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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 6 minApología contra Rufino
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 9 minOtros han traducido a Orígenes. ¿Por qué me señala a mí solo?
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 minTraduje el [Περὶ ᾿Αρχῶν] porque vosotros lo exigisteis, y porque su traducción disimulaba las herejías de Orígenes
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 10 minPero la obra era realmente de Eusebio, quien nos dice que Pánfilo no escribió nada
  6. Sesión 6 · Parte 1 · ≈ 6 minEscribí a Rufino una carta amistosa, que mis amigos retuvieron
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 8 min15\. Las acusaciones parecen inconsistentes, pero yo sólo las conocía de oídas
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minMi afirmación era verdadera: que Orígenes permitía el uso de la mentira
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 6 minEn el Comentario a los Efesios obré con franqueza al dar las opiniones de Orígenes y de otros
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 minEn cuanto al pasaje «Muy por encima de todo principado y autoridad, etc.»
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 8 minEn cuanto a «El cuerpo bien concertado, etc.»
  12. Sesión 12 · Parte 2 · ≈ 6 minA la acusación de leer libros seculares respondo que recuerdo lo que aprendí en la juventud
  13. Sesión 13 · Parte 2 · ≈ 4 minAdemás, una promesa hecha en un sueño no debe ser exigida. ¿Por qué los viejos amigos han de desenterrar tales cosas unos contra otros?
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 7 minTengo razón al sostener que todos los pecados son perdonados en el bautismo
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 10 minSu confesión de fe es insatisfactoria. Nadie le preguntó acerca de la Trinidad, sino sobre las doctrinas de Orígenes acerca de la Resurrección, el origen de las almas y la salvabilidad de Satanás. En cuanto a la Resurrección y a Satanás es ambiguo; en cuanto a las almas, profesa ignorancia
  16. Sesión 16 · Parte 3 · ≈ 9 min¡Qué latín! Las pobres almas han de ser atormentadas por sus barbarismos
  17. Sesión 17 · Parte 3 · ≈ 7 minEn cuanto a traducir el [Περὶ ᾿Αρχῶν], no se trata de una cuestión, sino de una acusación: que alteraste el libro injustificadamente
  18. Sesión 18 · Parte 3 · ≈ 9 minOrígenes afirma que Cristo es una criatura y sostiene la restitución universal. ¿Dónde lo ha contradicho?
  19. Sesión 19 · Parte 3 · ≈ 2 minTu defensa no recibe apoyo alguno de Eusebio ni de Dídimo, quienes, cada uno por su propia razón, defienden el [Περὶ ᾿Αρχῶν] tal como está
  20. Sesión 20 · Parte 4 · ≈ 10 minSi podemos alegar falsificación a cada paso, hacemos un caos de toda la literatura antigua
  21. Sesión 21 · Parte 4 · ≈ 10 minSólo en referencia a un punto particular de su disputa con Cándido alega Orígenes esta falsificación. La historia de la condena de Hilario por la falsificación de sus escritos no tiene fundamento
  22. Sesión 22 · Parte 4 · ≈ 7 minComprobé en la biblioteca de Cesarea que la Apología que citas como de Pánfilo es obra de Eusebio
  23. Sesión 23 · Parte 4 · ≈ 6 minComo prueba de ello, presento los prefacios de mi Traducción de los Libros desde el Génesis hasta Isaías
  24. Sesión 24 · Parte 4 · ≈ 6 minEn cuanto a Daniel, era necesario señalar que Bel y el Dragón, e historias semejantes, no se hallaban en el hebreo
  25. Sesión 25 · Parte 4 · ≈ 6 minLibro III
  26. Sesión 26 · Parte 5 · ≈ 8 minTu injurioso sarcasmo de que quise conseguir copias de tu Apología sobornando a tu secretario es una imputación contra mí de prácticas que son las tuyas propias
  27. Sesión 27 · Parte 5 · ≈ 8 minMe reprochas que me jacte de mi elocuencia. ¿Te jactarás tú de tu ignorancia?
  28. Sesión 28 · Parte 5 · ≈ 10 min¿Por qué no puedes unirte a mí en condenar a Orígenes, y poner así fin a nuestra disputa?
  29. Sesión 29 · Parte 5 · ≈ 7 minEn mis Comentarios, citar opiniones opuestas demuestra que ninguna es mía
  30. Sesión 30 · Parte 5 · ≈ 6 minHablas del obispo egipcio Pablo. Nosotros lo recibimos, aunque origenista, como a un extranjero; y él se ha unido a la fe ortodoxa. No sólo Teófilo, sino también los Emperadores condenan a Orígenes
  31. Sesión 31 · Parte 5 · ≈ 5 minContra Vigilancio escribí sólo lo justo. Sabía quién lo había instigado contra mí
  32. Sesión 32 · Parte 6 · ≈ 9 minSiricio, que ha muerto, pudo escribir a tu favor; Anastasio, que vive, escribe a Oriente contra ti
  33. Sesión 33 · Parte 6 · ≈ 6 minCuando nos separamos como amigos, te creí un verdadero creyente; nadie fue enviado a Roma para perjudicarte
  34. Sesión 34 · Parte 6 · ≈ 9 minNo hay contradicción en alabar a un hombre por algunas cosas y censurarlo por otras. Tú lo has hecho conmigo
  35. Sesión 35 · Parte 6 · ≈ 9 minTu sueño fue una jactancia; el mío, del que me acusas, me humilló
  36. Sesión 36 · Parte 6 · ≈ 10 minTu Apología por Orígenes no lo salvó, sino que te envolvió en herejía
  37. Sesión 37 · Parte 7 · ≈ 13 minMe amenazas con destrucción. No responderé del mismo modo. En las controversias de fe deben quedar fuera las personas

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    TEXTOS — JERÓNIMO

    Índice de la obra

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    Jerónimo

    Apología contra Rufino

    Texto base: versión inglesa de W. H. Fremantle, Nicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3, «Theodoret, Jerome, Gennadius, & Rufinus: Historical Writings» (1892), «Jerome's Apology for Himself Against the Books of Rufinus» · tres libros de 32, 35 y 44 secciones numeradas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés del NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 261 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    «Es duro que un viejo amigo con quien me había reconciliado me ataque en un libro que circula en secreto entre sus discípulos»: así resume el editor inglés el primer capítulo de la respuesta que Jerónimo escribe desde Belén a Rufino de Aquileya. La disputa empezó con un prefacio. Al publicar en Roma su traducción del Perì Archôn de Orígenes, Rufino mencionó a Jerónimo como admirador del alejandrino y como quien ya había traducido obras suyas corrigiendo sus expresiones dudosas; Jerónimo lo vio, según él mismo cuenta, como un elogio fingido, escribió a sus amigos de Roma y tradujo a su vez la obra para mostrar su verdadero carácter. Rufino contestó con su Apología, y esta es la réplica, en tres libros: el primero y el segundo, de 402, para Pammaquio y Marcela; el tercero, de 403, para el propio Rufino. Entre las acusaciones y las excusas se discute si Orígenes fue falsificado por los herejes, quién escribió la Apología de Pánfilo, qué dijeron Teófilo, Anastasio y Epifanio y si Jerónimo, que antes lo había elogiado, tiene derecho a condenarlo.

    Ficha de la obra

    AutorJerónimo (Hieronymus). Escribe desde Belén
    TítuloApología contra Rufino (el NPNF la imprime como «Jerome's Apology for Himself Against the Books of Rufinus»; New Advent, «Apology Against Rufinus»)
    Lengua originalLatín
    FechaLibros I y II, 402; libro III, 403 (NPNF)
    GéneroApología polémica en tres libros: réplica punto por punto a la Apología de Rufino, con citas de su texto, de las cartas del papa Anastasio y de los prefacios de las propias traducciones de Jerónimo
    DestinatariosPammaquio y Marcela (libros I y II); Rufino (libro III)
    AdversarioRufino de Aquileya (Tyrannius Rufinus, 344/345–411), monje y traductor al latín de Orígenes y de Eusebio
    ExtensiónTres libros: el primero con 32 secciones, el segundo con 35 (más una 11 a; el volumen omite las secciones 26 a 32) y el tercero con 44. Unas 50 000 palabras en esta traducción
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, 2.ª serie, vol. 3, tal como la recogen New Advent y CCEL
    Las secciones numeradas de cada libro son las que el NPNF llama «capítulos»: se citan aquí como «I, 14», libro y número. El recorrido, según los resúmenes del editor inglés:
    Libro y seccionesTema
    I, 1–11La queja contra Rufino; por qué Jerónimo tradujo el Perì Archôn; la Apología de Pánfilo, Teófilo y Anastasio; Eusebio y Orígenes
    I, 12–18Su carta amistosa que los amigos retuvieron; el maestro judío; sus alabanzas a Orígenes; el oficio del comentarista y la mentira en Orígenes
    I, 19–29El Salmo 2 y los pasajes de su Comentario a los Efesios que Rufino censura
    I, 30–32Las lecturas profanas, el juramento hecho en sueños y el perdón de los pecados en el bautismo
    II, 1–11Crítica de la Apología de Rufino ante Anastasio, de su confesión de fe y de su manera de traducir el Perì Archôn
    II, 12–22Si Orígenes fue falsificado: Eusebio, Dídimo, Clemente y la carta a Cándido; el concilio de Dámaso; el ataque a Epifanio
    II, 23–35La biblioteca de Cesarea; la carta falsa difundida en África; los prefacios de sus traducciones; Daniel; la verdad hebrea y la Septuaginta
    III, 1–5La carta de Rufino y la amistad rota; el secretario y las copias; la acusación de Eusebio
    III, 6–12La elocuencia; la invitación a condenar a Orígenes; los «dos días»; el libro de Pánfilo
    III, 13–19La resurrección, los obispos de Italia, Teófilo y el obispo Pablo; Vigilancio
    III, 20–25La carta de Anastasio; Siricio; la partida de Roma; Epifanio; la supuesta retractación
    III, 26–33Falsificación y elogio; el origen de las almas; los sueños; Epifanio y Aterbio
    III, 34–40Las dos traducciones del Perì Archôn; la carta amistosa; Pitágoras
    III, 41–44El epílogo de Rufino y el camino de la paz
    La Apología de Rufino, a la que Jerónimo responde, se imprime en el mismo volumen del NPNF; de Rufino, Eusebeia publica el Comentario al Credo de los Apóstoles. Lo que Rufino tradujo y Jerónimo discute se lee en Sobre los principios; Eusebio, en la Historia eclesiástica; otra obra de controversia de Jerónimo, en Contra Joviniano.

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que el volumen 3 de la segunda serie de los Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF) imprime como «Jerome's Apology for Himself Against the Books of Rufinus». El volumen, Theodoret, Jerome, Gennadius, & Rufinus: Historical Writings, lo edita Philip Schaff; según su portada, la sección «Life and Works of Rufinus with Jerome's Apology Against Rufinus» está «traducida, con prolegómenos y notas» por William Henry Fremantle, canónigo de Canterbury y fellow y tutor del Balliol College de Oxford. New Advent da como traductor de la Apología a W. H. Fremantle y la fecha en Buffalo, 1892 (Christian Literature Publishing Co.); la ficha de CCEL la sitúa en Nueva York, 1892.
    Lo que viene de la edición. La línea de fecha y destinatarios («Addressed to Pammachius and Marcella from Bethlehem, A.D. 402»), la nota con los documentos que Jerónimo tenía a la vista (al comienzo del libro I), el aviso del libro II que da cuenta de la omisión de las secciones 26 a 32 (citas de los prefacios de Jerónimo a la Vulgata, que el editor remite al vol. 6 de la serie) y la nota del libro III, todas entre corchetes, son del editor inglés y se imprimen como pasajes aparte con su autoría. También lo son la división en secciones numeradas y los resúmenes marginales, que aquí encabezan cada tramo como títulos de tercer nivel. El epub de partida no trae las notas explicativas del traductor.
    Referencias bíblicas. Las que van entre corchetes son las de la edición y salen con su versículo emergente. Las palabras griegas entre corchetes (Perì Archôn) son de la edición y quedan como texto.
    Numeración. Las secciones son las de la edición inglesa y se numeran sin interrupción en cada libro, salvo el hueco de II, 26–32 y una sección «11 (a)» en el libro II. La traducción castellana perdió el número inicial de diez de ellas (I, 19, 31 y 32; II, 12 a 17; III, 3); el localizador de la ficha sale del inglés, y el texto se conserva tal como salió.

    Apología contra Rufino

    Libro I

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Apología contra Rufino · I, introducción
    Dirigida a Pamaquio y a Marcela desde Belén, año 402 d. C.
    [Los documentos que Jerónimo tenía ante sí cuando escribió su Apología eran (1) la traducción de Rufino de la Apología de Pánfilo, con el Prefacio antepuesto a ella y el libro sobre la Falsificación de los Libros de Orígenes; (2) la traducción del Περὶ ᾿Αρχῶν] y el Prefacio de Rufino; (3) la Apología de Rufino dirigida a Anastasio, y (4) la carta de Anastasio a Juan de Jerusalén (p. 432, Apol. ii, 14; iii, 20). Tenía también otras cartas de Anastasio, como la dirigida al obispo de Milán (Jerónimo, Carta 95; véase también Apol. iii, 21). Pero no tenía el texto completo de la Apología de Rufino (c. 4, 15). Recibió cartas de Pamaquio y de Marcela a comienzos de la primavera de 402, cuando la Apología escrita en Aquileya a fines de 400 era ya conocida desde hacía tiempo entre los amigos de Rufino. No habían podido obtener una copia completa, pero habían enviado sus puntos principales y habían instado con fuerza a Jerónimo a responder. Al mismo tiempo, su hermano Pauliniano, que había pasado unos tres años en Occidente, regresó a Palestina pasando por Roma, y allí oyó y vio pasajes de la Apología de Rufino, que aprendió de memoria (Apol. i, 21, 28) y repitió en Belén. A estos documentos responde Jerónimo.

    Es duro que un viejo amigo con quien me había reconciliado me ataque en un libro que circula en secreto entre sus discípulos

    I, 1

    He sabido, no sólo por vuestra carta, sino por las de muchos otros, que se levantan cavilaciones contra mí en la escuela de Tirano, «por la lengua de mis perros, de los enemigos, por sí mismo» porque he traducido al latín los libros [Περὶ ᾿Αρχῶν]. ¡Qué desvergüenza inaudita es ésta! Acusan al médico por descubrir el veneno; y esto para proteger a su vendedor de drogas, no para obtener el premio de la inocencia, sino en su complicidad con el criminal; como si el número de los delincuentes disminuyera el crimen, o como si la acusación dependiera de nuestros sentimientos personales y no de los hechos. Se escriben libelos contra mí; se imponen a la atención de todos; y, sin embargo, no se publican abiertamente, de modo que los corazones de los simples se turban y no se me da oportunidad de responder. Éste es un modo nuevo de dañar a un hombre: hacer acusaciones que se teme dar a la luz, escribir lo que luego hay que ocultar. Si lo que escribe es verdad, ¿por qué teme al público? Si es falso, ¿por qué lo ha escrito? De muchachos leíamos las palabras de Cicerón: «Considero una falta de dominio propio escribir algo que se quiere mantener oculto.» Pregunto: ¿de qué se quejan? ¿De dónde proviene este ardor, esta locura suya? ¿Es porque he rechazado una alabanza fingida? ¿Porque rehusé el elogio ofrecido con palabras insinceras? ¿Porque bajo el nombre de un amigo descubrí las redes de un enemigo? En este Prefacio se me llama hermano y colega; sin embargo, mis supuestos crímenes se exponen abiertamente, y se proclama que he escrito a favor de Orígenes y que con mis elogios lo he exaltado hasta los cielos. El autor dice que ha hecho esto con buena intención. ¿Cómo, pues, sucede que ahora me echa en cara, como enemigo declarado, lo que entonces elogiaba como amigo? Declaró que había querido seguirme como a su predecesor en su traducción y tomar de algunas pobres obras mías una autoridad para su trabajo. Si así era, le habría bastado decir de una vez por todas que yo había escrito. ¿Dónde estaba la necesidad de repetir las mismas cosas, de imponerlas a la atención de los hombres por la insistencia y de dar vueltas a las mismas palabras una y otra vez, como si nadie fuera a creer en sus alabanzas? Un elogio sencillo y genuino no muestra toda esa ansiedad por ganar crédito ante el lector. ¿Cómo es que teme que, si no presenta mis propias palabras como testigos, nadie le crea cuando me elogia? Veis que entendemos perfectamente sus artes; evidentemente ha ido a la escuela de teatro y ha aprendido con práctica constante el papel del encomiasta burlón. De nada sirve ponerse un velo de sencillez cuando al intrigante se le descubre su propósito malicioso. Haberse equivocado una vez, o, llevando las cosas al extremo, incluso dos, puede ser un azar desdichado; pero ¿cómo es que comete el supuesto error con los ojos abiertos, lo repite y entreteje ese error en todo el tejido de sus escritos, de modo que me sea imposible negar aquello por lo que me elogia? Un verdadero amigo que supiera lo que se hacía, después de nuestro anterior malentendido y de nuestra reconciliación, habría evitado toda apariencia de conducta sospechosa y habría cuidado de no hacer por inadvertencia lo que podría parecer hecho a propósito. Dice Tulio en su libro de alegatos en favor de Galinio: «Siempre he considerado un deber religioso del más alto género conservar toda amistad que he formado; pero sobre todo aquéllas en las que la benevolencia ha sido restablecida después de alguna desavenencia. En el caso de amistades que nunca han sido sacudidas, si no se ha prestado alguna atención, se acepta de buen grado la excusa del olvido o, en el peor de los casos, del descuido; pero después de una vuelta a la amistad, si se hace algo que cause ofensa, no se imputa a descuido, sino a intención hostil; ya no se trata de irreflexión, sino de quebrantamiento de la fe.» Así escribe Horacio en su Epístola a Floro:
    «La benevolencia mal trabada no se adhiere, sino que se desgarra.»
    Comentario editorial · «La escuela de Tirano»
    Jerónimo toma de , donde Pablo enseña «en la escuela de Tirano», el nombre con que alude a la escuela de Rufino: según el editor del NPNF, el praenomen de Rufino era Tyrannius. De Rufino, Wikipedia da las fechas 344/345–411 y lo presenta como monje y traductor al latín de obras griegas, sobre todo de Orígenes. Él y Jerónimo se habían conocido en Aquileya, en una comunidad de jóvenes ascetas (NPNF, Wikipedia).

    Otros han traducido a Orígenes. ¿Por qué me señala a mí solo?

    I, 2

    2. ¿De qué me sirve que declare bajo juramento que fue por sencillez por lo que erró? Sus elogios, como sabéis, me son echados en cara, y la alabanza de este amigo tan sencillo (que, sin embargo, no tiene mucho de sencillez ni de sinceridad) se me imputa como un crimen. Si buscaba un fundamento de autoridad para lo que hacía, y deseaba mostrar quiénes le habían precedido en ese camino, tenía a mano al confesor Hilario, que tradujo los libros de Orígenes sobre Job y los Salmos, que suman cuarenta mil versos. Tenía a Ambrosio, cuyas obras son casi todas ellas un tejido de cuanto Orígenes escribió; y al mártir Victorino, que actúa realmente con 'sencillez' y sin tender lazos a otros. Sobre todos éstos guarda silencio; no repara en quienes son como columnas de la Iglesia; pero a mí, que soy como una pulga y un hombre de ninguna cuenta, me busca de rincón en rincón. Quizá la misma sencillez que le hizo no darse cuenta de que atacaba a su amigo le hará jurar que no sabía nada de esos autores. Pero ¿quién creerá que no conoce a estos hombres, de memoria bastante reciente, aunque fuesen latinos, siendo él un varón tan docto y con tan gran conocimiento de los autores antiguos, en especial de los griegos, que por su afán de saber extranjero casi ha perdido su propia lengua? La verdad es que no es tanto que yo haya sido elogiado por él cuanto que aquellos autores no hayan sido atacados. Pero, ya sea lo que ha escrito un elogio (como intenta hacer creer a los simples) o un ataque (como yo lo siento por el dolor que me causan sus heridas), él ha procurado que yo no tenga entre mis contemporáneos a nadie que me honre con una alabanza compartida, ni a nadie que me consuele con una vituperación compartida.

    Me dedicó una alabanza fingida en su Prefacio al [Περὶ ᾿Αρχῶν]. Ahora, porque me defiendo, escribe tres libros contra mí como enemigo

    I, 3

    3. Tengo en mis manos vuestra carta, en la que me decís que he sido acusado, y esperáis que responda a mi acusador, no sea que el silencio se tome por reconocimiento de sus cargos. Confieso que envié la respuesta; pero, aunque me sentí herido, observé las leyes de la amistad y me defendí sin acusar a mi acusador. Lo presenté como si las objeciones que un amigo había suscitado en Roma estuvieran siendo difundidas por muchos enemigos en todas partes del mundo, de modo que todos pensaran que yo respondía a los cargos, no al hombre. ¿Me diréis que me quedaba otro camino, que estaba obligado por la ley de la amistad a guardar silencio bajo la acusación y, aunque sentía mi rostro, por así decir, cubierto de barro y salpicado con la suciedad de la herejía, ni siquiera a lavarlo con agua simple, por temor a que se le imputara un acto de injusticia? Esta exigencia no es tal que un hombre deba hacerla ni tal que un hombre deba aceptarla. Atacáis abiertamente a vuestro amigo y presentáis cargos contra él bajo la máscara de un admirador; y ni siquiera se le ha de permitir probar que es católico, o responder que la supuesta herejía en que se funda esa alabanza no nace de acuerdo alguno con una herejía, sino de la admiración por un gran genio. Pensó que era deseable traducir este libro al latín; o, como prefiere que se crea, fue compelido, aunque de mala gana, a hacerlo. Pero ¿qué necesidad había de meterme a mí en la cuestión, cuando yo estaba retirado y separado de él por vastos intervalos de tierra y de mar? ¿Por qué tenía que exponerme a la malevolencia de la multitud y hacerme más daño con su elogio que bien a sí mismo presentándome como su ejemplo? Ahora también, desde que he repudiado su alabanza y, borrando lo que había escrito, he mostrado que no soy lo que mi amigo declaraba, se me dice que está furioso y que ha compuesto tres libros contra mí llenos de graciosas burlas áticas, haciendo objeto de ataque aquello mismo que antes había elogiado y convirtiendo en motivo de acusación contra mí las doctrinas impías de Orígenes; aunque en aquel Prefacio en que tanto me alababa, dice de mí: «Seguiré las reglas de traducción establecidas por mis predecesores, y en particular las observadas por el autor que acabo de mencionar. Él ha vertido al latín más de setenta tratados homiléticos de Orígenes, y también algunos de sus comentarios sobre el Apóstol; y en ellos, dondequiera que el texto griego presenta un tropiezo, lo ha suavizado en su versión y ha enmendado de tal modo el lenguaje empleado que un lector latino no puede hallar palabra alguna que disienta de nuestra fe. Por sus pasos, pues, me propongo caminar, si no mostrando la misma vigorosa elocuencia, al menos observando las mismas reglas.»
    Comentario editorial · El prefacio que encendió la disputa
    El prefacio es el que Rufino antepuso a su traducción del Perì Archôn. Según el NPNF, explica allí que, sabedor de la mala fama de Orígenes, temía traducirlo, pero que lo animó el ejemplo de Jerónimo, a quien no nombra y cuya habilidad elogia. Fremantle fecha la publicación, en Roma, a comienzos de 398; Wikipedia dice 398 o 399 en un artículo y 397 en otro. Wikipedia cuenta además que Pammaquio y Océano escribieron a Jerónimo en 399 para pedirle que tradujera la obra y desmintiera la insinuación de Rufino de que pensaba como él sobre Orígenes.

    Habló de mí como unido a él en la fe; pero ¿cuál es su fe? ¿Por qué se mantienen secretos sus libros? Puedo hacer frente a cualquier ataque

    I, 4

    4. Estas palabras son suyas, no puede negarlas. La misma elegancia del estilo y el modo rebuscado de hablar y, por encima de todo, la 'sencillez' cristiana que aquí aparece revelan el carácter de su autor. Pero hay una fase distinta del asunto: Eusebio, al parecer, ha corrompido estos libros; y ahora mi amigo, que acusa a Orígenes y que tan cuidadoso se muestra con mi reputación, declara que Eusebio y yo nos hemos equivocado juntos, y luego que hemos sostenido opiniones correctas juntos, y eso en una y la misma obra. Pero no puede ahora ser mi enemigo y llamarme hereje, cuando hace un momento ha dicho que su creencia no disonaba de la mía. Debo, pues, preguntarle qué significa su modo de hablar equilibrado y dudoso: «El lector latino,» dice, «no hallará aquí nada que disienta de nuestra fe.» ¿Qué fe es ésta que él llama suya? ¿Es la fe por la que se distingue la Iglesia romana? ¿O es la fe que se contiene en las obras de Orígenes? Si responde «la romana,» entonces nosotros somos los católicos, puesto que no hemos adoptado ninguno de los errores de Orígenes en nuestras traducciones. Pero si la blasfemia de Orígenes es su fe, entonces, aunque intente fijar contra mí el cargo de inconsistencia, él mismo se demuestra hereje. Si el hombre que me elogia es ortodoxo, por su propia confesión me toma como partícipe de su ortodoxia. Si es heterodoxo, muestra que me había elogiado antes de mi explicación porque me creía partícipe de su error. Sin embargo, tiempo habrá para responder a esos libros suyos que susurran en los rincones y lanzan sus ataques venenosos en secreto, cuando se publiquen y salgan de sus lugares oscuros a la luz, y cuando hayan podido llegar a mí ya sea por el celo de mis amigos o por la imprudencia de mis adversarios. No hay por qué temer mucho los ataques que su autor teme publicar y que sólo permite leer a sus cómplices. Entonces, y no antes, o bien reconoceré la justicia de sus cargos, o los refutaré, o volveré contra el acusador las acusaciones que ha hecho; y mostraré que mi silencio ha sido resultado no de una mala conciencia, sino de la tolerancia.

    I, 5

    5. Entretanto, he deseado librarme de sospecha ante el juicio implícito del lector y refutar los más graves de los cargos a los ojos de mis amigos. No quise que pareciera que yo había sido el primero en golpear, puesto que, aun herido, no he lanzado golpe alguno contra mi agresor, sino que sólo he procurado curar mi propia herida. Ruego al lector que deje que la culpa recaiga sobre quien dio el primer golpe, sin acepción de personas. Él no se contenta con golpear; sino que, como si tratara con un hombre a quien hubiera reducido al silencio y que no volvería a hablar jamás, ha escrito tres libros elaborados y ha sacado de mis obras una lista de «Contradicciones» digna de Marción. Nuestras mentes arden todas por saber de una vez cuál es su doctrina y cuál es esa locura mía que no esperábamos. Quizá ha aprendido (aunque el tiempo ha sido breve) todo lo necesario para convertirse en mi maestro, y un repentino torrente de elocuencia revelará lo que nadie imaginaba que él sabía.
    Concédelo, oh Padre; poderoso Jesús, concédelo.
    Que comience el combate cuerpo a cuerpo.
    Aunque blanda la lanza de sus acusaciones y las arroje contra nosotros con todas sus fuerzas, confiamos en el Señor nuestro Salvador en que su verdad nos rodeará como con un escudo, y podremos cantar con el Salmista: «Sus golpes se han vuelto como las flechas de los pequeños,» y «Aunque un ejército acampe contra mí, mi corazón no temerá; aunque se levante guerra contra mí, aun entonces estaré confiado.» Pero de esto hablaremos en otro momento. Volvamos ahora al punto donde comenzamos.

    Traduje el [Περὶ ᾿Αρχῶν] porque vosotros lo exigisteis, y porque su traducción disimulaba las herejías de Orígenes

    I, 6

    6. Sus seguidores me objetan, (y
    Cansados de labor
    blanden las armas de Ceres,)
    que he traducido a la lengua latina los libros de Orígenes [Περὶ ᾿Αρχῶν], que son perniciosos y repugnantes a la fe de la Iglesia. Mi respuesta a ellos es breve y sucinta: Vuestras cartas, hermano Pamaquio, y las de vuestros amigos, me han obligado. Declarasteis que estos libros habían sido falsamente traducidos por otro, y que no pocas cosas habían sido interpoladas, añadidas o alteradas. Y, para que vuestras cartas no dejaran de ser convincentes, enviasteis una copia de esa traducción, junto con el Prefacio en que se me elogiaba. Tan pronto como hube pasado la vista por esos documentos, advertí al punto que la doctrina impía enunciada por Orígenes sobre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, que los oídos romanos no podían soportar oír, había sido cambiada por el traductor para darle un sentido más ortodoxo. Sus otras doctrinas —sobre la caída de los ángeles, la caída de las almas humanas, sus prevaricaciones acerca de la resurrección, sus ideas sobre el mundo, o mejor dicho los espacios intermedios de Epicuro, sobre la restitución de todas las cosas a un estado de igualdad, y otras mucho peores que éstas, que sería largo enumerar—, hallé que o bien las había traducido tal como estaban en griego, o las había expuesto de un modo más fuerte y exagerado con palabras tomadas de los libros de Didimo, que es el más abierto defensor de Orígenes. El efecto de todo esto es que el lector, hallando que el libro expresaba la doctrina católica sobre la Trinidad, acogería sin advertencia esas opiniones heréticas.

    Mi traducción apartó las ambigüedades y mostró el carácter real del libro y de la traducción anterior

    I, 7

    7. Quien no fuera su amigo probablemente le diría: O cambia todo lo malo, o da a conocer todo lo que consideras enteramente bueno. Si por causa de los cristianos sencillos cortas todo lo que es pernicioso, y no quieres poner en lengua extranjera lo que dices que fue añadido por herejes, dinos todo cuanto hay de pernicioso. Pero, si te propones hacer una traducción veraz y fiel, ¿por qué cambias unas cosas y dejas otras intactas? Haces abierta profesión en el prólogo de que has enmendado lo malo y dejado todo lo mejor; y, por tanto, si algo en la obra resulta probado como herético, no puedes gozar de la licencia concedida a un traductor, sino que debes aceptar la autoridad de un autor; y quedarás abiertamente convicto de la intención criminal de untar con miel la copa envenenada, para que la dulzura que halaga el sentido oculte el veneno mortal. Estas cosas, y otras mucho más duras que éstas, diría un enemigo; y te arrastraría ante el tribunal de la iglesia, no como traductor de una obra mala, sino como quien asiente a sus doctrinas. Pero yo me contento con haberme defendido simplemente. Expresé en latín exactamente lo que hallé en el texto griego de los libros [Περὶ ᾿Αρχῶν], no deseando que el lector creyera lo que estaba en mi traducción, sino deseando que no creyera lo que estaba en la tuya. Busqué una doble ventaja como resultado de mi trabajo: primero, desvelar la herejía del autor y, segundo, dejar convicta la falta de fiabilidad del traductor. Y, para que nadie pensara que yo asentía a la doctrina que había traducido, afirmé en el Prefacio cómo había sido obligado a hacer esta versión y señalé lo que el lector no debía creer. La primera traducción contribuye a la gloria del autor; la segunda, a su vergüenza. La una convoca al lector a creer sus doctrinas; la otra lo mueve a no creerlas. En aquélla se me reclama contra mi voluntad como elogiador del autor; en ésta no sólo no lo elogio, sino que me veo obligado a acusar al hombre que lo elogia. La misma tarea ha sido realizada por cada uno, pero con intención distinta: el mismo viaje ha tenido dos desenlaces distintos. Nuestro amigo ha quitado palabras que existían, alegando que los libros habían sido corrompidos por herejes; y ha introducido las que no existían, alegando que tales afirmaciones habían sido hechas por el autor en otros lugares; pero de esto jamás nos convencerá, a menos que pueda señalar los lugares concretos de donde dice haberlas tomado. Mi empeño fue no cambiar nada de lo que realmente había allí; pues mi objeto al traducir la obra era poner al descubierto las falsas doctrinas que traducía. ¿Me miras como un mero traductor? Fui más. Me convertí en delator. Delaté a un hereje, para limpiar a la iglesia de la herejía. Las razones que antes me llevaron a elogiar a Orígenes en ciertos particulares están expuestas en el tratado que va antepuesto a esta obra. La única causa que me llevó a mi traducción está ahora ante el lector. Nadie tiene derecho a acusarme de la impiedad del autor, pues lo hice con intención piadosa: la de delatar la impiedad que había sido recomendada como piedad a las iglesias.

    Mi traducción de los Comentarios de Orígenes no causó ningún revuelo; su primera traducción, la de la Apología de Pánfilo, despertó la indignación de toda Roma

    I, 8

    8. Yo había dado versiones latinas, como mi amigo dice con burla, de setenta libros de Orígenes y de algunas partes de sus Tomos, pero jamás se suscitó cuestión alguna sobre mi trabajo; no se sintió conmoción alguna sobre el asunto en Roma. ¿Qué necesidad había de confiar a los oídos de los latinos lo que Grecia denuncia y el mundo entero reprueba? Yo, aunque traduje muchas obras de Orígenes en el curso de muchos años, jamás creé un escándalo; pero tú, aunque antes eras desconocido, con tu primera y única obra te has hecho notorio por tu proceder temerario. Tu Prefacio nos dice que también has traducido la obra de Pánfilo el mártir en defensa de Orígenes; y te esfuerzas con todas tus fuerzas por impedir que la iglesia condene a un hombre cuya fe atestigua el mártir. El hecho real es que Eusebio, obispo de Cesarea, del que ya he hablado antes, quien fue en su día el portaestandarte del partido arriano, escribió una obra grande y elaborada en seis libros en defensa de Orígenes, demostrando con muchos testimonios que Orígenes era, en su sentido, un católico, es decir, en nuestro sentido, un arriano. El primero de estos seis libros lo has traducido y lo has atribuido al mártir. No debo, pues, asombrarme de que quieras hacerme aparecer a mí, hombrecillo de ninguna importancia, como un admirador de Orígenes, cuando lanzas la misma calumnia contra el mártir. Cambias unas pocas afirmaciones acerca del Hijo de Dios y del Espíritu Santo, que sabías que ofenderían a los romanos, y dejas el resto sin cambiar de principio a fin; de hecho, en el caso de esa Apología de Pánfilo, como tú la llamas, hiciste exactamente lo que hiciste en la traducción del [Περὶ ᾿Αρχῶν] de Orígenes. Si ese libro es de Pánfilo, ¿cuál de los seis libros es el primero de Eusebio? En el mismísimo volumen que pretendes que sea de Pánfilo se hace mención de los libros posteriores. Además, en el segundo y los siguientes libros, Eusebio dice que había dicho tales y tales cosas en el primer libro y se excusa de repetirlas. Si toda la obra es de Pánfilo, ¿por qué no traduces los libros restantes? Si es obra del otro, ¿por qué cambias el nombre? No puedes responder; pero los hechos responden por sí mismos: pensaste que los hombres creerían al mártir, aunque se habrían apartado con horror del jefe de los arrianos.

    Pero la obra era realmente de Eusebio, quien nos dice que Pánfilo no escribió nada

    I, 9

    9. ¿He de decir con claridad cuál era tu intención, amigo mío tan sencillo? ¿Piensas que podemos creer que, sin darte cuenta, atribuiste el nombre del mártir al libro de un hombre que era hereje, y con ello hiciste que los ignorantes, por su confianza en el testigo de Cristo, se convirtieran en defensores de Orígenes? Teniendo en cuenta la erudición por la que eres renombrado, por la que eres alabado en todo Occidente como un literato ilustre, de modo que los hombres de tu partido hablan todos de ti como de su Corifeo, no supondré que ignoras el Catálogo de Eusebio, que afirma el hecho de que el mártir Pánfilo jamás escribió un solo libro. El propio Eusebio, amante y compañero de Pánfilo, y heraldo de sus alabanzas, escribió tres libros en lenguaje elegante que contienen la vida de Pánfilo. En ellos ensalza otros rasgos de su carácter con extraordinarios encomios, y eleva hasta el cielo su humildad; pero sobre sus aficiones literarias escribe lo siguiente en el tercer libro: «¿Qué amante de los libros había que no hallara un amigo en Pánfilo? Si sabía que alguno de ellos carecía de lo necesario para la vida, lo socorría hasta donde alcanzaban sus fuerzas. No sólo les prestaba ejemplares de las Sagradas Escrituras para leer, sino que los daba con la mayor prontitud, y no sólo a hombres, sino también a mujeres, si veía que estaban dadas a la lectura. Guardaba, por tanto, un depósito de manuscritos, para poder darlos a quienes los deseaban siempre que la ocasión lo exigía. Él mismo, sin embargo, no escribió nada absolutamente de su propia mano, salvo cartas privadas que enviaba a sus amigos, tan humilde era la estima que tenía de sí mismo. Pero los tratados de los autores antiguos los estudiaba con la mayor diligencia, y estaba constantemente ocupado en meditar sobre ellos.»
    Comentario editorial · ¿De quién es la *Apología de Pánfilo*?
    Jerónimo sostiene que la defensa de Orígenes que Rufino tradujo como obra del mártir Pánfilo es en realidad de Eusebio de Cesarea. Según Wikipedia, Jerónimo había escrito en De viris illustribus que hubo dos apologías, una de Pánfilo y otra de Eusebio, y concluyó que el autor era solo Eusebio cuando apareció la traducción de Rufino; hay, sin embargo, abundante testimonio de que fue obra conjunta: la compusieron en cinco libros, presos ambos, y Eusebio, que la editó, añadió un sexto. Solo se conserva el primer libro, en la versión latina de Rufino.

