Comenzando con una distinción entre sabiduría y conocimiento, señala una especie de trinidad, de índole peculiar, en aquello que propiamente se llama conocimiento, y que es lo inferior de los dos; y esta trinidad, aunque ciertamente pertenece al hombre interior, todavía no ha de llamarse ni pensarse como imagen de Dios.
XII, 1, 1
1. Ven, pues, y veamos dónde se halla, por así decirlo, la línea divisoria entre el hombre exterior y el interior. Porque todo aquello que tenemos en la mente en común con las bestias, con razón se dice que pertenece al hombre exterior. Pues el hombre exterior no ha de considerarse solamente como el cuerpo, sino con el añadido también de cierta vida peculiar del cuerpo, de donde la estructura del cuerpo recibe su vigor, y todos los sentidos con que está dotado para la percepción de las cosas exteriores; y cuando las imágenes de estas cosas exteriores ya percibidas, que han quedado fijadas en la memoria, son vistas de nuevo por el recuerdo, es todavía asunto perteneciente al hombre exterior. Y en todas estas cosas no diferimos de las bestias, excepto en que en la figura del cuerpo no estamos inclinados, sino erguidos. Y por esto somos amonestados, por Aquel que nos hizo, a no ser como las bestias en aquello que es nuestra parte mejor —esto es, la mente—, mientras que por la rectitud del cuerpo nos diferenciamos de ellas. No es que hayamos de arrojar nuestra mente a las cosas corporales que son excelsas; pues buscar reposo para la voluntad, aun en tales cosas, es postrar la mente. Sino que, así como el cuerpo está naturalmente erguido hacia las cosas corporales que son más elevadas, es decir, hacia las cosas celestes, así la mente, que es una sustancia espiritual, debe alzarse erguida hacia las cosas que son más elevadas en lo espiritual, no por la hinchazón de la soberbia, sino por el obsequio de la justicia.
Solo el hombre, entre los seres animados, percibe las razones eternas de las cosas pertenecientes al cuerpo
XII, 2, 2
2. También las bestias pueden percibir las cosas corporales desde fuera, mediante los sentidos del cuerpo, fijarlas en la memoria, recordarlas y, en ellas, buscar las cosas convenientes y rehuir las inconvenientes. Pero advertir estas cosas y retenerlas no solo como naturalmente captadas, sino también como confiadas deliberadamente a la memoria, e imprimirlas de nuevo por el recuerdo y la concepción cuando ya se deslizan hacia el olvido; de modo que, así como la concepción se forma de aquello que la memoria contiene, así también los contenidos mismos de la memoria se fijen firmemente por el pensamiento; combinar de nuevo objetos imaginarios de visión, tomando esto o aquello de lo que la memoria recuerda y, por así decirlo, uniéndolos entre sí; examinar de qué manera en este género las cosas semejantes a las verdaderas han de distinguirse de las verdaderas, y esto no en las cosas espirituales, sino en las cosas corporales mismas— estos actos, y otros semejantes, aunque se realicen con referencia a cosas sensibles, y a aquellas que la mente ha deducido mediante los sentidos corporales, sin embargo, en cuanto se combinan con la razón, no son comunes a los hombres y a las bestias. Pero es propio de la razón superior juzgar de estas cosas corporales según razones incorpóreas y eternas; las cuales, si no estuvieran por encima de la mente humana, ciertamente no serían inmutables; y, sin embargo, si algo nuestro no se les añadiera, no podríamos emplearlas como medidas con las que juzgar de las cosas corporales. Pero juzgamos de las cosas corporales por la regla de las dimensiones y las figuras, que la mente sabe que permanecen inmutablemente.
La razón superior, que pertenece a la contemplación, y la inferior, que pertenece a la acción, están en una sola mente
XII, 3, 3
3. Pero aquello que es nuestro y que así se ocupa del manejo de las cosas corporales y temporales, es ciertamente racional, en cuanto que no nos es común con las bestias; pero está sacado, por así decirlo, de aquella sustancia racional de nuestra mente, por la cual dependemos y nos adherimos a la verdad inteligible e inmutable, y que está destinada a manejar y dirigir las cosas inferiores. Porque así como entre todas las bestias no se halló para el hombre una ayuda semejante a él, a no ser que se tomara una de él mismo y se formara para ser su consorte, así para aquella mente, por la cual consultamos la verdad suprema e interior, no hay ayuda semejante para tal empleo como lo requiere la naturaleza del hombre entre las cosas corporales, sacada de aquellas partes del alma que tenemos en común con las bestias. Y así, cierta parte de nuestra razón, no separada de modo que corte la unidad, sino, por así decirlo, desviada para servir de ayuda a la compañía, se separa para realizar su propia obra. Y así como los dos son una sola carne en el caso del varón y la mujer, así en la mente una sola naturaleza abarca nuestro entendimiento y nuestra acción, o nuestro consejo y nuestra ejecución, o nuestra razón y nuestro apetito racional, o cualesquiera otros términos más significativos con que puedan expresarse; de modo que, como se dijo de aquellos, «Y los dos serán una sola carne,» puede decirse de estos, los dos son una sola mente.
La Trinidad y la imagen de Dios se hallan solo en aquella parte de la mente que pertenece a la contemplación de las cosas eternas
XII, 4, 4
4. Cuando, por tanto, tratamos de la naturaleza de la mente humana, tratamos de un solo sujeto, y no lo desdoblamos en aquellos dos que he mencionado, sino en lo que respecta a sus funciones. Por tanto, cuando buscamos la trinidad en la mente, la buscamos en la mente entera, sin separar la acción de la razón en las cosas temporales de la contemplación de las cosas eternas, de modo que hayamos de buscar además una tercera cosa con la cual se complete la trinidad. Pero esta trinidad ha de descubrirse necesariamente en toda la naturaleza de la mente, de tal manera que, aun si se retirara la acción sobre las cosas temporales, para cuya obra es necesaria aquella ayuda, con vistas a la cual se desvía cierta parte de la mente para tratar estas cosas inferiores, todavía se hallaría una trinidad en la mente única que no está dividida en parte alguna; y que, cuando ya se ha hecho esta distribución, no solo se halla una trinidad, sino también una imagen de Dios, en aquello solo que pertenece a la contemplación de las cosas eternas; mientras que en aquello otro que se desvía de ella en el trato con las cosas temporales, aunque puede haber una trinidad, no puede hallarse una imagen de Dios.
