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  1. Sesión 1 · Parte 1 · ≈ 6 minFicha de la obra
  2. Sesión 2 · Parte 1 · ≈ 9 minComentario al Credo de los Apóstoles
  3. Sesión 3 · Parte 1 · ≈ 11 min«Creo en Dios Padre Todopoderoso» (§ 3–5)
  4. Sesión 4 · Parte 1 · ≈ 7 min«Y en Cristo Jesús, su único Hijo, Señor nuestro» (§ 6–8)
  5. Sesión 5 · Parte 1 · ≈ 9 min«Que nació del Espíritu Santo, de la Virgen María» (§ 9–13)
  6. Sesión 6 · Parte 2 · ≈ 9 min«Crucificado bajo Poncio Pilato, y sepultado; descendió a los infiernos» (§ 14–19)
  7. Sesión 7 · Parte 2 · ≈ 10 minLa pasión, anunciada por los profetas (§ 20–28)
  8. Sesión 8 · Parte 2 · ≈ 6 minLa pasión, anunciada por los profetas (§ 20–28)
  9. Sesión 9 · Parte 2 · ≈ 9 min«Al tercer día resucitó de entre los muertos» (§ 29–30)
  10. Sesión 10 · Parte 2 · ≈ 7 min«Y en el Espíritu Santo» (§ 35)
  11. Sesión 11 · Parte 2 · ≈ 5 min«La santa Iglesia, el perdón de los pecados, la resurrección de esta carne» (§ 36)
  12. Sesión 12 · Parte 3 · ≈ 7 min«La santa Iglesia» (§ 39)
  13. Sesión 13 · Parte 3 · ≈ 9 min«La resurrección de esta carne» (§ 41–47)
  14. Sesión 14 · Parte 3 · ≈ 6 minConclusión (§ 48)
  15. Sesión 15 · Parte 3 · ≈ 2 minLo que dejó el comentario

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    TEXTOS — RUFINO DE AQUILEA

    Índice de la obra

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    Rufino de Aquilea

    Comentario al Credo de los Apóstoles

    Texto base: versión inglesa de las Nicene and Post-Nicene Fathers, serie II, vol. 3 (Nueva York: Christian Literature Publishing Co., 1892), «A Commentary on the Apostles' Creed» · cuarenta y ocho secciones numeradas

    Traducción: Traducción automática (Libyx, modelo DeepSeek V4 Pro), directa del inglés de las NPNF; no del latín, y sin traductor humano

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    Lectura continua · ≈ 105 min · Comentarios editoriales opcionales

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    Introducción y criterios de esta edición

    Acompañamiento editorial

    ¿Cómo se explica el credo a quien se prepara para el bautismo? Rufino de Aquilea, a petición del obispo Laurentius, decide hablar «a la capacidad de los niños y de los que comienzan en Cristo» (§ 1): explica por qué el credo se llama «Símbolo», recorre sus cláusulas una a una con textos de la Escritura y, cuando el credo de su Iglesia dice algo que el de Roma no dice, lo advierte. Según Philip Schaff, es el primer escritor de Occidente que da el texto del credo latino con un comentario. Esta es su versión castellana, traducida directamente del inglés de las Nicene and Post-Nicene Fathers.

    Ficha de la obra

    AutorRufino de Aquilea (en latín, Tyrannius Rufinus; Concordia, 344 o 345 – Sicilia, 410 o 411): monje y presbítero, traductor de Orígenes y de Eusebio al latín, amigo y luego adversario de Jerónimo (Wikipedia; Schaff; Fremantle)
    TítuloComentario al Credo de los Apóstoles; en latín, Commentarius in symbolum apostolorum (Wikipedia) o Expositio symboli (Schaff)
    DestinatarioLaurentius, obispo cuya sede no consta; Fontanini, según la edición, conjetura que fue Concordia
    FechaNo consta. La edición inglesa dice «hacia 307-309», que no puede ser; Schaff da hacia 390 y Wikipedia hacia 400 (nota tras el aviso de la edición)
    GéneroExposición catequética del credo, cláusula por cláusula, con pruebas de la Escritura
    ExtensiónCuarenta y ocho secciones numeradas, unas 17 700 palabras en castellano
    TraducciónCastellana, automática y directa del inglés de la edición de base; no del latín
    FuenteNicene and Post-Nicene Fathers, serie II, vol. 3, tal como la recogen CCEL y New Advent
    El recorrido sigue el credo. Las secciones 1 y 2 son la dedicatoria y el origen del «Símbolo»; la 3 a la 5, el Padre Todopoderoso; la 6 a la 8, el Hijo, «único» y «Señor»; la 9 a la 13, el nacimiento de la Virgen por obra del Espíritu Santo; la 14 a la 28, la cruz, la sepultura y el descenso a los infiernos, con la pasión anunciada por los profetas; la 29 y la 30, la resurrección; la 31 a la 34, la ascensión y el juicio; la 35, el Espíritu Santo; de la 36 a la 40, la Iglesia, la lista de los libros de la Escritura y el perdón de los pecados; de la 41 a la 47, la resurrección de la carne; y la 48 resume el recorrido.
    Comentario editorial · De Concordia a Aquilea, por Egipto, Jerusalén y Roma
    Rufino nació hacia 344 o 345 en Concordia, cerca de Aquilea. Según el Prolegomena de la edición, se bautizó en Aquilea hacia los 28 años y poco después se fue a Oriente con Melania; visitó los monasterios de Egipto, fue desterrado de allí y acabó en Palestina, donde fue ordenado en Jerusalén y construyó celdas para monjes en el monte de los Olivos. Volvió a Italia en la primavera de 397 y se instaló en Aquilea a comienzos de 399, donde vivió nueve o diez años; en 408 estaba de nuevo en Roma y luego en Sicilia. Murió en 411 según Wikipedia, en Sicilia; Schaff da 410 y Aquilea como lugar. Las líneas del mapa unen lugares: no reproducen las rutas.
    Mapa del Mediterráneo con los lugares de la vida de Rufino y tres itinerarios: de Aquilea a Alejandría y Jerusalén, de Jerusalén a Roma en 397 y de Roma a Aquilea en 399
    Los lugares de Rufino según el Prolegomena de la edición: Aquilea, Egipto, Palestina, Roma y de nuevo Aquilea. Itinerarios esquemáticos. · Elaboración propia para Eusebeia · costas de Natural Earth (dominio público) · fechas de Fremantle, Prolegomena (NPNF, serie II, vol. 3)

    La fuente y su traducción

    Este texto es una traducción castellana directa de la versión inglesa que se imprimió en el volumen 3 de la serie II de las Nicene and Post-Nicene Fathers (NPNF): Theodoret, Jerome, Gennadius, and Rufinus: Historical Writings, editado por Philip Schaff y Henry Wace y publicado en Nueva York por la Christian Literature Publishing Co. en 1892 (CCEL). En ese volumen, la sección de Rufino lleva el título «Life and Works of Rufinus, with Jerome's Apology against Rufinus», con prolegómenos y notas de William Henry Fremantle. Se tradujo del inglés, no del latín: es la traducción de una traducción, y conviene cotejarla antes de citarla en un trabajo académico. La nota previa de la edición no dice sobre qué texto latino se hizo la versión inglesa; el Prolegomena menciona la primera edición impresa (Oxford, 1468, «que se cree en realidad de 1478») y la de Vallarsi (Verona, 1745).
    Quién tradujo el inglés. Se atribuye a menudo a Fremantle todo lo de Rufino en ese volumen, pero el propio Prolegomena dice que la traducción del Comentario al Credo «ha sido puesta amablemente a nuestra disposición» por el doctor Heurtley, profesor Lady Margaret en Oxford; según Wikipedia, Charles Abel Heurtley (1806–1895) fue profesor de Divinidad en esa cátedra desde 1853 hasta su muerte. Las páginas de CCEL y New Advent con el texto del comentario no llevan crédito de traductor. Aquí se sigue el Prolegomena.
    La traducción castellana la hizo un programa (Libyx, con el modelo DeepSeek V4 Pro) sobre ese inglés, sin traductor humano. Conserva el orden y los párrafos de la edición inglesa, pero nadie la ha revisado frase a frase; los defectos hallados se avisan donde ocurren y se resumen al final.
    Lo que viene de la edición. El aviso previo, la presentación del Credo de Aquilea, la numeración en cuarenta y ocho secciones, los paréntesis («(Papa)», «(de)») y las aclaraciones entre corchetes son de la edición inglesa. Las referencias bíblicas que el volumen de CCEL da en notas no están en el texto castellano ni en el inglés de partida; las citas de la Escritura se conservan entre comillas, tal como llegan. Los encabezados que dividen la obra («Dedicatoria y origen del Símbolo (§ 1–2)», «Conclusión (§ 48)», etc.) y el de «Aviso de la edición» son del editor de Eusebeia y no están en el original ni en el epub. El epub escribe el nombre del autor «Rufino de Aquileya» en sus metadatos y «Aquilea» en el texto; aquí se usa «Aquilea».

    Comentario al Credo de los Apóstoles

    Aviso de la edición

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · Aviso previo al comentario · Introducción
    Esta exposición del Credo fue hecha a petición de Laurentius, obispo cuya sede se desconoce, pero que Fontanini, en su vida de Rufino, conjetura que fue Concordia, lugar de nacimiento de Rufino.
    Su fecha exacta no puede fijarse; pero del hecho de que nada dice de su dificultad para escribir en latín después de haber estado tanto tiempo en Oriente, como hace en varios de sus libros, y de la relativa soltura del estilo, es muy probable que se escribiera en los últimos años de su estancia en Aquilea, es decir, hacia 307-309.
    Su valor es considerable (1) como testimonio del estado del Credo en las iglesias locales a comienzos del siglo V, especialmente de sus variantes. (En la iglesia de Aquilea, en Jesu Christo. Patrem invisibilem et impassibilem. Resurrectio hujus carnis); (2) como muestra de la adaptación de las ideas orientales a la formación de la teología occidental; (3) como testimonio del canon de los libros de la Escritura.
    La exposición es clara y razonable; y, con la excepción de muy pocos pasajes, como el argumento del Fénix a favor del nacimiento virginal de nuestro Señor, todavía nos es de utilidad.
    Comentario editorial · Una fecha que no puede ser la del texto
    El aviso de la edición dice que el comentario se escribió «hacia 307-309»; el inglés de partida dice lo mismo. No puede ser: el mismo aviso lo sitúa en los últimos años de la estancia de Rufino en Aquilea y habla del siglo V, y Rufino nació hacia 344 o 345. El Prolegomena da el marco: Rufino se instaló en Aquilea a comienzos de 399, vivió allí nueve o diez años y compuso en ese tiempo casi todas sus obras principales, entre ellas la exposición del Credo. Si los «últimos años» son los de 399–408, la errata sería de 407–409; es lectura del editor, no dato de la fuente. Otras fechas: Schaff, hacia 390 (antes de que Rufino volviera a Italia, en 397, según el Prolegomena), y Wikipedia, hacia 400. Ninguna es segura.

    El Credo de Aquilea

    Texto de la fuenteEdición de las Nicene and Post-Nicene Fathers · El Credo de Aquilea · Texto
    Parece conveniente ofrecer las versiones originales latina e inglesa del Credo de Aquilea, sobre el cual Rufino hace su comentario. Las palabras o letras peculiares de este credo van en cursiva.
    • Credo in Deo Patre omnipotenti invisibili et impassibili (Creo en Dios Padre Todopoderoso, invisible e impasible)
    • Et in Jesu Christo, unico Filio ejus, Domino nostro (Y en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro)
    • Qui natus est de Spiritu Sancto ex Maria Virgine (Que nació del Espíritu Santo, de la Virgen María)
    • Crucifixus sub Pontio Pilato, et sepultus (Fue crucificado bajo Poncio Pilato, y sepultado)
    • Descendit ad inferna; tertia die resurrexit a mortuis (Descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos)
    • Ascendit in cœlos; sedet ad dexteram Patris; (Subió a los cielos; está sentado a la diestra del Padre)
    • Inde venturus est judicare vivos et mortuos; (De allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos)
    • Et in Spiritu Sancto (Y en el Espíritu Santo)
    • Sanctam Ecclesiam (La Santa Iglesia)
    • Remissionem peccatorum (El perdón de los pecados)
    • Hujus carnis resurrectionem (La resurrección de esta carne)
    Comentario editorial · Tres rasgos del credo de Aquilea frente al de Roma
    Rufino comenta el credo que recibió en su bautismo, no el de Roma, y avisa de lo que los distingue:
    ArtículoCredo de AquileaCredo de Roma
    Primero«Dios Padre Todopoderoso, invisible e impasible» (§ 5)«Dios Padre Todopoderoso»
    Cuarto«Descendió a los infiernos» (§ 18)La cláusula no está
    Último«La resurrección de esta carne» (§ 43)«La resurrección de la carne»
    Según Schaff, otros dos credos de la provincia de Aquilea, de fecha incierta y publicados en 1754 por De Rubeis, omiten los tres rasgos y se parecen más a la forma romana. El texto latino del credo de Roma se conoce, según Schaff y Wikipedia, por Rufino.

    Dedicatoria y origen del Símbolo (§ 1–2)

    § 1

    1. No tengo de la escritura tanta disposición como capacidad, fidelísimo obispo (Papa) Laurentius, pues bien sé que no es asunto de poco peligro someter una capacidad exigua al juicio común. Mas, puesto que en tu carta me exiges con ligereza (perdóname el decirlo), por los sacramentos de Cristo, que venero en sumo grado, que te componga algo sobre la Fe, conforme al sentido tradicional y natural del Credo, aunque al hacerlo me impones una carga superior a mis fuerzas (pues no olvido la sentencia de los sabios, que con tanta justicia dice: «hablar de Dios, aun lo que es verdadero, es peligroso»); con todo, si ayudas con tus oraciones la necesidad que tu petición me ha impuesto, procuraré decir algo, movido más por un respeto reverente a tu mandato que por una presuntuosa confianza en mi capacidad. Lo que escriba, sin embargo, difícilmente parecerá digno de la consideración de personas de entendimiento maduro, sino más bien adecuado a la capacidad de los niños y de los que comienzan en Cristo.
    Hallo, en verdad, que algunos escritores eminentes han publicado tratados sobre estas materias piadosa y brevemente escritos. Sé, además, que el hereje Fotino ha escrito sobre lo mismo; pero con el objeto, no de explicar el sentido del texto a sus lectores, sino de torcer las cosas dichas simple y verdaderamente en apoyo de su propio dogma; y, sin embargo, el Espíritu Santo ha cuidado de que en estas palabras no se ponga nada ambiguo ni oscuro, ni incongruente con otras verdades: pues en ellas se verifica aquella profecía, «La consumación y el acortamiento de la palabra en justicia: porque una palabra breve hará el Señor sobre la tierra.» Será, pues, nuestro empeño, primero, restituir y realzar las palabras de los Apóstoles en su simplicidad nativa; y, segundo, suplir aquello que parece haber sido omitido por los expositores anteriores. Mas para que el alcance de esta «palabra breve,» como la hemos llamado, se haga más claro, indagaremos desde el principio cómo llegó a ser entregada a las Iglesias.
    Comentario editorial · Fotino, el «hereje» que también escribió sobre el credo
    Rufino dice que el hereje Fotino escribió sobre lo mismo, pero para torcer el sentido del texto en favor de su doctrina, y no precisa a qué escrito se refiere. Según Wikipedia, Fotino fue obispo de Sirmio (hoy Sremska Mitrovica, en Serbia) y murió en 376; negaba la preexistencia de Cristo y fue depuesto en un sínodo de Sirmio en 351, acusado de sabelianismo y adopcionismo. No se conserva ninguna obra suya: sus ideas se reconstruyen por sus críticos. Rufino vuelve a nombrarlo en el § 39, junto a Pablo de Samosata, entre los «concilios de vanidad».

