es realmente poder de Dios y sabiduría de Dios, pero que su Padre no es Padre de su propio poder y de su propia sabiduría, lo cual no es menos impío; pues así tampoco será Padre de Cristo, porque Cristo es poder de Dios y sabiduría de Dios; o que el Padre no es poderoso con su propio poder, ni sabio con su propia sabiduría: ¿y quién se atreverá a decir esto? O bien, de nuevo, que hemos de entender que en el Padre una cosa es ser y otra ser sabio, de modo que no es por aquello por lo cual es sabio: cosa que suele entenderse del alma, que unas veces es insensata y otras sabia; por ser por naturaleza mudable, y no absoluta y perfectamente simple. O, de nuevo, que el Padre no es nada respecto de su propia sustancia; y que no solo el que sea Padre, sino el que sea, se dice relativamente al Hijo. ¿Cómo, pues, puede el Hijo ser de la misma esencia que el Padre, viendo que el Padre, respecto de sí mismo, no es ni su propia esencia, ni es en absoluto respecto de sí mismo, sino que incluso su esencia está en relación con el Hijo? Pero, al contrario, mucho más es de una y la misma esencia, puesto que el Padre y el Hijo son una y la misma esencia; ya que el Padre tiene su ser mismo no respecto de sí, sino respecto del Hijo, esencia que engendró, y por la cual es todo lo que es. Por tanto, ninguna de las dos [personas] es respecto de sí sola; y ambas existen relativamente la una a la otra. ¿O acaso solo el Padre no es llamado Padre de sí mismo, sino que todo lo que se llama, se llama relativamente al Hijo, mientras que el Hijo es predicado de sí en referencia a sí mismo? Y si fuera así, ¿qué se predica de Él en referencia a sí mismo? ¿Acaso su esencia misma? Pero el Hijo es la esencia del Padre, como es el poder y la sabiduría del Padre, como es el Verbo del Padre y la imagen del Padre. O si el Hijo es llamado esencia en referencia a sí mismo, pero el Padre no es esencia, sino engendrador de la esencia, y no es respecto de sí mismo, sino que es por aquella misma esencia que engendró; como es grande por aquella grandeza que engendró: por tanto, también el Hijo es llamado grandeza respecto de sí mismo; por tanto, también es llamado, de igual modo, poder, sabiduría, palabra e imagen. Pero ¿qué puede haber más absurdo que llamarlo imagen respecto de sí mismo? O si imagen y palabra no son exactamente lo mismo que poder y sabiduría, sino que aquellas se dicen relativamente, y estas respecto de sí, no de otro; entonces llegamos a esto: que el Padre no es sabio con aquella sabiduría que engendró, porque Él mismo no puede decirse relativamente a ella, y ella no puede decirse relativamente a Él. Pues todas las cosas que se dicen relativamente se dicen recíprocamente; por tanto, queda que también en esencia el Hijo se dice relativamente al Padre. Pero de esto se extrae un sentido sumamente inesperado: que la esencia misma no es esencia, o al menos que, cuando se llama esencia, no se significa esencia, sino algo relativo. Como cuando hablamos de un señor, no se significa esencia, sino un relativo que tiene referencia a un esclavo; pero cuando hablamos de un hombre, o de cualquier cosa semejante que se dice respecto de sí y no respecto de otra cosa, entonces se significa esencia. Por tanto, cuando un hombre es llamado señor, el hombre mismo es esencia, pero es llamado señor relativamente; pues es llamado hombre respecto de sí mismo, pero señor respecto de su esclavo. Pero, en cuanto al punto del que partimos, si la esencia misma se dice relativamente, la esencia misma no es esencia. Añádase a esto que toda esencia que se dice relativamente es también algo, aunque se le quite la relación; como, p. ej., en el caso de un hombre que es señor y de un hombre que es esclavo, y de un caballo que es bestia de carga y de un dinero que es prenda: el hombre, el caballo y el dinero se dicen respecto de sí mismos, y son sustancias o esencias; pero señor, esclavo, bestia de carga y prenda se dicen relativamente a algo. Pero si no hubiera un hombre, es decir, alguna sustancia, no habría nadie que pudiera llamarse relativamente señor; y si no hubiera un caballo con cierta esencia, no habría nada que pudiera llamarse relativamente bestia de carga; así, si el dinero no fuera alguna clase de sustancia, no podría llamarse relativamente prenda. Por lo cual, si el Padre tampoco es algo respecto de sí mismo, no hay absolutamente nadie que pueda decirse relativamente a algo. Pues no sucede como con el color. El color de una cosa se refiere a la cosa coloreada, y el color no se dice en absoluto en referencia a la sustancia, sino que es siempre de algo que está coloreado; pero aquella cosa de la cual es el color, aunque se refiera al color en cuanto a estar coloreada, se dice, en cuanto a ser cuerpo, respecto de la sustancia. Pero de ningún modo hemos de pensar, de igual manera, que el Padre no puede llamarse nada respecto de su propia sustancia, sino que cualquier cosa que se llame, se llama en relación con el Hijo; mientras que el mismo Hijo se dice tanto respecto de su propia sustancia como en relación con el Padre, cuando es llamado grande grandeza y poderoso poder, claramente respecto de sí mismo, y grandeza y poder del Padre grande y poderoso, por los cuales el Padre es grande y poderoso. No es así; sino que ambos son sustancia, y ambos son una sola sustancia. Y así como es absurdo decir que la blancura no es blanca, así es absurdo decir que