    Después de la condena de Orígenes por Teófilo y Anastasio, haría bien Rufino en abandonar esta pretendida defensa

    I, 10

    10. El campeón de Orígenes, ya ves, el encomiasta de Pánfilo, declara que Pánfilo no escribió nada en absoluto, que no compuso un solo tratado propio. Y no puedes refugiarte en la hipótesis de que Pánfilo escribió este libro después de la publicación de Eusebio, puesto que Eusebio escribió después de que Pánfilo hubiera alcanzado la corona del martirio. ¿Qué puedes hacer ahora entonces? Las conciencias de muchísimas personas han sido heridas por el libro que has publicado bajo el nombre del mártir; no prestan atención a la autoridad de los obispos que condenan a Orígenes, pues piensan que un mártir lo ha elogiado. ¿De qué sirven las cartas del obispo Teófilo o del papa Anastasio, que persiguen al hereje en todas partes del mundo, cuando tu libro que circula bajo el nombre de Pánfilo está allí para oponerse a sus cartas, y el testimonio del mártir puede oponerse a la autoridad de los obispos? Creo que harías mejor en hacer con este volumen mal titulado lo que hiciste con los libros [Περὶ ᾿Αρχῶν]. Acepta mi consejo como amigo, y no desconfíes del poder de tu arte; di que jamás lo escribiste, o bien que ha sido corrompido por el presbítero Eusebio. Será imposible probar contra ti que el libro fue traducido por ti. Tu letra no aparece para mostrarlo; tu elocuencia no es tan grande que nadie pueda imitar tu estilo. O, en último recurso, si el asunto llega a prueba y tu desvergüenza es vencida por la multitud de testimonios, canta una palinodia a la manera de Estesícoro. Mejor es que te arrepientas de lo que has hecho que el que un mártir permanezca bajo calumnia y los engañados bajo el error. Y no tienes por qué avergonzarte de cambiar de opinión; no eres de tan grande fama ni autoridad como para sentirte deshonrado por confesar un error. Tómame como ejemplo a mí, a quien tanto amas y sin el cual no puedes ni vivir ni morir, y di lo que yo dije cuando me habías elogiado y yo me defendí.
    Comentario editorial · Teófilo, Anastasio y la condena de Orígenes
    Jerónimo recuerda aquí que Teófilo, obispo de Alejandría, y Anastasio, obispo de Roma, ya han condenado a Orígenes. Según Wikipedia, Teófilo reunió hacia el año 400 un concilio en Alejandría que lo condenó y logró que Anastasio firmara la carta del concilio; antes, él mismo había predicado las ideas que entonces condenaba. Sobre Rufino las fuentes discrepan: Wikipedia dice que Anastasio lo citó a Roma y que él se excusó por escrito, mientras que Fremantle (NPNF) no ve razón para suponer que el papa lo juzgara, y menos aún que lo citara. Anastasio murió en 402 (NPNF).

    Yo había elogiado a Eusebio, como también a Orígenes, únicamente como autores; y fui forzado a condenarlos como herejes. ¿Por qué habría de tomarse esto a mal?

    I, 11

    11. Eusebio, obispo de Cesarea, del que ya he hablado antes, en el sexto libro de su Apología por Orígenes formula la misma queja contra Metodio, obispo y mártir, que tú formulas contra mí en tus elogios. Dice: ¿Cómo pudo Metodio atreverse a escribir ahora contra Orígenes, después de haber dicho esto y aquello de sus doctrinas? No es éste el lugar de hablar del mártir; no se puede tratar de todas las cosas en todos los lugares por igual. Baste por ahora con mencionar que un arriano se queja de las mismas cosas en un hombre eminentísimo y elocuente, y mártir, que tú primero conviertes en materia de elogio como amigo y después, ofendido, en acusación. Te he dado ocasión de construir una calumnia contra mí, si quieres, en el presente pasaje. «¿Cómo es,» podrías preguntar, «que ahora menosprecie a Eusebio, después de haberlo elogiado en otros lugares?» El nombre de Eusebio es en verdad distinto del de Orígenes; pero el motivo de queja es en ambos casos idéntico. Elogié a Eusebio por su Historia Eclesiástica, por su Crónica, por su descripción de la Tierra Santa; y estas obras suyas las di a los hombres de mi misma lengua traduciéndolas al latín. ¿He de ser llamado arriano porque Eusebio, el autor de esos libros, es arriano? Si te atrevieras a llamarme hereje, recuerda tu Prefacio al [Περὶ ᾿Αρχῶν], en el que me das testimonio de que soy de la misma fe que tú; y al mismo tiempo te ruego que oigas con paciencia la queja de quien antes fue tu amigo. Entras en una disputa ardiente con otros, y os lanzáis mutuos reproches con hombres de tu propio rango; si en esto tienes razón o no, a ti te toca decirlo. Pero contra un hermano, incluso una acusación verdadera me repugna. No digo esto para culpar a otros; sólo digo que yo mismo no lo haría. Nos separa el uno del otro un vasto intervalo de espacio. ¿Qué pecado había cometido contra ti? ¿Cuál es mi ofensa? ¿Es que respondí que no era origenista? ¿Se te ha de tener por acusado porque yo me defienda? Si dices que no eres origenista y que nunca lo has sido, creo tu solemne afirmación de ello; si alguna vez lo fuiste, acepto tu arrepentimiento. ¿Por qué te quejas si yo soy lo que tú dices que eres? ¿O es mi ofensa el que me atreviera a traducir el [Περὶ ᾿Αρχῶν] después de que tú lo hubieras hecho, y el que se suponga que mi traducción menoscaba tu obra? Pero ¿qué había de hacer? Tu elogio de mí, o acusación contra mí, me fue enviado. Tu 'elogio' era tan fuerte y tan largo que, si lo hubiera aceptado, todos me habrían tenido por hereje. Mira lo que se dice al final de la carta que recibí de Roma: «Desquítate de las sospechas que han concebido contra ti, y convence de falso a tu acusador; porque si lo dejas pasar inadvertido, se te tendrá por conforme con sus cargos.» Cuando me vi apremiado por tales condiciones, decidí traducir estos libros, y pido tu atención a la respuesta que di. Fue ésta: «Ésta es la posición que me han creado mis amigos (observa que no dije 'mi amigo', por temor de parecer que apunto a ti); si callo, he de ser tenido por culpable; si respondo, soy tenido por enemigo. Ambas condiciones son duras; pero de las dos elegiré la más fácil: porque una querella puede sanar, pero la blasfemia no admite perdón.» Observas que sentí esto como una carga que se me imponía; que estaba renuente y resistiéndome; que sólo pude acallar mi presentimiento de la querella que habría de seguirse de esta empresa con el alegato de la necesidad. Si hubieras traducido los libros [Περὶ ᾿Αρχῶν] sin aludir a mí, tendrías derecho a quejarte de que yo los hubiera traducido después en perjuicio tuyo. Pero ahora no tienes derecho a quejarte, pues mi trabajo fue sólo una respuesta al ataque que me habías lanzado bajo apariencia de elogio; porque lo que tú llamas elogio, todos lo entienden como acusación. Quede entendido entre nosotros que tú me acusaste, y así no te indignarás de que yo haya respondido. Pero supongamos ahora que escribiste con buena intención, que no sólo eras inocente sino un amigo fidelísimo, de cuya boca jamás salió mentira, y que me heriste sin darte cuenta. ¿Qué me importa a mí, que sentí la herida? ¿No he de aplicar remedios a mi herida porque tú me la infligiste sin mala intención? Estoy derribado y traspasado, con una herida en el pecho que no se aplaca; mis miembros, antes blancos, están manchados de sangre; y tú me dices: «Deja la herida sin tocar, no sea que se crea que fui yo quien te hirió.» Y sin embargo, la traducción en cuestión es una reprimenda a Orígenes más que a ti. Tú mejoraste los pasajes que considerabas insertados por los herejes. Yo saqué a la luz lo que todo el mundo griego atribuye unánimemente a él. Cuál de nuestras dos posiciones sea la más verdadera no me toca a mí ni a ti juzgarlo; que cada una sea tocada por la vara del censor que es el lector. Toda aquella carta en la que respondo por mí está dirigida contra los herejes y contra mis acusadores. ¿En qué te afecta a ti, que profesas ser a la vez ortodoxo y admirador mío, si soy un poco demasiado severo con los herejes y pongo al descubierto sus ardides ante el público? Deberías alegrarte de mis invectivas; de lo contrario, si te molestan, se puede pensar que tú mismo eres hereje. Cuando se escribe algo contra un vicio particular, pero sin mencionar nombre alguno, si un hombre se enoja, se acusa a sí mismo. Habría sido propio de un hombre sabio, aun sintiéndose herido, disimular la conciencia de su falta y con la serenidad de su rostro disipar la nube que pesaba sobre su corazón.

    Escribí a Rufino una carta amistosa, que mis amigos retuvieron

    I, 12

    12. De lo contrario, si todo lo que va contra Orígenes y sus seguidores se supone que lo digo yo contra ti, tendremos que suponer que las cartas de los papas Teófilo y Epifanio y de los demás obispos, que a petición suya traduje hace poco, tienen por objeto atacarte y despedazarte; tendremos que suponer también que los rescriptos de los emperadores que ordenan que los origenistas sean desterrados de Alejandría y de Egipto han sido escritos a mi dictado. La aversión que mostró contra esos hombres el Pontífice de la ciudad de Roma no fue sino una trama mía. El estallido de odio que, inmediatamente después de tu traducción, se encendió en todo el mundo contra Orígenes, a quien antes se leía sin prejuicio, fue obra de mi pluma. Si he conseguido todo ese poder, me extraña que no me temas. Pero en realidad actué con suma moderación. En mi carta pública tomé todas las precauciones para impedir que supusieras que algo de ella iba dirigido contra ti; pero al mismo tiempo te escribí una breve carta expostulando contigo a propósito de tus "elogios". Esta carta mis amigos no creyeron conveniente enviártela, porque no estabas en Roma y porque, según me dicen, tú y tus compañeros esparcíais acusaciones de cosas indignas de la profesión cristiana sobre mi manera de vivir. Pero he añadido una copia de ella a este libro para que comprendas qué dolor me causaste y con qué moderación fraterna lo soporté.

    No hay nada reprochable en que yo me valiera de un judío para traducir del hebreo

    I, 13

    13. Se me dice, además, que tocas con cierta aspereza crítica algunos puntos de mi carta y que, con las conocidas arrugas subiéndote a la frente y las cejas fruncidas, te burlas de mí con un ingenio digno de Plauto por haber dicho que tuve por maestro a un judío llamado Barrabás. No me extraña que escribas Barrabás en lugar de Baranina, siendo las letras de los nombres algo semejantes, cuando te permites tal licencia en cambiar los nombres mismos que conviertes a Eusebio en Pánfilo y a un hereje en mártir. Hay que ser cauto con un hombre como tú y darle un amplio margen; de lo contrario, puedo encontrarme con que mi propio nombre, en un instante y sin saberlo yo, pasa de Jerónimo a Sardanápalo. Escucha, pues, oh columna de sabiduría y modelo de severidad catoniana. Nunca hablé de él como de mi maestro; sólo quise ilustrar mi método de estudiar las Sagradas Escrituras diciendo que había leído a Orígenes exactamente de la misma manera en que había recibido lecciones de ese judío. ¿Te hice algún daño porque asistí a las lecciones de Apolinario y Didimo en lugar de las tuyas? ¿Había algo que me impidiera nombrar en mi carta a aquel hombre elocuentísimo, Gregorio? ¿Cuál de todos los latinos es igual a él? Bien puedo gloriarme y exultar en él. Pero sólo mencioné a aquellos que estaban sujetos a censura, para mostrar que yo sólo leía a Orígenes como los había escuchado a ellos, es decir, no por su solidez en la fe, sino por la excelencia de su doctrina. El propio Orígenes, y Clemente y Eusebio, y muchos otros, cuando discuten puntos de las Escrituras y quieren tener autoridad judía para lo que dicen, escriben: «Un hebreo me dijo esto,» o «Oí de un hebreo,» o, «Tal es la opinión de los hebreos.» Orígenes ciertamente habla del patriarca Huillus, que fue contemporáneo suyo, y en la conclusión de su trigésimo Tomo sobre Isaías (aquel en cuyo final explica las palabras «¡Ay de Ariel, que David tomó por asalto!» ) utiliza su exposición de las palabras y confiesa que gracias a su enseñanza había adoptado una opinión más verdadera que la que antes había sostenido. Considera también como escritos por Moisés no sólo el salmo ochenta y nueve, que lleva por título «Oración de Moisés, varón de Dios,» sino también los once salmos siguientes que, según la opinión de Huillus, no tienen título; y no tiene escrúpulo en insertar en sus comentarios a las Escrituras hebreas las opiniones de los maestros hebreos.
    Comentario editorial · El judío Baranina
    Jerónimo dice que Rufino escribe «Barrabás» donde él había escrito «Baranina», el nombre del judío que le enseñó hebreo, y que nunca lo llamó su maestro: quería ilustrar su método de leer a Orígenes diciendo que lo había leído como había recibido las lecciones de aquel judío. El prolegómeno de Fremantle cuenta lo mismo desde el otro lado: Rufino acusaba a Jerónimo de haber traducido el Antiguo Testamento bajo la influencia de Baranina, y deformó su nombre en Barrabás. Ni el texto ni los prolegómenos dicen más del personaje.

    No hay nada extraño en que yo elogiara a Orígenes antes de conocer el [Περὶ ᾿Αρχῶν]

    I, 14

    14. Se dice que, en una ocasión reciente, cuando se leyeron las cartas de Teófilo que ponían al descubierto los errores de Orígenes, nuestro amigo se tapó los oídos y, junto con todos los presentes, pronunció una clara condena contra el autor de tanto mal; y que dijo que hasta aquel momento nunca había sabido que Orígenes hubiera escrito nada tan erróneo. Nada digo contra esto: no hago la observación que quizá otro haría, a saber, que era imposible que él ignorara aquello que él mismo había traducido y de lo cual había publicado, bajo el nombre de un mártir, una apología escrita por un hereje, cuya defensa había acometido también en su propio libro; sobre lo cual haré más adelante algunas observaciones adversas si tengo tiempo de escribirlas. Sólo hago una observación que no admite réplica. Si es posible que él no haya entendido bien lo que tradujo, ¿por qué no es posible que yo desconociera el libro [Περὶ ᾿Αρχῶν], que no había leído antes, y que sólo hubiera leído aquellas Homilías que traduje y en las cuales él mismo atestigua que no hay nada malo? Pero si, contra su opinión expresa, ahora me reprocha aquellas cosas por las que antes me había elogiado, se verá atrapado entre dos extremos: o me elogió creyéndome hereje pero confesando que compartía mi opinión; o, si antes me elogió como ortodoxo, sus acusaciones actuales quedan en nada y se deben a pura malicia. Pero quizá fue sólo como amigo mío que antes calló acerca de mis errores, y ahora que está enojado conmigo saca a la luz lo que había ocultado.

    15. Las acusaciones parecen inconsistentes, pero yo sólo las conocía de oídas

    I, 15

    15. Este abandono de la amistad no me da derecho a confiar; y la enemistad abierta trae consigo la sospecha de falsedad. Aun así, tendré la audacia de salir a su encuentro y preguntarle qué doctrina herética he expresado, de modo que pueda yo, como él, manifestar mi pesar y jurar que nunca conocí las malas doctrinas de Orígenes, y que su infidelidad me ha sido dada a conocer ahora por primera vez por el papa Teófilo; o bien pueda al menos probar que mis opiniones eran sanas y que él, como tiene por costumbre, no las había entendido. Es imposible que en mis Comentarios a los Efesios, que según oigo constituyen el fundamento de su acusación, yo haya hablado a la vez recta y erróneamente; que de la misma fuente hayan brotado agua dulce y amarga; y que, habiendo condenado a lo largo de toda la obra a quienes creen que las almas han sido creadas de los ángeles, de repente me haya olvidado de mí mismo y haya defendido la opinión que antes condenaba. Difícilmente puede objetarme a causa de necedad, ya que en sus obras me ha proclamado hombre de altísima cultura y elocuencia; de otro modo, la verbosidad necia que me imputa sería propia, se diría, de un leguleyo y un charlatán, más que de un hombre elocuente. Cuál sea el contenido de sus acusaciones escritas no lo sé, pues sólo me ha llegado el rumor de ellas, no los escritos; y, como nos dice el Apóstol, es insensato golpear el aire. Sin embargo, debo responder en la incertidumbre hasta que la certeza me alcance; y comenzaré enseñando a mi rival, en mi vejez, una lección que aprendí en la juventud: que hay muchas formas de hablar, y que, según la materia, varían no sólo las frases, sino también las palabras de los escritos.

    El oficio de un comentarista

    I, 16

    16. Por ejemplo, Crisipo y Antípatro se ocupan de cuestiones espinosas; Demóstenes y Esquines hablan con voz de trueno el uno contra el otro; Lisias e Isócrates tienen un estilo fácil y agradable. Hay una diferencia admirable entre estos escritores, aunque cada uno es perfecto en su propio género. Además, lee el libro de Tulio A Herenio; lee sus Rétores; o, puesto que nos dice que estos libros cayeron de sus manos en un estado meramente incoado e inacabado, examina sus tres libros Sobre el orador, en los que introduce una discusión entre Craso y Antonio, los oradores más elocuentes de aquella época; y un cuarto libro titulado El orador, que ya anciano escribió a Bruto; y comprenderás que la historia, la oratoria, el diálogo, el género epistolar y los comentarios tienen, cada uno, su estilo propio. Ahora tenemos que habérnoslas con los comentarios. En los que escribí sobre los Efesios seguí a Orígenes, a Didimo y a Apolinario (cuyas doctrinas son muy diferentes entre sí) sólo en la medida compatible con la sinceridad de mi fe: porque, ¿cuál es la función de un comentario? Interpretar las palabras de otro, poner en lenguaje claro lo que él ha expresado oscuramente. Por consiguiente, enumera las opiniones de muchas personas y dice: unos interpretan el pasaje en este sentido, otros en aquel; unos tratan de apoyar su opinión y su comprensión del texto con tales o cuales pruebas o razones; de modo que el lector prudente, tras leer estas explicaciones diferentes y teniendo ante su mente muchas para aceptarlas o rechazarlas, pueda juzgar cuál es la más verdadera y, como un buen banquero, rechazar la moneda de cuño falso. ¿Ha de ser considerado responsable el comentarista de todas estas interpretaciones diferentes y de todas estas opiniones mutuamente contradictorias porque consigne las exposiciones dadas por muchos en la única obra que comenta? Supongo que, cuando eras niño, leíste los comentarios de Asper sobre Virgilio y Salustio, los de Vulcacio sobre los discursos de Cicerón, los de Victorino sobre sus Diálogos y sobre las comedias de Terencio, y también los de mi maestro Donato sobre Virgilio, y los de otros sobre otros escritores como Plauto, Lucrecio, Flaco, Persio y Lucano. ¿Censurarás a quienes han comentado a estos escritores porque no se han atenido a una sola explicación, sino que enumeran sus propios pareceres y los de otros sobre el mismo pasaje?

    Debemos distinguir los métodos de escribir y no esperar una sencillez vulgar en las diversas composiciones de los hombres cultos

    I, 17

    17. Nada digo de los griegos, ya que te jactas de conocerlos, hasta el punto de decir que, por entregarte a la literatura extranjera, has olvidado tu propia lengua. Temo que, según los viejos proverbios, yo pueda parecerme al cerdo que enseña a Minerva o al hombre que lleva fajos al bosque. Sólo me admiro de que, siendo como eres el Aristarco de nuestro tiempo, hayas mostrado ignorancia de estas materias que todo niño sabe. Sin duda se debe a que tu mente está fija en el sentido de lo que escribes, pero también en parte a que eres tan perspicaz para fabricar calumnias contra mí, que desprecias los preceptos de los gramáticos y de los oradores, que no intentas enderezar palabras que se han transpuesto cuando la frase se ha complicado, ni evitar alguna áspera colocación de consonantes, ni escapar de un estilo lleno de lagunas. Sería ridículo señalar una o dos heridas cuando todo el cuerpo está debilitado y quebrantado. No escogeré pasajes para criticarlos; a él corresponde escoger un pasaje que esté libre de faltas. Ha debido ignorar incluso la sentencia socrática: «Conócete a ti mismo.»
    Navegar la nave teme el rústico no enseñado;
    el sirviente inexperto no se atreve a dar al enfermo
    el severo abrótano. El remedio curativo
    sólo el médico lo prescribe. El artesano únicamente
    sabe manejar las herramientas. Mas la poesía,
    adiestrados o no, todos escribimos al azar.
    Quizá jurará que nunca ha aprendido a leer ni a escribir; puedo creerlo fácilmente sin juramento. O quizá se refugiará en lo que el Apóstol dice de sí mismo: «Aunque sea rudo en el hablar, no lo soy en el conocimiento.» Pero la razón por la que dijo esto es clara. Había sido educado en la doctrina hebrea y criado a los pies de Gamaliel, a quien, aunque había alcanzado el rango apostólico, no se avergonzaba de llamar maestro; y consideraba que la elocuencia griega carecía de valor o, en todo caso, en su humildad, no quería hacer ostentación de su conocimiento de ella. De modo que "su predicación no se apoyara en la persuasiva sabiduría de palabras, sino en el poder de las cosas significadas". Despreciaba las riquezas ajenas porque era rico en las propias. Aun así, no fue a un hombre iletrado que tropezaba en cada frase a quien Festo gritó, de pie ante su tribunal:
    «Pablo, estás fuera de ti; el mucho saber te hace enloquecer.» Tú, que apenas puedes balbucir en latín y que más bien te arrastras como una tortuga que andas, deberías escribir en griego, para que entre los que ignoran el griego pases por quien conoce una lengua extranjera; o bien, si intentas escribir en latín, deberías tener primero un maestro de gramática, encogerte ante la férula y comenzar de nuevo, ya viejo escolar, entre niños, a aprender el arte de hablar. Aunque un hombre reviente con las riquezas de Creso y Darío, las letras no seguirán a la bolsa del dinero. Son compañeras del trabajo y de la fatiga, asociadas del ayuno, no de la hartura; del dominio de sí, no del desenfreno. De Demóstenes se cuenta que consumía más aceite que vino, y que ningún artesano acortaba sus noches como él. Él, por enunciar la sola letra rho, estuvo dispuesto a tomar a un perro como maestro; y tú me haces un crimen de que yo tomara a un hombre para que me enseñara las letras hebreas. Esta es la especie de sabiduría que hace que los hombres permanezcan ignorantes: no quieren aprender lo que no saben. Olvidan las palabras de Horacio:
    ¿Por qué, por falsa vergüenza, elijo la ignorancia
    antes que procurar aprender?
    Aquel Libro de la Sabiduría que se nos lee como obra de Salomón dice: «En alma maliciosa no entrará la sabiduría, ni morará en cuerpo sometido al pecado. Porque el Espíritu Santo de la disciplina huirá del engaño y se apartará de los pensamientos sin entendimiento.» Distinto es el caso de quienes sólo desean ser leídos por el vulgo y no cuidan de ofender los oídos de los doctos; y desprecian la sentencia del poeta que estigmatiza la desvergüenza de la ignorancia ruidosa.
    Fuiste tú, creo, cuya ignorancia en las calles
    asesinó la desdichada melodía con caña que chirriaba.
    Si quieres tales cosas, abundan los mozalbetes de rizos en toda escuela que te cantarán retazos de coplas de Mileto; o puedes ir a la representación de los besios y ver gente que se desternilla de risa con el Testamento del cerdo, o en cualquier espectáculo de juglares donde se persiguen simplezas de este género. No hay día en que no veas al payaso disfrazado por las calles azotando las nalgas de algún tonto, o medio arrancando los dientes de la gente con el escorpión que retuerce para que lo muerdan. No hay que extrañarse de que los libros de los ignorantes encuentren abundantes lectores.

    Mi afirmación era verdadera: que Orígenes permitía el uso de la mentira

    I, 18

    18. Nuestros amigos toman a mal que yo haya dicho que los origenistas se confederaron con orgías de falsos juramentos. Nombré el libro en que había hallado escrito esto, es decir, el libro sexto de las Misceláneas de Orígenes, en el que intenta adaptar nuestra doctrina cristiana a las opiniones de Platón. Las palabras de Platón en el libro tercero de la República son las siguientes: «A la verdad, dijo Sócrates, se ha de cultivar especialmente. Sin embargo, como decía hace un momento, si la mentira es vergonzosa e inútil para Dios, para los hombres a veces es útil, con tal de que se use como estimulante o medicina; pues nadie puede dudar de que debe permitirse a los médicos alguna latitud de afirmación de este género, aunque ha de quitársele a los que carecen de destreza. Eso es muy cierto, se respondió; y si se admite que alguien pueda hacer esto, debe ser deber de los gobernantes de las ciudades el mentir a veces, ya para desconcertar al enemigo, ya para beneficiar a su patria y a los ciudadanos. En cambio, a quienes no saben hacer un buen uso de la mentira, la práctica debe series enteramente prohibida.» Ahora toma las palabras de Orígenes: «Al considerar el precepto "Hablad verdad cada uno con su prójimo", no necesitamos preguntar: ¿Quién es mi prójimo? Pero debemos ponderar bien las cautas observaciones del filósofo. Dice que para Dios la mentira es vergonzosa e inútil, pero para los hombres es ocasionalmente útil. No debemos suponer que Dios mienta jamás, ni siquiera en forma de economía; sólo que, si el bien del oyente lo exige, habla en lenguaje ambiguo y revela lo que quiere en enigmas, cuidando a la vez de que se preserve la dignidad de la verdad y de que lo que sería dañoso si se presentara desnudo ante la multitud quede envuelto en un velo y se manifieste de ese modo. Pero el hombre a quien la necesidad impone la responsabilidad de mentir está obligado a usar de grandísimo cuidado, y a usar la mentira como usaría un estimulante o una medicina, guardando estrictamente su medida y no traspasando los límites observados por Judit en su trato con Holofernes, a quien venció por la sabiduría con que disimuló sus palabras. Debe obrar como Ester, que cambió el propósito de Artajerjes ocultando tanto tiempo la verdad acerca de su raza; y con mayor razón el patriarca Jacob, quien, según leemos, obtuvo la bendición de su padre con artificio y mentira. De todo ello es evidente que si mentimos con otro objeto que el de obtener por ello algún gran bien, seremos juzgados como enemigos de aquel que dijo: Yo soy la verdad.» Esto escribió Orígenes, y ninguno de nosotros puede negarlo. Y lo escribió en el libro que dirigió a los "perfectos", sus propios discípulos. Su enseñanza es que el maestro puede mentir, pero el discípulo no. La inferencia es que el hombre que es buen mentiroso y sin vacilar presenta ante sus hermanos cualquier invención que le sube a la boca se muestra a sí mismo como excelente maestro.

    La acusación sobre una traducción errónea del Salmo II se explica fácilmente

    I, 19

    Me dicen que también me censura por la traducción que he dado de una frase del Salmo segundo. En el latín se lee: «Aprended disciplina,» en el hebreo está escrito Nescu Bar; y yo lo he dado en mi comentario, Adorad al Hijo; y luego, cuando traduje todo el Salterio a la lengua latina, como si hubiera olvidado mi explicación anterior, puse «Adorad puramente.» Nadie puede negar, ciertamente, que estas interpretaciones son contrarias entre sí; y debemos perdonarle que ignore la escritura hebrea cuando tantas veces se halla perdido aun en latín. Nescu, traducido literalmente, es Beso. No quise dar una versión desagradable, y, prefiriendo seguir el sentido, di la palabra Adorad; pues los que adoran suelen besar sus manos y descubrir sus cabezas, como se ve en el caso de Job, que declara no haber hecho jamás ninguna de estas dos cosas, y dice «Si he mirado al sol cuando resplandecía, o a la luna caminando en su esplendor, y mi corazón se alegró en secreto y besé mi mano con mi boca, eso es una iniquidad muy grande y una mentira contra el Dios Altísimo.» Los hebreos, según la peculiaridad de su lengua, usan esta palabra Beso por adoración; y por tanto yo traduje según el uso de aquellos cuya lengua estaba tratando. La palabra Bar, sin embargo, en hebreo tiene varios significados. Significa Hijo, como en las palabras Barjona (hijo de una paloma), Bartolomé (hijo de Tolomeo), Bartimeo, Barjesús, Barrabás. También significa Trigo, y Una gavilla de grano, y Elegido y Puro. ¿Qué pecado he cometido, entonces, cuando una palabra es así de incierta en su significado, si la he traducido de manera diferente en lugares diferentes? Y si, después de tomar el sentido «Adorad al Hijo» en mi Comentario, donde hay más libertad de discusión, dije «Adorad puramente» o «electivamente» en mi versión de la Biblia misma, para que no se pensara que traduzco caprichosamente ni diera motivos de cavilación por parte de los judíos. Esta última versión, además, es la de Áquila y Símaco; y no veo que la fe de la Iglesia sea dañada porque se muestre al lector de cuántas maneras diferentes es traducido un versículo por los judíos.

    En las dificultades del traductor y del comentarista debemos buscar ayuda donde podamos

    I, 20

    20. Ese Orígenes tuyo se permite tratar de la transmigración de las almas, introducir la creencia en un número infinito de mundos, revestir a las criaturas racionales de un cuerpo tras otro, decir que Cristo ha padecido a menudo y padecerá a menudo de nuevo, siendo siempre provechoso emprender lo que una vez fue provechoso. Tú también te arrojas una autoridad tal que conviertes a un hereje en mártir e inventas una falsificación herética de los libros de Orígenes. ¿Por qué, pues, no he de discutir yo sobre las palabras, y, haciendo el trabajo de un comentarista, enseñar a los latinos lo que aprendo de los hebreos? Si no fuera un proceso largo y que sabe a jactancia, querría mostrarte ahora mismo cuánto provecho hay en aguardar a las puertas de los grandes maestros y en aprender un arte de un verdadero artífice. Si pudiera hacerlo, verías qué selva enmarañada de nombres y palabras ambiguos presenta el hebreo. Es esto lo que da tanto campo a versiones diversas: pues, siendo incierto el sentido, cada uno toma la traducción que le parece más coherente. ¿Por qué habría de llevarte a escritores extravagantes? Repasa una vez más a Aristóteles y a Alejandro, el comentador de Aristóteles; reconocerás, leyéndolos, qué abundante cosecha de incertidumbres existe; y entonces podrás dejar de censurar a tu amigo respecto de cosas que jamás te han venido a la mente ni aun en sueños.

    En el Comentario a los Efesios obré con franqueza al dar las opiniones de Orígenes y de otros

    I, 21

    21. Mi hermano Pauliniano me dice que nuestro amigo ha impugnado ciertas cosas en mi comentario a los Efesios: algunas de estas críticas las guardó en la memoria, y ha indicado los pasajes mismos impugnados. No debo, por tanto, rehusar responder a sus afirmaciones, y ruego al lector que, si soy algo prolijo en la exposición y en la refutación de sus cargos, tenga en cuenta las condiciones necesarias de la discusión. No acuso a otro, sino que me esfuerzo en defenderme y en refutar la falsa acusación de herejía que se me arroja a los dientes. Sobre la Epístola a los Efesios, Orígenes escribió tres libros. Didimo y Apolinario compusieron también obras propias. Éstos los traduje en parte, en parte los adapté; mi método está descrito en el siguiente pasaje de mi prólogo: «Esto también quiero dejarlo dicho en mi Prefacio. Has de saber que Orígenes escribió tres libros sobre esta Epístola, y yo lo he seguido en parte. Apolinario también y Didimo publicaron ciertos comentarios sobre ella, de los cuales he espigado algunas cosas, aunque pocas; y, según me pareció justo, puse o quité otras; pero lo he hecho de tal manera que el lector cuidadoso pueda ver desde el principio cuánto de la obra se debe a mí y cuánto a otros.» Cualquier falta que se advierta en la exposición dada de esta Epístola, si no soy capaz de mostrar que existe en los libros griegos de los cuales he dicho que ha sido traducida al latín, reconoceré que la falta es mía y no de otro. Sin embargo, para que no se piense que planteo argucias y que con este artificio de autoexcusa rehúyo afrontarlo con valentía, expondré los pasajes mismos que se aducen como pruebas de mi falta.

    En cuanto al pasaje «Nos ha elegido antes de la fundación del mundo.»

    I, 22

    22. Para empezar. En el primer libro tomo las palabras de Pablo: «Así como nos ha elegido antes de la fundación del mundo, para que fuéramos santos e inmaculados ante él.» Esto lo he interpretado como referido no, según la opinión de Orígenes, a una elección de los que habían existido en un estado anterior, sino a la presciencia de Dios; y cierro la discusión con estas palabras:
    «Su afirmación de que hemos sido elegidos antes de la fundación del mundo para que seamos santos e inmaculados ante él, es decir, ante Dios, pertenece a la presciencia de Dios, para quien todas las cosas que han de ser ya están hechas y son conocidas antes de que vengan a la existencia. Así Pablo fue predestinado en el vientre de su madre; y Jeremías antes de nacer es santificado, elegido, confirmado y, como figura de Cristo, enviado como profeta a los gentiles.»
    No hay crimen alguno, ciertamente, en esta exposición del pasaje. Orígenes lo explicó en sentido heterodoxo, pero yo seguí el de la Iglesia. Y, puesto que es deber de un comentarista consignar las opiniones expresadas por muchos otros, y yo había prometido en el Prefacio que así lo haría, puse por escrito la interpretación de Orígenes, aunque sin mencionar su nombre, que suscita malevolencia.
    «Otro,» dije, que desea vindicar la justicia de Dios y mostrar que él no elige a los hombres según un prejuicio y una presciencia suyos, sino según los méritos de los elegidos, piensa que antes de la creación visible del cielo, de la tierra, del mar y de todo lo que en ellos hay, existía la creación invisible, parte de la cual consistía en almas, que, por ciertas causas conocidas sólo por Dios, fueron arrojadas a este valle de lágrimas, esta escena de nuestra aflicción y de nuestra peregrinación; y que es a esto a lo que podemos aplicar la oración del Salmista, hallándose él en esta condición baja y anhelando volver a su morada anterior: «¡Ay de mí, que mi peregrinación se prolonga; he habitado en las tiendas de Cedar, mi alma ha tenido una larga peregrinación!» Y también las palabras del Apóstol: «¡Hombre desdichado que soy! ¿Quién me librará del cuerpo de esta muerte?» y «Es mejor volver y estar con Cristo;» y «Antes de ser humillado, yo pequé.» Añade mucho más del mismo género.
    Observa ahora que dije «Otro que desea vindicar,» no dije «que logra vindicar.» Pero si encuentras piedra de tropiezo en el hecho de que condensé una discusión muy larga de Orígenes en una breve declaración para dar al lector una idea de su pensamiento; si me declaras adherente secreto suyo porque no he dejado fuera nada de lo que él ha dicho, te preguntaría si no era necesario que yo hiciera esto, precisamente para evitar tus cavilaciones. ¿No habrías declarado de otro modo que yo había guardado silencio sobre materias de las que él había hablado audazmente, y que en el texto griego sus afirmaciones eran mucho más fuertes de lo que yo representaba? Por tanto, puse por escrito todo lo que hallé en el texto griego, aunque en forma más breve, para que sus discípulos no tuvieran nada que pudieran imponer a los oídos de los latinos como cosa nueva; pues más fácil nos es tratar a la ligera lo que conocemos bien que lo que nos toma desprevenidos. Pero después de haber mostrado las interpretaciones de Orígenes del pasaje, concluí esta sección con palabras a las cuales ruego que prestes atención:
    «El Apóstol no dice 'Nos eligió antes de la fundación del mundo porque entonces éramos santos e inmaculados'; sino 'Nos eligió para que fuéramos santos e inmaculados', es decir, que nosotros, que antes no éramos santos e inmaculados, pudiéramos llegar a serlo después. Esta expresión se aplicará incluso a pecadores que se convierten a cosas mejores; y así siguen siendo verdaderas las palabras: 'A tus ojos ningún hombre viviente será justificado', es decir, nadie en toda su vida, en todo el tiempo que ha existido en el mundo. Si el pasaje se entiende así, milita contra la opinión de que antes de la fundación del mundo ciertas almas fueron elegidas a causa de su santidad, y que no tenían nada de la corrupción de los pecadores. Es evidente que Pablo y los que son como él no fueron elegidos porque fueran santos e inmaculados, sino que fueron elegidos y predestinados para que, en su vida posterior, por medio de sus obras y sus virtudes, llegaran a ser santos e inmaculados.»
    ¿Se atreve alguien, entonces, después de esta declaración de mi opinión, a acusarme de asentir a la herejía de Orígenes? Hace ya casi dieciocho años que compuse aquellos libros, en un tiempo en que el nombre de Orígenes era muy estimado en el mundo, y cuando todavía su obra el [Περὶ ᾿Αρχῶν] no había llegado a los oídos de los latinos; y, sin embargo, declaré distintamente mi creencia y señalé aquello con lo que no estaba de acuerdo. Por consiguiente, aunque mi adversario hubiera podido señalar algo herético en otros lugares, yo debería ser tenido por culpable sólo del descuido, no de las doctrinas perversas que tanto en este lugar como en mis otras obras he condenado.

    En cuanto al pasaje «Muy por encima de todo principado y autoridad, etc.»