    § 2

    2. Nuestros mayores nos han transmitido la tradición de que, después de la ascensión del Señor, cuando, por la venida del Espíritu Santo, lenguas de fuego se posaron sobre cada uno de los Apóstoles, a fin de que hablaran diversas lenguas, de modo que no hubiera raza, por extranjera que fuese, ni lengua, por bárbara que fuese, inaccesible para ellos y fuera de su alcance, el Señor les mandó ir cada uno por separado a las diversas naciones a predicar la palabra de Dios. Estando, pues, a punto de separarse unos de otros, convinieron primero mutuamente en una norma de su futura predicación, no sea que, una vez separados, pudieran en algún caso discrepar en las declaraciones que hicieran a aquellos a quienes invitaran a creer en Cristo. Reunidos, pues, todos, y llenos del Espíritu Santo, compusieron, como hemos dicho, esta breve fórmula de su futura predicación, aportando cada uno su sentencia a un resumen común: y ordenaron que la regla así formada se entregara a los que creen.
    A esta fórmula, por muchas y muy suficientes razones, le dieron el nombre de Símbolo. Pues Símbolo ([κύμβολον]) en griego responde en latín tanto a «Indicium» (una señal o indicio) como a «Collatio» (una contribución conjunta hecha por varios). Pues esto hicieron los Apóstoles en estas palabras, aportando cada uno su sentencia. Se le llama «Indicium» o «Signum,» señal o indicio, porque, en aquel tiempo, como dice el Apóstol Pablo y como se relata en los Hechos de los Apóstoles, muchos de los judíos vagabundos, fingiendo ser apóstoles de Cristo, andaban predicando por lucro o por llenar su vientre, nombrando ciertamente el nombre de Cristo, pero no entregando su mensaje conforme a las líneas exactas de la tradición. Los Apóstoles, pues, prescribieron esta fórmula como señal o indicio por el cual pudiera reconocerse a quien predicaba a Cristo verdaderamente, según la regla apostólica. Finalmente, dicen que en las guerras civiles, puesto que las armaduras de ambos bandos son semejantes, y la lengua la misma, y la costumbre y el modo de combatir los mismos, cada general, para guardarse de la traición, suele entregar a sus soldados un símbolo o contraseña distinto—en latín «signum» o «indicium» —de modo que si se encuentra a alguien, de quien se duda a qué bando pertenece, al preguntársele el símbolo (la contraseña), descubre si es amigo o enemigo. Y por esta razón, continúa la tradición, el Credo no está escrito en papel ni en pergamino, sino que se guarda en los corazones de los fieles, para que sea cierto que nadie lo ha aprendido por la lectura, como a veces sucede con los incrédulos, sino por tradición de los Apóstoles.
    Los Apóstoles, pues, como hemos dicho, estando a punto de separarse para predicar el Evangelio, fijaron esta señal o indicio de su acuerdo en la fe; y, a diferencia de los hijos de Noé, que, estando a punto de separarse unos de otros, edificaron una torre de ladrillos cocidos y de betún, cuya altura llegara hasta el cielo, ellos alzaron un monumento de fe, capaz de resistir al enemigo, compuesto de piedras vivas y de perlas del Señor, de manera que ni los vientos lo derribaran, ni las inundaciones lo minaran, ni la fuerza de las tormentas y de las tempestades lo estremecieran. Con toda justicia, pues, aquellos, cuando, en vísperas de separarse, edificaron una torre de soberbia, fueron condenados a la confusión de las lenguas, de modo que nadie pudiera entender el habla de su prójimo; mientras que estos, que edificaban una torre de fe, fueron dotados del conocimiento y de la comprensión de todas las lenguas; de manera que la una resultó señal e indicio del pecado, y la otra de la fe.
    Mas ya es tiempo de que digamos algo acerca de estas mismas perlas, entre las cuales se coloca primero la fuente y origen de todo, cuando se dice—
    Comentario editorial · «Símbolo» y la tradición de los doce artículos
    Rufino da dos sentidos a la palabra griega: «señal o indicio» (indicium), que ilustra con la contraseña de los ejércitos en las guerras civiles, y «aporte conjunto de varios» (collatio), que remite a la tradición de que cada apóstol puso una sentencia. Schaff ve aquí la primera huella escrita de esa tradición, aunque sin el reparto de un artículo a cada apóstol, y señala que Rufino confunde sýmbolon, «señal», con symbolé, «contribución». Según Wikipedia, la expresión «Símbolo de los Apóstoles» consta por primera vez en una carta de un sínodo de Milán hacia 390, y el reparto de artículos entre los apóstoles se documenta desde el siglo VI. El epub trae «κύμβολον»; la palabra griega es σύμβολον.

    «Creo en Dios Padre Todopoderoso» (§ 3–5)

    § 3

    3. Yo creo en Dios Padre Todopoderoso.
    Mas antes de empezar a discutir el significado de las palabras, me parece bien mencionar que en distintas Iglesias se hallan algunas adiciones en este artículo. No es este el caso, sin embargo, en la Iglesia de la ciudad de Roma; la razón es, según supongo, que, por una parte, ninguna herejía ha tenido allí su origen, y, por otra, que allí se conserva la antigua costumbre de que los que van a ser bautizados reciten públicamente el Credo, es decir, ante el pueblo; de lo cual resulta que los oídos de los que ya son creyentes no admitirán la adición de una sola palabra. Mas en otros lugares, según entiendo, parece que se han hecho adiciones a causa de ciertos herejes, con las cuales se esperaba excluir la novedad en la doctrina. Nosotros, sin embargo, seguimos aquel orden que recibimos cuando fuimos bautizados en la Iglesia de Aquilea.
    Yo creo, por tanto, se coloca al frente, como dice el Apóstol Pablo, escribiendo a los Hebreos: «El que se acerca a Dios debe ante todo creer que Él existe, y que es remunerador de los que le creen a Él.» También dice el Profeta: «Si no creéis, no entenderéis.» Para que, por tanto, se te abra el camino del entendimiento, haces bien, ante todo, en profesar que crees; pues nadie se embarca en el mar, ni confía su persona al elemento profundo y líquido, si primero no cree posible que tendrá una travesía segura; ni el labrador confía su semilla a los surcos y esparce su grano en la tierra, sino en la creencia de que vendrán las lluvias, junto con el calor del sol, por cuya influencia nutricia, ayudada por vientos favorables, la tierra producirá y multiplicará y madurará sus frutos. En fin, nada en la vida puede realizarse si no hay primero una disposición a creer. ¿Qué hay de extraño, pues, si, viniendo a Dios, ante todo profesamos que creemos, visto que, sin esto, ni siquiera puede vivirse la vida común? Hemos anticipado estas observaciones desde el principio, porque los paganos suelen objetarnos que nuestra religión, como carece de razones, se apoya únicamente en la creencia. Hemos mostrado, pues, que nada puede hacerse ni permanecer estable a menos que la creencia preceda. Finalmente, los matrimonios se contraen en la creencia de que nacerán hijos; y los hijos se confían al cuidado de maestros en la creencia de que la enseñanza de los maestros se transmitirá a los discípulos; y un hombre asume las insignias del imperio, creyendo que los pueblos y las ciudades y un ejército bien equipado también le obedecerán. Mas si nadie emprende ninguna de estas diversas empresas sino en la creencia de que se seguirán los resultados de que hemos hablado, ¿no ha de ser mucho más necesaria la creencia si uno quiere llegar al conocimiento de Dios? Mas veamos qué expone esta «palabra breve» del Credo.

    § 4

    4. «Creo en Dios Padre Todopoderoso.»
    Las Iglesias de Oriente transmiten casi universalmente el artículo así: «Creo en un solo Dios Padre Todopoderoso;» y de nuevo en el artículo siguiente, donde nosotros decimos: «Y en Cristo Jesús, su único Hijo, Señor nuestro,» ellas lo transmiten: «Y en un solo (Señor) nuestro Señor Jesucristo, su único Hijo;» confesando, esto es, «un solo Dios,» y «un solo Señor,» conforme a la autoridad del Apóstol Pablo. Mas a esto volveremos luego. Por ahora, dirijamos nuestra atención a las palabras: «En Dios Padre Todopoderoso.»
    «Dios,» en cuanto la mente humana puede formarse idea, es el nombre de aquella naturaleza o substancia que está sobre todas las cosas. «Padre» es una palabra expresiva de un misterio secreto e inefable. Cuando oyes la palabra «Dios,» debes entender con ella una substancia sin principio, sin fin, simple, no compuesta, invisible, incorpórea, inefable, inapreciable, que no tiene en sí nada que haya sido añadido o creado. Pues sin causa es Aquel que es absolutamente la causa de todas las cosas. Cuando oyes la palabra «Padre,» debes entender con ella al Padre de un Hijo, el cual Hijo es imagen de la substancia antes dicha. Porque así como nadie es llamado «Señor» si no tiene una posesión o un siervo de quien sea señor, y así como nadie es llamado «maestro» si no tiene un discípulo, así nadie puede en modo alguno ser llamado «padre» si no tiene un hijo. Este mismo nombre de «Padre,» por tanto, muestra claramente que, juntamente con el Padre, subsiste también un Hijo.
    Mas no quisiera que discutas cómo Dios Padre engendró al Hijo, ni que te introduzcas con demasiada curiosidad en el misterio profundo, no sea que, escudriñando con demasiada avidez el resplandor de la luz inaccesible, pierdas el tenue destello que, por don de Dios, ha sido concedido a los mortales. O, si supones que este es un asunto que ha de investigarse con toda la diligencia posible, proponte primero cuestiones que nos conciernen a nosotros mismos, y luego, si eres capaz de resolverlas satisfactoriamente, apresúrate a pasar de las cosas terrenas a las celestiales, de las visibles a las invisibles. Determina primero, si puedes, cómo la mente que hay dentro de ti engendra una palabra, y cuál es el espíritu de la memoria que hay en ella; y cómo estas cosas, aunque diversas en realidad y en operación, son, sin embargo, una en substancia o naturaleza; y, aunque proceden de la mente, nunca están separadas de ella. Y si estas, aunque están en nosotros y en la substancia de nuestra propia alma, parecen, no obstante, ocultas a nosotros en la medida en que son invisibles a nuestra vista corporal, tomemos para nuestra indagación cosas más expuestas a la vista. ¿Cómo engendra una fuente de sí misma un río? ¿Por qué espíritu es llevada a una corriente que fluye con rapidez? ¿Cómo sucede que, siendo el río y la fuente una sola cosa e inseparables, sin embargo ni el río puede entenderse que es, ni puede llamarse, la fuente, ni la fuente el río, y, con todo, quien ha visto el río ha visto también la fuente? Ejercítate primero en explicar estas cosas, y explica, si eres capaz, cosas que tienes a mano; y luego podrás llegar a otras más elevadas. No pienses, sin embargo, que quiero que asciendas de una vez desde la tierra por encima de los cielos: primero quisiera, con tu permiso, atraer tu atención a este firmamento que nuestros ojos contemplan, y pedirte que expliques, si puedes, la naturaleza de esta lumbrera visible: cómo aquel fuego celestial engendra de sí mismo el resplandor de la luz, cómo produce también calor; y cómo, siendo estas tres en realidad, son, sin embargo, una en substancia. Y si eres capaz de investigar cada una de estas cosas, aun entonces deberás reconocer que el misterio de la generación divina es tanto más diverso y tanto más trascendente cuanto el Creador es más poderoso que las criaturas, cuanto el artífice es más excelente que su obra, cuanto Aquel que siempre es es más noble que aquello que tuvo su comienzo de la nada.
    Que Dios, pues, es Padre de su único Hijo, nuestro Señor, ha de creerse, no discutirse; porque no es lícito a un siervo disputar sobre la natividad de su señor. El Padre ha dado testimonio desde el cielo, diciendo: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido: oídle.» El Padre dice que Él es su Hijo y nos manda oírle. El Hijo dice: «El que me ve a mí, ve también al Padre,» y «Yo y el Padre somos uno,» y «Salí de Dios y he venido al mundo.» ¿Dónde está el hombre que pueda meterse como disputador entre estas palabras del Padre y del Hijo, que pueda dividir la Divinidad, separar su volición, quebrantar la substancia, partir el espíritu en pedazos y negar que es verdad lo que dice la Verdad? Dios, pues, es Padre verdadero como Padre de la Verdad, no engendrando extrínsecamente, sino generando al Hijo de aquello que Él mismo es; es decir, como el Sapientísimo engendra la Sabiduría, como el Justo la Justicia, como el Eterno al Eterno, como el Inmortal la Inmortalidad, como el Invisible al Invisible; porque es Luz, engendra el Resplandor; porque es Mente, engendra la Palabra.

    § 5

    5. Ahora bien, habiendo dicho que las Iglesias de Oriente, en su modo de transmitir el Credo, dicen: «En un solo Dios Padre Todopoderoso,» y «en un solo Señor,» el «uno» no ha de entenderse numéricamente, sino de modo absoluto. Por ejemplo, si uno dijera: «un hombre» o «un caballo,» aquí «uno» se usa numéricamente. Porque puede haber un segundo hombre y un tercero, o un segundo caballo y un tercero. Mas donde no puede añadirse un segundo o un tercero, si decimos «uno,» queremos decir uno no numéricamente, sino absolutamente. Por ejemplo, si decimos: «un solo Sol,» aquí el sentido es que no puede añadirse un segundo ni un tercero, pues no hay más que un solo Sol. Mucho más, pues, Dios, cuando se dice que es «uno,» se llama «uno,» no numéricamente, sino absolutamente; es decir, se dice que es uno porque no hay otro. Del mismo modo, también ha de entenderse del Señor, que es un solo Señor, Jesucristo, por o mediante el cual Dios Padre posee el dominio sobre todas las cosas; de donde también, en la cláusula siguiente, Dios es llamado «Todopoderoso.»
    A Dios se le llama Todopoderoso porque posee el gobierno y el dominio sobre todas las cosas. Mas el Padre posee todas las cosas por su Hijo, como dice el Apóstol, «Por Él fueron creadas todas las cosas, visibles e invisibles, ya sean tronos, o dominios, o principados, o potestades.» Y de nuevo, escribiendo a los Hebreos, dice: «Por Él hizo también los mundos,» y «Lo constituyó heredero de todas las cosas.» Por «lo constituyó» hemos de entender «lo engendró.» Ahora bien, si el Padre hizo por Él los mundos, y todas las cosas fueron creadas por Él, y Él es heredero de todas las cosas, entonces por Él posee también el gobierno sobre todas las cosas. Porque, así como la luz nace de la luz, y la verdad de la verdad, así el Todopoderoso nace del Todopoderoso. Como está escrito de los Serafines en el Apocalipsis de Juan: «Y no tienen reposo ni de día ni de noche, clamando: Santo, Santo, Santo, Señor Dios de los ejércitos, el que era, el que es y el que ha de venir, el Todopoderoso.» Aquel, pues, que «ha de venir» es llamado «Todopoderoso.» ¿Y quién otro hay que «ha de venir» sino Cristo, el Hijo de Dios?
    A lo anterior se añade «Invisible e Impasible.» Debo mencionar que estas dos palabras no están en el Credo de la Iglesia Romana. Fueron añadidas en nuestra Iglesia, como es bien sabido, a causa de la herejía sabeliana, llamada por nosotros «la patripasiana,» es decir, la que dice que el Padre mismo nació de la Virgen y se hizo visible, o afirma que padeció en la carne. Para excluir, pues, tal impiedad acerca del Padre, nuestros mayores parecen haber añadido estas palabras, llamando al Padre «invisible e impasible.» Pues es evidente que el Hijo, no el Padre, se encarnó y nació en la carne, y que desde aquel nacimiento en la carne el Hijo se hizo «visible y pasible.» Pero en lo que toca a aquella substancia inmortal de la Divinidad, que Él posee, y que es una y la misma con la del Padre, hemos de creer que ni el Padre, ni el Hijo, ni el Espíritu Santo es «visible o pasible.» Mas el Hijo, en cuanto condescendió a asumir la carne, fue visto y padeció también en la carne. Lo cual predijo también el Profeta cuando dijo: «Este es nuestro Dios: ningún otro será tenido por tal en comparación suya. Él halló todo el camino de la sabiduría, y lo dio a Jacob su siervo y a Israel su amado. Después se mostró sobre la tierra, y conversó con los hombres.»
    Comentario editorial · «Invisible e impasible»: una adición contra los patripasianos
    Rufino dice que estas dos palabras no están en el credo de Roma y que su Iglesia las añadió por la herejía sabeliana, a la que llama patripasiana: la que sostenía que el Padre mismo nació de la Virgen y padeció. Según Wikipedia, «patripasianismo» es el nombre despectivo que Occidente dio al modalismo, de patri- y passio, porque se le acusaba de hacer que el Padre se sacrificara en la cruz. Schaff añade que ninguna otra forma del credo lleva esos dos atributos. Sobre el mismo debate, véanse Contra la herejía de Noeto y unicitarios.