la sabiduría no es sabia; y así como la blancura se llama blanca respecto de sí misma, así también la sabiduría se llama sabia respecto de sí misma. Pero la blancura de un cuerpo no es una esencia, puesto que el cuerpo mismo es la esencia, y aquella es una cualidad suya; y de aquí también se dice que un cuerpo es blanco por aquella cualidad, y para ese cuerpo ser no es lo mismo que ser blanco. Pues en él una cosa es la forma y otra el color; y ambas no están en sí mismas, sino en cierta mole, la cual no es forma ni color, sino que está formada y coloreada. La verdadera sabiduría es sabia, y sabia en sí misma. Y puesto que, en el caso de toda alma que se hace sabia participando de la sabiduría, si después se hace necia, la sabiduría misma permanece; ni cuando aquella alma fue cambiada a la necedad, la sabiduría es cambiada igualmente; por tanto, la sabiduría no está en el que se hace sabio por ella del mismo modo que la blancura está en el cuerpo que por ella es hecho blanco. Pues cuando el cuerpo ha sido cambiado a otro color, aquella blancura no permanecerá, sino que cesará por completo de ser. Pero si el Padre que engendró la sabiduría es también hecho sabio por ella, y para Él ser no es lo mismo que ser sabio, entonces el Hijo es cualidad suya, no prole suya; y ya no habrá simplicidad absoluta en la divinidad. Pero lejos esté que sea así, puesto que en verdad en la divinidad hay esencia absolutamente simple, y por tanto ser es allí lo mismo que ser sabio. Pero si ser es allí lo mismo que ser sabio, entonces el Padre no es sabio por aquella sabiduría que engendró; de lo contrario, no la engendró Él, sino que ella lo engendró a Él. Pues ¿qué otra cosa decimos cuando decimos que para Él ser es lo mismo que ser sabio, sino que Él es por aquello por lo cual es sabio? Por lo cual, aquello que es para Él la causa de ser sabio, es también para Él la causa de que sea; y, en consecuencia, si la sabiduría que engendró es para Él la causa de ser sabio, es también la causa de que Él sea; y esto no puede ser, sino o engendrándolo o creándolo. Pero nadie dijo jamás en ningún sentido que la sabiduría sea engendradora o creadora del Padre; pues ¿qué podría haber más insensato? Por tanto, el Padre mismo es sabiduría, y el Hijo es llamado sabiduría del Padre del mismo modo que es llamado luz del Padre; es decir, que, así como luz de luz, y sin embargo ambos una sola luz, así hemos de entender sabiduría de sabiduría, y sin embargo ambos una sola sabiduría; y por tanto también una sola esencia, puesto que, en Dios, ser es lo mismo que ser sabio. Pues lo que ser sabio es para la sabiduría, y poder para el poder, y ser eterno para la eternidad, y ser justo para la justicia, y ser grande para la grandeza, eso mismo es el ser para la esencia. Y como en la simplicidad divina ser sabio no es otra cosa que ser, allí la sabiduría es lo mismo que la esencia.
El Padre y el Hijo son juntamente una sola Sabiduría, como una sola Esencia, aunque no son juntamente un solo Verbo
VII, 2, 3
3. Por tanto, el Padre y el Hijo juntamente son una sola esencia, y una sola grandeza, y una sola verdad, y una sola sabiduría. Pero el Padre y el Hijo juntamente no son un solo Verbo, porque juntamente no son un solo Hijo. Pues, así como el Hijo se dice en relación al Padre, y no se llama así respecto de sí mismo, así también el Verbo se dice en relación a aquel de quien es Verbo, cuando es llamado Verbo. Porque es Hijo en cuanto es el Verbo, y es Verbo en cuanto es el Hijo. Por consiguiente, puesto que el Padre y el Hijo juntamente ciertamente no son un solo Hijo, se sigue que el Padre y el Hijo juntamente no son el único Verbo de ambos. Y, por tanto, no es Verbo en cuanto es sabiduría; porque no se llama Verbo respecto de sí mismo, sino solo en relación a aquel de quien es Verbo, como se llama Hijo en relación al Padre; pero es sabiduría por aquello por lo que es esencia. Y, por tanto, porque es una sola esencia, una sola sabiduría. Mas, puesto que el Verbo es también sabiduría, no por eso es Verbo porque sea sabiduría, pues se entiende que es Verbo de modo relativo, y sabiduría de modo esencial: entendamos que, cuando es llamado Verbo, se significa la sabiduría que es engendrada, para que sea a la vez Hijo e Imagen; y que cuando se emplean estas dos palabras, a saber, sabiduría (es) engendrada, en una de las dos, a saber, engendrada, se entienden a la vez Verbo, Imagen e Hijo, y en todos estos nombres no se expresa la esencia, porque se dicen de modo relativo; mas en la otra palabra, a saber, sabiduría, como se dice también respecto de la sustancia, porque la sabiduría es sabia en sí misma, se expresa también la esencia, y aquel ser suyo que consiste en ser sabio. De donde el Padre y el Hijo juntamente son una sola sabiduría, porque son una sola esencia, y cada uno por separado es sabiduría de sabiduría, como esencia de esencia. Y por eso no dejan de ser una sola esencia porque el Padre no sea el Hijo, y el Hijo no sea el Padre, o porque el Padre sea no engendrado, sino el Hijo engendrado: pues con estos nombres solo se expresan sus atributos relativos. Pero ambos juntamente son una sola sabiduría y una sola esencia; en los cuales ser, es lo mismo que ser sabio. Y ambos juntamente no son el Verbo ni el Hijo, porque ser no es lo mismo que ser Verbo o Hijo, como ya hemos mostrado suficientemente que estos términos se dicen de modo relativo.