La opinión que imagina una imagen de la Trinidad en el matrimonio del varón y de la mujer, y en su prole
XII, 5, 5
5. Por consiguiente, no me parece que adelanten una opinión probable los que establecen que una trinidad de la imagen de Dios en tres personas, por lo que respecta a la naturaleza humana, puede descubrirse de tal manera que se complete en el matrimonio del varón y de la mujer y en su prole; en que el varón mismo, por así decirlo, indica la persona del Padre, y aquello que de él ha procedido de modo que nace, la del Hijo; y así la tercera persona, como del Espíritu, es, dicen, la mujer, la cual ha procedido del varón de modo que ella misma no es ni hijo ni hija, aunque fue por su concepción que nació la prole. Pues el Señor ha dicho del Espíritu Santo que procede del Padre, y sin embargo no es hijo. En esta opinión errónea, pues, el único punto que probablemente se alega, y ciertamente se muestra suficientemente según la fe de la Sagrada Escritura, es este —en el relato de la creación original de la mujer—: que lo que de tal manera viene a la existencia procedente de alguna persona como para hacer otra persona, no puede en todo caso llamarse hijo; puesto que la persona de la mujer vino a la existencia procedente de la persona del varón, y sin embargo no se llama hija suya. Todo lo demás de esta opinión es en verdad tan absurdo, y aun tan falso, que es facilísimo refutarla. Pues paso por alto el pensar que el Espíritu Santo sea la madre del Hijo de Dios y la esposa del Padre; ya que tal vez pueda responderse que estas cosas nos ofenden en lo carnal, porque pensamos en concepciones y nacimientos corporales. Aunque estas mismas cosas son pensadas castísimamente por los limpios, para quienes todas las cosas son limpias; pero para los manchados e incrédulos, cuya mente y conciencia están contaminadas, nada es limpio; de modo que aun Cristo, nacido de una virgen según la carne, es piedra de tropiezo para algunos de ellos. Pero, con todo, en el caso de aquellas supremas cosas espirituales, a semejanza de las cuales también se hacen, aunque remotísimamente, aquellas especies de la criatura inferior, y donde no hay nada que pueda ser dañado ni nada corruptible, nada nacido en el tiempo, nada formado de lo informe, o cualesquiera expresiones semejantes que haya; no deben perturbar la prudente sobriedad de nadie, no sea que, huyendo de un vacío disgusto, caiga en un error pernicioso. Acostúmbrese, pues, a hallar en las cosas corporales las huellas de las cosas espirituales, de tal manera que, cuando comience a ascender desde allí, bajo la guía de la razón, para alcanzar la verdad inmutable misma por la cual estas cosas fueron hechas, no arrastre consigo a las cosas de arriba lo que desprecia en las de abajo. Pues nadie se ruborizó jamás de elegir para sí la sabiduría como esposa, porque el nombre de esposa ponga en el pensamiento del hombre la unión corruptible que consiste en engendrar hijos; o porque en verdad la sabiduría misma sea mujer en el sexo, puesto que se expresa en las lenguas griega y latina con una palabra de género femenino.
XII, 6, 6–8
6. No rechazamos, pues, esta opinión porque temamos pensar en aquel Amor santo, inviolable e inmutable, como esposa de Dios Padre, existiendo como existe de Él, pero no como prole para engendrar al Verbo por el cual todas las cosas fueron hechas; sino porque la divina Escritura muestra evidentemente que es falsa. Porque Dios dijo, «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza;» y poco después se dice, «Así creó Dios al hombre a imagen de Dios.» Ciertamente, por ser de número plural, la palabra «nuestra» no se usaría rectamente si el hombre hubiera sido hecho a imagen de una sola persona, ya sea la del Padre, la del Hijo o la del Espíritu Santo; sino porque fue hecho a imagen de la Trinidad, por eso se dice, «A nuestra imagen.» Mas de nuevo, para que no pensemos que en la Trinidad hay que creer en tres dioses, siendo así que la misma Trinidad es un solo Dios, se dice, «Así creó Dios al hombre a imagen de Dios,» en lugar de decir, «A su propia imagen.»
7. Tales expresiones son usuales en las Escrituras; y, sin embargo, algunas personas, manteniendo la fe católica, no las consideran con atención, de tal manera que piensan que las palabras, «Dios hizo al hombre a imagen de Dios,» significan que el Padre hizo al hombre a imagen del Hijo; y así pretenden afirmar que también el Hijo es llamado Dios en las divinas Escrituras, como si no hubiera otras pruebas verdaderísimas y clarísimas en las que el Hijo es llamado no solo Dios, sino también el Dios verdadero. Pues mientras intentan explicar otra dificultad de este texto, se enredan de tal modo que no pueden desenredarse. Porque si el Padre hizo al hombre a imagen del Hijo, de modo que no es imagen del Padre, sino del Hijo, entonces el Hijo es desemejante al Padre. Pero si una fe piadosa nos enseña, como en efecto lo hace, que el Hijo es semejante al Padre según la igualdad de esencia, entonces lo que es hecho a semejanza del Hijo debe necesariamente ser hecho también a semejanza del Padre. Además, si el Padre no hizo al hombre a su propia imagen, sino a imagen de su Hijo, ¿por qué no dice, «Hagamos al hombre a tu imagen y semejanza,» mientras que dice, «nuestra;» sino porque la imagen de la Trinidad fue hecha en el hombre, para que de este modo el hombre fuera imagen del único Dios verdadero, porque la Trinidad misma es el único Dios verdadero? Tales expresiones son innumerables en las Escrituras, pero bastará con haber aducido estas. Así se dice en los Salmos, «La salvación pertenece al Señor; tu bendición está sobre tu pueblo;» como si las palabras se dirigieran a algún otro, y no a Aquel de quien se había dicho, «La salvación pertenece al Señor.» Y de nuevo, «Pues por ti,» dice, «seré librado de la tentación, y esperando en mi Dios saltaré el muro;» como si dijera a algún otro, «Por ti seré librado de la tentación.» Y de nuevo, «En el corazón de los enemigos del rey; por lo cual el pueblo cae debajo de ti;» como si dijera, en el corazón de tus enemigos. Porque había dicho a aquel Rey, es decir, a nuestro Señor Jesucristo, «El pueblo cae debajo de ti,» a quien con la palabra Rey se refería, cuando dijo, «En el corazón de los enemigos del rey.» Cosas de este género se hallan más raramente en el Nuevo Testamento. Pero, sin embargo, el Apóstol dice a los Romanos, «Acerca de su Hijo, que le fue hecho del linaje de David según la carne, y declarado Hijo de Dios con poder, según el espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos de Jesucristo nuestro Señor;» como si hablara antes de algún otro. Pues ¿qué se entiende por el Hijo de Dios declarado por la resurrección de entre los muertos de Jesucristo, sino del mismo Jesucristo que fue declarado Hijo de Dios con poder? Y así como en este pasaje, cuando se nos dice, «el Hijo de Dios con poder de Jesucristo,» o «el Hijo de Dios según el espíritu de santidad de Jesucristo,» o «el Hijo de Dios por la resurrección de los muertos de Jesucristo,» mientras que hubiera podido expresarse de la manera ordinaria: En su propio poder, o según el espíritu de su propia santidad, o por la resurrección de sus muertos, o de los muertos de ellos; así, digo, no estamos obligados a entender otra persona, sino una y la misma, es decir, la persona del Hijo de Dios, nuestro Señor Jesucristo; así, cuando se nos dice que «Dios hizo al hombre a imagen de Dios,» aunque hubiera sido más usual decir, a su propia imagen, no estamos obligados a entender otra persona en la Trinidad, sino la misma Trinidad una y sola, que es un solo Dios, y a cuya imagen fue hecho el hombre.