    «Y en Cristo Jesús, su único Hijo, Señor nuestro» (§ 6–8)

    § 6

    6. Sigue a continuación, «Y en Cristo Jesús, su Unigénito Hijo, Señor Nuestro.» «Jesús» es palabra hebrea que significa «Salvador.» «Cristo» se llama así por «Crisma,» es decir, unción. Pues leemos en los Libros de Moisés que Auses, hijo de Navé, cuando fue elegido para guiar al pueblo, tuvo su nombre cambiado de «Auses» a «Jesús,» para mostrar que este era un nombre propio de príncipes y generales, es decir, de aquellos que habían de «salvar» al pueblo que los seguía. Por tanto, ambos fueron llamados «Jesús,» tanto el que condujo al pueblo, sacado de la tierra de Egipto y librado de las peregrinaciones del desierto, a la tierra de promisión, como el otro, que condujo al pueblo, sacado de las tinieblas de la ignorancia y llamado de los errores del mundo, al reino de los cielos.
    «Cristo» es un nombre propio ya sea de los Sumos Sacerdotes, ya de los Reyes. Pues antiguamente tanto los sumos sacerdotes como los reyes eran consagrados con el óleo del crisma; mas estos, como mortales y corruptibles, con óleo material y corruptible. Jesús es hecho Cristo, siendo ungido con el Espíritu Santo, como dice de Él la Escritura: «Al que el Padre ha ungido con el Espíritu Santo enviado del cielo.» Y lo mismo había prefigurado Isaías, diciendo en la persona del Hijo: «El Espíritu del Señor está sobre Mí, porque me ha ungido; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los pobres.»
    Habiendo mostrado qué es «Jesús», el que salva a su pueblo, y qué es «Cristo», el que es hecho Sumo Sacerdote para siempre, veamos ahora, en lo que sigue, de quién se dicen estas cosas: «su único Hijo, nuestro Señor.» Aquí se nos enseña que este Jesús, del que hemos hablado, y este Cristo, cuyo nombre hemos explicado, es «el único Hijo de Dios» y «nuestro Señor.» Para que acaso no pienses que estos nombres humanos tienen un significado terreno, se añade por esto que Él es «el único Hijo de Dios, nuestro Señor.» Pues nace Uno de Uno, porque hay un solo resplandor de la luz, y hay una sola palabra del entendimiento. Y la generación incorpórea no degenera en número plural, ni sufre división, donde Aquel que nace en modo alguno está separado de Aquel que engendra. Él es «único» (singular), como el pensamiento es a la mente, como la sabiduría al sabio, como la palabra al entendimiento, como el valor al valiente. Pues así como el Apóstol dice del Padre que es «el único sabio,» así también el Hijo solo es llamado sabiduría. Él es, pues, el «único Hijo.» Y, aunque en gloria, eternidad, virtud, dominio, poder, es lo que el Padre es, sin embargo todas estas cosas no las tiene sin origen como el Padre, sino del Padre, como Hijo, sin principio e igual; y aunque es Cabeza de todas las cosas, con todo el Padre es Cabeza de Él. Pues así está escrito: «La Cabeza de Cristo es Dios.»

    § 7

    7. Cuando oyes la palabra «Hijo,» no has de pensar en una natividad según la carne; antes recuerda que se habla de una substancia incorpórea, y de una naturaleza simple y no compuesta. Pues si, como dijimos arriba, sea cuando el entendimiento engendra una palabra, o la mente un pensamiento, o la luz saca de sí el resplandor, nada de esto se busca, ni se imagina manera alguna de debilidad e imperfección en este género de generación, ¡cuánto más pura y más sagrada debe ser nuestra concepción del Creador de todas estas cosas!
    Mas tal vez digas: «La generación de la que hablas es una generación sin substancia. Pues la luz no produce resplandor substancial, ni el entendimiento engendra palabra substancial; pero al Hijo de Dios, se afirma, fue engendrado substancialmente.» A esto respondemos, primero: cuando en otras cosas se usan ejemplos o ilustraciones, la semejanza no puede darse en todos los particulares, sino solo en aquel punto para el cual se aduce la ilustración. Por ejemplo, cuando se dice en el Evangelio: «El reino de los cielos es semejante a la levadura, que una mujer escondió en tres medidas de harina,» ¿hemos de imaginar que el reino de los cielos es en todos los aspectos semejante a la levadura, de modo que como la levadura sea palpable y perecedera, y se agrie y quede inservible? Evidentemente la ilustración fue aducida con este único objeto: mostrar cómo, mediante la predicación de la palabra de Dios, que parece cosa tan pequeña, las mentes de los hombres podían ser imbuidas con la levadura de la fe. De igual modo, cuando se dice: «El reino de los cielos es semejante a una red echada al mar, que recoge peces de toda clase,» ¿hemos de suponer que la substancia del reino de los cielos se asemeja en todo a la naturaleza del cordel con que se hace una red, y a los nudos con que se atan las mallas? No; el único fin de la comparación es mostrar que, así como la red saca los peces a la orilla desde las profundidades del mar, así por la predicación del reino de los cielos las almas de los hombres son libradas de la profundidad del error de este mundo. De donde es evidente que los ejemplos o ilustraciones no corresponden en todo particular a las cosas para cuya ejemplificación o ilustración se aducen. De otro modo, si fueran los mismos en todo, ya no se llamarían ejemplos o ilustraciones, sino que serían las cosas mismas.

    § 8

    8. Hase de observar además que ninguna criatura puede ser tal como su Creador. Y, por tanto, así como la substancia o esencia divina no admite comparación, tampoco la admite la Divinidad. Más aún, toda criatura es de la nada. Si, pues, una chispa, que es tan sin substancia y con todo es fuego, engendra de sí una criatura que es de la nada, y mantiene en ella la naturaleza esencial de aquello de que brota (es decir, el fuego de la chispa madre), ¿por qué no podría la substancia de aquella Luz eterna, que siempre ha sido porque nada en sí tiene que no sea substancial, producir de sí un resplandor substancial? Con razón, por tanto, el Hijo es llamado «único,» «singular.» Pues Aquel que así ha nacido es «único» y «singular.» Lo que es singular no admite comparación. Ni Aquel que hizo todas las cosas puede ser semejante en substancia a las cosas que ha hecho. Este es, pues, Cristo Jesús, el único Hijo de Dios, que es también nuestro Señor. «Único» puede referirse tanto a Hijo como a Señor. Pues Jesucristo es «único» tanto en cuanto verdaderamente Hijo como en cuanto único Señor. Pues todos los demás hijos, aunque son llamados hijos, lo son por gracia de adopción, no por verdad de naturaleza; y si hay otros que son llamados señores, lo son por una autoridad concedida, no inherente. Mas solo Cristo es el único Hijo y el único Señor, como dice el Apóstol: «Un solo Señor Jesucristo, por el cual son todas las cosas.» Por tanto, después que el Credo ha expuesto en orden el misterio inefable de la natividad del Hijo desde el Padre, desciende ahora a la dispensación que Él se dignó asumir para salvación del hombre. Y de Aquel a quien poco antes llamó «único Hijo de Dios» y «nuestro Señor,» dice ahora.

    «Que nació del Espíritu Santo, de la Virgen María» (§ 9–13)

    § 9

    9. «Que fue nacido por (de) el Espíritu Santo de la Virgen María.» Esta natividad entre los hombres es a manera de dispensación, mientras que la natividad anterior es de la substancia divina; la una resulta de su condescendencia, la otra de su naturaleza esencial. Nace por el Espíritu Santo de la Virgen. Aquí se requiere un oído casto y una mente pura. Pues has de entender que ahora se ha edificado un templo dentro de los secretos senos del vientre de una Virgen para Aquel de quien poco antes aprendiste que nació inefablemente del Padre. Y así como en la santificación del Espíritu Santo no ha de admitirse pensamiento alguno de imperfección, así en el Nacimiento virginal no ha de imaginarse mancha alguna. Porque este nacimiento fue un nacimiento nuevo dado a este mundo, y con razón nuevo. Pues Aquel que es el único Hijo en el cielo es por consecuencia el único Hijo en la tierra, y nació de modo único, nacido como ningún otro lo fue jamás ni puede serlo.
    Las palabras de los Profetas acerca de Él, «Una Virgen concebirá y dará a luz un Hijo,» son conocidas de todos, y se citan en los Evangelios una y otra vez. También el profeta Ezequiel había predicho el modo milagroso de aquel nacimiento, llamando a María figurativamente «la Puerta del Señor,» es decir, la puerta por la cual el Señor entró en el mundo. Pues dice: «La puerta que mira hacia Oriente estará cerrada, y no se abrirá, y nadie pasará por ella, porque el Señor Dios de Israel pasará por ella, y quedará cerrada.» ¿Qué podría decirse con tan evidente referencia a la conservación inviolada de la condición de la Virgen? Aquella Puerta de la Virginidad estaba cerrada; por ella entró el Señor Dios de Israel; por ella salió del vientre de la Virgen a este mundo; y, conservándose inviolado el estado virginal, la puerta de la Virgen permaneció cerrada para siempre. Por tanto, se dice que el Espíritu Santo es el Creador de la carne del Señor y de su templo.

    § 10

    10. Partiendo de este punto puedes entender también la majestad del Espíritu Santo. Pues el Evangelio da testimonio de Él: cuando el ángel dijo a la Virgen: «Darás a luz un Hijo y llamarás su nombre Jesús, porque Él salvará a su pueblo de sus pecados,» ella respondió: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» a lo cual el ángel le dijo: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por lo cual lo Santo que nacerá de ti será llamado Hijo de Dios.» Mira aquí a la Trinidad cooperando mutuamente entre sí. Del Espíritu Santo se dice que viene sobre la Virgen, y del Poder del Altísimo que la cubre con su sombra. ¿Qué es el Poder del Altísimo sino el mismo Cristo, que es Poder de Dios y Sabiduría de Dios? ¿De quién es este Poder? Del Altísimo. Hay aquí, pues, el Altísimo, hay también el Poder del Altísimo, hay también el Espíritu Santo. Esta es la Trinidad, en todo lugar latente y en todo lugar manifiesta, distinta en nombres y personas, pero inseparable en la substancia de la Divinidad. Y aunque solo el Hijo nace de la Virgen, con todo está presente también el Altísimo, está presente también el Espíritu Santo, para que tanto la concepción como el alumbramiento de la Virgen sean santificados.

    § 11

    11. Estas cosas, puesto que se afirman sobre la garantía de las Escrituras proféticas, tal vez puedan hacer callar a los Judíos, aunque sean infieles e incrédulos. Mas los Paganos suelen burlarse de nosotros cuando nos oyen hablar de un Nacimiento virginal. Hemos de decir, por tanto, unas pocas palabras en respuesta a sus cavilaciones. Todo nacimiento, supongo, depende de tres condiciones. Ha de haber una mujer de edad madura, ha de tener comercio con varón, su vientre no ha de ser estéril. De estas tres condiciones, en el nacimiento del que hablamos, faltaba una: el varón. Y esta, por cuanto Aquel de cuyo nacimiento hablamos no era un hombre terreno, sino celestial, fue suplida por el Espíritu celestial, conservándose inviolada la virginidad de la madre. Y con todo, ¿por qué ha de pensarse maravilloso que una virgen conciba, cuando es bien sabido que el ave de Oriente, a la que llaman Fénix, nace, o por mejor decir renace, sin intervención de pareja, de tal modo que permanece continuamente una, y continuamente, naciendo o renaciendo, se sucede a sí misma? Que las abejas no conocen himeneo ni alumbramiento de crías es notorio. Hay también otras cosas que se hallan sujetas a alguna ley semejante de nacimiento. ¿Habrá de creerse increíble, pues, lo que se hizo por poder divino, para la renovación y restauración del mundo entero, aquello de lo que se observan ejemplos en la natividad de los animales? Y con todo, es extraño que los gentiles juzguen imposible esto, ellos que creen que su propia Minerva nació del cerebro de Júpiter. ¿Qué es más difícil de creer, o qué más contrario a la naturaleza? Aquí hay una mujer, se guarda el orden de la naturaleza, hay concepción y a su tiempo parto; allí no hay hembra, sino un solo varón, y —¡nacimiento! ¿Por qué se admira de lo otro quien cree lo uno? Dicen además que el padre Baco nació del muslo de Júpiter. He aquí otro portento, y sin embargo se cree. También Venus, a la que llaman Afrodita, nació, creen, de la espuma del mar, como lo muestra su nombre compuesto. Afirman que Cástor y Pólux nacieron de un huevo, los Mirmidones de hormigas. Hay mil otras cosas que, aunque contrarias a la naturaleza, hallan crédito entre ellos, como las piedras arrojadas por Deucalión y Pirra, y la mies de hombres que brotó de ellas. Y cuando creen tales mitos, y tantos, ¿les parece imposible una sola cosa: que una mujer de edad madura, no mancillada por varón sino fecundada por el Espíritu Santo, concibiera una prole divina? Quien, a fe, si son duros de creencia, en modo alguno deberían haber dado crédito a aquellos prodigios, siendo, como son, tantos y tan degradantes; mas si los creen, deberían recibir mucho más prontamente estas creencias nuestras, tan honorables y tan santas, que las suyas, tan deshonrosas y tan viles.
    Comentario editorial · El fénix, un argumento que ya no se usa
    Para el nacimiento virginal, Rufino recuerda que el ave de Oriente llamada fénix «nace, o por mejor decir renace» sin pareja, que las abejas no conocen alumbramiento de crías, y que los paganos creen en Minerva nacida de la cabeza de Júpiter. El aviso de la edición cita el fénix entre los pocos pasajes que ya no sirven. La Primera carta de Clemente (cap. 25) usa el mismo animal con otra función: el fénix de Arabia, que vive quinientos años, muere en un nido de especias y renace de un gusano, es allí una señal de la resurrección. Wikipedia incluye a Clemente I entre quienes transmitieron el motivo.