Por qué el Hijo es principalmente indicado en las Escrituras con el nombre de Sabiduría, mientras que el Padre y el Espíritu Santo también son Sabiduría. Que el Espíritu Santo, juntamente con el Padre y el Hijo, es una sola Sabiduría
VII, 3, 4–5
4. ¿Por qué, pues, apenas se dice algo en las Escrituras acerca de la sabiduría, sino para mostrar que es engendrada o creada por Dios?— engendrada, en el caso de aquella Sabiduría por la cual todas las cosas son hechas; pero creada o hecha, como en los hombres, cuando se convierten a aquella Sabiduría que no es creada ni hecha, sino engendrada, y son así iluminados; pues en estos mismos hombres llega a existir algo que puede llamarse su sabiduría: así como las Escrituras predicen o narran que «el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros;» pues de este modo Cristo fue hecho sabiduría, porque fue hecho hombre. ¿Es por esto que la sabiduría no habla en estos libros, ni se dice nada de ella, sino para declarar que es nacida de Dios, o hecha por Él (aunque el Padre mismo es sabiduría), a saber, porque la sabiduría debe ser recomendada e imitada por nosotros, por cuya imitación somos rectamente formados? Pues el Padre la dice, para que sea su Verbo: aunque no como una palabra que produce un sonido sale de la boca, o es pensada antes de ser pronunciada. Porque esta palabra se completa en ciertos espacios de tiempo, pero aquella es eterna, y nos habla iluminándonos, lo que debe ser dicho a los hombres, tanto de sí misma como del Padre. Y por eso dice: «Nadie conoce al Hijo sino el Padre; ni nadie conoce al Padre sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo:» pues el Padre revela por el Hijo, es decir, por su Verbo. Porque si aquella palabra que proferimos, y que es temporal y transitoria, declara tanto a sí misma como aquello de lo cual hablamos, ¿cuánto más el Verbo de Dios, por el cual todas las cosas son hechas? Pues este Verbo declara al Padre tal como el Padre es; porque tanto él mismo es así, como es aquello que es el Padre, en cuanto es sabiduría y esencia. Porque en cuanto es Verbo, no es lo que el Padre es; porque el Verbo no es el Padre, y Verbo se dice de modo relativo, como también Hijo, que ciertamente no es el Padre. Y por tanto Cristo es poder y sabiduría de Dios, porque Él mismo, siendo también poder y sabiduría, es del Padre, que es poder y sabiduría; como es luz del Padre, que es luz, y la fuente de la vida con Dios Padre, que ciertamente es la fuente de la vida. Pues «Contigo», dice, «está la fuente de la vida, y en tu luz veremos la luz.» Porque, «como el Padre tiene vida en sí mismo, así también ha dado al Hijo tener vida en sí mismo:» y, «Él era la Luz verdadera, que alumbra a todo hombre que viene a este mundo:» y esta luz, «el Verbo», estaba «con Dios;» pero «el Verbo también era Dios;» y «Dios es luz, y en Él no hay tiniebla alguna:» mas una luz que no es corpórea, sino espiritual; pero no de tal modo espiritual que haya sido hecha por iluminación, como se dijo a los apóstoles, «Vosotros sois la luz del mundo,» sino «la luz que alumbra a todo hombre,» aquella suprema sabiduría misma que es Dios, de quien ahora tratamos. El Hijo, por tanto, es Sabiduría de sabiduría, a saber, del Padre, como es Luz de luz, y Dios de Dios; de modo que el Padre por separado es luz, y el Hijo por separado es luz; y el Padre por separado es Dios, y el Hijo por separado es Dios: por tanto el Padre también por separado es sabiduría, y el Hijo por separado es sabiduría. Y como ambos juntamente son una sola luz y un solo Dios, así ambos son una sola sabiduría. Mas el Hijo es «hecho por Dios para nosotros sabiduría, justicia y santificación;» porque nos volvemos a Él en el tiempo, es decir, desde algún tiempo particular, para permanecer con Él para siempre. Y Él mismo desde cierto tiempo fue «el Verbo hecho carne, y habitó entre nosotros.»
5. Por esta razón, pues, cuando se declara o narra algo acerca de la sabiduría en las Escrituras, ya sea que hable ella misma, o que se diga algo de ella, se nos indica principalmente el Hijo. Y con el ejemplo de Aquel que es la imagen, no nos apartemos tampoco de Dios, ya que nosotros también somos imagen de Dios: no ciertamente aquella que es igual a Él, puesto que somos hechos así por el Padre mediante el Hijo, y no nacidos del Padre, como lo es aquella. Y lo somos porque somos iluminados con luz; mas aquella lo es porque es la luz que ilumina; y que, por tanto, careciendo de modelo, es para nosotros un modelo. Pues Él no imita a nadie que le preceda, respecto del Padre, del cual nunca es separable en modo alguno, puesto que es la misma sustancia que Aquel de quien es. Pero nosotros, esforzándonos, imitamos al que permanece, y seguimos al que está quieto, y caminando en Él, nos extendemos hacia Él; porque Él se ha hecho para nosotros un camino en el tiempo por su humillación, que es para nosotros una morada eterna por su divinidad. Pues ya que a los espíritus intelectuales puros, que no cayeron por soberbia, les da ejemplo en la forma de Dios y como igual a Dios y como Dios; así, para darse también a sí mismo como ejemplo de retorno al hombre caído, que por la impureza de los pecados y el castigo de la mortalidad no puede ver a Dios, «se anonadó;» no cambiando su propia divinidad, sino asumiendo nuestra mutabilidad: y «tomando la forma de siervo» vino a nosotros a este mundo, quien «estaba en este mundo,» porque «el mundo fue hecho por Él;» para que fuese ejemplo hacia arriba a los que ven a Dios, ejemplo hacia abajo a los que admiran al hombre, ejemplo a los sanos para perseverar, ejemplo a los enfermos para ser sanados, ejemplo a los que han de morir para que no teman, ejemplo a los muertos para que resuciten, «a fin de que en todas las cosas tenga la preeminencia.» De modo que, como el hombre no debe seguir a nadie sino a Dios para la bienaventuranza, y sin embargo no puede percibir a Dios; siguiendo a Dios hecho hombre, podría seguir a la vez a Aquel a quien podía percibir, y a quien debía seguir. Amémosle, pues, y peguémonos a Él, por la caridad derramada en nuestros corazones, mediante el Espíritu Santo que nos ha sido dado. No es, por tanto, de extrañar que, a causa del ejemplo que la Imagen, igual al Padre, nos da para que seamos reformados según la imagen de Dios, la Escritura, cuando habla de sabiduría, hable del Hijo, a quien seguimos viviendo sabiamente; aunque el Padre también sea sabiduría, como es luz y Dios.