8. Y puesto que el caso es así, si hemos de aceptar la misma imagen de la Trinidad, no en uno, sino en tres seres humanos, padre, madre e hijo, entonces el hombre no fue hecho a imagen de Dios antes de que se le hiciera una esposa y antes de que procrearan un hijo; porque aún no había trinidad. ¿Dirá alguien que ya había trinidad, porque, aunque todavía no en su forma propia, sí en su naturaleza original, tanto la mujer estaba ya en el costado del varón como el hijo en los lomos de su padre? ¿Por qué, entonces, cuando la Escritura había dicho, «Dios hizo al hombre a imagen de Dios,» pasó a decir, «Creó Dios al hombre; varón y mujer los creó: y los bendijo Dios»? (O si ha de dividirse así, «Y creó Dios al hombre,» de modo que luego se añada, «a imagen de Dios lo creó,» y después se agregue en tercer lugar, «varón y mujer los creó;» pues algunos han temido decir: "Lo hizo varón y mujer", no sea que se entienda algo monstruoso, por así decirlo, como aquellos a quienes llaman hermafroditas, aunque aun así ambos podrían entenderse no falsamente en número singular, a causa de aquello que se dice, «Los dos serán una sola carne.» ) ¿Por qué, pues, como empecé diciendo, respecto a la naturaleza del hombre hecho a imagen de Dios, la Escritura no especifica nada sino varón y mujer? Ciertamente, para completar la imagen de la Trinidad, debería haber añadido también el hijo, aunque estuviera aún en los lomos de su padre, como la mujer estaba en su costado. ¿O acaso fue que la mujer ya había sido hecha, y que la Escritura había combinado en una declaración breve y compendiosa aquello que iba a explicar después más cuidadosamente, cómo se hizo; y que, por tanto, no podía mencionarse un hijo, porque ningún hijo había nacido aún? Como si el Espíritu Santo no hubiera podido comprender también esto en aquella declaración breve, estando a punto de narrar después en su lugar propio el nacimiento del hijo; como narró después en su lugar propio que la mujer fue tomada del costado del varón, y, sin embargo, no omitió nombrarla aquí.
Cómo el hombre es imagen de Dios. Si la mujer no es también imagen de Dios. Cómo ha de entenderse en sentido figurado y místico la sentencia del Apóstol de que el varón es imagen de Dios, pero la mujer es gloria del varón
XII, 7, 9–11
9. No debemos, pues, entender que el hombre fue hecho a imagen de la Trinidad suprema, es decir, a imagen de Dios, de modo que esa misma imagen haya de entenderse en tres seres humanos; sobre todo cuando el Apóstol dice que el varón es imagen de Dios, y por esa razón no se cubre la cabeza, mientras que a la mujer le manda cubrirla, hablando así: «Porque el varón ciertamente no debe cubrirse la cabeza, puesto que es imagen y gloria de Dios; pero la mujer es gloria del varón.» Pues ¿qué diremos a esto? Si la mujer completa la imagen de la trinidad según la medida de su propia persona, ¿por qué se sigue llamando imagen al varón después que ella fue sacada de su costado? O si aun una sola persona humana de entre tres puede llamarse imagen de Dios, así como cada persona es también Dios en la Trinidad suprema misma, ¿por qué la mujer no es también imagen de Dios? Pues se le manda cubrir la cabeza por esta misma razón, mientras que al varón se le prohíbe hacerlo porque es imagen de Dios.