    § 12

    12. Pero tal vez digan: Si fue posible a Dios que una virgen concibiera, posible fue también que diera a luz; mas juzgan impropio que un ser de tan grande majestad entrara en el mundo de tal manera que, aun no habiendo habido mancha alguna por el trato con varón, hubiera con todo la indecencia propia del acto del parto. A lo cual respondamos brevemente, saliendo a su encuentro en su propio terreno. Si alguien viera a un niño pequeño a punto de sofocarse en un lodazal, y él mismo, varón grande y poderoso, entrara en el lodo, justo hasta su borde, por así decir, para salvar al niño que está muriendo, ¿reprocharías a ese hombre como manchado por haber pisado un poco de lodo, o lo alabarías como misericordioso por haber conservado la vida de quien perecía? Mas el caso supuesto es el de un hombre ordinario. Volvamos a la naturaleza de Aquel que nació. ¿Cuánto, piensas, es inferior a Él la naturaleza del sol? ¿Cuánto, sin duda, la criatura al Creador? Considera ahora: si un rayo del sol cae sobre un lodazal, ¿recibe de él alguna impureza? ¿O es el sol peor por derramar su luz sobre objetos inmundos? También el fuego: ¿cuán inferior es su naturaleza a las cosas de que hablamos? Y sin embargo, ninguna substancia, por inmunda o vil que sea, se cree que contamine al fuego si se le aplica. Siendo esto manifiestamente así respecto de las cosas materiales, ¿supones que algo de impureza y de mancha puede sobrevenir a aquella naturaleza sobreeminente e incorpórea, que está por encima de todo fuego y de toda luz? Luego, por último, nota también esto: decimos que el hombre fue creado por Dios del barro de la tierra. Mas si se piensa que Dios se mancha al procurar recobrar su propia obra, mucho más habrá de pensarse que se mancha al hacer originalmente esa obra. Y es vano preguntar por qué pasó por lo que repugna a nuestro sentido del pudor, cuando no puedes decir por qué hizo lo que tanto repugna. Y por tanto, no es la naturaleza sino la estimación común la que nos ha hecho pensar que estas cosas sean tales. De otro modo, todas las cosas que hay en el cuerpo, formadas de una misma y única arcilla, no se distinguen unas de otras sino en sus usos y oficios naturales.

    § 13

    13. Mas hay otra consideración que no debemos omitir en la solución de esta cuestión, a saber: que la substancia de Dios, que es enteramente incorpórea, no puede introducirse en los cuerpos ni ser recibida por ellos en primer término, a no ser que haya alguna substancia espiritual como medio, capaz de recibir el Espíritu divino. Por ejemplo, si decimos que la luz puede irradiar todos los miembros del cuerpo, con todo, por ninguno de ellos puede ser recibida sino por el ojo. Pues es el ojo únicamente el que es receptivo de la luz. Así el Hijo de Dios nace de una virgen, no asociado solamente a la carne en primer término, sino engendrado con un alma como medio entre la carne y Dios. Sirviendo, pues, el alma de medio, y recibiendo la Palabra de Dios en la ciudadela secreta del espíritu racional, nació Dios de la Virgen sin el menosprecio que tú imaginas. Y por tanto, nada ha de estimarse vil o indecente allí donde estaba la santificación del Espíritu, y donde el alma que era capaz de Dios se hizo también partícipe de la carne. Nada tengas por imposible donde estaba presente el poder del Altísimo. No pienses en la debilidad humana donde había plenitud de Divinidad.

    «Crucificado bajo Poncio Pilato, y sepultado; descendió a los infiernos» (§ 14–19)

    § 14

    14. Fue crucificado bajo Poncio Pilato y fue sepultado: descendió a los infiernos. El Apóstol Pablo nos enseña que debemos tener «iluminados los ojos de nuestro entendimiento» «para que comprendamos cuál es la altura, la anchura y la profundidad.» «La altura, la anchura y la profundidad» es una descripción de la Cruz, de la cual aquella parte que está fijada en la tierra la llama profundidad, altura la que se levanta sobre la tierra y se alza hacia arriba, anchura la que se extiende a la diestra y a la siniestra. Puesto que, por tanto, hay tantas clases de muerte por las cuales se concede a los hombres salir de esta vida, ¿por qué quiere el Apóstol que tengamos iluminado nuestro entendimiento para conocer la razón por la que, entre todas, se eligió con preferencia la Cruz para la muerte del Salvador? Hemos de saber, pues, que aquella Cruz fue un triunfo. Fue un trofeo insigne. Un triunfo es señal de victoria sobre un enemigo. Puesto que Cristo, cuando vino, sometió a la vez tres reinos bajo su dominio (pues esto significa cuando dice: «Que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla, de lo que está en el cielo, y en la tierra, y debajo de la tierra»), y conquistó todos estos por su muerte, se buscó una muerte adecuada al misterio, para que, levantado en el aire, y subyugando las potestades del aire, hiciera ostentación de su victoria sobre estas potestades sobrenaturales y celestiales. Además, el santo Profeta dice que «todo el día extendió sus manos» al pueblo sobre la tierra, para hacer protesta a los incrédulos e invitar a los creyentes: finalmente, por aquella parte que está hundida bajo la tierra, significó que sometía a sí los reinos del mundo inferior.

    § 15

    15. Además —para tocar brevemente algunos de los temas más recónditos—, cuando Dios hizo el mundo en el principio, puso sobre él y designó ciertas potestades de virtudes celestiales por las cuales fuera gobernada y dirigida la raza de los hombres mortales. Que esto se hizo así lo significa Moisés en el Cántico del Deuteronomio: «Cuando el Altísimo dividió a las naciones, fijó los confines de los pueblos según el número de los ángeles de Dios.» Mas algunos de estos, como aquel que es llamado Príncipe de este mundo, no ejercieron el poder que Dios les había encomendado según las leyes por las cuales lo habían recibido, ni enseñaron a los hombres a obedecer los mandamientos de Dios, sino que antes les enseñaron a seguir su propia y perversa guía. Así fuimos puestos bajo las ataduras del pecado, porque, como dice el Profeta: «Fuimos vendidos bajo nuestros pecados.» Pues todo hombre, cuando cede a la concupiscencia, está recibiendo el precio de su alma. Bajo aquella atadura, pues, era retenido todo hombre por aquellos pésimos gobernantes, la cual atadura Cristo, cuando vino, rompió y los despojó de este su poder. Esto lo significa Pablo bajo un gran misterio, cuando dice de Él: «Destruyó la cédula que nos era contraria, clavándola en su cruz, y condujo en cautiverio a los principados y potestades, triunfando de ellos en sí mismo.» Aquellos gobernantes, pues, a quienes Dios había puesto sobre los hombres, habiéndose vuelto contumaces y tiránicos, emprendieron el asalto contra los hombres que les habían sido encomendados y derrotarlos por completo en los combates del pecado, como místicamente indica el Profeta Ezequiel cuando dice: «En aquel día saldrán ángeles apresurándose a exterminar a Etiopía, y habrá perturbación entre ellos en el día de Egipto; porque he aquí viene.» Despojándolos, pues, de su todopoderoso poder, se dice que Cristo triunfó, y que entregó a los hombres el poder que les fue quitado, como también Él mismo dice a sus discípulos en el Evangelio: «He aquí os he dado potestad de pisar serpientes y escorpiones, y sobre toda la fuerza del enemigo.» La Cruz de Cristo, pues, puso a los que habían abusado injustamente de la autoridad que habían recibido en sujeción a los que antes estaban sujetos a ellos. Mas a nosotros, es decir, al género humano, nos enseña en primer lugar a resistir al pecado hasta la muerte, y a morir de buena gana por causa de la religión. Luego, esta misma Cruz nos pone delante un ejemplo de obediencia, del mismo modo que ha castigado la contumacia de los que una vez fueron nuestros gobernantes. Oye, pues, cómo el Apóstol nos enseña la obediencia por la Cruz de Cristo: «Haya en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no tuvo por usurpación el ser igual a Dios, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y, hallado en la condición de hombre, se hizo obediente hasta la muerte, y muerte de cruz.» Como, pues, un maestro consumado enseña tanto con el ejemplo como con el precepto, así Cristo enseñó la obediencia que los buenos han de rendir aun a costa de la muerte, muriendo Él mismo primero al rendirla.

    § 16

    16. Pero tal vez alguien se alarme al oírnos discurrir sobre la muerte de Aquel de quien hace poco dijimos que es eterno con Dios Padre, y que fue engendrado de la substancia del Padre, y que es uno con Dios Padre, en dominación, majestad y eternidad. Mas no temas, oyente fiel. En breve verás otra vez inmortal a Aquel de cuya muerte oyes; porque la muerte a la que Él se somete está a punto de despojar a la misma muerte. Pues el objeto de aquel misterio de la Encarnación que poco ha expusimos era que la virtud divina del Hijo de Dios, como un anzuelo oculto bajo la forma y figura de la carne humana (Él, como dice el Apóstol Pablo, «hallado en la manera de hombre»), atrajera al Príncipe de este mundo a un combate: y, ofreciéndole su carne como cebo, que su divinidad, que yacía debajo, lo prendiera y lo retuviera firme con el anzuelo mediante el derramamiento de su sangre inmaculada. Pues solo Él, que no conoce mancha de pecado, ha destruido los pecados de todos, al menos de aquellos que han marcado los postes de la puerta de su fe con su sangre. Así, pues, así como el pez que muerde el anzuelo cebado no solo no quita el cebo del anzuelo, sino que es sacado del agua para ser él mismo alimento de otros, así el que tenía el poder de la muerte se apoderó del cuerpo de Jesús en la muerte, no advirtiendo el anzuelo de la Divinidad encerrado dentro de él, sino que, habiéndolo tragado, fue atrapado al instante, y rotas las barras del infierno, fue sacado como del abismo para convertirse en alimento de otros. Resultado que el Profeta Ezequiel predijo mucho antes bajo esta misma figura, diciendo: «Te sacaré con mi anzuelo, y te tenderé sobre la tierra: las llanuras se llenarán de ti, y pondré sobre ti todas las aves del cielo, y saciaré de ti a todas las bestias de la tierra.» El Profeta David dice también: «Has quebrado las cabezas del gran dragón, lo has dado por comida al pueblo de Etiopía.» Y Job, de igual manera, da testimonio del mismo misterio, pues dice en la persona del Señor que le habla: «¿Sacarás tú al dragón con el anzuelo, y pondrás tu freno en sus narices?»
    Comentario editorial · Un cebo y un anzuelo: cómo explica Rufino la muerte de Cristo
    En el § 16, Rufino explica la muerte de Cristo con una imagen de pesca: la divinidad, oculta bajo la carne como el anzuelo bajo el cebo, atrapa al «príncipe de este mundo», que se traga la carne sin ver el anzuelo y es sacado del abismo. La apoya con tres textos que el volumen de CCEL identifica como , y . Según Wikipedia, Agustín usó una imagen emparentada (la cruz como trampa, la sangre como cebo), que ese artículo cita al explicar la teoría del rescate: popular, dice, entre los siglos IV y XI y nacida sobre todo en Orígenes, a quien Rufino tradujo. Otros Padres, como Gregorio Nacianceno, negaron que Cristo se pagara al diablo. Rufino no habla aquí de «rescate»: la imagen es la del engaño.

    § 17

    17. No es, pues, con pérdida ni menoscabo de su naturaleza divina que Cristo padece en la carne, sino que su naturaleza divina descendió por medio de la carne a la muerte, para que por la enfermedad de la carne realizase la salvación; no para ser retenido por la muerte según la ley de la mortalidad, sino para abrir por sí mismo, en su resurrección, las puertas de la muerte. Es como si un rey se encaminara a una prisión, y entrara y abriera las puertas, deshiciera las cadenas, quebrara los grilletes, las barras y los cerrojos, y sacara y pusiera en libertad a los presos, y restituyera a la luz y a la vida a los que estaban sentados en tinieblas y en sombra de muerte. El rey, por tanto, se dice ciertamente que estuvo en la prisión, mas no en la misma condición que los presos que allí estaban detenidos. Ellos estaban en prisión para ser castigados; Él, para librarlos del castigo.

    § 18

    18. Los que nos han transmitido el Credo han especificado con mucha previsión el tiempo en que estas cosas se hicieron — «bajo Poncio Pilato,» — para que en ningún respecto vacilara la tradición, como vaga e incierta. Mas ha de saberse que la cláusula «Descendió a los infiernos» no se añade en el Credo de la Iglesia Romana, ni tampoco en el de las Iglesias de Oriente. Parece, sin embargo, estar implícita cuando se dice que «fue sepultado.» Mas en el amor y celo por las Divinas Escrituras que te poseen, me dices, no lo dudo: «Estas cosas deberían probarse con testimonios más evidentes de las Divinas Escrituras. Pues cuanto más importantes son las cosas que han de creerse, tanto más necesitan testigo apto e indudable.» Verdad es. Mas nosotros, como hablando a los que conocen la ley, hemos dejado a un lado, por mor de la brevedad, toda una selva de testimonios. Pero si esto también se pide, citemos unos pocos de entre muchos, sabiendo, como sabemos, que a los versados en las Escrituras se les abre un amplísimo mar de testimonios.
    Comentario editorial · «Descendió a los infiernos»: una cláusula que Roma no tenía
    Rufino advierte que «descendió a los infiernos» no figura en el credo de la Iglesia de Roma ni en el de las Iglesias de Oriente, y que se entiende implícito en «sepultado». Schaff juzga que Rufino la entendió mal al hacerla equivalente a esa palabra. Según Wikipedia, la frase aparece por primera vez en el credo de Aquilea que da Rufino y no vuelve a verse en ningún credo hasta hacia 650; evoca . Rufino vuelve a ella en el § 28, con textos de los Salmos y de 1 Pedro. Schaff nota además que otros dos credos de la provincia de Aquilea la omiten.

