Premisa central
Hipólito es el único autor cristiano de Roma que conocemos, a la vez, por una estatua, por un catálogo de obispos, por sus adversarios y por sus propios libros, y sin embargo no sabemos con certeza cuántos autores hay detrás de su nombre. Lo que no está en duda es la disputa que sus escritos documentan: en la Roma de 200 a 235 se decidió, entre un obispo que no quería «dos dioses» y un presbítero que no quería un Padre crucificado, cómo se hablaría de Dios.
¿Quién escribió la Refutación de todas las herejías? Durante tres siglos la pregunta tuvo una respuesta sencilla: Orígenes, porque así lo decía el manuscrito del libro I. Desde 1853, otra: Hipólito, el presbítero romano que la estatua del Vaticano parecía retratar y cuyo martirio celebraba el calendario. Desde 1947, ninguna que satisfaga a todos. Un libro que denuncia a dos obispos de Roma como herejes y a uno de ellos como antiguo esclavo, banquero fraudulento y suicida frustrado, que presenta a su autor como obispo y que termina prometiendo al lector que «ha llegado a ser dios», es un documento demasiado incómodo para no preguntarse quién lo firmaba. Este perfil reúne lo que las fuentes antiguas dicen de Hipólito, lo que la estatua y los manuscritos añadieron, por qué la crítica moderna sospecha que hubo dos autores y qué sostiene, en todo caso, el autor de los dos libros que Eusebeia publica.
Las noticias antiguas son breves y, en lo esencial, confiesan ignorancia. Eusebio, al enumerar los escritores de la época de Caracalla, dice que «Hipólito, que presidía otra iglesia, ha dejado escritos», sin decir cuál (Historia eclesiástica VI, 20, 2), y más adelante da la lista de los que conoce:
Por aquel tiempo Hipólito, además de otros muchos tratados, escribió una obra sobre la Pascua. En ella ofrece una tabla cronológica y presenta un cierto canon pascual de dieciséis años, llevando el cómputo hasta el primer año del emperador Alejandro. De sus demás escritos nos han llegado los siguientes: Sobre el Hexamerón, Sobre lo que sigue al Hexamerón, Contra Marción, Sobre el Cantar de los Cantares, Sobre partes de Ezequiel, Sobre la Pascua, Contra todas las herejías; y pueden hallarse otras muchas obras suyas conservadas por muchos.
Jerónimo, que depende de Eusebio y añade lo que tenía a mano, es más explícito sobre lo que no sabe:
Hipólito, obispo de cierta iglesia (no he podido averiguar el nombre de la ciudad), escribió un Cómputo de la fiesta pascual y unas tablas cronológicas que elaboró hasta el primer año del emperador Alejandro. Discutió también el ciclo de dieciséis años, que los griegos llaman hekkaidekaeterída, y dio la pauta a Eusebio, que compuso sobre la misma fiesta pascual un ciclo de diecinueve años. Escribió algunos comentarios a las Escrituras, entre los que están: Sobre los seis días de la creación, Sobre el Éxodo, Sobre el Cantar de los Cantares, Sobre el Génesis, Sobre Zacarías, Sobre los Salmos, Sobre Isaías, Sobre Daniel, Sobre el Apocalipsis, Sobre los Proverbios, Sobre el Eclesiastés, Sobre Saúl, Sobre la pitonisa, Sobre el Anticristo, Sobre la resurrección, Contra Marción, Sobre la Pascua, Contra todas las herejías, y una exhortación Sobre la alabanza de nuestro Señor y Salvador, en la que indica que habla en la iglesia en presencia de Orígenes.
Dos datos de aquí se han usado para fecharlo: el cómputo pascual que llega «hasta el primer año de Alejandro», es decir, 222, y la predicación «en presencia de Orígenes», que Eusebio sitúa en un viaje de Orígenes a Roma bajo Ceferino. Un tercer testimonio, bizantino, lo hace discípulo de Ireneo: Focio, en el códice 121 de su Biblioteca, dice que Hipólito se presentaba así a sí mismo. Wikipedia en castellano advierte que «esto no es seguro» y que quizá el pasaje solo quiera señalar el parentesco entre su sistema y el de Ireneo, que sus escritos hacen evidente. Que fue el último escritor cristiano de Roma que escribió en griego es, en cambio, una conclusión que nadie discute, y Allen Brent lo convierte en el subtítulo de su libro.