    I, 23

    23. Trataré brevemente del segundo pasaje que mi hermano me dice ha sido señalado para censura, porque la queja es sumamente frívola y lleva en su rostro su carácter calumnioso. El pasaje es aquel en que Pablo declara que Dios «le hizo sentarse a su diestra en los lugares celestiales, muy por encima de todo principado y autoridad y poder y dominio, y de todo nombre que se nombra, no sólo en este mundo, sino también en el venidero.» Después de exponer varias interpretaciones que se han dado, llegué a los oficios de los ministros de Dios, y hablé de los principados y potestades, las virtudes y dominaciones; y añado:
    «Ellos, ciertamente, deben tener otros que les estén sujetos, que estén bajo su poder y les sirvan, y que sean fortalecidos por su autoridad; y esta distribución de oficios existirá no sólo en el mundo presente, sino en el mundo venidero, de modo que cada individuo subirá o bajará de un grado de adelanto y de honor a otro, unos ascendiendo y otros descendiendo, y pasará sucesivamente por debajo de cada una de estas potestades, virtudes, principados y dominaciones.»
    Luego pasé a describir los diversos oficios y ministerios divinos según la semejanza del palacio de un rey terreno, el cual describí por completo; y añadí:
    «¿Podemos suponer que Dios, Señor de señores y Rey de reyes, se contenta con un solo orden de siervos? Hablamos de un arcángel porque hay otros ángeles de los cuales él es jefe; y así nada se diría de Principados, Potestades y Dominaciones si no se implicara que hay otros de rango inferior.»
    Pero, si piensa que yo me hice seguidor de Orígenes porque mencioné en mi exposición esos adelantos y honores, esas subidas y bajadas, aumentos y disminuciones; debo señalar que decir, como hace Orígenes, que los Ángeles y Querubines y Serafines son convertidos en demonios y hombres, es algo muy distinto de decir que los Ángeles mismos tienen diversos oficios asignados —doctrina que no repugna a la de la Iglesia. Así como entre los hombres hay diversos grados de dignidad distinguidos por los diferentes tipos de trabajo, pues el obispo, el presbítero y los demás grados eclesiásticos tienen cada uno su propio orden, y sin embargo todos son hombres; así podemos creer que, mientras todos conservan la dignidad de Ángeles, hay entre ellos diversos grados de eminencia, sin imaginar que los ángeles se cambian en hombres y que los hombres se rehacen en ángeles.

    En cuanto al pasaje «Para que en los siglos venideros, etc.»

    I, 24

    24. Un tercer pasaje con el que halla falta es aquel en el que di una triple interpretación de las palabras del Apóstol: «Para que en los siglos venideros mostrase las sobreabundantes riquezas de su gracia, en bondad hacia nosotros en Cristo Jesús.» La primera era mi propia opinión, la segunda la opinión contraria sostenida por Orígenes, la tercera la explicación sencilla dada por Apolinario. En cuanto al hecho de que no di sus nombres, debo pedir perdón fundándome en que se hizo por modestia. No quise menospreciar a hombres a quienes en parte seguía y cuyas opiniones estaba traduciendo a la lengua latina. Pero, dije, el lector diligente examinará al punto estas cosas y formará su propia opinión. Y repetí al final: Otro vuelve a un sentido diferente las palabras: 'Para que en los siglos venideros mostrase las sobreabundantes riquezas de su gracia'. «Ah,» dirás, «veo que, en el carácter del lector diligente, has desplegado las opiniones de Orígenes.» Confieso que me equivoqué. Debí haber dicho no El diligente, sino El blasfemo lector. Si hubiera previsto que adoptarías medidas de este género, podría haberlo hecho, y así habría evitado tus discursos calumniosos. Supongo que es un gran crimen haber llamado a Orígenes lector diligente, especialmente cuando yo había traducido setenta libros suyos y lo había alabado hasta el cielo; por lo cual tuve que defenderme en un breve tratado hace dos años en respuesta a tu trompeteo de mis alabanzas. En aquellas 'alabanzas' que me diste, me imputaste el cargo de haber hablado de Orígenes como maestro de las iglesias; y ahora que hablas en el carácter de enemigo, piensas que he de temer porque me acusas de llamarlo lector diligente. Pues incluso a los tenderos particularmente frugales, y a los esclavos que no son derrochadores, y a los guardianes que hicieron de nuestra infancia una carga, y aun a los ladrones particularmente astutos, los llamamos diligentes; y así la conducta del mayordomo injusto en el Evangelio es llamada sabia. Además «Los hijos de este mundo son más sabios que los hijos de la luz,» y «La serpiente era más astuta que todas las bestias que el Señor había hecho sobre la tierra.»

    En cuanto a «Pablo, prisionero de Jesucristo.»

    I, 25

    25. El cuarto motivo de su censura está al comienzo de mi Segundo Libro, en el cual expuse la declaración que hace San Pablo: «Por esta causa yo Pablo, prisionero de Jesucristo por vosotros los gentiles.» El pasaje en sí es perfectamente claro; por lo tanto, doy solamente aquella parte del comentario que se presta a la observación malévola:
    «Las palabras que describen a Pablo como prisionero de Jesucristo por los gentiles pueden entenderse de su martirio, ya que fue cuando fue arrojado a cadenas en Roma cuando escribió esta Epístola, al mismo tiempo que las dirigidas a Filemón, a los Colosenses y a los Filipenses, como hemos mostrado anteriormente. Ciertamente podríamos adoptar otro sentido, a saber: que, puesto que hallamos que este cuerpo es llamado en varios lugares cadena del alma, en la cual está retenido como en estrecha prisión, Pablo puede hablar de sí mismo como encerrado en las cadenas del cuerpo, y de tal modo que no podía volver y estar con Cristo; y que así podía cumplir perfectamente su oficio de predicar a los gentiles. Algunos comentadores, sin embargo, introducen otra idea, a saber: que Pablo, habiendo sido predestinado y consagrado desde el vientre de su madre, y antes de nacer, para ser predicador de los gentiles, tomó después las cadenas de la carne.»
    También aquí, como antes, di una exposición triple del pasaje: en la primera mi propia opinión, en la segunda la sostenida por Orígenes, y en la tercera la opinión de Apolinario contraria a su doctrina. Lee los comentarios griegos. Si no hallas que el hecho es como yo lo expongo, confesaré que me equivoqué. ¿Cuál es mi culpa en este pasaje? La misma, supongo, que respondí antes, a saber: que no nombré a aquellos cuyas opiniones cité. Pero era innecesario, en cada declaración separada del Apóstol, dar los nombres de los autores cuyas obras yo había declarado en el Prefacio que me proponía traducir. Además, no es una manera absurda de entender el pasaje decir que el alma está atada al cuerpo hasta que Cristo vuelva y, en la gloria de la resurrección, cambie nuestro cuerpo corruptible y mortal por la incorrupción y la inmortalidad: pues es en este sentido que el Apóstol usa la expresión, «¡Oh hombre desdichado de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?» llamándolo cuerpo de muerte porque está sujeto a vicios y enfermedades, a desórdenes y a la muerte; hasta que resucite con Cristo en gloria, y, habiendo sido antes nada más que barro frágil, quede cocido por el calor del Espíritu Santo hasta convertirse en vasija de consistencia sólida, cambiando así su grado de gloria, aunque no su naturaleza.

    En cuanto a «El cuerpo bien concertado, etc.»

    I, 26

    26. El quinto pasaje escogido por él para censurarlo es el más importante, aquel en el que explico la declaración del Apóstol. «De quien todo el cuerpo, bien concertado y unido entre sí por todas las junturas de su ministerio, según la operación en la medida de cada uno de los miembros, hace crecer el cuerpo para la edificación de sí mismo en amor.» Aquí resumí en una frase breve la exposición de Orígenes, que es muy larga y repite las mismas ideas con diversas palabras, aunque sin omitir ninguna de sus ilustraciones ni de sus afirmaciones. Y al llegar al final, añadí:
    «Y así, en la restitución de todas las cosas, cuando Jesucristo, el verdadero médico, venga a devolver la salud al cuerpo entero de la Iglesia, que ahora yace disperso y desgarrado, cada uno recibirá su lugar propio según la medida de su fe y de su reconocimiento del Hijo de Dios (la palabra 'reconocer' implica que antes lo había conocido y después había dejado de conocerlo), y entonces comenzará a ser lo que una vez fue; pero no de tal manera que, como sostiene otra herejía, todos sean puestos en un mismo rango y, por un proceso de renovación, todos se conviertan en ángeles; sino que cada miembro, según su propia medida y oficio, llegue a ser perfecto: por ejemplo, que el ángel apóstata comience a ser lo que era por su creación, y que el hombre que había sido arrojado del paraíso sea restaurado de nuevo al cultivo del paraíso;» y así sucesivamente.

    Cité las opiniones de Orígenes como «según otra herejía.»

    I, 27

    27. Me asombra que tú, con tu consumada sabiduría, no hayas entendido mi método de exposición. Cuando digo: 'Pero no de tal manera que, como sostiene otra herejía, todos sean puestos en un mismo rango, es decir, que todos por un proceso de reforma se conviertan en ángeles', muestro claramente que las cosas que presento para discusión son heréticas, y que una herejía difiere de la otra. ¿Cuáles (me preguntas) son las dos herejías? La una es la que dice que todas las criaturas racionales se convertirán, por un proceso de reforma, en ángeles; la otra, la que afirma que en la restitución del mundo cada cosa llegará a ser lo que fue originalmente creada; como, por ejemplo, que los demonios volverán a ser ángeles y que las almas de los hombres llegarán a ser tales como fueron formadas originalmente; es decir, que por el proceso de reforma llegarán a ser no ángeles, sino aquello que Dios los hizo originalmente, de modo que justos y pecadores quedarán en igualdad. Finalmente, para mostrarte que no era mi propia opinión la que desarrollaba, sino dos herejías que comparaba entre sí, ambas halladas en el griego, completé mi discusión con este final:
    «Estas cosas, como he dicho antes, son más oscuras en nuestra lengua porque están puestas en forma metafórica en griego; y en toda metáfora, cuando se hace una traducción palabra por palabra de una lengua a otra, el sentido naciente de la palabra queda ahogado, por así decirlo, entre zarzas.»
    Si no hallas en el griego el pensamiento mismo que he expresado, te doy licencia para tratar todo lo que digo como mío.

    En cuanto a «Los hombres que aman a sus mujeres como a sus propios cuerpos.»

    I, 28

    28. El sexto y último punto que, según se me dice, aduce contra mí (esto es, si mi hermano no ha dejado nada sin comunicar) es que, en la interpretación de las palabras del Apóstol, «El que ama a su mujer, a sí mismo se ama; porque nadie aborreció jamás a su propia carne, sino que la sustenta y la cuida, como también Cristo a la iglesia,» después de mi propia explicación sencilla, propuse la cuestión planteada por Orígenes, exponiendo sus opiniones aunque sin mencionar su nombre, y diciendo:
    «Puede objetárseme que la declaración del Apóstol no es verdadera cuando dice que nadie aborrece su propia carne, puesto que quienes padecen de ictericia, de tisis, de cáncer o de abscesos prefieren la muerte a la vida y odian sus propios cuerpos;» y mi propia opinión sigue inmediatamente: «Las palabras, por tanto, pueden entenderse más propiamente en sentido metafórico.»
    Cuando digo metafórico, quiero dar a entender que lo que se dice no es exactamente el caso, sino que la verdad se insinúa a través de una niebla de alegoría. Sin embargo, expondré las palabras exactas que se hallan en el libro tercero de Orígenes: Podemos decir que el alma ama a aquella carne que ha de ver la salvación de Dios, que la sustenta y la cuida, la adiestra con la disciplina y la sacia con el pan del cielo, y le da a beber la sangre de Cristo: de modo que llegue a estar bien alimentada con alimento saludable y siga libremente a su esposo, sin verse abrumada por debilidad alguna. Por una bella imagen se dice que el alma sustenta y cuida el cuerpo como Cristo sustenta y cuida a la iglesia, pues fue él quien dijo a Jerusalén:
    «¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos bajo sus alas, y no quisiste!» y que así esto corruptible se vista de incorrupción, y que, siendo ligeramente sostenido, como sobre alas, pueda elevarse más fácilmente al aire. Amemos, pues, los hombres a nuestras esposas, y nuestras almas cuiden de nuestros cuerpos, de tal manera que las esposas se conviertan en varones y los cuerpos en espíritus, y que no haya diferencia de sexo, sino que, como entre los ángeles no hay varón ni mujer, así nosotros, que hemos de ser como los ángeles, comencemos a ser aquí lo que se nos promete que seremos en el cielo.

    I, 29

    29. La explicación sencilla de mi propia opinión con respecto al pasaje la expuse antes en estas palabras:
    «Tomando el sentido sencillo de las palabras, tenemos un mandamiento, que sigue al precepto de la bondad mutua entre marido y mujer, de que debemos sustentar y cuidar a nuestras esposas: es decir, que debemos proveerles el alimento y el vestido necesarios.»
    Ésta es mi propia comprensión del pasaje. Por consiguiente, mis palabras implican que todo lo que sigue y pudiera aducirse contra mí debe entenderse como dicho no según mi propia opinión, sino según la de mis adversarios. Pero podría pensarse que mi resolución de la dificultad del pasaje es demasiado breve y perentoria, y que envuelve el verdadero sentido, conforme a lo dicho más arriba, en la oscuridad de la alegoría, hasta rebajarlo de su significado verdadero a otro menos verdadero. Me acercaré, por tanto, más al asunto y preguntaré qué hay en la otra interpretación con lo que tengas necesidad de disentir. Es esto, supongo: que dije que las almas deben cuidar sus cuerpos como los hombres cuidan a sus esposas, para que esto corruptible se vista de incorrupción y, estando ligeramente sostenido como sobre alas, pueda elevarse más fácilmente al aire. Cuando digo que esto corruptible debe vestirse de incorrupción, no cambio la naturaleza del cuerpo, sino que le doy un rango más alto en la escala del ser. Y en cuanto a lo que sigue, que, estando ligeramente sostenido como sobre alas, pueda elevarse más fácilmente al aire: el que adquiere alas, es decir, la inmortalidad, para volar más ligeramente hacia el cielo, no deja de ser lo que había sido. Pero puedes decir: me quedo perplejo ante lo que sigue:
    «Amemos, pues, los hombres a nuestras esposas, y nuestras almas cuiden de nuestros cuerpos, de tal manera que las esposas se conviertan en varones y los cuerpos en espíritus, y que no haya diferencia de sexo, sino que, como entre los ángeles no hay varón ni mujer, así nosotros, que hemos de ser semejantes a los ángeles, comencemos a ser en la tierra lo que se nos promete que seremos en el cielo.»
    Justamente podrías quedarte perplejo, si yo no hubiera dicho, después de lo que precede, «Podemos comenzar a ser lo que se nos promete que seremos en el cielo.» Cuando digo: «Comenzaremos a ser en la tierra,» no quito la diferencia de sexo; sólo quito la concupiscencia y el comercio carnal, como hace el Apóstol cuando dice: «El tiempo es corto; por tanto, los que tienen esposa sean como si no la tuvieran;» y como dio a entender el Señor cuando, en respuesta a la pregunta de cuál de los siete hermanos sería esposo de la mujer, respondió: «Erráis, ignorando las Escrituras y el poder de Dios; porque en la resurrección ni se casarán ni serán dados en matrimonio, sino que serán como los ángeles de Dios.» Y, en efecto, cuando se observa la castidad entre hombre y mujer, comienza a ser verdad que no hay varón ni mujer; sino que, aunque viven en el cuerpo, van siendo transformados en ángeles, entre los cuales no hay varón ni mujer. Lo mismo dice el mismo Apóstol en otro lugar: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. No puede haber judío ni griego; no puede haber esclavo ni libre; no hay varón ni mujer: porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús.»

    A la acusación de leer libros seculares respondo que recuerdo lo que aprendí en la juventud

    I, 30

    30. Pero ahora, ya que mi defensa ha enderezado su curso fuera de estos lugares ásperos y quebrados, y he refutado la acusación de herejía que se había lanzado contra mí mirando de frente libremente a mi acusador, pasaré a los otros cargos con que intenta asaltarme. El primero es que soy una persona chocarrera, un detractorde todos; que siempre estoy gruñendo y mordiendo a mis predecesores. Le pido que nombre a una sola persona cuya reputación yo haya menospreciado, o a quien, según un arte practicado por mi contrincante, haya herido con falsos elogios. Pero si hablo contra personas malintencionadas, y hiero con la punta de mi pluma a algún Luscio Lanuvino o a un Asinio Polión de la raza de los Cornelios, si rechazo los ataques de un hombre de espíritu jactancioso y curioso, y dirijo todas mis flechas a un solo blanco, ¿por qué reparte con otros las heridas destinadas sólo a él? ¿Y por qué es tan imprudente que muestra, por la irritación de su respuesta a mi ataque, su conciencia de que es a él solo a quien le viene el sayo?
    Aduce contra mí la acusación de perjurio y sacrilegio juntamente, porque, en un libro escrito para la instrucción de una de las vírgenes de Cristo, describo la promesa que hice una vez cuando soñé que estaba ante el tribunal del Juez, de que nunca volvería a prestar atención a la literatura secular, y que, sin embargo, a veces he hecho mención de la erudición que entonces condené. Creo que aquí he dado con el hombre que, bajo el nombre de Salustiano Calpurnio, y por medio de la carta que me escribió el orador Magno, suscitó una cuestión no muy grande. Mi respuesta sobre el asunto general está contenida en el breve tratado que entonces le escribí. Pero en el momento presente debo responder en cuanto al sacrilegio y perjurio de mi sueño. Dije que en adelante no leería libros seculares: era una promesa para el futuro, no la abolición de mi memoria del pasado. ¿Cómo, puedes preguntarme, puedes retener lo que durante tanto tiempo has dejado de leer? Debo dar mi respuesta recurriendo a uno de esos libros antiguos:
    Mucho importa acostumbrarse en la tierna juventud.
    Pero con este modo de negar me incrimino a mí mismo; pues, trayendo a Virgilio como testigo, soy acusado por mi propio defensor. Supongo que debo tejer una larga urdimbre de palabras para probar aquello de lo que cada hombre es consciente. ¿Quién de nosotros no recuerda su infancia? Te haré reír aunque seas hombre de tan extrema gravedad; y al fin tendrás que hacer como Craso, quien, según cuenta Lucilio, no rió más que una vez en su vida, si cuento los recuerdos de mi niñez: cómo corría por los talleres donde trabajaban los esclavos; cómo pasaba los días de fiesta en el juego; o cómo tenía que ser arrastrado como un cautivo desde el regazo de mi abuela hasta las lecciones de mi enojado Orbilio. Todavía más te asombrarás si digo que, aun ahora que mi cabeza está cana y calva, a menudo me parece en sueños estar de pie, joven de rizos, vestido con mi toga, declamando una tesis de controversia ante el maestro de retórica; y, al despertar, me felicito por haber escapado del peligro de pronunciar un discurso. Créeme, nuestra infancia nos trae de vuelta muchas cosas con la mayor exactitud. Si hubieras tenido educación literaria, tu mente retendría aquello de que fue imbuida originalmente, como la cuba de vino conserva su aroma. La púrpura en la lana no puede lavarse con agua. Hasta los asnos y otras bestias conocen las posadas donde se han detenido antes, por largo que haya sido el viaje. ¿Te asombras de que yo no haya olvidado mis libros latinos, cuando tú aprendiste griego sin maestro? Aprendí las siete formas de silogismos en los Elementos de lógica; aprendí el significado de un axioma, o como podría llamarse en latín una Determinación; aprendí que toda oración debe tener en sí un verbo y un nombre; cómo amontonar los escalones del Sorites, cómo descubrir las vueltas ingeniosas del Pseudomenos y los fraudes de los sofismas comunes. Puedo jurar que jamás leí nada de esto después de dejar la escuela. Supongo que, para evitar que lo que aprendí se convierta en delito, debo, según las fábulas de los poetas, ir a beber del río Lete. Te emplazo a ti, que me acusas por mi escaso saber, y que te crees un literato y un rabino: dime, ¿cómo osaste escribir algunas de las cosas que has escrito y traducir a Gregorio, aquel varón elocuentísimo, con un esplendor de elocuencia semejante al suyo? ¿De dónde has sacado ese torrente de palabras, esa lucidez de exposición, esa variedad de traducciones, tú que en la juventud apenas habías probado un primer bocado de retórica? Mucho me equivoco si no estudias a Cicerón en secreto. Sospecho que, siendo tú persona tan cultivada, me prohíbes bajo penas la lectura de Cicerón, para quedarte solo entre nuestros escritores eclesiásticos a gloriarte de tu torrente de elocuencia. Debo decir, sin embargo, que más bien pareces seguir a los filósofos, pues tu estilo es afín a las sentencias espinosas de Cleantes y a las contorsiones de Crisipo, no por arte, del que dices ser ignorante, sino por simpatía de ingenio. Los estoicos reclaman como suya la Lógica, ciencia que tú desprecias como una necedad; por este lado, pues, eres epicúreo, y el principio de tu elocuencia no es el estilo, sino la materia. Pues, en efecto, ¿qué importa que nadie más entienda lo que quieres decir, cuando escribes para tus solos amigos, no para todos? Confieso que yo mismo no siempre entiendo lo que escribes, y pienso que estoy leyendo a Heráclito; sin embargo, no me quejo ni lamento mi torpeza, porque la molestia de leer lo que escribes no es mayor que la que tú debes tener al escribirlo.

    Además, una promesa hecha en un sueño no debe ser exigida. ¿Por qué los viejos amigos han de desenterrar tales cosas unos contra otros?

    I, 31

    Bien podría responder como lo he hecho, aun cuando se tratase de una promesa hecha con plena conciencia. Pero esto es cosa nueva y desvergonzada: me echa en cara un simple sueño. ¿Cómo he de responder? No tengo tiempo para pensar en nada fuera de mi propia esfera. ¡Ojalá no me viera impedido de leer siquiera las Sagradas Escrituras por las multitudes que asedian este lugar y por la reunión de cristianos venidos de todas las partes del mundo! Con todo, cuando un hombre convierte un sueño en crimen, puedo citarle las palabras de los Profetas, que dicen que no hemos de creer en los sueños; pues ni soñar con adulterio nos condena al infierno, ni soñar con la corona del martirio nos eleva al cielo. Muchas veces me he visto en sueños muerto y sepultado; muchas veces he volado sobre la tierra y he sido llevado como nadando por el aire, sobre montes y mares. Mi acusador podría, pues, exigirme que dejara de vivir o que tuviera alas en los hombros, porque mi mente ha sido a menudo burlada durante el sueño por vanas fantasías de este género. ¡Cuántos son ricos mientras duermen y despiertan hallándose mendigos! ¡O beben agua para refrescar su sed, y despiertan con la garganta reseca y abrasada! Tú me exiges el cumplimiento de una promesa hecha en un sueño. Yo te saldré al paso con una pregunta más verdadera y más ceñida: ¿Has hecho todo lo que prometiste en tu bautismo? ¿Hemos cumplido tú o yo todo lo que exige la profesión de monje? Te ruego que mires si no estás mirando la paja en mi ojo a través de la viga que hay en el tuyo. Lo digo contra mi voluntad; es el dolor el que fuerza a mi lengua reacia a hablar. En cuanto a ti, no te basta inventar cargos sobre mis actos de vigilia, sino que me acusas por mis sueños. Tanto te interesan mis acciones, que hasta discutes lo que he dicho o hecho dormido. No me detendré en el modo en que, en tu celo por hablar contra mí, has manchado tu propia profesión y has hecho todo lo posible, de palabra y de obra, por deshonrar a todo el cuerpo de los cristianos. Pero te doy una justa advertencia, y la repetiré una y otra vez. Atacas a una criatura que tiene cuernos; y si no fuera porque tomo a pecho las palabras del Apóstol: «Los maldicientes no heredarán el reino de Dios», y: «Odiándoos unos a otros, os habéis consumido unos a otros», te haría sentir cuán vasta discordia has suscitado tras una ligera y fingida reconciliación. ¿Qué provecho sacas de amontonar calumnias contra mí, tanto entre amigos como entre extraños? ¿Acaso porque no soy origenista y no creo que pequé en el cielo, se me acusa como pecador en la tierra? ¿Y el resultado de nuestra renovada amistad había de ser que yo no hablara contra los herejes, por miedo a que mi denuncia de ellos se tomara como un ataque contra ti? Mientras no rehusé ser ensalzado por ti, me seguiste como a un maestro, me llamaste amigo y hermano, y me reconociste como católico en todo respecto. Pero cuando pedí que me ahorraras tus elogios, y me juzgué indigno de tener por trompetero a tan gran hombre, al punto pasaste la pluma por lo que habías escrito, y empezaste a denigrar todo lo que antes habías alabado, y a verter por la misma boca palabras dulces y amargas. Ojalá pudieras comprender cuánta represión ejerzo para no acomodar mis palabras al hervor de mi pecho, y cómo ruego, como el Salmista: «Pon, Señor, una guardia ante mi boca; guarda la puerta de mis labios; no inclines mi corazón a palabras de malicia»; y, como dice en otra parte: «Mientras el malvado estaba ante mí, enmudecí, fui humillado y guardé silencio, aun apartándome de palabras buenas»; y de nuevo: «Me volví como un hombre que no oye y en cuya boca no hay reproches». Pero por mí responderá el Señor vengador, como dice por el Profeta: «Mía es la venganza; yo pagaré, dice el Señor»; y en otro lugar: «Te sentabas y hablabas contra tu hermano, y calumniabas al hijo de tu madre. Estas cosas hiciste, y yo guardé silencio; pensaste que yo sería tal como tú; pero yo te reprenderé y las pondré ante tus ojos»; de modo que te veas convicto de aquellas cosas que falsamente imputas a otro.

    Tengo razón al sostener que todos los pecados son perdonados en el bautismo

    I, 32

    Se me dice, para tomar otro punto, que uno de sus seguidores, Crisógono, me censura por haber dicho que en el bautismo todos los pecados son quitados, y, en el caso del hombre dos veces casado, que éste había muerto y resucitado como hombre nuevo en Cristo; y además, que había varias personas semejantes que eran obispos en las iglesias. Le daré una breve respuesta. Él y sus amigos tienen en sus manos mi carta, por la cual me reprenden. Que dé una respuesta a ella; que derribe su razonamiento con razonamiento propio, y pruebe con sus escritos que mis escritos son falsos. ¿Por qué fruncir el ceño, contraer y arrugar las narices, sopesar sus huecas palabras y simular ante la multitud una santidad que su conducta desmiente? Déjame proclamar una vez más mis principios en sus oídos: que el viejo Adán muere por completo en el lavatorio del bautismo, y entonces un hombre nuevo resucita con Cristo; que el hombre terrenal perece y el hombre celestial es levantado. Digo esto, no porque yo tenga un interés especial en esta cuestión, por la misericordia de Cristo, sino porque respondí a mis hermanos cuando me pidieron mi parecer, no con intención de prescribir a otros lo que crean justo creer, ni de derribar su resolución con mi opinión. Pues nosotros, que yacemos ocultos en nuestras celdas, no codiciamos el cargo de obispo. No somos como algunos que, despreciando toda humildad, ansían comprar el episcopado con oro; ni queremos, con ánimo de rebeldes, suprimir al Pontífice elegido por Dios; ni, favoreciendo a herejes, mostramos que nosotros mismos somos herejes. En cuanto al dinero, ni lo tenemos ni deseamos tenerlo. «Teniendo alimento y vestido, estamos con ello contentos»; y entretanto cantamos sin cesar las palabras que describen al hombre que subirá al monte del Señor: «El que no presta su dinero a usura, ni acepta soborno contra el inocente: quien hace estas cosas no será movido eternamente». Podemos añadir que quien hace lo contrario de esto caerá eternamente.
    Casi cada frase de este último capítulo es una alusión insidiosa a Rufino. Su «entrecejo arrugado» y su «nariz respingada», su manera de sopesar las palabras, su supuesta riqueza, están aludidos en otros pasajes y especialmente en la descripción satírica que de él se da tras su muerte en la carta de Jerónimo (cxxv, c. 18) a Rústico.

    Libro II

    Crítica de la Apología de Rufino ante Anastasio. Sus excusas para no ir a Roma son absurdas: sus padres han muerto y el viaje es fácil. Nadie oyó jamás que hubiera estado preso ni desterrado por la fe

    II, 1

    1. Hasta aquí he respondido acerca de mis crímenes, y aun en defensa de mis crímenes, que mi artero encomiasta me imputaba antes y que sus discípulos todavía repiten sin cesar. No lo he hecho tan bien como debía, sino como he podido, poniendo freno a mis quejas, pues mi propósito no ha sido tanto acusar a otros como defenderme. Ahora abordaré su Apología, con la cual se esfuerza por justificarse ante Anastasio, obispo de la ciudad de Roma, y, para defenderse, levanta una masa de calumnias contra mí. Su amor por mí es como el que siente quien, arrastrado por la tempestad y a punto de ahogarse en aguas profundas, se aferra al pie del buen nadador: está resuelto a que yo me hunda o nade con él.

    II, 2

    2. En primer lugar declara que responde a las insinuaciones hechas en Roma contra su ortodoxia, siendo él un hombre plenamente aprobado tanto en la fe divina como en la caridad. Dice que habría querido venir él mismo, de no ser porque había regresado hacía poco, tras treinta años de ausencia, a casa de sus padres, y le habría parecido duro e inhumano abandonarlos después de haber tardado tanto en llegar a ellos; y también porque se había vuelto algo menos robusto a causa del largo y penoso viaje, y demasiado débil para reanudar sus trabajos. Como no había podido venir él mismo, había enviado su apología como una especie de garrote literario que el obispo pudiera empuñar y con el cual ahuyentar a los perros que bramaban contra él. Si es un hombre aprobado por su fe divina y su caridad por todos, y especialmente por el obispo a quien escribe, ¿cómo es que en Roma se le asalta y denigra, y que los rumores de los ataques contra su reputación se hacen más densos? Además, ¿qué clase de humildad es ésa, que un hombre hable de sí mismo como aprobado por su fe divina y su caridad? Los Apóstoles rogaron: «Señor, auméntanos la fe», y recibieron por respuesta: «Si tuvierais fe como un grano de mostaza»; y a Pedro se le dice: «Oh hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?» ¿A qué hablar de la caridad, que es mayor que la fe y que la esperanza, y que Pablo dice que espera más bien que la posee; sin la cual ni siquiera la sangre derramada en el martirio ni el cuerpo entregado a las llamas tiene recompensa que la corone? Sin embargo, nuestro amigo reclama ambas cosas como suyas; pero de tal modo que todavía quedan criaturas que ladran contra él, y que seguirán ladrando a menos que el ilustre Pontífice las espante con su bastón. Pero cuán absurda es esta excusa que alega, la de haber vuelto a casa de sus padres después de treinta años. ¡Pues no tiene ni padre ni madre! Los dejó vivos cuando era joven, y ahora que es viejo, añora a quienes están muertos. Pero quizá por «padres» quiere decir lo que en el habla de los soldados y de la gente común se entiende por parientes y allegados; bien, dice que no quiere que se le considere tan duro e inhumano como para abandonarlos; y por eso deja su casa y se va a vivir a Aquileya. Esa fe tan aprobada suya corre gran peligro en Roma, y sin embargo él se tiende de espaldas, algo cansado tras treinta años, y no puede hacer un viaje facilísimo en carruaje por la vía Flaminia. Alega su fatiga tras un largo viaje, como si no hubiera hecho otra cosa que moverse durante treinta años, o como si, después de descansar durante dos años en Aquileya, todavía estuviera agotado por el trabajo de sus pasados viajes.

    II, 3

    3. Tocaré los demás puntos y citaré las palabras exactas de su carta:
    «Aunque mi fe fue probada, en la época de la persecución de los herejes, cuando vivía en la santa iglesia de Alejandría, con cárceles y destierros a los que fui sometido por causa de la fe.»
    Sólo me extraña que no añadiera «el prisionero de Jesucristo», o «fui librado de la boca del león», o «luché con fieras en Alejandría», o «he acabado la carrera, he guardado la fe; por lo demás, me está reservada la corona de justicia». ¿Qué destierros, qué cárceles son ésas que describe? Me sonrojo ante tan abierta mentira. ¡Como si la cárcel y el destierro se infligieran sin sentencias judiciales! Quisiera tener una lista de esas cárceles y de las diversas provincias a las que, según nos cuenta, fue forzado al destierro. Luego parece que hubo numerosas cárceles y un número infinito de destierros; de modo que al menos podría nombrar uno de todos ellos. Que se presenten las actas de su confesorado, pues hasta ahora las ignoramos; y así tendremos la satisfacción de recitar sus hazañas con las de los demás mártires de Alejandría, y él podrá salir al paso de la gente que ladra contra él con las palabras: «De ahora en adelante nadie me moleste, pues llevo en mi cuerpo las marcas de nuestro Señor Jesucristo.»

    Su confesión de fe es insatisfactoria. Nadie le preguntó acerca de la Trinidad, sino sobre las doctrinas de Orígenes acerca de la Resurrección, el origen de las almas y la salvabilidad de Satanás. En cuanto a la Resurrección y a Satanás es ambiguo; en cuanto a las almas, profesa ignorancia

    II, 4

    4. Continúa:
    «Con todo, puesto que puede haber algunas personas que deseen poner a prueba mi fe, u oír y aprender cuál es, declararé que así pienso acerca de la Trinidad;»
    Y así sucesivamente. Al principio dijiste que confiabas tu fe al obispo como a un bastón con el cual él pudiera fortificarse en tu favor contra esos perros ladradores. Ahora hablas con algo menos de confianza: «Puede haber algunas personas que deseen poner a prueba mi fe.» Empiezas a vacilar cuando los ladridos que llegan a tus oídos son tan numerosos. No me detendré a discutir las formas de dicción que empleas, pues las desprecias y condenas; responderé únicamente según el sentido. Se te pregunta acerca de una cosa, y das cuenta de ti sobre otra. En cuanto a las doctrinas de Arrio, contendiste contra ellas en Alejandría hace mucho tiempo, con cárceles y destierros, no con palabras sino con sangre. Pero la cuestión se refiere ahora a la herejía de Orígenes y al sentimiento suscitado contra ti sobre este asunto. Lamentaría que te tomaras el trabajo de curar heridas que ya están sanadas. Confiesas una Trinidad en una sola Deidad. Todo el mundo la confiesa ahora, y creo que hasta los demonios confiesan que el Hijo de Dios nació de la Virgen María y tomó sobre sí la carne y el alma propias de la naturaleza humana. Pero he de rogarte que no me tengas por hombre contencioso si te examino con un poco más de rigor. Dices que el Hijo de Dios tomó la carne y el alma propias de la naturaleza humana. Pues bien, te pediría que no te irrites conmigo, sino que respondas a esta pregunta: Esa alma que Jesús tomó sobre sí, ¿existía antes de nacer de María? ¿Fue creada juntamente con el cuerpo en aquella naturaleza virginal originaria engendrada por el Espíritu Santo? O bien, cuando el cuerpo ya estaba formado en el seno, ¿fue hecha de una vez y enviada del cielo? Quiero saber cuál de estas cosas eliges como opinión tuya. Si existía antes de nacer de María, entonces todavía no era el alma de Jesús; y fue empleada de algún modo y, como premio de sus virtudes, fue convertida en alma suya. Si surgió por traducianismo, entonces las almas humanas, que creemos eternas, están sujetas a la misma condición que las de los brutos, que perecen con el cuerpo. Pero si es creada y enviada al cuerpo después de que el cuerpo ha sido formado, dínoslo sencillamente y líbranos de la ansiedad.

    II, 5

    5. Ninguna de estas respuestas nos darás. Te vuelves a otras cosas y, con tus artimañas y tu aparato de palabras, nos impides prestar atenta consideración a la cuestión. ¡Cómo! —dirás—, ¿no era la cuestión acerca de la resurrección de la carne y del castigo del diablo? Verdad; y por eso pido una respuesta breve y sincera. No pongo objeción a tu declaración de que es esta misma carne en que vivimos la que resucita, sin pérdida de un solo miembro y sin que se corte parte alguna del cuerpo (pues éstas son tus propias palabras). Pero quiero saber si sostienes, lo que Orígenes niega, que los cuerpos resucitan con el mismo sexo con que murieron; y que María seguirá siendo María y Juan seguirá siendo Juan; o si los sexos estarán tan mezclados y confundidos que no habrá varón ni hembra, sino algo que es a la vez ambos o ninguno; y también si sostienes que los cuerpos permanecen incorruptos e inmortales y, como agudamente sugieres siguiendo al Apóstol, cuerpos espirituales para siempre; y no sólo los cuerpos, sino la carne misma, con sangre infundida en ella, que corre por canales a través de venas y huesos —carne como la que Tomás tocó—; o si poco a poco se disuelven en nada y se reducen a los cuatro elementos de que fueron compuestos. Esto debes o confesarlo o negarlo, y no decir lo que Orígenes también dice, pero insinceramente, como si jugara con la debilidad de los necios y de los niños: «sin pérdida de un solo miembro ni corte de parte alguna del cuerpo.» ¿Supones que lo que temíamos era resucitar sin narices y sin orejas, que hallaríamos cortados o mutilados nuestros órganos genitales, y que en la nueva Jerusalén se construiría una ciudad de eunucos?

    II, 6

    6. Acerca del diablo expone así su opinión:
    «Afirmamos también un juicio venidero, en cuyo juicio cada hombre ha de recibir el justo galardón de su vida corporal, conforme a lo que haya hecho, sea bueno o malo. Y si en el caso de los hombres la recompensa es según sus obras, ¿cuánto más lo será en el caso del diablo, que es la causa universal de pecado? Del diablo mismo creemos lo que está escrito en el Evangelio, a saber, que tanto él como todos sus ángeles recibirán como parte suya el fuego eterno, y con él quienes hacen sus obras, esto es, quienes se vuelven acusadores de sus hermanos. Por tanto, si alguno niega que el diablo haya de ser sometido a los fuegos eternos, que tenga su parte con él en el fuego eterno, para que conozca por experiencia aquello que ahora niega.»
    Repetiré las palabras una por una. «Afirmamos también un juicio venidero, en el cual juicio, etc.» Había decidido no decir nada acerca de los defectos verbales. Pero, puesto que sus discípulos admiran la elocuencia de su maestro, le haré una o dos censuras. Ya había dicho «un juicio futuro»; pero, como hombre cauto, temió decir simplemente «en el cual», y por eso escribió «en el cual juicio»; por miedo a que, si no decía «juicio» una segunda vez, nosotros, olvidando lo anterior, hubiéramos suplido la palabra «asno». Lo que introduce después, «quienes se vuelven acusadores de sus hermanos tendrán con él su parte en el fuego eterno», es de un estilo de igual belleza. ¿Quién oyó jamás de 'poseer las llamas'? Sería como 'gozar de los tormentos'. Supongo que, siendo ya griego, había intentado traducirse a sí mismo, y que para la palabra [κληρονομήσουσιν], que en latín puede traducirse con la sola palabra Hæreditabunt, dijo Hæreditate potientur, suponiendo que era algo más elaborado y ornado. Con tales frivolidades y tales impropiedades de lenguaje está repleto todo su discurso. Pero volvamos al sentido de sus palabras.