    § 19

    19. En primer lugar, pues, hemos de saber que la doctrina de la Cruz no es considerada por todos bajo la misma luz. Una cosa es para los gentiles, otra para los judíos, otra para los cristianos; como también dice el Apóstol: «Predicamos a Cristo crucificado —para los judíos tropezadero, para los gentiles necedad, mas para los llamados, así judíos como griegos, Cristo, poder de Dios y sabiduría de Dios;» y, en el mismo lugar, «Porque la predicación de la Cruz es necedad para los que perecen, mas para los que se salvan,» es decir, para nosotros, es «Poder de Dios.» Los judíos, a quienes se había transmitido por la Ley que Cristo permanecería para siempre, se escandalizaron de su Cruz, porque no quisieron creer en su resurrección. A los gentiles les pareció necedad que Dios se hubiera sometido a la muerte, porque ignoraban el misterio de la Encarnación. Mas los cristianos, que habían aceptado su nacimiento y pasión en la carne y su resurrección de entre los muertos, creyeron naturalmente que era el poder de Dios el que había vencido a la muerte.
    Oye, pues, en primer lugar, cómo esto mismo es declarado proféticamente por Isaías: que los judíos, a quienes los Profetas habían predicho estas cosas, no creerían, mas que las creerían aquellos que nunca las habían oído de los Profetas: «A quien no se les había hablado de Él, verán; y los que no han oído comprenderán.» Además, este mismo Isaías predice que, mientras los que se ocupaban en el estudio de la Ley desde la niñez hasta la vejez no creían, a los gentiles se les transferiría todo misterio. Sus palabras son: «Y el Señor de los ejércitos hará un festín en este monte para todas las naciones: beberán alegría, beberán vino, serán ungidos con ungüento en este monte. Entrega todas estas cosas a las naciones.» Este era el consejo del Todopoderoso respecto de todas las naciones. Mas los que se jactan de su conocimiento de la Ley nos dirán tal vez: «Blasfemáis al decir que el Señor fue sometido a la corrupción de la muerte y al sufrimiento de la Cruz.» Lee, pues, lo que encuentras escrito en las Lamentaciones de Jeremías: «El Espíritu de nuestro rostro, Cristo el Señor, fue apresado en nuestras corrupciones, de quien dijimos: viviremos bajo su sombra entre las naciones.» Oyes cómo dice el Profeta que Cristo el Señor fue apresado, y por nosotros, es decir, por nuestros pecados, entregado a la corrupción. Bajo cuya sombra, ya que el pueblo de los judíos ha continuado en la incredulidad, dice que los gentiles yacen, porque no vivimos en Israel, sino entre los gentiles.

    La pasión, anunciada por los profetas (§ 20–28)

    § 20

    20. Mas, si no te fatiga, señalemos lo más brevemente posible las referencias específicas a la profecía en los Evangelios, para que los que están siendo instruidos en los primeros elementos de la fe tengan estos testimonios escritos en su corazón, no sea que alguna duda sobre las cosas que creen los sorprenda en algún momento. Se nos dice en el Evangelio que Judas, uno de los amigos y comensales de Cristo, lo entregó. Te mostraré cómo esto está predicho en los Salmos: «El que ha comido mi pan ha levantado contra mí su calcañar:» y en otro lugar; «Mis amigos y mis vecinos se acercaron y se pusieron contra mí:» y otra vez; «Sus palabras se hicieron más blandas que el aceite, y sin embargo son dardos.» ¿Qué significa, pues, que sus palabras se hicieron blandas? «Judas vino a Jesús y le dijo: Salve, Maestro, y lo besó.» Así, mediante la blanda caricia de un beso, plantó el dardo execrable de la traición. A lo cual el Señor le dijo: «Judas, ¿con un beso entregas al Hijo del Hombre?» Observas que fue tasado por la codicia del traidor en treinta piezas de plata. De esto también habla el Profeta: «Y les dije: Si os parece bien, dadme mi precio; y si no, dejadlo;» y al punto, «Recibí de ellos,» dice, «treinta piezas de plata, y las arrojé en la casa del Señor, en el horno.» ¿No es esto lo que está escrito en los Evangelios, que Judas, «arrepentido de lo que había hecho, devolvió el dinero, y lo arrojó en el templo y se marchó?» Bien lo llamó Él su precio, como culpando y reprochando. Pues había hecho tantas buenas obras entre ellos: había dado vista a los ciegos, pies a los cojos, poder de andar a los paralíticos, y vida también a los muertos; por todas estas buenas obras le pagaron con la muerte como su precio, tasado en treinta piezas de plata. Se relata también en los Evangelios que fue atado. Esto también lo había predicho la palabra de la profecía por Isaías, diciendo: «Ay de su alma, porque han tramado un designio malvadísimo contra sí mismos, diciendo: Atemos al justo, puesto que nos es inútil.»

    § 21

    Mas, dice alguno, «¿Han de entenderse estas cosas del Señor? ¿Podría el Señor ser apresado por los hombres y arrastrado a juicio?» De esto también te convencerá el mismo Profeta. Pues dice: «El Señor mismo vendrá a juicio con los ancianos y príncipes del pueblo.» El Señor es juzgado, pues, según el testimonio del Profeta, y no solo juzgado, sino azotado, y abofeteado en el rostro con las palmas (de las manos de los hombres), y escupido, y sufre toda afrenta e indignidad por nosotros. Y porque todos los que oyeran estas cosas predicadas por los Apóstoles quedarían totalmente asombrados, por eso el Profeta, hablando en la persona de ellos, exclama: «Señor, ¿quién ha creído a nuestro anuncio?» Porque es increíble que de Dios, el Hijo de Dios, se dijera y predicara que padeció estas cosas. Por esta razón son anunciadas de antemano por los Profetas, para que ninguna duda brote en los que están a punto de creer. Cristo el Señor mismo, por tanto, en su propia persona, dice: «Di mi espalda a los azotes, y mis mejillas a las bofetadas; no aparté mi rostro de la vergüenza y de los salivazos.» También está escrito entre sus otros padecimientos que lo ataron y lo condujeron a Pilato. Esto también lo predijo el Profeta, diciendo: «Y lo ataron y lo condujeron como prenda de amistad (xenium) al rey Jarim.» Pero alguien objeta: «Pero Pilato no era rey.» Oye, pues, lo que relata a continuación el Evangelio: «Pilato, al oír que era de Galilea, lo envió a Herodes, que era rey en Israel en aquel tiempo.» Y con razón añade el Profeta el nombre «Jarim,» que significa vid silvestre, porque Herodes no era de la casa de Israel, ni de aquella vid israelita que el Señor había sacado de Egipto, y «plantado en una colina muy fructífera,» sino que era una vid silvestre, es decir, de estirpe extraña. Con razón, por tanto, fue llamado «vid silvestre,» porque de ningún modo brotó de los sarmientos de la vid de Israel. Y en cuanto a que el Profeta usó la frase «xenium,» «prenda de amistad,» esto también corresponde, pues «Herodes y Pilato,» como atestigua el Evangelio, «de enemigos que eran se hicieron amigos,» y, como en señal de su reconciliación, cada uno envió a Jesús atado al otro. ¿Qué importa, con tal de que Jesús, como Salvador, reconcilie a los que estaban en desacuerdo, restablezca la paz y haga volver también la concordia! Por lo cual también de esto está escrito en Job: «Que el Señor reconcilie los corazones de los príncipes de la tierra.»

    § 22

    Se relata que cuando Pilato quería soltarlo, todo el pueblo gritó: «¡Crucifícalo, crucifícalo!» Esto también lo predice el Profeta Jeremías, diciendo, en la persona del Señor mismo: «Mi heredad ha venido a ser para mí como león en la selva; ha dado su voz contra mí, por lo cual la he aborrecido. Y por tanto (dice) he abandonado y dejado mi casa.» Y otra vez en otro lugar: «¿Contra quién habéis abierto vuestra boca, y contra quién habéis soltado vuestra lengua?» Cuando estuvo ante su juez, está escrito que «guardó silencio.» Muchas Escrituras dan testimonio de esto. En los Salmos está escrito: «Fui como hombre que no oye, y en cuya boca no hay reproches.» Y otra vez: «Fui como sordo, y no oí, y como mudo que no abre su boca.» Y otra vez otro Profeta dice: «Como cordero ante su trasquilador, así no abrió su boca; en su humillación su juicio fue quitado.» Está escrito que le pusieron una corona de espinas. De esto oye en los Cantares la voz de Dios Padre maravillándose de la iniquidad de Jerusalén en la afrenta hecha a su Hijo: «Salid y ved, hijas de Jerusalén, la corona con que su madre lo ha coronado.» Además, de las espinas hace mención otro Profeta: «Esperé que diera uvas, y dio espinas, y en lugar de justicia un clamor.» Mas para que conozcas los secretos del misterio, convenía que Aquel que vino a quitar los pecados del mundo, librara también a la tierra de la maldición que había recibido por el pecado del primer hombre, cuando el Señor dijo: «Maldita sea la tierra en tus trabajos: espinas y abrojos te producirá.» Por esta causa, pues, Jesús es coronado de espinas, para que aquella primera sentencia de condenación fuera remitida. Es conducido a la cruz, y la vida del mundo entero es suspendida del madero de que está hecha. Quisiera señalar cómo también esto se confirma con testimonio de los Profetas. Hallarás que Jeremías habla de ello así: «Venid y echemos leña en su pan, y arrancémoslo de la tierra de los vivientes.» Y otra vez, Moisés, lamentándose por ellos, dice: «Vuestra vida estará suspendida ante vuestros ojos, y temeréis de día y de noche, y no creeréis en vuestra vida.» Mas debemos pasar adelante, pues ya excedemos nuestra medida de brevedad propuesta, y alargamos nuestra palabra breve con una larga disertación. Aun así añadiremos unas pocas palabras más, no sea que parezca que hemos pasado por alto del todo lo que nos propusimos.

    § 23

    Está escrito que cuando fue traspasado el costado de Jesús, «derramó de allí sangre y agua.» Esto tiene un significado místico. Pues Él mismo había dicho: «De su vientre manarán ríos de agua viva.» Mas también derramó sangre, de la cual los Judíos pidieron que fuera sobre ellos y sobre sus hijos. Derramó agua, por tanto, que pudiera lavar a los creyentes; derramó también sangre que pudiera condenar a los incrédulos. Sin embargo, también podría entenderse como prefigurando la doble gracia del bautismo: una la que se da por el bautismo de agua, otra la que se busca mediante el martirio en el derramamiento de sangre, pues ambos se llaman bautismo. Pero si preguntas además por qué se dice que nuestro Señor derramó sangre y agua de su costado más bien que de cualquier otro miembro, imagino que por la costilla en el costado se significa la mujer. Puesto que la fuente del pecado y de la muerte procedió de la primera mujer, que fue la costilla del primer Adán, la fuente de la redención y de la vida se saca de la costilla del segundo Adán.

    § 24

    Está escrito que en la pasión de nuestro Señor hubo tinieblas sobre la tierra desde la hora sexta hasta la nona. También hallarás que el Profeta da testimonio de esto: «Tu sol se pondrá al mediodía.» Y otra vez, el Profeta Zacarías: «En aquel día no habrá más luz. Habrá frío y helada en un solo día, y aquel día será conocido por el Señor; y no será ni día ni noche, pero al atardecer habrá luz.» ¿Qué lenguaje más claro podría haber usado el Profeta para que sus palabras parezcan no tanto profecía del futuro como narración del pasado? Predijo tanto el frío como la helada. Porque Pedro se calentaba junto al fuego porque hacía frío: y sufría frío no solo respecto del tiempo (la hora temprana), sino también de su fe. Se añade: «y aquel día será conocido por el Señor; y no será ni día ni noche.» ¿Qué es «ni día ni noche?» ¿No habló claramente de las tinieblas interpuestas en el día, y luego de la luz restaurada después? No era día, porque no comenzó con la salida del sol; tampoco era noche completa, porque no recibió su espacio debido desde el comienzo ni lo prolongó hasta el fin, cuando el día había terminado; sino que la luz que había sido expulsada por el crimen de los hombres malvados es restaurada al atardecer. Porque después de la hora nona, las tinieblas son disipadas, y el sol es devuelto al mundo. Otra vez, otro Profeta da testimonio de lo mismo: «La luz se oscurecerá sobre la tierra en pleno día.»

    § 25

    El Evangelio relata además que los soldados repartieron entre sí las vestiduras de Jesús, y echaron suertes sobre su túnica. El Espíritu Santo proveyó que también esto fuera atestiguado de antemano por los Profetas, pues David dice: «Repartieron mis vestiduras entre ellos, y sobre mi túnica echaron suertes.» Ni siquiera guardaron silencio los Profetas en cuanto a la ropa, el manto escarlata que los soldados, según se dice, le pusieron en son de burla. Escucha a Isaías: «¿Quién es este que viene de Edom, rojas sus vestiduras de Bosra? ¿Por qué son rojos tus vestidos, y tu ropaje como de quien ha pisado en el lagar?» A lo cual Él mismo responde: «He pisado el lagar yo solo, oh hija de Sión.» Porque solo Él es quien no ha pecado, y ha quitado los pecados del mundo. Pues si por un hombre pudo la muerte entrar en el mundo, ¡cuánto más por un hombre, que era también Dios, pudo la vida ser restaurada!

    § 26

    Se relata también que le dieron a beber vinagre, o vino mezclado con mirra que es más amargo que la hiel. Oye lo que el Profeta ha predicho de esto: «Me dieron hiel por comida, y cuando tuve sed me dieron a beber vinagre.» Con lo cual concuerda Moisés, que ya en su día dijo al pueblo: «Su vid es de las viñas de Sodoma, y su sarmiento de Gomorra; su uva es uva de hiel, y su racimo racimo de amargura.» Y otra vez, el Profeta, reprochándoles, dice: «Oh pueblo necio e ignorante, ¿así has pagado al Señor?» Además, en los Cantares se predice lo mismo, donde incluso se indica el huerto en que el Señor fue crucificado: «He venido a mi huerto, hermana mía, esposa mía, y he recogido mi mirra.» Aquí el Profeta ha expuesto claramente el vino mezclado con mirra que el Señor le dio a beber.

    § 27

    Luego está escrito que «entregó el espíritu.» Esto también había sido predicho por el Profeta, que dice, dirigiéndose al Padre en la persona del Hijo: «En tus manos encomiendo mi Espíritu.» Se relata asimismo que fue sepultado, y que se puso una gran piedra a la puerta del sepulcro. Oye lo que la palabra de la profecía predijo por Jeremías también acerca de esto: «Cortaron mi vida en la fosa, y pusieron una piedra sobre mí.» Estas palabras del Profeta señalan clarísimamente su sepultura. He aquí otras: «El justo ha sido quitado de ver la iniquidad, y su lugar está en paz.» Y en otro lugar: «Daré al malvado por su sepultura;» y una vez más: «Se acostó y durmió como león, y como cachorro de león; ¿quién lo despertará?»