El testimonio más seguro sobre su final no es literario sino administrativo. El Catálogo Liberiano, lista de obispos de Roma conservada en el Cronógrafo de 354, registra bajo el consulado de Severo y Quinciano, es decir, en 235, que «el obispo Ponciano y el presbítero Hipólito fueron deportados como desterrados a Cerdeña, a la isla insalubre», y la lista de aniversarios del mismo cronógrafo anota para los idus de agosto, el día 13, «Hipólito en la Tiburtina y Ponciano en el cementerio de Calixto». Miroslav Marcovich, que cita ambos textos en latín, observa que la deportación conjunta se explica por la política de Maximino el Tracio, que, según Eusebio (HE VI, 28), persiguió a «los jefes de las iglesias»; de ahí deduce que en 235 había en Roma dos cabezas, Ponciano y Hipólito, y que a ambas se las trató igual. Que el catálogo lo llame «presbítero» y lo entierre en la Tiburtina, en un cementerio distinto del papal, es la base de la hipótesis tradicional de la reconciliación: Hipólito habría vuelto a la comunión antes de morir, y Roma lo habría recibido como mártir pero no como obispo.
Nota de lectura · Las leyendas posteriores
En el siglo IV la memoria del escritor se perdió en Occidente. El papa Dámaso le dedicó un epigrama en el que lo convierte en un presbítero del cisma novaciano; Prudencio, hacia 400, describió su tumba y su martirio arrastrado por caballos, un relato que calca el mito griego de Hipólito, hijo de Teseo, y que casi con certeza es leyenda (Wikipedia). Más tarde se lo confundió con un soldado convertido por san Lorenzo y con un obispo de Porto ahogado en un pozo. Por el episodio de los caballos acabó siendo patrono de los caballos, y en St Ippolyts, en Hertfordshire, se llevaban a su iglesia los caballos enfermos. Nada de esto sirve para la biografía; sirve para entender por qué, cuando en 1551 apareció una estatua, se la pudo bautizar sin resistencia.
En 1551, en unas excavaciones entre la vía Tiburtina y la vía Nomentana, el anticuario Pirro Ligorio halló una figura de mármol sentada, sin cabeza ni brazos. En los costados de la silla había grabado un cómputo pascual que comienza en el primer año de Alejandro Severo, 222, y llega hasta 333, y en el respaldo una lista de obras: Sobre los Salmos, Sobre la pitonisa, Sobre el Apocalipsis, Sobre el universo, una Crónica, el cómputo pascual, Sobre Dios y la resurrección de la carne, entre otras. Ligorio la reconstruyó como un obispo con cabeza y manos, y Pío IV la rotuló «san Hipólito, obispo de Porto». Hoy está a la entrada de la Biblioteca Vaticana.
Durante cuatro siglos nadie dudó de que fuera su retrato. En 1974–1975 Margherita Guarducci demostró que la escultura original es una copia romana del siglo II de una estatua griega del siglo III a. C., que representaba a una mujer, probablemente la filósofa epicúrea Temista de Lámpsaco, y que los cristianos del siglo III la reutilizaron para grabar en ella su tabla y su lista. Marcovich acepta el análisis pero considera «irrelevante» que la estatua no represente a Hipólito: las tres inscripciones son auténticas, del siglo III, grabadas después de 222 y con toda probabilidad antes de 235, y los títulos que enumeran son de obras que otras fuentes atribuyen a Hipólito. Brent va más lejos: propone leer la estatua no como monumento a un individuo sino como «artefacto e icono de una comunidad», la de una de las iglesias domésticas de Roma, y defiende contra Guarducci que el lugar del hallazgo, junto al cementerio de la Tiburtina, es el que Ligorio dijo.
El segundo hallazgo fue el de un libro. El libro I de la Refutación, un resumen de la filosofía griega desde Tales hasta los estoicos, se conocía desde el siglo XVII y se imprimía entre las obras de Orígenes con el título de Philosophumena. En 1842 Minoides Mynas, enviado por el gobierno francés a buscar manuscritos en Grecia, encontró en un monasterio del monte Athos un códice sin nombre de autor con los libros IV a X, y Emmanuel Miller los publicó en Oxford en 1851 como obra de Orígenes. La atribución duró poco. El libro IX mostraba a un autor que vivía en Roma bajo Ceferino y Calixto, que se consideraba obispo y que excomulgaba, y nada de eso cuadraba con Orígenes. Jacobi y Duncker en 1851 y, sobre todo, Ignaz von Döllinger en 1853 propusieron a Hipólito, cuyo Contra todas las herejías mencionaban Eusebio y Jerónimo; Christopher Wordsworth, el mismo año, usó la obra para una polémica anglicana contra Roma, y el editor de la Ante-Nicene Fathers, Cleveland Coxe, repite esa lectura en su noticia: la estatua «se levantó de su tumba como para reprender» a Pío IV, y la Refutación salió a la luz «como para dar una última advertencia» a Pío IX y a su dogma de la infalibilidad. Es útil saber desde dónde se tradujo el texto que leemos.