    II, 7

    7. Prosigamos:
    «Ésta es una gran lanza con la que se traspasa al diablo, él, 'que es la causa universal de pecado', si ha de dar cuenta de sus obras, como un hombre, y 'con sus ángeles poseer la herencia de los fuegos eternos'. Eso, sin duda, era lo que le faltaba: que, después de haber arrastrado al género humano al tormento, él mismo 'poseyera los fuegos eternos' que todo el tiempo había estado anhelando.»
    Me parece que aquí hablas con demasiada dureza del diablo, y que asaltas al acusador de todos con falsas acusaciones. Dices que 'es la causa universal de pecado'; y, al convertirlo en autor de todos los crímenes, libras de culpa a los hombres y quitas la libertad de la voluntad. Nuestro Señor dice que 'de nuestro corazón salen los malos pensamientos, los homicidios, los adulterios, las fornicaciones, los robos, los falsos testimonios, las injurias', y de Judas leemos en el Evangelio: «Tras el bocado, Satanás entró en él», es decir, porque antes del bocado había pecado voluntariamente, y no había sido llevado al arrepentimiento ni humillándose ni por la paciencia del Salvador. Así también dice el Apóstol: «A los tales entregué a Satanás, para que aprendan a no blasfemar». Entregó a Satanás, como a un verdugo, para castigo suyo, a quienes antes de ser entregados a él aprendieron a blasfemar por su propia voluntad. También David traza en pocas palabras la distinción entre las faltas debidas a su propia voluntad y los incentivos del vicio, cuando dice: «Límpiame de mis faltas ocultas, y aparta a tu siervo de los pecados ajenos». Leemos también en el Eclesiastés: «Si el espíritu del que domina se levanta contra ti, no abandones tu lugar»; de donde se ve claramente que cometemos pecado si damos ocasión al poder que se levanta, y si dejamos de derribar de cabeza al enemigo que escala nuestros muros. En cuanto a tus amenazas a tus hermanos, es decir, a quienes te acusan, con el fuego eterno en compañía del diablo, me parece que no tanto arrastras a tus hermanos hacia abajo como elevas al diablo, puesto que, según tú, él ha de ser castigado sólo con los mismos fuegos que los cristianos. Pero bien sabes, creo, qué significan los fuegos eternos según las ideas de Orígenes: la conciencia de los pecadores y el remordimiento que desgarra sus corazones por dentro. Éstas son las ideas que él cree indicadas en las palabras de Isaías: «Su gusano no morirá, ni su fuego se apagará», y en las palabras dirigidas a Babilonia: «Tienes brasas de fuego; te sentarás sobre ellas; éstas serán tu ayuda». Así también en el Salmo se dice al penitente: «¿Qué se te dará, o qué más se hará contigo contra la lengua falsa? Flechas agudas de valiente, con brasas desoladoras»; lo cual significa, según él, que las flechas de los preceptos de Dios (acerca de las cuales dice el Profeta en otro lugar: «Viví en miseria mientras una espina me traspasa») deben herir y atravesar la lengua astuta, y poner fin en ella a los pecados. También interpreta el lugar donde el Señor testifica: «He venido a traer fuego sobre la tierra, y ¡cómo quisiera que ya ardiera!» como si dijera: quiero que todos se arrepientan y quemen, por el Espíritu Santo, sus vicios y sus pecados; pues yo soy aquel de quien está escrito: «Nuestro Dios es fuego consumidor»; no es gran cosa, pues, decir esto del diablo, ya que está preparado también para los hombres. Más bien deberías haber dicho, si querías evitar la sospecha de creer en la salvación del diablo: «Te has convertido en perdición y no serás para siempre»; y como dice el Señor a Job acerca del diablo: «He aquí que su esperanza le fallará y a la vista de todos será derribado. No lo despertaré como a un cruel, pues ¿quién puede resistir mi rostro? ¿Quién me ha dado primero a mí, para que yo se lo devuelva? Todo cuanto está debajo del cielo es mío. No lo perdonaré, ni a él ni a sus palabras poderosas y dispuestas para apartar la ira.» Así, pues, estas cosas pueden pasar por obra de un hombre sencillo. Su alcance es bastante evidente para quienes entienden estas materias; pero para los no instruidos pueden presentar apariencia de inocencia.

    II, 8

    8. Pero lo que sigue acerca de la condición de las almas de ningún modo puede excusarse. Dice:
    «Se me informa a continuación de que se ha suscitado cierta agitación sobre la cuestión de la naturaleza del alma. Si las quejas sobre un asunto de este género deben ser acogidas en vez de dejarse de lado, has de decidirlo tú mismo. Si, no obstante, deseas conocer mi opinión sobre este punto, la expondré con franqueza. He leído a muchísimos autores sobre esta cuestión, y hallo que expresan opiniones diversas. Algunos de los que he leído sostienen que el alma es infundida juntamente con el cuerpo material por el conducto de la semilla humana, y de ello dan las pruebas que pueden. Creo que ésta era la opinión de Tertuliano o Lactancio entre los latinos, y quizá también de unos pocos más. Otros afirman que Dios crea cada día almas nuevas y las infunde en los cuerpos que han sido formados en el seno materno; mientras que otros, a su vez, creen que todas las almas fueron creadas hace mucho tiempo, cuando Dios hizo todas las cosas de la nada, y que lo único que hace ahora es enviar cada alma a nacer en su cuerpo según le parece bien. Ésta es la opinión de Orígenes, y de algunos otros entre los griegos. Por mi parte, declaro en presencia de Dios que, después de leer cada una de estas opiniones, no puedo tener ninguna de ellas por cierta y absoluta: la determinación de la verdad en esta cuestión la dejo a Dios y a quien le plazca revelársela. Mi profesión sobre este punto es, por tanto, primero, que estas diversas opiniones son las que he hallado en los libros, y, segundo, que hasta ahora permanezco en la ignorancia sobre el asunto, salvo en esto: que la Iglesia enseña como artículo de fe que Dios es creador de las almas tanto como de los cuerpos.»

    ¡Qué latín! Las pobres almas han de ser atormentadas por sus barbarismos

    II, 9

    9. Antes de entrar en la materia de este pasaje, he de admirarme de las palabras dignas de Teofrasto:
    «Se me informa —dice— de que se ha producido cierta agitación en torno a la cuestión de la naturaleza del alma. Si las quejas sobre un asunto de este género deben ser acogidas en lugar de dejadas de lado, tú mismo debes decidirlo.»
    Si en Roma se han suscitado estas cuestiones acerca del origen del alma, ¿qué sentido tiene esa queja y ese murmullo acerca de si deben ser acogidas o no, cuestión que compete enteramente al arbitrio de los obispos? Pero quizá piensa que cuestión y queja significan lo mismo, porque halla esta forma de hablar en los Comentarios de Cáper. Luego escribe: «Algunos de los que he leído sostienen que el alma es infundida junto con el cuerpo material por el conducto del semen humano; y de esto dan las pruebas que pueden.» ¡Qué licencia en las formas de hablar! ¡Qué mezcla de modos y tiempos! «He leído algunas sentencias —las confirmaron con las aserciones que pudieron.» Y en lo que sigue: «Otros afirman que Dios está creando cada día almas nuevas y las infunde en los cuerpos que han sido formados en el seno materno; mientras que otros, a su vez, creen que todas las almas fueron hechas hace tiempo, cuando Dios hizo todas las cosas de la nada, y que todo lo que ahora hace es enviar a cada alma a nacer en su cuerpo como a él le parece bien.» También aquí tenemos una disposición bellísima. Unos, dice, afirman esto y aquello; otros declaran que las almas fueron hechas hace tiempo, es decir, cuando Dios hizo todas las cosas de la nada, y que Él ahora las envía a nacer en su propio cuerpo como a él le agrada. Habla de modo tan desagradable y tan confuso que a mí me cuesta más corregir sus errores que a él escribirlos. Al final dice: «Yo, sin embargo, aunque he leído estas cosas;» y, mientras la frase queda todavía sin terminar, añade, como si hubiera aportado algo nuevo: «Yo, sin embargo, no niego que he leído cada una de estas cosas y, por ahora, confieso que soy ignorante.»

    No te es lícito ignorar un asunto semejante, que todas las iglesias conocen

    II, 10

    10. ¡Almas desdichadas!, atravesadas por todos estos barbarismos como por otras tantas lanzas. Dudo de que tuvieran tanta fatiga cuando, según la errónea teoría de Orígenes, cayeron del cielo a la tierra y se revistieron de estos cuerpos groseros, como la que tienen ahora al verse zarandeadas por todas partes por estas extrañas palabras y frases: por no mencionar esa palabra de mal agüero que dice que son infundidas por el conducto del semen humano. Sé que no es costumbre en los escritos cristianos criticar meras faltas de estilo; pero me ha parecido bien mostrar con unos pocos ejemplos cuán temerario es enseñar lo que ignoras, escribir lo que no sabes: de modo que, cuando lleguemos al fondo del asunto, estemos preparados para hallar la misma cantidad de sabiduría. Envía una carta, a la que llama un bastón muy fuerte, como arma para el obispo de Roma; y precisamente sobre el asunto por el que los perros le ladran profesa una absoluta ignorancia de la cuestión. Si ignora el asunto por el cual corren malos informes contra él, ¿qué necesidad había de enviar una Apología que no contiene defensa de sí mismo, sino sólo una confesión de su ignorancia? Tal proceder está calculado para sembrar una cosecha de sospechas, no para calmarlas. Nos da tres opiniones acerca del origen de las almas; y su conclusión al final es: «No niego que he leído cada una de ellas, y confieso que todavía soy ignorante.» Cualquiera supondría que se trata de Arcesilao o de Carnéades, que declaran que no hay certeza alguna; aunque él los supera incluso en cautela; pues ellos, empujados por la insufrible hostilidad que suscitaron entre los filósofos por arrancar toda verdad de la vida humana, inventaron las doctrinas de la probabilidad, para, mediante sus aserciones probables, templar su agnosticismo; pero él se limita a decir que está incierto y no sabe cuál de estas opiniones es verdadera. Si esto era todo lo que tenía que responder, ¿qué pudo inducirlo a invocar a tan gran Pontífice como testigo de su falta de cultura teológica? Supongo que ésta es la lasitud de la que nos habla, por la que está agotado con su viaje de treinta años y no puede venir a Roma. Hay muchísimas cosas que todos ignoramos; pero no buscamos testigos de nuestra ignorancia. En cuanto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, en cuanto a la natividad de nuestro Señor y Salvador, sobre la cual Isaías clama: «¿Quién contará su generación?» él habla con audacia, y un misterio del que todas las edades pasadas nada supieron lo reclama como enteramente dentro de su conocimiento; esto solo no lo sabe, y la ignorancia de ello hace tropezar a los hombres. Sobre cómo una virgen llegó a ser madre de Dios tiene pleno conocimiento; sobre cómo nació él mismo no sabe nada. Confiesa que Dios es el hacedor de las almas y de los cuerpos, ya sea que las almas existieran antes que los cuerpos, ya sea que vinieran a la existencia con los gérmenes de los cuerpos, o que sean enviadas a ellos cuando ya están formados en el seno materno. En cualquier caso reconocemos a Dios como su autor. La cuestión en disputa no es si las almas fueron hechas por Dios o por otro, sino cuál de las tres opiniones que expone es verdadera. De esto profesa ignorancia. ¡Cuidado! Puedes hallar gente que diga que la razón de tu confesión de ignorancia sobre las tres es que no quieres verte obligado a condenar una. Perdonas a Tertuliano y a Lactancio para no condenar con ellos a Orígenes. Por lo que recuerdo, aunque puedo equivocarme, no tengo noticia de haber leído que Lactancio hablara del alma como sembrada al mismo tiempo que el cuerpo. Pero, ya que dices que lo has leído, hazme el favor de decirme en qué libro se encuentra, para que no se piense que lo has calumniado en su muerte, como me has calumniado a mí en mi sueño. Pero aun aquí caminas con paso cauteloso y vacilante. Dices: «Creo que, entre los latinos, Tertuliano o Lactancio sostuvieron esta opinión, quizá también algunos otros.» No sólo dudas acerca del origen de las almas, sino que acerca de la opinión que cada autor sostiene no tienes más que 'pensamientos'; y sin embargo el asunto tiene cierta importancia. Sin embargo, en la cuestión del alma proclamas abiertamente tu ignorancia y confiesas tu falta de instrucción; en cuanto a los autores, tu conocimiento se reduce sólo a 'pensar', apenas a 'presumir'. Pero respecto de Orígenes solo lo tienes clarísimo. «Ésta es la opinión de Orígenes», dices. Pero déjame preguntarte: ¿es sana o no la opinión? Tu respuesta es: «No lo sé.» Entonces, ¿por qué me envías mensajeros y portadores de cartas, que vienen constantemente, sólo para enseñarme que eres ignorante? Para impedir que yo pueda dudar de si tu incapacidad es tan grande como dices, y pensar que es posible que estés ocultando astutamente todo lo que sabes, juras en presencia de Dios que hasta el momento presente no tienes nada por cierto y definido sobre este asunto, y que dejas a Dios saber lo que es verdad, y a cualquiera a quien a Él le plazca revelárselo. ¡Cómo! ¿A través de todas estas edades te parece que no ha habido nadie digno de que esto le fuera revelado? ¿Ni patriarca, ni profeta, ni apóstol, ni mártir? ¿Acaso no se te aclararon estos misterios incluso a ti mismo cuando habitabas entre príncipes y desterrados? El Señor dice en el Evangelio: «Padre, he revelado tu nombre a los hombres.» ¿Acaso el que reveló al Padre guardó silencio sobre el origen de las almas? ¿Y te asombras de que tus hermanos se escandalicen cuando juras que no sabes nada de una cosa que las iglesias de Cristo profesan conocer?

    En cuanto a traducir el [Περὶ ᾿Αρχῶν], no se trata de una cuestión, sino de una acusación: que alteraste el libro injustificadamente

    II, 11

    11. Después de la exposición de su fe, o más bien de su falta de conocimiento, pasa a otro asunto; e intenta excusarse por haber traducido al latín los libros [Περὶ ᾿Αρχῶν]. Reproduciré sus palabras literalmente:
    «Se me dice que se han suscitado objeciones contra mí porque, en verdad, a petición de algunos de mis hermanos, traduje del griego al latín ciertas obras de Orígenes. Supongo que todos ven que sólo por malquerencia se convierte esto en motivo de culpa. Pues, si hay alguna afirmación ofensiva en el autor, ¿por qué ha de torcerse como falta del traductor? Se me pidió presentar en latín lo que está escrito en el texto griego; y no hice más que ajustar palabras latinas a ideas griegas. Por tanto, si hay algo que alabar en esas ideas, la alabanza no me pertenece; y lo mismo respecto de cualquier cosa a la que pueda atribuírsele culpa.»
    «Oigo» —dice— «que de ahí ha surgido una disputa.» Qué hábil es esto: llamarlo disputa cuando en realidad es una acusación contra él. «Que yo, a petición de mis hermanos, he traducido al latín ciertas cosas de Orígenes.» Sí, pero ¿qué son esas «ciertas cosas»? ¿No tienen nombre? ¿Callas? Entonces los cargos presentados por los acusadores hablarán por ti. «Supongo» —dice— «que todos entienden que sólo por envidia se convierten estas cosas en motivo de culpa.» ¿Qué envidia? ¿Tienen envidia de tu elocuencia? ¿O has hecho lo que ningún otro hombre ha podido hacer jamás? Aquí estoy yo, que he traducido muchas obras de Orígenes; y, salvo tú, nadie me muestra envidia ni me calumnia por ello. «Si hay alguna afirmación ofensiva en el autor, ¿por qué ha de torcerse como falta del traductor? Se me pidió presentar en latín lo que está escrito en el texto griego; y no hice más que ajustar palabras latinas a ideas griegas. Por tanto, si hay algo que alabar en esas ideas, la alabanza no me pertenece, y lo mismo respecto de cualquier cosa a la que pueda atribuírsele culpa.» ¿Puedes asombrarte de que los hombres piensen mal de ti cuando de abiertas blasfemias no dices más que: «Si hay afirmaciones ofensivas en el autor»? Lo que se dice en esos libros ofende a todos los hombres; y tú solo permaneces en tu duda y en tu queja de que esto sea «torcido como falta del traductor», cuando lo has elogiado en tu Prefacio. "Se te pidió verterlo al latín tal como estaba en el texto griego." Ojalá hubieras hecho lo que finges que se te pidió. No serías entonces objeto de hostilidad alguna. Si hubieras guardado fidelidad como traductor, no habría sido necesario que yo contrarrestara tu falsa traducción con la mía verdadera. Sabes en tu conciencia qué añadiste, qué quitaste y qué alteraste en uno u otro sentido a tu arbitrio; y después de esto tienes la audacia de decirnos que lo bueno o lo malo no ha de atribuírsete a ti, sino al autor. Muestras que percibes la hostilidad suscitada contra ti al suavizar de nuevo tus palabras; y, como si caminaras con los pasos en el aire o sobre las puntas de las espigas, dices: «Si hay alabanza o culpa en estas opiniones.» No te atreves a defenderlo, pero tampoco quieres condenarlo. Elige cuál de las dos cosas prefieres; la opción es tuya; si eso que has traducido es bueno, elógialo; si malo, condénalo. Pero él se excusa y teje otro artificio. Dice:
    «Admito que puse algo de mi propia cosecha en la obra: como indiqué en mi Prefacio, usé de mi propio criterio al suprimir no pocos pasajes; pero sólo aquellos respecto de los cuales había llegado a sospechar que la cosa no había sido expuesta así por el propio Orígenes, y que la afirmación me parecía en esos casos haber sido insertada por otros, porque en otros lugares había hallado que el autor exponía la misma materia en sentido católico.»
    ¡Qué elocuencia admirable! Adornada, además, con flores del estilo ático. «¡Además también!» y «¡Cosas que me vinieron a la sospecha!» Me maravillo de que se haya atrevido a enviar a Roma semejantes portentos literarios. Cualquiera pensaría que la lengua de ese hombre estaba encadenada, atada con cuerdas que no pueden desenredarse, de modo que apenas podía prorrumpir en habla humana. Sin embargo, volveré al asunto entre manos.

    II, 11 (a)

    11 (a). Quisiera saber quién te dio permiso para suprimir buen número de pasajes de la obra que traducías. Se te pidió que vertieras un libro griego al latín, no que lo corrigieras; que sacaras a la luz las palabras de otro, no que escribieras un libro propio. Confiesas, por el hecho de podar tanto, que no hiciste lo que se te pidió. Y ojalá lo que recortaste hubiera sido todo lo malo, y no hubieras introducido muchas cosas tuyas que sirven para apoyar lo malo. Pondré un ejemplo, por el cual los hombres podrán juzgar del resto. En el primer libro del [Περὶ ᾿Αρχῶν], donde Orígenes había proferido aquella impía blasfemia de que el Hijo no ve al Padre, tú suministras las razones de ello, como en nombre del autor, y traduces la nota de Didimo, en la que hace un esfuerzo inútil por defender el error de otro, tratando de probar que Orígenes habló rectamente; pero nosotros, pobres hombres sencillos, como las criaturas mansas de que habla Ennio, no podemos entender ni su sabiduría ni la de su traductor. Tu Prefacio, que alegas como explicación, en el que me halagas y me elogias tan altamente, te muestra culpable de las faltas de traducción más graves. Dices que has suprimido muchas cosas del griego, pero no dices nada de lo que has introducido. ¿Eran buenas o malas las partes suprimidas? Malas, supongo. ¿Era bueno o malo lo que conservaste? Bueno, presumo; pues no podías traducir lo malo. ¿Entonces supongo que cortaste lo malo y dejaste lo bueno? Desde luego. Pero lo que has traducido puede demostrarse que es casi enteramente malo. Por tanto, todo lo que yo pueda mostrar como malo en tu traducción debe cargarse a tu cuenta, ya que lo tradujiste como bueno. Cosa extraña es que hayas de actuar como un censor injusto, que es él mismo culpable del crimen, y se te permita a tu antojo expulsar a unos del Senado y retener a otros en él. Pero dices: «Era imposible cambiarlo todo. Sólo pensé que podría suprimir lo que había sido añadido por los herejes.» Muy bien. Entonces, si suprimiste todo lo que pensabas que había sido añadido por los herejes, todo lo que dejaste pertenece a la obra que traducías. Respóndeme, pues: ¿son buenos o malos? No podías traducir lo malo, ya que de una vez por todas habías suprimido lo añadido por los herejes; es decir, a menos que pensaras que tu deber era suprimir las partes malas debidas a los herejes, mientras traducías al latín, sin alterarlos, los errores del propio Orígenes. Dime, pues, por qué tradujiste al latín las herejías de Orígenes. ¿Fue para exponer al autor del mal, o para elogiarlo? Si tu propósito es exponerlo, ¿por qué lo elogias en el Prefacio? Si lo elogias, quedas convicto de ser hereje. La única hipótesis restante es que publicaste estas cosas como buenas. Pero si se demuestra que son malas, entonces autor y traductor están implicados en el mismo crimen, y se cumple la palabra del Salmista: «Cuando veías a un ladrón, consentías con él, y con los adúlteros tenías parte.» Es innecesario hacer dudosa una cuestión clara discutiendo sobre ella. En cuanto a lo que sigue, que responda de dónde surgió en su mente esta sospecha de añadiduras de herejes. «Fue» —dice— «porque hallé las mismas cosas tratadas por este autor en otros lugares en sentido católico.»

    Orígenes afirma que Cristo es una criatura y sostiene la restitución universal. ¿Dónde lo ha contradicho?

    II, 12

    Debemos considerar primero el hecho, que viene antes, y así llegar en orden a la inferencia, que viene después. Ahora bien, entre las muchas cosas malas escritas por Orígenes hallo las siguientes, clarísimamente heréticas: que el Hijo de Dios es una criatura, que el Espíritu Santo es un siervo; que hay innumerables mundos, sucediéndose unos a otros en edades eternas; que los ángeles se han convertido en almas humanas; que el alma del Salvador existía antes de nacer de María, y que es esta alma la que «siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación ser igual a Dios, sino que se despojó a sí misma y tomó forma de siervo;» que la resurrección de nuestros cuerpos será tal que no tendremos los mismos miembros, pues, cuando cesen las funciones de los miembros, se volverán superfluos; y que nuestros mismos cuerpos se volverán aéreos y semejantes a espíritus, y poco a poco se desvanecerán y se dispersarán en el aire sutil y en la nada; que en la restitución de todas las cosas, cuando se haya alcanzado la plenitud del perdón, Querubines y Serafines, Tronos, Principados, Dominios, Virtudes, Potestades, Arcángeles y Ángeles, el diablo, los demonios y las almas de los hombres, ya sean cristianos, judíos o paganos, serán de una misma condición y grado; y cuando hayan llegado a su verdadera forma y peso, y el nuevo ejército de toda la raza que regresa del destierro del mundo presente una masa de criaturas racionales con todas sus heces dejadas atrás, entonces comenzará un mundo nuevo a partir de un nuevo origen, y otros cuerpos de los que se revestirán las almas que caigan del cielo; de modo que podamos temer que quienes ahora somos hombres nazcamos después mujeres, y que una que ahora es virgen llegue a ser entonces una prostituta. Estas cosas señalo como herejías en los libros de Orígenes. A ti te corresponde señalar en cuáles de sus libros has hallado que sean contradichas.

    II, 13

    No me digas que «has hallado las mismas cosas tratadas por el mismo autor en otros lugares en sentido católico» y así me envíes a buscar entre los seis mil libros de Orígenes que acusas al reverendísimo obispo Epifanio de haber leído; sino menciona los pasajes con exactitud; y ni siquiera esto bastará: debes presentar las frases palabra por palabra. Orígenes no es ningún necio, bien lo sé; no puede contradecirse a sí mismo. El resultado neto que se desprende de todo este cálculo es, pues, que lo que tú cortaste no se debió a los herejes, sino al propio Orígenes, y que tradujiste las cosas malas que él había escrito porque las considerabas buenas; y que tanto lo bueno como lo malo del libro deben cargarse a tu cuenta, ya que aprobaste sus escritos en el Prólogo.

    La cuestión es, como dice Anastasio a Juan de Jerusalén, con qué motivo tradujiste el [Περὶ ᾿Αρχῶν]

    II, 14

    El siguiente pasaje de esta apología es como sigue:
    «No soy ni un campeón ni un defensor de Orígenes, ni soy el primero que ha traducido sus obras. Otros antes que yo han hecho lo mismo; y yo lo hice, el último de muchos, a petición de mis hermanos. Si ha de darse una orden de que no se hagan tales traducciones, tal orden vale para el futuro, no para el pasado; pero si han de ser culpados quienes hicieron esas traducciones antes de que se diera semejante orden, la culpa debe comenzar por quienes dieron el primer paso.»
    Aquí por fin ha vomitado lo que quería decir, y toda su mente inflamada ha estallado en esta acusación maliciosa contra mí. Cuando traduce el [Περὶ ᾿Αρχῶν], declara que me sigue. Cuando se le acusa por haberlo hecho, me pone como ejemplo: esté en peligro o fuera de peligro, no puede vivir sin mí. Déjame, pues, decirle lo que él finge no saber. Nadie te reprocha que tradujeras a Orígenes; de lo contrario, Hilario y Ambrosio serían condenados: sino porque tradujiste una obra herética y trataste de ganarle apoyo elogiándome en el Prefacio. Yo mismo, a quien tú incriminas, traduje setenta homilías de Orígenes, y partes de sus Tomos, para, traduciendo sus mejores obras, apartar de la atención las peores; y también he traducido abiertamente el [Περὶ ᾿Αρχῶν] para demostrar la falsedad de tu traducción, a fin de mostrar al lector qué debe evitar. Si deseas traducir a Orígenes al latín, tienes a mano muchas homilías y Tomos suyos, en los que se trata algún tema de moral o se abre algún pasaje oscuro de la Escritura. Traduce ésos; dalos a quienes te los pidan. ¿Por qué tu primer trabajo habría de comenzar por lo infame? Y ¿por qué, cuando estabas a punto de traducir una obra herética, la precediste y apoyaste con el supuesto libro de un mártir, y forzaste a los oídos de los romanos un libro cuya traducción sumió al mundo en pánico? En todo caso, si traduces semejante obra con el propósito de presentar al autor como hereje, no cambies nada del texto griego y házlo claro en el Prefacio. Esto es lo que el papa Anastasio, con grandísima sabiduría, expresa en la carta que ha dirigido contra ti al obispo Juan; él me absuelve de toda culpa a mí, que he hecho esto, pero te condena a ti, que no quisiste hacerlo. Quizá niegues la existencia de esta carta; por eso he añadido una copia de ella; de modo que, si no quieres escuchar a tu hermano cuando te aconseja, escuches al obispo cuando te condena.

    Finges no ser defensor de Orígenes, pero publicas y amplías la Apología en su favor y alegas la falsificación de sus obras por los herejes

    II, 15

    Dices que no eres el defensor ni el campeón de Orígenes; pero de inmediato te confrontaré con tu propio libro, del que hablaste en aquel célebre prefacio a tu renombrada obra, en estos términos:
    «La causa de esta diversidad te la he expuesto más por extenso en la Apología que Pánfilo escribió entre sus tratados, añadiendo un brevísimo escrito mío propio, en el que he mostrado, con las que me parecen pruebas evidentes, que sus obras han sido corrompidas en muchos lugares por herejes y personas malintencionadas, y especialmente las que ahora estoy traduciendo, el [Περὶ ᾿Αρχῶν].»
    La defensa hecha por Eusebio, o, si así lo prefieres, por Pánfilo, no te bastó, sino que tuviste que añadir algo de tu sabiduría y erudición superiores para suplir lo que juzgaste insuficiente en lo que ellos habían dicho. Sería asunto largo si insertara todo tu libro en el presente tratado y, después de exponer cada párrafo, replicara a cada uno por turno, mostrando qué vicios hay en el estilo, qué mentiras en las afirmaciones, qué inconsistencia en el tejido mismo del lenguaje. Por eso, para evitar una discusión redundante que me desagrada, comprimiré la materia verbal en un espacio estrecho y responderé sólo al sentido. No bien deja el puerto, estrella su nave contra una roca. Recuerda las palabras de la Apología del mártir Pánfilo (que, sin embargo, he probado ser obra de Eusebio, jefe de los arrianos), de la cual había dicho: «La traduje a la lengua latina lo mejor que pude y según lo exigía la materia;» luego añade: «Es sobre esto sobre lo que quiero encargarte, Macario, varón de deseos: que tengas por cierto que esta regla de fe que más arriba he expuesto a partir de sus libros es tal que debe ser abrazada y retenida firmemente; queda claramente demostrado que en todas ellas hay un sentido católico.» Aunque quitó muchas cosas del libro de Eusebio y trató de alterar en buen sentido las expresiones acerca del Hijo y del Espíritu Santo, todavía se hallan en él muchas causas de ofensa, e incluso blasfemias abiertas, que nuestro amigo no puede negarse a aceptar, ya que las declara católicas. Eusebio (o, si lo prefieres, Pánfilo) dice en ese libro que el Hijo es el Siervo del Padre, que el Espíritu Santo no es de la misma sustancia que el Padre y el Hijo; que las almas de los hombres han caído del cielo; y, en cuanto que hemos sido cambiados del estado de Ángeles, que en la restitución de todas las cosas ángeles, demonios y hombres serán todos iguales; y muchas otras cosas tan impías y atroces que sería un crimen incluso repetirlas. El campeón de Orígenes y traductor de Pánfilo se halla en una posición extraña. Si hay tanta blasfemia en estas partes que él ha corregido, ¡cuántas cosas sacrílegas debe haber en las partes que, según finge, han sido falsificadas por los herejes! Lo que le hace sostener esta opinión, según dice, es que un hombre que no es ni un necio ni un loco no pudo haber dicho cosas mutuamente repugnantes; y, para que no supongamos que escribió cosas distintas en tiempos distintos, y que expuso opiniones contrarias según el tiempo en que escribía, añade:
    «¿Qué hemos de decir cuando a veces en el mismo lugar y, por así decirlo, casi en el párrafo siguiente, se halla insertada una frase de sentido contrario? ¿Podemos creer que, en la misma obra y en el mismo libro, y a veces, como he dicho, en la frase inmediatamente siguiente, pudo haber olvidado sus propias palabras? Por ejemplo, ¿pudo quien antes había dicho que no podemos hallar en todas las Escrituras pasaje alguno en que se diga que el Espíritu Santo fue creado o hecho, añadir inmediatamente que el Espíritu Santo fue hecho entre las demás criaturas? O también, ¿pudo quien definió que el Padre y el Hijo son de una sola sustancia, a saber, la que en griego se llama Homoousion, decir en las partes siguientes que él era de otra sustancia y que fue creado, cuando poco antes lo había declarado nacido de la naturaleza de Dios Padre?»

    Tu defensa no recibe apoyo alguno de Eusebio ni de Dídimo, quienes, cada uno por su propia razón, defienden el [Περὶ ᾿Αρχῶν] tal como está

    II, 16

    Éstas son sus propias palabras, no puede negarlas. Ahora bien, no quiero que se me despache con expresiones como «ya que dijo más arriba», sino que quiero tener el nombre del libro en el que primero habló rectamente y después erróneamente: en el que primero dice que el Espíritu Santo y el Hijo son de la sustancia de Dios, y en lo que inmediatamente sigue declara que son criaturas. ¿No sabes que poseo todas las obras de Orígenes y que he leído un gran número de ellas?
    ¡Tus adornos ante la multitud! Te conozco bien;
    Lo que hay dentro y sobre la piel lo veo.
    Eusebio, que fue varón doctísimo (observa que digo docto, no católico; no debes, según tu costumbre, hacer de esto un pretexto para calumniarme), ocupa seis volúmenes en nada más que en el intento de mostrar que Orígenes es de su manera de creer, es decir, de la perfidia arriana. Presenta muchos pasajes de prueba y demuestra eficazmente su punto. ¿En qué sueño, en una prisión alejandrina, se te dio la revelación en virtud de la cual declaras falsificados estos pasajes que él acepta como verdaderos? Pero posiblemente él, siendo arriano, acogió estas adiciones de los herejes para apoyar su propio error, a fin de que no se pensara que era el único que había sostenido opiniones falsas contrarias a la Iglesia. Entonces, ¿qué responderás respecto de Dídimo, que ciertamente es católico en cuanto a la Trinidad? Sabes que traduje al latín su libro sobre el Espíritu Santo. Él seguramente no pudo haber asentido a los pasajes de las obras de Orígenes que fueron añadidos por herejes; sin embargo, escribió unos breves comentarios al [Περὶ ᾿Αρχῶν] que tú has traducido; en ellos nunca niega que lo que allí está escrito lo escribió Orígenes, sino que sólo intenta persuadirnos a nosotros, gente sencilla, de que no entendemos su sentido y de que esos pasajes deben tomarse en buen sentido. Hasta aquí sólo sobre el Hijo y el Espíritu Santo. Pero en lo tocante al resto de las doctrinas de Orígenes, tanto Eusebio como Dídimo se adhieren a sus opiniones y defienden, como dicho en sentido católico y cristiano, lo que todas las iglesias reprueban.

    Si podemos alegar falsificación a cada paso, hacemos un caos de toda la literatura antigua

    II, 17

    Pero consideremos cuáles son los argumentos con los que intenta probar que los escritos de Orígenes han sido corrompidos por los herejes.
    «Clemente,» dice, «que fue discípulo de los Apóstoles y sucedió a los apóstoles tanto en el episcopado como en el martirio, escribió los libros que llevan el nombre de Anagnorismus, es decir, Reconocimientos. En éstos, aunque, hablando en general, la doctrina que se expone en nombre del apóstol Pedro es genuina, en ciertos pasajes se introduce la doctrina de Eunomio de tal manera que supondrías que el propio Eunomio está conduciendo el argumento y afirmando su opinión de que el Hijo fue creado de la nada.»
    Y, después de un pasaje demasiado largo para reproducir, añade:
    «¿Qué hemos de pensar, entonces, de estos hechos? ¿Hemos de creer que un varón apostólico escribió herejía? ¿O no es más probable que hombres de mente perversa, deseando ganar apoyo para sus propias doctrinas y obtener para ellas crédito más fácil, introdujeran bajo los nombres de varones santos opiniones que no se puede creer que ellos hubieran sostenido o escrito?»
    Nos dice que también Clemente, el presbítero de Alejandría, que era un varón católico, escribe a veces en sus obras que el Hijo de Dios es creado; y que Dionisio, obispo de Alejandría, varón doctísimo, en los cuatro libros en que refutó las doctrinas de Sabelio, cae en el dogma de Arrio. Lo que pretende al citar estos ejemplos no es mostrar que eclesiásticos y católicos hayan errado, sino que sus escritos han sido corrompidos por herejes, y cierra la discusión con estas palabras:
    «Y cuando hallamos en Orígenes cierta diversidad de doctrina, así como la hemos hallado en aquellos de quienes hemos hablado más arriba, ¿no nos bastará creer en su caso lo mismo que creemos o entendemos en el caso de los varones católicos que hemos pasado en revista? ¿No valdrá la misma defensa cuando el caso es el mismo?»
    Si, respondo yo, admitimos que todo lo que en un libro es ofensivo fue insertado corruptamente por otros, nada quedará perteneciente al autor bajo cuyo nombre circula el libro, sino que todo podrá atribuirse a aquellos por quienes se supone que fue corrompido. Pero entonces tampoco les pertenecerá a ellos, pues no sabemos quiénes fueron; y el resultado será que todo libro pertenece a todos y nada a nadie en particular. En esta confusión que introduce este método de defensa, será imposible convencer de error a Marción, a Maniqueo, a Arrio o a Eunomio; porque, tan pronto como señalamos una afirmación de su incredulidad, sus discípulos responderán que eso no fue lo que escribió el maestro, sino que fue insertado corruptamente por sus adversarios. Según este principio, este mismo libro tuyo no será ni tuyo ni mío. Y en cuanto a este mismo libro en el que estoy respondiendo a tus acusaciones, todo lo que en él halles censurable se considerará no escrito por mí, sino por ti, que ahora lo censuras. Y además, mientras tú lo atribuyes todo a los herejes, no quedará nada que puedas atribuir a los eclesiásticos como propio.
    Pero podrás preguntar: ¿Cómo es, entonces, que en sus libros se hallan algunas opiniones falsas? Pues bien, si respondo que no conozco a las partes de las que proceden esas opiniones falsas, no ha de pensarse que he dicho que son herejes. Es posible que hayan caído en error sin advertirlo, o que las palabras tuvieran un sentido distinto, o que hayan sido corrompidas gradualmente por copistas inhábiles. Hay que admitir que, antes de que Arrio surgiera en Alejandría como un demonio del mediodía, se dijeron cosas incautamente que no pueden defenderse contra una crítica malévola. Pero cuando se ponen al descubierto faltas manifiestas en Orígenes, tú no lo defiendes, sino que acusas a otros; no niegas las faltas, sino que convocas a una multitud de criminales. Si se te pidiera nombrar a quienes han sido compañeros de Orígenes en sus herejías, sería muy oportuno llamar a esos otros. Pero lo que ahora se te pide que nos digas es si esas afirmaciones de los libros de Orígenes son buenas o malas; y no dices nada, sino que traes a colación asuntos irrelevantes, como: Esto es lo que dice Clemente; éste es un error del que se halla culpable a Dionisio; éstas son las palabras con que el obispo Atanasio defiende el error de Dionisio; de manera semejante han sido alterados los escritos del Apóstol; y luego, mientras se te imputa el cargo de herejía, nada dices en tu propia defensa, sino que haces confesiones acerca de mí. Yo no hago acusaciones, y me contento con responder por mí mismo. No soy lo que tú intentas probar que soy; si tú eres lo que se te acusa de ser, es cosa tuya considerarlo. El hecho de que yo sea absuelto de culpa no prueba que sea inocente, ni el hecho de que tú seas acusado prueba que seas criminal.