    § 28

    Que descendió a los infiernos está también evidentemente predicho en los Salmos, donde se dice: «Me has llevado también al polvo de la muerte.» Y otra vez: «¿Qué provecho hay en mi sangre, cuando haya descendido a la corrupción?» Y otra vez: «Descendí al cieno profundo, donde no hay fondo.» Además, Juan dice: «¿Eres Tú aquel que ha de venir (a los infiernos, sin duda), o esperamos a otro?» De donde también Pedro dice que «Cristo, muerto en la carne, pero vivificado en el Espíritu que mora en él, descendió a los espíritus que estaban encerrados en prisión, quienes en los días de Noé no creyeron, a predicarles;» donde también se declara lo que hizo en el infierno. Además, el Señor dice por el Profeta, como hablando del futuro: «No dejarás mi alma en el infierno, ni permitirás que tu Santo vea corrupción.» Lo cual, otra vez en lenguaje profético, habla como realmente cumplido: «Oh Señor, has sacado mi alma del infierno: me has salvado de los que descienden a la fosa.» Sigue a continuación—

    «Al tercer día resucitó de entre los muertos» (§ 29–30)

    § 29

    Al Tercer Día Resucitó de entre los Muertos. La gloria de la resurrección de Cristo arrojó lustre sobre todo lo que antes tenía apariencia de debilidad y flaqueza. Si hace poco te parecía imposible que un Ser inmortal pudiera morir, ves ahora que Aquel que ha vencido a la muerte y ha resucitado no puede ser mortal. Pero entiende aquí la bondad del Creador: en la medida en que tú, pecando, te has arrojado abajo, así ha descendido Él para seguirte. Y no imputes falta de poder a Dios, Creador de todas las cosas, imaginando que su obra terminó en la caída a un abismo que en su propósito redentor no pudo alcanzar. Hablamos de lo infernal y lo celestial porque estamos limitados por la circunferencia definida del cuerpo, y encerrados dentro de los límites de la región que se nos ha prescrito. Pero para Dios, que está presente en todas partes y ausente en ninguna, ¿qué es lo infernal y qué lo celestial? No obstante, mediante la asunción de un cuerpo hay lugar para estas cosas también. La carne que había sido depositada en el sepulcro es levantada, para que se cumpliera lo dicho por el Profeta: «No permitirás que tu Santo vea corrupción.» Volvió, por tanto, vencedor de entre los muertos, llevando consigo los despojos del infierno. Porque sacó a los que estaban cautivos por la muerte, como Él mismo había predicho, cuando dijo: «Cuando sea levantado de la tierra, a todos atraeré hacia mí.» A esto da testimonio el Evangelio, cuando dice: «Se abrieron los sepulcros, y muchos cuerpos de santos que dormían se levantaron, y aparecieron a muchos, y entraron en la ciudad santa,» aquella ciudad, sin duda, de la cual dice el Apóstol: «La Jerusalén de arriba es libre, la cual es madre de todos nosotros.» Como también dice otra vez a los Hebreos: «Convenía que Aquel para quien son todas las cosas, y por quien son todas las cosas, que había llevado a muchos hijos a la gloria, perfeccionara por los padecimientos al Autor de su salvación.» Sentado, por tanto, a la diestra de Dios en los cielos altísimos, colocó allí aquella carne humana, perfeccionada por los padecimientos, que había caído en la muerte por la caída del primer hombre, pero que ahora era restaurada por la virtud de la resurrección. De donde también dice el Apóstol: «Que nos resucitó juntamente, y nos hizo sentar juntamente en los lugares celestiales.» Porque Él era el alfarero, que, como enseña el Profeta Jeremías, «tomó de nuevo con sus manos, y formó de nuevo, como le pareció bien, la vasija que se había caído de sus manos y se había roto en pedazos.» Y le pareció bien que el cuerpo mortal y corruptible que había asumido, este cuerpo levantado del sepulcro rocoso y hecho inmortal e incorruptible, lo colocara ahora no en la tierra sino en el cielo, y a la diestra de su Padre. Las Escrituras del Antiguo Testamento están llenas de estos misterios. Ningún Profeta, ningún Legislador, ningún Salmista calla, sino que casi cada una de las páginas sagradas habla de ellos. Parece superfluo, por tanto, detenerse en reunir testimonios; sin embargo citaremos algunos pocos, remitiendo a los que deseen beber más copiosamente a las fuentes mismas de los volúmenes divinos.

    § 30

    Se dice, pues, en los Salmos: «Me acosté y dormí, y me levanté otra vez, porque el Señor me sostuvo.» Otra vez, en otro lugar: «Por la miseria de los necesitados y el gemido de los pobres, ahora me levantaré, dice el Señor.» Y en otra parte, como dijimos arriba: «Oh Señor, has sacado mi alma del infierno; me has salvado de los que descienden a la fosa.» Y en otro lugar: «Porque te has vuelto y me has vivificado, y me has sacado de lo profundo de la tierra otra vez.» En el Salmo 87 se habla de Él evidentísimamente: «Se hizo como hombre sin ayuda, libre entre los muertos.» No se dice «un hombre,» sino «como un hombre.» Pues en cuanto descendió a los infiernos, fue «como un hombre:» pero fue «libre entre los muertos,» porque no pudo ser retenido por la muerte. Y por tanto en la una naturaleza se exhibe el poder de la debilidad humana, en la otra el poder de la majestad divina. El Profeta Oseas habla también clarísimamente del tercer día de esta manera: «Después de dos días nos sanará; mas al tercer día nos levantaremos y viviremos en su presencia.» Esto dice en la persona de aquellos que, resucitando con Él al tercer día, son llamados de la muerte a la vida. Y ellos son los mismos que dicen: «Al tercer día resucitaremos, y viviremos en su presencia.» Pero Isaías dice claramente: «Quien sacó de la tierra al gran Pastor de las ovejas.» Luego, que las mujeres habían de ver su resurrección, mientras los escribas y fariseos y el pueblo descreían, esto también lo predijo Isaías en estas palabras: «Vosotras, mujeres, que venís de ver, venid: porque es un pueblo sin entendimiento.» En cuanto a las mujeres que, según se relata, fueron al sepulcro después de la resurrección, y lo buscaron sin hallarlo, como María Magdalena, de quien se relata que vino al sepulcro antes de que fuera de día, y no hallándolo, dijo llorando a los ángeles que estaban allí: «Se han llevado al Señor, y no sé dónde lo han puesto» — incluso esto está predicho en los Cantares: «En mi lecho busqué al que ama mi alma; lo busqué en la noche, y no lo hallé.» De aquellos también que lo hallaron, y lo asieron por los pies, está predicho, en el mismo libro: «Asiré al que ama mi alma, y no lo soltaré.» Toma estos pasajes, unos pocos de muchos; pues estando atentos a la brevedad no podemos amontonar más.

    «Subió al cielo; de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos» (§ 31–34)

    § 31

    31. Subió al cielo, y está sentado a la diestra del Padre: desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. Estas cláusulas siguen con conveniente brevedad al final de esta parte del Credo que trata del Hijo. Lo que se dice es claro, pero la cuestión es cómo y en qué sentido ha de entenderse. Pues «ascender», «sentarse» y «venir», si no se entienden las palabras conforme a la dignidad de la naturaleza divina, parecen indicar algo de debilidad humana. Porque, habiendo consumado lo que debía hacerse en la tierra, y habiendo sacado las almas de la cautividad del infierno, se dice de Él que asciende al cielo, como el Profeta había predicho: «Subiendo a lo alto llevó cautiva la cautividad, y dio dones a los hombres,» es decir, aquellos dones de los cuales Pedro, en los Hechos de los Apóstoles, habló acerca del Espíritu Santo: «Exaltado, pues, por la diestra de Dios, ha derramado este don que vosotros veis y oís.» Dio a los hombres el don del Espíritu Santo, porque a los cautivos que el diablo había llevado antes al infierno por el pecado, Cristo, por su resurrección de entre los muertos, los llamó de vuelta al cielo. Ascendió, pues, al cielo, no donde antes no hubiera estado Dios el Verbo, porque Él estuvo siempre en el cielo y moraba en el Padre, sino donde antes no se había asentado el Verbo hecho carne. Finalmente, como esta entrada por las puertas del cielo parecía nueva a sus ministros y príncipes, se dicen unos a otros, al ver la naturaleza de la carne penetrar en los recintos secretos del cielo, como declara David lleno del Espíritu Santo: «Alzad, príncipes, vuestras puertas, y alzaos, puertas eternas, y entrará el Rey de la gloria. ¿Quién es el Rey de la gloria? El Señor fuerte y poderoso, el Señor poderoso en la batalla.» Palabras que se dicen no en referencia al poder de la naturaleza divina, sino a la novedad de la carne que asciende a la diestra de Dios. El mismo David dice en otro lugar: «Dios ascendió con júbilo, y el Señor con sonido de trompeta.» Porque los vencedores suelen volver de la batalla al son de la trompeta. De Él también se dice: «El que edifica su ascensión en el cielo.» Y de nuevo: «El que asciende sobre los querubines, volando sobre las alas de los vientos.»

    § 32

    32. Sentarse a la diestra del Padre es un misterio propio de la Encarnación. Porque no conviene a la naturaleza incorpórea sin la asunción de la carne; ni se busca la excelencia de un asiento celestial para la naturaleza divina, sino para la humana. De donde se dice de Él: «Tu trono, oh Dios, está preparado desde entonces; tú eres desde la eternidad.» El asiento, pues, en el que había de sentarse el Señor Jesús, fue preparado desde la eternidad, «en cuyo nombre toda rodilla se doblará, de las cosas que están en el cielo y en la tierra y debajo de la tierra; y toda lengua confesará que Jesucristo es el Señor, para gloria de Dios Padre;» de quien también David habla así: «Dijo el Señor a mi Señor: Siéntate a mi diestra, hasta que ponga a tus enemigos por estrado de tus pies.» Refiriéndose a estas palabras, dijo el Señor en el Evangelio a los fariseos: «Si, pues, David en espíritu lo llama Señor, ¿cómo es su Hijo?» Con lo cual mostró que según el Espíritu era Señor, y según la carne era Hijo, de David. De donde también el Señor mismo dice en otro lugar: «En verdad os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios.» Y el Apóstol Pedro dice de Cristo: «El cual está a la diestra de Dios, sentado en los cielos.» Y Pablo también, escribiendo a los Efesios: «Conforme a la operación del poder de su fuerza, que obró en Cristo, cuando lo resucitó de los muertos y lo sentó a su diestra.»

    § 33

    33. Que Él ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, lo aprendemos por muchos testimonios de las divinas Escrituras. Pero antes de citar lo que los Profetas dicen sobre este punto, creemos necesario recordarte que esta doctrina de la fe nos quiere cada día solícitos en cuanto a la venida del Juez, para que ordenemos nuestra conducta como quienes han de dar cuenta al Juez que está cerca. Pues esto es lo que dijo el Profeta del hombre bienaventurado: que «ordena sus palabras con juicio.» Pero cuando se dice que Él ha de juzgar a los vivos y a los muertos, no significa que unos vendrán al juicio todavía vivos y otros ya muertos, sino que Él juzgará tanto las almas como los cuerpos; donde por almas se entiende «los vivos», y por cuerpos «los muertos»; como también el Señor mismo dice en el Evangelio: «No temáis a los que pueden matar el cuerpo, pero no pueden dañar el alma; temed más bien a Aquel que puede destruir alma y cuerpo en la Gehenna.»

    § 34

    34. Ahora mostremos brevemente, si te place, que estas cosas fueron predichas por los Profetas. Tú mismo, ya que así lo deseas, podrás reunir más testimonios del amplio acervo de las Escrituras. Dice el profeta Malaquías: «He aquí que vendrá el Señor Todopoderoso, ¿y quién podrá soportar el día de su venida, o quién podrá permanecer ante su vista? Porque Él viene como fuego de horno y como jabón de batanero; y se sentará a refinar y purificar como oro y plata.» Pero para que sepas con mayor certeza quién es este Señor de quien se dicen estas cosas, oye lo que también predice el profeta Daniel: «Yo miraba,» dice, «en la visión de la noche, y he aquí que venía con las nubes del cielo uno como Hijo de hombre, y se acercó al Anciano de los días, y fue presentado delante de Él; y le fue dado dominio, honor y reino. Y todos los pueblos, tribus y lenguas le servirán. Su dominio es dominio eterno que no pasará, y su reino no será destruido.» Con estas palabras se nos enseña no solo su venida y su juicio, sino su dominio y su reino: que su dominio es eterno y su reino indestructible, sin fin; como se dice en el Credo: «y su reino no tendrá fin.» De modo que quien dice que el reino de Cristo tendrá algún día fin está muy lejos de la fe. Conviene, sin embargo, saber que el enemigo suele contrahacer este saludable advenimiento de Cristo con astuto fraude para engañar a los fieles, y, en lugar del Hijo del Hombre, a quien se espera que venga en la majestad de su Padre, preparar al Hijo de Perdición con prodigios y señales mentirosas, para introducir en el mundo al Anticristo en lugar de Cristo; de quien el Señor mismo advirtió de antemano a los Judíos en los Evangelios: «Porque yo he venido en nombre de mi Padre, y no me recibís; otro vendrá en su propio nombre, y a ese lo recibiréis.» Y de nuevo: «Cuando veáis la abominación de la desolación, de la que habló el profeta Daniel, puesta en el lugar santo, el que lee, entienda.» Daniel, pues, en sus visiones habla muy cumplida y ampliamente de la venida de aquel engaño; pero no vale la pena citar ejemplos, pues ya nos hemos extendido bastante; remitimos, por tanto, a las visiones mismas a quien desee saber más sobre estas cosas. También el Apóstol mismo dice: «Nadie os engañe de ninguna manera; porque aquel día no vendrá sin que antes venga la apostasía y se manifieste el hombre de pecado, el Hijo de Perdición, el cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es adorado, hasta sentarse en el templo de Dios, haciéndose pasar por Dios.» Y poco después: «Entonces se manifestará aquel impío, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca y destruirá con el resplandor de su venida; cuya venida es conforme a la operación de Satanás, con todo poder, señales y prodigios mentirosos.» Y de nuevo, poco más adelante: «Por eso Dios les envía un poderoso engaño, para que crean la mentira, a fin de que sean juzgados todos los que no creyeron a la verdad.» Por esta razón, pues, se nos predice este «engaño» por palabras de los Profetas, Evangelistas y Apóstoles, para que nadie confunda la venida del Anticristo con la de Cristo. Mas, como dice el Señor mismo: «Cuando os digan: mirad, aquí está el Cristo, o mirad, allí está, no lo creáis. Porque se levantarán muchos falsos Cristos y falsos profetas, y engañarán a muchos.» Pero veamos cómo ha señalado el juicio del verdadero Cristo: «Como el relámpago resplandece desde el oriente hasta el occidente, así será la venida del Hijo del Hombre.» Cuando, pues, venga el verdadero Señor Jesucristo, se sentará y establecerá su trono de juicio. Como también dice en el Evangelio: «Separará las ovejas de los cabritos,» esto es, a los justos de los injustos; como escribe el Apóstol: «Es necesario que todos comparezcamos ante el tribunal de Cristo, para que cada uno reciba conforme a lo que hizo por medio del cuerpo, sea bueno o sea malo.» Y el juicio no será solo de las obras, sino también de los pensamientos, como dice el mismo Apóstol: «Sus pensamientos se acusan o se excusan mutuamente, en el día en que Dios juzgará los secretos de los hombres.» Mas sobre esto baste. Sigue luego en el orden de la fe—

    «Y en el Espíritu Santo» (§ 35)

    § 35

    35. Y en el Espíritu Santo. Lo que arriba se ha expuesto con alguna extensión acerca de Cristo se refiere al misterio de su Encarnación y de su Pasión, y, al interponerse así, como perteneciente a su Persona, ha demorado un tanto la mención del Espíritu Santo. Por lo demás, si se considera solo la naturaleza divina, así como al comienzo del Credo decimos «Creo en Dios Padre Todopoderoso», y después «En Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor», de la misma manera añadimos «Y en el Espíritu Santo». Pero todas estas particularidades que arriba se dicen de Cristo se refieren, como ya dijimos, a la dispensación de la carne (a su Encarnación). Con la mención del Espíritu Santo se completa el misterio de la Trinidad. Porque así como se menciona un solo Padre, y no hay otro Padre, y un solo Hijo unigénito, y no hay otro Hijo unigénito, así también hay un solo Espíritu Santo, y no puede haber otro Espíritu Santo. Para que, pues, se distingan las Personas, se varían los términos que expresan la relación (las propiedades), por los cuales se entiende que el primero es el Padre, de quien proceden todas las cosas, y que tampoco tiene Padre; el segundo, el Hijo, como nacido del Padre; y el tercero, el Espíritu Santo, como procedente de ambos y santificador de todas las cosas. Mas para que en la Trinidad se muestre una y la misma Divinidad, puesto que anteponiendo la preposición «en» decimos que creemos «en Dios Padre», así también decimos «en Cristo su Hijo», y así también «en el Espíritu Santo». Nuestro significado se hará más claro en lo que sigue. Porque el Credo prosigue—