6. También el Espíritu Santo, ya sea que hayamos de llamarlo aquel amor absoluto que une al Padre y al Hijo, y nos une también a nosotros desde abajo, de modo que no se dice inconvenientemente aquello que está escrito, «Dios es amor;» ¿cómo no es Él también sabiduría, puesto que es luz, porque «Dios es luz»? O bien, si de cualquier otro modo ha de ser nombrada singular y propiamente la esencia del Espíritu Santo; entonces, puesto que es Dios, ciertamente es luz; y puesto que es luz, ciertamente es sabiduría. Mas que el Espíritu Santo es Dios, lo proclama la Escritura por el apóstol, que dice: «¿No sabéis que sois templo de Dios?» e inmediatamente añade: «¿Y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» porque Dios habita en su propio templo. Pues el Espíritu de Dios no habita en el templo de Dios como siervo, ya que dice más claramente en otro lugar: «¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo que está en vosotros, el cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados por un gran precio: glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo.» Mas ¿qué es la sabiduría, sino luz espiritual e inmutable? Porque también aquel sol es luz, pero es corpóreo; y la criatura espiritual también es luz, pero no es inmutable. Por tanto, el Padre es luz, el Hijo es luz, y el Espíritu Santo es luz; pero juntamente no son tres luces, sino una sola luz. Y así el Padre es sabiduría, el Hijo es sabiduría, y el Espíritu Santo es sabiduría, y juntamente no son tres sabidurías, sino una sola sabiduría: y porque en la Trinidad ser es lo mismo que ser sabio, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son una sola esencia. Ni en la Trinidad una cosa es ser y otra ser Dios; por tanto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son un solo Dios.
Cómo se llegó a que los griegos hablen de tres hipóstasis, y los latinos de tres personas. La Escritura en ninguna parte habla de tres personas en un solo Dios
VII, 4, 7
7. Para hablar, pues, de cosas que no pueden ser expresadas, a fin de poder decir de algún modo lo que de ningún modo podemos decir plenamente, nuestros amigos griegos han hablado de una esencia y tres sustancias; mas los latinos, de una esencia o sustancia y tres personas; porque, como ya hemos dicho, en nuestra lengua, es decir, en latín, esencia no suele significar otra cosa que sustancia. Y con tal que lo que se dice se entienda solo en un misterio, tal modo de hablar fue suficiente, para que hubiera algo que decir cuando se preguntara qué son los tres, que la fe verdadera proclama que son tres, cuando declara que el Padre no es el Hijo, y que el Espíritu Santo, que es el don de Dios, no es ni el Padre ni el Hijo. Cuando, pues, se pregunta qué son los tres, o quiénes son los tres, nos dedicamos a buscar algún nombre especial o general bajo el cual podamos abarcar a estos tres; y ningún nombre tal se presenta a la mente, porque la sobreeminencia de la Divinidad supera la fuerza del lenguaje acostumbrado. Pues Dios es pensado con más verdad que alterado, y existe con más verdad que pensado. Porque cuando decimos que Jacob no era lo mismo que Abraham, sino que Isaac no era ni Abraham ni Jacob, ciertamente confesamos que son tres: Abraham, Isaac y Jacob. Mas cuando se pregunta qué tres, respondemos tres hombres, llamándolos en plural con un nombre específico; pero si dijéramos tres animales, entonces con un nombre genérico; pues el hombre, como lo han definido los antiguos, es un animal racional y mortal: o de nuevo, como suelen hablar nuestras Escrituras, tres almas, puesto que es conveniente denominar el todo por la parte mejor, es decir, denominar el cuerpo y el alma, que es el hombre entero, por el alma; pues así se dice que setenta y cinco almas bajaron a Egipto con Jacob, en lugar de decir tantos hombres. Y de nuevo, cuando decimos que tu caballo no es mío, y que un tercero perteneciente a otro no es ni mío ni tuyo, confesamos entonces que son tres; y si alguien pregunta qué tres, respondemos tres caballos con un nombre específico, pero tres animales con uno genérico. Y aun más, cuando decimos que un buey no es un caballo, y que un perro no es ni un buey ni un caballo, hablamos de tres; y si alguien nos pregunta qué tres, no hablamos ya con un nombre específico de tres caballos, o tres bueyes, o tres perros, porque los tres no están contenidos bajo la misma especie, sino con un nombre genérico, tres animales; o si bajo un género superior, tres sustancias, o tres criaturas, o tres naturalezas. Pero todas las cosas que se expresan en número plural específicamente con un solo nombre, pueden también expresarse genéricamente con un solo nombre. Mas no todas las cosas que se llaman genéricamente con un solo nombre pueden llamarse también específicamente con un solo nombre. Pues tres caballos, que es un nombre específico, los llamamos también tres animales; mas un caballo, un buey y un perro los llamamos solo tres animales o sustancias, que son nombres genéricos, o cualquier otra cosa que pueda decirse genéricamente de ellos; pero no podemos hablar de ellos como tres caballos, o bueyes, o perros, que son nombres específicos; pues