    El objeto de la carta de Orígenes, de la que él traduce sólo una parte, no es mostrar la falsificación de sus escritos, sino vituperar a los obispos que lo condenaron

    II, 18

    18. Después de este prefacio sobre la falsificación por parte de los herejes de los apóstoles, de ambos Clementes y de Dionisio, llega por fin a Orígenes; y éstas son sus palabras:
    «He mostrado con sus propias palabras y escritos cómo él mismo se queja de esto y lo deplora: explica claramente en la carta que escribió a algunos de sus amigos íntimos de Alejandría lo que sufrió mientras vivía aquí en la carne y en pleno goce de sus sentidos, por la corrupción de sus libros y tratados, o por ediciones espurias de los mismos.»
    Añade una copia de esta carta; y quien implora a los herejes la falsificación de los escritos de Orígenes comienza él mismo por falsificarlos, pues no traduce la carta tal como la halla en el griego, y no transmite a los latinos lo que Orígenes declara en su carta. El objeto de toda la carta es atacar a Demetrio, Pontífice de Alejandría, y lanzar invectivas contra los obispos de todo el mundo, y decirles que la excomunión que le impusieron carece de validez; dice además que no tiene intención de devolver sus malas palabras; tan temeroso es, en efecto, de hablar mal, que no se atreve a hablar mal ni siquiera del diablo; hasta el punto de que dio ocasión a Cándido, adherente de los errores de Valentiniano, de representarlo falsamente como si dijera que el diablo es de una naturaleza tal que podría salvarse. Pero nuestro amigo no hace caso del propósito real de la carta, y fabrica para Orígenes un argumento que éste no emplea. He traducido, pues, una parte de la carta, comenzando un poco más abajo de lo ya referido, y la he adjuntado a la parte que él ha traducido de manera recortada y falaz, para que el lector perciba el objeto con el que suprimió la parte anterior. Está contendiendo, pues, contra los obispos de la iglesia en general, porque lo habían juzgado indigno de su comunión; y continúa así:
    «¿Para qué hablar de las palabras con que los profetas amenazan y reprenden constantemente a los pastores, ancianos, sacerdotes y príncipes? Estas cosas podéis sacarlas por vosotros mismos, sin mi ayuda, de las Santas Escrituras, y podéis ver claramente que bien puede ser éste el tiempo presente del que se dice: 'No confiéis en vuestros amigos, y no pongáis vuestra esperanza en los príncipes,' y que la profecía está ahora alcanzando su cumplimiento: 'Los jefes de mi pueblo no me han conocido; mis hijos son necios y no sabios: son sabios para hacer el mal, pero no saben hacer el bien.' Debemos compadecerlos, no odiarlos; rogar por ellos, no maldecirlos. Porque para bendecir hemos sido creados, no para maldecir. Por eso incluso Miguel, cuando disputaba contra el diablo por el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir una acusación injuriosa ni siquiera por un mal tan grande, sino que dijo: 'El Señor te reprenda.' Y leemos algo semejante en Zacarías: 'El Señor te reprenda, oh Satanás; el Señor que ha elegido a Jerusalén te reprenda.' Así también deseamos que quienes no quieran aceptar humildemente la reprensión de sus prójimos sean reprendidos por el Señor. Pero, puesto que Miguel dice: 'El Señor te reprenda, oh Satanás,' y Zacarías dice lo mismo, el diablo sabe bien si el Señor lo reprende o no; y debe reconocer el modo de la reprensión.»
    Luego, tras un pasaje demasiado largo para insertarlo aquí, añade:
    «Creemos que no sólo quienes han cometido grandes pecados serán arrojados del reino de los cielos, como los fornicarios y los adúlteros, y los que se contaminan con varones, y los ladrones, sino también aquellos que han hecho mal de un tipo menos flagrante, pues está escrito: 'Ni los borrachos ni los maldicientes heredarán el reino de Dios;' y que la norma por la que serán juzgados los hombres es tanto la bondad como la severidad de Dios. Por eso nos esforzamos por obrar con reflexión en todas las cosas, en el beber vino y en la moderación del lenguaje, de modo que no nos atrevamos a hablar mal de hombre alguno. Ahora bien, como, por el temor de Dios, somos cuidadosos de no proferir maldiciones contra nadie, recordando que las palabras 'No se atrevió a proferir contra él una acusación injuriosa,' se dicen de Miguel en su trato con el diablo; como se dice también en otro lugar: 'Desprecian las potestades y maldicen las dignidades;' algunos de estos hombres que buscan motivos de contención, nos atribuyen a nosotros y a nuestra doctrina la blasfemia (en cuanto a la cual deben meditar las palabras que se les aplican: 'Ni los borrachos ni los maldicientes heredarán el reino de Dios'), a saber, que el padre de la maldad y de la perdición de los que serán arrojados del reino de Dios puede salvarse; cosa que ni siquiera un loco puede decir.»
    El resto que viene en la misma carta lo ha puesto en lugar de las últimas palabras de Orígenes que yo he traducido: «Ahora bien, como, por el temor de Dios, somos cuidadosos de no proferir maldiciones contra nadie,» y así sucesivamente; corta fraudulentamente la parte anterior, de la que depende la posterior, y comienza a traducir la carta, como si la parte anterior comenzara con esta afirmación, y dice:
    «Algunos de los que se complacen en presentar quejas contra sus prójimos, nos atribuyen a nosotros y a nuestra doctrina el crimen de una blasfemia, que jamás hemos pronunciado, (en cuanto a lo cual deben considerar si están dispuestos a atenerse al decreto que dice: 'Los maldicientes no heredarán el reino de Dios,') pues dicen que yo afirmo que el padre de la maldad y de la perdición de los que serán arrojados del reino de Dios, es decir, el diablo, se salvará; cosa que ningún hombre, aunque hubiera perdido el juicio y estuviera manifiestamente loco, podría decir.»

    Sólo en referencia a un punto particular de su disputa con Cándido alega Orígenes esta falsificación. La historia de la condena de Hilario por la falsificación de sus escritos no tiene fundamento

    II, 19

    19. Compara ahora las palabras de Orígenes, que yo he traducido palabra por palabra más arriba, con las que él ha vertido al latín, o más bien volcado; y verás claramente cuán grande es la discrepancia entre ellas, no sólo de palabra sino de sentido. Te ruego que no consideres fatigosa mi traducción porque sea más larga; pues el objeto que tuve al traducir todo el pasaje fue exhibir el propósito que él tuvo al suprimir la parte anterior. Existe en griego un diálogo entre Orígenes y Cándido, defensor de la herejía de Valentiniano, en el cual confieso que, al leerlo, me parece estar contemplando un combate entre dos gladiadores andabatas. Cándido sostiene que el Hijo es de la substancia del Padre, cayendo en el error de afirmar una Probolé o Emisión. Por su parte, Orígenes, como Arrio y Eunomio, se niega a admitir que Él sea producido o engendrado, no sea que Dios Padre se divida así en partes; pero dice que Él fue una creación sublime y excelentísima que vino a la existencia por la voluntad del Padre como las demás criaturas. Llegan luego a una segunda cuestión. Cándido afirma que el diablo es de una naturaleza totalmente mala que jamás puede salvarse. Contra esto Orígenes afirma con razón que no es de substancia perecedera, sino que fue por su propia voluntad que cayó y que puede salvarse. Esto lo convierte Cándido falsamente en un reproche contra Orígenes, como si hubiese dicho que la naturaleza diabólica podía salvarse. Lo que, pues, Cándido le había imputado falsamente, Orígenes lo refuta. Pero vemos que sólo en este Diálogo acusa Orígenes a los herejes de haber falsificado sus escritos; no en los demás libros sobre los que jamás se planteó cuestión alguna. De otro modo, si hemos de creer que todo lo herético no se debe a Orígenes sino a los herejes, mientras que casi todos sus libros están llenos de estos errores, nada de Orígenes quedará, sino que todo deberá ser obra de aquellos cuyos nombres desconocemos.
    No le basta calumniar a los griegos y a los hombres de antaño, sobre los cuales la distancia de tiempo o de lugar le da poder para contar cualquier mentira que le plazca. Llega a los latinos, y primero toma el caso de Hilario el Confesor, cuyo libro, afirma, fue falsificado por los herejes después del Concilio de Rímini. Sobre esto surgió una cuestión en un concilio de obispos, y entonces ordenó que el libro fuera traído de su propia casa. El libro en su forma herética estaba en su escritorio, aunque él no lo sabía; y cuando fue presentado, el autor del libro fue condenado como hereje y excomulgado, y salió de la sala del concilio. Ésta es la historia, un mero sueño suyo, que cuenta a sus íntimos; e imagina que su autoridad es tan grande que nadie se atreverá a contradecirlo cuando dice tales cosas. Le haré unas pocas preguntas. ¿En qué ciudad se celebró el sínodo por el que Hilario fue excomulgado? ¿Cuáles eran los nombres de los obispos presentes? ¿Quién firmó la sentencia? ¿Quiénes estuvieron conformes y quiénes disconformes? ¿Quiénes fueron los cónsules del año? ¿Y quién fue el emperador que ordenó la reunión del concilio? ¿Los obispos presentes eran sólo de Galia, o también de Italia y de España? ¿Y con qué propósito fue convocado el concilio? No nos dices nada de esto; sin embargo, para defender a Orígenes, tratas como a un criminal y como a un excomulgado a un hombre de la más elevada elocuencia, el clarín mismo de la lengua latina contra los arrianos. Pero estamos en presencia de un confesor, y aun sus calumnias deben soportarse con paciencia. Pasa luego a Cipriano, el ilustre mártir, y nos dice que un libro de Tertuliano titulado «Sobre la Trinidad» es leído como obra suya por los partidarios de la herejía macedonia en Constantinopla. En esta acusación suya dice dos mentiras. El libro en cuestión no es de Tertuliano, ni circula bajo el nombre de Cipriano. Es de Novaciano y se llama por su nombre; la peculiaridad del estilo prueba la autoría de la obra.

    Eso que cuentas de mí en el concilio de Dámaso es mero chisme de sobremesa

    II, 20

    20. ¡Qué necedad es ésta con la que fabrican una acusación contra mí! Apenas parece digna de atención. Es una historia mía sobre el concilio celebrado por Dámaso, obispo de Roma, y yo, bajo el nombre de cierto amigo suyo, soy atacado por ella. Me había dado unos papeles sobre asuntos eclesiásticos para que los hiciera copiar; y la historia describe una treta practicada por los apolinaristas, que tomaron prestado uno de ellos, un libro de Atanasio, para leerlo, en el que aparecen las palabras 'Dominicus homo,' y lo falsificaron raspando primero las palabras y escribiéndolas de nuevo sobre el raspado, de modo que pareciera, no que el libro había sido falsificado por ellos, sino que las palabras habían sido añadidas por mí. Te ruego, amigo queridísimo, que en estas materias de serio interés para la iglesia, donde está en cuestión la verdad doctrinal y buscamos la autoridad de nuestros predecesores para el bienestar de nuestras almas, dejes a un lado tonterías de esta clase, y no tomes meras historias de sobremesa como si fueran argumentos. Pues es muy posible que, aun después de que hayas oído de mí la historia verdadera, otro que no la conozca declare que está inventada y compuesta en lenguaje elegante por ti, como una mina de Filistión o una canción de Léntulo o Marcelo.

    El ataque a Epifanio como plagiario de Orígenes es un ultraje a los obispos en general. Orígenes jamás escribió seis mil libros

    II, 21

    21. ¿Hasta dónde no llegará la temeridad una vez que se sueltan las riendas que la frenan? Después de contarnos la excomunión de Hilario, el libro herético que falsamente lleva el nombre de Cipriano, las sucesivas raspaduras e inserciones en la obra de Atanasio hechas mientras yo dormía, como último esfuerzo prorrumpe en un ataque contra el papa Epifanio: el despecho engendrado en su corazón porque Epifanio, en la carta que escribió al obispo Juan, lo había llamado hereje, lo vierte en su apología por Orígenes, y se consuela con estas palabras:
    «Toda la verdad, que ha estado oculta, debe aquí quedar al descubierto. Es imposible que hombre alguno ejerza un juicio tan injusto que juzgue desigualmente donde los casos son iguales. Pero el hecho es que los instigadores de quienes difaman a Orígenes son hombres que o bien tienen la costumbre de disertar largamente en las iglesias o escriben libros, todos los cuales, tanto libros como discursos, están tomados de Orígenes. Para impedir, pues, que los hombres descubran su plagio, crimen que puede ocultarse mientras obren ingratamente hacia su maestro, disuaden a todas las personas sencillas de leerlo. Uno de ellos, que se considera con la necesidad impuesta de hablar mal de Orígenes por todas las naciones y lenguas, como si eso fuera predicar el Evangelio, declaró una vez ante el auditorio de una vasta multitud de hermanos que había leído seis mil de sus libros. Si los leyó, como suele declarar, para saber qué mal había en ellos, diez o veinte libros, o a lo sumo treinta, habrían bastado para ese conocimiento. Leer seis mil libros no es propio de quien quiere conocer el mal y los errores que hay en ellos, sino de quien consagra casi toda su vida a estudios emprendidos bajo su magisterio. ¿Cómo puede, pues, pretender ser escuchado cuando culpa a quienes, por amor a la instrucción, han leído una pequeña parte de sus obras, cuidando de mantener íntegro su propio sistema de creencia y su piedad?»
    Comentario editorial · Epifanio, Juan de Jerusalén y el hermano de Jerónimo
    Rufino había acusado a Epifanio de Salamina de plagiar a Orígenes. Epifanio fue quien primero atacó al alejandrino en Palestina: según Wikipedia pidió al obispo Juan de Jerusalén que lo condenara, Juan se negó, y Epifanio ordenó sacerdote, desafiando a Juan, a Pauliniano, hermano de Jerónimo, que rompió la comunión con Juan. Rufino, ordenado por Juan, fue su consejero durante la visita de Epifanio (NPNF). Las fuentes fechan el comienzo de la crisis de forma distinta: 392 con el monje Aterbio (NPNF) o 393 con la petición de Atarbio y 394 con la carta de Epifanio a Juan (Wikipedia).

    II, 22

    22. ¿Quiénes son estos hombres que suelen disertar tan largamente en las iglesias y escribir libros, y cuyos discursos y escritos están tomados enteramente de Orígenes; estos hombres que temen que sus hurtos literarios se hagan conocidos y que muestran ingratitud hacia su maestro, y que por eso disuaden a los hombres de mente sencilla de leerlo? Deberías mencionarlos por su nombre, y señalar a los hombres mismos. ¿Han de ser tenidos por plagiarios de sus libros los reverendos obispos Anastasio y Teófilo, Venerio y Cromacio, y todo el concilio de los católicos tanto en Oriente como en Occidente, que públicamente lo denuncian como hereje? ¿Hemos de creer que, cuando predican en las iglesias, no predican los misterios de las Escrituras, sino que se limitan a repetir lo que han hurtado de Orígenes? ¿No te basta denigrarlos a todos en general, sino que debes apuntar especialmente la lanza de tu pluma contra un reverendo y eminente obispo de la iglesia? ¿Quién es ése que considera que tiene necesidad impuesta de difamar a Orígenes, como Evangelio que debe predicar entre todas las naciones y lenguas? ¿Ese hombre que proclamó ante el auditorio de una vasta multitud de hermanos que había leído seis mil de sus libros? Tú mismo estabas en el centro mismo de aquella multitud y compañía de hermanos, cuando, como él se queja en su carta, las monstruosas doctrinas de Orígenes fueron amplificadas por ti. ¿Ha de imputársele como crimen que conozca el griego, el siríaco, el hebreo, el egipcio, y en parte también la lengua latina? Entonces, supongo, los Apóstoles y los varones apostólicos, que hablaban en lenguas, han de ser condenados; y tú, que conoces dos lenguas, puedes burlarte de mí, que conozco tres. Pero en cuanto a los seis mil libros que pretendes que él ha leído, ¿quién creerá que dices la verdad, o que él era capaz de decir semejante mentira? Si en verdad Orígenes hubiera escrito seis mil libros, es posible que un hombre de gran erudición, formado desde su infancia en la literatura sagrada, hubiera podido leer libros ajenos de sus propias convicciones, porque tenía espíritu inquisitivo y amor al saber. Pero ¿cómo podía leer lo que Orígenes jamás escribió? Cuenta el índice contenido en el tercer volumen de Eusebio, en el que está la vida de Pánfilo: no hallarás, no digo seis mil, sino ni siquiera la tercera parte de ese número de libros. Tengo en mi poder la carta del arriba nombrado Pontífice, en la que da su respuesta a esta calumnia tuya proferida cuando aún estabas en Oriente; y confuta esta mentira manifiesta con el rostro abierto de la verdad.

    Comprobé en la biblioteca de Cesarea que la Apología que citas como de Pánfilo es obra de Eusebio

    II, 23

    23. Después de todo esto, te atreves a decir en tu Apología que no eres defensor ni campeón de Orígenes, aunque piensas que Eusebio y Pánfilo dijeron bien poco en su defensa. Intentaré escribir una respuesta a esas obras en otro tratado, si Dios me concede vida suficiente. Por ahora baste con que he respondido a tus afirmaciones y he puesto en guardia al lector cuidadoso declarando que nunca vi por escrito el libro que se conocía como obra de Pánfilo hasta que lo leí en tu propio manuscrito. No me importaba mucho saber qué se había escrito en favor de un hereje, y por eso siempre tuve por cierto que la obra de Pánfilo era distinta de la de Eusebio; pero, una vez planteada la cuestión, quise responder a esas obras, y con ese objeto leí lo que cada uno de ellos decía en favor de Orígenes; y entonces distinguí con claridad que el primero de los seis libros de Eusebio era el mismo que tú habías publicado en griego y en latín como libro único de Pánfilo, cambiando sólo la opinión sobre el Hijo y el Espíritu Santo, que llevaba en su rostro la marca de abierta blasfemia. Así fue como, cuando mi amigo Dexter, que ocupaba el cargo de prefecto del pretorio, me pidió hace diez años que le hiciera una lista de los autores de nuestra fe, coloqué entre los diversos tratados asignados a diversos autores este libro como compuesto por Pánfilo, suponiendo que la cosa era tal como tú y tus discípulos la habíais presentado al público. Pero, puesto que el propio Eusebio dice que Pánfilo no escribió nada salvo algunas cartas breves a sus amigos, y el primero de sus seis libros contiene las palabras exactas que tú atribuyes falsamente a Pánfilo, es evidente que tu objeto al difundir este libro era introducir la herejía bajo la autoridad de un mártir. No puedo permitir que conviertas mi error en capa de tu fraude, cuando primero finges que el libro es de Pánfilo y luego perviertes muchos de sus pasajes para hacerlos distintos en latín de lo que son en griego. Creí que el libro era del autor cuyo nombre llevaba, como hice con el [Περὶ ᾿Αρχῶν] y con muchas otras obras de Orígenes y de otros escritores griegos, que nunca leí hasta ahora y que ahora me veo obligado a leer, porque se ha planteado la cuestión de la herejía y deseo saber qué debe evitarse y qué combatirse. Por tanto, en mi juventud traduje sólo las homilías que pronunció en público, en las que hay menos ocasiones de ofensa; y esto por ignorancia y a petición de otros: no intenté predisponer a los hombres mediante las partes que ellos aprobaban en favor de la aceptación de las evidentemente heréticas. En fin, para abreviar una larga discusión, puedo señalar de dónde recibí el [Περὶ ᾿Αρχῶν], a saber, de quienes lo copiaron de tu manuscrito. Queremos saber del mismo modo de dónde salió tu copia; porque si no puedes nombrar a ningún otro como la fuente de la que se obtuvo, tú mismo quedarás convicto de haberlo falsificado. «El hombre bueno, del buen tesoro de su corazón, saca lo bueno.» Por la dulzura de su fruto se conoce el árbol de buena cepa.

    La carta falsamente difundida en África como mía, que expresa pesar por mi traducción del Antiguo Testamento a partir del hebreo, lleva la marca de tu mano. Siempre he honrado a los Setenta Traductores

    II, 24

    24. Mi hermano Eusebio me escribe que, hallándose en una reunión de obispos africanos convocada para ciertos asuntos eclesiásticos, encontró allí una carta que pretendía ser mía, en la que yo profesaba penitencia y confesaba que había sido por la presión en mi juventud como me había dejado llevar a traducir las Escrituras al latín desde el hebreo; en todo lo cual no hay una palabra de verdad. Cuando oí esto, quedé estupefacto. Pero un solo testigo no bastaba; ni siquiera a Catón se le creyó por su solo testimonio: «En boca de dos o tres testigos se apoyará toda palabra.» Pronto me trajeron cartas de muchos hermanos en Roma que preguntaban sobre este mismo asunto, si los hechos eran como se decía: y señalaban, de un modo que me hacía llorar, a la persona por quien la carta había circulado entre el pueblo. Quien se atrevió a hacer esto, ¿qué no se atreverá a hacer? Menos mal que la malevolencia no tiene una fuerza igual a sus intenciones. Hace tiempo que la inocencia estaría muerta si la maldad estuviera siempre aliada con el poder y la calumnia pudiera prevalecer en todo lo que se propone. Le era imposible, por muy consumado que fuera, imitar cualquier estilo o manera de escribir, cualquiera que fuese su valor; en medio de todos sus artificios y de su fraudulenta suplantación de la personalidad de otro, era evidente quién era. Es, pues, este mismo hombre quien escribió esa carta apócrifa de retractación en mi nombre, dando a entender que mi traducción de los libros hebreos era mala; y ahora oímos que me acusa de haber traducido las Sagradas Escrituras con ánimo de menospreciar la Septuaginta. En cualquier caso, sea mi traducción correcta o incorrecta, he de ser condenado: o debo confesar que en mi nueva obra me equivoqué, o que con mi nueva versión he asestado un golpe a la antigua. Me asombra que en esa carta no me haya hecho pasar por culpable de homicidio, adulterio, sacrilegio, parricidio o cualquiera de las cosas viles que el silencioso trabajo de la mente puede revolver dentro de sí. En verdad debería agradecerle que de todo el bosque de crímenes posibles no me haya imputado más que un acto de error o de doblez. ¿Es probable que yo haya dicho algo en desdoro de los Setenta Traductores, cuya obra purgué cuidadosamente de corrupciones y di a los lectores latinos hace muchos años, y que expongo diariamente en nuestras reuniones conventuales; cuya versión de los Salmos ha sido durante tanto tiempo objeto de mi meditación y de mi canto? ¿Fui tan necio como para querer olvidar en la vejez lo que aprendí en la juventud? Todos mis tratados han sido tejidos con afirmaciones avaladas por su versión. Mis comentarios a los doce profetas son una explicación tanto de su versión como de la mía. ¡Cuán inciertos han de ser siempre los trabajos de los hombres! ¡Y cuán contrarios a sus propias intenciones son a veces los resultados que alcanzan sus estudios! Creí que merecía bien de mis compatriotas los latinos con esta versión, y que les había dado un estímulo para el estudio; pues ni siquiera los griegos la desprecian ahora que ha sido retraducida a su lengua; sin embargo, ahora se me hace de ello un cargo; y descubro que el alimento que se les dio se les revuelve en el estómago. ¿Qué puede haber seguro en la vida humana si la inocencia es objeto de acusación? Yo soy el amo de casa que descubre que, mientras dormía, el enemigo ha sembrado cizaña entre su trigo. «El jabalí del bosque ha desarraigado mi viña, y la fiera extraña la ha devorado.» Yo callo, pero una carta que no es mía habla contra mí. Ignoro el crimen que se me imputa, y sin embargo se me hace confesar el crimen por todo el mundo. [ (LXX)] «¡Ay de mí, madre mía, que me has dado a luz hombre para ser juzgado y condenado en toda la tierra!»
    Comentario editorial · Una cita según la Septuaginta
    La edición inglesa marca la cita de Jeremías 15:10 como «(LXX)», es decir, según la versión griega. El versículo emergente del lector sigue el texto hebreo, de modo que puede no coincidir palabra por palabra con lo que lee Jerónimo.

    Como prueba de ello, presento los prefacios de mi Traducción de los Libros desde el Génesis hasta Isaías

    II, 25

    25. Todos mis prefacios a los libros del Antiguo Testamento, de los cuales añado aquí algunos ejemplos, son testigos a mi favor en este punto; y es inútil exponer el asunto de otro modo que como está expuesto en ellos. Comenzaré, pues, con el Génesis. El Prólogo es como sigue:
    He recibido cartas durante tanto tiempo y con tanto anhelo esperadas de mi querido Desiderio —quien, como si se hubiera previsto el futuro, comparte su nombre con Daniel—, rogándome que ponga en manos de nuestros amigos una traducción del Pentateuco del hebreo al latín. La obra es ciertamente arriesgada y está expuesta a los ataques de mis calumniadores, los cuales sostienen que es por desprecio de los Setenta por lo que me he puesto a forjar una versión nueva que ocupe el lugar de la antigua. Así ponen a prueba la capacidad como se prueba el vino; mientras que yo he declarado una y otra vez que ofrezco con devoción, en el Tabernáculo de Dios, lo que puedo, y he señalado que los grandes dones que un hombre trae no se echan a perder por los dones inferiores de otro. Pero me estimuló a emprender la tarea el celo de Orígenes, que mezcló con la antigua edición la traducción de Teodoción y usó en toda la obra como signos distintivos el asterisco * y el óbelo, que traspasa y mata todo lo superfluo. Pero me animó sobre todo la autoridad de las publicaciones de los Evangelistas y Apóstoles, en las que leemos mucho tomado del Antiguo Testamento que no se halla en nuestros manuscritos. Por ejemplo: "¿De Egipto he llamado a mi Hijo?" []; "Porque será llamado Nazareno" (Ibid. 23); y "Mirarán a aquel a quien traspasaron" []; y "Ríos de agua viva correrán de su interior" []; y "Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han entrado en el corazón del hombre, las que Dios ha preparado para los que le aman" [], y muchos otros pasajes que carecen de su contexto propio. Preguntemos entonces a nuestros adversarios dónde están escritas estas cosas, y cuando no puedan decirlo, presentémoslas desde el hebreo. El primer pasaje está en Oseas [], el segundo en Isaías [], el tercero en Zacarías [], el cuarto en Proverbios [], el quinto también en Isaías [64:4]. Ignorantes de todo esto, muchos siguen los delirios de los Apócrifos y prefieren a los libros inspirados la triste basura que nos llega de España. No me toca a mí explicar las causas del error. Los judíos dicen que se hizo deliberadamente y con sabiduría para impedir que Ptolomeo, que era monoteísta, pensara que los hebreos reconocían dos deidades. Y lo que principalmente les movió a obrar así fue el hecho de que el rey parecía estar cayendo en el platonismo. En una palabra, dondequiera que la Escritura evidenciaba alguna verdad sagrada acerca del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, o traducían el pasaje de otro modo, o lo pasaban por alto en silencio, a fin de satisfacer al rey y no divulgar los secretos de la fe. No sé qué imaginación falsa le llevó a inventar la historia de las setenta celdas de Alejandría, en las que, aunque separados unos de otros, se decía que los traductores habían escrito las mismas palabras. Aristeas, el defensor de aquel mismo Ptolomeo, y Josefo, mucho después, nada de eso refieren; su relato es que los Setenta se reunieron en una sola basílica, deliberaron juntos y no profetizaron. Porque una cosa es ser profeta y otra ser traductor. El primero, por medio del Espíritu, predice las cosas futuras; el segundo debe usar su erudición y facilidad de palabra para traducir lo que entiende. Difícilmente puede suponerse que Tulio estuviera inspirado con espíritu oratorio cuando tradujo el Económico de Jenofonte, el Protágoras de Platón y el discurso de Demóstenes en defensa de Ctesifonte. De lo contrario, el Espíritu Santo habría citado los mismos libros en un sentido por medio de los Setenta Traductores y en otro por medio de los Apóstoles, de modo que, mientras aquéllos nada decían de una materia determinada, éstos afirman falsamente que estaba escrita así. ¿Entonces qué? ¿Condenamos a nuestros predecesores? De ningún modo; sino que, siguiendo los celosos trabajos de quienes nos han precedido, contribuimos con la obra que está en nuestra mano en el nombre del Señor. Ellos tradujeron antes del Advenimiento de Cristo y expresaron en términos ambiguos lo que no conocían. Nosotros, después de su Pasión y Resurrección, escribimos no tanto profecía como historia. Porque un estilo es adecuado a lo que oímos, y otro a lo que vemos. Cuanto mejor entendemos una materia, mejor la describimos. Escucha, pues, rival mío; escucha, calumniador mío: no condeno ni censuro a los Setenta, pero me atrevo a preferir a todos ellos a los Apóstoles. Es el Apóstol por cuya boca oigo la voz de Cristo, y leo que en la clasificación de los dones espirituales ellos son colocados antes que los profetas [], mientras que los intérpretes ocupan casi el lugar más bajo. ¿Por qué te atormentan los celos? ¿Por qué inflamas contra mí las mentes de los ignorantes? Dondequiera que en la traducción te parezca que yerro, pregunta a los hebreos, consulta a sus maestros en las distintas ciudades. Las palabras que existen en sus Escrituras acerca de Cristo no las contienen tus copias. Otro es el caso si ellos han rechazado pasajes que después fueron usados contra ellos por los Apóstoles, y los textos latinos son más correctos que los griegos, y los griegos más que los hebreos.
    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Apología contra Rufino · II, 26–32
    [Los capítulos 26 a 32 se ocupan de la cita, casi completa, del Prefacio a la traducción de la Vulgata de los libros del Antiguo Testamento. Es innecesario darlos aquí. Todos tienen el mismo designio que el Prefacio al Génesis ya presentado, a saber, responder a las objeciones de quienes presentaban la obra como un reproche a la Septuaginta, de la que entonces se suponía que tenía casi la autoridad de la inspiración. Se repiten los mismos argumentos, ilustraciones e incluso palabras. Los lectores que deseen examinar más a fondo las afirmaciones de Jerónimo encontrarán estos Prefacios traducidos por extenso en sus obras, vol. VI de esta Serie.]

    En cuanto a Daniel, era necesario señalar que Bel y el Dragón, e historias semejantes, no se hallaban en el hebreo

    II, 33

    33. En lo tocante a Daniel, mi respuesta será que no dije que no fuera profeta; al contrario, confesé desde el comienzo mismo del Prefacio que era profeta. Pero quise mostrar cuál era la opinión sostenida por los judíos y cuáles eran los argumentos en que se apoyaban para probarla. Dije también al lector que la versión que se lee en las iglesias cristianas no es la de los traductores de la Septuaginta, sino la de Teodoción. Es cierto que dije que la versión de la Septuaginta era en este libro muy distinta del original, y que fue condenada por el justo juicio de las iglesias de Cristo; pero la culpa no fue mía, que sólo expuse el hecho, sino de quienes leen tal versión. Tenemos cuatro versiones para elegir: las de Áquila, Símaco, los Setenta y Teodoción. Las iglesias eligen leer a Daniel en la versión de Teodoción. ¿Qué pecado he cometido siguiendo el juicio de las iglesias? Pero cuando repito lo que los judíos dicen contra la Historia de Susana y el Himno de los Tres Jóvenes, y las fábulas de Bel y el Dragón, que no están contenidas en la Biblia hebrea, quien me hace de ello un cargo demuestra ser un necio y un calumniador; pues no expliqué lo que yo pensaba, sino lo que ellos suelen decir contra nosotros. No respondí a su opinión en el Prefacio, porque buscaba la brevedad y temía que pareciera que escribía no un Prefacio, sino un libro. Dije, por tanto, «Sobre lo cual no es éste el momento de entrar en discusión.» De otro modo, por el hecho de que afirmé que Porfirio había dicho muchas cosas contra este profeta, y cité como testigos de ello a Metodio, Eusebio y Apolinario, que han respondido a su insensatez en muchos miles de líneas, estará en su poder acusarme de no haber escrito en mi Prefacio contra los libros de Porfirio. Si hay alguien que presta atención a necedades como ésta, he de decirle en voz alta y con franqueza que nadie está obligado a leer lo que no quiere; que escribí para quienes me lo pidieron, no para quienes me despreciarían; para los agradecidos, no para los criticones; para los diligentes, no para los indiferentes. Aun así, me asombra que un hombre lea la versión de Teodoción, hereje y judaizante, y desprecie la de un cristiano, por simple y pecador que sea.

    Reivindicación de la importancia del texto hebreo de la Escritura

    II, 34

    34. Te lo ruego, amigo mío dulcísimo, tan curioso que conoces hasta mis sueños y que escudriñas, para lanzar acusaciones, todo cuanto he escrito durante tantos años sin temor a la calumnia futura; respóndeme: ¿cómo es que no conoces los prefacios de los mismísimos libros en que fundas tus cargos contra mí? Esos prefacios, como por una suerte de previsión profética, dieron respuesta a las calumnias que se avecinaban, cumpliendo así el proverbio, «El antídoto antes que el veneno.» ¿Qué daño ha causado a las iglesias mi traducción? Compraste, como supe, a gran precio las versiones de Áquila, Símaco y Teodoción, y los autores judíos de las traducciones quinta y sexta. Tu Orígenes —o, para que no parezca que te hiero con alabanzas fingidas, nuestro Orígenes (pues puedo llamarlo nuestro por su ingenio y erudición, aunque no por la verdad de sus doctrinas)— explica y expone en todos sus libros no sólo la Septuaginta, sino también las versiones judías. Eusebio y Didimo hacen lo mismo. No menciono a Apolinario, que con un celo digno de alabanza, aunque no conforme a conocimiento, intentó remendar en un solo vestido los harapos de todas las traducciones y tejer un texto coherente de la Escritura a su arbitrio, no según una regla sana de crítica. Las Escrituras hebreas son usadas por varones apostólicos; las usan, como es evidente, los apóstoles y evangelistas. Nuestro Señor y Salvador mismo, siempre que se remite a las Escrituras, toma sus citas del hebreo; como en el caso de las palabras «El que cree en mí, como ha dicho la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva,» y en las palabras usadas en la cruz misma, «Elí, Elí, ¿lama sabactani?,» que interpretado es «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?,» no, como lo da la Septuaginta, «Dios mío, Dios mío, mírame, ¿por qué me has desamparado?,» y muchos casos semejantes. No digo esto para asestar un golpe a los Setenta Traductores, sino que afirmo que los Apóstoles de Cristo tienen una autoridad superior a la de ellos. Donde la Septuaginta concuerda con el hebreo, los apóstoles tomaron sus citas de aquella traducción; pero donde difieren, pusieron en griego lo que habían hallado en hebreo. Y aún más: lanzo un desafío a mi acusador. He mostrado que muchas cosas se consignan en el Nuevo Testamento como procedentes de los libros antiguos que no se hallan en la Septuaginta; y he señalado que éstas existen en hebreo. Que él muestre ahora que hay algo en el Nuevo Testamento que provenga de la Septuaginta y no se halle en hebreo, y nuestra controversia habrá terminado.

    Aunque la Septuaginta ha tenido gran valor, deberíamos agradecer las nuevas traducciones hechas del original

    II, 35

    35. Con todo esto queda claro, primero, que la versión de los Setenta Traductores, que ha alcanzado una posición establecida por haber estado tanto tiempo en uso, fue provechosa para las iglesias, porque por su medio los gentiles oyeron hablar de la venida de Cristo antes de que viniera; segundo, que los demás traductores no deben ser reprobados, puesto que no publicaron obras suyas, sino los libros divinos que tradujeron; y, tercero, que mi amigo íntimo debería aceptar francamente de un cristiano y amigo lo que con gran empeño se ha procurado obtener de los judíos y ha hecho copiar para él a gran costo. He excedido los límites de una carta; y, aunque había tomado la pluma para contender contra una herejía perversa, me he visto obligado a responder en defensa propia, mientras espero los tres libros de mi amigo y en un estado de constante ansiedad mental por las acusaciones que ha amontonado contra mí. Es más fácil guardarse de quien profesa hostilidad que hacer frente a un enemigo que se oculta bajo la apariencia de amigo.

    Libro III

    Texto de la fuenteEdición inglesa del NPNF · Apología contra Rufino · III, introducción
    [Los dos primeros libros formaban un todo completo, pero se dio a entender que podría haber más cuando Jerónimo recibiera la obra completa de Rufino. Los dos primeros libros fueron llevados a Rufino por el capitán de un barco mercante que comerciaba con Aquileya, junto con una copia de la carta amistosa de Jerónimo que Pamaquio había suprimido. El portador tenía (como afirma Rufino, aunque Jerónimo se burla de ello por imposible) sólo dos días de espera. Cromacio, obispo de Aquileya, pidió que la contienda cesara ya, y logró al menos que Rufino no replicara en público. Sin embargo, escribió una carta privada a Jerónimo, que no ha llegado hasta nosotros y que no parece, por los extractos citados en los caps. 4, 6, etc., haber sido de tenor pacífico. Sus detalles pueden deducirse de la respuesta de Jerónimo. Jerónimo da a entender que aquélla trataba de envolverlo en la herejía, que renovaba y agravaba las acusaciones anteriores, hablando de él en un lenguaje propio sólo de los personajes más bajos del escenario; y que declaraba que, si su autor hubiera querido, habría podido producir hechos que habrían sido la ruina de su adversario. Jerónimo, aunque recibió algunas expresiones del deseo de Cromacio de que no respondiera (quizá también la expostulación pesarosa de Agustín —Jerónimo, Carta cx, 6; Agustín, Carta 73), declaró que le era imposible ceder. No podía abstenerse de defenderse de una acusación capital, ni podía perdonar a los herejes. La paz sólo podía venir por la unidad en la fe.]