Nota de lectura · Los manuscritos y las ediciones
El libro I se conserva en cuatro manuscritos (Laurenciano, Ottoboniano y dos Barberinianos) y en los extractos del cronista bizantino Cedreno; un quinto, de Turín, fue robado antes de 1749 y el códice ardió en 1904. Los libros IV–X dependen de un solo manuscrito, el Parisino hallado en el Athos, lleno de errores y lagunas. Marcovich, en su edición crítica de 1986, enumera estos testimonios y describe la cadena de editores desde Gronovius (1701) hasta Wendland (1916). La traducción inglesa de MacMahon (1868) que sigue Eusebeia se hizo sobre las ediciones de Miller, Duncker-Schneidewin y Cruice; por eso la numeración de capítulos de la ANF no coincide con la de las ediciones modernas, y este perfil indica las dos cuando difieren.
La hipótesis de Döllinger explicaba mucho: un presbítero romano culto, de lengua griega, enfrentado a dos obispos por la doctrina y por la disciplina, que se hizo elegir obispo por su facción, fue deportado con su rival y murió reconciliado. Pero dejaba cabos sueltos. Las obras atribuidas a Hipólito no hablan todas igual: la Refutación y Sobre el universo tienen una teología del Logos y un estilo distintos de los del Comentario a Daniel y de Contra Noeto; la estatua no menciona la Refutación, ni el Comentario a Daniel, ni el Anticristo, que son las obras mayores; Eusebio y Jerónimo ignoran la ciudad; y algunos manuscritos de Sobre el universo lo atribuyen a un «Josefo».
En 1947 Pierre Nautin propuso cortar el nudo: habría dos autores, un «Josipo», presbítero y antiobispo romano, autor de la Refutación, de Sobre el universo y de la Crónica, y un Hipólito oriental, autor de los comentarios bíblicos y de Contra Noeto. La discusión con Marcel Richard duró hasta 1955 «de forma áspera y a menudo acrimoniosa», en palabras de Brent, y pareció agotarse. Los dos simposios del Instituto Patrístico Augustinianum en Roma, en 1977 y 1989, la reabrieron: según Brent, Manlio Simonetti estableció «decisivamente» la tesis de al menos dos autores en el corpus, aunque sin el nombre de Josipo, y Wikipedia en castellano resume la conclusión de 1976 en términos parecidos, distinguiendo «un Hipólito occidental, del que no hay pruebas de que se llamara Hipólito», autor de los Philosophumena y de Sobre el universo, y «un autor oriental, cuyo nombre era efectivamente Hipólito», autor de las obras exegéticas. Wikipedia en inglés es aún más escueta: «la investigación reciente prefiere tratar el texto como obra de un autor desconocido, quizá de origen romano».
Marcovich no lo acepta. En la introducción a su edición concede que, como el nombre de Hipólito no aparece en ningún manuscrito de la Refutación, «formalmente» no se puede excluir que no sea suya, pero sostiene que la evidencia a su favor, «por circunstancial que sea», es «abrumadora». Sus razones son tres. Primera, el autor se presenta como obispo, vive en Roma y niega la ortodoxia a Calixto, y eso cuadra con el «presbítero Hipólito» deportado junto al obispo Ponciano como «jefe» de otra iglesia. Segunda, el autor de la Refutación cita al final de su obra, como suyo, un libro Sobre la sustancia del universo (X, 32, 4 en la numeración de Marcovich), y ese título figura en la lista de la estatua junto a obras que son «firmemente hipolitanas», como Sobre los Salmos y el cómputo pascual. Tercera, un escolio que Focio encontró al margen de su manuscrito de Sobre el universo (Biblioteca, códice 48) decía que la obra no era de Josefo sino de un tal Gayo, presbítero en Roma bajo Víctor y Ceferino, autor también del Laberinto, y que el autor del Laberinto se declaraba al final de su obra autor de Sobre el universo. Como el libro X de la Refutación empieza llamando «laberinto» a las herejías, Marcovich concluye que Laberinto era otro nombre de la Refutación, que su autor y el de Sobre el universo son el mismo presbítero romano, y que ese presbítero es Hipólito. La teoría de Nautin, añade, «se derrota a sí misma» porque obliga a atribuir a Josipo toda la lista de la estatua y a suponer que Josipo e Hipólito escribieron cada uno un Sobre los Salmos y una Tradición apostólica.