expresamos aquellas cosas con un solo nombre, aunque en número plural, que tienen en común aquello que es significado por el nombre. Porque Abraham, Isaac y Jacob tienen en común aquello que es hombre; por tanto son llamados tres hombres: asimismo un caballo, un buey y un perro tienen en común aquello que es animal; por tanto son llamados tres animales. Así, tres laureles los llamamos también tres árboles; mas un laurel, un mirto y un olivo los llamamos solo tres árboles, o tres sustancias, o tres naturalezas: y así tres piedras las llamamos también tres cuerpos; mas piedra, madera y hierro los llamamos solo tres cuerpos, o con cualquier otro nombre genérico superior con que puedan ser llamados. Del Padre, por tanto, del Hijo y del Espíritu Santo, viendo que son tres, preguntémonos qué tres son, y qué tienen en común. Porque el ser Padre no es común a ellos, de modo que sean recíprocamente padres unos de otros: como amigos, ya que se llaman así relativamente unos a otros, pueden ser llamados tres amigos, porque lo son mutuamente entre sí. Mas esto no es así en la Trinidad, puesto que solo el Padre es allí padre; y no padre de dos, sino solo del Hijo. Ni son tres Hijos, puesto que allí el Padre no es el Hijo, ni lo es el Espíritu Santo. Ni tres Espíritus Santos, porque el Espíritu Santo, en aquel sentido propio por el cual es llamado también don de Dios, no es ni el Padre ni el Hijo. ¿Qué tres, entonces? Porque si tres personas, entonces aquello que se entiende por persona es común a ellos; por tanto, este nombre les es o específico o genérico, según el modo de hablar. Mas donde no hay diferencia de naturaleza, las cosas que son varias en número se expresan genéricamente de tal modo que también pueden expresarse específicamente. Pues la diferencia de naturaleza hace que un laurel, un mirto y un olivo, o un caballo, un buey y un perro, no se llamen con el nombre específico, los primeros tres laureles, o los segundos tres bueyes, sino con el nombre genérico, los primeros tres árboles, y los segundos tres animales. Pero aquí, donde no hay diferencia de esencia, es necesario que estos tres tengan un nombre específico, el cual, sin embargo, no se encuentra. Porque persona es un nombre genérico, hasta el punto de que también el hombre puede ser llamado así, aunque haya tan gran diferencia entre el hombre y Dios.
8. Además, respecto de aquella misma palabra genérica (generalis), si por esto decimos tres personas, porque aquello que significa persona es común a ellas (de otro modo no pueden ser llamadas así, como tampoco son llamadas tres hijos, porque aquello que significa hijo no les es común); ¿por qué no decimos también tres dioses? Pues ciertamente, como el Padre es una persona, y el Hijo una persona, y el Espíritu Santo una persona, por tanto hay tres personas: entonces, como el Padre es Dios, y el Hijo Dios, y el Espíritu Santo Dios, ¿por qué no tres dioses? O bien, ya que por su inefable unión estos tres juntamente son un solo Dios, ¿por qué no también una sola persona; de modo que no podríamos decir tres personas, aunque llamemos a cada uno persona por separado, así como no podemos decir tres dioses, aunque llamemos a cada uno Dios por separado, sea el Padre, sea el Hijo, sea el Espíritu Santo? ¿Acaso porque la Escritura no dice tres dioses? Pero tampoco hallamos que la Escritura mencione en parte alguna tres personas. ¿O acaso porque la Escritura no llama a estos tres, ni tres personas ni una persona (pues leemos de la persona del Señor, mas no del Señor como persona), por eso fue lícito, por la mera necesidad de hablar y razonar, decir tres personas, no porque la Escritura lo diga, sino porque no lo contradice: mientras que, si dijéramos tres dioses, la Escritura lo contradiría, pues dice: «Oye, Israel: el Señor tu Dios es un solo Dios?» ¿Por qué, pues, no es también lícito decir tres esencias; cosa que, de igual modo, la Escritura no dice, pero tampoco contradice? Porque si esencia es un nombre específico (specialis) común a los tres, ¿por qué no han de ser llamados tres esencias, como Abraham, Isaac y Jacob son llamados tres hombres, porque hombre es el nombre específico común a todos los hombres? Mas si esencia no es un nombre específico, sino genérico, puesto que hombre, ganado, árbol, constelación y ángel son llamados esencias; ¿por qué no son llamados estos tres esencias, como tres caballos son llamados tres animales, y tres laureles son llamados tres árboles, y tres piedras tres cuerpos? O si no son llamados tres esencias, sino una esencia, a causa de la unidad de la Trinidad, ¿por qué no sucede que, por la misma unidad de la Trinidad, no hayan de ser llamados tres sustancias o tres personas, sino una sustancia y una persona? Porque así como el nombre de esencia es común a ellos, de modo que cada uno por separado es llamado esencia, así también el nombre de sustancia o de persona es común a ellos. Pues lo que debe entenderse de las personas según nuestro uso, esto debe entenderse de las sustancias según el uso griego; porque ellos dicen tres sustancias, una esencia, del mismo modo que nosotros decimos tres personas, una esencia o sustancia.