10. Pero debemos advertir cómo aquello que dice el Apóstol, que no la mujer sino el varón es imagen de Dios, no contradice lo que está escrito en el Génesis: «Creó Dios al hombre: a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó: y los bendijo.» Porque este texto dice que la naturaleza humana misma, que es completa [solo] en ambos sexos, fue hecha a imagen de Dios; y no separa a la mujer de la imagen de Dios que significa. Pues después de decir que Dios hizo al hombre a imagen de Dios, «lo creó,» dice, «varón y hembra:» o al menos, puntuando de otro modo las palabras, «varón y hembra los creó.» ¿Cómo, pues, nos dijo el Apóstol que el varón es imagen de Dios, y por eso se le prohíbe cubrir su cabeza, pero que la mujer no lo es, y por eso se le manda cubrir la suya? A no ser, ciertamente, según lo que ya he dicho, cuando trataba de la naturaleza de la mente humana, que la mujer juntamente con su propio marido es imagen de Dios, de modo que toda aquella sustancia sea una sola imagen; pero cuando se la refiere por separado a su cualidad de ayuda idónea, que mira a la mujer sola, entonces no es imagen de Dios; mas, en cuanto al varón solo, él es imagen de Dios tan plena y completamente como cuando también la mujer está unida con él en uno. Como dijimos de la naturaleza de la mente humana: tanto cuando como un todo contempla la verdad es imagen de Dios; como cuando algo se aparta de ella y se desvía al conocimiento de las cosas temporales; sin embargo, por aquel lado por el que contempla y consulta la verdad, también aquí es imagen de Dios, mas por aquel lado por el que se dirige al conocimiento de las cosas inferiores, no es imagen de Dios. Y puesto que es tanto más formada según la imagen de Dios cuanto más se ha extendido a lo eterno, y por eso no ha de ser refrenada hasta retirarse y apartarse de allí; por tanto, el varón no debe cubrirse la cabeza. Pero como un progreso demasiado grande hacia las cosas inferiores es peligroso para aquel conocimiento racional que trata de las cosas corporales y temporales, éste debe tener potestad sobre su cabeza, lo cual indica el velo, con que se significa que debe ser refrenado. Porque un sentido santo y piadoso agrada a los santos ángeles. Pues Dios no ve a la manera del tiempo, ni acontece nada nuevo en su visión y conocimiento, cuando algo se hace en el tiempo y pasajeramente, a la manera como tales cosas afectan a los sentidos, ya sean los sentidos carnales de los animales y de los hombres, o incluso los sentidos celestiales de los ángeles.
11. Pues que el apóstol Pablo, al hablar exteriormente del sexo de varón y hembra, figuraba el misterio de alguna verdad más oculta, se puede entender por esto: que cuando dice en otro lugar que es verdaderamente viuda la que está desolada, sin hijos ni nietos, y sin embargo debe confiar en Dios y perseverar en oraciones noche y día, aquí indica que la mujer, habiendo sido inducida a la transgresión por ser engañada, es llevada a la salvación por la crianza de los hijos; y luego añade: «Si permanecieren en la fe, en la caridad y en la santidad, con sobriedad.» Como si acaso pudiera dañar a una buena viuda el no tener hijos, o el que los que tenía no quisieran perseverar en las buenas obras. Pero porque aquellas cosas que se llaman buenas obras son, por así decirlo, los hijos de nuestra vida, según aquel sentido de vida en que se responde a la pregunta: ¿Qué es la vida de un hombre? Esto es: ¿cómo obra en estas cosas temporales? Cuya vida los griegos no llaman [ξωή], sino [βίος]; y porque estas buenas obras se realizan principalmente en los oficios de misericordia, mientras que las obras de misericordia de nada aprovechan, ni a los paganos, ni a los judíos que no creen en Cristo, ni a cualesquiera herejes o cismáticos en quienes no se hallan la fe, la caridad y la santidad sobria: lo que el Apóstol quiso significar es claro, y en cuanto figurado y místico, porque hablaba de cubrir la cabeza de la mujer, lo cual quedaría en meras palabras vacías si no se refiriera a algún sacramento oculto.
12. Pues, como no solo la razón más verdadera, sino también la autoridad del propio Apóstol declara, el hombre no fue hecho a imagen de Dios según la figura de su cuerpo, sino según su mente racional. Porque es un pensamiento vil y vacío el que tiene a Dios circunscrito y limitado por los lineamientos de miembros corporales. Y además, ¿no dice el mismo bienaventurado Apóstol: «Renovaos en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del hombre nuevo, que es creado según Dios;» y en otro lugar más claramente, «Despojándoos del hombre viejo» dice, «con sus obras; vestíos del hombre nuevo, que se renueva para el conocimiento de Dios conforme a la imagen de Aquel que lo creó?» Si, pues, somos renovados en el espíritu de nuestra mente, y es el hombre nuevo aquel que se renueva para el conocimiento de Dios conforme a la imagen de Aquel que lo creó; nadie puede dudar que el hombre fue hecho conforme a la imagen de Aquel que lo creó, no según el cuerpo, ni indistintamente según cualquier parte de la mente, sino según la mente racional, en la cual puede existir el conocimiento de Dios. Y según esta renovación también somos hechos hijos de Dios por el bautismo de Cristo; y al vestirnos del hombre nuevo, ciertamente nos vestimos de Cristo por la fe. ¿Quién, pues, tendrá a las mujeres por ajenas a esta comunión, siendo coherederas de la gracia con nosotros; y cuando en otro lugar dice el mismo Apóstol: «Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús; pues cuantos habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo os habéis revestido: ya no hay judío ni griego; ya no hay esclavo ni libre; ya no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús?» Decid, pues, ¿han perdido las mujeres fieles su sexo corporal? Pero porque allí son renovadas según la imagen de Dios, donde no hay sexo; el hombre es allí hecho a imagen de Dios, donde no hay sexo, es decir, en el espíritu de su mente. ¿Por qué, entonces, el varón no está obligado a cubrir su cabeza por ser imagen y gloria de Dios, mientras la mujer está obligada a hacerlo por ser gloria del varón; como si la mujer no fuera renovada en el espíritu de su mente, el cual espíritu se renueva al conocimiento de Dios conforme a la imagen de Aquel que lo creó? Mas porque difiere del varón en el sexo corporal, pudo representarse rectamente bajo su velo corporal aquella parte de la razón que se desvía al gobierno de las cosas temporales; de modo que la imagen de Dios permanezca en aquel lado de la mente del hombre en que se adhiere a la contemplación o a la consulta de las razones eternas de las cosas; y esto, es claro, no solo los varones, sino también las mujeres lo tienen.