Brent toma otro camino. Acepta que hay al menos dos manos en el corpus y aplica al problema el método que los exégetas del Nuevo Testamento llaman crítica de la redacción: el nombre de Hipólito habría llegado a ser, como el de Clemente en las Constituciones apostólicas, «la cifra no de un individuo sino de la tradición de una comunidad», una de las iglesias domésticas de la Roma del siglo III, cuyos orígenes quedaron oscurecidos cuando la ciudad pasó a tener un solo obispo. Para Brent, la pregunta «¿fue Hipólito presbítero u obispo cismático?» es anacrónica, tanto como lo fue que Dámaso lo hiciera presbítero novaciano: lo que la Refutación documenta es una comunidad de iglesias domésticas «en plena revolución, aún no completa», hacia el episcopado monárquico, con fechas de reinado seguras solo después del martirio de Ponciano en 235.
Jaap Mansfeld, que ha estudiado la Refutación como fuente de la filosofía griega, deja la cuestión abierta en un apéndice y se limita a registrar que Nautin la rechazó, que Le Boulluec lo siguió y que Marcovich «defiende enfáticamente» la atribución tradicional, y a lo largo de su libro llama al autor «Hipólito» por comodidad. Es la práctica que sigue también este perfil, y la que siguió la edición de Eusebeia, que pone en la ficha «atribución discutida». Un lector honesto debe saber que las tres posiciones, un autor, dos autores con nombres distintos y una tradición comunitaria bajo un solo nombre, siguen defendiéndose.
| Obra | Testigo antiguo | En la estatua | Atribución hoy |
|---|---|---|---|
| Refutación de todas las herejías (X libros; faltan II–III) | Eusebio, Jerónimo (Contra todas las herejías) | No | Hipólito (Marcovich); autor romano desconocido (Nautin, Simonetti) |
| Contra la herejía de Noeto | Fragmento de un Syntagma contra las herejías, según la tradición | No | Hipólito «oriental» (Nautin); corpus hipolitano (consenso) |
| Sobre Cristo y el Anticristo | Jerónimo | No | Consenso a favor de Hipólito (Wikipedia) |
| Comentario a Daniel | Jerónimo | No | Consenso a favor de Hipólito |
| Sobre el universo (contra Platón) | Focio, cód. 48 | Sí | Mismo autor que la Refutación (Marcovich) |
| Crónica (hasta 234) | — | Sí | Probablemente Hipólito (Marcovich) |
| Cómputo pascual desde 222 | Eusebio, Jerónimo | Sí | Hipólito |
| Tradición apostólica | Atribuida en el s. XX | Sí (Sobre los carismas; Tradición apostólica, según la lectura usual) | Texto compuesto, sin autor ni lugar seguros (Bradshaw, Baldovin) |
Sea quien sea el autor, el libro IX de la Refutación es el documento sin igual que la edición de Eusebeia describe: la acusación de un clérigo romano contra dos obispos de Roma, escrita por un contemporáneo. El conflicto es doctrinal antes que disciplinar. Noeto de Esmirna había enseñado que Cristo era el Padre mismo, que el Padre había nacido y padecido; sus discípulos Epígono y Cleómenes llevaron la doctrina a Roma, y el autor cuenta cómo la recibieron los obispos:
En aquel tiempo Ceferino imaginaba que administraba los asuntos de la Iglesia: hombre ignorante y vergonzosamente corrupto. Y él, persuadido por la ganancia que se le ofrecía, solía cerrar los ojos ante los que acudían para hacerse discípulos de Cleómenes. [...] Calixto intentó confirmar esta herejía, hombre astuto para la maldad y sutil en lo tocante al engaño, a quien una ambición inquieta impulsaba a subir al trono episcopal. [...] Calixto presentó al propio Ceferino y lo indujo a declarar públicamente lo siguiente: «Sé que hay un solo Dios, Jesucristo; y fuera de él no conozco a ningún otro que haya sido engendrado y sea capaz de padecer». Y en otra ocasión, cuando decía: «No murió el Padre, sino el Hijo». De este modo Ceferino mantenía una agitación incesante en el pueblo. Y nosotros, al conocer sus opiniones, no le dimos lugar, sino que lo reprendimos y le hicimos frente por amor de la verdad. Y él se precipitó en la locura, porque todos consentían con su hipocresía (nosotros, sin embargo, no), y nos llamó adoradores de dos dioses, vomitando sin que nadie lo obligara el veneno que llevaba dentro.