    Tu carta está llena de mentira y de violencia. Procuraré no adoptar el mismo tono

    III, 1

    1. He leído la carta que en tu sabiduría me has escrito. Me injurias y, aunque antes me elogiabas y me llamabas verdadero compañero y hermano, ahora escribes libros para citarme a responder a los cargos con que me aterras. Veo que en ti se cumplen las palabras de Salomón: «En la boca del necio está la vara de la contumelia,» y «El necio no recibe las palabras de la prudencia, si no le dices lo que pasa en su corazón;» y las palabras de Isaías: «El necio hablará necedades, y su corazón entenderá cosas vanas, para practicar la iniquidad y hablar mentira contra el Señor.» Pues ¿qué necesidad había de que me enviaras volúmenes enteros llenos de acusación y maldición, y de que los sacaras ante el público, cuando al final de tu carta me amenazas con la muerte si me atrevo a responder a tus calumnias —perdón— a tus elogios? Porque tus elogios y tus acusaciones vienen a ser lo mismo; de la misma fuente brotan lo dulce y lo amargo. Te ruego que me des ejemplo de la modestia y del pudor que me recomiendas; acusas a otro de mentir: deja tú de ser mentiroso. No quiero dar a nadie ocasión de tropiezo, y no me convertiré en tu acusador; pues no he de considerar sólo lo que tú mereces, sino lo que me conviene a mí. Tiemblo ante las palabras de nuestro Salvador. «Cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera que se le colgara al cuello una gran piedra de molino y se le hundiera en lo profundo del mar;» y «¡Ay del mundo por las ocasiones de tropiezo! Porque es preciso que vengan las ocasiones; pero ¡ay del hombre por quien viene la ocasión!» También me habría sido posible amontonar mentiras contra ti y decir que había oído o visto lo que nadie observó, de modo que entre los ignorantes mi descaro pasara por veracidad y mi violencia por resolución. Pero lejos esté de mí el imitarte y hacer yo mismo lo que denuncio en ti. Quien es capaz de hacer cosas sucias puede usar palabras sucias. «El hombre malo del mal tesoro de su corazón saca lo malo; porque de la abundancia del corazón habla la boca.» Puedes tener por buena suerte que alguien a quien antes llamaste amigo y ahora acusas no tenga ánimo de lanzar contra ti imputaciones viles. No digo esto por temor a la espada de tu acusación, sino porque prefiero ser acusado antes que acusador, sufrir una injuria antes que hacerla. Conozco el precepto del Apóstol: «Amados, no os venguéis vosotros mismos, sino dejad lugar a la ira; porque escrito está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor. Así pues, si tu enemigo tiene hambre, dale de comer; si tiene sed, dale de beber; porque haciendo esto ascuas de fuego amontonas sobre su cabeza.» Porque quien se venga a sí mismo no puede reclamar la vindicación del Señor.

    ¿Por qué no podemos diferir como amigos? ¿Por qué, con amenazas de muerte, me obligas a responder?

    III, 2

    2. Pero, antes de responder a tu carta, debo reconvenirte: tú, que eres el primero en edad entre los monjes, buen presbítero, seguidor de Cristo, ¿es posible que desees matar a tu hermano, cuando hasta odiarlo es ser homicida? ¿Has aprendido de tu Salvador la lección de que, si uno te golpea en una mejilla, le ofrezcas también la otra? ¿Acaso no le respondió al hombre que lo golpeó: «Si he hablado mal, da testimonio del mal; pero si bien, ¿por qué me hieres?» Me amenazas con la muerte, que hasta las serpientes pueden infligirnos. Morir es el lote de todos; cometer homicidio, sólo del débil. ¿Y qué? Si no me matas, ¿acaso no moriré jamás? Quizá deba agradecerte que conviertas esta necesidad en virtud. Leemos que los Apóstoles riñeron: Pablo y Bernabé, que se enojaron el uno con el otro a causa de Juan, por sobrenombre Marcos; quienes estaban unidos por los vínculos del evangelio de Cristo se separaron para un viaje, pero siguieron siendo amigos. ¿No resistió el mismo Pablo a Pedro cara a cara porque no caminaba rectamente en el Evangelio? Sin embargo, habla de él como de su predecesor en el Evangelio y como de una columna de la iglesia; y le expone su modo de predicar, 'no sea que estuviera corriendo o hubiera corrido en vano'. ¿Acaso los hijos no difieren de los padres y las esposas de los maridos en materias religiosas, mientras permanecen intactos los afectos domésticos? Si tú eres como yo, ¿por qué habrías de odiarme? Aun si crees de otro modo, ¿por qué desear matarme? ¿Acaso es así, que todo el que difiere de ti ha de ser muerto? Pongo a Jesús, que juzgará lo que ahora escribo y también tu carta, por testigo de mi conciencia, de que cuando el reverendo obispo Cromacio me rogó que guardara silencio, mi deseo fue hacerlo, y poner así fin a nuestras disensiones, y vencer el mal con el bien. Pero, ahora que me amenazas con la destrucción, me veo obligado a responder; de lo contrario, mi silencio se tomará como reconocimiento del crimen, y tú interpretarás mi moderación como señal de una conciencia culpable.

    Tu injurioso sarcasmo de que quise conseguir copias de tu Apología sobornando a tu secretario es una imputación contra mí de prácticas que son las tuyas propias

    III, 3

    El dilema en que me has colocado es obra tuya: se saca, no de los recursos de la dialéctica, que desconoces, sino de entre las herramientas del asesino y con intención semejante a la suya. Si callo, se me tiene por culpable; si hablo, me convierto en maldiciente. A la vez me prohíbes responder y me obligas a hacerlo. Bien, pues debo evitar el exceso de una y otra parte. No diré nada injurioso; pero tengo que disipar los cargos que se me hacen, pues es imposible no temer a un hombre dispuesto a matarte. Y lo haré conforme al orden de lo que ahora me has presentado, dejando lo demás como está en tus libritos eruditísimos, que refuté antes de haberlos leído.
    3. Dices que 'enviaste tu acusación contra mí no a los muchos, sino sólo a quienes habían sido ofendidos por lo que yo había dicho; porque a los cristianos se les ha de hablar no por ostentación, sino para edificación'. Pues entonces, te ruego que consideres, ¿cómo llegó a mí la noticia de que habías escrito esos libros? ¿Quién los sembró a voleo por Roma, Italia y las islas de la costa de Dalmacia? ¿Cómo llegaron jamás a mis oídos esos cargos contra mí, si sólo estaban ocultos en tu pupitre y en el de tus amigos? ¿Cómo te atreves a decir que hablas como cristiano no para ostentación, sino para edificación, cuando te pones en edad madura a decir contra tu igual cosas que un asesino difícilmente diría de un ladrón, o una ramera contra una de su clase, o un bufón contra un farsante? Desde hace tanto tiempo vienes esforzándote por dar a luz esas montañas de acusaciones contra mí y afilando esas espadas para atravesarme la garganta. Tus gritos han sido tan fuertes como los lamentos de Ceres o los gritos de un auriga a sus caballos. ¿Era esto para hacer que todas las provincias por las que resonaban leyeran el elogio que de mí escribiste? ¿Y que en cada calle, en cada rincón, hasta en los talleres de tejido de las mujeres, recitaran tus panegíricos sobre mí? Ésa es la moderación religiosa y la edificación cristiana de que hablas. Tu reserva, tu reticencia es tal que del Occidente vienen hombres a mí, multitud tras multitud, a contarme tus injurias contra mí; y esto, aunque sólo de memoria, con un acuerdo tan exacto que me vi obligado a responder, no a tus escritos, que todavía no había leído, sino a lo que se decía que contenían, y a interceptar con el escudo de la verdad los dardos de la mendacidad que volaban por todo el mundo.

    III, 4

    4. Tu carta prosigue:
    «Te ruego que no te tomes la molestia de dar una gran suma de oro para sobornar a mi secretario, como hicieron tus amigos en el caso de mis papeles que contenían el [Περὶ ᾿Αρχῶν], antes de que hubieran sido corregidos y llevados a término, para poder falsificar más fácilmente documentos que nadie poseía, o al menos muy pocos. Acepta el documento que te envío gratis, aunque con gusto pagarías una gran suma por comprarlo.»
    Habría creído que te avergonzarías de semejante comienzo de tu obra. ¡Cómo! ¡Yo soborno a tu secretario! ¿Hay alguien que intente rivalizar con la riqueza de Creso y de Darío? ¿Quién hay que no tiemble cuando se ve repentinamente frente a un Demarato o un Craso? ¿Te has vuelto tan descarado que confías en las mentiras y crees que las mentiras te protegerán y que creeremos cuanta ficción se te antoje inventar? ¿Quién, pues, fue el que robó aquella carta en que tan alto se te elogiaba, de la celda de nuestro hermano Eusebio? ¿De quién fue la artimaña, y quiénes los cómplices, por la que se halló cierto documento en el alojamiento de aquella mujer cristiana Fabiola y de aquel varón sabio Océano, que ellos mismos jamás habían visto? ¿Crees que eres inocente porque puedes echar sobre otros todas las imputaciones que propiamente te corresponden? ¿Todo el que te ofende, por inocente e inofensivo que sea, queda al punto convertido en criminal a tus ojos? Así lo crees, supongo, porque posees aquello con que fue quebrantada la castidad de Dánae, aquello que tuvo más poder con Giezi que el carácter sagrado de su señor, aquello por lo cual Judas traicionó a su Maestro.

    Eusebio no debería haberte acusado; pero tus cargos contra él no se sostendrán

    III, 5

    5. Entendamos cuál fue el daño hecho por mi amigo, quien, según dices, 'falsificó partes de tus papeles cuando aún no habían sido corregidos ni llevados a término, y tanto más posible fue falsificarlos cuanto que muy pocos, si alguno, los poseían todavía'. Ya lo he dicho y ahora lo repito, con protestas en la presencia de Dios: no aprobé que él te acusara, ni que ningún cristiano acuse a otro cristiano; pues ¿qué necesidad hay de que asuntos que pueden corregirse o componerse en privado se publiquen por ahí para tropiezo y caída de muchos? Pero así como cada hombre vive para su propio gaznate, y uno no se hace dueño de tu voluntad por convertirse en amigo tuyo, así como repruebo la acusación contra un hermano aun cuando sea verdadera, tampoco puedo aceptar contra un varón de carácter santo esta acusación de falsificar tus papeles. ¿Cómo podría un hombre que sólo sabe latín cambiar algo en una traducción del griego? ¿O cómo podría quitar o añadir algo en libros como el [Περὶ ᾿Αρχῶν], en los que todo está tan estrechamente trabado que una parte depende de otra, y cualquier cosa que se quite o se ponga para acomodarla a tu voluntad ha de notarse al punto como un remiendo en un vestido? Lo que me pides que haga, tuyo es hacerlo. Adopta al menos una pequeña medida de modestia natural, ya no cristiana, en tus aseveraciones; no desprecies ni pisotees tu conciencia, y no te imagines justificado por una apariencia de palabras cuando los hechos están en tu contra. Si Eusebio compró con dinero tus papeles no corregidos para falsificarlos, produce los papeles genuinos que no han sido falsificados; y si puedes mostrar que no hay en ellos nada herético, él quedará sujeto al cargo de falsificación. Pero por más que los alteres o corrijas, no conseguirás hacerlos pasar por católicos. Si el error existiera sólo en las palabras o en unas pocas afirmaciones, lo malo podría cortarse y sustituirse por lo bueno. Pero cuando toda la discusión procede de un solo principio, a saber, la noción de que todo el universo de las criaturas racionales ha caído por su propia voluntad y volverá después a una condición de unidad, y que desde ese punto de partida comenzará otra caída, ¿qué es lo que puedes enmendar, a menos que alteres todo el libro? Y si pensaras en hacerlo, ya no estarías traduciendo la obra de otro, sino componiendo una obra tuya.
    19. Sin embargo, apenas veo adónde tiende tu argumento. Supongo que quieres decir que, al no estar corregidos los papeles ni haber pasado por una revisión final, Eusebio podía falsificarlos más fácilmente. Quizá soy torpe, pero el argumento me parece un tanto necio y sin objeto. Si los papeles no estaban corregidos y no habían pasado por su revisión final, los errores que contienen han de imputarse no a Eusebio, sino a tu pereza y a tu tardanza en aplazar su corrección; y toda la culpa que puede echársele a él es que hizo circular por el cuerpo de los cristianos escritos que tú tenías intención de corregir con el tiempo. Pero si, como afirmas, Eusebio los falsificó, ¿por qué alegas que no estaban corregidos y que habían salido al público sin su revisión final? Pues los papeles, estén corregidos o no, son igualmente susceptibles de falsificación. Sin embargo, dices que nadie poseía esos libros, o muy pocos. ¡Qué contradicciones presenta esta sola frase! Si nadie tenía esos libros, ¿cómo podían estar en manos de unos pocos? Si los poseían unos pocos, ¿por qué afirmas falsamente que no los tenía nadie? Y cuando dices que unos pocos los tenían, y con tu propia confesión queda derribada la afirmación de que nadie los tenía, ¿qué queda de tu queja de que tu secretario fue sobornado con dinero? Dinos el nombre del secretario, la cuantía del soborno, el lugar, el intermediario, el destinatario. Por supuesto, el traidor ha sido arrojado de tu lado, y quien ha sido convicto de tan gran crimen ha quedado apartado de toda familiaridad contigo. ¿No es más verosímil que las copias de la obra que obtuvo Eusebio se las dieran esos pocos amigos de que hablas, sobre todo porque esas copias concuerdan y coinciden entre sí tan completamente que no hay la diferencia de un solo trazo? También podríamos preguntar si fue muy prudente dar a otros una copia que todavía no habías corregido. Los documentos no habían recibido sus últimas correcciones, y sin embargo otros hombres poseían esos errores tuyos que necesitaban corrección. ¿No ves que tu mentira no se sostiene? Además, ¿qué provecho había para ti, en aquel momento particular —cómo te habría ayudado a escapar de la condenación de los obispos—, que el libro en discusión estuviera al alcance de todos, y que así quedaras refutado por tus propias palabras? De todo ello queda claro, según el epigrama del célebre orador, que tienes buena voluntad para la mentira, pero no el arte de construirla.

    Me reprochas que me jacte de mi elocuencia. ¿Te jactarás tú de tu ignorancia?

    III, 6

    6. Seguiré el orden de tu carta y añadiré tus propias palabras tal como las pronunciaste. «Admito, como dices, que elogié tu elocuencia en mi Prefacio; y volvería a elogiarla ahora si no fuera porque, contra el consejo de tu Tulio, la haces odiosa con excesiva jactancia.» ¿Dónde me he jactado de mi elocuencia? Ni siquiera acepté de buen grado el elogio que tú le prodigaste. Quizá la razón de que digas esto es que no quieres tú mismo ser adulado con alabanzas públicas dadas con engaño. Ten por cierto que serás acusado abiertamente; rechazas a quien te elogiaría; tendrás experiencia de quien abiertamente te procesa. No fui tan necio como para criticar tu estilo inculto; nadie puede ponerlo tan fuertemente en condena como tú mismo lo haces cada vez que escribes. Sólo quise mostrar a tus condiscípulos, que compartían tu falta de formación literaria, qué progresos habías hecho durante tus treinta años en Oriente, autor iletrado que tomas la desvergüenza por elocuencia y la maledicencia universal por señal de buena conciencia. No voy a administrar la palmeta; no pretendo, como tú dices, aplicar los golpes de la correa de cuero para enseñar las letras a un alumno anciano. Pero el hecho es que tu elocuencia y tu enseñanza son tan deslumbrantes que nosotros, meros escritores de tratados, no podemos soportarlas, y deslumbras nuestros ojos con la agudeza de tu ingenio hasta tal punto que todos parecemos tenerte envidia; y en verdad debemos unirnos en el intento de suprimirte, porque si una vez obtienes entre nosotros la primacía como escritor y te alzas en la cumbre del arco retórico, a todos los que profesamos saber algo no se nos permitirá murmurar una palabra. Soy, según tú, filósofo y orador, gramático, dialéctico, uno que sabe hebreo, griego y latín, un hombre 'trilingüe'. Según este cálculo, tú también serás 'bilingüe', pues sabes bastante latín y griego para hacer que el griego te crea latinista y el latino te crea griego; y el obispo Epifanio será un hombre 'pentaglósico', ya que habla en cinco lenguas contra ti y contra tu favorito. Pero me asombra la temeridad que te hizo atreverte a decir a alguien tan consumado como finges considerarme: «Tú, cuyos logros te dan tantos ojos vigilantes, ¿cómo podrás ser perdonado si yerras? ¿Cómo podrás dejar de ser sepultado en el silencio de una vergüenza interminable?» Cuando leí esto, y reflexioné que en alguna parte habría cometido un desliz en mis palabras (porque «si alguno no tropieza en palabra, ése es varón perfecto» ) y esperaba que estuviera a punto de exponer algunas de mis faltas, de repente di con estas palabras: «Dos días antes de que partiera el portador de esta carta, tu declamación contra mí fue puesta en mis manos.» ¿Qué fue entonces de aquellas amenazas tuyas y de tus palabras: «¿Cómo podrás ser perdonado si yerras? ¿Cómo podrás dejar de ser cubierto con el silencio de una vergüenza interminable?» Sin embargo, quizá, a pesar de la brevedad del tiempo, pudiste poner esto en orden; o bien pensabas contratar a alguno de los doctos, que esperaría encontrar en mis obras los ornamentos y las gemas de una elocuencia como la tuya. Antes de esto escribiste: «Acepta el documento que envío, que deseabas comprar a gran precio;» pero ahora hablas con fingimiento de humildad. «Pensaba seguir tu ejemplo; pero, como el mensajero que volvía a ti se apresuraba a regresar, consideré mejor escribirte brevemente que a otros con mayor extensión.» Entretanto, tú te complaces audazmente en tu ignorancia. De hecho, una vez lo confesaste, declarando que 'era superfluo señalar unas pocas faltas de estilo, cuando se reconocía que había faltas en todas las partes'. Por tanto, no te censuraré por haber escrito que un documento fue adquirido cuando querías decir que fue comprado; aunque adquirir se dice de cosas semejantes en especie, mientras que comprar implica contar el dinero: ni por una frase como «como el que volvía a ti se apresuraba a regresar de nuevo» que es una redundancia digna del estilo más pobre de dicción. Sólo responderé a los argumentos, y te convenceré, no de solecismos y barbarismos, sino de mentira, astucia y desvergüenza.

    Quieres primero elogiarme, luego enmendarme, pero ambas cosas a puñetazos; y haces imposible que yo guarde silencio

    III, 7

    7. Si es verdad que me escribes una carta para amonestarme, y porque deseas que yo sea reformado y no quieres que se ponga tropiezo a los hombres, ni que unos sean llevados a la locura y otros reducidos al silencio, ¿por qué escribes libros dirigidos a otros contra mí, y los esparces por medio de tus mirmidones para que todo el mundo los lea? ¿Y qué se hace de tu dilema con el que intentas enredarme, «¿A quién, óptimo maestro, pensabas corregir? Si a aquellos a quienes escribiste, no había falta alguna que hallar en ellos; si a mí, a quien acusas, no fue a mí a quien escribiste»? Y te responderé con tus propias palabras: ¿A quién querías corregir, maestro ignorante? ¿A los que no habían hecho mal? ¿O a mí, a quien no escribiste? Piensas que tus jefes son torpes y todos incapaces de comprender tu sutileza, o más bien tu mala voluntad (pues fue en esto en lo que la serpiente fue más astuta que todas las bestias del paraíso), al pedir que mi amonestación hacia ti fuera de carácter privado, cuando tú estabas formulando una acusación contra mí en público. No te avergüenzas de llamar Apología a esta acusación tuya; y te quejas de que yo oponga un escudo a tu puñal, y con mucha religiosidad y gazmoñería asumes la máscara de la humildad, y dices: «Si yo hubiera errado, ¿por qué escribiste a otros y no intentaste refutarme?» Te devolveré este mismo punto. Lo que te quejas de que yo no hice, ¿por qué no lo hiciste tú mismo? Es como si un hombre que ataca a otro a patadas y puñetazos, y lo encuentra dispuesto a presentar batalla, le dijera: «¿No conoces el mandamiento: 'Si alguno te hiere en la mejilla, vuélvele también la otra'?» En resumen, mi buen señor, estás decidido a golpearme, a sacarme un ojo; y luego, cuando yo me muevo por poco que sea, invocas con insistencia el precepto del Evangelio. ¿Querrías que todos los recovecos de tu astucia quedaran al descubierto? —esas artimañas de las zorras que habitan entre las ruinas, de las que escribe Ezequiel: «Como zorras en el desierto, así son tus profetas, oh Israel.» Déjame hacerte comprender lo que has hecho. Me elogiaste en tu Prefacio de tal modo que tus elogios se convierten en motivo de acusación contra mí; y si yo no hubiera declarado que no tenía relación alguna con mi admirador, habría sido juzgado hereje. Después de que rechacé tus cargos, es decir, tus elogios, y sin mostrar mala voluntad contra ti personalmente, respondí a las acusaciones, no al acusador, e invectivé contra los herejes, para mostrar que, aunque difamado por ti, era católico; tú te encolerizaste, desvariaste y compusiste las obras más magníficas contra mí; y cuando las habías dado a todos los hombres para que las leyeran y repitieran, me llegaron cartas de Italia, de Roma y de Dalmacia, que mostraban cada una con más claridad que la anterior cuánto valían todos los encomios con que en tu anterior loa me habías condecorado.

    III, 8

    8. Confieso que inmediatamente me puse a trabajar para responder a las insinuaciones dirigidas contra mí, y procuré con todas mis fuerzas demostrar que no era hereje, y envié estos libros de mi Apología a aquellos a quienes tu libro había afligido, para que a tu veneno siguiera mi antídoto. En respuesta a esto, me enviaste tus libros anteriores, y ahora me envías esta última carta, llena de lenguaje injurioso y de acusaciones. Mi buen amigo, ¿qué esperas que haga? ¿Guardar silencio? Eso sería reconocerme culpable. ¿Hablar? Pero tú mantienes tu espada sobre mi cabeza y me amenazas con una acusación, ya no ante la iglesia sino ante los tribunales. ¿Qué he hecho que merezca castigo? ¿En qué te he perjudicado? ¿Es que he mostrado que no soy hereje? ¿O que no pude considerarme digno de tus elogios? ¿O que puse al descubierto con palabras claras las artimañas y perjurios de los herejes? ¿Qué es todo esto para ti, que te jactas de ser hombre veraz y católico, y que muestras más celo en atacarme que en defenderte? ¿Hay que pensar que te ataco porque me defiendo? ¿O es imposible que seas ortodoxo a menos que demuestres que yo soy hereje? ¿Qué provecho puede darte estar relacionado conmigo? ¿Y qué significa tu acción? Eres acusado por un grupo de personas y respondes sólo atacando a otro. Encuentras un ataque hecho contra ti por un hombre, le vuelves la espalda y atacas a otro que estaba por dejarte en paz.

    ¿Por qué no puedes unirte a mí en condenar a Orígenes, y poner así fin a nuestra disputa?

    III, 9

    9. Pongo por testigo a Jesús el Mediador de que es contra mi voluntad, y luchando contra la necesidad, como desciendo a la arena de esta guerra de palabras, y que, si tú no me hubieras desafiado, jamás habría roto el silencio. Aun ahora, cesen tus cargos contra mí, y cesará mi defensa. Porque no es un espectáculo edificante el que se presenta a nuestros lectores, el de dos ancianos trabados en un combate de gladiadores a causa de un hereje; especialmente cuando ambos quieren ser tenidos por católicos. Dejemos todo favoritismo hacia los herejes, y no habrá disputa entre nosotros. Una vez fuimos celosos en el elogio de Orígenes; seamos igualmente celosos al condenarlo ahora que es condenado por todo el mundo. Unamos manos y corazones, y marchemos con paso decidido tras los dos portadores de trofeos de Oriente y Occidente. Erramos en nuestra juventud; enmendémonos en nuestra edad madura. Si eres mi hermano, alégrate de que yo haya visto mis errores; si soy tu amigo, debo darte alegría por tu conversión. Mientras mantengamos nuestra contienda, se pensará que sostenemos la fe recta no de buena gana sino por necesidad. Nuestra enemistad impide que ofrezcamos el espectáculo de un verdadero arrepentimiento. Si nuestra fe es una, si ambos aceptamos y rechazamos las mismas cosas (y de esto, como incluso Catilina lo atestigua, nacen las amistades firmes), si somos semejantes en el odio a los herejes e igualmente condenamos nuestros errores pasados, ¿por qué habríamos de salir a batallar el uno contra el otro, cuando tenemos los mismos objetos tanto de ataque como de defensa? Perdóname por haber elogiado el celo de Orígenes por el estudio de las Escrituras en mis días juveniles, antes de conocer plenamente sus herejías; y yo te concederé el perdón por haber escrito una Apología de sus obras cuando tu cabeza ya estaba cana.

    La afirmación de que sólo tuviste dos días para tu respuesta es una ficción

    III, 10

    10. Afirmas que mi libro llegó a tus manos dos días antes de que escribieras tu carta, y que por tanto no tuviste tiempo suficiente para responder. De otro modo, si hubieras hablado contra mí tras plena reflexión y preparación, podríamos pensar que lanzabas relámpagos más bien que acusaciones. Pero ni siquiera una persona tan veraz como tú ganará crédito fácilmente cuando nos dices que un mercader de mercancías orientales, cuyo negocio es vender lo que ha traído de estas partes y comprar géneros italianos para traerlos aquí a vender, sólo permaneció dos días en Aquileya, de modo que te viste obligado a escribirme tu carta de manera apresurada e improvisada. Pues tus libros, que te costó tres años poner en forma completa, apenas están escritos con más cuidado. Quizá, sin embargo, no tenías entonces a nadie a mano para enmendar tus lamentables producciones, y ésta es la razón por la que tu viaje literario está desprovisto del auxilio de Palas, y está cortado por faltas de estilo, como por lugares escabrosos y abismos a cada paso. Es claro que esta afirmación sobre los dos días es falsa; no habrías podido en ese tiempo ni siquiera leer lo que yo escribí, mucho menos responder a ello; de modo que es evidente que o tardaste bastantes días en escribir tu carta, lo cual hace probable su estilo elaborado; o, si éste es tu estilo apresurado de composición, y puedes escribir tan bien de improviso, serías muy negligente en tu composición al escribir tanto peor cuando has tenido tiempo para pensar.

    Tu traducción, al contrario de mis Comentarios, garantiza la solidez de Orígenes

    III, 11

    11. Afirmas, con cierta prevaricación, que has traducido del griego lo que yo antes había traducido al latín; pero no entiendo claramente a qué aludes, a menos que sigas echándome en cara el Comentario a los Efesios, y te obstines en tu desvergüenza, como si no hubieras recibido respuesta sobre este punto. Cierras tus oídos y no quieres oír la voz del encantador. Lo que he hecho en ése y en otros comentarios es exponer tanto mi propia opinión como la de otros, declarando claramente cuáles son católicas y cuáles heréticas. Ésta es la regla y costumbre común de quienes emprenden explicar libros en comentarios: exponen con detalle en su explicación las diversas opiniones, y declaran lo que piensan ellos mismos y lo que piensan otros. Esto lo hacen no sólo los que exponen las santas Escrituras, sino también los que explican libros seculares, ya sea en griego o en latín. Tú, sin embargo, no puedes escudarte en este hecho respecto al [Περὶ ᾿Αρχῶν]; porque serás convicto por tu propio Prefacio, en el que declaras que las partes malas y las que han sido añadidas por los herejes han sido cortadas, pero que todo lo mejor permanece; de modo que todo lo que has escrito, bueno o malo, debe tenerse por obra, no del autor a quien traduces, sino de ti mismo, que has hecho la traducción. Quizá, en efecto, debiste corregir los errores de los herejes y exponer públicamente lo que está mal en Orígenes. Pero sobre este punto (ya que me remites al documento mismo), te he dado mi respuesta antes de leer tu carta.

    Intentas escudar a Orígenes atribuyendo falsamente a Pánfilo la Apología por él

    III, 12

    12. Acerca del libro de Pánfilo, lo que me sucedió no fue cómico, como tú lo llamas, sino quizá ridículo; a saber, que después de haber afirmado que era de Eusebio y no de Pánfilo, declaré al final de la discusión que durante muchos años había creído que era de Pánfilo, y que había tomado prestada de ti una copia de este libro. Puedes juzgar cuán poco temo tu burla por el hecho de que aun ahora hago la misma declaración. Lo tomé de tu manuscrito por ser copia de una obra de Pánfilo. Confié en ti como cristiano y como monje: no imaginé que fueras capaz de tan perversa impostura. Pero, después de que la cuestión de la herejía de Orígenes se agitó por todo el mundo a causa de tu traducción de su obra, fui más cuidadoso al examinar las copias del libro, y en la biblioteca de Cesarea hallé los seis volúmenes de la Apología de Eusebio por Orígenes. Tan pronto como los hube examinado, detecté al punto el libro sobre el Hijo y el Espíritu Santo que tú solo has publicado bajo el nombre del mártir, alterando la mayoría de sus blasfemias en palabras de mejor sentido. Y vi que esto debía de haber sido hecho o por Didimo, o por ti, o por algún otro (está muy claro que tú lo hiciste respecto al [Περὶ ᾿Αρχῶν]) por esta prueba decisiva: que Eusebio nos dice que Pánfilo no publicó nada propio. A ti te toca, por tanto, decir de dónde obtuviste tu copia; y no digas, para evitar mi acusación, que fue de alguien que ha muerto, ni, porque no tienes a quién señalar, nombres a alguien que no puede responder por sí mismo. Si este arroyuelo tiene su fuente en tu escritorio, la inferencia es bastante clara, sin que yo la saque. Pero supón que el título de este libro y el nombre del autor han sido cambiados por algún otro amante de Orígenes: ¿qué motivo tuviste para traducirlo al latín? Evidentemente éste: que, mediante el testimonio que le daba un mártir, todos confiaran en los escritos de Orígenes, ya que estaban garantizados de antemano por un testigo de tal autoridad. Pero la Apología de este hombre doctísimo no te bastó; debiste escribir un tratado propio en su defensa, y, cuando estos dos documentos hubieron circulado ampliamente, te sentiste seguro para proceder a traducir el [Περὶ ᾿Αρχῶν] mismo del griego, y lo recomendaste en un Prefacio, en el que decías que algunas cosas en él habían sido corrompidas por los herejes, pero que las habías corregido a partir del estudio de otros escritos de Orígenes. Luego vienen tus elogios de mí con el propósito de impedir que alguno de mis amigos hable contra ti. Me presentas como el trompetero de Orígenes, ensalzas mi elocuencia hasta los cielos, para así arrastrar la fe al fango; me llamas colega y hermano, y te profesas imitador de mis obras. Luego, mientras por una parte me ensalzas por haber traducido setenta homilías de Orígenes y algunos de sus tratados breves sobre el Apóstol, en los cuales dices que suavicé tanto las cosas que el lector latino no hallará nada en ellos que discrepe de la fe católica; ahora, por otra parte, marcas estos mismos libros como heréticos; y, borrando tu elogio anterior, acusas al hombre a quien habías ensalzado cuando pensabas que figuraría como tu aliado, porque descubres que es enemigo de tu perfidia. ¿Quién de nosotros dos es el calumniador del mártir? ¿Yo, que digo que no era hereje y que no escribió el libro que todos condenan; o tú, que has publicado un libro escrito por un hombre que era arriano y cambió su nombre por el del mártir? No te basta que Grecia haya sido escandalizada; debes imponer el libro a los oídos de los latinos, y deshonrar a un mártir ilustre en cuanto está en ti por tu traducción. Tu intención sin duda no era ésa; no era acusarme, sino hacer que yo sirviera a la defensa de los escritos de Orígenes. Pero déjame decirte que la fe de Roma, que fue alabada por la voz de un Apóstol, no reconoce artimañas de esta clase. Una fe que ha sido garantizada por la autoridad de un Apóstol no puede ser cambiada aunque un Ángel anunciara otro evangelio que el que él predicó. Por tanto, hermano mío, ya proceda de ti la falsificación del libro, como muchos creen, o de otro, como quizá intentes persuadirnos, en cuyo caso sólo habrías sido culpable de temeridad al creer que la composición de un hereje era la de un mártir, cambia el título y libra a la inocencia de los romanos de este gran peligro. No te aprovecha nada ser el medio por el que un mártir ilustrísimo sea condenado como hereje: el medio por el que uno que derramó su sangre por Cristo se enorgullezca de ser enemigo de la fe cristiana. Sigue otro camino: di: Encontré un libro que creí que era obra de un mártir. No temas ser penitente. No te presionaré más. No te preguntaré de quién lo obtuviste; puedes nombrar a algún difunto si te place, o decir que lo compraste a un desconocido en la calle: pues no deseo verte condenado, sino convertido. Es mejor que parezca que tú estabas en error a que el mártir fuera hereje. En todo caso, de un modo u otro, saca tu pie de su actual enredo: considera qué respuesta darás en el juicio venidero a las quejas que los mártires presentarán contra ti.

    En mis Comentarios, citar opiniones opuestas demuestra que ninguna es mía

    III, 13

    13. Además, te haces un cargo que nadie te ha hecho y te excusas donde nadie te ha acusado. Dices que has leído estas cosas y, en mi carta: «Quiero saber quién te ha dado permiso, al traducir un libro, para quitar algunas cosas, cambiar otras y añadir otras más.» Y acto seguido te respondes a ti mismo y hablas contra mí: «Te digo esto: ¿quién, dime, te ha dado permiso, en tus Comentarios, para poner unas cosas tomadas de Orígenes, otras de Apolinario y otras tuyas, en vez de ponerlas todas de Orígenes, o de ti mismo, o de algún otro?» Todo este tiempo, mientras apuntas a algo distinto, has estado formulando contra ti mismo una acusación gravísima; y has olvidado el viejo proverbio de que quienes mienten deben tener buena memoria. Dices que yo, en mis Comentarios, he puesto unas cosas tomadas de Orígenes, otras de Apolinario y otras mías. Si, pues, esas cosas que he puesto bajo los nombres de otros son palabras de Apolinario y de Orígenes, ¿qué significa el cargo que me imputas: que cuando digo «Otro dice esto,» «Lo siguiente es conjetura de alguien,» que «otro» o «alguien» significa yo mismo? Entre Orígenes y Apolinario hay una gran diferencia de interpretación, de estilo y de doctrina. Cuando expongo opiniones discrepantes sobre un mismo pasaje, ¿he de suponerse que acepto entrambas opiniones contradictorias? Pero de esto hablaremos más adelante.

    Si hubieras traducido honradamente, no se te habrían imputado las herejías de Orígenes

    III, 14

    14. Ahora te pregunto esto: ¿Quién puede haberte reprochado que en los libros de Orígenes añadieras, cambiaras o quitaras ciertas cosas, y te hubiera sometido a interrogatorio como a un hombre en el potro? ¿Son malas o buenas esas cosas que pusiste en tu traducción? De nada te sirve simular inocencia ni parar con alguna pregunta necia la fuerza de la verdadera indagación. Nunca te he acusado de traducir a Orígenes para tu propia satisfacción. Yo he hecho lo mismo, y también Victorino, Hilario y Ambrosio; pero sí te he acusado de fortalecer tu traducción de una obra herética escribiendo un prefacio que la aprueba. Me obligas a volver sobre el mismo terreno y a seguir las líneas que yo mismo he trazado. Pues dices en ese Prefacio que suprimiste lo que los herejes habían añadido y lo reemplazaste con lo bueno. Si has quitado las afirmaciones falsas de los herejes, entonces lo que has dejado o añadido tiene que ser o de Orígenes o tuyo, y lo has presentado, presumiblemente, como bueno. Pero que muchas de esas cosas son malas no puedes negarlo. «¿Y eso qué,» dirás, «me importa?» Debes imputárselo a Orígenes; pues yo no he hecho más que alterar lo que los herejes habían añadido. Dinos, entonces, por qué razón quitaste lo malo escrito por los herejes y dejaste intacto lo escrito por Orígenes. ¿No está claro que condenaste partes de las falsas doctrinas de Orígenes bajo el nombre de doctrinas de herejes, y aceptaste otras porque las juzgaste no falsas, sino verdaderas y conformes a tu fe? Fue sobre estas últimas sobre las que pregunté si eran buenas o malas las cosas que elogiaste en tu Prefacio: fueron estas las que confesaste haber dejado como perfectamente buenas al cortar todo lo peor; y así te he puesto, como dije, en el potro, de modo que, si dices que son buenas, quedará probado que eres hereje, pero si dices que son malas, se te preguntará al punto: «¿Por qué, pues, elogiaste en tu Prefacio estas cosas malas?» Y no añadí la pregunta que, con astucia, finges que hice: «¿Por qué, con tu traducción, llevaste malas doctrinas a oídos de los latinos?» Porque mostrar lo malo puede hacerse a veces no para enseñarlo, sino para advertir contra ello a los hombres: para que el lector se guarde de no seguir el error, y aun menosprecie los males que conoce, mientras que, si los ignorara, podrían convertirse para él en objeto de admiración. Y sin embargo, después de esto, te atreves a decir que yo soy el autor de escritos de este género, mientras que tú, como mero traductor, te habrías salido del ámbito del traductor si hubieras elegido corregir algo; pero si no corregiste nada, actuaste únicamente como traductor. Tendrías toda la razón al decir esto si tu traducción del [Περὶ ᾿Αρχῶν] no tuviera Prefacio; del mismo modo que Hilario, cuando tradujo las homilías de Orígenes, tuvo cuidado de hacerlo de modo que tanto lo bueno como lo malo de ellas se imputase no al traductor, sino a su propio autor. Si no te hubieras jactado de haber suprimido lo peor y dejado lo mejor, de algún modo habrías escapado del lodo. Pero es precisamente esto lo que anula el ardid de tu invención y te mantiene atado por todas partes, de suerte que no puedes salir. Y debo pedirte que no tengas una opinión tan pobre de la inteligencia de tus lectores, ni pienses que todos los que lean tus escritos son tan torpes que no se reirán de ti al ver que dejas que las heridas reales se gangrenen mientras pones emplastos sobre un cuerpo sano.