XII, 8, 13
13. Se reconoce, pues, una naturaleza común en sus mentes, pero en sus cuerpos se figura una división de aquella única mente misma. Al ascender, pues, por ciertos grados de pensamiento hacia el interior, a lo largo de la sucesión de las partes de la mente, allí donde primero se nos presenta algo que no es común a nosotros con las bestias comienza la razón, de modo que aquí ya puede reconocerse el hombre interior. Y si este hombre interior mismo, por aquella razón a la que se ha delegado la administración de las cosas temporales, resbala demasiado lejos, por un progreso excesivo, hacia las cosas exteriores, consintiendo además su cabeza, es decir, la parte (por así llamarla) masculina que preside en la atalaya del consejo, sin refrenarla ni embridarla: entonces envejece a causa de todos sus enemigos, a saber. los demonios con su príncipe el diablo, que envidian la virtud; y aquella visión de las cosas eternas se retira también de la cabeza misma, al comer con su esposa lo que estaba prohibido, de modo que la luz de sus ojos se le va; y así, estando ambos desnudos de aquella iluminación de la verdad, y abiertos los ojos de su conciencia para ver cuán vergonzosos y desaliñados quedaron, como hojas de frutos dulces, pero sin los frutos mismos, tejen de tal modo buenas palabras sin el fruto de las buenas obras, que, viviendo malvadamente, cubren su deshonra, por así decir, hablando bien.
XII, 9, 14
14. Porque el alma, amando su propio poder, resbala desde el todo que es común hacia una parte que le pertenece especialmente. Y aquella soberbia apóstata, que se llama «el principio del pecado,» la cual, habiendo podido ser gobernada excelentísimamente por las leyes de Dios, si le hubiera seguido a Él como a su rector en la criatura universal, al buscar algo más que el todo y esforzarse por gobernar éste con una ley propia, es empujada, puesto que nada hay más que el todo, a cuidar una parte; y así, por codiciar algo más, se hace menos; por lo cual también la avaricia se llama «la raíz de todos los males.» Y administra aquel todo, en el cual se esfuerza por hacer algo propio contra las leyes por las que el todo se gobierna, por medio de su cuerpo, que solo posee en parte; y así, deleitada por las formas y movimientos corporales, porque no tiene dentro de sí las cosas mismas, y porque está envuelta en sus imágenes, que ha fijado en la memoria, es torpemente contaminada por la fornicación de la fantasía, mientras refiere todas sus funciones a aquellos fines para los cuales busca con curiosidad las cosas corporales y temporales por los sentidos del cuerpo, y o bien pretende con hinchada arrogancia ser más excelente que otras almas entregadas a los sentidos corporales, o bien se hunde en un sucio torbellino de placer carnal.
XII, 10, 15
15. Cuando, pues, el alma consulta, ya para sí ya para otros, con buena voluntad, para percibir las cosas interiores y superiores, tales como las que se poseen en casto abrazo, sin ninguna estrechez ni envidia, no individualmente, sino en común por todos los que aman tales cosas; entonces, aun si se engaña en algo por ignorancia de las cosas temporales (pues su acción en este caso es temporal), y si no se mantiene firme en aquel modo de obrar que debe, la tentación no es sino una común al hombre. Y es gran cosa pasar por esta vida, en la cual caminamos, como por un camino, de regreso a casa, sin que nos sorprenda ninguna tentación sino la común al hombre. Porque éste es un pecado sin el cuerpo, y no debe contarse como fornicación, y por eso se perdona muy fácilmente. Mas cuando el alma hace algo para alcanzar aquellas cosas que se perciben por el cuerpo, por el deseo de probarlas, de sobrepasarlas o de manejarlas, a fin de poner en ellas su bien final, entonces, cuanto hace, lo hace malvadamente, y comete fornicación, pecando contra su propio cuerpo: y mientras arrebata desde dentro las imágenes engañosas de las cosas corpóreas, y las combina con vano pensamiento, de modo que nada le parece divino si no es de tal índole, por la avaricia egoísta se hace fecunda en errores, y por la prodigalidad egoísta se vacía de fuerzas. Mas no saltaría de pronto desde el comienzo a una fornicación tan desvergonzada y miserable, sino que, como está escrito, «El que desprecia las cosas pequeñas, caerá poco a poco.»
XII, 11, 16
16. Pues así como una serpiente no se arrastra con pasos abiertos, sino que avanza por los pequeñísimos esfuerzos de sus varias escamas; así el resbaladizo movimiento de la caída [del bien] se apodera de los negligentes solo gradualmente, y comenzando por un perverso deseo de la semejanza de Dios, llega al fin a la semejanza de las bestias. De aquí proviene que, desnudos de su primer vestido, ganaran con la mortalidad túnicas de piel. Porque la verdadera honra del hombre es la imagen y semejanza de Dios, la cual no se conserva sino en relación con Aquel por quien ha sido impresa. Por tanto, cuanto menos ama uno lo que es suyo, tanto más se adhiere a Dios. Mas por el deseo de probar su propio poder, el hombre, por su propio mandato, cae hacia sí mismo como a una suerte de grado intermedio. Y así, mientras desea ser como es Dios, esto es, no estar bajo nadie, es empujado, aun desde su propio grado medio, por vía de castigo, a lo más bajo, es decir, a aquellas cosas en que se deleitan las bestias: y así, siendo su honra la semejanza de Dios, y su deshonra la semejanza de la bestia, «El hombre, estando en honra, no permanece: es comparado a las bestias insensatas, y se hace semejante a ellas.» ¿Por qué camino, pues, podría recorrer tan gran distancia de lo más alto a lo más bajo, sino por su propio grado intermedio? Porque cuando descuida el amor de la sabiduría, que permanece siempre de la misma manera, y codicia el conocimiento por experimento de las cosas temporales y mudables, esa ciencia hincha, no edifica: así la mente es sobrecargada y empujada, por así decir, por su propio peso, fuera de la bienaventuranza; y aprende por su propio castigo, mediante aquel ensayo de su propia intermedialidad, cuál es la diferencia entre el bien que ha abandonado y el mal al que se ha entregado; y habiendo arrojado y destruido su fuerza, no puede volver, a no ser por la gracia de su Hacedor, que la llama al arrepentimiento y le perdona sus pecados. Porque ¿quién librará al alma infeliz del cuerpo de esta muerte, sino la gracia de Dios por Jesucristo, Señor nuestro? De cuya gracia trataremos en su lugar, en cuanto Él mismo nos lo conceda.