«Adoradores de dos dioses» (dítheoi) es el reproche que el modalismo hacía a la teología del Logos: si el Verbo es «otro» junto al Padre, hay dos dioses. El autor responde que su doctrina es la de la Iglesia y la de Ceferino la de Heráclito, de quien Noeto habría tomado la idea de que los contrarios son lo mismo (IX, 3–5). A la muerte de Ceferino, en 217, Calixto fue elegido obispo. El autor no lo acepta y cuenta su vida en una página que es la más leída de toda la obra: esclavo del cristiano Carpóforo, banquero que perdió los depósitos de las viudas, fugitivo en Porto, suicida frustrado, condenado al molino, provocador en una sinagoga para hacerse pasar por mártir, deportado a las minas de Cerdeña, liberado por la intercesión de Marcia, concubina de Cómodo, pensionado por el obispo Víctor en Anzio y puesto por Ceferino al frente del cementerio (IX, 7 ANF; IX, 12 Marcovich). Brent advierte que todo esto lo escribe un enemigo, y que la carrera de Calixto, de esclavo a obispo, es menos escandalosa de lo que el autor pretende: muestra una Iglesia en la que un liberto podía llegar arriba.
Lo que el autor reprocha a Calixto como obispo es doble. En la doctrina, una fórmula de compromiso:
Calixto afirma que el Logos mismo es Hijo y que él mismo es Padre, y que, aunque se lo denomina con un título distinto, en realidad es un solo espíritu indivisible. Sostiene que el Padre no es una persona y el Hijo otra, sino que son uno y el mismo [...]. Pues lo que se ve, que es el hombre, lo considera el Hijo; y el Espíritu contenido en el Hijo, el Padre. «Porque», dice Calixto, «no profesaré la fe en dos Dioses, Padre e Hijo, sino en uno. Pues el Padre, que subsistía en el Hijo mismo, después de tomar nuestra carne, la elevó a la naturaleza de la divinidad uniéndola a sí mismo, y la hizo una; de modo que Padre e Hijo deben llamarse un solo Dios, y esta Persona, siendo una, no puede ser dos». Y de este modo Calixto sostiene que el Padre padeció junto con el Hijo; pues no quiere afirmar que el Padre padeció y que es una sola Persona, cuidándose de evitar la blasfemia contra el Padre.
En la disciplina, una relajación: Calixto habría declarado que él perdonaba todos los pecados, que un obispo no debía ser depuesto aunque pecara «de muerte», que los clérigos casados dos y tres veces podían seguir en el clero, y que las mujeres de rango podían vivir con un esclavo o un liberto como si fuera su marido, lo que el autor llama adulterio y acusa de llevar al aborto (IX, 7 ANF). Muchos de los que «nosotros» habíamos expulsado, dice, se pasaron a la escuela de Calixto. Esta es la base de la hipótesis del «edicto» de Calixto sobre el perdón del adulterio, que la tradición identificó con el «obispo de obispos» a quien Tertuliano ataca en Sobre la modestia. Brent recuerda que la identificación es «interminable y vetusta», y que en su libro la resuelve en el marco de una comunidad de iglesias domésticas en tensión, en la que Calixto representaba el movimiento hacia un solo obispo con poder de perdonar, y la facción de Hipólito, la resistencia de una escuela que se consideraba la Iglesia.
El autor escribe en primera persona del plural y se cuenta entre los sucesores de los apóstoles:
Pero a estos nadie los refutará, salvo el Espíritu Santo legado a la Iglesia, que los apóstoles, habiéndolo recibido en primer lugar, han transmitido a los que han creído rectamente. Y nosotros, como sucesores suyos y partícipes de esta gracia, del sumo sacerdocio y del oficio de enseñar, y tenidos por guardianes de la Iglesia, no debemos ser hallados faltos de vigilancia ni dispuestos a callar la doctrina recta.
Marcovich lee aquí la pretensión episcopal; el traductor de la ANF anota, con prudencia, que «no es del todo seguro que las palabras se refieran exclusivamente al oficio episcopal». De nuevo las dos lecturas. Lo que es seguro es que el autor considera a la congregación de Calixto una «escuela» (didaskaleîon) y a la suya la Iglesia, y que esa inversión, el obispo como jefe de secta y el presbítero como custodio, es la que hace del libro IX un testimonio único sobre cómo se formó el episcopado romano.
El tratado Contra la herejía de Noeto es el otro frente de la misma disputa, y tiene un tono distinto: no es un catálogo sino una refutación teológica, escrita para una comunidad y con una exposición positiva al final. Empieza por los hechos:
Otros hay que secretamente introducen otra doctrina, los cuales se han hecho discípulos de un tal Noeto, natural de Esmirna, que vivió no hace mucho tiempo. Este hombre estaba muy henchido e inflado de soberbia, inspirado por el engreimiento de un espíritu extraño. Alegaba que Cristo era el Padre mismo, y que el Padre mismo nació, padeció y murió. [...] Cuando los bienaventurados presbíteros oyeron esto, lo convocaron ante la Iglesia y lo examinaron. Pero él negó al principio que sostenía tales opiniones.