9. ¿Qué resta, pues, sino confesar que estos términos nacieron de la necesidad de hablar, cuando se requería un razonamiento abundante contra los artificios o errores de los herejes? Porque cuando la debilidad humana se esforzaba por expresar con palabras, ante los sentidos del hombre, lo que comprende en los lugares secretos de la mente según su capacidad acerca del Señor Dios su creador, ya sea por fe devota, ya por cualquier discernimiento; temía decir tres esencias, para que no se entendiera que existía alguna diferencia en aquella absoluta igualdad. Y de nuevo, no podía decir que no había tres cosas (tria quædam), pues fue porque Sabelio dijo esto que cayó en herejía. Porque debe creerse devotamente, como cosa certísimamente conocida por las Escrituras, y debe captarse con el ojo mental con percepción indudable, que hay Padre, e Hijo, y Espíritu Santo; y que el Hijo no es el mismo que el Padre, ni el Espíritu Santo el mismo que el Padre o el Hijo. Buscó, pues, qué tres debía llamarlos, y respondió sustancias o personas; con cuyos nombres no quiso que se entendiera diversidad, sino que se negara la singularidad: de modo que no solo se entendiera la unidad allí por ser llamado una esencia, sino también la Trinidad por ser llamados tres sustancias o personas. Porque si es lo mismo para Dios ser (esse) que subsistir (subsistere), no habían de ser llamados tres sustancias, en el sentido en que no son llamados tres esencias; así como, porque es lo mismo para Dios ser que ser sabio, no decimos tres esencias, ni tampoco tres sabidurías. Así pues, porque es lo mismo para Él ser Dios que ser, no es recto decir tres esencias, como no es recto decir tres dioses. Mas si una cosa es para Dios ser, y otra subsistir, como una cosa es para Dios ser, y otra ser el Padre o el Señor (pues lo que Él es se dice respecto de sí mismo, pero es llamado Padre en relación al Hijo, y Señor en relación a la criatura que le sirve); por tanto subsiste relativamente, como engendra relativamente, y ejerce dominio relativamente: así pues, la sustancia ya no será sustancia, porque será relativa. Porque así como del ser se le llama esencia, así del subsistir hablamos de sustancia. Mas es absurdo que la sustancia se diga relativamente, porque todo subsiste respecto de sí mismo; ¿cuánto más Dios?
VII, 5, 10
10. Si, pues, conviene que se diga que Dios subsiste — (porque este nombre se aplica con razón a aquellas cosas en las cuales, como sujetos, están aquellas cosas que se dicen estar en un sujeto, como el color o la figura en el cuerpo. Pues el cuerpo subsiste, y por eso es sustancia; pero aquellas cosas están en el cuerpo, que subsiste y es su sujeto, y no son sustancias, sino que están en una sustancia: de modo que, si aquel color o aquella figura deja de ser, no priva al cuerpo de ser cuerpo, porque no pertenece al ser del cuerpo el conservar tal o cual figura o color; por tanto, ni las cosas mudables ni las simples se llaman propiamente sustancias.) — Si, digo, Dios subsiste de modo que pueda llamarse propiamente sustancia, entonces hay algo en Él como en un sujeto, y no es simple, es decir, tal que para Él ser sea lo mismo que cualquiera otra cosa que de Él se diga respecto a sí mismo; como, por ejemplo, grande, omnipotente, bueno, y cuanto de este género no se dice indignamente de Dios. Pero es una impiedad decir que Dios subsiste, y que es sujeto respecto de su propia bondad, y que esta bondad no es sustancia o más bien esencia, y que Dios mismo no es su propia bondad, sino que está en Él como en un sujeto. Y de aquí se desprende claramente que Dios se llama impropiamente sustancia, para que se entienda que es, con el nombre más usual, esencia, a la que se llama verdadera y propiamente; de modo que quizá sea justo que solo Dios se llame esencia. Pues Él solo es verdaderamente, porque es inmutable; y declaró este nombre suyo a su siervo Moisés, cuando dice: «Yo soy el que soy;» y: «Así dirás a los hijos de Israel: El que es me ha enviado a vosotros.» Pero ya se llame esencia, que se llama propiamente, o sustancia, que se llama impropiamente, se dice una y otra respecto a sí mismo, no en relación a algo; de donde para Dios ser es lo mismo que subsistir; y así la Trinidad, si es una esencia, es también una sustancia. Quizá, por tanto, se llaman más convenientemente tres personas que tres sustancias.