Capítulo 12. Hay una especie de matrimonio oculto en el hombre interior. Placeres ilícitos de los pensamientos
XII, 12, 17–19
17. Concluyamos ahora, en cuanto el Señor nos ayuda, la discusión que hemos emprendido respecto de aquella parte de la razón a la que pertenece el conocimiento, es decir, el conocimiento de las cosas temporales y mudables, que es necesario para administrar los asuntos de esta vida. Pues así como en el caso de aquel matrimonio visible de los dos seres humanos que fueron hechos primero, la serpiente no comió del árbol prohibido, sino que solo los persuadió de que comieran de él; y la mujer no comió sola, sino que dio a su marido, y comieron juntos; aunque ella sola habló con la serpiente, y ella sola fue seducida por él: así también en el caso de aquella especie oculta y secreta de matrimonio, que se realiza y discierne en un solo ser humano, el movimiento carnal o, por así decir, sensitivo del alma, ya que se dirige a los sentidos del cuerpo, común a nosotros con las bestias, está apartado de la razón de la sabiduría. Porque ciertamente las cosas corpóreas se perciben por el sentido del cuerpo; pero las espirituales, que son eternas e inmutables, se entienden por la razón de la sabiduría. Mas la razón del conocimiento tiene el apetito muy cerca de sí: viendo que lo que se llama ciencia o conocimiento de las acciones razona acerca de las cosas corpóreas que se perciben por el sentido corporal; si bien, para referir ese conocimiento al fin del sumo bien; mas si mal, para gozar de ellas como si fueran tales bienes en los cuales reposa con una falsa bienaventuranza. Por tanto, siempre que aquel sentido carnal o animal introduce en este propósito de la mente, que trata de las cosas temporales y corpóreas, con miras a los oficios de las acciones del hombre, por la fuerza viva de la razón, algún aliciente para gozar de sí mismo, esto es, para gozar de sí mismo como si fuera un bien privado y propio, y no como el bien público y común, que es el inmutable; entonces, por así decir, la serpiente habla con la mujer. Y consentir a este halago es comer del árbol prohibido. Mas si ese consentimiento se satisface con el placer del pensamiento solo, pero los miembros son refrenados por la autoridad del consejo superior de modo que no se entregan como instrumentos de injusticia al pecado; esto, pienso, ha de considerarse como si la mujer sola hubiera comido el alimento prohibido. Pero si en este consentimiento de usar malvadamente las cosas que se perciben por los sentidos del cuerpo, se determina de tal modo algún pecado, que, si hay poder, se cumple también por el cuerpo; entonces ha de entenderse que la mujer dio el alimento ilícito a su marido, para comerlo juntos. Porque no es posible que la mente determine que un pecado no solo ha de ser pensado con placer, sino también efectivamente cometido, a no ser que también aquella intención de la mente ceda y sirva a la mala acción, en la cual reside el poder principal de aplicar los miembros a un acto exterior, o de refrenarlos de él.
18. Y sin embargo, ciertamente, cuando la mente se complace solo en el pensamiento con cosas ilícitas, sin determinar ciertamente que hayan de hacerse, pero reteniendo y ponderando con gusto cosas que debieron ser rechazadas en el mismo momento en que tocaron la mente, no puede negarse que sea pecado, pero mucho menor que si además se hubiera determinado a realizarlo en acto exterior. Y por tanto, también por tales pensamientos debe pedirse perdón, y golpearse el pecho, y decir: «Perdónanos nuestras deudas;» y debe hacerse lo que sigue, y añadirse en nuestra oración, «Así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.» Porque no es como sucedió con aquellos dos primeros seres humanos, de los cuales cada uno llevaba su propia persona; y así, si la mujer sola hubiera comido el alimento prohibido, ciertamente ella sola habría sido castigada con la pena de muerte: no puede, digo, decirse así también en el caso de un solo ser humano de ahora, que si el pensamiento, permaneciendo solo, se alimenta con gusto con placeres ilícitos, de los cuales debería apartarse inmediatamente, aunque no haya determinación de que se realicen las malas acciones, sino solo de que se retengan con placer en el recuerdo, la mujer, por así decir, pueda ser condenada sin el varón. Lejos esté de nosotros creer esto. Porque aquí hay una sola persona, un solo ser humano, y él entero será condenado, a no ser que aquellas cosas que, careciendo de la voluntad de hacerlas, y teniendo sin embargo la voluntad de complacer a la mente con ellas, se perciben como pecados de solo pensamiento, sean perdonadas por la gracia del Mediador.
19. Este razonamiento, pues, con el cual hemos buscado en la mente de cada ser humano particular un cierto matrimonio racional de contemplación y acción, con funciones distribuidas en cada uno por separado, pero conservada en ambos la unidad de la mente; salva, entretanto, la verdad de aquella historia que el testimonio divino transmite acerca de los dos primeros seres humanos, es decir, el varón y su mujer, de quienes se propaga la especie humana; — este razonamiento, digo, debe ser escuchado solo hasta ese punto: que se entienda que el Apóstol quiso significar algo que ha de buscarse en un solo hombre individual, al asignar la imagen de Dios al varón solamente, y no también a la mujer, aunque en el sexo meramente distinto de dos seres humanos.
Capítulo 13. La opinión de quienes pensaron que el hombre significaba la mente, y la mujer el sentido corporal
XII, 13, 20–21
20. No se me escapa que algunos, que antes de nosotros fueron insignes defensores de la fe católica y expositores de la palabra de Dios, al buscar estas dos cosas en un solo ser humano —cuya alma entera percibían como una suerte de paraíso excelente—, afirmaron que el hombre era la mente, y la mujer el sentido corporal. Y según esta distribución, por la cual se supone que el hombre es la mente y la mujer el sentido corporal, todas las cosas parecen concordar acertadamente si se tratan con la debida atención; salvo que está escrito que, entre todos los animales y las aves, no se halló para el hombre una ayuda semejante a él, y entonces la mujer fue hecha de su costado. Y por esta razón, por mi parte, no he pensado que el sentido corporal deba tomarse por la mujer, el cual vemos que es común a nosotros y a las bestias; sino que he deseado encontrar algo que las bestias no tuvieran; y más bien he pensado que el sentido corporal debe entenderse como la serpiente, de la cual leemos que era más astuta que todos los animales del campo. Pues en aquellos bienes naturales que vemos son comunes a nosotros y a los animales irracionales, el sentido sobresale por una especie de potencia vital; no el sentido del cual está escrito en la epístola dirigida a los Hebreos, donde leemos, que «el alimento sólido es de los perfectos, es decir, de aquellos que por el uso tienen los sentidos ejercitados para discernir el bien y el mal;» porque estos «sentidos» pertenecen a la naturaleza racional y atañen al entendimiento; sino aquel sentido que se divide en cinco partes en el cuerpo, mediante el cual la especie y el movimiento corporal es percibido no sólo por nosotros, sino también por las bestias.