La respuesta de los presbíteros, que también ellos adoran a un solo Dios pero saben que fue el Hijo quien padeció, es la del tratado entero. El autor concede todo lo que Noeto concede: Dios es uno, y el que no lo diga no es cristiano (Cap. 3). Lo que niega es la conclusión. El Verbo es «otro» junto al Padre, pero «cuando digo otro, no quiero decir que haya dos Dioses, sino que es solo como luz de luz, o como agua de una fuente, o como rayo del sol. Porque no hay sino un solo poder, que procede del Todo; y el Padre es el Todo, de quien procede este Poder, el Verbo» (Cap. 11). Y en el capítulo 14, comentando el prólogo de Juan, da la fórmula:
Si, pues, el Verbo era con Dios, y también era Dios, ¿qué se sigue? ¿Diría alguno que habla de dos Dioses? Yo, en verdad, no hablaré de dos Dioses, sino de uno; de dos Personas, sin embargo, y de una tercera economía (disposición), a saber, la gracia del Espíritu Santo. Porque el Padre es en verdad uno, pero hay dos Personas, porque también está el Hijo; y luego está el tercero, el Espíritu Santo. [...] La economía de la armonía se reconduce a un solo Dios; porque Dios es uno. Es el Padre quien manda, y el Hijo quien obedece, y el Espíritu Santo quien da entendimiento.
«Economía» es la palabra que Tertuliano usa en los mismos años contra Práxeas, y la edición de Eusebeia recoge la nota de la ANF que los pone en paralelo: para los dos, el número en Dios no divide la unidad sino que la dispone. Lo que distingue a Hipólito es la asimetría que su fórmula deja ver: dos personas, Padre e Hijo, y una «tercera economía» que es la gracia del Espíritu, no todavía una tercera persona con el mismo rango. Es teología del siglo III, anterior a los concilios, y conviene leerla como tal: ni como un credo niceno anticipado ni como un subordinacionismo consciente, sino como el intento de decir, con la Escritura y contra Noeto, que el que padeció era «otro» y que no por eso hay dos dioses. El perfil de Tertuliano muestra el mismo esfuerzo en latín, y el artículo sobre los unicitarios sigue la doctrina de Noeto hasta sus herederos modernos.
Quienes defienden los dos autores señalan que la teología del Logos de la Refutación es distinta: allí el Logos es «producido» por el Padre «por un acto de reflexión» como primera criatura de las cosas existentes, y el autor habla de él en términos que Marcovich y el traductor de la ANF comparan con los de Orígenes (X, 29 ANF). Quienes defienden un solo autor responden que la diferencia es de género, no de doctrina: un catálogo de herejías para lectores paganos y un sermón para una iglesia no hablan igual. Un lector puede juzgar por sí mismo comparando el capítulo 10 de Contra Noeto con el libro X, 29 de la Refutación; los dos están en Eusebeia.
La otra cara de Hipólito es la del exégeta y cronógrafo, y es la menos discutida en su atribución. Sobre Cristo y el Anticristo, que se conserva completo y que Wikipedia fecha hacia 200, se abre con una dedicatoria que fija su género:
Como era tu deseo, mi amado hermano Teófilo, estar bien informado sobre los temas que puse sumariamente ante ti, he creído justo exponer claramente a tu vista estas materias de investigación, sacándolas en abundancia de las mismas Sagradas Escrituras como de una fuente santa, para que no solo tengas el placer de oírlas por testimonio de hombres, sino que puedas también, examinándolas a la luz de la autoridad divina, glorificar a Dios en todo. [...] Solo cuida de no entregar estas cosas a lenguas incrédulas y blasfemas, porque eso no es un peligro pequeño.
La obra recorre las profecías de Daniel y del Apocalipsis para describir al Anticristo como imitación de Cristo: nacerá de la tribu de Dan, reunirá a los judíos dispersos, reconstruirá el templo y perseguirá a la Iglesia durante tres años y medio. Wikipedia subraya lo que la distingue de Ireneo, de quien depende: Hipólito no cree que el fin sea inminente. En el Comentario a Daniel, uno de los comentarios bíblicos cristianos más antiguos que se conservan completos, critica a quienes anuncian la segunda venida para pronto, calcula que Cristo nació 5500 años después de Adán y que deben pasar seis mil años desde la creación, de modo que faltan quinientos (IV, 23–24, según la cita de Wikipedia; Eusebeia no ha podido comprobar el texto griego). En el mismo pasaje aparece, según T. C. Schmidt, la primera referencia al 25 de diciembre como fecha del nacimiento de Jesús. La Crónica del mundo, que llega hasta 234 y que la estatua menciona, sirvió de base a cronografías posteriores en Oriente y en Occidente; y el cómputo pascual de dieciséis años, tan defectuoso que, como observa Brent citando a Salmon, en 236 ya daba el plenilunio con cuatro días de error, fue sin embargo el primero que una iglesia latina grabó en piedra.