Por qué no decimos en la Trinidad una persona y tres esencias. Qué debe creer de la Trinidad quien no recibe lo dicho. El hombre es a imagen de Dios y es imagen de Dios
VII, 6, 11
11. Pero para que no parezca que favorezco a los nuestros [los latinos], hagamos esta indagación ulterior. Aunque ellos [los griegos] también, si quisieran, así como llaman a las tres sustancias tres hipóstasis, así podrían llamar a las tres personas tres «prósopa», sin embargo prefirieron aquella palabra que quizá estaba más conforme con el uso de su lengua. Pues el caso es el mismo también con la palabra personas; porque para Dios no es una cosa ser y otra ser persona, sino que es absolutamente lo mismo. Pues si ser se dice respecto a sí mismo, pero persona relativamente; de este modo diríamos tres personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo; como hablamos de tres amigos, o tres parientes, o tres vecinos, en cuanto que lo son mutuamente, no porque cada uno de ellos lo sea respecto de sí mismo. Por lo cual, cualquiera de estos es amigo de los otros dos, o pariente, o vecino, porque estos nombres tienen una significación relativa. ¿Qué, pues? ¿Hemos de llamar al Padre persona del Hijo y del Espíritu Santo, o al Hijo persona del Padre y del Espíritu Santo, o al Espíritu Santo persona del Padre y del Hijo? Pero ni la palabra persona se usa comúnmente así en caso alguno; ni en esta Trinidad, cuando hablamos de la persona del Padre, queremos decir otra cosa que la sustancia del Padre. Por lo cual, así como la sustancia del Padre es el Padre mismo, no en cuanto es Padre, sino en cuanto es, así también la persona del Padre no es otra cosa que el Padre mismo; pues se llama persona respecto a sí mismo, no respecto al Hijo o al Espíritu Santo: como se llama respecto a sí mismo Dios y grande, y bueno, y justo, y cualquier otra cosa de este género; y así como para Él ser es lo mismo que ser Dios, o ser grande, o ser bueno, así le es lo mismo ser que ser persona. ¿Por qué, pues, no llamamos a estos tres juntos una persona, como una esencia y un solo Dios, sino que decimos tres personas, mientras no decimos tres dioses o tres esencias; sino porque queremos que alguna palabra sirva para aquel significado por el que se entiende la Trinidad, para no quedarnos del todo mudos cuando se nos pregunta qué tres, confesando que son tres? Pues si esencia es el género, y sustancia o persona la especie, como algunos piensan, entonces debo omitir lo que hace poco dije, que deben llamarse tres esencias, así como se llaman tres sustancias o personas; como tres caballos se llaman tres caballos, y los mismos se llaman tres animales, puesto que caballo es la especie, animal el género. Pues en este caso no se dice la especie en plural y el género en singular, como si dijéramos que tres caballos son un animal; sino que, así como son tres caballos por el nombre especial, así son tres animales por el genérico. Pero si dicen que el nombre de sustancia o de persona no significa especie, sino algo singular e individual; de modo que cualquiera no se llama sustancia o persona como se llama hombre, pues hombre es común a todos los hombres, sino del mismo modo que se llama este o aquel hombre, como Abrahán, como Isaac, como Jacob, o cualquier otro que, si estuviera presente, podría señalarse con el dedo: la misma razón alcanzará también a estos. Pues así como Abrahán, Isaac y Jacob se llaman tres individuos, así se llaman tres hombres y tres almas. ¿Por qué, pues, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, si también hemos de razonar sobre ellos según género, especie e individuo, no se llaman del mismo modo tres esencias, como se llaman tres sustancias o personas? Pero esto, como dije, lo paso por alto: pero sí afirmo que, si esencia es un género, una sola esencia no tiene especie; así como, porque animal es un género, un solo animal no tiene especie. Por tanto, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo no son tres especies de una esencia. Pero si esencia es una especie, como hombre es una especie, pero aquellos son tres que llamamos sustancias o personas, entonces tienen en común la misma especie, del modo que Abrahán, Isaac y Jacob tienen en común la especie que se llama hombre; no como el hombre se subdivide en Abrahán, Isaac y Jacob, así también un solo hombre puede subdividirse en varios hombres singulares; pues esto es del todo imposible, puesto que un solo hombre ya es un hombre singular. ¿Por qué, pues, se subdivide una sola esencia en tres sustancias o personas? Pues si esencia es una especie, como lo es hombre, entonces una esencia es como un hombre: ¿o acaso decimos, como decimos que tres seres humanos cualesquiera del mismo sexo, de la misma complexión corporal, del mismo ánimo, son una naturaleza — pues son tres seres humanos, pero una naturaleza —, así también decimos en la Trinidad tres sustancias una esencia, o tres personas una sustancia o esencia? Pero esto es en cierto modo un caso paralelo, puesto que también los antiguos que hablaban latín, antes de tener estos términos, que no hace mucho han entrado en uso, es decir, esencia o sustancia, usaban en su lugar naturaleza. No usamos, pues, estos términos según género o especie, sino como según una materia común y la misma. Como si se hicieran tres estatuas del mismo oro, diríamos tres estatuas un oro, y sin embargo no llamaríamos al oro género, y a las estatuas especie; ni al oro especie, y a las estatuas individuos. Pues ninguna especie va más allá de sus propios individuos, de modo que comprenda algo externo a ellos. Pues cuando defino qué es el hombre, que es un nombre específico, todo hombre singular que existe está contenido en la misma definición individual, y nada le pertenece que no sea hombre. Pero cuando defino el oro, no solo las estatuas, si son de oro, sino también los anillos, y cualquier otra cosa que se haga de oro, pertenecerán al oro; y aunque nada se hiciera de él, se llamaría todavía oro; pues, aunque no hubiera estatuas de oro, no por eso no habrá estatuas en absoluto. Igualmente, ninguna especie va más allá de la definición de su género. Pues cuando defino animal, puesto que caballo es una especie de este género, todo caballo es un animal; pero toda estatua no es oro. Así, aunque en el caso de tres estatuas de oro diríamos con razón tres estatuas, un oro; sin embargo no lo decimos de modo que se entienda que el oro es el género, y las estatuas la especie. Por tanto, tampoco llamamos a la Trinidad tres personas o sustancias, una esencia y un solo Dios, como si tres cosas subsistieran de una materia [dejando un residuo, es decir]; aunque lo que sea, se despliega en estos tres. Pues no hay nada más de aquella esencia además de la Trinidad. Sin embargo, decimos tres personas de la misma esencia, o tres personas una esencia; pero no decimos tres personas de la misma esencia, como si allí la esencia fuera una cosa y la persona otra, como podemos decir tres estatuas del mismo oro; pues allí una cosa es ser oro, otra ser estatuas. Y cuando decimos tres hombres una naturaleza, o tres hombres de la misma naturaleza, también pueden llamarse tres hombres de la misma naturaleza, puesto que de la misma naturaleza puede haber también otros tres hombres tales. Pero en aquella esencia de la Trinidad, de ningún modo puede existir otra persona cualquiera fuera de la misma esencia. Además, en estas cosas, un hombre no es tanto como tres hombres juntos; y dos hombres son algo más que un hombre: y en estatuas iguales, tres juntas suman más oro que cada una sola, y una sola suma menos oro que dos. Pero en Dios no es así; pues el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo juntos no son una esencia mayor que el Padre solo o el Hijo solo; sino que estas tres sustancias o personas, si así hay que llamarlas, juntas son iguales a cada una por separado: lo que el hombre natural no comprende. Pues no puede pensar sino bajo las condiciones de masa y espacio, pequeño o grande, puesto que fantasmas o como imágenes de cuerpos revolotean en su mente.