21. Pero ya sea que lo que el apóstol llama al hombre imagen y gloria de Dios, y a la mujer gloria del hombre, deba recibirse en este sentido, o en aquel, o de cualquier otra manera; sin embargo, es claro que, cuando vivimos según Dios, nuestra mente, que está atenta a las cosas invisibles de Él, debe ser formada con provecho a partir de su eternidad, verdad y caridad; pero que una parte de nuestro propósito racional, es decir, de la misma mente, debe dirigirse al uso de las cosas mudables y corporales, sin las cuales esta vida no transcurre; no para que nos conformemos a este mundo, poniendo nuestro fin en tales bienes y forzando hacia ellos el deseo de bienaventuranza, sino para que todo lo que hacemos racionalmente en el uso de las cosas temporales, lo hagamos con la contemplación de alcanzar las cosas eternas, pasando por las primeras, pero adhiriéndonos a las segundas.
Cuál es la diferencia entre sabiduría y conocimiento. El culto de Dios es el amor a Él. Cómo el conocimiento intelectual de las cosas eternas se logra mediante la sabiduría
XII, 14, 21–23
Pues también el conocimiento tiene su propia medida buena, si lo que en él hincha, o suele hinchar, es vencido por el amor de las cosas eternas, que no hincha, sino que, como sabemos, edifica. Ciertamente sin el conocimiento no pueden poseerse las virtudes mismas, por las cuales se vive rectamente, con las que esta vida miserable puede ser gobernada de tal modo que alcancemos aquella vida eterna que es verdaderamente bienaventurada.
22. Sin embargo, la acción, por la cual usamos bien de las cosas temporales, difiere de la contemplación de las cosas eternas; y esta última se atribuye a la sabiduría, la primera al conocimiento. Pues aunque aquello que es sabiduría puede también llamarse conocimiento, como también habla el apóstol, donde dice, «Ahora conozco en parte, pero entonces conoceré como también soy conocido;» cuando sin duda quiso que sus palabras se entendieran del conocimiento de la contemplación de Dios, que será la recompensa suprema de los santos; sin embargo, donde dice, «Porque a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de conocimiento por el mismo Espíritu,» ciertamente distingue sin duda estas dos cosas, aunque no explica allí la diferencia, ni de qué manera una puede discernirse de la otra. Pero habiendo examinado un gran número de pasajes de las Santas Escrituras, encuentro escrito en el libro de Job, siendo aquel hombre santo el que habla, «He aquí, la piedad, es decir, la sabiduría; pero apartarse del mal es conocimiento.» Al distinguir así, debe entenderse que la sabiduría pertenece a la contemplación, el conocimiento a la acción. Pues en este lugar quiso decir por piedad el culto de Dios, que en griego se llama [θεοσέβεια]. Pues la frase en los manuscritos griegos tiene esa palabra. ¿Y qué hay en las cosas eternas más excelente que Dios, cuya sola naturaleza es inmutable? ¿Y qué es el culto a Él sino el amor a Él, por el cual ahora deseamos verlo, y creemos y esperamos que lo veremos; y en la medida en que progresamos, ahora vemos por un espejo en enigma, pero entonces con claridad? Pues esto es lo que el apóstol Pablo quiere decir con «cara a cara.» Esto es también lo que dice Juan, «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos; pero sabemos que, cuando Él se manifieste, seremos semejantes a Él; porque le veremos tal como Él es.» El discurso sobre estos temas y otros semejantes me parece ser el discurso propio de la sabiduría. Pero apartarse del mal, que Job dice que es conocimiento, es sin duda de las cosas temporales. Puesto que es en referencia al tiempo [y a este mundo] que estamos en el mal, del cual debemos abstenernos para llegar a aquellos bienes eternos. Y por tanto, todo lo que hacemos con prudencia, fortaleza, templanza y justicia, pertenece a aquel conocimiento o disciplina con que nuestra acción se ocupa en evitar el mal y desear el bien; y así también, todo lo que recogemos por el conocimiento que proviene de la investigación, a modo de ejemplos que deben ser evitados o imitados, y a modo de pruebas necesarias respecto de cualquier asunto, acomodadas a nuestro uso.
23. Cuando un discurso se refiere, pues, a estas cosas, lo considero un discurso perteneciente al conocimiento, y debe distinguirse de un discurso perteneciente a la sabiduría, al cual pertenecen aquellas cosas que ni han sido, ni serán, sino que son; y por causa de aquella eternidad en la que son, se dice que han sido, y que son, y que han de ser, sin ninguna mutabilidad de los tiempos. Pues ni han sido de tal manera que hayan de dejar de ser, ni han de ser de tal manera como si no fueran ahora; sino que siempre han tenido y siempre tendrán aquel ser mismo absoluto. Y permanecen, pero no como fijas en algún lugar, como son los cuerpos; sino como cosas inteligibles en naturaleza incorpórea, están tan a la mano de la mirada de la mente, como las cosas visibles o tangibles en el lugar lo están al sentido del cuerpo. Y no sólo en el caso de las cosas sensibles situadas en el lugar, permanecen también razones inteligibles e incorpóreas de ellas aparte del espacio local; sino también de los movimientos que pasan en tiempos sucesivos, aparte de todo tránsito en el tiempo, permanecen también razones semejantes, ciertamente inteligibles, y no sensibles. Y alcanzar estas con el ojo de la mente es suerte de pocos; y cuando se alcanzan tanto como puede ser, el mismo que las alcanza no permanece en ellas, sino que es como repelido por el rebote del ojo mismo de la mente, y así se produce un pensamiento transitorio de una cosa no transitoria. Y sin embargo, este pensamiento transitorio es confiado a la memoria mediante las instrucciones por las cuales la mente es enseñada; para que la mente que es obligada a pasar de allí, pueda volver allí de nuevo; aunque, si el pensamiento no volviera a la memoria y encontrara allí lo que le había confiado, sería llevado a ello como una persona no instruida, como había sido llevado antes, y lo encontraría donde lo había encontrado primero, es decir, en aquella verdad incorpórea, de donde una vez más puede ser como escrito y fijado en la mente. Pues el pensamiento del hombre, por ejemplo, no permanece así en aquella razón incorpórea e inmutable de un cuerpo cuadrado, como permanece la razón misma: si, por cierto, pudiera alcanzarla del todo sin la fantasía del espacio local. O si alguien aprehendiera el ritmo de cualquier sonido artificial o musical, que pasa por ciertos intervalos de tiempo, como si descansara sin tiempo en algún silencio secreto y profundo, podría al menos ser pensado mientras esa canción pudiera oírse; sin embargo, lo que la mirada de la mente, aunque transitoria, captó de allí, y, absorbiéndolo como en un vientre, lo depositó en la memoria, sobre esto podrá rumiar en cierta medida mediante el recuerdo, y transferir a conocimiento sistemático lo que así ha aprendido. Pero si esto ha sido borrado por el olvido absoluto, una vez más, bajo la guía de la enseñanza, se llegará a aquello que había desaparecido por completo, y se encontrará tal como era.