Nota de lectura · La Tradición apostólica: una atribución del siglo XX
La obra por la que Hipólito es más conocido hoy, la Tradición apostólica, con el ritual de ordenación más antiguo conocido, del que proceden las palabras de la ordenación episcopal en el rito romano reformado por Pablo VI (Wikipedia), no la atribuye a él ninguna fuente antigua. A comienzos del siglo XX se identificó el Ordenamiento eclesiástico egipcio con el título Tradición apostólica que se lee en la estatua, y la atribución se impuso. John Baldovin, en un balance de 2003 que la biblioteca conserva, concluye que el documento «no puede atribuirse con seguridad a un solo autor ni puede asignarse su contenido con certeza a la Roma del siglo III», y el comentario de Bradshaw, Johnson y Phillips (2002) lo trata como un texto compuesto por capas de distintas épocas y lugares. Wikipedia en castellano registra «un escepticismo creciente sobre el papel de Hipólito en la redacción». La plegaria eucarística que Wikipedia reproduce bajo su nombre pertenece, por tanto, a una tradición que lleva su nombre, no con seguridad a su pluma.
La Refutación termina con una exposición positiva que el autor llama «la doctrina de la verdad» (X, 28–30 ANF; X, 32–34 Marcovich). Después de nueve libros mostrando que cada herejía copia a un filósofo, el autor dice en qué cree: un solo Dios que no tuvo nada coetáneo, ni caos ni agua ni materia; que produjo primero al Logos «no como palabra articulada por la voz, sino como razón del universo», y por él creó de la nada; que hizo al hombre libre, y por eso capaz de mal; y que dio la Ley y los profetas. El final se dirige a todos los pueblos y termina con una promesa:
El Creador no quiso hacerlo dios y fracasó en su intento, ni ángel (no te engañes), sino hombre. Pues si hubiera querido hacerte dios, podría haberlo hecho: tienes el ejemplo del Logos. Su voluntad, sin embargo, fue que fueras hombre, y te hizo hombre. Pero si deseas llegar a ser también dios, obedece al que te ha creado, y no te resistas ahora, para que, hallado fiel en lo poco, se te pueda confiar también lo mucho. [...] Y tendrás un cuerpo inmortal, puesto más allá de toda posibilidad de corrupción, como el alma. Y recibirás el reino de los cielos, tú que, mientras peregrinabas en esta vida, conociste al Rey celestial. Y serás compañero de Dios y coheredero con Cristo, ya no esclavo de concupiscencias ni de pasiones, ni consumido nunca más por la enfermedad. Porque has llegado a ser dios: pues cuantos padecimientos sufriste siendo hombre, te los dio porque eras de barro mortal, pero cuanto es propio de Dios otorgar, eso ha prometido Dios concedértelo, porque has sido deificado y engendrado para la inmortalidad. Esto es lo que significa el proverbio «conócete a ti mismo»: descubre a Dios dentro de ti, pues te ha formado a su imagen.
El editor de la ANF justifica la «sorprendente expresión» con 2 Pedro 1:4 y Juan 17:22. Es la doctrina que Ireneo había formulado al decir que el Verbo se hizo lo que somos para hacernos lo que él es (Contra las herejías V, pref.), y que Atanasio repetirá un siglo después en Sobre la encarnación. Que la Refutación termine así, y no con una condena, dice algo sobre su autor que las páginas contra Calixto no dicen: que la polémica estaba al servicio de una catequesis. Mansfeld ha mostrado que la tesis del libro, toda herejía es un plagio de los griegos, se apoya en una historia de la filosofía organizada en sucesiones de escuelas, de Pitágoras a los estoicos, que el autor no inventó sino que heredó y adaptó a su propósito, y que por eso la obra vale hoy tanto para los historiadores de la filosofía como para los de la Iglesia. El propio Mansfeld añade una advertencia que el lector de Eusebeia debería recordar: «podemos estar seguros de que esa nunca fue la intención de su autor».
La recepción de Hipólito es la historia de un olvido y de dos resurrecciones. En Oriente se lo leyó: Teodoreto, Apolinar de Laodicea y Focio lo citan, según Marcovich; los comentarios se tradujeron al eslavo, al georgiano, al armenio y al siríaco, y en Etiopía los Cánones de Hipólito, que llevan su nombre sin ser suyos, entraron en la base del derecho tradicional, donde se lo recuerda como Abulides (Wikipedia). En Occidente, en cambio, su nombre se separó de sus obras antes del siglo V, y el mártir de la Tiburtina acabó siendo cualquier cosa menos un escritor.