    Dices que los obispos de Italia aceptan tus opiniones sobre la Resurrección. Lo dudo

    III, 15

    15. Cuáles son tus opiniones sobre la resurrección de la carne ya lo hemos aprendido de tu Apología. «No se cortará ningún miembro, ni se destruirá parte alguna del cuerpo.» Ésta es la profesión clara y abierta que haces en tu inocencia, y que dices que aceptan todos los obispos de Italia. Creería tu declaración, de no ser porque el contenido de ese libro que no es de Pánfilo me hace dudar de ti. Y me asombra que Italia haya aprobado lo que Roma rechazó; que los obispos hayan aceptado lo que la sede apostólica condenó.

    Dices precipitadamente que asentirás a todo lo que Teófilo determine. Tienes que considerar tu amistad con Isidoro, ahora enemigo suyo

    III, 16

    16. Escribes además que por cartas mías te habías enterado de que el papa Teófilo había publicado últimamente una exposición de la fe que aún no te ha llegado, y prometes aceptar cuanto él haya escrito. No me consta haber dicho jamás eso, ni haber enviado cartas de esa clase. Pero asientes a cosas de las que aún estás incierto, y a cosas de las que no sabes qué ni de qué índole resultarán, para evitar hablar de cosas que conoces muy bien y para no quedar atado por el consentimiento que les has dado. Hay dos cartas de Teófilo, una sinodal y otra pascual, contra Orígenes y sus discípulos, y otras contra Apolinario y también contra Orígenes, que, dentro de los últimos dos años poco más o menos, he traducido y entregado a los hombres que hablan nuestra lengua para edificación de la iglesia. No creo haber traducido ninguna otra cosa suya. Pero, cuando dices que asientes en todo a la opinión del papa Teófilo, has de cuidarte de que no te oigan tus maestros y discípulos, de no ofender a esas numerosas personas que a mí me llaman salteador y a ti mártir, y también de no provocar la ira de aquel hombre que te escribió cartas contra el obispo Epifanio, exhortándote a mantenerte firme en la verdad de la fe y a no cambiar de opinión por terror alguno. Esa epístola, en su forma completa, la conservan aquellos a quienes fue traída. Después de esto dices, a tu modo: «Te daré satisfacción aun cuando te enfurezcas contra mí, como lo hice en el asunto del que antes hablaste.» Pero de nuevo dices: «¿Qué quieres? ¿Tienes algo más a lo que disparar con el arco de tu oratoria?» Y sin embargo te indignas si yo critico tu manera desagradable de hablar, aunque tú tomas las expresiones más bajas de los cómicos, y al escribir sobre asuntos de la Iglesia adoptas un lenguaje que sólo conviene a los personajes de rameras y de sus amantes en la escena.

    Hablas del obispo egipcio Pablo. Nosotros lo recibimos, aunque origenista, como a un extranjero; y él se ha unido a la fe ortodoxa. No sólo Teófilo, sino también los Emperadores condenan a Orígenes

    III, 17

    17. Ahora, en cuanto a la cuestión que planteas, cuándo comencé a reconocer la autoridad del papa Teófilo y a estar asociado con él en comunidad de fe, te respondes a ti mismo: «Entonces, supongo, cuando fuiste partidario de Pablo, a quien él había condenado, y te esforzaste al máximo por ayudarlo, y lo instigaste a recuperar, mediante un rescripto imperial, el obispado del que había sido removido por el tribunal episcopal.» No empezaré respondiendo por mí mismo, sino que primero hablaré de la injuria que aquí has hecho a otro. ¿Qué humanidad o caridad hay en alegrarse de las desgracias ajenas y en exponer al mundo sus heridas? ¿Es ésa la lección que aprendiste de aquel samaritano que llevó de vuelta a la posada al hombre medio muerto? ¿Es esto lo que entiendes por derramar aceite en sus heridas y pagar al posadero sus gastos? ¿Es así como interpretas la oveja devuelta al redil, la moneda recobrada, al hijo pródigo acogido de nuevo? Supongamos que tuvieras derecho a hablar mal de mí, porque te he injuriado y, para usar tus palabras, te he enloquecido y te he incitado a hablar mal: ¿qué daño te hizo un hombre que permanece en la oscuridad, para que pongas al descubierto sus cicatrices y, cuando ya estaban cicatrizadas, las desgarres infligiéndole este dolor innecesario? Aun si era digno de tus reproches, ¿tenías justificación para hacer esto? Si no me equivoco, aquellos a quienes quieres golpear a través de él (y digo la opinión abierta de muchos) son los enemigos de los origenistas; usas las tribulaciones de uno de ellos para mostrar tu violencia contra ambos. Si tanto te agradan las decisiones del papa Teófilo, y consideras impío que se anule un decreto episcopal, ¿qué dices de los demás a quienes él ha condenado? ¿Y qué dices del papa Anastasio, de quien afirmas con gran verdad que nadie piensa que, siendo obispo de tan gran ciudad, sea capaz de hacer injuria a un inocente o a un ausente? No digo esto porque me erija en juez de las decisiones episcopales, ni porque desee que se revoque lo que ellos han determinado; sino que digo: Que cada cual haga lo que crea justo por su cuenta y riesgo, que a él solo toca considerar cómo será juzgado su juicio. Nuestros deberes en nuestro monasterio son los de la hospitalidad; acogemos a todos los que vienen a nosotros con la sonrisa de la amistad humana. Hemos de cuidar de que no suceda de nuevo que María y José no hallen sitio en la posada, y que Jesús quede fuera y nos diga: «Fui extranjero y no me acogisteis.» Las únicas personas a quienes no acogemos son los herejes, que son las únicas personas a quienes tú acoges: pues nuestra profesión nos obliga a lavar los pies a quienes vienen a nosotros, no a discutir sus méritos. Trae a tu memoria, hermano mío, cómo aquel de quien hablamos había confesado a Cristo: piensa en aquel pecho desgarrado por los azotes; recuerda la cárcel que soportó, las tinieblas, el exilio, el trabajo en las minas, y no te sorprenderá que lo acogiéramos como huésped pasajero. ¿Hemos de ser tenidos por rebeldes por ti porque damos un vaso de agua fría al sediento en nombre de Cristo?

    III, 18

    18. Puedo decirte algo que puede hacerlo aún más querido para nosotros, aunque más odioso para ti. Hace poco, la facción de los herejes que fue dispersada lejos de Egipto y de Alejandría vino a Jerusalén, y quiso hacer causa común con él, de modo que, al sufrir juntos, se les imputase la misma herejía. Pero él rechazó sus insinuaciones, los despreció y los arrojó de sí: les dijo que él no era enemigo de la fe y que no iba a tomar las armas contra la Iglesia; que su acción anterior había sido resultado de un disgusto, no de falta de solidez en la fe; y que sólo había procurado probar su propia inocencia, no atacar la de otros. Tú profesas considerar como impiedad que un rescripto imperial revoque un decreto episcopal. Eso es cuestión de la responsabilidad del hombre que lo obtuvo. Pero ¿cuál es tu opinión de hombres que, habiendo sido condenados ellos mismos, frecuentan los palacios de los grandes y, en columna cerrada, atacan a un solo hombre que representa la fe de Cristo? En cuanto a mi propia comunión con el papa Teófilo, no llamaré a otro testigo que al mismo hombre a quien finges que injurié. Sus cartas siempre iban dirigidas a mí, como bien sabes, aun en el tiempo en que tú impedías que me fueran remitidas, y en que diariamente enviabas correos a él repitiéndole con vehemencia que su oponente era mi amigo más íntimo, y contándole las mismas mentiras que ahora escribes sin vergüenza, para excitar su odio contra mí y para que su dolor por la supuesta injuria hecha a él se convirtiera en opresión contra mí en materia de fe. Pero él, hombre prudente y sabio, llegó con el tiempo y la experiencia a comprender tanto nuestra lealtad hacia él como tus intrigas contra nosotros. Si, como declaras, mis seguidores tramaron una conjura contra ti en Roma y robaron tus manuscritos no corregidos mientras dormías, ¿quién fue el que instigó al papa Teófilo contra el enemigo público en Egipto? ¿Quién obtuvo los decretos de los príncipes contra ellos y el consentimiento de toda esta parte del mundo? Y sin embargo te jactas de haber sido desde tu juventud oyente y discípulo de Teófilo, aunque él, antes de ser obispo, por su modestia natural, nunca enseñó en público, y tú, después que él llegó a ser obispo, nunca estuviste en Alejandría. Y aun así te atreves, para asestarme un golpe, a decir: «No acuso ni cambio a mis maestros.» Si eso fuera verdad, a mi juicio arrojaría una grave sospecha sobre tu condición de cristiano. En cuanto a mí, no tienes derecho a acusarme de condenar a mis antiguos maestros: pero yo me estremezco ante aquellas palabras de Isaías: «¡Ay de los que a lo malo llaman bueno y a lo bueno malo, que ponen tinieblas por luz y luz por tinieblas, que llaman amargo a lo dulce y dulce a lo amargo!» Pero eres tú quien bebe por igual el vino melado de tus maestros y sus venenos, quien se ha apartado de tu verdadero maestro el Apóstol, el cual enseña que ni él mismo ni un ángel, si yerran en materia de fe, han de ser seguidos.

    Contra Vigilancio escribí sólo lo justo. Sabía quién lo había instigado contra mí

    III, 19

    19. Aludes a Vigilancio. No sé qué sueño es ése que has soñado acerca de él. ¿Dónde he dicho yo que él quedó manchado por la comunión con herejes en Alejandría? Dime el libro, presenta la carta: pero no hallarás absolutamente ninguna afirmación de esa clase. Sin embargo, con tu acostumbrada negligencia de expresión, o más bien con tu desvergüenza de mentir, que te hace imaginar que todos creerán lo que dices, añades: «Cuando citaste contra él un texto de la Escritura de un modo tan injurioso que no me atrevo a repetirlo con mi propia boca.» No te atreves a repetirlo porque puedes hacer que el cargo parezca peor guardando silencio; y, como tu acusación no se apoya en hechos, simulas modestia, de modo que el lector pueda imaginar que obras por consideración hacia mí, aunque tus mentiras muestran que no consideras tu propia alma. ¿Cuál es ese texto de la Escritura tan vergonzoso que no puede salir de tu boca desvergonzadísima? ¿Qué cosa vergonzosa, en efecto, puedes mencionar de los libros sagrados? Si te avergüenza decirlo, al menos puedes escribirlo, y entonces quedaré convencido de deshonestidad por mis propias palabras. Podría callar sobre todos los demás puntos, y aun así probaría por este solo pasaje cuán descarada es tu desfachatez. Sabes cuán poco temo tu acusación. Si presentas las pruebas con que me amenazas, toda la culpa que ahora recae sobre ti recaerá sobre mí. Te di mi respuesta cuando me ocupé de Vigilancio; pues él presentó contra mí los mismos cargos que tú presentas primero bajo la apariencia de elogio amistoso y después bajo la de acusación hostil. Sé quién fue el que instigó sus desvaríos contra mí; conozco tus intrigas y tus vicios; no ignoro su sencillez, que todos proclaman. Por su necedad, tu odio contra mí halló salida para su furia; y, si escribí una carta para reprimirlo, para que no se pensara que tú eres el único que posee un garrote literario, eso no te justifica para inventar expresiones vergonzosas que no podrás hallar en parte alguna de mis escritos. Has de aceptar y confesar el hecho de que el mismo escrito que respondió a su locura suscitó también tus calumnias.
    Comentario editorial · Vigilancio
    Jerónimo recuerda que ya contestó a Vigilancio, que le presentó «los mismos cargos». Según Wikipedia, Vigilancio era un presbítero nacido hacia 370 en Calagurris (Aquitania) que visitó Belén, se vio envuelto en la disputa sobre Orígenes y acusó a Jerónimo de origenismo; hacia 403 escribió contra el culto a las reliquias y otras prácticas, y todo lo que se sabe de esa obra viene del Contra Vigilancio de Jerónimo. Fremantle (NPNF) cuenta que Jerónimo creía a Rufino aliado de Vigilancio, pero juzga esas insinuaciones más sospechas de la ira que hechos.

    En cuanto a la carta del papa Anastasio que te condena, verás que es auténtica

    III, 20

    20. En cuanto a la carta del papa Anastasio, parece que has pisado un terreno resbaladizo; caminas con paso inseguro y no ves dónde plantar los pies. Unas veces dices que debo de haberla escrito yo; otras, que debió de habértela transmitido aquel a quien fue enviada. Luego acusas al autor de injusticia; o protestas que nada te importa si la escribió o no, puesto que conservas el testimonio de su predecesor, y que, mientras Roma te rogaba que le dieras el honor de tu presencia, tú la desdeñabas por amor a tu pequeña ciudad. Si sospechas que la carta fue falsificada por mí, ¿por qué no la pides en el cartulario de la Sede Romana y, cuando descubras que no fue escrita por el obispo, me declaras manifiestamente culpable del crimen? Entonces, en lugar de intentar atarme con telarañas, me tendrías bien sujeto en una red de cuerdas fuertes. Pero si fue escrita por el obispo de Roma, es una locura de tu parte pedir una copia de la carta a aquel a quien no fue enviada y no a aquel que la envió, y enviar a Oriente en busca de pruebas cuya fuente tienes en tu propia tierra. Mejor harías en ir a Roma y quejarte ante él del reproche que ha dirigido contra ti cuando ambos estabais ausentes e inocentes. Podrías primero señalar que se negó a aceptar tu exposición de fe, la cual, como dices, toda Italia ha aprobado, y que no hizo uso de tu garrote literario contra los perros de los que hablaste. Luego podrías quejarte de que envió a Oriente una carta dirigida contra ti que te marcaba con el sello de la herejía, y de que decía que por tu traducción de los libros de Orígenes [Περὶ ᾿Αρχῶν] la iglesia romana, que había recibido la obra en su sencillez, corría peligro de perder la sinceridad de la fe que había aprendido del Apóstol; y de que había suscitado aún más animosidad contra ti al atreverse a condenar ese mismo libro, aunque estaba fortificado por la atestación de tu Prefacio. No es poca cosa que el pontífice de tan gran ciudad haya echado sobre ti esa acusación o la haya recogido a la ligera de labios de otro. Deberías ir por las calles vociferando y gritando una y otra vez: «No es mi libro; o, si lo es, las hojas sin corregir fueron robadas por Eusebio. Lo publiqué de otro modo; es más, no lo publiqué en absoluto; no lo di a nadie, o en todo caso a pocos; y mi enemigo fue tan poco escrupuloso y mis amigos tan negligentes, que todos los ejemplares fueron igualmente falsificados por él.» Esto, hermano mío queridísimo, es lo que debiste hacer: no volverle la espalda y dirigir contra mí, a través del mar, las flechas de tus injurias. Pues ¿cómo puede curar tus heridas el que yo sea herido? ¿Consuela a un hombre herido de muerte ver morir a su amigo junto a él?

    Siricio, que ha muerto, pudo escribir a tu favor; Anastasio, que vive, escribe a Oriente contra ti

    III, 21

    21. Exhibes una carta de Siricio, que ahora duerme en Cristo, y desprecias la carta del viviente Anastasio. ¿Qué daño, preguntas, puede hacerte que él haya escrito (o quizá no haya escrito nada) cuando tú nada sabías de ello? Si escribió, aún te basta con tener el testimonio del mundo entero a tu favor, y con que nadie crea posible que el obispo de tan gran ciudad haya podido hacer daño a un inocente, ni siquiera a uno que simplemente se hallaba ausente. Te dices inocente, aunque tu traducción hizo estremecerse a toda Roma; dices que estabas ausente, pero es sólo porque no te atreves a responder cuando se te acusa. Y tanto rehúyes el juicio de la ciudad de Roma, que prefieres someterte a una invasión de los bárbaros antes que a la opinión de una ciudad pacífica. Supón que la carta del año pasado fue falsificada por mí; ¿quién escribió entonces las cartas que últimamente se han recibido en Oriente? Y en estas últimas el papa Anastasio te hace tales elogios que, cuando las leas, te inclinarás más a ponerte a defenderte que a acusarme.
    Querría que consideraras cuán inevitable es la sabiduría que estás rehuyendo, la sal ática y la elocuencia de tu dicción en los escritos religiosos. Otros te atacan, otros te traspasan con su condena, y, sin embargo, contra mí te agitas furioso, y dices: «Podría desplegar un relato acerca del modo de tu partida de Roma; acerca de las opiniones expresadas sobre ti entonces y escritas sobre ti después; acerca de tu juramento, del lugar donde te embarcaste, del piadoso modo en que evitaste cometer perjurio; podría extenderme sobre todo esto, pero he decidido callar más de lo que cuento.» Éstas son muestras de tus agradables discursos. Y si después de esto digo algo áspero en mi respuesta, me amenazas con la proscripción inmediata y con la espada. Eres persona elocuentísima y posees todos los artificios de la retórica; finges pasar por alto lo que en realidad revelas, para que lo que no puedes probar con una acusación abierta lo conviertas en delito aparentando omitirlo. Todo esto es tu sencillez; esto es lo que entiendes por perdonar a tu amigo y reservar tus afirmaciones para el tribunal judicial: me perdonas amontonando una masa de acusaciones contra mí.

    Mi partida de Roma hacia Oriente no tuvo nada de censurable, como insinúas

    III, 22

    22. Si alguien quiere oír los preparativos de mi viaje desde Roma, fueron éstos. En el mes de agosto, cuando soplaban los vientos etesios, acompañado por el reverendo presbítero Vincentio y por mi hermano joven, y por otros monjes que ahora viven en Jerusalén, subí a bordo en el puerto de Roma, eligiendo yo mismo el momento, y, con un gran cortejo de santos asistiéndome, llegué a Regio. Me detuve un rato en la ribera de Escila y oí las viejas historias del rápido viaje del fecundo Ulises, de los cantos de las sirenas y del insaciable torbellino de Caribdis. Los habitantes de aquel lugar me contaron muchas leyendas y me aconsejaron que no navegara hacia las columnas de Proteo, sino hacia el puerto donde desembarcó Jonás, porque el primero de aquellos rumbos era el propio de hombres apresurados y fugitivos, y el segundo, el mejor para un hombre prisionero; pero preferí tomar la ruta de Malea y las Cícladas hacia Chipre. Allí me recibió el venerable obispo Epifanio, de cuyo testimonio acerca de ti te jactas. Llegué a Antioquía, donde gocé de la comunión de Paulinio, pontífice y confesor, y fui encaminado por él en mi viaje a Jerusalén, en la que entré a mediados del invierno y en medio de un frío intenso. Vi allí muchas cosas admirables, y comprobé con el juicio de mis propios ojos cosas que antes habían llegado a mis oídos por relato. De allí me dirigí a Egipto. Vi los monasterios de Nitria y percibí las serpientes que acechaban entre los coros de los monjes. Luego, apresurándome, regresé en seguida a Belén, que es ahora mi morada, y allí derramé mi perfume sobre el pesebre y la cuna del Salvador. Vi también el lago de mal agüero. Y no me entregué a la comodidad ni a la inercia, sino que aprendí muchas cosas que antes no sabía. En cuanto al juicio que de mí se formó en Roma, o lo que se escribió después, tienes toda la libertad para hablar, sobre todo porque tienes escritos en que confiar; pues no he de ser juzgado por tus palabras, que a tu antojo velas en enigma o sueltas con abierta falsedad, sino por los documentos de la iglesia. Ya ves qué poco te temo. Si puedes presentar contra mí un solo documento del obispo de Roma o de cualquier otra iglesia, me confesaré reo de todas las iniquidades que hallo atribuidas a ti. Fácil me sería contar las circunstancias de tu partida, tu edad, la fecha de embarque, los lugares donde viviste, las compañías que frecuentaste. Pero lejos esté de mí hacer lo que te reprocho, y, en una discusión entre eclesiásticos, inventar una historia digna de los delirios de viejas pendencieras. Baste esta palabra para que tu sabiduría la recuerde: no adoptes con otro un método que al punto pueda volverse contra ti.

    Epifanio, es cierto, te dio el beso de paz; pero mostró después que había llegado a desconfiar de ti

    III, 23

    23. En cuanto a nuestro reverendo amigo Epifanio, extraña es tu argucia cuando dices que era imposible que él hubiera escrito contra ti después de haberte dado el beso y de haberse unido a ti en oración. Es como si sostuvieras que no estaría muerto si poco antes hubiera estado vivo, o como si no fuera igualmente cierto que primero te reprendió y luego, después del beso de paz, te excomulgó. «Salieron de nosotros,» se dice, «pero no eran de los nuestros; de otro modo, sin duda habrían permanecido con nosotros.» El apóstol nos manda evitar al hereje después de una primera y una segunda amonestación: por supuesto, esto implica que era miembro del rebaño de la iglesia antes de ser evitado o condenado. Confieso que no puedo contener la risa cuando, a instigación de alguna persona ingeniosa, entonas un himno en honor de Epifanio. ¡Cómo! Éste es el 'viejo tonto', el 'antropomorfita'; éste es el hombre que se jactó en tu presencia de los seis mil libros de Orígenes que había leído; que 'se cree encargado de la predicación del Evangelio contra Orígenes entre todas las naciones en su propia lengua'; que 'no deja que otros lean a Orígenes por miedo a que descubran lo que le ha robado'. Lee lo que ha escrito, y la carta, o más bien las cartas, una de las cuales aduciré como testimonio de tu ortodoxia, para que se vea cuán digno es de tu actual alabanza. «Que Dios te libre, hermano mío, y al santo pueblo de Cristo que te ha sido confiado, y a todos los hermanos que están contigo, y especialmente al presbítero Rufino, de la herejía de Orígenes y de todas las demás herejías, y de la perdición que traen. Pues si muchas herejías han sido condenadas por la Iglesia a causa de una palabra o de dos contrarias a la fe, ¡cuánto más debe ser tenido por hereje quien ha inventado tantas cosas perversas, tantas doctrinas falsas! Se alza como enemigo de Dios y de la iglesia.» Éste es el testimonio que este santo varón da de ti. Ésta es la guirnalda de alabanza que te ofrece para que te pavonees. Así corre la carta que tus monedas de oro extrajeron del aposento de nuestro hermano Eusebio, para que calumniaras al traductor de ella y echaras sobre mí la culpa de un crimen manifiesto: el de traducir una palabra griega como 'queridísimo' cuando debía ser 'honorable'. Pero, ¿qué es todo esto para ti, que puedes gobernar todos los acontecimientos con tus métodos prudentes y enderezar tu camino entre posibilidades distintas, diciendo primero, si encuentras a alguien que te crea, que ni Anastasio ni Epifanio escribieron jamás una línea contra ti; y segundo, cuando sus cartas auténticas claman contra ti y derriban tu audaz descaro, despreciando el juicio de ambos y diciendo que nada te importa si escribieron o no, puesto que era imposible que escribieran contra un inocente y un ausente?
    Además, no tienes derecho a hablar mal de ese santo varón, como haces cuando dices «que se vea que me dio la paz con sus palabras y su beso, pero guardó maldad y engaño en su corazón» —pues ése es tu razonamiento, y así te defiendes. Que ésta es la carta de Epifanio y que te es hostil, todo el mundo lo sabe; y que llegó en su forma auténtica a tus manos podemos probarlo; por tanto, es una vergüenza asombrosa, o más bien un desvergonzado descaro, que niegues lo que no puedes dudar que es verdad. ¡Cómo! ¿Ha de mancharse a Epifanio con la imputación de que te dio el signo de paz pero tenía engaño en su corazón? ¿No es mucho más verdadero creer que primero te amonestó porque deseaba salvarte del error y devolverte al buen camino; y que por eso no rechazó tu beso de Judas, queriendo quebrantar con su paciencia al traidor de la fe; pero que después, al hallar que todo su afán era infructuoso y que el leopardo no puede cambiar sus manchas ni el etíope su piel, proclamó en su carta lo que antes sólo había sido sospecha en su mente?

    Cuando nos separamos como amigos, te creí un verdadero creyente; nadie fue enviado a Roma para perjudicarte

    III, 24

    24. Es poco más o menos el mismo argumento que usas contra el papa Anastasio, a saber, que, puesto que conservas las cartas del obispo Siricio, era imposible que él escribiera contra ti. Temo que sospeches que se te ha hecho algún daño. No puedo entender cómo un hombre de tu agudeza y capacidad puede rebajarse a tales necedades; supones que tus lectores son necios, pero muestras que tú mismo eres necio. Luego, tras esta extraordinaria argumentación, añades esta frasesita: «Lejos esté tal conducta de esas personas reverendas. De vuestra escuela proceden tales acciones. Nos disteis todas las señales de paz a nuestra partida, y luego arrojasteis dardos cargados de veneno por detrás de nuestras espaldas.» En esta cláusula, o más bien perorata declamatoria, sin duda quisiste mostrar tu habilidad retórica. Es verdad que te dimos las señales de paz, pero no para abrazar la herejía; nos estrechamos las manos, te acompañamos al partir, en el entendido de que tú eras católico y no nosotros herejes. Pero quiero saber cuáles son esos dardos envenenados que, según te quejas, arrojé por detrás de tu espalda. Envié a los presbíteros Vincentio, Pauliniano, Eusebio y Rufino. De ellos, Vincentio fue a Roma mucho antes que tú; Pauliniano y Eusebio partieron un año después de que tú te embarcaras; Rufino, dos años después, por la causa de Claudio; todos ellos, o por razones privadas, o porque otro se hallaba en peligro de muerte. ¿Me era posible saber que, cuando entraste en Roma, un noble había soñado que entraba una nave cargada de mercancías con las velas desplegadas? ¿O que todas las cuestiones sobre el destino se resolvían con una solución que no debía ser fatua? ¿O que estabas traduciendo el libro de Eusebio como si fuera de Pánfilo? ¿O que estabas poniendo tu propia tapadera sobre el plato envenenado de Orígenes, prestando tu majestuosa elocuencia a esta traducción de su famosa obra [Περὶ ᾿Αρχῶν]? Éste es un modo nuevo de calumniar a un hombre. Enviamos a los acusadores antes de que tú hubieras cometido el crimen. No fue, repito, no fue por plan nuestro, sino por la providencia de Dios, que estos hombres, enviados por otra razón, vinieran a combatir la herejía naciente. Fueron enviados, como José, para aliviar con el fervor de su fe el hambre que se acercaba.

    Juras que no escribiste mi pretendida retractación. Tu estilo te delata, y ya he dado respuesta plena acerca de mis traducciones

    III, 25

    25. ¿Hasta dónde no estallará la audacia cuando una vez se ve libre de frenos? Se ha imputado a sí mismo la acusación hecha contra otro para que se crea que la inventamos nosotros. Hice una acusación contra alguien sin nombrarlo, y él la toma como dicha contra sí; se purga de pecados ajenos, estando sólo seguro de su propia inocencia. Pues jura que no escribió la carta que circuló bajo mi nombre a los obispos africanos, en la que se me hace confesar que había sido inducido por influencia judía a hacer traducciones falsas de las Escrituras; y me envía escritos que contienen todas esas cosas que declara desconocer. Es notable saber cómo su sutileza ha coincidido con la malicia de otro, de modo que las mentiras que ese otro contó en África, él, de acuerdo con él, las declaró verdaderas; y también cómo ese estilo elegante suyo pudo ser imitado por alguna persona casual e inexperta. Tú solo tienes el privilegio de traducir el veneno de los herejes y de hacer beber a todas las naciones un trago de la copa de Babilonia. Tú puedes corregir las Escrituras latinas a partir del griego y entregar a las iglesias para su lectura algo distinto de lo que recibieron de los Apóstoles; pero a mí no se me permite ir más allá de la versión de los Setenta, que traduje tras estricta corrección para los hombres de mi lengua hace muchísimos años, y, para confundir a los judíos, traducir los ejemplares mismos de las Escrituras que ellos confiesan ser los más fieles, de modo que, cuando surja una disputa entre ellos y los cristianos, no tengan lugar de retirada ni subterfugio, sino que sean heridos eficacísimamente con su propia lanza. He escrito bastante sobre este punto, si mal no recuerdo, en muchos otros lugares, especialmente al final de mi segundo libro; y he refrenado tu búsqueda de popularidad, con la que pretendes despertar animosidad contra mí entre los inocentes e inexpertos, mediante una clara exposición de los hechos. A ella creo basta remitir al lector.

    Me mandas que me guarde de la falsificación y de la traición. Me adviertes contra ti mismo

    III, 26

    26. Pienso que no debe pasarse por alto un punto: que no tienes derecho a quejarte de que el falsificador de tus escritos goce, en mi estima, de la posición gloriosa de confesor, cuando tú, que eres reo de ese mismo crimen, eres llamado mártir y apóstol por todos los partidarios de Orígenes, a causa de aquel destierro y prisión tuyos en Alejandría. Sobre tu supuesta inexperiencia en la composición latina ya te he respondido más arriba. Pero, como repites las mismas cosas, y, como si olvidaras tu defensa anterior, vuelves a recordarme que debo saber que has estado treinta años ocupado en devorar libros griegos, y que por eso no sabes latín, quiero que adviertas que no son unas pocas palabras tuyas las que censuro, aunque en verdad todos tus escritos merecen ser destruidos. Lo que yo quería era mostrar a tus seguidores, a quienes con tanto empeño has enseñado a no saber nada, cuánta modestia hay en un hombre que enseña lo que no sabe y escribe lo que ignora, para que esperen hallar la misma sabiduría en sus opiniones. En cuanto a lo que añades «que no son las faltas de palabras las que ofenden, sino los pecados, como la mentira, la calumnia, el menosprecio, el falso testimonio y toda maledicencia, y que la boca que dice mentiras mata el alma» y a tu súplica «de que no llegue a mis narices ese mal olor», yo creería lo que dices si no descubriera hechos incompatibles con ello. Es como si un batanero o un curtidor, hablando a un mercader de pigmentos, le advirtiera que más le valdría taparse la nariz al pasar por sus talleres. Haré lo que me recomiendas; me taparé la nariz, para que no sea atormentada por el agradable olor de tu veracidad y de tus bendiciones.

    No hay contradicción en alabar a un hombre por algunas cosas y censurarlo por otras. Tú lo has hecho conmigo

    III, 27

    27. Respecto a tus alternativas de alabanza y menosprecio hacia mí, arguyes con gran agudeza que tienes el mismo derecho a hablar bien y mal de mí que yo a censurar a Orígenes y a Didimo, a quienes antes alabé. Debo instruirte, pues, oh el más sabio de los hombres y príncipe de los dialécticos romanos, en que no hay falta de lógica en alabar a un hombre en ciertos respectos y censurarlo en otros, sino sólo en aprobar y reprobar una misma cosa. Pondré un ejemplo, para que, aunque tú no lo entiendas, el lector sabio pueda entender conmigo el punto. En el caso de Tertuliano alabamos su gran talento, pero condenamos su herejía. En el de Orígenes admiramos su conocimiento de las Escrituras, pero, sin embargo, no aceptamos su doctrina falsa. En cuanto a Didimo, en cambio, ensalzamos tanto su capacidad de memoria como la pureza de su fe en la Trinidad, mientras que en el otro punto en que erró al fiarse de Orígenes nos apartamos de él. Los vicios de nuestros maestros no han de imitarse; sus virtudes, sí. Hubo en Roma un hombre que tenía a un africano, varón muy docto, por maestro de gramática; y pensaba que se elevaba a la igualdad con su maestro porque copiaba su voz estridente y su pronunciación defectuosa. Tú, en tu Prefacio al [Περὶ ᾿Αρχῶν], hablas de mí como de tu hermano y me llamas tu colega elocuentísimo, y proclamas mi solidez en la fe. De estos tres puntos no puedes retractarte; critícame en todos los demás cuanto quieras, con tal de que no contradigas abiertamente este testimonio que me das; pues al llamarme amigo y colega confiesas que soy digno de tu amistad; al proclamarme hombre elocuente, no puedes seguir acusándome de ignorancia; y al confesar que soy católico en todos los puntos, no puedes imputarme la culpa de herejía. Fuera de estos tres puntos puedes acusarme de lo que quieras sin contradecirte abiertamente. De todo este cálculo el resultado neto es que te equivocas al censurar en mí lo que antes alabaste; pero yo no tengo culpa cuando, en el caso de los mismos hombres, alabo lo que es laudable y censuro lo que es censurable.

    Mi ignorancia de muchos fenómenos naturales no es excusa para tu ignorancia acerca del origen de las almas. Según tu sueño jactancioso, deberías saberlo todo. Lo más importante quedó olvidado en tu cargamento de mercancías orientales

    III, 28

    28. Pasas al origen de las almas y, con gran extensión, exclamas contra el humo que dices que levanto. Quieres que se te permita expresar ignorancia sobre un punto en el que disimulas deliberadamente tu conocimiento; y por eso empiezas a interrogarme acerca de los ángeles y arcángeles; sobre el modo de su existencia, el lugar y naturaleza de sus moradas, las diferencias, si las hay, que existen entre ellos; y luego sobre el curso del sol, el crecer y menguar de la luna, el carácter y movimientos de los astros. Me asombra que no hayas copiado todos estos versos:
    De dónde vienen los terremotos, de dónde los mares encrespados
    que rompen sus orillas y luego se hunden en la calma;
    el eclipse del sol, los trabajos de la luna;
    la raza de los hombres y las bestias, la tormenta, el fuego,
    las lluviosas Híades de Arturo y las Osas:
    por qué los soles del invierno se apresuran a bañarse
    bajo la ola, y qué detiene sus noches interminables.
    Luego, dejando las cosas del cielo y condescendiendo a las de la tierra, filosofas sobre puntos menores. Dices: «Dinos cuáles son las causas de las fuentes y del viento; qué produce el granizo y las lluvias; por qué el mar es salado y los ríos dulces; qué explicación hay que dar de las nubes y las tempestades, de los rayos, del trueno y del relámpago.» Con eso quieres decir que, si yo no sé todo esto, tú tienes derecho a afirmar que nada sabes sobre el origen de las almas. Quieres equilibrar tu ignorancia en un solo punto con la mía en muchos. Pero ¿no comprendes, tú que página tras página levantas lo que llamas mi humo, que yo puedo ver tus nieblas y tus torbellinos? Deseas ser tenido por hombre de extensos conocimientos y gozar de gran reputación de sabiduría entre los discípulos de Calpurnio; por eso levantas ante mí todo el mundo físico, como si Sócrates hubiera dicho en vano, cuando pasó al estudio de la ética: «Lo que está sobre nosotros, nada tiene que ver con nosotros.» Así pues, si no puedo decirte por qué la hormiga, criatura tan pequeña, cuyo cuerpo es un mero punto, tiene seis patas, mientras que el elefante, con su vasta mole, sólo tiene cuatro para caminar; por qué las serpientes y culebras se deslizan sobre su pecho y su vientre; por qué el gusano vulgarmente llamado milpiés tiene tan numeroso enjambre de patas; si no puedo decirte todo eso, se me prohíbe saber nada acerca del origen de las almas. Me preguntas qué sé de las almas, para que cuando yo diga algo sobre ellas puedas atacarlo al punto. Y si digo que la doctrina de la Iglesia es que Dios forma almas cada día y las envía a los cuerpos de los que nacen, al momento sacarás las redes que tu maestro inventó, y preguntarás: ¿Dónde está la justicia de Dios si concede almas a los que nacen de adulterio o de incesto? ¿No es cómplice de los pecados de los hombres, si crea almas para los adúlteros que fabrican los cuerpos? Como si, al oír que el grano de la semilla ha sido robado, hubieras de suponer que la culpa está en la naturaleza del grano y no en el hombre que robó el trigo; y que, por tanto, la tierra no debía nutrir la semilla en su seno porque las manos del sembrador que la echó eran impuras. De ahí proviene también tu pregunta misteriosa: ¿Por qué mueren los niños? Puesto que, según tú sostienes, recibieron cuerpos por causa de sus pecados. Existe un tratado de Didimo dirigido a ti, en el que responde a esta pregunta tuya con la respuesta de que no habían pecado mucho y, por tanto, les era castigo suficiente el haber tocado apenas sus prisiones corporales. Él, que fue tu maestro y también el mío, cuando tú formulaste esta pregunta, escribió a petición mía tres libros de comentarios sobre el profeta Oseas y me los dedicó. Esto muestra qué partes de su doctrina aceptamos respectivamente.

    III, 29

    29. Me instas a dar mi opinión sobre la naturaleza de las cosas. Si hubiera espacio, podría repetirte las opiniones de Lucrecio, que sigue a Epicuro, o las de Aristóteles tal como las enseñan los peripatéticos, o las de Platón y Zenón por los académicos y los estoicos. Pasando a la Iglesia, donde tenemos la regla de la verdad, los libros del Génesis, los Profetas y el Eclesiastés nos dan mucha información sobre cuestiones de este género. Pero si profesamos ignorancia acerca de todas estas cosas, como también acerca del origen de las almas, deberías en tu Apología reconocer tu ignorancia de todas igualmente, y preguntar a tus calumniadores por qué tuvieron la desvergüenza de obligarte a responder sobre este único punto cuando ellos mismos nada saben de todas esas grandes cuestiones. Pero ¡oh! ¡cuán vasta era la riqueza contenida en aquella trirreme que había llegado llena de todas las mercancías de Egipto y de Oriente para enriquecer la pobreza de la ciudad de Roma!
    Tú eres aquel héroe, bien llamado Máximo,
    tú que solo, escribiendo, salvas al Estado.
    Si no hubieras venido de Oriente, aquel hombre doctísimo seguiría atascado entre los matemáticos, y todos los cristianos ignorarían aún lo que podría decirse contra el fatalismo. Tienes derecho a acosarme con preguntas sobre la astrología y la causa del cielo y de los astros, ya que trajiste a tierra una nave llena de tales mercancías. Reconozco mi pobreza; no me he enriquecido hasta ese punto en Oriente como tú. Aprendiste en tu larga estancia a la sombra del Faro lo que Roma nunca supo: Egipto te instruyó en una ciencia que Italia no poseía hasta ahora.