Contra la reminiscencia de Platón y Pitágoras. Pitágoras el Samio. De la diferencia entre sabiduría y conocimiento, y de la búsqueda de la Trinidad en el conocimiento de las cosas temporales
XII, 15, 24–25
24. Y de ahí que aquel noble filósofo Platón se esforzó por persuadirnos de que las almas de los hombres vivieron incluso antes de soportar estos cuerpos; y que, por tanto, aquellas cosas que se aprenden son más bien recordadas, como ya conocidas, que recibidas en el conocimiento como cosas nuevas. Pues nos ha contado que un niño, cuando se le preguntó no sé qué acerca de geometría, respondió como si fuera perfectamente hábil en aquella rama del saber. Pues siendo interrogado paso a paso y con destreza, veía lo que había que ver, y decía lo que veía. Pero si esto hubiera sido un recordar cosas previamente conocidas, ciertamente no todos, o casi todos, habrían podido responder así al ser interrogados. Pues no todos fueron geómetras en la vida anterior, ya que los geómetras son tan pocos entre los hombres que apenas se puede encontrar uno en alguna parte. Pero más bien debemos creer que la mente intelectual está formada en su naturaleza de tal modo que ve aquellas cosas que, por disposición del Creador, están subordinadas a las cosas inteligibles en un orden natural, por una especie de luz incorpórea de un tipo único; como el ojo de la carne ve las cosas adyacentes a sí mismo en esta luz corporal, de la cual está hecho para ser receptivo, y adaptado a ella. Pues no por eso este ojo carnal distingue menos las cosas negras de las blancas sin un maestro, porque ya las conocía antes de ser creado en esta carne. ¿Por qué, en fin, es posible sólo en las cosas inteligibles que alguien, debidamente interrogado, responda según cualquier rama del saber, aunque la ignore? ¿Por qué nadie puede hacer esto con las cosas sensibles, excepto aquellas que ha visto en este su cuerpo presente, o ha creído la información de otros que las conocían, ya sean escritos o palabras de alguien? Pues no debemos dar crédito a la historia de quienes afirman que el Samio Pitágoras recordó algunas cosas de este tipo, que había experimentado cuando estuvo antes aquí en otro cuerpo; y otros cuentan de otros, que experimentaron algo del mismo tipo en sus mentes: pero se puede conjeturar que estos fueron recuerdos falsos, como los que comúnmente experimentamos en el sueño, cuando creemos recordar, como si lo hubiéramos hecho o visto, lo que nunca hicimos ni vimos en absoluto; y que las mentes de estas personas, incluso estando despiertas, fueron afectadas de esta manera por sugestión de espíritus malignos y engañosos, cuyo empeño es confirmar o sembrar alguna creencia falsa acerca de los cambios de las almas, para engañar a los hombres. Esto, digo, puede conjeturarse por esto: que si realmente recordaran aquellas cosas que habían visto aquí antes, mientras ocupaban otros cuerpos, lo mismo les sucedería a muchos, más aún, a casi todos; ya que suponen que como los muertos proceden de los vivos, así, sin cesar y continuamente, los vivos vienen a la existencia desde los muertos; como los que duermen proceden de los que están despiertos, y los que están despiertos de los que duermen.
25. Si, por tanto, esta es la distinción correcta entre sabiduría y conocimiento, que el conocimiento intelectual de las cosas eternas pertenece a la sabiduría, pero el conocimiento racional de las cosas temporales al conocimiento, no es difícil juzgar cuál debe ser preferido o pospuesto a cuál. Pero si debemos emplear alguna otra distinción por la cual conocer estos dos aparte, que sin duda el apóstol nos enseña que son diferentes, diciendo, «A uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría; a otro palabra de conocimiento, por el mismo Espíritu:» aún así la diferencia entre aquellos dos que hemos establecido es muy evidente, en que el conocimiento intelectual de las cosas eternas es una cosa, el conocimiento racional de las cosas temporales otra; y nadie duda de que la primera debe ser preferida a la segunda. Así, pues, cuando dejamos atrás aquellas cosas que pertenecen al hombre exterior, y deseamos ascender dentro desde aquellas cosas que tenemos en común con las bestias, antes de llegar al conocimiento de las cosas inteligibles y supremas, que son eternas, se presenta el conocimiento racional de las cosas temporales. Encontremos, pues, una trinidad también en esto, si podemos, como encontramos una en los sentidos del cuerpo, y en aquellas cosas que por medio de ellos entraron a modo de imágenes en nuestra alma o espíritu; de modo que en lugar de las cosas corporales que tocamos por el sentido corporal, situadas como están fuera de nosotros, pudiéramos tener semejanzas de cuerpos impresas dentro en la memoria, de las cuales pudiera formarse el pensamiento, mientras la voluntad como tercera las uniera; así como la vista de los ojos se formaba desde fuera, la cual la voluntad aplicaba a la cosa visible para producir la visión, y unía ambas, mientras ella misma se añadía a ellas como tercera. Pero este asunto no debe comprimirse en este libro; de modo que en lo que sigue, si Dios ayuda, pueda examinarse adecuadamente, y puedan desplegarse las conclusiones a las que lleguemos.