La primera resurrección fue la de 1551 y la de 1851: la estatua y el manuscrito devolvieron un autor, y la polémica confesional del siglo XIX lo usó. Bunsen, Wordsworth y Coxe leyeron en el libro IX la prueba de que los obispos de Roma del siglo III no eran infalibles; Döllinger, que había dado la atribución, acabó dejando la comunión romana en 1871, y Coxe lo cuenta como si la Refutación hubiera tenido parte. El lector de la ANF debe descontar esa lectura, pero también reconocer que el libro IX es lo que es: la acusación de herejía y de corrupción contra dos obispos de Roma, hecha por alguien que vivió en su tiempo y que la Iglesia de Roma venera como santo.
La segunda resurrección es la de la crítica. Nautin, Richard, Simonetti, Guarducci, Marcovich, Brent, Cerrato y Mansfeld han convertido a Hipólito en un problema, y el problema ha resultado más fecundo que la figura: obliga a preguntarse cómo era la Iglesia de Roma antes de tener un solo obispo, cómo se transmitían las obras griegas en una ciudad que dejaba de hablar griego, y cómo una comunidad podía poner su tradición bajo un nombre. Brent lo dice al final de su introducción: el periodo 195–250 es «crítico para la aparición del episcopado monárquico en Roma y para el desarrollo de la teología del Logos y de la doctrina de la Trinidad», y la pregunta por el papel de Hipólito y de su comunidad en ambos procesos es la que importa.
Qué quedó de él se puede decir en pocas frases. La fórmula «un solo Dios, dos personas y una tercera economía» es un escalón entre Justino y Nicea, y «luz de luz» pasó al credo. La idea de que las herejías copian a los filósofos, que Tertuliano formuló al mismo tiempo, fue la de la heresiología antigua entera. El Comentario a Daniel y el Anticristo fijaron la exégesis escatológica de Occidente durante siglos, incluida la cautela sobre la fecha del fin. Lo que no quedó, o quedó en disputa, es su propia identidad, y eso, para un autor que escribió «conócete a ti mismo» al final de su obra mayor, no deja de ser una ironía. El lector que quiera formarse su propio juicio tiene una tarea concreta: leer seguidos el capítulo 10 de Contra Noeto y el libro X, 29 de la Refutación y decidir si oye una voz o dos.
Nota de lectura · Fuentes de este perfil y para seguir leyendo
- Allen Brent, Hippolytus and the Roman Church in the Third Century: Communities in Tension before the Emergence of a Monarch-Bishop (Brill, 1995). La estatua como artefacto comunitario, la crítica a Guarducci sobre el lugar del hallazgo, la tesis de las iglesias domésticas y la relación con Tertuliano y Calixto. De su introducción proceden los datos sobre los simposios del Laterano y sobre Simonetti.
- Miroslav Marcovich (ed.), Hippolytus: Refutatio omnium haeresium (Patristische Texte und Studien 25; De Gruyter, 1986). Edición crítica; su introducción (pp. 1–17) da la historia de los manuscritos y la defensa de la atribución resumida arriba. El ejemplar de la biblioteca está escaneado sin texto y se ha leído mediante reconocimiento óptico.
- Jaap Mansfeld, Heresiography in Context: Hippolytus' Elenchos as a Source for Greek Philosophy (Brill, 1992). Sobre las sucesiones filosóficas que organizan la obra; apéndice bibliográfico sobre la cuestión de la autoría.
- John F. Baldovin, «Hippolytus and the Apostolic Tradition: Recent Research and Commentary», Theological Studies 64 (2003), 520–542, y Paul F. Bradshaw, Maxwell E. Johnson y L. Edward Phillips, The Apostolic Tradition: A Commentary (Hermeneia; Fortress, 2002). Sobre la Tradición apostólica.
- J. A. Cerrato, Hippolytus between East and West: The Commentaries and the Provenance of the Corpus (Oxford University Press, 2002), citado por Wikipedia y no consultado: la biblioteca no lo tiene.
- Pierre Nautin, Hippolyte et Josipe (Cerf, 1947), e Ignaz von Döllinger, Hippolytus und Kallistus (1853), conocidos aquí a través de Marcovich y Brent. Christopher Wordsworth, St. Hippolytus and the Church of Rome (1853; 2.ª ed. 1880), a través de la ANF.
- Textos: las citas de este perfil están traducidas por Eusebeia del inglés de la Ante-Nicene Fathers, vol. 5 (J. H. MacMahon para la Refutación, S. D. F. Salmond para los demás escritos, 1868), que puede consultarse en CCEL; los pasajes de Contra Noeto siguen la edición de Eusebeia. Eusebio y Jerónimo, en New Advent. El Catálogo Liberiano se cita según el latín que reproduce Marcovich.