    III, 30

    30. Tu Apología dice que hay tres opiniones acerca del origen de las almas: una sostenida por Orígenes, una segunda por Tertuliano y Lactancio (en cuanto a Lactancio, lo que dices es manifiestamente falso), y una tercera por nosotros, hombres simples y necios, que no vemos que, si nuestra opinión es verdadera, Dios queda con ello mostrado como injusto. Después de esto dices que no sabes cuál es la verdad. Pues bien, dime: ¿piensas que fuera de estas tres opiniones puede hallarse alguna verdad, de modo que las tres sean falsas, o piensas que una de las tres es verdadera? Si hay alguna otra posibilidad, ¿por qué confinas la libertad de discusión dentro de una línea tan estrecha? ¿Y por qué presentas las opiniones falsas y callas acerca de la verdadera? Pero si una de las tres es verdadera y las otras dos falsas, ¿por qué incluyes lo falso y lo verdadero en una sola afirmación de ignorancia? Quizá finges no saber cuál es verdadera para que te sea seguro, cuando te plazca, defender la falsa. Éste es el humo, éstas las nieblas con que intentas apartar la luz de los ojos de los hombres. Eres el Arístipo de nuestros días: traes tu nave al puerto de Roma llena de mercancías de todo género; pones tu cátedra en alto y nos representas a Hermágoras y a Gorgias de Leontinos; sólo que tenías tanta prisa por zarpar que dejaste olvidada en Oriente una pequeña mercancía, una pequeña cuestión. Y gritas con reiteración que aprendiste, tanto en Aquileya como en Alejandría, que Dios es el creador de nuestros cuerpos y de nuestras almas. Ésta, en verdad, es la cuestión apremiante: si nuestras almas fueron creadas por Dios o por el diablo, y no si es verdadera la opinión de Orígenes de que nuestras almas existieron antes que nuestros cuerpos y cometieron algún pecado por el cual han sido atadas a estos cuerpos groseros; o si, por el contrario, dormían como lirones en un estado de letargo y sopor. Todos preguntan esto, pero tú nada dices al respecto; nadie pregunta lo otro, y a eso diriges tu respuesta.

    III, 31

    31. Otra parte de mi "humo", de la que con frecuencia te ríes, es mi pretensión, según dices, de saber lo que no sé, y el alarde que hago de grandes maestros para engañar al vulgo y a los ignorantes. Tú, por supuesto, no eres hombre de humo, sino de llama, o más bien de relámpago; fulminas cuando hablas; no puedes contener las llamas concebidas dentro de tu boca, y como Barcoquebas, el jefe de la revuelta de los judíos, que solía tener en la boca una pajita encendida y soplarla para que pareciera que exhalaba fuego: así también tú, como un segundo Salmoneo, iluminas todo el camino que pisas, y nos reprochas ser meros hombres de humo, a los que quizá podrían aplicarse las palabras: «Tocas los montes, y humean.» No entiendes la alusión del Profeta cuando habla del humo de las langostas; sin duda es la hermosura de tus ojos lo que te hace imposible soportar la acritud de nuestro humo.

    Tu sueño fue una jactancia; el mío, del que me acusas, me humilló

    III, 32

    32. En cuanto a tu acusación de perjurio, ya que me remites a tu libro, y ya que he respondido a ti y a Calpurnio en los libros anteriores, bastará aquí observar que me exiges en sueños lo que tú nunca has cumplido en vela. Parece que soy reo de un gran crimen porque he dicho a las muchachas y vírgenes de Cristo que más les valdría no leer obras seculares, y porque una vez prometí, advertido en sueños, no leerlas. Pero tu nave, anunciada por revelación a la ciudad de Roma, promete una cosa y hace otra. Vino a acabar con el enigma de los matemáticos: lo que hace es acabar con la fe de los cristianos. Había hecho su travesía a velas desplegadas por los mares Jónico y Egeo, el Adriático y el Tirreno, sólo para naufragar en el puerto de Roma. ¿No te avergüenzas de rebuscar tonterías de este género y de ponerme a mí en el trabajo de sacar a relucir cosas semejantes contra ti? Supón que alguien hubiera tenido un sueño acerca de ti que pudiera hacerte vanaglorioso; habría sido modesto y sabio de tu parte no darte por enterado, en lugar de jactarte de los sueños ajenos como de un serio testimonio a tu favor. ¡Qué diferencia entre tu sueño y el mío! El mío cuenta cómo fui humillado y reprimido; el tuyo se jacta una y otra vez de cómo fuiste alabado. No puedes decir: "Nada me importa lo que otro hombre soñó", pues en esos libros tuyos tan esclarecedores nos dices que ése fue el motivo que te llevó a hacer la traducción; no podías soportar que un hombre eminente hubiera soñado en vano. Ése es todo tu empeño. Si consigues hacerme reo de perjurio, piensas que ya no serás tenido por hereje.

    No fui yo quien primero puso al descubierto tus herejías, sino Epifanio, hace ya mucho, y Aterbio antes que él

    III, 33

    33. Llego ahora al cargo más grave de todos, aquel en que me acusas de haber sido infiel después de la restauración de nuestra amistad. Confieso que, de todos los reproches que me haces o con que me amenazas, ninguno me dolería tanto como el de fraude, engaño y quebrantamiento de la fe. Pecar es humano; tender lazos es diabólico. ¡Cómo! ¿Fue para esto para lo que te di la mano sobre el cordero degollado en la Iglesia de la Resurrección: para "robarte tus manuscritos en Roma"? ¿O para "soltar mis perros que royeran tus escritos antes de ser corregidos"? ¿Puede alguien creer que preparamos a los acusadores antes de que tú hubieras cometido el crimen? ¿Se supone que sabíamos qué planes meditabas en tu corazón? ¿O qué había soñado otro hombre? ¿O cómo se cumplía en tu caso el proverbio griego: «el cerdo enseña a Minerva»? Si envié a Eusebio a ladrar contra ti, ¿quién entonces excitó la pasión de Aterbio y de otros contra ti? ¿No es un hecho que él pensaba que yo también era hereje a causa de mi amistad contigo? Y, cuando le di satisfacción acerca de las herejías de Orígenes, tú te encerraste en casa y nunca te atreviste a encontrarte con él, por miedo a tener que condenar lo que no querías condenar, o a que, resistiéndole abiertamente, te expusieras al reproche de herejía. ¿Crees que él no puede ser llamado como testigo contra ti porque es tu acusador? Antes de que el reverendo obispo Epifanio viniera a Jerusalén y te diera las señales de paz de palabra y de beso, "aunque teniendo malos pensamientos y engaño en su corazón"; antes de que yo le tradujera aquella carta que fue tan gran reprensión para ti, y en la cual te declaraba hereje aunque antes te había aprobado como ortodoxo; Aterbio ladraba contra ti en Jerusalén y, si no se hubiera marchado prontamente, habría sentido no tu garrote literario, sino el palo que empuñas en tu diestra para ahuyentar a los perros.

    En cuanto a nuestras traducciones del [Περὶ ᾿Αρχῶν], la tuya hacía daño y la mía era necesaria en legítima defensa. Deberías alegrarte de que la herejía quede al descubierto

    III, 34

    34. «Pero ¿por qué,» preguntas, «aceptaste mis manuscritos que habían sido falsificados? Y ¿por qué, cuando yo había traducido el [Περὶ ᾿Αρχῶν], te atreviste a poner tu pluma a la misma obra? Si yo hubiera errado, como puede errar cualquier hombre, ¿no deberías haberme llamado a responder por carta privada y hablarme con suavidad, como yo te hablo con suavidad en esta carta?» Toda mi culpa es ésta: que, cuando se me hacían acusaciones bajo la apariencia de un elogio disimulado, traté de purgarme de ellas, y esto sin introducir tu nombre de manera odiosa. Quise atribuir a muchas personas una acusación que tú solo habías lanzado, no para devolverte el cargo de herejía, sino para apartarlo de mí. ¿Podía yo saber que te enojarías si escribía contra los herejes? Habías dicho que habías quitado los pasajes heréticos de las obras de Orígenes. Por tanto, dirigí mis ataques no contra ti, sino contra los herejes, pues no creía que tú fueras favorecedor de la herejía. Perdóname si lo hice con demasiada vehemencia. Pensé que te daría placer. Dices que fue por las trampas deshonestas de quienes actuaban por mí que tus manuscritos salieron ante el público, cuando se guardaban secretamente en tu cámara, o estaban en posesión sólo del hombre que había deseado que se hiciera la traducción para él. Pero ¿cómo se concilia esto con tu declaración anterior de que o nadie o muy pocos los tenían? Si se guardaban secretamente en tu cámara, ¿cómo podían estar en posesión del hombre que había deseado que se hiciera la traducción para él? Si el único hombre para quien se habían escrito los manuscritos los había obtenido para ocultarlos, entonces no se guardaban secretamente en tu cámara, y no estaban en manos de esos pocos que, según declaras ahora, los poseían. Nos acusas de haberlos robado; y luego nos reprochas de nuevo haberlos comprado por una gran suma de dinero y un inmenso soborno. En un solo asunto, y en una cartita, ¡qué tejido de mentiras variadas y discordantes! Tú tienes plena libertad para acusar, pero yo no la tengo para defenderme. Cuando presentas una acusación, no piensas en la amistad. Cuando empiezo a responder, entonces tu mente está llena de los derechos de la amistad. Déjame preguntarte: ¿Escribiste estos manuscritos para ocultarlos o para publicarlos? Si para ocultarlos, ¿por qué fueron escritos? Si para publicarlos, ¿por qué los ocultaste?

    III, 35

    35. Pero mi culpa, dirás, fue ésta: que no contuve a tus acusadores, que eran amigos míos. Pues bastante tenía yo con responder a sus acusaciones contra mí; porque me acusaban de hipocresía, como podría demostrar presentando sus cartas, porque guardé silencio cuando sabía que tú eras hereje; y porque, al mantener incautamente la paz contigo, fomenté las guerras intestinas de la Iglesia. Tú los llamas mis discípulos; ellos sospechan que yo soy tu condiscípulo; y, porque fui algo parco en rechazar tus elogios, piensan que estoy iniciado, contigo, en los misterios de la herejía. Éste fue el servicio que me hizo tu Prólogo; me perjudicaste más apareciendo como mi amigo que si te hubieras mostrado mi enemigo. Se habían persuadido de una vez por todas (si con razón o sin ella, es asunto suyo) de que tú eras hereje. Si yo decidiera defenderte, sólo conseguiría que ellos me acusaran junto contigo. Me echan en cara tu elogio de mí, que suponen escrito no por astucia sino con sinceridad; y me reprochan vehementemente las mismas cosas que tú siempre elogiabas en mí. ¿Qué he de hacer? ¿Convertir a mis discípulos en mis acusadores por causa tuya? ¿Recibir sobre mi propia cabeza las armas que se arrojaban contra mi amigo?

    III, 36

    36. En el asunto de los libros [Περὶ ᾿Αρχῶν], tengo incluso derecho a tu gratitud. Dices que suprimiste todo lo que era ofensivo y lo reemplazaste por algo mejor. Yo he representado las cosas tal como estaban en el griego. Por este medio se ponen de manifiesto ambas cosas: tu fe y la herejía de aquel a quien tradujiste. Los principales cristianos de Roma me escribieron: Responde a tu acusador; si guardas silencio, se considerará que has asentido a sus acusaciones. Todos ellos unánimemente exigieron que sacara a la luz los sutiles errores de Orígenes, y diera a conocer el veneno de los herejes a los oídos de los romanos para ponerlos en guardia. ¿Cómo puede esto ser una injuria para ti? ¿Tienes tú el monopolio de la traducción de estos libros? ¿No hay otros que participen en esta obra? Cuando tradujiste partes de la Septuaginta, ¿pretendiste prohibir a todos los demás que la tradujeran después de publicada tu versión? Pues yo también he traducido muchos libros del griego. Tienes pleno poder para hacer una segunda traducción de ellos a tu gusto; pues tanto lo bueno como lo malo en ellos debe atribuirse a su autor. Y esto valdría también en tu caso, si no hubieras dicho que habías cortado las partes heréticas y traducido sólo lo positivamente bueno. Ésta es una dificultad que te has creado tú mismo, y que no puede resolverse sino confesando que has errado como todos los hombres, y condenando tu opinión anterior.

    Tu Apología por Orígenes no lo salvó, sino que te envolvió en herejía

    III, 37

    37. Pero ¿qué defensa puedes presentar en relación con la Apología que has escrito para las obras de Orígenes, o más bien en relación con el libro de Eusebio, aunque has alterado mucho, y has traducido la obra de un hereje bajo el título de un mártir, sin embargo has puesto aún más cosas incompatibles con la fe de la Iglesia? Tú, lo mismo que yo, conviertes libros latinos en griegos; ¿puedes prohibirme que dé a los míos las obras de un extranjero? Si yo hubiera respondido en el caso de alguna otra obra tuya en la que no me hubieras atacado, podría haberse pensado que, al traducir lo que tú ya habías traducido, actuaba con hostilidad hacia ti, y que quería probar que eras inexacto o indigno de confianza. Pero ésta es una nueva clase de queja, cuando te molesta que se te responda sobre un punto en el que me has acusado. Se decía que toda Roma había sido sacudida por tu traducción; todos me pedían un remedio para ello; no porque yo fuera de alguna importancia, sino porque quienes lo pedían me consideraban así. Dices que tú, que habías hecho la traducción, eras mi amigo. Pero ¿qué habrías querido que hiciera? ¿Debemos obedecer a Dios o al hombre? ¿Guardar la propiedad de nuestro amo u ocultar el robo de un consiervo? ¿No puedo estar en paz contigo a menos que me una a ti en cometer actos que acarrean reproche? Si no hubieras mencionado mi nombre, si no me hubieras engalanado con tus lisonjas, habría podido tener alguna vía de escape, y habría podido dar muchas excusas para no traducir lo que ya había sido traducido. Pero tú, amigo mío, me has obligado a desperdiciar bastantes días en esta obra, y a sacar a la luz pública lo que debería haber sido tragado en Caribdis; sin embargo, aunque había sido injuriado, observé las leyes de la amistad y, en cuanto pude, me defendí sin acusarte. Es un temperamento demasiado suspicaz y quejumbroso el que muestras cuando tomas como reproche contra ti lo que se decía contra los herejes. Si es imposible ser tu amigo a menos que sea amigo de los herejes, soportaré más fácilmente tu enemistad que su amistad.

    Mi carta amistosa pretendía impedir la discordia; la otra, aplastar las falsas opiniones

    III, 38

    38. Te imaginas que he urdido otra nueva mentira, a saber, que he compuesto una carta a ti en mi propio nombre, fingiendo que fue escrita hace mucho, en la que me muestro amable y cortés; pero que tú nunca recibiste. La verdad puede comprobarse fácilmente. Muchas personas en Roma han tenido copias de esta carta durante los últimos tres años; pero se negaron a enviártela, sabiendo que estabas lanzando insinuaciones contra mi reputación y urdiendo historias de la clase más vergonzosa e indignas de nuestra profesión cristiana. Yo escribí en ignorancia de todo esto, como a un amigo; pero ellos no quisieron transmitir la carta a un enemigo, tal como sabían que tú eras, ahorrándome así los efectos de mis errores y a ti los reproches de tu conciencia. A continuación presentas argumentos para mostrar que, si yo hubiera escrito tal carta, no tenía derecho a escribir otra que contuviera muchos reproches contra ti. Pero he aquí el error que impregna todo lo que dices, y del que tengo derecho a quejarme: todo lo que digo contra los herejes, te imaginas que es dicho contra ti. ¡Cómo! ¿Acaso te niego el pan porque doy a los herejes una piedra para aplastarles los sesos? Pero, para justificar tu incredulidad respecto a mi carta, te ves obligado a sostener que la del papa Anastasio se apoya en un fraude semejante. Sobre este punto ya te he respondido antes. Si realmente sospechas que no es de su puño y letra, tienes los medios para convencerme de la falsificación. Pero si es de su puño y letra, como lo prueban sus cartas de este año, escritas también contra ti, en vano usarás tus falsos razonamientos para demostrar que mi carta es falsa, pues puedo mostrar por su carta auténtica que la mía también es auténtica.

    Pitágoras fue citado por mí con razón. Presento algunas de sus sentencias

    III, 39

    39. Para parar el golpe de la acusación de mentira, es tu humor volverte muy exigente. No se te ha de pedir que presentes los seis mil libros de Orígenes de los que hablas; pero esperas que yo conozca todos los registros de Pitágoras. ¿Qué verdad hay en todo el lenguaje jactancioso que soltaste de tus mejillas infladas, declarando que habías corregido el [Περὶ ᾿Αρχῶν] introduciendo palabras que habías leído en otros libros de Orígenes, y que así no habías puesto palabras ajenas, sino que habías restaurado las suyas? De todo este bosque de sus obras no puedes producir un solo arbusto ni un retoño. Me acusas de levantar humo y niebla. Aquí sí tienes humo y niebla. Sabes que yo los he disipado y deshecho; pero, aunque tu cuello está roto, no lo doblas, sino que, con una impudencia que excede incluso tu ignorancia, dices que yo niego lo que es evidente, para excusarte tú, después de prometer montañas de oro, de no producir ni siquiera un cuarto de cuero de tu tesoro. Reconozco que tu animosidad contra mí se apoya en buenas razones, y que tu rabia y tu pasión son genuinas; pues, si yo no pidiera con insistencia lo que no existe, se pensaría que tienes lo que no tienes. Me pides los libros de Pitágoras. Pero ¿quién te ha informado de que existen libros suyos? Es cierto que en mi carta que criticas aparecen estas palabras: «Supongamos que erré en mi juventud, y que, habiendo sido instruido en la literatura profana, al comienzo de mi carrera cristiana no tenía suficiente conocimiento doctrinal, y que atribuí a los Apóstoles cosas que había leído en Pitágoras, en Platón o en Empédocles;» pero no hablaba de sus libros, sino de sus doctrinas, con las que pude familiarizarme a través de Cicerón, Bruto y Séneca. Lee la breve oración en favor de Vatinio, y otras en las que se hace mención de sociedades secretas. Repasa los diálogos de Cicerón. Recorre la costa de Italia que solía llamarse Magna Grecia, y encontrarás allí diversas doctrinas de Pitágoras inscritas en bronce en sus monumentos públicos. ¿De quién son esos Versos Áureos? Son de Pitágoras; y en ellos todos sus principios están contenidos en forma resumida. Jámblico escribió un comentario sobre ellos, siguiendo en esto, al menos en parte, a Moderato, hombre de gran elocuencia, y a Arquipo y Lisis, que fueron discípulos de Pitágoras. De éstos, Arquipo y Lisis tuvieron escuelas en Grecia, es decir, en Tebas; retuvieron tan plenamente los preceptos de su maestro que se sirvieron de la memoria en lugar de libros. Uno de estos preceptos es: «Debemos desechar por cualquier artificio, y extirpar por el fuego y la espada y por todo género de artificios, la enfermedad del cuerpo, la ignorancia del alma, la lujuria del vientre, la sedición del estado, la discordia de la familia, el exceso de todas las cosas por igual.» Hay otros preceptos de Pitágoras, como éstos. «Los amigos tienen todas las cosas en común.» «Un amigo es un segundo yo.» «Dos momentos deben observarse especialmente, la mañana y la tarde: es decir, las cosas que vamos a hacer, y las cosas que hemos hecho.» «Después de Dios debemos adorar la verdad, pues ella sola hace a los hombres semejantes a Dios.» Hay también enigmas que Aristóteles ha recopilado con mucha diligencia en sus obras: «No pases jamás del estatero,» es decir, «No transgredas la regla de la justicia;» «No remuevas jamás el fuego con la espada,» es decir, «No provoques con duras palabras al hombre cuando está airado y agitado.» «No debemos tocar la corona,» es decir «Debemos mantener las leyes del estado.» «No te comas el corazón,» es decir, «Echa de tu mente la tristeza.» «Cuando hayas partido, no vuelvas,» es decir, «Después de la muerte no lamentos esta vida.» «No andes por el camino público,» es decir, «No sigas los errores de la multitud.» «Jamás admitas una golondrina en la familia,» es decir, «No admitas a los charlatanes y a las personas parleras bajo el mismo techo que tú.» «Pon cargas nuevas sobre los cargados; no pongas ninguna sobre los que las dejan;» es decir, «Cuando los hombres van camino de la virtud, acósalos con nuevos preceptos; cuando se abandonan a la ociosidad, déjalos en paz.» Dije que había leído las doctrinas de los pitagóricos. Déjame decirte que Pitágoras fue el primero en descubrir la inmortalidad del alma y su transmigración de un cuerpo a otro. A esta opinión se adhiere Virgilio en el libro sexto de la Eneida con estas palabras:
    Éstos, cuando la rueda ha girado mil años completos,
    Dios llama, larga y triste hilera, a la corriente del Leteo
    a anegar el pasado, y a anhelar ver de nuevo
    los cielos de arriba, y volver a la carne.

    III, 40

    40. Pitágoras enseñaba, en consecuencia, que él mismo había sido originariamente Euforbo, luego Cálides, tercero Hermotimo, cuarto Pirro, y por último Pitágoras; y que las cosas que habían existido, tras ciertas revoluciones de tiempo, volvían a existir; de modo que nada en el mundo debía pensarse como nuevo. Decía que la verdadera filosofía era una meditación sobre la muerte; que su lucha diaria era sacar el alma de la prisión del cuerpo a la libertad; que nuestro aprendizaje era recuerdo, y muchas otras cosas que Platón desarrolla en sus diálogos, especialmente en el Fedón y el Timeo. Pues Platón, después de haber fundado la Academia y ganado innumerables discípulos, sintió que su filosofía era deficiente en muchos puntos, y por eso fue a la Magna Grecia, y allí aprendió las doctrinas de Pitágoras de Arquitas de Tarento y de Timeo de Locros; y este sistema lo plasmó en la forma y el estilo elegantes que había aprendido de Sócrates. Todo esto, como podemos probar, Orígenes lo trasladó a su libro [Περὶ ᾿Αρχῶν], sólo cambiando el nombre. ¿Qué error cometía, pues, cuando decía que en mi juventud había imputado a los Apóstoles ideas que había hallado en Pitágoras, Platón y Empédocles? No hablaba, como falsamente pretendes, de lo que había leído en los libros de Pitágoras, Platón y Empédocles, sino de lo que había leído que había existido en sus escritos, es decir, lo que los escritos de otros hombres me mostraban que había existido en ellos. Este modo de hablar es muy común. Podría decir, por ejemplo «Las opiniones que leí en Sócrates las creí verdaderas,» queriendo decir lo que leí como opiniones suyas en Platón y en otros de la escuela socrática, aunque Sócrates mismo no escribió libros. Así podría decir: Quise imitar las hazañas que había leído de Alejandro y de Escipión, no queriendo decir que ellos describieron sus propias hazañas, sino que yo había leído en obras de otros hombres las hazañas que admiraba como realizadas por ellos. Por tanto, aunque yo no pueda informarte de que existan registros del propio Pitágoras y probados por el testimonio de su hijo o su hija u otros de sus discípulos, no puedes tenerme por culpable de mentira, porque dije que había leído no sus libros, sino sus doctrinas. Estás muy equivocado si pensaste hacer de esto una pantalla para tu mentira, y sostener que, porque yo no puedo presentar ningún libro escrito por Pitágoras, tú tienes derecho a afirmar que se han perdido seis mil libros de Orígenes.

    Me amenazas con destrucción. No responderé del mismo modo. En las controversias de fe deben quedar fuera las personas

    III, 41

    41. Llego ahora a tu Epílogo (es decir, a los improperios que derramas sobre mí), en el que me exhortas a la penitencia y me amenazas con la destrucción a menos que me convierta, esto es, a menos que guarde silencio bajo tus acusaciones. Y este escándalo, dices, recaerá sobre mi propia cabeza, porque soy yo quien, al responder, te ha provocado a la locura de escribir, cuando tú eres hombre de extremada mansedumbre y de una dulzura digna de Moisés. Declaras que conoces crímenes que yo te confesé a ti solo cuando eras mi amigo más íntimo, y que los expondrás ante el público; que se me pintará con mis propios colores; y que debo recordar que estoy postrado a tus pies, pues de lo contrario podrías cortarme la cabeza con la espada de tu boca. Y, después de muchas cosas semejantes, en las que te revuelves como un loco, te yergues y dices que deseas la paz, pero con la insinuación de que en adelante he de callar, es decir, que no he de escribir contra los herejes ni responder a acusación alguna hecha por ti; si hago esto, seré tu buen hermano y colega, persona elocuentísima, tu amigo y compañero; y, lo que es más aún, declararás que todas las traducciones que he hecho de Orígenes son ortodoxas. Pero si digo una palabra o doy un paso, al instante seré insano y hereje, indigno de toda relación contigo. Así pregonas mis alabanzas, así me exhortas a la paz. No me dejas libertad ni para un gemido ni para una lágrima en mi dolor.

    III, 42

    42. También yo podría pintarte con tus propios colores y responder a tu insania con una rabia semejante; decir lo que sé y añadir lo que no sé; y con una licencia como la tuya, o más bien furia y locura, sostener por igual lo falso y lo verdadero, hasta que a mí me diera vergüenza hablar y a ti oír; y zaherirte de tal modo que quedara condenado o el acusado o el acusador; imponerme al lector por pura desvergüenza y hacerle creer que cuanto escribía sin escrúpulo lo escribía de verdad. Pero lejos esté de la práctica de los cristianos, que al ofrecer sus propias vidas buscan la vida ajena y se hacen homicidas no con la espada, sino con la voluntad. Eso sí conviene a tu mansedumbre y a tu inocencia, pues tú sabes sacar del muladar de tu pecho, a un tiempo, el olor de las rosas y el hedor de los cadáveres; y, contra el precepto del Profeta, llamar amargo a lo que antes habías alabado como dulce. Pero no es necesario que nosotros, al tratar de temas cristianos, lancemos acusaciones que han de presentarse ante los tribunales. No oirás de mí sino el dicho vulgar: «Cuando hayas dicho lo que te plazca, soportarás lo que no te plazca.» Y si el proverbio grosero te parece demasiado vulgar y, siendo hombre culto, prefieres las palabras de filósofos o poetas, toma de mí las palabras de Homero.
    «Lo que dices, otro tanto oirás.»
    Una cosa quisiera aprender de uno de tan eminente santidad y tan remilgado (cuya santidad es tal que en presencia de tus propios pañuelos y delantales gritan los demonios): ¿a quién tomas por modelo en tus escritos? ¿Acaso alguno de los autores católicos, en una controversia de opiniones, ha imputado delitos morales a aquel con quien discute? ¿Te han enseñado a hacer esto tus maestros? ¿Es ése el sistema en que te has formado: que cuando no puedes responder a un hombre, le cortes la cabeza; que cuando no puedes acallar su lengua, se la arranques? No tienes mucho de qué jactarte, pues haces sólo lo que hacen los escorpiones y las cantáridas. Esto es lo que Fulvia hizo a Cicerón y Herodías a Juan. No podían soportar oír la verdad, y por eso atravesaron con el alfiler que les dividía el cabello la lengua que decía la verdad. El deber de los perros es ladrar al servicio de sus amos; ¿por qué no he de ladrar yo al servicio de Cristo? Muchos han escrito contra Marción o Valentín, contra Arrio o Eunomio. ¿Cuál de ellos formuló acusación alguna de conducta inmoral? ¿No dirigieron en cada caso todos sus esfuerzos a refutar la herejía? Es maquinación de herejes, es decir, de tus maestros, cuando se les convence de traicionar la fe, pasarse a la maledicencia. Así fue como Eustacio, obispo de Antioquía, se convirtió sin saberlo en padre. Así Atanasio, obispo de Alejandría, cortó una tercera mano de Arsenio; pues cuando apareció vivo después de habérsele tenido por muerto, se halló que tenía dos. Tales cosas se achacan ahora falsamente al obispo de la misma Iglesia, y la fe verdadera es atacada con el oro que constituye el poder de ti y de tus amigos. No necesito hablar de la controversia con herejes, los cuales, aunque están en realidad fuera, se llaman a sí mismos cristianos. ¡Cuántos de nuestros autores han contendido con aquellos hombres impíos por excelencia, Celso y Porfirio! ¿Pero cuál de ellos ha dejado la causa que defendía para ocuparse en imputar delitos a su adversario, delitos que deberían asentarse no en escritos eclesiásticos, sino en el registro del juez? ¿Qué ventaja has conseguido si pruebas la criminalidad de un hombre pero fracasas en tu argumento? No es en absoluto necesario que, al presentar una acusación, arriesgues tu propia cabeza. Si tu objeto es la venganza, puedes alquilar un verdugo y satisfacer tu deseo. Finges temer un escándalo y, sin embargo, estás dispuesto a matar a un hombre que fue en otro tiempo tu hermano, a quien ahora acusas y a quien siempre tratas como enemigo. Pero me asombra que un hombre como tú, que sabe lo que hace, se ciegue por la locura hasta el punto de querer hacerme un favor sacando mi alma de la cárcel, y no permitas que se quede contigo en las tinieblas de este mundo.

    El camino de la paz pasa por la sabiduría que enseña el libro de los Proverbios y por la unidad en la fe

    III, 43

    43. Si quieres que guarde silencio, deja de acusarme. Depón tu espada, que yo arrojaré mi escudo. En una sola cosa no puedo consentir: en perdonar a los herejes y no reivindicar mi ortodoxia. Si ésa es la causa de la discordia entre nosotros, puedo someterme a la muerte, pero no al silencio. Habría sido correcto recorrer todas las Escrituras para responder a tus desvaríos y, como David tañendo su arpa, tomar las palabras divinas para calmar tu pecho enfurecido. Pero me contentaré con unas pocas declaraciones de un solo libro; opondré la Sabiduría a la necedad; pues espero que, si desprecias las palabras de los hombres, no tendrás en poco la palabra de Dios. Escucha, pues, lo que Salomón el sabio dice de ti y de todos los que se entregan a la maledicencia y a la contumelia:
    «Los hombres necios, mientras desean injurias, se vuelven impíos y odian la sabiduría. No maquines el mal contra tu amigo. No te enojes con un hombre sin causa. Los impíos ensalzan la contumelia. Aparta de ti la boca malvada, aleja de ti los labios inicuos, los ojos del que habla mal, la lengua del injusto, las manos que derraman sangre del justo, el corazón que maquina pensamientos malvados y los pies que se apresuran a hacer el mal. El que se apoya en la mentira se alimenta de vientos y sigue a las aves que vuelan. Porque ha dejado los caminos de su propia viña y ha hecho errar las ruedas de su labranza. Camina por lugares secos y desiertos, y con sus manos recoge esterilidad. La boca del perverso está cerca de la destrucción, y el que profiere malas palabras es el jefe de los necios. Todo hombre sencillo es alma bendita; pero el hombre violento es deshonroso. Por la falta de sus labios cae el pecador en el lazo. Todos los caminos del necio son rectos a sus propios ojos. El necio muestra su ira en el mismo día. Los labios mentirosos son abominación al Señor. El que guarda sus labios guarda su alma; mas el precipitado con sus labios será terror para sí mismo. El hombre malvado en su violencia hace cosas malas, y el necio derrama su necedad. Busca la sabiduría entre los malvados y no la hallarás. El hombre temerario comerá del fruto de sus propios caminos. El sabio, poniendo atención, evita el mal; mas el necio confía y se junta con él. El hombre sufrido es fuerte en su sabiduría; el de poco entendimiento es muy insensato. El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor. La lengua de los sabios conoce cosas buenas, mas la boca de los necios habla el mal. El hombre pendenciero prefiere la contienda, y todo el que se enaltece el corazón es inmundo ante Dios. Aunque mano con mano se junten injustamente, no quedarán impunes. El que ama la vida debe ser parco con su boca. La insolencia precede a la contusión, y los malos pensamientos a la caída. El que cierra los ojos habla cosas perversas y provoca todo mal con sus labios. Los labios del necio lo llevan al mal, y la palabra temeraria llama a la muerte. El hombre de mal consejo sufrirá gran pérdida. Mejor es el pobre justo que el rico mentiroso. Gloria para el hombre es apartarse de las malas palabras; mas el necio se ata con ellas. No ames la detracción, no sea que seas arrancado de raíz. El pan de la mentira es dulce al hombre, pero después su boca se llenará de cascajo. El que con lengua mentirosa acumula tesoros sigue la vanidad y caerá en los lazos de la muerte. No digas nada al oído del necio, no sea que los sabios se burlen de tus palabras. La porra, la espada y la flecha son cosas dañosas; así es el hombre que da falso testimonio contra su amigo. Como los pájaros y los gorriones vuelan, así la maldición será vana y no lo alcanzará. No respondas al insensato conforme a su falta de sabiduría, no sea que te vuelvas como él; pero responde al necio según su necedad, no sea que se tenga por sabio. El que acecha a sus amigos, cuando es descubierto dice: Lo hice en broma. Un haz para las brasas, leña para el fuego, y hombre de malas palabras para el tumulto de la contienda. Si tu enemigo te pide algo, aun con moderación pero a voz en grito, no consientas, porque hay siete grados de maldad en su corazón. Pesada es la piedra, y la arena difícil de soportar; mas la ira del necio es más pesada que ambas; la indignación es cruel, la ira aguda y la envidia impaciente. El impío habla contra el pobre; y el que confía en la audacia de su corazón es necio en sumo grado. El insensato da rienda suelta a toda su ira, pero el sabio la reparte por partes. Un hijo malvado: sus dientes son espadas, y sus muelas como rastras, para consumir de la tierra al débil y de entre los hombres al pobre.»
    Éstas son las lecciones en que he sido instruido, y por eso no quise devolver mordisco por mordisco ni atacarte por venganza; y pensé que era mejor conjurar la locura de quien deliraba y verter en su pecho envenenado el antídoto de un solo libro. Pero temo no tener éxito y verme obligado a cantar el cántico de David y a tomar sus palabras por único consuelo:
    «Los impíos se extravían desde el seno materno, se descarrían desde el vientre. Han hablado mentiras. Su furor es como el furor de la serpiente; como el áspid sordo que cierra los oídos, que no oye la voz de los encantadores ni del mago que sabe encantar. Dios les quebrará los dientes en la boca; el Señor quebrará los colmillos de los leones. Vendrán a ser nada, como agua que corre. Tensa su arco hasta que queden abatidos. Como cera que se derrite serán arrebatados; el fuego ha caído sobre ellos y no han visto el sol.»
    Y otra vez:
    «El justo se regocijará cuando vea la venganza sobre los impíos; lavará sus manos en la sangre del pecador. Y dirá el hombre: Verdaderamente hay recompensa para el justo; verdaderamente hay un Dios que juzga a los que están en la tierra.»

    III, 44

    44. Al final de tu carta dices: «Espero que ames la paz.» A esto responderé en pocas palabras: Si deseas la paz, depón tus armas. Puedo estar en paz con quien muestra bondad; no temo a quien me amenaza. Estemos unidos en la fe, y la paz seguirá al instante.
    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó la controversia

    Con este libro termina la polémica. Según el NPNF, Rufino, aconsejado por el obispo Cromacio de Aquileya, no respondió en público; escribió a Jerónimo una carta privada que no se ha conservado y de la que se sabe solo lo que Jerónimo dice en el libro III. Rufino no volvió a mencionarlo en sus escritos, y Jerónimo, en cambio, siguió hablando de él con dureza, incluso después de su muerte.
    El NPNF recoge cómo juzgaron la querella los contemporáneos y la posteridad. Agustín, al recibir la Apología de Jerónimo, se dolió de que entre dos hombres tan queridos por las Iglesias hubiera surgido tal discordia (Carta 73 de Agustín, 110 en las de Jerónimo). Un concilio de Roma de 494, bajo el papa Gelasio, dice de Rufino que fue hombre religioso y autor de obras útiles, pero que, por haberlo difamado Jerónimo en ciertos puntos, se toma partido por Jerónimo; Genadio, en su lista de escritores eclesiásticos, lo cuenta entre los doctores de la Iglesia y atribuye la querella a la rivalidad. Fremantle, el traductor, concluye que Rufino quedó rebajado en la estima de la Iglesia por el odio de Jerónimo. Rufino murió en Sicilia, en 411 según Wikipedia.
    Dos cuestiones quedan abiertas que esta edición no resuelve. La primera es quién escribió la Apología de Pánfilo: Jerónimo dice que Eusebio; Wikipedia, que ambos (nota a I, 9). La segunda son las fechas, que las fuentes consultadas dan de modo distinto: el comienzo de la crisis (392, 393 o 394), el viaje de Rufino a Italia (primavera u otoño de 397) y la publicación del prefacio (comienzos de 398, 398 o 399). Jerónimo, además, es parte en la disputa: lo que cuenta de Rufino, de Orígenes y de sí mismo es su versión.
    Límites. Esta edición no examina el latín: toma la autoría y el texto de las fuentes que cita, y cuando difieren dice cuál afirma qué. La traducción es automática y pasa por el inglés, y se conserva tal como salió: no se retocó ninguna palabra.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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