    «La santa Iglesia, el perdón de los pecados, la resurrección de esta carne» (§ 36)

    § 36

    36. «La santa Iglesia; el perdón de los pecados, la resurrección de esta carne». No se dice «En la santa Iglesia», ni «En el perdón de los pecados», ni «En la resurrección de la carne». Porque si se hubiera añadido la preposición «en», tendría la misma fuerza que en los artículos precedentes. Pero ahora, en aquellas cláusulas en las que se declara la fe relativa a la Divinidad, decimos «En Dios Padre», y «En Jesucristo su Hijo», y «En el Espíritu Santo»; mas en las restantes, donde no hablamos de la Divinidad, sino de las criaturas y de los misterios, no se añade la preposición «en». No decimos «Creemos en la santa Iglesia», sino «Creemos la santa Iglesia», no como a Dios, sino como a la Iglesia congregada para Dios; y creemos que hay «perdón de los pecados»; no decimos «Creemos en el perdón de los pecados»; y creemos que habrá «Resurrección de la carne»; no decimos «Creemos en la resurrección de la carne». Por esta preposición monosilábica, pues, se distingue el Creador de las criaturas, y se separan las cosas divinas de las humanas.
    Este es, pues, el Espíritu Santo, que en el Antiguo Testamento inspiró la Ley y los Profetas, y en el Nuevo los Evangelios y las Epístolas. De donde también dice el Apóstol: «Toda Escritura inspirada por Dios es útil para la enseñanza.» Por eso parece oportuno enumerar en este lugar, conforme lo hemos aprendido de la tradición de los Padres, los libros del Nuevo y del Antiguo Testamento, los cuales, según la tradición de nuestros antepasados, se cree que fueron inspirados por el Espíritu Santo y han sido transmitidos a las Iglesias de Cristo.
    Comentario editorial · «Creer en» y «creer»: una preposición que separa a Dios de la Iglesia
    Rufino observa que el credo dice «en Dios Padre», «en Jesucristo» y «en el Espíritu Santo», pero no «en la santa Iglesia», «en el perdón de los pecados» ni «en la resurrección de la carne»: la preposición se reserva a la divinidad, y a la Iglesia, al perdón y a la resurrección se les da crédito sin ponerlos en lugar de Dios. Schaff cita este pasaje (§ 36) al notar que el credo cambia de construcción en esos artículos: del credo in al credo con acusativo simple.

    Los libros de la Escritura (§ 37–38)

    § 37

    37. Del Antiguo Testamento, pues, en primer lugar se han transmitido cinco libros de Moisés: Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; luego Jesús Nave (Josué hijo de Nun), el Libro de los Jueces junto con Rut; después cuatro libros de los Reyes (Reinos), que los hebreos cuentan como dos; el Libro de las Omisiones, que se titula Libro de los Días (Crónicas), y dos libros de Esdras (Esdras y Nehemías), que los hebreos cuentan como uno, y Ester; de los Profetas, Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel; además de los doce Profetas (menores), un libro; también Job y los Salmos de David, cada uno un libro. Salomón dio tres libros a las Iglesias: Proverbios, Eclesiastés, Cantares. Estos comprenden los libros del Antiguo Testamento.
    Del Nuevo hay cuatro Evangelios: Mateo, Marcos, Lucas, Juan; los Hechos de los Apóstoles, escritos por Lucas; catorce Epístolas del Apóstol Pablo, dos del Apóstol Pedro, una de Santiago, hermano del Señor y Apóstol, una de Judas, tres de Juan, el Apocalipsis de Juan. Estos son los libros que los Padres incluyeron en el Canon, y de los cuales quieren que deduzcamos las pruebas de nuestra fe.

    § 38

    38. Pero conviene saber que hay también otros libros que nuestros padres llaman no «Canónicos» sino «Eclesiásticos»: a saber, la Sabiduría, llamada Sabiduría de Salomón, y otra Sabiduría, llamada Sabiduría del Hijo de Sirac, a la que los latinos llamaron con el título general de Eclesiástico, designando no al autor del libro, sino el carácter del escrito. A la misma clase pertenecen el Libro de Tobit, el Libro de Judit y los Libros de los Macabeos. En el Nuevo Testamento, el librito que se llama el Libro del Pastor de Hermas, [y el] que se llama Las Dos Vías, o el Juicio de Pedro; todos los cuales quieren que se lean en las Iglesias, pero no que se aduzcan para la confirmación de la doctrina. Los demás escritos los han llamado «Apócrifos». Estos no quieren que se lean en las Iglesias.
    Estas son las tradiciones que los Padres nos han transmitido, las cuales, como dije, he creído oportuno exponer en este lugar, para instrucción de aquellos que están siendo iniciados en los primeros elementos de la Iglesia y de la Fe, para que sepan de qué fuentes de la Palabra de Dios han de tomar sus aguas.
    Comentario editorial · La lista de libros de Rufino, junto a la de Atanasio
    En los § 37–38, Rufino enumera los libros de la Escritura. Según Bruce Metzger, su lista del Antiguo y del Nuevo Testamento reproduce casi exactamente la de Atanasio, con una diferencia: las epístolas católicas van después de las de Pablo, con las de Pedro primero y las de Juan al final, junto al Apocalipsis. Rufino añade una clase intermedia: libros «eclesiásticos», entre ellos el Pastor de Hermas, Las dos vías (que Metzger identifica con la Didajé) y el Juicio de Pedro, que pueden leerse en las iglesias pero no sirven para confirmar la fe; los «apócrifos» no se leen. Para la lista de Atanasio, véase su Carta 39, y para el contexto, La formación del canon.
    Para ampliar: Bruce M. Metzger, The Canon of the New Testament (Oxford University Press, 1987), pp. 233–234 · Texto inglés, en CCEL (§ 37–38).

    «La santa Iglesia» (§ 39)

    § 39

    39. Pasamos luego, en el orden de la creencia, a la santa Iglesia. Hemos dicho arriba por qué el Credo no dice aquí, como en el artículo precedente, «En la santa Iglesia». Quienes, pues, fueron enseñados arriba a creer en un solo Dios, bajo el misterio de la Trinidad, deben creer también esto: que hay una sola santa Iglesia en la que hay una sola fe y un solo bautismo, en la que se cree en un solo Dios Padre, y en un solo Señor Jesucristo, su Hijo, y en un solo Espíritu Santo. Esta es aquella santa Iglesia que no tiene mancha ni arruga. Porque muchos otros han reunido iglesias, como Marción, Valentín, Ebión, Maniqueo, Arrio y todos los demás herejes. Pero esas iglesias no carecen de mancha o arruga de infidelidad. Y por eso dijo el Profeta de ellas: «Aborrezco la iglesia de los malignos, y no me sentaré con los impíos.» Mas de esta Iglesia que guarda entera la fe de Cristo, oye lo que dice el Espíritu Santo en los Cantares: «Una es mi paloma; una es la perfecta de su madre.» Quien, pues, recibe esta fe en la Iglesia, no se desvíe hacia el Concilio de la vanidad, y no se mezcle con los que obran iniquidad.
    Porque la asamblea de Marción es un concilio de vanidad, en cuanto niega que el Padre de Cristo sea Dios, el Creador, que por su Hijo hizo el mundo. La de Ebión es un concilio de vanidad, pues enseña que, aun creyendo en Cristo, hemos de observar la circuncisión de la carne, el descanso del sábado, los sacrificios acostumbrados y todas las demás ordenanzas según la letra de la Ley. La de Manes es un concilio de vanidad en lo tocante a su doctrina: primero, en que se llama a sí mismo el Paráclito; luego, en que dice que el mundo fue hecho por un dios malvado, niega a Dios el Creador, rechaza el Antiguo Testamento, afirma dos naturalezas, una buena y otra mala, que se oponen mutuamente, sostiene que las almas de los hombres son coeternas con Dios, que, según los pitagóricos, retornan a través de diversos círculos de generación en ganado, animales y bestias, niega la resurrección de nuestra carne, y mantiene que la pasión y el nacimiento del Señor no se verificaron en verdad de carne, sino solo en apariencia. Fue concilio de vanidad cuando Pablo de Samosata y su sucesor Fotino enseñaron después que Cristo no nació del Padre antes del mundo, sino que tuvo su comienzo de María, y no creyeron que, siendo Dios, nació hombre, sino que de hombre fue hecho Dios. Fue concilio de vanidad cuando Arrio y Eunomio enseñaron como opinión determinada que el Hijo de Dios no nació de la substancia misma del Padre, sino que fue creado de la nada, y que el Hijo de Dios tuvo principio y es inferior al Padre; además afirman que el Espíritu Santo no solo es inferior al Hijo, sino también un Espíritu ministrante. También es concilio de vanidad el de aquellos que confiesan, en verdad, que el Hijo es de la substancia del Padre, pero distinguen y separan al Espíritu Santo, mientras que el Salvador muestra en el Evangelio que la virtud y la Divinidad de la Trinidad son una y la misma, diciendo: «Bautizad a todas las naciones en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,» y es manifiestamente impío que el hombre separe lo que Dios ha unido. También es concilio de vanidad aquel que una contienda pertinaz y malvada reunió en otro tiempo, afirmando que Cristo asumió carne humana, sí, pero no alma racional, ya que Cristo confirió una misma y sola salvación a la carne, al alma animal y a la razón y mente del hombre. También es concilio de vanidad el que Donato congregó por toda África, acusando a la Iglesia de tradición (entregar los libros sagrados), y con el que Novato turbó las mentes de los hombres negando la concesión del arrepentimiento a los caídos, y condenando las segundas nupcias, aunque se contrajeran acaso por necesidad. Evita, pues, a todos estos como congregaciones de malignos. Igualmente a aquellos, si los hay, de quienes se dice que afirman que el Hijo de Dios no ve ni conoce al Padre, como Él es conocido y visto por el Padre; o que el reino de Cristo tendrá fin; o que la carne no será resucitada en la restauración completa de su substancia; y también a los que niegan que haya de haber un juicio justo de Dios respecto de todos, y afirman que el diablo será absuelto de la pena de condenación que le es debida. A todos ellos, digo, vuelva el creyente oído sordo. Mantente firme, en cambio, en la santa Iglesia, que confiesa a Dios Padre Todopoderoso, y a su único Hijo Jesucristo nuestro Señor, y al Espíritu Santo, de una misma substancia concordante y armoniosa; cree que el Hijo de Dios nació de la Virgen, padeció por la salvación del hombre, resucitó de entre los muertos en la misma carne en que nació; y, por último, espera que Él vendrá como Juez de todos, por el cual también son predicados el perdón de los pecados y la resurrección de la carne.

    «El perdón de los pecados» (§ 40)

    § 40

    40. En cuanto al perdón de los pecados, debería bastar simplemente creer. Porque ¿quién pediría la causa o la razón cuando un Príncipe concede indulgencia? Si la liberalidad de un soberano terreno no es materia propia de discusión, ¿habrá de discutir la temeridad humana la largueza de Dios? Pues los paganos suelen ridiculizarnos, diciendo que nos engañamos, imaginando que los crímenes cometidos de obra pueden purgarse con palabras. Y dicen: «¿Puede quien ha cometido homicidio no ser homicida, y quien ha cometido adulterio no ser tenido por adúltero? ¿Cómo, pues, uno culpable de delitos de este género se hará santo de repente?» Pero a esto, como he dicho, respondemos mejor con la fe que con la razón. Porque es Rey de todas las cosas el que lo ha prometido; es Señor del cielo y de la tierra el que nos lo asegura. ¿Querrías que me niegue a creer que Aquel que me hizo hombre del polvo de la tierra puede, de un culpable, hacerme inocente? ¿Y que Aquel que cuando era ciego me hizo ver, o cuando sordo me hizo oír, o cojo andar, puede devolverme la inocencia perdida? Y pasando al testimonio de la Naturaleza: matar a un hombre no siempre es criminal, pero matar por malicia, no conforme a la ley, sí es criminal. No es, pues, la obra lo que en tales asuntos me condena, porque a veces se hace justamente, sino la mala intención del ánimo. Si, pues, mi ánimo, que se había vuelto criminal y en el que tuvo origen el pecado, es corregido, ¿por qué he de parecerte incapaz de ser hecho inocente, yo que antes era criminal? Porque si es manifiesto, como he mostrado, que el crimen no consiste en la obra, sino en la voluntad, así como una voluntad mala, instigada por un demonio malvado, me ha hecho reo de pecado y de muerte, así la voluntad, movida por el buen Dios, al cambiarse al bien, me ha restituido a la inocencia y a la vida. Y lo mismo sucede en todos los demás crímenes. De este modo se halla que no hay oposición entre nuestra fe y la razón natural, ya que el perdón de los pecados no se imputa a las obras, que una vez hechas no pueden cambiarse, sino a la mente, que ciertamente puede convertirse de malo en bueno.

    «La resurrección de esta carne» (§ 41–47)

    § 41

    41. Este último artículo, que afirma la Resurrección de la carne, concluye la suma de toda perfección con sucinta brevedad. Aunque también en este punto la fe de la Iglesia es impugnada, no solo por los gentiles, sino también por los herejes. Pues Valentín niega del todo la resurrección de la carne, como igualmente los maniqueos, según mostramos arriba. Mas se niegan a escuchar al profeta Isaías cuando dice: «Los muertos resucitarán, y los que están en los sepulcros serán levantados,» o al sapientísimo Daniel, cuando declara: «Entonces los que están en el polvo de la tierra despertarán, unos para la vida eterna, y otros para vergüenza y confusión.» Y aun en los Evangelios, que parecen recibir, deberían aprender de nuestro Señor y Salvador, que dice, instruyendo a los saduceos: «Acerca de la resurrección de los muertos: ¿no habéis leído cómo dice a Moisés en la zarza: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob? Ahora bien, Dios no es Dios de muertos, sino de vivos.» En lo que precede declara cuál y cuán grande es la gloria de la resurrección, diciendo: «Mas en la resurrección de los muertos ni se casarán ni serán dados en casamiento, sino que serán como los ángeles de Dios.» Y la virtud de la resurrección confiere a los hombres un estado angélico, de manera que los que hayan resucitado de la tierra no volverán a vivir sobre la tierra con los animales brutos, sino con los ángeles en el cielo— mas solo aquellos a quienes su vida más pura haya hecho aptos para ello— es decir, aquellos que, conservando aun ahora en castidad la carne de su alma, la han sometido al Espíritu Santo, y así, quitada toda mancha de pecados y transformada en gloria espiritual por la virtud de la santificación, han sido tenidos por dignos de ser admitidos en la sociedad de los ángeles.