12. Y hasta que sea purgado de esta impureza, crea en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, un solo Dios, solo, grande, omnipotente, bueno, justo, misericordioso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles, y cuanto puede decirse digna y verdaderamente de Él según la capacidad humana. Y cuando se le diga que solo el Padre es Dios, no separe de Él al Hijo o al Espíritu Santo; pues junto con Él es el único Dios, junto con el cual también es un solo Dios; porque, cuando se nos dice que también el Hijo es el único Dios, debemos tomarlo sin separación alguna del Padre o del Espíritu Santo. Y diga una esencia de modo que no piense que uno es mayor o mejor que otro, o en algo diferente de otro. Pero no que el Padre mismo sea a la vez el Hijo y el Espíritu Santo, o cualquier otra cosa que cada uno se llame por separado en relación a cualquiera de los otros; como Verbo, que no se dice sino del Hijo, o Don, que no se dice sino del Espíritu Santo. Y por esta causa admiten también el número plural, como está escrito en el Evangelio: «Yo y el Padre somos uno.» Ha dicho a la vez «uno,» y «somos; uno,» según la esencia, porque son el mismo Dios; «somos,» según la relación, porque uno es el Padre, otro es el Hijo. A veces también se deja sin expresar la unidad de la esencia, y solo se mencionan los relativos en número plural: «Mi Padre y yo vendremos a él, y haremos morada en él.» Vendremos, y haremos morada, es número plural, puesto que antes se dijo: «Yo y mi Padre,» es decir, el Hijo y el Padre, términos que se usan relativamente uno a otro. A veces la significación está del todo latente, como en el Génesis: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.» Tanto hagamos como nuestra se dicen en plural, y no debe recibirse sino como de relativos. Pues no fue para que dioses hicieran, o hicieran a imagen y semejanza de dioses; sino para que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo hicieran a imagen del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, para que el hombre subsistiera como imagen de Dios. Y Dios es la Trinidad. Pero porque aquella imagen de Dios no fue hecha del todo igual a Él, por no ser engendrada de Él, sino creada por Él; para significar esto, es imagen de tal modo que es «a imagen,» es decir, no está hecha igual por paridad, sino que se acerca a Él por una cierta semejanza. Pues el acercamiento a Dios no es por intervalos de lugar, sino por semejanza, y el alejamiento de Él es por desemejanza. Pues hay algunos que establecen esta distinción, que afirman que el Hijo es la imagen, pero que el hombre no es la imagen, sino «a imagen.» Mas el apóstol los refuta diciendo: «Pues el varón no debe cubrir su cabeza, por cuanto es imagen y gloria de Dios.» No dijo a imagen, sino imagen. Y esta imagen, puesto que en otra parte se habla de ella como a imagen, no es como si se dijera relativamente al Hijo, que es la imagen igual al Padre; de otro modo no diría a nuestra imagen. Pues ¿cómo nuestra, cuando el Hijo es imagen del Padre solo? Pero se dice que el hombre es «a imagen», a causa, como hemos dicho, de la desigualdad de la semejanza; y por tanto a nuestra imagen, para que el hombre sea imagen de la Trinidad; no igual a la Trinidad como el Hijo es igual al Padre, sino acercándose a ella, como se ha dicho, por una cierta semejanza; así como la cercanía puede en cierto modo significarse en cosas distantes entre sí, no respecto del lugar, sino de una suerte de imitación. Pues también se dice: «Transformaos por la renovación de vuestra mente;» a los que igualmente dice: «Sed, pues, imitadores de Dios como hijos queridos.» Pues se dice al hombre nuevo: «que se renueva al conocimiento de Dios, según la imagen de Aquel que lo creó.» O si elegimos admitir el número plural, para satisfacer las necesidades del argumento, aun dejando de lado los términos relativos, para poder responder con un solo término cuando se pregunta qué tres, y decir tres sustancias o tres personas; entonces nadie piense en ninguna masa o intervalo, ni en ninguna distancia de desemejanza por pequeña que sea, de modo que en la Trinidad se entienda que alguno es siquiera un poco menor que otro, de cualquier modo que una cosa pueda ser menor que otra: para que no haya ni confusión de personas, ni una distinción tal que haya desigualdad alguna. Y si esto no puede ser captado por el entendimiento, sea sostenido por la fe, hasta que amanezca en el corazón Aquel que dice por el profeta: «Si no creyereis, no entenderéis.»