    § 42

    42. Pero los incrédulos claman: «¿Cómo puede la carne, que se ha podrido y deshecho, o convertido en polvo, a veces también tragada por el mar y dispersada por las olas, ser recogida de nuevo y otra vez unificada, y formarse de nuevo de ella un cuerpo de hombre?» A quienes nuestra primera respuesta está en palabras de Pablo: «Necio, lo que siembras no se vivifica si no muere. Y lo que siembras, no siembras el cuerpo que ha de ser, sino un grano desnudo, de trigo o de otra semilla; pero Dios le da un cuerpo como le parece bien.» ¿No creíste que aquello que ves suceder cada año en las semillas que echas a la tierra llegará a cumplirse en tu carne, que por ley de Dios es sembrada en la tierra? ¿Por qué, pues, tienes tan pobre opinión del poder de Dios que no crees posible que el polvo disperso del que fue compuesta la carne de cada hombre sea recogido de nuevo y restituido a su propia fábrica original? ¿Te niegas a admitir el hecho cuando ves a la habilidad mortal buscar venas de metal profundamente enterradas en el suelo, y al ojo experimentado descubrir oro donde el inexperto piensa que no hay sino tierra? ¿Por qué nos negaríamos a conceder estas cosas a Aquel que hizo al hombre, cuando aquel a quien Él hizo puede tanto? Y cuando la habilidad mortal descubre que el oro tiene su propia vena, y la plata otra, y que una vena muy distinta de cobre, y venas diversas y distintas de hierro y plomo yacen ocultas bajo lo que tiene apariencia de tierra, ¿se habrá de juzgar que el poder divino es incapaz de descubrir y distinguir las partículas componentes pertenecientes a la carne de cada hombre, aunque parezcan dispersas?

    § 43

    43. Mas esforcémonos por auxiliar a aquellas almas que flaquean en su fe con razones tomadas de la naturaleza. Si uno mezclara juntas diversas clases de semillas y las sembrara sin orden en la tierra, ¿no brotará el grano de cada especie, dondequiera que haya caído, a su tiempo, conforme a su propia naturaleza específica, de modo que reproduzca la condición de su propia forma y de su propio cuerpo?
    Por tanto, la substancia de cada carne individual, aunque sus partículas hayan sido variada y diversamente esparcidas, tiene dentro de sí un principio inmortal, ya que es la carne de un alma inmortal; y en el tiempo que Dios, en su beneplácito, haya de señalar, se recogerán de la tierra y serán atraídas a ella sus propias partículas componentes, que serán restituidas a aquella forma que la muerte anteriormente había disuelto. Y así sucederá que a cada alma le será restituido, no un cuerpo confuso o extraño, sino el suyo propio que tenía cuando vivía, a fin de que la carne, juntamente con su propia alma, pueda, por los combates de la vida presente, ser coronada si no fue manchada, o castigada si fue contaminada. Y por eso nuestra Iglesia, al enseñar la fe, en lugar de «la Resurrección de la carne,» como el Credo se transmite en otras Iglesias, añade cautamente el pronombre «esta» — «la resurrección de esta carne.» «De esta,» es decir, sin duda, de la persona que recita el Credo, haciendo la señal de la cruz sobre su frente mientras dice la palabra, para que cada creyente sepa que su carne, si la ha mantenido limpia de pecado, será un vaso de honra, útil al Señor, preparado para toda buena obra; pero, si contaminada por los pecados, que será un vaso de ira destinado a la destrucción.
    Mas ahora, en cuanto a la gloria de la resurrección y la grandeza de la promesa con que Dios se ha obligado, si alguno desea informarse más plenamente, hallará noticias en casi todos los divinos volúmenes, de los cuales, solo a modo de traerlas a la memoria, mencionaremos aquí unos pocos pasajes y luego pondremos fin a la obra que me has encomendado. El apóstol Pablo se vale de argumentos como los siguientes para afirmar que la carne mortal resucitará. «Mas si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es nuestra predicación y vana es vuestra fe.» Y poco después: «Mas ahora Cristo ha resucitado de entre los muertos, primicias de los que duermen. Porque, puesto que por un hombre vino la muerte, también por un hombre vino la resurrección de los muertos. Porque así como en Adán todos mueren, así también en Cristo todos serán vivificados. Pero cada uno en su orden: Cristo, las primicias; luego, los que son de Cristo en su venida; después viene el fin.» Y más adelante añade: «He aquí os digo un misterio: Todos ciertamente resucitaremos, mas no todos seremos transformados;» o como leen otros ejemplares: «Todos ciertamente dormiremos, mas no todos seremos transformados; en un momento, en un abrir y cerrar de ojos, a la trompeta final; porque sonará la trompeta, y los muertos resucitarán incorruptibles, y nosotros seremos transformados.» Mas sea cual fuere el texto verdadero, escribiendo a los tesalonicenses dice: «No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también a los que duermen en Jesús los llevará Dios con Él. Porque esto os decimos por palabra del Señor: que nosotros, los que vivimos y quedamos hasta la venida del Señor, no precederemos a los que duermen. Porque el Señor mismo descenderá del cielo con aclamación, con voz de arcángel, con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero; luego nosotros, los que vivimos y quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes para recibir a Cristo en el aire, y así estaremos siempre con el Señor.»
    Comentario editorial · «De esta carne»: el pronombre que solo decía Aquilea
    En el § 43, Rufino explica por qué su Iglesia dice «la resurrección de esta carne»: el pronombre remite a quien recita el credo, que se hace la señal de la cruz en la frente al decirlo, para saber que su propia carne será vaso de honra si la mantuvo limpia o vaso de ira si la contaminó. Schaff comenta que esa forma es todavía más realista, «casi materialista», que el carnis latino y el sarkós griego, y señala que otros credos de la provincia de Aquilea no la llevan.

    § 44

    44. Mas para que no supongas que esta es una doctrina nueva y peculiar de Pablo, aduciré también lo que el profeta Ezequiel anunció por el Espíritu Santo. «He aquí,» dice, «yo abriré vuestros sepulcros y os sacaré de vuestros sepulcros.» Recuerde además cómo Job, que abunda en lenguaje místico, predice claramente la resurrección de los muertos. «Hay esperanza para un árbol; porque si fuere cortado, volverá a brotar, y su renuevo nunca faltará. Mas si su raíz envejeciere en la tierra, y su tronco muriere en el polvo, con todo, al olor del agua florecerá de nuevo, y echará renuevos como planta joven. Pero el hombre, si muere, ¿se ha ido y desaparecido? ¿Y el hombre mortal, si cae, no será más?» ¿No ves que en estas palabras está apelando, por así decirlo, al sentido de vergüenza de los hombres, y diciendo: «¿Es la humanidad tan necia que, viendo el tronco de un árbol cortado brotar de nuevo de la tierra, y la madera muerta restituida otra vez a la vida, imagina que su propio caso no tiene semejanza con el de la madera o los árboles?» Mas para convencerte de que las palabras de Job han de leerse como pregunta, cuando dice: «¿Pero el hombre mortal, cuando ha caído, no se levantará de nuevo?» toma esta prueba de lo que sigue; pues añade inmediatamente: «Mas si el hombre muere, ¿vivirá?» Y poco después dice: «Esperaré hasta que sea hecho de nuevo;» y después repite lo mismo: «¿Quién levantará de nuevo sobre la tierra mi piel, que ahora está apurando esta copa de sufrimiento?»

    § 45

    45. Baste esto en prueba de la profesión que hacemos en el Credo cuando decimos «la resurrección de esta carne.» En cuanto a la adición «esta», mira cuán conforme es con todo lo que hemos citado de los libros divinos. ¿Qué otra cosa significa Job en el lugar que explicamos arriba: «Él levantará de nuevo mi piel, que ahora está apurando esta copa de sufrimiento,» es decir, que está sufriendo estos tormentos? ¿No dice claramente que habrá resurrección de esta carne, esta, quiero decir, que ahora está padeciendo el extremo de las pruebas y tribulaciones? Además, cuando el Apóstol dice: «Esto corruptible debe revestirse de incorrupción, y esto mortal debe revestirse de inmortalidad,» ¿no son sus palabras las de uno que, en cierto modo, toca su cuerpo y pone el dedo sobre él? Por tanto, este cuerpo, que ahora es corruptible, será por la gracia de la resurrección incorruptible, y este que ahora es mortal será revestido de las virtudes de la inmortalidad, para que, como «Cristo, resucitando de entre los muertos, ya no muere, la muerte no tiene más dominio sobre Él,» así los que resuciten en Cristo nunca volverán a sentir corrupción ni muerte, no porque la naturaleza de la carne haya sido desechada, sino porque su condición y cualidad habrán sido cambiadas. Habrá, pues, un cuerpo que resucitará de entre los muertos incorruptible e inmortal, no solo de los justos, sino también de los pecadores; de los justos, para que puedan permanecer siempre con Cristo; de los pecadores, para que sufran sin fin la pena que les es debida.

    § 46

    46. Que los justos permanecerán siempre con Cristo nuestro Señor lo hemos probado más arriba, donde mostramos que el Apóstol dice, «Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes a recibir al Señor en el aire; y así estaremos siempre con el Señor.» Y no te maravilles de que la carne de los santos haya de ser convertida en tan gloriosa condición en la resurrección, que sea arrebatada al encuentro de Dios, suspendida en las nubes y llevada por el aire, puesto que el mismo Apóstol, exponiendo las grandes cosas que Dios otorga a los que le aman, dice, «Quien transformará nuestro cuerpo vil, para que sea hecho semejante a su cuerpo glorioso.» No es, pues, de ningún modo absurdo que se diga que los cuerpos de los santos son elevados al aire, puesto que se dice que son renovados conforme a la imagen del cuerpo de Cristo, el cual está sentado a la diestra de Dios. Y esto añade también el santo Apóstol, hablando ya de sí mismo, ya de otros de su mismo lugar o mérito, «Él nos resucitará juntamente con Cristo y nos hará sentar juntamente en los lugares celestiales.» Por lo cual, puesto que los santos de Dios tienen estas promesas, y un número infinito semejante a ellas, acerca de la resurrección de los justos, ya no será difícil creer también aquellas cosas que los Profetas predijeron, a saber, que «los justos resplandecerán como el sol, y como el resplandor del firmamento, en el reino de Dios.» Porque ¿quién tendrá por difícil que tengan el resplandor del sol, y sean adornados con el esplendor de las estrellas y de este firmamento, aquellos para quienes la vida y la conversación de los ángeles de Dios se preparan en el cielo, o quienes son representados como habiendo de ser conformados en el futuro a la gloria del cuerpo de Cristo? Con respecto a la cual gloria, prometida por boca del Salvador, dice el santo Apóstol, «Se siembra cuerpo animal; resucitará cuerpo espiritual.» Pues si es verdad, como ciertamente lo es, que Dios se dignará asociar a todos y cada uno de los justos y de los santos en compañía con los ángeles, es cierto que transformará también sus cuerpos en la gloria de un cuerpo espiritual.

    § 47

    47. Ni te parezca esta promesa contraria a la estructura natural del cuerpo. Pues si creemos, conforme a lo que está escrito, que Dios tomó barro de la tierra e hizo al hombre, y que el origen de nuestro cuerpo fue este: que, por la voluntad de Dios, la tierra fue convertida en carne, ¿por qué te parece absurdo o contrario a la razón que, por los mismos principios por los cuales se dice que la tierra es elevada a cuerpo animal, se crea a su vez que un cuerpo animal es elevado a cuerpo espiritual? Estas cosas, y muchas semejantes a estas, encontrarás en las divinas Escrituras acerca de la resurrección de los justos. También a los pecadores se les dará, como dijimos más arriba, una condición de incorrupción y de inmortalidad en la resurrección, para que, así como Dios asigna este estado a los justos para perpetuidad de gloria, así asigne el mismo a los pecadores para prolongación de confusión y de castigo. Pues también esto lo declaran claramente las palabras del Profeta, que citamos más arriba: «Muchos se levantarán del polvo de la tierra, unos para vida eterna, y otros para confusión y vergüenza eterna.»

    Conclusión (§ 48)

    § 48

    48. Si, pues, hemos entendido cuán augusto es el sentido en que Dios Todopoderoso es llamado Padre, y en qué misterioso sentido nuestro Señor Jesucristo es tenido por su único Hijo, y con cuán entera perfección de significado su Espíritu es llamado Espíritu Santo, y cómo la Santa Trinidad es una en substancia, pero tiene distinciones de relación y de Personas; qué es además el nacimiento de una Virgen, qué la natividad del Verbo en la carne, qué el misterio de la Cruz, qué el propósito del descenso de nuestro Señor a los infiernos, qué la gloria de la Resurrección y la liberación de las almas de su cautividad en las regiones infernales; qué también su ascensión al cielo y la esperada venida del Juez; además, cómo la santa Iglesia debe ser reconocida como opuesta a las congregaciones de vanidad, cuál es el número del sagrado Volumen, qué conventículos de herejes deben evitarse, y cómo en el perdón de los pecados no hay oposición alguna entre la libertad divina y la razón natural, y cómo no solo los sagrados oráculos, sino también el ejemplo del Señor y Salvador mismo, y las conclusiones de la razón natural, confirman la verdad de la resurrección de nuestra carne—si, digo, hemos seguido con inteligencia estas cosas sucesivamente conforme a la regla de la tradición más arriba expuesta, rogamos que el Señor nos conceda a nosotros, y a todos los que oyen estas palabras, que, habiendo guardado la fe que hemos recibido, habiendo acabado nuestra carrera, aguardemos la corona de justicia que nos está guardada, y seamos hallados entre aquellos que resucitarán para vida eterna, y seamos librados de la confusión y de la vergüenza eterna, por Cristo nuestro Señor, por quien a Dios Padre Todopoderoso con el Espíritu Santo sea la gloria y el dominio por los siglos de los siglos. Amén.

    Notas, recepción y bibliografía

    Acompañamiento editorial

    Lo que dejó el comentario

    Rufino dejó, ante todo, un texto: según Schaff, es el primer escritor de Occidente que da el texto del credo latino con un comentario, y por él se conoce la forma del Símbolo romano antiguo (Schaff; Wikipedia). Dejó también la tradición de que los apóstoles compusieron el credo antes de separarse (§ 2), cuya primera huella escrita ve Schaff aquí, aunque sin el reparto de un artículo a cada uno. Y dejó el testimonio de lo que variaba de una Iglesia a otra: «invisible e impasible», «descendió a los infiernos» y «de esta carne» eran rasgos de Aquilea, y de ellos, según Wikipedia, el segundo no reaparece en ningún credo hasta hacia 650. Su lista de libros de la Escritura (§ 37–38) es, según Metzger, casi la de Atanasio. Schaff dice que el comentario se imprimió por primera vez en Oxford, con fecha de 1468 y bajo el nombre de Jerónimo; el Prolegomena cree que esa edición es en realidad de 1478.
    Límites. La edición de base no da la fecha del comentario, y la que da («307-309») es una errata evidente; lo que se dice de la datación es lectura de los datos del Prolegomena, no un dato de la fuente. Las identificaciones y fechas de las notas proceden de las fuentes que se citan y no del texto; cuando difieren, se dice cuál afirma qué. La traducción es automática y ninguna persona la ha revisado frase a frase. Sus defectos conocidos son dos: uno propio, los diez números de las secciones 21 a 30 que se perdieron (aviso visible en el § 20), y uno heredado del inglés, «κύμβολον» por σύμβολον en el § 2. No hay párrafos omitidos ni duplicados: el castellano tiene los mismos 76 párrafos que el inglés y un largo igual al 99 % del suyo.
    Comentario editorial · Para reflexionar sobre la lectura
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